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Global

La planificación económica en tiempos de cambio climático

16/07/2023 by Vitalio Deja un comentario

Por: Martín Mikori

El libro «La planificación económica en tiempos de cambio climático», escrito por Paul Cockshott, Allin Cotrell y Jan Philipp Dapprich [1], desarrolla las implicancias del cambio climático en la actualidad y plantea por qué la planificación socialista es la única opción para evitar la catástrofe climática a la que nos lleva el sistema capitalista.

El cambio climático y sus impactos económico-sociales

En la primera parte del libro, los autores explican el acelerado impacto ambiental del capitalismo. Aportan un marco científico sobre las causas del calentamiento global, explicando cómo el efecto invernadero y el albedo en tierra provocan un aumento de temperatura y citan un paper donde se muestra que “se puede esperar que la biosfera sirva como un sumidero de carbono hasta alrededor de 2050 (…) a menos que se tomen medidas significativas para reducir las emisiones de gases de efecto invernadero, el calor adicional dificultará una mayor absorción de carbono a partir de 2050”(33).

Los autores trazan el cambio climático históricamente, resaltando que, a pesar de períodos más cálidos, es esencial considerar sus implicancias en la humanidad. Aseguran que aunque nuestros ancestros sobrevivieron en condiciones 3 a 4 grados más cálidas, una alteración similar hoy podría desestabilizar la producción alimentaria, conduciendo a un hambre global. Por ello, enfatizan la urgencia de modificar el sistema de producción y reducir las emisiones de carbono. Muestran que existe una alternativa para prevenir la inacción, pero que no es posible en el marco del capitalismo(43).

El calentamiento global resultará en inundaciones por el derretimiento del hielo, aumentando el nivel del mar y generando pérdida de tierras habitables y de agricultura. Reducir las emisiones de CO2 podría retrasar estos efectos.

La crisis climática también aumentará las hambrunas, fluctuando entre inundaciones y sequías. El impacto específico es incierto debido a las interdependencias del sistema global, pero se consensua que la producción de maíz disminuirá en África, Sudamérica y el Sudeste asiático, aumentando en el norte global. Se prevé un patrón similar para el trigo y la soja.

Los estudios discrepan sobre si la cantidad total de alimentos disminuirá o aumentará para 2060, pero coinciden en que la distribución entre países cambiará. África, Brasil y otros países asiáticos, exportadores de alimentos e importadores de productos industriales, serán los más afectados. Si esta tendencia persiste, estos países podrían verse obligados a importar alimentos sin tener productos para exportar. Es decir, los países más pobres serán los principales afectados si no se revierte esta situación.

Un aspecto que marca límites en el abordaje de los autores, es que la problemática ecológica queda acotada al cambio climático. Es decir, los efectos multidimensionales de las perturbaciones que viene produciendo el capitalismo en el metabolismo socionatural, que no sólo se vinculan a la emisión de gases de carbono sino que también vienen afectando la biodiversidad, contaminando océanos y generando muchos otros desastres, no son considerados. Se trata de planificar un ensayo dirigido a mostrar el rol de la planificación para encarar la necesaria la transición energética, no responder en todas estas dimensiones.

La imposibilidad de frenar el cambio climático bajo el capitalismo

En una tercera etapa los escritores hacen una interesante explicación sobre por qué el mercado será incapaz de hacer los cambios necesarios.

Para hacer esto, hacen un cálculo de cuánta energía necesita el Reino Unido y llegan a la conclusión que para lograr el objetivo de emisión 0 de carbono a 2037 (esto en 2021), se debería hacer una inversión, entre energía nuclear y eólica, aproximada de 1 billón de libras (1 millón de millones de libras), algo así como 60 mil millones de libras por año durante 16 años. Al comparar esta necesidad con el bajo nivel de inversión, los autores dicen que “…es más que toda la Formación Neta de Capital de 2018 y seis veces la tasa actual de inversión bruta en capacidad eléctrica”(58-59). Así muestran claramente que no es posible vehiculizar este cambio mediante el mercado. Si a esto le agregamos los bajos niveles de inversión y la urgencia por realizar el cambio, solo bajo una nacionalización total del sector energético esto podría ser posible.

En el mismo sentido, relacionan la imposibilidad del mercado para una transición energética en el transporte: incremento de autos eléctricos, mejora en los transportes públicos para reducir consumo individual, plan nacional de rutas y estaciones de carga son posibles únicamente con un plan nacional de transporte para eliminar consumos innecesarios de energía. Otro ejemplo que los autores ponen de relieve es la producción industrial. Un cambio en este rubro es necesario ya que es una de las principales fuentes de consumo de combustible fósil. Todo el recambio necesario para eliminar este consumo ya sea con energía eólica o nuclear requiere grandes cambios en la adaptación de cada fábrica y las formas de consumo de energía. Este tipo de cambios requiere, también, una coordinación y planificación general que ninguna empresa del sector privado podría realizar.

Planificación en la guerra y postguerra

Los autores muestran que la planificación no solo es posible, sino que cuando fue necesaria como en la segunda guerra mundial, los propios gobiernos capitalistas la llevaron adelante. Toman este ejemplo y reflejan cómo durante estos años en Reino Unido (UK, por sus siglas en inglés), habilitado por la lucha contra la Alemania Nazi, el Estado tuvo el aval para hacer desarrollo, a través del gasto público, de la tecnología; cómo creció la inversión destinada a producción militar superando incluso a Alemania para 1940. Adicionalmente, mencionan cómo durante la guerra, la planificación pública hizo posible cosas que en situaciones normales el capitalismo no tolera como el casi pleno empleo pasando de una tasa de desempleo del 9 % en 1938 al 0.5 % en 1942.

[…] era obvio que frente a una necesidad nacional urgente el desempleo era intolerable. Ningún recurso que pudiera contribuir al esfuerzo bélico, directa o indirectamente, podría quedar inactivo. Dado que había más de 1,7 millones de trabajadores desempleados (alrededor del 9 % de la fuerza laboral) en el Reino Unido en 1938, había mucho trabajo por hacer. Se hizo rápidamente: en 1940 la tasa de desempleo estaba por debajo del 3 % y en 1942 menos del 0,5 % (70).

De esta manera la necesidad de emplear toda la fuerza con un fin mayor (la guerra contra Alemania) y esa planificación estatal con fines puntuales permitió reducir la tasa de desempleo a mínimos históricos. El pleno empleo fue fundamental para asegurar la mayor cantidad de oferta (en un contexto que muchos tenían que alistarse para la guerra) esencialmente incorporando a las mujeres.

Luego los autores desarrollan algunas comparaciones similares entre lo que fue la planificación energética con los casos de energía nuclear planificada centralmente por el Estado entre 1950 y 1960 y con consenso de todos los arcos políticos; y, por otro lado, el período a partir del Gobierno de Thatcher donde ésto cambió con el sentido de achicar el Estado yendo a un esquema privatizador.

En síntesis, proponen 3 períodos para analizar: de 1920 a 1938 como liberalismo clásico, un segundo entre 1939 y 1975 con una economía mixta con planificación industrial que nace producto de las necesidades de la guerra y una tercera post 1976 con un neoliberalismo donde el mercado es el principal regulador de la economía. Es este período el de menor crecimiento desde la 2da guerra mundial, con una la producción de bienes que cae mientras las finanzas son las que empiezan a crecer. De esta manera muestran que el cambio radical que precisa la inversión en el marco del capitalismo y que el slogan de otro capitalismo es posible es la verdadera utopía.

La planificación es posible

Ante este escenario, los autores de “planificación económica en tiempos de cambio climático”, vuelven sobre la posibilidad técnica de la planificación socialista.

La matriz input-output presentada por Cockshott es una representación matemática que muestra las relaciones entre los sectores de una economía en términos de los insumos que se requieren para la producción y los productos resultantes. Este modelo funciona considerando la necesidad de producción de bienes y servicios, donde la producción final depende del tiempo de trabajo e insumos y estos insumos también son generados por trabajo humano. Para determinar la producción de bienes y servicios necesaria vamos a tener tiempo de trabajo humano (ya sea para producción final o insumos) y consumo de bienes comunes naturales.

En esta matriz, cada fila corresponde a un sector económico y cada columna representa otro sector económico. Los valores dentro de la matriz indican la cantidad de insumos que un sector necesita de otros sectores para su producción, así como la cantidad de productos que cada sector suministra a otros sectores capturando las interdependencias entre los sectores y permitiendo visualizar cómo fluyen los insumos y los productos a través de la economía. Al considerar las horas de trabajo y el costo ambiental en esta matriz, se puede evaluar cómo estos factores están relacionados con la producción económica y cómo impactan en la distribución de los recursos y en el medio ambiente. Esta herramienta proporciona una visión más clara y cuantitativa de la estructura económica y puede ayudar en la planificación y la toma de decisiones para lograr un desarrollo más sostenible y equitativo.

A través de técnicas matemáticas se utilizan los datos de la matriz input-output para calcular las cantidades necesarias de insumos y productos para satisfacer los objetivos establecidos. Esto lleva a encontrar un equilibrio entre la oferta y la demanda de cada sector y asegurar que los insumos y productos se distribuyan de manera eficiente.

El proceso de planificación con la matriz input-output es iterativo, lo que significa que se pueden realizar ajustes en los valores de los insumos y productos para alcanzar los objetivos deseados. Se pueden explorar diferentes escenarios y políticas económicas para evaluar su impacto en la economía en su conjunto. En resumen, el proceso matemático de planificación con la matriz input-output implica utilizar los datos de la matriz para resolver un sistema de ecuaciones y calcular las cantidades óptimas de insumos y productos para alcanzar los objetivos establecidos.

Con el modelo input-output (presentado previamente en “hacia un nuevo socialismo”) y partiendo de la programación lineal desarrollada por Kantarovich, los autores demuestran que, a diferencia de la URSS, hoy los avances en la tecnología permiten de una manera mucho más dinámica el cálculo en tiempo real del plan. El eje central de la propuesta es mostrar que la planificación es posible. La misma debería ser en el marco de un debate democrático que determine qué bienes y servicios finales son deseados. Así, los autores muestran teórica y con algunos ejemplos cómo realizar un cálculo económico.

Entonces si sabemos cuánta producción total queremos tener, solo vamos a tener que utilizar una matriz conociendo lo necesario para cada bien. Esto es computacionalmente viable y además la información es relativamente fácil de obtener ya que es parte de lo que hoy mismo se utiliza. Por ejemplo, para fabricar una remera se necesitan determinados tipos de bienes previos: cierta cantidad de metros de tela e hilo, horas de trabajo dedicadas a diseño, corte y confección y las máquinas que permitan hacer los diversos cortes y confección más lo que tiene que ver con logística. A la vez los insumos necesarios fueron anteriormente bienes finales y necesitaron de otros insumos, horas de trabajo y en algunos casos bienes naturales. De esta manera y desmenuzando bienes finales e insumos y maquinaria, llegamos a que toda la producción no es más que horas de trabajo en diferentes etapas y bienes naturales. A la hora de planificar debemos determinar cuántas remeras debemos hacer y lo sumaríamos a todo el resto de bienes y servicios, llegando a un plan detallado que determina el cálculo de cantidad de horas de trabajo total, su alocación en diferentes rubros y el impacto ambiental que se necesita para llegar al objetivo.

Obviamente, estos planes deben ser dinámicos ya que tienen que ir adaptándose a las contingencias de la práctica como puede ser una sequía, un problema de producción energética, un desarrollo de una técnica nueva que permite que determinada producción sea más eficiente y de esa manera requiere menos horas de trabajo para producir lo mismo. Aunque en este libro no lo aclara, la planificación va desde una primera etapa macroeconómica general a una planificación detallada que está más especializada en regiones e incluso en lugares de trabajo para permitir una buena deliberación de cada aspecto concreto del objetivo a conseguir.

Para mostrar empíricamente esto, realizaron un ejercicio utilizando los datos de PIB de UK mostrando, con código abierto, cómo consiguen descomponer la producción de bienes y servicios en estos componentes más pequeños a desarrollar que podrían ser el objetivo de cada plan central. Si bien es complejo para cualquier investigador acceder a la base abierta de datos de producción a nivel nacional, es algo que sería bastante sencillo de conseguir con un buen nivel de confianza con una planificación centralizada. Con los datos disponibles realizan un ejemplo de cómo sería esta matriz y también mostrando lo sencillo que es procesar esta información debido a los avances de la técnica.

Planificación socialista en la era del cambio climático

En su propuesta de la planificación socialista, como una primera etapa hacia el comunismo (51), los autores combinan una planificación centralizada considerando esencialmente las horas de trabajo como la única fuente de valor, por lo que toda la producción de bienes y servicios deseada deberá tener una cantidad de horas de trabajo para lograrla. Ciertos bienes comunes serán de propiedad pública, mientras que otros se podrán acceder con bonos de trabajo, que sería la remuneración por el propio trabajo. En su nuevo libro, los autores incorporan lo que llaman “costo de oportunidad”. De esta manera, agregan como costo de la producción de un bien las emisiones de carbono. Proponen como ejemplo cómo considerar un producto que lleva 3 horas de trabajo y una “unidad” de emisión de carbono con una forma ecofriendly que lleve 4 horas de trabajo sin emisión.

A diferencia del capitalismo, donde se combinan tratados internacionales que no se cumplen, producción bastante desregulada sin grandes impactos por exceso de contaminación ambiental, esto permitiría tener un cálculo del impacto ambiental de la producción y podría establecer un plan concreto de la reducción de la emisión. Es interesante el planteo para entender cómo puede ser una relación entre el aumento del tiempo libre y una relación más amigable con la naturaleza teniendo en cuenta cómo combinarlo. Por lo tanto, y al considerarlo como un costo, el balance puede tender a ir hacia un esquema de producción con menor emisión e impacto ambiental. Si bien existen múltiples formas de realizarlo, como una restricción fija que no pueda ser superada, un traslado a precio donde los productos con mayor emisión sean más caros (en bonos de trabajo), la introducción de este concepto deja mucho que pensar. También sería interesante incorporar aspectos como la durabilidad de los productos, ya que algo común en el capitalismo es la obsolescencia programada: no es lo mismo la producción actual donde todo es descartable con bienes reutilizables durante mayor período. Consideran los bienes comunes naturales como una restricción a la que tener en cuenta.

Así, proponen que la planificación permitiría establecer previamente niveles de emisión de carbono, entre otras cosas y poder cumplir con las metas de reducción necesarias. Algo que en el capitalismo no es posible, como vemos en diferentes niveles: países que constantemente incumplen los tratados climáticos, empresas que manipulan datos para obtener mayores beneficios y una producción descoordinada que genera enormes desperdicios.

Si bien una planificación socialista podría cumplir con estas metas, los autores no desarrollan del todo las implicancias que esto tendría. ¿Cómo sería posible una reorganización de la economía para realizar la inversión urgente que se plantea necesaria para la transición energética? Mencionan puntos como incorporar a los desempleados, eliminar consumos innecesarios como bienes de lujo, pero ¿es suficiente con esto? ¿Cómo se combinaría todo esto con otras necesidades, como eliminar la hambruna, construir viviendas, etc?

Es evidente que este cambio en la orientación de las fuerzas productivas podría permitir construir una sociedad mejor. No obstante, se mantienen interrogantes acerca de qué otras medidas serían necesarias para llevarlo adelante y cuáles podrían ser las posibles consecuencias a corto plazo. La concentración de ganancias en las empresas bajo el sistema capitalista sugiere que el proceso podría llevarse a cabo sin grandes sacrificios. Si bien es cierto que es muy difícil, por no decir imposible, conseguir esa información para realizar simulaciones realistas, es necesario mencionar que estas son cuestiones aún pendientes a responder.

Cuestiones irresueltas

Cockshott, Cottrell y Dapprich muestran de una manera contundente cómo el capitalismo es incapaz de lidiar con el cambio climático. Por un lado, por el gran peso que tienen las empresas en la actualidad y, por otro lado, porque es necesario una planificación centralizada desde el Estado. Esta planificación no puede ser en función de las ganancias de empresas ya que el cambio que hay que hacer es tan drástico que no puede estar sujeto a una garantía de rentabilidad inmediata (y es por eso que desarrolla la comparación con la inversión actual y la necesaria que prueba esto).

Pero lejos de una visión catastrofista, sugieren que aún estamos a tiempo y para eso es necesaria una planificación de la economía desde los trabajadores. Ante las críticas de las corrientes que apelan a la imposibilidad del cálculo económico y la planificación, muestran alternativas, partiendo de lo desarrollado en experiencias previas como la URSS en su libro Hacia un nuevo socialismo escrito hace 30 años. Sobre la base de la necesidad de no continuar con la producción sin contemplar el impacto que esto tiene en la naturaleza, proponen, en primer lugar, el hecho de considerar tiempo de trabajo en lugar de ganancias. De esta manera, en el socialismo no tendrían lugar cuestiones irracionales como personas sin trabajo y otras con extenuantes jornadas. No hay necesidad de un ejército de reserva de desocupados que presione el salario a la baja, ya que el objetivo es maximizar la producción con la menor cantidad de horas de trabajo total. Por otro lado, reorganizar toda la producción considerando las necesidades sociales es viable y necesario.

Todo su desarrollo teórico se enfoca en mostrar que una planificación socialista es técnicamente posible y una explicación interesante alrededor de cómo funcionaría. El problema es cómo se pueden producir las transformaciones sociales bajo las cuales este ejercicio teórico podría llevarse a cabo. Acá vemos una cierta ambigüedad, que resulta novedosa en la trayectoria de Cockshott y Cotrell, que desde la publicación de Hacia un nuevo socialismo siempre defendieron la planificación bajo condiciones socialistas, aunque nunca se detuvieron a discutir la estrategia ni articulación social que podían crear las condiciones para que esta planificación socialista pudiera hacerse posible. Es decir, un planteo siempre ubicado en un plano de generalidad o abstracción excesivo. En este trabajo aparece un camino posible para crear las condiciones que harían posible una planificación socialista para enfrentar la emergencia climática, pero este pasa por la cauta expectativa de que una “planificación mixta” que resulte eficaz para enfrentar la emergencia climática, algo que para los autores nunca puede ser más que un “segundo mejor” –expresión poco feliz para plantear la superioridad de la planificación socialista respecto de esta– sirva como ariete para un cambio en la “forma de pensar”:

Nosotros hemos sugerido que un tipo de planificación como fue implementada en la segunda guerra mundial es un «segundo mejor» tipo de sistema al descrito en el capítulo 6, donde la economía está totalmente bajo propiedad pública y regulada para servir intereses y necesidades de la población. La pregunta que surge es: si algún tipo de planificación nos conduce al éxito de una economía carbono neutral, ¿puede esto estimular un cambio en el pensamiento de las personas? ¿Podría parecer menos descabellado argumentar que el afán de lucro podría ser reemplazado por la consciente búsqueda de objetivos sociales? Por ahora solo podemos decir, ya veremos (80).

Allí donde antes no había estrategia revolucionaria ni actores sociales que la sostuviera, se mantiene esta ausencia, que queda “compensada” por la idea de que, tal vez, el rol ejemplificador de la planificación estatal capitalista pueda contribuir a crear las condiciones para que surja esta vocación (lo cual sigue sin resolver los problemas de estrategia). De todos modos, más allá del juego de hipótesis de los autores, todavía no parece que la crisis climática ni otras convulsiones empujen a los Estados de las grandes potencias hacia una planificación “mixta” como la que analizan los autores. Ni siquiera, aunque observemos tendencias a la crisis, guerras y revoluciones que fueron un fermento del que surgieron las iniciativas de intervención y planificación que consignan los autores. Combatir el cambio climático reorganizando la economía sobre otras bases es algo que sólo podrá imponer la clase trabajadora tomando el poder en sus manos en alianza con el pueblo pobre.

No obstante estas cuestiones irresueltas, su constante aporte a la teoría de la planificación socialista y la visión sobre cómo podemos apropiarnos y tomar ventaja de los avances de la tecnología son muy útiles y estimulantes para pensar lo que se viene y combatir el escepticismo de la utopía socialista.

Nota:

[1] Economic Planning in an Age of Climate Crisis, Amazon, Bolton, 2022. Las referencias de página de las citas se indican en el cuerpo del texto entre paréntesis.

Fuente: https://www.izquierdadiario.es/La-planificacion-economica-en-tiempos-de-cambio-climatico

Publicado en: Global

El socialismo puede ayudar a contener los peores impulsos de la humanidad

16/07/2023 by Vitalio Deja un comentario

Por: Ben Burgis

Traducción: Florencia Oroz

Muchos críticos del socialismo afirman que nuestra naturaleza humana está demasiado viciada y es demasiado egoísta como para que el socialismo funcione. Están entendiendo las cosas exactamente al revés.

El capitalismo genera enormes cantidades de pobreza, desigualdad económica y estrés financiero. Desempodera a la inmensa mayoría de la población en edad de trabajar, que no tiene otra opción viable más que pasar la mitad de sus horas de vigilia en lugares de trabajo donde reciben órdenes de jefes no elegidos. Fuera del lugar de trabajo, las decisiones con mayor impacto en la sociedad en su conjunto son tomadas por directores ejecutivos que solo rinden cuentas a los accionistas. Y las salvajes divergencias de riqueza convierten en una broma de mal gusto la idea de que todos los ciudadanos ejercen el mismo nivel de influencia en el proceso político.

Seguro que podemos hacerlo mejor. ¿Por qué no podemos poseer colectivamente los recursos productivos de la sociedad, satisfacer las necesidades materiales de todas y todos y crear un tipo de democracia más significativa? En otras palabras, como dijo una vez el filósofo marxista G.A. Cohen: «¿Por qué no el socialismo?».

Una respuesta popular es que iría en contra de la naturaleza humana. Es tan popular, de hecho, que mucha gente acepta irreflexivamente esta idea como de «sentido común». Sin embargo, si se examina más de cerca, la objeción de la naturaleza humana es exactamente al revés.

No somos ángeles

Algunos críticos del socialismo piensan que redistribuir la propiedad privada de los capitalistas ricos sería un robo: llamemos a esto la «objeción moral». Otros plantean problemas técnicos sobre la viabilidad de una planificación económica para toda la sociedad. ¿Cómo reunirían los planificadores suficiente información como para saber qué producir para satisfacer las preferencias de los consumidores? Llamémosle «objeción técnica».

Los socialistas rebaten la objeción moral con un argumento obvio sobre la inmoralidad comparativa de permitir que los capitalistas ricos sigan explotando a la inmensa mayoría de la población mundial. La objeción técnica se considera más seriamente, lo que lleva a algunos socialistas, por ejemplo, a dejar espacio para los mercados en su visión del socialismo. Tal vez podríamos nacionalizar las «cúpulas dominantes» de la economía, manteniendo al mismo tiempo un sector de mercado de cooperativas de trabajadores que compitan entre sí.

Pero, independientemente de lo que se piense de estos debates, la objeción que más preocupa a algunas personas que, por lo demás, simpatizan con la política de izquierdas, no es ni moral ni técnica, sino psicológica.

El socialismo estaría bien si fuéramos «ángeles», piensan estos críticos, pero no lo somos. Nuestra naturaleza no es altruista y cooperativa. Es egoísta y cruel. Intentar convertirnos en lo que tendríamos que ser para que una economía cooperativa funcione es como intentar tener un tigre en casa y alimentarlo con una dieta vegana. No hay posibilidad de que la cosa termine bien.

La objeción de la naturaleza humana tiene más fuerza retórica que la objeción moral o la objeción técnica. En lugar de gritar que los ricos tienen derecho a su riqueza acaparada o plantear problemas logísticos que los socialistas creen que podemos resolver, los críticos que presionan el caso psicológico contra el socialismo pueden posar como aspirantes a socialistas que han superado su ingenuidad. «Oigan», pueden decir, «ojalá pudiéramos tener algo como el socialismo. Es realmente trágico que no podamos. Pero así es la vida».

No ayuda que muchos socialistas parezcan inseguros sobre cómo responder a esta objeción. Algunos dedican mucho tiempo a insistir en que los seres humanos son realmente bondadosos y cooperativos por naturaleza. Seguramente hay algo de verdad en ello. El problema es que es inverosímil que sea toda la verdad.

La psicología humana es demasiado compleja como para que una simple generalización pueda captar el cuadro completo. El filósofo de la Ilustración David Hume se opuso a la idea de que todo el mundo va al cielo o al infierno cuando muere, alegando que la mayoría de nosotros «flotamos entre el vicio y la virtud»:

Supongamos que vamos por todas partes con la intención de dar una buena cena a los justos y una buena paliza a los malvados: a menudo no sabríamos cómo elegir, al comprobar que los méritos y deméritos de la mayoría de los hombres y mujeres apenas se corresponden con la rectitud o la maldad.

Algunos socialistas han pensado que el equilibrio entre egoísmo y altruismo en nuestra naturaleza es históricamente contingente, que lo que sale a la luz es en gran medida el resultado de las circunstancias sociales en las que nos encontramos. Si mejoran las circunstancias sociales, mejorará la naturaleza humana.

Probablemente haya también algo de cierto en esta idea. La gente que se pelea por un pequeño número de botes salvavidas podría estar dispuesta a tratarse mejor en circunstancias más felices. Es plausible que satisfacer las necesidades materiales de todos y dar a cada uno la misma voz conduzca a mejores resultados que un mundo de competencia de todos-contra-todos.

Pero, ¿hasta dónde llega esta idea? El Che Guevara, por ejemplo, predijo con confianza que surgiría un «nuevo hombre socialista» a medida que la sociedad se transformara. Eso no fue lo que ocurrió en Cuba ni en otros experimentos de socialismo de Estado del siglo XX. Tal vez una versión mejor del socialismo produciría mejores resultados. Pero, ¿y si no es así?

Como socialistas, intentamos convencer a la gente de que dé el salto a un nuevo sistema social tan diferente del capitalismo como el capitalismo del feudalismo. Puede ser una propuesta aterradora. Es más difícil defender nuestros argumentos si pedimos a la gente que apueste por cambios hipotéticos en la psicología humana que no podemos demostrar que vayan a producirse. Afortunadamente, no tenemos que hacerlo.

Los ángeles no necesitarían el socialismo

El grado exacto en que la naturaleza humana es intrínsecamente egoísta o desinteresada, y hasta qué punto depende de nuestras circunstancias, es una cuestión empírica complicada que afecta a campos que van desde la sociología a la psicología evolutiva. No puede responderse desde el sillón.

Pero sea cual sea nuestro grado de egoísmo, no es razón para tirar la toalla y aceptar el capitalismo como lo mejor que puede hacer la humanidad. Por el contrario, es precisamente la razón para oponerse al capitalismo y luchar por instituciones colectivas y democráticas que puedan limitar el daño que las personas crueles están en condiciones de hacerse unas a otras.

El núcleo del socialismo es la democracia económica. Tanto si hablamos de la toma de decisiones en un lugar de trabajo individual como de decisiones de mayor envergadura con un amplio impacto en el curso de la sociedad, los socialistas piensan que todos los afectados deben tener voz y voto.

Una de las razones por las que esto es tan importante es precisamente que dar a cualquiera demasiado poder sobre sus semejantes crea el peligro de que comience a abusar de dicho poder. Ningún sistema es perfecto, por supuesto, pero la mejor receta para minimizar al máximo la posibilidad de abuso es repartir el poder —político y económico— tanto como sea posible.

Esa es una de las razones por las que los socialistas democráticos rechazan la idea de que se pueda confiar en un Estado autoritario de partido único para que actúe en nombre del pueblo. Y es una excelente razón para rechazar el capitalismo, un sistema en el que no existe la pretensión de que el poder económico esté en manos del pueblo y no de quienquiera que tenga suficiente dinero para comprar los medios de producción.

Si todos los seres humanos fuésemos ángeles desinteresados, no tendríamos que preocuparnos de cómo Jeff Bezos trata a los trabajadores de sus almacenes o cómo Harvey Weinstein trata a las aspirantes a actriz. No tendríamos que preocuparnos por la suerte que correrán las familias que caen en la pobreza, porque confiaríamos en que la gente que tiene más siempre actuará individualmente para ofrecer una mano amiga. No tendríamos que preocuparnos de que los ricos abusaran de su influencia política, porque confiaríamos en que tuvieran en cuenta los intereses de todos.

En otras palabras, si fuéramos ángeles, no sería necesario sustituir las instituciones capitalistas por otras socialistas. Pero somos seres humanos profundamente imperfectos, capaces de grandeza moral, sin duda, pero también de todo tipo de crueldades. Y es precisamente por eso que necesitamos el socialismo.

BEN BURGIS

Ben Burgis es profesor de filosofía y autor de Give Them An Argument: Logic for the Left. Es presentador del podcast Give Them An Argument.

Publicado en: Global, titular2

George Padmore desempeñó un papel vital en la lucha anticolonial

16/07/2023 by Vitalio Deja un comentario

Por: Theo Williams

Traducción: Pedro Perucca

 

Nacido en Trinidad, George Padmore se convirtió en un organizador clave de las redes panafricanas anticoloniales. Fuertemente influido por el marxismo, Padmore siempre insistió en que la independencia nacional debía conducir a la liberación social, en lugar de limitarse a sustituir una bandera por otra.

George Padmore fue una de las figuras más importantes de la política panafricanista y anticolonialista del siglo XX. Nacido en Trinidad, se trasladó posteriormente a Londres, donde se convirtió en un organizador clave de redes que reunieron a algunos de los futuros líderes africanos en la lucha contra la dominación europea.

Padmore se convirtió en un destacado activista comunista en la década de 1920, aunque más tarde rompió con el movimiento al considerar que restaba importancia a la lucha contra el imperialismo. Sin embargo, Padmore siguió inspirándose en las ideas marxistas y subrayó que la liberación del dominio colonial debía implicar una transformación radical de la sociedad, no sólo una nueva bandera y un nuevo himno.

La línea del color

Malcolm Nurse, que más tarde se haría famoso como George Padmore, nació en Arouca, en el corredor este-oeste de Trinidad, el 28 de junio de 1903. Trinidad era una colonia británica definida por una clara jerarquía racial. Nurse pertenecía a la clase media negra y era plenamente consciente de que el racismo y el colorismo limitarían sus perspectivas.

Como C.L.R. James, amigo de la infancia de Nurse, observó de la Trinidad de su juventud:

Socialmente las líneas raciales estaban claras. Los blancos, los pardos y los negros mantenían cada uno su propia compañía. Las mejores posiciones se las repartían (muy desigualmente) los dos primeros. . . Fue sobre la clase media negra, en contraposición a la parda, sobre la que recayó con más fuerza la discriminación, y George pertenecía a esa clase.

Nurse no nació simplemente en Trinidad: nació en un mundo de dominación imperialista blanca. Trinidad era un rincón de un mundo dividido, en su mayor parte, entre imperios coloniales europeos. Las tres naciones independientes dirigidas por negros —Etiopía, Haití y Liberia— disfrutaban cada una de una frágil soberanía que las potencias occidentales pondrían en entredicho en los años siguientes.

En 1900, los delegados de la Primera Conferencia Panafricana se reunieron en Londres. La conferencia se propuso encontrar soluciones a los problemas a los que se enfrentaba la población negra en todo el mundo. Observando el panorama mundial, el intelectual afroamericano W.E.B. Du Bois declaró al final de la conferencia que la gran cuestión del siglo XX era «el problema de la línea de color».

Los africanos y los afrodescendientes no tardaron en contribuir de forma significativa al esfuerzo bélico de los Aliados durante la Primera Guerra Mundial. Muchos de ellos esperaban que su servicio condujera a mayores libertades después de la guerra, sólo para enfrentarse a más violencia, represión y discriminación. El descontento y la desilusión de los negros encontraron su expresión en la enorme popularidad mundial de la Universal Negro Improvement Association de Marcus Garvey, así como en las redes internacionales forjadas a través de los Congresos Panafricanos de Du Bois en el periodo de entreguerras.

Mientras tanto, la Revolución Bolchevique de 1917 provocó un aumento del apoyo al comunismo en todo el mundo. Para muchos negros, la Unión Soviética contrastaba con la explotación racista que caracterizaba a Estados Unidos y a los imperios europeos.

Padmore y el comunismo

Nurse abandonó Trinidad para estudiar en Estados Unidos en 1924. En 1927, mientras estudiaba Derecho en la Universidad Howard de Washington, se afilió al Partido Comunista de Estados Unidos (CPUSA). Adoptó el nombre de George Padmore para ocultar sus actividades comunistas, que incluían escribir para el Daily Worker del CPUSA y editar su Negro Champion. Rápidamente se hizo un nombre, y en 1929 fue reclutado para trabajar para la Internacional Comunista en Moscú.

El VI Congreso de la Internacional Comunista, celebrado en Moscú durante el verano de 1928, marcó la pauta del activismo comunista de los años siguientes. Marcó un brusco giro en la política comunista, que dejó de buscar frentes unidos con los socialdemócratas y se orientó hacia una política revolucionaria sin concesiones —y muy sectaria— de «clase contra clase». El congreso también comprometió a la Internacional Comunista a apoyar con más entusiasmo las luchas anticoloniales dirigidas por el proletariado. Como parte de este reajuste, lanzó el Comité Sindical Internacional de Trabajadores Negros (CSION).

Padmore fue una figura crucial en la organización de la Conferencia Internacional de Trabajadores Negros del CSI, celebrada en Hamburgo en julio de 1930. Sus resoluciones exigían la «evacuación inmediata de los imperialistas de todas las colonias» y un desafío revolucionario al orden mundial:

Las luchas espontáneas de los trabajadores negros por la igualdad de salarios, contra el trabajo forzoso, la segregación y las barras de color, etc., deben desarrollarse en una lucha consciente contra el imperialismo y todo el sistema de explotación capitalista y colonial.

En consonancia con la política comunista de «clase contra clase», la reunión denunció a todos los reformistas, ya fueran blancos o negros.

Poco después de la conferencia, Padmore se trasladó de Moscú a Hamburgo para asumir la dirección de la revista de la CSI, el Negro Worker. También publicó un breve libro, The Life and Struggles of Negro Toilers (1931), que fue la expresión más completa de su pensamiento político mientras trabajaba para la Comintern. Basándose en la teoría del imperialismo de Vladimir Lenin, desarrolló el papel que desempeñaban los obreros y campesinos negros en un sistema capitalista-imperialista global.

Para Padmore, los «trabajadores negros», oprimidos tanto por razones de clase como de raza, serían un pilar fundamental de una futura revolución mundial. De Marx tomó prestado un aforismo que utilizaría innumerables veces a lo largo de su vida: «El trabajo en la piel blanca no puede liberarse mientras que el trabajo en la piel negra está esclavizado».

Rompiendo con la Comintern

Sin embargo, la asociación de Padmore con el movimiento comunista no duraría mucho más. En agosto de 1933, publicó un artículo anunciando su salida del Negro Worker. La Internacional Comunista proclamó su expulsión en marzo de 1934.

Según la Comintern, Padmore fue expulsado

por contactos con un provocador, por contactos con organizaciones burguesas sobre la cuestión de Liberia, por una actitud incorrecta ante la cuestión nacional (en lugar de la unidad de clase se esforzaba por lograr la unidad de raza) y por no entregar los asuntos del comité en el que había trabajado.

Padmore, por su parte, argumentó que no se encontraba «en conflicto con los principios fundamentales de nuestro movimiento», pero acusó a la Comintern de sacrificar las luchas anticoloniales para apaciguar a los gobiernos británico y francés.

Aunque la afirmación de Padmore de que la CSI había sido «liquidada» era exagerada, el posterior giro de la Comintern hacia la estrategia del Frente Popular reivindicó la esencia de sus quejas. Asustada por la subida al poder de Hitler en 1933, la Unión Soviética consideraba a la Alemania nazi como una amenaza existencial. Se unió a la Sociedad de Naciones (que Lenin había calificado previamente de «cocina de ladrones») en septiembre de 1934, y firmó un tratado de asistencia mutua con Francia en 1935.

El VII Congreso de la Comintern en 1935 formalizó la estrategia del Frente Popular, ya que el movimiento comunista internacional dejó claro que su prioridad era establecer alianzas con fuerzas «democráticas» y «progresistas» en oposición al fascismo, independientemente de su posición sobre el colonialismo. Padmore identificó en esta nueva posición comunista la creencia de que «los pueblos coloniales que viven bajo el yugo de los imperialismos británico, francés y estadounidense deben renunciar a su lucha por la autodeterminación y alinearse en defensa de la ‘democracia’, algo que nunca han conocido».

Redes anticoloniales

Para entonces, Padmore ya vivía en Londres, donde pasaría la mayor parte del resto de su vida. Llegó en el verano de 1935, durante una de las muchas grandes crisis de la década. Hacía meses que estaba claro que la Italia fascista tenía planes en Etiopía, que finalmente culminaron en una invasión en octubre de 1935 y la toma de Addis Abeba en mayo de 1936.

En Londres, Padmore se unió a la International African Friends of Ethiopia (IAFE), un grupo que sus compañeros activistas caribeños Amy Ashwood Garvey y C. L. R. James habían fundado para hacer campaña a favor de la continuidad de la independencia de Etiopía. Los activistas negros que formaban el IAFE entendían que la invasión de Etiopía por Italia era emblemática y sintomática de un sistema capitalista-imperialista más amplio sustentado en ideologías racistas.

El futuro presidente de Ghana, Kwame Nkrumah, estaba de viaje en Londres cuando se conoció la noticia de la invasión. Más tarde recordó haberse sentido «casi como si todo Londres me hubiera declarado la guerra de repente a mí personalmente».

Durante estos primeros años en Gran Bretaña, Padmore publicó How Britain Rules Africa (1936) y Africa and World Peace (1937), al tiempo que fundaba el International African Service Bureau (IASB) a partir de los restos de la IAFE durante la primavera de 1937. Se le unieron en el IASB personas como James, Chris Jones (de Barbados), Jomo Kenyatta (de Kenia), T. Ras Makonnen (de la Guayana Británica) e I. T. A. Wallace-Johnson (de Sierra Leona). El trabajo de la organización contó con el gran apoyo de la socia judeo-británica de Padmore, Dorothy Pizer.

Hubo una notable continuidad en el pensamiento político de Padmore durante su época comunista y poscomunista, ya que siguió defendiendo una concepción leninista del imperialismo, además de hacer hincapié en la interdependencia de las revoluciones metropolitanas y coloniales. El «Manifiesto contra la guerra» (1938) del IASB dirigía las siguientes palabras a la clase obrera británica:

Aunque nos hayáis descuidado en el pasado, hoy, en esta hora de crisis común, queremos que sepáis que los negros no os guardamos rencor. Los imperialistas son nuestro enemigo común… Nuestra libertad es un paso hacia vuestra libertad.

Padmore también atacó la distinción de la Comintern entre potencias «democráticas» (como Gran Bretaña y Francia) y «fascistas» (como Alemania e Italia), y empezó a describir varias leyes y prácticas coloniales británicas y francesas como «fascistas» para ilustrar su punto de vista. Le exasperaba que tantos antiguos camaradas estuvieran dispuestos a pasar por alto una forma de gobierno autoritario racialmente estratificado para luchar contra otra.

Además, sostenía que el colonialismo y el fascismo compartían una misma causa: el capitalismo. Como escribió Padmore en África y la paz mundial:

El imperialismo «democrático» y el imperialismo «fascista» no son más que ideologías intercambiables que se corresponden, por un lado, con las condiciones económicas y políticas del capitalismo en un país determinado y, por otro, con el grado de desarrollo de la lucha de clases.

Mientras que los comunistas proclamaban la necesidad de un Frente Popular «contra el fascismo y la guerra», Padmore sostenía que la lucha contra el fascismo y la guerra sólo podía ganarse mediante una lucha más directa contra el capitalismo y el colonialismo, una lucha que la estrategia del Frente Popular había subordinado.

Panafricanismo

Cuando llegó la Segunda Guerra Mundial, las actividades políticas de Padmore se vieron muy limitadas. La mayoría de los miembros del IASB habían abandonado Londres, y el propio Padmore padecía una dolencia de garganta que le impidió hablar en público durante los primeros años de la década de 1940. Sin embargo, Padmore, junto a compañeros como Chris Jones y el escritor sudafricano Peter Abrahams, que llegó a Londres en 1940, siguió defendiendo la revolución anticolonial.

Instaron a la población negra y a otros pueblos colonizados a no contribuir a los esfuerzos bélicos de sus opresores europeos y a aprovechar la guerra como una oportunidad para lograr la independencia. Padmore también se sumergió cada vez más en las redes del Partido Laborista Independiente británico, cuya «Ofensiva Socialista por la Paz» en tiempos de guerra debía mucho al análisis de Padmore sobre la relación entre capitalismo, colonialismo, fascismo y guerra. Al mismo tiempo, Padmore era consciente de que la posición comunista estaba a merced de las exigencias de la política exterior soviética, y como tal cambiaba drásticamente en función de acontecimientos como el Pacto Molotov-Ribbentrop de agosto de 1939 y la invasión alemana de la Unión Soviética en junio de 1941.

Al término de la guerra, Padmore desempeñó un papel destacado en la organización del V Congreso Panafricano de Manchester, el logro por el que quizá siga siendo más conocido. Ochenta y siete delegados, entre ellos tres futuros presidentes africanos (Hastings Banda, Jomo Kenyatta y Kwame Nkrumah) y unos doscientos observadores se reunieron en el Ayuntamiento de Chorlton-on-Medlock, en Manchester, durante una semana en octubre de 1945.

El congreso invocó el linaje de los congresos de Du Bois de entreguerras, al tiempo que evitaba la naturaleza burguesa de estas reuniones anteriores. Abrahams recordó el congreso de Manchester como «el primero verdaderamente representativo», mientras que Padmore lo calificó de «expresión de un movimiento de masas». El «Desafío a las potencias coloniales» de la reunión declaraba:

Condenamos el monopolio del capital y el dominio de la riqueza y la industria privadas sólo para el beneficio privado. Damos la bienvenida a la democracia económica como la única democracia real.

El espíritu de Bandung

El movimiento por la independencia de la Costa de Oro (más tarde rebautizada Ghana) ocupó gran parte del tiempo y la atención de Padmore después de la Segunda Guerra Mundial. Fue mentor de Nkrumah, que condujo al país a la independencia en 1957. Sin embargo, a pesar de centrarse en la nación ghanesa, Padmore —al igual que Nkrumah— estaba convencido de la necesidad de una liberación panafricana que tuviera como objetivo alcanzar el socialismo y trascendiera las fronteras nacionales.

En una carta de 1956 al escritor afroamericano Richard Wright, Padmore explicaba que su «concentración» en Nkrumah se debía al análisis marxista de éste. Añadió que líderes como Nnamdi Azikiwe (futuro presidente de Nigeria) eran «sólo los Kerenskys», en referencia al líder ruso al que los bolcheviques habían derrocado. James recordaba que Padmore

hablaba irónicamente de los políticos nacionalistas que se conformaban con «una bandera y un himno nacional»… La independencia africana no significaba para él una mera repetición de la experiencia europea.

A medida que se intensificaba la Guerra Fría, Padmore creía que la no alineación ofrecía la perspectiva más realista de una independencia africana significativa. Su último libro, ¿Panafricanismo o comunismo? (1956), fue escrito con el espíritu de la Conferencia de Bandung de 1955.

Padmore jugó un juego estratégico de Guerra Fría y exageró las divergencias históricas entre el panafricanismo y el comunismo. Sostenía que el panafricanismo no supondría una amenaza para Occidente si se dejaba a los líderes africanos como Nkrumah construir su propia marca de socialismo, pero que los panafricanistas podrían recurrir a Moscú si las potencias europeas no concedían la independencia a sus colonias.

Sin embargo, a pesar de sus continuas críticas al movimiento comunista contemporáneo, Padmore siguió defendiendo el legado leninista. Escribió, por ejemplo, que durante la Guerra Civil rusa, los «reaccionarios fracasaron en gran medida porque la audaz estrategia anticolonial de Lenin dio tan ricos dividendos».

Padmore se trasladó a Ghana en 1957 para actuar como asesor de Nkrumah en asuntos africanos. Sin embargo, su estancia en Ghana fue corta y frustrante. Con la salud deteriorada, regresó a Londres, donde murió de cirrosis el 23 de septiembre de 1959. Sus cenizas fueron enterradas en el castillo de Christiansborg, en Accra, al mes siguiente. Un golpe militar de derechas apoyado por la CIA derrocó al gobierno de Nkrumah en febrero de 1966.

James escribió sobre Nkrumah: «Como Cromwell y Lenin, inició la destrucción de un régimen en decadencia, un logro tremendo; pero como ellos, fracasó en la creación de la nueva sociedad». Padmore fue una figura clave en la destrucción del antiguo régimen y anhelaba ver una nueva sociedad libre del capitalismo y el imperialismo. Aunque Padmore y sus camaradas no consiguieron crear esa nueva sociedad en el siglo XX, su vida y su obra siguen siendo instructivas si queremos llevar a cabo la tarea en el siglo XXI.

THEO WILLIAMS

Profesor de historia británica del siglo XX en la Universidad de Durham y está especializado en las historias del anticolonialismo y la política radical negra. Es autor de Making the Revolution Global: Black Radicalism and the British Socialist Movement before Decolonisation.

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El mundo necesita una nueva teoría del desarrollo que no atrape a las personas pobres en la pobreza

16/07/2023 by Vitalio Deja un comentario

Por: Vijay Prashad

 

En junio, la Red de Soluciones para el Desarrollo Sostenible de las Naciones Unidas publicó su Inbforme sobre Desarrollo Sostenible 2023, que hace un seguimiento de los avances de los 193 Estados miembros hacia la consecución de los diecisiete Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS). “Entre 2015 y 2019, el mundo avanzó algo en los ODS, aunque ya era muy insuficiente para alcanzar los objetivos. Desde el estallido de la pandemia en 2020 y otras crisis simultáneas, el progreso de los ODS se ha estancado a nivel mundial», señala el informe. Esta agenda de desarrollo se adoptó en 2015, con metas que debían cumplirse para 2030. Sin embargo, a mitad de este plazo, el informe señala que “todos los ODS están seriamente retrasados”. ¿Por qué los Estados miembros de la ONU son incapaces de cumplir sus compromisos con los ODS? Según la red, “en esencia, los ODS son un programa de inversión: es fundamental que los Estados miembros de la ONU adopten y apliquen el estímulo de los ODS y apoyen una reforma integral de la arquitectura financiera mundial”. Sin embargo, pocos Estados han cumplido con sus obligaciones financieras. De hecho, para hacer realidad la agenda de los ODS, las naciones más pobres necesitarían al menos 4 billones de dólares más de inversión al año.

Hoy en día no hay desarrollo posible, ya que la mayoría de las naciones más pobres están sumidas en una crisis de deuda permanente. Por eso, el Informe sobre Desarrollo Sostenible 2023 pide que se revise el sistema de calificación crediticia, que paraliza la capacidad de los países para pedir dinero prestado (y cuando pueden pedirlo, es a tasas significativamente más altas que las que se conceden a los países más ricos). Además, el informe pide al sistema bancario que revise las estructuras de liquidez para los países más pobres, “especialmente en lo que respecta a la deuda soberana, para evitar crisis bancarias y de balanza de pagos que se autocumplan”.

Es esencial situar la crisis de la deuda soberana a la cabeza de los debates sobre desarrollo. La Conferencia de las Naciones Unidas sobre Comercio y Desarrollo (UNCTAD) calcula que “la deuda pública de los países en desarrollo, excluida China, alcanzó los 11,5 billones de dólares en 2021”. Ese mismo año, los países en desarrollo pagaron 400.000 millones de dólares por el servicio de su deuda, más del doble de la ayuda oficial al desarrollo que recibieron. La mayoría de los países no piden prestado dinero para invertir en su población, sino para pagar a los tenedores de bonos, por lo que consideramos que no es financiación para el desarrollo, sino financiación para el servicio de la deuda.

Leer la literatura académica y de la ONU sobre desarrollo es deprimente. La conversación está capturada por las restricciones de la inabordable y permanente crisis de la deuda. Tanto si se destaca como si se ignora la cuestión de la deuda, su existencia excluye la posibilidad de cualquier avance genuino para los pueblos del mundo. Las conclusiones de los informes suelen terminar con un llamamiento moral —esto es lo que debería ocurrir— en lugar de un análisis de la situación basado en los hechos de la estructura neocolonial de la economía mundial: los países en desarrollo, con ricas reservas de recursos, son incapaces de obtener precios justos por sus exportaciones, lo que significa que no acumulan riqueza suficiente para industrializarse pensando en el bienestar de su propia población, ni pueden financiar los bienes sociales necesarios para su población. Debido a esta asfixia de la deuda, y debido al empobrecimiento de la teoría académica del desarrollo, no se ha proporcionado ninguna orientación teórica general eficaz para guiar agendas de desarrollo realistas y holísticas, y no parece haber ningún proyecto disponible para salir del ciclo permanente de deuda-austeridad.

En el Instituto Tricontinental de Investigación Social, deseamos abrir un debate sobre la necesidad de una nueva teoría socialista del desarrollo, que se construya a partir de los proyectos que llevan a cabo los movimientos populares y los gobiernos progresistas. Como parte de ese debate, ofrecemos nuestro último dossier, El mundo necesita una nueva teoría socialista del desarrollo, que examina el terreno de la teoría del desarrollo desde 1945 hasta la actualidad y plantea algunas pistas de un nuevo paradigma. Como señalamos en el dossier:

Empezar por los hechos requeriría un reconocimiento de los problemas de la deuda y la desindustrialización, la dependencia de las exportaciones de productos primarios y la realidad de los precios de transferencia y otros instrumentos empleados por las corporaciones multinacionales para exprimir regalías de los Estados exportadores, las dificultades para implementar estrategias industriales nuevas y amplias, y para desarrollar las capacidades tecnológicas científicas y burocráticas en las poblaciones de la mayor parte del mundo. Estos hechos han sido difíciles de superar para los gobiernos en el Sur Global, aunque ahora —con el surgimiento de las nuevas instituciones Sur-Sur y las iniciativas globales de China— estos gobiernos tienen más opciones que en las décadas pasadas y ya no dependen tanto de las instituciones financieras y de comercio controladas por Occidente. Estas nuevas realidades exigen la formulación de nuevas teorías del desarrollo, nuevos análisis de las posibilidades y caminos para trascender los hechos persistentes de la miseria social. En otras palabras, lo que se ha vuelto a poner sobre la mesa es la necesidad de planificación nacional y cooperación regional, así como la lucha para producir un mejor entorno exterior para las finanzas y el comercio.

Una reciente conversación en Berlín con nuestros compañeros y compañeras del Centro Internacional de Investigación sobre la RDA (IF DDR) nos hizo darnos cuenta de que este dossier no abordaba los debates y discusiones sobre el desarrollo que tuvieron lugar en la Unión Soviética, la República Democrática Alemana (RDA), Yugoslavia y el movimiento comunista internacional en general. Ya en el II Congreso de la Internacional Comunista, celebrado en Moscú en 1920, las y los comunistas empezaron a formular una teoría del “desarrollo no capitalista” (DNC) para las sociedades que habían sido colonizadas e integradas en la economía mundial capitalista, pero que aún conservaban formas precapitalistas de producción y jerarquía social. La idea general del DNC era que las sociedades poscoloniales podían eludir el capitalismo y avanzar hacia el socialismo mediante un proceso nacional-democrático. La teoría del DNC, desarrollada en conferencias internacionales de partidos comunistas y obreros y elaborada por figuras destacadas de la academia soviética como Rostislav A. Ulyanovsky y Sergei Tiulpanov en revistas como la World Marxist Review, se centraba en tres transformaciones:

  • La reforma agraria, para sacar al campesinado de su condición de indigencia y acabar con el poder de los terratenientes.
  • La nacionalización de sectores económicos clave, como la industria y el comercio, para limitar el poder de los monopolios extranjeros.
  • La democratización de las estructuras políticas, la educación y del sistema de salud para sentar las bases sociopolíticas del socialismo.

A diferencia de la política de industrialización por sustitución de importaciones promovida por instituciones como la Comisión Económica de las Naciones Unidas para América Latina (CEPAL), la teoría del DNC comprendía mucho mejor la necesidad de democratizar la sociedad en lugar de limitarse a mejorar los términos de intercambio. En la serie Amistad de IF DDR, Matthew Read relata en un artículo la aplicación práctica de la teoría del DNC en Malí durante la década de 1960. Próximamente el IF DDR y el Instituto Tricontinental de Investigación Social trabajaremos en un estudio exhaustivo de la teoría del DNC.

Antes del colonialismo, los eruditos africanos y árabes de África Occidental ya habían empezado a elaborar los elementos de una teoría del desarrollo. Por ejemplo, ʿUthman ibn Muhammad ibn ʿUthman ibn Fodyo (1754-1817), el jeque fulani que fundó el califato de Sokoto (1804-1903), escribió Usul al-‘Adl li-Wullat al-Umur wa-Ahl al-Fadl wa-al-Salatin [La administración de justicia para gobernadores, príncipes y gobernantes meritorios] para guiarse a sí mismo y a sus seguidores por el camino de la prosperidad de su pueblo. El texto es interesante por los principios que esboza, pero —dado el nivel de producción social de la época— el califato se basaba en un sistema de baja productividad técnica y mano de obra esclavizada. Antes de que los pueblos de África Occidental pudieran arrebatar el poder al califato e impulsar su propia sociedad, el último califa fue asesinado por los británicos, que –junto con los alemanes y los franceses– se apoderaron del territorio y subordinaron su historia a la de Europa. Cinco décadas más tarde, Modibo Keïta, militante comunista, lideró el movimiento independentista de Malí, tratando de revertir la subordinación de las tierras africanas mediante el proyecto del DNC. Keïta no trazó explícitamente una línea directa hasta ibn Fodyo —cuya influencia podía verse en toda África Occidental—, pero podemos imaginar los itinerarios ocultos, las notables continuidades entre aquellas viejas ideas (a pesar de estar impregnadas de las miserables jerarquías sociales de su época) y las nuevas ideas propusieron las y los intelectuales del Tercer Mundo.

Fuente: Instituto Tricontinental de Investigación Social

Publicado en: Global

UCRANIA contrata mercenarios inexpertos, muchos de ellos latinoamericanos (y caen como moscas)

16/07/2023 by Vitalio Deja un comentario

Fuente: Insurgente.org

Desde el comienzo de la operación militar, Kiev recurre activamente al uso de los mercenarios extranjeros, utilizando sus misiones diplomáticas en el extranjero en ausencia de cualquier prohibición categórica. Los países occidentales apenas comentan el hecho de la participación de sus ciudadanos en combates, aunque resulte que son aniquilados regularmente en Ucrania por el Ejército ruso.

Al mismo tiempo, el nivel de entrenamiento de los mercenarios extranjeros contratados de tal manera para las FFAA ucranianas sigue una cuestión abierta. El medio Escenario Mundial admite que de todos los argentinos que expresaron su deseo de ingresar en la legión extranjera, solo un grupo limitado fue finalmente seleccionado.

“Las FFAA ucranianas dejaron claro que no estaban dispuestas a entrenar a inexpertos y buscaban reclutar a personas con experiencia militar”, añadió la publicación.

“Los mercenarios extranjeros son usados por el régimen de Kiev como ‘carne de cañón’. Nadie del mando ucraniano se preocupa por sus vidas. Por lo tanto, solo tienen dos opciones: huir de Ucrania o morir”, aseveró el ente.

Tal tratamiento de mercenarios extranjeros sucede en el fondo del fracaso total, de acuerdo con el organismo, de la oleada de movilizaciones en Ucrania. Asimismo, tras sufrir pérdidas, la dinámica de la llegada de los mercenarios extranjeros disminuye bruscamente. Las FFAA rusas continuarán eliminando a estos mercenarios, independientemente de su ubicación en el territorio de Ucrania en el curso de la operación militar especial, agregó el ente.

Desde el Ministerio de Defensa ruso destacaron que Kiev intensificó la labor de reclutamiento de combatientes de países asiáticos, latinoamericanos y de Oriente Medio, sobre todo de Argentina, Brasil, Afganistán, Irak y las zonas de Siria controladas por EEUU.

Además, recientemente un corresponsal de Sputnik relató que la Agencia Central de Inteligencia (CIA) mantiene en Siria intensas conversaciones con representantes de las unidades de autodefensa kurdas y jeques de varios países árabes. “Los mercenarios en Ucrania cobrarán 2.000 dólares al mes por participar en el conflicto”, afirmó.

Esto se suma al hecho de que varios mercenarios estadounidenses ya denunciaron el bajo nivel de entrenamiento de la mayoría de los soldados ucranianos. “Hay un montón de voluntarios realmente estúpidos que no tienen nada que hacer en el campo de batalla”, comentó el militar David Bam Bramlette a The Daily Beast.

Los militares rusos han detectado la presencia de mercenarios extranjeros durante la llamada contraofensiva ucraniana, ampliamente anunciada por Kiev y Occidente desde hace tiempo. Sin embargo, hasta el comienzo de la cumbre de la OTAN en Vilna, Ucrania aún no ha alcanzado ninguno de sus objetivos, sufriendo numerosas pérdidas de personal y de material suministrado por Occidente.

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Geopolítica, guerra, clima y economía: Necesitamos un paradigma económico y social global alternativo

09/07/2023 by Vitalio Deja un comentario

Por: Dimitri Konstantakopoulos 

 

El actual sistema económico mundial, aún dominante, es una forma generalizada, ampliada y globalizada del que prevaleció en el capitalismo occidental durante el siglo XIX, basado en las mismas doctrinas económicas neoclásicas.

El capitalismo «neoclásico» ha provocado las dos grandes crisis económicas (1873 y 1929), dos guerras mundiales, la Revolución Rusa y el ascenso del nazismo en Alemania. Es natural que el mismo modelo, aunque ampliado y globalizado después de 1980 y 1990, haya provocado la crisis económica mundial en la que vivimos desde 2008. Crisis que nos ha llevado al borde de una guerra mundial que ya se habría iniciado, de no ser por la existencia de las armas nucleares.

Este modelo también está acelerando nuestro descenso hacia un holocausto climático y medioambiental. Después de todo, este comportamiento del capital es natural, en la medida que el valor básico que subyace a la economía «neoclásica» y «neoliberal» es la competencia «sin trabas» -y de hecho una lucha mortal- de todos contra todos.

Una guerra mundial o un mundo contra nuestro entorno natural no es más que el resultado inevitable de la búsqueda del poder absoluto y de una acumulación siempre acelerada -por todos los medios- del Capital, que ha caracterizado el funcionamiento de este sistema social . El sistema es donde se encuentran la economía, la geopolítica, la ecología y la cultura.

1980-90: El triunfo neoliberal y neoconservador

Sólo en las condiciones políticas creadas, como resultado de la victoria principalmente soviética sobre el nazismo, en 1945, hemos asistido a la realización del New Deal en Estados Unidos, al establecimiento del compromiso socialdemócrata entre el Trabajo y el Capital en Europa y al surgimiento de regímenes más independientes en China y en algunas antiguas colonias.

Este equilibrio posterior a la Segunda Guerra Mundial se empezó a liquidar con el ataque del Gran Capital , con los neoliberales liderados en su momento por Ronald Reagan y Margaret Thatcher. Fue en los años 80 cuando se impuso un nuevo modelo económico, codificado en el Consenso de Washington.

El colapso, del régimen burocrático soviético entre 1989 y 1991, en una dirección neocapitalista, neoliberal y cleptocrática, constituye un triunfo global para el nuevo paradigma dominante. Las instituciones internacionales básicas como el BM, el FMI y la OMC se reforman de acuerdo con el nuevo modelo económico. Se suprimen todas las restricciones a la acticidad del capital financiero, impuestas tras la crisis de 1929. Europa adopta el Tratado de Maastricht por el que se reconoce el neoliberalismo como principio constitucional básico de un nuevo «superestado» europeo, un tanto sui generis.

Este Tratado también oficializa la autoridad última de la OTAN sobre la política exterior y militar de la UE. El ascenso de los Neoconservadores, la desaparición de la estructura internacional de Control de Armamentos, la constante expansión de la OTAN y las guerras en Yugoslavia y en todo Oriente Medio no son sino el corolario geopolítico de este cambio masivo de la correlación de fuerzas entre Capital y Trabajo, entre naciones dominantes y explotadas.

Mirando las crisis del siglo XX y en analogía con lo que ocurrió en ese pasado reciente , es aconsejable que busquemos en el triunfo del modelo capitalista neoliberal la razón profunda y última por la que estamos de nuevo al borde de una nueva Guerra Mundial . Una Guerra que ya se habría iniciado de no ser por la existencia de las armas nucleares. Por cierto, esto es propio de este sistema: si la lucha general de todos contra todos es la regla principal en la economía, entonces todo tipo de guerras son un resultado normal.

La integración del antiguo Bloque «socialista» en el capitalismo mundial ha sido un momento triunfal del modelo y el fundamento de la “unipolaridad», aunque sen han producido tres importantes excepciones a esta subordinación, cuya trascendencia se ha hecho ahora evidente.

En primer lugar, Rusia conservó parcialmente algunos de los mecanismos y el grado de independencia del Estado soviético, nacido de una revolución anticapitalista y socialista y, con un arsenal nuclear que garantiza la paridad estratégica con Estados Unidos.

En segundo lugar, en China, a pesar del amplio uso del capital extranjero y de concesiones al capitalismo, el régimen ha conservado el grado de independencia que heredó de la Revolución de 1949. China sigue siendo un país no capitalista con una economía planificada, aunque no dirigida por métodos administrativos sino por el mercado, y el país se niega con firmeza a sucumbir a la globalización financiera, es decir, al poder mundial de las Finanzas internacionales.

En tercer lugar, las intervenciones militares masivas de Occidente en el Oriente Medio han transformado una gran parte de éste en una zona de ruinas, aunque occidente no ha sido capaz ni derrotar las fuerzas de resistencia de la región, ni de integrarlas en Occidente.

El momento de la crisis

Hoy, más de cuarenta años después de Reagan y Thatcher, más de treinta años después del colapso soviético y de la creación de la UE, el modelo económico mundial dominante no ha logrado ninguno de los objetivos básicos que se había fijado y que sus teóricos creían que alcanzarían gracias a su aplicación sin trabas.

Por el contrario, el modelo ha exacerbado una multitud de graves problemas y crisis, algunos de los cuales amenazan incluso la propia supervivencia de la humanidad, y nos ha puesto al borde de una nueva Guerra Mundial:

– El capitalismo occidental ha entrado en una crisis económica permanente desde 2008, algo no previsto por el modelo. Los Estados volvieron a asumir papeles críticos para rescatar, regular y «guiar» a los «mercados». La crisis causó una destrucción social generalizada, incluso la destrucción de la economía de Estados enteros (como en Grecia, el chivo expiatorio de la crisis de la deuda europea) y mantiene bajo una enorme presión lo que queda de democracia y de los Estados-nación en Occidente, por ejemplo en Francia. El sistema dominante no dejó que los mercados hicieran su trabajo, es decir, que quebraran los bancos, ya que se argumentó que eran «demasiado grandes para quebrar». En lugar de quebrar los bancos, ahora están quebrando a Estados y a sociedades enteras.

– El modelo actual se basa en una «competencia económica leal y sin trabas» entre múltiples actores económicos. Sin embargo, con el modelo nunca hemos tenido en toda la historia del capitalismo una concentración internacional del capital tan enorme, con estructuras monopolísticas tan grandes y vitales sectores para la alimentación, la medicina, la información, etc. Toda la pequeñas y medianas empresas están sucumbiendo al control oligopolístico, bajo los auspicios generales del capital financiero.

– El modelo se basa en el supuesto que el «mercado global» es acéfalo, no tiene un líder que decida y mucho menos un «dictador» que pueda violar sus propias leyes. Pero, el papel del dólar, el sistema SWIFT, el control de Internet por un puñado de grandes empresas, el papel de las agencias privadas de calificación, etc., combinados con la centralización del capital financiero y el secuestro de procesos que tradicionalmente han pertenecido al poder de los Estados (como el secuestro indirecto de la producción de dinero a través de la industria de derivados) desmienten esta imagen. Hoy, el Gran Capital Financiero Mundial actúa violando la ley del valor si sus resultados no se ajustan a sus normas. Washington ha impuesto sanciones a docenas de países en todo el mundo, mientras declara abiertamente que es completamente inaceptable que China se convierta en una potencia económicamente más fuerte que Estados Unidos. Algo que, por cierto, nunca se planteó cuando se aceptó a China como miembro de la OMC. Occidente proclama todo el tiempo su apoyo a un «orden internacional basado en reglas», pero viola constantemente esas reglas.

– Se supone que el modelo dominante garantiza, mediante los mecanismos del mercado y la competencia, el aumento continuo de la productividad y, en última instancia, una distribución equitativa tirando «hacia arriba» a las capas sociales más pobres y a los países más atrasados. La realidad es diametralmente distinta , asistimos a una explosión de las desigualdades tanto entre los Estados como dentro de los Estados, mientras que la estructura de los productos incluye cada vez más elementos antisociales y antiecológicos. En lugar de caminar hacia la «paz eterna» kantiana y al «fin de la historia» como lo sostienen los teóricos de la escuela, neoliberal, pasamos a la generalización de guerras cada vez más peligrosas, pero también a la generalización de una inseguridad desintegradora de los ciudadanos y de países enteros en todo el planeta. Una gran parte de la humanidad se debate bajo una enorme Deuda mientras que un pequeño número de empresas e individuos han acumulado una gran parte de la riqueza del mundo, amenazando con esclavizar a toda la humanidad. En la actualidad, tras el rápido retroceso del Movimiento Obrero en Occidente, sólo la multipolaridad puede ser una condición necesaria, aunque no suficiente, para evitar esa esclavización de todos los humanos.

– Como el sistema de «mercados libres” se ha mostrado completamente incompetente es la hora de abordar problemas vitales e incluso de supervivencia de la humanidad, en particular porque estamos traspasando los límites naturales del planeta. Nos enfrentamos a una contaminación generalizada del medio ambiente, a una crisis climática, al control de la información en manos de puñado de empresas privadas y , también, al desarrollode tecnologías muy peligrosas y socialmente incontroladas, como la biotecnología, la inteligencia artificial, la bioquímica, la neurociencia y muchas otras, tecnologías capaces de provocar la destrucción de la especie humana o de constituir la base de una «sociedad» totalitaria.

– Además, el sistema económico, objetiva y subjetivamente, fomenta la formación de élites locales que socavan el esfuerzo de las naciones o las regiones que tratan de conquistar soberanía e independencia.

Éstas son algunas de las razones por las que urge sustituir el Consenso de Washington por un Nuevo sistema económico, a escala nacional, regional y mundial. Si la búsqueda de la multipolaridad es la condición necesaria, sólo la creación progresiva de un nuevo orden económico, social y ecológico mundial es la condición necesaria para hacer frente a las crecientes amenazas que se ciernen sobre la civilización humana y sobre nuestra propia existencia.

Pero, ¿sobre qué principios puede y debe fundarse una alternativa al modelo actual?

¿Una alternativa al modelo actual?

A la luz de los múltiples problemas del modelo soviético y de todos los modelos económicos y políticos ultracentralizados, no se puede, negar la utilidad de los mecanismos de mercado, al menos durante un período largo, tanto por razones económicas como psicológicas y culturales.

Sin embargo, la función del mercado debe estar limitada por la existencia del Plan. El “mercado» podrá funcionar sólo en la medida que contribuya al aumento de la productividad, pero, al mismo tiempo, deberá estar “corregido» y «limitado» por la existencia de un plan general nacional, regional y mundial, que debe dar prioridad a las necesidades sociales básicas, a nivel nacional e internacional, y a la protección del medio ambiente natural.

Dado la crisis ecológica que coloca en peligro la supervivencia de la humanidad no tiene sentido hablar de economía ni de política. Por lo tanto, los mercados y su combustible propulsor, el beneficio y la acumulación perpetua de capital, deben ser sustituidos por el papel del Estado y su poder debe ser reducido y limitado por la ciudadanía.

La «corrección» también puede hacerse utilizando herramientas económicas. Sin embargo las medidas administrativas deben evitarse en la medida de lo posible. Por ejemplo, China ya está experimentando limitaciones entre el capital natural gastado en la creación por un producto.

En realidad, cuando un avión transporta, por ejemplo, ensaladas de Chile a Noruega, nadie tiene en cuenta el daño causado a la estratosfera terrestre a la hora de calcular costes y precios. Por cierto, cada vez hay más actividades económicas que exponen a los ecosistemas al riesgo de cambios irreversibles. Cuando una actividad empresarial crece sin controles el «daño esperado» al medio ambiente tiende al Infinito. Estas actividades deben eliminarse gradualmente.

No se puede permitir la propiedad privada en las fuerzas productivas muy grandes o estratégicas . Es inaceptable que un puñado de personas/empresas puedan controlar fuerzas productivas críticas o tecnologías de vanguardia. Como, por ejemplo, las relacionadas con el ADN y los organismos genéticamente modificados, la fabricación de virus, la circulación de información en Internet, las armas cibernéticas, los flujos de energía y dinero, la inteligencia artificial y muchas otras actividades económicas o tecnológicas, que puedan influir decisivamente en la alimentación humana, la educación la medicina y los medios de comunicación (Prensa, televisión, Internet).

El control estatal o social no es suficiente, porque los dueños de estos medios adquieren un poder tan desproporcionado que se imponen, como ha demostrado la experiencia de todas las supuestas regulaciones

La propiedad en estos sectores debe pasar a manos de los Estados y las sociedades. Pero, también la gestión debe alejarse del modelo clásico de control estatal, que crea una clase de gestores que, en última instancia, operan para su propio beneficio y no para el de la sociedad. Además, tanto la experiencia soviética como la de los sectores estatales de los Estados capitalistas han demostrado que la eficacia -incluso en el plano puramente económico- es limitada.

Para ello, es necesaria la aplicación simultánea de métodos de autogestión y de control social, a fin de tener en cuenta los intereses generales de la sociedad y no sólo los intereses de los trabajadores de una unidad de producción o de una industria.

La gestión de las nuevas fuerzas y tecnologías productivas por un sistema hipercentralizado no es posible ni deseable, en el largo plazo. Los problemas a los que se enfrenta la humanidad se deben abordar mediante una elevación general del nivel de la inteligencia colectiva de la sociedad, con colectivos cada vez más conscientes y responsables que participen activamente en la toma de decisiones.

También es evidente la necesidad de una democratización progresiva del sistema monetario internacional, quizá mediante el establecimiento de instrumentos monetarios regionales, pero también mediante la creación de un sistema de intercambios internacionales que intente anular la ley del «intercambio desigual», tal como la formuló Argyris Emmanuil, teniendo en cuenta la necesidad de elevar el nivel de las naciones más pobres y la crisis ecológica.

Es importante recordar en este punto que la Unión Soviética era, a diferencia de la Unión Europea, una organización que realizaba por principio la transferencia de excedentes de las regiones más ricas a las más pobres, una idea que Maynard Keynes, defendió, en términos diferentes, para el sistema económico internacional. Al regular los intercambios económicos internacionales hay que tener en cuenta la necesidad de hacer frente a las desigualdades a escala mundial y la necesidad de proteger el medio ambiente que hace posible la vida y la civilización.

Por supuesto se puede decir como dijo el Fausto de Goethe: Muéstrame la meta, pero también muéstrame el camino. Nos parece que nuestra tarea no es el «camino» sobretodo porque es imposible describir en detalle ese camino. En realidad, pienso, que no hay un camino prediseñado para lo que Marx describió como la transición de la prehistoria a la historia.

Todavía estamos muy lejos de poder implementar estas ideas a escala global. En la actualidad, y dadas las tendencias políticas y sociales que prevalecen en Occidente, una etapa de transición debe incluir necesariamente la lucha por un mundo multipolar y la formación de asociaciones regionales independientes tanto en América Latina como en África, por ejemplo. Es apropiado, sin embargo, introducir en este proceso elementos que contribuyan a la reforma general del sistema mundial capitalista.

Dimitris Konstantakopoulos, experto griego en economía y medio ambiente (Intervención en el Foro Económico de Petrogrado)

Publicado en: Global, Titular1

Robert Kennedy Jr. y una campaña presidencial que golpea al establishment: “La CIA estuvo detrás de la muerte de JFK”

09/07/2023 by Vitalio Deja un comentario

Por: Jeremías Batagelj

 

El hijo de Bobby Kennedy no anda medias tintas. Con esa consideración responsabiliza a los servicios de vigilancia norteamericanos por los asesinatos de su padre y de su tío. También revela las “ambiciones” de EE.UU. en la guerra en el este de Europa. Pero sus pocos pelos en la lengua también lo llevan a afirmar barbaridades contra la efectividad de las vacunas.

Robert F. Kennedy Jr. se metió a discutirle la candidatura presidencial del Partido Democrata al presidente en funciones, Joe Biden, diciendo lo que elestablishment no quiere escuchar. El nieto del embajador norteamericano, sobrino de JFK e hijo de Bobby afirmó que la CIA participó del asesinato de su tío, que la OTAN fogonea la guerra entre Rusia y Ucrania y que, en caso de ser presidente, liberaría a Julian Assange y a Edward Snowden.

Eso sí, la alopecia en la lengua lo lleva al extremo de insistir con algunas teorías que van en contra del avance científico. Es que el ahora candidato a presidente es un férreo militante antivacunas, a partir de su fundación Children’s Health Defense, en la que presenta informes sin rigores que buscan generar confusión sobre un supuesto vínculo entre la vacunación y el trastorno del especto autista.

Y hasta comparó las medidas de cuidado ante la propagación del covid-19 con el régimen nazi. “Incluso en la Alemania de Hitler (sic), podías, podías cruzar los Alpes hacia Suiza”, fue una de las comparaciones antisemita de RFK Jr, al que añadió que, al menos, Anna Frank pudo “esconderse en un ático”. Luego, ensayó una especie de disculpas.

Asesinatos y Estado, asunto no separado

“Está más allá de toda duda razonable”. Así fue la contundente respuesta del precandidato demócrata ante una consulta sobre si la CIA había participado del asesinato de su tío, el mediodía del 22 de noviembre de 1963, en Dallas. La declaración la hizo en el programa del excéntrico millonario John Catsimatidis, al agregar que existen “pruebas aplastantes” y citó el libro de James W. Douglas – JFK y lo inconfesable– que plantea las dudas y las manipulaciones en la figura de Lee Harvey Oswald, el presunto asesino del presidente, que murió dos días después del magnicidio, en un cuartel policial, a manos un empresario de la noche.

Todos los medios replicaron la noticia, quizás por el morbo familiar, o quizás por ser un tema sensible en el que la gran mayoría de la población norteamericana todavía sospecha de algún tipo de conspiración, pese a las conclusiones de la famosa Comisión Warren. De allí el mito de la bala de mágica y los múltiples tiradores. RFK Jr., lejos de asustarse con los flashes, decidió profundizar su hipótesis, al presentarse en el podcast más popular de todo EE.UU: The Joe Rogan Experience. Allí, con la voz rasgada -padece una afección denominada disfonía esporádica- narró las presiones de la CIA y la industria militar para que Kennedy inicie distintas guerras, ya sea en Cuba, Laos o Vietnam. El rechazo del jefe de Estado habría sido un desencadentante, según su sobrino, para lo ocurrido en Dallas.

                                                                                               

Pero si con la muerte de su tío RFK Jr. mete el dedo en la llaga, con el asesinato de su padre directamente aprieta el pus. El ahora precandidato insiste con la inocencia de Sirhan Bishara Sirhan, aquel hombre que descargó su revólver calibre 22 en el cuerpo de Bobby. Fue en 1968, cinco años después de la tragedia de Dallas: en la costa este, el hermano de JFK festejaba un triunfo en California que lo acercaba a la Avenida Pensilvania 1600. O, al menos, a ser el candidato del Partido Demócrata. Sirhan fue detenido al instante y, como suele ocurrir con las desgracias de los Kennedy, las conspiraciones quedaron a la orden del día. En este caso, tanto por la cantidad de detonaciones que se escucharon en el Hotel Ambassador (la pistola del tirador antisemita tenía cinco cartuchos y testigos dan cuenta de más de diez detonaciones) como por el presunto programa de la CIA en “hipnotizar” a las personas para cometer crímenes atroces.

Sirhan Bishara Sirhan fue detenido al instante y condenado a la pena de muerte. Su situación cambió cuando el estado de California suspendió las ejecuciones la pena del confeso atacante se redujo a reclusión perpetua. Dos años atrás, su abogado pidió la libertad condicional, pero fue rechazada por el gobernador Gavin Newsom. Robert Kennedy Jr. fue uno de los que solicitó la liberación de Sirhan e insiste con la participación de la CIA.

Ir contra el establishment, la apuesta para ir por la Casa Blanca

Ante las preguntas de la prensa, RFJ Jr. deja sobrevolar la sombra del sistema de vigilancia de las agencias de (in)seguridad norteamericanas como causante de la muerte de sus dos familiares. Y apuesta, en caso de ser elegido a la Casa Blanca, en eliminar ese Estado Profundo. “Mi principal prioridad será poner fin a la fusión corrupta entre el Estado y el poder corporativo que ha arruinado nuestra economía, destrozado a la clase media, contaminado nuestros paisajes y aguas, envenenado a nuestros niños y despojado de nuestros valores y libertades”, dice en un slogan a la Trump.

Los cañonazos al establishment norteamericano no finalizan allí. Es que Bobby Jr. también critica la industria armamentística, las “ambiciones” de EE.UU. y la OTAN en la guerra del este de Europa y hasta prometió la liberación del periodista Julian Assange y los filtradores Edward Snowden, Chelsea Manning, John Kiriakou y Reality Winner. “En vez de ser el defensor de la libertad de expresión, EEUU persigue activamente a periodistas e informantes. Yo perdonaré a los valientes que dicen la verdad y que investigan la corrupción y los crímenes que exponen”.

Para generar aún mayor indignación, comenta que su plan para ganar las elecciones está basado en las insurgencias históricas y destaca una: la revolución cubana. “Castro tomó a cincuenta y tres hombres en un bote destartalado en México y desembarcó en Cuba. Dos años más tarde, marchó a La Habana”. Su campaña, dice, está impregnada de ese “fuego espiritual”.

Vacunas en tiempos de fake news

Kennedy, de 46 años, se define como un abogado antisistema. Y no le falta a la verdad: durante décadas intervino en litigios contra Monsanto y otras multinacionales que contaminaban el río Hudson.

Pero hoy dedica gran parte de su tiempo en lo que él llama “activismo de vacunas seguras”, un eufemismo para cuestionar la efectividad de las dosis en enfermedades como el sarampión, poliomelitis y meningitis. Lo hace desde su fundación, en la que insiste en que la vacunación debe ser optativa -argumentando el aspiracional de la libertad- y que la decisión debe correr por cuenta de los padres.

Esa militancia lo llevó a reunirse con Trump, en tiempos en que el ultraderechista gobernaba Estados Unidos, y deslizar la posibilidad de crear una comisión de “seguridad de las vacunas e integridad científica”.

Durante la pandemia, sus acciones crecieron, en especial, al cuestionar la vacunación contra la covid-19. Su blanco preferido fue Anthony Fauci, uno de los responsables de diseñar las estrategias de aislamiento social responsable en Norteamérica. El encono fue tal, al punto de que Kennedy escribió un libro sobre el exmédico de la Casa Blanca, al que caracterizó como un títere de la industria farmacéutica.

                                                     
                                                                              El “Libro negro “de Fauci que publicó RFK Jr. 

“Creo que sus intenciones no son malas, pero su información es incorrecta, está equivocado y sin darse cuenta puede causar un daño significativo”, fue el balance de Fauci, tras una serie de visitas con el sobrino de JFK. Una vez que salió el libro a la venta -un best seller para los votantes republicanos- el galeno sentenció: “Es una completa mentira”.

A RFK Jr. le pasó lo mismo que a los influencers que decidieron repudiar las medidas de cuidado: sus redes -quizás, el punto máximo de influencia- fueron suspendidas por Meta, la empresa de Mark Zuckerberg. El integrante de la “familia real” pataleó y denunció censura, mientras un informe revelaba que Kennedy integra la selecta lista de 12 personas responsables del 75% contenido antivacunas en Facebook.

Puertas adentro, su ferviente proclama antivacunas le trajo problemas en una de las pocas familias que no necesitan introducción en EE.UU al decir el apellido. Dos de sus hermanos -tiene 10- escribieron en Publico rechazando las ideas de Bobby y lo señalaron como parte de “una campaña de desinformación que está teniendo consecuencias desgarradoras y mortales”.

La pregunta que sobrevuela

Ahora bien, ¿qué posibilidades tiene este precandidato -apoyado por figuras como Elon Musk y Aaron Rodgers- en vencer a Joe Biden en las primarias demócrata? ¿Y de alcanzar la Casa Blanca? Difícil tener la respuesta, en especial por tratarse de un país que quemó los papeles del teorema de Baglini, cuando en 2016 proclamó a un presidente que, de ideas de centro, no tenía ni una mínima coma.

Las chances parecen ser pocas. Pero algo se encendió. No por nada el diario The New York Times describe que la candidatura de RFK Jr es “un dolor de cabeza” para Biden. Y la última encuesta de la CNN lo ubica con un 20% de intención de voto. Cuando a los encuestados le preguntaron qué es lo que destacan de su candidatura, no figuran ni su discurso antiestablishment ni tampoco sus posición antivacuna.

“Tiene el nombre Kennedy”, es la respuesta.

Publicado en: Global

El capital en la era del Antropoceno

09/07/2023 by Vitalio Deja un comentario

Por: Kohei Saito

 

Marx no predijo el cambio climático, pero sabía que el capitalismo contenía la contradicción ecológica que terminaría generándolo. De aquel momento a hoy cambiaron muchas cosas, salvo una: para proteger la vida es necesario acabar con el sistema.

Entrevista por
Ferran de Vargas[1]

De camino al campus Komaba de la Universidad de Tokio, sentado en el tren de la línea Inokashira, me sorprendo al ver la cara de Kohei Saito en carteles publicitarios en las paredes del vagón anunciando su último libro. Atravieso el campus pasando por delante del auditorio donde Yukio Mishima debatió con los estudiantes revolucionarios en 1969 y llego a un edificio donde se encuentran los despachos de los profesores de Filosofía. Es sábado y me encuentro el edificio cerrado. Por suerte, pasa un profesor por delante y le pregunto si me puede abrir. Me pregunta con quién me he citado, y al oír el nombre, comenta: «¡Es muy famoso, Saito!».

Al llegar al despacho, me recibe un profesor joven, de mi generación, muy afable e incluso risueño. Me hace sentir acogido al instante. La formalidad de su forma de vestir, combinada con su reivindicación del comunismo, emana una forma de ver el mundo: para Saito la verdadera radicalidad no se encuentra en la estética o la simbología, sino en el análisis y el contenido de las propuestas. A pesar de tener montañas de libros esparcidos por todos lados, el más visible es uno sobre Stalin, encima del escritorio. Saito tiene claro que para saber qué comunismo ha de formar parte de la utopía que guía la acción, hemos de conocer en profundidad la distopía que la pervierte. Saito cree firmemente en el valor de la utopía, pero sospecha de las quimeras.

FV

Me consta que ha vendido más de medio millón de copias de El capital en la era del Antropoceno en Japón desde su publicación en 2020.

KS

Sí, es correcto. Y mi último libro, una introducción a El capital, ya ha vendido más de cien mil copias en menos de un mes.

FV

¿Cómo explica semejante éxito?

KS

El éxito de estos dos libros indica claramente que hay un interés creciente en un enfoque más radical a los problemas a los que se enfrenta la sociedad japonesa. Especialmente el gran éxito de El capital en la era del Antropoceno se debe a que apareció en plena pandemia.

Básicamente, en aquel momento había dos cuestiones que se hicieron muy visibles para el pueblo japonés. Una es la creciente desigualdad económica. La población japonesa se sintió muy indignada al ver lo mal que se trataba a los trabajadores esenciales. En la industria de los cuidados, como por ejemplo en los jardines de infancia o en los geriátricos, los trabajadores no tenían buena protección contra el virus y no podían teletrabajar, pero al mismo tiempo eran quienes recibían los salarios más bajos mientras había quien desde la distancia se lucraba enormemente en medio de la situación.

Entonces se celebraron los Juegos Olímpicos en plena pandemia, y algunas industrias consiguieron grandes beneficios mientras mucha gente sufría. Por lo tanto, mi crítica de que si seguimos en este capitalismo neoliberal las cosas irán empeorando, atrajo cierta atención.

Pero la otra cuestión es que la pandemia es algo muy típico del Antropoceno. La intervención humana en la naturaleza se ha hecho tan grande bajo el capitalismo global en los últimos treinta años, que ha aparecido este nuevo tipo de virus y se ha extendido muy rápido por todo el mundo. Entonces dije que esta crisis que sufrimos no es la última, sino que es el comienzo de una nueva era a la que llamo Antropoceno. Esta era se caracteriza por un estado de emergencia crónica relacionado especialmente con la crisis climática, que será mucho más larga y tendrá un impacto disruptivo en todas las esferas del día a día. Esto es consecuencia de la velocidad en continua aceleración de la producción capitalista.

Entonces, dije: de acuerdo, algunos intentan abordar estos dos problemas —la crisis económica y la crisis medioambiental— desde dentro del capitalismo, pero llevan fracasando los últimos treinta años. Ahora hablan de inversiones verdes y cosas por el estilo, pero estas propuestas son demasiado débiles ante la escala de esta crisis, son insuficientes y se utilizan como una especie de excusa o greenwashing.

                                                                                                             
El capital en la era del Antropoceno.
FV

Al inicio de El capital en la era del Antropoceno afirma de forma provocadora que el foco que se dirige sobre el consumo responsable y el reciclaje es el nuevo opio del pueblo. ¿Qué le diría a quienes ven este planteamiento demasiado radical?

KS

Especialmente en Japón los objetivos de desarrollo sostenible (ODS) han sido muy populares; se han hecho virales y se pueden ver por todos lados, todo el mundo mira programas y anuncios en los que se habla de los ODS cada día, también e inculcan en las escuelas, pero al mismo tiempo nada ha cambiado. Mi afirmación es una provocación radical, sí, pero captó la atención de los medios de comunicación y de mucha gente.

El tipo de alternativa que yo propongo se basa en cambiar el sistema y no el comportamiento individual a través de reciclar más o comprar botellas de agua sostenibles. Este chocó a muchas personas que realmente creen ingenuamente que el que están haciendo es en realidad algo muy bueno, pero al final no es más que una mera ilusión. Pero mucha gente se sintió atraída por esta advertencia porque la pandemia y la crisis climática se convirtieron en problemas urgentes.

FV

¿Cuál cree que es el perfil de sus lectores?

KS

Escribí El capital en la era del Antropoceno para el público general, no académico, como un libro de bolsillo. El público japonés que acostumbra a comprar este tipo de libros es gente del mundo de los negocios de mediana edad. En realidad empecé hablando de los ODS porque la gente del mundo de los negocios habla mucho de ello, y cuando lo critiqué les chocó y pensaron que tenían que leerlo. Es por eso que compraron mucho mi libro y lo leyeron con entusiasmo, y recibí muchas invitaciones para dar conferencias incluso por parte de las grandes empresas.

Por otro lado, mucha gente que ahora tiene más de sesenta años fue muy activa en el movimiento estudiantil cuando eran universitarios y es la generación que ha leído a Marx y El capital. Ellos también han comprado mucho mi libro.

Más recientemente percibo que la gente joven también está comprando y leyendo el libro. Hoy en día la gente joven tiene poco dinero y está muy ocupada con YouTube, TikTok y cosas por el estilo, y no leen este tipo de libros teóricos. Pero gracias al éxito del libro, los estudiantes empezaron a leerlo. Y sorprendentemente, ellos son quienes aceptan más fácilmente mi propuesta radical. Cuando hablo de Marx y de comunismo, la gente que tiene aproximadamente mi edad expresa dudas o incluso menosprecio por considerarlo caduco y relacionarlo con la Unión Soviética y la dictadura. Cuando hablo de decrecimiento, la gente del mundo de los negocios dice que entiende mi crítica al capitalismo, pero que el decrecimiento todavía empeorará más la situación. Pero la generación más joven se plantea que quizás esta es la vía.

FV

¿Qué papel juega el Partido Comunista de Japón (PCJ)?

KS

Dentro del PCJ no hay elecciones democráticas y Kazuo Shii lleva más de veinte años al frente del partido. Un militante que se llama Nobuyuki Matsutake publicó recientemente un libro en el que proponía que el partido adoptase el sistema de elecciones democráticas internas, y ha sido expulsado fulminantemente. Los líderes del partido argumentan que este militante traicionó la organización y rompió sus normas. En este sentido, el PCJ mantiene el estilo antiguo de los partidos comunistas. Por otro lado, también ha ignorado totalmente mi libro. Tienen su periódico, Akahata, y nunca se han referido en él a mi libro, ni siquiera para escribir una crítica. Esto se debe a que mi interpretación de Marx, el comunismo decrecentista, contrasta con su defensa del crecimiento verde. Ellos defienden una especie de Green New Deal.

Las propuestas del PCJ son más socialdemócratas que comunistas, pero el partido mantiene algunos de los rasgos de los partidos comunistas antiguos, como la expulsión de los críticos. Yo soy marxista y hablo de comunismo. Por lo tanto, el núcleo de mis lectores es gente de izquierdas. Pero la gente de izquierdas en Japón normalmente es vieja y no puede aceptar la idea del decrecimiento. Mi única esperanza es la generación más joven.

FV

¿Podríamos decir que ahora es usted más influyente que el PCJ?

KS

(Ríe) Es interesante que ahora en Japón en los metros, los medios de comunicación, los periódicos e incluso la televisión se habla de Marx. Están abiertos a nuevas ideas. Pero la gente del PCJ se mantiene en silencio respecto a mis nuevas propuestas.

FV

Los socialdemócratas y grandes capas del marxismo ven el Estado como el principal espacio de resistencia frente al capital, pero usted propone menos dependencia respecto al Estado y más asociacionismo. ¿Cree que el Estado es peligroso para la sociedad y para el comunismo?

KS

No es que sea un anarquista total y rechace toda intervención estatal. Creo que una de las lecciones que hemos aprendido de la pandemia es que el Estado todavía juega un rol importante incluso bajo las condiciones de la globalización. Una vez más se remarcaron las fronteras nacionales, y la importancia de diversos tipos de ayudas a la gente más pobre o los hospitales evidenció que se necesitaba intervención estatal para proteger la vida de todo el mundo. Por otro lado, pese a que critico el Green New Deal, soy consciente de que para conseguir una rápida descarbonización necesitamos una intervención, regulación y gasto estatales masivos.

El hecho de no enfatizar la importancia del Estado en mi libro responde más a razones estratégicas, porque aquí en Japón cuando se escucha hablar de Marx y de comunismo la gente tiende a asociarlo con totalitarismo de Estado. Lo que quería era redefinir la imagen del comunismo y de Marx para la era del Antropoceno. Para hacerlo, tenía que separar estrictamente a Marx y la Unión Soviética o China. Es por eso que mi visión del poscapitalismo se basa en el común («común-ismo») y en crear una asociación de asociaciones que restrinja el poder de reificación del capital.

FV

¿Podría hablar un poco más de su idea del comunismo?

KS

Yo defino el capitalismo como una expansión constante de capital, y el capital es un proceso de valorización que se expande sin parar. Para conseguirlo, el capital lo ha de mercantilizar todo. Por lo tanto, la idea básica es que el proceso de acumulación capitalista va de la mano de la disolución del común a través de la mercantilización de las cosas. En las sociedades precapitalistas no teníamos que comprar muchas cosas porque compartíamos muchas incluyendo tierras, agua, bosques, etc. Pero con la acumulación originaria de capital muchas cosas empezaron a ser monopolizadas por unos pocos. Este proceso se ha acelerado en los últimos treinta años con la privatización de hospitales, transportes públicos, agua, etc. porque el capitalismo ya no puede encontrar nuevos espacios de acumulación. Por este motivo ha de crear un «afuera» que bien puede ser el espacio exterior, como hace Elon Musk, pero también puede destruir aquellos bienes comunes.

Así pues, mi propuesta es muy simple: si queremos proteger nuestras vidas, hemos de restringir esta expansión infinita de capital porque está invadiendo los fundamentos básicos de nuestra existencia, y para hacerlo hemos de rehabilitar el común desmercantilizando el agua, la atención médica, la electricidad, los transportes públicos, las escuelas, y todo lo que ha estado bajo ataque del capital en los últimos treinta o cuarenta años de neoliberalismo.

Pero el caso es que no propongo simplemente la nacionalización, sino que mi idea del común, influida por Antonio Negri y Michael Hardt, más bien enfatiza el principio de participación a nivel horizontal. El modelo burocrático de arriba abajo del Estado del Bienestar y por supuesto del tipo de socialismo de la Unión Soviética trataba de proteger la vida y el bienestar de las personas pero no funcionó.

Yo propongo desmercantilizar pero de otra manera, no solo contra la privatización sino también contra la propiedad estatal, a través del asociacionismo y una red descentralizada de cooperativas.

FV

¿Cómo se puede pasar de la sociedad capitalista a una sociedad basada en el asociacionismo? ¿Cree que sería necesaria una revolución?

KS

Creo que en el mundo complejo de hoy en día tal cosa como la Revolución Rusa es imposible. Incluso si nos alzamos y tomamos el poder, esto no cambiará el sistema complejo del mercado financiero, el mercado de valores, etc. En este sentido, gente como Andreas Malm habla de leninismo ecológico pero este tipo de estrategia no es demasiado efectiva. Ya no podemos tumbar el capitalismo como a comienzos del siglo XX.

En este sentido, soy más cercano al reformismo radical o «reformunismo». Hemos de reformar para transformar radicalmente el modo de producción capitalista. Creo que si podemos desmercantilizar muchos ámbitos de nuestra vida, habrá más espacio para involucrarnos en actividades no comerciales y no capitalistas y se expandirá más la esfera del común. También podemos introducir una jornada laboral más corta, como por ejemplo un sistema de cuatro días laborales a la semana, la gratuidad del transporte público y la educación, o más vivienda pública.

Las reformas serían introducidas bajo el capitalismo, pero entonces la influencia de estas medidas abriría un nuevo modo de vida en el sentido de que no tendríamos que preocuparnos tanto por el dinero y por tanto podríamos decidir si estamos dispuestos a trabajar duro o a dedicarnos más a otras actividades. Esto generaría más espacios para nuevas iniciativas, creatividad, cooperación y ayuda mutua.

Al mismo tiempo, entiendo la propuesta de (Andreas) Malm de que necesitamos una transformación fuerte y rápida, porque esta expansión del común parece muy lenta. Hemos de reducir a la mitad las emisiones de CO2 y tenemos solo seis o siete años. Así pues, entiendo que esta gente hable más en términos de disrupción del sistema. Creo que este es el punto más difícil. Por supuesto sé que existen distintas vías —no solo la mía— y necesitamos poner todas las propuestas sobre la mesa.

El problema es que las propuestas radicales han sido marginadas e ignoradas porque mucha gente del establishment solo sabe hablar sobre capitalismo verde. Pero creo que ahora la situación está cambiando un poco y hay un interés creciente en el decrecimiento.

FV

Uno tiene la sensación de que la recuperación del común puede ser demasiado lenta teniendo en cuenta que el capital es muy rápido y global, y que cuando destruye lo común lo hace a través de medios violentos.

KS

Sí, pero el estalinismo viene exactamente de la misma lógica: «el capitalismo es tan fuerte y grande que hemos de luchar contra él y necesitamos el partido de vanguardia, una disciplina de hierro, no podemos discutir todos los problemas con calma, hemos de decidir por ti, etcétera». Este es el camino del maoísmo climático. Por desgracia existe el peligro creciente del totalitarismo.

Cuando las crisis se profundizan, incluso la gente de izquierdas desea líderes fuertes y transformaciones muy radicales, y eso comporta el peligro de repetir los antiguos fracasos. Creo que incluso si sabemos que estas propuestas no cambian la situación de forma tan efectiva, necesitamos un movimiento de base y democrático. Esto es un principio que no podemos abandonar nunca.

FV

¿Qué les diría a aquellos que son tan pesimistas ante la crisis climática que ya se han rendido?

KS

Escribí El capital en la era del Antropoceno porque quería proponer otro futuro. Por supuesto que hay muchos libros que critican el capitalismo, el neoliberalismo y el cambio climático, pero desde mi punto de vista no clarifican qué tipo de sociedad tendríamos que perseguir. Naomi Klein dijo que necesitamos una visión más concreta del futuro, y es por este motivo que propongo el comunismo decrecentista como una especie de nueva utopía. Evidentemente soy consciente de que no es algo que podamos conseguir fácilmente, pero sin esta utopía la dicotomía es el maoísmo/estalinismo climático o el pesimismo de los que dicen «Ok, estamos jodidos».

Soy consciente de que la situación de la crisis climática empeorará, y especialmente después de la COP 27 no creo que podamos conseguir el objetivo de 1,5 grados, creo que nos dirigimos hacia más de 2 grados y eso es muy peligroso. Pero eso no significa que podamos rendirnos, hemos de seguir haciendo todo lo posible para minimizar los daños. Si no conseguimos el objetivo de 1,5, hemos de hacer lo posible para conseguir el 1,6, y si fracasamos hemos de intentar conseguir el 1,7, y así.

Más que esperanza, es muy importante tener una visión. Mi deseo es que el comunismo decrecentista se convierta en un nuevo punto de referencia y discusión útil. No digo que las cosas sean simples, pero creo que este tipo de discusión tendría que generar un nuevo espacio de imaginarios y políticas.

FV

¿Por qué cree que el marxismo es la mejor herramienta intelectual para abordar la crisis climática?

KS

Creo que la crisis del Antropoceno es generada por este sistema de valorización infinita del capital, y por tanto hemos de criticar el capitalismo. Pero ha habido mucha gente durante la historia que ha criticado de alguna forma el capitalismo. De hecho la mayoría de académicos habla de cómo regular el capitalismo o de cómo vivir mejor y más eficientemente dentro del capitalismo, sin intentar superar o ir más allá de este sistema.

Marx es uno de los pocos pensadores de la historia que ha profundizado de forma realmente sistemática no solo en los problemas del capitalismo sino también en cierta visión del poscapitalismo.

Pero, lamentablemente, durante el siglo XX Marx ha sido interpretado como una especie de productivista prometeico. Después de la caída de la Unión Soviética se trató a Marx como un pensador desfasado, y entonces llegaron los movimientos verdes y decrecentistas, que no han sido demasiado explícitos sobre la necesidad de ir más allá del capitalismo.

Si puedo contribuir a entender que Marx era un pensador realmente ecologista e incluso no-productivista y decrecentista, se abre un nuevo espacio donde la gente proveniente del ecologismo político, el decrecentismo y el marxismo puede pensar junta en una nueva manera de vivir más allá del capitalismo.

FV

Usted contrapone el Marx de el Manifiesto comunista y el de El capital. ¿Puede explicar este salto de un Marx al otro? ¿Qué rol juegan los cuadernos de notas de Marx para entender este salto?

KS

El paso de el Manifiesto comunista a El capital es en parte el paso hacia el reformunismo. En el Manifiesto, Marx era más optimista y pensaba que una revolución sería suficiente para tumbar el capitalismo. Pero entonces la revolución fracasó, después estalló una crisis que no dio paso a ninguna otra revolución, y Marx reconoció lo fuerte que es el capitalismo. Si lees El capital, especialmente el volumen primero, habla de acortar la jornada laboral, establecer escuelas taller y casas de oficios donde los trabajadores puedan aprender determinadas técnicas, o de reformas muy importantes bajo condiciones capitalistas. Al mismo tiempo, también se acercó a las posturas del asociacionismo.

Pero Marx también se volvió más ecológico. En las décadas de 1840 y 1850 era más optimista respecto al progreso tecnológico, pero en la de 1860 adoptó una mirada más crítica, especialmente al observar cómo los trabajadores habían sido degradados a una especie de accesorio de la máquina y cómo en la agricultura las tierras habían sido destruidas por la tecnología. Así pues, Marx ve que el capitalismo en realidad no conduce al progreso. Creo que esta transformación es muy importante. En cambio, JohnBellamy Foster cree que Marx siempre fue ecológico.

Observando sus cuadernos de notas, que han sido ignorados durante mucho tiempo, podemos ver cómo Marx desarrolla estas ideas a principios de la década de 1860. Podemos descubrir nuevos aspectos de Marx que pueden ser muy útiles para trazar su pensamiento después de El capital, porque después de esta obra no publicó demasiado y en cambio se puso a estudiar a consciencia las ciencias naturales y las sociedades precapitalistas porque a menudo eran más sostenibles. Estas sociedades imponían muchas restricciones en lo que se podía producir y cómo se podía consumir. Las regulaciones comunales sobre las tierras, los bosques y otros recursos hacían que estas sociedades fuesen no solo igualitarias sino también ecológicas.

Finalmente, en la década de 1880, Marx dijo que la sociedad rusa podía saltar al socialismo sin pasar por el capitalismo, pero también dijo que la sociedad occidental tenía que aprender a volver a este tipo elevado de sociedad arcaica. En este sentido, creo que Marx se convirtió en un comunista decrecentista, tomando como modelo a aquellas sociedades precapitalistas como ideales para la sociedad poscapitalista.

FV

Querría hacerle una pregunta más personal: ¿cómo se interesó por el marxismo?

KS

Entré en la Universidad de Tokio en 2005 e hice algunos amigos que estudiaban el marxismo relacionado con problemas contemporáneos de la sociedad japonesa, como la desigualdad, el trabajo precario y la responsabilidad de guerra (como por ejemplo la cuestión de las mujeres de consuelo). Me puse a estudiar estos problemas con mis amigos y me di cuenta de que muchas cuestiones estaban relacionadas: por ejemplo, la guerra está relacionada con el imperialismo y el imperialismo es una forma de capitalismo; o la precariedad laboral tiene que ver con las reformas neoliberales que son también una forma de capitalismo. Progresivamente tomé conciencia de que muchos problemas actuales tienen su origen en el capitalismo, y quise saber más sobre este sistema. Entonces leí a Marx y a académicos marxistas, pese a que al principio me resultaba muy difícil de entender.

Especialmente después del desastre nuclear de Fukushima de 2011, llegué a reflexionar sobre el problema de la desigualdad entre Tokio y las zonas rurales. Las plantas nucleares de la zona rural de Fukushima producen electricidad para la gente de Tokio, pero los principales peligros de esta energía los padecen los habitantes de Fukushima. Yo me preguntaba cómo se explica la desigualdad y destrucción de la naturaleza causadas por estas tecnologías, y me fui interesando por la cuestión de la sostenibilidad y la relación entre el ser humano y la naturaleza mediada por la tecnología.

Marx tenía reputación de productivista, y en aquel momento yo no estaba seguro de que fuese un punto de referencia demasiado útil más allá de cuestiones como la lucha de clases y la explotación. Pero entonces conocí el proyecto MEGA y algunos académicos que ahora conozco muy bien eran miembros que se dedicaban a editar los cuadernos de notas de Marx, y resulta que los cuadernos en los que trabajaban los académicos japoneses eran sobre ciencias naturales. Entonces pensé que sería una buena manera de estudiar los temas que me interesaban, y la verdad es que funcionó muy bien e hice mi tesis doctoral sobre esto, pese a que había hecho mi tesis de máster sobre Hegel. Al principio tenía que hacer el doctorado también sobre Hegel, pero en el momento en que escribía la tesis del máster sucedió el desastre de Fukushima y no estaba del todo seguro de si tenía que hablar de cuestiones tan filosóficas y abstractas.

FV

Teniendo en cuenta la importancia del marxismo japonés pese al relativo desconocimiento que se tiene de él en Europa, querría preguntarle si hay algún teórico marxista japonés que haya tenido una influencia especial en el desarrollo de sus propias ideas.

KS

Uno de los marxistas japoneses más famosos es Kōzō Uno. Pero yo no pertenezco a la Escuela Uno, nunca he estado muy influido por sus ideas. Él tuvo una gran influencia sobre Kojin Karatani, otro marxista japonés bastante famoso de tendencias más posmodernas con quien no comparto muchas cosas pese a ser también asociacionista. Mi tradición proviene de Samezō Kuruma, de quien Teinosuke Ōtani fue discípulo. También he de mencionar a mi buen amigo Ryuji Sasaki.

Una de las características de nuestra escuela o enfoque, a diferencia de Uno y su escuela, consiste en leer El capital u otros textos de Marx en alemán y prestar atención a los manuscritos, cartas y cuadernos de notas. Uno consideraba que El capital era una mezcla de ideología y ciencia, y que se podía eliminar la parte ideológica y extraer la ciencia pura de los principios de la economía política. Así pues, él reconstruía las cosas y omitía muchas partes para hacer su propio sistema.

Nosotros más bien intentamos trazar por qué Marx escribe como escribe. En lugar de decir simplemente que se equivocaba o estaba confundido intentamos pensar con Marx y por qué tenía que escribir de tal o cual manera, incluso cuando es confusa. Cuando es confusa, ha de haber alguna razón por la cual lo es. Así pues, somos más empáticos con Marx. Algunos malentienden que nosotros lo dogmatizamos o intentamos protegerlo buscando en los cuadernos de notas y manuscritos para encontrarle una defensa, pero no es nuestra intención.

Creo que es obvio que la teoría de Marx es limitada, que no lo explica todo, especialmente en el siglo XXI. Además, El capital es una obra inacabada, y especialmente el volumen tercero es bastante inmaduro. Pero hemos de clarificar hasta qué punto llegó Marx, y para hacerlo hemos de seguir su propio pensamiento. Reconocemos los límites, pero al mismo tiempo tratamos de clarificar estos límites con más cuidado. Por ejemplo, Marx no predijo el cambio climático, pero sabía que el capitalismo contenía la contradicción ecológica que ha acabado generando el cambio climático.

 

TRADUCCIÓN: FERRAN DE VARGAS

 

Sobre el entrevistador:

[1] Ferran de Vargas es politólogo y doctor en Estudios Interculturales especializado en Japón. Actualmente forma parte del grupo de investigación ALTER de la Universitat Oberta de Catalunya. Es autor del libro Izquierda y revolución. Una historia política del Japón de posguerra (Edicions Bellaterra, 2020). Tuitea en @ferranidus.

KOHEI SAITO

Filósofo japonés, es profesor asociado en la Universidad de Tokio y trabaja en ecología y economía política desde la perspectiva marxista. Su último libro, El capital en la era del Antropoceno (2020), ha vendido más de medio millón de copias.

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¿Por qué China no sufrió un colapso al estilo soviético?

09/07/2023 by Vitalio Deja un comentario

Por: Isabella Weber

¿Cuáles fueron las consecuencias de tres décadas de reformas de mercado para la clase obrera más grande del mundo?

Entrevista por
Daniel Zamora[1]

La historia económica más sorprendente del último medio siglo es la del ascenso de China. El desarrollo dirigido por el Estado desencadenó una expansión económica sin precedentes en la historia moderna. Pero el crecimiento, a todas luces extraordinario, está lejos de representar un triunfo del libre mercado. Isabella Weber, economista de la Universidad de Massachusetts Amherst, ofrece una lectura fascinante de las reformas económicas y los debates de China de los últimos cincuenta años.

Weber demuestra que, al elegir una vía alternativa a la «terapia de choque» que terminó hundiendo al bloque soviético de los años 1990, China evitó el deterioro de las capacidades estatales que, entre otras cosas, hizo que el COVID-19 sea un desastre en Occidente. Combinando una cuantiosa investigación histórica y un enfoque económico original, la lectura de Weber nos brinda una comprensión preciosa del singular camino que siguió el Partido Comunista de China y sus consecuencias para la clase obrera más grande del mundo.

DZ

¿Cómo llegaste a estudiar la historia económica de China?

IW

Me crie en Alemania del Este en los años 1990. La historia del socialismo que se narraba entonces era un estereotipo del fracaso: era el relato de viajeros que debían cruzar la militarizada zona Este para traer café y jeans de marca. La sensación general era de triunfalismo: había llegado el fin de la historia. Sin embargo, la historia comienza con mi visita a un estudiante de la Universidad de Pekín. Ansiosa por aprender sobre la economía de China, empecé a tomar clases en la Escuela de Administración de Guanghua, una de las casas de estudio más prestigiosas de China, y descubrí con sorpresa que estudiaban los mismos textos estadounidenses con los que me había formado en Berlín.

Era un misterio: China tenía un sistema económico claramente distinto al de Alemania o al de Estados Unidos, pero practicaba el mismo tipo de economía. Luego de volver a Berlín, empecé a trabajar en una fundación, específicamente en un sector vinculado con el gigante oriental. Nuestros colegas chinos estaban muy interesados en el colapso del socialismo de Estado en Alemania del Este. En una ocasión, ayudé a organizar una reunión entre Hans Modrow, último presidente del Consejo de Ministros de la República Democrática Alemana, y una delegación de funcionarios chinos de alto rango. Antes del evento, yo ni siquiera sabía quién era Hans Modrow. El período durante el que estuvo en funciones fue muy breve. Por primera vez, en ese salón, junto al olvidado dirigente alemán y la delegación china, me formulé la pregunta: ¿Por qué la historia había sido tan distinta en ambos países? Entonces empecé a investigar el fundamento teórico de las reformas económicas de China, implementadas durante «los largos años ochenta», etiqueta que remite al período decisivo de 1978-1992. ¿Por qué China había logrado escapar a la terapia de choque y qué rol jugó la economía en la vía alternativa por la que optó?

DZ

Tendemos a olvidar la brutalidad que definió la transición del socialismo al capitalismo en el antiguo bloque soviético. Al final, tu investigación sugiere que es ahí donde deben buscarse los motivos de la clara divergencia económica que separó a China de Rusia durante el mismo período.

IW

Es sorprendente que, tanto en el contexto de la crisis de 2008 como en la nueva crisis abierta por el COVID-19, suele optarse casi exclusivamente por los años 1930 como punto de referencia histórico. Pero, de hecho, la «recesión transicional» de Rusia fue más profunda y mucho más prolongada que la Gran Depresión. Durante ese período, no solo cayó más de un tercio la producción total, sino que la producción industrial llegó a representar, en 1995, niveles cercanos a la mitad de los de 1987. Probablemente haya sido la desindustrialización más drástica de la época poscolonial. Rusia nunca recuperó su posición de superpotencia industrial. Los salarios reales cayeron más del 50% frente a los valores previos a la terapia de choque. La expectativa de vida de los hombres se redujo siete años: es la caída más grande que cualquier país industrializado haya experimentado en tiempos de paz.

Un estudio de The Lancet probó que las consecuencias de la crisis, es decir, la pobreza y el desempleo, causaron millones de muertes durante el período. Los oligarcas rifaron los recursos públicos, y las adicciones, el VIH, el alcoholismo, la desnutrición infantil y el crimen alcanzaron límites hasta entonces desconocidos. En 2015, en términos de ingresos, el 99% de la población rusa todavía estaba peor que en 1991.

Así surgió toda una «generación perdida» de jóvenes y se sentaron las bases del gobierno de Vladimir Putin. Por supuesto, no está claro que la «cura china» hubiese funcionado en Rusia, pero es difícil imaginar que una terapia de choque al estilo ruso hubiese resultado en padecimientos de menor magnitud que los de la ex-URSS. Debemos recordar que, a fines de los años 1980, China era todavía un país muy pobre. En 1990, después de más de diez años de reformas, los ingresos reales por adulto en Rusia todavía triplicaban los de China. Un colapso económico mucho menos drástico que el de Rusia en los años 1990 hubiese representado probablemente una catástrofe de proporciones inmensas. Con el diario del lunes, podemos decir que los años 1980 fueron el escenario de una encrucijada fundamental en la historia económica mundial: el punto de inflexión que marcó, tanto la divergencia entre la caída de Rusia y el ascenso de China, como el comienzo de la convergencia china con las economías occidentales.

DZ

¿Qué expectativas tenían quienes defendían la terapia de choque?

IW

La idea de la terapia de choque se basa en la lógica de que el sufrimiento de corto plazo es inevitable. La analogía que solía invocarse era la de la cirugía: en una primera etapa, el paciente debe sufrir para sentar las bases de su recuperación posterior. Pero resulta que, a diferencia de una cirugía, realizada en general por un médico habilidoso, en el caso de la terapia de choque económica no se logró contener tan fácilmente el sufrimiento.

Transformar un sistema económico entero no es como extirpar un tumor. En un primer momento era clave alimentar un «big bang» definido por la liberalización de los precios. Se suponía que dejar que todos los precios flotaran libremente de la noche a la mañana crearía un sistema de precios racional, elemento fundamental de la perspectiva neoclásica del mercado. También se suponía que la austeridad macroeconómica —restricción monetaria y recorte presupuestario— evitaría que la espiral de precios liberalizados se saliera de control. Así las cosas con la teoría. Pero lo cierto es que, en 1991, el «big bang» de Boris Yeltsin produjo una hiperinflación permanente. Cuando el valor del dinero se desploma, no hay manera de tener un mercado racional. El pánico y la mera necesidad toman el control y se pierde cualquier posibilidad de optimizar las utilidades. De esta manera, Rusia se quedó sin mercado funcional y sin planificación y, en muchos casos, la población tuvo que recurrir al trueque.

DZ

Tu argumento parece suponer que la determinación de los precios era el objetivo principal de la terapia de choque. Es interesante notar que los programas de ajuste estructurales aplicados en los países en vías de desarrollo a fines de los años 1980, tuvieron un efecto similar y también apuntaban al control de precios. ¿Por qué la política de precios es tan importante para los neoliberales?

IW

La terapia de choque no fue una política de transición aplicada exclusivamente al socialismo de Estado, sino un paradigma político mucho más amplio, implementado célebremente por Augusto Pinochet en Chile, impuesto por Margaret Thatcher en Gran Bretaña y utilizado como método de ajuste estructural en muchos países en vías de desarrollo. Para el pensamiento neoliberal, los precios libres son el Santo Grial del mercado. Aunque se supone que la propiedad privada es una condición necesaria para que el mercado funcione, el mercado en sí mismo es concebido en realidad como el libre movimiento de los precios, que contiene toda la información necesaria para coordinar las acciones de los individuos, conectados exclusivamente a través del sistema de precios libres. Este es el motivo intelectual más profundo que tenían los partidarios del choque para pensar que se necesitaba un «big bang» inicial que liberara todos los precios.

Friedrich Hayek y Ludwig von Mises, por ejemplo, fueron muy explícitos cuando atacaron el sostenimiento de los controles de precios surgidos de la economía de guerra de los años 1940. En El camino de la servidumbre, Hayek advirtió: «Cualquier intento de intervenir los precios o las cantidades de unas mercancías en particular priva a la competencia de su facultad para realizar una efectiva coordinación de los esfuerzos individuales». En un ensayo titulado «Las políticas intermedias conducen al socialismo», von Mises argumentó que basta con que el gobierno controle únicamente el precio de un producto, por ejemplo, la leche, para que se genere un tobogán de distorsiones que conduce inevitablemente al control total de los precios por parte del gobierno, cuando no al totalitarismo.

DZ

¿Y por qué es tan importante, sobre todo para la clase trabajadora, pensar los precios en términos políticos? Hoy el sentido común sobre el control de precios es que conducen a la escasez, la ineficiencia y el florecimiento de los mercados negros. 

IW

En general, la economía contemporánea piensa que todos los precios son de la misma naturaleza. Es el caso de la economía neoclásica, de buena parte de la economía marxista y de las corrientes principales del keynesianismo. La principal disputa entre marginalistas, que creen en la teoría del valor subjetivo, y la teoría del valor de David Ricardo y de Karl Marx pasa por el principio general que rige la determinación de los precios y no tanto porque tengan opiniones divergentes sobre la naturaleza de los precios de diferentes productos. Por ejemplo, hay estudios, enfocados sobre todo en el caso de ciertos precios monopólicos o productos de lujo, que muestran que la demanda aumenta cuando aumentan los precios. Pero no hay muchas investigaciones sistemáticas sobre la importancia que tienen algunos precios para la estabilidad macroeconómica y el crecimiento, ni tampoco hay mucho debate sobre la economía política de los precios en el caso de los productos esenciales. Sin embargo, muchos episodios históricos importantes apuntan a la naturaleza altamente política de ciertos precios.

En Francia, por ejemplo, el movimiento de los chalecos amarillos se organizó luego de que se anunciara un aumento del precio del diésel. La Primavera Árabe creció a partir del aumento del precio del pan y hay quienes argumentan que el aumento del precio de los cereales jugó un rol clave en la Revolución Francesa. La lógica detrás de estos argumentos es evidente: si aumentan los precios de los productos esenciales, como la energía y los alimentos básicos, que representan el gasto más importante en los hogares de bajos ingresos, los salarios reales sufren una caída drástica. Por lo tanto, las revueltas precipitadas por los aumentos de precios son una forma de resistencia contra la tendencia que fuerza a los trabajadores a vivir al límite de la subsistencia.

Al mismo tiempo, estabilizar o subsidiar los bienes de consumo esenciales representa un paso adelante en la reducción de la vulnerabilidad de las personas frente a las fluctuaciones del mercado. En China existe una larga tradición de sostenimiento del precio de los granos. Desde épocas antiguas, los silos públicos intervienen comprando granos cuando los precios bajan luego de la cosecha y liberando las reservas cuando la oferta se queda corta, especialmente durante las hambrunas. Una de las políticas de Estados Unidos durante el período del New Deal fue la fundación de la Commodity Credit Corporation, iniciativa de Henry A. Wallace que funciona en base a un esquema muy similar al de China.

Desde la época de la colonia, la estabilización del precio de las commodities es muy importante para los países pobres que dependen de la exportación de materias primas y de productos agrícolas. Cuando las exportaciones de un país incluyen solo un pequeño número de commodities, una ligera fluctuación en los precios basta para desestabilizar toda la economía. Durante la restructuración económica que siguió a la Segunda Guerra Mundial, se planteó la idea de utilizar las commodities como existencias reguladoras a nivel internacional (propuesta apoyada, entre otros, por John Maynard Keynes). Nunca se implementó, pero valdría la pena revitalizarla en los debates actuales que buscan métodos para fortalecer las economías. En vez de volver al nacionalismo económico, la implementación de existencias reguladoras de commodities esenciales a nivel mundial es una alternativa internacionalista. Podría incluir, por ejemplo, mejorar la provisión de equipamiento médico. En el contexto de la pandemia, estas existencias reguladoras podrían haber ayudado a canalizar recursos hacia los lugares más necesitados.

Hoy, después de décadas de dirigir estatalmente la creación de mercados, China gestiona el suministro público de granos más grande del mundo. Cuando comenzó la pandemia de COVID-19, el primer confinamiento, sumamente estricto, fue posible en gran medida gracias a las agencias de comercio estatales, que ayudaron a recrear los mercados para garantizar el suministro de alimentos luego de que se interrumpieron los canales normales. Otro ejemplo es la estabilización del precio de la carne de cerdo. En 2019, el brote de fiebre porcina debilitó la oferta en toda China. Para evitar que los precios se dispararan, el Estado liberó sus reservas de carne de cerdo congelada y las empresas estatales ayudaron a organizar la expansión de las importaciones. Gracias a la estabilización de precios facilitada por este tipo de intervenciones, el Estado chino suaviza la fluctuación de los bienes de consumo esenciales y de producción. Estos procedimientos complementan la política monetaria y contribuyen a estabilizar los precios en términos generales. A su vez, al aliviar las presiones inflacionarias, se abre espacio para la expansión fiscal.

DZ

Pero, ¿no estuvo China a punto de implementar su propia terapia de choque y liberalización de precios a fines de los años 1980? 

IW

Se sabe que Deng Xiaoping reemplazó la consigna de la Revolución Cultural, «la política al poder», por una nueva: «la economía al poder». Durante los años 1980 se aceleraron los intercambios con economistas de todo el mundo. El Banco Mundial y la Fundación Ford fueron muy importantes en este sentido. Entre los visitantes más destacados de aquella época se cuentan Milton Friedman, economista de Chicago; Włodzimierz Brus, economista reformista exiliado, discípulo de Oskar Lange, y Ota Šik, arquitecto de los proyectos de reforma económica de la Primavera de Praga, también exiliado.

Contra el rechazo pregonado por von Mises y Hayek contra toda posibilidad de sistema socialista racional, Lange había demostrado, específicamente en el debate sobre el cálculo socialista, que era posible implementar precios racionales bajo el socialismo de mercado. Por lo tanto, esta línea de pensamiento reformista compartía con el neoliberalismo su énfasis en la adecuación de los precios. En una conferencia pronunciada en China, Friedman llegó a decir que el socialismo de mercado al estilo de Lange era un buen plan B y que representaría un gran paso en el camino hacia una economía libre. Entonces, los economistas reincorporados en China empezaron a desarrollar una orientación según la cual los precios eran el núcleo de las reformas de mercado y, sin una liberalización completa —anticipada en algunas versiones por ajustes de precio calculados y combinados con reformas fiscales y salariales—, las reformas de mercado estaban condenadas al fracaso. Con el avance de los debates académicos, la disciplina económica empezó a reformularse de acuerdo al modelo occidental. Se empezaron a pensar y bosquejar ambiciosos proyectos de reformas de precios, se generalizaron las reformas agrarias y emergió un paradigma de creación experimental de mercados.

Hay que decir que, en muchos sentidos, las reformas agrarias fueron radicales. Una de las consecuencias fue el desmantelamiento de la comuna popular, institución política y económica clave de la China maoísta. Sin embargo, aun en este caso se trató de un proceso gradual, en el sentido de que la reforma agraria mantuvo el compromiso que tenía el campo de entregar una cuota de productos agrícolas básicos, como cereales y algodón, a un precio determinado según las exigencias de las instituciones de planificación. Pero, si bien las granjas de familia estaban obligadas a cumplir el acuerdo, luego de satisfacer su compromiso eran libres de producir para el mercado.

Además, este desplazamiento hacia el «sistema de responsabilidad familiar», fue tolerado al principio como un experimento en las comunidades rurales pequeñas, pero no en los grandes centros de producción de bienes agrícolas esenciales. Las encuestas fueron muy importantes a la hora de expandir el sistema de responsabilidad familiar desde las comunas marginales a todo el campo. Los estudiantes que habían pasado su juventud en las zonas rurales, donde se los había enviado durante la Revolución Cultural, irrumpieron entonces como una fuerza muy poderosa. Con el apoyo de algunos dirigentes de alto rango, como Deng Liqun y Du Runsheng, formaron el Grupo de Desarrollo Rural, que ayudó a evaluar y a sistematizar las enseñanzas que habían dejado los experimentos de reformas agrícolas. Desarrollo Rural fue uno de los logros más importantes en la agenda de reformas de Deng y popularizó a Zhao Ziyang, quien se convirtió luego en primer ministro y secretario general del PCCh. De esta manera, los jóvenes intelectuales se aliaron con los líderes reformistas de la generación revolucionaria.

DZ

Pero entonces, ¿qué fue exactamente lo que impidió que China avanzara por el camino de una terapia de choque? 

IW

La batalla crucial giró en torno a la mercantilización del sistema urbano industrial, diseñado en función del ideal soviético de la «fábrica única». A diferencia de las comunas del campo, las unidades de producción industrial no eran entidades aisladas y económicamente sustentables. Para ponerlo en términos simples, producían de acuerdo a una dirección centralizada y a precios establecidos por el Estado según la máxima de la redistribución entre sectores. Los productos de consumo no esenciales, como las bicicletas, las radios y los relojes, estaban valuados por encima de sus costos de producción, con el fin de capturar fondos de los consumidores, mientras que los productos esenciales, como los granos y el acero, estaban valuados por debajo de sus costos. En consecuencia, la rentabilidad era intencionalmente desigual.

Los reformistas argumentaban que era posible implementar el mismo sistema dual de precios mercantiles y precios planificados en el sector industrial y que, de hecho, este había empezado a emerger espontáneamente. Las empresas deberían seguir cumpliendo con una cuota, pero se les permitiría llevar el excedente al mercado. Las agencias comerciales del Estado, que antes habían jugado un rol relativamente pasivo, se convertirían en creadores de mercado fundamentales, capaces de conectar a los proveedores con sus nuevos clientes. A través del sistema dual, las unidades de producción se transformarían en empresas orientadas hacia el mercado, con todos los reajustes que esto conllevaba.

En el caso de las materias primas esenciales, como la energía y los metales, que escaseaban y solían ser tasadas por debajo de su costo, una de las consecuencias del sistema fue la enorme diferenciación entre los precios de mercado y los precios planificados. Desde la perspectiva de los reformistas del sistema dual, esto enfatizaba la importancia de mantener el control estatal sobre la cuota para asegurar la provisión de materias primas baratas, mientras que los precios de mercado elevados eran un incentivo para que las empresas trabajaran con vistas a expandir la producción por todos los medios posibles. En contraste, los economistas reformistas que se enfocaban en la adecuación de los precios, consideraban que la divergencia sustantiva en la cotización de un mismo producto representaba la mayor de las irracionalidades. Algunos llegaron a argumentar que el sistema dual era peor que el viejo sistema planificado.

En efecto, el sistema dual impulsó el crecimiento, pero también fue un caldo de cultivo para la corrupción. Durante la segunda mitad de los años 1980, cuando el sector mercantil propició un aumento generalizado de precios, empezó a debilitarse la euforia inicial por la reforma y se disparó la desigualdad. Comenzaron a crecer también las tensiones políticas y sociales. En este contexto, la idea de un «big bang» —de imponer la austeridad y liberar todos los precios de repente— era una idea cada vez más atractiva y contaba con el aval de las autoridades de la economía científica «occidental». En 1986 se formuló un programa en esa línea. Pero se dio marcha atrás siguiendo el consejo de los economistas del Instituto de Investigaciones de Reformas Sistémicas —que había supervisado los intentos previos de las grandes reformas de precios en Yugoslavia y Hungría—, y de algunos economistas chinos y alemanes familiarizados con las transiciones de la Segunda Guerra Mundial, que habían representado un desafío similar.

En 1988, cuando la reforma parecía haber entrado en un callejón sin salida, Deng Xiaoping decidió cruzar la línea de la reforma de precios, argumentando, según la retórica típica de la terapia de choque, que era más deseable soportar de una vez el dolor a corto plazo que entregarse a un sufrimiento prolongado. En el verano de 1988, el anuncio de una amplia reforma de precios en la televisión pública fue suficiente para despertar el pánico. Hubo corridas bancarias y acaparamiento de bienes duraderos. Ese año los precios en China se salieron de control por primera vez desde la revolución de 1949. Uno de los logros económicos más importantes de los comunistas en su lucha contra los nacionalistas había sido justamente la estabilización de los precios. Pero los dirigentes chinos no tardaron en revertir el curso de sus acciones.

Deng Xiaoping, dirigente de la primera generación revolucionaria, estaba dispuesto a pagar un alto costo político en nombre de la mercantilización, pero no a sacrificar la estabilidad del gobierno del Partido Comunista. Entonces, en términos económicos, el sistema dual fue un plan B para la reforma luego del fracaso del «big bang». En términos políticos, 1988 preparó el terreno para los levantamientos de 1989 y para la represión brutal ocurrida en la plaza de Tiananmén.

DZ

Tu interpretación parece alejarse de las lecturas tradicionales del modelo económico chino, definido muchas veces como una combinación de Estado comunista de partido único y neoliberalismo salvaje, o, según David Harvey, como un «neoliberalismo de “rasgos chinos”». ¿En qué sentido estas lecturas son engañosas? 

IW

En general, la tesis de que «China es neoliberal» incurre en dos falacias. En primer lugar, implica la equivalencia entre mercantilización y neoliberalismo. No me convence. En el contexto de la historia europea y estadounidense, no sería adecuado referirnos a los años 1960 o 1970 como neoliberales, aun cuando los mercados jugaban un rol fundamental en las economías de esa época. En segundo lugar, estos estudios tienden, o bien a asumir que el sistema chino dispone de una naturaleza monolítica, lo que no es realista, o bien a centrarse en ejemplos específicos, como la educación privada, de los que pretenden extraer conclusiones sobre todo el sistema.

En el curso de las reformas de los años 1980, el neoliberalismo se convirtió en una fuerza importante en el discurso político chino. Antes, se habían rechazado las premisas de la eficiencia y de la racionalidad económica en función de la retórica del maoísmo tardío. Como sea, incluso durante los años 1990, cuando el discurso neoliberal y la agenda que apuntaba a la privatización ganaron bastante impulso, el Estado chino no cedió el control de los sectores económicos más importantes. No lo hizo en las finanzas, la industria pesada, la infraestructura y la propiedad de la tierra, ni en la creación de «campeones nacionales», es decir, los casi noventa conglomerados industriales que funcionan bajo control de la Comisión estatal para la supervisión y administración de los activos del Estado.

Actualmente, asistimos al resurgimiento del tema de la inversión pública en la política estadounidense, especialmente en el caso de la infraestructura. Muchos consideran que se trata de un anuncio del fin del neoliberalismo. Con todo, cuando se trata de inversión pública, ni siquiera los planes más ambiciosos bastarían para colocar a Estados Unidos al nivel de China. Si aplicamos los mismos estándares a China y a Estados Unidos, entonces debería llamarnos la atención que se clasifique a China como una economía neoliberal.

DZ

En ese caso, ¿cómo diferenciar el neoliberalismo de lo que innegablemente es un giro hacia el mercado? ¿Qué significa «mercantilización más allá del neoliberalismo»? 

IW

El neoliberalismo se basa en el libre movimiento de los precios posibilitado por la propiedad privada. Pero esto no nos dice nada sobre el tamaño del Estado, cuya función es supuestamente establecer y controlar las reglas del mercado, no participar activamente en el mercado con su propia agenda, ni controlar los precios para perseguir objetivos sociales, políticos o económicos. Ahora bien, el Estado chino hace esto último. Este tipo de gobernanza económica mediante la participación en el mercado también significa que el Estado es un agente importante de la mercantilización.

China está probablemente tan mercantilizada como Estados Unidos. Parece haber un mercado para todo, y estos mercados están en gran medida digitalizados —incluso los pagos— y operan a un ritmo acelerado. A fines de ilustrar lo que sucede, tomemos la imagen de un Jenga. La terapia de choque neoliberal sostiene que primero hay que tirar abajo la vieja torre y luego construir una nueva utilizando los mismos bloques de la anterior. En cambio, la «creación de mercados» china comienza removiendo selectivamente algunos bloques de la torre y luego los coloca en otro lugar de la misma estructura. La torre sigue creciendo, aunque su estructura se transforma esencialmente. Se llenan los espacios vacíos con actividades mercantiles que desatan una dinámica capaz de transformar la naturaleza de los bloques intactos.

El proceso conlleva todos los efectos adversos de la mercantilización, como por ejemplo, condiciones laborales espantosas en los sectores de bajos salarios. Las diferencias entre el campo y la ciudad también contribuyeron a generar importantes desigualdades. Las reformas agrarias llevaron a la creación de una fuerza de trabajo flotante de más de 200 millones de personas. Las relaciones de género también retrocedieron en términos de igualdad. No hay que idealizar el modelo chino. Evidentemente, no es un ejemplo glorioso de socialismo. Pero, en vez de contentarnos con etiquetas vagas, deberíamos estudiarlo con atención. El camino que siguió la reforma creó un nuevo tipo de sistema económico que nos lleva a revisar muchas nociones preconcebidas.

DZ

Hace mucho que se anuncia el colapso del modelo chino. Sin caer en el terreno escabroso de las predicciones, ¿la historia económica de China demuestra que tenemos que ser más escépticos cuando hablamos de su incapacidad para sostener el crecimiento y la innovación a largo plazo? 

IW

Se viene prediciendo el colapso de la China comunista desde la revolución de 1949. Por supuesto, en el contexto del proclamado «fin de la historia» de los años 1990, la idea de que el PCCh no lograría sobrevivir cobró un nuevo impulso. Ciertas versiones de este argumento siguen las líneas de la teoría de la modernización: surgirá una nueva clase media que exigirá democracia y precipitará un cambio de régimen. Más a la izquierda, es célebre la definición de China como «epicentro emergente de la agitación obrera mundial».

La participación del trabajo en los ingresos nacionales no dejó de mermar desde mediados de los años 1990, es decir, siguió la tendencia mundial. Esto provocó cierta resistencia de parte de la clase obrera, pero todo indica que el proceso perdió fuerza durante los últimos años, cuando los salarios empezaron a aumentar a un ritmo acelerado. En 2019, los casos de protestas obreras habían descendido casi a la mitad de los niveles registrados en 2016, y en 2020 volvieron a caer abruptamente. Esto no significa en absoluto que en China las relaciones de clase sean armoniosas. Pero, por el momento, no parece ser el centro mundial de la resistencia obrera.

Los medios suelen transmitir la idea de que, si el crecimiento de China se desacelera en uno o dos puntos porcentuales, el gobierno del PCCh se debilitará. El año pasado, cuando comenzó la pandemia, escuchamos de nuevo la idea de que el gobierno de China perdería autoridad a causa de la insatisfacción de sus ciudadanos. Pienso que estos argumentos tienden a ignorar el hecho de que China lleva más de cuarenta años de reformas y logró calibrar una forma de gobierno muy precisa. El eje del proceso estuvo puesto en el desarrollo económico y en la estabilidad política. El colapso de la Unión Soviética fue probablemente el cambio de régimen más drástico de la historia moderna, y los dirigentes chinos lo estudiaron con mucha atención. Evitar un cambio de régimen de este tipo en China es uno de los principios fundamentales del gobierno del PCCh y sus dirigentes demostraron que están dispuestos a recurrir a todos los medios, incluyendo la violencia estatal más brutal, con el fin de lograr sus objetivos.

TRADUCCIÓN: VALENTÍN HUARTE

Notas

Notas
↑1 Profesor de Sociología en la Universidad Libre de Bruselas y autor de The Last Man Takes LSD (Verso, 2021).
ISABELLA WEBER

Profesora de Economía en la Universidad de Massachusetts, Amherst y autora de, entre otros libros, How China Escaped Shock Therapy (Routledge, 2021).

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¿Qué tiene para decir el marxismo sobre la inteligencia artificial?

09/07/2023 by Vitalio Deja un comentario

Por: Mark Allison

Hace casi 50 años, el obrero metalúrgico y economista Harry Braverman publicó Trabajo y capital monopolista. En él mostraba cómo los empresarios utilizan la tecnología para desempoderar a los trabajadores, pero que al tomar el control del proceso laboral, los trabajadores pueden liberarse de la monotonía.

Hasta hace poco tiempo, la inteligencia artificial era todavía material de ciencia ficción; ahora, proyecta una sombra portentosa sobre el futuro del trabajo. Dependiendo de a qué comentarista exaltado se crea, la inteligencia artificial promete aliviarnos de los aspectos tediosos de nuestro trabajo o amenaza con privarnos por completo de nuestros empleos. Buscando una perspectiva histórica, recurrí al relato clásico de la evolución del proceso laboral bajo el capitalismo, Trabajo y capital monopolista, de Harry Braverman (1974).

El libro de Braverman va más lejos y ve más profundamente de lo que podría sugerir su contundente subtítulo «La degradación del trabajo en el siglo XX». Al igual que su reconocida referencia, la descripción de Marx de la transformación del proceso de producción en El capital, Braverman ofrece una meticulosa investigación del inquieto hacer y rehacer de la organización del trabajo en el capitalismo. Pero nunca pierde de vista el impacto de estos trastornos en serie sobre la clase obrera.

Braverman rechaza las interpretaciones simplistas de Marx como determinista tecnológico. Por el contrario, señala que un nuevo invento siempre presenta un abanico de posibilidades. A corto plazo, las relaciones sociales dominantes determinan cuáles de estas posibilidades se cultivan y cuáles se excluyen activamente. Las relaciones de producción capitalistas muestran un «impulso incesante por ampliar y perfeccionar la maquinaria, por un lado, y por disminuir al trabajador, por otro». Esta dinámica refleja la tendencia más amplia del capitalismo a separar la concepción de la ejecución: el trabajo del cerebro y el trabajo de la mano. El resultado es un pequeño estrato de profesionales altamente formados (y muy bien pagados) por un lado y una masa creciente de trabajadores proletarizados condenados a tareas sin sentido por otro.

Braverman aportó una perspectiva singular a su investigación. Había sido aprendiz de calderero y posteriormente encontró empleo en la industria siderúrgica, ganándose la vida como artesano durante catorce años antes de cofundar un periódico, el American Socialist. Pasaría el resto de su carrera en el mundo editorial, dirigiendo el célebre sello socialista independiente Monthly Review Press hasta su muerte, en 1976. A pesar del rápido declive del oficio de calderero en el que se formó, Braverman se enfadó ante la inferencia de que sus críticas reflejaban nostalgia por un pasado anticuado: «Más bien, mis opiniones sobre el trabajo se rigen por la nostalgia de una época que aún no ha llegado». Los antecedentes de Braverman en los oficios, así como su implicación durante décadas en el activismo socialista, le dotaron de una preparación única para tomar el testigo de Marx y extender el análisis de El capital sobre el proceso laboral al siglo XX.

La figura central en la narrativa de Trabajo y capital monopolista es Frederick Winslow Taylor (1856-1915), el excéntrico fundador del movimiento de gestión científica. Desde su infancia, Taylor había msotrado signos de trastorno obsesivo-compulsivo extremo, contando sus pasos y buscando formas cada vez más eficientes de realizar las actividades más mundanas. «Estos rasgos le encajaban perfectamente en su papel de profeta de la gestión capitalista moderna», exclama Braverman, «ya que lo que es neurótico en el individuo es, en el capitalismo, normal y socialmente deseable para el funcionamiento de la sociedad».

Mientras los trabajadores dirigieran el proceso laboral, sostenía Taylor, nunca realizarían «una jornada de trabajo justa», que él definía, naturalmente, como la cantidad máxima que podían realizar sin lesionarse. Por tanto, los capitalistas no debían contentarse con poseer los medios de producción y las mercancías que el trabajo producía: necesitaban controlar el propio proceso de trabajo. Taylor tiende a ser recordado por exprimir una mayor productividad de los trabajadores prescribiendo cada uno de sus movimientos de acuerdo con los dictados de su «ciencia». Pero, sugiere Braverman, su hazaña más importante consistió en recopilar sistemáticamente los conocimientos artesanales que hasta entonces habían pertenecido a la mano de obra y transferirlos a la dirección.

Pronto, los trabajadores quedaron realizando un trabajo de detalle simplificado que se había descontextualizado del proceso de producción en su conjunto; mientras tanto, la dirección disfrutaba del monopolio de los conocimientos técnicos que, históricamente, habían sido patrimonio de los oficios cualificados. La separación permanente entre la concepción y la ejecución del trabajo que caracteriza a la producción bajo el capitalismo había alcanzado un nuevo umbral. Este proceso se repitió posteriormente en la gestión, creando un puñado de ejecutivos de oficina y un ejército de asistentes administrativos y mandos intermedios.

Trabajo y el capital monopolista cuenta una historia aleccionadora, pero en modo alguno desesperanzadora. Braverman detectó señales de los límites históricos del capitalismo en el hecho de que la nueva tecnología con frecuencia reúne y automatiza los pasos del proceso laboral que la división del trabajo había fragmentado. En su última conferencia, pronunciada en la primavera de 1975, Braverman instó a que «los trabajadores pueden convertirse ahora en maestros de la tecnología de su proceso a nivel de ingeniería y pueden repartirse entre ellos de forma equitativa las diversas tareas relacionadas con esta forma de producción que se ha vuelto tan fácil y automática». Liberado de la monotonía de las tareas repetitivas gracias a la automatización, un equipo de productores asociados podría recuperar la unidad del proceso de producción de la que antaño disfrutaban los artesanos en un plano superior.

La IA ofrece una posibilidad similar de reunir, en forma automatizada, muchas de las habilidades y cuerpos de conocimiento que la división capitalista del trabajo ha pulverizado en su implacable búsqueda de control y eficacia. Si las predicciones de que la IA inaugurará una era de ocio universal son salvajemente optimistas, la perspectiva de que los trabajadores socializados puedan dirigir la totalidad del proceso de producción con su ayuda no lo parece tanto.

Pero tendremos que luchar por ello. El capitalismo suele aprovechar los avances tecnológicos despidiendo a los trabajadores y exigiendo una mayor productividad a los pocos que no despide. Braverman nos informa de que el verbo «gestionar» «significaba originalmente adiestrar a un caballo en sus pasos, hacerle hacer los ejercicios de la mansión». La dirección siempre ha considerado el proceso laboral como un lugar de lucha, y está decidida a mantener las riendas. Si queremos que la IA mejore nuestros empleos en lugar de sustituirlos o degradarlos aún más, una lectura de Braverman sugiere que debemos estar preparados para llevar la batalla al propio proceso laboral.

TRADUCCIÓN: FLORENCIA OROZ

MARK ALLISON

Profesor de Inglés en la Universidad Wesleyana de Ohio y autor de Imagining Socialism: Aesthetics, Anti-politics, and Literature in Britain, 1817-1918.

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