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Gramsci, leninista

12/03/2023 by Vitalio Deja un comentario

Por: Razmig Keucheyan

TRADUCCIÓN: ROLANDO PRATS

 

La crítica a Gramsci como un reformista «a pesar de si mismo» desconoce la fuerte relación entre su pensamiento y el de Lenin. Restablecer esta unidad es importante para comprender adecuadamente el legado gramsciano.

Reseña de la obra de Peter D. Thomas, The Gramscian Moment. Philosophy, Hegemony and Marxism (Coleccción Historical Materialism), Leiden, Brill, 2009.

Ser contemporáneo significa, en ese sentido, volver a un presente en el que nunca hemos estado.

Giorgio Agamben (¿Qué es lo contemporáneo?)

Proponer hoy una interpretación de conjunto del pensamiento de Gramsci requiere una buena dosis de osadía intelectual. El volumen de conocimientos sobre la vida y la obra del revolucionario italiano alcanza proporciones cada vez más inabarcables. Probablemente en nuestra época haya sólo otros dos pensadores críticos que susciten tantos análisis: Marx, por supuesto, y Michel Foucault, la interpretación de cuya obra se ha convertido en una auténtica industria. Es cierto que los volúmenes de exégesis consagrados a Gramsci son de un número inferior a los dedicados a los clásicos de la academia contemporánea: Heidegger, Wittgenstein y Rawls, por citar sólo tres. Pero en cierto sentido la diferencia es de grado, no de clase.

Los análisis de la obra de Gramsci no sólo son numerosos, sino que también están sujetos a un proceso de especialización. Ya no hay especialistas en Wittgenstein en general. Los estudiosos se especializan en la interpretación del “primer” Wittgenstein, el del Tractatus Logico-Philosophicus (1921), o del segundo, el de las Investigaciones filosóficas (1953). Algunos se interesan por el papel de Wittgenstein en el nacimiento de la filosofía analítica, otros tratan de identificar las raíces específicamente austríacas de su pensamiento; por ejemplo, el hecho de haber visto la luz en la Viena finisecular de Freud, Klimt y Schnitzler.

Este proceso de especialización puede observarse igualmente en el caso de Gramsci. De ahí que proliferen libros y artículos cuyo título comience con “Gramsci y…”: Gramsci y Marx, Gramsci y las mujeres, Gramsci y Chile, Gramsci y el psicoanálisis, Gramsci y Piero Sraffa… La lista es larga y para hacerse una idea aproximada de lo larga que es podría consultarse la sección bibliográfica de la página web de la International Gramsci Society. Entre otras razones, esa especialización es producto de la academización de Gramsci en diversas regiones del mundo, principalmente en Italia, en el mundo anglosajón y en algunos países latinoamericanos, como Argentina y Brasil. La misma también se explica por la disponibilidad de un número cada vez mayor de archivos, por cuanto ello conlleva no sólo un mayor grado de precisión en el conocimiento de una obra y de su autor, sino también la producción de conocimientos de un determinado tipo.

Leer hoy a Gramsci supone también hacer frente a interpretaciones de su obra elaboradas por figuras monumentales de la historia del movimiento obrero y de la tradición marxista como Palmiro Togliatti, Louis Althusser o Perry Anderson. El espacio interpretativo gramsciano está saturado de nombres propios problemáticos. Esas grandes interpretaciones que se remontan a otras épocas aparecen siempre sobredeterminadas por consideraciones de orden político, que remiten a coyunturas históricas todavía más o menos vigentes. Ello hace aún más complejo en la actualidad trabajar en la obra de Gramsci.

Si la obra de Peter Thomas The Gramscian Moment. Philosophy, Hegemony  and  Marxism [El momento gramsciano. Filosofía, hegemonía y marxismo] impresiona tanto es porque contiene una interpretación de conjunto de la obra de Gramsci en un momento en que resulta cada vez más difícil llevar a término semejante empresa. Estamos ante una obra del tipo que suele dedicarse a un autor todavía poco conocido, pero que hace gala de un grado de precisión y coherencia analítica que ha sido posible gracias al aumento de los conocimientos correspondientes. Thomas examina uno tras otro los principales conceptos de Gramsci: hegemonía, guerra de movimientos/guerra de posiciones, revolución pasiva, cesarismo, sociedad civil/sociedad política, Estado integral, filosofía de la praxis, etc., y al mismo tiempo da cuenta de la asombrosa coherencia del sistema teórico gramsciano; asombrosa si se tiene en cuenta las circunstancias de su elaboración. A lo largo de los capítulos emerge asimismo una genealogía del pensamiento gramsciano, que se remonta a la improbable trinidad teórica de Maquiavelo, Lenin y Croce.

Peter Thomas, joven marxista australiano radicado en Londres y que realizara una parte de sus estudios en Italia, es uno de los mejores estudiosos de Gramsci en la actualidad. El título de su obra contiene una referencia implícita al gran libro de J.G.A. Pocock sobre la tradición republicana atlántica, The Machiavellian Moment, publicado en 1975[1]. Un “momento” es una configuración político-intelectual particular, que tiene lugar en un espacio-tiempo específico y cuyo centro lo ocupa un nombre propio: Maquiavelo para Pocock, Gramsci para Thomas. ¿A qué constelación político-intelectual remite hoy el nombre propio “Gramsci”?

Gramsci, ¿reformista a pesar de sí mismo?

La interpretación más influyente de Gramsci en el mundo anglosajón hasta la fecha es la elaborada por Perry Anderson en un ensayo titulado “ The Antinomies of Gramsci“, que apareció en 1976 en New Left Review y se reeditó posteriormente en forma de libro[2]. Las traducciones al francés (por Maspero, con el título Sur Gramsci) y al italiano de esa obra aparecieron en 1978. La tesis propuesta por Perry Anderson es simple: Gramsci es un “kautskyano” o un “fabiano” que no se conoce a sí mismo. En otras palabras, es un reformista, que cree que un cambio social radical es posible, pero que este será gradual, que no implicará necesariamente el tipo de proceso revolucionario que se produjo en Rusia en 1917. Así, dice Anderson:

desde el momento en que el poder burgués en Occidente se atribuye principalmente a la hegemonía cultural, la adquisición de esa hegemonía significaría que la clase obrera habría tomado efectivamente en sus manos la ‘dirección de la sociedad’ sin conquistar ni transformar el poder estatal, en una transición indolora hacia el socialismo: en otras palabras, una idea típica del fabianismo[3].

Según esa hipótesis, el énfasis que hizo Gramsci en la dimensión “hegemónica” del poder lo habría llevado a sostener que bastaría con que la clase obrera se convirtiera en la fuerza social culturalmente dominante en la sociedad para que se produjera la transición al socialismo. Por cuanto la cultura es la palanca principal, esa transición podría tener lugar pacíficamente, sin una ruptura drástica con la lógica del sistema.

Gramsci fue uno de los dirigentes revolucionarios más combativos de la primera mitad del siglo XX. No sólo participó activamente en un proceso revolucionario, los “consejos de Turín” de 1919-1920, sino que también fue miembro fundador del Partido Comunista Italiano y participó, como representante de ese partido, en las labores de la dirección de la Internacional Comunista, entre 1922 y 1923. ¿Cómo explica Perry Anderson que un marxista con un pedigrí revolucionario tan impecable sea un reformista?

Para Anderson, la tonalidad “kautskyana” de Cuadernos de la cárcel se explica por las circunstancias de su redacción. Mientras escribía sus Cuadernos, Gramsci tuvo siempre presente, en un segundo plano, el canon doctrinal del marxismo revolucionario de la época. En particular, tenía en mente la hipótesis estratégica de la “dictadura del proletariado”, en torno a la cual se articula el referido canon. Sin embargo, el canon jamás se explicita en los Cuadernos, aunque se insinúe como marca de agua. La razón estriba en el hecho de que los Cuadernos de la cárcel no se hubiesen concebido para ser publicados. Conviene reiterar aquí que los Cuadernos son exactamente eso: cuadernos preparatorios, que jamás Gramsci tuvo la intención de publicar en esa forma (su ambición era ponerse a escribir su gran obra tras salir de la cárcel). Según Anderson, Gramsci dio por sentada la estrategia leninista de ruptura con el Estado capitalista, hasta el punto de que nunca la reafirmó. De ahí que los Cuadernos contuvieran sobre todo ideas que se apartaban de esa estrategia, que resultaban novedosas en relación con esta última. En particular, los Cuadernos dan prioridad a todo lo que se refiera al problema de la “revolución en Occidente” —de la que Gramsci era el gran teórico— y que indague por las condiciones de aclimatación de la revolución en Europa occidental:

cuando comenzó sus indagaciones teóricas en la cárcel, parece haber dado tan por sentados esos principios que estos apenas figuran directamente en su discurso. Constituyen una adquisición familiar que ya no es necesario recordar, en una empresa intelectual cuya energía se concentraba en otra parte: en el descubrimiento de lo desconocido[4].

Gramsci es, por tanto, a los ojos de Anderson, una especie de reformista a pesar de sí mismo. Aislado en su celda, pensando y escribiendo para sí mismo, se ve arrastrado por la lógica de su argumentación hacia posiciones cada vez más alejadas del leninismo.

Leer a Gramsci como estratega

Esa interpretación de Anderson contiene un importante subtexto. En los años setenta, las más diversas corrientes marxistas reivindicaron a Gramsci como uno de los suyos. En Europa, el “eurocomunismo” hizo de Gramsci su figura tutelar. Esa corriente pretendía liberarse de la influencia de la URSS y reflexionar sobre las condiciones de una transición al socialismo que tuviera en cuenta la especificidad de las sociedades de Europa occidental. Es en Italia, en España y en Francia donde se hace sentir con más fuerza. Nicos Poulantzas, el teórico más refinado ligado a esa corriente, y quien en sus inicios había estado vinculado con el eurocomunismo griego, propuso distinguir entre un eurocomunismo de “derecha” y un eurocomunismo de “izquierda”[5]. Poulantzas presenta a Santiago Carrillo, dirigente del Partido Comunista Español, como ejemplo de lo primero, y a Pietro Ingrao, representante del ala izquierda del Partido Comunista Italiano, como ejemplo de lo segundo.

En los años sesenta, Perry Anderson y el colectivo editorial de New Left Review bajo su dirección se vieron influidos por Gramsci. Por esa época, Anderson coauspicia, junto con Tom Nairn, una tesis muy debatida sobre la “malformación” del Estado británico y el carácter prematuro de la revolución que había conducido a la formación de ese Estado. Esa tesis había sido directamente inspirada por las tesis de Gramsci sobre la formación del Estado italiano y las insuficiencias del Risorgimento[6].

Sin embargo, durante los años setenta, bajo el impacto combinado del movimiento estudiantil y las luchas de liberación en el Tercer Mundo —en particular el guevarismo y la revolución vietnamita—, Anderson se desplazó hacia la izquierda y se acercó a la IV Internacional de Ernest Mandel. Algunos miembros de la redacción de New Left Review, entre ellos Tariq Ali —pero no el propio Anderson—, se unieron a la IV Internacional y durante un tiempo ocuparon puestos de dirección en ella. El trotskismo es, por supuesto, hostil al eurocomunismo, que Ernest Mandel retrató en un ensayo de 1978 titulado Crítica del eurocomunismo como una especie de continuación lógica del estalinismo[7].

No es posible comprender al margen de ese contexto político la ofensiva de Perry Anderson contra Gramsci. El blanco de Anderson en Las antinomias de Gramsci no es tanto el propio autor de Cuadernos de la cárcel como sus lectores eurocomunistas de la época. Más concretamente, la estrategia de Anderson consiste en socavar los fundamentos de la legitimidad marxista de que buscan dotarse los eurocomunistas por conducto de la obra de Gramsci. Al igual que Mandel, Anderson considera que la búsqueda de una “vía democrática al socialismo”, de una transición al socialismo emancipada del modelo soviético, es un pretexto para forjar alianzas con ciertos sectores de la burguesía —como en el caso del “compromiso histórico” en Italia— políticamente muy costosas para el movimiento revolucionario. La interpretación de Gramsci, como vemos, tenía en aquel momento implicaciones estratégicas inmediatas.

El núcleo de la polémica que Anderson libra contra Gramsci y los eurocomunistas concierne a la cuestión del Estado. Una de las tesis centrales propuestas por los eurocomunistas (sobre todo de izquierda) es la del carácter contradictorio del Estado capitalista. Es lo que Poulantzas —citado por su nombre en el libro de Anderson— llama, refiriéndose al Estado, una “condensación de una relación de fuerza“[8]. Para Poulantzas, el Estado no es externo a la lucha de clases, pero tampoco es un simple instrumento en manos de las clases dominantes[9]. El Estado es un haz de contradicciones y relaciones de fuerza. Importantes segmentos del Estado participan, por supuesto, en la gestión del orden capitalista y en la represión de su impugnación. Sin embargo, es probable que otros segmentos del Estado se alíen con las fuerzas revolucionarias en tiempos de insurrección. Esa ambivalencia constitutiva del Estado capitalista es lo que Pierre Bourdieu —quizás en ese respecto bajo la influencia de  Poulantzas— intentará comprender por medio de la distinción entre la “mano derecha” y la “mano izquierda” del Estado[10]. Ambivalencia observable sobre todo en los países occidentales, donde un antiguo y poderoso movimiento obrero ha sido capaz de imponer derechos democráticos y sociales.

Que el Estado sea una “condensación de relaciones de fuerza” trae aparejadas implicaciones estratégicas cruciales, en particular que la teoría bolchevique de la “dualidad de poderes” resulta inadecuada para los países occidentales. Esa teoría, cuya formulación más clara se encuentra en la Historia de la Revolución Rusa de Trotsky, sostiene que en una situación revolucionaria dos fuerzas antagónicas se disputan el poder en el interior de un mismo territorio. Esas fuerzas están claramente delimitadas —social, política y, en la mayoría de los casos, incluso espacialmente— en una situación en la que el Estado, naturalmente, se pone del lado de las fuerzas conservadoras. El reconocimiento del carácter contradictorio del Estado capitalista hace imposible mantener ese esquema estratégico y obliga a reconocer la existencia de fracturas dentro de cada campo, lo que convierte al propio Estado en un posible lugar de acción revolucionaria. La estrategia de la “guerra de posiciones” elaborada por Gramsci en Cuadernos de la cárcel es una manera de tomar conciencia de esa constatación.

Perry Anderson, por su parte, mantiene la hipótesis estratégica de la “dualidad de poderes”. Su crítica de Gramsci no persigue, en última instancia, otro propósito.  En su ensayo, insiste en la “unidad” del Estado capitalista, en el hecho de que ese Estado tenga “fronteras”. Aunque el Estado esté plagado de contradicciones, en tiempos de crisis e insurrección, su carácter de clase se pone de manifiesto con toda claridad.

Gramsci y Lenin

Peter Thomas elabora una crítica radical de la interpretación que Perry Anderson hace de Cuadernos de la cárcel. Esa crítica tiene dos facetas. En primer lugar, como ya se ha dicho, desde los años setenta se ha acumulado un considerable volumen de información sobre la vida y la obra de Gramsci. Esa información se refiere a sus actividades políticas antes de su encarcelamiento, así como a la cronología de la redacción de los Cuadernos, la actitud del Partido Comunista Italiano y de la Internacional Comunista para con él, su vida familiar, los libros y diarios a que tuvo acceso durante sus años en prisión, la influencia de sus orígenes sardos en su concepción del Estado italiano, sus estudios de filología en Turín a principios de la década de 1910, sus relaciones con Palmiro Togliatti y el papel de este último en la gestión de la herencia gramsciana… La lista es larga. Peter Thomas aprovecha al máximo los conocimientos disponibles, sin perder nunca de vista la coherencia del conjunto. Cabe señalar aquí que la edición italiana de Cuadernos de la cárcel, llamada “científica”, bajo la dirección de Valentino Gerratana, no se publicó hasta 1975, casi cuarenta años después de su redacción. Su disponibilidad ha redundado en un notable refinamiento de la comprensión de la lógica interna del sistema teórico gramsciano. Si Anderson tuvo acceso a ella, es poco probable que hubiese podido realmente trabajar en esa edición científica en aquellos momentos.

La otra faceta de la crítica de Thomas consiste en el cuestionamiento de la tesis andersoniana de un Gramsci reformista. Curiosamente, Thomas comparte con Anderson —más concretamente con el Perry Anderson de mediados de los setenta— una cierta desconfianza hacia las posiciones eurocomunistas. Su estrategia interpretativa, sin embargo, consiste en demostrar que la apropiación del legado gramsciano por los eurocomunistas es una falacia, y ello por una razón más bien simple: Gramsci es leninista. De hecho, una de las principales operaciones teórico-políticas que Peter Thomas emprende en su libro es la de volver a enlazar el hilo —roto no sólo por Anderson, sino también por sectores con toda seguridad mayoritarios de la crítica— que une a Gramsci con Lenin.

Volver a enlazar ese hilo no es en verdad muy difícil. Para empezar, basta con leer Cuadernos de la cárcel. Gramsci no deja de proclamar su admiración por Lenin, a quien llama “Ilich”, “Ilichi” o el “mayor teórico moderno de la filosofía de la praxis” (filosofía de la praxis que, en ese caso, es sinónimo de marxismo). He aquí un pasaje del cuaderno 10 en el que se deja ver esa admiración:

Ilichi Lenin hizo avanzar la filosofía en la medida en que hizo avanzar la doctrina y la práctica políticas. La realización de un aparato hegemónico, en la medida en que crea un nuevo terreno ideológico, determina una reforma de la conciencia y de los métodos de conocimiento y constituye un hecho de conocimiento, un acontecimiento filosófico[11].

Para Gramsci, Lenin es un nombre propio que remite a los candentes problemas teóricos y estratégicos del momento. Por intermedio de Lenin, Gramsci vuelve en particular a plantear la cuestión de la relación entre teoría y práctica.

En el pasaje que venimos de citar, Gramsci califica a la revolución rusa de “hecho de conocimiento” o de “acontecimiento filosófico”. A sus ojos, esa revolución no es sólo un episodio de relieve de la historia política, es un acontecimiento en la historia del pensamiento, en la misma medida en que lo fuera, por ejemplo —si bien según modalidades bien diferentes—, la publicación a finales del siglo XVIII de la Crítica de la razón pura de Kant. Gramsci añade que si Lenin es un auténtico filósofo, lo es precisamente por haber sido un líder político que hiciera realidad un “aparato hegemónico” con la construcción de la Unión Soviética. Ser filósofo en las condiciones del siglo XX no consiste en ser un continuador de la historia de la filosofía, como Kant en el siglo XVIII o Wittgenstein en el XX. Consiste en intervenir en el campo político, es decir, en abolir la separación entre política y filosofía.

El leninismo de Gramsci se expresa de muchas otras maneras. Al centrarse en la comprensión de la dimensión cultural de la hegemonía, Gramsci sigue los pasos del “último” Lenin, quien antes de morir había consagrado sus energías al problema de la cultura en el naciente Estado soviético[12] (Lenin no es, por supuesto, la única fuente de inspiración para los análisis de Gramsci sobre la cultura). Otra expresión de esa filiación es la atención que ambos prestan a la cuestión del Estado, a lo que Gramsci llama el “Estado integral”, concepto al que Peter Thomas dedica luminosas páginas.

Hacer de Lenin una condición para leer a Gramsci comporta para Thomas no sólo una perspectiva historiográfica, sino también política. Si a Gramsci —como a Marx— se lo lee y enseña en numerosas partes del mundo, Lenin aún no se ha levantado de los escombros del socialismo “realmente existente”. Vincular firmemente a Gramsci con Lenin es asegurarse de que todo debate sobre el primero se convierta inevitablemente en un debate sobre el segundo.

Una tradición por redescubrir en Francia

Entre las referencias en que se apoya Peter Thomas para elaborar su interpretación, algunas se originaron en Francia. La bibliografía secundaria sobre Gramsci es, primero, italiana y anglosajona, y, luego, latinoamericana. Pero una serie de obras y artículos de más larga data proceden del mundo francófono. Cualquier lector que hurgue hoy en las estanterías de las librerías difícilmente se dará cuenta, pero en los años sesenta y setenta Francia produjo un importante grupo de intérpretes de Gramsci, entre ellos André Tosel, Jacques Texier, Christine Buci-Glucksmann, Jean-Marc Piotte y Hughes Portelli. La filósofa Christine Buci-Glucksmann, por ejemplo, es autora de una de las mejores obras que se hayan escrito sobre Gramsci, titulada Gramsci et l’État. Pour une théorie matérialiste de la philosophie [Gramsci y el Estado. Hacia una teoría materialista de la filosofía], que es de esperar que algún día se vuelva a publicar[13].

Los ensayos dedicados por André Tosel al autor de Cuadernos de la cárcel, recogidos hoy en su mayoría en un volumen publicado por Syllepse, son pura maravilla[13]. El teórico y militante quebequés Jean-Marc Piotte dedicó hace apenas cuarenta años una notable obra a La Pensée politique de Gramsci [El pensamiento político de Gramsci], que Ediciones Lux tuvo la buena idea de volver a publicar no hace mucho[14]. Jacques Texier, recientemente fallecido, fue una figura clave en los debates gramscianos a escala internacional y es autor de un ensayo publicado en La Pensée con el célebre título de « Gramsci, théoricien des superstructures » [Gramsci, teórico de las superestructuras][15].  El hecho de que Hughes Portelli sea actualmente senador por la Union pour un mouvement populaire (UMP)[16] no le impidió, en su alocada juventud, consagrar algunos buenos textos a Gramsci, en particular uno titulado Gramsci et le bloc historique [Gramsci y el bloque histórico][17].

También Louis Althusser mantuvo un fructífero diálogo crítico con Gramsci, cuyas disensiones teóricas y políticas Peter Thomas expone con gran claridad[18]. El concepto althusseriano de “aparatos ideológicos de Estado”, con que designa a las instituciones de mantenimiento ideológico del orden social —escuela, iglesia, familia, etc.— se inspira directamente en la noción de “aparato hegemónico” de Gramsci.

Ese grupo de gramscianos franceses brilla por su ausencia en la mayoría de las historias intelectuales de ese período y pocos recuerdan hoy su existencia. En esas historias intelectuales, la epopeya estructuralista protagonizada por Michel Foucault, Roland Barthes, Claude Lévi-Strauss y Jacques Lacan se lleva la parte del león. En términos más generales, a diferencia de la situación de los estudios gramscianos en Italia, Alemania, el mundo anglosajón, América Latina y Asia, la influencia de Gramsci en Francia durante las dos o tres últimas décadas ha sido casi imperceptible. Es cierto que cualquier cosa remotamente relacionada con el movimiento comunista es condenada unilateralmente en este país por los medios de comunicación y los intelectuales dominantes.

Redescubrir y revivir esa tradición gramsciana sepultada en el olvido es hoy una tarea de primera magnitud. Entre otras razones, poque Gramsci es un pensador de la crisis, un pensador de las “crisis orgánicas” del capitalismo, por utilizar su célebre fórmula. Cuadernos de la cárcel es un producto directo de la anterior “gran crisis” del capitalismo, la de los años veinte y treinta. Como tal, tiene mucho que enseñarnos sobre la crisis en la que nos encontramos hoy.

Notas

 [1] J.G.A. Pocock, The Machiavellian Moment. Florentine Political Thought and the Atlantic Republican Tradition, Princeton, Princeton University Press, 2003.

[2] Véase en español Perry Anderson, Las antinomias de Antonio Gramsci (trad. Lourdes Bassols y J. R. Fraguas), Madrid, Akal, 2018. [Nota del T.]

[3] Perry Anderson, Sur Gramsci, París, Maspero, 1978, p. 81.

[4] Ibídem, p. 82.

[5] Stuart Hall y Alan Hunt, “ Interview with Poulantzas“, en Marxism Today, julio de 1979. [Una traducción al español de esa entrevista puede consultarse aquí.]

[6] A ese respecto, me permito remitir a Razmig Keucheyan, Hémisphère gauche. Une cartographie des nouvelles pensées critiques, París, La Découverte, 2010, cap. 4. [Hemisferio izquierda. Un mapa de los nuevos pensamientos críticos (trad. Alcira Bixio), Madrid, Siglo XXI de España Editores, 2013]

[7] Ernest Mandel, Critique de l’eurocommunisme, París, Maspero, 1978. [Crítica del eurocomunismo (trad. Emilio Olcina), Barcelona, Fontamara, 1982]

[8] Véase Nicos Poulantzas, L’État, le pouvoir, le socialisme (Prefacio de Razmig Keucheyan), París, Les Prairies ordinaires, 2013. Para una traducción al español del prefacio de Keucheyan véase “ Lenin, Foucault, Poulantzas”, en Jacobin América Latina, 16 de octubre de 2022. [Nota del T.]

[9] Es esa la cuestión que constituye el objeto principal de discusión de la polémica que hubo de enfrentarlo a Ralph Miliband.

[10] Pierre Bourdieu, Contrefeux, París, Seuil, 1998. [ Contrafuegos. Reflexiones para servir a la resistencia contra la invasión neoliberal (trad. Joaquín Jordá), Barcelona, Anagrama, 2006]

[11] Véase Antonio Gramsci, Guerre de mouvement et guerre de position, textes choisis et présentés par Razmig Keucheyan, París, la Fabrique, 2012, Cahier 10, II, § 12, p. 66.

[12] Véase Lars T. Lih, Lenin, Londres, Reaktion Books, 2011.

[13] Christine Buci-Glucksmann, Gramsci et l’État. Pour une théorie matérialiste de la philosophie, París, Fayard, 1975. [Gramsci y el Estado. Hacia una teoría marxista de la filosofía (trad. Juan Carlos Garavaglia), Madrid, Siglo XXI de España Editores, 1978]

[14] Véase André Tosel, Le marxisme du XXe siècle, París, Syllepse, 2007.

[15] Jean-Marc Piotte, La pensée politique de Gramsci, Montreal, Lux, 2010.

[16] Partido político francés de centro-derecha fundado, bajo otro nombre, en 2001, y rebautizado Les Républicains en 2015. [Nota del T.]

[17] Jacques Texier, “Gramsci, théoricien des superstructures”, en La Pensée, núm. 139, junio de 1968.

[18] Hughes Portelli, Gramsci et le bloc historique, París, PUF, 1972. [ Gramsci y el bloque histórico (trad. María Braun), México, D. F., Siglo XXI Editores, 1977 (cuarta edición)]

[19] Pierre Macherey dedicó un importante artículo a la oposición entre Gramsci y Althusser ; véase Pierre Macherey, “Verum est factum: les enjeux d une philosophie de la praxis et le débat Althusser-Gramsci“, en Vincent Charbonnier y Stathis Kouvelakis (eds.), Sartre, Lukacs, Althusser. Des marxistes en philosophie, París, PUF (Colección Actuel Marx Confrontation), 2005.

La versión original de este artículo se incluyó en el dossier “Il faut lire (ou relire) Gramsci” [Hay que leer (o releer) a Gramsci] publicado en Contretemps. Revue de critique communiste con el título “Gramsci L intempestif” el 22 de octubre de 2018. El título con que se publica ahora en español y la traducción de todas las citas es del traductor, quien además de hiperenlaces ha añadido entre corchetes, en las notas del autor, referencias bibliográficas en español para el lector que desee consultar otras fuentes.

RAZMIG KEUCHEYAN

Profesor asistente de sociología en la Universidad París-Sorbona y activista de la izquierda radical. Es autor de Hemisferio izquierda. Un mapa de los nuevos pensamientos críticos (Siglo XXI, 2013) y de La nature est un champ de bataille (París, La Découverte, 2018), entre otros libros.

Publicado en: Global, titular2

Pasado&Presente edita Resistencia, un libro de entrevistas entre Noam Chomsky y el periodista David Barsamian. «La sociedad avanza cuando las personas se niegan a obedecer a su amo»

05/03/2023 by Vitalio Deja un comentario

Por: Enric Llopis

“La Administración Biden pone en marcha nuevas restricciones al asilo, en un reflejo de las políticas de Trump”, tituló el pasado 23 de febrero la Página Web de la CNN (en español). El canal digital especificaba que se trata de una nueva normativa, de 153 páginas, para la gestión de la frontera, y que podría afectar a decenas de miles de personas; así, la norma “prohíbe, en gran medida, solicitar asilo en Estados Unidos a los migrantes que viajaron a través de otros países en su camino a la frontera entre Estados Unidos y México”, añadía la CNN.

La semana anterior, los periodistas Amy Goodman y Denis Moynihan publicaron en Democracy Now! una columna sobre el tren de carga que –el 3 de febrero- descarriló en la localidad de East Palestine (Ohio); explicaban por qué el vehículo -a cargo de la compañía Norfolk Southern-, de más de tres kilómetros de longitud, fue calificado como tren-bomba: “(…) había varios vagones cisterna con la capacidad de contener, cada uno, cerca de 120.000 litros de productos químicos tóxicos altamente inflamables”; el accidente en East Palestine provocó la contaminación del aire, de las aguas, un incendio descontrolado y problemas respiratorios entre los vecinos.

La catástrofe por el descarrilamiento y el derrame “podría haberse evitado si no hubiera existido una regulación laxa y la enorme presión que compañías como Norfolk Southern ejercen a favor de sus intereses”, concluían los comunicadores de Democracy Now!

¿Se trata de dos hechos con escasa trascendencia? Estados Unidos gobierna el mundo. Es el título de una de las entrevistas entre el lingüista, politólogo y activista Noam Chomsky, de 94 años, y el periodista y escritor armenio-americano –fundador de Alternative Radio-, David Brsamian, inserta en el libro Resistencia (Ed. Pasado&Presente, febrero 2023).

La entrevista tuvo lugar en junio de 2021, en el contexto de la crisis ocasionada por la COVID-19. David Barsamian adopta, como punto de partida, un artículo del profesor de Relaciones Internacionales Rajan Menon en el medio independiente TomDispatch (La pandemia somos nosotros, pero ahora sobre todo ellos): el 46% de la población del planeta sobrevive con menos de 5,5 dólares diarios.

“Esta desigualdad debe finalizar, y con rapidez… Pero podemos esperar sentados”, valora Barsamian, quien escribe en medios como The Progressive, The Sun Magazine y Z Magazine; a lo que responde Noam Chomsky: “Los países ricos (Estados Unidos, Canadá, Europa) han monopolizado la vacuna (…); mientras, en India y el resto de Asia Meridional, en África y Latinoamérica hay una grave escasez de vacunas”.

Pasado&Presente editó en 2013 otro libro de conversaciones entre Chomsky y Barsamian, Las sublevaciones democráticas globales; y del científico y filósofo estadounidense La era Obama, en 2011; sobre la necesidad de vacunas, las previsibles mutaciones (como la variante Delta) y la inequidad en la distribución, añade Chomsky: “Esto no sólo es profundamente inmoral, también es suicida. Y lo saben”.

Con datos de Bloomberg y la empresa multinacional, el periódico Cinco Días publicó el 31 de enero de 2023 la siguiente información: “Pfizer, la primera farmacéutica que factura más de 100.000 millones (de dólares) al año. La vacuna del COVID-19 impulsa los ingresos y las ganancias del gigante de Nueva York”.

En la mencionada entrevista, Chomsky se refería a una alternativa de “vacuna popular”, que podría desarrollarse en países como India y Sudáfrica si se estableciera la libre disposición sobre el producto (la información y el proceso de fabricación). Esta idea “aceleraría un control rápido de la enfermedad”. Asimismo cita a Cuba como ejemplo de respuesta internacionalista a la pandemia (en el inicio de 2023, cerca de 23.800 profesionales cubanos de la Salud colaboran en 56 países, informa Granma).

Otra conversación incluida en el texto de Pasado&Presente aborda Las consecuencias del capitalismo (marzo 2021); éste es, también, el título de un libro que Chomsky escribió con el profesor de Geografía en la Universidad de Arizona, Marv Waterstone; el nonagenario científico y activista estima la obra del filósofo escocés del siglo XVIII, David Hume; a partir de las reflexiones de este pensador ilustrado, Noam Chomsky enuncia un principio esencial: el poder se basa en el consentimiento.

Sin embargo, por debajo, “hay toda una corriente de personas que dice “en realidad no quiero esto; no quiero ser gobernado por un amo’”, añade el coautor –junto a Ignacio Ramonet- de Cómo nos venden la moto (Icaria, 1995). Cuando esta corriente emerge –no se necesita mucho para ello- se producen los avances sociales; precisamente la idea del espíritu revolucionario –que progresa por debajo de la superficie- fue expresada por Marx con la metáfora del Viejo Topo.

En una entrevista que le hizo en la ciudad de Tucson (Arizona), a finales de 2019, David Barsamian da cuenta de su gran archivo –más de 250 charlas, debates, intercambios y diálogos- con Chomsky; en esta entrevista, titulada Amenazas a la paz y el planeta, el periodista radiofónico pregunta al autor de El beneficio es lo que cuenta (2000) y Lucha de clases (2003) por el incremento del activismo popular en Santiago de Chile, Beirut, Sudán, Hong Kong, Haití o Irak.

Respecto a las causas, el veterano ensayista centra una parte de la respuesta en Estados Unidos y sus contradicciones: “El país tiene una de las economías más dinámicas del mundo moderno, pero la mayoría de la población afirma que no tiene buenos trabajos y que sus vidas son precarias (…); el 0,1% de la población posee más del 20% de la riqueza, y es un proceso que va a más”.

Estas desigualdades tienen su expresión en el ámbito de la política institucional; de este modo, “ha habido un declive en el funcionamiento de la democracia (estadounidense); si perteneces al 70% inferior en la escala de riqueza y comparas tus opiniones (…) con las decisiones de voto de tus representantes, veremos que apenas hay relación”, explica Chomsky.

Pero el análisis crítico no supone incurrir en el pesimismo, coinciden David Barsamian y Noam Chomsky (entrevista El optimismo de la voluntad en la ciudad de Oro Valley, Arizona, diciembre 2021); algunos hechos podían acreditarlo, como los avances de los campesinos de India movilizados contra la legislación agraria del presidente Modi; o el anuncio por parte de Lula da Silva de su candidatura a las elecciones presidenciales de Brasil.

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Debates sobre la estrategia revolucionaria en el siglo XXI

05/03/2023 by Vitalio Deja un comentario

Por: Agustín Sanella

En tiempos de grandes movilizaciones y pocas revoluciones, la pregunta sobre qué políticas permitirán orientar las luchas sociales en una dirección socialista está a la orden del día. Desentrañar ese interrogante es un asunto tanto teórico como político.

El artículo que sigue es una reseña de De la movilización a la revolución. Debates sobre la perspectiva socialista en el siglo XXI, de Matias Maiello (ediciones IPS, Buenos Aires, 2022, 223 páginas).

Matías Maiello combina problemáticas diversas para dar una discusión de política socialista contemporánea. El título introduce la cuestión con una referencia a la obra magna de Charles Tilly (From Mobilization to Revolution, 1978, libro no traducido al castellano) aunque esta problemática se interrumpe en la introducción. El objeto central pasará por la aplicación del método del programa transicional para la crítica de las teorías que sostienen otras izquierdas intelectuales (Laclau, la revista Jacobin, los autonomistas inspirados en Negri). La descripción de los ciclos de lucha de clases actuales (desde 2008) puede destacarse como contribución. Pero este diagnóstico sirve para introducir la pregunta sobre las políticas que permitan orientar las luchas sociales en una dirección socialista. El argumento del libro, entonces, es que el método del programa transicional —del Programa de Transición, escrito fundamentalmente por León Trotsky en 1938— permitirá orientar la movilización hacia canales no institucionales, en un sentido revolucionario.

A pesar de esta defensa, el autor aclara que hace un uso «profano» del programa (pp. 103-104). Esta aclaración se hace en el contexto de la crítica de otras interpretaciones del mismo programa en el seno de la tradición del movimiento trotskista (Moreno, Mandel o sus críticos, como Astarita). Maiello se pregunta acerca de cómo impulsar la política socialista (transicional) en situaciones no revolucionarias, o «normales». Pero nos parece que esta pregunta implica una lectura distinta del programa transicional. Recordemos que el programa fue escrito en una situación mundial determinada en una época de «guerras, crisis y revoluciones», en donde la situación revolucionaria es inmediata o potencial. Toda la lógica del programa está inscripta en este cuadro. Extender el mismo fuera de esta situación abstrae uno de sus determinantes esenciales. Maiello sostiene que las demandas transicionales, clave del programa, pueden activarse sea como «agitación» sea como «propaganda», en situaciones políticas «normales». En la tradición leninista, propaganda refiere a la difusión de las ideas teóricas o a la formación de la conciencia mediante los conocimientos científicos marxistas.

Pero el programa de 1938 esta pensado para la agitación. De hecho, por otro lado, Maiello subraya que el programa debe relacionarse con los actos prácticos (p. 200). Empero, usar el programa como propaganda puede hacer caer a los partidos que lo reivindican en consignismo. Esto es llevar como propuestas prácticas consignas que no tienen realidad en la situación política. Es lo que de hecho ha caracterizado al movimiento trotskista y ha sido fuente de sectarismo. Las luchas fraccionales se han centrado en el uso «correcto» de consignas para situaciones por fuera de la posibilidad práctica (por ejemplo en las discusiones de las fracciones internacionales sobre las políticas en otros países con poca o nula inserción).

El ensayo de Maiello es un resultado específico de la defensa de una tradición basada en una erudita investigación original. El aspecto de la defensa de la tradición, sin embargo, puede limitar la investigación. En la historia del movimiento revolucionario este problema aparece en tradiciones distintas. Por ejemplo, John Kelly, en Trade Unions and Socialist Politics (Verso, 1988) pone en Rosa Luxemburgo lo esencial de este tipo de movilización, y no en Trotsky. Kelly se pregunta por el modo en que distintos marxistas clásicos explican la formación de la conciencia socialista en las clases obreras y encuentra que Luxemburgo ofrece un tratado sistemático mayor. Cuando trata el método de las demandas transicionales en Trotsky, sostiene que su mismo autor no lo desarrolla suficientemente y que este tipo de política se halla subordinado al catastrofismo (op. cit., pp. 46-47).

Las guerrillas latinoamericanas también han puesto el centro en la acción armada de las vanguardias como modo de crear las condiciones subjetivas revolucionarias. El ensayo de Maiello trata esta tradición pero entiendo que esta parte es revisable. Se asume que las guerrillas son «partidos-ejércitos» que se establecen por fuera de las luchas de masas, y que incluso vienen a reemplazar o desviar la lucha revolucionaria. Esto nos vuelve al hecho de que las revoluciones post-1938 siguieron una dinámica imprevista por esta tendencia programática. Cancelar la discusión con los ejemplos de los fracasos del PRT-ERP en Argentina o la reducción a estalinismo hace más a la defensa de la tradición que a la investigación estratégica.

En efecto, creemos que las modalidades de las situaciones revolucionarias y las dinámicas de la movilización no siguen ni se capturan con los patrones del programa de 1938 escrito por la tendencia de Trotsky. Diversas tendencias se han planteado teórica y prácticamente las mismas preguntas sobre la movilización revolucionaria, e incluso algunas de ellas han sido exitosas en ciertos períodos o por lo menos más exitosas que las prescritas en la codificación del último Trotsky. Nos parece que el mismo Trotsky empieza a crear un obstáculo epistemológico en su lectura de la guerra civil española, al reclamar el doble poder en «soviets», sin atender a las formas de la lucha por el poder en la guerra civil. La Cuarta Internacional, al hacer de este obstáculo una tradición, creó un sectarismo que lo marginó del proceso mundial.

Maiello muestra una disfrutable erudición intelectual por el manejo de casos históricos y por el tratamiento de la obra de Laclau y Mouffe, la teoría de la guerra y de otras tradiciones en el mismo trotskismo (Bensaid en particular, con el concepto de la discordancia de los tiempos). En este sentido, el libro es sumamente informativo, pero sobre todo reflexivo, contemporáneo. El escrito, por tanto, excede la defensa de una política, aunque se enmarque en ella, para elevarse a discusiones en el marco de la teoría social contemporánea. Toda discusión política, en este contexto, permite avanzar sobre las posiciones mismas, en vez de expresar lo mismo una y otra vez.

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El jacobino negro

05/03/2023 by Vitalio Deja un comentario

Por: Remeike Forbes

Fuente: Jacobin

La forma en que cualquier grupo decide representarse colectivamente de manera visual suele ir acompañada del mismo debate y perturbación que marcan la redacción de un manifiesto escrito. La imagen que ven para el banner de esta revista no fue una excepción. En un principio, presenté cuatro opciones al consejo de redacción de Jacobin y se entabló un debate sobre ellas. Técnicamente, había cuatro opciones, pero en realidad el debate siempre estuvo entre dos: el logotipo pictórico que, haciendo referencia a Los jacobinos negros, finalmente ganó el combate y un logotipo abstracto (uno de los otros tres).

Entiendo de dónde vienen mis compañeros jacobinos del campo abstracto. Con gran parte de la izquierda pegando desesperadamente cualquier imagen que pudiera significar rebelión en sus folletos de convocatoria —un brazo fornido abrazando un brazo fornido, un puño cerrado agarrando un objeto X, Angela Davis protestando por algo— su apetito por algo neutral y más tímido parece razonable. Sin embargo, ninguna imagen es realmente neutra e intentar disolver una identidad visual en el baño ácido del alto modernismo no es una solución de diseño.

Por supuesto, nadie quiere publicar otro ridículo facsímil de Adbusters, un montón encuadernado de páginas caras con contenido insípido que incite a los adolescentes de los suburbios a comprar borceguíes de cáñamo, pero ¿por qué los izquierdistas tienen que elegir entre un contenido visual honesto y apasionado y un análisis político sobrio? Irónicamente, los izquierdistas que se burlan de las imágenes atrevidas sufren los mismos delirios de la «izquierda Guy Fawkes»; optan por perezosas aplicaciones de estilo en lugar de intentar lidiar con un mundo de significado, porque incluso un diseño tímido tiene consecuencias semánticas. Al igual que los activistas que optan por el puño e intentan mostrarse al mundo con su rebelión, nos hablan de su tibio intelectualismo a través de la simple abstracción o de la absoluta falta de diseño. En cualquier caso, el diseño debería ir más allá de cualquier tratamiento superficial.

La predilección por el «modernismo» se repitió en las preferencias de algunos por lo «simple», lo «abstracto», lo «no literal» de las opciones. Esto vino acompañado de una cierta incomprensión del modernismo y su historia (al menos en lo que concierne al diseño gráfico). El modernismo se refiere a una tradición diversa que abarca desde las obras altamente expresivas de los años veinte y treinta hasta los tratamientos «objetivos» de mediados de siglo, desde los diseños rígidos del modernismo suizo hasta las formas más sueltas y lúdicas de la Escuela de Nueva York. Las preocupaciones que animaron el modernismo siempre fueron más complejas que el tópico de «menos es más». Es muy sencillo confundir el uso de la abstracción con el modernismo, pero la gente ha hecho uso de la geometría abstracta en el diseño desde siglos antes del advenimiento de la modernidad. El modernismo fue un proyecto ideológico condicionado por determinadas realidades históricas, tecnológicas y prácticas, por lo que los intentos de reciclar tropos visuales modernistas sin tener en cuenta su historia traicionan inevitablemente el espíritu del proyecto. Stephen Heller describió al modernismo como «[la exploración de] los límites exteriores y la universalidad de la comunicación visual». Esa es sin duda una tradición que puedo apoyar y tiene implicaciones que van mucho más allá de frívolos ejercicios de abstracción formal.

Cuando me puse a trabajar en la redacción de distintos logotipos, lo hice teniendo en cuenta ciertas consideraciones. (De hecho, habría preferido no crear otra marca, pero el tipo de letra que ya habíamos estado utilizando para nuestro logotipo, Futura, era tan indistinto que lo hacía necesario). Al principio, intenté crear algún tipo de marca abstracta, pero no tenía mucho sentido porque, desde el punto de vista práctico, no era apropiada. Una marca abstracta, por lo general, pero no siempre, pide repetición, ya sea por pura reproducción y presencia o insinuándose en elementos de todo un esquema de diseño. De lo contrario, puede formar una identidad más bien débil.

La adopción de marcas abstractas como elementos centrales de las identidades corporativas en la posguerra no fue sólo consecuencia del proselitismo suizo; también se ajustaba a las necesidades de las grandes instituciones multinacionales integradas verticalmente. Para estas instituciones, resulta útil que las identidades consistan en formas sencillas que puedan adaptarse a muchos departamentos diferentes, puedan colocarse en todo tipo de material colateral, convertirse en esculturas, colocarse en aviones, camiones o laterales de los edificios, y adaptarse a toda una serie de contextos culturales. Las grandes instituciones tienen presupuestos enormes y pueden hacer que sus identidades sean omnipresentes; no tienen que preocuparse tanto de que sus marcas sean demasiado indistintas porque pueden adquirir reconocimiento por puro volumen.

La reciente evolución social y económica desde los años setenta ha influido en el diseño de la identidad visual. El imperio Unimark se derrumbó, la Helvética —el tipo de letra del compromiso socialdemócrata— se volvió aburrida y el lenguaje de la identidad corporativa fue sustituido por la tontería posmoderna de la identidad de marca. (Si alguna vez lees uno de esos pésimos libros sobre identidad de marca, aprenderás repetidamente que «marca no es lo mismo que logotipo o identidad visual, y que rebranding no significa simplemente estampar una nueva marca en el material de una empresa»; aún no estoy seguro, pero por lo que he deducido, rebranding se parece más a un exorcismo, a una terapia electromagnética o a una dosis de hierba de la cabra en celo, para que una vez que el equipo de marketing haya hecho su trabajo, el cliente pueda volver a su mercado objetivo con la arrogancia y la potencia sexual necesarias para someterlo sexualmente.)

Ni que decir tiene que una pequeña revista como Jacobin no está limitada por los mismos problemas que las grandes instituciones, así que estábamos en condiciones de juzgar nuestras opciones de logotipos por sus méritos semánticos, más que formales. Es fácil arengar a mis compañeros, pero el reciclaje sin tacto de los efectos visuales es algo que los diseñadores gráficos también sufren en igual medida. Abundan los tratamientos estilísticos, pero pocos diseñadores se preocupan por el significado real de sus obras. Sin embargo, algunas de las marcas visuales más poderosas han sido desastres formales. Tomemos como ejemplo el puño cerrado, quizá la herramienta más prolífica del arsenal gráfico de la izquierda. Es complicado y difícil de reconocer a pequeña escala —semánticamente, puede convertirse en una pulpa sin sentido por una mala aplicación, como tantas veces ha sucedido—, pero como demuestra el puo de Wisconsin, otra horrible iteración de una forma ya de por sí fea, pero brillante, puede seguir siendo poderosa cuando se hace bien.

Así que, en lugar de juguetear con las formas, pongo la banda sonora de ¡Queimada! y cojo un ejemplar de Los jacobinos negros. Mi búsqueda estaba más o menos hecha después de volver a ver esa escena de ¡Queimada! en la que el líder revolucionario José Dolores es capturado por las fuerzas británicas. Marlon Brando, en el papel del agente imperial William Walker, cuenta la historia de Dolores a un oficial que le acompaña: «Un buen espécimen, ¿verdad? Es una historia ejemplar: al principio no era nadie, un porteador, un aguador. E Inglaterra lo convirtieron en un líder revolucionario y cuando ya no les sirvió lo apartaron, y ahora que vuelve a rebelarse más o menos en nombre de esos mismos ideales que Inglaterra le ha enseñado, Inglaterra decide eliminarlo. ¿No te parece una pequeña obra maestra?».

Cuando presenté el jacobino negro como una opción al consejo de redacción, hubo cierta inquietud. Había alguna preocupación por el uso de una persona negra como nuestra mascota, y por su potencial inherentemente ofensivo. Era una preocupación legítima, dado que los negros tienen una historia complicada como identidades visuales, que apenas supera las cajas de la Tía Jemima y el Tío Ben. Aun así, esto me hizo rascarme la cabeza un par de veces, ya que yo mismo soy un inmigrante jamaicano negro. Sin embargo, esa misma ansiedad demostró la importancia de adoptar esta imagen. La perversidad consistía en presentar a una persona negra como sujeto universal, un honor que sólo se concedía al rostro blanco. Y no se trataba tampoco de un inane intento de subversión, creando una contra-mitología a través de fáciles actos de sustitución, como esas pinturas de Jesús con rastas, en las que parece uno de esos extras sin camiseta de una película de Tyler Perry.

Aunque se trata de una historia que se pasa por alto con facilidad —un país «solitario» en la taxonomía de Samuel Huntington—, no hay mayor signo de universalismo que la Revolución haitiana. Los acontecimientos que se desarrollaron en la isla de Santo Domingo en una epopeya de trece años fueron históricos a nivel mundial. Al tomar el manto de la Ilustración y convertirlo en un auténtico proyecto de emancipación, confundieron, aterrorizaron y derrotaron a todos los imperios, desde el enfurecido Napoleón Bonaparte, que pretendía quitarle las charreteras a todos los negros de la isla, hasta los plantadores del sur de Estados Unidos, que se negaban a reconocer a ese Estado independiente. En la más profunda muestra de internacionalismo, también inspiraron a tantos como enfurecieron: desde los republicanos radicales franceses que apoyaron a los negros libres hasta el revolucionario latinoamericano Simón Bolívar que se refugió en Haití. Imagínense la confusión de los soldados de Napoleón al oír a las tropas haitianas cantar la Marsellesa.

«Libertad, Igualdad, Fraternidad o Muerte» era ahora la reivindicación legítima de los soldados negros contra los que luchaban. Y tampoco se andaban con chiquitas con la cuarta cuestión. Antes de la revolución, los esclavos habían instituido su propia política de envenenar casi todo lo que respirara mientras estuvieran sometidos a la esclavitud: se envenenaban a sí mismos, envenenaban a sus hijos, envenenaban al amo, a la ama y al resto de la puta pandilla Brady de la plantación mientras estaban en ello. Y después de conseguir su libertad, no había fuerza en la tierra que pudiera devolverlos a la esclavitud, así que cuando surgieron rumores del retorno de la esclavitud tras el ascenso de Napoleón, se dedicaron a quemarlo todo.

La Revolución haitiana resume la misión histórica de la izquierda: la realización más auténtica de la Ilustración. Que esos ideales, arrancados a los hipócritas que los pregonan y tomados por los miserables de la tierra, puedan convertirse en un proyecto radical de emancipación humana. Marx vio a través de las contradicciones; la suya fue tanto una crítica de la Ilustración como un proyecto para ampliar los ideales de emancipación política de la Ilustración en un proyecto de emancipación humana genuina. Y así suena la historia de la izquierda. Es la exigencia de que esos principios formalizados en nuestras instituciones políticas se extiendan a nuestra experiencia vivida: en nuestra vida social y económica, en el hogar y en nuestras calles.

La historia de la Revolución haitiana también debería servir como recordatorio para aquellos de la izquierda que, abandonando la crítica reflexiva, no pueden imaginar otra respuesta a las contradicciones de la Ilustración que la negación absoluta. Recuerden esa línea en La Internacional: «porque la razón en revuelta ahora truena»; nunca fue un grito a favor de una revuelta contra la razón sino un presagio de la propia razón en revuelta.

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Marxismo y dependencia, cincuenta años después

05/03/2023 by Vitalio Deja un comentario

Por: Jaime Osorio

La teoría marxista de la dependencia surgió en un contexto muy particular, más de cincuenta años atrás. Aun así, todavía tiene mucho para decirnos sobre por qué el mundo es como es (y qué hacer para cambiarlo).

Entrevista por
Hilary Goodfriend

Cuando el neoliberalismo inició su sangrienta marcha por América Latina, sus defensores insistían en que los sacrificios de trabajo humano y derechos civiles que solían acompañar a su implantación se verían compensados por una eventual convergencia global que liberaría a la región del subdesarrollo. La desregulación, la privatización y el libre comercio, decían, acabarían por cerrar la brecha entre el mundo descolonizado y los antiguos centros metropolitanos.

Nuestro presente, sin embargo, es una espiral de crisis. Desde el crack financiero de 2008, la crisis económica converge con el colapso ecológico y el agotamiento de las formas democráticas liberales, alcanzando dimensiones civilizatorias. En este contexto, la pandemia puso al descubierto cómo, lejos de desaparecer, la brecha entre el centro y la periferia del sistema mundial es tan aguda y significativa como siempre.

Con la hegemonía neoliberal fracturada, otras formas de pensar y practicar la política han resurgido de sus exilios intelectuales. Entre ellas, la teoría de la dependencia destaca como una contribución original y revolucionaria del pensamiento crítico latinoamericano, ofreciendo herramientas para entender el desarrollo capitalista desigual y el imperialismo, tanto en su desarrollo histórico como en la actualidad. Para acercarnos a un poco más a los postulados de este pensamiento singular conversamos con el Dr. Jaime Osorio.

El 11 de septiembre de 1973, cuando el golpe de Estado derrocó al gobierno democrático de Salvador Allende, Osorio ya había sido aceptado para iniciar sus estudios doctorales en el Centro de Estudios Socio-Económicos (CESO) de la Universidad de Chile. El avance de la dictadura le llevó a México, donde hoy es Profesor Distinguido de la Universidad Autónoma Metropolitana (UAM) – Xochimilco e Investigador Emérito por el Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología (CONACYT). Ha publicado numerosos libros, entre los que se cuentan Fundamentos del análisis social. La realidad social y su conocimiento y Sistema mundial. Intercambio desigual y renta de la tierra.

En esta entrevista con Hilary Goodfriend, colaboradora de Revista Jacobin, Jaime Osorio nos habla sobre la vertiente marxista de las teorías de dependencia, sus orígenes y fundamentos, así como sus usos actuales.

HG

La teoría de la dependencia y su vertiente marxista surgieron de debates y diálogos sobre el desarrollo, el subdesarrollo y el imperialismo en el contexto de la descolonización y las luchas de liberación nacional del siglo XX. ¿Cuáles fueron las principales posiciones y estrategias en disputa, y cómo se posicionaron los teóricos marxistas de la dependencia en estos argumentos?

JO

En el plano teórico, la teoría marxista de la dependencia [TMD] es el resultado de la victoria de la Revolución Cubana en 1959. El marxismo latinoamericano se conmovió con el gesto de la isla. Todas las principales tesis sobre la naturaleza de las sociedades latinoamericanas y el carácter de la revolución quedaron en entredicho.

Poco más de una década después de aquel acontecimiento, que agudizó los debates, la TMD alcanzó su madurez. En aquellos años, algunas de las propuestas que alimentaban las teorías de la dependencia enfatizaban el papel de las relaciones comerciales, como la tesis del «deterioro de los términos de intercambio» planteada por la CEPAL [Comisión Económica para América Latina y el Caribe], que refería al abaratamiento de los bienes primarios frente al aumento de los precios de los productos industriales en el mercado mundial.

Los marxistas ortodoxos destacaban la presencia de «obstáculos» internos que impedían el desarrollo, como las tierras ociosas en manos de los terratenientes que bloqueaban la expansión de las relaciones asalariadas. En general, en estas propuestas, el capitalismo no era responsable de lo que ocurría. De hecho, era necesario acelerar su expansión, con el objetivo de que se agudizaran sus contradicciones inherentes. Solo entonces podría proponerse una revolución socialista, según la perspectiva etapista predominante en los Partidos Comunistas.

Para los cepalinos, el horizonte era alcanzar un capitalismo avanzado, lo que sería factible a través de un proceso de industrialización. Esto permitiría a la región dejar de exportar bienes primarios y productos alimenticios e importar bienes secundarios, que pasarían a producirse internamente, lo que impulsaría el desarrollo tecnológico y frenaría la salida de recursos.

En ambas propuestas, la burguesía industrial tenía un papel positivo que desempeñar, ya fuera a medio o largo plazo.

Para la teoría marxista de la dependencia, el llamado «atraso» económico de la región fue resultado de la formación y expansión del sistema mundial capitalista, cuyo curso produjo desarrollo y subdesarrollo simultáneamente. Por lo tanto, estas historias económicas divergentes no son procesos independientes ni están conectadas tangencialmente. Desde esta perspectiva, el problema teórico e histórico fundamental exigía explicar los procesos que generaron desarrollo y subdesarrollo en un mismo movimiento.

Este problema exigía, además, una respuesta que diera cuenta de cómo este proceso se reproduce a lo largo del tiempo, ya que civilización y barbarie se rehacen constantemente en el sistema mundial.

HG

Muchos de los aclamados teóricos marxistas de la dependencia —Ruy Mauro Marini, Theotonio Dos Santos, Vania Bambirra— comparten una trayectoria de huida de las dictaduras sudamericanas y exilio en México. A usted también le tocó vivir este desplazamiento forzado. ¿Cómo influyeron estas experiencias de revolución y contrarrevolución en la construcción de la TMD?

JO

Cuatro nombres destacan en el desarrollo de la TMD: André Gunder Fank, Theotonio Dos Santos, Vania Vambirra y Ruy Mauro Marini. El primero era un economista germano-estadounidense y los otros tres brasileños, que compartieron lecturas y discusiones en Brasil antes del golpe de 1964. Posteriormente se encontraron en Chile a finales de los años sesenta, en el Centro de Estudios Socio-Económicos, hasta el golpe militar de 1973. Durante este período —al menos en el caso de los brasileños— produjeron sus principales trabajos en relación con la TMD. Tuve la suerte de conocer y trabajar con Marini en México a mediados de los años setenta, antes de su regreso a Brasil.

La TMD no hace ninguna concesión a las clases dominantes locales. Por el contrario, las señala como las responsables de las condiciones imperantes, en las que consiguen cosechar enormes beneficios en connivencia con los capitales internacionales, a pesar incluso de las transferencias [internacionales] de valor. Por esta razón fue difícil para aquellos teóricos encontrar espacios para difundir sus conocimientos en el mundo académico.

El golpe militar de 1973 en Chile, por su parte, hizo que los principales creadores de la TMD aparecieran en las listas de búsqueda de las fuerzas militares y sus aparatos de inteligencia. Y a este golpe en Chile, que fue precedido por el golpe en Brasil en 1964, le siguieron muchos más en el sur del continente, que dispersaron y disolvieron grupos de trabajo y cerraron espacios importantes en esas sociedades.

Al mismo tiempo, esa larga fase contrarrevolucionaria, que no se limitó a los gobiernos militares, favoreció transformaciones radicales en las ciencias sociales, donde pasaron a reinar las teorías neoliberales y el individualismo metodológico. La TMD surgió en un periodo excepcional de la historia reciente. Sin embargo, posteriormente y en general —salvando determinados momentos y países de la región— no se han dado las condiciones ideales para su desarrollo y difusión.

HG

En su obra clásica Dialéctica de la dependencia, Marini define la dependencia como una «relación de subordinación entre naciones formalmente independientes, en cuyo marco se modifican o recrean las relaciones de producción de la nación subordinada para garantizar la producción ampliada de la dependencia». ¿Cuáles son los mecanismos de esta producción ampliada y cómo han cambiado desde que Marini formuló su propuesta en los años setenta?

JO

Cuando hablamos de procesos generados por el capitalismo dependiente, el calificativo «dependiente» no es redundante. Hablamos de otra forma de ser capitalista. Es decir, en el sistema mundial coexisten y se integran diversas formas de capitalismo que se retroalimentan y profundizan sus formas particulares dentro de la unidad global del capital.

La heterogeneidad del sistema se explica, entonces, no por el atraso de algunas economías, no como estados previos [de desarrollo], no como deficiencias. Cada una constituye su forma plena y madura de capitalismo posible en este sistema.

De este modo, de un plumazo, la TMD destruyó las esperanzas de los desarrollistas, que suponían que las economías dependientes podrían alcanzar estados superiores de bienestar y desarrollo dentro de este orden constituido por el capital. Para ellos, solo era cuestión de aprovechar «ventanas» que se abrirían regularmente. Pero no hay nada en la dinámica imperante que sugiera que las cosas van en esa dirección. Al contrario, , mientras prevalezcan las relaciones sociales capitalistas, lo que se produce y sigue produciéndose es el «desarrollo del subdesarrollo».

La brecha entre el capitalismo subdesarrollado y el desarrollado, o entre el capitalismo imperialista y el dependiente, es cada vez mayor. La dependencia se profundiza y se generan modalidades más agudas. En un mundo en el que el capitalismo digital gana terreno —la internet de las cosas, la inteligencia artificial, la robótica, por ejemplo— esto no es difícil de entender.

Experiencias como la de Corea del Sur no pueden repetirse a voluntad. Son, más bien, excepciones a la regla. ¿Por qué el FMI cortó y asfixió la economía argentina y no le tendió la mano como hizo el capital imperialista con Corea del Sur tras la guerra de 1952 en la península? Fue la excepcional posición de esta última en un espacio estratégico, trastocado por el triunfo de la revolución de Mao en China y la necesidad de construir una barrera para impedir la expansión del socialismo en Corea, lo que abrió el grifo de enormes recursos, al menos para Japón y Estados Unidos, y puso anteojeras a los defensores de la democracia y el libre mercado cuando Corea del Sur fue gobernada por una sucesión de dictaduras militares que aplicaron ferozmente la intervención estatal —no el libre mercado— para definir planes y programas que definieran prioridades de inversión y préstamos.

Hoy, basta que un gobierno del mundo dependiente establezca algunas reglas para el capital extranjero para que todo el clamor y la propaganda de los medios transnacionales exijan acabar con el comunismo, impidiendo los préstamos internacionales, bloqueando el acceso a los mercados y buscando asfixiar a los supuestos «subversivos».

HG

El concepto de superexplotación como mecanismo mediante el cual los capitalistas dependientes compensan su inserción subordinada en la división internacional del trabajo es quizá la propuesta más original y polémica de Marini. Algunos marxistas, por ejemplo, protestan contra la posibilidad de la violación sistemática de la ley del valor. Es un tema que usted retoma en su polémica con el investigador argentino Claudio Katz. ¿Cómo define usted la superexplotación y por qué, o en qué términos, defiende hoy su validez?

JO

Con el breve libro de Marini, Dialéctica de la dependencia, cuyo cuerpo central fue escrito en 1972 y se publicaría en 1973, la TMD alcanza su punto de mayor madurez. Podemos sintetizar el núcleo de la tesis de Marini en la pregunta: ¿cómo es posible la reproducción de un capitalismo que transfiere regularmente valor a las economías imperialistas?

Esto es posible porque en el capitalismo dependiente se impone una forma particular de explotación que implica que el capital no solo se apropie de la plusvalía, sino también de parte del fondo de consumo de los trabajadores, que debiera corresponder a los salarios, para transferirlo a su fondo de acumulación. De esto da cuenta la categoría superexplotación. Si todo capital, más temprano que tarde, acaba siendo trabajo no remunerado, en el capitalismo dependiente todo capital es trabajo no remunerado y fondo de vida apropiado [de la clase obrera].

La respuesta de Marini es teórica y políticamente brillante. Permite explicar las razones de la multiplicación de la miseria y la devastación de los trabajadores en el mundo dependiente, pero también las razones por las que el capital es incapaz de establecer formas estables de dominación en estas regiones, expulsando regularmente a enormes contingentes de trabajadores de sus promesas civilizatorias, empujándolos a la barbarie y convirtiéndolos en contingentes que resisten, se rebelan y se levantan contra los proyectos de los poderosos.

La superexplotación tiene consecuencias en todos los niveles de las sociedades latinoamericanas. Por ahora, podemos destacar que acompaña la formación de economías orientadas a los mercados externos. Tras los procesos de independencia en el siglo XIX, y bajo la orientación de los capitales locales, las economías de la región avanzaron sobre la base de las exportaciones, inicialmente de materias primas y alimentos, a las que podemos agregar, recientemente, la producción y ensamblaje de bienes industriales de lujo como automóviles, televisores, teléfonos celulares de última generación (productos igualmente alejados de las necesidades generales de consumo de la mayoría de la población trabajadora). Esto es compatible con la modalidad dominante de explotación, que impacta seriamente en los salarios, reduciendo el poder de consumo de los trabajadores y disminuyendo su participación en la formación de un mercado interno dinámico.

Aquí es pertinente considerar una diferencia significativa con el capitalismo en el mundo desarrollado. Allí, a medida que el capitalismo avanzaba, en el siglo XIX, se enfrentaba al dilema de que para seguir expandiéndose —lo que implicaba la multiplicación de la masa de bienes y productos— necesitaría incorporar trabajadores al consumo. Eso se logró pagando salarios con poder adquisitivo para bienes básicos como ropa, zapatos, utensilios y muebles para el hogar. Este equilibrio se logró introduciendo mejores técnicas de producción, que redujeron la presión para prolongar la jornada laboral multiplicando la masa de productos lanzados al mercado. A partir de ahí, podemos entender el peso de la plusvalía relativa en el capitalismo desarrollado.

Pero en América Latina las cosas funcionaban de otra manera. El capitalismo del siglo XIX no vio la necesidad de crear mercados, porque estaban disponibles desde el período colonial en los centros imperialistas. Además, el despegue del capitalismo inglés aumentó la demanda de materias primas y alimentos. Por esta razón, no había ninguna prisa por cambiar el tipo de valores de uso y de productos puestos en el mercado. Continuaron siendo productos alimenticios y bienes primarios. De este modo, el capitalismo emergente en nuestra región no se vio presionado a hacer algo cualitativamente diferente. La masa de trabajadores asalariados se expandió, pero no conforman la demanda principal de los bienes que se producían, que estaba en Europa, Estados Unidos y Asia.

A través de su inserción en el mercado mundial y a la hora de vender productos, las economías latinoamericanas transfieren valor [al exterior] por la sencilla razón de que los capitales que aquí operan tienen composiciones y productividades menores que los capitales de economías que gastan más en nueva maquinaria, equipos y tecnología, lo que les permite mayor productividad y capacidad de apropiarse del valor creado en otras partes del mundo. Este proceso se denomina intercambio desigual.

Es importante señalar que el intercambio desigual se produce en el mercado, en el momento de la compraventa de mercancías. Aparte de su baja composición orgánica, este concepto no nos dice mucho sobre cómo se produjeron esas mercancías y, sobre todo, qué permite que un proceso capitalista se reproduzca a lo largo del tiempo en esas condiciones. Ahí es donde entra la superexplotación.

Ese es el secreto que hace viable el capitalismo dependiente. Y eso llama aún más la atención sobre los errores de personas como Claudio Katz, que han formulado propuestas que tratan de eliminar ese concepto y lo hacen, además, con argumentos grotescos, como que Marx nunca lo mencionó en El capital —Marx refiere [a la superexplotación] muchas veces, de diversas maneras— porque eso implicaría una dilución o un ataque directo a su proposición teórica ya que el capitalismo no puede aniquilar su fuerza de trabajo.

No voy a repetir esos debates con Katz. Simplemente reiteraré que El capital de Marx es un libro fundamental para el estudio del capitalismo y sus contradicciones. Pero nadie puede afirmar que lo explica todo, o que el capitalismo, en su extensión en el tiempo, no puede presentar novedades teóricas o históricas de ningún tipo. Esa es una lectura religiosa, y El capital no es un texto sagrado. Tal posición, además, es un ataque a una dimensión central del marxismo como teoría capaz de explicar no solo lo que ha existido, sino también lo que es nuevo. Por esta razón, la única ortodoxia que el marxismo puede reivindicar es su modo de reflexión.

HG

También se argumenta que la extensión de la superexplotación a las economías centrales tras la reestructuración neoliberal globalizada invalida su carácter de proceso exclusivo del capitalismo dependiente.

JO

En cualquier lugar donde opere el capital puede estar presente la superexplotación, sea en el mundo desarrollado o en el subdesarrollado, al igual que las formas de plusvalía relativa y plusvalía absoluta. Por supuesto, hay superexplotación en Brasil y Guatemala, como la hay en Alemania y Corea del Sur.

Pero ese no es el problema. Lo relevante es dilucidar el peso de esas formas de explotación, que pueden estar presentes en cualquier espacio capitalista, en la reproducción del capital. Así que la cuestión central es otra, y también lo son las consecuencias económicas, sociales y políticas.

Dejando de lado los períodos de crisis, en los que las formas más brutales de explotación pueden exacerbarse por doquier, ¿puede el capitalismo funcionar a mediano y largo plazo sin un mercado generador de salarios, o con salarios extremadamente bajos? Algo así como si en Alemania el salario medio de los armenios y turcos se generalizara para toda la población trabajadora, o si en Estados Unidos predominaran los salarios de los trabajadores mexicanos y centroamericanos… No lo creo.

HG

Para terminar, ¿qué herramientas o perspectivas nos ofrece la teoría marxista de la dependencia ante las crisis actuales?

JO

En su afán por hacer frente a la aguda y prolongada crisis capitalista, el capital en todas las regiones busca acentuar las formas de explotación, incluida la superexplotación. Busca, una vez más, reducir derechos y beneficios. Con la guerra en Ucrania ha encontrado una buena excusa para justificar el aumento del precio de los alimentos, la vivienda y la energía, y su descarado retorno al uso de combustibles que intensifican la contaminación y la barbarie ambiental, así como el aumento de los presupuestos militares a expensas de los salarios y el empleo.

Las grandes potencias imperiales esperan la subordinación de las economías y los Estados a sus decisiones en períodos de este tipo. Pero la crisis actual también está acelerando la crisis de hegemonía en el sistema mundial, lo que abre espacios para mayores grados de autonomía, aunque no pone fin a la dependencia. Esto es evidente en las dificultades de Washington para disciplinar a los Estados latinoamericanos y africanos para que apoyen su posición en el conflicto en Europa.

El escenario de América Latina en las últimas décadas revela procesos de enorme interés. Hemos sido testigos de importantes movilizaciones populares en casi todos los países de la región, cuestionando diversos aspectos del «tsunami neoliberal», ya sea el empleo, los salarios, las jubilaciones, la salud y la educación, así como derechos como el aborto, el reconocimiento de las identidades de género, las tierras, el agua, y mucho más.

En este terreno profundamente fracturado que el capital genera en el mundo dependiente, las disputas de clase tienden a intensificarse. Esto explica los estallidos sociales y políticos regulares en nuestras sociedades. Es el resultado de la barbarie que el capitalismo impone a regiones como la nuestra.

Una expresión de esta fuerza social se manifiesta en el terreno electoral. Pero con la misma rapidez que ha habido victorias, ha habido derrotas. Estas idas y venidas pueden naturalizarse, pero ¿por qué las victorias no han permitido procesos de cambio duraderos?

Por supuesto, no se trata de negar que ha habido golpes violentos de nuevo tipo que han conseguido desbancar gobiernos. Pero incluso entonces ya había signos de agotamiento que limitaban las protestas, con la clara excepción de Bolivia. Hay una enorme brecha entre el votante de izquierda y el que vota ocasionalmente por proyectos de izquierda. El triunfo neoliberal no estuvo solo en las políticas y transformaciones económicas que logró, sino también en la instalación de una visión e interpretación del mundo, sus problemas y sus soluciones.

La lucha contra el neoliberalismo pasa hoy por desmantelar todo tipo de privatizaciones y frenar la conversión de servicios y políticas sociales en negocios privados. Eso significa enfrentar a los sectores más poderosos económica y políticamente del capital, con control sobre las instituciones estatales donde actúan legisladores, jueces y militares, junto con los principales medios de comunicación, escuelas e iglesias. Podemos añadir que estos son los sectores del capital con los vínculos más fuertes con los capitales imperialistas y su conjunto de instituciones supranacionales, medios de comunicación y Estados.

Se trata de un bloque social sumamente poderoso. Resulta difícil pensar en atacarlo sin atentar contra el capitalismo como tal.

JAIME OSORIO

Profesor Distinguido de la Universidad Autónoma Metropolitana (UAM) – Xochimilco (México) e Investigador Emérito por el Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología (CONACYT). Ha publicado numerosos libros, entre los que se cuentan Fundamentos del análisis social. La realidad social y su conocimiento y Sistema mundial. Intercambio desigual y renta de la tierra.

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Un aniversario histórico: 70 años del Acuerdo de Londres, ¿por qué es un imposible para los países del sur?

27/02/2023 by Vitalio Deja un comentario

Por: Alberto Acosta 

“Los acreedores partieron de reconocer que el monto del endeudamiento era desproporcionado frente a la capacidad de pago esperada de Alemania y que una solución realista y sostenible no debía desestabilizar la economía alemana (considerando su situación financiera interna y su capacidad de generar divisas para servir la deuda), sino incluso fortalecerla. Adicionalmente, el acuerdo contemplaba elementos de derecho civil internacional, instancias de resolución de posibles conflictos y cláusulas de contingencia para eventuales casos, como por ejemplo una posible reunificación alemana.” (Paola Suárez Buitrón) [2]

El lunes 27 de febrero de 1933 ardió el Reichstag en Berlín. Esas llamas provocadas por el propio nazismo fueron el pretexto para abrir aún más la puerta a través de la cual Adolfo Hitler consolidaría su poder totalitario. Y justo veinte años después, esta vez un viernes, el 27 de febrero de 1953, con la firma de un histórico acuerdo, en Londres, a Alemania se le abrió la puerta para que encuentre definitivamente una solución a sus gravísimos problemas de deuda externa e inclusive pueda reconstruir su economía. Se trataba de una deuda que encontró su origen con los pagos por reparaciones que le fueron impuestos por lo aliados, sobre todo Francia e Inglaterra, luego de la “Primera Guerra Mundial”, a la que se sumaron otros créditos contratados posteriormente, incluyendo deudas con grandes empresas norteamericanas durante el régimen nazi.

El punto de partida: deudas desmedidas y una pavorosa crisis

Cabe recordar que Alemania, durante la primera postguerra mundial, vivió una pavorosa crisis, originada en gran medida por las exigencias de la deuda de reparaciones. Este entorno caracterizado por la recesión, el masivo desempleo y la creciente pobreza, fue propicio para la surgimiento de sentimientos de frustración y revancha. Teniendo como uno de los telones de fondo el pago de dicha deuda, se configuraron las condiciones para la respuesta nacionalsocialista. Un escenario anticipado en el año 1919 por John Maynard Keynes:

“reducir Alemania a la servidumbre por una generación y (…) privar a una nación entera de la felicidad debería ser repugnante (…) aún si fuera posible, aún si nos enriqueciera, aún si no sembrara la decadencia de Europa; ninguna nación está autorizada, por la religión o por la moral natural a castigar en los hijos de sus enemigos el mal comportamiento de sus padres o de sus gobernantes”.[3]

La idea de cuidar de la capacidad real de pago de un país, algo que a primera vista resulta evidente, incluso en interés de los acreedores, comenzó a cobrar fuerza. A fines de los años 20, cuando aparecían algunas dificultades de cobro de varios créditos entregados por los Estados Unidos a países europeos durante la guerra, el secretario del Tesoro de dicha nación, Andrew Mellon, expresó con claridad su preocupación al respecto:

“La insistencia en el cumplimiento de un convenio que supere la capacidad de pago de una nación le serviría de justificación para negarse a cualquier arreglo. Nadie puede hacer lo imposible. Para que el deudor pueda tener la posibilidad de pagar y el acreedor pueda recibir algo, es indispensable un arreglo que sea justo para los dos países. Quienes insisten en cláusulas imposibles están propiciando en última instancia la repudiación completa de la deuda”.[4]

Sin embargo, la aseveración del ministro norteamericano a todas luces no estaba pensada para todos los casos. En esa época decenas de países en el mundo atravesaban graves complicaciones derivadas del endeudamiento externo. Esa posición fue formulada desde el interés económico de los Estados Unidos, que estaban preocupados  por la difícil situación de sus socios europeos, en particular Alemania.

Allí, como dijimos, el tema de la deuda gravitaba duramente sobre la frágil República de Weimar. Los acuerdos de reparación emanados del Contrato de Versalles de 1919 resultaban imposibles de cumplir. Tan es así que el esfuerzo que tuvo que hacer este país para pagar la deuda afectó duramente su aparato productivo y provocó un masivo desempleo y una de las más altas hiperinflaciones. Alemania en 1923 se quedó sin capacidad de servir la deuda.

Como en muchas otras ocasiones había sucedido -por ejemplo en 1903 con Venezuela [5]-, los acreedores recurrieron a la fuerza. Para asegurar el cumplimiento de los acuerdos impuestos, sobre todo buscando el control del suministro del carbón, tropas francesas y belgas ocuparon la Cuenca del Ruhr y otras regiones cercanas, de enero de 1923 a agosto de 1925. La moratoria de 1923 dio lugar a una reestructuración de la deuda conocida como el Plan Dawes. Este programa permitía a Alemania pagar la deuda mediante préstamos. Poco duro este arreglo. En 1928 los alemanes volvieron a tener dificultades para el pago y consiguieron otra reestructuración: el Plan Young, que preveía el cumplimiento total de los pagos para el año 1988. Un par de años más adelante, la economía colapsó y nuevamente el año 1932 Alemania entró en moratoria.

Tengamos en mente que esta era una época con graves problemas en las economías del capitalismo metropolitano. Tan complejo era el momento, que en 1932se planteó como solución una moratoria de todas las deudas entre Estados Unidos y Europa para tratar de enfrentar la gran recesión que envolvía a gran parte del planeta. Esta moratoria, conocida como el “año Hoover”,fue una iniciativa del presidente norteamericano Herbert Clark Hoover, que abordó el problema con demasiado poco contenido y demasiado tarde, sin considerar las verdaderas causas de estas recurrentes crisis y menos aún la capacidad de pago de los deudores. De esa recesión el mundo, pero sobre todo los Estados Unidos saldrían gracias a la Segunda Guerra Mundial.

Lo que nos interesa aquí es recordar que en todo este lapso se experimentó, una y otra vez, un proceso muy conocido en la larga historia de “la deuda eterna”[6] de los países del sur global. Se contratan créditos, muchas veces presionados por los acreedores -bancos y/o empresas transnacionales y/o gobiernos-, que lucran de esos empréstitos. Poco más adelante, en vista de que no se ha considerado la real capacidad de pago, normalmente cuando cae la demanda de las materias primas que exporta el país deudor, se suspende el servicio de las deudas. Posteriormente se reestructuran los compromisos imposibles de cumplir consiguiendo nuevos créditos, al tiempo que se ajusta la economía del deudor con recortes del gasto público, privatizaciones, eliminación de subsidios, entrega de yacimientos de minerales o petróleo, entre otras muchas condiciones, que forman parte de estos procesos para asegurar los excedentes que permitan servir la deuda. En algunos casos se reactiva por un tiempo la economía, si mejoran las condiciones internacionales, hasta que se reanuda este ciclo… Y así, una y otra vez, con algunas diferencias menores propias de cada coyuntura, se repite esta historia interminable, en la que el papel cómplice y hasta corrupto de varios actores de los Estados deudores y por cierto también de los acreedores es una constante. La interrelación corrupta entre acreedores y deudores es inocultable: bien sabemos que “el tango se baila entre dos”.

Los logros concretos de un arreglo envidiable

Este país europeo, destrozado por guerra que desató en 1939, con su industria desmantelada, pero con una base tecnológica superior a lo que actualmente se considera un país de ingresos medios, recibió un tratamiento que ya quisieran obtener otros países con deudas asfixiantes, incluyendo la misma Europa.

En ese contexto arrancó una conferencia en Londres para encontrar una salida definitiva a todas las deudas alemanas. A más de las deudas mencionadas previas a la segunda guerra mundial, se incorporaron las deudas de otras instituciones públicas, incluyendo créditos obtenidos por deudores privados alemanes. Igualmente fueron negociados los prestamos que Alemania había obtenido de quienes le habían derrotado por segunda ocasión, principalmente de Estados Unidos, empeñados en financiar la reconstrucción alemana con el Plan Marshall. Además, se quería que este país pueda acceder lo antes posible a créditos de la banca internacional y así reintegrarse nuevamente al comercio mundial.

Se trabajó a pasos acelerados. Una primera jornada se dio del 28 de febrero al 8 de agosto de 1952,con un único receso de seis semanas, para concluir en la fecha que estamos recordando. Participaron en ella representantes de 22 países acreedores (entre ellos Grecia), otros tres países mandaron observadores, el Banco de Pagos Internacionales (BIZ),como así también representantes de los acreedores privados. Los Estados Unidos, en medio de una “guerra fría” que se calentaba aceleradamente, presionaron para acelerar las negociaciones, las razones geopolíticas eran evidentes.

Cabe destacar que antes del comienzo mismo de las negociaciones, se había logrado un alivio por el lado del interés y sobre todo del interés compuesto acumulados desde la suspensión de pagos en 1932. Con ese antecedente, en Londres se consiguieron condiciones dignas de ser recordadas.

En realidad no fue un simple alivio temporal, sino una solución duradera. Alemania obtuvo ventajas envidiables. Concretamente, la República Federal de Alemania consiguió un descuento de entre 50% hasta 75% en su deuda, puesto que, además de las reducciones directas, no se capitalizaron los intereses vencidos. Alcanzó una drástica reducción de las tasas de interés, que fluctuaron entre 0% y no más del 5%. Le otorgaron largos períodos de gracia para realizar las amortizaciones, tanto que recién el 3 de octubre de 2010 Alemania terminó de pagar la deuda pendiente. El servicio de la deuda se estableció a partir de la capacidad de pago de su economía, definida en base a informes preparados por el banquero Hermann Joseph Abs, quien presidía la delegación alemana; él fue muy claro cuando afirmó que la solución debía ser “aceptable para los acreedores y pagable para los deudores”.[7]Así, dicho servicio se supeditó a un excedente de exportaciones garantizado por los propios acreedores, permitiendo que Alemania impulse una política industrial de sustitución de importaciones fundamental para su reconstrucción. Así las cosas, la relación servicio-exportaciones, que no podía superar el 5%, alcanzó su valor más alto en 1959 con un 4,2%. Dicho servicio representó el nivel más alto con 4,49% del gasto fiscal alemán en 1953.  Incluso una buena parte de los pagos se pudo hacer en moneda alemana.

Una comparación con lo que consiguen los países del sur marca una envidiable diferencia.

Londres, un arreglo cualitativamente sostenible

Más allá de las impactantes cifras del Acuerdo de Londres, cuentan sus elementos cualitativos, de largo más aleccionadores que los simples números mencionados. No fue un vulgar acuerdo de reestructuración de deudas como los que se dan en el mundo empobrecido como parte de un proceso sin fin de refinanciamientos atados a condicionamientos económicos normalmente imposibles de satisfacer. Se trató de un arreglo que devolvió la credibilidad económica a Alemania para que vuelva a ser un socio del capitalismo metropolitano fortaleciendo su capacidad económica fue un claro objetivo del Acuerdo de Londres. Los acreedores se propusieron no desequilibrar la situación financiera de la economía alemana ni afectar sus reservas de divisas.

Los acreedores asumieron conscientemente pérdidas para viabilizar el acuerdo. Se negoció con todos los actores tanto acreedores como deudores, en una sola operación; de esta manera se evitó, por el lado de los acreedores, que aparezcan los conocidos como “fondos buitre” o “polizones” que buscan lucrar de la moratoria de un país deudor. Hubo una quita sustantiva de casi la mitad de la deuda, con una reducción de un tercio de los intereses. Estos quedaron fijos. Los plazos de pago fueron claros. Con esta negociación, a la postre, los propios acreedores resultaron beneficiados al consolidar la posición de un importante socio comercial.

Inclusive se estableció la posibilidad de suspender los pagos para renegociar los términos pactados si había alguna alteración sustantiva que limitara la disponibilidad de recursos, esto es, se estipularon cláusulas de contingencia. Incluso se definió un sistema de arbitraje independiente, al que, por cierto, nunca fue necesario recurrir gracias a las generosas condiciones acordadas; también en algunas circunstancias potenciales litigios con los acreedores podían ventilarse en los tribunales alemanes.

Un punto clave, la capacidad de pago, definida por los propios alemanes no por los acreedores, se estableció considerando la real situación de la economía; en esta operación no participó el Fondo Monetario Internacional(FMI), que empezó a funcionar a fines del año 1945.[8]Como para completar el arreglo, los mismos acreedores aceptaron introducir una suerte de ajuste en sus economías para asegurar la compra de productos alemanes. En conclusión, Alemania, con el Acuerdo de Londres, encontró un gran impulso para su renombrado “milagro económico”.

No hay duda que este tipo de arreglo resulta apetecible para los países del sur global.  Tan es así que el canciller Helmut Schmidt, en 1983, concluyó que “los países en desarrollo están ahora en una situación similar a la del Estado alemán en la década de 1920; (cuando) Alemania no podía llevar a cabo sus pagos de ´reparación´”.[9] Una aseveración que, sin embargo, no transcendió en acción practica alguna para que los países del sur puedan obtener un tratamiento similar. Es más, en la actualidad, parece que esta experiencia ha sido totalmente olvidada en el mundo de las grandes potencias, incluyendo Alemania.

Es evidente que el acuerdo londinense debe ser ubicado en el entorno geopolítico del momento; un manejo que se ha repetido de alguna manera en otros casos. Así al igual que Alemania, en 1971, Indonesia, con la coordinación del mismo banquero alemán de las renegociaciones de la deuda alemana en 1953, se benefició de un acuerdo similar por el deseo político de las potencias de occidente de apoyar al gobierno que había “alejado la amenaza comunista”, asesinando a más de medio millón de personas. Tratamientos parecidos se repitieron años después con Polonia, para facilitar su recuperación económica luego de concluido el régimen comunista. Más tarde se instrumentó un plan similar con Egipto, para asegurar su lealtad durante la gigantesca operación bélica de Washington y sus aliados en contra del Irak en1991. Y la historia se repitió con Pakistán, a fines del año 2001, en medio de la denominada “guerra contra el terrorismo”, pues los Estados Unidos necesitaban su apoyo para bombardear Afganistán. Y ese sería el camino para facilitar el pago de las deudas y la reconstrucción de Ucrania…

Lo que fue bueno para Alemania, por qué no es bueno para el resto…

Las lecciones que se podrían extraer de esta negociación histórica constituyen un referente para exigir cambios sustantivos en el manejo de la deuda externa. Los acreedores fueron hace 70 años más eficientes en términos económicos y aún más humanos de lo que son hoy. A contrapelo de “tanta generosidad” con una nación doblemente agresora, los países del sur global-países que incluso no han invadido a vecino alguno- están atados a una rueda sin fin de refinanciaciones de sus deudas y de empobrecimiento continuado.

 Lo que queda claro, viendo lo que obtuvieron los alemanes por razones geopolíticas, es que la deuda ha sido y es, en términos de Karl von Clausewitz, si él hubiera abordado las finanzas y no la guerra, la continuación de la política con otros medios. La deuda, como se ha demostrado hasta la saciedad con su largo historial, asoma como un mecanismo de exacción de recursos desde los países pobres y de imposición de políticas desde los países ricos. La deuda, no solo las deudas financieras, normalmente son herramientas que sirven para reafirmar las desigualdades de todo tipo.

Cuando está en el interés político de los acreedores resolver un problema de deuda con medidas integrales, como sucedió con Alemania en 1953, lo hacen. Aparece la voluntad política. En la mayoría de los casos la deuda -lo que engarza con otro axioma que también se podría pedir prestado al mismo Clausewitz- es un acto de poder cuyo objetivo es forzar al país deudor a hacer la voluntad de los acreedores. Y los acreedores, lo sabemos, no están dispuestos a perder su poder.

Esta realidad sostiene lo “eterno” de las deudas de muchos países del sur, inclusive del sur europeo como es el caso de Grecia en la actualidad.[10] Y en este contexto, en pleno siglo XXI, Alemania, la economía más poderosa de Europa, se ha transformado irónicamente en uno de los acreedores más inflexibles.

Desde esa perspectiva, cabe replantear las alternativas reconociendo el carácter político de la deuda, que incluso supone un reto global. No podemos seguir aceptando los acuerdos orquestados por el FMI y el Banco Mundial, que no pasan de ser una suerte de parches financieros al tiempo que son poderosas palancas para seguir profundizando el carácter de economías primario exportadores de los países del sur global, atendiendo siempre los intereses de los acreedores.

De las experiencias históricas a las propuestas de solución integrales

En estos tiempos de tantas pandemias, ante la ausencia de reflexiones humanas apropiadas, cuando los temas ecológicos representan profundos problemas globales, cabe replantearse el tema de la deuda externa desde una renovada racionalidad política, teniendo como uno de los referentes el rápido y profundo arreglo de la deuda alemana hace 70 años. Si antes el aliciente para dicho arreglo de deuda fue también la amenaza de los tanques de la Unión Soviética, la gravedad de las múltiples y cada vez más profundas crisis que afectan a la Humanidad debería ser motivo más que suficiente para encontrar soluciones definitivas.

El reto, entonces, radica en no seguir por un camino sin salida tratando de realizar mejor las mismas tareas asumidas hasta ahora, simplemente porque se impone la razón coyuntural del más fuerte. Esta es una constatación reiterada una y otra vez, pero que implica la sinrazón de un futuro cada vez más inhumano e insostenible. Sólo con respuestas estructurales y sistémicas, también desde una visión global, y siempre respaldadas con acciones políticas, dejará de ser “eterna” la deuda externa.

El Acuerdo de Londres nos ofrece un listado de temas a considerar para enfrentar la deuda externa: capacidad de pago, quitas sustantivas de deuda, reducción importante de las tasas de interés, transparencia en las negociaciones para determinar los beneficios de las partes, cláusulas de contingencia, esquemas de manejo de controversias y posibilidad de un arbitraje justo y transparente, entre otras muchas cuestiones brevemente descritas en este texto. Para avanzar en este camino buscando soluciones duraderas son necesarios, aunque no suficientes, aquellos reclamos de condonación y anulación de deudas, las auditorias ciudadanas[11] y las reiteradas denuncias de tantas violencias y corrupciones atadas al endeudamiento externo.

Empero, a más de las soluciones inspiradas en los elementos fundamentales de dicho Acuerdo para muchos países en el mundo, se requieren respuestas globales. Hay que desarmar la posibilidad de que la deuda externa siga siendo esa herramienta del poder imperial de los Estados, de la gran banca, de las grandes empresas transnacionales, que cuentan con la complicidad de muchos actores en los Estados deudores, sean los propios gobiernos, los grandes grupos empresariales, la tecnocracia criolla o los poderosos medios de comunicación.

Hoy más que nunca es el momento de viabilizar un marco jurídico regulador del sistema financiero internacional. Pensemos en un Código Financiero Internacional, pactado, acordado y acogido a nivel mundial, sin excepción, por todos los actores. El objetivo a más corto plazo de este código es servir como instrumento para, dentro de lo posible, aminorar los impactos negativos de las crisis financieras generadas por la evolución cíclica del capitalismo. Con este Código se debería establecer la legalidad y legitimidad de todas las actividades financieras. El servicio de la deuda en ningún caso debería mermar las inversiones sociales y/o forzar a renovados saqueos de la Naturaleza. A partir de ese Código habría que configurar una serie de instancias e instituciones que permitan el flujo indispensable de recursos financieros internacionales en clave con transiciones socio-ecológicas orientadas a la construcción de otros horizontes civilizatorios.[12] Así sería recomendable constituir un Tribunal Internacional de Arbitraje de Inversiones y Finanzas, un Tribunal Internacional de Arbitraje de Deuda Soberana[13],un Banco Central Mundial -sin injerencia del Banco Mundial y del FMI, cuya desaparición es más que recomendable-. En este esquema serían necesarias redes de seguridad, información y estabilización financiera; la aplicación de impuestos estabilizadores de los flujos financieros (como el conocido Impuesto Tobin); sistemas de calificación internacional de riesgos financieros; la codificación y sanción internacional de los crímenes financieros.

Por igual aparece urgente comenzar a construir otro sistema monetario internacional fomentando las uniones monetarias regionales, al tiempo que se desmonta el dominio imperial de unas pocas monedas, como el dólar, que constituye una de las principales herramientas de dominación de los Estados Unidos. Urge, por igual, la desaparición de los paraísos fiscales y la introducción de esquemas que desarmen las burbujas especulativas, tanto como todos los esquemas de dominación vía deudas. Y no habrá respuestas integrales si no se aborda la dupla “guerra-deuda”, pues, a lo largo de la historia, hemos visto como las grandes potencias financian sus aventuras bélicas con enormes déficits, es decir deudas que, con frecuencia, a la postre son cubiertos por los países periféricos… Lo cierto es que las potencias utilizan las deudas -sea la concesión o el cobro de los créditos-como una herramienta apegada a sus intereses geopolíticos, tal como hemos dejado sentado en estas líneas.

Destaquémoslo de forma adecuada: A nivel de los países empobrecidos se precisan medidas de regulación del endeudamiento público, como parte de un proceso en el que también será necesario comenzar a desmontar el fetiche del desarrollo.

Conscientes de que, en la actualidad, ninguna región, ninguna población, ningún mar en la Tierra está ya a salvo de los daños que actualmente provoca el colapso climático, es más que indispensable incorporar la variable ecológica en estas transformaciones. Precisamos acciones para incorporar la deuda ecológica, especialmente definiendo quiénes son los deudores y los acreedores. Es indispensable la reparación y restauración del daño ambiental provocado directa e indirectamente especialmente por los países capitalistas metropolitanos. Desde aquí puede surgir un mecanismo que contribuya al respeto a la Naturaleza sin permitir su “desvalorización” al reducirla a términos económicos y, por cierto, no se trata de darle una vuelta a la misma lógica de dominación y explotación de la Naturaleza simplemente invirtiendo el papel de los actores, en tanto los países enriquecidos aparecerían como deudores y los empobrecidos como acreedores. En este punto para sancionar los crímenes ambientales requerimos un Tribunal Internacional de los Derechos de la Naturaleza[14], teniendo en mente la necesidad de otra economía para otra civilización.[15]

Todo lo anterior desemboca en una demanda urgente, entender a la deuda -no solo la deuda externa- como una herramienta de dominaciones múltiples, que superan las facetas económicas y políticas, al tener profundas implicaciones culturales, patriarcales e inclusive coloniales. Con la deuda se construyen y reafirman sociedades jerarquizadas. La deuda, en sus diferentes facetas, sigue siendo una herramienta de explotación, sometimiento, exclusión e inclusive esclavización.[16] Luci Cavallero y Verónica Gago, desde una lectura feminista, nos ayudan a proyectar la deuda a varios de esos otros ámbitos, cuando concluyen con claridad que

“La deuda (…) vehiculiza una difusión molecular de (…) obligación que, aunque es a futuro, condiciona el aquí y ahora, sobre el que imprime mayor velocidad y violencia. La deuda funciona y se derrama en los territorios como un mecanismo compulsivo para el sometimiento a la precarización (condiciones, tiempos y violencias del empleo), reforzada moralmente como economía de la obediencia.  (…) La deuda se ha definido como un mecanismo de sujeción y servidumbre, estructurando la relación deudor-acreedor como constitutiva del capitalismo.”[17]

Setenta años han pasado desde el Acuerdo de Londres. Las experiencias históricas son amplias para avanzar hacia soluciones definitivas en casos concretos. Aún más, disponemos de una multiplicidad de valiosas y variadas propuestas para construir otras relaciones internacionales. Estos cambios no surgirán por generación espontánea. No se puede apelar simplemente a la razón del poder del capital en cualquiera de sus facetas y niveles. La lucha política es el camino en todos los ámbitos de acción estratégica. Trabajemos para que llegue el día de la cristalización de las grandes transformaciones que son indispensables y no esperemos a un nuevo aniversario del Acuerdo de Londres para recordarlo como una simple curiosidad histórica.

Notas:

[2] Entre los muchos trabajos sobre el tema, nos permitimos recomendar un detallado y esclarecedor libro que compara el Acuerdo de Londres con la situación de Ecuador escrito justo hace 20 años, por la economista ecuatoriana Paola Suárez Buitrón (2003); Deuda Externa: Juego de Intereses –  Lecciones del Acuerdo de Londres de 1953, ILDIS, Abya-Yala, Quito. Disponible enhttps://digitalrepository.unm.edu/cgi/viewcontent.cgi?article=1126&context=abya_yala

[3] Consultar en John Maynard Keynes  (1919); Las consecuencias económicas de la paz, Barcelona Editorial Grljatbo, 1987.

[4]Cita en el libro de Gonzalo Biggs (1987); La crisis de la deuda latinoamericana frente a los precedentes históricos, Grupo Editor Latinoamericano, Buenos Aires.

[5]Venezuela en 1903 sufrió el bombardeo de sus puertos por parte de una flota anglo-germano-italiana -con la complicidad de los Estados Unidos-, cuando ese país que no pudo pagar su deuda. Situaciones similares se vivieron en la República Dominicana, Haití, México, Nicaragua, Argentina entre otros países. Recordemos al margen la respuesta de Argentina a inicios del siglo XX, como consecuencia de la agresión a Venezuela: el ministro de Relaciones Exteriores Luis Drago envió una nota de rechazo al uso de la fuerza -agresión militar u ocupación de territorios- para lograr el pago de las deudas por parte de los Estados, por ser atentatoria contra el derecho Internacional. Este planteamiento, que se conoce como la doctrina Drago, fortaleció la doctrina Calvo, formulada décadas antes por otro argentino Carlos Calvo, quien, como representante del Paraguay en París, protestó por la injerencia británica en los asuntos minternos de ese país. De aquí saldría el principio de la no intervención y, poco después, el principio moderno de la Igualdad Jurídica de los Estados; igualdad que, como vemos casi a diario, no se compadece con la realidad.

[6]Entre muchos otros aportes el autor se puede consultar el libro: La Deuda Enerna – Una historia de la deuda externa ecuatoriana, Libresa, 4ª edición, Quito, 1994. Disponible enfile:///Users/albertoacosta/Downloads/LIBRO%20La%20Deuda%20Eterna%20una%20historia%20de%20la%20deuda%20ecuatoriana.pdf

[7]Ver en Herman Joseph Abs (1991);Entscheidungen 1949-1953; Die Entstehung des «Londoner Schuldenabkommens”, Mainz-Münche

[8] Si bien las presiones utilizando la fuerza, que llegaron incluso a acciones bélicas, fueron superadas con las doctrinas Calvo y Drago, en la práctica las misiones del FMI y del Banco Mundial, con refinados mecanismos, ejecutan funciones similares en sus resultados a las que cumplían anteriormente los ejércitos.

[9] Ver Helmut  Schmidt (1983);“Banca versus deudores”. Revista Nueva Suciedad. N“67,Caracas. Julio- agosto.

[10] Recomendamos las múltiples y aleccionadoras lecturas que hace Eric Toussaint sobre este tema, por ejemplo (2020)“¿Por qué la anulación de la deuda alemana en 1953 no puede aplicarse actualmente para Grecia y los países en desarrollo?”. Disponibles en http://www.cadtm.org/Por-que-la-anulacion-de-la-deuda-alemana-en-1953-no-puede-aplicarse-actualmente

[11] En Ecuador, durante el 2007 y el 2008, se realizó una histórica auditoria ciudadana impulsada desde años antes por la sociedad civil. Las conclusiones de dicha auditoria fueron parcialmente ejecutadas por el presidente Rafael Correa, quien alentó dicha auditoria; consultar en Alberto Acosta (2009); “¡La auditoria de la deuda e(x)terna ecuatoriana ¿Un paso histórico o una maniobra electoral?”, América Latina en Movimiento, Nº 440, enero; disponible en https://albertoacosta.ec/la-auditoria-de-la-deuda-externa-ecuatoriana-un-paso-historico-para-una-solucion-definitiva/. No solo eso, en el mismo gobierno, poco después empezó otro proceso de desbocado endeudamiento externo muy distante de las recomendaciones de dicha auditoria; consultar en Alberto Acosta y John Cajas-Guijarro (2017); “La deuda “´La deuda eterna´ contraataca: cómo el correísmo nos regresó al pasado”; disponible en https://rebelion.org/la-deuda-eterna-contrataca/

[12] Sobre estas cuestiones se puede consultar el aporte de Alberto Acosta y John Cajas-Guijarro (2020); “Del coronavirus a la gran transformación – Repensando la institucionalidad económica global”, publicado en el libro de varias autoras y varios autores:  Posnormales – Pensamiento contemporáneo en tiempo de pandemia. Disponible en https://ecuadortoday.media/2020/06/25/del-coronavirus-a-la-gran-transformacion-repensando-la-institucionalidad-economica-global/

[13] Consultar entre otros aportes del autor sobre el tema, el artículo de Oscar Ugarteche y Alberto Acosta (2006); “Los problemas de la economía global y el tribunal internacional de arbitraje de deuda soberana”, POLIS Revista Latinoamericana, Santiago de Chile. Disponible en https://journals.openedition.org/polis/5393?lang=fr

[14]Entre los varios textos del autor sobre el tema se puede consultar el artículo (2017): “La sociedad civil actúa ante la irresponsabilidad de los gobiernos: Tribunal Internacional de los Derechos de la Naturaleza”. Disponible en https://systemicalternatives.org/2017/11/20/la-sociedad-civil-actua-ante-la-irresponsabilidad-de-los-gobiernos-tribunal-internacional-de-los-derechos-de-la-naturaleza/

[15] Sobre el tema se puede ver el artículo de Alberto Acosta y John Cajas-Guijarro (2020); “Buscando fundamentos biocéntricos para una post-economía – Naturaleza, economía y subversión epistémica para la transición”, en el libro Voces Latinoamericanas – Mercantilización de la Naturaleza y Resistencia Social, coordinado por Griselda Günther Monika Meireles, Universidad Autónoma Metropolitana, México. Disponible en https://rebelion.org/naturaleza-economia-y-subversion-epistemica-para-la-transicion/

[16]Una sugerente aproximación sobre la deuda en sus múltiples facetas se puede leer en el libro de David Graeber (2012); En deuda – Una historia alternativa de la economía, Ariel, Barcelona.

[17] Consultar en Luci Cavallero y Verónica Gago (2021); Una lectura feminista de la deuda – ¡Vivas, libres y desendeudadas nos queremos!, Tinta Limón – Fundación Rosa Luxemburg, Buenos Aires. Disponible en https://rosalux-ba.org/wp-content/uploads/2019/05/lectura-feminista-deuda-PANTALLAS.pdf

Alberto Acosta: Economista ecuatoriano. Compañero de lucha de los movimientos sociales. Profesor universitario. Ministro de Energía y Minas (2007). Presidente de la Asamblea Constituyente (2007-2008). Candidato a la Presidencia de la República del Ecuador (2012-2013). Autor de varios libros.

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Sobre transiciones energéticas y transiciones ecológicas

27/02/2023 by Vitalio Deja un comentario

Por: Jorge Riechmann 

“¿Cómo puede un joven (en especial el de la gran ciudad) afrontar los problemas más profundos, la miseria de la sociedad, sin sucumbir al menos temporalmente al pesimismo? Ahí no hay ningún contra-argumento, ahí sólo puede y debe ayudarnos la consciencia: por malo que sea el mundo, tú has nacido para enderezarlo. Esto no es arrogancia, sino sólo consciencia del deber.”1 (Walter Benjamin en “La Bella Durmiente”, un texto de juventud)

“En los terremotos del futuro, confío no dejar que se apague mi puro de Virginia por exceso de amargura.”2 (Bertolt Brecht (en su “Balada del pobre”)

Nature editorializa

Un notable editorial de Nature, en marzo de 2022, reivindica el estudio de 1972 The Limits to Growth (el primero de los informes al Club de Roma) y señala que “aunque ahora existe un consenso sobre los efectos irreversibles de las actividades humanas sobre el medio ambiente, los investigadores no se ponen de acuerdo sobre las soluciones, especialmente si éstas implican frenar el crecimiento económico. Este desacuerdo impide actuar. Es hora de que los investigadores pongan fin a su debate. El mundo necesita que se centren en los grandes objetivos de detener la destrucción catastrófica del medio ambiente y mejorar el bienestar”.3 El editorial de Nature continúa arguyendo que el debate hoy, una vez aceptada la existencia de límites biofísicos al crecimiento, se centra en dos posiciones principales, crecimiento verde versus decrecimiento, y que éstas deberían hacer un esfuerzo por dialogar entre ellas.4

Un debate central, sin duda, que se modula y reitera a diferentes niveles. Por ir a lo cercano: un amigo (y compañero de militancia en Ecologistas en Acción) me decía en junio de 2022 que el debate sobre la transición ecológica (y la transición energética en particular) es extraordinariamente complicado. Nos divide también dentro de los mismos movimientos ecologistas. “La cuestión es si a donde queremos llegar (una sociedad que respete los límites biofísicos) se puede llegar a partir de un sistema industrializado, modificándolo y reduciéndolo, o se puede hacer directamente. Y no parece que tengamos mucho tiempo para ninguna de las dos opciones”.5 El planteamiento es el mismo que en el editorial de Nature.

Diría que la situación, en el tercer decenio del tercer milenio, es así de trágica: no podemos evitar un clima infernal sin una contracción económica de emergencia (en el Norte global), saliendo rápidamente de relaciones de producción capitalistas.6 Y cabe dudar, claro, de que semejante transformación esté en nuestro horizonte… Pero vayamos por partes.

¿Qué es una transición ecológica?

Dado que las sociedades industriales avanzan a toda prisa hacia escenarios catastróficos, necesitamos una transición ecológica. César Rendueles escribe: “Debemos luchar conjuntamente por una transición ecológica justa, planificada y pública. Pero teniendo claro que una transición lenta y óptima es infinitamente peor que una rápida pero menos justa”.7 Bueno, tratemos de ponernos en claro sobre qué es una transición ecológica y de qué opciones ⸺óptimas o subóptimas⸺ disponemos.

¿Qué es una transición ecológica? Yo diría que una transformación socioeconómica que, partiendo de la evidencia de la extralimitación ecológica (overshoot), libera espacio ecológico para que sean posibles las vidas dignas de los hoy explotados, marginados y humillados; y para que podamos convivir bien con la miríada de seres vivos con quienes compartimos la casa común que es la biosfera de la Madre Tierra. La idea ⸺básica⸺ de satisfacer las necesidades humanas fundamentales dentro de los límites planetarios sigue resultando iluminadora.

La “prueba del algodón”, el test para identificar una transición ecológica de verdad, es que lograría evitar (o al menos atenuar significativamente) los horizontes de ecocidio más genocidio hacia los que nos encaminamos.

La mera adición desordenada de aerogeneradores y placas fotovoltaicas a nuestro sistema eléctrico no es una transición ecológica. Y hay que empezar por señalar que la visión de túnel de carbono es una clase de reduccionismo que no podemos permitirnos.8 Pero la ausencia de un enfoque sistémico conduce a que en los debates sobre transiciones ecológicas siempre se reduzca el problema ecológico-social al cambio climático, el problema energético a la generación eléctrica y la destrucción de la trama de la vida a nada (pues por lo general la ignoramos: preferimos mirar hacia otro lado). El colmo del reduccionismo se alcanza cuando se pretende limitar la crítica al modelo actual de despliegue de renovables hipertecnológicas ¡a un asunto de protección del paisaje!9

Lo que padecemos no es sólo una crisis climática que pueda resolverse con transformaciones tecnológicas impulsadas por un “capitalismo verde”. ¡Ojalá fuese así; tendríamos mucho más margen de maniobra! Pero nuestra situación real es mucho más apurada. Se trata de una crisis de civilización: una crisis sistémica y global cuya autoría básica recae en un capitalismo generador de inmensos costes externos de los que no se hace cargo,10 y cuya dinámica autoexpansiva pretende que crezca la economía mercantil indefinidamente sin tener en cuenta los límites biofísicos planetarios. Mientras eso no cambie, mientras no seamos capaces de cambio sistémico, va a dar igual cuántos parches tecnológicos coyunturales apliquemos.11

Hace unos años, en mi libro Ecosocialismo descalzo, sugerí una imagen que me parece capta bien la situación en que nos encontramos. En su huida hacia adelante, las sociedades industriales se parecen a un corredor en una carrera de obstáculos, pero con vallas que van acercándose y aumentando de altura (¡rendimientos decrecientes condicionados por la segunda ley de la termodinámica!)… y el corredor lo fía todo a sus zapatillas mágicas, que la multinacional del ramo ya está a punto de construirle –le aseguran.12 Una valla es el cénit del petróleo (peak oil), pero un poco más allá está la valla aún más temible del “pico” conjunto de todas las formas no renovables de energía. Y muy cerca de ella el agotamiento de los fosfatos (con devastadoras consecuencias para el modelo dominante de agricultura industrial; éste es un asunto de trascendental importancia casi del todo ausente del debate público). Y un poco más allá la esquilmación de los acuíferos, y también la de las pesquerías mundiales. Y cerca, igualmente, los “picos” de metales y minerales esenciales para las economías industriales, desde el neodimio al litio pasando por el tantalio y el teluro. Y también múltiples vallas vinculadas con la degradación de los ecosistemas y la Sexta Gran Extinción de especies vivas… Y las terribles vallas del calentamiento global, claro está, con sus múltiples consecuencias (entre ellas la acidificación de los océanos). Un horizonte que, según las previsiones optimistas, se tornará apocalíptico en la segunda mitad del siglo XXI; y según las previsiones pesimistas, antes de esas fechas (dentro de lustros, no de decenios).

¿Pesimismo energético injustificado?

Pero ¿no podría ser cierto que tengamos más margen de maniobra del que percibimos los pesimistas? A lo largo de 2022, en España, tuvo lugar una controversia intelectual en forma de ataque contra las posiciones heterodesignadas como “colapsistas” que insistía sobre supuestas debilidades de análisis en investigadores como Antonio Turiel o Luis González Reyes.13 Entre esas debilidades estaría un pesimismo energético injustificado, que se traduciría en que los colapsos ecosociales son más improbables y los plazos de la crisis ecosocial más largos de lo que los llamados “colapsistas” estiman.

Ahora bien, es cierto que no se han producido a escala global las escaseces energéticas a corto plazo que los estudiosos y activistas del peak oil anticipaban a comienzos de los años dos mil. La extracción y elaboración de hidrocarburos no convencionales (sobre todo gracias a las técnicas de fracking o hidrofractura en EEUU) ha permitido comprar algo de tiempo: seguir la huida hacia delante de las sociedades centrales del sistema durante algunos años más. La menor TRE (tasa de retorno energético) de estos líquidos y gases parecidos al petróleo se diluye en el mix energético global y, según aventuraba Juan Carlos Barba, “puede asegurar varias décadas de viabilidad energética al modelo económico actual”.14 Tal es también el resultado que sugerían los estudios de prospectiva de Jorgen Randers en el decenio de 2010.15

¿Se trata realmente de una buena noticia? Lo mínimo que cabe expresar es un sentimiento de inquietud agridulce. Pues esa posible mayor viabilidad del capitalismo fosilista (durante un tiempo limitado) aumenta la probabilidad de un colapso mucho peor, por degradación de la biosfera hasta el extremo de una Tierra inhabitable (para seres como nosotros). Aumenta en particular el peligro de que las mayores emisiones de GEI nos hagan bascular hacia el runaway climate change y, con este calentamiento rápido y descontrolado, conduzcan a una indecible devastación de la biosfera. Se aplazaría el colapso a costa de agravarlo.

Casi huelga señalar que la guerra en Ucrania y el “regreso de la geopolítica” militarista (que en realidad nunca se había ido) implica que los combustibles fósiles se seguirán empleando hasta su completo agotamiento económico (pues nada puede sustituirlos para mover la maquinaria pesada de los ejércitos y de las sociedades que quieren ser superpotencias); y que la energía nuclear continuará su camino, pero no porque resulte ventajosa para producir electricidad (es ruinosa en ese sentido), sino por su íntima asociación con la fabricación de bombas atómicas.16

Adición en vez de reemplazo

La larga fase de descenso energético en cuyos prolegómenos ya nos encontramos nos llevará, o por las buenas o por las malas, a sociedades energética y materialmente más austeras.17 Pero de momento seguimos tratando de crecer por todos los medios. Richard Heinberg ha sintetizado adecuadamente nuestra tesitura: las energías renovables no están reemplazando la energía de los combustibles fósiles, sino sumándose a ella.18 Como Jean-Baptiste Fressoz ha señalado desde hace años, y Jaume Franquesa reitera ahora, en rigor la transición energética no existe: no se van sustituyendo fuentes, sino añadiendo nueva capacidad energética de fuentes nuevas, mientras el uso mundial de energía no deja de crecer.19 Y a pesar de todas las inversiones e instalaciones de energía renovable, las emisiones globales de GEI siguen aumentando.20

Eso se debe en gran parte al crecimiento económico: si bien los suministros de energía renovable se han expandido en los últimos años, el uso mundial de energía se ha disparado aún más, y la diferencia la proporcionan los combustibles fósiles. Cuanto más crece la economía mundial, más difícil es que las adiciones de energía renovable cambien el rumbo reemplazando realmente la energía de los combustibles fósiles, en lugar de simplemente aumentarla.

“En el año 2000, la dependencia mundial de los combustibles fósiles rondaba el 90% y veinte años después este porcentaje sólo se redujo a 83%. Que la participación de estos combustibles en el mix energético se haya reducido sólo 7% en veinte años no quiere decir que hoy consumamos menos hidrocarburos que antes, al contrario: el consumo actual es un 40% superior al de aquel entonces. Esto muestra otra de las características de la historia de las transiciones energéticas hasta acá: nunca reemplazamos una fuente por otra, sino que más bien agregamos nuevas fuentes a las anteriores. La historia de las transiciones energéticas ha sido una historia de adiciones.”21

No habrá transición energética real sin un horizonte de fuerte decrecimiento (en el uso de energía y materiales) que de momento nuestras sociedades ni se plantean. Y, por otra parte, seguir añadiendo generación eléctrica con renovables sin tocar los demás elementos del sistema nos sume con más fuerza en el control corporativo sobre la energía (y a través de éste en el control sobre la sociedad entera)22 y en las dinámicas de extractivismo colonial/ neocolonial que ya hoy son muy poderosas.23

Lo llaman transición y no lo es

Xan López, un proponente del Green New Deal desde el colectivo madrileño Contra el Diluvio, sugiere que hemos de llamar retardismo climático a “la postura que niega la necesidad de una acción urgente o agresiva para mitigar o adaptarse a los efectos de ese cambio climático” (postura que, desde luego, sitúa de entrada tal retardismo en el ámbito de la irracionalidad, y pone al grueso del movimiento ecologista fuera de cualquier acusación de retardismo) y apunta que

“en el retardismo pueden confluir una infinidad de inquietudes, muchas de ellas no sólo legítimas, sino fáciles de comprender y apoyar. Pienso en la preocupación por el impacto medioambiental, por la profundización de la desigualdad territorial, en la desconfianza hacia las empresas energéticas, el Estado, y en general a la intromisión en nuestras localidades o regiones de poderes ajenos; otras pueden tener menos gancho, pero ser capaces de movilizar a una cantidad importante de personas, como el impacto en intereses empresariales muy concretos, o el simple deseo de rechazar los costes de una transición energética sin rechazar sus beneficios.”24

De manera harto significativa, entre las “inquietudes legítimas” identificadas falta la más importante de las razones que pueden hacer enunciar el lema renovables sí, pero no así: que lo que se presenta como transición energética (ese mero añadir módulos solares fotovoltaicos y molinos eólicos) no lo es. Que cualquier supuesta transición energética que no apunte en primer lugar, en el Norte global, hacia formas de vida buena con fuerte decrecimiento en el consumo de energía y materiales no es una transición ecológica.

Una trampa civilizatoria

Vamos con decenios –por no decir más de un siglo- de retraso. “El etanol se utilizó por primera vez en motores de combustión en 1826. Rudolf Diesel inventó el motor diésel en 1890 con la intención de que funcionara con combustible biológico. La primera batería práctica, la célula Daniell, se inventó en 1836. La primera célula de combustible de hidrógeno se inventó en 1839. La crisis energética de la década de 1970 llevó en EEUU al establecimiento del Departamento de Energía en 1977, y desde entonces miles de millones de dólares han financiado investigación sobre energía en universidades y Laboratorios Nacionales. El problema básico y no resuelto es que las fuentes de energía alternativas requieren combustibles fósiles para cada paso de su ciclo de vida”.25

Por ejemplo, producir polisilicio es un proceso altamente intensivo en electricidad. El analista alemán Johannes Bernreuter señala que las tres cuartas partes del polisilicio existente, componente esencial para la construcción de células fotovoltaicas, procede de fábricas chinas… cuya electricidad se genera a partir de carbón.26 Ahora que aumenta mucho la demanda de células fotovoltaicas para impulsar una “transición energética verde”, lo previsible es una explosión concomitante del uso de carbón.27 Así nos engañamos a nosotros mismos, fingiendo que los desplazamientos de impactos son reducciones reales de los mismos…

La dependencia de nuestras renovables de alta tecnología con respecto a los combustibles fósiles es un asunto central.28 “La inversión en renovables es en sí misma muy intensiva en energía. Así que, a corto plazo, vamos a necesitar más crudo. (…) John Hess, jefe del productor independiente de petróleo de EE UU que lleva su nombre, predice que los 16 billones de inversiones verdes previstas ‘turboalimentarán’ la demanda de petróleo en un futuro próximo”.29 O como lo explica Antonio Turiel:

“A día de hoy nadie ha sido capaz de construir una presa hidroeléctrica, un aerogenerador o una placa fotovoltaica de forma que en el proceso de fabricación, instalación, mantenimiento y desmantelamiento eventual no se utilicen combustibles fósiles. Nadie lo ha conseguido sólo con energía renovable porque no es evidente que se pueda hacer. A lo mejor se podría en una virguería técnica, pero seguramente gastaríamos más energía de la que el sistema nos devolvería, con lo cual tendríamos un sumidero energético y no una fuente de energía. Por otra parte, no nos damos cuenta de que materiales que damos por garantizados, como el cemento y el acero, dependen críticamente de la existencia de combustibles fósiles. Nadie aborda este problema seriamente porque es un punto insalvable. No está en absoluto demostrado que estos sistemas se puedan hacer sin combustibles fósiles. De hecho, algunos autores dicen que los sistemas renovables actuales, los eléctricos, son solamente extensiones de los combustibles fósiles. Obviamente tienen menos huella de carbono, emiten menos CO2 por unidad de energía producida, pero sin CO2 fósil no se pueden poner en marcha.”30

Y profundizando un poco más en el asunto: como explican Óscar Carpintero y Jaime Nieto, la construcción de estos dispositivos renovables de alta tecnología implica poder alcanzar altas temperaturas en la industria: entre 1480ºC y 1980ºC para los paneles fotovoltaicos; entre 980ºC y 1700ºC para el cemento y el acero de los aerogeneradores. Esto requiere el uso de combustibles de alta densidad como petróleo, carbón o gas. Con la gran mayoría de las tecnologías renovables sólo cabe lograr temperaturas para procesos industriales en la franja baja: menos de 400ºC. Así, si pensamos en la gran escala, “no es posible fabricar tecnologías renovables con el uso de electricidad procedente de las propias fuentes renovables, teniendo que acudir al consumo de combustibles fósiles. Por desgracia, las renovables no tienen autonomía que las haga independientes de los combustibles fósiles”.31

Recetas factibles frente a tecnologías viables

Ahora bien, asumiendo que las fuentes de energía alternativas requieren combustibles fósiles para cada paso de su ciclo de vida, supongamos for the sake of the argument –es muchísimo suponer– que se lograra una transición al “100% renovable” (entendido convencionalmente) en los estrictos plazos impuestos por la tragedia climática, dos o tres decenios (en realidad, la urgencia que impone esa tragedia climática en curso es mayor, y las transiciones energéticas de la sociedad industrial han operado con plazos mucho más largos).32 En ese período de transición las emisiones de GEI apenas menguarían o incluso podrían aumentar (por la dependencia de los combustibles fósiles ya mencionada y por el impulso del crecimiento económico que se sigue buscando). Es lo que el profesor de la UPM Mariano Vázquez Espí (miembro del Grupo de Investigación en Arquitectura, Urbanismo y Sostenibilidad) ha propuesto (sólo medio en broma) llamar la “paradoja de Carpintero” (por el economista ecológico Óscar Carpintero, profesor de la Universidad de Valladolid) siguiendo la estela de la paradoja de Jevons (que venía a decir que el aumento de rendimiento de las máquinas de vapor, lejos de disminuir el consumo de carbón, en conjunto lo aumentaba). La enuncio, dice Vázquez Espí, “a mi manera, sin permiso de su autor: en la situación actual, construir todo lo necesario para una transición hacia el todo renovable para 2050 o así, lejos de disminuir las emisiones de GEI, las aumentará”.33

La vida útil de aerogeneradores y células fotovoltaicas se sitúa, a lo más, en ese plazo: dos o tres decenios. De manera que apenas completada la instalación de la primera generación de máquinas habría que empezar ya a sustituirlas. ¿Cómo se haría, si no disponemos de sistemas de alta tecnología para la captación de energía renovable que se reproduzcan a sí mismos? Y no se crea que nos hemos encontrado de repente con este problema: hace medio siglo, Nicholas Georgescu-Roegen ya lo formuló en estos términos.

“Las tecnologías viables basadas en la radiación solar o en las reacciones nucleares requieren, para darles forma, una inmensa cantidad de materiales –en el primer caso, para concentrar su baja densidad; y en el último, para restringir su alta densidad–. Únicamente los combustibles fósiles pueden ser utilizados con instalaciones más pequeñas, y en algunos casos virtualmente sin instalación alguna. (…) La materia es un factor tecnológico tan crucial [y restrictivo] como la energía.”34

Como Ernest Garcia ha recordado en numerosas ocasiones,35 Nicholas Georgescu-Roegen formuló una distinción entre recetas factibles (cosas que sabemos hacer) y tecnologías viables (conjuntos de recetas factibles autosostenidas por un proceso de alimentación básico). Se podría hablar también de sistemas sociotécnicos autorreproducibles o matrices técnicas durables. Las tecnologías viables han de ser autorreproductivas.

Georgescu-Roegen decía que, a lo largo de la historia humana, sólo han existido dos tecnologías viables: el control del fuego –sociedades preindustriales, Prometeo I– y la máquina de vapor –sociedades industriales, Prometeo II–. Ahora que llega a su fin el modelo energético fosilista, ¿cuál será la tercera tecnología viable –si es que llega a haberla (Prometeo III)–?36

Como explica Art Berman, “una economía 100% renovable es un concepto correcto sólo en el caso de que estemos dispuestos a aceptar un nivel de vida más bajo y una población mucho menor que la actual. Los seres humanos nunca han pasado de una fuente de energía de mayor densidad a una de menor densidad. Un mundo de energías renovables tendría una economía más pequeña y menos productiva debido a la menor densidad energética de sus fuentes primarias. Soy un defensor de la energía solar y eólica, y me tomo el cambio climático muy en serio. Sin embargo, es fundamental que la gente sepa la verdad: el mundo será mucho más pobre cuando se abandone la energía fósil.”37

Si no captamos la dependencia profunda de las sociedades industriales con respecto a los combustibles fósiles, infravaloraremos las dificultades de cualquier transición ecosocial poscapitalista en serio. Y si abrimos los ojos al profundo carácter fosilista del capitalismo, aparece una fenomenal dificultad estratégica: descarbonizar significa empobrecernos,38 y parece harto difícil movilizar a la sociedad en pos de objetivos climáticos y ecológicos que van de la mano con cierto empobrecimiento. Tal es la dura píldora que hemos de tragar, no dorarla. (Y a continuación, por supuesto, podemos y debemos matizar sobre qué es pobreza y riqueza, qué es escasez y abundancia, y cómo son pensables vidas buenas para todo el mundo con un uso mucho menor de energía y materiales.)39

Dejar ir

La palabra clave para cualquier transición ecológica es menos (decrecimiento), pero nos empeñamos en seguir usando más. “Si no hay paneles fotovoltaicos” ⸺se nos dice⸺ “habrá carbón, gas y petróleo”. Lo excluido de antemano en el debate es lo único que de verdad nos sacaría de la trayectoria de ecocidio más genocidio: usar (mucha) menos energía…

El mero añadir (potencia de generación eléctrica con renovables) no es realizar ninguna transición. Es necesario también soltar, desprenderse, saber dejar ir. Eso nos cuesta horrores, casi siempre, en nuestra vida personal; también en nuestra vida colectiva.

Otra forma de enunciar la palabra clave para una verdadera transición ecológica, si estamos conversando en el Norte global, sería renuncia (o ascesis, si lo prefieren ustedes más bien en griego). Renuncia a segmentos del dominio humano; la apropiación de espacio ecológico; la explotación colonial que se nos convirtió en neocolonial; el abuso patriarcal sobre las mujeres; el entertainment que desvalija nuestra conciencia y atención; el confort que encubre las estructuras del crimen.

Ya sé que la renuncia no es una idea popular. Pero ¿qué va a pasar cuando, a pesar de la penetración de eólica y fotovoltaica en los sistemas eléctricos de algunos países, sigan aumentando las emisiones de GEI a escala planetaria ⸺como lo están haciendo ahora? ¿Qué sucederá cuando más y más países de la periferia vayan desplomándose? ¿Qué ocurrirá si entramos en la fase de runaway climate change y hay que dar casi todo por perdido?

Como indicaba un investigador y divulgador en Twitter, las renovables de alta tecnología son aparatos admirables que no pueden sostener este modelo civilizacional ni ayudar con el overshoot ecológico. “El foco principal tendría que ser cómo reducimos y simplificamos nuestra civilización para vivir dentro de los límites ecológicos planetarios y a su vez cubrir las necesidades básicas de toda la población. Éste y no otro es el gran reto de la década. Dentro de esa transición ecológica real (reducción fuerte de la producción y el consumo), las renovables tienen un papel que jugar…”40

Concluyamos. Habrá un cambio relevante en la generación eléctrica en países como España (está en curso) y lo llamarán “transición ecológica”. Pero será un jugar con las palabras, porque por desgracia no superará la prueba de la práctica: evitar el ecocidio más genocidio hacia el que avanzamos. Y nos autoengañaremos (estamos en ello) como el borracho que busca las llaves debajo de la farola.41

La pregunta clave de la transición ecológica no es cuántos MW de eólica y solar fotovoltaica vamos a poder enchufar a la red eléctrica,42 sino: ¿qué niveles inéditos de amor, justicia y racionalidad vamos a ser capaces de desplegar? Y de momento no estamos respondiendo bien…

Notas:

1 Walter Benjamin, Obras, libro II, volumen 1, Abada eds., Madrid 2016, p. 10.

2 Citado por Paco Fernández Buey en una conferencia que dictó en la Facultad de Humanidades de la UPF, 28 de abril de 1998. Ahora recuperado por Salvador López Arnal en https://espai-marx.net/?p=12745

3 Editoral de Nature: “¿Existen límites al crecimiento económico? Es hora de poner fin a una discusión de 50 años”, traducido en Viento Sur, 18 de junio de 2022; https://vientosur.info/existen-limites-al-crecimiento-economico-es-hora-de-poner-fin-a-una-discusion-de-50-anos/ . Texto original en Nature 603, 361 (2022), 16 de marzo de 2022; https://www.nature.com/articles/d41586-022-00723-1

4 “Investigadores como Johan Rockström, del Instituto de Investigación del Impacto Climático de Potsdam (Alemania), defienden que las economías pueden crecer sin hacer inhabitable el planeta. Señalan que hay pruebas, sobre todo en los países nórdicos, de que las economías pueden seguir creciendo aunque las emisiones de carbono empiecen a bajar. Esto demuestra que lo que se necesita es una adopción mucho más rápida de la tecnología, como las energías renovables. Un movimiento de investigación paralelo, conocido como ‘post-crecimiento’ o ‘decrecimiento’, afirma que el mundo debe abandonar la idea de que las economías deben seguir creciendo, porque el propio crecimiento es perjudicial. Entre sus defensores se encuentra Kate Raworth, economista de la Universidad de Oxford (Reino Unido) y autora del libro de 2017 Doughnut Economics, que ha inspirado su propio movimiento mundial (…). Ambas comunidades deben esforzarse más por hablar entre ellas, en lugar de hacerlo contra ellas. No será fácil, pero el aprecio por la misma literatura podría ser un punto de partida. Al fin y al cabo, los límites inspiraron tanto a la comunidad del crecimiento verde como a la del poscrecimiento, y ambas se vieron igualmente influidas por el primer estudio sobre los límites planetarios (J. Rockström et al. Nature 461, 472-475; 2009), que intentó definir los límites de los procesos biofísicos que determinan la capacidad de autorregulación de la Tierra”.

5 Yo contesté: o si no se puede hacer de ninguna de las dos formas, querido amigo –que es, me temo, nuestra situación real. Pero quede esbozada esa reflexión aporética y aparcada para mejor ocasión.

6 Para esto véase por ejemplo Petrocalipsis de Antonio Turiel (ed. Alfabeto, Madrid 2020), p. 117-123.

7. https://twitter.com/crendueles/status/1625856680612495363

8 “¿Qué es el túnel de carbono? Es ver la realidad únicamente a través de las emisiones de carbono. Considerar un producto o servicio (una manzana, una chaqueta o el suministro de electricidad de nuestro hogar) únicamente en función de cuántos gramos de dióxido de carbono se hayan generado por el hecho de producirlo. En el caso particular de las plantas solares, esta visión de túnel nos está llevando a disfunciones muy serias sobre la ordenación territorial. La transición ecológica, aunque algunos la constriñan por interés o desconocimiento, va mucho más allá de la transición energética, y esta excede a su vez el simple hecho de cambiar el enchufe fósil por uno renovable. ¿Dónde se produce la energía? ¿Qué coste de oportunidad tiene para el territorio? ¿Quién se beneficia de ella? ¿Cómo se reparte? ¿Qué poder de decisión tienen los habitantes? ¿Impulsa o corrige los desequilibrios territoriales? ¿Dónde queda la biodiversidad, dónde la agricultura, dónde los paisajes? ¿En qué medida participan las ciudades de ese esfuerzo? ¿Condicionaremos la demanda o únicamente apostaremos por aumentar la oferta?” Andreu Escrivà, “Un deslumbrante túnel de carbono”, El País/ Comunidad Valenciana, 1 de octubre de 2022; https://elpais.com/espana/comunidad-valenciana/2022-10-01/un-deslumbrante-tunel-de-carbono.html

9 Alejandro Tena, “El despliegue de renovables abre un cisma en la lucha climática: ¿cómo acelerar la transición energética y proteger el paisaje?”, Público, 17 de diciembre de 2022; https://www.publico.es/sociedad/despliegue-renovables-abre-cisma-lucha-climatica-acelerar-transicion-energetica-proteger-paisaje.html

10 Como ha señalado en más de una ocasión Nate Hagens, “ninguna industria en el mundo sería rentable si se incluyese el coste completo de todos los costes externalizados (por ejemplo, un coste completo de 0’38 $ de los impactos dañinos del kWh obtenido mediante la quema de carbón, en lugar de 0’04 $)” (Hagens, “¿A dónde vamos? Los cuarenta tipos de gris”, revista digital 15-15-15, 13 de julio de 2018; https://www.15-15-15.org/webzine/2018/07/13/a-donde-vamos-los-cuarenta-tipos-de-gris/ ).

Impresiona releer hoy textos como los del institucionalista Karl William Kapp, un economista alemán que se exilió y trabajó en EE.UU., que en 1950 publica la primera edición de Los costes sociales de la empresa privada (edición en la colección CLÁSICOS DEL PENSAMIENTO CRÍTICO de Los Libros de la Catarata, Madrid, 2006). Hace más de siete decenios Kapp, en ese libro, escribe sobre la ubicuidad y enorme magnitud de las “externalidades”, sobre la destructividad socioecológica del capitalismo y sobre sostenibilidad: no con el lenguaje con el que estamos hablando ahora, pero con enorme lucidez sobre estas cuestiones que ahora a muchos les parecen “nuevas”.

11 Estamos hablando de extralimitación ecológica, crisis energética, desgarro de la trama de la vida, pérdida de biodiversidad, extractivismo (con explotación intensiva de recursos renovables y no renovables), sobrepesca, desforestación, destrucción del suelo fértil, desertificación, escasez de agua dulce, calentamiento global, alteración de grandes ciclos biogeoquímicos (como los del nitrógeno y el fósforo), contaminación química persistente, dependencia alimentaria de recursos finitos, aumento de enfermedades de origen zoonótico, incremento de las resistencias bacterianas…

12 En 2016, Adidas y Nike prometían a los corredores de fondo construir “zapatillas mágicas” para posibilitar récords mundiales en maratón que rebajen la barrera de las dos horas (el récord estaba en 2 horas, 2 minutos y 57 segundos en 2016-17). Parece que Nike ha avanzado más en el asunto con su modelo Vaporfly Elite (¡ná menos!), que reduciría un 4% el gasto energético necesario para correr. Véase C. Arribas: “La polémica está en la mediasuela”, El País, 20 de marzo de 2017; http://deportes.elpais.com/deportes/2017/03/19/actualidad/1489949905_491011.html

13 Véase, entre otros textos, Emilio Santiago Muíño, Jaime Vindel y César Rendueles: “Colapsismo. La cancelación ecologista del futuro”, Corriente cálida, 14 de noviembre de 2022; https://corrientecalida.com/colapsismo/

14 Intervención en el Instituto de Transición Romper el Círculo, Móstoles, 11 de noviembre de 2018.

15 Jorgen Randers, 2052 – A Global Forecast for the Next Forty Years, Chelsea Green Publishing 2012.

16 Escribe José María Lasalle: “La seguridad se ha colado en el inconsciente europeo por la puerta de atrás del miedo. Esto cambia la solidaridad continental de un eje de consenso Norte-Sur a otro Este-Oeste. Modifica el diseño de una economía verde a otra armamentista y geopolítica” (“Mackinder, China y el imperio gamberro”, El País, 16 de marzo de 2022). Escribe Cecilia Carballo: “Corremos el riesgo de perder el tren de la transición ecológica por la crisis de seguridad derivada de la invasión de Ucrania. Lo que la pandemia colocó en la agenda y aceleró podría ser ahora relegado y postergado como consecuencia de la crisis militar y de seguridad. Pese a llevar décadas hablando de transición energética, los combustibles fósiles representan todavía el 80% de la energía primaria y lamentablemente, el despliegue de renovables solo ha servido para cubrir una demanda adicional que no deja de crecer” (“Si Europa quiere, puede”, El País, 22 de marzo de 2022).

17 Dos libros densos y breves para explicar esta perspectiva: el de Alice J. Friedemann ya antes citado (Life After Fossil Fuels) y Petrocalipsis de Antonio Turiel (ed. Alfabeto, Madrid 2020). Véase también Megan Seibert y William E. Rees, “Por el ojo de una aguja. Una perspectiva eco-heterodoxa sobre la transición a las energías renovables”, revista 15-15-15, 11 de diciembre de 2021; https://www.15-15-15.org/webzine/2021/12/11/por-el-ojo-de-la-aguja-una-perspectiva-eco-heterodoxa-sobre-la-transicion-a-las-energias-renovables/ . Así como el número 156 (monográfico sobre crisis energética) de Papeles de Relaciones Ecosociales y Cambio Global, Madrid, invierno 2021-22.

18 Este destacado investigador estadounidense muestra que las energías renovables de alta tecnología no pueden considerarse la solución definitiva a nuestra crisis climática y ecosocial (pero tampoco son una causa perdida). Arguye que necesitamos desarrollar un plan realista para el descenso energético, en lugar de insistir en sueños ilusos de abundancia eterna para el consumidor por medios distintos a los combustibles fósiles. Después de que la febril etapa de los combustibles fósiles haya terminado, señala Heinberg, volveremos a la energía renovable, de una forma u otra. Sería preferible hacer una transición parcial a las energías renovables que nos permitiera mantener algo de lo mejor que hemos logrado en las últimas décadas de uso intensivo de energía: pero esto no es una cuestión de enunciar buenos deseos, sino de evaluar posibilidades de forma realista. Y por desgracia tal conservación de logros sociotécnicos será imposible sin redes eléctricas en funcionamiento, que resultan difíciles de mantener. Si pudiéramos usar energía hidroeléctrica, solar, eólica y geotérmica para alimentar redes reducidas, locales y de baja tensión, eso facilitaría enormemente la transición que ha de abandonar de los combustibles fósiles… El autor desarrolla esta línea de razonamiento en Richard Heinberg, “A realistic ‘energy transition’ is to get better at using less of it”, Resilience, 17 de febrero de 2023; https://www.resilience.org/stories/2023-02-17/a-realistic-energy-transition-is-to-get-better-at-using-less-of-it/

Su conclusión es que “en la actualidad, la insistencia política en mantener el crecimiento económico está desalentando la búsqueda de la verdad y la planificación seria acerca de cómo vivir bien con menos recursos”.

19 Jean-Baptiste Fressoz, “Pour une histoire désorientée de l’énergie”, Entropia. Revue d’étude théorique et politique de la décroissance 15, otoño de 2013.

En una entrevista explica Franquesa: “El concepto de transición energética nos remite a una historia de sustituciones, o presuntamente sustituciones, de fuentes energéticas. Tendríamos una especie de secuencia donde habríamos pasado de unas fuentes a otras. Pero si uno mira la historia de consumo, y hablo a nivel mundial pero lo podríamos bajar a nivel nacional o continental, esta sustitución no existe. Es decir, cuando el petróleo adelanta al carbón como primera fuente energética a nivel mundial el consumo de carbón sigue subiendo. Ahora mismo lo que se da es una adición, una suma. Incluso si pensamos en términos de renovables, la reducción de consumo fósil en los últimos años es mínima y se da en un contexto de decrecimiento del consumo energético a nivel mundial. Con lo cual, lo que tenemos es que las nuevas fuentes que se van utilizando lo que hacen es añadir a lo que ya teníamos para suplir una demanda creciente. Con lo que la transición energética no existe…” Jaume Franquesa, “La transición energética no existe” (entrevista), El Salto, 12 de febrero de 2023; https://www.elsaltodiario.com/energias-renovables/jaume-franquesa-transicion-energetica-no-existe . El autor está presentando tesis de su libro Molinos y gigantes: la lucha por la dignidad, la soberanía energética y la transición ecológica (Errata Naturae, 2023).

20 En 2022, tras el parón económico inducido por la respuesta a la covid-19 en 2020, se alcanzó el máximo récord de emisiones de CO2 de combustibles fósiles: 37.500 millones de toneladas, un 48% superiores a las del año 2000 (y en aumento). Datos de https://www.globalcarbonproject.org/

21 Delfina Godfried y Juan Ignacio Arroyo: Elefantes en la transición energética, CEPE Di Tella, octubre de 2022; https://www.utdt.edu/ver_novedad.php?id_novedad=5152&id_item_menu=25201

22 Véase al respecto Álvaro Campos-Celador: “15 tesis para el debate sobre la transición energética”, eldiario.es, 4 de febrero de 2023; https://www.eldiario.es/ultima-llamada/15-tesis-debate-transicion-energetica_132_9910433.html

23 Sobre este punto ya argumenté en mi extenso artículo “El descenso energético (y la necesidad de decrecimiento): implicaciones para las transiciones ecosociales”, web de Contra el Diluvio, el 7 de noviembre de 2022; https://contraeldiluvio.es/el-descenso-energetico-y-la-necesidad-de-decrecimiento-implicaciones-para-las-transiciones-ecosociales-continuacion-del-debate-con-emilio-santiago-muino/

Véase también “Manifesto for an ecosocial energy transition from the peoples of the south”, 9 de febrero de 2023; https://fpif.org/manifesto-for-an-ecosocial-energy-transition-from-the-peoples-of-the-south/ . Donde leemos:

“La novedad de este momento son las ‘transiciones energéticas limpias’ del Norte, que han presionado aún más al Sur global para que ceda cobalto y litio para la producción de baterías de alta tecnología, madera de balsa para turbinas eólicas, terrenos para grandes paneles solares y nuevas infraestructuras para megaproyectos de hidrógeno. Esta descarbonización de los ricos, basada en el mercado y orientada a la exportación, depende de una nueva fase de expolio medioambiental del Sur global que afecta a la vida de millones de mujeres, hombres y niños, por no hablar de la vida no humana. Las mujeres, especialmente las de las sociedades agrarias, se encuentran entre las más afectadas. De este modo, el Sur global se ha convertido de nuevo en una zona de sacrificio, una cesta de recursos supuestamente inagotables para los países del Norte…”

Hay versión en castellano: “Manifiesto de los pueblos del Sur -por una transición energética justa y popular”; https://pactoecosocialdelsur.com/manifiesto-de-los-pueblos-del-sur-por-una-transicion-energetica-justa-y-popular-2/

24 Xan López, “El retardismo climático y un Green New Deal para una época escéptica”, eldiario.es, 20 de febrero de 2023; https://www.eldiario.es/opinion/tribuna-abierta/retardismo-climatico-green-new-deal-epoca-esceptica_129_9965268.html

Xan sugiere (no sé si con alguna clase de lapsus calami) que lo que está en juego en el retardismo son cuestiones identitarias: “La fuerza del retardismo, condensado en el eslogan renovables sí, pero no así, es que en él se pueden unir esas dos fuerzas contrarias, simplificando un debate casi imposible en una petición aparentemente simple: ‘sí, el primer problema es grave; no, no pienso pasar por alto todas las cuestiones que me definen, aunque eso implique retrasar cualquier tipo de transición energética’.” Las cuestiones que me definen: políticas de identidad.

25 Friedemann, Life After Fossil Fuels, op. cit., p. 190.

26 Matthew Dalton, “Behind the rise of U.S. solar power, a mountain of chinese coal”, The Wall Street Journal, 31 de julio de 2021; https://www.wsj.com/articles/behind-the-rise-of-u-s-solar-power-a-mountain-of-chinese-coal-11627734770

27 Que se está observando en 2021, aunque en esta “explosión del carbón” intervengan más factores que el arriba mencionado. “A pesar de todos los avances realizados por las energías renovables y la movilidad eléctrica, en 2021 se observa un gran rebote en el uso de carbón y petróleo. En gran parte por esta razón, se observa también el segundo mayor incremento anual de la historia en emisiones de CO2”, explica Fatih Birol, director general de la Agencia Internacional de la Energía (AIE), en el último informe sobre perspectivas energéticas publicado por este organismo… Víctor Martínez, “La resurrección del carbón provoca el segundo mayor aumento de CO2 de la historia en plena carrera ecológica”, El Mundo, 14 de octubre de 2021; https://www.elmundo.es/ciencia-y-salud/medio-ambiente/2021/10/14/6166c8fffdddffa8978b45a9.html

28 “Como Smil ha demostrado para las turbinas eólicas y Stormvan Leeuwen para la energía nuclear, la producción, instalación y mantenimiento de cualquier infraestructura tecnológica sigue siendo críticamente dependiente de la energía fósil. Por supuesto, es fácil replicar que hasta que se haya realizado la transición, los paneles solares van a tener que ser producidos quemando combustibles fósiles. Pero incluso si el 100% de nuestra electricidad fuera renovable, no sería capaz de impulsar el transporte global o cubrir la producción de acero y cemento para la infraestructura urbano-industrial. Y dado el hecho de que el abaratamiento de los paneles solares en los últimos años en gran medida es el resultado del cambio de fabricación hacia Asia, debemos preguntarnos si los esfuerzos europeos y estadounidenses para ser sostenibles realmente deberían basarse en la explotación global de mano de obra barata, recursos escasos y paisajes destruidos en otros lugares…” Alf Hornborg, “Un futuro globalizado con energía solar es completamente irreal, y nuestra economía es la razón”, El Salto, 27 de septiembre de 2019; https://www.elsaltodiario.com/energia/futuro-globalizado-energia-solar-completamente-irreal . Véase también Thomas A. Troszak, “The hidden costs of solar photovoltaic power”, NATO ENSEC COE, abril de 2021; https://enseccoe.org/data/public/uploads/2021/04/nato-ensec-coe-the-hidden-costs-of-solar-photovoltaic-power-thomas-a.troszak.pdf

29 Reuters Breakingviews: “Volverse verde es de todo menos fácil, diga lo que diga Boris Johnson”, Cinco Días, 16 de octubre de 2021; https://cincodias.elpais.com/cincodias/2021/10/15/opinion/1634295943_026846.html

30 Antonio Turiel, “La escasez de materiales es una estaca en el corazón de la transición energética”, CSIC cultura científica, 29 de noviembre de 2021; https://www.csic.es/es/actualidad-del-csic/antonio-turiel-la-escasez-de-materiales-es-una-estaca-en-el-corazon-de-la

31 Óscar Carpintero y Jaime Nieto, “Reflexiones generales sobre la transición energética: una perspectiva post-crecimiento”, Gaceta Sindical 37, octubre de 2021, p. 191.

32 Sobre ello suele insistir Vaclav Smil. “Las transiciones energéticas van muy despacio. Cuando apareció el tractor, a finales del siglo XIX, los caballos se siguieron usando en el campo durante generaciones. (…) La transición hacia los combustibles fósiles empezó en Inglaterra en el siglo XVIII, pero a Asia no llegó hasta 1950 (y esta transición es precisamente la causa del calentamiento global). (…) En 1800 quemábamos leña. Y hoy todavía representa el 10 por ciento de nuestra energía. Esto significa que en dos siglos el mundo no completó la transición de la madera hacia el carbón…” Vaclav Smil, “Vivimos en un sistema irracional y la Tierra no puede soportarlo” (entrevista), XL Semanal, 8 de junio de 2021; https://www.xlsemanal.com/personajes/20210608/cambio-climatico-energias-renovables-transicion-energetica-vaclav-smil.html

33 Mariano Vázquez Espí, comunicación personal, 23 de noviembre de 2021. Información aquí: http://habitat.aq.upm.es/gi/mve/

En palabras de Carpintero y Nieto: “La actual civilización se enfrenta a lo que se ha denominado la trampa de la energía. Esto es: el despliegue de las fuentes e infraestructuras renovables requiere de un uso masivo de combustibles fósiles (mayor cuanto más rápido se quiera plantear el proceso de transición) y, a la vez, eso supondrá, durante los primeros años, mayores emisiones de GEI que agravarán el problema de cambio climático en un escenario donde también el tiempo es escaso y donde, además con vidas útiles de 20-30 años, en tres décadas estaríamos abocados a procesos de renovación de una intensidad energética similar (y para los que habría dificultades para encontrar recursos fósiles disponibles)”. Óscar Carpintero y Jaime Nieto, “Reflexiones generales sobre la transición energética: una perspectiva post-crecimiento”, op. cit., p. 191.

34 Nicholas Georgescu-Roegen, Ensayos bioeconómicos (ed. de Óscar Carpintero), Los Libros de la Catarata, Madrid 2007, p. 91.

35 Ernest Garcia, “Del pico del petróleo a las visiones de una sociedad post-fosilista” en Joaquim Sempere y Enric Tello (eds.), El final de la era del petróleo barato, Icaria, Barcelona 2008, p. 28.

36 Nicholas Georgescu-Roegen, Ensayos bioeconómicos (ed. de Óscar Carpintero), Los Libros de la Catarata, Madrid 2007, p. 90-94.

37 Art Berman, “¿Por qué el cohete de las renovables no ha podido despegar?”, revista 15/15/15, 3 de agosto de 2020; https://www.15-15-15.org/webzine/2020/08/03/por-que-el-cohete-de-las-renovables-no-ha-podido-despegar/

Para comprender mejor todo esto (y algunas cosas más): Nate Hagens, “Economics for the future –beyond the Superorganism”, Ecological Economics, 20 de noviembre de 2019; https://www.sciencedirect.com/science/article/pii/S0921800919310067 . Hay traducción al castellano: “Una economía para el futuro: más allá del superorganismo”, PAPELES de relaciones ecosociales y cambio global 151, 2020.

38 Empobrecernos significa ralentizar, hacer menos, usar menos energía y materiales, viajar y desplazarse menos, producir y consumir menos mercancías, sustituir formas privadas de actividad por otras comunitarias y colectivas: no significa necesariamente vivir peor. Pero sí vivir de otra manera –de forma radical. El debate chuletón/ plato de guisantes pone ese asunto sobre la mesa de forma muy clara.

39 Véase por ejemplo Jefim Vogel y otros, “Socio-economic conditions for satisfying human needs at low energy use: An international analysis of social provisioning”, Global Environmental Change vol. 69, julio de 2021; https://www.sciencedirect.com/science/article/pii/S0959378021000662

40 https://twitter.com/limites1972/status/1622964309050421257

En otro hilo de Twitter, el mismo autor explicaba: “Para entender la magnitud y las implicaciones de la crisis civilizatoria en la que estamos es necesario un enfoque sistémico y amplio que nos permita comprender cómo las diversas partes del sistema se relacionan entre sí. En la actualidad se fomenta (y se recompensa profesionalmente) la súper especialización técnica. Las mentes más brillantes tienden a saber muchísimo de un tema en particular pero muy poco o nada de aquellos otros campos que no son su especialidad. (…) Muchos análisis y posibles ‘soluciones’ de la crisis ecosocial que se proponen son defectuosos porque están sesgados por esa visión túnel de súper especialista y simplemente no tienen en cuenta la dimensión sistémica y global del problema. Es más, esas ‘soluciones’ fallidas son a menudo consecuencia de un diagnóstico defectuoso que se limita a una parte del sistema (por ejemplo ‘la crisis climática’ o ‘la generación eléctrica’) o al futuro inmediato (p.ej. este año o este invierno) o a lo local (p.ej. España). Y así ocurre, por ejemplo, que los pro-renovables BAU reducen la crisis ecosocial a la crisis climática o reducen el asunto de la energía al de la electricidad…

No tienen una visión sistémica y por tanto no se dan cuenta que el cambio climático y el incremento de emisiones de CO2 es tan solo uno de los muchos síntomas del overshoot ecológico y la Gran Aceleración producidos por el crecimiento económico exponencial. No tienen una visión sistémica y por tanto no tienen en cuenta los límites físicos al uso de minerales y tierras raras para acometer la transición energética. No tienen en cuenta que la minería moderna es totalmente dependiente de los combustibles fósiles y del diésel. No tienen en cuenta que la progresiva disminución – no lineal – de la ley en los yacimientos de los minerales necesarios para esa transición energética hará que la dependencia con el diésel se intensifique todavía más y que las reservas recuperables disminuyan con el tiempo. No tienen en cuenta el cénit de producción de los combustibles fósiles (petróleo, gas y carbón) y la disminución de su rendimiento energético neto y su impacto en la actividad económica e industrial. Ni su impacto en la geopolítica. Ni su impacto en una cadena de suministros ultra dependiente del transporte marítimo barato y la cooperación entre estados. No tienen tampoco en cuenta su impacto en las finanzas y en la disponibilidad de financiación (es decir, energía y recursos) para acometer todos esos proyectos mastodónticos en escala. Y no tienen en cuenta los límites físicos de la ciencia, sus rendimientos decrecientes y cómo será progresivamente más difícil – por falta de recursos – que ésta proporcione las tecnologías (fusión, captura de carbono, etc.) q los planes renovables requieren y que HOY no existen. Y no tienen en cuenta cómo los países menos desarrollados NO se van a quedar de brazos cruzados mirando como expoliamos sus recursos para nuestra transición energética mientras tienen que lidiar con los residuos tóxicos, los impactos ambientales y otras externalidades. Y no tienen en cuenta cómo estados y potencias (India, Brasil, Rusia, China…) tendrán que priorizar en algún momento el bienestar de su población y cierta estabilidad social interna y cómo ello impactará a nuestro consumo de sus recursos y los productos que NOS manufacturan. Y no tienen en cuenta cómo impactarán todas las crisis ambientales (cambio climático, pérdida de biodiversidad, contaminación química…) derivadas del overshoot ecológico en el día a día de la gente y el creciente esfuerzo energético y de recursos que supondrá su mitigación. Y no tienen en cuenta el horizonte temporal y el esfuerzo económico (energético) y requerimientos de financiación que supone sustituir completamente un sistema industrial y de transporte entre continentes desarrollado en base a (y alrededor de) carbón, petróleo y diésel. Y no tienen en cuenta ni les importa que tras la primera oleada de macro renovables en las que gastaremos casi todo el capital mineral de La Tierra éstas tendrán que ser sustituidas en 20 o en 30 años. ¿Y qué haremos entonces? ¿De dónde sacaremos los minerales para la segunda oleada? Nadie tiene en cuenta que los minerales se integran (diluyen) en circuitos y aleaciones y que no será energéticamente (económicamente) viable reciclarlos. Y que las renovables que se instalan hoy no se diseñan para ser recicladas. Nada de esto se tiene en cuenta por estos super especialistas cuando proyectan a futuro, simplemente consideran que la ‘normalidad’ de los últimos 75 años – es decir: energía barata, abundancia de recursos, alto rendimiento científico, cooperación internacional, cadenas de suministro globales, externalización de los residuos y la extracción de recursos a los países pobres, acceso a financiación… – todo eso, decimos, simplemente consideran que seguirá ahí tanto como sea necesario para la implementación de esa transición. Por eso, y por todo lo que nos dejamos (¿producción de alimentos? ¿producción de plásticos?), nuestros líderes políticos, económicos y científicos tendrían que tener una perspectiva sistémica, con una visión global y temporal amplia.

A día de hoy, el mejor enfoque para entender el mundo sigue siendo el de la dinámica de sistemas que utilizaron hace más de cincuenta años los científicos del MIT cuando publicaron Los límites del crecimiento.” https://twitter.com/limites1972/status/1617614173147652096

41 Este borracho está buscando su llave de casa (que ha perdido un rato antes) debajo de un farol, aunque se le ha caído en un lugar oscuro veinte metros más allá, porque debajo del farol hay más luz. Este cuentecillo o chiste proviene de Carl Améry (en uno de los textos de Bileams Esel, List Verlag, Múnich 1991).

42 Sobre el papel rector de las redes de alta tensión en el actual auge de las renovables hipertecnólogicas véase el lúcido artículo de Álvaro Campos-Celador: “15 tesis para el debate sobre la transición energética”, eldiario.es, 4 de febrero de 2023; https://www.eldiario.es/ultima-llamada/15-tesis-debate-transicion-energetica_132_9910433.html

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Maquillando el cadáver del capitalismo

27/02/2023 by Vitalio Deja un comentario

Por:  Luis Britto García

1

Ya nadie habla de capitalismo. Capitalismo implica capital, que posee otro y tú no tienes. Capitalista es dueño, patrono, tipo que impone hacer lo que a él le da la gana. Ahora se habla del Mercado. Mercado suena  impersonal, como el destino o las leyes naturales. Quien dice Mercado casi dice Supermercado, tan abarrotado de bienes que casi olvidamos que hay que  pagar la factura.  Capital es la mano que aprieta. Mercado es la mano invisible que, como Dios, se ocupa de hacer el bien aunque el resultado sea que todo anda mal.

2

Si para venderse el capitalismo tiene que cambiarse el nombre, significa que no está dispuesto a cambiar nada, excepto nombres. Ya anotó Adolfo Bioy Casares en su Diccionario del argentino exquisito que todas las indignidades  del capitalismo han sido rebautizadas con las palabras más dignas del idioma. Ya los precios no suben, se liberan. Los intereses no se alzan, se sinceran. Al trabajador no se lo despide, se flexibiliza su relación de trabajo.  Apoteosis de la confiscación  por el capitalismo del prestigio de lo que se le opone es  banalizar la Revolución como argumento de venta: hay revolución en la moda,  en los desodorantes, en las toallas sanitarias, en el papel higiénico. Revolución en todo, mientras no haya Revolución en nada.

3

Todo sistema elogia sus principios constitutivos. La primera verruga que desaparece del lifting capitalista es el capitalista  mismo. En una época se hacían lenguas los medios de comunicación sobre los grandes agiotistas: Morgan, Carnegie, Vanderbilt,  Rockefeller, Getty. No tardaron los maquilladores  de imagen en darse cuenta de lo nefasto que resulta comunicarle a los habitantes del mundo que pertenecen a  unas decenas de vejetes avinagrados escondidos en bunkers impenetrables. Los amos del mundo son invisibles. Su máscara es el secreto. Sus esclavos no necesitan conocerlos para servirles. Ahora lo que hay son Fundaciones. La culpa de lo que está mal recae sobre los políticos.  Los amos del mundo figuran reducidos a símbolos corporativos, que aparentan multiplicarse y dividirse para no pagar impuestos y burlar las leyes antimonopolio. El sistema sin nombre avanza hacia la tiranía sin rostro.

4

Dejemos el juego de las apariencias, que se acentúa a medida que las realidades se deterioran. Vayamos a los hechos. Demostraron  Marx y Engels que el capital tiende a concentrarse en un número cada vez menor de manos. Se fundamenta el capitalismo en un principio que no existe, el de la libre competencia. En realidad, los grandes capitales destruyen o devoran a los pequeños. Según estimación del Credit Suisse Research Institute, el 1% de la población posee hoy más propiedad que la mitad de los habitantes del planeta; el 10% más rico posee el 88% de la propiedad del mundo (https: //globalpolicywatch.org). Nunca tanta miseria produjo tanta riqueza para tan pocos. Puede que todo el planeta termine perteneciendo a una sola persona. A menos que antes, como profetizó Marx, los expropiados expropien a los expropiadores.

5                                                   5

John Maynard Keynes advirtió en 1936 en The General Theory of Employmen, Interest and Money  que para evitar la instauración de gobiernos socialistas en Europa eran indispensables medidas intervencionistas del Estado para vencer las crisis capitalistas, tales como  incrementos redistributivos del gasto público para activar el empleo, expandir el consumo y revitalizar la economía. En aras de esta confesión de que el capitalismo no funciona  se hicieron concesiones a los trabajadores y se publicitó la creación de un “Estado del Bienestar” en algunos países europeos. Era como un socialismo sin socialismo. El maquillaje duró hasta que la desintegración de la Unión Soviética lo hizo innecesario. Muerto el perro, se acabó la rabia. Gobiernos neoliberales privatizaron  empresas públicas, realizaron  despidos masivos, aniquilaron sindicatos y retiraron a los trabajadores todas sus conquistas, que ya no parecían necesarias para evitar revoluciones. En lugar del socialismo sin socialismo, mostró su rostro feroz el capitalismo con capitalismo.

6
En 1930 el mismo John Maynard Keynes había profetizado en una conferencia que para el 2030 la automatización resolvería íntegramente el problema de la producción de bienes, pero crearía un desempleo inmanejable. En otras palabras, se resolvería la producción, mas no su distribución. En efecto, hoy en día se producen alimentos de sobra para toda la humanidad, y sin embargo 944 millones de personas sufren desnutrición (Programa Mundial de Alimentos). Para 2020 la tasa de desempleo fue de 9,4%, con 187,7 millones de desempleados, más 165 millones de subempleados, más 119 millones que dejaron de buscar empleo (Portafolio.co.economia). El capitalismo no puede proporcionar alimento ni empleo a los trabajadores que explota. Y en pocas décadas la automatización de la Cuarta Revolución Industrial sustituirá con máquinas a todos los trabajadores no creativos.

7

Es el momento para un nuevo maquillaje; la panacea de la Renta Básica Universal, cantidad que sería entregada a todo habitante para que satisfaga sus necesidades básicas, trabaje o no trabaje. La apoyan Billy Gates, Mark Zuckenberg, Jeff Bezos, Elon Musk, el Papa Francisco y la Mafia del World Economic Forum. Suena lógica, necesaria e inevitable, pero es  de nuevo el socialismo sin socialismo. Si los dueños del mundo otorgan una  subvención, la retirarán en cuanto los trabajadores  dejen de ser una amenaza, así como les arrebataron el Estado de Bienestar. Antes del colapso de 2008, la economía especulativa superaba unas ochenta veces la producción real de bienes. Los funerales del capitalismo, con su economía de casinos, su generalizada corrupción, su lavado  de dólares, su narcotráfico y la pauperización salarial de las masas del Tercer Mundo  atraen mucho oportunista con  esperanzas de que algo le tocará. Sólo la propiedad social de los medios de producción garantiza la distribución social del producto.

8

El capitalismo, en fin, surge y se mantiene gracias a  una colosal destrucción y dilapidación de los recursos naturales, en particular de la energía fósil, la cual se agotará en pocas décadas. Ahora pretende presentarse como ecologista, recetando energías alternativas sin explicar cómo las habilitará sin recurrir a los hidrocarburos. Y su tasa de beneficios desciende progresiva e inexorablemente. No tiene el capital solución para ninguna de estas contradicciones. Dejemos a las viudas del capitalismo  acompañarlo a su última morada.  Pero no nos enterremos con él

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Es tiempo de la semana de cuatro días

27/02/2023 by Vitalio Deja un comentario

Por: Jack Kellan y Miriam Salman

La mayor prueba piloto de la historia de una semana de cuatro días demuestra que la reducción de la jornada laboral sin pérdida de salario nos hace más felices, más sanos y más productivos. Ahora es el momento de que el movimiento sindical luche por una semana laboral más corta para todos.

De junio a diciembre del año pasado, casi 3000 trabajadores británicos de todos los sectores de la economía probaron una semana laboral de cuatro días sin pérdida de salario, en el mayor estudio piloto realizado en todo el mundo hasta la fecha.

Los resultados del ensayo, publicados esta semana, ponen de manifiesto el impacto transformador de la reducción de la jornada laboral en la vida de los trabajadores: menos estrés, menos problemas de sueño, mejor conciliación de la vida laboral y familiar, y más tiempo para sí mismos y para sus amigos y familiares.

La semana de cuatro días es popular, está probada y es buena para los trabajadores. Beneficiaría al medio ambiente y cuenta también con el creciente respaldo de las empresas. Es hora de que los políticos progresistas y el movimiento obrero pongan la semana laboral más corta en primer plano para garantizar que se siga reduciendo el tiempo de trabajo en interés de todos.

Más sanos y felices

Durante el periodo de prueba de seis meses, los trabajadores de organizaciones que van desde consultoras a asociaciones de la vivienda, pasando por cerveceras y empresas de robótica, redujeron su jornada laboral sin perder nada de su salario. Aunque la estructura de su semana de cuatro días variaba —algunas empresas optaron por un «día libre» completo; otras, por 32 horas en cinco días, etc.—, al observar los resultados, había mucho en común.

Al comparar los datos tomados antes y después del periodo de prueba, los investigadores descubrieron que las medidas de estrés, agotamiento y problemas de sueño habían disminuido, mientras que la satisfacción vital y laboral había aumentado y la salud física y mental había mejorado. A los trabajadores les resultaba más fácil conciliar las responsabilidades laborales y asistenciales, e incluso se sentían más satisfechos con la economía doméstica. Al final del ensayo, como era de esperar, al menos el 92% de los participantes querían que se mantuviera la reducción de la jornada laboral.

Casi todos ellos verán cumplido su deseo de que la semana de cuatro días se convierta en una nueva normalidad: 56 de las 61 empresas se aferran a la reducción de la jornada laboral, habiendo comprobado sus propios beneficios en una mayor retención del personal, una mejora de la productividad y un aumento de los ingresos. Como resultado, miles de trabajadores tendrán ahora un horario reducido, sin pérdida de salario, y seguirán disfrutando de todas las mejoras concomitantes en materia de bienestar y conciliación de la vida laboral y familiar.

Cada vez hay más pruebas

En realidad, no hay mucho en el proyecto piloto sobre los beneficios de la semana de cuatro días que no haya salido ya a la luz en el creciente número de proyectos piloto que se están llevando a cabo entodo el mundo en los últimos años. El uso de rigurosas mediciones del tipo «antes y después» y de amplias entrevistas cualitativas en el programa del Reino Unido puede significar que los defensores de la reducción de la jornada laboral tienen ahora más fuerza que nunca, pero las pruebas se acumulan desde hace tiempo.

En Islandia, la reducción de la semana laboral mejoró notablemente el equilibrio entre la vida laboral y personal de los participantes, mientras que en otro programa llevado a cabo en Estados Unidos, Irlanda y otros países se observaron descensos del estrés y la fatiga, además de mejoras en la salud física y mental. En Microsoft Japón y Unilever Nueva Zelanda se observaron mejoras en la productividad tras el cambio a una jornada laboral más corta, y el propio Reino Unido cuenta ahora con más de 120 empresas «acreditadas» con una semana laboral de cuatro días listas para citar el impacto transformador en el personal.

Ahora es cuando

Con pruebas de ensayos globales que demuestran los amplios beneficios para los trabajadores, y con encuestas de opinión que muestran que la popularidad de esta política está fuera de toda duda, resulta sorprendente que la semana de cuatro días aún no se dé por sentada como una reivindicación central de los políticos progresistas y los sindicatos del Reino Unido. En medio de una marea de creciente inseguridad, bajos salarios y sobrecarga de trabajo, la campaña por una semana de cuatro días ha logrado mejorar las condiciones laborales, aumentar en un 20% el salario por hora y, lo que es más importante, ha dado a miles de trabajadores de todo el país la sensación de que «otro lugar de trabajo es posible». Se trata de enormes victorias.

En este contexto, la respuesta progresista general parece decepcionante. Mientras que, por supuesto, una semana de cuatro días formó parte del manifiesto del Partido Laborista del Reino Unido en 2019, se ha mantenido consistente en los programas de los Verdes del Reino Unido, ahora es la política oficial de Plaid Cymru y continúa cosechando focos de apoyo en los principales partidos del Reino Unido, en otros lugares la política a menudo se ha estancado, todo mientras el caso de las horas más cortas solo se hace más fuerte.

En Escocia, para frustración de los activistas, el gobierno del SNP ha retrasado su prueba de la semana laboral de cuatro días; mientras que en Gales, el gobierno laborista sigue sin pronunciarse sobre los planes piloto, «a la espera de los resultados en otros lugares», a pesar de los llamamientos de los comités del Senedd y del Comisario para las Generaciones Futuras del país para que respalden las pruebas en el sector público. El Partido Laborista británico guarda silencio por ahora, a pesar de que muchos miembros del Gabinete en la sombra admiten en privado que es algo que apoyan.

Sin embargo, la tibia respuesta de los dirigentes del movimiento obrero es más sorprendente, sobre todo si recordamos que, durante gran parte del siglo XX, la reducción de la jornada laboral fue la reivindicación número uno de los sindicatos. El «fin de semana» solo existe gracias a la lucha de los sindicatos.

El UCU, respaldado por el RMT y el CWU (que negociaron un acuerdo histórico de jornadas laborales más cortas para los trabajadores postales en 2018), aprobó con éxito una moción que pedía una semana de cuatro días en el Congreso del TUC en 2021, y PCS Escocia, tras una investigación con el think tank Autonomy, ha hecho de una semana de 28 horas un componente clave de su reivindicación salarial.

Sin embargo, el apoyo a la semana de cuatro días suele ser mucho más cauteloso. Hasta cierto punto, es comprensible. En una situación de crisis del coste de la vida, la remuneración suele considerarse prioritaria y, al tratarse de un movimiento dirigido en gran medida por las empresas hasta la fecha, a veces se desconfía de los verdaderos motivos de una semana de cuatro días («¿es un intento de aumentar el control sobre los trabajadores?»), así como de sus posibles consecuencias imprevistas (desde su impacto en el subsidio de vacaciones hasta la preocupación de que los trabajadores más marginados se queden atrás).

Son preocupaciones importantes, pero por ellas el movimiento sindical debería liderar la lucha por la semana de cuatro días, asegurándose de que sigue mejorando la vida de los trabajadores. En los próximos años, cada vez más empresas empezarán a reducir la jornada laboral, lo que ofrecerá a los sindicatos una oportunidad crucial para ayudar a conseguir mejores condiciones para miles de trabajadores.

Del mismo modo, aunque el salario siga siendo la reivindicación principal, ya que los sueldos se reducen en medio de la inflación, los problemas crónicos de agotamiento y mala salud derivados de las largas jornadas laborales no van a desaparecer. En muchas profesiones, sobre todo entre los trabajadores del sector público, como profesores y médicos, el exceso de trabajo es ya el principal problema. Como reivindicación central, la semana de cuatro días volvería a poner sobre la mesa el tiempo de trabajo, conectando al movimiento obrero con una tendencia ya en marcha de forma orgánica en la sociedad.

Las pruebas están a la vista, la popularidad crece: ahora es el momento de que los responsables políticos progresistas y los sindicatos luchen para dar forma a un futuro de cuatro días semanales.

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Cerrar la fractura: Por una planificación ecológica del metabolismo universal

19/02/2023 by Vitalio Deja un comentario

Fuente: Jacobin

Un acercamiento marxista a la actual crisis ecosocial, derivada de la forma de parasitaria de producción que caracteriza al capitalismo. La resolución de esta «fractura metabólica» constituye el mayor reto civilizatorio de la historia humana.

I

El ser humano se halla ante el reto civilizatorio más exigente de su historia. Uno que combina tanto problemas relacionados con la emisión de gases de efecto invernadero, con su consecuente aumento de la temperatura global y la perturbación en el equilibrio del sistema climático terrestre, como problemas derivados del uso extractivista de los recursos del planeta. Hoy en día, resulta difícil negar que todo ello, que podemos conceptualizar como crisis ecológico-social (o, simplemente, crisis ecosocial), tiene origen en la parasitaria forma de producir que domina a escala global: el modo de producción capitalista.

Para acercarnos teóricamente al problema desde el enfoque marxista, es útil reflexionar en torno a un concepto rescatado de Marx y popularizado en los últimos tiempos por John Bellamy Foster: la fractura metabólica. Marx habla de la «interacción metabólica» como aquella dependencia vital entre el ser humano y el resto de la naturaleza, de la que el proceso de trabajo es el nexo entre ambas partes. Partes que, en realidad, constituyen un solo «organismo» (es decir, las concebimos dialécticamente desde su unidad universal[1]), en el que una naturaleza humanizada y una sociedad determinada por la naturaleza no pueden ser entendidas como independientes. Entre ellas, la producción es el proceso a través del cual se media, regula y controla el intercambio metabólico de energía y materiales. Por lo tanto, de la forma que tome este metabolismo dependerá el lugar hacia el que camine nuestra historia social y natural.

Pues bien, hoy sabemos que esta relación sufre una fractura[2], coincidente con la expansión del capitalismo a partir de la Revolución Industrial y la separación antagónica entre campo y ciudad, cuyas consecuencias prácticas más evidentes son el agotamiento tanto de la fuerza de trabajo como de los recursos naturales, así como las rupturas en los ciclos de materiales a los que el término hace referencia en origen. Y si no encontramos la forma de cerrar esta fractura, conservando la sostenibilidad y el equilibrio de la relación metabólica, nuestro futuro avanzará a un escenario tan imprevisible como peligroso.

II

Apartir de esta conceptualización del problema, la pregunta más habitual es conocida: incluso si el capitalismo es el origen de esta ruptura, ¿no podríamos reconstruirla mediante ciertas reformas legales? La incompatibilidad entre el poder impersonal del capital y un control consciente del proceso productivo (y, por lo tanto, del proceso de trabajo), nos lleva a afirmar que no.

Las soluciones en el marco de las relaciones sociales capitalistas, ya sean medidas con origen en el enfoque ortodoxo de la economía ambiental o proyectos más ambiciosos propios de los actores políticos socialdemócratas, como el Green New Deal[3], son impotentes de cara a cerrar de forma efectiva la fractura metabólica y encarar la crisis ecosocial. En el capitalismo se toman los recursos naturales como gratuitos, esto es, el mercado no es capaz de valorar correctamente los costos de extracción y gestión a través de los actos de compra y venta, por lo que se procede a su sobreexplotación. Por ello, muchos economistas ambientales proponen «internalizar» los efectos negativos para readaptar los incentivos monetarios a través de, por ejemplo, eco-impuestos o permisos de contaminación, de forma que las externalidades negativas sean corregidas asignando valores monetarios a los servicios ambientales, es decir, comercializándolos. Pero tal perspectiva, que parte del enfoque teórico neoclásico, ignora la imposibilidad de incorporar adecuadamente las cuestiones ecológicas por la vía del mercado, dado que este solo acaba siendo capaz de funcionar a partir de un monocriterio: el de la rentabilidad.

El histórico volumen de horas de trabajo que necesitamos invertir para llevar a cabo una transición ecológica digna de tal nombre solo es comparable a medidas tomadas, como mínimo, en las economías de guerra. Las empresas no tienen ni la intención ni la capacidad de hacerlo, pues en ningún caso ello será rentable en términos monetarios. Y menos aún a corto plazo, que es lo que mueve a sus inversores. Esto no debería sorprender a nadie: ya sea para lograr una transición a una economía descarbonizada o para dotarnos de un sistema sanitario universal y gratuito, todas estas iniciativas serían sacrificios «a fondo perdido» para el capital.

Otras propuestas que sí asumen ciertos postulados anticapitalistas, como algunas de las tesis decrecentistas, incorporan al debate cuestiones valiosas que deben ser tenidas en cuenta, por lo que el diálogo con ellas (y su crítica) es necesario y nos permite avanzar en el debate teórico. Es indudable que el enfoque postdesarrollista en el que se enmarca la propuesta del decrecimiento ha contribuido a la concienciación sobre los límites medioambientales que la producción capitalista ignora, así como a impulsar una discusión necesaria sobre cuáles deberían ser los objetivos de un socialismo liberado de sus previsiones optimistas sobre el futuro y la abundancia material. Pero ello no hace de esta propuesta una alternativa robusta al capitalismo.

No siendo el objetivo de este artículo entrar en polémica, creemos que las propuestas decrecentistas, en el caso de tener potencialidad emancipatoria, solo podrían ser aplicadas en economías planificadas, en las que la producción se haya socializado. En ocasiones, la tendencia a primar la crítica a las pautas de consumo, o el hecho de centrar su discurso en un análisis meramente cuantitativo —positivo o negativo— del crecimiento, suele acabar relegando la contradicción fundamental del modo de producción capitalista, es decir, la relación capital/trabajo, en el mejor de los casos, a un segundo plano. A pesar de ello, en los últimos tiempos estamos percibiendo un acercamiento entre posturas con las que compartimos puntos importantes, como la de algunos decrecentistas anticapitalistas y la de la joven tradición ecosocialista[4], hecho que celebramos y esperamos que avance fructíferamente.

Todo ello nos obliga a trabajar colectivamente, tanto en el plano teórico como en el práctico, hasta lograr que nuestra gestión de la (re)producción social nos permita hacernos cargo de la fractura metabólica con el objetivo de repararla, de cerrarla. O, dicho de otro modo, construir una sociedad en la que “los productores asociados gobiernan su interacción metabólica con la naturaleza de manera racional, llevándolo a cabo bajo su control colectivo en vez de ser dominados por esta interacción en tanto una fuerza ciega” (Marx, 2015, p. 885)[5].

III

Así pues, necesitamos un proceso revolucionario que expropie y socialice los medios de producción, pero las ideas sobre cómo gestionar una economía sin mercado ni dinero acostumbran a brillar por su ausencia. Hoy, y en línea con la perspectiva teórica abierta por Paul Cockshott, podemos pensar en las posibilidades de planificar la economía incorporando los avances tecnológicos de las últimas décadas. La propuesta cibercomunista no ofrece recetas mágicas, sino que propone el marco económico-organizacional a partir del cual podemos actuar con eficacia para combatir la crisis ecosocial. La cuestión no puede reducirse a un tipo u otro de política, más o menos acertada, para combatir distintos efectos del cambio climático. Nosotros comprendemos que, siendo la forma de producir —la forma de organizar el proceso de trabajo—, lo que regula nuestra relación con el resto de la naturaleza, debe ser la propia forma de ordenar el proceso productivo la que integre orgánicamente la capacidad para solucionar los problemas ecológicos.

En una economía como la que proponemos, a la hora de elaborar un plan económico, «los límites ambientales se tienen en cuenta como una restricción material más (como lo es también la cantidad y la calidad de la fuerza laboral disponible) para la consecución de los objetivos propuestos» (Nieto, 2021, p. 132)[6]. Por lo cual, tanto si hablamos de emisiones, de extracción de recursos o de uso de la tierra, las preocupaciones ambientales deben ser incluidas en la planificación en tanto que restricciones, para así poder introducirlas en el problema de optimización a resolver para calcular el plan óptimo. El objetivo es que consigamos controlar, basándonos en la perspectiva del metabolismo social, los cuatro grandes momentos de toda economía: la extracción, la producción, el consumo y la gestión de los residuos.

Autores como Philipp Dapprich[7] han tomado la iniciativa de realizar simulaciones de economías planificadas para comprobar qué metodologías y protocolos garantizarían obtener planes que no excedieran el uso acordado de combustibles fósiles, teniendo en cuenta no solo los requerimientos en horas de trabajo y unidades de energía de los bienes de consumo, sino también el uso de recursos muy limitados. Su trabajo sobre modelos que mejoran las tradicionales tablas insumo-producto, tienen en cuenta, por ejemplo, las diferencias entre usar técnicas de producción basadas en el uso de energía eólica o en el uso del carbón, así como su intensidad. Todo ello considerando que la capacidad actual de la programación lineal logra dar solución a los problemas de complejidad computacional y limitar estrictamente las emisiones de CO2, algo fundamental para nuestro proyecto.

La tecnología computacional y de la información nos permite construir un sistema integrado de planificación económica que supere las profundas limitaciones de los rudimentarios mecanismos del dinero y el mercado. Basar nuestra forma de producir en las necesidades sociales de recursos naturales y tiempo de trabajo nos abre las puertas a gestionar la economía post-combustibles fósiles que necesitamos, pudiendo llevar a cabo enormes transformaciones estructurales en sectores como el del transporte, la construcción o la alimentación. Este tipo de cuestiones, entre otras, son las que se abordan en el libro recién publicado por Cockshott, Cottrell y Dapprich[8].

Podemos imaginar ejemplos como el de la restricción de la producción de alimentos cárnicos (fundamental para reducir las emisiones de gases de efecto invernadero), y el uso del racionamiento para regular democráticamente su consumo, que, pese a su mala fama, es un mecanismo que no excluye a nadie por su nivel de renta, y abre las puertas a distribuir los recursos escasos a partir de una deliberación pública y transparente. Como hemos dicho, el problema ante el que estamos requiere, como poco, de medidas similares a las que adoptaron las economías de guerra, y la disyuntiva ante la que estamos no es otra que la de racionamiento o rapiña. De todas formas, los cambios necesarios en las dietas se vuelven menos abruptos si tenemos en cuenta la cantidad de alimentos que, hoy en día, la lógica de la rentabilidad obliga a desperdiciar (se estima que un 17% del total de alimentos). Además, entre el 8% y el 10% de las emisiones mundiales de gases de efecto invernadero están asociadas a alimentos no consumidos[9], por lo que optimizar su producción y distribución nos facilitaría mucho las cosas[10].

No siendo este el lugar para profundizar en cuestiones técnicas, dos ideas principales deben ser destacadas. Por un lado, al prescindir del dinero, la planificación socialista es capaz de llevar a cabo un cálculo en especie, in natura, es decir, calculando directamente la producción en términos de unidades físicas (toneladas, litros, etc.). En línea con trabajos como el de Otto Neurath o Leonid Kantorovich, esto nos permite tomar en cuenta la escasez de recursos naturales y utilizar procedimientos matemáticos para determinar la combinación de técnicas de producción que cumpla mejor los objetivos del plan (Cockshott, 2008)[11]. Por otro, nos permite tener en cuenta algo fundamental: el coste de reposición de los recursos renovables. Los desarrollos metodológicos de Howard T. Odum (2007)[12] o de José Manuel Naredo y Antonio Valero (1999)[13] ilustran bien las posibilidades que tendríamos de, por ejemplo, calcular en unidades de energía los costes asociados a los procesos productivos. La cuestión clave aquí es la capacidad que nos brinda la planificación para reconvertir residuos en recursos, cerrando así los ciclos de materiales. Es decir, cerrando fracturas metabólicas[14].

También en línea con una perspectiva de metabolismo social, conviene hacer una breve mención a la importancia que deberá tener la planificación urbana de cara a superar la contradicción campo-ciudad. Autores como Fernando Moliní y Miguel Salgado (2011)[15] argumentan en favor de las ciudades compactas frente al desarrollo urbano de baja intensidad, por los ahorros y beneficios medioambientales de las primeras en términos de consumo de suelo, agua y energía o de contaminación. Pero rechazar la romantización de una vuelta al campo no es contradictorio con, siguiendo los planteamientos del movimiento desurbanista soviético (y particularmente de Nikolái Milyutin)[16], entender que las ciudades modernas comportan una masificación desigualitaria e ineficiente. Por lo tanto, una reestructuración de los espacios de convivencia sobre la base de criterios científicos, ecológicos y sociales, se nos revela como una necesidad acuciante.

Por otra parte, la propuesta cibercomunista apuesta por la democracia directa como “contraparte” político-institucional de la planificación socialista[17]. Por ejemplo, la elección de cargos públicos a través del sorteo, en vez de a través de mecanismos electorales representativos, demuestra adaptarse mejor al problema que nos ocupa. Un ejemplo curioso que muestra las potencialidades del sorteo es el de la Convención Ciudadana por el Clima, en Francia[18]: tras ser seleccionados 150 ciudadanos por sorteo, sus propuestas de leyes para la lucha contra el cambio climático fueron tan radicales[19] que han sido mayormente ignoradas por el gobierno de Macron, incumpliendo así su compromiso de implementar las decisiones colectivas que salieran de dicha asamblea.

La potencialidad de mecanismos democráticos para la gestión de los recursos naturales puede acreditarse con base en investigaciones tan aparentemente dispares como las de Elinor Ostrom[20] sobre los ejemplos históricos de gestión comunal, o con las aportaciones sobre cibernética de Stafford Beer[21]. La tan manida “tragedia de los bienes comunes”, uno de los buques insignia de la economía ortodoxa y la justificación para su pretensión de privatizarlos, supone una naturalización de las situaciones de obstrucción informativa que el socialismo pretende superar. Es conocido que cuando se establecen protocolos y procedimientos de deliberación y supervisión por parte de los afectados, la administración es mucho más prudente y cuidadosa. Además, la capacidad de la planificación socialista de incorporar gran variedad de criterios para gestionar los recursos nos permite abordar las cuestiones medioambientales como un asunto de deliberación pública de la sociedad en su conjunto, en vez de tratar de resolverlo mediante las preferencias de los consumidores[22].

IV

Con el inicio de la llamada época del Antropoceno, el ser humano pasó a convertirse en una fuerza geológica dominante con capacidad para modificar por sí mismo enormes procesos biogeofísicos. Ello puso al planeta entero en un riesgo real y tangible que solo puede ser abordado por la propia sociedad. Este papel protagonista que nuestra generación ha heredado, por lo tanto, solo puede ser interpretado correctamente abogando por la superación de la irracionalidad, ineficiencia e ingobernabilidad destructiva que nuestra actual organización de la producción implica. La planificación socialista, como dicen Leigh Phillips y Michal Rozworski[23], no es que nos permita pasar de ese Antropoceno «malo» a un Antropoceno «bueno», sino que es, en sí misma, la forma que tomará el Antropoceno «bueno».

Algo fundamental es tomar conciencia de que la crisis ecológico-social no es exclusiva del capitalismo. La superación de las actuales relaciones sociales no solucionará ningún problema de manera automática, sino que permitirá dar una salida política a lo que es, en definitiva, un problema político. Por ello, debemos trabajar con las posibilidades que nos brinda el presente, no dejándonos llevar por maximalismos utópicos de desarrollo sin límites de las fuerzas productivas, sino siendo conscientes de que el comunismo, como «movimiento real que anula y supera el estado de las cosas actual», tiene ante sí una tarea de condiciones materiales difícilmente reversibles en un plazo corto de tiempo.

La economía socializada y planificada puede ser descrita con multitud de adjetivos que la diferencien de la tiranía del mercado y propiedad privada que nos gobierna hoy en día (más justa, más eficiente, más racional, etc.), o incluso interpretándola como «el ejercicio de la libertad de decisión que se da en el conjunto de la sociedad» (Löwy, 2011, p. 45)[24]. Pero, ante todo, la planificación socialista es una gestión esencialmente ecológica del proceso de trabajo.

En las sociedades en las que domina el modo de producción capitalista, el mercado actúa como un parásito que, devorando y agotando los recursos naturales, prefiere morir matando que poner fin a las monstruosas consecuencias de su actividad. Acabar con el parásito debe ser el objetivo común de todos aquellos preocupados por el futuro de nuestro planeta. Pero planificar la economía debe ser la aspiración de toda persona que anhele organizar nuestra actividad social de manera democrática, consciente y libre, para regular de manera sostenible y equilibrada el metabolismo universal.

Notas

[1] Para una mayor profundización se recomienda la lectura de «Marx en el Antropoceno: Valor, fractura metabólica y el dualismo no-cartesiano», de Kohei Saito. Disponible en: https://marxismocritico.com/2017/11/29/marx-en-el-antropoceno-valor-fractura-metabolica-y-el-dualismo-no-cartesiano/

[2] Una buena introducción a la perspectiva teórica de Foster puede ser «Marx y la fractura en el metabolismo universal de la naturaleza». Disponible en: https://marxismocritico.com/2014/12/23/marx-y-la-fractura-en-el-metabolismo-universal-de-la-naturaleza/

[3] Una posible crítica a este último desde nuestra perspectiva se puede encontrar en «Ante la emergencia eco-social mundial, ¿Green New Deal o planificación socialista de la economía?», publicado en El Salto por Maxi Nieto, Víctor Castillo y Guillermo Murcia. Disponible en: https://www.elsaltodiario.com/1984/green-new-deal-o-planificacion-socialista-economia

[4] Un buen ejemplo es el manifiesto «For an Ecosocialist Degrowth», firmado por autores de ambas perspectivas y publicado en Monthly Review. Disponible en: https://monthlyreview.org/2022/04/01/for-an-ecosocialist-degrowth/

[5] Karl Marx (2015): Manuscript of 1864-1865. Leiden: Brill.

[6] Maxi Nieto (2021). Marx y el comunismo en la era digital (y ante la crisis eco-social planetaria). Madrid: Maia ediciones.

[7] Para profundizar en los avances de Dapprich se recomienda la entrevista (dividida en dos partes) realizada por el portal After The Oligarchy, en la que se reflexiona sobre el modelo trabajado por Dapprich en su tesis doctoral. Disponible en: https://aftertheoligarchy.com/2022/05/26/philipp-dapprich-interview-on-central-planning-part-1-opportunity-cost-environment-capital-goods/. En Cibcom.org también está disponible una serie de artículos titulados «Simulando el socialismo», en los que Dapprich describe su simulación informática de una economía socialista.

[8] Paul Cockshott, Allin Cottrell y Phillipp Dapprich (2022). Economic planning in an age of climate crisis.

[9] United Nations Environment Programme (2021). Food Waste Index Report 2021. Nairobi.

[10] Tomas Härdin (s.f.). «La solución del cálculo económico [4]. Reduciendo emisiones y salvando vidas». Disponible en: https://cibcom.org/la-solucion-del-calculo-economico-4/

[11] Paul Cockshott (2008). «Calculation in-Natura, from Neurath to Kantorovich».

[12] Howard T. Odum (2007). Environment, Power, and Society for the Twenty-First Century: The Hierarchy of Energy. Columbia University Press.

[13] José Manuel Naredo y Antonio Valero (coords.) (1999). Desarrollo económico y deterioro ecológico. Fundación Argentaria.

[14] Aún sin hablar explícitamente de fracturas metabólicas, científicos soviéticos como J. K. Fyodorov ya hacían referencia en 1972 a esta cuestión, proponiendo ciclos cerrados en la producción como formas de reducir considerablemente la contaminación que causaba la industria. Un texto sin duda interesante a este respecto puede encontrarse en: https://cibcom.org/limites-del-crecimiento-en-el-comunismo/

[15] Fernando Moliní y Miguel Salgado (2011). «Los impactos ambientales de la ciudad de baja densidad en relación con los de la ciudad compacta», Revista Bibliográfica de Geografía y Ciencias Sociales, Vol. XVII, n.º 958. Disponible en: http://www.ub.edu/geocrit/b3w-958.htm

[16] Michael Gentile (2000). «Urbanism and Disurbanism in the Soviet Union», Inblick Östeuropa. Disponible en: http://inblickosteuropa.se/2000/05/urbanism-and-disurbanism-in-the-soviet-union-by-michael-gentile/

[17] Cockshott y Cottrell lo desarrollan en el capítulo 13 de Towards a new socialism (1993), titulado «On democracy».

[18] Germán P. Montañés (2020). «Macron contra la democracia: el caso de la Convención Ciudadana por el Clima», publicado en CTXT. Disponible en: https://ctxt.es/es/20201201/Firmas/34355/macron-convencion-clima-francia-sorteo-german-montanes.htm

[19] En The wisdom of the crowds (James Surowiecki, 2005) se muestra empíricamente, a través de distintos casos, como los grupos amplios de personas resuelven mejor los problemas que pequeños grupos de expertos, incluso en el caso de problemas técnicos.

[20] En El gobierno de los bienes comunes (1990), Ostrom plantea los siguientes ocho principios de gestión: 1) Límites claramente definidos (exclusión efectiva de terceras partes no involucradas); 2) Reglas de uso y disfrute de los recursos comunes adaptadas a las condiciones locales; 3) Acuerdos colectivos que permitan participar a los usuarios en los procesos de decisión; 4) Control efectivo, por parte de controladores que sean parte de la comunidad o que respondan ante ella; 5) Escala progresiva de sanciones para los usuarios que transgredan las reglas de la comunidad; 6) Mecanismos de resolución de conflictos baratos y de fácil acceso; 7) Autogestión de la comunidad, reconocida por las autoridades de instancias superiores; 8) En el caso de grandes recursos comunes, organización en varios niveles; con pequeñas comunidades locales en el nivel base.

[21] Jon Walker (s.f.). «Cybernetics of the Commons». P2P Foundation. Disponible en: https://wiki.p2pfoundation.net/Cybernetics_of_the_Commons

[22] John O’Neill (s.f.). «Cálculo socialista y valoración ambiental: Dinero, mercado y ecología». Disponible en: https://cibcom.org/calculo-socialista-y-valoracion-ambiental-dinero-mercado-y-ecologia/

[23] «Planificant el bon antropocè», de Leigh Phillips y Michal Rozworski. Disponible en: https://catarsimagazin.cat/planificant-el-bon-antropoce/. También disponible en castellano en: https://cibcom.org/planificando-al-buen-antropoceno/

[24] Michael Löwy (2011). Ecosocialismo. La alternativa radical a la catástrofe capitalista. Buenos Aires: Ediciones Herramienta y Editorial El Colectivo.

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