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Feminismos

No hay nada «natural» en la opresión de género

02/07/2023 by Vitalio Deja un comentario

Por: Kristen R. Ghodsee

La desigualdad de género no es una norma universal de las sociedades humanas. Una montaña de pruebas históricas respaldan ese punto de vista y demuestran que podemos abolir las jerarquías sociales si reconocemos que han sido creadas por el hombre.

Una de las cosas más difíciles de la paternidad feminista es la fase de las princesas. Si intentas criar a una niña en una sociedad capitalista patriarcal, es probable que un día te despiertes y veas a tu pequeña enamorada de todo lo rosa y brillante. Aunque niños de todos los sexos pueden verse seducidos por el complejo industrial de Disney, son sobre todo las niñas las que sucumben al deseo de ponerse diademas, agitar varitas mágicas y hacer cabriolas con faldas ondulantes, mangas abullonadas y escotes corazón.

En mi caso, tras meses de resistirme, acabé cediendo cuando mi hija pequeña me suplicó un disfraz de Cenicienta. Al menos era azul. Había hecho todo lo posible por resistirme a la socialización sexista a la que se enfrentaba. Cada vez que alguien le decía a mi hija que era «guapa» o «mona», yo le respondía inmediatamente que también era «valiente», «lista» y «fuerte».

Se convirtió casi en un mantra. Cuando estaba en la cola del supermercado, mi hija se sentaba delante del carrito de la compra. Alguien detrás de mí diría: «¡Qué niña más guapa!». Y yo añadiría sin pensarlo: «Y también valiente, lista y fuerte».

Cenicienta era una trabajadora

Entonces, una mañana, la sorprendí admirándose en el espejo con su nuevo traje de Cenicienta, y dijo: «Este vestido me hace estar tan guapa». Casi robóticamente añadí: «Y valiente, inteligente y fuerte». Mi hija de tres años se volvió hacia mí y afirmó con total naturalidad: «Pero mamá, las princesas no son fuertes».

La miré fijamente. Fue uno de esos momentos en los que tuve que enfrentarme a todo un entorno social que encasilla a los niños que se identifican como mujeres en papeles estereotipados de debilidad y sumisión.

Al principio me entró el pánico. Pero, como científica social, comprendí que lo que esta aspirante a princesa necesitaba eran pruebas empíricas. Por suerte, las dos habíamos visto muchas veces la película animada de Cenicienta, y recordé la escena en la que la joven heroína lavaba los suelos con un gran cubo de agua jabonosa.

Bajé corriendo al sótano y encontré un bidón de quince litros. Saqué el cubo fuera y lo llené de agua hasta la mitad. «Cenicienta no tiene a nadie que le ayude a llevar el cubo cuando lava el suelo», le dije. «Así que tiene que ser lo bastante fuerte para llevar el cubo, ¿no?». Mi hija de tres años asintió con la cabeza y trató de levantar el cubo. Sus ojos se abrieron de par en par al notar el peso. Punto aclarado.

Hoy, mi hija tiene casi veintidós años. Recordé este momento concreto de su infancia cuando empecé a leer el nuevo y brillante libro de Angela Saini, The Patriarchs: How Men Came to Rule [Los patriarcas: cómo los hombres llegaron a gobernar]. Al verme arrastrada por la profunda historia de dominación masculina de Saini, me di cuenta de que mi enérgico esfuerzo por redefinir el tropo de la princesa se enfrentaba a miles de años de adoctrinamiento. El gran valor de este volumen delgado y accesible es la arrolladora historia que cuenta sobre cómo «los hombres llegaron a gobernar» en un mundo que antaño era mucho más diverso en sus estructuras sociales.

La construcción del patriarcado

Con demasiada frecuencia, la izquierda estadounidense se caracteriza por estar dominada por brocialists y manarchists [N. de la T.: algo como «hermanos socialistas» y «hombres anarquistas»]. Pero existe una larga tradición de feminismo socialista y anarquista que cuestiona las innumerables formas en que nuestros sistemas económicos están entrelazados con antiguas formas de dominación.

Saini es una galardonada periodista científica británica que analiza las últimas pruebas biológicas, antropológicas y arqueológicas disponibles para revelar la contingencia del patriarcado como sistema de poder y dominación. Es autora de dos libros anteriores, Inferior: How Science Got Women Wrong and the New Research That’s Rewriting the Story (2017) y Superior: The Return of Race Science (2019), en los que investiga el modo en que la ciencia ha sido cómplice de la perpetuación de formas estructurales de discriminación.

En su último libro, Saini explora una rica diversidad de contextos culturales y épocas históricas en las que las formas patriarcales de poder no eran hegemónicas. Escribe:

Esta es la historia de individuos y grupos que luchan por el control del recurso más valioso del mundo: otras personas. Si las formas patriarcales de organizar la sociedad resultan ahora extrañamente similares en los extremos opuestos del globo, no es porque las sociedades aterrizaran mágicamente (o biológicamente) en ellas al mismo tiempo, o porque las mujeres de todas partes se dieran la vuelta y aceptaran la subordinación. Es porque el poder es inventivo. La opresión de género se cocinó y perfeccionó no solo dentro de las sociedades; también se exportó deliberadamente a otras durante siglos, mediante el proselitismo y el colonialismo.

A través de sus propios informes sobre el terreno y en conversación con expertos de una amplia variedad de disciplinas, Saini ha escrito ocho poderosos capítulos con títulos de una sola palabra como «Dominación», «Destrucción», «Restricción», «Revolución» y «Transformación». El proyecto clave del libro consiste en perturbar la idea del lector de que la dominación masculina está de algún modo arraigada en la especie humana.

Saini celebra la notable diversidad y creatividad de las distintas sociedades y muestra cómo las relaciones de poder y producción siempre fueron flexibles y muy disputadas por los distintos grupos de la sociedad. «Hasta donde alcanza nuestra vista, los seres humanos han aterrizado en arco iris de diferentes formas de organizarse, siempre negociando las reglas en torno al género y su significado», escribe.

Jerarquías creadas por el hombre

Las apelaciones a la naturaleza humana siempre contienen en su interior visiones del mundo específicas que ayudan a justificar determinados acuerdos políticos y económicos, normalmente en beneficio de las élites que más ganan con esos acuerdos. A lo largo de los milenios, escribe Saini, «se nos ha empujado gradualmente a creer que solo hay unas pocas formas en las que los seres humanos pueden vivir, hasta el punto de que ahora pensamos que las pautas sociales que seguimos deben ser naturales y no creadas por el hombre».

A medida que los niños interiorizan la idea de que «las princesas no son fuertes», también aceptan un conjunto específico de ideas sobre las mujeres como incapaces de defenderse por sí mismas y, por tanto, necesitadas de distintas formas de protección masculina, ya sea de padres, hermanos, maridos o hijos. Significa que su objetivo principal debe ser buscar este tipo de acuerdo protector mediante el cultivo deliberado de comportamientos y conductas que aumenten su valor (y, por tanto, garanticen implícitamente su seguridad) en un mundo dominado por los hombres. Las chicas se obsesionan con la belleza y la dulzura, la delgadez y la gracia, o cualquier constelación particular de características que sus sociedades consideren deseables.

Este tipo de socialización furtiva no solo está presente en las películas de Disney. Como argumenta Saini con tanta elocuencia, también impregna profundamente campos enteros de la investigación académica y científica. Un maravilloso ejemplo en el capítulo titulado «Génesis» es la historia de la arqueóloga de origen lituano Marija Gimbutas (1921-1994), que inicialmente tuvo una exitosa carrera académica y fue ampliamente considerada una de las más destacadas especialistas en las culturas materiales de la Europa de la Edad de Bronce. En la década de 1950, introdujo la llamada «hipótesis de Kurgan», que identificaba la patria lingüística (o «Urheimat») de los protoindoeuropeos como la estepa póntico-caspiana al norte del Mar Negro.

Durante casi treinta años, Gimbutas supervisó varias excavaciones neolíticas importantes en el sureste de Europa y documentó minuciosamente grandes conjuntos de objetos espirituales y seculares dejados por los primeros europeos. Combinando sus conocimientos de arqueología y lingüística con las ricas tradiciones folclóricas de Europa oriental, Gimbutas propuso que la migración a Europa continental de la violenta y guerrera cultura kurgan de la estepa desplazó a una cultura única de «antiguos europeos» que, en su opinión, fueron en otro tiempo pacíficos adoradores de diosas.

Gimbutas enraizó los orígenes del poder patriarcal en Europa en estas conquistas hacia el oeste. Como Lewis Henry Morgan y Friedrich Engels habían propuesto antes que ella, sostenía que las primeras sociedades humanas practicaban una forma de comunismo matriarcal primitivo. Por estas últimas hipótesis, Gimbutas se convirtió en una paria dentro de la disciplina arqueológica; incluso sus colegas, que por lo demás simpatizaban con ella, la consideraban una feminista excéntrica que intentaba inventar de la nada el mito de un pasado ginocéntrico.

La hipótesis kurgan reivindicada

La propia investigación de Saini sobre la vida y el legado de Gimbutas revela lo hostil que podía ser el mundo académico hacia cualquiera que se atreviera a cuestionar la idea de que la prehistoria europea estaba dominada por los hombres. Los estereotipos sobre los roles de género se proyectan en el tiempo. Si se encuentran restos humanos con armas, se supone que los cuerpos eran masculinos. Si se encuentran con joyas, la suposición automática es que eran femeninos.

Todo esto cambió con la llegada de las pruebas genéticas, cuando los arqueólogos, en colaboración con los biólogos, empezaron a analizar muestras de ADN antiguo. En lugar de la especulación basada en ciertas suposiciones persistentes sobre el género, las pruebas de ADN revelan que nuestros antepasados prehistóricos no tenían las claras divisiones del trabajo basadas en el sexo que imaginaban las generaciones anteriores de arqueólogos.

Estos nuevos estudios han rehabilitado la reputación de Gimbutas y han despertado un renovado interés por su trabajo. Durante muchos años, su hipótesis kurgan fue objeto de un intenso debate. Rastrear las antiguas migraciones y su impacto en las poblaciones indígenas con las que se encontraron, a las que sustituyeron o a las que asimilaron, fue un minucioso trabajo arqueológico y lingüístico.

Hoy en día, el examen de la dispersión de los diferentes haplogrupos cromosómicos Y en distintas zonas geográficas permite a los investigadores ver claramente los antiguos patrones migratorios. Resulta que, en esta cuestión, Gimbutas tenía razón: de hecho, en la Estepa euroasiática vivía una cultura violenta y dominada por los hombres que se adentró en Europa, trayendo consigo la lengua protoindoeuropea y quizá formas patriarcales de poder. Saini concluye:

Marija Gimbutas no tenía razón en todo. Pero en lo que sí acertó en su análisis fue en que, entre el Neolítico y la Edad de Bronce, las relaciones de género cambiaron profundamente. La sociedad de la antigua Grecia se inclinaría profundamente a favor de los hombres (…) Independientemente de lo que provocara este cambio social —ya fuera la interacción cultural, el proselitismo, la coacción, el cambio medioambiental, la perturbación social provocada por un pequeño número de personas o alguna combinación de factores—, en Europa y partes de Asia se estableció gradualmente una cierta forma de opresión de género.

Variedades de patriarcado

Apartir de aquí, Saini continúa con su proyecto de interrogar el funcionamiento continuado del poder patriarcal en todo el mundo, con algunos capítulos especialmente fascinantes sobre la opresión de género en India e Irán, así como un examen de diversos experimentos para socavar el patriarcado en Europa Oriental durante la Guerra Fría. Tras un fascinante estudio de cómo exactamente distintas formas patriarcales de dominación llegaron a insinuarse en distintas sociedades y luego procedieron a enmascararse como naturales e inevitables, Saini nos recuerda que tenemos la capacidad de resistirnos a su poder:

Así pues, el patriarcado como fenómeno único no existe realmente. Existen, más exactamente, muchos patriarcados formados por hilos sutilmente entretejidos a través de diferentes culturas a su manera, trabajando con estructuras locales y sistemas de desigualdad existentes. Los estados institucionalizaron la categorización humana y las leyes de género; la esclavitud influyó en el matrimonio patrilocal; los imperios exportaron la opresión de género a casi todos los rincones del planeta; el capitalismo exacerbó las disparidades de género; y las religiones y tradiciones siguen siendo manipuladas para dar fuerza psicológica a la noción de dominación masculina (…). Si alguna vez vamos a construir un mundo verdaderamente justo, habrá que desentrañarlo todo.

Al final, este gran desbroce solo será posible si nos damos cuenta de que el poder patriarcal es fluido y precario, y siempre necesita reafirmarse cuando se enfrenta a desafíos a su autoridad. Estos desafíos pueden presentarse en forma de pruebas de ADN que socavan el mito de la supuesta naturalidad de la dominación masculina, o en forma de movimientos organizados de mujeres, o en el trabajo de socialistas revolucionarias que intentan reimaginar y ampliar nuestra definición de lo que cuenta como familia.

También puede aparecer en formas más pequeñas: en mujeres que se niegan a adoptar el apellido de sus maridos al casarse o en dar a los hijos apellidos matrilineales. Puede aparecer en forma de personas de todos los sexos que se niegan a casarse y a tener hijos. Y también puede producirse cuando una madre exasperada llena un cubo de agua para convencer a su hija pequeña, obsesionada con Disney, de que las princesas son fuertes.

KRISTEN R. GHODSEE

Profesora de estudios rusos y de Europa del Este y miembro del grupo de graduados en antropología de la Universidad de Pensilvania. Es autora de seis libros sobre género, socialismo y postsocialismo en Europa del Este, incluido “Por qué las mujeres disfrutan más del sexo bajo el socialismo”.

TRADUCCIÓN: FLORENCIA OROZ

Publicado en: Feminismos, titular2

Género y opresión de clase en Simone de Beauvoir

25/06/2023 by Vitalio Deja un comentario

Por: Emma Mcnicol

TRADUCCIÓN: FLORENCIA OROZ

 

El segundo sexo es celebrado con razón como una obra clásica de la teoría feminista. Pero a menudo se olvida que Simone de Beauvoir lo consideró un texto socialista que analizaba cuidadosamente la relación entre la opresión de género y la de clase.

Cuando Simone de Beauvoir murió en 1986, la portada de Le Nouvel Observateur llevaba el titular «Mujeres, ¡le deben todo!». Se trataba de la audaz revisión, por parte de un redactor masculino, del artículo de la filósofa Élisabeth Badinter «Mujeres, ¡le deben mucho!».

Es casi imposible imaginar que a los hombres se les diga alguna vez que le deben todo a una persona en particular. El culto a Simone de Beauvoir y las leyendas acumuladas en torno a su ensayo en dos partes de 1949 El segundo sexo se han desarrollado en el contexto de un mundo profundamente sexista.

Lecturas divergentes

Beauvoir siempre parece ser varias cosas a la vez. Es un icono de la independencia sexual, pero también la novia fiel, traicionada y servil de Jean-Paul Sartre; una feminista pionera, pero también una misógina honoraria y duradera; una izquierdista con carné, pero también una burguesa con los labios pintados; una anticolonialista comprometida y partidaria de la independencia de Argelia, pero también la encarnación del chic blanco parisino, una exportación cultural. Y así sucesivamente.

Estos patrones de recepción nos dan una idea de cómo Occidente intenta dar sentido a las llamadas elecciones «clave» que hacen las mujeres. La lectura contraria demasiado ansiosa que espera a la vuelta de la esquina —independiente pero promiscua, poliamorosa pero traicionada, realizada pero sin hijos— sirve para recordar a las mujeres que, en última instancia, las decisiones que toman no son suyas.

Las percepciones drásticamente opuestas de Beauvoir vuelven a hacerse sentir con fuerza cuando se trata de los recientes llamamientos a «cancelarla», dadas las verosímiles acusaciones de que preparó y sedujo a sus alumnas menores de edad de secundaria, mientras que la comentarista de Beauvoir Margaret Simons defiende actualmente la propia historia de Beauvoir como víctima-superviviente reiterada de violencia sexual.

Algunas valoraciones de Beauvoir son más juiciosas que otras, como veremos. Pero una línea de crítica predominante es particularmente injusta. Independientemente de quién fuera o de cómo viviera su vida, su filosofía feminista —al menos tal y como la expuso en El segundo sexo— no se refería exclusivamente a las mujeres burguesas blancas, ni era aplicable exclusivamente a ellas. De hecho, esta crítica popular revela más sobre el actual clima de opinión angloamericano que sobre Beauvoir o su obra.

Matrimonio, maternidad y monogamia

Mujeres de todo el mundo siguen visitando la tumba de Beauvoir en el cementerio parisino de Montparnasse, dejando notas manuscritas de gratitud y devoción. Para una mujer francesa de clase media, nacida en 1908 y criada por una madre ferozmente católica y un padre ateo, su rechazo del matrimonio, la maternidad y la monogamia era tremendamente heterodoxo, y al menos un poco valiente.

A mediados de la década de 1950, para muchas mujeres de Occidente, Beauvoir representaba una cierta libertad de estilo de vida: viajar, mantener relaciones sexuales por placer y seguir las propias pasiones creativas e intelectuales. Y desde entonces, el público ha mantenido un interés malsano por su vida amorosa y sexual. Junto a su estatus de icono de la libertad, el mundo la conoció primero (y mejor) como pareja de Sartre (y a menudo se refirieron a ella de forma inexacta como su «esposa»).

Las mujeres se sentían justificadamente inspiradas por su independencia como parte del entorno de la izquierda, en el que ella y Sartre colaboraban y salían de fiesta con destacados artistas y escritores. Beauvoir y Sartre vivían por separado, tenían otros amantes y mantenían sus finanzas separadas (aunque se cubrían mutuamente cuando era necesario). Sin embargo, muchos biógrafos y comentaristas han afirmado que su relación abierta solo le convenía a él y que sus aventuras la torturaban.

Ciertamente, hay muchas pruebas en las autobiografías y en la ficción de Beauvoir para suponer que sus relaciones le causaban dolor. Sin embargo, esta interpretación tiene dificultades para dar cabida al hecho de que su acuerdo permitió a Beauvoir amar apasionadamente a otros hombres, en particular al escritor estadounidense Nelson Algren y, más tarde, al cineasta francés Claude Lanzmann, con quien vivió hasta su muerte.

Es mejor considerar la gran historia de amor Beauvoir-Sartre —e incluso la heterosexualidad de Beauvoir— como ficciones delicadamente construidas. Fueron ante todo interlocutores y compañeros intelectuales, y solo mantuvieron una relación sexual durante un breve periodo de tiempo. Tras su muerte, quedó claro ella que había había dejado enterradas sus relaciones con las mujeres tanto en las entrevistas como en las autobiografías.

Un público fascinado por consumir (y vigilar) la sexualidad de las mujeres consideró tentadoras y escandalosas las revelaciones póstumas de sus «vínculos lésbicos». De hecho, este ángulo clandestino fue decisivo para la estrategia publicitaria de su novela recientemente desenterrada, Las inseparables.

Filosofía y feminismo

La afiliación de Beauvoir a Sartre resultó ser un obstáculo importante para el reconocimiento de su perspicacia filosófica. Para muchos, incluida la propia Beauvoir, él era un genio filosófico —quizás incluso el más grande de su tiempo— y ella su obediente acólita. El hecho de que Beauvoir insistiera firmemente en que no era filósofa, prefiriendo identificarse como escritora, no ayudó al caso.

Desconcertando a las comentaristas feministas, Beauvoir insistió en que El segundo sexo, una obra pionera de crítica literaria feminista en la que digería críticamente cientos de textos de un canon literario y filosófico europeo sexista, solo tenía una influencia: El ser y la nada de Sartre. Algunos comentaristas han interpretado sus reflexiones como prueba de que Beauvoir estaba aquejada de lo que hoy llamaríamos «misoginia interiorizada».

Sin embargo, algunos aspectos de su autopercepción aparentan ser más pistas dejadas para futuras excavaciones filosófico-feministas que las discrepancias habituales que encontramos en sus autobiografías. ¿Era simplemente más acertado rehuir el manto de «filósofa» cuando ella asociaba ese término a una tradición «sistematizadora» y persistentemente sexista?

Normalmente, se considera que El segundo sexo fue decisivo para el desarrollo de una conciencia feminista estadounidense. Se esperaba que autoras feministas estadounidenses canónicas como Shulamith Firestone, Kate Millett y Betty Friedan reconocieran obedientemente su deuda con Beauvoir. Quizá debido a la prominencia del texto, los críticos también le atribuyen una inmensa responsabilidad, presentando a Beauvoir no solo como la fundadora de la segunda ola feminista, sino también como una fuente clave del «feminismo blanco».

Los críticos estadounidenses de Beauvoir

Desde la década de 1970, los comentaristas han criticado repetidamente El segundo sexo por lo que consideran su preocupación exclusiva por las mujeres blancas, europeas occidentales, de clase media y heterosexuales. En 1994, por ejemplo, Norma Alarcón describió a Beauvoir como responsable de que la teoría feminista angloamericana se basara en «un sujeto femenino blanco occidental de clase dominante, muy consciente de sí mismo, enzarzado en una lucha a muerte con el “Hombre”».

La crítica angloamericana de la «diversidad» o «interseccionalidad» de El segundo sexo se basa en gran medida en las analogías de Beauvoir entre la opresión de la mujer, por un lado, y las formas de opresión basadas en la raza o la clase, por otro. En la introducción a El segundo sexo, afirma:

Si la mujer se descubre a sí misma como lo inesencial, y nunca se convierte en lo esencial, es porque ella misma no provoca esta transformación. Los proletarios dicen «nosotros». También los negros. Posicionándose como sujetos, transforman así a los burgueses o blancos en «otros». Las mujeres —salvo en ciertas reuniones abstractas como las conferencias— no utilizan el «nosotras».

Ciertamente, se podría perdonar a un lector por suponer que, al comparar la posición de las mujeres con la de los proletarios y los negros (y en otros lugares con la de los judíos frente al antisemitismo), Beauvoir presupone un sujeto que es blanco, no judío y burgués.

Para los críticos de la diversidad, esta analogía funciona para excluir a quienes se encuentran en la encrucijada de identidades que se entrecruzan: mujer y proletaria, o mujer y negra. De hecho, según Patricia Hill Collins, El segundo sexo privilegia la opresión a la que se enfrentan dichas mujeres, presentándola como la forma constitutiva de la opresión. Sin embargo, esta interpretación, centrada en el pensamiento analógico de Beauvoir solo nos cuenta una parte de la historia.

Beauvoir escribió El segundo sexo en dos volúmenes en 1949. Después realizó un largo viaje desde el contexto original del París de posguerra hasta el paradigma académico angloamericano de la exclusión, la interseccionalidad y la diversidad. Es anacrónico evaluar un texto escrito a finales de la década de 1940 según los criterios establecidos a finales de la década de 1980, y anatópico evaluar un texto francés según los criterios estadounidenses. En resumen: por supuesto que El segundo sexo no es estrictamente «interseccional», y tampoco podríamos esperar razonablemente que lo fuera.

Sin embargo, hay una forma más larga e interesante de analizar esta cuestión. Aunque Beauvoir y sus amigas disfrutaban de vidas extraordinariamente ricas, estaban comprometidas políticamente y no eran en absoluto ciegas a su papel privilegiado como intelectuales públicas. Beauvoir estaba horrorizada por la guerra colonial francesa en Argelia, y se sentía profundamente alienada de la sociedad francesa. En enero de 1959, escribió a Nelson Algren, su novio estadounidense, que no podía escribir «en esta clase de Francia». Aunque a nosotros nos parezca trivial, escribir lo era todo para Beauvoir. La guerra provocó en ella una oscura y profunda depresión.

A pesar de enfrentarse a una importante reacción violenta, se pronunció públicamente contra la violencia del Estado francés, poniendo su nombre en el «Manifiesto de los 121» que exigía la independencia de Argelia. Publicó testimonios sobre la guerra tanto de argelinos como de soldados franceses en Les Temps Modernes, y escribió un artículo para el diario nacional Le Monde en el que denunciaba la tortura y violación de Djamila Boupaucha, miembro musulmana del Frente de Liberación de Argelia, por parte de soldados franceses.

Género y clase

El segundo sexo está lleno de ejemplos que demuestran la capacidad de Beauvoir para analizar la relación entre clase y género (como también ha señalado el libro de Meryl Altman Beauvoir in Time). Pocas secciones lo demuestran más claramente que su potente análisis del aborto en un capítulo titulado «La madre». Para Beauvoir, el aborto es un «crimen de clase»: «hay pocos temas en los que la sociedad burguesa muestre más hipocresía». Señala que los mismos hombres poderosos que lo denuncian públicamente a menudo recurren a él en privado.

Señala con sobriedad que la experiencia del aborto por parte de una mujer depende totalmente de sus circunstancias económicas y geográficas. Beauvoir confronta al lector con relatos viscerales de lo que ocurre cuando las autoridades ilegalizan el aborto, mencionando a una mujer desesperada que se perforó el útero con una aguja de tejer, y a otra que se inyectó vinagre accidentalmente en la vejiga. Con relevancia inmediata para al menos catorce estados norteamericanos en la actualidad, señala que mientras las mujeres ricas viajan para acceder a abortos seguros, las pobres no pueden hacerlo.

Beauvoir fue sincera sobre su marxismo y sus compromisos socialistas en conferencias, entrevistas y autobiografías. Después de leer El capital, recordaba:

El mundo se iluminó con una luz nueva cuando vi el trabajo como fuente y sustancia de los valores. Nunca nada me hizo negar esta verdad, ni las críticas que me suscitó el final de El capital, ni las que encontré en libros, ni en las sutiles doctrinas de economistas más recientes.

Aunque los comentaristas franceses y angloamericanos lo han pasado por alto sistemáticamente, la propia Beauvoir pensaba que El segundo sexo era un texto francamente socialista. En su autobiografía de 1963, La fuerza de las cosas, por ejemplo, recordó su sorpresa por la recepción negativa que recibió la obra por parte del Partido Comunista Francés, señalando que «¡debía tanto al marxismo y le daba un lugar tan destacado que esperaba cierta imparcialidad por su parte!». En 1972 declaró que mientras escribía El segundo sexo a finales de los años 40, era una socialista «pura», suponiendo que «los problemas de la mujer se resolverían automáticamente en el contexto del desarrollo socialista».

La formidable erudición de El segundo sexo y la gran extensión y amplitud de recursos con los que interactúa también funcionan para ocultar o enterrar su compromiso con las obras de Karl Marx. Curiosamente, Beauvoir solo menciona el nombre de Marx y el de sus obras explícitamente unas pocas veces. Aunque se podría suponer que el lugar obvio para encontrarlo es en el capítulo titulado «El punto de vista del materialismo histórico», este capítulo en realidad se ocupa del libro de su colaborador Friedrich Engels, El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado, que apareció el año siguiente a la muerte de Marx (aunque investigaciones recientes sugieren que Engels se basó en los cuadernos inéditos de Marx para escribirlo).

El compromiso de Beauvoir con las obras de Marx en los capítulos de historia de El segundo sexo le permite ofrecer un relato matizado de la experiencia de ser a la vez obrera y mujer. De hecho, se sirve de Marx para establecer las formas concretas en que las mujeres eran «más vergonzosamente explotadas» que los trabajadores del sexo opuesto, señalando que los empresarios preferían contratar a mujeres —y especialmente a madres— antes que a hombres porque las mujeres «hacían mejor trabajo por menos dinero».

Algunos pasajes clave de estos capítulos muestran que Beauvoir no imaginaba exclusivamente a la clase obrera como masculina (como tampoco lo hacía Marx). Basándose en la obra de Marx, demuestra cómo las mujeres trabajadoras están especialmente oprimidas por razón de su sexo: inexpertas en la organización política, acosadas y maltratadas sexualmente. De niñas, son socializadas en la docilidad; más tarde, como trabajadoras, son reacias a hacer valer sus derechos. Y como madres trabajadoras, los astutos empleadores encuentran despiadadamente nuevas formas de explotarlas.

En una entrevista de 1975, Beauvoir rechazó explícitamente la idea de un feminismo blanco privilegiado ciego ante la desigualdad de clases:

En realidad, necesitamos cambiar la propia sociedad, tanto los hombres como las mujeres, para cambiarlo todo. Es muy llamativo en Betty Friedan: lo que quiere es que las mujeres tengan tanto poder como los hombres. Evidentemente, si eres realmente de izquierdas, si rechazas las ideas de poder y jerarquía, lo que quieres es la igualdad. De lo contrario, no funcionará en absoluto.

La comparación entre Friedan y Beauvoir es un punto de partida útil. Mientras que La mística de la feminidad de Friedan lamenta que la «esposa de los suburbios» estadounidense, implícitamente de clase media, sufra un «problema sin nombre», Beauvoir, en cambio, da nombre al problema. En El segundo sexo, la esposa suburbana está aburrida, es aburrida y está despiadadamente interesada en sí misma.

Aferrada a sus cadenas de oro

El segundo sexo incluye pasajes mordaces sobre el ama de casa burguesa que la acusan de traidora a las mujeres menos afortunadas que ella:

Es más fácil encadenar a la gente que quitárselas si las cadenas aportan prestigio, dijo George Bernard Shaw. La mujer burguesa se aferra a las cadenas porque se aferra a sus privilegios de clase.

Según Beauvoir, el ama de casa acepta con entusiasmo su suerte, por abominablemente aburrida que sea, porque tiene la riqueza y el prestigio de su parte. Podemos situar la contextualización histórica de Beauvoir del ama de casa burguesa junto a la aparición sin contexto de un ama de casa en La mística de Friedan:

Cada esposa de los suburbios luchaba sola. Mientras hacía las camas, compraba víveres, combinaba el material de las fundas, comía bocadillos de mantequilla de cacahuete con sus hijos, hacía de chófer de Cub Scouts y Brownies, se acostaba junto a su marido por la noche, temía hacerse incluso a sí misma la pregunta silenciosa: “¿Esto es todo?”.

Distinguiendo entre hacer las tareas domésticas y ser ama de casa, Beauvoir señala que, para las amas de casa burguesas, el trabajo doméstico a menudo solo implica administrar tareas para que otros las realicen. Contrastando la difícil situación del ama de casa campesina con la de una mujer más próspera, señala que las escritoras de clase media pueden describir amorosamente «las sábanas recién planchadas» y «los agentes blanqueadores del agua jabonosa, de las sábanas blancas, del cobre brillante», pero la choza de una mujer pobre no tiene sábanas recién planchadas (ni lino, ni hierro). Solo quienes disponen de las ventajas materiales necesarias pueden sentirse orgullosos de su hogar o disfrutar de las tareas domésticas.

Beauvoir reprende al ama de casa burguesa por ser solidaria con su marido en lugar de con otras mujeres, sobre todo con las mujeres de la clase obrera:

Cree que la liberación de la mujer debilitaría a la sociedad burguesa; liberada del varón, estaría condenada a trabajar; mientras que podría lamentar que se le abolieran sus derechos a la propiedad privada, no se siente solidaria con las mujeres de la clase obrera: se siente más cercana a su marido que a una obrera textil. Hace suyos sus intereses.

Haciéndose eco de su argumento en la introducción al primer volumen de El segundo sexo de que las mujeres burguesas «son solidarias con los hombres blancos y no con las mujeres negras», sostiene que el ama de casa es incapaz de ser solidaria con otras mujeres porque tiene en mente sus propios intereses: las ventajas materiales de su clase, la riqueza de su marido. Si el ama de casa se solidarizara con las mujeres de la clase trabajadora, comprometería su capacidad para proteger los intereses de su marido.

«No hay lugar para el Otro»

Una de las razones por las que los comentaristas han pasado por alto la presencia de Marx en El segundo sexo y la comprensión más amplia de Beauvoir sobre la clase es que el actual clima de opinión angloamericano no considera que todas las formas de exclusión tengan la misma importancia. La crítica de la diversidad hace hincapié en la exclusión basada en la raza como la laguna clave de El segundo sexo. Aunque obviamente es sumamente importante centrarse en el problema de la raza en la obra de Beauvoir, no debería ser nuestra única preocupación.

Mediante su apropiación de Marx, Beauvoir nos advirtió explícitamente contra la tendencia a destacar las diferencias basadas en la identidad por encima y en contra de la desigualdad generada por el capitalismo. Señala que un resultado clave de que los trabajadores se unan para sindicalizarse es hacer que las diferencias de género entre ellos parezcan menos apremiantes:

Mientras que los empresarios acogían calurosamente a las mujeres por los bajos salarios que aceptaban, esto provocaba la resistencia de los trabajadores varones. Entre la causa del proletariado y la de las mujeres no existía una solidaridad tan directa como pretendían [August] Bebel y Engels (…). Es comprensible que los obreros varones vieran al principio esta competencia barata como una amenaza alarmante y se volvieran hostiles. Solo cuando las mujeres se integraron en los sindicatos pudieron defender sus propios intereses y dejar de poner en peligro los de la clase obrera en su conjunto.

En el relato de Beauvoir, aunque las mujeres trabajaban en condiciones deplorables y de explotación, ni se veían a sí mismas como clase obrera ni eran percibidas como tales por sus compañeros de trabajo varones hasta que se afiliaron a su sindicato. El acto de sindicalizarse promovió una «conciencia más profunda» de la situación de opresión compartida entre las trabajadoras:

El problema era similar al de la mano de obra negra en Estados Unidos. Las minorías más oprimidas de una sociedad son fácilmente utilizadas por los opresores como arma contra la clase a la que pertenecen; así, al principio se convierten en enemigos, y es necesaria una conciencia más profunda de la situación para que negros y blancos, mujeres y hombres trabajadores, formen coaliciones en lugar de oponerse.

Según Beauvoir, si los trabajadores tomaran conciencia de que todos comparten esta experiencia de explotación, podrían formar una coalición entre «negros y blancos, mujeres y hombres trabajadores» basada en el compañerismo y la solidaridad. La coalición no sería ni un movimiento de negros ni uno de mujeres, sino un movimiento obrero global. Mientras que la clase capitalista hacía hincapié estratégicamente en la percepción de la diferencia entre los grupos, la colaboración política en pos de la igualdad podría atenuar esa percepción. En otras palabras, el reconocimiento de su experiencia compartida como trabajadores explotados era tanto una condición previa como un logro de la coalición deseada. En la sección «Mitos» de El segundo sexo, Beauvoir incluye el siguiente comentario:

Las ideologías socialistas, que abogan por la asimilación de todos los seres humanos, rechazan la noción de que cualquier categoría humana sea objeto o ídolo, ahora y para el futuro: en la sociedad auténticamente democrática que Marx anunciaba, no hay lugar para el Otro.

Aunque podemos criticar justificadamente a Beauvoir por descuidar la experiencia de las mujeres negras en El segundo sexo, no debemos pasar por alto su interés por la difícil situación de las mujeres de la clase obrera. Ya en 1949 identificó nuestra tendencia a empantanarnos en la política de la identidad y olvidarnos de la desigualdad de clase. Y lo que es más importante, subrayó que la inclinación a hacer hincapié en las diferencias de género y raza por encima y en contra de —y hasta el punto de oscurecer— la desigualdad de clase era una táctica central de la clase dominante. En mi lectura, el análisis feminista-socialista de Beauvoir tiene una relevancia perdurable para nuestro tiempo.

EMMA MCNICOL

Investigadora del Centro de Prevención de la Violencia de Género y Familiar de Monash (Australia).

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Las mujeres sostienen el 76,2% del cielo

10/04/2023 by Vitalio Deja un comentario

Por: Vijay Prashad

No es necesario profundizar demasiado en los datos estadísticos cuando las conclusiones son evidentes. Por ejemplo, cuando mujeres y hombres trabajan en el mismo puesto, a las mujeres se les paga —en promedio— un 20 por ciento menos que a los hombres. Para crear conciencia sobre esta persistente disparidad, la Organización Internacional del Trabajo (OIT) y ONU Mujeres celebran cada año, el 18 de septiembre, el Dia Internacional de la Igualdad Salarial y, a través de su Coalición Internacional para la Igualdad Salarial, hacen lobby ante empresas y gobiernos para acabar con la enorme brecha salarial entre mujeres y hombres. La idea de “a igual trabajo, igual salario” se estableció en el Convenio sobre igualdad de remuneración de la OIT (1951), en reconocimiento del hecho de que las mujeres siempre habían trabajado en fábricas industriales, y cada vez más durante la Segunda Guerra Mundial. El Convenio adoptó el “principio de igualdad de remuneración entre la mano de obra masculina y la mano de obra femenina por un trabajo de igual valor”, pero los gobiernos y el sector privado se han negado a seguirlo.

Durante la pandemia de COVID-19, se intensificó la atención pública hacia el sector de salud, incluyendo a las y los trabajadores sanitarios, que fueron aplaudidos universalmente como “trabajadores esenciales”. En marzo de 2021, el Instituto Tricontinental de Investigación Social publicó un dossier, Destapar la crisis. trabajos de cuidados en tiempos de coronavirus, que recogía las opiniones de las trabajadoras del sector de la salud. Janet Mendieta, de la Central de Trabajadores Argentinos, reflexionó sobre esta idea de “trabajo esencial”:

Primero tendrían que reconocer que somos trabajadoras esenciales y después que se nos reconozca con un salario también, porque trabajamos mucho más de lo que tendríamos que trabajar, hacemos muchísimo trabajo. Como promotoras de género, salud, cocineras de comedores, trabajamos en merenderos y todo eso no está reconocido ni visibilizado. Si no se visibiliza, muchos menos nos reconocen ni nos dan un salario

“Nada de esto se reconoce”, dijo, ni durante el momento álgido de la pandemia ni cuando empezamos a salir de ella. En 2018, la OIT publicó un importante informe, El trabajo de cuidados y los trabajadores del cuidado para un futuro con trabajo decente, que estimaba que el valor del trabajo doméstico y de cuidados no remunerado asciende al 9% del Producto Interior Bruto (PIB) mundial, es decir, 11 billones de dólares. En algunos países, el valor es muy superior, como en Australia, donde el trabajo doméstico y de cuidados no remunerado representa el 41,3% del PIB. Basándose en datos de encuestas sobre el uso del tiempo recogidos en 64 países, el informe concluye que cada día se dedican 16.400 millones de horas al trabajo de cuidados no remunerado, y que el 76,2% del total de horas de trabajo de cuidados no remunerado lo realizan las mujeres. En otras palabras, el trabajo diario de cuidados no remunerado de las mujeres de todo el mundo equivale a tener a más de 1.500 millones de mujeres trabajando ocho horas al día sin remuneración.

En julio de 2022, la OIT y la Organización Mundial de la Salud publicaron otro informe sobre la brecha salarial, esta vez centrado en el sector de la salud. El documento, La brecha salarial de género en el sector de la salud y asistencial. Un análisis mundial en tiempos de COVID-19, estableció que en el sector sanitario y asistencial las mujeres ganan de media hasta un 24% menos que los hombres. A pesar de que las mujeres representan el 67% de los puestos de trabajo en este sector, solo un pequeño número de ellas trabaja en la alta gerencia, y la brecha entre los salarios de los administradores de hospitales y las enfermeras, por ejemplo, no deja de aumentar cada año.

El informe ofrece una serie de explicaciones para esta diferencia salarial. Entre ellas, sostiene que las mujeres cobran menos debido a la “menor retribución asociada a sectores y ocupaciones altamente feminizados”. Las profesiones relacionadas con la salud, como la enfermería, están peor pagadas que otras, no porque su nivel de cualificación sea objetivamente inferior, sino porque se asocian al “trabajo de las mujeres”, menos valorado en todo el mundo. Además, el informe señala que existe una “brecha de la maternidad” en los salarios, de la que no se habla a menudo pero que es visible en los datos estadísticos y en las reivindicaciones de los sindicatos de trabajadoras y trabajadores sanitarios. El trabajo a tiempo parcial es escaso en el sector de la salud, salvo entre las mujeres de veintitantos y treinta y tantos años, cuando “las mujeres tienen que abandonar el mercado laboral o reducir sus horas de trabajo a fin de compaginar el trabajo con el cuidado no remunerado de los hijos”. Cuando las mujeres se retiran del sector y regresan más tarde u optan por un trabajo a tiempo parcial, no obtienen los ascensos y aumentos salariales que reciben sus homólogos masculinos y, por tanto, pasan el resto de su vida laboral con salarios inferiores a los de los hombres que realizan el mismo trabajo.

                                                             

Las mujeres han luchado contra estas condiciones sociales durante cientos de años, y fueron las luchas lideradas por ellas las que establecieron muchos de los convenios internacionales sobre trabajo y derechos humanos. En el Instituto Tricontinental de Investigación Social hemos recogido algunas historias de esas luchas y de las mujeres que las protagonizaron. Una de nuestras últimas publicaciones, realizada en colaboración con ALBA Movimientos, se titula Crisálidas: Memorias feministas de América Latina y el caribe. En ella destacamos a la nicaragüense Arlen Siu (1955-1975), la brasileña Dona Nina (1949) y la Confederación Nacional de Mujeres Campesinas de Bolivia “Bartolina Sisa” (cuyas integrantes son conocidas como Las Bartolinas), fundada en 1980. Cada una de estas mujeres y sus organizaciones han formado parte de la lucha mundial contra las miserables condiciones sociales de desigualdad.

                                       
                                          Bu Hua (China), Brave Diligent [Valiente diligente], 2014.

Son mujeres como Arlen, Dona Nina y Las Bartolinas quienes redactaron las reivindicaciones de autonomía económica de la marcha Mundial de las Mujeres. El boletín de esta semana termina con sus palabras, que exigen:

  • Derecho de todas las trabajadoras y trabajadores —incluyendo a aquellas y aquellos vulnerables, como domésticas y migrantes— al empleo con condiciones de salud y seguridad laboral, sin acoso y en el cual su dignidad sea respetada, en todo el mundo y sin discriminaciones de ningún tipo (nacionalidad, sexo, discapacidad, etc.).
  • Derecho a la Seguridad Social, incluyendo el pago de ingresos en caso de enfermedad, incapacidad, licencia por maternidad y paternidad, y programas de renta mínima que permitan que las mujeres y hombres tengan una calidad de vida decente.
  • Salarios iguales por el mismo trabajo de mujeres y hombres, incluidas las remuneraciones por el trabajo en zonas rurales.
  • Salario mínimo justo (que disminuya la diferencia entre salarios más altos y más bajos y que asegure a todas y todos vivir con dignidad con las personas que son sus dependientes) instituido por ley, que sirva como referencia para todo el trabajo remunerado (público y privado) y para las prestaciones sociales públicas. Creación o fortalecimiento de una política de valorización permanente del salario mínimo, con valores comunes para subregiones o regiones.
  • Fortalecimiento de la economía solidaria, con crédito subsidiado, apoyo para la distribución y comercialización de su producción, intercambio de conocimiento y prácticas locales.
  • Acceso de las mujeres a la tierra, semillas, agua, materia prima y a todo el apoyo necesario para la producción y comercialización en la agricultura, pesca y creación, así como en la artesanía.
  • La reorganización del trabajo doméstico y de cuidados para que la responsabilidad por este trabajo sea compartida entre hombres y mujeres dentro de la familia o de la comunidad. Para que esto se torne realidad, demandamos la adopción de políticas públicas que apoyen la reproducción social, como guarderías, lavaderos colectivos y restaurantes, cuidados para las personas ancianas, etc., así como la reducción de la jornada de trabajo sin reducción en los salarios.

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Feminismo poscolonial 12 de octubre, nada que celebrar

16/10/2022 by Vitalio Deja un comentario

Por Antonia Avalos Torres, Valentina Salinas Carvacho 

 

El 12 de octubre nos remite a pensar Europa como una maquinaria de producción de dolor, desigualdad y exclusión que sigue generando violencia en las mujeres migrantes y racializadas que habitan el estado.

Desde niñas crecimos escuchando que nuestros colores de piel se utilizaban como insultos: negra curiche, india puta, por mencionar algunos. Como dice la folclorista afroperuana Victoria Santa Cruz, “me llamaron negra, y retrocedí”. Cuando retrocedíamos no comprendíamos el por qué, solo experimentábamos algo que en el futuro nos dirían: “se llama racismo”, palabra y sistema de dominación que marcó para siempre nuestras infancias y nuestras vidas por venir.

Por eso volver al 12 de octubre – año de rememoración del Genocidio de América – tiene una profundidad política tan grande. Hablar del 12 de octubre nos remite a pensar Europa como una maquinaria de producción de dolor, desigualdad y exclusión. Extractivismo de vidas y de la naturaleza. Viejas historias, nuevas formas de explotación, que no han desaparecido con el tiempo, sino que se han reactualizado, alimentando imaginarios supremacistas, racistas y xenófobos que legitiman a grupos de derecha y extrema derecha. Nos referimos a un momento histórico que perduró -en términos formales – más de tres siglos, pero cuyas raíces se mantienen y configuran el mapa social, geopolítico, cultural y económico de nuestro continente. Como bien lo señala Aníbal Quijano, gracias a la colonización de América Latina “los dominadores europeos “occidentales” y sus descendientes euro-norteamericanos, son todavía los principales beneficiarios. Y en cada caso, sobre todo, sus clases dominantes. Los explotados y dominados de América Latina y de África, son las principales víctimas”.

Hablar del 12 de octubre nos remite a pensar Europa como una maquinaria de producción de dolor, desigualdad y exclusión.

La colonización permitió el enriquecimiento de Europa, y con ello el desarrollo del Capitalismo histórico (tomando el concepto de Inmanuel Wallerstein) o la llamada acumulación incesante de capital que se origina a partir del siglo XV. Llevar a cabo esta empresa de despojo en América Latina implicó construir un sistema de clasificación entre humanos y no humanos, donde los primeros fueron representados por los europeos y los segundo por nuestras y nuestros ancestros indígenas y negros. Nos transformaron en mano de obra, esclavos, entes sin alma, mercancías, prostitutas, objetos de producción para la acumulación capitalista. Por eso Europa trajo a nuestras tierras la barbarie, no la civilización.

En la teoría política latinoamericana nombramos a estos fenómenos como “Colonialidad del poder” del ser y del saber. La colonialidad del poder “constituye un nuevo patrón de poder iniciado en 1492 que tendría dos modos fundamentales de estructurar las relaciones de dominación. Por una parte, a partir de la clasificación de conquistadores-conquistados teniendo como eje la “raza”, y, en segundo lugar, – siempre en interacción con ella- con base en una estructuración de tipo económica asentada en la “la articulación de todas las formas históricas de control del trabajo, de sus recursos y de sus productos, en torno del capital y del mercado mundial” (Quijano, 2014). Por su parte, la colonialidad del saber representa la superioridad epistémica, religiosa, la universalidad del pensamiento europeo, ficcionando sobre nuestra supuesta inferioridad, inmoralidad y salvajismo, negando los saberes de nuestros antepasados y cosmovisión del mundo. La colonialidad del saber se relaciona con la colonialidad del ser, porque no solo es el control del conocimiento, control de la subjetividad, superioridad racial, sino que se basa en la destrucción de la naturaleza, de los otros, con su visión de progreso y desarrollo, de producción extractivista y voracidad económica.

El proceso de despojo, sin duda, no fue pacífico: nuestras ancestras fueron violadas y torturadas para quitar de sus cuerpos y espíritus sus propios saberes. Y lo decimos con fuerza porque hemos encontrado los documentos en que ellas, las mujeres indígenas y negras, hablan. En los archivos judiciales de nuestros países de origen aparecen como denunciantes de “amancebamiento” y torturas. El discurso colonialista español le denomina a este brutal fenómeno “Encuentro de culturas”, “Día de la raza”, o mestizaje armónico. Los argumentos al respecto hablan de una supuesta voluntad de las mujeres indígenas de tener relaciones sexuales con los españoles, pero ¿qué voluntad o libertad de decisión puede ser posible cuando existe una relación de poder como la que hemos descrito?

Esas mujeres se enfrentaron a sistemas de dominación que se expandieron a costa de sus cuerpos: al Patriarcado heterosexual, Capitalismo y Colonialismo. El advenimiento del Patriarcado es la primera forma de explotación, desposesión y subordinación femenina. Es la destrucción de las diosas. Antes de él se celebraba a la naturaleza y los poderes de los cuerpos femeninos, dando paso a la exaltación de los hombres y después de los gobernantes masculinos. Pero en América Latina, la configuración del Patriarcado se organizó dentro del proceso de colonización, lo quiere decir, en palabras de María Lugones, que: “ninguna hembra colonizada es una mujer”. Nuestras ancestras tuvieron que enfrentar dobles y triples opresiones ¿A qué nos referimos con esto?

Según el enfoque interseccional, que surge desde los feminismos negros en EEUU, y que como latinoamericanas rescatamos, las mujeres enfrentamos distintos grados de opresión, el patriarcado no afecta por igual a todas. Vivimos determinadas discriminaciones y desventajas, debido a estructuras de opresión que se intersectan en nuestros cuerpos, como clase, raza, orientación sexual, cultura, religión. No queremos esencializar las opresiones, sino identificar la continuidad de las estructuras coloniales, que persisten tanto en hombres como mujeres, y lamentablemente también en las prácticas feministas europeas.

Hoy venimos del sur global a disputar la historia y el presente. Nos sabemos producto de esa colonización, violencia sexual y genocidio brutal de nuestras ancestras. En nuestros cuerpos se percibe la historia, el lugar del vencido. El racismo es el discurso que legitima y justifica el expolio, la explotación, la esclavitud y la violación sexual, porque ¿cómo vamos a ser respetadas si somos consideradas menos que humanas?

Hoy venimos nosotras las migras, las racializadas, las mestizas, las negras, las refugiadas, las expulsadas por las guerras y la pobreza, las “sin papeles”, construimos conciencia colectiva y pensamiento crítico, alimentado por una praxis insumisa y rebelde, frente a la Europa blanca, con su barbarie y maquinaria de violencia que nos discrimina y expulsa de los circuitos de participación política y de bienestar social.

Nuestro lugar de enunciación es desde la VIEJA, PERO VIVA Casa Palacio Pumarejo que se cae a pedazos, sostenida por la voluntad de los diversos colectivos que resisten brindando al Barrio, identidad, servicios, atención, alegría, redes solidarias, amor, alimentos de nuestros fogones, donde se cuece la esperanza feminista. A la espera desde hace años de que el Ayuntamiento inicie las obras de rehabilitación, que nos permita habitarla desde la dignidad y la belleza de tan hermoso edificio calificado como BIC.

No queremos esencializar las opresiones, sino identificar la continuidad de las estructuras coloniales, que persisten tanto en hombres como mujeres, y lamentablemente también en las prácticas feministas europeas.

Estamos hastiadas de que se hable de las migrantes, de la multiculturalidad, exotizando nuestros cuerpos por el color de piel. Aparecemos vinculadas a la naturaleza, a una condición lubrica, sensual. En este país no existe voluntad alguna de profundizar en el hecho colonial y en las consecuencias de esos procesos históricos en el presente. Del racismo, de la discriminación y los delitos de odio, de la violencia estructural que vivimos día a día por ser extranjeras. Hoy nuestras historias se inventan desde otro lugar, desde un espectáculo folclórico.

Pero nosotras sabemos quiénes somos y de dónde venimos. Nos levantamos como mujeres resistentes, conscientes y luchadoras. Nos levantamos desde los afectos en comunidad. Es la restitución de nuestro poder como mujeres oprimidas. Es la gestión de la vida, de los saberes en comunidad. En la cocina se preparan los alimentos, se crían nenes, se establecen alianzas, tenemos nuestro altarcito y la Memoria en los guisos y sabores de nuestras ancestras.

Del desacato y desobediencia de las mujeres, de las personas no binarias, de eso se trata nuestra Revolución. Cuestionarlo todo, las relaciones de poder, los conocimientos de la academia, del pensamiento dominante hegemónico, ofreciendo otras alternativas para el Buen Vivir, desde las prácticas cotidianas solidarias.

A pesar del impacto negativo que nos produce vivir en los márgenes y la ausencia de Derechos Humanos, nos sostenemos en nuestro activismo político. Seguimos desarrollando nuestra conciencia política, pensamiento crítico como personas migrantes. Somos capaces de interpelar a los poderes públicos, cuestionando la Historia oficial del Descubrimiento de América, porque no fue descubrimiento, fue el Mayor Genocidio de la historia moderna.

Por eso el 12 de octubre no tenemos nada que celebrar. Nos levantamos para cuestionarlo todo, rememorando quienes fueron nuestras ancestras y sus verdugos. Contra todas las violencias nos alzamos, poniendo las que sufrimos en primera línea, porque en nuestros cuerpos pesan las mayores opresiones de la historia.

No queremos volver al pasado, queremos traer a nuestras historias, diosas al presente. Reconstruir nuestros sentires, saberes, el diálogo, la serenidad de nuestros corazones, la contemplación de nuestro espíritu, el sentido de pertenencia con los otros/as más allá del consumo y del mercado. Porque sabemos que lo Comunitario siempre es un blindaje frente al poder, y lo seguirá siendo.

Antonia Avalos Torres y Valentina Salinas Carvacho. Parte del Colectivo de Mujeres migrantes Mujeres Supervivientes

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Los pasos firmes del afrofeminismo en Cuba

07/08/2022 by Vitalio Deja un comentario

Por: Alina Herrera Fuentes

 

La Isla celebró la Primera Jornada por el Día Internacional de la Mujer Afrolatina, Afrocaribeña y de la Diáspora.

Por primera vez en Cuba se celebraron jornadas enteras por el Día de la Mujer Afrolatina, Afrocaribeña y de la Diáspora. La fecha, acordada desde 1992 y a conmemorarse cada 25 de julio, es de especial significación para las mujeres negras y racializadas debido a la historia de nuestra presencia en el continente y, también, para recordar que nuestras identidades son afectadas por múltiples discriminaciones como lo son el género, la raza y la clase social.

Si bien el proyecto revolucionario iniciado en 1959 en Cuba impulsó que el principio de igualdad entre todas las personas, no solo en el plano formal sino en el real con acciones concretas, actualmente las desigualdades sociales en la Isla afectan con mayor profundidad a varias poblaciones con vulnerabilidades, entre las que se encuentran las mujeres racializadas. No obstante, la herencia ancestral de resistencia y resiliencia emergen en la dura cotidianidad desde sus formas culturales y artísticas, hasta en la sobrevivencia de la vida/empleo/economía informal.

Este amplio abanico de realidades diversas que afrontan las mujeres afrocubanas fue reflejado en la Primera Jornada por el Día Internacional de la Mujer Afrolatina, Afrocaribeña y de la Diáspora que estuviera dedicada a la poeta recién fallecida Georgina Herrera y organizada por un grupo de mujeres de diferentes campos: Yulexis Almeida Junco, Norma Rita Guillart, Lisandra Torres, Yeniset Núñez, Rosaida Ochoa y Maydi Estrada Bayona.

El programa contempló actividades entre el 18 y el 25 de julio. Entre expresiones de distintas manifestaciones del arte hasta coloquios académicos, pasando por la experiencia en los proyectos comunitarios, el festejo y el compromiso por una lucha articulada contra el racismo y el sexismo que en particular impactan a las mujeres racializadas fueron entrelazados por el pulso de la vindicación y la memoria.

En el evento inaugural la investigadora y activista Gisela Arandia recibió la distinción honorífica Cátedra Nelson Mandela, otorgada por la Cátedra de Estudios sobre Afrodescendencia del mismo nombre, perteneciente al Centro de Investigaciones Psicológicas y Sociológicas (CIPS), de manos de la Dra. Rosa Campoalegre Septién. En sus palabras de agradecimiento, Gisela remembró las luchas y los aportes de las mujeres negras para la historia de la nación cubana, los grandes desafíos de las mujeres cubanas ante la crisis por la COVID- 19 como aquellas que sostuvieron en hospitales, centros de aislamiento y en la elaboración de las vacunas. Además, pidió un minuto de silencio en memoria del líder africano Nelson Mandela a propósito de que se celebraba en esa fecha su día.

Gisela Arandia. Foto: autora.

La velada, que también estuvo acompañada con la presencia de la Secretaria Nacional de la Federación de Mujeres Cubanas Teresa Amarelle Boue, estuvo protagonizada por las artes, el teatro, el cine, las narradoras orales que nos desprendieron lágrimas y risas, y también por la percusión y cantos del conjunto Obiní Batá, conformado por mujeres que tocan de manera profesional los tambores batá y que han llegado a ser un paradigma de desafío al machismo dentro de las tradiciones afrocubanas.

Varias veces se mencionó el nombre de Francia Márquez como ejemplo de mujer negra en las luchas por la emancipación del continente. También la voz del activismo afrofeminista estuvo presente gracias a Diarenis Calderón Tartabull, curadora, educadora popular y cofundadora de la colectiva “Nosotrxs”. La activista mencionó a esas “otras” protagonistas del quehacer cotidiano, casi siempre invisibilizadas y marginalizadas, como las vendedoras ambulantes, las prostitutas o mujeres que ejercen el sexo transaccional, las amas de casa, las migrantes, las insertadas en el mercado informal de la economía, en su mayoría mujeres racializadas. Su alocución levantó emociones entre el público y ovaciones.

Diarenis Calderón. Foto: autora.

Lo más trascendental fue asistir a un nacimiento, como dijera la Dra. Maydi Bayona durante la inauguración, el de la Articulación Afrofeminista Cubana compuesta por un registro variadísimo y múltiple de mujeres, grupos, proyectos y colectivos, desde la academia hasta la organización barrial. Sin duda alguna, la fecha fue histórica.

Maydi Bayona. Foto: autora.

En los días siguientes hubo ponencias, paneles en la Casa de África, momentos de música tradicional protagonizado por mujeres en la rumba (Patrimonio inmaterial de la humanidad), invitados internacionales del Congo, Haití y Burkina Faso, y una bellísima exposición colectiva de artes plásticas nombrada “Caminos”.

La muestra, que aún se exhibe en la galería del Consejo Nacional de Casas de Cultura (calle 5ta entre C y D, Vedado), acoge las obras de más de diez artistas, de entre los 20 y los 60 años de edad, y aborda las problemáticas de las mujeres afrodescendientes en especial y, también, su potencia creadora en conexión con el universo y la naturaleza.

Otra jornada memorable tuvo lugar el día 21 de julio en el Multicine Infanta donde tuvo lugar el Coloquio “Mujeres Afrodescendientes en Cuba”, nutrido por la propia Articulación y con el apoyo del Programa nacional contra el racismo y la discriminación racial. La conferencia magistral corrió a cargo de la Dra. María del Carmen Zabala con el tema “Desigualdades y vulnerabilidades: análisis interseccional y prospectivo de mujeres negras cubanas”.

No obstante, en el recinto confluyó una sinfonía de voces, sentipensares y demandas de la que se puede recoger una agenda de acciones comprometidas con las desigualdades que afectan la vida de las mujeres racializadas cubanas y, además, con la población racializada en el país de manera general.

El Coloquio estuvo divido en cinco paneles: 1- Racismo y activismo antirracista en la sociedad cubana actual; 2- Contribución de las mujeres afrodescendientes a la historia, la cultura y las ciencias en Cuba; 3- Cimarronas, mujeres en resistencia (a cargo de la Cátedra Nelson Mandela); 4- Vulnerabilidades de las mujeres afrodescendientes; 5- Mujeres afrodescendientes y medios de comunicación.

En un breve resumen se puede señalar la importancia de los siguientes apuntes:

  • El legado de las mujeres negras en la historia de Cuba, mencionándose con especial énfasis la historia de la rebelión de Carlota (7 años antes que el histórico discurso de Soujourner Truth en Estados Unidos considerada la precursora del feminismo negro), y la trascendencia de Minerva: revista quinquenal para mujeres de color y las mujeres afrocubanas que la hicieron posible.
  • La significación histórica de la solidaridad del pueblo cubano en la lucha contra el Apartheid en el continente africano y el rescate de las historias de vida de quienes protagonizaron aquella hazaña; señalándose también la deuda con la atención a los combatientes sobrevivientes de aquellas gestas ya que, en la actualidad, muchos viven en condiciones deplorables.
  • La presencia de Fidel en la delegación cubana durante la Tercera Conferencia Mundial contra el Racismo, la Discriminación Racial, la Xenofobia y las Formas Conexas de Intolerancia, conocida como Durban 2001, y su firme compromiso con la eliminación del racismo en Cuba y a nivel mundial.
  • La necesidad de que los programas de estudio y la literatura escolar desde edades tempranas incorporen los aportes de las personas afrodescendientes y que sea, más que todo, una educación antirracista. En este particular se recordó la labor de Esteban Morales, recientemente fallecido, y que apuntara la “educación blanca” de la enseñanza en Cuba como un dilema a superar.
  • Los sesgos de discriminación racial que persisten en las escuelas del país y que comienzan a aflorar sus consecuencias negativas con mayor nitidez durante la enseñanza secundaria, desde una autopercepción racista hasta en las interacciones sociales.
  • La feminización racializada de la pobreza, del empleo informal, de la migración interna, de las jefaturas de hogares, del desempleo, de las viviendas precarias. Situaciones que se han agudizado con la actual crisis económica y con las últimas medidas implementadas a partir de las cuales la dependencia de la divisa para reproducir la vida se ha hecho mayor, cuando son las mujeres racializadas las menos favorecidas en cuanto a remesas del extranjero o viajes al exterior, por tanto, con menor capacidad para acceder a la divisa.
  • La situación que enfrentan mayormente las mujeres racializadas que tienen familiares en régimen penitenciario (pues la mayoría de la población penal es no-blanca), la necesidad de programas que les atiendan, incluso, que la mayoría de mujeres privadas de libertad son también afrodescendientes.
  • Lo anterior se enlaza a la criminalización del mercado/empleo informal en los cuales están sobrerrepresentadas.
  • Las desigualdades que repercuten en la salud de mujeres negras y mestizas en todo el país se han visto agravadas tras la pandemia, llegando a ser el grupo poblacional con menor esperanza de vida de todos. De ahí la necesidad de que los estudios de salud contemplen la raza o el color de la piel como un marcador a investigar.
  • El racismo persistente en la televisión cubana y en otros medios de comunicación. Aunque se ha avanzado en la representación de personas afrodescendientes en los programas de televisión desde el llamado que hiciera Raúl Castro, no ha sido suficiente pues persiste una visión eurocentrada de la misma. Incluso, cuando las presentadoras de la televisión son negras, casi siempre terminan asumiendo estereotipos de belleza europea.
  • La importancia de la afroestética, del trabajo en las comunidades y en los barrios, de que las mujeres afrodescendientes conozcan cómo tratar su cabello, cómo peinarse y cómo amarse y valorarse a sí mismas con el pelo natural.
  • La necesidad de una perspectiva interseccional y transversal en las leyes cubanas en donde raza y género converjan como un entramado más complejo de discriminación, por tanto, de una necesaria atención imbricada desde el punto de vista legal, incluyendo la visión antipunitivista. Es preciso contar con una ley donde se especifiquen los conceptos relacionados al racismo que hoy articulan la Constitución y el proyecto de Código Penal (por poner dos ejemplos), pero que no quedan especialmente definidos mediante el término “color de la piel”. Además de que se requiere una implementación legal adjetiva al mandato constitucional contra el racismo.

Otra cita de lujo tuvo lugar en el Instituto de Filosofía, junto a la cátedra Berta Cáceres, con un panel titulado “La mujer afrocaribeña: Mirada desde dentro. Diálogo entre cultura, historia y decolonialidad”, organizado por MsC. Aracely Malagón. El panel abrió nuevas líneas de investigación y reflejó la necesidad de políticas públicas más eficientes desde la interseccionalidad y la decolonialidad. También, el mismo día 22 de julio en el anfiteatro Varona, la Dra. Yulexis Almeida Junco anfitrionó un conversatorio donde participaron Roberto Zurbano, María del Carmen Zabala y Norma Rita Guillart rememorando la obra y vida de Georgina Herrera. Al cierre se proyectó el documental multipremiado “Diálogo con mi abuela” de Gloria Rolando.

Cerrando las jornadas hubo conciertos, desfiles de moda y venta de productos afro, afroferias y una puesta en escena de la directora Fátima Patterson con el grupo de teatro Macubá. La participación de los proyectos Quisicuaba y Red Barrial Afrodescendiente también acompañaron las actividades.

La conmemoración por vez primera del Día de la Mujer Afrolatina, Afrocaribeña y de la Diáspora, con el rigor, el compromiso y la diversidad con que se desarrollaron las jornadas proyecta hacia el futuro una agenda multicausal y polivocal que tributen a un solo empeño: la dignificación de las mujeres afrodescendientes cubanas. Sobre todo que el pilotaje de esta gran travesía tenga como protagonista a la recién nacida y altamente necesaria Articulación Afrofeminista Cubana también avizora nuevos capítulos en la historia del feminismo negro, decolonial y diaspórico de Cuba.

Fuente: https://oncubanews.com/cuba/los-pasos-firmes-del-afrofeminismo-en-cuba/

Publicado en: Feminismos

Ellas no se pasaban el día barriendo la cueva

31/07/2022 by Vitalio Deja un comentario

Por: Cosima Lutz 

En la prehistoria las mujeres hacían cosas que algunos jamás habrían creído: iban a cazar, creaban arte y disfrutaban de un estatus elevado. La investigación apenas está comenzando a liberarse de los clichés de género del siglo XIX. Y esta nueva visibilidad es de gran importancia para el presente.

Cuando la modelo estadounidense Emily Ratajkowski terminó una agotadora sesión de fotos en Nueva York y salió a la calle en calzas dispuesta a disfrutar de un momento para ella, un hombre se le acercó, le miró la entrepierna y dijo: «Puedo verte la vagina». Según escribe en su libro Mi cuerpo, recientemente publicado también en español, la joven sintió una «vergüenza punzante». Cuando a fines de 2017 una usuaria de Facebook publicó imágenes de la Venus prehistórica de Willendorf, la plataforma censuró las fotos por pornografía. Posteriormente la empresa se disculpó y aclaró que, por supuesto, para las esculturas había excepciones. Cuando en agosto de 2021 los talibanes tomaron el poder en Afganistán, hubo que esperar apenas tres meses para que el «Ministerio de Promoción de la Virtud y Prevención del Vicio» ordenara a los canales de televisión que dejaran de emitir películas o series protagonizadas por mujeres.

Habría muchas maneras de comenzar a narrar la invisibilización transcultural de las mujeres, de sus cuerpos y de sus aportes al progreso de la humanidad. Es cierto que el actual sistema de creación de valor –enmarcado en la economía de la atención– sabe sacar provecho de la visibilidad del cuerpo femenino, siempre que se ajuste a las características definidas por varones heteronormativos para lo «cogible». Sin embargo, al menos en las películas alemanas rodadas entre 2017 y 2020, ya a partir de los 35 años aproximadamente las mujeres están menos presentes que sus colegas masculinos. Esto lo demuestra Elizabeth Prommer, del Instituto de Investigación de Medios de la Universidad de Rostock: según su estudio «Sichtbarkeit und Vielfalt» [Visibilidad y diversidad], publicado recientemente y dedicado al entorno audiovisual, la protagonista femenina «es joven, delgada y aparece narrada en el contexto de una pareja o relación»; los varones, en cambio, «tienen profesiones que se pueden identificar, a veces son obesos, y en general se los representa de una forma más polifacética».

Jugando con el lenguaje, cabe afirmar que no ser visto equivale a no ser apreciado. ¿Por qué ocurre eso? ¿Por qué afecta sobre todo a las mujeres? El hombre prehistórico es también una mujer reza el título programático de un libro con el que la investigadora francesa Marylène Patou-Mathis está causando cierta sensación también en Alemania. Inicia su texto con un tono fuerte: «¡No! ¡Las mujeres prehistóricas no se pasaban el día barriendo la cueva! ¿Y si resulta que también pintaron Lascaux, cazaron bisontes, tallaron utensilios e idearon innovaciones y avances sociales?».

Los rasgos de las manos de muchas pinturas rupestres famosas hoy se asignan en gran medida a mujeres. Aunque los primeros espeleólogos estaban convencidos de que la incursión en las cavernas solamente podía ser cosa de hombres (¡incluso se los dice la biología!), en realidad las mujeres se encaramaron por sus paredes intransitables y las pintaron.

Según la prehistoriadora, en otros ámbitos no hay pruebas sólidas de una autoría femenina. Pero lo fundamental, precisamente, es que tampoco hay pruebas de que hayan sido obras de los varones. La Venus de Willendorf, por citar un caso, puede haber sido creada también por una mujer. El hecho de que ese cuerpo femenino exuberante haya sido denominado «Venus», en honor a una diosa romana de una época completamente distinta, dice sobre todo una cosa: que desde el punto de vista de quienes bautizaron la obra, solo era posible representar una mujer desnuda para el placer del hombre. Es apenas uno de muchos ejemplos de cómo los viejos tiempos han sido y son sometidos al pensamiento patriarcal del presente.

No se trata solamente de una injusticia, sino que además es una estupidez porque obstaculiza la mirada científica. Muchas veces los propios esqueletos de nuestros antepasados no se ajustan a las expectativas actuales respecto a las características femeninas y masculinas. Por ejemplo, las inserciones musculares y el desgaste óseo demuestran que las neandertales solían arrojar lanzas. Una tumba descubierta en 1880 en la isla sueca de Björkö sirvió durante décadas como referencia para la identificación de guerreros vikingos enterrados. ¿Quién más que un hombre sería sepultado así, rodeado de tanta opulencia, junto con una espada, dos lanzas y 25 flechas, dos caballos y un juego con tablero y piezas? En 2014 se determinó inequívocamente mediante análisis de ADN que el esqueleto era femenino. Tal como escribe Patou-Mathis, «la sociedad occidental patriarcal del siglo XIX era incapaz de aceptar la idea de que había guerreras».

Ideas y clichés heredados

Afortunadamente la autora evita un tono triunfal o activista, y se atiene de manera meticulosa a las posibilidades de demostración. Sintetiza cuáles son las pruebas sólidas obtenidas a partir de las nuevas técnicas utilizadas para analizar restos arqueológicos, qué avances logra la ciencia en la interpretación de restos fósiles humanos y dónde existen (aún) limitaciones. Aunque no cabe duda de que los hallazgos han puesto en tela de juicio «muchas de las ideas y clichés heredados».

En el portal ZeitOnline, el ensayista Georg Diez califica como una «revolución» el solo hecho de preguntarse si realmente el hombre fue «siempre» el modelo de la humanidad –ya sea como artista, cazador, científico o guerrero– o si no se trata más bien de una retroproyección de estándares sociales del siglo XIX, cuando nació la prehistoria como disciplina. Por cierto, en las revoluciones se produce en general un intercambio de roles entre beneficiados y oprimidos, pero las relaciones de poder siguen siendo las mismas. ¿Significa quizás que la mayor visibilidad femenina es entonces una mera emancipación dentro de un sistema existente, como lo expresó hace poco la politóloga feminista Antje Schrupp en una entrevista en Radiocorax?

Hay que tomar de manera absolutamente literal el título El origen del mundo, la «provocadora» pintura realizada por Gustave Courbet en 1866, para entrever que la despectiva y agresiva frase de Donald Trump («Agarrarlas de la vagina») podría acaso estar conectada con la pregunta de cómo comenzaron en el fondo la depredación de la naturaleza, la Edad de los Metales y las guerras. Partidarias de la teoría de los años 70 acerca de una diosa madre existente en la Era Paleolítica (es decir, antes de la domesticación de los animales, que precedió al sometimiento de las mujeres) están convencidas de que, en definitiva, la presentación de la desnudez femenina no significa una desvalorización de la mujer porque ese cuerpo no fue entendido como objeto, sino como sujeto creativo.

Por lo tanto, en su representación se mostraba la valoración de aquel cuerpo como el único capaz de generar nueva vida. La fertilidad masculina no debe de haber tenido la importancia que luego le adjudicó el patriarcado. Fue así hasta que las nuevas religiones de pastores convirtieron un hecho evidente para todos, que cada persona llega al mundo desde el vientre de una mujer, en una cuestión de fe difícil de probar y trasladaron violentamente la autoría de la vida al hombre: la mujer proviene de la costilla de Adán. De forma análoga, la otrora «sagrada» evacuación de sangre femenina durante la menstruación y el nacimiento se tornó «impura» y fue condenada a la invisibilidad, mientras que lo masculino y guerrero era puesto en un pedestal.

La incertidumbre del presente aguarda respuestas urgentes frente a la pregunta de «cómo comenzó todo». Así lo revela el gran éxito internacional de libros como The Dawn of Everything: A New History of Humanity [El amanecer de todo. Una nueva historia de la humanidad], de David Graeber y David Wengrow, o el revuelo casi propio de la cultura pop en torno de las obras de Yuval Noah Harari o James Suzman. Aun cuando hoy nadie está exento de iluminar la prehistoria con las más coloridas retroproyecciones de estados deseables, una nueva mirada sobre la parte femenina en la historia de la humanidad sería beneficiosa no solo para las mujeres.

Muchos restos de piedra hallados no permiten extraer actualmente ADN utilizable. Sin embargo, queda todavía por completar el mosaico de huecos en la visibilidad femenina. En un libro sólido y vital, titulado Forces of Nature: The Women who Changed Science [Fuerzas de la naturaleza: Mujeres que cambiaron la ciencia], las estadounidenses Anna Reser y Leila McNeill sostienen que «en lugar de aceptar simplemente que hay áreas donde no aparecen mujeres, deberíamos preguntar por qué no es posible encontrarlas allí y quién les negó el acceso». Según estas historiadoras de la ciencia, es necesario reformular así la pregunta para poder reinterpretar un vacío en los registros históricos «como testimonio de una determinada acción». Porque olvidar, al igual que recordar, es un ejercicio activo.

Sin embargo, la mayor visibilidad por sí sola no soluciona todos los problemas. En 2008, en su libro Ambivalenzen der Sichtbarkeit [Ambivalencias de la visibilidad], Johanna Schaffer analizó el concepto desde una perspectiva crítica de la dominación. Esta especialista austríaca en historia del arte y ciencias culturales alienta a «transformar las demandas de visibilidad, de modo tal que estén más cargadas de potencial reflexivo que de peso cuantitativo».

La mayor visibilidad no implica un empoderamiento automático, como revelaron recientemente las furiosas reacciones dirigidas hacia la cantante Adele después de que adelgazara 45 kilos. Para muchos fans, eso era una traición a la idea del movimiento de «positividad corporal». A partir de la decisión y la supuesta adaptación de la cantante al ideal de belleza común, había quedado anulado el vínculo tan estrecho con la norma de empoderamiento.

La mujer visible en términos de cultura pop, al igual que en la mayoría de las películas alemanas, no tiene ahora mucho más que su envoltura. Como si viviéramos todavía en los tiempos de Effi Briest, su relación es el mérito de su (bella) envoltura. Al menos hasta que cumpla los 35 años. En 2013, Emily Ratajkowski tenía 21 y se hizo famosa por su aparición semidesnuda en el video de la canción «Blurred Lines» de Robin Thicke. La lectura de sus reflexiones sobre las ambivalencias de la propia visibilidad, expuestas en su libro Mi cuerpo, constituye un proceso tan sobrio como conmovedor y de final abierto. Al escribir acerca de un fotógrafo agresivo, que recién comenzó a tratarla con respeto cuando ella fue madre, señala que es gracioso «que los hombres simplifiquen así los ciclos de vida de las mujeres: de objeto sexual a madre a … ¿qué? ¿Invisible?».

En el prólogo de su libro, Ratajkowski incluye una frase de John Berger. En 1981, en Modos de ver, el pintor y crítico de arte británico escribía: «Pintaste a una mujer desnuda porque disfrutabas mirándola, le colocaste un espejo en la mano y titulaste la obra Vanidad, y con ello condenaste moralmente a la mujer cuya desnudez habías dibujado para tu placer personal. La auténtica función del espejo era otra. Era convertir a la mujer en cómplice de tratarse a sí misma, ante todo, como una imagen».

Mi cuerpo finaliza también con un espejo; y se sobrepone a él. La autora lo deja colgado sobre la cama durante el nacimiento de su hijo. Ella se convierte en su propio cómplice, observa cómo el cuerpo adquiere autoridad y registra la fuerza (de)formadora en acción. «Como obnubilada», toma a su hijo en brazos y se da a sí misma un resplandor divino: «Carne de mi carne, pensé». El espejo queda entonces a un lado, pero ella puede seguir viendo ese «lugar» desde donde ha llegado la nueva persona: «mi cuerpo».

Traducción: Mariano Grynszpan, para Nueva Sociedad.

Fuente: https://nuso.org/articulo/ellasno-se-pasaban-el-dia-barriendo-la-cueva/

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Una vida que también fue tragedia. Virginia Woolf: la potencia de un feminismo de vanguardia

23/01/2022 by Vitalio Deja un comentario

Por: Laura Haimovichi

A 140 años de su nacimiento en una familia privilegiada pero plagada de violencias y tragedia, su obra sigue siendo vibrante y poderosa: desde la osadía diversa de Orlando a los pasajes iluminadores de Un cuarto propio, donde la autora reivindicaba la autonomía económica para la libertad de quienes no nacieron varones.
Virginia Woolf desafió los modos de hacer literatura de su época y creó un estilo personalísimo que fusionaba poesía y narrativa.

“¿Quién le teme al lobo feroz?”, cantan los tres chanchitos en el tema infantil tradicional, uno de los más populares del género infantil. Edward Albee lo incluye en su famosa obra de teatro Who’s affraid with the big bad Wolf? (¿Quién le teme al lobo feroz?, que se tradujo al castellano como ¿Quién le tema a Virginia Woolf?), de 1962. El dramaturgo estadounidense contrabandea así un chiste intelectual, a través de la pareja protagonista que se profesa un odio salvaje. Aprovecha el símil fonético entre la palabra wolf, lobo en inglés, y el apellido de Virginia, la gran escritora inglesa.

El juego de la dramaturgia da pie, aunque no agota, a preguntas tales como: ¿Por qué ahora y entonces se le teme a la gran narradora inglesa del siglo veinte? ¿Cuál es la ley de la ferocidad de la creadora de Mrs Dalloway, Las olas, Al faro y Orlando? La ocasión lo amerita. Se viene un nuevo aniversario del nacimiento de la autora de una obra que, amén de su disfrute estético, sigue cuestionando desde la ficción (y no sólo) temas éticos imprescindibles como el rol de las mujeres, la autopercepción, poder ganar dinero como pasaje a un espacio de libertad, el espacio autonómico de quienes fueran consideradas en su tiempo y aún hoy “el sexo débil”.

“Pensando, escribe, en la seguridad y prosperidad de un sexo y en la pobreza e inseguridad del otro… cuál podría ser la razón de esa curiosa disparidad”. Vayamos primero a la biografía, necesaria aunque no suficiente, de esta loba literaria, quien amamantó tanta producción escritural propia y ajena y que, con su monólogo interior y su perspectiva feminista, revolucionó la escritura.

Una vida que también fue tragedia
Virginia Woolf nació Adeline Virginia Stephen el 25 de enero de 1882, en Londres. Fue hija de sendos viudos vueltos a casar que, como dice el traductor e investigador Pablo Ingberg en el prólogo del ensayo Un cuarto propio, que publicó editorial Losada en 2013, “entre tuyos, míos y nuestros, llegaron a una prole de siete, ella la penúltima. Pasemos rápida revista a su suma de desgracias. La única media hermana por parte paterna tenía dificultades mentales y vivió internada desde 1891. La madre murió en 1895. La reemplazó en el papel de ama de casa su única hija mujer del primer matrimonio, que murió dos años más tarde, recién casada. Los dos medios hermanos varones por esa misma vía materna abusaron sexualmente en distintos momentos de Virginia y de su hermana mayor Vanessa. El padre murió en 1904 al cabo de dos años de enfermedad. Virginia tuvo sendas crisis psicológicas tras las muertes de la madre y el padre que la llevaron a alguna internación”.

Vita Sackville West inspiró Orlando. Tuvieron una relación de años entre ser amantes y después amigas.
En aquella penosa situación, los cuatro hermanos se mudaron juntos al barrio Bloomsbury, del municipio londinense de Camdem, donde cuatro años después luego de un viaje por Grecia, la fiebre tifoidea se llevó a Thoby, el menor. Agotamiento, crisis, miedo, los bombardeos alemanes que destruyeron su casa durante la Segunda Guerra Mundial, determinaron que Virginia se arroje en 1941 “a las aguas del suicidio”. Pero antes de esa tragedia, mientras los muchachos de la familia iban a la universidad, Virginia estudió en casa con su padre escritor, aunque griego antiguo lo aprendió con maestros particulares. Por mujer recibió instrucción privada pero accedió a altos niveles de educación para la época.

Orlando, la peli protagonizada por Tilda Swinton en 1992, dirigida por Sally Potter.
No era la situación que ella hubiera deseado. Sin embargo, sus congéneres contemporáneas estaban aún peor. El hogar de su infancia solía recibir visitas de gente del mundo artístico, su madre había sido modelo de pintores prerrafaelistas y el novelista William Tackeray fue el primer suegro de su padre. Cuenta Ingberg, por ejemplo, que las primeras informaciones sobre sexo le llegaron a Virginia leyendo los diálogos de Platón. Los hermanos varones eran anfitriones de unas reuniones que se realizaban los jueves en la casa y originaron el influyente grupo de Bloomsbury. De esos ágapes participaban E.M. Forster (autor de Pasaje a la India y Maurice), el pintor Roger Fry (con quien Virginia descubrió a Cézanne y comprendió que la trama debía seguir el ritmo de los sentidos más que el orden temporal de los hechos), el economista estatista John Maynard Keynes, el crítico de arte Clive Bell, quien se casó con la hermana pintora, Vanessa, y el escritor Leonard Woolf, de quien Virginia adoptó el apellido.

Los Woolf formaron un matrimonio que funcionó como una relación abierta, ya que ambos mantenían vínculos eróticos con otras personas. En los años veinte, Virginia tuvo una importante relación con la aristocrática poeta Vita Sackville-West, a quien le dedicó la novela Orlando, una lectura ineludible en estos días de disputa entre el orgullo y la violencia. Orlando tuvo su primera traducción al castellano de la mano de Jorge Luis Borges, que la consideraba una novela “originalísima”, aunque no admiraba a la escritora inglesa. Según la investigadora Leah Leone, Borges tomó los cambios de identidad de género del protagonista como un elemento mágico de la narración y omitió algunos fragmentos, plagados de sarcasmo y denuncia, haciéndole perder sus aristas más agudas.

Orlando es un joven de la nobleza que luego de un trance se despierta mujer, pese a la fuerza antagónica de Nuestra Señora de la Pureza, Nuestra Señora de la Modestia y Nuestra Señora de la Castidad. El personaje vive más de tres siglos, se enamora de alguien transgénero y la despojan de las tierras que le corresponden por herencia. La historia fue llevada al cine hace treinta años por Sally Potter con Tilda Swinton como figura central. También la pantalla grande tuvo una versión de Mrs Dalloway a través de la película Las horas, de Stephen Daldry, en 2002. Tres mujeres (encarnadas por Meryl Streep, Julianne Moore y Nicole Kidman) viven con desesperación en el espacio doméstico las horas que no pasan y transcurren iguales a sí mismas. Woolf comenzó a ejercer la escritura pública reseñando de manera brillante libros ignorados por el canon. Lo hizo para el diario londinense The Times. Esos textos (acerca de libros sobre todo de mujeres) se convirtieron en dos volúmenes de ensayos titulados El lector común.

Sin etiquetas: la sexualidad de Virginia Woolf
Su primera novela, Fin de viaje, publicada en 1908, es una de sus más ingeniosas sátiras sociales. Para la escritora, docente y periodista Irene Chikiar Bauer, autora de las novecientas páginas del volumen Virginia Woolf: La vida por escrito (Taurus en Argentina, 2012 y en España, 2015 con tres ediciones y una nueva reimpresión en curso), su biografiada “sigue siendo un clásico pero, además, es una autora clásica de las vanguardias”, estatuto otorgado por su incorporación al canon literario. La investigadora argentina, responsable del libro más importante escrito en castellano sobre la menor de las hermanas Stephen, señaló a Las12 que la vigencia de Virginia se debe “a lo revolucionario de su escritura, innovadora libro tras libro. “No quiso repetirse. Fin de viaje fue disruptiva para la época. Y, si nos atenemos a Orlando, las experiencias y experimentaciones del libro son extraordinarias y vigentes en el tratamiento del género (también del género literario) y del sexo. Cuando lo estaba preparando, escribió que se trataría de: ‘una biografía que comenzaría en el año 1500’ y que se extendería hasta la actualidad y de la que Vita sería protagonista ‘sólo que con un cambio de un sexo a otro’.”

Chikiar Bauer, autora además de El ensayo personal (libro sobre la vida y obra de Victoria Ocampo, donde refiere además a la relación de ambas V) escribió una biografía cronológica, no segmentada y que, a diferencia de la del sobrino Quentin Bell, no necesitó buscar el consenso familiar. “La biografía de Bell, magnífica en algunos sentidos por ser material de primera mano, dice, adolece de dar una visión ‘all on one side’ (de un solo lado). En cuanto a otras escritas en inglés, no han sido traducidas. Como dijo la autora de Tres guineas: hay historias que cada generación debe contar de nuevo”. Woolf fue una personalidad compleja y así fue también su sexualidad. “¿Fue una heterosexual que experimentó relaciones lésbicas; una lesbiana camuflada tras un matrimonio convencional; o acaso podría clasificársela como asexual?, se pregunta Chikiar Bauer y responde: “no son válidos los intentos de etiquetarla; y han opacado o desvirtuado muchos análisis”.
Correspondencia, el libro que recoge el intercambio epistolar entre Victoria Ocampo y Virginia Woolf. La inglesa escribía Okampo con k pero la argentina le perdonaba todo.
Voz insoslayable de la ficción occidental que empleó la escritura y la imaginación con eficacia y destreza renovadoras, es casi seguro que si Virginia viviera en esta época hubiera apoyado la ley a favor del aborto seguro y gratuito, tal como en su momento denunció el patriarcado y los femicidios, problemas irresueltos hoy, que desarrolló con claridad en Un cuarto propio. El cine y el teatro la han homenajeado. Pero acaso el mayor tributo que se le rinde es el interés que sigue despertando su obra en las jóvenes que la leen como si se sumergieran en una conversación apasionada con un par que las escucha y las comprende.

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Entrevista a la socióloga feminista Beatriz Ranea. «El relato de la extrema derecha reconforta a hombres enfadados con los avances feministas y LGBTI»

08/11/2021 by Vitalio Deja un comentario

Por: Ana Requena Aguilar 

 

La autora de ‘Desarmar la masculinidad’ reflexiona sobre cómo la violencia, la heterosexualidad y la LGTBIfobia están entrelazadas con la creación de un modelo tradicional de masculinidad que se rearma ante los cambios sociales.

La socióloga Beatriz Ranea (Madrid, 1985) publicó hace unas semanas Desarmar la masculinidad (Editorial Catarata), un libro en el que repasa las claves de lo que se ha llamado la ‘masculinidad hegemónica’ y por qué es una de las herramientas del patriarcado que urge desmontar. «¿Qué es ser hombre? No hay una respuesta única: ser hombre es un proceso de encarnación de los mandatos y pruebas de la masculinidad (…) Cualquier fisura en su demostración de la masculinidad puede repercutir de forma negativa en la proyección de hombría que reciben del resto de varones y, por tanto, hacerles perder el estatus de masculinidad», dice en uno de los pasajes. Las reflexiones de Ranea arrojan luz sobre cómo la violencia, la heterosexualidad y la LGTBIfobia están entrelazadas con la creación de ese modelo tradicional de masculinidad que parece rearmarse ante los cambios sociales que le amenazan.

¿De qué manera tiene que ver esta violencia LGTBIfóbica que estamos viendo con la masculinidad tradicional?

La relación se explica desde la propia construcción del modelo de masculinidad normativo, que está marcadamente vinculado a la homofobia. Un hombre que quiere ser reconocido como un ‘hombre de verdad’ en una sociedad patriarcal tiene que mostrarse heterosexual. La heterosexualidad es uno de los pilares de la masculinidad hegemónica. Para eso, no solo tienes que mostrar tu deseo por las mujeres, hipersexualizándolas y haciendo comentarios y teniendo conducta machistas, sino que también tienes que demostrar que no eres homosexual para demostrar tu hombría. Eso va ligado a tratar la homosexualidad como una devaluación de la masculinidad: desde hacer chistes homófobos a humillaciones o episodios de violencia que se materializa en los cuerpos de quienes no cumplen con la masculinidad hegemónica.

La heterosexualidad es, por tanto, uno de los pilares de la construcción de la masculinidad. ¿Hay que problematizar la heterosexualidad?

Sí. Problematizar la heterosexualidad es ponerla sobre la mesa porque tradicionalmente se ha entendido como ‘lo normal’ y ‘lo natural’ y, por tanto, no ha sido cuestionada. Eso pasa también con la masculinidad: como los hombres han sido el sujeto universal, a quien se ha analizado es a ‘la otras’, a las mujeres o a los sujetos no hegemónicos. La heterosexualidad es uno de los ejes sobre los que se articula el patriarcado. Es una opción sexual, sí, pero hay que subrayar que trasciende la mera opción personal y que hay que pensarla como todo un sistema. Las personas heterosexuales nunca han sufrido violencia por el hecho de serlo. A través de la heterosexualidad también se establecen relaciones de jerarquía sobre las mujeres y sobre otros hombres.

Y otro de los pilares sería entonces la violencia. ¿’Ser hombre’ significa estar atravesado, de alguna manera, por la agresividad y la violencia?

Sí, la normalización de la violencia. Para explicar esto me gusta referirme a lo que explica Rita Segato sobre la ‘pedagogía de la crueldad’ como algo que atraviesa la socialización masculina. Los hombres no nacen, se hacen. Los niños no nacen con esa interiorización del ejercicio de la violencia pero a medida que van siendo socializados en la masculinidad, y más cuando viven en entornos donde esos mandatos no se cuestionan, aprenden que la violencia o la amenaza de ejercerla es un recurso que los hombres tienen para exhibir su masculinidad, para obtener reconocimiento o como herramienta para afrontar los conflictos.

Esa normalización de la violencia implica también la represión de la empatía. A los niños se les va inhibiendo la empatía, y eso facilita el ejercicio de la violencia ante las personas que consideras diferentes o una amenaza, a las que se deshumaniza. A veces se habla del analfabetismo emocional de los hombres por esa represión de la empatía y los cuidados, pero las emociones que sí se les potencia son las que tienen que ver con la ira y el enfado.

¿Qué está pasando con el modelo tradicional de masculinidad? Por un lado, parece que se resquebraja pero al mismo tiempo podríamos decir que se está rearmando o replegando.

Conviven las dos tendencias. Cuando se producen cambios sociales, cuando hay cuestionamiento y transformación de los valores normativos lo que tiende a ocurrir es una reacción. Desde que emerge el feminismo, a cada avance le siguen momentos de contraofensiva que representa esos avances como una auténtica amenaza al orden social establecido, a lo que llaman el orden natural de las cosas. Esto es lo que vemos con el avance de la extrema derecha.

Eso hace que se generen los dos movimientos. Por un lado, que exista más conciencia feminista, también en chicas y chicos jóvenes, y en el caso de la masculinidad, que haya cada vez más hombres que se cuestionan sus privilegios. Esa tendencia de una sociedad más justa cohabita con otra que trata de resituar la masculinidad y a las mujeres y sujetos que se salen de la norma.

En el libro menciona otro, el de Hombres blancos cabreados, de Michael Kimmel, que señala cómo ante los cambios sociales que vivimos se ha articulado un sujeto de hombres blancos enfadados que se sitúan como víctimas de ese proceso. Un fenómeno que se asoció, por ejemplo, con la victoria de Donald Trump en EEUU. ¿Podemos traer ese fenómeno aquí?

Para explicar la relación entre extrema derecha y masculinidad me parece imprescindible el libro de Kimmel. Hay que tener en cuenta las diferencias de cada contexto pero es cierto que la articulación de los partidos de extrema derecha se hace de alguna manera a nivel trasnacional, siguen los mismos patrones. La idea que plantea Kimmel es que, ante la incertidumbre, el relato de la extrema derecha crea un refugio y reconforta a estos hombres que están enfadados con lo que sucede. Esa incertidumbre tiene que ver, por un lado, con las crisis económicas que vamos arrastrando y que impiden a muchos hombres ejercer ese rol de proveedor principal. Por otro lado, tiene que ver con los cambios sociales, como los avances feministas, LGTBI o antirracistas.

Ese relato busca un chivo expiatorio, que son las mujeres feministas, las personas LGTBI, las personas racializadas, la población migrante… a quienes se señala como culpables de esa pérdida de posición social que experimentan esos hombres. En lugar de plantear una explicación más estructural de lo que está pasando este relato les permite culpar a colectivos concretos y construyen a estos grupos como la gran amenaza. El victimismo, que es algo que se ha visto tradicionalmente como algo femenino y que te devalúa socialmente, se resignifica y se masculiniza y les hace sentirse reconfortados en esa idea de la masculinidad agraviada.

¿Hasta qué punto cree que tiene que ver la irrupción de la extrema derecha en los parlamentos y de su discurso negacionista de la violencia machista y de señalamiento del colectivo LGTBI con esta violencia que vemos, desde las agresiones a acciones como el ataque a un mural feminista?

Los valores machistas y la LGTBIfobia, el racismo y la xenofobia preexisten antes del surgimiento de Vox, pero lo que hace su irrupción en el panorama político y en las instituciones es azuzar y exacerbar, con mucha visibilidad mediática, ese tipo de valores y discursos. La estrategia de Vox se ubica en la práctica mas populista que trata de movilizar emociones muy viscerales, como son la ira o el miedo, hacia los sujetos disidentes: las feministas, las personas migrantes… Ese discurso que intenta movilizar desde lo más emocional nutre el caldo de cultivo para esta violencia y le da legitimidad. Otro elemento que impacta es que el PP tampoco cuestiona ese discurso, con lo cual la derecha tradicional también se radicaliza en ese sentido.

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Maternidad & Neoliberalismo: Madre solo hay una (y, al paso que vamos, pronto, ninguna)

01/08/2021 by Vitalio Deja un comentario

Por: Pilar Aguilar

 

 

Como bien sabemos, durante siglos y siglos las mujeres han estado condenadas a la maternidad. Y digo condenadas porque, lo quisieran ellas o no, tal era su sino, su función social: casarse y tener hijos. ¿Cuántos?.

“Todos los que dios quisiera” pues, según la Iglesia católica, el único fin de la sexualidad es la procreación. En consecuencia, usar métodos anticonceptivos equivale a boicotear los planes divinos (¡!¡¡). Para Roma, el placer por el placer constituye un pecado, aunque, claro está, la “carne es débil”. Ojo, la carne viril, por supuesto. La de las mujeres es solo el receptáculo -tanto en su variante matrimonial como en su variante prostituyente- de la “debilidad” masculina.

A medida que la iglesia fue perdiendo poder (en la mente de las personas, pues en el plano político y económico lo sigue teniendo) el control de la natalidad aumentó. Actualmente, solo un reducidísimo club de superfans tiene “los hijos que dios les manda”.

Por otra parte, el feminismo peleó y sigue peleando por la conquista de los derechos de las mujeres y, entre ellos, la capacidad de autogobernar nuestras vidas, nuestro cuerpo, nuestro placer y, por supuesto, la decisión de tener hijos o no.

Queda mucho camino por recorrer, pero hoy, una mujer puede, sin que la lapiden, decir que no quiere ser madre.

Desde finales de los 60, en España, el índice de natalidad empezó a descender de manera continua. Ahora, como consecuencia de la pandemia, se ha desplomado. Así, entre diciembre y enero se inscribieron 13.141 bebés menos que el año anterior, una caída del 23%. Según el Instituto Nacional de Estadística (INE), es la más radical desde que se tienen registros.

Ante estos datos, las alarmas se disparan.

Pero observamos que, al hablar del problema, los medios evocan en abstracto las “consecuencias sociales y también psicológicas de la pandemia”. Rara vez analizan este fenómeno poniendo el foco en las circunstancias y los condicionantes concretos que viven la mayoría de las mujeres.

¿Baja el índice de natalidad porque las mujeres deciden libremente no tener hijos? nada de objetar. Pero, nosotras, las feministas, nos tomamos muy en serio lo que significa “libremente”. No tragamos la “libertad” promocionada por el neoliberalismo. La libertad solo existe cuando no hay amenazas, sanciones, chantajes, miedos, necesidad…

Curiosamente, tres de cada cuatro españolas dicen querer tener al menos dos hijos. Concluimos, pues, que la baja natalidad no se origina en la libre elección. Las razones son otras.

Miramos los índices de paro. Sabemos que, “normalmente”, las mujeres lo padecen en mayor medida que los hombres, pero, cuando se destruyen empleos, como está ocurriendo con la pandemia, para ellas es una hecatombe. Según el INE, la tasa de paro actual de los hombres es del 14,07 frente al 18,13% de las mujeres. Cuatro puntos porcentuales más…

Cabe preguntarse ¿quién se lanza a tener hijos careciendo de empleo estable?

La discriminación en la contratación y promoción de mujeres es notoria y todo el mundo la conoce, salvo, según parece, quienes deben cortar tales prácticas.

Así, recientemente, he sabido de este caso: una empresa necesitaba un/a conserje. En opinión de quienes debían decidir, había una candidata adecuada, pero desde “instancias superiores” llegó la consigna -no escrita, por supuesto, para no dejar huellas- de que, dada su edad, se “corría el peligro” de que pudiera quedarse embarazada. Resultado: el trabajo fue para otro candidato, un joven de 25 años… ¿Tiene edad para ser padre? Sí, pero, aunque en teoría el permiso de paternidad se distribuye entre padre y madre ¿alguien duda de quiénes mayoritariamente cargan con la crianza? O ¿alguien duda de que a ningún atleta le va a ocurrir lo que a Ona Carbonell ante los Juegos de Tokio?

¿Alguien se pregunta -de buena fe- por qué se está retrasando cada vez más la edad de la primera maternidad? (ahora ya está en 32,3 años).

Sí, la ley prohíbe discriminar laboralmente a las madres o futuras madres, pero todo el mundo sabe que se practica de mil maneras. Entonces, la pregunta es ¿qué disposiciones toman los poderes públicos para acabar con esas triquiñuelas?

Pues Díaz Ayuso, en una más de sus ayusadas, constituyó una comisión para “diseñar una estrategia regional para fomentar la natalidad” ¿Quién cree que de esa comisión -compuesta por 17 hombres y 5 mujeres- van a salir medidas efectivas?

Irene Montero criticó tan aberrante composición (bien por esa crítica) y, además, twiteó: “la natalidad se fomenta con vivienda, empleo digno y escuelas infantiles”. Estoy de acuerdo, pero me pregunto: ¿a quién se lo dice? ¿No se ha enterado de que es ella la Ministra de Igualdad? Claro, ser ministra no significa tener una varita mágica que solucione los problemas, pero, si eres ministra, debes decir: “Para fomentar la natalidad, estamos trabajando en solucionar los problemas de vivienda, empleo digno y escuelas infantiles. Sabemos que, lamentablemente, no podremos cambiar la situación de manera radical y en un plis-plas, pero estos son los pasos que ya hemos dado y estos los que vamos a dar; estas las medidas que estamos negociando con tales y cuáles ministerios”.

Porque, si no, cabe preguntarse ¿a quién le está echando el sermón?

Conclusión: para que las mujeres que desean ser madres den el paso, se requieren cambios reales. Ahora mismo, incluso muchas que ya tienen hijos, deben estar arrepentidísimas. Máxime cuando sabemos que la pandemia ha agravado no solo el paro sino la carga mental y física y el estrés de las madres. Porque sí, cierto, toda la sociedad ha padecido el shock traumático, pero los estudios demuestran que, durante el confinamiento, han sido mayoritariamente ellas quienes se han encargado de las teleclases y los teledeberes de los hijos, de entretenerlos y calmarlos. Son ellas las que han servido de “saco de boxeo” para que los demás miembros de la familia descargaran su frustración y mal humor.

Las feministas pedimos, pues, que los poderes públicos se dejen de cuentos y de lamentos y tomen medidas. YA.

Fuente: https://tribunafeminista.elplural.com/2021/07/madre-solo-hay-una-y-al-paso-que-vamos-pronto-ninguna/

Publicado en: Feminismos

La herida interseccional

19/07/2021 by Vitalio Deja un comentario

Por: María Rodó-Zátare 

                                                                          Interseccionalidad & Desigualdad

Extracto del libro ‘Interseccionalidad. Desigualdades, lugares y emociones’, de María Rodó-Zárate, editado por Bellaterra y prologado por Pastora Filigrana.

El concepto de interseccionalidad, desarrollado por la feministas negras norteamericanas en los años ochenta, trata sobre la interrelación entre diferentes ejes de desigualdad como es el género, la raza/etnicidad, la clase social, la orientación sexual o la edad, entre otras. La motivación del desarrollo del concepto es comprender cómo el heteropatriarcado, el capitalismo, el racismo, la supremacía blanca o el capacitismo se entrecruzan configurando formas concretas de desigualdad, discriminación y violencia en personas posicionadas de forma distinta.

Hacer política interseccional implica reconocer la diferencia y las relaciones de desigualdad y dominación dentro de los grupos oprimidos y entenderla como una fuerza transformadora, pero muchas veces la forma en cómo se gestiona esta cuestión implica una espiral de agresividad que rompe cualquier posibilidad de entendimiento y creación de alianzas. Y en estas dinámicas, la dimensión emocional de la interseccionalidad juega un papel central. Desde una perspectiva de las emociones como prácticas sociales y culturales y no como estados psicológicos (Ahmed, 2017), analizar la dimensión emocional de la interseccionalidad permite vincular las causas estructurales de la desigualdad con la experiencia concreta de ellas, con los malestares, el dolor y las heridas que causa.

Situarse en un marco interseccional en los espacios políticos implica reconocer que todo el mundo sufre opresiones y tiene privilegios y, por tanto, los marcos mentales de «buenos y malos», «oprimidos y opresores» o «víctimas y agresores» en general pierden sentido. Pero este hecho lleva a un contexto de incertidumbre y variabilidad que hace muy compleja la acción política. En un nivel interpersonal es especialmente duro cuando se forma parte de un colectivo político, porque tras un proceso de toma de consciencia política se han podido identificar las causas del propio malestar, ponerle nombre y organizarse para hacerle frente, y de repente alguien coloca a esa persona o grupo en la posición de privilegiada, o de opresora, por otro eje. Y esta dinámica es una fuente de múltiples conflictos políticos y es especialmente dura en los movimientos sociales porque suelen ser espacios donde se quiere estar al lado de los oprimidos.

En ese contexto, aceptar los propios privilegios genera muchas resistencias; a veces puede ser simplemente una posición política reaccionaria, pero muchas veces reconocer privilegios por un eje se confronta con el malestar y el dolor sufrido por otro. Por ejemplo, una mujer cis blanca heterosexual que ha sufrido violencias de género a lo largo de su vida puede ver como un ataque que se la identifique como blanca europea racista. Quizá se ofenda porque no acepta que tenga una actitud racista o unos privilegios en este eje, pero también puede ser porque siente que ponerla en el lado de los privilegiados, los opresores, niega su dolor como mujer, que la invisibiliza y le quita valor político a su experiencia. Supongamos que le han rechazado en trabajos por ser mujer, que se tiene que enfrentar cotidianamente a los comentarios que le hacen hombres por la calle y que tuvo que irse con un amigo a Argentina porque «las chicas no pueden viajar solas». Sin embargo, ella también se beneficia de ser blanca y tener apellidos autóctonos cuando va a buscar trabajo, de ir por la ciudad sin miedo a que la policía le pida los papeles o de tener un pasaporte europeo cuando hace turismo por América Latina. La herida interseccional es eso: tener que confrontar un privilegio cuando se acumula sufrimiento. Es aceptar una posición de opresora o de privilegiada cuando te sientes oprimida. Pero la interseccionalidad muestra que todo esto forma parte de la experiencia simultánea de la opresión y el privilegio y que la existencia de una posición no niega la otra. Es decir, aunque como mujer pueda tener menos libertad para viajar sola, su pasaporte le otorga el privilegio de cruzar fronteras sin demasiados impedimentos. Y aunque se beneficia de ser blanca para encontrar trabajo, tiene más dificultades que un hombre para hacerlo porque es una mujer.

La gestión de estos privilegios es una cuestión compleja que requiere autocrítica y una actitud que implica aprender, no cuestionar, reconocer y actuar. Aprender significa leer y escuchar las voces que hablan en primera persona sobre la opresión que sufren sin cuestionar sus experiencias. Partir de la base de que tu posición te sitúa en un lugar desde el que no puedes comprender bien las dinámicas de la desigualdad por ese eje. Porque no lo has sufrido, porque seguramente no le has prestado atención cuando ocurría en tu entorno y porque a veces cuesta comprender cómo pueden llegar a afectar ciertas actitudes que se pueden considerar menores sobre un dolor acumulado en el tiempo.

El reconocimiento de los propios privilegios es también una cuestión compleja porque muchas veces se relaciona el privilegio con una acción consciente dirigida a subordinar a otra persona, pero los privilegios también vienen dados por unos procesos históricos concretos. Reflexionar sobre ellos implica pensar en cuestiones como si puedes cruzar fronteras libremente, si no tienes miedo cuando te registran en un aeropuerto, si en la tienda de cosmética hay maquillaje de tu color de piel, si en la de ropa hay de tu talla, si no sufres porque te corten la luz en tu casa, si no sufres porque tu lengua desaparezca, si puedes entrar en las salas de teatro porque puedes subir escaleras, si puedes disfrutar de tu sexualidad libremente, si puedes votar en las elecciones de tu país, si no te sientes cuestionada cuando te cambias en el vestuario del gimnasio, si puedes registrar a tu hija sin que te pongan pegas por tu tipo de familia. Estas cuestiones no son privilegios que se ejerzan directamente contra otra persona; son privilegios estructurales e institucionalizados, pero son privilegios de los que nos beneficiamos cotidianamente. Además, difícilmente se puede tener una actitud personal de renuncia a estos privilegios. Y esta cuestión es muy relevante porque vincula las experiencias personales con cuestiones estructurales, con procesos históricos, instituciones y normas sociales que sitúan a las personas en lugares diferentes y generan desigualdades. En este sentido, reconocer los privilegios que vienen dados no está solo vinculado a un cambio de comportamiento, sino a un reconocimiento de la opresión estructural que sufren otras personas. Y que el dolor por una opresión sea reconocido por alguien que no lo sufre es un paso esencial para el establecimiento de alianzas políticas y para el cambio social en general.

Y está también la acción. La acción de renunciar a ciertos privilegios sobre los que sí que se tiene posibilidad de actuación, como levantarse a recoger la mesa, ceder un lugar de visibilidad o poder a una persona en una posición minorizada, o a veces simplemente callarse. También es la acción de dejar de tener actitudes sexistas, homófobas o racistas y apoyar las luchas contra estos sistemas. Una acción que puede ser cotidiana, de revisión de las propias actitudes en la cama, en el trabajo o en el bar, pero también una acción política organizada de apoyo a otras luchas. Un apoyo que no es ponerse delante, sino al lado. Es difundir las ideas, participar en las convocatorias públicas y transformar los espacios donde se tienen privilegios, y no precisamente los espacios donde se organiza la gente que sufre las opresiones. Es decir, como blanca, se trata de difundir las ideas de la lucha antirracista en el lugar de trabajo donde hay una mayoría de personas blancas, no de intentar cambiar las formas de lucha antirracista porque no te parecen las más correctas.

Estos tres puntos, incompletos y simplificados, están relacionados con la gestión de los privilegios. Pero ¿cómo se gestiona la opresión? Una de las cuestiones más complicadas para la gestión de la herida interseccional tiene que ver con la gestión de la rabia y el dolor. Cuando un colectivo identifica una situación de opresión, muchas veces se expresa con rabia. La persona que recibe esta rabia la siente como un ataque, y en lugar de contribuir a reconocer privilegios o actitudes discriminatorias, suele provocar que se cierre y se pierdan las posibilidades de empatizar. Pero la rabia, cuando se habla de opresiones vividas, es una emoción legítima.

Audre Lorde, en un texto titulado ‘The uses of anger: women responding to racism’, reflexiona sobre el uso de la rabia por parte de las mujeres negras en discusiones sobre racismo y afirma que «cualquier discusión entre mujeres sobre racismo debe incluir el reconocimiento y el uso de la rabia (Lorde, 2007 [1984]: 128). Y distingue claramente entre rabia y odio: «El odio es la ira de los que no comparten nuestras metas, y su objetivo es la muerte y la destrucción. La rabia es el dolor por las distorsiones entre iguales, y su objetivo es el cambio» (Lorde, 2007 [1984]: 129). Creo que esta reivindicación de la rabia es central para no deslegitimar luchas por la forma en que se han expresado. Aunque en su texto se centra concretamente en cómo tratar el racismo entre mujeres, la misma lógica se puede aplicar a las discusiones por otros ejes. Además, a las mujeres tradicionalmente se nos ha negado la expresión de la rabia en entornos políticos, así que poder expresarla es también un derecho de quien sufre una opresión.

Lorde añade que la rabia no es solo necesaria para expresar un dolor, sino que también tiene una utilidad. Como afirma, la rabia está «cargada de información y de energía» (Lorde, 2007 [1984]: 127) y es, por tanto, potencialmente transformadora, porque hace que los cimientos de lo ya normalizado comiencen a tambalearse. La rabia empuja a reflexionar sobre el motivo por el que aparece, cuál es la fuente de tanta energía y qué está poniendo de manifiesto, pero también se suele recibir como un ataque o, si se relaciona con las propias actitudes, con la culpa. Sobre este tema, Lorde (2007 [1984]: 130) alerta de que «la culpa no es la respuesta a la rabia; es la respuesta a las propias acciones o a la falta de acción. Si lleva al cambio puede ser útil, ya que deja de ser culpa y comienza a ser conocimiento».

Aceptar que la rabia forma parte de la expresión de la violencia sufrida y de la visibilización de las opresiones es un paso importante para no menospreciar una lucha porque no se expresa en los términos que se consideran adecuados políticamente. Pero a veces esto se opone frontalmente al dolor de quien recibe esta rabia, a la herida interseccional, y el potencial transformador que podía tener la rabia se convierte en una amplificación del sufrimiento.

Siguiendo con el caso mostrado antes —que a la chica le digan con rabia que es una privilegiada porque va por las calles de su ciudad sin miedo a que la identifiquen porque es blanca— se opone frontalmente a su experiencia y puede vivirlo como una falta de reconocimiento de su propia opresión, de su propio dolor y del malestar que sí sufre como mujer en el espacio público. Estas situaciones a veces se gestionan diseccionando quién está peor o quién sufre más, una dinámica que generalmente es impracticable y que políticamente no lleva a ningún lugar. ¿Peor en qué sentido? ¿Se puede valorar objetivamente el dolor sufrido y compararlo entre personas? ¿Y en el caso de que se pudiese, significa que un dolor es menos importante porque es menos intenso que el que sufre otra persona?

Es en la gestión de estas heridas interseccionales donde creo que a la rabia se le debe añadir el cuidado. La rabia es legítima, necesaria y puede ser muy transformadora, pero una práctica política feminista e interseccional también debe tener en cuenta el cuidado. En un marco interseccional se debe entender que todo el mundo tiene privilegios y que estos no se pueden lanzar contra las otras personas como un arma arrojadiza. En un marco interseccional también se debe entender que la persona que recibe la rabia puede llevar consigo importantes cargas de dolor y que también necesita reconocimiento. Es imprescindible saber contra quién o contra qué se está dirigiendo la rabia y cómo puede estar amplificando el dolor por otra opresión. Es necesario estar constantemente reflexionando sobre las propias opresiones y los propios privilegios, pero también haciendo un ejercicio de empatía cuando la rabia es expresada entre iguales, dentro de un espacio político donde hay una voluntad de transformación, pero donde se debe trabajar desde la diferencia. Y no estoy tampoco hablando de tener que explicar pedagógicamente las opresiones que se viven para que las personas que no las viven las entiendan. La actitud pedagógica puede ser útil y valiosa, pero no se puede exigir a quien sufre una opresión que esté constantemente justificándose o que tenga las herramientas para explicar las causas con evidencias y argumentos convincentes. Me estoy refiriendo a que, en un marco interseccional, una posición de opresión no se tendría que utilizar como autoridad moral. Vivir una opresión proporciona una perspectiva epistémicamente privilegiada para hablar sobre esta, pero no para hablar de todo ni en nombre de todo un grupo social.

Sobre este punto, la feminista Negra norteamericana Patricia Hill Collins (2000) afirmaba que la interseccionalidad justamente cuestiona las aproximaciones aditivas que consideran que las mujeres negras tienen una perspectiva más verdadera o más precisa para entender la opresión que la que podemos tener otros grupos. Collins, en su articulación de una epistemología afrocéntrica, argumenta que su voluntad no es la de defender que la posición de las mujeres negras es epistémicamente mejor que la de otros colectivos, sino que las mujeres negras se encuentran en una posición social concreta y parcial desde la que pueden establecer conexiones con otras epistemologías. En este sentido, rechaza aproximaciones sobre la opresión que consideran que cuantas más posiciones de desventaja se tienen, más subordinado es el grupo y más preciso es el punto de vista que se tiene.

Creo que esta tendencia consistente en cuantificar la opresión y creer que cuanto más oprimido se está, más razón se tiene, es uno de los obstáculos principales para la construcción de alianzas. Más que si la política se basa en las identidades o no, el problema es si esta identidad se convierte en una trinchera. Es decir, el problema es cuando la propia identidad no es un punto de partida sino un punto de llegada, cuando no se parte de la propia experiencia para caminar juntas sino cuando la defensa de la propia posición es la finalidad política misma. Las experiencias de opresión son importantes fuentes de conocimiento y es importante que esto se reconozca, pero no se pueden convertir en espacios de repliegue. La lógica interseccional muestra que estas experiencias de opresión están también configuradas por posiciones de privilegio, que otras personas no tienen, y lanzar las posiciones de opresión como armas arrojadizas contra personas que no sufren aquellas experiencias concretas implica, por un lado, un no reconocimiento de las posibles experiencias de opresión de las otras personas, y por el otro, un no reconocimiento de las propias posiciones de privilegio.

A veces, esta tendencia a lanzar las posiciones de opresión como si fuesen dardos es consecuencia de la herida interseccional, por haber sido identificada como opresora y haber sentido que tu sufrimiento no es reconocido. Es entonces cuando el propio sufrimiento se lanza como un dardo y se da un repliegue identitario, y por eso creo que es importante romper estas tendencias incluyendo la política del cuidado en la identificación de privilegios. El sufrimiento tendría que poder servir como puente para la empatía, no como muro para separarnos.

Además, si se entiende que la liberación de un grupo está vinculada a la liberación de otro, atrincherarse en la propia opresión no solo refuerza los otros ejes de desigualdad, sino que también refuerza el propio. Al final, es necesario ser conscientes de que todo el mundo tiene un punto de partida diferente y que lo interesante es ver hacia dónde queremos ir. Como decía Audre Lorde: ser mujeres juntas no era suficiente. Éramos diferentes. Ser chicas lesbianas juntas no era suficiente. Éramos diferentes. Ser negras juntas no era suficiente. Éramos diferentes. Ser bolleras negras juntas no era suficiente. Éramos diferentes. […] Tardamos un poco hasta darnos cuenta de que nuestro lugar era precisamente la casa de la diferencia, más que la seguridad de una diferencia concreta (Lorde, 1982: 226).

Quizá se puede pensar en la diferencia como un lugar donde estar y no del que marcharse. No verla como amenaza sino saber gestionarla interseccionalmente y aprender a vivir en la diferencia.

Fuente:https://www.pikaramagazine.com/2021/05/la-herida-interseccional/

Notas-Referencias

Ahmed, Sara (2017), La política cultural de las emociones, Ciudad de México: Centro de Investigaciones y Estudios de Género UNAM.
Collins, Patricia Hill (2000), Black feminist thought: knowledge, consciousness and the politics of empowerment, 2a edición, Londres: Routledge.
Lorde, Audre (1982), Zami, a new spelling of my name, Trumansburg: Crossing Press.
Lorde, Audre (2007 [1984]), Sister outsider: essays and speaches, Trumansburg: Crossing Press.

Publicado en: Feminismos

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