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Vitalio

Queso, baguettes y Victor Hugo

11/06/2023 by Vitalio Deja un comentario

Por: David Broder

La derecha francesa afirma que el «islamoizquierdismo» está subvirtiendo su cultura nacional. Pero el galicismo ha sido siempre una identidad en constante cambio.

pone deshacerse de Victor Hugo, de nuestros quesos o baguettes, y sustituirlos por otra cosa». Así rebatió Jean-Luc Mélenchon, en vísperas de su candidatura presidencial para 2022, la afirmación de que un complot «islamoizquierdista» pretendía destruir el modo de vida tradicional de Francia. Pero, a diferencia de otros rumores descabellados sobre conspiraciones secretas a escala mundial, este había conseguido extenderse por toda una nación en un tiempo récord.

Durante la última década, expertos xenófobos como Èric Zemmour han adoptado la noción del teórico de la conspiración Renaud Camus de un complot «reemplacista» de la élite para arrancar las raíces de la cultura francesa y sustituir a los «franceses de pura cepa» por inmigrantes. La campaña de Mélenchon adoptó el lenguaje de la «creolización», la eterna mezcla de influencias que conforman una cultura nacional.

El término «creolización» fue acuñado por Édouard Glissant, escritor de la isla caribeña de Martinica. El fallecido Glissant se refería a la mezcla entre pueblos de diferentes culturas en territorios colonizados como su tierra natal. Para Mélenchon, lo importante no es celebrar la diferencia en sí, sino la posibilidad de crear una cultura fusionada alimentada por nuevos elementos. «Ser francés», declaró a la revista de su partido, L’Insoumission, «no significa pertenecer a una religión concreta o tener un color de piel determinado, cocinar ciertos platos o amar obras específicas. Ser francés en la República es suscribir el programa “liberté, égalité, fraternité” y respetar la ley. Es el universalismo de la Revolución Francesa lo que permite a Francia ser un país creolizado».

Al trasladar este término más bien literario al debate político dominante, Mélenchon combinó dos ideas sobre cómo se forma la cultura nacional. En un sentido, subrayó que la identidad francesa no es algo fijo, sino que está abierta a la reinvención constante. Pero este crisol cultural también está conformado por un legado político que, si bien no es exactamente eterno, reclama su legitimidad de una larga tradición nacional. En la misma entrevista, Mélenchon declaró que el pueblo francés es un cuerpo nacional construido en torno a «su Estado, su unidad social y su contrato político inscrito en la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano», la proclamación emitida por la Asamblea Constituyente el 26 de agosto de 1789, que declaró que la soberanía reside en la nación.

Las palabras de Mélenchon reflejaban así una contradicción que ya existía en lo que muchos observadores del siglo XIX llamaron «construcción nacional», y en el legado de la propia Revolución Francesa. ¿Representaba el Estado-nación a los habitantes de un territorio determinado, la expresión de una comunidad homogénea que ya existía? ¿O era el Estado el que moldearía, o incluso crearía, la nación? Una famosa respuesta vino del otro lado de los Alpes, donde, tras la creación de un Estado italiano unido en 1861, el político liberal Massimo d’Azeglio afirmó: «Hemos hecho Italia. Ahora debemos hacer italianos». Sin embargo, ni siquiera en Francia —un Estado con una existencia independiente mucho más larga— la revolución de 1789 legó una identidad nacional única. Más bien, la República era una obra en curso, que los primeros socialistas trataron de moldear.

Pequeñas Bastillas

La asociación entre la Revolución Francesa y el nacionalismo debe tratarse con cierta cautela. Eric Hobsbawm cita al socialista austriaco Karl Renner, quien declaró en su obra de 1899 Staat und Nation que «el cumpleaños de la idea política de nación y el año de nacimiento de esta nueva conciencia» —de las comunidades lingüísticas y culturales que pasan a ser «conscientes de sí mismas como una fuerza con destino histórico»— es «1789, el año de la Revolución Francesa». Pero, insiste Hobsbawm, Renner estaba escribiendo más de un siglo después de esa revolución, de hecho en una época en la que la etnicidad y la lengua se estaban convirtiendo cada vez más en los «criterios decisivos o incluso únicos de la nación potencial». Si bien esto conllevaba una cierta idea romántica de redescubrir una unidad más antigua, chocaba con el desarrollo real de los Estados-nación modernos, incluida la Francia posrevolucionaria.

El clásico estudio de Eugen Weber, Peasants into Frenchmen, ilustra este hecho de forma sorprendente. Muestra cómo, en el siglo que siguió a la Revolución, e incluso tras la creación de la Tercera República en 1870, el grueso de la población rural tenía poca noción de su «afrancesamiento». El barón Haussmann, tras haber remodelado París según criterios «racionales», escribió en sus memorias sobre «nuestro país, el más “uno” del mundo entero». Alexis de Tocqueville subrayó la larga historia de reformas centralizadoras incluso antes de 1789, desde la creación de la Académie Française hasta la formación de monopolios estatales. Sin embargo, un siglo después de la revolución, las masas rurales no hablaban una lengua común y rara vez utilizaban la moneda nacional. En las décadas que precedieron a la Primera Guerra Mundial, las aulas y los cuarteles impusieron una identidad común a una población a menudo reacia.

El relato de Weber sobre el moldeado de la conciencia nacional francesa de 1870 a 1914 es especialmente impresionante cuando recurre a los informes de quienes pretendían «asimilar» desde arriba y, por tanto, veían la diversidad como «imperfección, injusticia, fracaso, algo que había que señalar y remediar». El primer ministro del Interior de la Tercera República, Léon Gambetta, hablaba de campesinos «intelectualmente varios siglos por detrás de la parte ilustrada del país» y de la «enorme distancia» entre «los que hablan nuestra lengua y aquellos muchos de nuestros compatriotas [que], por cruel que sea decirlo, no pueden más que balbucear en ella». La misión civilizadora colonial —la tarea del Estado francés de civilizar a las masas «salvajes», «palurdas» e «ignorantes», también en su patria— se repetía constantemente en los textos de los administradores y los políticos republicanos.

Los jacobinos de principios de la década de 1790 habían proclamado grandes proyectos para modernizar e iluminar Francia, incluyendo planes para sistemas nacionales de educación, sanidad y ayuda a los pobres. Sin embargo, tales proyectos se vieron truncados por la contrarrevolución, y solo en 1881 el Primer Ministro Jules Ferry introdujo la llamada escuela republicana: educación obligatoria y gratuita para niños de seis a trece años, que pasó a ser laica en 1882. Mientras que, durante gran parte del siglo XIX, los sacerdotes dominaron un conjunto de instituciones educativas, los «Húsares Negros» —los educadores republicanos introducidos por Ferry, encargados de introducir a sus alumnos en una cultura, una lengua y una historia nacionales comunes— lideraron la campaña de homogeneización. Su nombre militar se hacía eco de la otra gran institución homogeneizadora de esta época: el ejército.

Resulta revelador que las reformas clave para remodelar Francia a finales del siglo XIX —la educación pública y el laicismo estatal— sigan siendo hoy los focos principales de las batallas políticas sobre la identidad nacional. Al fin y al cabo, estas son las cuestiones que más directamente conciernen a las autoridades electas a la hora de moldear la cultura de los ciudadanos de la República, o de decidir no hacerlo. Esto se refleja en el debate habitual sobre las zonas donde «no llega la República», especialmente en las periferias de las ciudades con grandes poblaciones musulmanas, a menudo marcadas por la desafección y la pobreza. Mucho antes de que el líder de extrema derecha Zemmour llamara a su partido «Reconquista», en 2012 el gobierno de centroizquierda identificó cuarenta y siete «barrios a reconquistar por la República», y el presidente Emmanuel Macron ha invocado más recientemente una «reconquista republicana» para combatir el «separatismo islámico» en la sociedad francesa mayoritaria.

Construir la República

En tiempos de Ferry, la afirmación de la República Francesa no se limitaba a extender los Derechos del Hombre a todos los rincones de Francia, y menos aún a las poblaciones coloniales oprimidas por la fuerza militar francesa. Uno de los momentos fundacionales de la República fue su conflicto con la Comuna revolucionaria de París. En mayo de 1871, los dirigentes de la República aplastaron sangrientamente a los «bárbaros» comuneros, que fueron masacrados o expulsados a las colonias. Como explica el historiador Jean-Numa Ducange, este hecho marcaría durante mucho tiempo la actitud de los socialistas hacia la República y sus tradiciones. La Internacional Socialista se fundó en París el 14 de julio de 1889, en el centenario del asalto a la Bastilla; los delegados cerraron el acto cantando La Marsellesa, pero lo hicieron ante la tumba de los hombres y mujeres asesinados de la Comuna.

En este periodo, muchos marxistas rechazaron cualquier asociación con el republicanismo francés o con una tradición peculiarmente «nacional»; Paul Lafargue comenzó el primer congreso de la Internacional insistiendo en que los socialistas no «se reunían bajo los pliegues de la tricolor, sino solo de la bandera roja». En particular, la corriente liderada por Jules Guesde tendía a predicar un evangelio marxista en lugar de implicarse en las batallas que tenían lugar dentro de la «política burguesa». Por ejemplo, desinteresada en la lucha por definir la República, se negó a tomar posición sobre el escándalo que rodeaba a Alfred Dreyfus, el oficial del ejército judío acusado falsamente de traición en 1894. Sin embargo, la otra gran figura del socialismo francés, Jean Jaurès, presentó su socialismo como parte de la tradición republicana francesa, y en términos que a menudo se hacían eco de la idea de construcción nacional. El «programa completo del socialismo» ya estaba presente en la Revolución Francesa; solo faltaba su plena realización.

En la conclusión de 1908 de su Historia socialista de la Francia contemporánea, Jaurès traza un balance de los progresos realizados a lo largo del siglo anterior, a pesar de los numerosos contratiempos. La propiedad privada sigue dominando la República. Sin embargo, la plena democracia política, con el sufragio universal masculino, había triunfado sobre contrarrevoluciones y tiranos, y una de las grandes condiciones para su realización —la educación pública inspirada en la ciencia y la razón— había reducido a la Iglesia a una «asociación privada». Incluso Friedrich Engels había identificado en la república democrática el mejor terreno para que la lucha de clases se desarrollara abiertamente y sin estorbos premodernos. Pero para Jaurès, esto tenía mucho más el aspecto de una batalla gradual por la hegemonía dentro del régimen republicano francés existente, cuyas obras públicas generalizarían los principios establecidos en 1789.

La peculiar fusión de Jaurès entre patriotismo republicano y extensión de la democracia se basaba en la creación de instituciones nacionales que reordenaran la sociedad e integraran a las masas en la vida política; aunque esto tenía un fuerte impulso democratizador, dedicaba relativamente poco espacio a la iniciativa desde abajo. En la izquierda europea del siglo XX, y especialmente después de 1945, la participación democrática de las masas dependía normalmente de una densa red de relaciones entre partidos políticos, sindicatos y vida asociativa autónoma del Estado. Sin embargo, como ha señalado Alexis Corbière, aunque este tipo de creación de instituciones socialdemócratas tiene ciertamente ecos en la historia del Partido Comunista francés, su historia en Francia es relativamente débil en comparación con los países del norte de Europa.

En una polémica con su colega François Ruffin, diputado de France Insoumise, Corbière insistió el otoño pasado en la actualidad del socialismo republicano activista de Jaurès, sobre todo teniendo en cuenta el fin de los compromisos fordistas de finales del siglo XX entre el trabajo y el capital. Este enfoque centrado en el Estado es, insistió, más realista que la construcción de instituciones socialdemócratas mal adaptadas a los actuales modelos de trabajo más fragmentarios y a una economía más internacionalizada. Sin duda, lo que los franceses llaman les corps intermédiaires —los organismos que se interponen entre el individuo y el Estado— se han debilitado gravemente en las últimas cuatro décadas. Esto ofrece una cierta justificación para un «jacobinismo» basado en la captura del poder estatal y, por tanto, en proporcionar a la sociedad lo que Anton Jäger y Arthur Borriello han denominado un «revuelo organizativo desde arriba». Sin embargo, esto plantea sus propios problemas.

La idea de la creolización cultural es menos una agenda política que la descripción de una realidad existente: que la cultura nacional integra constantemente nuevos elementos. La vida nacional francesa ya no se rige, como en la época de Jaurès, por la rivalidad entre una poderosa Iglesia católica y la misión del Estado republicano de imponer una cultura nacional laica. Sin embargo, la constante remodelación de la identidad nacional viene determinada por otras instituciones, como la escuela republicana, pero también los medios de comunicación privados, las redes sociales y los grupos de presión políticos y religiosos. Es esta fragmentación de las fuentes de información y de autoridad legítima lo que hace más ardua la idea de utilizar el poder del Estado para remodelar la sociedad, sobre todo teniendo en cuenta que los partidos obreros de masas y el movimiento obrero se cuentan entre las instituciones cuya influencia cultural ha disminuido más.

Es poco probable que el intento de Macron de actualizar el lema republicano francés en una línea más aspiracional —«Libertad, Fraternidad, Igualdad de Oportunidades»— dure más que su presidencia. El lenguaje de la criollización ciertamente pretende insistir en una concepción democrática y no étnico-chauvinista de lo francés. Sin embargo, aunque a veces la izquierda francesa da muestras de su intención pluralista, su gran debilidad es el declive de las instituciones con las que ella misma podría moldear la cultura nacional. France Insoumise declara que la izquierda del siglo XX ha muerto, pero a menudo se remonta a un mundo aún más anticuado: el del tribuno del siglo XIX que defendía la obra incumplida de la Revolución Francesa.

Los mitos tienen su papel en la movilización política, incluida la apelación a los logros de generaciones muertas hace mucho tiempo. Con sus esfuerzos a menudo meticulosos por evitar los puntos de referencia marxistas y sustituirlos por otros republicanos franceses, el partido de Mélenchon se encuentra entre las expresiones más plenas del populismo de izquierdas contemporáneo. Lo que no está tan claro es cómo esta narrativa de los valores fundamentales franceses es capaz de resistir la actual fragmentación neoliberal de la sociedad, ya que el movimiento obrero soporta los ataques al modelo social existente en lugar de mostrar poder alguno para remodelar de nuevo la sociedad.

Las tradiciones nacionales tienen cierto poder de resistencia. Los quesos, las baguettes y, en menor medida, Victor Hugo están aquí para quedarse. Sin embargo, aunque el «islamismo de izquierdas» no vaya a arrebatárselas, la identidad nacional francesa se está rehaciendo. Al menos por ahora, las fuerzas políticas que más la están remodelando son las que se presentan como defensoras del «modo de vida tradicional» frente a influencias nuevas y perturbadoras.

DAVID BRODER

Historiador, editor de Jacobin Magazine (EE.UU) y autor de First They Took Rome (Verso, 2020).

Publicado en: Cultural, titular2

El hilo gramsciano de André Tosel

11/06/2023 by Vitalio Deja un comentario

Por: Vincent Charbonnier

No es posible comprender en toda su complejidad y riqueza el concepto de hegemonía en Antonio Gramsci al margen de otra de sus ideas centrales: la de la necesidad de una reforma moral e intelectual que concierna tanto a las masas como al Partido en cuanto intelectual colectivo. Semejante reforma supone transformar las modalidades históricas del proceso revolucionario para poder responder a la «extraordinaria capacidad de resistencia del capitalismo». Todo ello en el marco de la refundación del marxismo como filosofía de la praxis.

La recopilación de textos de André Tosel sobre Antonio Gramsci titulada Le fil de Gramsci, Politique et philosophie de la praxis (París, Éditions Amsterdam, 2022) [El hilo de Gramsci. Política y filosofía de la praxis], preparada y prologada por Vincent Charbonnier, constituye una importante contribución a la bibliografía francesa sobre el revolucionario italiano, la cual no deja de ampliarse —mencionemos en particular la obra colectiva coordinada por Yohann Douet y publicada en 2021 por Éditions sociales— pero sigue siendo pobre en monografías.

Cabría pensar que esa carencia refleja y a la vez reproduce el estatuto paradójico —caso ciertamente único tratándose de un dirigente comunista y teórico marxista de la estatura de Gramsci— que tiene hoy, particularmente en Francia, un autor muchísimo más citado que realmente leído, objeto de apropiaciones de todo tipo y que abarca casi todo el espectro intelectual y político.

Le fil de Gramsci ofrece un panorama general de los trabajos que a lo largo de toda su vida André Tosel consagró a Gramsci y que, sin lugar a duda, hicieron de Tosel el más destacado estudioso de la obra de Gramsci en Francia, labor que culminó con su obra-síntesis Étudier Gramsci. Pour une critique continue de la révolution passive capitaliste(París, Kimé, 2016) [Estudiar a Gramsci. Por una crítica permanente de la revolución pasiva capitalista], publicado poco antes de la muerte del filósofo, el 14 de marzo de 2017. Lo que sigue es un extracto del estudio de Vincent Charbonnier que sirve de prefacio al libro y que se publica ahora con la amable autorización del editor.

El hilo gramsciano de André Tosel

Si bien Antonio Gramsci (1891-1937) se ha convertido en una indiscutible figura del pensamiento internacional y se siguen acumulando los estudios consagrados a Cuadernos de la cárcel, sobre todo en Italia y en el mundo anglófono —con lo que se ha formado una biblioteca en constante expansión—, el pensamiento del cofundador del Partido Comunista de Italia sigue viéndose marcado, sobre todo en Francia, por un cierto estatus de «celebridad restrictiva». A pesar de los numerosos trabajos que se le han consagrado, algunos de las cuales no han dejado de ser referencia obligada[1], Gramsci es todavía «ese célebre desconocido» a quien es necesario «liberar de la prisión de la ignorancia en la que languidece», escribe André Tosel (1941-2017) al principio de la última obra que publicara en vida, Étudier Gramsci [Estudiar a Gramsci][2].

La exhortación de Tosel se ve tanto más justificada cuanto que se trata al mismo tiempo de una invitación a estudiar realmente a Gramsci y cuanto que Tosel consagró una parte esencial de su actividad intelectual y militante a trabajar en (y sobre) la elaboración del pensador sardo. Desde ese punto de vista, este trabajo sobre Gramsci constituye un auténtico hilo rojo —como diría Goethe— de la trayectoria intelectual de Tosel, además de contribuir, en un sentido más amplio, a obrar el conjunto de su reflexión. Si, desde un punto de vista estrictamente cronológico, Spinoza y Marx precedieron a Gramsci como hilos de la reflexión de Tosel y ciertamente la alimentaron de forma recurrente, el hilo de Gramsci posee, sin embargo, una conductividad más sustancial para (y en) la reflexión de Tosel y en él se «hacen sentir» —en el sentido del «todo conspira» de Leibniz— los dos hilos anteriores (Spinoza y Marx) a los que está íntimamente ligado[3].

Así pues, esta «puesta en obra» de la labor de Tosel sobre el pensamiento de Gramsci es singular en más de un sentido. Lo es, en primer lugar, porque Tosel volvió una y otra vez sobre sus pasos, como se manifiesta vívidamente en su último libro, Étudier Gramsci, y, en segundo lugar, porque lo hizo con una tenacidad digna de encomio, habida cuenta de la difícil coyuntura teórica y política en que, a partir de finales de los años setenta, se vio a sí mismo el marxismo en Francia, lo que hizo vacilar a muchos, desde la enmienda (honorable) hasta la renegación, por no hablar del puro y simple abandono.

En tercer lugar, porque esta «puesta en obra» dio comienzo en un momento en que la figura de Gramsci se desvanecía de la escena teórico-política y en que, ironías de la historia, se iniciaba la publicación de la traducción completa de Cuadernos de la cárcel[4]. En cuarto lugar, porque, de hecho, esa «puesta en obra» es fruto inesperado de una manera de responder a la propuesta formulada por Louis Althusser a mediados de los años sesenta acerca del «recomienzo» de la filosofía del marxismo, respuesta que llevó a Tosel a movilizar progresivamente el pensamiento de Gramsci gracias al apoyo de un «filósofo discreto pero decisivo», en la persona de Éric Weil, sobre cuya importancia habremos de volver.

Por último, esta «puesta en obra» es singular por su «estilo» de problematización. Tosel jamás desistió en su empeño de articular un registro didáctico, dirigido a restituir la riqueza y la amplitud del pensamiento de Gramsci, a la vez que un registro —indisociablemente analítico y prospectivo— dirigido a (re)pensar y comprender el capitalismo globalizado, financiarizado y líquido —o más bien viscoso[5]— de nuestra época desde finales de este «corto siglo XX» (1989), teniendo por horizonte la cuestión de la emancipación[6].

Ese «estilo» de problematización, que se propone combinar las dimensiones didáctica, analítica y prospectiva —y que se hace sentir en particular en Étudier Gramsci[7]— tal vez sea lo que mejor caracterice la idea de que el pensamiento de Gramsci constituye un hilo conductor de la reflexión de Tosel. Antes de volver sobre su último libro, publicado antes de su repentina muerte en marzo de 2017, quisiéramos esbozar una problematización de ese hilo e insistir en la manera, igualmente singular, en que Tosel se encontró con el pensamiento de Gramsci, así como en la manera, no menos singular, en que se apropió de ese pensamiento y le restituyó su sustancia […]

Un singular «recomienzo» del marxismo

[…] La «respuesta» de Tosel a la intención proclamada por Althusser en los años 60 sobre la necesidad de un «recomienzo» de la filosofía del marxismo se recoge en un importante estudio, ya mencionado —«El materialismo dialéctico “entre” las ciencias de la naturaleza y la ciencia de la historia»—, en que Tosel, conjuga un examen crítico de la intención althusseriana con la propuesta de un «materialismo dialéctico rectificado» que tome nota de «la imposibilidad histórica de un cierto marxismo» [8]. El eje de esa síntesis reside en la crítica de la desviación estaliniana del marxismo y, más concretamente, en la crítica de «esa forma de materialismo dialéctico que sirvió de cimiento al estalinismo» [9].

Pues, a decir verdad, no basta con rechazar simple y llanamente el Dia-Mat estaliniano, sino que es necesario igualmente establecer su especificidad histórica, evaluar el orden de sus razones y apreciar su consistencia teórica tanto como su eficacia política, sin ocultar el hecho, ciertamente desagradable, de que la primera formulación histórica del materialismo dialéctico por el propio Engels no estaba del todo exenta de proposiciones inestables o contradictorias y tendía más o menos explícitamente hacia una neometafísica materialista[10].

La propuesta de Tosel, por tanto, consiste en repensar el materialismo dialéctico a modo de tejido conjuntivo que anude, «sin imperialismo ni prevaricación», el conjunto del conocimiento: las ciencias «deben considerarse tanto en su propio contenido lógico como en su condición de aspecto y momento de la práctica social»; en cuanto ciencia de la historia, el materialismo histórico «estudia las formas concretas de pertenencia de las ciencias a la práctica social» y el materialismo dialéctico «analiza lo que constituye el tejido teórico común y transformable en un momento histórico dado» [11].

Esa propuesta llevará a Tosel a dar un giro decisivo, un «desplazamiento» hacia el tema gramsciano de la «filosofía de la praxis», que no era sólo ni simplemente una reformulación lexical dirigida a eludir la censura fascista, sino, en medida más fundamental, la afirmación de la posibilidad de una refundación del marxismo. Es de ese «desplazamiento» que da fe Praxis (1984), que, mucho más que una compilación de textos, es un compendio en sentido estricto, una «síntesis catártica» —por utilizar una fórmula que posteriormente, en Étudier Gramsci, utilizará Tosel— que anuda varios hilos decisivos de su reflexión. Ese compendio es la restitución razonada de una trayectoria teórica que es simultáneamente la crónica de un «desplazamiento» del centro de gravedad de su reflexión, la crónica de una ampliación y un descentramiento de su perspectiva inicial, desde Althusser hasta Gramsci, sin por ello renegar de su punto de partida cronológico[12]. 

El rejuvenecimiento italiano del marxismo

Esa trayectoria crítica se desplegó bajo los auspicios del marxismo italiano, que elaboró una contribución original, indisociablemente histórica, filosófica y política, de la que la elaboración de Gramsci constituye el más importante recurso. En el marco de esa contribución, Tosel se centró de manera particular en la cuestión del Estado y de su transformación democrática, es decir, en la doble e indisociable cuestión de la hegemonía y de la acción[13]. Lo novedoso de la contribución italiana reside en una ambiciosa reelaboración de la teoría marxista según la modalidad cardinal de una traducción, o mejor, de una traduc(a)ción[14] que tiene en cuenta la historia concreta de la teoría y su desarrollo desigual, especialmente en lo que se refiere a la teoría materialista histórica de la política[15].

El nudo de esa problemática, recurrente en la teoría marxista, cristaliza en el doble fetichismo de que es objeto el Estado, desde el momento en que el reformismo hace del Estado «una esfera por encima de la sociedad de clases», mientras que «el izquierdismo maximalista lo identifica inmediatamente con la voluntad de clase, hoy burguesa, mañana proletaria». Ahora bien, «concebido como pura voluntad política o como instrumento de pura violencia», en ninguno de los dos casos se comprende al Estado «en la medida de su vínculo con las relaciones de producción capitalistas»[16]: el fascismo ha demostrado, por ejemplo, que el Estado burgués «es instancia mediadora de su propia violencia de clase valiéndose de los medios de la legitimación consensual; es decir, de los célebres aparatos hegemónicos»[17]. Gramsci rechaza toda concepción instrumental del Estado y, por consiguiente, insiste en la necesidad vital de que la clase de los productores se haga de la capacidad para crear un «orden nuevo» (ordine nuovo), convirtiéndose tendencialmente en Estado y, sobre todo, apropiándoselo, es decir, transformándolo, «construyendo una relación nueva entre intelectuales y pueblo, entre gobernantes y gobernados»[18], lo cual implica transformar las modalidades históricas del proceso revolucionario, que debe plantearse como una «reforma intelectual y moral» de masas.

Para Tosel, esa reflexión sobre la teoría política del materialismo histórico tiene una función propedéutica, pues es el recurso para su propuesta de una refundación del marxismo gracias a la filosofía de la praxis y a través de ella. Un primer esbozo de esa propuesta lo proporciona un estudio publicado simultáneamente en italiano y francés, «Philosophie marxiste et traductibilité des langages et des pratiques» [Filosofía marxista y traducibilidad de lenguajes y prácticas][19], cuyo motivo se elaborará en una serie de estudios posteriores consagrados a Gramsci, entre los que cabe destacar dos. El primero es la presentación escrita por Tosel de la tercera antología en francés de textos de Gramsci, publicada en febrero de 1983 por Éditions sociales, «Gramsci ou la philosophie de la praxis comme marxisme de la crise organique du capitalisme» [Gramsci o la filosofía de la praxis como marxismo de la crisis orgánica del capitalismo], y el segundo, que es una prolongación de aquella, es un artículo de síntesis publicado en La Pensée en octubre del mismo año: «Gramsci, philosophie de la praxis et réforme intellectuelle et morale» [Gramsci, filosofía de la praxis y reforma intelectual y moral][20].

Partiendo de su estudio sobre la traducibilidad de lenguajes y prácticas, publicado en 1981, Tosel caracteriza el marxismo de Gramsci como una traducción de la ciencia del modo de producción capitalista y de sus posibilidades de desarrollo en «ciencia-acción». Las fuerzas productivas ya no «se consideran un elemento objetivo de un campo objetivo exterior, sino fuerzas dotadas simultáneamente de una dimensión subjetiva, con una capacidad potencial de intervención activa que les permite transformar ese campo según sus posibilidades» [21]. Ahora bien, los productores se ven encadenados por un «sentido común» que no les permite comprender el carácter decisivo de su posición en el proceso de producción ni la inadecuación de este en relación con sus necesidades; posición, sin embargo, cuyo carácter de inútil vasallaje resienten, aun cuando lo hagan de manera confusa. Para Gramsci, por tanto, «existe ya una lucha de clases» y se pregunta cómo transformarla en una «forma de racionalidad [superior]»[22].

Pregunta que concierne también al marxismo, el cual deberá plantearse la cuestión de la dificultad de su propia comprensión por las masas, es decir, cómo vencer la resistencia del sentido común, «no aportándoles desde fuera una visión alternativa del mundo, un sistema ideológico cerrado, sino dotándolas de la capacidad de formarse su propia concepción del mundo social, de su estructura, del lugar que les corresponde, de la función que les es asignada». Se trata —prosigue Tosel— «de un proceso de comprensión modificadora en virtud del cual el “sujeto” que se apropia del conocimiento de su mundo y de su lugar, se transforma y adquiere la capacidad de modificar el sistema de relaciones en que figura, al tiempo que se modifica a sí mismo»[23].

A ese respecto surgen tres dificultades.

La primera es que ese proceso de apropiación del marxismo fragmentó la «síntesis marxiana» en un marxismo de masas que, si bien fue útil para formar una conciencia elemental de clase, siguió siendo insuficiente e inadecuado para hacer de esa conciencia «la instancia civilizadora reguladora y rectora de toda la vida social» [24]. La difusión del marxismo por las organizaciones del movimiento obrero, el «marxismo» de los libros de texto, de las obras de divulgación, etc. —en lo cual Gramsci veía el vehículo de un «iluminismo de masas»—, se vieron limitados por el hecho de aislarse de las formas refinadas de la teoría y sus portadores.

Una segunda dificultad reside en el hecho de que la «alta cultura burguesa» también fue «capaz de una compleja operación de “traducción”-desagregación», para lo cual filtró «los elementos compatibles con su propia hegemonía[25] », demostrando así su extraordinaria capacidad de integración, la formidable plasticidad de su cosmos y del modo de producción capitalista que le sirve de fundamento. Gramsci hace especial hincapié en ese punto en una nota de sus Cuadernos de la cárcel, que Tosel citará unos años más tarde en la introducción de su primer libro consagrado a la cuestión de la globalización capitalista[26]. A ese propósito, escribe Gramsci: «La revolución operada por la clase burguesa en la concepción del derecho y, por tanto, en la función del Estado consiste específicamente en la voluntad de conformismo […] Las clases dominantes precedentes eran esencialmente conservadoras en el sentido de que no tendían a asimilar a las otras clases, a elaborar un paso orgánico de las otras clases a la suya, esto es, a ampliar “técnicamente” e ideológicamente su esfera de clase, concepción propia de una casta cerrada. La clase burguesa se postula a sí misma como un organismo en continuo movimiento capaz de absorber a toda la sociedad, asimilándola a su nivel cultural y económico: toda la función del Estado se transforma: el Estado se vuelve “educador”, etc. » [27].

Una tercera dificultad, quizá la más intrincada, reside en la recomposición del marxismo emprendida por Lenin con la Revolución de Octubre. A juicio de Tosel, Lenin comprendió que «el análisis de las relaciones de producción no e[ra] un fin en sí mismo» y que este tenía sentido sólo si daba forma, colectivamente, a «una iniciativa política, una iniciativa de la voluntad en el terreno de las relaciones políticas y culturales» [28]. Sobre esa base, las clases subalternas lograron organizarse como «una fuerza de ruptura del viejo Estado y poner en marcha el proceso por el cual las capacidades intelectuales de los productores, reunidos en torno a su intelectual colectivo, el partido, llegaron a dominar las relaciones sociales». Es esa —concluye Tosel— la lección sobre la que hay que reflexionar y que hay que proseguir, para hacerla fructificar en el período de «crisis orgánica» del capitalismo occidental[29]. Sin embargo, y a ese respecto de acuerdo con Gramsci, Tosel considera que Lenin no pudo reflexionar debidamente sobre su recomposición del marxismo y que este siguió supeditándose a un marxismo inadecuado, marxismo que, siguiendo a Plejánov —su «maestro» en filosofía— concebía como la unión de una ciencia natural y una filosofía materialista (materialismo histórico + materialismo dialéctico)[30].

Por una reforma intelectual y moral

El conjunto de esas cuestiones constituye el trasfondo teórico y el punto de partida de la elaboración de Gramsci: llevar a vías de hecho la teoría marxista como forma superior de cultura y dotarla de la capacidad de pensar los procesos en que se inscribe. Esa nueva formación se busca bajo el nombre de «filosofía de la praxis», se reviste de la forma de «ciencia de la política» adecuada a la construcción de la hegemonía y encuentra su máxima expresión en el tema de la «reforma intelectual y moral», que concierne tanto a las masas como al Partido, como intelectual colectivo y «moderno Príncipe». Una parte importante de este último deberá, según Gramsci, consagrarse «a la cuestión de una reforma intelectual y moral, es decir, a la cuestión de la religión o de una concepción del mundo […] El moderno Príncipe debe ser necesariamente adalid y organizador de una reforma intelectual y moral, es decir, crear el terreno para un ulterior desarrollo de la voluntad colectiva nacional popular en la realización de una forma superior y total de civilización moderna» [31].

Esa reforma intelectual y moral persigue dos tareas estrechamente ligadas: la primera es recomponer el marxismo en la esfera de la alta cultura y transformar sus formas ideologizadas en el seno de las masas; la segunda es lograr la reducción tendencial de las oposiciones entre gobernantes y gobernados, entre intelectuales y no intelectuales. Como lo que existe es una combinación de lo viejo y lo nuevo que mantiene un equilibrio provisional, la tarea de la filosofía de la praxis es construir en la práctica las formas y las condiciones de la hegemonía mediante la catarsis, es decir, mediante «el paso de la fase económico-corporativa a la fase ético-política». En el plano teórico, la tarea consiste en «reinterpretar la “síntesis” de Marx desde esa perspectiva y pensar la unidad estructura-superestructura a partir de la categoría de “bloque histórico”». Se trata, pues, de pensar la mediación del momento económico-corporativo, el momento en que «las masas comienzan por identificarse en una crítica rudimentaria de la economía política, [el momento] en que alcanzan la conciencia de su interés económico de clase, violentamente separado, celoso de su diferencia», y del momento ético-político, «la fase de la lucha […] que es la de la conquista del poder del Estado y la de la dirección-transformación de toda la sociedad»[32].

Esa mediación del momento económico-corporativo al momento ético-político exige una renovación completa de la forma de concebir las relaciones entre intelectuales y masas, entre gobernantes y gobernados, entre poder y producción. La reforma intelectual y moral es «el tema en que se articulan el movimiento real y la teoría que lo orienta, el proceso de constitución del “bloque histórico” y el proceso de la forma teórica adecuada a ese bloque (la “filosofía de la praxis”)»[33]. «Estamos ante un doble proceso de recomposición tendencial del marxismo de la alta cultura como “ciencia de la política” [y de] recomposición del marxismo de masas en el sentido de su elevación al nivel de un marxismo más culto, en cuanto constitución de las masas como instancia dirigente[34].» A partir de ahí, el problema ya no es tanto el de «la disponibilidad del conocimiento» cuanto el del «modo de producción de un conocimiento que forme a su autor, que es comprensión modificadora de su mundo de objetos sólo si es autocomprensión, automodificación de su sujeto»[35].

La dimensión «moral» de esa reforma concierne no sólo al sujeto individual en el plano de su conducta personal, sino también, en sentido más amplio, a la colectividad, en el sentido que Sittlichkeit («eticidad») tiene en Hegel, el de la elaboración de una moral objetiva, es decir, de un conjunto de normas o pautas de acción que cristalizan una forma de racionalidad superior y que de eso modo apuntan a una cierta universalidad[36]. La reforma intelectual y moral tiene por objeto transformar la constitución y la concepción del saber de la política, cuya apuesta es simultáneamente antropológica y política, por cuanto se trata de unificar al género humano proporcionándole los medios teóricos y prácticos para construir su emancipación.

Esa reforma debe aplicarse también al propio reformador, es decir, al partido, al «moderno Príncipe», que debe ser aparato de tradu(a)cción de la hegemonía política de los productores en hecho cultural y moral. Luego de recordar el origen aristotélico del concepto de catarsis y, en particular, su connotación de purgación y objetivación de las pasiones, Tosel añade que debemos preguntarnos también por «la dimensión pedagógica» [37] e incluso «estética» de la hegemonía, que «es disciplina, dirección racional y razonable de la espontaneidad pasional». El partido político y el Estado reformador desempeñan ese papel en relación con «los instintos de su base de masas», pero sin esa base no son nada, pues —como decía Hegel— «nada grande se hace sin pasión, sin pasión educada, gobernada, hegemonizada como Razón. También ahí —continúa Tosel— está la base de una moral política, militante, que es una curiosa transposición de estoicismo: hacernos dueños de lo que depende de nosotros, disciplinar, dirigir por el principio del “hegemonikon”, la razón rectora»[38].

Por último esa reforma supone también una verdadera reforma económica, es decir, una revolución de las relaciones sociales, en particular de las relaciones de producción capitalistas, que se presenta también como una socialización simultánea de lo político y lo económico que después ella logra reunificar. Para Tosel, la reforma intelectual y moral es, por tanto, el punto preciso de la reformulación del marxismo en filosofía de la praxis y Gramsci es un «teórico revolucionario» que «proyecta las categorías de la “ciencia” marxiana con la vista puesta en una ciencia-acción en la que el tema de la formación de una voluntad política nacional-popular sea así como rescatado de una interpretación determinista de la crítica de la economía política y salvaguardado contra cualquier derivación de las superestructuras políticas y culturales de la estructura económica»[39].

Refundación del marxismo por la filosofía de la praxis

Como ya se ha subrayado, la expresión «filosofía de la praxis» de la que se vale Gramsci en sus notas de la cárcel no es un simple artificio lexical para eludir la censura fascista[40]. La filosofía de la praxis cristaliza el «balance de una tradición» y debe entenderse como «un intento de transformar el paradigma mismo de la racionalidad teórica y práctica», intento que —como señala Tosel en su larga conclusión a Praxis[41]—, Gramsci ensayó «al margen de la tradición teórica dominante (Engels, Plejánov, Lenin, Stalin)»[42]. La filosofía de la praxis no es, por tanto, una filosofía más «a la par con las demás, dotada ya de un contenido determinado», sino una filosofía que se concibe a sí misma como «una transformación de la relación con la filosofía, con las ciencias y con la práctica social»[43]. Es una filosofía que piensa «su dependencia de la praxis asumiendo la responsabilidad de pensar los límites del pensamiento actualmente disponible en cuanto límites del mundo existente, de un mundo que no aparece dado, como en una imagen especular, así fuese materialista, sino de un mundo transformable, con límites desplazables, de un mundo que queda por ‘concebir’ en el sentido activo, genético, incluso genésico del término, y por constituir teórica y prácticamente». Esas formulaciones —observa Tosel—están ligadas a una «percepción muy aguda de la pluralidad de lógicas específicas de los niveles materiales» e «[i]mpiden toda proyección recurrente sobre un fondo cósmico hipostasiado de propiedades que son válidas sólo para un nivel de lo real» [44].

En consonancia con el tema de la reforma intelectual y moral, el objetivo de la filosofía de la praxis es mostrar que «la conquista marxista de una visión “científica” de la historia conlleva la posibilidad de una innovación en la estructura y el concepto del conocimiento». No se trata de circunscribir exactamente el marxismo, sino de «pensar y resolver —según una preciosa indicación de [Antonio] Labriola— el problema de la defensa y la elaboración del contenido de la propia “cientificidad” del marxismo, al margen de cualquier mecanismo economicista (ya sea científico o filosófico)»[45]. «Evidentemente no se trata de negar la cientificidad del marxismo, sino de subrayar por el contrario el alcance de esa nueva concepción de la cientificidad apoyada en la empresa marxiana de la crítica de la economía política.» Así, «para Labriola —señala Tosel—, el núcleo original del concepto de praxis es el del trabajo, pero un trabajo entendido de manera ampliada, uno que integre el desarrollo de las aptitudes mentales y operacionales, los modos de vida, las instituciones, el Estado, las Iglesias y la tradición histórica»[46].

Esa ampliación no es una disolución del materialismo ni de la dialéctica, sino más bien el nudo de su rearticulación, en esa praxis, «como dos polos que se atraen en el mismo campo de tensión». Materialismo: la producción y el trabajo siguen siendo, en cuanto «intercambio orgánico con la naturaleza» (Stoffwechsel), una transformación de las cosas naturales, una «necesidad natural e inalienable con instrumentalidad propia». Esa «materia» objetiva no será nunca, sin embargo, «otro yo, un alter ego, sino un Otro, un no-idéntico, no integralmente reducible a la identidad de la mente y la voluntad humanas» [47]. Materialismo histórico-dialéctico: esos materiales de la naturaleza vuelven a los hombres como objetos producidos socialmente «en forma de relaciones variables y contradictorias». Dialéctica: los hombres pueden «identificar y apropiarse de las leyes naturales a través de la forma de su praxis». El intercambio orgánico con la naturaleza constituye a ese nivel una «segunda naturaleza interior», cuya regulación racional no es impensable. Aquí, «la praxis es instancia mediadora de las leyes causales mecánicas y químicas, a través de finalidades finitas sin teleología providencia»[48].

En cuanto forma de mediación entre instrumentos, objetos, trabajadores y finalidad, la praxis es un «proceso de formación y transformación de los límites de este mundo, en el sentido de una posibilidad inmanente de dominio de la necesidad propia de la producción por una esfera o nivel comunicacional e institucional que podríamos denominar ético-político (praxis en el sentido antiguo y restringido del término)»[49]. Tosel puede entonces subrayar que el término praxis se utiliza para referirse a un concepto importante de la tradición filosófica, que significa «acción justa, bella y buena realizada por ciudadanos libres que gestionan sus asuntos en la ciudad de los iguales». También insiste en que ni Marx ni Gramsci invalidan la esfera de la acción, sino que la refunden, «dejando de oponerla a la gestión del intercambio orgánico con la naturaleza (la producción) y pensándola en su articulación con ese intercambio, partiendo de la idea de que su forma social capitalista conlleva la posibilidad de acabar con la naturaleza servil del trabajo»[50].

La filosofía de la praxis elabora así una concepción de la acción que es la antítesis de la concepción unicausal y tecnológico-instrumental de la tradición del materialismo dialéctico, de modo que «la problemática de la praxis excluye la comprensión de la acción como una aplicación técnica del conocimiento». Permite, por otro lado, comprender cómo «la esfera de las relaciones sociales de producción, analizada como consecuencia involuntaria de la totalidad de las relaciones de sus agentes, libera la posibilidad de que los agentes adquieran conciencia de sus necesidades sociales y conciban una acción estratégica de experimentación de lo posible, de transformación de la situación[51]».

Aperturas de una refundación

La opción por la filosofía de la praxis lleva entonces a Tosel a emprender un retorno crítico a dos «cuestiones-problema» que son también posibles aperturas de ese «recomienzo del materialismo histórico en el sentido de la constitución de un bloque histórico y del análisis de las condiciones de ese bloque hoy [en junio de 1984]» [52].

La primera guarda relación con Lenin y el leninismo. Tosel formula la idea de que la crítica que hace Gramsci de Bujarin en Cuadernos de la cárcel[53] puede leerse como una crítica indirecta de la filosofía de Lenin: «la propuesta de la filosofía de la praxis aspira a ser la forma teórica del marxismo adecuada al mejor Lenin, al teórico político y constructor de la hegemonía», ese que es autocrítico y «somete a discusión su objetivismo y su materialismo plejanoviano al mismo tiempo que busca en la dialéctica el órgano teórico de la aprehensión de la complejidad y la pluralidad de los niveles de lo real» con miras a su «transformación hegemónica»[54]. Si el Dia-Mat es un producto histórico, «un resultado y un momento de una tradición» canonizados en Materialismo dialéctico y materialismo histórico, publicado por Stalin en 1938, en realidad se inscribe en una tradición «ya conocida como presupuesto común de los actores de los debates filosóficos de los años 1920-1930 en la URSS» [55]. Y más acá de los años veinte, esa tradición pasa por Lenin, no el de los Cuadernos filosóficos sobre la lógica de Hegel, sino el de Materialismo y empiriocriticismo. Tosel añade que esa tradición se remonta a la Segunda Internacional y «a aquel a quien Lenin consideró hasta el final como su maestro en filosofía, más allá de sus diferencias políticas; a saber, Plejánov» [56].

La segunda «cuestión-problema» concierne al asunto de la moral en el marxismo, lo que nos remite a las reflexiones de Éric Weil. «Una cosa es cierta —escribe Tosel—: el “materialismo dialéctico” no puede ser ya la forma teórica de un marxismo capaz de adecuarse a las complejidades de lo real» y «a las exigencias de una nueva ciencia de la política que se tome en serio “hasta sus últimas consecuencias” la necesidad de democracia». Ese «materialismo dialéctico» no puede ser ya la forma teórica de un marxismo capaz de adecuarse «a los imperativos de una nueva práctica política», que no sea ya función «de la instrumentalización» en lugar «de la comprensión modificadora de sus agentes», es decir, «del esfuerzo incesante de subjetivación y autonomía» [57]. Si esas observaciones tal vez respondan a consideraciones coyunturales y estén implícitamente dirigidas al Partido Comunista Francés —del que Tosel era todavía miembro en aquella época—, no por ello dejan de poseer una dimensión más estructural, teórica y política, que nos remite precisamente a la problemática de la autonomía.

Si se tiene en cuenta que el sistema de normas y de comportamientos está ligado a un estado históricamente determinado de las relaciones sociales de producción, toda una parte de la tradición marxista en realidad cayó en la tentación de escamotear la moral en cuanto «efecto de la superestructura» y confundirla con el moralismo, procediendo así «al rechazo total de la ideología del “sujeto” jurídico-moral» y ofreciendo «una “explicación” ideológica de la moral». Sin embargo, la lucha, tanto política como económica, implica que la autonomía es «buena», no sólo como «meta de la sociedad por construir, sino como instancia ya actuante», de forma inmanente[58].

Luego de citar un estudio de Agnes Heller sobre el legado de la ética marxiana, en que se reivindica la idea de que la autonomía marxista remite a Kant y Spinoza[59], Tosel recuerda en primer lugar que ser autónomo es vivir sin que pese sobre nuestros hombros ningún poder o autoridad externa. Más adelante subraya que «el proceso histórico de formación de la especie se rige por el paso de la causalidad in alio [en otro] a la causa sui [causa de uno mismo, por uno mismo] (ciertamente relativa)». Por tanto, las normas morales son criticables «en la medida en que se erigen en estructuras mal entendidas de la naturaleza social (el mercado, el proceso de producción, el Estado o las autoridades superiores)»[60]. Pero «no es lo mismo hacer de la autonomía un objetivo y un resultado que formular una teoría del deber». Y Tosel insiste en la paradoja de que la lucha política de clases, que tiene como fin la construcción de una comunidad de individuos libres, no requiere «ningún principio moral» en el sentido de que «se limita a obedecer a la lógica de las relaciones de fuerza» y a «utilizar la contra-violencia para responder a la violencia secretada por la objetividad de las relaciones sociales de producción», con lo cual la autonomía «termina por ser liberada tras la destrucción de las autoridades externas (las relaciones sociales como naturaleza coercitiva, el Estado que les corresponde)»[61].

Semejante negación de la instancia ética hace las veces de forro —como una vestimenta— del providencialismo histórico, ya que no sólo está (estaría) asegurada la liberación, sino que esta es (sería) ineludible, puesto que basta(ría) con «llevar a término el curso de esa acción, teniendo en cuenta sus propias limitaciones instrumentales», armados con la certeza de que su curso permite a sus agentes «alcanzar su fin», es decir la liberación[62]. El precio de semejante posición, sin embargo —observa Tosel— es «terriblemente pesado», ya que «si el proletariado y su representante, el partido, no tienen que tomarse la molestia inútil […] de reflexionar como una obligación moral sobre la tarea de su liberación, que es la de la humanidad, seguros de que el curso de la historia [necesariamente] la produce», quedan entonces «dispensado de toda obligación moral». Su acción política es, por consiguiente, «meta-ética», de lo que se deduce que, para el proletariado, «la única moral posible» es «la intelección de su interés de clase» ligado al «fin ético supremo» coincidente con la estrategia del partido que dirija su lucha. Hipostasiándose como «autoridad externa», el interés de clase subyuga a los miembros del partido, que se transforma entonces en «imperativo categórico»[63].

La filosofía de la praxis se ve así frente a una exigencia teórica que es también una tarea política: elaborar una teoría de la obligación moral, pues «la trágica historia del socialismo muestra que toda evasión no puede sino agravar la cuestión moral del marxismo[64]». La dificultad reside en que es necesario responder a esa exigencia sin por ello capitular ante un moralismo tan mediático e interesado en sofocar el verdadero debate, sobre todo en un contexto histórico marcado, a principios de los años ochenta, por el agotamiento cada vez más perceptible del «comunismo histórico» en Europa del Este y por la influencia cada vez mayor de dispositivos teóricos como la acción comunicativa de Habermas, la cual también se presentaba como una renovación «razonable» del marxismo claramente orientada a la hegemonía y a Occidente. A contrapelo de quienes, en lo que atañe al marxismo, consideran la cuestión de la moral sólo como el inextinguible enmendamiento de los crímenes del «comunismo histórico» —es decir, en definitiva, una mala infinitud—, y ello en consonancia con la empresa de Habermas, Tosel no fetichiza lo que no deja de ser una cuestión sin resolver, sino que lo recupera a través de su dimensión genética, la de la autonomía y la acción[65].

Esa reflexión sobre la moral nos lleva de vuelta entonces a la cuestión política y, más precisamente, a dos grandes categorías de la elaboración de Gramsci, hegemonía y revolución pasiva, que se refractan en la doble problemática de la voluntad y la acción. Así, en su estudio sobre la cuestión del jacobinismo en Gramsci, Tosel observa que este último «no acepta la tesis de que la revolución es posible sólo sobre la base de ciertas premisas propias de la sociedad capitalista desarrollada. El elemento decisivo es el de la voluntad que sabe dar forma a la objetividad de las relaciones económicas y que evita empantanarse mientras espera a que maduren los tiempos revolucionarios» [66]. Por consiguiente, ello significa que la voluntad es praxis y que «la filosofía de la praxis se toma en serio la acción: no es un reflejo ni especulativo ni especular de una praxis inmovilizada en el pasado de las relaciones de producción que tendría como futuro el eterno presente de su reproducción. Por el contrario, escapa a la concepción tradicional (la tradición de la ciencia moderna) —aunque sea materialista— de la theoria que se da a sí misma un objeto que reflejar y manipular[67].»

Esa afirmación de la centralidad de la praxis constituye el núcleo de la «“reforma” [gramsciana] del materialismo histórico, centrada en la crítica del economicismo y en la reevaluación de la política». A ese respecto, Gramsci se enfrenta al enigma de «la extraordinaria capacidad de resistencia del capitalismo», a la que opone como respuesta esa «reforma», la de «la teoría de la hegemonía, que surge del reconocimiento preciso de las formas y los modos de la hegemonía burguesa y de su Estado ampliado»[68].

Esa «extraordinaria capacidad de resistencia del capitalismo» puede, en efecto, leerse como una «revolución pasiva», pues, si bien las clases dominantes dominan, ya no parecen gobernar, incapaces como son, desde ese momento, de «hacer de sus intereses de clase los vectores de una nueva universalidad», desplegando, por el contrario, formas «reducidas» de esta última[69]. Todo ello invita, por tanto, a «una reevaluación del momento ético-político en la estructura de la filosofía de la praxis», cuya lección —concluye Tosel— estriba en el hecho de que, debido a la desintegración del «”sujeto revolucionario […] bajo los golpes de la reestructuración capitalista» —lo que en última instancia representa una «amenaza radical» de desasimilación en masa—, «el interés por la buena vida y el interés por la mera supervivencia acaban por coincidir», lo que «deja a la política cara a cara con su propio desafío, ser acto de creación o no ser nada»[70].

En palabras de Gramsci, a quien Tosel cita en la conclusión de su texto: «El político en acción es un creador, un suscitador, pero ni crea de la nada, ni se mueve en el vacío turbio de sus deseos y sueños. Se basa en la realidad efectiva. Pero, ¿qué es esa realidad efectiva? ¿Acaso es algo estático o inmóvil o es más bien una realidad en movimiento, una relación de fuerzas en continuo cambio de equilibrio? Emplear la propia voluntad para crear un nuevo equilibrio de fuerzas, realmente existentes y actuantes, apoyándose en la fuerza en movimiento progresivo para hacerla triunfar, es siempre moverse en el terreno de la realidad efectiva, pero para dominarla y superarla (o contribuir a hacerlo). El “deber-ser” entra en escena, no como pensamiento abstracto y formal, sino como interpretación realista que es la única interpretación historicista de la realidad, como única historia en acción o política[71]».

Todas esas reflexiones remiten al problema de la hegemonía (y de su construcción), que a su vez remite al de la traducibilidad de lenguajes y prácticas, que es el operador de su eficacia. Problemáticas que se abordan a través de la cuestión del americanismo en cuanto transformación-racionalización de la producción capitalista a la que se suma una revolución antropológica fundamental. «En todo momento, Gramsci pensó en el movimiento de expansión de las fuerzas productivas como algo que exige hegemonía, como algo que se forma en esa misma hegemonía»— dice Tosel— y añade: «[L]os universales de la racionalización poseen una dimensión hegemónica sólo si pasan la prueba de convertirse en lenguaje común como universales de comunicación y del reconocimiento recíproco por medio del conflicto y en él[72].»

Por consiguiente, se piensa a la propia hegemonía «por analogías con la difusión y la constitución de una lengua nacional, común». Si, por tanto, «en cierto modo la producción se convierte en lengua», esta última no es, sin embargo, «absorbida por la producción como su medio instrumental», sino que, por el contrario, conserva «su naturaleza de “medio” y sus propiedades de espacio común de individualización»[73]. Más allá del dualismo y de la dicotomización de los paradigmas de la producción y la comunicación (Habermas), Gramsci nos invita a salir a la búsqueda de la idea de una fuerte articulación entre el lenguaje y las demás dimensiones de la práctica[74]. Del mismo modo, es necesario apelar a las reservas de sentido propias de la filosofía de la praxis y medir de lo que es capaz la temática de la concepción del mundo, entendida en su dimensión ontológica y no ideológica […]

«Estudiar a Gramsci para una crítica permanente de la revolución pasiva capitalista»

[…] Este nuevo ciclo de trabajo sobre el pensamiento de Gramsci, a no dudarlo, se origina y halla impulso en la reactivación de los estudios gramscianos en Italia, en particular tras la publicación de dos obras emanadas de un seminario de estudios iniciado por la International Gramsci Society en 2000, con el que Tosel tiene a bien «reconocer una deuda impagable»[75].

La pieza maestra de ese nuevo ciclo de estudios es para Tosel el último libro que publicara en vida, Étudier Gramsci(2016), cuya riqueza y profundidad no es posible resumir aquí, ni siquiera en unas pocas líneas, y para cuya presentación me remito una vez más a las notas de lectura que le consagrara Isabelle Garo[76]. En medida mucho más modesta y breve, quisiera destacar algunos elementos esenciales que diferencian a Étudier Gramsci de anteriores producciones de Tosel sobre Gramsci.

En primer lugar y en términos generales, por su rigor teórico e intelectual, Étudier Gramsci trata de distanciarse de ese «Gramsci débil» y de todos esos abundantes «gramscianismos» de moda que no siempre enriquecen la reflexión sobre su pensamiento, lo mismo si se trata de un Gramsci culturalista, para el cual la hegemonía se reduce a la idea de ganar la batalla de las ideas, que de un Gramsci posmoderno, constructivista integral, gracias al cual podríamos construir un «pueblo» por medio del discurso, añadiendo «demandas» en torno a significantes vacíos que logremos hegemonizar[77].

Étudier Gramsci es entonces, y de manera complementaria, una obra «suma», en el sentido original de la palabra —lo que «está en el punto más alto» (summa)— y, de ese modo, aspira a una forma de exhaustividad, sin por ello ser sinónimo de cierre, en el sentido de una mala enciclopedia. Étudier Gramsci se presenta así bajo la forma de un «estado de conocimiento» y se caracteriza también por la coherencia de su temática, que a lo largo del libro no deja de retomar algunas de las categorías esenciales de su pensamiento, como «revolución pasiva» o «hegemonía».

Con respecto a esa última noción, en particular, ampliamente utilizada hoy en día, Tosel tiene el cuidado de subrayar hasta qué punto la problemática que designa es objeto de distorsiones que reducen su carga crítica. Sobre todo, muestra que la problemática de la hegemonía es precisamente una infinitamente más compleja y refinada de lo que su reducción a unas cuantas fórmulas o eslóganes nos haría creer. Tosel también insiste de manera continua y reiterada en el carácter histórico y complejo de lo que sigue siendo un proceso que articula varias dimensiones (económica, política, militar). Por consiguiente, la hegemonía no puede reducirse a pura y simple dominación, sino que requiere «de un sentido» y ser a la vez una orientación y una dirección, una «orientación-dirección» que se inscriba en una relación de fuerzas, lo que implica la construcción de un consenso activo y pasivo de los grupos dominados y gobernados. Por otro lado, la problemática de la hegemonía está indisociablemente ligada a la problemática de la reforma intelectual y moral y, por extensión, a la de las formas políticas de organización de las masas: la construcción del «bloque histórico» y las cuestiones del Partido, del «moderno Príncipe» y del Estado.

Obra «suma», Étudier Gramsci lo es también por ser para Tosel ocasión de volver a anudar varios de los hilos anteriores de su elaboración, sobre la temática de la re-globalización capitalista, por ejemplo, reflexión que se ha nutrido siempre del pensamiento de Gramsci, con la problemática cardinal de la hegemonía en particular. «La gramática general de la hegemonía —escribe Tosel— se expresa y se concreta en la semántica plural de las determinaciones geopolíticas, que son otros tantos lenguajes por traducir unos en otros, bajo el operador de traducción que es la hegemonía. Las oposiciones estructurales entre las dos clases fundamentales, entre ellas y las demás clases, entre gobernantes y gobernados, entre los propios gobernados, entre masas subalternas y grupos dominantes, entre no intelectuales e intelectuales, ya sean estos tradicionales u orgánicos, no se limitan a transformarse según las épocas y a historizarse. Se ven recubiertas o más bien se incorporan en particiones espaciales, que a su vez son afectadas por una historicidad diferenciada y transformable.» Se podría hablar —prosigue Tosel— de «un materialismo original, histórico-geográfico-cultural, esbozado por Marx, caído después en el descuido hasta las investigaciones de Henri Lefebvre, Fredric Jameson, Immanuel Wallerstein y David Harvey». Gramsci — concluye— «abre un enorme campo de trabajo en que laboran hoy los antropólogos anglosajones […] y que nos obliga a revisar la noción europea y occidental de lo universal. En ese sentido, Gramsci es un innovador radical en el campo del marxismo del siglo XX[78]. »

[…] Decir que Étudier Gramsci es una «suma» no significa que sea una obra de «cierre». Si la repentina desaparición de Tosel la ha convertido de hecho en una especie de «testamento», en el sentido etimológico del término, el de lo que da testimonio, es también una obra prospectiva y heurística. Los dos últimos capítulos, consagrados a la cuestión de la personalidad y de su formación, subrayan de manera notable la productividad de la elaboración gramsciana para pensar el presente y el futuro.

En el primero de esos dos textos, consagrado a la cuestión de la «supervivencia en la cárcel», Tosel insiste en el alcance general de la reflexión de Gramsci sobre el proceso de trans-formación «molecular” de la personalidad —incluyendo, por tanto, su posible de-formación y re-formación—, en relación con el de la voluntad colectiva. Así, observa que «la categoría de molecular y de transformación molecular está cargada de un alcance hermenéutico y reflexivo general que caracteriza a las Cartas y a los Cuadernos de la cárcel: estamos ante una metáfora del método gramsciano que permite que el método de conocimiento y el método de transformación de lo real sociohistórico se comuniquen en un espacio de traducibilidad»[79].

El segundo texto, que prolonga el anterior, trata de «la dimensión pedagógica propia de la relación de hegemonía», que abarca «la formidable cuestión» de la relación entre lo individual y lo social. Así, Tosel escribe que Gramsci, al excluir la oposición entre uno y otro como «realidades separadas» o «sustancias distintas», propone un doble movimiento del pensamiento, de lo individual a lo social, y viceversa, con el doble objetivo teórico y político de «pensar y obrar» tanto en la formación de «una voluntad colectiva de las masas subalternas que se han vuelto hegemónicas» como en la formación de «una personalidad humana de masas que armonice con las singularidades individuales» [80]. Esta cuestión conduce a otra, «poco frecuentada en el marxismo» —insiste Tosel—, la de saber si se pueden establecer, y en caso afirmativo de qué manera, «formas de congruencia entre la pensabilidad del individuo y la pensabilidad de la sociedad»[81]. Es sobre esa vasta cuestión que se cierra materialmente el libro y que se abre, para nosotros, una reflexión que proseguir y someter a ulteriores elaboraciones, que no podrán dejar de nutrirse de la elaboración de Tosel.

Traducido del original en francés, «Le fil gramscien d André Tosel», publicado en la revista Contretemps. Revue de critique communiste el 10 de enero de 2023. Son del traductor todas las aclaraciones y referencias bibliográficas entre corchetes, tanto en el cuerpo del texto como en las notas. 

Notas

[1] Por citar sólo una, tan eminente como esencial, véase Christine Buci-Glucksmann, Gramsci et l’État: pour une théorie matérialiste de la philosophie, París, Fayard, 1975. [Gramsci y el Estado. Hacia una teoría marxista de la filosofía (trad. Juan Carlos Garavaglia), Madrid, Siglo XXI de España Editores, 1978.]

[2] André Tosel, Étudier Gramsci. Pour une critique continue de la révolution passive capitaliste, París, Kimé, 2016, pp. 7 y 14.

[3] Sobre ese particular me remito a Vincent Charbonnier, Le devoir et l’inquiétude. André Tosel ou l’acuité du marxisme (2018) (consultado el 4 de diciembre de 2021), en particular pp. 8 y ss. y passim. Véase también Gianfranco Rebucini, «De Spinoza à Gramsci : entretien avec André Tosel», Period, 28 de mayo de 2016.

[4] Sobre ese particular, véase Étudier Gramsci, op. cit., pp. 7 y ss., y «Gramsci en France», en André Tosel, Le fil de Gramsci. Politique et philosophie de la praxis, París, Éditions Amsterdam, 2022, pp. 315-339.

[5] Sobre esa cuestión, véanse sus trabajos sobre la globalización capitalista, en los que la elaboración de Gramsci está constantemente presente de manera implícita: Un monde en abîme. Essais sur la mondialisation capitaliste, París, Kimé, 2008; Scénarios de la mondialisation culturelle: I. Du retour du religieux y II. Civilisations, cultures, conflits, París, Kimé, 2011, 2 vols., y, por último, para una síntesis que se destaca por su concisión y claridad, André Tosel, Essai pour une culture du futur, Bellecombe-en Bauges, Le Croquant, 2014.

[6] Véase André Tosel, Émancipations aujourd’hui. Pour une reprise critique, Vulaines-sur-Seine, Le Croquant, 2016, en particular las páginas 117 a 127, «Avec Gramsci et au-delà», que concluye sus observaciones.

[7] Como muestra claramente Isabelle Garo en las notas de lectura que le consagrara: «André Tosel, lecteur de Gramsci et penseur du présent», apud Marie-Claire Caloz-Tschopp, Romain Felli y Antoine Chollet (dir.), Rosa Luxemburg, Antonio Gramsci actuels, Paris, Kimé, 2018, pp. 43-55.

[8] André Tosel, «Éric Weil, 1904-1977», Annales de la faculté des Lettres et Sciences humaines de Nice, 1977, nº 32, p. 12.

[9] «Le Matérialisme dialectique “entre” les sciences de la nature et la science de l’histoire» [1977/1978], reimpreso en André Tosel, Praxis. Vers une refondation en philosophie marxiste, París, Editions sociales, 1984, p. 35.

[10] Véase «Le développement du marxisme en Europe occidentale depuis 1917» y «Formes de mouvement et dialectique dans la nature selon Engels», reimpresos en André Tosel, Études sur Marx (et Engels). Vers un communisme de la finitude, París, Kimé, 1996, pp. 105-138.

[11] «Le fil rouge de l’hégémonie» [1984], en Praxis, op. cit., p. 18, donde se anuncia la problemática de la traducibilidad de lenguajes y prácticas y la construcción de la hegemonía.

[12] Cabe observar, por lo demás, que la crítica althusseriana de Gramsci es el punto de partida de la reflexión de Tosel en Étudier Gramsci..

[13] «Le fil rouge de l’hégémonie», Praxis, op. cit.

[14] Me apropio, a modo de variación, de una invención léxica que introduce Tosel en su artículo «Quelle pensée de l’action aujourd’hui», Actuel Marx, 1993, nº 13, pp. 16-39, cuando habla de «produ-action» (p. 31 y ss.) para designar la mediación recíproca de producción y acción como perspectiva crítica de la acción social del mundo histórico.

[15] Véase «Notes pour une histoire critique de la théorie politique du marxisme italien» [1977], en Praxis, op. cit., pp. 137-153, así como «Les critiques de la politique chez Marx», apud Étienne Balibar, Cesare Luporini y André Tosel, Marx et sa critique de la politique, París, Maspero, 1979, pp. 11-52.

[16] «Notes pour une histoire critique…», Praxis, op. cit., p. 143.

[17] Ibid., p. 146.

[18] Ibid., pp. 146-147.

[19] «Philosophie marxiste et traductibilité des langages et des pratiques» [1981], Praxis, op. cit., pp. 115-135.

[20] «Gramsci ou la philosophie de la praxis comme marxisme de la crise organique du capitalisme», apud Antonio Gramsci, Textes, París, Éditions Sociales, 1983, pp. 9-40, y Tosel, «Gramsci, filosofía de la praxis y reforma intelectual y moral», La Pensée, 1983, nº 235, pp. 39-48; reimpreso en Praxis, op. cit., pp. 203-217.

[21] «Gramsci, philosophie de la praxis…», Praxis, op. cit., p. 203.

[22] Ibid., p. 204.

[23] Ibídem.

[24] «Gramsci, philosophie de la praxis…», Praxis, op. cit., p. 206.

[25] Ibídem.

[26] Un monde en abîme, París, Kimé, 2008, p. 9.

[27] Cahiers de prison : cahiers 6 à 9, París, Gallimard, 1983, p. 255. [En español, véase la traducción de la edición crítica de Cuadernos de la cárcel hecha por el Instituto Gramsci, a cargo de Valentino Gerratana, en Antonio Gramsci, Cuadernos de la cárcel (trad. Ana María Palos, revisada por José Luis González), México, Ediciones Era, 1981 (6 tomos), p. 215. Los pasajes de Cuadernos de la cárcel citados en el presente artículo han sido traducidos por el traductor, quien por demás refiere al lector en las notas subsiguientes, entre corchetes, al número de página de la publicación de Ediciones Era tal como se señala en la versión digital disponible aquí. (Nota del T.)]

[28] «Gramsci, philosophie de la praxis…», Praxis, op. cit., p. 207.

[29] Ibid., pp. 207-208.

[30] Ibid., p. 209.

[31] Cuadernos de la cárcel: cuadernos 10 a 13, op. cit. p. 358. [Cuadernos de la cárcel, op. cit., p. 228.]

[32] «Gramsci, philosophie de la praxis…», Praxis, op. cit., pp. 210, 205 y 208.

[33] Ibid., p. 210.

[34] Ibid., p. 211.

[35] Ibídem.

[36] Nos referimos aquí a la problemática del «americanismo y el fordismo». Véase Cahiers de prison : cahiers 19 à 29, París, Gallimard, 1992, pp. 173-213, y Tosel, «Américanisme, rationalisation, universalité selon Gramsci» [1989], pp. 243-256 de Le fil de Gramsci. Politique et philosophie de la praxis, ed. cit.

[37] Véase Cahiers de prison: cahiers 10 à 13, op. cit., p. 130: «Toda relación de “hegemonía” es necesariamente una relación pedagógica.» [Cuadernos de la cárcel, op. cit., p. 210.]

[38] André Tosel, «Gramsci, philosophie de la praxis…», Praxis, op. cit., pp. 213-214, n. 18.

[39] André Tosel, «Sur quelques distinctions gramsciennes : économie et politique, société civile et État» [1995], p. 259 de Le fil de Gramsci. Politique et philosophie de la praxis, ed. cit. (El subrayado es mío — VC)

[40] A ese respecto, véase «Philologie et philosophie dans la “philosophie de la praxis”», en André Tosel, Le marxisme du 20e siècle, París, Syllepse, 2009, pp. 115-146.

[41] «Penser, construire la praxis (d’)aujourd’hui» [1984], en Praxis, op. cit., pp. 253-313.

[42] Ibid., p. 274.

[43] Ibídem.

[44] Ibid., pp. 275-276. Sobre esa cuestión, véase también su artículo «Formes de mouvement et dialectique dans la nature selon Engels», op. cit.

[45] Ibid., p. 276.

[46] Ibid. Sobre esa cuestión, véanse sus trabajos sobre Labriola y, en particular, André Tosel, «Antonio Labriola et la proposition de la philosophie de la praxis : la pratique après Marx», Archives de philosophie, 2005, vol. 68, nº 4, pp. 611-628.

[47] Quizás Tosel se refiera implícitamente a la problemática, central en Adorno, de lo no-idéntico, del necesario mantenimiento de la tensión sujeto-objeto. Véase, por ejemplo, «Épilégomènes dialectiques : sujet et objet» apud Theodor W. Adorno, Modèles critiques: interventions, répliques, París, Payot, 2003, pp. 301-318.

[48] «Penser, construire la praxis (d’)aujourd’hui» [1984], en Praxis, op. cit., p. 277. (El subrayado es mío —VC)

[49] Ibid., p. 280.

[50] Ibid., p. 282.

[51] Ibid., p. 280. (El subrayado es mío —VC)

[52] Ibid., p. 289.

[53] Cahiers de prison : cahiers 10 à 13, op. cit., pp. 161-303 [Cuadernos de la cárcel, op. cit., pp. 192 y passim]. Se trata de una lectura crítica de la obra de Nicolás Bujarin La théorie du matérialisme historique. Manuel populaire de sociologie marxiste [1921], traducción francesa: París, Anthropos, 1969.

[54] «Penser, construire la praxis (d’)aujourd’hui», Praxis, op. cit., p. 285.

[55] Ibid., p. 254. Sobre estos debates, véase René Zapata, Luttes philosophiques en URSS, 1922-1931, París, PUF, 1983.

[56] Ibid., p. 255.

[57] Ibid., p. 295 .

[58] «Penser, construire la praxis (d’)aujourd’hui», Praxis, op. cit., p. 296.

[59] Agnes Heller, «L’eredità dell’etica marxiana», apud Eric J. Hobsbawn et alii (ed.), Storia del marxismo, vol. IV. 4, Il Marxismo oggi, Turín, Einaudi, 1982, pp. 483-509.

[60] «Penser, construire la praxis (d’)aujourd’hui», en Praxis, op. cit., p. 297.

[61] Ibid., p. 298.

[62] Ibídem.

[63] Ibid., p. 299.

[64] Ibid., p. 301.

[65] Tosel prosiguió esos trabajos a principios de los años noventa. Véase en particular André Tosel (ed.), Les logiques de l’agir dans la modernité, París, Les Belles Lettres, 1992, su artículo «Quelle pensée de l’action aujourd’hui», op. cit., y su compilación Démocratie et libéralismes, op. cit.

[66] «Gramsci face à la Révolution française : la question du jacobinisme» [1984], infra, p. 289 de Le fil de Gramsci. Politique et philosophie de la praxis, ed. cit.

[67] «Philosophie de la praxis et dialectique» [1984], infra, p. 70 de Le fil de Gramsci. Politique et philosophie de la praxis, ed. cit.

[68] «Orient et Occident. Les problèmes de la stratégie révolutionnaire dans l’analyse gramscienne des Cahiers de la Prison» [1988], infra, p. 197 de Le fil de Gramsci. Politique et philosophie de la praxis, ed. cit.

[69] «Pour une réévaluation du moment éthico-politique chez Gramsci» [1990], p. 225 de Le fil de Gramsci. Politique et philosophie de la praxis, ed. cit.

[70] Ibid., p. 240 de Le fil de Gramsci. Politique et philosophie de la praxis, ed. cit.

[71] Cahiers de prison : cahiers 10 à 13, op. cit., p. 375. [Cuadernos de la cárcel, op. cit., pp. 31-32.]

[72] André Tosel, «Américanisme, rationalisation, universalité selon Gramsci» [1989], p. 255 de Le fil de Gramsci. Politique et philosophie de la praxis, ed. cit.

[73] Ibid. En relación con esa cuestión, Tosel se refiere también a Franco Lo Piparo, Lingua, intellettuali, egemonia in Gramsci, Bari, Laterza, 1979.

[74] En relación con esa cuestión, véase también André Tosel, Marx en italiques, op. cit., pp. 163-169.

[75] Étudier Gramsci, op. cit. p. 324. Se trata de los trabajos de Fabio Frosini y Guido Liguori (eds.), Le parole di Gramsci: per un lessico dei «Quaderni del carcere», Roma, Carocci, 2004, y Guido Liguori y Pascale Voza (eds.), Dizionario Gramsciano, op. cit.

[76] Isabelle Garo, «André Tosel, lecteur de Gramsci…», art. cit., pp. 43-55.

[77] Véase Ernesto Laclau y Chantal Mouffe, Hégémonie et stratégie socialiste. Vers une politique démocratique radicale, París, Fayard, 2019 (2ª edición) [Hegemonía y estrategia socialista. Hacia una radicalización de la democracia (versión española de Ernesto Laclau), Madrid, Siglo XXI, 1987]; Ernesto Laclau, «De l’importance des signifiants vides en politique», en Ernesto Laclau, La guerre des identités. Grammaire de l’émancipation, París, La Découverte, 2015, pp. 93-107:.

[78] Étudier Gramsci, op. cit., pp., 212-213.

[79] Étudier Gramsci, op. cit., pp. 295.

[80] Ibid., p. 305.

[81] Ibid., p. 320.

_____

André Tosel (1941-2017), filósofo y profesor de la Universidad de Niza-Sophia-Antipolis. Se lo considera uno de los principales especialistas en Gramsci en todo el mundo. Autor, entre otros títulos, de Kant révolutionnaire. Droit et politique (París, PUF, 1988), Du matérialisme de Spinoza (Kimé, 1994), Études sur Marx (et Engels). Vers un communisme de la finitude (París, Kimé, 1996) y Le marxisme du XXe siècle (París, Syllepse, 2009).

Publicado en: Cultural, titular2

Brasil: ¿Lula congelado?

11/06/2023 by Vitalio Deja un comentario

Por: Eric Nepomuceno

 

Caminando veloz en el sexto mes de su tercer mandato presidencial, Lula da Silva enfrenta seguidos –y muy preocupantes– tropiezos en el Congreso, en especial entre diputados.

La verdad es que en Brasil el régimen presidencialista se encuentra muy presionado, víctima del intento de imponer un parlamentarismo no previsto en la Constitución por integrantes tanto de la derecha más dura como de la extrema-derecha bolsonarista, es decir, de seguidores del desequilibrado ex mandatario Jair Bolsonaro instalados en la Cámara de Diputados.

Concretamente, hoy en Brasil la Cámara dejó de integrar uno de los tres poderes institucionales, al lado del Ejecutivo y del Judicial, para intentar actuar como controlador no sólo del gobierno, sino principalmente de algo que en tiempos de Bolsonaro le fue encaminado, el llamado “presupuesto secreto”.

Era la distribución de generosos manojos de dinero sin que se identificara el diputado beneficiado ni su destino.

Como ocurrió a lo largo del gobierno pasado, la pandilla que logró mantenerse en el control de la Cámara pretende seguir disponiendo de miles de millones de dólares para esparcir entre aliados y –como sobran indicios– sus bolsillos.

Consciente de que tendría que acercarse a sus adversarios y abrir espacios en su ministerio para lograr respaldo en el Congreso, Lula cedió mucho. Pero no contaba con la dimensión olímpica del apetito de los que no hacen más que chantajear al gobierno.

Le falta, además, una articulación política hábil suficiente para alcanzar acuerdos en lo que se refiere a iniciativas consideradas esenciales en su administración.

Los temas relacionados con el medio ambiente y con la población indígena fueron vaciados, como los dos ministerios correspondientes, y hasta la estructura del gobierno estuvo a un milímetro de ser destrozada en la Cámara de Diputados.

A estas alturas, está claro con toda evidencia que el intento de congelar a Lula sigue vigente.

Arthur Lira, presidente de la Cámara, es el cabecilla visible y palpable de esa pandilla, que cuenta con pleno respaldo no sólo de diputados bolsonaristas, sino también de una derecha que siempre supo navegar sin que importara quien estuviese en la Presidencia.

De acuerdo con lo que establece la Constitución, proyectos aprobados en la Cámara necesitan el aval del Senado, donde Lula cuenta con respaldo y espacio para rechazarlos. Pero ese rechazo exige tiempo, y tiempo es lo que se hace cada vez más escaso para Lula.

La sensación, cada día más difundida, es que su gobierno camina a pasos de tortuga, cuando se esperaba que fuera a pasos de liebre.

Todo por culpa de la herencia maldita de Bolsonaro.

Para primero evitar un juicio de destitución y luego asegurar pleno respaldo a su relección, el desequilibrado y corrupto ultraderechista distribuyó océanos de recursos públicos a aliados controlados por el pandillero y chantajista Arthur Lira en la Cámara.

Todavía no se sabe el montante de dinero desviado. Cada día surgen más indicios y pruebas del destino de los recursos, como los millones encaminados a camioneros, taxistas y “la clase más desfavorecida del pueblo”, a través de préstamos ofrecidos por la Caixa Económica, uno de los bancos públicos.

Tan generoso fue el gobierno de Bolsonaro que ya se detectó que entre los beneficiarios hay miles de muertos, de gente que ni siquiera viajó en camión, pero que fue beneficiada, taxistas jubilados y lo que se agregue.

Pero los diputados autores de la distribución siguen pululantes en la Cámara, ávidos por más y más.

Lula se dio cuenta de que ya no basta distribuir ministerios para contar con respaldo en la Cámara. No, no: los diputados quieren dinero.

Y para eso amenazan congelarlo a él y a su gobierno.

Tenemos así otra secuela del peor y más abyecto gobierno de la historia de la República, cuyo titular sigue paseando por la vida mientras aguarda –aguardamos todos– que la Justicia salga de su letargo.

Publicado en: AmericaLatina

Trump: sordidez inacabable

11/06/2023 by Vitalio Deja un comentario

Fuente: La Jornada

Los 37 cargos que se imputan al ex presidente Donald Trump en el caso de los documentos clasificados que sustrajo y escondió cuando dejó la Casa Blanca en enero de 2021 se hicieron públicos ayer. Las acusaciones, contenidas en 49 páginas, incluyen retención de información sobre seguridad nacional, obstrucción a la justicia, falso testimonio y conspirar para ocultar los archivos solicitados por la policía. Con el inicio formal de este proceso, el magnate se ha convertido en el primer presidente de Estados Unidos, activo o retirado, en enfrentar una acusación penal por delitos federales en la historia del país. En marzo se adjudicó el título de primer mandatario imputado penalmente por el escándalo de un supuesto soborno pagado a la actriz de películas pornográficas Stormy Daniels a cambio de guardar silencio sobre un encuentro sexual que, afirma ella, sostuvieron en 2006.

Como todo lo que rodea la carrera política del empresario de bienes raíces, el incidente de los documentos confidenciales se ha revelado de sordidez inusitada. En imágenes del expediente divulgado por el Departamento de Justicia puede observarse que Trump almacenaba decenas de cajas repletas de archivos con información sensible en ubicaciones tan insólitas como un dormitorio, un salón de baile y hasta un baño de su residencia en Mar-a-Lago, Florida.

Aunque el martes deberá comparecer en Florida, se da por sentado que pasarán meses o hasta un año antes de que comience el juicio. Por lo tanto, si Trump logra hacerse de la nominación presidencial del Partido Republicano, su causa podría coincidir con la campaña electoral en la que buscará volver a Washing-ton. Más allá de las responsabilidades que se le finquen o se deslinden en ese proceso, la gran interrogante consiste en por qué el magnate robó semejante volumen de documentos cuyo manejo inapropiado constituye un delito de la máxima gravedad. Aunque sin duda las autoridades harán todo lo posible para contener este riesgo, no puede descartarse que en sus comparecencias Trump use la información privilegiada a la que tuvo acceso para dañar a sus rivales con revelaciones potencialmente catastróficas para los intereses estadunidenses. Las transcripciones de una grabación efectuada en 2021 ya golpearon a Mark Milley, presidente del Estado Mayor Conjunto nombrado por Trump en 2019, quien continúa en el cargo.

Si la presidencia entera de Trump fue un testimonio incontrovertible de la decadencia de la institucionalidad estadunidense y de la incapacidad de su aparato de Estado para refrenar la insensatez cuando un personaje de estas características accede al poder, el nuevo juicio contra el magnate amenaza con poner al descubierto nuevos aspectos de la superpotencia que su clase gobernante preferiría mantener soterrados.

Al fiscal especial nombrado por el presidente Joe Biden para llevar los casos contra Trump le aguarda la delicada tarea de probar la culpabilidad del ex presentador televisivo, al tiempo que resguarda los secretos de Washington. Todo ello, además, evitando cualquier impresión de que las imputaciones tienen como propósito descarrilar la candidatura del magnate, percepción muy extendida entre las bases republicanas, que ya ha contribuido a galvanizar el voto conservador en torno a su figura.


Publicado en: Global

Adiós a Alain Touraine, pilar del pensamiento sociológico

11/06/2023 by Vitalio Deja un comentario

Por. Àngel Vargas

El sociólogo francés Alain Touraine, pionero en la investigación de los movimientos sociales contemporáneos y uno de los padres del concepto de la sociedad posindustrial, falleció este viernes a los 97 años, informó su hija, la ex ministra Marisol Touraine.

Premio Príncipe de Asturias de Ciencias Sociales 2010, su trayectoria intelectual y producción científica impactaron de manera notable las ciencias sociales de Europa, Estados Unidos y América Latina.

Su obra se centró en el problema de la reflexión social: la relación individuo-sociedad. Analizó los modelos de conducta del individuo con base en el sistema de trabajo; desarrolló para ello el método “accionalista” o “sociología de la acción”, consistente en un análisis sociológico de la civilización industrial que se caracteriza por la importancia que se da al proceso de trabajo, de acuerdo con la revista electrónica de educa-ción Sinéctica.

Alain Touraine nació el 3 de agosto de 1925 en Hermanville-sur-Mer, pequeña localidad en el noroeste de Francia, dentro de una familia orientada por valores republicanos y una inclinación profunda hacia el estudio y la literatura.

Su experiencia de infancia y juventud –según una semblanza de la Universidad Iberoamericana– habrían de estar marcadas por los convulsos años de entreguerras: la gran crisis del 29, la emergencia y crisis del nazismo, el estallido de la Segunda Guerra Mundial y la ocupación, el Día D (6 de junio de 1944), la liberación y la reconstrucción, el surgimiento de la guerra fría y la guerra de Argelia.

Realizó estudios en las Universidades de Columbia, Chicago y Harvard. En 1960 se convirtió en investigador senior del École Pratique des Hautes Études (actualmente la École des Hautes Études en Sciences Sociales de París), donde fundó el Centro de Análisis y de Intervención Sociológicos (Cadis). A lo largo de su extensa trayectoria, publicó centenares de artículos y no menos de 40 libros.

Intelectual de izquierda pero de tendencia cada vez más liberal, el sociólogo francés fue un cronista meticuloso de los cambios sociales en su país natal a partir de los años 50, y también un estudioso de la clase obrera en Chile.

“No dejó de mirar hacia América Latina, a medida que evolucionaba hacia posiciones más liberales”, apuntó la agencia Afp. “Siguiendo la tradición intelectual francesa, se expresó en público, mediante tribunas o manifiestos, a veces de forma opuesta: así, por ejemplo, defendió una reforma del sistema de pensiones del gobierno conservador francés en 1995, y al año siguiente firmó un llamamiento en favor del movimiento armado zapatista en México”.

En opinión de la socióloga y politóloga Martha Singer, conocedora de la obra del intelectual galo, Alain Touraine es un personaje fundamental del pensamiento sociológico y político del siglo XX y tuvo un enorme impacto en América Latina y en nuestro país.

“Dejó una escuela de manera directa e indirecta en México, porque muy pronto, a mediados del siglo XX, él comenzó a preocuparse por el estudio de los movimientos sociales. Se ocupó, sobre todo, en pensar la sociedad en términos de la existencia de un sujeto social y entender el cambio como un continuo producto de la acción colectiva y transformadora.”

En entrevista, explica que, frente a la escuela estadunidense que se estaba desarrollando al mismo tiempo, el sociólogo francés sostenía que, ademas de entender cómo se experimentaban las nuevas expresiones colectivas, el surgimiento de movimientos como el de las mujeres o los ambientalistas, había que preguntarse para qué esta-ban sucediendo.

Recuerda que en la década de los 60, cuando aún tenía mucha importancia entender el cambio político como un cambio de la lucha de clases encabezada por la clase obrera, Touraine participó de la vertiente del pensamiento que planteaba que más allá de la clase obrera, lo que había eran movimientos que estaban generando nuevas identidades colectivas transformadoras de la realidad.

Por ejemplo, “había que entender el movimiento de las mujeres como identitario, que generaba una nueva forma de verse e identificarse y, por eso, tiempo después, cuando surge en nuestro país la lucha indígena encabezada por el zapatismo, él se liga directamente para entender ese proceso y queda sorprendido de la capacidad de movilización y de incidencia en el proceso de transformación que está teniendo nuestro país en los años 90, en el 94 en particular, y todo el cambio político que arranca en México en ese momento. Entonces, los planteamientos teóricos de Touraine fueron recogidos en buen sentido por el pensamiento no sólo académico, sino también por los propios actores”.

Docente en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM, Martha Singer resalta la participación del intelectual francés en la fundación de la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales, en 1957, en un contexto donde se están poniendo en tela de juicio o reorganizando las corrientes teóricas sacudidas por los golpes de Estado en el Cono Sur.

“Y encabeza desde ahí un desarrollo muy grande e importante del pensamiento social para América Latina y, con la impronta de Flacso en nuestro país, también como un pensador muy influyente. A veces se le criticaba porque no era un marxista ortodoxo, pero creo que a partir del alzamiento zapatista, la acogida al pensamiento de Touraine crece todavía más. Es cuando, además, comienza a desarrollar nuevos planteamientos en torno a su concepción de la identidad colectiva.”

Publicado en: Cultural

Calentamiento climático, el enfrentamiento de Occidente contra el mundo

11/06/2023 by Vitalio Deja un comentario

Por: Thierry Meyssan

 

La teoría que atribuye el calentamiento climático a la actividad humana va a convertirse en eje del enfrentamiento entre Occidente y Rusia. Si bien nadie duda que la temperatura aumenta en ciertas partes del mundo, la realidad es que no hay, por ahora, ninguna explicación alternativa para ese fenómeno. Sin embargo, científicos de renombre van a presentar una en la COP28 de Dubai. Esos científicos son miembros de la Academia de Ciencias de Rusia.

La teoría según la cual el calentamiento climático ya sería visible en todo el planeta y tendría la actividad humana como causa fue popularizada por el Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático (GIEC), una comisión de las Naciones Unidas.

No tengo ningún conocimiento sobre el estudio del clima y no me atrevo a opinar en cuanto a si esa teoría es cierta o falsa. Pero como experto en política internacional, sí puedo evaluar el trabajo de esa comisión de la ONU.

Hace ya una decena de años escribí que, como indica su nombre, el GIEC no es una academia de sabios sino un grupo intergubernamental [1]. Por consiguiente, las conclusiones del GIEC no son resultado de un trabajo científico sino de un debate político.

El GIEC fue creado en 1988 por iniciativa de la entonces jefa del gobierno británico Margareth Thatcher, para respaldar su lucha contra los sindicatos de mineros. Así que no es sorprendente que el GIEC llegara a la conclusión de que el carbón era malo para el medioambiente mientras que la energía nuclear era un desarrollo positivo. No se trata de una conclusión científica sino de una posición política.

Además, en aquel momento señalé que la creación de “derechos” de emisión de gases de efecto invernadero no fue una iniciativa intergubernamental sino una idea de la Joyce Foundation puesta en práctica por la Climate Exchange Ldt. [2]. Cada Estado redacta su propia legislación al respecto, se le otorga cierta cantidad de derechos de emisión, que el Estado reparte entre las empresas como mejor le parece. Las empresas que no utilizan todos sus “derechos de emisión” pueden revender la parte no utilizada en una bolsa especializada, cuya sede está en Chicago.

Los estatutos de esa bolsa fueron redactados por un jurista de la Joyce Foundation –un tal Barack Obama–, un desconocido que acabaría convirtiéndose en presidente de Estados Unidos. El llamado a los inversionistas para el lanzamiento de esa bolsa fue organizado por Al Gore –el futuro vicepresidente de Estados Unidos– y por David Blood, ex director de Goldman Sachs. ¿Debemos considerar a esos personajes como militantes ecologistas llenos de buena fe o como estafadores de cuello blanco? Eso es una cuestión de punto de vista.

Con el tiempo, el dispositivo político comenzó a cubrirse con un maquillaje de ciencia mezclada con buenas intenciones, lo cual hizo que fuese cada vez más difícil cuestionarlo.

Pero hay una teoría científica alternativa que explica el calentamiento climático. Esa teoría está lejos de ser nueva ya que fue enunciada por el geofísico croata Milutin Milankovic durante el breve intermedio de paz entre la Primera y la Segunda Guerra Mundial.

Milankovic explicaba que la órbita de la Tierra varía en función de 3 ciclos naturales: su excentricidad, su inclinación axial (oblicuidad) y la precesión de los equinoccios. Cada una de esas variaciones sigue un ciclo, entre 20 000 y 100 000 años, perfectamente calculable. Esas tres variaciones combinadas influyen sobre la exposición de la Tierra a los rayos solares y, naturalmente, influyen sobre el clima. La teoría de Milutin Milankovic se vio confirmada, en 1976, por el estudio de muestras de hielo, los llamados “testigos de hielo”, obtenidas en la Antártida mediante perforaciones del sustrato a diferentes profundidades. Sin embargo, la teoría de Milancovic no explica todo.

La Academia de Ciencias de Rusia acaba de enunciar una tercera teoría, igualmente basada en la observación de la naturaleza. Según esta tercera teoría, «la principal causa de las catástrofes climáticas locales es la emisión creciente de hidrógeno natural ocasionada por las fuerzas gravitacionales alternas de la Luna y del Sol, que provocan huecos en la capa de ozono. La elevación de las temperaturas resultante y la mezcla de ozono y de hidrógeno son las principales causas de los incendios en bosques y estepas» [3].

La Academia de Ciencias de Rusia no se limita a cuestionar el dogma del GIEC. También pone en tela de juicio el dispositivo que supuestamente debería reducir el hueco de la capa de ozono, o sea la Convención de Viena y el Protocolo de Montreal «cuya aplicación ha arrasado subindustrias enteras de la industria química sin reducir el hueco de la capa de ozono, que no ha cesado de aumentar».

La teoría de la Academia de Ciencias de Rusia se basa en la idea de que el calentamiento climático no se manifiesta de la misma manera en las diferentes regiones del mundo. De hecho, en contradicción con el famoso cliché del calentamiento climático, se acaba de comprobar que el Pacífico está enfriándose [4].

Los trabajos de la Academia de Ciencias de Rusia serán presentados en la 28ª Conferencia de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático de Dubai (COP28), que comenzará a finales de noviembre. Pero ya ha comenzado una batalla política cuyo verdadero objetivo es silenciar a los científicos.

Esa batalla es la designación de la persona encargada de presidir la conferencia, quien tendrá la posibilidad de permitir que los “inoportunos” digan lo que quieren decir o de evitar que hablen. Por supuesto, la designación del presidente de la COP28 está en manos de Mohamed ben Zayed, el presidente de Emiratos Árabes Unidos y emir de Abu Dabi, quien escogió a su ministro de Industria, Sultan al-Jaber. Inmediatamente, congresistas estadounidenses y parlamentarios de la Unión Europea escribieron al secretario general de la ONU, Antonio Guterres, para exigirle que se oponga a la designación del ministro emiratí. Como siempre, el argumento que esgrimen no tiene nada que ver con su objetivo: señalan que Sultan al-Jaber es también el presidente de la Abu Dhabi National Oil Company (Adnoc), afirman que al-Jaber sería por ende “juez y parte” y que habría que designar en su lugar a un defensor de las energías no provenientes de combustibles fósiles… quien sería igualmente “juez y parte” pero a favor del bando contrario.

Si finalmente los científicos rusos logran hacerse escuchar en la COP28 es muy probable que los participantes se dividan en dos bandos, pero no en función de criterios científicos sino por razones políticas. Así que es posible que la COP28 se convierta en un enfrentamiento entre los aliados de los anglosajones y los defensores de Rusia, que representan a la enorme mayoría de la población mundial.

A fin de cuentas, lo más probable es que el dogma del GIEC no tarde en convertirse en la obsesión de las potencias occidentales y en el hazmerreír de la mayor parte del mundo.

[1] «1982-1996: La ecología de mercado», por Thierry Meyssan, Оdnako (Rusia), Red Voltaire, 25 de abril de 2010.

[2] «1997-2010: La ecología financiera», por Thierry Meyssan, Оdnako (Rusia), Red Voltaire, 28 de abril de 2010.

[3] Fuente: Comunicado del presidente de la Academia de Ciencias de Rusia.

[4] Systematic Climate Model Biases in the Large Scale Patters of Recent Sea Surface Temperature and Sea-Level Pressure Change, Robert C. J. Wills, Yue Dong, Cristian Proistosecu, Kyle C. Armour y David S. Battisti, Geophysical Research Letters, DOI: 10.1029/2022GL100011.

Publicado en: Global

Un acuerdo entre Ecuador y Credite Suisse desata la polémica sobre el riesgo de pérdida de soberanía de las Islas Galápagos

11/06/2023 by Vitalio Deja un comentario

Fuente: Prensa Latina

 

  • La soberanía de las Islas Galápagos causa gran polémica hoy en Ecuador tras la firma de un acuerdo que hizo el Gobierno con el banco suizo Credite Suisse para apaciguar su deuda externa.

Varios medios locales advirtieron que, con el convenio de financiamiento internacional, suscrito el pasado 9 de mayo mediante la emisión de bonos azules, el Ejecutivo sacó del mercado unos mil 630 millones de dólares en bonos.

A través de ese procedimiento el Estado andino logró ahorrar un total de mil 126 millones de dólares de su deuda externa, sin embargo, el acuerdo establecía que los fondos serían gastados por un fideicomiso especial llamado Galapagos Life Fund (GLF), una corporación constituida en Estados Unidos.

Un fideicomiso es un contrato con el cual una o más personas transmiten bienes, cantidades de dinero o derechos, presentes o futuros, de su propiedad a otras para que los administre o invierta en beneficio propio o de un tercero, llamado beneficiario, y se transmita su propiedad, al cumplimiento de un plazo.

Este viernes, el diario El Comercio replicó una publicación del portal digital Jacobin donde ese medio de comunicación alertaba que las garantías recibidas por el Estado ecuatoriano eran blandas y que no garantizaban que el fideicomiso se ejecutara, poniendo en riesgo el control soberano de la región.

Dicho fideicomiso operará en el archipiélago hasta el 2041 y la negociación implicaría que GLF defina las políticas públicas, sobre todo de inversión, en las Galápagos. Por ende, ellos se encargarían de la administración de las actividades comerciales como la pesca y el turismo allí.

A propósito, este sábado el Gobierno ecuatoriano emitió un comunicado donde ratificó su compromiso con el cuidado y conservación de la biodiversidad del país y subrayó que Ecuador no ha cedido ningún tipo de control de la soberanía sobre las Islas Galápagos.

En el texto, el Ejecutivo aclaró que GLF es una entidad privada cuyas inversiones provienen de fundaciones y no implica el uso de fondos públicos, reflejó el documento.

Publicado en: Ecuador

El Gobierno de Colombia y el ELN concluyen el tercer ciclo de diálogos de paz

11/06/2023 by Vitalio Deja un comentario

Fuente: TeleSur

 

  • Firman los Acuerdos de Cuba, referidos al proceso de participación de la sociedad en la construcción de la paz y el Acuerdo de cese al fuego bilateral y nacional entre el Gobierno de Colombia y el ELN.
El acto de conclusión de la tercera ronda de diálogos de paz estuvo presidido por los presidentes de Colombia y Cuba, Gustavo Petro y Miguel Díaz-Canel, respectivamente / Presidencia de Cuba

En presencia de los presidente de Colombia, Gustavo Petro, y Cuba, Miguel Díaz-Canel, las delegaciones del Gobierno colombiano y el Ejército de Liberación Nacional (ELN) que toman parte en los diálogos de paz concluyeron este viernes en La Habana el tercer ciclo de negociaciones y firmaron los Acuerdos de Cuba.

Por el Ejecutivo colombiano, la firma de los acuerdos estuvo encabezada además por el ministro de Exteriores, Álvaro Leyva, y el jefe negociador Otty Patiño, en tanto que por el ELN lo hicieron su primer y segundo comandantes, Antonio Garcia y Pablo Beltrán, respectivamente (este último lidera la delegación que asiste a los diálogos de paz).

Las partes llegaron a los siguientes acuerdos: Proceso de participación de la sociedad en la construcción de la paz (primer acuerdo de Cuba) y acuerdo de cese al fuego bilateral y nacional entre el Gobierno de Colombia y el ELN (segundo acuerdo de Cuba).

Asimismo, la Mesa de Diálogos adoptó la declaración «Alistamiento para el proceso de participación de la sociedad y del cese al fuego bilateral». Los Acuerdos de Cuba fueron firmados por Otty Patiño y Pablo Beltrán.

El canciller de Cuba, Bruno Rodríguez Parrilla, dio lectura a la declaración «Alistamiento para el proceso de participación de la sociedad y del cese al fuego bilateral».

Explicó que las partes decidieron dar inmediato cumplimiento a los Acuerdos de Cuba y por ello la Mesa de Diálogos entra en «una actividad permanente, que conjuga distintas modalidades de trabajo en diversos escenarios y tiempos, manteniéndose los ciclos de conversaciones».

Enumeró las diversas fases preparatorias de la implementación del cese al fuego bilateral, nacional y temporal, que entrará en vigor a partir del 3 de agosto próximo.

Anunció que el cuarto ciclo de los diálogos de paz tendrá lugar en la capital venezolana, Caracas, entre el 14 de agosto y el 4 de septiembre próximos. Entre otros temas, allí se hará un balance del cumplimiento de los acuerdos suscritos.

El jefe de la delegación del ELN, segundo comandante Pablo Beltrán, expresó su deseo de que la sociedad colombiana respalde los acuerdos firmados. Dijo que la aplicación del cese al fuego procura que Colombia cambie y, con ello, el régimen existente, que persigue, apreció, y que ha de ser cambiado políticamente para que haya canales democráticos, respeto a la protesta social y no haya un régimen represivo.

Valoró que este tipo de acuerdo es una luz de esperanza, de ahí la importancia de pasar de su escritura a concretarlo. Aspiramos a que no se repita la interpretación de la paz como pacificación, sino como análisis de las causas profundas del conflicto armado y de transformación para la paz, solicitó.

También hizo énfasis en la necesidad de dar más participación a sectores que hasta el momento han sido históricamente marginados, como los jóvenes, las mujeres, los indígenas, los trabajadores y las comunidades afrodescendientes.

Agradeció a Cuba el apoyo brindado a la paz en Colombia y calificó de injusticia que se haya incluido al país caribeño en la lista de naciones que patrocinan el terrorismo.

El jefe negociador del Ejecutivo, Otty Patiño, agradeció al presidente Petro por la confianza en el pueblo colombiano y por creer posibles los cambios; así como a artífices de la paz total, entre los cuales mencionó integrantes de la delegación gubernamental y también del ELN.

Aseguró que estos cambios enfrentarán resistencias de grupos de poder y privilegios, así como otros vinculados a la violencia histórica. Los retos serán innumerables pero vale la pena arrostrarlos. La paz es un derecho de todos, expresó.

El primer comandante del ELN, Antonio Garcia, agradeció a la comunidad internacional y a Cuba por no dejar naufragar el proceso de paz durante los cuatro años en que fue desconocido por el expresidente Iván Duque (2018-2022). También a los países garantes, en particular aquellos que brindaron su territorio para celebrar conversaciones, como Venezuela, Ecuador, Brasil, Cuba y México.

Asimismo, agradeció a Petro y a ambas delegaciones por la labor desplegada. Manifestó que el proceso de paz navegaba en la incertidumbre hasta que el clamor del país con sus protestas abrió la posibilidad de una transformación.

Apreció que históricamente la violencia robó el corazón y las palabras en Colombia. «Hay que ir al encuentro de las palabras, que la sociedad se exprese y sea escuchada». Aseguró que este proceso de paz va al encuentro del corazón y las palabras, que quiere decir vida digna para la gente, así como la construcción de un acuerdo nacional que marque la agenda del cambio en el país.

Al intervenir, el presidente Petro también agradeció a Cuba por su histórica hospitalidad a la paz en Colombia. Recordó que durante su reciente visita a Washington le dijo al presidente de EE.UU. que incluir a la nación caribeña en la lista de países terroristas fue un acto de profunda injusticia. Instó a Biden a enmendar esa injusticia, causante de sanciones unilaterales y de vulneraciones a la vida y los derechos del pueblo cubano.

Expresó que de cierta forma aquí termina una fase de la insurgencia en América Latina, región que ahora se transforma de otra manera. Manifestó que se abren tiempos de llevar esperanza a los jóvenes y los Acuerdos de Cuba llevan al ELN a un cese al fuego inédito, que sigue con el compromiso de que en mayo de 2025 cese definitivamente la guerra entre el grupo armado y el Estado de Colombia.

Recordó que para poner fin a la violencia hay que reconstruir a Colombia, pacto que demanda justicia y garantizar una vida digna a los sectores más humildes, de ahí la importancia de debatir a nivel social las reformas que su Gobierno promueve para que se garanticen derechos sociales básicos y haya estabilidad laboral, reparto de la tierra, respeto a la protesta social y otros cambios que permitirán que el país no continúe siendo el más desigual.

Por su parte, el jefe de Estado cubano calificó de intensos los trabajos del tercer ciclo de diálogos y señaló que sus resultados son promisorios. Afirmó que es un honor para Cuba que en estas pláticas se hayan alcanzado acuerdos de gran importancia para la paz en Colombia, como llevar alivios humanitarios a poblaciones, el cese al fuego bilateral, nacional y temporal, y las bases para construir la paz, todo lo cual es el resultado de esfuerzos durante muchos años.

Recordó que Cuba siempre ha cumplido sus compromisos políticos y ningún país puede exigirle que viole la palabra empeñada. El precio que se pagó por cumplir lo acordado ha sido alto, pero no nos arrepentimos, recalcó.

Por último, solicitó a los colombianos avanzar lo más posible y aprovechar la actual coyuntura histórica. «Colombianos, no se detengan. Pónganle el corazón a la paz en Colombia», finalizó.

Publicado en: Colombia

Un mundo uberizado: Entrevista con Ricardo Antúnes, sociólogo del trabajo

11/06/2023 by Vitalio Deja un comentario

Por: Daniel Gatti

 

Especializado en la evolución del mundo del trabajo y autor de numerosas investigaciones al respecto, Antúnes habla en esta entrevista sobre la urgencia de pensar nuevas estrategias ante el avance de la explotación laboral y la destrucción del planeta.

Profesor titular de Sociología en el Instituto de Filosofía y Ciencias Humanas de la Universidad Estatal de Campinas, en Brasil, este paulista de 70 años se ha especializado hace mucho en la evolución del mundo del trabajo y es autor de numerosas investigaciones al respecto, varias de ellas publicadas fuera de su país. Algunos de sus últimos libros son Riqueza y miseria del trabajo en Brasil: trabajo digital, autogestión y expropiación de la vida, El nuevo proletariado de servicios en la era digital y ¿Adiós al trabajo? Ensayo sobre las metamorfosis y la centralidad del mundo del trabajo. Brecha lo entrevistó a comienzos de mayo en su ciudad natal, al margen de la XVI Conferencia Regional de la Unión Internacional de Trabajadores de la Alimentación, donde presentó una ponencia ante un público compuesto por sindicalistas provenientes de toda América Latina.

«Estamos ante una crisis estructural del capitalismo, pero no ante cualquier crisis. La de ahora no es como otras, por ejemplo, la de 1929. Es mucho más profunda, más letal desde todo punto de vista», comenzó diciendo Antúnes.

—¿Qué es lo que la diferenciaría?

La de ahora está poniendo directamente en riesgo a la humanidad. Nos está llevando a las puertas de una guerra nuclear y [está] arrasando con el planeta a una escala sin precedentes. La guerra en Ucrania relanzó la producción de energías fósiles en todo Occidente. Van a calentar aún más el planeta. ¿Hasta qué grado? Y, en paralelo, se da una destrucción acelerada del universo del trabajo, con una acentuación hasta ahora desconocida de los niveles de precarización, de desempleo, de la contradicción entre el trabajo calificado y el trabajo precario. En Brasil hoy hay 12 millones de personas en desempleo abierto y un 40 por ciento de la mano de obra en la informalidad. La apariencia del fin del trabajo que se da en el Norte global esconde una expansión brutal del trabajo precarizado en el Sur. Este celular que tengo ahora en la mano no existiría sin un paso inicial: la extracción mineral en África, Asia, América Latina. Hasta su última pieza se fabrica en el Sur, y, por lo general, en condiciones bastante aberrantes para quienes lo hacen.

Yo no estoy de acuerdo con lo que dicen algunos grandes pensadores, como Toni Negri, André Gorz y Jürgen Habermas, que teorizan sobre el fin del trabajo. O con quienes afirman que estaríamos en una era industrial de servicios y, por lo tanto, en una suerte de poscapitalismo. Lo que hay es una recomposición del trabajo. En su fase actual, el capitalismo solo puede crecer destruyendo, y destruye básicamente en el Sur, aunque no solo, porque basta ver la situación de las poblaciones racializadas en Europa, en Estados Unidos. Y si observamos lo que sucede con los servicios, notaremos que, en todos lados, se han vuelto fuertemente capitalistas, en el sentido de que han sido privatizados, desde la seguridad social hasta las escuelas, pasando por las cárceles y, por supuesto, el agua, uno de los grandes temas de ahora. Desde el comienzo del siglo XXI se ha acelerado fuertemente ese proceso. El capitalismo hoy tiene una imposibilidad total de metabolización social.

—¿Es decir?

Lo que afirmaba antes: es cada vez más destructivo. Del trabajo, pero también de la naturaleza y del propio ser humano, con la profundización del racismo, de la opresión de género. En un libro que escribí hace ya muchos años [¿Adiós al trabajo?, de 1995], manejaba el concepto de esclavitud del siglo XXI para referirme a un futuro en el que la precarización se volvería estructural y se iría extendiendo progresivamente.

Decía que, así como en las épocas de la esclavitud los trabajadores eran vendidos, en la época contemporánea, de tercerizaciones, subcontrataciones, de precarización, el trabajador sería alquilado. Hablo, obviamente, de una esclavitud de nuevo tipo, no de aquella de siglos atrás. Cuando escribí aquel libro, hace casi 30 años, el trabajo precario no era tan común. Hoy es la norma. La informalidad se ha formalizado.

—Se está refiriendo a lo que usted llama el capitalismo de plataformas o capitalismo pandémico.

Sí, y a su expresión: la uberización del trabajo. El capitalismo hoy funciona con base en el modelo de Uber. ¿Y qué supone ese modelo? La supresión de los derechos del trabajador. Lo que ahora es cada vez más excepcional es el trabajo regulado, lo que equivale a decir con derechos. Un contrato genera derechos, y en la era de la uberización el trabajo está cada vez más divorciado del acceso y el ejercicio de derechos.

Hoy los empresarios apuntan a la flexibilización, a la individualización de las relaciones laborales. Los nuevos proletarios reciben paga únicamente por el trabajo realizado y no tienen protección social: son ellos mismos los que se la proveen, porque se trata de «autónomos» que no están sujetos a convenciones colectivas, por ejemplo. Lo peor es que este tipo de relaciones laborales –que se están generalizando a muchos sectores, incluso la industria y la agroindustria– son «vendidas» como favorables al trabajador, que ganaría en independencia, en control sobre su propio tiempo, etcétera, etcétera. Se los menciona como «socios» de sus empleadores, se los incita a convertirse en «emprendedores».

—Y se crea toda una jerga que acompaña este fenómeno, una lengua de la uberización.

Sí, un nuevo lenguaje cargado de doble sentido repleto de manipulaciones, de burlas. ¿El trabajador precarizado: un «socio» de Jeff Bezos, un «socio» de Elon Musk? ¡Por favor! Si hay alguien que sale ganancioso de esta nueva ecuación, claramente, es el capital: ¿qué mejor para los empresarios que unas relaciones laborales individualizadas, a distancia, con jornadas de trabajo que puedan estirarse como chicles, sin las molestias que plantean los sindicatos y los sindicalistas? La pandemia de covid-19 sirvió para que ese modelo, el de Uber, el de Amazon, que ya venía de antes, se consolidara. Y luego no solo no desapareció o disminuyó, sino que se expandió: el teletrabajo, el contacto por Zoom, la educación a distancia son variantes de este fenómeno global. Así como las nuevas tecnologías en sí mismas no son causantes de nada, la pandemia tampoco fue la causa de esta nueva esclavitud laboral, pero fue aprovechada por el capital para ajustar el modelo.

Tengamos en cuenta, por otro lado, que el capitalismo de plataformas, básicamente impulsado por las grandes corporaciones globalizadas y financiarizadas, se relaciona con protoformas del capitalismo. Para decirlo más claramente: el capitalismo de la era digital, de los algoritmos, de la época del Internet de las cosas, de la inteligencia artificial, de la big data, de la tecnología 5G y la industria 4.0 recurre a las mismas técnicas de explotación que en la época de la acumulación primitiva.

Uno podría pensar, razonando con algo de sentido común o en un marco mínimamente humanista, que en un mundo donde el desarrollo tecnológico permite ahorrarse una enorme cantidad de tareas que antes realizaban los seres humanos se repartiría el tiempo de trabajo para que todos podamos vivir más o menos dignamente. Pero eso no entra en lo más mínimo en la mentalidad de la era del capitalismo de las grandes corporaciones. Se puede decir que hoy hay en marcha laboratorios de experimentación del trabajo a gran escala en los que el trabajador es el cobayo. Si el capitalismo como tal es un infierno para el trabajador, el capitalismo de plataforma, versión 4.0 del neoliberalismo, lo es más aún porque consagra la precariedad, la del trabajo y la de la propia existencia.

—Usted recurre frecuentemente a la metáfora del sociólogo austríaco Karl Polanyi del modelo satánico para referirse al modo de funcionamiento de este sistema.

Sí, la he evocado en muchos trabajos. Es una metáfora muy gráfica, referida al fenómeno de la mercantilización de todos los resortes de la vida, una mercantilización que ha producido mutaciones enormes, antropológicas, políticas. Polanyi lo vio hace mucho tiempo [murió en 1964], y su metáfora se aplica perfectamente a este mundo en el que la tecnología no está siendo aplicada en beneficio de la humanidad, a satisfacer cosas útiles y socialmente necesarias, sino todo lo contrario.

¿Qué nos mostró la pandemia? Que la humanidad tiene que fomentar el trabajo para generar bienes socialmente útiles, con menos horas de trabajo diario, y dejar de apuntar al trabajo orientado a la creación de riqueza. Quienes mostraron su valía entonces fueron los trabajadores y las trabajadoras de la salud, quienes se ocupan de los cuidados, quienes nos proveyeron de alimentos aun a riesgo de sus vidas. Se demostró igualmente la importancia de que los bienes comunes estén bajo control público y no privado.

Y respiramos mejor. No por la pandemia en sí, sino porque no circularon coches privados. El transporte público quedó en valor. Lo sorprendente es que estas consideraciones no formen parte de las reflexiones de las izquierdas.

—A ver…

Todo esto que estamos viendo debería situar a las izquierdas en una perspectiva anticapitalista. Cualquier visión emancipadora actualmente debería partir de esa base, de que el capitalismo nos está llevando a la destrucción de la humanidad. Hoy por hoy, la reducción real de la jornada de trabajo y del tiempo de producción en las fábricas, la reapropiación social de la producción para que se privilegien los bienes socialmente útiles y no los que generan plusvalía, el combate al cambio climático, la producción de alimentos sanos son objetivos que van unidos y que no podrían jamás alcanzarse en el marco de este sistema.

Pero las izquierdas se han convertido, paradójicamente, en guardianas del sistema, empeñadas como están en reformar lo irreformable. Lo vemos clarísimamente en América Latina: las burguesías no aceptan ni la más mínima reforma. Cuando algún gobierno progresista se sale un poquito de la norma intentan derrocarlo por el medio que sea. Solo toleran a quienes no cuestionan lo esencial, y hasta cierto límite. Pero la izquierda ha desaprendido a inventar utopías y aprendido a hacer lo posible, olvidándose de la transformación radical del mundo.

Lo mismo les sucede a los sindicatos. Los liderazgos sindicales tienen una larga tradición de defensa. Desde hace cinco décadas están luchando denodadamente por preservar lo mínimo, y está muy bien que así sea, pero eso ya no basta, porque la aceleración de las transformaciones en que está inscrito el capitalismo de plataformas hace que las reformas sean imposibles de sostener.

¿Por qué no podemos imaginar una sociedad sin propiedad privada, sin lucro, sin dinero? ¿Es una utopía? Sí, claro, pero llega un momento en que los sistemas caen. El feudalismo duró diez siglos. Los señores feudales, la nobleza, el Estado absolutista, ¿imaginaban que habría una revolución radical burguesa que los derribaría? No. Ahora se trata de pensar otra revolución radical verdaderamente liberadora. Y no vale decir que el socialismo fracasó, como se afirma hoy tan alegremente. Fracasaron sus versiones de los últimos 150 años, pero al capitalismo le llevó tres siglos derrotar al feudalismo. Si Rosa Luxemburgo despertara hoy, no diría que la alternativa es entre socialismo y barbarie, porque en la barbarie ya estamos inmersos. Diría que es entre socialismo y desaparición de la humanidad. No hay que hacerse trampas al solitario. En ese estadio estamos: el capitalismo hoy es esencialmente destructor, belicista, no hay margen para que a alguien se le ocurra «humanizarlo», como pretendían en su momento las socialdemocracias. Antes ese planteo era ilusorio, ahora es suicida.

—No es precisamente hacia allí que se han embarcado el progresismo o las izquierdas. Hablando de belicismo, en Europa una parte del progresismo está en línea con los planteos de la OTAN con la excusa de combatir el expansionismo ruso.

Respecto a Ucrania, creo que es una guerra interimperialista, pero ese no es el tema aquí. Sí lo es que esas izquierdas le han comprado el marco al liberalismo y en ese proceso le han dejado el terreno libre a la derecha más dura y a la ultraderecha, que hoy está encarnando –increíblemente– las posturas antisistema. Como Trump, como Bolsonaro, como Milei, que se presentan como rebeldes cuando, en realidad, son lo más rancio. Pero eso se los ha permitido la izquierda al volcarse al centro y no animarse a plantear temas como la transformación del mundo del trabajo o el cambio climático, porque, si lo hace en serio, tendría que ir hacia posturas de superación del capitalismo y se resiste a hacerlo: no va más allá de una defensa de lo que queda del Estado de bienestar. El caso del Partido de los Trabajadores en Brasil es de ese tipo. O el de Boric en Chile. Y yendo a Europa, ¿qué diferencia de fondo hay entre el socialista Hollande y el liberal Macron? Ninguna. Hasta en la represión se parecen. Como dicen en español: no es lo mismo, pero es igual.

La pandemia llegó en un momento en el que en el mundo había una agitación social muy interesante que, en cierta manera, cuestionaba el sistema. Podría haber nacido algo distinto de allí. Hoy, sin embargo, es la derecha más radical la que está marcando el rumbo con una violencia extrema, y la izquierda está claramente a la defensiva.

Mi esperanza es que una alternativa nazca de las periferias, de los movimientos feministas, de los inmigrantes, de los negros, de los indígenas, de los precarizados, del ecologismo. Hay un resurgimiento de clase interesante en Inglaterra, un renacer de las movilizaciones sociales en Francia. Son cosas que dan ilusión, pero la clave está en que los planteos que surjan vayan al fondo de las cosas y sean radicalmente anticapitalistas. Pienso que hay que aprender de las mujeres. Tienen más valentía con relación al capital. Pero hay también un feminismo fácilmente integrable al universo burgués, al igual que hay –en Brasil se da− un «emprendedurismo» negro que nada cambia el fondo de las cosas.

En definitiva, la izquierda necesita una refundación, perderle el miedo a proponer un nuevo modo de vida, perderle el miedo a la radicalidad. Si dejamos que avance el capitalismo, que en su fase actual es un capitalismo de plataformas, una expresión acentuada del neoliberalismo, estaremos en poco tiempo todos uberizados y en una situación comparable al subterráneo del infierno del Dante: no el infierno mismo, sino algo inimaginable. Por fortuna, las cosas son imprevisibles. Como el mundo del capital no se reproduce sin alguna forma de interacción con el trabajo vivo, van apareciendo, aun en situaciones adversas, formas de solidaridad entre los trabajadores y, a la larga, rebeliones.

Lo bueno de ahora es que al llegar a este estadio no queda margen para medias tintas. Llegará un momento en que eso nos romperá los ojos. Ya deberíamos estar en esa fase, pero los espejismos son todavía demasiado fuertes. Esperemos que cuando despertemos no sea demasiado tarde.

Fuente: Brecha

*La imagen es una composición de editor

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Enfrentando las consecuencias de la ruptura de los límites planetarios

11/06/2023 by Vitalio Deja un comentario

Por: Jesús Maria Veci de la Fuente

Nos encontramos ante una realidad que nos indica que el sistema capitalista ha llegado al comienzo de una situación de superación de la capacidad de carga del planeta.

El mundo afronta un riesgo colosal porque ya se transgredieron los límites justos y seguros del clima, de los ecosistemas naturales, de los caudales de agua y de su carga de fertilizantes, advirtieron científicos de la Comisión de la Tierra en un estudio divulgado por la revista Nature este miércoles 31 de mayo.

“El sistema Tierra está en peligro, ya que muchos elementos críticos climáticos están a punto de cruzar sus umbrales, donde habrá un cambio que no será reversible”, dijo Dahe Qin, copresidente de la Comisión y director del Comité Académico de la Academia China de las Ciencias.

El estudio sostiene que los seres humanos están tomando riesgos colosales con el futuro de la civilización y de todos los seres que viven en la Tierra, y por eso propone tomar los límites biofísicos del planeta como punto de partida para una acción holística y transformadora hacia un mundo seguro y justo.

La humanidad se enfrenta a una crisis sin precedentes: la ruptura de los límites planetarios. 

Durante siglos, hemos disfrutado de los recursos naturales de nuestro planeta sin tener en cuenta las consecuencias a largo plazo. Sin embargo, ahora estamos enfrentando las graves repercusiones de nuestros actos. Los límites planetarios son los umbrales dentro de los cuales los sistemas de la Tierra pueden funcionar de manera segura y mantener el equilibrio necesario para sostener la vida tal como la conocemos. Los científicos han identificado nueve límites planetarios clave que son esenciales para el funcionamiento saludable de nuestro planeta. Estos incluyen el cambio climático, la pérdida de biodiversidad, la interferencia en los ciclos de nutrientes, la escasez de agua dulce, el cambio en el uso de la tierra, la contaminación química, la acidificación de los océanos, la disminución de la capa de ozono y la carga de aerosoles atmosféricos. Desafortunadamente, hemos superado o estamos cerca de superar varios de estos límites, lo que ha llevado a una situación crítica para la humanidad y el medio ambiente.

La ruptura de estos límites planetarios tiene consecuencias graves y generalizadas. Estamos experimentando un aumento sin precedentes en la temperatura global, lo que provoca eventos climáticos extremos y afecta a los ecosistemas y la vida en la Tierra. La pérdida de biodiversidad está provocando la extinción masiva de especies y la degradación de los ecosistemas que sustentan nuestra supervivencia. Además, la sobreexplotación de recursos naturales, la contaminación del aire y el agua, y la destrucción de los hábitats están amenazando la calidad de vida de las personas y generando desequilibrios irreversibles en los sistemas naturales.

Los límites planetarios incluyen:

  1. Cambio climático: Está relacionado con las emisiones de gases de efecto invernadero y la capacidad del sistema climático para absorberlas sin provocar cambios desestabilizadores en el clima global.
  2. Pérdida de biodiversidad: Se refiere a la tasa de extinción de especies y la alteración de los ecosistemas que sustentan la vida en la Tierra.
  3. Ciclo del nitrógeno y del fósforo: Estos ciclos son esenciales para la disponibilidad de nutrientes para los organismos vivos y su interferencia puede provocar desequilibrios en los ecosistemas.
  4. Escasez de agua dulce: La sobreexplotación y contaminación de los recursos hídricos pueden llevar a una escasez de agua dulce, un recurso esencial para la vida.
  5. Cambio en el uso de la tierra: La conversión de hábitats naturales en tierras agrícolas o urbanizadas puede llevar a la pérdida de biodiversidad y a cambios en los sistemas ecológicos.
  6. Contaminación química: Se refiere a la liberación descontrolada de productos químicos tóxicos que afectan la salud humana y los ecosistemas.
  7. Acidificación de los océanos: El aumento de la concentración de dióxido de carbono en la atmósfera se traduce en un aumento de la acidez de los océanos, lo que amenaza los ecosistemas marinos y la vida marina.
  8. Disminución de la capa de ozono: La emisión de sustancias que agotan la capa de ozono puede tener efectos perjudiciales en la salud humana y en los ecosistemas terrestres.
  9. Carga de aerosoles atmosféricos: Los aerosoles atmosféricos pueden tener efectos tanto positivos como negativos en el clima y la calidad del aire.

Los ocho límites del sistema Tierra propuestos en el estudio: clima; integridad funcional de la biosfera; área de ecosistema natural; flujos de agua superficial; niveles de agua subterránea; ciclos de nutrientes para el nitrógeno; fósforo; y los niveles de aerosoles atmosféricos. Las líneas rojas muestran los límites «seguros», mientras que las líneas azules muestran los límites «justos». El icono de la Tierra muestra el estado del planeta hoy. Fuente: Rockström (2023)

La importancia de los límites planetarios radica en que proporcionan un marco para comprender y abordar los desafíos ambientales que enfrentamos como sociedad. Nos ayudan a comprender los umbrales críticos que no debemos cruzar y nos brindan una guía para tomar medidas urgentes y responsables en relación con la gestión de nuestros recursos naturales y la protección del medio ambiente.

Consecuencias del cambio climático y su impacto en el planeta y la humanidad

El cambio climático es una de las consecuencias más graves de la ruptura de los límites planetarios y tiene un impacto significativo en el planeta y en la humanidad. A medida que aumentan las concentraciones de gases de efecto invernadero en la atmósfera, principalmente debido a las actividades humanas como la quema de combustibles fósiles y la deforestación, el clima global está experimentando cambios drásticos con efectos adversos.

El aumento de la temperatura global es una consecuencia directa del cambio climático. Las temperaturas promedio están aumentando en todo el mundo, lo que resulta en olas de calor más frecuentes e intensas. Estas altas temperaturas tienen un impacto devastador en los ecosistemas, provocando sequías, incendios forestales y la pérdida de especies vegetales y animales. Además, los glaciares y las capas de hielo están derritiéndose a un ritmo alarmante, lo que contribuye al aumento del nivel del mar y amenaza a las comunidades costeras en todo el mundo.

También se han alterado los patrones de precipitación. Algunas regiones experimentan un aumento en las lluvias intensas y las inundaciones, mientras que otras sufren sequías prolongadas. Estos eventos extremos tienen impactos significativos en la agricultura, la seguridad alimentaria y el suministro de agua potable. Las sequías pueden llevar a la escasez de alimentos, la pérdida de medios de vida y el desplazamiento de comunidades enteras. Además de los impactos físicos, el cambio climático tiene consecuencias para la salud humana. El aumento de las temperaturas y los eventos climáticos extremos contribuyen a la propagación de enfermedades transmitidas por vectores, como el dengue y la malaria. La calidad del aire también se ve afectada por el aumento de la contaminación atmosférica, lo que aumenta el riesgo de enfermedades respiratorias y cardiovasculares.

Fenómenos extremos, el aumento del nivel del mar, la pérdida de ecosistemas y las migraciones forzadas como resultado del cambio climático

Los fenómenos extremos, el aumento del nivel del mar, la pérdida de ecosistemas y las migraciones forzadas son consecuencias directas del cambio climático y representan algunos de los impactos más preocupantes de esta crisis global. Estos efectos tienen ramificaciones significativas tanto para el medio ambiente como para las comunidades humanas. Tormentas más intensas, sequías prolongadas y olas de calor extremas, están en aumento debido al cambio climático. Estos eventos climáticos extremos causan daños significativos a la infraestructura, los cultivos agrícolas y las comunidades. Las inundaciones repentinas y las tormentas intensas pueden provocar la destrucción de viviendas, la interrupción de servicios básicos y la pérdida de vidas humanas. Las sequías prolongadas, por otro lado, pueden llevar a la escasez de alimentos, la pérdida de medios de vida y la desestabilización social.

El aumento del nivel del mar es otro efecto preocupante del cambio climático. A medida que los glaciares se derriten y las capas de hielo se desprenden, el agua se vierte en los océanos, lo que resulta en la elevación del nivel del mar. Esto pone en peligro a las comunidades costeras en todo el mundo, ya que la intrusión del agua salada contamina las fuentes de agua dulce, afecta los ecosistemas costeros y aumenta el riesgo de inundaciones costeras. Las ciudades densamente pobladas, las islas y los ecosistemas costeros frágiles están particularmente en riesgo.

La pérdida de ecosistemas es otra consecuencia grave del cambio climático. Los ecosistemas terrestres y marinos están siendo afectados por los cambios en las temperaturas, las precipitaciones y los patrones climáticos, lo que lleva a la pérdida de biodiversidad y a la alteración de los ciclos naturales. La deforestación, la degradación de los manglares, la pérdida de arrecifes de coral y la destrucción de hábitats son algunos de los impactos observados. Esta pérdida de ecosistemas no solo afecta a las especies y los ecosistemas en sí, sino que también tiene implicaciones para la seguridad alimentaria, el suministro de agua y la regulación del clima.

El cambio climático también está provocando migraciones forzadas a medida que las comunidades se ven obligadas a abandonar sus hogares debido a la escasez de recursos, la degradación del medio ambiente y los desastres naturales. Las personas que viven en áreas costeras inundables, en regiones propensas a sequías o en zonas afectadas por eventos climáticos extremos se ven obligadas a buscar refugio en otras áreas más seguras. Esto crea una carga adicional sobre las comunidades receptoras y plantea desafíos significativos en términos de desplazamiento, asistencia humanitaria y adaptación a nuevas condiciones.

Pérdida de biodiversidad y sus efectos negativos

La pérdida de biodiversidad es un problema grave y urgente que enfrentamos como resultado de la ruptura de los límites planetarios. La biodiversidad se refiere a la variedad de formas de vida en la Tierra, incluyendo plantas, animales, microorganismos y los ecosistemas en los que habitan. Esta diversidad biológica es fundamental para el funcionamiento saludable de los ecosistemas y para el bienestar humano.

Los ecosistemas saludables y diversos brindan una amplia gama de servicios ecosistémicos que son vitales para la vida en el planeta. Estos servicios incluyen la polinización de cultivos, la purificación del agua, la regulación del clima, la prevención de la erosión del suelo y la provisión de alimentos y medicinas. La pérdida de biodiversidad compromete la capacidad de los ecosistemas para proporcionar estos servicios, lo que afecta negativamente a la agricultura, la seguridad alimentaria y la salud humana. La biodiversidad desempeña un papel crucial en la estabilidad de los ecosistemas. Las especies interactúan entre sí y con su entorno de manera compleja, formando redes tróficas y ciclos de nutrientes. La disminución de la biodiversidad puede desestabilizar estos sistemas, lo que puede llevar a la proliferación de especies invasoras, la pérdida de especies clave y la alteración de los flujos de energía y nutrientes. Esto puede resultar en cambios drásticos en la estructura y función de los ecosistemas.

La diversidad genética de los cultivos y el ganado es esencial para garantizar la seguridad alimentaria y la adaptabilidad a los cambios ambientales. La pérdida de biodiversidad agrícola y ganadera reduce la resiliencia de los sistemas alimentarios frente a enfermedades, plagas y condiciones climáticas cambiantes. Además, la disminución de la diversidad de especies silvestres y de los servicios ecosistémicos asociados, como la polinización, puede afectar negativamente la producción de alimentos. La biodiversidad está estrechamente vinculada a la salud humana. Muchas plantas y animales proporcionan compuestos bioactivos que se utilizan en la medicina y la investigación científica. La pérdida de biodiversidad reduce nuestra capacidad para descubrir nuevos tratamientos y terapias. Además, la pérdida de hábitats naturales y la disminución de la biodiversidad pueden aumentar el riesgo de enfermedades zoonóticas, como el COVID-19, que se transmiten de animales a humanos.

La pérdida de biodiversidad es un desafío global que requiere una acción urgente y coordinada. Es fundamental conservar los hábitats naturales, implementar prácticas de gestión sostenible, promover la conservación de especies en peligro de extinción y garantizar una utilización responsable de los recursos naturales. La pérdida de biodiversidad se debe a una serie de factores interrelacionado. Estos factores tienen un impacto significativo en la disminución de las poblaciones de especies y la degradación de los ecosistemas. La destrucción de hábitats es una de las principales causas de pérdida de biodiversidad. La expansión agrícola, la deforestación, la urbanización y la construcción de infraestructuras están reduciendo y fragmentando los hábitats naturales en todo el mundo. La conversión de bosques, humedales y otros ecosistemas en tierras de cultivo, áreas urbanas o zonas industriales destruye los lugares donde muchas especies viven y se reproducen, lo que conduce a la disminución de sus poblaciones e incluso a la extinción. El cambio climático es otro factor crítico que contribuye a la pérdida de biodiversidad. El aumento de las temperaturas, los cambios en los patrones de precipitación y los eventos climáticos extremos afectan los ecosistemas y las especies de múltiples formas. Las especies tienen límites de tolerancia específicos para las condiciones ambientales y, a medida que el clima cambia rápidamente, muchas especies pueden no ser capaces de adaptarse lo suficientemente rápido para sobrevivir. Esto puede llevar a la extinción de especies y a la disrupción de las interacciones ecológicas.

Estos factores interactúan entre sí y se refuerzan mutuamente, exacerbando los efectos negativos sobre la biodiversidad. Abordar estos desafíos requiere un enfoque integral que incluya la conservación y restauración de hábitats y la adopción de medidas para mitigar y adaptarse al cambio climático. La biodiversidad es de suma importancia para los ecosistemas y la supervivencia humana. Los ecosistemas saludables y diversos son fundamentales para el funcionamiento equilibrado de nuestro planeta y para el bienestar de todas las formas de vida, incluyendo los seres humanos. La biodiversidad contribuye a la estabilidad y resiliencia de los ecosistemas. Las interacciones entre diferentes especies y sus roles específicos en los ecosistemas ayudan a mantener el equilibrio y el funcionamiento adecuado de los ciclos biogeoquímicos, los flujos de energía y los servicios ecosistémicos. Una mayor diversidad de especies permite una mayor resistencia y capacidad de recuperación frente a perturbaciones ambientales, como enfermedades, cambio climático y desastres naturales.

La biodiversidad es fundamental para garantizar la seguridad alimentaria y el suministro sostenible de recursos naturales. Los ecosistemas diversos y saludables proporcionan una variedad de alimentos, incluyendo cultivos, peces, animales de cría y especies silvestres que son parte de la dieta humana. Además, la biodiversidad también nos provee de materiales y recursos naturales esenciales, como madera, fibras, medicinas, combustibles y productos químicos naturales. Esta es una fuente inagotable de conocimientos y descubrimientos científicos.

La biodiversidad es esencial para la salud de los ecosistemas y para nuestra supervivencia como especie. Su preservación y protección son fundamentales para garantizar un planeta saludable y sostenible para las generaciones presentes.

Escasez de recursos naturales y su impacto en la sociedad

La escasez de recursos naturales es una preocupación creciente debido a la creciente demanda de recursos por parte de una población mundial en constante aumento y a los efectos de la degradación ambiental. Los recursos naturales, como el agua dulce, los combustibles fósiles, los minerales y los alimentos, son fundamentales para el funcionamiento de nuestras sociedades y economías. Sin embargo, su disponibilidad limitada y la sobreexplotación pueden tener impactos significativos en la sociedad.

El agua dulce es esencial para la vida humana, la agricultura, la industria y los ecosistemas. Sin embargo, enfrentamos una creciente escasez de agua dulce debido al aumento de la demanda, la contaminación y los efectos del cambio climático. La escasez de agua puede tener impactos en la seguridad alimentaria, la salud pública y el desarrollo socioeconómico. Además, la competencia por el agua puede generar tensiones y conflictos entre diferentes sectores y comunidades.

Los combustibles fósiles, como el petróleo, el gas natural y el carbón, son fuentes de energía clave para la generación de electricidad, el transporte y la industria. Sin embargo, la explotación excesiva de estos recursos está llevando a su agotamiento y contribuyendo al cambio climático debido a las emisiones de gases de efecto invernadero.

Los minerales y metales desempeñan un papel crucial en la fabricación de productos tecnológicos, la construcción, la infraestructura y otros sectores industriales. Sin embargo, muchos de estos recursos son finitos y su extracción puede tener impactos ambientales significativos, como la destrucción de hábitats y la contaminación del agua y del suelo. La gestión sostenible de los recursos minerales y el fomento del reciclaje son estrategias clave para abordar la escasez y reducir los impactos negativos.

El modelo alimentario industrial y los cambios en los patrones de consumo están ejerciendo una presión creciente sobre los sistemas alimentarios. La degradación de los suelos, la escasez de agua, la pérdida de biodiversidad y los efectos del cambio climático amenazan la producción de alimentos a nivel mundial. La seguridad alimentaria se ve comprometida, lo que puede dar lugar a inseguridad alimentaria, malnutrición y desplazamientos forzados.

La escasez de recursos naturales puede tener un impacto significativo en nuestras necesidades básicas y en el modelo económico actual. A medida que la demanda de recursos aumenta y su disponibilidad disminuye, se plantean desafíos para satisfacer las necesidades humanas fundamentales, como el acceso al agua potable, los alimentos, la energía y los materiales necesarios para construir y mantener nuestras infraestructuras. Los recursos naturales son esenciales para satisfacer nuestras necesidades básicas. La escasez de agua dulce puede dificultar el acceso a agua potable, afectar la producción agrícola y tener impactos negativos en la salud y la higiene. La escasez de alimentos puede dar lugar a inseguridad alimentaria y malnutrición, especialmente en regiones donde la agricultura depende de recursos limitados. Además, la escasez de recursos puede afectar la calidad de vida al limitar el acceso a servicios básicos, como la energía y los materiales de construcción. La escasez de combustibles fósiles puede aumentar los precios de la energía y afectar sectores como el transporte y la industria. La escasez de minerales y materiales puede limitar la producción y afectar la cadena de suministro de diferentes industrias. Además, la escasez de recursos puede generar desigualdades socioeconómicas, ya que aquellos con mayores recursos tienen más posibilidades de acceder a ellos, mientras que los más vulnerables pueden enfrentar dificultades económicas y sociales.

Cambio de paradigma económico: Esta escasez plantea la necesidad de repensar y transformar nuestro modelo económico actual hacia uno más sostenible y basado en el decrecimiento y la economía circular. Los cuales promueven la reducción, reutilización, reciclaje y recuperación de recursos, minimizando el desperdicio y la extracción innecesaria de recursos naturales. Este enfoque busca maximizar el valor de los productos y materiales a lo largo de su ciclo de vida y reducir la dependencia de recursos finitos. Requiere un enfoque integral que incluya cambios en los patrones de consumo, la adopción de prácticas más sostenibles, la inversión en innovación tecnológica y un cambio hacia un modelo económico circular. Es fundamental abordar la escasez de recursos de manera colaborativa y buscar soluciones que equilibren el desarrollo humano con la conservación de los recursos naturales para garantizar un futuro sostenible. Y un futuro igualitario que no deje a ninguna capa excluida desde la escasez en la que ya estamos inmersos.

La contaminación y la degradación del medio ambiente como consecuencia de la ruptura de los límites planetarios

La ruptura de los límites planetarios. Es la primera evidencia de la realidad de sobre explotación a la que el sistema capitalista ha llevado al planeta llegando a una preocupante contaminación y degradación del medio ambiente en diferentes partes del mundo. Estos problemas ambientales tienen impactos significativos en la salud humana, los ecosistemas y la biodiversidad.

La quema de combustibles fósiles, las emisiones industriales y el uso de productos químicos tóxicos han contribuido a la contaminación del aire. La liberación de contaminantes atmosféricos, como los gases de efecto invernadero, los óxidos de nitrógeno y los compuestos orgánicos volátiles, ha llevado al calentamiento global y al cambio climático. Además, la contaminación del aire tiene efectos perjudiciales para la salud humana, aumentando los riesgos de enfermedades respiratorias, cardiovasculares y cáncer. La descarga de desechos industriales, la contaminación agrícola y la falta de tratamiento adecuado de aguas residuales han provocado la contaminación del agua en ríos, lagos y océanos. Los productos químicos, los nutrientes en exceso y los desechos orgánicos afectan la calidad del agua y amenazan la vida acuática. Además, la contaminación del agua puede tener impactos negativos en la salud humana, especialmente cuando el agua contaminada se utiliza para consumo humano o riego agrícola. La sobreexplotación agrícola, el uso de productos químicos agrícolas y la disposición inadecuada de desechos sólidos han contribuido a la contaminación del suelo. Los suelos contaminados pueden perder su fertilidad y capacidad de retención de agua, lo que afecta la productividad agrícola y la salud de los ecosistemas terrestres. Además, la contaminación del suelo puede afectar la calidad de los alimentos y representar riesgos para la salud humana. La pérdida de hábitats naturales, la deforestación, la urbanización descontrolada y la sobreexplotación de recursos han llevado a la degradación de los ecosistemas en todo el mundo. La destrucción de los ecosistemas pone en peligro la diversidad biológica y la estabilidad de los ecosistemas, lo que a su vez afecta la provisión de servicios ecosistémicos como la polinización, la purificación del agua y la regulación del clima.

La ruptura de los límites planetarios ha desencadenado una preocupante serie de problemas ambientales, entre ellos la contaminación química, la acumulación de residuos plásticos y la contaminación del aire y el agua. Estas formas de contaminación tienen impactos significativos en la salud humana, la biodiversidad y el equilibrio de los ecosistemas. La actividad industrial y agrícola ha resultado en la liberación de una amplia gama de productos químicos tóxicos en el medio ambiente. Estos productos químicos, como pesticidas, herbicidas, productos químicos industriales y contaminantes orgánicos persistentes, pueden contaminar el suelo, el agua y el aire. Además de los efectos adversos directos en los seres vivos y los ecosistemas, estos productos químicos pueden bioacumularse en las cadenas alimentarias y afectar la salud humana a largo plazo. El uso masivo de plásticos en la sociedad moderna ha llevado a la acumulación desmedida de residuos plásticos en el medio ambiente. Los plásticos, especialmente los de un solo uso, son altamente persistentes y pueden tardar siglos en degradarse. Como resultado, los océanos, ríos, suelos y espacios naturales están llenos de residuos plásticos, que tienen efectos devastadores en la vida marina y los ecosistemas terrestres. La ingesta de plástico por parte de la vida marina y las aves acuáticas, así como la contaminación de fuentes de agua potable, son algunas de las consecuencias más preocupantes.

La quema de combustibles fósiles, las emisiones industriales y las actividades agrícolas contribuyen a la contaminación del aire. Estas emisiones liberan gases y partículas contaminantes que afectan la calidad del aire y la salud humana. Los principales contaminantes del aire incluyen dióxido de carbono (CO2), óxidos de nitrógeno (NOx), óxidos de azufre (SOx) y material particulado. La contaminación del aire contribuye al calentamiento global, el cambio climático, los problemas respiratorios y las enfermedades cardiovasculares.

La descarga de desechos industriales, la agricultura intensiva, el vertido de productos químicos y la falta de tratamiento de aguas residuales contribuyen a la contaminación del agua. Los contaminantes ingresan a los cuerpos de agua, como ríos, lagos y océanos, afectando la calidad del agua y la vida acuática. Además. La contaminación del agua puede tener graves repercusiones en la salud humana, ya que el consumo de agua contaminada puede provocar enfermedades gastrointestinales, intoxicaciones y trastornos crónicos.

La situación actual de la ruptura de los límites planetarios plantea desafíos urgentes y la necesidad de tomar medidas efectivas para evitar un colapso ambiental y garantizar un futuro sostenible. La idea del decrecimiento como una alternativa al colapso ecológico y social es un enfoque que ha ganado atención en los últimos años.

El concepto de decrecimiento propone una reevaluación de nuestro actual modelo económico centrado en el crecimiento ilimitado. En lugar de buscar un crecimiento económico constante, se argumenta que debemos enfocarnos en la redistribución equitativa de los recursos, la sostenibilidad ambiental y la mejora del bienestar humano. La idea es reducir el consumo y la producción desenfrenados, de modo que podamos vivir dentro de los límites ecológicos del planeta.  El decrecimiento es un concepto que propone una reducción planificada y controlada de la producción y el consumo, con el objetivo de lograr una sociedad más equitativa, sostenible y en armonía con los límites del planeta.

En la actualidad, existe un creciente reconocimiento de los desafíos ambientales y sociales que enfrentamos como resultado de la dinámica insostenible del sistema económico actual. Los límites planetarios, establecidos por la comunidad científica, representan críticos que, si se superan los umbrales, pueden tener consecuencias graves para la estabilidad de los ecosistemas y el bienestar humano.

El crecimiento económico perpetuo y la búsqueda del máximo beneficio son insostenibles en un planeta con recursos finitos. El sistema actual obligado por su dinámica endógena promueve la sobreexplotación de los recursos naturales, la desigualdad socioeconómica y la degradación del medio ambiente.

El decrecimiento propone una reevaluación de nuestros valores y prioridades, enfocándonos en la calidad de vida, la equidad y la sostenibilidad en lugar del crecimiento ilimitado. Aboga por la reducción del consumo excesivo, la redistribución de la riqueza, la relocalización de la producción y el fomento de la resiliencia comunitaria.

La ruptura de los límites planetarios es un desafío urgente que enfrentamos como sociedad. La mitigación de esta situación requiere una acción decidida y colectiva en todos los niveles, desde los individuos hasta los gobiernos y la comunidad internacional. Si no tomamos medidas efectivas ahora, corremos el riesgo de enfrentar consecuencias irreversibles para nuestro planeta y nuestra supervivencia. Es hora de actuar con determinación y responsabilidad para preservar nuestro hogar común y construir un futuro sostenible y justo para las generaciones presentes y venideras.

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