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Peru

Los peruanos exigen la renuncia de la «asesina» Boluarte y prontas elecciones

23/07/2023 by Vitalio Deja un comentario

Por: Mariana Álvarez Orellana

El grito “Dina asesina, renuncia” se volvió a escuchar con fuerza en las calles del Perú: decenas de miles de peruanos participaron en las manifestaciones en todo el país; cerraron escuelas y universidades en varias regiones, y las plazas y calles fueron tomadas por manifestantes antigubernamentales. 

Pero la protesta no es sólo contra Dina Boluarte. El Congreso, controlado por una derecha  que ha puesto en marcha una ofensiva autoritaria para controlar las instituciones democráticas, también es blanco de la ira popular. Boluarte tiene un rechazo del 80 por ciento y el Congreso del 91 por ciento de la población.

El adelanto de elecciones para cambiar a la presidenta Boluarte y al desacreditado Congreso, justicia por los muertos durante las protestas anteriores y un referéndum para una Asamblea Constituyente, son las principales demandas.

A pesar del repudio mayoritario de la ciudadanía la ilegítima coalición Boluarte-Congreso se sostiene con el apoyo de las Fuerzas Armadas, las élites económicas y sus medios de comunicación afines.

Por ello, la consigna central y de consenso es la renuncia de Dina Boluarte, lo que forzaría una transición que lleve a elecciones generales en el más breve plazo, antes de que el Congreso tome control de los órganos electorales como lo hizo con el Tribunal Constitucional, la Fiscalía de la Nación y la Defensoría del Pueblo, advierte un editorial de Otra Mirada.

Desde el gobierno -y por los medios de comunicación hegemónicos- se ha insistido en una narrativa que homologa el derecho a la protesta social con actos delictivos, sediciosos o  terroristas, buscando restarle legitimidad a la protesta ciudadana, e inducir en la población un clima de miedo y zozobra que apunta a desmovilizarla.

Esto en un contexto en el que la participación de dirigentes y líderes sociales viene siendo restringida o amenazada, mediante el amedrentamiento judicial, mediático y en las redes sociales.

El gobierno, que ha respondido a las protestas con un amenazante discurso que criminaliza la movilización popular, movilizó ocho mil policías en el centro de Lima y unos 25 mil en todo el país. Repitió el discurso que avaló la brutal represión contra las protestas que se dieron entre diciembre y marzo, en las cuales murieron 67 personas, 49 de ellas por disparos de las fuerzas de seguridad, tratando de sepultar en el olvido las masacres de Ayacucho y Juliaca. 

La profundidad de la crisis requiere de cambios estructurales, relacionados con una renovación del sistema político y de la representación política de la sociedad, reformas profundas en el sistema de justicia y cambios en el modelo económico de corte neoliberal, generador de persistentes desigualdades económicas y sociales. Pero cualquier cambio estará bloqueado si continúa en el gobierno la coalición de poder que encarna Boluarte.

Ella, cooptada por quienes perdieron las elecciones y conspiraron para asaltar el poder, bajo el liderazgo del fujimorismo, las demás fuerzas de ultraderecha y en los últimos meses, en complicidad con Perú Libre, el Bloque Magisterial y otras agrupaciones que no han tenido escrúpulos para copar instituciones del Estado, quebrar el equilibrio de poderes constitucional y perforar el Estado de derecho.

Las protestas

Cerraron escuelas y universidades en todo el país. En Lima, la capital, se dieron enfrentamientos cuando un cordón policial impedía que manifestantes que querían llegar al Congreso avancen. Un grupo pasó la barrera policial y avanzó por la avenida que lleva al Congreso. Llegaron hasta la plaza que está frente al Legislativo, la que estaba enrejada y con fuerte presencia policial. Una gran cantidad de policías salió de la plaza del Congreso para alejarlos de esa zona. La movilización quedó partida.

En las pancartas se leía “en democracia no se mata a los que protestan” y los campesinos manifestantes mostraban caricaturas de Boluarte con casco, empuñando un fusil sobre un tanque militar con la frase “me quedo hasta 2026”. También portaron réplicas de lápidas negras con letras y cruces blancas con los nombres de las decenas de fallecidos de las protestas. Se agitaban banderas peruanas, algunas con el color negro reemplazando al rojo en señal de duelo, y la wiphala indígena.

En la plaza mayor de la región de Huancavelica, en los Andes, la policía dispersó con gas lacrimógeno a unos tres mil manifestantes, luego de que la puerta de la oficina local del Ministerio del Interior fue consumida por el fuego, confirmó el primer ministro peruano, Alberto Otárola, en conferencia de prensa. Las televisoras locales  mostraron a albañiles, universitarios y campesinos que coreaban: “esta democracia, ya no es democracia” y “Dina, asesina, el pueblo te repudia”.

La Defensoría del Pueblo reportó otras situación de violencia en la toma de instalaciones de la Universidad Nacional de Cajamarca, así como bloqueos en 58 provincias. Según el Ministerio de Transportes, ocho puntos de carreteras en las regiones de Cusco, Arequipa, Ayacucho y Loreto fueron bloqueados, pese a que hace una semana el gobierno extendió por un mes la suspensión de la libertad de tránsito y de reunión en varias autopistas claves del país, con el fin de evitar los cortes viales.

En Juliaca, ciudad de la altiplánica región de Puno, donde el paro fue contundente, familiares de las víctimas de la represión ocuparon lugar central en las movilizaciones de protesta. El 9 de enero, 18 personas murieron en esta ciudad cuando la policía disparó contra los pobladores que se habían movilizado ese día exigiendo la renuncia de Boluarte. Los retratos de la víctimas fueron colocados en la Plaza de Armas. “Exigimos justicia”, coreaba la población.

En la andina Ayacucho,  donde la represión dejó diez muertos en diciembre, el paro también fue general. Contundencia que se repitió en otras regiones. En Cajamarca, región natal del expresidente Pedro Castillo, ahora preso, fue tomada la universidad. Algunas carreteras fueron bloqueadas. La policía lanzó gases lacrimógenos para despejarlas.

En Lima, el epicentro de la movilización, los edificios públicos, incluidas las sedes del palacio de gobierno y del Congreso, fueron protegidos con rejas metálicas, mientras los manifestantes desfilaban por las principales calles del centro.En la sureña Arequipa, la segunda región en importancia, las autoridades suspendieron las clases presenciales. La misma medida se anunció para la región turística de Cusco y la de Tacna, en la frontera con Chile.

Aunque el gobierno de Boluarte ha acusado a los inconformes de violentos, cifras de la Defensoría del Pueblo indican que entre diciembre y febrero, de un total de mil 327 protestas realizadas, apenas 11.5 por ciento fueron violentas. Boluarte se abstuvo de hacer declaraciones durante la jornada, pero el día anterior calificó las protestas contra su gobierno como “una amenaza a la democracia” y volvió a atacar a los manifestantes acusándolos de “violentos”.

El discurso oficial ha resucitado al derrotado grupo armado Sendero Luminoso para vincularlo con la protesta y así pretender desacreditarla, atemorizar a la población y justificar la represión. Boluarte llamó al diálogo a quienes exigen su renuncia, pero dijo que sus demandas no podían ser atendidas por ser “políticas”, señaló que el gobierno respetaba el derecho a la protesta, pero la criminalizó.

Boluarte llegó al poder el 7 de diciembre de 2022, luego de que el Congreso destituyera al entonces presidente Pedro Castillo, quien intentó disolver el Parlamento para evitar una votación en su contra.Cinco días después de asumir el cargo, en medio de las protestas, aseguró que había asumido la iniciativa de llegar a un acuerdo con el Congreso para adelantar las elecciones generales al mes de abril de 2024.

Pero en junio la mandataria cambió de parecer y aseguró que se quedaría en el poder hasta 2026, cuando culmina el periodo presidencial para el cual fue electo Castillo.

Mientras, la Conferencia Episcopal Peruana la calificó como justa y constitucional. En un comunicado indicó que “el gobierno tiene la imperiosa obligación de escuchar al pueblo peruano y no ser ajeno a sus urgentes necesidades y justos reclamos”.

*Antropóloga, docente e investigadora peruana, analista asociada al Centro Latinoamericano de Análisis Estratégico (CLAE, www.estrategia.la)

Publicado en: Peru

Perú: Piden cambios, les dan palos

02/07/2023 by Vitalio Deja un comentario

Por: Mariana Àlvarez Orellana

Más de 80 por ciento de los peruanos favorecen el cambio parcial  o total  de la constitución neoliberal vigente en el país desde hace tres décadas, mientras la defensa legal del depuesto presidente Pedro Castillo presentó esta semana una demanda ante el Comité contra la Tortura de Naciones Unidas denunciando “actos de tortura permanente” contra el encarcelado exmandatario y su familia.

El Perú es una democracia en riesgo, en proceso de intervención por un congreso desaprobado por el 90 por ciento de la población, que vive un lento, soterrado y permanente golpe de estado parlamentario destinado a preparar el terreno institucional que avale un fraude electoral el 2026 y consolide, bajo pretexto de defender la democracia, un sombrío gobierno dictatorial remedo del fujimorato, afirma Rudecindo Vega Carreazo, abogado y exministro.

El ejecutivo con la servil Dina Boluarte; ya copó el Tribunal Constitucional, intervino la Defensoría del Pueblo y concretó su intervención del Ministerio Público mediante una inconstitucional inhabilitación de una Fiscal Suprema. El golpe lento congresal hasta el 2026 busca instalar, luego del 2026, una democracia vacía.

Por eso no extrañan los resultados del sondeo del Instituto de Estudios Peruanos (IEP), que indican que solo 14 por ciento de los peruanos considera que la carta magna aprobada en 1993 debe permanecer sin cambio alguno.El apoyo a la opción del cambio total es mayor en las zonas rurales, en las que alcanza 52 por ciento, mientras en las zonas urbanas igual porcentaje quiere solo cambios parciales.

Solo 14 por ciento se inclinó por la opción de que la constitución sea cambiada o reformada por el desprestigiado parlamento actual. El diario La República apunta que el leve descenso del apoyo al reemplazo de la Constitución guarda concordancia con la disminución de las protestas sociales contra la nueva presidenta, Dina Boluarte, que dejaron un saldo de al menos 70 muertos registraron entre diciembre y marzo últimos.

Esas movilizaciones demandaron nuevas elecciones generales adelantadas y un referendo para convocar a una asamblea constituyente. Nuevas protestas de similar contenido se alistan para iniciarse el 19 de julio próximo. El presidente constitucional Pedro Castillo, destituido por el legislativo y reemplazado por Boluarte, incluía la asamblea constituyente en su plan de Gobierno, pero la mayoría parlamentaria opositora bloqueó la posibilidad de convocar un referendo sobre el tema.

Mientras, la desaprobación de la gestión de Boluarte supera el 77 por ciento y la del Congreso raya el 85%.

Pese a ello, luego de una marcha en Lima para exigir su renuncia, en lo que parecía un reinicio de las incesantes protestas de principios de año, Boluarte señaló a la prensa que “el tema del adelanto de las elecciones ya estaría cerrado” y que ella “seguirá trabajando hasta julio del 2026”.  Se retractó de su propuesta de finales enero de acortar su periodo y adelantar los comicios a 2024 en un intento para atemperar las persistentes movilizaciones en su contra y en contra del parlamento.

Asimismo, el  arribo de tropas de EEUU genera zozobra en Perú por el contexto de preparativos de protestas sociales y por los antecedentes intervencionistas de Washington. El Congreso autorizó el ingreso de tropas militares de EEUU al territorio nacional peruano, entre el 1 de junio y el 31 de diciembre de 2023. “Luego de entregar el litio y otros recursos al extranjero, Dina Boluarte y el Congreso socavan la soberanía nacional autorizando el ingreso de tropas de Estados Unidos para ‘formación’ de policías y militares’”, declaró la ex ministra de la Mujer Anahí Durand.

La demanda de Castillo en la ONU

En el documento entregado al Comité contra la Tortura de la ONU se indica que la incomunicación absoluta le causa a Castillo y a su familia “graves sufrimientos”. No se le permite a Castillo hablar por teléfono con su esposa y sus dos hijos exiliados en México.

La denuncia pone énfasis en el daño producido a su hija Alondra, de 12 años, por no poder hablar con su padre desde que éste fue detenido por policías que le apuntaban con fusiles el 7 de diciembre, incomunicación que tiene como objetivo “castigar y escarmentar” al exmandatario “por ser opositor político de los sectores que lo destituyeron en forma inconstitucional de la presidencia”.

Esta demanda ha sido presentada por los abogados argentinos Raúl Eugenio Zaffaroni y Guido Croxatto, quienes solicitan al Comité de la ONU que ordene al Estado peruano “el cese inmediato de los actos de tortura denunciados” y que se investigue y sancione penalmente a los responsables.

Anteriormente, los abogados  habían presentado otras demandas en instancias internacionales. En abril lo hicieron ante el comité de Derechos Humanos de la ONU denunciando la violación de los derechos políticos y civiles de Castillo, y en mayo ante la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) señalaron que Castillo es víctima de una detención arbitraria.

El gobierno peruano insiste en que Castillo fue destituido y detenido legalmente por dar un golpe de Estado. Los abogados de Castillo calificaron esa destitución como ilegal y la detención como arbitraria: señalaron el expresidente no puede ser procesado por rebelión porque no hubo un levantamiento en armas,  y recuerdan las graves violaciones a los derechos humanos en la represión del gobierno de Dina Boluarte a las protestas que estallaron luego de la destitución de Castillo.

Mariana Álvarez Orellana. Antropóloga, docente e investigadora peruana, analista asociada al Centro Latinoamericano de Análisis Estratégico (CLAE, www.estrategia.la)

Publicado en: Peru

Vuela muy alto Hugo Blanco, capitán de los pobres

02/07/2023 by Vitalio Deja un comentario

Por: Manuel Martínez

 

Allá por el año 1967, el genial escritor peruano Manuel Scorza escribió un Recado para Hugo Blanco:

A la cárcel donde te sitian

los hombres de corazón de ceniza,

te envío esta balada.

Hace doscientos años

que buscando las vetas de la aurora humana

en los mismos lugares donde tú repartiste

los pétalos de la esperanza,

a Túpac Amaru

lo traicionaron y lo descuartizaron:

todavía es de noche en el Perú,

es tan oscuro que las mismas tinieblas

se sientan en la sombra sollozando.

Pero ya la aurora empolla el huevo

donde crecen los héroes.

No es de magnates, ni de coroneles, la victoria.

La victoria es de los que como tú,

Capitán de los Pobres,

muestran que es un honor vivir.

Desde la nieves donde mira ardiendo el futuro,

el poeta, la lengua del pueblo, te saluda.

En ese entonces, nuestro querido Hugo estaba preso en la terrorífica isla penal llamada El Frontón, todo un símbolo de la brutalidad del sistema carcelario del Estado peruano. Estaba condenado a semejante encierro por su lucha inquebrantable, acomunado con el campesinado de los valles de La Convención y Lares, en el Cusco, a principios de los años 60 del siglo pasado. Su lucha y su protagonismo fueron enormes: derrotaron a los gamonales, expropiaron las tierras, organizaron la autodefensa armada e hicieron la primera reforma agraria del Perú. Todo esto, por cierto, fue imperdonable para las clases dominantes, pero Hugo quedó en el corazón del pueblo pobre y desposeído por su rol indiscutible en ese proceso. La creciente represión lo obligó a pasar a la clandestinidad y entonces los sindicatos campesinos dieron la directiva de que en cada casa se preparara una cama, porque en cualquier noche podía llegar de improviso. Fue capturado en mayo de 1963, pero tiempo después esas camas seguían preparadas esperándolo, “por si llegaba alguna noche”. Ésta e innumerables historias rodean su larga trayectoria humana y revolucionaria.

Hugo se nos fue el 25 de junio de este 2023, a los 88 años, lejos de su tierra, en Suecia, donde pasó sus últimos días con su hija Carmen y con sus querencias. “Urpi sonko” (corazón de paloma), como le dijo José María Arguedas, ahora vuela muy alto. ¡Hasta la victoria, siempre!

Cuando el sol decae en la plaza de armas del Cusco, el Picchu deja traspasar los últimos rayos casi perseguidos por las primeras sombras, pero el ocaso no siempre ensombreció a los/las huajchas. Alguna vez, al comenzar los años 60 del siglo XX, esa histórica Huacaypata fue ocupada por campesinos indígenas que luchaban contra los abusos de los gamonales y por conquistar su derecho a la tierra. En los valles de La Convención y Lares se estaba poniendo en cuestión nada más ni nada menos la propiedad de la tierra. Los sindicatos campesinos de las haciendas habían cobrado una fuerza extraordinaria y habían asumido, efectivamente, que la tierra es para quien la trabaja. Estaban impulsando entonces su propia reforma agraria, con su propia autoorganización, con su protagonismo directo. Ese proceso de lucha, que brotó desde las entrañas del Perú profundo, marcó un antes y un después en el derrotero de la diversa y multiforme lucha de clases peruana. Fue, realmente, la primera reforma agraria de nuestra historia.

Los valles del Cusco convulsionados, su plaza histórica cada tanto inundada de ponchos rojos, los terratenientes espantados y la sociedad política oscilando entre el balbuceo y la metralla contra la insurrección indígena, configuraron en esos años un nuevo escenario político y social. La figura indiscutida que entonces emergió en el Perú fue Hugo Blanco, el promotor del grito “¡Tierra o Muerte!” que movilizó a miles y miles de huajchas, a hombres y mujeres que sufrían explotación y vejámenes por parte de los hacendados. “La huelga campesina fue la forma que tomó en el Perú la reforma agraria”, escribió Blanco. ”En el caso de Chaupimayo esto fue consciente y explícitamente declarado. En otros fue implícito o aún inconsciente, pero inclusive en estos últimos abrió al campesino las puertas de un mundo nuevo, un mundo de libertad, de independencia del régimen servil en que debía vivir para enriquecer al patrón. Entrando en ese luminoso mundo era difícil que el trabajador agrario se resignara a volver a las tinieblas”, concluyó. Esa huelga de los arrendires y sus allegados, es decir de campesinos que arrendaban una parcela de tierra y además tenían la obligación de trabajar en las tierras del hacendado, consistió en suspender ese trabajo para el patrón y dedicarse íntegramente a sus parcelas, liberándose del trabajo servil y de las obligaciones que se les imponía. Esta inédita forma de lucha fue respondida con represión, con el encarcelamiento de los dirigentes, torturas y asesinatos, pero fue una lucha que salió del sindicato de Chaupimayo y se extendió como reguero de pólvora en todo el valle de La Convención. Cuando la huelga cumplió nueve meses en Chaupimayo, se convocó a una asamblea en la que Hugo Blanco proclamó: “Hasta hoy hemos pedido que el hacendado hable con nosotros y no ha querido hacerlo. Desde hoy ya no queremos hablar con él aunque quiera. Hoy termina la huelga y se inicia la reforma agraria, a partir de este momento la tierra es de quien la trabaja, el arrendire es dueño de su arriendo y el allegado de su allegadía. ¡Tierra o muerte!”. Tal fue el inicio de esa primera reforma agraria, cuya fuerza radicaba en la decisión colectiva del campesinado organizado, una fuerza que se irradiaba sin detenerse, incorporando a más de cien sindicatos de distintas haciendas, con fuerzas muy combativas especialmente en los valles de Lares y Oqhobamba. La idea-fuerza era trabajar la tierra sin patrón, para lo cual se planteó la necesidad de un pliego único, ofreciendo incluso el pago de un sol por hectárea a los hacendados. Nada de esto prosperó, ya que significaba una derrota de quienes usufructuaban a su regalado gusto las llamadas “tierras de montaña” que habían obtenido – e incluso heredado– “para favorecer la colonización”. Había, sin embargo, una corriente legalista en la Federación Departamental de Trabajadores del Cusco que planteaba un “pliego razonable”, buscando una negociación que neutralizara la lucha, lo cual tampoco prosperó. Se llegó así a una confrontación irreversible entre el campesinado y los hacendados. La lucha se extendió a todo el departamento del Cusco. Posteriormente, el gobierno del general Ricardo Pérez Godoy (1962-1963), como respuesta a la extraordinaria lucha campesina, decretó su propia “ley de reforma agraria” sólo para La Convención y Lares, en la cual se reconocía un “mínimo inafectable” de tierra para los hacendados, así como el pago del resto que pasaba al campesinado. Esa ley sólo se cumplió en la hacienda Potrero por decisión de su propio hacendado.

En el marco de esta polarización, más aún teniendo en cuenta que los hacendados se armaban, provocaban y agredían a los campesinos, se decidió la resistencia armada para defender las tierras tomadas. Esta actitud, que provocó pánico entre los hacendados y los pudientes del Cusco, fue asumida por diversas organizaciones sindicales campesinas. Blanco pasó a la clandestinidad, con lo cual hubo un debilitamiento de la organización, y finalmente la lucha fue derrotada con su detención en 1963.

Mucho se ha escrito sobre la personalidad de Hugo Blanco, sobre su rol en la organización de sindicatos campesinos, en fin, sobre el lugar que ocupó en la lucha de los desposeídos de la tierra, de los nadies, de los huajchas atropellados desde siempre, pero poco se subraya que él fue el gran promotor de la primera reforma agraria surgida desde abajo en el Perú, antes de aquella reducida y efímera decretada por Pérez Godoy y antes de la decretada por el gobierno del general Juan Velasco Alvarado el 24 de junio de 1969. Esta última tuvo alcance nacional, afectando al latifundismo y al gamonalismo. Se inspiró en el extraordinario proceso ocurrido años antes en La Convención y Lares, se propuso una transformación estructural de la economía agraria y creó la propiedad colectiva de la tierra.

Hugo Blanco nació en el Cusco el 15 de noviembre de 1934. A él no le gusta que lo llamen dirigente, pero es el referente histórico de la lucha campesina peruana y una de las personalidades emblemáticas de la izquierda revolucionaria latinoamericana. Luego de sus tempranas rebeldías cuando era estudiante secundario, viajó a la Argentina para estudiar agronomía en los años 50. Asumió su compromiso militante en la ciudad de La Plata, donde se incorporó a la organización trotskista que publicaba el periódico Palabra Obrera. Pasó entonces de las aulas universitarias a una fábrica de la industria de la carne, donde realizó su primera escuela de formación política como revolucionario. Volvió al Perú y se incorporó a la lucha campesina en el Cusco, en 1958. Como hemos tratado de explicar líneas arriba, su papel fue decisivo en el fortalecimiento de los sindicatos campesinos de La Convención y Lares, en el desarrollo de su movilización, en la creación de esa inédita huelga campesina y en la conquista de la primera reforma agraria. Fue perseguido y capturado en mayo de 1963. Tres años después fue juzgado por un tribunal militar que intentó condenarlo a muerte. Una inmensa solidaridad nacional y sobre todo internacional logró que la pena le fuese conmutada por 25 años de prisión. Sufrió finalmente ocho años de encierro, los más crueles en la isla penal de El Frontón. A principios de los años 70 fue liberado por una amnistía decretada por el gobierno militar nacionalista de Velasco Alvarado. Le propusieron entonces que participara en la gestión de la reforma agraria, pero no aceptó ningún cargo. En 1971 sufrió su primera deportación por apoyar la huelga del gremio magisterial, luego sufriría dos deportaciones más. En 1978, estando en el exilio, fue elegido para la Asamblea Constituyente por el Frente Obrero, Campesino, Estudiantil y Popular (FOCEP), siendo el tercer candidato más votado, luego de Víctor Raúl Haya de la Torre (APRA) y de Luis Bedoya Reyes (PPC). En 1980 asumió como diputado y en 1990 como senador. Este último mandato fue interrumpido por el autogolpe de Alberto Fujimori en abril de 1992. Su inmensa trayectoria, sin embargo, está plasmada en su lucha extraparlamentaria, ya sea en La Convención y Lares o posteriormente, en los años 80, en Pucallpa. En los Andes y en la Selva, Hugo Blanco sigue transmitiendo una invalorable experiencia acumulada en décadas de lucha indoblegable.

Cuando publicamos su libro Nosotros los indios (Herramienta-La Minga, Buenos Aires, 2010), Eduardo Galeano, el gran escritor de la Patria Grande, escribió en la contratapa: “él sigue siendo aquel loco lindo que decidió ser indio, aunque no era, y resultó ser el más indio de todos”.

De la presentación del libro de Hugo Blanco, Nosotros los indios

Por Eduardo Galeano

Estas páginas, escritas a borbotones, desordenadas, jubilosas y desesperadas, cuentan las aventuras y desventuras del hombre que encabezó la lucha campesina en el Perú, el organizador de los sindicatos rurales, el que impulsó una reforma agraria nacida desde abajo y desde abajo peleada.

Hugo Blanco ha caminado su país al revés y al derecho, desde las sierras nevadas a la costa seca, pasando por la selva húmeda donde los nativos son cazados como fieras. Y por donde pasaba, iba ayudando a que los caídos se levantaran, y los callados dijeran.

Las autoridades lo acusaron de terrorista. Tenían razón. Él sembraba el terror entre los dueños de la tierra y de la gente.

Durmió bajo las estrellas y en celdas ocupadas por las ratas. Hizo catorce huelgas de hambre. En una de ellas, cuando ya no aguantaba más, el ministro del Interior tuvo un gesto cariñoso y le envió, de regalo, un ataúd.

Más de una vez, el fiscal exigió la pena de muerte, y más de una vez se publicó la noticia de que Hugo había muerto.

Y cuando un taladro le abrió el cráneo, porque una vena estalló, Hugo se despertó con pánico de que los cirujanos le hubieran cambiado las ideas.

Pero no. Seguía siendo, con el cráneo cosido, el mismo Hugo de siempre.

Sus amigos estábamos seguros de que ningún trasplante de ideas iba a funcionar. Pero sí temíamos que Hugo despertara cuerdo. Y a la vista está: él sigue siendo aquel loco lindo que decidió ser indio, aunque no era, y resultó ser el más indio de todos.

Publicado en: Peru

Mariátegui: aventura, revolución y socialismo cosmopolita

14/05/2023 by Vitalio Deja un comentario

Por: Martín Bergel

Entrevista por
Leonardo Frieiro

 

Mariátegui fue un marxista atípico para su tiempo: indoblegable y flexible, intransigente en su socialismo pero también asombrosamente plástico y desprejuiciado en sus múltiples intereses. Esa doble condición hace que no pierda vigencia, y es uno de sus legados más valiosos.

No es sencillo aproximarse a la obra de José Carlos Mariátegui  sin al menos una guía mínima de lectura que nos ayude a abordar la estridencia de un corpus que es diverso, fraccionario, incluso incompleto, y todo ello a la vez.

Entre quienes se han propuesto acercar la obra de Mariátegui a nuevos —y no tan nuevos— lectores y lectoras, el historiador e investigador Martín Bergel se ha convertido en una referencia ineludible. Si con la Antología (2021) Bergel nos propuso releer a Mariátegui desde un nuevo prisma —el del socialismo cosmopolita—, ahora con la publicación de Aventura y Revolución Mundial (2022) nos impulsa a dar un paso más allá con una operación desafiante: identificar la genealogía de las ideas de Mariátegui a través de una faceta crucial en su efímera biografía: el viaje.

Así, a través de los textos de viaje, Bergel recorre las búsquedas, las inquietudes —las más profundas y también las más mundanas—, la devoción y el enorme esfuerzo intelectual que el autor peruano dedicó a conocer y entender realidades que, a pesar de serle sumamente distantes, entendía imprescindibles en la búsqueda apasionada por conocer la escena mundial que le era contemporánea.

Desde Revista Jacobin conversamos con Martín Bergel sobre su itinerario intelectual, su encuentro con Mariátegui y su propuesta de lectura para aproximarse a quien fue considerado «el primer marxista de América». Por supuesto, también hablamos de la vigencia del pensamiento político de Mariátegui a la hora de ensayar una crítica socialista de las condiciones actuales del capitalismo global contemporáneo.

LF

Desde hace un tiempo te encontrás trabajando sobre la figura y el pensamiento de José Carlos Mariátegui. Un desafío particular en tanto se trata de un autor que, a pesar de la novedad radical de sus escritos para el marxismo latinoamericano, cuenta con una obra fragmentaria y también inconclusa. ¿Cómo nació tu interés en reapropiarte del corpus mariateguiano?

MB

Mi interés por la obra y la figura de Mariátegui se remonta ya a un par de décadas atrás, y fue dándose por oleadas (como suele suceder en las atracciones intelectuales, en mi caso atravesadas además por los ritmos discontinuos de las obligaciones académicas que hacen a mi trabajo remunerado). Creo que, mirando hacia atrás, puedo distinguir tres momentos de mi relación con Mariátegui.

En primer lugar, supongo que la referencia de Mariátegui era inescapable en el ambiente de la carrera de historia de la Facultad de Filosofía y Letras de la UBA en la que me formé en los años 1990 y comienzos de los 2000 (y no solamente porque una de las agrupaciones estudiantiles más conocidas en ese ámbito llevaba el nombre del peruano). De todos modos, esa referencia era apenas la de un nombre y algunas imágenes, puesto que en la Facultad de la calle Puan casi no se leía a Mariátegui. Más bien me parece que, tanto antes como ahora, ocurre algo que está en la base de mis intenciones al involucrarme en la elaboración de antologías de sus textos: a Mariátegui se lo supone, se lo imagina, más de lo que se lo lee. Seguramente hay varias razones por las que esto sucede, y puedo decir luego algo al respecto.

De modo que, más que el clima general de la carrera de historia de la UBA, fueron nexos más concretos y decisivos los que me introdujeron por primera vez en Mariátegui. En 1997 cursé la apasionante materia Pensamiento Argentino y Latinoamericano, cuyo profesor titular era Oscar Terán. Terán fue uno de los grandes profesores de Puan por más de dos décadas, y sus clases, abarrotadas de estudiantes, eran cautivantes. Tanto lo fueron para mí que unos años después, en 2001, ingresé como adscripto a la cátedra, al tiempo que empezaba a concurrir a su Seminario de Historia de las Ideas, los Intelectuales y la Cultura en el Instituto Ravignani de la UBA (el seminario que, luego de su muerte, lleva su nombre).

Pero ya antes de acercarme a esos ámbitos, en una Feria del Libro había conseguido un ejemplar perdido de Discutir Mariátegui, el libro que Terán había publicado en México en 1985, y que ya entonces, y sobre todo en Buenos Aires, era casi inconseguible (muchos años después, en 2017, estuve encargado de su reedición a través de una pequeña editorial). Como es conocido, desde su exilio mexicano Terán fue —junto a otras figuras como Pancho Aricó, Alberto Flores Galindo, Antonio Melis, Carlos Franco y Robert Paris— uno de los nombres más importantes de la generación que redescubre a Mariátegui a fines de la década del 70 (llamada «generación de Sinaloa», por un congreso que los reúne en 1980 en la Universidad de ese Estado mexicano). Pues bien, ese libro de Terán, que leí con fruición, ofició para mi de introducción a Mariátegui, y el peruano estuvo en muchas de las conversaciones que sostuve con él cuando empezó a dirigir mi tesis de doctorado.

Contemporáneamente me había vinculado a Horacio Tarcus, y comencé a ser un estrecho colaborador del CeDInCI (Centro de Documentación e Investigación de la Cultura de Izquierdas) desde su propia fundación a fines de los años 90. Entre otras actividades, fui parte del colectivo editor de las revistas El Rodaballo y Políticas de la Memoria, además de —ya en los años 2000— ser uno de los impulsores, junto a Adriana Petra, Laura Fernández Cordero y, por supuesto, el propio Tarcus, de los congresos de historia de las izquierdas que cada dos años organiza el CeDInCI. En esos ámbitos, también eran habituales las referencias o las discusiones sobre Mariátegui (por ejemplo, a partir de un libro que Tarcus publica en su editorial El cielo por asalto en la que se reúne la correspondencia de Mariátegui con el argentino Samuel Glusberg y el norteamericano Waldo Frank).

Un segundo y más decisivo momento tiene lugar a partir de 2005. Ese año el Congreso del CeDInCI tuvo por tema a los exilios en la historia latinoamericana, una perspectiva que entonces despuntaba entre los historiadores latinoamericanistas. Me decidí entonces por iniciar una investigación y presentar un trabajo sobre los exiliados apristas en la Argentina de los años 20, en especial dos importantes figuras, Manuel Seoane y Luis Heysen. Ese trabajo, publicado luego en Políticas de la Memoria, dio comienzo a un prolongado asedio a la historia del APRA en el periodo de entreguerras, que hice en paralelo a mi tesis de doctorado y que redundó en numerosos ensayos, luego reunidos en el libro La desmesura revolucionaria que se publicó hace unos años en Lima a través de la editorial La Siniestra.

Pero ese camino no estuvo disociado de preocupaciones más inmediatamente intelectuales y políticas. Desde fines de los años 90 y a comienzos de los 2000 estuve muy involucrado en las redes y actividades del movimiento alterglobalizador, en particular en el proceso del Foro Social Mundial nacido en Porto Alegre. En una edición del Foro, en 2005, estreché vínculos con jóvenes peruanos, provenientes de la militancia universitaria y del Movimiento Raíz. Varios de ellos, como Anahí Durand, Teresa Cabrera, Jorge Miyagui, Hernán Maldonado, Carlos Alberto Adrianzén e Irma Pflucker, han transitado luego caminos de cruce entre vida intelectual y artística y militancia política. En ese Foro también me vinculé al finlandés Teivo Teivainen, que dirigía el programa «Democracia y Transformación Global» en la Universidad de San Marcos.

Fruto de esos contactos hice mi primer viaje al Perú en mayo de 2006, y desde entonces mi interés en la historia intelectual y política peruana del período de entreguerras no cesó de crecer y alimentarse en viajes sucesivos a Lima y a otras ciudades peruanas como Cajamarca y Trujillo. En esos viajes, siempre intensos, trabajé en numerosos archivos y bibliotecas, visité innumerables librerías de viejo en las que fui haciéndome un acervo bibliográfico en historia peruana, y conocí y entrevisté a decenas de antiguos militantes y familias vinculados a la tradición aprista.

Aunque mi interés mayor pasó entonces por la historia del APRA (menos por la de Haya de la Torre que por la de toda la generación de intelectuales y escritores que lo secundó en los años 1920 y 1930), ya ese viaje de 2006 significó también una inmersión en Mariátegui y sus mundos. También me hice vorazmente de todo lo que pude acopiar sobre Mariátegui, desde los dos tomos del Mariátegui Total que me obsequiara Sandro Mariátegui (el hijo mayor), a muchos ensayos y trabajos sobre su obra. Por ejemplo, en ese viaje adquirí las Obras Completas de Alberto Flores Galindo.

En mi viaje siguiente a Lima, en 2008, a través del sociólogo Osmar Gonzales participé de un congreso por los 80 años de los Siete ensayos. Allí preparé mi primer ensayo sobre Mariátegui, que se publicó unos años después bajo el título de «Oriente y Occidente en el pensamiento de Mariátegui». Pienso ahora que en la elección de ese tema, que reconstruye la parábola de ambas nociones en el itinerario mariateguiano de madurez, estaba ya presente una búsqueda por ubicar a Mariátegui en coordenadas espaciales diferentes a las habituales, como un intelectual que debía ser leído en la escena global de su tiempo.

De todos modos, en esos años mi interés principal estaba en la historia del APRA, que leía también en sus redes transnacionales y en las prácticas intelectuales y políticas que rodeaban su apuesta desmesurada por construir un movimiento revolucionario americano a escala internacional. En ese marco, en la medida en que los jóvenes apristas se asumían también como marxistas, tendí a ubicar a Mariátegui como una figura que sobresalía pero que era parte de la generación emergente en el Perú en los años 20, que tenía como rasgo general la búsqueda de una aleación, en diversas dosis, entre vanguardismo estético y vanguardismo político (digamos, ubicaba a Mariátegui junto a otras figuras como Magda Portal, Esteban Pavletich, Manuel Seoane y los propios Haya de la Torre y Eudocio Ravines, entre otros).

Incluso me parecía que la polémica entre Haya y Mariátegui había sido mal leída, sobreideologizadamente, y que una lectura desde las herramientas de la historia intelectual (por ejemplo, desde el contextualismo de Quentin Skinner, pero también desde la atención a los soportes materiales de la polémica, empezando por la especificidad de la cultura epistolar) matizaría o precisaría las diferencias entre ambos.

Pero además, creo que en ese movimiento por relativizar la importancia de Mariátegui me parece que jugaba también un cierto hastío ante el endiosamiento de su figura, un endiosamiento que se hacía desde un guion establecido que volvía repetidamente sobre un conjunto de lugares comunes (la cita sobre el «calco y copia», el modo de referirse a él como «el Amauta», etc.). Esos gestos edulcorados, que también ponían nervioso a Terán sobre el final de su vida —cuando él también estaba releyendo la revista Amauta—, me alejaban de inspecciones más profundas.

No obstante, en una tercera etapa que se abre hacia 2015 finalmente sí me adentré a la lectura detenida de todo Mariátegui y a una nueva estimación de su estatura y su excepcionalidad intelectual. Ese momento se abre de un modo un poco curioso, con una invitación de un profesor uruguayo que enseñaba en una universidad de Shanghai a preparar una antología de textos de Mariátegui en idioma chino. Por razones insondables para mí, ese proyecto finalmente no se concreta, pero me pone a pensar cómo efectivamente organizar una antología de sus textos que resulte representativa del conjunto de su obra y que, al mismo tiempo, proponga de ella una lectura renovada. Me interesaba precisamente discutir y desestabilizar algunos de los lugares comunes que pesaban en las imágenes corrientes sobre Mariátegui. Es en esa instancia, entonces, que le propongo a la editorial Siglo XXI elaborar una antología de ese tinte, que luego de varios años de labor se publica al inicio de la pandemia, en mayo de 2020.

En paralelo, en esos años desarrollé algunos trabajos colindantes, como la mencionada reedición de Discutir Mariátegui, de Terán, un trabajito en el que colocaba a Mariátegui y a su ensayo «El proceso de la literatura» en relación a los debates contemporáneos sobre la llamada world literature, y, por invitación de Michael Hardt y Sandro Mezzadra, un ensayo sobre el lugar de la Revolución Rusa en Mariátegui, para un número especial de la revista South Atlantic Quarterly por los cien años del triunfo bolchevique.

Es en ese marco de elaboración de esos trabajos y, sobre todo, de la Antología para Siglo XXI, un marco que se vio estimulado por el estrechamiento de vínculos con un conjunto de investigadores… Por empezar, con Ricardo Portocarrero, con quien mantengo desde entonces una conversación constante, pero también con José Carlos Mariátegui Ezeta, nieto de Mariátegui y artífice del Archivo Digital José Carlos Mariátegui, un proyecto relativamente reciente que ha sido crucial en el despliegue de un conjunto de nuevas lecturas del autor de los Siete ensayos, y a continuación con una serie de personas que también revisan distintos aspectos de la trayectoria mariateguiana (y menciono aquí rápidamente a Alvaro Campuzano, Natalia Majluf, Mónica Bernabé, Paulo Drinot, Claudio Lomnitz y Víctor Vich, entre otros).

Es en ese marco, decía, que fructifican las operaciones que subyacen a mi relectura general de Mariátegui como intérprete de la modernidad global y como socialista cosmopolita. La nueva antología que acabo de publicar a fines del año pasado, Aventura y revolución mundial. Escritos alrededor del viaje, para la «Serie Viajeros/Viajeras» que dirige Alejandra Laera en el Fondo de Cultura Económica, es un subproducto de todo ese proceso.

LF

Remarcaste que a Mariátegui se lo imagina más de lo que se lo lee. En la introducción de Antología incluso escribís que distintas generaciones que redescubrieron a Mariátegui terminaron por caer en los mismos —llamémosle— «errores» que tienden a sobredimensionar el peso de la cuestión de la nación y los nacionalismos en América Latina para dar forma a una lectura de Mariátegui que busca inscribirlo en la corriente nacional-popular de la izquierda latinoamericana.

¿Por qué crees que esto ocurrió (y que de alguna manera todavía ocurre) siendo que la propia obra de Mariátegui parece contar con algunas virtudes —textos breves sobre temáticas puntuales y una forma de escritura que combina el ensayo con el género periodístico— que harían difícil, o al menos con profundos problemas de consistencia, llegar a ese tipo de conclusiones?

MB

Yo no sé si usaría la palabra errores, pero sí sesgos muy notables. Algunos lectores de mis antologías sugirieron que yo escogí textos marginales de Mariátegui para ilustrar su avidez cosmopolita. ¡Pero no! Son los textos que publicaba semana a semana en las revistas limeñas Variedades, Mundial (y esto es bien interesante: incluso en su sección «Peruanicemos el Perú», que había heredado del periodista Gastón Rogger) o mensualmente en Amauta, son los textos que luego agrupa en libros como La escena contemporánea o Defensa del marxismo y El alma matinal y otras estaciones del mundo de hoy (estos últimos dos, listos para ser publicados cuando lo sorprende la muerte en 1930).

Incluso parece que, según muestra un artículo que Martín Cortés dedicó a reconstruir las alternativas y debates del Congreso de Sinaloa de 1980 (que se publicó en la revista mexicana Cuadernos Americanos hace unos años), Aricó, Terán y otros asistentes reconocían que en esos debates había quedado sin considerar una parte sustantiva de los textos de Mariátegui. En los recuerdos de otro asistente a ese encuentro, Mario Goloboff —al parecer el único que presentó en Sinaloa una ponencia sobre sobre los ensayos literarios del peruano, que son abundantes—, las orientaciones políticas sobredeterminaron las discusiones que tuvieron lugar en el Congreso.

De modo que es bastante curioso que una masa muy importante de textos de Mariátegui no sea considerada incluso por muchos de sus estudiosos (por eso decía al comienzo que uno de mis propósitos al preparar estas antologías era incitar a la lectura directa de los propios escritos de Mariátegui).

Para tratar de ensayar alguna respuesta que explique esas «desatenciones» se me ocurren algunas razones. Señalo dos. En primer lugar, contra lo que se pueda creer, esos ensayos breves de Mariátegui no son siempre de lectura sencilla. Algunos resultan de difícil colocación, otros arrancan hacia un argumento o tema y luego siguen hacia otro, otros parecen interrumpirse más que terminar, etc. Hay que considerar que son textos que se escribían en un rato, a modo de ráfagas producidas en pocas horas para ser publicadas semanalmente en Mundial o Variedades.

Pero además, al releerlos hoy comprobamos que Mariátegui era un autor exigente para con sus lectores: aludía a una multitud de referencias, hechos y nombres sin acompañarlos de explicaciones o contextualizaciones. En ese sentido, creo que la metáfora habitual de Mariátegui como «traductor» pasa por alto el hecho de que más que ser un autor que traduce, es un autor que no-traduce, que supone o exige un lector muy curioso por las novedades contemporáneas. Tanto, que para entender cabalmente algunas de esas referencias a veces hoy es conveniente leerlo con Wikipedia (para saber mejor quién era el fascista Farinacci, quiénes los escritores rusos Fiodor Gladkov o Larissa Reissner, o qué cosa la efímera pero ruidosa corriente que en 1930 irrumpe en Francia bajo el nombre de «populismo literario»: uno de los últimos ensayos de Mariátegui en Amauta está dedicado a esa corriente).

La segunda razón tiene que ver con la ansiedad con que Mariátegui es leído sobre todo desde fines de los años 70 como el nexo que las izquierdas intelectuales y políticas habían estado buscando entre marxismo y nación. Eso se observa en los textos de Terán sobre Mariátegui cercanos al Congreso de Sinaloa (publica varios, algunos de ellos en la revista Controversia del exilio intelectual mexicano).

Es decir: sabemos muy bien —entre otras cosas gracias al magistral libro posterior de Terán, Nuestros años sesentas— que las izquierdas intelectuales se «nacionalizan» desde los años 60, si no antes (al menos, en Argentina, desde el grupo Contorno); que Abelardo Ramos y Rodolfo Puiggrós publican ensayos que tienen gran éxito de público y que promueven abierta y repetidamente esa fusión entre marxismo y nacionalismo; que otro tanto está ocurriendo en muchos países del continente, por ejemplo, con algunos intelectuales del ISEB brasilero, o con algunos de los muchos colaboradores de la revista Marcha en Uruguay, etc., etc.

Pues bien, sobre el cierre de ese ciclo, a fines de los años 70, Aricó y otros detectan en Mariátegui al intelectual que venía a mostrar que esa anhelada fusión tenía este antecedente tan ilustre y tan inspirador, que mostraba que había una tradición digamos «orgánica» de pensamiento marxista sobre la nación en América Latina. Bueno, esa operación, que de diversos modos llega hasta hoy, con investigadores que básicamente repiten el libreto de Aricó, inhibió más o menos directamente la lectura de la masa (y de verdad que es una masa) de textos de Mariátegui que no abonan esa lectura.

LF

Sobre esto último que señalás, me resulta interesante notar que la ruptura de las lecturas de Mariátegui desde el nacionalismo-popular también se relacionan con una época —por usar una noción del propio Mariátegui— en la que la globalización ha erosionado a los proyectos, los relatos y las identidades nacionales. En uno de tus textos anteriores remarcaste la importancia de la noción de crisis, globalmente entendida, como una preocupación central, constante, en el itinerario intelectual de Mariátegui. 

En base a tu propuesta de lectura, ¿creés que podemos hacer una crítica cosmopolita a la globalización y a sus efectos? ¿Pensás que el socialismo cosmopolita de Mariátegui puede ser llevado a las discusiones actuales de las izquierdas?

MB

Es una pregunta muy interesante, sobre la que no puedo más que aventurar respuestas tentativas. Es interesante y compleja, porque además implica adentrarse en los debates contemporáneos sobre cosmopolitismos que se vienen desarrollando desde las humanidades —desde la filosofía y los estudios literarios, pero también desde vertientes de la sociología o la historia—, y que han dejado muy atrás la tradicional desconfianza de las izquierdas hacia la propia noción de cosmopolitismo, asociada en esas miradas a un atributo superficial de las élites burguesas o pequeñoburguesas.

En el propio Mariátegui la referencia al cosmopolitismo aparece innumerables veces, y con sentidos cambiantes. Para él no había duda —y ese era un rasgo compartido en general con las vanguardias estéticas— que se asistía a una era cosmopolita.

Mariátegui seguía el lema de Terencio, aludido en el editorial del primer número de su revista Amauta: nada de lo humano le era ajeno. Sus textos pulsan todos y cada uno de los fragmentos de su época, esa época que lo englobaba todo y que él llama «la escena contemporánea». Por eso escribe sobre Japón, la India de Gandhi y Tagore, la Revolución Mexicana, Colombia, la tradición filosófica y literaria idealista norteamericana, los mundos intelectuales, políticos y artísticos de Italia y Francia, los países de Europa del Este (dedica ensayos breves a «la escena yugoslava», «la escena polaca», «la escena búlgara»), la «nueva literatura rusa», etcétera.

Es un internacionalista también en el sentido técnico de la palabra, alguien con vocación de análisis en política internacional (por eso cuando cumple un cuarto de siglo, en 1929, la revista Variedades de Lima le pide un ensayo de síntesis sobre el acontecer del mundo que aparece bajo el título de «25 años de sucesos extranjeros»).

Pero la noción de socialismo cosmopolita desde la que pienso la praxis intelectual de Mariátegui no es tanto una categoría nativa, proveniente de su tiempo, como un concepto que surge en diálogo con las reformulaciones y debates actuales en las humanidades que recién mencionaba. Allí mi referencia mayor es el libro de Mariano Siskind Deseos cosmopolitas. Modernidad global y literatura mundial en América Latina, que utilizo un poco libremente para caracterizar a Mariátegui al menos en dos sentidos. Por un lado, la noción de deseos cosmopolitas atrapa bien la verdadera avidez, la pulsión vital irrefrenable que tiene Mariátegui por conocer y aquilatar un juicio propio sobre cada episodio que conmueve al mundo, y por los personajes que los protagonizan (y allí se entreveran su formación inicial de periodista con su vocación por el ensayo breve y eléctrico). Es un deseo radical de modernidad que lo acompaña hasta el final de sus días.

Por otro lado, tomo también de Mariano Siskind una idea que me parece sumamente fértil para repensar las relaciones entre centros y periferias, y que se adecúa muy bien al caso de Mariátegui. El peruano no desconoce por supuesto la estructura de inequidades globales que jerarquizan la espacialidad del mundo. Pero esa constatación no lo lleva a adoptar la posición tan habitual de denuncia de los nudos en los que se concentra el capital cultural, y por esa vía a un repliegue identitario. Por el contrario: su cosmopolitismo lo lleva —para debatir con André Breton— a pretender ser más parisino que cualquier intelectual parisino, aún viviendo en Lima, a escudriñar la nueva realidad rusa sin haber pisado el país de los soviets, o incluso a escribir sobre el socialismo en el Japón, teniendo pocas referencias sobre ese país.

Y esa posición de enunciación, me parece a mi, es muy productiva. Es la que le permite, por ejemplo, ofrecer una de las primeras radiografías del fascismo elaboradas no solamente en América Latina, sino en todo el mundo; la que lo lleva a componer la respuesta seguramente más sofisticada al ensayo liquidacionista del marxismo del socialdemócrata belga Henri de Man, en su saga de ensayos titulada «Defensa del marxismo» (que, en rigor, es una recreación del marxismo); la que, por esa vía, lo conduce a pergeñar uno de los primeros esbozos sobre las afinidades de marxismo y psicoanálisis freudiano. En virtud de esa avidez cosmopolita es que, como ya han señalado otros autores, podemos considerar a Mariátegui no meramente como un marxista latinoamericano, sino como un marxista tout court, alguien que en paralelo a Gramsci o a Benjamin busca intervenir en el campo global del marxismo de su tiempo.

Dicho esto, no quisiera rehuir al núcleo de tu pregunta. ¿Qué ofrece hoy una crítica a la globalización capitalista encarada desde el punto de vista de un socialismo cosmopolita como el de Mariátegui? Se me ocurren tres cosas. Por un lado, y pensando en cómo formulás la pregunta (la globalización y sus efectos), sabemos que un efecto muy notable de la globalización han sido las respuestas nacionalistas que están detrás del auge de las nuevas derechas de nuestro tiempo. En una línea análoga a la que por ejemplo han venido trabajando en las dos últimas décadas tanto Ètienne Balibar como Sandro Mezzadra, la crítica cosmopolita tiene un papel por jugar en la producción de mundos que resistan a esas tendencias.

En segundo lugar, un socialismo cosmopolita supone por supuesto la asunción de una posición internacionalista. En nuestro contexto de crisis sistémica —crisis capitalista, crisis ecológica, etc.— el internacionalismo pareciera ser aún más necesario que en tiempos de Marx o de Mariátegui. Ahora es casi un recurso de salvación planetaria, más que de emancipación social (pienso en la fórmula de Noam Chomski, «internacionalismo o extinción»). Y en ese sentido, siendo muy notable, al internacionalismo de Mariátegui en general se le ha prestado poca atención relativa entre sus estudiosos (como ocurre con el internacionalismo de otras figuras de países periféricos, un internacionalismo periférico sobre el cual vienen trabajando historiadores como Manu Goswami, Michele Louro o el propio Dipesh Chakrabarty, que a distancia del pensamiento decolonial recupera un Fanon universalista). En ese sentido, en América Latina se observa un reverdecer del internacionalismo desde algunas franjas del movimiento feminista o del ambientalismo, una postura que puede filiarse en Mariátegui.

Pero, en tercer lugar, si hablamos de cosmopolitismo es porque el internacionalismo, mientras alude a una tradición de luchas de clases, no parece suficiente para considerar el lugar que Mariátegui otorga a la cultura (a la literatura, a las artes plásticas, al cine, a las vanguardias, a la comunicación de masas) en sus ensayos. La noción de socialismo cosmopolita, que lleva implícito un punto de vista internacionalista y de clase, me parece que, en ese sentido, le hace más justicia al conjunto de su producción ensayística. Y, de paso, se conecta con el lugar que las luchas culturales tienen en la producción de perspectivas críticas sobre nuestro mundo actual.

LF

Acabas de publicar una nueva compilación de escritos de Mariátegui, Aventura y Revolución Mundial. Escritos alrededor del viaje. El prólogo que escribiste comienza con una mención a una entrevista en la que Mariátegui responde que su afición predilecta es viajar, y donde se describe como un «hombre orgánicamente nómada, curioso e inquieto». ¿Qué relación encontraste entre las cuestiones del viaje y la aventura en el itinerario intelectual de Mariátegui, es decir, con su «socialismo cosmopolita»?

MB

Efectivamente, cuando Alejandra Laera me invitó a preparar un volumen para la colección «Viajeros/Viajeras» sobre Mariátegui y la temática del viaje, de inmediato pensé en esa respuesta poco conocida en la que señala que su mayor afición es viajar. Y no solo eso: como bien mencionás, se describe allí como «orgánicamente nómada», una imagen que está en las antípodas de una idea que circula de él y que lo ubica como alguien muy circunscripto a un espacio de fronteras muy nítidamente delimitadas, sea el de su país, el Perú, o el de América Latina.

La conexión con la cuestión del viaje en este libro de todos modos no es lineal. No se trata de un volumen que se limita a reunir los escritos de viaje de Mariátegui, los de sus años de su viaje a Europa entre 1919 y 1923. Los textos de ese periodo conforman solamente una de las cinco secciones del volumen. Luego, hay textos que provienen de momentos muy distintos de su itinerario intelectual, desde su temprana juventud a sus últimos años. Por eso se trata de escritos «alrededor del viaje», informados o afectados por la cuestión del viaje, ya sea como deseo o anhelo, como experiencia directa o como huella.

Hay entonces en el libro dos entradas principales al asunto del viaje. Por un lado, el viaje como una experiencia crucial para Mariátegui, una experiencia que le dejará marcas indelebles y que continuará alimentando su reflexión hasta el final de su vida. Allí hay un nexo con la perspectiva del socialismo cosmopolita que yo había desarrollado en la Antología de Siglo XXI publicada en 2020, porque es durante el viaje que no solo se afirma en Mariátegui su perspectiva marxista y revolucionaria, a la vez que su afán inextinguible por las vanguardias estéticas; es decir, no solamente es allí cuando comienza a darse ese maridaje tan excepcional que nutre su pensamiento entre vanguardismo político y vanguardismo estético.

Además de eso, a partir del viaje su praxis se desarrollará al interior de una situación irremisiblemente mundial, eso que llama «escena contemporánea». Es decir, Mariátegui es un intelectual situado, solo que situado en las líneas de tensión y las atmósferas que colorean al mundo como un todo. Y ese es otro rasgo del que Mariátegui se adueña en viaje, pero que lo acompaña en su regreso a Lima hasta el final de sus días. Porque incluso sus escritos sobre la realidad peruana surgen alimentados y estimulados por las dinámicas mundiales.

La segunda entrada tiene que ver con que el viaje para Mariátegui sirve para ilustrar su filosofía de la revolución. Su concepción radicalmente subjetivista tiene una fuente de inspiración en la figura del viajero, que es alguien que transforma y se deja transformar conforme avanza. De allí el profundo interés que tiene por el tema de la aventura, que recorre parte de su ensayística en sus últimos años. La aventura como posibilidad de experimentación de lo nuevo, lo que emerge y trastoca; y por eso mismo, la aventura como experiencia que activa sensibilidades antiburguesas.

En distintos diálogos con Alejandra Laera, esas dos entradas al tema del viaje nos condujeron al título del libro, Aventura y revolución mundial, que tiene también un lazo bastante claro con la cuestión del socialismo cosmopolita.

LF

Mencionaste el análisis que hace Mariátegui sobre las derechas de su tiempo. Inclusive me resultó algo llamativo que decidiste comenzar la Antología con una serie de textos dedicados directamente a la comprensión del fenómeno fascista. En un artículo que escribiste sobre este tema en específico, señalaste que Mariátegui ofrece una lectura desprejuiciada del fascismo, algo que resulta muy excepcional entre la intelectualidad de izquierda de ese momento; y creo que podríamos ponernos de acuerdo en que aún hoy la forma en la que Mariátegui se propuso entender a sus máximos «rivales» políticos sigue siendo la excepción y no la regla.

¿Podrías reponer brevemente esa interpretación? Y, por último, ¿Por qué crees que Mariátegui tuvo esa flexibilidad, digamos, «intelectual» para acercase sin prejuicios al fenómeno del fascismo? A sabiendas de que, global y regionalmente, la (re)emergencia de la ultraderecha vuelve a ser un tema obligado para las izquierdas.

MB

En efecto, me parece que el modo en que Mariátegui se sitúa muy tempranamente ante el ascenso del fascismo (el fascismo italiano, pero también otros fenómenos de derecha radical del período de entreguerras) se destaca por su infrecuencia en la historia intelectual y política de las izquierdas. En general, y especialmente en las Américas (en Europa, gracias a las huellas que dejaron el fascismo y al nazismo, el panorama ha sido un poco distinto), los fenómenos de derecha recientes como el trumpismo o el bolsonarismo tendieron a ser subestimados en su ascenso al poder. Lo mismo ocurrió con el fenómeno macrista, que desde su emergencia luego de 2001 permaneció casi sin ser explorado, y solo comenzó a ser examinado en profundidad en vísperas de la llegada de Macri a la presidencia en 2015.

La ola de la nueva derecha global ha cambiado un poco las cosas, y ahora contamos con libros como el de Pablo Stefanoni o la traducción de Las nuevas caras de la derecha de Enzo Traverso, además de una saga reciente de ensayos sobre el bolsonarismo. Pero, en términos generales, me parece que una mirada retrospectiva a los juicios emitidos desde las izquierdas sobre las derechas muestra que en el pasado se tendió a repetir libretos y esquemas bastante guionados.

En Mariátegui encontramos en cambio una verdadera curiosidad por el fenómeno fascista, al punto que algunos de los ensayos que escribe desde Europa son una suerte de pequeñas etnografías del movimiento o de algunas de sus figuras. ¿Qué lo mueve a ello, me preguntás? Varias cuestiones. En primer término, Mariátegui se ha educado como periodista, y las llamadas «Cartas de Italia» que publica en el diario El Tiempo de Lima tienen como uno de sus fines informar e ilustrar a los lectores peruanos y latinoamericanos acerca de la fisonomía y los personajes que conforman los fenómenos italianos y europeos de actualidad. La avidez que muestra Mariátegui ante los asuntos emergentes tiene en parte origen en su entrenamiento intelectual en las redacciones de los periódicos.

Pero esa gimnasia periodística se conecta de un modo notable con la verdadera fascinación por lo nuevo que Mariátegui evidencia. Es una fascinación que no puede desligarse de sus lecturas de la crisis y del eclipse de la civilización decimonónica que sobreviene con la Guerra del 14, y de su embanderamiento detrás del acontecimiento de la Revolución Rusa y por esa vía del carácter «romántico» o revolucionario (usa ambos términos) que embarga a la época. Pero que tampoco puede desligarse de su fascinación por las vanguardias, máxima expresión de ese culto a lo nuevo en la situación de entreguerras: del aliento que trae el futurismo, en primer lugar, pero sobre todo del movimiento surrealista, cuyos avatares persigue afanosamente hasta el momento de su muerte en 1930.

Es ese interés por lo nuevo el que lo lleva a interesarse por el fascismo, a tratar de entenderlo, interpretarlo, radiografiarlo y, lo que es más notable aún, incluso a extraer de él elementos a ser readaptados en su proyecto de reelaboración del marxismo y el socialismo. Si Sorel es la vía intelectual de recepción del tema del mito, tan caro a su concepción de la política y de la revolución (y, más en general, a su visión de la sentimentalidad de la época), de ciertos estratos del fascismo o del protofascismo, como la aventura de D´Annunzio en el Fiume o el apotegma mussoliniano del «vivir peligrosamente», extrae también núcleos que en su perspectiva hacen a la trama profunda de su contemporaneidad y que por tanto conforman un «humus» del que el socialismo debe nutrirse.

Lo mismo se observa en relación al desprejuicio que muestra hacia el resonante libro del intelectual reaccionario francés Henri Massis Defensa de Occidente. Por supuesto, esa heterodoxia de la lectura se coloca al servicio de su proyecto socialista, pero un proyecto que tiene la virtud de ser a la vez muy firme y muy poroso. Creo que esa doble condición de Mariátegui —indoblegable y flexible, intransigente en su socialismo pero asombrosamente plástico y desprejuiciado en sus múltiples intereses— es uno de sus legados más valiosos.

MARTÍN BERGEL

Historiador y profesor en la Universidad de Buenos Aires.

Publicado en: Cultural, Peru, Titular1

La lealtad tuvo nombre. César Vallejo, el poeta peruano de la nostalgia y de los estremecimientos.

14/05/2023 by Vitalio Deja un comentario

Por: Yeilén Delgado Calvo

                                César Vallejo, quien, como también hiciera Heras León, repartió el pan, por encima de los odios. 

Hay que escribir sobre César Vallejo, el poeta peruano de la nostalgia y de los estremecimientos, que murió en París hace 85 años, pero la imaginación no vuela hacia aquella andina y dulce Rita de junco y capulí, ni hacia el pájaro salvaje que llorará en las tejas.

Se vuelve a ver, por el contrario, a un hombre enjuto, que llega a un aula donde el sol entra tan poco que parece ubicada fuera del tiempo. Un hombre muy mayor, pero con la energía vital de las personas asiáticas, a quien una mano le tiembla levemente, que toma asiento y se dispone a leer unas hojas que ha traído consigo.

Habla bajo, muy pausado, y ninguno de los muchos alumnos se atreve, no piensa siquiera, en despegar los labios, mientras el hombre narra aquellos que quizá hayan sido los años más terribles de su vida.

Cuenta del absurdo, de las acusaciones, cuenta de su largo soliloquio frente a una pistola: «Me mato, no me mato…», y cuenta de su decisión de resistir, y no de cualquier manera, sino con hidalguía, dando todo de sí, a ritmo febril, sin perder la fe en la justicia y en la capacidad de la historia de poner a cada cual en su lugar.

En quienes lo escuchan, se suceden la incredulidad, el dolor, y finalmente la admiración, porque aquel hombre, que no es cualquier hombre, sino Eduardo Heras León, premio nacional de Literatura, responsable de que existiese ese curso del Centro de Formación Literaria Onelio Jorge Cardoso, escoge estas y no otras palabras para terminar: La historia «nos juzgará por lo que no dejamos de ser. Nosotros fuimos y somos auténticamente revolucionarios. Nosotros somos (…) la generación de la lealtad, de la lealtad a los principios, a los ideales (esa palabra que hoy causa tanto escozor a muchos oídos, y sonrisas de conmiseración a muchos labios) y que yo repito aquí con orgullo».

Y, para entonces, cada joven en esa habitación está tremendamente conmovido, habrá quien se escape afuera para que no le vean correr las lágrimas. El aplauso final de cada clase será esa vez largo, hondo, como un abrazo contenido que se desata.

No es casualidad que el hombre tan querido escogiera leer ese texto, sin más añadiduras, ni tampoco una manera de hurgar en la llaga, de pedir cuentas al presente por el pasado, es –como él mismo dice– un testimonio de su lealtad; una manera de saciar la curiosidad de los incipientes escritores que casi lo veneran y también de decirles: para mí la vida es, sobre todo esto, entender que hay cosas más grandes que uno mismo, y estoy feliz de haber creído.

En una agenda de aquellos años una frase de Heras tomada al vuelo es también testimonio de esa dulce austeridad del carácter: «Los libros que he dejado de escribir son los libros que ustedes escriben».

No todos los escritores se sublevan ante el mito de que la inspiración se marcha si se teoriza sobre el oficio, no todos los escritores se entregan a formar la que puede ser su competencia, ni entran a la obra ajena con la vocación delicada del maestro.

Todo eso hizo el Chino Heras, el del hogar cálido junto a Ivonne Galeano, con las paredes repletas de libros y las puertas abiertas a los estudiantes alborotadores, que colonizaban el espacio porque los anfitriones no dejaban que la conciencia del privilegio de estar allí les encartonara la espontaneidad; muchachas y muchachos que se quedaban alelados, con el dulce a medio camino entre la mano y la boca, cuando Eduardo contaba de las cosas de Roque, y ellos sabían que era Dalton.

Y quizá por eso, ante la despedida del Heras de tantos, se piensa en él si se piensa en Vallejo, porque los intelectuales consecuentes inspiran un respeto que va más allá de las posiciones políticas, un respeto que nace de los mismos valores sobre los que ellos erigen sus obras. Los verdaderos revolucionarios no son fanáticos, no son sectarios; son, eso sí, radicales sin dejar de ser profundamente humanos.

Ante la coyuntura de la pérdida, recurren unos versos vallejianos de estatura universal: Hay golpes en la vida, tan fuertes… Yo no sé! / Golpes como del odio de Dios…

Pero también, y sobre todo, estos otros: Y en esta hora fría, en que la tierra / trasciende a polvo humano y es tan triste, / quisiera yo tocar todas las puertas, / y suplicar a no sé quién, perdón, / y hacerle pedacitos de pan fresco / aquí, en el horno de mi corazón…!

Repartir el pan, por encima de los odios, y perseverar en ese darse… esa es la idea que acude cuando se debe escribir sobre César Vallejo y se vuelve a ver, por el contrario, al hombre enjunto que llega a un aula, que seguirá llegando.

Publicado en: Cultural, Peru, titular2

El agotamiento de la política clásica en Perú

23/04/2023 by Vitalio Deja un comentario

Por: Eduardo Gudynas

Son muchos los que sostienen que Perú está atravesando una severa crisis, casi siempre calificada como política o institucional, con violentas represiones de las marchas ciudadanas, y aunque los agrupamientos políticos se desacreditan cada vez más, de todos modos mantienen cuotas de poder.

En muchos sentidos esa descripción es acertada, y es urgente denunciar esas represiones y esas muertes. Pero eso no debe impedir hurgar en causas más profundas. Se debe explorar las implicancias de que los eventos actuales sean parte de una sucesión de hechos que comenzaron antes de la presidencia de Dina Boluarte, e incluso antes de la gestión de Pedro Castillo, y tienen una duración mucho más larga. Se lidiaría con el agotamiento de los mecanismos e institucionalidades de la política convencional que avanza, poco a poco, por la resignación de algunos y la aceptación de otros. De ese modo, la presente crisis o las anteriores serían síntomas de una enfermedad crónica.

Un primer plano se ubica la durísima represión gubernamental con su saldo de casi 70 muertos y centenares de heridos. Esos hechos han sido denunciados por muchos, tanto dentro de Perú como a nivel internacional. Pero como ocurre en varios países, también están los que consideran que los violentos eran los que marchaban en las calles de Lima y otras ciudades, respaldaron las acciones policiales y militares, y entendían que las muertes se debían a eventos que se salieron de control. En esas posiciones asoma la ingenuidad y el temor.

En efecto, la ingenuidad radica en una concepción simplista de la violencia, ya que se tolera o reclama aquella que ejerce el Estado, pero al mismo tiempo desconoce que los que desde distintos rincones del país llegaron a Lima, en sus lugares de origen sufren cotidianamente de todo tipo de violencias, desde hace largo tiempo, y que incluso es ejecutada o tolerada por ese mismo Estado. Es además una postura temerosa por el miedo que sienten ante los manifestantes, ante los que llegaron desde las regiones, a esos otros que conciben como distintos, y ese sentir los lleva a aceptar que se los reprima con violencia.

En efecto, muchos de los que protestan han padecido múltiples formas de violencia, y no son pocos los que, aplastados por ella, apenas sobreviven. Son testigos de la prepotencia o las torturas policiales, los amenazados por empresarios o políticos, o los que sufren a las bandas criminales. Todo ello está embebido en otras violencias que no pasan por el castigo corporal, sino que están en la exclusión y menosprecio. La sufren vecinos y comunarios, y eso hace que en muchas ocasiones la reproduzcan dentro de sus comunidades y familias. Responden con violencia porque eso es lo que padecen, lo que observan y lo que sufren.

No comprender esta situación lleva a ingenuidades que nublan la reflexión, alimentando alertas simplistas, especialmente desde las clases acomodadas en las grandes ciudades, que denunciaban ácidamente la violencia de los de abajo, aunque al mismo tiempo negaban que ellos mismos, por estar allí arriba, tienen mucha responsabilidad en lo que sucede. Pero su simplismo, la ingenuidad y el miedo, hizo que presionaran por enviar a los policías y militares, exculpándose de las muertes y heridos como excesos de unos pocos, pero que en realidad es una forma disimulada de tolerarlo como si fueran las bajas colaterales en una guerra.

Esas posiciones expresan lo que podría calificarse como auto-exclusiones morales. Son personas que no se sienten corresponsables en que la diseminación de la violencia. Esa prescindencia lleva a que se tolere la violencia, y con ello, promueve que se repita. Del mismo modo, casi todos los políticos, sea en el gobierno, en el congreso y aún a nivel regional o local, muestran que esas muertes no les resultan intolerables o insoportables.

En esto hay un contraste con lo observado en otros países en otros momentos. Por ejemplo, en Argentina, bajo las protestas ciudadanas en 2002, la muerte de dos manifestantes fue un hecho considerado intolerable por buena parte de la sociedad pero también asumido como tal por la clase política, lo que llevó a que Eduardo Duhalde, en ese momento presidente, adelantara el cronograma electoral para tener elecciones a los pocos meses y desechar a una posible reelección. Nada de eso ocurrió en Perú en los últimos meses: Boluarte se aferra a su silla presidencial, y la tragedia que vive el país no le resulta vergonzosa a la mayor parte de los congresistas. Son actitudes que refuerzan la tolerancia y resignación ante la violencia y la muerte.

Esta condición tampoco es la primera vez que ocurre. Considerando mayores escalas de tiempo, se recordará que se han repetidos por años las movilizaciones y protestas ciudadanas que son contenidas por represiones violentas. En ocasiones amplios sectores de la sociedad reaccionan ante esos hechos, muchos de ellos horrorizados por las muertes. Por ejemplo, en 2009, después de conocerse la masacre en Bagua, desde Lima se repetía que había servido para una nueva comprensión de la realidad indígena y que un hecho así nunca debería repetirse. Pero ese rechazado se diluyó poco a poco, y esa es una cuestión clave que no puede pasar desapercibida. Con cada nueva crisis se va naturalizando la violencia, y al mismo tiempo se la naturaliza aunque cada evento puede ser un poco más grave que el anterior.

Denunciar la situación actual es necesario, pero es igualmente alarmante, o tal vez más, que se repita. Esa deriva la subraya, por ejemplo, José de Echave, quien fuera candidato a la vicepresidencia por Nuevo Perú, agregando que “transcurridos 20 años del informe de la Comisión de la Verdad y Reconciliación y 40 años de la violencia que golpeó al país, pareciera que nada sustantivo ha cambiado” (1). Queda en evidencia una resistencia, como advertía años atrás Víctor Vich, para reconocer lo traumático y grotesco de la violencia, el miedo y el autoritarismo (2).

Ante esas circunstancias siempre se elevaron denuncias y resistencias, y podría decirse que las mayorías despreciaban prácticas como torturas, golpizas o represiones violentas a manifestantes. Pero lo que está ocurriendo es que los balances en estos y otras cuestiones, se modificaron, en especial después de la pandemia por coronavirus. Se volvió más común aceptar la violencia y la muerte. Se llega a los extremos actuales tales como disparar contra multitudes, algo que ni siquiera ocurrió bajo el fujimorismo según describe Eduardo Cáceres, de la Asociación Pro Derechos Humanos (Aprodeh) (3).

Esa aceptación de la muerte de las personas y también de la naturaleza es propia de la condición de la necropolítica. A pesar de las denuncias y de los intentos de cambiar esas conductas, incluso más allá de algunos éxitos, parecería que ya no se logra detener la violencia, y poco a poco avanza la aceptación de ese dejar morir (4).

Estas circunstancias no responden únicamente a limitaciones o perversidades en las personas, sino que los propios mecanismos e instituciones políticas se muestran incapaces de resolverlos. Es por ello que las crisis se repiten bajo distintos actores, y la desaprobación con los políticos trepa a niveles escandalosos, superando el 90%. Se disemina la necropolítica, y que ese extremo pase desapercibido para muchos, es otra indicación del agotamiento de la política bajo la modernidad contemporánea.

El término agotamiento refiere a la incapacidad para generar respuestas, sean innovaciones o reformas, sea en las prácticas o en las instituciones, para revertir la sucesión de crisis que se sustentan sobre la violencia y la muerte. Esta interpretación, aunque use otras palabras, esencialmente se corresponde con la de José Carlos Agüero al diagnosticar que se está ante un colapso social. Por lo tanto, agrega, no son crisis sino un colapso por el cual las instituciones dejan de serlo y el tejido social se deshilvana (5).

La deriva hacia la necropolítica justamente resulta de ese colapso en tanto hay una imposibilidad en lograr una respuesta social generalizada que bloquee nuevas violaciones en los derechos de las personas y la Naturaleza, en asegurar la calidad de vida o en fortalecer la democracia. Ese agotamiento también radica en negar o minimizar que esta problemática se arrastra desde hace años. La necropolítica es muy efectiva en producir cegueras a sus propias consecuencias. A su vez, lo que se interpreta como “una crisis” pasa a ser una consecuencia más de esas condiciones. Las herramientas de análisis usuales también adolecen de límites; por ejemplo, abordar los eventos recientes desde las ideas de clase, raza o subalternidad pueden tener sus utilidades específicas, pero son insuficientes.

En estas circunstancias postular respuestas ante la crisis, tales como aplastar la protesta ciudadana carece de todo fundamento, no sólo porque acentuará la necropolítica sino porque no resuelve ningún problema y al poco tiempo estallará otra crisis. Restituir a Pedro Castillo como proponen unos pocos, no solo deja en claro que no se entiende la coyuntura, sino que los que eso postulan también son parte del problema. Promover elecciones presidenciales cuanto antes, como exigen unos cuantos más, serviría para descomprimir la crisis presente y acabar con la represión, lo que no es poca cosa. Pero si las causas son más profundas y van más allá de las personas, como se argumenta aquí, tampoco está asegurada una solución sustantiva. Ni siquiera la convocatoria a un proceso constituyente puede asegurarlo, porque dadas las actuales tendencias en el electorado es posible que se repita un escenario similar a la última elección, dominado por la fragmentación y las posturas conservadoras e incluso reaccionarias.

Para enfrentar y revertir la condición necropolítica es necesario avanzar en al menos dos frentes a la vez. Por un lado, reconstruir el sentido de pertenencia a una misma comunidad política, incorporando en especial a los excluidos y marginados. Por otro lado, se debe promover una política pero que tiene que ser de otro modo (una “política otra”). Esta podrá incluir mecanismos, instituciones y prácticas políticas que pueden ser conocidas pero que deben obligatoriamente ajustarse y desplegarse de otros modos, junto a necesarias innovaciones. Ese esfuerzo descansa en una postura que debe ser muy distinta a la que siguen los políticos convencionales. Debe ser una política que no tolera la violencia, ni siquiera desde el Estado, se espanta con las muertes, y su propósito, irrenunciable, es detener la necropolítica y avanzar hacia el fortalecimiento de la democracia y la protección de la vida. Para iniciar esa tarea es indispensable que el primer paso sea reconocer la condición necropolítica.

Notas

1. Las cifras que duelen, J. de Echave, Noticias Ser, 1 marzo 2023, https://www.noticiasser.pe/las-cifras-que-duelen

2. El caníbal es el otro. Violencia y cultura en el Perú contemporáneo, V. Vich, IEP y Horizonte, Lima, 2017 [2002].

3. Eduardo Cáceres: “Disparar a multitudes movilizadas en marchas, eso no sucedió ni en el fujimorismo”, A. Telles, entrevista a E. Cáceres, Noticias Ser, 7 marco 2023, https://www.noticiasser.pe/eduardo-caceres-disparar-a-multitudes-movilizadas-en-marchas-eso-no-sucedio

4. Hoy es distinto: políticas de la muerte y las aperturas a otra política, E. Gudynas, Cuestiones y Disputas en Otra Política No 1, 27 febrero 2023 – https://otrapolitica.substack.com/p/01necropoliticayalternativas

5. José Carlos Agüero: “La gente suele decir que estamos en una crisis política, pero es otra cosa: es un colapso social”, E. Patriau, La República, 18 diciembre 2022, https://larepublica.pe/politica/actualidad/2022/12/18/jose-carlos-aguero-la-gente-suele-decir-que-estamos-en-una-crisis-politica-pero-es-otra-cosa-es-un-colapso-social-congreso-dina-boluarte

Eduardo Gudynas es analista en el Centro Latino Americano de Ecología Social (CLAES).

En redes: @EGudynas

El presente artículo es parte de una reflexión sobre la diseminación de la necropolítica en América Latina y las alternativas para una política de otros modos. Los aportes se pueden seguir en el sitio otrapolitica.substack.com

Una primera versión de este artículo se publicó en Noticas Ser (Perú)

Publicado en: Peru

Organizaciones denuncian que pone en riesgo el bosque amazónico y a los indígenas que lo habitan. Pueblos indígenas en aislamiento denuncian un proyecto de ley en Perú que podría terminar con sus derechos

23/04/2023 by Vitalio Deja un comentario

Fuente: Página 12

 

“Si a esa área de protección indígena va una empresa petrolera o maderera estaríamos extinguiendo a estos hermanos”, denunció Tabea Casique del pueblo Asheninka.

Los pueblos indigenas en saituación de3 aislamiento y contacto inicial (PIACI) denunciaron que Perú quiere implementar un proyecto de ley para terminar con sus derechos y avanzar con la explotación de tierras indígenas en la Amazonia.

De aprobarse el proyecto, más de nueve millones de hectáreas de bosque amazónico (el 13,5% de la Amazonia peruana) estarían bajo riesgo.

La denuncia fue presentada en el Foro Permanente de la ONU sobre Pueblos Indígenas por Tabea Casique, líder indígena secretaria de Asociación Interétnica de Desarrollo de la Selva Peruana (AIDESEP). Casique intenta que el relator especial de la ONU para Pueblos Indígenas le envíe una carta a la presidenta de Perú, Dina Boluarte, para que frene el proyecto.

Un proyecto discriminatorio

La líder indígena denunció que el proyecto, impulsado por el diputado Jorge Morante del partido de derecha Fuerza Popular, terminaría con los modos de vida e incluso la existencia de 7.500 personas de 25 pueblos indígenas en aislamiento y contacto inicial o PIACI.

La AIDESEP define a los PIACI como los pueblos indígenas en situación de aislamiento y contacto inicial “integrados por hombres y mujeres que decidieron aislarse de las graves amenazas históricas y actuales que atentan contra su supervivencia”.

Casique, del pueblo Asheninka, explica que la iniciativa de Fuerza Popular, un partido fundado por Keiko Fujimori (hija del exdictador Alberto Fujimori), deja en manos de los gobernadores regionales “decidir la existencia de los PIACI”.

El proyecto de ley promueve “actividades económicas extractivas” dentro de los territorios protegidos por ley y tratados internacionales, por eso Tabea Casique denuncia que existe un conflicto de interés.

“Lo plantean como un tema económico: si esa área no genera economía no estaría generando desarrollo”, cuenta la líder indígena, quien también criticó el texto del proyecto por “discriminatorio y atentatorio para los pueblos indígenas” que circula entre Brasil y Perú sin entrar en contacto con el mundo exterior.

La Amazonia, en un “punto de no retorno”

Los pueblos indígenas en aislamiento o contacto inicial sólo salen un par de veces por año “cuando los ríos bajan con poca agua porque algo quieren decirnos”, como que “posiblemente están sufriendo alguna invasión”, indicó Casique.

“Si a esa área de protección indígena va una empresa petrolera o maderera estaríamos extinguiendo a estos hermanos”, denunció

“La Amazonía está en un punto de no retorno”, asegura. Y explica: “Estamos pidiendo que esa ley se detenga y más bien que se dé mayor atención a los hermanos PIACI”.

El proyecto de ley impulsado por Fuerza Popular, un partido de la derecha peruana, los procesos para reconocer a los PIACI y crear reservas indígenas ya no estarían a cargo del ministerio de Cultura, de Ambiente y de otras ocho entidades del Estado y pasarían a ser responsabilidad de los gobernadores y las universidades locales.

“El proyecto es inconstitucional al pretender la regresión en derechos humanos y atentar contra los principios de descentralización” y las leyes actuales, según un informe de AIDESEP, que agrupa a nueve organizaciones regionales, 109 federaciones y 2.439 comunidades nativas.

“Vulnera de manera directa su derecho a la vida y la salud de estas poblaciones extremadamente vulnerables, violando sus derechos fundamentales constitucionalmente protegidos”, indica el informe de la concertación de pueblos indígenas.

Perú cuenta con cuatro millones de indígenas que se agrupan en 55 grupos que hablan 47 idiomas. En 2007 el país votó a favor de la Declaración de las Naciones Unidas sobre los Derechos de los Pueblos Indígenas y ratificó el Convenio 169 de la Organización Internacional del Trabajo.

“Solo pedimos tener un ambiente sano, sin contaminación y proteger a nuestros hermanos”, refuerza Casique.

Publicado en: Peru

PERÚ. ¿Quién era el líder indígena asesinado por los paramilitares?

16/04/2023 by Vitalio Deja un comentario

Fuente: Insurgente.org

Santiago Contoricón, líder de la comunidad originaria asháninka en la región de Junín (sur), fue asesinado con cinco disparos por paramilitares. Considerado un sobreviviente de las masacres del Ejército en la lucha contra Sendero Luminoso, el activista y político se había vuelto un referente del combate a la tala ilegal y el narcotráfico en la zona del Vraem.

El líder de la comunidad asháninka —pueblo originario de la amazonía peruana— fue asesinado en la madrugada del sábado 8 de abril en su vivienda de la localidad de Puerto Ocopa, en la región de Junín (sur). De acuerdo a la investigación policial, el líder indígena recibió cinco disparos.

Sobre la figura de Contoricón recaen relatos de resistencia a la irrupción del Ejército y la conformación de Comités de Autodefensa de Puerto Ocopa, una zona relacionada a la producción y tráfico de cocaína controlada por grupos narcotraficantes apoyados por policía y gobiernos locales en la zona conocida como Vraem, la conjunción de los ríos Apurímac, Ene y Mantaro.

Contoricón fue considerado un sobreviviente de las más de 400 víctimas del pueblo asháninka reconocidas por la Comisión de la Verdad y Reconciliación (CVR), tras las diversas masacres perpetradas por el Ejército en su guerra contra cualquiera que sospecharan de pertenencia a Sendero Luminoso en la región de Junín.

Además de su actividad comunitaria, Contoricón también supo participar en política. Fue alcalde del distrito de Río Tambo (2003-2006), primer regidor en la Municipalidad Provincial de Satipo (2007-2010) y consejero regional por la provincia de Satipo en el Consejo Regional de Junín (2015-2018).

En la actualidad, se desempeñaba como un referente en la lucha contra la tala ilegal de bosque nativo y contra el narcotráfico en la región, en la cual fueron asesinados 59 líderes indígenas y defensores medioambientales entre 2012 y 2022.

Las autoridades indígenas de la zona destacan que el dirigente indígena y comunitario no contaba con un esquema de seguridad reforzada a pesar de su preponderante rol en la lucha contra agrupaciones clandestinas de tráfico de drogas que dominan la zona, dirigidas por empresarios y políticos. Según el diario La República, sobre esos grupos se ciernen las mayores sospechas, dado que ya habían amenazado al dirigente con mandarle a los paramilitares.

La Confederación de Nacionalidades Amazónicas del Perú (CONAP) exigió justicia por el asesinato del líder asháninka.»Condenamos este acto cruel y exigimos a los poderes del Estado que se investiguen las causas, se identifique a los autores materiales e intelectuales del asesinato del hermano asháninka y que no se quede en comisiones o palabras, sino que se haga justicia con celeridad», señalaron.

Publicado en: Peru

La lucha por un Perú distinto no ha terminado

02/04/2023 by Vitalio Deja un comentario

Por: Hernando Cevallos

 

En Perú la derecha ha desatado la ira popular y las protestas no cesan. Si la izquierda logra unirse, articular a los distintos sectores y dejar detrás sectarismos y medias tintas, entonces una salida popular y transformadora de la crisis política es posible.

Entrevista por Revista Jacobin

Las protestas en Perú a partir de la destitución de Pedro Castillo y la asunción de Dina Boluarte no dan indicio de retroceder; por el contrario, cada vez son más los sectores que se suman a los reclamos en defensa de la democracia y por la convocatoria a elecciones anticipadas. Aunque la respuesta gubernamental y de las fuerzas represivas ha sido feroz, los sectores populares no están dispuestos a dar el brazo a torcer. Saben bien que lo que les espera si pierden esta lucha es la perpetuación de un sistema de profunda desigualdad social.

Para comprender un poco más el panorama peruano, las posibilidades de triunfo popular, el estado de la correlación de fuerzas y las potencialidades del movimiento articulado a partir de las protestas conversamos con Hernando Cevallos, exministro de Salud del gobierno de Pedro Castillo, quien, pese a haber permanecido solo seis meses al frente del ministerio, tuvo a su cargo la campaña de vacunación contra el COVID-19 y enfrentó con éxito la pandemia, lo que lo convirtió en uno de los funcionarios más reconocidos. Es también dirigente del recientemente fundado Movimiento por la Unidad popul

RJ

¿Cuál es el alcance y el significado de las movilizaciones actuales en Perú? ¿Qué se puede esperar?

HC

Para entender estas movilizaciones en el Perú es necesario tener algunos datos de referencia sobre qué fue lo que originó esta indignación social que se expresó a partir del 7 de diciembre. El Perú es un país partido. El Perú nunca llegó a ser una nación; son distintas culturas, costumbres, realidades socioeconómicas que nunca llegaron a integrarse, de manera que tenemos importantes sectores de nuestro país donde el Estado no tiene presencia significativa para la población. Son «países» que casi se autoabastecen, que tienen una educación sumamente limitada, en los que la salud casi no llega a los hogares, donde se mantienen costumbres ancestrales.

Entonces, esta gente postergada y excluida durante muchísimos años se siente separada por un abismo de la metrópoli, de las grandes ciudades, de las regiones que han logrado un mejor desarrollo, donde el Estado ha logrado consolidarse (porque a algún grupo de poder le interesó generar unos picos de crecimiento y algo de desarrollo en esos lugares). Pero esa situación marca una enorme diferencia con millones de personas, esa vida no es la de las grandes mayorías de peruanos y peruanas.

Estas diferencias siempre han estado ahí; el Perú siempre ha tenido distintos focos de confrontación, expresados en múltiples ámbitos, desde la cultura hasta la gastronomía. Esa acumulación de insatisfacción, de falta de identidad, deviene en crisis aguda cuando llega la pandemia. El crecimiento absolutamente inequitativo en nuestro país, y los desequilibrios que conlleva, fueron profundizados claramente por los efectos del COVID-19. Perú es el país con la mayor cantidad de muertos por millón de habitantes; el 80% de la población vive en la informalidad, la gran mayoría de las mujeres del campo no tienen ningún tipo de protección social, el 40% de nuestros niños presenta anemia, los índices de desnutrición son altísimos…

Todos esos abismos se profundizaron con la pandemia y, hasta cierto punto, fueron parte fundamental de las razones por las que triunfó Pedro Castillo. Castillo lo que hizo fue decirle a la gente: «tienen razón, esto no va más»; «la culpa la tiene el sistema: nos han mentido todas estas décadas»; «hay que cambiar este país»; «hay que cambiar la Constitución». Haya comprendido o no en su totalidad el mensaje, la gente entendió lo esencial. Y ese discurso venía acompañado de cambiar el Poder Judicial, el cuerpo público, la Defensoría del pueblo… Porque «no puede ser que haya un país rico con tantos pobres». La gente abrazó esa idea.

Llega entonces Castillo al gobierno. Los grupos de poder nunca reconocieron su triunfo. Incluso desde antes de que asumiera procuraron que no tuviera ningún tipo de estabilidad. La gran mayoría de los proyectos que mandó al Congreso —más de cincuenta— nunca fueron aprobados. Por otra parte, Castillo llega sin partido de gobierno. Llega por medio de un «vientre de alquiler» que se llamó Perú Libre, partido que nunca esperó más que pasar la valla electoral y se encontró, repentinamente, con cerca de 40 diputados (que, lógicamente, estaban muy lejos de los niveles de calificación que se necesitaban para poder enfrentar a la derecha).

Entonces Castillo —aislado y sin una formación ideológica sólida— lo que hizo fue tratar de retroceder todo lo que pudo para contentar a todos, a propios y a extraños, lo que dio por resultado un desorden gubernamental importante. Sin embargo, en el primer medio año de gestión logró dos elementos que fueron fundamentales para alcanzar una primera etapa de estabilización, a pesar de que la prensa y el Congreso intentaban jaquearlo por todos lados. Primero, no generó una caída en lo económico, sino que hubo cierta estabilidad; y, segundo, ante la pandemia, que a priori se presentaba como el Waterloo de Castillo, no le fue mal. Al contrario, Perú fue felicitado por muchos países por su trabajo.

Pero lo que no pudo hacer Castillo fue trabajar la estabilidad de su propio gabinete. Hizo un montón de cambios, y la derecha nunca le perdonó haber llegado al gobierno… no solamente a Castillo, sino a los sectores populares en general: nunca les perdonó haberse animado a plantear la necesidad de una serie de cambios de raíz. La caída de Castillo fue una maniobra irregular, ilegal, prepotente… Castillo hizo un intento de disolución del Congreso, no más que eso. Nunca tomó ninguna medida real para disolver el Congreso; no pasó del intento, pero ahora se lo quieren hacer pagar muy caro, y no solo a él, sino a toda la gente.

Ese es el caldo de cultivo de las movilizaciones: la gente siente que le han arrebatado la identidad, que le quieren quitar la esperanza, que quieren borrar su decisión electoral de haber puesto a Castillo (por más errores que haya tenido) y que quieren someterla nuevamente al mismo sistema de desigualdad profunda de siempre. Por eso la gente ha salido a las calles con la indignación con la que ha salido.

La derecha había leído esta situación con anticipación, por eso es que —por lo menos a mí— no me sorprende esta masacre que se generó en el sur. La derecha sabía que acá la gente no se estaba movilizando por un aumento de sueldo, que no se estaba movilizando por un acto de corrupción, sino que se estaba movilizando porque sentía que le habían robado la esperanza, se estaba movilizando porque quería que se cumplieran las promesas de cambios profundos del país. Las personas se movilizaron con total conciencia o no, pero proponiendo que se cumplan las promesas, que no son ni más ni menos que llevar adelante un proceso revolucionario en el país, y eso la derecha no lo iba a permitir.

Algunos por razones étnicas, otros en solidaridad con Castillo, otros porque quieren una Asamblea Constituyente y —con la solidaridad de importantes sectores que se daban cuenta que lo que la derecha quería era terminar con la posibilidad de la protesta en nuestro país— por el mismo derecho al reclamo. Hay muchas personas que se han sumado a las movilizaciones por vocación democrática, también.

Y el golpe a toda esa gente ha sido muy duro. El gobierno está muy aislado en nuestro país, pero trata de mantenerse. El Congreso, que no solo es un órgano reaccionario, sin principios, sino que además es una institución totalmente irresponsable, no se inmuta ante el crecimiento de la cifra de muertos en las protestas o la escalada del nivel de confrontación. Los congresistas simplemente están tratando de asegurar sus ingresos, otros sus negocios y otros se quedan ahí porque no terminan de entender absolutamente nada, en el marco de una mediocridad que realmente ya alcanza niveles inéditos.

Esta es un poco la situación que tenemos. No es una movilización de la izquierda peruana, de la izquierda orgánica peruana. De hecho, si esta lucha no tuvo mayores repercusiones, es precisamente porque los sectores de izquierda y las organizaciones sociales no tienen en nuestro país un nivel de organización importante, y esto debido esencialmente a la gran informalidad que caracteriza la estructura social peruana. Sin embargo, las protestas sí han generado un incremento en la conciencia del pueblo: la idea de una Asamblea Constituyente ha pasado de tener un 39% o 40% de aprobación a un 69% ahora. A esto se le suman los liderazgos que han aparecido en diferentes regiones del país de manera espontánea, con articulación entre distintos sectores, distintas formas de lucha…

Este capítulo definitivamente no está cerrado.

RJ

¿Cuáles son los escenarios que se abren en relación a la movilización? ¿Puede haber un adelanto electoral, caer el gobierno? ¿Es posible un reflujo?

HC

El Congreso y el Ejecutivo aspiran a quedarse hasta el 2026. Lo que buscan es derrotar al campo popular y quedarse acá 30 años controlando el país. Para mí esto es una ilusión de la derecha. No tienen la capacidad. Puede que tengan de su lado a las Fuerzas Armadas, a la Policía, pero no creo que puedan generar los consensos necesarios, ni siquiera al interior mismo de sus fuerzas. Tampoco tienen consolidado un espacio político en la derecha. El fujimorismo ha ido decayendo, y no hay un liderazgo claro. De hecho, no hay liderazgo de derecha ni de izquierda, un drama en nuestro país. Pero la derecha no ha podido consolidar un liderazgo capaz de dominar la situación. Del otro lado, lo que sí ha habido son niveles de movilización social y de repuesta popular muy importantes.

¿Qué es lo que puede pasar? ¿Se puede sostener la derecha a partir de un clima represivo, con un nivel de descrédito grande, con el riesgo de una guerra civil o de un enfrentamiento de baja intensidad, con represión y detención de líderes sociales? ¿Puede quedarse hasta el 2026? Es posible, si se monta en la deficiencia de la izquierda y si el campo popular no puede unirse y elaborar una propuesta más o menos fuerte para los sectores medios, para los sectores que dudan y pueden cambiar la correlación de fuerzas.

Puede pasar. Pero todo indica —o buena parte indica— que el desgaste del gobierno y del Congreso va a desembocar, más temprano que tarde, en la convocatoria a elecciones antes de 2026. Es difícil pensar que esto se pueda mantener mucho tiempo más. Si se une y articula, la izquierda ya ha demostrado que en nuestro país existen grandes reservas de cambio que se pensaban agotadas. El triunfo popular es posible. Por supuesto, no es inevitable: todo lo contrario, no va a ser nada fácil y es un camino muy riesgoso, que puede herir al campo popular. Pero el descrédito del gobierno y del Congreso es profundo, y eso se lo pone bien difícil a ellos también.

RJ

Leímos una declaración reciente de [Rafael] López Aliaga donde decía algo así como que Dina Boluarte tenía que renunciar si no lograba pacificar el país en el corto plazo, y que las Fuerzas Armadas le habían dado un plazo de dos meses a la presidenta, lo que me lleva a la siguiente pregunta: ¿cuál es el papel de las Fuerzas Armadas en este contexto, si es que cumplen alguno?Y los sectores de la derecha, ¿qué están haciendo en este contexto? ¿Podría ser que todo esto desemboque en el peor de los escenarios, es decir, un nuevo gobierno represivo de la derecha más radical, sea el fujimorismo, alguna versión nueva o algún tipo de golpe encabezado por sectores reaccionarios?

HC

Creo que López Aliaga representa al sector más reaccionario que tenemos en el país, que junto a algunos sectores de las Fuerzas Armadas tiene una postura absolutamente a favor del modelo militarista y represivo: si pueden salir a dispararle a cualquiera lo van a hacer. Es increíble: parecía que ese tipo de experiencias fatales estaban alejadas de la mentalidad de nuestras Fuerzas Armadas, pero ahora vemos que se mantiene muy vigente. Y no puede ser de otra manera; asesinado a tanta gente, han ido a matar sabiendo que iban a matar.

Esta gente es capaz de cualquier cosa. Primero, Dina Boluarte sabe que no tiene mucho a dónde regresar: si la Boluarte se va, la derecha la va a soltar la mano; si se abre un mínimo de decencia en el Poder Judicial, va a terminar siendo juzgada y encarcelada. Eso ella lo sabe, y por eso va hasta el final. Pero Boluarte no es un personaje tradicional de la derecha, no goza de ninguna confianza entre los grupos de ultraderecha. La van a sostener mientras les sirva, y cuando vean que la Boluarte pierde terreno (más terreno del que ya ha perdido), que no la pueden utilizar más, pues la variante de tener una dictadura desembozada estos trasnochados no la olvidan.

Sería una locura, porque tal como están las cosas no es algo que los sectores populares vayan a permitir… entraríamos en un clima de guerra civil. Pero, con la irresponsabilidad que los caracteriza, estos sectores son capaces de alentar esa salida con tal de no perder el control que han tenido en lo económico. Así que, sí, nos jugamos esta carta también, que es complicado que la puedan desarrollar pero que nos puede generar un nivel de confrontación tremendo. Es un escenario que no se descarta del todo. Boluarte puede irse y la derecha tiene gente como López Aliaga que no tiene ningún tipo de reparo en decir «esta mujer no se para fuerte», (no sé qué más fuerte puede pararse alguien, ¿no?), «no nos sirve». Y lo dice porque es lo que él realmente piensa.

RJ

Queríamos preguntarle ahora sobre la situación de la izquierda peruana. ¿Hay condiciones para llegar a una candidatura unitaria, competitiva en unas eventuales elecciones anticipadas? ¿Más en general, cuál es la situación de la izquierda?

HC

El triunfo de Castillo fue tan sorpresivo, como radical y poco explicado. Castillo fue un candidato que no explicó cómo iban a ser las cosas y ganó. Nadie podía entenderlo. Cuando venia cayéndose, Castillo tomó una decisión que me parece a mí muy interesante, muy inteligente. Dijo «necesito sumar algún nivel de intelectualidad o personas más o menos confiables para conseguir eso que me falta para derrotar al fujimorismo». Ahí él toma la decisión de que no sea Perú Libre quien lo prepare para el debate, y me elije a mí, lo elije a Pedro Francke, para que lo preparemos… me pone a mí como vocero de su posible gobierno.

Luego de eso, Castillo gira hacia la derecha, realmente, designa un Ministro de Economía de derecha y toma una serie de decisiones que la misma derecha no podía creer. La gente no podía entenderlo, incluso sus adversarios nos llamaban por teléfono pidiendo alguna explicación. Así como nadie pudo entender que haya intentado esa disolución del Congreso. Los medios trabajaron muchísimo para vender la idea de que Castillo había fracasado en sus propuestas. Pero lo que ha pasado ahora es una muestra de que no solamente tenemos grandes reservas democráticas en nuestro país, sino que además tenemos grandes reservas de una mentalidad que quiere el cambio en nuestro país. Hay importantes sectores que quieren el cambio: no es casual que del 90% de la votación haya habido un 80% en el Cusco, casi 70% en Arequipa, votando por un programa revolucionario.

Esto muestra que a pesar de los errores de Castillo, cuando la gente le reclamaba a Castillo, no era contra su programa inicial. Cuando le decían «¿qué pasa profesor?», «¿dónde está el programa que votamos?», lo que reclamaba era que cumpla el programa, y Castillo no lo hizo. Así que hay reservas para que la izquierda tenga un protagonismo electoral, claro que las hay. Yo creo que hay opciones… no va a ser fácil, y lo primero será cubrir las deficiencias de lo que Castillo dejó, a la vez que levantar las esperanzas de la gente que quiere cambios profundos. Lograr esa mezcla no va a ser nada sencillo, pero el pueblo está esperando una propuesta seria de la izquierda, una propuesta que no pierda la esencia de cambio.

El problema es que entre la izquierda tenemos sectores que creen que hay que importar un modelo socialdemócrata «serio», «responsable», que es lo que quiso hacer en su momento Verónika Mendoza pero le fue pésimo en las elecciones. También hay una posición antisistema como la de Humala, que parte de una crítica al sistema y termina en el mismo sistema y más a la derecha todavía. Si se logra superar eso, si la izquierda puede concretar un frente no solo electoral sino un frente político y social capaz de ganarse la confianza de la gente y encabezar la lucha —cosas que no ha hecho hasta ahora—, acumular más experiencia, que se perfilen los mejores cuadros, que la gente vea que acá no nos metemos en política porque queremos ganar una curul sino porque de verdad queremos cambiar el país, entonces todo puede ser.

Si la izquierda logra eso, sus posibilidades en las elecciones son muy reales. Si no lo logra, corremos el riesgo de un desastre electoral con un candidato oportunista o populista que postergue la posibilidad de los cambios que tanto necesitamos. Tenemos unas organizaciones sociales desgastadas y unas organizaciones nuevas sin niveles de conciencia, o sea, organizaciones nuevas que luchan, que han obtenido victorias, pero que no tienen conciencia todavía de la importancia de vincular la lucha reivindicativa sectorial a la lucha  política. Son sectores a los que les da lo mismo ir con el fujimorismo, que ir con Perú Libre, que correr con el centro. Y son grupos sindicales jóvenes. Si esos grupos sindicales son los que se consolidan, vamos a tener muchos problemas… es un sindicalismo tibio, con poca identidad.

Pero existen otros sindicalismos, un sindicalismo que viene de abajo, de los sectores más humildes, que está impulsando una vinculación de lo gremial con lo político. Si se logra consolidar eso y superamos el clientelismo de algunas centrales, el oportunismo de algunos viejos dirigentes y logramos que los jóvenes que están emergiendo en la lucha gremial crezcan en conciencia y hagan una lectura real de la situación, las cosas en este país pueden cambiar, se pueden lograr cambios importantes.

 

RJ

Si uno ve la trayectoria del gobierno de Castillo, su debilidad de origen, o incluso si se constatan algunos rasgos más estructurales de la sociedad peruana, como el peso de la derecha en el parlamento, el bajo nivel de sindicalización, la debilidad de la izquierda política, parece difícil imaginar un proceso de cambio exitoso.¿Qué condiciones deberían reunirse para poder impulsar un proceso de cambio, de transformación social, que no se choque con las consecuencias del asedio de la derecha, el golpismo del empresariado o la capitulación de los dirigentes?

HC

Leerlo desde afuera es difícil. Observemos, por ejemplo, el Congreso: ¿cómo es la correlación de fuerzas en el Congreso, por qué es tan grande el peso de la derecha, cómo podría llegar la izquierda con este Congreso? Es que el Congreso en el Perú no refleja lo que la gente quiere. Bueno, en ningún país lo refleja, pero, me refiero a que este es un Congreso que es un remedo de la voluntad popular. El sistema electoral peruano no permite que el elector pueda tener la posibilidad de elegir un menú en el que aparezca expresada su real preferencia.

Acá existen niveles de corrupción tan grandes y hay tanta deformación electoral que la elección es un «negocio chicha», como decimos en el Perú… ni siquiera un negocio de grandes dimensiones, no. La gente mira la televisión para ver los debates en el Congreso cuando tiene ganas de reírse, o cuando es el único canal que pueden sintonizar. Mira cómo se expresó en la vacancia de Pedro Castillo. Pedro Castillo es vacado porque dice «yo quiero disolver el Congreso en una Asamblea Constituyente», que es lo que venía levantando la izquierda, y van y votan por la vacancia de Pedro Castillo, incluso los congresistas de izquierda. O sea, ni un mínimo olfato popular, nada.

Entonces la gente sale a incendiarle las casas a los congresistas de izquierda, ninguno se anima a ninguna movilización. ¿Esa correlación de fuerzas expresa lo que realmente está pasando en el país? No, el Congreso no lo expresa, como no lo expresa Dina Boluarte. Lo que lo expresa es lo que se ve en las calles, lo que ves en el interior del país y la indignación de la gente. El Perú no es un paquidermo, el Perú es un país que puede cambiar rápidamente y de manera contundente, y eso ha quedado expresado en los últimos años, con el surgimiento de movimientos muy importantes.

Y no es que yo sea excesivamente optimista: me doy cuenta de los riesgos, pero creo que el Perú es un país donde existe una oportunidad sería de cambio. Creo que existen importantes reservas revolucionarias en nuestra patria, creo que no se ha muerto la indignación, creo que no se ha muerto la esperanza del país. Lo que pasa es que la esperanza está buscando, está tratando de encontrar un camino, no es claro dónde está la puerta para poder salir y convertirse en realidad, pero no por eso deja de existir y ser fuerte.

Lo ves en la esperanza de la gente que viene del interior, que le decía a la centrales sindicales: «ustedes quieren hacer un paro cada tres días, nosotros hemos venido a derrocar a Dina Boluarte, y acá vamos a dormir en las calles hasta que se vaya esa señora», y estuvieron dos meses durmiendo en las calles con la Policía pegándoles, casi sin poder comer. Esa gente te hace pensar que sí hay posibilidades para que este país se ponga de pie y de verdad empiece a luchar por un cambio social y económico.

La derecha no ha quebrado la voluntad del pueblo, la derecha no ha podido convencer al pueblo que el modelo neoliberal es el único camino que podemos elegir. Más de dos tercios de los peruanos y peruanas están a favor de un cambio estructural en su país. Nosotros como izquierda tenemos la responsabilidad de construir la herramienta capaz de acompañar al pueblo, no de dirigirlo, de acompañarlo y de aprender, y en ese camino estamos. Las luchas van a continuar, y con la actitud que tienen el gobierno, el Congreso… Mira, el congreso incluye a las bancadas de izquierda que, luego de que más de 70 peruanos fueran asesinados, le dieron la confianza a este gobierno, o sea… imagínate. Pues eso habla a las claras de la crisis de la política peruana, no solo de la izquierda, sino de la política peruana en general. Las luchas van a continuar, eso es seguro. Yo no creo que esto haya terminado.

HERNANDO CEVALLOS

Médico por la Universidad Nacional de La Plata (Argentina), fue Ministro de Salud del gobierno de Pedro Castillo en Perú. Fue dirigente gremial en ese país y en 2006 fue electo congresista por el Frente Amplio. Actualmente es dirigente del Movimiento de Unidad Popular.

Publicado en: Peru

Perú: restauración y resistencia

27/03/2023 by Vitalio Deja un comentario

Por: Anahí Durand

A cien días de la instalación de Dina Boluarte en la presidencia, la derecha y los grandes grupos económicos concentran cada vez más poder. Pero estos cien días también han sido los de la más importante movilización popular de las últimas décadas, por lo que el desenlace de la crisis política peruana sigue abierto.

Han transcurrido 100 días desde que Dina Boluarte se instaló en Palacio de gobierno peruano. Tras conspirar con los partidos que perdieron las elecciones y aliarse a los grupos de poder económico, la primera dictadora de la historia es la cara legal de la coalición restauradora que busca retomar el poder (y no soltarlo). Cuenta con el Ejecutivo para festinar recursos, la Fiscalía y el Poder Judicial para criminalizar y garantizar impunidad, el Ejército y la Policía para reprimir y el Congreso para bloquear el adelanto de elecciones. El sueño de la derecha peruana de copar todos los poderes, igual que en los noventa, amenaza peligrosamente con hacerse realidad.

Son cien días también de la más importante movilización popular de los últimos cincuenta años. Prácticamente el mismo día que Boluarte se enfundaba la banda presidencial, cientos de miles de peruanos de los sectores más empobrecidos irrumpieron en plazas, calles y carreteras. El estallido, que se extendió por todo el país y con particular fuerza en el sur andino, sorprendió por su masividad y cohesión en su plataforma: renuncia de Dina Boluarte, cierre del Congreso, nueva Constitución y libertad para Castillo. La brutalidad de la represión, con más de sesenta personas asesinadas y cientos de heridos y detenidos no ha morigerado la indignación. Si bien la intensidad de las protestas varía, la población continúa resistiendo.

Vivimos un escenario complejo: los sectores conservadores, empeñados en mantener el poder, parecen llevar la ofensiva; pero los sectores populares no se rinden, aguantan los golpes y superan a las «vanguardias partidarias» con inédita conciencia política. Para comprender cabalmente el escenario y atisbar posibles soluciones a la profunda crisis, es necesario analizar cómo se organiza esta ofensiva conservadora y qué posibilidades tiene la resistencia popular de lograr una salida democrática. Porque si hay algo claro en este complejo escenario peruano, a cien días de la asunción de Boluarte y pese a la feroz represión desatada sobre los manifestantes, es que la disputa todavía sigue abierta.

La ofensiva restituyente: salvar (otra vez) al modelo

El régimen que tiene a Dina Boluarte como careta legal llegó para quedarse y cumplir un objetivo prioritario: rescatar el decadente modelo neoliberal amparado en la moribunda Constitución de 1993. Hoy, los poderes Ejecutivo, Legislativo, las Fuerzas Armadas y Policiales, los grupos de poder económico, la fiscalía y los medios de comunicación coinciden en la tarea de recuperar el «modelo»: esa forma profundamente desigual de organizar la economía, la política y la sociedad que subordina el Estado al mercado, que deja a la ciudadanía desprotegida y permite el saqueo de los recursos de la nación mientras beneficia a transnacionales y élites minoritarias.

Ya en 2001 la caída del fujimorismo había puesto en riesgo la continuidad del modelo, pero los grupos de poder contuvieron la situación deshaciéndose de Alberto Fujimori y manteniendo el andamiaje económico e institucional plasmado en la Constitución de 1993. Hoy el desafío es más complejo: desde 2016 el sistema político se cae a pedazos y la economía, luego de la pandemia, no termina de recuperarse. Para complicar la situación, los sectores más excluidos asumieron una politización antisistema y se movilizan exigiendo la renuncia de Boluarte y el cierre del Congreso. Además, la demanda de una Asamblea Constituyente para escribir una nueva Constitución se torna mayoritaria.

La ofensiva restituyente ha demostrado estar dispuesta a todo. Respondió con brutalidad represiva, disparando directamente contra los manifestantes, como lo confirman varios informes internacionales. Más de sesenta asesinados, la mayoría de origen indígena, cientos de heridos y la eliminación del derecho a la protesta evidencian la determinación del régimen para imponerse a sangre y fuego. A la par, despliega la estrategia criminalizadora de la mano de una fiscalía muy activa para incriminar a dirigentes sociales por «organización criminal» o terrorismo. El caso de la profesora Yanet Navarro, presa bajo la acusación de financiar las protestas por tener 350 dólares en la mochila al momento de ser detenida, es de los más representativos.

No se trata solo de retomar el poder: también buscan asegurarse de no perderlo. Para ello, el Congreso de mayoría derechista pretende intervenir los organismos electorales, a quienes acusó falsamente de orquestar un fraude en 2021. A la par, buscan inhabilitar opositores políticos, como el expremier Aníbal Torres y otros ministros de Pedro Castillo, con el fin de eliminarlos de carrera electoral. También persiguen el control total del sistema judicial, pues los titulares de las instituciones que elegirán a la nueva Junta Nacional de Justicia tienen vínculos con los partidos que controlan Parlamento. Por si fuera poco, congresistas de todas las bancadas archivaron la propuesta de adelanto de elecciones y, pese a tener 6% de aprobación ciudadana, pretenden quedarse hasta 2026.

Pese a todo, el régimen no tiene todas las de ganar. Hay tres factores clave que le juegan en contra: en primer lugar, la enorme falta de legitimidad y el gran rechazo ciudadano hacia la presidenta, sus ministros, los congresistas y la fiscal. Allí donde van son repudiados, y la protesta social, que no ha cedido el sur andino, puede activarse nuevamente en dimensión nacional. En segundo lugar, la gestión económica: desde enero se registra una caída en el crecimiento, sin visos de recuperación en el corto plazo, que coincide con las alertas de la Calificadora de riesgo Fitch. La inestabilidad política y la emergencia climática por el ciclón Yaku impactan negativamente en la tan cuidada macroeconomía y afectarán también los bolsillos de las personas.

En tercer lugar se cuentan las propias contradicciones del bloque en el poder. Aunque sus miembros coincidan en el gran objetivo de permanecer en el gobierno y rescatar el modelo, la coalición restituyente no es un bloque homogéneo. Dina Bolaurte apenas si tiene un ministro de confianza, no tiene bancada parlamentaria ni grupo político propio y fácilmente puede ser expectorada por los partidos que hoy la sostienen. Los grupos de derecha también tienen sus pugnas, y no cuentan con un candidato de consenso: los intereses individuales y la escasa confianza los debilita. En el ámbito internacional, finalmente, Boluarte solo ha conseguido el apoyo de Ecuador, y enfrenta una férrea oposición por parte de México y Colombia, lo que configura un aislamiento regional que intenta suplir con el respaldo de Estados Unidos, que aún la sostiene.

Luces y sombras en el campo popular

Ya son cien días de resistencia popular al régimen de Dina Boluarte y sus aliados. Al día siguiente de su juramentación como presidenta tras conspirar y traicionar a Castillo, las movilizaciones se desplegaron en todo el país con una masividad y determinación sorprendente. La plataforma no ha variado, y tampoco ha sido atendida: renuncia de Boluarte, cierre del Congreso, nueva Constitución y libertad a Pedro Castillo.

Si hasta hace poco los conflictos en el país eran básicamente sectoriales y no significaban un cuestionamiento explícito al modelo neoliberal, hoy las protestas tienen un carácter netamente político y una postura antisistema. Cuestionan la democracia secuestrada por las élites y se oponen a un modelo económico que posterga a las mayorías generando gran desigualdad. Pero esta vez los manifestantes van más allá: impugnan también los fundamentos mismos de la nación peruana, construida sobre la exclusión de los pueblos indígenas, el centralismo limeño y el entreguismo de las élites. En las marchas es habitual escuchar la consigna «No es el 7 de diciembre, son 200 años», ver ondear la wiphala u oír los discursos de los dirigentes en quechua o aimara.

Vale resaltar que los sectores populares aceleraron la politización antagonista durante el gobierno de Castillo rechazando el odio clasista y racista en su contra, y hoy el estallido les permite avanzar en clave afirmativa. En tal sentido, la demanda de una nueva Constitución escrita por una Asamblea Constituyente cobra centralidad. Asistimos a un proceso de deliberación colectivo que discute por qué urge una nueva Constitución y quién debe escribirla. Se plantea así que sean los pueblos indígenas y líderes sociales quienes participen de su formulación y no solo los partidos y los grupos ilustrados. La nueva Constitución es percibida como una herramienta para refundar República, un nuevo pacto social para superar la inestabilidad política y acordar un nuevo modelo de Estado y economía: una carta de convivencia que incluya a todos los pueblos del Perú.

Las protestas han tenido intensidades diferentes y escenarios variados. Entre los meses de diciembre y enero, el estallido fue masivo y tuvo su epicentro en el sur y los andes. Cientos de miles tomaron plazas, calles, carreteras y aeropuertos en Cusco, Puno, Ayacucho, Huancavelica, Apurímac, Ica o Arequipa. El último mes las movilizaciones se desplazaron a ciudades como Lima, donde miles de provincianos llegaron para hacerse escuchar. En provincias como Juliaca, Abancay o provincias altas de Cusco las comunidades mantienen la protesta y paralizaciones.

A diferencia de lo que ocurría en los 90, cuando protestaban principalmente sectores medios urbanos, la de hoy es una movilización eminentemente popular, rural e indígena. Son las comunidades campesinas e indígenas las que deliberan y deciden las acciones a desarrollar, acompañadas de los Frentes de Defensa, que articulan a mototaxistas, vendedores de mercado, colectiveros e incluso pequeños y medianos empresarios que se solidarizan con los suyos. No es probable que la gente se resigne y no debería descartarse otra oleada de movilización nacional.

El campo popular ha sufrido duros golpes y tiene por delante un camino lleno de desafíos. En primer término, debe enfrentar todo el peso del aparato coercitivo: el régimen no escatima esfuerzos en disparar, gasear, reprimir, judicializar. A los más de 60 asesinados se suma más de dos mil heridos y 1800 detenidos con causas judiciales por terrorismo y organización criminal, y eso impacta y disuade a los manifestantes. También complica la fragmentación y la ausencia de liderazgos nacionales, una continuidad persistente que dificulta la articulación más allá del territorio inmediato e impide consolidar un espacio de coordinación político social de alcance nacional representativo de quienes protestan. Existe, además, una desconexión enorme entre los sectores movilizados y la izquierda realmente existente, en particular la que tiene bancada parlamentaria como Perú Libre.

Las izquierdas han sido sobrepasadas por un movimiento casi subterráneo que ya no quiere ser representado por los políticos de siempre y ve a los Congresistas aferrarse a sus curules y negar el adelanto de elecciones. Esta brecha debe cerrase conforme se acerque el momento electoral, algo que solo será posible si se advierte y valora el carácter nacional y popular del estallido y no se imponen consignas y liderazgos (como suele suceder). Los obstáculos que dificultan avanzar en objetivos comunes son importantes, pero más importante aún es la terca persistencia del pueblo. La disputa sigue abierta.

Publicado en: Peru

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