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Economía

Reseña de Prehistoria de la propiedad privada. Implicaciones para la teoría política contemporánea, de Karl Widerquist y Grant S. McCall (Bauplan, 2023). Para ver lo aberrante del capitalismo

27/08/2023 by Vitalio Deja un comentario

Por: Jesús Aller

No hay contraste más extraño en este mundo nuestro que el que existe entre la semejanza de las anatomías y fisiologías de los seres humanos y sus diferencias de patrimonio.

Cualquiera puede sospechar que las desigualdades abismales que se observan en este último aspecto no son ni razonables ni beneficiosas para el conjunto de la sociedad, pero lo sorprendente del caso es que han logrado convencernos de que la propiedad privada no sólo es natural, sino incluso sagrada.

¿Es realmente así? La cuestión es ardua, pero un primer punto importante para ir aclarando el panorama es analizar con una perspectiva temporal que incluya la prehistoria, si las formas de propiedad que son dominantes hoy lo fueron también en el pasado. Desde la aportación pionera de Piotr Kropotkin en El apoyo mutuo (1902), muchos se han preocupado de este problema y la bibliografía al respecto es amplia, pero entre los textos dedicados a él hay que destacar uno, recién editado por Bauplan, Prehistoria de la propiedad privada. Implicaciones para la teoría política contemporánea, que pone al día la investigación antropológica e histórica sobre el tema y discute además con rigor diversos aspectos teóricos implicados.

Los autores del volumen son los profesores norteamericanos Karl Widerquist, politólogo y economista, y Grant S. McCall, antropólogo, un equipo muy apropiado para abordar esta cuestión. Su trabajo conjunto dio lugar ya a otro libro anterior: Prehistoric Myths in Modern Political Philosophy (2017), en el que se argumenta hábilmente contra la asunción liberal de que las sociedades de los estados capitalistas son más beneficiosas para las personas que las sociedades pequeñas no estatales.

En su nuevo libro, que ha sido puesto en castellano por Sara Ortega, Widerquist y McCall dedican una primera sección a evaluar la pretensión tan extendida de que la desigualdad es natural e inevitable si no deseamos renunciar a la libertad. La segunda sección estudia si el capitalismo es más respetuoso con la libertad que cualquier otro sistema económico, y la tercera y más extensa, analiza el problema crucial de la propiedad privada por medio de un recorrido a través de la historia humana.

Una aproximación histórica a la desigualdad

El establecimiento de jerarquías y la irrupción de desigualdad en las sociedades puede constatarse desde la prehistoria, y se asienta siempre en una ideología que considera la segregación natural e inevitable, al tiempo que la atribuye a razones variadas, como la superioridad intelectual, moral o genética de la clase alta e incluso el carácter divino de los líderes. Se expresa también en la división una voluntad de recompensar servicios a la sociedad o la idea de que sólo las jerarquías son capaces de mantener la paz.

En las ciencias sociales y la filosofía política contemporáneas, sobrevive la creencia en la desigualdad natural, y muchas veces se la defiende como inevitable y se justifican reglas coercitivas que la mantienen, aunque las explicaciones que se dan sobre el fundamento de las diferencias sociales no resisten un análisis crítico. La dificultad de un estudio teórico de esta cuestión aconseja un repaso del pasado humano en busca de pautas dominantes y esto es lo que hacen Widerquist y McCall.

En este sentido, la evidencia reunida en el libro refuta completamente el carácter inevitable de la desigualdad, al mostrar niveles muy altos de igualdad social, política y económica, tanto en la tenencia de la tierra como en los sistemas de propiedad, en una amplia variedad de sociedades estudiadas por prehistoriadores, historiadores y antropólogos. Se trata de colectividades activas durante períodos de tiempo extremadamente largos y capaces de proteger la libertad de sus individuos al menos tan bien, si no mejor, que las sociedades basadas en derechos de propiedad. Es falaz pues defender la desigualdad en nombre de la libertad.

La libertad de la sociedad capitalista a examen

Domina el pensamiento contemporáneo la idea de que el capitalismo ofrece a los individuos una libertad frente a las imposiciones del resto de la sociedad (libertad negativa) mayor que la que otorga cualquier otro sistema. Sin embargo, hasta el momento esta afirmación no se ha fundado teóricamente de forma consistente, pues se ignoran los múltiples y variados recortes de libertades que impone el régimen basado en la propiedad privada. La dificultad de un análisis teórico que se constata de nuevo en este caso, aconseja otra vez abordar el problema empíricamente.

La construcción del argumentario preciso se plantea en el libro a través de un examen de las economías de diversas sociedades de cazadores-recolectores, con el cual se demuestra que éstas son más consistentes con la libertad negativa que la economía de mercado. Aunque la libertad sin duda es difícil de medir, ésta es mayor en las personas de los pueblos estudiados que en las menos libres de las sociedades capitalistas. De hecho, no existe ninguna forma de coerción o agresión a la que estén sujetos los cazadores-recolectores y de la cual se hayan liberado las clases baja y media de la sociedad capitalista.

El análisis permite concluir por tanto que la economía de mercado, tal como se concibe habitualmente, no ofrece la máxima libertad igualitaria. La supuesta superioridad de las sociedades capitalistas no puede asentarse sobre la afirmación de que promueven la libertad negativa.

La propiedad privada: rara avis en la larga historia de la humanidad

Los autores denominan “hipótesis de la apropiación individual” al conjunto de justificaciones, basadas en supuestos derechos, que tratan de fundamentar los sistemas en los que existe desigualdad. Estas justificaciones reposan sobre el principio de que la propiedad privada es natural y los sistemas de propiedad colectiva tienden a establecerse sólo en casos muy particulares. Se analiza el surgimiento de esta hipótesis en el siglo XVII y cómo su influjo se prolonga hasta convertirse en un supuesto de fondo de la teoría política contemporánea.

Tras evaluar los intentos de asentar los derechos de propiedad privada sobre una base a priori y demostrar su falta de solidez, los autores presentan una serie de evidencias que pueden resolver el problema a través de un recorrido por las diversas etapas de la prehistoria y la historia humanas. En primer lugar, se constata que las sociedades nómadas de cazadores-recolectores se apropiaron de la mayor parte del planeta, pero en contradicción con la hipótesis de la apropiación individual, optaron por no establecer una propiedad privada ni sobre la tierra, que era y es para ellos común, ni sobre alimentos o herramientas, compartidos en muchos casos.

Con el advenimiento del neolítico, se suele considerar que los primeros agricultores instauraron sistemas privados de propiedad sobre la tierra y se utiliza esta suposición para respaldar que la propiedad privada es un desarrollo natural. Sin embargo, la evidencia que se presenta en el libro muestra que no es así, sino que la propiedad privada se originó mucho después que la agricultura. El hecho es que la apropiación individual no juega ningún papel en las comunidades agrícolas más primitivas, que operan a pequeña escala. Lo que se observa en ellas es un sistema comunitario, tanto en el trabajo como en la distribución de la cosecha y nada parecido al sistema de apropiación individual, supuestamente natural.

Al formarse los estados, surgen sistemas de tenencia de la tierra en los que las élites políticas, de reyes o faraones, eran considerados propietarios de toda la extensión de sus reinos y los súbditos tenían diversos derechos de usufructo para la agricultura u otras prácticas. Los comienzos de la propiedad privada individual ocurrieron gradualmente, mucho después de la formación de los estados, y no a través de apropiaciones individuales, sino por la actividad de élites que usaban su poder político para nombrarse a sí mismas o a sus subordinados como propietarios. No obstante, hay que decir que incluso entonces, la propiedad privada de la tierra no se convirtió en el sistema de derechos de propiedad dominante, y esto es cierto tanto para la Edad Antigua como para el Medievo, épocas en las que la agricultura comunal de las aldeas siguió siendo el sistema más frecuente en las sociedades estatales de todo el mundo.

La propiedad privada: regalo envenenado de la Modernidad

Una vez mostrado que la propiedad privada es una rareza a lo largo de la historia humana hasta hace muy poco, la cuestión que se plantea es cómo se extendió por el mundo este sistema que se ha convertido en dominante. Widerquist y McCall analizan los dos procesos que a su juicio son responsables del gran cambio y que operan a partir del siglo XVI: los cercamientos (enclosures), que comenzando en Inglaterra se extienden por Europa occidental e imponen la propiedad individual en el medio rural, y las oleadas de colonos procedentes de este continente que establecieron por todo el orbe derechos de propiedad de la tierra ajenos a las tradiciones locales. Los cercamientos y los movimientos coloniales fueron procesos coercitivos y violentos, pero es importante resaltar que no se limitaron a robar propiedades por todo el mundo, sino que más allá de esto impusieron un nuevo sistema de propiedad privada a personas que hasta entonces habían conocido formas de vida comunales.

La evolución que se ha descrito puede sintetizarse diciendo que los seres humanos que comenzaron a asentarse y practicar la agricultura instauraron sistemas de tenencia de la tierra complejos, pero con un carácter colectivo en muchos casos, y con importantes elementos comunes. De esta forma, la “hipótesis de la apropiación individual” que se ponía a prueba, no sólo no se demuestra, sino que queda refutada. La historia discutida anteriormente indica que el establecimiento de sistemas de propiedad privada implica necesariamente coerción y violencia, con lo que la tesis de que la defensa de la propiedad privada desigual es de alguna manera la defensa de la “libertad natural” carece de base.

Argumentos para salir del laberinto

Prehistoria de la propiedad privada rebate con rigor tres creencias sólidamente asentadas en nuestro mundo sobre el sistema de propiedad privada dominante en él y que sirve de fundamento al sistema capitalista. Se demuestra en primer lugar que la desigualdad no es natural e inevitable y que la igualdad es compatible con la libertad. En segundo lugar, se pone de manifiesto que el capitalismo no es más consistente con la libertad negativa que cualquier otro sistema económico concebible. Por último, se deja claro que el predominio del sistema de propiedad privada es un recién llegado a nuestra historia.

Los que defendemos la vieja consigna de que “Otro mundo es posible” nos sentimos abrumados muchas veces por cómo todo lo que nos rodea parece una demostración palpable de la solidaridad y el apoyo mutuo son entelequias sin conexión con la realidad actual del ser humano. El gran mérito de Karl Widerquist y Grant S. McCall con este libro es dejar claros, para cualquiera sensible a datos y argumentos, dos hechos cruciales sobre la propiedad privada. En primer lugar, que en los doscientos mil años que lleva el Homo sapiens en el planeta ésta no fue hasta hace muy poco la norma dominante que vemos hoy. Y en segundo lugar, que de ninguna manera la apropiación individual constituye una garantía para la libertad, sino más bien todo lo contrario.

Publicado en: Cultural, Economía

Debemos revisar lo que sabemos sobre los orígenes del capitalismo

27/08/2023 by Vitalio Deja un comentario

Por: Paolo Tedesco

El nuevo libro del historiador Jairus Banaji desarrolla una perspectiva original de la historia del capitalismo. Es una lectura esencial para cualquiera que desee saber cómo se configuró el sistema económico mundial y cómo podría seguir desarrollándose en el futuro.

El libro de Jairus Banaji A Brief History of Commercial Capitalism, publicado por primera vez en 2020, se propone desvelar las profundas raíces históricas del desarrollo capitalista. El libro aborda importantes debates teóricos, especialmente dentro de la tradición marxista, sobre los orígenes del capitalismo.

La obra de Banaji pone en tela de juicio varios relatos arraigados sobre la historia económica mundial, incluida la visión de una Edad Media económicamente regresiva y la idea de una transición lineal a la modernidad. Las imágenes que Banaji esboza a través de un impresionante conjunto de casos ilustrativos de todo el planeta, que abarcan casi un milenio, plantean muchas cuestiones fundamentales para cualquiera que quiera entender cómo se formó el sistema económico mundial y cómo podría seguir desarrollándose en el futuro.

A Brief History of Commercial Capitalism ha tenido ya una gran repercusión en el mundo académico y ha suscitado numerosas reacciones entre los colegas historiadores de Banaji. Pero también debería ser de gran interés para los lectores no especializados.

Capitalismo mercantil

Jairus Banaji nació en Poona en 1947, el año en que la India obtuvo su independencia, y fue escolarizado en Inglaterra antes de regresar a su país natal como activista político. En su labor académica, Banaji es un historiador de la Antigüedad tardía y la Edad Media con foco en el Mediterráneo y Oriente Próximo, aunque sus intereses se centran también en la larga historia del capitalismo. Su obra aborda diversos temas, como el destino de los campesinos en el contexto de una economía en rápida globalización y la historia de la economía mercantil a lo largo del último milenio.

El principal objetivo de Banaji en A Brief History es volver a centrar el concepto de capitalismo mercantil como categoría clave para investigar la formación de la economía global moderna. En su obra, este término se utiliza para describir un sistema económico impulsado por el beneficio en el que los mercaderes emplean su capital no solo para hacer circular mercancías, sino también para obtener el control directo de la producción y subordinarla así a sus intereses.

El énfasis de Banaji en el control mercantil sobre la producción es un ataque frontal a la dicotomía marxista tradicional entre el mundo del comercio (la «esfera de la circulación») y el de la producción, una dicotomía que llevó a economistas e historiadores marxistas como Maurice Dobb a descartar la idea misma del capitalismo mercantil como una contradicción en los términos.

Como señala Banaji, fueron en gran medida los historiadores que trabajaban fuera de la tradición marxista, o que se relacionaban más libremente con ella, los que adoptaron la categoría. El caso más notable es el de Fernand Braudel, que definió el capitalismo comercial como el término más útil para describir la naturaleza de la producción y el intercambio mercantil en Europa y el Mediterráneo entre los siglos XV y XVIII.

A Brief History es el último de una serie de volúmenes que abordan estas cuestiones, tras Agrarian Change in Late Antiquity (2001), Theory as History (2010) y Exploring the Economy of Late Antiquity (2016). Aunque Banaji escribe desde la tradición académica marxista, sus puntos de referencia clave en la galaxia marxista difieren de los de la mayoría de los historiadores marxistas occidentales. En particular, Banaji se basa en la obra de tres eruditos rusos de principios del siglo XX: el historiador Mikhail N. Pokrovsky (1868-1932), el economista Yevgeni A. Preobrazhensky (1886-1937) y el economista agrario Alexander V. Chayanov (1888-1939).

Pokrovski, Preobrazhenski, Chayanov

Mijaíl N. Pokrovski fue uno de los intelectuales más influyentes de la sociedad soviética en la década de 1920. Gozó de un enorme prestigio, de hecho inigualable, entre los historiadores soviéticos de su época. Apartándose radicalmente de lo que se consagraría como el relato marxista ortodoxo bajo Joseph Stalin, la interpretación de Pokrovsky de la historia rusa hacía hincapié en la centralidad del capital comercial como agente del cambio socioeconómico entre los siglos XVII y XIX. Sin embargo, afirmaba explícitamente que la existencia y el funcionamiento del capital comercial no significaban que hubiera surgido una economía capitalista.

Yevgeni A. Preobrazhensky fue un pionero en el estudio de las consecuencias de la «penetración lateral» del capital industrial en el campo. Al igual que Pokrovsky antes que él, Preobrazhensky consideraba que la pequeña producción de mercancías era típica del capitalismo mercantil y, al mismo tiempo, uno de los principales obstáculos para su expansión. En línea con marxistas agrarios como Lev N. Kritsman, Preobrazhensky veía el capitalismo como una fuerza que desarraigaba al campesinado y acababa provocando su desaparición.

En su opinión, esto ocurrió como resultado de dos procesos. Por un lado, el desarrollo interno de las relaciones capitalistas en las filas del propio campesinado, con la formación de una clase de campesinos ricos que controlaban la agricultura a gran escala. Por otro lado, de forma más generalizada y catastrófica, se produjo la subordinación externa de las zonas rurales a la gran industria, con la creación de una clase de campesinos sin tierra que trabajaban en cultivos comerciales.

Alexander V. Chayanov fue uno de los principales economistas agrarios de su época. En su obra The Theory of Peasant Economy, Chayanov destacaba la resistencia de los hogares campesinos y su capacidad de adaptación para resistir los embates del capitalismo, en contraste directo con los marxistas agrarios y Preobrazhensky. Sostenía que el desarrollo de las tendencias capitalistas y la concentración productiva en la agricultura no tenían por qué desembocar en la desposesión de los campesinos y el auge de las grandes explotaciones capitalistas.

Para Chayanov, el capital comercial y financiero también podía ejercer su control más sutilmente estableciendo una hegemonía económica sobre sectores considerables de la agricultura. Mientras tanto, esos sectores podrían seguir siendo muy parecidos a los de antes en lo que se refiere a la producción, es decir, compuestos por pequeñas empresas campesinas basadas en la mano de obra familiar.

El trabajo de Banaji demuestra que podemos conciliar estos modelos aparentemente incompatibles. Cada uno describe una posible trayectoria diferente de la penetración del capital en el campo. Pero también reflejan distintas fases de la trayectoria intelectual del propio Banaji.

En sus primeros escritos, Banaji adoptó la idea de Preobrazhensky de la penetración lateral del capital para mostrar el efecto destructivo de la industrialización en el campesinado de la Rusia de finales del siglo XIX y principios del XX. En ese contexto, el modelo de Preobrazhensky fue útil como punto de comparación para el análisis de Banaji de los campesinos de todo el mundo. En estudios posteriores, sin embargo, Banaji llegó a considerar la reconstrucción de Preobrazhensky solo como una de las posibles vías de penetración del capital industrial en el campo.

En este giro le influyó un renovado interés por la obra de Chayanov, en particular por los trabajos que más tarde desarrolló y amplió Henry Bernstein. La conceptualización de Chayanov de la relación entre el campesinado y el capital ocupa, por tanto, un lugar central como fuente primaria de inspiración de Breve historia de Banaji.

Esta reevaluación de la obra de Chayanov lleva a Banaji a incluir en su modelo las circunstancias históricas en las que los hogares campesinos resistieron la penetración del capitalismo. Tenemos que entender dicha «resistencia» en el sentido de que los hogares campesinos no fueron desarraigados sino «incorporados», un acto que a su vez permitió el conflicto y la resistencia por su parte. Aunque estos hogares siguieron existiendo en gran número, su ciclo de reproducción social estaba ahora en gran medida y de forma crucial determinado por el capital.

Mercaderes y manufactura

En A Brief History, a diferencia de sus obras anteriores, Banaji no se preocupa tanto por establecer una distinción teórica entre lo que Karl Marx llamó «el modo de producción capitalista» y los modos no capitalistas. En su lugar, aborda el capitalismo en términos menos normativos, sosteniendo en particular que una especie de «capitalismo mercantil» existió mucho antes de la industrialización en ciertas regiones del mundo, en un período que va desde el siglo XII (o incluso antes) hasta el XVIII.

Aunque Banaji no ofrece una definición formal del capitalismo comercial, podemos captar su significado combinando el análisis del libro con sus escritos teóricos anteriores. Fernand Braudel veía el capitalismo como una red global de banqueros y grandes comerciantes que presidían la economía de la vida cotidiana desde sus centros financieros urbanos, al tiempo que carecían de cualquier control directo sobre los productores primarios. Banaji, por su parte, identifica la larga historia del capitalismo en términos de sus relaciones sociales características.

El capitalismo es un sistema en el que los poseedores de capital tienen un control limitado de los medios de producción y reducen el trabajo a un factor dentro del proceso de producción, una simple mercancía que se puede comprar y vender. La confrontación entre un capitalista y un campesino o un artesano —una persona que sobrevive vendiendo su trabajo— ocupa el centro mismo del análisis de Banaji.

Partiendo de esta distinción, argumenta contra la extendida opinión marxista de que la riqueza mercantil no constituye capital en el sentido marxiano, porque permanece externa al proceso de producción. Puesto que la riqueza mercantil está, según Marx, separada de lo que él llamó la subsunción real del trabajo al capital, se limita a extraer los productos de los productores primarios, y los mercaderes obtienen beneficios vendiéndolos.

Por su parte, Banaji sostiene que la riqueza mercantil consiste efectivamente en capital y que, desde el siglo XII hasta el XVIII, los mercaderes utilizaron sistemáticamente este capital para controlar y explotar el trabajo de una parte significativa de la población en todo el mundo afro-euroasiático. Identifica dos ámbitos de producción en los que la penetración del capital comercial fue especialmente significativa.

El primero fue en el sector de la agricultura de cultivos comerciales, donde los «capitalistas mercantiles» se apropiaron de grandes cantidades de trabajo familiar no remunerado mediante diversos expedientes, imponiendo así relaciones de deuda a los campesinos. Los capitalistas mercantiles eran terratenientes que se convirtieron en comerciantes; a veces también eran comerciantes (incluidos prestamistas) que se interesaron por controlar las fincas de cultivos comerciales. Formaban una categoría flotante históricamente muy difícil de precisar.

A pesar de sus diferencias, la base productiva de la mayoría de los comercios de productos era una mano de obra mixta. Este es un punto que Banaji ha demostrado en su examen de los pequeños campesinos de Deccan a finales del siglo XIX, y recibe más apoyo del trabajo de Lorenzo Bondioli sobre el campesinado egipcio del siglo XI.

El segundo sector es el de la producción artesanal, o «fabricación mercantil», como la denomina Banaji. En este sector, los mercaderes obligaban a los pobres rurales y urbanos a procesar la seda, la lana y el algodón para el mercado. Esto significaba que no se limitaban a vender sus excedentes, sino que trabajaban para los mercaderes a «destajo».

Trayectorias de acumulación

En A Brief History, Banaji examina las «trayectorias de acumulación» que conducen del capitalismo mercantil al industrial. Mientras que los capitalistas mercantiles premian la apertura de la agricultura —junto con la minería, la explotación de los recursos marinos, etc.— a la explotación capitalista, los capitalistas industriales llevan ese proceso a un nivel completamente distinto. La mera escala de subordinación, la naturaleza de su impacto y el grado de subsunción distinguen la subyugación del campo a la acumulación industrial de ciclos anteriores de «capitalismo».

Banaji no solo nota una rápida intensificación de los mecanismos de explotación bajo el capitalismo industrial. También observa un cambio radical en el reparto de los beneficios entre comerciantes e industriales en beneficio de estos últimos. A finales del siglo XIX, los agentes económicos que controlaban directamente la producción consiguieron así marginar a los comerciantes, logrando la subordinación del capital comercial al capital industrial descrita por Marx.

Esta parece ser la clave de una separación duradera, en opinión de Banaji, entre la era del capitalismo comercial y la del capitalismo industrial, una era plenamente merecedora de la etiqueta de modo de producción capitalista. Sin embargo, estas trayectorias del capitalismo comercial al industrial fueron multilineales en el tiempo y en el espacio. No siguieron una secuencia rígida de etapas ni fueron irreversibles, como demuestran las tendencias contemporáneas.

Hoy en día, los minoristas globales que operan en el mercado mundial controlan la fabricación a través de los flujos de capital comercial sin poseer los medios de producción. Como observó Nelson Lichtenstein,

La hegemonía del comercio minorista en el siglo XXI se hace eco e incluso reproduce características del régimen mercantil presidido antaño por los grandes comerciantes y casas bancarias de Ámsterdam, Hamburgo y la City londinense de los siglos XVII y XVIII.

En resumen, una especie de empresario braudeliano ha «regresado para apuntalar el sistema global contemporáneo».

La exposición de Banaji del «capitalismo mercantil» puede, por tanto, acomodar varios niveles y diversos grados de integración entre la producción y la circulación, señalando la fuerza motriz del capital como un denominador común que atraviesa diferentes configuraciones. El modelo de capitalismo comercial resultante es el de un desarrollo desigual y combinado. Este modelo rechaza la noción de una sucesión lineal entre los distintos modos de producción —antiguo, feudal y capitalista— y rescata las historias del capitalismo tanto del eurocentrismo como del orientalismo.

Perspectivas críticas

Desde su publicación en 2020, A Brief History ha atraído la atención de una amplia y diversa comunidad de especialistas en el campo de la historia del capitalismo, lo que ha dado lugar a múltiples reseñas de la obra de Banaji. Aunque cada autor expresó diferentes preocupaciones sobre diversos aspectos de su visión del capitalismo, podemos identificar tres grandes temas: (1) la definición de capitalismo comercial, (2) la relación entre el auge del capitalismo comercial y el Estado y (3) el impacto del capitalismo comercial y el colonialismo en la vida social.

La primera crítica surge de la laxa definición que hace Banaji del capitalismo mercantil. Lorenzo Bondioli señala que las infraestructuras del capitalismo comercial que Banaji ha identificado como las primeras en aparecer en el siglo IX de nuestra era tienen raíces más profundas de lo que sugiere el libro. Sus cimientos se establecieron en la Antigüedad Tardía (en ocasiones con raíces que se remontan a la Antigüedad propiamente dicha), y siguieron funcionando sin discontinuidades dramáticas hasta la Edad Media.

Partiendo de esta observación, Bondioli aísla tres posibles definiciones de capitalismo e intenta esbozar una relación no teleológica entre ellas. En primer lugar, está el capitalismo de los mercaderes capitalistas que desplegaron la riqueza monetaria como capital extrayendo plusvalía de productores subordinados de diversas maneras; en segundo lugar, está el capitalismo de los Estados mercantiles coloniales que pusieron la violencia organizada al servicio de la acumulación por parte de los mercaderes capitalistas; en tercer lugar, está el capitalismo de la sociedad capitalista industrial moderna (en otras palabras, de un modo de producción capitalista de pleno derecho).

La intervención del Estado en la economía mundial es el segundo criterio que Banaji despliega en su análisis del capitalismo comercial. Banaji ve en la «colusión entre el comercio y el Estado» —es decir, en el auge de los Estados mercantilistas en la Europa medieval tardía y moderna temprana— un cambio significativo en el proceso de acumulación de capital y subordinación del trabajo. Sin embargo, podemos observar la «colusión» per se, y en particular la participación de los comerciantes en las finanzas estatales, en muchos contextos históricos.

Esto sugiere que, como Martha Howell demuestra claramente, no fue la mera presencia de un Estado en connivencia con los mercaderes lo que determinó una aceleración de la escala de acumulación de capital. Tampoco fue cualquier tipo de Estado —como los Estados tributarios musulmanes o las dinastías chinas examinadas por Andrew Liu— el que determinó un cambio en la escala de acumulación de capital y subordinación del trabajo.

Más bien, fue solo el Estado que actuaba como exportador de agresión y violencia el que controló dicho cambio. Esta idea también vuelve a centrar el vínculo clave entre el capitalismo comercial y el colonialismo, subrayando que fue la violencia colonial la que provocó un cambio en la calidad y el funcionamiento del capital comercial.

Con este punto, pasamos al tercer elemento de controversia que se desprende del relato de Banaji: la relación entre capitalismo comercial y colonialismo. Como observan perspicazmente Priya Satya y Sheetal Chhabria, Banaji no separa la raza de la clase ni la casta de la clase. Sin embargo, estas distinciones son importantes, ya que nos permiten diagnosticar el punto en el que el capitalismo comercial se cruzó con el colonialismo y empezó a depender de la racialización o de la identidad de casta.

Esta laguna también apunta en la dirección de una crítica más amplia. En su análisis de las relaciones de producción, Banaji no siempre deja claro cómo el capitalismo comercial impactó y rehizo violentamente la vida social de las personas subordinadas a él. En otras palabras, nos queda preguntarnos hasta qué punto el capitalismo comercial, tal y como lo describe Banaji, transformó fundamentalmente (o no) los modos de vida social en diferentes lugares y en diferentes épocas.

Esta pregunta podría abrir una serie de prometedoras vías de investigación que parecen apuntar todas en una misma dirección. No podemos escribir la historia del capitalismo sin considerar la intersección de diferentes mecanismos de opresión como la raza, el género, la etnia y el origen nacional, además de la clase social. Estos ofrecen una imagen más rica del modo en que los «distintos niveles de opresión» cambiaron la vida de la gente corriente bajo el capitalismo.

TRADUCCIÓN: FLORENCIA OROZ

PAOLO TEDESCO

Profesor de Historia en la Universidad de Tubinga (Alemania). Sus investigaciones abarcan la historia social y política de la Antigüedad tardía y de la Alta Edad Media, la historia agraria comparada, el desarrollo del campesinado en distintos tipos de sociedad y el materialismo histórico.

Publicado en: Economía, Global, titular2

México: La integración neoliberal y la defensa del territorio

27/08/2023 by Vitalio Deja un comentario

Por: Raúl Romero*

Cuando en 2001 la clase política mexicana negó la posibilidad de una profunda reforma al Estado mexicano, que mediante el reconocimiento de los Acuerdos de San Andrés Sakamch’en de los Pobres abriera la puerta a una nueva relación entre pueblos originarios y Estado, contribuyó a la agudización de diversas problemáticas y generó consecuencias que hasta el día de hoy observamos.

Una de ellas tiene que ver con la intensificación del proceso de acumulación por despojo, el cual se aceleró desde la reforma al artículo 27 constitucional, que significó la privatización del suelo ejidal y comunal. El reordenamiento territorial que México necesitaba para la integración neoliberal con América del Norte pasaba por apagar las pocas y disminuidas luces de la revolución agraria de principios de siglo. Reconocer a los pueblos originarios como entidades de derecho público y encauzar la discusión sobre la libre determinación territorial, era algo que estaba en total contrasentido del proyecto neoliberal. Los políticos que rechazaron los Acuerdos de San Andrés al mismo tiempo ratificaron su adhesión al consenso neoliberal.

La historia que vino después es ampliamente conocida: mediante proyectos como el Plan Puebla Panamá, que se convertiría en el Proyecto Mesoamérica y que hoy es retomado con el mal llamado Tren Maya y el Corredor interoceánico, impulsó zonas económicas especiales y polos de desarrollo ahí donde los pueblos habían ganado históricas batallas en defensa del territorio. Si la integración neoliberal norteamericana se había contenido, fue gracias en parte a la resistencia y fuerte tejido social y comunitario de los pueblos originarios, campesinos y de amplios sectores populares.

Otra consecuencia que hay que analizar es la ruta de los pueblos que decidieron impulsar su autonomía de facto y continuar con la defensa de sus territorios. Las comunidades del EZLN son el caso más emblemático a nivel mundial. En su palabra dicen que pasaron del tiempo de pedir y del tiempo de exigir, al tiempo de ejercer. Con su resistencia y rebeldía han logrado construir un mundo muy otro basado en el mandar obedeciendo, con autogestión y autodeterminación en 43 entidades autónomas, entre las que destacan los 12 Caracoles Zapatistas.

Las comunidades zapatistas no fueron las únicas en optar por esta vía. Otros pueblos, comunidades, barrios, tribus y naciones, la mayoría de ellas articuladas en el Congreso Nacional Indígena, decidieron seguir defendiendo sus territorios. Ya sea reconstruyendo sus guardias comunales o policías comunitarias, impulsando sus radios comunitarias, fortaleciendo a sus autoridades tradicionales, robusteciendo sus clínicas o escuelas autónomas o recuperando y creando proyectos productivos, estos pueblos originarios han entregado toda su energía en defensa de los bienes comunes. Para enfrentar a gobiernos municipales, estatales o federales, vinculados a poderosas corporaciones nacionales y trasnacionales, los pueblos originarios han explorado diversas vías jurídicas y políticas en la resistencia. En algunos casos han encontrado como respuesta los ataques de grupos paramilitares o de las bandas armadas del crimen organizado que, mediante asesinatos, desapariciones, desplazamientos forzados, amenazas y otras violencias, han intentado eliminar a los pueblos en resistencia.

La comunidad nahua de Santa María Ostula es un ejemplo de esa violencia que Estado y capital lanzan contra los pueblos con fines de despojo. En 2009, miles de comuneros de Ostula se dieron a la tarea de recuperar cientos de hectáreas de tierra que tenían en su poder caciques y pequeños propietarios y que son deseadas por empresas turísticas, minería, crimen organizado, empresas de maderas preciosas.

El pueblo de Santa María Ostula construyó ahí un ejercicio de autonomía que ganó la atención de otros pueblos de la región y del mundo. Para eliminar y desplazar a este pueblo nahua en resistencia, Estado y corporaciones legales y criminales intensificaron una guerra que hoy deja como saldo 36 comuneros asesinados y otros cinco desaparecidos. Esta violencia no es cosa del pasado, el 10 de agosto pasado, Froylan de la Cruz Ríos, integrante de la comunidad, fue desaparecido y luego encontrado brutalmente asesinado. Esto sucedía al mismo tiempo que el gobernador de Michoacán, Alfredo Ramírez Bedolla, amenazaba con desalojar a los pueblos en resistencia.

Dentro de la misma estrategia de violencia para la acumulación por despojo, podríamos identificar la que se emprende contra los pueblos del Concejo Indígena y Popular de Guerrero-Emiliano Zapata en Guerrero, las agresiones en Oaxaca contra los pueblos de la Unión de Comunidades Indígenas de la Zona Norte del Istmo, los ataques contra las comunidades zapatistas en Chiapas o el asesinato en Morelos de Samir Flores Soberanes.

Estos pueblos, que desde 2001 emprendieron nuevas estrategias para la defensa de los territorios y de la vida, en los hechos disputan en lo más concreto a las corporaciones legales y criminales. Un Estado diferente apostaría por fortalecerlos, no por abandonarlos, denostarlos y hacerles la guerra. Eso no sucede hasta ahora.

* Sociólogo

Publicado en: América Central, Economía

‘Nuevas’ divisas reacomodan estructura financiera global

27/08/2023 by Vitalio Deja un comentario

Por: Dora Villanueva

 

Las grandes potencias se han rezagado en su contribución al crecimiento de la economía mundial frente a países emergentes, pero la estructura financiera sigue afianzada en lo tradicional. Más de 90 por ciento del volumen de reservas internacionales se encuentra en monedas de Canadá, Estados Unidos, Japón, Reino Unido y la oficial en 20 países de la Unión Europea.

En los últimos siete años, no obstante, se ha registrado un reacomodo en los activos financieros que los bancos centrales invierten en el exterior. El avance del renminbi como divisa de reserva, así como de otras monedas de países emergentes, han desplazado la cuota de 95.1 por ciento que tenían a inicio de 2016 el euro, el yen japonés, la libra esterlina, los dólares canadienses y, sobre todo, los estadunidenses.

Las reservas internacionales son activos financieros que los bancos centrales invierten en el exterior. Su característica principal es la liquidez, la facilidad de uso para saldar rápidamente obligaciones de pago. Son un estabilizador de precios cuando disminuyen los flujos comerciales o de capital de la balanza de pagos, por desequilibrios macroeconómicos y/o financieros (internos o externos).

Concluido 2020, las proporción de reservas en dólares estadunidenses en manos de los bancos centrales cayó a 59 por ciento (en ese momento su nivel más bajo en 25 años), según la Encuesta sobre composición monetaria de las reservas oficiales de divisas (Cofer por su sigla en inglés) que realiza el Fondo Monetario Internacional (FMI). En esa proporción se mantienen dos años después.

De acuerdo con la Cofer, al primer primer trimestre de 2023, la proporción de reservas en dólares estadunidenses fue de 59 por ciento. Siete años atrás, en los tres primeros meses de 2016, antes de que se empezara a registrar el peso del renmimbi, los bancos centrales del mundo reportaron haber tenido 65.5 por ciento de los activos de reserva en el billete verde.

El trecho que cayó el dólar ha sido tomado no sólo por la moneda China, que de cero pasó a 2.6 por ciento de la cuota de reserva en el mismo periodo. Otras monedas como el yen japonés, los dólares canadienses y australianos, la corona sueca y el won surcoreano, han replegado al dólar.

El movimiento se puede explicar porque esas monedas combinan rendimientos más elevados con una volatilidad relativamente menor; además que las tecnologías financieras, como la creación automática de mercados y los sistemas automatizados de gestión de la liquidez, abaratan y facilitan la negociación de monedas de economías más pequeñas.

Publicado en: Economía

FMI, un eufemismo de la política estadounidense

30/07/2023 by Vitalio Deja un comentario

Por: Atilio A. Boron 

El famoso teórico conservador Zbigniew Brzezinski escribió que tanto el FMI, como el Banco Mundial, deben considerarse como extensiones del Departamento del Tesoro y guardianes de los intereses globales de Estados Unidos.

En los últimos tiempos, cualquier análisis sobre la política o la economía argentina no deja de mencionar al FMI como uno de los actores fundamentales, por no decir decisivos, del acontecer nacional. Y su gravitación en el proceso decisorio del Gobierno, de lo que este hace o deja de hacer, amerita con creces ese reconocimiento.

Dado lo anterior cabría preguntarse: ¿Qué es el FMI? La respuesta convencional, a la que acude tanto la prensa hegemónica como, en no pocos casos, los medios alternativos, es que el FMI es un organismo técnico internacional que tiene como misión preservar la estabilidad monetaria de la economía mundial.

Se suele mencionar que esa institución surgió de los famosos acuerdos de Bretton-Woods, una reunión de los delegados de los cuarenta y cuatro países aliados durante la Segunda Guerra Mundial que se celebró en esa localidad de New Hampshire entre el 1º y el 22 de julio de 1944, con el propósito de reconstruir el sistema monetario internacional destruido por la Segunda Guerra Mundial.

Comenzó a funcionar el 27 de diciembre de 1945 con 29 miembros, bajo el liderazgo de Estados Unidos y el acompañamiento, siempre en calidad de obedientes socios, del Reino Unido y Francia. Las potencias del Eje, derrotadas en la guerra, lo harían más tarde. Italia, «amenazada» por un probable triunfo electoral de los comunistas en las elecciones de 1948, ingresó tempranamente al organismo, en 1947; Alemania y Japón recién lo harían en 1952.

La Unión Soviética, consciente de la naturaleza geopolítica de la nueva institución, nunca lo hizo. Sería su estado sucesor, la Federación Rusa, quien lo haría en 1992. La Argentina solo se incorporaría en 1956, luego del golpe de Estado que derrocó al gobierno de Juan D. Perón en septiembre de 1955.

Este siempre desconfió de las intenciones de la Casa Blanca, y un informe de Antonio Cafiero del año 1949, redactado cuándo se desempeñaba como joven agregado financiero de la embajada argentina en Washington, reforzaba con argumentos muy contundentes los recelos del presidente. Así lo asegura el texto de Mario Rapaport, titulado «El FMI en sus comienzos en la visión de Antonio Cafiero: un documento inédito de 1949», y publicado por Página/12 en octubre de 2014.

De lo anteriormente expuesto se desprende que el FMI es algo mucho más complejo que un inocente y beatífico organismo internacional. La composición de su directorio es de una elocuencia abrumadora. Allí quien manda es sin la menor duda Estados Unidos, que retiene el 16,50% de los votos del directorio, seguido por China, con apenas el 6,04%, Alemania con el 5,31% y Francia y el Reino Unido con 4,03%.

De aquí brotan dos corolarios muy concretos: primero, que dado que para tomar las decisiones más significativas (no las meramente rutinarias) se requiere contar con el 85% de los votos del directorio, Estados Unidos ejerce de hecho un poder dictatorial sobre lo que puede o no puede decidir el FMI, reflejando la correlación internacional de fuerzas existentes en las postrimerías de la Segunda Guerra Mundial.

En segundo lugar, nótese la abismal desproporción entre la gravitación de las distintas economías del mundo y su representación en el órgano de gobierno del Fondo. Según este organismo, Estados Unidos es, medida en términos de dólares norteamericanos del año 2021, la mayor economía del mundo, con 24.796.076 millones de dólares, seguida por China, con 18.463.130 millones de la misma moneda.

Sin embargo, si la medición se realiza utilizando otro criterio, la paridad de poder adquisitivo, en el 2022 la economía estadounidense representaba el 15,57% del PIB global y China el 18,48%. En cualquier caso, el poder de voto que el gigante asiático tiene en el FMI es de un ínfimo 6,04%, lo que habla de una significativa subestimación de su papel en la economía mundial. Solo Estados Unidos puede modificar esa situación, pero hasta ahora se ha negado obstinadamente a reconciliar la gravitación de China en la economía mundial con «poder de voto» en el directorio del FMI.

Teniendo a la vista las consideraciones precedentes se comprende perfectamente bien las razones por las cuales nada menos que un teórico conservador como Zbigniew Brzezinski advirtiera en uno de sus más célebres libros, El gran tablero mundial, que el FMI, así como el Banco Mundial, deben considerarse como extensiones del Departamento del Tesoro y guardianes de los intereses globales de Estados Unidos.

Por eso, quien desee comprender los complejos meandros de la política y la economía de la Argentina debería comenzar por librar una batalla frontal en contra del uso de eufemismos que ocultan un hecho crucial: que el FMI no es un «organismo internacional» sino un órgano oficioso del Gobierno de Estados Unidos; y que negociar con esa institución es, en realidad, hacerlo con la Casa Blanca; y que las políticas que el supuesto «organismo internacional» adopte en relación con la Argentina (o cualquier otro país) siempre tendrá como criterio ordenador fortalecer la primacía global de Estados Unidos, aún a costa de provocar la debacle de otras naciones.

El gobernante o el político que no comprenda algo tan elemental como esto es un sonámbulo que hará pagar un precio exorbitante a su propio país. O, en el peor de los casos, podría tratarse de un cómplice del imperialismo norteamericano que pretende disimular su actuación refugiándose en el supuesto carácter «técnico», internacional o intergubernamental, del FMI.

Atilio Borón, doctor en Ciencia Política de la Universidad de Harvard.

Publicado en: Cultural, Economía

Psicogenealogía del miedo al decrecimiento

30/07/2023 by Vitalio Deja un comentario

Por: Gil-Manuel Hernandez i Martí 

Por qué la idea del decrecimiento puede provocar miedo en extensas poblaciones asalariadas de los países del centro del sistema.

Sabemos que las élites que viven del capitalismo fosilista son las primeras interesadas en rechazar, estigmatizar y denigrar la propuesta del decrecimiento, pues también niegan o minimizan el colapso ecosocial al que esta propuesta intenta dar una respuesta efectiva. Esto se debe a que el capitalismo depende del crecimiento constante para maximizar sus ganancias y mantenerse vivo, por lo que el decrecimiento representa su mayor obstáculo. Es comprensible, entonces, que los sectores dominantes lo desprecien o lo ignoren.

Sin embargo, también es cierto que una gran parte de las clases populares de los países con altos ingresos puede mostrar resistencia y temor a las propuestas decrecentistas, pese a los indudables beneficios ecológicos y sociales que aquellas pueden aportar. Hasta el punto de apoyar por defecto a las fuerzas neoliberales que promueven las supuestas virtudes del crecimiento constante.

Se trata de una narrativa potente y persuasiva, hecha desde el poder, pero las poblaciones mencionadas le dan su consentimiento al estar convencidas de pertenecer a la próspera “clase media” del mundo rico. En realidad, estas personas enfrentan numerosos problemas, todos ellos con raíces sistémicas, aunque se aferran a la comodidad de lo “normal”, a un pasado añorado de seguridad material o a la esperanza de que las múltiples crisis actuales serán superadas. Es cierto que hay  indignación y protestas recurrentes, pero por lo general las masas de asalariados respiran literalmente la asfixiante atmósfera capitalista. Se sienten ansiosas, decepcionadas, cansadas, y les resulta muy complicado tomar distancia crítica, pues bastante tienen con “ir tirando”.

La psicogenalogía y el trauma de la pobreza

La razón del miedo al decrecimiento que quiero destacar remite a lo que estudia la psicogenealogía. Se trata de una disciplina que explora cómo las experiencias y eventos vitales más cruciales de nuestros antepasados pueden influir en nuestra forma de pensar y actuar en la actualidad. La psicogenealogía sostiene que los traumas, secretos y conflictos no resueltos de nuestros antecesores pueden transmitirse a través del inconsciente familiar de generación en generación, impactando nuestras vidas de diversas maneras. La psicogenealogía utiliza diversas herramientas, métodos y enfoques, que orbitan alrededor del trabajo con el árbol genealógico. Se busca revelar las conexiones ocultas entre las vivencias traumáticas del pasado y las dificultades actuales, brindando la oportunidad de sanar y transformar patrones negativos o limitantes.

Una gran parte de las clases populares de los países con altos ingresos puede mostrar resistencia y temor a las propuestas decrecentistas, pese a los indudables beneficios ecológicos y sociales que aquellas pueden aportar

Los padecimientos, miedos y traumas de los antepasados afectan a las nuevas generaciones en una línea hereditaria directa, tanto física como psíquicamente. Así lo han demostrado diversos estudios a lo largo de los últimos años sobre guerras, catástrofes, matanzas, torturas, privaciones, sufrimientos y otras conmociones que son capaces de trascender, arraigándose en el inconsciente del ser humano. Hasta el punto de que la emergente ciencia de la epigenética ha confirmado que esas conmociones han producido cambios heredables en la expresión de genes, que no implican modificaciones en la secuencia de ADN, pero que tienen importantes impactos en la salud física y mental de los individuos.

Es importante recordar que la pobreza, la explotación, la vulnerabilidad y la miseria han sido experiencias cotidianas para las clases trabajadoras (campesinos, artesanos, obreros) en el Occidente moderno capitalista desde los inicios de la Revolución Industrial hasta prácticamente la mitad del siglo XX. Hambrunas, enfermedades, guerras, genocidios, precariedad material,  emigración forzosa, analfabetismo y explotación acompañaron el ascenso y desarrollo del capitalismo, basado en la acumulación por desposesión y la destrucción del procomún.

Dichas experiencias, agravadas por el modelo patriarcal de sociedad en el caso de las mujeres, se ha ido manifestando, generación tras generación, en problemas personales y familiares, que evocan un horizonte vital de abandono, violencia, necesidad material, exclusión social y la ausencia de esperanza. Si consideramos las generaciones que vivieron durante la configuración de las llamadas clases medias modernas, existe un período histórico marcado por privaciones severas y catástrofes, como las guerras mundiales, los genocidios o la Gran Depresión. Eventos que dejaron una profunda huella en el inconsciente colectivo, transmitiendo una traumática herencia en forma de temerosa aversión a la pobreza y a la miseria.

Tras el final de la Segunda Guerra Mundial y en el contexto de Guerra Fría, el capitalismo consintió en moderar su margen de beneficio a cambio de paz social. Se inició un período de relativa estabilidad y avance económico, unos años de Estado del Bienestar y euforia desarollista que parecían consolidar un benigno modelo de crecimiento permanente en el Primer Mundo. Aunque dicho bienestar se consiguiera a costa del malestar de los territorios periféricos del sistema, o aunque la escasez artificial haya sido inducida por el capitalismo mediante el consumo masivo para seguir creciendo, lo relevante es que las idealizadas clases medias de los países ricos han disfrutado de un oasis temporal de prosperidad y estabilidad económica, traducido en una sensación de seguridad existencial.

Tras un periodo de prosperidad que ahora se considera un breve paréntesis en la historia, parece que nadie está dispuesto a volver a enfrentarse a la privación o a permitir que sus hijos tengan una vida peor que la de sus padres

Parecía que las pesadillas asociadas a la pobreza y el “subdesarrollo” estaban felizmente superadas, pero la ofensiva neoliberal orientada a asegurar un nuevo ciclo de acumulación capitalista a partir de los años 80 del pasado siglo, con su agresivo ataque a las conquistas y derechos sociales, ha hecho realidad el temor a la vuelta a la precariedad. Especialmente tras la crisis económica de 2008 y las políticas de “austeridad”, que tanto ha recortado el gasto público en bienes sociales y protección social, mientras las élites se enriquecían aún más.

Mi planteamiento es que la convergencia de diversos factores, como el aumento de la desigualdad social, la disolución de las clases medias, el deterioro de las condiciones materiales de vida, el declive energético, la crisis ecológica y la pandemia de 2020, junto con las preocupaciones sobre el futuro de las generaciones venideras, podría estar reabriendo antiguas heridas que nunca sanaron por completo. Esto estaría provocando la reactivación de temores arraigados en el inconsciente colectivo, relacionados con traumas históricos asociados a la pobreza, heredados de las generaciones anteriores. Tras un periodo de prosperidad que ahora se considera un breve paréntesis en la historia, parece que nadie está dispuesto a volver a enfrentarse a la privación o a permitir que sus hijos tengan una vida peor que la de sus padres. Las persistentes protestas populares contra las políticas de austeridad neoliberal son prueba clara de esta inquietud social.

El decrecimiento como terapia colectiva

Ante la magnitud del colapso ecosocial provocado por el necroliberalismo en un contexto de capitalismo crepuscular, con sus posibles derivadas ecofascistas y exterministas, se plantea el decrecentismo como solución o alternativa. Como señala Jason Hickel, el decrecimiento busca una reducción planificada del uso excesivo de energía y de recursos para volver a poner la economía en equilibrio con el mundo viviente de forma segura, justa y equitativa. La idea es acabar y garantizar vidas dignas para todos. Para ello, como subraya Carlos Taibo, en el Norte del planeta hay que reducir inexorablemente los niveles de producción y de consumo, aplicando principios y valores muy diferentes de los que hoy abrazamos, materializados en prácticas como la relocalización, la agroecología, la desindustrialización, la rerruralización y una nueva concepción de los límites.

Sin embargo, pese a la perentoria necesidad del decrecimiento, no debe darse por sentada la colaboración inmediata de la ciudadanía. Más bien al contrario. Las clases medias del mundo rico, al haber disfrutado de décadas de estado del bienestar tras una larga historia de privaciones, experimentan temores profundos y resistencia a realizar lo que pueden interpretar como sacrificios que les  hagan revivir el trauma histórico de la pobreza. Pues subsiste en su inconsciente personal, familiar y de clase un recuerdo intergeneracional de la pobreza, capaz de inducir el miedo ancestral a revivir aquellas dificultades históricas que se consideraban totalmente superadas.

Como subraya Carlos Taibo, en el Norte del planeta hay que reducir inexorablemente los niveles de producción y de consumo, aplicando principios y valores muy diferentes de los que hoy abrazamos

Pese a que es el necroliberalismo la fuente de toda fragilidad, precariedad y vulnerabilidad de esas clases medias desestructuradas, paradójicamente la seguridad y el bienestar anhelados se pueden percibir como amenazados por las propuestas de decrecimiento, lo que desencadena respuestas de resistencia al cambio, azuzadas por la hegemónica narrativa de las élites corporativas. No se trata tanto de una falta de voluntad para abordar cambios necesarios en la forma de vida, sino del impacto emocional de los traumas intergeneracionales de los que no parece existir consciencia. Lo que la psicogenealogía permite entender es que el miedo popular al decrecimiento no debe interpretarse como puramente irracional o políticamente reaccionario, sino como una respuesta psicológica basada en duras experiencias pasadas, que permean los árboles genealógicos y generan respuestas puramente defensivas. Solo entendiendo esto, sin estigmatizar a los que oponen una dolida resistencia, se puede trabajar en la sanación, la transformación de creencias limitantes y el establecimiento de una concepción diferente de abundancia. Y ahí es justo donde entra el juego el decrecimiento como una especie de terapia colectiva.

Si para abordar el trauma hay que encararlo, aceptarlo y atravesarlo, que es lo suele ser común a la psicoterapias personales, el decrecimiento puede ser una suerte de terapia en términos sociales. Si consideramos que el temor de las clases medias venidas a menos es “volver a pasar hambre”, debe explicarse con pedagógica paciencia que el retorno de aquellas a la pobreza sólo se producirá si se persiste en la gestión necroliberal de un colapso descontrolado. En psicoterapia muchas veces se teme más a la terapia en sí que a lo que esta pretende sanar. En ese sentido, el decrecimiento puede ser la forma de afrontar el trauma heredado y superarlo, pues como señala Hickel, implica una descolonización mental. Solo así se puede contribuir a diluir el conjunto heredado de pánicos, creencias limitantes, sentimientos de culpa, insatisfacciones, frustraciones, amarguras y pérdidas.

En el Siglo de la Gran Prueba, para allanar el camino hacia una sociedad más justa, resiliente y en armonía con la vida, primero hay que desactivar los miedos que el sistema está encantado de reforzar y reproducir

Si en el ámbito individual la psicogenealogía puede ayudar a explorar y abordar los efectos de los traumas familiares para que sean superados, en el ámbito colectivo el decrecimiento no solo sería la principal estrategia para evitar los peores efectos del colapso y generar una transición ecológica justa, sino un remedio necesario para afrontar y desarticular los arraigados fantasmas del pasado. En el Siglo de la Gran Prueba, para allanar el camino hacia una sociedad más justa, resiliente y en armonía con la vida, primero hay que desactivar los miedos que el sistema está encantado de reforzar y reproducir. Hay que atreverse a decrecer materialmente para que también decrezcan, y al final desaparezcan, los opresivos lastres generacionales con los que nos ha ido haciendo cargar el sistema. Cuando cada vez más gente descubra que el decrecimiento es la fórmula para desprenderse de aquellos viejos temores, sanar colectivamente y avanzar hacia el buen vivir, quizás todo sea mucho más fácil.

Publicado en: Economía, titular2

La batalla por la construcción de sentidos: El discurso económico dominante

30/07/2023 by Vitalio Deja un comentario

Por: Pablo Caramelo *

Existen distintas definiciones de economía. Si no se construyen las condiciones estructurales para el desarrollo económico desde lo discursivo, será imposible desplegar las condiciones materiales que lo concreten políticamente.

Dadas las recurrentes crisis económicas por las que pasó el país,  los argentinos están muy familiarizados con la discusión económica. Merced al impacto que tienen en la vida cotidiana conceptos como inflación, tipo de cambio, devaluación o emisión monetaria, son incorporados en muchas conversaciones cotidianas, hecho que no resulta tan habitual en otras latitudes. Pero, la pregunta es: ¿De qué hablamos cuándo hablamos de economía?

En el marco de la ciencia económica, existen definiciones y leyes fundamentales que conforman el profuso, amplio e incluso contradictorio andamiaje teórico que esta ciencia social ha desarrollado a lo largo de muchos años de historia. Sin embargo, existe una primera definición cuya correcta exposición y comprensión resulta imprescindible para un adecuado abordaje de toda discusión económica. Aquella que especifica en qué consiste la economía. Aunque en primera instancia esto parece una obviedad, se pueden observar desde la primera definición las contradicciones y los conflictos que subyacen en esta materia.

La definición más difundida es aquella que caracteriza a la economía como la ciencia que estudia la administración de recursos escasos para la satisfacción de las múltiples necesidades humanas. Sin embargo, esta conceptualización no permite abarcar todo el terreno de estudio ni la complejidad de esta disciplina.

El hecho de que la definición más difundida incurra en ciertas inexactitudes no es casual y tampoco inocuo. Su vigencia se debe a la hegemonía de la ortodoxia económica en la formación de economistas, que promueve el divorcio de la economía y la política, con la pretensión de presentar su discurso y su acción como si fueran neutrales.

En primera instancia, el problema de la definición antes detallada radica en que los bienes de este mundo no son escasos. Si bien es cierto que no son infinitos, los recursos con los que el planeta cuenta resultan más que abundantes para garantizar una vida plena a todos sus habitantes. Además, el ser humano posee una capacidad asombrosa para transformar su entorno y, a través de ello, incrementar la producción de nuevos bienes mediante el trabajo, la ciencia y la tecnología. Complementariamente, si bien las necesidades de los seres humanos son diversas, no son infinitas, como la sociedad de consumo intenta establecer.

Por lo tanto, el escenario que la tradicional definición de economía presenta parece invitar a la resignación de quienes no tuvieran una suficiente dotación de recursos, ya que estos son exhibidos como escasos e insuficientes para todos desde un primer momento. En la misma dirección, esta escuela de pensamiento económico recurre frecuentemente a la metáfora de la manta corta para explicar los problemas en economía. Sin embargo, la manta no es tan corta y cada día se hace más grande a partir del trabajo, la producción y la innovación. De lo cual se desprende que el verdadero inconveniente no se circunscribe a la escasez, sino en torno a cómo se distribuye la posibilidad de cobijarse con esa manta. Lo cual resulta de vital importancia ya que mientras algunos tienen una fracción de la manta mucho mayor a la que necesitan para abrigarse, otros se mueren de frío.

La economía es siempre política, por lo cual su campo de estudio no se circunscribe únicamente a los detalles técnicos de producción, sino que abarca también las relaciones sociales que se desprenden del propio proceso de producción y del modo en que la acumulación se despliega.

El hecho de que la economía se encuentre permanentemente atravesada por la dimensión política no implica que no existan en esta ciencia social un conjunto de conocimientos comprobables y de capacidad predictiva. La cuestión relevante aquí es que, como la política es el ámbito donde se enfrentan los intereses de los distintos sectores que conforman la sociedad moderna, en esa discusión la metodología propia de la ciencia queda absolutamente desdibujada por la polvareda propia de la confrontación. Es justamente esto lo que complejiza el debate y los acuerdos en torno a las leyes fundamentales de la economía.

Más allá de esta relación dialéctica entre el método científico y los intereses políticos inmanentes a todo abordaje económico, la síntesis de esta contradicción avanza sistemáticamente en la construcción de leyes generales debidamente estructuradas y con sus correspondientes características de comprobación empírica y facultad predictiva.

Lo que distingue al método científico es ciertamente su potencia transformadora hacia el progreso y es por ello que los sectores de poder concentrado se ven amenazados frente a la posibilidad de todo cambio que pudiera surgir de dicho procedimiento. Los sectores de poder tienen absolutamente claro que, en el marco de la discusión política, la ciencia y los argumentos que de ella se desprenden debilitan sus posiciones de privilegio. Por eso intentan desterrarla del ámbito de debate público.

Esta degradación del discurso no es solo un fenómeno local, la política hegemónica en el mundo se encuentra eximida de aportar pruebas que respalden sus postulados, o lo que es aún peor, se encuentra exonerada en la exigencia de la más mínima coherencia argumental. Pueden decir cualquier cosa sin encontrar objeción o repregunta.

El avance de los medios de comunicación y de las redes sociales ha impulsado un vaciamiento en el contenido del discurso económico. Esta banalización favorece lo ya establecido atentando contra la posibilidad de una transformación superadora.

La sistemática difusión de este mensaje neoclásico, obsoleto y carente de toda rigurosidad científica no es casual, sino que la construcción de subjetividades que impulsa, se encuentra debidamente direccionada y orquestada por aquellos sectores que se benefician con estos proyectos reproduciendo los esquemas de poder vigentes.

La pugna por la hegemonía

Jacques Derrida, el filósofo francófono de origen argelino, aseguraba que “no hay nada por fuera del texto”. Todo es lenguaje, nada existe por fuera del lenguaje, lo que no se nombra, no puede ser percibido. Esta idea puede resultar un tanto perturbadora pero resulta indispensable para comprender la disputa por la construcción de un discurso dominante.

Tal como sostenía el pensador italiano Antonio Gramsci, “cada grupo social, al nacer sobre la base original de una función esencial en el mundo de la producción económica, crea al mismo tiempo, orgánicamente, una o más capas de intelectuales que le dan homogeneidad y conciencia de su propia función”. En el modo de producción capitalista, la organización social está dada en términos de clases, cuyos rasgos distintivos están determinados por la posición que ocupan cada una de ellas en el proceso de producción y reproducción material de la sociedad, posición que además las encuentra enfrentadas entre sí. Es por ello que permanentemente las clases y fracciones sociales impulsan la participación de determinados actores que, mediante la construcción de una estructura de sentidos (creencias, explicaciones, percepciones, instituciones, valores, costumbres), legitime y racionalice su función dentro de la reproducción material de la sociedad, con el fin último de fortalecer su posición.

De tal forma, estos cuerpos de profesionales se inmiscuyen en una batalla por la construcción de sentidosy la dirección ideológica de una comunidad, que pretende de esa forma modelar un determinado esquema de reproducción social. Es, ni más ni menos, que la pugna por la hegemonía. En suma, más allá del grado de precisión y rigurosidad que cada consultora o centro de estudios muestre en sus recomendaciones económicas, no debemos olvidar que a fin de cuentas representan intereses concretos de determinados actores sociales. Distinguir esto es vital para lograr una comprensión global de los discursos que circulan en nuestra sociedad.

Es por eso que hay que ser absolutamente conscientes de que la política y, por ende, la distribución, resultan centrales en el abordaje de toda discusión económica, para evitar así que quienes buscan erigirse como sumos sacerdotes de la técnica económica nos vendan sus recetas como verdades ineludibles y desinteresadas.

Pero al mismo tiempo la construcción de un discurso sólido, extendido, sencillo, persuasivo y especialmente dirigido a los sectores populares, que focalice en la necesidad de construir una matriz productiva más diversificada que incremente su capacidad de exportación, en base a más y mejor educación, ciencia y tecnología, que permita dar lugar a una distribución progresiva del ingreso sustentable, resulta ineludible para un armado político que busque sinceramente impulsar el desarrollo económico inclusivo.

El discurso político constituye una herramienta indispensable para la transformación y el progreso. De tal forma, si no se construyen las condiciones estructurales para el desarrollo económico desde lo discursivo en primera instancia, será imposible luego desplegar las condiciones materiales que lo concreten políticamente. Y para ello, resulta fundamental tener en cuenta la potencia transformadora del método científico, usufructuando todas sus posibilidades y recurriendo a él sistemáticamente, no sólo desde una perspectiva particular, sino fundamentalmente como una estrategia de construcción política sin incurrir en explicaciones pedantes ni maniqueistas.

El trabajo para deconstruir el discurso económico dominante resulta imperioso, ya que los límites del discurso, son los límites de nuestro mundo.

*Economista UBA. @caramelo_pablo

Publicado en: Economía

Entrevista a Éric Toussaint, portavoz de la red internacional del Comité para la abolición de las deudas ilegítimas. Más profunda que nunca, la crisis de un capitalismo agotado

25/06/2023 by Vitalio Deja un comentario

Fuente: Rebelión

 

Éric Toussaint: Sí. Todos los indicadores están en rojo. Podemos mencionar las siguientes señales: Desaceleración económica muy fuerte (estancamiento en la zona euro en el último trimestre de 2022-primer trimestre de 2023) sin que esto reduzca las emisiones de gases de efecto invernadero y otros daños al medio ambiente; efectos dramáticos de la crisis ecológica y en particular en su dimensión climática; aumento muy fuerte de la deuda pública y privada; alta inflación y pérdida de poder de compra de las clases populares; trabajo precario en ascenso, explosión de las desigualdades con aumento colosal del patrimonio y de las rentas del 1% más rico; caída del índice de desarrollo humano en numerosos países, en particular de la esperanza de vida, incluso en el Norte; guerras comerciales acentuadas; grave crisis alimentaria mundial; guerras en Europa, en la Península Arábiga, en el este de la República Democrática del Congo, en Sudán, en el Cuerno de África…; aumento de las formas autoritarias de ejercicio del gobierno (represión cada vez más dura de las protestas, marginación del poder legislativo…); ataques a derechos humanos fundamentales como el derecho al aborto; políticas migratorias cada vez más restrictivas y mortíferas; éxitos electorales de la extrema derecha…

El único sector económico con un crecimiento muy fuerte de la producción es el sector militar. Se trata de una gran crisis del sistema capitalista globalizado, la mayor crisis desde las de los años 1914-1945.

CADTM: ¿En qué fase de la crisis se encuentra la economía mundial?

Éric Toussaint: El final del túnel no está a la vista. Lo peor está por venir: las burbujas especulativas pueden estallar en cualquier momento produciendo un empeoramiento brutal de la situación económica; pueden ocurrir incidentes bélicos aún más graves que hoy; los desastres climáticos y ambientales probablemente se agravarán; las crisis sanitarias no se superan, ni mucho menos; los gobiernos y los bancos centrales no toman ninguna medida pertinente a favor de una salida de la crisis favorable a la humanidad sino todo lo contrario; la concentración de las herramientas estratégicas de la producción y de las finanzas en manos de un número cada vez más restringido de grandes accionistas privados prosigue en los sectores de la energía, las industrias extractivas, el comercio de alimentos y otras materias primas, el sector farmacéutico, el sector bancario, etc.

CADTM: ¿Cuáles son las causas?

Éric Toussaint: A pesar de la enorme acumulación de riqueza por parte del 1% más rico, a pesar de las colosales ganancias de una serie de grandes empresas, especialmente en los campos de la energía, la alimentación, la Big Pharma (las grandes empresas farmacéuticas), el transporte marítimo, la industria armamentística… en general, la tasa de beneficio no aumenta lo suficiente como para que el gran capital reactive una gran ola de inversiones productivas.

Nunca hay que perder de vista que el capital está buscando la maximización de la tasa de beneficio. Cuando no lo consigue, se centra en particular en la especualción. Esto forma parte de las contradicciones inherentes al capitalismo.

Aparte de las empresas muy grandes que obtienen beneficios extraordinarios aprovechando crisis como la de la pandemia, la energía, las guerras… la gran masa de las empresas se enfrenta a una caída de la tasa de beneficio, a una caída de la productividad, a pesar del agravamiento de las condiciones de explotación y precarización de la fuerza de trabajo.

También hay un problema en el lado de la oferta de mercancías: hubo interrupciones en las cadenas de suministro relacionadas con las medidas de confinamiento durante la pandemia de coronavirus en 2020 – 2021 (hasta 2022 inclusive para China). El sector de los semiconductores, cuya producción se concentra en algunos países, tiene problemas de producción y dificultades para satisfacer la demanda. Este fenómeno se agudiza por la guerra comercial y tecnológica entre Estados Unidos y China (porque estamos en una fase en la que Washington se vuelve cada vez más agresivo y está tratando de limitar la expansión económica y comercial china).

En el sector inmobiliario es la oferta la que es demasiado grande en comparación con la demanda solvente. Ha vuelto a haber una fase de sobreinversión en la construcción inmobiliaria en relación con la demanda, especialmente en Estados Unidos, Reino Unido y China. Esto es especialmente evidente en los inmuebles comerciales (oficinas, comercios…). Una burbuja especulativa se ha desarrollado en los años 2018 a 2022 y ha comenzado una nueva crisis inmobiliaria.

Las políticas de los gobiernos y los bancos centrales, la inyección masiva de liquidez y el rápido aumento de la deuda han provocado y/o mantenido la aparición de nuevas burbujas financieras. Este es muy claramente el caso en la capitalización bursátil, en el mercado de títulos de deuda, en el sector inmobiliario de muchos países, en el mercado de materias primas, en las criptomonedas. El cambio de política de 180 grados desde 2022, pasando de Quantitative Easing (QE) (flexibilización cuantitativa) a Quuantitative Tightening (QT) (Contracción cuantitativa) provoca una gran inestabilidad financiera y en particular quiebras bancarias. En resumen, la decisión de los gobiernos y los bancos centrales de aumentar los tipos de interés, en particular para combatir la inflación, conduce al estancamiento (o incluso a una posible recesión) y a las crisis financieras, sin lograr reducir la inflación de manera significativa. Es posible que la crisis financiera, que ya produjo la quiebra de varias empresas de criptomonedas en 2022, la quiebra de 4 bancos importantes en Estados Unidos y Europa en marzo de 2023, cobre de nuevo impulso y que haya otras quiebras bancarias o graves accidentes financieros en otros sectores como las bolsas, el sector inmobiliario en particular el comercial, el sector de las obligaciones…

CADTM: ¿Podemos hablar de una nueva crisis de la deuda en el Sur?

Éric Toussaint: Una nueva crisis de deuda afecta a toda una serie de países del Sur, ya sea en Asia (Sri Lanka, Pakistán, Bangladesh…), África subsahariana (Ghana, Zambia…), África del Norte (Túnez, Egipto…), Oriente Próximo (Líbano…), América Latina (Argentina), el Caribe (Puerto Rico, Cuba…). Algunos de estos países están en suspensión de pagos o, como Sri Lanka, lo han estado. Es probable que haya nuevas suspensiones de pagos.

En general, la crisis es provocada por una sucesión de choques externos que afectan gravemente a las economías del Sur. Estos choques externos son el resultado de acciones y acontecimientos que provienen del Norte:

1. Los efectos de la pandemia de coronavirus que comenzó en el norte (China, Europa, América del Norte) antes de extenderse hacia el sur. Los efectos de la pandemia sobre la deuda son claros: aumento de la deuda pública para financiar la lucha contra la pandemia y reducción de los recursos en monedas fuertes indispensables para garantizar el pago de la deuda externa: a partir de 2020 hasta 2022 hay una caída radical del turismo, del que algunas de las economías se han vuelto muy dependientes (ejemplo: Sri Lanka y Cuba).

2. Los efectos de la guerra provocada por la invasión rusa de Ucrania: un aumento muy fuerte del precio de los cereales y fertilizantes cuando toda una serie de países del Sur se han convertido en importadores netos de cereales porque organizaciones como el Banco Mundial y el FMI, así como los gobiernos del Norte (con la complicidad de los gobiernos de los países del Sur) les han empujado a favorecer la producción de otros productos agrícolas (frutas tropicales, café, té, algodón, soja transgénica para alimentar al ganado…). Este fuerte aumento del precio a pagar por importar cereales ha dado lugar a una falta de medios financieros y, por tanto, a problemas de pago de la deuda o de una acumulación insostenible de nuevas deudas para seguir importando. La guerra en Ucrania también ha provocado un aumento de los precios de los combustibles cuando toda una serie de países del Sur son importadores de combustibles. Para países como Egipto, Sri Lanka, Túnez, que importan tanto cereales como combustibles, la situación de la deuda se ha vuelto insostenible.

3. Tercer gran choque externo: los efectos del cambio climático y la crisis ecológica. Este es particularmente el caso de Pakistán, víctima de las catastróficas inundaciones en 2022.

4. Cuarto gran choque externo: El aumento del coste de refinanciación de la deuda provocado por la decisión unilateral de la Reserva Federal de Estados Unidos, el Banco Central Europeo, el Banco de Inglaterra, de aumentar muy fuertemente a partir de 2022 los tipos de interés. Países del Sur que tomaban prestado a entre el 3 y el 6% de interés anual antes de 2021 se enfrentan a un aumento muy significativo de los tipos que hay que pagar para los nuevos préstamos, del 9 al 15%. Esto también es insostenible.

CADTM: Del FMI se dice que ha cambiado, ¿qué hay en realidad?

Éric Toussaint: Las políticas del FMI no han cambiado, las del Banco Mundial tampoco. Son tan perjudiciales como en el pasado. Y como muchos países del Sur acaban de recurrir a los créditos del FMI, deben aplicar de forma reforzada políticas neoliberales antipopulares.

En este contexto, es muy importante apoyar la realización a la convocatoria del CADTM de una contr-cumbre en Maraakech del 12 al 15 de octubre de 2023 con motivo de la reunión anual del FMI y del Banco Mundial.

CADTM: ¿Por qué dice que ésta es la peor crisis desde 1945?

Éric Toussaint: Desde 1945, nunca ha habido una crisis de tal envergadura y con tantas facetas como la actual. La crisis ecológica y su dimensión climática son de una magnitud nunca vista. La crisis ecológica es el producto de dos siglos de producción capitalista como sistema dominante. En el espacio de dos siglos, este modo de producción ha afectado y degradado profundamente la vida en el planeta, y ahora hemos llegado a un punto crítico. A esto se añade la crisis sanitaria de la que acabamos de salir y que podría rebrotar. Esta crisis sanitaria ha causado más de 7 millones de muertes. Su magnitud también está ligada al propio sistema capitalista. Añadamos que, en comparación con 1945, el arsenal nuclear ha proliferado y el nivel de las tensiones internacionales podría desembocar en un holocausto. Desde otros puntos de vista, la crisis capitalista es efectivamente la más grave desde 1945, sobre todo en términos de debilitamiento de la actividad económica global sobre un largo periodo de tiempo. La tendencia hacia formas de gobierno más autoritarias y violentas afecta en mayor o menor medida a todos los continentes. El ascenso mundial de las fuerzas de extrema derecha es el más fuerte desde 1945. Aumentan las violaciones reiteradas de los derechos humanos, en particular en relación con la migración y el derecho de asilo. Ante estos hechos, no debemos rendirnos, debemos redoblar nuestros esfuerzos para llevar a cabo una auténtica revolución autoemancipadora.

Publicado en: Economía

El capitalismo no es democrático

25/06/2023 by Vitalio Deja un comentario

Por: Grace Blakeley

Traducción: Florencia Oroz

 

A pesar de la predicción liberal de que la expansión de los mercados libres daría lugar a más democracia, el autoritarismo no hace sino aumentar. La razón es simple: el capitalismo siempre defenderá las jerarquías sociales frente a la amenaza de la igualdad económica.

Por un lado, muchos de los Estados más poderosos del mundo —desde China a Arabia Saudí— están gobernados por regímenes autoritarios que parecen estar fortaleciéndose. Por otro lado, el respeto por las normas democráticas liberales —como el derecho a la protesta y la independencia del poder judicial— está en declive en los regímenes establecidos. Y muchos Estados que parecían estar en el camino de la democracia —como Hungría y Turquía— están atrapados en una especie de purgatorio «democrático iliberal».

En total, alrededor del 72% de la población mundial vive bajo alguna forma de régimen autoritario, según algunos expertos. Los investigadores de Freedom House afirman que alrededor del 38% de la población mundial vive en países que pueden calificarse de «no libres». El académico liberal Larry Diamond ha calificado el retroceso de la democracia en todo el mundo de «recesión democrática».

La erosión de la democracia ha sido especialmente difícil de conceptualizar para los liberales. Al fin y al cabo, no se suponía que las cosas fueran así.

Se suponía que la caída del Muro de Berlín pondría fin a cualquier cuestión pendiente sobre la compatibilidad de la democracia y el capitalismo. Este último iba a expandirse inevitablemente, trayendo consigo los derechos y libertades que muchos en el mundo rico habían llegado a dar por sentados. El resto del mundo estaba destinado a converger en el modelo iniciado por Occidente.

Los teóricos y responsables políticos liberales han ideado una serie de argumentos para explicar la aparente contradicción entre la expansión del capitalismo y el retroceso de la democracia.

Los de la derecha del espectro político sitúan el problema en los «enemigos de la democracia» extranjeros. Para estos pioneros de la nueva Guerra Fría, Xi Jinping y Vladimir Putin —aunque curiosamente no Mohammed bin Salman o Viktor Orban— son los culpables de lavar el cerebro a los pueblos occidentales amantes de la democracia con propaganda autoritaria.

Los centristas tienden a afirmar que el verdadero problema son los «extremistas de ambos bandos», argumentando que los socialistas democráticos como Bernie Sanders y Jeremy Corbyn, que nunca han estado ni siquiera cerca de alcanzar el poder estatal, comparten tanta culpa del retroceso democrático como los antiguos líderes mundiales de la derecha populista como Boris Johnson y Donald Trump.

Toda evaluación del problema es, por supuesto, totalmente individualista. Muchos liberales creen sinceramente que el mayor desafío a la democracia actual son unos cuantos «malos» que corrompen un sistema que, por lo demás, funciona bien.

Estos argumentos son, por supuesto, totalmente absurdos. El apoyo a la democracia no está disminuyendo porque a los votantes les laven el cerebro con propaganda enemiga en TikTok. El apoyo a la democracia está disminuyendo porque, sencillamente, la democracia no funciona como nos dijeron que funcionaría.

En primer lugar, se suponía que la combinación de capitalismo y democracia traería prosperidad y progreso a todas las naciones que los adoptaran. Durante un breve periodo tras la caída del Muro de Berlín, cuando la globalización se disparó, esto parecía una historia creíble.

La crisis financiera puso fin a esta ilusión colectiva en el Norte global. La generación que alcanzó la mayoría de edad durante la crisis de 2008 ha tenido que adaptarse a la realidad de que es poco probable que estén mejor que sus padres.

Pero incluso antes de la crisis financiera, la crisis asiática de finales de la década de 1990 demostró a muchos en el mundo en desarrollo que abrir los mercados propios al capital internacional podía ser una receta para el desastre. Alguna combinación de autoritarismo y controles de mercado parecía la respuesta natural.

En segundo lugar, se suponía que el progreso traído por la democracia y el capitalismo daría lugar a más democracia. Los controles y equilibrios acabarían con la corrupción. Una población educada elegiría a los líderes «correctos». Y en lugar de hacer campaña basándose en ideologías anticuadas, esos líderes competirían por los votos apelando al «votante medio», aportando moderación a sociedades antes divididas.

En cambio, la corrupción va en aumento, la ideología ha vuelto y la gente sigue eligiendo a los líderes «equivocados». Quizá la creación de sociedades tan estratificadas que la clase dirigente apenas puede comprender las preocupaciones de los votantes de a pie no era una receta tan infalible para la democracia después de todo.

Algunos comentaristas algo más reflexivos aceptan que esta lectura asombrosamente simplista podría no captar toda la historia. En una nueva serie de podcasts para el Financial Times, Martin Wolf parece realmente preocupado por el futuro de la democracia, y acepta una pequeña parte de la culpa que le corresponde a él y a sus colegas.

El problema, parece creer Wolf, es que los neoliberales, en todo su celo por el fin de la historia, extendieron el libre mercado demasiado lejos y demasiado deprisa. La terapia de choque de los años 90 no fue acompañada de medidas para aliviar las tensiones sociales y económicas que trajo consigo.

El argumento recuerda al planteado por el teórico político Karl Polanyi, que creía que los mercados libres capitalistas se extendían demasiado rápido para que las sociedades pudieran adaptarse. Aquellos cuyas vidas e ideales se veían amenazados por la aparición de este valiente nuevo mundo se opondrían a la invasión de la «sociedad de mercado», a menudo apoyando a hombres fuertes autoritarios.

Los liberales progresistas como Wolf tienden a creer que la solución al problema vendrá de alguna forma de capitalismo regulado. A menudo, estos comentaristas son keynesianos que abogan por un retorno al consenso socialdemócrata de la posguerra.

Pero este tipo de nostalgia no es más sana que la que manifiestan los seguidores de Trump que anhelan volver a un mundo anterior a la propagación de la «ideología de género». Después de todo, hay una razón por la que el consenso keynesiano se vino abajo.

En cuanto el crecimiento económico se ralentizó, la batalla latente entre trabajadores y empresarios que había estado burbujeando bajo la superficie explotó de repente en la corriente política dominante. Sin el exceso de beneficios extraídos del resto del mundo para mantener este conflicto en secreto, a la clase dominante solo le quedaba una opción: la guerra total contra los trabajadores.

Por esta razón, a pesar de que es cegadoramente obvio que las democracias capitalistas necesitan algunas medidas para reducir la desigualdad al tiempo que abordan el colapso climático, la visión capitalista progresista para el futuro no tiene ninguna posibilidad de aplicarse. Solo queda una conclusión: para empezar, el capitalismo y la democracia nunca fueron realmente compatibles.

Grace Blakeley
Redactora de Tribune y conductora del podcast «A World to Win».

Publicado en: Economía, titular2

Los profetas del catecismo neoliberal

28/05/2023 by Vitalio Deja un comentario

Por: Lev M. Velázquez Barriga*

Siendo presidente de Brasil, el político ultraderechista Jair Bolsonaro presentó una iniciativa constitucional que proponía el reconocimiento y el impulso nacional de La escuela sin partido. El tema no era nuevo, recuperó proyectos legislativos previos ligados a grupos conservadores y evangélicos. La idea fue promovida inicialmente por un supuesto movimiento de padres de familia, de base social ficticia, que mediante denuncias aisladas se inconformaba por prácticas de maestros, en las que se anteponía su opinión personal, sobre todo en temas de género.

La escuela sin partido es la antítesis de la pedagogía propuesta por Paulo Freire, que se había arraigado en una parte importante del magisterio brasileño y en una diversidad de movimientos educativos populares de todo el continente latinoamericano. Para Freire, la dimensión política de la educación es fundamental, la idea de neutralidad es falacia, que de facto representa ya una postura de indiferencia frente a las desigualdades sociales y las injusticias.

Con la misma finalidad de restringir la libertad de enseñanza de los docentes y de los conocimientos establecidos en el currículo para la escuela pública, se han desarrollado otras iniciativas. Proponen limitaciones de contenidos que representan una intromisión a la educación laica, política y de género, concebida por los grupos conservadores, como un tipo de formación confinada al nicho de la familia tradicional.

Una de estas propuestas, en la agenda mundial de Provida, es el PIN parental, donde utilizan la palabra PIN ( Personal Identification Number) aludiendo a los patrones de seguridad y decodificación para controlar el libre acceso a los contenidos de los dispositivos tecnológicos y plataformas digitales; pero que, en México y otros lugares, se ha traducido en proyectos legislativos (sin resonancias hasta el momento en nuestro país), en los que los padres de familia tendrían la facultad de restringir a sus hijos contenidos curriculares que consideren contrarios a sus valores y creencias familiares.

Esta oleada de instrumentos jurídicos por la ruta de los amparos contra el avance de la Nueva Escuela Mexicana (NEM), y recientemente para detener la impresión y difusión de sus libros de texto para educación básica, es parte de esa misma estrategia global de los grupos de derecha que se están rearticulando paulatina y peligrosamente en posiciones fundamentalistas, como las que representa el membrete de la Unión Nacional de Padres de Familia (UNPF), organización cupular ligada de origen a las líneas dictadas por la jerarquía eclesiástica del catolicismo.

El activismo de la UNPF contra los libros de texto de la NEM tiene una larga data de antecedentes históricos para defender la formación confesional, misma que se convirtió en el semillero ideológico de atrocidades cometidas contra los maestros del periodo posrevolucionario; sus acciones se remontan a la abierta oposición de la educación laica establecida en la Constitución de 1917, al proyecto educativo socialista de Lázaro Cárdenas y al establecimiento de los libros de texto en los años 60.

En todos los casos (la escuela sin partido, PIN parental y amparos contra la NEM, paradójicamente a su propaganda por la libertad educativa), la derecha pretende llevar al extremo el sesgo cognitivo, científico y cultural, de una postura conservadora, que se había logrado imponer por consenso de clase, tanto en el periodo de las dictaduras latinoamericanas como del neoliberalismo, entre el grupo político gobernante y las élites económicamente dominantes.

Por supuesto, los contenidos curriculares y libros de texto de las reformas educativas en las últimas tres décadas, que mantienen vivas sus secuelas, porque hasta el momento no se ha dado la transición completa ni profunda del sistema educativo mexicano, nunca estuvieron exentos de ideologías. Las competencias, calidad, rendición de cuentas, evaluación estandarizada, mérito, educación financiera, certificación y autonomía de gestión forman parte del glosario ideológico de dogmas que concibe la escuela en empresa, al humano como capital y a la ciudadanía en el conglomerado de sujetos de baja intensidad que sólo sirven para producir y consumir.

La historia cercenada en periodos presidenciales, que resaltan las proezas de los gobernantes omitiendo procesos de liberación, donde aparece el protagonismo popular; la geografía del territorio muerto, lleno de relieves y planicies descriptibles por la objetividad de la ciencia cuantitativa, pero ausentes de conflictos entre los proyectos de los pueblos por la vida y los megaproyectos depredadores del necro capitalismo extractivista, y la formación cívica para el proceso electoral organizado por el INE, como única posibilidad de activismo político y social, son otros ejemplos de esa educación sin ideologías que han salido a defender los centinelas de la sagrada familia y los profetas del catecismo neoliberal.

* Doctor en pedagogía crítica

Publicado en: Economía

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Este podcast tiene la intención de reproducir interpretaciones personales de algunos clásicos de la poesía universal. Entiendo, al igual que Octavio Paz, que la poesía es una actividad emocional revolucionaria, un ejercicio espiritual, un medio de liberación interior y una búsqueda de transfiguración. Adonis, Ali Ahmad Said y Octavio paz son mis favoritos. Dos clásicos modernos.

LÍMITES de Adonis (Ali Ahmad Said)
byjuan

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