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Global

Desde Pakistán hasta Perú, EEUU intenta derrocar gobiernos

14/08/2023 by Vitalio Deja un comentario

Fuente: Hispantv

 

“La santidad de la papeleta y la santidad de las elecciones”. Estas frases son muy comunes en Estados Unidos. Votar se considera el deber sacrosanto de todo ciudadano, una responsabilidad que a menudo se encuentra con fuertes críticas cuando uno decide no participar en la elección del presidente que puede bombardear al último enemigo designado por el Estado.

Las elecciones en Estados Unidos son importantes, no porque les den a los ciudadanos un control real del destino de su país, sino porque refuerzan la ilusión de que existe una democracia funcional.

En realidad, es un paso de antorcha sobre qué candidato llega a liderar la misión del imperialismo.

Cuando aparece un elemento inestable como Donald Trump, como lo hizo en las elecciones de 2016, la clase política junto al complejo militar-industrial entra en pánico. Preferirían el orden y los negocios como de costumbre, a pesar de que el megalómano expresidente lleva a cabo las mismas misiones imperialistas que sus predecesores.

Sea como sea, un elemento inestable no es una buena imagen para Washington. Provoca pánico público. Y lo que es peor, provoca un cambio en la conciencia pública.

Trump era el mismo político corrupto y belicista que los que le precedieron, simplemente fue abierto al respecto. Trump fue el rostro de la política estadounidense expuesto a la vista de todos.

La élite política tuvo que difamarlo, para que pareciera que era un forastero, que esto no podía ser América. Y así nació “Russiagate” (el caso de la supuesta interferencia de Rusia en las elecciones presidenciales de Estados Unidos en 2016).

La clase de los medios estadounidenses, que son esencialmente taquígrafos para el establecimiento gobernante, se aseguró de que los titulares cubrieran exclusivamente la “interferencia rusa”. Se convirtió en una especie de espectáculo político.

¿Cómo se atreve Rusia a interferir en las elecciones estadounidenses?, ¿los rusos financiaron a Trump?, ¿cómo se entrometieron en las elecciones? Estas fueron las preguntas que dominaron los medios estadounidenses durante un tiempo.

Si los estadounidenses quieren saber cómo se siente que se subviertan sus elecciones y procesos democráticos, tal vez deberían preguntarle a Irán. O Perú. O Pakistán. Tal vez puedan lanzar un dardo a cualquier país de América Latina y preguntarles sobre la injerencia electoral. También deberían preguntar quién fue el culpable.

La respuesta sería unánime: Estados Unidos. Ningún otro país en la historia registrada ha subvertido las elecciones para asegurar un resultado favorable. De hecho, es la forma preferida de EE.UU. de ejercer su influencia y expandir su hegemonía: instalar regímenes títeres para hacer su trabajo sucio.

Pero, no es suficiente que Estados Unidos subvierta las elecciones. En última instancia, debe eliminar cualquier figura o movimiento político que perciba como una amenaza o incluso un riesgo potencial.

Se acaba de revelar que los funcionarios estadounidenses presionaron a los funcionarios paquistaníes para que expulsaran al ex primer ministro de Pakistán, Imran Jan, mientras que estaba en el cargo. Jan, un jugador de críquet convertido en político, se encuentra entre los líderes más populares de su generación en el país del sur de Asia. Después de llegar al poder, exigió la soberanía absoluta para Pakistán, de mayoría musulmana, un camino para labrarse su propio futuro.

Durante demasiado tiempo, Pakistán permaneció subordinado a EE.UU., desde actuar como una cuña de la Guerra Fría contra La India, amiga de los soviéticos, hasta servir como base de operaciones para la invasión estadounidense de Afganistán.

Jan, durante un discurso público, preguntó audazmente: “¿Somos sus esclavos?”, refiriéndose a la orientación negativa de Estados Unidos hacia la política independiente de Pakistán. Bajo Jan, Pakistán buscó la neutralidad, acercándose a Rusia, China e Irán, los principales adversarios de Estados Unidos.

Esto fue en forma de objetivos de política exterior y asociaciones económicas. Jan también enfatizó particularmente la neutralidad y la paz entre Rusia y Ucrania. Pero, EE.UU. quería lealtad.

Los halcones de Washington respondieron a la pregunta de Jan. En marzo de 2022, presionaron a los funcionarios paquistaníes para que destituyeran a Jan. En abril, estaba fuera. Fue precisamente la comodidad de Jan con Rusia a lo que Estados Unidos se opuso.

Y ahora, hasta cierto punto, ha vuelto al statu quo. Aunque Pakistán ha dado algunos pasos a favor de una ruta independiente, supuestamente canceló su intento de construir un gasoducto con Irán —algo a lo que Islamabad está legalmente obligado— bajo la amenaza de sanciones de EE.UU.

Mientras tanto, recibe los mismos viejos pactos de seguridad y hardware de Washington por su lealtad.

Desde que fue expulsado, Jan ha enfrentado múltiples obstáculos legales. Ha sobrevivido a un intento de asesinato, múltiples allanamientos en su casa, gas lacrimógeno y ahora se enfrenta a prisión, y se le ha prohibido participar en política durante 5 años.

El golpe suave de Estados Unidos contra Jan tiene éxito. El Departamento de Estado de EE.UU. declaró que la expulsión forzosa de Jan era “un asunto interno de Pakistán” a pesar de la clara evidencia de que EE.UU. lo solicitó.

No hace falta investigar mucho para ver que este es el modus operandi de los golpes blandos. En diciembre del año pasado, Pedro Castillo, la cara del partido socialista peruano Perú Libre, también sufrió un golpe de Estado.

Washington se movió de inmediato para apoyar el régimen instalado por el golpe y avanzó hacia la reapertura de la privatización extranjera de las minas de cobre y litio de Perú, algo que Castillo buscaba nacionalizar.

Castillo obtuvo una victoria inimaginable contra Keiko Fujimori, la hija del exdictador peruano Alberto Fujimori. Su victoria fue apoyada por sindicatos, agricultores y maestros, un paraguas extremadamente amplio de la clase obrera peruana.

Ahora, Pedro Castillo se encuentra bajo la custodia del gobierno golpista por cargos de “rebelión y conspiración”.

Bolivia es la misma historia. El presidente Evo Morales se vio obligado a escapar del país cuando elementos fascistas respaldados por Estados Unidos dentro de los sectores militares lo derrocaron.

Aunque el golpe en Bolivia finalmente fracasó ya que el partido pro EE.UU. no pudo ganarse los corazones y las mentes de millones de bolivianos enfurecidos, la amenaza del derrocamiento del gobierno aún se cierne.

La clase dominante estadounidense admite su participación y aprobación en estos golpes. En respuesta a que su empresa se benefició del golpe en Bolivia, Elon Musk dijo: “Golpearemos a quien queramos. Encárenlo”.

Bolivia es rica en litio, que es lo que necesita la compañía Tesla de Musk para hacer funcionar sus autos eléctricos.

Estos son solo ejemplos recientes. Y sorprendentemente, un poco menos violento en comparación con otros. La CIA (Agencia Central de Inteligencia de Estados Unidos) tuvo su primer golpe en Irán cuando destituyó violentamente al primer ministro Mohamad Mosadeq por intentar nacionalizar la industria petrolera.

Salvador Allende de Chile y sus partidarios fueron asesinados cuando Estados Unidos instaló al dictador militar Augusto Pinochet para controlar el cambio del país hacia el comunismo durante la Guerra Fría.

Una historia demasiado común desde América Latina hasta el sureste asiático. La misma “santidad de las elecciones” que la clase mediática de EE.UU. y su élite política gritan, EE.UU. ha violado una y otra vez.

Es esencial para su política exterior.

Ya sea un golpe suave o una intervención “en nombre de la democracia”, EE.UU. en su forma actual seguirá entrometiéndose. Continuará intimidando a los gobiernos para que actúen en contra de los intereses de su propio pueblo.

El Departamento de Estado, los medios de comunicación corporativos y los comités del Senado pueden seguir fomentando el miedo y quejándose de la intromisión extranjera en las elecciones estadounidenses todo lo que quieran.

Mientras hacen eso, el Departamento de Estado está tramando su próximo golpe blando.

Para que el mundo, incluidos los estadounidenses, disfrute verdaderamente de las normas democráticas y de un sistema sin golpes ni interferencias, se debe abordar el problema principal: se debe responsabilizar al infractor principal.

La santidad de la democracia solo se puede “restaurar” cuando el propio EE.UU. elimine la intromisión extranjera de su propio libro de jugadas. A medida que el mundo cambia a un orden multipolar, en lugar de un orden unipolar liderado por Estados Unidos, se debe esperar por algunas jugadas desesperadas de Washington para aferrarse a su poder en declive.

Por Shabbir Rizvi, analista político con sede en Chicago, que se especializa en seguridad interna y política exterior de EE.UU.

Texto recogido del artículo en inglés publicado en Press TV

Publicado en: Global

Arabia Saudita nombra a su primer embajador en Palestina

14/08/2023 by Vitalio Deja un comentario

Fuente: Diario Octubre

 

Arabia Saudita anunció que Nayef al-Sudairi, actual embajador en Jordania, se desempeñará como su representante diplomático en Palestina y cónsul general en Al-Quds.

Esta nominación representa “un paso importante”, afirmó el diplomático en un video difundido por la televisora pública saudita Al Ekhbariya.

Al-Sudairi subrayó la voluntad del rey Salman y del príncipe heredero Mohamed bin Salman de “reforzar las relaciones con los hermanos del Estado de Palestina y darles un apoyo formal en todos los aspectos”.

El embajador Nayef al-Sudari es el primer embajador del reino ante la Autoridad Palestina.

Los funcionarios palestinos dieron la bienvenida a su primer embajador de Arabia Saudita, incluso cuando el reino reflexiona sobre el establecimiento de relaciones diplomáticas formales con Israel .

Tradicionalmente, el expediente de los Territorios Palestinos ha sido manejado por la embajada de Arabia Saudita en Amman.

La embajada de Arabia Saudita en Jordania anunció que se llevó a cabo una ceremonia para conmemorar la ocasión durante un evento en la embajada de Palestina en Amman, durante el cual también estuvo presente el embajador de Palestina en Jordania, Atallah Khayri.

Después de la ceremonia, Majdi al-Khaldi, asesor presidencial palestino para asuntos diplomáticos, dijo que “agradecía” el nombramiento.

Ello “contribuirá a fortalecer las fuertes y sólidas relaciones fraternales que unen a los dos países ya los dos pueblos hermanos”, comentó.

Además, un funcionario de la Autoridad Palestina remarcó que con este anuncio “Arabia Saudita ha reafirmado su reconocimiento del Estado de Palestina con Jerusalén como capital”.

Publicado en: Global

Comunismo es libertad

06/08/2023 by Vitalio Deja un comentario

Por: Sören Mau

Traducción: Raultrtr

 

Las ideas sobre una sociedad futura no nos llevarán por sí solas a un futuro mejor, pero las ideas pueden funcionar como puntos de orientación para la lucha colectiva. ¿Cómo debería ser el comunismo por el que luchamos?

Pocos siguen defendiendo el capitalismo. La mayoría ha reconocido su absurdo, y las críticas al sistema existente suelen dirigirse a los ya convencidos, porque el conflicto ideológico ya no es entre quienes defienden el capitalismo y quienes lo rechazan, sino entre la esperanza y la resignación. Como anticapitalistas, nuestra tarea hoy quizá no sea tanto convencer a los demás de que el capitalismo es destructivo, sino más bien reforzar la creencia en la posibilidad real de organizar nuestra vida compartida de una forma totalmente diferente y mejor.

Contrariamente a lo que muchos intelectuales creen por vanidad, el fortalecimiento de esa idea no es generalmente una cuestión de tener las ideas, los argumentos y los análisis correctos. Es más bien el resultado de tener experiencias concretas de poder actuar y hacer cambios junto con otras personas. Si millones de personas en las primeras décadas del siglo XX consideraban que el socialismo era una posibilidad real a su alcance, no era porque los intelectuales socialistas hubieran conseguido por fin afinar suficientemente sus argumentos, sino porque el movimiento obrero en su apogeo había creado organizaciones políticas capaces de dar a la gente una experiencia perceptible de lograr mejoras concretas en su calidad de vida mediante la acción colectiva. Las utopías cautivadoras no importan si no van acompañadas de una confianza en la capacidad de la acción colectiva para cambiar el curso de la historia, y esa confianza no puede conjurarse con buenos argumentos: las comunidades políticas son la base inevitable de las ideas sobre otra sociedad mejor.

Eso no significa, sin embargo, que las ideas no importen. Las ideas sobre una buena sociedad nunca pueden crear por sí mismas cambios históricos, pero eso no impide que sean parte de ese proceso. En las circunstancias políticas e históricas adecuadas, las ideas pueden funcionar como puntos de orientación, que pueden ayudarnos a tomar decisiones sobre cómo actuar. Por eso tiene sentido debatir sobre cómo podría ser una sociedad libre. Y eso es algo que los anticapitalistas han descuidado durante demasiado tiempo.

Afortunadamente, hay indicios de que las cosas están cambiando. Cada vez hay más gente que piensa en cómo podría ser una sociedad poscapitalista, y proliferan los debates sobre el “comunismo y decrecimiento”, el “socialismo de media Tierra”, el “comunismo de lujo totalmente automatisado”, la “posescasez”, el “comunismo de rescate” y la “comuna mundial”. El año pasado, M.E. O Brien y Eman Abdelhadi publicaron una visión de una Nueva York comunista, Everything for Everyone: An Oral History of the New York Commune, 2052-2072, y autores como Aaron Benanav, Jasper Bernes y Cordelia Belton están escribiendo actualmente libros sobre el comunismo que esperemos se publiquen pronto y que seguramente constituirán importantes contribuciones a los debates contemporáneos sobre las estructuras económicas y políticas de nuestro futuro comunista.

El comunismo es democracia

En el capitalismo, las actividades económicas de una sociedad se organizan según un único principio: el beneficio. La mayoría de las decisiones sobre qué y cuánto producir, quién debe producirlo, dónde y cómo debe producirse, y quién debe recibir los resultados de la producción se dejan en manos de actores privados que buscan el beneficio. El comunismo no consiste en sustituir este principio por otro principio económico, sino en permitir la toma democrática de decisiones sobre cómo deben organizarse nuestras actividades y recursos compartidos.

Los seres humanos son seres sociales en la medida en que viven en grupos y dependen unos de otros para su supervivencia, y son seres naturales en la medida en que dependen de un ecosistema que no pertenece a nadie y, por tanto, es de todos. El acceso de un individuo a sus propias condiciones materiales de existencia está siempre mediado por las relaciones sociales, que es otra forma de decir que es siempre una cuestión política, y por esta razón, la libertad nunca puede consistir simplemente en la ausencia del poder de la comunidad sobre el individuo, sino que debe consistir también en la posibilidad por parte de los individuos de participar en los procesos políticos que configuran sus relaciones con sus condiciones de existencia. Dicho de otro modo, los seres humanos son por naturaleza animales políticos, cuya libertad sólo puede realizarse y mantenerse mediante la autodeterminación colectiva, o lo que llamamos democracia. El comunismo es la aspiración a tomarse este ideal democrático lo más en serio posible y es, como tal, una visión de la libertad. La democracia debe, en palabras de Ellen Meiksins Wood, «reconcebirse no simplemente como una categoría política, sino como una categoría económica, [… esto es] como un regulador económico, el mecanismo impulsor de la economía».

No es un estilo de vida

El comunismo no implica una idea particular de la buena vida. El comunismo no es un estilo de vida o una fantasía sobre hacer de cada faceta de la vida de un individuo el objeto de la toma de decisiones políticas; no es un culto romántico a la comunidad o un sueño de comunas y comidas compartidas y cultura hazlo-tú-mismo. El comunismo es el esfuerzo por establecer instituciones que puedan garantizar el mayor grado posible de libertad individual y control democrático sobre aquellos aspectos de la vida humana que son, necesariamente, compartidos por los miembros de una sociedad. El comunismo es tanto para introvertidos y ermitaños como para colectivistas entusiastas.

El comunismo se basa en el reconocimiento de que hay aspectos de nuestra vida que son ontológicamente colectivos y que, por tanto, no pueden dejarse en manos de los individuos. El mejor ejemplo es la tierra: originalmente no pertenece a nadie y, por tanto, es de todos, razón por la cual las decisiones sobre qué hacer con ella tienen que ser decisiones democráticas. La comunización de nuestras condiciones compartidas de existencia no se basa en una reivindicación moral sobre lo común o lo colectivo como algo más fino o mejor o más elevado que lo individual, sino en la simple idea de que la reproducción de la especie humana es inherentemente social, y que la democratización total de los aspectos compartidos de esta reproducción es la única consecuencia razonable de ese hecho. Sin embargo, todos los aspectos de la vida de los que se pueda ocuparse individualmente seguirán siendo, por regla general, cuestiones individuales.

La condición fundamental del comunismo es que las condiciones básicas de la vida de la sociedad se pongan bajo control democrático. Se aboliría el Estado, se disolverían todas las empresas privadas y se expropiarían todos los medios de producción de propiedad privada -tierras, edificios, máquinas, etc.-, así como la riqueza de la clase dominante. Al mismo tiempo, habría que construir nuevas instituciones, que no sólo asumirían muchas de las funciones que hoy solemos asociar con el Estado, sino que también gestionarían y supervisarían la economía.

Se trata, pues, de una ampliación total y completa de la democracia. En lugar de dejar las decisiones económicas en manos de las fuerzas del mercado, seríamos nosotros quienes decidiríamos qué es lo que nosotros queremos.

La Comuna

Llamemos comuna a la unidad básica de la estructura institucional del comunismo. Todo el mundo tendría que elegir una comuna de origen, pero todo el mundo podría vivir en la comuna que eligiera. Las comunas variarían en tamaño, dependiendo de su prehistoria revolucionaria, así como de su contexto geográfico, cultural e histórico particular. Algunas comunas estarían fuertemente urbanizadas y contarían con millones de habitantes -llamémosles comuneros–, mientras que las comunas situadas en zonas escasamente pobladas o en islas desoladas podrían tener muy pocos habitantes, al menos al principio. El comunismo disminuirá gradualmente la división entre la ciudad y el campo, pero para empezar será necesario construir el comunismo en un mundo moldeado por siglos de intensa urbanización capitalista, lo que significa que zonas muy urbanizadas como Tokio o Shanghai tendrían que transformarse en varias grandes comunas urbanas.

Idealmente, cada comuna controlaría todo lo necesario para cubrir las necesidades de sus comuneros, desde la tierra, el agua, la energía y otros recursos naturales hasta la fuerza de trabajo, la tecnología, la investigación y la educación. En general, las decisiones deberían ser tomadas por los afectados, o lo más cerca posible de ellos, para garantizar un alto grado de autonomía y minimizar el riesgo de centralización antidemocrática del poder.

En la práctica, éste es un ideal imposible de realizar, en parte porque una de las condiciones básicas de todas las comunas es una biosfera estable, y eso sólo puede garantizarse mediante algún tipo de regulación global del uso de nuestros recursos naturales comunes. Además, la cooperación entre comunas tendría ventajas evidentes. Dos municipios vecinos podrían, por ejemplo, decidir poner en común sus recursos en materia de infraestructuras o educación. Tales acuerdos entre municipios darían lugar probablemente a algún tipo de estructura piramidal formada por instituciones políticas con poder de decisión, así como foros de coordinación, intercambio de conocimientos y ayuda recíproca.

Bajo el comunismo, los referendos serían más comunes, pero no todas las decisiones podrían tomarse de esta manera, por lo que también sería necesario que hubiera asambleas representativas, cuyos escaños podrían llenarse mediante una combinación de elecciones y sorteos, lo que contrarrestaría la formación de una élite política y la profesionalización mercantil de la política.

Quizá la tarea más importante de la comuna sería aprobar y ejecutar los planes económicos que sustituirían a los mecanismos de mercado. Podría ser algo así: todos los municipios e instalaciones de producción informarían periódicamente de sus necesidades y deseos y, basándose en los datos disponibles públicamente sobre estas necesidades y deseos, así como sobre los recursos disponibles y la capacidad de producción, las diferentes organizaciones políticas propondrían borradores de planes económicos que esbozaran los objetivos de producción para un periodo de dos años. Este proceso se repetiría varias veces junto con reuniones y audiencias públicas y diversas formas de debates públicos para garantizar un nivel máximo de participación democrática. Finalmente, se aprobaría un plan definitivo mediante referéndum. Las decisiones sobre los detalles exactos de la implementación serían tomadas por asambleas representativas en colaboración con las unidades de producción.

El sector público

En el comunismo, la economía se dividiría en dos sectores. Aaron Benanay se inspira en Marx y los llama el reino de la necesidad y el reino de la libertad. También podríamos llamarlos sector público y sector privado. En el sector público -o el reino de la necesidad- «repartiríamos», como dice Benanav, «las labores necesarias para nuestra reproducción colectiva, dividiendo las responsabilidades y teniendo en cuenta al mismo tiempo las capacidades y tendencias individuales». Esto incluiría, entre otras cosas, la agricultura, la sanidad, la vivienda, la educación, la investigación, el cuidado de niños y ancianos, el transporte público, las infraestructuras, los medios de comunicación, los bienes de consumo y lo que hoy llamamos bienes de capital.

Los planes bienales descritos anteriormente pueden considerarse como una lista de todo lo que debe producir el sector público, que a su vez puede convertirse en una determinada cantidad de horas de trabajo necesarias para alcanzar estos objetivos. Idealmente, estas horas se distribuirían equitativamente entre todos los comuneros adultos aptos para el trabajo, y las tareas específicas se asignarían en función de las capacidades y necesidades de cada individuo. Así, por ejemplo, se podría exigir a todos que trabajasen veinte horas a la semana.

Bajo el capitalismo, una parte significativa del trabajo más necesario para el mantenimiento de la vida se hace invisible o se privatiza como trabajo doméstico no remunerado. La separación capitalista del trabajo remunerado y no remunerado, de la producción y la reproducción, que es una fuente importante de opresión de género, desaparecería en el comunismo, donde el trabajo reproductivo contaría como parte de la carga de trabajo compartida de la comuna.

Para asegurarse de que las necesidades de la comuna coinciden con las necesidades y capacidades de los comuneros, podrían utilizarse diversos incentivos: una tarea particularmente impopular podría, por ejemplo, contar el doble de horas o conllevar privilegios especiales, como el acceso a una vivienda más atractiva o a condiciones de trabajo más atractivas. Las tareas más populares podrían asignarse por sorteo o agruparse con las impopulares. Se podría utilizar una estrategia similar para garantizar que el sistema educativo de la comuna esté preparado para satisfacer las necesidades previstas de la comuna y evitar así la escasez de mano de obra especializada. De este modo, sería posible crear una división del trabajo en la que la mayoría de las tareas fueran igualmente atractivas y en la que determinados grupos de personas no se vieran obligadas a asumir las peores tareas, como ocurre actualmente en el capitalismo.

Todo lo producido en el sector público se distribuiría sin utilizar dinero. La vivienda, la sanidad, la medicina, la educación, las guarderías, el transporte público y las comidas en los comedores públicos serían gratuitos y estarían a disposición de todos, sin control. La vivienda se asignaría mediante sorteo y listas de espera. La idea básica que subyace a las bibliotecas públicas podría extenderse a cosas como herramientas, bicicletas, instrumentos musicales, arte y ropa, como ha sugerido recientemente el político danés Pelle Gragsted.

Los bienes de consumo asociados a distintas preferencias individuales (a mí me gusta beber vermú, a ti quizá te guste más el jerez) podrían «comprarse» con cupones digitales. Todos los comuneros recibirían cupones cada semana para utilizarlos en servicios y productos disponibles en los almacenes públicos. No se trataría de dinero, ya que los cupones serían personales y caducarían al cabo de cierto tiempo (pongamos tres meses, por ejemplo), lo que significa que no pueden transferirse ni acumularse.

El sector privado

La comuna produciría y distribuiría todo lo necesario para que todos los comuneros vivieran una vida buena, larga, sana y estable. Se encargaría de construir y mantener viviendas, electricidad, carreteras, saneamiento, ferrocarriles, Internet; produciría tu comida y tus medicinas, tu ropa, tu teléfono, tus muebles, tu televisión y tus libros; cuidaría de ti, de tus hijos, de los ancianos y de los enfermos.

Pero la comuna no podría satisfacer todas las necesidades de los comuneros. En el capitalismo, es la demanda efectiva de los individuos la que determina lo que se produce: «el poder social se convierte en el poder privado de los particulares», como dijo Marx en El Capital. En el comunismo, en cambio, las decisiones sobre qué producir se tomarían democráticamente, lo que significa que la comuna podría decidir no producir ciertos productos, aunque a algunos comuneros les gustaría. En tales casos, los comuneros serían libres, por regla general, de producirlos ellos mismos en su tiempo libre.

Los productos que la comuna ha optado por no incluir en su plan económico podrían ser producidos por el sector privado, o en el reino de la libertad, es decir, la parte de la economía de una sociedad que los comuneros gestionarían en su tiempo libre. Aquí, cada uno produciría y comerciaría como quisiera, dentro de ciertos límites determinados democráticamente (no producir ni intercambiar seres humanos, armas o drogas duras, por ejemplo). Los comuneros también podrían crear instituciones y tecnologías que facilitaran y regularan el intercambio, por ejemplo, creando algún tipo de dinero.

Imaginemos, por ejemplo, que hemos decidido democráticamente que, para reducir el tiempo de trabajo de todos, la comuna sólo producirá bicicletas de un color. Si un comunero quiere desesperadamente una bicicleta roja, podrá coger una bicicleta sin pintar de un almacén público (gratis, por supuesto, como todo lo demás) y pintarla él mismo. O tal vez la lleve a un taller de bicicletas que un grupo de comuneros haya creado en su tiempo libre y se la pinten a cambio de otra cosa. Como este ejemplo deja claro, el «sector privado» no es más que un nombre para las actividades productivas a las que se dedican los comuneros en su tiempo libre.

La comuna trazaría democráticamente la línea divisoria entre ambos sectores. Cada vez, es cuestión de preguntarse: ¿Es ésta una necesidad de la que estamos de acuerdo en responsabilizarnos colectivamente, o es algo que dejamos a los comuneros que se ocupen de sí mismos? La energía, los edificios y las materias primas necesarias para la producción fuera del sector público serían concedidos por la comuna, ya sea gratuitamente o a cambio de productos o servicios.

Pero, ¿no es este sector privado simplemente otra forma de capitalismo? La respuesta es no, porque la comuna siempre garantizaría a todos los comuneros el acceso incondicional a las necesidades vitales, lo que significa que siempre sería posible retirarse completamente del sector privado. La tierra, la vivienda y la fuerza de trabajo nunca se convertirían en mercancías. El dinero existiría puramente como medio de intercambio y no podría utilizarse para dar a ciertas personas poder sobre otras.

La vida bajo el comunismo

Durante siglos, el capitalismo ha dado prioridad a los beneficios sobre la naturaleza, y como resultado, ahora nos encontramos con lo que el autor comunista Eskil Halberg ha llamado un planeta remendado. Necesitamos lo que The Salvage Collective, en su manifiesto de 2021, La tragedia del trabajador, llama un comunismo de rescate, lo que significa que una parte significativa de los recursos de la comuna tendría que dedicarse a la restauración ecológica. La democratización de nuestros recursos comunes permitiría regular el uso de los recursos naturales y, de este modo, garantizar las condiciones de existencia de las futuras generaciones de seres humanos y de los demás seres vivos con los que compartimos esta tierra.

La idea de comunismo que he descrito aquí es tan diferente del socialismo autoritario de Estado del siglo XX como del capitalismo. Entonces, ¿por qué insistir en llamarlo «comunismo», una palabra tan fuertemente asociada a la dictadura estalinista? Por la misma razón que no deberíamos renunciar al concepto de «democracia» por la República Democrática Alemana o la República Popular Democrática de Corea del Norte. Vale la pena luchar por algunas palabras, y en lugar de abandonar el concepto de comunismo a la falsificación típicamente burguesa de la historia, deberíamos insistir en continuar la larga e ininterrumpida tradición que -en oposición explícita al socialismo autoritario de Estado- lleva más de 150 años luchando por una sociedad libre bajo la bandera del comunismo.

¿Cómo sería la vida bajo el comunismo? Por encima de todo, una sociedad comunista sería libre, sin clases y diversa. El comunismo daría a cada uno la libertad de moldear su vida como quisiera. El comunismo sería sinónimo de una toma de decisiones más democrática, menos horas de trabajo, mejores viviendas, mejores alimentos y una biosfera estable, así como de algo que el capitalismo nunca puede ofrecer: seguridad económica. En el capitalismo, nunca se sabe cuándo un despido, la inflación o una crisis económica te complicarán la vida; en el comunismo, nadie tendría que temer que le corten el acceso a las necesidades vitales básicas. En otras palabras, una vida comunista será libre, segura y buena, para todos.

Este texto fue publicado originalmente en español en Contracultura, traducción de la versión en inglés publicada en Verso Books.

SØREN MAU

Filósofo comunista e investigador postdoctoral residente en Copenhague, Dinamarca.

Publicado en: Global, titular2

El Estado no es la solución

06/08/2023 by Vitalio Deja un comentario

Una entrevista con: Adrián Piva

Entrevista por: Martín Mosquera

La teoría económica, incluso el marxismo, ha tendido a separar la política de la economía. Esto condujo a que sectores de la izquierda consideren al Estado capitalista como un ente «exterior», capaz de regular al capital a su antojo. Pero cuando la sociedad capitalista entra en crisis, entra en crisis el conjunto de las relaciones sociales, incluyendo el Estado. No se trata de determinismo económico sino de relaciones de fuerza entre clases.

Adrián Piva es especialista en el estudio de la relación entre modo de acumulación de capital y la dominación política, y uno de los marxistas latinoamericanos más interesantes de su generación. En esta entrevista, explica a Jacobin su comprensión de algunos de los puntos centrales del análisis marxista de la economía.

MM

¿Qué debe entender un marxista por economía? ¿Cuál es el estatus de la economía como tal desde un punto de vista marxista?

AP

Esa es una pregunta difícil de responder. En principio, tendríamos que empezar diciendo que la distinción entre economía y política es relativamente reciente. Es decir, nace con el capitalismo; previamente, esta separación no existía ni en el pensamiento ni en los hechos: explotación y dominación coincidían, del mismo modo en que la dirección y vigilancia del proceso de trabajo son inseparables del proceso de explotación en la fábrica. Además, el aparato de dominio no estaba separado de la clase dominante. La propia clase dominante era la que ejercía el dominio político a través de aparatos, en ciertos casos con un alto grado de centralización.

Por lo tanto, la separación de economía y política aparece con la transición al capitalismo. Pero tenemos que agregar que esta separación es aparente, porque en realidad no hay explotación sin dominación. La unidad sigue estando presente como condición para la reproducción de las sociedades capitalistas. Esto no significa que sea una simple ilusión ideológica o una apariencia subjetiva, sino que es lo que los marxistas llamamos apariencia objetiva. Efectivamente, los fenómenos se presentan de esa manera y el hecho de que se presenten de esa manera tiene importancia para que la sociedad capitalista se reproduzca. Entonces, esta separación entre economía y política tiene esta doble dimensión: por un lado es aparente, hay una unidad de fondo —no habría explotación económica sin dominación política—; por otro lado, cierto grado de separación objetiva es una necesidad para la reproducción del sistema.

En ese sentido, podemos decir que el estatuto de la economía es ambiguo. Ni es una esfera separada como la consideran los economistas, que piensan que puede tratarse como un área particular, con sus propias leyes (leyes además semejantes a las ciencias naturales, etcétera), ni tampoco podemos decir que carece de importancia analizar aspectos específicamente económicos, que no existen dimensiones específicamente económicas, aunque solo es posible comprenderlas en su relación con las dimensiones específicamente políticas.

Un fenómeno como la inflación es interesante para observar esto. Por un lado, pueden verse en la inflación aspectos específicamente económicos, que tienen que ver con fenómenos monetarios, la productividad de la economía, etcétera. Pero, por otro lado, el hecho de que ciertos procesos se desarrollen o no de manera inflacionaria depende en gran medida de aspectos que llamaríamos propiamente políticos: la relación de fuerzas entre las clases, la manera en que se expresa en el Estado, cómo el Estado da forma a las relaciones de dominación…

MM

Hay un debate histórico sobre si el marxismo es un economicismo. Me interesa tu opinión sobre una forma específica del economicismo, que es la lectura que postula al capital como una relación social que totaliza al conjunto de la sociedad y, por lo tanto, como un sujeto que se autodesenvuelve automáticamente. 

AP

Hay una larga tradición en el marxismo que entiende el capital como una relación social que es totalizante en el sentido de que abarca todos los aspectos de la vida social, donde no hay (este es ya un primer debate) ninguna esfera de la vida social que no pueda ser explicada por la teoría del capital. Pensemos en las relaciones de opresión de género. ¿Pueden reducirse a la relación capitalista? Bueno, yo creo que no. Creo, por ejemplo, que el psicoanálisis es efectivamente necesario para entender alguno de esos fenómenos (y que, a su vez, el objeto del psicoanálisis no puede ser reducido completamente a la relación de capital).

Por otro lado, existe también la noción, en la mayoría de los casos asociada a la anterior, de que el capital es un sujeto que se autodesarrolla, se autodesenvuelve. Esta noción encuentra fundamento en la propia apariencia de la relación de capital. La relación de capital se presenta como una relación objetiva, que se autodesarrolla, cuyo desarrollo no tiene límites, o bien, si los tiene, se trata de límites internos, límites que aparecen como resultado de un desarrollo objetivo en el que no es clara la intervención de los seres humanos como sujetos.

Yo no soy afín a ese tipo de lecturas de Marx, aunque hay algunas de ellas que tienen planteos interesantes, como la de Moishe Postone. Pero, todas esas perspectivas se aproximan al capital con la idea de que tiene una lógica, y esa lógica es entendida como un movimiento o proceso que se abstrae de los accidentes, de la contingencia histórica, en el que las relaciones entre los distintos fenómenos son relaciones lógicamente necesarias. Yo, por el contrario, creo que la historia de la relación de Marx con el idealismo alemán, en particular con Hegel, es la de un creciente distanciamiento de una concepción de la historia como movimiento lógicamente necesario.

Marx a lo largo de su obra da cada vez más espacio a la contingencia como clave para entender el desarrollo histórico. Las contradicciones, que son las que explican el movimiento histórico, para Marx son contradicciones históricas que tienen soluciones históricas, contingentes, y por tanto el propio desarrollo del capital está atravesado por esa contingencia, no puede entenderse como el desarrollo de una lógica objetiva. En ese sentido, las relaciones de fuerza, los conflictos sociales, la lucha de clases son elementos centrales para entender las formas históricas que asume el capital y cómo se desarrolla en el tiempo.

MM

¿Cuáles son las principales diferencias entre el marxismo y las escuelas económicas «heterodoxas», especialmente las que provienen del keynesianismo?

AP

En primer lugar, una aclaración: hay que distinguir, por un lado, entre el keynesianismo y las corrientes poskeynesianas, sobre todo de los años sesenta y setenta, (e incluso de los cincuenta), y, por otro lado, la llamada síntesis neoclásico – keynesiana (mainstream en la segunda posguerra) y los contemporáneos neokeynesianos (algo así como el keynesianismo después del neoliberalismo). Las teorías keynesianas y poskeynesianas han hecho aportes interesantes a la comprensión del funcionamiento del capitalismo; y el marxismo, en ese sentido, tiene una relación con esos enfoques, como la que  ha tenido con la economía política clásica en sus orígenes, en el sentido de que su crítica permite recuperar y transformar esos aportes para integrarlos en una teoría marxista del capital.

Dicho esto, el agrupamiento del marxismo junto con las corrientes keynesianas y poskeynesianas dentro de ese gran paraguas que se denomina «heterodoxia» está bastante vinculado a la etapa que se inicia con el predominio del neoliberalismo. Y con cierta tendencia, sobre todo en algunos sectores de la izquierda, a identificar al neoliberalismo como enemigo principal. En un modo no siempre explícito, se construyó una especie de «frente único» entre keynesianos y marxistas contra el neoliberalismo. Yo creo que ahí hay un problema de fondo, que tiene que ver con la manera en que se comprendió al neoliberalismo y con la forma en que se comprende al Estado. En líneas generales, la tendencia fue asumir que el Estado era capaz de regular la economía en un sentido favorable a los trabajadores y que, en ese punto, había confluencia en torno a dos aspectos: una crítica teórica de la economía neoclásica y de las corrientes neoliberales en particular, por una parte, y la defensa del Estado de bienestar en los países europeos, la defensa de determinados aspectos de los Estados nacional-populares o populistas en América Latina, la defensa de cierta intervención del Estado, en definitiva, por otra.

El problema no es tanto que pueda haber una confluencia política o práctica en la oposición a determinada privatización, en la defensa de determinado derecho laboral o en la demanda de la intervención del Estado en algún punto especifico, lo que es una práctica habitual de la lucha social, tanto en el terreno sindical como el terreno político. El problema está cuando empieza a asumirse que efectivamente el Estado, de alguna manera, es un tercero que puede arbitrar, que puede regular la acumulación desde fuera, e impedir que o bien las crisis se desarrollen o bien que sus efectos se descarguen sobre la vida de la clase trabajadora.

Esto se conecta con lo que decía antes, el hecho de que Estado y capital están solo en apariencia separados, pero, tras esa apariencia, hay unidad entre ambos. El capital no es una relación social puramente económica, el Estado es uno de los modos en que la sociedad capitalista se desenvuelve, se desarrolla, se reproduce. El Estado es parte del problema, no de la solución. Cuando la sociedad capitalista entra en crisis, entra en crisis el conjunto de esas relaciones sociales; entra en crisis lo que llamamos «la economía» y entra en crisis también lo que llamamos «la política».

Por otro lado, la intervención del Estado tiene límites. La separación entre economía y política se origina en el hecho de que la relación de capital tiene ciertas características que hacen que la regulación estatal de las relaciones económicas no pueda desarrollarse más allá de cierto punto sin poner en crisis esa misma relación. ¿Por qué? Porque esas relaciones están articuladas a través del mercado. Y esto no es ficción, es una realidad. Capitalista y trabajadores se vinculan a través de la compra y venta de mercancías: compra – venta de la fuerza de trabajo, compra – venta de bienes de consumo, compra – venta de medios de producción, etcétera. El conjunto de las relaciones sociales está mediado, articulado, por relaciones de mercado. El Estado, entonces, tiene límites reales para la intervención; si la intervención del Estado disuelve la separación entre economía y política, que es la condición de funcionamiento del mercado, pone en crisis la forma en que se articulan las relaciones sociales.

Un ejemplo clásico de esto es el problema de la regulación de los precios. Ciertas corrientes heterodoxas (aunque no Keynes, por cierto) parecen pensar que el Estado podría regular los precios de manera casi ilimitada. Esto no es así. Más allá de cierto punto se producen fenómenos de escasez, aparecen «mercados negros» y procesos de desinversión, etcétera. Entonces, emergen concretamente los límites del Estado para regular la economía y, más en general, los límites que tiene para intervenir de manera favorable a los trabajadores. En cierto punto, los gobiernos y el personal del Estado, sienten la necesidad de dar solución a los problemas que creó su propia intervención, porque afectan a la reproducción del aparato estatal: si la economía entra en crisis, el Estado no tiene recursos, pierde capacidades,  etcétera.

Por lo tanto, la diferencia de fondo con la heterodoxia, creo yo, gira en torno a la naturaleza y el rol del Estado. En el keynesianismo, en el poskeynesianismo y en otras corrientes heterodoxas existe la idea de que el Estado es un tercero que puede regular la acumulación de manera que las crisis desaparezcan, o de que la intervención del Estado puede hacer compatible el desarrollo capitalista con una tendencia permanente a la mejora de la vida de los trabajadores. Estas nociones, desde el punto de vista marxista, son utópicas. Existe un límite objetivo a esas intervenciones: en algún momento la crisis se precipita y afecta al propio Estado; por ello, las mejoras en la vida de los trabajadores están siempre amenazadas, son precarias. Las épocas de retroceso, como pasó en toda la fase neoliberal, ponen de manifiesto esos límites: detrás del neoliberalismo está la crisis del keynesianismo.

MM

¿Hay una teoría marxista de la crisis? ¿En qué consiste? Y, más en particular, ¿no hay una tendencia del marxismo a enfatizar unilateralmente el papel disruptivo de la dominación de la crisis capitalista, subestimando su posible carácter disciplinante? 

AP

Como lo demuestran la teoría del Estado, la teoría de las ideologías, la teoría de las clases, etcétera., el marxismo está en construcción. No podemos pensar que la teoría marxista es una teoría ya terminada. La construcción de varias ortodoxias y, en particular, la transformación del marxismo en ideología de Estado en los «socialismos reales», han hecho difícil el desarrollo de la teoría. Pero la derrota catastrófica de las estrategias revolucionaria y reformista de la clase obrera desde los setenta, ambas ligadas al marxismo, han producido crisis y dispersión. De hecho, en muchos aspectos vemos que todavía nos encontramos en el lugar donde Marx dejó las cosas. Si bien hay muchos avances teóricos, son avances heterogéneos, fragmentarios, con bajo grado de integración. A lo que hay que agregar la marginalización de nuestro pensamiento en ámbitos intelectuales y académicos, acompañada de desconocimiento y caricaturización.

Sin embargo, las teorías marxistas de la crisis tuvieron mucho más desarrollo que otros temas. Lo que dejó Marx son apenas esbozos, en distintas partes de los Grundrisse y El capital, interpretables de modos muy diversos. El gran debate teórico sobre las crisis se inicia después de la muerte de Marx e incluso de Engels. En el marxismo clásico podemos encontrar explicaciones multicausales e incluso eclécticas, pero en todas ellas están presentes elementos de una teoría que explica la crisis por el subconsumo o insuficiencia de la demanda. Este enfoque ha seguido muy presente en el marxismo. También desde los primeros debates encontramos a quienes explican las crisis como producto de la tendencia a la sobreproducción; en estos casos el énfasis de la explicación está puesto en la anarquía de la producción capitalista. Las explicaciones por sobreproducción han ganado terreno entre los marxistas en las últimas décadas. Desde los años 1930 hasta la actualidad ha tenido mucha difusión la teoría de la tendencia decreciente de la tasa de ganancia, aunque en las últimas décadas muchos marxistas la han abandonado. Y después están las teorías más recientes, sobre el carácter financiarizado de las relaciones capitalistas en los últimos cuarenta años.

Ante tal variedad, no podemos hablar de «una» teoría sino de diversas teorías marxistas de la crisis. Pero lo que sí me parece importante destacar, como un rasgo compartido por la mayoría de esos enfoques, es el énfasis en la producción y en la tendencia al desequilibrio del proceso de acumulación de capital que creo que es un punto de partida muy importante para entender la cuestión. En el centro del análisis marxista de la producción capitalista está la tendencia a la acumulación de capital; dicha tendencia impulsa a aumentar continuamente la producción y esto es lo que genera desequilibrios y finalmente conduce a fenómenos de crisis. Marx en los Grundrisse insiste mucho en este punto frente a la economía vulgar (hoy la neoclásica) pero también frente a la economía política clásica (y hoy diríamos también la heterodoxia). Marx señala una y otra vez que el problema central de la economía es que en el fondo siempre entiende la producción capitalista como producción para el consumo y al intercambio como intercambio mercantil simple. Más allá de los mecanismos específicos que conducen a las crisis (esto es lo que discuten, a fin de cuentas, las diversas teorías) el énfasis en la acumulación permanente —y el hecho de que esta acumulación tiene un límite, que conduce finalmente a la crisis— me parece el rasgo más valioso de las teorías marxistas de la crisis. Ante ciertas corrientes del marxismo, que en los últimos cuarenta o cincuenta años han puesto cada vez más énfasis en fenómenos de carácter financiero, creo que hay que volver a centrarnos en la producción.

Ahora bien, en lo que refiere al énfasis que la izquierda en general ha hecho en la crisis como momento de desestructuración de la dominación y, por lo tanto, como oportunidad política, creo que ha habido una subestimación del carácter disciplinante de la crisis. La crisis general – de eso hablamos – es una crisis de reproducción de la sociedad, es decir, un proceso de disolución de la sociedad, más o menos agudo según la crisis sea más o menos profunda. Puede ser catastrófico o puede desarrollarse gradualmente en el tiempo pero, como sea, se trata de procesos de crisis de reproducción de la sociedad, de disolución de los lazos sociales, que afectan a todos los sectores sociales. Y a medida que la crisis se profundiza, se agrava, se prolonga en el tiempo, afecta mucho a la clase trabajadora y a los sectores populares.

Ese efecto disciplinante es muy importante sobre todo en períodos de crisis de alternativa política. Porque ante la ausencia de alternativa política, la clase trabajadora, si está movilizada y organizada,  solo puede tener cierta capacidad de bloqueo. Y el éxito en el bloqueo a la ofensiva capitalista lo que tiende a provocar es una prolongación en el tiempo de la crisis y, en algún momento, inevitablemente, su profundización. Entonces es ahí donde el efecto disciplinante juega un papel importante.

En ese sentido, no creo que sea casual que este papel disciplinante apareciera como un problema en la Europa de los años 1920 y los 1930, pasada la primera oleada revolucionaria tras la Revolución de Octubre y un contexto de reflujo y derrota de la revolución en Europa. En ese momento, la revolución dejó de ser vista como inmediatamente posible; creció la demanda de orden y empezó a hacer mella en los propios trabajadores. Lo mismo pasó en Argentina durante la hiperinflación: un fenómeno muy agudo de disolución de lazos sociales que generó una demanda de orden y de estabilidad en todos los grupos sociales. Y lo mismo podría pasar con fenómenos como el que vivimos actualmente en Argentina, con una prolongación indefinida de la crisis.

Ahora bien, también es cierto que, en tanto la crisis no está resuelta, el juego está abierto. Por lo tanto, es verdad que es una oportunidad política y que el futuro se juega también en los modos en que la clase trabajadora y los sectores populares se organizan y responden. Pero la estrategia a seguir no puede basarse en la idea de que la profundización de la crisis vuelve más probable procesos de radicalización popular, porque ese es solo uno de los cursos posibles.

MM

¿Qué pensás del debate en torno a que asistimos al final del ciclo neoliberal del capitalismo?

AP

En principio hay que definir qué fue el neoliberalismo. Podemos decir que fue dos cosas: primero, una estrategia de ofensiva del capital contra el trabajo que se desarrolla tras la crisis del capitalismo de posguerra, una respuesta a la crisis de acumulación global y a la  crisis del Estado keynesiano en USA, de los Estados de bienestar keynesianos de Europa, de los Estados populistas de América Latina y también de los «socialismos reales».

El neoliberalismo dio unidad y coherencia a una ofensiva que ya se había iniciado molecularmente: los procesos de deslocalización de capitales del centro a la periferia son parte de esa respuesta que comenzó entre fines de los sesenta y mediados de los setenta y que dieron inicio al proceso de internacionalización de la producción.

La especificidad de la estrategia de ofensiva neoliberal fue el uso de la coerción del mercado como medio de disciplinamiento. Esto no quiere decir que haya estado ausente la violencia o que no haya jugado un papel fundamental. Las dictaduras militares de los setenta en América Latina son una evidencia elocuente. Pero la violencia es un rasgo siempre presente en las estrategias de ofensiva del capital, no es una especificidad histórica. El uso de la violencia estatal es un rasgo inherente a cualquier ofensiva capitalista, nunca va a estar ausente.

El problema es, entonces, ¿qué fue lo específico de la ofensiva neoliberal? Y es que la violencia estatal estuvo orientada a transformar las relaciones entre Estado y acumulación de modo que se convirtió al mercado en un medio de disciplinamiento, de desorganización de la clase obrera y de individualización de los comportamientos sociales. Se podría objetar que la coerción mercantil también es un elemento siempre presente en el capitalismo, pero esa coerción que estructura la relación de explotación capitalista se define, justamente, por su carácter económico, no político, como un aspecto esencial de la separación entre explotación y dominación que mencionábamos antes. En el neoliberalismo la coerción del mercado se transforma en un arma política. La segunda dimensión del neoliberalismo, por lo tanto, es como modo de dominación política. Porque lo que vemos desde fines de los años 1980 (en algunos casos, desde principios de los años 1980) es la estabilización del neoliberalismo como modo duradero de dominación. Sobre la base de un proceso de internacionalización en marcha – y al que, a su vez, dio impulso – la combinación de apertura comercial y financiera, desregulación de los mercados y políticas monetarias restrictivas transformó la coerción mercantil en un mecanismo duradero de dominación sobre masas desmovilizadas e individualizadas.

Sin embargo, ya desde la segunda mitad de los años noventa se empezaron a ver los límites de esa estructura de dominación y se desarrollaron una serie de crisis en la periferia: en el sudeste asiático en 1997, la crisis rusa de 1998, en el 2001 la crisis en Argentina y también la crisis turca… En fin, una serie de fenómenos puso de manifiesto que el mecanismo de dominación neoliberal se empezaba a agrietar. El mecanismo de coerción mercantil resultaba ineficaz como mecanismo de dominio y se desarrollaban procesos de movilización popular. En ese contexto, en algunas regiones de la periferia se desarrollaron ensayos posneoliberales. Es lo que ocurrió en gran parte de Sudamérica.

Una de las condiciones para que el neoliberalismo funcione es que el mercado sea eficaz para sostener la desmovilización. En la medida en que se producen procesos de movilización y los mecanismos de coerción mercantil empiezan a fracasar, podemos decir que comienza la crisis del neoliberalismo. Tras la crisis mundial de 2008, la crisis de estos mecanismos se demostró cada vez más global.

La principal evidencia de esta crisis es la ruptura de la restricción monetaria. La restricción monetaria es un mecanismo esencial del neoliberalismo. Elmar Altvater, en un viejo artículo, decía que la política monetaria era la trinchera de la ofensiva neoliberal contra la clase trabajadora. No se trata simplemente de limitar la emisión como política antiinflacionaria. Se trata del uso político, disciplinante, de la moneda. Es un límite a la expansión monetaria y fiscal como respuesta a la presión de las demandas populares. ¿Qué significa, entonces, el fin de la restricción monetaria? Que de alguna manera los procesos de movilización obligan al Estado a relajar esa restricción. La emisión de moneda es una respuesta a demandas que comienzan a emerger y que no se pueden simplemente reprimir (no hablamos solo del ejercicio de la violencia material sino, sobre todo, de la coerción del mercado).

Esto me parece muy claro en Estados Unidos después de la crisis mundial del 2008. Las llamadas políticas de «flexibilización cuantitativa», al comienzo, fueron una repuesta a la crisis financiera, un mecanismo para transferir dinero a los bancos y otras entidades financieras en un contexto de falta de liquidez. Pero llegaron para quedarse, y se transformaron en un mecanismo más o menos permanente hasta el alza reciente de los índices de inflación. Los sucesivos gobiernos (el final de la administración Bush, Obama, Trump y el propio Biden) no pueden escapar del aumento de gastos, el déficit fiscal y la expansión monetaria. Los intentos de volver al corset monetario neoliberal no tienen viabilidad política.

Pero si volvemos la vista al resto del mundo podemos ver, como decíamos antes, que desde fines de los noventa y agudamente desde 2008 la crisis del neoliberalismo es un fenómeno global. En el caso de Rusia y su zona de influencia, particularmente el Cáucaso y el Asia central, después de la crisis de 1998 comienza un proceso de salida del neoliberalismo. En todas esas economías se observa un rol creciente del Estado y una reversión parcial de las reformas neoliberales tras la disolución de la URSS. A eso hay que agregarle el crecimiento global de la economía china. Si bien China inicia su crecimiento con la transición al capitalismo desde fines de la década de los setenta, hasta fines de los años noventa la economía china no era un actor tan relevante. Pero desde principios de los 2000 China aumentó notablemente su peso económico global. Y China es un país que nunca llevó adelante políticas neoliberales en el sentido que las hemos conocido en gran parte del mundo desde los ochenta. Podríamos seguir agregando casos: el caso japonés desde los años noventa que, ante el inicio de un largo estancamiento, giró hacia políticas de aumento del gasto público e inversión en infraestructura.

Entonces, en mi opinión, existe un conjunto de elementos que muestran claramente una crisis del neoliberalismo y la tendencia a su abandono, sobre todo a partir de 2008. La Unión Europea ha sido una excepción parcial. En particular en la zona Euro la restricción monetaria y fiscal juega un papel político relevante por la modalidad de integración regional. La integración monetaria en un contexto en que los Estados nacionales retienen decisiones importantes en el terreno fiscal otorga a la disciplina monetaria impuesta por el BCE un papel central. Pero también allí hay elementos de agrietamiento del mecanismo de coerción de mercado. Desde 2008 crecieron las presiones por el relajamiento de la restricción monetaria y las crisis de gobierno se han vuelto recurrentes en muchos de los países europeos. En ese contexto, creció la oposición a la Unión Europea. En fin, existen una serie de elementos tanto en la Zona Euro como en la Unión Europea en general que plantean, si bien no una salida del neoliberalismo, sí una crisis en ciernes, e incluso cierta tendencia del Banco Central Europeo a relajar la restricción monetaria.

Ahora bien, que el neoliberalismo esté en crisis no quiere decir que no haya intentos de restauración neoliberal. En América Latina los hemos visto recientemente. Es el caso del macrismo en Argentina, que fue un intento de restauración neoliberal fallido. También podemos citar el caso brasileño, y la experiencia de Bolsonaro no se puede considerar tampoco exitosa.

Sin embargo, que el neoliberalismo esté en crisis a nivel mundial y que los intentos de restauración neoliberal en la región hayan fracasado no quiere decir que haya un proceso de mejora en la situación de las clases populares. La crisis del neoliberalismo es un aspecto de una crisis global que atraviesa el capitalismo desde 2008. Y el capitalismo no termina de encontrar respuesta. Se enmarca en un proceso de transformación muy profundo del capitalismo desde mediados de los setenta, una transformación como no veíamos desde fines del siglo XIX y principios del siglo XX. Y en ese proceso de crisis y de transformación profunda del capitalismo, las presiones por llevar adelante una ofensiva sobre la clase trabajadora son muy fuertes en todo el mundo. La emergencia de las nuevas derechas es un aspecto de este proceso. Sobre todo, frente a la ausencia de alternativas anticapitalistas, por lo menos en lo inmediato. Por lo tanto, la crisis del neoliberalismo no significa que estemos ante la inminencia de un giro progresista a nivel mundial. La crisis del neoliberalismo es el terreno de una disputa: hay intentos de restauración neoliberal, hay ensayos posneoliberales de izquierda o populistas como ocurrió en América Latina, y también hay nuevos fenómenos de derecha posneoliberal, que son cada vez más amenazantes.

En este sentido, yo creo que la difusión del término «neoliberalismo autoritario» ha tendido a inflar el concepto de neoliberalismo hasta volverlo inútil para entender lo que está ocurriendo. Porque autoritario, en mi opinión, tiende a dar cuenta de lo que empieza a ser el rasgo más claro de la respuesta a la crisis del neoliberalismo: una cierta repolitización de la lucha de clases. Es decir, si el neoliberalismo se caracterizó por un predominio de la coerción mercantil como mecanismo de disciplina, cuando el mercado empieza a fallar y la dominación se agrieta aparece como respuesta cierta repolitización de la lucha de clases. Crece el papel del Estado en ese disciplinamiento. Me parece que el adjetivo «autoritario» que se agrega a neoliberalismo trata de captar esto.

Si me preguntás cuales son los rasgos de ese posneoliberalismo emergente, sinceramente no sé, porque estamos en un proceso de transformación y los bordes no se ven claros todavía, las tendencias no son tan claras. Pero un elemento que sí me parece persistente es esta repolitización autoritaria de la lucha de clases. Pero esa repolitización no es necesariamente progresiva, y eso nos devuelve al principio, cuando hablábamos de las diferencias con el keynesianismo, sobre si un mayor papel del Estado es siempre favorable a las clases populares. Si fuera el caso, una repolitización de la lucha de clases sería una buena noticia. Pero no necesariamente es así.

Una repolitización de la lucha de clases y un creciente papel del Estado pueden significar un proceso de disciplinamiento autoritario. En muchos lugares, lo que podemos ver es que, ante la dificultad del Estado para integrar demandas, se producen procesos mixtos: se integran las demandas de algunos sectores, se reprimen o neutralizan las de otros. Experiencias tan disímiles como las de Turquía de Erdoğan, El Salvador de Bukele, la Rusia de Putin, la deriva autoritaria de la derecha republicana en USA (el «trumpismo») y  los mecanismos de integración y represión políticos del régimen chino parecen orientarse en esa dirección común. Incluso, tras el fracaso de la restauración neoliberal, el «bolsonarismo» en su etapa final en el gobierno y en su debut como oposición parece dirigirse hacia allí. En algunos casos estas tendencias se desarrollan en los marcos de la democracia formal, aunque tensionando sus límites, en otros en el marco de regímenes autoritarios.

Los fenómenos de crisis o al menos de puesta en discusión de los mecanismos de representación también son parte de estos cambios que están ocurriendo. Se pone de manifiesto en las disputas sobre los resultados electorales (EE. UU.), las luchas en torno a los mecanismos de elección popular y los cambios en los distritos electorales (Venezuela), la crisis de los gobiernos y la formación de mayorías parlamentarias (Unión Europea), etcétera, que la democracia tiene algo de ficción, que la construcción de una voluntad mayoritaria implica la definición de cómo se construye esa mayoría.

Ahora bien, el cuestionamiento a los mecanismos de representación no es del mismo tipo que a fines de los noventa y principios de los dos mil cuando, por ejemplo en Sudamérica, la crisis de representación tenía un elemento progresivo, en el sentido de que lo que se reivindicaba era la autoorganización popular, la acción directa de las masas, etcétera. Por el contrario, hoy aparece como un cuestionamiento a la democracia. Entonces, yo hoy no le veo un carácter tan progresivo a la crisis de los mecanismos de representación, por lo menos en lo inmediato… Desde la izquierda tenemos mucho para decir en relación a eso, pero lo cierto es que hoy esos cuestionamientos aparecen como parte de aquellos elementos de repolitización autoritaria de lucha de clases, como intentos de desconocimiento de las mayorías populares, seas cuales sean las formas de su construcción, intentos de exclusión de sectores populares que se movilizan y cuyas demandas no se pueden integrar, etcétera. Hablo de indicios, de tendencias incipientes, no necesariamente tiene que desarrollarse ese sendero. Lo central, en todo caso, en mi opinión, es que la repolitización autoritaria de la lucha de clases es un elemento común de estas formas posneoliberales. Incluso en aquellos gobiernos que intentan llevar adelante, por lo menos en sus intenciones explícitas o en sus discursos, salidas progresistas o de izquierda: veamos sino la deriva venezolana o lo que está ocurriendo en Nicaragua, incluso – en un grado muy diferente y como manifestación de la combinación de potencia popular y disciplinamiento estatal – el papel de control de la movilización y la organización populares ligado a la expansión del gasto social, como sucede actualmente en Argentina y aprovechó muy bien el macrismo. Esto no es nuevo, conocemos de sobra ese costado autoritario de los Estados de bienestar de posguerra, a pesar de su embellecimiento posterior por algunos sectores de la izquierda.

MM

¿Cómo entiende el marxismo la inflación? Y, más concretamente, ¿cuál es tu opinión sobre el retorno de la inflación como una problemática global?

AP

Primero, sobre el aspecto más conceptual de la inflación: antes decíamos que había una diversidad de teorías marxistas de la crisis, y con la inflación pasa algo parecido, porque el problema de la inflación está ligado a ciertas perspectivas marxistas sobre la acumulación, el dinero, etcétera.

En primer lugar, hay una diferencia importante con la heterodoxia, en particular con los keynesianismos. Lo digo en plural porque es muy difícil atribuir a Keynes ciertas afirmaciones: si hay algo que Keynes jamás ha dicho —y tenía razón— es que se pueda emitir indefinidamente. Keynes decía que mientras hubiera niveles altos de desempleo podía emitirse sin que esto generara inflación o, por lo menos, no una alta inflación; pero que mas allá de cierto punto empezaba a aparecer lo que llamaba la «verdadera inflación». Es decir, la emisión descontrolada no podía ser la respuesta a los problemas económicos. Keynes nunca dijo esto.

Pero en las últimas décadas han aparecido reinterpretaciones del keynesianismo y del poskeynesianismo que han negado cualquier vínculo entre emisión monetaria e inflación y que han tendido a aseverar que es posible emitir dinero siempre sin que esto genere inflación.

Afirmar que  existe un «lado monetario» de la inflación no es lo mismo que decir, como dicen los neoclásicos, que la inflación es puramente de origen monetario y que la emisión monetaria per se genera inflación. Esto evidentemente también es falso. Nunca se ha podido demostrar una correlación entre la emisión monetaria y la inflación como la que pretenden los neoclásicos, no existe tal cosa.

Los neoclásicos sostienen que el dinero es exógeno, es decir, que la determinación de la cantidad de dinero es básicamente una decisión política. Un aspecto valioso de las perspectivas poskeynesianas (los poskeynesianos tienen un punto a favor en esto respecto de Keynes), es que han enfatizado que el dinero es endógeno. Afirman que la cantidad de dinero depende, básicamente, de la demanda de dinero que genera la propia economía.

Ahora bien, en las últimas décadas entre los poskeynesianos surgió una corriente —que tiene su mayor expresión en la llamada Teoría Monetaria Moderna— que, simplificando,  plantea que podríamos aumentar siempre la cantidad de moneda sin efectos inflacionarios porque eso provocaría un aumento de la demanda, ese aumento de la demanda generaría una expectativa de mayor ganancia y, por lo tanto, un aumento de la inversión. Entonces siempre tendríamos niveles de inflación bajos, no se desataría un proceso inflacionario.

Para los marxistas esto no es así y, en general, aceptamos que existe un lado monetario de la inflación. Las explicaciones que dan los keynesianos y la mayoría de los poskeynesianos de los fenómenos económicos, en última instancia, son subjetivas, dependen de la psicología de las personas, de lo que esperan, de las expectativas que se forman. Para los marxistas existen determinaciones materiales, objetivas, de la acumulación de capital y de su tendencia a las crisis. La inversión depende, en lo esencial, de la tasa de ganancia y que la tasa de ganancia sea más alta o más baja no depende de expectativas. La inversión depende también de ciertas condiciones sociales, por ejemplo, será baja si existen problemas de dominación política que hagan que el marco de la inversión sea inestable. En tales condiciones — baja tasa de ganancia, problemas de dominación política, etcétera—, por más que se emita moneda e incluso que esto se traduzca en aumentos de la demanda, es altamente probable que la inversión no aumente o no aumente lo suficiente. Esto genera desajustes que terminan produciendo inflación. En particular, el financiamiento permanente del déficit fiscal por la vía de la emisión monetaria en condiciones de baja inversión puede generar fenómenos inflacionarios.

En segundo lugar, la inflación expresa ciertas relaciones de fuerzas. Antes yo hablaba de la restricción monetaria: si la respuesta frente a ciertas demandas es la restricción monetaria, lo más probable es que todo un conjunto de fenómenos económicos que comúnmente asociamos con la inflación – el ejemplo más usual, los aumentos de salarios – no se expresen de manera inflacionaria, que incluso las crisis den lugar a una dinámica deflacionaria, como pasó en Argentina en los años noventa.

Ahora bien, la ruptura de la restricción monetaria no es el simple producto de una decisión política, como sostienen los neoclásicos, tiene que ver con cierta incapacidad política para sostenerla. En muchos casos, lo que sucede es que la propia movilización de los trabajadores genera un relajamiento de la emisión monetaria, es decir, que se responda a esas demandas aumentando el gasto, emitiendo moneda, etcétera., en condiciones en que la inversión, por razones objetivas, no aumenta o no lo hace lo suficiente. De esa manera se valida el aumento de gastos, se valida el aumento de los ingresos populares, etcétera. En esas condiciones de ruptura de la restricción monetaria pueden aparecer, entonces, fenómenos inflacionarios.

Pero veamos ahora cómo opera esto concretamente para entender lo que pasó en los últimos años a nivel mundial y por qué tenemos fenómenos de inflación a nivel global.

Primero, independientemente de algunas de las cuestiones que estuvimos planteando, tenemos factores que impulsan el aumento de los precios por el lado de los costos de producción. Efectivamente, aumenta el precio de la energía producto de la guerra de Rusia contra Ucrania, y esto impacta en el costo de producción de las mercancías. Tenemos, además, problemas de suministro que se originaron con la pandemia. La internacionalización capitalista hizo de la producción un proceso global, lo que vuelve muy dependiente la cadena de suministros de ciertas condiciones de la circulación de mercancías a nivel mundial. La pandemia alteró estas condiciones de circulación y generó cuellos de botella en el suministro de determinadas materias primas, insumos, etcétera, que crearon presiones inflacionarias.

Todo esto ha jugado un papel en el aumento de precios de los últimos años, pero lo llamativo es cómo distintos fenómenos se expresan últimamente de manera inflacionaria después de 40 años de baja inflación. Incluso la inflación núcleo en Estados Unidos, sacando energía y alimentos, es históricamente alta. Creo, entonces, que es posible adjudicar los aumentos generalizados de precios de los últimos años a nivel global, y cierta tendencia a que fenómenos muy diversos se expresen de manera inflacionaria, al relajamiento de la restricción monetaria que identificamos como uno de los indicadores de la crisis del neoliberalismo. Allí donde aparecen obstáculos, restricciones, a la inversión, al aumento de la oferta, pueden desarrollarse tendencias inflacionarias. Yo creo que es una combinación de factores coyunturales (pandemia, guerra de Ucrania) y de transformaciones en la estructura de dominación lo que explica el retorno de la inflación.

MM

¿Y cómo explicás la prácticamente crónica inflación en Argentina?

AP

En Argentina tenemos una larga historia de inflación. En todo caso, en Argentina podemos decir que lo que sucede en estos momentos es que se agudizan tendencias que son locales. La aceleración de la inflación el último año obedece también en parte a estos problemas globales. Pero tenemos un problema de inflación profundo en el país. Pensemos que estamos hablando, aproximadamente, de un 10% de inflación anual en Europa… en Argentina esa cifra alcanza el 100 % anual. Entonces, efectivamente hay un problema más profundo y de larga data. Pero acá no me quiero ir tan atrás; quisiera limitarme a lo que pasa desde 2002 en adelante, desde la salida del plan de convertibilidad hasta hoy.

En el plano más general, existe un elemento que ha señalado el estructuralismo económico latinoamericano, en particular en Argentina, que creo que es correcto: la tendencia a la restricción externa al crecimiento. El hecho de que cuando la economía argentina crece tienden a aparecer problemas en el sector externo. Básicamente, faltan dólares porque salen más dólares de los que entran, por diversos motivos. El primero, el más profundo, tiene que ver con las importaciones que se generan por la propia producción; la industria argentina es una industria deficitaria que importa más de lo que exporta. Muchos de estos sectores orientan la producción hacia el mercado interno y otros, aunque exportan, no compensan lo que importan. Hay algunos sectores industriales que son netamente exportadores, que son superavitarios. Son los sectores que industrializan recursos naturales y otros de manufactura de origen industrial de bajo valor agregado. Pero, en líneas generales, se trata de una estructura industrial que genera déficit comercial.

También inciden otros comportamientos, como la fuga de capitales de los capitalistas locales, la remisión de utilidades de las empresas extranjeras y la salida de dólares por pago de intereses de la deuda externa. Y en los últimos años se suma también el tema de la energía, que fue particularmente duro este ultimo año por el aumento de precio del petróleo y del gas. Entonces, existe un problema de restricción externa al crecimiento, que durante las fases expansivas tiende a generar déficit de cuenta corriente y que produce presiones por la devaluación. Y la devaluación genera inflación. ¿Qué es la devaluación? La pérdida de valor de la moneda local, que hace que los precios expresados en moneda local aumenten, incluso aunque tengamos deflación en dólares, que es lo que suele pasar en los procesos de crisis. Tenemos un aumento notable de los precios en moneda local y una caída de los precios medidos en dólares, eso pasó en los últimos años.

Ahora bien, ¿cómo se responde a esa presión recurrente por la devaluación? Ahí entran a jugar otros elementos. Y para abordar esto quiero venir más acá en el tiempo, a la crisis de la convertibilidad en 2001. La crisis de la convertibilidad obedeció a factores de restricción externa, de falta de divisas, de la dinámica desequilibrada de crecimiento de un capitalismo dependiente periférico como el de Argentina. Pero en parte también respondió a la capacidad de la clase obrera de bloquear esa salida deflacionaria a la que me refería antes, de sostener un proceso deflacionario en el tiempo. Grecia demuestra que se puede; demuestra que era posible una salida que no fuera del tipo de la que se produjo en Argentina. En ese sentido, la movilización popular de diciembre de 2001 rompió la restricción monetaria, obligó a la devaluación e hizo que retorne esa tendencia a la expresión inflacionaria de ciertos fenómenos económicos y políticos (que, como decíamos, tienen una larga historia en Argentina).

Como la salida de la crisis de 2001 estuvo determinada por la movilización popular, la recomposición del poder político requirió la integración de demandas. Y ese proceso de integración de demandas se desarrolló en base a políticas fiscales y monetarias expansivas en un marco de comportamiento inversor reticente. Ese, de manera muy simplificada, es el núcleo del problema inflacionario, que se agudizó con la vuelta del déficit fiscal y de los problemas de restricción externa entre 2010 y 2011. A partir de ahí se combinan los problemas locales, la tendencia inflacionaria local, con los problemas globales: la crisis global de 2008 y su impacto pleno en la región después de 2013, tras la desaceleración de China y la caída de los precios de los commodities. En este escenario global, se desarrollaron presiones renovadas por el ajuste y la reestructuración. Cuando hablamos de reestructuración nos referimos a una renovación profunda de la base productiva local —la última se produjo en la primera mitad de los noventa—, a una transformación de los procesos de trabajo y un cambio en la estructura de gastos y funciones del Estado de naturaleza regresiva. Pero esas presiones se desarrollaron en un contexto local marcado por el bloqueo popular a los intentos de avanzar en ese proceso de reestructuración. Eso explica la irresolución de la crisis y la tendencia a la espiralización de devaluación e inflación.

Yo creo que en la base de la dinámica inflacionaria de los últimos diez años está esto. Después, específicamente, los momentos de aceleración o de cierta desaceleración requieren explicaciones particulares que me llevarían a una discusión mucho más larga…

Sin embargo, hay ciertas evidencias de que en el marco del estancamiento y la crisis las grandes empresas exportadoras han avanzado en el proceso de reestructuración y está además la discusión previa, la referida al impacto de la prolongación de la fase de estancamiento y crisis en la capacidad y la voluntad de bloqueo popular. Los procesos inflacionarios son particularmente eficaces para desarmar la resistencia popular en ausencia de alternativas políticas.

ADRIÁN PIVA

Sociólogo, profesor de la Universidad de Buenos Aires y autor de Economía y política en la Argentina kirchnerista (Batalla de Ideas, 2015).

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Algo sabían los luditas

06/08/2023 by Vitalio Deja un comentario

Por: Devin Thomas O´shea

A menudo se tacha a los luditas ingleses de tecnófobos chiflados. En realidad, se trataba de un movimiento obrero premarxista que daba prioridad a las personas y a la naturaleza sobre la propiedad privada.

El cuento popular de Robert Hode, más comúnmente conocido como Robin Hood, surge en la Inglaterra de finales del siglo XIII, en el bosque de Sherwood, que antaño cubría el oeste de Nottinghamshire. Allí, el hijo de un guardabosques reunió a una alegre banda de salteadores de caminos que robaban a los ricos y se daban a sí mismos, y quizá a los pobres de vez en cuando.

Durante este periodo preindustrial, los bosques del corazón de Inglaterra fueron cercados, cosechados y convertidos en pastos para ovejas en el camino de la isla a convertirse en «un petroestado de la lana». Seis siglos más tarde, en esta misma región cercada surgieron bandas de luditas que se oponían a los primeros ejemplos de automatización. Los propietarios de las fábricas se enriquecían, los demás sobrevivían a duras penas. En respuesta, los luditas dieron nombre a un nuevo proscrito mitológico:

Chant no more your old rhymes about bold Robin Hood
His feats I but little admire
I will sing the Atchievements of General Ludd
Now the Hero of Nottinghamshire

En su ensayo de 1984 titulado «Esá bien ser un ludita?», el novelista Thomas Pynchon traza el giro mitopoético de un tipo de la vida real hacia una fábula leviatánica. Tras ser azotado por holgazanería, un aldeano llamado Ned Lud irrumpió en una casa de Leicestershire en 1779 y, «en un arrebato de ira demencial», destruyó dos máquinas utilizadas para confeccionar calcetería. «Se corrió la voz», explica Pynchon. «Pronto, cada vez que se encontraba un calcetero saboteado (…) la gente respondía con la frase hecha: “Lud debió pasar por aquí”».

Esto no era nuevo. Sabotear deliberadamente un arado o romper el yugo del ganado siempre ha significado tomarse el día libre. El Rey Ludd (o a veces el Capitán Ludd) llegó a encarnar la frustración tácita de los trabajadores con sus empleadores burgueses. Ludd se convirtió entonces en «todo misterio, resonancia y oscura diversión», escribe Pynchon, «una presencia más que humana, en la noche, vagando por los distritos de calcetería de Inglaterra, poseído por un único truco cómico: cada vez que ve un bastidor de medias se vuelve loco y procede a destrozarlo».

La historia tradicional beneficia al dueño de la fábrica al dar a entender que Ned Lud destrozaba los marcos de las medias porque era una bestia, un King Kong rebelándose contra el progreso y la civilización. Pero, como señala Pynchon, las medias existían desde hacía doscientos años, desde 1589, y la pereza de Ned —su «ataque de ira demencial»— es un relato de tercera mano. «La ira de Ned Lud no iba dirigida contra las máquinas», argumenta Pynchon, «no exactamente. Me gusta más pensar en ella como la ira controlada, del tipo de las artes marciales ».

Bajas en Cartwright Mill

Kirkpatrick Sale describe la batalla de Cartwright Mill en Rebels Against the Future: The Luddites and Their War on the Industrial Revolution. En 1812, una milicia de obreros marchó sobre un molino local donde, en su interior, había cincuenta «bastidores de esquila» que podían «funcionar sin esfuerzo con la fuerza del agua del arroyo de al lado», explica Sale. «Cada uno de ellos podía hacer el trabajo de cuatro o cinco segadores».

Hasta entonces, el tejido, peinado y tratamiento de la lana era una habilidad artesanal del comercio del algodón, que ahora el molino centralizaba y automatizaba. Los beneficios de la producción de toda la región iban ahora directamente al bolsillo del propietario de una fábrica.

Así que los herreros y otros comerciantes se unieron a sus hermanos de la industria textil y formaron una partida ludita en Cartwright. Allí ejecutaron una acción directa que había tenido bastante éxito en los condados vecinos: «irrumpe, destroza los bastidores y deja una nota diciendo que la destrucción viene por orden del rey Ludd. Luego desaparece y, pase lo que pase, no reveles los nombres de tus compañeros».

Cartwright Mill también supuso el primer caso de violencia contra los luditas. El propietario del molino pasó semanas preparándose para el ataque y acechó con varios mercenarios armados y un sistema de alarma: una campana para alertar a la caballería cercana. Cuatro luditas fueron abatidos en el ataque fallido, y la partida se vio obligada a dejar atrás a dos mientras huían del lugar, asegurándose de advertir a los heridos que no traicionaran a sus hermanos. Según Sale, esos dos luditas murieron a causa de sus heridas, pero no revelaron los nombres de sus compañeros conspiradores. Esta fue la primera de muchas represalias violentas contra los luditas. Los enfrentamientos pasaron a la historia como hitos de una violenta disputa sobre los medios de producción, seis años antes de que naciera Marx.

«Eran rebeldes únicos», escribe Sale, «rebeldes contra el futuro que les asignaba la nueva economía política». El nuevo orden decía que los que controlaban el capital podían hacer casi todo lo que quisieran, protegidos por el rey y el gobierno, una amenaza que no podía contrarrestar ningún cultivador individual por sí solo. «El verdadero desafío de los luditas no era tanto el físico contra las máquinas y los fabricantes», señala Sale, «sino uno moral, que ponía en tela de juicio por motivos de justicia y equidad los principios subyacentes del beneficio sin restricciones y la competencia y la innovación en su núcleo».

En otras palabras, un golpe de karate a los bastidores de tejido no era un azote primitivo o nihilista. El golpe ludita a los bastidores era destrucción creativa. En la década de 1810, el cercamiento había privatizado zonas y recursos comunes, como los campos de pastoreo, que el campesinado inglés había utilizado libremente durante generaciones. El carroñeo y la caza en los bosques de Nottingham se acabaron cuando se arrasaron los árboles y se labró la tierra para el pastoreo. Ahora el molino utilizaba el arroyo para procesar la lana, que luego se aumentó con máquinas movidas por vapor, de modo que la marea baja no significó nada para la producción, y el aire se contaminó con las primeras emisiones de carbono de la Revolución Industrial. La mecanización de la naturaleza solo enriqueció al dueño del molino y a sus mercenarios a sueldo.

«El sentimiento público hacia las máquinas nunca pudo ser un simple horror irracional», escribe Pynchon, «sino probablemente algo más complejo: el amor/odio que surge entre los seres humanos y la maquinaria —especialmente cuando lleva un tiempo funcionando—, por no mencionar el serio resentimiento hacia al menos dos multiplicaciones de efectos que se consideraban injustas y amenazadoras». Un efecto era la concentración de capital financiero que representaba cada máquina. El otro era la capacidad de cada máquina para «valer» tantas almas humanas.

Pynchon sostiene que el rey Ludd era algo más que una tarjeta de visita. El personaje era la encarnación de un arquetipo, el «Badass anarquista», como la Criatura del Frankenstein de Mary Shelley, King Kong o los vaqueros. «Existe una larga historia popular de esta figura, el Badass», escribe Pynchon. «Es malo (…) Malo no significa moralmente malo, necesariamente, sino más bien capaz de hacer travesuras a gran escala».

El rey Ludd no era perezoso ni tecnófobo. Era una expresión del poder proletario en la Inglaterra de principios del siglo XIX. En consecuencia, se basaba en los profundos anhelos religiosos de una época mítica anterior, la Era de los Milagros. En la época anterior, la magia era posible, pero también fue cercada por un nuevo orden tecnopolítico en la Edad de la Razón. De este modo, los luditas eran retrógrados y vanguardia proletaria al mismo tiempo.

Seguimos volviendo a los luditas, formulando neoluddismos, buscando respuestas y soluciones a nuestras ansiedades tecnológicas en el breve lapso de tiempo en que existieron, de 1811 a 1813. La historia popular dice que la violencia ludita giraba en torno a los telares, pero en realidad las máquinas eran representantes de la plusvalía robada. Eran propiedad de hombres que no trabajaban, y tenían todos los incentivos para desestructurar e inmiscuirse mientras acaparaban toda la riqueza posible. Para Pynchon, es el arquetipo junguiano del Rey Ludd el que vuelve para ayudarnos a ver esto con claridad:

Cuando corren tiempos difíciles y nos sentimos a merced de fuerzas muchas veces más poderosas, ¿no nos volvemos, aunque solo sea en la imaginación, en el deseo, en busca de algún igualador, hacia el Badass —el djinn, el golem, el Hulk, el superhéroe— que resistirá lo que de otro modo nos arrollaría?

Neoludismo

El grupo descentralizado de hackers Anonymous comenzó en 2003, y prometió brevemente ser el nuevo símbolo ludita. Los miembros de Anonymous fueron descritos como «Robin Hood digitales» después de que el grupo llevara a cabo ciberataques contra gobiernos estatales, corporaciones y la Iglesia de la Cienciología. Anonymous estaba vinculado a la máscara de Guy Fawkes, que se hizo especialmente popular y se estandarizó con la adaptación cinematográfica de V de Vendetta, de Alan Moore. Pero en lugar de medias de lana, lo que se destrozó fueron cortafuegos, servidores y muros de pago que acaparaban información.

Anonymous era Badass, en el sentido de que era mitológico en el anonimato y ciertamente capaz de hacer travesuras generalizadas. El grupo de hackers apoyó movimientos globales como Occupy y la Primavera Árabe. Desde entonces, la máscara de Guy Fawkes ha perdido el filo. Probablemente debido a las detenciones y a la captura de élites, hoy en día los autodenominados miembros de Anonymous llevan a cabo ataques contra Rusia en nombre del gobierno ucraniano, indistinguibles de una división cibernética de la OTAN. El grupo ha sido cubierto favorablemente en segmentos de la MSNBC como una fuerza vanguardista, misteriosa y ocultista.

Por corruptibles que sean, los movimientos políticos se unen bajo símbolos. Pynchon termina «¿Está bien ser ludita?» comparando las promesas de la Era Informática con lo que buscaban los luditas al mirar hacia atrás, a la Era de los Milagros. Desde el punto de vista de Pynchon en 1984, la tecnología del futuro prometía magia: «Con el despliegue adecuado de presupuesto y tiempo de ordenador, curaremos el cáncer, nos salvaremos de la extinción nuclear, cultivaremos alimentos para todos, desintoxicaremos los resultados de la avaricia industrial enloquecida».

La Era Informática dio a luz a figuras mitopoéticas. Neo, de Matrix, por ejemplo, es un Badass que aplasta máquinas. Pero cuarenta años después, la utopía digital parece retrasada o permanentemente pospuesta. La inteligencia artificial promete magia, pero el ambiente ha cambiado.

Como señala Gavin Mueller en Breaking Things at Work, el puro optimismo tecnológico es un sello distintivo de nuestra clase multimillonaria, y son unos mentirosos. Como sostenía Marx, las ideas dominantes de una sociedad son las de su clase dominante, y cada vez es más difícil imaginar que Bezos, Musk, Gates y Thiel librarán al mundo de enfermedades, lograrán la civilización intergaláctica o descifrarán el código de la inmortalidad. Mueller cita esto como una oportunidad para la Izquierda. «Aunque quiero convertir a los marxistas en luditas», escribe, «también tengo otro objetivo: quiero convertir a las personas críticas con la tecnología en marxistas».

Para Mueller, el ethos ludita «inspirado como está en las luchas de los trabajadores en el punto de producción, hace hincapié en la autonomía: la libertad de conducta, la capacidad de establecer normas y la continuidad y mejora de las condiciones de trabajo». El sabotaje de la mano del rey Ludd tiene que ver con la libertad.

Volverse malo

En el último capítulo de Cómo dinamitar un oleoducto, titulado «Combatir la desesperación», Andreas Malm señala nuestra imaginación como una facultad fundamental en la crisis climática, ya que esta

se desarrolla a través de una serie de absurdos entrelazados arraigados en ella: no solo es más fácil imaginar el fin del mundo que el fin del capitalismo, o la intervención deliberada y a gran escala en el sistema climático (…) también es más fácil, al menos para algunos, imaginar aprender a morir que aprender a luchar, reconciliarse con el fin de todo lo que uno aprecia que considerar alguna resistencia militante.

¿Deberíamos ver un presagio histórico en el hecho de que la primera actividad ludita comenzara con un tiempo otoñal inusualmente cálido tras un «verano estrafalario»? Sale argumenta que esto provocó una mala cosecha y una mayor presión económica en Nottingham. Sabemos que la escala de miseria humana causada por la Revolución Industrial fue mala, pero ahora que terminamos la Era de la Informática y empezamos la Era del Clima, ya hemos bombeado gigatoneladas de carbono a la atmósfera, todo gracias a los asquerosos descendientes de las máquinas que agitaban Cartwright Mill.

Malm señala que en el momento de la conferencia sobre el clima COP1 de 1995, pocos científicos preveían que la tierra y los océanos pronto se llenarían en exceso de dióxido de carbono y metano. La zona septentrional de permafrost de la Tierra es un almacén subterráneo de carbono congelado durante cientos de miles de años. Cuando el planeta se calienta, «el sólido empieza a descongelarse, los microbios se ponen a trabajar en la materia orgánica y la descomponen, liberando dióxido de carbono» y metano. Esto da lugar a bucles de retroalimentación positiva en los que la mayoría de nosotros no queremos pensar.

Lo que hay que hacer para evitarlo es tecnológicamente muy posible. Podría lograrse si reorientáramos radicalmente toda la producción económica y social humana. «Exigiría un control centralizado de los sectores económicos clave», afirma el fatalista climático Roy Scranton, autor de Estamos condenados. ¿Y ahora qué? Necesitaríamos «una inversión estatal masiva en captura y secuestro de carbono, y una coordinación mundial a una escala nunca vista», algo que Scranton encuentra pocos motivos para esperar.

Malm critica el fatalismo de Scranton, argumentando que racionaliza la inacción. «Superar los objetivos de mitigación del cambio climático exige más resistencia, no menos», escribe. No es demasiado tarde, ya que la mayoría de los factores determinantes de las emisiones globales aún no se han construido. Pero aunque lo fuera, «¿qué sentido tenían Nat Turner o el levantamiento del gueto de Varsovia?», se pregunta Malm. «El fatalismo del presente desprecia las luchas derrotadas del pasado, al igual que el pacifismo estratégico: si alguien levantó un arma y perdió, fue porque levantó esa arma».

Grabar «King Ludd wuz here» en los paneles de las puertas de los todoterrenos suena un poco inútil. Pero nos vendría bien un renacimiento del espíritu ludita. Puede que sea inevitable. Para Carl Jung, los arquetipos compuestos por imágenes primordiales del inconsciente colectivo están en constante ciclo de nacimiento y muerte. Esto los hace, esencialmente, irreprimibles. El Badass volverá.

Malm dice que tenemos que aceptar el retorno. «Esto es lo que debería hacer este momento de millones para empezar», escribe Malm. «Anunciar y hacer cumplir la prohibición. Dañar y destruir los nuevos dispositivos emisores de CO2. Ponlos fuera de servicio, desmóntalos, derríbalos, quémalos, hazlos explotar. Haz saber a los capitalistas que siguen invirtiendo en el fuego que sus propiedades serán destrozadas».

Un planeta habitable exige la prohibición de nuevos emisores, la destrucción de los actuales hornos de carbono y una nueva revolución industrial en geoingeniería y reparación ecológica. ¿Qué tipo de personaje, y qué tipo de actitud, podría adoptarse para esta escala de transformación social? Los luditas nos dan una pista.

DEVIN THOMAS O’SHEA

Periodista, ha publicado artículos en Nation, Protean, Current Affairs y Boulevard, entre otros.

Publicado en: Global

Labriola y el marxismo como filosofía de la acción

06/08/2023 by Vitalio Deja un comentario

Por: Roberto Dainotto

Antonio Labriola jugó un papel fundamental en el desarrollo del marxismo italiano e inspiró el pensamiento de Gramsci. Labriola sabía que el capitalismo no se derrumbaría por arte de magia: solo una cultura socialista y militante podría dar lugar a una nueva sociedad.

El filósofo italiano Antonio Labriola fue una de las figuras clave en el desarrollo del marxismo como teoría durante el periodo posterior a la muerte de Karl Marx. Rompiendo con el determinismo económico de la II Internacional, Labriola se opuso a la reducción del marxismo a lo que llamó «una nueva escolástica«.

Al reconsiderar la relación entre la base y la superestructura en la teoría marxista —rechazando la idea de que la primera determina a la segunda de forma mecánica—, desafió una comprensión fatalista del marxismo que se estaba haciendo cada vez más frecuente tanto entre sus partidarios como entre sus críticos. Para Labriola, una crisis económica como la que devastó el sistema bancario italiano en la década de 1890 no podía conducir por sí sola al colapso del capitalismo.

También insistía en que no se podía reducir el marxismo a una forma de voluntarismo, según el cual las aspiraciones ideales de una clase podrían dar paso a un mundo nuevo por pura fuerza de voluntad. En su opinión, la tarea de alcanzar el comunismo significaba combinar el minucioso trabajo de analizar la totalidad de «todas las condiciones fácticas actuales» con el de «revolucionar los cerebros, organizar a los proletarios».

Tras ganarse la admiración de importantes pensadores marxistas como Karl Kautsky, Georgii Plekhanov y Vladimir Lenin, Labriola cayó en una relativa oscuridad luego de su muerte. Su enfoque distintivo del marxismo merece ser recuperado en una época como la nuestra, en la que comprobamos una vez más que un sistema capitalista en crisis no se derrumbará por arte de magia. Solo el esfuerzo consciente y el desarrollo de lo que Labriola llamaba una «cultura socialista» lo conseguirán.

Filósofo de la praxis

Antonio Gramsci tomó prestada de Labriola la concepción del marxismo como «filosofía de la praxis». En sus escritos de la cárcel, se lamentaba de que Labriola fuera ahora «muy poco conocido fuera de un círculo restringido», apenas tres décadas después de su muerte. Gramsci esperaba «volver a ponerlo en circulación» como figura capaz de desafiar una «doble revisión» del marxismo:

Por un lado, algunos de sus elementos han sido absorbidos por corrientes idealistas (Croce, Sorel, Bergson, etc., los pragmatistas, etc.); por otro, los «marxistas oficiales», buscando una «filosofía» que contuviera al marxismo, la han encontrado en derivaciones modernas del materialismo filosófico vulgar. Labriola se distingue de ambos con su afirmación de que el marxismo es en sí mismo una filosofía independiente y original. Es necesario trabajar en esta dirección, continuando y desarrollando la posición de Labriola.

La concepción que Labriola tenía del marxismo como «independiente» tanto del idealismo como del materialismo fue el resultado de un conocimiento sistemático de ambas tradiciones filosóficas. Labriola nació en 1843 en la ciudad sureña de Cassino. Hijo de un maestro de escuela, su formación comenzó en la Universidad de Nápoles en 1861. Como escribió más tarde a Friedrich Engels, ese año se produjo en Nápoles «un renacimiento del hegelianismo».

El mentor de Labriola, Bertrando Spaventa, había sido desterrado de la ciudad en 1849, cuando la policía le sorprendió «hablando “hegeliano”, un idioma más difícil que el vasco» y, al parecer, bastante amenazador para el orden constituido. Nápoles, en aquellos días, era la capital del Reino de las Dos Sicilias bajo el control de los Borbones españoles. En su deseo de liberar a toda Italia de la dominación extranjera, Spaventa había encontrado en la obra de Hegel una filosofía de la historia en la que el ideal «se manifiesta y se realiza como libertad, y todos los trabajos de la historia tienden hacia este resultado». En el sistema hegeliano había descubierto «la racionalidad de la revolución», como él decía, por la independencia nacional.

Concluidas con éxito las guerras de independencia de Italia en 1861, Spaventa regresó a Nápoles justo a tiempo para la matriculación de Labriola, donde pudo volver a impartir sus clases sobre Hegel. Esto implicaba hablar a sus alumnos sobre una revolución en desarrollo que estaba «a punto de destruir todas las desigualdades sociales» a raíz de la unificación nacional, de modo que «ya no habrá nobles y plebeyos, ni burgueses y proletarios, sino solo el Hombre».

Hacia el marxismo

Aunque Labriola siempre estuvo orgulloso de lo que él llamaba «mi rigurosa educación hegeliana», su entusiasmo por la revolución nacional de Spaventa duró poco. Un trabajo administrativo en la jefatura de policía napolitana, que necesitaba para mantener sus estudios pero que le disgustaba intensamente, le había enfrentado a la situación de las clases populares del país.

La experiencia de sus vidas quedaba muy lejos de las promesas de la nación italiana independiente y del «Estado ético» de Hegel, entendido por la generación de Spaventa como la Aufhebung [trascendencia] de las desigualdades sociales. La situación era especialmente grave en el Sur, que ya estaba atrapado en la persistente ansiedad de la Italia posterior a la unificación que adoptó el nombre de «la cuestión meridional».

Labriola empezó a apoyar posiciones cada vez más radicales: restricciones a la propiedad privada, intervención del Estado en la economía, ampliación del derecho de voto, asistencia estatal a los pobres y discapacitados, apoyo a las huelgas y a las reivindicaciones sindicales, escolarización popular. Como profesor de filosofía moral en Roma desde 1874, impartía clases sobre la Revolución Francesa abiertas al público en general. Esto suscitó protestas tanto de las organizaciones estudiantiles de derechas como del consejo académico.

Mientras tanto, sin abandonar nunca el concepto de Hegel del devenir histórico como proceso de antítesis, la atención de Labriola se había desplazado hacia el materialismo filosófico. De Ludwig Feuerbach, Johann Fichte y Baruch Spinoza extrajo una filosofía capaz de interpretar los conflictos y contradicciones materiales de la realidad social.

Sin embargo, solo en Marx encontró Labriola una teoría que superara las limitaciones de la «filosofía por sí misma», una filosofía que se limita a «interpretar el mundo», como decían las Tesis de Marx sobre Feuerbach, en lugar de cambiarlo mediante la unidad del pensamiento y la praxis. La «conversión» de Labriola al socialismo comenzó, o así se lo escribió a Engels, «entre 1879 y 1880». A mediados de la década de 1880 era colaborador habitual de periódicos socialistas nacionales e internacionales, desde el Leipziger Volkszeitung alemán hasta el Labour Elector británico.

Cuando el filósofo checo Thomas Masaryk declaró la existencia de una «crisis dentro del marxismo» en 1898, Labriola se convirtió en una voz fuerte en los debates que siguieron, especialmente al responder a los argumentos de Eduard Bernstein. En una serie de artículos publicados en forma de libro como Problemas del socialismo, Bernstein sintió la necesidad de «revisar» las predicciones marxistas sobre la inminente e inevitable desaparición del sistema capitalista. En tanto el capitalismo no estaba a punto de desaparecer, argumentaba, el socialismo tenía que proponer políticas reformistas en lugar de revolucionarias.

Firme en su convicción de que «el comunismo crítico nunca moralizó, vaticinó [ni] anunció», Labriola utilizó su autoridad para reafirmar el valor revolucionario del marxismo contra «ese imbécil de Bernstein», como le llamó. En 1892, fue uno de los promotores del primer Partido Socialista Italiano.

Cultura socialista

La relación de Labriola con el nuevo partido fue siempre crítica: en una ocasión señaló que «un partido de críticos, que es lo que debe ser el partido socialista, se nutre de la crítica y la autocrítica». Dicha crítica alcanzó su clímax en 1894, durante las insurrecciones de los Fasci Siciliani, las ligas de trabajadores campesinos de inspiración socialista.

En lugar de apoyar estos movimientos, el partido había llegado a la conclusión de que las condiciones no estaban maduras para una revuelta y que, después de todo, los campesinos no eran proletarios industriales. Pero, ¿dónde podían encontrarse obreros industriales en la economía mayoritariamente agraria de la Italia de entonces?

Al igual que los hegelianos napolitanos de la década de 1860, argumentaba Labriola, los líderes socialistas proyectaban sus expectativas idealistas sobre los movimientos reales «como si no estuvieran en Nápoles, sino en Berlín». Durante la dura represión policial decretada por el gobierno de Francesco Crispi, a Labriola le costó contener su ira: «El partido no quiere saber nada; espera ese futuro momento trascendental en el que la masa reaccionaria se enfrentará a la masa proletaria, y entonces ¡zas!».

Para Labriola, este episodio tenía muchas implicaciones teóricas. En primer lugar, demostraba que el socialismo en Italia tenía que tener en cuenta la realidad de la «cuestión meridional» y aprender de los fasci la importancia de lograr una coordinación estratégica entre la ciudad y el campo. En segundo lugar, no se podía reducir el socialismo a una concepción fatalista de la historia que significaba esperar un cataclismo repentino.

Por último, pero no por ello menos importante, era necesario reconsiderar a fondo la relación entre los trabajadores y el partido y, por extensión, entre las masas y los intelectuales, o entre la teoría y la praxis. Según Labriola, el partido no poseía un «catecismo del comunismo» que los trabajadores tuvieran que seguir. Más bien, eran las propias masas trabajadoras las que debían informar los programas del partido «cambiando las formas y los tiempos de acción».

Aunque nunca abrazó una visión «espontaneísta» de la conciencia proletaria, Labriola insistía en que los intelectuales del partido no podían introducir la ideología socialista a la clase obrera desde fuera. En su lugar, debían desempeñar el papel de mediadores entre la espontaneidad y la realización del comunismo: «Entre los fenómenos espontáneos y la conciencia desarrollada de la revolución proletaria hay un eslabón perdido, que es precisamente la cultura socialista». Labriola dedicó sus tres ensayos más importantes al desarrollo de dicha cultura.

La letra y el espíritu

Escrito como prefacio para la traducción italiana de 1895 del Manifiesto comunista, su ensayo «En memoria del Manifiesto comunista» defendía la centralidad de la cultura socialista. Si el Manifiesto era, como señaló Labriola, «la obra personal de Marx y Engels», el propio movimiento comunista era el verdadero «autor de una forma social» que el Manifiesto representaba. El libro «tiene al proletariado como sujeto».

El Manifiesto, «pequeño en tamaño, y en estilo tan ajeno a la insinuación retórica de una fe o creencia», había dado sustancia teórica a «la acción política que los comunistas alemanes desentrañaron en el periodo revolucionario de 1848-50». Por esa misma razón, subrayó Labriola, sus argumentos clave «ya no constituyen para nosotros un conjunto de puntos de vista prácticos»; «simplemente registra como una cuestión de historia algo en lo que ya no es necesario pensar, puesto que tenemos que ocuparnos de la acción política del proletariado que hoy tenemos ante nosotros».

Esta no era la forma que tenía Labriola de descartar el Manifiesto como algo pasado de moda. Al contrario, lo veía como la mejor manera de permanecer fiel a su «médula». Después de todo, ni Marx ni Engels «pretendían dar el código del socialismo, el catecismo del comunismo crítico o el manual de la revolución proletaria». Su intención era, tras las fantasías del socialismo utópico, dar a luz al «comunismo crítico: este es su verdadero nombre». El Manifiesto era «crítico» en el sentido de que debíamos reconocer que sus formulaciones eran provisionales y estaban abiertas a la acción real del movimiento obrero, interpretándolo a la luz de las circunstancias cambiantes.

Lenin contemplaba una traducción al ruso de este «trabajo seriamente interesante» sobre el Manifiesto, y su hermana Ana se encargaría de ello en 1908. Mientras tanto, Labriola trabajaba en su segundo ensayo, «Del materialismo histórico: explicación preliminar» (1896). Una vez más, encontramos aquí la idea de que el comunismo crítico no es «la visión intelectual de un gran plan o diseño», sino «la teoría objetiva de las revoluciones sociales». Según Labriola, su teoría es «un plagio de las cosas que explica».

Sin embargo, tal «plagio» no implicaba un mero empirismo descriptivo o una visión contemplativa de la realidad. Para aclarar este punto, Labriola abordó el problema de la base y la superestructura:

Para nuestra doctrina el problema no consiste en retraducir a categorías económicas todas las complicadas manifestaciones de la historia. Se trata de explicar en última instancia (Engels) todo hecho histórico por medio de la estructura económica subyacente (Marx): para ello, es necesario el análisis, la reducción y, después, la mediación y la composición.

Esto significa que, en el conjunto de las relaciones sociales, la interdependencia de la base y la superestructura se despliega a través de procesos históricos de mediaciones:

No hay hecho histórico que no repita su origen a partir de las condiciones de la estructura económica subyacente; pero no hay hecho histórico que no sea precedido, acompañado y seguido por determinadas formas de conciencia.

Podríamos recordar aquí una famosa observación que Marx hizo sobre la naturaleza distintiva del trabajo humano: «Lo que distingue al peor arquitecto de la mejor de las abejas es esto, que el arquitecto levanta su estructura en la imaginación antes de erigirla en la realidad». El hecho económico subyacente del trabajo humano, material, es siempre inseparable de ciertas formas de conciencia.

Para Labriola, esto significaba en términos prácticos que la teoría sin acción política no es más que especulación ociosa, mientras que la acción política sin teoría no es más que el mito de la «anarquía espontánea», que siempre corre el riesgo de transformar a los grupos rebeldes en «instrumentos automáticos de la reacción».

El tercer ensayo de Labriola llegó en forma de cartas a Georges Sorel que fueron recogidas bajo el título «Discutiendo el socialismo y la filosofía» (1898). Conceptualizó la interrelación de teoría y acción en una fórmula como «la filosofía de la praxis», que describe como «la médula del materialismo histórico (…) la filosofía inmanente a las cosas sobre las que filosofa».

La fórmula tenía ciertos antecedentes en la izquierda hegeliana (August von Cieszkowski, Moses Hess), pero Labriola la entendía de un modo original. Ni idealismo ni materialismo, ni positivismo ni economicismo, la filosofía de la praxis es una total Lebens-und-Weltanschauung, o «concepción general de la vida y del mundo». Es el análisis «autocrítico» de las mediaciones históricas que al mismo tiempo explica y se esfuerza por transformar la totalidad de las relaciones sociales.

Como tal, se articula en tres ámbitos: (a) la esfera de la filosofía, como teoría general de la historia y de la praxis del hombre en sociedad; (b) la esfera de la crítica de la economía, como ciencia de esa etapa histórica particular constituida por la sociedad organizada sobre el capital; (c) la esfera de la política, como teoría de la organización del movimiento obrero orientada a la construcción del socialismo.

El legado de Labriola

Después de haber sido una presencia tan importante e inminente en la vida del marxismo italiano e internacional a finales del siglo XIX, el nombre de Labriola apenas se reconoce hoy en día. A menudo se le confunde con el político socialista Arturo Labriola, de quien tenía una opinión despectiva: «nada que ver conmigo y ni siquiera puedo entender sus libros, plagados de sinsentidos».

Una de las causas del olvido de Labriola no fue otra que su alumno más famoso, el filósofo Benedetto Croce (o la mia croce, mi cruz, mi castigo, como le llamaba Labriola). Cuando Labriola murió el 12 de febrero de 1904, el Partido Socialista, firme en su rumbo revisionista, hizo todo lo posible por olvidar su nombre. «Volveremos a sus escritos en los momentos de ocio que nos permita la vida militante», concluía el panegírico del líder del partido Filippo Turati.

El liberal Croce, en cambio, estaba ansioso por volver a los escritos de Labriola ahora que el autor ya no podía responder. En su obra Materialismo histórico y economía marxista, Croce presentaba a Labriola como el autor del «tratamiento más completo y profundo» del marxismo, antes de argumentar que, en última instancia, no consiguió dotar al comunismo de una filosofía coherente. Con Labriola, el marxismo estaba «muerto», según Croce, una sentencia que pronunció en el papel de «Papa laico» de la filosofía italiana, como le apodó Gramsci.

Cuando el Partido Comunista Italiano empezó a reconstruir una cultura marxista a partir de las ruinas del fascismo a finales de la década de 1940, afirmó que no volvía a Labriola, sino al «anti-Croce» de Gramsci. Es cierto que Gramsci había «vuelto a poner en circulación» bastantes de los conceptos de Labriola, desde la necesidad de un frente unido entre la ciudad y el campo en sus escritos sobre la cuestión meridional, hasta la idea del marxismo como una «filosofía de la praxis» y la dialéctica del «comunismo crítico» como un proceso de verificación y falsificación continuas entre la teoría y la acción.

Sin embargo, detrás de esos indicadores, el nombre de Labriola permaneció durante mucho tiempo sin escucharse, sin sentirse, sin verse. Solo en el siglo XXI ha comenzado a resurgir el pensamiento de Labriola, culminando en la prestigiosa edizione nazionale de sus obras que se está llevando a cabo en Italia.

Mientras el capitalismo sigue escapando a los desastres autoinfligidos de las crisis financieras y la explotación sin precedentes de los recursos, tanto humanos como naturales, la obra de un eminente marxista del siglo XIX parece sumamente oportuna. El pensamiento de Labriola todavía tiene una valiosa contribución para hacer a la hora de esclarecer la dirección que la teoría, en tanto «plagio de las cosas», debe seguir en la organización de un movimiento encaminado a la construcción del socialismo.

ROBERTO DAINOTTO

Profesor de literatura en Duke University. Actualmente trabaja en una biografía intelectual de Antonio Labriola.

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¿Cómo el golpe en Níger corta el gas de África Occidental a Europa?

06/08/2023 by Vitalio Deja un comentario

Fuente: HispanTv

 

Un proyecto de 13 000 millones de dólares para un gasoducto que conecte gigantescos yacimientos de gas de Nigeria con Europa se ve amenazado por el reciente golpe de Estado en Níger.

El largo y discutido gasoducto podría abastecer a 11 países a lo largo de la costa africana en su camino a Marruecos y luego conectarse al sistema energético de España o Italia. Esta iniciativa recibió un nuevo impulso después de que el suministro de gas ruso a la Unión Europa (UE) se interrumpiera el año pasado.

En una reunión celebrada en Abuja, la capital de Nigeria, el pasado mes de junio, los ministros de Energía de Argelia, Nigeria y Níger acordaron acelerar las obras del gasoducto transahariano, que podría transportar 30 000 millones de metros cúbicos al año de exportaciones de gas desde los tres países a Europa.

Los comienzos del proyecto de gas

La idea de un gasoducto transahariano fue propuesta por primera vez en los años 70.

El 14 de enero de 2002, la Corporación Nacional Nigeriana de Petróleo (NNPC, por sus siglas en inglés) y la empresa nacional argelina de petróleo y gas Sonatrach firmaron un memorándum de entendimiento para la preparación del proyecto.

En junio de 2005, NNPC y Sonatrach firmaron un contrato con Penspen Limited para un estudio de viabilidad del proyecto.

En septiembre de 2006 concluyó el estudio de viabilidad, según el cual el gasoducto era técnica y económicamente factible y fiable.

En la reunión del 20 de febrero de 2009, NNPC y Sonatrach acordaron proceder con el anteproyecto de memorándum de entendimiento.

El acuerdo intergubernamental fue firmado por los ministros de Energía de Nigeria, Níger y Argelia el 3 de julio de 2009 en Abuya.​

La crisis de los rehenes en In Amenas en 2013 suscitó una mayor preocupación por la seguridad del proyecto. Se ha avanzado poco desde entonces hasta que se firmó un nuevo pacto en 2022, que revivió las esperanzas.

Con una longitud de 4 128 km, el gasoducto uniría Warri en Nigeria con el principal yacimiento de gas de Hassi RMel en Argelia, pasando por Níger y ya se alcanzaron los primeros acuerdos con el antiguo régimen.

No obstante, las nuevas autoridades que asumieron la semana pasada no comparten el entusiasmo de sus predecesores por las relaciones con Europa.

Lucha por la influencia en África Occidental

El golpe en Níger se ha convertido en una lucha por la influencia entre los rivales de Oriente y Occidente en África.

El presidente derrocado, Mohamed Bazoum, estaba a favor de Europa, sobre todo de Francia, país al que proveía importantes recursos, incluido el uranio.

El nuevo líder de Níger, el general Abdourahmane Tchiani, exjefe de la guardia presidencial, está alineado con Rusia y ya ha recortado las exportaciones de productos básicos a Francia.

La UE ya está muy involucrada en la disputa y trata de mantener sus lazos comerciales con Níger, mientras que Rusia también ha sido muy activa en la promoción de sus relaciones con los líderes africanos, ofreciéndoles grano gratis y fondos con descuento para centrales nucleares, entre otros.

El golpe pone en riesgo las centrales nucleares francesas

Francia posee 56 plantas nucleares. El derrocamiento de Bazoum en Níger ha preocupado al presidente francés, Emmanuel Macron, que convocó un consejo de seguridad de urgencia.

Macron sabe muy bien que Francia necesita el uranio de Níger para hacer funcionar las centrales nucleares que suministran electricidad a todo el país.

París es la principal potencia energética nuclear en Europa. Además, más de la mitad de la producción –64,67 % del total de su electricidad– procede de la energía atómica.

El uranio es el principal combustible de los reactores nucleares de Francia, y Níger es el cuarto país del mundo con más reservas de uranio en su suelo.

En 2020, un tercio del uranio importado por Francia (34,7 %) provenía de Níger; Kazajistán representaba un 28,9 % y Uzbekistán un 26,5 %, según el Comité Técnico de Euratom (la agencia de la Comunidad Europea de la Energía Atómica).

El último aliado en el Sahel

Sin embargo, el interés francés y occidental por mantener controlado a Níger va más allá del vínculo económico y de abastecimiento de uranio.

Este país saheliano representa el último gran aliado occidental en la región, después de que las juntas militares de Mali y de Burkina Faso hayan expulsado a la política francesa de sus países y se hayan aproximado a Rusia.

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¿En qué momento degenera en fascismo una democracia formal?

06/08/2023 by Vitalio Deja un comentario

Por: Peter Dolack

Puede ocurrir aquí. «Aquí» es cualquier país en el que gobierne el capitalismo. ¿En qué momento se convierte en fascismo una democracia formal burguesa? Esa es una pregunta que es preciso responder en muchos lugares, y desde luego en Estados Unidos, que ya ha experimentado un intento de autogolpe con inconfundibles tintes fascistas.

Nos referimos al intento de autogolpe de Donald Trump, por usar la expresión latinoamericana, en enero de 2021. Mucha gente, incluso en la izquierda, se ríe de los acontecimientos de ese día, señalando que el intento de golpe de Estado no tenía ninguna posibilidad de éxito. Claro que no tenía posibilidad de éxito. Pero eso no significa que haya que quitarle importancia, sino todo lo contrario: hay que tomárselo muy en serio. El intento de golpe de Estado de Hitler en la cervecería de Múnich en 1923 tampoco tuvo ninguna posibilidad de éxito, y su violento movimiento permaneció en el limbo durante varios años más. Pero ya sabemos cómo acabaría esa historia alemana.

No voy a hacer una comparación fácil de los Estados Unidos contemporáneos con la Alemania de Weimar. No vivimos en la época de Weimar. No hay camisas pardas organizadas campando a sus anchas, ni un ejército profundamente hostil a la democracia dispuesto a actuar de acuerdo con esa hostilidad, ni un número significativo de industriales financiando tropas de asalto. La historia no se repite de forma clara y precisa, ni como tragedia ni como farsa. No obstante, antes de hacer balance de las condiciones políticas contemporáneas podríamos aprender una lección de la historia.

Un mito que hay que desmentir es que Hitler fue elegido democráticamente. No lo fue. Le entregó el poder el presidente alemán, Paul von Hindenburg, quien le nombró canciller. Desgraciadamente, según la Constitución de Weimar eso era completamente legal, y suficiente para que el mayor partido de la oposición, los socialdemócratas, contuvieran la pólvora: se negaron a desplegar su milicia y se circunscribieron a un orden legal que iba a ser destruido de forma inminente. El otro gran partido de la oposición, los comunistas, declararon «Después de Hitler, nos toca a nosotros», un sentimiento público que contrastaba bastante con el de sus miembros, obligados a esconderse o exiliarse cuando los nazis, recién investidos de poder, empezaron a acorralar a los miembros del partido y a destruir sus oficinas.

Los líderes sindicales se plegaron dócilmente a Hitler cuando se hizo con el poder, aceptando participar en lo que ahora sería una celebración del Primero de Mayo dirigida por los nazis. A los dos días de ese Primero de Mayo, los nazis empezaron a detener a dirigentes sindicales y a prohibir los sindicatos existentes; los socialdemócratas correrían pronto la misma suerte. Hitler sólo tardó tres meses en barrer a toda la oposición y asumir el poder dictatorial. Con toda la oposición política suprimida, comenzaron las persecuciones de judíos, gitanos y comunidades LGTB, con resultados que el mundo no debería olvidar ni minimizar.

¿Por qué von Hindenburg nombró canciller a Hitler? En las últimas elecciones antes del nombramiento de enero de 1933, el voto nazi había disminuido con respecto a la votación anterior; el voto combinado comunista y socialdemócrata fue un millón y medios de votos superior al voto nazi, que totalizó el 33 por ciento, aunque el voto combinado de la izquierda se quedó a un millón del voto combinado de los nazis y el Partido Nacional, el vehículo restante de la derecha tradicional. La mayor parte del apoyo de la década de 1920 a los partidos de la derecha tradicional alemana se había transferido a los nazis, que dieron un salto gigantesco del 2,6 por ciento en mayo de 1928 al 18 por ciento (segundos entre 10 partidos) en septiembre de 1930. Los líderes de esos partidos tradicionales de derechas habían pensado que podrían controlar a Hitler haciéndole nombrar canciller (el equivalente a primer ministro) pero dando a los nazis sólo dos de los diez puestos del gabinete. Por desgracia, uno de esos puestos era el Ministerio del Interior, que controlaba la policía, lo que permitió a los nazis inundar dicha institución con sus matones de camisas pardas. El ministro del Interior, Wilhelm Frick, participó en el golpe de la cervecería, pero su sentencia no se hizo firme.

La violencia al servicio de los beneficios empresariales

Las historias de Italia y otros países que cayeron en manos del fascismo no son muy diferentes. A Mussolini también le dieron el poder. Mussolini era socialista hasta que empezó a recibir dinero de los fabricantes de armas y otros intereses empresariales. Aunque ahora estaba muy a la derecha, permitió cuidadosamente que se hiciera propaganda variada e incluso negó tener un programa, permitiendo que el fascismo pareciera lo que uno quisiera que fuese. Pero sus benefactores sabían lo que él y ellos querían. Los fascistas recibían regularmente subvenciones de las asociaciones de comerciantes y de la Confederación de Industria. Los socialistas quedaron primeros en las elecciones de noviembre de 1919, pero los conservadores empezaron a comprar el apoyo de las escuadras fascistas y la policía les permitió atacar sin impedimentos e incluso les prestó apoyo.

La Marcha sobre Roma de Mussolini no habría sido posible sin la financiación de los escuadrones fascistas por parte de los empresarios italianos. Pronto el rey Vittorio Manuel le nombró primer ministro. Las prohibiciones de sindicatos y huelgas no se hicieron esperar. En España, un ejército de mentalidad fascista derrocó al gobierno republicano; los golpes militares llevaron al poder a generales fascistas en Chile y Argentina en la década de 1970 con el apoyo de escuadrones fascistas que utilizaban tácticas violentas. En todos los casos se produjo una violenta represión de los trabajadores y sus organizaciones, así como una reducción de los salarios y las condiciones de trabajo.

En ninguno de estos casos históricos la toma del poder por los fascistas fue una irrupción repentina surgida de la nada. Hubo mucha violencia por parte de la derecha, ampliamente financiada por líderes empresariales y respaldada por el ejército y la policía. El punto de inflexión se produjo antes de las tomas del poder: no había, ni hay, un punto fácilmente definible en el que se cruza el Rubicón. Por lo tanto, la vigilancia y la lucha son siempre necesarias. Si parece fascismo y actúa como tal, debe tomarse en serio como movimiento fascista. La temporada de elecciones presidenciales de 2024 ya ha dado comienzo en Estados Unidos, donde todavía no hay industriales y banqueros financiando a matones callejeros y maniobrando para derrocar la democracia formal. Si bien es cierto que esos titanes corporativos apreciaron todo lo que la administración Trump -dotada de algunos de los ideólogos más virulentos de la burguesía y los empresarios- hizo por ellos y volvería a hacer por ellos si tuvieran la oportunidad, eso no equivale a respaldar un movimiento fascista declarado. Dado el gran control que los industriales y banqueros tienen sobre el proceso político estadounidense, apenas es necesario que derroquen un sistema que les funciona tan bien.

No obstante, los tiempos y las condiciones pueden cambiar y el mero hecho de que exista un movimiento fascista –encabezado actualmente por Trump pero que el gobernador de Florida, Ron DeSantis, desea dirigir- debería tomarse con la máxima seriedad, especialmente si dicho movimiento no muestra señal alguna de dispersión.

En Estados Unidos no hay un sistema parlamentario sino más bien un sistema bipartidista que aparenta ser inexpugnable y posee un ejército que a todas luces, a pesar de su utilización como un ariete en el extranjero a beneficio del saqueo empresarial, es no obstante un ente estrictamente constitucional sin ningún atisbo de agitación interna. Eso es cierto, pero deberíamos dejar de anteponer la forma a la función. La imagen clásica del fascismo es la de tropas de asalto merodeando por las calles, reprimiendo violentamente cualquier oposición. Pero la Sudamérica de los años setenta era diferente de la Europa de los años veinte y treinta. En Chile y Argentina había bandas fascistas haciendo de las suyas, pero el fascismo se impuso mediante golpes militares no disimulados.

Si en Estados Unidos llegara a producirse el fascismo, adoptaría formas diferentes a todas las anteriores, y los fundamentalistas cristianos formarían una proporción importante de cualquier base. Pero lo crucial es que un porcentaje significativo de los industriales y financieros del país –la clase capitalista dirigente- respalde la imposición de una dictadura con dinero y otro tipo de apoyos. Ese es elemento común crucial que prevalece en las diferentes formas de toma del poder por los fascistas.

Retórica vacía frente a intereses de clase

¿Por qué es tan crucial? Porque el fascismo es una dictadura impuesta para beneficio de los grandes industriales y financieros. En su nivel más básico, el fascismo es una dictadura establecida y mantenida por medio del terror en nombre de las grandes empresas. Posee una base social, que proporciona el apoyo y los escuadrones de la muerte, pero a la que se engaña de mala manera, pues la dictadura fascista actúa decisivamente contra los intereses de su base social. El militarismo, el nacionalismo extremo, la creación de enemigos y chivos expiatorios y, tal vez el componente más decisivo, una propaganda furibunda que crea intencionadamente el pánico y el odio mientras oculta su verdadera naturaleza e intenciones bajo el disfraz de un populismo hipócrita, son algunos de los elementos necesarios.

A pesar de las diferencias nacionales que producen las principales formas de fascismo, la naturaleza de clase es consistente. La gran empresa es invariablemente la mayor partidaria del fascismo, con independencia de cuál sea la retórica empleada por el movimiento fascista, y es, invariablemente, su beneficiaria. La institución de una dictadura fascista no es una decisión fácil, ni siquiera para los grandes industriales y banqueros, a quienes se les puede hacer la boca agua pensando en sus potenciales beneficios. Porque aunque su intención sea la de beneficiarles, estos grandes hombres de negocios estarán cediendo parte de su propia libertad, pues no controlarán directamente la dictadura; es una dictadura para ellos, pero no de ellos.

Las élites empresariales solo recurren al fascismo bajo determinadas condiciones; algún tipo de gobierno democrático bajo el cual los ciudadanos “consientan” la estructura de gobierno, es su forma preferida y mucha más sencilla de mantener. Que los trabajadores empiecen a retirar su consentimiento -que empiecen a desafiar seriamente el statu quo económico- es una «crisis» que puede provocar el fascismo. La incapacidad para mantener o aumentar los beneficios, como puede ocurrir durante un declive pronunciado del «ciclo económico», o una crisis estructural, es otra de esas «crisis».

Ningún movimiento fascista puede triunfar sin una base considerable convencida de que hay que detener a la Izquierda a cualquier precio*, que la única manera de que se produzca el místico retorno de la extrema derecha al pasado es que se imponga por la fuerza y que los que se opongan sean reprimidos con violencia. Por desgracia, esta parte de la ecuación está presente en gran medida en Estados Unidos, como tristemente demuestra el inquebrantable culto a Trump. El deseo de Trump de ser un dictador fascista es obvio – esto debería resultar inequívoco para cualquier persona de izquierdas, pero lamentablemente no lo es, ya que todavía hay demasiadas que no toman en serio a Trump y a su base o, peor aún, se dejan seducir por sus cantos de sirena.

En una ocasión fui invitado a participar en un respetado programa de radio sobre medio ambiente en el que se debatían los planes de la administración Trump de revisar el Tratado de Libre Comercio de América del Norte (NAFTA, por sus siglas en inglés). En determinado momento otro invitado, el destacado director de una organización no gubernamental de Washington, me interrumpió de malas maneras y se dirigió a mí del modo más condescendiente, pretendiendo “corregirme” al afirmar que los asesores comerciales de Trump querían acabar con los tribunales secretos que las corporaciones utilizan para revertir las leyes y regulaciones gubernamentales. En aquel entonces Trump llevaba más de un año en el poder y la guerra sin cuartel de su administración contra los trabajadores y sus denodados esfuerzos por permitir que las corporaciones saquearan y contaminaran sin cortapisas estaba en pleno apogeo. Por si fuera poco, su administración acababa de publicar el documento sobre política comercial (ese era el tema que yo estaba tratando) y no había ninguna ambigüedad sobre sus intenciones de desmantelar las normas laborales, de seguridad, sanitarias o de protección del medio ambiente promulgadas por otros países.

La retórica con vagas connotaciones izquierdistas de Trump no era sino una pantomima, una estratagema más que evidente para atraer a votantes que tenían muy buenas razones para deplorar los llamados tratados de “libre comercio” y todas las otras políticas que habían perjudicado a los trabajadores al permitir que miles de empleos se deslocalizaran en el extranjero. Los alemanes de la República de Weimar también tenían multitud de razones para estar hartos, pero esas obvias mentiras nazis se convirtieron en patrañas inequívocas cuando Hitler aniquiló a las tropas de asalto que se habían creído la retórica izquierdista en la «Noche de los cuchillos largos». Mussolini también utilizó ese tipo de tácticas.

El historial de Trump y de DeSantis debería ser inequívoco

Cuatro años de Trump en la Casa Blanca -cuatro años de ataques sin cuartel a los trabajadores y al medio ambiente, de torpezas y mentiras incompetentes sobre la pandemia del Covid-19 y de permitir que todos los misántropos lleven a cabo sus fantasías antisociales más detestables- no podrían ser más claros. Trump sigue siendo la encarnación de la amenaza del fascismo. Y ¿qué decir de su principal rival por la nominación presidencial del Partido Republicano? DeSantis -o DeSatán, como se le ha apodado- claramente también tiene aspiraciones de convertirse en un dictador fascista. El gobernador no posee un rabioso respaldo popular como Trump, pero parece probable que adquiera mayor respaldo de industriales y financieros que Trump, dado su éxito en reducir la Legislatura de Florida a su sello de aprobación. DeSantis bien podría gobernar por decreto teniendo en cuenta que los congresistas le dan todo lo que quiere.

Su historial no necesita presentación para quienes lo conocen. Pero «destaquemos» algunas de sus actuaciones. Está librando una guerra de tierra quemada contra las comunidades LGTBI, negando su humanidad y prohibiendo en la medida de lo posible incluso la discusión de los intereses de esas comunidades, imponiendo prohibiciones draconianas al aborto (las mujeres siempre son despojadas de derechos y reducidas a máquinas de hacer bebés bajo el fascismo), destituyendo unilateralmente a los cargos electos que se atreven a discrepar con él, prohibiendo libros, blanqueando la historia, utilizando a los inmigrantes como accesorios desechables al servicio del nacionalismo y ofreciendo bonificaciones a los agentes de policía para que se trasladen a Florida, muchos de los cuales han sido acusados de delitos como violencia doméstica, secuestro y asesinato. Tan despiadado es el estado policial que DeSantis se dispone a crear y tan hostil es el intento de borrar la esclavitud y el racismo de la historia que la Asociación Nacional para el Progreso de las Personas de Color (NAACP, por sus siglas en inglés) ha emitido una advertencia para que los afroamericanos eviten viajar a ese Estado.

Aunque es indiscutiblemente que un partido fascista independiente no va a tomar el poder en Estados Unidos en un futuro previsible, no es necesario que surja uno. Los dos principales candidatos de uno de los dos partidos que se alternan en el poder, los republicanos, tienen la aspiración de ser dictadores fascistas y hay una base considerable de republicanos dispuestos a que así sea. El otro partido, los demócratas, apenas sirve de ayuda, ya que la oposición de «centro-izquierda» (en realidad la oposición de «centro-derecha» a la extrema derecha) es aplastada una y otra vez. Su incapacidad para enfrentarse a la derecha o para organizar una oposición eficaz no es sólo el resultado de estar en deuda con el dinero de las empresas y con la ideología del «excepcionalismo americano», sino también con el callejón sin salida intelectual del liberalismo. (Utilizo aquí terminología norteamericana; los lectores del resto del mundo pueden sustituir «liberal» por «socialdemócrata»).

El liberalismo norteamericano y la socialdemocracia europea están atrapados por un ferviente deseo de estabilizar un sistema capitalista inestable. Están atrapados por su adhesión al sistema capitalista, lo que hoy en día significa defender la austeridad para los trabajadores y las subvenciones para el saqueo empresarial y financiero, sin importar los bonitos discursos que puedan pronunciar. Cuando Bill Clinton, Barack Obama, Jean Chrétien, Justin Trudeau, Tony Blair, Gordon Brown, François Hollande, Gerhard Schröder, José Luis Rodríguez Zapatero y Romano Prodi hincan la rodilla ante los industriales y los financieros, cuando cada uno de ellos se apresura a aplicar políticas neoliberales de austeridad a pesar de encabezar la supuesta oposición de «centro-izquierda» a los partidos conservadores que defienden abiertamente la dominación corporativa, hay algo más que debilidad personal en juego. Y este lamentable historial -Bill Clinton fue el presidente republicano más eficaz que ha tenido Estados Unidos- ofrece una oportunidad a los demagogos de extrema derecha para ofrecer cantos de sirena que suenan a izquierda y que engañan a demasiadas personas.

No obstante, puedo entender perfectamente por qué tantos estadounidenses, no sólo liberales sino incluso de izquierdas, votan a los demócratas como un movimiento táctico, argumentando que un demócrata en el poder, especialmente en la Casa Blanca, proporciona más espacio para maniobrar. Aunque personalmente no tengo estómago para votar a los demócratas, desde luego comprendo este voto táctico como una cuestión de supervivencia, sobre todo porque cada administración republicana es peor que la anterior. Pero sería útil que los votantes demócratas presionaran a sus gobernantes para que intentaran poner en práctica algo de lo que quieren, en lugar de darles carta blanca. Y una estrategia diferente a la habitual del Partido Demócrata de encogerse y acobardarse no debería significar primero acobardarse y luego encogerse.

Dejando a un lado el voto -y votar debería ser lo mínimo que hagamos-, el fascismo solo puede ser detenido por un movimiento de masas, enfrentándonos a él directamente. Y eso significa tomarse en serio el peligro en lugar de reírse de la ignorancia de Trump y sus cegatos seguidores. El fascismo nunca es cosa de risa, como su número de muertos debería dejar claro.

*Ese parece ser el principal mensaje de elementos de la derecha española, como Isabel Díaz Ayuso, en las pasadas elecciones locales y autonómicas y en las próximas generales en España (N. del T.).

Peter Dolack lleva el blog Systemic Disorder y es activista de diversos grupos.

*Traducido por Paco Muñoz de Bustillo.

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Níger: Un fantasma recorre el Sahel

06/08/2023 by Vitalio Deja un comentario

Por: Guadi Calvo

 

Francia, el principal damnificado en este corrimiento, ya que depende de manera fundamental de las reservas del uranio nigerino, deberá aplicar, de manera urgente, su amplio abanico de métodos colonialista, para evitar que el líder del golpe siga el camino de sus vecinos: Mali y Burkina que tras tomar el poder en 2021 y 2022, que tras expulsar a los militares que se han acercado drásticamente a Moscú.

A medida que transcurren las horas, desde el anunció del golpe de estado en Níger (Ver: Níger: Ruidos en el patio trasero de Francia) por parte de los líderes de las Fuerzas de Defensa y Seguridad y el autodenominado Consejo Nacional para la Salvaguardia de la Patria (CLSP), el grupo de militares que ejecutaron la asonada del miércoles, se perfila con mayor claridad la dirección que el nuevo gobierno del país saheliano pretende dar, mientras los grandes jugadores internacionales, han empezado a mover sus fichas.

El golpe, obviamente, fue condenado desde Naciones Unidas (ONU) a la Unión Europea (UE) que anunció la suspensión de toda ayuda. Además, los militares nigerinos han sido conminados por la Unión Africana (UA), y por la Comisión Económica de Estados de África Occidental (CEDEAO), que también establece sanciones comerciales y castigos a cualquiera de las catorce naciones que la conforman de negociar con Niamey, ha dado un plazo de quince días para que restablezcan al presidente derrocado. Mohamed Bazoum, en su cargo.

El mensaje, cómo dejó entrever el presidente de Benín, Patrice Talon, advierte que, de no cumplirse con el plazo, se podría recurrir al uso de la fuerza. Talon, viajó el mismo miércoles a Níger, después de reunirse en Abuja, la capital de Nigeria, con el presidente de ese país, Bola Tinubu, a la sazón, también actual presidente de la CEDEAO.

Mientras que Francia, el principal damnificado en este corrimiento, ya que depende de manera fundamental de las reservas del uranio nigerino, deberá aplicar, de manera urgente, su amplio abanico de métodos colonialista, para evitar que el líder del golpe, el general Abdourahamane Tchiani, hasta el miércoles jefe de la Guardia Presidencial siga el camino de sus vecinos: Mali y Burkina que tras tomar el poder en 2021 y 2022, que tras expulsar a los militares que se han acercado drásticamente a Moscú.

Mientras que Estados Unidos, principal aliado de Francia en este país, por intermedio del Secretario de Estado, Antony Blinken, transmitió a Bazoum “su apoyo inquebrantable”, además de anunciar que aplicaría sanciones y quitará todo su respaldo en su lucha contra los grupos terrorismo vinculados tanto al Daesh, cómo a al-Qaeda, que obligaron al desplazamiento de miles de personas donde operan estos grupos en áreas cercanas al río Níger y en la región de Tillabery, que se encuentra en la llamada zona de la triple frontera, entre Níger, Burkina Faso y Malí.

El Banco Mundial estimó en un total de dos mil millones de dólares al año lo que Níger recibe de Occidente, una cifra nada despreciable, para uno de los países más pobres del mundo.

En las últimas horas, se conoció que el alto mando militar de las Fuerzas Armadas de Níger (FAN) se habían plegado a las Fuerzas de Defensa y Seguridad, en un comunicado con la firma del Jefe del Estado Mayor, general Abdou Sidikou Issa, con el fin de: “evitar un enfrentamiento mortal entre las diferentes fuerzas”. Las que se estarían abroquelado junto a las Fuerzas de Defensa y Seguridad y, por ahora, estaría alejando de choque hacia el interior de la fuerza militar. Ya que algunos especularon, con el inicio, de una guerra civil a la sudanesa que se libra entre las Fuerzas de Apoyo Rápido (FAR) y las Fuerzas Armadas de Sudán (FAS), aunque esa posibilidad sigue muy latente. Aunque de confirmarse que detrás de los militares estaría trabajando el expresidente Mahamadou Issoufou, quien dejó el cargo en el 2021, después de diez años en el poder, la unidad de estos dos grandes bloques militares estaría asegurada.

Después de que los nuevos gobiernos militares de Bamako y Uagadugú, expulsaran a Francia de sus territorios, en un exaltado marco de sentimiento antifrancés en la población de sus antiguas colonias, Emmanuel Macron, encontró refugio en brazo de Mouhamed Bazoum, para acoger los deshechos de las operaciones Barkhane (Malí)y Sable (Burkina Faso), hoy una fuerza de 1500 hombres, que ahora toma una gravitación fundamental, ya que esa fuerza pudiera operar dentro de Níger, junto a los mil efectivos que tiene Estados Unidos, para el control de la Base Aérea 201 en Agadez, que cuenta con el Centro de Vigilancia del Sahel equipada con una importante escuadrilla de drones.

La presencia francesa, tanto las embajadas, como sus consulados y las empresas de ese origen, desde el primer golpe de los jóvenes coroneles en Mali en 2020 y el posterior en 2021, donde rectificaron su rumbo, al igual que en Burkina Faso, ha sufrido constante ataque de la población, seguramente alentadas por los nuevos gobiernos. Lo mismo se ha repetido ahora en Niamey, y otras ciudades del país, en las que miles de nigerinos atacaron las instalaciones de la embajada, quemando autos y hasta arrancando la placa de la delegación diplomática. También como en los casos anteriores se ondeaban banderas rusas y lanzaron consignas antifrancesas. Por otra parte, fue saqueado el edificio de la sede del Partido Nigerino para la Democracia y el Socialismo (PNDS) del, por ahora, ex presidente Bazoum.

La ecuación francesa

Mientras el líder de la junta militar nigerina, el general Tchiani, ha hecho guiños favorables, hacia sus camaradas de malíes y burkineses, se profundizan las diferencias con la antigua potencia colonial.

Se conoció que a pesar de que Níger no participó oficialmente en la Cumbre Rusia-África, que se llevó a cabo en San Petersburgo, entre el presidente ruso, Vladimir Putin, y 43 jefes de estados africanos, de los 54 que conforman el continente, los que han sido beneficiados con importantes acuerdos comerciales, entre los que se incluye donaciones de granos para varios de esos países, que están sufriendo crisis alimentarias. Algunas fuentes insisten, que, en esa misma ciudad, a las mismas horas que sucedía en golpe en Níger, un representante informal de esa nación africana, se reunía con el jefe del Grupo Wagner, Yevgueni Prigozhin, en un hotel, de la antigua Leningrado. De lo que podría resultar un nuevo conchabo para la alicaída empresa del magnate de la guerra.

De confirmarse oficialmente el encuentro de San Petersburgo, lo que se puede considerar una muy mala noticia para los intereses franceses, París redoblará sus esfuerzos para apuntalar el establishment de su antigua colonia, alentado al por ahora, ex ministro de Exteriores, Hassoumi Massoudu, se proclamó a sí mismo jefe de Estado y llamó a todos los demócratas a hacer fracasar esta aventura, en un intento desesperado por mantener los privilegios de los que se han beneficiado históricamente, las élites del poder aliadas a occidente, usufructuando las enormes riquezas del país, que además de uranio, cuenta con petróleo, gas, entre otros recursos básicos para las industrias de occidente, al tiempo que se mantienen sumergido en la miseria a la mayoría de su población. Son las cuestiones precedentes, la razón del sentimiento antifrancés de malienses, burkineses a los que oficialmente se incorpora el pueblo nigerino, aunque hay que recordar, que los primeros convoyes franceses que llegaban expulsado de Mali y Burkina Faso a territorio nigerino, había sido apedreados por la población.

La reacción de millones de ex súbditos franceses en África, no se alimentan de los desaciertos de estos últimos diez años de la antigua metrópoli, sino que han sido más de siglo, que estos pueblos sufren la trágica presencia del colonialismo.

Níger, que ha servido en estos últimos años como dique de contención para los refugiados, que intentan alcanzar los puertos del sur, el Mediterráneo, por lo que abrir las esclusas que mantiene en Assamakka, un pueblo próximo a la frontera con Argelia, donde se concentran miles desplazados, que intentan llegar a algún puerto para llegar la costa, para saltar a Europa, agregaría una complicación más a su ya angustiante presente.

Al tiempo que, en una cumbre extraordinaria de jefes de Estado de la CEDEAO, escucha los dictados de Francia, para aplicar buscar nuevas medidas contra Niamey, entre lo que se considera una operación militar contra Níger. Ya que la pregunta clave es, ¿si el nuevo gobierno de Níger, permitirá la exportación de uranio a Francia? Un fantasma recorre el Sahel, el fantasma del coronel Gaddafi

*Guadi Calvo es escritor y periodista argentino. Analista Internacional especializado en África, Medio Oriente y Asia Central.

Publicado en: Global

El ejército israelí asesinó a 31 menores palestinos desde inicios de 2023

06/08/2023 by Vitalio Deja un comentario

Fuente: Tercera

 

  • Las fuerzas de seguridad israelíes asesinaron a 31 menores de edad palestinos desde inicios de este año, denunció hoy la ONG Defense for Children International.

En declaraciones a la radioemisora la Voz de Palestina, Ayed Abu Qutaish, directivo de esa Organización no Gubernamental, detalló que 160 de ellos continúan detenidos en cárceles israelíes, incluidos 21 bajo la política de detención administrativa.

Esa norma es utilizada para arrestar a palestinos por intervalos renovables que suelen oscilar de tres a seis meses sobre la base de pruebas no divulgadas, que incluso el abogado del acusado tiene prohibido ver.

Abu Qutaish alertó que el asesinato y el arresto de infantes y jóvenes se intensificó de una manera sin precedentes.

Asimismo, criticó a la comunidad internacional por no brindar protección a ese sector de la población ni responsabilizar a Israel por sus crímenes.

En junio, Defense for Children International destacó, en base a sus investigaciones, que los uniformados apuntan sistemáticamente a las partes superiores del cuerpo cuando disparan a niños palestinos, ya sea con la intención de matar o causar una discapacidad permanente.

Las tropas ocupantes utilizan la fuerza letal contra los menores en circunstancias que equivalen a ejecuciones extrajudiciales o premeditadas, subrayó entonces.

Ese mismo mes, el Ministerio de Asuntos Exteriores y Expatriados de Palestina condenó la brutalidad israelí contra los menores de edad en los territorios ocupados.

“Israel no solo está matando a niños palestinos, sino que los está privando de sus derechos humanos fundamentales, obstaculizando su acceso a la educación, desplazándolos por la fuerza de sus hogares, deteniéndolos y torturándolos, y negándoles su derecho a la vida”, apuntó.

Publicado en: Global

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Este podcast tiene la intención de reproducir interpretaciones personales de algunos clásicos de la poesía universal. Entiendo, al igual que Octavio Paz, que la poesía es una actividad emocional revolucionaria, un ejercicio espiritual, un medio de liberación interior y una búsqueda de transfiguración. Adonis, Ali Ahmad Said y Octavio paz son mis favoritos. Dos clásicos modernos.

LÍMITES de Adonis (Ali Ahmad Said)
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Este poema, como tantos otros, tiene que ver con los límites de la vida. Es un poema profundo y desconcertante, pero como todos en los poemas de Adonis nunca sabemos a dónde nos lleva sus impresionantes versos, es como no saber en qué puerto este barco llegará anclar.

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