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La guerra sostiene al dólar, el dólar sostiene a la guerra

27/03/2023 by Vitalio Deja un comentario

Por: Pablo Gandolfo

Estados Unidos apuesta a reindustrializarse a costa de Europa. En el ínterin, el dólar y el aparato militar deben mantener al país, flotando por encima de la ley de la gravedad. ¿Será posible? La crisis financiera desatada en tres bancos estadounidenses y el levantamiento del pueblo francés en defensa de sus derechos, son capítulos nacionales de una misma batalla geoeconómica mundial.

El poder mundial de Estados Unidos desde el final de la segunda guerra se sostuvo en una tríada: su capacidad industrial, el dólar, y su aparato militar. En 1945 su industria estaba intacta mientras que en Europa y Japón comenzaba la reconstrucción. Lo mismo vale para su aparato militar, que había sufrido un daño menor que el de sus rivales y socios-competidores. Una industria dominante a escala mundial, permitía mantener un aparato militar aplastante, y la moneda emergente de ese sistema ostentaba la fuerza para imponerse sobre los demás países.

Desde entonces y a lo largo de estas décadas, las industrias de Japón, Alemania y detrás de ella, otros países europeos, fueron ampliando su participación en el mercado mundial en detrimento de la industria estadounidense. Les fue permitido en el contexto de Guerra Fría, porque Estados Unidos necesitaba ese éxito económico frente a la Unión Soviética y porque quiénes los protagonizaban eran —y son— dos derrotados, militarmente ocupados.

En los 80 y los 90, el proceso se aceleró con la deslocalización y el ingreso al mercado mundial, primero de los tigres asiáticos —Corea del Sur, Taiwán, Hong Kong y Singapur—, luego de los Tigres de segunda generación —Malasia, Tailandia, Indonesia y Filipinas— y de dos casos particulares, países que tuvieron sendas revoluciones, Vietnam y China. La sumatoria generó sobrecapacidad en el sector industrial a escala mundial y una competencia creciente para ocupar espacios de mercado.

A lo largo de ese proceso de casi 80 años, el producto de Estados Unidos pasó de ser el 50% del PBI mundial a ubicarse entre el 20% y el 24%, según las distintas mediciones. Su gasto militar llega al 37% del total planetario, en tanto que el dólar alcanza el 59% como moneda de reserva según cifras del 2021.

Esos números no alcanzan a reflejar la situación interna de Estados Unidos, que es devastadora. A su vez, sin dimensionar su situación interna, es difícil comprender las motivaciones de su agresiva política exterior.

Vamos a ilustrarla con algunos datos variopintos. La deuda de los hogares alcanzó en diciembre de 2022 los 17 billones de dólares (cada vez que ponemos billones son efectivamente billones en español, no es una confusión con el inglés billions) mientras que la deuda pública federal es de 24,6 billones. Por su parte el déficit comercial acaricia un billón por año.

La deuda de los hogares en Estados Unidos alcanzó los 17 billones de dólares, mientras que la deuda pública es de 24,6 billones y el déficit comercial es de un billón al año

De ese billón, un tercio corresponde a su relación comercial con China, que arroja un saldo negativo de 332.515 millones de dólares. Muy significativo es que el principal producto que exporta Estados Unidos a China es soja, mientras que China envía ordenadores.

Más llamativo es el caso de Vietnam, país al que literalmente borró del mapa. Estados Unidos importa 83.211 millones de dólares y exporta apenas 9.989 millones de dólares. La balanza arroja un negativo de 73.222 millones. Aquí se repite la misma matriz que con China, el déficit está concentrado en bienes de consumo y bienes de capital y solo favorece a Estados Unidos en materias primas. Es decir exporta productos de bajo procesamiento y Vietnam le devuelve productos terminados.

Irak, otro país que padeció la ira del Pentágono —que no es poca—, también presenta una balanza negativa para Estados Unidos. Exporta 771 millones de dólares e importa 3.266. Quién abastece a Irak es China, que envía productos por 10.900 millones de dólares. Las cifras son poco relevantes en términos económicos, pero son indicativas del debilitamiento estadounidense.

Por su parte, China supera a Estados Unidos como socio comercial respecto a casi todos los países del mundo. En el mapa de abajo, vemos en amarillo a quienes importan mas de China que de Estados Unidos, y en azul a la inversa.

Gráfico dolar

La japonesa Toyota pelea mano a mano con General Motors y Ford la primacía en el mercado interno estadounidense, de lo que es el símbolo del American Way of Life. China está cerca de triplicar la producción de vehículos de Estados Unidos.

Ese estado de situación aprovechó Donald Trump para captar la escucha de la población y popularizar sus eslóganes “Make América Great Again” y “América First”. Fue el puntapié inicial para impulsar una política de reindustrialización, que se continúa hasta nuestros días con pocos resultados. La guerra de Ucrania abrió una nueva situación que es vista como oportunidad: reindustrializar Estados Unidos, desindustrializando Europa.

La distancia entre la industria que Estados Unidos tiene puertas adentro y la que debería tener para evitar un enorme ajuste es muy grande. ¿Será posible?

El dólar y la guerra

En el lapso para reindustrializar el país y reequilibrar ese triángulo, el dólar —emisión y deuda— debe sostener ese aparato militar con esteroides. Si esto no tuviera matices, el triunfo estaría asegurado. El problema de emitir dólares sin valores subyacentes para mantener un aparato militar que excede a la base industrial que lo sostiene es que, llegado a un límite, la emisión afecta al poder de la propia moneda, abre una brecha que puede ser utilizada por quiénes tengan interés en limar la hegemonía del dólar, y pone en manos de otros países instrumentos financieros en capacidad de afectar su fortaleza.

La relación comercial de EE UU con China arroja un saldo negativo de 332.515 millones de dólares. Muy significativo es que el principal producto que exporta EE UU a China es soja, mientras que China envía ordenadores

Para evitarlo, el despliegue militar y la voluntad de usarlo —lo cual está bien probado— debe ser tan intimidante como para sostener al dólar como moneda hegemónica y disuadir iniciativas que lo debiliten. La tarea de ambos, dólar y aparato militar, es ganar tiempo y recrear una base industrial acorde con los dos factores que actualmente se mantienen por encima de la ley de la gravedad. La relevancia del rol que juega la violencia en ese mecanismo es clave. Luego de que Nixon abandonara el patrón oro, fue reemplazado por uno menos formal pero no menos eficiente, el petrodólar. El comercio de petróleo se debe hacer en dólares; esa es una línea roja y no cualquiera, sino la más sensible para Estados Unidos. Si se rompe, peligra la arquitectura financiera que sostiene al dólar.

En los últimos días del milenio pasado, la OPEP se encontraba en estado catatónico y el precio del barril de petróleo en valores mínimos. El 10 de agosto del año 2000, Hugo Chávez viajó por tierra desde Irán hastaBagdad y se entrevistó con Saddam Hussein. Era el primer presidente que visitaba Irak desde 1991. Dos días después, Chávez aterrizaba en Trípoli y se entrevistaba con Muammar Gadafi. Un mes más tarde, se realizaba en Caracas la segunda cumbre de la OPEP y el barril de petróleo comenzaba un camino ascendente.

Chávez fue el artífice de rearticular la OPEP; Saddam Hussein tuvo la osadía de pensar en comercializar petróleo en euros; Muammar Gadafi cayó en la misma tentación; Irak fue invadido, Libia bombardeada y Venezuela padece la guerra híbrida más acabada que se conozca. Hussein fue ahorcado y Gadafi linchado. El Estado venezolano tiene elementos que conducen a pensar que la enfermedad de Chávez no fue obra de la naturaleza.

El aparato militar sostuvo al dólar. 20 años después las amenazas crecieron.

El señoreaje del dólar

La ventaja que brinda a Estados Unidos tener la moneda de reserva a escala mundial es mayor que lo que nos dicta nuestro sentido común, malnutrido por los medios de desinformación masiva. Gracias a ello cuenta con una panoplia de recursos que no tienen los demás países para vivir muy por encima de lo que produce, durante un lapso excepcionalmente largo.

La diplomacia china llama a esa ventaja el “señoreaje” del dólar. En un comunicado conceptual —raro para una cancillería, en general también malnutridas— e inusualmente duro, emitido recientemente lo describe así: “Al aprovechar el estatus del dólar como la principal moneda de reserva internacional, Estados Unidos recauda ‘señoreaje’ de todo el mundo; y utilizando su control sobre las organizaciones internacionales obliga a otros países a servir a la estrategia política y económica de Estados Unidos. Con la ayuda del ‘señoreaje’, Estados Unidos explota la riqueza mundial. Cuesta solo alrededor de 17 centavos producir un billete de 100 dólares, pero otros países tienen que pagar 100 dólares en bienes reales para obtener uno. Hemos señalado que hace más de medio siglo que Estados Unidos disfruta de privilegios y déficits exorbitantes (…) y usa el billete de papel sin valor, para saquear los recursos y fábricas de otras naciones”. ¡¡Uffff!!

La guerra de Ucrania abrió una nueva situación que es vista como oportunidad: reindustrializar Estados Unidos, desindustrializando Europa

Y continúa: “La hegemonía del dólar estadounidense es la principal fuente de inestabilidad e incertidumbre en la economía mundial. Durante la pandemia de covid-19, Estados Unidos abusó de su hegemonía financiera global e inyectó billones de dólares en el mercado, dejando que otros países, especialmente las economías emergentes, pagaran el precio. En 2022, la Reserva Federal puso fin a su política monetaria ultra flexible y recurrió a un aumento agresivo de las tasas de interés, lo que provocó turbulencias en el mercado financiero internacional y una depreciación sustancial de otras monedas como el euro, muchas de las cuales cayeron a un mínimo de 20 años. Como resultado, un gran número de países en desarrollo se enfrentaron a una alta inflación, depreciación de la moneda y salidas de capital. Esto fue exactamente lo que el secretario del Tesoro de Nixon, John Connally, comentó una vez, con autosatisfacción y con aguda precisión, ‘El dólar es nuestra moneda pero el problema de ustedes’”.

China y Japón son los mayores tenedores de bonos del Tesoro estadounidense. Ambos en los últimos tiempos, se están deshaciendo, lentamente, de esos bonos. En ese cuadro, agitar Taiwán no es una irracionalidad sino parte de una estrategia, una herramienta a la mano para ser utilizada cuando sea necesario.

El yuan y el rublo bajo la cobertura de un paraguas nuclear

Desde el inicio de la guerra en Ucrania, comenzaron a proliferar iniciativas de comercio energético por fuera del dólar. Rusia vendiendo petróleo en rublos a India; Xi Jinping tentando al punto arquimédico del petrodólar —Arabia Saudita— para vender en yuanes; Irán participando del mismo juego; Turquía y Paquistán, en algún momento sólidos aliados estadounidenses, manteniendo la equidistancia.

El comercio de petróleo se debe hacer en dólares; esa es una línea roja y no cualquiera, sino la más sensible para Estados Unidos. Si se rompe, peligra la arquitectura financiera que sostiene al dólar

Obligados por las sanciones, China y Rusia tocaron otra fibra muy sensible, sistemas alternativos al SWIFT para las transacciones financieras globales. A diferencia de las iniciativas de Irak, Libia y Venezuela, en esta ocasión están involucradas la segunda potencia económica —China— y la segunda potencia militar —Rusia— unidas por una alianza estratégica. Todo bajo cobertura del paraguas nuclear ruso.

El límite de la geoestrategia estadounidense es el alineamiento europeo, si se distancia, todo el constructo se derrumba. Si se mantiene alineado, permite avanzar en la fractura del mundo y ganar tiempo. Es por eso que “la lucha de clases en Francia” de la semana pasada también tiene que ser leída en esta clave. La patronal francesa va a necesitar muchas medidas para reducir “gastos” —salarios, jubilaciones, salud, educación— para competir en esta nueva geoeconomía. Serán imprescindibles grandes movilizaciones que enfrenten esa política adaptativa y demuelan el poder político que garantiza ese alineamiento. Francia debe ser solo un primer capítulo.

También las quiebras de tres bancos en Estados Unidos pertenecen a esta trama. No es la irresponsabilidad de sus directivos lo que está en juego. Es el resultado del desarrollo durante cinco décadas de una economía financiarizada y endeudada, en función de mantener el beneficio del gran capital, con la Reserva Federal conduciendo ese proceso. El mismo gran capital que, mientras tanto, trasladaba sus fábricas al sudeste asiático en busca de salarios más bajos y mayores beneficios, y dejaba un país con la base industrial debilitada que ahora se busca revertir.

Hay algo irresponsable en quiénes realizan presagios sobre temas tan complejos, pero parece difícil no suponer que aceleramos hacia un punto de fractura. Por eso Joe Biden necesita enviar al Congreso un presupuesto de defensa récord de 842.000 millones de dólares.

El dólar sostiene el aparato militar. Enciendan las impresoras.

Publicado en: Global, titular2

La (nueva) gran transformación

27/03/2023 by Vitalio Deja un comentario

Por: Paolo Gerbaudo

TRADUCCIÓN: VALENTÍN HUARTE

 

Los paralelos entre los años treinta del siglo veinte y el momento presente están a la orden del día. Recuperemos, entonces, a uno de los teóricos de la economía que mejor interpretó aquellos momentos para echar luz sobre la situación actual.

Pocos teóricos de la economía son tan relevantes para entender la coyuntura actual como Karl Polanyi. Las ideas de este economista austrohúngaro, que vivió y trató de explicar la crisis del capitalismo en la primera mitad del siglo veinte y el desencadenamiento de movimientos fascistas que produjo, tienen una resonancia familiar en el presente, marcado por una economía estancada que está sometida a perturbaciones de los tipos más diversos, por la perspectiva de una catástrofe climática y por el miedo al autoritarismo de derecha. La coyuntura contemporánea puede ser leída como un escenario similar al que Polanyi definió como «contramovimiento»: una etapa en la que una fase de crecimiento capitalista es seguida por una caída que precipita respuestas colectivas contra la rapacidad de la lógica de la ganancia y revela en el proceso el instinto de autoprotección de la sociedad. Teniendo en cuenta la pertinencia de estas ideas, algunos economistas definieron la situación actual como un nuevo «momento Polanyi».

Personaje intelectual destacable que combinaba conocimientos de economía, historia, sociedad, política y antropología, Polanyi impulsó firmemente el pensamiento socia- lista mediante la reconstrucción de las premisas sociales del capitalismo moderno y del modo en que la sociedad había reaccionado a su desarrollo. En términos teóricos, su aporte clave fue destacar la ficción detrás de la noción liberal del mercado como estructura social autónoma, independiente y separada de las instituciones y las ataduras sociales. De hecho, como en las ciudades medievales, el mercado siempre estuvo incrustado en relaciones sociales y regulado por instituciones. Esto no implica concebir el funcionamiento de la sociedad como un apéndice del mercado: «en vez de la economía incrustada en las relaciones sociales, son las relaciones sociales las que están incrustadas en el sistema económico».

Esta transformación de la sociedad en una sociedad de mercado fundada en la ficción de un «mercado autorregulado» fue clave en la concepción del mundo liberal, caracterizada por su intento de separar los procesos económicos del resto, vaciándolos así de toda consideración social, cultural o política. Sin embargo, esta noción terminó derrumbándose en momentos de crisis, cuando quedó claro que el mercado no era una institución separada de la sociedad sino una parte de la sociedad cuya supervivencia dependía de una variedad de instituciones sociales que abarcaban mucho más que las actividades económicas.

En los años en que Polanyi empezó a trabajar en su gran obra, La gran transformación, estaba observando uno de esos momentos de explosión capitalista que hacen que la lógica de la ganancia se vuelva todavía más brutal y abierta, precisamente cuando merman las oportunidades de obtener beneficios. La prosperidad de la Belle Époque, que permitió la construcción de los imponentes rascacielos de la isla de Manhattan y el estilo de vida extravagante de los ricos de los grandes centros metropolitanos de Europa y de Estados Unidos —bien retratado en muchas novelas de la época—, pronto reveló estar fundada en una enorme burbuja financiera que empezó a mostrar signos de agotamiento el martes negro del 24 de octubre de 1929.

La sociedad entró en pánico mientras los bancos quebraban, las empresas cerraban sus puertas y millones de desempleados quedaban a la deriva buscando formas de ganarse la vida. El crack sacó a luz las dudosas premisas en las que descansaba el liberalismo de la globalización de comienzos del siglo veinte, con su fe en el espíritu emprendedor, el enorme poder que ejercían los barones de la industria y los financieros y el limitado poder del Estado, al que el liberalismo asignaba el papel de «vigilante nocturno». Con todo, aun en medio del caos, la especulación y la explotación continuaron, tornándose aún más odiosas debido a lo evidente de la bancarrota moral del capitalismo después de la crisis.

Polanyi argumentó célebre- mente que, enfrentada con estas condiciones, la sociedad exhibía un instinto de autoprotección fundado en un principio que «apunta a la conservación del hombre y de la naturaleza, además de la organización productiva, y que descansa en el respaldo variable de los elementos más inmediatamente afectados por la acción perjudicial del mercado». Entre estos estaban «la legislación fabril, la seguridad social, el socialismo municipal, las actividades y prácticas sindicales», utilizados con el objetivo de reinsertar el control social y la solidaridad en la economía, y «socialmente necesarios para prevenir la destrucción de la sustancia humana por medio de la acción ciega del automatismo del mercado». Detrás de estos intentos humanos desesperados era posible encontrar la manifestación de formas de solidaridad que la lógica de la ganancia capitalista siempre tendió a negar, dado que no se adecuaban a su perspectiva, pero que actuaban de repente —a veces violentamente— cuando la codicia capitalista atacaba los mecanismos fundamentales de reproducción y supervivencia de la sociedad.

La intención de Polanyi era res- catar el término protección de su asociación restringida con el proteccionismo comercial y la economía política nacionalista de Friedrich List. Para Polanyi, la autoprotección de la sociedad era una tendencia que podía llevar a resultados políticos muy distintos. Una respuesta fue el New Deal de Franklin Delano Roosevelt, que se sirvió de una intensa intervención estatal con el fin de evitar que la economía colapsara y aplicó enormes planes de desarrollo económico. Desde la Autoridad del Valle del Tennessee hasta la Public Works Administration, las inversiones estatales generaron empleos que beneficiaron a millones de personas que las avaras empresas capitalistas habían abandonado. Y la intervención estatal también creó condiciones fértiles para el desarrollo de los sindicatos, capaces de negociar buenos salarios para sus miembros.

Una respuesta muy distinta fue la de los movimientos fascistas en Italia, Alemania y Japón. El fascismo respondió a la crisis creando lo que Polanyi definió como una «sociedad crustácea» que perseguía una «soberanía más celosa y absoluta que cualquier otra conocida hasta entonces». Aplicó políticas autárquicas a menudo relacionadas con la defensa imperialista de mercados cautivos y una carrera armamentística que preparó el terreno para la explosión de la Segunda Guerra Mundial. En este contexto, la única protección que los movimientos fascistas tenían para ofrecer era la proyección étnica y nacionalista del país como un todo, mientras que los salarios y el bienestar de los trabajadores eran sacrificados en nombre del interés más elevado de la nación.

En años recientes, muchos comentadores (Yanis Varoufakis, por ejemplo) establecieron paralelos entre los años 1930 y el presente y, de manera más o menos explícita, entre los análisis de Polanyi y la situación económica contemporánea. Por supuesto, también es necesario destacar las diferencias que existen entre ambos momentos, y evitar la tentación de leer en términos demasiado simplistas el peligro actual como el de un retorno del fascismo bajo la misma forma que adoptó hace casi un siglo. Una diferencia fundamental entre el presente y aquel momento es que el fascismo fue posible por la Primera Guerra Mundial, la masacre de millones de personas y la creación de ejércitos de soldados mutilados y desempleados que los movimientos fascistas reclutaban con facilidad. Afortunadamente, por ahora no existe ese nivel de desesperación fundado en la experiencia directa de la guerra. Además, las instituciones capitalistas, a pesar de su continuo fanatismo por el mercado, aprendieron algo sobre la necesidad de evitar la implosión de la economía en medio de una crisis, aunque eso implica suspender su creencia en el hecho de que «el mercado es más sabio». Con todo, existen muchos puntos de contacto entre el contexto histórico que analizó Polanyi y las condiciones actuales.

Como en la época de Polanyi, estamos en un mundo de financierización extrema donde el ánimo de lucro invade cada vez más áreas, incluso aquellas que según nuestro autor nunca deberían haberse transformado en mercancías, como la tierra, el trabajo y el dinero. Pensemos en las tendencias radicales hacia la gentrificación y la inflación de activos en la denominada economía de activos, que convirtieron al capitalismo en un sistema rentista, donde importa más lo que heredamos que lo que ganamos. Pensemos en el modo en que el capitalismo trata el trabajo como si fuera una mercancía cualquiera que se puede comprar por fracciones mediante contratos de cero horas o fingiendo que los trabajadores de Uber o de las plataformas de delivery son autónomos. O pensemos en la enorme especulación que se está produciendo en los mercados financieros, y en particular en torno a las criptomonedas, una forma de «dinero» cuya única función es actuar como instrumento de especulación.

Cuando consideramos todos estos frentes de manera simultánea, la imagen que obtenemos es la de un capitalismo pervertido, que ni siquiera hace lo que se supone que hacen los capitalistas: hacer inversiones productivas para cosechar beneficios. Pero las inversiones están tan estancadas como la productividad, y esta condición conduce al capitalismo a una lógica caníbal. El capitalismo contemporáneo es caníbal en dos sentidos. En primer lugar, porque hace que unas empresas devoren a otras, en una economía dominada por fuertes tendencias oligopólicas. Pero, en segundo lugar, porque el capitalismo contemporáneo a menudo apunta a devorar las estructuras de soporte social que lo hacen posible, como un animal que come poco a poco el árbol que garantiza su supervivencia.

Otro elemento de enorme similitud radica en el colapso de la globalización. Lo que Polanyi observó fue la desaparición de la globalización de fines del siglo diecinueve y principios del siglo veinte, cuya existencia fue puesta en cuestión por el desarrollo de la competencia imperialista entre potencias mundiales que intentaban defender con celo sus propios mercados aumentando tarifas y aplicando otras medidas proteccionistas. En la actualidad estamos viendo una dinámica similar en medio de un proceso definido a veces como «desglobalización»: muchos indicadores de interconectividad mundial están estancándose o decreciendo, y la competencia entre potencias está ejerciendo mucha presión sobre las cadenas de suministro. El mundo, que hasta hace poco era concebido como un mercado único, empieza a parecerse cada vez más a un espacio fragmentado a lo largo de las fronteras entre distintos bloques de poder, mientras muchos países muestran una preocupación creciente por el suministro de productos básicos que tienen un valor estratégico más general, especialmente la energía, la comida y la tecnología.

El último elemento que remite a la semejanza de nuestra época con el escenario analizado por Polanyi es que, una vez más, estamos observando en Occidente el ascenso y la popularidad creciente de movimientos de extrema derecha que tienen rasgos similares a los de los movimientos fascistas que describió Polanyi, y que en muchos casos comparten sus referentes ideológicos. El Rassemblement National en Francia, los Fratelli d’Italia de Giorgia Meloni y el ala trumpista del Partido Republicano tienen preocupantes reminiscencias con los movimientos fascistas del pasado. Como sucedió en los años 1930, su crecimiento está fundado precisamente en la capacidad de demanda de protección de las personas en medio de un capitalismo en colapso, que hace que los ciudadanos teman por su propia supervivencia y por la de la sociedad. De ahí el tono milenarista y apocalíptico que ostentan muchas de estas formaciones, y el modo en que tematizan el miedo a la desaparición como consecuencia de la baja fertilidad, la inmigración y las amenazas geopolíticas de China y de otros países.

En un mundo de inestabilidad vertiginosa y de extremos políticos y sociales, de populistas de derecha y de empresarios narcisistas, de políticos corruptos y de instituciones esclerosadas, todo indica que enfrentamos dilemas muy parecidos a los que consideró Polanyi. Estas semejanzas también destacan la relevancia de la estrategia política implícita del autor, la necesidad de una política de protección que surja de la izquierda como un medio de brindarles a los ciudadanos y a los trabajadores un sentimiento de seguridad, y de neutralizar a la vez el atractivo de la política de protección de la derecha. Mientras que durante la época socialdemócrata el discurso de los partidos de centroizquierda estaba repleto de referencias a la protección y a la seguridad, el giro individualista de nuestra sociedad, y la política que puso en juego, hacen que estos términos —y las preocupaciones asociadas a ellos— parezcan ajenos y poco atractivos para muchos activistas. Sin embargo, las condiciones actuales ponen de manifiesto que estas cuestiones vuelven a ser muy relevantes y que, en gran medida, la batalla contemporánea por el consenso gira en torno a las distintas perspectivas de la protección, a las diferentes maneras de entender cómo, por qué y de qué quiere protegerse la sociedad.

Esta política de la protección no debería ser concebida simplemente como una política del miedo o como una política puramente negativa orientada a escudarse contra las amenazas. Como sugiere el análisis de Polanyi, es también una oportunidad democrática de tomar el control sobre el curso de la realidad y pensar cómo reconstruir la sociedad y responder a necesidades que son universales y que implican no solo el bienestar económico si- no también la dignidad humana, un ambiente seguro y un sentido de la solidaridad, de la comunidad y de la identidad. En última instancia, una de las tendencias más brutales del capitalismo es la precariedad existencial, que hace que las personas se sientan permanentemente inseguras y frágiles y que facilita su explotación. Luchar por un sentido de la seguridad también significa luchar por las condiciones mínimas en las que los individuos y las sociedades sean capaces de elegir conscientemente la dirección de su futuro en lugar de ser meras presas del curso arbitrario dictado por la presión de los acontecimientos y las exigencias del mercado.

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Ética capitalista o libertad humana

27/03/2023 by Vitalio Deja un comentario

Por: Matt Mcmannus

La ética capitalista del trabajo insiste en que agachemos la cabeza y trabajemos sin cesar incluso bajo condiciones degradantes. El socialismo democrático busca liberar a las personas del trabajo penoso para que podamos desarrollar todo nuestro potencial humano y simplemente disfrutar de la única vida que tenemos.

Britney Spears dijo una vez: «You gotta work, beach» [Tienes que trabajar, zorra] y, como suele ocurrir, la camarada Spears tenía toda la razón. Pocas cualidades son tan alabadas en el capitalismo como el trabajo duro. Conservadores como Dinesh D’Souza nos dicen que el socialismo, aunque funcione, creará una sociedad de perezosos en busca de limosnas. Los defensores de la meritocracia insisten en que las personas que están en la cima se han ganado su estatus a base de garra y esfuerzo, a pesar de las abrumadoras pruebas sobre el papel que desempeñan la suerte y la ventaja a la hora de determinar los resultados en la vida. Otros presentan el trabajo duro en términos explícitamente religiosos: «un deber para con Dios», como dijo un escritor conservador.

Sin embargo, a pesar de pasar gran parte de nuestra vida trabajando, la mayoría de nosotros encontramos en nuestros empleos una fuente de infelicidad más que de satisfacción. Los salarios reales han disminuido en las últimas décadas, y los ataques a los sindicatos han dado rienda suelta a los jefes para actuar como tiranos privados, regulando nuestro comportamiento incluso cuando fichamos a la salida.

Es fácil olvidar, a pesar de lo que digan los autoproclamados defensores de la civilización occidental, que el ocio fue una vez sinónimo de buena vida. Para los antiguos griegos, ofrecía a los ciudadanos tiempo para estar con su familia, dedicarse a actividades artísticas y filosóficas de alto nivel y participar en el gobierno de la ciudad. Por supuesto, esto se debía en parte a que la antigua Grecia era una sociedad esclavista en la que los ciudadanos griegos libres —no esclavos— se veían liberados de muchas de las cargas del trabajo manual. E incluso en las sociedades no esclavistas, durante muchos siglos la escasez absoluta obligó a los humanos a pasar la mayor parte de sus vidas en un horrible ajetreo contra la necesidad natural.

Esto empezó a cambiar con la llegada del capitalismo, que impulsó un crecimiento económico sin precedentes. En el siglo XIX, a medida que el desarrollo tecnológico de los medios de producción avanzaba a buen ritmo, los socialistas y el movimiento obrero en general sostenían que todo el mundo debía tener derecho al tiempo libre, ya fuera para desarrollar sus capacidades o simplemente para relajarse y disfrutar de la única vida que tenemos.

El marxismo y la perfectibilidad humana

Quizá el socialista más famoso que defendió el «derecho a la pereza» fue Paul Lafargue, cuyo panfleto de 1883 con ese título ha sido reeditado recientemente por la New York Review of Books. Lafargue, un emigrante cubano-haitiano, nació en 1842 y se casó con la segunda hija de Karl Marx, Laura, a finales de la década de 1860. Se dedicó a continuar el legado socialista de su suegro.

Irónicamente, Marx desconfiaba de la política de Lafargue, llegando a declarar que si Lafargue era marxista, entonces el propio Marx no lo era. Poco antes de su muerte, Marx criticó a Lafargue por su «fraseología revolucionaria».

Pero el suegro y el yerno coincidían en el valor del tiempo libre. Marx era un ardiente defensor de la reducción de la jornada laboral —en una época en la que eran habituales las jornadas de doce a catorce horas, seis días a la semana—, tanto porque ayudaba a construir la lucha de clases como porque mejoraba inmediatamente la vida de los trabajadores. Marx quería que los trabajadores tuvieran tiempo para desarrollar plenamente su personalidad. En La ideología alemana (1846), él y Engels expresaron esto de forma un tanto jocosa como aprender a «cazar por la mañana, pescar por la tarde, criar ganado por la noche, criticar después de cenar, sin llegar nunca a ser cazador, pescador, pastor o crítico».

En un tono más serio, décadas más tarde, Marx censuró al capitalismo por malgastar el potencial humano, ya que millones de personas carecían del tiempo y los recursos necesarios para desarrollarse. Bajo el socialismo, por primera vez, el «desarrollo de las facultades humanas» se convertiría en «un fin en sí mismo», ya que «el reino de la libertad comienza realmente solo donde cesa el trabajo determinado por la necesidad y las consideraciones mundanas».

Estos comentarios perfeccionistas han llevado a los intérpretes a atribuir al socialismo expectativas verdaderamente utópicas. La afirmación de León Trotsky de que en las sociedades comunistas «el tipo humano medio se elevará a las alturas de un Aristóteles, un Goethe o un Marx. Y por encima de esta cresta se elevarán nuevas cumbres» es solo el ejemplo más florido.

El derecho a la pereza

Lafargue no atribuye expectativas tan enrarecidas a los seres humanos de una sociedad socialista. Simplemente señala que generaciones de pensadores, incluido Aristóteles, soñaron con un mundo en el que la automatización liberaría a los seres humanos del trabajo penoso. A finales del siglo XIX, escribe,

El sueño de Aristóteles es nuestra realidad. Nuestras máquinas respiran fuego, tienen miembros de acero, nunca se cansan, nunca necesitan dormir. Son maravillosamente productivas y se comportan dócilmente, incluso mientras realizan su sagrado trabajo. Y sin embargo, las mentes de los grandes filósofos capitalistas siguen dominadas por el prejuicio del trabajo asalariado, la peor clase de esclavitud.

Lafargue llama a la «era del trabajo» la «era del dolor, la era de la miseria y la corrupción». Reprende a los hombres «bien alimentados y satisfechos de sí mismos» que pregonan el trabajo agotador como cura del «vicio» y base del «progreso». El verdadero progreso, sostiene Lafargue, no es solo un aumento de la producción. Significa tener tiempo libre para «saborear las alegrías de la tierra para hacer el amor y reír, para juerguear y zapatear en honor del alegre dios de la ociosidad». Pasar tiempo con los amigos, la familia e incluso con uno mismo.

Lo que distingue a Lafargue en su defensa del ocio es que respalda sin reparos la ociosidad hedonista. A sus ojos, muchos socialistas han interiorizado normas burguesas románticas sobre la importancia inherente de perfeccionar a los seres humanos. Cuando Marx defiende el tiempo libre, es en parte porque piensa que fomentará formas más grandiosas de individualidad.

Ahora bien, Marx tenía algo de razón: en el socialismo democrático, a muchas personas con talento ya no se les negarían oportunidades de prosperar debido a factores que escapan a su control. Pero Lafargue se muestra más realista al admitir que, si tuviéramos tiempo libre, muchos de nosotros elegiríamos pasarlo disfrutando de la vida por sí misma.

¿Y qué hay de malo en ello, se pregunta atrevidamente Lafargue? ¿Por qué muchos de nosotros nos sentimos culpables cuando buscamos la alegría y el placer sin paliativos? ¿Por qué un mundo en el que la mayoría de la gente pueda disfrutar de su vida trabajando menos no sería una mejora con respecto a otro en el que muchos de nosotros trabajamos muy duro y tenemos poco que mostrar?

Todas estas preguntas son importantes en un momento en que se debate cada vez más la viabilidad de las semanas laborales de cuatro días y la conveniencia de trabajar desde casa. No estoy de acuerdo con todo lo que dice Lafargue, sobre todo con la distinción tajante entre trabajo y ocio hedonista. Sospecho que en una sociedad socialista democrática, si se diera la oportunidad, a la mayoría de la gente le gustaría trabajar en un empleo que le pareciera significativo y útil. La diferencia es que este trabajo sería más libre que bajo el punitivo statu quo capitalista porque, además de tener lugares de trabajo más democráticos, la gente corriente no se vería obligada a trabajar simplemente para vivir.

Marx y la vida de ocio

La parte más conmovedora de esta nueva edición de El derecho a la pereza no es el ensayo titular. Es una pequeña recopilación de los «Recuerdos de Karl Marx» de Lafargue, que aportan una rara visión personal de la vida personal del gran pensador.

No cabe duda de que Marx era un hombre imperfecto, de temperamento afilado y carácter severo, no solo con sus enemigos, sino también con sus aliados. Sin embargo, el retrato que Lafargue hace de Marx es muy diferente. Describe a un hombre de familia agradable, «tierno y amable», querido por amigos y parientes, que dice que «los hijos deben educar a sus padres» y que tiene un verdadero sentido del humor consigo mismo. En un momento dado, Lafargue sorprende a Marx fumando. Marx responde con autocrítica: El capital, dice, nunca pagará todos los puros que se ha fumado mientras lo escribía.

Estas instantáneas humanizadoras desmienten la caricatura conservadora de Marx como un revolucionario violento, e incluso suavizan la glosa socialista que se toma a sí mismo como un intelecto de la historia mundial cuyas obras deben consultarse como si fueran textos proféticos. Lo que se desprende del relato de Lafargue es un hombre que trabajó y pensó mucho, pero que nunca perdió de vista a la gente que le rodeaba y la alegría que le producía su compañía. Ojalá todos aprendamos esa sabiduría en nuestros momentos de ocio.

[*] El artículo anterior es una reseña de The Right to be Lazy and Other Writings, de Paul Lafargue (NYRB Classics, 2022).

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Las grandes consultoras y la crisis del capitalismo

19/03/2023 by Vitalio Deja un comentario

Por: Mariana Mazzucato, Rosie Collington

La creciente dependencia de las grandes consultoras está mermando la capacidad del Estado y socavando la rendición de cuentas democrática.

En los últimos años, McKinsey & Company se ha convertido en un nombre muy conocido, pero por todas clase de razones erróneas. Como una de las “tres grandes” consultoras, su trabajo para grandes empresas y gobiernos se ha convertido cada vez más en fuente de escándalos e intrigas en todo el mundo.

En los Estados Unidos, por ejemplo, McKinsey se avino a pagar casi 600 millones de dólares por el papel que había desempeñado en la mortal epidemia de opioides, tras las acusaciones de que había asesorado a Purdue Pharma sobre cómo “turboalimentar” las ventas de OxyContin. En Australia, el trabajo de la empresa en la estrategia nacional de reducción a cero del gobierno anterior fue objeto de críticas como un intento flagrante de proteger el sector de los combustibles fósiles del país. Y en Puerto Rico, una investigación del New York Times concluyó que la filial de inversiones de McKinsey, MIO Partners, había maniobrado para beneficiarse de la misma deuda que sus consultores ayudaban a reestructurar.

La lista sigue y es interminable. Pero tal como mostramos en nuestro nuevo libro, The Big Con: How the Consulting Industry Weakens our Business, Infantilizes our Governments, and Warps our Economies, [La gran estafa: Cómo el sector de consultoría debilita nuestros negocios, infantiliza nuestros gobiernos y deforma nuestras economías] estos escándalos no son más que la punta del iceberg. Aunque en todas las empresas hay algunas manzanas podridas, el verdadero problema radica en el modelo de negocio subyacente al sector de la consultoría.

Oleadas de disfunciones

En 2021, el mercado mundial de servicios de consultoría se estimaba en 700.000-900.000 de dólares. Sin embargo, a pesar del creciente papel del sector en la vida económica y política, sus actividades casi nunca se cntemplan como lo que son: síntomas de problemas estructurales más profundos del capitalismo contemporáneo. Puede que el sector de la consultoría no sea totalmente responsable de la financiarización de la economía, del “cortoplacismo” empresarial o del desmantelamiento del sector público, pero sin duda se nutre de ellos. A lo largo de la historia del capitalismo moderno, ahí ha estado la Gran Estafa (como denominamos al sector) para capear cada nueva oleada de disfunción.

En lo que respecta a los gobiernos, las grandes consultoras promovieron y se beneficiaron masivamente del impulso de privatización, la reforma de la gestión, la financiación privada, la externalización, la digitalización y la austeridad. En lo que toca a las empresas, contribuyeron a afianzar nuevos modelos de gobernanza, de la difusión de la contabilidad de costes y las corporaciones con multiples divisiones en las décadas posteriores a la Segunda Guerra Mundial al auge del Accionista Rey a la hora de establecer prioridades y asignar recursos.

Hoy en día, el sector de la consultoría promete revertir los mismos problemas que ayudó a crear: de ahí el auge de los nuevos contratos para ofrecer asesoramiento “medioambiental, social y de gobernanza” (ASG). No es sorprendente que esta nueva línea de negocio venga acompañada de todo tipo de conflictos de intereses. McKinsey, por ejemplo, ha asesorado anteriormente al menos a 43 de las 100 empresas más contaminantes.

El papel desempeñado por las consultoras en la crisis del Covid-19 fue especialmente revelador. Durante los dos primeros años de la pandemia, los gobiernos desembolsaron enormes sumas en contratos de consultoría, pero los resultados han sido dudosos en el mejor de los casos y perjudiciales en el peor. En Francia, las consultoras participaron activamente en la campaña de vacunación. Sin embargo, lejos de ser ejemplo de eficacia, se ha considerado que el programa francés ha sido un desastre. A principios de enero de 2021, sólo se habían administrado 5.000 dosis, frente a las 316.000 de Alemania y las 139.000 de España (los tres países iniciaron sus programas más o menos al mismo tiempo).

Enfoque por defecto

En ciertas ocasiones, los gobiernos contratan consultores para cubrir las lagunas que hay en su propia capacidad. Desgraciadamente, la adjudicación a consultoras de contratos lucrativos y de gran alcance se ha convertido en el enfoque por defecto, incluso en terrenos que evidentemente deberían ser competencia del gobierno. Así, por ejemplo, en 2020, un parlamentario conservador británico se quejaba de que a los funcionarios se les privaba sistemáticamente “de la oportunidad de trabajar en algunos de los asuntos que suponen mayores desafíos, son más gratificantes y exigen mayor consciencia” y de que la “inaceptable” dependencia de consultoras privadas estaba infantilizando la función pública.

Cuando todo se externaliza, los organismos públicos no pueden desarrollar las capacidades y conocimientos internos necesarios para gestionar los nuevos retos. Se trata de algo que debería preocuparnos a todos. Los epidemiólogos advierten de que la próxima pandemia mundial es una cuestión de “cuándo”, no de “si” va a suceder. Necesitamos invertir urgentemente en la capacidad de los gobiernos y las agencias de salud pública para detectar nuevos brotes y contenerlos antes de que puedan propagarse.

Al fin y al cabo, no hay que confiar en que las grandes consultoras tengan los conocimientos para los que se las contrata. Tal como concluyó el New York Times, citando a un investigador del Centro Nacional de Investigación Científica (CNRS) francés, las consultoras que estuvieron detrás del caótico despliegue de vacunas en Francia “tendían a importar modelos operativos utilizados en otros sectores que no siempre resultaban eficaces en el ámbito de la salud pública”.

Para empeorar las cosas, los jóvenes profesionales inteligentes y bienintencionados se ven cada vez más atraídos por la promesa de un trabajo útil (y mejor pagado) en el sector de consultoría (aunque, afortunadamente, hay indicios de que muchos jóvenes consultores se están desilusionando con el sector).

Cuestionar las ortodoxias

La lucha contra cualquier adicción empieza por reconocer el problema. Sólo entonces podemos reducir nuestra dependencia. En un momento en que hay más gente que nunca que cuestiona las ortodoxias económicas y busca alternativas, desentrañar el papel de la Gran Estafa en la economía actual puede indicar el camino hacia las soluciones. Para construir una economía que funcione mejor, debemos invertir en la capacidad y los conocimientos del Estado, devolver la función pública al sector público y librar al sistema de la costosa e innecesaria intermediación del sector de consultoría.

Por todo el mundo los gobiernos van dándose cuenta de los peligros de la excesiva dependencia de las consultoras y de la forma de capitalismo que han contribuido a crear. Los reformistas están desarrollando modelos de gobernanza innovadores, desde consultorías internas del sector público hasta “laboratorios” de políticas y programas de contratación locales orientados a la comunidad.

Transformar nuestras economías en aras del interés público exige cambiar nuestra forma de pensar y hablar sobre el papel del gobierno. Debemos dejar de ver al Estado como mero rescatador y reductor de riesgos del mercado, y reconocerlo como agente económico fundamental. Las organizaciones privadas y los particulares con auténticos conocimientos y capacidad pueden seguir siendo valiosas fuentes de asesoramiento. Pero deben asesorar y “consultar” de forma transparente desde la barrera, en lugar de que se les ponga al mando y se les pague independientemente de cómo se desempeñen.

 

Mariana Mazzucato

profesora de economía de la innovación y valor público, es directora del Institute for Innovation and Public Purpose del University College de Londres. Es autora de “Mission Economy. A Moonshot Guide to Changing Capitalism” (2021), “The Value of Everything: Making and Taking in the Global Economy” (2018) y “The Entrepreneurial State: Debunking Public vs. Private Sector Myths” (2013). Su último libro es “The Big Con: How the Consulting Industry Weakens our Business, Infantilizes our Governments, and Warps our Economies” (Penguin, 2023).
Rosie Collington

doctoranda del Institute for Innovation and Public Purpose del University College de Londres, es coautora del ultimo libro de Mariana Mazzucato.

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La emergencia climática en la Corte Interamericana de Derechos Humanos

19/03/2023 by Vitalio Deja un comentario

Por: Thalia Viveros Uehara, Juan Auz  

La Corte Interamericana será probablemente el primer tribunal regional de derechos humanos que elabore una opinión consultiva acerca de la emergencia climática, lo que provocará efectos normativos para la justicia climática más allá del ámbito jurídico.

Cada vez es más frecuente que las personas defensoras de derechos humanos recurran a las cortes como parte de su repertorio de esfuerzos para responder a la amenaza existencial que supone el calentamiento global. El 9 de enero de 2023, Chile y Colombia iniciaron el primer proceso consultivo ante un tribunal regional de derechos humanos. Solicitaron conjuntamente una opinión consultiva a la Corte Interamericana de Derechos Humanos para «aclarar el alcance de las obligaciones estatales, en su dimensión individual y colectiva, para responder a la emergencia climática».

En particular, los Estados solicitantes instaron especificar el significado de dichas obligaciones en seis cuestiones: (1) el deber de prevenir una mayor degradación y (2) los deberes inherentes al derecho a la vida, (3) los derechos de la niñez y las nuevas generaciones, (4) la consulta y los procedimientos judiciales, (5) la protección de las personas defensoras del ambiente, y (6) las responsabilidades comunes pero diferenciadas.

Cada tema refleja la preocupación de Chile y Colombia por la justicia y la equidad. Hicieron énfasis en cómo la emergencia climática ya está afectando de manera desproporcionada a los derechos de poblaciones históricamente vulnerables. Además, llamaron la atención acerca de la naturaleza interseccional del cambio climático, algo hasta ahora ajeno a la labor interpretativa de la corte.

Además, la petición incluye preguntas acerca de la adaptación al clima y la protección de los defensores del ambiente, dos conjuntos de obligaciones que fueron pasadas por alto por la OC-23/17 —la opinión consultiva de la corte, que incluye referencias al cambio climático— sobre el ambiente y los derechos humanos.

La solicitud a la Corte Interamericana representa una oportunidad histórica para llenar vacíos jurídicos que podrían contribuir a la justicia climática. Aunque las opiniones consultivas no son vinculantes para los Estados miembros, la interpretación de las obligaciones en el contexto de la región más desigual del mundo podría ayudar al derecho de los derechos humanos a abordar los factores sistémicos que determinan la vulnerabilidad climática de América Latina.

Uno de los efectos jurídicos que podría tener una nueva opinión consultiva es la mejora de las herramientas normativas para el creciente número de demandas relacionadas con el clima en la región, al igual que hizo la OC-23/17. Sin embargo, aunque los efectos jurídicos de una opinión consultiva son cruciales, los derechos humanos en la región constituyen un lenguaje que moviliza a actores más allá del ámbito jurídico. En ese sentido, una opinión consultiva sobre la emergencia climática podría poner en marcha la tan necesaria formulación integrada de políticas, suscitar la cooperación de diferentes comunidades de práctica y estimular el impulso político.

Normas climáticas para una política integrada

En su solicitud, Chile y Colombia subrayaron la importancia de la interpretación de la corte para mantener cierta cohesión normativa entre los regímenes internacionales en un ordenamiento jurídico fragmentado. Incluso cuando la emergencia climática pone en peligro varios derechos humanos —como sostienen los Estados solicitantes— al aumentar la transmisión de enfermedades, los desplazamientos, la inseguridad alimentaria y la escasez de agua, los ámbitos jurídicos encargados de responder a esos desafíos específicos rara vez se juntan.

A nivel nacional, las leyes y políticas también reflejan fracturas temáticas que socavan una respuesta holística a los efectos nocivos de la emergencia climática. Por ejemplo, es esencial garantizar el derecho a la salud para la adaptación climática. Sin embargo, las leyes nacionales sobre el clima y los planes de adaptación de Brasil y Colombia no integran suficientemente el derecho a la salud. Abordan sólo de forma parcial las cuestiones de disponibilidad, accesibilidad, aceptabilidad y calidad de los sistemas sanitarios. Esta fragmentación es una oportunidad perdida para la justicia climática, ya que garantizar instalaciones médicas resilientes para las poblaciones más vulnerables es crucial para que puedan soportar las enfermedades relacionadas con el clima.

Al interpretar de forma integrada las obligaciones que emanan de varios campos del derecho, una opinión consultiva puede proporcionar a las y los legisladores y encargados de formular políticas públicas directrices esenciales para aunar respuestas políticas que parecen no estar relacionadas con la emergencia climática.

Cohesionar diferentes comunidades de prácticas

Al igual que el derecho internacional y la formulación de políticas, la sociedad civil —y las comunidades de práctica de las que forman parte— no han eludido la fragmentación. El trabajo de las ONG y los movimientos de derechos humanos suele desarrollarse en campos cerrados y en aislamiento geográfico. Por ejemplo, las organizaciones que se ocupan de la salud, los desplazamientos o la migración rara vez incorporan a sus programas los asuntos relacionados con el cambio climático.

Ante la complejidad de la emergencia climática, los actores de la sociedad civil deben aunar esfuerzos en torno a un entendimiento común de cómo la emergencia climática afecta a todos los aspectos de la dignidad humana. No se trata de un llamado novedoso. Sin embargo, una opinión consultiva puede aclarar aún más cómo el cambio climático interfiere en cuestiones hasta ahora no relacionadas —como la protección de las personas defensoras del ambiente—, proporcionando así coyunturas de unión para diversas comunidades de práctica.

Galvanizar el impulso político

Una opinión consultiva sobre la emergencia climática también podría dar prioridad a la justicia climática en la agenda política de América Latina. De este modo, a los grupos de presión de los combustibles fósiles, por ejemplo, les resultará más difícil arrinconar a los funcionarios públicos en el espejismo de que sólo garantizarán un desarrollo compatible con el bienestar de sus ciudadanos más vulnerables si aumentan la extracción de petróleo los Estados. Si los derechos de la ninhes y de las generaciones futuras se discuten de forma significativa en la opinión consultiva, se refuerza el arsenal normativo contra la narrativa extractivista.

Igual de significativo es el hecho de que esta señal política puede reforzar el progreso de otras iniciativas importantes fuera de la región, como la petición de Vanuatu ante el Tribunal Internacional de Justicia.

El camino a seguir

Aunque la corte aún tiene que admitir y desarrollar la opinión consultiva solicitada sobre la emergencia climática, las preguntas planteadas por Chile y Colombia llamarán la atención sobre los aspectos inexplorados de la naturaleza interseccional del cambio climático. Si, al elaborar la opinión consultiva, la corte acoge los aportes de las poblaciones históricamente excluidas, podría comprender mejor sus realidades y, de este modo, sacar a la luz nuevas perspectivas sobre cómo abordar los factores sistémicos que subyacen a su vulnerabilidad al cambio climático.

En América Latina, este progreso normativo podría tener efectos prometedores más allá del ámbito jurídico, lo cual haría de la opinión consultiva un instrumento esencial para iluminar el camino común de los Estados hacia la justicia climática.


Thalia Viveros Uehara es candidata a doctora en la Universidad de Massachusetts, Boston, e investigadora asistente en la Comisión de derechos Humanos de Boston. Actualmente es investigadora visitante en el Instituto Max Planck de Derecho Público Comparado y Derecho Internacional e investigadora afiliada en el Centro de Derecho y Transformación Social. Twitter: @thalia_viveros

Juan Auz es abogado ecuatoriano, investigador postdoctoral en la Facultad de Derecho de la Universidad de Tilburg e investigador doctoral en el Centro de Derechos Fundamentales de la Escuela Hertie de Berlín. Ha sido becario Alexander von Humboldt en el Instituto de Postdam para la Investigación del Impacto Climático (PIK). Twitter: @juangauz

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La distopía cognitiva: Inteligencia Artificial y grupos de presión

19/03/2023 by Vitalio Deja un comentario

Por: Homar Garcés

 

Nos desenvolvemos en medio de una sociedad del entretenimiento y del consumo inducidos por el sistema capitalista, la cual convierte a muchos en individuos narcisistas y materialistas, con escaso (o nulo) apego a valores que entrañen un sentido de comunidad o de solidaridad.

Con el impacto exponencial de las llamadas inteligencias artificiales estaríamos adentrándonos en un mundo dominado, contradictoriamente, por la ignorancia y por los prejuicios, algo similar al periodo medieval europeo cuando las monarquías y la iglesia católica le imponían a sus súbditos criterios indiscutibles y se les prohibía pensar con cabeza propia. Las inteligencias artificiales -manipuladas por los grandes capitalistas- contribuirán a afianzar dicha «cultura». La realidad virtual ha creado una ficción de libertad que, de un modo general, es aprovechada, por ejemplo, por quienes difunden mensajes de odio, apelando al derecho que les asiste a la libre expresión. La socialización y la amplitud de criterios que redundarían en la creación de canales de interconexión entre personas y grupos ubicados en puntos distintos del orbe quedó restringida a la difusión de mensajes banales, sin que se admita espacio alguno a la diversidad ni a la libertad del pensamiento. La nueva tendencia que se ha generado en internet es la impuesta por los que son identificados como lectores y editores sensibles, censurando lo que, en su opinión, representan elementos ofensivos, aún cuando estén incluidos en obras artísticas, literarias y cinematográficas reconocidas y producidas en el pasado.

El entramado invisible que se ha creado (contando con nuestra participación inconsciente y, en algunos casos, resignada) apenas ha merecido reflexiones críticas de parte de analistas y profesionales de las ciencias sociales y, de ser conocidas, son pasadas por alto por quienes se hallan inmersos en ella; facilitando el «trabajo» y las millonarias ganancias de aquellos que lo controlan. Los diferentes avances tecnológicos producidos en computación, telecomunicaciones e informática han contribuido a uniformar la opinión pública en muchas áreas de la vida social, sobre todo, en lo político, sin que se dé espacio a la disidencia o a argumentos que no compaginen con lo habitualmente aceptado. Pocos intuyen en ello una amenaza o un peligro para la libertad humana y, más aún, más aún, para la variedad cultural que nos caracteriza como humanidad, al modo de las distopías imaginadas por Aldous Huxley en «Un mundo feliz », George Orwell en «1984», Alan Moore en «V, de Vendetta» o Ray Bradbury en «Farenheit 451», en las cuales se perfila el dominio de una minoría totalitaria, apoyada en la ciencia y la tecnología, que anula el libre albedrío de las personas. Precisamente, Aldous Huxley expresaría que «las personas llegarán a amar su opresión, a adorar las tecnologías que deshacen su capacidad de pensar». Siendo algo factible, la creatividad humana se vería afectada enormemente sólo con que se pulsen algunos botones.

Esta distopía cognitiva limitaría la complejidad intelectual humana a la emisión y la recepción de mensajes simples, sin mucha trascendencia, lo que -ahora- es algo común en las redes sociales, gran parte de ellas con normas «comunitarias» que sólo responden al interés particular de sus dueños y no a la visión multi-diversa y compartida de sus usuarios. Otra realidad que se extrae de ella, es que las grandes corporaciones que controlan el internet son las que perciben ingresos cuantiosos que superan a los obtenidos en conjunto por los sectores industriales y financieros de la economía mundial. Pero esto quizá no causaría mayor alarma si nada más se tratara de dinero porque esa es la lógica capitalista. Lo que advierten muchos analistas y expertos (varios de ellos ex empleados de alto rango de estas grandes corporaciones), es el control que ya se ejerce sobre el comportamiento y la opinión de segmentos importantes de la población mundial, como se ha comprobado durante los procesos electorales de algunos países, más visiblemente en Estados Unidos con Barack Obama y Donald Trump en su ruta a la Casa Blanca, con Mauricio Macri en Argentina o con la rusofobia a propósito de la guerra en Ucrania. Otro tanto ocurrió con la censura al personaje de Looney Tunes, el zorrillo francés Pepe Le Pew, al señalársele de fomentar la “cultura de la violación”, exigiéndose, en consecuencia, su supresión del cine y la televisión.

En relación con este tema, en su artículo «La Inteligencia Artificial, ¿el nuevo oráculo que le dirá al ser humano cómo vivir?», Juan Pablo Carrillo Hernández formula algunas interrogantes de interés para todos: «¿Es posible confiar en el desarrollo de una empresa inserta de lleno en la mentalidad dominante de nuestra época, no preocupada, particularmente, por la emancipación de la consciencia o del entendimiento humanos? ¿Cómo esperar que una así llamada “inteligencia artificial” se convierta en el vehículo o recurso de la razón, de la formación consciente de una postura o de la elaboración de un saber, si desde su origen está diseñada para nada más que reproducir la información más popular o más autorizada sobre un tema?». Los marcos de referencia informativos que suelen citarse para blindar algún punto de vista no son los más imparciales que se requieren para conocer, con exactitud, los porqué de los acontecimientos que, de una u otra manera, afectan nuestras vidas. Lo que resulta aún más peligroso si ésta obedece a una estrategia con fines militares, como las diseñadas por el Pentágono y sus subordinados de la OTAN desde hace mucho tiempo. Las grandes potencias agrupadas en la Organización del Tratado del Atlántico Norte tienen previsto «sembrar modos de pensar» que «abaratarían» los costos de futuras guerras e influirían en el comportamiento político de sus víctimas u objetivos para desestabilizar los gobiernos considerados como enemigos. Bajo tal orientación, la Agencia de Proyectos de Investigación Avanzados de Defensa de Estados Unidos, mejor conocida por su acrónimo DARPA (Defense Advanced Research Projects Agency), está a cargo del desarrollo de tecnologías avanzadas para uso militar. Esto incluye la puesta en funcionamiento, entre otras cosas, de un prototipo de satélite espacial espía de nueva generación y la capacidad de acceso a Internet mediante Wi-Fi en cualquier lugar de la Tierra, lo que servirá, según un comunicado oficial de la Fuerza Aérea estadounidense, para «destruir, negar, degradar, interrumpir, engañar, corromper o usurpar a los adversarios que tienen la capacidad de usar el dominio del ciberespacio en su propio beneficio». En otras palabras, se trata de activar lo que, previamente, se ha preparado comunicacionalmente, de manera que los individuos respondan a los estímulos emitidos (lo que los expertos llaman razonamiento motivado o sesgo de confirmación), de acuerdo con sus creencias, sus convicciones o, más sencillamente, sus prejuicios; dando así crédito a las informaciones que reciben y en las cuales confían.

El resultado anticipado de todo esto es la generación de un nihilismo pasivo, lo cual acarrearía delegar nuestro poder de decisión en algoritmos operados por los grandes magnates del capital global a fin de incrementar su hegemonía ideológica. La convivencia con la inteligencia artificial supone, entonces, entablar una lucha de resistencia de nuevo tipo, comprendiendo que ésta sería utilizada para perfeccionar el proceso de neocolonización y dependencia que sufren los países periféricos del capitalismo global. Algunas voces ya han propuesto medidas para la mitigación de riesgos respecto al uso y desarrollo de la inteligencia artificial, lo mismo respecto a los grupos de presión, ya que no solo lesionaría la privacidad y el nivel intelectual de la gente que tiene acceso a internet sino que repercutiría en una posible profundización de la hegemonía capitalista, mermando la libertad y la democracia de la mayoría, independientemente de cuál sea su origen, cultura, condición socioeconómica o filiación religiosa o política.

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Estados Unidos improvisa frente a la Ruta de la Seda

19/03/2023 by Vitalio Deja un comentario

Por: Claudio Katz

La dominación de Estados Unidos sobre América Latina no tiene equivalentes en otras partes del mundo. En ninguna otra zona mantuvo un control tan directo con intervenciones tan sostenidas. Siempre consideró a la región como una simple prolongación de su propio territorio.

Por esta singular gravitación, el retroceso de la primera potencia al sur del Río Grande es ilustrativa de la crisis del poder norteamericano. Washington pierde posiciones en su viejo feudo a un ritmo asombroso.

Las evidencias de este declive en plano económico han sido contundentes luego del fracaso del ALCA. La fallida integración comercial y financiera de toda la región bajo su control, afectó un mercado tradicional del capitalismo estadounidense. Ese frustrado proyecto no fue reemplazado por ningún otro plan del mismo porte. Los tratados bilaterales no dieron el resultado esperado y el viejo anhelo de supremacía panamericana quedó archivado.

Esta adversidad económica se extiende al plano geopolítico-militar. La erosión del liderazgo yanqui no fue revertida en las últimas dos décadas con mayor despliegue del Comando Sur, la IV Flota, las bases de Colombia o la presencia de la DEA, la CIA y el FBI. La Casa Blanca no pudo repetir las ocupaciones de Granada (1983) o Panamá (1989). Reforzó el bloqueo a Cuba y ensayó complots contra Venezuela, pero no logró reconstruir la OEA, ni organizar el contragolpe continental que ansiaba el Grupo de Lima.

El mismo retroceso se corrobora en el plano ideológico. El “sueño americano” ya no deslumbra con antes. Persiste la exaltación del capitalismo puro y también la adulación de la empresa o la idealización de la competencia, pero la referencia estadounidense perdió su tradicional y excluyente centralidad. Las dificultades que afronta la economía del Norte disuaden las apologías del pasado. El acrecentamiento de la desigualdad torna además inverosímil, la identificación del sistema político estadounidense con el bienestar de las mayorías.

También pierde adeptos la vieja imagen de la primera potencia como protectora del continente. Sólo para decrecientes sectores de las elites regionales continúa encarnando los valores comunes de la humanidad. La intervención internacional de Washington ya no es vista como el único antídoto frente al caos. Salta a la vista que los marines sólo intervienen para asegurar los beneficios de una minoría capitalista del Norte. Esta revisión general del rol de Estados Unidos ha sido precipitada por la impetuosa llegada de un nuevo jugador externo.

FRACASOS FRENTE AL SORPRESIVO DESAFIANTE

La fulminante expansión de China en América Latina corrobora el deterioro de la dominación estadounidense. El gigante asiático no repite el perfil competitivo de Europa o Japón, que en distintas ocasiones incursionaron sin éxito sobre la región controlada por Washington. Durante la segunda mitad del siglo XX, esas intervenciones estuvieron siempre restringidas a ciertas ramas de la economía y nunca amenazaron la primacía general de la primera potencia.

La llegada de China presenta otra magnitud e introduce una inédita cuña en toda la región latinoamericana, que los dominadores del Norte denominaron en forma despectiva el Patio Trasero. La velocidad de esa penetración asiática no tiene precedentes. Comenzó en la esfera comercial a través de operaciones que escalaron a un ritmo del 26% anual. El volumen de ese intercambio saltó de 18 mil millones de dólares (2002) a 450 mil millones (2021). China se ha convertido hoy en el principal socio de Argentina, Brasil, Chile, Perú y Uruguay y en el segundo México y Colombia (Quian; Vaca Narvaja, 2021).

El interés inicial de Beijing estuvo centrado en la adquisición de materias primas. Apostó a garantizar su provisión de insumos, en la región que alberga las mayores reservas del planeta. Desafío abiertamente al custodio yanqui de esas riquezas. En América Latina se localiza el 40 % de la biodiversidad mundial, el 25 % de los bosques y el 28 % de las fuentes acuíferas. También cuenta con el 85 % de los depósitos conocidos de litio, el 43 % del cobre, el 40 % del níquel y el 30 % de la bauxita. China tomó nota de ese acervo para sostener su extraordinario crecimiento.

Esa arremetida reproduce en América Latina la expansión del gigante oriental en el resto del mundo. Pero en este caso, socava directamente la preeminencia de su principal rival, en un territorio de vieja primacía estadounidense. La sorpresa de Washington ha sido mayúscula y el establishment no logra definir un contragolpe frente a semejante reto. Nunca imaginó que el avance asiático podía alcanzar esta dimensión en sus propios dominios.

China aprovechó el fracaso del ALCA que afrontó Bush y las vacilaciones de Obama en el manejo del libre comercio, para introducir sus convenios en la región. Por esa vía logró ocupar en tan sólo 20 años, un lugar muy próximo a Estados Unidos en toda la zona.

Trump intentó una virulenta reacción proteccionista. Congeló el sendero multilateral, adoptó la agenda del sector interno americanista y buscó la recaptura de los viejos mercados cautivos. Pero su apuesta mercantilista tampoco dio resultado. No revirtió el déficit comercial de Estados Unidos con China, ni mejoró el superávit yanqui con los clientes latinoamericanos.

El magnate tan sólo logró un respiro con una renovación del tratado con México (TMEC), que dejó conformes a las firmas estadounidense y aseguró los enormes beneficios de las maquilas. Introdujo, además, barreras a las empresas alemanas y japonesas que intentan penetrar el mercado del Norte. También impuso el veto a los atractivos convenios que China ofrece a México desde hace veinte años.

Pero esos logros no compensan la pérdida de espacios frente a Beijing en todo el continente. Estados Unidos no pudo expandir su modelo del T-MEC al resto de Centroamérica y el Caribe. Tampoco consiguió evitar que gobiernos muy afines a Occidente amplíen sus acuerdos con China.

Este fracaso económico tuvo correlatos políticos. La contraofensiva de Trump para alinear a los presidentes derechistas de la región con Washington, no logró efectos significativos sobre los negocios. En ningún caso, indujo a las clases dominantes de la región a retacear sus intercambios con Beijing.

La adversidad que afronta Estados Unidos salta la vista, en una comparación de la gestión de Trump con su antecesor Nixon. Para confrontar con el desafío creado por la renovada competitividad de las economías de Alemania y Japón, ese mandatario republicano dispuso en los años 70 la inconvertibilidad del dólar y una fuerte suba de aranceles. Pactó con China para separarla de la URSS y compensó la derrota de Vietnam, con el éxito de su socio Pinochet en Chile y con la contraofensiva de su apéndice israelí en Medio Oriente.

Por el contrario, todas las iniciativas geopolíticas de Trump fueron inconsistentes, timoratas y revertidas por su propio gestor antes de alcanzar algún resultado. Vaciló en la guerra comercial con China, exhibió incontables vaivenes frente a Rusia, combinó las diatribas con la inacción ante Corea e Irán y no pudo imponer sus exigencias de militarización a Europa. Este contraste frente a Nixon ofrece otro indicio del retroceso actual de Estados Unidos.

LA CONTRAOFENSIVA FALLIDA

Estados Unidos ya no recurre a ofertas de libre comercio para frenar la expansión de China, puesto que no logra competir en ese terreno con su rival. El intercambio sin aranceles siempre fue el estandarte de las economías más competitivas. Se transformó en el gran emblema de Londres en siglo XIX, de Washington en la centuria pasada y de Beijing en la actualidad.

Estados Unidos sólo adoptó ese principio cuando su economía comenzó a doblegar a los competidores. En ese momento, los sectores aislacionistas perdieron la partida frente a sus pares globalistas, que impusieron la agenda de la liberalización.

En América Latina ese curso fue anticipado por el panamericanismo y extendido posteriormente con programas de apertura comercial. Al concluir la Segunda Guerra Mundial, la bandera del libre comercio quedó asociada a una economía estadounidense que triplicaba al PBI de la URSS, quintuplicaba el volumen productivo de Gran Bretaña y albergaba a la mitad de la actividad industrial del orbe (Anderson, 2013: 97-102).

El declive de esa productividad fue perceptible primero frente a las reconstruidas economías de Japón y Alemania y ha quedado actualmente transparentado por el ascenso de China. La competitividad del gigante asiático explica su fervorosa defensa de la desregulación comercial en las Cumbres de Davos. La fidelidad formal a ese ideal en el grueso de Occidente, contrasta con la promoción real de esa meta por el nuevo epicentro de Oriente.

El fracaso de la respuesta proteccionista a esa disyuntiva que ensayó Trump, indujo a Biden a probar instrumentos keynesianos para emparejar la carrera con China. Llegó a la Casa Blanca con una retórica de New Deal y audaces propuestas de mayor gasto público, para recomponer los ingresos y apuntalar la inversión en infraestructura. Prometió revertir las reducciones impositivas y penalizar los paraísos fiscales, para reunir los recursos que exige el relanzamiento de la economía estadounidense.

Biden no retomó el multilateralismo de Obama, ni las iniciativas de libre comercio de sus predecesores globalistas. Sólo pretendió alguna aproximación a ese curso, para encender los motores del resurgimiento norteamericano. Pero esa estrategia no arrancó en el primer bienio de su mandato.

Su paquete de incremento del gasto público obtuvo mucho menos que lo esperado en el Congreso, ante el rechazo de los Republicanos y los reparos de su propia bancada. Primero el lobby de las farmacéuticas bloqueó cualquier restricción al imperio de las patentes, luego las grandes empresas vetaron las mejoras de las prestaciones sociales y el incremento de los impuestos. Posteriormente los banqueros objetaron la ampliación del gasto público y finalmente las compañías petroleras obstruyeron el despegue de una economía verde.

Todas las iniciativas de financiación ambiental, mayor atención médica e impuestos progresivos han quedado transformadas en inconexos paquetes de incentivos convencionales. El relanzamiento keynesiano debe lidiar, además, con el nuevo escenario de inflación que sucedió a la pandemia y con el renovado gasto militar que introdujo la guerra de Ucrania (Tooze, 2022).

Este freno obstruye el demorado relanzamiento de los proyectos comerciales transatlánticos y transpacíficos, que Estados Unidos mantiene en la indefinición. El bloqueo que afrontan esas iniciativas confirma los atascos de la primera potencia. La primacía internacional del dólar, las ventajas en la alta tecnología y la gravitación del Pentágono, no aportan el sustento suficiente para disputar con China. Por esa razón, Biden no logra revertir el continuado avance del dragón oriental en América Latina.

Las clases dominantes de la región redoblan sus negocios con China, contrariando todas las presiones de Washington para obstruir esos emprendimientos. Biden repite el fracaso de su antecesor, que no logró quebrantar esa asociación. Los dos delfines de Trump en la región -Macri y Bolsonaro- sólo amagaron algunas medidas iniciales de distanciamiento con Beijing. Esos tanteos fueron abandonados, cuando los exportadores de ambos países exigieron preservar sus enormes ventas a China (Lo Brutto; Crivelli, 2019). La demora que introdujo Macri en las obras de infraestructura financiadas por Beijing y el coqueteo de Bolsonaro con Taiwán quedaron neutralizados por las exigencias del gran capital local.

Esa continuidad en la relación financiera y comercial con Beijing es la respuesta pragmática de las clases dominantes latinoamericanas, a la ausencia de ofrecimientos compensatorios por parte de Estados Unidos (Fuenzalida, 2022). Trump simplemente se enfadó con Argentina, Jamaica, Panamá y Colombia, luego de exigir rupturas sin contrapartidas de ningún tipo. Biden modificó la retórica, pero busca recrear el mismo padrinazgo estadounidense con poco soporte complementario.

Su proyecto impositivo internacional ejemplifica esa fragilidad de propuestas para los socios latinoamericanos. La iniciativa penaliza la evasión, mediante una nueva tasa impositiva a las grandes empresas asentadas en los paraísos fiscales. Pero como ese gravamen sería cobrado tomando en cuenta la localización de las casas matrices (y no los lugares de producción), los 100.000 millones de dólares que aportaría al fisco serán integralmente embolsados por las economías del centro. Washington obtendría un nuevo flujo de fondos, con recursos en gran medida generados en los territorios latinoamericanos (Página 12, 2021). Biden mantiene la vieja tradición de esquilmar a esa región, pero sin frenar la expansión de un rival que negocia con todos los capitalistas locales del ¨Patio Trasero¨.

LA RUTA DE LA SEDA EN LA REGIÓN

La batalla por la supremacía económica en América Latina se dirime también en el terreno de los megaproyectos internacionales. China está embarcada en forjar un gigantesco

cinturón de infraestructuras, puertos y rutas, que ya sumó a los 145 países que albergan al 70 % de la población y al 55 % del producto bruto mundial. La Ruta de la Seda involucra una concesión de préstamos por 8000 billones de dólares y supera los planes de reconstrucción que sucedieron a la Segunda Guerra Mundial.

Ese colosal emprendimiento avanza en medio de las tormentosas tensiones suscitadas por la guerra, la inflación y el cortocircuito de suministros, que irrumpió después de la pandemia. China debe lidiar, además, con los conflictos generados por el endeudamiento de los países que participan en su proyecto. Ya es un gran acreedor de economías muy frágiles (Mongolia, Laos, Maldivas, Montenegro, Yibuti, Tayikistán y Kirguizistán) y refinancia los compromisos con países muy afectados por esos pasivos (Bangladesh, Tanzania o Nigeria).

La negociación de cada tramo de la Ruta de la Seda provoca, además, conflictos con los participantes que aumentan su participación sin consultar a los socios regionales. Las tratativas que mantuvo Italia a espaldas de Europa ejemplifican esas tensiones. Pero en esta gran variedad de circunstancias, China apuesta fuerte frente a un desconcertado espectador estadounidense.

Este problemático escenario se ha extendido a América Latina. En tan sólo cuatro años la Ruta de la Seda sumó a 20 países de la región, que comienzan a lograr una incidencia comparable al continente africano en ese proyecto. Argentina fue la incorporación más reciente y con este ingreso sumó presión para el ingreso de los tres ausentes de peso: Brasil, México y Colombia.

La economía del Cono Sur fue tentada con mayores créditos para financiar la adquisición de manufacturas y servicios de China. Argentina recibe menos presiones de Washington contra Beijing que México o Colombia y tiene menos industria para proteger de la avalancha importadora que Brasil. Pero las ofertas que está evaluando Itamaraty, están a tono con la expansión del intercambio comercial de Brasil con China, que saltó de 2000 millones de dólares (2000) a 100.000 millones (2020).

México mantiene pendiente una respuesta a la propuesta de concertar un TLC directo con Beijing, que está vetado por las cláusulas del T-MEC suscripto con Estados Unidos. Muchas voces impulsan la adopción de ese conflictivo paso, a fin de situar al país en un status de real equidistancia frente a los dos poderosos del planeta (Dussel Peters, 2022). Pero esa apuesta introduce una carta que por ahora nadie quiere jugar.

China negocia con todos sus interlocutores, sin exigir los mismos compromisos que suele demandar Estados Unidos. No arrastra una tradición de acreedor que consuma apropiaciones de territorios, empresas o recursos de los deudores insolventes.

Los juicios por “incumplimientos” de las obligaciones tramitados en un organismo arbitral (CIADI), ilustran la magnitud de las penalidades que imponen las empresas estadounidenses (o europeas) a los estados latinoamericanos. El número de esos castigos saltó de 6 (1996) a 1.190 (2022) por compensaciones que superan los 33.000 millones de dólares (Ferrari, 2022).

El paso de tiempo zanjará todos los interrogantes sobre el comportamiento futuro de China ante situaciones semejantes. Algunos analistas estiman que el gigante oriental ya comenzó a prevenir escenarios de ese tipo (Ecuador Today, 2021), sustituyendo los créditos de Estado a Estado por préstamos privados con garantías de activos (Marco del Pont, 2022). Pero la efectivización de estos resguardos aún no se ha verificado y China continúa exhibiendo un perfil más amigable que su competidor norteamericano. Avanza con la Ruta de la Seda a una velocidad que descoloca al mandante estadounidense.

LA INCONSISTENCIA DE AMERICA CRECE

Frente a la impactante arremetida de China, Trump auspició una muralla defensiva desde el 2019 con su proyecto de América Crece. Alentó sobre todo acuerdos privilegiados de América Latina con firmas estadounidenses, en los sectores más prometedores de la actividad energética. Promovió especialmente inversiones para expandir las conexiones del gas mexicano a Centroamérica y para aumentar la presencia yanqui en las redes eléctricas de Colombia, Ecuador, Perú y Chile. Puso especial énfasis en las reservas de gas de Bolivia y en los yacimientos de Vaca Muerta (Argentina) y el Presal (Brasil).

Para acelerar esas iniciativas colocó a su delegado en la presidencia del BID (Mauricio Claver Carone) y forzó el otorgamiento de un mega crédito del FMI al insolvente Estado argentino. Promovió, además, una drástica modificación de los sistemas vigentes de compras estatales y propuso suscribir compromisos en forma expeditiva, salteando negociaciones y controles parlamentarios. Recurrió al formato trumpiano de forzar en tiempo récord acuerdos de dudosa legalidad.

Pero con ese improvisado liberto, el magnate no logró introducir ninguna alternativa a la Ruta de la Seda. Sus iniciativas quedaron flotando en el laxo universo de los proyectos, mientras los gobiernos latinoamericanos continuaban concertando acuerdos efectivos con clientes y proveedores de China. El aura que rodeó al lanzamiento de América Crece se extinguió, antes de suscitar algún interés significativo.

Esas indefiniciones recrearon las tensiones dentro de Estados Unidos entre las fracciones proteccionistas y globalistas. Ese conflicto reforzó la obstrucción a una iniciativa carente de soportes financieros estatales de envergadura. América Crece fue concebido como un plan de apertura de negocios para el sector privado, que define cuáles son las inversiones a desenvolver.

Este abordaje se ubica en las antípodas del sostén directo del Estado que propicia China. Mientras que América Crece está sujeto al visto bueno de cada empresa estadounidense, la Ruta de la Seda avanza con los fondos provistos por Beijing. Sin esa billetera directa, Washington no puede competir con su rival asiático.

Biden heredó esa obstrucción sin aportar ninguna solución. Retomó el mismo esquema de América Crece, con la denominación más pomposa de Alianza para la Prosperidad Económica de las Américas (APEP). Ha puesto mayor énfasis en el programa complementario de incentivos al retorno de las firmas yanquis afincadas en Asia (Back to the Americas). También apuntaló los fondos del BID para ofrecer créditos de equiparación con China y buscó reducir la enemistad generada con la región por su precursor, desplazando a los funcionarios trumpistas de ese organismo (Merino; Morgenfeld, 2021).

Las negociaciones establecidas con 11 países latinoamericanos para motorizar el nuevo proyecto avanzan en forma muy lenta y no despiertan el interés que en el pasado suscitó el ALCA (Oppenheimer, 2023). La convocatoria a expandir en Centroamérica el modelo de asociación con México (T-MEC), no resuelve ninguno de los problemas que paralizaron la iniciativa de Trump.

El enorme déficit fiscal que arrastra el Tesoro estadounidense, restringe la oferta del dinero requerido para desenvolver ese tipo de propuestas. Esa carencia de fondos limita el relanzamiento keynesiano interno que imaginó Biden y obstruye la competencia externa con el gigante oriental. Por eso el BID navega en la indefinición, mientras que el Foro China-CELAC incrementa su agenda bilateral. Estados Unidos no logra, además, forjar las articulaciones políticas conseguidas en el pasado con el Consenso de Washington.

La magnitud del retroceso estadounidense es muy visible, mediante una simple comparación con las iniciativas que adoptaba la Casa Blanca en los los años sesenta, para neutralizar el impacto de la revolución cubana. En ese momento recurrió a la Alianza para el Progreso con montañas de créditos e inversiones en todos países, sin afrontar rivalidades económicas de ninguna otra potencia en la región. En la actualidad, Estados Unidos no cuenta con esos recursos y confronta con un competidor chino que penetra su propio ¨Patio Trasero¨. Las burguesías latinoamericanas, que en esos años se alineaban en forma automática con su mandante, ahora ponen distancia y barajan su propio juego.

RETRATO DE UN GRAN DESCONCIERTO

La reciente Cumbre de las Américas ilustra el retroceso de Estados Unidos en la región. Ese evento es la principal instancia de articulación política del continente y cada uno de los ocho encuentros celebrados en las últimas tres décadas retrató el estado de esas relaciones.

En las tres primeras Cumbres (Miami-1994, Santiago de Chile-1998, Québec-2001) fue muy visible la recuperación lograda por Washington, con el auge del neoliberalismo y el desplome de la URSS. Pero ese resurgimiento quedó abruptamente revertido en el cuarto evento (Mar del Plata-2005) con la derrota del ALCA. Ese giro coincidió con la erosión de la unipolaridad y el debut de una secuencia de fracasos estadounidenses.

Obama gestionó un escenario de empate en las tres Cumbres posteriores (Puerto España-2009, Cartagena-2012, Panamá-2015). No pudo concretar los tratados bilaterales sustitutos del ALCA y debió aceptar la presencia de Cuba. Desplegó incluso una retórica conciliatoria de equivalencia de todos países y se distanció del Panamericanismo.

Trump modificó en forma radical ese libreto a fin de restaurar la dominación explicita del imperio. Combinó las exhibiciones de fuerza con los desplantes a las reuniones y se ausentó de la propia Cumbre (Lima-2018), para eludir protestas y rechazos a sus provocaciones xenófobas. Pero ese faltazo tan sólo encubrió el fracaso de sus conspiraciones contra Venezuela y el naufragio de la coalición ultraderechista que intentó edificar en la región.

En el reciente encuentro (Los Ángeles-2022), Biden afrontó un cúmulo mayor de adversidades. Diagramó una agenda con todos los tópicos en boga (energía limpia, infraestructura digital, economía verde, gobernabilidad democrática), para encubrir su propósito de retomar la primacía estadounidense (Lucita, 2022). Intentó una demostración de fuerza con la exclusión de Nicaragua, Cuba y Venezuela, para agraciar a los derechistas de la Florida y asumió el doble papel de anfitrión formal y patrón del encuentro. Pero con esta repetición de una grosería propia de Trump, precipitó las protestas que arruinaron el evento.

México encabezó la ausencia de los gobiernos que no aceptaron las exclusiones e indujo un vaciamiento de la propia Cumbre. La reunión se mantuvo como un espectáculo chapucero, cuestionado por casi todos los concurrentes (Casari, 2022). Las exclusiones fundadas en violaciones a los derechos humanos resultaron particularmente absurdas, en plena reconciliación yanqui con el monarca criminal de Arabia Saudita. Biden quedó desairado incluso por varios gobiernos derechistas que optaron por el faltazo (Morgenfeld, 2022).

Esa ausencia le impidió avanzar, en el pacto previsto para contener el aluvión de migrantes en distintos territorios de Centroamérica. Tampoco logró el ansiado aval para las sanciones contra Rusia y tuvo que aceptar un principio de anulación de las exclusiones en los futuros encuentros. Los oradores que postularon ese principio se transformaron en los verdaderos protagonistas de la Cumbre. Ni siquiera las alusiones de la Casa Blanca a un inminente conflicto bélico mundial, alinearon a los gobiernos latinoamericanos con su hermano mayor (Rangel, 2022).

Lo ocurrido retrató el cambio de las relaciones de fuerza imperantes en la región. Estados Unidos tantea arremetidas, sin revertir las adversidades que afronta y comienza a competir con encuentros promovidos por el rival chino, que no excluyen a ningún concurrente. A diferencia de Mar del Plata, la Cumbre de Los Ángeles no naufragó por el despunte de un alineamiento latinoamericano, sino por la propia impotencia de la administración estadounidense.

EL RECURSO MILITAR SUBYACENTE

Estados Unidos intenta contrarrestar sus falencias económicas con mayor acción geopolítica y militar. Esa carta es barajada por todos los ocupantes de la Casa Blanca, para contener la presencia china y doblegar la autonomía de las clases capitalistas locales.

Ambos propósitos son compartidos por la cúpula de los Republicanos y Demócratas, que propician combinar políticas de agresión y negociación, para recomponer el poder estadounidense. La mixtura del garrote con los buenos modales, persiste como el principal combo de todas las administraciones de Washington.

Ningún mandatario del Norte contempla la hipótesis de una retirada estadounidense de América Latina. Esa inflexibilidad es un ingrediente intrínseco de la primera potencia, que no puede (ni quiere) concertar con China, el traspaso de dominios que acordó con Gran Bretaña en la primera mitad del siglo XX.

Estados Unidos pretende conservar su primacía haciendo valer la monumental estructura militar que mantiene el Pentágono en la región. El Comando Sur, la IV Flota y las bases de Colombia articulan un dispositivo de envergadura muy semejante al desplegado por los marines en el Golfo Pérsico o el Mediterráneo.

América Latina es la base histórica del intervencionismo estadounidense. Entre 1948 y 1990 el Departamento de Estado estuvo involucrado en el derrocamiento de 24 gobiernos. En 4 casos actuaron efectivos estadounidenses, en 3 prevalecieron los asesinatos de la CIA y en 17 hubo golpes teledirigidos desde Washington. Gran parte de esas asonadas fueron perpetradas por los 70.000 militares que entrenó el Pentágono entre 1961 y 1975, para consumar matanzas de todo tipo.

La “guerra contra las drogas” ha sido la modalidad más reciente de esas escaladas. Incluyó una perdurable presencia de la DEA, especialmente en México, Colombia, Perú y Bolivia. Dejó una dramática cifra de latinoamericanos asesinados, sin ningún efecto en la reducción del narcotráfico. Esa inoperancia fue consecuencia de la propia acción de la CIA, que toleró la comercialización de estupefacientes para complementar su financiamiento.

Ese circuito facilitó, además, ganancias multimillonarias a los fabricantes de armas y a los bancos, que transforman el dinero negro en operaciones corrientes. Por ese lavado, las entidades involucradas en el delito -como por ejemplo Wells Fargo- fueron penalizadas con multas irrelevantes (Miguel, 2022).

El Departamento de Estado siempre disfraza sus agresiones con pretextos inverosímiles. Los marines y la embajada han sido tradicionalmente presentados como salvadores de enemigos muy cambiantes. Primero fueron los comunistas, luego los talibanes, posteriormente los narcotraficantes y últimamente los terroristas. Hollywood contribuye activamente a esa mascarada masificando estereotipos, que en cada coyuntura se amoldan a las mistificaciones propiciadas por Washington (Cook, 2022).

Estados Unidos cuentan en la actualidad con 12 bases militares en Panamá, 12 en Puerto Rico, 9 en Colombia, 8 en Perú, 3 en Honduras, 2 en Paraguay. Mantiene, además, instalaciones del mismo tipo en Aruba, Costa Rica, El Salvador, Cuba (Guantánamo). En las islas Malvinas, el socio británico asegurar una red de la OTAN conectada con los emplazamientos del Atlántico Norte (Rodríguez Gelfenstein, 2023).

Pero Washington adopta su estrategia a restricciones que no afrontaba en el pasado. Ya no puede despachar gendarmes, con el mismo descaro que imperaba en la segunda mitad del siglo XX. Prioriza su actividad en las sombras, para derrocar gobernantes molestos e instalar dictadores afines.

Basta observar la confesión reciente de un alto funcionario de Trump (Bolton), para notar cuán persistente es la minuciosa preparación estadounidense de los golpes de estado (El País, 2022). Los hombres de Washington sostienen, además, la feroz represión que descarga la usurpadora Boularte contra el pueblo peruano (Ruiz, 2023).

Con la misma crudeza y sin ningún filtro, la jefa del Comando Sur proclamó el derecho del Pentágono a manejar como propios los recursos naturales de América Latina (Reyes, 2022). Con ese mandato, un cuerpo de ingenieros norteamericano remodela el circuito navegable de los ríos que atraviesan Paraguay. En su confrontación con Beijing, Washington evita cualquier distensión de su presencia militar en el ¨Patio Trasero¨.

SANCIONES CONTRA RUSIA PARA ALEJAR A CHINA

La subordinación geopolítica de las cancillerías latinoamericanas es otro instrumento de la contraofensiva estadounidense contra China. El Departamento de Estado intenta utilizar la guerra de Ucrania, para comprometer a los gobiernos latinoamericanos en las campañas de condena a Putin. Exige penalizar la incursión rusa sin ninguna mención de la OTAN. Esta presión apunta a doblegar las resistencias de numerosos mandatarios a un ciego alineamiento con Washington.

Los castigos a Moscú que exige Estados Unidos buscan reducir el margen de autonomía de la región. Con ese tipo de sometimiento, la Casa Blanca sepultó durante el siglo XX todos los vestigios de independencia latinoamericana.

Los grandes medios de comunicación comandan esa presión para forzar la reprobación de Moscú que demanda Washington. Potencian el clima de rusofobia que se ha instalado en la opinión pública y cuestionan las vacilaciones en emitir censuras más virulentas contra Putin. Esta campaña apunta resucitar la OEA y a neutralizar la CELAC.

La presión yanqui no ha dado ningún resultado sobre los mandatarios enfrentados con la Casa Blanca (Venezuela, Bolivia, Cuba y Nicaragua), pero ha incidido sobre las administraciones que periódicamente oscilan entre el distanciamiento y la sumisión a Washington (Argentina, Chile). En distintas ocasiones esos gobiernos han aportado los votos de censura contra Rusia que exige el mandante del Norte.

Estados Unidos no disimula su irritación con México por soslayar esos pronunciamientos y el propio presidente de Ucrania ha criticado duramente a López Obrador. Cuestiona su propuesta de cese de hostilidades y una tregua de cinco años. La misma tensión se ha extendido a Itamaraty desde la asunción de Lula.

El clima belicista que propicia Estados Unidos no ha sumado muchos adherentes en América Latina. El grueso de la región se mantiene lejos de la tensión guerrera que impera en Europa. Por esa razón, la petición del Pentágono a varios gobiernos -para que envíen pertrechos de origen ruso al ejército ucraniano- ha sido frontalmente rechazada (Kersffeld, 2023). Washington no ha logrado recrear el tradicional sometimiento a sus maniobras geopolíticas.

Esa limitación contrasta con la subordinación que impuso a Europa. La diferencia obviamente obedece a la localización del conflicto en el Viejo Continente. Pero esa sumisión a Washington antecedió a la guerra en curso y fue cuidadosamente programada por los estrategas de la OTAN. En su larga y traumática experiencia con el opresor yanqui, América Latina ha generado más anticuerpos que Europa a las provocaciones del Departamento de Estado (Beluche, 2023).

La Casa Blanca no oculta los propósitos económicos de su arremetida. Extorsiona a todos los países para que anulen sus escasos negocios con Rusia. Exigen que Ecuador corte sus ventas de plátanos, que Paraguay reduzca sus exportaciones de carne, que Brasil restrinja sus colocaciones de soja y café y que México anule su comercialización de autos, ordenadores y cerveza. La presión sobre Argentina se concentra en el delicado tema de la energía nuclear (López Blanch, 2022).

Pero como la incidencia económica de Rusia en América Latina es muy reducida, el principal propósito estadounidense apunta hacia otra dirección. Pretende utilizar el conflicto de Ucrania para socavar la presencia del aliado chino de Moscú. Biden está obsesionado con esa contención de Beijing. Sabe que la cuenta regresiva por el control de los recursos naturales de la región se acelera y está urgido por restaurar la dominación yanqui.

La batalla por los minerales a utilizar en la transición energética es una prioridad de esa puja con China. Varios países latinoamericanos detentan los insumos que las dos potencias pretenden acaparar (Feliu, 2022). El belicismo es la principal carta de Estados Unidos para ganar esa disputa.

EL PERSISTENTE ACOSO AL ALBA

La contraofensiva imperial incluye nuevas andanadas contra el bloque de gobiernos latinoamericanos más enemistados con Washington (ALBA). Esa escalada contra Cuba, Venezuela, Nicaragua y Bolivia fue transparentada en la exclusión de estos países de la Cumbre de las Américas. Biden intentó archivar los exabruptos de Trump al inicio de su gestión, pero posteriormente adoptó las posturas agresivas que sintonizan con su propia trayectoria. El actual presidente apoyó a Thatcher en la Guerra de Malvinas, sostuvo los crímenes del Plan Colombia y apañó las operaciones de la DEA en Centroamérica.

La Casa Blanca ha retomado sus grandes gastos en diplomacia, financiamiento de fundaciones y protagonismo de las embajadas, para remodelar alianzas con el establishment latinoamericano. Además, es muy sensible al lobby ultraderechista de Miami que exige acciones de brutal intervencionismo.

Esa influencia se verifica, ante todo, en la continuidad de las agresiones contra Cuba. Biden no derogó la tipificación de ese país como estado terrorista e intentó expulsar a la delegación de La Habana del Consejo de Derechos Humanos de las Naciones Unidas.

El mandatario actual no es la excepción, en la larga lista de presidente yanquis que han intentado destruir la revolución cubana, mediante el bloqueo y las conspiraciones armadas. La primera potencia nunca se repuso de su mayor derrota en la región y no se ha resignado a convivir con un proceso socialista a 90 millas de Miami. Ese desafío tuvo un enorme efecto de largo plazo, al demostrar la vulnerabilidad de Estados Unidos en su propio feudo. Cuba sentó las bases de un paulatino viraje autónomo de toda la región.

Es cierto que Washington logró contener la onda expansiva de la revolución hacia el resto del continente, durante la oleada general de los años 60-70. También frenó el rebrote centroamericano de la década posterior. Recurrió al terror de las dictaduras y a una guerra de desgaste que remató con la invasión a Panamá.

Como en otras partes del mundo, Estados Unidos compensó su gran derrota en Cuba con otros logros de contención contrarrevolucionaria. En el Lejano Oriente perdió a China y a Vietnam, pero reconquistó a Indonesia, frenó a Corea y doblegó a Birmania y Filipinas. Un equilibrio del mismo tipo podría ser expuesto para el caso latinoamericano (Anderson, 2013). Pero Cuba tuvo un impacto de mayor alcance para la dominación imperial, porque se consolidó en el propio entorno de la primera potencia. Al igual que todos sus antecesores, Biden no ha podido lidiar con esta adversidad.

Desde la Casa Blanca intentó sostener también el hostigamiento a Venezuela con nuevas provocaciones, como el secuestro del diplomático Alex Saab y la continuada confiscación de bienes venezolanos en distintas partes del mundo.

Estas usurpaciones incluyen toneladas de oro en el Banco de Inglaterra y las propiedades de CITGO, que es la octava refinería de Estados Unidos y el mayor activo externo de PDVSA. El gobierno bolivariano ha logrado recuperar otra empresa inmovilizada en Colombia (Petroquímica Monómeros) y disputa la recuperación de un avión retenido en Argentina.

El acoso imperial a Venezuela ha sido el más largo y brutal de la última época. Incluyó todo tipo de complots y estuvo motivado por el evidente interés de recuperar el manejo estadounidense de las mayores reservas petroleras del continente (Petras, 2019).

Biden también mantuvo la financiación de la oposición nicaragüense para desplazar a Ortega y promulgó una ley que habilita nuevas sanciones. Además, dio su visto bueno a varias conspiraciones en Bolivia, pero ha tomado nota de las dificultades que afronta Estados Unido en la región.

COMPROMISOS E INDEFINCIONES

Los desplantes e inconsistencias de Trump en América Latina dejaron un saldo de fracasos para Washington que Biden no ha revertido. Para lidiar con esa adversidad combina el continuismo con tanteos de otra política.

El deterioro de la OEA persiste, el Grupo de Lima está deshecho y ningún organismo efectivo hace valer las exigencias de Estados Unidos. Biden busca un reacomodamiento para lograr esa adaptación, pero no encuentra una guía para sus acciones.

Inauguró su gestión despidiendo a los personajes más reaccionarios que había instalado Trump en el Departamento de Estado. También tomó distancia de viejos aliados derechistas de El Salvador y Guatemala para limpiar la imagen de su gestión.

Ha retomado con gran intensidad las listas que elabora el Departamento de Justicia, para exigir la extradición de funcionarios comprometidos con la corrupción o el narcotráfico. Esa individualización alcanza a 62 personajes de Guatemala, Honduras y El Salvador, que ocuparon cargos en gobiernos afines a Washington. Algunos ex presidentes (como Orlando Hernández) y sus familiares (o allegados) han sido deportados y encarcelados en Estados Unidos.

Como ya ocurrió con Noriega, el actual mandante yanqui se desvincula de sus siervos en desgracia. Con este tipo enjuiciamiento extraterritorial, hacer valer su autoridad, echa lastre sobre su propio pasado y reafirma el principio de imponer sus leyes en otros territorios. De esa forma intenta disciplinar a todos los gobiernos a sus necesidades (Veiga, 2022). Esa política se ha extendido a Sudamérica, con la forzada renuncia del vicepresidente de Paraguay por simple exigencia del embajador estadounidense.

Biden también insinúa un costado más pragmático y sustituye los actos de fuerza por negociaciones con sus interlocutores más contestatarios. Mantiene con López Obrador una relación muy diferente a la prepotencia de Trump y en lugar de construir el muro, acordó formas de contención de los migrantes en el sur mexicano. Esas normas fueron precisadas, en el encuentro entre presidentes que sucedió al choque registrado durante la Cumbre de las Américas.Actualmente negocia, además, un convenio más audaz con Venezuela para adquirir el petróleo encarecido por la guerra de Ucrania. Estados Unidos necesita importar crudo desde localizaciones más cercanas para asegurar su abastecimiento, sostener la venta de gas a Europa y mantener las sanciones a Rusia.

Varias empresas yanquis ya acordaron reiniciar las perforaciones para aumentar la capacidad de extracción de los pozos venezolanos. Pero ese operativo requiere el levantamiento de las sanciones y un reconocimiento del gobierno bolivariano, que Biden soslaya por las enormes implicancias políticas de ese paso. Esa reconciliación constituiría un antecedente para extender la misma estrategia a Irán y la Casa Blanca no logra dirimir como incidiría ese giro sobre la pulseada con China.

Como en otros tópicos calientes Biden pospone las decisiones, mientras continúa ajustando su política exterior. La contraofensiva imperial es una reacción para recomponer fuerzas, pero las iniciativas de largo plazo no han madurado aún en el comando norteamericano.

LOS ATOLLADEROS EN EL VECINARIO

La vertiginosa penetración que ha logrado China en América Latinacorrobora la impotencia del belicismo yanqui, para contrarrestar el retroceso económico estadounidense. En ninguna otra región del mundo, Washington ha ejercido una preeminencia tan manifiesta. Si sus armas, espías y embajadores no logran contener en esta zona la maquinaria de negocios de Beijing, tiene pocas posibilidades de conseguir ese freno en otros rincones del planeta. Por esa razón América Latina es un test del futuro.

La llegada de China a la región, erosiona el control directo que Estados Unidos ha ejercido en el continente durante mucho tiempo, ante la ausencia de rivales. A diferencia de Asia, la Casa Blanca gestionó ese comando en todo el continente, sin el auxilio de viejas potencias (Japón) o socios de gran porte (Australia). A diferencia de Medio Oriente, no utiliza apéndices estratégicos integrados a su propia estructura imperial (Israel). Los gendarmes regionales supervisados por el Pentágono (Colombia), nunca tuvieron ese grado de simbiosis con el establishment del Norte. A diferencia de Europa Oriental, Estados Unidos tampoco recurrió a sus socios de la OTAN, para dirimir disputas estratégicas con Rusia.

Lo que siempre distinguió la dominación estadounidense de América Latina fue su injerencia directa, explicita y avasallante al sur del Río Grande. Por esa razón, la llegada de China es tan significativa.

Estados Unidos nunca se privó de desplegar todo tipio de acciones para exhibir dominación y hacerle saber a las clases dominantes locales quién ejerce la jefatura. Recurrió a un variado menú de cooptaciones, chantajes o amenazas para explicitar ese liderazgo. Pero esa combinación de códigos guerreros y retórica de convivencia, ya no disuade los negocios de las burguesías latinoamericanas con Beijing.

Ese fracaso coloca al dominador yanqui en una situación inédita y carente de libretos. No afronta un desafío revolucionario desde abajo (como en los años 60-70), ni una competencia geopolítica (equivalente a la guerra fría). Tampoco puede replegarse como los imperios decadentes frente a la descolonización africana. Debe lidiar en el terreno de la competencia económica y recurre a presiones militares que no logran su cometido. Las singularidades del rival chino -que analizaremos en el próximo texto- explican ese atolladero estadounidense.

RESUMEN

Estados Unidos pierde primacía económica en América Latina frente a la avasallante presencia de China. No encuentra recetas para contrapesar ese protagonismo que amenaza con su tradicional dominación. Su pérdida de productividad le impide batallar en el terreno del libre comercio y ofrece pálidos negocios a sus socios regionales. Por el contrario, China introduce aceleradamente su Ruta de la Seda en Latinoamérica, sin ninguna tradición de apropiaciones compulsivas.

La respuesta intentada con la APEP no tiene la proyección del ALCA, ni el soporte del Consenso de Washington. El fracaso de la Cumbre de Los Ángeles retrató esas limitaciones. Pero Estados Unidos no contempla ninguna retirada y afianza la presencia del Pentágono. También redobla la presión geopolítica para alinear a la región contra Moscú y Beijing, escalando agresiones contra los gobiernos radicales. Sus vacilaciones socavan esa contraofensiva en el atolladero latinoamericano.

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Merino, Gabriel E: Morgenfeld, Leandro (2021). América Latina y crisis de la hegemonía estadounidense: disputas en el BID y la Cumbre de las Américas, 19-11-2021 http://www.saber.ula.ve/bitstream/handle/123456789/48042/articulo1.pdf?sequence=1&isAllowed=y

Oppenheimer, Andrés (2023) El plan de Biden para América Latina https://elcomercio.pe/opinion/estados-unidos-el-plan-de-joe-biden-para-america-latina-por-andres-oppenheimer-noticia/

Lucita, Eduardo (2022) IX Cumbre de las Américas: la Cumbre de la Exclusión https://contrahegemoniaweb.com.ar/2022/06/11/ix-cumbre-de-las-americas-la-cumbre-de-la-exclusion/

Casari, Fabrizio (2022) Cumbre de las Américas, los sordos y los mudos, https://rebelion.org/cumbre-de-las-americas-los-sordos-y-los-mudos/

Morgenfeld, Leandro (2022) Cumbre de las Américas: fracaso y oportunidad

Rangel, Álvaro Verzi (2022). Biden atemorizó a sus pares de América Latina https://rebelion.org/biden-atemorizo-a-sus-pares-de-america-latina-con-una-eventual-guerra-atomica/

Miguel, Pedro (2022). Guerra antidrogas: fracaso o farsa https://www.jornada.com.mx/2022/08/12/opinion/016a2pol

Cook Jonathan (2022). De qué manera dicta el Pentágono los argumentos de Hollywood https://rebelion.org/de-que-manera-dicta-el-pentagono-los-argumentos-de-hollywood/

Rodríguez Gelfenstein, Sergio (2023). La creciente presencia militar de la OTAN en América Latina y el Caribe (I) 24-2-2023 https://radio.uchile.cl/2023/02/24/la-creciente-presencia-militar-de-la-otan-en-america-latina-y-el-caribe-i/

El País (2022) https://elpais.com/internacional/2022-07-13/el-exasesor-de-trump-john-bolton-admite-que-ayudo-a-organizar-golpes-de-estado-en-otros-paises.html

Ruiz, Pablo (2023). Bases y presencia militar de EE.UU. en Perú https://rebelion.org/bases-y-presencia-militar-de-ee-uu-en-peru/

Reyes, Farid (2023) Laura Richardson, la hipocresía 29 enero, https://www.resumenlatinoamericano.org/2023/01/29/nuestramerica-laura-richardson-la-hipocresia-imperialista-y-la-sinceridad-estrategica/

Kersffeld, Daniel (2023). La OTAN presiona a América latina para enviar armas a Ucrania

https://www.pagina12.com.ar/520067-la-otan-presiona-a-america-latina-para-enviar-armas-a-ucrania

Beluche, Olmedo (2023), La guerra Rusia-Ucrania y la parábola de la zorra y el león,

López Blanch, Hedelberto (2022) Las extorsiones contra Rusia golpean a Latinoamérica https://rebelion.org/las-extorsiones-contra-rusia-golpean-a-latinoamerica/

Feliu Poch, Rafael (2021) Imperios combatientes Geopolítica de las renovables, https://ctxt.es/es/20211201/Firmas/37954/geopolitica-energias-imperalismo-petroleo-transicion.htm

Petras, James (2019). Peculiaridades del imperialismo estadounidense, https://www.iade.org.ar/noticias/peculiaridades-del-imperialismo-estadounidense-en-america-latina

Veiga, Gustavo (2022). La lista Engel para disciplinar a América Central https://www.pagina12.com.ar/417331-estados-unidos-la-lista-engel-para-disciplinar-a-america-cen

Claudio Katz. Economista, investigador del CONICET, profesor de la UBA, miembro del EDI. Su página web es: www.lahaine.org/katz

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Ocho contradicciones del «orden basado en reglas» imperialista

12/03/2023 by Vitalio Deja un comentario

Por: Viljay Prashad 

El Boletín de los Científicos Atómicos ha movido recientemente el Reloj del Fin del Mundo a 90 segundos para la medianoche, lo más cerca que ha estado del momento simbólico de la aniquilación de la humanidad y la Tierra desde 1947. Esto es alarmante, y por ello los líderes del Sur Global han estado abogando por detener el belicismo en Ucrania y contra China. Como declaró la Primera Ministra de Namibia, Saara Kuugongelwa-Amadhila: «Estamos promoviendo una resolución pacífica de ese conflicto para que todo el mundo y todos los recursos del mundo puedan centrarse en mejorar las condiciones de los pueblos en lugar de gastarlos en adquirir armas, matar gente y crear hostilidades».

En línea con la alarma del Reloj del Fin del Mundo y las afirmaciones de personas como Kuugongelwa-Amadhila, el resto de este boletín incluye un nuevo texto titulado Ocho contradicciones del «orden basado en reglas» imperialista. Ha sido redactado por Kyeretwie Opoku (coordinador del Movimiento Socialista de Ghana), Manuel Bertoldi (Patria Grande /Federación Rural para la Producción y el Arraigo), Deby Veneziale (investigadora senior del Instituto Tricontinental de Investigación Social) y yo, con contribuciones de altos dirigentes políticos e intelectuales de todo el mundo. Ofrecemos este texto como una invitación al diálogo. Esperamos que lo lean, difundan y debatan.

Estamos entrando en una fase cualitativamente nueva de la historia mundial. En los años transcurridos desde la Gran Crisis Financiera de 2008 han surgido cambios globales significativos. Esto se manifiesta en una nueva fase del imperialismo y en cambios en las particularidades de ocho contradicciones.

1. La contradicción entre un imperialismo moribundo y un socialismo emergente y exitoso liderado por China. Esta contradicción se ha intensificado debido al ascenso pacífico del socialismo con características chinas. Por primera vez en 500 años, las potencias imperialistas atlánticas se enfrentan a una gran potencia económica no blanca que puede competir con ellas. Esto quedó claro en 2013, cuando el PIB de China en paridad de poder adquisitivo (PPA) superó al de Estados Unidos. China lo logró en un periodo mucho más corto que Occidente, con una población mucho mayor y sin colonias, esclavización de otros ni conquistas militares. Mientras China defiende unas relaciones pacíficas, Estados Unidos se ha vuelto cada vez más belicoso.

Estados Unidos ha liderado el campo imperialista desde la Segunda Guerra Mundial. Después de Angela Merkel y con el advenimiento de la operación militar en Ucrania, EE. UU. subordinó estratégicamente a sectores dominantes de la burguesía europea y japonesa. El resultado ha sido el debilitamiento de las contradicciones intraimperialistas. Estados Unidos primero permitió y luego exigió que tanto Japón (la tercera mayor economía del mundo) como Alemania (la cuarta mayor economía) —dos potencias fascistas durante la Segunda Guerra Mundial— aumentaran enormemente su gasto militar. El resultado ha sido el fin de la relación económica de Europa con Rusia, daños para la economía europea y beneficios económicos y políticos para EE. UU. A pesar de la capitulación de la mayor parte de la élite política europea a la plena subordinación estadounidense, algunos grandes sectores del capital alemán dependen en gran medida del comercio con China, mucho más que de sus homólogos estadounidenses. Sin embargo, Estados Unidos presiona ahora a Europa para que disminuya sus lazos con China.

Y lo que es más importante, China y el campo socialista se enfrentan ahora a una entidad aún más peligrosa: la estructura consolidada de la “Tríada” (Estados Unidos, Europa y Japón). La creciente descomposición social interna de EE. UU. no debe ocultar la unidad casi absoluta de su élite política en términos de política exterior. Estamos siendo testigos de cómo la burguesía antepone sus intereses políticos y militares a sus intereses económicos a corto plazo.

El centro de la economía mundial se está desplazando: Rusia y el Sur Global (incluida China) representan ahora el 65% del PIB mundial (medido en PPA). Desde 1950 hasta la actualidad, la cuota de Estados Unidos en el PIB mundial (en PPA) ha caído del 27% al 15%. El crecimiento del PIB de EE. UU. también ha ido disminuyendo durante más de cinco décadas y ahora se ha reducido a sólo alrededor del 2% anual. No tiene grandes mercados nuevos en los que expandirse. Occidente sufre una crisis generalizada del capitalismo, así como las consecuencias de la tendencia a largo plazo a la reducción de la tasa de ganancias.

2. La contradicción entre las clases dominantes de la estrecha franja de países imperialistas del G7 y la élite política y económica de los países capitalistas del Sur Global. Esta relación ha experimentado un cambio importante desde la década de 1990 y el apogeo del poder unilateral y la arrogancia de Estados Unidos. En la actualidad, la alianza entre el G7 y las élites del Sur Global se resquebraja cada vez más. Mukesh Ambani y Gautam Adani, los mayores multimillonarios de la India, necesitan petróleo y carbón de Rusia. El gobierno de extrema derecha dirigido por Modi representa a la burguesía monopolista de la India. Así, el ministro de Relaciones Exteriores indio hace ahora declaraciones ocasionales contra la hegemonía estadounidense en finanzas, sanciones y otras áreas. Occidente no tiene la capacidad económica y política para proporcionar siempre lo que necesitan las élites del poder en India, Arabia Saudita y Turquía. Esta contradicción, sin embargo, no se ha agudizado hasta el punto de que pueda ser un punto focal de otras contradicciones, a diferencia de la contradicción entre la China socialista y el bloque del G7 liderado por Estados Unidos.

3. La contradicción entre la amplia clase trabajadora urbana y rural y sectores de la baja pequeña burguesía (conocidos colectivamente como clases populares) del Sur Global versus la élite imperialista liderada por Estados Unidos. Esta contradicción se está agudizando poco a poco. Occidente tiene una gran ventaja de poder blando en el Sur Global entre todas las clases. Sin embargo, por primera vez en décadas, los jóvenes africanos han salido a apoyar la expulsión de las tropas francesas en Malí y Burkina Faso, en África Occidental. Por primera vez, las clases populares de Colombia fueron capaces de elegir un nuevo gobierno que rechazaba el estatus del país como puesto de avanzada vasallo de las fuerzas militares y la inteligencia estadounidenses. Las mujeres de la clase trabajadora están al frente de muchas batallas críticas tanto de su clase como de la sociedad en general. Las y los jóvenes se levantan contra los crímenes medioambientales del capitalismo. Un número cada vez mayor de la clase trabajadora identifica sus luchas por la paz, el desarrollo y la justicia como explícitamente antiimperialistas. Ahora son capaces de ver a través de las mentiras de la ideología estadounidense de los “derechos humanos”, la destrucción del medio ambiente por las empresas energéticas y mineras occidentales y la violencia de la guerra híbrida y las sanciones estadounidenses.

4. La contradicción entre el capital financiero avanzado rentista y las necesidades de las clases populares, e incluso de algunos sectores del capital en los países no socialistas, respecto a la organización de las necesidades de las sociedades en materia de inversión en la industria, la agricultura sostenible desde el punto de vista medioambiental, el empleo y el desarrollo. Esta contradicción es el resultado de la disminución de la tasa de ganancia y de la dificultad del capital para aumentar la tasa de explotación de la clase trabajadora hasta un nivel suficiente capaz de financiar las crecientes necesidades de inversión y seguir siendo competitivo. Fuera del campo socialista, en casi todos los países capitalistas avanzados y en la mayor parte del Sur Global —con algunas excepciones, especialmente en Asia— existe una crisis de inversión. Han surgido nuevos tipos de empresas que incluyen fondos de cobertura como Bridgewater Associates y empresas de capital riesgo como BlackRock. Los «mercados privados» controlaban activos por valor de 9,8 billones de dólares en 2022. Los derivados, una forma de capital ficticio y especulativo, tienen ahora un valor de «mercado» de 18,3 billones de dólares, pero un valor teórico de 632 billones, un valor más de cinco veces superior al PIB real total del mundo.

Ha surgido una nueva clase de monopolios de efecto red basados en la tecnología de la información, entre los que se incluyen Google, Facebook/Meta y Amazon —todos bajo el control total de EE. UU. — para atraer rentas monopolísticas. Los monopolios digitales estadounidenses, bajo la supervisión directa de las agencias de inteligencia de EE.UU., controlan la arquitectura de la información de todo el mundo, fuera de unos pocos países socialistas y nacionalistas. Estos monopolios son la base de la rápida expansión del poder blando estadounidense en los últimos 20 años. El complejo militar-industrial, los mercaderes de la muerte, también atraen cada vez más inversiones.

Esta fase intensificada de acumulación rentista especulativa y monopolista del capital está profundizando una huelga del capital contra las inversiones sociales necesarias. Sudáfrica y Brasil han visto niveles dramáticos de desindustrialización bajo el neoliberalismo. Incluso los países imperialistas avanzados han ignorado sus propias infraestructuras, como la red eléctrica, puentes y ferrocarriles. La élite mundial ha urdido una huelga de impuestos proporcionando enormes reducciones en los tipos impositivos y en los impuestos, así como paraísos fiscales legales tanto para los capitalistas individuales como para sus corporaciones, con el fin de aumentar su cuota de plusvalía.

La evasión fiscal del capital y la privatización de amplias franjas del sector público han diezmado la disponibilidad de servicios públicos básicos como la educación, la salud y el transporte para miles de millones de personas. Han contribuido a la capacidad del capital occidental para manipular y obtener elevados ingresos por los intereses de la crisis de deuda «fabricada» a la que se enfrenta el Sur Global. En su nivel más alto, los especuladores de fondos de cobertura como George Soros destruyen las finanzas de países enteros con su especulación.

El impacto sobre la clase trabajadora es grave, ya que su trabajo se ha vuelto cada vez más precario y el desempleo permanente está destruyendo a grandes sectores de la juventud mundial. Una parte creciente de la población es superflua en el capitalismo. Abundan la desigualdad social, la miseria y la desesperación.

5. La contradicción entre las clases populares del Sur Global y sus élites políticas y económicas nacionales. Esto se manifiesta de forma muy diferente según el país y la región. En los países socialistas y progresistas, las contradicciones entre el pueblo se resuelven de formas pacíficas y variadas. Sin embargo, en varios países del Sur Global en los que la élite capitalista ha estado totalmente en connivencia con el capital occidental, la riqueza está en manos de un pequeño porcentaje de la población. La miseria es generalizada entre los más pobres y el modelo de desarrollo capitalista no sirve a los intereses de la mayoría. Debido a la historia del neocolonialismo y al poder blando occidental, existe un consenso de clase media decididamente prooccidental en la mayoría de los países grandes del Sur Global. Esta hegemonía de clase de la burguesía local y del estrato superior de la pequeña burguesía se utiliza para bloquear el acceso al poder y la influencia de las clases populares (que constituyen la mayoría de la población).

6. La contradicción entre el imperialismo dirigido por EE. UU. y las naciones que defienden firmemente la soberanía nacional. Estas naciones se dividen en cuatro categorías principales: países socialistas, países progresistas, otros países que rechazan el control estadounidense y el caso especial de Rusia. Estados Unidos ha creado esta contradicción antagónica a través de métodos de guerra híbrida como asesinatos, invasiones, agresiones militares dirigidas por la OTAN, sanciones, lawfare, guerra comercial y una guerra de propaganda ahora incesante basada en mentiras descaradas. Rusia se encuentra en una categoría especial, ya que sufrió más de 25 millones de muertes a manos de los invasores fascistas europeos cuando era un país socialista. En la actualidad, Rusia —que cuenta sobre todo con inmensos recursos naturales— vuelve a ser un objetivo de aniquilación total como Estado por parte de la OTAN. Algunos elementos de su pasado socialista siguen presentes en el país, y persiste un alto grado de patriotismo. El objetivo de Estados Unidos es terminar lo que empezó en 1992: como mínimo, destruir permanentemente la capacidad militar nuclear de Rusia e instalar un régimen títere en Moscú para desmembrar Rusia a largo plazo y sustituirla por muchos Estados vasallos de Occidente más pequeños y permanentemente debilitados.

7. La contradicción entre los millones de trabajadorxs pobres excluidos del Norte Global frente a la burguesía que domina estos países. Estos trabajadorxs están mostrando algunos signos de rebelión contra sus condiciones económicas y sociales. Sin embargo, la burguesía imperialista está jugando la carta de la supremacía blanca para impedir una mayor unidad de lxs trabajadorxs de estos países. En este momento, lxs trabajadorxs no son capaces de evitar caer presa de la propaganda racista de guerra. El número de personas presentes en actos públicos contra el imperialismo ha disminuido vertiginosamente en los últimos treinta años.

8. La contradicción entre el capitalismo occidental y el planeta y la vida humana. El camino inexorable de este sistema es destruir el planeta y la vida humana, amenazar con la aniquilación nuclear y trabajar en contra de la necesidad de la humanidad de recuperar colectivamente el aire, el agua y la tierra del planeta y detener la locura militar nuclear de Estados Unidos. El capitalismo rechaza la planificación y la paz. El Sur Global (incluida China) puede ayudar al mundo a construir y ampliar una «zona de paz» y comprometerse a vivir en armonía con la naturaleza.

Con estos cambios en el panorama político, asistimos al surgimiento de un frente informal contra el sistema imperialista dominado por Estados Unidos. Este frente está constituido por la convergencia de:

  • El sentimiento popular de que este sistema violento es el principal enemigo de los pueblos del mundo.
  • Los deseos populares de un mundo más justo, pacífico e igualitario.
  • La lucha de los gobiernos y fuerzas políticas socialistas o nacionalistas por su soberanía.
  • Los deseos de otros países del Sur Global de reducir su dependencia de este sistema.

Las principales fuerzas contra el sistema imperialista dominado por Estados Unidos son los pueblos del mundo y los gobiernos socialistas y nacionalistas. Sin embargo, debe haber espacio para los gobiernos integradores que deseen reducir su dependencia del sistema imperialista.

El mundo se encuentra actualmente al comienzo de una nueva era en la que seremos testigos del fin del imperio global estadounidense. El sistema neoliberal se está deteriorando bajo el peso de numerosas contradicciones internas, injusticias históricas e inviabilidad económica. Sin una alternativa mejor, el mundo se sumirá en un caos aún mayor. Nuestros movimientos han reavivado la esperanza de que algo distinto a este tormento social es posible.

Esperamos que Ocho contradicciones en el «orden basado en reglas» imperialista estimule el debate y la discusión y nos ayude en nuestra más amplia batalla de ideas contra las filosofías sociales tóxicas que pretenden asfixiar el pensamiento racional sobre nuestro mundo.

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¿Adiós a Europa? Asoma el holocausto nuclear detrás de la guerra Rusia – Ucrania

12/03/2023 by Vitalio Deja un comentario

Por: Boaventura de Sousa Santos

Traducción de Antoni Aguiló y José Luis Exeni Rodríguez

 

El reconocido sociólogo portugués explica cómo el continente con más muertes en conflictos bélicos en los últimos cien años, se encamina hacia uno aún más fatal. Como en la década de 1930, la apología del fascismo se hace en nombre de la democracia y la apología de la guerra se hace en nombre de la paz.

Un nuevo-viejo fantasma se cierne sobre Europa: la guerra. El continente más violento del mundo en términos de muertes en conflictos bélicos en los últimos cien años (para no retroceder en el tiempo e incluir las muertes sufridas en Europa durante las guerras religiosas y las muertes infligidas por europeos a los pueblos sometidos al colonialismo), se encamina hacia un nuevo conflicto bélico que puede ser aún más fatal, ochenta años después del conflicto hasta ahora más violento, con cerca de ochenta millones de muertos: la Segunda Guerra Mundial.

Todos los conflictos anteriores comenzaron aparentemente sin una razón fuerte, era opinión común que durarían poco tiempo y, al comienzo, la mayoría de la población acomodada siguió haciendo su vida normal, yendo de compras y al cine, leyendo la prensa, disfrutando de las vacaciones y de amenas conversaciones en terrazas sobre política y cotilleo. Siempre que surgía un conflicto violento localizado, la convicción dominante era que se resolvería localmente. Por ejemplo, muy poca gente (incluidos los políticos) pensó que la guerra civil española (1936-1939) y quinientos mil muertos serían la antesala de una guerra mayor, la Segunda Guerra Mundial, a pesar de que las condiciones estuviesen presentes. Aun sabiendo que la historia no se repite, es legítimo preguntarse si la actual guerra entre Rusia y Ucrania no es el preludio de una nueva guerra mucho mayor.

Medios y polarización

Se acumulan señales de que un peligro mayor puede estar en el horizonte. En el plano de la opinión pública y del discurso político dominante, la presencia de este peligro se presenta mediante dos síntomas opuestos. Por un lado, las fuerzas políticas conservadoras no solo detentan la iniciativa ideológica, sino también una presencia privilegiada en los medios de comunicación. Son polarizadoras, enemigas de la complejidad y de la argumentación serena, usan palabras extremadamente agresivas y hacen encendidos llamamientos al odio.

No les perturba el doble rasero con el que comentan los conflictos y la muerte (por ejemplo, entre muertos en Ucrania y en Palestina), ni la hipocresía de apelar a valores que desmienten con sus prácticas (denuncian la corrupción de los adversarios para esconder la suya). En esta corriente de opinión conservadora se mezclan cada vez más posiciones de derecha y de extrema derecha, y el mayor dinamismo (agresividad tolerada) proviene de estas últimas.

Este dispositivo pretende inculcar la idea del enemigo a destruir. La destrucción por las palabras predispone a la opinión pública a la destrucción por los actos. A pesar de que en democracia no hay enemigos internos sino solo adversarios, la lógica de la guerra se traslada insidiosamente a supuestos enemigos internos, cuya voz ante todo debe ser silenciada. En los Parlamentos, las fuerzas conservadoras dominan la iniciativa política, mientras que las fuerzas de izquierda, desorientadas o perdidas en laberintos ideológicos o en cálculos electorales incomprensibles, giran en torno a un defensismo paralizante. Como en la década de 1930, la apología del fascismo se hace en nombre de la democracia; la apología de la guerra se hace en nombre de la paz.

Pero este clima político-ideológico está marcado por un síntoma opuesto. Los observadores o comentaristas más atentos se dan cuenta del fantasma que acecha la sociedad y convergen de modo sorprendente en sus preocupaciones. Recientemente me he sentido identificado con algunos análisis de comentaristas que siempre he reconocido como pertenecientes a una familia política diferente a la mía, es decir, comentaristas de derecha moderada. Lo que tenemos en común entre nosotros es la subordinación de las cuestiones de la guerra y la paz a los asuntos de la democracia. Podemos diferir en lo primero y coincidir en lo segundo. Por la sencilla razón de que solo el fortalecimiento de la democracia en Europa puede conducir a la contención del conflicto entre Rusia y Ucrania e, idealmente, a su solución pacífica. Sin una democracia vigorosa, Europa caminará, sonámbula, hacia su destrucción.

Guerra interna y guerra externa

¿Estamos a tiempo de evitar la catástrofe? Me gustaría decir que sí, pero no puedo. Los signos son muy preocupantes. Primero, la extrema derecha crece globalmente impulsada y financiada por los mismos intereses que se reúnen en Davos para salvaguardar sus negocios. En los años 30 del siglo pasado, tenían mucho más miedo al comunismo que al fascismo; hoy, sin la amenaza comunista, temen la revuelta de las masas empobrecidas y proponen como única respuesta la represión violenta, policial y militar. Su voz parlamentaria es la de la extrema derecha. La guerra interna y la guerra externa son dos caras de un mismo monstruo y la industria armamentística se beneficia por igual de ambas.

En segundo lugar, la guerra de Ucrania parece más confinada de lo que realmente es. El flagelo actual, que azota las llanuras donde hace ochenta años murieron tantos miles de personas inocentes (principalmente judíos), tiene las dimensiones de un autoflagelo. Rusia hasta los Urales es tan europea como Ucrania, y con esta guerra ilegal, además de vidas inocentes, muchas de ellas de habla rusa, está destruyendo la infraestructura que ella misma construyó cuando era la Unión Soviética. La historia y las identidades étnico-culturales entre los dos países están mejor entrelazadas que con otros países que anteriormente ocuparon Ucrania y ahora la apoyan. Tanto Ucrania como Rusia necesitan mucha más democracia para poder poner fin a la guerra y construir una paz que no las deshonre.

Versalles o Viena

Europa es mucho más vasta de lo que parece desde Bruselas. En la sede de la Comisión Europea (o de la OTAN, que es lo mismo) prevalece la lógica de la paz según el Tratado de Versalles de 1919, y no la del Congreso de Viena de 1815. La primera humilló a la potencia vencida (Alemania) y la humillación condujo a la guerra veinte años después; la segunda honró a la potencia vencida (la Francia napoleónica) y garantizó un siglo de paz en Europa.

La paz según Versalles presupone la derrota total de Rusia, tal como la imaginó Hitler cuando invadió la Unión Soviética en 1941 (Operación Barbarroja). Incluso admitiendo que esto ocurra a nivel de la guerra convencional, es fácil predecir que, si la potencia perdedora tiene armas nucleares, no dejará de usarlas. Será el holocausto nuclear. Los neoconservadores norteamericanos ya incluyen esta eventualidad en sus cálculos, convencidos en su ceguera de que todo sucederá a miles de kilómetros de sus fronteras. America first… and last. Es muy posible que ya estén pensando en un nuevo Plan Marshall, esta vez para almacenar los desechos atómicos acumulados en las ruinas de Europa.

Sin Rusia, Europa es la mitad de sí misma, económica y culturalmente. La mayor ilusión que la guerra de información ha inculcado a los europeos en el último año es que Europa, una vez amputada de Rusia, podrá restaurar su integridad con el trasplante de Estados Unidos. Justicia sea hecha a los Estados Unidos: cuidan muy bien sus intereses. La historia muestra que un imperio en declive siempre busca arrastrar consigo sus esferas de influencia para retrasar la decadencia. ¿Y si Europa supiese cuidar de sus intereses?

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Auge y ocaso de la Doctrina Monroe

12/03/2023 by Vitalio Deja un comentario

Por: Claudio Katz

La Doctrina Monroe orientó el desplazamiento de España e Inglaterra por EE. UU. y sus empresas en América Latina. Ese mismo patrón reaparece en el siglo XXI, pero con decreciente efectividad.

La doctrina Monroe ha organizado la primacía de Estados Unidos en todo el continente desde hace 200 años. Sintetiza la estrategia que concibieron los fundadores de la mayor potencia contemporánea para controlar la región. Ese principio exige el manejo del territorio por el Norte y el desplazamiento de cualquier competidor del mandante yanqui. Todos los gestores de la Casa Blanca aplicaron y perfeccionaron esa guía.

La doctrina fue inicialmente concebida como un instrumento defensivo de la naciente potencia, para contrarrestar las ambiciones del colonialismo europeo. Surgió cuando Monroe rechazó la propuesta de una acción conjunta de Estados Unidos con Inglaterra y Francia, para bloquear los intentos de reconquista española (1823).

Esa negativa ya incluyó un principio de supremacía de la emergente nación sobre el resto continente, que fue codificada con la curiosa denominación de “América para los americanos”. Esa frase no implicaba la soberanía de la población autóctona sobre su territorio, sino la sustitución de la dominación europea por el manejo estadounidense.

El planteo que hace dos siglos fue expuesto como proyecto de un país en surgimiento, orientó la conversión de esa nación en la potencia dominante de la región. Monroe postuló la legitimidad de ese derecho por el papel inaugural que tuvo Estados Unidos en la independencia del continente. Consideró que esa anticipación le confería a su país la responsabilidad de comandar todo el desenvolvimiento zonal (Rinke, 2015: 48-51).

Durante la primera mitad del siglo XIX, Inglaterra, Francia y España desafiaron esa pretensión. Intentaron frenar la ampliación del territorio estadounidense o forzar su partición, pero perdieron una batalla que se desenvolvió en todos los rincones de América Latina.

El debut imperial

La doctrina Monroe inspiró la propia definición de las fronteras estadounidenses, a través de la absorción de territorios que pertenecían al ámbito hispanoamericano. Esa expropiación signó desde su origen, el gran impulso del nuevo país a extenderse hacia al sur y a considerar a todo el continente como un área de pertenencia propia.

El primer motor de esa ampliación fue la captura de tierras por parte de los plantadores esclavistas. Necesitaban esparcir sus campos en forma permanente, para acrecentar una modalidad de cultivo intrínsecamente extensiva. Como esa forma de explotación precapitalista sustituía las mejoras de la productividad agraria por la mera multiplicación de las zonas sembradas, la absorción de nuevas tierras era indispensable para la supervivencia de los Confederados del Sur.

Ese expansionismo precipitó el despojo de México, que terminó perdiendo la mitad de su configuración original. Esa amputación comenzó con la revuelta separatista y la anexión de Texas (1845) y derivó en una guerra que fue zanjada con dinero. La emergente potencia del Norte se apropió por muy pocos dólares de las enormes porciones del suroeste, que conformaron el perfil definitivo de Estados Unidos.

Esa captura determinó los contornos limítrofes, pero no diluyó las ambiciones del nuevo coloso sobre su debilitado vecino. Las tropas yanquis ingresaron a México en incontables oportunidades durante la segunda mitad del siglo XIX, para neutralizar las expediciones de los rivales europeos. Con esas incursiones frustraron la pretensión de reconquista española y una aventura de apoderamiento francés.

Los marines irrumpieron también en las primeras décadas de la centuria pasada, para lidiar con los efectos de la revolución mexicana (1910). La pretensión expansionista ya no fue tan gravitante en esas intervenciones, como la intención de sofocar la acción de los rebeldes en la frontera del nuevo imperio. Las tropas yanquis anticiparon con esa acción, el rol de gendarme internacional que desplegó el Pentágono durante todo el siglo XX.

Un proceso semejante se desenvolvió en la misma época en el Mar Caribe. Con la captura de Puerto Rico (1898) y las sucesivas ocupaciones de Cuba (1906-1909), Haití (1915-1934) y República Dominicana (1916-1924), el gigante del Norte tanteó el sueño imperial de un Mediterráneo estadounidense. Ese objetivo sólo fue consumado a medias, mediate la absorción de algunas islas y la dominación efectiva de una enorme configuración marítima.

Washington ocupó las aduanas de varios países para garantizar el cobro de dudosos pasivos, se apropió de plantaciones de azúcar e impuso su manejo de los puertos. También garantizó una presencia militar permanente y se asoció con distintas elites, para incentivar enfrentamientos locales y sofocar los levantamientos populares en las islas invadidas.

En estas intervenciones se verificó el carácter temprano y fulminante del proyecto expansivo estadounidense. El nuevo imperio mixturó las viejas formas de dominación colonial, con los novedosos mecanismos de la sujeción semicolonial. La doctrina Monroe sintetizó ambas dimensiones.

Otra variedad del mismo expansionismo fue implementada en Centroamérica, luego del intento de apropiación consumado por el filibustero Walker (1855-56). La incursión a Nicaragua de este aventurero texano que se autoproclamó presidente fracasó, pero pavimentó la sucesión posterior de ocupaciones que perpetraron los marines hasta 1925.

Esa combinación de emprendimientos militares privados, con intervenciones formales del ejercito perfiló otra modalidad, que reapareció en numerosas oportunidades ulteriores. Basta recordar la labor autónoma de los mercenarios contratados por el Pentágono en Afganistán o Irak, para notar la continuidad de esa mixtura de uniformados con pistoleros, en las incursiones de Estados Unidos.

Al igual que en México y el Caribe, la activa presencia de los marines en las primeras décadas del siglo XX reforzó el desplazamiento de los rivales, que resistían la primacía estadounidense. Los británicos no pudieron afianzar sus frágiles bases en Honduras y comenzó a dirimirse la disputa con varias potencias europeas por la construcción del Canal de Panamá. En esa batalla por el control del tránsito interoceánico quedó transparentada la fuerza del nuevo imperialismo frente a sus pares del Viejo Continente. El principio Monroe se afianzó con ese desenlace.

Estados Unidos hizo valer también en Sudamérica su amenaza militar frente a los competidores europeos. Exhibió ese poder en varios conflictos por el usufructo de los recursos naturales de Chile, Perú, Bolivia y Paraguay. Ese protagonismo yanqui fue especialmente relevante frente al bloqueo de las costas de Venezuela por parte de Inglaterra, Alemania e Italia, para exigir el cobro de una deuda (1902).

En ese caso, Estados Unidos impuso su arbitraje advirtiendo que no toleraría la incursión de las naves europeas. Esa contundente intervención demostró quién tenía la última palabra en el Nuevo Mundo (Cockcroft, 2002: 21-75)

Theodore Roosevelt explicitó ese predominio con su política de las cañoneras e introdujo la conversión de los embajadores yanqui, en funcionarios dominantes de la política local latinoamericana. Esa primacía ratificó en cada ámbito nacional la preeminencia del principio Monroe.

Despegue económico en la región

La consolidación económica de Estados Unidos como un imperialismo ascendente se consumó en las primeras décadas del siglo pasado en el espacio latinoamericano. En este territorio se expandieron inicialmente sus empresas, que usufructuaron de todas de las ventajas de la inversión externa.

La nueva potencia disputó exitosamente con los rivales europeos el control de los mares y el botín de los recursos naturales. América Latina fue el gran mercado de arranque, para una economía que se expandió a un ritmo vertiginoso. Entre 1870 y 1900 la población de Estados Unidos se duplicó, el PBI se triplicó y la producción industrial se multiplicó por siete (Rinke, 2015: 82-86).

Al sur del Río Grande se forjaron las rutas marítimas requeridas para descargar los excedentes y capturar las apreciadas materias primas. El 44% de todas las inversiones yanquis fue localizada en esta zona, con gran centralidad en el transporte (rutas, canales, ferrocarriles) y las actividades más rentables de la época (minería, azúcar, caucho, bananas).

El modelo de los enclaves exportadores tuvo preeminencia junto a un proceso de recolonización. Estados Unidos combinó la ocupación de territorios (Puerto Rico, Nicaragua, Haití, Panamá) con la apropiación de aduanas (Santo Domingo), el manejo del petróleo (México), el dominio de las minas (Perú, Bolivia, Chile), el control de los frigoríficos (Argentina) y la gestión de las finanzas (Brasil).

La nueva potencia tomó la delantera en un lapso muy reducido, transformando las convocatorias iniciales de Monroe en realidades palpables. La soberanía de los países latinoamericanos quedó abruptamente reducida por ese avasallamiento económico foráneo (Katz, 2008: 10). La emancipación política temprana -que Latinoamérica había logrado en sintonía temporal con Estados Unidos- fue drásticamente revertida. Centroamérica fue balcanizada, extranjerizada e invadida a gusto por el hermano mayor, mientras Sudamérica iniciaba una asociación subordinada con el gigante del Norte (Vitale, 1992: cap 4, 6).

El proyecto Panamericano sintetizó la ambición yanqui de predominio irrestricto. La idea inicial de una gran Unión Aduanera bajo el comando de Washington (1881) fue propiciada en tres conferencias sucesivas. Incluía la construcción de un ferrocarril transcontinental y distintos contratos para asegurar la primacía estadounidense, mediante un tribunal de arbitraje controlado por el Norte.

Ese plan falló por la resistencia convergente que interpusieron los tres objetores de la iniciativa. Los cuestionamientos del sector más proteccionista del capitalismo yanqui, empalmaron con los reparos de las economías más autónomas (como Argentina) y de las presiones en retirada de Inglaterra en la región.

Ese temprano fracaso del Panamericanismo ilustró el gran peso del sector industrial americanista hostil al comercio irrestricto, en un escenario altamente favorable para los exportadores estadounidenses. Cien años después la misma oposición ha bloqueado varios intentos norteamericanos de competir con China en la arena del libre comercio. Lo que a principios del siglo XX pasó desapercibido como un episodio menor del ascenso estadounidense, constituye en la actualidad una manifestación de la crisis que afronta la primera potencia.

Desplazamiento de España e Inglaterra

El perfil explícitamente ofensivo de la doctrina Monroe comenzó a plasmarse en la guerra contra España (1898-99). Ese conflicto consagró el viraje hacia operaciones agresivas de Estados Unidos sobre toda la región. Adelantando una argucia que repitió en incontables episodios posteriores, el Departamento de Estado fraguó una agresión externa para apoderarse de las viejas colonias hispanas del Caribe y logró transformar a todas las islas de ese entramado en protectorados yanquis.

El paso ulterior fue el desplazamiento de los rivales británicos de Centroamérica, mediante una combinación de intervenciones militares, capturas geopolíticas y ventajosos negocios. La apropiación de Panamá ilustró quién era el vencedor de la disputa.

Luego de frustrar los intentos ingleses (y franco-alemanes) de construir el canal a través de Nicaragua, Estados Unidos compró la concesión para construir el paso interoceánico (1903). Para efectivizar esa obra convirtió a Panamá en una colonia bajo su estricto dominio. De esa forma conectó las dos costas de su territorio y aseguró el comercio del Pacifico, que abrió previamente con la adquisición de Filipinas.

La doctrina Monroe fue utilizada con la misma intensidad, para motorizar el desplazamiento menos vertiginoso del competidor inglés de sus bastiones sudamericanos. Estados Unidos apuntaló a su aliado peruano en las disputas con los anglófilos gobiernos chilenos e hizo valer su autoridad arbitral en los conflictos de Venezuela con Gran Bretaña por la Guayana.

Inglaterra perdió la preeminencia que había mantenido desde principio del siglo pasado, a través de mayores inversiones que el desafiante estadounidense. Ese balance fue revertido con la gran expansión manufacturera de Estados Unidos, que igualó primero (1880) y duplicó después (1894) la producción industrial británica (Soler, 1980: 199-216). En ese cimiento económico se asentó el predominio yanqui en Centroamérica antes de la Primera Guerra Mundial y en Sudamérica luego de esa conflagración.

La victoria estadounidense sobre Inglaterra quedó totalmente consumada al concluir la Segunda Guerra. El dominador del Norte irrumpió como ganador por la inconmensurable ventaja que le aportó su retaguardia territorial propia. No emergió como sus competidores del Viejo Mundo desde una localización pequeña (Holanda, Portugal), o mediana (Gran Bretaña,), sino apoyado en el gigantesco asentamiento que poblaron torrentes de inmigrantes.

Ese territorio maleable y diversificado alimentó un modelo económico autocéntrico (nutrido del mercado interno), muy superior al esquema extrovertido (dependiente del mercado mundial) de sus rivales. Con ese cimiento la nueva potencia contó con un margen temporal suficiente para ampliar primero su frontera agrícola, desenvolver posteriormente una industria protegida y forjar finalmente la poderosa banca que facilitó su conquista del mundo (Arrighi, 1999: cap 3).

Mientras que Gran Bretaña debió salir rápidamente al exterior (para colocar sus sobrantes industriales elaborados con materias primas importadas), Estados Unidos emergió como el gran exportador de ambos recursos. En lugar de expulsar mano de obra excedentaria, absorbió masas de pobladores ajenos a las rémoras no mercantiles y atraídos por la alta movilidad social.

Estados Unidos también logró una superioridad militar, que Gran Bretaña no alcanzó ni siquiera durante su esplendor victoriano. Obtuvo un control del espacio más significativo que el manejo inglés de los mares y con esa ventaja hizo valer la doctrina Monroe, en todo el continente americano.

Consolidación político militar

La Primera Guerra Mundial fue un punto de giro para la primacía estadounidense en América Latina, no sólo por el avance económico sobre el rival británico. Washington conquistó su dominio con instrumentos geopolíticos, al comprometer al grueso del hemisferio en el ingreso a la contienda bélica.

Impuso esa adhesión a ocho gobiernos que declararon la guerra y a otros cinco que rompieron relaciones diplomáticas con el adversario. Los pocos países que mantuvieron su neutralidad, exhibieron una autonomía que Estados Unidos se empeñó en recortar por distintas vías. Las conflagraciones mundiales irrumpieron como un novedoso terreno para erradicar díscolos y consumar la subordinación a la supremacía del Norte.

En los años de entre guerra, la Casa Blanca comenzó a practicar la política de Estado hacia América Latina, que comparten Republicanos y Demócratas. Perfeccionó el uso del garrote y la zanahoria y mixturó las amenazas con la cooptación. La virulencia agresiva de Theodore Roosevelt quedó articulada con los mensajes de buena vecindad de Franklin Delano Roosevelt. Ese juego de agresividad y consideración siempre siguió un libreto definido por el establishment de Washington, para garantizar su control del hemisferio.

La primacía yanqui alcanzó una contundencia mayor en la segunda mitad del siglo XX. Su dominación se tornó indisputada, tanto por el desplazamiento económico de Europa como por la conversión de América Latina en un área de confrontación con la Unión Soviética. Estados Unidos hizo valer su comando del sistema imperial para reafirmar la pertenencia de toda la región a sus dictados.

Washington dejó nítidamente establecida esa dominación sobre los opresores locales, como prenda de pago a su protección contra el peligro del socialismo. América Latina quedó delineada como un Patio Trasero del gendarme, que batallaba contra la insurgencia popular en todos los rincones del planeta. El Pentágono aseguró esa cruzada mundial imponiendo una opresión política ilimitada en el continente.

Esa dominación asumió formas de control militar directo luego de la imposición del pacto bélico TIAR (1947) y la creación de la OEA (1948), para alinear a toda la región con una fanática campaña contra el comunismo. América Latina fue convertida en una gran retaguardia de la guerra fría, con intervenciones descaradas del Departamento de Estado para contener el peligro rojo. Esa escalada de agresiones desestabilizó estructuralmente a toda la región.

Para garantizar la preeminencia de gobiernos serviles, Estados Unidos recurrió al auxilio de feroces dictaduras. Sólo entre 1962 y 1968 digitó 14 golpes de estado, con la presencia enmascarada de la CIA en algunos casos (Guatemala 1954) o con incursiones de los marines en otros (República Dominicana 1965). La guerra fría fue una era de sangrientas tiranías intercaladas con pausas de fachada constitucional (Guerra, 2006:195-196). La cruzada anticomunista fue la cobertura que utilizó el imperialismo norteamericano para consolidar su reinado absoluto en la región (Godio, 1985: 130-138).

El uso del garrote (Truman, Eisenhower) fue nuevamente combinado con mensajes de cooperación (Roosevelt, Kennedy), anticipando la mixtura posterior de la prepotencia (Reagan, Bush, Trump) con la contemplación (Carter, Clinton, Obama). La dominación imperial estadounidense de América Latina quedó naturalizada en ese período, como un dato corriente del escenario regional.

Una doctrina perdurable, pero inefectiva            

El principio Monroe fue durante la segunda mitad del siglo XX la brújula del Departamento de Estado para América Latina. Ningún rival europeo desafío a Washington y en todos los conflictos primó la subordinación a la Casa Blanca. En la guerra de Malvinas, por ejemplo, Thatcher actuó en permanente consulta con su par estadounidense. Esa misma orientación prevaleció en todas las administraciones.

En el contexto de mayor adversidad del nuevo milenio, Obama hizo un amago de jubilar a la doctrina Monroe (2009). Anunció el inicio de una nueva “relación entre iguales” con los países de la región. Su vicepresidente declaró incluso en forma explícita, el fin del principio vigente desde 1823 (Morgenfeld, 2018).

Pero ese viraje fue sepultado en la década siguiente por Trump, que revitalizó la doctrina para confrontar con Rusia y China (2018). Esa norma fue recreada con la misma intensidad que todo el léxico de la guerra fría.

En realidad, el magnate se limitó a enunciar la continuidad de un principio que nunca fue abandonado (García Iturbe, 2018). El sometimiento de América Latina a los dictados de Washington no fue reconsiderado seriamente por ningún administrador de la Casa Blanca.

El sistemático acoso padecido por Venezuela ha sido la evidencia más reciente de esa continuidad. Todos mandatarios estadounidenses apuntalaron complots para aplastar a los gobiernos bolivarianos. Se confirmó que la doctrina Monroe bloquea la presencia de cualquier otra potencia en la región, porque previamente sofoca cualquier atisbo de soberanía latinoamericana.

También Biden confirmó la actualidad de la doctrina en la Cumbre de las Américas. Dispuso la exclusión de Cuba, Nicaragua y Venezuela del encuentro, haciendo valer ese principio de supremacía imperial (Redacción, 2022). Esa discriminación ilustró hasta qué punto la norma de Monroe continúa orientando la política de Washington.

Pero esa Cumbre también demostró que el Departamento de Estado ya no puede manejar a Latinoamérica como una marioneta. En el encuentro Biden no logró implementar ninguna de sus iniciativas. Quedó aislado, desprestigiado y debilitado, porque la doctrina Monroe ya no permite someter a los países de la región con la naturalidad del pasado. Ese principio tampoco es efectivo para frenar al nuevo desafiante asiático.

Impotencia frente al nuevo rival

La vertiente trumpista reaviva el estandarte de Monroe frente a la presencia económica de China en América Latina. Sus exponentes (Matt Gaetz) exigen la urgente actualización de ese principio para expulsar a Biejing, en sintonía con declaraciones previas de otros funcionarios (Tillerson). Impulsan una geoestrategia neo-monroísta para el siglo XXI, con la mirada puesta en expulsar al gigante asiático del Patio Trasero (Paz, 2023).

Esa agresividad es complementada en los casos más extremos con un lenguaje extraído del universo gansteril (Boron, 2023). Pero nadie ha podido transformar esas brutales convocatorias en acciones efectivas. Los funcionarios de Biden han repetido con más elegancia los mismos llamamientos con idénticos resultados.

Esa impotencia de las dos vertientes del establishment norteamericano es muy ilustrativa del retroceso que afecta a la primera potencia. Por primera vez en dos siglos, el principio Monroe es simplemente ignorado por un rival. La causa de ese fracaso está a la vista. Washington hacía valer sobre América Latina una supremacía económica que está perdiendo, frente a la pujanza inversora, comercial y financiera de China.

La región nunca tuvo para el gigante oriental la misma gravitación que para su competidor. No es el territorio vecino que sostiene el despegue de la nueva potencia. Los mercados asiáticos jugaron ese papel en el debut de la expansión de Beijing. Por ese lugar secundario para China y decisivo para Estados Unidos, la disputa por Latinoamérica es doblemente ilustrativa del avance oriental y el retroceso occidental.

La doctrina Monroe sirvió para atrincherar primero a la naciente economía estadounidense frente a Europa y para desplazar posteriormente al Viejo Continente. En esa era de elevada competitividad, Estados Unidos impuso convenios de comercio e inversión amoldados a sus ventajas. Para asegurar la protección de su inmenso mercado interno evitó aplicar a pleno el libre comercio, pero utilizó todos los mecanismos del liberalismo para afianzar su manejo de América Latina.

Esa misma carta juega ahora China en la región, con los tratados que suscribe en desmedro del mandante yanqui. Concreta una gran variedad de TLCs con más celeridad y efectividad que los precedentes Panamericanos. Una comparación entre ambos procesos, confirma que el vertiginoso cambio en curso se asienta en la pérdida de competitividad estadounidense.

La pertenencia de “América” (Latina) a los “americanos” (del Norte) que postuló la doctrina Monroe siempre sostuvo los negocios de Estados Unidos con la amenaza militar. Ese pilar bélico se mantiene inalterable, pero ahora debe apuntalar a una economía en repliegue, frente a un desafiante que desconcierta a Washington.

En el pasado, los marines hacían valer la preeminencia de Estados Unidos en la región con guerras fulminantes (España), desembolsos expeditivos (Francia) o maniobras de liderazgo (Inglaterra). Otros contendientes de menor influencia (Japón, Alemania) nunca se atrevieron a pisar el terreno del dominador yanqui.

Pero en el siglo XXI, China desembarca en América Latina con atractivos negocios que despiertan la codicia de los socios locales, mientras elude cualquier conflicto con el Pentágono. La doctrina Monroe carece de respuestas frente a un desafío de ese tipo. Basta observar lo ocurrido con Panamá para corroborar esa dificultad.

El bastión que el imperialismo norteamericano erigió en torno al Canal ha quedado erosionado por la privilegiada relación financiero-comercial, que Beijing ha concertado con los gobernantes del istmo. Sin enviar un sólo gendarme, amenazan el histórico control de Washington sobre un cruce esencial para el dominio de los océanos.

En el pasado la Casa Blanca habría resuelto esa adversidad con una advertencia militar de envergadura. El Pentágono contempla esa opción en la actualidad, pero sus márgenes de intervención han quedado significativamente reducidos.

Este sustancial cambio en curso se verifica también en el comportamiento de las clases dominantes latinoamericanas. Todas las presiones del Departamento de Estado para anular los convenios que ese sector suscribe con el gobierno chino han sido infructuosas. Ningún país ha renunciado al incremento de sus exportaciones o al arribo de las inversiones que provee Beijing. A diferencia del pasado, Washington exige una subordinación geopolítica sin ofrecer contrapartidas económicas.

Esta orfandad explica la resistencia que exhiben los grandes capitalistas latinoamericanos al alineamiento pasivo con las peticiones del Departamento de Estado. Ante la guerra de Ucrania, el grueso de los gobernantes de la región optó por la declamación o el aval diplomático, soslayando las penalidades contra Moscú.

Esa respuesta dista mucho de la ruptura de relaciones o el envío de tropas que primó durante la Primera o la Segunda Guerra Mundial. Tampoco sintoniza con la total subordinación de las elites latinoamericanas a la posterior cruzada anticomunista. También en este plano, la doctrina Monroe ya no disuade los negocios de las clases dominantes con su rival asiático.

Repliegue ideológico

La doctrina Monroe también flaquea en el plano ideológico. Ese principio nutrió los conceptos propagados por los teóricos del imperialismo, para postular la superioridad de los anglosajones del Norte sobre los latinos del Sur.

Ese supuesto comenzó con la idea de un hemisferio occidental separado de la matriz europea, corporizado en la denominación “América”, que los políticos estadounidenses adoptaron como sinónimo de su propio país. Esa apropiación presupuso de entrada la inexistencia (o descalificación) del resto del continente (Frade, 2021).

Esa identificación lingüística afianzó el sentido del principio de Monroe (“América para los americanos”), como una pertenencia de todo el continente al dominador del Norte. Esa asociación se consolidó aún más, con otra generalización idiomática para el resto del continente.

La vieja denominación de Hispanoamérica o Iberoamérica (previa a la Independencia) fue sustituida por América Latina, adoptando un apelativo de cuño francés que contraponía el universo latino-romano con su equivalente anglosajón. Esa designación inspirada en un distanciamiento crítico hacia el coloso del Norte, derivó posteriormente en la captura estadounidense del término América (a secas) para su propio y excluyente uso.

Estas peripecias de la lengua tuvieron serias connotaciones ideológicas para el sentido que asumió cada término. En la mirada imperial, América quedó definitivamente identificada con la prosperidad, el bienestar y el padrinazgo del Norte. Por el contrario, Latinoamérica fue asemejada al subdesarrollo, la corrupción y la incapacidad para el autogobierno.

Durante las dos centurias de surgimiento y apogeo del expansionismo yanqui, esa contraposición fue motorizada por los ideólogos del imperio y aceptada por las elites del continente. El declive actual de la primera potencia ha erosionado ese legado. América continúa como sinónimo corriente de Estados Unidos, pero sin la carga de elogio, admiración o reverencia del pasado.

El mismo declive se extiende a otros conceptos, como el “destino manifiesto”, que justificaba la expansión territorial de Estados Unidos. Ese término fue introducido a mitad del siglo XIX para convalidar con mandatos divinos la violenta ampliación de la frontera, mediante el genocidio de los indios, la esclavización de los negros y el sometimiento de los latinos.

La captura de territorios era presentaba como una misión encomendada por Dios, para hacer valor la superioridad de la blancura anglosajona y las creencias protestantes. La misma mitología fue utilizada en la segunda mitad de esa centuria, para enaltecer las masacres de los marines en el exterior.

Esa ideología imperial combinó la exhibición de superioridad, con mensajes paternalistas de domesticación del vecindario latinoamericano, que era frecuentemente encasillado en algún estereotipo de salvaje o incivilizado. El Panamericanismo debía corregir esas rémoras precoloniales, con el liberalismo cultural que aportaban los inversores, funcionarios e intelectuales que Estados Unidos ofrecía a sus vecinos.

Ninguna de estas oprobiosas caracterizaciones persiste en la actualidad con la crudeza del pasado. Sus propagadores suelen endulzarlas o encubrirlas para disimular su obsolescencia. El retroceso económico quita credibilidad al autoelogio estadounidense.

Por las mismas razones ya no es tan sencillo estigmatizar a los latinos, con los descalificativos que previamente se utilizaron para despreciar a los pueblos originarios. El contraste entre el próspero emprendedor anglosajón con el inepto asalariado del Sur choca con el manifiesto fracaso del capitalismo estadounidense, para hacer frente a un competidor asiático significativamente alejado del prototipo occidental.

Sin fórmulas para dominar

Hasta hace poco tiempo, los chinos ocupaban un lugar semejante a otras etnias menospreciadas por el dominador occidental. La derrota económica que sufre Estados Unidos en el territorio latinoamericano frente al rival asiático, socava todos los vestigios de identificación del capitalista anglosajón con el éxito mercantil.

Como ese retroceso económico ha impactado sobre el sistema político estadounidense, tampoco la plutocracia bipartidista (que comparten los Demócratas con los Republicanos) puede repetir las falacias del pasado. Después del asalto que perpetraron los seguidores de Trump al Capitolio han perdido sentido las burlas imperiales a las “Repúblicas Bananeras” de América Latina. En Washington anida el mismo golpismo y las mismas disputas entre mafias, que en los despreciados territorios de la región.

También los contrapuntos entre americanistas del interior y globalistas de las costas acentúan la erosión de la mitología estadounidense. Esas tensiones siempre afectaron al gigante del Norte, como correlato de los intereses que contraponen a la enorme economía doméstica con los negocios en el exterior.

Esa fractura quedó atemperada en la posguerra, a través la síntesis que generó un programa común de dominación económica global. Esa convergencia reconcilió el aislacionismo rural e industrial del Medio Oeste, con el internacionalismo financiero de las Costas. Las fortunas generadas en otros países incrementaban los beneficios de todos los sectores internos (Anderson, 2013: 20-35).

Pero la vieja división ha reaparecido en las últimas décadas, al compás de los fracasos económicos y esa fractura se proyecta al exterior. Los discursos y actitudes de personajes como Trump, demuelen la vieja veneración de las elites latinoamericanas por el hermano mayor.

La ideología imperial estadounidense ha sido más perdurable que su par europea, porque sustituyó el viejo discurso colonialista por la simple exaltación del capitalismo, Enalteció como su antecesor la superioridad del hombre blanco, potenció los prejuicios euro centristas y exaltó las virtudes de Occidente. Pero reemplazó el mensaje de primacía colonial por una vacua veneración de la libertad, buscando suscitar identificaciones emblemáticas con los ideales del desarrollo y la democracia. Sustituyó la obsoleta veneración del colonizador por una ilusión de bienestar asociada con la expansión del capitalismo estadounidense (Anderson, 2010).

Ese mito logró un gran arraigo en incontables lugares del planeta, pero en América Latina siempre chocó con las modalidades descarnadas de la opresión estadounidense. Incluso la singularidad no colonial del imperialismo yanqui estuvo muy acotada en el Patio Trasero, que padeció un récord de ocupaciones, intervenciones y golpes de estado.

La idea de un imperio estadounidense meramente informal -con presencias militares breves y restringidas- y sustento estructural en la dominación económica, no se aplica a pleno en la región. América Latina fue siempre un escenario de la Doctrina Monroe contra los rivales foráneos y las rebeliones antiimperialistas.

La singularidad del Patio Trasero como un coto privilegiado de la supremacía estadounidense afronta actualmente un cuestionamiento inédito. La presencia China hace tambalear ese presupuesto bicentenario y empuja a los gestores de la Casa Blanca a buscar alguna forma de conservación de la vieja hegemonía. Ningún mandatario encontró hasta ahora la fórmula de esa preservación, en la gran disputa con China que analizaremos en el próximo artículo.

REFERENCIAS

Anderson, Perry (2013). Imperium et Consilium La política exterior norteamericana y sus teóricos, AKAL, Madrid

Anderson, Perry (2010). Algunas observaciones históricas sobre la hegemonía, en Crítica y emancipación. Revista latinoamericana de ciencias sociales, Año II, Nº 3, primer semestre.

Arrighi, Giovanni (1999). El largo siglo XX. Akal.

Boron, Atilio (2023). Mike Pompeo se confiesa en un libro, https://atilioboron.com.ar/mike-pompeo-se-confiesa-en-un-libro/

Cockcroft, James (2002). América Latina y Estados Unidos, Siglo XXI, México.

Frade, Ibis (2021) ¿Cuándo va a morir la Doctrina Monroe? diciembre 31, https://www.prensa-latina.cu/2021/12/31/escaner-cuando-va-a-morir-la-doctrina-monroe-fotos-info-video

García Iturbe, Néstor (2018). La Doctrina Monroe siempre ha estado vigente 10/02/2018 https://rebelion.org/la-doctrina-monroe-siempre-ha-estado-vigente/

Guerra Vilaboy Sergio (2006). Breve Historia de América Latina, Habana, Ciencias Sociales,

Godio Julio (1985). Historia del movimiento obrero latinoamericano 3, Nueva Sociedad, Caracas.

Katz, Claudio (2008). Las disyuntivas de la izquierda en América Latina, Ediciones Luxemburg, Buenos Aires

Rinke, Stefan (2015). América Latina y Estados Unidos. Una historia entre espacios desde la época colonial hasta hoy, Madrid, El Colegio de México/Marcial Pons

Soler, Ricaurte (1980). Idea y cuestión nacional latinoamericanas. De la independencia a la emergencia del imperialismo, Siglo XXI, México

Morgenfeld, Leandro (2018). Trump y el retorno a la Doctrina Monroe 6/02/2018 https://www.nodal.am/2018/02/trump-retorno-la-doctrina-monroe-leandro-morgenfeld/

Redacción (2022). Los casi 200 años de delitos de Estados Unidos sobre América Latina bajo la Doctrina Monroe May 14, 2022https://www.conclusion.com.ar/internacionales/los-casi-200-anos-de-delitos-de-estados-unidos-sobre-america-latina-bajo-la-doctrina-monroe/05/2022/

Paz y Miño Cepeda, Juan (2023). Renacen ideales latinoamericanistas, 9-2-https://www.aporrea.org/internacionales/a319464.html

Vitale, Luis (1992). Introducción a una teoría de la historia para América Latina, Planeta, Buenos Aires (cap 4, 6

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