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Psicogenealogía del miedo al decrecimiento

30/07/2023 by Vitalio Deja un comentario

Por: Gil-Manuel Hernandez i Martí 

Por qué la idea del decrecimiento puede provocar miedo en extensas poblaciones asalariadas de los países del centro del sistema.

Sabemos que las élites que viven del capitalismo fosilista son las primeras interesadas en rechazar, estigmatizar y denigrar la propuesta del decrecimiento, pues también niegan o minimizan el colapso ecosocial al que esta propuesta intenta dar una respuesta efectiva. Esto se debe a que el capitalismo depende del crecimiento constante para maximizar sus ganancias y mantenerse vivo, por lo que el decrecimiento representa su mayor obstáculo. Es comprensible, entonces, que los sectores dominantes lo desprecien o lo ignoren.

Sin embargo, también es cierto que una gran parte de las clases populares de los países con altos ingresos puede mostrar resistencia y temor a las propuestas decrecentistas, pese a los indudables beneficios ecológicos y sociales que aquellas pueden aportar. Hasta el punto de apoyar por defecto a las fuerzas neoliberales que promueven las supuestas virtudes del crecimiento constante.

Se trata de una narrativa potente y persuasiva, hecha desde el poder, pero las poblaciones mencionadas le dan su consentimiento al estar convencidas de pertenecer a la próspera “clase media” del mundo rico. En realidad, estas personas enfrentan numerosos problemas, todos ellos con raíces sistémicas, aunque se aferran a la comodidad de lo “normal”, a un pasado añorado de seguridad material o a la esperanza de que las múltiples crisis actuales serán superadas. Es cierto que hay  indignación y protestas recurrentes, pero por lo general las masas de asalariados respiran literalmente la asfixiante atmósfera capitalista. Se sienten ansiosas, decepcionadas, cansadas, y les resulta muy complicado tomar distancia crítica, pues bastante tienen con “ir tirando”.

La psicogenalogía y el trauma de la pobreza

La razón del miedo al decrecimiento que quiero destacar remite a lo que estudia la psicogenealogía. Se trata de una disciplina que explora cómo las experiencias y eventos vitales más cruciales de nuestros antepasados pueden influir en nuestra forma de pensar y actuar en la actualidad. La psicogenealogía sostiene que los traumas, secretos y conflictos no resueltos de nuestros antecesores pueden transmitirse a través del inconsciente familiar de generación en generación, impactando nuestras vidas de diversas maneras. La psicogenealogía utiliza diversas herramientas, métodos y enfoques, que orbitan alrededor del trabajo con el árbol genealógico. Se busca revelar las conexiones ocultas entre las vivencias traumáticas del pasado y las dificultades actuales, brindando la oportunidad de sanar y transformar patrones negativos o limitantes.

Una gran parte de las clases populares de los países con altos ingresos puede mostrar resistencia y temor a las propuestas decrecentistas, pese a los indudables beneficios ecológicos y sociales que aquellas pueden aportar

Los padecimientos, miedos y traumas de los antepasados afectan a las nuevas generaciones en una línea hereditaria directa, tanto física como psíquicamente. Así lo han demostrado diversos estudios a lo largo de los últimos años sobre guerras, catástrofes, matanzas, torturas, privaciones, sufrimientos y otras conmociones que son capaces de trascender, arraigándose en el inconsciente del ser humano. Hasta el punto de que la emergente ciencia de la epigenética ha confirmado que esas conmociones han producido cambios heredables en la expresión de genes, que no implican modificaciones en la secuencia de ADN, pero que tienen importantes impactos en la salud física y mental de los individuos.

Es importante recordar que la pobreza, la explotación, la vulnerabilidad y la miseria han sido experiencias cotidianas para las clases trabajadoras (campesinos, artesanos, obreros) en el Occidente moderno capitalista desde los inicios de la Revolución Industrial hasta prácticamente la mitad del siglo XX. Hambrunas, enfermedades, guerras, genocidios, precariedad material,  emigración forzosa, analfabetismo y explotación acompañaron el ascenso y desarrollo del capitalismo, basado en la acumulación por desposesión y la destrucción del procomún.

Dichas experiencias, agravadas por el modelo patriarcal de sociedad en el caso de las mujeres, se ha ido manifestando, generación tras generación, en problemas personales y familiares, que evocan un horizonte vital de abandono, violencia, necesidad material, exclusión social y la ausencia de esperanza. Si consideramos las generaciones que vivieron durante la configuración de las llamadas clases medias modernas, existe un período histórico marcado por privaciones severas y catástrofes, como las guerras mundiales, los genocidios o la Gran Depresión. Eventos que dejaron una profunda huella en el inconsciente colectivo, transmitiendo una traumática herencia en forma de temerosa aversión a la pobreza y a la miseria.

Tras el final de la Segunda Guerra Mundial y en el contexto de Guerra Fría, el capitalismo consintió en moderar su margen de beneficio a cambio de paz social. Se inició un período de relativa estabilidad y avance económico, unos años de Estado del Bienestar y euforia desarollista que parecían consolidar un benigno modelo de crecimiento permanente en el Primer Mundo. Aunque dicho bienestar se consiguiera a costa del malestar de los territorios periféricos del sistema, o aunque la escasez artificial haya sido inducida por el capitalismo mediante el consumo masivo para seguir creciendo, lo relevante es que las idealizadas clases medias de los países ricos han disfrutado de un oasis temporal de prosperidad y estabilidad económica, traducido en una sensación de seguridad existencial.

Tras un periodo de prosperidad que ahora se considera un breve paréntesis en la historia, parece que nadie está dispuesto a volver a enfrentarse a la privación o a permitir que sus hijos tengan una vida peor que la de sus padres

Parecía que las pesadillas asociadas a la pobreza y el “subdesarrollo” estaban felizmente superadas, pero la ofensiva neoliberal orientada a asegurar un nuevo ciclo de acumulación capitalista a partir de los años 80 del pasado siglo, con su agresivo ataque a las conquistas y derechos sociales, ha hecho realidad el temor a la vuelta a la precariedad. Especialmente tras la crisis económica de 2008 y las políticas de “austeridad”, que tanto ha recortado el gasto público en bienes sociales y protección social, mientras las élites se enriquecían aún más.

Mi planteamiento es que la convergencia de diversos factores, como el aumento de la desigualdad social, la disolución de las clases medias, el deterioro de las condiciones materiales de vida, el declive energético, la crisis ecológica y la pandemia de 2020, junto con las preocupaciones sobre el futuro de las generaciones venideras, podría estar reabriendo antiguas heridas que nunca sanaron por completo. Esto estaría provocando la reactivación de temores arraigados en el inconsciente colectivo, relacionados con traumas históricos asociados a la pobreza, heredados de las generaciones anteriores. Tras un periodo de prosperidad que ahora se considera un breve paréntesis en la historia, parece que nadie está dispuesto a volver a enfrentarse a la privación o a permitir que sus hijos tengan una vida peor que la de sus padres. Las persistentes protestas populares contra las políticas de austeridad neoliberal son prueba clara de esta inquietud social.

El decrecimiento como terapia colectiva

Ante la magnitud del colapso ecosocial provocado por el necroliberalismo en un contexto de capitalismo crepuscular, con sus posibles derivadas ecofascistas y exterministas, se plantea el decrecentismo como solución o alternativa. Como señala Jason Hickel, el decrecimiento busca una reducción planificada del uso excesivo de energía y de recursos para volver a poner la economía en equilibrio con el mundo viviente de forma segura, justa y equitativa. La idea es acabar y garantizar vidas dignas para todos. Para ello, como subraya Carlos Taibo, en el Norte del planeta hay que reducir inexorablemente los niveles de producción y de consumo, aplicando principios y valores muy diferentes de los que hoy abrazamos, materializados en prácticas como la relocalización, la agroecología, la desindustrialización, la rerruralización y una nueva concepción de los límites.

Sin embargo, pese a la perentoria necesidad del decrecimiento, no debe darse por sentada la colaboración inmediata de la ciudadanía. Más bien al contrario. Las clases medias del mundo rico, al haber disfrutado de décadas de estado del bienestar tras una larga historia de privaciones, experimentan temores profundos y resistencia a realizar lo que pueden interpretar como sacrificios que les  hagan revivir el trauma histórico de la pobreza. Pues subsiste en su inconsciente personal, familiar y de clase un recuerdo intergeneracional de la pobreza, capaz de inducir el miedo ancestral a revivir aquellas dificultades históricas que se consideraban totalmente superadas.

Como subraya Carlos Taibo, en el Norte del planeta hay que reducir inexorablemente los niveles de producción y de consumo, aplicando principios y valores muy diferentes de los que hoy abrazamos

Pese a que es el necroliberalismo la fuente de toda fragilidad, precariedad y vulnerabilidad de esas clases medias desestructuradas, paradójicamente la seguridad y el bienestar anhelados se pueden percibir como amenazados por las propuestas de decrecimiento, lo que desencadena respuestas de resistencia al cambio, azuzadas por la hegemónica narrativa de las élites corporativas. No se trata tanto de una falta de voluntad para abordar cambios necesarios en la forma de vida, sino del impacto emocional de los traumas intergeneracionales de los que no parece existir consciencia. Lo que la psicogenealogía permite entender es que el miedo popular al decrecimiento no debe interpretarse como puramente irracional o políticamente reaccionario, sino como una respuesta psicológica basada en duras experiencias pasadas, que permean los árboles genealógicos y generan respuestas puramente defensivas. Solo entendiendo esto, sin estigmatizar a los que oponen una dolida resistencia, se puede trabajar en la sanación, la transformación de creencias limitantes y el establecimiento de una concepción diferente de abundancia. Y ahí es justo donde entra el juego el decrecimiento como una especie de terapia colectiva.

Si para abordar el trauma hay que encararlo, aceptarlo y atravesarlo, que es lo suele ser común a la psicoterapias personales, el decrecimiento puede ser una suerte de terapia en términos sociales. Si consideramos que el temor de las clases medias venidas a menos es “volver a pasar hambre”, debe explicarse con pedagógica paciencia que el retorno de aquellas a la pobreza sólo se producirá si se persiste en la gestión necroliberal de un colapso descontrolado. En psicoterapia muchas veces se teme más a la terapia en sí que a lo que esta pretende sanar. En ese sentido, el decrecimiento puede ser la forma de afrontar el trauma heredado y superarlo, pues como señala Hickel, implica una descolonización mental. Solo así se puede contribuir a diluir el conjunto heredado de pánicos, creencias limitantes, sentimientos de culpa, insatisfacciones, frustraciones, amarguras y pérdidas.

En el Siglo de la Gran Prueba, para allanar el camino hacia una sociedad más justa, resiliente y en armonía con la vida, primero hay que desactivar los miedos que el sistema está encantado de reforzar y reproducir

Si en el ámbito individual la psicogenealogía puede ayudar a explorar y abordar los efectos de los traumas familiares para que sean superados, en el ámbito colectivo el decrecimiento no solo sería la principal estrategia para evitar los peores efectos del colapso y generar una transición ecológica justa, sino un remedio necesario para afrontar y desarticular los arraigados fantasmas del pasado. En el Siglo de la Gran Prueba, para allanar el camino hacia una sociedad más justa, resiliente y en armonía con la vida, primero hay que desactivar los miedos que el sistema está encantado de reforzar y reproducir. Hay que atreverse a decrecer materialmente para que también decrezcan, y al final desaparezcan, los opresivos lastres generacionales con los que nos ha ido haciendo cargar el sistema. Cuando cada vez más gente descubra que el decrecimiento es la fórmula para desprenderse de aquellos viejos temores, sanar colectivamente y avanzar hacia el buen vivir, quizás todo sea mucho más fácil.

Publicado en: Economía, titular2

Rusia: Las jornadas de julio

30/07/2023 by Vitalio Deja un comentario

Por: Daniel Gaido

      Los bolcheviques querían evitar el destino de la Comuna de París. Es por eso que no tomaron el poder en julio de 1917.

Rusia tenía una población de más de 165 millones en 1917, mientras que Petrogrado tenía una población de 2,7 millones. Petrogrado tenía aproximadamente 390.000 obreros, de los cuales alrededor de un tercio eran mujeres, y la guarnición de Petrogrado abarcaba entre 215.000 y 300.000 soldados, a los que deberían agregarse los alrededor de 30.000 marineros y soldados de la base naval de Kronstadt, en la cercana isla Kotlin.

Después de la Revolución de Febrero, que dio como resultado la abdicación del zar Nicolás II, los soviets, bajo la dirección de los mencheviques y socialistas revolucionarios, cedieron graciosamente el poder a un Gobierno Provisional burgués no electo que continuaba la guerra imperialista y posponía la reforma agraria hasta la elección de una Asamblea Constituyente en un futuro indefinido.

Sin embargo, dado que los mismos soviets habían ordenado la elección de comités de soldados en el ejército y les habían dado instrucciones de desobedecer todas las órdenes de los oficiales contrarias a los decretos emitidos por el Soviet de Diputados de los Trabajadores y de los Soldados, el resultado final fue la temblorosa estructura de doble poder, signada por constantes crisis gubernamentales.

La primera de dichas crisis, sobre la continuación de la participación de Rusia en la guerra imperialista, estalló en abril de 1917 y resultó en la expulsión del Gobierno Provisional de los principales líderes políticos burgueses, Pavel Miliukov del Partido Kadete (Partido Constitucional Demócrata) y de Alexander Guchkov, del Partido «Octobrista».

La crisis de abril proporcionó una prueba evidente de la impotencia del Gobierno Provisional en la guarnición de Petrogrado, porque las tropas respondieron a la autoridad del Comité Ejecutivo del Soviet de Petrogrado en lugar de responder al General Kornilov, entonces comandante del Distrito Militar de Petrogrado.

La orden No. 1 del Soviet de Petrogrado, emitida el 14 de marzo de 1917. La orden llama a las unidades a elegir comités de soldados, a enviar representantes al Soviet y a obedecer a sus oficiales y al gobierno provisional solo si sus órdenes no contradecían los decretos del Soviet de Petrogrado. Todas las armas debían ser entregadas a los comités de soldados «y de ninguna manera serán entregadas a los oficiales, ni siquiera ante su insistencia».

La crisis de abril derribó al Primer Gobierno Provisional y dio lugar a la formación de un segundo gobierno, que fue también el Primer Gobierno de Coalición, y que incluía nueve ministros de los partidos burgueses y seis de los partidos «socialistas».

El Primer Ministro y Ministro del Interior seguía siendo un príncipe con el nombre de Georgy Lvov, pero la estrella ascendente y candidato a Bonaparte era el Ministro de Guerra y de la Marina de Guerra Alexander Kerensky, miembro de la organización trudovique (una escisión de los socialistas revolucionarios que se opuso al boicot por éstos de las elecciones a la Primera Duma).

El gabinete también incluía a los mencheviques Irakli Tsereteli como Ministro de Correos y Telégrafos y a Mijail Skobelev como Ministro de Trabajo, así como al «teórico» de los socialistas revolucionarios, Víctor Chernov, como Ministro de Agricultura, y a su compañero de partido Pavel Pereverzev como Ministro de Justicia.

El Partido Bolchevique a mediados de 1917

El partido bolchevique experimentó múltiples sacudidas de febrero a junio de 1917. Inicialmente se opuso a las manifestaciones del Día Internacional de la Mujer que condujeron al estallido de la Revolución de Febrero (el 23 de febrero en el calendario Juliano era el 8 de marzo en el calendario gregoriano), luego experimentó un agudo giro a la derecha a mediados de marzo, cuando el trío formado por Kamenev, Stalin y Muranov regresó de Siberia y tomó el control del órgano partidario, Pravda, que comenzó a abogar por un apoyo crítico al gobierno provisional, el rechazo de la consigna «Abajo la guerra» y el fin de las actividades desorganizadoras en el frente.

Esta posición contrastaba fuertemente con las opiniones expresadas por Lenin en sus «Cartas desde lejos», y por lo tanto no es sorprendente que Pravda publicara solo la primera de ellas, y además censurada. Según el testimonio de Alexander Shlyapnikov:

El día de la primera edición de «Pravda reformado» —el 15 de marzo— fue un día de júbilo para los defensistas. El conjunto del Palacio Táuride, desde los miembros del Comité de la Duma al Comité Ejecutivo del Soviet —el corazón mismo de la democracia revolucionaria— se llenó con la misma noticia: la victoria de los bolcheviques moderados y razonables sobre los extremistas. En el Comité Ejecutivo del Soviet nos recibieron con sonrisas venenosas.

Fue la primera y única vez que Pravda recibió la aprobación del ala defensista, incluso de los más reaccionarios. Cuando ese número de Pravda fue recibido en las fábricas, causó perplejidad entre los miembros y simpatizantes de nuestro partido y satisfacción entre nuestros oponentes más virulentos. El Comité de Petrogrado, el Buró del Comité Central y el Consejo Editorial de Pravda recibieron muchas interpelaciones (¿qué estaba pasando? ¿Por qué nuestro periódico renunciaba a la línea bolchevique y tomaba la ruta defensista?). Pero el Comité de Petrogrado, al igual que toda la organización, estaba sorprendido por este golpe de timón y, profundamente indignado, culpaba al Buró del Comité Central. El resentimiento en los barrios obreros era muy grande, y cuando los proletarios se enteraron de que Pravda había sido capturado por los tres exlíderes recién llegados de Siberia [Kamenev, Stalin y Muranov], exigieron su expulsión del partido.

Tales eran los puntos de vista de los dirigentes bolcheviques en Petrogrado, cuando el 3 de abril Lenin llegó a la estación Finlandia y al día siguiente presentó ante los delegados bolcheviques a la Conferencia Panrusa de Soviets de Diputados de Obreros y Soldados su famosa «Tesis», las cuales, en contraste con la posición de Kamenev-Stalin sobre la guerra, reafirmaban el llamado anterior de Lenin de rechazar totalmente el «defensismo revolucionario» y abogaban por la fraternización en el frente, adoptando las perspectivas de Trotsky y caracterizando al «momento actual» como una transición entre la primera etapa «liberal-burguesa» de la revolución y la segunda etapa «socialista», durante la cual el poder sería transferido a manos del proletariado.

En cuanto al Gobierno Provisional, las tesis de Lenin rechazaban la fórmula de «apoyo limitado» de Stalin-Kamenev y pedían en cambio el rechazo total del Gobierno Provisional, descontando como absurda la posibilidad de reunificación con los mencheviques. El principal eslogan bolchevique desde entonces sería la transferencia de todo el poder a los soviets, lo que daría como resultado el armamento del pueblo, la abolición de la policía, el ejército y la burocracia estatal, la confiscación de todas las propiedades de los terratenientes y la transferencia del control sobre la producción y distribución de bienes a manos de los trabajadores. En la Séptima Conferencia de Rusia del POSDR(b), que se reunió en Petrogrado del 24 al 29 de abril, las posiciones de Lenin sobre el Gobierno Provisional y sobre la guerra obtuvieron el apoyo de la mayoría.

Los miembros del Partido Bolchevique en el momento del derrocamiento del zar eran muy escasos. En febrero había unos 2.000 bolcheviques en Petrogrado, es decir, los bolcheviques constituían entonces alrededor del 0,5 por ciento de la clase obrera industrial de la capital.

En la apertura de la Conferencia de abril, la afiliación al partido de la ciudad había aumentado a 16.000. A finales de junio había llegado a 32.000, mientras que 2.000 soldados de la guarnición se habían unido a la Organización Militar Bolchevique y 4.000 soldados se habían asociado al «Club Pravda», un club «no partidario» de personal militar operado por la Organización Militar Bolchevique.

Este crecimiento masivo de la militancia partidaria fue acompañado por una transformación en la composición de la organización partidaria de Petrogrado, cuyas filas se inflaron con reclutas impetuosos que sabían poco de marxismo y estaban sobre todo sedientos de acción revolucionaria.

A este reclutamiento sobre una base individual debe agregarse la incorporación al Partido Bolchevique de organizaciones prexistentes. El 4 (17) de mayo, un día antes de la formación del Gobierno de la Primera Coalición, León Trotsky regresó del exilio. Sus posiciones ahora coincidían con las de Lenin, y por lo tanto comenzó a trabajar con el Partido Bolchevique junto con su organización, la «Organización Interdistrito» de Petrogrado, un grupo de unos 4.000 militantes formado en noviembre de 1913 que se fusionó con el Partido Bolchevique en su sexto congreso, celebrado a fines de julio y principios de agosto de 1917.

Pero, no obstante el crecimiento exponencial de la afiliación partidaria, los bolcheviques todavía eran una minoría relativamente pequeña dentro del país a mediados de 1917: los bolcheviques obtuvieron el 9,63 por ciento de los delegados en el Primer Congreso Panruso de Soviets de Diputados Obreros y Soldados que se reunió en Petrogrado del 3 de junio al 24 de junio de 1917. Este congreso nacional soviético incluyó 1.090 delegados, 822 de ellos con derecho a voto, lo cuales representaban a 305 soviets de trabajadores, soldados y campesinos, y a 53 soviets regionales, provinciales y de distrito. La distribución de los delegados por partido era la siguiente: 285 socialistas revolucionarios, 248 mencheviques, 105 bolcheviques, 32 mencheviques internacionalistas y otros.

En dicha época existían en Petrogrado tres organizaciones distintas del Partido Bolchevique: el Comité Central de nueve hombres, elegido a fines de abril de 1917; la Organización Militar, bajo la dirección de N.I. Podvoiski y V.I. Nevsky; y el Comité de Petersburgo, cada una de ellas con sus propias responsabilidades. Dichas organizaciones sometían al partido a presiones diferentes y a veces conflictivas. El Comité Central, que tenía que tomar en consideración la situación de todo el país, debía a menudo contener a las organizaciones más radicalizadas de la capital.

Preparando el escenario

Una manifestación armada prevista para el 10 de junio por iniciativa de la Organización Militar bolchevique como expresión de oposición masiva a los preparativos del Gobierno Provisional para una ofensiva militar, y en particular a los intentos de Kerensky de reinstaurar la disciplina militar y a las crecientes amenazas de traslados al frente, tuvo que ser cancelada a último momento debido a la oposición del Congreso de los Soviets. En el momento de la abortada manifestación del 10 de junio, algunos elementos del Partido Bolchevique, particularmente en el Comité de Petersburgo y en la Organización Militar (en contraposición al Comité Central y a Lenin), la consideraron una oportunidad potencial para un levantamiento en la capital.

Lenin tuvo que comparecer en una reunión de emergencia del Comité de Petersburgo celebrada el 11 de junio a fin de defender la decisión del Comité Central de cancelar la manifestación armada. Explicó que el Comité Central no podría haber actuado de otra manera debido a la orden formal del Soviet que prohibía la manifestación y porque habían sabido de fuentes confiables que la contrarrevolución pretendía hacer uso de la manifestación. Lenin agregó:

Incluso en la guerra a veces sucede que las ofensivas programadas deben ser canceladas por razones estratégicas, y es tanto más probable que esto ocurra en la guerra de clases. (…) Es necesario analizar la situación y ser audaz en las decisiones.

Después de la cancelación de la manifestación del 10 de junio, el Congreso de los Soviets decidió organizar una marcha propia el domingo 18 de junio, en la que todas las unidades militares de la guarnición de Petrogrado debían tomar parte sin armas. Los bolcheviques convirtieron esta idea mal concebida en una masiva manifestación de oposición al Gobierno Provisional, con más de 400.000 participantes.

En sus memorias de la Revolución Rusa, Sujanov recuerda:

Todos los trabajadores y soldados de Petersburgo participaron en ella. Pero ¿cuál era el carácter político de la manifestación? «Bolcheviques», comenté, mirando las consignas, «y detrás de ellos hay otra columna bolchevique» (…). «¡Todo el Poder a los Soviets!», «¡Abajo los diez ministros capitalistas!», «¡Paz a las chozas, guerra a los palacios!»: de esta manera robusta y pesada, el trabajador-campesino de Petersburgo, vanguardia de la revolución rusa y mundial, expresaba su voluntad. La situación era absolutamente inequívoca. Aquí y allá, la cadena de banderas y columnas bolcheviques era interrumpida por consignas soviéticas oficiales y de los Socialistas Revolucionarios. Pero estas estaban sumergidas en la masa; parecían ser excepciones que confirmaban la regla. Una y otra vez, como un inmutable invocación saliendo de las profundidades de la capital revolucionaria, como el propio destino, como la madera fatal de Birnam, avanzaban hacia nosotros: «¡Todo el Poder a los Soviets!», «¡Abajo los diez ministros capitalistas!».

La abortada manifestación del 10 de junio había sido planificada por los bolcheviques junto con la Federación de Anarquistas-Comunistas de Petrogrado, una de las dos principales organizaciones anarquistas que operaban en Petrogrado en el verano de 1917, siendo los anarcosindicalistas el segundo grupo.

En su planificación para la manifestación de junio de 18, el «Comité Revolucionario Provisional» anarquista, acuartelado en la mansión de Durnovo, decidió ser más audaz que los bolcheviques. Irrumpiendo en la prisión de Vyborg, liberaron a F.P. Jaustov, el editor del periódico de la Organización Militar bolchevique en la primera línea, Okopnaia Pravda. En respuesta, el 19 de junio el Gobierno Provisional organizó una incursión en la mansión de Durnovo, matando a Asnin, uno de los líderes anarquistas-comunistas.

Esto, junto con la ofensiva de julio lanzada por Kerensky y la recepción por parte de varios regimientos de la guarnición de Petrogrado de órdenes de entregar armas y hombres, condujo al surgimiento de disturbios entre los soldados y al aumento de la tensión en las unidades militares, particularmente en el Primer Regimiento de Ametralladoras, en el que planes para que un levantamiento inmediato, avivado por los Anarquistas-Comunistas, fueron esbozados ya el 1 de julio.

En la Conferencia Rusa de Organizaciones Militares Bolcheviques, los 107 delegados, que representaban a 26.000 miembros del partido (en su mayoría soldados que se habían unido al partido en 1917), fueron advertidos de no caer en el juego del gobierno, que intentaba empujarlos a una sublevación desorganizada y prematura. En su discurso de Lenin el 20 de junio hizo la siguiente advertencia:

Debemos ser especialmente atentos y cuidadosos para no ser caer en una provocación (…). Un movimiento equivocado de nuestra parte puede arruinarlo todo. (…) Si pudiéramos ahora tomar el poder, es ingenuo pensar que habiéndolo tomado podríamos conservarlo.

Hemos dicho más de una vez que la única forma posible de gobierno revolucionario es un Soviet de diputados obreros, soldados y campesinos.

¿Cuál es el peso exacto de nuestra fracción en el Soviet? Incluso en los Soviets de ambas capitales, para no hablar de los otros, somos una minoría insignificante. ¿Y qué demuestra este hecho? No se puede dejar de lado. Muestra que la mayoría de las masas está vacilando pero todavía cree en los socialistas revolucionarios y los mencheviques.

Este es un hecho básico, y determina el comportamiento de nuestro partido. ¿Cómo podemos empujar a la pequeña burguesía a tomar el poder, si esta pequeña burguesía ya es capaz de hacerlo pero no quiere tomarlo?

No, para tomar el poder seriamente (no mediante métodos blanquistas) el partido proletario debe luchar por la influencia dentro del Soviet, paciente, inquebrantablemente, explicando a las masas día a día el error de sus ilusiones pequeñoburguesas.

Lenin retomó esta idea al día siguiente en un editorial sobre la ofensiva de Kerensky publicado en Pravda:

El ejército marchó a la muerte porque creía que estaba haciendo sacrificios por la libertad, la revolución y la paz temprana.

Pero el ejército lo hizo porque es solo una parte del pueblo, que en esta etapa de la revolución está siguiendo a los partidos socialista revolucionario y menchevique. Este hecho general y básico, la confianza de la mayoría en la política pequeñoburguesa de los mencheviques y los socialistas revolucionarios, que dependen de los capitalistas, determina la posición y la conducta de nuestro partido.

Seguiremos esforzándonos por exponer la política gubernamental, advirtiendo resueltamente a los obreros y soldados, como en el pasado, que no deben centrar sus esperanzas en acciones descoordinadas y desorganizadas.

Pero, en palabras de Trotsky, los obreros y los soldados «recordaban que en febrero sus líderes habían estado dispuestos a batirse en retirada justo en vísperas de la victoria; que en marzo la jornada de ocho horas había sido obtenida por la acción de abajo; que en abril Miliukov había sido expulsado por regimientos que salieron a la calle por iniciativa propia. El recuerdo de estos hechos acentuaba el humor tenso e impaciente de las masas».

Entre los dirigentes a nivel de unidad de la Organización Militar de Petrogrado, el sentimiento en este momento estaba fuertemente a favor de una acción directa inmediata contra el Gobierno Provisional, y muchos miembros del Partido Bolchevique a nivel de distrito ya consideraban inevitable e incluso deseable un levantamiento temprano. La divergencia entre el Comité Central y la Organización Militar en su estimación de la situación revolucionaria y de la fuerza del partido se reflejó en sus respectivos órganos, Pravda y Soldatskaia Pravda.

Justo cuando la ofensiva estaba a punto de colapsar, el Gobierno Provisional experimentó una crisis en torno a Ucrania: cuatro ministros del partido Kadete dejaron la coalición en protesta contra el compromiso alcanzado entre Kerensky y la Rada Central en Kiev sobre la autodeterminación de Ucrania.

La abrupta deserción de los Kadetes dejó al Gobierno Provisional, compuesto ahora de seis ministros «socialistas» y solo cinco «capitalistas», en una posición desorganizada y completamente vulnerable en vísperas de las Jornadas de Julio. Y en el transcurso mismo de las Jornadas de Julio los bolcheviques obtuvieron la mayoría en la sección obrera del Soviet de Petrogrado, un testimonio de su creciente influencia entre las masas.

El levantamiento del 3 de julio de 1917 en Petrogrado

La serie de acontecimientos conocidos como las Jornadas de Julio comenzó con una rebelión del Primer Regimiento de Ametralladoras, apoyada por varias otras unidades militares, el 3 de julio. El estallido del levantamiento encontró a los bolcheviques en la capital celebrando su Segunda Conferencia de la Ciudad de Petrogrado, que se inauguró el 1 de julio en la mansión Kshesinskaia, la sede de los bolcheviques.

Fue solo a último momento que el Comité Central decidió unirse al movimiento, cuando quedó claro que varios regimientos, apoyados por masas de obreros, ya estaban en la calle y que los bolcheviques en todas partes participaban en la manifestación. Se aprobó la recomendación de que las manifestaciones callejeras continuaran el día siguiente bajo los auspicios bolcheviques, pero, aunque se entendía que las manifestaciones estarían armadas, no se dijo nada sobre un levantamiento armado ni sobre la ocupación de edificios gubernamentales. En cambio, la resolución oficial pedía «la transferencia del poder al Soviet de Diputados de Obreros, Soldados y Campesinos».

Así, la Organización Militar Bolchevique asumió el liderazgo de un movimiento callejero que originalmente se había desarrollado fuera de su control. Por otra parte, la erupción de la revuelta desbarató al Partido Bolchevique: aquellos de sus agitadores que obedecían las directrices del Comité Central e intentaban posponer un levantamiento a menudo se encontraron en conflicto, en lugares como la fábrica Putilov y la base naval de Kronstadt, con otros miembros del partido, en particular los pertenecientes a la Organización Militar y al Comité de Petersburgo, que favorecían un levantamiento.

Un partido revolucionario inevitablemente experimenta un crecimiento exponencial durante una revolución: hemos visto que durante el período considerado el Partido Bolchevique en Petrogrado creció 1.600%, desde apenas 2.000 miembros a finales de febrero a 32.000 miembros a finales de junio.

En dichas circunstancias, un partido está casi inevitablemente sujeto a presiones sin precedentes, que se manifiestan con diferentes grados de intensidad en los diferentes órganos del partido, dando lugar a un desorden potencial en momentos críticos. Ningún método organizativo, por más «leninista» que sea, puede evitar que esto ocurra de antemano; el resultado de tales eventos depende de un conjunto de circunstancias, entre las cuales la confianza obtenida por el liderazgo del partido entre sus miembros durante un largo período de tiempo no es la menos significativa.

Esta es la razón por la que la construcción de un partido revolucionario no es una tarea que se pueda emprender en el curso de los acontecimientos revolucionarios mismos, como lo demostrarían posteriormente, por la negativa, los acontecimientos de la Revolución alemana.

Los manifestantes armados del 3 de julio, después de un intento infructuoso de detener a Kerensky, se trasladaron al Palacio Táuride, sede del Comité Ejecutivo Central de los Soviets, con la intención de obligarlo a tomar el poder de manos del Gobierno Provisional. La multitud, estimada en sesenta a setenta mil personas, abrumó las defensas y presentó su exigencia de que todo el poder se transfiriera a los soviets, solo se encontró con una negativa cerrada.

Trotsky capturó la ironía del momento cuando observó que, mientras cientos de miles de manifestantes exigían la transferencia del poder a los líderes de los soviets, éstos buscaban fuerzas armadas para emplear contra los manifestantes. Los mencheviques y los socialistas revolucionarios, después de haber recibido el poder de los obreros y soldados luego de la revolución de febrero, trataban de entregárselo a la burguesía imperialista contra la voluntad de las masas, prefiriendo una guerra civil contra el pueblo a una transferencia sin sangre del poder a sus propias manos.

Cuando los manifestantes de julio se encontraron ante la negativa frontal de los dirigentes soviéticos a prescindir de sus aliados capitalistas (la mayoría de los cuales habían dejado al gobierno por su cuenta) en nombre de la «democracia», la situación llegó a un punto muerto.

«¡Toma el poder, hijo de puta, cuando te lo dan!»

Al día siguiente, 4 de julio, Lenin llegó a Petrogrado desde Finlandia y se dirigió a la mansión Kshesinskaia, donde pronto tuvo que enfrentarse a los marineros de la base naval de Kronstadt, que habían venido armados en una flotilla hacia la capital. El último discurso público de Lenin hasta después de la revolución de Octubre no fue lo que los marineros esperaban escuchar: puso énfasis en la necesidad de una manifestación pacífica, expresó la certeza de que el lema «Todo el poder a los Soviets» eventualmente prevalecería y concluyó pidiendo a los marineros autocontrol, determinación y vigilancia.

De este modo, los acontecimientos de las Jornadas de Julio muestran al Comité Central bolchevique, y particularmente a Lenin, en un rol muy inusual: intentando impedir un levantamiento prematuro en la capital que, de haber tenido éxito, podría haber llevado al aislamiento de los bolcheviques y al eventual aplastamiento de la Revolución Rusa, como ocurrió con la Comuna de París en 1871 y con el Levantamiento Espartaquista en Berlín en enero de 1919.

Una procesión armada de unos sesenta mil hombres se dirigió hacia el Palacio Táuride, solo para ser emboscada por un francotirador en la esquina de las calles Nevsky y Liteiny, y de nuevo en la esquina de las calles Liteiny y Panteleimonov. Pero la mayor cantidad de bajas resultó de enfrentamientos con dos escuadrones de cosacos, los cuales incluso emplearon artillería contra los manifestantes. Para entonces los manifestantes ya habían acumulado varias docenas de muertos y heridos.

Fue después de estas batallas campales que los marineros de Kronstadt, encabezados por el bolchevique Raskolnikov, llegaron al Palacio Táuride, donde fueron recibidos por los soldados del Primer Regimiento de Ametralladoras.

Y aquí, en el Palacio Táuride, sede de la dirección soviética, tuvo lugar uno de los acontecimientos más dramáticos y tragicómicos de la época: el Ministro de Agricultura, el «teórico» de los socialistas revolucionarios, Victor Chernov, fue enviado por los líderes soviéticos para calmar a los manifestantes. Chernov fue arrastrado por la muchedumbre, y un trabajador sacudió su puño ante su cara diciendo: «¡Toma el poder, hijo de puta, cuando te lo dan!».

Chernov fue declarado bajo arresto, llevado a un coche cercano y finalmente salvado solo por la oportuna intervención de Trotsky, quien con extrema dificultad persuadió a los manifestantes para que lo liberaran. Sujanov describió la escena en las siguientes palabras:

La turba estaba en un estado de excitación hasta donde alcanzaba la vista. (…) Todo Kronstadt conocía a Trotsky, y se habría pensado que confiaban en él. Pero Trotsky empezó a hablar y la multitud no se calmó. Si en ese momento se hubiera disparado un tiro por provocación, habría podido ocurrir una tremenda matanza y todos nosotros, tal vez también Trotsky, podríamos haber sido destrozados. Trotsky, excitado y sin encontrar palabras en esta atmósfera salvaje, apenas podía hacer que las filas más cercanas lo escucharan. (…) Cuando trató de liberar a Chernov, encontró una viva resistencia. «Has venido a declarar tu voluntad y a mostrar al Soviet que la clase obrera ya no quiere ver a la burguesía en el poder» (declaró Trotsky). «Pero, ¿por qué herir a tu propia causa con pequeños actos de violencia contra individuos casuales? (…) Cada uno de ustedes ha demostrado su devoción a la revolución. Cada uno de ustedes está dispuesto a dar su vida por ella. Yo sé eso. ¡Dame la mano, compañero! ¡Tu mano, hermano!». Trotsky estiró la mano hacia un marinero que protestaba con especial violencia. Pero éste se negó a responder (…) Me pareció que el marinero, que debía haber oído más de una vez a Trotsky en Kronstadt, ahora tenía una sensación real de que era un traidor: recordaba sus discursos anteriores y estaba confundido. No sabiendo qué hacer, los marineros de Kronstadt liberaron a Chernov.

Chernov regresó al Palacio Táuride y se tomó la revancha escribiendo ocho editoriales contra los bolcheviques, de las cuales el periódico socialista revolucionario, Delo nadora, finalmente publicó cuatro. Pero el Gobierno Provisional en su conjunto, uno de cuyos ministros era Chernov, se vengó de los bolcheviques al día siguiente de una manera mucho más pérfida: lanzando, por iniciativa del Ministro de Justicia P.N. Pereverzev, una campaña de calumnias que describía a Lenin (a quien se había permitido llegar a Rusia viajando por Alemania en un coche sellado) como agente del Estado Mayor alemán.

Triunfo temporal de la reacción

El 5 de julio, el Comité Ejecutivo Central de los Soviets y los funcionarios del Distrito Militar de Petrogrado lanzaron una operación militar para retomar el control en la capital. Las tropas leales al gobierno ocuparon la mansión Kchesinskaia y destruyeron la planta editorial de Pravda. Lenin, que había decidido ocultarse, se les escapó por poco.

Es inútil especular si de haber sido capturado habría sufrido el mismo destino que Rosa Luxemburg y Karl Liebknecht después de la Revuelta Espartaquista, pero una pista sobre lo que podría haberle sucedido es ofrecida por la caricatura publicada en el periódico de derecha Petrogradskaia Gazeta dos días más tarde:

«¿Lenin quiere un alto puesto? ¡Muy bien! ¡Un puesto está listo para él!!!» (caricatura de Petrogradskaia Gazeta, 7 de julio de 1917, con la etiqueta «un alto puesto para los líderes de la rebelión»).

Tropas leales al gobierno también ocuparon la fortaleza de Pedro y Pablo, abandonada por los soldados del Primer Regimiento de Ametralladoras a instancias de la Organización Militar bolchevique. El Comité Central bolchevique también instruyó a sus seguidores para que pusieran fin a las manifestaciones callejeras, invitando a los trabajadores a volver a trabajar y a los soldados a regresar a sus cuarteles.

Mientras tanto, el Gobierno Provisional ordenó la detención de los principales líderes bolcheviques tales como Lenin, Zinoviev (que también pasó a la clandestinidad) y Kamenev, y de los jefes de la Organización Interdistrital Lunacharsky y Trotsky. Aunque algunos de los detenidos, como Trotsky, salieron de la prisión durante el golpe de Kornilov para organizar la resistencia obrera, otros solo serían liberados por la Revolución de Octubre.

Así terminaron las Jornadas de Julio, las cuales fueron, en palabras de Lenin, «mucho más que una demostración y algo menos que una revolución».

Sin embargo, aunque algunos de los principales sus líderes tuvieron que pasar a la clandestinidad y sus periódicos Pravda, Soldatskaia Pravda, y Pravdy Golos fueron clausurados, el retroceso experimentado por el Partido Bolchevique fue de corta duración. El colapso de la ofensiva del Undécimo Ejército en el frente del suroeste ante un masivo contraataque de los ejércitos austro-alemanes y el deterioro de la situación económica hicieron que las consignas bolcheviques conservaran toda su validez.

En consecuencia, los periódicos bolcheviques pronto reaparecieron con títulos ligeramente alterados y los comités del partido también volvieron a ponerse rápidamente de pie. El desarme de las unidades rebeldes ordenado por el gobierno provisional era más fácil de decir que de hacer, y pronto el aplastamiento del golpe de Kornilov en agosto de 1917 revirtió la situación y creó las condiciones para el éxito de la insurrección organizada por los bolcheviques para tomar el poder.

¿Cuáles fueron las lecciones de las Jornadas de Julio para el Partido Bolchevique? Según el libro magistral del que tomamos la mayor parte de los datos de este ensayo, Prelude to Revolution: The Petrograd Bolsheviks and the July 1917 Uprising de Alexander Rabinowitch:

La derrota sufrida por los bolcheviques resultó ser mucho menos grave de lo que cabía esperar. En el momento del abortado golpe de Kornilov, el partido más que recuperó sus pérdidas. El último día de agosto, los bolcheviques resurgidos obtuvieron la mayoría en el Soviet de Petrogrado por primera vez, y apenas dos semanas más tarde Lenin exhortó a los dirigentes bolcheviques de la capital a derrocar al Gobierno Provisional de inmediato. Es significativo que durante la segunda quincena de septiembre y en octubre, cuando el Partido Bolchevique se dividió una vez más en torno a la cuestión de la toma del poder, el alto mando de la Organización Militar insistió en la absoluta necesidad de una cuidadosa preparación antes de tomar la ofensiva contra el Gobierno Provisional. Como la Revolución de Octubre lo habría de demostrar, para el liderazgo de la Organización Militar, como para los bolcheviques de Petrogrado en general, las lecciones de julio no fueron inútiles.

DANIEL GAIDO

Investigador en el Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (CONICET), Argentina.

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Adam Smith: ¿Librecambista o filósofo moral?

23/07/2023 by Vitalio Deja un comentario

Por: Michael Roberts

Este mes se ha celebrado el tercer centenario del nacimiento de Adam Smith. Nadie está muy seguro del día en que nació Smith en junio de 1723, pero los economistas de la Universidad de Glasgow han organizado una serie de eventos y debates sobre las ideas de Smith a lo largo del mes.

Adam Smith se ha convertido en el gurú del «laisser-faire», la economía de libre mercado, el hombre al que los economistas de la Universidad de Chicago como George Stigler y Milton Friedman recurrieron como su mentor teórico para el «libre mercado». Fue elogiado por políticos de derecha del librecambistas como Margaret Thatcher por inspirarlos a adoptar políticas para reducir el tamaño del gobierno y el estado y «dejar que el mercado gobierne» en todos los aspectos de la organización social. Y los economistas globales del libre mercado como Friedrich Hayek y la escuela austriaca de economía librecambista buscaron en Smith su enfoque básico. Incluso hay un “grupo de reflexión” con sede en el Reino Unido que afirma desarrollar una política económica basada en principios claros de «libre mercado». Su lema es «Usar los mercados libres para crear un mundo más rico, libre y feliz».  

Smith escribió dos grandes libros. El primero fue La teoría de los sentimientos morales en 1759 y su segundo, el más famoso, fue La riqueza de las naciones, publicado en 1776. Gracias a ellos se le conoce como «El Padre de la Economía». Y, sin embargo, cualquiera que lea estos dos libros con atención encontrará que Smith no era un furioso evangelista del libre mercado que negase el papel del gobierno o, para el caso, considerase que el comportamiento humano estaba impulsado por el interés propio material y nada más.

Su declaración más famosa fue sobre la llamada «mano invisible del mercado» de La riqueza de naciones: «(Cada individuo) en general, de hecho, no busca promover el interés público, ni sabe cuánto lo está promoviendo… Busca solo su propia seguridad; y al dirigir su actividad de tal manera que su producto pueda ser de mayor valor, solo solo busca su propio beneficio y así, como en otros muchos casos, es conducido por una mano invisible que promueve un objetivo que desconocía».

Smith argumenta aquí que, en la medida que cada individuo persigue su propia actividad económica, el individuo no es consciente de que la combinación de todas estas acciones individuales produce un mercado para la producción y el consumo que no está bajo su control, pero que conduce «invisiblemente» a un mejor resultado para todos. Detrás de esto estaba la gran idea de Smith de que la industria moderna se basa en la división del trabajo: cuando la producción de productos básicos se desglosa en partes discretas donde el trabajo humano se especializa en lugar de que los trabajadores hagan cada parte del proceso, la productividad aumenta y los costes y los precios caen. Marx nos cuenta el lado oscuro de la división del trabajo: la alienación de la humanidad que convierte el trabajo creativo en un trabajo duro y pesado.

Del mismo modo, para Smith, las personas que compiten en el mercado producen un resultado beneficioso para todos. Y de esto surgió la opinión de que «el consumo es el único fin y propósito de toda la producción; y el interés del productor debe ser atendido, solo en la medida en que sea necesario para promover el del consumidor». Esta es la base clásica de la economía neoclásica moderna: basada en el mito de que el consumidor es «soberno».

Smith se oponía firmemente al monopolio, muy abundantes en su tiempo, a menudo controlado por un estado monárquico corrupto. Estos monopolios arruinaban la industria y reducían la iniciativa empresarial y, por lo tanto, la productividad y la prosperidad. En particular, se oponía al mercantilismo, la doctrina del comercio internacional en la que las naciones protegían sus industrias y acumulaban excedentes en lugar de expandir el comercio. Explicó por qué el proteccionismo siempre es contraproducente. «Por medio de cristales, semilleros e invernaderos, se pueden criar uvas muy buenas en Escocia, y también se puede hacer muy buen vino de ellas a unas treinta veces el coste de traer vino igualmente bueno de países extranjeros. ¿Sería una ley razonable prohibir la importación de todos los vinos extranjeros, simplemente para fomentar la elaboración de claret y burdeos en Escocia?»

Es un mito creado por los librecambistas actuales que Smith se opusiera al gobierno y que subordinara el comportamiento moral al interés material. Por el contrario. El economista de Chicago Jacob Viner ( en la década de 1920) lo resumió así:

«Adam Smith no era un defensor doctrinario del laissez faire. Preveyó una amplia y elástica gama de actividades para el gobierno, y estaba dispuesto a extenderla aún más si el gobierno, al mejorar sus estándares de competencia, honestidad y espíritu público, se mostraba tentado de asumir responsabilidades más amplias… Se ha dedicado más esfuerzo a exponer su defensa de la libertad individual que a explorar las posibilidades de satisfacción de servicios a través del gobierno. . . . [pero] Smith vio que el interés propio y la competencia a veces traicionaban el interés público  al que se suponía que debían servir, y estaba dispuesto… a confiar en el gobierno en el desempeño de muchas tareas que los individuos como tales no hacían, no podían hacer o hacían peor. No creía que el laissez faire fuera siempre bueno, o siempre malo. Dependía de las circunstancias; y de la mejor forma que pudo, Adam Smith tuvo en cuenta todas las circunstancias que pudo encontrar».

Se oponía firmemente a la esclavitud. «No hay un negro de la costa de África que no posea un grado de magnanimidad que el alma de su sórdido amo sea capaz de concebir. La fortuna nunca ejerció más cruelmente su imperio sobre la humanidad, que cuando sometió a esas naciones de héroes al rechazo de las cárceles de Europa».

Marx fue un lector atento de La riqueza de las naciones. Reconoció la contribución de Smith en el intento de desarrollar una teoría del valor basada en el trabajo. Como dijo Smith: «El trabajo por sí solo, por lo tanto, nunca varía en su propio valor, es solo el estándar último y real por el cual se puede estimar y comparar el valor de todos los productos básicos en todo momento y lugar. Es su precio real; el dinero es su precio nominal». Pero Marx continuó criticando a Smith por la inconsistencia en su teoría del valor trabajo, ya que Smith volvió a una teoría del valor basada en los «factores de producción», es decir, la renta de los terratenientes, los beneficios de los capitalistas y los salarios del trabajo, en lugar de que todo el valor es creado por el trabajo y luego apropiado por el terrateniente y los capitalista.

Adam Smith tampoco era partidario fanático del libre comercio. Su posición estuvo matizada por el estado de la economía británica en ese momento. Apoyó las Leyes de Navegación, que regulaban el comercio y el transporte marítimo entre Inglaterra, sus colonias y otros países, a pesar del hecho de que exigían que las mercancías se transportaran en barcos británicos, incluso si otras opciones eran más baratas. «La seguridad«, escribió en La riqueza de las naciones, «es de mucha más importancia que la opulencia».

Denunciar las políticas de seguridad deseables como «proteccionistas» era y es muy difícil entonces y ahora. Después de todo, la seguridad del estado capitalista era más importante que el libre mercado en el comercio internacional. Y el «libre mercado» solo se elogia siempre y cuando no reduzca la rentabilidad de la empresa.

Michael Roberts, habitual colaborador de Sin Permiso, es un economista marxista británico, que ha trabajado 30 años en la City londinense como analista económico y publica el blog The Next Recession.

Texto original: https://thenextrecession.wordpress.com/2023/06/29/adam-smith-free-marketeer-or-moral-philosopher/

Traducción: G. Buster

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El fracaso soviético no nos obliga a rechazar el socialismo

23/07/2023 by Vitalio Deja un comentario

Por: Ben Burgis

Como muchos socialistas de todo el mundo, G. A. Cohen depositó en la Unión Soviética sus esperanzas de una sociedad más justa e igualitaria. Con el tiempo, se desilusionó de la URSS, pero nunca dejó de luchar por un mundo mejor.

El número de noviembre/diciembre de 1991 de la New Left Review fue el último antes de la caída de la Unión Soviética. En agosto, la línea dura del Partido Comunista había dado un golpe de Estado sin éxito contra el Primer Ministro Mijail Gorbachov. Boris Yeltsin, que supervisaría la transición de Rusia al capitalismo, estaba ahora al mando, y muchas de las repúblicas miembros de la URSS ya habían declarado su independencia.

Ese número contenía un ensayo del filósofo marxista G. A. Cohen titulado «El futuro de una desilusión». Cohen tardó años en elaborar y reelaborar sus ensayos, y en el momento de su publicación su predicción sobre el inminente colapso soviético estaba a un pelo de ser totalmente redundante. «Parece —escribió— como si la Unión Soviética, o los pedazos en que pronto puede convertirse, abrazarán el capitalismo, o caerán en un severo autoritarismo, o sufrirán ambos destinos».

Resulta que la tercera opción, la más sombría, era la que más se acercaba a la verdad. Puede que la Rusia de Vladimir Putin no sea «severamente» autoritaria en comparación con los capítulos más oscuros de la historia soviética, pero combina un régimen brutalmente antiliberal con un capitalismo gansteril en el que un puñado de oligarcas acapara la riqueza del país.

En su ensayo, Cohen describe su lenta y dolorosa pérdida de fe en la Unión Soviética. Sin embargo, su desilusión con la pretensión de la URSS de encarnar los ideales socialistas nunca se transformó en un rechazo de los propios ideales. Le parecía que las iniquidades del capitalismo no eran menos objetables por el fracaso de la Unión Soviética a la hora de construir una alternativa eficaz y atractiva. La humanidad seguía necesitando algo mejor, y reprendió a sus antiguos «compañeros de viaje» por abandonar la búsqueda.

Moscú y Montreal

Cohen creció en una familia comunista canadiense en Montreal. Como muchos otros judíos comunistas de la ciudad, sus padres le enviaron a la escuela Morris Winchevsky, donde los alumnos aprendían «cosas normales de la escuela primaria por las mañanas» y por las tardes se impartía un plan de estudios mucho menos estándar en yiddish. Incluso cuando sus profesores de la tarde «narraban historias del Antiguo Testamento», Cohen recordaba que las historias estaban “impregnadas de condimentos marxistas vernáculos: nada pesado ni pedante, sólo buen sentido común revolucionario yiddish». Una de las clases se llamaba Geschichte fun Klassen Kamf (Historia de la lucha de clases) y Cohen se alegró de recordar muchas décadas después que sacó «un aleph» en este curso en 1949.

La escuela fue finalmente clausurada tras una redada de la Brigada Roja antisubversiva de la policía provincial de Quebec. A partir de entonces, Cohen, de once años, y sus compañeros tuvieron que ir a escuelas normales no comunistas. Pero él salió al mundo con «un firme apego a los principios que Morris Winchevsky se había propuesto inculcarnos, y con la plena y alegre confianza de que la Unión Soviética estaba aplicando esos principios».

Las primeras grietas en esa confianza se formaron con el «Discurso secreto» del primer ministro soviético Nikita Jruschov ante el XX Congreso del Partido Comunista de la Unión Soviética en 1956. Durante el discurso de cuatro horas, titulado «Sobre el culto a la personalidad y sus consecuencias», Jruschov detalló muchos de los crímenes cometidos por su predecesor, José Stalin. Desde la deportación masiva de nacionalidades enteras a zonas remotas de la URSS hasta la masacre de gran parte de los miembros originales del Partido Comunista. De los 1.966 delegados al XVII Congreso del partido en 1934, la friolera de 1.108 serían declarados contrarrevolucionarios y ejecutados o enviados a los gulags durante la fiebre de las purgas de Stalin.

Cuando el escalofriante discurso de Jruschov llegó a Occidente, escribe Cohen, sus camaradas de Quebec no sólo estaban horrorizados por sus revelaciones, sino «consternados por la razón adicional de que los dirigentes nacionales (es decir, de Toronto) del Partido que eran delegados fraternales en el XX Congreso habían ocultado el discurso de desestalinización al informar al Partido canadiense». En última instancia, se produjo una lucha de facciones entre los partidarios de la línea dura, que no veían por qué los crímenes y errores de Stalin —que en cualquier caso estaban siendo corregidos por la nueva dirección de la URSS— debían cambiar gran cosa, y los «revisionistas», que pensaban que ahora debían replantearse muchas cuestiones. La familia de Cohen estaba del lado de los revisionistas, que perdieron la discusión, y cuando fue a la universidad Cohen se había alejado del partido.

Cohen seguía creyendo que la Unión Soviética era «un país socialista, que luchaba por la igualdad y la comunidad», fueran cuales fueran sus defectos. Pero incluso esa creencia murió lentamente en el transcurso de la década siguiente, por las mismas razones por las que murió en los corazones de muchos millones de personas en todo el mundo.

La primera razón fue el autoritarismo del gobierno soviético. La democracia bajo el capitalismo es algo superficial: se detiene en la puerta del lugar de trabajo, y nadie puede afirmar con cara seria que los trabajadores ordinarios ejercen tanta influencia en el proceso político como los ricos directores ejecutivos. La promesa del socialismo siempre fue profundizar en la democracia extendiéndola a la economía. Sin embargo, incluso en el apogeo del deshielo de Jruschov, la URSS era un Estado represivo de partido único. Puede que Stalin fuera un monstruo único, pero cualquier sistema en el que un monstruo pueda acumular tanto poder tiene problemas mucho mayores.

El segundo problema, que se hizo cada vez más evidente con el paso de las décadas, era que la economía soviética de planificación centralizada era disfuncional. Era «todo pulgares y nada de dedos»: buena para producir en masa tractores y tanques durante el periodo de rápida industrialización, pero muy mala para alinear la producción con las preferencias de los consumidores.

Es fácil poner los ojos en blanco ante la idea de que debería importarnos que las tiendas de comestibles soviéticas no ofrecieran suficientes tipos de pasta de dientes. Pero como ha señalado el editor de Jacobin Seth Ackerman, los ciudadanos de la URSS y sus aliados del Pacto de Varsovia «experimentaron la escasez, la mala calidad y la uniformidad de sus productos no sólo como inconvenientes, sino como violaciones de sus derechos básicos». Esta es una de las principales razones por las que tan pocos trabajadores tenían interés en mover un dedo para defender el «estado obrero» cuando el sistema empezaba a tambalearse.

A finales de los 60, Cohen tenía pocas esperanzas de que la URSS fuera a evolucionar en una dirección mejor. Cuando los años 80 se convirtieron en los 90, experimentó la desaparición incluso de esa «pequeña esperanza» como una pérdida devastadora.

La pregunta que planteaba insistentemente en «El futuro de una desilusión» era si el estrepitoso fracaso del «primer intento de dirigir una economía moderna» al margen de la brutal lógica de los mercados capitalistas debería llevarnos a la conclusión de que el capitalismo —incluso una forma de capitalismo suavizado por programas de bienestar social y un Estado regulador— es lo mejor que puede hacer la humanidad.

Estribillos de Dirge y Hosanna

En el capitalismo, los propietarios de empresas privadas compiten entre sí por los beneficios, mientras que la mayoría de la población trabajadora no tiene más remedio que vender sus horas de trabajo a uno u otro capitalista. Históricamente, los socialistas han intentado acabar con la división de la sociedad en capitalistas y trabajadores mediante alguna forma de propiedad colectiva, y la mayoría de los socialistas han pensado que esto implicaría la sustitución de la competencia de mercado por una planificación racional.

Cuando salió la New Left Review de noviembre/diciembre de 1991, casi nadie pensaba que el experimento soviético de planificación económica hubiera sido un éxito. Muchos socialistas simplemente abandonaron sus ideales, convencidos ahora de que el socialismo de cualquier tipo era «imposible de realizar, o virtualmente imposible, o en cualquier caso algo por lo que ya no pueden reunir la energía para luchar». Otros intentaron separar el objetivo de capacitar a los trabajadores mediante la propiedad colectiva del objetivo de sustituir los mercados por la planificación. Renunciando a lo segundo, se aferraron a lo primero y abogaron por alguna forma de «socialismo de mercado».

Cohen pensaba que incluso esto era ceder demasiado. Concedía que alguna forma de socialismo de mercado podría ser lo mejor que los socialistas podían esperar alcanzar en un futuro próximo por razones tanto políticas como logísticas. Como escribiría en su último libro, ¿Por qué no el socialismo?, aún no sabemos cómo «hacer girar la rueda de la economía» sin que existan mecanismos de mercado. Reconoce en «El futuro de una desilusión» que era «bueno desde el punto de vista socialista» que el socialismo de mercado estuviera «pasando a primer plano como objeto de defensa y política», y que los intelectuales socialistas que escribían libros esbozando posibles formas de socialismo de mercado estaban «realizando un útil servicio político».

Aun así, no quería perder de vista la indeseabilidad última de cualquier mercado, incluso de los socialistas. Imaginemos una sociedad en la que las «alturas de mando» de la economía estuvieran en manos públicas y el sector de mercado restante estuviera formado en su totalidad por cooperativas de trabajadores que compitieran entre sí. Esto supondría un enorme avance hacia la «igualdad y la comunidad», en la medida en que una sociedad así no tendría nada remotamente análogo a las disparidades en la distribución de recursos características de los mercados capitalistas.

Aun así, la variabilidad de los talentos individuales, la variabilidad de la productividad entre los distintos sectores económicos, etc., garantizarían que algunas personas ganaran mucho menos que otras sin tener la culpa de ello. Así que incluso este tipo de socialismo, pensaba Cohen, sería «el segundo mejor» frente a la Estrella del Norte de una sociedad socialista en la que los mercados no desempeñarían ningún papel.

Incluso en 2020, cuando el socialismo democrático resurja como fuerza política en una medida que habría sido casi inimaginable en el invierno de 1991, esta visión podría parecer excesivamente utópica. Pero Cohen instaba a sus lectores a no dejar que su frustración por lo lejana que parecía la consecución de los ideales socialistas se convirtiera en un abandono de los propios ideales. Como filósofo profesional, se sentía especialmente frustrado con aquellos de sus colegas que sucumbían a la atmósfera de «fin de la historia» que se estaba instalando, una confianza petulante en que la sociedad había alcanzado su forma final. Hablando de sus colegas filósofos, escribió:

Los filósofos son los que menos deberían unirse a los coros contemporáneos de canto fúnebre y hosanna, cuyo estribillo común es que el proyecto socialista ha terminado. Estoy seguro de que aún le queda un largo camino por recorrer, y forma parte de la misión de la filosofía explorar posibilidades imprevistas.

TRADUCCIÓN: PEDRO PERUCCA

BEN BURGIS

Ben Burgis es profesor de filosofía y autor de Give Them An Argument: Logic for the Left. Es presentador del podcast Give Them An Argument.

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Laclau, Mouffe y la estrategia política

23/07/2023 by Vitalio Deja un comentario

Por: Michael Bray

Ernesto Laclau y Chantal Mouffe afirmaron haber identificado el defecto fatal del marxismo y desarrollado un marco mejor para la política de izquierdas. Pero su tabú contra el «esencialismo» de clase les impide identificar los puntos fuertes y débiles del poder capitalista.

En los oscuros días de la supremacía política de Margaret Thatcher y Ronald Reagan, cuando la teoría posestructuralista estaba en la cima de su influencia intelectual, Ernesto Laclau y Chantal Mouffe desarrollaron una novedosa concepción de la «hegemonía» destinada a superar la crisis de la política de izquierdas. Las raíces de esa crisis, argumentaban, residían en un «esencialismo» endémico de la herencia marxista de la izquierda.

El «posmarxismo» de Laclau y Mouffe definía los procedimientos contingentes y discursivos de formación de la identidad como el fundamento de la agencia política. En este marco, lo político se convirtió en el principio estructurador contingente de lo social, divorciando las identidades políticas de todo arraigo en los intereses colectivos, los antagonismos sociales o las tendencias inherentes a la estructura de clases de las sociedades capitalistas.

Si este abandono de la «política de clases» parecía ofrecer una forma de unir las demandas de los movimientos sociales emergentes en la década de 1980, desde la ecología hasta el feminismo, dos décadas más tarde Laclau y Mouffe ofrecerían el mismo enfoque como un modelo de «razón populista», articulando la lógica interna de las nuevas fuerzas electorales en América Latina, Europa y otros lugares. En el proceso, una concepción teórica que podría haber parecido demasiado discursiva adquirió nuevos elementos de concreción política: la construcción de un «pueblo» a través de los discursos articulados por partidos y líderes y su entrada en el Estado a través de las victorias electorales.

Sin embargo, ese vínculo con prácticas políticas concretas pone de manifiesto los dilemas teóricos de este enfoque. ¿Qué podría significar realmente para una identidad popular organizarse, en la práctica, sobre la base de una unidad totalmente contingente? ¿Qué definiría tal programa, en su propia contingencia, como de izquierdas? ¿Qué haría una identidad así? ¿Cómo podríamos medir su éxito y sus logros?

El paradigma de Laclau y Mouffe no puede responder adecuadamente a estas preguntas. Rechazando cualquier posibilidad de rastrear el impacto político de las relaciones de fuerza y sus diferentes eficacias causales, de la manera matizada que sea, el argumento contra el «esencialismo» conduce hacia un abrazo incapacitante de la «representación» como la totalidad de la política.

Posmarxismo y teoría del discurso

Laclau y Mouffe exponen ampliamente sus críticas al marxismo en el libro Hegemonía y estrategia socialista, publicado por primera vez en 1985. Se centran en la supuesta tendencia del marxismo a dar por sentada la existencia de la clase obrera como una identidad social fija y unificada que se expresa en intereses políticos determinados. A lo largo de decenas de páginas, la tradición marxista aparece como una serie de fracasos a la hora de comprender un problema simple: la teoría sociopolítica de las clases flaquea cuando tiene que enfrentarse a la complejidad de los campos sociales y a la volubilidad de las formaciones políticas.

Ernesto Laclau y Chantal Mouffe presentan su propia posición como el polo opuesto a la marxista. El diagnóstico de la determinación absoluta los conduce a abrazar la contingencia absoluta:

La alternativa es clara: o bien se tiene una teoría de la historia según la cual esa pluralidad contradictoria será eliminada y a la hora del quiliasmo proletario emergerá una clase obrera absolutamente unitaria y transparente respecto a sí misma —en cuyo caso sus «intereses objetivos» pueden determinarse desde el principio—, o bien dicha teoría es abandonada, en cuyo caso no hay ningún fundamento para privilegiar ciertas posiciones de sujeto antes que otras en la determinación de los intereses «objetivos» del agente como un todo.

Los autores dirigen gran parte de su polémica contra lo que denominan «clasismo», definido como «la idea de que la clase obrera representa el agente privilegiado en el que reside el impulso fundamental del cambio social». Pero sus críticas se aplican a cualquier forma de análisis político, marxista o no, que mire hacia determinados grupos sociales como la mejor base sobre la que construir: «La limitación crucial de la perspectiva de la izquierda tradicional es que intenta determinar a priori agentes de cambio, niveles de eficacia en el campo de lo social y puntos y momentos privilegiados de ruptura».

Para Laclau y Mouffe no existe un sujeto social «privilegiado» para la política de izquierdas, sino una serie de reivindicaciones discretas que se expresan en un momento dado. Un movimiento político se enfrenta al problema de «suturarlas» mediante un proceso discursivo que no se base en determinaciones sociales previas. Esa sutura requiere el trazado de una «frontera antagónica interna», que defina la oposición común de esas demandas (o algunas de ellas) a los poderes existentes, convocando a la existencia política a un «pueblo» bajo el signo de un «significante vacío».

Estructuras e intereses

Esta crítica vacía la mayor parte de la sustancia del pensamiento de Karl Marx, haciendo posible que Laclau y Mouffe planteen la notable afirmación de que Marx no reconoció el carácter inherentemente «político» de lo «económico». Para ellos, esta afirmación significa que Marx no vio «el nivel económico», incluidas las relaciones productivas, como un «contexto de contingencia», en el que los antagonismos solo se desarrollan a través de formaciones discursivas que delimitan simbólicamente los bandos antagónicos.

Sin embargo, para Marx, el carácter político de las relaciones productivas era intrínseco a ellas. Era una función de la necesidad, tanto biológica como histórica, de organizar la subsistencia material como fundamento duradero de toda vida social humana. Los humanos, como dijo Marx, se distinguieron de otros animales cuando empezaron a producir los medios para su propia subsistencia.

Dicha producción, con las complejas divisiones del trabajo y composiciones sociales que organizan sus formas cambiantes, no es fundamentalmente distinta de las relaciones «políticas» de poder, dominación, control, negociación y resistencia. Más bien, ambas coevolucionaron como parte de las relaciones productivas (y reproductivas) que constituyen la dinámica central y permanente de las sociedades humanas.

La separación aparente —y parcialmente real— entre las formas política y económica en las concepciones marxistas del capitalismo no es consecuencia de un precepto metodológico que afirme la existencia de un destino económico intrínseco. Es un efecto mediato y mediador de las transformaciones en las relaciones de producción, que son simultáneamente «políticas» y «económicas».

Lo más fundamental, como argumentó Ellen Meiksins Wood, es que esas transformaciones implicaron la «privatización» de funciones políticas básicas —el control de los medios de producción sociales, la inversión de los excedentes sociales y los procesos de trabajo y los trabajadores colectivos— que cristalizaron en la «propiedad privada absoluta» como base apropiativa de la producción y la explotación capitalistas. Las «leyes del movimiento» capitalistas (tendenciales) que surgen de esa apropiación no son afines, como pretenden Laclau y Mouffe, a las «leyes naturales» que operan de forma neutral y necesaria.

Derivan, más bien, de relaciones de poder fundamentales, incluido el carácter anárquico de la producción social privatizada en el capitalismo (que requiere la «sustancia social» del valor, o dinero, como mediador general de los intercambios) y la separación forzosa de los trabajadores del acceso independiente a la tierra y otros medios de subsistencia (que los obliga a vender  su fuerza de trabajo para acceder al dinero y, por tanto, a los medios de su propia reproducción). La composición de esta dinámica no es absoluta ni fija, pero tampoco es totalmente contingente.

De hecho, los medios y productos históricos de la apropiación capitalista siempre han sido mucho más amplios de lo que podría sugerir un enfoque centrado en el trabajo asalariado industrial —una tendencia recurrente dentro del marxismo—. Desde la colonización y la esclavitud hasta el trabajo reproductivo no remunerado de las mujeres en el hogar y los «salarios ocultos» de los pequeños agricultores y los deudores, el trabajo vivo siempre ha estado subordinado a la acumulación de formas múltiples y variadas.

En esta complejidad, intrínseca a las relaciones sociopolíticas capitalistas, los intereses se articulan en diferentes escalas, tanto espaciales como temporales, y a menudo en forzada competencia entre sí. Esto no significa que no podamos discernir dichos intereses o identificar posibilidades de alineación histórica. El enigma de la «hegemonía» para el marxismo es precisamente cómo podrían alinearse estas zonas e intereses.

Unidad a través de la representación

La prioridad de lo político, para Laclau y Mouffe, no significa que el mundo social no tenga «realidad» más allá de las articulaciones políticas. Sin embargo, leen la historia del marxismo como una prueba de que tal realidad se compone de reivindicaciones demasiado discretas como para proporcionar una base para orientaciones políticas compartidas. Incluso la noción de «intereses» sugiere un vínculo demasiado fuerte entre una posición determinada y unas reivindicaciones políticas concretas. Las reivindicaciones no poseen un «destino manifiesto» que las lleve a «unirse en algún tipo de unidad» o a «constituir una cadena».

Si nos vemos reducidos a tales demandas en serie, las únicas fuentes de unidad son los actos de representación, un punto que se hace más claro con el giro de Laclau y Mouffe hacia la política populista. Las identidades políticas, llegó a argumentar Laclau, tienen «una estructura interna que es esencialmente representativa». Los significantes vacíos y las instituciones de la democracia representativa comparten la misma estructura interna, lo que permite utilizar la segunda para explicar la primera. En el proceso, la distinción entre un significante vacío y un «líder» tiende a desvanecerse.

La tarea de construir un «pueblo» depende de «los mecanismos de representación», en los que el nombre del representante cataliza la unidad de un pueblo. Aunque Laclau insiste en que tales mecanismos son «bidireccionales» —«un movimiento del representado al representante, y otro correlativo del representante al representado»—, es este último movimiento el que tiene prioridad, precisamente porque define una unidad retrospectiva de la que el primer movimiento carece por naturaleza: «El representado depende del representante para la constitución de su propia identidad». Esto desplaza la agencia a una élite representativa, transformando a las masas en identidades en cuya definición no desempeñan ningún papel independiente.

Sin la capacidad de dar cuenta de las contradicciones sociopolíticas que se abren potencialmente a intereses y objetivos más amplios, Laclau y Mouffe no pueden concebir la hegemonía como un proceso que excede o desborda los límites de las instituciones políticas existentes. Por el contrario, debe encontrar su actualización dentro de ellas: «renovar» la democracia redefiniendo los significantes de la representación y sustituyendo a los representantes.

Lo que queda del linaje radical de Laclau y Mouffe se expresa en el rechazo de la frontera en la que insiste la democracia liberal entre los actos fundacionales de representación —contratos sociales, voluntades generales, convenciones constitucionales— y sus pálidos ecos en los rituales electorales recurrentes. Si los pueblos se construyen discursivamente, argumentan, y si esas construcciones están siempre contingentemente «suturadas», también pueden descoserse. Ninguna unidad es definitiva.

Esto significa que cada proceso electoral ofrece la posibilidad de una refundación, al menos una vez que las hegemonías existentes han empezado a resquebrajarse. Las nuevas constituciones redactadas en Venezuela, Bolivia, Ecuador y otros lugares tras las victorias de la izquierda populista aparecen como la encarnación concreta de esta «radicalización» de la democracia.

Sin embargo, sin intereses objetivos ni tendencias históricas —por complejas y contradictorias que sean— con los que guiarse, esta radicalización también se topa con límites fijos. Si el liberalismo pretendía legitimar las instituciones existentes sacralizando sus fundamentos, la desmitificación de Laclau y Mouffe de esos fundamentos deja a las propias instituciones en gran medida intactas, precisamente porque no pueden ofrecerles una historia (o un futuro) alternativos sin desviarse hacia un territorio «esencialista».

Todo puede cambiar, aunque las instituciones liberales sigan siendo las mismas. Lo que importa es el agonismo del pueblo que les da vida. La labor de dar «voz» a los ciudadanos, según Mouffe, implica «hacer más representativas nuestras instituciones» y «ganar elecciones y alcanzar el poder del Estado» como «objetivo de una estrategia populista de izquierdas». Mouffe rechaza la idea de que la representación pueda reducirse a las elecciones. Sin embargo, no explica cómo ir más allá de ellas, aparte de señalar el papel «esencial» que desempeñan partidos como Podemos y Syriza en la elaboración de subjetividades políticas.

Por supuesto, Mouffe no se equivoca al señalar que los Estados ejercen enormes cantidades de poder concentrado, incluso en esta época de su supuesta debilidad, y que perturbar y reorientar los usos de ese poder podría ser esencial para los objetivos populares. Pero el carácter global de su rechazo del «esencialismo» conduce a cierta incapacidad para dar cuenta de las fuentes de ese poder y de los fines a los que puede servir eficazmente. La negativa a tener en cuenta el relato de Marx sobre la coevolución del poder «político» y la organización de la (re)producción social vuelve a ser, por tanto, un problema tanto para la teoría populista de izquierdas como para los movimientos que respalda e inspira.

Capitalismo y Estado

Para Laclau y Mouffe, el problema del Estado contemporáneo se define por su carácter «pospolítico». La política, como constitución de identidades hegemónicas y contiendas agonísticas sobre demandas contrapuestas, ha sido sustituida por formas de gestión técnica supervisadas por expertos. Se supone que la construcción de una identidad popular hegemónica coincide con la reafirmación de la hegemonía de las instituciones representativas dentro del Estado.

En el núcleo de esta concepción se encuentra la separación de la gobernanza representativa de los procesos sociales e históricos que la componen. Al igual que la clase no es un conjunto de posiciones sociales fijas sino una estructura dinámica y relacional, las instituciones electorales y parlamentarias de los Estados contemporáneos no son lugares puros de representación «política», sino nodos de un complejo de funciones en evolución que median y comprenden un equilibrio de fuerzas. Los Estados capitalistas desempeñan diversas tareas: reproducir la fuerza de trabajo, mediar en los antagonismos entre el capital y los trabajadores, asegurar las infraestructuras de la acumulación de capital, defender su propia legitimidad, etcétera.

Si el campo de acción de que disponen los Estados está definido, como sostiene Stephen Maher, por «los límites estructurales y los puntos de crisis de la acumulación de capital», la tarea de gestionar esos límites nunca se ha dejado exclusivamente en manos de los órganos legislativos. Los bancos centrales, los ministerios de finanzas y otras fusiones «público-privadas» han funcionado durante mucho tiempo al margen de los poderes representativos, aunque su carácter ha cambiado junto con la creciente complejidad de la acumulación de capital.

En otras palabras, el rasgo político definitorio de la era neoliberal no ha sido la usurpación del gobierno representativo por la «administración» apolítica, como sugerirían Laclau y Mouffe. Por el contrario, se ha producido un cambio en el equilibrio de fuerzas interno a los Estados representativos. Dos de estos cambios han sido especialmente importantes.

En primer lugar, los aparatos económicos de los Estados se han ido liberando cada vez más de la supervisión de las instituciones representativas. En segundo lugar, y como condición habilitadora de esa separación, se han producido transformaciones significativas en las capacidades económicas que poseen los Estados. En lugar de actuar sobre los mercados desde «fuera» imponiéndoles límites y requisitos normativos, los Estados han movilizado poderes infraestructurales para actuar dentro de los mercados con el fin de dar forma y estabilizar las iniciativas financieras.

La gestión de la crisis de los mercados financieros tras el crack de 2008 amplió la influencia directa de los bancos centrales dentro de los mercados, no solo como prestamistas sino como compradores de última instancia, vinculando la liquidez y la rentabilidad financieras con el mantenimiento de las capacidades estatales apalancadas por la deuda. Del mismo modo, los derechos sociales clave se han transformado en un acceso facilitado por el Estado a los servicios comercializados y a la deuda.

Estos cambios han fomentado un entrelazamiento más profundo de las capacidades económicas estatales con los flujos de capital privado y los procesos de acumulación que ahora son de alcance internacional. El enfoque resultante en la «competitividad nacional» se adapta mal a las formas universalistas del derecho y a los plazos más largos propios de las asambleas representativas tradicionales. También han proporcionado al capital privado medios más directos para perturbar el funcionamiento normal de los Estados si sus políticas imponen riesgos o límites a la acumulación.

Nada de esto ha llevado a la desaparición de las funciones representativas del Estado. Más bien, esas funciones se celebran y se transforman en espectáculos cada vez más agonísticos o «polarizados», incluso cuando las capacidades sustantivas de toma de decisiones se transfieren a otros lugares. En este contexto, una estrategia definida a través de esas funciones parece fundamentalmente limitada, precisamente porque considerará el destino político de las instituciones representativas como algo que se les impone desde «fuera», en lugar de como algo intrínseco a su posición contradictoria dentro del terreno político-económico de los Estados capitalistas.

Mouffe habla, por ejemplo, de la aceptación por parte de los partidos socialdemócratas de «los dictados del capitalismo financiero y los límites que imponen a las intervenciones estatales en el ámbito de la política redistributiva». Del mismo modo, sugiere que Syriza fue «obligada» a aceptar tales diktats por la Troika. Sin embargo, en ninguno de los dos casos presenta un análisis de lo que impulsó dicha aceptación, ni de cómo podría haber sido posible la resistencia a esos diktats. El problema aparece como algo así como una falta de voluntad por parte de los representantes: su doblegamiento al discurso de otros.

Los límites del populismo de izquierda

Ciertamente, Mouffe tiene razón al insistir en que el fracaso de Syriza por sí solo no «invalida la estrategia populista que le permitió llegar al poder». Pero el problema es si Mouffe puede concebir las raíces de tal fracaso y cómo podrían superarse en el futuro. Aquí su posición tiende a replegarse en un espacio indeterminado entre la ontología política y los fenómenos concretos.

En sus escritos, existe una especie de presunción no declarada de que la forma en que se constituye y representa «el pueblo» debe resultar determinante, como si las construcciones discursivas convocaran poderes materiales y se apoderaran de los poderes estatales a través de su propia articulación. Señala al thatcherismo, por ejemplo, como prueba de que «es posible llevar a cabo una transformación del orden hegemónico existente sin destruir las instituciones liberal-democráticas».

Sin embargo, a Margaret Thatcher se le concedió espacio para experimentar precisamente porque su proyecto perseguía explícitamente los intereses de las fracciones dominantes del capital en medio de la crisis del keynesianismo. Como demuestra la experiencia de Syriza, a un gobierno de izquierdas no se le concederá el mismo tiempo y espacio para la experimentación.

¿Qué demuestra entonces el ejemplo del thatcherismo? Mouffe no puede decirlo. En lugar de ello, su relato oscila con frecuencia entre un enfoque abstracto sobre la idea de hegemonizar la «democracia», que define el solapamiento entre los populismos de derecha e izquierda, y una insistencia en que la «igualdad» es un aspecto definitorio de la democracia, con la justicia social como su expresión, y el «anticapitalismo» una dimensión esencial, que puede dirigir a un pueblo «democrático» hacia la izquierda.

En algunos pasajes escritos en el segundo de estos registros, Mouffe puede parecer al borde de un acercamiento al marxismo, subrayando las raíces capitalistas de la crisis y la necesidad de una «ruptura» con su forma financiera actual al menos, que conduzca a una remodelación de «las condiciones materiales de la reproducción social». Sin embargo, como estos objetivos siguen siendo para ella reivindicaciones discretas, no pueden superar al partido y al líder (o líderes) que los representan.

Para que un proyecto político tenga éxito, sostiene Mouffe, es necesario construir discursivamente un «pueblo». No puede haber articulación de alianzas sociales específicas, ni mediación de intereses entrecruzados hacia una coherencia común, ni perturbación de los poderes estatales existentes sin esa construcción previa. Los objetivos específicos se convierten así en algo parecido a las generalidades de una plataforma electoral: «Antes de poder radicalizar la democracia, primero es necesario recuperarla».

Solo después de haber logrado esa recuperación será posible llevar a cabo «un debate más agonístico sobre las políticas más adecuadas para radicalizar la democracia». Las respuestas, para Mouffe, «no deben estar determinadas de antemano».

Si el fracaso de Syriza nos enseña algo, es sin duda que no podemos «democratizar» el Estado mediante la afirmación electoral de una nueva identidad discursiva y luego ver qué oportunidades se abren con mejores formas de representación. Porque tal afirmación no «democratiza» el Estado en su conjunto, sino solo una de sus esferas menores, que ya está desvinculada y subordinada a sus funciones «económicas». Los representantes del «pueblo», operando en un terreno así, se encontrarán sometidos a fuerzas e imperativos totalmente opuestos a los significantes que supuestamente encarnaban.

MICHAEL BRAY

Profesor asociado de Filosofía en la Southwestern University. Es autor de Powers of the Mind: Mental and Manual Labor in the Contemporary Political Crisis.

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Progresismos: ¿avance o retroceso?

23/07/2023 by Vitalio Deja un comentario

Por: Marcelo Colussi

Hace algunos años atrás se hablaba de “revolución socialista”. Hoy se habla de “progresismos”. En décadas pasadas no se les tenía miedo a las palabras “poder o movilización popular”, “gobierno de los pobres”, “democracia de base”. Hoy parece que todo eso se ha trocado en “participación ciudadana”, “democracia” (entendiendo por tal la democracia participativa), “ciudadanía” y “gobernabilidad”. “¡A desalambrar, a desalambrar!”, se pedía en un canto motivador un tiempo atrás; hoy, con saco y corbata, o con tacones y joyas, se habla del respeto a la propiedad privada, de una economía “con responsabilidad social”. ¿Qué pasó con aquel ideario de cambio, de profundas transformaciones revolucionarias? Los progresismos que vivimos en Latinoamérica ¿constituyen un avance o un retroceso en términos político-sociales?

Para responder esa pregunta hay que contextualizar el fenómeno. Las luchas obreras del siglo XIX, en buena medida enmarcadas en ideas anarquistas, dieron lugar al surgimiento del socialismo científico de la mano de Marx y Engels. Ese ideario permitió las primeras revoluciones socialistas ya entrado el siglo XX: Rusia, China, Cuba, Vietnam, Nicaragua. Para la década del 70 del pasado siglo una cuarta parte de la humanidad vivía en países que, con diferencias, pero con un común denominador, se decían socialistas. Esos años, décadas de los 60 y 70 del siglo XX, mostraron el gran crecimiento de un espíritu transformador que se difundió por todo el planeta.

Varios países de África con el socialismo “africano” luego de su independencia de las potencias imperialistas europeas, movimientos guerrilleros marxistas en toda Latinoamérica, el socialismo “árabe” en distintos Estados del Medio Oriente y del Magreb, sindicatos combativos por doquier, movimientos campesinos, Mayo Francés como faro para las luchas estudiantiles, movimientos anti-guerra de Vietnam, Teología de la Liberación en la Iglesia Católica con su “opción por los pobres”, un movimiento hippie que llamaba al no-consumo (herida mortal para el sistema), mística guevarista que inspiraba a las juventudes… todo eso mostraba un clima de búsqueda de transformaciones radicales. La democracia burguesa, en esa cosmovisión, era vista como una burla indecorosa a los pueblos, un rutinario ejercicio de cambio periódico de gerente de los negocios capitalistas. Ante todo ese impulso de cambio, el sistema global reaccionó violentamente.

Si las décadas de los 60/ 70 mostraron esos avances, la de los 80 significó un freno radical a ese espíritu transformador. Las represiones brutales en Latinoamérica llenaron de cadáveres los países. Ríos de sangre corrieron, asesinatos de líderes populares, desaparición forzada de personas, cárceles clandestinas, cámaras de tortura, masacres de población rural, un anticomunismo visceral inspirado en la Doctrina de Seguridad Nacional y enemigo interno impulsado por Washington, todo eso detuvo el crecimiento de la protesta, de los movimientos emancipadores. Contra la Teología de la Liberación cundieron las iglesias neoevangélicas, y sobre las montañas de muertos se erigieron los planes neoliberales.

El neoliberalismo- versión corregida y aumentada del capitalismo más despiadado que prioriza a un nivel máximo el libre mercado contra la intervención estatal- se estableció rápidamente. Conquistas laborales y sociales logradas con heroicas luchas, se perdieron. El capitalismo global tomó la iniciativa, y las ideas de cambio fueron dejadas en el olvido. Surgen ahí formulaciones ideológicas sumamente peligrosas para el campo popular que, de un modo subrepticio, entronizan el posibilismo acomodaticio, el supuesto “fin de la historia” y la derrota final de las ideas socialistas. Ahí aparece el credo post moderno y la proliferación de luchas parciales, importantísimas en sí mimas pero que, desvinculadas unas de otras (feminismo por un lado, ecologismo por otro, reivindicaciones étnicas por aquí desconectadas de lucha por la diversidad sexual por allá, etc.), solo sirven para fragmentar la lucha antisistémica (¿divide y reinarás?). El final de la Guerra Fría con un claro ganador, el polo capitalista, ensombreció las luchas populares.

Pero las mismas no desaparecieron. ¿Por qué iban a hacerlo? A partir de las nefastas políticas neoliberales surgieron reacciones. La primera, y quizá más importante en Latinoamérica, fue el Caracazo venezolano, en 1989, silenciado con miles de muertos por la represión gubernamental. Sobre esa ola de descontento popular, años después aparece la figura de Hugo Chávez.

Con él, en 1999 se inicia un proceso que sorprendió a todos: un militar formado en las técnicas contrainsurgentes, no marxista, de pronto retoma terminologías abandonadas y vuelve a hablar de socialismo. Incluso, con la propuesta de revisar lo actuado en los socialismos reales del siglo XX, criticando su excesivo burocratismo y verticalidad, proponiendo algo nuevo: el socialismo del siglo XXI. Sin dudas, el proyecto que inaugura abrió grandes esperanzas. Después de años de dictaduras sangrientas y planes neoliberales que esclavizaron a las poblaciones, la aparición de Chávez significó una bocanada de aire fresco. Sin una posición claramente socialista -“En mi país no hay lucha de clases”, pudo decir- desarrolló una política de principios sociales. No produjo cambios sustanciales como los del socialismo del siglo XX, con expropiaciones a la clase propietaria, con milicias populares armadas y genuina democracia de base ejercida en asambleas comunitarias. Pero sí elevó el nivel de vida de las grandes mayorías, impulsando planes de contenido social.

Esa aparición, y el contexto internacional que lo permitió- los altos precios de las materias primas que producen los países del área compradas por China- dieron lugar a cierta acumulación que diversos gobiernos con talante social-popular usaron en favor de las mayorías. En esa lógica fueron surgiendo a inicios del siglo XXI diversas administraciones que, sin cuestionar de base el capitalismo, produjeron mejoras en las empobrecidas- y reprimidas- sociedades latinoamericanas. Tras la larga noche del neoliberalismo, eso pareció una primavera. Se comenzó a hablar de progresismos. Y en un sentido, lo fueron.

De hecho, ya corridas dos décadas del actual siglo, hubo dos oleadas de progresismo; entre medio de ellas apareció un intento de reconfigurar el neoliberalismo más rampante, con presidentes de ultra derecha: Bolsonaro, Macri, Duque, Piñera. Lo cierto es que, con las dos oleadas de progresismo (la segunda vigente hoy en varios países), se abren preguntas.

En ninguno de estos avances progresistas se superó el modelo capitalista; incluso, ni el neoliberalismo impulsado por los megacapitales occidentales. Si bien es cierto que hubo válvulas de descompresión con avances significativos- Bolivia, con Evo Morales, se acercó más a planteos socialistas-, las estructuras de base se mantuvieron. Las oligarquías no perdieron su poder ni económico ni político, las fuerzas armadas- salvo el caso de Venezuela- nunca pasaron a ser instrumento del pueblo, sino que siguieron fieles a la defensa del sistema, la democracia representativa no pasó- no puede pasar- de ser un ejercicio alejado realmente del poder popular y todos los países con gobiernos de este talante de “centro-izquierda” continuaron pagando sus deudas con los organismos crediticios internacionales.

Como se dijo, la primera ola se vio beneficiada por los altos precios de las materias primas exportables; la segunda ola, no. Por tanto, los problemas estructurales en ninguna de las naciones donde tuvieron o tienen lugar esos progresismos, se resolvieron. Visto lo anterior, cabe la pregunta: ¿resultan avances o retrocesos?

En comparación con los planes de ajuste fondomonetarista que se comenzaron a vivir años atrás, y que aún persisten, tuvieron un sabor de respiro, de bocanada de aire fresco. Pero, está demostrado, políticas asistencialistas y clientelares no resuelven las carencias históricas. Son-y, por supuesto, bienvenidos- paños de agua fría, aunque no pueden pasar de allí. En tal sentido, son avances.

Vistos en una perspectiva histórica, después del avance obtenido en décadas anteriores con el aumento de las luchas populares y la última revolución socialista triunfante en 1979 en Nicaragua, pensar ahora en elecciones democrático-burguesas y que la izquierda quede circunscripta a mandatarios “progresistas” (¡el socialismo no es eso!) deja ver la tremenda derrota del campo popular. Derrota táctica, seguramente, porque la historia no ha terminado.

Los progresismos evidencian que la lucha de clases sigue siendo el motor de la historia porque, aunque no son la revolución, a la clase dirigente le asustan. Por eso, si bien no son el fantasma del comunismo de la Guerra Fría, hacen lo imposible por derrocarlos. Desde el campo popular se deberá apoyarlos, pero sabiendo que las reformas superficiales no son el punto de llegada.

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La Revolución Mexicana fue profundamente internacionalista

16/07/2023 by Vitalio Deja un comentario

Por: Jonah Walters

La Revolución Mexicana fue una explosión transnacional de resistencia a la explotación que dio el puntapié inicial a una época global de revolución anticapitalista.

Durante unos seis meses de 1911, en ese largo dedo de tierra que apunta hacia el sur desde la costa mexicana del Pacífico, una pandilla internacional de compañeros de viaje buscó la revolución.

Los rebeldes se apoderaron de pueblos fronterizos de Baja California como Mexicali, Los Algodones y Tijuana, llevando a cabo varias de sus incursiones desde la parte trasera de trenes secuestrados. Por encima del rugido de los raíles, voces desconocidas resonaron de repente en las plazas de los pueblos, recién engalanadas con banderas rojas. Algunos de los revolucionarios hablaban en galés y australiano, otros en los ásperos dialectos de los estados montañosos de Estados Unidos, otros en el estudioso español de los literatos urbanos mexicanos recién llegados de sus exilios americanos. Pero también sonaban acentos más familiares. Otros insurrectos, cuyas voces están algo silenciadas en los registros históricos, hablaban en los idiomas locales de las tierras fronterizas, así como en las denostadas lenguas indígenas kiliwa, cocopah y kumeyaay.

Dentro del ejército insurrecto, los incendiarios de los niveles inferiores de la frustrada élite mexicana se mezclaban con los sindicalistas angloparlantes de la Industrial Workers of the World (IWW), y ambos grupos se codeaban con campesinos indígenas desposeídos que antes se habían aliado con el programa revolucionario liberal basado en su promesa de subvertir el poder de la clase hacendada terrateniente. Grupo diverso de radicales, reformistas y libertinos, los insurrectos bajacalifornianos encontraron comunión entre sí a través de la ideología sorprendentemente amplia del liberalismo revolucionario mexicano. «Lo único que les distinguía como ejército», escribe el biógrafo de un voluntario internacional, era «el emblema anarquista, pequeños lazos rojos, prendidos en sus mangas». Pero también había aventureros directos y oportunistas entre ellos, incluidos algunos fanfarrones chovinistas estadounidenses y al menos un probable informante del Estado.

Liderando la insurrección de Baja California —o intentándolo— estaba el Partido Liberal Mexicano (PLM), una formación que, desde su exilio en Estados Unidos, representaba el polo más a la izquierda del amplio entorno liberal mexicano. Sin embargo, a pesar de las aspiraciones democráticas radicales del PLM, la rebelión de Baja California no representó en ningún momento un movimiento de masas. De hecho, mientras los insurrectos viajaban a pie y en tren por la poco poblada península, a menudo izaban sus banderas rojas sobre pueblos casi vacíos, ya que los residentes habían desalojado sus hogares al oír que se acercaban. Mientras tanto, en las variopintas filas de los revolucionarios, las tensiones no tardaron en aumentar entre los insurgentes locales y los voluntarios internacionales, a los que con frecuencia se elevaba a puestos de liderazgo basándose en sus credenciales (a menudo fabricadas) como aventureros militares.

Sin duda, esto decepcionó a los arquitectos intelectuales de la insurrección, sobre todo a Ricardo Flores Magón, el tribuno más importante del PLM. Durante años, Flores Magón y sus colaboradores habían vivido en el exilio como fugitivos políticos, perseguidos no solo por agentes del dictador mexicano, sino también por el emergente aparato de seguridad interior estadounidense. En la época de la rebelión de Baja California, su periódico multinacional, Regeneración, ya estaba bien establecido como la voz más radical del movimiento revolucionario liberal. Y su partido, el PLM, parecía preparado para ser una fuerza líder en la revolución que muchos mexicanos consideraban inminente.

Rebeldes magonistas en Tijuana, México, 1911. (Colección de Seguros de Títulos y Fideicomisos de la Sociedad Histórica de San Diego vía Wikimedia Commons)

Pero la claridad política expresada en Regeneración no se reflejó en la campaña de Baja California. Como señala el antropólogo Claudio Lomnitz en su extraordinario aunque infravalorado libro de 2014 El regreso del camarada Ricardo Flores Magón, «La prominencia ideológica del Partido Liberal Mexicano era inversamente proporcional a su importancia militar». A la dura luz de Baja California, explica Lomnitz, «el edificio de su ideología aparecía como una especie de ilusión holográfica: sus elegantes contornos, volúmenes y perspectivas carecían de sustancia dura».

El experimento insurreccional de Baja California no duró mucho. La derrota final de la rebelión llegó en menos de seis meses, no a manos del presidente Porfirio Díaz, sino de un adversario más cercano. Los elementos más moderados de la coalición nacional liberal escoltaron a los rebeldes a través de la frontera estadounidense, dejando espacio para la efímera presidencia del revolucionario burgués Francisco Madero. Lomnitz relata que a los revolucionarios de Baja California «se les dieron diez dólares a cada uno, se les alimentó en el restaurante chino de Calexico, se les embarcó en un tren hacia El Paso y se les pidió que se dispersaran desde ese punto».

La Revolución Mexicana acababa de empezar, pero el PLM nunca se recuperaría de esta marginación. Para Flores Magón y sus secuaces, la represión de la rebelión de Baja California por Madero constituyó la primera gran traición de la era revolucionaria mexicana.

Sangre y fibra

La insurrección carnavalesca que el PLM orquestó en Baja California suele recordarse hoy en día como un cuento con moraleja, una advertencia para voluntaristas e idealistas. Escenificada en la cúspide de la célebre Revolución Mexicana, pero no exactamente de esa revolución (al menos en la memoria), la rebelión de Baja California ha pasado a la historia como una especie de ensayo utópico condenado al fracaso, un experimento bienintencionado que desgraciadamente se volvió estrafalario bajo el resplandor del incombustible sol californiano. Resulta revelador que a Flores Magón se le celebre hoy en México no como participante en la revolución del país, sino como «precursor» de la misma, un extraño destino para un hombre que, de hecho, vivió las convulsiones que ahora se cree que sus ideas prefiguraron.

Dos libros recientes aportan una refrescante perspectiva histórica global a las corrientes más radicales de la Revolución Mexicana, sobre todo a la personificada por Flores Magón. Ninguno de los dos intenta rehabilitar el contradictorio experimento de Baja California, pero cada uno, a su manera, devuelve al PLM y a su radicalismo al núcleo del proceso revolucionario mexicano, por no mencionar la época global de revolución anticapitalista que le siguió los talones.

Bad Mexicans: Race, Empire, and Revolution in trhe Borderlands [Malos mexicanos: raza, imperio y revolución en las tierras fronterizas], de Kelly Lytle Hernández, y Arise!: Global Radicalism in the Era of the Mexican Revolution [¡Levántate! Radicalismo global en la era de la Revolución Mexicana], de Christina Heatherton, comienzan su historia en Estados Unidos, no en México, y ambas lo inician con un relato sobre un linchamiento.

                                                                                                                       
Bad Mexicans (W. W. Norton & Co, 2022) y Arise! (University of California Press, 2022)

Hernández, historiadora de la Universidad de California (UCLA), abre Bad Mexicans con una escalofriante descripción del asesinato público del ranchero mexicano de veinte años Antonio Rodríguez en 1910. Unos cuatrocientos residentes angloamericanos de Rocksprings, Texas, se reunieron para participar en el asesinato de Rodríguez, ayudando a recoger leña y más tarde a atar al secuestrado a un árbol de mezquite y prenderle fuego. El objeto de la furia genocida del pueblo de Texas no había sido elegido al azar. «Era un “revolucionario”, susurraron los habitantes de Rocksprings después de lincharlo», escribe Hernández. La turba había elegido ejecutar a alguien «sospechoso de ser uno de los muchos magonistas que se sabía que había en la región fronteriza».

Ocurrido justo al otro lado de la frontera, en el lado estadounidense, el linchamiento de Antonio Rodríguez inspiró una oleada de protestas militantes en todo México. Los manifestantes dirigieron su furia contra las empresas estadounidenses que operaban en el país, así como contra el presidente Díaz, el dictador que antes había abierto el país a la voraz inversión estadounidense. La indignación mexicana por el incidente fue tan profunda que incluso cinco años después, tras la salida de Díaz y el inicio de un periodo totalmente nuevo en el conflicto revolucionario, Flores Magón evocaría el recuerdo del asesinato: «La sangre de Antonio Rodríguez aún no se ha secado en Rock Springs», escribió en un encendido comunicado. Según Hernández, esta atrocidad fue la chispa que encendió la Revolución Mexicana, que duró décadas.

Heatherton, profesora de estudios americanos en el Trinity College, también inicia su libro con una escena de terror racista en Estados Unidos. En 1871, una banda de encapuchados del Klan secuestró a tres hombres negros —«Squire Taylor, de cuarenta y cinco años, George Johnson, de treinta y nueve, y Charles Davis, de sesenta y ocho»— de una cárcel de Charlestown, Indiana. Su ataque fue observado por un reportero local, cuyo relato de la atrocidad apareció bajo el titular «Máscaras y manila», una referencia a la fibra importada que se utilizaba entonces para fabricar cuerdas. Y aunque tuvo lugar a cientos de kilómetros de la frontera, este linchamiento en Indiana, como el de Antonio Rodríguez en Texas, estuvo conectado circunstancialmente con la eclosión de la política revolucionaria en México.

La fibra de manila había entrado en el mercado internacional de materias primas por cortesía de las aventuras imperiales estadounidenses en Filipinas, pero a principios del siglo XX había sido sustituida por un recurso cultivado más cerca de casa. A partir de la década de 1870, las inversiones extranjeras en México fueron protegidas por Díaz; la concentración parcelaria era un sueño compartido tanto por los inversores nacionales como por los extranjeros, y Díaz era el avatar político de la cada vez mejor conectada clase hacendada mexicana. En 1900, alrededor de una cuarta parte de toda la tierra cultivable mexicana estaba en manos de propietarios estadounidenses, y miles de trabajadores mexicanos trabajaban en las minas y plantaciones de los intereses estadounidenses, a menudo viviendo en ciudades de la compañía.

Uno de los rasgos definitorios del corporativismo de Díaz fue un sistema de trabajo forzoso que reclutaba a indígenas (especialmente yaquis), así como a campesinos desposeídos, en las tierras fronterizas, y luego los trasladaba a la fuerza para trabajar en latifundios consolidados del sur de México. Estos flujos de mano de obra forzada enriquecieron a los inversores estadounidenses y mexicanos que establecieron plantaciones en estados del sur como Oaxaca y Yucatán, muchas de las cuales cultivaban henequén, una fibra para fabricar cuerdas derivada de las plantas de agave. A principios del siglo XX, el henequén había suplantado a la manilla filipina como componente clave de las cuerdas estadounidenses.

La materia prima del terror supremacista blanco en Estados Unidos —la materia real, con la que se fabricaron tantos cientos de dogales— procedía de un régimen laboral que Flores Magón y sus aliados condenaron como análogo a la esclavitud estadounidense. Y aunque Heatherton no lo dice exactamente, otros historiadores han sugerido que fue esta similitud, más que ninguna otra cosa, lo que alimentó la formación de una corriente ideológica en Estados Unidos que condenaba a Díaz y abogaba por el apoyo material a la causa revolucionaria.

Como dice Lomnitz, «el corazón de las tinieblas de México —su esclavitud, su exterminio de indios yaquis y mayas— resultaba inquietantemente familiar» para la gente de Estados Unidos, «pues en él revivían y se actualizaban los pecados de América en una forma ajena que era fácil condenar». El ecléctico grupo de partidarios estadounidenses que se aglutinó en torno al PLM en el exilio incluía a figuras como el escritor Jack London y los socialistas Eugene Debs y Job Harriman.

La policía y la línea de color

En su mayor parte, Bad Mexicans y Arise! cubren un terreno histórico diferente. Sin embargo, cada uno de ellos consigue narrar no solo el auge de la actividad revolucionaria en México, sino también la aparición irregular de lo que Heatherton denomina, siguiendo a W. E. B. Du Bois, el «nuevo imperialismo»: un orden mundial basado no solo en la movilidad al rojo vivo del capital estadounidense, sino también en la línea del color, una institución imaginaria pero duradera que reclutaba a los estadounidenses blancos de a pie como tropas de choque de un ideal de propiedad exclusiva que la mayoría de ellos nunca alcanzaría.

Teniendo en cuenta este marco, resulta apropiado que Hernández y Heatherton sean quizás más conocidas como estudiosas de la policía (los libros anteriores de Hernández son Migra!, una innovadora historia de la patrulla fronteriza estadounidense, y el premiado City of Inmates, sobre el sistema penitenciario municipal de Los Ángeles; Heatherton, por su parte, es coeditora de la colección de ensayos Policing the Planet: Why the Policing Crisis Led to Black Lives Matter, entre otros volúmenes). Los relatos de ambas autoras sobre la Revolución Mexicana están muy en sintonía con los poderes destructivos del aparato represivo del Estado estadounidense, cuyos avatares en aquella época incluían a personajes tan temibles como los paramilitares Texas Rangers y los detectives mercenarios de la Furlong Secret Service Company.

                                                                                             
                                                  Ricardo Flores Magón (izquierda) y Enrique Flores Magón (derecha) en la cárcel del condado de Los Ángeles, 1917. (Wikimedia Commons)

Bad Mexicans se basa en los voluminosos registros dejados por las agencias de espionaje estadounidenses y mexicanas para narrar el largo viaje de Flores Magón, sus hermanos Jesús y Enrique, y las decenas de otros radicales en su órbita, desde periodistas de la oposición en Ciudad de México hasta revolucionarios internacionales. En el centro de la meticulosa y estimulante historia de Hernández está el reconocimiento por parte de la autora de que las actividades del PLM estuvieron, en todo momento, profundamente condicionadas por la represión a ambos lados de la frontera, y especialmente a manos de los espías retenidos por las nuevas fuerzas de la inteligencia interna estadounidense.

Como señala Hernández, el FBI se fundó, al menos en parte, para reprimir el impulso radical de los revolucionarios mexicanos en las tierras fronterizas. Las prácticas mediante las cuales esa brutal agencia llegaría a desbaratar los movimientos liberacionistas durante el siglo XX se idearon primero para amordazar a Flores Magón, a Regeneración y al PLM.

Los pasajes más estimulantes de Bad Mexicans describen la campaña emprendida por la Agencia del Servicio Secreto Furlong para vigilar y capturar a miembros del PLM en Estados Unidos. En este esfuerzo, la empresa de detectives mercenarios colaboró con las fuerzas del orden para manipular el Servicio Postal estadounidense, haciendo que las cartas intercambiadas entre Flores Magón y muchos otros radicales estuvieran disponibles para su inspección encubierta.

Esto, a su vez, llevó a los militantes a establecer elaborados sistemas de entrega de cartas para proteger a remitentes y destinatarios y a idear un ingenioso conjunto de claves para codificar sus cartas, ejemplos de las cuales se reproducen en el libro de Hernández. En una trágica ironía habitual en el estudio de la revolución, la historia que Hernández narra con tanto brío y detalle nos es accesible hoy solo porque estas comunicaciones efímeras fueron conservadas y archivadas por los mismos organismos de seguridad del Estado que intentaron aniquilar a sus autores.

Además de ser una proeza de la narración de archivos, Bad Mexicans es también una historia de la Revolución Mexicana vista desde las tierras fronterizas, una zona de peligro y posibilidad que, en el relato de Hernández, llega a incluir no solo el terreno físico de la frontera entre Estados Unidos y México, sino también muchos otros lugares en los que las exigencias de la lucha de clases no podían ser contenidas por las líneas de un mapa. La historia de Hernández serpentea a través de casas seguras en Los Ángeles y San Luis, patios de ferrocarril poblados por bohemios vagabundos, líneas de piquete que rodean las minas propiedad de Estados Unidos y muchos otros lugares renegados.

Fe radical

La insurrección de Baja California aparece casi al final del libro de Hernández, una especie de epílogo a la historia mucho más larga de organización valiente y paciente que la precedió. Pero la experiencia del PLM, antes e incluyendo Baja California, es en muchos sentidos el punto de partida de Arise! de Heatherton. Tomando su título de las sílabas iniciales de «La Internacional», el libro de Heatherton presenta una visión panorámica global del radicalismo mexicano que se extiende décadas más allá del cierre del libro de Hernández con la muerte de Flores Magón en 1922. Al hacerlo, muestra que fue en México, incluso más que en Rusia, donde las fuerzas del desarrollo capitalista internacional —por no hablar de un emergente nuevo imperialismo cargado de supremacía blanca— se enfrentaron por primera vez a las fuerzas de la resistencia transnacional de la clase obrera.

La caleidoscópica historia de Heatherton comienza en las plantaciones henequeneras y las ciudades portuarias del México de finales del siglo XIX, focos no solo de aglomeración capitalista sino también de incipiente conciencia revolucionaria. Pero el relato de Heatherton se extiende mucho más allá de estos lugares, llegando a incluir la guerra ideológica que se desató en el seno de la embajada soviética de México durante el mandato como embajadora de Alexandra Kollontai; la trascendental lucha de los trabajadores emigrantes mexicanos por la asistencia social durante la Gran Depresión; y la práctica artística desafiante de Elizabeth Catlett y sus colaboradores comunistas, entre otros episodios.

En mi opinión, la más memorable de las historias de Heatherton es su relato de la «universidad del radicalismo» que surgió en la Penitenciaría Federal de Leavenworth durante la Primera Guerra Mundial, donde Flores Magón fue encarcelado en virtud de la Ley de Espionaje junto al líder de la IWW «Big Bill» Haywood e innumerables revolucionarios anónimos. Flores Magón murió en esa prisión, víctima de la negligencia médica y de las groseras condiciones de vida. Y aunque la historia de su muerte ya se ha contado antes —de hecho, ha alcanzado una especie de estatus legendario entre los internacionalistas—, Heatherton aporta una dimensión totalmente nueva a este relato. Recupera la historia olvidada del asesinado José Martínez, un preso de Leavenworth desestimado por la historia como un «pelado» apolítico, pero cuya agresión final a los guardias de la prisión, demuestra Heatherton, pudo estar motivada por el cruel trato que éstos dispensaban a un Flores Magón enfermo.

La narrativa de Heatherton vuelve constantemente a lugares en los que la agitación del desarrollo capitalista arroja juntos a diversos grupos de desplazados y marginados, que juntos llegan a entenderse a sí mismos como antagonistas políticos de un sistema mundial emergente basado en la explotación aguda. Para Heatherton, la gran importancia de la Revolución Mexicana es que estalló a partir de estos «espacios de convergencia», como ella los denomina. Al hacerlo, contribuyó a generar un repertorio internacional de acción social revolucionaria a través del cual grupos heterogéneos de rebeldes globales pudieron identificar al capitalismo y a la línea de color como sus enemigos comunes.

Bad Mexicans y Arise! son tremendos logros de sensibilidad histórica e imaginación radical. En conjunto, y especialmente en combinación con el libro de Lomnitz, algo más antiguo, presentan una historia fundamentalmente nueva de la Revolución Mexicana, que diverge en aspectos importantes no solo de la anquilosada historia nacionalista-republicana de Octavio Paz, sino también de la historia de las rebeliones campesinas de orientación local (y en última instancia condenadas al fracaso) proporcionada por revisionistas marxistas como Adolfo Gilly o Roger Bartra.

No es solo su orientación insistentemente transnacional lo que diferencia los libros de Hernández y Heatherton. Ni siquiera es su entusiasmo sin paliativos por la corriente radical encarnada por el a menudo incomprendido Flores Magón. Es también su esperanza, su fe radical en la capacidad imperecedera de los seres humanos de unirse para desafiar la línea de color y derrocar las relaciones de explotación y abuso, incluso, y especialmente, en las condiciones históricas más desorientadoras.

Más interesados en recuperar potenciales radicales que en denunciar fracasos, Bad Mexicans y Arise! ejemplifican un nuevo tipo de historia revolucionaria, adecuada para una nueva era de lucha en las tierras fronterizas entre Estados Unidos y México y más allá.

JONAH WALTERS

Becario posdoctoral en el Laboratorio de Estudios Biocríticos del Instituto de Sociedad y Genética de la Universidad de California.

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El socialismo puede ayudar a contener los peores impulsos de la humanidad

16/07/2023 by Vitalio Deja un comentario

Por: Ben Burgis

Traducción: Florencia Oroz

Muchos críticos del socialismo afirman que nuestra naturaleza humana está demasiado viciada y es demasiado egoísta como para que el socialismo funcione. Están entendiendo las cosas exactamente al revés.

El capitalismo genera enormes cantidades de pobreza, desigualdad económica y estrés financiero. Desempodera a la inmensa mayoría de la población en edad de trabajar, que no tiene otra opción viable más que pasar la mitad de sus horas de vigilia en lugares de trabajo donde reciben órdenes de jefes no elegidos. Fuera del lugar de trabajo, las decisiones con mayor impacto en la sociedad en su conjunto son tomadas por directores ejecutivos que solo rinden cuentas a los accionistas. Y las salvajes divergencias de riqueza convierten en una broma de mal gusto la idea de que todos los ciudadanos ejercen el mismo nivel de influencia en el proceso político.

Seguro que podemos hacerlo mejor. ¿Por qué no podemos poseer colectivamente los recursos productivos de la sociedad, satisfacer las necesidades materiales de todas y todos y crear un tipo de democracia más significativa? En otras palabras, como dijo una vez el filósofo marxista G.A. Cohen: «¿Por qué no el socialismo?».

Una respuesta popular es que iría en contra de la naturaleza humana. Es tan popular, de hecho, que mucha gente acepta irreflexivamente esta idea como de «sentido común». Sin embargo, si se examina más de cerca, la objeción de la naturaleza humana es exactamente al revés.

No somos ángeles

Algunos críticos del socialismo piensan que redistribuir la propiedad privada de los capitalistas ricos sería un robo: llamemos a esto la «objeción moral». Otros plantean problemas técnicos sobre la viabilidad de una planificación económica para toda la sociedad. ¿Cómo reunirían los planificadores suficiente información como para saber qué producir para satisfacer las preferencias de los consumidores? Llamémosle «objeción técnica».

Los socialistas rebaten la objeción moral con un argumento obvio sobre la inmoralidad comparativa de permitir que los capitalistas ricos sigan explotando a la inmensa mayoría de la población mundial. La objeción técnica se considera más seriamente, lo que lleva a algunos socialistas, por ejemplo, a dejar espacio para los mercados en su visión del socialismo. Tal vez podríamos nacionalizar las «cúpulas dominantes» de la economía, manteniendo al mismo tiempo un sector de mercado de cooperativas de trabajadores que compitan entre sí.

Pero, independientemente de lo que se piense de estos debates, la objeción que más preocupa a algunas personas que, por lo demás, simpatizan con la política de izquierdas, no es ni moral ni técnica, sino psicológica.

El socialismo estaría bien si fuéramos «ángeles», piensan estos críticos, pero no lo somos. Nuestra naturaleza no es altruista y cooperativa. Es egoísta y cruel. Intentar convertirnos en lo que tendríamos que ser para que una economía cooperativa funcione es como intentar tener un tigre en casa y alimentarlo con una dieta vegana. No hay posibilidad de que la cosa termine bien.

La objeción de la naturaleza humana tiene más fuerza retórica que la objeción moral o la objeción técnica. En lugar de gritar que los ricos tienen derecho a su riqueza acaparada o plantear problemas logísticos que los socialistas creen que podemos resolver, los críticos que presionan el caso psicológico contra el socialismo pueden posar como aspirantes a socialistas que han superado su ingenuidad. «Oigan», pueden decir, «ojalá pudiéramos tener algo como el socialismo. Es realmente trágico que no podamos. Pero así es la vida».

No ayuda que muchos socialistas parezcan inseguros sobre cómo responder a esta objeción. Algunos dedican mucho tiempo a insistir en que los seres humanos son realmente bondadosos y cooperativos por naturaleza. Seguramente hay algo de verdad en ello. El problema es que es inverosímil que sea toda la verdad.

La psicología humana es demasiado compleja como para que una simple generalización pueda captar el cuadro completo. El filósofo de la Ilustración David Hume se opuso a la idea de que todo el mundo va al cielo o al infierno cuando muere, alegando que la mayoría de nosotros «flotamos entre el vicio y la virtud»:

Supongamos que vamos por todas partes con la intención de dar una buena cena a los justos y una buena paliza a los malvados: a menudo no sabríamos cómo elegir, al comprobar que los méritos y deméritos de la mayoría de los hombres y mujeres apenas se corresponden con la rectitud o la maldad.

Algunos socialistas han pensado que el equilibrio entre egoísmo y altruismo en nuestra naturaleza es históricamente contingente, que lo que sale a la luz es en gran medida el resultado de las circunstancias sociales en las que nos encontramos. Si mejoran las circunstancias sociales, mejorará la naturaleza humana.

Probablemente haya también algo de cierto en esta idea. La gente que se pelea por un pequeño número de botes salvavidas podría estar dispuesta a tratarse mejor en circunstancias más felices. Es plausible que satisfacer las necesidades materiales de todos y dar a cada uno la misma voz conduzca a mejores resultados que un mundo de competencia de todos-contra-todos.

Pero, ¿hasta dónde llega esta idea? El Che Guevara, por ejemplo, predijo con confianza que surgiría un «nuevo hombre socialista» a medida que la sociedad se transformara. Eso no fue lo que ocurrió en Cuba ni en otros experimentos de socialismo de Estado del siglo XX. Tal vez una versión mejor del socialismo produciría mejores resultados. Pero, ¿y si no es así?

Como socialistas, intentamos convencer a la gente de que dé el salto a un nuevo sistema social tan diferente del capitalismo como el capitalismo del feudalismo. Puede ser una propuesta aterradora. Es más difícil defender nuestros argumentos si pedimos a la gente que apueste por cambios hipotéticos en la psicología humana que no podemos demostrar que vayan a producirse. Afortunadamente, no tenemos que hacerlo.

Los ángeles no necesitarían el socialismo

El grado exacto en que la naturaleza humana es intrínsecamente egoísta o desinteresada, y hasta qué punto depende de nuestras circunstancias, es una cuestión empírica complicada que afecta a campos que van desde la sociología a la psicología evolutiva. No puede responderse desde el sillón.

Pero sea cual sea nuestro grado de egoísmo, no es razón para tirar la toalla y aceptar el capitalismo como lo mejor que puede hacer la humanidad. Por el contrario, es precisamente la razón para oponerse al capitalismo y luchar por instituciones colectivas y democráticas que puedan limitar el daño que las personas crueles están en condiciones de hacerse unas a otras.

El núcleo del socialismo es la democracia económica. Tanto si hablamos de la toma de decisiones en un lugar de trabajo individual como de decisiones de mayor envergadura con un amplio impacto en el curso de la sociedad, los socialistas piensan que todos los afectados deben tener voz y voto.

Una de las razones por las que esto es tan importante es precisamente que dar a cualquiera demasiado poder sobre sus semejantes crea el peligro de que comience a abusar de dicho poder. Ningún sistema es perfecto, por supuesto, pero la mejor receta para minimizar al máximo la posibilidad de abuso es repartir el poder —político y económico— tanto como sea posible.

Esa es una de las razones por las que los socialistas democráticos rechazan la idea de que se pueda confiar en un Estado autoritario de partido único para que actúe en nombre del pueblo. Y es una excelente razón para rechazar el capitalismo, un sistema en el que no existe la pretensión de que el poder económico esté en manos del pueblo y no de quienquiera que tenga suficiente dinero para comprar los medios de producción.

Si todos los seres humanos fuésemos ángeles desinteresados, no tendríamos que preocuparnos de cómo Jeff Bezos trata a los trabajadores de sus almacenes o cómo Harvey Weinstein trata a las aspirantes a actriz. No tendríamos que preocuparnos por la suerte que correrán las familias que caen en la pobreza, porque confiaríamos en que la gente que tiene más siempre actuará individualmente para ofrecer una mano amiga. No tendríamos que preocuparnos de que los ricos abusaran de su influencia política, porque confiaríamos en que tuvieran en cuenta los intereses de todos.

En otras palabras, si fuéramos ángeles, no sería necesario sustituir las instituciones capitalistas por otras socialistas. Pero somos seres humanos profundamente imperfectos, capaces de grandeza moral, sin duda, pero también de todo tipo de crueldades. Y es precisamente por eso que necesitamos el socialismo.

BEN BURGIS

Ben Burgis es profesor de filosofía y autor de Give Them An Argument: Logic for the Left. Es presentador del podcast Give Them An Argument.

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George Padmore desempeñó un papel vital en la lucha anticolonial

16/07/2023 by Vitalio Deja un comentario

Por: Theo Williams

Traducción: Pedro Perucca

 

Nacido en Trinidad, George Padmore se convirtió en un organizador clave de las redes panafricanas anticoloniales. Fuertemente influido por el marxismo, Padmore siempre insistió en que la independencia nacional debía conducir a la liberación social, en lugar de limitarse a sustituir una bandera por otra.

George Padmore fue una de las figuras más importantes de la política panafricanista y anticolonialista del siglo XX. Nacido en Trinidad, se trasladó posteriormente a Londres, donde se convirtió en un organizador clave de redes que reunieron a algunos de los futuros líderes africanos en la lucha contra la dominación europea.

Padmore se convirtió en un destacado activista comunista en la década de 1920, aunque más tarde rompió con el movimiento al considerar que restaba importancia a la lucha contra el imperialismo. Sin embargo, Padmore siguió inspirándose en las ideas marxistas y subrayó que la liberación del dominio colonial debía implicar una transformación radical de la sociedad, no sólo una nueva bandera y un nuevo himno.

La línea del color

Malcolm Nurse, que más tarde se haría famoso como George Padmore, nació en Arouca, en el corredor este-oeste de Trinidad, el 28 de junio de 1903. Trinidad era una colonia británica definida por una clara jerarquía racial. Nurse pertenecía a la clase media negra y era plenamente consciente de que el racismo y el colorismo limitarían sus perspectivas.

Como C.L.R. James, amigo de la infancia de Nurse, observó de la Trinidad de su juventud:

Socialmente las líneas raciales estaban claras. Los blancos, los pardos y los negros mantenían cada uno su propia compañía. Las mejores posiciones se las repartían (muy desigualmente) los dos primeros. . . Fue sobre la clase media negra, en contraposición a la parda, sobre la que recayó con más fuerza la discriminación, y George pertenecía a esa clase.

Nurse no nació simplemente en Trinidad: nació en un mundo de dominación imperialista blanca. Trinidad era un rincón de un mundo dividido, en su mayor parte, entre imperios coloniales europeos. Las tres naciones independientes dirigidas por negros —Etiopía, Haití y Liberia— disfrutaban cada una de una frágil soberanía que las potencias occidentales pondrían en entredicho en los años siguientes.

En 1900, los delegados de la Primera Conferencia Panafricana se reunieron en Londres. La conferencia se propuso encontrar soluciones a los problemas a los que se enfrentaba la población negra en todo el mundo. Observando el panorama mundial, el intelectual afroamericano W.E.B. Du Bois declaró al final de la conferencia que la gran cuestión del siglo XX era «el problema de la línea de color».

Los africanos y los afrodescendientes no tardaron en contribuir de forma significativa al esfuerzo bélico de los Aliados durante la Primera Guerra Mundial. Muchos de ellos esperaban que su servicio condujera a mayores libertades después de la guerra, sólo para enfrentarse a más violencia, represión y discriminación. El descontento y la desilusión de los negros encontraron su expresión en la enorme popularidad mundial de la Universal Negro Improvement Association de Marcus Garvey, así como en las redes internacionales forjadas a través de los Congresos Panafricanos de Du Bois en el periodo de entreguerras.

Mientras tanto, la Revolución Bolchevique de 1917 provocó un aumento del apoyo al comunismo en todo el mundo. Para muchos negros, la Unión Soviética contrastaba con la explotación racista que caracterizaba a Estados Unidos y a los imperios europeos.

Padmore y el comunismo

Nurse abandonó Trinidad para estudiar en Estados Unidos en 1924. En 1927, mientras estudiaba Derecho en la Universidad Howard de Washington, se afilió al Partido Comunista de Estados Unidos (CPUSA). Adoptó el nombre de George Padmore para ocultar sus actividades comunistas, que incluían escribir para el Daily Worker del CPUSA y editar su Negro Champion. Rápidamente se hizo un nombre, y en 1929 fue reclutado para trabajar para la Internacional Comunista en Moscú.

El VI Congreso de la Internacional Comunista, celebrado en Moscú durante el verano de 1928, marcó la pauta del activismo comunista de los años siguientes. Marcó un brusco giro en la política comunista, que dejó de buscar frentes unidos con los socialdemócratas y se orientó hacia una política revolucionaria sin concesiones —y muy sectaria— de «clase contra clase». El congreso también comprometió a la Internacional Comunista a apoyar con más entusiasmo las luchas anticoloniales dirigidas por el proletariado. Como parte de este reajuste, lanzó el Comité Sindical Internacional de Trabajadores Negros (CSION).

Padmore fue una figura crucial en la organización de la Conferencia Internacional de Trabajadores Negros del CSI, celebrada en Hamburgo en julio de 1930. Sus resoluciones exigían la «evacuación inmediata de los imperialistas de todas las colonias» y un desafío revolucionario al orden mundial:

Las luchas espontáneas de los trabajadores negros por la igualdad de salarios, contra el trabajo forzoso, la segregación y las barras de color, etc., deben desarrollarse en una lucha consciente contra el imperialismo y todo el sistema de explotación capitalista y colonial.

En consonancia con la política comunista de «clase contra clase», la reunión denunció a todos los reformistas, ya fueran blancos o negros.

Poco después de la conferencia, Padmore se trasladó de Moscú a Hamburgo para asumir la dirección de la revista de la CSI, el Negro Worker. También publicó un breve libro, The Life and Struggles of Negro Toilers (1931), que fue la expresión más completa de su pensamiento político mientras trabajaba para la Comintern. Basándose en la teoría del imperialismo de Vladimir Lenin, desarrolló el papel que desempeñaban los obreros y campesinos negros en un sistema capitalista-imperialista global.

Para Padmore, los «trabajadores negros», oprimidos tanto por razones de clase como de raza, serían un pilar fundamental de una futura revolución mundial. De Marx tomó prestado un aforismo que utilizaría innumerables veces a lo largo de su vida: «El trabajo en la piel blanca no puede liberarse mientras que el trabajo en la piel negra está esclavizado».

Rompiendo con la Comintern

Sin embargo, la asociación de Padmore con el movimiento comunista no duraría mucho más. En agosto de 1933, publicó un artículo anunciando su salida del Negro Worker. La Internacional Comunista proclamó su expulsión en marzo de 1934.

Según la Comintern, Padmore fue expulsado

por contactos con un provocador, por contactos con organizaciones burguesas sobre la cuestión de Liberia, por una actitud incorrecta ante la cuestión nacional (en lugar de la unidad de clase se esforzaba por lograr la unidad de raza) y por no entregar los asuntos del comité en el que había trabajado.

Padmore, por su parte, argumentó que no se encontraba «en conflicto con los principios fundamentales de nuestro movimiento», pero acusó a la Comintern de sacrificar las luchas anticoloniales para apaciguar a los gobiernos británico y francés.

Aunque la afirmación de Padmore de que la CSI había sido «liquidada» era exagerada, el posterior giro de la Comintern hacia la estrategia del Frente Popular reivindicó la esencia de sus quejas. Asustada por la subida al poder de Hitler en 1933, la Unión Soviética consideraba a la Alemania nazi como una amenaza existencial. Se unió a la Sociedad de Naciones (que Lenin había calificado previamente de «cocina de ladrones») en septiembre de 1934, y firmó un tratado de asistencia mutua con Francia en 1935.

El VII Congreso de la Comintern en 1935 formalizó la estrategia del Frente Popular, ya que el movimiento comunista internacional dejó claro que su prioridad era establecer alianzas con fuerzas «democráticas» y «progresistas» en oposición al fascismo, independientemente de su posición sobre el colonialismo. Padmore identificó en esta nueva posición comunista la creencia de que «los pueblos coloniales que viven bajo el yugo de los imperialismos británico, francés y estadounidense deben renunciar a su lucha por la autodeterminación y alinearse en defensa de la ‘democracia’, algo que nunca han conocido».

Redes anticoloniales

Para entonces, Padmore ya vivía en Londres, donde pasaría la mayor parte del resto de su vida. Llegó en el verano de 1935, durante una de las muchas grandes crisis de la década. Hacía meses que estaba claro que la Italia fascista tenía planes en Etiopía, que finalmente culminaron en una invasión en octubre de 1935 y la toma de Addis Abeba en mayo de 1936.

En Londres, Padmore se unió a la International African Friends of Ethiopia (IAFE), un grupo que sus compañeros activistas caribeños Amy Ashwood Garvey y C. L. R. James habían fundado para hacer campaña a favor de la continuidad de la independencia de Etiopía. Los activistas negros que formaban el IAFE entendían que la invasión de Etiopía por Italia era emblemática y sintomática de un sistema capitalista-imperialista más amplio sustentado en ideologías racistas.

El futuro presidente de Ghana, Kwame Nkrumah, estaba de viaje en Londres cuando se conoció la noticia de la invasión. Más tarde recordó haberse sentido «casi como si todo Londres me hubiera declarado la guerra de repente a mí personalmente».

Durante estos primeros años en Gran Bretaña, Padmore publicó How Britain Rules Africa (1936) y Africa and World Peace (1937), al tiempo que fundaba el International African Service Bureau (IASB) a partir de los restos de la IAFE durante la primavera de 1937. Se le unieron en el IASB personas como James, Chris Jones (de Barbados), Jomo Kenyatta (de Kenia), T. Ras Makonnen (de la Guayana Británica) e I. T. A. Wallace-Johnson (de Sierra Leona). El trabajo de la organización contó con el gran apoyo de la socia judeo-británica de Padmore, Dorothy Pizer.

Hubo una notable continuidad en el pensamiento político de Padmore durante su época comunista y poscomunista, ya que siguió defendiendo una concepción leninista del imperialismo, además de hacer hincapié en la interdependencia de las revoluciones metropolitanas y coloniales. El «Manifiesto contra la guerra» (1938) del IASB dirigía las siguientes palabras a la clase obrera británica:

Aunque nos hayáis descuidado en el pasado, hoy, en esta hora de crisis común, queremos que sepáis que los negros no os guardamos rencor. Los imperialistas son nuestro enemigo común… Nuestra libertad es un paso hacia vuestra libertad.

Padmore también atacó la distinción de la Comintern entre potencias «democráticas» (como Gran Bretaña y Francia) y «fascistas» (como Alemania e Italia), y empezó a describir varias leyes y prácticas coloniales británicas y francesas como «fascistas» para ilustrar su punto de vista. Le exasperaba que tantos antiguos camaradas estuvieran dispuestos a pasar por alto una forma de gobierno autoritario racialmente estratificado para luchar contra otra.

Además, sostenía que el colonialismo y el fascismo compartían una misma causa: el capitalismo. Como escribió Padmore en África y la paz mundial:

El imperialismo «democrático» y el imperialismo «fascista» no son más que ideologías intercambiables que se corresponden, por un lado, con las condiciones económicas y políticas del capitalismo en un país determinado y, por otro, con el grado de desarrollo de la lucha de clases.

Mientras que los comunistas proclamaban la necesidad de un Frente Popular «contra el fascismo y la guerra», Padmore sostenía que la lucha contra el fascismo y la guerra sólo podía ganarse mediante una lucha más directa contra el capitalismo y el colonialismo, una lucha que la estrategia del Frente Popular había subordinado.

Panafricanismo

Cuando llegó la Segunda Guerra Mundial, las actividades políticas de Padmore se vieron muy limitadas. La mayoría de los miembros del IASB habían abandonado Londres, y el propio Padmore padecía una dolencia de garganta que le impidió hablar en público durante los primeros años de la década de 1940. Sin embargo, Padmore, junto a compañeros como Chris Jones y el escritor sudafricano Peter Abrahams, que llegó a Londres en 1940, siguió defendiendo la revolución anticolonial.

Instaron a la población negra y a otros pueblos colonizados a no contribuir a los esfuerzos bélicos de sus opresores europeos y a aprovechar la guerra como una oportunidad para lograr la independencia. Padmore también se sumergió cada vez más en las redes del Partido Laborista Independiente británico, cuya «Ofensiva Socialista por la Paz» en tiempos de guerra debía mucho al análisis de Padmore sobre la relación entre capitalismo, colonialismo, fascismo y guerra. Al mismo tiempo, Padmore era consciente de que la posición comunista estaba a merced de las exigencias de la política exterior soviética, y como tal cambiaba drásticamente en función de acontecimientos como el Pacto Molotov-Ribbentrop de agosto de 1939 y la invasión alemana de la Unión Soviética en junio de 1941.

Al término de la guerra, Padmore desempeñó un papel destacado en la organización del V Congreso Panafricano de Manchester, el logro por el que quizá siga siendo más conocido. Ochenta y siete delegados, entre ellos tres futuros presidentes africanos (Hastings Banda, Jomo Kenyatta y Kwame Nkrumah) y unos doscientos observadores se reunieron en el Ayuntamiento de Chorlton-on-Medlock, en Manchester, durante una semana en octubre de 1945.

El congreso invocó el linaje de los congresos de Du Bois de entreguerras, al tiempo que evitaba la naturaleza burguesa de estas reuniones anteriores. Abrahams recordó el congreso de Manchester como «el primero verdaderamente representativo», mientras que Padmore lo calificó de «expresión de un movimiento de masas». El «Desafío a las potencias coloniales» de la reunión declaraba:

Condenamos el monopolio del capital y el dominio de la riqueza y la industria privadas sólo para el beneficio privado. Damos la bienvenida a la democracia económica como la única democracia real.

El espíritu de Bandung

El movimiento por la independencia de la Costa de Oro (más tarde rebautizada Ghana) ocupó gran parte del tiempo y la atención de Padmore después de la Segunda Guerra Mundial. Fue mentor de Nkrumah, que condujo al país a la independencia en 1957. Sin embargo, a pesar de centrarse en la nación ghanesa, Padmore —al igual que Nkrumah— estaba convencido de la necesidad de una liberación panafricana que tuviera como objetivo alcanzar el socialismo y trascendiera las fronteras nacionales.

En una carta de 1956 al escritor afroamericano Richard Wright, Padmore explicaba que su «concentración» en Nkrumah se debía al análisis marxista de éste. Añadió que líderes como Nnamdi Azikiwe (futuro presidente de Nigeria) eran «sólo los Kerenskys», en referencia al líder ruso al que los bolcheviques habían derrocado. James recordaba que Padmore

hablaba irónicamente de los políticos nacionalistas que se conformaban con «una bandera y un himno nacional»… La independencia africana no significaba para él una mera repetición de la experiencia europea.

A medida que se intensificaba la Guerra Fría, Padmore creía que la no alineación ofrecía la perspectiva más realista de una independencia africana significativa. Su último libro, ¿Panafricanismo o comunismo? (1956), fue escrito con el espíritu de la Conferencia de Bandung de 1955.

Padmore jugó un juego estratégico de Guerra Fría y exageró las divergencias históricas entre el panafricanismo y el comunismo. Sostenía que el panafricanismo no supondría una amenaza para Occidente si se dejaba a los líderes africanos como Nkrumah construir su propia marca de socialismo, pero que los panafricanistas podrían recurrir a Moscú si las potencias europeas no concedían la independencia a sus colonias.

Sin embargo, a pesar de sus continuas críticas al movimiento comunista contemporáneo, Padmore siguió defendiendo el legado leninista. Escribió, por ejemplo, que durante la Guerra Civil rusa, los «reaccionarios fracasaron en gran medida porque la audaz estrategia anticolonial de Lenin dio tan ricos dividendos».

Padmore se trasladó a Ghana en 1957 para actuar como asesor de Nkrumah en asuntos africanos. Sin embargo, su estancia en Ghana fue corta y frustrante. Con la salud deteriorada, regresó a Londres, donde murió de cirrosis el 23 de septiembre de 1959. Sus cenizas fueron enterradas en el castillo de Christiansborg, en Accra, al mes siguiente. Un golpe militar de derechas apoyado por la CIA derrocó al gobierno de Nkrumah en febrero de 1966.

James escribió sobre Nkrumah: «Como Cromwell y Lenin, inició la destrucción de un régimen en decadencia, un logro tremendo; pero como ellos, fracasó en la creación de la nueva sociedad». Padmore fue una figura clave en la destrucción del antiguo régimen y anhelaba ver una nueva sociedad libre del capitalismo y el imperialismo. Aunque Padmore y sus camaradas no consiguieron crear esa nueva sociedad en el siglo XX, su vida y su obra siguen siendo instructivas si queremos llevar a cabo la tarea en el siglo XXI.

THEO WILLIAMS

Profesor de historia británica del siglo XX en la Universidad de Durham y está especializado en las historias del anticolonialismo y la política radical negra. Es autor de Making the Revolution Global: Black Radicalism and the British Socialist Movement before Decolonisation.

Publicado en: Global, titular2

Francia: Rebelarse contra la desigualdad

09/07/2023 by Vitalio Deja un comentario

Por: Tomek Skomski y Marion Beauvalet

Las protestas que están teniendo lugar en Francia no reflejan solo a la bronca por el asesinato de un adolescente a manos de la policía. Son el resultado de la ira generalizada contra la desigualdad racial, las privatizaciones y contra una institución siempre represiva.

Mientras escribimos, las noticias sobre los disturbios en Francia dan la vuelta al mundo. Se habla de comercios saqueados y de todo —desde ayuntamientos a bibliotecas— convirtiéndose en humo al paso de las protestas.

Estos disturbios son revueltas populares: revueltas contra la brutalidad policial, contra la sensación de ser tratados como ciudadanos de segunda categoría, contra la crisis del coste de la vida en Francia. Su origen comenzó el 27 de junio, cuando Nahel M, de diecisiete años, fue ejecutado por un agente de policía cuando intentaba escapar de un control policial en uno de los barrios obreros de Nanterre.

Este asesinato no fue un caso aislado; los homicidios policiales se han disparado desde que el expresidente François Hollande aprobó en 2017 un proyecto de ley que permite a los agentes de policía utilizar armas de fuego en caso de incumplimiento por parte de civiles. Desde entonces, el número de víctimas de la brutalidad policial ha aumentado año tras año.

Pero si la ira se desató por este asesinato en particular, se ha visto alimentada por años de abusos policiales. Un estudio realizado en 2017 en Francia demostró que si te consideraban árabe o negro, tenías veinte veces más probabilidades de ser sometido a un control policial que el resto de la población. Y los barrios obreros donde se están produciendo estas revueltas están gravemente infradotados de servicios públicos, con tasas de desempleo entre el 16% y el 20% (frente a una media nacional que oscila entre el 7% y el 8%).

Hasta comienzos de esta semana se han realizado 2300 detenciones, y sus perfiles muestran algunas similitudes: muchos de ellos son adolescentes. Muy pocos tienen antecedentes penales y suelen tener entre catorce y dieciocho años. En algunas noches, la edad media de los alborotadores detenidos es de solo diecisiete años.

Pero hasta ahora, los dirigentes políticos de todo el espectro se han negado a comprender el peso del problema, recurriendo a falsas acusaciones. Parte del gobierno y del partido de derechas Les Républicains, por ejemplo, acusan a La France Insoumise, de izquierdas, de sembrar el caos en el país por buscar soluciones políticas a los disturbios y negarse a sumarse a la condena general. Cada vez que se intensifican los conflictos sociales, la derecha y los macronistas siempre lanzan este mismo reproche a la izquierda.

Al más alto nivel, la respuesta de Emmanuel Macron ha sido, como era de esperar, autoritaria y brutal. Se han movilizado más de 45 000 policías en todo el país para hacer frente a las revueltas. En un discurso con el ministro del Interior, Gérald Darmanin, y la primera ministra, Elisabeth Borne, Macron prometió que estas revueltas debían tratarse con rapidez y que las redes sociales y los videojuegos eran parcialmente culpables de la conducta de los adolescentes alborotadores. Macron también hizo un llamamiento a los padres para que asuman su responsabilidad y cuiden de sus hijos por la noche. El ministro de Justicia, Eric Dupond-Moretti, dijo que los padres debían «retener a sus hijos» y les amenazó con cargos judiciales si no lo hacían.

El viernes pasado, la ONU pidió a Francia que «abordara seriamente los profundos problemas de racismo entre las fuerzas del orden». Francia respondió que «cualquier acusación de racismo sistémico o discriminación por parte de las fuerzas del orden en Francia» era «totalmente infundada». El gobierno no ha propuesto ningún anuncio ni solución política para poner fin a estas revueltas.

La extrema derecha ha pedido que se declare el estado de excepción, y algunos políticos de extrema derecha han calificado el momento de «guerra civilizatoria», argumentando que las revueltas estaban dirigidas por descendientes de inmigrantes. Pidieron al gobierno que dejara que la gente volviera a poner orden en las calles si el gobierno no lo hacía; mientras Macron ataca a la izquierda radical, se han visto milicias fascistas armados con bates de béisbol en las ciudades de Angers y Lorien, donde han estado ayudando a la policía a realizar detenciones, y en Lyon, donde cincuenta fascistas marcharon por las calles coreando «estamos en casa». La policía y los fascistas cantan himnos similares; en los últimos días, dos sindicatos policiales han emitido declaraciones explicando que las fuerzas policiales estaban «en guerra» con «pestes» y «salvajes».

Lo que es aterrador es que casi ninguna fuerza política está tratando políticamente esta revuelta. La única respuesta que parece dar la clase política es represiva. El único partido político que intenta abordar políticamente la situación es La France Insoumise, cuyo grupo parlamentario ha propuesto soluciones para poner fin a la crisis que genera estas revueltas. La primera exigencia es derogar el proyecto de ley de «permiso para matar» de 2017, que permitía a los agentes de policía asesinar a la joven Nahel, así como pedir una comisión de «verdad y justicia» sobre la violencia policial grave y un plan de inversiones masivas para los barrios obreros.

Aquí, la izquierda radical propone un «plan de emergencia para superar la crisis». Este plan implica situar la revuelta en el ámbito político: las revueltas no son el resultado del fracaso de los padres, las redes sociales o Snapchat, sino de una crisis política total. Las causas de la crisis son antiguas y deben abordarse seriamente.

A este respecto, Jean-Luc Mélenchon ha dicho en el canal de televisión LCI que «la cuestión para un político no es llamar a la calma o hacer poses de huelga. Es construir la calma. Y para ello es necesario resolver de forma racional y concreta los problemas que se plantean». Durante las anteriores elecciones presidenciales, el movimiento ya pidió la reestructuración de la IGPN (Inspección General de la Policía Nacional), la disolución de la BAC (Brigada Anticrimen) y la creación de una policía republicana libre de racismo. También abogaron por la adopción de un importante código ético, la aplicación de nuevas medidas para combatir la elaboración de perfiles raciales y la mejora del programa de formación policial. Esto implicaría ampliar la duración de la formación policial y modificar su contenido, por ejemplo introduciendo cursos de sociología.

Esta crisis refleja la erosión de la situación en Francia. Al no adoptarse ninguna medida contra la dinámica de opresión racial y segregación que envenena a la sociedad francesa, la ejecución del joven Nahel actuó como detonante explosivo. Es urgente que los dirigentes políticos revisen por completo las instituciones policiales y garanticen que la «promesa republicana» —de educación superior, acceso al empleo, etc.— deje de detenerse a las puertas de los barrios desfavorecidos.

TOMEK SKOMSKI Y MARION BEAUVALET

Tomek Skomski es miembro del Parti de Gauche y agregado parlamentario de La France Insoumise. / Marion Beauvalet es estudiante de doctorado en Teoría de las Organizaciones y militante de La France Insoumise.

Publicado en: Europa, titular2

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