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Género y opresión de clase en Simone de Beauvoir

25/06/2023 by Vitalio Deja un comentario

Por: Emma Mcnicol

TRADUCCIÓN: FLORENCIA OROZ

 

El segundo sexo es celebrado con razón como una obra clásica de la teoría feminista. Pero a menudo se olvida que Simone de Beauvoir lo consideró un texto socialista que analizaba cuidadosamente la relación entre la opresión de género y la de clase.

Cuando Simone de Beauvoir murió en 1986, la portada de Le Nouvel Observateur llevaba el titular «Mujeres, ¡le deben todo!». Se trataba de la audaz revisión, por parte de un redactor masculino, del artículo de la filósofa Élisabeth Badinter «Mujeres, ¡le deben mucho!».

Es casi imposible imaginar que a los hombres se les diga alguna vez que le deben todo a una persona en particular. El culto a Simone de Beauvoir y las leyendas acumuladas en torno a su ensayo en dos partes de 1949 El segundo sexo se han desarrollado en el contexto de un mundo profundamente sexista.

Lecturas divergentes

Beauvoir siempre parece ser varias cosas a la vez. Es un icono de la independencia sexual, pero también la novia fiel, traicionada y servil de Jean-Paul Sartre; una feminista pionera, pero también una misógina honoraria y duradera; una izquierdista con carné, pero también una burguesa con los labios pintados; una anticolonialista comprometida y partidaria de la independencia de Argelia, pero también la encarnación del chic blanco parisino, una exportación cultural. Y así sucesivamente.

Estos patrones de recepción nos dan una idea de cómo Occidente intenta dar sentido a las llamadas elecciones «clave» que hacen las mujeres. La lectura contraria demasiado ansiosa que espera a la vuelta de la esquina —independiente pero promiscua, poliamorosa pero traicionada, realizada pero sin hijos— sirve para recordar a las mujeres que, en última instancia, las decisiones que toman no son suyas.

Las percepciones drásticamente opuestas de Beauvoir vuelven a hacerse sentir con fuerza cuando se trata de los recientes llamamientos a «cancelarla», dadas las verosímiles acusaciones de que preparó y sedujo a sus alumnas menores de edad de secundaria, mientras que la comentarista de Beauvoir Margaret Simons defiende actualmente la propia historia de Beauvoir como víctima-superviviente reiterada de violencia sexual.

Algunas valoraciones de Beauvoir son más juiciosas que otras, como veremos. Pero una línea de crítica predominante es particularmente injusta. Independientemente de quién fuera o de cómo viviera su vida, su filosofía feminista —al menos tal y como la expuso en El segundo sexo— no se refería exclusivamente a las mujeres burguesas blancas, ni era aplicable exclusivamente a ellas. De hecho, esta crítica popular revela más sobre el actual clima de opinión angloamericano que sobre Beauvoir o su obra.

Matrimonio, maternidad y monogamia

Mujeres de todo el mundo siguen visitando la tumba de Beauvoir en el cementerio parisino de Montparnasse, dejando notas manuscritas de gratitud y devoción. Para una mujer francesa de clase media, nacida en 1908 y criada por una madre ferozmente católica y un padre ateo, su rechazo del matrimonio, la maternidad y la monogamia era tremendamente heterodoxo, y al menos un poco valiente.

A mediados de la década de 1950, para muchas mujeres de Occidente, Beauvoir representaba una cierta libertad de estilo de vida: viajar, mantener relaciones sexuales por placer y seguir las propias pasiones creativas e intelectuales. Y desde entonces, el público ha mantenido un interés malsano por su vida amorosa y sexual. Junto a su estatus de icono de la libertad, el mundo la conoció primero (y mejor) como pareja de Sartre (y a menudo se refirieron a ella de forma inexacta como su «esposa»).

Las mujeres se sentían justificadamente inspiradas por su independencia como parte del entorno de la izquierda, en el que ella y Sartre colaboraban y salían de fiesta con destacados artistas y escritores. Beauvoir y Sartre vivían por separado, tenían otros amantes y mantenían sus finanzas separadas (aunque se cubrían mutuamente cuando era necesario). Sin embargo, muchos biógrafos y comentaristas han afirmado que su relación abierta solo le convenía a él y que sus aventuras la torturaban.

Ciertamente, hay muchas pruebas en las autobiografías y en la ficción de Beauvoir para suponer que sus relaciones le causaban dolor. Sin embargo, esta interpretación tiene dificultades para dar cabida al hecho de que su acuerdo permitió a Beauvoir amar apasionadamente a otros hombres, en particular al escritor estadounidense Nelson Algren y, más tarde, al cineasta francés Claude Lanzmann, con quien vivió hasta su muerte.

Es mejor considerar la gran historia de amor Beauvoir-Sartre —e incluso la heterosexualidad de Beauvoir— como ficciones delicadamente construidas. Fueron ante todo interlocutores y compañeros intelectuales, y solo mantuvieron una relación sexual durante un breve periodo de tiempo. Tras su muerte, quedó claro ella que había había dejado enterradas sus relaciones con las mujeres tanto en las entrevistas como en las autobiografías.

Un público fascinado por consumir (y vigilar) la sexualidad de las mujeres consideró tentadoras y escandalosas las revelaciones póstumas de sus «vínculos lésbicos». De hecho, este ángulo clandestino fue decisivo para la estrategia publicitaria de su novela recientemente desenterrada, Las inseparables.

Filosofía y feminismo

La afiliación de Beauvoir a Sartre resultó ser un obstáculo importante para el reconocimiento de su perspicacia filosófica. Para muchos, incluida la propia Beauvoir, él era un genio filosófico —quizás incluso el más grande de su tiempo— y ella su obediente acólita. El hecho de que Beauvoir insistiera firmemente en que no era filósofa, prefiriendo identificarse como escritora, no ayudó al caso.

Desconcertando a las comentaristas feministas, Beauvoir insistió en que El segundo sexo, una obra pionera de crítica literaria feminista en la que digería críticamente cientos de textos de un canon literario y filosófico europeo sexista, solo tenía una influencia: El ser y la nada de Sartre. Algunos comentaristas han interpretado sus reflexiones como prueba de que Beauvoir estaba aquejada de lo que hoy llamaríamos «misoginia interiorizada».

Sin embargo, algunos aspectos de su autopercepción aparentan ser más pistas dejadas para futuras excavaciones filosófico-feministas que las discrepancias habituales que encontramos en sus autobiografías. ¿Era simplemente más acertado rehuir el manto de «filósofa» cuando ella asociaba ese término a una tradición «sistematizadora» y persistentemente sexista?

Normalmente, se considera que El segundo sexo fue decisivo para el desarrollo de una conciencia feminista estadounidense. Se esperaba que autoras feministas estadounidenses canónicas como Shulamith Firestone, Kate Millett y Betty Friedan reconocieran obedientemente su deuda con Beauvoir. Quizá debido a la prominencia del texto, los críticos también le atribuyen una inmensa responsabilidad, presentando a Beauvoir no solo como la fundadora de la segunda ola feminista, sino también como una fuente clave del «feminismo blanco».

Los críticos estadounidenses de Beauvoir

Desde la década de 1970, los comentaristas han criticado repetidamente El segundo sexo por lo que consideran su preocupación exclusiva por las mujeres blancas, europeas occidentales, de clase media y heterosexuales. En 1994, por ejemplo, Norma Alarcón describió a Beauvoir como responsable de que la teoría feminista angloamericana se basara en «un sujeto femenino blanco occidental de clase dominante, muy consciente de sí mismo, enzarzado en una lucha a muerte con el “Hombre”».

La crítica angloamericana de la «diversidad» o «interseccionalidad» de El segundo sexo se basa en gran medida en las analogías de Beauvoir entre la opresión de la mujer, por un lado, y las formas de opresión basadas en la raza o la clase, por otro. En la introducción a El segundo sexo, afirma:

Si la mujer se descubre a sí misma como lo inesencial, y nunca se convierte en lo esencial, es porque ella misma no provoca esta transformación. Los proletarios dicen «nosotros». También los negros. Posicionándose como sujetos, transforman así a los burgueses o blancos en «otros». Las mujeres —salvo en ciertas reuniones abstractas como las conferencias— no utilizan el «nosotras».

Ciertamente, se podría perdonar a un lector por suponer que, al comparar la posición de las mujeres con la de los proletarios y los negros (y en otros lugares con la de los judíos frente al antisemitismo), Beauvoir presupone un sujeto que es blanco, no judío y burgués.

Para los críticos de la diversidad, esta analogía funciona para excluir a quienes se encuentran en la encrucijada de identidades que se entrecruzan: mujer y proletaria, o mujer y negra. De hecho, según Patricia Hill Collins, El segundo sexo privilegia la opresión a la que se enfrentan dichas mujeres, presentándola como la forma constitutiva de la opresión. Sin embargo, esta interpretación, centrada en el pensamiento analógico de Beauvoir solo nos cuenta una parte de la historia.

Beauvoir escribió El segundo sexo en dos volúmenes en 1949. Después realizó un largo viaje desde el contexto original del París de posguerra hasta el paradigma académico angloamericano de la exclusión, la interseccionalidad y la diversidad. Es anacrónico evaluar un texto escrito a finales de la década de 1940 según los criterios establecidos a finales de la década de 1980, y anatópico evaluar un texto francés según los criterios estadounidenses. En resumen: por supuesto que El segundo sexo no es estrictamente «interseccional», y tampoco podríamos esperar razonablemente que lo fuera.

Sin embargo, hay una forma más larga e interesante de analizar esta cuestión. Aunque Beauvoir y sus amigas disfrutaban de vidas extraordinariamente ricas, estaban comprometidas políticamente y no eran en absoluto ciegas a su papel privilegiado como intelectuales públicas. Beauvoir estaba horrorizada por la guerra colonial francesa en Argelia, y se sentía profundamente alienada de la sociedad francesa. En enero de 1959, escribió a Nelson Algren, su novio estadounidense, que no podía escribir «en esta clase de Francia». Aunque a nosotros nos parezca trivial, escribir lo era todo para Beauvoir. La guerra provocó en ella una oscura y profunda depresión.

A pesar de enfrentarse a una importante reacción violenta, se pronunció públicamente contra la violencia del Estado francés, poniendo su nombre en el «Manifiesto de los 121» que exigía la independencia de Argelia. Publicó testimonios sobre la guerra tanto de argelinos como de soldados franceses en Les Temps Modernes, y escribió un artículo para el diario nacional Le Monde en el que denunciaba la tortura y violación de Djamila Boupaucha, miembro musulmana del Frente de Liberación de Argelia, por parte de soldados franceses.

Género y clase

El segundo sexo está lleno de ejemplos que demuestran la capacidad de Beauvoir para analizar la relación entre clase y género (como también ha señalado el libro de Meryl Altman Beauvoir in Time). Pocas secciones lo demuestran más claramente que su potente análisis del aborto en un capítulo titulado «La madre». Para Beauvoir, el aborto es un «crimen de clase»: «hay pocos temas en los que la sociedad burguesa muestre más hipocresía». Señala que los mismos hombres poderosos que lo denuncian públicamente a menudo recurren a él en privado.

Señala con sobriedad que la experiencia del aborto por parte de una mujer depende totalmente de sus circunstancias económicas y geográficas. Beauvoir confronta al lector con relatos viscerales de lo que ocurre cuando las autoridades ilegalizan el aborto, mencionando a una mujer desesperada que se perforó el útero con una aguja de tejer, y a otra que se inyectó vinagre accidentalmente en la vejiga. Con relevancia inmediata para al menos catorce estados norteamericanos en la actualidad, señala que mientras las mujeres ricas viajan para acceder a abortos seguros, las pobres no pueden hacerlo.

Beauvoir fue sincera sobre su marxismo y sus compromisos socialistas en conferencias, entrevistas y autobiografías. Después de leer El capital, recordaba:

El mundo se iluminó con una luz nueva cuando vi el trabajo como fuente y sustancia de los valores. Nunca nada me hizo negar esta verdad, ni las críticas que me suscitó el final de El capital, ni las que encontré en libros, ni en las sutiles doctrinas de economistas más recientes.

Aunque los comentaristas franceses y angloamericanos lo han pasado por alto sistemáticamente, la propia Beauvoir pensaba que El segundo sexo era un texto francamente socialista. En su autobiografía de 1963, La fuerza de las cosas, por ejemplo, recordó su sorpresa por la recepción negativa que recibió la obra por parte del Partido Comunista Francés, señalando que «¡debía tanto al marxismo y le daba un lugar tan destacado que esperaba cierta imparcialidad por su parte!». En 1972 declaró que mientras escribía El segundo sexo a finales de los años 40, era una socialista «pura», suponiendo que «los problemas de la mujer se resolverían automáticamente en el contexto del desarrollo socialista».

La formidable erudición de El segundo sexo y la gran extensión y amplitud de recursos con los que interactúa también funcionan para ocultar o enterrar su compromiso con las obras de Karl Marx. Curiosamente, Beauvoir solo menciona el nombre de Marx y el de sus obras explícitamente unas pocas veces. Aunque se podría suponer que el lugar obvio para encontrarlo es en el capítulo titulado «El punto de vista del materialismo histórico», este capítulo en realidad se ocupa del libro de su colaborador Friedrich Engels, El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado, que apareció el año siguiente a la muerte de Marx (aunque investigaciones recientes sugieren que Engels se basó en los cuadernos inéditos de Marx para escribirlo).

El compromiso de Beauvoir con las obras de Marx en los capítulos de historia de El segundo sexo le permite ofrecer un relato matizado de la experiencia de ser a la vez obrera y mujer. De hecho, se sirve de Marx para establecer las formas concretas en que las mujeres eran «más vergonzosamente explotadas» que los trabajadores del sexo opuesto, señalando que los empresarios preferían contratar a mujeres —y especialmente a madres— antes que a hombres porque las mujeres «hacían mejor trabajo por menos dinero».

Algunos pasajes clave de estos capítulos muestran que Beauvoir no imaginaba exclusivamente a la clase obrera como masculina (como tampoco lo hacía Marx). Basándose en la obra de Marx, demuestra cómo las mujeres trabajadoras están especialmente oprimidas por razón de su sexo: inexpertas en la organización política, acosadas y maltratadas sexualmente. De niñas, son socializadas en la docilidad; más tarde, como trabajadoras, son reacias a hacer valer sus derechos. Y como madres trabajadoras, los astutos empleadores encuentran despiadadamente nuevas formas de explotarlas.

En una entrevista de 1975, Beauvoir rechazó explícitamente la idea de un feminismo blanco privilegiado ciego ante la desigualdad de clases:

En realidad, necesitamos cambiar la propia sociedad, tanto los hombres como las mujeres, para cambiarlo todo. Es muy llamativo en Betty Friedan: lo que quiere es que las mujeres tengan tanto poder como los hombres. Evidentemente, si eres realmente de izquierdas, si rechazas las ideas de poder y jerarquía, lo que quieres es la igualdad. De lo contrario, no funcionará en absoluto.

La comparación entre Friedan y Beauvoir es un punto de partida útil. Mientras que La mística de la feminidad de Friedan lamenta que la «esposa de los suburbios» estadounidense, implícitamente de clase media, sufra un «problema sin nombre», Beauvoir, en cambio, da nombre al problema. En El segundo sexo, la esposa suburbana está aburrida, es aburrida y está despiadadamente interesada en sí misma.

Aferrada a sus cadenas de oro

El segundo sexo incluye pasajes mordaces sobre el ama de casa burguesa que la acusan de traidora a las mujeres menos afortunadas que ella:

Es más fácil encadenar a la gente que quitárselas si las cadenas aportan prestigio, dijo George Bernard Shaw. La mujer burguesa se aferra a las cadenas porque se aferra a sus privilegios de clase.

Según Beauvoir, el ama de casa acepta con entusiasmo su suerte, por abominablemente aburrida que sea, porque tiene la riqueza y el prestigio de su parte. Podemos situar la contextualización histórica de Beauvoir del ama de casa burguesa junto a la aparición sin contexto de un ama de casa en La mística de Friedan:

Cada esposa de los suburbios luchaba sola. Mientras hacía las camas, compraba víveres, combinaba el material de las fundas, comía bocadillos de mantequilla de cacahuete con sus hijos, hacía de chófer de Cub Scouts y Brownies, se acostaba junto a su marido por la noche, temía hacerse incluso a sí misma la pregunta silenciosa: “¿Esto es todo?”.

Distinguiendo entre hacer las tareas domésticas y ser ama de casa, Beauvoir señala que, para las amas de casa burguesas, el trabajo doméstico a menudo solo implica administrar tareas para que otros las realicen. Contrastando la difícil situación del ama de casa campesina con la de una mujer más próspera, señala que las escritoras de clase media pueden describir amorosamente «las sábanas recién planchadas» y «los agentes blanqueadores del agua jabonosa, de las sábanas blancas, del cobre brillante», pero la choza de una mujer pobre no tiene sábanas recién planchadas (ni lino, ni hierro). Solo quienes disponen de las ventajas materiales necesarias pueden sentirse orgullosos de su hogar o disfrutar de las tareas domésticas.

Beauvoir reprende al ama de casa burguesa por ser solidaria con su marido en lugar de con otras mujeres, sobre todo con las mujeres de la clase obrera:

Cree que la liberación de la mujer debilitaría a la sociedad burguesa; liberada del varón, estaría condenada a trabajar; mientras que podría lamentar que se le abolieran sus derechos a la propiedad privada, no se siente solidaria con las mujeres de la clase obrera: se siente más cercana a su marido que a una obrera textil. Hace suyos sus intereses.

Haciéndose eco de su argumento en la introducción al primer volumen de El segundo sexo de que las mujeres burguesas «son solidarias con los hombres blancos y no con las mujeres negras», sostiene que el ama de casa es incapaz de ser solidaria con otras mujeres porque tiene en mente sus propios intereses: las ventajas materiales de su clase, la riqueza de su marido. Si el ama de casa se solidarizara con las mujeres de la clase trabajadora, comprometería su capacidad para proteger los intereses de su marido.

«No hay lugar para el Otro»

Una de las razones por las que los comentaristas han pasado por alto la presencia de Marx en El segundo sexo y la comprensión más amplia de Beauvoir sobre la clase es que el actual clima de opinión angloamericano no considera que todas las formas de exclusión tengan la misma importancia. La crítica de la diversidad hace hincapié en la exclusión basada en la raza como la laguna clave de El segundo sexo. Aunque obviamente es sumamente importante centrarse en el problema de la raza en la obra de Beauvoir, no debería ser nuestra única preocupación.

Mediante su apropiación de Marx, Beauvoir nos advirtió explícitamente contra la tendencia a destacar las diferencias basadas en la identidad por encima y en contra de la desigualdad generada por el capitalismo. Señala que un resultado clave de que los trabajadores se unan para sindicalizarse es hacer que las diferencias de género entre ellos parezcan menos apremiantes:

Mientras que los empresarios acogían calurosamente a las mujeres por los bajos salarios que aceptaban, esto provocaba la resistencia de los trabajadores varones. Entre la causa del proletariado y la de las mujeres no existía una solidaridad tan directa como pretendían [August] Bebel y Engels (…). Es comprensible que los obreros varones vieran al principio esta competencia barata como una amenaza alarmante y se volvieran hostiles. Solo cuando las mujeres se integraron en los sindicatos pudieron defender sus propios intereses y dejar de poner en peligro los de la clase obrera en su conjunto.

En el relato de Beauvoir, aunque las mujeres trabajaban en condiciones deplorables y de explotación, ni se veían a sí mismas como clase obrera ni eran percibidas como tales por sus compañeros de trabajo varones hasta que se afiliaron a su sindicato. El acto de sindicalizarse promovió una «conciencia más profunda» de la situación de opresión compartida entre las trabajadoras:

El problema era similar al de la mano de obra negra en Estados Unidos. Las minorías más oprimidas de una sociedad son fácilmente utilizadas por los opresores como arma contra la clase a la que pertenecen; así, al principio se convierten en enemigos, y es necesaria una conciencia más profunda de la situación para que negros y blancos, mujeres y hombres trabajadores, formen coaliciones en lugar de oponerse.

Según Beauvoir, si los trabajadores tomaran conciencia de que todos comparten esta experiencia de explotación, podrían formar una coalición entre «negros y blancos, mujeres y hombres trabajadores» basada en el compañerismo y la solidaridad. La coalición no sería ni un movimiento de negros ni uno de mujeres, sino un movimiento obrero global. Mientras que la clase capitalista hacía hincapié estratégicamente en la percepción de la diferencia entre los grupos, la colaboración política en pos de la igualdad podría atenuar esa percepción. En otras palabras, el reconocimiento de su experiencia compartida como trabajadores explotados era tanto una condición previa como un logro de la coalición deseada. En la sección «Mitos» de El segundo sexo, Beauvoir incluye el siguiente comentario:

Las ideologías socialistas, que abogan por la asimilación de todos los seres humanos, rechazan la noción de que cualquier categoría humana sea objeto o ídolo, ahora y para el futuro: en la sociedad auténticamente democrática que Marx anunciaba, no hay lugar para el Otro.

Aunque podemos criticar justificadamente a Beauvoir por descuidar la experiencia de las mujeres negras en El segundo sexo, no debemos pasar por alto su interés por la difícil situación de las mujeres de la clase obrera. Ya en 1949 identificó nuestra tendencia a empantanarnos en la política de la identidad y olvidarnos de la desigualdad de clase. Y lo que es más importante, subrayó que la inclinación a hacer hincapié en las diferencias de género y raza por encima y en contra de —y hasta el punto de oscurecer— la desigualdad de clase era una táctica central de la clase dominante. En mi lectura, el análisis feminista-socialista de Beauvoir tiene una relevancia perdurable para nuestro tiempo.

EMMA MCNICOL

Investigadora del Centro de Prevención de la Violencia de Género y Familiar de Monash (Australia).

Publicado en: Feminismos, titular2

Entrevista al historiador italiano Emilio Gentile. ¿Quiénes son los fascistas?

19/06/2023 by Vitalio Deja un comentario

Por: Mariano Schuster

El debate sobre el fascismo está cada vez más presente en la arena pública. ¿Ha vuelto el fascismo? ¿Nunca se fue y existe un fascismo eterno? En esta entrevista, Emilio Gentile, una referencia en los estudios del fascismo italiano, vuelve sobre ese régimen y sobre el papel que tuvo en él el propio Benito Mussolini.

En un contexto político internacional en el que emergen extremas derechas, regímenes iliberales y gobiernos autoritarios, la palabra «fascismo» ha vuelto a estar a la orden del día. Hay quienes definen como «fascistas» a Donald Trump, Víktor Orbán, Marine Le Pen, Giorgia Meloni y Santiago Abascal, y quienes se refieren a un «retorno del fascismo» para explicar las oposiciones conservadoras a las agendas feministas y de los colectivos de diversidad sexual. La situación va incluso más allá: la palabra es utilizada también para acusar a izquierdas autoritarias, a movimientos y grupos religiosos y hasta para definir actitudes genéricamente «antiliberales». El concepto se ha transformado, en definitiva, en un arma arrojadiza que adversarios políticos e ideológicos se endilgan entre sí. Pero ¿qué fue realmente el fascismo? ¿Cuáles fueron sus características? ¿Qué diferencia a las extremas derechas actuales de esa experiencia?

Profesor titular de Historia Contemporánea en la Universidad La Sapienza de Roma hasta 2012 –y hoy profesor emérito en la misma casa de estudios–, Emilio Gentile ha historizado, a partir de documentos y de un laborioso trabajo de archivo y de interpretación de fuentes históricas, el fascismo italiano. En su extensa trayectoria historiográfica, Gentile ha escrito numerosos libros, muchos de los cuales han sido traducidos al español. Entre ellos se destacan Fascismo: historia e interpretación (Alianza, 2004); La vía italiana al totalitarismo. Partido y Estado en el régimen fascista (Siglo XXI, 2005); El culto del Littorio. La sacralización de la política en la Italia fascista (Siglo XXI, 2007); El fascismo y la marcha sobre Roma (Edhasa, 2014); Mussolini contra Lenin (Alianza, 2019) y ¿Quién es fascista? (Alianza, 2019). En 2022 publicó, por el sello Laterza, Storia del fascismo, un volumen de 1.376 páginas en el que explica minuciosamente, sobre la base de una vasta documentación de archivo, el nacimiento y el desarrollo del fascismo en Italia. Su último trabajo es Totalitarismo 100. Ritorno alla storia (Editrice Salerno, 2023).

En esta extensa entrevista, Emilio Gentile dialoga con Nueva Sociedad sobre el nacimiento y el desarrollo del régimen fascista y profundiza en las características particulares de ese movimiento y de ese régimen político a poco más de un siglo de la Marcha sobre Roma.

Profesor Gentile, todavía hoy, cuando nos remontamos al tiempo en que nació el fenómeno fascista, nos encontramos con un contexto particular y específico que, por su diversidad de aristas, no siempre somos capaces de comprender por completo. Pensamos en los escuadristas, en el bienio rosso, en las consecuencias humanas y políticas de la Gran Guerra, en la fragilidad del régimen liberal-democrático. ¿Cómo era realmente el clima en Italia en la época del ascenso del fascismo?

Desde el final de la guerra hasta el advenimiento del fascismo, el clima en Italia fue muy agitado. Entre 1919 y 1920, ese clima se caracterizó por una serie de violentos enfrentamientos de clase que fueron seguidos, en los dos años posteriores, por una reacción escuadrista que desató una verdadera guerra civil contra las organizaciones del proletariado. Esas acciones violentas del escuadrismo fascista se dirigieron principalmente contra el Partido Socialista, pero también contra el Partido Popular, el partido aconfesional de los católicos, y el Partido Republicano. Se trató, en definitiva, de un periodo muy crítico para una Italia que, si bien había resultado victoriosa en la Primera Guerra Mundial –con el sacrificio de más de medio millón de hombres y la movilización de todo el país–, tendió a vivir los años posteriores a la contienda como si hubiese sido derrotada y como si se encontrara a las puertas de una revolución bolchevique.

En aquel marco posbélico, buena parte de la clase obrera –que había sido militarizada durante la guerra, pero que, a diferencia de los campesinos, había estado mayoritariamente en las oficinas y no en el campo de batalla– se sintió atraída por aquellos que habían condenado la participación italiana en la contienda: es decir, el Partido Socialista. Esa organización experimentó, en consecuencia, un fuerte crecimiento, a tal punto que resultó la fuerza más votada en las elecciones de noviembre de 1919 y consiguió 150 bancas en el Parlamento italiano. Un mes antes, el Partido Socialista había adoptado una línea revolucionaria que quedó fijada en sus estatutos partidarios, según la cual su objetivo era lograr la dictadura del proletariado mediante la conquista violenta del poder. El problema, sin embargo, era que la dirigencia de la Confederación General del Trabajo –la organización sindical más importante del país, que alcanzaba casi dos millones de miembros y era una de las que sostenían al Partido Socialista– era reformista y contraria a la revolución. Todo esto provocó una política esquizofrénica entre la voluntad de una revolución bolchevique que no podía hacerse –y ni siquiera se intentaba– y una posible revolución democrática, que habría podido producirse si el Partido Socialista hubiera apoyado a los partidos laicos y reformadores dentro del Parlamento, como los republicanos, los radicales y los socialistas reformistas. El Partido Socialista, que había condenado totalmente la guerra, y de hecho había atacado con violencia e incluso con algunos asesinatos a quienes la reivindicaban, recibió pronto la reacción de todos aquellos que creían que la guerra había sido una necesidad para que Italia se convirtiera en una gran potencia, pero que, estando dominada por las masas socialistas, el país había ganado en el campo de batalla pero había perdido en el campo de la paz. Es en ese sentido en el que hablaban de una «victoria mutilada», lo que constituía un mito sin fundamento alguno porque, con el tratado de paz con Austria, Italia obtuvo las que eran sus principales aspiraciones. No solo consiguió las tierras que se encontraban bajo el dominio del Imperio austríaco –y que eran habitadas mayoritariamente por italianos–, sino también tierras habitadas mayoritariamente por alemanes o eslavos, quienes, sin embargo, debían garantizar fronteras seguras para Italia. La idea de la victoria mutilada fue una reacción, un mito de la reacción a la condena de la guerra por parte de las masas socialistas. Y fue, además, el comienzo de un choque violento contra los socialistas por parte de los nacionalistas, a los que se sumó luego el movimiento fascista, con la fundación de los Fascios de Combate. En este sentido, suelo ser muy cauto a la hora de hablar de un biennio rosso. Lo cierto es que se produjeron agitaciones cotidianas y ataques a oficiales y generales, pero sin que nunca se desarrollara un verdadero intento de golpe revolucionario como el que Lenin había dado en Rusia, porque incluso mientras el Partido Socialista sostenía una línea revolucionaria o bolchevique, mantenía una práctica política parlamentaria y reformista. Que el país sintiera, por tanto, que la posibilidad de una revolución bolchevique era cercana no quiere decir que efectivamente lo fuera. Cuando se habla de biennio rosso, debe recordarse eso.

En definitiva, la situación italiana en vísperas de la Marcha sobre Roma, y sobre todo en los tres años anteriores, era más confusa que revolucionaria. Es una situación marcada por desórdenes muy violentos pero sin la posibilidad de que en Italia pudiera producirse realmente una revolución bolchevique, por la simple razón de que Italia había ganado la guerra, su Ejército era todavía poderoso para poder reprimir una revolución interna y no disponía de todos aquellos recursos naturales que permitieron a la Rusia bolchevique, después de 1921, iniciar su propia industrialización. Era posible, en cambio, una revolución democrática, porque después de 1919 los dos partidos más importantes en el Parlamento eran el Partido Socialista y el Partido Popular, este último fundado por el sacerdote Luigi Sturzo, de inspiración católica pero con una política democrática. Si esas dos fuerzas políticas se hubieran entendido en términos del posible desarrollo de una revolución democrática, se habría podido producir una profunda transformación capaz de impedir que fuera posible la victoria de los nacionalistas. Sin embargo, la división entre estos dos grandes partidos que podían controlar el Parlamento italiano, sumada a la división dentro del Partido Socialista entre reformistas y revolucionarios –estos últimos luego fueron expulsados y dieron nacimiento al Partido Comunista–, hicieron imposible ese proceso. La izquierda, en ese contexto, peleó más entre sí que contra el fascismo emergente: las disputas entre los socialistas maximalistas, el Partido Comunista y el Partido Socialista Unitario, que manifestaba una línea reformista, fueron constantes. Por otra parte, estaba el Partido Popular, que también tenía problemas para avanzar en la dirección de una unidad por una revolución democrática, ya que, como partido católico, no podía aliarse con un partido revolucionario y ateo, pero tampoco con los liberales dirigidos por Giovanni Giolitti, que rechazaban a un partido que era dirigido por un sacerdote. Todas estas divisiones favorecieron, a partir de 1921, el ascenso del fascismo hasta su conquista del poder.

A partir del análisis histórico, usted ha planteado que el fascismo de 1919 –el de los Fascios de Combate– no era necesariamente la semilla para la formación del fascismo de masas que nace en 1921. ¿Cuál es la diferencia entre ese primer fascismo y el de los escuadristas?

Efectivamente, yo sostengo que lo que llamamos fascismo nace en 1921 y no tiene su semilla ni su embrión en los Fascios de Combate creados por Mussolini en 1919. Al mismo tiempo, sostengo que el fascismo de 1919 no constituía un movimiento nuevo, sino que era, en rigor, una reconstitución de los Fascios de Acción Revolucionaria que Mussolini había creado en 1915 para apoyar la intervención italiana en la Gran Guerra. El fascismo diecinuevista era, de modo muy evidente, un movimiento reformista –y no revolucionario y anticapitalista como muchas veces se lo ha definido–, que no buscaba una conquista insurreccional del poder, pregonaba la colaboración de clases, hacía una fuerte defensa de la burguesía productiva, pretendía el sufragio universal masculino y femenino, esgrimía demandas como la jornada laboral de ocho horas y se manifestaba nacionalista, democrático y anticlerical. Ese fascismo, el de los Fascios de Combate, solo se refería al término «revolución» para hablar de modo genérico de una «revolución italiana», concepto que era utilizado para reivindicar a los ex-combatientes como los verdaderos representantes de la nación. Además de ser un movimiento reformista, el fascismo de 1919 estaba a favor de una mayor autonomía regional frente a la centralización estatal, hecho que también lo diferenciaba muy claramente de lo que luego sería el programa del fascismo como fuerza escuadrista y como partido político. Si quisiéramos ver en una imagen la diferencia clara entre el fascismo diecinuevista y el fascismo nacido en 1921, deberíamos acudir al símbolo de Il Fascio, el órgano oficial de los Fascios de Combate de 1919. La insignia, entonces, no era el fascio littorio –ni en su versión romana ni en su forma republicana francesa–, sino un puño cerrado sujetando un manojo de espigas.

Otro aspecto que debemos mencionar es que, en el fascismo diecinuevista, como luego sucedería también en el Partido Fascista, Mussolini no era el líder reconocido oficialmente como tal, sino solo la figura nacional más importante. Desde 1912, primero como líder socialista, después como líder intervencionista [en la guerra] y luego, sobre todo, como editor de un periódico político nacional, Il Popolo d’Italia, Mussolini estaba en escena y era conocido, mientras que el resto de los líderes eran personalidades que habían desarrollado su actividad política en la izquierda socialista o sindicalista, pero que no tenían fama nacional. A pesar de ello, Mussolini no se erigió, como lo hicieron Lenin y Hitler, como líder oficial y absoluto de su propio movimiento. Mussolini solo fue miembro del Comité Central de la Junta Ejecutiva y, siendo un gran orador, no hizo casi nada por recorrer Italia y multiplicar las inscripciones en el Fascio. Permaneció en Milán y, a diferencia de Hitler, hizo muy poca propaganda política en la península, hasta 1921.

Excepto por unos pocos hombres y por el apoyo de las organizaciones paramilitares de los Arditi (los soldados de asalto de elite del Ejército italiano en la Primera Guerra Mundial), el fascismo de 1919 no tiene nada que ver con lo que sería luego el fascismo escuadrista de 1921. Hay mucha documentación al respecto y, por ello, mi posición es muy clara en este sentido. Y es que en el fascismo de 1919 no se encontraba el germen de lo que llamamos «fascismo histórico», aunque ya en julio de 1920 una organización armada de escuadras fascistas establecida en Trieste atacó e incendió la Narodni Dom, la sede de las organizaciones de la minoría eslava. Sin embargo, este «fascismo fronterizo» no constituyó un movimiento de masas.

Ese fascismo de masas nace en 1921, se organiza de modo militar en el escuadrismo, luego toma la estructura de partido milicia [el Partido Nacional Fascista], se dedica a destruir las organizaciones del proletariado y se propone y logra la conquista del poder con la Marcha sobre Roma. En cambio, el fascismo diecinuevista no buscaba instaurar una dictadura; usaba la violencia, pero no con el objetivo de destruir sistemáticamente las organizaciones proletarias; no planeaba, como el fascismo escuadrista nacido en 1921, una insurrección revolucionaria para conquistar el poder, y tampoco quería convertirse en un partido político (a punto tal que se declaraba apartidario).

Según su perspectiva, Mussolini no creó el fascismo, sino que el fascismo creó a Mussolini. ¿Cómo consiguió hacerse con el liderazgo de ese movimiento y qué tensiones vivió en ese proceso?

Primero debemos puntualizar que Mussolini llegó a ser reconocido como el líder del fascismo, pero nunca oficialmente, en tanto no fue jamás el secretario general de los Fascios de Combate, ni el secretario general del Partido Nacional Fascista que nació en noviembre de 1921. En agosto de 1921, tras el crecimiento del escuadrismo como movimiento de masas, Mussolini pensó que reivindicando la paternidad del fascismo podría imponer su voluntad, llegando incluso a promover un pacto de pacificación con el Partido Socialista y con la Confederación General del Trabajo. Es decir que, después de que el escuadrismo destruyera el control y la hegemonía del Partido Socialista sobre las masas, Mussolini pensó en transformar a esa masa de escuadristas en un partido laborista para las clases medias. Hizo incluso un programa para hacer las paces con los socialistas y para desarmar a los escuadristas armados y, finalmente, lanzó una propuesta a los socialistas reformistas para que se desvincularan del Partido Socialista –que aún seguía inspirado en Lenin– y formaran una coalición con los fascistas y con el Partido Popular. Pero los escuadristas, que eran en su gran mayoría jóvenes de alrededor de 25 años y que se habían unido al fascismo en 1920, querían algo muy diferente.

Para ver la diferencia entre los Fascios de Combate, creados por Mussolini en 1919, y el fascismo como escuadrismo, conviene repasar los números. Los Fascios de Combate eran un movimiento marginal que en su primer año contaba apenas con unos 800 miembros. El número ascendió a unos 10.000 a finales de 1920, pero solo con el surgimiento y la explosión del escuadrismo los inscriptos pasaron a ser casi 200.000. En definitiva, Mussolini vio crecer de forma repentina y vertiginosa un movimiento que llevaba un nombre como el que él había creado, pero qué él no había inventado ni propuesto. En ese marco lanza la idea del pacto de pacificación, pero no toma en cuenta que los escuadristas no apoyan ese pacto, porque aspiraban a seguir conquistando el poder local. Es así que, en agosto de 1921, los escuadristas se rebelan contra Mussolini y lo llaman «traidor». Dicen: «El que ha traicionado al socialismo ahora traiciona al fascismo»[1]. Los escuadristas del Valle del Po marchaban cantando «Quien ha traicionado traicionará», dirigiendo ese dardo contra Mussolini. Al final de esa rebelión, los escuadristas le ofrecieron a Gabriele D’Annunzio el liderazgo del movimiento fascista, que ya se había convertido en un movimiento de masas. Pero D’Annunzio no aceptó hacerse cargo de la situación. Ese es el momento en que Mussolini renunció a su programa de transformar al escuadrismo en un partido parlamentario y aceptó seguir a los escuadristas. Y fueron los propios escuadristas quienes decidieron crear el Partido Nacional Fascista como partido armado. Por eso digo que no era Mussolini quien dirigía el fascismo, sino que Mussolini era quien seguía al fascismo. Y esto sucedió hasta la Marcha sobre Roma. Quien decidió atreverse con una insurrección armada no fue Mussolini, sino el secretario del Partido Fascista Michele Bianchi. Mussolini todavía estaba negociando en secreto con ex-líderes liberales como Giovanni Giolitti, Antonio Salandra y Francesco Saverio Nitti la posibilidad de formar un gobierno en el que el fascismo tuviera cuatro o cinco ministerios, pero que estuviera presidido por uno de esos viejos líderes liberales, cuando el 26 de octubre Bianchi lanzó la idea de un gobierno liderado por Mussolini como forma de chantaje al rey y a la dirigencia liberal. Hay una llamada telefónica del 27 de octubre a las 2:40 de la madrugada en la que Bianchi le advierte a Mussolini que la insurrección ya había comenzado y en la que Mussolini le responde: «Espera un poco».

Otra confirmación de esta situación se produce el 10 de junio de 1924, el día del asesinato del líder socialista reformista Giacomo Matteotti. En esa fecha, en la que el fascismo parecía colapsar, Bianchi le escribe una carta a Mussolini en la que lo acusa de haber obstaculizado siempre el programa revolucionario y le recuerda que fue él, y no Mussolini, quien desató la destrucción de las últimas organizaciones proletarias en agosto de 1922. Allí le dice: «Fui yo quien lanzó la Marcha sobre Roma, mientras tú me acusabas de ser un loco salvaje». En ese mismo documento Bianchi asegura que fue él, un sindicalista revolucionario calabrés, el verdadero creador de la organización político-militar fascista y el que luego se atrevió a chantajear al gobierno y al rey imponiendo el nombre de Mussolini.

¿Esto significa que Mussolini fue forzado o empujado a hacer la Marcha sobre Roma?

Forzado no, pero digamos que se enfrentaba al riesgo de ser desautorizado por Michele Bianchi, Italo Balbo y Roberto Farinacci, los verdaderos lideres revolucionarios del escuadrismo fascista, que eran quienes controlaban efectivamente a la masa armada. Tenga presente que, en octubre de 1922, los escuadristas armados controlaban las principales ciudades, las capitales y todo el Valle del Po, desde Trentino hasta Bolonia, y luego la mayor parte de Italia central. Todas estas provincias estaban ya antes de la Marcha sobre Roma bajo un dominio dictatorial del Partido Fascista. El verdadero éxito de la Marcha sobre Roma como insurrección es que, entre el 27 y el 28 de octubre, les permitió a los escuadristas ocupar grandes ciudades, organismos gubernamentales e incluso cuarteles. A partir de allí, se produce el chantaje de Bianchi al rey y a los liberales para imponer a Mussolini como nuevo jefe de gobierno. Y allí es donde sí se expresa el genio político de Mussolini, que, sabiendo que se trataba de un movimiento arriesgado, ve que no hay ninguna resistencia por parte del gobierno ni de las Fuerzas Armadas, pero tampoco por parte de los trabajadores –millones de ellos aún organizados por los partidos antifascistas–. No hubo, fíjese, ni siquiera una huelga. Con esto quiero decir que los fascistas pudieron llegar a Roma teniendo ya el control de gran parte del norte y del centro de Italia con la fuerza armada del escuadrismo, sin encontrar ninguna resistencia por parte de las organizaciones obreras. Por tanto, en el libro El fascismo y la Marcha sobre Roma [2], sostengo que no hubo compromiso para que Mussolini y el fascismo llegaran al poder, sino que se produjo la victoria completa del chantaje.

Uno de los aspectos centrales de la mitología fascista es la de haber salvado al país del «peligro bolchevique». ¿Cómo se construyó esa mitología, sobre la que usted trabaja en su libro Mussolini contra Lenin, y por qué la considera históricamente falsa?

La idea de que Mussolini evitó una revolución bolchevique en Italia fue, en rigor, una invención de la prensa conservadora inglesa, y muy particularmente del periodista Percival Phillips, quien poco después de la Marcha sobre Roma escribió un libro titulado The «Red» Dragon and the Black Shirts: How Italy Found Her Soul: The True Story of the Fascisti Movement [El dragón «rojo» y los camisas negras. Cómo Italia encontró su alma: la verdadera historia del movimiento fascista][3]. La tesis de Philips, un periodista estadounidense con claras simpatías por el fascismo, falsificaba completamente los hechos históricos, a punto tal que llegaba a afirmar que, incluso durante el proceso de la Marcha sobre Roma, había en Italia un peligro revolucionario de tipo leninista. Esta tesis fue, lógicamente, usufructuada y utilizada por el propio régimen para crear el mito del fascismo como el salvador de la nación. La realidad, por supuesto, era muy distinta, y existen numerosas pruebas documentales que permiten demostrar la falsedad de esas afirmaciones. En primer término, el movimiento fascista no había conseguido monopolizar el consenso de las masas –recordemos que en las elecciones solo obtiene 35 diputados, que luego se convierten en 30–, pero sí el de las clases medias, es decir, de ese amplísimo sector de la población italiana que se había convertido en mayoritario en los años comprendidos entre 1911 y 1921 y que no tenía representación política propia y se identificaba con la nación, con el Estado y con los valores de la burguesía. En segundo lugar, la llamada izquierda revolucionaria estaba completamente dividida y desorganizada. El conflicto y la división en su seno eran de tal magnitud que, hacia 1921, el Partido Comunista estaba mucho más claramente decidido a destruir al Partido Socialista que a luchar contra el fascismo.

Observando la completa división entre socialistas y comunistas, pero también lo que estaba sucediendo en la Rusia Soviética –donde había terminado la guerra civil, la dictadura bolchevique se había asentado y se estaba adoptando una política neocapitalista como la Nueva Política Económica (NEP)–, es el propio Mussolini quien, en el verano de 1920, afirma que el intento de exportar el leninismo a Europa ya había fracasado. Y en julio de 1921, vuelve a declarar que hablar del peligro bolchevique en Italia es «una tontería». A tal punto la consideración de Mussolini es que el peligro bolchevique está muerto que, en ocasión de la Conferencia Internacional de Génova –que es convocada por las potencias vencedoras de la Primera Guerra Mundial para discutir los problemas económicos de la posguerra–, no se opone a la asistencia de Lenin. En aquel momento se llega a admitir la posibilidad de que Lenin viaje personalmente a Italia, y Mussolini, como si fuera el amo del país, escribe: «El señor Lenin puede venir, pero no debe hablar de política, de lo contrario nuestros escuadristas se encargarán de él».

Pero permítame agregar algo más. Que el peligro bolchevique no existía en Italia era también claro por el hecho de que, cuando se desarrolla la Marcha sobre Roma, los dirigentes maximalistas del Partido Socialista y los del Partido Comunista toman un tren y se van a Moscú para la Conferencia de la Internacional Comunista. Dicen que en Italia no pasa nada, que lo que está sucediendo es solo una disputa entre burgueses. Fíjese que el 27 de octubre de 1922, luego del gran mitin de los escuadristas fascistas en Nápoles, el periódico comunista L´Ordine Nuovo, dirigido por Antonio Gramsci, afirma que todo se trata de una farsa y sostiene que se está asistiendo a las «vísperas de la desintegración del fascismo». Frente a estos documentos, frente a estos datos, hablar todavía hoy de un peligro rojo revolucionario, de una amenaza comunista en Italia, es una de las mayores tonterías que se pueden decir. La idea del «peligro bolchevique» fue instalada y utilizada por el fascismo para construir su mito de salvación nacional, pero está completamente alejada de lo que fueron los hechos históricos.

En muchos de sus libros, pero en particular en El culto del Littorio. La sacralización de la política en la Italia fascista[4], usted definió el fascismo como una religión política y lo ubicó dentro del fenómeno más amplio de la «sacralización de la política». ¿Qué es lo que constituye una religión política y qué hizo que el fascismo se constituyera como tal?

Efectivamente, la religión política es un aspecto del totalitarismo fascista y los primeros en referirse al fascismo como una «religión política» fueron los católicos antifascistas y los liberales. Ellos alegaban que el fascismo pretendía imponer su ideología, es decir, la exaltación de la nación, la exaltación del Duce y la exaltación del propio fascismo como un dogma al que todo el mundo debía someterse, constituyéndose como una «religión política de la nación». Ese tipo de práctica de imposición se desplegó incluso antes de que el fascismo desarrollara su dictadura. Ya a fines de 1923, y a través de feroces palizas, los fascistas obligaban a la gente a quitarse el sombrero y a hacer reverencias a su paso. Los católicos antifascistas, como Luigi Sturzo, entendieron que el fascismo no podía ser de ninguna manera compatible con el catolicismo y que la Iglesia no podía apoyar el fascismo porque era un movimiento pagano que sacralizaba la nación y el Estado. El término de «religión política» se extendió luego entre otros antifascistas que observaban la forma en que el régimen imponía sus ritos, sus símbolos y sus mitos a toda la población italiana por medio de la violencia. Es este el sentido en que, en 1924, el periodista Igino Giordani, que adhería al Partido Popular de Luigi Sturzo, definía el fascismo como una «religión política pagana».

Debo aclarar, sin embargo, que la religión política no es exclusiva del fascismo, sino que pertenece a todos los totalitarismos. Fue, por ejemplo, un fenómeno visible en la Rusia bolchevique de 1918 y 1919, pero sobre todo tras la muerte de Lenin en 1924. En este sentido, y atento a su pregunta, me gustaría hacer algunas puntualizaciones. La primera es que la religión política forma parte de un movimiento más extenso que, como usted bien dice, he denominado «sacralización de la política» y que concierne a todos aquellos movimientos que sitúan la política en el centro de la vida humana y la convierten en una entidad suprema a la que incluso la religión debe someterse. En este marco, debemos diferenciar lo que constituye una religión política, que es típica de los regímenes totalitarios, de lo que constituye una religión civil, que caracteriza a los países democráticos. Tenemos, de hecho, el ejemplo de Estados Unidos, donde existe pluralismo religioso, pero cuando todos los creyentes, desde protestantes a católicos, pasando por judíos, musulmanes o sijs, se reúnen y cantan «God Bless America», reconocen a un dios que no es el dios de una religión concreta: es el dios de Estados Unidos. Estados Unidos es el primer ejemplo de una sacralización de la política en la que la política misma se convierte en el centro de una devoción. Esto se difunde y se extiende de manera más decisiva con la Revolución Francesa, con la dictadura jacobina, con Napoleón y luego, durante el siglo XIX, en los diferentes países y continentes, entre los que se incluye América Latina, donde distintos movimientos políticos pretenden definir el sentido último y la finalidad de la vida en esta tierra.

El hecho de que el fascismo pretendiera erigirse como una totalidad espiritual del Estado lo llevó a contradicciones con el campo religioso, tal como usted lo documenta en Contro Cesare[5]. En su libro usted muestra una relación pragmática entre el fascismo y la Iglesia católica, a la vez que puntualiza la complejidad que el fenómeno fascista suponía para muchos cristianos, en tanto se producía un conflicto entre el primado de Cristo y el del César (el Duce). ¿Cómo fue esa relación y qué influencia tuvieron los católicos antifascistas como Luigi Sturzo y Francesco Luigi Ferrari, a la hora de sentar las bases de una oposición cristiana al fascismo?

Al aproximarnos a este tema siempre debemos hacer una distinción entre el Estado Vaticano –es decir, la Iglesia como Estado– de la Iglesia como expresión de una religión determinada. En las relaciones con el gobierno fascista –que no es lo mismo que con el fascismo–, Pío XI aceptó inmediatamente ir por el camino de un Concordato, en tanto había aspectos que el papa compartía. Estos eran el antimarxismo, el antiliberalismo, la crítica a la democracia y, sobre todo, la condena y el rechazo de la soberanía popular y del libre pensamiento. Estos aspectos del fascismo eran compartidos porque eran los mismos objetivos religiosos que tenía la Iglesia en ese momento desde el Concilio Vaticano I. En ese sentido, tenían enemigos comunes. Y ese es el motivo por el que Pío XI intenta y consigue un Concordato con el Estado italiano. Pero el mismo papa, como líder de una religión que predicaba la igualdad –aunque solo fuera en términos espirituales–, el amor entre los pueblos y la condena de la violencia, tenía enfrente un poderoso movimiento político que divinizaba a la nación, que exaltaba a Mussolini como una especie de ídolo y que, sobre todo, contaba con una organización militar armada que se lanzaba no solo contra las organizaciones socialistas, sino también contra las organizaciones católicas y los párrocos que no aceptaban los símbolos fascistas o se rehusaban a recibir a los escuadristas en la iglesia. En ese sentido, se produjo una doble situación. Por un lado, estaba el papa que, como jefe de la Iglesia, buscaba un Concordato para convivir con un Estado laico, pero, por el otro, estaba el mismo hombre que, como líder de una religión, veía ante sí un movimiento que pretendía, cada vez más explícitamente, ser él mismo una religión terrenal que quería para sí no solo la obediencia, sino también la entrega de los ciudadanos. En mi libro Contro Cesare he mostrado con documentos la falsedad de esas teorías –o más bien de esas fábulas– según las cuales el papa Pío XI era un hombre con una personalidad similar a la de Mussolini, por lo cual, supuestamente, era piadoso con él. He publicado documentos que demuestran que, desde 1925, mientras buscaba el camino para un acuerdo entre Estados, el papa manifestaba una marcada angustia por el paganismo fascista y por lo que él llamaba, en algunos de sus documentos, una «religión civil». Pero esto no sucede solo en 1925, sino que continúa en el tiempo. El papa estuvo incluso dispuesto a romper el Concordato antes de su firma, cuando Mussolini, en 1929, pronunció una frase herética, claramente blasfema, al afirmar que «sin la romanidad, sin ser trasplantado a Roma, el cristianismo seguiría siendo una pequeña secta judía en Palestina». Pese a que acabó prevaleciendo la diplomacia y el Concordato se firmó en 1929, en mayo de 1931 el Partido Fascista lanzó una guerra escuadrista contra las organizaciones católicas con la intención de destruir el intento de la Acción Católica de convertirse en una especie de refugio para el Partido Popular –que era católico y antifascista–. En ese contexto, el Papa publicó una encíclica en italiano en la que condenaba el paganismo y la estadolatría fascista. Es decir, utilizó en 1931 las mismas palabras que habían empleado Luigi Sturzo y Francesco Luigi Ferrari entre 1923 y 1925, y por las que se habían visto obligados a abandonar Italia y exiliarse. Eran estos católicos los que escribían desde 1923 contra el peligro que una religión neopagana como la fascista suponía para la fe cristiana. Aun así, a pesar de la posición del papa, el fascismo no dio marcha atrás, y fue el propio papa quien tuvo que retroceder pidiéndole a la Acción Católica que solo se ocupara de asuntos religiosos. Sin embargo, el mismo conflicto volvió a estallar en 1938 y, como demuestro en mi libro, las acusaciones de Pío XI contra el fascismo y su dimensión totalitaria volvieron a ser continuas. Cuando el papa muere, el 10 de febrero de 1939, en vísperas del décimo aniversario del Concordato, tenía ya preparada una encíclica, Humanis generis unitas, para romperlo. En esa encíclica condenaba como herejías el totalitarismo de la nación, de la raza y de la clase (es decir, el fascismo, el nazismo y el comunismo). El papa murió sin que la encíclica fuera publicada, y el nuevo pontífice, Pío XII, enfrentado a la amenaza de una guerra inminente, prefirió guardarla en un cajón. Esa encíclica fue finalmente descubierta y dada a conocer en 1995 por algunos estudiosos[7]. Por tanto, cuando nos enfrentamos a la historia de las relaciones entre el fascismo y la Iglesia, debemos siempre distinguir, por un lado, las relaciones entre un Estado y una institución que asume el carácter de Estado, y, por otro, la relación entre las dos religiones. Entre el Estado fascista y la Iglesia católica hay un Concordato, a la vez que un conflicto continuo, cada vez más grave y cada vez más aterrador para el papa. Los documentos demuestran que esos son, para el papa, diez años de sufrimiento continuo. Es absolutamente ridículo confundir un acuerdo de convivencia entre Estados –sobre todo, en un país en el que en los estatutos el catolicismo era la religión estatal– con una simpatía entre el movimiento fascista y la religión católica. No era posible una real convivencia entre una religión que quería a todo el mundo para sí y un movimiento, como el fascista, que también quería a todos los seres humanos para él en este mundo y que, por lo tanto, no aceptaba la competencia de la Iglesia.

Quisiera ir introduciendo la entrevista, si me permite, en el campo del análisis de la relación entre el fenómeno fascista y otros procesos que tienen lugar en nuestros tiempos. Actualmente se discute mucho sobre el crecimiento del apoyo de los trabajadores a las nuevas extremas derechas. Si volvemos atrás en la historia, ¿cuál era la composición de clase del movimiento fascista? ¿A qué sectores pertenecían aquellos primeros escuadristas armados?

Una pequeña porción del grupo dirigente fascista, tanto en los Fascios de Combate como luego en el escuadrismo, estaba constituida por hijos de la burguesía. Pero la mayor parte –entre la que se encontraban líderes como Italo Balbo, Dino Grandi y Roberto Farinacci– eran hijos de pequeños profesionales locales, abogados o incluso profesores de escuela secundaria. O, como en el caso de Renato Ricci, de un trabajador de las canteras de mármol de Carrara. Por su parte, la base social del movimiento fascista estuvo compuesta, desde el principio, por las nuevas clases medias. Nuevas en el sentido de que muchos de aquellos que militaban eran jóvenes, mayoritariamente del valle del Po, hijos de antiguos agricultores que habían logrado comprar tierras durante el periodo de la gran crisis –que se había extendido entre 1911 y 1921–. Esos hombres, que se habían convertido en propietarios, no querían, lógicamente, someterse a ningún sistema socialista que impusiera una socialización. Debemos tener en cuenta que, entre 1911 y 1921, a partir de la desintegración de la gran propiedad capitalista en el campo, se formó un millón de nuevos propietarios, es decir, personas que habían luchado como campesinos por tener la propiedad de la tierra y que no querían cederla para ninguna idea proletaria o socialista. Si hacemos un ejercicio y le atribuimos a cada una de esas personas un solo hijo varón, tenemos un millón de jóvenes que están en contra del socialismo y que, habiendo sido la mayoría de estos combatientes en la Gran Guerra y habiéndose identificado con la nación, se veían a sí mismos como la nueva clase dirigente. Son ellos quienes dan vida a las nuevas escuadras fascistas, a los líderes fascistas y a los que serán luego los líderes del régimen fascista durante los 20 años de gobierno.

El fascismo tuvo un componente de trabajadores, pero se trataba de trabajadores agrarios que, después de la destrucción de las organizaciones socialistas, habían sido obligados a unirse a los sindicatos fascistas con la promesa de acceder a la tierra –algo que finalmente la mayoría de ellos no obtendría–. Esto nos muestra que la composición de clase del fascismo fue muy diferente de la del nacionalsocialismo, en tanto nunca logró capturar un fuerte apoyo de la clase trabajadora. Mientras que el nazismo tenía un importante apoyo obrero, el fascismo no logró ganarse ese sostén de los trabajadores, exceptuando a los de segunda generación, es decir, a aquellos que no habían conocido la violencia escuadrista. Estos sí eran más favorables al fascismo, tal como lo reconocieron los propios dirigentes comunistas. En 1935, el líder comunista Palmiro Togliatti expresó en una conferencia en Moscú que, en ese punto histórico, ya no era necesario luchar con las armas contra los fascistas, sino entrar en el fascismo, usar los mitos fascistas como el de 1919, y finalmente así conquistar los sindicatos fascistas. Togliatti llamaba a esos obreros «hermanos con camisa negra». Lógicamente, el intento de Togliatti fracasó, porque los fascistas podían ser muy estúpidos en muchos aspectos, pero justamente no para reconocer a sus enemigos. En eso sí que eran muy inteligentes.

Por no remontarnos a muchas otras experiencias que han sido calificadas genéricamente como fascistas, le mencionaré solo algunos casos contemporáneos: un partido como Vox, en España, ha sido calificado como fascista; el gobierno de Jair Bolsonaro en Brasil ha sido calificado como fascista; Donald Trump ha sido calificado como fascista; Mateo Salvini ha sido calificado como fascista. Todo esto por no mencionar los casos en que la expresión se usa aún más indiscriminadamente, llegando a conceptos como «fascismo de izquierda» o «islamofascismo». Usted está manifiestamente en desacuerdo con el uso de ese apelativo. ¿Por qué en ningún caso es válido?

Porque todo lo que no hace crecer nuestro conocimiento de las nuevas realidades que produce la historia es inútil y nocivo. El conocimiento progresa a través de la distinción, no a través de la confusión ni de las analogías. El agua es un líquido, y el aceite y la gasolina también lo son. Si yo digo que todos esos líquidos son agua no avanzo en el conocimiento y puedo correr el riesgo de cocinar fideos con gasolina. Si yo digo que todos los regímenes o movimientos autoritarios son fascistas, corro el riesgo de equivocarme claramente y de no analizar y comprender, de modo concreto, un determinado fenómeno. Ahora bien, ¿por qué puede usarse de este modo extenso, confuso y equivocado el concepto de fascismo? Fundamentalmente porque en su etimología el concepto «fascismo» no significa nada precisamente político. Le daré un ejemplo. Si digo «comunismo», seguramente no apoyo la propiedad privada, sino la comunidad de bienes. Si digo «liberalismo», no apoyo la socialización de los bienes, sino la propiedad privada. Si digo «anarquismo», no apoyo el poder estatal, sino la anulación de cualquier poder. Pero si digo «fascismo» digo solo «fasci», «fascio», que significa literalmente «estar juntos». ¿Entonces todos los movimientos que proponen estar juntos son fascistas? Claramente no. Ahora bien, según el uso extenso de la palabra «fascismo», que es homologada casi a cualquier movimiento o régimen autoritario, podríamos decir, por ejemplo, que Dios es fascista. Fíjese que, si aplicamos ese criterio, el Dios de la Biblia, del Antiguo Testamento, cuando ordena exterminar a las mujeres, niños, hasta la última descendencia, debería ser considerado de ese modo. ¿Y qué diríamos de Caín? Este también podría ser considerado el primer fascista que, para colmo, ha desatado una guerra civil al matar a su hermano Abel.

Hago estas bromas, pero, como usted sabe, todo esto conforma una ironía verdaderamente trágica. Esta difusión del término fascismo ha creado una profunda incapacidad para entender nuevos fenómenos en los que, si bien hay elementos que estaban presentes en el fascismo, no está presente ninguno de los que verdaderamente lo definían, lo hacían particular. Esos elementos son el totalitarismo, el imperialismo, la religión política, la revolución antropológica y la guerra como fin principal de la vida humana. A los regímenes y expresiones políticas que usted planteó en tono jocoso, podríamos agregar los de [Silvio] Berlusconi, [Charles] De Gaulle o [Juan] Perón. ¿Encontramos en ellos algunos elementos similares a los que había en el fascismo? Sí, por supuesto, porque el fascismo siempre fue imitado, sobre todo a través del uso de símbolos, de rituales, de mitos. Pero ¿están los componentes fundamentales del fascismo, aquellos que permitían definirlo como tal? No, no están. ¿Cómo se puede calificar de fascista un movimiento como Vox, que quiere afirmar la primacía de la catolicidad sobre el Estado, sobre la nación, sobre la educación, cuando la primacía del fascismo era la de la política, la del Estado? Hemos llegado a tal punto de confusión, que hay quien no es capaz de distinguir un movimiento nacionalista de inspiración católica que sostiene posiciones de la extrema derecha católica en temas asociados a cuestiones como la familia –donde se opone decididamente al aborto y al feminismo– del propio fascismo. Lo mismo sucede con Salvini y La Liga. ¿Cómo puede ser fascista un movimiento como La Liga, que ha pregonado históricamente la secesión de una región de Italia, cuando uno de los puntos fundamentales del fascismo es el de la unidad de la nación, que fue siempre considerada de carácter sagrado?

Las cosas, como usted comentaba en su pregunta, van incluso más allá. El uso del término fascismo se ha vuelto tan simplista que se lo puede aplicar desde a Trump hasta a Putin. Cualquier régimen autoritario con culto a un líder es llamado fascismo. Corea del Norte entonces sería fascista, la misma China comunista sería fascista. Evidentemente, esto no ayuda a entender los fenómenos contemporáneos que enfrentamos. Este uso priva a la categoría «fascismo» de los componentes que realmente le son propios y que solo se encuentran si los analizamos en la historia.

En resumen, lo que intento transmitir es que muchas veces se sostiene que tal o cual movimiento es fascista porque entre sus ideas figuran posiciones racistas, o apelaciones a la pureza de la nación, o porque desprecia la democracia representativa. Pero todas esas ideas preceden al fascismo. Que haya racismo o que haya autoritarismo no quiere decir que haya fascismo. Esas no son cualidades específicas del fascismo, sino que aparecieron incluso en otras latitudes y todavía perduran. El fascismo no existía durante el tiempo del primer racismo en Francia, o en el siglo XIX cuando había racismo en Inglaterra y en Estados Unidos, país en el cual todavía desgraciadamente sobrevive en muchos estados. Mucho antes del fascismo hubo sociedades, y no solo de Occidente, que afirmaron una identidad nacional que excluyó, por ejemplo, a grupos étnicos de diverso tipo. Con esto quiero decirle, aunque usted lo sabe, que no es posible atribuir a cualquier movimiento, construyendo analogías generales, el carácter de fascista.

Le aseguro que yo me esfuerzo mucho por entender estas analogías, pero las analogías no sirven para comprender la historia, sino para hacerla más confusa. Eso es lo que yo denomino «ahistoriología», es decir, una historia hecha como la astrología, que, en lugar de estudiar científicamente los hechos, se limita a interpretarlos según los propios deseos, esperanzas y temores.

Es completamente cierto que todos esos movimientos o regímenes son nítidamente distintos del fascismo o tienen características que no pueden ser circunscriptas a él. Pero ¿qué sucede con la primera ministra italiana Giorgia Meloni, de Fratelli d’Italia, que proviene de una fuerza política que sí se ha reivindicado como neofascista, como el Movimiento Social Italiano? De hecho, en su propio símbolo, Hermanos de Italia lleva la vieja insignia del Movimiento Social Italiano, la llama encendida…

Efectivamente, entre 1946 y 1994, hubo en Italia un partido neofascista con representación parlamentaria y que llegó a ser el cuarto partido a escala nacional. Hablamos, como usted bien dice, del Movimiento Social Italiano (MSI), una organización política que fue fundada por funcionarios, jerarcas y adherentes al régimen fascista que, aunque nunca llegó a 10% de los votos, rozó esa cifra en las elecciones de 1972. Ese partido participó en la elección de al menos un par de presidentes de la República, y compitió democrática y pacíficamente en las elecciones generales y locales. Como usted sabe, el MSI se disolvió en 1994, transformándose, con el liderazgo de Gianfranco Fini, en el partido Alianza Nacional. Ese partido repudió el fascismo –aunque Fini en los años 2000 seguía diciendo que Mussolini había sido el mayor estadista de toda la historia de Italia– y formó parte de todos los gobiernos de Berlusconi. En tal sentido, desde 1994, Alianza Nacional se despegó de su matriz original de neofascismo y se encaminó a un proceso de transformación hacia una derecha nacional conservadora, posición que ahora es recogida por el partido de Giorgia Meloni.

El partido de Meloni bebe de esa experiencia y, en tal sentido, no tengo inconveniente alguno en considerarlos como posfascistas que han aceptado las reglas del Estado democrático y de la República y que han jurado sobre la Constitución, y que se inscriben en esa derecha nacional conservadora. Por supuesto, la herencia del MSI es visible en el modo de concebir la política y en la relación con los adversarios. Pondré un ejemplo. Por estos días, se habla en Italia de la reforma constitucional. Meloni quiere el presidencialismo y se dirige a la oposición diciéndole: «Si no están de acuerdo con lo que yo digo, avanzaré igual». Evidentemente, no es una actitud democrática dialogar con la oposición bajo esta premisa. Recuerda a aquello que hiciera Mussolini en 1923, cuando siendo líder de un gobierno de coalición, se dirigió a sus opositores parlamentarios –los socialistas y los liberales antifascistas– diciéndoles: «¿Pero ustedes que quieren? Pongámonos de acuerdo». Y ellos respondían: «No queremos escuadristas armados, no queremos violencia». Y Mussolini terminaba diciendo: «Si ustedes no quieren lo que yo impongo, yo seguiré mi propio camino». En esto, digamos, hay un tipo de actitud similar. A esto se suma la perspectiva mitológica que expresan algunos de los que forman parte del gobierno de Meloni, según la cual el fascista fue el mejor gobierno que Italia jamás haya tenido, «excluyendo» las leyes racistas. Esto no implica, sin embargo, que siete millones de italianos que han votado a ese partido y a ese gobierno sean fascistas. De hecho, tampoco se trata en sí de un gobierno fascista –ya hemos dicho que no hay escuadristas armados, no se propicia una revolución antropológica de la sociedad, no instala una religión política, no construye un régimen totalitario–. Es un gobierno que tiene a un partido como Fratelli d’Italia, que convive con otros muy distintos. Fíjese, sin ir más lejos, que en este gobierno convive el partido de Meloni, que reivindica el «orgullo nacional», pero aliado a un partido como La Liga, que ha negado históricamente la propia existencia de la nación italiana y buscaba la secesión de una parte del país –aunque hoy la llamen «autonomía diferenciada»–. Y participa también una fuerza como la de Berlusconi, que exalta el liberalismo y el hedonismo.

Profesor, creo que ya la respuesta surge de sus propias respuestas previas, pero de todos modos le haré la pregunta. Como usted sabe muy bien, en 1995 el ensayista Umberto Eco utilizó la categoría «fascismo eterno» en una conferencia pronunciada en la Universidad de Columbia, que sería publicada algunos años más tarde. Eco no solo apuntaba 14 rasgos que él definía como «fascistas», sino que además asumía que el fascismo era casi una identidad política móvil, que ya no usaba solo uniformes militares sino también «trajes civiles» y que volvía en «nuevos ropajes más inocentes». Su conclusión lógica era que el deber de los demócratas era «desenmascararlo». ¿Cuáles son los inconvenientes que, según su parecer, tienen esta definición y esta idea? ¿Qué problemas puede traer aparejados la idea de una «eternidad» en la política?

Permítame responderle comenzando por el final de su pregunta. Debo decirle que, en comparación con Eco, yo soy un poco avaro, porque he definido al fascismo no en 14 sino en 10 puntos, pero podría reducirlos incluso a tres. El problema con los 14 puntos de Eco es que pueden ser aplicados también a la Iglesia católica o a la Falange española. Y si se pueden aplicar de ese modo, entonces no definen algo particular del fascismo. A eso agregaría otra cuestión de igual importancia. Si los fascistas aparecen, como dice Eco, disfrazados de demócratas, ¿cómo distinguimos a los demócratas antifascistas de los demócratas fascistas? Es decir, ¿quién tiene derecho a definirse como un demócrata antifascista si, por ejemplo, como hizo Gramsci, llamamos semifascistas a socialistas como Filippo Turati, a liberales como Giovanni Amendola, a católicos democráticos como Luigi Sturzo? ¿Y cómo hacemos para decir que el verdadero antifascista fue Gramsci, que fue encarcelado en 1926, mientras que Matteotti fue asesinado en 1924, Amendola fue atacado en 1923 y 1925, y Sturzo se vio obligado a exiliarse en 1924, y Turati en 1926? Lo mismo ocurre con el concepto según el cual el fascismo puede repetirse en otras formas y depende de los demócratas desenmascararlo. Una posición de ese tipo les otorga una suerte de poder totalitario a los llamados demócratas para decidir cómo, cuándo y quién es un fascista disfrazado. Con ese criterio, todo el mundo podría decir «tú eres el fascista, yo soy el verdadero antifascista».

Yo siempre tuve una gran admiración por Umberto Eco, un semiólogo con un enorme conocimiento de la retórica y también de la historia. Pero no podía ni puedo estar de acuerdo con él cuando afirma su tesis del «fascismo eterno». ¿Cómo se puede sostener la idea de algo eterno en la historia, cuando ni siquiera las divinidades se revelan eternas? ¿Dónde están hoy Júpiter y Apolo? ¿Dónde están los dioses de Persia? ¿Estamos seguros de que el cristianismo y el islam serán eternos? Hasta ahora, de hecho, han vivido menos que la religión egipcia. En la historia nada es eterno. Es un absurdo hablar de eternidad en la historia. Y, por otro lado, ¿solo el fascismo sería eterno? No veo que nadie hable de un «liberalismo eterno» o de un «bolchevismo eterno», de un «jacobinismo eterno» o, para referirme a su país, de un «peronismo eterno». Pareciera que solo el fascismo estuviera dotado de eternidad. Pero si el fascismo es eterno, entonces todo antifascista está derrotado de antemano. Nunca ganará porque, al parecer, su adversario es poseedor de un don único que no tiene ninguna otra ideología y ningún otro régimen: la eternidad. Ese supuesto carácter de la «eternidad» se basa, tal como le decía, en la práctica de las analogías. Se basa en atribuirles a movimientos o regímenes no fascistas la categoría de fascistas.

Al mismo tiempo que se ha producido toda esta banalización con la tesis del fascismo eterno, también se ha producido el fenómeno que usted ha denominado como «desfascistización del fascismo». ¿Podría explicar en qué consiste ese proceso?

Por supuesto. Mi concepto de «desfascistización del fascismo» se refiere, sobre todo, a lo que sucedió en Italia inmediatamente después de la Segunda Guerra Mundial, cuando distintos grupos ideológicos se enfrentaron al problema de pensar el fascismo tras el propio fin del régimen. Lo que había sido, a todas luces, un régimen de 20 años que había tenido características opresivas y excitantes para toda la sociedad italiana, se transformó, en algunas conceptualizaciones de los propios hombres de la izquierda que lo habían derrotado, en un fenómeno que básicamente consistía en una banda de criminales que se habían quedado con el poder frente a unas masas siempre hostiles al régimen y sometidas a la miseria. Entre los mismos antifascistas que habían derrotado al fascismo se evidenció un fenómeno de falta de rigor a la hora de definir ese régimen. Lo mismo sucedió, claro, desde el lado neofascista, que definía el fascismo como un régimen que había hecho mucho bien al país pero que, desgraciadamente, se había convertido en una dictadura porque el comunismo amenazaba a Italia. Esa derecha neofascista intentaba decir que el fascismo no era totalitario, que recién se había vuelto racista en 1938, que se había convertido en un régimen de partido único solo porque Matteotti había sido asesinado y porque la izquierda y los antifascistas querían derrocarlo. En definitiva, desde la izquierda y desde la derecha se produjo una banalización del régimen que impedía ver su especificidad. Se «desfascistizaba» el fascismo. En la izquierda se llegaba incluso a afirmar que el fascismo no tenía ideología, no tenía una visión de la economía, y hasta que ni siquiera había existido un régimen fascista: solo había mussolinismo.

En torno de este tema conviene mencionar la influencia que tuvo un libro que seguramente usted conoce y ha leído. Me refiero a Los orígenes del totalitarismo de Hannah Arendt, en el que la autora, sin saber nada del fascismo, afirmaba que el fascismo no era totalitario. En su libro, en el que el único régimen que aparece como totalitario es el estalinismo –ni siquiera considera totalitarios a Lenin y a Mao–, tampoco consideraba totalitario el nazismo: solo le atribuye esa cualidad desde el inicio de la guerra. La tesis de Arendt fue utilizada durante la Guerra Fría como un manifiesto propagandístico para ubicar en el mismo lugar la Rusia de Stalin y la Alemania de Hitler, pero sobre todo, para justificar que Estados Unidos y distintos países de la Alianza Atlántica estuvieran aliados a regímenes como el de la España de[Francisco] Franco y el Portugal de [António] Salazar, que tenían aspectos comunes con el fascismo. El concepto de Arendt según el cual el fascismo no era totalitario sino autoritario les servía a los países aliados a regímenes que tenían algunos aspectos del fascismo para afirmar que, si era autoritario, era «menos malo» –e incluso en ocasiones podría ser bueno– que el totalitarismo, es decir, que la Alemania de Hitler y la Rusia de Stalin. Este tipo de posiciones contribuyeron a la desfascistización del fascismo. A ese proceso de desfascistización del fascismo también contribuyó el hecho de que muchos fascistas reales de los tiempos de Mussolini se hicieran luego democristianos, comunistas o socialistas, por lo que los partidos debían decir que el fascismo no había tenido ninguna influencia y solo se dedicaban a ridiculizarlo.

Mire, cuando yo era niño no vi ni una sola película en la que no se ridiculizara el fascismo. Nunca tuve la sensación, de niño y de joven, de que el fascismo había sido algo trágico, que había allanado el camino para el nazismo y el totalitarismo en Europa. En lugar de hacernos entender cuál había sido la tragedia del fascismo, lo tomaban todo en broma, como algo gracioso. De las atrocidades del fascismo, solo se recordaba el crimen de Matteotti y la muerte de Gramsci. Si usted mira los primeros documentales sobre el fascismo, se dará cuenta rápidamente de que todo era una caricaturización, una serie de burlas y de chistes. Esto influyó mucho. Y el beneficio, por supuesto, se lo llevaron los neofascistas reales, que se presentaban como defensores de las «buenas políticas» del fascismo, de las grandes obras arquitectónicas, de las grandes fábricas, del bienestar de los trabajadores. Utilizaban toda esa palabrería amparados en ese proceso de desfascistización del fascismo. Decían, por ejemplo, que el fascismo había hecho buenas obras, para justificarlo. Usted sabe bien aquello que decía Cervantes: que no hay ningún libro malo que no contenga algo bueno.

Permítame que insista con las cuestiones relativas al uso de la palabra «fascismo» como arma arrojadiza para calificar a los adversarios políticos e ideológicos. Usted recordaba que en 1924 Gramsci llamó «semifascistas» a Amendola, Sturzo y Turati. Podríamos mencionar también que Palmiro Togliatti aplicó conceptos similares a Carlo Rosselli, el socialista liberal que murió luego a manos del fascismo. ¿Qué incidencia tuvo en el uso extenso y equívoco del término fascismo que vemos actualmente el hecho de que los comunistas siguieran la tesis del «socialfascismo» y aplicaran el concepto indiscriminadamente contra sus adversarios políticos, incluso contra aquellos que eran claramente antifascistas?

Tuvo un gran impacto, porque como usted dice, en el antifascismo italiano hasta 1935 e incluso en algunos casos hasta 1937, para los comunistas todos los izquierdistas no comunistas eran fascistas o semifascistas. Quien no se convertía a la interpretación comunista del fascismo era un fascista. Esta interpretación se suspendió durante la guerra y durante el periodo de la Resistencia, pero volvió a ganar lugar tras la Liberación. Después de 1947, los comunistas comenzaron a llamar fascista a Alcide de Gasperi, que era democristiano y antifascista, y ese proceso comenzó otra vez. Fíjese que Lelio Basso, militante marxista antifascista, en 1951 publicó un libro titulado Dos totalitarismos: fascismo y democracia cristiana. Una homologación realmente sin ningún sentido. Y debemos tener en cuenta que esto lo decía Lelio Basso que era quien, en un artículo publicado el 2 de enero de 1925 en La Rivoluzione Liberale, dirigida por el joven antifascista Piero Gobetti –víctima de los escuadristas, obligado al exilio y muerto en París en 1926, a los 25 años— había inventado el término «totalitarismo» para definir el régimen fascista.

El uso indiscriminado del término «fascismo« en Italia se relaciona directamente con esa acusación de fascistas contra todos los antifascistas no comunistas. En términos globales, la incidencia en ese uso indiscriminado la tuvo claramente la victoria de la Unión Soviética de Stalin en la Segunda Guerra Mundial, en tanto los comunistas extendieron la idea de que, como ellos habían vencido, eran los verdaderos opositores al fascismo. En consecuencia, podían marcar como fascista a cualquiera que se les opusiera. Y de ese uso extenso y confuso de la categoría derivó su pasaje a todos los ámbitos, a punto tal que los anticomunistas empezaron a llamar fascistas a los comunistas. Se transformó en una categoría para utilizar como arma contra cualquier opositor ideológico. Por eso vuelvo a mi razonamiento inicial: si el término «fascista» en sí mismo no contiene ninguna idea política clara, fascista puede ser cualquiera. ¡Incluso usted puede ser fascista porque me está haciendo preguntas para meterme en dificultades! Cuando reprobaba alumnos y debían repetir el examen, ¿qué decían?: «¡Este es un fascista!».

El hecho de que usted no utilice, por todas las razones que ha expresado, el concepto de «fascismo» para referirse a fenómenos políticos muy diversos, no implica que no observe los graves problemas de las democracias contemporáneas y sus derivas «iliberales». En tal sentido, usted ha acuñado el concepto de «democracia recitativa». Al mismo tiempo, ha advertido que el mayor peligro en la actualidad es la presencia de líderes elegidos democráticamente pero que carecen de ideales democráticos. ¿Qué significa el concepto de democracia recitativa y cuáles son, según su perspectiva, los dilemas que atraviesa la democracia hoy?

Si nosotros utilizamos el término «fascismo» para referirnos a lo que históricamente ha sido –es decir, que se ha expresado como organización, como cultura y como régimen en una cultura irracionalista y mítica fundada en la exaltación del Estado y de la nación, en una militarización de la política, en el totalitarismo y el imperialismo, en el racismo, en la revolución antropológica de la sociedad y en la guerra como fin último de la vida humana–, entonces debemos concluir que esto no está presente en los países democráticos. Sin embargo, en todos los países democráticos, incluso en los más antiguos, se están verificando una serie de procesos muy preocupantes. Uno es el creciente descontento de la ciudadanía, expresado en términos de desconfianza y, sobre todo, en una fuerte abstención electoral. Otro es la permanente y galopante intrusión de la corrupción. Y el que considero más importante es la renuncia al ideal democrático. El ideal democrático no es lo mismo que el método democrático, que consiste en el proceso de elecciones libres y pacíficas por el cual los ciudadanos eligen a sus gobernantes. Con el método democrático, lo sabemos muy bien, es posible elegir gobiernos racistas, antisemitas, machistas o antifeministas. Por eso el ideal democrático, por el cual durante 200 años muchos ciudadanos han sacrificado su vida en manifestaciones, en agitaciones, en revoluciones y en guerras, no consiste solamente en que los ciudadanos puedan elegir pacífica y periódicamente a sus gobernantes, sino en trabajar constantemente para eliminar todos los obstáculos y discriminaciones entre los gobernados.

Si la desigualdad de riqueza, y la pobreza y la precariedad son cada vez mayores, entonces tenemos un problema democrático –y en buena medida, parte del voto de los trabajadores a la extrema derecha se vincula a estas cuestiones–. Las estadísticas mundiales nos dicen que el 10% más rico del mundo posee hoy alrededor de 76% de la riqueza global. En Italia, durante la pandemia, el 5% más rico aumentó su riqueza, mientras que todas las demás clases perdieron poder adquisitivo salarial. Esa profunda desigualdad en la riqueza hace a un problema democrático muy serio: ¿quién, sino los ricos, puede acceder a propagandas electorales televisivas?

Al problema de la desigualdad, que impacta seriamente en la democracia, se agrega otro, y es el que usted menciona: el de la recitación. Una de las razones por las cuales se produce una fuerte abstención electoral se vincula a la consideración ciudadana de que la democracia se ha transformado en un espectáculo que tiene lugar solo en el periodo electoral. Los ciudadanos sienten que son convocados a votar y que, luego, los dirigentes políticos toman decisiones arbitrarias, de espaldas a la ciudadanía. En definitiva, toman las decisiones que quieren. En el sistema político italiano, los candidatos ni siquiera son elegidos por la ciudadanía, sino por sus compañeros de partido, y la ciudadanía es obligada a aceptar lo que los partidos han decidido. Todo esto hace a la calidad democrática. Es en este sentido en el que hablo de «democracia recitativa».

Ahora bien, es importante destacar que el método democrático prevalece, a diferencia de lo que sucedía hasta 1945, cuando movimientos fascistas y nacionalsocialistas negaban el principio mismo de soberanía popular. O a diferencia de los regímenes comunistas, que predicaban el principio de la soberanía del proletariado, pero que, finalmente, sostenían dictaduras de tipo totalitaria. Hoy todos los partidos, y también los llamados «populistas», reconocen ese principio y, de hecho, se refieren directamente a él. Evidentemente, este tipo de apelación al diálogo directo entre las masas y el pueblo puede constituir un desafío a la democracia liberal, como lo vemos en casos de Europa oriental, en la Rusia de Putin, en la Turquía de [Recep Tayyip] Erdoğan. Pero eso no los vuelve fascistas. No se puede ser fascista y apelar a la soberanía popular. Sería como ser bolchevique defendiendo la propiedad privada. Por lo tanto, los principales riesgos de la democracia emergen de la democracia misma. Repito: no debemos olvidar que la democracia como método basa su acción en el propósito y el objetivo de alcanzar algo más, el ideal democrático. Sin ese ideal, tenemos una democracia recitativa en la que, efectivamente, pueden producirse mayorías racistas, nacionalistas, iliberales. Si se abandona la realización del ideal democrático y la democracia es solo una recitación, el desarrollo del individuo se obstaculiza sin que exista ningún tipo de régimen fascista. Por lo tanto, para evitar la elección de gobiernos racistas, machistas, iliberales, de lo que se trata es de que la democracia no se limite al método democrático, sino que persiga el ideal democrático.

Permítame hacerle una última pregunta asociada a su propia trayectoria como historiador. Usted tuvo entre sus maestros a Renzo de Felice, un historiador de enorme relevancia, que desarrolló una de las más importantes biografías de Mussolini que se hayan escrito hasta la fecha. ¿Cómo conoció a De Felice y qué aprendió de él en términos del quehacer historiográfico?

Déjeme comentarle que, de niño, yo tenía dos grandes pasiones. Una era la pintura y la otra era la historia. Luego, por una serie de circunstancias, no me fue permitido seguir la vocación que más apreciaba que era la pintura, así que me dediqué a mi otro campo de interés. Mis primeros intentos fueron en historia medieval, y cuando tenía 18 años y estaba terminando el bachillerato, hice un ensayo  sobre la poesía de Dante. Sin embargo, el trabajo fue rechazado por el que entonces era mi profesor. Sinceramente, yo había puesto mucho empeño en ese texto, había dedicado mucho trabajo, y pensé que podía pedir otra opinión sobre aquel ensayo. Entonces se me ocurrió escribirle a Giuseppe Prezzolini, un escritor y periodista que escribía en Il Tempo, el periódico que leía mi padre. Prezzolini era un hombre muy famoso que, entre otras cosas, había sido el fundador de una revista La Voce en la que habían colaborado Giovanni Amendola, Benedetto Croce, Mussolini. Cuando le escribí yo desconocía por completo que él tenía 84 años y, en mi carta, lo traté de «tú», como si se tratara de un amigo. Él me respondió muy amablemente que, por la cultura que expresaba mi artículo, no creía que yo tuviese 18 años. Y así comenzó una relación. Luego, ya realizando mis estudios universitarios en Historia, conocí a un historiador antifascista que había sido amigo de Piero Gobetti y que tuvo una gran influencia para mí. Me refiero al gran historiador Nino Valeri, que fue el primero en estudiar el fascismo de manera científica. Yo quedé fascinado porque Valeri hablaba del periodo giolittiano y de los contestatarios de ese tiempo, entre los que se encontraba un joven intelectual que era el mismísimo Prezzolini. Lo cierto es que Valeri se convirtió en el director de mi tesis, pero se retiró de la academia antes de que yo la terminara. Mi director pasó a ser, entonces, Ruggero Moscati, pero necesitaba, sin embargo, un codirector. Y fue Prezzolini quien me dijo: «Fíjate que en Roma hay un historiador que yo admiro mucho. Se llama Renzo de Felice. Yo te daré una carta de presentación». Y así llegué a De Felice y se convirtió en mi codirector de tesis. Aun así, y a diferencia de lo que muchos creen, e incluso de lo que se afirma en la Enciclopedia Italiana, yo nunca estudié con él ni fui su discípulo directo.

De Felice era, ya entonces, un hombre muy importante en términos históricos. En 1965, cuando me estaba graduando del bachillerato, yo había leído el primer volumen de su extensa biografía de Mussolini, que había sido publicada ese mismo año. Ese libro me causó una profunda impresión. Aunque me fastidió un poco que el libro de De Felice estuviera escrito con un estilo muy difícil –yo siempre he preferido las frases breves, a lo Tácito–, quedé muy impactado por el aparato de citas bibliográficas que manejaba. De hecho, las notas casi duplicaban el tamaño del libro. Todas esas citas de archivo me fascinaron. Fue así como descubrí que no solo existía la historia que yo había leído en los libros de Benedetto Croce, que eran sintéticos y casi sin notas, sino que también estaba esto: la posibilidad de encontrar libros como el de De Felice, donde el archivo y las notas bibliográficas eran fundamentales.

Lo cierto es que, luego de graduarme, con De Felice como codirector de mi tesis, pasé un buen tiempo sin verlo, en tanto yo no comencé rápidamente la carrera académica, sino que me dediqué, algunos años, a enseñar italiano y latín, y luego historia del arte y por último historia y filosofía, en escuelas secundarias. Sin embargo, en 1971, conseguí una beca que no solo me dio una excedencia en la escuela secundaria en la que daba clase, sino que me permitió investigar en Roma. Esa beca hacía necesario tener a un profesor como garante de la investigación, y decidí pedirle ese rol a quien había sido mi codirector de tesis de grado. Acudí a De Felice y me contestó que sí, que él sería el garante de mi investigación. Fue entonces cuando comencé a colaborar en sus clases y seminarios. Esos fueron, para mí, dos años de un enorme aprendizaje. En primer lugar, aprendí la importancia de basar cada hecho histórico en la mejor documentación posible. Y, observando e interactuando con De Felice, entendí el verdadero significado de la independencia intelectual. Recuerdo que en una oportunidad le llevé unos capítulos de mi tesis para que los leyera y él, como buen profesor, me hizo una serie de observaciones. Yo le contesté, muy ingenuamente: «Muy bien, profesor, ahora mismo lo voy a modificar, voy a cambiar esto y aquello». Pero De Felice, a quien yo muchas veces veía en su casa, no me dejó ni siquiera terminar de hablar, me interrumpió y me dijo: «Escuche, Gentile, si usted cambia una palabra porque yo le he hecho una serie de observaciones, no venga más a verme». Fue entonces cuando aprendí lo que es ser un profesor universitario de gran valía pero que, como el propio De Felice decía, no quiere crear su copia en papel carbón.

Yo, que nunca fui su alumno, tampoco soy, como algunos dicen, su mejor heredero. Se dice que lo he seguido, pero en realidad, si esto es así, también lo he traicionado. De Felice argumentaba que el fascismo no había sido totalitario, pero yo llegué a la conclusión contraria a partir de mi trabajo con documentación histórica. Luego, De Felice también se convenció de ello. Fíjese que yo escribí en la década de 1980 muchos artículos sobre este tema, discutiendo la propia tesis de De Felice según la cual el fascismo no había sido totalitario. ¿Y sabe dónde se publicaron algunos de esos artículos? En la revista que dirigía el propio De Felice. Fue él mismo quien los publicó. Eso es lo que él me enseñó. Lo que realmente aprendí de De Felice es que hay que ser muy riguroso en la investigación documental y que no hay que escribir una frase que no corresponda a los documentos, a los hechos tal como resultan de los documentos, evaluándolos, por supuesto, críticamente. Y el otro gran aprendizaje que tuve fue que jamás debes oponerte a alguien que defiende una tesis distinta de la tuya si antes no compruebas si esa persona tiene razón y tú estás equivocado. Yo también he intentado enseñar esto a mis alumnos, muchos de los cuales se convirtieron luego en mis colegas. Son lecciones que hay que aprender. Aunque sea muy cansador e implique un trabajo continuo. El año pasado, en octubre, publiqué una historia del fascismo de 1.300 páginas, pero en el año 2002 publiqué una historia del fascismo de 29 páginas.[7] ¿Cuál es la verdadera? Ambas. Solo que en la primera no documenté todo lo que afirmaba. En la segunda, en cambio, no hay nada de lo que afirmo que no esté documentado. Y esto me parece importante.

Notas:

1. Se refiere a la militancia previa de Mussolini en el Partido Socialista.

2. Edhasa, Buenos Aires, 2014.

3. Carmelite House, Londres, 1922.

4. Siglo XXI, Buenos Aires, 2007.

5. Contro Cesare. Cristianesimo e totalitarismo nell’epoca dei fascismi, Feltrinelli, Milán, 2010.

6. Georges Passelecq y Bernard Suchecky: L’Encyclique cachée de Pie XI: Une occasion manqué de l’Église face a l’antisemitisme, La Découverte, París, 1995.

7. En Fascismo: Storia e interpretazione, Laterza, Roma-Bari, 2002.

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«Hay que pasar de la transición agroecológica de un campo a la transición civilizatoria»

19/06/2023 by Vitalio Deja un comentario

Por: Mariángeles Guerrero

La relación directa entre el modelo extractivo y la salud de la población, el diálogo de saberes entre la academia y los territorios, la producción de alimentos sanos y la soberanía alimentaria. Fueron algunos de los ejes del VII Congreso de Salud Socioambiental, espacio de referencia para articular y fortalecer acciones colectivas.

Lo que se hizo, se hace y lo que queda por hacer para lograr una vida más justa. Es lo que se reflexionó y compartió en el VII Congreso de Salud Socioambiental de Rosario, una gran reunión entre activistas y científicos comprometidos con la ciencia digna de diversos países. El diálogo entre la academia y las prácticas populares atravesó los tres días del encuentro, con gran protagonismo de las acciones de defensa de los bienes comunes. Agroecología, transición energética justa, el rol de los Estados, el derecho a la salud y la soberanía alimentaria, fueron algunos de los temas centrales.

El jueves 15 la jornada inició con Milena Sergeeva, de Chile y coordinadora para América Latina de la Red de Clima y Salud, con Julieta Díaz Bazán, de la Universidad del Gran Rosario, y Matías De Bueno, de la Universidad Nacional de Rosario. El panel se llamó “Sector salud y universidad frente a la crisis climática”. Se dialogó sobre el futuro de los sistemas de salud y las enfermedades que se generan en las poblaciones a raíz de la crisis climática.

Sergeeva comentó el caso de una guía colaborativa que realizan desde la Red de Clima y Salud para repensar las prácticas sanitarias en los nuevos contextos. “En Chile las comunidades reclaman que la medicina no ha sido capaz de detectar las causas de las dolencias, pese a atenderlas cotidianamente”, expresó. Leer las situaciones que generan los agrotóxicos y la megaminería, por citar algunos ejemplos a los fines de la prevención, resultó una de las claves para seguir pensando. Incluso se recibieron aportes de quienes escucharon el panel en tanto aportes a la construcción colectiva. Por ejemplo, se sugirió agregar al trabajo social como una profesión que contribuye a analizar los condicionantes socioambientales de la salud.

De Bueno señaló que el rol de las universidades es formar profesionales que contribuyan a introducir la perspectiva ambiental en las instituciones y generar conocimiento científico para la información pública de las comunidades, aspecto que resaltó como un derecho. El Observatorio Ambiental de Rosario, que coordina De Bueno, hizo algunos avances en ese sentido. En el contexto de los incendios del delta del Paraná, coordinó estudios que midieron los niveles de contaminación del aire en el Gran Rosario, detectando cifras cinco veces mayor a la media nacional.

Comprender la vinculación entre saberes y salud también es necesario en el plano alimentario. Por eso, en el panel “Sistemas alimentarios para recuperar la salud de los territorios”, Fernando Frank (de la Red Calisas -Cátedras de Soberanía Alimentaria) indicó la importancia de “vincular la salud de los suelos con la salud humana”. Al respecto, para construir una salud colectiva y socioambiental es necesario apostar a la agroecología como forma de producir lo que comemos. Frank invitó a pensar la transición agroecológica más allá de las tranqueras: “Hay que pasar de la transición agroecológica de un campo a la transición civilizatoria”.

Junto a él estuvo Eduardo Cerdá, director de Agroecología de la Nación y uno de los impulsores de la Renama, que destacó que, en 2020, por primera vez un Estado latinoamericano generó un ámbito estatal específico destinado a la agroecología en su organigrama. Sin embargo, reconoció que la entidad hasta el momento trabajó sin presupuesto. Uno de los ejes que abordó refirió el Estado y la articulación con las universidades para crear propuestas académicas relativas a la agroecología.

Tomasa Ramos, de Rosario, y Leomárcio Araujo, de Salvador (Brasil) contaron sus experiencias en relación a la transición agroecológica. Ramos explicó la experiencia de los parques agroecológicos de la ciudad. Araujo relató cómo se organizan en 14 estados de Brasil a través del Movimiento de Pequeños Agricultores (MPA).

Más tarde fue el turno del taller de «transición energética», en el que se puso en cuestión qué significa una transición justa para los países del Sur Global. “Esta es una transición de patas cortas”, dijo Maristella Svampa en relación al litio y a las energías verdes, destacando que los países del Norte Global no cuentan con los recursos necesarios para la producción de las llamadas energías limpias.

Pensar en la transición energética implica repensar los patrones de consumo ante la crisis de los combustibles fósiles, pero también deja algunos interrogantes abiertos: ¿Transición para quiénes? ¿A costa de quiénes? El maestro diaguita Marcos Pastrana brindó, desde el público, una pista para pensar posibles respuestas en el marco del cambio civilizatorio necesario: «Ya se sacrificaron los pueblos para que vivan las empresas, es hora de que se sacrifique los pueblos para que vivan las empresas».

Al cierre de ese panel se presentó brevemente la Campaña Nacional en Defensa del Agua, como una instancia colectiva específica para cuidar ese bien común en los distintos puntos del país. Más tarde, se leyó el informe de las delegaciones feministas a Perú y a Puelmapu, en el marco de la resistencia popular y campesino al golpe de Estado contra Pedro Castillo.

El viernes, en la tercera y última jornada del Congreso, se llevó a cabo el panel «Justicia ecológica», con los abogados Lucas Micheloud, Santiago Pascual, Santiago Mirande (de Uruguay) y María Laura Martínez. Entre las preguntas del público emergió la necesidad de contar con un acceso efectivo a la justicia, lo que implica una perspectiva ambiental en el Poder Judicial, pero también contar con los saberes necesarios para hacer frente a los argumentos de las empresas en los litigios. «¿Cómo avanzamos hacia penas que no sean sólo simbólicas sino de cumplimiento efectivo?», preguntó alguien desde el público.

La respuesta construida desde el debate fue la necesidad de que se formen abogados y abogadas con perspectiva ambiental, que comprendan que la propiedad no es un derecho absoluto. Y además, que toda decisión político-económica tiene implicancias ambientales en los cuerpos y en los territorios.

“Salud es el ejercicio del derecho a luchar”, expresó Micheloud en el cierre, como una nueva conceptualización que emergió después de dos días de circulación de la palabra y de escucha.

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Poulantzas fue un teórico vital del socialismo democrático

19/06/2023 by Vitalio Deja un comentario

Por: Clyde Barrow

TRADUCCIÓN: PEDRO PERUCCA

 

Las estrategias políticas de la izquierda se han dividido tradicionalmente entre el parlamentarismo socialdemócrata y la idea leninista de «aplastar el Estado». Nicos Poulantzas argumentó que ninguna de las dos estrategias era adecuada y desarrolló su visión de la «vía democrática» al socialismo.

La publicación de Political Power and Social Classes (Poder político y clases sociales en el Estado capitalista, 1968) de Nicos Poulantzas y The State in Capitalist Society (El Estado en la sociedad capitalista, 1969) de Ralph Miliband inició un retorno a la cuestión del Estado en la ciencia política y la sociología tras un largo paréntesis durante el cual los principales científicos sociales habían descartado el concepto. Desde entonces, ha habido una preocupación constante por las teorías del Estado capitalista entre los académicos. Mientras tanto, el regreso del socialismo democrático a las agendas políticas nacionales en Europa y Norteamérica ha dado lugar a renovados debates sobre tácticas políticas.

Las tácticas comprenden acciones inmediatas, o métodos de conducta, que se planifican cuidadosamente con el propósito de alcanzar un objetivo claramente definido. Sin embargo, la mayoría de los marxistas contemporáneos no suelen distinguir entre estrategia (objetivos a largo plazo) y táctica (acciones inmediatas). ¿Cuál debería ser el objetivo a largo plazo de las tácticas políticas de la izquierda, y proporciona una teoría del Estado capitalista alguna respuesta a esa pregunta más allá de los llamamientos abstractos a una transición al socialismo?

Paneles indicadores

Cuando Poulantzas publicó su último libro, Estado, poder, socialismo, en 1978, lo hizo en parte porque estaba intrigado por la cuestión del socialismo democrático en el contexto del auge del eurocomunismo en Italia, España y Francia. Esta evolución planteó la cuestión del papel del Estado en la transición al socialismo. La reaparición del socialismo democrático obligó a teóricos y activistas políticos a replantearse la cuestión de la estrategia socialista.

Poulantzas argumentó que una teoría del Estado capitalista podría aportar importantes ideas sobre el papel del Estado durante la transición al socialismo. Sin embargo, observó que no se podía deducir una estrategia política de una teoría de este tipo, que

nunca podría ser otra cosa que nociones teórico-estratégicas aplicadas, que sirvieran, ciertamente, como guías para la acción, pero a lo sumo a la manera de paneles indicadores. No se puede elaborar un «modelo» de Estado de transición al socialismo: ni como modelo universal capaz de concretarse en casos dados, ni siquiera como receta infalible y teóricamente garantizada para uno o varios países.

Poulantzas subrayó que existía «siempre una distancia estructural entre la teoría y la práctica, entre la teoría y lo real». Se trataba de una brecha que sólo podía salvarse mediante decisiones estratégicas tomadas por quienes participaban en la lucha de clases real.

Dicho esto, ¿qué guías para la acción y qué paneles indicadores sugiere la teoría del Estado capitalista de Poulantzas para el socialismo democrático y la estrategia socialista de hoy?

Ganar la batalla

Karl Marx y Friedrich Engels definieron el objetivo estratégico a largo plazo de la táctica socialista en El Manifiesto Comunista (1848) como «la formación del proletariado en clase, el derrocamiento de la supremacía burguesa, la conquista del poder político por el proletariado». Marx y Engels sostenían que «el primer paso de la revolución de la clase obrera» era «elevar al proletariado a la posición de clase dominante, ganar la batalla de la democracia».

Todos los teóricos políticos marxistas importantes del siglo XX abrazaron este principio estratégico. Eduard Bernstein sostenía que «la democracia es una condición del socialismo» y su contemporáneo Karl Kautsky afirmaba que «el socialismo sin democracia es impensable». Del mismo modo, en su crítica a Vladimir Lenin y los bolcheviques tras la Revolución Rusa, Rosa Luxemburg declaró que «sin elecciones generales, sin libertad irrestricta de prensa y reunión, sin una lucha libre de opiniones, la vida se extingue en toda institución pública».

Incluso el propio Lenin había apoyado antes una resolución táctica adoptada por el III Congreso del Partido Laborista Socialdemócrata Ruso, que proclamaba que

los intereses directos del proletariado y los intereses de su lucha por los objetivos finales del socialismo requieren la medida más completa posible de libertad política y, en consecuencia, la sustitución de la forma autocrática de gobierno por una república democrática.

Desgraciadamente, un siglo después, estamos lejos de haber ganado la batalla por la democracia. Si acaso, nos enfrentamos ahora a la perspectiva de su desaparición en todo el mundo, incluidas las democracias liberales occidentales.

En una época en la que Nicos Poulantzas también estaba preocupado por el auge del estatismo autoritario, senaló  que no bastaba con afirmar que queremos un socialismo democrático. Era necesario, insistió, formular claramente demandas estratégicas sobre lo que implicaría una forma socialista democrática de autogobierno de la sociedad como forma institucional, es decir, un Estado socialista democrático de transición.

Dos estrategias

En algunos de sus primeros escritos como editor del Rheinische Zeitung, Marx abrazó la «democracia burguesa» como un avance político para la clase obrera. La consideraba un armazón político esencial para el desarrollo ulterior del proletariado como clase.

El fundamento más básico de la «democracia» era el sufragio universal. Sin embargo, en escritos como El Manifiesto Comunista, las Reivindicaciones del Partido Comunista en Alemania (1849) y la Crítica del Programa de Gothe (1875), Marx defendió un programa expansivo de democracia social y económica que se basaba en un impuesto sobre la renta fuertemente graduado (política fiscal), un banco central fuerte (política monetaria) y la inversión pública en la industria, el transporte, las comunicaciones y la agricultura (política industrial y de empleo).

Al mismo tiempo, abogó por una serie de programas y políticas. Estos incluían la educación pública gratuita para todos, servicios jurídicos gratuitos, la abolición de los impuestos al consumo, una fuerte red de seguridad social (seguro de desempleo, pensiones de vejez, vivienda, atención sanitaria, etc.) y la completa separación de la Iglesia y el Estado.

En 1872, Marx especuló que en las democracias liberales maduras, como Estados Unidos, Gran Bretaña y Holanda, podría ser posible que los trabajadores «alcanzaran sus objetivos por medios pacíficos”. Durante más de un siglo, este conjunto de políticas y tácticas electorales ha definido en gran medida el programa político que llamamos socialdemocracia.

Sin embargo, Marx y Engels cambiaron su forma de pensar sobre la conquista del poder político a raíz de la Comuna de París de 1871. Marx llegó a la conclusión de que la Comuna «era esencialmente un gobierno de la clase obrera, el producto de la lucha de la clase productora contra la clase apropiadora, la forma política por fin descubierta bajo la cual llevar a cabo la emancipación económica del trabajo». Lo que era diferente en el experimento parisino, según Engels, era que la clase obrera había creado una forma política no estatal de autogobierno, mientras que en 1848 había sido «un poder en el Estado [capitalista]» como resultado del sufragio universal masculino recién concedido.

Lo que Marx vio en la Comuna, en comparación con 1848, fue una nueva forma política que «rompe el poder del Estado moderno». Subrayó la necesidad de que el proletariado «transforme la maquinaria de trabajo tradicional» del Estado y «la destruya como instrumento de dominio de clase»:

La clase obrera no puede simplemente apoderarse de la maquinaria estatal prefabricada y esgrimirla para sus propios fines. El instrumento político de su esclavitud no puede servir como instrumento político de su emancipación.

Así, desde finales del siglo XIX, el debate marxista sobre la estrategia socialista ha sido en gran medida una contienda entre los defensores del socialismo parlamentario, articulado en obras como El socialismo evolutivo de Bernstein (1899), y los revolucionarios que insistían en la necesidad de aplastar el Estado, como ejemplifica el folleto de Lenin El Estado y la revolución (1917).

Vías democráticas al socialismo

No hay duda de que en la mayoría de sus escritos, Poulantzas defendió una estrategia en línea con la segunda escuela de pensamiento. En 1975, por ejemplo, expuso el siguiente argumento:

La transición al socialismo no puede tener lugar por un simple cambio en el poder del Estado (la clase obrera y sus aliados sustituyendo a la burguesía); esta transición requiere que los aparatos del Estado sean aplastados, es decir, no se trata sólo de sustituir a los jefes de estos aparatos, sino de una transformación radical en su estructura organizativa real.

Sin embargo, en Estado, poder, socialismo (1978), Poulantzas abandonó explícitamente su posición de aplastar el Estado:

Ya no hay lugar para lo que tradicionalmente se ha llamado aplastar o destruir ese aparato [estatal]… el término aplastar, que Marx también utilizó con fines indicativos, vino a designar al final un fenómeno histórico muy preciso: a saber, la erradicación de cualquier tipo de democracia representativa o de libertades «formales» en favor puramente de la democracia directa, de base, y de las llamadas libertades reales… si entendemos la vía democrática como un proceso de transformación radical de la democracia y de las libertades… la democracia como un proceso de transformación radical de la estructura organizativa del Estado. . si entendemos que la vía democrática al socialismo y el propio socialismo democrático implican, entre otras cosas, el pluralismo político (de partidos) e ideológico, y la extensión y profundización de todas las libertades políticas, incluidas las de los opositores, entonces hablar de aplastar o destruir el aparato del Estado no puede ser más que un mero truco verbal.

Al mismo tiempo, Poulantzas incluyó la siguiente advertencia:

Sería un error cargado de graves consecuencias políticas concluir de la presencia de las clases populares en el Estado que alguna vez podrán detentar el poder de forma duradera sin una transformación radical del Estado… la acción de las masas populares dentro del Estado es una condición necesaria para su transformación, pero no es en sí misma una condición suficiente.

En su último libro, Poulantzas definió así una estrategia de socialismo democrático que incorporaría la política electoral del socialismo parlamentario y, al mismo tiempo, iría más allá para adoptar formas de democracia directa. En lugar de destruir el Estado, Poulantzas imaginaba ahora lo que denominaba una «transformación radical del Estado».

Esa transformación abarcaría innovaciones como la propiedad y la autogestión de los trabajadores, así como formas limitadas de «comunismo de consejo» basadas en órganos de democracia de masas (el significado original de «soviet» en el contexto ruso). Sin embargo, Poulantzas creía que estas innovaciones servirían para fortalecer, ampliar y profundizar el componente democrático de una república democrática moderna, en lugar de desafiarlo y desplazarlo mediante una estrategia de «poder dual», como ocurrió durante la Revolución Rusa.

Analizando el caso ruso, Poulantzas argumentó que al abolir la recién elegida Asamblea Constituyente a principios de 1918, los bolcheviques habían dejado el aparato estatal sin supervisión ni regulación en nombre de una estrategia de «todo el poder a los soviets». Esto preparó el terreno para una forma socialista de estatismo autoritario, el estalinismo, ya que los soviets descentralizados carecían de la capacidad política o de los conocimientos técnicos necesarios para dirigir la actividad cotidiana de una sociedad moderna compleja a escala nacional. Concluyó que, durante la transición al socialismo, las instituciones de la democracia representativa deberían considerarse «no como reliquias desafortunadas que hay que tolerar mientras sea necesario, sino como una condición esencial del socialismo democrático»

Socialismo democrático

Poulantzas llegó a la conclusión de que el socialismo democrático era una estrategia de dos vertientes: política y política. Por un lado, implicaba un conjunto de políticas y programas diseñados para promover una sociedad más igualitaria basada en el principio «de cada uno según su capacidad, a cada uno según sus necesidades». Esta estrategia podría comenzar con políticas socialdemócratas básicas, pero requería una transformación radical de lo que Poulantzas denomina el «aparato económico» —bancos centrales, sistemas fiscales, políticas de empleo y salariales, políticas comerciales, seguros sociales— y, en última instancia, tendría que desembocar en la propiedad pública y/o de los trabajadores de los medios de producción.

Sin embargo, Poulantzas argumentó que el camino para alcanzar estos objetivos también requería una estrategia política —una transformación radical del Estado— que combinara una forma transformada de democracia representativa con la democracia directa de base:

El problema esencial de la vía democrática al socialismo, del socialismo democrático, debe plantearse de otra manera: ¿cómo es posible transformar radicalmente el Estado de tal manera que la extensión y profundización de las libertades políticas y las instituciones de la democracia representativa (que también fueron una conquista de las masas populares) se combinen con el despliegue de formas de democracia directa y la proliferación de organismos de autogestión?

Para Poulantzas, esto significaba que la vía democrática al socialismo sería un largo proceso que implicaba «la difusión, el desarrollo, el refuerzo, la coordinación y la dirección de esos centros difusos de resistencia que las masas siempre poseen dentro de las redes estatales, de tal manera que se conviertan en los verdaderos centros de poder en el terreno estratégico del Estado”.

En lugar de la exigencia de «todo el poder a los soviets», Poulantzas argumentó que un gobierno de izquierdas debería empezar inmediatamente a integrar formas populares de democracia directa y autogestión obrera en el Estado. En lugar de una situación de poder dual con una pugna entre democracia directa y democracia representativa, un único Estado obrero debería aunar las dos formas de democracia.

En consecuencia, Poulantzas llamó a una lucha «para modificar la relación de fuerzas con el Estado, en oposición a una estrategia frontal de tipo poder dual», lo que significaría «una transformación radical del aparato estatal». Reiteró su advertencia anterior contra «la construcción de ‘modelos’ de cualquier tipo», haciendo hincapié una vez más en que una teoría del Estado capitalista podría ser, en el mejor de los casos, «un conjunto de señales» para la toma de decisiones estratégicas, pero no una hoja de ruta.

Estas observaciones de Poulantzas dejaron abiertas varias preguntas. ¿Qué significaría exactamente combinar una república democrática transformada con la propiedad de los trabajadores, la autogestión y otras formas de democracia directa? No obstante, estas observaciones identificaban una estrategia política de reforma constitucional que podría basarse en los conocimientos de la teoría del Estado, al tiempo que dirigía las tácticas políticas hacia objetivos a largo plazo más allá de la mera perturbación y la protesta.

El socialismo democrático no es sólo un programa económico o un conjunto de políticas sociales. Es una estrategia de reforma constitucional dirigida a realinear la relación estructural del Estado con las clases trabajadoras. No puede haber socialismo sin una democracia revigorizada y más expansiva.

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Una mentira que dice la verdad: el espacio crítico de Juan Rulfo

19/06/2023 by Vitalio Deja un comentario

Por: Roberto Bernal

 

Víctor Jiménez Muñoz (Santiago Ixcuintla, Nayarit, 1945) es arquitecto por la UNAM, donde fue profesor de Historia de la Arquitectura. Restauró las casas de Diego Rivera y Frida Kahlo, de Juan O’Gorman, y el Museo Experimental El Eco, de Mathias Goeritz, así como la Casa O’Gorman de 1929. Desde 1998 dirige la Fundación Juan Rulfo, y es autor de numerosos textos sobre el escritor y fotógrafo mexicano, como la introducción a ‘Juan Rulfo, letras e imágenes’ y los ensayos “Palabra llana y poesía en Rulfo” y “Una estrella para la muerte y la vida”.

Su más reciente libro en este tema es Ladridos, astros, agonías. Rilke y Broch en el lector Rulfo (2017). Platicamos con él en relación con el nuevo título de Juan Rulfo, Una mentira que dice la verdad (Editorial RM, México, 2022).

–De los diecinueve textos reunidos en Una mentira que dice la verdad, la mayor parte permite advertir a un Juan Rulfo que reflexionó sobre la literatura desde un lugar que Ricardo Piglia llamó “no estabilizado”.

–Para Piglia las otras dos clases de crítica –la periodística y la académica– están ya predeterminadas por lo que él llama “un saber externo” (la sociología, el psicoanálisis, la historia de la literatura, etcétera), mientras que la que él valoraba más, la crítica de los escritores, no tiene tales restricciones sino que, al ser “constructivista” (como la identifica), parte de la obra que un escritor va a tomar como tema de reflexión. El periodista y el académico, agrega Piglia, “interpretan” la obra; el escritor, en cambio, nos dice cómo está construida desde su experiencia como autor: es lo que llama “lugar no estabilizado”, que es sólo personal. Las críticas periodística y académica no pocas veces resultan predecibles; un escritor, en cambio, siempre hace crítica desde su propio e intransferible espacio.

–Los autores que un escritor admira no son precisamente los que más contribuyen a su trabajo. En el caso de la crítica que elaboró Rulfo, parece que sus reflexiones transitaron entre autores que apreciaba y aquellos que le sugirieron una revisión técnica de la escritura.

–Sabemos qué autores ponderaba Rulfo, pues se refirió a ellos con frecuencia: nórdicos como Hamsun y Laxness, por ejemplo, o estadunidenses como Langston Hughes. Y qué decir del que más admiró: João Guimarães Rosa, cuyo Gran Sertón es posterior a la obra de Rulfo. En cambio, no parece haber apreciado a ningún español y se expresaba mal de la tradición retórica hispánica, como dijo a Alejandro Avilés. Consideraba a Gorostiza el mejor poeta mexicano y en su honor se refirió a Rilke, a quien Rulfo tradujo parcialmente; la Elegía 9, dedicada a la ciudad de los muertos, tendría un eco en su primera novela. No se refirió nunca, que yo sepa, a Hermann Broch, pero La muerte de Virgilio tiene más de un eco en cuentos como “Nos han dado la tierra”, “La Cuesta de las Comadres”, “No oyes ladrar los perros” y, desde luego y sobre todo, en Pedro Páramo.

–Rulfo destaca, tanto en Joaquim Machado de Assis como en João Guimarães Rosa, una de las cualidades más importantes de su propio trabajo: la capacidad de inventar un lenguaje nuevo, y cita a un periodista del Jornal do Brasil, quien afirmó que la obra de João Guimarães Rosa “es una admirable e incomparable tapicería tejida con fibra típicamente nacional, que podemos considerar, al mismo tiempo, como un aporte de humanismo universal”. Esto es algo que también podríamos decir sobre la obra de Rulfo. Sin embargo, parece que todavía prevalece, en la crítica que aborda su narrativa, la idea que vincula al lenguaje inventado por el narrador jalisciense con la tradición oral o con una especie de patriotismo.

–Debe recordarse que Rulfo hizo un prólogo a las Memorias póstumas de Blas Cubas, ya muerto cuando las escribió: “no soy un escritor muerto, sino un muerto escritor”, y que es una novela hecha de fragmentos, alejada del regionalismo latinoamericano, pues Brasil en el siglo XIX tenía una mejor literatura que la escrita en español, como dijo Rulfo. Guimarães reinventó el portugués de manera más ostensible, pero el español de Rulfo es una creación tan original como ésta, aunque los lectores apresurados no lo adviertan y aún confundan su lengua literaria con el español del campo mexicano. Problema de esos lectores, por supuesto. Con Guimarães la confusión va a los temas: “El burrito pardo” se lee como un cuento regional hasta que te enteras de que fue escrito por Guimarães en el Hamburgo de la II Guerra, bajo las bombas aliadas, pues era diplomático. En la entrevista del mineiro con Günter W. Lorenz éste le pregunta sobre los judíos que ayudó a salvar contra la decisión de su gobierno, y el escritor le dijo que no deseaba hablar de eso, sino de las vacas de su natal Minas Gerãis. En Israel lo recuerdan con agradecimiento de manera oficial. Hablaba quince idiomas y su tema predilecto y casi único (a no ser su relato póstumo “Páramo”, que podría ser una alusión a la obra de Rulfo y no ocurre en Brasil) fue el campo del Sertón.

–Rulfo concedió multitud de entrevistas. Sin embargo, la mayoría parecen interesadas únicamente en indagar la biografía del escritor jalisciense, como si ello contribuyera a revelar las motivaciones de sus personajes. En este libro parece claro que se cuidó este aspecto.

–En este libro decimos que la calidad de las entrevistas hechas a Rulfo varía según el entrevistador: la mayoría se las hicieron periodistas mexicanos que no tenían ningún conocimiento literario importante y sólo se dedicaban a reiterar lugares comunes. No damos importancia al número de estas entrevistas y Rulfo a veces sólo respondía esperando terminar pronto. Dijo que había aprendido de Guimarães (quien sólo dio una entrevista larga en su vida) a escapar de los periodistas por las escaleras de servicio de los hoteles. De un célebre periodista mexicano (ni se imaginan quién) me dijo una vez que “era sólo un periodista”, para que no buscase ya un supuesto libro de historia del reverenciado señor. El biografismo es una plaga de la crítica literaria desde Sainte-Beuve y ya Proust deshizo a este periodista. Ese biografismo también persiguió a Rulfo, quien repitió siempre que sus personajes no eran él. Dijo incluso cómo los concebía, y no era precisamente a partir de sí mismo.

–Uno de los apartados más significativos del libro es el titulado Situación actual de la novela contemporánea, porque el lector acompaña a Rulfo en un recorrido en el que analiza novelas que se gestaron prácticamente en todas las latitudes del mundo. Esto, al mismo tiempo, deja mal parados a quienes por décadas se han empeñado en producir –diría que malintencionadamente– la imagen de un Juan Rulfo inculto que escribió sus libros desde un talento misterioso e inexplicable, algo así como “un milagro de provincia”.

–Esa conferencia, que dio Rulfo en Chiapas en 1965, es muy importante. Así lo considera José Carlos González Boixo en una reseña inédita de Una mentira que dice la verdad que hemos propuesto publicar a una revista académica mexicana. Apareció impresa en Chiapas el mismo 1965 a partir de una grabación, y se aclaraba entonces que no se pudieron verificar los nombres de autores y obras citados por Rulfo. Bueno: nosotros lo hicimos, consultando la biblioteca de Rulfo. Los errores eran muchísimos (y se reprodujeron todas las ocasiones en que esta conferencia siguió publicándose, que no fueron pocas) porque se trataba a menudo de libros y autores poco conocidos y muy recientes. Todos están en la biblioteca de Rulfo, y con la invaluable ayuda de Juan Francisco Rulfo verificamos cada uno de ellos, precisando títulos, apellidos, editoriales, traductores, fechas, etcétera, y así se hace constar ahora en nuestro libro. González Boixo señala con acierto que no sólo esta conferencia (aunque ésta de manera notable), sino todo Una mentira que dice la verdad, es testimonio de los excepcionales niveles que alcanzó Rulfo como lector. En cuanto a los detractores de Rulfo que citas, y que todos recuerdan, prefiero practicar con ellos lo que me recomienda un amigo estadunidense hacer siempre en casos como estos: my friend, be kind to animals.

–Una de las afirmaciones de Rulfo que genera que el lector se detenga en ella es la que dice: “En México, sólo los solitarios han podido hacer obra hasta ahora y quizá seguirán siendo ellos los únicos creadores de conciencias.” Dice mucho de su personalidad discreta y de la relación privada que mantenía con cada uno de sus distintos quehaceres.

–Esas palabras las dijo Rulfo sobre Mariano Azuela, quien no pertenecía a capillas literarias: nunca abandonó su profesión de médico y se abrió camino por sí mismo, publicando en el extranjero, por ejemplo. En una entrevista que se le hizo a Azuela para la revista Amauta (núm. 11, enero de 1928), de Mariátegui, se le preguntó “¿Por qué son reaccionarios los intelectuales mexicanos?”, y el mexicano estuvo de acuerdo en que lo eran, citando ejemplos que lo confirmaban: los que apoyaron a Huerta (esto lo trató Juan Schulz en este mismo suplemento, en abril de 2020), y que seguían activos en tiempos de Azuela. ¿Agruparse con ellos? Hoy vivimos un momento similar, con los intelectuales de las dos revistas antes rivales cómodamente agrupados en el nuevo huertismo de hoy. Sus afinidades como “reaccionarios”, citando a Amauta, son más fuertes que sus rivalidades circunstanciales. Rulfo agrupaba a los Contemporáneos, en un ensayo de Una mentira que dice la verdad, como simplemente “afrancesados”, que reeditaron esa misma afinidad que había florecido en el Porfiriato y a la que se adhirió la derecha literaria postrevolucionaria. Porque los grupos literarios, nadie lo ignora, son grupos políticos con sólo, a veces, una cáscara de literatura.

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Queso, baguettes y Victor Hugo

11/06/2023 by Vitalio Deja un comentario

Por: David Broder

La derecha francesa afirma que el «islamoizquierdismo» está subvirtiendo su cultura nacional. Pero el galicismo ha sido siempre una identidad en constante cambio.

pone deshacerse de Victor Hugo, de nuestros quesos o baguettes, y sustituirlos por otra cosa». Así rebatió Jean-Luc Mélenchon, en vísperas de su candidatura presidencial para 2022, la afirmación de que un complot «islamoizquierdista» pretendía destruir el modo de vida tradicional de Francia. Pero, a diferencia de otros rumores descabellados sobre conspiraciones secretas a escala mundial, este había conseguido extenderse por toda una nación en un tiempo récord.

Durante la última década, expertos xenófobos como Èric Zemmour han adoptado la noción del teórico de la conspiración Renaud Camus de un complot «reemplacista» de la élite para arrancar las raíces de la cultura francesa y sustituir a los «franceses de pura cepa» por inmigrantes. La campaña de Mélenchon adoptó el lenguaje de la «creolización», la eterna mezcla de influencias que conforman una cultura nacional.

El término «creolización» fue acuñado por Édouard Glissant, escritor de la isla caribeña de Martinica. El fallecido Glissant se refería a la mezcla entre pueblos de diferentes culturas en territorios colonizados como su tierra natal. Para Mélenchon, lo importante no es celebrar la diferencia en sí, sino la posibilidad de crear una cultura fusionada alimentada por nuevos elementos. «Ser francés», declaró a la revista de su partido, L’Insoumission, «no significa pertenecer a una religión concreta o tener un color de piel determinado, cocinar ciertos platos o amar obras específicas. Ser francés en la República es suscribir el programa “liberté, égalité, fraternité” y respetar la ley. Es el universalismo de la Revolución Francesa lo que permite a Francia ser un país creolizado».

Al trasladar este término más bien literario al debate político dominante, Mélenchon combinó dos ideas sobre cómo se forma la cultura nacional. En un sentido, subrayó que la identidad francesa no es algo fijo, sino que está abierta a la reinvención constante. Pero este crisol cultural también está conformado por un legado político que, si bien no es exactamente eterno, reclama su legitimidad de una larga tradición nacional. En la misma entrevista, Mélenchon declaró que el pueblo francés es un cuerpo nacional construido en torno a «su Estado, su unidad social y su contrato político inscrito en la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano», la proclamación emitida por la Asamblea Constituyente el 26 de agosto de 1789, que declaró que la soberanía reside en la nación.

Las palabras de Mélenchon reflejaban así una contradicción que ya existía en lo que muchos observadores del siglo XIX llamaron «construcción nacional», y en el legado de la propia Revolución Francesa. ¿Representaba el Estado-nación a los habitantes de un territorio determinado, la expresión de una comunidad homogénea que ya existía? ¿O era el Estado el que moldearía, o incluso crearía, la nación? Una famosa respuesta vino del otro lado de los Alpes, donde, tras la creación de un Estado italiano unido en 1861, el político liberal Massimo d’Azeglio afirmó: «Hemos hecho Italia. Ahora debemos hacer italianos». Sin embargo, ni siquiera en Francia —un Estado con una existencia independiente mucho más larga— la revolución de 1789 legó una identidad nacional única. Más bien, la República era una obra en curso, que los primeros socialistas trataron de moldear.

Pequeñas Bastillas

La asociación entre la Revolución Francesa y el nacionalismo debe tratarse con cierta cautela. Eric Hobsbawm cita al socialista austriaco Karl Renner, quien declaró en su obra de 1899 Staat und Nation que «el cumpleaños de la idea política de nación y el año de nacimiento de esta nueva conciencia» —de las comunidades lingüísticas y culturales que pasan a ser «conscientes de sí mismas como una fuerza con destino histórico»— es «1789, el año de la Revolución Francesa». Pero, insiste Hobsbawm, Renner estaba escribiendo más de un siglo después de esa revolución, de hecho en una época en la que la etnicidad y la lengua se estaban convirtiendo cada vez más en los «criterios decisivos o incluso únicos de la nación potencial». Si bien esto conllevaba una cierta idea romántica de redescubrir una unidad más antigua, chocaba con el desarrollo real de los Estados-nación modernos, incluida la Francia posrevolucionaria.

El clásico estudio de Eugen Weber, Peasants into Frenchmen, ilustra este hecho de forma sorprendente. Muestra cómo, en el siglo que siguió a la Revolución, e incluso tras la creación de la Tercera República en 1870, el grueso de la población rural tenía poca noción de su «afrancesamiento». El barón Haussmann, tras haber remodelado París según criterios «racionales», escribió en sus memorias sobre «nuestro país, el más “uno” del mundo entero». Alexis de Tocqueville subrayó la larga historia de reformas centralizadoras incluso antes de 1789, desde la creación de la Académie Française hasta la formación de monopolios estatales. Sin embargo, un siglo después de la revolución, las masas rurales no hablaban una lengua común y rara vez utilizaban la moneda nacional. En las décadas que precedieron a la Primera Guerra Mundial, las aulas y los cuarteles impusieron una identidad común a una población a menudo reacia.

El relato de Weber sobre el moldeado de la conciencia nacional francesa de 1870 a 1914 es especialmente impresionante cuando recurre a los informes de quienes pretendían «asimilar» desde arriba y, por tanto, veían la diversidad como «imperfección, injusticia, fracaso, algo que había que señalar y remediar». El primer ministro del Interior de la Tercera República, Léon Gambetta, hablaba de campesinos «intelectualmente varios siglos por detrás de la parte ilustrada del país» y de la «enorme distancia» entre «los que hablan nuestra lengua y aquellos muchos de nuestros compatriotas [que], por cruel que sea decirlo, no pueden más que balbucear en ella». La misión civilizadora colonial —la tarea del Estado francés de civilizar a las masas «salvajes», «palurdas» e «ignorantes», también en su patria— se repetía constantemente en los textos de los administradores y los políticos republicanos.

Los jacobinos de principios de la década de 1790 habían proclamado grandes proyectos para modernizar e iluminar Francia, incluyendo planes para sistemas nacionales de educación, sanidad y ayuda a los pobres. Sin embargo, tales proyectos se vieron truncados por la contrarrevolución, y solo en 1881 el Primer Ministro Jules Ferry introdujo la llamada escuela republicana: educación obligatoria y gratuita para niños de seis a trece años, que pasó a ser laica en 1882. Mientras que, durante gran parte del siglo XIX, los sacerdotes dominaron un conjunto de instituciones educativas, los «Húsares Negros» —los educadores republicanos introducidos por Ferry, encargados de introducir a sus alumnos en una cultura, una lengua y una historia nacionales comunes— lideraron la campaña de homogeneización. Su nombre militar se hacía eco de la otra gran institución homogeneizadora de esta época: el ejército.

Resulta revelador que las reformas clave para remodelar Francia a finales del siglo XIX —la educación pública y el laicismo estatal— sigan siendo hoy los focos principales de las batallas políticas sobre la identidad nacional. Al fin y al cabo, estas son las cuestiones que más directamente conciernen a las autoridades electas a la hora de moldear la cultura de los ciudadanos de la República, o de decidir no hacerlo. Esto se refleja en el debate habitual sobre las zonas donde «no llega la República», especialmente en las periferias de las ciudades con grandes poblaciones musulmanas, a menudo marcadas por la desafección y la pobreza. Mucho antes de que el líder de extrema derecha Zemmour llamara a su partido «Reconquista», en 2012 el gobierno de centroizquierda identificó cuarenta y siete «barrios a reconquistar por la República», y el presidente Emmanuel Macron ha invocado más recientemente una «reconquista republicana» para combatir el «separatismo islámico» en la sociedad francesa mayoritaria.

Construir la República

En tiempos de Ferry, la afirmación de la República Francesa no se limitaba a extender los Derechos del Hombre a todos los rincones de Francia, y menos aún a las poblaciones coloniales oprimidas por la fuerza militar francesa. Uno de los momentos fundacionales de la República fue su conflicto con la Comuna revolucionaria de París. En mayo de 1871, los dirigentes de la República aplastaron sangrientamente a los «bárbaros» comuneros, que fueron masacrados o expulsados a las colonias. Como explica el historiador Jean-Numa Ducange, este hecho marcaría durante mucho tiempo la actitud de los socialistas hacia la República y sus tradiciones. La Internacional Socialista se fundó en París el 14 de julio de 1889, en el centenario del asalto a la Bastilla; los delegados cerraron el acto cantando La Marsellesa, pero lo hicieron ante la tumba de los hombres y mujeres asesinados de la Comuna.

En este periodo, muchos marxistas rechazaron cualquier asociación con el republicanismo francés o con una tradición peculiarmente «nacional»; Paul Lafargue comenzó el primer congreso de la Internacional insistiendo en que los socialistas no «se reunían bajo los pliegues de la tricolor, sino solo de la bandera roja». En particular, la corriente liderada por Jules Guesde tendía a predicar un evangelio marxista en lugar de implicarse en las batallas que tenían lugar dentro de la «política burguesa». Por ejemplo, desinteresada en la lucha por definir la República, se negó a tomar posición sobre el escándalo que rodeaba a Alfred Dreyfus, el oficial del ejército judío acusado falsamente de traición en 1894. Sin embargo, la otra gran figura del socialismo francés, Jean Jaurès, presentó su socialismo como parte de la tradición republicana francesa, y en términos que a menudo se hacían eco de la idea de construcción nacional. El «programa completo del socialismo» ya estaba presente en la Revolución Francesa; solo faltaba su plena realización.

En la conclusión de 1908 de su Historia socialista de la Francia contemporánea, Jaurès traza un balance de los progresos realizados a lo largo del siglo anterior, a pesar de los numerosos contratiempos. La propiedad privada sigue dominando la República. Sin embargo, la plena democracia política, con el sufragio universal masculino, había triunfado sobre contrarrevoluciones y tiranos, y una de las grandes condiciones para su realización —la educación pública inspirada en la ciencia y la razón— había reducido a la Iglesia a una «asociación privada». Incluso Friedrich Engels había identificado en la república democrática el mejor terreno para que la lucha de clases se desarrollara abiertamente y sin estorbos premodernos. Pero para Jaurès, esto tenía mucho más el aspecto de una batalla gradual por la hegemonía dentro del régimen republicano francés existente, cuyas obras públicas generalizarían los principios establecidos en 1789.

La peculiar fusión de Jaurès entre patriotismo republicano y extensión de la democracia se basaba en la creación de instituciones nacionales que reordenaran la sociedad e integraran a las masas en la vida política; aunque esto tenía un fuerte impulso democratizador, dedicaba relativamente poco espacio a la iniciativa desde abajo. En la izquierda europea del siglo XX, y especialmente después de 1945, la participación democrática de las masas dependía normalmente de una densa red de relaciones entre partidos políticos, sindicatos y vida asociativa autónoma del Estado. Sin embargo, como ha señalado Alexis Corbière, aunque este tipo de creación de instituciones socialdemócratas tiene ciertamente ecos en la historia del Partido Comunista francés, su historia en Francia es relativamente débil en comparación con los países del norte de Europa.

En una polémica con su colega François Ruffin, diputado de France Insoumise, Corbière insistió el otoño pasado en la actualidad del socialismo republicano activista de Jaurès, sobre todo teniendo en cuenta el fin de los compromisos fordistas de finales del siglo XX entre el trabajo y el capital. Este enfoque centrado en el Estado es, insistió, más realista que la construcción de instituciones socialdemócratas mal adaptadas a los actuales modelos de trabajo más fragmentarios y a una economía más internacionalizada. Sin duda, lo que los franceses llaman les corps intermédiaires —los organismos que se interponen entre el individuo y el Estado— se han debilitado gravemente en las últimas cuatro décadas. Esto ofrece una cierta justificación para un «jacobinismo» basado en la captura del poder estatal y, por tanto, en proporcionar a la sociedad lo que Anton Jäger y Arthur Borriello han denominado un «revuelo organizativo desde arriba». Sin embargo, esto plantea sus propios problemas.

La idea de la creolización cultural es menos una agenda política que la descripción de una realidad existente: que la cultura nacional integra constantemente nuevos elementos. La vida nacional francesa ya no se rige, como en la época de Jaurès, por la rivalidad entre una poderosa Iglesia católica y la misión del Estado republicano de imponer una cultura nacional laica. Sin embargo, la constante remodelación de la identidad nacional viene determinada por otras instituciones, como la escuela republicana, pero también los medios de comunicación privados, las redes sociales y los grupos de presión políticos y religiosos. Es esta fragmentación de las fuentes de información y de autoridad legítima lo que hace más ardua la idea de utilizar el poder del Estado para remodelar la sociedad, sobre todo teniendo en cuenta que los partidos obreros de masas y el movimiento obrero se cuentan entre las instituciones cuya influencia cultural ha disminuido más.

Es poco probable que el intento de Macron de actualizar el lema republicano francés en una línea más aspiracional —«Libertad, Fraternidad, Igualdad de Oportunidades»— dure más que su presidencia. El lenguaje de la criollización ciertamente pretende insistir en una concepción democrática y no étnico-chauvinista de lo francés. Sin embargo, aunque a veces la izquierda francesa da muestras de su intención pluralista, su gran debilidad es el declive de las instituciones con las que ella misma podría moldear la cultura nacional. France Insoumise declara que la izquierda del siglo XX ha muerto, pero a menudo se remonta a un mundo aún más anticuado: el del tribuno del siglo XIX que defendía la obra incumplida de la Revolución Francesa.

Los mitos tienen su papel en la movilización política, incluida la apelación a los logros de generaciones muertas hace mucho tiempo. Con sus esfuerzos a menudo meticulosos por evitar los puntos de referencia marxistas y sustituirlos por otros republicanos franceses, el partido de Mélenchon se encuentra entre las expresiones más plenas del populismo de izquierdas contemporáneo. Lo que no está tan claro es cómo esta narrativa de los valores fundamentales franceses es capaz de resistir la actual fragmentación neoliberal de la sociedad, ya que el movimiento obrero soporta los ataques al modelo social existente en lugar de mostrar poder alguno para remodelar de nuevo la sociedad.

Las tradiciones nacionales tienen cierto poder de resistencia. Los quesos, las baguettes y, en menor medida, Victor Hugo están aquí para quedarse. Sin embargo, aunque el «islamismo de izquierdas» no vaya a arrebatárselas, la identidad nacional francesa se está rehaciendo. Al menos por ahora, las fuerzas políticas que más la están remodelando son las que se presentan como defensoras del «modo de vida tradicional» frente a influencias nuevas y perturbadoras.

DAVID BRODER

Historiador, editor de Jacobin Magazine (EE.UU) y autor de First They Took Rome (Verso, 2020).

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El hilo gramsciano de André Tosel

11/06/2023 by Vitalio Deja un comentario

Por: Vincent Charbonnier

No es posible comprender en toda su complejidad y riqueza el concepto de hegemonía en Antonio Gramsci al margen de otra de sus ideas centrales: la de la necesidad de una reforma moral e intelectual que concierna tanto a las masas como al Partido en cuanto intelectual colectivo. Semejante reforma supone transformar las modalidades históricas del proceso revolucionario para poder responder a la «extraordinaria capacidad de resistencia del capitalismo». Todo ello en el marco de la refundación del marxismo como filosofía de la praxis.

La recopilación de textos de André Tosel sobre Antonio Gramsci titulada Le fil de Gramsci, Politique et philosophie de la praxis (París, Éditions Amsterdam, 2022) [El hilo de Gramsci. Política y filosofía de la praxis], preparada y prologada por Vincent Charbonnier, constituye una importante contribución a la bibliografía francesa sobre el revolucionario italiano, la cual no deja de ampliarse —mencionemos en particular la obra colectiva coordinada por Yohann Douet y publicada en 2021 por Éditions sociales— pero sigue siendo pobre en monografías.

Cabría pensar que esa carencia refleja y a la vez reproduce el estatuto paradójico —caso ciertamente único tratándose de un dirigente comunista y teórico marxista de la estatura de Gramsci— que tiene hoy, particularmente en Francia, un autor muchísimo más citado que realmente leído, objeto de apropiaciones de todo tipo y que abarca casi todo el espectro intelectual y político.

Le fil de Gramsci ofrece un panorama general de los trabajos que a lo largo de toda su vida André Tosel consagró a Gramsci y que, sin lugar a duda, hicieron de Tosel el más destacado estudioso de la obra de Gramsci en Francia, labor que culminó con su obra-síntesis Étudier Gramsci. Pour une critique continue de la révolution passive capitaliste(París, Kimé, 2016) [Estudiar a Gramsci. Por una crítica permanente de la revolución pasiva capitalista], publicado poco antes de la muerte del filósofo, el 14 de marzo de 2017. Lo que sigue es un extracto del estudio de Vincent Charbonnier que sirve de prefacio al libro y que se publica ahora con la amable autorización del editor.

El hilo gramsciano de André Tosel

Si bien Antonio Gramsci (1891-1937) se ha convertido en una indiscutible figura del pensamiento internacional y se siguen acumulando los estudios consagrados a Cuadernos de la cárcel, sobre todo en Italia y en el mundo anglófono —con lo que se ha formado una biblioteca en constante expansión—, el pensamiento del cofundador del Partido Comunista de Italia sigue viéndose marcado, sobre todo en Francia, por un cierto estatus de «celebridad restrictiva». A pesar de los numerosos trabajos que se le han consagrado, algunos de las cuales no han dejado de ser referencia obligada[1], Gramsci es todavía «ese célebre desconocido» a quien es necesario «liberar de la prisión de la ignorancia en la que languidece», escribe André Tosel (1941-2017) al principio de la última obra que publicara en vida, Étudier Gramsci [Estudiar a Gramsci][2].

La exhortación de Tosel se ve tanto más justificada cuanto que se trata al mismo tiempo de una invitación a estudiar realmente a Gramsci y cuanto que Tosel consagró una parte esencial de su actividad intelectual y militante a trabajar en (y sobre) la elaboración del pensador sardo. Desde ese punto de vista, este trabajo sobre Gramsci constituye un auténtico hilo rojo —como diría Goethe— de la trayectoria intelectual de Tosel, además de contribuir, en un sentido más amplio, a obrar el conjunto de su reflexión. Si, desde un punto de vista estrictamente cronológico, Spinoza y Marx precedieron a Gramsci como hilos de la reflexión de Tosel y ciertamente la alimentaron de forma recurrente, el hilo de Gramsci posee, sin embargo, una conductividad más sustancial para (y en) la reflexión de Tosel y en él se «hacen sentir» —en el sentido del «todo conspira» de Leibniz— los dos hilos anteriores (Spinoza y Marx) a los que está íntimamente ligado[3].

Así pues, esta «puesta en obra» de la labor de Tosel sobre el pensamiento de Gramsci es singular en más de un sentido. Lo es, en primer lugar, porque Tosel volvió una y otra vez sobre sus pasos, como se manifiesta vívidamente en su último libro, Étudier Gramsci, y, en segundo lugar, porque lo hizo con una tenacidad digna de encomio, habida cuenta de la difícil coyuntura teórica y política en que, a partir de finales de los años setenta, se vio a sí mismo el marxismo en Francia, lo que hizo vacilar a muchos, desde la enmienda (honorable) hasta la renegación, por no hablar del puro y simple abandono.

En tercer lugar, porque esta «puesta en obra» dio comienzo en un momento en que la figura de Gramsci se desvanecía de la escena teórico-política y en que, ironías de la historia, se iniciaba la publicación de la traducción completa de Cuadernos de la cárcel[4]. En cuarto lugar, porque, de hecho, esa «puesta en obra» es fruto inesperado de una manera de responder a la propuesta formulada por Louis Althusser a mediados de los años sesenta acerca del «recomienzo» de la filosofía del marxismo, respuesta que llevó a Tosel a movilizar progresivamente el pensamiento de Gramsci gracias al apoyo de un «filósofo discreto pero decisivo», en la persona de Éric Weil, sobre cuya importancia habremos de volver.

Por último, esta «puesta en obra» es singular por su «estilo» de problematización. Tosel jamás desistió en su empeño de articular un registro didáctico, dirigido a restituir la riqueza y la amplitud del pensamiento de Gramsci, a la vez que un registro —indisociablemente analítico y prospectivo— dirigido a (re)pensar y comprender el capitalismo globalizado, financiarizado y líquido —o más bien viscoso[5]— de nuestra época desde finales de este «corto siglo XX» (1989), teniendo por horizonte la cuestión de la emancipación[6].

Ese «estilo» de problematización, que se propone combinar las dimensiones didáctica, analítica y prospectiva —y que se hace sentir en particular en Étudier Gramsci[7]— tal vez sea lo que mejor caracterice la idea de que el pensamiento de Gramsci constituye un hilo conductor de la reflexión de Tosel. Antes de volver sobre su último libro, publicado antes de su repentina muerte en marzo de 2017, quisiéramos esbozar una problematización de ese hilo e insistir en la manera, igualmente singular, en que Tosel se encontró con el pensamiento de Gramsci, así como en la manera, no menos singular, en que se apropió de ese pensamiento y le restituyó su sustancia […]

Un singular «recomienzo» del marxismo

[…] La «respuesta» de Tosel a la intención proclamada por Althusser en los años 60 sobre la necesidad de un «recomienzo» de la filosofía del marxismo se recoge en un importante estudio, ya mencionado —«El materialismo dialéctico “entre” las ciencias de la naturaleza y la ciencia de la historia»—, en que Tosel, conjuga un examen crítico de la intención althusseriana con la propuesta de un «materialismo dialéctico rectificado» que tome nota de «la imposibilidad histórica de un cierto marxismo» [8]. El eje de esa síntesis reside en la crítica de la desviación estaliniana del marxismo y, más concretamente, en la crítica de «esa forma de materialismo dialéctico que sirvió de cimiento al estalinismo» [9].

Pues, a decir verdad, no basta con rechazar simple y llanamente el Dia-Mat estaliniano, sino que es necesario igualmente establecer su especificidad histórica, evaluar el orden de sus razones y apreciar su consistencia teórica tanto como su eficacia política, sin ocultar el hecho, ciertamente desagradable, de que la primera formulación histórica del materialismo dialéctico por el propio Engels no estaba del todo exenta de proposiciones inestables o contradictorias y tendía más o menos explícitamente hacia una neometafísica materialista[10].

La propuesta de Tosel, por tanto, consiste en repensar el materialismo dialéctico a modo de tejido conjuntivo que anude, «sin imperialismo ni prevaricación», el conjunto del conocimiento: las ciencias «deben considerarse tanto en su propio contenido lógico como en su condición de aspecto y momento de la práctica social»; en cuanto ciencia de la historia, el materialismo histórico «estudia las formas concretas de pertenencia de las ciencias a la práctica social» y el materialismo dialéctico «analiza lo que constituye el tejido teórico común y transformable en un momento histórico dado» [11].

Esa propuesta llevará a Tosel a dar un giro decisivo, un «desplazamiento» hacia el tema gramsciano de la «filosofía de la praxis», que no era sólo ni simplemente una reformulación lexical dirigida a eludir la censura fascista, sino, en medida más fundamental, la afirmación de la posibilidad de una refundación del marxismo. Es de ese «desplazamiento» que da fe Praxis (1984), que, mucho más que una compilación de textos, es un compendio en sentido estricto, una «síntesis catártica» —por utilizar una fórmula que posteriormente, en Étudier Gramsci, utilizará Tosel— que anuda varios hilos decisivos de su reflexión. Ese compendio es la restitución razonada de una trayectoria teórica que es simultáneamente la crónica de un «desplazamiento» del centro de gravedad de su reflexión, la crónica de una ampliación y un descentramiento de su perspectiva inicial, desde Althusser hasta Gramsci, sin por ello renegar de su punto de partida cronológico[12]. 

El rejuvenecimiento italiano del marxismo

Esa trayectoria crítica se desplegó bajo los auspicios del marxismo italiano, que elaboró una contribución original, indisociablemente histórica, filosófica y política, de la que la elaboración de Gramsci constituye el más importante recurso. En el marco de esa contribución, Tosel se centró de manera particular en la cuestión del Estado y de su transformación democrática, es decir, en la doble e indisociable cuestión de la hegemonía y de la acción[13]. Lo novedoso de la contribución italiana reside en una ambiciosa reelaboración de la teoría marxista según la modalidad cardinal de una traducción, o mejor, de una traduc(a)ción[14] que tiene en cuenta la historia concreta de la teoría y su desarrollo desigual, especialmente en lo que se refiere a la teoría materialista histórica de la política[15].

El nudo de esa problemática, recurrente en la teoría marxista, cristaliza en el doble fetichismo de que es objeto el Estado, desde el momento en que el reformismo hace del Estado «una esfera por encima de la sociedad de clases», mientras que «el izquierdismo maximalista lo identifica inmediatamente con la voluntad de clase, hoy burguesa, mañana proletaria». Ahora bien, «concebido como pura voluntad política o como instrumento de pura violencia», en ninguno de los dos casos se comprende al Estado «en la medida de su vínculo con las relaciones de producción capitalistas»[16]: el fascismo ha demostrado, por ejemplo, que el Estado burgués «es instancia mediadora de su propia violencia de clase valiéndose de los medios de la legitimación consensual; es decir, de los célebres aparatos hegemónicos»[17]. Gramsci rechaza toda concepción instrumental del Estado y, por consiguiente, insiste en la necesidad vital de que la clase de los productores se haga de la capacidad para crear un «orden nuevo» (ordine nuovo), convirtiéndose tendencialmente en Estado y, sobre todo, apropiándoselo, es decir, transformándolo, «construyendo una relación nueva entre intelectuales y pueblo, entre gobernantes y gobernados»[18], lo cual implica transformar las modalidades históricas del proceso revolucionario, que debe plantearse como una «reforma intelectual y moral» de masas.

Para Tosel, esa reflexión sobre la teoría política del materialismo histórico tiene una función propedéutica, pues es el recurso para su propuesta de una refundación del marxismo gracias a la filosofía de la praxis y a través de ella. Un primer esbozo de esa propuesta lo proporciona un estudio publicado simultáneamente en italiano y francés, «Philosophie marxiste et traductibilité des langages et des pratiques» [Filosofía marxista y traducibilidad de lenguajes y prácticas][19], cuyo motivo se elaborará en una serie de estudios posteriores consagrados a Gramsci, entre los que cabe destacar dos. El primero es la presentación escrita por Tosel de la tercera antología en francés de textos de Gramsci, publicada en febrero de 1983 por Éditions sociales, «Gramsci ou la philosophie de la praxis comme marxisme de la crise organique du capitalisme» [Gramsci o la filosofía de la praxis como marxismo de la crisis orgánica del capitalismo], y el segundo, que es una prolongación de aquella, es un artículo de síntesis publicado en La Pensée en octubre del mismo año: «Gramsci, philosophie de la praxis et réforme intellectuelle et morale» [Gramsci, filosofía de la praxis y reforma intelectual y moral][20].

Partiendo de su estudio sobre la traducibilidad de lenguajes y prácticas, publicado en 1981, Tosel caracteriza el marxismo de Gramsci como una traducción de la ciencia del modo de producción capitalista y de sus posibilidades de desarrollo en «ciencia-acción». Las fuerzas productivas ya no «se consideran un elemento objetivo de un campo objetivo exterior, sino fuerzas dotadas simultáneamente de una dimensión subjetiva, con una capacidad potencial de intervención activa que les permite transformar ese campo según sus posibilidades» [21]. Ahora bien, los productores se ven encadenados por un «sentido común» que no les permite comprender el carácter decisivo de su posición en el proceso de producción ni la inadecuación de este en relación con sus necesidades; posición, sin embargo, cuyo carácter de inútil vasallaje resienten, aun cuando lo hagan de manera confusa. Para Gramsci, por tanto, «existe ya una lucha de clases» y se pregunta cómo transformarla en una «forma de racionalidad [superior]»[22].

Pregunta que concierne también al marxismo, el cual deberá plantearse la cuestión de la dificultad de su propia comprensión por las masas, es decir, cómo vencer la resistencia del sentido común, «no aportándoles desde fuera una visión alternativa del mundo, un sistema ideológico cerrado, sino dotándolas de la capacidad de formarse su propia concepción del mundo social, de su estructura, del lugar que les corresponde, de la función que les es asignada». Se trata —prosigue Tosel— «de un proceso de comprensión modificadora en virtud del cual el “sujeto” que se apropia del conocimiento de su mundo y de su lugar, se transforma y adquiere la capacidad de modificar el sistema de relaciones en que figura, al tiempo que se modifica a sí mismo»[23].

A ese respecto surgen tres dificultades.

La primera es que ese proceso de apropiación del marxismo fragmentó la «síntesis marxiana» en un marxismo de masas que, si bien fue útil para formar una conciencia elemental de clase, siguió siendo insuficiente e inadecuado para hacer de esa conciencia «la instancia civilizadora reguladora y rectora de toda la vida social» [24]. La difusión del marxismo por las organizaciones del movimiento obrero, el «marxismo» de los libros de texto, de las obras de divulgación, etc. —en lo cual Gramsci veía el vehículo de un «iluminismo de masas»—, se vieron limitados por el hecho de aislarse de las formas refinadas de la teoría y sus portadores.

Una segunda dificultad reside en el hecho de que la «alta cultura burguesa» también fue «capaz de una compleja operación de “traducción”-desagregación», para lo cual filtró «los elementos compatibles con su propia hegemonía[25] », demostrando así su extraordinaria capacidad de integración, la formidable plasticidad de su cosmos y del modo de producción capitalista que le sirve de fundamento. Gramsci hace especial hincapié en ese punto en una nota de sus Cuadernos de la cárcel, que Tosel citará unos años más tarde en la introducción de su primer libro consagrado a la cuestión de la globalización capitalista[26]. A ese propósito, escribe Gramsci: «La revolución operada por la clase burguesa en la concepción del derecho y, por tanto, en la función del Estado consiste específicamente en la voluntad de conformismo […] Las clases dominantes precedentes eran esencialmente conservadoras en el sentido de que no tendían a asimilar a las otras clases, a elaborar un paso orgánico de las otras clases a la suya, esto es, a ampliar “técnicamente” e ideológicamente su esfera de clase, concepción propia de una casta cerrada. La clase burguesa se postula a sí misma como un organismo en continuo movimiento capaz de absorber a toda la sociedad, asimilándola a su nivel cultural y económico: toda la función del Estado se transforma: el Estado se vuelve “educador”, etc. » [27].

Una tercera dificultad, quizá la más intrincada, reside en la recomposición del marxismo emprendida por Lenin con la Revolución de Octubre. A juicio de Tosel, Lenin comprendió que «el análisis de las relaciones de producción no e[ra] un fin en sí mismo» y que este tenía sentido sólo si daba forma, colectivamente, a «una iniciativa política, una iniciativa de la voluntad en el terreno de las relaciones políticas y culturales» [28]. Sobre esa base, las clases subalternas lograron organizarse como «una fuerza de ruptura del viejo Estado y poner en marcha el proceso por el cual las capacidades intelectuales de los productores, reunidos en torno a su intelectual colectivo, el partido, llegaron a dominar las relaciones sociales». Es esa —concluye Tosel— la lección sobre la que hay que reflexionar y que hay que proseguir, para hacerla fructificar en el período de «crisis orgánica» del capitalismo occidental[29]. Sin embargo, y a ese respecto de acuerdo con Gramsci, Tosel considera que Lenin no pudo reflexionar debidamente sobre su recomposición del marxismo y que este siguió supeditándose a un marxismo inadecuado, marxismo que, siguiendo a Plejánov —su «maestro» en filosofía— concebía como la unión de una ciencia natural y una filosofía materialista (materialismo histórico + materialismo dialéctico)[30].

Por una reforma intelectual y moral

El conjunto de esas cuestiones constituye el trasfondo teórico y el punto de partida de la elaboración de Gramsci: llevar a vías de hecho la teoría marxista como forma superior de cultura y dotarla de la capacidad de pensar los procesos en que se inscribe. Esa nueva formación se busca bajo el nombre de «filosofía de la praxis», se reviste de la forma de «ciencia de la política» adecuada a la construcción de la hegemonía y encuentra su máxima expresión en el tema de la «reforma intelectual y moral», que concierne tanto a las masas como al Partido, como intelectual colectivo y «moderno Príncipe». Una parte importante de este último deberá, según Gramsci, consagrarse «a la cuestión de una reforma intelectual y moral, es decir, a la cuestión de la religión o de una concepción del mundo […] El moderno Príncipe debe ser necesariamente adalid y organizador de una reforma intelectual y moral, es decir, crear el terreno para un ulterior desarrollo de la voluntad colectiva nacional popular en la realización de una forma superior y total de civilización moderna» [31].

Esa reforma intelectual y moral persigue dos tareas estrechamente ligadas: la primera es recomponer el marxismo en la esfera de la alta cultura y transformar sus formas ideologizadas en el seno de las masas; la segunda es lograr la reducción tendencial de las oposiciones entre gobernantes y gobernados, entre intelectuales y no intelectuales. Como lo que existe es una combinación de lo viejo y lo nuevo que mantiene un equilibrio provisional, la tarea de la filosofía de la praxis es construir en la práctica las formas y las condiciones de la hegemonía mediante la catarsis, es decir, mediante «el paso de la fase económico-corporativa a la fase ético-política». En el plano teórico, la tarea consiste en «reinterpretar la “síntesis” de Marx desde esa perspectiva y pensar la unidad estructura-superestructura a partir de la categoría de “bloque histórico”». Se trata, pues, de pensar la mediación del momento económico-corporativo, el momento en que «las masas comienzan por identificarse en una crítica rudimentaria de la economía política, [el momento] en que alcanzan la conciencia de su interés económico de clase, violentamente separado, celoso de su diferencia», y del momento ético-político, «la fase de la lucha […] que es la de la conquista del poder del Estado y la de la dirección-transformación de toda la sociedad»[32].

Esa mediación del momento económico-corporativo al momento ético-político exige una renovación completa de la forma de concebir las relaciones entre intelectuales y masas, entre gobernantes y gobernados, entre poder y producción. La reforma intelectual y moral es «el tema en que se articulan el movimiento real y la teoría que lo orienta, el proceso de constitución del “bloque histórico” y el proceso de la forma teórica adecuada a ese bloque (la “filosofía de la praxis”)»[33]. «Estamos ante un doble proceso de recomposición tendencial del marxismo de la alta cultura como “ciencia de la política” [y de] recomposición del marxismo de masas en el sentido de su elevación al nivel de un marxismo más culto, en cuanto constitución de las masas como instancia dirigente[34].» A partir de ahí, el problema ya no es tanto el de «la disponibilidad del conocimiento» cuanto el del «modo de producción de un conocimiento que forme a su autor, que es comprensión modificadora de su mundo de objetos sólo si es autocomprensión, automodificación de su sujeto»[35].

La dimensión «moral» de esa reforma concierne no sólo al sujeto individual en el plano de su conducta personal, sino también, en sentido más amplio, a la colectividad, en el sentido que Sittlichkeit («eticidad») tiene en Hegel, el de la elaboración de una moral objetiva, es decir, de un conjunto de normas o pautas de acción que cristalizan una forma de racionalidad superior y que de eso modo apuntan a una cierta universalidad[36]. La reforma intelectual y moral tiene por objeto transformar la constitución y la concepción del saber de la política, cuya apuesta es simultáneamente antropológica y política, por cuanto se trata de unificar al género humano proporcionándole los medios teóricos y prácticos para construir su emancipación.

Esa reforma debe aplicarse también al propio reformador, es decir, al partido, al «moderno Príncipe», que debe ser aparato de tradu(a)cción de la hegemonía política de los productores en hecho cultural y moral. Luego de recordar el origen aristotélico del concepto de catarsis y, en particular, su connotación de purgación y objetivación de las pasiones, Tosel añade que debemos preguntarnos también por «la dimensión pedagógica» [37] e incluso «estética» de la hegemonía, que «es disciplina, dirección racional y razonable de la espontaneidad pasional». El partido político y el Estado reformador desempeñan ese papel en relación con «los instintos de su base de masas», pero sin esa base no son nada, pues —como decía Hegel— «nada grande se hace sin pasión, sin pasión educada, gobernada, hegemonizada como Razón. También ahí —continúa Tosel— está la base de una moral política, militante, que es una curiosa transposición de estoicismo: hacernos dueños de lo que depende de nosotros, disciplinar, dirigir por el principio del “hegemonikon”, la razón rectora»[38].

Por último esa reforma supone también una verdadera reforma económica, es decir, una revolución de las relaciones sociales, en particular de las relaciones de producción capitalistas, que se presenta también como una socialización simultánea de lo político y lo económico que después ella logra reunificar. Para Tosel, la reforma intelectual y moral es, por tanto, el punto preciso de la reformulación del marxismo en filosofía de la praxis y Gramsci es un «teórico revolucionario» que «proyecta las categorías de la “ciencia” marxiana con la vista puesta en una ciencia-acción en la que el tema de la formación de una voluntad política nacional-popular sea así como rescatado de una interpretación determinista de la crítica de la economía política y salvaguardado contra cualquier derivación de las superestructuras políticas y culturales de la estructura económica»[39].

Refundación del marxismo por la filosofía de la praxis

Como ya se ha subrayado, la expresión «filosofía de la praxis» de la que se vale Gramsci en sus notas de la cárcel no es un simple artificio lexical para eludir la censura fascista[40]. La filosofía de la praxis cristaliza el «balance de una tradición» y debe entenderse como «un intento de transformar el paradigma mismo de la racionalidad teórica y práctica», intento que —como señala Tosel en su larga conclusión a Praxis[41]—, Gramsci ensayó «al margen de la tradición teórica dominante (Engels, Plejánov, Lenin, Stalin)»[42]. La filosofía de la praxis no es, por tanto, una filosofía más «a la par con las demás, dotada ya de un contenido determinado», sino una filosofía que se concibe a sí misma como «una transformación de la relación con la filosofía, con las ciencias y con la práctica social»[43]. Es una filosofía que piensa «su dependencia de la praxis asumiendo la responsabilidad de pensar los límites del pensamiento actualmente disponible en cuanto límites del mundo existente, de un mundo que no aparece dado, como en una imagen especular, así fuese materialista, sino de un mundo transformable, con límites desplazables, de un mundo que queda por ‘concebir’ en el sentido activo, genético, incluso genésico del término, y por constituir teórica y prácticamente». Esas formulaciones —observa Tosel—están ligadas a una «percepción muy aguda de la pluralidad de lógicas específicas de los niveles materiales» e «[i]mpiden toda proyección recurrente sobre un fondo cósmico hipostasiado de propiedades que son válidas sólo para un nivel de lo real» [44].

En consonancia con el tema de la reforma intelectual y moral, el objetivo de la filosofía de la praxis es mostrar que «la conquista marxista de una visión “científica” de la historia conlleva la posibilidad de una innovación en la estructura y el concepto del conocimiento». No se trata de circunscribir exactamente el marxismo, sino de «pensar y resolver —según una preciosa indicación de [Antonio] Labriola— el problema de la defensa y la elaboración del contenido de la propia “cientificidad” del marxismo, al margen de cualquier mecanismo economicista (ya sea científico o filosófico)»[45]. «Evidentemente no se trata de negar la cientificidad del marxismo, sino de subrayar por el contrario el alcance de esa nueva concepción de la cientificidad apoyada en la empresa marxiana de la crítica de la economía política.» Así, «para Labriola —señala Tosel—, el núcleo original del concepto de praxis es el del trabajo, pero un trabajo entendido de manera ampliada, uno que integre el desarrollo de las aptitudes mentales y operacionales, los modos de vida, las instituciones, el Estado, las Iglesias y la tradición histórica»[46].

Esa ampliación no es una disolución del materialismo ni de la dialéctica, sino más bien el nudo de su rearticulación, en esa praxis, «como dos polos que se atraen en el mismo campo de tensión». Materialismo: la producción y el trabajo siguen siendo, en cuanto «intercambio orgánico con la naturaleza» (Stoffwechsel), una transformación de las cosas naturales, una «necesidad natural e inalienable con instrumentalidad propia». Esa «materia» objetiva no será nunca, sin embargo, «otro yo, un alter ego, sino un Otro, un no-idéntico, no integralmente reducible a la identidad de la mente y la voluntad humanas» [47]. Materialismo histórico-dialéctico: esos materiales de la naturaleza vuelven a los hombres como objetos producidos socialmente «en forma de relaciones variables y contradictorias». Dialéctica: los hombres pueden «identificar y apropiarse de las leyes naturales a través de la forma de su praxis». El intercambio orgánico con la naturaleza constituye a ese nivel una «segunda naturaleza interior», cuya regulación racional no es impensable. Aquí, «la praxis es instancia mediadora de las leyes causales mecánicas y químicas, a través de finalidades finitas sin teleología providencia»[48].

En cuanto forma de mediación entre instrumentos, objetos, trabajadores y finalidad, la praxis es un «proceso de formación y transformación de los límites de este mundo, en el sentido de una posibilidad inmanente de dominio de la necesidad propia de la producción por una esfera o nivel comunicacional e institucional que podríamos denominar ético-político (praxis en el sentido antiguo y restringido del término)»[49]. Tosel puede entonces subrayar que el término praxis se utiliza para referirse a un concepto importante de la tradición filosófica, que significa «acción justa, bella y buena realizada por ciudadanos libres que gestionan sus asuntos en la ciudad de los iguales». También insiste en que ni Marx ni Gramsci invalidan la esfera de la acción, sino que la refunden, «dejando de oponerla a la gestión del intercambio orgánico con la naturaleza (la producción) y pensándola en su articulación con ese intercambio, partiendo de la idea de que su forma social capitalista conlleva la posibilidad de acabar con la naturaleza servil del trabajo»[50].

La filosofía de la praxis elabora así una concepción de la acción que es la antítesis de la concepción unicausal y tecnológico-instrumental de la tradición del materialismo dialéctico, de modo que «la problemática de la praxis excluye la comprensión de la acción como una aplicación técnica del conocimiento». Permite, por otro lado, comprender cómo «la esfera de las relaciones sociales de producción, analizada como consecuencia involuntaria de la totalidad de las relaciones de sus agentes, libera la posibilidad de que los agentes adquieran conciencia de sus necesidades sociales y conciban una acción estratégica de experimentación de lo posible, de transformación de la situación[51]».

Aperturas de una refundación

La opción por la filosofía de la praxis lleva entonces a Tosel a emprender un retorno crítico a dos «cuestiones-problema» que son también posibles aperturas de ese «recomienzo del materialismo histórico en el sentido de la constitución de un bloque histórico y del análisis de las condiciones de ese bloque hoy [en junio de 1984]» [52].

La primera guarda relación con Lenin y el leninismo. Tosel formula la idea de que la crítica que hace Gramsci de Bujarin en Cuadernos de la cárcel[53] puede leerse como una crítica indirecta de la filosofía de Lenin: «la propuesta de la filosofía de la praxis aspira a ser la forma teórica del marxismo adecuada al mejor Lenin, al teórico político y constructor de la hegemonía», ese que es autocrítico y «somete a discusión su objetivismo y su materialismo plejanoviano al mismo tiempo que busca en la dialéctica el órgano teórico de la aprehensión de la complejidad y la pluralidad de los niveles de lo real» con miras a su «transformación hegemónica»[54]. Si el Dia-Mat es un producto histórico, «un resultado y un momento de una tradición» canonizados en Materialismo dialéctico y materialismo histórico, publicado por Stalin en 1938, en realidad se inscribe en una tradición «ya conocida como presupuesto común de los actores de los debates filosóficos de los años 1920-1930 en la URSS» [55]. Y más acá de los años veinte, esa tradición pasa por Lenin, no el de los Cuadernos filosóficos sobre la lógica de Hegel, sino el de Materialismo y empiriocriticismo. Tosel añade que esa tradición se remonta a la Segunda Internacional y «a aquel a quien Lenin consideró hasta el final como su maestro en filosofía, más allá de sus diferencias políticas; a saber, Plejánov» [56].

La segunda «cuestión-problema» concierne al asunto de la moral en el marxismo, lo que nos remite a las reflexiones de Éric Weil. «Una cosa es cierta —escribe Tosel—: el “materialismo dialéctico” no puede ser ya la forma teórica de un marxismo capaz de adecuarse a las complejidades de lo real» y «a las exigencias de una nueva ciencia de la política que se tome en serio “hasta sus últimas consecuencias” la necesidad de democracia». Ese «materialismo dialéctico» no puede ser ya la forma teórica de un marxismo capaz de adecuarse «a los imperativos de una nueva práctica política», que no sea ya función «de la instrumentalización» en lugar «de la comprensión modificadora de sus agentes», es decir, «del esfuerzo incesante de subjetivación y autonomía» [57]. Si esas observaciones tal vez respondan a consideraciones coyunturales y estén implícitamente dirigidas al Partido Comunista Francés —del que Tosel era todavía miembro en aquella época—, no por ello dejan de poseer una dimensión más estructural, teórica y política, que nos remite precisamente a la problemática de la autonomía.

Si se tiene en cuenta que el sistema de normas y de comportamientos está ligado a un estado históricamente determinado de las relaciones sociales de producción, toda una parte de la tradición marxista en realidad cayó en la tentación de escamotear la moral en cuanto «efecto de la superestructura» y confundirla con el moralismo, procediendo así «al rechazo total de la ideología del “sujeto” jurídico-moral» y ofreciendo «una “explicación” ideológica de la moral». Sin embargo, la lucha, tanto política como económica, implica que la autonomía es «buena», no sólo como «meta de la sociedad por construir, sino como instancia ya actuante», de forma inmanente[58].

Luego de citar un estudio de Agnes Heller sobre el legado de la ética marxiana, en que se reivindica la idea de que la autonomía marxista remite a Kant y Spinoza[59], Tosel recuerda en primer lugar que ser autónomo es vivir sin que pese sobre nuestros hombros ningún poder o autoridad externa. Más adelante subraya que «el proceso histórico de formación de la especie se rige por el paso de la causalidad in alio [en otro] a la causa sui [causa de uno mismo, por uno mismo] (ciertamente relativa)». Por tanto, las normas morales son criticables «en la medida en que se erigen en estructuras mal entendidas de la naturaleza social (el mercado, el proceso de producción, el Estado o las autoridades superiores)»[60]. Pero «no es lo mismo hacer de la autonomía un objetivo y un resultado que formular una teoría del deber». Y Tosel insiste en la paradoja de que la lucha política de clases, que tiene como fin la construcción de una comunidad de individuos libres, no requiere «ningún principio moral» en el sentido de que «se limita a obedecer a la lógica de las relaciones de fuerza» y a «utilizar la contra-violencia para responder a la violencia secretada por la objetividad de las relaciones sociales de producción», con lo cual la autonomía «termina por ser liberada tras la destrucción de las autoridades externas (las relaciones sociales como naturaleza coercitiva, el Estado que les corresponde)»[61].

Semejante negación de la instancia ética hace las veces de forro —como una vestimenta— del providencialismo histórico, ya que no sólo está (estaría) asegurada la liberación, sino que esta es (sería) ineludible, puesto que basta(ría) con «llevar a término el curso de esa acción, teniendo en cuenta sus propias limitaciones instrumentales», armados con la certeza de que su curso permite a sus agentes «alcanzar su fin», es decir la liberación[62]. El precio de semejante posición, sin embargo —observa Tosel— es «terriblemente pesado», ya que «si el proletariado y su representante, el partido, no tienen que tomarse la molestia inútil […] de reflexionar como una obligación moral sobre la tarea de su liberación, que es la de la humanidad, seguros de que el curso de la historia [necesariamente] la produce», quedan entonces «dispensado de toda obligación moral». Su acción política es, por consiguiente, «meta-ética», de lo que se deduce que, para el proletariado, «la única moral posible» es «la intelección de su interés de clase» ligado al «fin ético supremo» coincidente con la estrategia del partido que dirija su lucha. Hipostasiándose como «autoridad externa», el interés de clase subyuga a los miembros del partido, que se transforma entonces en «imperativo categórico»[63].

La filosofía de la praxis se ve así frente a una exigencia teórica que es también una tarea política: elaborar una teoría de la obligación moral, pues «la trágica historia del socialismo muestra que toda evasión no puede sino agravar la cuestión moral del marxismo[64]». La dificultad reside en que es necesario responder a esa exigencia sin por ello capitular ante un moralismo tan mediático e interesado en sofocar el verdadero debate, sobre todo en un contexto histórico marcado, a principios de los años ochenta, por el agotamiento cada vez más perceptible del «comunismo histórico» en Europa del Este y por la influencia cada vez mayor de dispositivos teóricos como la acción comunicativa de Habermas, la cual también se presentaba como una renovación «razonable» del marxismo claramente orientada a la hegemonía y a Occidente. A contrapelo de quienes, en lo que atañe al marxismo, consideran la cuestión de la moral sólo como el inextinguible enmendamiento de los crímenes del «comunismo histórico» —es decir, en definitiva, una mala infinitud—, y ello en consonancia con la empresa de Habermas, Tosel no fetichiza lo que no deja de ser una cuestión sin resolver, sino que lo recupera a través de su dimensión genética, la de la autonomía y la acción[65].

Esa reflexión sobre la moral nos lleva de vuelta entonces a la cuestión política y, más precisamente, a dos grandes categorías de la elaboración de Gramsci, hegemonía y revolución pasiva, que se refractan en la doble problemática de la voluntad y la acción. Así, en su estudio sobre la cuestión del jacobinismo en Gramsci, Tosel observa que este último «no acepta la tesis de que la revolución es posible sólo sobre la base de ciertas premisas propias de la sociedad capitalista desarrollada. El elemento decisivo es el de la voluntad que sabe dar forma a la objetividad de las relaciones económicas y que evita empantanarse mientras espera a que maduren los tiempos revolucionarios» [66]. Por consiguiente, ello significa que la voluntad es praxis y que «la filosofía de la praxis se toma en serio la acción: no es un reflejo ni especulativo ni especular de una praxis inmovilizada en el pasado de las relaciones de producción que tendría como futuro el eterno presente de su reproducción. Por el contrario, escapa a la concepción tradicional (la tradición de la ciencia moderna) —aunque sea materialista— de la theoria que se da a sí misma un objeto que reflejar y manipular[67].»

Esa afirmación de la centralidad de la praxis constituye el núcleo de la «“reforma” [gramsciana] del materialismo histórico, centrada en la crítica del economicismo y en la reevaluación de la política». A ese respecto, Gramsci se enfrenta al enigma de «la extraordinaria capacidad de resistencia del capitalismo», a la que opone como respuesta esa «reforma», la de «la teoría de la hegemonía, que surge del reconocimiento preciso de las formas y los modos de la hegemonía burguesa y de su Estado ampliado»[68].

Esa «extraordinaria capacidad de resistencia del capitalismo» puede, en efecto, leerse como una «revolución pasiva», pues, si bien las clases dominantes dominan, ya no parecen gobernar, incapaces como son, desde ese momento, de «hacer de sus intereses de clase los vectores de una nueva universalidad», desplegando, por el contrario, formas «reducidas» de esta última[69]. Todo ello invita, por tanto, a «una reevaluación del momento ético-político en la estructura de la filosofía de la praxis», cuya lección —concluye Tosel— estriba en el hecho de que, debido a la desintegración del «”sujeto revolucionario […] bajo los golpes de la reestructuración capitalista» —lo que en última instancia representa una «amenaza radical» de desasimilación en masa—, «el interés por la buena vida y el interés por la mera supervivencia acaban por coincidir», lo que «deja a la política cara a cara con su propio desafío, ser acto de creación o no ser nada»[70].

En palabras de Gramsci, a quien Tosel cita en la conclusión de su texto: «El político en acción es un creador, un suscitador, pero ni crea de la nada, ni se mueve en el vacío turbio de sus deseos y sueños. Se basa en la realidad efectiva. Pero, ¿qué es esa realidad efectiva? ¿Acaso es algo estático o inmóvil o es más bien una realidad en movimiento, una relación de fuerzas en continuo cambio de equilibrio? Emplear la propia voluntad para crear un nuevo equilibrio de fuerzas, realmente existentes y actuantes, apoyándose en la fuerza en movimiento progresivo para hacerla triunfar, es siempre moverse en el terreno de la realidad efectiva, pero para dominarla y superarla (o contribuir a hacerlo). El “deber-ser” entra en escena, no como pensamiento abstracto y formal, sino como interpretación realista que es la única interpretación historicista de la realidad, como única historia en acción o política[71]».

Todas esas reflexiones remiten al problema de la hegemonía (y de su construcción), que a su vez remite al de la traducibilidad de lenguajes y prácticas, que es el operador de su eficacia. Problemáticas que se abordan a través de la cuestión del americanismo en cuanto transformación-racionalización de la producción capitalista a la que se suma una revolución antropológica fundamental. «En todo momento, Gramsci pensó en el movimiento de expansión de las fuerzas productivas como algo que exige hegemonía, como algo que se forma en esa misma hegemonía»— dice Tosel— y añade: «[L]os universales de la racionalización poseen una dimensión hegemónica sólo si pasan la prueba de convertirse en lenguaje común como universales de comunicación y del reconocimiento recíproco por medio del conflicto y en él[72].»

Por consiguiente, se piensa a la propia hegemonía «por analogías con la difusión y la constitución de una lengua nacional, común». Si, por tanto, «en cierto modo la producción se convierte en lengua», esta última no es, sin embargo, «absorbida por la producción como su medio instrumental», sino que, por el contrario, conserva «su naturaleza de “medio” y sus propiedades de espacio común de individualización»[73]. Más allá del dualismo y de la dicotomización de los paradigmas de la producción y la comunicación (Habermas), Gramsci nos invita a salir a la búsqueda de la idea de una fuerte articulación entre el lenguaje y las demás dimensiones de la práctica[74]. Del mismo modo, es necesario apelar a las reservas de sentido propias de la filosofía de la praxis y medir de lo que es capaz la temática de la concepción del mundo, entendida en su dimensión ontológica y no ideológica […]

«Estudiar a Gramsci para una crítica permanente de la revolución pasiva capitalista»

[…] Este nuevo ciclo de trabajo sobre el pensamiento de Gramsci, a no dudarlo, se origina y halla impulso en la reactivación de los estudios gramscianos en Italia, en particular tras la publicación de dos obras emanadas de un seminario de estudios iniciado por la International Gramsci Society en 2000, con el que Tosel tiene a bien «reconocer una deuda impagable»[75].

La pieza maestra de ese nuevo ciclo de estudios es para Tosel el último libro que publicara en vida, Étudier Gramsci(2016), cuya riqueza y profundidad no es posible resumir aquí, ni siquiera en unas pocas líneas, y para cuya presentación me remito una vez más a las notas de lectura que le consagrara Isabelle Garo[76]. En medida mucho más modesta y breve, quisiera destacar algunos elementos esenciales que diferencian a Étudier Gramsci de anteriores producciones de Tosel sobre Gramsci.

En primer lugar y en términos generales, por su rigor teórico e intelectual, Étudier Gramsci trata de distanciarse de ese «Gramsci débil» y de todos esos abundantes «gramscianismos» de moda que no siempre enriquecen la reflexión sobre su pensamiento, lo mismo si se trata de un Gramsci culturalista, para el cual la hegemonía se reduce a la idea de ganar la batalla de las ideas, que de un Gramsci posmoderno, constructivista integral, gracias al cual podríamos construir un «pueblo» por medio del discurso, añadiendo «demandas» en torno a significantes vacíos que logremos hegemonizar[77].

Étudier Gramsci es entonces, y de manera complementaria, una obra «suma», en el sentido original de la palabra —lo que «está en el punto más alto» (summa)— y, de ese modo, aspira a una forma de exhaustividad, sin por ello ser sinónimo de cierre, en el sentido de una mala enciclopedia. Étudier Gramsci se presenta así bajo la forma de un «estado de conocimiento» y se caracteriza también por la coherencia de su temática, que a lo largo del libro no deja de retomar algunas de las categorías esenciales de su pensamiento, como «revolución pasiva» o «hegemonía».

Con respecto a esa última noción, en particular, ampliamente utilizada hoy en día, Tosel tiene el cuidado de subrayar hasta qué punto la problemática que designa es objeto de distorsiones que reducen su carga crítica. Sobre todo, muestra que la problemática de la hegemonía es precisamente una infinitamente más compleja y refinada de lo que su reducción a unas cuantas fórmulas o eslóganes nos haría creer. Tosel también insiste de manera continua y reiterada en el carácter histórico y complejo de lo que sigue siendo un proceso que articula varias dimensiones (económica, política, militar). Por consiguiente, la hegemonía no puede reducirse a pura y simple dominación, sino que requiere «de un sentido» y ser a la vez una orientación y una dirección, una «orientación-dirección» que se inscriba en una relación de fuerzas, lo que implica la construcción de un consenso activo y pasivo de los grupos dominados y gobernados. Por otro lado, la problemática de la hegemonía está indisociablemente ligada a la problemática de la reforma intelectual y moral y, por extensión, a la de las formas políticas de organización de las masas: la construcción del «bloque histórico» y las cuestiones del Partido, del «moderno Príncipe» y del Estado.

Obra «suma», Étudier Gramsci lo es también por ser para Tosel ocasión de volver a anudar varios de los hilos anteriores de su elaboración, sobre la temática de la re-globalización capitalista, por ejemplo, reflexión que se ha nutrido siempre del pensamiento de Gramsci, con la problemática cardinal de la hegemonía en particular. «La gramática general de la hegemonía —escribe Tosel— se expresa y se concreta en la semántica plural de las determinaciones geopolíticas, que son otros tantos lenguajes por traducir unos en otros, bajo el operador de traducción que es la hegemonía. Las oposiciones estructurales entre las dos clases fundamentales, entre ellas y las demás clases, entre gobernantes y gobernados, entre los propios gobernados, entre masas subalternas y grupos dominantes, entre no intelectuales e intelectuales, ya sean estos tradicionales u orgánicos, no se limitan a transformarse según las épocas y a historizarse. Se ven recubiertas o más bien se incorporan en particiones espaciales, que a su vez son afectadas por una historicidad diferenciada y transformable.» Se podría hablar —prosigue Tosel— de «un materialismo original, histórico-geográfico-cultural, esbozado por Marx, caído después en el descuido hasta las investigaciones de Henri Lefebvre, Fredric Jameson, Immanuel Wallerstein y David Harvey». Gramsci — concluye— «abre un enorme campo de trabajo en que laboran hoy los antropólogos anglosajones […] y que nos obliga a revisar la noción europea y occidental de lo universal. En ese sentido, Gramsci es un innovador radical en el campo del marxismo del siglo XX[78]. »

[…] Decir que Étudier Gramsci es una «suma» no significa que sea una obra de «cierre». Si la repentina desaparición de Tosel la ha convertido de hecho en una especie de «testamento», en el sentido etimológico del término, el de lo que da testimonio, es también una obra prospectiva y heurística. Los dos últimos capítulos, consagrados a la cuestión de la personalidad y de su formación, subrayan de manera notable la productividad de la elaboración gramsciana para pensar el presente y el futuro.

En el primero de esos dos textos, consagrado a la cuestión de la «supervivencia en la cárcel», Tosel insiste en el alcance general de la reflexión de Gramsci sobre el proceso de trans-formación «molecular” de la personalidad —incluyendo, por tanto, su posible de-formación y re-formación—, en relación con el de la voluntad colectiva. Así, observa que «la categoría de molecular y de transformación molecular está cargada de un alcance hermenéutico y reflexivo general que caracteriza a las Cartas y a los Cuadernos de la cárcel: estamos ante una metáfora del método gramsciano que permite que el método de conocimiento y el método de transformación de lo real sociohistórico se comuniquen en un espacio de traducibilidad»[79].

El segundo texto, que prolonga el anterior, trata de «la dimensión pedagógica propia de la relación de hegemonía», que abarca «la formidable cuestión» de la relación entre lo individual y lo social. Así, Tosel escribe que Gramsci, al excluir la oposición entre uno y otro como «realidades separadas» o «sustancias distintas», propone un doble movimiento del pensamiento, de lo individual a lo social, y viceversa, con el doble objetivo teórico y político de «pensar y obrar» tanto en la formación de «una voluntad colectiva de las masas subalternas que se han vuelto hegemónicas» como en la formación de «una personalidad humana de masas que armonice con las singularidades individuales» [80]. Esta cuestión conduce a otra, «poco frecuentada en el marxismo» —insiste Tosel—, la de saber si se pueden establecer, y en caso afirmativo de qué manera, «formas de congruencia entre la pensabilidad del individuo y la pensabilidad de la sociedad»[81]. Es sobre esa vasta cuestión que se cierra materialmente el libro y que se abre, para nosotros, una reflexión que proseguir y someter a ulteriores elaboraciones, que no podrán dejar de nutrirse de la elaboración de Tosel.

Traducido del original en francés, «Le fil gramscien d André Tosel», publicado en la revista Contretemps. Revue de critique communiste el 10 de enero de 2023. Son del traductor todas las aclaraciones y referencias bibliográficas entre corchetes, tanto en el cuerpo del texto como en las notas. 

Notas

[1] Por citar sólo una, tan eminente como esencial, véase Christine Buci-Glucksmann, Gramsci et l’État: pour une théorie matérialiste de la philosophie, París, Fayard, 1975. [Gramsci y el Estado. Hacia una teoría marxista de la filosofía (trad. Juan Carlos Garavaglia), Madrid, Siglo XXI de España Editores, 1978.]

[2] André Tosel, Étudier Gramsci. Pour une critique continue de la révolution passive capitaliste, París, Kimé, 2016, pp. 7 y 14.

[3] Sobre ese particular me remito a Vincent Charbonnier, Le devoir et l’inquiétude. André Tosel ou l’acuité du marxisme (2018) (consultado el 4 de diciembre de 2021), en particular pp. 8 y ss. y passim. Véase también Gianfranco Rebucini, «De Spinoza à Gramsci : entretien avec André Tosel», Period, 28 de mayo de 2016.

[4] Sobre ese particular, véase Étudier Gramsci, op. cit., pp. 7 y ss., y «Gramsci en France», en André Tosel, Le fil de Gramsci. Politique et philosophie de la praxis, París, Éditions Amsterdam, 2022, pp. 315-339.

[5] Sobre esa cuestión, véanse sus trabajos sobre la globalización capitalista, en los que la elaboración de Gramsci está constantemente presente de manera implícita: Un monde en abîme. Essais sur la mondialisation capitaliste, París, Kimé, 2008; Scénarios de la mondialisation culturelle: I. Du retour du religieux y II. Civilisations, cultures, conflits, París, Kimé, 2011, 2 vols., y, por último, para una síntesis que se destaca por su concisión y claridad, André Tosel, Essai pour une culture du futur, Bellecombe-en Bauges, Le Croquant, 2014.

[6] Véase André Tosel, Émancipations aujourd’hui. Pour une reprise critique, Vulaines-sur-Seine, Le Croquant, 2016, en particular las páginas 117 a 127, «Avec Gramsci et au-delà», que concluye sus observaciones.

[7] Como muestra claramente Isabelle Garo en las notas de lectura que le consagrara: «André Tosel, lecteur de Gramsci et penseur du présent», apud Marie-Claire Caloz-Tschopp, Romain Felli y Antoine Chollet (dir.), Rosa Luxemburg, Antonio Gramsci actuels, Paris, Kimé, 2018, pp. 43-55.

[8] André Tosel, «Éric Weil, 1904-1977», Annales de la faculté des Lettres et Sciences humaines de Nice, 1977, nº 32, p. 12.

[9] «Le Matérialisme dialectique “entre” les sciences de la nature et la science de l’histoire» [1977/1978], reimpreso en André Tosel, Praxis. Vers une refondation en philosophie marxiste, París, Editions sociales, 1984, p. 35.

[10] Véase «Le développement du marxisme en Europe occidentale depuis 1917» y «Formes de mouvement et dialectique dans la nature selon Engels», reimpresos en André Tosel, Études sur Marx (et Engels). Vers un communisme de la finitude, París, Kimé, 1996, pp. 105-138.

[11] «Le fil rouge de l’hégémonie» [1984], en Praxis, op. cit., p. 18, donde se anuncia la problemática de la traducibilidad de lenguajes y prácticas y la construcción de la hegemonía.

[12] Cabe observar, por lo demás, que la crítica althusseriana de Gramsci es el punto de partida de la reflexión de Tosel en Étudier Gramsci..

[13] «Le fil rouge de l’hégémonie», Praxis, op. cit.

[14] Me apropio, a modo de variación, de una invención léxica que introduce Tosel en su artículo «Quelle pensée de l’action aujourd’hui», Actuel Marx, 1993, nº 13, pp. 16-39, cuando habla de «produ-action» (p. 31 y ss.) para designar la mediación recíproca de producción y acción como perspectiva crítica de la acción social del mundo histórico.

[15] Véase «Notes pour une histoire critique de la théorie politique du marxisme italien» [1977], en Praxis, op. cit., pp. 137-153, así como «Les critiques de la politique chez Marx», apud Étienne Balibar, Cesare Luporini y André Tosel, Marx et sa critique de la politique, París, Maspero, 1979, pp. 11-52.

[16] «Notes pour une histoire critique…», Praxis, op. cit., p. 143.

[17] Ibid., p. 146.

[18] Ibid., pp. 146-147.

[19] «Philosophie marxiste et traductibilité des langages et des pratiques» [1981], Praxis, op. cit., pp. 115-135.

[20] «Gramsci ou la philosophie de la praxis comme marxisme de la crise organique du capitalisme», apud Antonio Gramsci, Textes, París, Éditions Sociales, 1983, pp. 9-40, y Tosel, «Gramsci, filosofía de la praxis y reforma intelectual y moral», La Pensée, 1983, nº 235, pp. 39-48; reimpreso en Praxis, op. cit., pp. 203-217.

[21] «Gramsci, philosophie de la praxis…», Praxis, op. cit., p. 203.

[22] Ibid., p. 204.

[23] Ibídem.

[24] «Gramsci, philosophie de la praxis…», Praxis, op. cit., p. 206.

[25] Ibídem.

[26] Un monde en abîme, París, Kimé, 2008, p. 9.

[27] Cahiers de prison : cahiers 6 à 9, París, Gallimard, 1983, p. 255. [En español, véase la traducción de la edición crítica de Cuadernos de la cárcel hecha por el Instituto Gramsci, a cargo de Valentino Gerratana, en Antonio Gramsci, Cuadernos de la cárcel (trad. Ana María Palos, revisada por José Luis González), México, Ediciones Era, 1981 (6 tomos), p. 215. Los pasajes de Cuadernos de la cárcel citados en el presente artículo han sido traducidos por el traductor, quien por demás refiere al lector en las notas subsiguientes, entre corchetes, al número de página de la publicación de Ediciones Era tal como se señala en la versión digital disponible aquí. (Nota del T.)]

[28] «Gramsci, philosophie de la praxis…», Praxis, op. cit., p. 207.

[29] Ibid., pp. 207-208.

[30] Ibid., p. 209.

[31] Cuadernos de la cárcel: cuadernos 10 a 13, op. cit. p. 358. [Cuadernos de la cárcel, op. cit., p. 228.]

[32] «Gramsci, philosophie de la praxis…», Praxis, op. cit., pp. 210, 205 y 208.

[33] Ibid., p. 210.

[34] Ibid., p. 211.

[35] Ibídem.

[36] Nos referimos aquí a la problemática del «americanismo y el fordismo». Véase Cahiers de prison : cahiers 19 à 29, París, Gallimard, 1992, pp. 173-213, y Tosel, «Américanisme, rationalisation, universalité selon Gramsci» [1989], pp. 243-256 de Le fil de Gramsci. Politique et philosophie de la praxis, ed. cit.

[37] Véase Cahiers de prison: cahiers 10 à 13, op. cit., p. 130: «Toda relación de “hegemonía” es necesariamente una relación pedagógica.» [Cuadernos de la cárcel, op. cit., p. 210.]

[38] André Tosel, «Gramsci, philosophie de la praxis…», Praxis, op. cit., pp. 213-214, n. 18.

[39] André Tosel, «Sur quelques distinctions gramsciennes : économie et politique, société civile et État» [1995], p. 259 de Le fil de Gramsci. Politique et philosophie de la praxis, ed. cit. (El subrayado es mío — VC)

[40] A ese respecto, véase «Philologie et philosophie dans la “philosophie de la praxis”», en André Tosel, Le marxisme du 20e siècle, París, Syllepse, 2009, pp. 115-146.

[41] «Penser, construire la praxis (d’)aujourd’hui» [1984], en Praxis, op. cit., pp. 253-313.

[42] Ibid., p. 274.

[43] Ibídem.

[44] Ibid., pp. 275-276. Sobre esa cuestión, véase también su artículo «Formes de mouvement et dialectique dans la nature selon Engels», op. cit.

[45] Ibid., p. 276.

[46] Ibid. Sobre esa cuestión, véanse sus trabajos sobre Labriola y, en particular, André Tosel, «Antonio Labriola et la proposition de la philosophie de la praxis : la pratique après Marx», Archives de philosophie, 2005, vol. 68, nº 4, pp. 611-628.

[47] Quizás Tosel se refiera implícitamente a la problemática, central en Adorno, de lo no-idéntico, del necesario mantenimiento de la tensión sujeto-objeto. Véase, por ejemplo, «Épilégomènes dialectiques : sujet et objet» apud Theodor W. Adorno, Modèles critiques: interventions, répliques, París, Payot, 2003, pp. 301-318.

[48] «Penser, construire la praxis (d’)aujourd’hui» [1984], en Praxis, op. cit., p. 277. (El subrayado es mío —VC)

[49] Ibid., p. 280.

[50] Ibid., p. 282.

[51] Ibid., p. 280. (El subrayado es mío —VC)

[52] Ibid., p. 289.

[53] Cahiers de prison : cahiers 10 à 13, op. cit., pp. 161-303 [Cuadernos de la cárcel, op. cit., pp. 192 y passim]. Se trata de una lectura crítica de la obra de Nicolás Bujarin La théorie du matérialisme historique. Manuel populaire de sociologie marxiste [1921], traducción francesa: París, Anthropos, 1969.

[54] «Penser, construire la praxis (d’)aujourd’hui», Praxis, op. cit., p. 285.

[55] Ibid., p. 254. Sobre estos debates, véase René Zapata, Luttes philosophiques en URSS, 1922-1931, París, PUF, 1983.

[56] Ibid., p. 255.

[57] Ibid., p. 295 .

[58] «Penser, construire la praxis (d’)aujourd’hui», Praxis, op. cit., p. 296.

[59] Agnes Heller, «L’eredità dell’etica marxiana», apud Eric J. Hobsbawn et alii (ed.), Storia del marxismo, vol. IV. 4, Il Marxismo oggi, Turín, Einaudi, 1982, pp. 483-509.

[60] «Penser, construire la praxis (d’)aujourd’hui», en Praxis, op. cit., p. 297.

[61] Ibid., p. 298.

[62] Ibídem.

[63] Ibid., p. 299.

[64] Ibid., p. 301.

[65] Tosel prosiguió esos trabajos a principios de los años noventa. Véase en particular André Tosel (ed.), Les logiques de l’agir dans la modernité, París, Les Belles Lettres, 1992, su artículo «Quelle pensée de l’action aujourd’hui», op. cit., y su compilación Démocratie et libéralismes, op. cit.

[66] «Gramsci face à la Révolution française : la question du jacobinisme» [1984], infra, p. 289 de Le fil de Gramsci. Politique et philosophie de la praxis, ed. cit.

[67] «Philosophie de la praxis et dialectique» [1984], infra, p. 70 de Le fil de Gramsci. Politique et philosophie de la praxis, ed. cit.

[68] «Orient et Occident. Les problèmes de la stratégie révolutionnaire dans l’analyse gramscienne des Cahiers de la Prison» [1988], infra, p. 197 de Le fil de Gramsci. Politique et philosophie de la praxis, ed. cit.

[69] «Pour une réévaluation du moment éthico-politique chez Gramsci» [1990], p. 225 de Le fil de Gramsci. Politique et philosophie de la praxis, ed. cit.

[70] Ibid., p. 240 de Le fil de Gramsci. Politique et philosophie de la praxis, ed. cit.

[71] Cahiers de prison : cahiers 10 à 13, op. cit., p. 375. [Cuadernos de la cárcel, op. cit., pp. 31-32.]

[72] André Tosel, «Américanisme, rationalisation, universalité selon Gramsci» [1989], p. 255 de Le fil de Gramsci. Politique et philosophie de la praxis, ed. cit.

[73] Ibid. En relación con esa cuestión, Tosel se refiere también a Franco Lo Piparo, Lingua, intellettuali, egemonia in Gramsci, Bari, Laterza, 1979.

[74] En relación con esa cuestión, véase también André Tosel, Marx en italiques, op. cit., pp. 163-169.

[75] Étudier Gramsci, op. cit. p. 324. Se trata de los trabajos de Fabio Frosini y Guido Liguori (eds.), Le parole di Gramsci: per un lessico dei «Quaderni del carcere», Roma, Carocci, 2004, y Guido Liguori y Pascale Voza (eds.), Dizionario Gramsciano, op. cit.

[76] Isabelle Garo, «André Tosel, lecteur de Gramsci…», art. cit., pp. 43-55.

[77] Véase Ernesto Laclau y Chantal Mouffe, Hégémonie et stratégie socialiste. Vers une politique démocratique radicale, París, Fayard, 2019 (2ª edición) [Hegemonía y estrategia socialista. Hacia una radicalización de la democracia (versión española de Ernesto Laclau), Madrid, Siglo XXI, 1987]; Ernesto Laclau, «De l’importance des signifiants vides en politique», en Ernesto Laclau, La guerre des identités. Grammaire de l’émancipation, París, La Découverte, 2015, pp. 93-107:.

[78] Étudier Gramsci, op. cit., pp., 212-213.

[79] Étudier Gramsci, op. cit., pp. 295.

[80] Ibid., p. 305.

[81] Ibid., p. 320.

_____

André Tosel (1941-2017), filósofo y profesor de la Universidad de Niza-Sophia-Antipolis. Se lo considera uno de los principales especialistas en Gramsci en todo el mundo. Autor, entre otros títulos, de Kant révolutionnaire. Droit et politique (París, PUF, 1988), Du matérialisme de Spinoza (Kimé, 1994), Études sur Marx (et Engels). Vers un communisme de la finitude (París, Kimé, 1996) y Le marxisme du XXe siècle (París, Syllepse, 2009).

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Un mundo uberizado: Entrevista con Ricardo Antúnes, sociólogo del trabajo

11/06/2023 by Vitalio Deja un comentario

Por: Daniel Gatti

 

Especializado en la evolución del mundo del trabajo y autor de numerosas investigaciones al respecto, Antúnes habla en esta entrevista sobre la urgencia de pensar nuevas estrategias ante el avance de la explotación laboral y la destrucción del planeta.

Profesor titular de Sociología en el Instituto de Filosofía y Ciencias Humanas de la Universidad Estatal de Campinas, en Brasil, este paulista de 70 años se ha especializado hace mucho en la evolución del mundo del trabajo y es autor de numerosas investigaciones al respecto, varias de ellas publicadas fuera de su país. Algunos de sus últimos libros son Riqueza y miseria del trabajo en Brasil: trabajo digital, autogestión y expropiación de la vida, El nuevo proletariado de servicios en la era digital y ¿Adiós al trabajo? Ensayo sobre las metamorfosis y la centralidad del mundo del trabajo. Brecha lo entrevistó a comienzos de mayo en su ciudad natal, al margen de la XVI Conferencia Regional de la Unión Internacional de Trabajadores de la Alimentación, donde presentó una ponencia ante un público compuesto por sindicalistas provenientes de toda América Latina.

«Estamos ante una crisis estructural del capitalismo, pero no ante cualquier crisis. La de ahora no es como otras, por ejemplo, la de 1929. Es mucho más profunda, más letal desde todo punto de vista», comenzó diciendo Antúnes.

—¿Qué es lo que la diferenciaría?

La de ahora está poniendo directamente en riesgo a la humanidad. Nos está llevando a las puertas de una guerra nuclear y [está] arrasando con el planeta a una escala sin precedentes. La guerra en Ucrania relanzó la producción de energías fósiles en todo Occidente. Van a calentar aún más el planeta. ¿Hasta qué grado? Y, en paralelo, se da una destrucción acelerada del universo del trabajo, con una acentuación hasta ahora desconocida de los niveles de precarización, de desempleo, de la contradicción entre el trabajo calificado y el trabajo precario. En Brasil hoy hay 12 millones de personas en desempleo abierto y un 40 por ciento de la mano de obra en la informalidad. La apariencia del fin del trabajo que se da en el Norte global esconde una expansión brutal del trabajo precarizado en el Sur. Este celular que tengo ahora en la mano no existiría sin un paso inicial: la extracción mineral en África, Asia, América Latina. Hasta su última pieza se fabrica en el Sur, y, por lo general, en condiciones bastante aberrantes para quienes lo hacen.

Yo no estoy de acuerdo con lo que dicen algunos grandes pensadores, como Toni Negri, André Gorz y Jürgen Habermas, que teorizan sobre el fin del trabajo. O con quienes afirman que estaríamos en una era industrial de servicios y, por lo tanto, en una suerte de poscapitalismo. Lo que hay es una recomposición del trabajo. En su fase actual, el capitalismo solo puede crecer destruyendo, y destruye básicamente en el Sur, aunque no solo, porque basta ver la situación de las poblaciones racializadas en Europa, en Estados Unidos. Y si observamos lo que sucede con los servicios, notaremos que, en todos lados, se han vuelto fuertemente capitalistas, en el sentido de que han sido privatizados, desde la seguridad social hasta las escuelas, pasando por las cárceles y, por supuesto, el agua, uno de los grandes temas de ahora. Desde el comienzo del siglo XXI se ha acelerado fuertemente ese proceso. El capitalismo hoy tiene una imposibilidad total de metabolización social.

—¿Es decir?

Lo que afirmaba antes: es cada vez más destructivo. Del trabajo, pero también de la naturaleza y del propio ser humano, con la profundización del racismo, de la opresión de género. En un libro que escribí hace ya muchos años [¿Adiós al trabajo?, de 1995], manejaba el concepto de esclavitud del siglo XXI para referirme a un futuro en el que la precarización se volvería estructural y se iría extendiendo progresivamente.

Decía que, así como en las épocas de la esclavitud los trabajadores eran vendidos, en la época contemporánea, de tercerizaciones, subcontrataciones, de precarización, el trabajador sería alquilado. Hablo, obviamente, de una esclavitud de nuevo tipo, no de aquella de siglos atrás. Cuando escribí aquel libro, hace casi 30 años, el trabajo precario no era tan común. Hoy es la norma. La informalidad se ha formalizado.

—Se está refiriendo a lo que usted llama el capitalismo de plataformas o capitalismo pandémico.

Sí, y a su expresión: la uberización del trabajo. El capitalismo hoy funciona con base en el modelo de Uber. ¿Y qué supone ese modelo? La supresión de los derechos del trabajador. Lo que ahora es cada vez más excepcional es el trabajo regulado, lo que equivale a decir con derechos. Un contrato genera derechos, y en la era de la uberización el trabajo está cada vez más divorciado del acceso y el ejercicio de derechos.

Hoy los empresarios apuntan a la flexibilización, a la individualización de las relaciones laborales. Los nuevos proletarios reciben paga únicamente por el trabajo realizado y no tienen protección social: son ellos mismos los que se la proveen, porque se trata de «autónomos» que no están sujetos a convenciones colectivas, por ejemplo. Lo peor es que este tipo de relaciones laborales –que se están generalizando a muchos sectores, incluso la industria y la agroindustria– son «vendidas» como favorables al trabajador, que ganaría en independencia, en control sobre su propio tiempo, etcétera, etcétera. Se los menciona como «socios» de sus empleadores, se los incita a convertirse en «emprendedores».

—Y se crea toda una jerga que acompaña este fenómeno, una lengua de la uberización.

Sí, un nuevo lenguaje cargado de doble sentido repleto de manipulaciones, de burlas. ¿El trabajador precarizado: un «socio» de Jeff Bezos, un «socio» de Elon Musk? ¡Por favor! Si hay alguien que sale ganancioso de esta nueva ecuación, claramente, es el capital: ¿qué mejor para los empresarios que unas relaciones laborales individualizadas, a distancia, con jornadas de trabajo que puedan estirarse como chicles, sin las molestias que plantean los sindicatos y los sindicalistas? La pandemia de covid-19 sirvió para que ese modelo, el de Uber, el de Amazon, que ya venía de antes, se consolidara. Y luego no solo no desapareció o disminuyó, sino que se expandió: el teletrabajo, el contacto por Zoom, la educación a distancia son variantes de este fenómeno global. Así como las nuevas tecnologías en sí mismas no son causantes de nada, la pandemia tampoco fue la causa de esta nueva esclavitud laboral, pero fue aprovechada por el capital para ajustar el modelo.

Tengamos en cuenta, por otro lado, que el capitalismo de plataformas, básicamente impulsado por las grandes corporaciones globalizadas y financiarizadas, se relaciona con protoformas del capitalismo. Para decirlo más claramente: el capitalismo de la era digital, de los algoritmos, de la época del Internet de las cosas, de la inteligencia artificial, de la big data, de la tecnología 5G y la industria 4.0 recurre a las mismas técnicas de explotación que en la época de la acumulación primitiva.

Uno podría pensar, razonando con algo de sentido común o en un marco mínimamente humanista, que en un mundo donde el desarrollo tecnológico permite ahorrarse una enorme cantidad de tareas que antes realizaban los seres humanos se repartiría el tiempo de trabajo para que todos podamos vivir más o menos dignamente. Pero eso no entra en lo más mínimo en la mentalidad de la era del capitalismo de las grandes corporaciones. Se puede decir que hoy hay en marcha laboratorios de experimentación del trabajo a gran escala en los que el trabajador es el cobayo. Si el capitalismo como tal es un infierno para el trabajador, el capitalismo de plataforma, versión 4.0 del neoliberalismo, lo es más aún porque consagra la precariedad, la del trabajo y la de la propia existencia.

—Usted recurre frecuentemente a la metáfora del sociólogo austríaco Karl Polanyi del modelo satánico para referirse al modo de funcionamiento de este sistema.

Sí, la he evocado en muchos trabajos. Es una metáfora muy gráfica, referida al fenómeno de la mercantilización de todos los resortes de la vida, una mercantilización que ha producido mutaciones enormes, antropológicas, políticas. Polanyi lo vio hace mucho tiempo [murió en 1964], y su metáfora se aplica perfectamente a este mundo en el que la tecnología no está siendo aplicada en beneficio de la humanidad, a satisfacer cosas útiles y socialmente necesarias, sino todo lo contrario.

¿Qué nos mostró la pandemia? Que la humanidad tiene que fomentar el trabajo para generar bienes socialmente útiles, con menos horas de trabajo diario, y dejar de apuntar al trabajo orientado a la creación de riqueza. Quienes mostraron su valía entonces fueron los trabajadores y las trabajadoras de la salud, quienes se ocupan de los cuidados, quienes nos proveyeron de alimentos aun a riesgo de sus vidas. Se demostró igualmente la importancia de que los bienes comunes estén bajo control público y no privado.

Y respiramos mejor. No por la pandemia en sí, sino porque no circularon coches privados. El transporte público quedó en valor. Lo sorprendente es que estas consideraciones no formen parte de las reflexiones de las izquierdas.

—A ver…

Todo esto que estamos viendo debería situar a las izquierdas en una perspectiva anticapitalista. Cualquier visión emancipadora actualmente debería partir de esa base, de que el capitalismo nos está llevando a la destrucción de la humanidad. Hoy por hoy, la reducción real de la jornada de trabajo y del tiempo de producción en las fábricas, la reapropiación social de la producción para que se privilegien los bienes socialmente útiles y no los que generan plusvalía, el combate al cambio climático, la producción de alimentos sanos son objetivos que van unidos y que no podrían jamás alcanzarse en el marco de este sistema.

Pero las izquierdas se han convertido, paradójicamente, en guardianas del sistema, empeñadas como están en reformar lo irreformable. Lo vemos clarísimamente en América Latina: las burguesías no aceptan ni la más mínima reforma. Cuando algún gobierno progresista se sale un poquito de la norma intentan derrocarlo por el medio que sea. Solo toleran a quienes no cuestionan lo esencial, y hasta cierto límite. Pero la izquierda ha desaprendido a inventar utopías y aprendido a hacer lo posible, olvidándose de la transformación radical del mundo.

Lo mismo les sucede a los sindicatos. Los liderazgos sindicales tienen una larga tradición de defensa. Desde hace cinco décadas están luchando denodadamente por preservar lo mínimo, y está muy bien que así sea, pero eso ya no basta, porque la aceleración de las transformaciones en que está inscrito el capitalismo de plataformas hace que las reformas sean imposibles de sostener.

¿Por qué no podemos imaginar una sociedad sin propiedad privada, sin lucro, sin dinero? ¿Es una utopía? Sí, claro, pero llega un momento en que los sistemas caen. El feudalismo duró diez siglos. Los señores feudales, la nobleza, el Estado absolutista, ¿imaginaban que habría una revolución radical burguesa que los derribaría? No. Ahora se trata de pensar otra revolución radical verdaderamente liberadora. Y no vale decir que el socialismo fracasó, como se afirma hoy tan alegremente. Fracasaron sus versiones de los últimos 150 años, pero al capitalismo le llevó tres siglos derrotar al feudalismo. Si Rosa Luxemburgo despertara hoy, no diría que la alternativa es entre socialismo y barbarie, porque en la barbarie ya estamos inmersos. Diría que es entre socialismo y desaparición de la humanidad. No hay que hacerse trampas al solitario. En ese estadio estamos: el capitalismo hoy es esencialmente destructor, belicista, no hay margen para que a alguien se le ocurra «humanizarlo», como pretendían en su momento las socialdemocracias. Antes ese planteo era ilusorio, ahora es suicida.

—No es precisamente hacia allí que se han embarcado el progresismo o las izquierdas. Hablando de belicismo, en Europa una parte del progresismo está en línea con los planteos de la OTAN con la excusa de combatir el expansionismo ruso.

Respecto a Ucrania, creo que es una guerra interimperialista, pero ese no es el tema aquí. Sí lo es que esas izquierdas le han comprado el marco al liberalismo y en ese proceso le han dejado el terreno libre a la derecha más dura y a la ultraderecha, que hoy está encarnando –increíblemente– las posturas antisistema. Como Trump, como Bolsonaro, como Milei, que se presentan como rebeldes cuando, en realidad, son lo más rancio. Pero eso se los ha permitido la izquierda al volcarse al centro y no animarse a plantear temas como la transformación del mundo del trabajo o el cambio climático, porque, si lo hace en serio, tendría que ir hacia posturas de superación del capitalismo y se resiste a hacerlo: no va más allá de una defensa de lo que queda del Estado de bienestar. El caso del Partido de los Trabajadores en Brasil es de ese tipo. O el de Boric en Chile. Y yendo a Europa, ¿qué diferencia de fondo hay entre el socialista Hollande y el liberal Macron? Ninguna. Hasta en la represión se parecen. Como dicen en español: no es lo mismo, pero es igual.

La pandemia llegó en un momento en el que en el mundo había una agitación social muy interesante que, en cierta manera, cuestionaba el sistema. Podría haber nacido algo distinto de allí. Hoy, sin embargo, es la derecha más radical la que está marcando el rumbo con una violencia extrema, y la izquierda está claramente a la defensiva.

Mi esperanza es que una alternativa nazca de las periferias, de los movimientos feministas, de los inmigrantes, de los negros, de los indígenas, de los precarizados, del ecologismo. Hay un resurgimiento de clase interesante en Inglaterra, un renacer de las movilizaciones sociales en Francia. Son cosas que dan ilusión, pero la clave está en que los planteos que surjan vayan al fondo de las cosas y sean radicalmente anticapitalistas. Pienso que hay que aprender de las mujeres. Tienen más valentía con relación al capital. Pero hay también un feminismo fácilmente integrable al universo burgués, al igual que hay –en Brasil se da− un «emprendedurismo» negro que nada cambia el fondo de las cosas.

En definitiva, la izquierda necesita una refundación, perderle el miedo a proponer un nuevo modo de vida, perderle el miedo a la radicalidad. Si dejamos que avance el capitalismo, que en su fase actual es un capitalismo de plataformas, una expresión acentuada del neoliberalismo, estaremos en poco tiempo todos uberizados y en una situación comparable al subterráneo del infierno del Dante: no el infierno mismo, sino algo inimaginable. Por fortuna, las cosas son imprevisibles. Como el mundo del capital no se reproduce sin alguna forma de interacción con el trabajo vivo, van apareciendo, aun en situaciones adversas, formas de solidaridad entre los trabajadores y, a la larga, rebeliones.

Lo bueno de ahora es que al llegar a este estadio no queda margen para medias tintas. Llegará un momento en que eso nos romperá los ojos. Ya deberíamos estar en esa fase, pero los espejismos son todavía demasiado fuertes. Esperemos que cuando despertemos no sea demasiado tarde.

Fuente: Brecha

*La imagen es una composición de editor

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Enfrentando las consecuencias de la ruptura de los límites planetarios

11/06/2023 by Vitalio Deja un comentario

Por: Jesús Maria Veci de la Fuente

Nos encontramos ante una realidad que nos indica que el sistema capitalista ha llegado al comienzo de una situación de superación de la capacidad de carga del planeta.

El mundo afronta un riesgo colosal porque ya se transgredieron los límites justos y seguros del clima, de los ecosistemas naturales, de los caudales de agua y de su carga de fertilizantes, advirtieron científicos de la Comisión de la Tierra en un estudio divulgado por la revista Nature este miércoles 31 de mayo.

“El sistema Tierra está en peligro, ya que muchos elementos críticos climáticos están a punto de cruzar sus umbrales, donde habrá un cambio que no será reversible”, dijo Dahe Qin, copresidente de la Comisión y director del Comité Académico de la Academia China de las Ciencias.

El estudio sostiene que los seres humanos están tomando riesgos colosales con el futuro de la civilización y de todos los seres que viven en la Tierra, y por eso propone tomar los límites biofísicos del planeta como punto de partida para una acción holística y transformadora hacia un mundo seguro y justo.

La humanidad se enfrenta a una crisis sin precedentes: la ruptura de los límites planetarios. 

Durante siglos, hemos disfrutado de los recursos naturales de nuestro planeta sin tener en cuenta las consecuencias a largo plazo. Sin embargo, ahora estamos enfrentando las graves repercusiones de nuestros actos. Los límites planetarios son los umbrales dentro de los cuales los sistemas de la Tierra pueden funcionar de manera segura y mantener el equilibrio necesario para sostener la vida tal como la conocemos. Los científicos han identificado nueve límites planetarios clave que son esenciales para el funcionamiento saludable de nuestro planeta. Estos incluyen el cambio climático, la pérdida de biodiversidad, la interferencia en los ciclos de nutrientes, la escasez de agua dulce, el cambio en el uso de la tierra, la contaminación química, la acidificación de los océanos, la disminución de la capa de ozono y la carga de aerosoles atmosféricos. Desafortunadamente, hemos superado o estamos cerca de superar varios de estos límites, lo que ha llevado a una situación crítica para la humanidad y el medio ambiente.

La ruptura de estos límites planetarios tiene consecuencias graves y generalizadas. Estamos experimentando un aumento sin precedentes en la temperatura global, lo que provoca eventos climáticos extremos y afecta a los ecosistemas y la vida en la Tierra. La pérdida de biodiversidad está provocando la extinción masiva de especies y la degradación de los ecosistemas que sustentan nuestra supervivencia. Además, la sobreexplotación de recursos naturales, la contaminación del aire y el agua, y la destrucción de los hábitats están amenazando la calidad de vida de las personas y generando desequilibrios irreversibles en los sistemas naturales.

Los límites planetarios incluyen:

  1. Cambio climático: Está relacionado con las emisiones de gases de efecto invernadero y la capacidad del sistema climático para absorberlas sin provocar cambios desestabilizadores en el clima global.
  2. Pérdida de biodiversidad: Se refiere a la tasa de extinción de especies y la alteración de los ecosistemas que sustentan la vida en la Tierra.
  3. Ciclo del nitrógeno y del fósforo: Estos ciclos son esenciales para la disponibilidad de nutrientes para los organismos vivos y su interferencia puede provocar desequilibrios en los ecosistemas.
  4. Escasez de agua dulce: La sobreexplotación y contaminación de los recursos hídricos pueden llevar a una escasez de agua dulce, un recurso esencial para la vida.
  5. Cambio en el uso de la tierra: La conversión de hábitats naturales en tierras agrícolas o urbanizadas puede llevar a la pérdida de biodiversidad y a cambios en los sistemas ecológicos.
  6. Contaminación química: Se refiere a la liberación descontrolada de productos químicos tóxicos que afectan la salud humana y los ecosistemas.
  7. Acidificación de los océanos: El aumento de la concentración de dióxido de carbono en la atmósfera se traduce en un aumento de la acidez de los océanos, lo que amenaza los ecosistemas marinos y la vida marina.
  8. Disminución de la capa de ozono: La emisión de sustancias que agotan la capa de ozono puede tener efectos perjudiciales en la salud humana y en los ecosistemas terrestres.
  9. Carga de aerosoles atmosféricos: Los aerosoles atmosféricos pueden tener efectos tanto positivos como negativos en el clima y la calidad del aire.

Los ocho límites del sistema Tierra propuestos en el estudio: clima; integridad funcional de la biosfera; área de ecosistema natural; flujos de agua superficial; niveles de agua subterránea; ciclos de nutrientes para el nitrógeno; fósforo; y los niveles de aerosoles atmosféricos. Las líneas rojas muestran los límites «seguros», mientras que las líneas azules muestran los límites «justos». El icono de la Tierra muestra el estado del planeta hoy. Fuente: Rockström (2023)

La importancia de los límites planetarios radica en que proporcionan un marco para comprender y abordar los desafíos ambientales que enfrentamos como sociedad. Nos ayudan a comprender los umbrales críticos que no debemos cruzar y nos brindan una guía para tomar medidas urgentes y responsables en relación con la gestión de nuestros recursos naturales y la protección del medio ambiente.

Consecuencias del cambio climático y su impacto en el planeta y la humanidad

El cambio climático es una de las consecuencias más graves de la ruptura de los límites planetarios y tiene un impacto significativo en el planeta y en la humanidad. A medida que aumentan las concentraciones de gases de efecto invernadero en la atmósfera, principalmente debido a las actividades humanas como la quema de combustibles fósiles y la deforestación, el clima global está experimentando cambios drásticos con efectos adversos.

El aumento de la temperatura global es una consecuencia directa del cambio climático. Las temperaturas promedio están aumentando en todo el mundo, lo que resulta en olas de calor más frecuentes e intensas. Estas altas temperaturas tienen un impacto devastador en los ecosistemas, provocando sequías, incendios forestales y la pérdida de especies vegetales y animales. Además, los glaciares y las capas de hielo están derritiéndose a un ritmo alarmante, lo que contribuye al aumento del nivel del mar y amenaza a las comunidades costeras en todo el mundo.

También se han alterado los patrones de precipitación. Algunas regiones experimentan un aumento en las lluvias intensas y las inundaciones, mientras que otras sufren sequías prolongadas. Estos eventos extremos tienen impactos significativos en la agricultura, la seguridad alimentaria y el suministro de agua potable. Las sequías pueden llevar a la escasez de alimentos, la pérdida de medios de vida y el desplazamiento de comunidades enteras. Además de los impactos físicos, el cambio climático tiene consecuencias para la salud humana. El aumento de las temperaturas y los eventos climáticos extremos contribuyen a la propagación de enfermedades transmitidas por vectores, como el dengue y la malaria. La calidad del aire también se ve afectada por el aumento de la contaminación atmosférica, lo que aumenta el riesgo de enfermedades respiratorias y cardiovasculares.

Fenómenos extremos, el aumento del nivel del mar, la pérdida de ecosistemas y las migraciones forzadas como resultado del cambio climático

Los fenómenos extremos, el aumento del nivel del mar, la pérdida de ecosistemas y las migraciones forzadas son consecuencias directas del cambio climático y representan algunos de los impactos más preocupantes de esta crisis global. Estos efectos tienen ramificaciones significativas tanto para el medio ambiente como para las comunidades humanas. Tormentas más intensas, sequías prolongadas y olas de calor extremas, están en aumento debido al cambio climático. Estos eventos climáticos extremos causan daños significativos a la infraestructura, los cultivos agrícolas y las comunidades. Las inundaciones repentinas y las tormentas intensas pueden provocar la destrucción de viviendas, la interrupción de servicios básicos y la pérdida de vidas humanas. Las sequías prolongadas, por otro lado, pueden llevar a la escasez de alimentos, la pérdida de medios de vida y la desestabilización social.

El aumento del nivel del mar es otro efecto preocupante del cambio climático. A medida que los glaciares se derriten y las capas de hielo se desprenden, el agua se vierte en los océanos, lo que resulta en la elevación del nivel del mar. Esto pone en peligro a las comunidades costeras en todo el mundo, ya que la intrusión del agua salada contamina las fuentes de agua dulce, afecta los ecosistemas costeros y aumenta el riesgo de inundaciones costeras. Las ciudades densamente pobladas, las islas y los ecosistemas costeros frágiles están particularmente en riesgo.

La pérdida de ecosistemas es otra consecuencia grave del cambio climático. Los ecosistemas terrestres y marinos están siendo afectados por los cambios en las temperaturas, las precipitaciones y los patrones climáticos, lo que lleva a la pérdida de biodiversidad y a la alteración de los ciclos naturales. La deforestación, la degradación de los manglares, la pérdida de arrecifes de coral y la destrucción de hábitats son algunos de los impactos observados. Esta pérdida de ecosistemas no solo afecta a las especies y los ecosistemas en sí, sino que también tiene implicaciones para la seguridad alimentaria, el suministro de agua y la regulación del clima.

El cambio climático también está provocando migraciones forzadas a medida que las comunidades se ven obligadas a abandonar sus hogares debido a la escasez de recursos, la degradación del medio ambiente y los desastres naturales. Las personas que viven en áreas costeras inundables, en regiones propensas a sequías o en zonas afectadas por eventos climáticos extremos se ven obligadas a buscar refugio en otras áreas más seguras. Esto crea una carga adicional sobre las comunidades receptoras y plantea desafíos significativos en términos de desplazamiento, asistencia humanitaria y adaptación a nuevas condiciones.

Pérdida de biodiversidad y sus efectos negativos

La pérdida de biodiversidad es un problema grave y urgente que enfrentamos como resultado de la ruptura de los límites planetarios. La biodiversidad se refiere a la variedad de formas de vida en la Tierra, incluyendo plantas, animales, microorganismos y los ecosistemas en los que habitan. Esta diversidad biológica es fundamental para el funcionamiento saludable de los ecosistemas y para el bienestar humano.

Los ecosistemas saludables y diversos brindan una amplia gama de servicios ecosistémicos que son vitales para la vida en el planeta. Estos servicios incluyen la polinización de cultivos, la purificación del agua, la regulación del clima, la prevención de la erosión del suelo y la provisión de alimentos y medicinas. La pérdida de biodiversidad compromete la capacidad de los ecosistemas para proporcionar estos servicios, lo que afecta negativamente a la agricultura, la seguridad alimentaria y la salud humana. La biodiversidad desempeña un papel crucial en la estabilidad de los ecosistemas. Las especies interactúan entre sí y con su entorno de manera compleja, formando redes tróficas y ciclos de nutrientes. La disminución de la biodiversidad puede desestabilizar estos sistemas, lo que puede llevar a la proliferación de especies invasoras, la pérdida de especies clave y la alteración de los flujos de energía y nutrientes. Esto puede resultar en cambios drásticos en la estructura y función de los ecosistemas.

La diversidad genética de los cultivos y el ganado es esencial para garantizar la seguridad alimentaria y la adaptabilidad a los cambios ambientales. La pérdida de biodiversidad agrícola y ganadera reduce la resiliencia de los sistemas alimentarios frente a enfermedades, plagas y condiciones climáticas cambiantes. Además, la disminución de la diversidad de especies silvestres y de los servicios ecosistémicos asociados, como la polinización, puede afectar negativamente la producción de alimentos. La biodiversidad está estrechamente vinculada a la salud humana. Muchas plantas y animales proporcionan compuestos bioactivos que se utilizan en la medicina y la investigación científica. La pérdida de biodiversidad reduce nuestra capacidad para descubrir nuevos tratamientos y terapias. Además, la pérdida de hábitats naturales y la disminución de la biodiversidad pueden aumentar el riesgo de enfermedades zoonóticas, como el COVID-19, que se transmiten de animales a humanos.

La pérdida de biodiversidad es un desafío global que requiere una acción urgente y coordinada. Es fundamental conservar los hábitats naturales, implementar prácticas de gestión sostenible, promover la conservación de especies en peligro de extinción y garantizar una utilización responsable de los recursos naturales. La pérdida de biodiversidad se debe a una serie de factores interrelacionado. Estos factores tienen un impacto significativo en la disminución de las poblaciones de especies y la degradación de los ecosistemas. La destrucción de hábitats es una de las principales causas de pérdida de biodiversidad. La expansión agrícola, la deforestación, la urbanización y la construcción de infraestructuras están reduciendo y fragmentando los hábitats naturales en todo el mundo. La conversión de bosques, humedales y otros ecosistemas en tierras de cultivo, áreas urbanas o zonas industriales destruye los lugares donde muchas especies viven y se reproducen, lo que conduce a la disminución de sus poblaciones e incluso a la extinción. El cambio climático es otro factor crítico que contribuye a la pérdida de biodiversidad. El aumento de las temperaturas, los cambios en los patrones de precipitación y los eventos climáticos extremos afectan los ecosistemas y las especies de múltiples formas. Las especies tienen límites de tolerancia específicos para las condiciones ambientales y, a medida que el clima cambia rápidamente, muchas especies pueden no ser capaces de adaptarse lo suficientemente rápido para sobrevivir. Esto puede llevar a la extinción de especies y a la disrupción de las interacciones ecológicas.

Estos factores interactúan entre sí y se refuerzan mutuamente, exacerbando los efectos negativos sobre la biodiversidad. Abordar estos desafíos requiere un enfoque integral que incluya la conservación y restauración de hábitats y la adopción de medidas para mitigar y adaptarse al cambio climático. La biodiversidad es de suma importancia para los ecosistemas y la supervivencia humana. Los ecosistemas saludables y diversos son fundamentales para el funcionamiento equilibrado de nuestro planeta y para el bienestar de todas las formas de vida, incluyendo los seres humanos. La biodiversidad contribuye a la estabilidad y resiliencia de los ecosistemas. Las interacciones entre diferentes especies y sus roles específicos en los ecosistemas ayudan a mantener el equilibrio y el funcionamiento adecuado de los ciclos biogeoquímicos, los flujos de energía y los servicios ecosistémicos. Una mayor diversidad de especies permite una mayor resistencia y capacidad de recuperación frente a perturbaciones ambientales, como enfermedades, cambio climático y desastres naturales.

La biodiversidad es fundamental para garantizar la seguridad alimentaria y el suministro sostenible de recursos naturales. Los ecosistemas diversos y saludables proporcionan una variedad de alimentos, incluyendo cultivos, peces, animales de cría y especies silvestres que son parte de la dieta humana. Además, la biodiversidad también nos provee de materiales y recursos naturales esenciales, como madera, fibras, medicinas, combustibles y productos químicos naturales. Esta es una fuente inagotable de conocimientos y descubrimientos científicos.

La biodiversidad es esencial para la salud de los ecosistemas y para nuestra supervivencia como especie. Su preservación y protección son fundamentales para garantizar un planeta saludable y sostenible para las generaciones presentes.

Escasez de recursos naturales y su impacto en la sociedad

La escasez de recursos naturales es una preocupación creciente debido a la creciente demanda de recursos por parte de una población mundial en constante aumento y a los efectos de la degradación ambiental. Los recursos naturales, como el agua dulce, los combustibles fósiles, los minerales y los alimentos, son fundamentales para el funcionamiento de nuestras sociedades y economías. Sin embargo, su disponibilidad limitada y la sobreexplotación pueden tener impactos significativos en la sociedad.

El agua dulce es esencial para la vida humana, la agricultura, la industria y los ecosistemas. Sin embargo, enfrentamos una creciente escasez de agua dulce debido al aumento de la demanda, la contaminación y los efectos del cambio climático. La escasez de agua puede tener impactos en la seguridad alimentaria, la salud pública y el desarrollo socioeconómico. Además, la competencia por el agua puede generar tensiones y conflictos entre diferentes sectores y comunidades.

Los combustibles fósiles, como el petróleo, el gas natural y el carbón, son fuentes de energía clave para la generación de electricidad, el transporte y la industria. Sin embargo, la explotación excesiva de estos recursos está llevando a su agotamiento y contribuyendo al cambio climático debido a las emisiones de gases de efecto invernadero.

Los minerales y metales desempeñan un papel crucial en la fabricación de productos tecnológicos, la construcción, la infraestructura y otros sectores industriales. Sin embargo, muchos de estos recursos son finitos y su extracción puede tener impactos ambientales significativos, como la destrucción de hábitats y la contaminación del agua y del suelo. La gestión sostenible de los recursos minerales y el fomento del reciclaje son estrategias clave para abordar la escasez y reducir los impactos negativos.

El modelo alimentario industrial y los cambios en los patrones de consumo están ejerciendo una presión creciente sobre los sistemas alimentarios. La degradación de los suelos, la escasez de agua, la pérdida de biodiversidad y los efectos del cambio climático amenazan la producción de alimentos a nivel mundial. La seguridad alimentaria se ve comprometida, lo que puede dar lugar a inseguridad alimentaria, malnutrición y desplazamientos forzados.

La escasez de recursos naturales puede tener un impacto significativo en nuestras necesidades básicas y en el modelo económico actual. A medida que la demanda de recursos aumenta y su disponibilidad disminuye, se plantean desafíos para satisfacer las necesidades humanas fundamentales, como el acceso al agua potable, los alimentos, la energía y los materiales necesarios para construir y mantener nuestras infraestructuras. Los recursos naturales son esenciales para satisfacer nuestras necesidades básicas. La escasez de agua dulce puede dificultar el acceso a agua potable, afectar la producción agrícola y tener impactos negativos en la salud y la higiene. La escasez de alimentos puede dar lugar a inseguridad alimentaria y malnutrición, especialmente en regiones donde la agricultura depende de recursos limitados. Además, la escasez de recursos puede afectar la calidad de vida al limitar el acceso a servicios básicos, como la energía y los materiales de construcción. La escasez de combustibles fósiles puede aumentar los precios de la energía y afectar sectores como el transporte y la industria. La escasez de minerales y materiales puede limitar la producción y afectar la cadena de suministro de diferentes industrias. Además, la escasez de recursos puede generar desigualdades socioeconómicas, ya que aquellos con mayores recursos tienen más posibilidades de acceder a ellos, mientras que los más vulnerables pueden enfrentar dificultades económicas y sociales.

Cambio de paradigma económico: Esta escasez plantea la necesidad de repensar y transformar nuestro modelo económico actual hacia uno más sostenible y basado en el decrecimiento y la economía circular. Los cuales promueven la reducción, reutilización, reciclaje y recuperación de recursos, minimizando el desperdicio y la extracción innecesaria de recursos naturales. Este enfoque busca maximizar el valor de los productos y materiales a lo largo de su ciclo de vida y reducir la dependencia de recursos finitos. Requiere un enfoque integral que incluya cambios en los patrones de consumo, la adopción de prácticas más sostenibles, la inversión en innovación tecnológica y un cambio hacia un modelo económico circular. Es fundamental abordar la escasez de recursos de manera colaborativa y buscar soluciones que equilibren el desarrollo humano con la conservación de los recursos naturales para garantizar un futuro sostenible. Y un futuro igualitario que no deje a ninguna capa excluida desde la escasez en la que ya estamos inmersos.

La contaminación y la degradación del medio ambiente como consecuencia de la ruptura de los límites planetarios

La ruptura de los límites planetarios. Es la primera evidencia de la realidad de sobre explotación a la que el sistema capitalista ha llevado al planeta llegando a una preocupante contaminación y degradación del medio ambiente en diferentes partes del mundo. Estos problemas ambientales tienen impactos significativos en la salud humana, los ecosistemas y la biodiversidad.

La quema de combustibles fósiles, las emisiones industriales y el uso de productos químicos tóxicos han contribuido a la contaminación del aire. La liberación de contaminantes atmosféricos, como los gases de efecto invernadero, los óxidos de nitrógeno y los compuestos orgánicos volátiles, ha llevado al calentamiento global y al cambio climático. Además, la contaminación del aire tiene efectos perjudiciales para la salud humana, aumentando los riesgos de enfermedades respiratorias, cardiovasculares y cáncer. La descarga de desechos industriales, la contaminación agrícola y la falta de tratamiento adecuado de aguas residuales han provocado la contaminación del agua en ríos, lagos y océanos. Los productos químicos, los nutrientes en exceso y los desechos orgánicos afectan la calidad del agua y amenazan la vida acuática. Además, la contaminación del agua puede tener impactos negativos en la salud humana, especialmente cuando el agua contaminada se utiliza para consumo humano o riego agrícola. La sobreexplotación agrícola, el uso de productos químicos agrícolas y la disposición inadecuada de desechos sólidos han contribuido a la contaminación del suelo. Los suelos contaminados pueden perder su fertilidad y capacidad de retención de agua, lo que afecta la productividad agrícola y la salud de los ecosistemas terrestres. Además, la contaminación del suelo puede afectar la calidad de los alimentos y representar riesgos para la salud humana. La pérdida de hábitats naturales, la deforestación, la urbanización descontrolada y la sobreexplotación de recursos han llevado a la degradación de los ecosistemas en todo el mundo. La destrucción de los ecosistemas pone en peligro la diversidad biológica y la estabilidad de los ecosistemas, lo que a su vez afecta la provisión de servicios ecosistémicos como la polinización, la purificación del agua y la regulación del clima.

La ruptura de los límites planetarios ha desencadenado una preocupante serie de problemas ambientales, entre ellos la contaminación química, la acumulación de residuos plásticos y la contaminación del aire y el agua. Estas formas de contaminación tienen impactos significativos en la salud humana, la biodiversidad y el equilibrio de los ecosistemas. La actividad industrial y agrícola ha resultado en la liberación de una amplia gama de productos químicos tóxicos en el medio ambiente. Estos productos químicos, como pesticidas, herbicidas, productos químicos industriales y contaminantes orgánicos persistentes, pueden contaminar el suelo, el agua y el aire. Además de los efectos adversos directos en los seres vivos y los ecosistemas, estos productos químicos pueden bioacumularse en las cadenas alimentarias y afectar la salud humana a largo plazo. El uso masivo de plásticos en la sociedad moderna ha llevado a la acumulación desmedida de residuos plásticos en el medio ambiente. Los plásticos, especialmente los de un solo uso, son altamente persistentes y pueden tardar siglos en degradarse. Como resultado, los océanos, ríos, suelos y espacios naturales están llenos de residuos plásticos, que tienen efectos devastadores en la vida marina y los ecosistemas terrestres. La ingesta de plástico por parte de la vida marina y las aves acuáticas, así como la contaminación de fuentes de agua potable, son algunas de las consecuencias más preocupantes.

La quema de combustibles fósiles, las emisiones industriales y las actividades agrícolas contribuyen a la contaminación del aire. Estas emisiones liberan gases y partículas contaminantes que afectan la calidad del aire y la salud humana. Los principales contaminantes del aire incluyen dióxido de carbono (CO2), óxidos de nitrógeno (NOx), óxidos de azufre (SOx) y material particulado. La contaminación del aire contribuye al calentamiento global, el cambio climático, los problemas respiratorios y las enfermedades cardiovasculares.

La descarga de desechos industriales, la agricultura intensiva, el vertido de productos químicos y la falta de tratamiento de aguas residuales contribuyen a la contaminación del agua. Los contaminantes ingresan a los cuerpos de agua, como ríos, lagos y océanos, afectando la calidad del agua y la vida acuática. Además. La contaminación del agua puede tener graves repercusiones en la salud humana, ya que el consumo de agua contaminada puede provocar enfermedades gastrointestinales, intoxicaciones y trastornos crónicos.

La situación actual de la ruptura de los límites planetarios plantea desafíos urgentes y la necesidad de tomar medidas efectivas para evitar un colapso ambiental y garantizar un futuro sostenible. La idea del decrecimiento como una alternativa al colapso ecológico y social es un enfoque que ha ganado atención en los últimos años.

El concepto de decrecimiento propone una reevaluación de nuestro actual modelo económico centrado en el crecimiento ilimitado. En lugar de buscar un crecimiento económico constante, se argumenta que debemos enfocarnos en la redistribución equitativa de los recursos, la sostenibilidad ambiental y la mejora del bienestar humano. La idea es reducir el consumo y la producción desenfrenados, de modo que podamos vivir dentro de los límites ecológicos del planeta.  El decrecimiento es un concepto que propone una reducción planificada y controlada de la producción y el consumo, con el objetivo de lograr una sociedad más equitativa, sostenible y en armonía con los límites del planeta.

En la actualidad, existe un creciente reconocimiento de los desafíos ambientales y sociales que enfrentamos como resultado de la dinámica insostenible del sistema económico actual. Los límites planetarios, establecidos por la comunidad científica, representan críticos que, si se superan los umbrales, pueden tener consecuencias graves para la estabilidad de los ecosistemas y el bienestar humano.

El crecimiento económico perpetuo y la búsqueda del máximo beneficio son insostenibles en un planeta con recursos finitos. El sistema actual obligado por su dinámica endógena promueve la sobreexplotación de los recursos naturales, la desigualdad socioeconómica y la degradación del medio ambiente.

El decrecimiento propone una reevaluación de nuestros valores y prioridades, enfocándonos en la calidad de vida, la equidad y la sostenibilidad en lugar del crecimiento ilimitado. Aboga por la reducción del consumo excesivo, la redistribución de la riqueza, la relocalización de la producción y el fomento de la resiliencia comunitaria.

La ruptura de los límites planetarios es un desafío urgente que enfrentamos como sociedad. La mitigación de esta situación requiere una acción decidida y colectiva en todos los niveles, desde los individuos hasta los gobiernos y la comunidad internacional. Si no tomamos medidas efectivas ahora, corremos el riesgo de enfrentar consecuencias irreversibles para nuestro planeta y nuestra supervivencia. Es hora de actuar con determinación y responsabilidad para preservar nuestro hogar común y construir un futuro sostenible y justo para las generaciones presentes y venideras.

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Entrevista a la filósofa italiana Donatella Di Cesare: ¿Qué es y cómo opera el negacionismo?

04/06/2023 by Vitalio Deja un comentario

Por: Mariano Schuster

En su libro «Si Auschwitz no es nada», la filósofa italiana Donatella Di Cesare examina las formas en que el negacionismo pretendió rechazar la existencia del Holocausto, invirtiendo la relación entre víctimas y verdugos y produciendo la tesis de la «conspiración judía mundial».

En esta entrevista examina las nuevas formas de negacionismo, ligadas a la emergencia ambiental y a la crisis migratoria, y explica cómo se relacionan con las nuevas teorías de la conspiración y con el ascenso de las extremas derechas.

¿Qué es y cómo opera el negacionismo? ¿Cómo se relaciona con las teorías conspirativas? ¿Por qué, para comprender las características de los negacionismos contemporáneos, es necesario repensar los procesos de negación de la Shoah y de los campos de concentración nazis? Muchas de las respuestas a estos interrogantes se encuentran en Si Auschwitz no es nada: contra el negacionismo, el libro de la filósofa italiana Donatella Di Cesare publicado recientemente en español por Katz Editores. Ensayo crítico y analítico, Si Auschwitz no es nada analiza las raíces profundas del negacionismo a través de una genealogía histórica en la que demuestra que los primeros en instalar la negación fueron los propios perpetradores de los crímenes cometidos en los campos de concentración. En su ensayo, Di Cesare explica las formas en que el negacionismo invierte los roles entre víctimas y verdugos, desarrolla una historia alternativa e instala dudas hiperbólicas e improductivas para producir confusiones políticas.

La publicación en español del libro de Di Cesare coincide con el auge de nuevos negacionismos (climáticos, pandémicos, de la crisis de los migrantes) y con el ascenso, en Italia y otros países de Europa, de extremas derechas que beben de fuentes del pasado. En tal sentido, su ensayo tiene una profunda actualidad. Profesora de Filosofía en la Universidad La Sapienza de Roma e integrante del Consejo de Doctorado de la misma Universidad, Di Cesare tiene, además, una participación relevante y permanente en el espacio público y colabora activamente con publicaciones como L’Espresso e Il Manifesto. Entre 2016 y 2022 integró el Consejo Científico del Centro Italiano de Refugiados y desde 2023 es miembro del jurado del Tribunal Permanente de los Pueblos. Además de Si Auschwitz no es nada, Di Cesare es autora de los libros Heidegger y los judíos (Gedisa, 2017), Tortura (Gedisa, 2018), Extranjeros residentes. Una filosofía de la migración (Amorrortu, 2020), ¿Virus soberano?: La asfixia capitalista (Siglo XXI, 2020) y El complot en el poder (Sexto Piso, 2023).

En esta entrevista, analiza los discursos negacionistas centrados en la Shoah y avanza también sobre los negacionismos actuales. Asimismo, explica los modos en que las extremas derechas instrumentalizan discursos de negación y complot, a la vez que hace una fuerte crítica de la pérdida de rumbo de las izquierdas contemporáneas.

Desde hace muchos años, usted trabaja, desde el campo de la filosofía, sobre diversas cuestiones que hacen a la construcción de una esfera pública democrática. Uno de sus libros fundamentales, Si Auschwitz no es nada, se dedica justamente a analizar un tipo de discurso que corroe esa esfera pública, amenazándola de diversas formas. Me refiero al negacionismo, y muy particularmente al negacionismo de la Shoah. ¿Por qué el negacionismo sigue siendo un problema hoy y en qué formas se expresa?

En primer lugar, debemos decir que las democracias, en la forma en que hoy las conocemos, sobre todo las democracias europeas, nacieron de las cenizas de Auschwitz. Me refiero, sobre todo, a Italia y Alemania, los dos países en los que se desarrollaron el fascismo y el nacionalsocialismo y sobre los que recae la responsabilidad principal por el exterminio de la Shoah. Desde hace ya muchos años abordo el tema del negacionismo y lo hago, tal como usted planteaba, centrándome en la Shoah, en tanto constituye un acontecimiento capital y fundamental de la historia. En mi trabajo pretendo exhibir la forma en que los negacionistas y los revisionistas pretenden alterar no solo la historia, sino la propia memoria democrática, así como los mecanismos sobre los que se asientan dudas que, siendo presentadas como búsquedas de conocimiento, no constituyen, en rigor, más que intervenciones políticas destinadas a desacreditar la existencia misma de la Shoah. Debemos recordar, en ese sentido, que los primeros en negar la Shoah fueron los propios nazis, por lo que los propios orígenes de ese negacionismo se cifran en los perpetradores del crimen. Mi propósito en Si Auschwitz no es nada ha sido analizar las distintas tesis negacionistas y la forma en que el negacionismo ha presentado la Shoah como una estafa y un invento de los judíos, que habrían usufructuado su propia mentira para crear el Estado de Israel al que, de ese modo, los negacionistas siempre han pretendido deslegitimar.

Por supuesto, la cuestión del negacionismo excede la de un caso particular, y eso queda claro con una serie de fenómenos a los que asistimos hoy en día, cuando observamos la forma en que distintos actores, principalmente de la extrema derecha, favorecen nuevos procesos vinculados a tesis de negacionistas. Lejos de constituir un fenómeno en declive, lo que ha quedado en evidencia es que el negacionismo está en pleno ascenso. A tal punto esto es así, que las hipótesis planteadas hace algunos años según las cuales el negacionismo contemporáneo era limitado y reducido y formaba parte de un proceso de «regurgitación del pasado» se han evidenciado falsas. Hoy podemos hablar muy claramente de una serie de negacionismos, en plural, que incluyen diversas áreas. No se trata ya solamente del negacionismo de la Shoah, del cual me he ocupado en Si Auschwitz no es nada, sino de nuevas formas de negacionismo en el siglo XXI, entre las cuales se involucran el negacionismo respecto del cambio climático o, por ejemplo, el negacionismo de la pandemia. Estos temas se conectan muy claramente con la agenda y la filosofía de las nuevas derechas y, por lo tanto, están en el centro del debate público.

En Si Auschwitz no es nada no solo se dedica a analizar los fundamentos sobre los que se sostienen las tesis negacionistas de la Shoah, sino que traza una genealogía de cuatro momentos de ese negacionismo. El primero, que se produce inmediatamente después del fin de la guerra, consiste en acusar a los judíos de falsificar la historia. El segundo se produce durante la Guerra de los Seis Días, cuando se acusa a los judíos de haber inventado una historia con un propósito: el de fundar el Estado de Israel. El tercero está signado por el affaire Faurisson y el debate sobre el «revisionismo histórico». El último estaría marcado por un negacionismo que, a través de su diseminación en las redes sociales, comienza a colonizar nuevas esferas del espacio público. ¿Cuál es la conexión entre todas estas tesis? ¿Parten de un mismo fundamento y son solo secuencias de una misma argumentación o constituyen distintas formas de negación?

Debo decirle que me gusta que introduzca en esta conversación la palabra «genealogía», porque eso es efectivamente lo que yo pretendo hacer en mi libro: trazar una genealogía del negacionismo de la Shoah, que puede conectarse con una más amplia que incluye los fenómenos actuales. Hoy considero que a esas cuatro fases planteadas en el libro debería agregarse una más, vinculada a la forma en que la diseminación de tesis negacionistas favorece cada vez mayores teorías de la conspiración o del complot. Efectivamente, el hilo conductor del negacionismo –que constituye en sí mismo un fenómeno de propaganda política y, en tal sentido, concierne al espacio público– es el del rechazo de una verdad considerada «oficial» y el de la inversión de roles entre víctimas y verdugos. Según mi perspectiva, la primera fase, que comienza a desarrollarse entre 1944 y 1945, es de suma importancia, en tanto está destinada directamente a exonerar y a exculpar al nacionalsocialismo y al fascismo de los crímenes cometidos durante la Shoah. Ese proceso de exoneración se produce afirmando que las cámaras de gas y los hornos crematorios, que constituyen el rasgo particular del proceso de industrialización de la muerte propio del nacionalsocialismo, no han existido. Y si esos elementos se rechazan, se logra un primer propósito: igualar el totalitarismo nazi al totalitarismo soviético. La tesis de los «dos totalitarismos» asume que los campos de concentración son similares a los gulags, y al hacerlo, genera una condición de igualdad que rebaja la categoría de unos campos de concentración en los que lo que se producía era una forma particular y cruel de exterminio vinculada a un proceso de industrialización de la muerte. No es casual que la extrema derecha contemporánea se monte sobre esa tesis de los «dos totalitarismos» para afirmar que en Alemania ha habido un «totalitarismo como otros» y que, por tanto, es una cuestión del pasado, que no se diferencia en nada de otros totalitarismos. A la derecha post-totalitaria contemporánea la tesis de los dos totalitarismos le sienta como anillo al dedo.

Usted expresa muy claramente que el origen de aquello que llama «duda hiperbólica del negacionismo» consiste en la discusión de la cifra, del número de muertos en la Shoah. Esto es algo que podemos ver, además, en otros casos, como el de los desaparecidos en Argentina, donde las tesis negacionistas hacen eje en el número. ¿En qué consiste, fundamentalmente, el propósito de los negacionistas a la hora de discutir las cifras? ¿Expresa esa discusión una forma en que el negacionismo se viste con los ropajes del revisionismo histórico?

La cuestión de los desaparecidos en Argentina no solo tiene muchas semejanzas en lo que refiere a la posición de los negacionistas a la hora de discutir las cifras, sino que es, para mí, una cuestión también muy cercana, en tanto he conocido durante los años 70 a muchas argentinas y argentinos que venían a Europa como exiliados. Eran personas que ofrecían su testimonio, que contaban el horror provocado por la dictadura militar y las terribles situaciones de tortura a las que eran sometidos tantos ciudadanos. La discusión sobre las cifras es, claro, de una importancia capital y concierne a una operación política muy concreta. Veamos el caso de la Shoah. ¿Qué es lo que hacen los negacionistas? Piden el número concreto, el número preciso de las personas que han sido exterminadas. Y preguntan, como si fuese una interrogación inocente: «¿De verdad son seis millones?». Y contestan «Si no lo son, evidentemente, usted está mintiendo». Lo mismo sucede en relación con la situación en Argentina con los desaparecidos. Pueden decir: «¿Son 30.000? Porque si no lo son, usted miente». El problema es que es muy claro que no podemos saber el número exacto, aunque esto no cambia, por supuesto, la gravedad del crimen cometido. El punto fundamental es que este tipo de planteo instala una duda, pero no una duda constructiva, sino lo que llamo una «duda hiperbólica». Los negacionistas, que operan como «dobermans del pensamiento», no preguntan inocentemente por una cifra, no tienen una duda real y una vocación de conocer más y mejor un fenómeno. Lo que hacen, en rigor, es instalar una duda que contiene en sí el planteo negacionista. Es una duda directamente planteada para negar o aminorar los acontecimientos. Es una duda, en definitiva, que se instala para destruir la memoria y aspectos sustanciales de la comunidad democrática que se ha construido, fatigosamente, luego de la Shoah o luego de la dictadura argentina. Pero este tipo de pregunta por las cifras exactas no solo constituye una forma de negacionismo velada en el marco de la duda, sino que es la piedra sobre la que se construye posteriormente una historia alternativa. Y en la construcción de esa historia alternativa, son los familiares que han sufrido pérdidas los que son responsabilizados de mentir y engañar. Nuevamente vemos cómo el negacionismo invierte los roles y transforma a las víctimas en responsables de un engaño.

Suele ser muy tajante a la hora de plantear que, para discutir con tesis negacionistas, es necesario salir de la esfera del debate de los expertos. Según su perspectiva, el hecho de que los historiadores participen de la conversación pública impugnando tesis negacionistas no solo no cambiará esas tesis, sino que hasta podría contribuir, según plantea en su libro, a legitimarlas. ¿Por qué sucede esto?

Efectivamente, tal como señala, muchos historiadores, y sobre todo aquellos que son especialistas en la Shoah, han tendido a considerar que, en tanto las posiciones negacionistas y revisionistas ponen en duda datos y situaciones que conciernen a la historia, su menester y su obligación era responderles desde el conocimiento histórico. Este proceso de respuesta a las tesis negacionistas y revisionistas por parte de la comunidad historiográfica ha sido muy visible en países como Italia y Francia. Sin embargo, y a pesar de los deseos de los propios historiadores, sus respuestas no han servido para despejar ninguna duda. Muy por el contrario, estas respuestas expertas han producido una legitimación de las tesis revisionistas y negacionistas, porque les han otorgado validez a esas dudas, considerando que se circunscribían al ámbito de la historia. El problema es que, antes de responder a un determinado planteo, debemos preguntarnos, filosóficamente, por su carácter. Y esto es lo que los historiadores no han hecho. El punto clave aquí es que las dudas de los negacionistas y de los revisionistas no se dirigen a conocer más un fenómeno, a despejar incógnitas e interrogantes. No se trata de personas que dudan para conocer más y mejor un determinado proceso, sino de personas que niegan a través de la duda. Es una duda que se presenta como real, pero que no lo es. Las dudas de los negacionistas, en definitiva, no son dudas «productivas». De hecho, ni siquiera son dudas: son intervenciones políticas cuyo objeto es poner en tela de juicio el hecho histórico mismo a través de esa pretendida duda. Al responderles como si sus dudas tuvieran algún carácter productivo, los historiadores han legitimado esas tesis. Les contestaron como si fuesen tesis inocentes, planteadas por personas que quieren conocer mejor lo sucedido o por sujetos que carecen de información y que, si la tuvieran, tomarían en consideración la posición especializada. El problema es que esto no es así. El que niega no ignora. El que niega no es un ignorante. El que niega plantea la duda con un objetivo político y no con un deseo real de conocimiento. Esta cuestión, que es política y no meramente histórica, no puede tener, en consecuencia, solo la respuesta legitimada de los historiadores. En todo caso, debe concitar a una amplia gama de voces que pongan en tensión, también, el carácter de la duda planteada por los negacionistas y los revisionistas.

En Si Auschwitz no es nada usted hace hincapié en el hecho de que la argumentación negacionista se basa en un proceso de inversión de roles. El negacionista, según su argumentación, solo acepta a la víctima convertida en cenizas como prueba de la existencia de la Shoah. Dice explícitamente que «el negacionista pide a los aniquilados que den cuenta de su propia aniquilación. Y le dice al sobreviviente: la aniquilación no tuvo lugar, de lo contrario tendrías que haber sido aniquilado». Ante una posición de este tipo, ¿con qué argumentos puede la filosofía discutir las tesis negacionistas, si en el hecho mismo de la negación se reclama la aniquilación del otro como una prueba de la verdad?

Permítame, para responderle, hacerle un comentario sobre el libro. Mi ensayo está dedicado a Shlomo Venezia, uno de los poquísimos sobrevivientes del Sonderkommando de Auschwitz. Es alguien a quien conocí personalmente y que fue muy importante para mí, a tal punto que la escritura de Si Auschwitz no es nada fue una suerte de homenaje a su persona. Su vida y su testimonio ejemplifican muy bien la actitud de los negacionistas, en tanto siempre lo consideraron un farsante. La razón es que los negacionistas consideran que no pueden existir los testigos y los sobrevivientes de la Shoah. Y el argumento utilizado es exactamente el que usted planteaba: «Si usted está aquí y dice que sobrevivió a una situación de este tipo, usted miente, porque no se puede sobrevivir a algo así. Si los hechos que usted narra fueran verdaderos, usted estaría muerto». En tal sentido, el negacionismo desacredita la existencia misma de los testigos que, como lo analizaron lúcidamente Lyotard y Agamben, son, en rigor, sobrevivientes. Se trata de una operación propagandística muy clara, que tiene como base cuestionar al testigo como figura esencial en la historia y en la esfera pública, en virtud de que el testigo no solo pertenece al pasado, sino que testimonia, en la esfera democrática, para las generaciones presentes y futuras. El caso de Shlomo Venezia es particularmente interesante en este sentido, en tanto él había sobrevivido al Sonderkommando de Auschwitz y podía dar testimonio de la existencia de las cámaras de gas. Esa fue la razón por la que, durante muchos años, y especialmente en los últimos años de su vida, estuvo en el punto de mira de los negacionistas, siendo sindicado como un «superfalsificador». Y este es un aspecto nodal. Solo si vemos el negacionismo en su genealogía histórica y deconstruimos sus principales rasgos, podemos responder a los desafíos que plantea. Y si lo hacemos, veremos claramente que su pretensión es hacer pasar a las víctimas por farsantes, a los testigos por mentirosos, a los sobrevivientes por falsificadores.

Usted afirma en su ensayo que una de las principales campañas de los negacionistas se dirige a atacar la existencia misma del Estado de Israel. Es completamente cierto y comprobable que, históricamente, muchas posiciones que se han presentado como antisionistas han tendido no solo a encerrar posiciones antisemitas, sino a cuestionar la posibilidad misma de la existencia de Israel. Hoy en día, sin embargo, muchas fuerzas políticas que expresan tradiciones que ayer mismo eran negacionistas, como el Frente Nacional Francés o Alternativa para Alemania, son defensoras férreas del Estado de Israel. La situación no acaba allí: es el propio gobierno israelí, dirigido por una coalición claramente derechista, el que coquetea con personajes como Víktor Orbán y Steve Bannon –dos paladines del frente «anti-Soros», contra el cual se esgrimen tropos antisemitas–. ¿Cómo explica este fenómeno?

En el libro me interesaba trazar el proceso que se inicia en la inmediata posguerra y que se extiende hasta la década de 1970, pasando por la Guerra de los Seis Días, a través del cual los discursos revisionistas propios del negacionismo planteaban una inversión de roles. Esa inversión consistía en afirmar que Alemania había sido una víctima de los Aliados, que no habrían comprendido su rol en una supuesta salvación de Occidente, mientras que los verdaderos ganadores y triunfadores habrían sido los judíos que, mediante un proceso de falsificación de un supuesto genocidio, habrían conseguido crear su Estado. Es en este sentido en el que el negacionismo siempre ha apuntado contra la existencia del Estado de Israel, insertando la creación de Ese estado en el mito de la «conspiración judía mundial». Ahora bien, es completamente cierto que muchas tendencias del judaísmo diaspórico, del judaísmo que podríamos considerar como «de vanguardia popular» y del judaísmo filosófico representado por personas como Hannah Arendt o Walter Benjamin, vivieron un proceso de retroceso. Y eso es algo que se evidencia en la progresiva pérdida de influencia de los sectores más progresistas dentro del propio Estado de Israel. El fuerte crecimiento de la derecha israelí, que ha ido acompañado de una serie de políticas discriminatorias, ha servido como pretexto para que la extrema derecha europea tome una posición favorable hacia un Estado con el cual era fuertemente crítica. Esto es algo que, como usted planteaba, es muy nítido en el caso de Marine Le Pen y el Frente Nacional (hoy Agrupación Nacional) en Francia, así como en el de Alternativa para Alemania, pero también involucra a partidos como Vox en España y a la propia derecha italiana representada por Giorgia Meloni. Al sostener una posición de defensa férrea de Israel, como si se tratara de un bloque monolítico –negando la existencia de voces de oposición como las que recientemente han salido a manifestarse en diferentes plazas del país para defender la democracia–, la extrema derecha europea logra dos cometidos: afianzar sus propias posiciones y despegarse del pasado negacionista.

Al mismo tiempo, y en el sentido que usted planteaba, considero necesario mirar los fenómenos que se producen dentro de la propia comunidad judía en los países europeos. En Italia, sin ir más lejos, no son pocos los miembros de la comunidad que han apoyado y avalado al gobierno de Meloni, que pertenece a una extrema derecha posfascista. Ese proceso de derechización obedece, sin embargo, a una crisis general de la izquierda. En tanto yo observo a Israel como parte de Europa, porque filosófica y geopolíticamente esa ha sido históricamente su ubicación (sabemos que las ubicaciones políticas exceden a las geográficas), considero que el viraje a la derecha es parte de un proceso general de la crisis de la izquierda. Esa crisis no es solo política, sino que concierne también a la tradición intelectual sobre la que reposan las ideas de izquierda. En tal sentido, debemos recordar que buena parte de la tradición intelectual de la izquierda europea proviene del gran pensamiento judío, que va desde Marx hasta Trotski y Benjamin, y desde Arendt a la Escuela de Fráncfort, y que son justamente esas valiosas tradiciones las que hoy viven una crisis profunda. En Israel este proceso se expresa políticamente en la hegemonía de una derecha extrema que es capaz de abrazar posiciones hiperreaccionarias como la de Bannon o la de Orban.

¿Cómo se conectan los planteos negacionistas con las teorías conspirativas? ¿Existe un vínculo claro entre ambos fenómenos?

Sí, existe un vínculo claro. De hecho, es posible afirmar que el negacionismo es, en sí mismo, una forma de complotismo y conspirativismo, en tanto nunca se limita meramente a negar, sino que introduce aquello que niega dentro de una teoría del complot. En este esquema de pensamiento, las víctimas son transformadas en culpables y en la supuesta vía de instrumentalización de fuerzas ocultas. La idea de «la mentira de Auschwitz», planteada históricamente por los negacionistas, es un buen botón de muestra de ello. En esa argumentación, Auschwitz no sería solo una estafa y un invento, sino que se ha ideado para el lucro de determinados poderes ocultos. La tesis de la «conspiración judía mundial» va unida al negacionismo y es, en tal sentido, una demostración palpable del vínculo entre negacionismo y conspiración.

En nuestros días podemos ver muy claramente estas cuestiones, por ejemplo, en relación con temáticas como la del cambio climático. Las posiciones negacionistas rechazan que estemos ante una situación crítica en términos ambientales. Luego del rechazo lo que sigue es una posición que responsabiliza a ambientalistas y a ecologistas de estar pretendiendo imponer una agenda que responde a algún tipo de poder. No es casual que en contextos críticos como los que viven nuestras actuales democracias, personajes como Donald Trump o Jair Bolsonaro conciten tanta atención. Se trata de líderes políticos que, dirigiéndose directamente al pueblo, afirman que este está siendo estafado por poderes ocultos y que ellos los defenderán de esos poderes. Pensemos en el discurso de Trump. Consiste, en términos muy fundamentales, en afirmar lo siguiente: «Yo defenderé nuestra identidad y nuestra pureza, que está siendo atacada por ellos. Ellos son los inmigrantes, las feministas, los homosexuales. Tienen un plan para destruir América, pero yo defenderé nuestra identidad, nuestra pureza, nuestra identidad homogénea. Soy el salvador de Estados Unidos, del cuerpo místico de Estados Unidos. Soy quien defiende a esta nación de sus enemigos». Este tipo de discurso no solo está presente en el suprematismo estadounidense, sino también en las teorías del «gran reemplazo» en Europa.

Dicho esto, creo que es importante remarcar que la conspiración, en este tiempo, surge sobre todo ante la imposibilidad ciudadana de identificar el poder. Vivimos en una época en que, cuando nos referimos al poder, no sabemos exactamente a qué nos referimos ni dónde está. El poder ya no es claramente identificable, no tiene un nombre y una dirección postal. Y esto, evidentemente, favorece el complotismo. «Si los gobiernos cambian pero las políticas se mantienen y ya no podemos diferenciar a unos de otros, debe ser porque estos políticos son agentes del Nuevo Orden Mundial que viene desde fuera», afirma un conspirativo. Porque la conspiración siempre tiene un carácter externo, quien gobierna lo hace «para otro», hay alguien «de fuera» que mueve los hilos. Lo que constituye un evidente problema de orden político –el hecho de que los gobiernos cambien y todo se mantenga igual– se transforma, en las teorías conspirativas, en la demostración de que hay algún tipo de poder oculto que está dominando todo. Ese pensamiento parte de una sospecha legítima, pero se encadena de una forma que suspende la política y se articula en la forma de un complot. La teoría conspirativa llena un vacío ante una situación de impotencia.

Bajo una consideración de este tipo, ya no se trata, como han creído algunos, de desenmascarar la conspiración como un producto de la ignorancia o de un pensamiento mágico y supersticioso. Ese tipo de condena moralista es improductiva e incorrecta, porque la cuestión de la conspiración es eminentemente política.

Muchos de estos temas se vinculan directamente con la agenda de las extremas derechas. En su país, Giorgia Meloni, del partido Fratelli d’Italia, es ahora primera ministra. ¿Cómo caracteriza el ascenso de Meloni?

El de Giorgia Meloni es, ante todo, el primer gobierno posfascista de Europa. Y tiene lugar, justamente, en el país que dio origen al fascismo. Si utilizo, en este caso, la categoría de posfascismo es porque existen diferencias claras y nítidas con lo que podríamos denominar como la tradición «neofascista». Mientras que el neofascismo se reduce hoy a pequeños grupos que reivindican abiertamente el programa de Mussolini y se refieren de modo concreto a la experiencia del fascismo histórico, el posfascismo manifiesta algunos rasgos comunes con las tesis tradicionales del fascismo, pero constituyéndose como un fenómeno nuevo que no expresa de modo directo el ideario fascista ni manifiesta públicamente una idolatría mussoliniana. El posfascismo se inserta, en este sentido, en una nueva dinámica de las extremas derechas.

Una de las características más salientes del gobierno de Meloni es la construcción de enemigos muy claros, entre los que se encuentran los migrantes, los ambientalistas y los colectivos asociados a las diversidades, a los que se acusa de pervertir la comunidad nacional. Presentándose como una líder política nueva e incluso como una mujer popular nacida de la base del pueblo italiano, Meloni construye la autoimagen de la líder que llega para combatir un «globalismo» que, según su concepción, «destruye la identidad italiana». Como sucede en otros casos asociados a la extrema derecha, Meloni apela a una concepción homogeneizante de la identidad nacional, constituyéndose a sí misma como quien es capaz de resguardar ese cuerpo místico. Su discurso consiste, en términos muy fundamentales, en afirmar: «Soy una de ustedes y los dirijo, y en tanto los conozco y se cuáles son nuestras características como pueblo, soy la persona indicada para proteger a la nación italiana de aquellos que quieren destruirla». El de Meloni es un discurso que se inserta, en definitiva, en la tradición de la derecha neonacionalista identitaria, aunque se combina, sin embargo, con un exacerbado atlantismo en política internacional, que le permite concitar una cierta aceptación extranjera. La posición neonacionalista de Meloni puede confirmarse muy claramente en términos del rechazo a los migrantes y refugiados, pero también en un uso más extenso y abarcativo de la idea de «extranjeridad», que se correspondería también con las diversidades sexuales o las mujeres que integran movimientos feministas. ¿Por qué extranjeridad? Porque esas opciones no se corresponderían, en los términos en que esta extrema derecha piensa a la comunidad nacional, con los valores y la identidad italianos. Por supuesto, se trata de planteos que constituyen desafíos muy claros a la democracia y a la ciudadanía, y nos muestran una deriva de tipo «orbanista» [en referencia al líder húngaro Víktor Orbán] de estos espacios políticos. Esto queda muy claro en la criminalización de las organizaciones humanitarias que colaboran y ayudan a los migrantes y refugiados, a las que se les aplica una suerte de xenofobia de Estado. Lo que siempre debemos tener en cuenta y no perder de vista es que en la base y el fundamento político de la extrema derecha representada por Meloni se encuentra siempre la idea de una defensa de la nación frente a lo que le es ajeno, frente a una extranjeridad, ya sea propiamente migrante o de valores que esta derecha no considera como parte del «cuerpo de la nación».

El problema es que, para enfrentar fenómenos como el del posfascismo y el de las nuevas extremas derechas, se precisa una izquierda activa y vigorosa, pero lo que encontramos hoy es, en cambio, una izquierda en crisis. En un país como Italia, que tuvo un Partido Comunista que llegó a ser en 1976 la segunda fuerza política, tenemos ahora a una izquierda sin ningún rumbo y dirección que ha infravalorado el fenómeno político del posfascismo. Durante los últimos años, ha sido evidente que la izquierda italiana ha restado importancia a numerosas características de esta nueva extrema derecha, tendiendo a considerarla como un fenómeno de regurgitación del pasado. Para ser muy clara: la izquierda ha creído que el apoyo a las posiciones xenófobas, homofóbicas y antifeministas de la extrema derecha era producto de la ignorancia. La idea de que la historia, finalmente, está del lado de la izquierda y del progreso ha contribuido a ese daño y a esa perspectiva equivocada. Haber considerado todos los fenómenos del negacionismo y del revisionismo como regurgitaciones del pasado y como expresiones de ignorancia ha impedido que la izquierda se tome en serio la tarea de analizar qué son y qué significan estas derechas.

Usted ha sido muy crítica con el Partido Democrático, al que se ha referido como un «partido de centro». En un país como Italia, que, como mencionaba recién, tuvo al Partido Comunista más grande de Occidente, ¿qué es lo que pasó con la izquierda?

Mi opinión es que la crisis de la izquierda italiana nace, en realidad, en la década de 1970. En esos años se produjo en Italia un gran movimiento estudiantil y obrero que se manifestó en las calles, en las plazas, pero también en periódicos y revistas, y llegó a constituirse como el movimiento de protesta más importante de Occidente durante ese periodo. Se trataba, sin dudas, de un movimiento muy diverso, pero en el que primaba una idea fundamental: producir una izquierda no dogmática y heterodoxa que asumiera dentro de sus perspectivas políticas las luchas por los derechos civiles y los derechos humanos. Desde aquellos años me he sentido parte de esa tendencia política, reconociéndome en una posición que se sitúa a la izquierda del antiguo Partido Comunista Italiano. Fue en esos años en los que, participando de aquel movimiento de protesta y revuelta, conocí a militantes argentinos y uruguayos que se encontraban en el exilio político y que participaban también de nuestras manifestaciones y de nuestras luchas que se extendían por distintos países de Europa. En esa época, y sigo hablando de los años 70, quedó muy claro que el Partido Comunista condenaba y desacreditaba políticamente las manifestaciones sociales de esa nueva izquierda política y cultural. En última instancia, el Partido Comunista consideraba que todo el movimiento podía reducirse a la categoría de «terrorismo», homologando las distintas protestas al accionar de las Brigadas Rojas. Ese proceso de descrédito y de represión de las tendencias más vivas del movimiento obrero y estudiantil que buscaban una izquierda renovada no acabó con la caída del Muro de Berlín y la posterior desaparición y reconversión del Partido Comunista Italiano. Aun sin Partido Comunista, los representantes hegemónicos de la izquierda, es decir, los del Partido Democrático, tendieron a seguir rechazando posiciones ideológicas libertarias y de izquierda, aun con más vigor. La caída del Muro de Berlín y la instalación en todo el mundo de un ideario capitalista que se presentaba como incontestable reafirmaron esa tendencia, en la que la lógica de la administración reemplazó a la de la política y la ideología. La situación de hoy es la de una izquierda representada por un partido que ya no puede ser considerado como de izquierda. El Partido Democrático es apenas un partido de centro que juega un papel muy negativo, en tanto inhabilita la reconstitución de una izquierda novedosa y dinámica. Frente a la derecha de Meloni en el poder, el Partido Democrático no ofrece alternativa alguna y funciona como un freno y como un elemento de detención en la posibilidad de desarrollar una izquierda política que dé respuestas a los desafíos que supone un tiempo tan crítico como el presente.

En 2020 usted escribió El tiempo de la revuelta, un libro en el que reivindicaba el fenómeno de las protestas y las luchas sociales frente a un capitalismo que parece haber ocupado todo el espacio de la imaginación política. ¿Dónde están las revueltas hoy? ¿En qué medida esas revueltas expresan algún tipo de imaginación de izquierda?

El tema de la revuelta es, para mí, políticamente muy trascendente, en tanto siempre se han producido dos fenómenos en torno de ella. Por un lado, ha sido subestimada. Por el otro, se la ha visto solo como el antecedente de una posible revolución. En los últimos años hemos asistido, sin embargo, a fenómenos de revuelta social en diferentes países –no hay más que mirar las protestas francesas de estos días– que representan, sobre todo, procesos de desobediencia civil, de manifestación crítica hacia las posiciones del poder político y económico. Este tipo de protestas y revueltas, como las que generan también las organizaciones humanitarias que salvan a los migrantes y los refugiados, no tratan simplemente de decir «no», sino que se sustentan en una política afirmativa que intenta responder a la crisis de la democracia actual. Lo que me interesa, en particular, son esas formas de revuelta que llamo «anarquistas», no porque estén animadas por sujetos que se reconocen a sí mismos como anarquistas, sino porque cuestionan el arché, el modo en el que se jerarquiza y se gobierna el espacio público. Afortunadamente, en Italia y a raíz de la guerra, se ha producido un fenómeno de involucramiento y de protesta por parte de ciudadanas y ciudadanos que se sienten de izquierda y que, lejos de los corsés del Partido Democrático, han salido a manifestarse contra la guerra desde posiciones pacifistas.

Usted se refiere a la revuelta y a la crisis de la izquierda. Hace algunos meses, en un debate en la televisión italiana, revalorizó algunos aspectos de la tradición comunista a partir de procesos que no se vincularon al totalitarismo, sino que fueron, muy por el contrario, de un carácter nítidamente libertario. ¿Sobre la base de qué ideas cree que puede pensarse hoy una nueva izquierda?

Ciertamente, como dije en aquel debate televisivo que usted menciona, la historia del comunismo no fue solo una historia de opresión, sino también de emancipación de los más débiles, al mismo tiempo que un proyecto de filosofía de la historia. Pertenezco a quienes consideran que la tradición comunista no puede reducirse al estalinismo ni al totalitarismo de tipo soviético. Bajo esa misma palabra, comunismo, lucharon muchos hombres y mujeres que no querían establecer ningún totalitarismo, sino que, por el contrario, aspiraban a un proyecto de liberación de las personas. Se trata de personas que, en diversos continentes, intentaron encontrar una alternativa al capitalismo y que, ciertamente, no tuvieron nada que ver con ningún régimen de opresión y dictadura. Como comprenderá, creo que el elemento libertario es fundamental y debe ser siempre tenido en cuenta, incluso a la hora de repensar la tradición comunista, pero también otras tradiciones de izquierda. Mi interés y mi intención es, en ese sentido, el desarrollo de una nueva izquierda que pueda articularse con ideas provenientes de la cultura anarquista. Una izquierda, en definitiva, que sea capaz de discutir el Estado y el poder. Yo puedo pensar esta cuestión, por supuesto, en términos más bien filosóficos, y en tal sentido creo que la incorporación del pensamiento de Walter Benjamin, de la Escuela de Fráncfort, de Claude Lefort y de las posiciones que nacieron del grupo Socialismo o Barbarie en Francia, resultarían altamente provechosas. Pero, al mismo tiempo que se asumen esas posiciones, se debe pensar hoy en dar respuestas a una serie de fenómenos contemporáneos que exigen ideas claras y reflexiones muy concretas. La crisis de la izquierda se debe a su confusión conceptual, a su falta de reflexión sobre toda una serie de fenómenos que requieren una atención muy rigurosa. Espero que esto cambie. En cualquier caso, es necesario que así sea.

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