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Vitalio

Arabia Saudita nombra a su primer embajador en Palestina

14/08/2023 by Vitalio Deja un comentario

Fuente: Diario Octubre

 

Arabia Saudita anunció que Nayef al-Sudairi, actual embajador en Jordania, se desempeñará como su representante diplomático en Palestina y cónsul general en Al-Quds.

Esta nominación representa “un paso importante”, afirmó el diplomático en un video difundido por la televisora pública saudita Al Ekhbariya.

Al-Sudairi subrayó la voluntad del rey Salman y del príncipe heredero Mohamed bin Salman de “reforzar las relaciones con los hermanos del Estado de Palestina y darles un apoyo formal en todos los aspectos”.

El embajador Nayef al-Sudari es el primer embajador del reino ante la Autoridad Palestina.

Los funcionarios palestinos dieron la bienvenida a su primer embajador de Arabia Saudita, incluso cuando el reino reflexiona sobre el establecimiento de relaciones diplomáticas formales con Israel .

Tradicionalmente, el expediente de los Territorios Palestinos ha sido manejado por la embajada de Arabia Saudita en Amman.

La embajada de Arabia Saudita en Jordania anunció que se llevó a cabo una ceremonia para conmemorar la ocasión durante un evento en la embajada de Palestina en Amman, durante el cual también estuvo presente el embajador de Palestina en Jordania, Atallah Khayri.

Después de la ceremonia, Majdi al-Khaldi, asesor presidencial palestino para asuntos diplomáticos, dijo que “agradecía” el nombramiento.

Ello “contribuirá a fortalecer las fuertes y sólidas relaciones fraternales que unen a los dos países ya los dos pueblos hermanos”, comentó.

Además, un funcionario de la Autoridad Palestina remarcó que con este anuncio “Arabia Saudita ha reafirmado su reconocimiento del Estado de Palestina con Jerusalén como capital”.

Publicado en: Global

Latinoamérica y el futuro de la memoria

06/08/2023 by Vitalio Deja un comentario

Por: Javier Tolcachier 

Hace ya unos 15 años escribí un libro llamado “Memorias del Futuro”. Me pareció interesante con ese trabajo intentar descubrir ciertos paralelismos en situaciones históricas relativamente recientes acontecidas en las naciones latinoamericanas para ampliar la comprensión y renovar la propia mirada, más acostumbrada al claustro de la pertenencia local.

Por otro lado, en esa obra creí adecuado verificar huellas existentes en la conciencia colectiva que podrían facilitar o dificultar la acción humanizadora y a la vez profundizar en el paisaje social e histórico en el cual muchos de nosotros y nuestros compañeros de lucha nos hemos formado, para ahondar así en la raíz de ciertos comportamientos y posturas.

Toca ahora intentar ver hacia dónde señala en la actualidad la flecha del tiempo y cuál es el mejor modo de apuntar hacia allí.

A cinco décadas de las dictaduras militares

Los cuarenta años de democracia electoral ininterrumpida que se celebran en Argentina son una conquista indudable y constituyen la contracara del régimen sangriento ejecutado por la dictadura cívico-militar-eclesiástica impulsada por la estrategia geopolítica de los Estados Unidos de América en toda la región. Esa estrategia, que en Sudamérica se denominó “Plan Cóndor”, se extendió por toda Latinoamérica, intentando doblegar los impulsos revolucionarios de soberanía y transformación social que resurgían con fuerza por la época, sobre todo, luego de las victorias de la Revolución cubana en el año 59’ y de la Revolución sandinista en Nicaragua en 1979.

Otros veinte años después, asumiría la presidencia Hugo Chávez en Venezuela, abriendo las puertas a la Revolución bolivariana, consciente del necesario carácter continental de la lucha por la emancipación de los pueblos. A partir de ese nuevo impulso se iniciaría un período de fuerte acercamiento e integración entre las naciones de América Latina y el Caribe. Ese ciclo, a su vez, sería también respuesta a la dictadura neoliberal y financiera, que ya había sido iniciada por los gobiernos militares, pero que se vería profundizada por gobiernos civiles en los 80’ y los 90’, una vez más a lo largo de toda la región.

Mientras tanto, se fraguaban nuevos fenómenos bajo la superficie, que emergerían con toda su fuerza tiempo después. Por una parte, cobraban ímpetu las revoluciones identitarias, en las que los pueblos indígenas y afrodescendientes, discriminados y esclavizados durante siglos reclamarían reivindicación histórica, participación y autodeterminación. Así, llegarían a ser gobierno con Evo Morales en Bolivia y hoy parte del gobierno colombiano en la figura de su vicepresidenta Francia Márquez. En esta tendencia se encuadran también los actuales reclamos de reparación histórica por parte de las naciones del Caribe, que sucesivamente han asumido o proyectan en corto tiempo su definitiva independencia de la corona británica.

Al mismo tiempo, avanzó a pasos agigantados la imparable revolución feminista, que reivindica ya no como antaño lograr algunos derechos puntuales, sino una radical y más que justa equidad total, tomando parte crecientemente de todos los espacios sociales y exigiendo tener la opción de decidir con mayor libertad sobre la pesada carga impuesta por la naturaleza, las sotanas y los mandatos culturales patriarcales de tener que procrear y responsabilizarse por la crianza de las nuevas generaciones.

También aquí hemos podido observar el ascenso de lideresas a los primeros niveles de poder político como en el caso de Cristina Fernández, Dilma Rousseff o la actual presidenta de Honduras, Xiomara Castro, la hoy candidata de la Revolución Ciudadana en Ecuador Luisa González y muchas otras en puestos ejecutivos anteriormente solo reservados a hombres como las prefectas Paola Pabón o Marcela Aguiñaga en Ecuador o la actual precandidata a la presidencia de México por Morena Claudia Sheinbaum.

A muy grandes trazos, esos son los paisajes de la memoria en los que cada quien, dependiendo de su pertenencia generacional, se ha formado.

Entre tanto, ha surgido en las últimas dos décadas una nueva generación, para la que, en general, lo ocurrido en el período de la dictadura e incluso en el neoliberalismo, comienza a parecer ya historia antigua, tal como lo es para muchos de nosotros, por ejemplo, lo que pasó entre las dos guerras mundiales del siglo XX. Salvo que una persona o su familia haya sido tocada por la tragedia de manera más o menos directa, el sentir sobre lo que ocurrió históricamente no es tan vívido en las nuevas generaciones como en las anteriores, más allá del esfuerzo que éstas hacen por trasladar sus memorias a las cohortes emergentes.

Y obviamente, al igual que antes y por la propia dinámica histórica, mientras en la superficie social se despliega la trama de los cambios proyectados por las generaciones hoy encanecidas, se están fraguando, a resguardo de la prensa malintencionada e imprevistas para la mayoría ciudadana e incluso para la más ilustrada academia, las revoluciones futuras.

Un presente turbulento de cambio permanente

El presente de la memoria se encuentra en un momento de fuerte turbulencia histórica, tal como los que suelen atravesarse a veces en los vuelos, en los que un clima de temor invade a los pasajeros por lo que pudiera suceder, estando sujetos en esos momentos al destino de una frágil aeronave. O con un símil más preciso todavía, lo que se experimenta en lugares de habituales eventos sísmicos, en el transcurso de un fuerte y prolongado movimiento de suelo.

Los objetos y herramientas cotidianas que usamos ya no tienen mucho que ver con lo que utilizábamos tiempo atrás. Los lugares que se solían frecuentar ya no existen, perviviendo solamente en las fotografías y en los recuerdos. Profesiones y talentos que antes eran venerados o altamente requeridos son eficientemente reemplazados hoy por tecnologías y nuevos saberes.

Grandes cambios ocurren también con los vínculos sociales, en los que se han multiplicado las formas familiares, las modalidades de trabajo, las posibilidades de comunicarse y también los impedimentos para hacerlo sin interferencias. El lenguaje, considerado en otros tiempos un cohesor social fundamental, ha variado sensiblemente, derivando hacia una nueva torre de Babel protagonizada por diferentes tribus generacionales y segmentos poblacionales.

En el mundo casi subatómico de la intimidad, se han diversificado las tendencias afectivas y las identidades sexogenéricas, al tiempo que en el plano geopolítico, las reglas de la anterior predominancia única de Occidente ya son hoy contestadas por una poderosa multipolaridad.

Incluso la imagen misma del espacio sideral está cambiando a partir de la instalación en una órbita lejana de potentes lentes que nos permiten ver mucho más allá de lo conocido.

Lo que antes parecía totalmente imposible, hoy es verosímil y transforma en profundidad la visión que se tiene de la realidad.

En este panorama incierto y voluble, grandes conjuntos humanos tienden a buscar seguridad, certezas, algo que sea o al menos parezca inamovible. Sobre todo, en poblaciones que van aumentando su proporción longeva, como es el caso de las naciones del norte de Europa, del Asia oriental y crecientemente también, las del Cono Sur sudamericano.

Esa tendencia en el trasfondo sicosocial, esa respuesta mecánica en resistencia a este tiempo de severas transformaciones y paisajes irreconocibles, es la que explica el auge transitorio de las opciones retrógradas.

Desde ese estado de profunda inestabilidad que sienten las poblaciones, se pueden reconocer réplicas pendulares como la adhesión a corrientes recalcitrantes y  violentas, que proponen detener y volver atrás el reloj de la historia, tanto en el campo político como en el religioso. Incluso las prácticas de cuidado ecológico y la preocupación cotidiana por la situación medioambiental contienen, más allá de sus aspectos racionales, un elemento conservacionista que se encuadra también en lo anterior.

Esto permite también comprender por qué las propuestas de cambio social que suelen ser enarboladas desde los sectores progresistas, a pesar de estar totalmente justificadas en su carácter conceptual, son rechazadas por las mayorías poblacionales, que añoran sin duda un mundo diferente, pero sin tener que transitar nuevas perturbaciones o alteraciones significativas.

Sumidos en esta paradoja de enorme significación, cabe preguntarse entonces si acaso las transformaciones necesarias han de ser producidas sin que la población sienta inquietud por ellas. ¿Acaso es necesario un gatopardismo invertido, en el que todo cambie sin que lo parezca, a diferencia del tan mentado gatopardismo tradicional en que ningún cambio ocurre más allá de una pátina discursiva incendiaria pero carente de contenido real?

Por otra parte, si se afirma la necesidad del concurso popular para producir modificaciones de gran calado tanto en la organización social como en la conciencia colectiva, esto representa un total contrasentido.

¿O es que los conjuntos, guiados por sus creencias, introducen en sus revoluciones cambios impensados que van mucho más allá de los programas que asumen como bandera en una coyuntura? ¿Qué margen queda entonces para los proyectos explícitos y la convocatoria de sumar intenciones a ellos?

El futuro de la memoria

La población total actual de América Latina y el Caribe se ha casi cuadruplicado desde 1950 – otro cambio importante – pasando de 168 a más de 660 millones y continuará creciendo a un ritmo algo menor hasta 2086, alcanzando los 752 millones, para luego comenzar a decrecer. [1]

Sin embargo, este crecimiento no es uniforme a lo largo de los segmentos etarios. Según las estimaciones demográficas, se proyecta en la década actual una disminución del número de habitantes menores de 30 años y un crecimiento positivo de la población adulta en la región, sobre todo de los mayores de 50 años.

Descomponiendo el actual reloj generacional, encontramos que hay aproximadamente seis generaciones coexistentes en el momento actual, cuatro de ellas nacidas en el siglo pasado, en una era predigital, una quinta en la transición hacia y posterior a los años 2000 y una sexta, entre infantil y adolescente, plenamente perteneciente a los tiempos que corren.

En términos de proporción, los menores de 15 años representan hoy algo menos de un cuarto de la población, estimándose que en unos veinticinco años más, fruto del descenso de la natalidad y el aumento de la esperanza de vida, las personas de más de 60 años, que hoy son más o menos la mitad de aquellos, los superen en número.

La generación hoy en pugna por asumir un papel transformador  – que situamos con cautela entre los 15 y los 30 años de edad – suma otro 25%, mientras que los que están en proceso de instalación social son un 22%. Las y los latinoamericanos que ocupan el centro de la escena generacional, entre unos 45 y 60 años, comportan a su vez un 17% del total.

Si consideramos la velocidad de los cambios y las diferencias que éstos van estableciendo en la percepción de las distintas generaciones sobre la realidad que les toca vivir, estas estadísticas nos muestran tan solo un abultamiento creciente de las franjas menos dinámicas, es decir, menos proclives a las transformaciones. Lo que no informa en absoluto sobre el signo de las mismas, ya que nada de esto es lineal y las generaciones pueden proponer como parte de su proyecto direcciones reactivas al progreso social. Esto puede observarse con nitidez en cierto sector de la juventud, que a contracorriente de lo que intentaron construir sus antecesores desde un paisaje más contestatario, se rebelan en términos conservadores o incluso retrógrados.

Sin embargo, a principios de la década pasada el mundo y también nuestra región fueron nuevamente sacudidos por fuertes movilizaciones juveniles que parecían protagonizar una nueva sensibilidad con aspectos muy positivos, como una mayor horizontalidad, el reclamo por una democracia real, una mayor justicia en la redistribución de la riqueza y la paridad de género, por solo citar algunas de sus proclamas más destacadas.

Esa asonada generacional logró ocupar un espacio político importante y sin embargo, parece haber sido absorbida por un sistema que entonces semejaba estar herido de muerte.

Otro alzamiento de carácter más complejo en su conformación, pero igualmente protagonizado por una “primera línea” de jóvenes, es la que se suscitó poco antes de la pandemia del Covid-19 en Chile y Colombia, ayudando a remover a gobiernos conservadores en esos países. Distinto fue el signo de esa arremetida en Bolivia, colaborando con un golpe de Estado que perseguía intereses antirrevolucionarios y en Ecuador, situación que fue manipulada eficazmente por el sistema y paradójicamente permitió la entrada a la presidencia de un banquero, hoy felizmente ya derrotado.

¿Cuál es entonces el proyecto de la actual generación en crecimiento, la generación nacida en entornos de plena digitalización, qué posibilidades de implantación tiene, a qué resistencias se enfrenta y cuáles serán sus implicancias sociales y políticas en América Latina y el Caribe? ¿Serán salidas creativas, reactivas, tenderán a la adaptación sin cambios, a una acción efectiva y transformadora o pretenderán desacoplarse y recluirse en sí mismos, perdiendo toda incidencia?

No son interrogantes fáciles ni podremos develarlos por completo, pero estamos seguros que entre esos pliegues podremos entrever algo del futuro de la memoria.

Ante todo, el cúmulo de información que comparten las nuevas generaciones llega hoy a todos los rincones y segmentos sociales en tiempo casi real, pese a los esfuerzos sistemáticos por censurar, desinformar, convertirla en nueva mercancía o vaciarla de sentido. Este hecho incontestable permite inferir una suerte de nivelación en los contenidos que manejan la mayor parte de los jóvenes y por tanto, en la posibilidad de constituir proyectos con elementos similares, más allá de las diferencias culturales o de posición socioeconómica. Precisamente esa nivelación informacional permite pensar que, en proceso, nadie querrá quedarse atrás en el disfrute de los beneficios que la humanidad ha acumulado en su conjunto a lo largo de la historia, lo que augura nuevas movilizaciones en ese sentido.

Asimismo, esta ancha avenida de posibilidades que se abre ante las nuevas generaciones, estimula cierta indecisión en las elecciones vitales, un vértigo propio de la ampliación de horizontes, contrario al carril predeterminado de tiempos anteriores, pero que a la vez  entorpece la adopción de un proyecto colectivo común.

Por otra parte, la velocidad en la dinámica social, en ocasiones rayana en la inmediatez más absoluta, promueve una sensación que dificulta cualquier idea de proceso o gradualismo. Todo debe suceder ya y en el “ahora”. Esto se opone radicalmente a la anterior idea de “progreso” o “movilidad social ascendente” que requería de muchos años de esfuerzo formativo, lo cual explica en parte el fracaso del modelo educativo actual y la búsqueda juvenil de caminos más cortos (o atajos como la migración o incluso la delincuencia) para lograr ciertas metas.

Al mismo tiempo, el alto grado de comodidad facilitada hoy por los artilugios tecnológicos, hace que la misma idea de “esfuerzo”, pese a las enormes dificultades que atraviesan muchos jóvenes, pierda vigencia. En todo caso, el esfuerzo es impuesto por la necesidad de supervivencia en un sistema explotador, pero no constituye ya una virtud, al igual que el concepto de “sacrificio”, tan en boga en generaciones precedentes.

En términos de relación, las nuevas generaciones se encuentran sometidas al flagelo de la fragmentación social, que no solo las afecta en el seno de sus hogares, sino en la desarticulación de lazos y vínculos profundos e inamovibles a su alrededor. Esto hace que, muy probablemente y por necesidad, un importante factor del proyecto juvenil tenga que ver en la actualidad con la búsqueda de comunidad en la que cobijarse y con la cual identificarse.

Esto choca con las pretensiones y las prácticas neoliberales, que imponen modalidades cada vez más individuales y de menor contacto humano en todos los ámbitos ya permeados por aplicaciones y tecnologías digitales.

Mientras tanto, cada vez más jóvenes descreen del sistema político actual y rechazan la inacción o ineficacia de los representantes para dar respuesta a las severas dificultades que padecen. En ocasiones, muestran su disconformidad mediante la abstención, el voto en blanco o nulo. En otras oportunidades, apoyan a algún candidato o candidata que se promueve como al margen del sistema, aunque por lo general, esta es una nueva mentira.

Al ser mínimas o nulas las posibilidades de subsistencia y tranquilidad económica para los jóvenes dentro del sistema, muchos buscan formas o espacios alternativos, que si bien muestran modos diferentes y más colaborativos de hacer las cosas, por lo general terminan fracasando o siendo absorbidos ya que el marco general o plano mayor continúa siendo adverso.

A toda esto se suma algo más importante aún. Es el vacío existencial que siente la mayor parte de esta nueva generación por la desazón que produce la provisoriedad y la carencia de sentido del sistema mismo, que tan solo promueve la posesión y la competencia como conductas prioritarias. Un primitivismo que conduce al absurdo, a la proliferación de afecciones mentales como la depresión, las adicciones, los trastornos alimentarios, la violencia contra otros y contra sí mismos. Cabe mencionar aquí que la autolesión ya es la tercera causa principal de mortalidad adolescente a nivel regional.

¿Permiten estos primeros trazos bosquejar un posible programa generacional coherente o delinean apenas un contorno de situación no suficientemente inteligible pero ciertamente refractario a hábitos añejos?

Nos inclinamos por lo segundo, pero esta comprensión nos invita a afirmar sin dubitaciones que el mundo ya ha cambiado y las viejas recetas ya no funcionarán en éste.

Estamos en la última etapa de un “ancién regime”, tal como se catalogaba al vetusto régimen monárquico, aristocrático y clerical en el transcurso de la revolución francesa. Y es altamente probable que sea la presente generación en crecimiento la encargada de darle la espalda definitivamente. Este aserto se basa no solo en un acto de conciencia esperanzado, sino en el fracaso total y evidente del sistema para dar respuestas efectivas a las necesidades sociales y existenciales acuciantes, más allá de la distracción que provocan los  nuevos fetiches tecnológicos.

Aunque algunos de los grandes problemas de hoy datan de hace mucho tiempo, la juventud emergente no adherirá a las misma respuestas por las que las anteriores generaciones apostaron en el pasado.

Lo que estamos queriendo decir, es que hay que desplegar propuestas acordes a la nueva sensibilidad, sin temor al rechazo que puedan provocar en coetáneos de otras épocas. Y con ellos, avanzar en la comprensión de aquellos paisajes profundos que generan adhesión a ciertos idearios y acciones y reaccionan con escepticismo ante la novedad.

Por supuesto que, como toda revolución la próxima, ya en curso, contendrá contradicciones, será resistida por los viejos moldes, no logrará por completo sus objetivos ni siquiera en su ciclo más fecundo y finalmente será reemplazada en sus paradigmas por las generaciones subsiguientes. Pero lo cierto es que con la rebelión estruendosa o silenciosa de la nueva generación ante lo establecido, la historia continuará su avance hacia la Nación Humana Universal, inclusiva, colaborativa, paritaria, diversa y no violenta, utopía fundacional del tiempo histórico que nos toca vivir.

[1] Fuente: Centro Latinoamericano y Caribeño de Demografía (CELADE)-División de Población de la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL), revisión 2022 y Naciones Unidas, WorldPopulationProspects, 2022 [en línea] https://population.un.org/wpp

(*) Javier Tolcachier es investigador del Centro Mundial de Estudios Humanistas y comunicador en agencia internacional de noticias Pressenza

Publicado en: AmericaLatina, Titular1

Bolivia: Los hijos que está pariendo el proceso de cambio. Revolución sin revolucionarios

06/08/2023 by Vitalio Deja un comentario

Por: Jhonny Peralta Espinoza 

 

Desde hace 16 años el proceso de cambio ha ido produciendo una clase media que forma parte de la maquinaria estatal, y tiene otra forma de entender y hacer política, que ven a la formación política como algo innecesario, porque hacen política y toman decisiones políticas en un contexto institucional, pero donde falta la pasión política tan necesaria; así la clase media que vive en el mundo de la gestión estatal, creen que están sobrepolitizados por estar rodeados de política y de políticos, pero de otra pasta, porque están metidos en los vericuetos de la administración pública.

Pero eso no es política, eso es gestión, y confundir política con gestión conlleva un vaciamiento ideológico, porque muchas veces esa gestión ni siquiera tiene criterios políticos, y los criterios están en función de si habrá o no presupuesto, o lo que haya ordenado tal ministro o cual director. Así la “política” se reduce a dar luz verde o no a tal proyecto. Claro que el tema de la formación política a alguno le puede interesar, pero quizás lo ven como un extra a su trabajo, una necesidad personal y no colectiva. Pero cuanto más tiempo estén metidos en los laberintos de la gestión institucional, menos lo van a percibir como algo útil para su quehacer; así la dinámica los absorbe junto con el deseo de hacer de la política una profesión, verbigracia, tener una carrera política como diputados, directores, etc. Y si les decimos que hay que debatir sobre la radicalización de la democracia, las formas de entender el poder, etc., la respuesta es: “eso es para el mundo académico, teórico”, porque en su realidad esas cuestiones no les afectan en nada, cuando más bien es la base para una acción política con sentido.

También hay gente hipócrita que dice “estos jóvenes solo buscan la pega, su sueldo”, pero se olvidan de que ese mundo institucional es el que los ha creado así, y como no han sido capaces de crear una estructura institucional diferente, ni de descolonizar un Estado colonial; la gente que está ahí cumple el adagio: “la función crea al órgano” y se van convirtiendo en eso, en una pieza funcional para que esa maquinaria funcione. Estos son los hijos del proceso de cambio, y el buen diagnóstico es: estos son tus hijos, esto es lo que tienes, entonces cuestiónate, no tienes cuadros políticos que están pensando cómo cambiar el país.

El mercado sólo produce derechistas

Para pensar políticamente al individuo común, hay que partir de un hecho y es la coincidencia entre vida y mercado. Así, la vida se vive y se percibe cotidianamente como mercado; entonces el mercado fundido con la tecnología, aparece como la principal causa de experiencia. La clase media parida por el proceso de cambio se mueve en radiotaxi, viaja en BOA, buscan pareja en tinder, compran en hipermaxi, se informan en google, se entretienen en netflix, bromean con sus amigos en instagram, ríen con tik tok, y refuerzan su narcisismo en facebook. Entonces cada clase mediero del proceso de cambio, “reproducen el mercado simplemente viviendo, tomándose a sí mismo como un capital que gestionar: capital humano, capital-imagen, capital-salud, capital-afectos, capital-capacidades, capital erótico, capital-proyectos, capital-contactos” (A. Fernández S.)

Este vínculo vida-mercado políticamente significa que la ideología está en las cosas, está en el aire, es inseparable del hecho vivir, y esto obliga a que la noción de “lucha ideológica” debe redefinirse completamente. No se trata de ideas, la clase media del proceso de cambio tiene sus construcciones mentales, lo mismo que la unión juvenil cruceñista que posee sus ideas políticas, pero sus vidas se bañan en la misma realidad que es el mercado, sus vidas hoy son todas de derechas.

Pasolini propuso pensar este conflicto político como una disputa antropológica, entre diferentes modos de ser, sensibilidades, ideas de felicidad; porque una fuerza política no es nada, no tiene ninguna fuerza, si no arraiga en un espacio de contracultura, que rivalice con el mundo dominante en términos de formas de vida deseables. Así, mientras los dirigentes del proceso de cambio miran hacia el poder estatal, como el lugar privilegiado para la transformación social, se toma el poder y desde arriba se cambia la sociedad; Pasolini advierte que el capitalismo avanza mediante un proceso de «homologación cultural» que arruina los «mundos otros» de los campesinos, proletarios, mujeres de barrios populares, juventud sin proyecto de vida, contagiando los valores y modelos del consumo de forma horizontal, a través de la moda, la publicidad, la información, la televisión, la cultura de masas, etc. Este nuevo poder no desciende desde un lugar central, sino que se propaga «indirectamente, en la vivencia, lo existencial, lo concreto», decía Pasolini. En el consumo, en la forma de ser y pensar, en las conductas, Pasolini estaba descifrando los signos de una «mutación antropológica» en marcha, y la única forma de frenarla es con otra mutación antropológica, ¿será la clase media del proceso de cambio capaz de este reto?, porque frenarla desde el poder político sería como tratar de contener una inundación con una manguera.

La contención única tarea de los revolucionarios

La izquierda que apostó a tomar el poder estatal mediante elecciones, ha ido cambiando de pelaje, así de izquierda rosa, paso a ser de salón, después de caviar y llegó a ser progresista, y cuando se instaló en el Estado se convirtió en institucional, y ahora parece que se dio cuenta que es una izquierda de contención. Así, la izquierda de clase media que trabaja en las instituciones, en el gobierno, se dedicó a poner límites a los excesos neoliberales, redistribuir la riqueza y “contener” las infinitas y dolorosas heridas que se abren en los movimientos sociales; es decir, ahora se orientan a disminuir los impactos y los daños más agresivos del neoliberalismo, mediante el despliegue de políticas sociales (bonos, subsidios, incrementos salariales, subvenciones), en otras palabras, de ejercer la contención ante el avance incesante del capital depredador y explotador, avance que parece nunca detenerse.

Empero esta contención no termina de contener, no termina de modificar las estructuras latentes de la desigualdad, no termina de revertir la insatisfacción subjetiva y objetiva de amplios sectores de la población, esa sensación de una permanente “vida precariada”. Por esto, que esta política de contención nunca pudo reconectar con la política, con esos movimientos sociales más golpeados por el sistema, y quizás aquí está la respuesta ante el golpe de estado de 2019, su desafección y retiro del apoyo al gobierno del MAS. En conclusión, la contención no es capaz, por sí sola, de retomar la iniciativa política, hoy en manos de la vida-mercado.

Contrafinalidad del capitalismo

La coyuntura mundial es la de la hegemonía territorial e ideológica del capitalismo liberal, esto es una evidencia tan fuerte que no hay necesidad de comentarios; esta hegemonía no está en crisis, está en una secuencia de despliegue particularmente intensa e innovadora. Más aún “la extensión del dominio capitalista sobre vastos territorios, la diversificación intensiva y extensiva del mercado mundial, está lejos de haberse completado, casi toda África, gran parte de América Latina, Europa del Este, la India, son lugares «en transición», ya sean zonas de saqueo o países «en proceso de crecimiento», donde la implantación a gran escala del mercado puede y debe seguir el ejemplo de Japón o China” (A. Badiou)

Hoy 264 personas poseen el equivalente de riqueza de tres mil millones, son concentraciones de propiedad sin precedentes a escala mundial, y están lejos de haber concluido; pero hay dudas de que el capital pueda valorizar la fuerza de trabajo de toda la población mundial, por esto, hay entre dos y tres mil millones de personas desposeídas, no son dueños, campesinos sin tierra, informales, etc. que vagan por el mundo y, por tanto, políticamente peligrosos. Por otro lado, los Estados Unidos, lucha con otros países que quieren su parte de soberanía sobre el mercado mundial, y ya han comenzado enfrentamientos en Oriente Medio, África y el Mar de China, por esto la guerra es el horizonte de esta situación, con marcado autoritarismo en los gobiernos.

Hoy más que nunca el mundo pide revolución, el país nunca pudo encontrar el camino de un auténtico proceso de transformación, y la coyuntura mundial señala una salida, y es el autoritarismo con diferentes formas y contenidos, en unos países se instalarán gobiernos al estilo Bolsonaro, Meloni, Erdogan o Trump, en otros se situarán gobiernos producto de golpes de estado blandos o lawfare y, también habrán países donde simple y sencillamente se den golpes de estado cruentos. ¿En Bolivia qué salida se estará operando desde la embajada norteamericana?

Cuál es la identidad política del proceso de cambio

Rex Nettleford, un luchador jamaiquino decía: «La pregunta ¿qué somos? lleva al deseo de lo que queremos ser», con esto nos dice que arrancamos del presente para afirmar el futuro; y nuestro presente, para preocupación de todos, está marcado por la implosión del MAS, ya casi nadie se acuerda de la construcción del Estado Plurinacional y la democracia intercultural, que marcaban horizontes de construcción intersubjetiva y la definición del proceso de cambio en términos contextuales, planteando su legitimación de manera local, cultural, como algo propio.

Lo que llama la atención en encuentros que hacen Evo Morales como Luis Arce, o sus epígonos, repiten verdades universales o abstractas, como ser “somos antiimperialista”, “somos anticapitalistas”, “somos anticolonialistas”; la pregunta es si estas verdades ayudan en algo a los movimientos sociales, a la gente de a pie, si dan sentido a sus vidas cotidianas. A lo mejor hay que partir desde las creencias justificadas desde nuestra comunidad, nuestro país, porque no hay mejor experiencia de verdad que la que emerge desde la participación en nuestra comunidad, cuando ya sabemos cuál es la principal causa de experiencia de la clase media en el aparato estatal: su celular.

Y esas creencias justificadas que palpitan en nuestra comunidad no son más que el goce colectivo de derechos sociales dignos, porque toda dignidad humana se deriva de la dignidad de una comunidad concreta; y en nuestro caso es que la dignidad de nuestros hermanos indígenas de tierras altas y bajas, de nuestros jóvenes y niños/as, de nuestros obreros, de nuestras mujeres… es gozar de una tierra productiva, de educación y salud de calidad, de un proyecto de vida, de una legislación laboral progresista, de una vida sin violencia machista…

Así se construye una identidad política, y la responsabilidad social del Gobierno será con nuestra gente y con nuestras comunidades; por lo tanto, no se concibe una moralidad como el interés común de toda la humanidad, sino como el interés de una comunidad condicionada históricamente: nuestro País. Donde nuestra existencia moral más elevada y completa sólo se alcanza como miembros de nuestra comunidad, de nuestro país. En estas condiciones ser antiimperialista, anticapitalista, en nuestro contexto no tiene sentido, a no ser que alguien de un concepto claro y concreto de «qué es ser antiimperialista», “qué es ser anticapitalista” “qué es ser anticolonialista”.

Esta nueva identidad política nacida de nuestro contexto cultural no puede ocurrir por evolución espontánea, por acciones y reacciones independientes de la voluntad de cada cual; el camino del progreso moral de la construcción de esa identidad política en comunidad, implica la mayor inclusión de voces, de experiencias, de creencias, de luchas, que en otras palabras significa escucharnos entre todos y todas en un plano de reconocimiento y respeto.

Esta nueva identidad política construida con la voluntad de sacrificio, el apoyo mutuo y el sentirnos comunidad es el mayor desafío al capitalismo porque transformamos las relaciones sociales. Nuestras armas de lucha serán nuestra resistencia a convertirnos en individuos perdidos, sin identidad, que produce el neoliberalismo; nuestra rebeldía a no admitir más jerarquías, patriarcados; y, nuestra palabra que será el resultado de la deliberación abierta nos llevará a la verdad.

Contención o revolución, ¿sin revolucionarios?

La dirección estratégica de la política boliviana se dirige a la restauración de un orden conservador y reaccionario, esto porque las ofertas políticas que hace Evo Morales, la nacionalización, y, Luis Arce la industrialización, son insuficientes para tratar los problemas estructurales que atraviesa el país; así queda libre el camino para que el plan de la embajada norteamericana sea victorioso, porque son ofertas que nada tienen que ver con el día a día de la demanda ciudadana; por tanto, la disputa del evismo y el arcismo se reduce a una disputa del poder por el poder, porque sus ofertas no plantean proyectos de país, ni estrategias políticas.

En ese tablero de ajedrez donde se define la nueva geopolítica mundial, y las desigualdades siguen creciendo y la vida no vale nada para el gran capital; hay una creciente insatisfacción contra el capitalismo global que provoca estallidos de furia, pero que no se materializan en un nuevo proyecto político de emancipación; en este contexto, es mejor correr el riesgo y comprometerse con una transformación auténtica, aun si este compromiso termine en una catástrofe, que es mejor que vegetar en la supervivencia hedonista. Ya lo dijo Sergio Almaraz “Era por la vía de la defensa movilizada de los recursos naturales por la que se recuperaría la tensión en las masas y acabaría llevándose al país a la radicalización permanente, hacia el socialismo, considerando la preexistencia de un pueblo activo políticamente”

Países como el nuestro solo nos queda la rebelión, porque como lo afirmo Marx, “las reformas sociales nunca se logran por la debilidad de los fuertes, sino que siempre son el resultado del poder de los débiles”; eso sí, olvidándonos de todos los cimientos de la época revolucionaria del siglo XX, porque nos llevará al fracaso. Y tomando el consejo de S. Almaraz, es hora de luchar en el campo de la economía política y afectar los intereses del gran capital en nuestro país. Algunos izquierdistas gritarán al cielo y dirán que “no están dadas todas las condiciones objetivas y subjetivas”, que las masas ignorantes de indios, mujeres, jóvenes y obreros dispersos no tienen “conciencia política”; cuando la historia reciente nos demuestra que en agosto del 2020, esos “inconscientes” demostraron que su rebeldía podía caminar a la rebelión y desembocar en una revolución, solo que los jerarcas tradujeron ese acontecimiento en función de sus intereses privados. Así, la conciencia política para esas masas “ignorantes” es saber dónde viven, qué necesidades tienen y quién les machaca sus vidas, y esto sin leer a Lenin o a Marx.

Sin olvidar que “las revoluciones pueden comenzar de muchas maneras, la primera imagen que aparece es la de una multitud asaltando la sede del poder:  las Tullerías de París, en agosto de 1792 y en julio de 1830; el Palacio de Invierno de Petrogrado, en octubre de 1917; o un edificio estratégico: el hotel Colón de Barcelona, en julio de 1936; el cuartel Moncada de Santiago de Cuba, en julio de 1953 (Éric Hazan)

Jhonny Peralta Espinoza, exmilitante de las Fuerzas Armadas de Liberación Zárate Willka

Publicado en: Bolivia

La crisis de la justicia en Colombia

06/08/2023 by Vitalio Deja un comentario

Por: Alberto Pinzón Sánchez 

Un nuevo escándalo estalla en el firmamento colombiano, como cohete de fuegos artificiales que tapa las anteriores explosiones  mediáticas, mostrando una vez más la crítica  situación de la Justicia en Colombia.

Esta vez la atención mediática ha girado en torno a la detención del hijo del Presidente de Colombia, Nicolás y su ex esposa Daysuris Vásquez, según informa la Deutsche Welle, “por presunto lavado de dinero y enriquecimiento ilícito, en un escándalo relacionado con la campaña presidencial” . Graves cargos criminales contra el joven Nicolas, quien según las informaciones de la prensa es un muchacho de bien , incluso millonario, con dificultades en la socialización de normas (buscar atajos). Camino fácil buscado por muchos jóvenes colombianos sin las oportunidades de Nicolas, al calor de la cultura traqueta dominante, que recuerda aquel tan conocido y comentado consejo paisa que un día le diera su madre al joven bacán Pablito Escobar: “Haga plata mijo. Si puede, honradamente. Pero si no, haga plata, mijo».

Como era de esperarse, en el firmamento «bipartidista» colombiano, dividido entre Petristas y Antipetristas, se inició, en medios y en redes sociales” la “reyerta viperina de fondo político en Pro y en Contra de Nicolás y su ex esposa, con el comentario canalla de : hijo de Tigre sale rayado, hijo de sapo.….etc.  el que inmediatamente fue respondido con comentarios igual de viles o peores contra el Fiscal Barbosa, autor de la orden de captura. Tras esa denigrante primera escaramuza mediática, vino una pausa de prudencia, seguida un poco más tarde por el lavado de manos, con jabón Poncio Pilatos y desvío del foco, desde la hacienda el Uribérrimo: “A mi me enseñaron que no hay que alegrase del mal ajeno” .https://www.elcolombiano.com/colombia/politica/uribe-habla-sobre-la-captura-de-nicolas-petro-y-day-vasquez-CF22052617

El Nuevo bipartidismo (Petristas y Antipetristas) que se está montando en Colombia, en donde la izquierda tradicional (incluidos algunos marxistas) se ha adscrito al bando liderado por el presidente Petro, desconociendo la izquierda marxista anti capitalista y verdaderamente comunista, que no cree en que sea posible desarrollar (aún más) el Capitalismo deformado dominante por siglos en Colombia, con su correlato de Democracia Genocida y menos desde el Gobierno, así se proclame progresista.

Bipartidismo que, sin ningún sustento serio ni crítico, sigue inmerso en el fetiche constitucional que el régimen montado en 1991, con el cuento alienante de que la constitución de Colombia actual es la más progresista del continente no debe ser modificado, y que la Justicia del Estado diseñada en dicha constitución según el modelo de la Fiscalía estadounidense (con su consecuencia de la Impunidad rampante que agrava el círculo vicioso en que se encuentra la sociedad colombiana), NO es un problema estructural profundo que ha llegado a su fondo al igual que el problema agrario o el problema de la guerra contrainsurgente y la paz, o el problema estructural de las fuerzas militares llamadas en dicha constitución con el pomposo nombre de “Fuerza Publica”( que de publico no tiene nada) como lo demuestran los Falsos Positivos de más de 7 mil jóvenes indefensos fusilados a sangre fría, luego vestidos de guerrilleros para atribuirse ante los medios de comunicación proclives, victorias militares inexistentes y a cuyos responsables, condecorados, no les ha llegado ninguna Justicia terrenal.

Y es precisamente este problema no judicial sino de la Justicia (con mayúscula) que golpea con gravísimas consecuencias las bases mismas del bloque de Poder y el régimen dominante, comprometiendo a varios ex presidentes, a altos dirigentes políticos, a altos cargos administrativos del Estado, y a altos mandos incluidos los de la cúpula de la llamada Fuerza Pública; situación agudizada después de las declaraciones dadas por el narco paramilitar Salvatore Mancuso desde la cárcel de los EEUU, que generaron un escándalo mediático semejante, el que rápidamente fue respondido por por uno de los más señalados e implicados, el ex presidente Uribe Vélez, quien se apresuró a denunciar por “calumnia agravada» ante la justicia estadounidense al narco paramilitar Mancuso . Ver nota en

https://www.elespectador.com/politica/uribe-denuncio-a-mancuso-por-calumnia-por-declaraciones-ante-la-jep-noticias-colombia/

Para la la izquierda marxista anti capitalista y verdaderamente comunista, que duda ante tantas coincidencias o mejor, que analiza objetivamente todo el contexto contradictorio tanto estructural como supraestructural en el que se desenvuelve la lucha de clases en la actual Colombia; NO es un azar que una semana después del anuncio del presidente Petro para traer a Colombia como gestor de paz al narco paramilitar Mancuso, con la finalidad de que con sus declaraciones ampliadas o nuevas, se pueda cerrar un proceso de paz con los herederos de las Autodefensas Unidas de Colombia comandadas por el propio Mancuso, y que de contera se pudiera golpear seriamente los cimientos del régimen contrainsurgente colombiano; no es por azar, repito, que el fiscal Barbosa, quien está en la pretensión de ser el jefe del Antipetrismo, respondiera en espejo acelerando un golpe igual o mayor, ordenando la captura del hijo del presidente, que ha puesto a tambalear a su gobierno. De ahí la lavada de manos del chalán del Ubérrimo, jefe político del Fiscal .

Así como tampoco es una azar, que la coordinación mediática del Antipetrismo ejercida por la revista Semana, haya destacado una entrevista del hermano del presidente Petro, Juan Fernando, en donde como cuña del mismo palo aprieta a su hermano, pidiéndole en público que “para preservar la separación de los poderes públicos”, no cumpla con el mandato constitucional y se abstenga de proponer una terna con nuevos candidatos para reemplazar al fiscal Barbosa en vías de finalización de su periodo. Ver en:

https://www.semana.com/politica/articulo/juan-fernando-petro-senala-que-su-hermano-el-presidente-gustavo-petro-no-debe-enviar-terna-para-elegir-al-proximo-fiscal-general-y-dice-que-hay-que-garantizar-independencia/202310/

En el fondo de todo esto, lo que se alcanza a visualizar es la dinámica por así decirlo “normal” que está generando la grave y profunda multicrisis en la que se debate la sociedad colombiana, en este caso; la descomposición y utilización política tan evidente de la Justicia y de sus instituciones creadas en el 91, en especial el monstruoso aparato “tragamonedas” (pero inane) de la Fiscalía colombiana.

Y ante tamaño desajuste estructural de uno de los pilares del desarrollo pacífico de una sociedad, una como la colombiana tan golpeada por la falta de todas las Justicias, se hace mandatorio que se empiece a analizar seriamente la necesidad de considerar el problema estructural de la Justicia en Colombia como uno de los aspectos principales y esenciales a considerar en cualquier proceso constituyente que se desarrolle a futuro en en el país.

Como dirían en mi pueblo, otra pata que le sale al cojo.

Publicado en: Colombia

Detuvieron a dos bolsonaristas que decían que lo iban a matar en Belem. Lula amenazado en Amazonia

06/08/2023 by Vitalio Deja un comentario

Por: Darío Pignotti

 

“Ustedes conocen la noticia de que la policía detuvo a un ciudadano en Santarém que dijo que iba a matarme, y a otro en Belém que también dijo que iba a matarme. Si yo tuviera miedo no hubiera nacido, si tuviera miedo no sería presidente”, dijo el presidente de Brasil.

La presencia de efectivos de la Policía Federal fue reforzada en el estado de Pará, donde el mandatario del Partido de los Trabajadores (PT) se encontraba este sábado, tras el arresto de un estanciero sospechoso de planear un magnicidio que coincidiría con la cumbre de jefes de Estado amazónicos anunciada para el próximo martes en Belém, capital de ese estado. “Le voy a disparar a la barriga” a Lula, amenazó el hacendado Arilson Strapasson detenido en la mañana del jueves en la ciudad paraense de Santarém. Ese día a la misma hora era interrogado en Belém un agente de seguridad privada cuya identidad no fue revelada, por haber manifestado similares intenciones asesinas a través de las redes sociales.

“No les temo”

Lula reaccionó durante un acto: “Ustedes conocen la noticia de que la policía detuvo a un ciudadano en Santarém que dijo que iba a matarme, y a otro en Belém que también dijo que iba a matarme. Si yo tuviera miedo no hubiera nacido, si tuviera miedo no sería presidente de la República. Mi madre decía perro que ladra no muerde”, .

Hablando ante cientos de seguidores de la Amazonia, Lula elevó la apuesta al prometer que dejará de utilizar automóviles blindados y seguirá abrazandose con “pueblo” a pesar de las intimidaciones sucedidas en vísperas de la cumbre en la que se reunirá con los representantes de siete gobiernos de la región, incluyendo sus colegas Gustavo Petro, Nicolás Maduro y Luis Arce.

Bolsonaristas

Está por verse si las amenazas contra Lula fueron anuncios de potenciales asesinos o sólo se trató del alarde de dos mitómanos. Lo cierto es que a estos dos casos se sumó una tercera amenaza registrada días atrás contra el vicepresidente Geraldo Alckmin, según reveló el canal GloboNews.

Frente a semejante escenario, el Ministerio de Justicia, la Agencia Brasileña de Inteligencia y la gobernación de Pará resolvieron incrementar las alertas. La Amazonia es una región donde abundan las organizaciones delictivas y los simpatizantes armados: estancieros, policías, militares y paramilitares seguidores del expresidente Jair Bolsonaro.

Pará se ubicó en los primeros lugares de la lista de asesinatos de campesinos sin tierra e indígenas durante la administración bolsonarista, entre 2019 2022. Los crímenes políticos se superponen a los delitos ambientales en la Amazonia brasileña, una región de 4,5 millones de kilómetros cuadrados, equivalentes a casi el 60 % del territorio nacional.

Punto de no retorno

La deforestación, causada principalmente por incendios intencionales y la tala ilegal de bosques, se disparó un 73 por ciento en los tres primeros años del gobierno de Bolsonaro, período en el que fueron destruidas cerca de 35 mil hectáreas de selva.

De haber continuado esta política de tierra arrasada, se corría el riesgo de llegar a un punto de no retorno ecológico, a través de una emisión de carbono superior al que pueden absorver los bosques, acelerando el calentamiento global.

Aún así, la semana pasada Bolsonaro aseguró que los incendios en la selva son una invención de las “narrativas” de las ONGs, los países del “norte” y del gobierno “entreguista” del PT. Y defendió una vez más la explotación de minerales en tierras indígenas. Además recordó haber impulsado una serie de proyectos respaldados por su aliado Donald Trump, en pos de la modernización: un planteo ecocida.

Bolsonaro no hizo más que reciclar las vetustas tesis de la dictadura que mató a cerca de ocho mil indígenas – a causa de enfermedades, destierro forzado y asesinatos según reseño la Comisión de la Verdad en 2014- para llevar el “orden y el progreso” a la selva. Repitió las mismas ideas planteadas por él ante la Asamblea de la ONU en 2019 cuando ofendió al nonagenario cacique Raoni Metuktire de la etnia Kayapó.

Más allá de los discursos, el Tribunal Penal Internacional de La Haya sigue analizando una denuncia contra el dirigente de extrema derecha por “genocidio” debido a una serie de medidas en perjuicio de los pueblos originarios como alentar la penetración de buscadores de oro y diamantes en las reservas y retacear el envio de medicamentos a las aldeas durante la pandemia del coronavirus.

En contrapartida el cacique Raoni –de fluida relación con Lula a quien acompañó al ascender la rampa del Palaco del Planalto el 1 de enero– participó este viernes en los debates previos a la conferencia presidencial de la semana próxima en Belém.

Delitos múltiples

El estanciero arrestado el jueves en Santarém por urdir un presunto atentado, participó en el intento de golpe Estado del 8 de enero cuando fueron depredados los palacios del Planalto, el Congreso y el Supremo Tribunal Federal en Brasilia, exigiendo el establecimiento de un régimen militar. El ministro de Justicia y Seguridad Pública, Flavio Dino, dijo el viernes que el gobierno será implacable con quienes insistan en acechar a una democracia en vías de consolidación: “Aún después del fracaso de los actos golpistas de enero todavía existen personas que amenazan matar o agredir físicamente a las autoridades de la República. La Policía Federal continuará aplicando la ley contra los delincuentes.”.

Desayuno con el presidente

El encuentro amazónico del próximo martes fue el tema convocante del desayuno ofrecido por Lula a corresponsales el miércoles pasado en el Planalto. Fue el primero compartido con periodistas extranjeros, entre ellos este reportero, en lo que va del su tercer mandato en el que ha dado un peso destacado a la “diplomacia verde”, en línea con el propósito de reinstalar al país como una “potencia” ecológica. Junto al mandatario se encontraban el ministro de Relaciones Exteriores, Mauro Vieira, y el asesor especial sobre asuntos internacionales, el ex canciller Celso Amorim y el ministro de Comunicaciones, Paulo Pimenta.

Antes de asumir el gobierno, Lula participó como presidente electo en la cumbre ambientalista COP 27 realizada a fines del año pasado en Egipto y en noviembre viajará a los Emiratos Arabes para estar COP 28. La ONU escogió a Belém como sede de la COP 30 agendada para 2025.

Durante el desayuno Lula repasó varias medidas contra la devastación de la floresta adoptadas en sus primeros meses de gestión y aseguró que será “muy duro” con los invasores de tierras y responsables de otros crímenes como la extracción ilegal de minerales a costa de la seguridad y sobrevivencia de los pueblos originarios.

“Brasil va a cumplir lo que prometió, nosotros vamos a llegar a la deforestación cero en 2030. Pueden escribir eso y guardarlo para pedirme que les rinda cuentas en 2030”.

De acuerdo con Lula la preservación del pulmón del mundo es tan acuciante como frenar la guerra en Ucrania, para lo cual reiteró su propuesta de diálogo entre Kiev y Moscú, e impulsar un debate global sobre la desigualdad. “Espero contar con el apoyo del compañero Xi Jinping y Joe Biden” para dar fuerza a la discusión sobre la desigualdad, tema que va a presentar ante la Asamblea de la ONU en septiembre próximo en Nueva York y posiblemente en la cumbre de los BRICS a fines de este mes, en Joanesburgo, Africa del Sur.

Sur Global

Lula cerró el desayuno asumiendo el papel de reportero. Le preguntó a un corresponsal alemán por qué los grandes medios occidentales son en mayor o menor grado omisos frente a la prisión de Julian Assange. “Es una vergüenza que un periodista que denunció las tropelías de un Estado (Estados Unidos) contra otros, esté preso y condenado a morir en la cárcel”. No es la primera vez que toca el tema. Recientemente recordó que gracias a Wikileaks Brasil supo del espionaje de la NSA norteamericana contra la ex presidenta Dilma Rousseff y Petrobras.

El ex tornero mecánico trabaja para afirmarse como un portavoz de un sur global que pretende un rol mas protagonico a través del cuestionamiento de la prensa dominante,  tanto como el repudio al FMI por “hundir” a los países endeudados y la defensa del comercio internacional con monedas locales. Y el apoyo a la ampliación de los BRICS a través de la incorporación de Argentina. Pero también, como dijo el miércoles, con el ingreso de Arabia Saudita, propuesta que debe ser poco simpática para Washington.

En lo relativo a la conferencia amazónica del martes próximo , Lula anhela que tenga un carácter más global, para lo cual invitó a los gobiernos del Congo e Indonesia, los países con las mayores selvas tropicales de Africa y Asia.

En ese sentido dijo apostar a que la cumbre sea un “marco” histórico respecto de la reflexión y los planes de acción sobre la Amazonia, un programa elaborado por los gobiernos que representan a los habitantes de esa región de seis millones de kilómetros cuadrados en América del Sur. Y dejar de ser pensados por las metrópolis a las cuales ha responsabilizado como verdaderas causantes del desastre ambiental contemporáneo, en razón de las emisiones de gases contaminantes iniciadas con la revolución industrial.

Publicado en: AmericaLatina

Conjeturas sobre el arte de narrar. Italo Calvino, un escritor contra el apuro

06/08/2023 by Vitalio Deja un comentario

Por: Guillermo Saccomanno

Teniendo en cuenta que toda moda es museo, cada tanto, como antídoto releo El libro de los otros de Italo Calvino, su correspondencia con autores entre 1947 y 1981, un período tan largo como fecundo de editor en Einaudi. Al volver sobre este clásico los subrayados me sobrepasan, y como si fueran pocos, marco pasajes nuevos, especialmente los que se refieren a autores todavía crudos, que sólo quieren, más que ser leídos, ser rápidamente afamados y, en la mayoría de los casos, a las semanas, difamados. Pero quienes devienen celebrities pronto son olvido en “la rueda que mueve el mundo”, como cantan “Los espíritus”.

Calvino se toma su tiempo para leer originales y después, en menos de una carilla, explica el porqué de sus aprobaciones, y también el pedido de enmiendas, correcciones o directamente el rechazo del material que llegó a su escritorio. Más que como editor, actúa como crítico literario. Pero nunca en contra de los textos sino que, con sus observaciones, se pone del lado de autor. Calvino, realista en sus orígenes literarios, pegado a la narrativa de posguerra, fue apartándose del realismo y pasando a lo fantástico. Es cierto, nos falta acceder al material que él lee para coincidir o disentir con lo que elogia o rebate, pero siempre desmenuzándolo. Sin embargo, y no es por su sitial de escritor, las cartas de respuesta transmiten no sólo experiencia sino también una sabiduría conciente del significado de derrotas vividas. Es decir, la comprensión al haber pasado el trance del rechazo en que el otro se encuentra. “Yo sigo escribiendo cosas que me rechazan”, contesta en una carta. “Tengo cajones llenos de libros y justamente son los que más trabajo, me cuestan, años y años. Si las reacciones de los primeros lectores no son completamente favorables, no publico. ¿Por qué habría de publicar? Me haría un daño a mí mismo: es un sacrificio, me he esforzado y he esperado, pero sólo debe publicarse lo que uno está seguro de haber realizado, de haber alcanzado lo que quería alcanzar. Tengo dos gruesas novelas en el cajón: una escrita en el 47 al 49, la otra del 49 al 51. Ahora estoy escribiendo otra, también muy trabajosa. ¿Quién sabe si me saldrá bien?” Aquello que impresiona en Calvino, afiliado al PCI, es justamente el no juzgar el material desde la propia ideología y programa sino desde el mismo otro, actitud solidaria poco frecuente tanto en editores como en críticos.

En este tiempo florecen en todas partes – y no aludo sólo a estos pagos -, relatos de tinte autobiográfico, de anecdotario personal, que ingresan en la confesión pequeña y burguesa que ha dado en llamarse “literatura del yo”. A propósito, Calvino le escribe al responsable de una novela: “Autobiografiarse es la operación más difícil, ya nos propongamos la verdad absoluta según el arduo ejemplo de Rousseau, ya escribamos (como hace la mayoría) alguna forma de mistificación (que será siempre un modo de decir la verdad). Si quieres crear una sensación de conmoción, tiene que bastar con lo que sucede, con su incertidumbre. No hace falta sacar a relucir el ‘sentimiento de lo indefinido’”.

En sus cartas, Calvino, a la vez que sienta su posición, no para de dar consejos y recomendaciones que operan más que como un decálogo, como un “ars poetica”. Puede parecer reduccionista, pero en su sencillez hay una concepción de la literatura que es, para él, un “inventarse reglas y después seguirlas. En el lenguaje ocurre lo mismo”, le señala a otro autor. “Eres demasiado indisciplinado, crees que todo viene bien y caes continuamente en réplicas baratas de espíritu chabacano. La literatura se puede hacer con cualquier lenguaje, pero tienes que decidir cuál es tu elección. En el lenguaje que usamos al hablar hay filones diferentes: un escritor lo es cuando logra aislar un filón, una clave estilística y escribe todo en esa clave, o bien dos filones diferentes y quizá contrastados y los mezcla, o tres o más si sabe orquestarlos, pero de todos modos debe saber lo que hace, debe hacer una selección con esa papilla asquerosa que es el bla-bla-bla de la palabra humana. Una selección o una constricción que adquiera un sentido poético”.

Calvino habla con la autoridad que le confiere una concentración minuciosa y obsesiva y, en el prólogo a su legendario y fabuloso Las ciudades invisibles, escribe sobre la laboriosidad que exige la búsqueda de una perfección a la vez narrativa y lírica. La trama de su libro la componen los relatos de las ciudades imposibles que Marco Polo le cuenta a Kublai Kan, emperador de los tártaros, en un mundo que marcha hacia la destrucción y abre una discusión sobre la ciudad moderna, cada vez menos vivible. “El libro nació lentamente, con intervalos a veces largos, como poemas que fui escribiendo, según las más diversas inspiraciones. Cuando escribo procedo por series: tengo muchas carpetas donde meto las páginas escritas, según las ideas que se me pasan por la cabeza, o apuntes de cosas que quisiera escribir”. Las carpetas son innumerables, las hay sobre las estaciones y los sentidos. Calvino lleva consigo a todas partes sus apuntes. “Pero todas estas páginas no constituían todavía un libro: un libro, creo yo, es algo con un principio y un fin, aunque no sea una novela en sentido estricto. Es un espacio donde el lector ha de entrar, dar vueltas, quizás perderse, pero encontrando en cierto momento una salida, o tal vez varias salidas, la posibilidad de dar con un camino para salir. Algunos de ustedes me dirán que esta definición puede servir para una novela con una trama, pero para un libro como éste, que debe leerse como se len los libros de poemas o de ensayos o, como mucho, de cuentos”.

Aunque parezca soberbio, sentar jurisprudencia y arengar en la nada, Calvino es conciente de un peligro de su oficio de editor: “Trabajando en una editorial se le vuelve a uno el corazón de piedra”, anota. “Todos los días recibo cartas de autores que solicitan la publicación de sus obras. Uno termina por no sentir nada, por asumir una máscara de cinismo. Sólo es una máscara, ruego que me crean: yo también soy autor y comprendo lo dolorosa que es la espera”.

A la vez, sobre la fama autoral, piensa como Borges, que esperaba ser recordado con una línea en una enciclopedia futura. Con respecto a aquellos que aspiran con su cosa autobiográfica la popularidad mediática a cualquier precio. Calvino reniega también de las presentaciones de libros y su algarabía fugaz: “La obra lograda puede permitirse borrar al autor. Y el currículum servirá para explicar la obra, no a la inversa. El currículum de Dante sirve para explicar la Divina Comedia, no lo contrario. Shakespeare es sólo sus obras, él si que dio el gran golpe: desaparecer, volatilizarse y dejar en su lugar un “in-folio” desnudo”. Lo que Calvino, tanto lector como autor, solicita a sus pares es un ejercicio arduo de la paciencia que no consiste en otra cosa que frenar el apuro, la ansiedad. A propósito, conviene tener en cuenta también a Borges citando a Coleridge: “La creación de una flor es un trabajo de siglos”. Pero quién, vale preguntarse, en este tiempo donde la instaneidad y la velocidad borran la obra misma, está en condiciones de esta actitud ante el oficio de escribir

Publicado en: Cultural

¿Hacia una nueva coyuntura en España?

06/08/2023 by Vitalio Deja un comentario

Por: Vicente Rubio-Pueyo

Las elecciones en España no han producido la esperada victoria aplastante de la derecha, y ofrecen a los socialistas otra oportunidad de gobernar. La izquierda debe recuperar la audacia si no quiere ser un mero instrumento subalterno de un nuevo gobierno PSOE.

Las elecciones del domingo 23 de julio en España venían marcadas por poderosos factores. Sobre todo, la creciente presencia de una ola reaccionaria, palpable en muchos contextos y a muchos niveles en la sociedad española y, crucialmente, sobre todo en los medios de comunicación, en su inmensa mayoría en manos de poderosos grupos mediáticos (Atresmedia, Mediaset). Esto sin duda ha permeado socialmente, en una agotadora sucesión de «guerras culturales», de creciente indiferencia, impaciencia o incluso rechazo al feminismo, a los derechos de las personas trans, hasta llegar a la proliferación de discursos de odio, el crecimiento de agresiones a personas racializadas y LGTBQ+. En los últimos años, el discurso público ha pasado de simpatizar con un emergente nuevo sentido común feminista y de ampliación de derechos a una reactividad constante frente a lo que se construye caricaturescamente como políticas de identidad posmodernas, «izquierda woke» y un sinfín de fantasmagorías y hombres de paja.

El ejemplo de la vivienda es significativo: en unos años, en el debate público se ha pasado de visibilizar las protestas contra los desahucios y solidarizarse con las personas afectadas  a construir una omnipresente figura del okupa, generando todo tipo de pánicos morales en torno a la propiedad inmobiliaria y dando espacio a supuestas empresas especializadas en su protección como Desokupa, en realidad un grupúsculo de matones neonazis practicante de una suerte de escuadrismo fascista adaptado al contexto presente. A este contexto social se sumaba la dimensión europea, en donde el ejemplo del ascenso al poder de Giorgia Meloni y sus Fratelli D’Italia parecía indicar un próximo y posible futuro para España.

Todo este clima social y mediático encontró su culmen en las elecciones municipales y autonómicas del 28 de mayo. que supusieron un absoluto desastre para el PSOE de Pedro Sánchez y para todo el espacio político de la izquierda representado estatalmente por la coalición Unidas Podemos. Aquellos comicios del 28 de mayo otorgaron una aplastante victoria al PP y un notable crecimiento en la presencia institucional a VOX en numerosas ciudades y comunidades autónomas. Era la confirmación electoral de la ola reaccionaria.

Al día siguiente de aquellas elecciones, apenas unas horas después de cerrarse los resultados, Sánchez anunciaba el adelanto al 23 de julio de las elecciones generales previstas para finales de año. Como en otras ocasiones, el estupor y la incredulidad iniciales ante la medida daban paso lentamente a la comprensión de la calibrada jugada de Sánchez. En una situación crítica, y en un contexto en el que las municipales y autonómicas se habían jugado en clave plebiscitaria de la propia figura de Sánchez, éste doblaba la apuesta. Esta arriesgada jugada contenía varios elementos. Primero, permitía a Sánchez y su gobierno ahorrarse meses de desgaste y asedio: mejor jugársela ahora, de una vez por todas, en vez de esperar a meses de lenta decadencia. Segundo, cortaba en seco la narrativa triunfal del PP, cambiando rápidamente el marco, y obligando a los conservadores a retratarse en sus pactos con VOX para configurar los gobiernos municipales y autonómicos en unas negociaciones que sin duda iban a tener lugar en medio de la campaña. Tercero, mientras la izquierda estaba sumida en una compleja transición de su configuración como Unidas Podemos a la nueva estructura de coalición de Sumar liderada por la ministra de Trabajo Yolanda Díaz, la forzaba a resolver sus dudas y tensiones en un contexto de prisas y debilidad.

Era una apuesta arriesgada. Pero después de una intensa campaña, plagada de desarrollos inesperados, esta jugada de Sánchez se ha revelado acertada y ha dado lugar a unos resultados totalmente inesperados. El PP, con 137 diputados, ciertamente ha ganado, pero el hundimiento paralelo de VOX (pierde 19 escaños hasta quedarse en 33) impidió que el bloque de la derecha pueda lograr la esperada mayoría parlamentaria. El PSOE, sin embargo, experimentó lo que en otras ocasiones se ha denominado como una «derrota dulce», aguantando en los 121 (ganando 1 escaño). Sumar, por su parte, logró 31, básicamente manteniendo los resultados anteriores de Unidas Podemos, con una ligera pérdida en un contexto que tendía a reforzar la idea de «voto útil» al PSOE entre los votantes de izquierdas.

A lo largo de la última y convulsa década, el sistema político español ha pasado de una estructura fundamentalmente bipartidista, con PSOE y PP como referencias del eje izquierda-derecha, a un sistema cuatripartito  (con Podemos a la izquierda y Ciudadanos en la centroderecha), después pentapartito (con la aparición de VOX en la extrema derecha), y finalmente cuatripartito de nuevo (con la desaparición de Ciudadanos). Pero sobre todo, más que el número de partidos de referencia estatal, lo que caracteriza el momento político es el paso del bipartidismo al llamado bibloquismo. Como en tantos otros lugares (EEUU, Italia, Brasil, etc.) la pugna política ha adquirido la forma de dos bloques, formados cada uno por elementos diversos, pero compactados por un carácter mutuamente antagónico.

Solo las próximas semanas resolverán lo que pueda ocurrir. Pero de momento estos resultados solo parecen ofrecer las siguientes salidas. El bloque de la derecha cuenta ciertamente con dos de los grandes partidos, pero dada la estrategia confrontacional de la derecha española a lo largo de los últimos años, este bloque es incapaz de concitar ningún apoyo más en un parlamento muy fragmentado (en cierto modo, reflejo de la diversidad y pluralidad de la sociedad española). La única opción de gobierno viable queda pues en el bloque de la izquierda, reeditando con ligeros cambios la mayoría parlamentaria con la que se formó el gobierno de coalición progresista PSOE-Unidas Podemos en 2019. Es decir, esa mayoría que la derecha llamó en su momento «gobierno Frankenstein». Así, se podría formar un gobierno PSOE-Sumar con apoyo en la investidura de fuerzas como Esquerra Republicana de Catalunya (centroizquierda independentista catalán), Bildu (la izquierda abertzale vasca), Partido Nacionalista Vasco (centroderecha) y Bloque Nacionalista Galego (izquierda nacionalista gallega). De una forma u otra, todas esas fuerzas han manifestado su voluntad de apoyar tal investidura. El mayor factor de incertidumbre recaería en los 7 diputados de Junts, el partido de la derecha nacionalista catalana del expresidente catalán Carles Puigdemont, a día de hoy residente en Bruselas para evitar su detención por orden de la justicia española tras la celebración del referéndum de independencia en octubre de 2017. Su apoyo se decidiría presumiblemente en relación a esta situación legal y a otras contrapartidas políticas (¿otro posible referéndum?) o económicas. En el caso de no funcionar la opción de un nuevo gobierno progresista, iríamos seguramente a unas nuevas elecciones para finales de año, como ya ocurriera en 2019.

Este es el mapa que queda tras los resultados, y lo que determinará los movimientos de las próximas semanas y meses. Pero a partir de aquí, podemos intentar extraer algunas otras conclusiones.

La política frente a la demoscopia

Un rasgo, entre otros muchos, del cambio del clima político en España en los últimos años es que hemos pasado de hablar de movimientos y demandas populares, de articulación de demandas, de la complejidad de la tensión entre calle e instituciones, a asistir al entronamiento de dos figuras: el sociólogo especialista en demoscopia y el experto en comunicación política. Parte de la pugna política parece dirimirse no solo en las siglas de los partidos o en los nombres propios de los candidatos, sino de otros como José Félix Tezanos (director del Centro de Investigaciones Sociológicas), Narciso Michavila (la consultora GAD3), Iván Redondo (exasesor de Sánchez) o Miguel Ángel Rodríguez (el «cerebro en la sombra» de la comunicación del PP) son sujetos activos de una proxy war de estadísticas, encuestas, términos y mensajes en un combate espectacular a la que los ciudadanos asistimos como espectadores pasivos.

Una primera conclusión de estas elecciones es que, a pesar de la aparente omnipotencia de la demoscopia en el presente análisis político, de su asignado carácter de oráculo sagrado en la confusión política presente, la política y la democracia son algo mucho más complejo, y mucho más importante que lo que pueda ser reducible a cifras. La política, como sabemos, es siempre un juego que se decide entre fortuna y virtud, determinación y contingencia, estructura y agencia. O, como recordaba Jorge Lago días antes de las elecciones, el juego entre lo esperado, lo esperable y lo inesperado. Es algo que Sánchez, resistente consumado, sabe muy bien, y sabía cuando convocó las elecciones. Por debajo de los resultados de mayo latían algunas realidades que medios y grandes encuestadoras borraron del relato demoscópico oficial. Primero, que en realidad el triunfo de la derecha estuvo catapultado fundamentalmente por la absorción de PP y VOX de todo el espacio de lo que fue hasta ahora Ciudadanos. Segundo, que el PSOE, en términos relativos, no había perdido muchos votos. Si bien el mapa por autonomías quedaba inundado del azul popular, la observación del voto municipal en todo el país daba un resultado mucho más equilibrado. Tercero, que en realidad buena parte del desastre se debió sobre todo a la incomparecencia del voto de izquierdas, desanimado entre las tensiones internas, las divisiones, y la existencia de diversas candidaturas en muchos lugares (el caso de Huesca, con cuatro candidaturas de izquierdas, que juntas reunían cerca de un 20% de voto, pero que separadas no lograron llegar ninguna al 6%, se convirtió en paradigmático).

Se ha enfatizado, y con justicia, la jugada de Sánchez. Análisis como los de Eoghan Gilmartin en The Guardian el de Sebastian Faber y Becker Seguín en The Nation han enfatizado el carácter ejemplar que esta decisión de Sánchez puede proveer a una socialdemocracia europea en retirada ante el auge posfascista. Pero esa victoria de la política frente a la demoscopia no se debe únicamente a la genialidad de un astuto líder político. También a lo que estos resultados revelan de la correlación de fuerzas mediáticas en el país. Estos resultados no suponen solo una victoria de Sánchez, sino de todo un pueblo de izquierdas («el pueblo de la coalición», en la denominación de analistas como Daniel V. Guisado) que, exhausto y harto, simplemente ha pinchado una infladísima burbuja discursiva alentada desde hace meses desde poderes mediáticos, políticos y económicos. Desde antes de las municipales y autonómicas se había instalado con fuerza el relato de una inexorable victoria de la derecha. Un fatalismo construido, manufacturado a partir de resentimiento, cinismo, indiferencia, desilusión, hartazgo, tedio, incertidumbre y todo tipo de pasiones tristes que encendían a amplios sectores del electorado de derechas y deprimían a muchos votantes de izquierdas.

Lo que estas elecciones han demostrado es que a ese fatalismo se le podía oponer otro, de signo positivo y movilizador: la certeza de que, por más poder y capacidad de influencia que la derecha pueda tener, su proyecto de una España monológica, cerrada en sí misma —lo que el activista Guillermo Zapata llama en su libro Perfil bajo (Lengua de Trapo, 2019) “el país estrecho”—, es territorial, política, social y parlamentariamente irrealizable. Un país real, diverso, complejo, múltiple, plural, ha dado un golpe en la mesa para rechazar la caricatura discursiva y demoscópica a la que se le estaba reduciendo.

La derecha demediada

Estos resultados han sumido a las derechas españolas en el estupor, principalmente al PP. Feijóo, como un caballero que todavía no se hubiera dado cuenta de que está herido de muerte, intenta ganar tiempo prolongando la ficción de su candidatura al gobierno, buscando la abstención del PSOE apelando a su sentido de Estado. Algo paradójico si durante años se ha demonizado al gran interlocutor de Estado reduciéndolo a una pandilla de oportunistas y amigos de terroristas y otros «enemigos de España» y cuando el único programa electoral claro del PP ha sido literalmente «derogar el sanchismo».

La campaña de Feijóo pasará a la historia como una de las más desastrosas que se recuerden. Con todas las encuestas, los programas de televisión privada, la prensa y medios de comunicación (fundamentalmente madrileños) a favor, bastó una corrección de Silvia Intxaurrondo, periodista de la televisión pública, acerca de unos datos sobre las pensiones para comenzar la desfiguración del candidato y expresidente autonómico gallego como un señor de provincias tranquilo, moderado y convencional. Después de ello, Feijóo se lanzó de lleno a una estrategia trumpista de deslegitimación del sistema de voto por correo. Finalmente, su inexplicable incapacidad para explicar sus fotos de veraneo con el narcotraficante Marcial Dorado en los años 1990, cuando las costas gallegas eran la puerta de entrada europea a la cocaína, y las drogas arrasaban con una generación de jóvenes, terminó por hundirlo. En la noche de las elecciones, al salir al balcón a saludar a sus simpatizantes, todavía llegó a pronunciar un discurso donde volvió a abundar en los tropos trumpistas de la conspiración, aludiendo a Correos, a las dificultades para votar, en una suerte de patética piromanía resentida. Mientras tanto, desde la calle Génova se coreaba el nombre de la presidenta de la Comunidad de Madrid, Isabel Díaz Ayuso, presente también en el balcón. Ayuso es la figura más dinámica —y extrema— del actual PP, adorada por sus bases madrileñas y llamada hace tiempo a dar el salto a la política nacional. Cuando las miradas de Feijóo y Ayuso se cruzaron, fue como si la medusa mitológica se hubiera presentado en Génova 13 para reducir a piedra al malhadado candidato.

Pero más allá del individuo Feijóo, lo que queda patente es el fracaso de una estrategia del PP, consistente en hacer un equilibrio imposible entre pedir el voto para poder ignorar a VOX y al mismo tiempo hacer continuos guiños a sus votantes y apoyarse en esta fuerza para conformar gobiernos. Una actitud doble que desdibuja al PP y seguramente confunde a muchos de sus votantes. Al final, buena parte del atractivo del PP para sectores de su electorado, sobre todo mayor, e incluso sectores antiguamente votantes del PSOE, reside en una fuerza inercial, el deseo de reconstituir un turnismo bipartidista, un retorno a  la normalidad perdida luego de la crisis de 2008. Como tantos deseos, aunque ficticio es operativo y efectivo políticamente.

El descenso de VOX puede parecer una sorpresa. Sin embargo, como hemos indicado, los resultados de mayo no supusieron en realidad un crecimiento exponencial de las derechas. Se habla ahora de que VOX está acabado. Sin embargo, más que por resultados electorales, cabe aventurar que VOX terminará cuando haya terminado de cumplir su función. VOX nunca ha sido un partido al uso, sino más bien un vehículo de reconfiguración y radicalización del campo de la derecha, y un instrumento de presión de sectores de los aparatos de Estado (judicial, policial, militar). Pero por el camino, sin duda, ha logrado construir una base social significativa, con una capilaridad mediática. Y ahora estará presente en muchos municipios y comunidades autónomas. VOX va a llevar sin duda la lógica de la guerra cultural a los territorios, y para combatirla será precisa una estrategia comunicativa, pero también territorial y arraigada socialmente.

¿Qué futuro para la izquierda?

Hay un debate en ciernes sobre la interpretación de los resultados de Sumar y su comparación con los de Unidas Podemos en 2019. Sin embargo, lo peor que podría hacer la izquierda ahora mismo es sumirse de nuevo en la autorreferencialidad y en el reproche mutuo. Sumar tiene límites, pero cabe preguntarse si algunos de ellos son consecuencia del momento, más que de una orientación deliberada. Estamos lejos de 2014 y 2015, cuando a cada lanzamiento de un proyecto político le sucedía una dinámica de eufórico desborde. Los tiempos acelerados han obligado a una fusión fría, como dice Pablo Elorduy, y sin duda con grandes tensiones, como la provocada por la ausencia de la ministra de Igualdad Irene Montero.

Sumar surge con los objetivos explícitos de generar un espacio de reconstrucción de la izquierda, desarrollar un programa político propio e intentar evitar quedar encerrado en la esquina izquierda del tablero. Para lograr estos objetivos, en un contexto de repliegue ideológico, cultural y político, la forma de operar de Sumar puede ser vista como insuficientemente innovadora, poco atrevida organizativamente, dependiente de una lógica de notables, y contrastante con la radicalidad discursiva de Unidas Podemos. Pero por el camino, de manera pragmática, Sumar ha dado pasos importantes. Generó una coalición amplia en la izquierda española, articulando 15 fuerzas de trayectorias, tradiciones y territorios diferentes. Y consiguió unos resultados no despreciables, desde los cuales posiblemente se proponga trabajar dentro de un nuevo un gobierno de coalición con el PSOE.

Los desafíos actuales de la izquierda española consisten en generar una cultura política propia y común a las fuerzas que componen el espacio. Una cultura política que, para no repetir errores del pasado, pueda integrar de forma eficaz, honesta y constante la participación ciudadana. Una organización que, desde su diversidad, sea capaz de construir presencia territorial y la refleje en una estructura de balances y contrapesos constitucionales propios. Solo así puede reflejarse organizativamente el carácter verdaderamente plurinacional del país, y hacerlo de una manera organizativamente saludable. También una organización que estimule lógicas de cooperación en su interior y sea porosa a su entorno social y cultural. No son ideas nuevas. Pero muchos de esos elementos parecen haber quedado por el camino estos últimos años de luchas entre cuadros y aparatos, dependencia de liderazgos carismáticos y discursividad poco enraizada. Hay que hablar de los espacios y futuros por construir. Y, como pedía hace unos días Noelia Adánez, hacerlo con ambición y sin complejos,

Sánchez, el mediador

Estas han sido también las elecciones de Sánchez y el «sanchismo». De un tiempo a esta parte, las derechas se han enfocado —y él no ha dudado en colaborar con ello— en la figura individual de Sánchez y en la construcción del «sanchismo» como supuesta materialización de un proyecto cínico, oportunista y destructivo para España. Más allá de los énfasis moralistas del lenguaje de campaña constante de las derechas, la idea del «sanchismo» encierra un núcleo de verdad. La derecha trata de mostrar a Sánchez como figura ajena a la verdadera tradición del PSOE, para así atraer a su electorado más centrista y generacionalmente más avejentado. El socialismo es una cosa y el sanchismo otra. A la vez, se trata de mostrar a Sánchez como una figura solitaria, poco querida en su propio partido, y que podría ser depuesta en cualquier momento. De ahí las continuas invocaciones a la figura de Felipe González y a posibles rebeliones internas por parte de figuras históricas del PSOE, razonables hombres de Estado escandalizados ante la «deriva» de Sánchez. Como escribía hace unas semanas Pablo Batalla, esas tácticas revelan un deseo de generar una historia revisionista del propio PSOE. Una reconstrucción histórica que otro expresidente, Zapatero, ha desmentido por la vía de los actos con su activa presencia como ariete de la campaña del PSOE.

Esa caricatura de Sánchez como cínico aventurero solitario tiene una parte de verdad. Al fin y al cabo, Sánchez ya fue defenestrado una vez por su propio partido. Pero quizás su verdad no es exactamente la misma que esperan los críticos de Sánchez. Hay varias figuras conceptuales con las que comprender el fenómeno Sánchez. Una es la del transformista, según el término de Gramsci, un líder oportunista capaz de adaptarse a los cambiantes contextos de una crisis orgánica. Sánchez no es, lo sabemos, ningún convencido izquierdista. Pero sí es un líder que ha sabido entender, al contrario que toda la vieja guardia del PSOE y la prensa madrileña, que la única vía de supervivencia del PSOE estaba en la adaptación-cooptación de las demandas renovadoras que Podemos representaba, y de la asunción pragmática de la realidad plural de España. Más que querer hundirlo, muchos viejos socialistas deberían estarle agradecidos por haber evitado que el PSOE terminara como el PASOK griego o el PSF francés.

La otra figura que puede ayudarnos a entender a Sánchez puede ser la del mediador evanescente, esto es, la figura psicoanalítica que media en un proceso de transición entre dos ideas, dos situaciones o configuraciones, originalmente psíquicas o subjetivas, pero el concepto se aplica también a órdenes políticos o periodos históricos. Estos días resulta difícil pensar que el omnipresente y ahora mismo triunfal Sánchez pueda evanecerse alguna vez. Pero quizás esta figura nos ayude a entender algo de su presencia, y a evaluar la actual situación en una posible perspectiva histórica.

Como explicaba Stuart Hall, la historia de las formaciones sociales se mueve a través de la sucesión de diferentes coyunturas. Los periodos históricos se abren en determinadas crisis coyunturales, que terminan por dar lugar a nuevos acuerdos (settlements). Desde 2008, España atraviesa, como tantos otros países, una crisis de identidad, motivada y materializada en crisis económicas, sociales, políticas, institucionales, culturales, y de todo tipo. Esa crisis acabó con los consensos (el settlement) que habían estructurado el sentido de la democracia española desde la transición. Desde entonces, se abrió un largo interregno que sigue abierto. En un primer momento, a partir de 2011 con el 15M y en 2014-15 con Podemos y los municipalismos, aparecieron las alternativas para generar una nueva cultura política desde claves transformadoras y progresistas. Tras su bloqueo, y tras la crisis generada por el referéndum de independencia catalán, se abrió paso la otra alternativa, la de un cierre de Estado reaccionario, protagonizado por VOX, y que reconfiguró todo el debate hacia la derecha. En 2019 la precaria formación del gobierno PSOE-UP dio lugar a un paréntesis temporal, que por su propia provisionalidad y por los efectos de la pandemia no pudo dar lugar a un nuevo orden estable. Ahora, en 2023, Sánchez continúa, por el momento, siendo el eventual mediador entre el viejo orden que se muere y un nuevo orden por construir.

Estas elecciones pueden suponer, de momento, la prolongación de ese paréntesis, en un largo interregno que continúe sin cerrarse. No hay nunca una solución definitiva en la historia, sino la construcción de nuevos acuerdos históricos, siempre provisionales. Lo que una y otra vez nos muestran los resultados electorales (2019, 2023) es que existe un país real, diverso, múltiple, plural. Un país que no cabe en el molde estrecho que las derechas proponen. Un país de países que espera a una nueva configuración histórica. El carácter de esa nueva configuración dependerá de lo que la izquierda pueda o sepa ser en relación al posible mediador evanescente. O bien una izquierda acomplejada, autorreferencial, ya sea discursivamente agresiva desde una impotencia residual o subalterna e instrumentalizada, o una izquierda asertiva, ambiciosa, amplia y fuerte que se atreva a usar esa mediación en lugar de ser usada por ella.

VICENTE RUBIO-PUEYO

Profesor en el departamento de Lenguas Modernas de Fordham University (Nueva York) y miembro del Instituto de Estudios Culturales y Cambio Social y de Minim Municipalist Observatory. Tuitea en @vrupu.

Publicado en: En España Podemos

Comunismo es libertad

06/08/2023 by Vitalio Deja un comentario

Por: Sören Mau

Traducción: Raultrtr

 

Las ideas sobre una sociedad futura no nos llevarán por sí solas a un futuro mejor, pero las ideas pueden funcionar como puntos de orientación para la lucha colectiva. ¿Cómo debería ser el comunismo por el que luchamos?

Pocos siguen defendiendo el capitalismo. La mayoría ha reconocido su absurdo, y las críticas al sistema existente suelen dirigirse a los ya convencidos, porque el conflicto ideológico ya no es entre quienes defienden el capitalismo y quienes lo rechazan, sino entre la esperanza y la resignación. Como anticapitalistas, nuestra tarea hoy quizá no sea tanto convencer a los demás de que el capitalismo es destructivo, sino más bien reforzar la creencia en la posibilidad real de organizar nuestra vida compartida de una forma totalmente diferente y mejor.

Contrariamente a lo que muchos intelectuales creen por vanidad, el fortalecimiento de esa idea no es generalmente una cuestión de tener las ideas, los argumentos y los análisis correctos. Es más bien el resultado de tener experiencias concretas de poder actuar y hacer cambios junto con otras personas. Si millones de personas en las primeras décadas del siglo XX consideraban que el socialismo era una posibilidad real a su alcance, no era porque los intelectuales socialistas hubieran conseguido por fin afinar suficientemente sus argumentos, sino porque el movimiento obrero en su apogeo había creado organizaciones políticas capaces de dar a la gente una experiencia perceptible de lograr mejoras concretas en su calidad de vida mediante la acción colectiva. Las utopías cautivadoras no importan si no van acompañadas de una confianza en la capacidad de la acción colectiva para cambiar el curso de la historia, y esa confianza no puede conjurarse con buenos argumentos: las comunidades políticas son la base inevitable de las ideas sobre otra sociedad mejor.

Eso no significa, sin embargo, que las ideas no importen. Las ideas sobre una buena sociedad nunca pueden crear por sí mismas cambios históricos, pero eso no impide que sean parte de ese proceso. En las circunstancias políticas e históricas adecuadas, las ideas pueden funcionar como puntos de orientación, que pueden ayudarnos a tomar decisiones sobre cómo actuar. Por eso tiene sentido debatir sobre cómo podría ser una sociedad libre. Y eso es algo que los anticapitalistas han descuidado durante demasiado tiempo.

Afortunadamente, hay indicios de que las cosas están cambiando. Cada vez hay más gente que piensa en cómo podría ser una sociedad poscapitalista, y proliferan los debates sobre el “comunismo y decrecimiento”, el “socialismo de media Tierra”, el “comunismo de lujo totalmente automatisado”, la “posescasez”, el “comunismo de rescate” y la “comuna mundial”. El año pasado, M.E. O Brien y Eman Abdelhadi publicaron una visión de una Nueva York comunista, Everything for Everyone: An Oral History of the New York Commune, 2052-2072, y autores como Aaron Benanav, Jasper Bernes y Cordelia Belton están escribiendo actualmente libros sobre el comunismo que esperemos se publiquen pronto y que seguramente constituirán importantes contribuciones a los debates contemporáneos sobre las estructuras económicas y políticas de nuestro futuro comunista.

El comunismo es democracia

En el capitalismo, las actividades económicas de una sociedad se organizan según un único principio: el beneficio. La mayoría de las decisiones sobre qué y cuánto producir, quién debe producirlo, dónde y cómo debe producirse, y quién debe recibir los resultados de la producción se dejan en manos de actores privados que buscan el beneficio. El comunismo no consiste en sustituir este principio por otro principio económico, sino en permitir la toma democrática de decisiones sobre cómo deben organizarse nuestras actividades y recursos compartidos.

Los seres humanos son seres sociales en la medida en que viven en grupos y dependen unos de otros para su supervivencia, y son seres naturales en la medida en que dependen de un ecosistema que no pertenece a nadie y, por tanto, es de todos. El acceso de un individuo a sus propias condiciones materiales de existencia está siempre mediado por las relaciones sociales, que es otra forma de decir que es siempre una cuestión política, y por esta razón, la libertad nunca puede consistir simplemente en la ausencia del poder de la comunidad sobre el individuo, sino que debe consistir también en la posibilidad por parte de los individuos de participar en los procesos políticos que configuran sus relaciones con sus condiciones de existencia. Dicho de otro modo, los seres humanos son por naturaleza animales políticos, cuya libertad sólo puede realizarse y mantenerse mediante la autodeterminación colectiva, o lo que llamamos democracia. El comunismo es la aspiración a tomarse este ideal democrático lo más en serio posible y es, como tal, una visión de la libertad. La democracia debe, en palabras de Ellen Meiksins Wood, «reconcebirse no simplemente como una categoría política, sino como una categoría económica, [… esto es] como un regulador económico, el mecanismo impulsor de la economía».

No es un estilo de vida

El comunismo no implica una idea particular de la buena vida. El comunismo no es un estilo de vida o una fantasía sobre hacer de cada faceta de la vida de un individuo el objeto de la toma de decisiones políticas; no es un culto romántico a la comunidad o un sueño de comunas y comidas compartidas y cultura hazlo-tú-mismo. El comunismo es el esfuerzo por establecer instituciones que puedan garantizar el mayor grado posible de libertad individual y control democrático sobre aquellos aspectos de la vida humana que son, necesariamente, compartidos por los miembros de una sociedad. El comunismo es tanto para introvertidos y ermitaños como para colectivistas entusiastas.

El comunismo se basa en el reconocimiento de que hay aspectos de nuestra vida que son ontológicamente colectivos y que, por tanto, no pueden dejarse en manos de los individuos. El mejor ejemplo es la tierra: originalmente no pertenece a nadie y, por tanto, es de todos, razón por la cual las decisiones sobre qué hacer con ella tienen que ser decisiones democráticas. La comunización de nuestras condiciones compartidas de existencia no se basa en una reivindicación moral sobre lo común o lo colectivo como algo más fino o mejor o más elevado que lo individual, sino en la simple idea de que la reproducción de la especie humana es inherentemente social, y que la democratización total de los aspectos compartidos de esta reproducción es la única consecuencia razonable de ese hecho. Sin embargo, todos los aspectos de la vida de los que se pueda ocuparse individualmente seguirán siendo, por regla general, cuestiones individuales.

La condición fundamental del comunismo es que las condiciones básicas de la vida de la sociedad se pongan bajo control democrático. Se aboliría el Estado, se disolverían todas las empresas privadas y se expropiarían todos los medios de producción de propiedad privada -tierras, edificios, máquinas, etc.-, así como la riqueza de la clase dominante. Al mismo tiempo, habría que construir nuevas instituciones, que no sólo asumirían muchas de las funciones que hoy solemos asociar con el Estado, sino que también gestionarían y supervisarían la economía.

Se trata, pues, de una ampliación total y completa de la democracia. En lugar de dejar las decisiones económicas en manos de las fuerzas del mercado, seríamos nosotros quienes decidiríamos qué es lo que nosotros queremos.

La Comuna

Llamemos comuna a la unidad básica de la estructura institucional del comunismo. Todo el mundo tendría que elegir una comuna de origen, pero todo el mundo podría vivir en la comuna que eligiera. Las comunas variarían en tamaño, dependiendo de su prehistoria revolucionaria, así como de su contexto geográfico, cultural e histórico particular. Algunas comunas estarían fuertemente urbanizadas y contarían con millones de habitantes -llamémosles comuneros–, mientras que las comunas situadas en zonas escasamente pobladas o en islas desoladas podrían tener muy pocos habitantes, al menos al principio. El comunismo disminuirá gradualmente la división entre la ciudad y el campo, pero para empezar será necesario construir el comunismo en un mundo moldeado por siglos de intensa urbanización capitalista, lo que significa que zonas muy urbanizadas como Tokio o Shanghai tendrían que transformarse en varias grandes comunas urbanas.

Idealmente, cada comuna controlaría todo lo necesario para cubrir las necesidades de sus comuneros, desde la tierra, el agua, la energía y otros recursos naturales hasta la fuerza de trabajo, la tecnología, la investigación y la educación. En general, las decisiones deberían ser tomadas por los afectados, o lo más cerca posible de ellos, para garantizar un alto grado de autonomía y minimizar el riesgo de centralización antidemocrática del poder.

En la práctica, éste es un ideal imposible de realizar, en parte porque una de las condiciones básicas de todas las comunas es una biosfera estable, y eso sólo puede garantizarse mediante algún tipo de regulación global del uso de nuestros recursos naturales comunes. Además, la cooperación entre comunas tendría ventajas evidentes. Dos municipios vecinos podrían, por ejemplo, decidir poner en común sus recursos en materia de infraestructuras o educación. Tales acuerdos entre municipios darían lugar probablemente a algún tipo de estructura piramidal formada por instituciones políticas con poder de decisión, así como foros de coordinación, intercambio de conocimientos y ayuda recíproca.

Bajo el comunismo, los referendos serían más comunes, pero no todas las decisiones podrían tomarse de esta manera, por lo que también sería necesario que hubiera asambleas representativas, cuyos escaños podrían llenarse mediante una combinación de elecciones y sorteos, lo que contrarrestaría la formación de una élite política y la profesionalización mercantil de la política.

Quizá la tarea más importante de la comuna sería aprobar y ejecutar los planes económicos que sustituirían a los mecanismos de mercado. Podría ser algo así: todos los municipios e instalaciones de producción informarían periódicamente de sus necesidades y deseos y, basándose en los datos disponibles públicamente sobre estas necesidades y deseos, así como sobre los recursos disponibles y la capacidad de producción, las diferentes organizaciones políticas propondrían borradores de planes económicos que esbozaran los objetivos de producción para un periodo de dos años. Este proceso se repetiría varias veces junto con reuniones y audiencias públicas y diversas formas de debates públicos para garantizar un nivel máximo de participación democrática. Finalmente, se aprobaría un plan definitivo mediante referéndum. Las decisiones sobre los detalles exactos de la implementación serían tomadas por asambleas representativas en colaboración con las unidades de producción.

El sector público

En el comunismo, la economía se dividiría en dos sectores. Aaron Benanay se inspira en Marx y los llama el reino de la necesidad y el reino de la libertad. También podríamos llamarlos sector público y sector privado. En el sector público -o el reino de la necesidad- «repartiríamos», como dice Benanav, «las labores necesarias para nuestra reproducción colectiva, dividiendo las responsabilidades y teniendo en cuenta al mismo tiempo las capacidades y tendencias individuales». Esto incluiría, entre otras cosas, la agricultura, la sanidad, la vivienda, la educación, la investigación, el cuidado de niños y ancianos, el transporte público, las infraestructuras, los medios de comunicación, los bienes de consumo y lo que hoy llamamos bienes de capital.

Los planes bienales descritos anteriormente pueden considerarse como una lista de todo lo que debe producir el sector público, que a su vez puede convertirse en una determinada cantidad de horas de trabajo necesarias para alcanzar estos objetivos. Idealmente, estas horas se distribuirían equitativamente entre todos los comuneros adultos aptos para el trabajo, y las tareas específicas se asignarían en función de las capacidades y necesidades de cada individuo. Así, por ejemplo, se podría exigir a todos que trabajasen veinte horas a la semana.

Bajo el capitalismo, una parte significativa del trabajo más necesario para el mantenimiento de la vida se hace invisible o se privatiza como trabajo doméstico no remunerado. La separación capitalista del trabajo remunerado y no remunerado, de la producción y la reproducción, que es una fuente importante de opresión de género, desaparecería en el comunismo, donde el trabajo reproductivo contaría como parte de la carga de trabajo compartida de la comuna.

Para asegurarse de que las necesidades de la comuna coinciden con las necesidades y capacidades de los comuneros, podrían utilizarse diversos incentivos: una tarea particularmente impopular podría, por ejemplo, contar el doble de horas o conllevar privilegios especiales, como el acceso a una vivienda más atractiva o a condiciones de trabajo más atractivas. Las tareas más populares podrían asignarse por sorteo o agruparse con las impopulares. Se podría utilizar una estrategia similar para garantizar que el sistema educativo de la comuna esté preparado para satisfacer las necesidades previstas de la comuna y evitar así la escasez de mano de obra especializada. De este modo, sería posible crear una división del trabajo en la que la mayoría de las tareas fueran igualmente atractivas y en la que determinados grupos de personas no se vieran obligadas a asumir las peores tareas, como ocurre actualmente en el capitalismo.

Todo lo producido en el sector público se distribuiría sin utilizar dinero. La vivienda, la sanidad, la medicina, la educación, las guarderías, el transporte público y las comidas en los comedores públicos serían gratuitos y estarían a disposición de todos, sin control. La vivienda se asignaría mediante sorteo y listas de espera. La idea básica que subyace a las bibliotecas públicas podría extenderse a cosas como herramientas, bicicletas, instrumentos musicales, arte y ropa, como ha sugerido recientemente el político danés Pelle Gragsted.

Los bienes de consumo asociados a distintas preferencias individuales (a mí me gusta beber vermú, a ti quizá te guste más el jerez) podrían «comprarse» con cupones digitales. Todos los comuneros recibirían cupones cada semana para utilizarlos en servicios y productos disponibles en los almacenes públicos. No se trataría de dinero, ya que los cupones serían personales y caducarían al cabo de cierto tiempo (pongamos tres meses, por ejemplo), lo que significa que no pueden transferirse ni acumularse.

El sector privado

La comuna produciría y distribuiría todo lo necesario para que todos los comuneros vivieran una vida buena, larga, sana y estable. Se encargaría de construir y mantener viviendas, electricidad, carreteras, saneamiento, ferrocarriles, Internet; produciría tu comida y tus medicinas, tu ropa, tu teléfono, tus muebles, tu televisión y tus libros; cuidaría de ti, de tus hijos, de los ancianos y de los enfermos.

Pero la comuna no podría satisfacer todas las necesidades de los comuneros. En el capitalismo, es la demanda efectiva de los individuos la que determina lo que se produce: «el poder social se convierte en el poder privado de los particulares», como dijo Marx en El Capital. En el comunismo, en cambio, las decisiones sobre qué producir se tomarían democráticamente, lo que significa que la comuna podría decidir no producir ciertos productos, aunque a algunos comuneros les gustaría. En tales casos, los comuneros serían libres, por regla general, de producirlos ellos mismos en su tiempo libre.

Los productos que la comuna ha optado por no incluir en su plan económico podrían ser producidos por el sector privado, o en el reino de la libertad, es decir, la parte de la economía de una sociedad que los comuneros gestionarían en su tiempo libre. Aquí, cada uno produciría y comerciaría como quisiera, dentro de ciertos límites determinados democráticamente (no producir ni intercambiar seres humanos, armas o drogas duras, por ejemplo). Los comuneros también podrían crear instituciones y tecnologías que facilitaran y regularan el intercambio, por ejemplo, creando algún tipo de dinero.

Imaginemos, por ejemplo, que hemos decidido democráticamente que, para reducir el tiempo de trabajo de todos, la comuna sólo producirá bicicletas de un color. Si un comunero quiere desesperadamente una bicicleta roja, podrá coger una bicicleta sin pintar de un almacén público (gratis, por supuesto, como todo lo demás) y pintarla él mismo. O tal vez la lleve a un taller de bicicletas que un grupo de comuneros haya creado en su tiempo libre y se la pinten a cambio de otra cosa. Como este ejemplo deja claro, el «sector privado» no es más que un nombre para las actividades productivas a las que se dedican los comuneros en su tiempo libre.

La comuna trazaría democráticamente la línea divisoria entre ambos sectores. Cada vez, es cuestión de preguntarse: ¿Es ésta una necesidad de la que estamos de acuerdo en responsabilizarnos colectivamente, o es algo que dejamos a los comuneros que se ocupen de sí mismos? La energía, los edificios y las materias primas necesarias para la producción fuera del sector público serían concedidos por la comuna, ya sea gratuitamente o a cambio de productos o servicios.

Pero, ¿no es este sector privado simplemente otra forma de capitalismo? La respuesta es no, porque la comuna siempre garantizaría a todos los comuneros el acceso incondicional a las necesidades vitales, lo que significa que siempre sería posible retirarse completamente del sector privado. La tierra, la vivienda y la fuerza de trabajo nunca se convertirían en mercancías. El dinero existiría puramente como medio de intercambio y no podría utilizarse para dar a ciertas personas poder sobre otras.

La vida bajo el comunismo

Durante siglos, el capitalismo ha dado prioridad a los beneficios sobre la naturaleza, y como resultado, ahora nos encontramos con lo que el autor comunista Eskil Halberg ha llamado un planeta remendado. Necesitamos lo que The Salvage Collective, en su manifiesto de 2021, La tragedia del trabajador, llama un comunismo de rescate, lo que significa que una parte significativa de los recursos de la comuna tendría que dedicarse a la restauración ecológica. La democratización de nuestros recursos comunes permitiría regular el uso de los recursos naturales y, de este modo, garantizar las condiciones de existencia de las futuras generaciones de seres humanos y de los demás seres vivos con los que compartimos esta tierra.

La idea de comunismo que he descrito aquí es tan diferente del socialismo autoritario de Estado del siglo XX como del capitalismo. Entonces, ¿por qué insistir en llamarlo «comunismo», una palabra tan fuertemente asociada a la dictadura estalinista? Por la misma razón que no deberíamos renunciar al concepto de «democracia» por la República Democrática Alemana o la República Popular Democrática de Corea del Norte. Vale la pena luchar por algunas palabras, y en lugar de abandonar el concepto de comunismo a la falsificación típicamente burguesa de la historia, deberíamos insistir en continuar la larga e ininterrumpida tradición que -en oposición explícita al socialismo autoritario de Estado- lleva más de 150 años luchando por una sociedad libre bajo la bandera del comunismo.

¿Cómo sería la vida bajo el comunismo? Por encima de todo, una sociedad comunista sería libre, sin clases y diversa. El comunismo daría a cada uno la libertad de moldear su vida como quisiera. El comunismo sería sinónimo de una toma de decisiones más democrática, menos horas de trabajo, mejores viviendas, mejores alimentos y una biosfera estable, así como de algo que el capitalismo nunca puede ofrecer: seguridad económica. En el capitalismo, nunca se sabe cuándo un despido, la inflación o una crisis económica te complicarán la vida; en el comunismo, nadie tendría que temer que le corten el acceso a las necesidades vitales básicas. En otras palabras, una vida comunista será libre, segura y buena, para todos.

Este texto fue publicado originalmente en español en Contracultura, traducción de la versión en inglés publicada en Verso Books.

SØREN MAU

Filósofo comunista e investigador postdoctoral residente en Copenhague, Dinamarca.

Publicado en: Global, titular2

El Estado no es la solución

06/08/2023 by Vitalio Deja un comentario

Una entrevista con: Adrián Piva

Entrevista por: Martín Mosquera

La teoría económica, incluso el marxismo, ha tendido a separar la política de la economía. Esto condujo a que sectores de la izquierda consideren al Estado capitalista como un ente «exterior», capaz de regular al capital a su antojo. Pero cuando la sociedad capitalista entra en crisis, entra en crisis el conjunto de las relaciones sociales, incluyendo el Estado. No se trata de determinismo económico sino de relaciones de fuerza entre clases.

Adrián Piva es especialista en el estudio de la relación entre modo de acumulación de capital y la dominación política, y uno de los marxistas latinoamericanos más interesantes de su generación. En esta entrevista, explica a Jacobin su comprensión de algunos de los puntos centrales del análisis marxista de la economía.

MM

¿Qué debe entender un marxista por economía? ¿Cuál es el estatus de la economía como tal desde un punto de vista marxista?

AP

Esa es una pregunta difícil de responder. En principio, tendríamos que empezar diciendo que la distinción entre economía y política es relativamente reciente. Es decir, nace con el capitalismo; previamente, esta separación no existía ni en el pensamiento ni en los hechos: explotación y dominación coincidían, del mismo modo en que la dirección y vigilancia del proceso de trabajo son inseparables del proceso de explotación en la fábrica. Además, el aparato de dominio no estaba separado de la clase dominante. La propia clase dominante era la que ejercía el dominio político a través de aparatos, en ciertos casos con un alto grado de centralización.

Por lo tanto, la separación de economía y política aparece con la transición al capitalismo. Pero tenemos que agregar que esta separación es aparente, porque en realidad no hay explotación sin dominación. La unidad sigue estando presente como condición para la reproducción de las sociedades capitalistas. Esto no significa que sea una simple ilusión ideológica o una apariencia subjetiva, sino que es lo que los marxistas llamamos apariencia objetiva. Efectivamente, los fenómenos se presentan de esa manera y el hecho de que se presenten de esa manera tiene importancia para que la sociedad capitalista se reproduzca. Entonces, esta separación entre economía y política tiene esta doble dimensión: por un lado es aparente, hay una unidad de fondo —no habría explotación económica sin dominación política—; por otro lado, cierto grado de separación objetiva es una necesidad para la reproducción del sistema.

En ese sentido, podemos decir que el estatuto de la economía es ambiguo. Ni es una esfera separada como la consideran los economistas, que piensan que puede tratarse como un área particular, con sus propias leyes (leyes además semejantes a las ciencias naturales, etcétera), ni tampoco podemos decir que carece de importancia analizar aspectos específicamente económicos, que no existen dimensiones específicamente económicas, aunque solo es posible comprenderlas en su relación con las dimensiones específicamente políticas.

Un fenómeno como la inflación es interesante para observar esto. Por un lado, pueden verse en la inflación aspectos específicamente económicos, que tienen que ver con fenómenos monetarios, la productividad de la economía, etcétera. Pero, por otro lado, el hecho de que ciertos procesos se desarrollen o no de manera inflacionaria depende en gran medida de aspectos que llamaríamos propiamente políticos: la relación de fuerzas entre las clases, la manera en que se expresa en el Estado, cómo el Estado da forma a las relaciones de dominación…

MM

Hay un debate histórico sobre si el marxismo es un economicismo. Me interesa tu opinión sobre una forma específica del economicismo, que es la lectura que postula al capital como una relación social que totaliza al conjunto de la sociedad y, por lo tanto, como un sujeto que se autodesenvuelve automáticamente. 

AP

Hay una larga tradición en el marxismo que entiende el capital como una relación social que es totalizante en el sentido de que abarca todos los aspectos de la vida social, donde no hay (este es ya un primer debate) ninguna esfera de la vida social que no pueda ser explicada por la teoría del capital. Pensemos en las relaciones de opresión de género. ¿Pueden reducirse a la relación capitalista? Bueno, yo creo que no. Creo, por ejemplo, que el psicoanálisis es efectivamente necesario para entender alguno de esos fenómenos (y que, a su vez, el objeto del psicoanálisis no puede ser reducido completamente a la relación de capital).

Por otro lado, existe también la noción, en la mayoría de los casos asociada a la anterior, de que el capital es un sujeto que se autodesarrolla, se autodesenvuelve. Esta noción encuentra fundamento en la propia apariencia de la relación de capital. La relación de capital se presenta como una relación objetiva, que se autodesarrolla, cuyo desarrollo no tiene límites, o bien, si los tiene, se trata de límites internos, límites que aparecen como resultado de un desarrollo objetivo en el que no es clara la intervención de los seres humanos como sujetos.

Yo no soy afín a ese tipo de lecturas de Marx, aunque hay algunas de ellas que tienen planteos interesantes, como la de Moishe Postone. Pero, todas esas perspectivas se aproximan al capital con la idea de que tiene una lógica, y esa lógica es entendida como un movimiento o proceso que se abstrae de los accidentes, de la contingencia histórica, en el que las relaciones entre los distintos fenómenos son relaciones lógicamente necesarias. Yo, por el contrario, creo que la historia de la relación de Marx con el idealismo alemán, en particular con Hegel, es la de un creciente distanciamiento de una concepción de la historia como movimiento lógicamente necesario.

Marx a lo largo de su obra da cada vez más espacio a la contingencia como clave para entender el desarrollo histórico. Las contradicciones, que son las que explican el movimiento histórico, para Marx son contradicciones históricas que tienen soluciones históricas, contingentes, y por tanto el propio desarrollo del capital está atravesado por esa contingencia, no puede entenderse como el desarrollo de una lógica objetiva. En ese sentido, las relaciones de fuerza, los conflictos sociales, la lucha de clases son elementos centrales para entender las formas históricas que asume el capital y cómo se desarrolla en el tiempo.

MM

¿Cuáles son las principales diferencias entre el marxismo y las escuelas económicas «heterodoxas», especialmente las que provienen del keynesianismo?

AP

En primer lugar, una aclaración: hay que distinguir, por un lado, entre el keynesianismo y las corrientes poskeynesianas, sobre todo de los años sesenta y setenta, (e incluso de los cincuenta), y, por otro lado, la llamada síntesis neoclásico – keynesiana (mainstream en la segunda posguerra) y los contemporáneos neokeynesianos (algo así como el keynesianismo después del neoliberalismo). Las teorías keynesianas y poskeynesianas han hecho aportes interesantes a la comprensión del funcionamiento del capitalismo; y el marxismo, en ese sentido, tiene una relación con esos enfoques, como la que  ha tenido con la economía política clásica en sus orígenes, en el sentido de que su crítica permite recuperar y transformar esos aportes para integrarlos en una teoría marxista del capital.

Dicho esto, el agrupamiento del marxismo junto con las corrientes keynesianas y poskeynesianas dentro de ese gran paraguas que se denomina «heterodoxia» está bastante vinculado a la etapa que se inicia con el predominio del neoliberalismo. Y con cierta tendencia, sobre todo en algunos sectores de la izquierda, a identificar al neoliberalismo como enemigo principal. En un modo no siempre explícito, se construyó una especie de «frente único» entre keynesianos y marxistas contra el neoliberalismo. Yo creo que ahí hay un problema de fondo, que tiene que ver con la manera en que se comprendió al neoliberalismo y con la forma en que se comprende al Estado. En líneas generales, la tendencia fue asumir que el Estado era capaz de regular la economía en un sentido favorable a los trabajadores y que, en ese punto, había confluencia en torno a dos aspectos: una crítica teórica de la economía neoclásica y de las corrientes neoliberales en particular, por una parte, y la defensa del Estado de bienestar en los países europeos, la defensa de determinados aspectos de los Estados nacional-populares o populistas en América Latina, la defensa de cierta intervención del Estado, en definitiva, por otra.

El problema no es tanto que pueda haber una confluencia política o práctica en la oposición a determinada privatización, en la defensa de determinado derecho laboral o en la demanda de la intervención del Estado en algún punto especifico, lo que es una práctica habitual de la lucha social, tanto en el terreno sindical como el terreno político. El problema está cuando empieza a asumirse que efectivamente el Estado, de alguna manera, es un tercero que puede arbitrar, que puede regular la acumulación desde fuera, e impedir que o bien las crisis se desarrollen o bien que sus efectos se descarguen sobre la vida de la clase trabajadora.

Esto se conecta con lo que decía antes, el hecho de que Estado y capital están solo en apariencia separados, pero, tras esa apariencia, hay unidad entre ambos. El capital no es una relación social puramente económica, el Estado es uno de los modos en que la sociedad capitalista se desenvuelve, se desarrolla, se reproduce. El Estado es parte del problema, no de la solución. Cuando la sociedad capitalista entra en crisis, entra en crisis el conjunto de esas relaciones sociales; entra en crisis lo que llamamos «la economía» y entra en crisis también lo que llamamos «la política».

Por otro lado, la intervención del Estado tiene límites. La separación entre economía y política se origina en el hecho de que la relación de capital tiene ciertas características que hacen que la regulación estatal de las relaciones económicas no pueda desarrollarse más allá de cierto punto sin poner en crisis esa misma relación. ¿Por qué? Porque esas relaciones están articuladas a través del mercado. Y esto no es ficción, es una realidad. Capitalista y trabajadores se vinculan a través de la compra y venta de mercancías: compra – venta de la fuerza de trabajo, compra – venta de bienes de consumo, compra – venta de medios de producción, etcétera. El conjunto de las relaciones sociales está mediado, articulado, por relaciones de mercado. El Estado, entonces, tiene límites reales para la intervención; si la intervención del Estado disuelve la separación entre economía y política, que es la condición de funcionamiento del mercado, pone en crisis la forma en que se articulan las relaciones sociales.

Un ejemplo clásico de esto es el problema de la regulación de los precios. Ciertas corrientes heterodoxas (aunque no Keynes, por cierto) parecen pensar que el Estado podría regular los precios de manera casi ilimitada. Esto no es así. Más allá de cierto punto se producen fenómenos de escasez, aparecen «mercados negros» y procesos de desinversión, etcétera. Entonces, emergen concretamente los límites del Estado para regular la economía y, más en general, los límites que tiene para intervenir de manera favorable a los trabajadores. En cierto punto, los gobiernos y el personal del Estado, sienten la necesidad de dar solución a los problemas que creó su propia intervención, porque afectan a la reproducción del aparato estatal: si la economía entra en crisis, el Estado no tiene recursos, pierde capacidades,  etcétera.

Por lo tanto, la diferencia de fondo con la heterodoxia, creo yo, gira en torno a la naturaleza y el rol del Estado. En el keynesianismo, en el poskeynesianismo y en otras corrientes heterodoxas existe la idea de que el Estado es un tercero que puede regular la acumulación de manera que las crisis desaparezcan, o de que la intervención del Estado puede hacer compatible el desarrollo capitalista con una tendencia permanente a la mejora de la vida de los trabajadores. Estas nociones, desde el punto de vista marxista, son utópicas. Existe un límite objetivo a esas intervenciones: en algún momento la crisis se precipita y afecta al propio Estado; por ello, las mejoras en la vida de los trabajadores están siempre amenazadas, son precarias. Las épocas de retroceso, como pasó en toda la fase neoliberal, ponen de manifiesto esos límites: detrás del neoliberalismo está la crisis del keynesianismo.

MM

¿Hay una teoría marxista de la crisis? ¿En qué consiste? Y, más en particular, ¿no hay una tendencia del marxismo a enfatizar unilateralmente el papel disruptivo de la dominación de la crisis capitalista, subestimando su posible carácter disciplinante? 

AP

Como lo demuestran la teoría del Estado, la teoría de las ideologías, la teoría de las clases, etcétera., el marxismo está en construcción. No podemos pensar que la teoría marxista es una teoría ya terminada. La construcción de varias ortodoxias y, en particular, la transformación del marxismo en ideología de Estado en los «socialismos reales», han hecho difícil el desarrollo de la teoría. Pero la derrota catastrófica de las estrategias revolucionaria y reformista de la clase obrera desde los setenta, ambas ligadas al marxismo, han producido crisis y dispersión. De hecho, en muchos aspectos vemos que todavía nos encontramos en el lugar donde Marx dejó las cosas. Si bien hay muchos avances teóricos, son avances heterogéneos, fragmentarios, con bajo grado de integración. A lo que hay que agregar la marginalización de nuestro pensamiento en ámbitos intelectuales y académicos, acompañada de desconocimiento y caricaturización.

Sin embargo, las teorías marxistas de la crisis tuvieron mucho más desarrollo que otros temas. Lo que dejó Marx son apenas esbozos, en distintas partes de los Grundrisse y El capital, interpretables de modos muy diversos. El gran debate teórico sobre las crisis se inicia después de la muerte de Marx e incluso de Engels. En el marxismo clásico podemos encontrar explicaciones multicausales e incluso eclécticas, pero en todas ellas están presentes elementos de una teoría que explica la crisis por el subconsumo o insuficiencia de la demanda. Este enfoque ha seguido muy presente en el marxismo. También desde los primeros debates encontramos a quienes explican las crisis como producto de la tendencia a la sobreproducción; en estos casos el énfasis de la explicación está puesto en la anarquía de la producción capitalista. Las explicaciones por sobreproducción han ganado terreno entre los marxistas en las últimas décadas. Desde los años 1930 hasta la actualidad ha tenido mucha difusión la teoría de la tendencia decreciente de la tasa de ganancia, aunque en las últimas décadas muchos marxistas la han abandonado. Y después están las teorías más recientes, sobre el carácter financiarizado de las relaciones capitalistas en los últimos cuarenta años.

Ante tal variedad, no podemos hablar de «una» teoría sino de diversas teorías marxistas de la crisis. Pero lo que sí me parece importante destacar, como un rasgo compartido por la mayoría de esos enfoques, es el énfasis en la producción y en la tendencia al desequilibrio del proceso de acumulación de capital que creo que es un punto de partida muy importante para entender la cuestión. En el centro del análisis marxista de la producción capitalista está la tendencia a la acumulación de capital; dicha tendencia impulsa a aumentar continuamente la producción y esto es lo que genera desequilibrios y finalmente conduce a fenómenos de crisis. Marx en los Grundrisse insiste mucho en este punto frente a la economía vulgar (hoy la neoclásica) pero también frente a la economía política clásica (y hoy diríamos también la heterodoxia). Marx señala una y otra vez que el problema central de la economía es que en el fondo siempre entiende la producción capitalista como producción para el consumo y al intercambio como intercambio mercantil simple. Más allá de los mecanismos específicos que conducen a las crisis (esto es lo que discuten, a fin de cuentas, las diversas teorías) el énfasis en la acumulación permanente —y el hecho de que esta acumulación tiene un límite, que conduce finalmente a la crisis— me parece el rasgo más valioso de las teorías marxistas de la crisis. Ante ciertas corrientes del marxismo, que en los últimos cuarenta o cincuenta años han puesto cada vez más énfasis en fenómenos de carácter financiero, creo que hay que volver a centrarnos en la producción.

Ahora bien, en lo que refiere al énfasis que la izquierda en general ha hecho en la crisis como momento de desestructuración de la dominación y, por lo tanto, como oportunidad política, creo que ha habido una subestimación del carácter disciplinante de la crisis. La crisis general – de eso hablamos – es una crisis de reproducción de la sociedad, es decir, un proceso de disolución de la sociedad, más o menos agudo según la crisis sea más o menos profunda. Puede ser catastrófico o puede desarrollarse gradualmente en el tiempo pero, como sea, se trata de procesos de crisis de reproducción de la sociedad, de disolución de los lazos sociales, que afectan a todos los sectores sociales. Y a medida que la crisis se profundiza, se agrava, se prolonga en el tiempo, afecta mucho a la clase trabajadora y a los sectores populares.

Ese efecto disciplinante es muy importante sobre todo en períodos de crisis de alternativa política. Porque ante la ausencia de alternativa política, la clase trabajadora, si está movilizada y organizada,  solo puede tener cierta capacidad de bloqueo. Y el éxito en el bloqueo a la ofensiva capitalista lo que tiende a provocar es una prolongación en el tiempo de la crisis y, en algún momento, inevitablemente, su profundización. Entonces es ahí donde el efecto disciplinante juega un papel importante.

En ese sentido, no creo que sea casual que este papel disciplinante apareciera como un problema en la Europa de los años 1920 y los 1930, pasada la primera oleada revolucionaria tras la Revolución de Octubre y un contexto de reflujo y derrota de la revolución en Europa. En ese momento, la revolución dejó de ser vista como inmediatamente posible; creció la demanda de orden y empezó a hacer mella en los propios trabajadores. Lo mismo pasó en Argentina durante la hiperinflación: un fenómeno muy agudo de disolución de lazos sociales que generó una demanda de orden y de estabilidad en todos los grupos sociales. Y lo mismo podría pasar con fenómenos como el que vivimos actualmente en Argentina, con una prolongación indefinida de la crisis.

Ahora bien, también es cierto que, en tanto la crisis no está resuelta, el juego está abierto. Por lo tanto, es verdad que es una oportunidad política y que el futuro se juega también en los modos en que la clase trabajadora y los sectores populares se organizan y responden. Pero la estrategia a seguir no puede basarse en la idea de que la profundización de la crisis vuelve más probable procesos de radicalización popular, porque ese es solo uno de los cursos posibles.

MM

¿Qué pensás del debate en torno a que asistimos al final del ciclo neoliberal del capitalismo?

AP

En principio hay que definir qué fue el neoliberalismo. Podemos decir que fue dos cosas: primero, una estrategia de ofensiva del capital contra el trabajo que se desarrolla tras la crisis del capitalismo de posguerra, una respuesta a la crisis de acumulación global y a la  crisis del Estado keynesiano en USA, de los Estados de bienestar keynesianos de Europa, de los Estados populistas de América Latina y también de los «socialismos reales».

El neoliberalismo dio unidad y coherencia a una ofensiva que ya se había iniciado molecularmente: los procesos de deslocalización de capitales del centro a la periferia son parte de esa respuesta que comenzó entre fines de los sesenta y mediados de los setenta y que dieron inicio al proceso de internacionalización de la producción.

La especificidad de la estrategia de ofensiva neoliberal fue el uso de la coerción del mercado como medio de disciplinamiento. Esto no quiere decir que haya estado ausente la violencia o que no haya jugado un papel fundamental. Las dictaduras militares de los setenta en América Latina son una evidencia elocuente. Pero la violencia es un rasgo siempre presente en las estrategias de ofensiva del capital, no es una especificidad histórica. El uso de la violencia estatal es un rasgo inherente a cualquier ofensiva capitalista, nunca va a estar ausente.

El problema es, entonces, ¿qué fue lo específico de la ofensiva neoliberal? Y es que la violencia estatal estuvo orientada a transformar las relaciones entre Estado y acumulación de modo que se convirtió al mercado en un medio de disciplinamiento, de desorganización de la clase obrera y de individualización de los comportamientos sociales. Se podría objetar que la coerción mercantil también es un elemento siempre presente en el capitalismo, pero esa coerción que estructura la relación de explotación capitalista se define, justamente, por su carácter económico, no político, como un aspecto esencial de la separación entre explotación y dominación que mencionábamos antes. En el neoliberalismo la coerción del mercado se transforma en un arma política. La segunda dimensión del neoliberalismo, por lo tanto, es como modo de dominación política. Porque lo que vemos desde fines de los años 1980 (en algunos casos, desde principios de los años 1980) es la estabilización del neoliberalismo como modo duradero de dominación. Sobre la base de un proceso de internacionalización en marcha – y al que, a su vez, dio impulso – la combinación de apertura comercial y financiera, desregulación de los mercados y políticas monetarias restrictivas transformó la coerción mercantil en un mecanismo duradero de dominación sobre masas desmovilizadas e individualizadas.

Sin embargo, ya desde la segunda mitad de los años noventa se empezaron a ver los límites de esa estructura de dominación y se desarrollaron una serie de crisis en la periferia: en el sudeste asiático en 1997, la crisis rusa de 1998, en el 2001 la crisis en Argentina y también la crisis turca… En fin, una serie de fenómenos puso de manifiesto que el mecanismo de dominación neoliberal se empezaba a agrietar. El mecanismo de coerción mercantil resultaba ineficaz como mecanismo de dominio y se desarrollaban procesos de movilización popular. En ese contexto, en algunas regiones de la periferia se desarrollaron ensayos posneoliberales. Es lo que ocurrió en gran parte de Sudamérica.

Una de las condiciones para que el neoliberalismo funcione es que el mercado sea eficaz para sostener la desmovilización. En la medida en que se producen procesos de movilización y los mecanismos de coerción mercantil empiezan a fracasar, podemos decir que comienza la crisis del neoliberalismo. Tras la crisis mundial de 2008, la crisis de estos mecanismos se demostró cada vez más global.

La principal evidencia de esta crisis es la ruptura de la restricción monetaria. La restricción monetaria es un mecanismo esencial del neoliberalismo. Elmar Altvater, en un viejo artículo, decía que la política monetaria era la trinchera de la ofensiva neoliberal contra la clase trabajadora. No se trata simplemente de limitar la emisión como política antiinflacionaria. Se trata del uso político, disciplinante, de la moneda. Es un límite a la expansión monetaria y fiscal como respuesta a la presión de las demandas populares. ¿Qué significa, entonces, el fin de la restricción monetaria? Que de alguna manera los procesos de movilización obligan al Estado a relajar esa restricción. La emisión de moneda es una respuesta a demandas que comienzan a emerger y que no se pueden simplemente reprimir (no hablamos solo del ejercicio de la violencia material sino, sobre todo, de la coerción del mercado).

Esto me parece muy claro en Estados Unidos después de la crisis mundial del 2008. Las llamadas políticas de «flexibilización cuantitativa», al comienzo, fueron una repuesta a la crisis financiera, un mecanismo para transferir dinero a los bancos y otras entidades financieras en un contexto de falta de liquidez. Pero llegaron para quedarse, y se transformaron en un mecanismo más o menos permanente hasta el alza reciente de los índices de inflación. Los sucesivos gobiernos (el final de la administración Bush, Obama, Trump y el propio Biden) no pueden escapar del aumento de gastos, el déficit fiscal y la expansión monetaria. Los intentos de volver al corset monetario neoliberal no tienen viabilidad política.

Pero si volvemos la vista al resto del mundo podemos ver, como decíamos antes, que desde fines de los noventa y agudamente desde 2008 la crisis del neoliberalismo es un fenómeno global. En el caso de Rusia y su zona de influencia, particularmente el Cáucaso y el Asia central, después de la crisis de 1998 comienza un proceso de salida del neoliberalismo. En todas esas economías se observa un rol creciente del Estado y una reversión parcial de las reformas neoliberales tras la disolución de la URSS. A eso hay que agregarle el crecimiento global de la economía china. Si bien China inicia su crecimiento con la transición al capitalismo desde fines de la década de los setenta, hasta fines de los años noventa la economía china no era un actor tan relevante. Pero desde principios de los 2000 China aumentó notablemente su peso económico global. Y China es un país que nunca llevó adelante políticas neoliberales en el sentido que las hemos conocido en gran parte del mundo desde los ochenta. Podríamos seguir agregando casos: el caso japonés desde los años noventa que, ante el inicio de un largo estancamiento, giró hacia políticas de aumento del gasto público e inversión en infraestructura.

Entonces, en mi opinión, existe un conjunto de elementos que muestran claramente una crisis del neoliberalismo y la tendencia a su abandono, sobre todo a partir de 2008. La Unión Europea ha sido una excepción parcial. En particular en la zona Euro la restricción monetaria y fiscal juega un papel político relevante por la modalidad de integración regional. La integración monetaria en un contexto en que los Estados nacionales retienen decisiones importantes en el terreno fiscal otorga a la disciplina monetaria impuesta por el BCE un papel central. Pero también allí hay elementos de agrietamiento del mecanismo de coerción de mercado. Desde 2008 crecieron las presiones por el relajamiento de la restricción monetaria y las crisis de gobierno se han vuelto recurrentes en muchos de los países europeos. En ese contexto, creció la oposición a la Unión Europea. En fin, existen una serie de elementos tanto en la Zona Euro como en la Unión Europea en general que plantean, si bien no una salida del neoliberalismo, sí una crisis en ciernes, e incluso cierta tendencia del Banco Central Europeo a relajar la restricción monetaria.

Ahora bien, que el neoliberalismo esté en crisis no quiere decir que no haya intentos de restauración neoliberal. En América Latina los hemos visto recientemente. Es el caso del macrismo en Argentina, que fue un intento de restauración neoliberal fallido. También podemos citar el caso brasileño, y la experiencia de Bolsonaro no se puede considerar tampoco exitosa.

Sin embargo, que el neoliberalismo esté en crisis a nivel mundial y que los intentos de restauración neoliberal en la región hayan fracasado no quiere decir que haya un proceso de mejora en la situación de las clases populares. La crisis del neoliberalismo es un aspecto de una crisis global que atraviesa el capitalismo desde 2008. Y el capitalismo no termina de encontrar respuesta. Se enmarca en un proceso de transformación muy profundo del capitalismo desde mediados de los setenta, una transformación como no veíamos desde fines del siglo XIX y principios del siglo XX. Y en ese proceso de crisis y de transformación profunda del capitalismo, las presiones por llevar adelante una ofensiva sobre la clase trabajadora son muy fuertes en todo el mundo. La emergencia de las nuevas derechas es un aspecto de este proceso. Sobre todo, frente a la ausencia de alternativas anticapitalistas, por lo menos en lo inmediato. Por lo tanto, la crisis del neoliberalismo no significa que estemos ante la inminencia de un giro progresista a nivel mundial. La crisis del neoliberalismo es el terreno de una disputa: hay intentos de restauración neoliberal, hay ensayos posneoliberales de izquierda o populistas como ocurrió en América Latina, y también hay nuevos fenómenos de derecha posneoliberal, que son cada vez más amenazantes.

En este sentido, yo creo que la difusión del término «neoliberalismo autoritario» ha tendido a inflar el concepto de neoliberalismo hasta volverlo inútil para entender lo que está ocurriendo. Porque autoritario, en mi opinión, tiende a dar cuenta de lo que empieza a ser el rasgo más claro de la respuesta a la crisis del neoliberalismo: una cierta repolitización de la lucha de clases. Es decir, si el neoliberalismo se caracterizó por un predominio de la coerción mercantil como mecanismo de disciplina, cuando el mercado empieza a fallar y la dominación se agrieta aparece como respuesta cierta repolitización de la lucha de clases. Crece el papel del Estado en ese disciplinamiento. Me parece que el adjetivo «autoritario» que se agrega a neoliberalismo trata de captar esto.

Si me preguntás cuales son los rasgos de ese posneoliberalismo emergente, sinceramente no sé, porque estamos en un proceso de transformación y los bordes no se ven claros todavía, las tendencias no son tan claras. Pero un elemento que sí me parece persistente es esta repolitización autoritaria de la lucha de clases. Pero esa repolitización no es necesariamente progresiva, y eso nos devuelve al principio, cuando hablábamos de las diferencias con el keynesianismo, sobre si un mayor papel del Estado es siempre favorable a las clases populares. Si fuera el caso, una repolitización de la lucha de clases sería una buena noticia. Pero no necesariamente es así.

Una repolitización de la lucha de clases y un creciente papel del Estado pueden significar un proceso de disciplinamiento autoritario. En muchos lugares, lo que podemos ver es que, ante la dificultad del Estado para integrar demandas, se producen procesos mixtos: se integran las demandas de algunos sectores, se reprimen o neutralizan las de otros. Experiencias tan disímiles como las de Turquía de Erdoğan, El Salvador de Bukele, la Rusia de Putin, la deriva autoritaria de la derecha republicana en USA (el «trumpismo») y  los mecanismos de integración y represión políticos del régimen chino parecen orientarse en esa dirección común. Incluso, tras el fracaso de la restauración neoliberal, el «bolsonarismo» en su etapa final en el gobierno y en su debut como oposición parece dirigirse hacia allí. En algunos casos estas tendencias se desarrollan en los marcos de la democracia formal, aunque tensionando sus límites, en otros en el marco de regímenes autoritarios.

Los fenómenos de crisis o al menos de puesta en discusión de los mecanismos de representación también son parte de estos cambios que están ocurriendo. Se pone de manifiesto en las disputas sobre los resultados electorales (EE. UU.), las luchas en torno a los mecanismos de elección popular y los cambios en los distritos electorales (Venezuela), la crisis de los gobiernos y la formación de mayorías parlamentarias (Unión Europea), etcétera, que la democracia tiene algo de ficción, que la construcción de una voluntad mayoritaria implica la definición de cómo se construye esa mayoría.

Ahora bien, el cuestionamiento a los mecanismos de representación no es del mismo tipo que a fines de los noventa y principios de los dos mil cuando, por ejemplo en Sudamérica, la crisis de representación tenía un elemento progresivo, en el sentido de que lo que se reivindicaba era la autoorganización popular, la acción directa de las masas, etcétera. Por el contrario, hoy aparece como un cuestionamiento a la democracia. Entonces, yo hoy no le veo un carácter tan progresivo a la crisis de los mecanismos de representación, por lo menos en lo inmediato… Desde la izquierda tenemos mucho para decir en relación a eso, pero lo cierto es que hoy esos cuestionamientos aparecen como parte de aquellos elementos de repolitización autoritaria de lucha de clases, como intentos de desconocimiento de las mayorías populares, seas cuales sean las formas de su construcción, intentos de exclusión de sectores populares que se movilizan y cuyas demandas no se pueden integrar, etcétera. Hablo de indicios, de tendencias incipientes, no necesariamente tiene que desarrollarse ese sendero. Lo central, en todo caso, en mi opinión, es que la repolitización autoritaria de la lucha de clases es un elemento común de estas formas posneoliberales. Incluso en aquellos gobiernos que intentan llevar adelante, por lo menos en sus intenciones explícitas o en sus discursos, salidas progresistas o de izquierda: veamos sino la deriva venezolana o lo que está ocurriendo en Nicaragua, incluso – en un grado muy diferente y como manifestación de la combinación de potencia popular y disciplinamiento estatal – el papel de control de la movilización y la organización populares ligado a la expansión del gasto social, como sucede actualmente en Argentina y aprovechó muy bien el macrismo. Esto no es nuevo, conocemos de sobra ese costado autoritario de los Estados de bienestar de posguerra, a pesar de su embellecimiento posterior por algunos sectores de la izquierda.

MM

¿Cómo entiende el marxismo la inflación? Y, más concretamente, ¿cuál es tu opinión sobre el retorno de la inflación como una problemática global?

AP

Primero, sobre el aspecto más conceptual de la inflación: antes decíamos que había una diversidad de teorías marxistas de la crisis, y con la inflación pasa algo parecido, porque el problema de la inflación está ligado a ciertas perspectivas marxistas sobre la acumulación, el dinero, etcétera.

En primer lugar, hay una diferencia importante con la heterodoxia, en particular con los keynesianismos. Lo digo en plural porque es muy difícil atribuir a Keynes ciertas afirmaciones: si hay algo que Keynes jamás ha dicho —y tenía razón— es que se pueda emitir indefinidamente. Keynes decía que mientras hubiera niveles altos de desempleo podía emitirse sin que esto generara inflación o, por lo menos, no una alta inflación; pero que mas allá de cierto punto empezaba a aparecer lo que llamaba la «verdadera inflación». Es decir, la emisión descontrolada no podía ser la respuesta a los problemas económicos. Keynes nunca dijo esto.

Pero en las últimas décadas han aparecido reinterpretaciones del keynesianismo y del poskeynesianismo que han negado cualquier vínculo entre emisión monetaria e inflación y que han tendido a aseverar que es posible emitir dinero siempre sin que esto genere inflación.

Afirmar que  existe un «lado monetario» de la inflación no es lo mismo que decir, como dicen los neoclásicos, que la inflación es puramente de origen monetario y que la emisión monetaria per se genera inflación. Esto evidentemente también es falso. Nunca se ha podido demostrar una correlación entre la emisión monetaria y la inflación como la que pretenden los neoclásicos, no existe tal cosa.

Los neoclásicos sostienen que el dinero es exógeno, es decir, que la determinación de la cantidad de dinero es básicamente una decisión política. Un aspecto valioso de las perspectivas poskeynesianas (los poskeynesianos tienen un punto a favor en esto respecto de Keynes), es que han enfatizado que el dinero es endógeno. Afirman que la cantidad de dinero depende, básicamente, de la demanda de dinero que genera la propia economía.

Ahora bien, en las últimas décadas entre los poskeynesianos surgió una corriente —que tiene su mayor expresión en la llamada Teoría Monetaria Moderna— que, simplificando,  plantea que podríamos aumentar siempre la cantidad de moneda sin efectos inflacionarios porque eso provocaría un aumento de la demanda, ese aumento de la demanda generaría una expectativa de mayor ganancia y, por lo tanto, un aumento de la inversión. Entonces siempre tendríamos niveles de inflación bajos, no se desataría un proceso inflacionario.

Para los marxistas esto no es así y, en general, aceptamos que existe un lado monetario de la inflación. Las explicaciones que dan los keynesianos y la mayoría de los poskeynesianos de los fenómenos económicos, en última instancia, son subjetivas, dependen de la psicología de las personas, de lo que esperan, de las expectativas que se forman. Para los marxistas existen determinaciones materiales, objetivas, de la acumulación de capital y de su tendencia a las crisis. La inversión depende, en lo esencial, de la tasa de ganancia y que la tasa de ganancia sea más alta o más baja no depende de expectativas. La inversión depende también de ciertas condiciones sociales, por ejemplo, será baja si existen problemas de dominación política que hagan que el marco de la inversión sea inestable. En tales condiciones — baja tasa de ganancia, problemas de dominación política, etcétera—, por más que se emita moneda e incluso que esto se traduzca en aumentos de la demanda, es altamente probable que la inversión no aumente o no aumente lo suficiente. Esto genera desajustes que terminan produciendo inflación. En particular, el financiamiento permanente del déficit fiscal por la vía de la emisión monetaria en condiciones de baja inversión puede generar fenómenos inflacionarios.

En segundo lugar, la inflación expresa ciertas relaciones de fuerzas. Antes yo hablaba de la restricción monetaria: si la respuesta frente a ciertas demandas es la restricción monetaria, lo más probable es que todo un conjunto de fenómenos económicos que comúnmente asociamos con la inflación – el ejemplo más usual, los aumentos de salarios – no se expresen de manera inflacionaria, que incluso las crisis den lugar a una dinámica deflacionaria, como pasó en Argentina en los años noventa.

Ahora bien, la ruptura de la restricción monetaria no es el simple producto de una decisión política, como sostienen los neoclásicos, tiene que ver con cierta incapacidad política para sostenerla. En muchos casos, lo que sucede es que la propia movilización de los trabajadores genera un relajamiento de la emisión monetaria, es decir, que se responda a esas demandas aumentando el gasto, emitiendo moneda, etcétera., en condiciones en que la inversión, por razones objetivas, no aumenta o no lo hace lo suficiente. De esa manera se valida el aumento de gastos, se valida el aumento de los ingresos populares, etcétera. En esas condiciones de ruptura de la restricción monetaria pueden aparecer, entonces, fenómenos inflacionarios.

Pero veamos ahora cómo opera esto concretamente para entender lo que pasó en los últimos años a nivel mundial y por qué tenemos fenómenos de inflación a nivel global.

Primero, independientemente de algunas de las cuestiones que estuvimos planteando, tenemos factores que impulsan el aumento de los precios por el lado de los costos de producción. Efectivamente, aumenta el precio de la energía producto de la guerra de Rusia contra Ucrania, y esto impacta en el costo de producción de las mercancías. Tenemos, además, problemas de suministro que se originaron con la pandemia. La internacionalización capitalista hizo de la producción un proceso global, lo que vuelve muy dependiente la cadena de suministros de ciertas condiciones de la circulación de mercancías a nivel mundial. La pandemia alteró estas condiciones de circulación y generó cuellos de botella en el suministro de determinadas materias primas, insumos, etcétera, que crearon presiones inflacionarias.

Todo esto ha jugado un papel en el aumento de precios de los últimos años, pero lo llamativo es cómo distintos fenómenos se expresan últimamente de manera inflacionaria después de 40 años de baja inflación. Incluso la inflación núcleo en Estados Unidos, sacando energía y alimentos, es históricamente alta. Creo, entonces, que es posible adjudicar los aumentos generalizados de precios de los últimos años a nivel global, y cierta tendencia a que fenómenos muy diversos se expresen de manera inflacionaria, al relajamiento de la restricción monetaria que identificamos como uno de los indicadores de la crisis del neoliberalismo. Allí donde aparecen obstáculos, restricciones, a la inversión, al aumento de la oferta, pueden desarrollarse tendencias inflacionarias. Yo creo que es una combinación de factores coyunturales (pandemia, guerra de Ucrania) y de transformaciones en la estructura de dominación lo que explica el retorno de la inflación.

MM

¿Y cómo explicás la prácticamente crónica inflación en Argentina?

AP

En Argentina tenemos una larga historia de inflación. En todo caso, en Argentina podemos decir que lo que sucede en estos momentos es que se agudizan tendencias que son locales. La aceleración de la inflación el último año obedece también en parte a estos problemas globales. Pero tenemos un problema de inflación profundo en el país. Pensemos que estamos hablando, aproximadamente, de un 10% de inflación anual en Europa… en Argentina esa cifra alcanza el 100 % anual. Entonces, efectivamente hay un problema más profundo y de larga data. Pero acá no me quiero ir tan atrás; quisiera limitarme a lo que pasa desde 2002 en adelante, desde la salida del plan de convertibilidad hasta hoy.

En el plano más general, existe un elemento que ha señalado el estructuralismo económico latinoamericano, en particular en Argentina, que creo que es correcto: la tendencia a la restricción externa al crecimiento. El hecho de que cuando la economía argentina crece tienden a aparecer problemas en el sector externo. Básicamente, faltan dólares porque salen más dólares de los que entran, por diversos motivos. El primero, el más profundo, tiene que ver con las importaciones que se generan por la propia producción; la industria argentina es una industria deficitaria que importa más de lo que exporta. Muchos de estos sectores orientan la producción hacia el mercado interno y otros, aunque exportan, no compensan lo que importan. Hay algunos sectores industriales que son netamente exportadores, que son superavitarios. Son los sectores que industrializan recursos naturales y otros de manufactura de origen industrial de bajo valor agregado. Pero, en líneas generales, se trata de una estructura industrial que genera déficit comercial.

También inciden otros comportamientos, como la fuga de capitales de los capitalistas locales, la remisión de utilidades de las empresas extranjeras y la salida de dólares por pago de intereses de la deuda externa. Y en los últimos años se suma también el tema de la energía, que fue particularmente duro este ultimo año por el aumento de precio del petróleo y del gas. Entonces, existe un problema de restricción externa al crecimiento, que durante las fases expansivas tiende a generar déficit de cuenta corriente y que produce presiones por la devaluación. Y la devaluación genera inflación. ¿Qué es la devaluación? La pérdida de valor de la moneda local, que hace que los precios expresados en moneda local aumenten, incluso aunque tengamos deflación en dólares, que es lo que suele pasar en los procesos de crisis. Tenemos un aumento notable de los precios en moneda local y una caída de los precios medidos en dólares, eso pasó en los últimos años.

Ahora bien, ¿cómo se responde a esa presión recurrente por la devaluación? Ahí entran a jugar otros elementos. Y para abordar esto quiero venir más acá en el tiempo, a la crisis de la convertibilidad en 2001. La crisis de la convertibilidad obedeció a factores de restricción externa, de falta de divisas, de la dinámica desequilibrada de crecimiento de un capitalismo dependiente periférico como el de Argentina. Pero en parte también respondió a la capacidad de la clase obrera de bloquear esa salida deflacionaria a la que me refería antes, de sostener un proceso deflacionario en el tiempo. Grecia demuestra que se puede; demuestra que era posible una salida que no fuera del tipo de la que se produjo en Argentina. En ese sentido, la movilización popular de diciembre de 2001 rompió la restricción monetaria, obligó a la devaluación e hizo que retorne esa tendencia a la expresión inflacionaria de ciertos fenómenos económicos y políticos (que, como decíamos, tienen una larga historia en Argentina).

Como la salida de la crisis de 2001 estuvo determinada por la movilización popular, la recomposición del poder político requirió la integración de demandas. Y ese proceso de integración de demandas se desarrolló en base a políticas fiscales y monetarias expansivas en un marco de comportamiento inversor reticente. Ese, de manera muy simplificada, es el núcleo del problema inflacionario, que se agudizó con la vuelta del déficit fiscal y de los problemas de restricción externa entre 2010 y 2011. A partir de ahí se combinan los problemas locales, la tendencia inflacionaria local, con los problemas globales: la crisis global de 2008 y su impacto pleno en la región después de 2013, tras la desaceleración de China y la caída de los precios de los commodities. En este escenario global, se desarrollaron presiones renovadas por el ajuste y la reestructuración. Cuando hablamos de reestructuración nos referimos a una renovación profunda de la base productiva local —la última se produjo en la primera mitad de los noventa—, a una transformación de los procesos de trabajo y un cambio en la estructura de gastos y funciones del Estado de naturaleza regresiva. Pero esas presiones se desarrollaron en un contexto local marcado por el bloqueo popular a los intentos de avanzar en ese proceso de reestructuración. Eso explica la irresolución de la crisis y la tendencia a la espiralización de devaluación e inflación.

Yo creo que en la base de la dinámica inflacionaria de los últimos diez años está esto. Después, específicamente, los momentos de aceleración o de cierta desaceleración requieren explicaciones particulares que me llevarían a una discusión mucho más larga…

Sin embargo, hay ciertas evidencias de que en el marco del estancamiento y la crisis las grandes empresas exportadoras han avanzado en el proceso de reestructuración y está además la discusión previa, la referida al impacto de la prolongación de la fase de estancamiento y crisis en la capacidad y la voluntad de bloqueo popular. Los procesos inflacionarios son particularmente eficaces para desarmar la resistencia popular en ausencia de alternativas políticas.

ADRIÁN PIVA

Sociólogo, profesor de la Universidad de Buenos Aires y autor de Economía y política en la Argentina kirchnerista (Batalla de Ideas, 2015).

Publicado en: Global, titular2

Algo sabían los luditas

06/08/2023 by Vitalio Deja un comentario

Por: Devin Thomas O´shea

A menudo se tacha a los luditas ingleses de tecnófobos chiflados. En realidad, se trataba de un movimiento obrero premarxista que daba prioridad a las personas y a la naturaleza sobre la propiedad privada.

El cuento popular de Robert Hode, más comúnmente conocido como Robin Hood, surge en la Inglaterra de finales del siglo XIII, en el bosque de Sherwood, que antaño cubría el oeste de Nottinghamshire. Allí, el hijo de un guardabosques reunió a una alegre banda de salteadores de caminos que robaban a los ricos y se daban a sí mismos, y quizá a los pobres de vez en cuando.

Durante este periodo preindustrial, los bosques del corazón de Inglaterra fueron cercados, cosechados y convertidos en pastos para ovejas en el camino de la isla a convertirse en «un petroestado de la lana». Seis siglos más tarde, en esta misma región cercada surgieron bandas de luditas que se oponían a los primeros ejemplos de automatización. Los propietarios de las fábricas se enriquecían, los demás sobrevivían a duras penas. En respuesta, los luditas dieron nombre a un nuevo proscrito mitológico:

Chant no more your old rhymes about bold Robin Hood
His feats I but little admire
I will sing the Atchievements of General Ludd
Now the Hero of Nottinghamshire

En su ensayo de 1984 titulado «Esá bien ser un ludita?», el novelista Thomas Pynchon traza el giro mitopoético de un tipo de la vida real hacia una fábula leviatánica. Tras ser azotado por holgazanería, un aldeano llamado Ned Lud irrumpió en una casa de Leicestershire en 1779 y, «en un arrebato de ira demencial», destruyó dos máquinas utilizadas para confeccionar calcetería. «Se corrió la voz», explica Pynchon. «Pronto, cada vez que se encontraba un calcetero saboteado (…) la gente respondía con la frase hecha: “Lud debió pasar por aquí”».

Esto no era nuevo. Sabotear deliberadamente un arado o romper el yugo del ganado siempre ha significado tomarse el día libre. El Rey Ludd (o a veces el Capitán Ludd) llegó a encarnar la frustración tácita de los trabajadores con sus empleadores burgueses. Ludd se convirtió entonces en «todo misterio, resonancia y oscura diversión», escribe Pynchon, «una presencia más que humana, en la noche, vagando por los distritos de calcetería de Inglaterra, poseído por un único truco cómico: cada vez que ve un bastidor de medias se vuelve loco y procede a destrozarlo».

La historia tradicional beneficia al dueño de la fábrica al dar a entender que Ned Lud destrozaba los marcos de las medias porque era una bestia, un King Kong rebelándose contra el progreso y la civilización. Pero, como señala Pynchon, las medias existían desde hacía doscientos años, desde 1589, y la pereza de Ned —su «ataque de ira demencial»— es un relato de tercera mano. «La ira de Ned Lud no iba dirigida contra las máquinas», argumenta Pynchon, «no exactamente. Me gusta más pensar en ella como la ira controlada, del tipo de las artes marciales ».

Bajas en Cartwright Mill

Kirkpatrick Sale describe la batalla de Cartwright Mill en Rebels Against the Future: The Luddites and Their War on the Industrial Revolution. En 1812, una milicia de obreros marchó sobre un molino local donde, en su interior, había cincuenta «bastidores de esquila» que podían «funcionar sin esfuerzo con la fuerza del agua del arroyo de al lado», explica Sale. «Cada uno de ellos podía hacer el trabajo de cuatro o cinco segadores».

Hasta entonces, el tejido, peinado y tratamiento de la lana era una habilidad artesanal del comercio del algodón, que ahora el molino centralizaba y automatizaba. Los beneficios de la producción de toda la región iban ahora directamente al bolsillo del propietario de una fábrica.

Así que los herreros y otros comerciantes se unieron a sus hermanos de la industria textil y formaron una partida ludita en Cartwright. Allí ejecutaron una acción directa que había tenido bastante éxito en los condados vecinos: «irrumpe, destroza los bastidores y deja una nota diciendo que la destrucción viene por orden del rey Ludd. Luego desaparece y, pase lo que pase, no reveles los nombres de tus compañeros».

Cartwright Mill también supuso el primer caso de violencia contra los luditas. El propietario del molino pasó semanas preparándose para el ataque y acechó con varios mercenarios armados y un sistema de alarma: una campana para alertar a la caballería cercana. Cuatro luditas fueron abatidos en el ataque fallido, y la partida se vio obligada a dejar atrás a dos mientras huían del lugar, asegurándose de advertir a los heridos que no traicionaran a sus hermanos. Según Sale, esos dos luditas murieron a causa de sus heridas, pero no revelaron los nombres de sus compañeros conspiradores. Esta fue la primera de muchas represalias violentas contra los luditas. Los enfrentamientos pasaron a la historia como hitos de una violenta disputa sobre los medios de producción, seis años antes de que naciera Marx.

«Eran rebeldes únicos», escribe Sale, «rebeldes contra el futuro que les asignaba la nueva economía política». El nuevo orden decía que los que controlaban el capital podían hacer casi todo lo que quisieran, protegidos por el rey y el gobierno, una amenaza que no podía contrarrestar ningún cultivador individual por sí solo. «El verdadero desafío de los luditas no era tanto el físico contra las máquinas y los fabricantes», señala Sale, «sino uno moral, que ponía en tela de juicio por motivos de justicia y equidad los principios subyacentes del beneficio sin restricciones y la competencia y la innovación en su núcleo».

En otras palabras, un golpe de karate a los bastidores de tejido no era un azote primitivo o nihilista. El golpe ludita a los bastidores era destrucción creativa. En la década de 1810, el cercamiento había privatizado zonas y recursos comunes, como los campos de pastoreo, que el campesinado inglés había utilizado libremente durante generaciones. El carroñeo y la caza en los bosques de Nottingham se acabaron cuando se arrasaron los árboles y se labró la tierra para el pastoreo. Ahora el molino utilizaba el arroyo para procesar la lana, que luego se aumentó con máquinas movidas por vapor, de modo que la marea baja no significó nada para la producción, y el aire se contaminó con las primeras emisiones de carbono de la Revolución Industrial. La mecanización de la naturaleza solo enriqueció al dueño del molino y a sus mercenarios a sueldo.

«El sentimiento público hacia las máquinas nunca pudo ser un simple horror irracional», escribe Pynchon, «sino probablemente algo más complejo: el amor/odio que surge entre los seres humanos y la maquinaria —especialmente cuando lleva un tiempo funcionando—, por no mencionar el serio resentimiento hacia al menos dos multiplicaciones de efectos que se consideraban injustas y amenazadoras». Un efecto era la concentración de capital financiero que representaba cada máquina. El otro era la capacidad de cada máquina para «valer» tantas almas humanas.

Pynchon sostiene que el rey Ludd era algo más que una tarjeta de visita. El personaje era la encarnación de un arquetipo, el «Badass anarquista», como la Criatura del Frankenstein de Mary Shelley, King Kong o los vaqueros. «Existe una larga historia popular de esta figura, el Badass», escribe Pynchon. «Es malo (…) Malo no significa moralmente malo, necesariamente, sino más bien capaz de hacer travesuras a gran escala».

El rey Ludd no era perezoso ni tecnófobo. Era una expresión del poder proletario en la Inglaterra de principios del siglo XIX. En consecuencia, se basaba en los profundos anhelos religiosos de una época mítica anterior, la Era de los Milagros. En la época anterior, la magia era posible, pero también fue cercada por un nuevo orden tecnopolítico en la Edad de la Razón. De este modo, los luditas eran retrógrados y vanguardia proletaria al mismo tiempo.

Seguimos volviendo a los luditas, formulando neoluddismos, buscando respuestas y soluciones a nuestras ansiedades tecnológicas en el breve lapso de tiempo en que existieron, de 1811 a 1813. La historia popular dice que la violencia ludita giraba en torno a los telares, pero en realidad las máquinas eran representantes de la plusvalía robada. Eran propiedad de hombres que no trabajaban, y tenían todos los incentivos para desestructurar e inmiscuirse mientras acaparaban toda la riqueza posible. Para Pynchon, es el arquetipo junguiano del Rey Ludd el que vuelve para ayudarnos a ver esto con claridad:

Cuando corren tiempos difíciles y nos sentimos a merced de fuerzas muchas veces más poderosas, ¿no nos volvemos, aunque solo sea en la imaginación, en el deseo, en busca de algún igualador, hacia el Badass —el djinn, el golem, el Hulk, el superhéroe— que resistirá lo que de otro modo nos arrollaría?

Neoludismo

El grupo descentralizado de hackers Anonymous comenzó en 2003, y prometió brevemente ser el nuevo símbolo ludita. Los miembros de Anonymous fueron descritos como «Robin Hood digitales» después de que el grupo llevara a cabo ciberataques contra gobiernos estatales, corporaciones y la Iglesia de la Cienciología. Anonymous estaba vinculado a la máscara de Guy Fawkes, que se hizo especialmente popular y se estandarizó con la adaptación cinematográfica de V de Vendetta, de Alan Moore. Pero en lugar de medias de lana, lo que se destrozó fueron cortafuegos, servidores y muros de pago que acaparaban información.

Anonymous era Badass, en el sentido de que era mitológico en el anonimato y ciertamente capaz de hacer travesuras generalizadas. El grupo de hackers apoyó movimientos globales como Occupy y la Primavera Árabe. Desde entonces, la máscara de Guy Fawkes ha perdido el filo. Probablemente debido a las detenciones y a la captura de élites, hoy en día los autodenominados miembros de Anonymous llevan a cabo ataques contra Rusia en nombre del gobierno ucraniano, indistinguibles de una división cibernética de la OTAN. El grupo ha sido cubierto favorablemente en segmentos de la MSNBC como una fuerza vanguardista, misteriosa y ocultista.

Por corruptibles que sean, los movimientos políticos se unen bajo símbolos. Pynchon termina «¿Está bien ser ludita?» comparando las promesas de la Era Informática con lo que buscaban los luditas al mirar hacia atrás, a la Era de los Milagros. Desde el punto de vista de Pynchon en 1984, la tecnología del futuro prometía magia: «Con el despliegue adecuado de presupuesto y tiempo de ordenador, curaremos el cáncer, nos salvaremos de la extinción nuclear, cultivaremos alimentos para todos, desintoxicaremos los resultados de la avaricia industrial enloquecida».

La Era Informática dio a luz a figuras mitopoéticas. Neo, de Matrix, por ejemplo, es un Badass que aplasta máquinas. Pero cuarenta años después, la utopía digital parece retrasada o permanentemente pospuesta. La inteligencia artificial promete magia, pero el ambiente ha cambiado.

Como señala Gavin Mueller en Breaking Things at Work, el puro optimismo tecnológico es un sello distintivo de nuestra clase multimillonaria, y son unos mentirosos. Como sostenía Marx, las ideas dominantes de una sociedad son las de su clase dominante, y cada vez es más difícil imaginar que Bezos, Musk, Gates y Thiel librarán al mundo de enfermedades, lograrán la civilización intergaláctica o descifrarán el código de la inmortalidad. Mueller cita esto como una oportunidad para la Izquierda. «Aunque quiero convertir a los marxistas en luditas», escribe, «también tengo otro objetivo: quiero convertir a las personas críticas con la tecnología en marxistas».

Para Mueller, el ethos ludita «inspirado como está en las luchas de los trabajadores en el punto de producción, hace hincapié en la autonomía: la libertad de conducta, la capacidad de establecer normas y la continuidad y mejora de las condiciones de trabajo». El sabotaje de la mano del rey Ludd tiene que ver con la libertad.

Volverse malo

En el último capítulo de Cómo dinamitar un oleoducto, titulado «Combatir la desesperación», Andreas Malm señala nuestra imaginación como una facultad fundamental en la crisis climática, ya que esta

se desarrolla a través de una serie de absurdos entrelazados arraigados en ella: no solo es más fácil imaginar el fin del mundo que el fin del capitalismo, o la intervención deliberada y a gran escala en el sistema climático (…) también es más fácil, al menos para algunos, imaginar aprender a morir que aprender a luchar, reconciliarse con el fin de todo lo que uno aprecia que considerar alguna resistencia militante.

¿Deberíamos ver un presagio histórico en el hecho de que la primera actividad ludita comenzara con un tiempo otoñal inusualmente cálido tras un «verano estrafalario»? Sale argumenta que esto provocó una mala cosecha y una mayor presión económica en Nottingham. Sabemos que la escala de miseria humana causada por la Revolución Industrial fue mala, pero ahora que terminamos la Era de la Informática y empezamos la Era del Clima, ya hemos bombeado gigatoneladas de carbono a la atmósfera, todo gracias a los asquerosos descendientes de las máquinas que agitaban Cartwright Mill.

Malm señala que en el momento de la conferencia sobre el clima COP1 de 1995, pocos científicos preveían que la tierra y los océanos pronto se llenarían en exceso de dióxido de carbono y metano. La zona septentrional de permafrost de la Tierra es un almacén subterráneo de carbono congelado durante cientos de miles de años. Cuando el planeta se calienta, «el sólido empieza a descongelarse, los microbios se ponen a trabajar en la materia orgánica y la descomponen, liberando dióxido de carbono» y metano. Esto da lugar a bucles de retroalimentación positiva en los que la mayoría de nosotros no queremos pensar.

Lo que hay que hacer para evitarlo es tecnológicamente muy posible. Podría lograrse si reorientáramos radicalmente toda la producción económica y social humana. «Exigiría un control centralizado de los sectores económicos clave», afirma el fatalista climático Roy Scranton, autor de Estamos condenados. ¿Y ahora qué? Necesitaríamos «una inversión estatal masiva en captura y secuestro de carbono, y una coordinación mundial a una escala nunca vista», algo que Scranton encuentra pocos motivos para esperar.

Malm critica el fatalismo de Scranton, argumentando que racionaliza la inacción. «Superar los objetivos de mitigación del cambio climático exige más resistencia, no menos», escribe. No es demasiado tarde, ya que la mayoría de los factores determinantes de las emisiones globales aún no se han construido. Pero aunque lo fuera, «¿qué sentido tenían Nat Turner o el levantamiento del gueto de Varsovia?», se pregunta Malm. «El fatalismo del presente desprecia las luchas derrotadas del pasado, al igual que el pacifismo estratégico: si alguien levantó un arma y perdió, fue porque levantó esa arma».

Grabar «King Ludd wuz here» en los paneles de las puertas de los todoterrenos suena un poco inútil. Pero nos vendría bien un renacimiento del espíritu ludita. Puede que sea inevitable. Para Carl Jung, los arquetipos compuestos por imágenes primordiales del inconsciente colectivo están en constante ciclo de nacimiento y muerte. Esto los hace, esencialmente, irreprimibles. El Badass volverá.

Malm dice que tenemos que aceptar el retorno. «Esto es lo que debería hacer este momento de millones para empezar», escribe Malm. «Anunciar y hacer cumplir la prohibición. Dañar y destruir los nuevos dispositivos emisores de CO2. Ponlos fuera de servicio, desmóntalos, derríbalos, quémalos, hazlos explotar. Haz saber a los capitalistas que siguen invirtiendo en el fuego que sus propiedades serán destrozadas».

Un planeta habitable exige la prohibición de nuevos emisores, la destrucción de los actuales hornos de carbono y una nueva revolución industrial en geoingeniería y reparación ecológica. ¿Qué tipo de personaje, y qué tipo de actitud, podría adoptarse para esta escala de transformación social? Los luditas nos dan una pista.

DEVIN THOMAS O’SHEA

Periodista, ha publicado artículos en Nation, Protean, Current Affairs y Boulevard, entre otros.

Publicado en: Global

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