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Bonapartismo, fascismo, marxismo

16/04/2023 by Vitalio Deja un comentario

Por: Maciek Wisniewski

En el marxismo, bien recuerda Dylan Riley en The Civic Foundations of Fascism in Europe: Italy, Spain and Romania 1870-1945 (2019), un libro que abrió nuevas perspectivas en la literatura acerca del fascismo (bit.ly/3UF7t8s),sobre todo desde la mirada marxista, hay dos diferentes teorías del fascismo.

Una asocia su auge con el atraso de la economía capitalista: en esta perspectiva, frente a una amenaza de la izquierda, la poco desarrollada burguesía industrial está forzada a aliarse con los sectores terratenientes y ambas −ante la inhabilidad del proletariado de tomar el poder− acaban delegándolo a un nuevo actor, el partido fascista, la emanación de la petite bourgeoisie. Otra ve al fascismo como la dictadura del capital en declive: allí el problema no es que el capitalismo este subdesarrollado, sino que es incapaz de garantizar la esperada tasa de ganancia en el contexto de la democracia parlamentaria algo que fuerza los sectores industriales a aliarse con el Estado en la búsqueda de una solución imperial a sus problemas (p. 16). Para Riley ambas versiones del argumento marxista apuntan correctamente a: a) que el fascismo conservó y extendió las relaciones de propiedad, b) su base de apoyo (la clase terrateniente y el capi-tal), y c) cooperación con las viejas élites como vía al poder. No obstante, no queda claro como ambas se relacionan entre sí.

Esta inconsistencia tiene sus raíces en el análisis del propio Marx respecto al auge del bonapartismo. En El 18 de brumario de Luis Bonaparte, Marx ofrece dos contradictorias explicaciones del auge del Napoleón III. Una que apunta al atraso de la sociedad francesa y la alianza del pequeño campesinado propietario con la pequeña burguesía parasitaria (retomada por Togliatti o Barrington Moore Jr). Y otra que lo explica con la sobremaduración de la sociedad francesa que como ninguna en aquella época tenía tan desarrollada estructura de clases (retomada por Trotsky y Mandel). Esto no debería ser pasado por alto, insiste Riley: esta inconsistencia es central no sólo para el entendimiento marxista del bonapartismo y del fascismo, sino apunta al problema general con la teoría marxista del Estado, que fue incapaz de clarificar la relación entre las formas estatales y las relaciones sociales de propiedad en el capitalismo (algo de lo que peca igualmente la sociología weberiana). Es justo esta deficiencia en el centro del marxismo que permite interpretar los Estados autoritarios por igual como expresión de inmadurez del capitalismo o de su fase terminal (p. 18).

En el periodo de entreguerras, desde el marxismo, tanto August Thalheimer como León Trotsky trataban de recuperar el bonapartismo para analizar el auge del fascismo, pero ninguno lo teorizó adecuadamente. El modo más sistemático de usar este modelo para interpretar el fascismo provino en cambio desde el liberalismo con Hannah Arendt, relaborándolo como teoría de la sociedad de masas. Clases, según Arendt, ya no existían, pero las masas sí, y trató de vincular esta noción con el análisis de Marx del campesinado francés (el saco de papas). No obstante, para Riley, la reconstrucción liberal de Arendt que culpó al colapso de la sociedad de masas y al vacío por el nacimiento del fascismo es errónea. El argumento principal de Riley en The Civic… −donde hace una suerte de reconstrucción gramsciana de Tocqueville− es exactamente contrario: el fascismo para su auge dependió de una rica vida de asociaciones y de la existencia de una sociedad civil altamente estructurada sin los cuales no hubiera construido su organización de partido distintiva ni emergido victorioso de la feroz lucha de clases.

He aquí precisamente, en el choque entre el enfoque arendtiano y la reconstrucción marxista de Riley −que en otro lugar ofreció la mejor contrateoría frente a las compulsivas comparaciones de Trump con el fascismo (bit.ly/3L0D1CE)− la brecha entre los que optaban, por ejemplo, por analogizar a Trump al fascismo y los que disentían, con los analogizadores, en buena parte intelectuales liberales-conservadores, invocando precisamente al clásico enfoque fascista-bonapartista de Arendt.

Vista sólo así, esta operación retórica y política incluso parecería lógica. Si Trump en efecto surgió en una época de anomia, atomización, despolitización y en un vacío organizacional (bit.ly/41pUJ84)−combinado con la masificación en sentido de que la masa es la manera en la que aparece la clase cuando no está organizada−, compararlo con “la época del ‘vacío’ de entreguerras” de la que habla Arendt tendría sentido (y la ecuación Trump = Hitler su respaldo). Pero si uno abraza el enfoque de Riley, que demuestra que el fascismo no surgió en ningún tipo de vacío, las paralelas desaparecen.

En este sentido, según Riley, el bonapartismo, mucho mejor que el fascismo, explica los últimos años en la política con Trump, Bolsonaro y otros strong men. De hecho, para él, es precisamente el hecho de que el bonapartismo aplica mejor para hoy que para el auge de los fascismos clásicos lo que nos distingue del periodo de entreguerras (o sea: ¡Adiós a las comparaciones!).

Es casi como si la teoría de la sociedad de masas que ha sido inaplicable a su objeto original encontrara el fenómeno que [finalmente] pudiese explicar, apunta, subrayando a la vez que hoy hay que pensar en el bonapartismo más en referencia a la atmósfera en la que se desarrolla la lucha política que para explicar resultados electorales específicos (Microverses, 2022, p. 120).

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Trascendencia artística y record de ventas. A 50 años de la muerte de Picasso

10/04/2023 by Vitalio Deja un comentario

Por: Marinba Sepúlveda

No caben dudas de que sus obras más célebres son el “Guernica” y la sintética paloma de la Paz creada por encargo, pero en el universo del artista español hay mucho aún por explorar.

 

                                          Cinco de las obras de Picasso superaron los 100 millones de dólares en subasta. (Fuente: AFP)
                                                     Cinco de las obras de Picasso superaron los 100 millones de dólares en subasta.. Imagen: AFP

Mientras el mundo del arte le rinde homenaje en el cincuentenario de su fallecimiento, Pablo Picasso, el artista más allá del hombre, revalida su potencia creativa convertido en uno de los pintores más cotizados del mundo por creaciones tan impactantes como Las señoritas de Avignon (1907) o el Guernica (1937), más allá de un corpus integrado por más de 15.000 pinturas, dibujos, bocetos, esculturas y cerámicas, o de su célebre síntesis simbólica de la “paloma de la paz” creada para el Consejo Mundial de la Paz en 1949.

Numerosas muestras recorren ciudades como París, Málaga, Madrid o Nueva York al otro lado del Atlántico en este aniversario que rescata y actualiza miradas sobre el legado artístico picassiano. De este lado, el Museo Nacional de Bellas Artes acompaña esta propuesta con Picasso en el patrimonio del Museo, que expone obras realizadas entre 1905-1959 como grabados, dibujos y cerámicas.

Si bien todo artista es producto de una época que refleja en su obra, más allá de sus intrincadas cuestiones familiares -esposas, amantes, hijos- o las más recientes denuncias por maltrato a las mujeres que lo tiene en la mira de la “cultura de la cancelación”, no puede negarse el aporte de Picasso al arte moderno, ni el lugar que merecidamente ocupa en la historia del arte, y en el mercado. “Picasso es el artista más cotizado en las subastas mundiales con ventas que sobrepasan los 4.700 millones de dólares en la última década”, consigna la agencia AFP. Y en ese balance económico señala además que cinco de sus obras superaron los 100 millones de dólares en subasta, 16 más de 50 millones y 39 más de 30 millones, siendo el cuadro más caro Las mujeres de Argel (Versión O) de 1955, vendido en 2015 por 179,4 millones de dólares por Christie’s de Nueva York, todo un récord hasta ese momento, para una adquisición por 31,9 millones de dólares en 1997.

Pablo Ruiz Picasso nació el 25 de octubre de 1881 en Málaga, sur de España, y falleció el 8 de abril de 1973 en Mougins, Francia, a los 91 años, dejando un legado estimado en unos 250 millones de dólares que engloban su obra, dinero, acciones y bonos, y sus residencias. Autor de frases como “en cada niño hay un artista, el problema es cómo seguir siendo artista al crecer” o “todo lo que se puede imaginar es real”, es reconocido como uno de los artistas plásticos más importantes del siglo XX: pintor, dibujante, artista gráfico, escultor, y un investigador de temas y lenguajes que lo llevó a trabajar el collage y la cerámica, o bien incursionar en la escenografía y el vestuario.

El Museo de Arte Moderno de Nueva York (MoMA) ostenta en su colección a Les Demoiselles d’Avignon, que alude a los burdeles de Barcelona y es una obra que marca una ruptura con la composición y la perspectiva tradicional de la pintura al representar cinco mujeres desnudas compuestas por planos fragmentados, que seguirá explorando en el cubismo.

Picasso comenzó a pintar a los ocho años con su padre José Ruiz y Blasco, pintor y profesor de dibujo, siendo sus temas preferidos las palomas y las escenas taurinas. Estudió en la Coruña a donde su familia se había mudado y pintó en 1895 La muchacha descalza, dando inicio a su tema de la “mujer sentada” que se repetirá en toda su obra. A los 14 comenzó su educación formal en la Academia de Bellas Artes de Barcelona que prosiguió en la de San Fernando de Madrid (1897). Pero cuentan los expertos que no le interesaba la instrucción clásica. En 1900 llegó a Francia, país donde vivió la mayor parte de su vida, instalándose ya para 1904, en el barrio parisino de Montmartre: una vida jalonada de trabajo, visitas a museos, amistades y nocturnidad y placeres, tiempos de bohemia en compañía de poetas y pintores como Guillaume Apollinaire, Amedeo Modigliani, Juan Gris y su amigo Max Jacob.

Su búsqueda exploratoria lo llevó a tener su melancólico período azul, y al que le siguió el rosa con sus mendigos, arlequines y acróbatas, algo que cambió hacia 1906 cuando comenzó a experimentar con el cubismo -con figuras vistas desde múltiples puntos de vista y la geometrización de los volúmenes- influido por Paul Cézanne y el arte africano. Y en 1907 se encontró con el pintor Georges Braque, con quien trabó amistad y trabajó sobre este abordaje interrumpido por el inicio de la Gran Guerra en 1914.

También conoció al promotor de las artes Serge de Diaghilev, por intermedio de Jean Cocteau en 1916, pasando Picasso a colaborar con decorados y vestuario para el ballet ruso, donde conoció a Olga Kokhlova, su primera esposa. En los años 1920 su fama se fue acrecentando: una década en que se vinculó con los integrantes del grupo surrealista como André Breton y Paul Éluard, que incorporó a su trabajo en 1924.

Si bien volvió a España en algunas oportunidades previas a 1936, la Guerra Civil española marcó un momento clave en su obra y compromiso: en tanto hombre de principios, Picasso no regresó a la España franquista. Guernica fue encargada por el Gobierno de la República en plena Guerra Civil para el Pabellón de España en la Exposición Universal de París de 1937. Allí Picasso respondió desde el arte a “los dramáticos acontecimientos políticos” como el bombardeo efectuado por la aviación alemana sobre la villa vasca de Guernica, el 26 de abril de ese año. Como condición, el artista pidió que el gran lienzo fuera a España recién cuando “se restablecieran las libertades públicas”, tal como consigna el Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía que custodia este “ícono universal de denuncia de todas las catástrofes bélicas” y que reúne, según los expertos, “los principales elementos de su evolución artística”. Recién en 1981, tras la muerte de Franco, la obra llegó a España procedente del MoMA, donde se encontraba en guarda tras el estallido de la Segunda Guerra Mundial en 1939.

                                                       

Durante el auge del nazismo su arte fue calificado, al igual que el de tantos otros, como “degenerado”. Luego vino la ocupación alemana de París. Fueron tiempos difíciles para el artista, quien llegó a decir: “Aquellos años de terrible opresión me demostraron que tenía que luchar no sólo con mi arte, sino con mi persona”. Tras la liberación de la ciudad en junio de 1944 se afilió oficialmente al Partido Comunista Francés.

Finalizada la guerra, se acrecentó su vínculo con la costa mediterránea, instalándose en el sur de Francia, donde se interesó en la alfarería y la cerámica: En 1947 se radicó en Vallauris, cerca de Cannes. con Françoise Gillot y sus hijos Claude y Paloma. Entre sus trabajos de la década de 1950 destaca la relectura épica de la historia de la pintura que realizó, a través de una serie de variaciones, dedicadas a las Meninas de Diego Vélazquez, al Déjeuner sur l’herbe de Edouard Manet y a Las mujeres de Argelia de Eugène Delacroix, entre otros. En sus obras está presente lo erótico, los desnudos, diversos retratos femeninos, de conocidos y autorretratos, los animales y elementos cotidianos, y en su obra gráfica destacan la tauromaquia y la figura mítica del Minotauro -que surge en 1928- y se prolonga en Guernica.

Cuestionado desde el presente, su vida amorosa fue variada. Instalado en París convivió con la modelo de artistas Fernande Olivier, luego se casó con Kokhlova, la bailarina rusa con la que tuvo su primer hijo, Paulo, que se suicidó a dos años de la muerte de su padre. Y estando aún casado, mantuvo una relación con Marie-Thérèse Walter de la que tuvo a su hija Maya. Después vendría su convivencia con la pintora y fotógrafa Dora Maar quien registró el trabajo del Guernica; en las últimas tres décadas vivió con la joven pintora Françoise Gilot, con la que tuvo dos hijos, Claude y Paloma, para finalmente casarse por segunda vez, con Jacqueline Roque, quien lo acompañó hasta el final de su vida.

Picasso falleció en su residencia de Mougins y fue enterrado en los terrenos del castillo de Vauvenargues que había adquirido en 1958, un edificio del siglo XIV cerca de Aix-en-Provence al pie del monte Sainte-Victoire, lugar apreciado por Cézanne. El Mediterráneo no solo fue su lugar para vivir, donde pasó su última década más como ermitaño, sino un lugar de increíble producción artística, una geografía que le recordaba a su país natal.

Sin haber dejado testamento “por su superstición sobre la muerte”, según las palabras del abogado citadas por el diario ABC, con el tiempo el Estado francés obtuvo como pago de impuestos sucesorios cerca de un 20% de su legado y la posibilidad de escoger las mejores obras de Picasso de las que el pintor no había querido desprenderse, conformándose el Museo nacional Picasso de París, entidad que abrió sus puertas en 2014 en lo que fuera el Hôtel Salé. También está el Museu Picasso de Barcelona, creado según deseos del artista por su secretario personal y gran amigo Jaume Sabartés e inaugurado en 1963 junto a referentes de la sociedad de la ciudad y donaciones de obras realizadas por Picasso; y el Museo Picasso Málaga, inaugurado en 2003, también deseado por el artista en los 50 y retomado por la familia de su hijo Paulo, a partir de la donación de obras de Christine y Bernard Ruiz-Picasso. Las tres instituciones son parte del enjambre que conmemora su memoria.

* Agencia Télam.

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La geopolítica en el próximo viaje al satélite, medio siglo después Carrera espacial: como en la Guerra Fría, Estados Unidos se lanza a la conquista del universo 

10/04/2023 by Vitalio Deja un comentario

  Por: Pablo Esteban

La competencia calienta motores y EEUU está decidido a pisar el satélite una vez más. A medio siglo de la última hazaña, lo único que cambió es el oponente. China no se queda con los brazos cruzados: de manera reciente, sus científicos comprobaron la existencia de “mucha más agua de la que se creía”.

A fines de 2024, el mundo será testigo de una nueva hazaña de la ciencia y la tecnología. Las grandes potencias han recobrado sus intereses por los viajes cósmicos y la Luna parece ser el destino inmediato y más anhelado. Si durante la segunda posguerra mundial, Estados Unidos y la Unión Soviética –en el marco de la Guerra Fría– competían en una carrera espacial mano a mano, en el presente un desafío similar parece reeditarse. Aunque con matices: a diferencia de la experiencia anterior, esta vez el competidor es China.

Hace unos días, en una conferencia de prensa desde el Centro Espacial Johnson (Houston), la NASA presentó a los cuatro astronautas que viajarán a la Luna el próximo año. Y lo hizo a través de varias novedades: entre los tripulantes, viajará el primer negro, la primera mujer y el primer canadiense en una misión compartida. La iniciativa busca combatir una tendencia criticable: las 24 personas que habían orbitado o pisado la Luna fueron hombres blancos.

Artemis II sucede a Artemis I (viaje no tripulado de prueba en 2022) y precede a Artemis III: misión que se desarrollará en 2025, y en la que los afortunados viajeros espaciales no solo conocerán el satélite de primera mano, sino también tendrán la oportunidad de pisarlo. Hacia 2030, si todo sale bien, llegará el premio mayor: la conquista de Marte. No obstante, para eso falta mucho porque, aunque congelada, la recompensa que espera en la Luna vale más que el oro.

Un tesoro en disputa

El interrogante que se abre es ¿por qué ahora? ¿Por qué Estados Unidos, a través del impulso de su agencia espacial, quiere volver a la Luna después de medio siglo? La respuesta es geopolítica: porque China está dando sus propios pasos y, con más sigilo que la Casa Blanca, buscará hacer lo propio para conquistar el quinto satélite más grande de todo el sistema solar. Esa Luna que sirvió de excusa, de faro y de guía para tantas civilizaciones a lo largo de la –breve– historia humana, posee grandes reservas de agua, un recurso tan valioso como escaso. Lo que aún significa más: de hallarse y extraerse con facilidad, podrá servir como combustible para proyectar el próximo viaje a Marte.

Hace dos años, China envió la sonda Chang’e 5 a la superficie lunar, con el propósito de extraer muestras. Según pudo confirmarse en un artículo reciente, los científicos de la Academia Nacional de Ciencias China (CAS) hallaron una reserva de agua que, en apariencia, contiene 270 mil millones de toneladas de H2O en forma de hielo. Según difundieron mediante una publicación en la revista Nature Geoscience, para ser utilizada, antes deberían extraer los cristales del suelo lunar, calentarlos a 100°C y capturar el vapor resultante. Aunque sería muy costoso, no sería imposible.

La mayoría de los cristales se encuentra en la zona de los polos, regiones a las que nunca llega el Sol. Configuran geografías atractivas que concentran las miradas de las potencias; sitios en los que precisamente alunizarán durante las próximas misiones tripuladas. En esta línea, Europa anunció el envío de una misión robótica bautizada “Prospect”, que será lanzada en 2026. Según prevé la Agencia Espacial Europea, recorrerá el suelo lunar y recopilará muestras con el objetivo de explorar la presencia de agua y confirmar, de una vez, la posibilidad de su aprovechamiento.

Por lo pronto, a fines de 2024, los estadounidenses Christina Koch, Victor Glover y Reid Wiseman y el canadiense Jeremy Hansen conforman el seleccionado de astronautas-estrella que viajarán a la Luna, darán una vuelta y, unos diez días más tarde, volverán a la Tierra. Será una misión de prueba en la medida en que servirá para chequear que todo el complejo de artefactos y sistemas funcionen según lo esperado. A priori, las condiciones son inmejorables: la cápsula espacial Orión se presenta tan confortable como invulnerable y el cohete (denominado SLS), se ubica como el más potente de la historia.

Puesta en escena y mensajes contradictorios

Las razones del retorno de los planes espaciales son geopolíticas y, a esta altura, resulta difícil dudarlo. Prueba de ello fue la puesta en escena durante la conferencia de presentación de los astronautas la semana pasada. En el evento, con marcada emoción, Glover apuntó: “Rezo para que esta misión sea una fuente de inspiración y paz para todas las naciones; que Dios los bendiga”. Hansen, por su parte, también resaltó la cooperación y la buena voluntad de su vecino de Norteamérica: “Estados Unidos podría haber ido solo de vuelta a la Luna, pero ha decidido ir con otros países; por lo que, como canadiense, les estoy muy agradecido”. Dos discursos que siguen la misma tónica del ensayado más de medio siglo atrás por el presidente Richard Nixon: “En este momento único en toda la historia de la humanidad, todos los pueblos de la Tierra forman uno solo”. Palabras expresadas por el mandatario en comunicación con Neil Armstrong, Edwin Aldrin y Michael Collins, aunque referidas a toda la humanidad.

Sin embargo, el mensaje de paz es tan solo la cáscara. A mediados de 2022, Bill Nelson, el director de la NASA, aseguró que China y Rusia tenían la meta de “apoderarse de la Luna”. “Debemos estar muy preocupados de que China aterrice en la Luna para decir: ahora es nuestra y ustedes no se pueden venir”, declaró Nelson. De hecho, el exsenador aseguró que para 2035 ambos países buscarían terminar la construcción de una base lunar.

El interés por la conquista del universo no es nueva, sino todo lo contrario; en contraposición, ha formado parte de las ficciones mejor narradas. Quizás, la diferencia con respecto al pasado es que las posibilidades técnicas que propone la ciencia del siglo XXI no tienen parangón. Además, la colonización de nuevos mundos no puede ser más certera: los terrícolas están acabando, poco a poco, con la Tierra. Algunos piensan que, en medio de pandemias, cambio climático y nuevas problemáticas globales por venir, es momento de analizar los próximos pasos con la vista en nuevos mundos. De algo es posible estar seguros: tarde o temprano, la humanidad culminará por corromper cualquier posibilidad de convivencia pacífica. Después de todo, eso es lo que ha hecho desde la Modernidad hasta la fecha.

¿Y si ya tiene dueño?

En 2019, la periodista Emilse Pizarro contó la historia de Dennis Hope, quien a partir de la década de los 80 creó una empresa muy particular. Lunar Embassy es una compañía que vende terrenos en la Luna. Y para ello, narra la periodista argentina, este personaje se escudó en una peculiar interpretación de las normas internacionales.

En enero de 1967, la Asamblea General de las Naciones Unidas firmó el “Tratado sobre los principios que deben regir las actividades de los Estados en la exploración y utilización del espacio ultraterrestre, incluso la Luna y otros cuerpos celestes”. En su artículo 2 dice que “El espacio ultraterrestre, incluso la Luna y otros cuerpos celestes, no podrá ser objeto de apropiación nacional por reivindicación de soberanía, uso u ocupación, ni de ninguna otra manera”. La norma, sin embargo, no aclara nada con respecto a los individuos. Así que, ante los diferentes gobiernos y organismos internacionales, Hope comenzó a difundir su reclamo.

Durante años, se presentó ante todos como “el propietario de la Luna” y no le fue nada mal: más de seis millones de personas ya compraron su parcela. John Travolta, los Tom, Hanks y Cruise, George Lucas y Clint Eastwood aseguraron su lugar allí. Sí, usted leyó bien: en la Luna.

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Ernest Mandel fue uno de los grandes pensadores marxistas del siglo XX

10/04/2023 by Vitalio Deja un comentario

Por: Alex De Jong

Nacido un día como hoy hace un siglo, Ernest Mandel fue uno de los principales pensadores políticos de su época. Desde su activismo adolescente en la resistencia antinazi hasta sus últimos días, Mandel fue un inflexible defensor de los ideales socialistas y los intereses de la clase obrera.

El intelectual y activista socialista belga Ernest Mandel nació hoy hace cien años, el 5 de abril de 1923. Mandel fue un agitador incansable y un erudito que escribió algunas de las obras más significativas de la teoría marxista durante la segunda mitad del siglo XX.

Mandel es quizás más recordado hoy por su libro Capitalismo tardío, que popularizó un término ahora familiar. El crítico Fredric Jameson se basó en gran medida en los escritos económicos de Mandel en su teorización del posmodernismo, y «capitalismo tardío» se ha convertido en un cliché periodístico para el análisis cultural.

El propio Mandel, que en su día escribió una historia social de las novelas policíacas, podría haber sonreído ante esta curiosa apropiación de su obra. Pero su objetivo primordial era cuestionar las estructuras de poder del capitalismo, más que analizar sus efectos culturales secundarios.

Permaneció fiel a ese objetivo desde su adolescencia como combatiente de la resistencia en tiempos de guerra que sobrevivió al sistema penitenciario nazi hasta sus últimos días en el páramo neoliberal de la década de 1990. La vida política y la obra de Mandel pueden ser una importante fuente de inspiración para el nuevo movimiento socialista de hoy.

Resistencia al nazismo

Mandel nació en una familia de judíos polacos asimilados de origen alemán en la ciudad belga de Amberes. Su padre, Henri Mandel, tenía simpatías izquierdistas, concretamente con las ideas de León Trotsky. Durante la década de 1930, tras la llegada de los nazis al poder en Alemania, la casa de los Mandel se convirtió en un lugar de encuentro para refugiados de izquierdas. Escuchando a estos refugiados hablar de socialismo, de los últimos acontecimientos en la Unión Soviética y del ascenso del fascismo, el joven Ernest se inició en la política radical.

En mayo de 1940, la guerra llegó a Bélgica y la Alemania nazi invadió el país. Gran parte de la izquierda fue incapaz de responder a la nueva situación. Muchos dirigentes del socialdemócrata Partido Laborista Belga y de los sindicatos huyeron del país, mientras que Hendrik de Man, antiguo dirigente del Partido Laborista, llamaba a colaborar con los ocupantes.

El pacto de no agresión soviético-alemán seguía vigente en aquel momento, y los comunistas belgas proclamaron una postura de una «pura y más completa neutralidad». Semanas después del comienzo de la invasión nazi, un asesino que trabajaba por orden soviética asesinó a Trotsky en su exilio mexicano.

En medio de esta confusión, un grupo de izquierdistas independientes se propuso publicar el primer periódico clandestino en lengua flamenca, que se editó en casa de los Mandel. Ernest y su padre escribieron muchos de los artículos del periódico. En agosto de 1942, Ernest pasa a la clandestinidad. A finales de ese año fue detenido, pero logró escapar mientras lo transportaban.

Según el biógrafo de Mandel, Jan Willem Stutje, Henri Mandel pagó un rescate por la liberación de su hijo. La «audaz huida» de Ernest bien podría haber sido «escenificada por agentes ansiosos por evitar ser interrogados». Según Stutje, la huida de Mandel lo dejó con un sentimiento de culpa.

Sin inmutarse, Mandel continuó sus actividades de resistencia. Para entonces, se había convertido en miembro del Partido Comunista Revolucionario (PCR) trotskista. A principios de 1944, el PCR elaboró un panfleto bilingüe sobre los contactos entre empresas alemanas y estadounidenses que se dirigía directamente a los soldados alemanes: «Están siendo sacrificados como carne de cañón mientras sus amos negocian para salvar sus posesiones». El 28 de marzo de 1944, mientras distribuía el panfleto, Mandel fue detenido de nuevo.

Arrestado por sus actividades de resistencia y no por ser judío, Mandel fue enviado a diferentes prisiones y campos de trabajo, llegando en un momento dado a ser obligado a trabajar en una fábrica de productos químicos de IG-Farben. Como miembro de la resistencia, judío y trotskista despreciado por sus compañeros de prisión estalinistas, sus posibilidades de sobrevivir eran escasas.

Mandel recordó más tarde que la pura suerte fue una de las razones por las que consiguió salir adelante. Pero también atribuyó su éxito al hecho de establecer lazos con algunos de los guardianes de la prisión alemana que habían sido partidarios del partido socialdemócrata antes de que los nazis tomaran el poder: «Era lo más inteligente que se podía hacer, incluso desde el punto de vista de la autopreservación». Las duras condiciones le pasaron factura y Mandel fue hospitalizado a principios de 1945. El 25 de marzo de 1945, las fuerzas estadounidenses liberaron el campo en el que estaba recluido.

El trotskismo después de Trotsky

Aunque los familiares directos de Mandel sobrevivieron a la guerra, su abuela, su tía y su tío fueron asesinados en Auschwitz, junto con sus familias. Henri Mandel soñaba con una carrera académica para su hijo, pero Ernest tenía otras prioridades. Quería continuar la lucha contra el capitalismo, el sistema que había producido los horrores del nazismo y la guerra. A lo largo de su vida, la experiencia del fascismo siguió siendo un punto de referencia político y moral para Mandel.

León Trotsky y sus partidarios habían fundado la IV Internacional (CI) en 1938. Trotsky esperaba que la prueba de la guerra que se avecinaba desacreditaría a los partidos comunistas estalinistas y confiaba en que la IV Internacional se convirtiera en una alternativa. Sin embargo, el importante papel de la Unión Soviética en la derrota de la Alemania nazi y la participación de los comunistas en los movimientos de resistencia europeos aportaron a esos partidos un prestigio y una popularidad sin precedentes, dejando a sus rivales del ala radical del movimiento obrero con escasas oportunidades de crecimiento.

Mientras tanto, la guerra y la represión habían diezmado a los pequeños grupos asociados a la CI. Mandel sintió que era su deber ayudar a construir el movimiento trotskista y se convirtió en un activista destacado en sus filas. En parte, le impulsaba el recuerdo de los camaradas que los nazis habían asesinado, como su íntimo amigo Abram Leon, autor de un importante estudio sobre la historia judía y el antisemitismo.

Como muchos radicales, Mandel pensaba que la guerra sería el preludio de una oleada de revoluciones en Europa, como había ocurrido con la Primera Guerra Mundial. El programa que Trotsky redactó para la CI en 1938 afirmaba que el capitalismo había encallado:

Las fuerzas productivas de la humanidad se estancan. Ya los nuevos inventos y mejoras no consiguen elevar el nivel de riqueza material. Las crisis coyunturales bajo las condiciones de la crisis social de todo el sistema capitalista infligen privaciones y sufrimientos cada vez más pesados a las masas.

Poco a poco, Mandel llegó a reconocer que el sistema no sólo seguiría funcionando, sino que incluso era capaz de desarrollarse aún más, entrando en un largo periodo de crecimiento económico después de 1945. En estas condiciones, se afilió al Partido Socialista Belga, manteniendo en secreto su identidad trotskista, y ayudó a fundar el semanario La Gauche (La Izquierda), un periódico que llegó a ser influyente en la izquierda socialista belga.

En este periodo, Mandel se consolidó como teórico y dirigente socialista. En 1962 publicó su primera gran obra, Teoría económica marxista. El libro ofrecía una presentación sistemática de su tema, intentando demostrar que se podía «reconstituir todo el sistema económico de Karl Marx» recurriendo a «los datos científicos de la ciencia contemporánea».

En la introducción del libro, Mandel describía su enfoque como «genético-evolutivo», con lo que quería decir que se dedicaba a estudiar el origen y la evolución de su tema. «La teoría económica marxista», escribió, debe considerarse como «el resumen de un método, de los resultados obtenidos mediante el uso de este método, y de los resultados que están continuamente sujetos a reexamen». La combinación de historia y teoría, tratando continuamente de integrar nuevos hallazgos, sería característica de la obra de Mandel.

Reformas estructurales y estrategia socialista

Mientras trabajaba en Teoría económica marxista, un libro de casi ochocientas páginas en su traducción inglesa, Mandel desarrolló una estrategia de «reformas estructurales anticapitalistas» como parte del círculo en torno a La Gauche. Con esto se refería a reformas que no introducirían el socialismo en sí mismas pero que, sin embargo, representarían pasos hacia él y «darían a la clase obrera la capacidad de debilitar decisivamente al gran capital.»

Para Mandel, las posibles reformas estructurales anticapitalistas en Bélgica incluían la organización de una oficina de planificación que garantizara el pleno empleo, el control público de las grandes empresas y la nacionalización del sector energético. Subrayó que las reformas económicas no podían separarse de la cuestión del poder político.

Mandel intentaba formular una estrategia socialista que pudiera ser adecuada para un país capitalista desarrollado como Bélgica. Una fuente de inspiración para este esfuerzo fue la huelga general belga del invierno de 1960 contra una serie de reformas propuestas por el gobierno de derechas. La huelga, que duró varias semanas, movilizó a cientos de miles de trabajadores. Las huelgas y ocupaciones de fábricas francesas de junio de 1936, tras la llegada al poder del Frente Popular de izquierdas, fueron otro ejemplo citado por Mandel.

Durante el periodo de crecimiento económico de la posguerra, las condiciones de vida habían mejorado para muchos, pero luchas como la huelga general belga demostraban que el desarrollo capitalista no había pacificado del todo a la clase obrera. Para Mandel, las armas más poderosas de los trabajadores en la lucha contra el capitalismo eran la organización, la educación política y la conciencia de su papel económico esencial.

Reconocía que las luchas de los trabajadores no giraban simplemente en torno a las condiciones económicas, sino que también estaban impulsadas por la resistencia a prácticas laborales alienantes y opresivas. Incluso los trabajadores relativamente acomodados experimentaban alienación y dominación en el lugar de trabajo. En un balance de la huelga de 1960, Mandel escribió que la lucha de la clase obrera contra el capitalismo «difiere de las luchas sociales del pasado en que no es sólo una lucha por intereses esenciales e inmediatos». Esa lucha puede convertirse en una «lucha consciente para reestructurar la sociedad».

Mandel argumentó que la huelga belga fue una oportunidad perdida porque no había habido un liderazgo político que propusiera esa reestructuración. Para que se produjera un cambio revolucionario, era necesario ampliar la lucha por las reformas económicas a la cuestión del poder político.

Para Mandel, la lucha sólo podía ser victoriosa si «el adversario se enfrentaba no sólo en las fábricas sino también en las calles». La historia había demostrado, insistía, la necesidad de establecer un partido revolucionario que «explicara incansablemente» a los trabajadores que era necesario tomar el poder económico además del político para alcanzar sus objetivos.

Dinámica del capitalismo tardío

Durante la década de 1960, Mandel desarrolló su comprensión de cómo funcionaba el capitalismo un siglo después de que Marx hubiera publicado El Capital. Inicialmente utilizó el término «neocapitalismo» antes de decantarse por «capitalismo tardío». El libro de 1972 con ese título fue la obra magna de Mandel.

En El capitalismo tardío, intentó «ofrecer una explicación marxista de las causas de la larga onda de crecimiento rápido de la posguerra». Según Mandel, este periodo de crecimiento también tenía «límites inherentes» que aseguraban que daría paso a «otra larga onda de creciente crisis social y económica para el capitalismo mundial, caracterizada por una tasa de crecimiento global mucho menor». Predijo correctamente el final del auge de la posguerra a mediados de la década de 1970.

Mandel consideraba que una de las características del capitalismo tardío era la aceleración del ritmo de innovación tecnológica. Esto acortó la vida útil del capital fijo y dio lugar a una mayor necesidad de planificación por parte de las grandes empresas. También se produjo una intervención gubernamental en la economía a una escala sin precedentes para evitar colapsos como el de Wall Street en 1929. Como observó Mandel en 1964 «El Estado garantiza ahora, directa e indirectamente, el beneficio privado de formas que van desde las subvenciones encubiertas hasta la ‘nacionalización de las pérdidas’».

Sin embargo, cada intento del capitalismo por superar sus contradicciones le planteaba nuevos problemas. Respaldados por los gobiernos, los bancos concedían créditos baratos a las empresas, lo que permitía un rápido crecimiento, pero también provocaba inflación. Dicha inflación perjudicaba a las grandes inversiones a largo plazo que eran fundamentales para la competencia entre las grandes empresas, intensivas en capital.

A su vez, los intentos de combatir la inflación crearon sus propios problemas, estrangulando el crecimiento económico. La intervención del Estado en la economía podía ser útil para evitar crisis catastróficas y garantizar los beneficios. Pero también dejó claro a todo el mundo que «la economía» no era un hecho natural.

Horizontes revolucionarios

Mandel apostó por la posibilidad de un cambio revolucionario derivado de tales contradicciones. Explosiones como la huelga general belga y la crisis griega de Apostasia de 1965 le plantearon un dilema marxista clásico. Si era cierto, como había insistido Marx, que «la ideología dominante de toda sociedad es la ideología de la clase dominante», entonces ¿cómo podía liberarse la clase obrera?

Mandel reconoció que el dominio de la ideología de la clase dominante tenía raíces más profundas que la «manipulación ideológica» a través de los medios de comunicación de masas, el sistema escolar, etc. Esta dominación sacaba fuerzas del funcionamiento cotidiano del capitalismo en el que los trabajadores se veían obligados a competir entre sí y tenían que depender de la venta de su fuerza de trabajo.

Sin embargo, las inevitables contradicciones y crisis del capitalismo derivadas de la competencia entre los monopolios dominantes también provocaron fisuras en el consenso dominante. La cuestión central para los socialistas era cómo ir más allá de los estallidos de descontento que eran el resultado inevitable de las turbulencias económicas. Pasar de las luchas defensivas contra los ataques a las condiciones de vida y los salarios a las demandas de poder de los trabajadores requería un «salto consciente».

En un influyente texto sobre la necesidad de la organización socialista, Mandel desarrolló sus ideas sobre lo que haría posible ese salto. Distinguió entre tres grupos: la masa de la clase obrera, una vanguardia de esa clase formada por trabajadores activistas y los miembros de las organizaciones revolucionarias. La tercera categoría se solapaba parcialmente con la segunda.

En el esquema de Mandel, la «vanguardia» no era una élite autoproclamada, sino los activistas más comprometidos y enérgicos de la clase obrera. Construir un movimiento revolucionario significaba ganar a esos trabajadores activistas para las ideas socialistas. Esto les proporcionaría organización y evitaría su retirada del activismo político durante el inevitable reflujo de las luchas sociales inmediatas.

El cambio radical sólo sería posible durante las oleadas de agitación, cuando las contradicciones del capitalismo generaran ira y protestas masivas. Durante esos periodos, un partido revolucionario debería intentar atraer a grupos cada vez mayores de personas a la acción política y proponer reivindicaciones anticapitalistas.

Mandel veía la revolución como un proceso de interacción entre la acción organizada y los movimientos espontáneos en el que los trabajadores se organizarían inevitablemente en diferentes grupos. Con ello rompía una división estereotipada entre organización y espontaneidad que se asociaba respectivamente con las figuras de Vladimir Lenin y Rosa Luxemburgo en la izquierda marxista. Medio en broma, Mandel se llamaba a sí mismo «un leninista con desviaciones luxemburguesas».

Un puente entre generaciones

Los años sesenta y principios de los setenta fueron tiempos turbulentos durante los cuales Mandel fue extraordinariamente productivo, como si fuera arrastrado por la creciente marea de la lucha de clases. Junto con El capitalismo tardío, los otros libros que publicó en esos años incluían un estudio de las contradicciones entre el capitalismo estadounidense y el europeo, un texto erudito sobre La formación del pensamiento económico de karl Marx, una crítica de la tendencia eurocomunista entre los partidos comunistas de Europa Occidental y un examen de los ciclos de auge y depresión en la historia del capitalismo, Las ondas largas del desarrollo capitalista. A lo largo de su vida, Mandel publicó más de dos docenas de libros y cientos de artículos.

Al mismo tiempo, Mandel fue un incansable agitador y polemista. En 1964, fue invitado a Cuba para participar en debates sobre la planificación socialista. El Che Guevara había leído con gran interés la Teoría Económica Marxista y mantuvo extensas discusiones con Mandel.

Por su parte, Mandel quedó muy impresionado con el líder revolucionario argentino. Cuando el ejército boliviano capturó y ejecutó sumariamente a Guevara en 1967 cuando intentaba lanzar una campaña de guerra de guerrillas, Mandel publicó un apasionado homenaje a «un gran amigo, un camarada ejemplar, un militante heroico.»

Los gobiernos de los Estados capitalistas consideraron que Mandel era una presencia inoportuna en su territorio. En 1969, las autoridades estadounidenses le negaron la entrada en un caso que la mayoría conservadora del Tribunal Supremo citó más tarde como precedente para justificar la «prohibición musulmana» de Donald Trump. Unos años más tarde, el gobierno de Alemania Occidental intervino para bloquear el nombramiento de Mandel en la Freie Universität de Berlín e hizo que fuera expulsado del país.

Francia fue otro país que prohibió la entrada de Mandel en su territorio. En mayo de 1968, fue invitado a hablar en reuniones de la Juventud Comunista Revolucionaria (JCR), un grupo izquierdista que se había acercado a la Cuarta Internacional. La JCR estuvo muy implicada en las movilizaciones y protestas de mayo del 68.

En lo que debió de ser una oportunidad satisfactoria de participar en alguna actividad práctica, Mandel ayudó a construir barricadas en el Barrio Latino de París durante la «noche de las barricadas». El coche en el que había llegado a París fue destruido durante los enfrentamientos callejeros. Un reportero escuchó a Mandel exclamar «¡Qué hermoso! Es la revolución».

Para la nueva generación de revolucionarios, Mandel era un vínculo con la historia y la experiencia revolucionarias. Daniel Bensaid, dirigente de la JCR, recordaba cómo Mandel les ayudó a descubrir «un marxismo abierto, cosmopolita y militante». Para estos jóvenes izquierdistas, según Bensaïd, Mandel fue «un tutor teórico» y un puente entre generaciones: alguien que hacía pensar a la gente, en lugar de pensar por ellos.

Mandel tenía grandes dotes pedagógicas, practicadas en innumerables reuniones con trabajadores, sindicalistas, estudiantes radicales y activistas revolucionarios. Su folleto de 1967, «Introducción a la teoría económica marxista», se convirtió en un clásico muy leído.

Socialismo o barbarie

Hay algo trágico en el hecho de que Mandel, que tanto había luchado por el cambio socialista, falleciera en 1995, cuando la hegemonía neoliberal estaba en su apogeo. Mandel tuvo dificultades para adaptarse al declive de las luchas sociales a partir de finales de los años 70.

Mirando hacia atrás en el nuevo siglo a una popular introducción al marxismo que Mandel había publicado en 1974, Bensaïd argumentó que su optimista análisis político sobre las perspectivas del socialismo se basaba en la «confianza sociológica de Mandel en la creciente extensión, homogeneidad y madurez del proletariado en su conjunto». Según Bensaïd, esta confianza «transformó en una tendencia histórica irreversible la situación específica creada por el capitalismo industrial de posguerra y su modo específico de regulación.» Sin embargo, la ofensiva neoliberal de los años 80 hizo retroceder este proceso, minando las fuerzas del trabajo organizado:

Lejos de ser irreversible, la tendencia a la homogeneización fue socavada por las políticas de fragmentación de las unidades de trabajo, de intensificación de la competencia en el mercado mundial del trabajo, de individualización de los salarios y del tiempo de trabajo, de privatización del ocio y de los modos de vida, de demolición metódica de la solidaridad y de la protección sociales. En otras palabras, lejos de ser una consecuencia mecánica del desarrollo capitalista, la aglutinación de las fuerzas de resistencia y subversión del orden establecido por el capital es una tarea incesante recomenzada en luchas cotidianas, y cuyos resultados nunca son definitivos.

Más adelante en su vida, el exuberante optimismo de Mandel se combinó con advertencias contra los efectos a largo plazo del capitalismo. La elección histórica era barbarie o socialismo, insistía, y el resultado socialista no estaba garantizado.

Durante este periodo, Mandel volvió al estudio de la barbarie capitalista expresada en la Segunda Guerra Mundial y los crímenes del nazismo. Aunque siguió siendo un admirador de Trotsky de toda la vida, reevaluó algunos de sus juicios anteriores, volviéndose más crítico con las prácticas de Trotsky durante sus «anhos oscuros» a principios de la década de 1920, cuando, según Mandel, «la estrategia de la dirección bolchevique obstaculizaba más que promovía la autoactividad de los trabajadores».

Mandel se enorgullecía de situarse dentro de lo que consideraba la tradición esencial de la Ilustración: la lucha por la emancipación y la autodeterminación humanas. Aunque no le gustaba el término, había, como ha observado Manuel Kellner, una dimensión utópica en el pensamiento de Mandel. Era utopismo en el mejor sentido de la palabra: fe en que la sociedad puede rehacerse, mediante la acción humana, en algo mucho mejor.

Para Mandel, la crisis del socialismo y del comunismo era ante todo una crisis de esta creencia. «La principal tarea de socialistas y comunistas», escribió poco antes de su muerte, «es restaurar la credibilidad del socialismo en la conciencia de millones». Describió los objetivos del socialismo en «términos casi bíblicos»:

Eliminar el hambre, vestir a los desnudos, dar una vida digna a todos, salvar la vida de los que mueren por falta de atención médica adecuada, generalizar el libre acceso a la cultura, incluida la eliminación del analfabetismo, universalizar las libertades democráticas, los derechos humanos y eliminar la violencia represiva en todas sus formas.

Para Mandel, la esperanza de un futuro así se basaba en la chispa de rebelión que siempre había hecho que la gente se rebelara contra las condiciones opresivas y alienantes. La tarea de los socialistas era avivar esa chispa apoyando todas esas rebeliones y presentando una alternativa de futuro.

Esa tarea no ha cambiado. En un período histórico diferente, el legado de Mandel de escritura y activismo puede ayudarnos en la búsqueda de un nuevo camino.

TRADUCCIÓN: MARTÍN MOSQUERA

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Reinventar la crítica marxista

10/04/2023 by Vitalio Deja un comentario

Por: Omar Acha

Renovar el lugar del marxismo en la teoría crítica radical de la sociedad capitalista exige un desplazamiento respecto del concepto de «materialismo histórico» con el que, muy ampliamente, se identificó al marxismo durante el siglo XX.

El artículo que sigue es la introducción de Marxismo e historia. Deconstrucción y reconstrucción del materialismo histórico (Buenos Aires, Prometeo, 2023).

 

Este libro está dedicado a elaborar un punto de partida para la renovación del lugar del marxismo en la teoría crítica radical de la sociedad capitalista. El carácter inevitablemente preliminar de dicho recomienzo no es por eso menos exigente. Su hilo conductor sostiene que ese lugar —cuya premisa es la renuncia a ocupar el entero espacio de la teoría crítica— exige un desplazamiento respecto del llamado «materialismo histórico» con el que, muy ampliamente, se identificó al marxismo durante el siglo XX.

¿Qué fue el materialismo histórico? En apariencia, una de las encarnaciones insoslayables de la teoría social desarrollada desde y después de KArl Marx. Mi tesis es que ese «materialismo» (que fue, en rigor, un idealismo, según explicaré más tarde) malogra la historia conceptual del marxismo, cuya conjura este libro desea disolver. ¿De qué manera? En principio, revelando los rasgos nativos de su formulación primera, a saber, la del socialista alemán Franz Mehring. Reconstruiré, rápidamente, la invención de Mehring. Pero antes de hacerlo quisiera prevenir al público lector de que no me embarco en una operación marxológica, de las tantas orientadas a explicar Marx o al marxismo. Todo lo que elaboraré sobre el marxismo y respecto del propio Marx tiene sentido si se sitúa en un proyecto de reconstrucción de una metateoría denominada «materialismo histórico» en la que la crítica marxista debe ocupar un lugar específico, central, pero, en modo alguno, el exclusivo. Por ende, si regreso a estos pliegos antiguos es en virtud de una vocación teórica orientada al presente y tensionada hacia una transformación radical del emplazamiento contemporáneo de la crítica marxista. Dicho esto, regreso a las postrimerías del siglo XIX en el socialismo alemán.

En 1893 Mehring publica en Stuttgart un libro intitulado Die Lessing-Legende, en cuyo apéndice incluye el texto «Sobre el materialismo histórico» (Mehring, 1893). En dicho escrito de poco más de sesenta páginas, compone una secuencia de referencias y citas, comenzando por el Friedrich Engels del libro recientemente publicado, en ese momento, sobre Ludwig Feuerbach y el fin de la filosofía clásica alemana (1892), pero más significativamente consagra al prólogo de Marx a su Contribución a la crítica de la economía política, de 1859, como la plasmación del materialismo histórico comprendido en términos de una explicación de la historia humana. Luego añade la afirmación del Manifiesto comunista respecto de que la historia está compuesta por una secuencia de luchas de clases. En ese momento se desconocían los fragmentos que luego serían publicados como La ideología alemana, de Marx y Engels. Pero Mehring reconoce al materialismo histórico —todavía no se hablaba corrientemente del «marxismo»— como la proeza intelectual de Engels y Marx.

Un cuarto de siglo más tarde, Franz Mehring da a conocer una biografía de Marx en la que el materialismo histórico encuentra otra fundamentación textual, mencionada al pasar en el escrito de 1893: Miseria de la filosofía (Mehring, 1965: 105-110). En contraste con el «valor constituido», que en Proudhon emerge de la tensión «dialéctica» y transhistórica entre «valor de uso» y «valor de cambio», leído por Mehring, Marx habría demostrado el carácter históricamente cambiante y antagonista de la lucha de clases inherente a la producción de valor económico.

Y cuando llega el momento de presentar los descubrimientos marxianos del tomo primero de El capital, la lectura es esencialmente «ricardiana»: la clave reside en el trabajo no remunerado al obrero asalariado, la «forma histórica especial» de una larga secuencia de explotaciones de clase (Mehring, 1965: 283). La «ley del valor» y sus formas, es decir, el concepto diferenciador de la innovación teórica de Marx respecto de la economía política sometida a crítica, carece de importancia en la reconstrucción, por la buena razón de que enfatizar su singularidad como la facultad mediadora de una totalización social –por más problemática y engendradora de crisis sistémicas que sea– es difícilmente compatible con el presunto «materialismo histórico» atribuido al autor de El capital.

Cualquiera sea la importancia de la formulación de Mehring, la historia intelectual demuestra que la eficacia de una idea reside más en sus apropiaciones posteriores que en una presunta fuerza inmanente de la teoría. A lo largo del siglo XX, o, al menos, hasta 1960, en que comenzó a ser cuestionado, incluso, en el seno de los distintos marxismos, el «materialismo histórico» devino en una filosofía o explicación universal del sentido inexorable de un desarrollo histórico milenario conducente al comunismo. Esa filosofía de la historia está, desde hace varias décadas, justamente desacreditada. Entonces, ¿por qué esperar que el público lector se demore en la lectura de todo un libro enfocado en deconstruir una concepción obsoleta? ¿No bastaría simplemente con ignorarla y avanzar, o bien en un descarte del marxismo como tal, o bien en la elaboración de una teoría crítica radicalmente diferente?

En un ensayo filosófico importante publicado en 1995, José Sazbón distinguió tres posibilidades de enfrentar la reciente «crisis del marxismo». De acuerdo con este autor, a propósito del incierto porvenir del marxismo, sería posible hallar proyectos de deconstrucción sin reconstrucción, de reconstrucción sin deconstrucción y de deconstrucción con reconstrucción (Sazbón, 1995).

Un caso de la primera variante deconstructiva es el posmarxismo de Ernesto Laclau y Chantal Mouffe en su obra Hegemonía y estrategia socialista. De acuerdo a las razones de su perspectiva gramsciana revisada como teoría del discurso, el marxismo debe ser disuelto (Laclau y Mouffe, 1985). El fracaso de su determinismo en reconocer el carácter contingente de la construcción hegemónica, debido a la imposibilidad de derivarla de un fundamento de clase, conduce al abandono del marxismo. La deconstrucción de la imposibilidad del marxismo para tematizar la formación hegemónica, y, por lo tanto, de la acción política, se sustrae a toda reconstrucción.

Un enfoque contemporáneo diferente sostiene que una reformulación rigurosa del planteo de Marx (usualmente, esta variante apela más a Marx que al heterogéneo marxismo) es adecuado para ofrecer una alternativa al posmarxismo. El trabajo más consistente de esta orientación mencionado por Sazbón es el Gerald Cohen en La teoría de la historia de Karl Marx. Una defensa (Cohen, 1978). Allí, argumenta que los pasajes del prólogo a la Contribución a la crítica de la economía política, publicada por Marx en 1859, proporcionan los elementos imprescindibles para una teoría consistente del cambio histórico de larga duración. Al identificar la dinamicidad de las fuerzas productivas, es decir, una mayor tendencia al desarrollo en comparación con relaciones sociales de producción más conservadoras, el esfuerzo teórico de Marx habría sido exitoso. Cohen solo añade al planteo de Marx, desde su metodología filosófico-analítica, un esclarecimiento sobre la explicación funcional operante en su teoría. En un capítulo posterior explicaré por qué el gran estudio de Moishe Postone, Tiempo, trabajo y dominación social, puede ser incorporado a esta franja teórica marxista (Postone, 2006).

Finalmente, Sazbón detecta las propuestas de reconstruir el planteo crítico de Marx después de someter a examen premisas insostenibles en la historia del marxismo. Dos nombres bien distintos pero afines dentro del tercer lote teórico son, siempre para la cartografía sazboniana de la teoría crítica, Lois Althusser y Jürgen Habermas. Para Althusser, un retorno a Marx requiere desligarlo de las premisas humanistas de Feuerbach y del idealismo hegeliano. En Habermas, el problema central de Marx consiste en la unilateralidad del paradigma del trabajo, en desmedro del mundo de la vida y la comunicación. El teoricismo althusseriano y el evolucionismo comunicacional habermasiano apuntan a reconstruir un materialismo histórico después de una profunda revisión. En su debido momento, analizaré las perspectivas de Habermas y Althusser para mostrar por qué sus paradigmas no son plenamente convincentes.

Con su perfil singular, este libro podría ser incorporado al esfuerzo por reconstruir el marxismo con el mismo procedimiento de su deconstrucción como materialismo histórico. Solo que, mediante una metamorfosis conceptual, la destitución teórica del marxismo-como-materialismo-histórico cede lugar a un materialismo histórico de nuevo cuño en el cual un marxismo revisado en términos de una teoría crítica de la sociedad capitalista alcanza su relevancia más precisa. Este aparente juego de palabras se explica como sigue: el viejo materialismo histórico, en tanto explicación determinista y transhistórica, no condice con el proyecto crítico reiniciado por Karl Marx. El desarrollo de ese proyecto inconcluso requiere un nuevo materialismo histórico como metateoría de las historias posibles, en un contexto ampliado de la teoría crítica. Todo este libro consiste en el desarrollo de esta frase.

Debo regresar, entonces, al materialismo histórico que pretendía explicar por qué, desde el esclavismo al feudalismo, había un tránsito necesario y fundador por una sociedad burguesa en la que emergía la clase enterradora de un devenir comunista inexorable. ¿Se trata meramente de una lectura desencaminada de Marx? ¿Y por qué debería interesarnos dicha lectura más que como un tema entre otros de la historia de las ideas o de una inquietud anticuaria?

La realidad histórica nunca se equivoca. El marxismo, como teoría general de la historia, es una formación residual de los siglos XIX y XX (sugiero al público lector no apresurarse a hallar aquí un enunciado historicista, pues, en lugar de un error, argumentaré la eficacia de una equivocidad racional). El marxismo como teoría crítica de la sociedad capitalista recién reinicia su trayectoria. La «crisis del marxismo» es, por lo tanto, comprensible y sería deseable que calara hasta lo más profundo de sus premisas, pues la crisis no se explica con la contingencia de una derrota política, por lo demás insoslayable, de la estrategia socialista que le fue afín.

El marxismo como sistema total adquirió la consistencia de una doctrina en las postrimerías de una época en que la ciencia positiva, es decir, aquella identificada con la presunta predictibilidad de las ciencias naturales, legitimaba toda aspiración de futuro. ¿Por qué el marxismo no iba a plegarse a ese sentido común que en Occidente se presentaba como el horizonte insuperable de la ciencia? Los marxistas reclamaron que su teoría era científica y, como tal, proclamaba poseer la clave de una ciencia de la historia, de la cual la política era un corolario. El materialismo histórico debía explicarlo todo. La doctrina marxista demandaba, en consecuencia, validez para lo histórico y lo transhistórico, para la investigación situada y para la epistemología. Al materialismo dialéctico como filosofía le correspondía el materialismo histórico como plasmación empírica verificable en los diversos escenarios histórico-mundiales.

Hoy leemos esas formulaciones del mismo modo que leemos el Cantar del Mío Cid, de finales del siglo XII, es decir, como configuraciones míticas de un tiempo polémico. En otras palabras, como emergencias de actos de simbolización con que los actores de un determinado contexto quisieron hacer cosas. Para las generaciones socialistas del siglo XX, consistía en generar una explicación científica de por qué la Historia hollada por las sociedades de clases, y en consecuencia injustas, prepararon el desenlace necesario de una sociedad sin clases.

El derrumbe de ese materialismo histórico puede ser leído superficialmente. Así como se creyó que hubo un Diluvio universal hace, más o menos, tres mil años, o que Dios creó a Adán y a Eva, se creyó en la necesidad del comunismo. Lo sostuvieron las y los comunistas, pero también los y las anticomunistas.

En este libro no se desarrollará una explicación de las interpretaciones de los textos de Karl Marx conducentes a esa consagración. Una historia del materialismo histórico es una investigación pendiente. Las referencias incorporadas son, seguramente, insuficientes para los estándares de una reconstrucción erudita. Aún más grave es la idea simplificada de la historia del materialismo histórico marxista que en su mismo comienzo está preñado de controversias. Por solo dar un ejemplo, apenas posterior a los textos de Mehring, las variantes de la «concepción materialista de la historia» y del, cada vez más, extendido «materialismo histórico» alcanzan formulaciones muy distintas e, incluso, polémicas entre sí. Es lo que se observa en los textos del ruso Guiorgui V. Plejanov (1896), deudor del materialismo filosófico de Holbach y Helvecio, en vivo contraste con los de un Antonio Labriola (1897), afín al historicismo. Lo importante es la recepción de esas fórmulas en la generación siguiente. El propio Lenin testimonia que «la concepción “monista” de la historia de Plejanov, otro nombre para designar su materialismo en lo histórico, educó a toda una generación de marxistas rusos» (Baron, 1976:198).

Lo cierto es que tras la debacle de la Segunda Internacional en 1914, más que en la vacilante socialdemocracia alemana, los precedentes esbozados por la generación de Mehring, hallaron un soporte institucional con la formación del nuevo Estado en busca de legitimación durante la década de 1920 en la Unión Soviética, sostén prolongado hasta 1990 en el ciclo abierto por la Revolución Rusa. Las consecuencias de esa evolución doctrinaria son el primer objeto de deconstrucción acometido en este libro.

Según la perspectiva elaborada aquí, Marx no fue un filósofo de la historia. Como en la «nueva lectura de Marx», desplegada desde los años setenta del siglo XX y desarrollada en los primeros lustros del siglo XXI en textos de autores como Moishe Postone, Chris Arthur, Nancy Fracer y Roswitha Scholz, si Marx y el marxismo poseen algún interés conceptual es en términos de una teoría crítica de la sociedad capitalista. De acuerdo a esta línea de pensamiento, la proeza de Marx, luego desarrollada por algunas investigaciones marxistas, residió en haber detectado y explicado la lógica de una forma social inédita: la «lógica del capital». Las diferentes vertientes de esa renovación de la teoría marxista acentúan algunos aspectos del razonamiento marxiano en El capital o prefieren remitirse a ciertos planteos de los cuadernos de estudio conocidos como Grundrisse. Los énfasis analíticos de la «nueva lectura de Marx» descansan, a veces, en el valor, en el capital o en el fetichismo de la mercancía. La lógica social parece imponerse sobre lo histórico.

Por cierto, esa «nueva lectura» no es la única fuente de interpretaciones marxistas contemporáneas. Los argumentos de las perspectivas que reprochan a esta lectura un teoricismo desconectado con la estrategia y acción políticas están lejos de ser desdeñables. En las aproximaciones preocupadas por enlazar el análisis lógico con la praxis transformadora pueden introducirse acentos sobre el proceso de trabajo, el plusvalor o la explotación, así como derivaciones hacia la política, la ideología o el Estado. Pero cualesquiera sean los matices, todo este conjunto de investigaciones abandonan la «teoría de la historia universal» o «materialismo histórico» en beneficio de una teoría crítica inmanente de la forma social capitalista conocida como «época moderna y contemporánea» (aquí «inmanente» significa interna, o lo que es lo mismo, que es generada por disonancias de lo que es objeto de crítica; por lo tanto, no es una idea arbitraria o un ideal abstracto legitimado en ningún procedimiento analítico). Con la disolución de la Unión Soviética, en 1991, y el pasaje de la China tradicional a la ahora vacilante locomotrora del sistema capitalista, la lógica del capital ha devenido, finalmente, en la «totalidad social» analizada por Marx en sus configuraciones iniciales.

Dicho esto, mi interés consiste en mostrar la importancia de restituir una reflexión sobre las duraciones históricas y la conveniencia de situar un marxismo renovado dentro de coordenadas teóricas más amplias que redundan en la proyección de un nuevo materialismo histórico. El despliegue de una crítica inmanente o interna de la lógica capitalista, justamente porque perfila una totalización social global, intersecta dimensiones no siempre reductibles a la temporalidad del capital. El tiempo social es, para retomar la fórmula de René Zavaleta Mercado, abigarrado. Está henchido de temporalidades que el capital nunca logra subsumir enteramente. Por el contrario, las pone a trabajar —con diverso grado de éxito— en su proceso insaciable de acumulación dineraria.

Por ese motivo es importante proceder a una deconstrucción del materialismo histórico que no se reduzca a cancelarlo como mero error. A eso se dirige la primera parte de esta obra. El estudio inicial y el primer capítulo del libro revisitan la tradicional representación de Marx como filósofo especulativo o cientificista de la historia, dos formas, en apariencia enfrentadas, pero en verdad solidarias, de subordinar la crítica del capital a una concepción de la historia en la larga duración. Apoyándome en una lectura de los Grundrisse, los cuadernos de lectura redactados entre 1857 y 1858, explico que para Marx la historia universal es un concepto ideológico inseparable de la aparición del orden mundial capitalista.

Con buena inferencia hegeliana, al prolongarse como un sistema de relaciones sociales que subsume porciones crecientes de lo real en su dinámica, la sociedad capitalista se despliega al «poner» eso real como momentos de su propia universalidad. Por eso la historia universal, como camino inevitable hacia la realidad capitalista, funda la necesidad de la filosofía de la historia. Mas, como tal decurso inexorable, a su vez, es un subproducto del devenir del capital en el mercado mundial, el análisis marxiano es crítico, y no apologético, de la Historia. En todo caso, sí se encuentra en sus textos un examen ambivalente en el que las consecuencias de dominación inherentes a la forma social capitalista están acompañadas de posibilidades de una superación. Desde allí sostengo que Marx es un crítico de la historia universal y no su heraldo filosófico.

El capítulo segundo analiza el prólogo a Contribución a la crítica de la economía política, de 1859, el texto central que durante más de un siglo ha sido considerado el documento esencial del materialismo histórico. Una lectura detallada de ese breve texto y su contextualización en el desarrollo del pensamiento marxiano, a lo largo de la década de 1850, muestran, en mi opinión, que ha prevalecido un equívoco en la lectura del prólogo. Los párrafos en los que Marx sintetiza sus descubrimientos sobre el desencadenamiento de épocas revolucionarias entre diferentes modos de producción, secuencia que concluiría con el fin de la prehistoria humana regida por la división en clases sociales, no son otra cosa que un resumen de convencimientos teóricos elaborados durante los años 1844-1848, en colaboración con Friedrich Engels. Luego se abriría un periodo de revisión y de reinicio de las investigaciones orientadas por una crítica de la economía política, es decir, de la forma teórica más reveladora de las categorías constitutivas de la sociedad contemporánea. Tras ese reinicio, el centro de las interrogaciones marxianas tuvo como objeto la sociedad capitalista y no la historia en la larga duración.

El equívoco que hizo de un breve texto autobiográfico el soporte documental de una lectura de Marx como teórico del materialismo histórico, sin embargo, no se disuelve por la mera exégesis historiográfica. Es que, si bien en El capital Marx rehúsa una explicación histórico-lógica del surgimiento de las relaciones sociales capitalistas (o lo que es lo mismo, niega que la teoría refleje el curso de los procesos históricos), el propósito de profundizar la crítica del carácter, a la vez, revelador y apologético de la economía política exige una historización imposible de realizar sin apelar a conceptos de alcance transhistórico. Al proclamar un método materialista, es decir, ajeno a un sistema especulativo desenvuelto en las entrañas de sus derivaciones conceptuales, Marx se ve forzado a utilizar categorías, en ciertos casos, irreductibles a las formas sociales de la sociedad capitalista, justamente para mostrar su especificidad. De allí que lejos de ser solo categorías del sujeto o derivadas del enfoque teórico, en sentido dialéctico, son conceptos arraigados en formas sociales.

El problema consiste en que tales categorías, algunas de las cuales alcanzan una abstracción intransferible en la sociedad capitalista, no pueden ser adecuadamente justificadas desde el marco de la crítica interna desarrollada por Marx. Por lo tanto, su interpretación del planteo crítico, como un materialismo histórico de envergadura transhistórica, es mucho más que un error o descuido por parte del propio Marx y del posterior marxismo. Es un equívoco racional. El modelo semántico de tal equívoco no se dirime en términos de verdad como correspondencia (es decir, como adecuación del discurso a una referencia externa a tal discurso). Se trata de una formación homóloga al síntoma en psicoanálisis, que revela, a través de sus dificultades inherentes, una verdad imposible de ser disuelta merced a un esclarecimiento lingüístico o lógico. Por eso perdura en una obra como La teoría de la historia de Karl Marx, soñada por Gerald Cohen como expresión de un «non-bullshit Marxism» pertrechado con la artillería antimetafísica de la filosofía analítica.

Los dos estudios siguientes se dirigen a profundizar la deconstrucción pero con un horizonte orientado a la posibilidad de otro materialismo histórico. Ese proyecto suscita una sensata pregunta: ¿por qué encarar una reconstrucción, si la crisis del marxismo ha conducido a tantos intelectuales hacia el posmarxismo? Entiendo que la potencia del pensamiento se autolimita en exceso y empobrece al restringirse al ejercicio, francamente autocomplaciente, de revelar las inconsistencias de la teoría. Un examen lógico expone con escaso esfuerzo las debilidades que acosan sin piedad a toda construcción conceptual en el mundo imperfecto de la experiencia humana. Concluir el pensamiento en esa deconstrucción es apenas el inicio del verdadero camino del saber. El desafío mayor reside en el abismo de la producción conceptual, en la creación teórica en modo alguno condenada a existir. Por eso estoy lejos de plantear una oposición entre deconstrucción y reconstrucción.

El tercer estudio de este libro prosigue la exploración de los límites de la reconstrucción con deconstrucción del marxismo. Los casos discutidos son las teorías propuestas por Louis Althusser, Jürgen Habermas y el autonomismo italiano cuya figura más conocida es Antonio Negri. El recorrido de las reconstrucciones de explicaciones críticas de la historia en los tres autores mencionados permitirá plantear con mayor detalle la proyección de un nuevo materialismo histórico, ya no identificado sin residuos con la crítica marxista. Como se verá, sin embargo, el alcance metateórico del nuevo materialismo halla en la advertencia dialéctica sobre la deuda categorial del pensamiento, con la eficacia discursiva de la mediación capitalista, un argumento decisivo para preservar el protagonismo teórico del marxismo.

Con el propósito de evaluar la crítica inmanente de la sociedad capitalista, el cuarto capítulo se concentra en un estudio de la temporalidad en Moishe Postone. Su influyente reinterpretación de Marx ofrece un caso ejemplar de lo que Sazbón denominó reconstrucción sin deconstrucción.

Se dirá que el juicio recién planteado es erróneo. En efecto, Postone somete el «marxismo tradicional» a un riguroso escrutinio. Según su análisis, la versión «tradicional» fracasa como teoría crítica de la sociedad actual debido a su premisa de una praxis transhistórica del «trabajo». En buena medida, el marxismo tradicional se habría desviado del enfoque superador de la economía política desplegado por Marx. Por esa razón, Postone considera adecuado restituir el enfoque marxiano basándose especialmente en los Grundrisse. El resultado al que arriba en su obra subraya la superioridad analítica del planteo maduro de Marx respecto de gran parte de la tradición teórica marxista. Pero, también, defiende ese diagnóstico respecto de las elaboraciones posmarxistas que, sin ser necesariamente antimarxistas, abandonan la crítica dialéctica de la forma social capitalista. El texto revelador al respecto es la lectura postoniana del ensayo de Jacques Derrida, Espectros de Marx (Postone, 2007). El argumento principal consiste en destacar la imposibilidad de una explicación desde Derrida, y lo mismo podría señalarse a propósito de Laclau y Mouffe ante el desafío de la globalización o el «nuevo orden mundial». En consecuencia, sus alternativas conceptuales en términos de la teoría crítica son endebles. Sencillamente porque carecen de los recursos para conceptualizar la lógica decisiva de la contemporaneidad: la imposición universal de la mediación capitalista.

Reconocido por convincente, tanto el examen del marxismo tradicional como del posmarxismo, de esto no se sigue que la reinterpretación postoniana de Marx provea los recursos adecuados para la reconstitución de una teoría crítica adecuada a nuestra época. Esta tarea, central en Marx desde 1844 hasta su muerte, es imprescindible pero insuficiente para nuestra actualidad. El análisis del proyecto de Postone se concentra en el concepto de tiempo histórico. Argumento allí la urgencia de ampliar las temporalidades vigentes en las prácticas sociales y subjetivas en la sociedad capitalista para reconocer la eficacia de fenómenos cuyas cronologías son irreductibles, aunque inseparables, de la historicidad capitalista.

La segunda parte del libro es tan importante como la primera para los fines propuestos. Me interesa subrayar especialmente su carácter de índice respecto de una posible incomprensión del propósito del presente volumen: este no es un libro más de marxología. De hecho, la investigación marxista como fenómeno autónomo es menos relevante que la producción de una teoría crítica e investigación comprometidas con el análisis revolucionario —en el exacto sentido normativo en que pone en cuestión su naturalidad— de la sociedad productora de mercancías.

El esclarecimiento de la historia del marxismo constituye un insumo para la reflexión teórica, y esta, para neutralizar cualquier tentación de mera especulación, requiere una transcripción en sede de investigación. Dicho en otros términos, si la reconstrucción del materialismo histórico tiene relevancia, esta se dirime tanto en su consistencia conceptual como en su facultad de plantear preguntas interesantes para la investigación. Su eficacia, entonces, se determina también a posteriori, a saber, respecto de lo que sea capaz de iluminar críticamente a propósito de la historicidad en que habitamos.

El primer estudio de la segunda parte, quinto capítulo, comienza con una intervención en la que es una de las discusiones más importantes en el debate sobre la actualidad. En materia historiográfica, la globalización ha desafiado los programas de investigación surgidos tras el cuestionamiento de la historia social con la cual el marxismo, pero no solo él, habían sido identificados. La historia cultural, la historia intelectual, la historia de género y la microhistoria fueron articuladas, no siempre convincentemente, en un abanico en el que la historiografía marxista (junto al funcionalismo, al cuantitativismo y a la econometría) era reconducida a un pasado obsoleto. El siglo XXI reveló, no sin sorpresa, un nuevo escenario historiográfico.

En los primeros años del nuevo siglo, quienes durante décadas habían practicado la historia social, con algún grado de entonación marxista, comenzaron a evaluar las limitaciones de los nuevos paradigmas postsociales. Así lo hicieron, por ejemplo, Geoff Eley y William Sewell, quienes esbozaron retornos a la historia social, aunque razonablemente propusieron incorporar los aportes mejores de los «giros» lingüístico y cultural, además de la interseccionalidad en que participan el género, la clase y la raza (Eley, 2008; Sewell, 2005). Una década más tarde, en el Manifiesto por la historia, Jo Guldi y David Armitage (2016) plantearon que los enfoques microhistóricos y culturalistas de gran predicamento en el precedente cuarto de siglo eran inadecuados para los desafíos intelectuales y políticos del presente (esencialmente, la desigualdad, el cambio climático y el big data). El capítulo explora la relevancia del examen marxista de la totalización mercantil capitalista para una historiografía crítica de la globalización. Desde un enfoque marxista reconstruido, el alcance global, mundial o transnacional de la historiografía se deriva, categorialmente, de la inédita experiencia de nuestra época, cuya configuración es distinta a las características de los imperios antiguos.

La contemporaneidad global expresa, lejos de toda apología, las ambivalencias de formas históricas de dominación social. Al mismo tiempo, la mediación general por el valor mercantil se temporaliza y particulariza en cada situación, inhibiendo la tentación idealista del cierre lógico de una totalidad entonces absoluta. La forma social asumida en cada situación por la lógica del capital exige ser investigada. La mediación se torna en palabra mágica si se olvida que opera en forzamientos permanentes, involucra actores y prácticas, está plagada de desajustes y nunca está eximida de ingresar a una zona de crisis.

En consonancia con la lectura de Marx como un crítico radical del concepto de Historia, el capítulo muestra, a propósito de la «historia global» elaborada por los autores John Robert McNeill y William Hardy McNeill, el carácter retrospectivo de la historia global elaborada en su libro Las redes humanas, donde el alcance de las retículas es claramente actual pero proyectado hacia el pasado milenario. El capítulo revela por qué la imposición de una conceptualidad a priori es tranquilizadora y dudosa, sin que necesariamente una idea de lo concreto, como inter-relación de las múltiples relaciones, carezca de interés.

El sexto capítulo avanza en el refinamiento conceptual y metodológico del nuevo materialismo histórico. Es preciso admitir que la formulación polémica de Karl Popper sobre la naturaleza infalsable del marxismo contenía una dosis de verdad cuando se lo interpretaba como el viejo materialismo histórico. Con ese temperamento, el capítulo se detiene en la formulación del historiador inglés Edward P. Thompson, quizás, junto con Fernand Braudel, el investigador más influyente en la práctica historiográfica del siglo pasado, de un marxismo ajeno al arcaico materialismo histórico que él supo asociar, con parcial precisión, con el estalinismo. Thompson repropone otro materialismo histórico organizado alrededor del concepto de «lucha de clases». Desde ese enfoque, los actores concretos de clase no son fantasmas irrelevantes de un libreto que transcurre sin ellos saberlo. Ese sería el déficit básico del determinismo económico estalinista y de su versión filosófica-estructuralista encarnada, según Thompson, por Althusser.

El enfoque de Thompson será analizado por otra razón, además de la revisión del determinismo marxista a la luz de la lucha de clases. En efecto, ni las clases, ni la lucha de clases son conceptos primarios del análisis marxista de la forma social capitalista, y tampoco pueden ser extendidas conceptualmente a todo tiempo y lugar. Son las transformaciones de aquella forma las que rigen los cambios ocurridos en la estructuración de las clases en un cierto contexto histórico. La morfología de las clases se modifica siguiendo el ritmo de la producción social capitalista. Esto no impide reconocer las consecuencias del accionar de las clases, sus procesos de cohesión o dispersión, así como la relevancia de las formas de la experiencia vivida. La incorporación de esas y otras dimensiones de las prácticas sociales justifican la riqueza analítica de la historiografía thompsoniana, pero es incorrecto atribuirlas a un enfoque marxista que sería, así, una teoría positiva de la totalidad. No obstante, la pregunta abierta por la innovación teórico-historiográfica thompsoniana —que, con buen tino, acude a temas gramsciano-culturales y antropológicos cuando advierte la insuficiente de los conceptos marxistas— consiste en identificar las eficacias de la acción en la efectividad de las estructuras o lógicas sociales.

Quizás, tan importante como la incorporación de la conflictividad en la concepción histórica de la formación de clase, no deducible de condiciones de producción, tal como sostuvo Eric Hobsbawm en su explicación alternativa de una formación de la clase obrera en Inglaterra durante la segunda mitad del siglo XIX (Hobsbawm, 1981), es la atribución de contingencia a aspectos que en el viejo materialismo histórico se redujeron a meros reflejos de la infraestructura productiva. Por ejemplo, en el derecho. Los usos populares de las formalidades jurídicas revelan, desde la aproximación thompsoniana, que las explicaciones funcionales son insuficientes para captar las especificidades de la vida histórica. En tal sentido, una singularidad del nuevo materialismo histórico consiste en que su flexibilidad metateórica debe ser decidida en la coyuntura de la reflexión categorial y en las exigencias de una investigación falsable, controlable con el uso razonado de documentación.

En esa misma línea argumental, el séptimo estudio visita un tramo de la obra del ya mencionado sociólogo boliviano René Zavaleta Mercado. El concepto de «sociedad abigarrada» y la pregunta por la hegemonía obrera en el movimiento social, cuyo epicentro fue la revolución de 1952, tornan a los escritos de Zavaleta Mercado especialmente interesantes para el objeto de este libro. El abigarramiento de temporalidades y las formas de tránsito entre multitudes y clases sociales muestra, en estado práctico, los desafíos de un análisis histórico-materialista no solo lógico.

El octavo capítulo está abocado a explorar las peculiaridades de un enfoque marxista en la historia intelectual. El caso elegido es la historiografía argentina. Argumento que una reinterpretación del marxismo, como la desarrollada durante la primera parte, provee bases conceptuales adecuadas para un programa de investigaciones de historia intelectual. La tesis central sostiene que la forma social capitalista es irreductible a una dicotomía entre una materialidad silente pero eficaz y una idealidad de palabras y sentidos subsidiaria de realidades más determinantes. Esa distinción, en rigor metafísica, entre un plano presuntamente materialista de lo económico-social-corporal y otro plano menos fundamental y determinante de lo cultural-lingüístico-conceptual, es lo que el nuevo materialismo histórico, y, en él, el marxismo revisado, cuestionan.

La abstracción social identificada por Marx como la clave del modo capitalista de producción es material por cuando media las prácticas sociales, sean individuales, colectivas o subindividuales (es decir, inconscientes en el sentido psicoanalítico). Por lo tanto, los pensamientos y prácticas textuales son también fenómenos mediados por la forma social contemporánea. Eso no obsta que operen en tales fenómenos temporalidades prácticas de duraciones diferentes a las específicas, e históricamente, capitalistas. La historia de las acciones lingüísticas y figurativas, centrales en la historia intelectual, suscita el interés analítico por temporalidades más extensas y exige reservas metodológicas. El marxismo es incapaz de resolver en su solo vocabulario el conjunto de desafíos interpretativos inherentes a la historia intelectual. Esa limitación, en modo alguno, lesiona su lugar en un materialismo histórico de alcance metateórico.

Finalmente, en las conclusiones defino esquemáticamente algunas vías futuras de esta reconstrucción del lugar del marxismo en un nuevo materialismo histórico. Me interesa subrayar, luego de recapitular los resultados principales del libro, la conveniencia de pensar las tareas por venir en el marco de investigaciones colectivas. La exigencia de proyectos compartidos es una manifestación práctica de la índole materialista de todo pensamiento. «Materialista» no solo en la contención tanto del universalismo transhistórico como del particularismo posmoderno de una diferencia ajena al sistema capitalista, sino en la asunción de un proyecto de universalidad transformadora, es decir, revolucionaria, que desarrollaré en dos libros futuros: El enano lacaniano y Laclau con Marx.

OMAR ACHA

Historiador, profesor de la Universidad de Buenos Aires, autor, entre otras obras, de “Crónica sentimental de la Argentina peronista. Sexo, inconsciente y política, 1945-1955”.

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Entrevista a Noam Chomsky, filósofo y activista «Neoliberalismo es un término engañoso, vivimos una guerra de clases»

02/04/2023 by Vitalio Deja un comentario

Por: Roberto Manríquez 

A fines de enero pasado el grupo de expertos del Boletín de Científicos Atómicos ubicó las manecillas simbólicas del “Reloj del Fin del Mundo” a 90 segundos de la medianoche, justificando este nuevo ajuste por los riesgos de la guerra de Ucrania.

El Reloj, cuya medianoche marca el fin de la presencia humana en la Tierra, también incluye como factor las consecuencias de la Emergencia Climática. Tal momento límite, inédito en la vida humana, se desarrolla o es consecuencia de determinado contexto social y en este sentido el diagnóstico de Noam Chomsky es lapidario.

El laureado profesor en la actualidad conduce un programa en la Universidad de Arizona y sobre quien no se requiere mayor presentación, accedió a responder las consultas vía correo electrónico para El Mostrador, sobre lo que estima son los enfoques que debieran ocupar nuestro tiempo en el presente, advirtiendo que la agenda cultural de la derecha tiene una función distractiva.

Hace un tiempo comentamos si veías algún paralelismo entra la actualidad y la República de Weimar en algún sentido: crisis económica, auge de la violencia, el ascenso de la extrema derecha, y me dijiste que si tenían aspectos similares, no era precisamente por su nivel cultural. ¿Crees que vivimos tiempos de pobreza en cuanto a creación y debate cultural?

Yo lo veo algo diferente. Durante más de 40 años, hemos estado viviendo en un período de guerra de clases salvaje, engañosamente llamado «neoliberalismo». El término tiene una definición oficial en términos de dependencia de los mercados, pero la práctica revela que la realidad es muy diferente. La guerra arrancó con fuerza en Estados Unidos y Reino Unido, con regalos a los muy ricos (la desregulación-rescate económico, etc.) y un duro ataque al trabajo, abriendo las puertas al sector empresarial para socavar el principal medio de defensa contra guerra de clases salvaje, los sindicatos, comúnmente utilizando medios ilegales, pero eso es de poca importancia cuando controlan en gran medida un estado sin ley. Debido al poder global de Estados Unidos, la guerra se extendió por gran parte del mundo y adoptó diversas formas. La muy respetable corporación Rand dio una medida de su éxito en los Estados Unidos con un estudio que estimó la transferencia de riqueza del 90% de menores ingresos al 1% de mayores ingresos: alrededor de $ 50 billones, un robo a plena luz del día bastante impresionante. Los efectos en el sur global han sido más extremos. Los entusiastas del sistema saludan con razón la enorme reducción de la pobreza, abrumadoramente en China, que no es exactamente un modelo de capitalismo de libre empresa. Y una mirada más cercana encuentra que en este caso también, detrás de las decisiones políticas había consideraciones fundamentales de lucha de clases que estaban lejos de ser los únicos medios efectivos disponibles; las alternativas que habrían beneficiado a los trabajadores tanto en los países ricos como en los pobres fueron descartadas sin consideración.

Mientras los líderes de derecha parecen enfocados en otros temas, Ron DeSantis, gobernador de Florida y pre candidato presidencial, ha manifestado que para proteger la libertad es necesario restringir algunos libros porque pueden «imponer» cierta hegemonía cultural o un relato histórico único, se refiere a libros sobre sexualidad, denuncias de racismo y luchas sociales, por ejemplo. En su noción de libertad es necesario restringir el acceso a ese tipo de literatura, ¿cómo se ha llegado a esto?

El Partido Republicano hace tiempo que dejó de ser un partido político normal. Se ha convertido en una «insurgencia radical» que ha abandonado las normas parlamentarias, utilizando los términos de los analistas políticos Thomas Mann y Norman Ornstein del American Enterprise Institute. Podemos rastrear su ascendencia hasta Richard Nixon, quien reconoció que los republicanos no podían ganar las elecciones como el más extremista de los dos partidos empresariales en Estados Unidos. La «estrategia sureña» de Nixon apeló al racismo apenas disimulado para atraer a los demócratas sureños al redil republicano. Unos años más tarde, los estrategas republicanos se dieron cuenta de que pretender oponerse al aborto ganaría el enorme voto evangélico y católico del norte. Figuras destacadas: George H.W. Bush, Ronald Reagan y otros, cambiaron rápidamente de «pro-elección» a «pro-vida», en la jerga estándar. Más tarde, se agregó a la mezcla el amor por las armas. El principio general es desviar la atención de sus políticas sociales y económicas de guerra contra los trabajadores y los pobres a los «temas culturales». Ha tenido mucho éxito, particularmente en manos de demagogos consumados como Trump. Su único logro legislativo fue un enorme recorte de impuestos para los muy ricos y las corporaciones, apuñalando al resto por la espalda. Pero las «guerras culturales» han mantenido a raya a la base popular. Ahora, casi la mitad de los votantes republicanos piensan que el Partido Demócrata está dirigido por una camarilla de pedófilos que «abusan» a niños pequeños. https://www.vice.com/en/article/jgm9vd/republicans-democrats-pedophiles-poll

Se han utilizado técnicas en las campañas masivas de propaganda de Bolsonaro en Brasil, probablemente con un aporte estadounidense, también con un éxito considerable. Lula tuvo que dar un discurso negando que tuviera un pacto con el diablo. DeSantis está siguiendo el mismo libreto.

Otro candidato a las primarias republicanas, Vivek Ramaswamy dice textualmente “Adoptamos religiones seculares como el “climatismo”, el “covidismo” y la ideología de género para satisfacer nuestra búsqueda de sentido”, ¿Es posible calificar estos enfoques como racionales?

Dudo que incluso sus defensores pretendan que son racionales. No están destinados a serlo. De lo que se trata es de apelar a las víctimas de la guerra de clases “neoliberal”, que ha llevado, naturalmente, a la ira, al resentimiento, a la desconfianza de la población hacia las instituciones: terreno propicio para los demagogos del tipo Trump. Una forma de movilizar una desconfianza justificada hacia las instituciones es fomentar el «anticientificismo», atribuyendo la ciencia y la racionalidad a las odiadas «élites», una noción empleada para ocultar a los agentes reales en las salas de juntas corporativas y las oficinas del Congreso.

El anticientificismo ha sido impulsado en gran medida por el sector empresarial, por razones sólidas de lucha de clases, temas explorados en profundidad por Naomi Oreskes y Erik Conway. Comenzó con grandes campañas de la industria tabacalera para «sembrar dudas» sobre la ciencia para que pudieran continuar sus campañas de asesinatos en masa (y enormes ganancias) sin impedimentos. Luego fue retomado por las industrias de combustibles fósiles para la campaña de mucho mayor alcance para destruir la vida humana organizada en la tierra (y obtener así mayores ganancias). Se extendió fácilmente a la anticiencia y la irracionalidad organizada: movimientos antivacunas y mucho más.

Los primeros libros que se quemaron en la Alemania nazi fueron los de la biblioteca de Magnus Hirschfeld, sobre estudios de sexualidad, hoy en día en sectores de ultraderecha también hay interés en limitar el desarrollo de ciertas conductas sexuales en las personas, eso es básicamente por establecer una relación entre poder, identidad y natalidad o ves otra cosa?

Siempre ha habido una extraña obsesión por el sexo en la teología cristiana. Se extiende fácilmente a los medios para inmiscuirse en la vida y el comportamiento de las personas, el gran ideal del totalitarismo.

Hoy la gente lee menos diarios que antes, y se empezó a informar a través de las redes sociales, un lugar sin filtros ni responsables de la información, esto a solo 90 segundos de la medianoche según el Reloj del Juicio Final, parece la receta para acelerar la autodestrucción.

Durante los años de Trump, los analistas que configuraron el Reloj del Juicio Final abandonaron los minutos y se convirtieron en segundos. En enero de 2003, las manecillas se adelantaron a 90 segundos para la medianoche. La relación con la opinión pública es ominosa. Recientemente se realizó un extenso estudio sobre cómo los estadounidenses reciben su «información». En la «Generación Z» (nacida de 1997 a 2012), un pequeño porcentaje lee periódicos o ve noticias de televisión. Incluso están abandonando Facebook y recurriendo a fuentes que en su mayoría presentan a jóvenes divirtiéndose. Eso es bastante aparte de los esfuerzos masivos de desinformación. Se muestra en los resultados de las encuestas. Volviendo al Reloj del Juicio Final, los dos principales impulsores del paso a la medianoche (apocalipsis) son la creciente amenaza de una guerra nuclear, tanto en Europa como en Asia, y el calentamiento global. Una encuesta reciente de Pew ofreció a los encuestados una selección de unas pocas docenas de opciones para clasificar en términos de urgencia. La guerra nuclear ni siquiera figuraba como opción. Se incluyó el «cambio climático», el eufemismo estándar para el calentamiento global. Se clasificó cerca de la parte inferior. Entre los republicanos, solo el 13 % lo consideró un tema urgente, lo que no sorprende si se tiene en cuenta lo que escuchan de sus líderes y cámaras de eco como Fox News.

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¿La Inteligencia Artificial destruirá a la humanidad?

02/04/2023 by Vitalio Deja un comentario

Por: Federico Kucher

                                                         Texto polémico de Yuval Harari publicado en el New York Times

El historiador Yuval Harari advierte que el nuevo dominio del lenguaje de la IA significa que ahora puede piratear y manipular el sistema operativo de la cultura humana. Al adquirir dominio del lenguaje, la IA está apoderándose de la llave maestra de la civilización.

La inteligencia artificial que aprende a hablar como los humanos se apoderó de la atención de los inversores de Wall Street, de los políticos y de los reguladores.
Las criptomonedas, el metaverso y muchas de estas nuevas promesas parecen haber quedado en el cajón de los recuerdos. La tecnología avanza a un ritmo inusitado y en menos de cuatro meses la inteligencia artificial que aprende a hablar como los humanos se apoderó de la atención de los inversores de Wall Street, de los políticos y de los reguladores.

La idea de hacer futurología y plantear que estos modelos de lenguaje natural llegaron para cambiarlo todo tiene patas cortas. Pronosticar que en poco tiempo (algunos años) lograrán alcanzar una inteligencia equivalente a la humana para la mayoría de las tareas cognitivas parece imprudente.

Más imprudente todavía plantearlo en base al salto de valor y capitalización de las startups dedicadas a procesar lenguaje natural. Los mercados suelen hacer olas y espuma, las empresas que están en el lugar justo y en el momento indicado pueden valorizarse en forma exponencial, pero al final del camino son pocas las que realmente tienen algo diferente que ofrecer.

Sin embargo, vale la pena seguir de cerca qué dicen algunos intelectuales que hace tiempo estudian el tema de la inteligencia artificial y desarrollaron una lectura propia de las transformaciones que pueden ocurrir durante las próximas décadas en la forma en que se organizan las sociedades.

En los últimos días unas de las voces más interesantes para leer y pensar fue la del historiador israelí Yuval Harari. En un artículo firmada por Harari publicado en New York Times y luego traducido y distribuido en muchos portales de otros países realizó algunas reflexiones provocativas e impactantes.

El texto señala que “durante miles de años, los humanos hemos vivido dentro de los sueños de otros humanos. Hemos adorado dioses, perseguido ideales de belleza y dedicado nuestras vidas a causas que se originaron en la imaginación de algún profeta, poeta o político. Pronto nos encontraremos viviendo dentro de las alucinaciones de la inteligencia no humana”.

El análisis del poder y los riesgos de la inteligencia artificial no es resultado del furor de estos últimos meses de las empresas como chatGPT, sino que se desprende del libro de Harari, de 2016, “Homo Deus”. Se trata de un libro profundo en el que se ofrece una teoría de la historia atrapante y se piensa el futuro con la mira puesta en la combinación explosiva de los algoritmos y la biología.

Una de las conclusiones más perturbadoras y, al mismo tiempo, más importantes de ese libro es que es posible que el ser humano en algún momento del siglo 21 se convierta en el caballo del siglo 19. Con la masificación del motor, la utilidad de esos animales para tirar de los carros de transporte perdió sentido. Los choferes de los carros se reconvirtieron en choferes de autos. Pero ahora los humanos no tendrán esa opción.

Harari retoma algunas de estas discusiones de “Homo Deus” en ese último artículo para hacer una abstracción poderosa y un llamado de alerta acerca del desarrollo reciente y exponencial de los modelos de lenguaje natural. Dice que “el lenguaje es el sistema operativo de la civilización. Del lenguaje surgen el mito y la ley, los dioses y el dinero, el arte y la ciencia, las amistades y las naciones y el código informático”.  Agrega que “el nuevo dominio del lenguaje de la IA significa que ahora puede piratear y manipular el sistema operativo de la cultura humana. Al adquirir dominio del lenguaje, la IA está apoderándose de la llave maestra de la civilización, desde las bóvedas de los bancos hasta los santos sepulcros”.

Finalmente, hace la pregunta trascendental: “¿Qué significaría para los humanos vivir en un mundo donde un gran porcentaje de historias, melodías, imágenes, leyes, políticas y herramientas están moldeadas por una inteligencia no humana, que sabe cómo explotar con eficiencia sobrehumana las debilidades, sesgos y adicciones de los humanos, sabiendo cómo establecer relaciones íntimas con personas? En juegos como el ajedrez, ningún ser humano puede aspirar a vencer a una computadora. ¿Qué sucede cuando ocurra lo mismo en el arte, la política o la religión?”.

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Francia: 11 tesis políticas sobre el movimiento de enero-marzo de 2023

02/04/2023 by Vitalio Deja un comentario

Fuente: Jacobin

Por: Ugo Palheta

Traducción: Martín Mosquera

 

Las enormes movilizaciones en Francia han creado una nueva situación. Pero, contra la afirmación de ciertos sectores de la izquierda, no asistimos a un «momento prerrevolucionario». Solo una comprensión sensata de la coyuntura permite identificar adecuadamente las tareas de la izquierda.

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El movimiento que se desarrolla en Francia desde el 19 de enero es entusiasmante en muchos sentidos. En apenas dos meses, ha cambiado profundamente la atmósfera política del país, ha hecho retroceder el derrotismo imperante, ha desestabilizado (incluso asustado) a los defensores celosos del orden social establecido y de las políticas neoliberales y ha ampliado el horizonte de expectativas de los millones de personas que han entrado en la lucha y, al hacerlo, han empezado a tomar la medida de sus fuerzas. Sobre todo, esta movilización acentuó la crisis de hegemonía que se profundiza en Francia desde hace años, al mostrar hasta qué punto el gobierno macronista está aislado socialmente. Cristalizó el descontento social que no necesariamente encontraba vías para expresarse políticamente, y transformó en rabia legítima la desconfianza generalizada de gran parte de la población -en particular de la clase trabajadora y la juventud- hacia Macron y su gobierno.

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Apartir de entonces, lo que está en juego ya no es sólo la contrarreforma de las pensiones. Ya no es simplemente «social», en el sentido restrictivo de sindical. Es eminente y plenamente político: en cuanto se nacionaliza, adquiere una gran amplitud social y se arraiga de forma sostenida, el movimiento se afirma como una confrontación no con tal o cual capitalista (como en el caso de una lucha contra los despidos o la supresión de puestos de trabajo en una empresa), no con tal o cual medida sectorial (por importante que sea), sino con el conjunto de la clase burguesa tal y como está representada (y defendida) por el poder político. Así pues, un movimiento de este tipo es capaz de abrir una brecha en el orden político modificando de forma duradera las relaciones de poder entre las clases.

Está en la naturaleza de un gran movimiento popular desdibujar las categorías en las que se quiere encorsetar artificialmente la lucha de clases separando un nivel «político» de un lado y «socioeconómico»  del otro. Toda lucha de masas, y la que estamos viviendo no es una excepción a la regla, es pues inextricablemente social y política; tiende inevitablemente a tener como objetivo lógico el poder político y los grandes intereses que encarna: los propietarios, los explotadores, la clase dominante. También es ideológico y cultural, en la medida en que desafía las narrativas (pequeñas o grandes) que la clase dominante construye para justificar tal o cual contrarreforma (o más ampliamente su orden social, con su rastro de injusticias, alienación y violencia), pero también en el sentido de que permite librar una batalla entre concepciones antagónicas del mundo y visiones alternativas de cómo deberían ser la sociedad, las relaciones humanas y nuestras vidas.

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El movimiento actual se levanta sobre los hombros de todas las movilizaciones que la precedieron, al menos las que marcaron la secuencia de luchas que comenzó en 2016: en particular la batalla de Notre-Dame-des-Landes, la lucha contra la Ley del Trabajo, los «chalecos amarillos», las movilizaciones feministas contra la violencia y las desigualdades de género, el movimiento 2019-2020 contra la reforma de las pensiones o el conjunto de las luchas (especialmente antirracistas) contra los crímenes policiales y todas las violencias estatales. El movimiento actual integra, articula y desarrolla sus logros precedentes, tanto en términos de métodos y tácticas de lucha como ideológicamente.

Una diferencia significativa, sin embargo, es la mayor fuerza y combatividad de la izquierda parlamentaria, en particular de los 74 diputados de la La France Insoumise (LFI), que contribuyeron en gran medida a politizar y radicalizar una movilización que la mayoría de los sindicatos -en particular la CFDT- querían mantener en un terreno estrictamente «social». Así pues, podemos alegrarnos de que la mayoría de los nuevos diputados de la LFI no intentaran en ningún momento oponer a la batalla parlamentaria (con sus propios medios) a los métodos clásicos de la lucha de clases: manifestaciones callejeras, piquetes (en los que vimos a estos diputados, incluida la presidenta del grupo parlamentario de la LFI, Mathilde Panot, en varias ocasiones) y bloqueos (sobre todo de institutos y universidades).

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Todos nuestros esfuerzos deben dirigirse al objetivo de seguir ampliando e intensificando el movimiento, para lograr una victoria. No sabemos hasta dónde podemos llegar, pero conseguir que el gobierno dé marcha atrás en su contrarreforma es lo mínimo. En los meses y años venideros, tal victoria contará el doble o el triple, precisamente porque Macron quería hacer de esta contrarreforma la madre de todas las batallas, una prueba de fuerza que le permitiera consolidar su poder hasta el final de su mandato, y comenzar la destrucción total de los logros de la clase obrera en el siglo XX. Como thatcheriano que ha aprendido bien sus lecciones (las de la contrarrevolución neoliberal), Macron sabe que necesita quebrar a los sectores más combativos del movimiento social para hundir en la desesperación a la mayoría de los que hoy se movilizan, construyen huelgas y manifestaciones, con la esperanza -vaga o afirmada- de un mundo de igualdad y justicia social.

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En esta confrontación, el poder macronista ya ha indicado -con su palabra y su práctica- que está dispuesto a llegar tan lejos como sea necesario, contribuyendo además a la politización del movimiento mediante una represión policial a gran escala. Rompiendo las ilusiones sobre el nuevo «esquema de mantenimiento del orden» y el nombramiento en París de un prefecto de policía con fama de ser menos brutal que el infame Lallement, la policía se ha caracterizado en los últimos días por la extrema brutalidad de sus intervenciones, una brutalidad que se ha normalizado y convertido en rutina en los últimos diez años, de modo que no se trata de «derrapes» o «meteduras de pata», sino de la actuación ordinaria de unas fuerzas policiales en gran medida fascistizadas. Pero la actuación policial también se caracterizó por un cierto desconcierto ante el número y la determinación de los manifestantes en la secuencia que siguió a la imposición del artículo 49.3.

Ampliamente minoritaria en el país, forzando su proyecto a través de una serie de maniobras institucionales típicas de la V República (cuya Constitución está, como sabemos, lejos de todos los estándares, incluso mínimos, de una democracia), desestabilizada por la acumulación de vídeos y testimonios que muestran la violencia de Estado, es evidente que la Macronia y sus ideólogos ya no son capaces de convencer a la opinión pública de que la violencia está del lado de los manifestantes, y que la violencia policial es un mito inventado por bárbaros sedientos de sangre policial. Una prueba de que el monopolio de la violencia legítima sólo lo «reclama» el Estado, por utilizar la famosa definición de Max Weber, y de que a veces, cuando no llega el «éxito» evocado en esta definición, las cosas se atascan.

Tanto por el uso de estas maniobras como por la represión extremadamente brutal del movimiento en los últimos días, el gobierno ha abierto una brecha para una campaña democrática contra el autoritarismo y por las libertades políticas. En estricta continuidad con el primer quinquenio Macron y de los gobiernos Hollande-Valls, estos golpes de fuerza permiten de hecho plantear a escala de masas el problema de las instituciones bonapartistas de la V República, la necesidad de una ruptura con el marco constitucional actual, vía una necesaria Constituyente, y la posibilidad de una verdadera democracia, aunque sólo sea a nivel institucional.

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Se abrieron debates legítimos sobre la caracterización de la situación social y política. Se ha podido hablar, aquí y aquí, de un «momento prerrevolucionario», con vistas a una transición hacia una situación o un proceso revolucionario en toda regla, como si bastara «dar un pequeño empujón al sistema para que todo se derrumbe» (Jacques Rancière). El corolario de esta afirmación, al menos en el primer artículo citado, es que el principal (o incluso el único) obstáculo para el desencadenamiento de una batalla revolucionaria por parte del proletariado se reduciría en lo sucesivo a las «direcciones sindicales», o dicho de forma aún más unificadora: a «la dirección del movimiento obrero», es decir, la intersindical.

En efecto, en la medida en que el proletariado «en su conjunto» -se nos dice- habría sido radicalizado por el movimiento, el poder sólo conservaría la facultad de canalizar la cólera social de las direcciones sindicales: «la Intersindical actúa como ultima válvula de escape del régimen de la V República en crisis». Y más adelante: «Sin riesgo a equivocarnos podemos afirmar que el principal obstáculo para que el “momento” prerrevolucionario se transforme en una situación abiertamente prerrevolucionaria, o más aun revolucionaria, es la dirección conservadora e institucional del movimiento obrero».

Esta hipótesis es importante porque, aunque las organizaciones que defienden esta línea sean muy débiles, los problemas que plantea reflejan preocupaciones más ampliamente compartidas entre los sectores combativos del movimiento social. Y tiene consecuencias evidentes: si se toman en serio tales afirmaciones, se deduce necesariamente que la denuncia inmediata de esta «dirección del movimiento obrero» adquiere un papel absolutamente central para todos aquellos que trabajan por un cambio radical de la sociedad, así como la construcción de una dirección del movimiento alternativa a la intersindical.

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El primer error de este razonamiento consiste en subestimar ciertos límites de la movilización, que deben tomarse en serio para superarlos de otro modo que no sea mediante trucos retóricos, que sólo pretenden convencer a los convencidos, o mediante un llamamiento al voluntarismo que sólo conseguirá el apoyo de los que ya están dispuestos a actuar.

Estos límites actuales lo convierten en un movimiento capaz de hacer retroceder a Macron en su proyecto de contrarreformas y potencialmente, si sale victorioso, en todas las contrarreformas previstas para su quinquenio, pero no -al menos en esta fase- de abrir a una situación revolucionaria. Porque el voluntarismo militante de una minoría, aunque absolutamente necesario, no basta por sí solo para superar estas debilidades y pasar de la protesta social -por amplia y radical que sea- a la revolución; incluso en una situación que, como la nuestra, requiere objetivamente una ruptura política y una transformación revolucionaria, en un sentido ecosocialista, feminista y antirracista.

Una revolución nunca es «químicamente pura», ni fiel a un manual escrito de una vez por todas, pero presupone algunos elementos sin los cuales hablar de «momento prerrevolucionario» es más una ilusión (o táctica de autoconstrucción para pequeños grupos militantes) que una hipótesis estratégica. En la medida en que el rasgo fundamental y distintivo de una revolución es la aparición más o menos afianzada de una dualidad de poderes (entre el Estado burgués y formas de poder popular fuera del Estado, pero también en el seno del Estado mismo), los momentos prerrevolucionarios presuponen ciertos ingredientes: un bloqueo consecuente de la economía, un nivel significativo de autoorganización, un inicio de centralización y coordinación nacional de los movimientos en lucha, así como fisuras en el aparato del Estado y, más ampliamente, en la clase dominante.

Pero todos estos elementos faltan en el movimiento actual:

  • Sólo unos pocos sectores de la economía están experimentando una verdadera actividad huelguística (y menos aún una huelga reconducible), sectores esencialmente públicos o parapúblicos (basureros, SNCF, EDF, Educación Nacional, etc.), y casi todas las grandes empresas privadas no están en absoluto paralizadas, ni siquiera en los días de mayor movilización sindical (excepto en algunos sectores como las refinerías).
  • Incluso en los sectores en los que la huelga ha adquirido cierta envergadura, la autoorganización en el marco de asambleas generales (AG) y comités de huelga es muy débil incluso en comparación con movimientos anteriores.
  • Han surgido agrupaciones de activistas de diferentes sectores (como en 2019-2020, por cierto), pero son extremadamente minoritarias en relación con la escala del movimiento (por no hablar de la clase obrera en su conjunto), especialmente en comparación con los «interpros» [asambleas interprofesionales que reúnen asambleas de varios sectores. NdT] de diciembre de 1995, y ellas parecen más un medio para que los pequeños grupos militantes aumenten su audiencia y se construyan a sí mismos que un instrumento para pesar en la dirección de la extensión e intensificación de la huelga.
  • Por último, el aparato del Estado se mantiene firme (policía-ejército-justicia) y la patronal sigue apoyando a Macron (aunque parece que esta contrarreforma no les parecía especialmente urgente).

Todos estos límites no devalúan el movimiento actual y podría ser que las próximas semanas nos permitan ir más allá de la situación actual, pero la correcta definición de las tareas y la estrategia depende de la exactitud del diagnóstico. En esta materia, no hay lugar para la complacencia.

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Un segundo error, que en realidad se deriva del primero, es pretender resolver lo que debería constituir un problema estratégico de primer orden para el movimiento, pero también para las organizaciones sindicales y políticas, en el periodo inmediato. Al afirmar que hemos sido testigos durante los últimos dos meses de una «radicalización del proletariado en su conjunto», ignoramos el hecho de que la hostilidad generalizada y virulenta hacia Macron no es en absoluto equivalente a una conciencia anticapitalista de masas (tanto es así, por otra parte, que es necesario luchar contra una excesiva personalización y psicologización de Macron, convirtiéndolo en un «loco», un «lunático», etc., mientras que él es sobre todo el apoderado del capital, y en particular del capital financiero). Y sobre todo, subestimamos el hecho de que una gran mayoría del proletariado no ha entrado de hecho en el movimiento.

Los trabajadores son ciertamente, en su casi totalidad, contrarios a la contrarreforma y hostiles a Macron, pero la mayoría de ellos todavía se mantienen pasivos. Sólo una pequeña fracción de la clase se ha manifestado y la gran mayoría no ha cruzado -por razones materiales inevitables (inseguridad salarial, presión jerárquica, etc.), a las que se añade el amargo recuerdo de las derrotas anteriores- el Rubicón de la huelga. Además, el nivel de autoorganización es globalmente inferior al de movimientos anteriores (incluidos los recientes como el de 2019-2020, en particular en la SNCF, y a fortiori en comparación con el de diciembre de 1995), y la coordinación interprofesional es inexistente, o muy débil y puntual.

En efecto, el movimiento popular se ha vuelto más autónomo desde la imposición del 49.3, organizando acciones cotidianas en toda Francia sin el aval de la intersindical y utilizando métodos de lucha más ofensivos, las asambleas generales parecen más llenas en los últimos días, pero sigue siendo la intersindical la que marca el tono y el ritmo del movimiento, y nadie está actualmente -ni de cerca ni de lejos- en condiciones de disputarle este papel.

Se podría objetar que, incluso en un proceso revolucionario, los explotados y oprimidos nunca se movilizan en su totalidad. Pero, por tomar sólo el caso de Francia, se calcula que en mayo-junio del 68 había 7,5 millones de huelguistas (y 10 millones de personas movilizadas), en un país que, sin embargo, tenía muchos menos asalariados que hoy (unos 15 millones frente a más de 26 millones en la actualidad). Debido al bloqueo masivo de la economía durante varias semanas, al gran número de ocupaciones de lugares de trabajo y a la desorganización inicial de las autoridades políticas, la situación presentaba entonces aspectos prerrevolucionarios (a pesar de los límites de la autoorganización, que no permitían la aparición de consejos obreros), lo que dio lugar a tareas de naturaleza bastante particular para los militantes convencidos de la necesidad de una ruptura revolucionaria (en el seno del PCF y de las organizaciones de extrema izquierda).

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Las dificultades del movimiento no se explican todas, ni mucho menos, por el papel nefasto desempeñado por la intersindical. Sobre este punto, no podemos contentarnos con un razonamiento perfectamente circular consistente en decir en pocas palabras: si no hay instancias de autoorganización, es porque es la intersindical la que dirige el movimiento; y si es la intersindical la que da el tono y el ritmo, es porque no hay instancias de autoorganización.

La hipótesis de direcciones traidoras en el movimiento obrero que impiden la transformación del movimiento en un auténtico proceso revolucionario tenía en 1968 al menos una base objetiva, digna de discusión. En Francia existían entonces poderosos sindicatos obreros, el principal de los cuales -la CGT- estaba dirigido por un partido comunista con una amplia base entre la clase obrera y una gran audiencia electoral (más del 20%). De hecho, el PCF obstaculizó las formas de autoorganización que podrían haber surgido en las empresas, en favor de una práctica generalmente pasiva de la huelga (en la que se invitaba a los trabajadores a no intervenir directamente y a dejar que los responsables sindicales la dirigieran). El partido también se negó a tomar iniciativas audaces que hubieran permitido plantear la cuestión del poder y de un gobierno de ruptura, sobre todo durante los pocos días o semanas en que el gobierno gaullista parecía no saber qué hacer, aturdido por la amplitud de la huelga obrera y por la determinación del movimiento estudiantil.

Hoy la situación es radicalmente distinta: los sindicatos están muy debilitados, al menos en comparación con lo que estaban en el 68, y ya no existe un partido obrero de masas. Si seguimos la hipótesis de Juan Chingo, esto debería constituir un bulevar para la construcción de una huelga general. Ocurre lo contrario, ya que es en los sectores y empresas donde hay más sindicalizados y donde siguen estando presentes los sindicatos combativos (generalmente CGT, Solidaires y/o FSU) – porque no podemos meter a todos los sindicatos, ni siquiera a todas las «direcciones sindicales», en el mismo saco – donde se expresa globalmente la conflictividad más fuerte. Por otro lado, los sectores y empresas no sindicalizados, lejos de ser aquellos en los que se expresaría una supuesta disponibilidad de las masas para la acción radical no obstaculizada por la famosa «dirección del movimiento obrero», son aquellos en los que prospera la atomización, la pasividad, el consenso pseudogestionario, e incluso el voto ultraderechista.

Podemos ver en las universidades lo que vale este argumento: mientras que los sindicatos son muy débiles allí, los activistas presentes tienen las mayores dificultades, al menos hasta ahora, para hacer surgir amplios marcos de autoorganización (la mayoría de las AG no habían movilizado hasta hace poco más que a algunos centenares de estudiantes); e incluso en las universidades que han conocido recientemente algunas AG bastante masivas (Tolbiac, Mirail) la débil implantación de las organizaciones estudiantiles debilita la ampliación y la autoorganización del movimiento. En otras palabras, si el proletariado estuviera ya radicalizado en su conjunto, y si las direcciones sindicales constituyeran el único cerrojo a romper para poder lanzar una ofensiva revolucionaria, veríamos el desarrollo de luchas radicales y de formas avanzadas de autoorganización en los sectores donde la implantación sindical es más débil, es decir, donde el dominio de las direcciones sindicales es más frágil. Nada más lejos de la realidad actual.

La hipótesis de la sustitución de la dirección sindical (reformista) por una dirección verdaderamente revolucionaria tiene todas las ventajas de la simplicidad y todos los inconvenientes del simplismo (si no del irrealismo cuando se piensa en la famosa «dirección revolucionaria alternativa» como el producto del trabajo de construcción autocentrada de microorganizaciones). Por supuesto, podemos pensar que una política más combativa de la intersindical -rechazo de las jornadas de movilización espaciadas hasta por más de una semana, llamamiento claro a una huelga reconductible y a participar en las asambleas generales, etc.- habría permitido desbloquear ciertas cosas en algunos sectores donde los sindicatos están implantados (aunque no haya ninguna garantía de ello), pero estamos tocando los límites del marco de la movilización actual, que constituye también uno de sus puntos fuertes: la unidad mantenida del frente sindical, sin la cual es dudoso que el movimiento hubiera tomado esta magnitud y hubiera obtenido esta aprobación entre la población.

En el periodo actual y futuro, los retos y las tareas parecen ser de una naturaleza completamente diferente para los activistas que no quieren renunciar ni a la perspectiva revolucionaria ni al trabajo dentro del movimiento real: extender la implantación sindical más allá de los sectores actualmente movilizados, fortalecer las «alas izquierdas» dentro de las organizaciones sindicales (los sindicatos o sensibilidades de «lucha de clases»), contribuir al surgimiento de nuevas corrientes o movimientos radicales (al margen de las organizaciones tradicionales pero en articulación y no en oposición a ellas), profundizar en el trabajo político-cultural que permita pasar del odio a Macron a la crítica al sistema en su conjunto y, finalmente, a la necesidad de una ruptura anticapitalista para construir una sociedad completamente diferente.

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Uno de los puntos centrales que expresa la situación actual es la extrema dispersión de los niveles de conciencia política entre los trabajadores y la juventud. La perspectiva de una ruptura anticapitalista y otra sociedad ciertamente ha progresado entre la población en la secuencia 2016-2023, pero no crece en absoluto a la misma velocidad que el odio visceral hacia el poder político y, en particular, hacia Macron. Tanto es así que el sentimiento anti-Macron en general, y la hostilidad hacia su contrarreforma de las pensiones en particular, pueden beneficiar con bastante facilidad a la extrema derecha.

Un sondeo bastante reciente (de finales de febrero) situaba a Marine Le Pen como principal opositora al proyecto macronista de contrarreforma (ligeramente por delante de Jean-Luc Mélenchon), sobre todo entre las clases populares, a pesar de que RN no propone la vuelta a la edad de jubilación de 60 años y se opone a las huelgas reconducibles. Un sondeo que acaba de publicarse lo confirma al sugerir que RN podría ser la fuerza política que más se beneficiaría del rechazo de la contrarreforma de las pensiones. Por supuesto, esto remite a causas profundas y a una ya larga historia de implantación electoral y de impregnación ideológica, pero no se comprendería nada sin tomarse en serio la forma en que las élites políticas y mediáticas no han cesado estos últimos años de respetabilizar a la extrema derecha y de banalizar sus «ideas» y, al contrario, de demonizar a la izquierda (en particular a LFI).

Se han producido decantaciones parciales en algunos movimientos, pero sólo afectan muy parcialmente a las clases y fracciones de clase que constituyen su centro de gravedad. Los «chalecos amarillos» han sido, pues, el escenario de un proceso de clarificación y radicalización política; sin embargo, éste sólo ha calado en una franja limitada de las clases trabajadoras, incluso dentro de las fracciones más favorables al movimiento, en zonas rurales o semirurales, así como en pequeñas ciudades en particular. Esto es sin duda tanto más cierto cuanto que existe una gran distancia entre la adhesión al movimiento (que puede ser extremadamente amplia, como en el movimiento actual, y en menor medida al principio de los «chalecos amarillos») y la participación real en las movilizaciones (sobre todo, cuando esta participación se reduce a una o varias manifestaciones, cuyos efectos politizadores son mucho menores que una huelga, a fortiori cuando esta última es de larga duración y se basa en una gran participación en las asambleas generales).

Uno de los graves problemas para la izquierda social y política reside, pues, en conseguir mantener y profundizar el movimiento allí donde se ha desarrollado, extendiéndolo al mismo tiempo a sectores o franjas de la juventud donde el nivel de conciencia de clase -marcado por el hecho de organizarse colectivamente, en particular en sindicatos, y de movilizarse por los propios intereses, sobre la base de una representación más o menos clara y coherente de estos intereses- se sitúa a un nivel mucho más bajo. En estos últimos sectores y en estas grandes capas de la población, lo que está en juego está a mil kilómetros de las grandes proclamas sobre el «momento prerrevolucionario»: conseguir atraer a un gran número de trabajadores hacia una primera jornada de huelga y manifestación, lograr que participen en una asamblea general para decidir colectivamente las modalidades de acción, etc. En esta perspectiva, la consigna mecánica y abstracta de denunciar a las «direcciones traidoras» no sólo es una pista falsa, sino que la mayoría de las veces es un obstáculo.

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Evidentemente, se plantea la cuestión de la salida política para el movimiento. Las movilizaciones sociales -por muy masivas y radicales que sean- no generan espontáneamente perspectivas políticas, sobre todo cuando evitan deliberadamente la cuestión del poder y la necesaria confrontación política (lo que Daniel Bensaïd denominó «ilusión social»). Esto es tanto más cierto en el caso que nos ocupa cuanto que el movimiento se ha caracterizado hasta ahora por un bajo nivel de autoorganización y coordinación. Sin embargo, esto no quiere decir que los movimientos sociales deban contentarse con un papel subordinado frente a las fuerzas políticas, que son las únicas capaces de proponer perspectivas. Es más bien en el marco de una dialéctica de colaboración-confrontación entre el movimiento social y la izquierda, de una unidad que no impida el debate más abierto sobre las orientaciones y perspectivas, que debemos imaginar una propuesta política de ruptura.

Empecemos por decir a este respecto hasta qué punto la perspectiva de un Referéndum de Iniciativa Compartida (RIP), defendida en particular por el PCF, está muy por debajo del potencial abierto por el movimiento y no responde en absoluto al imperativo, para la izquierda, de avanzar una solución a la crisis política. Supondría recoger 4,8 millones de firmas, lo que exigiría mucho trabajo militante durante nueve meses. Esto desviaría las energías hacia un terreno puramente peticionario cuando se trata actualmente de extender la movilización, y mientras la Macronia anuncia ya nuevos proyectos mortíferos (no sólo la ley Darmanin, sino también una ley sobre el trabajo y el empleo). Además, incluso si se recogen los 4,8 millones de firmas, la propuesta de referéndum todavía tiene que ser examinada por las dos cámaras en un plazo de seis meses… También podríamos decir que la situación habrá cambiado en gran medida en el ínterin, tal vez en detrimento del movimiento, y que tal propuesta no permite de ninguna manera impulsar la triple ventaja que la movilización tiene aquí y ahora: una huelga arraigada en varios sectores clave, una movilización multiforme y que se ha vuelto inaprensible en el curso de la última semana, y una opinión pública en gran medida conquistada.

A veces se plantea la idea de un «Mayo del 68 que llegue hasta el final». El eslogan es atractivo, sobre todo porque Mayo del 68 sigue siendo una referencia positiva (aunque sin duda vaga) para amplios sectores de la población, en particular los que están movilizados actualmente. Sin embargo, como decíamos más arriba, no es seguro que la analogía con Mayo del 68 sea eficaz en este caso, más allá de los efectos de agitación que puede producir un eslogan. Pero es sobre todo la idea de «llegar hasta el final» la que no parece muy clara. Si se trata de decir que hay que ir hasta el final de las esperanzas de emancipación y de ruptura con el capitalismo suscitadas por el movimiento de mayo-junio del 68, nos parece evidente. Pero esto no responde a las cuestiones estratégicas inmediatas que se plantean para el movimiento y para la izquierda.

Con la politización de la lucha y el enorme nivel de desconfianza hacia el poder político, sólo una propuesta que articule la retirada inmediata de la contrarreforma, la disolución de la Asamblea Nacional y la celebración de nuevas elecciones parece estar a la altura de lo que está en juego, sin caer en el doble escollo del maximalismo verbal y del fetichismo de las formulas pasadas. Evidentemente, la ruptura política no se reduce a la escena electoral, pero como nos recordaba aquí de nuevo Daniel Bensaïd: «Es bastante evidente, con más razón  en los países con una tradición parlamentaria de más de cien años, donde el principio del sufragio universal está sólidamente establecido, que no se puede imaginar un proceso revolucionario más que como una transferencia de legitimidad dando preponderancia al “socialismo desde abajo”, pero en interferencia con las formas representativas» (el subrayado es nuestro).

Por supuesto, es necesario añadir a estas consignas la lucha por un gobierno de izquierdas de ruptura, lo que implica precisar elementos del programa, en particular en torno a cuestiones centrales e inmediatas para todos los sectores de las clases trabajadoras y, más ampliamente, del asalariado: jubilación a los 60 años con salario íntegro para todos (a los 55 para los trabajos físicamente extenuantes), aumento inmediato de los salarios e indexación a la inflación (escala móvil de salarios), congelación de precios y alquileres, permanencia de los trabajadores precarios en el sector público y paso a contratos de trabajo estables en el sector privado, medidas proactivas contra la discriminación sistémica de género y racial en el empleo, los salarios y las pensiones, contratación masiva en la función pública, renacionalización inmediata de servicios y bienes públicos clave (transportes, energía, sanidad, autopistas, etc.), así como una planificación ecológica.

La cuestión que se plantearía necesariamente sería la de la relación de los movimientos sociales y, en particular, de los sindicatos -sobre todo de aquellos en los que sigue existiendo un sindicalismo de lucha de clases: la CGT, Solidaires y la FSU- con un gobierno de este tipo, globalmente portador de sus exigencias. Cualquier gobierno de izquierdas con un programa rupturista se encontraría bajo una enorme presión de la clase dominante (chantaje sobre las inversiones, presión de las instituciones europeas, etc.). Sólo una vasta movilización popular permitiría contrarrestar e imponer las propuestas antes mencionadas, en el marco de una confrontación social cuya dinámica es fundamentalmente anticapitalista, en la medida en que conduce inevitablemente a plantear la cuestión del poder del capital sobre el conjunto de la sociedad, sobre nuestras vidas y sobre el medioambiente, y por tanto sobre la propiedad privada de los medios de producción, de intercambio y de comunicación.

En caso de nuevas elecciones, se abriría una nueva batalla política, pero una victoria del movimiento social sobre la contrarreforma de las pensiones pondría a la NUPES -en particular a la fuerza dominante en su seno, que sin duda se ha mostrado la más combativa contra Macron y su proyecto, a saber, LFI- en una posición de fuerza. Esto no significa una vía regia, ya que las movilizaciones sociales nunca tienen efectos mecánicos sobre las relaciones de fuerza electorales (pensemos en Mayo-Junio del 68 y en la elección de la cámara más derechista de la V República sólo unas semanas después del movimiento…). Se ha señalado anteriormente que el FN/RN parece ser actualmente la fuerza que más se beneficia del amplio rechazo popular a la contrarreforma, por razones de fondo que las prácticas parlamentarias reales de la extrema derecha no contrabalancean verdaderamente. Sin embargo, hay que tener en cuenta que los sondeos que se realizan actualmente se basan en la hipótesis derrotista (ampliamente aceptada por los encuestados en esta fase) de que Macron no dará marcha atrás. Si el movimiento resultara finalmente victorioso, la hipótesis de un auge político-electoral de la izquierda no sería irreal, aunque nada indique que anularía pura y simplemente el de la extrema derecha, dada la banalización de esta última en el paisaje mediático y en el ámbito político.

*

Es innegable que la movilización ha creado una nueva situación y la posibilidad de una bifurcación, en el sentido de una dinámica de ruptura con el orden establecido. Sin duda, no todo está al alcance de la mano, pero las perspectivas que hace unos meses podían parecer irrelevantes son ahora accesibles. No habrá tregua en los próximos días y semanas de lucha; de nosotros depende hacer retroceder no sólo el poder político, sino los límites de lo posible.

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¿Por qué las industrias extractivas son un problema?

02/04/2023 by Vitalio Deja un comentario

Por: Marcelo Colussi

En realidad, la minería propiamente dicha no es el problema, sino la forma en que el modo de producción capitalista la alienta.

Teniendo en cuenta que se realizan en territorios donde habitan los pueblos de origen maya, para los habitantes de esas regiones la llegada de estas iniciativas no representa una buena noticia. Por el contrario, son un peligro inminente.

Los seres humanos, en tanto materia viva, necesitamos asegurar nuestra existencia día a día. Para ellos tenemos imperiosa necesidad de 1) absorber nutrientes (agua potable y alimentos) y 2) generar energía. Ambas cosas son vitales, imprescindibles. ¿Por qué entonces las llamadas industrias extractivas, ligadas a la generación energética, causan tanto daño produciendo tanta conflictividad social y siendo tan resistidas por las poblaciones? Por la forma en que operan.

Hablar de políticas energéticas es hablar de industrias extractivas, es decir, de actividades relacionadas con la obtención de recursos naturales por extracción del subsuelo vinculadas con la generación de energía. Caben allí actividades como la industria del petróleo, del gas, del aprovechamiento del agua (centrales hidroeléctricas) y la minería. Hoy podría agregarse la producción de biomasa destinada a la generación de carburantes (etanol, reemplazo de la gasolina) a partir de la palma africana, la caña de azúcar y el maíz.

Algunas de estas actividades extractivas son muy antiguas, como la minería (presente ya hace 40,000 años, con la búsqueda de hematita). Desde los inicios de la explotación del cobre, hace 9,000 años, hasta la de los elementos hoy llamados estratégicos (coltán, niobio, iridio, torio, litio, etc.), la historia de la humanidad va de la mano de la minería. En realidad, la minería propiamente dicha no es el problema, sino la forma en que el modo de producción capitalista la alienta.

En Guatemala, estas operaciones extractivas (centrales hidroeléctricas, minería, cultivos extensivos para obtención de agrocombustibles) constituyen hoy uno de los principales conflictos abiertos en términos político-sociales, dada la forma en que se desarrollan desde los parámetros capitalistas. Teniendo en cuenta que se realizan en territorios donde habitan los pueblos de origen maya, para los habitantes de esas regiones la llegada de estas iniciativas no representa una buena noticia. Por el contrario, son un peligro inminente. ¿Por qué? Por las características con que esa industria extractiva, dada por capitales multinacionales asociados a veces a grandes capitales nacionales, se ha comportado. De hecho, producen el despojo de territorios ancestrales de los pueblos originarios, sitios que han habitado por siglos, con argucias legales o por la fuerza bruta con abierta represión. Los movimientos campesino-indígenas allí asentados (fenómeno que se da similarmente en toda Latinoamérica) protestan por ese despojo, por lo que hoy representan una de las principales afrentas al sistema capitalista dominante. La lucha de clases, que sigue siendo el motor de la historia, se expresa hoy, entre otras cosas, a través de ese conflicto. “Por supuesto que hay luchas de clase, pero es mi clase, la clase rica, la que está haciendo la guerra, y la estamos ganando”, dijo el archimillonario financista estadounidense Warren Buffett.

Además, esas industrias son altamente contaminantes, agresivas para el medio ambiente, al menos en la forma en que se vienen realizando: dejan sin agua o sin tierra cultivable a los pueblos originarios, lanzan desechos químicos tóxicos que contaminan mortalmente flora y fauna (y que también atentan contra la vida humana), crean problemas que nunca solucionan más allá de promesas y destruyen el equilibrio natural.

Quizá sin representar una propuesta clasista, revolucionaria en sentido estricto (al menos como la concibió el marxismo clásico, como han levantado los partidos comunistas tradicionales a través de los años en el siglo XX), estos movimientos de protesta representan un freno, o al menos una molestia, para los intereses del gran capital transnacional y los sectores hegemónicos locales. En ese sentido, funcionan como una alternativa antisistémica, una llama que se sigue levantando, que eventualmente puede crecer y encender más llamas. De hecho, en el informe Tendencias globales 2020: cartografía del futuro global, del Consejo Nacional de Inteligencia de los Estados Unidos, dedicado a estudiar los escenarios futuros de amenaza a la seguridad nacional de ese país, puede leerse: “A comienzos del siglo XXI, hay grupos indígenas radicales en la mayoría de los países latinoamericanos, que en 2020 podrán haber crecido exponencialmente y obtenido la adhesión de la mayoría de los pueblos indígenas […]. Esos grupos podrán establecer relaciones con grupos terroristas internacionales y grupos antiglobalización […] que podrán poner en causa las políticas económicas de los liderazgos latinoamericanos de origen europeo”. Es obvio que a Washington le preocupa. Cualquier cosa que suene a posible desestabilización del status quo enciende sus alarmas.

Su apreciación geoestratégica no se equivocaba: puede verse claramente en Guatemala -y en otros países de la región- que estos movimientos indígena-campesinos constituyen una fuerte lucha contra toda la industria extractiva, vivida como invasión, como exterminio. La respuesta del Estado, defensor de los capitales (nacionales y multinacionales) y juez nada ecuánime entre todas las partes -contrariamente a lo que se pregona-, es la abierta represión. En muchos casos los despojos de tierras ancestrales son hechos por la misma policía o el mismo ejército, instituciones estatales pagadas con los impuestos de toda la población. Ahora la situación se pone peor aún para los sectores populares, pues se repiten modalidades que se dieron en los peores años de la guerra contrainsurgente: desapariciones, amenazas veladas y abiertas, asesinatos selectivos de líderes comunitarios…, todas ellas acompañadas de la criminalización de las luchas campesinas. Ahí está el caso emblemático de Bernardo Caal, líder campesino que pagó con cárcel la “osadía” de protestar contra una empresa hidroeléctrica.

El problema no es la minería ni la producción de energía: ¡el problema es el sistema económico-social vigente, depredador, que destruye impunemente el medio ambiente, solo para mantener su tasa de ganancia! Las industrias extractivas representan una muestra de los nuevos modelos de acumulación por desposesión que el voraz sistema impulsa. No debe olvidarse que si continúa la explotación inmisericorde de este modo, el planeta se acaba, y los que nos dañamos somos nosotros y nosotras, seres humanos, las grandes mayorías de a pie a las que nunca se nos consulta sobre estos proyectos.

Publicado en: Economía, titular2

“Yo facturo, me vendo como un simple auto o reloj de marca”. El capitalismo y la cosificación del yo y la vida

27/03/2023 by Vitalio Deja un comentario

Por: Renán Vega Cantor 

El capitalismo ha logrado que la cosificación y la mercantilización se apoderen de la subjetividad humana y ha convertido algo irracional ‒creerse, sentirse y rebajarse a ser una cosa‒ en parte del comportamiento cotidiano de los seres humanos.

En cualquier otra sociedad distinta a la actual sería rechazado de plano la idea de que una persona, en este caso una mujer que usa el alias de Shakira, se consideré una cosa, un simple objeto mercantil, que se enorgullezca de serlo y obtenga réditos monetarios por exhibir a los cuatro vientos sus asuntos privados y sentimentales. Cualquier otra sociedad distinta al capitalismo realmente existente no generaría millones de estúpidos a quienes les parece normal que los seres humanos se cosifiquen y se vendan a sí mismos como mercancías y aparte de aplaudirlo lo consideren como un gran acontecimiento. En otras sociedades se ha adorado al Sol a la Luna, al Jaguar, a la Anaconda, a la Coca, al Yagé [el “bejuco del alma”] con razones basadas en la importancia intrínseca que para la supervivencia de la humanidad tienen los astros, los animales y las plantas.

Después de la conquista sangrienta de América a las sociedades indígenas, como las existentes acá en nuestro continente, se les denomino fetichistas. Fetiche deriva del portugués feitico que significa “hechizo” y fue usado para referirse a los objetos de culto de los pueblos amerindios. Y en adelante ese término va a usarse para recalcar que una actitud fetichista es aquella que le atribuye poderes sobrenaturales a ciertos objetos. Fetiches son los objetos que se adoran e idolatran.

En el capitalismo, donde reina la mercancía como si fuera un producto natural y donde se supone que impera la “racionalidad” del mercado y de la libre competencia, han emergido nuevos fetiches, que se idolatran a todas horas y en todo lugar. Entre esos fetiches están el automóvil privado, los artefactos microelectrónicos en primerísimo lugar el Smartphone, los relojes, ropa de marca, aviones y barcos, objetos de lujo…con todos los cuales se regodea el capitalismo y que miembros del Jet Set, de la farándula y del deporte exhiben con descaro como símbolos de los triunfadores y exitosos.

La fetichización de los objetos inanimados en la sociedad capitalista viene acompañada de la cosificación, esto es, la reducción de un ser humano a la condición de cosa. Ahora bien, la cosificación puede ser resultado de un poder o de la imposición de una fuerza externa, como cuando las mujeres son cosificadas y reducidas a objetos sexuales, como se ve, por ejemplo, en esas “joyas artísticas” de Maluma. Este es un nivel de la cosificación, pero hay otro peor, y es cuando consciente y deliberadamente una persona se autocosifica, esto es, se reduce ella misma a una cosa, y se ofrece al mundo como tal, como un simple objeto inanimado que se compra, vende, comercia y el cual genera millones de dólares. En esas condiciones, una persona pierde su aura de ser humano y se convierte en un objeto, una cosa [en latín “res”] que se toca, manosea y se echa a la basura de manera inmediata, cuando su consumo ya no es necesario o cuando deja de ser rentable. Una cosa que puede llegar a tener mucho precio, pero ningún valor y por eso se desecha como un trasto viejo que se hace a un lado o se le da una patada en el momento menos pensado, no importa que haya sido una cosa rentable de manera efímera, en una época en que todo tiende a ser como el condón, de usar y echar a la basura.

Esto último se ejemplifica con lo que acontece con alias Shakira en su ruidoso disco, escrito para obtener réditos económicos (“facturar” se dice con pretendida sofisticación), utilizando el pretexto de su despecho y con la clara intención de herir a su expareja – y de paso a sus dos hijos. Unos simples versos de mal gusto, propios de una estética traqueta, forman parte de la historia universal de la cosificación por su memorable nivel de estupidez y de reducción de una propia persona a vulgares objetos mercantiles, cuando dice: “Cambiaste un Ferrari por un Twingo. Cambiaste un Rolex por un Casio”.

Este es el meollo de la cuestión: una mujer se autocosifica a tal punto de que pierde su esencia de ser humano y se reduce a sí misma a un automóvil [un Ferrari] y a un reloj [un Rolex] y, además, convierte a otra mujer, la nueva novia de su antigua pareja el futbolista Piqué, en otra cosa automovilística [un Twingo] o cronométrica [un Casio]. Lo más significativo estriba en que esta autocosificación del propio yo tiene la finalidad expresa de obtener ganancias, a costa de la exhibición pública de asuntos privados y domésticos. Pero no importa, lo que interesa es facturar, por aquello de que las “mujeres ya no lloran, las mujeres facturan”. Otra frase que revela la miseria humana de esa multimillonaria que entre otras cosas aúlla en público [ella misma se autodenomina “loba”] puesto que el sentimiento de llorar ya no importa sino el conseguir dinero, bastante y rápido. Y claro, las cosas no pueden llorar, y si alias Shakira se ha reducido ella misma a una vulgar cosa mercantil como va a poder llorar, un sentimiento tan profundamente humano que nunca tendrá ni la cosa más fetichizada e idolatrada.

En el mismo disco, con el que ha obtenido ingresos de millones de dólares en pocos días, le dice a su expareja “mucho gimnasio, pero trabaja el cerebro un poquito también”. ¿Es que acaso ella, cosificada al máximo, ha usado el cerebro? De cuándo acá las cosas piensan, si recordamos que ella se ha identificado como un Ferrari y un Rolex [simples y vulgares objetos mercantiles], que tienen de todo menos cerebro. No nos sorprende, porque está claro que la mercantilización generalizada que identifica al capitalismo seca el cerebro.

Publicado en papel en El Colectivo, Medellín, marzo de 2023.

Publicado en: Global, titular2

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