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La fuerza y la argucia: de Gramsci a Poulantzas

19/02/2023 by Vitalio Deja un comentario

Por: Pierre Jean

Aunque muy a menudo nos preguntamos por qué y cómo rebelarnos y subvertir el capitalismo, podríamos en cambio preguntarnos por qué se acepta y se percibe como legítima la extorsión centralizada que practica el Estado. El paradigma que guía a Gramsci y a Poulantzas es la «hegemonía blindada con coerción», en términos diferentes pero a la vez convergentes.

¿Por qué no se rebelan las masas? La pregunta nos permite cuestionar las categorías establecidas por el Estado para mantener el consentimiento de las clases subalternas: opacidad de la conciencia de clase, inversión de la dialéctica coerción-consentimiento e invisibilización de las categorías de dominación se articulan para producir la norma, esa subjetividad que ha interiorizado las prácticas del poder dominante. La reproducción ampliada del capital conlleva la reproducción de la fuerza de trabajo por medios como la coerción y la represión espacial y temporal de los trabajadores y sus representantes. Sólo que la represión no es sino una de las facetas de un conjunto más amplio, el de una “hegemonía blindada con coerción”[1] que, por medio del compromiso social y de las estrategias de inculcación de las normas del poder, constituye el arte de gobernar, lo que Maquiavelo llama, en los albores del Estado moderno, fuerza y argucia, las dos mitades del cuerpo del centauro. ¿Cuál de las dos, el zorro astuto o el león fiero, precede a la otra?

Comentaré textos seleccionados de Cuadernos de la cárcel, de Antonio Gramsci, y de Estado, poder y socialismo, de Nicos Poulantzas, y, al hacerlo, resaltaré las relaciones fundacionales y las relaciones dialécticas entre ambos términos del poder.

En el capítulo XVIII de El Príncipe, la fuerza y la argucia son dos aspectos de una táctica o intervención estratégica en la coyuntura de que se trate, por medio de los cuales se autoproduce la soberanía que ejerce el Estado sobre la “multitud”[2]. Gramsci, siguiendo al florentino, muestra que tanto el Estado como el bloque histórico en que aquel se apoya recurren a la violencia material cuando la violencia simbólica o ideológica ha agotado sus propios límites: Gramsci, al igual que Poulantzas, otorga primacía a la violencia real o a las técnicas de “contención” de la multitud, es decir, a la represión física. El consentimiento es resultado de la subsunción de la violencia real y simbólica. La violencia real, la coerción de los cuerpos, es una faceta que queda subsumida en el yugo de la explotación, al igual que la violencia simbólica. Poulantzas lo hace explícito al recorrer todo el trayecto que lo lleva a la categoría de explotación en su intento por rastrear el origen de la violencia.

Pero ¿qué entendemos por la noción de Estado? A modo de observaciones preliminares, es menester que nos ocupemos ahora de tres enfoques diferentes del Estado. Para Max Weber, el Estado es el monopolio de la violencia legítima en un sentido mínimo. Para Poulantzas, es una instancia relativamente autónoma de la economía, pero que interviene en las contradicciones de la estructura económica para modificar los procesos de esa estructura sin conseguir superar sus contradicciones. Para Gramsci, el Estado desempeña un papel “primordial”: reúne lo que “tiende a vivir separado” en el estado de naturaleza. Existe una homología de estructura entre Estado y partido. Ambos organizan y ponen en marcha un “bloque histórico”, una coalición de fuerzas, más o menos autónoma de otras fuerzas políticas. Esa coalición, con la cual a veces se entremezclan facciones de las clases dominantes con facciones de las clases dominadas, tiene por objetivo la toma del poder[3].

¿Por qué damos nuestro consentimiento? ¿O, incluso, por qué no nos rebelamos? ¿Contra qué? Luc Boltanski se ha planteado la misma pregunta[4], pero se interesa sobre todo por las líneas teóricas que conducen a una oposición entre el mundo vivido, el de los hábitos, el del texto social cotidiano, y los acontecimientos que desgarran esa textura. Intentaremos comprender aquí las causas del establecimiento y de la aceptación de esa cotidianidad.

¿Guarda relación la rebelión con la explotación o con la extracción de plusvalía a lomos del trabajo? La pregunta sería demasiado simple: la explotación no muestra su rostro a plena luz del día. Avanza enmascarada bajo las prácticas y los discursos del consentimiento. Habría que preguntarse, en cambio, ¿en nombre de qué consentimos en realizar un gran número de gestos, en legitimar más o legitimar menos, con palabras y actos, el trabajo asalariado? Explotación y participación son las dos caras del capital. A mi juicio, los conceptos de hegemonía, de Estado, de sociedad civil y de reproducción de la estructura social se articulan en Gramsci y Poulantzas para producir una teoría del consentimiento, una teoría dialéctica.

Reversibilidad de la dialéctica del consentimiento: Cuadernos de la cárcel (Gramsci)

Quizás la mejor prueba de la existencia de una teoría dialéctica del consentimiento se encuentre en su reversibilidad, tal como la concibe Gramsci:

“El ejercicio ‘normal’ de la hegemonía en el terreno ya clásico del régimen parlamentario se caracteriza por la combinación de la fuerza y el consentimiento, que se equilibran recíprocamente, sin que la fuerza predomine excesivamente sobre el consentimiento. Por el contrario, se intenta siempre que la fuerza parezca basarse en el consentimiento de la mayoría[5].”

A ese respecto cabe destacar dos cosas. Comencemos por el final para establecer la secuencia de la argumentación. Podría decirse que es como si del término “consentimiento” emergiera un sentido incongruente: el de un falso consentimiento, o el de un consentimiento vuelto de revés en su relación con la fuerza. Es la fuerza la que, gracias a los órganos de la opinión pública y de la sociedad civil —o al conjunto de los dispositivos orgánicamente ligados al poder— parece apoyarse en el consentimiento y no a la inversa. Esa ilusión constituye la base misma del recurso a la fuerza en los discursos del bloque histórico dominante. Trátese de la intervención de los tanques soviéticos en Praga por el “bien del pueblo socialista” en su conjunto, o de la expresión que se ha vuelto banal de “secuestradores” para referirse a los huelguistas en Francia, cualquier recurso a la fuerza se hace en nombre del consentimiento de una mayoría y que hoy se expresa a través del prisma de las encuestas, los medios de comunicación de masas o la alusión a la legitimidad del voto. La inversión de los términos de la dialéctica o la inversión de la perspectiva entre fuerza y argucia están en la base de la mistificación de los regímenes parlamentarios cuando estos desean recurrir a la fuerza.

Lo segundo que cabe destacar en la secuencia que proponemos —el primer razonamiento en el orden del texto— es que el consentimiento desempeña una función central en los regímenes parlamentarios. Se produce entonces una forma de reificación de la conciencia del proletariado: si el problema político deja de plantearse en forma directa, si no se impone violentamente en la conciencia de las masas, incurriremos entonces en el fetichismo de una sociedad civil en la que, en el plano político, todos se imaginan libres e iguales en derechos, y, en el plano económico y social, lo que se ha de deconstruir son los hábitos de consumo, la rutina, lo cotidiano, dejando de lado los aparatos ideológicos del Estado y todo lo que concierne a la representación política de las clases dominantes y subalternas para concentrarse en la alienación en el trabajo. La consecuencia estratégica de todo ello se nos revela entonces con toda claridad: o bien un corporativismo reformista que busca mejorar la situación de la estructura económica por medio de tácticas gradualistas, cuando no de una nivelación de los derechos políticos en caso de desigualdad flagrante, en conjugación con una labor de educación popular que se proponga liberar al proletariado de sus oropeles fetichistas y poner “por delante lo humano”, o bien el desdén más absoluto por las actuales formas de democracia burguesa que se articule con una revuelta radical, permanente y “voluntariamente” marginal en contra del sistema de producción.

Gramsci apresa en una misma fórmula tres “equivocaciones” o formas de opacidad de la conciencia de clase y les tuerce el cuello a tres de sus interpretaciones más simples. La primera de esas equivocaciones concierne al proletario de derechas, o que se aviene con las tesis del bloque en el poder, y que no se percata de que el consentimiento se basa en la fuerza y no al revés. La segunda remite al proletario reformista, quien acepta los logros del régimen parlamentario como esencias ideales e iguales entre sí y, mediante una estrategia gradualista, busca deshacer a través de las corporaciones las condiciones de producción de la sociedad capitalista. La tercera es la del proletario que se rebela, pero que no se da cuenta de que las conquistas de la legalidad burguesa han tenido como impulso la lucha de clases.

La primera de esas equivocaciones resulta particularmente esclarecedora a la hora de comprender la ideología burguesa o las formas de legitimación discursiva que preparan el recurso a la coerción. Se interviene en los suburbios en nombre de la República y, más allá, en nombre del pueblo. Se trata de una forma de invisibilización de las categorías de la economía política real, a saber, de su categoría fundamental: la explotación o la violencia física, la verdad fisiológica del capital. La segunda olvida que el sistema capitalista constituye, precisamente, un sistema, una totalidad que, aunque plagada de contradicciones, es fundamentalmente desigual y asimétrica. No se la puede combatir sino en cuanto totalidad. La tercera olvida que la construcción de la hegemonía de una clase requiere alianzas entre intereses diversos y a veces, a largo plazo, hasta opuestos. Sin embargo, esta última “equivocación”, según el espíritu de Cuadernos de la cárcel, es la menos grave de todas. En efecto, hay que hacer todo lo posible para atraer a las clases subalternas hacia la autonomía, es decir, hacia la toma de conciencia de sus propios intereses, aunque dicha toma de conciencia se conciba según transiciones, mediaciones y etapas cualitativas y cuantitativas.

Este somero análisis de un pasaje en que Gramsci describe el uso de la fuerza en los regímenes democráticos basta para mostrar que la fuerza puede aparecer como el segundo momento de la dialéctica, el momento no fundacional de el-en-sí sino concreto del para-sí. En realidad, son la fuerza o la violencia constitutiva de toda comunidad la que funda el consentimiento, como indica este otro pasaje de Cuadernos de la cárcel:

Otro aspecto que es preciso establecer y elaborar es el de la ‘doble perspectiva’ en la acción política y en la vida del Estado. Esa doble perspectiva puede manifestarse en grados diferentes, desde los más elementales hasta los más complejos, pero pueden reducirse teóricamente a dos grados fundamentales, que corresponden a la doble naturaleza, la propia de la bestia y la humana, del centauro maquiaveliano: la fuerza y el consentimiento, la dominación y la hegemonía (…): en otras palabras, todo puede ocurrir del mismo modo en que lo hace en la vida humana, en la que cuanto más forzado se ve un individuo a defender su existencia física inmediata, tanto más se apoya y se sitúa en el punto de vista de todos los valores más complejos y más elevados de la civilización y de la humanidad[6].

No hay ni inmediatez ni concatenación mecánica entre coerción y consentimiento.

Por el contrario, existe lo que Gramsci llama una “doble perspectiva”, es decir, dos puntos de vista, dos modos complementarios de la hegemonía que se suceden necesaria pero no inmediatamente. En un primer momento, es efectivamente la banda de hombres armados la que se impone, a través de la metáfora de la defensa inmediata y elemental de su existencia física. Pero esa existencia tiene sentido sólo si está habitada por representaciones, imágenes, categorías de percepción. Gramsci habla entonces de distanciación dialéctica entre los dos términos de la hegemonía. Dе ello se deduce que el primer término, la fuerza, funda al otro, pero que el segundo término, el consentimiento, desarrolla, despliega, hace que se manifieste la esencia del fundamento. Sin coerción no hay consentimiento, pero sin consentimiento la coerción seguiría siendo una abstracción pura, la defensa elemental de la vida del Estado, del grupo o del individuo, que no podría sostenerse por mucho tiempo, que no superaría ninguna crisis, ni siquiera coyuntural. Por consiguiente, el rastro fundamental, el ser mismo de la hegemonía se desvanece en provecho de su estar ahí, de su desplegarse, al menos en los regímenes parlamentarios, mediante la inversión de la dialéctica fuerza-consentimiento.

Si retomamos nuestra pregunta original (¿por qué no se rebelan las clases subalternas?), desde ese momento tendremos a cada instante y en varios puntos un elemento de respuesta. Por un lado, la hegemonía ejercida por el grupo o los grupos dominantes aliados garantizan la existencia de ciertos intereses materiales. Por otro, en un régimen democrático, legitiman el recurso a la fuerza, constitutivo de su poder y de su propia existencia, recurriendo a su vez al falso fundamento del consentimiento. Es ese el significado de la expresión “hegemonía blindada con coerción”. Ese consentimiento no se logra sólo a través del Estado, sino a través del conjunto de sus aparatos anexos, más o menos orgánicamente vinculados con el Estado o con el movimiento obrero. Esa adhesión se sitúa en una alternativa no excluyente que organiza y pone en circulación las categorías de la dominación, intervención intrínsecamente ligada a la reproducción del proceso de producción, en su sentido más restringido o más amplio.

Gramsci-Poulantzas: la violencia física sobredetermina siempre los procedimientos disciplinarios e ideológicos

Poulantzas somete a critica, en primer lugar, el término “consentimiento”, así como el paradigma deleuziano según el cual la pacificación de las sociedades se lograría mediante la interiorización de la violencia. Según esa teoría, la violencia psicológica y simbólica primaría sobre la violencia material y haría desaparecer ante nuestros ojos la violencia resultante de la explotación. De esa lectura de los pensadores críticos se desprendería la categoría de alienación, de pérdida de sí, de pérdida del propio deseo en el deseo de un otro, dominante.

Una vez concluida esa labor de reforma conceptual, tres instancias nos parecen pertinentes para comprender lo que Poulantzas entiende por “consentimiento”. Las examinaremos en el mismo orden en que aparecen en el texto:

Si tiene que haber violencia física organizada es por la misma razón por la que tiene que haber consentimiento: es porque ante todo hay siempre luchas cuya raíz es la explotación7.

A primera vista, este pasaje hace las veces de manifiesto más que de enunciado científico o crítico. Para que pueda orientarnos es necesario retrotraerlo a su contexto teórico. Poulantzas establece un vínculo radical entre violencia y consentimiento. Esa raíz vital es la lucha contra la explotación. El Estado, fuerza primaria y centralizada del poder, interviene en la estructura social para reprimir físicamente las luchas contra el capital y garantizar la reproducción de la estructura económica. El consentimiento es una de las facetas de la represión: tesis tomada directamente de Gramsci. Consentir en un poder, estatal o no, es someterse a un orden basado en la violencia. La explotación sería entonces el en síde la relación fuerza-argucia y, en consecuencia, la fuerza y el consentimiento serían los dos momentos del despliegue de esa raíz del poder:

 La violencia física monopolizada por el Estado sirve de sustento permanentemente de las técnicas del poder y de los mecanismos del consentimiento, está inscrita en el tejido de los dispositivos disciplinarios e ideológicos y da forma a la materialidad del cuerpo social sobre el que actúa la dominación, incluso cuando esa violencia no se ejerce de manera directa[8].

Este segundo enunciado, más cerca de Foucault y de Vigilar y castigar, es el momento reversible de la dialéctica del centauro, de la fuerza y la argucia, que hace tangible el hecho de que ambas se basan en la explotación. Es entonces posible describir un nuevo nivel de jerarquía: es lo real o la violencia real o física lo que sirve de base “permanentemente” de las técnicas y los discursos del consentimiento. Así, la violencia física existe incluso en forma pura y simplemente ominosa, “psicológica”, espectral y latente en la materialidad de las instituciones estatales y sociales. La alusión a Kafka —explícita en Estado, poder y socialismo— es obvia en este caso. A lo largo del proceso, K. soporta la tortura psicológica de no saber quién lo condena, ni por qué razón… pero nada impedirá que al final de la novela sea la muerte lo que lo aguarde:

Toda su acción (la del Estado), ya sea la violencia represiva, la inculcación ideológica, la normalización disciplinaria, la organización del espacio y del tiempo o la creación del consentimiento, guarda relación con esas funciones económicas[9].

Es decir, Poulantzas enlaza y sintetiza así las tesis presentes en sus diferentes enunciados: la dialéctica de la fuerza y de la argucia o la violencia física y el consentimiento están al servicio de una intervención contradictoria del Estado en el proceso de reproducción de la estructura económica.

Conclusión

La explotación es la violencia fundadora de un proceso de reificación que impregna las trincheras y las fortificaciones de la estructura social y a través de ellas circula y se despliega con el fin de reproducir la estructura económica. Si bien Gramsci y Poulantzas no conciben de la misma manera el poder, para ambos la dialéctica de la fuerza y de la argucia se articula en torno al concepto de violencia en relación con los explotados, de modo que podemos ya esbozar algunas conclusiones estratégicas en cuanto al problema de la violencia de clase. Es necesario dar un vuelco a la falsa dialéctica del consentimiento y de la fuerza en los regímenes parlamentarios occidentales. Si el fascismo actúa directamente en nombre de la fuerza, las democracias occidentales, pensadas en su especificidad, disciplinan y reprimen a través de una serie de mediaciones —disciplinarias, ideológicas, subjetivas y jurídicas— inscritas en la materialidad misma de sus instituciones y determinadas en última instancia por la violencia física, raíz del poder. El Estado es, por tanto, en un sentido amplio y parlamentario, el monopolio de las mediaciones de la violencia.

El monopolio de la violencia no se podrá impugnar sino mediante la puesta en circulación de categorías de pensamiento y análisis subalternos, es decir, de la mayor autonomía posible frente al Estado, capaces de subvertir los mecanismos de dominación y deconstruir los procesos de opacificación de la conciencia de clase y de invisibilización de las categorías propias de la lucha de los grupos subalternos (clase, raza, género).

Para dar ese vuelco no basta solamente emprender una labor de educación popular, sino que será también necesario forjar alianzas de clase, formar un partido o una coalición que luche en el terreno de la representación política, sin descartar jamás la posibilidad de un enfrentamiento físico. De lo que se trata es de crear una organización que estructure la correlación de fuerzas de modo que revele la violencia sobre la que se funda el poder establecido, por medio de manifestaciones, a veces locales y asimétricas, a veces nacionales o mundiales y simétricas.

El siguiente texto se extrajo de la intervención del autor en el coloquio « Penser l’émancipation » [Pensar la emancipación], celebrado en Nanterre en febrero de 2014. Forma parte del dossier “Il faut (on reliere) Gramsci” [Hay que leer (o releer) a Gramsci] publicado en Contretemps. Revue de critique communiste, donde apareció el 19 de mayo de 2014 con el título “La force et la ruse: L État, le consentement et la coercition, á partir de Gramsci et Poulantzas” . El título con que se publica ahora en español y la traducción de todas las citas son del traductor, quien ha añadido en las notas del autor—corregidas, actualizadas y ampliadas— hiperenlaces y, entre corchetes, referencias bibliográficas en español para el lector que desee consultar otras fuentes.

Notas

[1] Antonio Gramsci, Guerre de mouvement et guerre de position (Textos seleccionados y presentados por Razmig Keucheyan), París, La Fabrique, 2012, p. 161. [Otra traducción al uso de esta conocida fórmula gramsciana —en italiano,egemonia corazzata di coercizione (véase Quaderni del carcere (Edizione critica dell’Istituto Gramsci. A cura di Valentino Gerratana), Turín, Einaudi, 1975, pp. 763-764,)—  es la de “hegemonía acorazada de [o por la] coerción” (el subrayado es de Gramsci). Véase, por ejemplo, Cuadernos de la cárcel (Edición crítica del Instituto Gramsci. A cargo de Valentino Gerratana) (trad. Ana María Palos; revisada por José Luis González), México, D. F., Ediciones Era, 1985 (primera reimpresión), p. 617 – Nota del T.]

[2] Maquiavelo es un pensador de la coyuntura: trata de producir una práctica política que esté en sintonía con los problemas teóricos y prácticos de su tiempo. El Príncipe, o cúspide del Estado, se distingue por su virtù, es decir, por su capacidad para hacer que el Estado persevere en el tiempo y en el espacio a pesar de los caprichos de la fortuna. Autonomía de lo político y carácter universal del interés del Estado son los dos fundamentos de la práctica política moderna y siguen determinantes hoy en día. Para que la dominación ideológica sea eficaz, debe presuponer un régimen de “lealtad” o de creencia, o de consentimiento de la multitud en relación con el Príncipe y hacer que ese régimen se base en la apariencia virtuosa del Príncipe y que esa apariencia pueda transformarse, de hecho, en su contrario.

[3] Existe una diferencia notable entre Gramsci y Poulantzas en lo que respecta a la concepción del Estado, en cuanto para Poulantzas el Estado es aquello que divide en mónadas particulares, lo que separa, segmenta, distingue entre sí a los individuos y a los grupos para reunirlos bajo la unidad abstracta de la universalidad: “La existencia de un Estado relativamente autónomo es una forma de contrarrestar esa tendencia de la burguesía a cometer errores.” (L’Etat, le pouvoir, le socialisme, París, Les Prairies ordinaires-Éditions Amsterdam (Colección “Essais”), 2013, que incluye un prefacio de Razmig Keuchevan y un epílogo de Bob Jessop, p. 16 [Estado, poder y socialismo (trad. Fernando Claudín), México, D. F., Siglo XXI, 1979].  “El Estado (centralizado, burocratizado, etc.) instaura esa atomización y representa (el Estado representativo) la unidad de ese cuerpo (pueblo-nación) escindido en mónadas formalmente equivalentes (soberanía nacional, voluntad popular).” (Ibídem, p. 106).

[4] Luc Boltanski, “Pourquuoi no se révolte-t-on pas? Porquoi se révolte-t-on?” [¿Por qué no nos rebelamos? ¿Por qué nos rebelamos?], Contretemps, núm. 15, 2012.

[5] Gramsci, Guerre de mouvement et guerre de position, ed. cit., pp. 233-34.

[6] Ibídem, p. 184.

[7] Poulantzas, L’État, le pouvoir, le socialisme, ed. cit., p. 127.

[8] Ibídem, p. 129.

[9] Ibídem, p. 235.

Publicado en: Cultural, Global, titular2

Discusiones en la izquierda Latinoamericana

19/02/2023 by Vitalio Deja un comentario

Por: Claudio Katz

 

Una alternativa de izquierda es indispensable para superar la tibieza del progresismo actual. Esa opción sólo emergerá exponiendo críticas a la inconsecuencia de ese espacio. Para modificar las relaciones de fuerza hay que compartir alegrías y objetar capitulaciones. La derecha es el enemigo principal que el progresismo no enfrenta con contundencia.

El futuro de la región no depende sólo de la lucha social, la confrontación con la derecha y los desengaños con el progresismo de baja intensidad. También será determinado por la consolidación de alternativas políticas de izquierda, que demuestren inteligencia y capacidad para lidiar con las complejas disyuntivas que se avecinan.

Sólo esas vertientes podrían abrir un curso superador de la nueva oleada de gobiernos de centroizquierda, mediante dinámicas de radicalización política. Ese curso permitiría desenvolver la perspectiva anticapitalista que requiere un proyecto emancipador.

Justificaciones del progresismo

Para forjar un rumbo de victorias populares hay que exponer los cuestionamientos al progresismo sin vergüenza, timidez o culpa. Ninguna de esas críticas favorece a la derecha, si es expuesta desde un campo de confrontación con las fuerzas reaccionarias y en un frente de batalla contra ese enemigo principal. No se puede construir un proyecto popular en silencio o con maniobras que eludan el debate. Los caminos alternativos no brotarán en forma espontánea, sin clarificar divergencias, ni asumir el costo de incomodar a los propios aliados.

La forma más corriente de soslayar este desafío es la presentación de los gobiernos progresistas como acontecimientos auspiciosos, en comparación a las opciones reaccionarias. Esa obviedad debería ser simplemente señalada como punto de partida, para evaluar las enormes falencias de esas administraciones. Pero esta segunda parte del problema es frecuentemente omitida, a la espera que el propio curso de la vida política corrija las carencias de esos gobiernos. Esa expectativa carece de asidero, puesto que el simple paso de tiempo suele agravar esas insuficiencias.

Sólo encarando una acción decidida contra las capitulaciones de los mandatarios de centroizquierda, se puede evitar la canalización derechista del descontento popular. Esa captura por parte de las fuerzas conservadoras es muy probable, si no existen alternativas de izquierda construidas con propuestas oportunas y factibles. Este último curso se forja en la polémica con los desaciertos del progresismo.

Es evidente, por ejemplo, que el triunfo de la derecha en el plebiscito de Chile demostró la capacidad de los lideres conservadores, para difundir mentiras y ocultar sus propias trayectorias. Pero esos engaños prosperaron por el vacío imperante en el otro bando, como consecuencia de incontables capitulaciones.

Esas agachadas son la tónica predominante en el progresismo light, que no inicia las rupturas pendientes con el neoliberalismo. El esperado avance hacia un estadio posliberal no se consumó en el ciclo anterior, ni irrumpirá en la oleada actual, si persisten las políticas de sometimiento a las clases dominantes. Estas adversas orientaciones deben señalarse para conquistar las metas del movimiento popular.

Una forma habitual de soslayar este problema es el elogio al progresismo cuando obtiene triunfos y el silencio ante los escenarios inversos. En el primer caso se comparte acertadamente el gran fervor que suscitan las buenas noticias. Pero lo más importante son los pronunciamientos en la adversidad. Aquí no basta con reproducir la descripción de lo sucedido. Hay que exponer abiertamente las causas del retroceso que generan las políticas de perpetuación del status quo (Aznárez, 2021).

Miradas Complaciente

Lo ocurrido en Argentina ilustra las negativas consecuencias de convalidar la sumisión del progresismo a los poderosos. Toda la gestión de Alberto Fernández estuvo signada por ese sometimiento, desde su renuncia a expropiar una estratégica y quebrada empresa de alimentos (Vicentin). Posteriormente suscribió un acuerdo con el FMI que afianzó el modelo actual de deterioro salarial, desigualdad y precarización. Favoreció a los grandes exportadores en desmedro del desarrollo interno y aceptó las presiones de la derecha para preservar el poder de una casta judicial, sostenida por los grandes medios de comunicación.

Los críticos de ese rumbo dentro de la coalición oficialista expusieron muchas quejas, pero no ofrecieron otro camino. Nunca exhibieron decisión para revertir la impotencia gubernamental. Al contrario, paulatinamente transformaron sus objeciones en meras justificaciones. El argumento más frecuente de esa convalidación fue la ¨adversidad de las relaciones de fuerza¨ para confrontar con la derecha y cumplir con el electorado. Afirmaron que Alberto debió aceptar los chantajes del poder dominante por la ausencia de un contrapeso equivalente en el campo popular (Aleman, 2022).

Pero esa mirada describe las relaciones de fuerzas como un dato dominante e invariable del escenario político, como si hubiera sido depositado en ese contexto por alguna mano divina. Se omite señalar que los presidentes, ministros y legisladores de un gobierno, no son ajenos a esa puja entre contendientes. Los protagonistas de la vida política forjan o socavan con su acción cotidiana, el balance de fuerzas con los antagonistas. El inmovilismo y la mansedumbre de Fernández influyó directamente en la generación de un marco favorable a los derechistas. Si se divorcia esa actitud de sus consecuencias, lo sucedido en Argentina se torna inexplicable.

“Los críticos de ese rumbo dentro de la coalición oficialista expusieron muchas quejas, pero no ofrecieron otro camino. Nunca exhibieron decisión para revertir la impotencia gubernamental”

Los justificadores de la rendición del gobierno avalaron también el acuerdo con el FMI, repitiendo la extorsión difundida por la derecha para forzar ese compromiso (¨nos quedamos fuera del mundo¨). En lugar de subrayar las nefastas consecuencias de ese convenio, propagaron fantasías sobre su viabilidad (¨podemos pagar, crecer y distribuir¨). Además, el deterioro del nivel de vida que generó ese pacto fue equivocadamente atribuido a otras causas, como la pandemia o la guerra (Katz, 2021).

Esa postura de resignación ante los financistas determinó la acotada resistencia en las calles contra los acreedores. El broche final de esa inacción fue la aprobación legislativa (en forma explícita o disimulada) de un fraude que hipoteca el futuro de varias generaciones.
Muchos progresistas reconocen las terribles consecuencias de esa política oficial, pero relativizan sus efectos en comparación al virulento ajuste que propicia la derecha. Pero en esa caracterización escinden ambos cursos, como si conformaran dos universos desconectados. Lo cierto es que la capitulación del gobierno facilita los atropellos de los neoliberales. La derecha ha recuperado pujanza electoral por el desengaño que generó el oficialismo.

Los desaciertos del progresismo son también justificados con apreciaciones sociológicas. En Argentina es muy frecuente culpar a toda la ¨sociedad¨ en forma indistinta por las agachadas que consuma el oficialismo, como si los gobernados tuvieran la misma responsabilidad que los gobernantes en las decisiones de una gestión. Con ese razonamiento se intenta explicar las consecuencias políticas negativas del rumbo gubernamental.

Un planteo semejante fue expuesto en Brasil durante la década pasada para evaluar la desilusión con el PT. Se afirmó que esa decepción fue consecuencia de la irrupción de una nueva clase media con valores individualistas. El consumismo de ese segmento habría afectado al gobierno que facilitó la propia mejora de ese sector. Esa paradójica sanción a los padrinos de un ascenso social fue enunciada como la principal determinante del retroceso sufrido por el lulismo (Natanson, 2022).

Pero ese abordaje situó un problema político en el diferenciado universo de las conductas sociales. De esa forma se eludió indagar la responsabilidad de los gobernantes en la pérdida de influencia sobre sus viejos adherentes (Katz, 2015:173-176). Este balance tiene enorme actualidad en el comienzo del tercer mandato de Lula. Si en esta nueva oportunidad se repiten las políticas favorables al gran capital, volverán a emerger las frustrantes consecuencias de esas orientaciones.

Problemas del “Pos-Progresismo”

El generalizado resurgimiento de gobiernos de centroizquierda refuta el influyente diagnóstico de extinción de esa vertiente que expusieron muchos analistas. Resaltaron un ocaso definitivo de la centroizquierda que ha quedado totalmente desmentido.

De esa evaluación también surgieron convocatorias a forjar proyectos “posprogresistas”, con acertadas críticas a las limitaciones de esas experiencias (Modonesi, 2019). Pero esas objeciones incluyeron caracterizaciones muy discutibles de esos gobiernos.

Particularmente polémica fue la tesis de una “revolución pasiva” consumada por esas administraciones, para apuntalar nuevos modelos de las clases dominantes, disciplinando o desmovilizando a las clases subalternas. Esa mirada objetó el postulado opuesto de un “empoderamiento popular” incentivado por esos gobiernos.
En los hechos no prevaleció ninguna de esas dos situaciones contrapuestas. Los pueblos no asumieron el control del sistema político, pero tampoco fueron inmovilizados o anulados como sujetos activos. En realidad, se verificó una variedad de escenarios en los distintos países de la región.

El protagonismo popular conquistado en Bolivia nunca se diluyó, la presencia callejera de los sindicatos y los movimientos sociales argentinos tampoco se extinguió y el indigenismo ecuatoriano retomó la iniciativa una y otra vez. Por el contrario, en Brasil se registró un efectivo reflujo de la acción popular, pero sin derivar en la estabilización de la derecha.

Es cierto que la restauración conservadora advino por las frustraciones que generaron los gobiernos progresistas. Pero ese negativo impacto no sepultó el largo ciclo de luchas populares, que desembocó en las rebeliones de los últimos años y en la presencia de un renovado contexto de centroizquierda gobernante. El desalentador diagnóstico del “posprogresismo” no condice con esta realidad.

“Los pueblos no asumieron el control del sistema político, pero tampoco fueron inmovilizados o anulados como sujetos activos”

Si la experiencia de la década pasada hubiera desembocado en la regimentación o en la desmoralización de los pueblos, América Latina afrontaría un cuadro de inactividad por abajo y no de revueltas. Tampoco se habría verificado un retorno tan generalizado del progresismo al gobierno. En la dinámica de la “revolución pasiva”, esa modalidad habría desaparecido o empalmado con alguna vertiente de la restauración conservadora.

La ultraderecha justamente irrumpe con furia en la actualidad contra el progresismo, porque esa fuerza persiste como un oponente de los grupos reaccionarios. América Latina no ingresó en un período “posprogresista”, sino en un nuevo round de la experiencia anterior.

Estas evaluaciones son importantes para recordar que la opción de la izquierda se forja subrayando que la derecha es el enemigo principal y que el progresismo falla por impotencia, complicidad o cobardía frente a su adversario. De ninguna manera se asemeja a las corrientes reaccionarias. Esta distinción es clave y su omisión obstruye la gestación de una alternativa.

El desconocimiento de este principio fue el principal problema que afrontó en la década pasada la tesis del Consenso de Commodities. Ese enfoque ponía un signo de igual en todos los gobiernos de la región por su compartido aliento a la exportación de materias primas.

Con esa mirada se equiparaba a las administraciones enfrentadas y sometidas a Estados Unidos. Se asemejaba también a los gobiernos en conflicto con los amoldados a las clases dominantes y finalmente se igualaba a los mandatorios sensibles a las demandas de los empobrecidos, con los presidentes manejados por los enriquecidos. Todos quedaban identificados en el mismo casillero por la mera prioridad que asignaban a la explotación de los recursos naturales. Con esa miopía, Evo Morales, Macri, Chávez, Uribe, Lula, Piñera, Correa, Bolsonaro o Kirchner eran colocados una misma bolsa de gobiernos extractivistas (Katz, 2015: 63-75).

Los errores de esa evaluación deben ser asimilados en el nuevo período. La experiencia de la década pasada fue muy aleccionadora y ahora corresponde distinguir con criterios políticos, a los gobiernos de centroizquierda de sus enemigos derechistas. Esa diferenciación es decisiva para desenvolver estrategias que permitan el avance de la izquierda.

México y Ecuador

La tesis de una etapa ya ulterior al progresismo es expuesta a veces a partir de la experiencia mexicana, en una polémica con el rol jugado por el nuevo gobierno de AMLO en la conjura de las luchas de Ayotzinapa y los movimientos del 2014 (Oprinari, 2022). Las críticas a los desaciertos de esa administración abarcan un amplio número de tópicos económicos, sociales y geopolíticos (Aguilar Mora, 2023). Pero a diferencia de los precedentes sudamericanos, el progresismo en ese país es un acontecimiento muy reciente que incluye mejoras, expectativa popular y capacidad de movilización contra la derecha.

Las caracterizaciones que acertadamente subrayan las significativas diferencias de AMLO con sus enemigos de la reacción, estiman que ese mandatario presenta un perfil de bonapartismo progresivo (Hernández Ayala, 2023).

Su consolidación en la centroizquierda se ha consumado, frente al techo que alcanzó al cabo de 28 años la experiencia alternativa del zapatismo. En el pico de su popularidad (2001), esa vertiente reunió multitudes en la principal plaza del país. El declive posterior estuvo signado por el aislamiento en campañas auto centradas. Ese curso permitió su consolidación en varias comunidades indígenas, pero diluyó su peso como referencia nacional. La presentación de AMLO como un enemigo equivalente a las tradicionales fuerzas conservadoras contribuyó a ese debilitamiento (Hernández Ayala, 2019).

Estas dificultades presentan un estrecho parentesco con los problemas del enfoque autonomista, que en la década pasada contrapuso la dinámica contestaria de los movimientos sociales, con el amoldamiento de los gobiernos de centroizquierda al status quo. Ese contrapunto inspiró la teoría de “cambiar el mundo sin tomar el poder”, que no pasó la prueba de alguna experiencia exitosa en la región. En ningún país se demostró la factibilidad de concretar conquistas sociales o avances democráticos, soslayando la disputa por el poder luego de acceder al gobierno.

En esa mirada se inspiró también la errónea identificación de las administraciones progresista con sus enemigos de la derecha. Esa equivalencia tuvo consecuencias electorales negativas, cuando implicó convocatorias al voto en blanco, en las disputas entre ambas fuerzas.

El caso más reciente de este desacierto se registró en el balotaje ecuatoriano entre
el progresista Arauz y el derechista Lasso. El llamado al voto nulo permitió la conversión del candidato de las fuerzas reaccionarias en presidente del país. Por ese resultado, Ecuador quedó marginado del mapa centroizquierdista que impera en Sudamérica.

Ese caso confirmó cuán equivocada es la equiparación de las dos fuerzas diferentes, como variantes análogas de una misma dominación de los poderosos. Un gobierno que frustra las expectativas populares no se asemeja a otro que reprime manifestaciones, encarcela dirigentes y asesina a los militantes. Salta a la vista la mayor adversidad de este segundo escenario para cualquier proyecto popular.

Es cierto que la hostilidad de Correa hacia los movimientos sociales y su estrategia de
transformaciones por arriba (“revolución ciudadana”) crearon un fuerte resentimiento en grandes sectores populares. Pero esas tensiones no justifican la neutralidad electoral frente al enemigo derechista. Se ha corroborado que la izquierda no puede apuntalar su propio proyecto, facilitando el triunfo de personajes tan reaccionarios como Lasso.

La fulminante derrota del presidente ecuatoriano en los comicios de medio término confirma ese diagnóstico. Lasso fue aplastado por el correísmo -con un alto número de votantes- en las principales ciudades y provincias. Los electores sepultaron además el referéndum sobre la seguridad, que el mandatario introdujo con improvisada demagogia para conquistar adhesiones. El resultado de estas elecciones sintoniza con las tendencias políticas imperantes en toda la región y corrobora el desacierto previo de la postura abstencionista.

“Es cierto que la hostilidad de Correa hacia los movimientos sociales y su estrategia de
transformaciones por arriba crearon un fuerte resentimiento en grandes sectores populares. Pero esas tensiones no justifican la neutralidad electoral frente al enemigo derechista”

Definiciones tácticas en Brasil

La postura de la izquierda frente a la segunda vuelta electoral se ha transformado en un problema muy corriente por la frecuencia de esos balotajes. En muchos casos, esas definiciones de la presidencia incluyen un gran protagonismo de la ultraderecha. Esa gravitación, tuvieron tres nefastos personajes en los recientes comicios de Colombia (Hernández), Chile (Kast) y Brasil (Bolsonaro). Esta última elección suscitó, además, importantes debates en la izquierda.

Las controversias en el PSOL -la formación política que se alejó del PT en el 2004 cuestionando el amoldamiento de Lula al neoliberalismo- han sido particularmente aleccionadoras. Ese partido se desarrolló con candidaturas propias y cuando apareció Bolsonaro, mantuvo sus figuras en la primera vuelta, para apoyar al representante del PT (Haddad) en la ronda final.

Pero en la reciente compulsa optó por otro curso. Decidió sostener a Lula en las dos instancias electorales, renunciando a la presentación de sus propios postulantes. Esa decisión fue tomada al cabo de una intensa discusión interna, que terminó priorizando el peligro creado por la eventual reelección de un personaje con proyectos represivos y discursos neofascistas.

La mayoría del PSOL entendió que Bolsonaro podía conseguir un nuevo mandato, a partir de la fuerza social construida por el ex capitán. Comprendió que la batalla contra esa amenaza requería conformar un bloque en torno a Lula, para apuntalar la respuesta callejera a la ultraderecha.

Ese diagnóstico también registró el drástico cambio de escenario que introdujo la liberación del líder del PT y la consiguiente recuperación de ese partido (Arcary, 2022a). Con estos fundamentos, el PSOL decidió relegar su propia construcción para asegurar la derrota del enemigo principal. Percibió, además, el peligro de confinarse a la marginalidad si optaba por sostener su candidatura, chocando con la voluntad colectiva de llevar nuevamente a Lula a la presidencia.

Esa postura prevaleció frente a un enfoque minoritario, que propuso mantener la presentación de papeletas propias en la primera vuelta, para marcar distancias con la designación de Alckmin como vicepresidente (Sampaio Júnior, 2022). La crítica a esta regresiva alianza fue unánime dentro del PSOL, pero la mayoría rechazó dividir el voto antibolsonarista, frente al peligro de un triunfo ultraderechista.

El resultado de las dos vueltas confirmó el acierto de este enfoque. El inmenso caudal de sufragios conseguidos por el ex capitán corroboró que estuvo muy cerca de la reelección. Esa pesadilla fue evitada por la pujante movilización que suscitó el liderazgo de Lula. Además, el acuerdo concertado con el PT le permitió al PSOL obtener 12 diputados y el principal dirigente de esa formación (Boulos) consiguió una excelente votación en Sao Paulo.

Actualmente se desenvuelve otro debate en el PSOL que opone a los partidarios y críticos de ocupar cargos en la nueva gestión. El primer enfoque sostiene, que en un gobierno en disputa corresponde apuntalar desde adentro esa pugna con posturas radicales El segundo planteo considera que la defensa de la nueva administración frente a las agresiones de la derecha, no implica asumir puestos oficiales. Entiende que ese ingreso neutralizaría la acción de la izquierda, impidiéndole exigir el cumplimiento de lo prometido en la campaña (Arcary, 2022b).

“El primer enfoque sostiene, que en un gobierno en disputa corresponde apuntalar desde adentro esa pugna con posturas radicales El segundo planteo considera que la defensa de la nueva administración frente a las agresiones de la derecha, no implica asumir puestos oficiales”

Pero ambas vertientes coinciden en destacar que la derrota del Bolsonaro en las urnas, inaugura una batalla que prosigue en las calles, con una nítida agenda de demandas sociales y democráticas (Boulos, 2022). Esa meta puede ser planteada porque se consiguió la victoria electoral. Es evidente que esas iniciativas serían tímidas, defensivas o inexistentes, si Bolsonaro hubiera persistido como presidente de Brasil.

Anticipos en la izquierda Argentina

El debate en Brasil fue seguido con gran atención por la principal coalición de la izquierda argentina (FIT-U), que procesó una gran variedad de posturas (convergentes y divergentes) con la desenvuelta por el PSOL.

Un sector objetó la decisión adoptada por esa corriente en Brasil, señalando que correspondía votar en blanco en el balotaje, a pesar de la potencial continuidad de un mandatario ultraderechista (Heller, 2022). Basta observar el escaso margen de diferencia en el conteo final, para notar las dramáticas consecuencias de ese planteo, si hubiera tenido incidencia en el desenlace de la elección.

Ese enfoque reconoció las diferencias entre Bolsonaro y Lula, pero destacó que el militar no había logrado forjar un régimen fascistizante. Omitió destacar que ese fracaso no garantizaba el mismo resultado en una segunda gestión. Desconoció cuán suicida resultaba consentir esa posibilidad con el voto en blanco.

El segundo argumento para postular la indiferencia entre ambos candidatos al momento de emitir el voto, fue señalar que la clase capitalista de Brasil (y del imperio) sostenían a Lula y a su conservadora versión de un tercer mandato. Pero si esa actitud de los poderosos fuera determinante de la postura electoral de la izquierda, correspondería sufragar por Bolsanaro, que de acuerdo a esa interpretación carecería de sostén entre los acaudalados.

En los hechos prevaleció una división entre los dominadores locales, acorde a la fractura entre Biden (pro Lula) y Trump (pro Bolsonaro). Pero esa fractura o unanimidad del bloque dominante no aporta ninguna guía para la izquierda. El principal barómetro de ese espacio es la potencial vigencia o anulación de las conquistas democráticas. Con esa brújula, el voto en blanco y el consiguiente peligro de continuidad de Bolsonaro equivalía a un harakiri.

Esta definición es importante en Argentina frente a la eventualidad de disyuntivas del mismo tipo. Hasta ahora esa encrucijada no se avizora, pero es una posibilidad siempre presente en el incierto escenario del 2023.

Lo ocurrido en Brasil tiene gran impacto en Argentina. Bolsonaro perdió, pero la derecha argentina tomó nota del enorme basamento forjado por el ex capitán y repite el mismo discurso ultraliberal y represivo. Milei es un clon del militar que logró gran predicamento y se perfila como una figura de peso en la próxima elección.

El peronismo estaba muy entusiasmado con la victoria de Lula, hasta la reciente (y siempre eventual) renuncia de Cristina a participar en los comicios. Hay muchas analogías entre las dos figuras. Ambos han sido perseguidos por el poder mediático y judicial y gozan de una arrolladora centralidad, tanto entre sus seguidores como en la vida nacional.

Pero existe una obvia diferencia que obstruye la repetición de mismo proceso. Mientras que Lula ganó como opositor denunciando las penurias ocasionadas por Bolsonaro, Cristina es vicepresidenta y no logra despegarse de la fracasada gestión actual.

En la tremenda crisis económico social de Argentina, nadie puede pronosticar lo que sucederá en los próximos meses. La comparación con Brasil interesa en la izquierda, para analizar la política del FIT-U en relación a la experiencia transitada por el PSOL. Esta última formación debatió en el momento acertado el voto a Lula, mientras que en el primer frente suele postular la abstención en esas disyuntivas.

“Mientras que Lula ganó como opositor denunciando las penurias ocasionadas por Bolsonaro, Cristina es vicepresidenta y no logra despegarse de la fracasada gestión actual”

Confirmaciones en Chile

La postura de la izquierda frente a los balotajes -que oponen a los vacilantes candidatos progresistas con los agresivos exponentes de la ultraderecha- cobró dramatismo en el desenlace chileno entre Boric y Kast. El primer candidato arrastraba duros cuestionamiento en su propio espacio, pero el segundo exaltaba sin ningún disimulo la trayectoria de Pinochet.

Tal como ocurrió en el primer contrapunto regional de este tipo -Bolsonaro contra Haddad en 2019- la gran mayoría de la izquierda votó por Boric, exponiendo numerosas prevenciones (Boron, 2021).

Posteriormente, algunos sectores que habían sumado su voto contra la ultraderecha, modificaron esa actitud en el plebiscito sobre la Constituyente. Evaluaron que el Apruebo y el Rechazo constituían dos vías para restaurar la misma hegemonía de la clase dominante y optaron por el voto en blanco (Tótoro 2022). Esa postura ilustró la ambivalencia y las contramarchas que suscitan las definiciones electorales en el escenario latinoamericano.

La experiencia acumulada frente a esos desenlaces en los últimos años, no debería dejar ninguna duda sobre conveniencia de votar contra la derecha, en las frecuentes polarizaciones de los comicios finales.

Esa actitud es cuestionada por las corrientes que suelen denunciar las afinidades entre dos sectores pertenecientes al mismo segmento burgués. Objetan la resignación y destacan el daño que genera a la construcción de un proyecto revolucionario cualquier apoyo al reformismo.

En el caso chileno, ese cuestionamiento se asienta en forma valedera en la total adaptación de Boric al establishment y en la objetable permanencia de fuerzas de izquierda en su gabinete. En la dura batalla cultural que se desenvuelve en ese país, contra los arraigados prejuicios neoliberales que instaló el Pinochetismo (y preservó la Concertación), resulta indispensable exponer sin rodeos las críticas al gobierno actual.

Pero esas objeciones nunca deben equiparar a las corrientes reaccionarias con las vertientes progresistas. En esa igualación se confunde a los enemigos con los adversarios, como si fueran dos partes de una misma totalidad.

A veces se justifica esa equivalencia afirmando que no existe un “mal menor”. Pero se olvida que esa misma calificación podría aplicarse a las ponderadas victorias sindicales, sociales o políticas, que se consiguen sin consumar el ideal socialista. Ninguna de esas metas es despreciable por permanecer distanciada del objetivo histórico de la izquierda.

El voto al progresismo contra la derecha -en los plebiscitos o balotajes- simplemente contribuye a frenar la restauración conservadora. Permite limitar los atropellos económicos y contener la violencia contra los oprimidos. De esa forma, se generan escenarios más favorables para el avance de la izquierda y se forjan relaciones de fuerzas más afines a ese objetivo. Esta estrategia resulta además comprensible a la mayoría de la población, que nunca capta los enmarañados razonamientos expuestos para justificar la abstención.

El categórico señalamiento de la derecha como enemigo principal, no se limita a las encrucijadas electorales. Es un principio igualmente decisivo frente a las maniobras golpistas de los reaccionarios en el Parlamento. Lo ocurrido recientemente en Perú, donde un sector de la izquierda convalidó con su voto el operativo del fujimorismo y los conservadores para derrocar a Castillo, es ilustrativo del mareo que irrumpe en los momentos decisivos (Aznárez, 2022).

En esas circunstancias emerge a la superficie la ausencia de una brújula estratégica, Esa orientación debe ser retomada revisando los avances y las dificultades que afrontan los proyectos radicales en la región, que analizaremos en el próximo texto.

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Auge y caída de un imperio

19/02/2023 by Vitalio Deja un comentario

Por: Réne Báez

Las subsiguientes notas de corte teórico-histórico buscan desglosar los principales momentos del ascenso y desplome del poder de los Estados Unidos de América (EE.UU.).

1. La sustitución de Inglaterra por EE.UU. como potencia hegemónica

1.1   Después de la I Guerra Mundial (1914-1918), la decadencia de Inglaterra como centro de gravedad del universo capitalista y su reemplazo por EE.UU. devino un proceso ineluctable. Esto aconteció porque la “guerra europea” permitió a las empresas norteamericanas realizar pingües negocios con productos vinculados al abastecimiento bélico y al consumo civil de los contendientes de ultramar, posibilitando que la emergente Unión americana revirtiera sus saldos comerciales negativos y recomprara valores en poder de inversionistas extranjeros.

De esta suerte, y al paso de pocos lustros, la nación de tercer rango del siglo XIX se convirtió en el poder hegemónico del planeta. La traslación del poder desde la City a Wall Street no fue, sin embargo, un cambio rápido y menos apacible. “Se necesitó —escribe Harry Magdoff— otra guerra mundial, la devastación de Europa y Asia y la bancarrota financiera de las otras potencias para que los  EE.UU. asuman la supremacía financiera, tanto como la política y militar, del mundo capitalista”. (1)

Los convenios de Bretton Woods (1944) sellaron el proceso con la creación del Fondo Monetario Internacional (FMI) —un organismo multilateral al servicio de la banca norteamericana— y la consagración del dólar como eje del patrón de cambio oro (gold exchange standard), acordado en reemplazo del carcomido patrón oro que sustentara al imperio inglés a lo largo del siglo XIX.

1.2   El sistema monetario nacido en Bretton Woods buscó las metas siguientes: la cooperación monetaria entre los países miembros, la expansión y el equilibrio del comercio internacional y la estabilidad de los tipos de cambio. Conforme a la norma básica del patrón de cambio oro, las reservas monetarias para respaldar la circulación de dinero de un determinado Estado debían componerse de oro y divisas fuertes (el dólar y marginalmente la libra esterlina); en contrapartida, las divisas de reserva serían libremente convertibles en metal amarillo al precio establecido en el propio acuerdo constitutivo del FMI.

Al fijarse el precio del oro en un precio artificialmente bajo (35 dólares por onza troy, siendo que la inflación en el interregno bélico había escalado hasta el 200 y el 400 por ciento), los EE.UU. se aseguraron ganancias extraordinarias con la venta de sus bienes y servicios. El efecto no fue otro que el oro de Europa, urgida de dólares para la reconstrucción, fluyera a Fort Knox y la economía yanqui se erigiera en el núcleo central y en el motor del capitalismo mundial, afianzándose tales condiciones a través de los préstamos, las inversiones y las bases militares que Washington diseminó por los cinco continentes.

1.3  La mecánica del patrón de cambio oro —el patrón dólar, en la práctica— fue ilustrada del siguiente modo: “Supongamos que General Motors compra, por 100 millones de dólares, una empresa francesa. En Francia circula el franco y, por lo tanto, la General Motors cambia sus dólares por francos en un banco francés. ¿Qué hace este banco francés con esos dólares? Los coloca a interés en Estados Unidos. O sea, que un banco norteamericano vuelve a disponer de ellos y los puede usar para prestárselos a otra empresa francesa, para que ésta compre tractores Carterpillar en USA. La sociedad francesa retorna, pues, los 100 millones de dólares a Estados Unidos, etc.” (2)

A consecuencia de estos operativos de succión de recursos del resto del orbe capitalista legitimados en Bretton Woods, la economía norteamericana vivió la Gran Celebración de posguerra a la que aludiera Wrigth Mills, una apoteosis que se extendió por un cuarto de siglo –aproximadamente entre l945 y l970-, para devenir ulteriormente en una fluctuante pero inequívoca decadencia que se extiende hasta nuestros días.

2. La “explosión” del sistema de Bretton Woods

2.1 El derrumbe del patrón de cambio oro se originó en causas como las siguientes:
a) La excesiva emisión de dólares por parte del Banco de Reserva Federal (FED).
b) La acusada inflación de la economía norteamericana a fines de los 60, que hizo que los tenedores de dólares en el extranjero perdieran la confianza en una moneda que persistentemente perdía su capacidad adquisitiva.
c) La guerra de Vietnam (l965-75) cuyo gigantesco costo fue transferido en gran medida por EE.UU. a sus socios occidentales, provocó la reacción de éstos en términos de presión sobre las reservas de oro norteamericanas.
d) La recuperación económica de Europa Occidental y Japón, así como la distensión Este-Oeste, hicieron que cobraran vida en el mundo nuevos circuitos comerciales que ya no requerían del depreciado dólar para los intercambios, propiciando caídas adicionales de la divisa estadounidense.

2.2 Al despuntar los años 70 del siglo pasado, los desajustes comerciales, monetarios y financieros se tornaron insostenibles. A fin de enjugar la situación, la Administración Nixon dispuso, en l971, la Nueva Política Económica (NEP, por sus siglas en inglés), encaminada a desmantelar el Estado de Bienestar con su soporte teórico en el keynesianismo civil, y favorecer de ese modo los niveles de acumulación del capital monopolista; y, en l972, decretó la inconvertibilidad del dólar, medida unilateral que rompió con el compromiso básico de Bretton Woods, instaurando la dictadura financiera de Wall Street que, con contratiempos cada vez más severos, prevalece hasta la actualidad.

2.3 ¿Por qué Richard Nixon inició el desmantelamiento del Estado de Bienestar y liquidó el patrón de cambio oro? La respuesta puede condensarse en una sola frase: debido al deterioro de la competitividad de la economía estadounidense.

Emir Sader explicó tal proceso del modo siguiente: “Así como la hegemonía británica tuvo su pilar en la temprana y solitaria revolución industrial en la isla, la de EE.UU. se asentó en su capacidad para construir la más potente industria del planeta. Su poderío económico tuvo, básicamente, dos nombres: Frederik Taylor y Henry Ford. Fueron la aplicación de la ‘organización científica del trabajo’, el estudio y cronometraje de los movimientos de los obreros (taylorismo) y de la cadena de montaje y ensamblaje (fordismo) los que le permitieron a EE.UU. multiplicar la producción de sus fábricas y dar el salto a la producción en masa antes que sus competidores. Dicho de otro modo, fue EE.UU. el primer país del mundo en derrotar al tradicional movimiento obrero y liberar al capital de los límites que le imponían los trabajadores organizados”. (3)

2.4 La Guerra Fría contra el campo socialista promovida por Washington y respaldada por Europa Occidental, que se extendió hasta el hundimiento de la Unión Soviética, en l99l, tuvo el efecto de disimular —no eliminar— las falencias estructurales de la economía estadounidense, exacerbadas por los descomunales gastos militares para la defensa del llamado ¨mundo libre¨.

2.5 Las administraciones de Bill Clinton orientadas a sustentar la expansión de EE.UU.  favoreciendo   a las corporaciones a través del fomento del capital financiero/especulativo terminaron por desnudar los pies de barro de la potencia unipolar. De hecho, EE.UU. inició el siglo XXI con un cuadro macroeconómico clínico. Su déficit comercial se había agravado año a año, pasando de 100 mil millones de dólares en l989 a 450 en el 2000. De esta suerte, en la misma década de los 90 los EE.UU. se convirtieron en el país más endeudado del mundo (más de 600 mil millones de dólares, cifra que superaba el 60 por ciento de su producto interno bruto).

Su pérdida de competitividad se había extendido incluso a los bienes de alta tecnología (excepto en la fabricación de armamento), lo cual significaba que la mayor potencia mundial se encontraba incapacitada para competir con sus adversarios europeos, japoneses y crecientemente chinos después de las reformas filocapitalistas instrumentadas por Deng Xiaoping.

2.6 En tales condiciones, ¿cómo podía sostenerse la supremacía estadounidense? La paradoja se explica por dos factores extraeconómicos: la superioridad militar y el predominio autoritario del dólar en el comercio y las finanzas mundiales.

A este respecto, Raúl Zibechi escribía: “En el único rubro en que EE.UU. mantiene una ventaja importante es en la producción y venta de armamento. Pero en ese sector no rigen las reglas del mercado, ya que se beneficia de un importante apoyo del Estado y de un mercado cautivo, forzado por la presión de Washington a sus satélites para que compren armas que nunca serán utilizadas, como sucedía con varios países islámicos… Un segundo factor que contrarrestó la decadencia estadounidense fue también extraeconómico: el monopolio de la emisión de dólares, moneda en que se realizaban las cuatro quintas partes de los intercambios internacionales. Así las cosas, mientras el mundo producía, EE.UU., cuyo ahorro nacional era casi nulo, consumía¨. O, como señalaba en otro pasaje el propio autor, ¨… el comercio entre naciones se ha convertido en una bomba de succión de la producción que la superpotencia pagaba con papeles verdes. La ‘ventaja’ de EE. UU. era  la de un depredador cuyo déficit estaba cubierto por el aporte, consentido o forzado, de terceros. Esto le permitía pagar, por ejemplo, la colosal factura petrolera a precios de risa, gracias al privilegio de poder emitir sin respaldo”. (4)

2.7 Semejante superioridad superflua de la economía estadounidense se tornó visible con el desplome de las gigantes y poco escrupulosas entidades bancarias Enron y WorldCom, en el 2000, cuyas acciones cayeron a 0 o casi 0, iniciándose un gravoso proceso de salvatajes con cargo al Tesoro Federal.

2.8 El gobierno de George W. Bush —inaugurado en enero del 2001— pretenderá enjugar la desmedrada situación apelando a expedientes de la denominada “economía vudú”, como la reducción de impuestos a las grandes firmas  paralelamente a la expansión del presupuesto, especialmente militar. Un coctel ciertamente mortífero.

Todo esto acontecía poco antes del 11/S del 2001, fecha del atentado contra las Torres Gemelas de Nueva York, suceso cuya comprensión presupone una revisión de lo que por esas mismas fechas acontecía a escala internacional en la crucial esfera de la producción y comercio del petróleo y, en general, de los energéticos. ¿A qué aludimos?

3. El resurgimiento de la OPEP y el mayor debilitamiento del dólar

En efecto, la inflexión de la fase expansiva estadounidense en la vuelta de siglo no es posible comprenderla sin incorporar al análisis dos factores preponderantes del capitalismo mundial: a) la política de la Organización de Países Exportadores de Petróleo (OPEP) y el consiguiente fin de la energía barata, y b) el debilitamiento del “imperialismo del petrodólar”. Ambos elementos, por lo demás, íntimamente vinculados.

3.1 Como se recordará, en la década de los 70  del siglo pasado los países de la OPEP, la mayoría árabes, intentaron imponer una elevación sostenida de los precios del petróleo, reduciendo su volumen de extracción para elevar su precio. Desde l986, la OPEP había tenido que renunciar a esa reducción por cuanto Occidente, es decir los países no-OPEP, reaccionaron abriendo otros yacimientos –México, Mar del Norte- que aportaron al mercado mundial grandes cantidades y compensaron así las rebajas de la OPEP. En consecuencia, el precio medio del petróleo se mantuvo bajo durante varios años, en alrededor de 17 dólares por barril (d/b).

3.2 Empero, los yacimientos no-OPEP se consumieron rápidamente al ritmo de la creciente demanda de EE.UU., Europa y Japón. A fines de los 90, la OPEP, orientada por el régimen nacionalista de Hugo Chávez, rompió con el esquema de la energía barata al retomar la política de reducir las extracciones de crudo. El año 2000, el petróleo desbordó los 30 d/b y la OPEP recuperó el control del mercado petrolero.

3.3 A este mismo respecto, cabe recordar que medio siglo atrás EE.UU. producía las dos terceras del petróleo mundial y que a comienzos de este siglo ese mismo país devino primer importador de crudo y su consumo ascendió al 26 por ciento de la producción planetaria, en tanto que apenas producía el 10 por ciento y sus reservas habían caído al 2.9 por ciento de las mundiales; y, por otro lado, que cada incremento de 5 d/b derivaba en una contracción del 0.5 por ciento del PIB norteamericano.

3.4 Traducido al lenguaje de la política, lo anterior no significaba otra cosa que al comenzar esta centuria la superpotencia se encontraba presa de las decisiones de la OPEP. Desde luego que no se trataba únicamente de una cuestión de abastecimiento, sino que tal dependencia venía erosionando cada vez más la esfera del “imperialismo del petrodólar”. ¿A qué aludimos con esto último? A cuestiones tan cruciales como la siguiente:

“¿Qué pasaría si de repente la OPEP se pasara al euro?”, se preguntaba el citado Zibechi. “Sencillo: la hegemonía estadounidense colapsaría. Si el dólar no se ha depreciado más, cosa que debería haber sucedido dado el inmenso déficit de EE.UU., es por las subvenciones globales de que disfruta, toda vez que cuatro quintas partes de las transacciones internacionales, la mitad de las exportaciones y dos tercios de las reservas globales de divisas se hacen y están en dólares”. (5)

Expuesto en otros términos, la aceptación universal del dólar obedecía a que con él se podía comprar petróleo y, por otro lado, el reciclaje de los petrodólares era el precio que los EE.UU. exigían a los países de la OPEP para tolerar la existencia de la entidad.

En el contexto del resurgimiento de la OPEP y de la consolidación de la Unión Europea y su moneda común –el euro, que entró en vigencia el 2002- la hegemonía de la divisa estadounidense se tornaba cada vez más deleznable y el parasitismo de EE.UU. cada vez más evidente.

4.  El petróleo de Medio Oriente como “salvavidas” de EE.UU.

4.1 Al despuntar el siglo XXI el abandono del dólar por los países-OPEP no era un escenario hipotético sino un proceso en curso. La Unión Europea venía comprando la mitad del crudo de la OPEP. Según los especialistas, era sólo cuestión de tiempo para que los países del cártel se pasen al euro.

Vale recordar que el primero que dio este paso, a fines del 2000, fue Sadam Husssein, a la sazón presidente de Iraq.

Conforme escribía por esos días Juergen Wagner: “Detrás de Iraq, vendrá el resto. Corea del Norte ya no usa el dólar en su comercio internacional. Irán ya tiene sus reservas en euros. Brasil también vende sus bonos del tesoro en euros y Venezuela estudia esa opción… Pero había algo más, y mucho más grave para EE.UU.: ¿Qué pasaría si Japón, que tiene las reservas más grandes del mundo en dólares, las transfiriera a euros? Por lo pronto, en mayo de 200l la Unión Europea acordó con Rusia la posibilidad de que pronto el intercambio entre ambos se haga en euros, siendo que el 40% de las ventas rusas se dirigen a Europa, contra sólo el 8% de las de EE.UU… El fin del monopolio mundial del dólar sería un duro golpe para una potencia en declive inexorable”. (6)

4.2 Buscar anticiparse a ese orden de acontecimientos constituyó el leitmotiv del 11/S del 2001. De hecho, su antecedente inmediato no fue otro que la necesidad de EE.UU. de asegurarse el control del gasoducto que uniría a Turkmenistán con Pakistán, pasando por Afganistán. Este aseguramiento presuponía una acción político/militar para deshacerse del otrora aliado régimen talibán. Meta que fue lograda como primer trofeo de la guerra del Bien contra el Mal, o cruzada contra el terrorismo internacional, declarada por Bush Jr. poco después del estallido de las torres neoyorquinas.

Notas

(1)  La era del imperialismo, Nuestro Tiempo, México, 1969.

(2)  Vivian Trías, La crisis del dólar, Barcelona, l97l.

(3)  “Dominar el mundo para postergar la decadencia”, ALAI, 21 de marzo del 2003.

(4)  “La guerra como forma de acumulación”, ALAI, 2003).

(5)  Ibid.

(6)  “El petróleo y la guerra de Iraq”, América Latina en movimiento, ALAI, 366, l8 de marzo del 2003.

* René  Báez. Ex decano de la Facultad de Economía de la Pontificia Universidad Católica del Ecuador. Autor de Dialéctica de la economía ecuatoriana (1980), Conversaciones con Marcos (1976), Antihistoria ecuatoriana (2010), Antología personal (2018), entre otros.

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Peter Singer es el filósofo del statu quo

12/02/2023 by Vitalio Deja un comentario

Por: James Kent y Michael Lazarus

 

El altruista empedernido Peter Singer sostiene que los individuos deberían hacer más para aliviar la pobreza en el mundo. Pero su énfasis en la caridad pasa por alto las causas estructurales de la desigualdad, sugiriendo que no se puede cambiar nada fundamental.

En una reciente conferencia en la Universidad de Monash, en Melbourne, el filósofo australiano Peter Singer se enfrentó a una pregunta punzante de un miembro del público. Tras un discurso en el que expuso una doctrina ética sobre los deberes individuales hacia los pobres, un estudiante universitario planteó la cuestión de la causa material de la pobreza, es decir, la acumulación capitalista. En el contexto de los crímenes cometidos bajo el capitalismo global, «¿algo como dar a la caridad no es una especie de parche?».

Visiblemente incómodo, Singer respondió concediendo que, aunque los excesos del capital moderno son contrarios a sus compromisos éticos, estos problemas son demasiado grandes, demasiado abrumadores, para que el presente los aborde.

Aunque esperaba que las generaciones futuras encontraran una forma de superar las condiciones económicas actuales, seguir su filosofía moral, replicó débilmente, era algo efectivo que se podía hacer mientras tanto. Lo más revelador fue lo que dijo a continuación. Él y muchas personas que conocía habían intentado cambiar el funcionamiento de las cosas cuando eran jóvenes, y habían fracasado. En la propia terminología de Singer, sus acciones no tuvieron ninguna consecuencia positiva. Un aire de resignación se cernía sobre sus palabras. Como para terminar esta reflexión, señaló el ejemplo más contemporáneo del movimiento Occupy. Al fin y al cabo, sugirió, Occupy no tuvo «ningún beneficio positivo visible».

Bentham en las antípodas

Singer saltó a la fama como filósofo con la publicación en 1975 de Animal Liberation, un libro que articulaba las reivindicaciones de un nuevo movimiento social emergente. Basándose en el padre del utilitarismo del siglo XVIII, Jeremy Bentham, Singer defendía los derechos de los animales basándose en su capacidad para experimentar el sufrimiento. Tras sus estudios de doctorado en Oxford a principios de la década de 1970, Singer regresó a Australia, donde fundó el Centro de Bioética Humana en Monash, donde trabajó hasta finales de la década de 1990 antes de aceptar un puesto en Princeton. En 2021 ganó el Premio Berggruen, dotado con un millón de dólares.

Un segundo hito llegó con Practical Ethics, publicado en 1979. Allí Singer esbozó su filosofía moral, derivada de nuevo de Bentham. Bentham había defendido que la acción ética debía entenderse en términos de minimizar el sufrimiento y maximizar el placer. Para Singer, sin embargo, la atención se centraba en las preferencias de las personas y no en su placer o felicidad directos.

Singer sostenía que la base del pensamiento ético es «ponerse en la posición de los demás». En concreto, uno debe tener en cuenta sus «deseos, necesidades y anhelos» desde un punto de vista neutral y universal. Las propias preferencias, dice el argumento, «deben sopesarse (por igual) frente a las preferencias contrarias de los demás». La elección ética correcta, en definitiva, es una ecuación que se consigue maximizando el mayor número posible de preferencias habiendo sopesado esas preferencias por igual. Esto sería «el curso de acción que tiene las mejores consecuencias, en conjunto, para todos los afectados».

En cuanto a la ética de comer carne, por ejemplo, el deseo de un pollo de vivir y no experimentar dolor supera con creces mi deseo de comer pollo. En cuanto a nuestras obligaciones con los pobres del mundo, por tomar otro de los ejemplos de Singer, mi deseo de ir a la última moda es superior a los deseos de alguien de vivir una vida libre de hambre y pobreza. Más recientemente, los puntos de vista de Singer han virado hacia un «utilitarismo hedonista» más tradicional, producto de su creciente convicción de que la minimización del sufrimiento es una verdad ética evidente, un punto de partida axiomático a la hora de sopesar todas las consecuencias.

La defensa de la filantropía de Singer se basa en esta ética. Él mismo hace considerables donaciones a la caridad, y anima a otros a donar lo que puedan en un esfuerzo por aliviar la pobreza. Evitando un análisis de las causas estructurales de la desigualdad, Singer opta por dirigirse a individuos que podrían hacer más si realmente se preocuparan por la pobreza. Este argumento se vuelve destructivo, ya que, en efecto, atrapa a muchos lectores sinceros y promueve a los poderosos —como Warren Buffet y Bill Gates, admirados por Singer por su labor caritativa— que son los beneficiarios de la pobreza mundial.

Para Singer y su tipo de filosofía moral, no se puede cambiar nada fundamental. Las fuerzas que controlan nuestras vidas y la forma en que vivimos y trabajamos son demasiado poderosas para ser derribadas. Lo único que queda es salvar a los que más sufren. La reflexión moral, y la filosofía en general, se reducen a un papel administrativo: hacer el mayor bien posible dentro de un mundo que está roto.

Un paso al costado

Aunque Singer considera que su enfoque moral se basa en la preocupación racional e imparcial por todos, su tipo de utilitarismo está intrínsecamente configurado en torno al individuo como centro de la preocupación y la acción moral. Según Singer, el vasto sufrimiento de millones de personas solo es comprensible como una multitud de individuos que no han visto satisfechas sus necesidades. Si te preocupa la pobreza, es tu deber individual donar ahora todo lo que puedas y solo dejar de hacerlo cuando tengas que sacrificar algo moralmente significativo.

Singer esbozó esta tesis de forma más famosa en su ensayo de 1972, «Famine, Affluence, and Morality». Cualquiera que haya estudiado ética en la universidad estará familiarizado con la extraña y aparentemente convincente lógica de los argumentos de Singer. Como se esfuerza por demostrar, es innegable que hay una gran cantidad de sufrimiento en el mundo, experimentado tanto por los seres humanos como por los animales, y muchos de nosotros en el mundo desarrollado no hacemos lo suficiente para aliviarlo.

Parte del objetivo de Singer es presentar a los lectores una deuda que no sabían que tenían. Cuando se les presenta esta ecuación utilitaria, los lectores suelen sentirse atraídos por su audaz simplicidad, una solución al desorden de problemas morales con los que ellos mismos pueden haber lidiado. Otros se muestran abiertamente hostiles, ansiosos ante la perspectiva de tener que mantener un nivel de deber moral que consideran injusto o inexacto. Este último grupo suele tener algo de razón, aunque no pueda articular del todo el porqué. Existe la sensación de que, aunque cada una de las premisas de Singer son razonables, incluso evidentes (el sufrimiento es malo, así que si podemos ayudar a la gente deberíamos hacerlo, etc.), la conclusión nos ha llevado a un lugar inesperado. Seguramente, el pensamiento es que Singer ha pasado por alto alguna parte crucial de nuestra vida moral, tanto como colectivos como individuos.

Incluso si aceptamos la premisa de Singer de que los problemas morales pueden reducirse a algún tipo de ecuación, ¿no ha dejado fuera una parte del cálculo? Esta conclusión general de que cada uno de nosotros debe mucho más a los necesitados de lo que pensamos es, por supuesto, el movimiento de Singer por excelencia: un imperativo de responsabilidad individual que deja sin abordar la cuestión de cómo podríamos empezar a abordar colectivamente las condiciones que llevaron a ese sufrimiento en primer lugar. Desde este punto de vista, la inmediatez de la pobreza se convierte en un problema no mediado por la justicia social y colectiva.

De hecho, si hay algo que distingue la obra de Singer —tanto sus libros y ensayos publicados como sus charlas públicas— es su extraordinaria capacidad para eludir el elemento genuinamente filosófico de cada problema considerado. La capacidad de Singer para eludir la cuestión ética en favor de una administrativa o tecnocrática es tan impresionante como sorprendente, dado que estas soluciones no requieren casi ninguna argumentación filosófica. Las preocupaciones morales serias que podríamos tener sobre la ayuda mundial, la eutanasia, la muerte asistida, el estatus ético de los multimillonarios o la inteligencia artificial (por nombrar solo algunas de las cosas sobre las que se pregunta a Singer) son simplemente descartadas como poco serias, incoherentes o tan menores que no merece la pena abordarlas.

Lograr lo bueno, aceptar lo malo

¿Por qué, entonces, goza de tal estatus y popularidad? El utilitarismo de Singer ha sobrevivido a sucesivos desafíos intelectuales simplemente porque su lógica es inseparable de la lógica del capitalismo. El bien es algo que hay que maximizar y las decisiones difíciles se toman mediante un análisis coste-beneficio. La maximización del placer se acumula de la misma manera que el beneficio, cantidades de preferencias que pueden ser comercializadas y consumidas. Para el utilitarista, al igual que para el capitalista, los medios por los que se consigue algo son secundarios mientras los fines sean buenos. El utilitarismo surgió orgullosamente con el capitalismo como la voz de la reforma liberal, y desde su Panóptico, ofreció una visión que irónicamente es incapaz de comprenderse a sí misma históricamente.

El argumento de Singer pierde de vista tanto la causa de la desigualdad en el capitalismo global como lo que está en juego en cualquier solución realista. Singer no solo se niega a discutir las condiciones que provocan la pobreza global, sino que su filosofía actúa para oscurecer la dinámica del capitalismo global que la reproduce.

Pero el poder de su reflexión no se basa tanto en su capacidad como filósofo, sino en lo mucho que su argumento confirma una forma de resignación que es enteramente susceptible al statu quo. A la luz de esto, puede sorprender que Singer escribiera de hecho un libro sobre Karl Marx, publicado en 1980 y que todavía está en imprenta. Su influyente Marx: A Very Short Introduction ofrece, sin embargo, una lectura notablemente superficial.

La crítica de Singer se basa en su visión de la naturaleza humana de Marx, que, según él, «no es tan flexible como [Marx] creía. El egoísmo (…) no es eliminado por la reorganización económica o por la abundancia material». Singer argumenta que «la gente no quiere simplemente ropa, sino ropa de moda». La ironía de este argumento en particular es que traiciona la lógica de su posición en «Famine, Affluence, and Morality». Aquí apela a que los individuos no compren ropa nueva y que donen ese dinero. Singer apela a una noción de egoísmo inherente al tiempo que hace de la base de su filosofía moral el compromiso de frenar ese interés propio. Si piensa que los seres humanos «simplemente» quieren estas cosas, entonces es difícil ver cómo su argumento a favor de la donación se pone en marcha. Para que su filosofía funcione, debemos actuar en contra de la misma naturaleza que acusa a Marx de no tomar en serio.

Más aún, en Marx, Singer apela incluso a la ineludibilidad de la jerarquía en la naturaleza, citando las que se observan en las gallinas, entre otras, ya que picotean a las que están más abajo en la jerarquía. Singer considera que este tipo de cosas son una prueba convincente del «fracaso de los intentos deliberados de crear sociedades igualitarias sobre la base de la abolición de la propiedad privada de los medios de producción e intercambio; y una prueba de la naturaleza jerárquica de las sociedades no humanas».

Lo que es notable en estos pasajes es su aparente satisfacción de que la cuestión del egoísmo humano está resuelta en virtud de mirar a las jerarquías en el reino animal. Dejando de lado el punto básico de que las jerarquías animales funcionan como conductos para la cooperación colectiva y no nos dicen nada sobre las relaciones jerárquicas entre los seres humanos en las sociedades modernas, está claro que Singer ha traicionado incluso los vestigios más básicos de seriedad moral.

Ante lo que considera hechos incontrovertibles, sucumbe a la falacia naturalista y renuncia por completo a cualquier tipo de explicación rigurosa y normativa sobre cómo podría ser diferente la vida humana. Visto así, podemos ver que el utilitarismo, y su manifestación moderna en el movimiento del altruismo efectivo, representa la concesión total a la naturalización de la jerarquía y la ingenua insistencia ahistórica de que no hay nada nuevo bajo el sol. Su marca de realismo es un callejón sin salida, una resignación de la que el único deber ético que emerge es la minimización de un sufrimiento que nunca puede ser eliminado por completo. Esto es, en esencia, la matemática de la derrota.

Contra la resignación

En el ensayo «Resignation», T. W. Adorno aborda el papel del pensamiento en un mundo donde la acción es muy necesaria. Originalmente pronunciado como un discurso radiofónico en 1969, «Resignation» plantea un reto para cualquier filosofía que intente llegar a un acuerdo con el cambio social y la acción política. Para Adorno, el propio pensamiento debe ser interrogado para que la acción tenga sentido. El pensamiento no puede reducirse a la utilidad. Los que quieren cambiar el mundo no pueden limitarse a defender una solución que requiera que los individuos cambien su comportamiento subjetivo de una manera u otra. Este planteamiento reduce la actividad y el cambio social a una elección individual y, al hacerlo, excluye la posibilidad de la acción colectiva. Para Adorno, el pensamiento resignado se convierte en una especie de servicio a la opresión.

El pensamiento, reconocía Adorno, debe buscar las posibilidades más allá de «la reproducción intelectual de lo existente». El problema de la acción debe ser captado en su complejidad. Incluso si la acción subjetiva individual es «más fácil» que el cambio social objetivo, Adorno muestra que renunciar a la esperanza del cambio social significa sacrificar el pensamiento por la promoción del statu quo. Hay una línea divisoria entre el argumento de Singer de 1972 a favor de la donación individual y su elogio adulador de los filántropos multimillonarios.

Singer termina «Famine, Affluence, and Morality» con un llamado al combate que se hace eco de la insistencia de Marx en que el filósofo debe, en última instancia, cambiar el mundo. ¿De qué sirve, se pregunta Singer, hacer filosofía si no nos tomamos en serio las implicaciones concretas de sus conclusiones? «El filósofo que lo haga tendrá que sacrificar algunos de los beneficios de la sociedad de consumo, pero puede encontrar una compensación en la satisfacción de una forma de vida en la que la teoría y la práctica, si no están todavía en armonía, al menos se acercan». Está claro que Singer, al menos, es consciente de la necesidad de que el pensamiento se relacione con el mundo de forma genuina. Pero Singer, fundamentalmente, no está pensando.

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Historia y paradoja de la posmodernidad: el caso Gramsci

12/02/2023 by Vitalio Deja un comentario

Por: Yohann Douet

Traducción: Rolando Prats

 

Gramsci trata de pensar el proceso histórico en su coherencia interna, sin por ello dejar de conceder un papel central a la actividad y las luchas humanas, en particular a través de las nociones de praxis, hegemonía y relaciones de fuerza. Logra así comprender la complejidad de la modernidad europea desde sus orígenes hasta la crisis orgánica de su época, centrándose en particular en el Renacimiento, la Reforma, la Revolución francesa, el Risorgimento, el americanismo, el fascismo y el socialismo soviético.

El presente texto de Yohann Douet es la introducción a L Histoie et la question de la modernité chez Antonio Gramsci [La Historia y la cuestión de la modernidad en Antonio Gramsci], París, Classiques Garnier, 2022.   

Introducción

En sentido general, las filosofías de la historia –y, en primer lugar, el marxismo– se han visto radicalmente cuestionadas en su propio proyecto, y ello por diversas razones, tanto teóricas como políticas. Se las ha acusado de extrapolar un esquema religioso al curso de los acontecimientos humanos (Löwith[1]), de querer imponer rígidas leyes a la realidad concreta (Popper, por citar sólo uno[2]), de promover concepciones apriorísticas y homogeneizantes que son la antítesis de la práctica real de los historiadores. Esas filosofías negarían la diversidad empírica y la imprevisibilidad consustanciales a la acción humana (Arendt[3]) —negación que ha llegado a considerarse el envés teórico del totalitarismo, el aplastamiento teórico del individuo, que a su vez anuncia o de algún modo sirve de inspiración a su aplastamiento político. Incapaces de aprehender las catástrofes y los crímenes en masa del siglo XX, y superadas por múltiples adelantos intelectuales e historiográficos, las filosofías de la historia se revelarían anacrónicas y definitivamente atrapadas en el siglo XIX (Foucault[4]). Además, por su carácter eurocéntrico, las filosofías clásicas de la historia nos escamotearían la irreductible pluralidad de las trayectorias históricas.

Esas críticas presentan no pocos elementos importantes, en la medida en que van dirigidas a filosofías dogmáticas de la historia: visiones acríticas del progreso o la decadencia; concepciones religiosas, teleológicas o idealistas del proceso histórico, como si estuviese guiado por la Providencia, la Razón o el Espíritu; o versiones deterministas, mecanicistas y economicistas del marxismo. Pero el marxismo bien entendido, sobre todo tal como lo elaboró Gramsci en cuanto “filosofía de la praxis”, escapa en gran medida a semejantes juicios.

Las reflexiones de Gramsci, que la mayoría de las veces se formulaban a propósito del análisis de casos concretos y aparecían vinculadas a cuestiones prácticas, en ningún momento sacrifican la irreductible singularidad de las situaciones y los acontecimientos históricos, ni la complejidad de las relaciones entre los actores y las fuerzas  en juego. No obstante, el pensamiento teórico de Gramsci consigue forjar un marco y unas herramientas (métodos, nociones o tesis) que hacen inteligibles la coherencia interna y las líneas de fuerza del proceso histórico y permiten pensar en las diferencias cualitativas entre los períodos que lo componen; en primer lugar, la modernidad. L Hstorie et la question de la modernité chez Antonio Gramsci [La historia y la cuestión de la modernidad en Antonio Gramsci] trata de desplegar esa concepción gramsciana de la historia, que consigue hacerse “sensible a lo múltiple” sin por ello renunciar a su ambición totalizadora.

Pero es sobre todo en torno a las ideas de modernidad y posmodernidad que giran esos problemas y se perfilan con claridad dos escollos: la imposibilidad de reducir la historia a un “gran relato” (Lyotard) que correspondería al despliegue de un determinado principio (razón, libertad, progreso, etc.) y de reducir las diferentes épocas a su “espíritu”; pero también la imposibilidad de mantener una actitud puramente crítica ante cualquier totalización histórica, so pena de encontrarnos desorientados a la vez en el plano intelectual y en el plano práctico, como ha demostrado Fredric Jameson. Las siguientes líneas son un extracto (pp. 19-25) del capítulo introductorio de La historia y la cuestión de la modernidad en Antonio Gramsci, que trata precisamente de ese asunto[5].

Paradoja de la modernidad

[…] La idea de posmodernidad mantiene una relación ambivalente con la concepción del proceso histórico como constituido por épocas coherentes y cualitativamente diferentes entre sí. Por un lado, la “condición posmoderna”, tal como la diagnosticó Lyotard, corresponde a un abandono de “los grandes relatos (…), como la dialéctica del Espíritu, la hermenéutica del sentido, la emancipación del sujeto razonable o trabajador, el desarrollo de la riqueza…”[6], en favor de una apertura a la pluralidad de juegos inconmensurables de lenguaje.  Toda aprehensión totalizadora del proceso histórico en su conjunto o hasta de una época específica adquiere de ese modo visos de sospecha. Por otro lado, la posmodernidad parece ser una nueva era que sucede a la modernidad: “Nuestra hipótesis de trabajo es que el conocimiento cambia de estatus en el mismo momento en que las sociedades entran en la llamada era postindustrial y las culturas entran en la llamada era posmoderna…[7].” Nos encontramos, pues, ante el gran relato de la desaparición de los grandes relatos[8] y la gran posmodernidad se manifiesta como la era de la disolución de las eras: tal es su paradoja esencial.

Para Jameson, uno de los “rasgos o caracteres semiautónomos y relativamente independientes[9]” que presenta el posmodernismo es, por tanto, la “sordera ante la historia”, la “crisis de historicidad” o la pérdida del “sentido del pasado”[10]. La ausencia de toda capacidad real de representarse el proceso histórico, de pensar sus rupturas fundamentales y, más aún, de proyectarse en un futuro cualitativamente nuevo (“la angustia de la utopía”[11]), va acompañada de un énfasis en la proliferación de diferencias particulares en detrimento de “abstracciones periodizantes o totalizadoras”[12] y de un predominio de las categorías de lo sincrónico y lo espacial sobre lo diacrónico y lo temporal en “nuestra vida cotidiana, nuestra experiencia psíquica y nuestros lenguajes culturales”, todo ello en contraste con el período anterior de la “alta modernidad”[13]. El pasado se considera ahora dependiente del presente y relativo a él: para “una sociedad privada de toda historicidad”, su “pasado putativo es poco más que un conjunto de espectáculos polvorientos… “[14], de simulacros, secretados y reconfigurados en función de elementos actuales. En consecuencia, ninguna representación periodizada del proceso histórico, ni siquiera en el pasado, es capaz de adquirir una consistencia real y mucho menos representar un fundamento estable para la acción colectiva[15].

Sin embargo, cuando se habla de posmodernidad, se presupone una concepción narrativa de la temporalidad que separa claramente un pasado y un presente: antes vivíamos en una sociedad industrial / capitalista / moderna, mientras que ahora vivimos en una sociedad postindustrial / desorganizada / posmoderna / posfordista / globalizada / des-tradicionalizada / individualizada / de riesgo / en red, y así sucesivamente[16].

La paradoja del posmodernismo puede reformularse, por tanto, en los siguientes términos: la disolución de la historicidad se convierte en la afirmación de una diferencia histórica cualitativa e incluso absolutizada entre presente y pasado, afirmación análoga a la forma en que las teorías de la modernidad distinguen a esta última del pasado premoderno.

Jameson intenta escapar a esa paradoja sin abandonar la idea de posmodernidad. Para ello, en primer lugar, se abstiene de adoptar una concepción homogeneizante de las épocas históricas y caracteriza el posmodernismo por varios “rasgos o caracteres semiautónomos y relativamente independientes”[17], método similar al de Gramsci, como ya veremos. Además, al concebir el posmodernismo como la “lógica cultural” de una nueva etapa del capitalismo (el capitalismo tardío), Jameson hace justicia a la originalidad de la época contemporánea sin absolutizar su diferencia ni aislarla del proceso histórico:

Es necesario reafirmar una y otra vez (…) la idea de una periodización, a saber, que el posmodernismo no es la dominante cultural de un orden social totalmente nuevo (del que hace unos años se habría corrido el rumor en los medios de comunicación bajo el nombre de “sociedad posindustrial”), sino sólo el reflejo y el factor concurrente de una modificación ulterior del propio capitalismo[18].

No obstante, para Jameson el posmodernismo es la lógica cultural “dominante” pero no exclusiva de ese nuevo período, su “norma hegemónica” [19]:

Estoy muy lejos de pensar que la producción cultural actual, en su totalidad, sea “posmoderna” en el sentido que voy a atribuir a ese término. El posmodernismo es, sin embargo, el campo de fuerzas en que deben abrirse paso impulsos culturales muy diferentes (que Raymond Williams ha acertado en denominar formas “residuales” o “emergentes” de producción cultural). Si no logramos adquirir un sentido general de la dominación cultural, caeremos en una visión de la historia contemporánea como pura heterogeneidad, diferencia aleatoria, coexistencia de múltiples fuerzas diferenciadas entre sí, cuya eficacia es indecidible[20].

De modo que lo que Jameson se propone pensar es la unidad de la época contemporánea (en su dimensión cultural) a partir de la hegemonía del posmodernismo[21], contra la que es necesario luchar. En la misma medida en que “estamos inmersos en lo inmediato” y en que “la concepción misma de la periodización histórica se ha vuelto cada vez más problemática”, recuperar una profundidad histórica y una representación del proceso histórico en su coherencia interna es esencial si se quiere recuperar un cierto “dominio” de la historia, es decir, actuar colectivamente de manera coherente.

¿Nos sirve el pensamiento histórico de Gramsci para responder al posmodernismo?

Gramsci tenía conciencia de la importancia crucial de llegar a una concepción adecuada de las épocas y los procesos históricos. Sus Cuadernos de la cárcel están jalonados de reflexiones que, como por anticipado, permiten afrontar la crisis de la historicidad contemporánea y lo que podría llamarse la represión posmoderna de la historia, al tiempo que reconocen la pertinencia de las críticas dirigidas contra las filosofías de la historia y las periodizaciones clásicas.

Si Gramsci puede ser de inestimable ayuda para responder al posmodernismo, es sobre todo porque comparte con este último una cierta “sensibilidad por lo múltiple…”[22], porque se mantiene particularmente atento a la pluralidad de elementos y actores históricos y porque desconfía de cualquier esencialismo, sobre todo económico. No concibe la historia en términos de estructuras simples o sujetos preconstituidos. Para él, las estructuras y los acontecimientos históricos dependen de las relaciones que se anuden entre las múltiples fuerzas sociopolíticas en juego y, a la inversa, cada una de esas fuerzas, a la vez que está condicionada económicamente, se forma en el curso de un proceso histórico de lucha en que la actividad de la organización político-ideológica desempeña un papel fundamental. Son esas razones las que nos permiten comprender por qué Laclau y Mouffe han intentado presentar a Gramsci como un precursor, si no del posmodernismo, al menos de su proyecto “posmarxista”[23]. Ese proyecto consiste en eliminar del marxismo todo lo que guarde relación con una filosofía de la historia (determinista o teleológica); en primer lugar, el etapismo (la sucesión regulada a priori de los modos de producción y de las clases fundamentales que les corresponden) y el esencialismo económico (la definición de la identidad de los sujetos colectivos por sus características económicas). Lo cual conlleva una negación radical de la necesidad histórica y de la posibilidad de pensar el espacio social como una totalidad unificada. Laclau y Mouffe sostienen que la pluralidad de los actores sociopolíticos es irreductible y que sus identidades son irremediablemente precarias, en la medida en que las identidades de los actores colectivos están por completo definidas por sus relaciones mutuas —de diferenciación, de oposición, de alianza o de hegemonía—, son contingentes y están siempre sujetas a cambios[24]. Al interpretar a Gramsci como el precursor más avanzado de su teoría, Laclau y Mouffe no se equivocan cuando destacan la atención que Gramsci presta a lo múltiple, pero dejan de lado su esfuerzo igualmente marcado por pensar la coherencia interna del proceso histórico. En efecto, Gramsci no ve la historia como “una serie discontinua de formaciones hegemónicas o bloques históricos…”[25], es decir, como la sucesión perfectamente contingente de diferentes configuraciones de relaciones entre actores políticos; relaciones que cada vez redefinirían en su totalidad sus identidades. Por el contrario, reconoce la existencia de regularidades inmanentes a la serie de acontecimientos y de situaciones (o configuraciones de la correlación de fuerzas) y piensa en las continuidades parciales del proceso histórico y en la coherencia relativa de cada una de las épocas. Del mismo modo, no deja de ser marxista —no se convierte en “posmarxista”— en la medida en que no abstrae a los actores políticos de sus condiciones económicas.

¿Cómo comprender que las reflexiones gramscianas parezcan integrar elementos que más tarde habrán de ocupar un lugar central en el posmarxismo o el posmodernismo y, al mismo tiempo, rebasen algunos de sus límites? A ese respecto, se pueden aducir dos razones. La primera es quizás que el pensamiento de Gramsci se construyó en relación íntima y crítica con el pensamiento del liberal Benedetto Croce; pensamiento que podría calificarse de una de las primeras filosofías “posmarxistas” [26]. Croce, luego de haberse acercado al marxismo en su años de juventud, bajo la influencia de Antonio Labriola, pronto pasó a defender posiciones revisionistas (renegando de la teoría del valor, de la determinación en última instancia por la economía, etc.)[27] y más tarde elaboró su propio concepto de “historicismo absoluto”. Para Croce, se trataba de liberar a la historia de cualquier camisa de fuerza  —trascendente— que pudiera imponérsele desde el exterior: causa primera, fin último, lógica abstracta o esquema a priori que rigiera su curso. Rechazó así toda filosofía de la historia y afirmó la absoluta singularidad de cada situación histórica concreta[28]. Al igual que Croce, Gramsci reconoce la singularidad histórica y, de hecho, retoma la expresión de “historicismo absoluto”; pero igualmente trata de restituir todo lo que hay de estructurado en el proceso histórico, la unidad relativa de las épocas y la lógica inmanente a su sucesión.

Si el pensamiento de Gramsci es pertinente frente el desafío posmoderno, es posible que lo sea porque el propio Gramsci se enfrentó a una crisis de la modernidad[29]. Gramsci diagnosticó una crisis orgánica, o crisis de la hegemonía burguesa, que fue particularmente intensa tras la Primera Guerra Mundial y uno de cuyos síntomas fue la toma del poder por los fascistas. Esa crisis iba acompañada, en particular, de una alteración de las representaciones de la historia como progreso. Sin embargo, algunas de las tendencias inmanentes a la época moderna parecen seguir su propio desarrollo y el americanismo demuestra que el dinamismo técnico y económico del capitalismo no se ha agotado. Por otra parte, la Revolución de Octubre y el impulso que esta dio a las luchas de los dominados abren el horizonte de la emancipación de los subalternos en una sociedad a la vez igualitaria y concretamente democrática. La crisis multiforme de la modernidad se corresponde así con la posibilidad —y, por tanto, con la tarea— de hacer realidad sus promesas. Contra una creencia dogmática en el progreso, Gramsci llegó a concebir la situación de la que era contemporáneo como desgarrada entre varias alternativas históricas y, contra una comprensión ingenua de la modernidad, la pensó de forma compleja y problemática, sin por ello abandonar sus esperanzas en el triunfo de un verdadero progreso.

Traducido del original en francés publicado en Contretemps Revue de critique communiste el 15 de abril de 2014 con el título «Gramsci, l histoire et le paradoxe de la postmodernité” como parte del dossier «Il faut lire (ou relire) Gramsci” [Hay que leer (o releer) a Gramsci]. El título con que se publica ahora en español y la traducción de todas las citas son del traductor, quien ha añadido en las notas del autor—abreviadas, corregidas y actualizadas— hiperenlaces y, entre corchetes, referencias bibliográficas en español para el lector que desee consultar otras fuentes.

Notas

[1] Karl Löwith, Histoire et salut : les présupposés théologiques de la philosophie de l’histoire [1953], París, Gallimard, 2002. [Historia y salvación. Los presupuestos teológicos de la filosofía de la historia (trad. Norberto Espinosa), Buenos Aires, Katz, 2007]

[2] Karl Popper, Misère de l’historicisme [1944-45], París, Plon, 1956. [La miseria del historicismo (trad. Pedro Schwartz Girón), Madrid, Alianza Editorial, 2002]

[3] Hannah Arendt, « Le concept d’histoire : antique et moderne » [1958] en La crise de la culture [1961], París, Gallimard, 2015, pp. 58-120. [“El concepto de historia: antiguo y moderno“ en Entre el pasado y el futuro. Ocho ejercicios sobre la reflexión política (trad. Ana Poljak), Barcelona, Ediciones Península, 1996, pp. 67-144]

[4] Michel Foucault, “Sur les façons d’écrire l’histoire” [1967], en Dits et écrits. 1954-1988, París, Gallimard, 1994, vol. II. 1, pp. 585-600. [“Sobre las maneras de escribir la historia” en ¿Qué es usted, profesor Foucault? Sobre la arqueología y su método (trad. Horacio Pons), Buenos Aires, Siglo XXI Editores, 2013]

[5] El índice del libro está disponible a través de este enlace.

[6] Jean-François Lyotard, La condition postmoderne, París, Minuit, 1979, p. 7. [La condición postmpoderna. Informe sobre el saber (trad. Mariano Antolín Rato), Madrid, Cátedra, 1987]

[7] Ibídem, p. 11.

[8] Fredric Jameson, Le postmodernisme ou la logique culturelle du capitalisme tardif  [1991], París, Éditions de l’École nationale supérieure des Beaux-Arts, 2007, p. 18. [El posmodernismo o la lógica cultural del capitalismo avanzado (trad. José Luis Pardo Torío), Barcelona, Paidós, 1991]

[9] Ibídem, p. 17.

[10] Ibídem, p. 17, p. 63, p. 431.

[11] Ibídem, p. 459.

[12] Ibídem, p. 474.

[13] Ibídem, p. 55.

[14] Ibídem, p. 58.

[15] Este diagnóstico se aproxima al de François Hartog, que contrapone el “presentismo” contemporáneo al “régimen de historicidad” (el modo en que se combinan las categorías de presente, pasado y futuro y que constituye la conciencia de sí temporal de una comunidad) futurista, polarizado por la expectativa de lo nuevo, que caracterizó la era moderna, delimitada por las fechas simbólicas de 1789 y 1989 (Régimes d’historicité. Présentisme et expérience du temps, París, Le Seuil, 2003). [Regímenes de historicidad. Presentismo y experiencias del tiempo (trad. Norma Durán y Pablo Avilés), México, D. F., Universidad Iberoamericana, 2007]

[16] Mike Savage, “Against Epochalism: An Analysis of Conceptions of Change in British Sociology”, Cultural Sociology, vol. 3, núm. 2, julio de 2009, p. 218. Savage utiliza el término “epocalismo” para referirse a ese esquema, cuyo predominio en las ciencias sociales en Gran Bretaña analiza.

[17] Fredric Jameson, Le postmodernisme…, ed. cit., p. 17.

[18] Ibídem, p. 19.

[19] Ibídem, p. 39.

[20] Ibídem, p. 39.

[21] Esta presencia en Jameson de Gramsci (via Williams) es más bien una excepción: Gramsci es “el pensador del marxismo occidental que menos influyó en Jameson” (Perry Anderson, Les origines de la postmodernité [1998], París, Les Prairies ordinaires, 2010, pp. 102-103) [Perry Anderson,  Los orígenes de la posmodernidad (trad. Luis Andrés Bredlow), Anagrama, 2000, pp. 101-102]. Para la lectura que de la hegemonía hace Williams, quien se ocupa principalmente de su dimensión cultural, véase Raymond Williams, Marxism and Literature, Oxford, Oxford University Press, 1977, “Hegemony”, pp. 108-114. [ Marxismo y literatura (trad. Pablo di Masso), Barcelona, Ediciones Península, 2000 (segunda edición)]

[22] Leonardo Domenici, “Unificazione politica e pluralità del reale nei Quaderni del carcere“, Critica marxista, 1989, núm. 5 (septiembre-octubre), p. 75.

[23] Véase Ernesto Laclau y Chantal Mouffe, Hégémonie et stratégie socialiste. Vers une politique démocratique radicale [1985], París, Les Solitaires intempestifs, 2009, pp. 20-21. [ Hegemonía y estrategia socialista: Hacia una radicalización de la democracia (versión española de Ernesto Laclau), Madrid, Siglo XXI de España Editores, 2015]

[24] Laclau y Mouffe se remiten a Saussure, para quien la definición de una palabra deriva de sus diferencias con otras, a la hora de pensar en la primacía de las relaciones sobre las identidades.

[25] Ibídem, p. 147.

[26] Eric Hobsbawm, L’ère des empires. 1875-1914 [1987], París, Fayard, 1989, p. 345. [ La era del imperio; 1875-1914, Buenos Aires, Crítica/Grupo Editorial Planeta, 2009 (primera reimpresión)]

[27] Benedetto Croce, Matérialisme historique et économie marxiste [1900], París, Giard et Brière, 1901.

[28] Benedetto Croce, Théorie et histoire de l’historiographie [1917], Ginebra, Droz, 1968, cap. 4: « Genèse et dissolution idéale de la “philosophie de l’Histoire” », pp. 45-56.

[29] Me permito remitir a Yohann Douet, “Affronter la crise de la modernité. Hégémonie et sens de l’histoire chez Antonio Gramsci”, Actuel Marx, núm. 68, 2020/2, pp. 175-192.

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Por un pacifismo realista: iniciando el debate Segunda carta a Ana

12/02/2023 by Vitalio Deja un comentario

Por: Manolo Monereo

Querida Ana:

                                                                                               A la memoria de Danilo Zolo

 

Tus inquietudes son muchas y mis capacidades escasas. No es falsa modestia. Cada vez tengo más dudas, y tus preguntas las acentúan. Hablar sobre pacifismo en plena guerra en Ucrania obliga a definiciones políticas en un contexto de cambios geopolíticos acelerados, de crisis ecológica/climática y –se tiende a olvidar– de un incremento sustancial de las desigualdades económicas y sociales. Ética y política están relacionadas, pero son cosas diferentes, sobre todo cuando se analiza el funcionamiento del sistema interestatal capitalista, sus conflictos y sus transiciones de poder. Mi anterior carta estuvo dirigida a explicar esto, así que no insistiré sobre ello.

Se puede decir que hoy hay dos puntos de vista enfrentados y antagónicos. A uno lo llamaremos globalismo jurídico-político y al otro, soberanismo multipolar e internacionalista. El primero es claramente mayoritario y abarca una amplia franja que va de derecha a izquierda; el segundo es muy minoritario y, aparentemente, en disputa entre diversos sectores que van desde la derecha populista a la izquierda en sus diversas acepciones. En su centro está el debate sobre los Estados-nación, el papel y significado de lo que se ha llamado globalización y más allá y más acá, la derrota de la URSS y la configuración de EEUU como híper potencia. Como verás no es poco.

Intentaré explicar el argumentario. Como he dicho, el eje es el Estado-nación. Se ha repetido tantas veces que se ha convertido en sentido común. Los Estados nacionales son demasiado pequeños para algunas cosas y demasiado grandes para otras. No sirven para resolver los llamados problemas globales: crisis ecológica, hambre y pobreza, conflictos militares, pero tampoco sirven para responder a las aspiraciones de las poblaciones a descentralizar el poder, bien en el sentido de reclamar viejas reivindicaciones “nacionales” o, simplemente, poner en pie nuevos regionalismos frente a desigualdades territoriales acentuadas y al mal funcionamiento de unas burocracias demasiado centralizadas.

Como podrás observar, querida Ana, este razonamiento se ha usado mucho para justificar el proceso de integración europea. Rápidamente chocamos con los pre-juicios que actúan como un poderoso dispositivo para bloquear el debate de fondo. Los que defienden el Estado nacional son nacionalistas. Los que se oponen al tipo de integración que es la Unión Europea (siempre ha habido otros modelos posibles) son euroescépticos o eurófobos. El enemigo se ha ido concretado mucho más en estos años, ahora se les califica de populistas. La ambigüedad del término lo refuerza y permite ser usado como arma arrojadiza en un discurso descalificador; los que defienden los textos constitucionales vigentes en cada país que hacen del pueblo el soberano y que conectan la democracia y su legitimidad con dicha soberanía, pasan a ser calificados como reaccionarios, derechistas y, ahora, populistas.

En el debate español la cosa se complica un poco más. Hablar de España como Estado nacional está mal visto para una parte de la población; para otra, se convierte en una definición excluyente de la pluralidad sustancial de nuestro país. Se puede hablar de, por ejemplo, izquierda catalana, izquierda gallega o de izquierda andaluza, pero no se puede hablar de izquierda española o es sometida inmediatamente a crítica. Si además se defiende la soberanía popular y el Estado social, estás a un paso de ser definido como populista de derechas o, simplemente, de extrema derecha.

Lo más curioso es que cada vez hay más Estados-nación o que aspiran a serlo. Y es que no se ha inventado todavía una unidad política que sea capaz de enlazar soberanía con autogobierno e independencia política. Te introduzco un nuevo término, “analogía interna” “analogía doméstica”. Es tan fuerte la idea de Estado nacional que cuando pensamos superarla por arriba o por abajo, siempre tenemos en nuestra mente una analogía, una imagen que, de una u otra forma, lo representa. En lo referente a la UE, el dispositivo de Estado-nación actúa como ideología; es decir, como falsa conciencia. No existen y no existirán –así lo creo– los Estados Unidos de Europa a partir de las estructuras de la UE. Los que mandan no quieren y, además, no pueden. Solo lo defienden los Estados-vasallos, los que no se reconocen como sujetos soberanos y desprecian su realidad histórica. Francia y Alemania no lo aceptarán. Tampoco Polonia o Hungría. La Unión Europea es una forma de dominación de las clases dirigentes con el objetivo de constitucionalizar, es decir, hacer obligatorias e irreversibles las políticas neoliberales, garantizar el poder de los grandes monopolios financieros-empresariales, limitar la democracia y, sobre todo, poner fin a la soberanía popular, al autogobierno (constituyente) de las poblaciones.

Volvamos a nuestro asunto. Hace falta un gobierno mundial para resolver nuestros problemas globales. Esta sería la consigna que podría expresar los dilemas de una humanidad que se siente en peligro y que tiene miedo al futuro ¿Su sede? Las Naciones Unidas, convertirlas en un poder supranacional, darle funciones sancionadoras y hacerlas depositarias del uso legítimo de la fuerza. La paradoja es que, usando de nuevo la analogía interna, se lo configura como un tipo de Estado. Se critica al Estado-nación, pero se acaba imaginando un Estado nación-mundo. Lo más significativo es que esto ya existe como posibilidad: el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas tiene poder, como es conocido, para sancionar y usar la fuerza; ahora se busca ampliar el concepto de seguridad (económica, ecológica, derechos humanos) y ampliar los espacios de intervención.  El problema es que las NNUU fueron diseñadas para garantizar el control y el dominio de las grandes potencias ganadoras de la Segunda Guerra mundial, según el modelo (Morgenthau/Zolo han insistido mucho sobre ello) de la Santa Alianza.

El Estado nacional pasa a ser el enemigo, el obstáculo a derrotar para un cosmopolitismo liberal comprometido con la economía de mercado

El Estado nacional, la soberanía política de las poblaciones pasa a ser el enemigo, el obstáculo a derrotar para un cosmopolitismo liberal comprometido con la economía de mercado, el Estado de derecho y los derechos humanos, según la interpretación de la Santa Alianza; es decir, de las grandes potencias dirigidas y organizadas por los Estados Unidos.  Hay un asunto que se ignora, a saber, las desigualdades socioeconómicas estructurales y las asimetrías de poder que gobiernan nuestro planeta, eso que en otros tiempos se llamó imperialismo. Imaginar una Federación o Confederación mundial al margen de las relaciones reales de fuerzas acaba por legitimar el “Orden internacional basado en normas”. La lucha contra el terrorismo, el intervencionismo humanitario, la defensa de la democracia o el retorno del debate sobre las guerras justas son elementos discursivos que pretenden justificar la constante injerencia (económica, tecnológica y político-militar) sobres los asuntos internos de aquellos países que el imperio considera enemigos. Tan viejo como el mundo, pero tan actual como siempre.

Mientras el globalismo jurídico-político defiende postulados claros, el soberanismo no acierta a precisar su ideario básico. Al fin y al cabo, el globalismo fue, sobre todo, un proyecto político diseñado por unos EEUU vencedores de la Guerra Fría al servicio de una nueva etapa de dominio unipolar. Sobre el soberanismo hay un aspecto curioso: es atacado, descalificado sin determinar muy bien de qué se trata. La idea común viene a decir que este es una forma de nacionalismo que defienden los partidos de extrema derecha. Unido a esto, se le suele relacionar con dos figuras criminalizadas: Donald Trump y Putin.

El soberanismo es, sobre todo, una reacción a las consecuencias económicas, sociales y territoriales de la globalización capitalista. Los procesos de desindustrialización han llevado a regiones enteras al empobrecimiento, a la desintegración social y a la emigración. La globalización tenía y tiene ganadores y perdedores; eso sí, desde el punto de vista de las clases trabajadoras lo que se vive es precariedad, fragmentación y una inseguridad que se hace existencial. Las desigualdades territoriales se incrementan sustancialmente, crece el desarraigo y el pesimismo se extiende como una segunda piel, sobre todo en los jóvenes.

La separación entre las élites económicas, políticas y profesionales con el resto de la    población se acentúa. Los perdedores de la globalización tenían otra dificultad añadida: carecían de voz y de representación; la izquierda y la derecha globalistas los calificaban de conservadores, de reaccionarios, de inadaptados por no aceptar los sacrificios que exigía una posmodernidad convertida en el horizonte insuperable de la época. Solo las movilizaciones y la extrema derecha lo hicieron visible. A esto se le llamó, manipulando a Schumpeter, “destrucción creadora”.

En este vacío, la extrema derecha encontró su nicho político-electoral. El proyecto que defiende y ensambla muchas cosas: nacionalismo, anticomunismo, conservadurismo social y religioso, xenofobia. Hay una descalificación frontal a la clase política en su conjunto, de derecha e izquierda. Se les acusa de elitismo, de desprecio a las clases populares, de someterse a los poderes económicos, a los grandes monopolios y, sobre todo, a la todopoderosa burocracia europea. Entre discurso y programa, entre la crítica y la propuesta, existen diferencias sustanciales, que lejos de perjudicarle, le ayudan a construir mayorías y, eventualmente, a llegar al gobierno.

¿Qué política hacen los populistas de derechas cuando llegan al gobierno? Georgia Meloni lo ha definido claramente: aceptación sin fisuras del liderazgo de EEUU y de sus intereses estratégicos; defensa de Ucrania y apoyo nítido OTAN; aceptación de la Europa del euro y alineamiento con el nuevo eje de poder que se está forjando en torno a Polonia. Las diferencias tienen que ver con todo lo demás; es decir, eso que ellos llaman “batalla de ideas”: genero, familia, crisis climática y, sobre todo, denuncia del movimiento socialista y específicamente del comunismo. Lo más significativo es que esta reconstrucción por parte de la extrema derecha del territorio liberal-conservador se da en un contexto de retroceso de la globalización neoliberal, de ampliación de las funciones económicas, sociales y militares de los Estados nacionales y de conflictos geopolíticos de gran envergadura.

Los populismos de derechas, a la hora de la verdad, son incapaces de defender un proyecto que apueste por la soberanía popular, los derechos sociales básicos y la independencia nacional. Su nacionalismo liberal-conservador los hace perfectamente compatibles con los intereses de las grandes potencias, con la pertenencia a una Unión Europea que desindustrializa a los países del sur -el caso de Italia es dramático- y los convierte en una periferia dependiente y subalterna de un núcleo duro dirigido, al menos hasta ahora, por Alemania.

Creo que estamos en condiciones de definir qué entendemos por un soberanismo democrático, internacionalista, comprometido en la defensa de un nuevo orden multipolar, inclusivo y pacífico. Lo que hace años podría parecer arcaico, obsoleto, hoy retorna sobre nuevas bases. ¿Qué vuelve? Vuelve el Estado nación, vuelve el proteccionismo y una nueva relación entre el mercado interno y externo. El Estado estratega y planificador se revaloriza y el proyecto de reindustrializar nuestra economía se convierte en una tarea central en momentos en los que se viven grandes cambios tecnológicos. Es más, si prestamos atención a las demandas de las poblaciones, se verá que a lo que aspiran es a más protección, más seguridad y más justicia: un Estado del bienestar ampliado que garantice los derechos sociales y que ponga la economía al servicio de las necesidades básicas de las personas. De una u otra forma, se vuelven a dar las condiciones para el reencuentro entre la soberanía popular, democracia avanzada y justicia social.

Vuelve el Estado nación, vuelve el proteccionismo y una nueva relación entre el mercado interno y externo

Querida Ana, quiero ir concluyendo. Como siempre, me acaba faltando espacio y luego los amigos de Éxodo me critican. No es este ni el momento ni el lugar para una análisis histórico-social sobre la guerra y la paz y sus complejas relaciones. Basta decir que me sitúo, a mi manera, en una tradición política realista y, a la vez, revolucionaria. Esto lo aprendí de Lenin y en ello sigo. En el mundo real, la paz es una tregua entre guerras. No hablamos del pasado sino del presente. En la década de los noventa del siglo pasado, la OTAN hizo 48 intervenciones militares. Después del 11 de septiembre de 2001, EEUU, directa o indirectamente, arrasó a 7 países sumando más de un millón de muertos y más de 5 millones de desplazados. Insisto, la guerra es parte de nuestra actualidad. El conflicto en Ucrania que tanto nos alarma no debería hacernos olvidar que la OTAN intervino militarmente –por cierto, sin acuerdo del Consejo de Seguridad de las NNUU– contra un país europeo bombardeando salvajemente Belgrado. Europa no ha sido siempre un jardín, como dice el Sr. Borrell.

¿Cuál es el problema central que tiene la humanidad por delante? La crisis de la hegemonía de EEUU. Intento aclararlo brevemente: después de la desintegración de la URSS y de la disolución del Pacto de Varsovia, EEUU se convierte en la superpotencia dominante. Toda su obsesión fue impedir que pudiese volver a existir una potencia o conjunto de potencias que cuestionaran su dominio. Por eso fracasó Gorbachov. El error del que fuera secretario general del PCUS no fue intentar llegar a acuerdos con EEUU y Europa, sino pensar que Occidente apoyaría sus reformas y convivir con una gran potencia como era la URSS. EEUU siempre ha sabido distinguir muy bien la ideología de la política y en su nuevo mundo no había lugar para la reconstrucción sobre nuevas bases de la gran potencia euroasiática.

La emergencia de China como gran potencia cuestiona objetivamente el orden internacional diseñado por los EEUU

Treinta años después de la caída del muro las cosas han cambiado sustancialmente. Sobre esto hay un consenso general. Emerge China como gran potencia, el eje del poder económico pasa de Occidente a Oriente; Rusia ha reconstruido su Estado y ha fortalecido su papel internacional. Dicho de otra forma, la emergencia de China como gran potencia cuestiona objetivamente el orden internacional –y sus reglas– diseñado por los EEUU. Desde la presidencia de Obama, la Administración norteamericana toma nota del crecimiento del poder económico, tecnológico y militar de lo que fue el Imperio del Medio y comenzó una política de contención. La clave, como siempre, es el factor tiempo. Donald Trump, y sobre todo Biden, llegaron a la conclusión de que el enemigo a batir era China; que no bastaba solo con la contención, y que hay que pasar a la ofensiva para conseguir un cambio de régimen y de orientación de la gran potencia de Oriente. El conflicto en Ucrania tiene que ver con esto desde el principio. ¿Por qué? Porque el enorme continente euroasiático es la clave geopolítica del futuro y no parece posible hacer frente al desafío chino sin derrotar a Rusia.

En esta gran transición de poder que estamos viviendo, la cuestión decisiva es saber si EEUU va a aceptar el nuevo orden multipolar que está surgiendo en el mundo sin nuevas guerras y conflictos militares generalizados. No lo parece. En el debate sobre la guerra en Ucrania se suele partir de una equiparación entre EEUU y Rusia, afirmando que es un conflicto entre imperialismos. Quiero llamar la atención en que el que manda, hoy por hoy, es EEUU y lo hace con una enorme superioridad política, económica y, sobre todo, militar; y algo más, el conjunto de instituciones que organizan el orden internacional están bajo su control y dominio. El imperialismo, el de verdad, como decía el viejo Samir Amín, es el imperialismo colectivo de la Triada; es decir, de EEUU y de sus dos protectorados político militares, Europa y Japón. Lo que está haciendo EEUU es consolidar y fortalecer su política de alianzas económicas y militares para aislar a China y perpetuar su hegemonía.

Un movimiento pacifista a la altura de los dilemas de la época debería de definir con precisión qué tipo de orden mundial quiere y cómo conseguirlo. El desafío consiste en evitar el invierno nuclear y el infierno climático, cada vez más interrelacionados. Oponerse a la guerra no basta, hace falta ir más allá: tejer alianzas, construir sujetos y definir proyectos. La política es algo más que geopolítica, que Estados y poderes enfrentados. Hay un vacío, falta el protagonismo de las poblaciones; es necesario un nuevo internacionalismo que conecte liberación social, soberanía popular e independencia nacional. Paz, justicia y democracia.

Lo dicho, iniciando el debate. Espero tu respuesta.

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Discusiones en la izquierda latinoamericana

12/02/2023 by Vitalio Deja un comentario

Por: Claudio Katz

 

El futuro de la región no depende sólo de la lucha social, la confrontación con la derecha y los desengaños con el progresismo de baja intensidad. También será determinado por la consolidación de alternativas políticas de izquierda, que demuestren inteligencia y capacidad para lidiar con las complejas disyuntivas que se avecinan.

Sólo esas vertientes podrían abrir un curso superador de la nueva oleada de gobiernos de centroizquierda, mediante dinámicas de radicalización política. Ese curso permitiría desenvolver la perspectiva anticapitalista que requiere un proyecto emancipador.

Justificaciones del progresismo

Para forjar un rumbo de victorias populares hay que exponer los cuestionamientos al progresismo sin vergüenza, timidez o culpa. Ninguna de esas críticas favorece a la derecha, si es expuesta desde un campo de confrontación con las fuerzas reaccionarias y en un frente de batalla contra ese enemigo principal. No se puede construir un proyecto popular en silencio o con maniobras que eludan el debate. Los caminos alternativos no brotarán en forma espontánea, sin clarificar divergencias, ni asumir el costo de incomodar a los propios aliados.

La forma más corriente de soslayar este desafío es la presentación de los gobiernos progresistas como acontecimientos auspiciosos, en comparación a las opciones reaccionarias. Esa obviedad debería ser simplemente señalada como punto de partida, para evaluar las enormes falencias de esas administraciones. Pero esta segunda parte del problema es frecuentemente omitida, a la espera que el propio curso de la vida política corrija las carencias de esos gobiernos. Esa expectativa carece de asidero, puesto que el simple paso de tiempo suele agravar esas insuficiencias.

Sólo encarando una acción decidida contra las capitulaciones de los mandatarios de centroizquierda, se puede evitar la canalización derechista del descontento popular. Esa captura por parte de las fuerzas conservadoras es muy probable, si no existen alternativas de izquierda construidas con propuestas oportunas y factibles. Este último curso se forja en la polémica con los desaciertos del progresismo.

Es evidente, por ejemplo, que el triunfo de la derecha en el plebiscito de Chile demostró la capacidad de los líderes conservadores, para difundir mentiras y ocultar sus propias trayectorias. Pero esos engaños prosperaron por el vacío imperante en el otro bando, como consecuencia de incontables capitulaciones.

Esas agachadas son la tónica predominante en el progresismo light, que no inicia las rupturas pendientes con el neoliberalismo. El esperado avance hacia un estadio posliberal no se consumó en el ciclo anterior, ni irrumpirá en la oleada actual, si persisten las políticas de sometimiento a las clases dominantes. Estas adversas orientaciones deben señalarse para conquistar las metas del movimiento popular.

Una forma habitual de soslayar este problema es el elogio al progresismo cuando obtiene triunfos y el silencio ante los escenarios inversos. En el primer caso se comparte acertadamente el gran fervor que suscitan las buenas noticias. Pero lo más importante son los pronunciamientos en la adversidad. Aquí no basta con reproducir la descripción de lo sucedido. Hay que exponer abiertamente las causas del retroceso que generan las políticas de perpetuación del status quo (Aznárez, 2021). 

Miradas complacientes

Lo ocurrido en Argentina ilustra las negativas consecuencias de convalidar la sumisión del progresismo a los poderosos. Toda la gestión de Alberto Fernández estuvo signada por ese sometimiento, desde su renuncia a expropiar una estratégica y quebrada empresa de alimentos (Vicentin). Posteriormente suscribió un acuerdo con el FMI que afianzó el modelo actual de deterioro salarial, desigualdad y precarización. Favoreció a los grandes exportadores en desmedro del desarrollo interno y aceptó las presiones de la derecha para preservar el poder de una casta judicial, sostenida por los grandes medios de comunicación.

Los críticos de ese rumbo dentro de la coalición oficialista expusieron muchas quejas, pero no ofrecieron otro camino. Nunca exhibieron decisión para revertir la impotencia gubernamental. Al contrario, paulatinamente transformaron sus objeciones en meras justificaciones. El argumento más frecuente de esa convalidación fue la ¨adversidad de las relaciones de fuerza¨ para confrontar con la derecha y cumplir con el electorado. Afirmaron que Alberto debió aceptar los chantajes del poder dominante por la ausencia de un contrapeso equivalente en el campo popular (Aleman, 2022).

Pero esa mirada describe las relaciones de fuerzas como un dato dominante e invariable del escenario político, como si hubiera sido depositado en ese contexto por alguna mano divina. Se omite señalar que los presidentes, ministros y legisladores de un gobierno, no son ajenos a esa puja entre contendientes. Los protagonistas de la vida política forjan o socavan con su acción cotidiana, el balance de fuerzas con los antagonistas. El inmovilismo y la mansedumbre de Fernández influyó directamente en la generación de un marco favorable a los derechistas. Si se divorcia esa actitud de sus consecuencias, lo sucedido en Argentina se torna inexplicable.

Los justificadores de la rendición del gobierno avalaron también el acuerdo con el FMI, repitiendo la extorsión difundida por la derecha para forzar ese compromiso (¨nos quedamos fuera del mundo¨). En lugar de subrayar las nefastas consecuencias de ese convenio, propagaron fantasías sobre su viabilidad (¨podemos pagar, crecer y distribuir¨). Además, el deterioro del nivel de vida que generó ese pacto fue equivocadamente atribuido a otras causas, como la pandemia o la guerra (Katz, 2021).

Esa postura de resignación ante los financistas determinó la acotada resistencia en las calles contra los acreedores. El broche final de esa inacción fue la aprobación legislativa (en forma explícita o disimulada) de un fraude que hipoteca el futuro de varias generaciones.

Muchos progresistas reconocen las terribles consecuencias de esa política oficial, pero relativizan sus efectos en comparación al virulento ajuste que propicia la derecha. Pero en esa caracterización escinden ambos cursos, como si conformaran dos universos desconectados. Lo cierto es que la capitulación del gobierno facilita los atropellos de los neoliberales. La derecha ha recuperado pujanza electoral por el desengaño que generó el oficialismo.

Los desaciertos del progresismo son también justificados con apreciaciones sociológicas. En Argentina es muy frecuente culpar a toda la ¨sociedad¨ en forma indistinta por las agachadas que consuma el oficialismo, como si los gobernados tuvieran la misma responsabilidad que los gobernantes en las decisiones de una gestión. Con ese razonamiento se intenta explicar las consecuencias políticas negativas del rumbo gubernamental.

Un planteo semejante fue expuesto en Brasil durante la década pasada para evaluar la desilusión con el PT. Se afirmó que esa decepción fue consecuencia de la irrupción de una nueva clase media con valores individualistas. El consumismo de ese segmento habría afectado al gobierno que facilitó la propia mejora de ese sector. Esa paradójica sanción a los padrinos de un ascenso social fue enunciada como la principal determinante del retroceso sufrido por el lulismo (Natanson, 2022).

Pero ese abordaje situó un problema político en el diferenciado universo de las conductas sociales. De esa forma se eludió indagar la responsabilidad de los gobernantes en la pérdida de influencia sobre sus viejos adherentes (Katz, 2015:173-176). Este balance tiene enorme actualidad en el comienzo del tercer mandato de Lula. Si en esta nueva oportunidad se repiten las políticas favorables al gran capital, volverán a emerger las frustrantes consecuencias de esas orientaciones.

Problemas del «posprogresismo»

El generalizado resurgimiento de gobiernos de centroizquierda refuta el influyente diagnóstico de extinción de esa vertiente que expusieron muchos analistas. Resaltaron un ocaso definitivo de la centroizquierda que ha quedado totalmente desmentido,

De esa evaluación también surgieron convocatorias a forjar proyectos “posprogresistas”, con acertadas críticas a las limitaciones de esas experiencias (Modonesi, 2019). Pero esas objeciones incluyeron caracterizaciones muy discutibles de esos gobiernos.

Particularmente polémica fue la tesis de una “revolución pasiva” consumada por esas administraciones, para apuntalar nuevos modelos de las clases dominantes, disciplinando o desmovilizando a las clases subalternas. Esa mirada objetó el postulado opuesto de un “empoderamiento popular” incentivado por esos gobiernos.

En los hechos no prevaleció ninguna de esas dos situaciones contrapuestas. Los pueblos no asumieron el control del sistema político, pero tampoco fueron inmovilizados o anulados como sujetos activos. En realidad, se verificó una variedad de escenarios en los distintos países de la región.

El protagonismo popular conquistado en Bolivia nunca se diluyó, la presencia callejera de los sindicatos y los movimientos sociales argentinos tampoco se extinguió y el indigenismo ecuatoriano retomó la iniciativa una y otra vez. Por el contrario, en Brasil se registró un efectivo reflujo de la acción popular, pero sin derivar en la estabilización de la derecha.

Es cierto que la restauración conservadora advino por las frustraciones que generaron los gobiernos progresistas. Pero ese negativo impacto no sepultó el largo ciclo de luchas populares, que desembocó en las rebeliones de los últimos años y en la presencia de un renovado contexto de centroizquierda gobernante. El desalentador diagnóstico del “posprogresismo” no condice con esta realidad.

Si la experiencia de la década pasada hubiera desembocado en la regimentación o en la desmoralización de los pueblos, América Latina afrontaría un cuadro de inactividad por abajo y no de revueltas. Tampoco se habría verificado un retorno tan generalizado del progresismo al gobierno. En la dinámica de la “revolución pasiva”, esa modalidad habría desaparecido o empalmado con alguna vertiente de la restauración conservadora.

La ultraderecha justamente irrumpe con furia en la actualidad contra el progresismo, porque esa fuerza persiste como un oponente de los grupos reaccionarios. América Latina no ingresó en un período “posprogresista”, sino en un nuevo round de la experiencia anterior.

Estas evaluaciones son importantes para recordar que la opción de la izquierda se forja subrayando que la derecha es el enemigo principal y que el progresismo falla por impotencia, complicidad o cobardía frente a su adversario. De ninguna manera se asemeja a las corrientes reaccionarias. Esta distinción es clave y su omisión obstruye la gestación de una alternativa.

El desconocimiento de este principio fue el principal problema que afrontó en la década pasada la tesis del Consenso de Commodities. Ese enfoque ponía un signo de igual en todos los gobiernos de la región por su compartido aliento a la exportación de materias primas.

Con esa mirada se equiparaba a las administraciones enfrentadas y sometidas a Estados Unidos. Se asemejaba también a los gobiernos en conflicto con los amoldados a las clases dominantes y finalmente se igualaba a los mandatorios sensibles a las demandas de los empobrecidos, con los presidentes manejados por los enriquecidos. Todos quedaban identificados en el mismo casillero por la mera prioridad que asignaban a la explotación de los recursos naturales. Con esa miopía, Evo Morales, Macri, Chávez, Uribe, Lula, Piñera, Correa, Bolsonaro o Kirchner eran colocados una misma bolsa de gobiernos extractivistas (Katz, 2015: 63-75).

Los errores de esa evaluación deben ser asimilados en el nuevo período. La experiencia de la década pasada fue muy aleccionadora y ahora corresponde distinguir con criterios políticos, a los gobiernos de centroizquierda de sus enemigos derechistas. Esa diferenciación es decisiva para desenvolver estrategias que permitan el avance de la izquierda.

México y Ecuador

La tesis de una etapa ya ulterior al progresismo es expuesta a veces a partir de la experiencia mexicana, en una polémica con el rol jugado por el nuevo gobierno de AMLO en la conjura de las luchas de Ayotzinapa y los movimientos del 2014 (Oprinari, 2022).

Las críticas a los desaciertos de esa administración abarcan un amplio número de tópicos económicos, sociales y geopolíticos (Aguilar Mora, 2023). Pero a diferencia de los precedentes sudamericanos, el progresismo en ese país es un acontecimiento muy reciente que incluye mejoras, expectativa popular y capacidad de movilización contra la derecha.

Las caracterizaciones que acertadamente subrayan las significativas diferencias de AMLO con sus enemigos de la reacción, estiman que ese mandatario presenta un perfil de bonapartismo progresivo (Hernández Ayala, 2023).

Su consolidación en la centroizquierda se ha consumado, frente al techo que alcanzó al cabo de 28 años la experiencia alternativa del zapatismo. En el pico de su popularidad (2001), esa vertiente reunió multitudes en la principal plaza del país. El declive posterior estuvo signado por el aislamiento en campañas auto centradas. Ese curso permitió su consolidación en varias comunidades indígenas, pero diluyó su peso como referencia nacional. La presentación de AMLO como un enemigo equivalente a las tradicionales fuerzas conservadoras contribuyó a ese debilitamiento (Hernández Ayala, 2019).

Estas dificultades presentan un estrecho parentesco con los problemas del enfoque autonomista, que en la década pasada contrapuso la dinámica contestaria de los movimientos sociales, con el amoldamiento de los gobiernos de centroizquierda al status quo. Ese contrapunto inspiró la teoría de “cambiar el mundo sin tomar el poder”, que no pasó la prueba de alguna experiencia exitosa en la región. En ningún país se demostró la factibilidad de concretar conquistas sociales o avances democráticos, soslayando la disputa por el poder luego de acceder al gobierno.

En esa mirada se inspiró también la errónea identificación de las administraciones progresista con sus enemigos de la derecha. Esa equivalencia tuvo consecuencias electorales negativas, cuando implicó convocatorias al voto en blanco, en las disputas entre ambas fuerzas.

El caso más reciente de este desacierto se registró en el balotaje ecuatoriano entre el progresista Arauz y el derechista Lasso. El llamado al voto nulo permitió la conversión del candidato de las fuerzas reaccionarias en presidente del país. Por ese resultado, Ecuador quedó marginado del mapa centroizquierdista que impera en Sudamérica.

Ese caso confirmó cuán equivocada es la equiparación de las dos fuerzas diferentes, como variantes análogas de una misma dominación de los poderosos. Un gobierno que frustra las expectativas populares no se asemeja a otro que reprime manifestaciones, encarcela dirigentes y asesina a los militantes. Salta a la vista la mayor adversidad de este segundo escenario para cualquier proyecto popular.

Es cierto que la hostilidad de Correa hacia los movimientos sociales y su estrategia de transformaciones por arriba (“revolución ciudadana”) crearon un fuerte resentimiento en grandes sectores populares. Pero esas tensiones no justifican la neutralidad electoral frente al enemigo derechista. Se ha corroborado que la izquierda no puede apuntalar su propio proyecto, facilitando el triunfo de personajes tan reaccionarios como Lasso.

La fulminante derrota del presidente ecuatoriano en los comicios de medio término confirma ese diagnóstico. Lasso fue aplastado por el correísmo -con un alto número de votantes- en las principales ciudades y provincias. Los electores sepultaron además el referéndum sobre la seguridad, que el mandatario introdujo con improvisada demagogia para conquistar adhesiones. El resultado de estas elecciones sintoniza con las tendencias políticas imperantes en toda la región y corrobora el desacierto previo de la postura abstencionista.

Definiciones tácticas en Brasil 

La postura de la izquierda frente a la segunda vuelta electoral se ha transformado en un problema muy corriente por la frecuencia de esos balotajes. En muchos casos, esas definiciones de la presidencia incluyen un gran protagonismo de la ultraderecha. Esa gravitación, tuvieron tres nefastos personajes en los recientes comicios de Colombia (Hernández), Chile (Kast) y Brasil (Bolsonaro). Esta última elección suscitó, además, importantes debates en la izquierda.

Las controversias en el PSOL -la formación política que se alejó del PT en el 2004 cuestionando el amoldamiento de Lula al neoliberalismo- han sido particularmente aleccionadoras. Ese partido se desarrolló con candidaturas propias y cuando apareció Bolsonaro, mantuvo sus figuras en la primera vuelta, para apoyar al representante del PT (Haddad) en la ronda final.

Pero en la reciente compulsa optó por otro curso. Decidió sostener a Lula en las dos instancias electorales, renunciando a la presentación de sus propios postulantes. Esa decisión fue tomada al cabo de una intensa discusión interna, que terminó priorizando el peligro creado por la eventual reelección de un personaje con proyectos represivos y discursos neofascistas.

La mayoría del PSOL entendió que Bolsonaro podía conseguir un nuevo mandato, a partir de la fuerza social construida por el ex capitán. Comprendió que la batalla contra esa amenaza requería conformar un bloque en torno a Lula, para apuntalar la respuesta callejera a la ultraderecha.

Ese diagnóstico también registró el drástico cambio de escenario que introdujo la liberación del líder del PT y la consiguiente recuperación de ese partido (Arcary, 2022a). Con estos fundamentos, el PSOL decidió relegar su propia construcción para asegurar la derrota del enemigo principal. Percibió, además, el peligro de confinarse a la marginalidad si optaba por sostener su candidatura, chocando con la voluntad colectiva de llevar nuevamente a Lula a la presidencia.

Esa postura prevaleció frente a un enfoque minoritario, que propuso mantener la presentación de papeletas propias en la primera vuelta, para marcar distancias con la designación de Alckmin como vicepresidente (Sampaio Júnior, 2022). La crítica a esta regresiva alianza fue unánime dentro del PSOL, pero la mayoría rechazó dividir el voto antibolsonarista, frente al peligro de un triunfo ultraderechista.

El resultado de las dos vueltas confirmó el acierto de este enfoque. El inmenso caudal de sufragios conseguidos por el ex capitán corroboró que estuvo muy cerca de la reelección. Esa pesadilla fue evitada por la pujante movilización que suscitó el liderazgo de Lula. Además, el acuerdo concertado con el PT le permitió al PSOL obtener 12 diputados y el principal dirigente de esa formación (Boulos) consiguió una excelente votación en Sao Paulo.

Actualmente se desenvuelve otro debate en el PSOL que opone a los partidarios y críticos de ocupar cargos en la nueva gestión. El primer enfoque sostiene, que en un gobierno en disputa corresponde apuntalar desde adentro esa pugna con posturas radicales. El segundo planteo considera que la defensa de la nueva administración frente a las agresiones de la derecha, no implica asumir puestos oficiales. Entiende que ese ingreso neutralizaría la acción de la izquierda, impidiéndole exigir el cumplimiento de lo prometido en la campaña (Arcary, 2022b).

Pero ambas vertientes coinciden en destacar que la derrota del Bolsonaro en las urnas, inaugura una batalla que prosigue en las calles, con una nítida agenda de demandas sociales y democráticas (Boulos, 2022). Esa meta puede ser planteada porque se consiguió la victoria electoral. Es evidente que esas iniciativas serían tímidas, defensivas o inexistentes, si Bolsonaro hubiera persistido como presidente de Brasil.

Anticipos en la izquierda argentina  

El debate en Brasil fue seguido con gran atención por la principal coalición de la izquierda argentina (FIT-U), que procesó una gran variedad de posturas (convergentes y divergentes) con la desenvuelta por el PSOL.

Un sector objetó la decisión adoptada por esa corriente en Brasil, señalando que correspondía votar en blanco en el balotaje, a pesar de la potencial continuidad de un mandatario ultraderechista (Heller, 2022). Basta observar el escaso margen de diferencia en el conteo final, para notar las dramáticas consecuencias de ese planteo, si hubiera tenido incidencia en el desenlace de la elección.

Ese enfoque reconoció las diferencias entre Bolsonaro y Lula, pero destacó que el militar no había logrado forjar un régimen fascistizante. Omitió destacar que ese fracaso no garantizaba el mismo resultado en una segunda gestión. Desconoció cuán suicida resultaba consentir esa posibilidad con el voto en blanco.

El segundo argumento para postular la indiferencia entre ambos candidatos al momento de emitir el voto, fue señalar que la clase capitalista de Brasil (y del imperio) sostenían a Lula y a su conservadora versión de un tercer mandato. Pero si esa actitud de los poderosos fuera determinante de la postura electoral de la izquierda, correspondería sufragar por Bolsanaro, que de acuerdo a esa interpretación carecería de sostén entre los acaudalados.

En los hechos prevaleció una división entre los dominadores locales, acorde a la fractura entre Biden (pro Lula) y Trump (pro Bolsonaro). Pero esa fractura o unanimidad del bloque dominante no aporta ninguna guía para la izquierda. El principal barómetro de ese espacio es la potencial vigencia o anulación de las conquistas democráticas. Con esa brújula, el voto en blanco y el consiguiente peligro de continuidad de Bolsonaro equivalía a un harakiri.

Esta definición es importante en Argentina frente a la eventualidad de disyuntivas del mismo tipo. Hasta ahora esa encrucijada no se avizora, pero es una posibilidad siempre presente en el incierto escenario del 2023.

Lo ocurrido en Brasil tiene gran impacto en Argentina. Bolsonaro perdió, pero la derecha argentina tomó nota del enorme basamento forjado por el ex capitán y repite el mismo discurso ultraliberal y represivo. Milei es un clon del militar que logró gran predicamento y se perfila como una figura de peso en la próxima elección.

El peronismo estaba muy entusiasmado con la victoria de Lula, hasta la reciente (y siempre eventual) renuncia de Cristina a participar en los comicios. Hay muchas analogías entre las dos figuras. Ambos han sido perseguidos por el poder mediático y judicial y gozan de una arrolladora centralidad, tanto entre sus seguidores como en la vida nacional.

Pero existe una obvia diferencia que obstruye la repetición de mismo proceso. Mientras que Lula ganó como opositor denunciando las penurias ocasionadas por Bolsonaro, Cristina es vicepresidenta y no logra despegarse de la fracasada gestión actual.

En la tremenda crisis económico social de Argentina, nadie puede pronosticar lo que sucederá en los próximos meses. La comparación con Brasil interesa en la izquierda, para analizar la política del FIT-U en relación a la experiencia transitada por el PSOL. Esta última formación debatió en el momento acertado el voto a Lula, mientras que en el primer frente suele postular la abstención en esas disyuntivas. 

Confirmaciones en Chile

La postura de la izquierda frente a los balotajes -que oponen a los vacilantes candidatos progresistas con los agresivos exponentes de la ultraderecha- cobró dramatismo en el desenlace chileno entre Boric y Kast. El primer candidato arrastraba duros cuestionamiento en su propio espacio, pero el segundo exaltaba sin ningún disimulo la trayectoria de Pinochet.

Tal como ocurrió en el primer contrapunto regional de este tipo -Bolsonaro contra Haddad en 2019- la gran mayoría de la izquierda votó por Boric, exponiendo numerosas prevenciones (Boron, 2021).

Posteriormente, algunos sectores que habían sumado su voto contra la ultraderecha, modificaron esa actitud en el plebiscito sobre la Constituyente. Evaluaron que el Apruebo y el Rechazo constituían dos vías para restaurar la misma hegemonía de la clase dominante y optaron por el voto en blanco (Tótoro 2022). Esa postura ilustró la ambivalencia y las contramarchas que suscitan las definiciones electorales en el escenario latinoamericano.

La experiencia acumulada frente a esos desenlaces en los últimos años, no debería dejar ninguna duda sobre conveniencia de votar contra la derecha, en las frecuentes polarizaciones de los comicios finales.

Esa actitud es cuestionada por las corrientes que suelen denunciar las afinidades entre dos sectores pertenecientes al mismo segmento burgués. Objetan la resignación y destacan el daño que genera a la construcción de un proyecto revolucionario cualquier apoyo al reformismo.

En el caso chileno, ese cuestionamiento se asienta en forma valedera en la total adaptación de Boric al establishment y en la objetable permanencia de fuerzas de izquierda en su gabinete. En la dura batalla cultural que se desenvuelve en ese país, contra los arraigados prejuicios neoliberales que instaló el Pinochetismo (y preservó la Concertación), resulta indispensable exponer sin rodeos las críticas al gobierno actual.

Pero esas objeciones nunca deben equiparar a las corrientes reaccionarias con las vertientes progresistas. En esa igualación se confunde a los enemigos con los adversarios, como si fueran dos partes de una misma totalidad.

A veces se justifica esa equivalencia afirmando que no existe un “mal menor”. Pero se olvida que esa misma calificación podría aplicarse a las ponderadas victorias sindicales, sociales o políticas, que se consiguen sin consumar el ideal socialista. Ninguna de esas metas es despreciable por permanecer distanciada del objetivo histórico de la izquierda.

El voto al progresismo contra la derecha -en los plebiscitos o balotajes- simplemente contribuye a frenar la restauración conservadora. Permite limitar los atropellos económicos y contener la violencia contra los oprimidos. De esa forma, se generan escenarios más favorables para el avance de la izquierda y se forjan relaciones de fuerzas más afines a ese objetivo. Esta estrategia resulta además comprensible a la mayoría de la población, que nunca capta los enmarañados razonamientos expuestos para justificar la abstención.

El categórico señalamiento de la derecha como enemigo principal, no se limita a las encrucijadas electorales. Es un principio igualmente decisivo frente a las maniobras golpistas de los reaccionarios en el Parlamento. Lo ocurrido recientemente en Perú, donde un sector de la izquierda convalidó con su voto el operativo del fujimorismo y los conservadores para derrocar a Castillo, es ilustrativo del mareo que irrumpe en los momentos decisivos (Aznárez, 2022).

En esas circunstancias emerge a la superficie la ausencia de una brújula estratégica, Esa orientación debe ser retomada revisando los avances y las dificultades que afrontan los proyectos radicales en la región, que analizaremos en el próximo texto.

Referencias

Aguilar Mora, Manuel (2023) Los diez días de 2023 que AMLO nunca olvidará https://rebelion.org/los-diez-dias-de-2023-que-amlo-nunca-olvidara/

Aleman, Jorge (2022) Declaraciones y Debate con respecto al FMI https://www.pagina12.com.ar/401929-declaraciones-y-debate-con-respecto-al-fmi

Arcary, Valerio (2022a) Brasil El PSOL decidió apoyar a Lula. ¿Por qué? https://www.sinpermiso.info/textos/brasil-el-psol-decidio-apoyar-a-lula-por-que

Arcary, Valerio (2022b). Tres opciones dividen a la izquierda socialista https://vientosur.info/brasil-tres-opciones-dividen-a-la-izquierda-socialista/

Aznárez, Carlos (2021) El centro político apoyado por la vieja clase política de la Concertación será el mejor aliado del modelo que encarna Boricresumenlatinoamericano.org/2021/12/24/chile-el-centro-politico-apoyado-

Aznárez, Carlos (2022). Los errores de Castillo no pueden justificar el reconocimiento de un gobierno golpista de derecha https://www.resumenlatinoamericano.org/2022/12/09/peru-los-errores-de-castillo-no-pueden-justificar-el-reconocimiento-de-un-gobierno-golpista-de-derecha/

Boron, Atilio (2021). Antonio Gramsci y el balotaje en Chile https://atilioboron.com.ar/antonio-gramsci-y-el-balotaje-en-chile/

Boulos, Guilherme (2022) líder del PSOL y aliado de Lula https://www.pagina12.com.ar/tags/25236-guilherme-boulos

Katz. Claudio (2015). Neoliberalismo, Neodesarrollismo, Socialismo, Batalla de Ideas Buenos Aires.

Katz, Claudio (2021). Tres posturas frente a la deuda, 17-11-2021, www.lahaine.org/katz

Natanson, José (2022). https://www.eldiplo.org/279-vuelve/que-lula-es-el-que-vuelve__trashed/

Modonesi, Massimo (2019). Progresismo y hegemonía en América Latina https://www.laizquierdadiario.com/Entrevista-a-Massimo-Modonesi-progresismo-y-hegemonia-en-America-Latina

Oprinari, Pablo (2022). La “Cuarta transformación” de López Obrador y la izquierda socialista en México https://www.laizquierdadiario.com/La-Cuarta-transformacion-de-Lopez-Obrador-y-la-izquierda-socialista-en-Mexico.

Hernández Ayala, José Luis (2023). Dos organizaciones de la izquierda socialista mexicana se fusionan 12/01/2023 https://rebelion.org/dos-organizaciones-de-la-izquierda-socialista-mexicana-se-fusionan/

Hernández Ayala, José Luis (2019). La soledad de los zapatistas https://rebelion.org/la-soledad-de-los-zapatistas/

Sampaio Júnior, Plínio de Arruda (2022) El golpe, Lula y Alckmin ttps://www.resumenlatinoamericano.org/2022/02/06/brasil-el-golpe-lula-y-alckmin/

Heller, Pablo (2022). Brasil: por qué votar nulo o en blanco en la segunda vuelta https://prensaobrera.com/internacionales/brasil-por-que-votar-nulo-o-en-blanco-en-la-segunda-vuelta

Tótoro Dauno (2022) nos ofrece una mirada https://www.laizquierdadiario.com/Convencion-Constituyente-en-Chile

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El estilo literario de Karl Marx era parte esencial de su genio

05/02/2023 by Vitalio Deja un comentario

Por: Daniel Hartley

 

Karl Marx no era sólo un gran pensador que también era un glorioso estilista de la prosa. Su brillantez como escritor era inseparable de su grandeza como pensador.

                              Reseña de El estilo literario de Marx, de Ludovico Silva, traducido por Paco Brito Núñez (Verso, 2023)

Karl Marx fue uno de los más grandes intelectuales del siglo XIX. También fue uno de sus más grandes escritores. Al igual que Charles Dickens, Honoré de Balzac y las hermanas Brontë, Marx ocupa un lugar destacado entre las cumbres de la prosa decimonónica.

El recién traducido Marx’s Literary Style de Ludovico Silva, publicado originalmente como El estilo literario de Marx, en 1971, muestra indiscutiblemente que ambos aspectos están relacionados. Marx fue uno de los más grandes intelectuales porque fue uno de los más grandes escritores.

Un polímata venezolano

Traducido con gusto por Paco Brito Núñez, con cuya iniciativa los lectores anglófonos tienen una deuda de gratitud, El estilo literario de Marx es uno de esos pequeños libros breves (sólo 104 páginas) que tienen una fuerza muy superior a su diminuto tamaño. Debería estar a la altura de El grado cero de la escritura, de Roland Barthes, Jane Austen o el secreto del estilo, de D. A. Miller, y Una gramática de la multitud, de Paolo Virno, como un clásico del género.

Educado en un colegio privado jesuita de Caracas, y luego en Madrid, París y Friburgo, Ludovico Silva (1937-88) fue un polímata venezolano: poeta, ensayista, editor y profesor de filosofía. Desempeñó un papel activo en el frente cultural latinoamericano, fundando y editando una serie de revistas de vanguardia.

Silva se mantuvo alejado de las organizaciones oficiales de la izquierda revolucionaria, aunque, como nos informa Alberto Toscano en su excelente introducción, simpatizó con el Movimiento de Izquierda Revolucionaria. En los años setenta, se refirió positivamente a los experimentos yugoslavos de autogestión y a la experiencia de poder popular en Matanzas, Cuba.

Su temprana muerte, a los cincuenta y un años, se debió a una cirrosis hepática que le provocó un infarto. «¿Una existencia atormentada? Sí», recordaba su hermano mayor Héctor en 2009. «Juntos viajamos al reino claroscuro del alcohol». Baudelaire se cernió como un santo patrón enfermizo sobre su vida y su obra.

Marxismo y estilo

El estilo literario ha demostrado ser un concepto curiosamente productivo para los críticos marxistas. Para Fredric Jameson, estilo es sinónimo de modernismo: la invención ex nihilo de tantos lenguajes privados que son el ADN literario de sus creadores, desde Marcel Proust y Gertrude Stein hasta Martin Heidegger y Ernest Hemingway.

Tal es la imbricación del estilo con el modernismo que para Jameson se convierte en una categoría periodística. Jameson equipara la era del capitalismo de mercado con el impulso narrativo del realismo y afirma que cuando el capitalismo monopolista se convirtió en dominante, restringió el poder de la narrativa, liberando las minucias afectivas capturadas en los elaborados modismos privados del estilo modernista. Este último, a su vez, dio paso en el capitalismo tardío a la falta de estilo del posmodernismo, en el que se dice que sólo sobrevive el afecto vacío del pastiche.

Para Terry Eagleton, el estilo es a la vez político y teológico. Para él, la polémica es un requisito estilístico previo para cualquier revolucionario, que transpone la insurgencia incipiente del proletariado al ámbito del discurso. Al mismo tiempo, el estilo es una forma de sensualidad lingüística: debe representar el mundo pero sin olvidar nunca su propia materialidad, marcando una fina línea entre la objetividad que se niega a sí misma y el formalismo que se cuida a sí mismo.

Para Eagleton, el estilo fino es siempre un compromiso entre la inmediatez corporal y la abstracción conceptual. En sus primeros trabajos (a los que ha vuelto últimamente), veía esto como una prefiguración católica y sacramental de la superación de la alienación.

Por último, para Raymond Williams, que era mucho más escéptico respecto a la categoría que Eagleton o Jameson, el estilo era un modo lingüístico de relación social. Consideraba que las luchas estilísticas de escritores como Thomas Hardy, que intentaban combinar las expresiones realistas de los hombres y mujeres de la clase trabajadora con los modos más avanzados de articulación burguesa, eran una interiorización literaria de la naturaleza dividida en clases del lenguaje en la sociedad capitalista en general. Williams veía la batalla por la buena prosa como coextensiva con la lucha por unas relaciones sociales justas, de las que el estilo no podía juzgarse aisladamente.

El propio Marx era muy consciente de la importancia del estilo. En uno de sus primeros artículos periodísticos, publicado en 1842, arremetió contra un decreto de censura prusiano promulgado por Friedrich Wilhelm IV que supuestamente «no impediría la investigación seria y modesta de la verdad». Al decir esto, sin embargo, el decreto limitaba el propio estilo en el que los periodistas estaban legalmente autorizados a escribir.

Marx se mostró desdeñoso:

La ley me permite escribir, ¡sólo que debo hacerlo en un estilo que no es el mío! Puedo mostrar mi semblante espiritual, ¡pero antes debo ponerlo en los pliegues prescritos! Qué hombre de honor no se sonrojará ante esta presunción…?

Marx equipara el estilo de una escritora con su fisonomía única o su ser espiritual interior. La ley de censura del Estado exigía a los escritores que ajustaran sus rostros literarios a un rictus decretado por el Estado, imponiéndoles una identidad ajena que ahogaba sus propios modos de expresión.

La respuesta de Marx influyó en su temprana crítica más general del Estado moderno. Consideraba que éste se basaba en una escisión entre la sociedad civil y la sociedad política: entre «el hombre en su existencia sensual e inmediata» (burgués) y «el hombre como persona alegórica y moral» (ciudadano). Esta división, argumentaba, era la forma política de la alienación capitalista.

De los poemas de amor a los sistemas

Ludovico Silva es un importante contribuyente a esta rica veta de estilística materialista. Es imposible leer El estilo literario de Marx y no salir con una comprensión de lo literario muy diferente de aquella con la que se empezó.

El estilo se ha considerado históricamente como «el vestido del pensamiento», un suplemento estético o un «acabado» superficial añadido al significado primario comunicado. Sin embargo, como Silva se esfuerza en demostrar, esta visión de sentido común del estilo es inadecuada para una verdadera comprensión de la obra de Marx. El estilo de Marx es un aspecto constitutivo de su proyecto global de crítica. También es el medio por el que hace perceptible sensiblemente lo conceptual abstracto, y en este sentido tiene una función pedagógica.

En el capítulo 1, Silva sitúa los orígenes del estilo literario maduro de Marx en cuatro áreas: sus primeras composiciones poéticas (fallidas); su intenso estudio estético y lingüístico de los clásicos (latín y griego); su pasión juvenil por la idealización metafórica; y su temprana crítica despiadada de sus propios intentos formativos de escritura literaria. Marx se dio cuenta muy pronto de lo inadecuado del sentimentalismo romántico abstracto que caracterizaba los primeros poemas de amor que había escrito para Jenny von Westphalen, con quien se casó más tarde. Como dijo en una notable carta a su padre en 1837: «Todo lo real se volvió nebuloso y lo que es nebuloso no tiene un contorno definido».

La carta atestigua la conversión sin aliento de Marx de la poesía a la filosofía hegeliana, pero la trayectoria más allá de Hegel ya está prefigurada: Marx se había dado cuenta de la necesidad de un estilo que se adhiriera estrechamente a lo real y a lo actual, un estilo concentrado y comprimido, y animado por la densidad objetiva. Este es el estilo que caracterizaría la posterior obra publicada de Marx y que se encapsula en la paradójica frase de Silva «espíritu concreto».

El capítulo 2 es el más largo del libro y expone los rasgos fundamentales del estilo de Marx. Silva sostiene que la obra de Marx debe entenderse como una única «arquitectónica», término que toma prestado de Immanuel Kant, quien lo define como «el arte de los sistemas» [die Kunst der Systeme]. La arquitectónica es común a la ciencia y al arte: la ciencia se basa en el conocimiento sistemático, y para que la expresión se convierta en arte debe, según Silva, regirse por el arte de los sistemas.

Silva insiste a lo largo del libro en una división tajante en la obra de Marx entre aquellos trabajos que preparó cuidadosamente para su publicación, y aquellos interminables manuscritos o cuadernos inacabados que nunca publicó. Mientras que todos estos escritos forman parte de la arquitectónica de la ciencia (un único proyecto de la crítica de la economía política), sólo aquellas obras que Marx reelaboró para su publicación —la más famosa, el volumen 1 de El Capital— ejemplifican el arte del sistema al superponer la estructura esquelética de la ciencia con la carne vital de la expresión metafórica.

La invocación casual de Silva a la arquitectónica kantiana plantea una cuestión espinosa: ¿hasta qué punto podemos decir que el materialismo histórico de Marx hereda nociones preexistentes de ciencia y sistematicidad del idealismo alemán? Silva pasa en silencio sobre el asunto.

Dialéctica de la expresión y la metáfora

El segundo rasgo del estilo de Marx es lo que Silva llama «la expresión de la dialéctica» o «la dialéctica de la expresión». Se refiere aquí al uso constante que hace Marx del quiasmo o inversión sintáctica en la que los términos de la primera mitad de una frase se invierten en la segunda: «La vida no está determinada por la conciencia, sino la conciencia por la vida» (La ideología alemana), o «La hipoteca que el campesino tiene sobre las posesiones celestiales garantiza la hipoteca que el burgués tiene sobre las posesiones campesinas» (Las luchas de clases en Francia, 1850).

Es una figura que encarna el movimiento dialéctico de la propia realidad: «El secreto literario de lo ‘redondas’ y llamativas que son muchas de las frases de Marx —escribe Silva— es también el secreto de su concepción dialéctica de la historia como lucha de clases o lucha de contrarios». El estilo de Marx es una reproducción o representación mimética de los movimientos reales de la historia: «El lenguaje de Marx es el teatro de su dialéctica».

La tercera y más importante característica del estilo de Marx es su uso de la metáfora. El libro se centra en tres de las más influyentes: la famosa metáfora base-superestructura, la noción de «reflexión» y la religión como figura de la alienación. Al igual que Aristóteles antes que él, Silva hace hincapié en la importancia cognitiva de tales metáforas, pero también —y esto es crucial— insiste en la necesaria distinción que debe hacerse entre las metáforas y el conocimiento científico teórico.

En una serie de valientes análisis, pone de manifiesto la total inadecuación de las metáforas de la base-superestructura y de la reflexión como base de la teoría científica, aunque sigue defendiendo su potencial pedagógico. Se percibe aquí el desprecio de Silva por las parodias dogmáticas de la obra de Marx en los manuales oficiales del Partido Comunista de la época. Su argumento se aproxima misteriosamente al de la obra de Raymond Williams Marxismo y literatura, publicada sólo seis años después, que también cuestionaba las metáforas de la base-superestructura y la reflexión.

Williams y Silva coinciden en que, si se siguen hasta su conclusión estrictamente lógica, estas metáforas invitan a la división entre una base económica y un reino celestial de ideas precisamente allí donde Marx había tratado de exponer su total interrelación. Por eso no sorprende que Silva eligiera como uno de sus epígrafes la frase «el lenguaje es conciencia práctica» (de La ideología alemana), que también constituyó la base de la teoría madura de Williams sobre el lenguaje, la literatura y la forma.

Ironías de la Historia

El resto del libro revela la sutil conexión entre polémica, burla, ironía y alienación que se repite en todos los escritos de Marx. Wilhelm Liebknecht escribió una vez sobre el estilo de Marx que le recordaba a las raíces etimológicas de la propia palabra: «El estilo es aquí lo que el estilete era originalmente en manos de los romanos: un lápiz de acero de punta afilada para escribir y para apuñalar».

Marx sabía escribir sucio; era un maestro de la hoja a bocajarro. Sin embargo, Silva también insiste, con razón, en que la ardiente indignación de Marx iba de la mano de la ironía: «¡Cuántos han intentado imitar el estilo de Marx, sólo para copiar la indignación olvidando la ironía!». Así como la «dialéctica de la expresión» era una estilización del movimiento dialéctico de la realidad, la ironía es el modo estilístico de la concepción general de la historia de Marx. Según Silva:

Si Marx es un materialista, es porque siempre buscó descubrir, yendo más allá o por debajo de la apariencia ideológica de los acontecimientos históricos (Estado, derecho, religión moral, metafísica), sus estructuras materiales subyacentes. Por eso sus ironías estilísticas desempeñan siempre un papel clave: el de la denuncia, el de la iluminación de la realidad.

Una vez más, un atributo del estilo de Marx se lee como formalización literaria de un proceso histórico.

El libro termina llevando esta línea argumental a su conclusión lógica: la alienación es una gran metáfora. Del mismo modo que la metáfora requiere la transferencia de un significado a otro, en la sociedad capitalista «nos encontramos con una extraña y abarcadora transferencia del significado real de la vida humana hacia un significado distorsionado». En lugar de ser una simple figura retórica que puede extraerse de la realidad que «meramente» representa, Silva insiste en que la propia alienación capitalista tiene una estructura metafórica.

Tal vez podría decirse lo mismo de los individuos, que son tratados en El Capital volumen 1, en las famosas palabras de Marx, «sólo en la medida en que son las personificaciones de categorías económicas, los portadores [Träger] de relaciones de clase e intereses particulares». Cuando Marx se refirió a los capitalistas individuales como «capital personificado», no estaba sugiriendo que los capitalistas actúen como si fueran personificaciones (alegóricas), sino que son personificaciones vivas del capital, colapsando así cualquier distinción demasiado nítida entre figura literaria y contenido histórico.

Cuando el estilo se convierte en una cuestión del movimiento fundamental de la propia historia, ya no puede dejarse de lado como mera afectación literaria. Silva lo plantea con gracia, no poca fuerza y una concisión admirable.

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El debate sobre el Antropoceno en la crisis ecosocial

22/01/2023 by Vitalio Deja un comentario

Por: Pascual Moreno Torregrosa

El intelectual norteamericano Noam Chomsky en unos recientes escritos abordaba los problemas a los que se enfrenta la humanidad, problemas que pueden llevarnos a un colapso civilizatorio sino se adoptan medidas concretas que resuelvan los desafíos a los que nos enfrentamos. Chomsky era tajante en su afirmación: “Hay que extender el activismo cívico. Pero primero hay que comprender para pasar luego a la acción”.

El concepto de Antropoceno hoy aceptado no solo en la Academia, también entre intelectuales, en los medios de comunicación, en debates públicos y aceptado por organismos internacionales, se ha extendido a disciplinas diversas, pues como dicen los autores en un símil muy pedagógico: “le ha ocurrido como al olivo que con el tiempo le salen chupones o varetas que dan pie a nuevos conceptos y entran de pleno en diversas disciplinas”. El avance del Antropoceno, según los autores, nos ha adentrado en escenarios apocalípticos bien enumerados y razonados en el libro, que están de una manera u otra en la conciencia colectiva, porque están en la realidad cotidiana.

El Antropoceno que puede tener una raíz geológica, hoy sobrepasa esta dimensión y se trata con enfoques técnicos, físicos, sociales, políticos, ecológicos, morales, antropológicos, culturales y filosóficos, siendo su sujeto la humanidad y su actor principal el capitalismo. Los enfoques de los autores nos alertan de la perversidad de sus elementos: violencia, explotación, dominación, patriarcado, racismo, extractivismo… todo ello lanzaderas del concepto, que desmenuzarán en profundidad a lo largo de las páginas del libro Carlos Gómez Gil y Jose Ramón González Parada, sociólogos de formación y con una amplia y densa experiencia en la docencia, la cooperación al desarrollo, los movimientos sociales, etc., tanto en España como en otros países, fundamentalmente en América Latina. En sus páginas plantearán las grandes cuestiones que están en la base del concepto enunciado y que son los interrogantes que son inherentes al mismo:

¿Son irreversibles los cambios constatados en el devenir del Antropoceno?
¿Afectarán a la humanidad como especie?
¿O solo afectará a la civilización “occidental”?
¿Será un “capitalismo verde” quien nos libre de la pesadilla que está por venir?
¿Podrá la tecnología encontrar soluciones a los grandes desafíos que nos plantea?
¿Entran en nuestra preocupación, en el discurrir del Antropoceno, los millones de personas que perecerán en el futuro?

Para cambiar de mundo lo
primero que tenemos que hacer es comprenderlo

Ante estas cuestiones, los autores se definen humildemente como zahoríes, a la búsqueda del manantial que sacie su deseo de encontrar respuestas a las premisas que plantean. Pues, aunque es significativo que el Antropoceno[1] va a ser, dicen los autores, la primera época geológica con observadores directos que darán fe por escrito o visualmente de lo que ocurra, de momento será posiblemente mostrado como un espectáculo lleno de imágenes y de color, aunque sean dramáticas y afecten a semejantes de otras latitudes.

Hay que señalar, con preocupación, que, para las instituciones internacionales y los gobiernos de la mayor parte de países comprometidos de palabra, a través de sus múltiples, ineficaces y poco operativas reuniones, la fecha del no retorno, la fecha límite se aleja, o al menos esa es la sensación que nos dan. Las soluciones drásticas y ejecutivas, se van posponiendo. ¿Y por qué? Parece que el problema no tiene gravedad, no es acuciante, se da prioridad a temas de menor compromiso, de mayor superficialidad, gobiernos cortoplacistas, que quieren no causando alarma social[2] asegurar la continuidad en sus mandatos, en los Consejos de Dirección de entidades nacionales e internacionales.

El libro de Carlos Gómez y Jose Ramón González tiene todos los componentes que definen esta etapa “geológica”, y que han sido sesgados, no por ignorancia, sino más bien porque se ha fijado la atención sobre temas particulares y en ocasiones muy concretos. La información, como buen libro de divulgación científica que es, detalla exhaustivamente:

La explicación en profundidad sobre el cambio climático y la crisis ecológica.

La conciencia popularizada de que “eso no nos toca a nosotros” con la crítica a la falsa esperanza de que la tecnología nos encontrará soluciones a los que vaya presentando el futuro (el tecnoentusiasmo).

Los desastres ecológicos y humanos ocurridos en los últimos años.

El cuestionamiento del concepto de sostenibilidad, con una crítica al Desarrollo Sostenible (ODS)[3], a la Agenda 2030, y al crecimiento económico continuado. Igualmente una crítica al PNUD y sus conceptos de

La necesidad de un decrecimiento como forma de afrontar económica y socialmente el Antropoceno.

La crítica a la digitalización, al capitalismo digital, a las nuevas oligarquías que dominan este modelo, el extractivismo de este modelo sobre las personas, sus formas de trabajo y de vida.

Y un apartado muy interesante es el referido a las repercusiones filosóficas, éticas y religiosas, con referencias a aquellos autores que han reforzado de alguna manera lo relativo al Antropoceno con sus aportaciones bioéticas, históricas, filosóficas, sociales, económicas o jurídicas tales como: Antonio Gramsci, Walter Benjamin, Ernst Bloch, Erich Fromm, Carlos Taibo o Joan Martinez Alier entre otros.

Como dicen los autores, al final del libro, citando a Tony Judt: Para cambiar el mundo lo primero que tenemos que hacer es comprenderlo.

La lectura del libro de Carlos Gómez Gil y José Ramón González Parada seguro que nos ayudará a aumentar la comprensión del mundo en esta difícil y compleja etapa histórica.

[1] El holoceno, que se le calcula una duración de 12000 años nunca tuvo cronistas que siguiesen su evolución.

[2] Un ejemplo de esta despreocupación sobre lo que significa el Antropoceno y sus causas la tenemos en el Ensayo sobre la ceguera del escritor portugués José Saramago, en el que traza una imagen aterradora -y conmovedora- de los tiempos sombríos que estamos viviendo.

[3] Sobre todo una crítica a la medición de los resultados, salvando aspectos que han sido positivos, a pesar de sus escasos resultados.

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Teologías desde el Sur, vuelta a Jesús de Nazareth

15/01/2023 by Vitalio Deja un comentario

Teología de la liberación: origen, aportaciones, método y contenido/

“Para cambiar de mundo hay que cambiar de Dios”/
Pedro Casaldáliga /

 

Luego de siglos de teologías “clásicas”, de occidente$[1], basadas en la concepción de un Dios juez, lejano, castigador… teologías que nos llenaban de miedos y desesperanzas, en la década del sesenta emerge en América Latina la Teología de la Liberación (TL) como resultado de la irrupción del Sur en la historia, de la irrupción de los pobres en el continente, del “despertar y accionar protagónico de los pobres” en el contexto del esfuerzo eclesial latinoamericano realizado en Medellín, por aplicar el Concilio Vaticano II a nuestra realidad.

La TL es una reflexión que, a partir de la praxis y lucha de los pobres, busca en la fe cristiana y en el Evangelio de Jesucristo la inspiración para el compromiso contra la exclusión, la injusticia y el empobrecimiento, en pro de la liberación integral de todos los seres humanos y de todo el ser humano. Es el compromiso de la Iglesia en la búsqueda del amor eficaz, del compromiso directo con y a favor de los pobres. Se produce un giro copernicano: “había que pasar del cristianismo como ideología (justificación sacral del orden establecido) al cristianismo como principio de transformación social” (Pikaza). La TL viene a ser también la liberación de las teologías anteriores, pues introduce una nueva concepción de Dios que ante todo es padre-madre, que está en la tierra, que es misericordia y amor, que opta por los excluidos, que es el Dios de los pobres, el Dios humano y sencillo.

La TL se inspira en el movimiento de las Comunidades Eclesiales de Base surgido en Brasil (años 1960), pero su fuente esencial es el intento de leer y actualizar el evangelio de Jesús desde la perspectiva de y con los pobres y excluidos, que son la mayoría del continente. Es la Palabra de Dios, tal como resuena en el Éxodo, en los Profetas y, de un modo especial, en la vida y pascua de Jesús, la que nos desafía la construcción del Reino y las nuevas reflexión teológica y praxis pastoral.

Esta teología germinó desde el testimonio de una Iglesia pobre y de los pobres, vinculada a los procesos de los pueblos organizados y movilizados en lucha contra la opresión política, económica y social, Iglesia que sufrió junto al pueblo todo tipo de persecución y represión, que pasó por la cárcel, hasta llegar al martirio. Muchos teólogos de la liberación fueron perseguidos, silenciados, excluidos y martirizados, por orden del imperio, en complicidad con gobiernos locales sometidos a sus mandatos y con la aprobación explícita en unos casos y tácita en otros, de una parte, de la misma Iglesia. Algunos teólogos fueron obligados a salir de la estructura eclesiástica, situación que, si bien era negativa, les proporcionó mayor libertad para el trabajo teológico que se vio enriquecido con una reflexión más amplia y profunda, sin los límites que impone la institucionalidad.

Uno de los mentores indiscutibles de la TL es Mons. Leónidas Proaño, obispo de los indios, profeta de los pobres y padre conciliar, quien, desde la década de los cincuenta, hizo la opción preferencial por los indígenas, a quienes reconoció como los más pobres entre los pobres y les devolvió las tierras de la curia de Riobamba en un acto de resarcimiento al despojo que se hizo en la colonia, reconociéndolos como legítimos dueños. Con los propios indígenas desató las amarras de injusticias estructurales de siglos y desencadenó un auténtico proceso de dignificación y liberación.

Actualmente la TL ha llegado a abarcar campos quizás insospechados por Gustavo Gutiérrez cuando inició esta nueva forma de hacer teología desde la realidad de nuestro continente; así, la TL, que nació en América Latina, se extendió por todo el mundo, “abriéndose a las iglesias protestantes e incluso hacia otras religiones (como el budismo y algunos tipos de hinduismo). Más que una teología escolar (académica), es un estilo integral de pensamiento y vida cristiana, desde la perspectiva de los pobres, en línea de evangelio” (Pikaza).

A lo largo de décadas, la praxis de una reflexión desde el sur y desde abajo, logró la formulación de toda una teología popular y de una pedagogía propia que se inició con la TL, la misma que ha conseguido ampliar la reflexión hacia otros espacios vitales como los de la Teología Feminista; Teología India; Teología de la tierra; y otras teologías emergentes…

Rasgos de la TL en el siglo xxi

  • La dimensión de la ecología como lugar teológico de interpelación a toda la casa común;
  • El colapso del sistema globalista, capitalista-neoliberal;
  • El pluralismo religioso, que se vislumbra en la formulación de teologías indias y negras.
  • La presencia de la mujer como teóloga que mira con otros ojos la realidad, reflexiona desde su cuerpo, su psicología, su situación, su cotidianidad en la dimensión femenina de Dios y su actuar misericordioso.
  • Actualmente la reflexión teológica, sin desentenderse de la situación de empobrecimiento de nuestros pueblos y de la necesidad de su liberación de tantas formas de esclavitud, asume la realidad planetaria que se expresa en la sobreexplotación de la Madre Tierra que conlleva crisis ambiental, alimentaria, energética, económico-financiera y deviene en crisis civilizatoria. Esta reflexión asume el texto del segundo relato de la creación en la necesidad de construir el “cielo nuevo y la tierra nueva” de Isaías$[2]; en la escucha del mandato de Jesús de “anunciar el Evangelio a toda la creación”$[3], pero más que nada se inspira en el texto de San Pablo: “la naturaleza entera gime con dolores de parto esperando el día de su liberación”$[4].

Esta teología se hace eco del sufrimiento de los pueblos sin tierra, del maltrato y sobre explotación a que es sometida la naturaleza; asume el clamor por el agua contaminada, los bosques devastados, las nuevas enfermedades que padecen niños y ancianos, el nacimiento de niños deformes, la presencia de nuevas pandemias como la del coronavirus, la práctica capitalista depredadora, el aniquilamiento de lenguas y culturas.

Otro aspecto que se encuentra elaborando la TL es la crítica al sistema capitalista y la urgencia de desatar procesos que den fin a la lógica de acumulación, a las políticas extractivistas, al fracking petrolero, a las privatizaciones y la deuda externa, a los tratados de libre comercio. Inequidades que se manifiestan también en las relaciones de género, desde donde surge la necesidad de formular una Teología Feminista, y que abre paso a otras reflexiones en relación con la diversidad de orientaciones sexuales, bajo la consideración de que el sistema capitalista además de depredador y etnocida, es patriarcal.

François Houtart sostiene que antes era la clase obrera la que se encontraba sometida a la explotación del capital. Ahora somos explotados todos los grupos humanos marginalizados y damnificados del gran capital; realidad sistémica que está reñida con la exigencia evangélica del amor al prójimo, de no acumulación, de devolver –como Zaqueo– lo que hemos usurpado de los otros$[5], de ser prójimos como el buen samaritano, etc., y de responder con acciones muy concretas con quienes se identifica Jesucristo: dar de comer, beber y vestir a los hermanos, visitar a enfermos y encarcelados. Esta teología cuestiona el sistema capitalista desde la existencia de la primera comunidad cristiana en la cual “no había necesitados, todo lo tenían en común, nadie tenía como propia cosa alguna”$[6].

La teología de la liberación inició desde abajo toda una pedagogía de transformación en el Sur

Otra dimensión de la reflexión teológica en el siglo xxi –planteada inicialmente por José María Vigil– va por el pluralismo religioso como objeto formal de la Teología, que no solo supone un respeto a toda forma de creencia, sino que exige el acercamiento como discípulo, para dejarse enriquecer por la otredad. Esta teología nos llama a aprender otras formas de “decir Dios”, de descubrirlo, sentirlo y vivirlo, de darle culto y celebrar su presencia diversa. Supone una actitud de humildad, de compartir sencillo y fraterno, sin buscar imponer a otros nuestra fe o nuestras creencias; exige estar abiertos a la escucha de las vivencias íntimas y espirituales de las personas y de los pueblos originarios y afrodescendientes, sin atropellar su dignidad, reconociendo que Dios tiene muchas formas de revelarse, que está presente en todas las culturas. Se trata de asumir una actitud que va más allá del ecumenismo que, en palabras de D. Pedro Casaldáliga, es el macroecumenismo, hasta llegar a la novísima propuesta de Leonardo Boff: la “comunión de vidas”.

Muchos textos bíblicos nos inspiran la construcción del pluralismo religioso, entre otros: “el Espíritu sopla donde quiere”$[7]; el encuentro con la samaritana, en el cual Jesús le dice que “llegará el día en que los verdaderos adoradores adorarán a Dios en Espíritu y en verdad”$[8]; o la persistencia de la cananea que –por su fe y humildad– obliga a Jesús a actuar a favor de una extranjera$[9]; pluralismo religioso que tiene que ver con el texto profético de Isaías: “Este “pueblo me honra con sus labios, pero su corazón está lejos de mí…”$[10] y pasa por el reconocimiento de que muchas veces hemos puesto en boca de Dios preceptos netamente humanos que llegan hasta condenar, en su nombre, personas, pueblos, credos, espiritualidades, teologías.

Los indígenas conservan valores extraordinarios que están llamados a redimir a una sociedad que se vuelve cada vez más individualista y conflictiva

La TL, aún sin explicitarlo, ha basado parte de su análisis, de una u otra forma, en la vida y accionar de las comunidades indígenas, sus prácticas, resistencias y luchas, sus valores y cosmovivencias que han aportado substancialmente en su formulación y que han dado un giro insospechado al quehacer teológico.  En este sentido, cabe preguntarse: ¿Es la TL la que inspira las prácticas y luchas indígenas o son las comunidades indígenas con sus prácticas y luchas las que han inspirado e inspiran la TL?

No podemos negar el aporte incuestionable de la TL en los procesos libertarios de los pueblos de nuestro Continente, como tampoco podemos negar la influencia de ésta en el proceso de resistencia de los pueblos originarios considerados socialmente pobres, económicamente explotados, eclesialmente desatendidos y políticamente discriminados y excluidos; sin embargo, ni la especificidad de las culturas indias, ni sus teologías, ritualidades y espiritualidades, ni la lógica de sus luchas de resistencia, han sido consideradas en su integralidad por la TL.

Cosmovisión indígena y Teología India

Sin embargo, desde siempre, el ser y el quehacer de los pueblos indígenas, invisibilizados y totalmente excluidos hasta hace poco, ha venido siendo fuente de esperanza y de “redención” no sólo para nuestros países, sino incluso para el mundo, como sostiene Mons. Proaño: “Estoy convencido de que los indígenas conservan valores extraordinarios. Si se logra tomar conciencia de ellos, expresarlos en la vida práctica y organizada, esos valores están llamados a redimir a una sociedad que se vuelve cada vez más individualista y conflictiva. Pienso que, inclusive, un esfuerzo de este tipo puede contribuir a la redención del mundo occidentalizado y capitalista”$[11]. O, como dice Mons. Bartolomé Carrasco: “Con estos indígenas crecidos y adultos –que tienen conciencia, voz y organización propia–, debemos dialogar en adelante nuestras propuestas pastorales…  No le tengamos miedo a este reto, pues de él saldrán ellos más crecidos en su personalidad y nuestra Iglesia se purificará haciéndose más transparente y congruente con su misión, que no es colonizadora, sino evangelizadora”$[12]. Y Mons. Álvaro Ramazzini: “Estos pueblos con sus valores son una contribución para abrir posibilidades de un mejor futuro a la humanidad entera. Ellos en su perspectiva religiosa integral involucran a Dios en todas las realidades humanas y esperan de la Iglesia Católica una actitud de amor profundo, de respeto, de valoración y reconocimiento de lo que son”.$[13]

Otro de los grandes aportes para la vida del mundo y de nuestro planeta, que incluso es fuente de inspiración para lo que actualmente se llama “Eco-teología de la Liberación”, proviene de la cosmovisión indígena. Al respecto, Leonardo Boff manifiesta: “tengo la convicción de que los pueblos originarios son portadores de una sabiduría ancestral, una manera de relacionarse con la tierra no como un baúl de recursos, como algo muerto para ser explotado, sino la tierra como Pachamama, como madre, donde nace la veneración, el respeto, el sentido comunitario de la convivencia, la producción no para el enriquecimiento sino para lo necesario, lo suficiente para todos. Entonces aquí hay valores que nosotros, la cultura dominante, hemos perdido y que los pueblos originarios nos recuerdan. Por ahí pasa el futuro de la humanidad. De ahí la importancia de darle centralidad a ellos, hacerlos hablar, escucharlos. Porque eso nos ayuda a encontrar un camino que tiene futuro”$[14].

Es una alegría saber que contamos ya con los primeros brotes de Teología India, que nacen con fuerza y renuevan la esperanza a pesar de que al igual que lo que ocurrió con la TL, la Teología y Religión Indias tienen detractores y opositores.

Eleazar López Hernández, teólogo mexicano sostiene: “…Lo que llamamos Teología India es la vivencia, celebración y comunicación de la experiencia de Dios que acompañó a nuestros antepasados en su largo proceso de nomadismo, de sedentarización y de altas civilizaciones y culturas; es la sabiduría que ayudó a nuestros abuelos a mantener la resistencia y la identidad propia en el contexto de la conquista y colonización europeas; y es también la perspectiva religiosa que orienta y da sentido trascendente a nuestra lucha actual por ganarnos el lugar que nos merecemos en la historia y en la Iglesia”.

La Teología India hunde sus raíces en la vivencia de la tierra como madre; en la comunidad como espacio de vida y libertad; en la hermandad fundamental; en el Sumak Kawsay; en la simbiosis con todos los seres existentes en la naturaleza. Entre otros postulados, es holística, cosmocéntrica, proclama su ancestralidad y a la vez su pertinencia y actualidad, es inherente a la existencia de los pueblos originarios con presencia en estos territorios por diez o veinte mil años.

Estamos llamados a superar el miedo, a pensar desde la libertad del Evangelio, con la libertad de Jesús.

Quito, 5 -11- 2022

[1] La teología de occidente, a partir de su encuentro con el helenismo, en el siglo IV, se había desarrollado como ciencia teórica, dentro de una visión sacralizada y jerárquica de la realidad. Había terminado siendo, al menos en parte, una ideología, un pensamiento para garantizar el orden establecido, tanto en plano político como económico, Xabier Pikaza, La palabra se hizo Carne, Verbo Divino, 2020.

[2] Isaías 65,17

[3] Marcos 16,15

[4] Romanos 8,22

[5] Lucas 19,8

[6] Hechos 2, 45

[7] Juan 3,8

[8] Juan 4,23

[9] Mateo 15:21-28

[10] Isaías 29,13

[11] Mons. Proaño, Creo en el Hombre y en la Comunidad, p. 229, 2ª ed., Quito, Ecuador.

[12] Cf. Mons. Carrasco, México 1993

[13] Cf. Mons. Ramazini, Intervención en Aparecida, 15-10-2007.

[14] La Eco-teología de la Liberación es la respuesta a la crisis que azota el mundo,  entrevista a L. Boff, 24/12/2010.

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