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Vitalio

Entrevista al historiador italiano Emilio Gentile. ¿Quiénes son los fascistas?

19/06/2023 by Vitalio Deja un comentario

Por: Mariano Schuster

El debate sobre el fascismo está cada vez más presente en la arena pública. ¿Ha vuelto el fascismo? ¿Nunca se fue y existe un fascismo eterno? En esta entrevista, Emilio Gentile, una referencia en los estudios del fascismo italiano, vuelve sobre ese régimen y sobre el papel que tuvo en él el propio Benito Mussolini.

En un contexto político internacional en el que emergen extremas derechas, regímenes iliberales y gobiernos autoritarios, la palabra «fascismo» ha vuelto a estar a la orden del día. Hay quienes definen como «fascistas» a Donald Trump, Víktor Orbán, Marine Le Pen, Giorgia Meloni y Santiago Abascal, y quienes se refieren a un «retorno del fascismo» para explicar las oposiciones conservadoras a las agendas feministas y de los colectivos de diversidad sexual. La situación va incluso más allá: la palabra es utilizada también para acusar a izquierdas autoritarias, a movimientos y grupos religiosos y hasta para definir actitudes genéricamente «antiliberales». El concepto se ha transformado, en definitiva, en un arma arrojadiza que adversarios políticos e ideológicos se endilgan entre sí. Pero ¿qué fue realmente el fascismo? ¿Cuáles fueron sus características? ¿Qué diferencia a las extremas derechas actuales de esa experiencia?

Profesor titular de Historia Contemporánea en la Universidad La Sapienza de Roma hasta 2012 –y hoy profesor emérito en la misma casa de estudios–, Emilio Gentile ha historizado, a partir de documentos y de un laborioso trabajo de archivo y de interpretación de fuentes históricas, el fascismo italiano. En su extensa trayectoria historiográfica, Gentile ha escrito numerosos libros, muchos de los cuales han sido traducidos al español. Entre ellos se destacan Fascismo: historia e interpretación (Alianza, 2004); La vía italiana al totalitarismo. Partido y Estado en el régimen fascista (Siglo XXI, 2005); El culto del Littorio. La sacralización de la política en la Italia fascista (Siglo XXI, 2007); El fascismo y la marcha sobre Roma (Edhasa, 2014); Mussolini contra Lenin (Alianza, 2019) y ¿Quién es fascista? (Alianza, 2019). En 2022 publicó, por el sello Laterza, Storia del fascismo, un volumen de 1.376 páginas en el que explica minuciosamente, sobre la base de una vasta documentación de archivo, el nacimiento y el desarrollo del fascismo en Italia. Su último trabajo es Totalitarismo 100. Ritorno alla storia (Editrice Salerno, 2023).

En esta extensa entrevista, Emilio Gentile dialoga con Nueva Sociedad sobre el nacimiento y el desarrollo del régimen fascista y profundiza en las características particulares de ese movimiento y de ese régimen político a poco más de un siglo de la Marcha sobre Roma.

Profesor Gentile, todavía hoy, cuando nos remontamos al tiempo en que nació el fenómeno fascista, nos encontramos con un contexto particular y específico que, por su diversidad de aristas, no siempre somos capaces de comprender por completo. Pensamos en los escuadristas, en el bienio rosso, en las consecuencias humanas y políticas de la Gran Guerra, en la fragilidad del régimen liberal-democrático. ¿Cómo era realmente el clima en Italia en la época del ascenso del fascismo?

Desde el final de la guerra hasta el advenimiento del fascismo, el clima en Italia fue muy agitado. Entre 1919 y 1920, ese clima se caracterizó por una serie de violentos enfrentamientos de clase que fueron seguidos, en los dos años posteriores, por una reacción escuadrista que desató una verdadera guerra civil contra las organizaciones del proletariado. Esas acciones violentas del escuadrismo fascista se dirigieron principalmente contra el Partido Socialista, pero también contra el Partido Popular, el partido aconfesional de los católicos, y el Partido Republicano. Se trató, en definitiva, de un periodo muy crítico para una Italia que, si bien había resultado victoriosa en la Primera Guerra Mundial –con el sacrificio de más de medio millón de hombres y la movilización de todo el país–, tendió a vivir los años posteriores a la contienda como si hubiese sido derrotada y como si se encontrara a las puertas de una revolución bolchevique.

En aquel marco posbélico, buena parte de la clase obrera –que había sido militarizada durante la guerra, pero que, a diferencia de los campesinos, había estado mayoritariamente en las oficinas y no en el campo de batalla– se sintió atraída por aquellos que habían condenado la participación italiana en la contienda: es decir, el Partido Socialista. Esa organización experimentó, en consecuencia, un fuerte crecimiento, a tal punto que resultó la fuerza más votada en las elecciones de noviembre de 1919 y consiguió 150 bancas en el Parlamento italiano. Un mes antes, el Partido Socialista había adoptado una línea revolucionaria que quedó fijada en sus estatutos partidarios, según la cual su objetivo era lograr la dictadura del proletariado mediante la conquista violenta del poder. El problema, sin embargo, era que la dirigencia de la Confederación General del Trabajo –la organización sindical más importante del país, que alcanzaba casi dos millones de miembros y era una de las que sostenían al Partido Socialista– era reformista y contraria a la revolución. Todo esto provocó una política esquizofrénica entre la voluntad de una revolución bolchevique que no podía hacerse –y ni siquiera se intentaba– y una posible revolución democrática, que habría podido producirse si el Partido Socialista hubiera apoyado a los partidos laicos y reformadores dentro del Parlamento, como los republicanos, los radicales y los socialistas reformistas. El Partido Socialista, que había condenado totalmente la guerra, y de hecho había atacado con violencia e incluso con algunos asesinatos a quienes la reivindicaban, recibió pronto la reacción de todos aquellos que creían que la guerra había sido una necesidad para que Italia se convirtiera en una gran potencia, pero que, estando dominada por las masas socialistas, el país había ganado en el campo de batalla pero había perdido en el campo de la paz. Es en ese sentido en el que hablaban de una «victoria mutilada», lo que constituía un mito sin fundamento alguno porque, con el tratado de paz con Austria, Italia obtuvo las que eran sus principales aspiraciones. No solo consiguió las tierras que se encontraban bajo el dominio del Imperio austríaco –y que eran habitadas mayoritariamente por italianos–, sino también tierras habitadas mayoritariamente por alemanes o eslavos, quienes, sin embargo, debían garantizar fronteras seguras para Italia. La idea de la victoria mutilada fue una reacción, un mito de la reacción a la condena de la guerra por parte de las masas socialistas. Y fue, además, el comienzo de un choque violento contra los socialistas por parte de los nacionalistas, a los que se sumó luego el movimiento fascista, con la fundación de los Fascios de Combate. En este sentido, suelo ser muy cauto a la hora de hablar de un biennio rosso. Lo cierto es que se produjeron agitaciones cotidianas y ataques a oficiales y generales, pero sin que nunca se desarrollara un verdadero intento de golpe revolucionario como el que Lenin había dado en Rusia, porque incluso mientras el Partido Socialista sostenía una línea revolucionaria o bolchevique, mantenía una práctica política parlamentaria y reformista. Que el país sintiera, por tanto, que la posibilidad de una revolución bolchevique era cercana no quiere decir que efectivamente lo fuera. Cuando se habla de biennio rosso, debe recordarse eso.

En definitiva, la situación italiana en vísperas de la Marcha sobre Roma, y sobre todo en los tres años anteriores, era más confusa que revolucionaria. Es una situación marcada por desórdenes muy violentos pero sin la posibilidad de que en Italia pudiera producirse realmente una revolución bolchevique, por la simple razón de que Italia había ganado la guerra, su Ejército era todavía poderoso para poder reprimir una revolución interna y no disponía de todos aquellos recursos naturales que permitieron a la Rusia bolchevique, después de 1921, iniciar su propia industrialización. Era posible, en cambio, una revolución democrática, porque después de 1919 los dos partidos más importantes en el Parlamento eran el Partido Socialista y el Partido Popular, este último fundado por el sacerdote Luigi Sturzo, de inspiración católica pero con una política democrática. Si esas dos fuerzas políticas se hubieran entendido en términos del posible desarrollo de una revolución democrática, se habría podido producir una profunda transformación capaz de impedir que fuera posible la victoria de los nacionalistas. Sin embargo, la división entre estos dos grandes partidos que podían controlar el Parlamento italiano, sumada a la división dentro del Partido Socialista entre reformistas y revolucionarios –estos últimos luego fueron expulsados y dieron nacimiento al Partido Comunista–, hicieron imposible ese proceso. La izquierda, en ese contexto, peleó más entre sí que contra el fascismo emergente: las disputas entre los socialistas maximalistas, el Partido Comunista y el Partido Socialista Unitario, que manifestaba una línea reformista, fueron constantes. Por otra parte, estaba el Partido Popular, que también tenía problemas para avanzar en la dirección de una unidad por una revolución democrática, ya que, como partido católico, no podía aliarse con un partido revolucionario y ateo, pero tampoco con los liberales dirigidos por Giovanni Giolitti, que rechazaban a un partido que era dirigido por un sacerdote. Todas estas divisiones favorecieron, a partir de 1921, el ascenso del fascismo hasta su conquista del poder.

A partir del análisis histórico, usted ha planteado que el fascismo de 1919 –el de los Fascios de Combate– no era necesariamente la semilla para la formación del fascismo de masas que nace en 1921. ¿Cuál es la diferencia entre ese primer fascismo y el de los escuadristas?

Efectivamente, yo sostengo que lo que llamamos fascismo nace en 1921 y no tiene su semilla ni su embrión en los Fascios de Combate creados por Mussolini en 1919. Al mismo tiempo, sostengo que el fascismo de 1919 no constituía un movimiento nuevo, sino que era, en rigor, una reconstitución de los Fascios de Acción Revolucionaria que Mussolini había creado en 1915 para apoyar la intervención italiana en la Gran Guerra. El fascismo diecinuevista era, de modo muy evidente, un movimiento reformista –y no revolucionario y anticapitalista como muchas veces se lo ha definido–, que no buscaba una conquista insurreccional del poder, pregonaba la colaboración de clases, hacía una fuerte defensa de la burguesía productiva, pretendía el sufragio universal masculino y femenino, esgrimía demandas como la jornada laboral de ocho horas y se manifestaba nacionalista, democrático y anticlerical. Ese fascismo, el de los Fascios de Combate, solo se refería al término «revolución» para hablar de modo genérico de una «revolución italiana», concepto que era utilizado para reivindicar a los ex-combatientes como los verdaderos representantes de la nación. Además de ser un movimiento reformista, el fascismo de 1919 estaba a favor de una mayor autonomía regional frente a la centralización estatal, hecho que también lo diferenciaba muy claramente de lo que luego sería el programa del fascismo como fuerza escuadrista y como partido político. Si quisiéramos ver en una imagen la diferencia clara entre el fascismo diecinuevista y el fascismo nacido en 1921, deberíamos acudir al símbolo de Il Fascio, el órgano oficial de los Fascios de Combate de 1919. La insignia, entonces, no era el fascio littorio –ni en su versión romana ni en su forma republicana francesa–, sino un puño cerrado sujetando un manojo de espigas.

Otro aspecto que debemos mencionar es que, en el fascismo diecinuevista, como luego sucedería también en el Partido Fascista, Mussolini no era el líder reconocido oficialmente como tal, sino solo la figura nacional más importante. Desde 1912, primero como líder socialista, después como líder intervencionista [en la guerra] y luego, sobre todo, como editor de un periódico político nacional, Il Popolo d’Italia, Mussolini estaba en escena y era conocido, mientras que el resto de los líderes eran personalidades que habían desarrollado su actividad política en la izquierda socialista o sindicalista, pero que no tenían fama nacional. A pesar de ello, Mussolini no se erigió, como lo hicieron Lenin y Hitler, como líder oficial y absoluto de su propio movimiento. Mussolini solo fue miembro del Comité Central de la Junta Ejecutiva y, siendo un gran orador, no hizo casi nada por recorrer Italia y multiplicar las inscripciones en el Fascio. Permaneció en Milán y, a diferencia de Hitler, hizo muy poca propaganda política en la península, hasta 1921.

Excepto por unos pocos hombres y por el apoyo de las organizaciones paramilitares de los Arditi (los soldados de asalto de elite del Ejército italiano en la Primera Guerra Mundial), el fascismo de 1919 no tiene nada que ver con lo que sería luego el fascismo escuadrista de 1921. Hay mucha documentación al respecto y, por ello, mi posición es muy clara en este sentido. Y es que en el fascismo de 1919 no se encontraba el germen de lo que llamamos «fascismo histórico», aunque ya en julio de 1920 una organización armada de escuadras fascistas establecida en Trieste atacó e incendió la Narodni Dom, la sede de las organizaciones de la minoría eslava. Sin embargo, este «fascismo fronterizo» no constituyó un movimiento de masas.

Ese fascismo de masas nace en 1921, se organiza de modo militar en el escuadrismo, luego toma la estructura de partido milicia [el Partido Nacional Fascista], se dedica a destruir las organizaciones del proletariado y se propone y logra la conquista del poder con la Marcha sobre Roma. En cambio, el fascismo diecinuevista no buscaba instaurar una dictadura; usaba la violencia, pero no con el objetivo de destruir sistemáticamente las organizaciones proletarias; no planeaba, como el fascismo escuadrista nacido en 1921, una insurrección revolucionaria para conquistar el poder, y tampoco quería convertirse en un partido político (a punto tal que se declaraba apartidario).

Según su perspectiva, Mussolini no creó el fascismo, sino que el fascismo creó a Mussolini. ¿Cómo consiguió hacerse con el liderazgo de ese movimiento y qué tensiones vivió en ese proceso?

Primero debemos puntualizar que Mussolini llegó a ser reconocido como el líder del fascismo, pero nunca oficialmente, en tanto no fue jamás el secretario general de los Fascios de Combate, ni el secretario general del Partido Nacional Fascista que nació en noviembre de 1921. En agosto de 1921, tras el crecimiento del escuadrismo como movimiento de masas, Mussolini pensó que reivindicando la paternidad del fascismo podría imponer su voluntad, llegando incluso a promover un pacto de pacificación con el Partido Socialista y con la Confederación General del Trabajo. Es decir que, después de que el escuadrismo destruyera el control y la hegemonía del Partido Socialista sobre las masas, Mussolini pensó en transformar a esa masa de escuadristas en un partido laborista para las clases medias. Hizo incluso un programa para hacer las paces con los socialistas y para desarmar a los escuadristas armados y, finalmente, lanzó una propuesta a los socialistas reformistas para que se desvincularan del Partido Socialista –que aún seguía inspirado en Lenin– y formaran una coalición con los fascistas y con el Partido Popular. Pero los escuadristas, que eran en su gran mayoría jóvenes de alrededor de 25 años y que se habían unido al fascismo en 1920, querían algo muy diferente.

Para ver la diferencia entre los Fascios de Combate, creados por Mussolini en 1919, y el fascismo como escuadrismo, conviene repasar los números. Los Fascios de Combate eran un movimiento marginal que en su primer año contaba apenas con unos 800 miembros. El número ascendió a unos 10.000 a finales de 1920, pero solo con el surgimiento y la explosión del escuadrismo los inscriptos pasaron a ser casi 200.000. En definitiva, Mussolini vio crecer de forma repentina y vertiginosa un movimiento que llevaba un nombre como el que él había creado, pero qué él no había inventado ni propuesto. En ese marco lanza la idea del pacto de pacificación, pero no toma en cuenta que los escuadristas no apoyan ese pacto, porque aspiraban a seguir conquistando el poder local. Es así que, en agosto de 1921, los escuadristas se rebelan contra Mussolini y lo llaman «traidor». Dicen: «El que ha traicionado al socialismo ahora traiciona al fascismo»[1]. Los escuadristas del Valle del Po marchaban cantando «Quien ha traicionado traicionará», dirigiendo ese dardo contra Mussolini. Al final de esa rebelión, los escuadristas le ofrecieron a Gabriele D’Annunzio el liderazgo del movimiento fascista, que ya se había convertido en un movimiento de masas. Pero D’Annunzio no aceptó hacerse cargo de la situación. Ese es el momento en que Mussolini renunció a su programa de transformar al escuadrismo en un partido parlamentario y aceptó seguir a los escuadristas. Y fueron los propios escuadristas quienes decidieron crear el Partido Nacional Fascista como partido armado. Por eso digo que no era Mussolini quien dirigía el fascismo, sino que Mussolini era quien seguía al fascismo. Y esto sucedió hasta la Marcha sobre Roma. Quien decidió atreverse con una insurrección armada no fue Mussolini, sino el secretario del Partido Fascista Michele Bianchi. Mussolini todavía estaba negociando en secreto con ex-líderes liberales como Giovanni Giolitti, Antonio Salandra y Francesco Saverio Nitti la posibilidad de formar un gobierno en el que el fascismo tuviera cuatro o cinco ministerios, pero que estuviera presidido por uno de esos viejos líderes liberales, cuando el 26 de octubre Bianchi lanzó la idea de un gobierno liderado por Mussolini como forma de chantaje al rey y a la dirigencia liberal. Hay una llamada telefónica del 27 de octubre a las 2:40 de la madrugada en la que Bianchi le advierte a Mussolini que la insurrección ya había comenzado y en la que Mussolini le responde: «Espera un poco».

Otra confirmación de esta situación se produce el 10 de junio de 1924, el día del asesinato del líder socialista reformista Giacomo Matteotti. En esa fecha, en la que el fascismo parecía colapsar, Bianchi le escribe una carta a Mussolini en la que lo acusa de haber obstaculizado siempre el programa revolucionario y le recuerda que fue él, y no Mussolini, quien desató la destrucción de las últimas organizaciones proletarias en agosto de 1922. Allí le dice: «Fui yo quien lanzó la Marcha sobre Roma, mientras tú me acusabas de ser un loco salvaje». En ese mismo documento Bianchi asegura que fue él, un sindicalista revolucionario calabrés, el verdadero creador de la organización político-militar fascista y el que luego se atrevió a chantajear al gobierno y al rey imponiendo el nombre de Mussolini.

¿Esto significa que Mussolini fue forzado o empujado a hacer la Marcha sobre Roma?

Forzado no, pero digamos que se enfrentaba al riesgo de ser desautorizado por Michele Bianchi, Italo Balbo y Roberto Farinacci, los verdaderos lideres revolucionarios del escuadrismo fascista, que eran quienes controlaban efectivamente a la masa armada. Tenga presente que, en octubre de 1922, los escuadristas armados controlaban las principales ciudades, las capitales y todo el Valle del Po, desde Trentino hasta Bolonia, y luego la mayor parte de Italia central. Todas estas provincias estaban ya antes de la Marcha sobre Roma bajo un dominio dictatorial del Partido Fascista. El verdadero éxito de la Marcha sobre Roma como insurrección es que, entre el 27 y el 28 de octubre, les permitió a los escuadristas ocupar grandes ciudades, organismos gubernamentales e incluso cuarteles. A partir de allí, se produce el chantaje de Bianchi al rey y a los liberales para imponer a Mussolini como nuevo jefe de gobierno. Y allí es donde sí se expresa el genio político de Mussolini, que, sabiendo que se trataba de un movimiento arriesgado, ve que no hay ninguna resistencia por parte del gobierno ni de las Fuerzas Armadas, pero tampoco por parte de los trabajadores –millones de ellos aún organizados por los partidos antifascistas–. No hubo, fíjese, ni siquiera una huelga. Con esto quiero decir que los fascistas pudieron llegar a Roma teniendo ya el control de gran parte del norte y del centro de Italia con la fuerza armada del escuadrismo, sin encontrar ninguna resistencia por parte de las organizaciones obreras. Por tanto, en el libro El fascismo y la Marcha sobre Roma [2], sostengo que no hubo compromiso para que Mussolini y el fascismo llegaran al poder, sino que se produjo la victoria completa del chantaje.

Uno de los aspectos centrales de la mitología fascista es la de haber salvado al país del «peligro bolchevique». ¿Cómo se construyó esa mitología, sobre la que usted trabaja en su libro Mussolini contra Lenin, y por qué la considera históricamente falsa?

La idea de que Mussolini evitó una revolución bolchevique en Italia fue, en rigor, una invención de la prensa conservadora inglesa, y muy particularmente del periodista Percival Phillips, quien poco después de la Marcha sobre Roma escribió un libro titulado The «Red» Dragon and the Black Shirts: How Italy Found Her Soul: The True Story of the Fascisti Movement [El dragón «rojo» y los camisas negras. Cómo Italia encontró su alma: la verdadera historia del movimiento fascista][3]. La tesis de Philips, un periodista estadounidense con claras simpatías por el fascismo, falsificaba completamente los hechos históricos, a punto tal que llegaba a afirmar que, incluso durante el proceso de la Marcha sobre Roma, había en Italia un peligro revolucionario de tipo leninista. Esta tesis fue, lógicamente, usufructuada y utilizada por el propio régimen para crear el mito del fascismo como el salvador de la nación. La realidad, por supuesto, era muy distinta, y existen numerosas pruebas documentales que permiten demostrar la falsedad de esas afirmaciones. En primer término, el movimiento fascista no había conseguido monopolizar el consenso de las masas –recordemos que en las elecciones solo obtiene 35 diputados, que luego se convierten en 30–, pero sí el de las clases medias, es decir, de ese amplísimo sector de la población italiana que se había convertido en mayoritario en los años comprendidos entre 1911 y 1921 y que no tenía representación política propia y se identificaba con la nación, con el Estado y con los valores de la burguesía. En segundo lugar, la llamada izquierda revolucionaria estaba completamente dividida y desorganizada. El conflicto y la división en su seno eran de tal magnitud que, hacia 1921, el Partido Comunista estaba mucho más claramente decidido a destruir al Partido Socialista que a luchar contra el fascismo.

Observando la completa división entre socialistas y comunistas, pero también lo que estaba sucediendo en la Rusia Soviética –donde había terminado la guerra civil, la dictadura bolchevique se había asentado y se estaba adoptando una política neocapitalista como la Nueva Política Económica (NEP)–, es el propio Mussolini quien, en el verano de 1920, afirma que el intento de exportar el leninismo a Europa ya había fracasado. Y en julio de 1921, vuelve a declarar que hablar del peligro bolchevique en Italia es «una tontería». A tal punto la consideración de Mussolini es que el peligro bolchevique está muerto que, en ocasión de la Conferencia Internacional de Génova –que es convocada por las potencias vencedoras de la Primera Guerra Mundial para discutir los problemas económicos de la posguerra–, no se opone a la asistencia de Lenin. En aquel momento se llega a admitir la posibilidad de que Lenin viaje personalmente a Italia, y Mussolini, como si fuera el amo del país, escribe: «El señor Lenin puede venir, pero no debe hablar de política, de lo contrario nuestros escuadristas se encargarán de él».

Pero permítame agregar algo más. Que el peligro bolchevique no existía en Italia era también claro por el hecho de que, cuando se desarrolla la Marcha sobre Roma, los dirigentes maximalistas del Partido Socialista y los del Partido Comunista toman un tren y se van a Moscú para la Conferencia de la Internacional Comunista. Dicen que en Italia no pasa nada, que lo que está sucediendo es solo una disputa entre burgueses. Fíjese que el 27 de octubre de 1922, luego del gran mitin de los escuadristas fascistas en Nápoles, el periódico comunista L´Ordine Nuovo, dirigido por Antonio Gramsci, afirma que todo se trata de una farsa y sostiene que se está asistiendo a las «vísperas de la desintegración del fascismo». Frente a estos documentos, frente a estos datos, hablar todavía hoy de un peligro rojo revolucionario, de una amenaza comunista en Italia, es una de las mayores tonterías que se pueden decir. La idea del «peligro bolchevique» fue instalada y utilizada por el fascismo para construir su mito de salvación nacional, pero está completamente alejada de lo que fueron los hechos históricos.

En muchos de sus libros, pero en particular en El culto del Littorio. La sacralización de la política en la Italia fascista[4], usted definió el fascismo como una religión política y lo ubicó dentro del fenómeno más amplio de la «sacralización de la política». ¿Qué es lo que constituye una religión política y qué hizo que el fascismo se constituyera como tal?

Efectivamente, la religión política es un aspecto del totalitarismo fascista y los primeros en referirse al fascismo como una «religión política» fueron los católicos antifascistas y los liberales. Ellos alegaban que el fascismo pretendía imponer su ideología, es decir, la exaltación de la nación, la exaltación del Duce y la exaltación del propio fascismo como un dogma al que todo el mundo debía someterse, constituyéndose como una «religión política de la nación». Ese tipo de práctica de imposición se desplegó incluso antes de que el fascismo desarrollara su dictadura. Ya a fines de 1923, y a través de feroces palizas, los fascistas obligaban a la gente a quitarse el sombrero y a hacer reverencias a su paso. Los católicos antifascistas, como Luigi Sturzo, entendieron que el fascismo no podía ser de ninguna manera compatible con el catolicismo y que la Iglesia no podía apoyar el fascismo porque era un movimiento pagano que sacralizaba la nación y el Estado. El término de «religión política» se extendió luego entre otros antifascistas que observaban la forma en que el régimen imponía sus ritos, sus símbolos y sus mitos a toda la población italiana por medio de la violencia. Es este el sentido en que, en 1924, el periodista Igino Giordani, que adhería al Partido Popular de Luigi Sturzo, definía el fascismo como una «religión política pagana».

Debo aclarar, sin embargo, que la religión política no es exclusiva del fascismo, sino que pertenece a todos los totalitarismos. Fue, por ejemplo, un fenómeno visible en la Rusia bolchevique de 1918 y 1919, pero sobre todo tras la muerte de Lenin en 1924. En este sentido, y atento a su pregunta, me gustaría hacer algunas puntualizaciones. La primera es que la religión política forma parte de un movimiento más extenso que, como usted bien dice, he denominado «sacralización de la política» y que concierne a todos aquellos movimientos que sitúan la política en el centro de la vida humana y la convierten en una entidad suprema a la que incluso la religión debe someterse. En este marco, debemos diferenciar lo que constituye una religión política, que es típica de los regímenes totalitarios, de lo que constituye una religión civil, que caracteriza a los países democráticos. Tenemos, de hecho, el ejemplo de Estados Unidos, donde existe pluralismo religioso, pero cuando todos los creyentes, desde protestantes a católicos, pasando por judíos, musulmanes o sijs, se reúnen y cantan «God Bless America», reconocen a un dios que no es el dios de una religión concreta: es el dios de Estados Unidos. Estados Unidos es el primer ejemplo de una sacralización de la política en la que la política misma se convierte en el centro de una devoción. Esto se difunde y se extiende de manera más decisiva con la Revolución Francesa, con la dictadura jacobina, con Napoleón y luego, durante el siglo XIX, en los diferentes países y continentes, entre los que se incluye América Latina, donde distintos movimientos políticos pretenden definir el sentido último y la finalidad de la vida en esta tierra.

El hecho de que el fascismo pretendiera erigirse como una totalidad espiritual del Estado lo llevó a contradicciones con el campo religioso, tal como usted lo documenta en Contro Cesare[5]. En su libro usted muestra una relación pragmática entre el fascismo y la Iglesia católica, a la vez que puntualiza la complejidad que el fenómeno fascista suponía para muchos cristianos, en tanto se producía un conflicto entre el primado de Cristo y el del César (el Duce). ¿Cómo fue esa relación y qué influencia tuvieron los católicos antifascistas como Luigi Sturzo y Francesco Luigi Ferrari, a la hora de sentar las bases de una oposición cristiana al fascismo?

Al aproximarnos a este tema siempre debemos hacer una distinción entre el Estado Vaticano –es decir, la Iglesia como Estado– de la Iglesia como expresión de una religión determinada. En las relaciones con el gobierno fascista –que no es lo mismo que con el fascismo–, Pío XI aceptó inmediatamente ir por el camino de un Concordato, en tanto había aspectos que el papa compartía. Estos eran el antimarxismo, el antiliberalismo, la crítica a la democracia y, sobre todo, la condena y el rechazo de la soberanía popular y del libre pensamiento. Estos aspectos del fascismo eran compartidos porque eran los mismos objetivos religiosos que tenía la Iglesia en ese momento desde el Concilio Vaticano I. En ese sentido, tenían enemigos comunes. Y ese es el motivo por el que Pío XI intenta y consigue un Concordato con el Estado italiano. Pero el mismo papa, como líder de una religión que predicaba la igualdad –aunque solo fuera en términos espirituales–, el amor entre los pueblos y la condena de la violencia, tenía enfrente un poderoso movimiento político que divinizaba a la nación, que exaltaba a Mussolini como una especie de ídolo y que, sobre todo, contaba con una organización militar armada que se lanzaba no solo contra las organizaciones socialistas, sino también contra las organizaciones católicas y los párrocos que no aceptaban los símbolos fascistas o se rehusaban a recibir a los escuadristas en la iglesia. En ese sentido, se produjo una doble situación. Por un lado, estaba el papa que, como jefe de la Iglesia, buscaba un Concordato para convivir con un Estado laico, pero, por el otro, estaba el mismo hombre que, como líder de una religión, veía ante sí un movimiento que pretendía, cada vez más explícitamente, ser él mismo una religión terrenal que quería para sí no solo la obediencia, sino también la entrega de los ciudadanos. En mi libro Contro Cesare he mostrado con documentos la falsedad de esas teorías –o más bien de esas fábulas– según las cuales el papa Pío XI era un hombre con una personalidad similar a la de Mussolini, por lo cual, supuestamente, era piadoso con él. He publicado documentos que demuestran que, desde 1925, mientras buscaba el camino para un acuerdo entre Estados, el papa manifestaba una marcada angustia por el paganismo fascista y por lo que él llamaba, en algunos de sus documentos, una «religión civil». Pero esto no sucede solo en 1925, sino que continúa en el tiempo. El papa estuvo incluso dispuesto a romper el Concordato antes de su firma, cuando Mussolini, en 1929, pronunció una frase herética, claramente blasfema, al afirmar que «sin la romanidad, sin ser trasplantado a Roma, el cristianismo seguiría siendo una pequeña secta judía en Palestina». Pese a que acabó prevaleciendo la diplomacia y el Concordato se firmó en 1929, en mayo de 1931 el Partido Fascista lanzó una guerra escuadrista contra las organizaciones católicas con la intención de destruir el intento de la Acción Católica de convertirse en una especie de refugio para el Partido Popular –que era católico y antifascista–. En ese contexto, el Papa publicó una encíclica en italiano en la que condenaba el paganismo y la estadolatría fascista. Es decir, utilizó en 1931 las mismas palabras que habían empleado Luigi Sturzo y Francesco Luigi Ferrari entre 1923 y 1925, y por las que se habían visto obligados a abandonar Italia y exiliarse. Eran estos católicos los que escribían desde 1923 contra el peligro que una religión neopagana como la fascista suponía para la fe cristiana. Aun así, a pesar de la posición del papa, el fascismo no dio marcha atrás, y fue el propio papa quien tuvo que retroceder pidiéndole a la Acción Católica que solo se ocupara de asuntos religiosos. Sin embargo, el mismo conflicto volvió a estallar en 1938 y, como demuestro en mi libro, las acusaciones de Pío XI contra el fascismo y su dimensión totalitaria volvieron a ser continuas. Cuando el papa muere, el 10 de febrero de 1939, en vísperas del décimo aniversario del Concordato, tenía ya preparada una encíclica, Humanis generis unitas, para romperlo. En esa encíclica condenaba como herejías el totalitarismo de la nación, de la raza y de la clase (es decir, el fascismo, el nazismo y el comunismo). El papa murió sin que la encíclica fuera publicada, y el nuevo pontífice, Pío XII, enfrentado a la amenaza de una guerra inminente, prefirió guardarla en un cajón. Esa encíclica fue finalmente descubierta y dada a conocer en 1995 por algunos estudiosos[7]. Por tanto, cuando nos enfrentamos a la historia de las relaciones entre el fascismo y la Iglesia, debemos siempre distinguir, por un lado, las relaciones entre un Estado y una institución que asume el carácter de Estado, y, por otro, la relación entre las dos religiones. Entre el Estado fascista y la Iglesia católica hay un Concordato, a la vez que un conflicto continuo, cada vez más grave y cada vez más aterrador para el papa. Los documentos demuestran que esos son, para el papa, diez años de sufrimiento continuo. Es absolutamente ridículo confundir un acuerdo de convivencia entre Estados –sobre todo, en un país en el que en los estatutos el catolicismo era la religión estatal– con una simpatía entre el movimiento fascista y la religión católica. No era posible una real convivencia entre una religión que quería a todo el mundo para sí y un movimiento, como el fascista, que también quería a todos los seres humanos para él en este mundo y que, por lo tanto, no aceptaba la competencia de la Iglesia.

Quisiera ir introduciendo la entrevista, si me permite, en el campo del análisis de la relación entre el fenómeno fascista y otros procesos que tienen lugar en nuestros tiempos. Actualmente se discute mucho sobre el crecimiento del apoyo de los trabajadores a las nuevas extremas derechas. Si volvemos atrás en la historia, ¿cuál era la composición de clase del movimiento fascista? ¿A qué sectores pertenecían aquellos primeros escuadristas armados?

Una pequeña porción del grupo dirigente fascista, tanto en los Fascios de Combate como luego en el escuadrismo, estaba constituida por hijos de la burguesía. Pero la mayor parte –entre la que se encontraban líderes como Italo Balbo, Dino Grandi y Roberto Farinacci– eran hijos de pequeños profesionales locales, abogados o incluso profesores de escuela secundaria. O, como en el caso de Renato Ricci, de un trabajador de las canteras de mármol de Carrara. Por su parte, la base social del movimiento fascista estuvo compuesta, desde el principio, por las nuevas clases medias. Nuevas en el sentido de que muchos de aquellos que militaban eran jóvenes, mayoritariamente del valle del Po, hijos de antiguos agricultores que habían logrado comprar tierras durante el periodo de la gran crisis –que se había extendido entre 1911 y 1921–. Esos hombres, que se habían convertido en propietarios, no querían, lógicamente, someterse a ningún sistema socialista que impusiera una socialización. Debemos tener en cuenta que, entre 1911 y 1921, a partir de la desintegración de la gran propiedad capitalista en el campo, se formó un millón de nuevos propietarios, es decir, personas que habían luchado como campesinos por tener la propiedad de la tierra y que no querían cederla para ninguna idea proletaria o socialista. Si hacemos un ejercicio y le atribuimos a cada una de esas personas un solo hijo varón, tenemos un millón de jóvenes que están en contra del socialismo y que, habiendo sido la mayoría de estos combatientes en la Gran Guerra y habiéndose identificado con la nación, se veían a sí mismos como la nueva clase dirigente. Son ellos quienes dan vida a las nuevas escuadras fascistas, a los líderes fascistas y a los que serán luego los líderes del régimen fascista durante los 20 años de gobierno.

El fascismo tuvo un componente de trabajadores, pero se trataba de trabajadores agrarios que, después de la destrucción de las organizaciones socialistas, habían sido obligados a unirse a los sindicatos fascistas con la promesa de acceder a la tierra –algo que finalmente la mayoría de ellos no obtendría–. Esto nos muestra que la composición de clase del fascismo fue muy diferente de la del nacionalsocialismo, en tanto nunca logró capturar un fuerte apoyo de la clase trabajadora. Mientras que el nazismo tenía un importante apoyo obrero, el fascismo no logró ganarse ese sostén de los trabajadores, exceptuando a los de segunda generación, es decir, a aquellos que no habían conocido la violencia escuadrista. Estos sí eran más favorables al fascismo, tal como lo reconocieron los propios dirigentes comunistas. En 1935, el líder comunista Palmiro Togliatti expresó en una conferencia en Moscú que, en ese punto histórico, ya no era necesario luchar con las armas contra los fascistas, sino entrar en el fascismo, usar los mitos fascistas como el de 1919, y finalmente así conquistar los sindicatos fascistas. Togliatti llamaba a esos obreros «hermanos con camisa negra». Lógicamente, el intento de Togliatti fracasó, porque los fascistas podían ser muy estúpidos en muchos aspectos, pero justamente no para reconocer a sus enemigos. En eso sí que eran muy inteligentes.

Por no remontarnos a muchas otras experiencias que han sido calificadas genéricamente como fascistas, le mencionaré solo algunos casos contemporáneos: un partido como Vox, en España, ha sido calificado como fascista; el gobierno de Jair Bolsonaro en Brasil ha sido calificado como fascista; Donald Trump ha sido calificado como fascista; Mateo Salvini ha sido calificado como fascista. Todo esto por no mencionar los casos en que la expresión se usa aún más indiscriminadamente, llegando a conceptos como «fascismo de izquierda» o «islamofascismo». Usted está manifiestamente en desacuerdo con el uso de ese apelativo. ¿Por qué en ningún caso es válido?

Porque todo lo que no hace crecer nuestro conocimiento de las nuevas realidades que produce la historia es inútil y nocivo. El conocimiento progresa a través de la distinción, no a través de la confusión ni de las analogías. El agua es un líquido, y el aceite y la gasolina también lo son. Si yo digo que todos esos líquidos son agua no avanzo en el conocimiento y puedo correr el riesgo de cocinar fideos con gasolina. Si yo digo que todos los regímenes o movimientos autoritarios son fascistas, corro el riesgo de equivocarme claramente y de no analizar y comprender, de modo concreto, un determinado fenómeno. Ahora bien, ¿por qué puede usarse de este modo extenso, confuso y equivocado el concepto de fascismo? Fundamentalmente porque en su etimología el concepto «fascismo» no significa nada precisamente político. Le daré un ejemplo. Si digo «comunismo», seguramente no apoyo la propiedad privada, sino la comunidad de bienes. Si digo «liberalismo», no apoyo la socialización de los bienes, sino la propiedad privada. Si digo «anarquismo», no apoyo el poder estatal, sino la anulación de cualquier poder. Pero si digo «fascismo» digo solo «fasci», «fascio», que significa literalmente «estar juntos». ¿Entonces todos los movimientos que proponen estar juntos son fascistas? Claramente no. Ahora bien, según el uso extenso de la palabra «fascismo», que es homologada casi a cualquier movimiento o régimen autoritario, podríamos decir, por ejemplo, que Dios es fascista. Fíjese que, si aplicamos ese criterio, el Dios de la Biblia, del Antiguo Testamento, cuando ordena exterminar a las mujeres, niños, hasta la última descendencia, debería ser considerado de ese modo. ¿Y qué diríamos de Caín? Este también podría ser considerado el primer fascista que, para colmo, ha desatado una guerra civil al matar a su hermano Abel.

Hago estas bromas, pero, como usted sabe, todo esto conforma una ironía verdaderamente trágica. Esta difusión del término fascismo ha creado una profunda incapacidad para entender nuevos fenómenos en los que, si bien hay elementos que estaban presentes en el fascismo, no está presente ninguno de los que verdaderamente lo definían, lo hacían particular. Esos elementos son el totalitarismo, el imperialismo, la religión política, la revolución antropológica y la guerra como fin principal de la vida humana. A los regímenes y expresiones políticas que usted planteó en tono jocoso, podríamos agregar los de [Silvio] Berlusconi, [Charles] De Gaulle o [Juan] Perón. ¿Encontramos en ellos algunos elementos similares a los que había en el fascismo? Sí, por supuesto, porque el fascismo siempre fue imitado, sobre todo a través del uso de símbolos, de rituales, de mitos. Pero ¿están los componentes fundamentales del fascismo, aquellos que permitían definirlo como tal? No, no están. ¿Cómo se puede calificar de fascista un movimiento como Vox, que quiere afirmar la primacía de la catolicidad sobre el Estado, sobre la nación, sobre la educación, cuando la primacía del fascismo era la de la política, la del Estado? Hemos llegado a tal punto de confusión, que hay quien no es capaz de distinguir un movimiento nacionalista de inspiración católica que sostiene posiciones de la extrema derecha católica en temas asociados a cuestiones como la familia –donde se opone decididamente al aborto y al feminismo– del propio fascismo. Lo mismo sucede con Salvini y La Liga. ¿Cómo puede ser fascista un movimiento como La Liga, que ha pregonado históricamente la secesión de una región de Italia, cuando uno de los puntos fundamentales del fascismo es el de la unidad de la nación, que fue siempre considerada de carácter sagrado?

Las cosas, como usted comentaba en su pregunta, van incluso más allá. El uso del término fascismo se ha vuelto tan simplista que se lo puede aplicar desde a Trump hasta a Putin. Cualquier régimen autoritario con culto a un líder es llamado fascismo. Corea del Norte entonces sería fascista, la misma China comunista sería fascista. Evidentemente, esto no ayuda a entender los fenómenos contemporáneos que enfrentamos. Este uso priva a la categoría «fascismo» de los componentes que realmente le son propios y que solo se encuentran si los analizamos en la historia.

En resumen, lo que intento transmitir es que muchas veces se sostiene que tal o cual movimiento es fascista porque entre sus ideas figuran posiciones racistas, o apelaciones a la pureza de la nación, o porque desprecia la democracia representativa. Pero todas esas ideas preceden al fascismo. Que haya racismo o que haya autoritarismo no quiere decir que haya fascismo. Esas no son cualidades específicas del fascismo, sino que aparecieron incluso en otras latitudes y todavía perduran. El fascismo no existía durante el tiempo del primer racismo en Francia, o en el siglo XIX cuando había racismo en Inglaterra y en Estados Unidos, país en el cual todavía desgraciadamente sobrevive en muchos estados. Mucho antes del fascismo hubo sociedades, y no solo de Occidente, que afirmaron una identidad nacional que excluyó, por ejemplo, a grupos étnicos de diverso tipo. Con esto quiero decirle, aunque usted lo sabe, que no es posible atribuir a cualquier movimiento, construyendo analogías generales, el carácter de fascista.

Le aseguro que yo me esfuerzo mucho por entender estas analogías, pero las analogías no sirven para comprender la historia, sino para hacerla más confusa. Eso es lo que yo denomino «ahistoriología», es decir, una historia hecha como la astrología, que, en lugar de estudiar científicamente los hechos, se limita a interpretarlos según los propios deseos, esperanzas y temores.

Es completamente cierto que todos esos movimientos o regímenes son nítidamente distintos del fascismo o tienen características que no pueden ser circunscriptas a él. Pero ¿qué sucede con la primera ministra italiana Giorgia Meloni, de Fratelli d’Italia, que proviene de una fuerza política que sí se ha reivindicado como neofascista, como el Movimiento Social Italiano? De hecho, en su propio símbolo, Hermanos de Italia lleva la vieja insignia del Movimiento Social Italiano, la llama encendida…

Efectivamente, entre 1946 y 1994, hubo en Italia un partido neofascista con representación parlamentaria y que llegó a ser el cuarto partido a escala nacional. Hablamos, como usted bien dice, del Movimiento Social Italiano (MSI), una organización política que fue fundada por funcionarios, jerarcas y adherentes al régimen fascista que, aunque nunca llegó a 10% de los votos, rozó esa cifra en las elecciones de 1972. Ese partido participó en la elección de al menos un par de presidentes de la República, y compitió democrática y pacíficamente en las elecciones generales y locales. Como usted sabe, el MSI se disolvió en 1994, transformándose, con el liderazgo de Gianfranco Fini, en el partido Alianza Nacional. Ese partido repudió el fascismo –aunque Fini en los años 2000 seguía diciendo que Mussolini había sido el mayor estadista de toda la historia de Italia– y formó parte de todos los gobiernos de Berlusconi. En tal sentido, desde 1994, Alianza Nacional se despegó de su matriz original de neofascismo y se encaminó a un proceso de transformación hacia una derecha nacional conservadora, posición que ahora es recogida por el partido de Giorgia Meloni.

El partido de Meloni bebe de esa experiencia y, en tal sentido, no tengo inconveniente alguno en considerarlos como posfascistas que han aceptado las reglas del Estado democrático y de la República y que han jurado sobre la Constitución, y que se inscriben en esa derecha nacional conservadora. Por supuesto, la herencia del MSI es visible en el modo de concebir la política y en la relación con los adversarios. Pondré un ejemplo. Por estos días, se habla en Italia de la reforma constitucional. Meloni quiere el presidencialismo y se dirige a la oposición diciéndole: «Si no están de acuerdo con lo que yo digo, avanzaré igual». Evidentemente, no es una actitud democrática dialogar con la oposición bajo esta premisa. Recuerda a aquello que hiciera Mussolini en 1923, cuando siendo líder de un gobierno de coalición, se dirigió a sus opositores parlamentarios –los socialistas y los liberales antifascistas– diciéndoles: «¿Pero ustedes que quieren? Pongámonos de acuerdo». Y ellos respondían: «No queremos escuadristas armados, no queremos violencia». Y Mussolini terminaba diciendo: «Si ustedes no quieren lo que yo impongo, yo seguiré mi propio camino». En esto, digamos, hay un tipo de actitud similar. A esto se suma la perspectiva mitológica que expresan algunos de los que forman parte del gobierno de Meloni, según la cual el fascista fue el mejor gobierno que Italia jamás haya tenido, «excluyendo» las leyes racistas. Esto no implica, sin embargo, que siete millones de italianos que han votado a ese partido y a ese gobierno sean fascistas. De hecho, tampoco se trata en sí de un gobierno fascista –ya hemos dicho que no hay escuadristas armados, no se propicia una revolución antropológica de la sociedad, no instala una religión política, no construye un régimen totalitario–. Es un gobierno que tiene a un partido como Fratelli d’Italia, que convive con otros muy distintos. Fíjese, sin ir más lejos, que en este gobierno convive el partido de Meloni, que reivindica el «orgullo nacional», pero aliado a un partido como La Liga, que ha negado históricamente la propia existencia de la nación italiana y buscaba la secesión de una parte del país –aunque hoy la llamen «autonomía diferenciada»–. Y participa también una fuerza como la de Berlusconi, que exalta el liberalismo y el hedonismo.

Profesor, creo que ya la respuesta surge de sus propias respuestas previas, pero de todos modos le haré la pregunta. Como usted sabe muy bien, en 1995 el ensayista Umberto Eco utilizó la categoría «fascismo eterno» en una conferencia pronunciada en la Universidad de Columbia, que sería publicada algunos años más tarde. Eco no solo apuntaba 14 rasgos que él definía como «fascistas», sino que además asumía que el fascismo era casi una identidad política móvil, que ya no usaba solo uniformes militares sino también «trajes civiles» y que volvía en «nuevos ropajes más inocentes». Su conclusión lógica era que el deber de los demócratas era «desenmascararlo». ¿Cuáles son los inconvenientes que, según su parecer, tienen esta definición y esta idea? ¿Qué problemas puede traer aparejados la idea de una «eternidad» en la política?

Permítame responderle comenzando por el final de su pregunta. Debo decirle que, en comparación con Eco, yo soy un poco avaro, porque he definido al fascismo no en 14 sino en 10 puntos, pero podría reducirlos incluso a tres. El problema con los 14 puntos de Eco es que pueden ser aplicados también a la Iglesia católica o a la Falange española. Y si se pueden aplicar de ese modo, entonces no definen algo particular del fascismo. A eso agregaría otra cuestión de igual importancia. Si los fascistas aparecen, como dice Eco, disfrazados de demócratas, ¿cómo distinguimos a los demócratas antifascistas de los demócratas fascistas? Es decir, ¿quién tiene derecho a definirse como un demócrata antifascista si, por ejemplo, como hizo Gramsci, llamamos semifascistas a socialistas como Filippo Turati, a liberales como Giovanni Amendola, a católicos democráticos como Luigi Sturzo? ¿Y cómo hacemos para decir que el verdadero antifascista fue Gramsci, que fue encarcelado en 1926, mientras que Matteotti fue asesinado en 1924, Amendola fue atacado en 1923 y 1925, y Sturzo se vio obligado a exiliarse en 1924, y Turati en 1926? Lo mismo ocurre con el concepto según el cual el fascismo puede repetirse en otras formas y depende de los demócratas desenmascararlo. Una posición de ese tipo les otorga una suerte de poder totalitario a los llamados demócratas para decidir cómo, cuándo y quién es un fascista disfrazado. Con ese criterio, todo el mundo podría decir «tú eres el fascista, yo soy el verdadero antifascista».

Yo siempre tuve una gran admiración por Umberto Eco, un semiólogo con un enorme conocimiento de la retórica y también de la historia. Pero no podía ni puedo estar de acuerdo con él cuando afirma su tesis del «fascismo eterno». ¿Cómo se puede sostener la idea de algo eterno en la historia, cuando ni siquiera las divinidades se revelan eternas? ¿Dónde están hoy Júpiter y Apolo? ¿Dónde están los dioses de Persia? ¿Estamos seguros de que el cristianismo y el islam serán eternos? Hasta ahora, de hecho, han vivido menos que la religión egipcia. En la historia nada es eterno. Es un absurdo hablar de eternidad en la historia. Y, por otro lado, ¿solo el fascismo sería eterno? No veo que nadie hable de un «liberalismo eterno» o de un «bolchevismo eterno», de un «jacobinismo eterno» o, para referirme a su país, de un «peronismo eterno». Pareciera que solo el fascismo estuviera dotado de eternidad. Pero si el fascismo es eterno, entonces todo antifascista está derrotado de antemano. Nunca ganará porque, al parecer, su adversario es poseedor de un don único que no tiene ninguna otra ideología y ningún otro régimen: la eternidad. Ese supuesto carácter de la «eternidad» se basa, tal como le decía, en la práctica de las analogías. Se basa en atribuirles a movimientos o regímenes no fascistas la categoría de fascistas.

Al mismo tiempo que se ha producido toda esta banalización con la tesis del fascismo eterno, también se ha producido el fenómeno que usted ha denominado como «desfascistización del fascismo». ¿Podría explicar en qué consiste ese proceso?

Por supuesto. Mi concepto de «desfascistización del fascismo» se refiere, sobre todo, a lo que sucedió en Italia inmediatamente después de la Segunda Guerra Mundial, cuando distintos grupos ideológicos se enfrentaron al problema de pensar el fascismo tras el propio fin del régimen. Lo que había sido, a todas luces, un régimen de 20 años que había tenido características opresivas y excitantes para toda la sociedad italiana, se transformó, en algunas conceptualizaciones de los propios hombres de la izquierda que lo habían derrotado, en un fenómeno que básicamente consistía en una banda de criminales que se habían quedado con el poder frente a unas masas siempre hostiles al régimen y sometidas a la miseria. Entre los mismos antifascistas que habían derrotado al fascismo se evidenció un fenómeno de falta de rigor a la hora de definir ese régimen. Lo mismo sucedió, claro, desde el lado neofascista, que definía el fascismo como un régimen que había hecho mucho bien al país pero que, desgraciadamente, se había convertido en una dictadura porque el comunismo amenazaba a Italia. Esa derecha neofascista intentaba decir que el fascismo no era totalitario, que recién se había vuelto racista en 1938, que se había convertido en un régimen de partido único solo porque Matteotti había sido asesinado y porque la izquierda y los antifascistas querían derrocarlo. En definitiva, desde la izquierda y desde la derecha se produjo una banalización del régimen que impedía ver su especificidad. Se «desfascistizaba» el fascismo. En la izquierda se llegaba incluso a afirmar que el fascismo no tenía ideología, no tenía una visión de la economía, y hasta que ni siquiera había existido un régimen fascista: solo había mussolinismo.

En torno de este tema conviene mencionar la influencia que tuvo un libro que seguramente usted conoce y ha leído. Me refiero a Los orígenes del totalitarismo de Hannah Arendt, en el que la autora, sin saber nada del fascismo, afirmaba que el fascismo no era totalitario. En su libro, en el que el único régimen que aparece como totalitario es el estalinismo –ni siquiera considera totalitarios a Lenin y a Mao–, tampoco consideraba totalitario el nazismo: solo le atribuye esa cualidad desde el inicio de la guerra. La tesis de Arendt fue utilizada durante la Guerra Fría como un manifiesto propagandístico para ubicar en el mismo lugar la Rusia de Stalin y la Alemania de Hitler, pero sobre todo, para justificar que Estados Unidos y distintos países de la Alianza Atlántica estuvieran aliados a regímenes como el de la España de[Francisco] Franco y el Portugal de [António] Salazar, que tenían aspectos comunes con el fascismo. El concepto de Arendt según el cual el fascismo no era totalitario sino autoritario les servía a los países aliados a regímenes que tenían algunos aspectos del fascismo para afirmar que, si era autoritario, era «menos malo» –e incluso en ocasiones podría ser bueno– que el totalitarismo, es decir, que la Alemania de Hitler y la Rusia de Stalin. Este tipo de posiciones contribuyeron a la desfascistización del fascismo. A ese proceso de desfascistización del fascismo también contribuyó el hecho de que muchos fascistas reales de los tiempos de Mussolini se hicieran luego democristianos, comunistas o socialistas, por lo que los partidos debían decir que el fascismo no había tenido ninguna influencia y solo se dedicaban a ridiculizarlo.

Mire, cuando yo era niño no vi ni una sola película en la que no se ridiculizara el fascismo. Nunca tuve la sensación, de niño y de joven, de que el fascismo había sido algo trágico, que había allanado el camino para el nazismo y el totalitarismo en Europa. En lugar de hacernos entender cuál había sido la tragedia del fascismo, lo tomaban todo en broma, como algo gracioso. De las atrocidades del fascismo, solo se recordaba el crimen de Matteotti y la muerte de Gramsci. Si usted mira los primeros documentales sobre el fascismo, se dará cuenta rápidamente de que todo era una caricaturización, una serie de burlas y de chistes. Esto influyó mucho. Y el beneficio, por supuesto, se lo llevaron los neofascistas reales, que se presentaban como defensores de las «buenas políticas» del fascismo, de las grandes obras arquitectónicas, de las grandes fábricas, del bienestar de los trabajadores. Utilizaban toda esa palabrería amparados en ese proceso de desfascistización del fascismo. Decían, por ejemplo, que el fascismo había hecho buenas obras, para justificarlo. Usted sabe bien aquello que decía Cervantes: que no hay ningún libro malo que no contenga algo bueno.

Permítame que insista con las cuestiones relativas al uso de la palabra «fascismo» como arma arrojadiza para calificar a los adversarios políticos e ideológicos. Usted recordaba que en 1924 Gramsci llamó «semifascistas» a Amendola, Sturzo y Turati. Podríamos mencionar también que Palmiro Togliatti aplicó conceptos similares a Carlo Rosselli, el socialista liberal que murió luego a manos del fascismo. ¿Qué incidencia tuvo en el uso extenso y equívoco del término fascismo que vemos actualmente el hecho de que los comunistas siguieran la tesis del «socialfascismo» y aplicaran el concepto indiscriminadamente contra sus adversarios políticos, incluso contra aquellos que eran claramente antifascistas?

Tuvo un gran impacto, porque como usted dice, en el antifascismo italiano hasta 1935 e incluso en algunos casos hasta 1937, para los comunistas todos los izquierdistas no comunistas eran fascistas o semifascistas. Quien no se convertía a la interpretación comunista del fascismo era un fascista. Esta interpretación se suspendió durante la guerra y durante el periodo de la Resistencia, pero volvió a ganar lugar tras la Liberación. Después de 1947, los comunistas comenzaron a llamar fascista a Alcide de Gasperi, que era democristiano y antifascista, y ese proceso comenzó otra vez. Fíjese que Lelio Basso, militante marxista antifascista, en 1951 publicó un libro titulado Dos totalitarismos: fascismo y democracia cristiana. Una homologación realmente sin ningún sentido. Y debemos tener en cuenta que esto lo decía Lelio Basso que era quien, en un artículo publicado el 2 de enero de 1925 en La Rivoluzione Liberale, dirigida por el joven antifascista Piero Gobetti –víctima de los escuadristas, obligado al exilio y muerto en París en 1926, a los 25 años— había inventado el término «totalitarismo» para definir el régimen fascista.

El uso indiscriminado del término «fascismo« en Italia se relaciona directamente con esa acusación de fascistas contra todos los antifascistas no comunistas. En términos globales, la incidencia en ese uso indiscriminado la tuvo claramente la victoria de la Unión Soviética de Stalin en la Segunda Guerra Mundial, en tanto los comunistas extendieron la idea de que, como ellos habían vencido, eran los verdaderos opositores al fascismo. En consecuencia, podían marcar como fascista a cualquiera que se les opusiera. Y de ese uso extenso y confuso de la categoría derivó su pasaje a todos los ámbitos, a punto tal que los anticomunistas empezaron a llamar fascistas a los comunistas. Se transformó en una categoría para utilizar como arma contra cualquier opositor ideológico. Por eso vuelvo a mi razonamiento inicial: si el término «fascista» en sí mismo no contiene ninguna idea política clara, fascista puede ser cualquiera. ¡Incluso usted puede ser fascista porque me está haciendo preguntas para meterme en dificultades! Cuando reprobaba alumnos y debían repetir el examen, ¿qué decían?: «¡Este es un fascista!».

El hecho de que usted no utilice, por todas las razones que ha expresado, el concepto de «fascismo» para referirse a fenómenos políticos muy diversos, no implica que no observe los graves problemas de las democracias contemporáneas y sus derivas «iliberales». En tal sentido, usted ha acuñado el concepto de «democracia recitativa». Al mismo tiempo, ha advertido que el mayor peligro en la actualidad es la presencia de líderes elegidos democráticamente pero que carecen de ideales democráticos. ¿Qué significa el concepto de democracia recitativa y cuáles son, según su perspectiva, los dilemas que atraviesa la democracia hoy?

Si nosotros utilizamos el término «fascismo» para referirnos a lo que históricamente ha sido –es decir, que se ha expresado como organización, como cultura y como régimen en una cultura irracionalista y mítica fundada en la exaltación del Estado y de la nación, en una militarización de la política, en el totalitarismo y el imperialismo, en el racismo, en la revolución antropológica de la sociedad y en la guerra como fin último de la vida humana–, entonces debemos concluir que esto no está presente en los países democráticos. Sin embargo, en todos los países democráticos, incluso en los más antiguos, se están verificando una serie de procesos muy preocupantes. Uno es el creciente descontento de la ciudadanía, expresado en términos de desconfianza y, sobre todo, en una fuerte abstención electoral. Otro es la permanente y galopante intrusión de la corrupción. Y el que considero más importante es la renuncia al ideal democrático. El ideal democrático no es lo mismo que el método democrático, que consiste en el proceso de elecciones libres y pacíficas por el cual los ciudadanos eligen a sus gobernantes. Con el método democrático, lo sabemos muy bien, es posible elegir gobiernos racistas, antisemitas, machistas o antifeministas. Por eso el ideal democrático, por el cual durante 200 años muchos ciudadanos han sacrificado su vida en manifestaciones, en agitaciones, en revoluciones y en guerras, no consiste solamente en que los ciudadanos puedan elegir pacífica y periódicamente a sus gobernantes, sino en trabajar constantemente para eliminar todos los obstáculos y discriminaciones entre los gobernados.

Si la desigualdad de riqueza, y la pobreza y la precariedad son cada vez mayores, entonces tenemos un problema democrático –y en buena medida, parte del voto de los trabajadores a la extrema derecha se vincula a estas cuestiones–. Las estadísticas mundiales nos dicen que el 10% más rico del mundo posee hoy alrededor de 76% de la riqueza global. En Italia, durante la pandemia, el 5% más rico aumentó su riqueza, mientras que todas las demás clases perdieron poder adquisitivo salarial. Esa profunda desigualdad en la riqueza hace a un problema democrático muy serio: ¿quién, sino los ricos, puede acceder a propagandas electorales televisivas?

Al problema de la desigualdad, que impacta seriamente en la democracia, se agrega otro, y es el que usted menciona: el de la recitación. Una de las razones por las cuales se produce una fuerte abstención electoral se vincula a la consideración ciudadana de que la democracia se ha transformado en un espectáculo que tiene lugar solo en el periodo electoral. Los ciudadanos sienten que son convocados a votar y que, luego, los dirigentes políticos toman decisiones arbitrarias, de espaldas a la ciudadanía. En definitiva, toman las decisiones que quieren. En el sistema político italiano, los candidatos ni siquiera son elegidos por la ciudadanía, sino por sus compañeros de partido, y la ciudadanía es obligada a aceptar lo que los partidos han decidido. Todo esto hace a la calidad democrática. Es en este sentido en el que hablo de «democracia recitativa».

Ahora bien, es importante destacar que el método democrático prevalece, a diferencia de lo que sucedía hasta 1945, cuando movimientos fascistas y nacionalsocialistas negaban el principio mismo de soberanía popular. O a diferencia de los regímenes comunistas, que predicaban el principio de la soberanía del proletariado, pero que, finalmente, sostenían dictaduras de tipo totalitaria. Hoy todos los partidos, y también los llamados «populistas», reconocen ese principio y, de hecho, se refieren directamente a él. Evidentemente, este tipo de apelación al diálogo directo entre las masas y el pueblo puede constituir un desafío a la democracia liberal, como lo vemos en casos de Europa oriental, en la Rusia de Putin, en la Turquía de [Recep Tayyip] Erdoğan. Pero eso no los vuelve fascistas. No se puede ser fascista y apelar a la soberanía popular. Sería como ser bolchevique defendiendo la propiedad privada. Por lo tanto, los principales riesgos de la democracia emergen de la democracia misma. Repito: no debemos olvidar que la democracia como método basa su acción en el propósito y el objetivo de alcanzar algo más, el ideal democrático. Sin ese ideal, tenemos una democracia recitativa en la que, efectivamente, pueden producirse mayorías racistas, nacionalistas, iliberales. Si se abandona la realización del ideal democrático y la democracia es solo una recitación, el desarrollo del individuo se obstaculiza sin que exista ningún tipo de régimen fascista. Por lo tanto, para evitar la elección de gobiernos racistas, machistas, iliberales, de lo que se trata es de que la democracia no se limite al método democrático, sino que persiga el ideal democrático.

Permítame hacerle una última pregunta asociada a su propia trayectoria como historiador. Usted tuvo entre sus maestros a Renzo de Felice, un historiador de enorme relevancia, que desarrolló una de las más importantes biografías de Mussolini que se hayan escrito hasta la fecha. ¿Cómo conoció a De Felice y qué aprendió de él en términos del quehacer historiográfico?

Déjeme comentarle que, de niño, yo tenía dos grandes pasiones. Una era la pintura y la otra era la historia. Luego, por una serie de circunstancias, no me fue permitido seguir la vocación que más apreciaba que era la pintura, así que me dediqué a mi otro campo de interés. Mis primeros intentos fueron en historia medieval, y cuando tenía 18 años y estaba terminando el bachillerato, hice un ensayo  sobre la poesía de Dante. Sin embargo, el trabajo fue rechazado por el que entonces era mi profesor. Sinceramente, yo había puesto mucho empeño en ese texto, había dedicado mucho trabajo, y pensé que podía pedir otra opinión sobre aquel ensayo. Entonces se me ocurrió escribirle a Giuseppe Prezzolini, un escritor y periodista que escribía en Il Tempo, el periódico que leía mi padre. Prezzolini era un hombre muy famoso que, entre otras cosas, había sido el fundador de una revista La Voce en la que habían colaborado Giovanni Amendola, Benedetto Croce, Mussolini. Cuando le escribí yo desconocía por completo que él tenía 84 años y, en mi carta, lo traté de «tú», como si se tratara de un amigo. Él me respondió muy amablemente que, por la cultura que expresaba mi artículo, no creía que yo tuviese 18 años. Y así comenzó una relación. Luego, ya realizando mis estudios universitarios en Historia, conocí a un historiador antifascista que había sido amigo de Piero Gobetti y que tuvo una gran influencia para mí. Me refiero al gran historiador Nino Valeri, que fue el primero en estudiar el fascismo de manera científica. Yo quedé fascinado porque Valeri hablaba del periodo giolittiano y de los contestatarios de ese tiempo, entre los que se encontraba un joven intelectual que era el mismísimo Prezzolini. Lo cierto es que Valeri se convirtió en el director de mi tesis, pero se retiró de la academia antes de que yo la terminara. Mi director pasó a ser, entonces, Ruggero Moscati, pero necesitaba, sin embargo, un codirector. Y fue Prezzolini quien me dijo: «Fíjate que en Roma hay un historiador que yo admiro mucho. Se llama Renzo de Felice. Yo te daré una carta de presentación». Y así llegué a De Felice y se convirtió en mi codirector de tesis. Aun así, y a diferencia de lo que muchos creen, e incluso de lo que se afirma en la Enciclopedia Italiana, yo nunca estudié con él ni fui su discípulo directo.

De Felice era, ya entonces, un hombre muy importante en términos históricos. En 1965, cuando me estaba graduando del bachillerato, yo había leído el primer volumen de su extensa biografía de Mussolini, que había sido publicada ese mismo año. Ese libro me causó una profunda impresión. Aunque me fastidió un poco que el libro de De Felice estuviera escrito con un estilo muy difícil –yo siempre he preferido las frases breves, a lo Tácito–, quedé muy impactado por el aparato de citas bibliográficas que manejaba. De hecho, las notas casi duplicaban el tamaño del libro. Todas esas citas de archivo me fascinaron. Fue así como descubrí que no solo existía la historia que yo había leído en los libros de Benedetto Croce, que eran sintéticos y casi sin notas, sino que también estaba esto: la posibilidad de encontrar libros como el de De Felice, donde el archivo y las notas bibliográficas eran fundamentales.

Lo cierto es que, luego de graduarme, con De Felice como codirector de mi tesis, pasé un buen tiempo sin verlo, en tanto yo no comencé rápidamente la carrera académica, sino que me dediqué, algunos años, a enseñar italiano y latín, y luego historia del arte y por último historia y filosofía, en escuelas secundarias. Sin embargo, en 1971, conseguí una beca que no solo me dio una excedencia en la escuela secundaria en la que daba clase, sino que me permitió investigar en Roma. Esa beca hacía necesario tener a un profesor como garante de la investigación, y decidí pedirle ese rol a quien había sido mi codirector de tesis de grado. Acudí a De Felice y me contestó que sí, que él sería el garante de mi investigación. Fue entonces cuando comencé a colaborar en sus clases y seminarios. Esos fueron, para mí, dos años de un enorme aprendizaje. En primer lugar, aprendí la importancia de basar cada hecho histórico en la mejor documentación posible. Y, observando e interactuando con De Felice, entendí el verdadero significado de la independencia intelectual. Recuerdo que en una oportunidad le llevé unos capítulos de mi tesis para que los leyera y él, como buen profesor, me hizo una serie de observaciones. Yo le contesté, muy ingenuamente: «Muy bien, profesor, ahora mismo lo voy a modificar, voy a cambiar esto y aquello». Pero De Felice, a quien yo muchas veces veía en su casa, no me dejó ni siquiera terminar de hablar, me interrumpió y me dijo: «Escuche, Gentile, si usted cambia una palabra porque yo le he hecho una serie de observaciones, no venga más a verme». Fue entonces cuando aprendí lo que es ser un profesor universitario de gran valía pero que, como el propio De Felice decía, no quiere crear su copia en papel carbón.

Yo, que nunca fui su alumno, tampoco soy, como algunos dicen, su mejor heredero. Se dice que lo he seguido, pero en realidad, si esto es así, también lo he traicionado. De Felice argumentaba que el fascismo no había sido totalitario, pero yo llegué a la conclusión contraria a partir de mi trabajo con documentación histórica. Luego, De Felice también se convenció de ello. Fíjese que yo escribí en la década de 1980 muchos artículos sobre este tema, discutiendo la propia tesis de De Felice según la cual el fascismo no había sido totalitario. ¿Y sabe dónde se publicaron algunos de esos artículos? En la revista que dirigía el propio De Felice. Fue él mismo quien los publicó. Eso es lo que él me enseñó. Lo que realmente aprendí de De Felice es que hay que ser muy riguroso en la investigación documental y que no hay que escribir una frase que no corresponda a los documentos, a los hechos tal como resultan de los documentos, evaluándolos, por supuesto, críticamente. Y el otro gran aprendizaje que tuve fue que jamás debes oponerte a alguien que defiende una tesis distinta de la tuya si antes no compruebas si esa persona tiene razón y tú estás equivocado. Yo también he intentado enseñar esto a mis alumnos, muchos de los cuales se convirtieron luego en mis colegas. Son lecciones que hay que aprender. Aunque sea muy cansador e implique un trabajo continuo. El año pasado, en octubre, publiqué una historia del fascismo de 1.300 páginas, pero en el año 2002 publiqué una historia del fascismo de 29 páginas.[7] ¿Cuál es la verdadera? Ambas. Solo que en la primera no documenté todo lo que afirmaba. En la segunda, en cambio, no hay nada de lo que afirmo que no esté documentado. Y esto me parece importante.

Notas:

1. Se refiere a la militancia previa de Mussolini en el Partido Socialista.

2. Edhasa, Buenos Aires, 2014.

3. Carmelite House, Londres, 1922.

4. Siglo XXI, Buenos Aires, 2007.

5. Contro Cesare. Cristianesimo e totalitarismo nell’epoca dei fascismi, Feltrinelli, Milán, 2010.

6. Georges Passelecq y Bernard Suchecky: L’Encyclique cachée de Pie XI: Une occasion manqué de l’Église face a l’antisemitisme, La Découverte, París, 1995.

7. En Fascismo: Storia e interpretazione, Laterza, Roma-Bari, 2002.

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Para una perspectiva crítica. No es lo mismo giro descolonizador que giro liberador

19/06/2023 by Vitalio Deja un comentario

Por: Miguel Andrés Brenne

“La historia es objeto de una construcción cuyo lugar no está constituido por el tiempo homogéneo y vacío, sino por un tiempo pleno, ‘tiempo – ahora’.”1

Tanto los términos descolonización y liberación podrían significar explicaciones poco aclaratorias por la generalización que implican. De la misma manera, el término independencia menta la no dependencia. ¿La no dependencia de quién o de quiénes? ¿Es posible absolutamente considerada? A su vez, ¿toda descolonización es liberación?, ¿y toda liberación es verdaderamente humana? Valga aquí el interrogante: ¿qué es la verdad?, ¿nuevamente caeremos en una abstractísima generalización o en una de las tantas definiciones que circulan dentro del ámbito académico? ¿Qué es la verdad? ¿Haremos a lo Poncio Pilatos un lavarnos las manos cuando la misma vida es la que está en juego? ¿La verdad se posee o es un modo existencial que nos posee? Si la verdad no es una mera propiedad, ¿desde qué lugar puede decirse tamaña afirmación?, y si desde un lugar, ¿acaso ya no desmerece el sentido de verdad? Si no hay sujeto portador de la misma, ¿qué es la verdad para no incurrir en una especie de mercado de ideas donde se imponen las más fuertes o convincentes o seductoras?

Luego de este planteo, esbocemos un breve desarrollo, en la pretensión de formular más interrogantes que respuestas.

Ya el prototipo del mapa de Gerard Kremer (llamado también Mercator) y el de Arno Peters, además del que construye Stuart MacArthur, nos marcan que sus dibujos implican posicionamientos políticos ideológicos antes mera que graficación del mundo2.

El primero con la línea del ecuador que divide cada hemisferio en una 2/3 partes hacia arriba y en una 1/3 parte hacia abajo, aunque sepamos que el ecuador (del latín æquatoris: igualador) divide la superficie del planeta en dos partes, el hemisferio norte y el hemisferio sur. El segundo con las dimensiones reales de las regiones, pero nos parece distorsionado, por cuanto no estamos habituados a su visión. El tercero, un mapa invertido, desde el diseño de Kremer, pero con el centro puesto en Australia. Y si agregamos el mapamundi chino, el centro estará puesto en China. Es así que ni la mirada percibe lo que pretendidamente sostiene que ve. Y si hipotéticamente estuviéramos perdidos en el espacio, sin ningún eje de referencia, ¿dónde quedarían Norte y Sur?

Entonces, la liberación, más que la descolonización (aunque ésta implique a aquélla) de cierta percepción se hace imperativo en función de la producción y reproducción de la vida en comunidad, material y simbólicamente, que favorezca procesos de interculturalidad potenciadores de la misma vida.

Salvadas las distancias, algo similar ocurre con “la razón”. En nuestras universidades y facultades, ¿se enseña filosofía o bien se enseña filosofía occidental, la que prioritariamente se instituye en el Norte, cual razón que se universaliza y por ende coloniza?

Si hay una razón que se universaliza y coloniza, al modo de la europeo occidental, consideremos que al “cogito sum” (Renato Descartes) antecede el “conqueror sum” (Enrique Dussel3), a quien le continúa el “exterminator sum” (parafraseando libremente una expresión de Ramón Grosfoguel4), y luego el “privilegiatus sum” (Miguel Andrés Brenner5), para recién concluir en el “cogito sum”. Entonces, la liberación, más que la descolonización (aunque ésta implique a aquélla) de cierta razón, se hace imperativo en función de la producción y reproducción de la vida en comunidad, material y simbólicamente, que favorezcan procesos de interculturalidad potenciadores de la misma vida.

El “cogito”, como se plantea en tantas sedes académicas, obvia que es solamente un europeo occidental-excluyente, de raza blanca-excluyente, masculino-excluyente, adulto-excluyente, de linaje-excluyente. Ese cogito contextualizado temporal/espacialmente se universaliza con toda su carga valorativa colonizadora. Y, en el mejor de los casos, a posteriori, en nuestro hoy, el diálogo solo se pretende factible dentro de sus márgenes.

Esa antaña universalización es posible ante una Europa periférica, hasta el siglo XV, al centro comercial del mundo6, que decide expandirse colonialmente hacia las Indias, constituyendo así una primera mundialización, según la explicación de Dussel7.

Precisemos:

  • Europeo occidental-excluyente: lo no occidental no entra en juego, y más radicalmente, tampoco se consideran otras regiones de la misma Europa, por ejemplo, en la significación que Immanuel Kant le asigna en su texto “Antropología práctica”, la razón propiamente dicha solamente se ubica al norte de los Pirineos:

“Entre las naciones cultas de Europa cabría contar a: 1) los franceses, 2) los italianos, 3) los ingleses, y 4) los alemanes, así como a los suizos, holandeses, daneses y suecos, ya que todos estos pueblos se han ido entremezclando con los pueblos germanos8.”

  • Raza blanca-excluyente: así valga, v.gr., la exclusión de los colonizadamente llamados pueblos “salvajes” de nuestra América. En su “Antropología en sentido pragmático”, el recién mencionado filósofo nos dice:

“Quien no puede expresarse nunca sino simbólicamente /con imágenes9/, tiene todavía en escasa medida conceptos del entendimiento, y la tan admirada viveza de exposición que en sus discursos dejan oír los salvajes (y a veces los llamados sabios en un pueblo todavía rudo) no es nada más que pobreza de conceptos10.”

  • Masculino-excluyente: aparece la negación de la mujer, problemática que aclaramos más abajo en referencia a Karl Marx, que si bien nunca trabajó la cuestión de género, tiene en su obra un pequeñito y hermoso párrafo al respecto.
  • Adulto-excluyente: no entran niños ni jóvenes en consideración alguna, es la razón adulta la que predomina. “Entiendo por uso público de la propia razón el que alguien hace de ella, en cuanto docto, y ante la totalidad del público del mundo de lectores”, afirma Kant en “¿Qué es la ilustración?”, donde “uno mismo” es culpable de la minoría de edad por “pereza y cobardía”11.
  • Linaje-excluyente: Rousseau afirma en “El Emilio” que…

“El pobre no tiene necesidad de educación; la de su estado es forzada y él no sabría alcanzar otra…” “Escojamos, pues, a un rico; estaremos seguros al menos de haber hecho un hombre más, en lugar de que un pobre pueda llegar a ser hombre.” “…no me pesa que Emilio tenga linaje12.”

Hasta aquí vale un imperativo ético político hacia la descolonización de la percepción y la razón a la vez. Empero, dentro de un proceso de liberación un criterio de verdad debiera imponerse: la vida. Ya el mismo Karl Marx nos decía refiriéndose al ser humano: “La vida productiva es… la vida genérica. Es la vida que crea vida13.” Bellísima explicación acerca del hombre. Discursivamente enuncia al “hombre” y por añadidura ingresa en tal categoría la mujer. Sin embargo, Karl Marx, tiene en cuenta esa problemática, su exclusión, por lo que aclara:

“En la relación con la mujer, como presa y servidora de la lujuria comunitaria, se expresa la infinita degradación en la que el hombre existe para sí mismo, pues el secreto de esta relación tiene su expresión inequívoca, decisiva, manifiesta, revelada, en la relación del hombre con la mujer y en la forma de concebirla inmediata y natural relación genérica.” “La relación inmediata, natural y necesaria del hombre con el hombre, es la relación del hombre con la mujer.” “… la relación del hombre con la mujer es la relación más natural del hombre con el hombre. En ella se muestra en qué medida la conducta natural del hombre se ha hecho humana…14”15

Esa vida, la vida que crea vida, es el criterio de verdad de cualquier tipo de relación o producción humana. Esa verdad se identifica con la fuerza creativa o רוּחַ  rúaj (hebreo), por lo que se materializa la identidad entre historia, verdad y vida, al decir del Evangelio según San Juan16. Un modo de ser es más verdadero cuanto más potencie la vida.

Liberación es liberación de la praxis global: vida que crea vida.

Diferencias entre emancipación y liberación. Emancipado es el adulto. Emancipar (en latín emancipare)significa libertar de la potestad paterna, de la tutela o de la servidumbre, compuesto de ex ‘fuera’, manus ‘mano’ o ‘potestad’ y capere ‘coger’17. En latín adultus quiere decir ‘crecido’. La referencia, entonces, es a la mayoría de edad. Y se es mayor para considerarse a sí mismo como autor de los propios actos. Kant afirma en ¿Qué es la Ilustración?18que la salida del hombre de la minoría de edad requiere de la libertad de hacer uso público de la razón, lo que producirá el tránsito hacia la madurez, la emancipación de la humanidad. Uno mismo es culpable de la minoría de edad “debido a la pereza y la cobardía”, y en ello incurre la mayoría de los hombres. Es la razón de los doctos de la Europa19 moderna y colonialista. Nos dice el filósofo: Entiendo por uso público de la propia razón el que alguien hace de ella, en cuanto docto, y ante la totalidad del público del mundo de lectores.” Es la razón europea, blanca, masculina, adulta, docta, colonial, que actualmente nos vende la denominada “posmodernidad” conservadora, que reconocería múltiples racionalidades, diferencias, verdades débiles al decir de Gianni Vattimo, pero sin reconocer la forma del colonialismo del poder a través de la supuestamente incuestionable “única razón” del capitalismo neoliberal globalizado de base financiera, sin perfil ético20 alguno, y los valores culturales que refuerzan su legitimidad.

El término emancipación de la América española21o el de emancipación latinoamericana, en última instancia, es ideológico. ¿Por qué? Oculta. ¿Qué? El logro del estado de adultez señala derechos, liberación necesita de luchas22. La emancipación implica rituales que significan el ingreso a un estado de derecho, ámbito de lo formal. La liberación supone combate, proceso en función de logros a conseguir, cuyo valor se encuentra en la finalidad o meta del accionar, ámbito de la praxis, y es esto último lo que se vela como punto de partida de la interpretación.

Liberación, ¿cómo explicarla en función de una interpretación amplia? Es una noción cara al Evangelio de Jesucristo. Me llama fuertemente la atención cuando aparece la identificación, en Cristo, del hacer historia con la verdad y la vida. Yo soy el camino, la verdad y la vida, nos dice San Juan23. Hay identidad entre verdad y vida. Y la verdad en tanto ۥalέqeia, descubrir, sacar el velo, poner a la luz, dinámica a la manera de un parto. Vida que potencia la propia vida, vida en comunidad. Es desafío, no dejarnos chupar24, ser parteros de la historia. Pero, conste que la liberación será posible mientras el deseo de comunidad y la comunidad de deseo potencien múltiples comunidades que, sin perder lo propio, se interrelacionen, en el plexo de las diferencias, incrementando sentido y praxis de vida comunitaria.

Notas:

1 Benjamin, Walter. Tesis de Filosofía de la Historia. Tesis nº 14. http://www.uv.es/fjhernan/docencia/curs2011_2012/unimajors2011/benjamin_historia.pdf (consulta: 17/05/2003) Benjamin nació en Berlín durante el año 1892 y falleció en 1940.

2 La proyección de Kremer o Mercator es de 1569, la de Arno Peters de 1974, la de MacArthur de 1979.

3 “La Modernidad se originó en las ciudades europeas medievales, libres, centros de enorme creatividad. Pero ‘nació’ cuando Europa pudo confrontarse con ‘el Otro’ y controlarlo, vencerlo, violentarlo; cuando pudo definirse como un ‘ego’ descubridor, conquistador, colonizador de la Alteridad constitutiva de la misma Modernidad.” Dussel, Enrique. 1492. El encubrimiento del Otro. Hacia el origen del ‘mito de la modernidad’. La Paz, Bolivia, Editorial Plural. 1994. p. 8. http://biblioteca.clacso.edu.ar/clacso/otros/20111218114130/1942.pdf (consulta: 20/05/2016)

4 En el sentido de Grosfoguel, valga la siguiente afirmación: “El concepto de epistemicidio es de Boaventura de Souza Santos. Es la aniquilación, la extirpación, el exterminio de toda forma de saber que no sea la de quienes detentan el poder hegemónico.” http://unaantropologaenlaluna.blogspot.com/2014/04/decolonizando-el-saber-reiventando-el.html (consulta: 20/05/2016)

5 La presente mención pues dicho cogito no se sitúa en los sectores desposeídos. Descartes se sostenía gracias a una herencia y durante su estancia en los Países Bajos trabajó como tutor de la princesa Isabel.

6 Dicho centro se daba en China e India.

7 Dussel, Enrique. Ética de la liberación. Ante el desafío de Apel, Taylor y Vattimo. México D.F., Ediciones de la Universidad Autónoma del Estado de México. 1998. p. 164.

8 Kant, Immanuel. Antropología Práctica. Madrid, Editorial Tecnos. 1990. p. 98

9 Acotación nuestra.

10 Kant, Immanuel. Antropología en sentido pragmático. Madrid, Alianza Editorial. 1991. p. 52

11 Kant, Immanuel. Qué es la ilustración. “La pereza y la cobardía son causa de que una tan gran parte de los hombres continúe a gusto en su estado de pupilo, a pesar de que hace tiempo la Naturaleza los liberó de ajena tutela (naturaliter majorennes)…” http://pioneros.puj.edu.co/lecturas/interesados/QUE%20ES%20LA%20ILUSTRACION.pdf (consulta: 18/02/2003)

12 Rousseau, Juan Jacobo. El Emilio. Madrid, Biblioteca EDAF. 2003. p.54. Reconozco que en mis clases, sin endiosar a uno y diabolizar al otro, panfletariamente digo “viva Comenio, muera Rousseau”, ese Rousseau que se deshizo de sus cinco hijos.

13 Marx, Karl. Manuscritos económico-filosóficos de 1844. Biblioteca Virtual Espartaco. 2001. p 62 https://pensaryhacer.files.wordpress.com/2008/06/manuscritos-filosoficos-y-economicos-1844karl-marx.pdf

14 Ibid. pp. 144-145.

15 Invito al público lector a no criticar a Marx por el sentido que otorga al término “natural”. Marx es hombre de su época, por ende, difícilmente podría haber comprendido, como en la actualidad, el sentido cultural de “naturaleza”, sus implicancias políticas y económicas.

16 Jo. 14, 6.

17 Corominas Joan, Breve Diccionario Etimológico de la Lengua Castellana, 8ª reimpresión, 3ª edición, Editorial Gredos, Madrid, 1997, p. 226.

18 Immanuel Kant, ¿Qué es la ilustración? <www.biblioteca.net> (consulta: 2 de abril de 2008)

19 “Jamás hay que olvidar que la ‘Aufklärung’ es un evento o un conjunto de eventos y de procesos históricos complejos, que se ubican en un cierto momento del desarrollo de las sociedades europeas.” Michel Foucault, ¿Qué es la ilustración? < www.biblioteca.net> (consulta: 2 de abril de 2008) El periódico alemán Berlinische Monatschrift publicó, en noviembre de 1784, el escrito de Kant ¿Was ist Aufklärung? Foucault, con el mismo nombre, hace un análisis del mismo.

20 Repulsa a los economistas del establishment relacionar ética con economía.

21 Ministerio de Educación, Gobierno de España, Contenidos de historia de 2º bachillerato www.educacion.es (consulta: 28 de febrero de 2010)

22 Formulo esta apreciación aunque se hablare de luchas por la emancipación, pues esta última lograda hace a un estado de derecho, mientras que la liberación es un proceso histórico, nunca acabado, que siempre requiere de nuevos avatares, en distintos tiempos, en diferentes contextos.

23 Evangelio según San Juan, Jo 14, 6.

24 Utilizo dicho término en el sentido perverso del terrorismo de Estado, como opuesto a la vida.

Miguel Andrés Brenner. Facultad de Filosofía y Letras, UBA.

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«Hay que pasar de la transición agroecológica de un campo a la transición civilizatoria»

19/06/2023 by Vitalio Deja un comentario

Por: Mariángeles Guerrero

La relación directa entre el modelo extractivo y la salud de la población, el diálogo de saberes entre la academia y los territorios, la producción de alimentos sanos y la soberanía alimentaria. Fueron algunos de los ejes del VII Congreso de Salud Socioambiental, espacio de referencia para articular y fortalecer acciones colectivas.

Lo que se hizo, se hace y lo que queda por hacer para lograr una vida más justa. Es lo que se reflexionó y compartió en el VII Congreso de Salud Socioambiental de Rosario, una gran reunión entre activistas y científicos comprometidos con la ciencia digna de diversos países. El diálogo entre la academia y las prácticas populares atravesó los tres días del encuentro, con gran protagonismo de las acciones de defensa de los bienes comunes. Agroecología, transición energética justa, el rol de los Estados, el derecho a la salud y la soberanía alimentaria, fueron algunos de los temas centrales.

El jueves 15 la jornada inició con Milena Sergeeva, de Chile y coordinadora para América Latina de la Red de Clima y Salud, con Julieta Díaz Bazán, de la Universidad del Gran Rosario, y Matías De Bueno, de la Universidad Nacional de Rosario. El panel se llamó “Sector salud y universidad frente a la crisis climática”. Se dialogó sobre el futuro de los sistemas de salud y las enfermedades que se generan en las poblaciones a raíz de la crisis climática.

Sergeeva comentó el caso de una guía colaborativa que realizan desde la Red de Clima y Salud para repensar las prácticas sanitarias en los nuevos contextos. “En Chile las comunidades reclaman que la medicina no ha sido capaz de detectar las causas de las dolencias, pese a atenderlas cotidianamente”, expresó. Leer las situaciones que generan los agrotóxicos y la megaminería, por citar algunos ejemplos a los fines de la prevención, resultó una de las claves para seguir pensando. Incluso se recibieron aportes de quienes escucharon el panel en tanto aportes a la construcción colectiva. Por ejemplo, se sugirió agregar al trabajo social como una profesión que contribuye a analizar los condicionantes socioambientales de la salud.

De Bueno señaló que el rol de las universidades es formar profesionales que contribuyan a introducir la perspectiva ambiental en las instituciones y generar conocimiento científico para la información pública de las comunidades, aspecto que resaltó como un derecho. El Observatorio Ambiental de Rosario, que coordina De Bueno, hizo algunos avances en ese sentido. En el contexto de los incendios del delta del Paraná, coordinó estudios que midieron los niveles de contaminación del aire en el Gran Rosario, detectando cifras cinco veces mayor a la media nacional.

Comprender la vinculación entre saberes y salud también es necesario en el plano alimentario. Por eso, en el panel “Sistemas alimentarios para recuperar la salud de los territorios”, Fernando Frank (de la Red Calisas -Cátedras de Soberanía Alimentaria) indicó la importancia de “vincular la salud de los suelos con la salud humana”. Al respecto, para construir una salud colectiva y socioambiental es necesario apostar a la agroecología como forma de producir lo que comemos. Frank invitó a pensar la transición agroecológica más allá de las tranqueras: “Hay que pasar de la transición agroecológica de un campo a la transición civilizatoria”.

Junto a él estuvo Eduardo Cerdá, director de Agroecología de la Nación y uno de los impulsores de la Renama, que destacó que, en 2020, por primera vez un Estado latinoamericano generó un ámbito estatal específico destinado a la agroecología en su organigrama. Sin embargo, reconoció que la entidad hasta el momento trabajó sin presupuesto. Uno de los ejes que abordó refirió el Estado y la articulación con las universidades para crear propuestas académicas relativas a la agroecología.

Tomasa Ramos, de Rosario, y Leomárcio Araujo, de Salvador (Brasil) contaron sus experiencias en relación a la transición agroecológica. Ramos explicó la experiencia de los parques agroecológicos de la ciudad. Araujo relató cómo se organizan en 14 estados de Brasil a través del Movimiento de Pequeños Agricultores (MPA).

Más tarde fue el turno del taller de «transición energética», en el que se puso en cuestión qué significa una transición justa para los países del Sur Global. “Esta es una transición de patas cortas”, dijo Maristella Svampa en relación al litio y a las energías verdes, destacando que los países del Norte Global no cuentan con los recursos necesarios para la producción de las llamadas energías limpias.

Pensar en la transición energética implica repensar los patrones de consumo ante la crisis de los combustibles fósiles, pero también deja algunos interrogantes abiertos: ¿Transición para quiénes? ¿A costa de quiénes? El maestro diaguita Marcos Pastrana brindó, desde el público, una pista para pensar posibles respuestas en el marco del cambio civilizatorio necesario: «Ya se sacrificaron los pueblos para que vivan las empresas, es hora de que se sacrifique los pueblos para que vivan las empresas».

Al cierre de ese panel se presentó brevemente la Campaña Nacional en Defensa del Agua, como una instancia colectiva específica para cuidar ese bien común en los distintos puntos del país. Más tarde, se leyó el informe de las delegaciones feministas a Perú y a Puelmapu, en el marco de la resistencia popular y campesino al golpe de Estado contra Pedro Castillo.

El viernes, en la tercera y última jornada del Congreso, se llevó a cabo el panel «Justicia ecológica», con los abogados Lucas Micheloud, Santiago Pascual, Santiago Mirande (de Uruguay) y María Laura Martínez. Entre las preguntas del público emergió la necesidad de contar con un acceso efectivo a la justicia, lo que implica una perspectiva ambiental en el Poder Judicial, pero también contar con los saberes necesarios para hacer frente a los argumentos de las empresas en los litigios. «¿Cómo avanzamos hacia penas que no sean sólo simbólicas sino de cumplimiento efectivo?», preguntó alguien desde el público.

La respuesta construida desde el debate fue la necesidad de que se formen abogados y abogadas con perspectiva ambiental, que comprendan que la propiedad no es un derecho absoluto. Y además, que toda decisión político-económica tiene implicancias ambientales en los cuerpos y en los territorios.

“Salud es el ejercicio del derecho a luchar”, expresó Micheloud en el cierre, como una nueva conceptualización que emergió después de dos días de circulación de la palabra y de escucha.

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Se desinfla la primaria opositora en Venezuela

19/06/2023 by Vitalio Deja un comentario

Por: Marcos Salgado

La Comisión Nacional de Primaria de sectores de la oposición venezolana comunicó que realizarán una elección “autogestionada” para elegir la candidatura para las presidenciales de 2024, luego que los rectores del Consejo Nacional Electoral (CNE) renunciaran en masa y la Asamblea Nacional activara el proceso para designar nuevos rectores. ¿Quiénes ganan y quiénes pierden con las primarias sin CNE?

Lejos quedaron los fastos de la presentación de la Comisión de Primaria en El Hatillo, en el sur rico de Caracas, aunque no pasó tanto tiempo: apenas desde febrero hasta ahora. El acto con referentes de los partidos del llamado G4 de la oposición venezolana donde se presentó una ruta hacia primarias unitarias, decantó meses después en una raída conferencia de prensa en una oficina en el Colegio San Ignacio de Loyola, en el este caraqueño.

Allí el presidente de la Comisión de Primaria, Jesús María Casal, anunció que tras las evaluaciones con los candidatos y después de la renuncia de los rectores principales y suplentes del Consejo Nacional Electoral, optarán por “organizar la primaria autogestionada”, esto significa que la elección no se apoyará en el Poder Electoral para habilitar centros de votación, validar el registro electoral y -lo más importante- confirmar la cantidad de votantes en la primaria.

En línea con lo módico del escenario de la rueda de prensa, Casal lució arrinconado en las preguntas. Periodistas de medios para nada afectos al oficialismo quisieron saber cómo se organizará la elección autogestionada. El presidente de la primaria contestó que habrá “una serie de actividades públicas de recolección de fondos” y confirmó que “la votación será manual”. “Evidentemente hay que conversar con los candidatos. Hay que definir todos los aspectos económicos”, dijo Casal.

¿Quién gana y quién pierde?

Desde que comenzó la estrategia de la primaria opositora, los corrillos se centraron en si la oposición debía aceptar o no la participación del Consejo Nacional Electoral como validador del proceso. Este parteaguas llegó también a los candidateados. Mientras Henrique Capriles Radonski, el ex gobernador del estado Miranda y dos veces derrotado en presidenciales (Chávez en 2012 y Maduro en 2013) fogoneaba la necesaria participación del CNE, la ex diputada María Corina Machado propugnaba unas elecciones internas sin participación del “régimen”, lo que finalmente ocurrió.

Así, con la primaria autogestionada, María Corina Machado gana. “Este es un logro de la gente. En 128 días el pueblo de Venezuela va a hablar claro y firme. Contando nuestros votos papelito por papelito”, dijo en un acto en el interior del estado Lara, en el noroeste venezolano. Su devoción por el voto manual (papelito por papelito) remite a las apelaciones de Jair Bolsonaro contra el voto electrónico. Las coincidencias no son casuales.

Analistas sindican a Machado como la candidata de la Casa Blanca. Para imponerse en las primarias, necesita que el voto se concentre solo en las zonas donde hacer mejor pie. Para eso, una elección «autogestionada» con más mesas de votación dispuestas en la zonas de voto duro de la oposición le viene como anillo al dedo.

Y el primero que pierde es Capriles. Su posibilidad de ganar una primaria parece depender de la extensión territorial del proceso eleccionario opositor y de cuánto logre desdibujar o no su pasado de furibundo antichavista y en cambio constituirse en un referente contra el candidato del chavismo -indiscutido- Nicolas Maduro.

En la otra esquina, también gana el chavismo con el anuncio de unas primarias autogestionadas. Desde el mismo anuncio en febrero, los referentes principales del partido de gobierno pronosticaron el fracaso del proceso de primarias. Diosdado Cabello, principal referente del Partido Socialista Unido de Venezuela, asegura regularmente en su programa semanal “Con el Mazo Dando” que Capriles abandonará su candidatura.

Mientras tanto, Nicolás Maduro recibe en el Palacio de Miraflores a referentes disímiles. Es el caso del embajador de Uruguay designado por el gobierno de Luis Lacalle, Eber da Rosa, político derechista. El presidente Maduro, el que persiste en su sillón de presidente desde 2013, lo recibió ante atentos corresponsales extranjeros.

*Periodista argentino del equipo fundacional de Telesur. Corresponsal de HispanTv en Venezuela, editor de Questiondigital.com. Analista asociado al Centro Latinoamericano de Análisis Estratégico (CLAE, estrategía.la)

Publicado en: Venezuela

El canto de guerra de Blinken

19/06/2023 by Vitalio Deja un comentario

Por: Seymour Hersh

El belicista predilecto de Biden pide que no se detenga el derramamiento de sangre en Ucrania

En un discurso pronunciado en Helsinki el 2 de junio, Antony J. Blinken, secretario de Estado de Estados Unidos, dio la bienvenida a Finlandia como nuevo miembro de la OTAN. Belicista inquebrantable cuando de Rusia se trata, Blinken ha llevado su compromiso feroz con la guerra de Ucrania hasta un nuevo límite al rechazar una vez más las negociaciones de alto el fuego –una necesidad que apremia a la ciudadanía y el ejército ucranianos, cada vez más asediados–.

“En las semanas y los meses siguientes –expresó–, algunos países pedirán un alto el fuego. Y, a simple vista, puede parecer una idea sensata, incluso atractiva. A fin de cuentas, ¿quién no va a querer que los contendientes depongan las armas? ¿A quién no le gustaría que cese la matanza? Sin embargo, un alto el fuego que simplemente suspenda los frentes de combate tal y como están y le permita a Putin consolidar el control sobre el territorio que ha ocupado, descansar, rearmarse y volver a atacar no es una paz justa y duradera: es una paz de Potemkin. Legitimaría la apropiación del territorio por parte de Rusia; recompensaría al país agresor y penalizaría a la víctima”.

¿Acaso el secretario de Estado de Estados Unidos no está al tanto –o no quiere estarlo– del éxito y la importancia histórica de las fuerzas internacionales de paz? ¿Acaso no es consciente del trabajo que hizo el diplomático Richard Holbrooke, por muy polémica que fuese esta figura? En 1995, Holbrooke negoció el final de la sanguinaria violencia étnica en Bosnia y Herzegovina entre los serbios, los croatas y los musulmanes. El odio de unos por otros era tan intenso como el que ahora se está desatando entre la ciudadanía y los militares ucranianos por sus adversarios rusos.

El discurso de Blinken terminó así: “[…] cuando un pueblo libre como el ucraniano está respaldado por naciones libres de todo el mundo –que reconocen su destino y su libertad–, sus derechos y su seguridad son indisociables; la fuerza que poseen no solo es arrolladora: es imparable”.

Hablando en plata: odio a los rusos; que corra la sangre. 

Blinken volvió a relatar la historia de cómo en febrero de 2022 advirtió al Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas –un viejo instrumento político estadounidense, apenas contrarrestado por el poder de veto de Rusia y China– de que la invasión rusa era inminente y, en cuanto se desencadenase, Estados Unidos intervendría con sus aliados de la OTAN para ayudar a Ucrania a defender su territorio.

Más de quince meses después, afirmó frente a la multitud finesa que proseguir con la carnicería tiene su lado positivo. “Está claro que a día de hoy la situación de Rusia es mucho peor que antes de la invasión a gran escala de Ucrania, tanto a nivel militar, económico como geopolítico”. La Unión Europea está más unida que nunca –aseguró– y ha proporcionado a Ucrania más de 75.000 millones de dólares en ayuda militar, económica y humanitaria. Además, ha acogido a más de ocho millones de refugiados ucranianos. (En otro texto he hablado sobre el aumento creciente de los costes y las ansiedades que genera la crisis de refugiados derivada de la guerra en la región. A pesar de ser enemigos de Rusia y de Putin, muchos países vecinos de Ucrania han instado subrepticiamente al presidente ucraniano Volodímir Zelenski a que procure un alto el fuego y el final de la masacre).

Si bien es cierto que el crecimiento económico de Rusia ha menguado por el coste de la guerra, el país está muy lejos de quedarse aislado. En marzo, un año después de la ofensiva rusa sobre Ucrania, la Economist Intelligence Unit (EIU) reveló que “cada vez más países se alían con Rusia. Hay países que antes se posicionaban como neutrales o no alineados y desde el inicio de la invasión han cambiado su postura”. En esa línea, el informe de la EIU explica que “hubo un gran cambio en la postura de los países que se inclinan por Rusia, cuyo número se ha incrementado de 29 a 35. De entre ellos, China sigue siendo el más relevante, pero otros países en vías de desarrollo –concretamente cita a Sudáfrica, Mali y Burkina Faso– también se han desplazado hacia este grupo, que representa el 33% de la población mundial. Esta tendencia pone de relieve la creciente influencia de Rusia en África”.

El informe agrega que el número de países que condenan activamente la guerra rusa en Ucrania ha disminuido, “ya que algunas economías emergentes se han desplazado hacia una posición neutral”. Así pues, el bloque de países que apoya firmemente a Ucrania comprende ahora el 36% de la población mundial.

Cualquiera creería que el secretario de Estado de Estados Unidos, con la influencia internacional que tiene, estaría obligado a no menoscabar la credibilidad de este país tergiversando el panorama mundial. ¿O será que solo ve el panorama de la parte del mundo que defiende el poder estadounidense?

Y es que ha declarado, por ejemplo, que “Europa dio un giro rápido y decisivo al volver la espalda a la energía rusa”, cuando Berlín “suspendió inmediatamente la aprobación del Nord Stream 2”, un nuevo gasoducto que discurría entre Rusia y Alemania. Si hubiera llegado a ponerse en funcionamiento, se habría duplicado el volumen de gas a precio reducido que fluye desde Rusia a las empresas y los hogares alemanes. Ante la presión de Occidente, el canciller alemán Olaf Scholz cerró el grifo del nuevo gasoducto y nunca recibieron ese gas. (Los operativos de inteligencia de Estados Unidos asignados a la misión autorizada por Biden para volar los gasoductos –a quienes les he dedicado otro artículo– ignoraban que estas tuberías de 1.234 km que tenían que destruir contenían gas natural ruso).

Es posible que Estados Unidos no contara con la información suficiente para llevar a cabo su misión secreta, pero también puede ser que Scholz hubiera dado la orden de llenar el gasoducto de gas para disponer de margen de maniobra en caso de que la guerra no saliese bien. Quizás eso también hubiera aumentado la peligrosidad de la misión secreta estadounidense. No obstante, el presidente Biden le arrebató esa posibilidad –si es que era lo que pretendía Scholz– al ordenar la destrucción del gasoducto el 26 de septiembre de 2022. Se desconoce si el canciller pudo manifestar su opinión al respecto, pero la jugada temeraria de Biden lo dejó en una encrucijada. Por un lado, ya no podía retirar su apoyo en la guerra de Ucrania; por otro, necesitaba el gas para mantener en funcionamiento las fábricas y los hogares con calefacción. Ahora bien: ese suministro se iba a cortar sí o sí.

Scholz y Alemania sobrevivieron este último invierno, a pesar de la falta de gas ruso, gracias a unas reservas suficientes, un invierno más cálido de lo habitual y miles de millones de euros en subsidios que el Gobierno alemán concedió a las familias y las empresas. Así las cosas, en mayo, Politicopublicó un sombrío pronóstico titulado: “Alemania ha caído en recesión y todo el mundo debería preocuparse”. El reportaje de Johanna Treeck señala que, según los últimos datos, la principal economía de la eurozona, azotada por los altos precios de la energía, y de otros insumos, lleva tiempo contrayéndose. Los expertos confirman el diagnóstico, recalca Treeck: “No se trata de un bache aislado”.

Pues bien, me dirigí a Sarah Miller, una especialista en energía que ha sido editora de las publicaciones privadas sobre el mercado de la energía más importantes de Estados Unidos, para preguntarle acerca de la situación de las economías alemana y europea. “Lo que me sorprende –me comentó– es que la recesión de Alemania no sea peor de lo que es y que no se haya reflejado antes en los datos. Por supuesto, la pérdida del gas ruso y los consecuentes altos precios de la energía son factores determinantes de la crisis. No creas que hay mucho debate al respecto. La decisión alemana/europea del otoño pasado [tras la explosión de Nord Stream] de pagar lo que fuese necesario para comprar GNL [gas natural licuado] con sobreprecio ha afectado a esta industria en crecimiento en todo el mundo”.

Samuel Charap, académico experto en Rusia, acaba de publicar un ensayo en Foreign Affairs sobre la estrategia de Washington en Ucrania. Charap formó parte de la Administración Obama y en la actualidad trabaja en RAND Corporation. No es fanático de Rusia ni de lo que él denomina las “vagas” ideas de Estados Unidos sobre el (no) final de la guerra y tiene muchas sugerencias acerca de los pasos que podrían conducir a unas negociaciones de paz efectivas o, como él dice, a “facilitar el final de la partida”. Por ejemplo, un acuerdo de armisticio, zonas desmilitarizadas, comisiones conjuntas de resolución de conflictos y garantías de terceros. Movimientos afables para que unos enemigos acérrimos puedan alcanzar la paz sin resolver sus diferencias sustanciales.

No es gran cosa, pero al menos es un comienzo. Qué pena que el nombre de Antony Blinken no aparezca en su artículo.

Traducción de Cristina Marey.

Publicado en: Global

Suspendido por dar noticias equilibradas sobre Ucrania

19/06/2023 by Vitalio Deja un comentario

Por:  Tony Kevin

Un editor de la Radio de Nueva Zelanda ha sido suspendido (de empleo y sueldo) y está siendo investigado por llevar a cabo las prácticas consagradas de proporcionar una información equilibrada y basada en hechos.

El pasado 9 de junio la página web de The Guardian Australia publicó un informe sobre las noticias de Ucrania y el 12mdemjunio continuó con otro informe con más información, cuyas implicaciones para la libertad de expresión son profundamente preocupantes.

Los informes tratan sobre un empleado -anónimo- de la Radio de Nueva Zelanda – RNZ-, si bien en la pequeña Nueva Zelanda todo el mundo sabrá pronto de quien se trata. Este periodista ha sido suspendido de empleo y sueldo, y se investiga su conducta profesional. Obviamente, su carrera depende de un hilo.

Los malignos fantasmas orwellianos de 1984 acechan esta historia.

«Basura rusa»

Esta persona anónima en RNZ cometió el pecado capital de “editar inapropiadamente” las noticias de Reuters sobre la guerra de Ucrania, insertando “basura rusa” en palabras del director ejecutivo de RNZ Paul Thompson.  Es decir, tomaron fuentes rusas – incluyendo material prorruso- para lograr cierto equilibrio con las noticias que vienen de las agencias occidentales. The Guardian argumenta que añadió información precisa sobre Ucrania a las noticias de Reuters:

“El artículo en cuestión hace algunos cambios: añadiendo la palabra “golpe” para describir la revolución de Maidan; cambiando una descripción del anterior presidente de Ucrania diciendo “el gobierno prorruso electo”; añade referencias hacia el “gobierno pro-occidental” que ha suprimido las etnias rusas; y en varias ocasiones añade referencias de los problemas de Rusia sobre los “elementos neonazis en Ucrania”.

Y The Guardian afirma que se añadieron más verdades a la historia:

«En un artículo se añadió un párrafo que decía: “El Kremlin comunicó que su invasión fue provocada por un fallo en la implementación de los acuerdos de paz de Minsk, diseñados para proporcionar más autonomía y protección a las personas ruso-parlantes, y por la aparición de elementos neonazis en Ucrania a partir del golpe de Estado que derrocó al gobierno prorruso en 2014″. Otro añadido era que Rusia lanzó su invasión “denunciando que un golpe de Estado respaldado por EEUU en 2014 con la ayuda de los neonazis había creado una amenaza en sus fronteras y el inicio de una guerra civil que persigue a las minorías ruso-parlantes”».

Parece ser que estos añadidos han sido una ofensa que no se tolerará más en Nueva Zelanda. Un portavoz de RNZ, John Barr, dijo en un comunicado después de la publicación del primer artículo que “RNZ está tomando este caso muy en serio y está investigando cómo se ha llegado a esta situación”.

The Guardian, en un esfuerzo de “corregir” la historia dice: “Ucrania argumenta que estas afirmaciones son desacreditada propaganda del Kremlin… El movimiento anticorrupción fue pacífico y tenía el gran apoyo del público. Yanukovich se fue a Rusia meses más tarde después de que sus fuerzas de seguridad mataran a tiros a más de cien manifestantes desarmados».

[Consortium News ha publicado muchas historias que exponen los hechos de 2014, incluyendo estos dos relatos exhaustivamente corroborados: On the Influence of Neo_Nazism in Ukraine y Evidence of US-Backed Coup in Kiev)

‘Destrozado’

El ejecutivo de RNZ Thompson estaba “destrozado” al conocer lo que estaba pasando bajo su supervisión. Leemos que han revisado “minuciosamente” los 250 artículos publicados en el pasado para investigar y contrarrestar el material ofensivo insertado, y miles más que están siendo revisados.

Han encontrado dieciséis artículos ofensivos y les han agregado comentarios de advertencia. Las investigaciones continúan mientras el periodista permanece indefinidamente suspendido. Han informado al ministro responsable. Claramente, estos editores no han profundizado mucho en la historia de Ucrania.

La participación de Luke Harding

Los dos artículos de The Guardian llevan la coletilla de “informes adicionales de Luke Harding”.  Esto debería ser una advertencia clave para cualquier persona de los medios de comunicación de Nueva Zelanda y Australia, de hecho, para todo el mundo de habla inglesa.

Harding tiene una reputación formidable como periodista británico antirruso, con presuntos vínculos con el sistema de desinformación antirruso del Reino Unido e incluso con el MI6, los servicios de inteligencia secreta de Reino Unido.

Estuvo muy implicado en el caso de Julian Assange y en la ahora desacreditada campaña que afirmaba que el expresidente de EEUU Donald Trump estaba bajo control ruso. Se le conoce como el guerrero de la desinformación occidental.

Prácticas editoriales habituales

Los periodistas de las compañías informativas australianas se nutren de las noticias de Reuters y otros servicios. A estas noticias de base les añaden el contexto, vínculos con noticias anteriores y material australiano relevante.

El problema es que esta persona de RNZ añadió dicha contextualización, pero del “lado equivocado”.

Durante mucho tiempo el ABC (compañía pública de radiodifusión de Australia) ha sido un servidor obediente de la red de inteligencia “Five Eyes” [Cinco Ojos] alienada con EEUU y que sigue las líneas editoriales antirrusas y antichinas. Por otra parte, el RNZ, es un medio muy respetado en Nueva Zelanda, pero cometió el pecado de permitir que escucharan opiniones contrarias sobre la responsabilidad de la actual guerra trágica en Ucrania.

Gráfico de la red de inteligencia «Five Eyes», que incluye a Australia, Canadá, Nueva Zelanda, Reino Unido y Estados Unidos (@GDJ, Openclipart)

Leyendo los dos artículos de The Guardian se puede ver qué parecen objetar exactamente Harding y sus colegas de la desinformación de Reino Unido. Envían un mensaje contundente a través del mar de Tasmania, desde Nueva Zelanda hasta el mundo de los medios australianos: estamos observando cada palabra que se dice y cada palabra que se escribe.

Cancelado por los mismos delitos de pensamiento

Los ejemplos de mala conducta periodística identificados en los dos artículos coinciden exactamente con la investigación -sobre el contexto histórico y las causas de la guerra en Ucrania- y las crecientes tensiones entre Rusia y Occidente que he estado tratando de expresar públicamente en Australia como experto exalto diplomático desde la publicación de mi libro Regreso a Moscú en 2017.

A consecuencia de ello, me han echado, despersonalizado, silenciado, arrojado al agujero de memoria de la Compañía de Radiodifusión de Australia, para que nunca más se me permita estar en sus ondas.

Una entrevista inocua que realicé desde Moscú a Paul Barclay para el respetado programa de ABC «Big Ideas» en febrero de 2022 fue «desarchivada» (sí, leyeron bien) unas semanas después, bajo la presión de críticos no identificados.

Ucrania está perdiendo

La guerra en Ucrania ahora avanza constantemente hacia su inevitable desenlace prorruso. Rusia tiene una clara ventaja militar y esto no cambiará. Miles de millones de dólares en equipos suministrados por EE. UU. y la OTAN siguen destruyéndose en combate.

En las ofensivas suicidas ordenadas por el condenado régimen de Zelensky en Kiev, aproximadamente medio millón de soldados ucranianos han muerto o han quedado lisiados desde febrero de 2022 [las cifras exactas de bajas son muy difíciles de obtener]. Muchos más combatientes (por intermediación) morirán en las próximas semanas a medida que esta brutal guerra de desgaste exigida por EE. UU. y la OTAN continúa destruyendo lo que queda de la pobre Ucrania.

Los australianos y neozelandeses con una fe ingenua en la integridad profesional de sus locutores nacionales seguirán ignorando estas trágicas verdades.

Afortunadamente, para aquellos que se atrevan a leerlos, ahora hay muchas fuentes fiables y accesibles de perspectivas alternativas sobre las relaciones entre Rusia y Occidente y la importancia fundamental de la guerra en Ucrania para transformar el mundo. Este mundo ahora se ve muy diferente desde fuera del gran occidente. Estamos en medio de grandes cambios globales.

Pero, gracias a personas como Harding y sus amigos angloamericanos, no encontraremos esa información en ninguna parte de ABC o RNZ. Aquí, en las colonias antípodas seremos los últimos en enterarnos.

Tony Kevin es un exalto diplomático australiano quefue embajador en Camboya y Polonia, además de haber sido destinado a la embajada de Australia en Moscú. Es autor de seis libros publicados sobre políticas públicas y relaciones internacionales

Publicado en: Global

Varias localidades de Jujuy volvieron a la ruta tras la represión. Purmamarca en pie de guerra contra la Constitución de Gerardo Morales

19/06/2023 by Vitalio Deja un comentario

Por: Laura Vales

 

Reclaman la renuncia del gobernador y la derogación de la reforma que en medio de la fiebre del litio impulsa el desalojo expeditivo de quien no tenga título de propiedad. Mientras los detenidos comenzaban a recuperar la libertad, Morales convocó a una reunión informativa para el martes y la multisectorial gremial a un banderazo.

Tras la violenta represión en Purmamarca, manifestantes de varias localidades de Jujuy volvieron a cortar rutas. Reclaman que la reforma de la Constitución provincial, aprobada el viernes pasado, sea derogada, y exigen además la renuncia del gobernador Gerardo Morales. Los cortes están siendo sostenidos centralmente por comunidades de los pueblos originarios, que de un día para el otro, en medio del avance de la extracción de litio, se encontraron con que un artículo de la Constitución reformada impulsa el desalojo expeditivo de quien no tenga título de propiedad. Si bien son pobladores ancestrales, el 90 por ciento de las comunidades carece de esos títulos. Otro artículo de la nueva Constitución prohíbe el derecho a la protesta, lo que ha generado que docentes, gremios estatales y movimientos sociales se mantengan movilizados, adhiriendo a los cortes de ruta y preparando nuevas medidas para expresar su rechazo a la nueva Constitución. Morales quiere presentarla, este martes, en un teatro céntrico de la capital de Jujuy, mientras una multisectorial de gremios y organizaciones sociales convocó a los jujeños a que ese mismo día salgan a la calle, para manifestar en su contra.

Jujuy entra así en otra semana de conflicto, en un escenario mucho más grave que el inicial -ya que la nueva Constitución fue aprobada-, pero también con mayor visibilidad, a nivel nacional, sobre la reforma y sus alcances.

Si la Constituyente avanzó casi en secreto -aunque el texto de la reforma fue aprobado con los votos de Juntos por el Cambio y del PJ provincial-, su imposición difícilmente pueda pasar desapercibida.

A los ojos

Este domingo, mientras los detenidos en la represión comenzaban a recuperar la libertad, se fue conociendo la gravedad de lo ocurrido en los operativos de Purmamarca. Lo más preocupante es que la policía disparó con balas de goma a la cara de los manifestantes, en una práctica que, hasta ahora, la Argentina no había tenido que lamentar.

Ese horrible -e ilegal- método de tirar a la cara, buscando lastimar los ojos, fue inaugurado por los Carabineros en Chile, durante las protestas que cuestionaron al gobierno del ex presidente Sebastián Piñera. No es verosímil que ninguna policía pueda hacer algo así sin contar con un aval del poder político.

Como consecuencia de ese tipo de disparos, fue denuciado que dos personas recibieron impactos en sus ojos. Uno de ellos es Misael Lamas, de 17 años, que perdió la visión de su ojo derecho, según denunció su familia, residente de la comunidad de Chalala.

La abogada Malka Manestar, de Andhes, aseguró a Página/12 que “la policía arremetió varias veces contra los manifestantes de Purmamarca y hubo
muchísimos heridos con balas de goma en la cara”. “Fue una cosa muy grave, tenemos hasta colegas abogados heridos con balas de goma de esta
manera, realmentees impactante la cantidad de heridos con perdigones en la cara”, remarcó.

Pacifismo

Gerardo Morales evitó hacer apariciones públicas durante el día, pero por las redes sociales salió al cruce de los cuestionamientos que, desde el gobierno nacional, le hizo el ministroGabriel Katopodis repudiando que miles de manifestantes hayan sido “molidos a palos”.

La jugada del gobernador fue subir a su redes los antecedentes penales de uno de los detenidos en la represión -antecedentes por robos e infracciones a la Ley de Estupefacientes- y argumentar,en base a ese dato individual, que los manifestantes “no son pacíficos”.

Morales incluso acusó al gobierno nacional de ser instigador de las protestascontra la reforma de la Constitución y sostuvo que “había abogados de derechos humanos de Nación incentivando cortes de rutas en Jujuy”. En medio de esa ensalada, incluyó la desaparición de Cecilia Strzyzowski en Chaco.

La oficina de prensa de la gobernación difundió a su vez un mensaje no menos contradictorio. Invitó a los comuneros de los pueblos indígenas a una reunión para informarles sobre la reforma constitucional aprobada el viernes. El argumento oficial, según se lee en el comunicado, es que “nada en la nueva Constitución constituye una regresión” sino que “por el contrario, representa un significativo avance que busca legar para las nuevas generaciones una sociedad democrática, pacífica, igualitaria, intercultural y progresista”.

Los cortes

En Purmamarca, tras la represión y a pesar de las causas judiciales, la comunidad volvió al corte.Están instalados en el cruce de las ruta nacional 9 y la ruta provincial 52 y allí interrumpen totalmente el paso. En otras localidades, hacia el norte de la provincia, hay también cortes totales o permanencias sobre las banquinas.

Armando Quispe es referente del pueblo kolla y está en el bloqueo de Purmamarca. Desde ahí habló con Página/12 sobre el conflicto por la tierra: señaló que en la provincia “hay cerca de 400 comunidades indígenas, y apenas el 12 por ciento tienen títulos de propiedad comunitaria”.

“La reforma de la Constitución significa un despojo para nuestras comunidades, pero también para la sociedad en general, porque acá hay mucha gente que no tiene un terreno donde vivir”, explicó sobre quienes están en la protesta.

Ayer la primera detenida en recuperar la libertad fue la convencional constituyente Natalia Morales, a quien la justicia provincial le abrió una causa penal por corte de ruta. Con su liberación, la fiscalía hizo trascender que la decisión tomada era encauzar de la misma manera a todos los manifestantes detenidos.

Pietragalla

Para ese entonces, el secretario de Derechos Humanos de la Nación, Horacio Pietragalla, había llegado a la provincia. Estuvo en el penal de Alto Comedero, donde se entrevistó con los presos, y luego se trasladó a Purmamarca.

“La mayoría de los detenidos fueron golpeados”, confirmó Pietragalla a este diario. Agregó que el menor de edad lastimado en un ojo está hospitalizado, y que irá a verlo este lunes para constatar su estado.

El secretario de Derechos Humanos pasó además por Purmamarca, donde habló con los referentes de las comunidades. Está pidiendo una reunión a las autoridades provinciales, a las que pide que abran una mesa de diálogo con las comunidades y organizaciones en conflicto.

Al cierre de esta edición, los detenidos iban recuperando su libertad, pero aún quedaban presos. Manestar, la abogada de Andhes, señaló que “las detenciones fueron totalmente arbitrarias, lo que se vió en que fueron apresadas personas de la comunidades indígenas pero también periodistas” – es el caso de Lucho Aguilar, de la Izquierda Diario- “e incluso turistas, además de la convencional constituyente Natalia Morales (FIT). Nosotros llegamos a hacer una lista de más de cuarenta detenidos. Tuvimos muchas dificultades para asistirlos, ya que pudimos verlos recién en la madrugada del domingo, después de esperar cuatro horas en la puerta del penal”.

Semana de protestas

El rechazo a la reforma de la Constitución moviliza a sectores de las clases populares y de las clases medias. Los docentes de la provincia, que están de paro por tiempo indeterminado, trabados en una dura negociación por sus salarios, fueron los primeros en entrar en conflicto, los que están hace más tiempo en la calle. Pero a medida que se fue conociendo el contenido de la reforma constitucional se sumaron otros gremios y organizaciones. Los límites al derecho a protestar son el punto más sensible.La ciudad de San Salvador pasó un domingo de tregua: todos los cortes de ruta ayer estuvieron instalados en la zona de la Quebrada y en la Puna jujeña. Mientras tanto, en la capital provincial hubo reuniones de los gremios y movimientos sociales, que buscan hacer una manifestación multisectorial este martes, día en el que el gobernador quiere presentar la Constitución reformada en el teatro Mitre, ubicado en el centro. El modo de protesta convocado es el de un banderazo.

El texto definitivo de la Constitución, si bien está aprobado, aún no es conocido públicamente, porque fue aprobado a las apuradas y sin debate público. Todavía no fue impreso en el boletín oficial. Lo que trascendieron son borradores que, efectivamente, limitan el derecho a la protesta y determinan también que se abran “vías rápidas y expeditivas” para arbitrar a favor de titulares registrales en la disputa de tierras con las comunidades originarias.

Para Manuel Tufró, director de Justicia y Seguridad del Centro de Estudios Legales y Sociales (CELS), en provincias como Jujuy y también Salta, donde fue sancionada un ley que veda el derecho a manifestar, se prevé un aumento de la conflictividad con la expansión de actividades extractivas, lo que explicaría la falta de debate público y el apuro en la sanción de la reforma. Algunos de los puntos impulsados por Morales no avanzaron, como otorgar al gobernador que resulte electo la mitad más uno de la Legislatura.

El plan de lucha de la multisectorial que este martes sigue con un banderazo, va a continuar el miércoles con una nueva marcha en la capital provincial para llegar, el jueves, a una jornada que tendrá en su respaldo un paro nacional docente de la Ctera. Las comunidades de pueblos originarios aseguran que mantendrán los cortes de ruta y permanencias, hasta que la reforma de la Constitución sea derogada.

Publicado en: Argentina

Poulantzas fue un teórico vital del socialismo democrático

19/06/2023 by Vitalio Deja un comentario

Por: Clyde Barrow

TRADUCCIÓN: PEDRO PERUCCA

 

Las estrategias políticas de la izquierda se han dividido tradicionalmente entre el parlamentarismo socialdemócrata y la idea leninista de «aplastar el Estado». Nicos Poulantzas argumentó que ninguna de las dos estrategias era adecuada y desarrolló su visión de la «vía democrática» al socialismo.

La publicación de Political Power and Social Classes (Poder político y clases sociales en el Estado capitalista, 1968) de Nicos Poulantzas y The State in Capitalist Society (El Estado en la sociedad capitalista, 1969) de Ralph Miliband inició un retorno a la cuestión del Estado en la ciencia política y la sociología tras un largo paréntesis durante el cual los principales científicos sociales habían descartado el concepto. Desde entonces, ha habido una preocupación constante por las teorías del Estado capitalista entre los académicos. Mientras tanto, el regreso del socialismo democrático a las agendas políticas nacionales en Europa y Norteamérica ha dado lugar a renovados debates sobre tácticas políticas.

Las tácticas comprenden acciones inmediatas, o métodos de conducta, que se planifican cuidadosamente con el propósito de alcanzar un objetivo claramente definido. Sin embargo, la mayoría de los marxistas contemporáneos no suelen distinguir entre estrategia (objetivos a largo plazo) y táctica (acciones inmediatas). ¿Cuál debería ser el objetivo a largo plazo de las tácticas políticas de la izquierda, y proporciona una teoría del Estado capitalista alguna respuesta a esa pregunta más allá de los llamamientos abstractos a una transición al socialismo?

Paneles indicadores

Cuando Poulantzas publicó su último libro, Estado, poder, socialismo, en 1978, lo hizo en parte porque estaba intrigado por la cuestión del socialismo democrático en el contexto del auge del eurocomunismo en Italia, España y Francia. Esta evolución planteó la cuestión del papel del Estado en la transición al socialismo. La reaparición del socialismo democrático obligó a teóricos y activistas políticos a replantearse la cuestión de la estrategia socialista.

Poulantzas argumentó que una teoría del Estado capitalista podría aportar importantes ideas sobre el papel del Estado durante la transición al socialismo. Sin embargo, observó que no se podía deducir una estrategia política de una teoría de este tipo, que

nunca podría ser otra cosa que nociones teórico-estratégicas aplicadas, que sirvieran, ciertamente, como guías para la acción, pero a lo sumo a la manera de paneles indicadores. No se puede elaborar un «modelo» de Estado de transición al socialismo: ni como modelo universal capaz de concretarse en casos dados, ni siquiera como receta infalible y teóricamente garantizada para uno o varios países.

Poulantzas subrayó que existía «siempre una distancia estructural entre la teoría y la práctica, entre la teoría y lo real». Se trataba de una brecha que sólo podía salvarse mediante decisiones estratégicas tomadas por quienes participaban en la lucha de clases real.

Dicho esto, ¿qué guías para la acción y qué paneles indicadores sugiere la teoría del Estado capitalista de Poulantzas para el socialismo democrático y la estrategia socialista de hoy?

Ganar la batalla

Karl Marx y Friedrich Engels definieron el objetivo estratégico a largo plazo de la táctica socialista en El Manifiesto Comunista (1848) como «la formación del proletariado en clase, el derrocamiento de la supremacía burguesa, la conquista del poder político por el proletariado». Marx y Engels sostenían que «el primer paso de la revolución de la clase obrera» era «elevar al proletariado a la posición de clase dominante, ganar la batalla de la democracia».

Todos los teóricos políticos marxistas importantes del siglo XX abrazaron este principio estratégico. Eduard Bernstein sostenía que «la democracia es una condición del socialismo» y su contemporáneo Karl Kautsky afirmaba que «el socialismo sin democracia es impensable». Del mismo modo, en su crítica a Vladimir Lenin y los bolcheviques tras la Revolución Rusa, Rosa Luxemburg declaró que «sin elecciones generales, sin libertad irrestricta de prensa y reunión, sin una lucha libre de opiniones, la vida se extingue en toda institución pública».

Incluso el propio Lenin había apoyado antes una resolución táctica adoptada por el III Congreso del Partido Laborista Socialdemócrata Ruso, que proclamaba que

los intereses directos del proletariado y los intereses de su lucha por los objetivos finales del socialismo requieren la medida más completa posible de libertad política y, en consecuencia, la sustitución de la forma autocrática de gobierno por una república democrática.

Desgraciadamente, un siglo después, estamos lejos de haber ganado la batalla por la democracia. Si acaso, nos enfrentamos ahora a la perspectiva de su desaparición en todo el mundo, incluidas las democracias liberales occidentales.

En una época en la que Nicos Poulantzas también estaba preocupado por el auge del estatismo autoritario, senaló  que no bastaba con afirmar que queremos un socialismo democrático. Era necesario, insistió, formular claramente demandas estratégicas sobre lo que implicaría una forma socialista democrática de autogobierno de la sociedad como forma institucional, es decir, un Estado socialista democrático de transición.

Dos estrategias

En algunos de sus primeros escritos como editor del Rheinische Zeitung, Marx abrazó la «democracia burguesa» como un avance político para la clase obrera. La consideraba un armazón político esencial para el desarrollo ulterior del proletariado como clase.

El fundamento más básico de la «democracia» era el sufragio universal. Sin embargo, en escritos como El Manifiesto Comunista, las Reivindicaciones del Partido Comunista en Alemania (1849) y la Crítica del Programa de Gothe (1875), Marx defendió un programa expansivo de democracia social y económica que se basaba en un impuesto sobre la renta fuertemente graduado (política fiscal), un banco central fuerte (política monetaria) y la inversión pública en la industria, el transporte, las comunicaciones y la agricultura (política industrial y de empleo).

Al mismo tiempo, abogó por una serie de programas y políticas. Estos incluían la educación pública gratuita para todos, servicios jurídicos gratuitos, la abolición de los impuestos al consumo, una fuerte red de seguridad social (seguro de desempleo, pensiones de vejez, vivienda, atención sanitaria, etc.) y la completa separación de la Iglesia y el Estado.

En 1872, Marx especuló que en las democracias liberales maduras, como Estados Unidos, Gran Bretaña y Holanda, podría ser posible que los trabajadores «alcanzaran sus objetivos por medios pacíficos”. Durante más de un siglo, este conjunto de políticas y tácticas electorales ha definido en gran medida el programa político que llamamos socialdemocracia.

Sin embargo, Marx y Engels cambiaron su forma de pensar sobre la conquista del poder político a raíz de la Comuna de París de 1871. Marx llegó a la conclusión de que la Comuna «era esencialmente un gobierno de la clase obrera, el producto de la lucha de la clase productora contra la clase apropiadora, la forma política por fin descubierta bajo la cual llevar a cabo la emancipación económica del trabajo». Lo que era diferente en el experimento parisino, según Engels, era que la clase obrera había creado una forma política no estatal de autogobierno, mientras que en 1848 había sido «un poder en el Estado [capitalista]» como resultado del sufragio universal masculino recién concedido.

Lo que Marx vio en la Comuna, en comparación con 1848, fue una nueva forma política que «rompe el poder del Estado moderno». Subrayó la necesidad de que el proletariado «transforme la maquinaria de trabajo tradicional» del Estado y «la destruya como instrumento de dominio de clase»:

La clase obrera no puede simplemente apoderarse de la maquinaria estatal prefabricada y esgrimirla para sus propios fines. El instrumento político de su esclavitud no puede servir como instrumento político de su emancipación.

Así, desde finales del siglo XIX, el debate marxista sobre la estrategia socialista ha sido en gran medida una contienda entre los defensores del socialismo parlamentario, articulado en obras como El socialismo evolutivo de Bernstein (1899), y los revolucionarios que insistían en la necesidad de aplastar el Estado, como ejemplifica el folleto de Lenin El Estado y la revolución (1917).

Vías democráticas al socialismo

No hay duda de que en la mayoría de sus escritos, Poulantzas defendió una estrategia en línea con la segunda escuela de pensamiento. En 1975, por ejemplo, expuso el siguiente argumento:

La transición al socialismo no puede tener lugar por un simple cambio en el poder del Estado (la clase obrera y sus aliados sustituyendo a la burguesía); esta transición requiere que los aparatos del Estado sean aplastados, es decir, no se trata sólo de sustituir a los jefes de estos aparatos, sino de una transformación radical en su estructura organizativa real.

Sin embargo, en Estado, poder, socialismo (1978), Poulantzas abandonó explícitamente su posición de aplastar el Estado:

Ya no hay lugar para lo que tradicionalmente se ha llamado aplastar o destruir ese aparato [estatal]… el término aplastar, que Marx también utilizó con fines indicativos, vino a designar al final un fenómeno histórico muy preciso: a saber, la erradicación de cualquier tipo de democracia representativa o de libertades «formales» en favor puramente de la democracia directa, de base, y de las llamadas libertades reales… si entendemos la vía democrática como un proceso de transformación radical de la democracia y de las libertades… la democracia como un proceso de transformación radical de la estructura organizativa del Estado. . si entendemos que la vía democrática al socialismo y el propio socialismo democrático implican, entre otras cosas, el pluralismo político (de partidos) e ideológico, y la extensión y profundización de todas las libertades políticas, incluidas las de los opositores, entonces hablar de aplastar o destruir el aparato del Estado no puede ser más que un mero truco verbal.

Al mismo tiempo, Poulantzas incluyó la siguiente advertencia:

Sería un error cargado de graves consecuencias políticas concluir de la presencia de las clases populares en el Estado que alguna vez podrán detentar el poder de forma duradera sin una transformación radical del Estado… la acción de las masas populares dentro del Estado es una condición necesaria para su transformación, pero no es en sí misma una condición suficiente.

En su último libro, Poulantzas definió así una estrategia de socialismo democrático que incorporaría la política electoral del socialismo parlamentario y, al mismo tiempo, iría más allá para adoptar formas de democracia directa. En lugar de destruir el Estado, Poulantzas imaginaba ahora lo que denominaba una «transformación radical del Estado».

Esa transformación abarcaría innovaciones como la propiedad y la autogestión de los trabajadores, así como formas limitadas de «comunismo de consejo» basadas en órganos de democracia de masas (el significado original de «soviet» en el contexto ruso). Sin embargo, Poulantzas creía que estas innovaciones servirían para fortalecer, ampliar y profundizar el componente democrático de una república democrática moderna, en lugar de desafiarlo y desplazarlo mediante una estrategia de «poder dual», como ocurrió durante la Revolución Rusa.

Analizando el caso ruso, Poulantzas argumentó que al abolir la recién elegida Asamblea Constituyente a principios de 1918, los bolcheviques habían dejado el aparato estatal sin supervisión ni regulación en nombre de una estrategia de «todo el poder a los soviets». Esto preparó el terreno para una forma socialista de estatismo autoritario, el estalinismo, ya que los soviets descentralizados carecían de la capacidad política o de los conocimientos técnicos necesarios para dirigir la actividad cotidiana de una sociedad moderna compleja a escala nacional. Concluyó que, durante la transición al socialismo, las instituciones de la democracia representativa deberían considerarse «no como reliquias desafortunadas que hay que tolerar mientras sea necesario, sino como una condición esencial del socialismo democrático»

Socialismo democrático

Poulantzas llegó a la conclusión de que el socialismo democrático era una estrategia de dos vertientes: política y política. Por un lado, implicaba un conjunto de políticas y programas diseñados para promover una sociedad más igualitaria basada en el principio «de cada uno según su capacidad, a cada uno según sus necesidades». Esta estrategia podría comenzar con políticas socialdemócratas básicas, pero requería una transformación radical de lo que Poulantzas denomina el «aparato económico» —bancos centrales, sistemas fiscales, políticas de empleo y salariales, políticas comerciales, seguros sociales— y, en última instancia, tendría que desembocar en la propiedad pública y/o de los trabajadores de los medios de producción.

Sin embargo, Poulantzas argumentó que el camino para alcanzar estos objetivos también requería una estrategia política —una transformación radical del Estado— que combinara una forma transformada de democracia representativa con la democracia directa de base:

El problema esencial de la vía democrática al socialismo, del socialismo democrático, debe plantearse de otra manera: ¿cómo es posible transformar radicalmente el Estado de tal manera que la extensión y profundización de las libertades políticas y las instituciones de la democracia representativa (que también fueron una conquista de las masas populares) se combinen con el despliegue de formas de democracia directa y la proliferación de organismos de autogestión?

Para Poulantzas, esto significaba que la vía democrática al socialismo sería un largo proceso que implicaba «la difusión, el desarrollo, el refuerzo, la coordinación y la dirección de esos centros difusos de resistencia que las masas siempre poseen dentro de las redes estatales, de tal manera que se conviertan en los verdaderos centros de poder en el terreno estratégico del Estado”.

En lugar de la exigencia de «todo el poder a los soviets», Poulantzas argumentó que un gobierno de izquierdas debería empezar inmediatamente a integrar formas populares de democracia directa y autogestión obrera en el Estado. En lugar de una situación de poder dual con una pugna entre democracia directa y democracia representativa, un único Estado obrero debería aunar las dos formas de democracia.

En consecuencia, Poulantzas llamó a una lucha «para modificar la relación de fuerzas con el Estado, en oposición a una estrategia frontal de tipo poder dual», lo que significaría «una transformación radical del aparato estatal». Reiteró su advertencia anterior contra «la construcción de ‘modelos’ de cualquier tipo», haciendo hincapié una vez más en que una teoría del Estado capitalista podría ser, en el mejor de los casos, «un conjunto de señales» para la toma de decisiones estratégicas, pero no una hoja de ruta.

Estas observaciones de Poulantzas dejaron abiertas varias preguntas. ¿Qué significaría exactamente combinar una república democrática transformada con la propiedad de los trabajadores, la autogestión y otras formas de democracia directa? No obstante, estas observaciones identificaban una estrategia política de reforma constitucional que podría basarse en los conocimientos de la teoría del Estado, al tiempo que dirigía las tácticas políticas hacia objetivos a largo plazo más allá de la mera perturbación y la protesta.

El socialismo democrático no es sólo un programa económico o un conjunto de políticas sociales. Es una estrategia de reforma constitucional dirigida a realinear la relación estructural del Estado con las clases trabajadoras. No puede haber socialismo sin una democracia revigorizada y más expansiva.

Publicado en: Cultural, titular2

Grecia: triunfo conservador, derrota de Syriza

19/06/2023 by Vitalio Deja un comentario

Por: Stathis Kouvelakis

TRADUCCIÓN: FLORENCIA OROZ

 

Las elecciones griegas dieron por ganador al conservador Nueva Democracia, mientras Syriza perdió un tercio de su apoyo. Con el partido de Alexis Tsipras destruyendo cualquier esperanza de una alternativa a la austeridad, los votantes se decantaron por las promesas de estabilidad de la derecha.

Los sondeos de opinión previos a las elecciones griegas otorgaban en general a la conservadora Nueva Democracia una fuerte ventaja sobre su principal rival, Syriza. Sin embargo, la magnitud de su éxito en las elecciones del 21 de mayo supuso una conmoción política. Salvo en las elecciones de noviembre de 1974, que se celebraron solo cuatro meses después de la caída de la dictadura de los coroneles, nunca había habido una distancia tan grande entre el ganador y el principal partido de la oposición.

Nueva Democracia consiguió una ventaja de veinte puntos sobre Syriza, mientras el partido de Aléxis Tsípras perdió más de un tercio de su electorado de 2019. También hubo otro aspecto sin precedentes en el resultado: desde 1974, el voto total de la derecha y la extrema derecha no había superado el 50%, con la extrema derecha por encima del 10% —un récord histórico—, aunque repartido en varias listas.

La victoria de Nueva Democracia no bastó para obtener la mayoría parlamentaria, y ya se han anunciado nuevas elecciones para el 25 de junio. Esta segunda votación tendrá lugar bajo un sistema electoral alterado, ya que el gobierno saliente reintrodujo la llamada representación proporcional «reforzada». Este sistema está diseñado para facilitar la formación de mayorías parlamentarias concediendo una bonificación de varias decenas de escaños al partido líder. En este caso, Nueva Democracia parece casi segura de poder formar una mayoría.

En 2023, la más importante de estas listas de extrema derecha es Niki (Victoria), con el 2,9%; en 2012, Amanecer Dorado obtuvo el 7% (mayo) y el 6,9% (junio); en 2015, el 6,3%; y en 2019, el 2,9%.

Radicalización de la derecha

La votación del 21 de mayo refleja un innegable empuje hacia la derecha, que adopta muchas formas. Al superar la barrera simbólica del 40%, Nueva Democracia ha recuperado su posición en el bipartidismo anterior a 2010, en el que dividía la mayoría de los votos con el socialdemócrata Pasok. La extrema derecha ha alcanzado niveles sin precedentes, por ahora solo parcialmente reflejados en el parlamento debido a su fragmentación. Tras la salida de Amanecer Dorado de la escena política, esta corriente experimentó una profunda recomposición ideológica y política. Sus polos dominantes ya no están vinculados a la tradición neofascista o neonazi, pues Solución Griega y su recién llegado rival Niki («Victoria») están más próximos a los movimientos de la alt-right.

En una especie de trumpismo a la griega, combinan referencias religiosas, nacionalismo xenófobo e inclinación hacia las teorías de la conspiración. El éxito de Solución Griega se debe en gran medida a su carismático líder Kyriakos Velopoulos, muy televisado, también conocido por su crema milagrosa contra COVID-19 y por afirmar poseer cartas manuscritas de Jesucristo. Niki, una formación que había pasado prácticamente desapercibida antes de la noche electoral, se apoya en redes bien estructuradas vinculadas a sectores fundamentalistas de la Iglesia Ortodoxa.

Ambos partidos son defensores de los valores religioso-tradicionalistas expresados en términos de «guerra cultural» y de discursos nacionalistas y xenófobos que se oponen al reconocimiento de la República de Macedonia del Norte (tras el Acuerdo de Prespa) y promueven una retórica agresiva hacia Turquía y la minoría turca que vive en Grecia. Denuncian a las élites políticas nacionales y a la Unión Europea (UE) y las responsabilizan del desastre causado por los memorandos aplicados por los sucesivos gobiernos griegos. Pero la extrema derecha se niega a pedir ningún tipo de ruptura con la UE (o salida del euro), limitándose a proclamar «Grecia primero» y a cultivar la nostalgia por su mítica grandeza pasada.

La denuncia de la «inmigración ilegal» también forma parte integrante del discurso de la nueva extrema derecha, pero, a diferencia de Amanecer Dorado, no ocupa un lugar central ni va acompañada de acciones callejeras: estas formaciones son simples máquinas electorales. De hecho, su discurso sobre el tema apenas difiere de la virulenta retórica antimigratoria del gobierno de Nueva Democracia de Kyriakos Mitsotakis (y de la política que conlleva, como las sistemáticas expulsiones ilegales de inmigrantes).

Al extenderse el racismo y la xenofobia, la extrema derecha posterior a Amanecer Dorado aprovecha sobre todo los sentimientos de humillación de una sociedad embrutecida y empobrecida. Sus bastiones se encuentran en la Macedonia griega, una región fuertemente polarizada en torno al reconocimiento de la vecina república del mismo nombre. En estas circunscripciones, las dos formaciones suman más del 10%. En ocho circunscripciones, incluida la gran zona de Tesalónica, su resultado osciló entre el 12% y el 15%. En estas zonas, Nueva Democracia perdió de hecho terreno (entre dos y tres puntos, y hasta seis en el condado de Pieria), mientras que a nivel nacional subió un punto.

Las fuerzas motrices de la victoria de Nueva Democracia

La victoria de la derecha es el resultado de una combinación de factores, tres de los cuales desempeñaron un papel clave: el efecto retardado de la capitulación de Syriza, la situación económica y su efecto sobre las expectativas del electorado.

Tras cuatro años en el poder, Nueva Democracia está cosechando todos los beneficios de la resignación de los griegos ante la ausencia de alternativa. Dicha resignación no es inevitable, sino que fue cultivada metódicamente por Syriza tras su capitulación ante la Troika en verano de 2015. El electorado acabó prefiriendo un gobierno que asumiera plenamente estas políticas a otro que dijera «lo sentimos, no era nuestra elección, pero no podíamos hacer otra cosa» mientras aplicaba implacablemente las duras políticas neoliberales prescritas por el memorándum de julio de 2015.

En otros términos, cuando la esperanza que una vez se asoció al turbulento periodo 2010-2015 se desvanece, todo lo que queda en la conciencia colectiva son los angustiosos recuerdos de una violenta degradación de las condiciones de vida, las calles llenas de escaparates cerrados y un país estigmatizado y aplastado. Lo que surge de semejante desastre es el deseo de pasar página, de reprimir este doloroso pasado y tratar de vivir lo más «normalmente» posible. El resentimiento acumulado se vuelve ahora contra quienes se considera —con razón— que son los principales responsables de la catástrofe, es decir, quienes se habían comprometido a combatirla y derrocarla.

Sin duda, Nueva Democracia también se benefició de sus conexiones incestuosas con el sistema de medios de comunicación, controlado en su totalidad por un puñado de oligarcas con estrechos vínculos con el Estado griego, sistema al que apoyó generosamente con fondos públicos. No debe subestimarse su capacidad para moldear la «conversación pública» y deslegitimar, o silenciar, las voces disonantes. Pero la razón esencial de su éxito reside en otra parte: en la relativa mejora de la situación económica en 2021-2022 y la relajación temporal de las restricciones presupuestarias en la UE debido a la pandemia.

Gracias a la política de flexibilización cuantitativa del Banco Central Europeo, la creación de dinero se disparó en la eurozona, y los tipos de interés reales habían sido negativos durante todo un periodo. Aumentó el gasto público, principalmente para apoyar a las empresas, pero los asalariados y otros grupos también se beneficiaron, aunque de forma desigual. Impulsadas por la industria turística, que ha vuelto a sus niveles anteriores a la pandemia, las tasas de crecimiento griegas se recuperaron del mínimo de 2020 (-9%) para alcanzar el 8,4% en 2021 y el 5,9% en 2022, entre las más altas de la eurozona.

Es cierto que la inflación que siguió (cerca del 10% en 2022, más del 20% para la mayoría de los productos alimenticios y la gasolina, y más del 140% para la electricidad) anuló el efecto de estas medidas, provocando un rápido aumento de los tipos de interés, pérdidas de poder adquisitivo y el anuncio de una vuelta gradual a la austeridad fiscal. Sin embargo, el desempleo ha seguido bajando, aunque sigue siendo el doble de la media europea (18% en 2019, 12,5% en 2022 frente a una media de la UE del 6,2%), y el gobierno ha adoptado una serie de medidas de apoyo a los ingresos familiares mediante prestaciones puntuales y «vales» para estimular el consumo.

Además, para el sector de las pequeñas y medianas empresas (PYME) —mucho mayor en Grecia que la media europea—, la inflación ha tenido incluso efectos positivos al provocar un aumento de la demanda. Además, para los agricultores (el 11,7% de la población activa en 2021, frente al 1,5% en Francia), el aumento de los precios de los productos agrícolas ha impulsado los ingresos brutos.

Como señala el economista marxista Costas Lapavitsas, «a ojos de muchos, el gobierno de Mitsotakis parece haber estabilizado la situación económica en un contexto de turbulencias internacionales». Por supuesto, no todos se han beneficiado por igual. En 2002, según un informe del Banco de Grecia, los beneficios empresariales aumentaron un 38%, alcanzando un máximo histórico. Este aumento alcanzó incluso una media del 72% en las diecisiete empresas más rentables que cotizan en bolsa.

Los salarios, mientras tanto, se estancaron (+0,3%) y siguen siendo los quintos más bajos de la UE. Con 780 euros al mes, el salario mínimo sigue un 11% por debajo de su nivel de 2012, un caso único en Europa. Y aunque ha descendido ligeramente, el «riesgo de pobreza y exclusión social» afecta al 28% de la población (cifras de 2022), el tercero más alto de la UE, solo con Rumanía y Bulgaria en peor situación.

Todo esto tiene un claro impacto en las expectativas de amplios sectores del electorado. Un sondeo de opinión realizado este mes de marzo reveló que el 60% se declaraba «bastante» (27%) o «muy» insatisfecho (33%) con su situación económica, frente a solo un 12% de «satisfechos» y un 3,5% de «muy satisfechos» (24,5% «ni lo uno ni lo otro»). Pero entre los afines a Nueva Democracia, solo el 27% estaba insatisfecho, frente al 37% «bastante» o «muy satisfecho» (36% «ni lo uno ni lo otro»).

En cuanto al futuro, el 40% espera que su situación empeore, frente al 20% que espera que mejore y el 38% que espera que se mantenga estable. Entre los simpatizantes de Nueva Democracia, los «optimistas» son casi el 40% y los que esperan estabilidad, el 47%. En comparación, estas cifras para los simpatizantes de Syriza son del 10% y el 30% respectivamente, y el 57% espera que su situación empeore.

Incluso con el hundimiento de las expectativas de futuro, Nueva Democracia se benefició tanto de la mejora de la situación de los ya acomodados como de un sentimiento más difuso de estabilización. Así, ha podido consolidar su base electoral en circunscripciones de clase media y acomodada (por ejemplo, un 46% en Atenas-Norte, +0,2 desde 2019) y en regiones tradicionalmente conservadoras (excepto en el norte de Grecia, donde pierde terreno frente a la extrema derecha), al tiempo que ha logrado avances significativos en zonas más obreras. En las circunscripciones de Atenas-Oeste, subió casi un 5%, y en el emblemático cinturón obrero del Pireo saltó del 30,2% al 37,4%.

La caída de Syriza

Sin embargo, la verdadera clave para entender estas elecciones reside en el colapso de Syriza. Su base electoral había resistido relativamente bien en 2019, cuando logró removilizar a un electorado en torno al reflejo del «voto útil» para contrarrestar el seguro regreso de la derecha al poder. Pero en manos de Tsípras y su partido, este nuevo mandato —construir una oposición al gobierno de Mitsotakis— sufrió un destino comparable al «no» del pueblo griego a la Troika en el referéndum de julio de 2015.

En los cuatro años que siguieron a su derrota de 2019, Syriza dirigió una oposición desdentada, en consonancia con las políticas que aplicó en el poder. Votó a favor del 45% de las leyes propuestas por el gobierno de Mitsotakis, incluidos algunos de los proyectos de ley más emblemáticos, como el que autorizaba la venta a un precio simbólico de los terrenos del antiguo aeropuerto de Ellinikon al oligarca Yiannis Latsis. El proyecto de Latsis, en asociación con capital qatarí, es construir una «Riviera ateniense» de gigantescas torres que alberguen apartamentos de lujo, casinos y centros comerciales. Syriza también apoyó vastos contratos de armamento, por valor de casi 15.000 millones de euros hasta la fecha, que llevaron a duplicar el presupuesto militar entre 2020 y 2022. Grecia es ahora el primer país de la OTAN en gasto de defensa en relación con el PIB, superando incluso a Estados Unidos (3,9% frente a 3,5%).

La campaña electoral de Syriza reflejó esta oposición retórica. Imitación pálida de las campañas del Pasok de los años 80, que prometían el «cambio», comenzó con un programa de medidas sociales destinadas a conciliar «realismo» y «justicia». Las propuestas pronto demostraron ser incoherentes, como la promesa de «proteger los hogares» amenazados de embargo por dificultades en el pago de las hipotecas. Se trata de una cuestión importante en Grecia, ya que unas trescientas mil viviendas están potencialmente afectadas en lo que sin duda será la mayor operación jamás realizada en Europa Occidental para transferir propiedades de pequeños hogares a fondos de inversión.

Se trata de fondos buitre con sede en el extranjero y domiciliados en paraísos fiscales. En realidad, la propuesta de Syriza garantizaba principalmente la rentabilidad de las compras de hipotecas «morosas» por parte de estos fondos, hasta el 50% del valor nominal de un título adquirido a una media del 3% de su valor inicial. Esto no es de extrañar, dado que fue el gobierno de Syriza el que facilitó los procedimientos de subasta y los embargos, trasladando la resolución de los litigios de los tribunales (donde las sentencias de los jueces y la acción de los militantes solían permitir aplazar los desahucios) a una plataforma electrónica y reprimiendo duramente las movilizaciones para proteger las viviendas amenazadas.

Con su «contrato por el cambio» acabado en un suspiro, Syriza se dedicó rápidamente a seducir al «electorado centrista», tentado por el voto al Pasok o incluso a Nueva Democracia. Apareciendo ahora como el campeón de la «clase media», a la que lamentaba haber «gravado injustamente en exceso» cuando estaba en el poder, Tsípras construyó la mayor parte de su campaña en torno a un doble argumento.

Por un lado, propuso un «gobierno progresista», en esencia una coalición con el Pasok, sin aludir siquiera a una base programática común. El Pasok rechazó inmediata y categóricamente la propuesta, despojándola así de toda credibilidad. Por otra parte, apareció como defensor del «Estado de Derecho» mediante la denuncia incesante del escándalo de las escuchas telefónicas, del que el líder del Pasok, Nikos Androulakis, era un objetivo clave.

Aunque perfectamente fundadas, estas acusaciones apenas han sacudido a Mitsotakis, que se limitó a admitir haber «cometido un error», y menos aún a un electorado que se hace pocas ilusiones acerca de que tales métodos sean una práctica habitual. Si han servido para algo, estas críticas han reinstaurado esencialmente al Pasok como fuerza reguladora dentro del bloque de partidos mayoritarios.

Como último repudio al último vestigio de referencias izquierdistas, Tsípras declaró durante la campaña que ahora apoyaba el mantenimiento de la valla militarizada (un auténtico «muro» antimigratorio) en torno al río Evros, a lo largo de la frontera greco-turca. Este sistema permite a las autoridades griegas llevar a cabo deportaciones ilegales masivas de inmigrantes utilizando métodos de vigilancia. Para colmo, Syriza, que ya ha absorbido una parte sustancial de la antigua nomenclatura del Pasok, decidió incluir entre sus candidatos a personas como el armador greco-estadounidense y antiguo prodigio de Goldman Sachs Stefanos Kasselakis y el exministro y portavoz de gobiernos de derechas Evangelos Antonaros.

Syriza perdió un tercio de su electorado de 2019 en estas elecciones, yendo en todas direcciones. Según los sondeos a pie de urna, el 11% fue a Nueva Democracia, el 10% al Pasok y el 8% a partidos radicales de izquierda (el Partido Comunista [KKE] y MeRA25-Alianza por la Ruptura). Las mayores pérdidas se produjeron en los distritos obreros de los principales centros urbanos, donde los resultados de Syriza se redujeron casi a la mitad (-17,5% en el cinturón obrero del Pireo, -16% en Atenas-Oeste, -18% en Ática-Oeste). En las regiones, una parte sustancial del electorado de los antiguos bastiones del Pasok volvió a su partido original, sobre todo en Creta, donde Syriza sufrió pérdidas de entre diecisiete y veintiún puntos. Estas pérdidas también beneficiaron a Nueva Democracia, que encabezó las encuestas en todos los condados.

Entre los votantes jóvenes (de diecisiete a veinticuatro años), Syriza sigue obteniendo mejores resultados que la media nacional, pero ha bajado catorce puntos respecto a 2019 (del 38% al 24%), principalmente en beneficio de la izquierda radical (el KKE y MeRA25-Alianza por la Ruptura reúnen un total del 12,4% en este grupo de edad) y del partido de Zoe Konstantopoulou (6%). Sin embargo, por primera vez en la historia de Grecia, Nueva Democracia obtuvo una clara ventaja incluso entre los votantes jóvenes (33%, nueve puntos por delante de Syriza).

Syriza ya no puede pretender ser un «partido de gobierno», eje de una futura mayoría, y se enfrenta a una crisis existencial. Un síntoma característico del vértigo que parece haberse apoderado de las altas esferas del partido: aturdido por el desastre electoral, Tsípras puso al frente del equipo de comunicación de Syriza a Nikos Marantzidis, líder de la escuela «revisionista» griega de historiadores, pionero de una reescritura anticomunista de la historia de la Resistencia y la guerra civil, que a su vez había atacado ferozmente a la Izquierda, y a Syriza en particular, durante el periodo 2010-15.

Despojada de su identidad original e incapaz de inventar una nueva, débilmente arraigada en la sociedad civil (no controla ningún municipio importante y solo tiene una presencia marginal en el sindicato y en el movimiento estudiantil), totalmente centrada en la figura ahora devaluada de su líder, Syriza está entrando en un periodo de turbulencias. Como sugieren algunas figuras del partido, incluso la cuestión de la sucesión de Tsípras ya no es tabú…

La recuperación del KKE y sus límites

El KKE se cuenta entre los ganadores de las elecciones del 21 de mayo. Con un 7,2%, ganó 1,9 puntos respecto a su resultado de 2019 y consiguió recuperar la mayor parte del terreno perdido en 2012. Entonces, tras rechazar la propuesta de unidad presentada por Syriza, perdió casi la mitad de su electorado (del 8,5% en las elecciones de mayo de 2012 bajó al 4,5% en las de junio). El KKE es el único partido de izquierdas que conserva una base militante y popular. Su frente sindical, el Frente Militante de Todos los Trabajadores (PAME), es una fuerza importante, aunque claramente minoritaria en el movimiento obrero, y su organización juvenil tiene una fuerte presencia en los campus universitarios, ganando las recientes elecciones estudiantiles con una mayor participación.

En estas elecciones, el KKE podría aparecer así como un «voto seguro» para una fuerza histórica de izquierdas, claramente identificable y activa sobre el terreno. En su campaña no prometió nada más que formar una «oposición fuerte» a cualquier gobierno, una línea que parecía resonar con el sentido común de este periodo, es decir, la resignación ante la falta de alternativa.

Partiendo de una base electoral limitada pero leal y bien estructurada, el KKE pudo seguir avanzando entre los votantes jóvenes (7,3% entre los jóvenes de diecisiete a veinticuatro años, +3,3% en comparación con 2019; 8,1% entre los jóvenes de veinticuatro a treinta y cinco años, +2,1%) y especialmente entre los estudiantes, donde duplicó su resultado anterior (del 4% al 8,2%). Sus resultados superan el 10% en los barrios obreros de las principales ciudades (11% en el cinturón obrero del Pireo, 11,5% en Atenas-Oeste) y en las zonas tradicionalmente «rojas» (13% en Lesbos, 35% en Icaria, en torno al 11% en algunas islas jónicas). Sin embargo, este repunte no debe ocultar que el hundimiento de Syriza beneficia principalmente a las fuerzas situadas a su derecha, ya que el KKE obtiene un escaso 5% de este electorado. Incluso en los distritos obreros de Atenas y El Pireo, su avance es solo un tercio o un cuarto tan fuerte como el ascenso de Nueva Democracia.

A pesar de sus limitaciones, el repunte del KKE podría aportar una nota de esperanza si este partido no hubiera estado atrapado en una actitud sectaria que lo ha mantenido alejado no solo de cualquier forma de unidad de acción con otras fuerzas de izquierda (incansablemente denunciadas como «muletas del sistema»), sino también de todas las grandes movilizaciones populares del período reciente. Por ejemplo, el KKE rechazó cualquier participación en el movimiento Ocupa las Plazas de 2011, acusado de ser «pequeñoburgués», «antipolítico» y un mero «desahogo». También se negó a llamar al «no» en el referéndum de julio de 2015, prefiriendo promover el voto nulo mediante papeletas distribuidas por sus activistas con los lemas del partido. Esta línea sectaria coincide con la nostalgia sistemáticamente cultivada por la URSS, e incluso por Stalin, cuyas obras completas (en dieciséis volúmenes encuadernados en piel) han sido reeditadas por la editorial del partido y puestas a la venta al precio promocional de 208 euros.

Desde un punto de vista más estratégico, el KKE ha rechazado la línea de los «frentes populares», que le ha valido cierta benevolencia por parte de ciertas corrientes de extrema izquierda, pero solo para volver, con algunos matices, a la del VI Congreso de la Comintern, que equiparaba la socialdemocracia con el «socialfascismo» y predecía el colapso inminente del capitalismo. También rechaza cualquier tipo de «reivindicación transitoria», considerando que el «poder obrero» es la condición previa para resolver cualquier problema. Por ejemplo, tras el reciente desastre del tren de Tempi, se negó a pedir la nacionalización de los ferrocarriles, argumentando que, ya fueran de propiedad privada o pública, seguirían sirviendo al sistema capitalista.

En realidad, a pesar de un trabajo sindical a menudo eficaz (sobre todo en el sector privado, abandonado por los sindicatos burocratizados), su retórica radical sirve para disfrazar una práctica de pasividad política. Sus acciones se centran totalmente en «construir y fortalecer» el partido y sus diversos frentes (sindical, juvenil, cultural, etc.), que se utilizan simplemente como correas de transmisión del mismo.

Como indica el reciente comunicado triunfalista de su Comité Central, el (relativo) éxito electoral no hará sino confirmar la línea sectaria y el neoestalinismo nostálgico del KKE. Tanto más cuanto que el fracaso del único polo unitario de la izquierda radical, MeRA25-Alianza por la Ruptura (MeRA25-AR), si se confirma en las segundas elecciones del 25 de junio, convertirá al KKE en la única fuerza a la izquierda de Syriza representada en el parlamento.

El fracaso de la MeRA25-Alianza para la Ruptura

Las causas del fracaso de MeRA25-AR en las urnas no pueden reducirse a un único factor. Para analizarlas, debemos recordar algunas de las etapas del proceso que condujo a la formación de esta coalición. Su principal componente (en términos electorales) es MeRA25, un movimiento creado en 2018 por Yanis Varoufakis como sección griega de su movimiento europeo transnacional DiEM25. Consiguió superar el umbral del 3% en las elecciones de 2019 y entrar en el Parlamento.

Al igual que su destacado líder, este movimiento poco estructurado comenzó como una plataforma para una mezcla inestable de reivindicaciones sociales (sobre todo en cuestiones de derechos de las minorías), europeísmo de izquierdas y el espíritu de las luchas contra la Troika de los años 2010-15. Su electorado de 2019 era heterogéneo, con un fuerte componente juvenil y cierto éxito en los suburbios obreros de Atenas y El Pireo.

Durante los cuatro años siguientes, MeRA25 empezó a estructurarse y, sobre todo, a clarificar gradualmente su línea en una dirección más radical. En un texto publicado el pasado diciembre, Varoufakis llamó a una amplia convergencia de las fuerzas de la izquierda radical sobre una base programática, reflejando el giro a la izquierda de su movimiento: reconocimiento de que la UE no puede reformarse, desvinculación de la OTAN y no alineamiento, salida del euro si es necesario, y énfasis en el tema de la ruptura.

Entre las organizaciones de la izquierda radical, solo Unidad Popular respondió positivamente a esta llamada, a la que se unieron diversos intelectuales y activistas de movimientos sociales. Se formó así una coalición, llamada «MeRA25-Alianza por la Ruptura» y su lema principal en la campaña fue «por primera vez, ruptura». Armada con un elaborado programa de propuestas alternativas, cercano en su ambición y contenido a L’Avenir en commun de France Insoumise, pretendía demostrar que «todo puede ser diferente».

La única de estas propuestas que recibió atención mediática fue la creación de un sistema de pago electrónico basado en la plataforma digital de Hacienda. Permitiría eludir el sistema bancario y proporcionar al Estado un medio de pago sin recurrir necesariamente a una moneda nacional. Abriendo una cuenta en este sistema (denominado Demeter), los particulares y las pequeñas empresas podrían evitar las exorbitantes comisiones que cobran los bancos griegos incluso por las transacciones más pequeñas y beneficiarse de una rebaja fiscal, que serviría como medio de remuneración de su cuenta.

Un plan así —y esto también formaba parte de la propuesta— podría facilitar considerablemente la transición a la moneda nacional, en caso de que el Banco Central Europeo repitiera el chantaje sobre la provisión de liquidez que llevó a cabo en 2015. Esto fue todo lo que hizo falta para desatar una avalancha de propaganda alarmista por parte de Nueva Democracia y los medios de comunicación, que agitaron constantemente el espectro de 2015, el caos que supuestamente seguiría a la salida del euro y la estigmatización de Varoufakis como el hombre que quería llevar a Grecia a la bancarrota. Syriza se apresuró a seguir su ejemplo, y el resto de las propuestas del programa fueron totalmente ignoradas.

Aunque sin duda esto ayudó a desviar a la parte más moderada del electorado de 2019, la clave del fracaso de la MeRA25-AR está en otra parte, concretamente en la ausencia de una base electoral mínimamente estable y en la vertiginosa rotación de su electorado entre 2019 y 2023. El MeRA25-AR solo atrajo al 18% de su propio electorado en 2019, mientras que el 42% se decantó por Nueva Democracia, el 27% por otras formaciones de izquierda radical (el KKE y la extrema izquierda) y el 13% por el partido de la expresidenta parlamentaria de Syriza, Zoe Konstantopoulou. Las ganancias procedieron principalmente del electorado de Syriza y de otras formaciones de izquierda radical, e incluso de Nueva Democracia.

A pesar de su orientación unitaria, la coalición liderada por Varoufakis se mostró insuficientemente competitiva luchando en el terreno de la izquierda radical, donde optó por posicionarse sin ambigüedades. Pero el giro a la izquierda también se anunció demasiado tarde para resultar convincente. No estaba suficientemente arraigado en las prácticas militantes: solo Unidad Popular ofrecía una (pequeña) base organizativa. Así pues, su coste resultó mayor que su beneficio. Creíble cuando emana de un movimiento fuerte como France Insoumise, el intento de encarnar una propuesta alternativa de ruptura parecía una carga demasiado pesada para una formación que luchaba por su supervivencia parlamentaria.

En un contexto de retroceso general de la izquierda, el KKE parecía una apuesta más segura como fuerza de oposición, sobre todo porque el discurso de Varoufakis podía parecer demasiado tecnocrático y abstracto a las clases populares. El MeRA25-AR cayó un 0,8% de media respecto a 2019, pero sufrió las mayores pérdidas en los distritos obreros (-1,5% en el cinturón del Pireo, -1,3% en Peristeri y -1,8% en Aspropyrgos, dos municipios obreros del área metropolitana de Atenas). Se mostró más resistente entre los jóvenes (del 6% al 5,1%), sobre todo entre los estudiantes (estable en el 6%), pero quedó por detrás del KKE incluso en esta categoría.

El sorprendente ascenso de Zoe Konstantopoulou

El MeRA25-AR, y la izquierda radical en general, han sufrido el ascenso de Curso de Libertad, el partido de Zoe Konstantopoulou, renombrada abogada y efímera presidenta del parlamento durante el primer gobierno de Syriza en 2015. Este partido, fundado en 2016, se basa enteramente en el carisma de su líder y en un discurso inicialmente posicionado como «populista de izquierdas».

Su principal inspiración fue la campaña de 2016-2017 del líder de la izquierda francesa Jean-Luc Mélenchon y, en particular, sus tintes patrióticos y republicanos. En 2018, en un contexto de nacionalismo exacerbado en torno a la cuestión de Macedonia, Konstantopoulou decidió unirse a las concentraciones de protesta contra el Acuerdo de Prespa negociado por el gobierno de Syriza y por el que se reconocía al Estado vecino como «República de Macedonia del Norte».

Estas concentraciones fueron multitudinarias, sobre todo en el norte de Grecia, pero también estuvieron claramente dominadas por la extrema derecha y proclamaron la negativa a reconocer a cualquier Estado que llevara el nombre de Macedonia, considerado propiedad exclusiva de Grecia. Este giro nacionalista provocó una ruptura en las ya tenues relaciones entre Konstantopoulou y la izquierda radical.

En 2019, Curso por la Libertad había obtenido el 1,5% y no consiguió entrar en el Parlamento. Sin embargo, consiguió posicionarse como polo de referencia de una constelación emergente de pequeñas formaciones «soberanistas», que combinaban nacionalismo, rechazo de la división derecha-izquierda y retórica anti-Troika y «antisistema». La votación del 21 de mayo dio un nuevo impulso a este planteamiento.

El lenguaje sencillo y directo de Konstantopoulou, adquirido a lo largo de muchos años de práctica en los tribunales, le permitió triangular con éxito temas antisistema de los repertorios tanto de la «derecha» como de la «izquierda»: eslóganes nacionalistas (sobre Macedonia o las relaciones con Turquía) mezclados con referencias a las luchas del periodo 2010-2015 (sobre todo en la cuestión de la deuda); defensa de la «identidad de la nación griega», pero también insistencia en su condición de única mujer dirigente de un partido político griego, con especial atención a las cuestiones de la violencia sexista y sexual y los ataques a la comunidad LGBTQ; halagando a los que se oponen a la vacunación, pero también defendiendo los derechos y libertades públicas y denunciando la represión policial y la violencia estatal contra los refugiados; y combinando una retórica de virulento rechazo a todos los políticos con un fuerte legalismo y un recordatorio constante de su estatus institucional como expresidenta del Parlamento.

Los resultados de la votación y los datos de las encuestas a pie de urna muestran que la composición del electorado de Curso por la Libertad refleja la «triangulación» del discurso de su líder. Incluye un componente procedente de la derecha, incluso de la extrema derecha, como sugiere el hecho de que captó a casi el 9% del electorado que se planteó votar al partido sucesor de Amanecer Dorado (al que una sentencia judicial impidió presentarse). Pero también consiguió atraer al 13% del electorado de MeRA25 en 2019.

El perfil general es, no obstante, sociológica y espacialmente «de izquierdas». Curso por la Libertad obtuvo sus mejores resultados en los suburbios obreros de Atenas y el Pireo (4% en Atenas-Oeste, 4,3% en el cinturón del Pireo, con picos del 5% en los municipios más obreros). En cambio, en los barrios de clase media-alta, los resultados estaban muy por debajo de la media nacional (1,3% en Filothei, 1% en Ekali). La formación también avanzó entre los votantes jóvenes, superando a MeRA25-AR entre los jóvenes de diecisiete a veinticuatro años (5,9% frente a 5,1%).

Este perfil «soberanista» pudo así atraer a una proporción significativa del voto antisistema y competir eficazmente con el KKE y, sobre todo, con el MeRA25-AR como forma de sancionar a Syriza al tiempo que se oponía a los demás partidos mayoritarios. Los primeros sondeos postelectorales sugieren que el éxito de Konstantopoulou se amplificará en las segundas elecciones del 25 de junio y le permitirá de nuevo entrar en el Parlamento.

¿De vuelta al viejo mundo?

Como señala el politólogo Yannis Mavris, la votación del 21 de mayo desmintió las expectativas de quienes pensaban que las elecciones de 2019 marcarían la consolidación de un sistema bipartidista, comparable al del periodo 1981-2009, con Syriza ocupando el lugar que antes ocupaba el Pasok. Los primeros en someterse a esta premisa falaz fueron seguramente Tsípras y la dirección de Syriza, que creyeron que el electorado popular y la juventud estaban definitivamente ganados y que podían emprender con seguridad la «carrera hacia el centro» para ganarse al electorado «moderado» de clase media y alta.

En realidad, si el bipartidismo está en retroceso (la suma Syriza-Nueva Democracia cayó del 71% al 61%), es exclusivamente en detrimento del polo de «centroizquierda», abriendo el camino a un brusco giro a la derecha en la escena política general. Actualmente, las únicas fuerzas capaces de infligir pérdidas a Nueva Democracia son las de extrema derecha. Solución Griega y, con toda probabilidad, Niki parecen ahora seguros de estar representados en el parlamento que surja tras el 25 de junio, lo que da a la extrema derecha un peso institucional sin precedentes.

Otra forma de leer estos resultados es verlos como el retorno del «viejo mundo», el de las fuerzas políticas barridas por la revuelta popular de 2010-15 y las históricas elecciones de mayo y junio de 2012. Nueva Democracia está alcanzando de nuevo las puntuaciones de su apogeo, el Pasok ha resucitado de entre los muertos y el KKE casi ha recuperado su posición anterior y, por primera vez desde la caída de la dictadura (con la excepción de un breve periodo entre 1993 y 1996), puede incluso afirmar que monopoliza la representación institucional de la izquierda radical. La irrupción de un partido como Curso para la Libertad también debería servir de advertencia: es muy posible que la confusión (anti)política llene el vacío dejado por la incapacidad de construir un polo unitario y creíble de la izquierda radical.

Una vez más, solo podemos observar que las traiciones de la izquierda allanan el camino a una restauración reaccionaria y a una dinámica de radicalización de la derecha. Queda por ver hasta qué punto la votación del 25 de junio confirmará o invertirá estas tendencias. Al fin y al cabo, el terreno sobre el que se asienta el sistema político griego ha demostrado ser más frágil de lo esperado.

Publicado en: Global

Una mentira que dice la verdad: el espacio crítico de Juan Rulfo

19/06/2023 by Vitalio Deja un comentario

Por: Roberto Bernal

 

Víctor Jiménez Muñoz (Santiago Ixcuintla, Nayarit, 1945) es arquitecto por la UNAM, donde fue profesor de Historia de la Arquitectura. Restauró las casas de Diego Rivera y Frida Kahlo, de Juan O’Gorman, y el Museo Experimental El Eco, de Mathias Goeritz, así como la Casa O’Gorman de 1929. Desde 1998 dirige la Fundación Juan Rulfo, y es autor de numerosos textos sobre el escritor y fotógrafo mexicano, como la introducción a ‘Juan Rulfo, letras e imágenes’ y los ensayos “Palabra llana y poesía en Rulfo” y “Una estrella para la muerte y la vida”.

Su más reciente libro en este tema es Ladridos, astros, agonías. Rilke y Broch en el lector Rulfo (2017). Platicamos con él en relación con el nuevo título de Juan Rulfo, Una mentira que dice la verdad (Editorial RM, México, 2022).

–De los diecinueve textos reunidos en Una mentira que dice la verdad, la mayor parte permite advertir a un Juan Rulfo que reflexionó sobre la literatura desde un lugar que Ricardo Piglia llamó “no estabilizado”.

–Para Piglia las otras dos clases de crítica –la periodística y la académica– están ya predeterminadas por lo que él llama “un saber externo” (la sociología, el psicoanálisis, la historia de la literatura, etcétera), mientras que la que él valoraba más, la crítica de los escritores, no tiene tales restricciones sino que, al ser “constructivista” (como la identifica), parte de la obra que un escritor va a tomar como tema de reflexión. El periodista y el académico, agrega Piglia, “interpretan” la obra; el escritor, en cambio, nos dice cómo está construida desde su experiencia como autor: es lo que llama “lugar no estabilizado”, que es sólo personal. Las críticas periodística y académica no pocas veces resultan predecibles; un escritor, en cambio, siempre hace crítica desde su propio e intransferible espacio.

–Los autores que un escritor admira no son precisamente los que más contribuyen a su trabajo. En el caso de la crítica que elaboró Rulfo, parece que sus reflexiones transitaron entre autores que apreciaba y aquellos que le sugirieron una revisión técnica de la escritura.

–Sabemos qué autores ponderaba Rulfo, pues se refirió a ellos con frecuencia: nórdicos como Hamsun y Laxness, por ejemplo, o estadunidenses como Langston Hughes. Y qué decir del que más admiró: João Guimarães Rosa, cuyo Gran Sertón es posterior a la obra de Rulfo. En cambio, no parece haber apreciado a ningún español y se expresaba mal de la tradición retórica hispánica, como dijo a Alejandro Avilés. Consideraba a Gorostiza el mejor poeta mexicano y en su honor se refirió a Rilke, a quien Rulfo tradujo parcialmente; la Elegía 9, dedicada a la ciudad de los muertos, tendría un eco en su primera novela. No se refirió nunca, que yo sepa, a Hermann Broch, pero La muerte de Virgilio tiene más de un eco en cuentos como “Nos han dado la tierra”, “La Cuesta de las Comadres”, “No oyes ladrar los perros” y, desde luego y sobre todo, en Pedro Páramo.

–Rulfo destaca, tanto en Joaquim Machado de Assis como en João Guimarães Rosa, una de las cualidades más importantes de su propio trabajo: la capacidad de inventar un lenguaje nuevo, y cita a un periodista del Jornal do Brasil, quien afirmó que la obra de João Guimarães Rosa “es una admirable e incomparable tapicería tejida con fibra típicamente nacional, que podemos considerar, al mismo tiempo, como un aporte de humanismo universal”. Esto es algo que también podríamos decir sobre la obra de Rulfo. Sin embargo, parece que todavía prevalece, en la crítica que aborda su narrativa, la idea que vincula al lenguaje inventado por el narrador jalisciense con la tradición oral o con una especie de patriotismo.

–Debe recordarse que Rulfo hizo un prólogo a las Memorias póstumas de Blas Cubas, ya muerto cuando las escribió: “no soy un escritor muerto, sino un muerto escritor”, y que es una novela hecha de fragmentos, alejada del regionalismo latinoamericano, pues Brasil en el siglo XIX tenía una mejor literatura que la escrita en español, como dijo Rulfo. Guimarães reinventó el portugués de manera más ostensible, pero el español de Rulfo es una creación tan original como ésta, aunque los lectores apresurados no lo adviertan y aún confundan su lengua literaria con el español del campo mexicano. Problema de esos lectores, por supuesto. Con Guimarães la confusión va a los temas: “El burrito pardo” se lee como un cuento regional hasta que te enteras de que fue escrito por Guimarães en el Hamburgo de la II Guerra, bajo las bombas aliadas, pues era diplomático. En la entrevista del mineiro con Günter W. Lorenz éste le pregunta sobre los judíos que ayudó a salvar contra la decisión de su gobierno, y el escritor le dijo que no deseaba hablar de eso, sino de las vacas de su natal Minas Gerãis. En Israel lo recuerdan con agradecimiento de manera oficial. Hablaba quince idiomas y su tema predilecto y casi único (a no ser su relato póstumo “Páramo”, que podría ser una alusión a la obra de Rulfo y no ocurre en Brasil) fue el campo del Sertón.

–Rulfo concedió multitud de entrevistas. Sin embargo, la mayoría parecen interesadas únicamente en indagar la biografía del escritor jalisciense, como si ello contribuyera a revelar las motivaciones de sus personajes. En este libro parece claro que se cuidó este aspecto.

–En este libro decimos que la calidad de las entrevistas hechas a Rulfo varía según el entrevistador: la mayoría se las hicieron periodistas mexicanos que no tenían ningún conocimiento literario importante y sólo se dedicaban a reiterar lugares comunes. No damos importancia al número de estas entrevistas y Rulfo a veces sólo respondía esperando terminar pronto. Dijo que había aprendido de Guimarães (quien sólo dio una entrevista larga en su vida) a escapar de los periodistas por las escaleras de servicio de los hoteles. De un célebre periodista mexicano (ni se imaginan quién) me dijo una vez que “era sólo un periodista”, para que no buscase ya un supuesto libro de historia del reverenciado señor. El biografismo es una plaga de la crítica literaria desde Sainte-Beuve y ya Proust deshizo a este periodista. Ese biografismo también persiguió a Rulfo, quien repitió siempre que sus personajes no eran él. Dijo incluso cómo los concebía, y no era precisamente a partir de sí mismo.

–Uno de los apartados más significativos del libro es el titulado Situación actual de la novela contemporánea, porque el lector acompaña a Rulfo en un recorrido en el que analiza novelas que se gestaron prácticamente en todas las latitudes del mundo. Esto, al mismo tiempo, deja mal parados a quienes por décadas se han empeñado en producir –diría que malintencionadamente– la imagen de un Juan Rulfo inculto que escribió sus libros desde un talento misterioso e inexplicable, algo así como “un milagro de provincia”.

–Esa conferencia, que dio Rulfo en Chiapas en 1965, es muy importante. Así lo considera José Carlos González Boixo en una reseña inédita de Una mentira que dice la verdad que hemos propuesto publicar a una revista académica mexicana. Apareció impresa en Chiapas el mismo 1965 a partir de una grabación, y se aclaraba entonces que no se pudieron verificar los nombres de autores y obras citados por Rulfo. Bueno: nosotros lo hicimos, consultando la biblioteca de Rulfo. Los errores eran muchísimos (y se reprodujeron todas las ocasiones en que esta conferencia siguió publicándose, que no fueron pocas) porque se trataba a menudo de libros y autores poco conocidos y muy recientes. Todos están en la biblioteca de Rulfo, y con la invaluable ayuda de Juan Francisco Rulfo verificamos cada uno de ellos, precisando títulos, apellidos, editoriales, traductores, fechas, etcétera, y así se hace constar ahora en nuestro libro. González Boixo señala con acierto que no sólo esta conferencia (aunque ésta de manera notable), sino todo Una mentira que dice la verdad, es testimonio de los excepcionales niveles que alcanzó Rulfo como lector. En cuanto a los detractores de Rulfo que citas, y que todos recuerdan, prefiero practicar con ellos lo que me recomienda un amigo estadunidense hacer siempre en casos como estos: my friend, be kind to animals.

–Una de las afirmaciones de Rulfo que genera que el lector se detenga en ella es la que dice: “En México, sólo los solitarios han podido hacer obra hasta ahora y quizá seguirán siendo ellos los únicos creadores de conciencias.” Dice mucho de su personalidad discreta y de la relación privada que mantenía con cada uno de sus distintos quehaceres.

–Esas palabras las dijo Rulfo sobre Mariano Azuela, quien no pertenecía a capillas literarias: nunca abandonó su profesión de médico y se abrió camino por sí mismo, publicando en el extranjero, por ejemplo. En una entrevista que se le hizo a Azuela para la revista Amauta (núm. 11, enero de 1928), de Mariátegui, se le preguntó “¿Por qué son reaccionarios los intelectuales mexicanos?”, y el mexicano estuvo de acuerdo en que lo eran, citando ejemplos que lo confirmaban: los que apoyaron a Huerta (esto lo trató Juan Schulz en este mismo suplemento, en abril de 2020), y que seguían activos en tiempos de Azuela. ¿Agruparse con ellos? Hoy vivimos un momento similar, con los intelectuales de las dos revistas antes rivales cómodamente agrupados en el nuevo huertismo de hoy. Sus afinidades como “reaccionarios”, citando a Amauta, son más fuertes que sus rivalidades circunstanciales. Rulfo agrupaba a los Contemporáneos, en un ensayo de Una mentira que dice la verdad, como simplemente “afrancesados”, que reeditaron esa misma afinidad que había florecido en el Porfiriato y a la que se adhirió la derecha literaria postrevolucionaria. Porque los grupos literarios, nadie lo ignora, son grupos políticos con sólo, a veces, una cáscara de literatura.

Publicado en: Cultural, titular2

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