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Global

Cuando el fascismo se disfraza de revolución

27/08/2023 by Vitalio Deja un comentario

Por: Homar Garcés

Cuando el fascismo (que es decir también la derecha o el conservadurismo o el liberalismo) se disfraza de revolución, el pueblo no tiene ningún protagonismo ni tampoco una influencia significativa en lo que atañe a la dirección y el destino de la nación. Tan solo sirve de telón de fondo, de espectador pasivo y, en el peor de los casos, de carne de cañón, según lo determinen los intereses de las castas o las clases gobernantes. Aunque a éstas les guste resaltar en sus discursos la preeminencia de la soberanía y los derechos populares, lo cierto es que solo repiten lo que ya hicieron durante el pasado siglo Benito Mussolini, Adolf Hitler, Josef Stalin, Pol Pot y las varias juntas militares que surgieran en nuestra América (instigadas por el imperialismo gringo) desembocando en la instalación de regímenes donde no cabían la disidencia, el ejercicio de una verdadera democracia, la tolerancia y la justicia de un Estado de derecho. En el mundo contemporáneo, algunas de estas actitudes y prácticas de lo que generalizaríamos como ultraderecha (o grupos fascistoides) se han extendido también al campo contrario, la izquierda o progresismo, lo que ha desdibujado la frontera ideológica que existiera tradicionalmente entre una y otra, sin mencionar la «coincidencia» en ambas con relación al tema económico.

El ejemplo más a la mano lo representa la retórica utilizada por la clase política de Estados Unidos, envolviendo al mundo en una lucha del bien contra el mal, en la cual los buenos son, por supuesto, los gringos y los malos todos aquellos que no acaten su destino manifiesto, como hijos predilectos que son de su dios bíblico. Ello le ha servido como justificación a la cúpula política-militar-económica para adjudicarse una dominación que no admite grandes cambios dentro de sus fronteras que puedan dañarla de algún modo, al mismo tiempo que pueda extenderse fuera, imponiendo su manera de entender la democracia y sus «valores» culturales (o american way life). Para muchos, la presidencia de Donald Trump hizo aflorar lo que son dichos valores, con un lenguaje y un comportamiento misógino, racista y supremacista sin ambigüedades que luego fuera copiado, entre otros políticos, por la dirigencia de Vox en España y Jair Bolsonaro en Brasil, fijándose una especie de patrón que, ahora, se hace presente en Argentina con Javier Milei, Viviana Canosa y El Dipy, antecedidos por Mauricio Macri.

En Venezuela, la oposición ultraderechista ha querido implantar tal patrón, con alguna estética transgresora, como el uso de la imagen de Simón Bolívar y la bandera y el escudo nacionales, contando para ello con un respaldo mediático con que se busca mermar el respaldo popular del gobierno de Nicolás Maduro. Todas estas expresiones de la ultraderecha tienen su génesis gracias al clima de frustración social que sufren, principalmente, quienes se ubican en las clases medias-bajas de la población, afectadas por una elevada inflación y unos altos niveles de pobreza, producidos, en gran parte, por la aplicación de medidas económicas de corte neoliberal.

En «Fascismo, fascistización, antifascismo», su autor Ugo Palheta, sociólogo y profesor asociado en la Universidad de Lille (Francia), observa que «en tanto movimiento, el fascismo se desarrolla y gana una gran audiencia presentándose como una fuerza capaz de desafiar al «sistema» restableciendo al mismo tiempo «la ley y el orden». Es esta faceta profundamente contradictoria de revuelta reaccionaria, mezcla explosiva de falsa subversión y de ultraconservadurismo, la que le permite seducir a franjas sociales cuyas aspiraciones e intereses son esencialmente antagonistas. Cuando el fascismo llega a conquistar el poder y a convertirse en un régimen (o, más precisamente, en un estado de excepción), tiende siempre a perpetuar el orden social independientemente de sus pretensiones «antisistema» que, algunas veces, llegan a presentarse como ‘revolucionarias’». Como se ha visto hasta ahora, el desplazamiento hacia la derecha de la derecha -algo que parece extenderse triunfante en nuestra América, acompañado, en algunos casos, como en Brasil, de un catolicismo y un evangelismo conservadores- rebasa el marco de principios tradicionalmente observados como son el pluralismo, el respeto de las instituciones representativas, la igualdad formal ante la ley y el respeto a los derechos humanos; en fin, establece un discurso de desdemocratización que atrae a un segmento nada desdeñable de personas resentidas con lo que ha sido la tendencia neoliberal en nuestro continente y su contraparte, las opciones progresistas que surgieran a finales del siglo anterior.

En su configuración destacan tres factores: la aparición de un outsider del escenario político, la convicción de que existe una separación profunda entre los ciudadanos de a pie y los representantes políticos (a quienes se acusa de ser los culpables de la corrupción gubernamental, de mantener un estilo de vida ostentoso, del auge de inseguridad, de la permisividad con los inmigrantes ilegales y de la situación crítica de la economía local) y, como resultado de éstas, la conformación de una fuerza antisistema. Además, se deslegitiman los derechos universales y de organización colectiva garantizados constitucionalmente, haciendo ver que lo pertinente es poner en primera instancia la iniciativa individual mediante emprendimientos liberados de todo control estatal, eliminándose todo tipo de subsidio social a las personas y familias de bajos recursos económicos, por estimar que son causa del atraso del desarrollo en que se encuentra el país. Como lo expone Ugo Palheta, «el fascismo no es solo una respuesta desesperada de la burguesía frente a una amenaza revolucionaria inminente, sino la expresión de una crisis de alternativa al orden existente y del fracaso de las fuerzas contrahegemónicas». Una cuestión que amerita, desde el campo revolucionario, más que simples analisis o señalamientos, muchos de los cuales lo que hacen es recalcar los viejos clichés heredados de la izquierda que calcara lo pregonado desde la Unión Soviética, impidiendo una mejor comprensión de las realidades de nuestros países.

El desmantelamiento de la democracia social, la pérdida del papel de los partidos políticos tradicionales como organizaciones mediadoras entre las ciudadanías y el Estado liberal, y la imposición de una sociedad de mercado y de consumo que parecía beneficiar a todo el mundo -con unas fuerzas de izquierda que no atinaban a definir el conjunto de transformaciones, tanto en el ámbito político como en el social y en el económico, que comenzaron a gestarse entonces- sirvieron de caldo de cultivo para que se produjeran grandes convulsiones sociales, como las ocurridas en Chile y Francia no hace mucho tiempo. Estas grandes convulsiones no obstante su impacto en la opinión pública no avanzaron más allá de su horizontalidad desorganizada y de los objetivos inmediatistas que los motivaron. Sin embargo, son indicativos del nivel de deslegitimación social que, desde mediados del siglo XX, caracteriza al sistema-mundo imperante.

Tomando en cuenta el caso argentino, el exvicepresidente Álvaro García Linera sostuvo que «las promesas de justicia e igualdad no se están cumpliendo, entonces, si desde el progresismo nosotros no somos capaces de entender eso y de dar respuestas concretas y rápidas que resuelvan la angustia e incertidumbre que corroe el alma colectiva, lo va a hacer alguien. Y en este caso, ese alguien fue la derecha más cavernaria, el neoliberalismo salvaje que tiene respuestas a problemas complejos». El divorcio de las elites políticas y económicas y la ciudadanía que confiara en su gestión para resolver los problemas más acuciantes ha servido de plataforma a esta nueva derecha. La gente no se conecta con el discurso que señala la conquista de un espacio más igualitario, democrático y equitativo mientras ve cómo estas mismas asumen un estilo de vida totalmente distinto a lo que predican, dejando a sus confiados electores en una incertidumbre y decepción crecientes, a medida que no halla soluciones a sus diversas necesidades materiales. Muy diferente es su reacción al simple mensaje y, en apariencia, desideologizado de quienes se exhiben como políticos de nuevo cuño, adoptando el recetario neoliberal como solución a todos los problemas existentes, más allá de lo que este ha sido desde que comenzó a implementarse. Todo eso obliga a generar movimientos sociales de resistencia defensiva que apunten a disminuir la apatía y la despolitización de una porción significativa de personas, lo cual pasa por producir serios debates que no se estanquen en la defensa ramplona de puntos de vista obsoletos o poco ajustados a la realidad contemporánea sino que estos sirvan para que surja una verdadera propuesta de transformación que contribuya a profundizar el ejercicio de la democracia en vez de permitir su total disolución.

Publicado en: Global

Cinco puntos a tener en cuenta cuando debatimos con la derecha

27/08/2023 by Vitalio Deja un comentario

Por: Matt Mcmanus

 

              Cinco puntos a tener en cuenta cuando debatimos con la derecha… o cómo ganar una discusión de sobremesa.

 

La derecha política moderna empezó siendo una gran queja frente a las poderosas reivindicaciones igualitarias de la Ilustración. Doscientos años más tarde, continúa con sus berrinches.

Pero extrañamente, a pesar de todo su amor por las tradiciones eternas y las jerarquías naturales, los conservadores suelen quedarse sin palabras cuando llega el momento de definir qué significa ser de derecha. Esto se debe, sobre todo, a la vertiginosa variedad de posiciones, tropos y cuestiones de principios que pueblan esa tendencia política.

Mientras Ronald Reagan popularizaba su afirmación de que «el problema es el gobierno», aprobaba leyes que le concedían poderes extraordinarios al Estado para encarcelar a una cantidad sin precedentes de estadounidenses. Populistas de derecha como Jair Bolsonaro denuncian el derrumbe de la civilización cristiana al tiempo que parecen muy poco interesados en el Jesús que planteaba: «En verdad les digo que cuanto hicieron a uno de estos hermanos míos más pequeños, a mí me lo hicieron». El filósofo conservador inglés Roger Scruton arremete contra la decadencia de los estándares intelectuales y estéticos mientras ensalza al «plebeyo» que acepta obedientemente el deterioro de su calidad de vida.

Estas ambigüedades, que rozan la contradicción, también contribuyen a las dificultades que tiene la izquierda para entender el conservadurismo. De hecho, cierta parte de la izquierda descartó a la derecha por considerarla casi como una cortina de humo ideológica sobre el poder y los prejuicios. Y a veces pareciera creer que, como escribió J. S. Mill, el conservadurismo no es más que «el partido de los estúpidos».

Por más tentador que sea patologizar a la derecha, podría ser peligroso no prestarle suficiente atención. Desde 2016 los movimientos de derecha y de extrema derecha avanzaron sobre el espacio que solían ocupar los partidos liberales centristas, llegando a ocupar el poder en muchos de los Estados más grandes del mundo —de Brasil a la India, pasando por la Rusia de Vladimir Putin y Aleksandr Duguin— o llevando adelante poderosas incursiones en países como Italia, Francia y España.

En estos tiempos de reacción, una de las tareas clave de la izquierda pasa por comprender mejor a nuestros principales rivales y al fin aprender a refutar sus argumentos. Con ese espíritu presentamos a continuación algunas estrategias para lidiar con la derecha. Básicamente, la idea es brindar algunos recursos útiles para las personas de izquierda que quieran aprender a debatir más efectivamente con los conservadores.

1. Necesitamos discutir con la derecha (y ganar) 

El primer motivo por el que las personas de izquierda tenemos que discutir con la derecha es simplemente porque nuestros argumentos y principios están mejor anclados en la realidad. En teoría, deberíamos ganar.

Consideremos el debate fundacional que enfrentó a Edmund Burke, muchas veces considerado como el padrino intelectual del conservadurismo moderno, con sus rivales Thomas Paine y Mary Wollstonecraft. Burke es frecuentemente aclamado por la derecha por su comprensión racional de las «leyes reales» de la historia, lo que le habría permitido anticipar que la Revolución francesa conduciría a excesos y violencias. Menos conocido es el hecho de que buena parte de lo que Burke consideraba como los fundamentos de una «sociedad buena» —sufragio limitado para las «cochinas masas», respeto por los prejuicios establecidos, asociación estrecha entre Iglesia y Estado y prestaciones públicas mínimas para los pobres— fueron completamente (o casi) rechazados por las sociedades modernas. Mientras tanto, los ideales revolucionarios de libertad, igualdad y fraternidad probaron ser tan poderosos que hasta los regímenes autoritarios simulan encarnarlos.

El conservadurismo de Burke desalentaba todo debate crítico respecto de los méritos de las instituciones humanas considerando que lo que denominamos «tradición» es realmente la suma de todos los logros humanos y que cualquier otra cosa implica un salto al vacío. La feminista Wollstonecraft lo tenía calado: «Debemos admirar la pátina de antigüedad y conformarnos con unas costumbres antinaturales, consolidadas por la ignorancia y por un egoísmo equivocado, como frutos sabios de la experiencia: es más, si descubrimos un error nuestros sentimientos deben llevarnos a perdonar, con amor ciego, o con un cariño filial sin principios, los vestigios venerables del pasado». Lo que un hombre llama tradición y costumbre, una mujer lo define como ideología y opresión.

En otros términos, siempre que la derecha nos llame a no cuestionar la autoridad —porque supuestamente está vinculada con prácticas y costumbres tradicionales «más viejas que el tiempo mismo»— tenemos que arrastrarlos a un debate intelectual.

2. El libreto de la derecha es limitado

La derecha existe desde hace siglos y desarrolló una gran variedad de estilos retóricos y argumentativos, que van desde el irracionalismo de Joseph De Maistre al «machismo lógico» de la dark web intelectual. Sin embargo, existen ciertos tropos recurrentes respecto de los que la izquierda debe estar atenta. Muchos de ellos se analizan en el clásico de Albert Hirschman La retórica reaccionaria: Perversidad, futilidad y riesgo.

Hirschman plantea allí que cada vez que confrontaron con movimientos igualitarios, los intelectuales conservadores tendieron a desplegar tres tropos retóricos. Uno es el «argumento de la perversidad», por el que los reaccionarios plantean que el cambio social traerá perversamente consigo unos efectos opuestos a la transformación benévola que se pretende. Este planteo también se conoce como «ley de los contrarios» o de los «efectos no deseados». En otros casos, la derecha política enfatiza la futilidad de cualquier intento de mejorar el mundo. Hirschman agrega que este «argumento de la futilidad» suele ser la objeción más poderosa ya que encuentra cierta afinidad con los análisis de izquierda respecto de las barreras estructurales para el cambio radical. Por último, los pensadores conservadores utilizarán el «argumento del riesgo», denunciando que la lucha por un cambio social igualitario hace peligrar las conquistas del frágil reformismo social existente.

Lo que tienen en común estos tres argumentos es la intención de presentar al derrotismo y la futilidad como sinónimos de realismo. Pero una actitud «realista» respecto de una versión completamente idealizada de la historia no es en absoluto realista.

Hirschman admite que es insostenible la afirmación de que los conservadores siempre están equivocados. Pero su libro muestra que la mayoría de las veces sus planteos son desmentidos por la misma historia. Por ejemplo, analizadas en retrospectiva, las estridentes declaraciones que sostenían que la democracia de masas conllevaría el colapso total de la civilización, no solo parecen elitistas, sino que hasta suenan un poco cómicas.

Yo añadiría un punto a los de Hirschman: la derecha política también ha demostrado sus dotes para apropiarse y rearticular la retórica de izquierda cuando sirve a sus fines. Por ejemplo, cuando quedó claro que la participación política de las masas era inevitable, pudimos ver a los demagogos de la derecha afirmando diestramente que ellos representan la verdadera voz del pueblo contra las decadentes élites progresistas y liberales. Basta con mirar a los movimientos populistas de derecha contemporáneos.

A veces esto puede ir más allá del plagio retórico. En el siglo diecinueve, el conservador Otto von Bismark proscribió al Partido Socialista al tiempo que adoptaba algunas de sus políticas, como la seguridad social. Su justificación estratégica fue que eran necesarias algunas reformas para evitar los cambios más radicales y que el establecimiento de una mínima red de seguridad garantizaría de forma paternalista el apoyo obrero a la clase dominante de los Junker y al monarca.

Hoy, en Europa del Este, los regímenes autoritarios de derecha adoptan medidas «posliberales» que atraen a muchos votantes de la clase trabajadora, como la garantía de prestaciones sociales y otros incentivos para las numerosas familias de «ciudadanos por nacimiento». La izquierda debe mantener la guardia alta cuando esto sucede ya que si no logramos explicar que el bienestar social también depende de la igualdad política y de la democracia, corremos el riesgo de que la derecha nos supere políticamente.

3. Hay ideas de las que la derecha no puede apropiarse

En relación con la democracia, hay algunas cuestiones particulares para las que la derecha carece de contraargumentos convincentes. Una de ellas es precisamente la necesidad de profundizar la democratización de la sociedad. Sucede que la derecha política de todo el mundo está fundamentalmente comprometida con la defensa de la desigualdad y de la disparidad de poder. La democracia universal amenaza ese poder permitiendo que cada persona tenga al menos algo que decir respecto de la forma en que la sociedad debería ser gobernada.

La democracia es un ideal increíblemente poderoso y popular que la izquierda debe reclamar confiadamente como propio. Tampoco debería titubear a la hora de exigir la expansión de la democracia más allá del Estado, hacia dimensiones como las de los lugares de trabajo, la familia y la política internacional.

Defender la democracia también implica enfatizar la conexión entre igualdad política y bienestar social. Como plantean Meagan Day y Micah Uetricht en Bigger than Bernie: How We Can Win Democratic Socialism for our Time [Más grande que Bernie: cómo podemos conquistar un socialismo democrático para nuestra época], uno de los motivos por el que los movimientos socialistas democráticos vacilaron en la historia reciente tiene que ver con haber puesto demasiado énfasis en el bienestar social sin enfrentar lo suficiente la inequidad de poder político que deriva de las desigualdades económicas. Sin dejar de proponer formas básicas de bienestar económico, la izquierda no debería tener miedo de condenar el poder de las élites y de exigir una renovación del proyecto democrático por medio de una redistribución general del poder.

4. Elegir bien las batallas

Nunca deberíamos temerle al debate con las ideas de la derecha y a proponer alternativas. Sin embargo, eso no significa que lo más sabio sea responder a todos los desafíos con los que nos cruzamos. Esto vale sobre todo en esta época posmoderna hiperrealista, en la que la derecha alternativa se volvió particularmente habilidosa cuando se trata de llevar a la izquierda a confrontaciones virtuales (que les garantizan nuevos seguidores y más presencia en las redes sociales). Esta estrategia funciona porque puede ser muy tentador responder críticamente a nuestros ciberenemigos, sobre todo cuando son deliberadamente vulgares y provocadores. Para ser claros: en esos combates no hay nada que ganar y mucho que perder. Es mucho más efectivo para la izquierda afinar la puntería y atacar los cimientos ideológicos de la cosmovisión derechista.

También es importante para los izquierdistas preguntarse estratégicamente cuáles son los debates de los que vale la pena participar en público. Por ejemplo, la derecha suele atacar al socialismo comparándolo con el totalitarismo soviético. Una opción es refutar la tesis de que la Unión Soviética fue de hecho un Estado fundado en el terror. Aunque la derecha tienda a recurrir a una interpretación unilateral de la historia, una defensa apasionada del comunismo soviético —aun cuando sea precisa— no es el tema más urgente en la vida cotidiana de la gente. Quedaremos mucho mejor parados si argumentamos a favor de los méritos de nuestras posiciones actuales y pasamos a la ofensiva contra las convicciones de la derecha.

5. Es demasiado tarde para preocuparse por la audiencia de la derecha

La idea de que muchas veces amplificamos la voz de los intelectuales de derecha cuando discutimos sus argumentos no es del todo errada. Después de todo, no podemos actuar como si cada uno de los trolls y fanáticos que surgen en las redes sociales ameritara un debate serio.

Sin embargo, tenemos que ser honestos con nosotros mismos: existe una nueva camada de intelectuales de derecha que ya tiene una enorme tribuna y no necesita nuestra ayuda. Intelectuales públicamente de derecha como Ben Shapiro y Jordan Peterson en Estados Unidos, Olavo de Carvalho en Brasil y Aleksandr Duguin en Rusia disfrutan de audiencias masivas a nivel mundial. Y muchas veces cuentan con el respaldo de cantidades monumentales de dinero y de poder. Precisamente porque tienen esa enorme tarima —que a veces supera la audiencia de los medios de comunicación mainstream— tenemos que enfrentarlos y tratar de reducir su influencia.

La izquierda puede ganar estas batallas en términos intelectuales porque nuestras ideas, aunque a veces sean más complejas, resultan mucho más persuasivas cuando las exponemos de manera apropiada. Asumir otra cosa implica adoptar una actitud elitista que, a esta altura, es lo último que necesita la izquierda.

TRADUCCIÓN: VALENTÍN HUARTE

MATT MCMANUS

Profesor de ciencias políticas en Whitman College. Es autor de «The Rise of Post-Modern Conservatism and Myth» y coautor de «Mayhem: A Leftist Critique of Jordan Peterson».

Publicado en: Cultural, Global, titular2

El socialismo puede hacer realidad los derechos liberales

27/08/2023 by Vitalio Deja un comentario

Por: Matt Mcmanus

En el capitalismo, la igualdad formal garantizada por la ley es una farsa. El socialismo democrático puede garantizar derechos liberales tales como la libertad de expresión al tiempo que rompe los desequilibrios de recursos del capitalismo.

Los izquierdistas no son los mayores admiradores de la ley y los tribunales. Pregúntale a un socialista de Estados Unidos qué piensa de la Corte Suprema, y es probable que obtengas un largo discurso sobre cómo los nueve togados han reforzado el poder del capital y respaldado la opresión.

No debería sorprender, por tanto, que muchos socialistas hayan soñado con un mundo sin sistema jurídico. A pesar de su reputación de estatistas, Marx y Engels escribieron sobre la «extinción» del Estado. Puesto que el Estado y el derecho estatista no eran «más que la forma de organización que los burgueses adoptan necesariamente tanto para fines internos como externos, para la garantía mutua de sus propiedades e intereses», desaparecería con el advenimiento de una sociedad sin clases. «El Estado no es “abolido”», escribió Engels en un momento dado, «se marchita».

Sin embargo, nunca se definió bien cómo se «marchitaría» el Estado ni qué lo sustituiría: Engels planteó la hipótesis de que «el gobierno de las personas [sería] sustituido por la administración de las cosas y la dirección de los procesos de producción». Pero, ¿qué pasaría con los conflictos que, en una sociedad sin clases o no, perdurarían y necesitarían ser resueltos? Algunos marxistas insistían en que en el socialismo surgiría un nuevo tipo de persona, liberada del egoísmo de la sociedad capitalista competitiva. No habría necesidad de la ley. Otros argumentaban que el socialismo produciría tal superabundancia de bienes que las bases materiales de la delincuencia desaparecerían junto con los síntomas.

El socialismo realmente existente nunca funcionó así. Los estudiosos debaten si el autoritarismo soviético se definía por un exceso de ley o por una cleptocracia sin ley. Pero cualquiera que fuera su naturaleza fundamental, el estado soviético no se «marchitó» ni dio paso a una sociedad fraternal en la que todos cazaban por la mañana, pescaban por la tarde y filosofaban después de cenar.

Los socialistas democráticos que llegaron al poder en el siglo XX tendían a ser más pragmáticos, y no ocultaban la necesidad del Estado y de la ley mientras trabajaban para democratizar la economía y redistribuir la riqueza. Aun así, a menudo se esforzaban por justificar un concepto de derecho socialista que fuera más allá de la mera aceptación de su necesidad práctica.

Así que cuando apareció el libro de Christine Sypnowich The Concept of Socialist Law en 1990, justo cuando la Unión Soviética se estaba desmembrando, llenó instantáneamente un vacío. Sypnowich, filósofa política que ahora trabaja en la Universidad de Queens (Canadá), argumentó:

Si la ley sigue siendo un marco para mediar en las diferencias individuales o una fuente de retazos de auténtica justicia (…) entonces los socialistas harían bien en plantearse cómo preservarlas y desarrollarlas en una sociedad poscapitalista. El «socialismo existente» ha demostrado la imposibilidad de que el derecho «se marchite»; los conflictos sobrevivirán a las clases y las disputas seguirán necesitando regulación mucho después de la desaparición de las relaciones de mercado burguesas.

La necesidad del derecho socialista

Si el derecho socialista «sobrevivirá a la desaparición de las relaciones de mercado burguesas», ¿en qué fuentes intelectuales debería basarse? Sypnowich, entonces una joven académica influida por el filósofo socialista liberal C. B. Macpherson, se inspiró en gran medida en la tradición liberal de la jurisprudencia analítica.

La filosofía jurídica analítica del siglo XX se dividía entre los teóricos del derecho «natural» y los «positivistas jurídicos». Los teóricos del derecho natural afirmaban que existe una conexión necesaria entre el derecho y la moral, de modo que cualquier sistema jurídico suficientemente «perverso» deja de ser derecho. Pensemos en el sistema jurídico nazi: para el teórico del derecho natural, el derecho fascista no era más que la imposición bruta del terror sin normas ni coherencia, carente de respeto por principios jurídicos básicos como la igualdad ante la ley o la presunción de inocencia.

Por el contrario, los positivistas jurídicos sostenían que no existe una conexión necesaria entre el derecho y la moral (la tesis de la «separación»). Aunque la ley pueda reflejar las opiniones éticas de los legisladores, el concepto de ley es lo suficientemente neutral como para incorporar una amplia gama de posiciones normativas, incluidas muchas que la mayoría de la gente consideraría repugnantes. Según el positivista jurídico, tanto Islandia como la Sudáfrica del apartheid tenían «sistemas jurídicos», aunque uno sea admirable y el otro deplorable. Los críticos a veces acusan al positivismo jurídico de fomentar la obediencia ciega a la ley, ya que sus partidarios no ven ninguna conexión necesaria entre la ley y la justicia. Pero todos los positivistas jurídicos sofisticados insistieron en que el hecho de que existiera un sistema jurídico determinado no es argumento para obedecerlo, y que algo puede ser a la vez lícito e injusto.

Sypnowich sostiene que los socialistas tienen cosas únicas que decir tanto a los positivistas como a los teóricos del derecho natural. La mayoría de los socialistas simpatizarán con la afirmación positivista de que el derecho puede encarnar muchos sistemas morales diferentes sin reflejar una Moral con M mayúscula. Esto está en consonancia con el historicismo de Marx, que (dicho burdamente) subrayaba que la «superestructura» jurídica y la ideología de una época reflejan la «base» de las relaciones económicas de producción. El derecho en una sociedad esclavista se parece mucho al derecho en una sociedad capitalista.

Aun así, Sypnowich señala que todos los socialistas, salvo los más tenazmente «científicos», admitirían que no comparten el compromiso de los positivistas jurídicos con una descripción neutral de la ley o, para el caso, del contenido moral incorporado en un sistema jurídico determinado. Los socialistas son partidarios de la lucha contra la dominación estatal; dondequiera que el sistema legal imponga la opresión, los socialistas se alzarán como críticos ruidosos.

Sin embargo, no basta con criticar: corresponde a los socialistas concebir y construir un sistema jurídico menos dominador y más igualitario que el que existe en el capitalismo, que dirima los conflictos ajustándose a los principios socialistas de justicia.

Hayek, Marx y los derechos socialistas

Afortunadamente, Sypnowich no nos deja con las manos vacías en estos puntos. En una de las secciones más creativas de The Concept of Socialist Law, combina las dimensiones crítica y constructiva de su proyecto mediante un examen de la teoría jurídica de Friedrich Hayek. Hayek —el defensor liberal del capitalismo más sofisticado del siglo XX— argumentó en su obra magna de 1960 Los fundamentos de la libertad que el Estado de Derecho es una idea «metajurídica» que evolucionó a lo largo del tiempo para garantizar las condiciones de las sociedades liberales libres, organizadas por el respeto a la igualdad de derechos de las personas y, fundamentalmente, a los derechos de propiedad. Hayek pensaba que un Estado que no respetara estos derechos liberales clásicos comprometería invariablemente el Estado de derecho al privilegiar los intereses de grupos selectos sobre los derechos de los demás.

Pero, como escribe Sypnowich, esto es exactamente lo que ocurre en el capitalismo. La igualdad jurídica formal que exaltaba Hayek se convierte rápidamente en injusta y cleptocrática en la práctica. Como han documentado observadores de los tribunales como Adam Cohen, Irwin Chemerinsky y Samuel Moyn, el Tribunal Supremo del pasado y del presente ha dictado repetidamente sentencias a favor de los ricos y poderosos: la decisión Dred Scott de 1857, que defendió la esclavitud; el caso Lochner de 1905, que rechazó la reducción de la jornada laboral; y la reciente decisión Dobbs, que hizo retroceder los derechos reproductivos, son sólo la punta de una historia vergonzosa.

Miremos fuera de los tribunales: la asistencia jurídica a los pobres y a la clase trabajadora está tan desbordada y carece de fondos suficientes que se anima a los inocentes a declararse culpables antes que arriesgarse a perder en un juicio; los litigantes de la clase trabajadora están en gran desventaja cuando demandan a las grandes empresas, y a menudo son obligados a firmar contratos que acceden a un arbitraje forzoso que favorece a los intereses de las grandes fortunas. Como teórica, Sypnowich no ofrece muchas soluciones concretas a este abismo entre la retórica liberal clásica y la práctica. Pero insiste en que un sistema jurídico socialista garantizaría que «las intrusiones en la vida del individuo se ajusten a ciertas normas de procedimiento» y «frenen el uso del poder público con fines privados».

Como sugiere su referencia a la protección de los individuos frente a la intrusión, Sypnowich no quiere desechar toda la tradición jurídica liberal, como tampoco lo haría Marx, según argumenta provocativamente. Como es sabido, Marx no veía con buenos ojos los «derechos humanos», pues consideraba que codificaban las normas ideológicas de la sociedad burguesa y concebían a la humanidad como un conjunto de individuos atomizados que necesitaban protección jurídica unos de otros. Pero Sypnowich se hace eco de estudios recientes al señalar que Marx veía los derechos liberales, con todos sus defectos, como un logro histórico que fomentaba nuevos tipos de libertad no disponibles bajo el feudalismo. Para Marx, esto era cualquier cosa menos abstracto: perseguido por la represión estatal durante toda su vida, conoció de primera mano el valor de la libertad de expresión y de reunión.

Sin embargo, Sypnowich cree que debemos reconocer el argumento marxista de que los derechos «no son derechos naturales, presociales, porque la dignidad humana que pretenden proteger se desarrolla en la sociedad y, por tanto, es susceptible de cambios históricos». En otras palabras, los derechos individuales son inherentemente sociales y se garantizan mejor dentro de una sociedad comprometida con dar prioridad a la dignidad y la autonomía individuales.

Uno de los derechos más importantes de los que habla Sypnowich es el «derecho a la expresión política»: en un sistema socialista democrático, «se tendrían en cuenta todos los puntos de vista» y no solo el de los ricos. Este es un punto especialmente importante hoy en día, cuando la riqueza engendra influencia política mientras que la pobreza equivale a ser silenciado. Repensar los derechos a la expresión política no solo en términos de intereses, sino sobre la base solidaria de tener en cuenta «todos los puntos de vista», ayuda a conectar estos derechos con las nociones de libertad social para todos.

Las reflexiones de Sypnowich sobre los derechos son muy provechosas, sobre todo porque rompen algunos binomios convencionales. Sypnowich demuestra que, puesto que todos los derechos son de hecho sociales, la distinción habitual entre derechos «negativos» y «positivos» —los derechos negativos son los que los individuos hacen valer frente al Estado para conservar su autonomía, mientras que los derechos positivos exigen que el Estado actúe para garantizarlos— es, en el mejor de los casos, borrosa. El derecho liberal a un juicio justo carece en gran medida de sentido si el Estado no construye un sistema jurídico justo y no ofrece asistencia jurídica a los litigantes pobres.

Una vez que reconocemos lo borroso de la distinción entre derechos negativos/positivos, se abre la puerta a que los socialistas argumenten que un fundamento mejor para los derechos humanos es aquel que garantiza las cosas que los seres sociales necesitan para maximizar sus capacidades y su dignidad. Esto lleva a la pregunta adicional de si la persona media lleva una vida más libre y digna cuando el sistema jurídico hace cumplir militantemente un derecho expansivo a la propiedad en lugar de, por ejemplo, al agua potable o a la vivienda. Por no hablar de si puede decirse que un sistema jurídico que permite grandes disparidades de riqueza y poder muestra «igual respeto» por los derechos de todos.

Un sistema jurídico más justo

El libro de Sypnowich no es en absoluto exhaustivo, y hay mucho más que decir sobre cómo sería el derecho socialista en la práctica a nivel nacional e internacional. No obstante, The Concept of Socialist Law merece una segunda mirada como joya oculta de finales del siglo XX, repleta hasta el borde de provocaciones e investigaciones perspicaces.

Sypnowich va más allá de la utopía para reflexionar sobre los principios animadores de un sistema judicial auténticamente igualitario. Conservando lo mejor de la tradición liberal (libertad de expresión, libertades civiles, etc.), un sistema jurídico socialista haría añicos, sin embargo, los desequilibrios de recursos del capitalismo, no permitiendo ya que el ideal de igualdad jurídica se estrelle contra la realidad de la desigualdad jurídica. Del mismo modo, la visión de los derechos de «cada hombre, una isla» daría paso a una comprensión de los derechos como necesariamente sociales. Como dice Sypnowich, «los derechos humanos no pueden reducirse, por tanto, a instrumentos de afirmación de la individualidad frente a la incursión de la vida social, ya que la vida social constituye el terreno para el surgimiento de una persona que puede reclamar el respeto de su autonomía por medio de los derechos».

Los socialistas tienen buenas razones para rechazar un Estado todopoderoso. Pero también podemos reconocer lo que el juez Robert Jackson evocó durante los Juicios de Nuremberg: que detener la mano de la venganza y someter nuestros inevitables conflictos a los juicios de un sistema jurídico justo sería un gran tributo que el poder rendiría a la razón.

TRADUCCIÓN: FLORENCIA OROZ

MATT MCMANUS

Profesor de ciencias políticas en Whitman College. Es autor de «The Rise of Post-Modern Conservatism and Myth» y coautor de «Mayhem: A Leftist Critique of Jordan Peterson».

Publicado en: Cultural, Global, titular2

Debemos revisar lo que sabemos sobre los orígenes del capitalismo

27/08/2023 by Vitalio Deja un comentario

Por: Paolo Tedesco

El nuevo libro del historiador Jairus Banaji desarrolla una perspectiva original de la historia del capitalismo. Es una lectura esencial para cualquiera que desee saber cómo se configuró el sistema económico mundial y cómo podría seguir desarrollándose en el futuro.

El libro de Jairus Banaji A Brief History of Commercial Capitalism, publicado por primera vez en 2020, se propone desvelar las profundas raíces históricas del desarrollo capitalista. El libro aborda importantes debates teóricos, especialmente dentro de la tradición marxista, sobre los orígenes del capitalismo.

La obra de Banaji pone en tela de juicio varios relatos arraigados sobre la historia económica mundial, incluida la visión de una Edad Media económicamente regresiva y la idea de una transición lineal a la modernidad. Las imágenes que Banaji esboza a través de un impresionante conjunto de casos ilustrativos de todo el planeta, que abarcan casi un milenio, plantean muchas cuestiones fundamentales para cualquiera que quiera entender cómo se formó el sistema económico mundial y cómo podría seguir desarrollándose en el futuro.

A Brief History of Commercial Capitalism ha tenido ya una gran repercusión en el mundo académico y ha suscitado numerosas reacciones entre los colegas historiadores de Banaji. Pero también debería ser de gran interés para los lectores no especializados.

Capitalismo mercantil

Jairus Banaji nació en Poona en 1947, el año en que la India obtuvo su independencia, y fue escolarizado en Inglaterra antes de regresar a su país natal como activista político. En su labor académica, Banaji es un historiador de la Antigüedad tardía y la Edad Media con foco en el Mediterráneo y Oriente Próximo, aunque sus intereses se centran también en la larga historia del capitalismo. Su obra aborda diversos temas, como el destino de los campesinos en el contexto de una economía en rápida globalización y la historia de la economía mercantil a lo largo del último milenio.

El principal objetivo de Banaji en A Brief History es volver a centrar el concepto de capitalismo mercantil como categoría clave para investigar la formación de la economía global moderna. En su obra, este término se utiliza para describir un sistema económico impulsado por el beneficio en el que los mercaderes emplean su capital no solo para hacer circular mercancías, sino también para obtener el control directo de la producción y subordinarla así a sus intereses.

El énfasis de Banaji en el control mercantil sobre la producción es un ataque frontal a la dicotomía marxista tradicional entre el mundo del comercio (la «esfera de la circulación») y el de la producción, una dicotomía que llevó a economistas e historiadores marxistas como Maurice Dobb a descartar la idea misma del capitalismo mercantil como una contradicción en los términos.

Como señala Banaji, fueron en gran medida los historiadores que trabajaban fuera de la tradición marxista, o que se relacionaban más libremente con ella, los que adoptaron la categoría. El caso más notable es el de Fernand Braudel, que definió el capitalismo comercial como el término más útil para describir la naturaleza de la producción y el intercambio mercantil en Europa y el Mediterráneo entre los siglos XV y XVIII.

A Brief History es el último de una serie de volúmenes que abordan estas cuestiones, tras Agrarian Change in Late Antiquity (2001), Theory as History (2010) y Exploring the Economy of Late Antiquity (2016). Aunque Banaji escribe desde la tradición académica marxista, sus puntos de referencia clave en la galaxia marxista difieren de los de la mayoría de los historiadores marxistas occidentales. En particular, Banaji se basa en la obra de tres eruditos rusos de principios del siglo XX: el historiador Mikhail N. Pokrovsky (1868-1932), el economista Yevgeni A. Preobrazhensky (1886-1937) y el economista agrario Alexander V. Chayanov (1888-1939).

Pokrovski, Preobrazhenski, Chayanov

Mijaíl N. Pokrovski fue uno de los intelectuales más influyentes de la sociedad soviética en la década de 1920. Gozó de un enorme prestigio, de hecho inigualable, entre los historiadores soviéticos de su época. Apartándose radicalmente de lo que se consagraría como el relato marxista ortodoxo bajo Joseph Stalin, la interpretación de Pokrovsky de la historia rusa hacía hincapié en la centralidad del capital comercial como agente del cambio socioeconómico entre los siglos XVII y XIX. Sin embargo, afirmaba explícitamente que la existencia y el funcionamiento del capital comercial no significaban que hubiera surgido una economía capitalista.

Yevgeni A. Preobrazhensky fue un pionero en el estudio de las consecuencias de la «penetración lateral» del capital industrial en el campo. Al igual que Pokrovsky antes que él, Preobrazhensky consideraba que la pequeña producción de mercancías era típica del capitalismo mercantil y, al mismo tiempo, uno de los principales obstáculos para su expansión. En línea con marxistas agrarios como Lev N. Kritsman, Preobrazhensky veía el capitalismo como una fuerza que desarraigaba al campesinado y acababa provocando su desaparición.

En su opinión, esto ocurrió como resultado de dos procesos. Por un lado, el desarrollo interno de las relaciones capitalistas en las filas del propio campesinado, con la formación de una clase de campesinos ricos que controlaban la agricultura a gran escala. Por otro lado, de forma más generalizada y catastrófica, se produjo la subordinación externa de las zonas rurales a la gran industria, con la creación de una clase de campesinos sin tierra que trabajaban en cultivos comerciales.

Alexander V. Chayanov fue uno de los principales economistas agrarios de su época. En su obra The Theory of Peasant Economy, Chayanov destacaba la resistencia de los hogares campesinos y su capacidad de adaptación para resistir los embates del capitalismo, en contraste directo con los marxistas agrarios y Preobrazhensky. Sostenía que el desarrollo de las tendencias capitalistas y la concentración productiva en la agricultura no tenían por qué desembocar en la desposesión de los campesinos y el auge de las grandes explotaciones capitalistas.

Para Chayanov, el capital comercial y financiero también podía ejercer su control más sutilmente estableciendo una hegemonía económica sobre sectores considerables de la agricultura. Mientras tanto, esos sectores podrían seguir siendo muy parecidos a los de antes en lo que se refiere a la producción, es decir, compuestos por pequeñas empresas campesinas basadas en la mano de obra familiar.

El trabajo de Banaji demuestra que podemos conciliar estos modelos aparentemente incompatibles. Cada uno describe una posible trayectoria diferente de la penetración del capital en el campo. Pero también reflejan distintas fases de la trayectoria intelectual del propio Banaji.

En sus primeros escritos, Banaji adoptó la idea de Preobrazhensky de la penetración lateral del capital para mostrar el efecto destructivo de la industrialización en el campesinado de la Rusia de finales del siglo XIX y principios del XX. En ese contexto, el modelo de Preobrazhensky fue útil como punto de comparación para el análisis de Banaji de los campesinos de todo el mundo. En estudios posteriores, sin embargo, Banaji llegó a considerar la reconstrucción de Preobrazhensky solo como una de las posibles vías de penetración del capital industrial en el campo.

En este giro le influyó un renovado interés por la obra de Chayanov, en particular por los trabajos que más tarde desarrolló y amplió Henry Bernstein. La conceptualización de Chayanov de la relación entre el campesinado y el capital ocupa, por tanto, un lugar central como fuente primaria de inspiración de Breve historia de Banaji.

Esta reevaluación de la obra de Chayanov lleva a Banaji a incluir en su modelo las circunstancias históricas en las que los hogares campesinos resistieron la penetración del capitalismo. Tenemos que entender dicha «resistencia» en el sentido de que los hogares campesinos no fueron desarraigados sino «incorporados», un acto que a su vez permitió el conflicto y la resistencia por su parte. Aunque estos hogares siguieron existiendo en gran número, su ciclo de reproducción social estaba ahora en gran medida y de forma crucial determinado por el capital.

Mercaderes y manufactura

En A Brief History, a diferencia de sus obras anteriores, Banaji no se preocupa tanto por establecer una distinción teórica entre lo que Karl Marx llamó «el modo de producción capitalista» y los modos no capitalistas. En su lugar, aborda el capitalismo en términos menos normativos, sosteniendo en particular que una especie de «capitalismo mercantil» existió mucho antes de la industrialización en ciertas regiones del mundo, en un período que va desde el siglo XII (o incluso antes) hasta el XVIII.

Aunque Banaji no ofrece una definición formal del capitalismo comercial, podemos captar su significado combinando el análisis del libro con sus escritos teóricos anteriores. Fernand Braudel veía el capitalismo como una red global de banqueros y grandes comerciantes que presidían la economía de la vida cotidiana desde sus centros financieros urbanos, al tiempo que carecían de cualquier control directo sobre los productores primarios. Banaji, por su parte, identifica la larga historia del capitalismo en términos de sus relaciones sociales características.

El capitalismo es un sistema en el que los poseedores de capital tienen un control limitado de los medios de producción y reducen el trabajo a un factor dentro del proceso de producción, una simple mercancía que se puede comprar y vender. La confrontación entre un capitalista y un campesino o un artesano —una persona que sobrevive vendiendo su trabajo— ocupa el centro mismo del análisis de Banaji.

Partiendo de esta distinción, argumenta contra la extendida opinión marxista de que la riqueza mercantil no constituye capital en el sentido marxiano, porque permanece externa al proceso de producción. Puesto que la riqueza mercantil está, según Marx, separada de lo que él llamó la subsunción real del trabajo al capital, se limita a extraer los productos de los productores primarios, y los mercaderes obtienen beneficios vendiéndolos.

Por su parte, Banaji sostiene que la riqueza mercantil consiste efectivamente en capital y que, desde el siglo XII hasta el XVIII, los mercaderes utilizaron sistemáticamente este capital para controlar y explotar el trabajo de una parte significativa de la población en todo el mundo afro-euroasiático. Identifica dos ámbitos de producción en los que la penetración del capital comercial fue especialmente significativa.

El primero fue en el sector de la agricultura de cultivos comerciales, donde los «capitalistas mercantiles» se apropiaron de grandes cantidades de trabajo familiar no remunerado mediante diversos expedientes, imponiendo así relaciones de deuda a los campesinos. Los capitalistas mercantiles eran terratenientes que se convirtieron en comerciantes; a veces también eran comerciantes (incluidos prestamistas) que se interesaron por controlar las fincas de cultivos comerciales. Formaban una categoría flotante históricamente muy difícil de precisar.

A pesar de sus diferencias, la base productiva de la mayoría de los comercios de productos era una mano de obra mixta. Este es un punto que Banaji ha demostrado en su examen de los pequeños campesinos de Deccan a finales del siglo XIX, y recibe más apoyo del trabajo de Lorenzo Bondioli sobre el campesinado egipcio del siglo XI.

El segundo sector es el de la producción artesanal, o «fabricación mercantil», como la denomina Banaji. En este sector, los mercaderes obligaban a los pobres rurales y urbanos a procesar la seda, la lana y el algodón para el mercado. Esto significaba que no se limitaban a vender sus excedentes, sino que trabajaban para los mercaderes a «destajo».

Trayectorias de acumulación

En A Brief History, Banaji examina las «trayectorias de acumulación» que conducen del capitalismo mercantil al industrial. Mientras que los capitalistas mercantiles premian la apertura de la agricultura —junto con la minería, la explotación de los recursos marinos, etc.— a la explotación capitalista, los capitalistas industriales llevan ese proceso a un nivel completamente distinto. La mera escala de subordinación, la naturaleza de su impacto y el grado de subsunción distinguen la subyugación del campo a la acumulación industrial de ciclos anteriores de «capitalismo».

Banaji no solo nota una rápida intensificación de los mecanismos de explotación bajo el capitalismo industrial. También observa un cambio radical en el reparto de los beneficios entre comerciantes e industriales en beneficio de estos últimos. A finales del siglo XIX, los agentes económicos que controlaban directamente la producción consiguieron así marginar a los comerciantes, logrando la subordinación del capital comercial al capital industrial descrita por Marx.

Esta parece ser la clave de una separación duradera, en opinión de Banaji, entre la era del capitalismo comercial y la del capitalismo industrial, una era plenamente merecedora de la etiqueta de modo de producción capitalista. Sin embargo, estas trayectorias del capitalismo comercial al industrial fueron multilineales en el tiempo y en el espacio. No siguieron una secuencia rígida de etapas ni fueron irreversibles, como demuestran las tendencias contemporáneas.

Hoy en día, los minoristas globales que operan en el mercado mundial controlan la fabricación a través de los flujos de capital comercial sin poseer los medios de producción. Como observó Nelson Lichtenstein,

La hegemonía del comercio minorista en el siglo XXI se hace eco e incluso reproduce características del régimen mercantil presidido antaño por los grandes comerciantes y casas bancarias de Ámsterdam, Hamburgo y la City londinense de los siglos XVII y XVIII.

En resumen, una especie de empresario braudeliano ha «regresado para apuntalar el sistema global contemporáneo».

La exposición de Banaji del «capitalismo mercantil» puede, por tanto, acomodar varios niveles y diversos grados de integración entre la producción y la circulación, señalando la fuerza motriz del capital como un denominador común que atraviesa diferentes configuraciones. El modelo de capitalismo comercial resultante es el de un desarrollo desigual y combinado. Este modelo rechaza la noción de una sucesión lineal entre los distintos modos de producción —antiguo, feudal y capitalista— y rescata las historias del capitalismo tanto del eurocentrismo como del orientalismo.

Perspectivas críticas

Desde su publicación en 2020, A Brief History ha atraído la atención de una amplia y diversa comunidad de especialistas en el campo de la historia del capitalismo, lo que ha dado lugar a múltiples reseñas de la obra de Banaji. Aunque cada autor expresó diferentes preocupaciones sobre diversos aspectos de su visión del capitalismo, podemos identificar tres grandes temas: (1) la definición de capitalismo comercial, (2) la relación entre el auge del capitalismo comercial y el Estado y (3) el impacto del capitalismo comercial y el colonialismo en la vida social.

La primera crítica surge de la laxa definición que hace Banaji del capitalismo mercantil. Lorenzo Bondioli señala que las infraestructuras del capitalismo comercial que Banaji ha identificado como las primeras en aparecer en el siglo IX de nuestra era tienen raíces más profundas de lo que sugiere el libro. Sus cimientos se establecieron en la Antigüedad Tardía (en ocasiones con raíces que se remontan a la Antigüedad propiamente dicha), y siguieron funcionando sin discontinuidades dramáticas hasta la Edad Media.

Partiendo de esta observación, Bondioli aísla tres posibles definiciones de capitalismo e intenta esbozar una relación no teleológica entre ellas. En primer lugar, está el capitalismo de los mercaderes capitalistas que desplegaron la riqueza monetaria como capital extrayendo plusvalía de productores subordinados de diversas maneras; en segundo lugar, está el capitalismo de los Estados mercantiles coloniales que pusieron la violencia organizada al servicio de la acumulación por parte de los mercaderes capitalistas; en tercer lugar, está el capitalismo de la sociedad capitalista industrial moderna (en otras palabras, de un modo de producción capitalista de pleno derecho).

La intervención del Estado en la economía mundial es el segundo criterio que Banaji despliega en su análisis del capitalismo comercial. Banaji ve en la «colusión entre el comercio y el Estado» —es decir, en el auge de los Estados mercantilistas en la Europa medieval tardía y moderna temprana— un cambio significativo en el proceso de acumulación de capital y subordinación del trabajo. Sin embargo, podemos observar la «colusión» per se, y en particular la participación de los comerciantes en las finanzas estatales, en muchos contextos históricos.

Esto sugiere que, como Martha Howell demuestra claramente, no fue la mera presencia de un Estado en connivencia con los mercaderes lo que determinó una aceleración de la escala de acumulación de capital. Tampoco fue cualquier tipo de Estado —como los Estados tributarios musulmanes o las dinastías chinas examinadas por Andrew Liu— el que determinó un cambio en la escala de acumulación de capital y subordinación del trabajo.

Más bien, fue solo el Estado que actuaba como exportador de agresión y violencia el que controló dicho cambio. Esta idea también vuelve a centrar el vínculo clave entre el capitalismo comercial y el colonialismo, subrayando que fue la violencia colonial la que provocó un cambio en la calidad y el funcionamiento del capital comercial.

Con este punto, pasamos al tercer elemento de controversia que se desprende del relato de Banaji: la relación entre capitalismo comercial y colonialismo. Como observan perspicazmente Priya Satya y Sheetal Chhabria, Banaji no separa la raza de la clase ni la casta de la clase. Sin embargo, estas distinciones son importantes, ya que nos permiten diagnosticar el punto en el que el capitalismo comercial se cruzó con el colonialismo y empezó a depender de la racialización o de la identidad de casta.

Esta laguna también apunta en la dirección de una crítica más amplia. En su análisis de las relaciones de producción, Banaji no siempre deja claro cómo el capitalismo comercial impactó y rehizo violentamente la vida social de las personas subordinadas a él. En otras palabras, nos queda preguntarnos hasta qué punto el capitalismo comercial, tal y como lo describe Banaji, transformó fundamentalmente (o no) los modos de vida social en diferentes lugares y en diferentes épocas.

Esta pregunta podría abrir una serie de prometedoras vías de investigación que parecen apuntar todas en una misma dirección. No podemos escribir la historia del capitalismo sin considerar la intersección de diferentes mecanismos de opresión como la raza, el género, la etnia y el origen nacional, además de la clase social. Estos ofrecen una imagen más rica del modo en que los «distintos niveles de opresión» cambiaron la vida de la gente corriente bajo el capitalismo.

TRADUCCIÓN: FLORENCIA OROZ

PAOLO TEDESCO

Profesor de Historia en la Universidad de Tubinga (Alemania). Sus investigaciones abarcan la historia social y política de la Antigüedad tardía y de la Alta Edad Media, la historia agraria comparada, el desarrollo del campesinado en distintos tipos de sociedad y el materialismo histórico.

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Luther King: hacer realidad el sueño

27/08/2023 by Vitalio Deja un comentario

Fuente: La Jornada

 

Mañana se cumplen 60 años de un parteaguas en la historia de Estados Unidos y de las luchas contra la opresión. El 28 de agosto de 1963, un cuarto de millón de seres humanos se congregaron en Washington D.C. para exigir el fin de la desigualdad racial y para escuchar al líder moral y espiritual del movimiento por los derechos civiles de los afroestadunidenses, el reverendo Martin Luther King Jr. Fue aquel día cuando, delante del monumento a Abraham Lincoln, pronunció el discurso que lo inmortalizó: “A pesar de las dificultades del momento, yo aún tengo un sueño”, dijo, “sueño que un día esta nación se levantará y vivirá el verdadero significado de su credo: ‘Afirmamos que estas verdades son evidentes: que todos los hombres son creados iguales’”.

A seis décadas de ese hito, se ha recorrido un camino dulce y desolador, tan lleno de victorias incontestables como de colosales pendientes. Es cierto, hoy los afroestadunidenses y los integrantes de otras minorías étnicas ocupan más puestos en la política, la cultura, la ciencia, el deporte y los negocios que nunca antes. Asimismo, el clamor de igualdad se ha extendido a otros colectivos que en aquel momento se encontraban condenados a un papel subalterno o a vivir en las sombras, como las mujeres y el abanico de personas que no se adscriben a las preferencias o las identidades sexuales hegemónicas.

Sin embargo, los avances nunca llegaron a remediar la centenaria historia de inequidad que padecen los descendientes de quienes fueron llevados a Estados Unidos encadenados a barcos esclavistas y, lo que es peor, en los últimos años muchos de los logros obtenidos a un enorme costo por la generación de King (quien, no debe olvidarse, fue asesinado por sus ideas) han sido desmantelados por una ola de conservadurismo recalcitrante que ya no disimula su fanatismo racista, machista, xenófobo, homófobo y contrario a las libertades.

Ayer mismo, un hombre blanco de 20 años que dejó por escrito sus manifiestos de odio a los negros entró a una tienda y asesinó a tres personas de este color de piel. La masacre ocurrió en Florida, donde el mes pasado el gobernador Ron DeSantis aprobó cambios a los planes de estudio que instruyen a los docentes a enseñar a sus alumnos que la esclavitud fue benéfica para las víctimas, pues les permitió desarrollar habilidades que pudieron usar en su provecho personal. En mayo de 2022, otro blanco, de apenas 18 años, mató a 10 personas en un barrio de mayoría negra en Búfalo, Nueva York. La violencia racista no se limita a individuos aislados, sino que se encuentra institucionalizada: de acuerdo con la organización Mapping Police Violence (Cartografiando la Violencia Policiaca), 24 por ciento de quienes mueren a manos de policías son negros, aunque éstos representan sólo 13 por ciento de la población.

En un ejemplo de la generalización de los retrocesos en materia de justicia social para esta comunidad históricamente oprimida, la Corte Suprema invalidó las políticas de “acción afirmativa” o “discriminación positiva” en los procesos de admisión de las universidades de Harvard y de Carolina del Norte. Esos planes fueron diseñados como un paliativo ante la inocultable subrepresentación de las personas de origen africano y latinoamericano en los centros universitarios, pero ahora todos los aspirantes serán tratados como si se encontraran en igualdad de oportunidades, pese a las evidencias de que los colectivos racializados enfrentan condiciones adversas desde su nacimiento. El bloque conservador que domina el máximo tribunal pasó por alto hechos elementales, como que los negros tienen el doble de posibilidades de nacer en una familia pobre que los blancos, así como una tasa de mortalidad infantil 58 por ciento mayor.

Muchos de los reveses que sufren los afroestadunidenses son resultado de la imposición del capitalismo neoliberal, un modelo que redistribuye la riqueza de abajo hacia arriba y golpea con saña a los más vulnerables. En este sentido, el reverendo King fue profético al advertir, en el último periodo de su vida, que la igualdad de derechos políticos era una quimera en ausencia de igualdad económica. Para revertir esta situación, la comunidad negra tendrá que aunar sus reivindicaciones a las de las mujeres, los miembros de la diversidad sexual, los pueblos indígenas, los trabajadores precarizados y todos los que son marginados por un sistema que antepone el lucro a la vida.

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Presidente de Cuba participa como invitado de honor en el Día de los Héroes de Namibia

27/08/2023 by Vitalio Deja un comentario

Fuente: TeleSur

Geingob dijo que “Namibia y Cuba comparten un vínculo de amistad de larga data (…) grabado en las trincheras de los campos de batalla, de lucha por la libertad y la independencia”.

El presidente de Cuba, Miguel Díaz-Canel, quien realiza una visita oficial a Namibia, participó este sábado como invitado de honor en las conmemoraciones por el Día de los Héroes de esta nación africana.

“Muy emotivas las primeras horas en Windhoek, en el acto por (el) Día de los Héroes. Rendimos tributo a héroes y heroínas de Namibia, Angola y Cuba, quienes abonaron con su sangre el camino a la independencia y pusieron fin al odioso régimen del Apartheid”, escribió el mandatario cubano en sus redes sociales.

El presidente de Namibia, Hage G. Geingob, destacó en su discurso que desde hace 33 años, cuando se alcanzó la independencia del país, cada 26 de agosto se recuerda que ese día de 1966 el movimiento de liberación nacional SWAPO inició acciones guerrilleras en la norteña localidad de Ongulumbashe.

Geingob calificó de “gran importancia que en este día especial, cuando conmemoramos a esos héroes y heroínas que pagaron el máximo sacrificio por la libertad, nos acompañe un grupo de invitados muy especiales y al frente de ellos un líder muy especial, a quien estamos orgullosos de darle la bienvenida hoy como nuestro invitado de Honor”, dijo en referencia a Díaz-Canel.

“Las admirables e históricas hazañas del pueblo cubano, bajo el liderazgo del Padre de la Revolución Cubana, el Comandante en Jefe Fidel Castro Ruz, continuarán siendo una gran fuente de inspiración para los namibios”, aseveró el gobernante.

“Namibia y Cuba -destacó- comparten un vínculo de amistad de larga data y ni siquiera la inmensidad del Océano Atlántico que se encuentra entre nosotros puede romper este duradero vínculo, porque es un vínculo forjado a través de la sangre de nuestros patriotas caídos, un vínculo grabado en las trincheras de los campos de batalla, de lucha por la libertad y la independencia”.

El jefe de Estado cubano, al tomar la palabra, agradeció al presidente Geingob, “no solo para realizar una visita oficial a Namibia sino para, en nombre de Cuba, participar como invitado especial en esta importante conmemoración del 26 de agosto”.

“Hoy, junto a ustedes, rendimos emocionado y merecido tributo a los héroes y heroínas de este país, quienes con el sacrificio de sus vidas abonaron el camino a la definitiva independencia”, manifestó Díaz-Canel.

El mandatario agradeció “al gobierno de Namibia por promover cada año, en la Unión Africana, la adopción de resoluciones contra el bloqueo a Cuba y por hacer escuchar su voz desde el podio de la Asamblea General de la ONU y mantener un consistente apoyo a favor de las resoluciones sobre el tema en ese órgano”.

Díaz-Canel recibe máxima condecoración de Namibia

Durante la conmemoración de este sábado, Díaz-Canel recibió de manos de su homólogo Geingob la banda honorífica de la Orden de la Antiquísima Welwitschia Mirabilis en Primer Grado, la máxima condecoración que otorga la nación africana.

 “Siento una enorme gratitud por recibir esta condecoración y lo hago en nombre del pueblo de Cuba”, expresó el también primer secretario del Comité Central del Partido Comunista de Cuba.

En el edicto de otorgamiento se destaca que Cuba “ha contribuido inmensamente a la lucha del pueblo namibio por la libertad, la paz, la justicia y la independencia”.

La Orden de la Antiquísima Welwitschia Mirabilis en Primer Grado también fue entregada al comandante Fidel Castro en marzo de 2008, “por su apoyo a las luchas de liberación africanas”.

Namibia es el último país de la gira que emprendió el presidente cubano desde el pasado 19 de agosto por naciones africanas, las cuales incluyeron visitas a  Angola, Sudáfrica y Mozambique.

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Alertan que las municiones de uranio británicas y estadounidenses contaminan Ucrania

27/08/2023 by Vitalio Deja un comentario

Fuente: Diario Octubre

 

El Ministerio de Asuntos Exteriores de Rusia advirtió que las municiones de uranio empobrecido estadounidenses y británicas contaminan con radiactividad el suelo ucraniano.

“Ucrania se convierte en un territorio no apto para la vida a causa de las municiones de uranio empobrecido británicas y estadounidenses, radiactivas y altamente tóxicas. Se registra ya la contaminación radiactiva del suelo”, denunció la portavoz de la Cancillería rusa, María Zajárova, en un artículo en el periódico Komsomólskaya Pravda.

Las secuelas del uso de municiones de uranio empobrecido, indicó, pueden afectar también a Polonia, nación que limita con Ucrania.

En mayo, precisó, en suelo polaco se registró un gran aumento de la radiación, al igual que en la provincia fronteriza ucraniana de Jmelnitski.

“La causa, al parecer, es la misma que en Ucrania: la destrucción de las municiones de uranio empobrecido que estaban almacenadas en un arsenal en la ciudad de Jmelnitski”, señaló.

Zajárova remarcó que la lluvia radiactiva puede nivelar las mediciones, sin embargo, “todo el suelo que se encontraba bajo la nube que se observó sobre el mencionado almacén, así como las zonas aledañas, están ya contaminadas con partículas radiactivas”.

El pasado 25 de abril, Gran Bretaña admitió que entregó municiones de uranio empobrecido a las tropas de Kiev.

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Reseña de Coherencia cuántica y vida, de Teresa Versyp (2022). Física cuántica para comprender y orientar la conciencia

20/08/2023 by Vitalio Deja un comentario

Por: Jesús Aller  

El paradigma mecanicista que se impuso en física con la modernidad dejaba poco sitio para menudencias como la conciencia o la libertad, que pasaron a convertirse en entelequias alucinatorias, a modo de productos residuales de la todopoderosa materia.

Afortunadamente, el siglo XX trajo nuevos aires a una disciplina que vive hoy una efervescencia teórica y no se abstiene de reivindicar las visiones más antiguas y luminosas del espíritu humano. Algunos textos clásicos como El tao de la física (1975) de Fritjof Capra, Misticismo y física moderna (1980), de Michael Talbot o La totalidad y el orden implicado (1980), de David Bohm exploran estas conexiones.

Hay que reconocer, sin embargo, que la complejidad del asunto hace que se echen en falta obras de divulgación capaces de aunar claridad y rigor y atentas al mismo tiempo a los avances más recientes. Entre los científicos comprometidos en esta prometeica labor, un nombre a destacar es el de la física Teresa Versyp, autora de: La dimensión cuántica, de la física cuántica a la conciencia, de 2005 y ya en su 4ª edición, y Sobrevolando el territorio del Quantum, de 2012. En Coherencia cuántica y vida, publicado en 2022, completa el panorama descrito en sus trabajos anteriores con un recorrido sobre aspectos esenciales del nuevo paradigma, de la biología cuántica al universo multidimensional.

Implicaciones de la nueva física

La primera parte del libro está dedicada al formidable empeño de sintetizar en unas decenas de páginas los postulados básicos de la mecánica cuántica. Acostumbrados a nuestro bienquisto hogar tridimensional, inquieta descubrir que éste esconde en su interior un entramado en el que la lógica más elemental parece haber sido dejada de lado. Resulta que la materia viene a ser una forma de energía, cuya estructura profunda lleva asociada indeterminación e incertidumbre. Además, el observador es esencial en la evolución de los procesos, y en el fondo de todo nos aguarda el misterio del entrelazamiento cuántico, una “comunicación instantánea” entre eventos muy alejados que puede afectar a nubes de miles de átomos, o la no-localidad, que hace posible el teletransporte cuántico.

Se explora después la coherencia cuántica, que recientemente se ha demostrado que existe también en sistemas biológicos. Ésta consiste en un acoplamiento entre las vibraciones de un conjunto de moléculas que comparten la misma función de onda, lo cual puede darse en ámbitos variados, aunque por tiempos muy breves. Se presentan algunos casos. En la fotosíntesis, por ejemplo, las moléculas antena de la clorofila capturan fotones que desprenden electrones, pero sólo se alcanza la alta eficiencia observada en el transporte de la alteración si se considera que ésta viaja hasta el centro de almacenamiento de la energía por un mecanismo cuántico. En el reino animal diversas especies son capaces de captar la orientación del campo magnético terrestre, para lo cual se ha sugerido el papel de una proteína presente en la retina y sensible a este campo. En esto pueden intervenir procesos cuánticos, al igual que en el funcionamiento de los receptores olfativos, en la respiración e incluso en las mutaciones del ADN o en extraños efectos descritos para el ADN no codificante.

El modelo de organismo vivo que emerge de la nueva perspectiva es revolucionariamente novedoso. Un repaso da la biofísica cuántica del agua muestra que este compuesto, omnipresente dentro y fuera de nuestro cuerpo, forma estructuras estables por las interacciones debidas al carácter dipolar de su molécula. Estos “dominios de coherencia” vibran al unísono y son capaces de almacenar información correspondiente a las interacciones con biomoléculas próximas. Se discute el posible rol del agua en la captación de energías cósmicas, y algunas propiedades que se le han atribuido, aún mal entendidas. Se expone también la emisión espontánea de fotones en el rango ultravioleta por parte de los seres vivos, y los estudios y teorías al respecto, que en ocasiones parecen sugerir la existencia a través de esta energía de un sistema de comunicación entre las células.

El problema de la conciencia se ha comenzado a clarificar en tiempos recientes. A partir de los trabajos de John C. Eccles en la década de 1960 y los posteriores de Roger Penrose y Stuart Hameroff, sabemos que en las neuronas operan procesos cuánticos. Para estos últimos autores, la mente realiza la elección indeterminista que genera el subsiguiente estado neuronal por un autocolapso de la función de onda cuyos rasgos esenciales se describen en el libro. Se repasa también la teoría de Karl Pribram según la cual el cerebro utilizaría un sistema de interferencia de ondas para almacenar nuestros recuerdos como un holograma, así como las experiencias que muestran un carácter no-local en la conciencia, con posibles interacciones instantáneas entre cerebros separados miles de kilómetros. Resultan sorprendentes también los efectos que se han comprobado de personas en meditación sobre su propio organismo y su entorno.

Una realidad revolucionaria

Los últimos capítulos están dedicados a presentar un esbozo de la teoría de las Supercuerdas y la teoría M, que persiguen la unificación de las cuatro interacciones existentes, así como de la Relatividad de Einstein. Se describen luego los problemas que plantean la “materia oscura” y la “energía oscura”, y el significado de los agujeros negros y los agujeros de gusano, atajos que conectan con otros universos o regiones distantes del nuestro. Esta base sirve a Versyp para discutir la perspectiva emergente de un revolucionario universo multidimensional, fruto de la ciencia más sofisticada, pero que en su opinión corrobora visiones antiguas del ser humano y su relación con el cosmos, registradas en la mitología y el arte.

Ahondando en esto, el libro concluye con una reflexión personal en la que se exprimen los aspectos tratados para elaborar propuestas capaces de orientar nuestra vida. De esta forma, si hemos atisbado una extraña conexión en la raíz de todo de lo existente, el eje motriz que puede guiarnos no ha de ser otro que una profunda empatía. En una línea acorde con la esencia de la meditación, se propone así que la atención al propio cuerpo y a los ritmos de la naturaleza y el cultivo del desapego han de propiciar la solidaridad que alumbre una nueva visión. Se insiste además en la apertura hacia otras culturas y tradiciones, capaces de enriquecernos más de lo que pensamos.

La física avanza de forma extraordinaria y muchos de sus desarrollos tienen un gran potencial para vislumbrar el significado de procesos tan cruciales como la vida y la conciencia. Es por ello, que trabajos de divulgación claros y rigurosos, como los de Teresa Versyp, resultan imprescindibles. Superar el paradigma mecanicista impreso en nuestras mentes por siglos de ciencia desnortada ha de servir para reelaborar profundamente las nociones sobre el lugar que ocupamos en el cosmos, lo cual a fin de cuentas es la base de todo nuestro actuar.

Blog del autor: http://www.jesusaller.com/. En él puede descargarse ya su último poemario: Los libros muertos.

Publicado en: Cultural, Global, Titular1

Dos formas de ser fascista

20/08/2023 by Vitalio Deja un comentario

Por: Jorge Majfud 

La historia prueba que si el fascismo europeo siempre sufrió de un fuerte complejo de superioridad, el fascismo del Sur global siempre sufrió de un fuerte complejo de inferioridad. Los fascistas europeos y estadounidenses fueron nacionalistas y conservadores, mientras los de África y América latina, desde Porfirio Días, Trujillo, Somoza, Ubico, Pinochet, Videla, Castelo Branco, Mobutu Sese Seko, Blaise Compaoré y varias decenas más fueron liberales (sólo en la economía) y entreguistas.

Siempre llegaron al poder no por una revolución sino por «la mano invisible del mercado», es decir, de la mano visible e invisible de los imperios de turno.

Todos los fascismos, sin embargo, los del Norte y los del Sur, tenían y tienen algo en común: esa docilidad y obediencia incondicional con los de arriba y ese odio sádico e irrecuperable por los de abajo. El fascismo no es una ideología; es un estado mental.

Como los esclavistas negreros del pasado, todos le cantaron a la libertad en los cuarteles, en las iglesias, en los penthouses de las corporaciones y los bancos privados. Todos le cantaron a la libertad de los de arriba, la libertad del selecto club de «la gente de bien» que se abraza a símbolos patrios y canta el himno nacional con la mano en el corazón. Esa misma gente que ama a sus países con pasión y odia a la gente que vive en él –con pasión aún.

Porque el fascismo no es una ideología; es un estado mental y, a veces, se cura con más educación, más cultura y una buena alimentación.

Publicado en: Cultural, Global

“Prometeo americano” se publicó originalmente en 2005, y fue premiada con el Pulitzer. La biografía de Oppenheimer en la que está basada la película de Nolan

20/08/2023 by Vitalio Deja un comentario

Por: Kai Bird y Martin J. Sherwin

 

Sus autores son el historiador Martin J. Sherwin y Kai Bird, escritor y columnista dedicado a las biografías. Este extracto es el que relata el momento de la explosión de Trinity, la primera bomba nuclear, en el desierto de Nuevo México.

El verano de 1945 fue más caluroso y seco que de costumbre en El Monte. Robert Oppenheimer apremió a los del área técnica a trabajar más horas; todo el mundo parecía estar al límite. Incluso la señorita Warner, aislada en el valle como estaba, advirtió un cambio: “Había tensión y actividad frenética en El Monte. En la meseta, las explosiones parecían aumentar y luego cesar”. Notó que había mucho más tráfico en la carretera que iba hacia el sur, hacia Alamogordo.

El general Leslie Groves se había opuesto al principio a la idea de realizar una prueba de la bomba de implosión argumentando que el plutonio era tan escaso que no debería malgastarse ni un gramo. Oppenheimer lo convenció de que una prueba a escala real era imprescindible por “lo insuficiente de nuestro conocimiento”. Si no lo hacían, le dijo a Groves, “habrá que hacer la planificación del uso del artefacto en territorio enemigo sustancialmente a ciegas”.

Más de un año antes, en la primavera de 1944, Oppenheimer había pasado tres días y tres noches dando tumbos por los valles, áridos y secos, del sur de Nuevo México en una camioneta todoterreno del ejército en busca de un trozo de tierra lo bastante aislado donde probar con seguridad la bomba. Lo acompañaba Kenneth Bainbridge, un físico experimental de Harvard, y varios oficiales del ejército, entre los que se encontraba el oficial de seguridad de Los Álamos, el capitán Peer de Silva. Por las noches dormían en la plataforma abierta de la camioneta para evitar las serpientes de cascabel. De Silva recordaba tiempo después a Oppenheimer, tumbado en el saco de dormir, contemplando las estrellas y evocando los días de estudiante en Gotinga. Era aquella una rara ocasión en que podía saborear el espartano desierto que tanto amaba. Tras varias excursiones, Bainbridge por fin escogió un páramo situado a casi cien kilómetros al noroeste de Alamogordo. Los españoles habían llamado a la zona la Jornada del Muerto.

El ejército cercó un área de veintiocho por treinta y ocho kilómetros, expropió a unos cuantos granjeros y los desalojó, y empezó a construir un laboratorio de campo y búnkeres reforzados desde los que observar la primera explosión de la bomba atómica. Oppenheimer llamó al lugar de la prueba “Trinity”, aunque años después no sabía muy bien por qué escogió ese nombre. Recordaba vagamente tener en la cabeza el poema de John Donne que empieza: “Golpea mi corazón, Dios trino”. Sin embargo, esto sugiere también que pudo haberlo sacado del Bhagavad Gita; al fin y al cabo, el hinduismo tiene su trinidad en Brahma, el creador; Vishnu, el protector, y Shiva, el destructor.

Todo el mundo estaba cansado de trabajar tantas horas. Groves quería rapidez, no perfección. A Phil Morrison le comunicaron que se había establecido “una misteriosa fecha final, alrededor del 10 de agosto, en la que los que trabajábamos en la parte técnica debíamos tener lista la bomba a costa de lo que fuera, ya fuesen riesgos, dinero o políticas del desarrollo”. (Se esperaba que Stalin se metiera en la guerra del Pacífico como muy tarde el 15 de agosto). Oppenheimer recordó: “Propuse al general Groves unos cambios en el diseño de la bomba que habrían resultado en un empleo más eficaz del material. Los rechazó porque ponían en peligro la disponibilidad temporal de la bomba”. El calendario de Groves se regía por la reunión prevista en Potsdam con Stalin y Churchill para mediados de julio. Oppenheimer testificó en la audiencia de seguridad: “Creo que nos encontrábamos bajo una presión increíble para terminarla antes del encuentro en Potsdam, y Groves y yo pasamos dos días discutiendo”. El general quería poner en las manos de Truman una bomba probada y eficaz antes de que terminara esa reunión. La primavera anterior, Oppenheimer había propuesto la fecha del 4 de julio, pero no se tardó mucho en ver que no era realista. A finales de junio, después de que Groves lo presionara más, el director de Los Álamos dijo a su gente que la fecha límite era el lunes 16 de julio.

Este había delegado en Ken Bainbridge la supervisión de los preparativos de la Trinity, pero también envió a su hermano como su ayudante administrativo principal. Para su alegría, Frank Oppenheimer llegó a Los Álamos a finales de mayo; había dejado en Berkeley a Jackie, a su hija, de cinco años, Judith, y a su hijo, de tres, Michael. Frank había pasado los primeros años de la guerra trabajando con Lawrence en el Laboratorio de Radiación. El FBI y el Servicio de Inteligencia del ejército no le quitaban el ojo de encima, pero parecía haber seguido el consejo de Lawrence y haber abandonado toda actividad política.

Frank acampó en el lugar de la Trinity a finales de mayo de 1945. Las condiciones eran espartanas, por decirlo con suavidad. Los hombres dormían en tiendas y trabajaban a temperaturas de 37 grados. A medida que se acercaba la fecha límite, Frank consideró prudente prepararse para el desastre. “Estuvimos varios días buscando rutas de escape por el desierto”, recordó, “y dibujando mapas pequeños para que se pudiese evacuar a todo el mundo”.

La noche del 11 de julio de 1945, Robert Oppenheimer fue a su casa y se despidió de su esposa Kitty. Le dijo que si la prueba salía bien, le enviaría un mensaje con las palabras: “Puedes cambiar las sábanas”. Ella, para atraerle la suerte, le dio un trébol de cuatro hojas del jardín.

Dos días antes de la prueba, Oppenheimer se registró en el hotel Hilton de Albuquerque. Con él estaban Vannevar Bush, James Conant y otros oficiales del S-1 que habían llegado en avión desde Washington para presenciar la exhibición. “Estaba histérico”, recordó el químico Joseph O. Hirschfelder. Como si no estuvieran todos ya bastante nerviosos, una prueba de última hora de los explosivos de implosión (sin el núcleo de plutonio) acababa de indicar que la bomba tenía todos los números de no estallar. Todos empezaron a preguntar a George Kistiakowsky. “Oppenheimer estaba tan angustiado que le aposté el sueldo de un mes por diez dólares a que la implosión funcionaría”. Aquella noche, con ánimo de suavizar la tensión, Oppie recitó a Bush una estrofa del Gita que había traducido del sánscrito: “En la batalla, en el bosque, en el precipicio de las montañas, en el oscuro y vasto mar, en medio de jabalinas y flechas, en el sueño, en la confusión, en las profundidades de la vergüenza, las buenas acciones que ha hecho un hombre lo amparan”.

Aquella noche, Robert durmió solo cuatro horas; el general Thomas Farrell, el segundo de Groves, que intentaba dormir en un catre en la habitación contigua, estuvo media noche oyendo su desagradable tos. Oppie se levantó aquel domingo, 15 de julio, exhausto y agobiado por las noticias del día anterior. Pero, mientras desayunaba en el comedor del campamento base, recibió una llamada de Hans Bethe, quien le dijo que la simulación de la implosión había fallado solo porque se habían fundido unos circuitos del cableado. No había motivo, le aseguró, por el que el modelo de Kistiakowsky del artefacto real no tuviera que funcionar. Aliviado, Oppenheimer volvió la atención al tiempo. El cielo matutino estaba despejado, pero el meteorólogo, Jack Hubbard, le dijo que se estaba levantando viento en la zona. Groves habló por teléfono desde California con Oppenheimer antes de tomar el avión para asistir a la prueba, y este le advirtió: “El tiempo está caprichoso”.

Al caer la tarde, mientras se acumulaban nubes de tormenta, Oppie fue hasta la torre para echar un último vistazo al artefacto. Subió solo e inspeccionó su criatura, un feo globo de metal tachonado con detonadores. Todo parecía en orden, así que, después de contemplar el paisaje, bajó, se metió en el coche y volvió al rancho McDonald, donde los últimos hombres que habían montado el artefacto estaban recogiendo el equipo. Estaba fraguándose una buena tormenta. Tras llegar al campamento base, Oppie se encontró con Cyril Smith, un jefe metalúrgico, y se pusieron a hablar. Casi todo el tiempo fue Robert quien charló distraídamente sobre la familia y la vida en El Monte, pero, en cierto punto, la conversación se volvió filosófica; escudriñó el oscuro horizonte y murmuró: “Es curioso cómo las montañas siempre inspiran nuestro trabajo”. Smith lo tomó como un momento de calma, literalmente, antes de la tempestad.

Para aligerar la tensión, unos cuantos científicos organizaron una timba en la que apostaban un dólar al tamaño de la explosión. Propio de él, Edward Teller apostó fuerte, y puso su dólar en cuarenta y cinco mil toneladas de TNT. Oppenheimer fue cauto y apostó por tres mil modestas toneladas. Isidor Rabi jugó a veinte mil toneladas. Enrico Fermi, por su parte, asustó a algunos guardias del ejército al montar otra apuesta a si la bomba incendiaría la atmósfera o no.

Aquella noche, los pocos científicos que lograron conciliar el sueño se despertaron por un ruido extraordinario. Como recordaba Frank Oppenheimer: “Todas las ranas de la zona se habían juntado en una charca cerca del campamento, y copularon y croaron toda la noche”. Oppenheimer estuvo en el comedor del campamento base bebiendo café, liándose un cigarrillo tras otro y fumándolos muy nervioso hasta la colilla. En cierto momento sacó un libro de Baudelaire y estuvo leyendo poesía en silencio. La tormenta ya apedreaba el tejado de hojalata con un fuerte chaparrón. Los relámpagos atravesaban el negro del cielo, y Fermi, temeroso de que el viento de la tormenta los empapara con lluvia radiactiva, sugirió que se pospusiera la prueba. “Podría ser catastrófico”, advirtió a Oppenheimer.

Por su parte, el meteorólogo jefe de Oppie, Hubbard, le aseguró que la tormenta habría pasado antes del amanecer, pero recomendó retrasar la hora de la detonación, de las cuatro a las cinco de la mañana. Un inquieto Groves paseaba por el comedor. Le disgustaba Hubbard, pensaba de él que estaba “obviamente confundido y muy nervioso”, hasta el punto de haberse llevado su propio meteorólogo, uno de las Fuerzas Armadas. No se fiaba de las previsiones de Hubbard y se oponía a toda posposición. Hubo un momento en que se llevó aparte a Oppenheimer y le recitó una lista de todos los motivos por los que la prueba debía realizarse. Ambos sabían que todos estaban tan cansados que, en caso de demora, la prueba se retrasaría dos o tres días. Preocupado por si científicos más cautos convencían a Oppie de aplazarla, Groves se lo llevó al centro de control de South Shelter, a diez mil yardas, es decir, a unos nueve kilómetros de la Trinity.

A las dos y media de la madrugada, vientos de cincuenta kilómetros por hora y un temporal extraordinario barrían por entero el lugar. De todos modos, Jack Hubbard y su pequeño equipo de meteorólogos predecían que despejaría al amanecer. Oppenheimer y Groves, a nueve kilómetros de allí, caminaban por fuera del búnker, mirando al cielo cada pocos minutos y tratando de adivinar cambios en el tiempo. Sobre las tres de la madrugada, se metieron en el búnker y hablaron. Ninguno de los dos era capaz de asumir un retraso. “Si lo aplazamos no podré volver a poner en marcha a la gente”, dijo Oppenheimer. Groves estaba aún más emperrado en que la prueba se realizase según lo planeado. Al fin, anunciaron su decisión: programarían el estallido para las cinco y media de la mañana con la esperanza de que todo saliera bien. Una hora más tarde, el cielo empezó a aclararse y el viento amainó. A las cinco y diez minutos, la voz de Sam Allison, un físico de Chicago, tronó por un altavoz situado fuera del centro de control: “Faltan veinte minutos para la hora cero”.

Richard Feynman estaba a treinta y dos kilómetros de la Trinity. Le dieron unas gafas de sol, pero pensó que no vería nada si se las ponía, así que se montó en la cabina de un camión orientado hacia Alamogordo. La luna del vehículo le protegería los ojos de los dañinos rayos ultravioleta y podría ver el resplandor. Aun así, se agachó en un movimiento reflejo cuando el horizonte se iluminó con un fulgor intensísimo. Cuando volvió a mirar, vio una lucecita blanca que se volvía amarilla y luego naranja: “Una gran bola naranja, con el centro muy brillante, se convierte en una bola naranja que empieza a ascender y se hincha un poco y se pone negra por el borde, y entonces ves que es una bola grande de humo con relámpagos dentro del fuego que desprende, el calor”. Un minuto y medio después de la explosión, Feynman oyó un violento estallido seguido del retumbar de un trueno creado por el hombre.

James Conant esperaba un relámpago relativamente rápido, pero la luz blanca llenó el cielo de tal manera que pensó que “algo había salido mal” y que “el mundo entero estaba ardiendo”. Bob Serber se encontraba también a treinta y dos kilómetros, tirado boca abajo con un trozo de cristal de soldador en los ojos. “Claro, justo en aquel momento se me cansó el brazo y bajé el cristal, y la bomba explotó. Me quedé totalmente ciego por la luz”, escribiría después. Cuando recuperó la vista, medio minuto después, vio una columna violeta y brillante que se alzaba entre seis mil y nueve mil metros. “Estaba a treinta y dos kilómetros y sentí el calor en la cara”.

Joe Hirschfelder, el químico que debía medir la lluvia radiactiva generada por la explosión, describió después aquel momento: “De repente, la noche se volvió día y todo estaba muy brillante, el frío se volvió calor, la bola de fuego poco a poco pasó del blanco al amarillo y luego al rojo mientras aumentaba de tamaño y ascendía en el cielo. Después de cinco segundos volvió la oscuridad, pero el cielo y el aire estaban saturados de un brillo violeta, como si estuviéramos rodeados de una aurora boreal. Allí estábamos, asombrados, mientras la onda expansiva levantaba trozos de tierra del suelo del desierto y nos dejaba atrás rápidamente”.

Frank Oppenheimer estaba al lado de su hermano en el momento del estallido. Aun tumbado en el suelo, “la luz del primer resplandor salió del suelo y nos atravesó los párpados. Al mirar hacia arriba, se veía la bola de fuego y, casi de inmediato, la fantasmal nube en el aire. Brillaba mucho y era violeta”. Frank pensó: “Igual viene flotando hacia aquí y nos traga a todos”. No había esperado que el calor generado fuera tan intenso. Momentos después, el estruendo de la explosión fue rebotando entre las montañas lejanas. “Pero creo que lo que daba más miedo era la resplandeciente nube violeta, negra por el polvo radiactivo, suspendida allí, y que no sabías si se escaparía hacia arriba o se dirigiría hacia donde estabas”.

Robert estaba echado boca abajo justo en el exterior del búnker de control, situado a nueve kilómetros al sur de la zona cero. Cuando la cuenta atrás anunció que faltaban dos minutos, murmuró: “Señor, estas cosas son muy duras para el alma”. Un general del ejército lo observó de cerca mientras sonaba la cuenta atrás: “El doctor Oppenheimer fue poniéndose más tenso a medida que corrían los segundos. Apenas respiraba. Los últimos segundos miró directamente hacia delante y, cuando se oyó el ‘¡Ya!’ y apareció aquel estallido increíble de luz, seguido enseguida por el profundo rugido del estampido, la cara se le distendió en una expresión de alivio inmenso”. No sabemos, obviamente, qué le pasaría por la cabeza en aquel momento crucial. Su hermano recordaba: “Creo que solo dijimos: ‘Ha explotado’”.

Después, Rabi vio a Robert desde lejos. Algo en su manera de andar, el porte despreocupado de quien está al mando de su destino, le puso la piel de gallina: “Nunca olvidaré cómo caminaba, nunca olvidaré el modo en que salió del coche. Estaba en su apogeo, caminaba como dándose aires. Lo había conseguido”.

Aquella misma mañana, William L. Laurence, el periodista de The New York Times escogido por Groves para cubrir el acontecimiento, se acercó a Oppenheimer para recoger sus comentarios. Según consta, este describió sus emociones en términos muy normales. El efecto del estallido, dijo a Laurence, fue “espantoso” y “no del todo optimista”. Hizo una pausa y luego añadió: “Muchos chicos que aún no han crecido le deberán la vida a esto”.

Al cabo del tiempo, Oppenheimer diría que, al contemplar la nube fantasmal en forma de hongo que se elevaba hacia el cielo sobre la zona cero, recordó unos versos del Gita. En un documental de la NBC para televisión de 1965, rememoró: “Sabíamos que el mundo dejaría de ser el mismo. Había quien reía y había quien lloraba. La mayoría guardaban silencio. Recordé un verso de las escrituras hindúes, el Bhagavad Gita. Vishnu trata de convencer al príncipe de que debería cumplir con su obligación y, para impresionarlo, toma la forma de un ser de muchos brazos y dice: ‘Ahora he devenido muerte, el destructor de mundos’. Supongo que todos, cada uno a su manera, pensamos algo así”. Abraham Pais, amigo de Robert, comentó una vez que la cita sonó como una de sus “exageraciones sacerdotales”.

Al margen de lo que le pasara a Oppenheimer por la cabeza, lo que sí es cierto es que quienes lo rodeaban estaban obviamente eufóricos. Laurence los describió en un mensaje: “El gran estallido llegó unos cien segundos después del gran relámpago, el primer llanto de un mundo recién nacido. Revivió a las figuras silenciosas e inmóviles, les dio voz. Un fuerte grito llenó el aire. Los grupitos que hasta entonces habían estado enraizados en el suelo como plantas del desierto rompieron a bailar”. El baile duró apenas unos segundos y luego todos empezaron a estrecharse la mano, relató Laurence, “se palmeaban la espalda unos a otros y reían como niños felices”. Kistiakowsky, al que la onda había tirado al suelo, abrazó a Oppenheimer y le reclamó los diez dólares con alegría. Oppie sacó la cartera, que estaba vacía, y le dijo que tendría que esperar. (Después, de regreso en Los Álamos, celebró una ceremonia en la que hizo entrega a Kistiakowsky de un billete de diez dólares con su autógrafo).

Cuando Oppenheimer salía del centro de control, se volvió para darle la mano a Ken Bainbridge, quien lo miró a los ojos y murmuró: “Ahora somos todos unos hijos de puta”. En el campamento base se tomó un coñac con su hermano y el general Farrell. Entonces, según un historiador, llamó por teléfono a Los Álamos y pidió a su secretaria que le diera un recado a Kitty: “Dile que puede cambiar las sábanas”.

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