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El capital en la era del Antropoceno

09/07/2023 by Vitalio Deja un comentario

Por: Kohei Saito

 

Marx no predijo el cambio climático, pero sabía que el capitalismo contenía la contradicción ecológica que terminaría generándolo. De aquel momento a hoy cambiaron muchas cosas, salvo una: para proteger la vida es necesario acabar con el sistema.

Entrevista por
Ferran de Vargas[1]

De camino al campus Komaba de la Universidad de Tokio, sentado en el tren de la línea Inokashira, me sorprendo al ver la cara de Kohei Saito en carteles publicitarios en las paredes del vagón anunciando su último libro. Atravieso el campus pasando por delante del auditorio donde Yukio Mishima debatió con los estudiantes revolucionarios en 1969 y llego a un edificio donde se encuentran los despachos de los profesores de Filosofía. Es sábado y me encuentro el edificio cerrado. Por suerte, pasa un profesor por delante y le pregunto si me puede abrir. Me pregunta con quién me he citado, y al oír el nombre, comenta: «¡Es muy famoso, Saito!».

Al llegar al despacho, me recibe un profesor joven, de mi generación, muy afable e incluso risueño. Me hace sentir acogido al instante. La formalidad de su forma de vestir, combinada con su reivindicación del comunismo, emana una forma de ver el mundo: para Saito la verdadera radicalidad no se encuentra en la estética o la simbología, sino en el análisis y el contenido de las propuestas. A pesar de tener montañas de libros esparcidos por todos lados, el más visible es uno sobre Stalin, encima del escritorio. Saito tiene claro que para saber qué comunismo ha de formar parte de la utopía que guía la acción, hemos de conocer en profundidad la distopía que la pervierte. Saito cree firmemente en el valor de la utopía, pero sospecha de las quimeras.

FV

Me consta que ha vendido más de medio millón de copias de El capital en la era del Antropoceno en Japón desde su publicación en 2020.

KS

Sí, es correcto. Y mi último libro, una introducción a El capital, ya ha vendido más de cien mil copias en menos de un mes.

FV

¿Cómo explica semejante éxito?

KS

El éxito de estos dos libros indica claramente que hay un interés creciente en un enfoque más radical a los problemas a los que se enfrenta la sociedad japonesa. Especialmente el gran éxito de El capital en la era del Antropoceno se debe a que apareció en plena pandemia.

Básicamente, en aquel momento había dos cuestiones que se hicieron muy visibles para el pueblo japonés. Una es la creciente desigualdad económica. La población japonesa se sintió muy indignada al ver lo mal que se trataba a los trabajadores esenciales. En la industria de los cuidados, como por ejemplo en los jardines de infancia o en los geriátricos, los trabajadores no tenían buena protección contra el virus y no podían teletrabajar, pero al mismo tiempo eran quienes recibían los salarios más bajos mientras había quien desde la distancia se lucraba enormemente en medio de la situación.

Entonces se celebraron los Juegos Olímpicos en plena pandemia, y algunas industrias consiguieron grandes beneficios mientras mucha gente sufría. Por lo tanto, mi crítica de que si seguimos en este capitalismo neoliberal las cosas irán empeorando, atrajo cierta atención.

Pero la otra cuestión es que la pandemia es algo muy típico del Antropoceno. La intervención humana en la naturaleza se ha hecho tan grande bajo el capitalismo global en los últimos treinta años, que ha aparecido este nuevo tipo de virus y se ha extendido muy rápido por todo el mundo. Entonces dije que esta crisis que sufrimos no es la última, sino que es el comienzo de una nueva era a la que llamo Antropoceno. Esta era se caracteriza por un estado de emergencia crónica relacionado especialmente con la crisis climática, que será mucho más larga y tendrá un impacto disruptivo en todas las esferas del día a día. Esto es consecuencia de la velocidad en continua aceleración de la producción capitalista.

Entonces, dije: de acuerdo, algunos intentan abordar estos dos problemas —la crisis económica y la crisis medioambiental— desde dentro del capitalismo, pero llevan fracasando los últimos treinta años. Ahora hablan de inversiones verdes y cosas por el estilo, pero estas propuestas son demasiado débiles ante la escala de esta crisis, son insuficientes y se utilizan como una especie de excusa o greenwashing.

                                                                                                             
El capital en la era del Antropoceno.
FV

Al inicio de El capital en la era del Antropoceno afirma de forma provocadora que el foco que se dirige sobre el consumo responsable y el reciclaje es el nuevo opio del pueblo. ¿Qué le diría a quienes ven este planteamiento demasiado radical?

KS

Especialmente en Japón los objetivos de desarrollo sostenible (ODS) han sido muy populares; se han hecho virales y se pueden ver por todos lados, todo el mundo mira programas y anuncios en los que se habla de los ODS cada día, también e inculcan en las escuelas, pero al mismo tiempo nada ha cambiado. Mi afirmación es una provocación radical, sí, pero captó la atención de los medios de comunicación y de mucha gente.

El tipo de alternativa que yo propongo se basa en cambiar el sistema y no el comportamiento individual a través de reciclar más o comprar botellas de agua sostenibles. Este chocó a muchas personas que realmente creen ingenuamente que el que están haciendo es en realidad algo muy bueno, pero al final no es más que una mera ilusión. Pero mucha gente se sintió atraída por esta advertencia porque la pandemia y la crisis climática se convirtieron en problemas urgentes.

FV

¿Cuál cree que es el perfil de sus lectores?

KS

Escribí El capital en la era del Antropoceno para el público general, no académico, como un libro de bolsillo. El público japonés que acostumbra a comprar este tipo de libros es gente del mundo de los negocios de mediana edad. En realidad empecé hablando de los ODS porque la gente del mundo de los negocios habla mucho de ello, y cuando lo critiqué les chocó y pensaron que tenían que leerlo. Es por eso que compraron mucho mi libro y lo leyeron con entusiasmo, y recibí muchas invitaciones para dar conferencias incluso por parte de las grandes empresas.

Por otro lado, mucha gente que ahora tiene más de sesenta años fue muy activa en el movimiento estudiantil cuando eran universitarios y es la generación que ha leído a Marx y El capital. Ellos también han comprado mucho mi libro.

Más recientemente percibo que la gente joven también está comprando y leyendo el libro. Hoy en día la gente joven tiene poco dinero y está muy ocupada con YouTube, TikTok y cosas por el estilo, y no leen este tipo de libros teóricos. Pero gracias al éxito del libro, los estudiantes empezaron a leerlo. Y sorprendentemente, ellos son quienes aceptan más fácilmente mi propuesta radical. Cuando hablo de Marx y de comunismo, la gente que tiene aproximadamente mi edad expresa dudas o incluso menosprecio por considerarlo caduco y relacionarlo con la Unión Soviética y la dictadura. Cuando hablo de decrecimiento, la gente del mundo de los negocios dice que entiende mi crítica al capitalismo, pero que el decrecimiento todavía empeorará más la situación. Pero la generación más joven se plantea que quizás esta es la vía.

FV

¿Qué papel juega el Partido Comunista de Japón (PCJ)?

KS

Dentro del PCJ no hay elecciones democráticas y Kazuo Shii lleva más de veinte años al frente del partido. Un militante que se llama Nobuyuki Matsutake publicó recientemente un libro en el que proponía que el partido adoptase el sistema de elecciones democráticas internas, y ha sido expulsado fulminantemente. Los líderes del partido argumentan que este militante traicionó la organización y rompió sus normas. En este sentido, el PCJ mantiene el estilo antiguo de los partidos comunistas. Por otro lado, también ha ignorado totalmente mi libro. Tienen su periódico, Akahata, y nunca se han referido en él a mi libro, ni siquiera para escribir una crítica. Esto se debe a que mi interpretación de Marx, el comunismo decrecentista, contrasta con su defensa del crecimiento verde. Ellos defienden una especie de Green New Deal.

Las propuestas del PCJ son más socialdemócratas que comunistas, pero el partido mantiene algunos de los rasgos de los partidos comunistas antiguos, como la expulsión de los críticos. Yo soy marxista y hablo de comunismo. Por lo tanto, el núcleo de mis lectores es gente de izquierdas. Pero la gente de izquierdas en Japón normalmente es vieja y no puede aceptar la idea del decrecimiento. Mi única esperanza es la generación más joven.

FV

¿Podríamos decir que ahora es usted más influyente que el PCJ?

KS

(Ríe) Es interesante que ahora en Japón en los metros, los medios de comunicación, los periódicos e incluso la televisión se habla de Marx. Están abiertos a nuevas ideas. Pero la gente del PCJ se mantiene en silencio respecto a mis nuevas propuestas.

FV

Los socialdemócratas y grandes capas del marxismo ven el Estado como el principal espacio de resistencia frente al capital, pero usted propone menos dependencia respecto al Estado y más asociacionismo. ¿Cree que el Estado es peligroso para la sociedad y para el comunismo?

KS

No es que sea un anarquista total y rechace toda intervención estatal. Creo que una de las lecciones que hemos aprendido de la pandemia es que el Estado todavía juega un rol importante incluso bajo las condiciones de la globalización. Una vez más se remarcaron las fronteras nacionales, y la importancia de diversos tipos de ayudas a la gente más pobre o los hospitales evidenció que se necesitaba intervención estatal para proteger la vida de todo el mundo. Por otro lado, pese a que critico el Green New Deal, soy consciente de que para conseguir una rápida descarbonización necesitamos una intervención, regulación y gasto estatales masivos.

El hecho de no enfatizar la importancia del Estado en mi libro responde más a razones estratégicas, porque aquí en Japón cuando se escucha hablar de Marx y de comunismo la gente tiende a asociarlo con totalitarismo de Estado. Lo que quería era redefinir la imagen del comunismo y de Marx para la era del Antropoceno. Para hacerlo, tenía que separar estrictamente a Marx y la Unión Soviética o China. Es por eso que mi visión del poscapitalismo se basa en el común («común-ismo») y en crear una asociación de asociaciones que restrinja el poder de reificación del capital.

FV

¿Podría hablar un poco más de su idea del comunismo?

KS

Yo defino el capitalismo como una expansión constante de capital, y el capital es un proceso de valorización que se expande sin parar. Para conseguirlo, el capital lo ha de mercantilizar todo. Por lo tanto, la idea básica es que el proceso de acumulación capitalista va de la mano de la disolución del común a través de la mercantilización de las cosas. En las sociedades precapitalistas no teníamos que comprar muchas cosas porque compartíamos muchas incluyendo tierras, agua, bosques, etc. Pero con la acumulación originaria de capital muchas cosas empezaron a ser monopolizadas por unos pocos. Este proceso se ha acelerado en los últimos treinta años con la privatización de hospitales, transportes públicos, agua, etc. porque el capitalismo ya no puede encontrar nuevos espacios de acumulación. Por este motivo ha de crear un «afuera» que bien puede ser el espacio exterior, como hace Elon Musk, pero también puede destruir aquellos bienes comunes.

Así pues, mi propuesta es muy simple: si queremos proteger nuestras vidas, hemos de restringir esta expansión infinita de capital porque está invadiendo los fundamentos básicos de nuestra existencia, y para hacerlo hemos de rehabilitar el común desmercantilizando el agua, la atención médica, la electricidad, los transportes públicos, las escuelas, y todo lo que ha estado bajo ataque del capital en los últimos treinta o cuarenta años de neoliberalismo.

Pero el caso es que no propongo simplemente la nacionalización, sino que mi idea del común, influida por Antonio Negri y Michael Hardt, más bien enfatiza el principio de participación a nivel horizontal. El modelo burocrático de arriba abajo del Estado del Bienestar y por supuesto del tipo de socialismo de la Unión Soviética trataba de proteger la vida y el bienestar de las personas pero no funcionó.

Yo propongo desmercantilizar pero de otra manera, no solo contra la privatización sino también contra la propiedad estatal, a través del asociacionismo y una red descentralizada de cooperativas.

FV

¿Cómo se puede pasar de la sociedad capitalista a una sociedad basada en el asociacionismo? ¿Cree que sería necesaria una revolución?

KS

Creo que en el mundo complejo de hoy en día tal cosa como la Revolución Rusa es imposible. Incluso si nos alzamos y tomamos el poder, esto no cambiará el sistema complejo del mercado financiero, el mercado de valores, etc. En este sentido, gente como Andreas Malm habla de leninismo ecológico pero este tipo de estrategia no es demasiado efectiva. Ya no podemos tumbar el capitalismo como a comienzos del siglo XX.

En este sentido, soy más cercano al reformismo radical o «reformunismo». Hemos de reformar para transformar radicalmente el modo de producción capitalista. Creo que si podemos desmercantilizar muchos ámbitos de nuestra vida, habrá más espacio para involucrarnos en actividades no comerciales y no capitalistas y se expandirá más la esfera del común. También podemos introducir una jornada laboral más corta, como por ejemplo un sistema de cuatro días laborales a la semana, la gratuidad del transporte público y la educación, o más vivienda pública.

Las reformas serían introducidas bajo el capitalismo, pero entonces la influencia de estas medidas abriría un nuevo modo de vida en el sentido de que no tendríamos que preocuparnos tanto por el dinero y por tanto podríamos decidir si estamos dispuestos a trabajar duro o a dedicarnos más a otras actividades. Esto generaría más espacios para nuevas iniciativas, creatividad, cooperación y ayuda mutua.

Al mismo tiempo, entiendo la propuesta de (Andreas) Malm de que necesitamos una transformación fuerte y rápida, porque esta expansión del común parece muy lenta. Hemos de reducir a la mitad las emisiones de CO2 y tenemos solo seis o siete años. Así pues, entiendo que esta gente hable más en términos de disrupción del sistema. Creo que este es el punto más difícil. Por supuesto sé que existen distintas vías —no solo la mía— y necesitamos poner todas las propuestas sobre la mesa.

El problema es que las propuestas radicales han sido marginadas e ignoradas porque mucha gente del establishment solo sabe hablar sobre capitalismo verde. Pero creo que ahora la situación está cambiando un poco y hay un interés creciente en el decrecimiento.

FV

Uno tiene la sensación de que la recuperación del común puede ser demasiado lenta teniendo en cuenta que el capital es muy rápido y global, y que cuando destruye lo común lo hace a través de medios violentos.

KS

Sí, pero el estalinismo viene exactamente de la misma lógica: «el capitalismo es tan fuerte y grande que hemos de luchar contra él y necesitamos el partido de vanguardia, una disciplina de hierro, no podemos discutir todos los problemas con calma, hemos de decidir por ti, etcétera». Este es el camino del maoísmo climático. Por desgracia existe el peligro creciente del totalitarismo.

Cuando las crisis se profundizan, incluso la gente de izquierdas desea líderes fuertes y transformaciones muy radicales, y eso comporta el peligro de repetir los antiguos fracasos. Creo que incluso si sabemos que estas propuestas no cambian la situación de forma tan efectiva, necesitamos un movimiento de base y democrático. Esto es un principio que no podemos abandonar nunca.

FV

¿Qué les diría a aquellos que son tan pesimistas ante la crisis climática que ya se han rendido?

KS

Escribí El capital en la era del Antropoceno porque quería proponer otro futuro. Por supuesto que hay muchos libros que critican el capitalismo, el neoliberalismo y el cambio climático, pero desde mi punto de vista no clarifican qué tipo de sociedad tendríamos que perseguir. Naomi Klein dijo que necesitamos una visión más concreta del futuro, y es por este motivo que propongo el comunismo decrecentista como una especie de nueva utopía. Evidentemente soy consciente de que no es algo que podamos conseguir fácilmente, pero sin esta utopía la dicotomía es el maoísmo/estalinismo climático o el pesimismo de los que dicen «Ok, estamos jodidos».

Soy consciente de que la situación de la crisis climática empeorará, y especialmente después de la COP 27 no creo que podamos conseguir el objetivo de 1,5 grados, creo que nos dirigimos hacia más de 2 grados y eso es muy peligroso. Pero eso no significa que podamos rendirnos, hemos de seguir haciendo todo lo posible para minimizar los daños. Si no conseguimos el objetivo de 1,5, hemos de hacer lo posible para conseguir el 1,6, y si fracasamos hemos de intentar conseguir el 1,7, y así.

Más que esperanza, es muy importante tener una visión. Mi deseo es que el comunismo decrecentista se convierta en un nuevo punto de referencia y discusión útil. No digo que las cosas sean simples, pero creo que este tipo de discusión tendría que generar un nuevo espacio de imaginarios y políticas.

FV

¿Por qué cree que el marxismo es la mejor herramienta intelectual para abordar la crisis climática?

KS

Creo que la crisis del Antropoceno es generada por este sistema de valorización infinita del capital, y por tanto hemos de criticar el capitalismo. Pero ha habido mucha gente durante la historia que ha criticado de alguna forma el capitalismo. De hecho la mayoría de académicos habla de cómo regular el capitalismo o de cómo vivir mejor y más eficientemente dentro del capitalismo, sin intentar superar o ir más allá de este sistema.

Marx es uno de los pocos pensadores de la historia que ha profundizado de forma realmente sistemática no solo en los problemas del capitalismo sino también en cierta visión del poscapitalismo.

Pero, lamentablemente, durante el siglo XX Marx ha sido interpretado como una especie de productivista prometeico. Después de la caída de la Unión Soviética se trató a Marx como un pensador desfasado, y entonces llegaron los movimientos verdes y decrecentistas, que no han sido demasiado explícitos sobre la necesidad de ir más allá del capitalismo.

Si puedo contribuir a entender que Marx era un pensador realmente ecologista e incluso no-productivista y decrecentista, se abre un nuevo espacio donde la gente proveniente del ecologismo político, el decrecentismo y el marxismo puede pensar junta en una nueva manera de vivir más allá del capitalismo.

FV

Usted contrapone el Marx de el Manifiesto comunista y el de El capital. ¿Puede explicar este salto de un Marx al otro? ¿Qué rol juegan los cuadernos de notas de Marx para entender este salto?

KS

El paso de el Manifiesto comunista a El capital es en parte el paso hacia el reformunismo. En el Manifiesto, Marx era más optimista y pensaba que una revolución sería suficiente para tumbar el capitalismo. Pero entonces la revolución fracasó, después estalló una crisis que no dio paso a ninguna otra revolución, y Marx reconoció lo fuerte que es el capitalismo. Si lees El capital, especialmente el volumen primero, habla de acortar la jornada laboral, establecer escuelas taller y casas de oficios donde los trabajadores puedan aprender determinadas técnicas, o de reformas muy importantes bajo condiciones capitalistas. Al mismo tiempo, también se acercó a las posturas del asociacionismo.

Pero Marx también se volvió más ecológico. En las décadas de 1840 y 1850 era más optimista respecto al progreso tecnológico, pero en la de 1860 adoptó una mirada más crítica, especialmente al observar cómo los trabajadores habían sido degradados a una especie de accesorio de la máquina y cómo en la agricultura las tierras habían sido destruidas por la tecnología. Así pues, Marx ve que el capitalismo en realidad no conduce al progreso. Creo que esta transformación es muy importante. En cambio, JohnBellamy Foster cree que Marx siempre fue ecológico.

Observando sus cuadernos de notas, que han sido ignorados durante mucho tiempo, podemos ver cómo Marx desarrolla estas ideas a principios de la década de 1860. Podemos descubrir nuevos aspectos de Marx que pueden ser muy útiles para trazar su pensamiento después de El capital, porque después de esta obra no publicó demasiado y en cambio se puso a estudiar a consciencia las ciencias naturales y las sociedades precapitalistas porque a menudo eran más sostenibles. Estas sociedades imponían muchas restricciones en lo que se podía producir y cómo se podía consumir. Las regulaciones comunales sobre las tierras, los bosques y otros recursos hacían que estas sociedades fuesen no solo igualitarias sino también ecológicas.

Finalmente, en la década de 1880, Marx dijo que la sociedad rusa podía saltar al socialismo sin pasar por el capitalismo, pero también dijo que la sociedad occidental tenía que aprender a volver a este tipo elevado de sociedad arcaica. En este sentido, creo que Marx se convirtió en un comunista decrecentista, tomando como modelo a aquellas sociedades precapitalistas como ideales para la sociedad poscapitalista.

FV

Querría hacerle una pregunta más personal: ¿cómo se interesó por el marxismo?

KS

Entré en la Universidad de Tokio en 2005 e hice algunos amigos que estudiaban el marxismo relacionado con problemas contemporáneos de la sociedad japonesa, como la desigualdad, el trabajo precario y la responsabilidad de guerra (como por ejemplo la cuestión de las mujeres de consuelo). Me puse a estudiar estos problemas con mis amigos y me di cuenta de que muchas cuestiones estaban relacionadas: por ejemplo, la guerra está relacionada con el imperialismo y el imperialismo es una forma de capitalismo; o la precariedad laboral tiene que ver con las reformas neoliberales que son también una forma de capitalismo. Progresivamente tomé conciencia de que muchos problemas actuales tienen su origen en el capitalismo, y quise saber más sobre este sistema. Entonces leí a Marx y a académicos marxistas, pese a que al principio me resultaba muy difícil de entender.

Especialmente después del desastre nuclear de Fukushima de 2011, llegué a reflexionar sobre el problema de la desigualdad entre Tokio y las zonas rurales. Las plantas nucleares de la zona rural de Fukushima producen electricidad para la gente de Tokio, pero los principales peligros de esta energía los padecen los habitantes de Fukushima. Yo me preguntaba cómo se explica la desigualdad y destrucción de la naturaleza causadas por estas tecnologías, y me fui interesando por la cuestión de la sostenibilidad y la relación entre el ser humano y la naturaleza mediada por la tecnología.

Marx tenía reputación de productivista, y en aquel momento yo no estaba seguro de que fuese un punto de referencia demasiado útil más allá de cuestiones como la lucha de clases y la explotación. Pero entonces conocí el proyecto MEGA y algunos académicos que ahora conozco muy bien eran miembros que se dedicaban a editar los cuadernos de notas de Marx, y resulta que los cuadernos en los que trabajaban los académicos japoneses eran sobre ciencias naturales. Entonces pensé que sería una buena manera de estudiar los temas que me interesaban, y la verdad es que funcionó muy bien e hice mi tesis doctoral sobre esto, pese a que había hecho mi tesis de máster sobre Hegel. Al principio tenía que hacer el doctorado también sobre Hegel, pero en el momento en que escribía la tesis del máster sucedió el desastre de Fukushima y no estaba del todo seguro de si tenía que hablar de cuestiones tan filosóficas y abstractas.

FV

Teniendo en cuenta la importancia del marxismo japonés pese al relativo desconocimiento que se tiene de él en Europa, querría preguntarle si hay algún teórico marxista japonés que haya tenido una influencia especial en el desarrollo de sus propias ideas.

KS

Uno de los marxistas japoneses más famosos es Kōzō Uno. Pero yo no pertenezco a la Escuela Uno, nunca he estado muy influido por sus ideas. Él tuvo una gran influencia sobre Kojin Karatani, otro marxista japonés bastante famoso de tendencias más posmodernas con quien no comparto muchas cosas pese a ser también asociacionista. Mi tradición proviene de Samezō Kuruma, de quien Teinosuke Ōtani fue discípulo. También he de mencionar a mi buen amigo Ryuji Sasaki.

Una de las características de nuestra escuela o enfoque, a diferencia de Uno y su escuela, consiste en leer El capital u otros textos de Marx en alemán y prestar atención a los manuscritos, cartas y cuadernos de notas. Uno consideraba que El capital era una mezcla de ideología y ciencia, y que se podía eliminar la parte ideológica y extraer la ciencia pura de los principios de la economía política. Así pues, él reconstruía las cosas y omitía muchas partes para hacer su propio sistema.

Nosotros más bien intentamos trazar por qué Marx escribe como escribe. En lugar de decir simplemente que se equivocaba o estaba confundido intentamos pensar con Marx y por qué tenía que escribir de tal o cual manera, incluso cuando es confusa. Cuando es confusa, ha de haber alguna razón por la cual lo es. Así pues, somos más empáticos con Marx. Algunos malentienden que nosotros lo dogmatizamos o intentamos protegerlo buscando en los cuadernos de notas y manuscritos para encontrarle una defensa, pero no es nuestra intención.

Creo que es obvio que la teoría de Marx es limitada, que no lo explica todo, especialmente en el siglo XXI. Además, El capital es una obra inacabada, y especialmente el volumen tercero es bastante inmaduro. Pero hemos de clarificar hasta qué punto llegó Marx, y para hacerlo hemos de seguir su propio pensamiento. Reconocemos los límites, pero al mismo tiempo tratamos de clarificar estos límites con más cuidado. Por ejemplo, Marx no predijo el cambio climático, pero sabía que el capitalismo contenía la contradicción ecológica que ha acabado generando el cambio climático.

 

TRADUCCIÓN: FERRAN DE VARGAS

 

Sobre el entrevistador:

[1] Ferran de Vargas es politólogo y doctor en Estudios Interculturales especializado en Japón. Actualmente forma parte del grupo de investigación ALTER de la Universitat Oberta de Catalunya. Es autor del libro Izquierda y revolución. Una historia política del Japón de posguerra (Edicions Bellaterra, 2020). Tuitea en @ferranidus.

KOHEI SAITO

Filósofo japonés, es profesor asociado en la Universidad de Tokio y trabaja en ecología y economía política desde la perspectiva marxista. Su último libro, El capital en la era del Antropoceno (2020), ha vendido más de medio millón de copias.

Publicado en: Global, titular2

¿Por qué China no sufrió un colapso al estilo soviético?

09/07/2023 by Vitalio Deja un comentario

Por: Isabella Weber

¿Cuáles fueron las consecuencias de tres décadas de reformas de mercado para la clase obrera más grande del mundo?

Entrevista por
Daniel Zamora[1]

La historia económica más sorprendente del último medio siglo es la del ascenso de China. El desarrollo dirigido por el Estado desencadenó una expansión económica sin precedentes en la historia moderna. Pero el crecimiento, a todas luces extraordinario, está lejos de representar un triunfo del libre mercado. Isabella Weber, economista de la Universidad de Massachusetts Amherst, ofrece una lectura fascinante de las reformas económicas y los debates de China de los últimos cincuenta años.

Weber demuestra que, al elegir una vía alternativa a la «terapia de choque» que terminó hundiendo al bloque soviético de los años 1990, China evitó el deterioro de las capacidades estatales que, entre otras cosas, hizo que el COVID-19 sea un desastre en Occidente. Combinando una cuantiosa investigación histórica y un enfoque económico original, la lectura de Weber nos brinda una comprensión preciosa del singular camino que siguió el Partido Comunista de China y sus consecuencias para la clase obrera más grande del mundo.

DZ

¿Cómo llegaste a estudiar la historia económica de China?

IW

Me crie en Alemania del Este en los años 1990. La historia del socialismo que se narraba entonces era un estereotipo del fracaso: era el relato de viajeros que debían cruzar la militarizada zona Este para traer café y jeans de marca. La sensación general era de triunfalismo: había llegado el fin de la historia. Sin embargo, la historia comienza con mi visita a un estudiante de la Universidad de Pekín. Ansiosa por aprender sobre la economía de China, empecé a tomar clases en la Escuela de Administración de Guanghua, una de las casas de estudio más prestigiosas de China, y descubrí con sorpresa que estudiaban los mismos textos estadounidenses con los que me había formado en Berlín.

Era un misterio: China tenía un sistema económico claramente distinto al de Alemania o al de Estados Unidos, pero practicaba el mismo tipo de economía. Luego de volver a Berlín, empecé a trabajar en una fundación, específicamente en un sector vinculado con el gigante oriental. Nuestros colegas chinos estaban muy interesados en el colapso del socialismo de Estado en Alemania del Este. En una ocasión, ayudé a organizar una reunión entre Hans Modrow, último presidente del Consejo de Ministros de la República Democrática Alemana, y una delegación de funcionarios chinos de alto rango. Antes del evento, yo ni siquiera sabía quién era Hans Modrow. El período durante el que estuvo en funciones fue muy breve. Por primera vez, en ese salón, junto al olvidado dirigente alemán y la delegación china, me formulé la pregunta: ¿Por qué la historia había sido tan distinta en ambos países? Entonces empecé a investigar el fundamento teórico de las reformas económicas de China, implementadas durante «los largos años ochenta», etiqueta que remite al período decisivo de 1978-1992. ¿Por qué China había logrado escapar a la terapia de choque y qué rol jugó la economía en la vía alternativa por la que optó?

DZ

Tendemos a olvidar la brutalidad que definió la transición del socialismo al capitalismo en el antiguo bloque soviético. Al final, tu investigación sugiere que es ahí donde deben buscarse los motivos de la clara divergencia económica que separó a China de Rusia durante el mismo período.

IW

Es sorprendente que, tanto en el contexto de la crisis de 2008 como en la nueva crisis abierta por el COVID-19, suele optarse casi exclusivamente por los años 1930 como punto de referencia histórico. Pero, de hecho, la «recesión transicional» de Rusia fue más profunda y mucho más prolongada que la Gran Depresión. Durante ese período, no solo cayó más de un tercio la producción total, sino que la producción industrial llegó a representar, en 1995, niveles cercanos a la mitad de los de 1987. Probablemente haya sido la desindustrialización más drástica de la época poscolonial. Rusia nunca recuperó su posición de superpotencia industrial. Los salarios reales cayeron más del 50% frente a los valores previos a la terapia de choque. La expectativa de vida de los hombres se redujo siete años: es la caída más grande que cualquier país industrializado haya experimentado en tiempos de paz.

Un estudio de The Lancet probó que las consecuencias de la crisis, es decir, la pobreza y el desempleo, causaron millones de muertes durante el período. Los oligarcas rifaron los recursos públicos, y las adicciones, el VIH, el alcoholismo, la desnutrición infantil y el crimen alcanzaron límites hasta entonces desconocidos. En 2015, en términos de ingresos, el 99% de la población rusa todavía estaba peor que en 1991.

Así surgió toda una «generación perdida» de jóvenes y se sentaron las bases del gobierno de Vladimir Putin. Por supuesto, no está claro que la «cura china» hubiese funcionado en Rusia, pero es difícil imaginar que una terapia de choque al estilo ruso hubiese resultado en padecimientos de menor magnitud que los de la ex-URSS. Debemos recordar que, a fines de los años 1980, China era todavía un país muy pobre. En 1990, después de más de diez años de reformas, los ingresos reales por adulto en Rusia todavía triplicaban los de China. Un colapso económico mucho menos drástico que el de Rusia en los años 1990 hubiese representado probablemente una catástrofe de proporciones inmensas. Con el diario del lunes, podemos decir que los años 1980 fueron el escenario de una encrucijada fundamental en la historia económica mundial: el punto de inflexión que marcó, tanto la divergencia entre la caída de Rusia y el ascenso de China, como el comienzo de la convergencia china con las economías occidentales.

DZ

¿Qué expectativas tenían quienes defendían la terapia de choque?

IW

La idea de la terapia de choque se basa en la lógica de que el sufrimiento de corto plazo es inevitable. La analogía que solía invocarse era la de la cirugía: en una primera etapa, el paciente debe sufrir para sentar las bases de su recuperación posterior. Pero resulta que, a diferencia de una cirugía, realizada en general por un médico habilidoso, en el caso de la terapia de choque económica no se logró contener tan fácilmente el sufrimiento.

Transformar un sistema económico entero no es como extirpar un tumor. En un primer momento era clave alimentar un «big bang» definido por la liberalización de los precios. Se suponía que dejar que todos los precios flotaran libremente de la noche a la mañana crearía un sistema de precios racional, elemento fundamental de la perspectiva neoclásica del mercado. También se suponía que la austeridad macroeconómica —restricción monetaria y recorte presupuestario— evitaría que la espiral de precios liberalizados se saliera de control. Así las cosas con la teoría. Pero lo cierto es que, en 1991, el «big bang» de Boris Yeltsin produjo una hiperinflación permanente. Cuando el valor del dinero se desploma, no hay manera de tener un mercado racional. El pánico y la mera necesidad toman el control y se pierde cualquier posibilidad de optimizar las utilidades. De esta manera, Rusia se quedó sin mercado funcional y sin planificación y, en muchos casos, la población tuvo que recurrir al trueque.

DZ

Tu argumento parece suponer que la determinación de los precios era el objetivo principal de la terapia de choque. Es interesante notar que los programas de ajuste estructurales aplicados en los países en vías de desarrollo a fines de los años 1980, tuvieron un efecto similar y también apuntaban al control de precios. ¿Por qué la política de precios es tan importante para los neoliberales?

IW

La terapia de choque no fue una política de transición aplicada exclusivamente al socialismo de Estado, sino un paradigma político mucho más amplio, implementado célebremente por Augusto Pinochet en Chile, impuesto por Margaret Thatcher en Gran Bretaña y utilizado como método de ajuste estructural en muchos países en vías de desarrollo. Para el pensamiento neoliberal, los precios libres son el Santo Grial del mercado. Aunque se supone que la propiedad privada es una condición necesaria para que el mercado funcione, el mercado en sí mismo es concebido en realidad como el libre movimiento de los precios, que contiene toda la información necesaria para coordinar las acciones de los individuos, conectados exclusivamente a través del sistema de precios libres. Este es el motivo intelectual más profundo que tenían los partidarios del choque para pensar que se necesitaba un «big bang» inicial que liberara todos los precios.

Friedrich Hayek y Ludwig von Mises, por ejemplo, fueron muy explícitos cuando atacaron el sostenimiento de los controles de precios surgidos de la economía de guerra de los años 1940. En El camino de la servidumbre, Hayek advirtió: «Cualquier intento de intervenir los precios o las cantidades de unas mercancías en particular priva a la competencia de su facultad para realizar una efectiva coordinación de los esfuerzos individuales». En un ensayo titulado «Las políticas intermedias conducen al socialismo», von Mises argumentó que basta con que el gobierno controle únicamente el precio de un producto, por ejemplo, la leche, para que se genere un tobogán de distorsiones que conduce inevitablemente al control total de los precios por parte del gobierno, cuando no al totalitarismo.

DZ

¿Y por qué es tan importante, sobre todo para la clase trabajadora, pensar los precios en términos políticos? Hoy el sentido común sobre el control de precios es que conducen a la escasez, la ineficiencia y el florecimiento de los mercados negros. 

IW

En general, la economía contemporánea piensa que todos los precios son de la misma naturaleza. Es el caso de la economía neoclásica, de buena parte de la economía marxista y de las corrientes principales del keynesianismo. La principal disputa entre marginalistas, que creen en la teoría del valor subjetivo, y la teoría del valor de David Ricardo y de Karl Marx pasa por el principio general que rige la determinación de los precios y no tanto porque tengan opiniones divergentes sobre la naturaleza de los precios de diferentes productos. Por ejemplo, hay estudios, enfocados sobre todo en el caso de ciertos precios monopólicos o productos de lujo, que muestran que la demanda aumenta cuando aumentan los precios. Pero no hay muchas investigaciones sistemáticas sobre la importancia que tienen algunos precios para la estabilidad macroeconómica y el crecimiento, ni tampoco hay mucho debate sobre la economía política de los precios en el caso de los productos esenciales. Sin embargo, muchos episodios históricos importantes apuntan a la naturaleza altamente política de ciertos precios.

En Francia, por ejemplo, el movimiento de los chalecos amarillos se organizó luego de que se anunciara un aumento del precio del diésel. La Primavera Árabe creció a partir del aumento del precio del pan y hay quienes argumentan que el aumento del precio de los cereales jugó un rol clave en la Revolución Francesa. La lógica detrás de estos argumentos es evidente: si aumentan los precios de los productos esenciales, como la energía y los alimentos básicos, que representan el gasto más importante en los hogares de bajos ingresos, los salarios reales sufren una caída drástica. Por lo tanto, las revueltas precipitadas por los aumentos de precios son una forma de resistencia contra la tendencia que fuerza a los trabajadores a vivir al límite de la subsistencia.

Al mismo tiempo, estabilizar o subsidiar los bienes de consumo esenciales representa un paso adelante en la reducción de la vulnerabilidad de las personas frente a las fluctuaciones del mercado. En China existe una larga tradición de sostenimiento del precio de los granos. Desde épocas antiguas, los silos públicos intervienen comprando granos cuando los precios bajan luego de la cosecha y liberando las reservas cuando la oferta se queda corta, especialmente durante las hambrunas. Una de las políticas de Estados Unidos durante el período del New Deal fue la fundación de la Commodity Credit Corporation, iniciativa de Henry A. Wallace que funciona en base a un esquema muy similar al de China.

Desde la época de la colonia, la estabilización del precio de las commodities es muy importante para los países pobres que dependen de la exportación de materias primas y de productos agrícolas. Cuando las exportaciones de un país incluyen solo un pequeño número de commodities, una ligera fluctuación en los precios basta para desestabilizar toda la economía. Durante la restructuración económica que siguió a la Segunda Guerra Mundial, se planteó la idea de utilizar las commodities como existencias reguladoras a nivel internacional (propuesta apoyada, entre otros, por John Maynard Keynes). Nunca se implementó, pero valdría la pena revitalizarla en los debates actuales que buscan métodos para fortalecer las economías. En vez de volver al nacionalismo económico, la implementación de existencias reguladoras de commodities esenciales a nivel mundial es una alternativa internacionalista. Podría incluir, por ejemplo, mejorar la provisión de equipamiento médico. En el contexto de la pandemia, estas existencias reguladoras podrían haber ayudado a canalizar recursos hacia los lugares más necesitados.

Hoy, después de décadas de dirigir estatalmente la creación de mercados, China gestiona el suministro público de granos más grande del mundo. Cuando comenzó la pandemia de COVID-19, el primer confinamiento, sumamente estricto, fue posible en gran medida gracias a las agencias de comercio estatales, que ayudaron a recrear los mercados para garantizar el suministro de alimentos luego de que se interrumpieron los canales normales. Otro ejemplo es la estabilización del precio de la carne de cerdo. En 2019, el brote de fiebre porcina debilitó la oferta en toda China. Para evitar que los precios se dispararan, el Estado liberó sus reservas de carne de cerdo congelada y las empresas estatales ayudaron a organizar la expansión de las importaciones. Gracias a la estabilización de precios facilitada por este tipo de intervenciones, el Estado chino suaviza la fluctuación de los bienes de consumo esenciales y de producción. Estos procedimientos complementan la política monetaria y contribuyen a estabilizar los precios en términos generales. A su vez, al aliviar las presiones inflacionarias, se abre espacio para la expansión fiscal.

DZ

Pero, ¿no estuvo China a punto de implementar su propia terapia de choque y liberalización de precios a fines de los años 1980? 

IW

Se sabe que Deng Xiaoping reemplazó la consigna de la Revolución Cultural, «la política al poder», por una nueva: «la economía al poder». Durante los años 1980 se aceleraron los intercambios con economistas de todo el mundo. El Banco Mundial y la Fundación Ford fueron muy importantes en este sentido. Entre los visitantes más destacados de aquella época se cuentan Milton Friedman, economista de Chicago; Włodzimierz Brus, economista reformista exiliado, discípulo de Oskar Lange, y Ota Šik, arquitecto de los proyectos de reforma económica de la Primavera de Praga, también exiliado.

Contra el rechazo pregonado por von Mises y Hayek contra toda posibilidad de sistema socialista racional, Lange había demostrado, específicamente en el debate sobre el cálculo socialista, que era posible implementar precios racionales bajo el socialismo de mercado. Por lo tanto, esta línea de pensamiento reformista compartía con el neoliberalismo su énfasis en la adecuación de los precios. En una conferencia pronunciada en China, Friedman llegó a decir que el socialismo de mercado al estilo de Lange era un buen plan B y que representaría un gran paso en el camino hacia una economía libre. Entonces, los economistas reincorporados en China empezaron a desarrollar una orientación según la cual los precios eran el núcleo de las reformas de mercado y, sin una liberalización completa —anticipada en algunas versiones por ajustes de precio calculados y combinados con reformas fiscales y salariales—, las reformas de mercado estaban condenadas al fracaso. Con el avance de los debates académicos, la disciplina económica empezó a reformularse de acuerdo al modelo occidental. Se empezaron a pensar y bosquejar ambiciosos proyectos de reformas de precios, se generalizaron las reformas agrarias y emergió un paradigma de creación experimental de mercados.

Hay que decir que, en muchos sentidos, las reformas agrarias fueron radicales. Una de las consecuencias fue el desmantelamiento de la comuna popular, institución política y económica clave de la China maoísta. Sin embargo, aun en este caso se trató de un proceso gradual, en el sentido de que la reforma agraria mantuvo el compromiso que tenía el campo de entregar una cuota de productos agrícolas básicos, como cereales y algodón, a un precio determinado según las exigencias de las instituciones de planificación. Pero, si bien las granjas de familia estaban obligadas a cumplir el acuerdo, luego de satisfacer su compromiso eran libres de producir para el mercado.

Además, este desplazamiento hacia el «sistema de responsabilidad familiar», fue tolerado al principio como un experimento en las comunidades rurales pequeñas, pero no en los grandes centros de producción de bienes agrícolas esenciales. Las encuestas fueron muy importantes a la hora de expandir el sistema de responsabilidad familiar desde las comunas marginales a todo el campo. Los estudiantes que habían pasado su juventud en las zonas rurales, donde se los había enviado durante la Revolución Cultural, irrumpieron entonces como una fuerza muy poderosa. Con el apoyo de algunos dirigentes de alto rango, como Deng Liqun y Du Runsheng, formaron el Grupo de Desarrollo Rural, que ayudó a evaluar y a sistematizar las enseñanzas que habían dejado los experimentos de reformas agrícolas. Desarrollo Rural fue uno de los logros más importantes en la agenda de reformas de Deng y popularizó a Zhao Ziyang, quien se convirtió luego en primer ministro y secretario general del PCCh. De esta manera, los jóvenes intelectuales se aliaron con los líderes reformistas de la generación revolucionaria.

DZ

Pero entonces, ¿qué fue exactamente lo que impidió que China avanzara por el camino de una terapia de choque? 

IW

La batalla crucial giró en torno a la mercantilización del sistema urbano industrial, diseñado en función del ideal soviético de la «fábrica única». A diferencia de las comunas del campo, las unidades de producción industrial no eran entidades aisladas y económicamente sustentables. Para ponerlo en términos simples, producían de acuerdo a una dirección centralizada y a precios establecidos por el Estado según la máxima de la redistribución entre sectores. Los productos de consumo no esenciales, como las bicicletas, las radios y los relojes, estaban valuados por encima de sus costos de producción, con el fin de capturar fondos de los consumidores, mientras que los productos esenciales, como los granos y el acero, estaban valuados por debajo de sus costos. En consecuencia, la rentabilidad era intencionalmente desigual.

Los reformistas argumentaban que era posible implementar el mismo sistema dual de precios mercantiles y precios planificados en el sector industrial y que, de hecho, este había empezado a emerger espontáneamente. Las empresas deberían seguir cumpliendo con una cuota, pero se les permitiría llevar el excedente al mercado. Las agencias comerciales del Estado, que antes habían jugado un rol relativamente pasivo, se convertirían en creadores de mercado fundamentales, capaces de conectar a los proveedores con sus nuevos clientes. A través del sistema dual, las unidades de producción se transformarían en empresas orientadas hacia el mercado, con todos los reajustes que esto conllevaba.

En el caso de las materias primas esenciales, como la energía y los metales, que escaseaban y solían ser tasadas por debajo de su costo, una de las consecuencias del sistema fue la enorme diferenciación entre los precios de mercado y los precios planificados. Desde la perspectiva de los reformistas del sistema dual, esto enfatizaba la importancia de mantener el control estatal sobre la cuota para asegurar la provisión de materias primas baratas, mientras que los precios de mercado elevados eran un incentivo para que las empresas trabajaran con vistas a expandir la producción por todos los medios posibles. En contraste, los economistas reformistas que se enfocaban en la adecuación de los precios, consideraban que la divergencia sustantiva en la cotización de un mismo producto representaba la mayor de las irracionalidades. Algunos llegaron a argumentar que el sistema dual era peor que el viejo sistema planificado.

En efecto, el sistema dual impulsó el crecimiento, pero también fue un caldo de cultivo para la corrupción. Durante la segunda mitad de los años 1980, cuando el sector mercantil propició un aumento generalizado de precios, empezó a debilitarse la euforia inicial por la reforma y se disparó la desigualdad. Comenzaron a crecer también las tensiones políticas y sociales. En este contexto, la idea de un «big bang» —de imponer la austeridad y liberar todos los precios de repente— era una idea cada vez más atractiva y contaba con el aval de las autoridades de la economía científica «occidental». En 1986 se formuló un programa en esa línea. Pero se dio marcha atrás siguiendo el consejo de los economistas del Instituto de Investigaciones de Reformas Sistémicas —que había supervisado los intentos previos de las grandes reformas de precios en Yugoslavia y Hungría—, y de algunos economistas chinos y alemanes familiarizados con las transiciones de la Segunda Guerra Mundial, que habían representado un desafío similar.

En 1988, cuando la reforma parecía haber entrado en un callejón sin salida, Deng Xiaoping decidió cruzar la línea de la reforma de precios, argumentando, según la retórica típica de la terapia de choque, que era más deseable soportar de una vez el dolor a corto plazo que entregarse a un sufrimiento prolongado. En el verano de 1988, el anuncio de una amplia reforma de precios en la televisión pública fue suficiente para despertar el pánico. Hubo corridas bancarias y acaparamiento de bienes duraderos. Ese año los precios en China se salieron de control por primera vez desde la revolución de 1949. Uno de los logros económicos más importantes de los comunistas en su lucha contra los nacionalistas había sido justamente la estabilización de los precios. Pero los dirigentes chinos no tardaron en revertir el curso de sus acciones.

Deng Xiaoping, dirigente de la primera generación revolucionaria, estaba dispuesto a pagar un alto costo político en nombre de la mercantilización, pero no a sacrificar la estabilidad del gobierno del Partido Comunista. Entonces, en términos económicos, el sistema dual fue un plan B para la reforma luego del fracaso del «big bang». En términos políticos, 1988 preparó el terreno para los levantamientos de 1989 y para la represión brutal ocurrida en la plaza de Tiananmén.

DZ

Tu interpretación parece alejarse de las lecturas tradicionales del modelo económico chino, definido muchas veces como una combinación de Estado comunista de partido único y neoliberalismo salvaje, o, según David Harvey, como un «neoliberalismo de “rasgos chinos”». ¿En qué sentido estas lecturas son engañosas? 

IW

En general, la tesis de que «China es neoliberal» incurre en dos falacias. En primer lugar, implica la equivalencia entre mercantilización y neoliberalismo. No me convence. En el contexto de la historia europea y estadounidense, no sería adecuado referirnos a los años 1960 o 1970 como neoliberales, aun cuando los mercados jugaban un rol fundamental en las economías de esa época. En segundo lugar, estos estudios tienden, o bien a asumir que el sistema chino dispone de una naturaleza monolítica, lo que no es realista, o bien a centrarse en ejemplos específicos, como la educación privada, de los que pretenden extraer conclusiones sobre todo el sistema.

En el curso de las reformas de los años 1980, el neoliberalismo se convirtió en una fuerza importante en el discurso político chino. Antes, se habían rechazado las premisas de la eficiencia y de la racionalidad económica en función de la retórica del maoísmo tardío. Como sea, incluso durante los años 1990, cuando el discurso neoliberal y la agenda que apuntaba a la privatización ganaron bastante impulso, el Estado chino no cedió el control de los sectores económicos más importantes. No lo hizo en las finanzas, la industria pesada, la infraestructura y la propiedad de la tierra, ni en la creación de «campeones nacionales», es decir, los casi noventa conglomerados industriales que funcionan bajo control de la Comisión estatal para la supervisión y administración de los activos del Estado.

Actualmente, asistimos al resurgimiento del tema de la inversión pública en la política estadounidense, especialmente en el caso de la infraestructura. Muchos consideran que se trata de un anuncio del fin del neoliberalismo. Con todo, cuando se trata de inversión pública, ni siquiera los planes más ambiciosos bastarían para colocar a Estados Unidos al nivel de China. Si aplicamos los mismos estándares a China y a Estados Unidos, entonces debería llamarnos la atención que se clasifique a China como una economía neoliberal.

DZ

En ese caso, ¿cómo diferenciar el neoliberalismo de lo que innegablemente es un giro hacia el mercado? ¿Qué significa «mercantilización más allá del neoliberalismo»? 

IW

El neoliberalismo se basa en el libre movimiento de los precios posibilitado por la propiedad privada. Pero esto no nos dice nada sobre el tamaño del Estado, cuya función es supuestamente establecer y controlar las reglas del mercado, no participar activamente en el mercado con su propia agenda, ni controlar los precios para perseguir objetivos sociales, políticos o económicos. Ahora bien, el Estado chino hace esto último. Este tipo de gobernanza económica mediante la participación en el mercado también significa que el Estado es un agente importante de la mercantilización.

China está probablemente tan mercantilizada como Estados Unidos. Parece haber un mercado para todo, y estos mercados están en gran medida digitalizados —incluso los pagos— y operan a un ritmo acelerado. A fines de ilustrar lo que sucede, tomemos la imagen de un Jenga. La terapia de choque neoliberal sostiene que primero hay que tirar abajo la vieja torre y luego construir una nueva utilizando los mismos bloques de la anterior. En cambio, la «creación de mercados» china comienza removiendo selectivamente algunos bloques de la torre y luego los coloca en otro lugar de la misma estructura. La torre sigue creciendo, aunque su estructura se transforma esencialmente. Se llenan los espacios vacíos con actividades mercantiles que desatan una dinámica capaz de transformar la naturaleza de los bloques intactos.

El proceso conlleva todos los efectos adversos de la mercantilización, como por ejemplo, condiciones laborales espantosas en los sectores de bajos salarios. Las diferencias entre el campo y la ciudad también contribuyeron a generar importantes desigualdades. Las reformas agrarias llevaron a la creación de una fuerza de trabajo flotante de más de 200 millones de personas. Las relaciones de género también retrocedieron en términos de igualdad. No hay que idealizar el modelo chino. Evidentemente, no es un ejemplo glorioso de socialismo. Pero, en vez de contentarnos con etiquetas vagas, deberíamos estudiarlo con atención. El camino que siguió la reforma creó un nuevo tipo de sistema económico que nos lleva a revisar muchas nociones preconcebidas.

DZ

Hace mucho que se anuncia el colapso del modelo chino. Sin caer en el terreno escabroso de las predicciones, ¿la historia económica de China demuestra que tenemos que ser más escépticos cuando hablamos de su incapacidad para sostener el crecimiento y la innovación a largo plazo? 

IW

Se viene prediciendo el colapso de la China comunista desde la revolución de 1949. Por supuesto, en el contexto del proclamado «fin de la historia» de los años 1990, la idea de que el PCCh no lograría sobrevivir cobró un nuevo impulso. Ciertas versiones de este argumento siguen las líneas de la teoría de la modernización: surgirá una nueva clase media que exigirá democracia y precipitará un cambio de régimen. Más a la izquierda, es célebre la definición de China como «epicentro emergente de la agitación obrera mundial».

La participación del trabajo en los ingresos nacionales no dejó de mermar desde mediados de los años 1990, es decir, siguió la tendencia mundial. Esto provocó cierta resistencia de parte de la clase obrera, pero todo indica que el proceso perdió fuerza durante los últimos años, cuando los salarios empezaron a aumentar a un ritmo acelerado. En 2019, los casos de protestas obreras habían descendido casi a la mitad de los niveles registrados en 2016, y en 2020 volvieron a caer abruptamente. Esto no significa en absoluto que en China las relaciones de clase sean armoniosas. Pero, por el momento, no parece ser el centro mundial de la resistencia obrera.

Los medios suelen transmitir la idea de que, si el crecimiento de China se desacelera en uno o dos puntos porcentuales, el gobierno del PCCh se debilitará. El año pasado, cuando comenzó la pandemia, escuchamos de nuevo la idea de que el gobierno de China perdería autoridad a causa de la insatisfacción de sus ciudadanos. Pienso que estos argumentos tienden a ignorar el hecho de que China lleva más de cuarenta años de reformas y logró calibrar una forma de gobierno muy precisa. El eje del proceso estuvo puesto en el desarrollo económico y en la estabilidad política. El colapso de la Unión Soviética fue probablemente el cambio de régimen más drástico de la historia moderna, y los dirigentes chinos lo estudiaron con mucha atención. Evitar un cambio de régimen de este tipo en China es uno de los principios fundamentales del gobierno del PCCh y sus dirigentes demostraron que están dispuestos a recurrir a todos los medios, incluyendo la violencia estatal más brutal, con el fin de lograr sus objetivos.

TRADUCCIÓN: VALENTÍN HUARTE

Notas

Notas
↑1 Profesor de Sociología en la Universidad Libre de Bruselas y autor de The Last Man Takes LSD (Verso, 2021).
ISABELLA WEBER

Profesora de Economía en la Universidad de Massachusetts, Amherst y autora de, entre otros libros, How China Escaped Shock Therapy (Routledge, 2021).

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¿Qué tiene para decir el marxismo sobre la inteligencia artificial?

09/07/2023 by Vitalio Deja un comentario

Por: Mark Allison

Hace casi 50 años, el obrero metalúrgico y economista Harry Braverman publicó Trabajo y capital monopolista. En él mostraba cómo los empresarios utilizan la tecnología para desempoderar a los trabajadores, pero que al tomar el control del proceso laboral, los trabajadores pueden liberarse de la monotonía.

Hasta hace poco tiempo, la inteligencia artificial era todavía material de ciencia ficción; ahora, proyecta una sombra portentosa sobre el futuro del trabajo. Dependiendo de a qué comentarista exaltado se crea, la inteligencia artificial promete aliviarnos de los aspectos tediosos de nuestro trabajo o amenaza con privarnos por completo de nuestros empleos. Buscando una perspectiva histórica, recurrí al relato clásico de la evolución del proceso laboral bajo el capitalismo, Trabajo y capital monopolista, de Harry Braverman (1974).

El libro de Braverman va más lejos y ve más profundamente de lo que podría sugerir su contundente subtítulo «La degradación del trabajo en el siglo XX». Al igual que su reconocida referencia, la descripción de Marx de la transformación del proceso de producción en El capital, Braverman ofrece una meticulosa investigación del inquieto hacer y rehacer de la organización del trabajo en el capitalismo. Pero nunca pierde de vista el impacto de estos trastornos en serie sobre la clase obrera.

Braverman rechaza las interpretaciones simplistas de Marx como determinista tecnológico. Por el contrario, señala que un nuevo invento siempre presenta un abanico de posibilidades. A corto plazo, las relaciones sociales dominantes determinan cuáles de estas posibilidades se cultivan y cuáles se excluyen activamente. Las relaciones de producción capitalistas muestran un «impulso incesante por ampliar y perfeccionar la maquinaria, por un lado, y por disminuir al trabajador, por otro». Esta dinámica refleja la tendencia más amplia del capitalismo a separar la concepción de la ejecución: el trabajo del cerebro y el trabajo de la mano. El resultado es un pequeño estrato de profesionales altamente formados (y muy bien pagados) por un lado y una masa creciente de trabajadores proletarizados condenados a tareas sin sentido por otro.

Braverman aportó una perspectiva singular a su investigación. Había sido aprendiz de calderero y posteriormente encontró empleo en la industria siderúrgica, ganándose la vida como artesano durante catorce años antes de cofundar un periódico, el American Socialist. Pasaría el resto de su carrera en el mundo editorial, dirigiendo el célebre sello socialista independiente Monthly Review Press hasta su muerte, en 1976. A pesar del rápido declive del oficio de calderero en el que se formó, Braverman se enfadó ante la inferencia de que sus críticas reflejaban nostalgia por un pasado anticuado: «Más bien, mis opiniones sobre el trabajo se rigen por la nostalgia de una época que aún no ha llegado». Los antecedentes de Braverman en los oficios, así como su implicación durante décadas en el activismo socialista, le dotaron de una preparación única para tomar el testigo de Marx y extender el análisis de El capital sobre el proceso laboral al siglo XX.

La figura central en la narrativa de Trabajo y capital monopolista es Frederick Winslow Taylor (1856-1915), el excéntrico fundador del movimiento de gestión científica. Desde su infancia, Taylor había msotrado signos de trastorno obsesivo-compulsivo extremo, contando sus pasos y buscando formas cada vez más eficientes de realizar las actividades más mundanas. «Estos rasgos le encajaban perfectamente en su papel de profeta de la gestión capitalista moderna», exclama Braverman, «ya que lo que es neurótico en el individuo es, en el capitalismo, normal y socialmente deseable para el funcionamiento de la sociedad».

Mientras los trabajadores dirigieran el proceso laboral, sostenía Taylor, nunca realizarían «una jornada de trabajo justa», que él definía, naturalmente, como la cantidad máxima que podían realizar sin lesionarse. Por tanto, los capitalistas no debían contentarse con poseer los medios de producción y las mercancías que el trabajo producía: necesitaban controlar el propio proceso de trabajo. Taylor tiende a ser recordado por exprimir una mayor productividad de los trabajadores prescribiendo cada uno de sus movimientos de acuerdo con los dictados de su «ciencia». Pero, sugiere Braverman, su hazaña más importante consistió en recopilar sistemáticamente los conocimientos artesanales que hasta entonces habían pertenecido a la mano de obra y transferirlos a la dirección.

Pronto, los trabajadores quedaron realizando un trabajo de detalle simplificado que se había descontextualizado del proceso de producción en su conjunto; mientras tanto, la dirección disfrutaba del monopolio de los conocimientos técnicos que, históricamente, habían sido patrimonio de los oficios cualificados. La separación permanente entre la concepción y la ejecución del trabajo que caracteriza a la producción bajo el capitalismo había alcanzado un nuevo umbral. Este proceso se repitió posteriormente en la gestión, creando un puñado de ejecutivos de oficina y un ejército de asistentes administrativos y mandos intermedios.

Trabajo y el capital monopolista cuenta una historia aleccionadora, pero en modo alguno desesperanzadora. Braverman detectó señales de los límites históricos del capitalismo en el hecho de que la nueva tecnología con frecuencia reúne y automatiza los pasos del proceso laboral que la división del trabajo había fragmentado. En su última conferencia, pronunciada en la primavera de 1975, Braverman instó a que «los trabajadores pueden convertirse ahora en maestros de la tecnología de su proceso a nivel de ingeniería y pueden repartirse entre ellos de forma equitativa las diversas tareas relacionadas con esta forma de producción que se ha vuelto tan fácil y automática». Liberado de la monotonía de las tareas repetitivas gracias a la automatización, un equipo de productores asociados podría recuperar la unidad del proceso de producción de la que antaño disfrutaban los artesanos en un plano superior.

La IA ofrece una posibilidad similar de reunir, en forma automatizada, muchas de las habilidades y cuerpos de conocimiento que la división capitalista del trabajo ha pulverizado en su implacable búsqueda de control y eficacia. Si las predicciones de que la IA inaugurará una era de ocio universal son salvajemente optimistas, la perspectiva de que los trabajadores socializados puedan dirigir la totalidad del proceso de producción con su ayuda no lo parece tanto.

Pero tendremos que luchar por ello. El capitalismo suele aprovechar los avances tecnológicos despidiendo a los trabajadores y exigiendo una mayor productividad a los pocos que no despide. Braverman nos informa de que el verbo «gestionar» «significaba originalmente adiestrar a un caballo en sus pasos, hacerle hacer los ejercicios de la mansión». La dirección siempre ha considerado el proceso laboral como un lugar de lucha, y está decidida a mantener las riendas. Si queremos que la IA mejore nuestros empleos en lugar de sustituirlos o degradarlos aún más, una lectura de Braverman sugiere que debemos estar preparados para llevar la batalla al propio proceso laboral.

TRADUCCIÓN: FLORENCIA OROZ

MARK ALLISON

Profesor de Inglés en la Universidad Wesleyana de Ohio y autor de Imagining Socialism: Aesthetics, Anti-politics, and Literature in Britain, 1817-1918.

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Renta Básica Universal, la utopía de los pesimistas

02/07/2023 by Vitalio Deja un comentario

Por: Jason Resnikoff

Las transferencias monetarias del tipo del ingreso básico universal dicen ser una alternativa al Estado del bienestar. Pero en la mayoría de los casos son promovidas por una izquierda que abandonó la esperanza en el socialismo y una derecha hostil a la gestión democrática de la economía.

El artículo que sigue es una reseña de Welfare for Markets: A Global History of Basic Income, de Anton Jäger y Daniel Zamora (University of Chicago Press, 2023).

«¿Qué tienen exactamente en común David Graeber, Milton Friedman, Charles Murray, Yannis Varoufakis y Mark Zuckerberg?». Parece el inicio de un chiste realmente malo. Puede que el remate no sea exactamente gracioso, pero sí revelador. Aunque no comparten prácticamente nada en cuanto a sus compromisos políticos, todos han apoyado el establecimiento de una Renta Básica Universal (RBU): transferencias de efectivo o un salario proporcionado por el Estado con independencia de la situación laboral. En otras palabras, dinero gratis.

En Welfare for Markets: A Global History of Basic Income [Bienestar para los mercados: una historia global de la Renta Básica], Anton Jäger y Daniel Zamora tratan de explicar cómo un equipo tan diverso ideológicamente pudo llegar a compartir esta particular visión del estado del bienestar. Proporcionando una historia intelectual de los orígenes y la ascensión de la idea de una renta básica universal —que en los últimos años se ha convertido en uno de los principales pilares de las plataformas de reforma progresista— muestran que su amplio atractivo es prueba de un cambio tectónico en la forma en que los pensadores tanto de izquierdas como de derechas han llegado a entender tanto el Estado del bienestar como el mercado.

Resulta que la historia de la idea de una renta básica universal trata, de hecho, de mucho más que del bienestar. Mediante un cuidadoso estudio de la extraña carrera de la RBU, Jäger y Zamora demuestran cómo las premisas básicas del fundamentalismo de mercado que suele asociarse con el giro neoliberal del último cuarto del siglo XX son mucho más profundas y se extienden mucho más ampliamente de lo que la mayoría de los historiadores suelen acreditar. En lugar de la explicación estándar de las «escuelas» para el ascenso del neoliberalismo —en la que los profetas de la fatalidad descienden de las cumbres de Mont Pèlerin para difundir una filosofía de fundamentalismo de mercado—, al seguir el desarrollo del IBU como idea, Jäger y Zamora revelan cómo esa victoria ideológica fue espoleada por algo así como una reacción popular a las crisis superpuestas del liberalismo de mediados de siglo.

En esta historia, los intelectuales de todo el espectro político reaccionaron a las tensiones endémicas que atravesaban el estado del bienestar de la posguerra apartándose del principio de «la determinación colectiva de las necesidades», es decir, la provisión de prestaciones en especie, infraestructura social y burocracia. Mientras que los defensores de derechas del IBU rechazaban un Estado del bienestar social vibrante por considerar que era el primer paso en el camino hacia la servidumbre, los partidarios de la izquierda estaban en gran medida desencantados con el «paternalismo» del bienestar moderno, por lo que encontraron atractivo el paso a los pagos en efectivo: dar dinero a todo el mundo para que los individuos pudieran liberarse de los dictados de un empleador. Sin embargo, esto conllevaba la importante concesión de que el dinero, y por tanto los mercados, seguirían siendo el método central de distribución de bienes. El beneficio de una historia de la renta básica, argumentan Jäger y Zamora, es que «descentra la heurística neoliberal en favor de un giro más general del mercado». Este giro, elaboran, «también era originariamente de izquierdas y centrista, no solo una emanación de la derecha neoliberal».

Gran parte de Welfare for Markets resuena con los argumentos expuestos por el historiador Gary Gerstle en su reciente libro The Rise and Fall of the Neoliberal Order [Auge y caída del orden neoliberal]. Allí, Gerstle sostiene que el ascenso del neoliberalismo representó el establecimiento de un nuevo «orden político», o un conjunto de limitaciones ideológicas dentro de las cuales incluso los opositores al régimen vigente se ven obligados a operar. Siguiendo la trayectoria del IBU, Jäger y Zamora demuestran que esos opositores no solo han necesitado articular su oposición en términos de la retórica del nuevo orden, sino que ya han adoptado muchas de sus presunciones clave sobre la planificación social y el poder de los mercados.

Y aquí radica quizás la lección más importante en torno a los llamamientos contemporáneos a favor de un IBU. Incapaces de imaginar una sociedad en la que el Estado pudiera construir un nuevo procomún —una infraestructura que respondiera a las necesidades de la gente corriente—, los defensores izquierdistas de la renta básica han utilizado el mercado para colmar las lagunas de sus recomendaciones políticas y, lo que es más grave, de su imaginación política. Incapaces de imaginar un Estado del bienestar en el que las necesidades se determinaran colectivamente, el IBU ha permitido a sus partidarios de la izquierda refundir a los «ciudadanos soberanos» como «consumidores soberanos», ahora facultados por el Estado para participar más plenamente (y, según el argumento, más equitativamente) en las relaciones de mercado.

Una vez aceptada esta premisa, la diferencia entre izquierda y derecha se convierte en una cuestión de cantidad, más que de visión. La derecha podría reclamar la sustitución del Estado del bienestar por un mísero IBU, mientras que la izquierda podría exigir una prestación más generosa. Perdido en la discusión sobre las sumas de dinero que el gobierno debería repartir, hay un principio crucial: que quizá el propio Estado debería servir como herramienta para reordenar la sociedad sobre bases más igualitarias. El IBU es, en última instancia, como demuestran Jäger y Zamora, un producto de las bajas expectativas normalizadas por la derrota del socialismo y, con ello, de la creencia de que la política puede tener voz en las decisiones sobre la producción de bienes sociales y la organización de las relaciones sociales. O como dicen Jäger y Zamora «La renta básica se convirtió en la utopía de un mundo que había perdido la fe en las utopías».

Sin ataduras

La primera contribución importante de Jäger y Zamora a la historia del IBU es situar sus orígenes firmemente en la mitad del siglo XX. A diferencia de anteriores llamamientos a la redistribución de la riqueza (normalmente de la tierra) promovidos por personajes como Tomás Moro, Charles Fourier y Thomas Paine, la noción moderna del IBU rompió con los anteriores valores «productivistas» que presuponían que los beneficiarios habían realizado, o realizarían, algún tipo de trabajo para justificar la prestación. El IBU se distinguía de esas propuestas «centradas en el trabajo» en que se concebía como una concesión individual, universal e incondicional de dinero. Las conmociones de la Gran Depresión, la proletarización masiva y la expansión de la industrialización desacreditaron las antiguas concepciones «agrarias» y «republicanas» del bienestar, en las que el Estado, en teoría, ayudaría a los ciudadanos-productores.

Con tanta gente divorciada de los medios de producción y reproducción social, y con la amplia difusión del salario como principal medio de subsistencia, una antigua «política de la propiedad» perdió su relevancia. En su lugar surgió una concepción de los ciudadanos como, ante todo, consumidores cuya subsistencia requería una red técnicamente sofisticada de producción industrial administrada en última instancia por el Estado. Aquí, la periodización de Jäger y Zamora cuadra perfectamente con la afirmación del historiador Timothy Mitchell de que la propia noción de economía surgió al mismo tiempo, y en teoría por razones similares: comprender un mundo complejo y fragmentario dominado por las relaciones de mercado exigía ver la actividad productiva de la sociedad como un aparato único y unificado que necesitaba una gobernanza tecnocrática. No se podía esperar que un solo individuo corriente capeara la volatilidad de sus auges y colapsos. Tampoco es que los ciudadanos de a pie produjeran la economía, sino que vivían de ella.

Pero el verdadero momento de génesis del IBU, argumentan Jäger y Zamora, se produjo a principios de la década de 1940, cuando un joven Milton Friedman acuñó el término profundamente poco romántico «impuesto negativo sobre la renta». Aunque Friedman no fue el primero en concebir un salario universal, sí fue el primero en desvincularlo totalmente de cualquier obligación por parte del beneficiario (sobre todo, de cualquier suposición de que el beneficiario hubiera realizado algún tipo de trabajo).

En aquella época, Friedman aún se consideraba un New Dealer, pero en su defensa de un impuesto negativo sobre la renta podían verse los primeros indicios de lo que se convertirían en principios fundamentales de su concepción de la economía neoclásica: primero, que la pobreza era sinónimo nada más y nada menos que de falta de dinero; segundo, que el Estado carecía de la capacidad, pero sobre todo también de la autoridad moral, para planificar adecuada o apropiadamente la sociedad. En palabras de Friedman, los programas del New Deal tendían a «distorsionar el mercado o impedir su funcionamiento». El «objetivo final» del impuesto negativo sobre la renta, en cambio, era permitir a los beneficiarios «ser libres en el mercado y no del mercado». Este compromiso con el mercado se convertiría, según Jäger y Zamora, en algo parecido al pecado original de la renta básica.

Sin embargo, no sería hasta la década de 1960 y las incipientes crisis del liberalismo estadounidense de mediados de siglo cuando la renta básica se elevó a una posición de importancia primero nacional y luego internacional. Varios factores se combinaron para hacer del IBU una propuesta atractiva en aquella época. Los observadores atribuyeron erróneamente el aumento del desempleo a finales de los años 50 a una «revolución de la automatización», abriendo la posibilidad de que la economía se deshiciera pronto de una parte sustancial de la mano de obra. Este temor —combinado con el creciente número de personas que se apuntaban a la asistencia social en Estados Unidos y el redescubrimiento de la pobreza por comentaristas políticos como Michael Harrington en su obra de 1962 The Other America— hizo de la renta básica una propuesta atractiva para los reformistas.

La Nueva Izquierda desconfiaba del Estado del Bienestar por su paternalismo —lo que Herbert Marcuse denominó la «sociedad administrada»— y la recién ascendida derecha despreciaba el Estado del Bienestar porque reducía la desigualdad y planteaba una alternativa al mercado como medio para distribuir los bienes sociales. Pero el IBU todavía no era un discurso hegemónico. Aunque los libertarios y los activistas de la Nueva Izquierda podrían haber respaldado una renta básica, los gobiernos de Kennedy y Johnson no consideraban que la pobreza tuviera su origen en cualidades estructurales de la economía. Por el contrario, pensaban que las causas de la privación eran las culturas de la pobreza y la falta de formación adecuada para una serie de empleos cualificados (que supuestamente la sociedad tecnológica iba a producir en masa).

El Estado de transferencias monetarias

Hasta la administración Nixon, el IBU no encontró su defensor en la Casa Blanca. Aquí el enfoque histórico de Jäger y Zamora demuestra su poder. Teniendo en cuenta los elogios de Nixon a la ética del trabajo mientras ocupaba el cargo, su apoyo a una renta básica, denominada Programa de Asistencia Familiar (PAF), ha resultado algo misterioso entre los historiadores de los Estados Unidos de la posguerra. Tras haber fundamentado firmemente el IBU en una reverencia al fundamentalismo de mercado, Jäger y Zamora demuestran que su apoyo tiene de hecho sentido.

Por un precio —una renta básica—, Nixon podía comprar al pueblo estadounidense su compromiso con la idea de la capacidad colectiva de utilizar el poder gubernamental para rehacer la sociedad siguiendo líneas más democráticas. Aunque el PAF fracasó en última instancia, su administración impulsó un modelo de transferencia de efectivo para la asistencia social, en particular, la Seguridad de Ingreso Suplementario (SSI) y el Crédito Fiscal por Ingreso del Trabajo (EITC) para los que tenían empleo. Estos movimientos fueron precursores de una tendencia a privatizar para sustituir el Estado de bienestar por un Estado de transferencia de efectivo que persistiría a lo largo de las décadas de 1980 y 1990. Aunque Reagan recortó famosamente los programas gubernamentales de bienestar social hasta los huesos, como su reducción del presupuesto del Departamento de Vivienda y Desarrollo Urbano, las transferencias monetarias aumentaron en realidad durante su presidencia, al igual que lo harían durante los dos mandatos de Clinton.

A medida que las transferencias de efectivo se hacían cada vez más populares como solución al Estado del bienestar estadounidense, el estatus del IBU disminuía en Estados Unidos, mientras que en Europa Occidental ganaba adeptos. La causa de ello, argumentan los autores, fue un creciente «antiestatismo de izquierdas europeo y una nueva sensibilidad poslaboral». En todo el continente, amplias franjas de la izquierda habían llegado a aceptar el destino postindustrial de Occidente, provocado por el aumento de la competencia internacional facilitada por el libre comercio, como un hecho inmutable de la vida. Al parecer, el fordismo estaba perdiendo fuelle, y los intelectuales del orden de André Gorz decían adiós a la clase obrera. La proliferación de organizaciones posobreras europeas a finales de los 70 y principios de los 80 —el Consejo Holandés contra la Ética del Trabajo, TUNIX en Alemania, así como grupos franceses e italianos— atestiguó el alejamiento de la izquierda de una visión de la revolución centrada en la clase obrera industrial. En palabras del filósofo George Caffentzis, el entusiasmo en torno a la posibilidad de una renta básica revelaba «una política fracasada» cuya plataforma presumía que «a espaldas de todos, el capitalismo [había] terminado».

Por supuesto, el atractivo del IBU no se basaba en el fin del capitalismo, sino en la supremacía de los mercados. En ninguna parte quedó esto más claro que en el sorprendente giro discursivo de IBU hacia el Sur Global. La decisión de Jäger y Zamora de centrarse en el mundo en desarrollo es tan poco convencional como bienvenida. Lejos de marcar el comienzo de una sociedad posindustrial, poslaboral y poscapitalista, en India, México y Brasil el IBU demostró ser un método útil para intensificar las relaciones de mercado sin invertir realmente en desarrollo. Mientras que Julius Nyerere había sostenido que las naciones pobres no podían salir de la pobreza «sin industrialización», la ONU, el FMI y el Banco Mundial presionaron a las naciones más pobres para que adoptaran pagos de transferencia en lugar de fuertes inversiones de capital. En lugar de una política industrial para crear independencia nacional, los pagos de transferencia se convirtieron en la política a seguir en un plan de desarrollo que, en última instancia, mantendría y reforzaría las estructuras preexistentes de intercambio de mercado.

Una vez más, las mentes que estaban detrás de este cambio de política reformularon la pobreza de una cuestión de desigualdad a una de mera falta de dinero. Esto suponía que las estructuras institucionales no desempeñaban ningún papel a la hora de garantizar la distribución desigual de la riqueza. «El desarrollo como empresa dirigida por el Estado», escriben Jäger y Zamora, «pronto se disolvió en el vasto océano impersonal de las elecciones agregadas de los consumidores».

¿Era posible otro IBU?

Los puntos fuertes del enfoque histórico de Jäger y Zamora son indiscutibles. Demuestran ampliamente lo que otros solo han insinuado: la profundidad de los cambios político—económicos y culturales que condujeron al ascenso del fundamentalismo de mercado en el último cuarto del siglo XX. Su historia es amplia y profunda. Seguramente se convertirá en el relato autorizado de los orígenes del IBU.

Si la historia que relatan tiene alguna carencia, es en las ambigüedades menos exploradas de la renta básica, las mismas ambigüedades que la han hecho atractiva sobre todo para los pensadores de la izquierda. Tomemos, por ejemplo, su análisis de la Organización Nacional por los Derechos del Bienestar (NWRO), cuyo llamamiento a las transferencias de efectivo en Estados Unidos a finales de los años 60 y 70 parecería molestar a su estricta definición del IBU como esencialmente divorciado del trabajo, como un pago incondicional. A diferencia de la inmensa mayoría de los intelectuales del IBU que Jäger y Zamora analizan en su libro, muchos de los miembros de la NWRO, en particular las madres que vivían de la asistencia social, exigían unos ingresos proporcionados por el Estado, no incondicionalmente, sino sobre la base de que, de hecho, ya estaban realizando un trabajo.

Una de las principales organizadoras de la NWRO, Johnnie Tillmon, pidió a Nixon que emitiera «una proclamación de que el trabajo de las mujeres es trabajo de verdad», y que las madres debían recibir «un salario digno por hacer el trabajo que ya estamos haciendo: criar a los hijos y cuidar de la casa». Jäger y Zamora no abordan este ángulo concreto de la historia, pero según su análisis, las madres benefactoras de la NWRO no pedían un auténtico IBU. En su lugar, invocaban un modelo de redistribución «productivista» más antiguo.

Es precisamente en esta excepción donde tal vez pueda percibirse una tensión que recorre la idea de la renta básica y que los autores no acaban de afrontar: que una política de renta básica podría, en teoría, servir para valorar mejor el trabajo que con demasiada frecuencia no se reconoce ni se paga, y que tal vez la ética «productivista» que supuestamente hemos dejado atrás esté de hecho a mano en estos modelos de RBI como compensación por el trabajo doméstico no remunerado. El objetivo del movimiento Salario para el Trabajo Doméstico de principios de la década de 1970, que también exigía un salario al Estado, era obligar a la sociedad en general a valorar adecuadamente el trabajo doméstico, que de otro modo sería «invisible».

Jäger y Zamora afirman de forma un tanto despreocupada que hoy en día el «precariado» está «menos acostumbrado a la ética del trabajo industrial». Es una afirmación que recuerda extrañamente a las afirmaciones del propio Nixon cuando condenó lo que denigró como la «ética del bienestar» de finales de los 60. En primer lugar, no está claro que en los años 50 tantos trabajadores estuvieran especialmente enamorados de sus empleos industriales, ni hoy es tan evidente que la gente en principio no crea en el trabajo.

Esto importa porque, aunque Jäger y Zamora defienden de forma persuasiva que el IBU revela la profundidad del giro al mercado de mediados de siglo en el pensamiento político, no tienen en cuenta los numerosos movimientos que han intentado reforzar una posición contra el mercado exigiendo dinero. Por ejemplo, muchos opositores de derechas al PAF a finales de los 60 y principios de los 70 lo rechazaron alegando que un salario público independiente daría a algunos de los trabajadores más oprimidos la capacidad de rechazar trabajos degradantes. «No va a quedar nadie para hacer rodar esas carretillas y planchar esas camisas», dijo el representante de Georgia Phillip Landrum. «Todos estarán en la asistencia social». En otras palabras, como sugirieron las madres del bienestar de la NWRO, si una renta básica fuera lo suficientemente generosa, podría realizar por sí misma una especie de reforma estructural de la economía, posiblemente dando a la gente el poder de negarse a entrar en el mercado, en este caso, el mercado laboral.

Jäger y Zamora podrían argumentar que incluso esto, sin embargo, solo constituiría una medida a medias, una forma de que el Estado jugueteara con el mercado individuo por individuo, en lugar de dedicarse realmente a la labor más radical de planificar la economía. Por lo demás, el Estado podría proporcionar todo tipo de disposiciones sociales para reconocer que el trabajo reproductivo social es realmente trabajo, como en la ambiciosa visión de la feminista de fin de siglo Charlotte Perkins Gilman y lo que la historiadora Dolores Hayden ha llamado las «feministas materiales» de la Era Progresista, que pedían la socialización del trabajo reproductivo: la vida colectiva y la racionalización de la cocina, la limpieza y las actividades normalmente entendidas como trabajo de la vida familiar. Aunque, incluso aquellas feministas radicales defendían una versión de los salarios para el trabajo doméstico.

Dejando a un lado estas salvedades, el planteamiento de Jäger y Zamora supone una contribución inmensamente útil para desentrañar la turbia política del IBU, ayudándonos a ver que cuando Mark Zuckerberg y Jack Dorsey, a quienes apodan «tecnopopulistas», apoyan el establecimiento de una renta básica, los ejecutivos tecnológicos no se han convertido de repente en paladines de la clase trabajadora. A medida que las instituciones liberales pierden credibilidad y la economía se vuelve cada vez más precaria, los trabajadores se encuentran flotando libremente, desvinculados de empleos estables o sindicatos. En la vorágine, los tecnócratas articulan una política aparentemente apolítica que, a primera vista, podría parecer radicalmente democrática, aunque solo sea una democracia de átomos que chocan unos contra otros en el mercado mundial: un hachazo técnico al problema del capitalismo tardío. Y, por desgracia, este tecnopopulismo sigue siendo una corriente particularmente vibrante del discurso político contemporáneo.

Corresponde a la izquierda imaginar un mundo en el que las personas puedan vivir y prosperar al margen de las relaciones de mercado. Históricamente, esa ha sido su parte; en el futuro, esa es su responsabilidad.

JASON RESNIKOFF

Profesor adjunto de Historia Contemporánea en la Rijksuniversiteit Groningen de Holanda y autor de Labor’s End: How the Promise of Automation Degraded Work.

TRADUCCIÓN: FLORENCIA OROZ

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Mariátegui fue el gran pionero del marxismo latinoamericano

02/07/2023 by Vitalio Deja un comentario

Por: Mike González

El pensador peruano José Carlos Mariátegui reconoció la necesidad de adaptar el marxismo a las condiciones latinoamericanas en lugar de limitarse a copiar a Europa.

José Carlos Mariátegui fue uno de los pensadores marxistas más creativos y originales de su época. Aunque murió en 1930 con sólo treinta y cinco años, reinterpretó el marxismo para América Latina, ayudó a construir las primeras organizaciones obreras de Perú y desafió tanto al reformismo como al sectarismo de la Internacional Comunista.

Sorprendentemente, la contribución de Mariátegui no fue tan reconocida en el movimiento socialista ni más allá de su Perú natal durante casi una generación. Sin embargo, la creciente resistencia popular al neoliberalismo en América Latina con la «marea rosa» de principios del siglo XXI y los levantamientos populares de los últimos cinco años ha impulsado un redescubrimiento de sus ideas políticas.

La relevancia de Mariátegui, tanto durante su corta vida y como referente para los nuevos movimientos sociales de nuestra época, se debe en parte a su insistencia en el papel central de las comunidades indígenas latinoamericanas en la lucha de clases. Fue una figura clave en la construcción del movimiento obrero peruano y un pensador y escritor marxista cuya influencia se extendió más allá de su Perú natal. Sobre todo gracias al impacto de la extraordinaria revista Amauta, que fundó y dirigió entre 1926 y 1930.

El título de la revista era significativo.

El amauta era la autoridad intelectual en el mundo inca, y el contenido escrito y visual de la revista reflejaba la centralidad del mundo inca en su visión. Sin embargo, el mundo que se representaba no era el de los indígenas como víctimas del colonialismo histórico, sino el de comunidades con una historia de resistencia.

Mariátegui y Perú

Mariátegui nació en Moquegua, al sur de Perú, en 1894. Su madre era una costurera de origen humilde, mientras que su padre, casi ausente, procedía de la aristocracia española. A los ocho años, un incidente en el patio de la escuela le dejó gravemente discapacitado y le privó de los cuatro primeros años de escolaridad. La enfermedad le persiguió durante toda su vida y fue la causa de su temprana muerte.

Confinado en cama durante cuatro años, aprovechó el tiempo para leer. A los quince años ya trabajaba en la imprenta del principal diario de Lima, La Prensa, donde se encargaba de leer las noticias internacionales que llegaban por cable e informar sobre ellas. Al cabo de un año, ya escribía para el diario como columnista y cronista parlamentario.

También era aspirante a poeta y se unió a los círculos literarios de vanguardia que se reunían en los cafés del principal bulevar de la ciudad, el Jirón de la Unión. Todo ello a pesar de la brecha existente entre la procedencia generalmente burguesa de los escritores de este medio y sus propios orígenes empobrecidos.

La economía peruana había experimentado un auge a principios del siglo XIX, basada en recursos como el guano y los nitratos que eran explotados por empresas extranjeras y, especialmente, británicas. Sin embargo, la guerra del Pacífico con Chile de 1879-83 puso fin a la breve época de prosperidad de Perú. El capital extranjero financió una posterior recuperación económica y se hizo con el control de las exportaciones minerales y agrícolas del país.

Durante la Primera Guerra Mundial, la demanda de estos productos aumentó y la floreciente industria textil de la capital creó una nueva clase obrera y los primeros sindicatos. Los productos de los sectores agrícola e industrial de Perú se exportaron durante los años de guerra, mientras que el precio de las importaciones, incluidos los alimentos, aumentó.

En 1919, un movimiento de protesta por la reducción de los precios de los productos básicos y la jornada laboral de ocho horas inició una huelga nacional el 1 de mayo de ese año. Consiguieron sus reivindicaciones con el apoyo de un periódico recién fundado por Mariátegui, La Razón. Los trabajadores llevaron en hombros a Mariátegui por las calles en el desfile de la victoria.

En ese momento, el movimiento obrero peruano estaba dominado por las ideas anarquistas. Sin embargo, Mariátegui ya se había declarado socialista.

Viaje a Europa

El nuevo presidente de Perú, Augusto B. Leguía, prometió un programa de modernización que incluía el reconocimiento de los sindicatos, pero no cumplió sus promesas. En 1920, Leguía envió a Mariátegui y a su compañero editor de periódico a Europa. Aparentemente se trataba de una misión de «investigación», pero podemos verlo de forma más realista como un intento del presidente de librarse de un agitador problemático.

Mariátegui llegó a una Europa inmersa en el fervor de la revolución y desgarrada por las secuelas de la Primera Guerra Mundial. Sus envíos regulares a la prensa peruana relataban las vacilaciones de los partidos socialdemócratas y los acontecimientos revolucionarios en Rusia. Sus artículos, recogidos en Cartas desde Italia, describen tanto el impacto de la Revolución de Octubre en el movimiento socialista como la debilidad del reformismo burgués.

En Italia, los consejos de las fábricas de automóviles de Turín expresaban las posibilidades de un nuevo poder obrero, afín a los soviets surgidos de la Revolución de Octubre. Al mismo tiempo, Mariátegui vio un Partido Socialista italiano que retrocedía ante la posibilidad de la revolución. También describió con gran clarividencia los peligros de un movimiento fascista que entonces tomaba forma bajo el liderazgo de Benito Mussolini.

Estuvo presente cuando el socialismo italiano se escindió en su Congreso de 1921 en Livorno, con una minoría de delegados de izquierdas que formaron un Partido Comunista cuya dirección incluía a Antonio Gramsci. Mariátegui subrayaría más tarde, pensando en Perú, el riesgo de separar a los revolucionarios más avanzados del movimiento obrero en general.

Como explicó a su regreso a Perú en 1923, Mariátegui había encontrado en Europa «una esposa y algunas ideas» y se había convertido en un «marxista convencido y comprometido» en el proceso. ¿Qué conclusiones sacó de su experiencia europea?

Adaptación del marxismo

Como marxista, Mariátegui identificaba claramente a la clase obrera como protagonista —el sujeto— de la revolución socialista. Pero él procedía de una sociedad en la que la clase obrera era una fuerza social naciente y aún profundamente arraigada en otras tradiciones.

Los trabajadores de las minas de propiedad extranjera del Valle Central eran en su mayoría campesinos indígenas aún vinculados a su comunidad agrícola de las tierras altas. Las empresas extranjeras eran propietarias de las plantaciones costeras que producían arroz y café con una mano de obra prácticamente esclava tomada de las comunidades indígenas por contratistas de mano de obra. La industria se limitaba en gran medida a Lima y al vecino puerto del Callao.

El 40% de la población peruana pertenecía a las comunidades indígenas de la sierra andina. Sus condiciones de trabajo y de vida, como las describió Mariátegui, eran prácticamente feudales en una sociedad dominada por terratenientes (gamonales) cuyo régimen violento escapaba al control del Estado peruano. Sin embargo, ellos también estaban integrados en un sistema capitalista global que consumía los productos de su trabajo.

La experiencia de Mariátegui en la Europa de posguerra puso de manifiesto la debilidad y ambivalencia del reformismo burgués. Vio esas tendencias reflejadas en la clase dirigente de su propio país, que carecía de cualquier proyecto independiente y aceptaba sin chistar una subordinación servil al capital internacional.

Esta dependencia era tanto cultural como económica. Para Mariátegui, la desilusión expresada por sus amigos en los círculos artísticos de Lima era una crítica negativa que evadía la realidad.

Mariátegui tuvo claro desde el principio que la clase dirigente peruana no quería ni podía crear un Estado-nación inclusivo. La tarea de hacerlo recaería en un amplio movimiento socialista. Estas fueron las conclusiones que presentó a su público, mayoritariamente obrero, en la Universidad Popular de Lima, donde se le pidió que diera una serie de conferencias sobre la crisis mundial en 1923-24. Su perspectiva era internacionalista.

Su perspectiva era internacionalista. Esto contrastaba con otras corrientes en Perú, especialmente el partido nacionalista APRA (Alianza Popular Revolucionaria Americana), que se hacía eco del nacionalismo populista de movimientos como el Kuomintang chino.

En palabras de Mariátegui:

El internacionalismo existe como ideal porque es la nueva realidad emergente ( . . .) Las masas se sienten movidas e inspiradas por esa teoría que ofrece un objetivo inminente, un fin creíble (…), una nueva realidad en proceso de devenir.

El Frente Único

Sin embargo, Mariátegui consideraba fundamental que su marxismo, aunque inspirado en la Revolución Rusa de 1917, no fuera «ni calco ni copia» del modelo europeo. Los movimientos revolucionarios surgieron en circunstancias históricas y sociales particulares. Como señaló Lenin, la verdad es siempre concreta.

El marxismo era para Mariátegui una «filosofía de la praxis», según el término utilizado por Gramsci. En sus Cuadernos de la cárcel, Gramsci señalaba que un marxismo de este tipo estaría «necesariamente conectado con la exploración crítica de las formas de actividad, organización e ideas que surgen y son impugnadas dentro de la política de la vida cotidiana».

Mariátegui había conocido a Gramsci durante su estancia en Italia y quedó impresionado por él, aunque no vivió lo suficiente para leer la obra más influyente del pensador italiano, que fue compuesta en una de las cárceles de Mussolini.

En su manifiesto de 1924, «El Primero de Mayo y el Frente Único» (1924), Mariátegui sostenía que el instrumento clave de esa praxis sería el frente único. Dicho frente reuniría a los explotados y a los oprimidos en una organización unida. Reconocería que las divisiones en el seno de la clase obrera derivan en última instancia de la propia economía capitalista y de la estructura social desigual que ésta producía.

Desarrolló estas ideas en sus Siete ensayos interpretativos sobre la realidad peruana (1928). Se trata de un brillante y original análisis marxista de la economía peruana, su evolución histórica y el papel de los pueblos indígenas en ella. El papel central que Mariátegui otorga a la cultura en sus ensayos le sitúa firmemente dentro de la corriente del marxismo creativo de Gramsci, György Lukács y Walter Benjamín, aunque no podía estar familiarizado con sus escritos.

La tradición indigenista

La literatura indigenista de finales del siglo XIX había empezado a representar a la comunidad indígena de Perú, pero en forma de protesta moral contra su opresión. Para Mariátegui, en cambio, la historia indígena conectaba directamente con la tradición socialista. Era una historia de resistencia y lucha contra la explotación enraizada en un concepto de lo colectivo que, en su opinión, tenía claras afinidades con el pensamiento socialista.

La sociedad inca se basaba en una idea de comunidad y colaboración expresada en su unidad básica de organización, el ayllu. Era, por supuesto, una sociedad autocrática. Pero la destrucción colonial de la jerarquía inca dejó el ayllu como estructura básica de la vida social.

Algunos de los contemporáneos de Mariátegui abogaban por un retorno directo al pasado inca. Mariátegui, en cambio, situaba a estas comunidades dentro de las modernas relaciones de explotación capitalista que habían despojado a los indígenas de sus tierras y los habían sometido a formas modernas de esclavitud.

La tradición incaica y el socialismo contemporáneo compartían, en su opinión, una visión común de la responsabilidad colectiva incrustada en la tradición popular, basada en los mitos y las representaciones simbólicas que expresaban una visión emancipadora del futuro. Esa visión —lo que él denominaba el mito— anticipaba una sociedad liberada que englobaría a trabajadores, campesinos y pueblos indígenas en un frente único de lucha.

Para Mariátegui, era crucial que las divisiones de la sociedad latinoamericana producidas por el colonialismo, el racismo y la opresión se superaran primero en la construcción de un movimiento socialista. A esta tarea dedicó los años que le quedaban de vida. Repitió las ideas expuestas en su manifiesto de 1924, en la convocatoria de un Congreso Obrero en 1926 y en el programa fundacional del Partido Socialista Peruano.

Las ideas de Mariátegui se enfrentaron a dos interlocutores hostiles. Por un lado, la aparición del APRA, una alternativa nacionalista burguesa a su proyecto socialista, que proponía un tipo de Estado burgués renovado aunque reivindicaba el lenguaje del marxismo. Mariátegui se enfrentó al líder del APRA, Víctor Haya de la Torre, y argumentó que la burguesía peruana era incapaz de llevar a cabo un proyecto de desarrollo nacional.

Esa tarea, insistió, quizás haciéndose eco del concepto de revolución permanente de León Trotsky, debe ser obra del movimiento socialista:

Hay teóricos superficiales que se oponen al socialismo porque el capitalismo no ha cumplido su misión en el Perú. Cuán sorprendidos deben estar cuando se dan cuenta de que la función del gobierno socialista será en gran medida llevar adelante el capitalismo, al menos aquellas posibilidades históricamente necesarias que aún ( . . .)  requiere el progreso social.

Por otra parte, los funcionarios de la Internacional Comunista (Comintern) dirigida por los soviéticos desconfiaban cada vez más de Mariátegui y de su estrategia de frente único. Esto contradecía la línea predominante de la Comintern de finales de los años 20 y principios de los 30, que se oponía a la cooperación con otras fuerzas de izquierdas en nombre de la táctica de «clase contra clase». También veían el énfasis de Mariátegui en el papel activo de las comunidades indígenas en el movimiento socialista como una forma de socavar el papel central de la clase obrera.

Mariátegui respondió a las críticas en tres ponencias enviadas al único Congreso Latinoamericano de la Comintern, celebrado en Buenos Aires en 1929. Mariátegui estaba demasiado enfermo para asistir en persona a la reunión.

Sus respuestas —en particular «La perspectiva antiimperialista»— expusieron una vez más las falsas promesas del nacionalismo reformista en Perú y América Latina. Pero las posiciones de Mariátegui fueron finalmente denunciadas y marginadas en el seno de la Comintern, que abogó por el desarrollo por separado de los movimientos indígenas.

Creación heroica

En 1927, Mariátegui publicó Defensa del marxismo. Era una respuesta al revisionismo del político socialista belga Henri de Man, que más tarde se convertiría en colaborador nazi durante la Segunda Guerra Mundial.

Situaba el marxismo en las realidades específicas de América Latina:

La revolución latinoamericana será nada más y nada menos que una fase de la revolución mundial (. . .)  No queremos, ciertamente, que el socialismo sea en América calco y copia. Debe ser creación heroica.

Tras la prematura muerte de Mariátegui, sus Siete Ensayos siguieron imprimiéndose permanentemente, y algunos académicos y escritores continuaron reconociendo la importancia de su contribución. Sin embargo, el colapso del estalinismo y el surgimiento de nuevos movimientos sociales en América Latina crearon un nuevo entorno favorable para la valoración de Mariátegui.

Su definición amplia y diversa de un movimiento socialista y la forma creativa en que debía comprometerse con la historia de la resistencia en América Latina conectaron con la realidad de los nuevos movimientos. Una nueva generación volvió a encontrar inspiración en las ideas y el ejemplo de Mariátegui, en las luchas indígenas y en su promesa emancipadora. También redescubrieron la historia más amplia de la resistencia popular obrera en la práctica del frente único de lucha.

MIKE GONZÁLEZ

Profesor emérito de estudios latinoamericanos en la Universidad de Glasgow. Es autor de varios libros sobre historia y política latinoamericana, entre ellos En la esquina roja: El marxismo de José Carlos Mariátegui .

TRADUCCIÓN: NICOLÁS DELEVILLE

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Los socialistas debemos recuperar 1848

02/07/2023 by Vitalio Deja un comentario

Por: Owen Dowling

Las cuestiones planteadas por las revoluciones europeas de 1848 y su derrota final siguen siendo de vital importancia para la política socialista de nuestro tiempo.

Las revoluciones europeas de 1848-49 ocupan un lugar curiosamente marginal en la memoria histórica colectiva de los socialistas de hoy. La Primavera de los Pueblos vio estallar revueltas democráticas masivas en las capitales y provincias de Europa, ahuyentando a emperadores, reyes y papas de sus palacios aterrorizados por el poder popular armado.

Muchos miembros de la izquierda actual pueden recordar que una oleada de revoluciones siguió rápidamente a la publicación del Manifiesto Comunista, o pueden estar familiarizados con el elogio sardónico de Karl Marx de la efímera Segunda República Francesa, El dieciocho brumario de Luis Bonaparte (1852). Sin embargo, en comparación con los asaltos a la Bastilla y al Palacio de Invierno, o incluso con la Comuna de París de 1871, los acontecimientos reales de 1848 suelen ser poco discutidos entre los reivindicadores modernos del canon de las revoluciones europeas.

Esto puede deberse en parte a lo que Christopher Clark, autor de una monumental nueva historia de estos levantamientos, Revolutionary Spring: Europe Aflame and the Fight for a New Worl, 1948-1849 [La primavera revolucionaria: Europa en llamas y la lucha por un nuevo mundo, 1848-1849], describe como su aparente combinación potencialmente poco atractiva de «complejidad y fracaso». En 1848 no se estableció en ninguna parte un régimen revolucionario duradero comparable a los nacidos en 1917 o 1949: todos los gobiernos insurgentes recién nacidos sucumbieron relativamente pronto a la contrarrevolución interna o internacional.

Pero sería un error, argumenta Clark, concluir que los acontecimientos de 1848-49 fueron históricamente intrascendentes, o que no merecen nuestro interés actual. Las revoluciones de 1848 fueron únicas en la historia de Europa, observa, con «tumultos políticos paralelos» que estallaron en todo el continente en «la única revolución verdaderamente europea que ha habido». Además, en su lectura, estas revoluciones «no fueron de hecho un fracaso»: fueron un punto de inflexión histórico definitivo, tras el cual «Europa se convirtió en un lugar muy diferente».

Para Clark, el levantamiento continental de 1848-49 fue «la cámara de colisión de partículas en el centro del siglo XIX europeo», dentro de la cual las corrientes políticas decisivas de la modernidad europea, desde «el socialismo y el radicalismo democrático hasta el liberalismo, el corporativismo y el conservadurismo», fueron puestas a prueba y cambiaron de forma indeleble, para ser liberadas en sus nuevas formas sobre el mundo.

Panorama europeo

Hasta ahora, ha habido relativamente pocos relatos de las revoluciones de 1848 en perspectiva continental, al menos en inglés. Tal vez ello se deba en parte a los requisitos lingüísticos previos que hay que cumplir para intentarlo, así como al exceso de historias nacionales.

Eric Hobsbawm abre La era del capital (1975), el segundo volumen de su trilogía clásica sobre el largo siglo XIX, con una panorámica sucinta pero esclarecedora sobre la Primavera y sus consecuencias. De los tratamientos más recientes en forma de libro, el libro de texto de Jonathan Sperber de 1994 es probablemente el más conocido, y el mejor. Pero la enorme nueva historia de Clark, de 754 páginas, empequeñece todos los estudios anteriores, reconstruyendo la experiencia paneuropea de 1848 hasta un punto nunca antes logrado.

Catedrático Regius de Historia en la Universidad de Cambridge, Clark es autor de varias obras sobre historia alemana y europea, entre ellas su célebre relato de los orígenes diplomáticos de la Primera Guerra Mundial, The Sleepwalkers (2012). Aquí, Clark también toma como tema a Europa como tal: aunque las revoluciones de 1848 pueden haber sido «nacionalizadas en retrospectiva», para los contemporáneos «se experimentaron como convulsiones europeas». Podría decirse que Revolutionary Spring aparece así como el apogeo del estilo propio de Clark de escribir historia europea transnacional: basta con echar un vistazo a la maraña políglota de notas finales para comprender que se trata de una obra de apasionado oficio.

Clark cuenta la historia de 1848 a lo largo de diez capítulos, trazando el desarrollo subterráneo, la erupción, el viaje de la unidad a la división, la derrota final y los legados duraderos de las tácticas revolucionarias entrelazadas en diversos escenarios: Francia, los reinos de la Alemania anterior a la unificación y la Italia anterior al Risorgimento, la Austria de los Habsburgo y sus territorios imperiales (sobre todo Hungría), la Rumania actual y más allá. Aunque vagamente cronológico, cada uno de los sucesivos capítulos de Clark es un mundo en sí mismo, que se detiene con impresionante profundidad en dimensiones temáticas concretas dentro del hacer y deshacer de las revoluciones.

Es difícil escribir una historia narrativa directa de 1848, explica Clark, sobre todo al llegar a las «detonaciones casi simultáneas» de marzo: «La narración se fractura, el historiador se desespera y “mientras tanto” se convierte en el adverbio de primer recurso». Clark hace hincapié en la inmersión, conduciendo a los lectores a través de una amplia reconstrucción de la Europa de 1840 como una totalidad, incluidos los mundos de la religión, la filosofía, el arte y la cultura.

Se trata claramente de la obra de alguien que está excepcionalmente familiarizado con la cultura literaria de la época. Los panfletos políticos se sitúan junto a canciones, sátiras y novelas, como las de la radical francesa George Sand, inconformista con el género, como parte esencial del mundo mental social contemporáneo en el que se sumerge el lector.

Extensas digresiones biográficas pueblan la Europa de Clark con un ecléctico elenco de personajes —románticos insurrectos, tribunos nacionalistas, periodistas extranjeros, liberales ambivalentes, parlamentarios cautos, reaccionarios decididos— que, al experimentar el viaje a la vorágine revolucionaria junto al lector, se convierten en los protagonistas de 1848. Repleta de anécdotas ilustrativas, la voz narrativa de Clark es atractiva, autorizada y, a menudo, bastante divertida.

Capa sobre capa

Construyendo capa sobre capa para establecer una imagen más completa de la Europa contemporánea, esta es una escritura histórica seria y ambiciosa. El extenso enfoque de Clark merece la bienvenida de cualquier persona interesada en el mundo del siglo XIX, aunque puede poner a prueba la resistencia de los lectores que busquen una introducción ligera al tema.

Después de todo, el libro ocupa 266 páginas —¡más que todo el estudio de Sperber!— para llegar al inicio parisino de las revoluciones en febrero de 1848. Los posibles lectores deben estar preparados para un maratón, pero este es más el punto fuerte del libro que su debilidad, lo que lo convierte en una lectura gratificante y sustancial. Puede decirse con cierta seguridad que esta es la nueva historia definitiva de las revoluciones de 1848, y una firme declaración en apoyo de la opinión de Clark como autoridad en la materia.

Hay muchas formas de escribir la historia de una revolución. Tanto la Historia de la Revolución Rusa de León Trotsky como Los jacobinos negros de C. L. R James describen, en términos grandiosos y poéticos, la singular lucha hacia la victoria de un sujeto revolucionario popular distinto. Las revoluciones de 1848, tal y como las relata Clark, no tuvieron tal agente social o político unificado; se definieron, más bien, por «la polivocidad, la falta de coordinación y la estratificación de muchos vectores transversales de intención y conflicto».

Un tema central del libro es la disensión dentro de los bloques revolucionarios que se unieron en aquella primavera y se separaron después de diversas maneras. Los radicales de izquierda pronto descubrieron que su visión de una «república democrática y social» no era compartida por la mayoría de los liberales monárquicos constitucionales (o republicanos moderados) que predominaban en los órganos de poder que había generado la oleada inicial de revoluciones.

Muchas de las cuestiones a las que se enfrentaban estos revolucionarios siguen teniendo una importancia acuciante para la izquierda hoy en día: el pluralismo político y las coaliciones interclasistas, la democracia liberal y la movilización extraparlamentaria, la falta de libertad civil y la emancipación, y la complicada relación del nacionalismo con otras formas de solidaridad. De hecho, aunque el relato de Clark está profesamente escrito desde una perspectiva «afín a los liberales lectores de periódicos, bebedores de café y orientados a los procesos», Revolutionary Spring tiene mucho que recomendar a los lectores socialistas.

La cuestión social

«Todo y todos estaban en movimiento», observa Clark, en los años que precedieron a 1848. Dedica sus primeros capítulos a los contextos y conflictos de una Europa posnapoleónica «presionada y flexionada por rápidos cambios» a medida que avanzaba a buen ritmo la dislocadora transición al capitalismo. A través de la lente del discurso de investigación contemporáneo en torno a la «cuestión social», Clark perfila las condiciones sociales predominantes del periodo, incluida la aparentemente nueva forma de «pauperismo» que era visible «casi dondequiera que miremos en la Europa anterior a 1848».

Clark está impresionantemente familiarizado con los índices de la historia social urbana y agraria europea, y hay extensos pasajes en los que, en las preguntas que plantea y responde, escribe —quizá incluso a pesar de sí mismo— como un marxista. Al debilitarse las trabas tradicionales a la subsunción del trabajo al capital (especialmente al oeste del Elba), los trabajadores artesanos se vieron cada vez más expuestos a «procesos de proletarización».

El cercamiento de los bienes comunes rurales generó «antagonismos de clase emergentes» en todo el campo europeo, mientras que sus barrios marginales municipales se llenaban de una clase floreciente de trabajadores asalariados que dependían desnudamente de las caprichosas condiciones del mercado. Proliferaron las revueltas alimentarias y las escaramuzas agrarias, mientras que las famosas revueltas de los tejedores planteaban a los comentaristas radicales el espectro de una clase obrera no solo en sí misma, sino también para sí misma.

Con una crisis comercial e industrial internacional tras las malas cosechas de 1845-47, el impacto en las capas más bajas de la población europea fue «inmediato y severo». Clark se esfuerza en insistir en que las revoluciones no fueron simples brotes de la pobreza y el hambre populares, subrayando la relativa autonomía de la política. Pero entiende que esta «angustia material» fue «el telón de fondo indispensable de los procesos de polarización política que hicieron posibles las revoluciones».

Al anatomizar las eclécticas ideologías políticas que surgieron en medio de esta realidad social en crisis, Clark muestra una experta fluidez con la cultura intelectual de Europa en la época en que términos como liberalismo, socialismo y conservadurismo «apenas estaban abriéndose camino». Era la Europa de la tecnocracia saint-simoniana, el nacionalismo mazziniano, el liberalismo librecambista y el revolucionarismo neojacobino, así como formas embrionarias de conservadurismo popular.

Liberales y radicales son las tendencias políticas axiomáticas dentro del relato de Clark sobre el partido revolucionario en 1848. Compartían importantes puntos en común: oposición al absolutismo monárquico, apoyo al principio de representación política, anticlericalismo y defensa del «progreso». Sin embargo, como aclara Clark, había contradicciones significativas entre sus respectivas visiones programáticas.

Los radicales eran republicanos, mientras que los liberales solían apoyar las monarquías constitucionales. Los radicales defendían el sufragio universal (masculino); los liberales, en cambio, eran «enfáticamente no demócratas» y preveían un sufragio electoral limitado basado en la cualificación de la propiedad. Los radicales apoyaban la confrontación enérgica con la autoridad, mientras que los liberales, aunque «profundamente implicados en las revoluciones» de 1848, eran «revolucionarios reticentes».

La distinción más aguda y, en última instancia, la más importante entre ellos se produjo en cuestiones de reforma social redistributiva (en contraposición a la estrechamente política). Los liberales, defensores del mercado y de la inviolabilidad de la propiedad privada, con una base entre la burguesía ascendente y el profesorado, eran mucho menos propensos que los radicales a tolerar la interferencia del gobierno en la economía capitalista para remediar los problemas sociales.

Clark ofrece un ejemplo ilustrativo del republicano liberal francés Alphonse de Lamartine. Condenó las propuestas del socialista Louis Blanc de una intervención estatal sostenida en los mercados laborales para remediar el desempleo como una vuelta a los principios de la Convención de 1792, dominada por los jacobinos, «aplicados al ámbito del trabajo».

Romper el dique

Revolutionary Spring sigue la trayectoria de la política europea desde 1830 —a través de la aparición de una tradición insurreccional clandestina, la proliferación de clubes y publicaciones reformistas y el entusiasmo popular por las figuras culturales liberales y patrióticas— hasta la microcósmica Guerra de la Sonderbund suiza y la campaña francesa del «banquete democrático» de 1847-48. En medio del prolongado malestar social, la agitación política liberal y radical, y el estancamiento gubernamental en muchos estados, empezaron a aparecer grietas en el dique del orden establecido. Clark describe vívidamente la omnipresente sensación contemporánea de que algo tenía que ceder. «En 1848, el dique metafórico se rompería».

Alexis de Tocqueville, representante liberal y renombrado hombre de letras, se dirigió a la Cámara de Diputados francesa en enero de 1848, en medio de noticias de levantamientos en todo el Reino de las Dos Sicilias:

¿No sentís, por un instinto intuitivo que no se puede analizar, pero que es innegable, que la tierra vuelve a temblar en Europa? ¿No sentís… cómo decirlo… como si un vendaval de revolución estuviera en el aire?

La advertencia de Tocqueville resultó clarividente. El tercio central del estudio de Clark retrata el estimulante despliegue, país por país, de esta primavera revolucionaria. La resistencia en Francia al intento del gobierno de suprimir la Campaña de los banquetes estalló en días de lucha callejera. Tras fracasar en su intento de contener la crisis, el rey Luis Felipe abdicó y se declaró la república.

Los levantamientos «se extendieron como un incendio» de Viena y Pest a Milán y Venecia, así como a capitales alemanas como Berlín, y más tarde llegaron a Praga, Bucarest y otros centros. Las monarquías de otros lugares, luchando por adelantarse al espíritu de cambio, concedieron constituciones liberales. Klemens von Metternich y François Guizot, los dos representantes de las «potencias de la vieja Europa» mencionados personalmente en el Manifiesto Comunista, huyeron al exilio. De Sicilia a Escandinavia, señala Clark, este fue «un momento global de experiencia compartida».

Las reconstrucciones del autor de las épicas escenas sociales de aquella primavera —batallas de barricadas, manifestaciones, celebraciones, masacres, funerales— se basan en variados relatos de testigos oculares sobre el terreno. Aquí es donde su libro es más dinámico. Las calles y plazas de 1848, y las nuevas formas en que la gente las habitaba, son parte integrante de la descripción que hace Clark de los levantamientos: «Eran lugares donde la gente se convertía en parte de algo más grande que ellos mismos».

La vida pública adquirió una «cualidad teatral», pues las avenidas que habían estado sembradas de cadáveres se ocuparon con procesiones disfrazadas, oratoria grandiosa y la omnipresente luz de las velas. Cuando la periodista feminista Fanny Lewald llegó al París recién republicano, escribe Clark, «le asombró el canto constante».

El «crudo claroscuro emocional» del periodo revolucionario se representa aquí de forma dramática: la euforia de la multitud revolucionaria frente al dolor de las familias de los combatientes asesinados y el horror de las élites en el poder, repentinamente inseguras. En 1848 no se ejecutó a ningún monarca, pero el destino de Luis XVI seguía fresco en la mente de los gobernantes europeos.

Presionados por la multitud revolucionaria empoderada para que asistieran al funeral masivo por los insurgentes asesinados en los Días de Marzo de Berlín, los miembros de la realeza prusiana se quedaron helados de miedo; la reina Isabel comentó que «lo único que falta ahora es la guillotina». El emperador austriaco, sumido en una crisis nerviosa por los recientes acontecimientos, imploró a su virrey húngaro: «¡Te lo ruego, por favor, no me quites el trono!».

Un futuro que salta por los aires

Clark también habla de los «perros que no ladraron» en 1848: Bélgica y los reinos ibéricos, donde los intentos de sublevación fueron rápidamente reprimidos. En contra de un consenso historiográfico tradicional y autocomplaciente, rechaza como mito la idea de que no hubo un «1848 británico», desmentida por las realidades de una importante movilización cartista, una contramovilización policial aún mayor y la «externalización de la contención política a través de la periferia [colonial]».

El poder policial y «la eliminación de agitadores mediante detenciones y transportes» fueron, según argumenta, suficientes para bloquear «el potencial de una gran rebelión» en la Irlanda colonial asolada por la hambruna. A lo largo del libro se hacen diversas referencias a Irlanda, aunque habría sido de agradecer un mayor debate sobre la revuelta de los Jóvenes Irlandeses.

Clark sitúa 1848 en una admirable perspectiva global, rastreando las influencias extraeuropeas, las vidas y las secuelas de las revoluciones en todo el sistema mundial. De Ceilán a la Colonia del Cabo y a Chile, el «1848 global» (incluido el «1848 negro» abolicionista, esbozado anteriormente en la obra de Robin Blackburn) recibe aquí su primera reconstrucción sistemática. Merece la pena señalar el astronómico cambio de paradigma que los acontecimientos de la Primavera habrían parecido a los contemporáneos europeos. El absolutismo monárquico, ostensiblemente divino, había sido aparentemente derribado: «el futuro se abrió de repente».

La emancipación es un motivo persistente en la presentación de Clark de este momento utópico, desde la abolición de la esclavitud colonial francesa hasta la liberación civil de gran parte de la población judía de Europa (a pesar de las oleadas de violencia antisemita popular), y desde la manumisión de los «esclavos romaníes» de Valaquia hasta la disolución de muchas obligaciones «feudales» remanentes. Una notable excepción en este sentido fue la emancipación de las mujeres. Su presencia omnipresente, aunque casi universalmente excluida de las conquistas políticas de 1848, destaca en toda Revolutionary Spring.

Sin embargo, el progreso de la reforma política hacia una transformación social más profunda se enfrentaría a obstáculos imprevistos. Clark detalla cómo muchas de las nuevas asambleas legislativas, producto de las considerables (aunque no universales) ampliaciones posrevolucionarias del derecho electoral masculino, se mostraron hostiles a las insurrecciones a las que debían su propia existencia. Su evaluación de los parlamentos y constituciones de la nueva Europa pone claramente de manifiesto la vulnerabilidad de los logros de la Primavera.

Dominadas por «liberales y conservadores moderados», las instituciones representativas de las revoluciones democráticas estaban repletas de opositores declarados a la revolución y la democracia. Mientras tanto, los campeones reales de la Primavera Revolucionaria se encontraron cada vez más desempoderados y marginados: «¿Qué había que hacer si una revolución generaba inesperadamente las condiciones de su propia negación?».

Hacia la derrota

Los factores de la muerte lenta, y luego muy rápida, de los gobiernos revolucionarios ocupan los últimos capítulos de Clark. El nacionalismo, que Clark describe como «el más poderoso e influyente de los fantasmas que atormentaron la política europea en la década de 1840», ocupa un lugar destacado entre ellos.

Al estallar en una época anterior a la consolidación de los Estados-nación modernos, muchas de las revoluciones de 1848 adquirieron un carácter nacionalista: se esforzaron por combinar políticas colingüísticas con un Estado unitario, a través de iniciativas como la Asamblea Nacional Alemana de Frankfurt; lograron la autonomía nacional de imperios dinásticos supranacionales, como el movimiento independentista húngaro de Lajos Kossuth que se convirtió en guerra de independencia; o hicieron ambas cosas simultáneamente, como en la cruzada italiana contra la soberanía austriaca. Sin embargo, como observa Clark, el sentimiento nacionalista también «triunfó repetidamente sobre la solidaridad revolucionaria» entre patriotas de naciones vecinas, en beneficio de las resurgentes potencias contrarrevolucionarias de Europa.

La discusión de Clark sobre el Imperio austriaco transmite este punto con la mayor claridad. Las revoluciones «desencadenaron una cadena de movilizaciones nacionales entrelazadas» en los dominios de los Habsburgo. Aliándose al emperador con la esperanza de conseguir una futura autonomía, «los grupos eslavos y rumanos se contramovilizaron contra las reivindicaciones nacionales de húngaros, polacos o alemanes», que no habían tenido suficientemente en cuenta a las demás nacionalidades de los territorios que esperaban gobernar. El interior de Hungría se sumió en un baño de sangre interétnico del que salió triunfante el absolutismo imperial austriaco restaurado.

Además de las divisiones nacionalistas, la creciente tensión entre «las concepciones liberales radical y moderada de la revolución» aparece en la lectura de Clark como la disyuntiva decisiva y fatal en el corazón de 1848. Esta contradicción se desarrolló con mayor violencia en París, presagiada en febrero por el icónico rechazo de Lamartine a la bandera roja para la nueva República, insistiendo en su lugar en la clásica tricolor. Clark revela extensamente la subsiguiente ruptura de relaciones entre «liberales, gente de la tricolor» y «radicales, gente de la bandera roja», que alcanzó su desenlace en las infames Jornadas de Junio parisinas.

Esta «insurgencia obrera de última hora» contra el plan del gobierno liberal-conservador de cerrar los Talleres Nacionales —una versión suavizada de las propuestas radicales de Blanc— se saldó con miles de muertos mediante la guerra de barricadas y las ejecuciones sumarias. Cuando finalmente se llegó al conflicto directo, escribe Clark, la «presencia espectral de la violencia colonial flotaba sobre las calles de París». Los republicanos liberales pusieron al general Louis-Eugène Cavaignac, ya muy versado en la contrainsurgencia genocida por su estancia en Argelia, sobre los supuestamente «bárbaros» proletarios.

Tras suprimir progresivamente los clubes de izquierda de la capital y congelar las reivindicaciones socialistas, el gobierno francés había demostrado, como señala Clark, que «el republicanismo y el compromiso con las causas sociales eran cosas distintas y separables». De hecho, la victoria liberal que representó junio sobre las expectativas sociales suscitadas por febrero se codificó en la posterior constitución republicana, que complementó los «sagrados principios revolucionarios» de Libertad, igualdad y fraternidad con un nuevo mantra: «Familia, trabajo, propiedad, orden público».

La comprensión de Clark de los comentarios socialistas contemporáneos le sirve en una memorable sección sobre las reacciones de los radicales europeos a las Jornadas de Junio. Karl Marx sostuvo que los sucesos de París simbolizaban el hundimiento del «sueño de un frente revolucionario unido bajo la bandera del “sufragio universal”» por la irreconciliabilidad de los antagonismos de clase, mientras que George Sand cayó en una depresión suicida: «No creo en la existencia de una república que comienza matando a sus proletarios».

Una red de hierro

El estudio de Clark describe tensiones similares en los demás teatros europeos. Mientras la «iniciativa política se deslizaba gradualmente hacia la derecha en París y Berlín», las cosas se movían en dirección contraria en Viena. Aquí, una serie de medidas radicalizadoras ampliaron la brecha que se estaba abriendo dentro del campo revolucionario, y los diputados conservadores y liberales acabaron por seguir la (segunda) huida de la Corte Imperial de la capital.

La revolución de Prusia fue suprimida en última instancia, junto con las de los demás estados alemanes, por el resurgente poder monárquico que los ministerios liberales de Berlín no habían logrado controlar, mientras que el Imperio de los Habsburgo recuperaba su capital mediante una fuerza militar abrumadora. La ejecución por un pelotón de fusilamiento austriaco del parlamentario radical alemán Robert Blum, que aparece como una especie de favorito del autor a lo largo del libro, dramatizó el destino de la revolución pangermánica de la que él era para Clark «la encarnación».

El victorioso descenso de una «red de hierro» contrarrevolucionaria por Europa se debió, en la perspectiva de Clark, a la combinación de vulnerabilidad externa y discordia interna que debilitó a los gobiernos revolucionarios. Ahora bajo la presidencia de Luis Napoleón, la Francia republicana lanzó una intervención contrarrevolucionaria contra la embrionaria y radical República Romana en 1849. Esto tipificó las dimensiones geopolíticas que adquirió el hundimiento de la solidaridad revolucionaria.

Aunque finalmente fue vencida por las tropas francesas, la famosa defensa de Roma por los legionarios de Giuseppe Garibaldi se cuenta entre las secciones más conmovedoras de Revolutionary Spring. Los últimos levantamientos en el sur de Alemania, en los que Engels luchó contra las tropas prusianas en las barricadas, intentaron mantener viva la llama, pero en agosto de 1849 todo había terminado. Un breve e impactante capítulo sobre «Los muertos» enumera las ejecuciones, en esta secuela contrarrevolucionaria, de muchos de los personajes que el lector ha llegado a conocer a lo largo del libro.

Post mortem

La autopsia de Clark sobre la experiencia de 1848-49 sigue las repercusiones constitucionales, administrativas, económicas y políticas a largo plazo de estos trastornos: «No hubo vuelta al statu quo ante prerrevolucionario. Demasiadas cosas habían cambiado». Pero la visión política democrático-popular de reforma social redistributiva que había inspirado a la izquierda radical y a capas significativas de la multitud revolucionaria en esos años se vio obligada a pasar a la clandestinidad durante una generación, con la consolidación en gran parte de Europa de un «orden capitalista liberal-conservador».

¿Hubo algo que los revolucionarios pudieran haber hecho para evitarlo? Clark concluye que las redes revolucionarias transnacionales de 1848 fracasaron en última instancia a la hora de reunir «un poder capaz de defenderse de la amenaza planteada por la internacional contrarrevolucionaria». Discute extensamente la cuestión de si hubo vías alternativas viables que no se tomaron en 1848.

Clark reconoce los numerosos relatos que atribuyen el fracaso de 1848 al «camino erróneo» seguido por diversos actores, «siendo el sospechoso más común la burguesía liberal». Sin embargo, parece resistirse a respaldar esta conclusión, señalando en su lugar la escasez de esfuerzos de compromiso entre las voces liberales y de izquierdas. Fue el «fracaso de liberales y radicales a la hora de escucharse mutuamente» en aquella Primavera Revolucionaria, afirma, lo que resultó ser «uno de los impedimentos centrales para una transformación política más profunda». Identifica esta coyuntura perdida como «una de las tragedias centrales de 1848»:

¿Y si los liberales se hubieran abierto a la lógica social de la política radical en lugar de aferrarse a las faldas de los poderes tradicionales? ¿Y si los radicales hubieran conseguido acordar un programa social mínimo, una plataforma para una política de mejora que hubiera podido superar las objeciones de los liberales?

Después de haber pasado sus páginas detallando extensamente cómo la mayoría de los «liberales de la propiedad privada» se opusieron implacablemente a las reivindicaciones democráticas y sociales más profundas de 1848 —y a menudo, finalmente, a las revoluciones como tales— para finalmente atribuir la culpa del colapso de las revoluciones a un «fracaso del diálogo» mutuo más generalizado entre el centro político y la izquierda, podría decirse que Revolutionary Spring, en su conclusión, deja a la burguesía liberal un tanto fuera de juego.

De la Primavera a la Policrisis

El lamento de Clark por la irrealizada coalescencia de un «frente unido de liberales y radicales» en 1848 habla posiblemente del espíritu político con el que está escrito el libro. Su discusión final sobre el liberalismo como proyecto histórico es notablemente positiva: recuerda, en contra de las críticas modernas tanto de la derecha como de la izquierda, «lo rico, diverso, arriesgado y vibrante que era el liberalismo» en el periodo de su ascenso, con su «visión de una metapolítica centrada en la mediación discursiva de los intereses» que sigue siendo «indispensable», tanto ahora como en 1848.

Reconoce que el liberalismo contemporáneo también representaba «una constelación de grupos de interés», cuyos «puntos ciegos» e «incoherencias nacidas del interés propio» los radicales de 1848 tenían razón al condenar. Pero sugiere que «los argumentos radicales a favor de la democracia y la justicia social» podrían haber resultado «un correctivo crucial para el elitismo liberal», si se hubiera intentado seriamente el diálogo.

Hay aquí una fe implícita en que los liberales y los radicales (incluidos los socialistas) de 1848 no estaban necesariamente destinados a entrar en conflicto directo, sino que podrían haber colaborado potencialmente, si se hubieran tomado caminos diferentes, para forjar una síntesis reformadora progresista. En varios momentos del libro, Clark parece aventurarse a reivindicar las revoluciones de 1848 para la (pre)historia no del comunismo, sino de la socialdemocracia moderna.

Con esto, y una divertida referencia a la actual «policrisis», de la que el autor no parece ver ninguna ruta clara «no revolucionaria», concluye Revolutionary Spring. Los socialistas de hoy pueden tener una visión poco halagüeña del liberalismo, o del estado actual de la política socialdemócrata. Pero las cuestiones que plantean las insinuaciones contrafácticas de Clark sobre la posibilidad de construir coaliciones progresistas viables por encima de diferencias ideológicas sustanciales difícilmente pueden ser ignoradas por la izquierda.

Para los exiliados radicales dispersos por todo el mundo, Marx y Engels incluidos, la estremecedora experiencia de la derrota de 1848 fue políticamente formativa. Apenas hubo una agrupación o tendencia socialista a lo largo del siguiente medio siglo que no se entendiera a sí misma y a su programa a la luz de las lecciones percibidas de 1848.

Tanto si se toma de 1848 la necesidad de mantener a amplias franjas de la opinión liberal del lado de cualquier proyecto socialista, como si se toma la alternativa de garantizar la absoluta independencia socialista de las corrosivas influencias liberales, para los izquierdistas no hay forma de escapar a las cuestiones políticas planteadas por las revoluciones de 1848. Quienes deseen comprender esta historia no encontrarán mejor guía que Revolutionary Spring de Clark.

OWEN DOWLING

Historiador e investigador, colabora habitualmente en Tribune.

TRADUCCIÓN: FLORENCIA OROZ

Publicado en: Global, titular2

No hay nada «natural» en la opresión de género

02/07/2023 by Vitalio Deja un comentario

Por: Kristen R. Ghodsee

La desigualdad de género no es una norma universal de las sociedades humanas. Una montaña de pruebas históricas respaldan ese punto de vista y demuestran que podemos abolir las jerarquías sociales si reconocemos que han sido creadas por el hombre.

Una de las cosas más difíciles de la paternidad feminista es la fase de las princesas. Si intentas criar a una niña en una sociedad capitalista patriarcal, es probable que un día te despiertes y veas a tu pequeña enamorada de todo lo rosa y brillante. Aunque niños de todos los sexos pueden verse seducidos por el complejo industrial de Disney, son sobre todo las niñas las que sucumben al deseo de ponerse diademas, agitar varitas mágicas y hacer cabriolas con faldas ondulantes, mangas abullonadas y escotes corazón.

En mi caso, tras meses de resistirme, acabé cediendo cuando mi hija pequeña me suplicó un disfraz de Cenicienta. Al menos era azul. Había hecho todo lo posible por resistirme a la socialización sexista a la que se enfrentaba. Cada vez que alguien le decía a mi hija que era «guapa» o «mona», yo le respondía inmediatamente que también era «valiente», «lista» y «fuerte».

Se convirtió casi en un mantra. Cuando estaba en la cola del supermercado, mi hija se sentaba delante del carrito de la compra. Alguien detrás de mí diría: «¡Qué niña más guapa!». Y yo añadiría sin pensarlo: «Y también valiente, lista y fuerte».

Cenicienta era una trabajadora

Entonces, una mañana, la sorprendí admirándose en el espejo con su nuevo traje de Cenicienta, y dijo: «Este vestido me hace estar tan guapa». Casi robóticamente añadí: «Y valiente, inteligente y fuerte». Mi hija de tres años se volvió hacia mí y afirmó con total naturalidad: «Pero mamá, las princesas no son fuertes».

La miré fijamente. Fue uno de esos momentos en los que tuve que enfrentarme a todo un entorno social que encasilla a los niños que se identifican como mujeres en papeles estereotipados de debilidad y sumisión.

Al principio me entró el pánico. Pero, como científica social, comprendí que lo que esta aspirante a princesa necesitaba eran pruebas empíricas. Por suerte, las dos habíamos visto muchas veces la película animada de Cenicienta, y recordé la escena en la que la joven heroína lavaba los suelos con un gran cubo de agua jabonosa.

Bajé corriendo al sótano y encontré un bidón de quince litros. Saqué el cubo fuera y lo llené de agua hasta la mitad. «Cenicienta no tiene a nadie que le ayude a llevar el cubo cuando lava el suelo», le dije. «Así que tiene que ser lo bastante fuerte para llevar el cubo, ¿no?». Mi hija de tres años asintió con la cabeza y trató de levantar el cubo. Sus ojos se abrieron de par en par al notar el peso. Punto aclarado.

Hoy, mi hija tiene casi veintidós años. Recordé este momento concreto de su infancia cuando empecé a leer el nuevo y brillante libro de Angela Saini, The Patriarchs: How Men Came to Rule [Los patriarcas: cómo los hombres llegaron a gobernar]. Al verme arrastrada por la profunda historia de dominación masculina de Saini, me di cuenta de que mi enérgico esfuerzo por redefinir el tropo de la princesa se enfrentaba a miles de años de adoctrinamiento. El gran valor de este volumen delgado y accesible es la arrolladora historia que cuenta sobre cómo «los hombres llegaron a gobernar» en un mundo que antaño era mucho más diverso en sus estructuras sociales.

La construcción del patriarcado

Con demasiada frecuencia, la izquierda estadounidense se caracteriza por estar dominada por brocialists y manarchists [N. de la T.: algo como «hermanos socialistas» y «hombres anarquistas»]. Pero existe una larga tradición de feminismo socialista y anarquista que cuestiona las innumerables formas en que nuestros sistemas económicos están entrelazados con antiguas formas de dominación.

Saini es una galardonada periodista científica británica que analiza las últimas pruebas biológicas, antropológicas y arqueológicas disponibles para revelar la contingencia del patriarcado como sistema de poder y dominación. Es autora de dos libros anteriores, Inferior: How Science Got Women Wrong and the New Research That’s Rewriting the Story (2017) y Superior: The Return of Race Science (2019), en los que investiga el modo en que la ciencia ha sido cómplice de la perpetuación de formas estructurales de discriminación.

En su último libro, Saini explora una rica diversidad de contextos culturales y épocas históricas en las que las formas patriarcales de poder no eran hegemónicas. Escribe:

Esta es la historia de individuos y grupos que luchan por el control del recurso más valioso del mundo: otras personas. Si las formas patriarcales de organizar la sociedad resultan ahora extrañamente similares en los extremos opuestos del globo, no es porque las sociedades aterrizaran mágicamente (o biológicamente) en ellas al mismo tiempo, o porque las mujeres de todas partes se dieran la vuelta y aceptaran la subordinación. Es porque el poder es inventivo. La opresión de género se cocinó y perfeccionó no solo dentro de las sociedades; también se exportó deliberadamente a otras durante siglos, mediante el proselitismo y el colonialismo.

A través de sus propios informes sobre el terreno y en conversación con expertos de una amplia variedad de disciplinas, Saini ha escrito ocho poderosos capítulos con títulos de una sola palabra como «Dominación», «Destrucción», «Restricción», «Revolución» y «Transformación». El proyecto clave del libro consiste en perturbar la idea del lector de que la dominación masculina está de algún modo arraigada en la especie humana.

Saini celebra la notable diversidad y creatividad de las distintas sociedades y muestra cómo las relaciones de poder y producción siempre fueron flexibles y muy disputadas por los distintos grupos de la sociedad. «Hasta donde alcanza nuestra vista, los seres humanos han aterrizado en arco iris de diferentes formas de organizarse, siempre negociando las reglas en torno al género y su significado», escribe.

Jerarquías creadas por el hombre

Las apelaciones a la naturaleza humana siempre contienen en su interior visiones del mundo específicas que ayudan a justificar determinados acuerdos políticos y económicos, normalmente en beneficio de las élites que más ganan con esos acuerdos. A lo largo de los milenios, escribe Saini, «se nos ha empujado gradualmente a creer que solo hay unas pocas formas en las que los seres humanos pueden vivir, hasta el punto de que ahora pensamos que las pautas sociales que seguimos deben ser naturales y no creadas por el hombre».

A medida que los niños interiorizan la idea de que «las princesas no son fuertes», también aceptan un conjunto específico de ideas sobre las mujeres como incapaces de defenderse por sí mismas y, por tanto, necesitadas de distintas formas de protección masculina, ya sea de padres, hermanos, maridos o hijos. Significa que su objetivo principal debe ser buscar este tipo de acuerdo protector mediante el cultivo deliberado de comportamientos y conductas que aumenten su valor (y, por tanto, garanticen implícitamente su seguridad) en un mundo dominado por los hombres. Las chicas se obsesionan con la belleza y la dulzura, la delgadez y la gracia, o cualquier constelación particular de características que sus sociedades consideren deseables.

Este tipo de socialización furtiva no solo está presente en las películas de Disney. Como argumenta Saini con tanta elocuencia, también impregna profundamente campos enteros de la investigación académica y científica. Un maravilloso ejemplo en el capítulo titulado «Génesis» es la historia de la arqueóloga de origen lituano Marija Gimbutas (1921-1994), que inicialmente tuvo una exitosa carrera académica y fue ampliamente considerada una de las más destacadas especialistas en las culturas materiales de la Europa de la Edad de Bronce. En la década de 1950, introdujo la llamada «hipótesis de Kurgan», que identificaba la patria lingüística (o «Urheimat») de los protoindoeuropeos como la estepa póntico-caspiana al norte del Mar Negro.

Durante casi treinta años, Gimbutas supervisó varias excavaciones neolíticas importantes en el sureste de Europa y documentó minuciosamente grandes conjuntos de objetos espirituales y seculares dejados por los primeros europeos. Combinando sus conocimientos de arqueología y lingüística con las ricas tradiciones folclóricas de Europa oriental, Gimbutas propuso que la migración a Europa continental de la violenta y guerrera cultura kurgan de la estepa desplazó a una cultura única de «antiguos europeos» que, en su opinión, fueron en otro tiempo pacíficos adoradores de diosas.

Gimbutas enraizó los orígenes del poder patriarcal en Europa en estas conquistas hacia el oeste. Como Lewis Henry Morgan y Friedrich Engels habían propuesto antes que ella, sostenía que las primeras sociedades humanas practicaban una forma de comunismo matriarcal primitivo. Por estas últimas hipótesis, Gimbutas se convirtió en una paria dentro de la disciplina arqueológica; incluso sus colegas, que por lo demás simpatizaban con ella, la consideraban una feminista excéntrica que intentaba inventar de la nada el mito de un pasado ginocéntrico.

La hipótesis kurgan reivindicada

La propia investigación de Saini sobre la vida y el legado de Gimbutas revela lo hostil que podía ser el mundo académico hacia cualquiera que se atreviera a cuestionar la idea de que la prehistoria europea estaba dominada por los hombres. Los estereotipos sobre los roles de género se proyectan en el tiempo. Si se encuentran restos humanos con armas, se supone que los cuerpos eran masculinos. Si se encuentran con joyas, la suposición automática es que eran femeninos.

Todo esto cambió con la llegada de las pruebas genéticas, cuando los arqueólogos, en colaboración con los biólogos, empezaron a analizar muestras de ADN antiguo. En lugar de la especulación basada en ciertas suposiciones persistentes sobre el género, las pruebas de ADN revelan que nuestros antepasados prehistóricos no tenían las claras divisiones del trabajo basadas en el sexo que imaginaban las generaciones anteriores de arqueólogos.

Estos nuevos estudios han rehabilitado la reputación de Gimbutas y han despertado un renovado interés por su trabajo. Durante muchos años, su hipótesis kurgan fue objeto de un intenso debate. Rastrear las antiguas migraciones y su impacto en las poblaciones indígenas con las que se encontraron, a las que sustituyeron o a las que asimilaron, fue un minucioso trabajo arqueológico y lingüístico.

Hoy en día, el examen de la dispersión de los diferentes haplogrupos cromosómicos Y en distintas zonas geográficas permite a los investigadores ver claramente los antiguos patrones migratorios. Resulta que, en esta cuestión, Gimbutas tenía razón: de hecho, en la Estepa euroasiática vivía una cultura violenta y dominada por los hombres que se adentró en Europa, trayendo consigo la lengua protoindoeuropea y quizá formas patriarcales de poder. Saini concluye:

Marija Gimbutas no tenía razón en todo. Pero en lo que sí acertó en su análisis fue en que, entre el Neolítico y la Edad de Bronce, las relaciones de género cambiaron profundamente. La sociedad de la antigua Grecia se inclinaría profundamente a favor de los hombres (…) Independientemente de lo que provocara este cambio social —ya fuera la interacción cultural, el proselitismo, la coacción, el cambio medioambiental, la perturbación social provocada por un pequeño número de personas o alguna combinación de factores—, en Europa y partes de Asia se estableció gradualmente una cierta forma de opresión de género.

Variedades de patriarcado

Apartir de aquí, Saini continúa con su proyecto de interrogar el funcionamiento continuado del poder patriarcal en todo el mundo, con algunos capítulos especialmente fascinantes sobre la opresión de género en India e Irán, así como un examen de diversos experimentos para socavar el patriarcado en Europa Oriental durante la Guerra Fría. Tras un fascinante estudio de cómo exactamente distintas formas patriarcales de dominación llegaron a insinuarse en distintas sociedades y luego procedieron a enmascararse como naturales e inevitables, Saini nos recuerda que tenemos la capacidad de resistirnos a su poder:

Así pues, el patriarcado como fenómeno único no existe realmente. Existen, más exactamente, muchos patriarcados formados por hilos sutilmente entretejidos a través de diferentes culturas a su manera, trabajando con estructuras locales y sistemas de desigualdad existentes. Los estados institucionalizaron la categorización humana y las leyes de género; la esclavitud influyó en el matrimonio patrilocal; los imperios exportaron la opresión de género a casi todos los rincones del planeta; el capitalismo exacerbó las disparidades de género; y las religiones y tradiciones siguen siendo manipuladas para dar fuerza psicológica a la noción de dominación masculina (…). Si alguna vez vamos a construir un mundo verdaderamente justo, habrá que desentrañarlo todo.

Al final, este gran desbroce solo será posible si nos damos cuenta de que el poder patriarcal es fluido y precario, y siempre necesita reafirmarse cuando se enfrenta a desafíos a su autoridad. Estos desafíos pueden presentarse en forma de pruebas de ADN que socavan el mito de la supuesta naturalidad de la dominación masculina, o en forma de movimientos organizados de mujeres, o en el trabajo de socialistas revolucionarias que intentan reimaginar y ampliar nuestra definición de lo que cuenta como familia.

También puede aparecer en formas más pequeñas: en mujeres que se niegan a adoptar el apellido de sus maridos al casarse o en dar a los hijos apellidos matrilineales. Puede aparecer en forma de personas de todos los sexos que se niegan a casarse y a tener hijos. Y también puede producirse cuando una madre exasperada llena un cubo de agua para convencer a su hija pequeña, obsesionada con Disney, de que las princesas son fuertes.

KRISTEN R. GHODSEE

Profesora de estudios rusos y de Europa del Este y miembro del grupo de graduados en antropología de la Universidad de Pensilvania. Es autora de seis libros sobre género, socialismo y postsocialismo en Europa del Este, incluido “Por qué las mujeres disfrutan más del sexo bajo el socialismo”.

TRADUCCIÓN: FLORENCIA OROZ

Publicado en: Feminismos, titular2

Che Guevara: pensar en tiempos de revolución

25/06/2023 by Vitalio Deja un comentario

Por: Jantte-Habel y Michael Löwy

Janette Habel y Michael Löwy, estudiosos de la Revolución cubana y del pensamiento del Che, analizan la obra de Samuel Farber sobre Ernesto Guevara, a la que consideran como «plagada de acusaciones falsas, inexactas y caricaturescas». Por una lectura del legado guevarista más allá de los reduccionismos.

En esta reseña crítica de Che Guevara. Ombres et Lumieres dún révolutionnaire (París, Ed. Syllepse, 2017) —traducción al francés de la obra original en inglés de Samuel Farber The Politics of Che Guevera: Theory and Practice (Chicago, Haymarket Books, 2016)—, Janette Habel y Michael Löwy, dos conocidos estudiosos de la Revolución cubana y en particular del pensamiento de Ernesto «Che» Guevara, revelan y analizan algunos de los juicios históricos y errores de interpretación a que da lugar lo que consideran el enfoque sesgado con el que Farber aborda la vida, la personalidad, la actuación y el pensamiento de Guevara y que hacen que la obra esté «plagada de acusaciones falsas, inexactas y caricaturescas».
La reseña que sigue se publica ahora en español, en exclusiva para Jacobin América Latina, con la autorización expresa de los autores. Próximamente se publicará en francés en el número de julio de la versión impresa de Contretemps. Revue de Critique Communiste.

Las manifestaciones ocurridas en Cuba el 11 de julio de 2021 pusieron de manifiesto la gravedad de la crisis por la que atraviesa la isla. Desde el triunfo de la Revolución cubana, nunca antes había experimentado el país dificultades económicas, sociales y políticas tan dramáticas, excepción hecha de los años posteriores a la caída de la URSS, durante el llamado «período especial», el cual estuvo marcado por carencias de todo tipo. La muerte de Fidel Castro en 2016 y el retiro de Raúl Castro en 2021 dieron paso a un nuevo Ejecutivo. Si bien esa transición generacional transcurrió sin sobresaltos, su legitimidad está lejos de haberse afianzado e incluso comienza a verse cuestionada, como demuestran las protestas más localizadas que se han sucedido en todo el país desde aquél 11 de julio contra la escasez de alimentos o medicinas y los prolongados cortes de electricidad, como lo atestiguan numerosos sitios web independientes, blogs y testimonios en redes sociales desde que estos hechos comenzaron a difundirse por todo el territorio nacional. Las nuevas generaciones de cubanos tratan de reevaluar el pasado y de reexaminar el relato de la historia revolucionaria, a fin de comprender y dilucidar los impasses de la hora, más de 60 años después del derrocamiento de la dictadura de Batista.

En ese contexto, ha aflorado de nuevo el legado político y teórico de Ernesto «Che» Guevara, asesinado en Bolivia a la edad de 39 años. Al tiempo que sigue vedado el acceso a no pocos de sus numerosos escritos, la última carta que le escribiera a Fidel Castro en vísperas de su salida definitiva de Cuba, el 25 de marzo de 1965, no se publicó hasta 2019, es decir, 54 años después. Más que de una carta, en realidad se trata de un documento analítico de gran envergadura. En octubre de 1965, durante la presentación nominal del nuevo Comité Central del Partido Comunista de Cuba (PCC) —en el que no figuraba Ernesto Guevara—, Fidel Castro dio lectura a una carta de despedida del Che, sin que en esa ocasión hiciera referencia alguna a esa otra, mucho más extensa. En esta última, calificada por Guevara de «crítica constructiva», se hace sin ambages un análisis de los desórdenes económicos y organizacionales que afectaban el cuadro general del país en aquellos primeros años de revolución y se arroja luz sobre las concepciones políticas del Che respecto de la economía de la transición al socialismo y sus discrepancias con el sistema soviético.

Seis décadas después, Cuba ya no es la misma. Pero los últimos escritos del Che, con su crítica del régimen soviético y su concepción ética del ejercicio del poder, resuenan entre las nuevas generaciones que se cuestionan el pasado. En contraste, la mayoría de los opositores al régimen impugnan al Che y desfiguran su legado. En ese empeño no se encuentran solos. Otros, desde la izquierda, les tienden una mano.

A continuación reseñaremos Che Guevara. Ombres et lumières d’un révolutionnaire [Che Guevara. Sombras y luces de un revolucionario] (París, Ed. Syllepse, 2017), de Samuel Farber, quien se presenta como crítico «marxista» de Guevara. No es que no sea perfectamente legítimo examinar los errores o limitaciones de Guevara. Pero la obra de Farber, por el saldo en general negativo de su evaluación, está plagada de acusaciones falsas, inexactas y caricaturescas. El libro, publicado inicialmente en 2016 en inglés y en 2017 en francés, insiste principalmente en las «sombras» y muy poco en las «luces».

¿Una tradición «marxista clásica»?

Samuel Farber nos remite a una presunta «tradición marxista clásica» en la que se reconoce: «Mis raíces políticas se hunden en la tradición marxista clásica que antecedió al estalinismo en la Unión Soviética» —escribe. En cambio, «si bien Ernesto Che Guevara era un revolucionario honesto y consagrado, no poseía la formación marxista clásica de Lenin, que hacía suyo el legado democrático del ala radical de la Ilustración».

La Revolución cubana nació en unas circunstancias históricas y geopolíticas peculiares que hicieron posible la victoria de un proceso revolucionario imprevisto en un país —una isla— en que no se esperaba que ello ocurriera: a 90 millas del flanco sur de los Estados Unidos, en pleno Mediterráneo americano, donde el fatalismo geográfico parecía vedar toda posibilidad de emanciparse de la tutela estadounidense. Sin embargo, fue en esa isla donde tuvo lugar la primera revolución socialista del continente —en sus orígenes, una rebelión armada contra la dictadura de Batista—, en ese «extremo occidente» latinoamericano. La especificidad del proceso revolucionario cubano, la organización de una guerra de guerrillas acompañada de insurrecciones cívicas, su radicalidad, la envergadura del apoyo popular que recibió y la originalidad de un liderazgo aparentemente inclasificable desde el punto de vista ideológico hacen de ese proceso un caso singular en la historia de las revoluciones. Es menester situar a la Revolución cubana en su propia perspectiva histórica, en lugar de remitirla a las invariantes de «un marxismo clásico» que existiría en todo tiempo y lugar.

La de Cuba fue «una rebelión contra (…) los dogmas revolucionarios», escribió el Che. Revolución que vino a hacer valer la predicción del gran marxista latinoamericano José Carlos Mariátegui, quien escribió que el socialismo en América Latina no debía ser «calco y copia» sino «creación heroica». En cuanto a Lenin —a quien Samuel Farber se remite como referente del «marxismo clásico»—, escribió lo siguiente en Cartas desde lejos: «Si la revolución triunfó tan rápidamente y —aparentemente, para quienes se contentan con una mirada superficial— de manera tan radical, fue sólo porque, debido a una situación histórica en extremo original, se unieron, en forma asombrosamente “armónica”, corrientes absolutamente diferentes, intereses de clase absolutamente heterogéneos, aspiraciones políticas y sociales absolutamente opuestas.» Análisis que podría aplicarse, un siglo después, palabra por palabra, a la Revolución cubana.

Una ruptura generacional y política

Fue en un contexto político nacional e internacional excepcional que se forjó una nueva generación revolucionaria, cuya conciencia política se radicalizaría bajo la presión de los acontecimientos. En aquellos años 50 del siglo pasado, emergía y se politizaba una nueva generación, joven y combativa, en Cuba y otros países del Tercer Mundo. El ascenso de las luchas de liberación nacional, la Conferencia de Bandung y la Guerra Fría configuraban una nueva realidad histórica. En América Latina, las revelaciones del XX Congreso del Partido Comunista de la Unión Soviética (PCUS) habían debilitado a los ya de por sí poco influyentes partidos comunistas. En esa coyuntura, que poco tenía que ver con el llamado «marxismo clásico» que reivindica Farber, nació el Movimiento 26 de Julio (M-26-7), que tendrá su acto fundacional en el cruento asalto al cuartel Moncada. Procedentes de las filas del Partido Ortodoxo, que era un partido nacionalista, Fidel Castro y los dirigentes del M-26-7 encarnaban la revuelta de la juventud ante la pasividad de los demás partidos políticos, expresaban la voluntad de derrocar a la dictadura de Batista, pero también de liberarse de la corrupción y la dominación que desde hacía tanto imponía el poderoso vecino del Norte. Farber caracteriza a esos jóvenes rebeldes como «’desclasados’, en el sentido de que estaban desvinculados de la vida organizacional de las clases trabajadoras, medias y altas de la sociedad cubana». Señalemos que reducir la sociedad cubana de la época a las «clases trabajadoras, medias y altas» es, cuando menos, esquemático. Lo más significativo, sin embargo, es el análisis del 26-M-7 en cuanto «movimiento pequeñoburgués», en contraste con la caracterización posterior que hace Farber del Partido Socialista Popular (PSP) —denominación que ostentaba entonces el partido comunista cubano— como partido obrero. ¡Extraña interpretación del marxismo que hace de un movimiento pequeñoburgués el promotor y agente de una revolución socialista!

Como señala el escritor francés Robert Merle, quien a principios de los años 60 del pasado siglo permaneció en La Habana mientras realizaba investigaciones, «entre los reclutados por el Movimiento después del Moncada ocuparán un lugar muy importante los campesinos, una vez que [el Movimiento] logre establecerse en la Sierra Maestra. Por eso llama tanto más la atención el hecho de que antes del Moncada el movimiento fuera casi totalmente proletario». Añadamos que en Cuba son históricos los vínculos de la Federación Estudiantil Universitaria (FEU) con el movimiento obrero, lazos que se remontan a la época de la llamada revolución «del treinta» que puso fin a la dictadura de Gerardo Machado y marcó la entrada en la escena política cubana del entonces sargento-taquígrafo Fulgencio Batista. En diciembre de 1955, la FEU había apoyado activamente la huelga de los trabajadores bancarios, así como la gran huelga de los trabajadores azucareros.

Por último, Farber parece ignorar la trayectoria ideológica recorrida por Fidel Castro. Ya en 1953-1954, mientras se encontraba en la cárcel, se refiere a Marx y define una estrategia y un pensamiento políticos que nada tienen de «pequeño burgués». Cita El 18 Brumario de Luis Bonaparte —«un trabajo formidable»— y escribe que en éste «Karl Marx ve el resultado inevitable de las contradicciones sociales y la pugna de intereses (…) Desde aquí termino de forjar mi visión del mundo»— concluye. No obstante, Farber insiste en sostener que la revolución «fue llevada a cabo por un movimiento multiclasista bajo un liderazgo compuesto por desclasados».

Che, «bohemio»

Según él mismo declara en la introducción de su libro, Farber se propone «disipar muchos de los mitos habituales» que rodean al Che. Propósito loable, habida cuenta de lo mucho que se ha distorsionado la personalidad de Guevara. Pero lejos de contribuir a ello, lo curioso es que, ya desde el primer capítulo, Farber se dé a la tarea de examinar «los orígenes bohemios del pensamiento político del Che», «su formación bohemia», que Farber contrapone a sus propias «raíces políticas». El adjetivo «bohemio» aparece nueve veces en el primer capítulo, para una media de una vez cada tres páginas, y un total de dieciocho en todo el libro. Para comprender el sentido despectivo de ese término, hay que compararlo con la caracterización que hace Farber del Movimiento 26 de Julio como movimiento pequeño burgués, que agrupa a «desclasados» y «aventureros», esos mismos «aventureros» que llevaron a cabo una de las revoluciones socialistas más importantes del siglo XX; razón suficiente para revisar la «tradición marxista clásica» que reivindica Farber.

Como suele ocurrir, en cada momento histórico, cada generación se forja un instrumento político diferente. Es lo que ocurrió con el M-26-7. La incomprensión de que da muestras Farber proviene de su visión dogmática —podría decirse que hasta pobre— de las premisas del Movimiento 26 de Julio, de sus orígenes, de su orientación, de su líder Fidel Castro y de la influencia política que junto con éste ejercería un argentino, Ernesto Guevara, a quien aquel conocería en México. Pero a esos calificativos añade Farber una falsedad: «Guevara […] en cambio, se formó en el legado político de un marxismo estalinizado» y «sus miras revolucionarias eran por tanto irremediablemente (sic) antidemocráticas». Ahora bien, nada en la infancia del Che, en su círculo familiar, en su trayectoria, guarda relación alguna con ningún «marxismo estalinizado». Su viaje en motocicleta a los 23 años junto con Alberto Granado da fe de la evolución de su pensamiento político y de su radicalización, itinerario que culminará con su experiencia del fracaso de la revolución en Guatemala, las lecciones que extrae de la acción del Partido Comunista guatemalteco y sus intercambios con su compañera peruana Hilda Gadea, cercana a los círculos trotskistas de Perú. Como señala Gadea, hablando del Che, «su verdadera transformación se inició [en Guatemala], a pesar de que [para el momento en que fue derrocado el gobierno del Presidente Arbenz] él tenía ya una buena formación teórica marxista». Así lo confirma el exdiplomático cubano Raúl Roa Kourí: «Por esa época [en Guatemala], el Che poseía ya una formación política de avanzada; sobre todo, convicciones claras respecto a la raíz de nuestros males en la explotación imperialista y la dominación de una burguesía extranjerizante y dependiente (…) Puede decirse que, en lo fundamental, su pensamiento se orientaba hacia el marxismo desde esa época. Admiraba la Revolución de Octubre y conocía el leninismo.» Tras su encuentro con Fidel Castro y el M-26-7, el Che se compromete por primera vez con un movimiento político. Hasta entonces no había sido miembro de ningún partido comunista.

En México, se entrena junto a los demás miembros del M-26-7. Fidel Castro se dispone a desembarcar en las costas cubanas en noviembre de 1956 para organizar el derrocamiento de la dictadura. El desembarco no se producirá ni en la fecha ni en el lugar previstos y se saldará con la pérdida de numerosas vidas. Entre quienes logran sobrevivir se cuenta Guevara. Tenía 28 años cuando se inició la lucha armada en la Sierra Maestra y no conocía Cuba. Más tarde escribiría: «Con ese espíritu inicié la lucha: honradamente sin esperanza de ir más allá de la liberación del país, dispuesto a irme cuando las condiciones de la lucha posterior giraran hacia la derecha (…)». Cuando llegó por primera vez a La Habana en diciembre de 1958, como comandante del Ejército Rebelde, coronado por el halo de sus impresionantes victorias militares, Ernesto Guevara tenía 30 años. Venía de compartir con Fidel Castro dos años de lucha en la Sierra Maestra, dos años de reflexión e intercambio. Su pensamiento está en plena evolución. Se declara marxista y cree durante un breve período que podría encontrar en los países del Este, «detrás de la llamada cortina de hierro», referencias útiles para la construcción de otra sociedad. Las desilusiones no tardarían en llegar, ni tampoco las críticas.

En 1960, escribió: «[A Fidel Castro] lo seguíamos, éramos un grupo de hombres con poca preparación política, solamente una carga de buena voluntad y una ingénita honradez.» En cuanto a la citada carta en la que se refería a los países situados «detrás de la llamada cortina de hierro», pronto cambiaria de opinión. Más tarde mencionaría su errónea percepción inicial de Fidel Castro, a quien habría considerado entonces «un auténtico líder de la burguesía de izquierda», cuyas convicciones y cuya visión estratégica antimperialista habría subestimado en medio de un proceso que desembocaría en una revolución «herética».

Revalorización del viejo partido estalinista (PSP)

Si, por un lado, Farber achaca al Che, ese pequeñoburgués bohemio, su deuda con «un marxismo estalinizado», por el otro cataloga al viejo partido comunista cubano, el PSP, de partido «obrero», cuyo carácter estalinista y la gravedad de cuyos errores políticos Farber subestima. En 1959, para Moscú y el movimiento comunista internacional, la Revolución cubana, primera revolución socialista victoriosa en América Latina no dirigida por un partido comunista, era toda una herejía. El ascenso de los partidos comunistas latinoamericanos se vio siempre obstaculizado por su alineamiento dogmático y su subordinación con respecto a Moscú, esa «tradición marxista clásica», alejada del marxismo heterodoxo del peruano Mariátegui. En realidad, es Farber —y no Guevara— quien rehabilita el papel del PSP en la Revolución cubana. Según Farber, «el PSP (…) desempeñó un papel fundamental en el proceso revolucionario cubano, sobre todo después del triunfo de la revolución». Incluso llega a defender al PSP de la acusación de reformismo, al afirmar que «en el transcurso de la Revolución Cubana, ninguna figura importante del PSP mostró la menor inclinación o el menor compromiso de preservar el statu quo capitalista».

Discrepamos de esa positiva evaluación del papel desempeñado por el viejo Partido Comunista estalinista en Cuba. Tras la victoria revolucionaria de 1959, el PSP se opuso firmemente, en nombre de la doctrina estalinista de la revolución por etapas, al giro socialista de la Revolución cubana. Bastará un ejemplo para ilustrar esa actitud: en agosto de 1960, cuando el gobierno revolucionario cubano comenzó a intervenir empresas y a expropiar a los grandes propietarios cubanos, en un incipiente giro anticapitalista, he aquí lo que Blas Roca —no una «figura importante», sino el secretario General del PSP— dijo en la VIII Asamblea Nacional del Partido:

(…) en la etapa actual, democrática y antimperialista, es necesario — dentro de los límites que se establezcan— garantizar los beneficios de las empresas privadas, su funcionamiento y su desarrollo (…). Ha habido excesos, ha habido intervenciones abusivas que se habrían podido evitar (…). Intervenir en una empresa o una fábrica sin que haya razón suficiente no nos ayuda, porque eso irrita y vuelve contra la revolución (…) a elementos de la burguesía nacional que deben y pueden mantenerse del lado de la revolución en esta etapa (…).

Pero eso no es todo. Por esa misma época, el PSP publicaba un panfleto titulado Trotskismo: Agentes del imperialismo, en que proclamaba:

Los provocadores trotskistas mienten cuando dicen que «el pueblo cubano está incautándose de los bienes de propiedad imperialistas y de sus aliados nacionales». Eso es lo que dicen cada día la AP, la UPI y demás voceros imperialistas. Pero es falso (…).

Citas que ilustran lo lejos que se encontraba el PSP —como otros tantos partidos comunistas latinoamericanos— de grandes marxistas del continente como Mariátegui.

Esos juicios se inscriben en una continuidad política. Ya en un artículo de Carta Semanal, la revista del PSP, publicado el 3 de septiembre de 1953, es decir, cinco semanas después del asalto al cuartel Moncada, cuando decenas de jóvenes habían sido asesinados por la policía de la dictadura, el PSP condenó públicamente la acción de los asaltantes en estos términos:

Todo el mundo sabe que el Partido Socialista Popular ha sido el más resuelto oponente de las aventuras, el que más empeño ha tomado en mostrar a las masas que ese es un camino falso. Todo el mundo sabe que el Partido Socialista Popular es el único que ha señalado el camino justo para resolver la crisis cubana: el camino de rechazar resueltamente las aventuras, el terrorismo y las «expediciones», el camino de rechazar las «componendas» y el aislacionismo.

Los años 60 y la construcción de un nuevo partido: la influencia cada vez mayor del PSP

Desde los primeros años de la Revolución, la cuestión de la organización de un nuevo partido estuvo en el orden del día. A juicio de Fidel Castro, era necesario reunir y unificar a las tres corrientes políticas que habían contribuido, en distinto grado, a la victoria —el M-26-7, el Directorio Revolucionario y el PSP—, sin por ello dejar de asegurar, al mismo tiempo, la hegemonía del M-26-7. A pesar de todo, Moscú y el movimiento comunista internacional desconfiaban de los dirigentes cubanos, al tiempo que depositaban su confianza en el PSP. La construcción del nuevo partido sería larga y difícil y pasaría por varias etapas. Los sucesivos proyectos de las Organizaciones Revolucionarias Integradas (ORI) y posteriormente del Partido Unido de la Revolución Socialista de Cuba (PURSC) no bastaron para alcanzar ese objetivo. No fue hasta 1965, seis años después de la toma del poder y tras largas negociaciones, que se inició la construcción del nuevo PCC. Pero esta vez su primer secretario no sería Blas Roca sino Fidel Castro.

Para ilustrar la manera en que se concebía ese nuevo partido, cabe recordar las palabras de un instructor político del PSP, Gaspar Jorge García Galló, en las que se proclamaba la supremacía duradera del PSP y de sus cuadros sobre el Movimiento 26 de Julio, lo cual habría de generar numerosas tensiones. En un discurso dirigido a militantes del partido en la Escuela de Instrucción Revolucionaria Leoncio Guerra, titulado «El Partido del proletariado y del pueblo», García Galló recordaba el hecho de que el 26 de Julio no era un partido marxista-leninista que se rigiera por normas leninistas de organización y que en su seno coexistían varias corrientes y fracciones de derecha, de centro y de izquierda, aunque todos aceptaran el liderazgo de Fidel. En cuanto al acercamiento entonces en marcha entre las tres corrientes políticas —el M-26-7, el PSP y el Directorio Revolucionario— agrupadas en las ORI, destinadas a fundar el futuro partido único, García Galló anticipaba las normas de funcionamiento del nuevo partido: sus miembros debían ser disciplinados, seguir las orientaciones recibidas como un soldado cumplía las órdenes de sus superiores y luchar sin cuartel contra todo tipo de actividad fraccional. Será esa concepción, heredada del estalinismo, la que se imponga durante la formación del futuro PCC, a despecho del pluralismo político inicial. Sus vínculos con la URSS propiciarán que el PSP se haga con el control del aparato burocrático y explican las numerosas crisis que surgieron y que marcaron la primera década revolucionaria. Las normas de funcionamiento del PCC no volverán a sufrir cambios. Y Fidel Castro terminará por adaptarse a la situación. El Che se distanció cada vez más del control ejercido por el PSP y de la influencia cada vez mayor de las concepciones soviéticas en los planos económico, político y cultural.

Alegaciones infundadas

Contrariamente a las infundadas alegaciones de Samuel Farber de que «las ideas políticas del Che se asemejaban más a la militancia ultraizquierdista del llamado Tercer Período de la Internacional Comunista (Comintern) de finales de los años 20 y 30 [que a las maniobras políticas propias de la doctrina del Frente Popular]», bastaría comparar brevemente las ideas de Guevara con las del estalinismo del llamado Tercer Período para revelar la inanidad de semejante argumento. Uno de los principales aspectos del estalinismo entre 1929 y 1933 fue la negativa a ver en el fascismo y el nazismo al enemigo principal. De hecho, en Alemania y en otros lugares los estalinistas consideraban que la socialdemocracia —definida como «socialfascismo»— era el mayor enemigo del movimiento comunista, con consecuencias catastróficas para los trabajadores y para la humanidad. Fue esa la característica más importante y decisiva del Tercer Período de la Comintern y la razón por la cual, ya en 1933, Trotsky llegaría a la conclusión de que era necesaria una nueva internacional.

En los años 30, el Partido Comunista de Cuba, antecesor del PSP y fiel discípulo de Moscú, había aceptado sin reservas las consignas de la III Internacional sobre el «socialfascismo» y la lucha de «clase contra clase», lo que lo condujo, como a los demás partidos comunistas del subcontinente a adoptar una política sectaria y estéril y a rechazar toda colaboración con otras fuerzas políticas de izquierda. Los comunistas cubanos, por ejemplo, no participarían en las luchas que derrocaron a la dictadura de Machado.

¿Es posible encontrar algo similar en Guevara? ¿Consideraba éste que las dictaduras militares de América Latina, apoyadas por el imperialismo, no eran el principal adversario que combatir? ¿Definía a los partidos socialistas —por ejemplo, en Chile o Argentina— como al principal enemigo? ¿Utilizó alguna vez el término «socialfascismo» para referirse a socialdemócratas o reformistas?

El Tercer Período del estalinismo no constituyó un «giro a la izquierda» en política exterior sino un período de brutal represión de la disidencia, en que miles de opositores comunistas, entre ellos Trotsky, sus compañeros y sus partidarios fueron enviados a campos de concentración en Siberia y, a veces, asesinados. También fue ese el período en que se exterminó a millones de campesinos acusados de «kulaks». ¿Alguna similitud con Guevara?

¿Son las opiniones del Che sobre economía política equiparables con las de la industrialización soviética a marcha forzada de 1929-33? Recordemos que Ernest Mandel, economista marxista, visitó Cuba en 1964 invitado por Guevara y que Mandel había escrito un artículo en que apoyaba las posiciones del Che en el debate económico que entonces tenía lugar en Cuba. Al parecer, Mandel no era consciente de que las de Guevara eran opiniones propias… del estalinismo del Tercer Período. Por otro lado, otro economista marxista, Charles Bettelheim, había criticado duramente las tesis de Guevara, calificándolas de heréticas y de «no marxistas» por estar en contradicción con… las teorías económicas de Stalin.

Según Farber, «el estalinismo del Tercer Período, el maoísmo y el guevarismo mantenían una postura más agresiva y revolucionaria hacia el capitalismo, como parte de su intento por extender su forma de dominación de clase más allá de sus propios países». Desde luego, el «internacionalismo» del discurso estalinista durante el Tercer Período, o del maoísmo en los años 60 o 70, no era más que un instrumento al servicio de los intereses de las burocracias soviética y china, respectivamente. ¿Cabe hacer extensiva esa actitud al internacionalismo de Guevara? ¿Es de alguna pertinencia para sus intentos revolucionarios internacionalistas en el Congo o en Bolivia, que en ambos casos culminaron en la derrota? ¿A qué intereses burocráticos servía cuando, en cuanto argentino, decidió unirse a los revolucionarios cubanos en 1956?

Para concluir sobre esta cuestión, nada impide hacer un examen crítico de las posiciones de Guevara, cosa que él mismo alentaba en sus debates con sus colaboradores del Ministerio de Industrias. Pero la analogía artificial, por no decir calumniosa, con el estalinismo del Tercer Período es la forma más segura de pasar por alto lo esencial. No sólo no podemos identificar al Che con las razones que condujeron al fracaso de la Unión Soviética, sino que, además, un cuarto de siglo antes de la desaparición de la URSS y de la caída del Muro de Berlín, el Che previó la crisis y el colapso del régimen soviético y avizoró la restauración del capitalismo en la Unión Soviética y en los países del Este europeo.

El Che y el gran debate económico: transición al socialismo y subdesarrollo

Es a la luz de su experiencia en el ejercicio del poder que el Che analiza los problemas y las dificultades de la transición al socialismo en Cuba. La relectura de sus últimos textos en el gran debate económico que lo opuso a los partidarios de las reformas liberales soviéticas en los años 60, su ensayo El socialismo y el hombre en Cuba, de sus últimos discursos, en particular el que pronunció en Argel en 1965, y de sus Apuntes críticos sobre el Manual de Economía Política de la Academia de Ciencias de la URSS ilustran su visión premonitoria de los graves problemas a que se enfrentaba la Unión Soviética y de las dificultades que probablemente sobrevendrían en Cuba por su dependencia económica y financiera de Moscú.

El gran debate de 1963 y 1964 en el Ministerio de Industrias, que dirigía el Che, versaba en lo fundamental sobre la construcción del socialismo y la planificación y organización de la economía durante la transición al socialismo en una isla pequeña y dependiente, sometida a las presiones del mercado internacional, cuyo desarrollo se veía obstaculizado por un drástico embargo económico y comercial impuesto por la primera potencia económica mundial. Más allá del debate teórico sobre la persistencia de categorías mercantiles y de la ley del valor durante el período de transición, en el seno del gobierno cubano iban a surgir distintos enfoques políticos, al tiempo que en los años sesenta los economistas soviéticos Evsei Liberman y Vadim Trapeznikov presentaban propuestas de reformas económicas basadas en el mercado. Tras observar la ineficacia de los métodos de gestión utilizados en la URSS, Liberman y Trapeznikov sometieron a crítica la planificación basada en normas imperativas que ellos consideraban demasiado restrictivas. Para remediarlo, propusieron que entre los criterios de la buena gestión empresarial se reintrodujera la ganancia.

El debate tuvo lugar en La Habana paralelamente con la introducción de esas reformas en la URSS. La isla se enfrentaba entonces a la necesidad de redefinir una estrategia de desarrollo económico y social ante el reto de la inserción en una economía capitalista globalizada. A ello se sumaba la dificultad —escribió entonces Ernesto Che Guevara— de que, «empezábamos todos nosotros el aprendizaje de esta marcha hacia el comunismo», al mismo tiempo que «la economía política de todo este período [de transición] no se había creado».

Samuel Farber consagra más de 20 páginas de su libro a ese debate económico. Para empezar, afirma que «el Che llegó a concebir el socialismo sobre la base de la planificación económica centralizada y del rechazo de la competencia y la ley del valor». Sólo que Farber no ha leído bien los escritos del Che, quien, por el contrario, al respecto de la aplicación de la ley del valor en el socialismo, y en respuesta a un artículo de Alberto Mora titulado «En torno a la cuestión del funcionamiento de la ley del valor en la economía cubana en los actuales momentos», expresó:

Cómo manejar conscientemente el conocimiento de la ley del valor (…) es uno de los problemas más serios planteados a la economía socialista (…). No se está impugnando la vigencia de la ley del valor, se está considerando que esta ley tiene su forma de acción más desarrollada a través del mercado capitalista y que las variaciones introducidas en el mercado por la socialización de los medios de producción y de los aparatos de distribución, conllevan cambios que impiden una inmediata calificación de su acción (…). Cuando aceptamos la vigencia de la mercancía no aceptamos la vigencia principal del mercado (…) como organizador de la economía nacional.

Lejos de las afirmaciones de Farber, he aquí los comentarios matizados de uno de quienes se opuso al Che en aquel debate, el exministro Carlos Rafael Rodríguez, quien subrayó la complejidad de la polémica: «La teoría de eliminar la ley del valor no la planteaba el Che como absoluta, esto es interesante recordarlo, puesto que nosotros admitimos la vigencia de la ley del valor a ciertos efectos. Él decía que la ley del valor no podía ser rectora de la actividad económica, que nosotros teníamos condiciones creadas por el socialismo para manipular la ley del valor, para utilizarla en beneficio del socialismo. Creo que esto es importante (…) Porque, efectivamente, no se trata, como algunos de los defensores del cálculo económico de aquel período trataron de establecer, de la defensa absoluta de la vigencia de la ley del valor y de la inevitabilidad del mercado, sino de la utilización de la ley del valor bajo control, tomando en cuenta fundamentalmente los elementos impuestos por la responsabilidad de la economía de nuestros tiempos, en nuestro país».

Farber lanza acusaciones contra concepciones atribuidas por otros al Che, sin primero corroborarlas. Señalaremos tres.

«Su crítica del mercado capitalista y de la competencia, que tienden a cosificarlo todo, y su elogio del compromiso altruista con la colectividad, sientan las bases de una utopía reaccionaria que trata de emular formaciones sociales precapitalistas». ¿En qué lugar podemos encontrar en Guevara referencia alguna a «formaciones precapitalistas»? ¿En qué sentido los pronunciamientos del Che en contra del mercado capitalista y en favor del compromiso altruista son «una utopía reaccionaria»? Farber no ofrece ninguna explicación ni cita ningún texto del Che en apoyo de tan extraña acusación. José Carlos Mariátegui, en los años 20 del pasado siglo, solía referirse al colectivismo de las formaciones precapitalistas y consideraba que el ayllu tradicional —comunidad rural precolombina— podía ser un punto de partida para la movilización de los campesinos en un movimiento socialista moderno. No obstante, Mariátegui no era ningún «reaccionario», si bien algunas de sus opiniones fueron tildadas de similares a las de los «populistas» (narodniki) por los estalinistas. No sabemos si Guevara compartía esas ideas de Mariátegui, pero sólo los estalinistas podían haberlas considerado propias de una «utopía reaccionaria».

Según Samuel Farber, en sus Apuntes críticos sobre el manual soviético de economía política, al referirse a las prioridades económicas, Guevara «[da] a entender que ello sería decidido exclusivamente por el Partido Comunista en el poder». Sólo que en sus Apuntes críticos, mantenidos en secreto por las autoridades cubanas hasta principios de la década de 2000, el Che escribía exactamente lo contrario cuando sostenía que el plan debía concebirse «como una decisión económica de las masas, conscientes de su papel (…). Sе ha visto una cosa fundamental, algo que era elemental, la importancia, el entusiasmo que tiene la gente cuando sabe que va a elegir a sus representantes». En esa misma línea, Farber acusa a Guevara de «evitar y rechazar la elección por el pueblo de sus representantes». Esa lectura inexacta queda desmentida por la crítica que hace Guevara de los sindicatos y de la intervención del Partido:

Aquí la democracia sindical es un mito, que se dirá o no se dirá, pero es un perfecto mito. Se reúne el Partido, entonces propone a la masa a ‘fulanito de tal’, candidatura única, y de ahí en adelante salió aquel elegido; una con mucha asistencia, otra con menos asistencia, pero en realidad no ha habido ningún proceso de selección por parte de la masa.

E insiste:

Es algo que a nosotros nos tiene que llamar la atención desde el (…) punto de vista institucional, que es el hecho de que la gente tiene necesidad de expresarse, tiene necesidad de un vehículo para expresarse. Nosotros tenemos que reflexionar sobre este asunto (…) [el de establecer] un vehículo de democracia necesario para las nuevas instituciones que hay que crear.

También criticó a la burocracia sindical que se había creado y que no quería volver a trabajar con las manos y subrayó que «el trabajo de la C[entral de] T[rabajadores de] C[uba] ha dejado mucho que desear en los últimos tiempos». La relación entre el socialismo y el hombre ocupaba el centro de sus preocupaciones. Decir que a los ojos de Guevara correspondía exclusivamente al Partido Comunista en el poder adoptar las más importantes decisiones económicas es faltar a la verdad.

Para Farber, en escritos del Che como El socialismo y el hombre en Cuba, «reina un silencio ensordecedor (…) sobre el aumento sustancial de los bienes de consumo y, de manera más general, sobre la elevación del nivel de vida del pueblo». El propio Farber contradice esa afirmación. Varias decenas de páginas antes, observa que, como Ministro de Industrias, Guevara se había propuesto «aumentar en más del doble el nivel de vida de los cubanos en sólo cuatro años». Si bien es cierto que, como Guevara admitió más tarde, ese plan no era realista, queda demostrado que «el aumento sustancial de los bienes de consumo» no era algo que estuviese en absoluto fuera de su concepción del socialismo («el guajiro también aspira a tener televisión», apunta). Del mismo modo, conforme a su costumbre de reconocer los errores cometidos, reiteró la necesidad de vivienda para los cubanos y lamentó que la construcción de viviendas no dejara de disminuir, con lo cual estaba haciendo una crítica implícita a los errores de planificación y a las decisiones de otros ministerios. Cabe señalar, de paso lo decisiva que es la planificación para el Che, extraña preocupación para una mente «bohemia».

«A mediados de 1961, [Guevara] anunció, en nombre del gobierno revolucionario, un plan económico cuatrienal muy poco realista cuyos objetivos eran fantasiosos», escribe Samuel Farber, a modo de ilustración del «voluntarismo» del Che. Pasemos por alto el hecho de que esa decisión se había adoptado «en nombre del gobierno» encabezado por Fidel Castro, alguien que no se dejaba imponer decisiones con las que no estuviese de acuerdo, sobre todo teniendo en cuenta que el intento de industrialización rápida que se hizo al principio de la Revolución respondía al compromiso contraído el propio Fidel en 1953, en su discurso La historia me absolverá y, luego, por la dirección del M-26-7 en la Sierra Maestra, de romper con la dependencia histórica del monocultivo de la caña de azúcar. No obstante, la dirección revolucionaria había subestimado los obstáculos que terminaría enfrentando para romper con décadas de vínculos de subordinación económica, vínculos documentados por numerosos autores, entre ellos los historiadores cubanos Ramiro Guerra y Manuel Moreno Fraginals.

Llevado por su ímpetu, Samuel Farber compara el plan que atribuye a Guevara «con el Gran Salto Adelante [en la China de Mao-Tse Tung]», campaña que trajo como resultado «la hambruna y la muerte de millones de personas». Una vez más, Farber señala con el dedo a Guevara y lo responsabiliza por el desastre agrícola que se produjo en los años 60, al tiempo que ignora las responsabilidades del propio Fidel Castro, como en su momento hubo de poner de relieve René Dumont. El verdadero desastre agrícola sería causado por el fracaso del plan de cosechar 10 millones de toneladas de azúcar durante la zafra de 1970, objetivo vinculado a acuerdos con Moscú a los que el Che era ajeno.

Contra el dogmatismo

Tal vez la más extravagante de todas las imputaciones que Samuel Farber lanza contra el Che sea la de que, en términos generales, este sostenía una «concepción monolítica del socialismo que ignoraba la división jerárquica del trabajo y descartaba la posibilidad de cualquier conflicto de intereses que no fueran los intereses de clase en vías de abolición», pues son abundantes las pruebas de todo lo contrario, se lo llegó a considerar un hereje y fue erróneamente tildado de trotskista por los soviéticos. Farber guarda silencio sobre la postura del Che en favor de la libertad de expresión y, aunque reconoce que éste protegió a los trotskistas cubanos, le resta importancia a esa práctica cuando atribuye la actitud del Che al hecho de que los trotskistas cubanos ¡«eran partidarios, si bien críticos, del Estado de partido único»! Curiosa caracterización ésta, la de militantes políticos pertenecientes a un partido trotskista independiente del Partido Comunista, semiclandestino, reprimido y finalmente prohibido.

En 1964, durante una discusión con sus camaradas del Ministerio de Industrias, a punto de ser destruidos los libros de Trotsky (entre ellos La revolución permanente), Guevara reafirmó: «Tenemos que tener la suficiente capacidad como para destruir todas las opiniones contrarias sobre [la base d]el argumento o si no dejar que las opiniones se expresen. Opinión que haya que destruirla a palos es opinión que nos lleva ventaja a nosotros (…). No es posible destruir las opiniones a palos y precisamente es lo que mata todo el desarrollo, el desarrollo libre de la inteligencia». Esas declaraciones son tanto más significativas cuanto que confirmaban sus discrepancias con los trotskistas. En 1965, en vísperas de su salida de Cuba, hizo sacar de la cárcel al trotskista cubano Roberto Acosta Echevarría, a quien, después de darle un abrazo, se dirigió en términos similares: «Acosta, las ideas no se matan a palos». En el Ministerio de Industrias, las asambleas de balance y de análisis de la situación daban paso a desencuentros y polémicas, que se reproducen en el libro de su viceministro Orlando Borrego. En ese mismo ministerio, el Che le dio acogida a Alberto Mora, exministro de Comercio Exterior y uno de sus adversarios en el debate económico.

El 29 de septiembre de 1963, en su discurso de clausura del Primer Encuentro Internacional de Profesores y Estudiantes de Arquitectura, Guevara expuso claramente su criterio:

No hemos rehuido nunca la confrontación ni la discusión. Siempre hemos estado abiertos a discutir todas las ideas y lo único que no hemos permitido es el chantaje de las ideas o el sabotaje de la Revolución. Allí sí hemos sido absolutamente inflexibles (…). Ha habido profesionales que han ido a la cárcel por tareas directamente contrarrevolucionarias, por sabotajes. Y aun esos profesionales, desde la cárcel, se han rehabilitado y han trabajado primero en la cárcel, y después han salido y han trabajado en nuestras industrias, y están trabajando. Les depositamos toda la confianza que se le puede depositar a cualquier técnico nuestro y se incorporan a pesar de haber conocido la parte más dura, la parte más tenebrosa de la Revolución, que es la represión, que es obligada en una revolución que triunfa (…). Pero (…) a esa parte de la sociedad que toma las armas contra nosotros, ya sean las armas directas de destrucción o armas ideológicas para destruir la sociedad, los atacamos y somos inmisericordes. Contra los demás, los inconformes, los descontentos honestos, los que plantean que no son ni serán nunca socialistas, nosotros les decimos simplemente: «Bueno, pues a usted nadie le preguntó antes si usted era o no era capitalista. Tenía un contrato y lo cumplía. Cumpla su contrato, trabaje y tenga las ideas que le dé la gana, no nos metemos con sus ideas».

El testimonio del poeta Heberto Padilla resulta revelador. De regreso de un viaje a la URSS, dio rienda suelta a sus críticas y desilusiones durante un encuentro con Guevara, quien le dio la razón: «Porquería sé que es todo aquello, lo pude ver por mí mismo». Ante las preocupaciones del poeta, quien buscaba trabajo en el periodismo, le advirtió: «Los tiempos no son buenos para hacer periodismo». Y le aconsejó que abandonara la idea y se fuese a trabajar al Ministerio de Comercio Exterior, cuyo titular era entonces Alberto Mora. Tiempo después, en 1971, Padilla cayó víctima de un juicio estalinista y se vio obligado a hacerse una autocrítica pública.

Farber intenta por todos los medios hacer entrar al Che en el molde estalinista. Para ello, privilegia —entre otras— fuentes como la provistas por Jorge Castañeda, adversario declarado de la Revolución cubana y detractor del Che, para afirmar que, desde su paso por Guatemala, «Guevara se había identificado estrechamente con Joseph Stalin» y que esa «identificación con Stalin se mantendría». Es cierto que en una carta de 1953 dirigida a su tía, durante su viaje iniciático por América Latina, Guevara elogiaba al «camarada Stalin», pero el hecho de que nunca hubiese llegado a afiliarse a ningún partido comunista, ni en Guatemala ni en México —como reconoce el propio Farber— demuestra la escasa importancia de un episodio que data de la época en que el Che tenía 25 años. De ahí a hacer de Guevara un estalinista, media un largo trecho, que Samuel Farber, «marxista clásico», desanda sin vacilar.

De hecho, como recuerda Luis Simón, intelectual afiliado al M-26-7, cuando conoció a Guevara en septiembre de 1958, en medio de la lluvia y los mosquitos, éste le pidió en préstamo la obra de Merleau-Ponty Existencialismo y marxismo y, al girar la conversación hacia temas de política internacional, la emprendió cáusticamente contra el estalinismo y la masacre de Budapest. En sus Apuntes críticos, Guevara subrayó que «el tremendo crimen histórico de Stalin» consistió en «haber despreciado la educación comunista e instituido el culto irrestricto a la autoridad».

Samuel Farber acusa también a Guevara de haber sido un comunista —aunque «honesto»— represivo, comparable con el revolucionario ruso Felix Dzerzhinsky. A ese respecto, escribe: «Tal vez (sic) quepa establecer un paralelismo entre Guevara y Felix Dzerzhinsky (…) Si bien, como jefe de la Cheka [policía política soviética], era conocido por sus acciones represivas, a menudo arbitrarias, a Dzerzhinsky se lo consideraba una persona honesta y un comunista». ¿Acaso alguna vez dirigió Guevara algún órgano de policía política comparable a la Cheka soviética de Dzerzhinsky, quien fuera responsable de la ejecución de miles de opositores, entre ellos de izquierda (anarquistas, eseristas de izquierda, etc.)?

Siguiendo la misma línea, para Farber sus «opiniones estaban lejos de la filosofía ‘humanista’ que le atribuyen algunos de sus partidarios. Durante sus días en la Sierra [Maestra], Guevara se opuso a la muy eficaz táctica de devolución de prisioneros empleada por Fidel Castro». Farber extrae esa «información» del libro de Castañeda, autor de una biografía hostil y acerba del Che. En su bibliografía, a menudo Farber privilegia los escritos de opositores a la Revolución en detrimento de numerosos testimonios de combatientes de la Sierra y de quienes acompañaron al Che en el Ministerio de Industrias hasta su salida de Cuba en 1965. ¡Pero la realidad es exactamente lo opuesto de lo que afirma Farber! Así, en su manual La guerra de guerrillas, proclama Guevara: «(…) mientras no haya bases considerables de operaciones y lugares inexpugnables, no hacer prisioneros. Los sobrevivientes deben ser dejados en libertad. Los heridos deben ser cuidados con todos los recursos posibles en el momento de la acción». Fue esa también su práctica como comandante guerrillero en Bolivia. En su diario en Bolivia escribió: «Se tomaron prisioneros dos nuevos espías; un teniente de carabineros y un carabinero. Se les leyó la cartilla y fueron dejados en libertad». El propio Farber se ve obligado a admitir que el Che se opuso a que se ejecutara a Huber Matos —opositor anticomunista condenado a 20 años de prisión— e incluso a su encarcelamiento. Guevara se habría puesto en contacto con la familia de Matos y les habría sugerido que apelaran la sentencia judicial, según el testimonio del propio Matos tras su excarcelación.

Otro testimonio, hecho público en Francia por Luis Alberto Lavandeyra, exguerrillero que había sido miembro de la columna del Che en la Sierra Maestra, resulta ilustrativo de la ética del Che y de su respeto por la vida durante la batalla de Santa Clara:

[El Che] había preparado meticulosamente una emboscada en la parte alta de un valle por donde debía pasar un batallón de soldados de Batista, en el que todos eran negros. El Che nos advirtió que sería el primero en disparar y que esa sería la señal. Pasó la compañía sin que el Che disparara. Después de que la compañía había pasado, toda la tropa se le acercó sorprendida: —Estábamos esperando a que diera la señal. Pero, ¿por qué no disparó, comandante? —Me quedé pensando —respondió el Che—. Hemos ganado la guerra. ¿De qué serviría una masacre? Son soldados reclutados en los medios más pobres y tienen mujeres e hijos”.

Estamos ante una reflexión —en pleno combate— que obedece a consideraciones éticas. A diario, el Che se planteaba cuestiones de carácter ético. Una actitud política constante que mantendrá en Bolivia, donde dejará en libertad a los soldados hechos prisioneros.

Salida de Cuba. Bolivia

«Apesar de haber fracasado en el Congo —escribe Samuel Farber— [Guevara] no veía motivo para cuestionar la decisión que había tomado en 1965 de renunciar a la ciudadanía cubana y dimitir de sus responsabilidades en el gobierno». Farber retoma la versión oficial y presenta esa decisión como una elección personal independiente de una situación política marcada por las tensiones que se habían suscitado entre La Habana y Moscú tras el discurso de Guevara en Argel. Farber no puede ignorar que la realidad era bien diferente. Tras su regreso a La Habana, Guevara no volvió a aparecer en público. A finales de 1964, el Ministro de Industrias ya había dado a conocer sus numerosas discrepancias con la política internacional y las reformas económicas soviéticas y estaba siendo denigrado por algunos apparatchiks del PSP. Guevara lo sabe: «En toda una serie de aspectos yo he expresado opiniones que pueden estar más cerca del lado chino: en la guerra de guerrillas, en la guerra del pueblo, en el desarrollo de todas esas cosas (…) [Y] como a mí me identifican con el sistema presupuestario, también lo del trotskismo surge mezclado. Dicen que los chinos también son fraccionalistas y trotskistas y a mí también me meten el San Benito»—escribe. (El San Benito es la prenda de infamia impuesta por la Inquisición a quienes iban a ser quemados en la hoguera.)

De regreso en La Habana, el 14 de marzo de 1965, le escribe a su madre que se va por un mes al interior del país a cortar caña de azúcar, lo que causó incomprensión entre sus colaboradores más cercanos. Como señala René Dumont, en realidad, repudiado, Guevara ya había dimitido, muy discretamente, de su puesto de ministro.

Esa decisión fue resultado del aumento de las tensiones entre La Habana y Moscú, en las que el Che tuvo un papel protagónico. Durante su último viaje a la URSS había sostenido, según sus propias palabras, varios debates científicos con estudiantes y economistas soviéticos invitados a la Embajada de Cuba. El discurso pronunciado por el Che en Argel, durante el Segundo Seminario Económico de Solidaridad Afroasiática, fue el punto culminante de la expresión pública de sus desacuerdos, a los que se referirá en la carta a Fidel Castro que no se publicaría hasta 2019, tres años después de la muerte de este último.

Tras el fracaso de su misión en el Congo, el Che le escribe a Fidel para disuadirlo de enviar refuerzos, regresa clandestinamente a Cuba y, finalmente, abandona la isla en 1966 rumbo a Bolivia. La elección de los lugares y los preparativos organizativos y políticos se hicieron al más alto nivel de la dirección cubana.

Según afirma Samuel Farber, «la fuerza expedicionaria del Che en Bolivia fue incapaz de forjar una relación eficaz de apoyo con la izquierda boliviana». Sin embargo, la afirmación de Farber se ve categóricamente desmentida por varias declaraciones de sindicatos de mineros y organizaciones políticas de izquierda, excepción hecha del Partido Comunista de Bolivia (PCB), pero no de su organización juvenil. Según aseguraba Guillermo Lora, secretario General del Partido Obrero Revolucionario (POR) en una entrevista con el periodista mexicano Rubén Vásquez Díaz:

El único camino por el que la clase obrera —el proletariado boliviano— puede conquistar el poder en el país es desde las minas (…). La guerrilla sin la clase trabajadora no es nada. El POR apoya sin condiciones a la guerrilla, porque es una consecuencia lógica de la actual situación de Bolivia (…). Y nuestra ayuda y apoyo es completamente sin límites.

A la pregunta de Vásquez Díaz de si el POR estaba listo para enviar hombres a la guerrilla, Lora respondió afirmativamente sin vacilar: «Hombres también, sí».

La otra organización trotskista afiliada a la IV Internacional (el POR de González Moscoso) había enviado a militantes a entrenarse en Cuba para unirse a la guerrilla boliviana. Se quedaron varados en la isla, sin poder salir del país para unirse a los guerrilleros.

En 1967: San Juan a sangre y fuego, los bolivianos Carlos Soria Galvarro, José Pimentel Castillo y Eduardo García Cárdenas relatan ese momento crucial de la historia del país andino-amazónico. En el primer capítulo de la obra, «Mineros y guerrilleros», Soria Galvarro narra los días de mayo de 1965 en que se ratificó el pacto entre mineros y estudiantes universitarios y de la enseñanza media; período en que se reprimió implacablemente a los mineros, en que los dirigentes sindicales que habían organizado asambleas y huelgas para defender sus reivindicaciones fueron atacados y condenados, en que el gobierno de la junta militar encabezada por Barrientos restableció la pena de muerte, en que se declaró fuera de la ley a los partidos de izquierda por haberse solidarizado públicamente con la guerrilla y se prohibieron terminantemente todas las reuniones y manifestaciones públicas y en que, tras el inicio en marzo de 1967 de los enfrentamientos entre la guerrilla y el ejército en la región sudoriental del país, la presencia de los guerrilleros pasó a ocupar la primera plana de los periódicos.

Otro testimonio que contradice lo dicho por Farber es el de Domitila Barrios de Chungara, dirigente minera boliviana, quien recuerda que en la guerrilla del Che había varios guerrilleros procedentes de las minas y que los obreros organizaron actividades en favor de la guerrilla, por ser ésta el ejército del pueblo, de los obreros, de los explotados, y que habían decidido apoyarla con el envío de los réditos de una jornada laboral, víveres y medicinas. Según Barrios de Chungara, muchos mineros creían que era ella la encargada de coordinar el apoyo a la guerrilla e incluso fueron a anotarse con ella para sumarse al movimiento guerrillero.

El 25 de mayo de 1967, en su número 17, Fedmineros, órgano de prensa de la poderosa Federación Sindical de Trabajadores Mineros de Bolivia (FSTMB), publicó una nota titulada «Frente Guerrillero», en la que decía:

El hambre, la miseria, la explotación, la desocupación, la violencia y el matonaje, como la persecución que ha impuesto el Gobierno gorila de Barrientos, es la consecuencia de la aparición de la[s] guerrillas. Los generales dicen que se trata de bandoleros, enemigos de los pobres, pero esto nadie cree. Podemos afirmar que la inmensa mayoría de los trabajadores ven con simpatía la acción guerrillera. Esto es la verdad. No puede ser de otra manera cuando se vive en la injusticia, sin trabajo y mal alimentado. Sabemos que yanquis operan de antiguerrilleros y esto indigna a los obreros.

El 6 de junio del mismo año en una asamblea general de trabajadores y dirigentes sindicales de las minas de Huanuni, Siglo XX y Catavi, se aprobó una resolución de trece puntos, en uno de los cuales se exhortaba a «apoyar moral y materialmente a las guerrillas patrióticas (sic) que operan en el sudeste del país» y a «enviar [medicinas] y alimentos». Al día siguiente, la junta militar declaró el estado de sitio. «Según el portavoz del gobierno [boliviano], la medida se tomó fundamentalmente por la amenaza de los mineros de Huanuni de salir en marcha de protesta hacia la ciudad de Oruro y debido a que varios dirigentes mineros habían pronunciado discursos ‘francamente subversivos y en apoyo a las guerrillas que opera[ba]n en el sudeste del país’».

En una entrevista concedida en 1967, el sociólogo René Zavaleta Mercado, exministro de minas del gobierno del Movimiento Nacionalista Revolucionario (MNR), afirmaba: «Dentro de tres meses estaremos en condiciones de enviar los primeros contingentes a la guerrilla, y con alguna ayuda esperamos estar en condiciones de formar una red de propaganda (…). El gran mérito de la guerrilla es que ha roto con todas las concepciones políticas tradicionales y líneas partidarias». Los mineros serían masacrados en la víspera de San Juan. Fue después de esa carnicería que Guevara dio a conocer el Comunicado núm. 5, dirigido a los mineros bolivianos, que Farber malinterpreta. Según recuerda Farber, Guevara «advirtió a los mineros que se abstuvieran de seguir a los ‘falsos apóstoles de la lucha de masas’» (…) y, a cambio, les hizo «la muy poco realista propuesta de que abandonaran sus empleos, sus familias y sus comunidades para irse a otro lugar a incorporarse a su grupo guerrillero (…) dirigido por militantes ajenos a su clase y oriundos de otros países». ¿Qué dice, sin embargo, el comunicado? «No se debe insistir en tácticas falsas; heroicas, sí, pero estériles, que sumen en un baño de sangre al proletariado y ralean sus filas, privándonos de sus más combativos elementos. Contra las ametralladoras, no valen los pechos heroicos». El comunicado recomienda «no comprometer fuerzas en acciones que no garanticen el éxito, pero la presión de las masas trabajadoras debe ejercerse continuamente contra el gobierno, pues esta es una lucha de clases sin frentes limitados». Y concluye diciendo: «Compañero minero: las guerrillas del E.L.N. te esperan con los brazos abiertos y te invitan a unirte a los trabajadores del subsuelo que están luchando a nuestro lado. Aquí reconstruiremos la alianza obrero-campesina que fue rota por la demagogia antipopular; aquí convertiremos la derrota en triunfo». Esa conclusión está en consonancia con los debates de los años 60 sobre la relación entre lucha armada y lucha de masas en América Latina, siete años después del triunfo de la Revolución cubana.

Acta de acusación

El libro de Samuel Farber se lee como si fuese un acta de acusación. Farber no cesa de hablar de las carencias y de los defectos del Che. Toda una sección del capítulo dos se titula «Esquematismo político e indiferencia ante contextos específicos» (pp. 23-25). Abundan las variaciones sobre el mismo tema: «incapacidad para comprender situaciones políticas específicas» (p. 4); «ignorancia e indiferencia ante contextos políticos específicos» (p. 23); «incapacidad para reconocer tramas políticas y coyunturas históricas específicas de Cuba durante el período de la lucha armada» (p. 23); «sordera política» (p. 23); «[falta] de ese rasgo difícil de descifrar pero real llamado instinto político» (pp. 23 y 46); «ceguera táctica» (p. 24); «[indiferencia] ante los datos históricos concretos y la significación política» del período marcado por la Constitución del 40 (p. 25), y así sucesivamente. Todo ello, siempre, en contraste con el «genio» de Fidel Castro.

Farber llega incluso a poner en entredicho el internacionalismo del Che, pues —según afirma— es la expresión de «[un] proyecto común de creación de un nuevo sistema de clases» que «compartirá hasta el último momento (…) con los hermanos Castro y los comunistas cubanos alineados con Moscú». Para Farber, la burocracia es una nueva clase social a la que el Che, «pequeño burgués bohemio» no proletario, se habría incorporado con toda naturalidad. Quod erat demonstrandum.

Según sostiene Farber, «la mayoría de los cubanos consideran al Che una figura quijotesca fracasada» y hoy en día «el Che no tiene absolutamente ninguna influencia entre las diferentes corrientes de la oposición cubana». ¿De qué oposición habla Farber? La oposición cubana no es homogénea. Es cierto que las nuevas generaciones cubanas juzgan con severidad el saldo de la dirección del país, pero esas críticas divergen entre sí y tienden a evolucionar. La lucha de Guevara contra los privilegios de la burocracia y contra el aumento de las desigualdades, sus previsores análisis sobre el posible derrumbe de la URSS, su concepción ética del ejercicio del poder, explican el prestigio de que goza entre la izquierda crítica, especialmente entre los jóvenes en actitud de ruptura. En un texto publicado en marzo de 2023 en La Joven Cuba, el joven afrocubano Alexander Hall Lujardo —quien fuera detenido durante las manifestaciones del 11 de julio de 2021—, al referirse a la última carta del Che a Fidel, recuerda cómo «fueron silenciadas por el liderazgo cubano, durante más de cuarenta años, las críticas realizadas por el revolucionario internacionalista Ernesto Che Guevara desde una militancia marxista radical, favorables a la autonomía económica de la Isla como única condición [capaz] de garantizar su soberanía nacional». Nada más ajeno al pensamiento de Ernesto Guevara que un enfoque apologético que oscurezca errores y diferencias. «Si no estás de acuerdo, escribe lo tuyo», relata Enrique Oltuski que le decía el Che cuando le comentaba algún aspecto de la guerra revolucionaria.

Interrumpido por su muerte a los 39 años, el proyecto del Che sobre la transición socialista quedó inconcluso, subraya el historiador cubano Fernando Martínez Heredia. Su pensamiento estaba en constante evolución. Carecía de una concepción estructural y orgánica de la democracia política necesariamente pluralista en la transición al socialismo, pero en su breve existencia no llegó a conocer sino lo que él mismo llamó «democracia armada».

Sin embargo, no es posible comprender el pensamiento teórico y estratégico del Che, su influencia política y ética, si se lo reduce a un estalinista del llamado Tercer Período o a un chekista de los años veinte del siglo pasado. Tampoco se puede reducir a Guevara a la figura de un idealista puro, de un personaje singular cuya «honestidad política e igualitarismo radical (…) podrían haberlo hecho más apto para ser un opositor comunista que un gobernante comunista instalado por largo tiempo en el poder (…)».

Tampoco es posible escribir sobre Ernesto Guevara sin referirse al contexto en el que pensó y actuó entre 1955 y 1959 y, luego, entre 1959 y 1965, cuando se le confiaron las más altas responsabilidades en una revolución que iniciaba un proceso de transición socialista por caminos inexplorados, en un contexto histórico que lo obligaba a «navegar entre la Caribdis imperialista y la Escila totalitaria».

Janette-Habel y Michael Löwy

Janette Habel es politóloga especialista en Cuba y en América Latina. Michael Löwy es director de investigación emérito del Centre national de la recherche scientifique (CNRS). Autor de numerosos libros, entre ellos Ecosocialismo, La alternativa radical a la catástrofe ecológica capitalista.

Traducción: Rolando Prats

Publicado en: Global, titular2

América Latina: Entre la inclusión y la igualdad

25/06/2023 by Vitalio Deja un comentario

Por: Gabriela Benza y Gabriel Kessler

                                              ¿Es menos desigual América Latina luego del ciclo de gobiernos progresistas?

¿Qué sucedió con la estructura social de América Latina durante el posneoliberalismo? Esa es la pregunta que abordamos en La ¿nueva? estructura social de América Latina. Cambios y persistencias después de la ola de gobiernos progresistas (Siglo XXI, 2020). Allí presentamos un balance de los cambios en la estructura social durante los primeros quince años de este siglo, un período caracterizado por un crecimiento económico generalizado y por lo que se ha llamado «posneoliberalismo» o «giro a la izquierda». Entre 1998 y 2011, once países latinoamericanos eligieron presidentes de izquierda, centroizquierda o nacional-populares, una situación hasta entonces inédita en la historia de la región.

Analizamos, entonces, las tendencias y los lineamientos generales de la política en dimensiones clave de la estructura social: población, familia, distribución del ingreso, salud, educación, vivienda y hábitat. Nos detuvimos en los patrones comunes, pero también en las diferencias entre países y, dentro de cada uno, en las desigualdades de clase, de género y étnicas.

Una mirada de conjunto sobre estas dimensiones muestra importantes cambios. Durante estos años prácticamente todos los indicadores sociales mejoraron. Se trató, en este sentido, de una etapa de claro incremento del bienestar de las y los latinoamericanos. Pero el alcance de la transformación no fue el mismo en cada tema abordado, ni tampoco el lapso de tiempo en que tuvo lugar. Algunas de las mejoras, si bien se intensificaron en esta etapa, comenzaron antes.

Esto se observa, por ejemplo, en los indicadores demográficos (mortalidad infantil, esperanza de vida al nacer, fecundidad) o en materia de ampliación de la cobertura educativa, y se vincula con que cada dimensión tiene condicionantes del pasado, ciclos y temporalidades específicas. Los cambios en los patrones demográficos y en las relaciones familiares en general ocurren lentamente; las transformaciones en salud, educación y vivienda un tanto menos, porque en términos relativos son más sensibles a las políticas de un período dado. En fin, las tendencias en la pobreza, la distribución de ingresos y el mercado laboral suelen ser más inestables, al estar afectadas de manera más directa por las políticas y los ciclos económicos (y, de hecho, aquí es donde la marca del período resulta más potente).

¿Cuál fue, entonces, la impronta que dejó el posneoliberalismo en nuestras sociedades? El elemento distintivo fue una mayor inclusión social. Pero inclusión no es lo mismo que equidad. Nuestro argumento central es que es más ajustado decir que el posneoliberalismo se caracterizó por una disminución de la exclusión que por un avance en términos de igualdad, y esto a pesar de que la promesa por la reducción de la desigualdad estuvo en el centro de las preocupaciones por la cuestión social durante esta etapa.

El elemento distintivo del posneoliberalismo fue una mayor inclusión social. Pero inclusión no es lo mismo que equidad.

La agenda posneoliberal puso el foco en remediar las formas de exclusión más extremas producidas en las últimas décadas del siglo XX y, en menor medida, otras de mucha más larga data, como las que afectan a los pueblos originarios y afrodescendientes. ¿En qué se ve esto? En primer lugar, en los incrementos que experimentaron los ingresos de la población de menores recursos, producto de las mejoras en el mercado laboral y de la expansión de los programas de transferencias condicionadas y las pensiones a la vejez. En particular, las transferencias públicas hacia los hogares más desfavorecidos devinieron en políticas de muy amplia cobertura y de carácter permanente (no solo para atacar coyunturas críticas), dotando de recursos económicos –aunque, en muchos casos, insuficientes– a millones de latinoamericanos que literalmente no contaban con ningún ingreso a principios del milenio.

En segundo lugar, la reducción de la exclusión fue también el resultado de la ampliación de las coberturas en salud y educación, que se intensificaron en estos años, así como de las mejoras en hábitat y vivienda. En todos estos casos, el papel del Estado fue crucial. No tanto por el carácter novedoso de las medidas implementadas (pues hubo pocas innovaciones en las políticas públicas), sino por el incremento de la inversión y el aumento de los beneficiarios, así como por la decisión de retomar las políticas de protección laboral que habían sido debilitadas en el período neoliberal.

Por supuesto, los avances no tuvieron la misma magnitud en los distintos países: en algunos, como Bolivia, fueron notables; en otros, más modestos. En cada país, además, persisten núcleos de exclusión importantes: grupos sociales que no acceden a la educación básica; asentamientos informales que continúan distinguiendo a las ciudades de la región, enfermedades de la pobreza que, lejos de desaparecer, se intensificaron, y otras que, consideradas erradicadas, reaparecieron. Estos problemas siguen concentrándose en los sectores de menor nivel socioeconómico, los pueblos originarios, los afrodescendientes y la población rural.

Hay también diversos aspectos de la inclusión que han sido cuestionados. En primer lugar, su carácter limitado, en el sentido de que en muchos casos se trató de una «integración excluyente», como la ha llamado la socióloga María Cristina Bayón. En segundo lugar, hay sectores que, a pesar de haber mejorado, permanecieron en una situación de alta vulnerabilidad, como los trabajadores informales, con altas chances de ser los primeros en ver caer sus niveles de vida ante cambios en el contexto económico. Finalmente, otro tema se refiere al balance entre bienes privados y públicos. Algunos han advertido que las mejoras en el bienestar de la población se basaron más en avances en el consumo privado que en la provisión de bienes colectivos como infraestructura, transporte, salud o educación.

Sin embargo, aun con estos límites, creemos que en su conjunto las políticas de vivienda, salud, educación, ingresos y trabajo tendieron a tejer una red de protección básica y un piso mínimo de bienestar para los sectores más desfavorecidos.

Pero, ¿qué sucedió con la disminución de la desigualdad, la gran promesa de la década progresista? En comparación con el ciclo previo, en esta etapa hubo una tendencia a la disminución de las desigualdades. Sin embargo, en general los gobiernos modificaron poco las bases estructurales de las desigualdades persistentes. No hubo casi transformación en las estructuras productivas ni muchas alternativas a los modelos extractivos o neoextractivistas; la propiedad y la riqueza se mantuvieron tanto o más concentradas que en el pasado; a pesar de algunos avances, no hubo reformas tributarias integrales que dieran a los sistemas un carácter más progresivo. En otras palabras, no hubo procesos que llevaran a un cambio profundo en la relación entre las clases, los sexos y los grupos étnicos.

En general, los gobiernos modificaron poco las bases estructurales de las desigualdades persistentes.

A fin de cuentas, si bien es cierto que hubo menos pobreza y disminuyó la desigualdad de ingresos, las élites se tornaron aún más ricas. En la misma dirección, la mayor parte de los indicadores sociales mejoraron en términos absolutos; los «pisos de bienestar» se incrementaron y casi todos los grupos, clases y regiones conocieron mejoras en el período. Sin embargo, en muchos casos las brechas no disminuyeron. Y esto porque los países, regiones subnacionales y grupos más favorecidos avanzaron más que los países más pobres y que los grupos y zonas más desaventajados.

Por lo demás, la desigualdad adquiere nuevas formas. América Latina fue exitosa en la expansión de la cobertura educativa, pero la inclusión parece haber estado acompañada de un aumento en las desigualdades de calidad. Los déficits de vivienda son menores, pero la segregación espacial se hizo más visible. Se expandió el acceso a servicios básicos de salud, pero debido a las necesidades de atención de la población envejecida y a los avances tecnológicos, aparecen tratamientos y drogas muy caros, inaccesibles para los de menores ingresos. Aumentó la participación de las mujeres en el mercado laboral, pero son aún peor remuneradas y experimentan una sobrecarga de trabajo porque a su mayor presencia en el mundo laboral todavía suman el peso de las tareas domésticas. Si, como dijimos, hay ciertas mejoras en los indicadores sociales de los pueblos originarios, el avance de la frontera agrícola y en particular de la minería extractiva está perjudicando de manera violenta a sus comunidades. Por último, es preciso señalar que corrientes del pensamiento latinoamericano, como el del «buen vivir», han puesto cada vez más en cuestión nuestras perspectivas hegemónicas sobre el desarrollo y el bienestar económico.

Ante estas evidencias, la pregunta que surge es si en el período hubo un apoyo de las sociedades a la reducción de la desigualdad. Juan Pablo Pérez Sáinz sostiene que durante esta etapa la repolitización de la cuestión social puso la temática de la desigualdad en el centro del debate público y, como corolario, abrió una profunda disputa por la definición legítima de los modos de percibirla, medirla y juzgarla en tanto una de las claves para procesar políticamente los conflictos en la región. Y, en efecto, no solo los temas como ingresos, género o etnia fueron juzgados bajo la lente de la desigualdad, sino también cuestiones ambientales, de violencias de todo tipo, entre otras que por lo general no habían sido decodificadas desde este punto de vista.

Los análisis sobre la opinión pública latinoamericana mostraron indicios de una mayor preocupación por la injusticia distributiva y una reducción de la tolerancia social a la desigualdad en el nuevo milenio. Las encuestas documentaban un incremento en el porcentaje de personas que afirmaban que sus sociedades debían ser menos desiguales e, incluso, un creciente «hartazgo respecto de las élites», un cuestionamiento a las formas de legitimación de la desigualdad extrema.

Ahora bien, ¿es suficiente la percepción de injusticia distributiva para construir políticas activas de reducción de la desigualdad? Nuestra hipótesis es que, a pesar de las opiniones constatadas, en esta etapa no se habría logrado un consenso social amplio en torno a la necesidad de reducir la desigualdad en forma significativa, en términos de las medidas que de hecho son necesarias para lograrlo.

La nueva agenda política posajuste, que volvió a poner en el centro de la escena los históricos déficits sociales de América Latina, parece haber involucrado más un consenso respecto de la inclusión social que de la igualdad. Los gobiernos progresistas gozaron por años del apoyo de amplias coaliciones sociales, que reunieron a diferentes grupos que habían sufrido los efectos de la etapa neoliberal. Sectores marginales, trabajadores industriales, clases medias empobrecidas, colectivos de mujeres, grupos de derechos humanos, población indígena y afrodescendiente, entre otros, formaron parte del apoyo social inicial a estos gobiernos. Ese soporte permitió desarrollar políticas para mejorar la inclusión social. Es decir, cuando el objetivo fue reducir las manifestaciones más extremas de la exclusión social, las coaliciones sociales brindaron amplio apoyo.

Pero no debe darse por sentado que las coaliciones sociales que apoyaron políticas destinadas a ampliar la inclusión social también estarían dispuestas a dar su apoyo a la reducción de la desigualdad. ¿Por qué? Porque la igualdad es muy exigente. La igualdad no solo exige medidas que eleven las condiciones de vida de la población de menores ingresos –como las transferencias de ingreso, las pensiones no contributivas e, incluso, los salarios mínimos–, sino también medidas que reduzcan la elevada concentración de los ingresos y del patrimonio. Exige, asimismo, evaluar cada eventual medida pública, inversión privada, obra de infraestructura, plan de seguridad, salud o educación y preguntarse cómo gravita en las desigualdades de clase, género, grupo étnico, edad o territorio.

Pero, por sobre todo, la igualdad exige prestar atención a las clases bajas, pero además a las clases medias y altas. Por ejemplo, en las políticas tributarias se deben aplicar, como señala J. P. Jiménez, criterios de «equidad vertical» (trato adecuadamente desigual a quienes están en distintas circunstancias) y de «equidad horizontal» (trato igual a quienes se hallan en la misma situación) dado que el gran peso de los impuestos recae sobre las y los asalariados.

Una disminución significativa de la desigualdad, en suma, supone que los grupos más favorecidos acepten resignar recursos y privilegios. Esta dimensión de la desigualdad estuvo poco presente en las agendas políticas posneoliberales, y, cuando la estuvo, en general encontró fuertes resistencias de los grupos de poder y, a menudo, hasta de sectores de las clases medias. El interrogante de cara a la tercera década del nuevo milenio que recién comienza es si los movimientos progresistas han aprendido de los logros y de las limitaciones del pasado reciente así como de los nuevos retos, en particular conciliar la agenda de desarrollo y distribución con la agenda ambientalista o, más bien, con el cuidado de todas las formas de vida.

GABRIELA BENZA Y GABRIEL KESSLER

Gabriela Benza es doctora en Ciencias Sociales por El Colegio de México, docente, investigadora y coautora de La ¿nueva? estructura social de América Latina (Siglo XXI, 2020). // Gabriel Kessler es doctor en Sociología por la École des Hautes Études en Sciences Sociales (París), docente, investigador y coautor de La ¿nueva? estructura social de América Latina (Siglo XXI, 2020).

Publicado en: AmericaLatina, titular2

El capitalismo no es democrático

25/06/2023 by Vitalio Deja un comentario

Por: Grace Blakeley

Traducción: Florencia Oroz

 

A pesar de la predicción liberal de que la expansión de los mercados libres daría lugar a más democracia, el autoritarismo no hace sino aumentar. La razón es simple: el capitalismo siempre defenderá las jerarquías sociales frente a la amenaza de la igualdad económica.

Por un lado, muchos de los Estados más poderosos del mundo —desde China a Arabia Saudí— están gobernados por regímenes autoritarios que parecen estar fortaleciéndose. Por otro lado, el respeto por las normas democráticas liberales —como el derecho a la protesta y la independencia del poder judicial— está en declive en los regímenes establecidos. Y muchos Estados que parecían estar en el camino de la democracia —como Hungría y Turquía— están atrapados en una especie de purgatorio «democrático iliberal».

En total, alrededor del 72% de la población mundial vive bajo alguna forma de régimen autoritario, según algunos expertos. Los investigadores de Freedom House afirman que alrededor del 38% de la población mundial vive en países que pueden calificarse de «no libres». El académico liberal Larry Diamond ha calificado el retroceso de la democracia en todo el mundo de «recesión democrática».

La erosión de la democracia ha sido especialmente difícil de conceptualizar para los liberales. Al fin y al cabo, no se suponía que las cosas fueran así.

Se suponía que la caída del Muro de Berlín pondría fin a cualquier cuestión pendiente sobre la compatibilidad de la democracia y el capitalismo. Este último iba a expandirse inevitablemente, trayendo consigo los derechos y libertades que muchos en el mundo rico habían llegado a dar por sentados. El resto del mundo estaba destinado a converger en el modelo iniciado por Occidente.

Los teóricos y responsables políticos liberales han ideado una serie de argumentos para explicar la aparente contradicción entre la expansión del capitalismo y el retroceso de la democracia.

Los de la derecha del espectro político sitúan el problema en los «enemigos de la democracia» extranjeros. Para estos pioneros de la nueva Guerra Fría, Xi Jinping y Vladimir Putin —aunque curiosamente no Mohammed bin Salman o Viktor Orban— son los culpables de lavar el cerebro a los pueblos occidentales amantes de la democracia con propaganda autoritaria.

Los centristas tienden a afirmar que el verdadero problema son los «extremistas de ambos bandos», argumentando que los socialistas democráticos como Bernie Sanders y Jeremy Corbyn, que nunca han estado ni siquiera cerca de alcanzar el poder estatal, comparten tanta culpa del retroceso democrático como los antiguos líderes mundiales de la derecha populista como Boris Johnson y Donald Trump.

Toda evaluación del problema es, por supuesto, totalmente individualista. Muchos liberales creen sinceramente que el mayor desafío a la democracia actual son unos cuantos «malos» que corrompen un sistema que, por lo demás, funciona bien.

Estos argumentos son, por supuesto, totalmente absurdos. El apoyo a la democracia no está disminuyendo porque a los votantes les laven el cerebro con propaganda enemiga en TikTok. El apoyo a la democracia está disminuyendo porque, sencillamente, la democracia no funciona como nos dijeron que funcionaría.

En primer lugar, se suponía que la combinación de capitalismo y democracia traería prosperidad y progreso a todas las naciones que los adoptaran. Durante un breve periodo tras la caída del Muro de Berlín, cuando la globalización se disparó, esto parecía una historia creíble.

La crisis financiera puso fin a esta ilusión colectiva en el Norte global. La generación que alcanzó la mayoría de edad durante la crisis de 2008 ha tenido que adaptarse a la realidad de que es poco probable que estén mejor que sus padres.

Pero incluso antes de la crisis financiera, la crisis asiática de finales de la década de 1990 demostró a muchos en el mundo en desarrollo que abrir los mercados propios al capital internacional podía ser una receta para el desastre. Alguna combinación de autoritarismo y controles de mercado parecía la respuesta natural.

En segundo lugar, se suponía que el progreso traído por la democracia y el capitalismo daría lugar a más democracia. Los controles y equilibrios acabarían con la corrupción. Una población educada elegiría a los líderes «correctos». Y en lugar de hacer campaña basándose en ideologías anticuadas, esos líderes competirían por los votos apelando al «votante medio», aportando moderación a sociedades antes divididas.

En cambio, la corrupción va en aumento, la ideología ha vuelto y la gente sigue eligiendo a los líderes «equivocados». Quizá la creación de sociedades tan estratificadas que la clase dirigente apenas puede comprender las preocupaciones de los votantes de a pie no era una receta tan infalible para la democracia después de todo.

Algunos comentaristas algo más reflexivos aceptan que esta lectura asombrosamente simplista podría no captar toda la historia. En una nueva serie de podcasts para el Financial Times, Martin Wolf parece realmente preocupado por el futuro de la democracia, y acepta una pequeña parte de la culpa que le corresponde a él y a sus colegas.

El problema, parece creer Wolf, es que los neoliberales, en todo su celo por el fin de la historia, extendieron el libre mercado demasiado lejos y demasiado deprisa. La terapia de choque de los años 90 no fue acompañada de medidas para aliviar las tensiones sociales y económicas que trajo consigo.

El argumento recuerda al planteado por el teórico político Karl Polanyi, que creía que los mercados libres capitalistas se extendían demasiado rápido para que las sociedades pudieran adaptarse. Aquellos cuyas vidas e ideales se veían amenazados por la aparición de este valiente nuevo mundo se opondrían a la invasión de la «sociedad de mercado», a menudo apoyando a hombres fuertes autoritarios.

Los liberales progresistas como Wolf tienden a creer que la solución al problema vendrá de alguna forma de capitalismo regulado. A menudo, estos comentaristas son keynesianos que abogan por un retorno al consenso socialdemócrata de la posguerra.

Pero este tipo de nostalgia no es más sana que la que manifiestan los seguidores de Trump que anhelan volver a un mundo anterior a la propagación de la «ideología de género». Después de todo, hay una razón por la que el consenso keynesiano se vino abajo.

En cuanto el crecimiento económico se ralentizó, la batalla latente entre trabajadores y empresarios que había estado burbujeando bajo la superficie explotó de repente en la corriente política dominante. Sin el exceso de beneficios extraídos del resto del mundo para mantener este conflicto en secreto, a la clase dominante solo le quedaba una opción: la guerra total contra los trabajadores.

Por esta razón, a pesar de que es cegadoramente obvio que las democracias capitalistas necesitan algunas medidas para reducir la desigualdad al tiempo que abordan el colapso climático, la visión capitalista progresista para el futuro no tiene ninguna posibilidad de aplicarse. Solo queda una conclusión: para empezar, el capitalismo y la democracia nunca fueron realmente compatibles.

Grace Blakeley
Redactora de Tribune y conductora del podcast «A World to Win».

Publicado en: Economía, titular2

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