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Entrevista al filósofo y crítico de cine japonés Jun Fujita Hirose: “El capitalismo está en una etapa de destrucción creativa”

12/09/2021 by Vitalio Deja un comentario

Por: María Daniela Yaccar

 

La Covid-19 es el virus a través del cual se opera la “transición hegemónica” de Estados Unidos a China, define el autor de ¿Cómo imponer un límite absoluto al capitalismo? Filosofía política de Deleuze y Guattari. En este estado “agónico” del sistema, plantea también la posibilidad de una revolución.

Para el filósofo y crítico de cine japonés Jun Fujita Hirose, en medio de la crisis generada por el coronavirus, el capitalismo se encuentra en una etapa “agónica” y de “destrucción creativa”. Así lo explica, en comunicación con Página/12 desde Tokio: “En la transición actualmente en curso, el capitalismo destruye o deprecia los viejos capitales ligados al régimen norteamericano y petrolero, al mismo tiempo que crea o aprecia los nuevos, ligados al régimen chino y de metales raros”. Esta es una de las conclusiones de su libro ¿Cómo imponer un límite absoluto al capitalismo? Filosofía política de Deleuze y Guattari (Tinta Limón ediciones).

En otras palabras: el nuevo coronavirus es el “virus de destrucción creativa” con que se opera la “transición hegemónica” de Estados Unidos a China; el “estallido definitivo de un régimen de acumulación de capital que estaba en crisis permanente desde hace 50 años”. Hirose cree que el capitalismo puede haber creado el virus, haberlo “deseado” para salvarse a sí mismo; o que por lo menos se hace evidente que está extrayendo “beneficios” de él. “En los primeros meses de la pandemia, Bolsonaro y Trump no aceptaban el fenómeno. Tampoco el gobierno japonés. Había dos campos: uno insistía en que era muy importante y otro que no. Los corona-escépticos eran los del viejo régimen, el norteamericano, y el campo-corona era el del chino”, contrasta. Y completa: “Cuando observás lo que está pasando en el mundo te das cuenta de que tenés que estar del lado chino para seguir tu crecimiento. Cuatro, cinco meses después del comienzo de la pandemia, Estados Unidos, Brasil, Japón acabaron por aceptar la existencia del fenómeno. Hay una formación de consensos de todas las economías del mundo”.

A su vez, en el momento actual se están formando “dos grandes máquinas de guerra en paralelo” y en su alianza el autor encuentra un potencial revolucionario: se trata de “lxs trabajadorxs metropolitanxs abandonadxs por los viejos capitales en destrucción y los pueblos minoritarios en lucha para defender sus territorios contra las explotaciones neoextractivistas organizadas por los nuevos capitales en transformación”.

A estas conclusiones llega en su nuevo libro después de un delicado análisis en torno a tres trabajos políticos fundamentales de Gilles Deleuze y Félix Guattari que contienen la pregunta de cómo derribar al capitalismo. En cada texto los filósofos ubican un agente central del proceso revolucionario: los proletarios en la lucha de clases, en El anti-Edipo (1972); las minorías en su lucha en torno a los axiomas, en Mil mesetas (1980); y el hombre, el ciudadano ante lxs marginadxs, en ¿Qué es la filosofía? (1991). El japonés actualiza la pregunta y ofrece su hipótesis en un momento en que el capitalismo (y su posible derrumbe) se ubicó en el centro de los discursos filosóficos, por lo menos en el mainstream de la disciplina.

Una rareza del pensamiento de Hirose es que él posa su mirada en Latinoamérica. En efecto, señala que la alianza de potencial revolucionario está ocurriendo ahora mismo en Chile. “Desde la aparición del zapatismo en 1994 hasta el actual proceso constituyente chileno no cesan de multiplicarse experiencias políticas verdaderamente innovadoras en América latina”, sugiere. Hace 20 años que en su país se encarga de “presentar nuevas prácticas y teorías latinoamericanas, dado que hay muy poca gente que lo haga”. Junto al colectivo Situaciones publicó el único libro en japonés sobre el desarrollo de “los nuevos movimientos en Argentina en la primera mitad de los años 2000”; y es el autor del primer texto en japonés sobre Ni Una Menos. Aprendió español en París, cuando vivía en una residencia universitaria junto a estudiantes mexicanos.

“Lxs trabajadorxs metropolitanxs devienen-revolucionarios cuando entran en alianza con los pueblos minoritarios, dado que la formación de los nuevos capitales corresponde perfectamente al interés de clase de lxs primerxs, por cuanto les crea nuevos empleos”, asegura el profesor de la Universidad Ryukoku (Kioto). “El actual proceso constituyente chileno está acompañado de la formación a nivel nacional de una alianza muy parecida a la que acabo de dibujar de manera hipotética, y es un devenir-mujer transversal el que la posibilita.”

-¿Puede explicar esta idea?

-Por un lado, desde mediados de los años 2010, el feminismo constituye el movimiento social y político más potente en el ámbito metropolitano en muchas partes del mundo y en América latina en particular. Por otro lado, las mujeres indígenas y afrodescendientes latinoamericanas luchan contra el colonialismo neoextractivista bajo el lema: “¡No se puede descolonizar sin despatriarcalizar!”. En Chile, lxs metropolitanxs devienen-mujer al aire de Lastesis, al mismo tiempo lo devienen los pueblos indígenas. A través del devenir-mujer lxs metropolitanxs se componen con los pueblos indígenas en un gran movimiento destituyente y constituyente. En Mil mesetas Deleuze y Guattari dicen que “todos los devenires comienzan o pasan por el devenir-mujer” (una forma del devenir-minoritario, en la cual los hombres se arrancan junto con las mujeres de la binaridad patriarcal de lo masculino-mayoritario y lo femenino-minoritario). Todo esto explica cómo lxs chilenxs llegaron a elegir a una mujer mapuche, Elisa Loncon, como presidenta de su asamblea constituyente.

-La idea de un potencial revolucionario para cambiar el sistema suena esperanzadora. Pero incluso usted advierte en el libro cómo las revoluciones pueden quedar integradas al capitalismo. ¿Por qué en este caso habría una diferencia?

-Es muy difícil contestar ese tipo de cuestión. No tengo respuesta. Una crítica muy común a Delleuze y Guattari consiste en decir que no se puede devenir-revolucionario sin la revolución. Pero cuando vemos lo que está pasando en Chile podemos invertir esta crítica para decir que no se puede hacer una revolución sin devenir-revolucionario. En Mil mesetas los autores se preguntan qué pasará cuando la máquina de guerra sea vencida por el aparato del Estado. Y dicen que sobrevive en el interior de los individuos y como una especie de sociedad secreta. Mantiene siempre su potencia para poner en cuestión al Estado.

-¿Cómo sería una revolución en el contexto actual?

-Si actualmente la supervivencia del capitalismo depende de la formación de nuevos capitales industriales y ésta última depende del desarrollo de explotaciones extractivistas, su pregunta se puede traducir en la de cómo impedir que se lleven a cabo los proyectos extractivistas en todas partes del mundo. Esos proyectos no se realizan cuando rechazamos todxs trabajar para ellos. ¿Cómo podemos llegar a tal rechazo generalizado? Cuando liberamos nuestro deseo de su subordinación a la lógica del interés, es decir, cuando todxs devenimos-revolucionarios. Es esa subordinación la que nos hace desear entrar o quedarnos en las relaciones salariales con el capital. En resumen, la revolución no se hace sin nuestro devenir-revolucionario.

–¿Cómo se vivieron las restricciones por la Covid-19 en la sociedad japonesa?

-Frente a la extraña coexistencia de los Juegos Olímpicos con la pandemia (y, además, con una central nuclear accidentada que sigue emitiendo radioactividad en el aire, en el suelo y en el mar), creo que muchxs habitantes en Japón se dieron cuenta de hasta qué punto Deleuze y Guattari tenían razón al definir el capitalismo como “axiomática”, es decir, un conjunto abierto de axiomas. En matemáticas se llama “axioma” a una proposición independiente, mientras que un “teorema” es una proposición que depende de un axioma o de otro teorema. Lo que la situación japonesa nos muestra bien es el hecho de que las políticas sanitarias son axiomas capitalistas que pueden coexistir con todos los otros axiomas capitalistas completamente indiferentes a la cuestión sanitaria, como aquellos con los cuales se celebran los Juegos Olímpicos. En su última coloboración Deleuze y Guattari dicen de los derechos humanos que son axiomas capitalistas que pueden coexistir –y coexisten de hecho– con aquellos genocidiarios. Podemos decir lo mismo en lo que respecta a la cuestión medioambiental: los acuerdos internacionales de protección ambiental pueden perfectamente coexistir con las actividades que los ponen en suspenso o ignoran, tales como las explotaciones extractivistas en el sistema capitalista. Definiendo el capitalismo como axiomática, Deleuze y Guattari lo presentan como un conjunto de problemas para los cuales no hay soluciones más que creativas. Lxs humanitarixs, por ejemplo, deben hacer un esfuerzo más, el cual consistirá en crear una solución más general que la de la universalización de los derechos humanos. Lo mismo para lxs ecologistas, que deben ir más allá de su lucha por los axiomas verdes y crear una solución más general, capaz de imponer un límite absoluto a la axiomática capitalista misma.

Publicado en: Global, titular2

Álvaro García Linera: La globalización neoliberal en crisis

05/09/2021 by Vitalio Deja un comentario

Curso Internacional “Estado, política y democracia en América Latina”

Vivimos la articulación imprevista de cuatro crisis que se retroalimentan mutuamente: una crisis médica, una crisis económica, una crisis ambiental, y una crisis política. Una coyuntura de enorme perplejidad y angustia. Pareciera que la sociedad y el mundo hubieran perdido el rumbo, una dirección hacia dónde ir, su destino. Nadie sabe lo que va a pasar en el corto y mediano plazo, ni puede garantizar si habrá un nuevo rebrote o si surgirá un nuevo virus, si la crisis económica se intensificará, si saldremos de ella, si tendremos trabajo o ahorros. Esto da lugar a una parálisis del horizonte predictivo, no solamente en los filósofos, que es algo normal, sino en la gente común, en los ciudadanos y ciudadanas, en las personas que van al mercado, en los trabajadores, obreros, campesinos, en los pequeños comerciantes. El horizonte predictivo es la capacidad imaginada de proponernos cosas a mediano plazo, cosas que muchas veces no suceden, pero guían nuestra acción y nuestro comportamiento. El horizonte predictivo se ha roto, se ha desintegrado. Nadie sabe lo que va a suceder.

La suspensión del tiempo

Es en este sentido que propongo la categoría de un “tiempo suspendido”. A pesar de que suceden cosas, a pesar de que brotan conflictos, problemas, novedades, cada día estamos viviendo una suspensión del tiempo. Hay un movimiento del tiempo cuando hay un horizonte, cuando podemos al menos imaginar hacia dónde vamos, hacia dónde nos dirigimos. Se trata de una experiencia muy desgarradora, una experiencia nueva que estamos viviendo, en el sentido de que no existe una dirección hacia dónde ir, lo cual es angustiante.

La suspensión del tiempo arrastra un conjunto de síntomas y consecuencias. La primera de ellas es lo que podríamos denominar “un ocaso de época”. El mundo está asistiendo al prolongado, conflictivo y agónico cierre de la globalización neoliberal. Estamos en un proceso emergente de desglobalización económica que se ha ido acentuando, pero que comenzó hace cinco o diez años atrás con idas y vueltas. La primera oleada de globalización se dio en el siglo XIX, hasta principios del XX, y la segunda a finales del siglo XX, entre 1980 y el 2010. Esta segunda oleada de globalización ha entrado en un proceso de una deshilachamiento parcial, en un proceso de desglobalización económica parcial. Hay cuatro datos que permiten afirmar esta hipótesis:

Primero, el comercio mundial tenía una tasa de crecimiento, entre 1990 y 2012, de dos a tres veces por encima de la tasa del crecimiento del PIB global. Desde el 2013 hasta el 2020 es menor o, en el mejor de los casos, igual a la tasa del crecimiento del PIB. El comercio, que es la bandera de los mercados globalizados, se ha reducido, según informes de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos, OCDE.

El segundo dato es que los flujos transfronterizos de capital, que entre 1989 y 2007 habían crecido del 5% al 20% respecto al PIB mundial, pasaron a tener una tasa menor al 5% entre 2009 y la actualidad.

El tercer dato es la salida de Inglaterra de la Unión Europea, el Brexit, que ha establecido un límite a la expansión, al menos por el lado de Occidente, de esta articulación de mercado, economía y política europea. Por su parte, Estados Unidos inicia con el gobierno de Trump un proceso gradual de repatriación de capitales bajo el lema “América Primero”. En su gobierno, Trump desplegó una guerra comercial contra China, pero también contra Canadá y luego contra Europa. Destapó viejos fantasmas de seguridad nacional para intentar impedir que China tome el liderazgo mundial y controle la red 5G. Además, el COVID-19 ha acelerado los procesos de reagrupación de las cadenas de valor esenciales, para que no se repitan procesos que se dieron en Europa cuando, entre países supuestamente pertenecientes a la misma unión comercial, se peleaban en la frontera por los respiradores e insumos médicos. Este control les permite no depender de insumos de China, Singapur, México o Argentina, o del país que fuera. Entonces, tenemos un escenario paradójico con China y Alemania aliadas por el libre comercio y Estados Unidos e Inglaterra aliados en una mirada proteccionista de la economía y del mundo. En los años 80, estos dos últimos países encabezaron la oleada globalizadora con Ronald Reagan y Margaret Thatcher, y ahora son sus líderes los que encabezan una mirada proteccionista y los comunistas, a la cabeza de China, los que convocan a todo el mundo a abrir fronteras y a no impedir que la globalización se detenga.

Un último dato de esta desglobalización parcial que estamos viviendo es el documento que acaba de publicar el Fondo Monetario Internacional. Hay un monitor fiscal y un reporte de la economía mundial que presenta un conjunto de recomendaciones sorprendentes, paradójicas, e incluso chistosas viniendo del FMI: “hay que prorrogar los vencimientos de la deuda pública”. Es decir, están proponiendo que los países no paguen su deuda pública, que prorroguen y que establezcan mecanismos de repagos para los siguientes años. No se olviden que el FMI junto con Merkel y el Deutsche Bank fueron los que se impusieron sobre Italia, luego sobre Irlanda y finalmente sobre Grecia, para obligar a que asuman sus compromisos de endeudamiento. El informe sugiere “incrementar los impuestos progresivos a los más acaudalados”, no es el programa de un partido de izquierda radical, es la recomendación del Fondo Monetario. También, propone impuestos “a las propiedades más costosas, a las ganancias de capital, y a los patrimonios”, siendo incluso más radical que algunas propuestas que se habían manejado en los grupos de izquierda del continente. Sigue con “modificar la tributación de las empresas para asegurarse de que paguen impuestos”. Es decir, pide ser más audaces y modificar el sistema tributario porque hay muchos ricos que han evadido los impuestos. Cierra con una sugerencia para la tributación internacional a la economía digital, apoyo prolongado a los ingresos de los trabajadores desplazados e incremento de la inversión pública. Se trata de un programa de reformas que hace un año era impensable, era una herejía que viniera de estos organismos internacionales que funcionan como el cerebro del capitalismo mundial.

Esto está marcando una modificación del espíritu de la época. Algo está cambiando. Se acabó el recetario de austeridad fiscal, la amenaza de que espantar a los ricos imponiéndoles impuestos nos hará perder riqueza y empleos. Hay una modificación de los parámetros epistemológicos con los que este sector del capital mundial estaba mirando lo que se viene en términos de esta articulación de la crisis ambiental, médica, económica y social. Evidentemente, hay un miedo a las clases peligrosas y a los estallidos sociales que está llevando a un cambio de 180º de las posiciones de políticas económicas que impulsan estos ideólogos del capitalismo mundial, y que habían comandado todo el neoliberalismo desde los años 80 hasta el 2020, en términos de reducción del Estado, de la inversión pública, de los impuestos a la gente rica y de apoyos sociales a los trabajadores. No sabemos si será temporal, pero se trata de un giro sustancial.

El desgaste de la hegemonía neoliberal conservadora

Un segundo efecto de este tiempo suspendido es lo que podemos calificar como un estupor y cansancio de la hegemonía neoliberal conservadora implementada en los últimos 40 años. No es que se acabó, puede durar un buen tiempo más, pero ha perdido su capacidad de regeneración, de impulso irradiador y de articulación de esperanzas. El neoliberalismo se mantiene por la inercia, por la fuerza de la herencia pasada. Esto lo visualizamos en la crisis de los instrumentos que habían sido fetichizados para organizar el futuro.

El neoliberalismo utilizó tres instrumentos para crear un relato, un imaginario, falso en los hechos, pero creído por mucha gente sobre quiénes organizaban el futuro: el mercado, la globalización y la ciencia. El mercado globalizado ha mostrado que no es un sujeto cohesionador. Frente a la crisis del virus y a la expansión de los contagios, ningún mercado hizo nada. Al contrario, los mercados escondieron la cabeza como avestruces y lo que salió a relucir como la única y última instancia de protección social fueron los Estados. La globalización, como un ideario de modernización, mejora de la vida y de expansión ilimitada de las oportunidades, ya no tiene la capacidad para contener a los descontentos, para organizar a la gente que tiene miedo ni para calmar las preocupaciones de los angustiados. La ciencia, en la que se depositó de manera imaginada y tergiversada una potencia ilimitada y una capacidad infinita para transformar y resolver los problemas de la humanidad, ahora muestra sus límites. Hay cosas que los humanos no podemos resolver, enfrentar o remontar, fruto de nuestras propias acciones. La ciencia también tiene un horizonte de época, puede resolver muchas cosas y otras no. Se requiere mucho tiempo, esfuerzo, recursos y una modificación de los comportamientos para que la ciencia pueda abarcar y resolver los problemas que estamos ocasionando, especialmente por nuestra manera de haber roto metabólica, orgánica y racionalmente nuestra relación con la naturaleza.

Todo esto significa que la hegemonía neoliberal ha perdido el optimismo histórico. Ya no se presenta ante el mundo como portador de certidumbres imaginadas, horizontes plausibles, conquistables y realizables a mediano plazo. Las certezas imaginadas del futuro se han quebrado y este es ahora el nuevo sentido común. Ahora nadie puede decir cuál es el destino de la humanidad. La humanidad nunca tiene un destino, siempre es una incertidumbre, pero las grandes hegemonías lo que hacen es crear un imaginario del destino de la humanidad. Las ideologías y las hegemonías tienen una facultad performativa: la capacidad de crear lo que enuncian. Esta capacidad es la que perdió la hegemonía neoliberal planetaria porque ya no tiene la fuerza de despertar entusiasmo, crear adherencias duraderas, ni proponer un horizonte factible en el tiempo. Es un momento de cansancio y de estupor hegemónico, un momento que habilita una nueva materialidad de la hegemonía, que se vuelve porosa. Ya no se presenta como un caudal imbatible que va hacia un lado, sino como aguas estancadas, donde se filtran otro tipo de sustancias, otro tipo de elementos. Por lo tanto, estas aguas estancadas de la hegemonía conservadora hablan de la parálisis del horizonte predictivo. Repito: no es el fin ni del neoliberalismo económico ni de la hegemonía neoliberal. Es un momento de cansancio, de agotamiento y debilitamiento que puede arrastrarse incluso todavía años, cada vez con más dificultades, con menos irradiación, con menos entusiasmo, con menos capacidad de generar adherencias duraderas y legitimidades activas.

Ruptura del consenso neoliberal político y económico

La tercera característica de este ocaso es la ruptura del consenso neoliberal político y económico. Desde los años 80, la hegemonía neoliberal pudo desarrollarse en los ámbitos económicos y discursivos porque fusionó dos cosas: la economía de libre mercado y la democracia representativa. Esto le dio mucha fuerza. Había una retroalimentación entre el horizonte económico que buscaba reducir el Estado, entregar los bienes públicos a los actores privados, regular y fragmentar la fuerza laboral, reducir salarios y derechos, con un sistema de democracia representativa. Luego de la caída del muro de Berlín y del comunismo como una alternativa a la sociedad capitalista, todas las élites, sean de izquierda o derecha, habían apostado por el neoliberalismo, con un sentido un poco más social o más empresarial, porque compartían el mismo horizonte sobre el destino de la humanidad.

Luego de 40 años, ese núcleo de economía de libre mercado y democracia representativa comienza a dislocarse y disociarse, mientras surge un neoliberalismo cada vez más enfurecido. Esta es una de las características de la época. Cada año vamos a tener un replanteamiento de la propuesta neoliberal, cada vez más enfurecida, autoritaria, racista, xenofóbica, antiliberal, antifeminista, cada vez más vengativa, cada vez más fascista. Es lo que ha pasado en América Latina y en otras regiones del mundo. El caso del golpe en Bolivia, la situación de Brasil, Estados Unidos, Polonia y muchos otros países. Hay un neoliberalismo cada vez más autoritario, como una manera de atrincherarse, cuando sus fuerzas y su capacidad de atracción van menguando.

Además, por primera vez, la democracia comienza a presentarse como un estorbo para las perspectivas neoliberales. Se perdió el optimismo de los años 80 y ahora se miran con sospecha las banderas democráticas porque hay una divergencia entre las élites. Es decir, por un lado, hay élites que propugnan por continuar con el neoliberalismo: hay que enriquecer a los ricos, voltear de arriba abajo a los pobres, seguir privatizando y manteniendo la austeridad fiscal; y, por otra parte, hay élites y bloques sociales dispuestos a implementar otro tipo de políticas más híbridas: preocuparse de los pobres, replantearse los temas de la propiedad, los impuestos, el potenciamiento de lo común, entre otras cuestiones. Esta divergencia y la falta de un mismo horizonte de expectativas compartido preocupan a las élites neoliberales que comienzan a mirar con sospecha, recelo y distancia a la propia democracia y a los procesos electorales.

Tendencias de la suspensión del tiempo en el futuro inmediato
En este tiempo suspendido y de quiebre del horizonte predictivo podemos identificar cuatro tendencias para el futuro inmediato.

La primera está sucediendo en el debate de los grandes centros pensantes del capitalismo mundial: la revitalización de los Estados como sujeto protagónico. Esto ocurre bajo dos modalidades. La primera es la revitalización de la utilización de recursos públicos para atenuar las pérdidas o ampliar las ganancias empresariales. Esta es la vieja modalidad neoliberal que busca achicar el Estado, pero para agrandar sus riquezas con los bienes comunes que están bajo control o bajo propiedad del Estado. Actualmente, se está utilizando dinero público para la compra de acciones de las grandes empresas que han visto afectada su producción o comercialización por el confinamiento de los últimos meses.

Según un informe del Fondo Monetario Internacional, en octubre de 2020 las economías avanzadas habían utilizado capital propio de los Estados equivalente a un 11% de sus PIB en préstamos y garantías, y un 9% en gasto adicional. Es decir, las economías avanzadas, como Estados Unidos, Inglaterra, España, Italia, Alemania, Noruega, Suecia, Dinamarca, Japón o Canadá han utilizado entre el 15% y el 20% de sus PIB para comprar acciones de empresas, nacionalizar las pérdidas corporativas, entregar crédito a los bancos o amortiguar la reducción de ganancias de las empresas. Se trata de una revitalización del Estado, pero en términos de monopolios privados.

Otra modalidad de revitalización que pugna también por sobresalir es la del Estado en su dimensión de comunidad, que busca la protección social, mejorar salarios, ampliar derechos, aumentar la inversión pública, proteger a los más débiles, invertir en salud y en educación, crear empleos o nacionalizar empresas privadas para generar recursos públicos en favor de la gente.

Todo Estado tiene estas dos dimensiones. Como señala Marx, “el Estado es una comunidad ilusoria”, que tiene la dimensión de los bienes comunes (la riqueza es un bien común, los impuestos son un bien común, las identidades son bienes comunes), pero son bienes comunes de administración monopólica. Lo que están haciendo las fuerzas conservadoras es utilizar los bienes comunes para beneficio privado, a través del potenciamiento de lo monopólico del Estado; en tanto que las fuerzas sociales progresistas se esfuerzan por la ampliación del Estado como comunidad con bienes para ser distribuidos y utilizados por la mayoría de la población. Hacia dónde se incline el Estado dependerá de las luchas sociales, de la capacidad de movilización, de gobernabilidad vía parlamento y en las calles, de la acción colectiva, etcétera.

Una segunda tendencia del momento actual es el uso del excedente económico de cada sociedad. En los siguientes meses y años se van a incrementar las luchas sociales, políticas e ideológicas entre los distintos partidos, conglomerados, grupos de presión, clases y movimientos sociales, para determinar quién se va a beneficiar con los recursos públicos que son escasos. Con necesidades muy grandes y bienes escasos, ¿se beneficiará al sector empresarial, trabajador, campesino, obrero, medio? ¿A la burocracia, a los terratenientes, a los hacendados o a los banqueros? Los Estados se están endeudando una o dos generaciones por delante y están emitiendo más dinero para que haya circulante y movimiento económico. Ahí aparecen dos querellas: por el uso de ese dinero y por quién va a pagar ese dinero.

La tercera tendencia es lo que podemos definir como apertura cognitiva de la sociedad. En la medida en que las viejas certidumbres se vuelven más rudimentarias y ásperas, y que el horizonte predictivo de la sociedad neoliberal se achica, la gente comienza a abrir su capacidad y disposición para recibir nuevas ideas, creencias y certidumbres. Los seres humanos no pueden permanecer indefinidamente sin horizontes de predicción más o menos estables y de mediano plazo. Es una necesidad humana porque necesitamos “terrenalizar”, necesitamos anclar la proyección de nuestras vidas, acciones, trabajo, esfuerzos, ahorros, apuestas académicas y amorosas en un tiempo más o menos previsible. Cuando eso no se da, se busca por donde sea. Esta es la base para el surgimiento de propuestas muy conservadoras, cuasi fascistas, que es lo que está sucediendo en algunos países del mundo. En Bolivia, los perdedores de las elecciones han ido a rezar ahí, han ido a hincarse ante los cuarteles para pedir que los militares tomen el gobierno. La salida ultraconservadora, fascistoide reunió a toda la gente que se metió en el golpe de Estado: Añez, Carlos Meza, Tuto Quiroga, la Organización de Estados Americanos, OEA. Esto es algo nunca había sucedido en el continente, ni en los años 70, en el continente. Ahora vemos esas imágenes patéticas del abandono de la racionalidad política para pedir este tipo de salidas.

La cuarta tendencia son los gigantescos retos para las fuerzas progresistas y de izquierda del planeta para enfrentar la gravedad de este horizonte predictivo quebrado y diluido. Simplemente voy a mencionar los seis temas que cualquier propuesta debería abordar al momento de asumir la batalla por el sentido común y por el horizonte predictivo de la sociedad en los siguientes meses y años:

1. La democratización política y económica, y sus distintas variantes. Esto es lo que algunos denominan la posibilidad de un socialismo democrático.

2. La lucha contra la explotación, incluyendo no solamente la distribución de la riqueza sino también la democratización de las formas de concentración de la gran propiedad.

3. La desracialización y la descolonización de las relaciones sociales y de los vínculos entre los pueblos y entre las personas incluidas al interior de las organizaciones.

4. Los procesos de despatriarcalización y la reivindicación de la soberanía de las mujeres sobre la gestión de sus cuerpos y de sus vínculos.

5. Un ecologismo social que no mire a la naturaleza como un parque, sino que vea la naturaleza en su relación con la sociedad. Se requiere un enfoque que restablezca el metabolismo racional entre el ser humano y la naturaleza, tomando en cuenta la satisfacción de las necesidades básicas imprescindibles de la gente más humilde, de los pobres y de los trabajadores.

6. Un internacionalismo renovado. Los retos de la izquierda y de las fuerzas progresistas en los siguientes años van a radicar en la capacidad de impulsar propuestas de democratización política y económica cada vez más radicales.

Creo que estamos ciertamente ante tiempos sociales muy estremecedores. Paradójicamente, a pesar de que hablamos de un tiempo paralizado, se están desarrollando local y tácticamente un conjunto de luchas, convulsiones e inestabilidades permanentes que nos indican que las victorias del lado conservador y las victorias del lado progresista o de la izquierda, tampoco han de ser duraderas. Es un tiempo en que nada ha de ser duradero durante un periodo prolongado. Cada victoria de las fuerzas conservadoras tendrá pies cortos y podrá derrumbarse, y cada victoria de las fuerzas de izquierda podrá tener pies cortos si es que no sabe corregir errores e impulsar un conjunto de vínculos con la sociedad.

Este es el conjunto de ideas que quería compartir con ustedes sobre nuestro tiempo presente.

El presente texto es una adaptación de la clase que Álvaro García Linera realizó en el Curso “Estado, política y democracia en América Latina”, donde fue presentada por Victor Santa María. La clase completa puede encontrarse en: www.americalatina.global

El Curso Internacional “Estado, política y democracia en América Latina” es una iniciativa destinada a militantes y activistas sociales, funcionarios públicos, docentes, estudiantes universitarios/as, investigadores/as, sindicalistas, dirigentes de organizaciones políticas y no gubernamentales, trabajadores/as de prensa y toda persona interesada en los desafíos de la democracia en América Latina y el Caribe. Ha sido promovido por el Grupo de Puebla, el Observatorio Latinoamericano de la New School University, el Programa Latinoamericano de Extensión y Cultura de la Universidade do Estado do Rio de Janeiro y la UMET. Fue organizado por la Escuela de Estudios Latinoamericanos y Globales, ELAG, y contó con el apoyo de Página12.

Coordinación general: Carol Proner, Cecilia Nicolini y Pablo Gentili

Publicado en: AmericaLatina, titular2

Franz Kafka, el hombre que cumple años al revés: El cielo escrito 

29/08/2021 by Vitalio Deja un comentario

Por: Guillermo Saccomanno

 

“La construcción de la muralla china fue terminada en su extremo más septentrional avanzando desde el sudeste y el sudoeste. Y se unió aquí. Este sistema de construcción parcial se utilizó también en pequeña escala dentro de cada uno de los dos grandes ejércitos de trabajo, el de oriente y el de occidente. Para ello se formaron grupos de unos veinte obreros que debían ejecutar una muralla parcial de unos quinientos metros, un grupo le salía al encuentro con otra muralla de igual longitud. Pero luego de producida la unión, no se continuaba la obra a final de estos mil metros, sino que los grupos de obreros volvían a ser enviados a regiones completamente distintas para la construcción de la muralla. Naturalmente, quedaron así numerosos claros que se llenaron poco a poco, con lentitud, algunos sólo después de haberse ya proclamado la terminación de la muralla. Más aún: se dice que hay huecos que no se llenaron en absoluto, afirmación que, probablemente, pertenece a las muchas leyendas que se originaron acerca de la construcción y que, al menos para el hombre aislado no son comprobables por sus propios ojos y con su propio sentido de las proporciones”.

Kafka escribe “La construcción de la muralla china”, a los treinta y cuatro años, una noche de 1917. Escribe de noche porque durante el día es abogado en el Instituto de Seguros contra Accidentes de Trabajo. Nunca terminará de comprender cómo los explotados aguantan las injusticias que exhiben en sus cuerpos maltrechos, tullidos, mutilados, esperando horas ser atendidos, con una paciencia tan santa como vergonzosa. No es diferente el sometimiento que sufren hombres, mujeres y niños arriados en levas a la construcción de esa muralla imponente en que se centra el relato. Además, ese año habrá de componer “El cazador Graco” y reunirá apuntes para “En la colonia penitenciaria” sin dejar de lado la glosa de Pascal y la lectura de Dickens, fuente motivacional para su novela de iniciación “El desaparecido”. Estos datos, junto con otros más privados y escabrosos, constan en sus diarios.

Con Kafka me pasa siempre. Las citas se ramifican. Su escritura es un universo que todo lo abarca, incluyéndonos. Se ha dicho también: Kafka es una literatura en sí mismo y sus derivas de autoexploración -tanto en sus diarios como en sus ficciones- urden una jungla de significantes. Pero significantes de qué, cabe preguntar si se piensa que sus metáforas son, en ocasiones, metáforas de nada. Hablo de una biblioteca en continua expansión en el pasado, el presente y aún más, en una dimensión profética que compromete el futuro, lo alerta. También me pasa, vuelvo a escribir una y otra vez sobre él, no hay año en que por ache o por be no retorne a sus libros, escriba impresiones ad hoc o, mucho mejor, deba citarlo porque nadie como él para explicar lo que quiso decir en tal o cual pasaje, aunque a menudo las explicaciones son innecesarias porque su escritura es siempre clara, racional, sospechosamente realista y, paradojalmente, oclusiva. Juega a la escondida, parece cacharnos, aunque ese matiz de cachada no es otra cosa que ternura y comprensión ante las más aberrantes acciones del capricho humano y su absurdo. En tanto, cuanto más vuelvo a él, más envejezco. Ahora, por ejemplo, mientras escribo sobre él, a los setenta y tres, él permanece joven, como si, regresivo, cumpliera años al revés, crece hacia atrás.

La lectura de los diarios de un escritor suelen aportan elementos que facilitan una interpretación más profunda de su obra. Hay veces, y este es el caso, en que los diarios se vuelven indispensables. En Kafka, la doble lectura, es paradigmática en el ir y venir del texto íntimo a los textos publicados más tarde, en su mayoría, póstumamente. Ambos se iluminan respectivamente. Porque en los diarios encontramos, como dije, fragmentos de sus relatos y también bocetos, descripciones, aforismos y dolencias.

En este mismo año Kafka alquila un cuarto en el palacio Schönborn, se compromete por segunda vez con Felice Bauer, nada en el Moldava, estudia hebreo, escupe sangre por primera vez, recibe el diagnóstico de tuberculosis y se muda a casa de su hermana Ottla y anula otra vez, definitivamente, el compromiso con Felice. “Si, como tú dices”, escribe en el diario, “la herida de tus pulmones es un símbolo, un símbolo de la herida cuya inflamación se llama Felice”. Y se ordena: “Agarra ese símbolo”.

Una interpretación quizás excesivamente silvestre permite inferir que, siendo el matrimonio enemigo de la escritura, la enfermedad acude en su defensa. Es cierto, para Kafka la literatura es un absoluto, lo posee, pero también, como anota Elías Canetti, “carece realmente de cualquier vanidad de escritor, nunca se envanece, no puede envanecerse. Se ve pequeño, avanza a pasos cortos. Donde quiera que pone el pié, advierte la inseguridad del suelo. No nos sostiene, mientras estamos con él nada nos sostiene. Y así renuncia él al engaño y a los artificios de los escritores. No hay nada en la más reciente literatura que nos vuelva tan modestos. Él reduce la ampulosidad de cualquier vida. Mientras lo leemos nos volvemos buenos, pero sin enorgullecernos de ello”.

Una de esas noches, Kafka registra: “Casi siempre aquel a quien uno busca vive al lado. No es posible explicar esto sin más, es preciso aceptarlo primero como un hecho empírico. Tiene causas tan hondas que uno no podría impedirlo aunque se lo propusiera. Se debe a que uno no sabe nada de ese vecino que busca. En efecto, uno no sabe ni que lo busca ni que él vive al lado”. Es decir, el tema del doppelgänger, el ser otro, otro que lo obsesiona, y surge al dar vuelta una página de cualquiera de sus novelas abandonadas. Sus héroes, en apariencia, se le parecen mucho en las variaciones, el modo de construir esa muralla que lo protegerá de los bárbaros, que somos nosotros, sus lectores. Ocurre a menudo, un escritor busca escamotear al otro detrás de una muralla literaria. Pero su estrategia falla desde un comienzo: quedan huecos inexorables entre la muralla que viene de una página, la de la ficción, y debería unirse con otra, la de los diarios. Y en esos huecos, agazapada, se insinúa su sombra. Por qué no entonces leer su obra signada por ese carácter de inconclusión, como una construcción imposible: no se puede decir eso que nos dice de otra manera porque ya alcanzó el objetivo, un punto de no retorno.

Me gusta pensar al escritor en la noche imaginando, desde su cuarto, una inmensidad que lo supera y que sus palabras no alcanzan a reflejar. Kafka murió a los cuarenta años. No llegó a ver que sus hermanas, su familia, sus amantes, amigos y conocidos, casi todos los mencionados en el diario, habrían de morir en los campos de exterminio. Ante semejante drama, me detengo en un subrayado: “Nuestro país es tan grande que ninguna leyenda se aproxima a su grandeza, el cielo alcanza apenas a cubrirlo”. El significado de la imagen poética, que seguro es uno de los tantos posibles, se me rehúye y, no obstante, está ahí, en el hueco y quiere decirnos algo más, que está en ese cielo escrito.

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Galeano, a secas

22/08/2021 by Vitalio Deja un comentario

Por: Alberto Acosta 

         “Pensar contra la corriente del tiempo es heroico; decirlo, una locura”. Eugéne Ionesco

La memoria no me da para recordar con exactitud cuándo leí por primera vez Las venas abiertas de América Latina (1), provocadoramente descritas por Eduardo Germán María Hughes Galeano. Debió ser a poco de su publicación, a inicios de los años setenta. Vivía en Alemania. Y en la misma época, a más del texto del uruguayo, llegaron a mis manos otros dos libros, escritos por un colombiano y un peruano: Cien años de soledad y La ciudad y los perros. Mientras intentaba aprender ese endiablado idioma, el alemán, procuraba mantener canales de sintonía con el mundo de donde venía, esa Nuestra América que no deja de sangrar…

Desde entonces la lectura de los libros de esos tres escritores latinoamericanos fue una constante. Sería largo e incluso en extremo complejo tratar de explicar cómo el segundo y el tercero de los autores mencionados, han influido en mi vida, desde la literatura. En lo que si soy categórico, Eduardo Galeano, con sus venas y sus múltiples textos, caracterizados por la frontalidad y claridad, se convirtió en un referente, casi obligado. Hasta ahora.

No me considero un conocedor de su obra. A lo largo de los años debo haber citado varios pasajes de sus escritos y haberlos utilizado como epígrafes en algunos textos míos, pero definitivamente no soy un especialista en el tema. Su influencia, sin embargo, ha sido tal, que hasta le plagié abiertamente.

Se acercaba el Mundial de Fútbol de Italia, en 1990, cuando Galeano hizo pública una de sus pasiones, que la comparto a plenitud. “Hasta el papa de Roma ha suspendido sus viajes por un mes -afirmó categóricamente-. Por un mes, mientras dure el Mundial de Italia, estaré yo también cerrado por fútbol, al igual que muchos otros millones de simples mortales”. Y consecuente como era, él puso en la puerta de su casa un letrero: “Cerrado por mundial”. Ese gesto me despertó aún una mayor simpatía.

Desde 1962, cuando, en mi país natal, por primera vez pudimos escuchar las narraciones radiales del mundial, en esa ocasión en Chile, he procurado religiosamente sintonizarme a tiempo completo con este ritual que convoca a millones de personas alrededor de una pelota, redonda como la Tierra. Tanto que, en la puerta de mi oficina de FLACSO, llegué a poner un letrero igual al de Galeano en su casa. Y no solo eso, consciente -como Galeano- de que hay prioridades en la vida, mi afición por los mundiales generó varias tensiones con quien llegaría a ser presidente de mi país, pues, como era obvio, él no podía contar conmigo durante la campaña del 2006 en los momentos en que se transmitían los partidos desde Alemania… lo que llegaría a provocar algunas rabietas de alguien que resultó ser tan poco tolerante.

Eso sí, lo que en todos esos años no me habría podido figurar es cómo Galeano llegaría a desempeñar un papel determinante en un proceso histórico que me toco presidir. Este es un dato más que anecdótico.

En un contexto de discusiones -complejas, duras y conflictivas-, en pleno proceso constituyente, con el apoyo de Galeano, conseguimos cristalizar los Derechos de la Naturaleza.

En Montecristi, un pequeño pueblo en la costa ecuatoriana, se elaboró y aprobó la última Constitución de este pequeño país andino. Desde 1830, la vigésima primera. Un récord indiscutible, pero no encomiable. Esa Constitución será recordada en el mundo entre otros temas destacables por la aprobación de los Derechos de la Naturaleza, es decir asumir a la Pacha Mama como sujeto de derechos. Fue un paso trascendental, a momentos impensable y por cierto inaceptable para muchos. Se repitió la historia. La emancipación de los esclavos o la extensión de los derechos a los afroamericanos, a las mujeres y a los niños y niñas fueron rechazadas en su tiempo por ser consideradas como un absurdo.

El derecho de tener derechos ha exigido siempre un esfuerzo político para cambiar aquellas normas que negaban esos derechos. Y eso sucedió con los Derechos de la Naturaleza, que desde entonces se expanden más y más por el mundo.

La coyuntura del momento constituyente, la intensidad del debate y el compromiso de un grupo de asambleístas, junto a las luchas ecologistas y en especial la incorporación de visiones y vivencias desde el mundo indígena, en donde la Pacha Mama es parte consustancial de sus vidas, permitieron que finalmente se aceptara esta iniciativa.

Esto es medular tener presente: las raíces de los Derechos de la Naturaleza tienen una larga historia y, aunque parezcan invisibles para ciertas lecturas prejuicidas o simplemente superficiales, están profundamente enraizadas en el mundo de los pueblos originarios. El tronco y las ramas de este gran árbol de mestizaje intercultural -en un debate intensamente vivido en Montecristi- se enriquecen con injertos no indígenas. Así, aunque los indígenas no tienen un concepto de Naturaleza como el que existe en “occidente”, su aporte es clave. Ellos comprenden perfectamente que la Pacha Mama es su Madre, no una mera metáfora (2).

Pero, ¿qué tiene que ver el uruguayo mencionado en estas líneas en este proceso?

La historia es sencilla y curiosa. Luego de que Galeano conoció lo que se discutía la posibilidad de que se declare constitucionalmente que la Naturaleza es sujeto de derechos, preparó un artículo vibrante, denominado “La Naturaleza no es muda” (3).

La emoción de recibir su espaldarazo fue grande. No era para menos. El era, desde las venas, pasando por fantasmas y crónicas, abrazos y espejos, un gran referente para nosotros. Pero él, quien rompió lanzas por la vida desde siempre, dudó en difundir su escrito. Tanto que casi a renglón seguido de habernos enviado su artículo mostró su preocupación al decir, en un correo electrónico, que “prefiero esperar, para evitar que el artículo tenga vida efímera. Los hechos, a veces imprevisibles, podrían desautorizarlo como expresión de deseos, de poco serviría”.

Insistimos. Hasta vencer sus temores. Galeano publicó su artículo en el Semanario Brecha, el 18 de abril del 2008, en Montevideo. Una copia del mismo fue distribuida entre los y las constituyentes por disposición del presidente de la Asamblea Constituyente para la sesión número 40 del pleno de la Asamblea, celebrada el 29 de abril de 2008. No se si Galeano alguna vez se enteró que su artículo fue tan influyente. Lo cierto es que con su pluma consolidaría una posición que no parecía muy prometedora al inicio de la Asamblea. El nos animó en el empeño. Concretamos este paso constitucional único en el mundo. Su texto fue citado en el pleno. Rafael Esteves, asambleista constituyente, un personaje proveniente de filas populistas, en una intervención memorable, leyó trozos del artículo de Galeano.

Así, su reclamo -cual si Galeano habría sido asambleísta constituyente en Montecristi- fue clave:

“Suena raro, ¿no? Esto de que la Naturaleza tenga derechos… Una locura. ¡Como si la naturaleza fuera persona! En cambio, suena de lo más normal que las grandes empresas de Estados Unidos disfruten de derechos humanos. En 1886, la Suprema Corte de Estados Unidos, modelo de la justicia universal, extendió los derechos humanos a las corporaciones privadas. La ley les reconoció los mismos derechos que a las personas, derecho a la vida, a la libre expresión, a la privacidad y a todo lo demás, como si las empresas respiraran. Más de ciento veinte años han pasado y así sigue siendo. A nadie le llama la atención.”

Este argumento caló hondo. Comprender que las corporaciones tengan amplios derechos como personas jurídicas y la Naturaleza no, impactó. Paulatinamente cobró sentido hablar de la Naturaleza como sujeto de derechos. Y Galeano, con su mensaje, cuya lectura recomiendo, apuntaló la conclusión expuesta al inicio de su breve y a la vez decisivo texto:

“la Naturaleza tiene mucho que decir, y ya va siendo hora de que nosotros, sus hijos, no sigamos haciéndonos los sordos. Y quizás hasta Dios escuche la llamada que suena desde este país andino -Ecuador-, y agregue el undécimo mandamiento que se le había olvidado en las instrucciones que nos dio desde el monte Sinaí: ‘Amarás a la Naturaleza, de la que formas parte’”.

La Asamblea Constituyente y luego el pueblo ecuatoriano, que aprobó masivamente la nueva Constitución en un referéndum el 28 de septiembre del mismo año, escucharon a la Naturaleza. Y sin duda, Galeano contribuyó a consolidar el derecho a la existencia de los seres humanos, que de eso se tratan también los Derechos de la Naturaleza.

Siendo tema de otras reflexiones, lo que nos debe quedar claro es que, en realidad, quien nos da el derecho a la existencia es la Madre Tierra. Y que los humanos no solo necesitamos derechos para nuestra convivencia, sino también para relacionarnos con nuestra Madre Tierra. Así, nos debe quedar claro que justicia social y justicia ecológica van de la mano, y que los Derechos Humanos se complementan con los Derechos de la Naturaleza, es decir con ese undécimo mandamiento planteado por Galeano.

Pasaron los años y me encontré personalmente con él, por primera y última vez (de lo que recuerdo). El había ido a Barcelona a recibir un Premio Internacional de Periodismo por su entusiasmo futbolero, otorgado por la Fundación FC Barcelona y el Colegio de Periodistas catalán. Y a los dos nos convocó a la Plaza de Cataluña la pasión por la indignación. Estuve tentado a acercarme y agradecerle, pero no fue posible. El se encontraba rodeado de indignados; corría el mes de mayo del 2011.

Un par de años más adelante, Galeano, el autor de ese gran libro que caló tan hondo en las venas de muchas generaciones, en un gesto de profunda honestidad, poco antes de morir, diría que “no sería capaz de leerlo de nuevo, pues caería desmayado. (…) Para mí, esa prosa de la izquierda tradicional es aburridísima. Mi físico no aguantaría. Sería ingresado al hospital”. Pero complementó ese crudo reconocimiento diciendo que “no me arrepiento de haberlo escrito, pero es una etapa que, para mí, está superada”.

Puede que esa prosa esté superada, pero no así el contenido de su mensaje. Bastaría con citar apenas una corta frase para comprender la actualidad de su libro: “La fuerza del conjunto del sistema imperialista descansa en la necesaria desigualdad de las partes que lo forman, y esa desigualdad asume magnitudes cada vez más dramáticas”.

Tanto que hoy, como hace 50 años, los pueblos de esta sangrante América Latina siguen protestando ante tanto atropello, resistiendo ante tanto extractivismo y soñando porque algún día se cierren las venas abiertas de sus sociedades y de su Naturaleza.

Notas

1. Disponible en http://www.unefa.edu.ve/CMS/administrador/vistas/archivos/las-venas-abiertas-de-america-latina.pdf

2. Reconociendo que el impulso fundamental para constitucionalizar a la Naturaleza como sujeto de derechos, proviene del mundo de los pueblos originarios, es conveniente tener presente otros aportes, como el de otro uruguayo, también Eduardo, Eduardo Gudynas, uno de los mayores estudiosos de la materia. Al respecto se puede consultar el texto del autor de estas líneas (2019); “Construcción constituyente de los Derechos de la Naturaleza – Repasando una historia con mucho futuro”, en el libro de varios autores y varias autoras: La Naturaleza como sujeto de derechos en el constitucionalismo democrático, Universidad Andina Simón Bolívar, Quito. Disponible en https://uninomadasur.net/?p=2159

3. Disponible en https://es.slideshare.net/ecuadordemocratico/la-naturaleza-no-es-muda-por-eduardo-galeano

Alberto Acosta es un economista ecuatoriano; fue Presidente de la Asamblea Constituyente de Ecuador 2007, ministro, candidato presidencial y docente universitario.

Publicado en Palabra Salvaje el 3 de agosto de 2021.

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Una despedida a Joseph Conrad, “Genio y tinta”, los ensayos de Virginia Woolf en el Times Literary Supplement

17/08/2021 by Vitalio Deja un comentario

Por: Virginia Woolf

Durante años, el Times Literary Supplement tuvo como una de sus más destacadas colaboradoras a Virginia Woolf, quien suscribió numerosas reseñas y artículos sobre escritores como Charlotte Brontë y George Eliot hasta temas como el teatro isabelino o las horas transcurridas en una biblioteca. Genio y tinta es un volumen inédito que acaba de publicar Lumen y en el que se recogen los artículos que nunca antes habían sido recopilados en libro. Aquí publicamos un extraordinario trabajo en el que Woolf -a propósito de la muerte del autor en 1924- analiza el devenir de la literatura de Joseph Conrad, se pregunta por qué si bien ha sido inmensamente leído y ha representado lo mejor de la literatura inglesa, no había sido popular, y se detiene en el papel del personaje de Marlow como doble y complemento del escritor.
Por Virginia Woolf

De repente, sin darnos tiempo a ordenar los pensamientos ni preparar los discursos, nuestro excepcional huésped nos ha dejado y su desaparición sin despedida ni ceremonia va acorde con su misteriosa llegada, muchos años atrás, para asentarse en este país.

Pues siempre lo rodeó un aire de misterio. Era en parte por su origen polaco, en parte por su memorable apariencia, en parte por su preferencia por vivir en las profundidades del país, lejos de los chismosos, inalcanzable para las anfitrionas, hasta el punto de que para tener noticias de él uno dependía por fuerza de los testimonios de sencillos visitantes habituados a llamar a los timbres de las puertas, que informaban de que su desconocido anfitrión tenía unos modales impecables, los ojos brillantísimos y hablaba inglés con un marcado acento extranjero.

Aun así, a pesar de que los difuntos tienen por costumbre acelerar y enfocar nuestros recuerdos, al genio de Conrad hay adherido algo esencial, y no por casualidad difícil de abarcar. Su reputación en los últimos años fue, con una excepción obvia, sin duda la mejor de Inglaterra, sin embargo, no era popular. Lo leían con apasionado placer unos cuantos, a otros los dejaba fríos y aburridos. Entre sus lectores había personas de las edades y simpatías más dispares. Los estudiantes de catorce años que se abrían paso entre Marryat, Scott, Henty y Dickens, se lo tragaban igual que al resto; mientras que los maduros y exigentes, que con el paso del tiempo habían devorado todo hasta llegar al corazón de la literatura y allí habían dado vueltas y vueltas a unas pocas y valiosísimas migajas, también servían a Conrad escrupulosamente en sus banquetes. Una fuente de dificultad y discrepancia se halla, por supuesto, en algo que ha supuesto un escollo para los hombres de todos los tiempos: su belleza. Al abrir sus páginas, uno siente lo que debió de sentir Elena cuando se miró en el espejo y se dio cuenta de que, hiciera lo que hiciera, nunca, bajo ninguna circunstancia, podría pasar por una mujer del montón. Tan dotado estaba Conrad, tanto había aprendido por sí mismo, y tal era su compromiso con una lengua extraña que le había enamorado como ninguna otra por sus cualidades latinas y no tanto por su legado sajón, que parece que no quisiera ni pudiera realizar un movimiento feo o insignificante con la pluma. Su amante, su estilo, a veces se adormece un poco cuando está en reposo. Pero en cuanto alguien habla con ella, ¡qué magníficamente se cierne sobre nosotros entonces, con qué color, triunfo y maestría! Mas es cuestionable que Conrad hubiera obtenido más alabanzas y popularidad si hubiera escrito lo que tenía que escribir sin cuidar de manera incesante las apariencias. Estas bloquean, entorpecen y distraen, dicen sus críticos, y hacen destacar esos famosos pasajes que empieza a ser costumbre sacar de su contexto y exhibir entre otras flores cortadas de la prosa inglesa. Era tímido, rígido y recargado, se quejan, y el sonido de su voz le era más preciado que la voz de la humanidad en su angustia. Es una crítica frecuente y cuesta refutarla, igual que cuesta refutar los comentarios de los sordos cuando se toca Figaro. Ven la orquesta; a lo lejos oyen un deprimente sonido rasgado; sus propios comentarios se ven interrumpidos y, como es natural, llegan a la conclusión de que los objetivos de la vida se lograrían mejor si en lugar de arañar a Mozart con su arco esos cincuenta violinistas se dedicaran a picar piedra en el camino. ¿Cómo vamos a convencerlos de que la belleza instruye, de que la belleza es educadora, si sus enseñanzas son inseparables del sonido de su voz, al que ellos son sordos? Pero al leer a Conrad, no en libros conmemorativos, sino casi en su totalidad, sin duda será incapaz de extraer el significado de las palabras quien no sepa oír en esa música más bien severa y sombría, con su reserva, su orgullo, su amplia e implacable integridad, que es mejor ser bueno que malo, que la lealtad es buena, así como la honestidad y el valor, aunque de un modo ostensible Conrad se preocupe meramente de mostrarnos la belleza de la noche en el mar. Pero es nocivo arrancar esas confesiones íntimas de su elemento. Resecas en nuestros platitos, sin la magia y el misterio del lenguaje, pierden su poder estimulante y provocador; pierden el drástico poder, que es una cualidad constante de la prosa de Conrad.

Puesto que fue en virtud de algo drástico en él, las cualidades de un líder y un capitán, por lo que Conrad atraía tanto a los muchachos y a la gente joven. Hasta que escribió Nostromo, sus personajes eran fundamentalmente simples y heroicos, como se apresuraron a captar los jóvenes, por muy sutil que fuese la mente y muy indirecto el método de su creador. Eran marineros, acostumbrados a la soledad y el silencio. Estaban en conflicto con la Naturaleza, pero en paz con el hombre. La naturaleza era su adversario; era ella la que hacía que aflorara el honor, la magnanimidad, la lealtad, las cualidades propias del hombre; era ella quien en muelles cubiertos convertía en mujeres a las chicas hermosas, insondables y austeras. Por encima de todo, era la Naturaleza la que dio lugar a personajes tan retorcidos y puestos a prueba como el capitán Whalley y el viejo Singleton, oscuros pero gloriosos en su oscuridad, que eran para Conrad lo mejor de nuestra raza, cuyas alabanzas nunca se ha cansado de cantar.

“Habían sido fuertes, como todos aquello que no conocen la duda ni la esperanza. Habían sido exigentes y sufridos, levantiscos y fieles, indomables y leales. Gente bien intencionada había pretendido representar a aquellos hombres como quejumbrosos impenitentes, que hacían su trabajo temiendo por sus vidas. Pero lo cierto es que aquellos hombres habían conocido las penalidades, las privaciones, la violencia, el libertinaje, pero no el miedo, y tampoco habían deseado albergar ningún despecho en sus corazones. Hombres difíciles de manejar, pero fáciles de ilusionar; hombres sin voz, pero lo bastante hombres para burlarse interiormente de las sentimentales voces que lamentaban la dureza de su destino. Era un destino único y era el suyo. La capacidad de soportarlo les parecía el privilegio de los escogidos. La suya fue una generación silenciosa e indispensable, que no conoció la dulzura de los afectos ni el refugio de un hogar y murió libre de la siniestra amenaza de una tumba angosta. Fueron los hijos siempre jóvenes del misterioso mar”. (El negro del “Narcissus”).

Tales eran los personajes de sus primeros libros: Lord Jim, Tifón, El negro del “Narcissus”, Juventud, y estos libros, a pesar de los cambios y las modas, tienen bien afianzado su lugar entre nuestros clásicos. Pero alcanzan la cúspide a través de cualidades que las simples historias de aventuras, como las narraron Marryat o Fenimore Cooper, no pueden afirmar que poseen. Pues está claro que, para admirar y celebrar a tales hombres y tales hazañas, de una manera romántica, entregada de corazón y con el fervor de un amante, uno debe poseer la doble visión; debe estar al mismo tiempo dentro y fuera. Para alabar su silencio es preciso tener voz. Para apreciar su resistencia es preciso ser sensible a la fatiga. Es preciso ser capaz de vivir en igualdad de condiciones con los Whalley y los Singleton y aun así hurtar a su mirada de sospecha las características concretas que permiten que uno los comprenda. Conrad fue el único capaz de vivir esa doble vida, pues Conrad era la combinación de dos hombres; junto con el capitán de barco moraba ese analista sutil, refinado y exigente a quien llamaba Marlow. “Un hombre de lo más discreto y comprensivo” dijo el autor sobre Marlow.

Marlow era uno de esos observadores natos que son más felices cuando viven apartados. Lo que más le gustaba a Marlow era sentarse en la cubierta, en alguna ensenada recóndita del Támesis, a fumar y rememorar; a fumar y especular; a soltar detrás del tabaco unos bellos anillos de palabras; hasta que toda la noche estival se quedaba un poco nublada con el humo del tabaco. Además, Marlow sentía un profundo respeto por los hombres con los que había navegado, pero veía el humor en ellos. Detectaba y describía de un modo magistral a aquellas lívidas criaturas que apresaban con éxito a los torpes veteranos. Tenía talento para la deformidad humana; su humor era sarcástico. Marlow tampoco vivió completamente inmerso en el humo de sus propios puros. Tenía por costumbre abrir los ojos de repente y mirar (un montón de basura, un puerto, un mostrador de una tienda) y entonces, completo en su ardiente halo de luz, ese elemento destella sobre el misterioso fondo. Introspectivo y analítico, Marlow era consciente de esta peculiaridad. Decía que el poder le llegaba de pronto. Por ejemplo, podía oír murmurar a un oficial francés: “Mon Dieu! ¡Cómo pasa el tiempo!”.

“No podría haber existido un comentario más mundano que ese; pero su pronunciación coincidió, para mí, con una revelación fugaz. Resulta extraordinario cómo vamos por la vida con los ojos entrecerrados, los oídos ensordecidos y el pensamiento adormecido. No obstante, serán pocos, los que, entre nosotros, jamás hayan experimentado uno de esos extraños momentos de iluminación en los que se ve, se oye, se entiende tanto… todo… en un destello… antes de volver a caer en nuestra voluntaria somnolencia. Levanté la vista cuando él habló, y lo vi como jamás lo había visto”. (Lord Jim)

Cuadro tras cuadro pintó de tal modo sobre aquel fondo oscuro; barcos en primer lugar y casi siempre, barcos anclados, barcos volando ante la tormenta, barcos en el puerto; pintó ocasos y amaneceres; pintó la noche; pintó el mar en todos sus aspectos; pintó el fulgor chabacano de los puertos orientales, a los hombres y las mujeres, sus casas y sus actitudes. Era un observador atento e incansable, que había aprendido esa “absoluta lealtad hacia sus sentimientos y sensaciones” que, tal como escribió Conrad, “un autor debería mantener en los momentos creativos más exaltados”. Y, de manera pausada y compasiva, algunas veces Marlow deja caer unas cuantas palabras a modo de epitafio que nos recuerdan, pese a toda esa belleza y el resplandor que hay ante nuestros ojos, la oscuridad del fondo.

Así pues, una distinción burda y fácil podría llevarnos a decir que es Marlow quien comenta, Conrad quien crea. Nos conduciría, conscientes de que estamos en terreno peligroso, a explicar ese cambio que, como nos dice Conrad, se produjo cuando había terminado el último relato del libro Tifón (“un cambio sutil en la naturaleza de la inspiración”), mediante alguna alteración en la relación entre los dos viejos amigos. “Daba la sensación de que no había nada más en el mundo sobre lo que escribir”. Fue Conrad, supongamos, Conrad el creador, quien dijo eso, al repasar con dolorosa satisfacción las historias que había contado; al sentir, por qué no, que nunca podría mejorar la tormenta de El negro del “Narcissus”, o rendir un homenaje más sincero a las cualidades de los marineros británicos que el que les había ofrecido ya en Juventud y Lord Jim. Fue entonces cuando Marlow el comentarista le recordó que, en el orden natural de las cosas, uno debe envejecer, sentarse a fumar en la cubierta y dejar de navegar. Pero, le recordó, esos agotadores años habían hecho sedimentar sus memorias; e incluso podría haber ido un paso más allá para apuntar que, pese a que ya se hubiera dicho la última palabra acerca del capitán Whalley y su relación con el universo, en la costa seguía habiendo algunos hombres y mujeres cuyas relaciones, aunque de un carácter más personal, valdría la pena escudriñar. Si continuamos con las suposiciones y aventuramos que había un libro de Henry James a bordo y que Marlow se lo dio a su amigo para que se lo llevara a la cama, podríamos apoyarnos en el hecho de que fue en 1905 cuando Conrad escribió aquel magistral ensayo sobre ese maestro.

Así, durante algunos años fue Marlow quien ejerció el papel dominante entre ambos. Nostromo, Azar, La flecha de oro representan ese estadio de la alianza que algunos seguirán considerando el más rico de todos. El corazón humano es más intrincado que el bosque, dirán; tiene sus tormentas, tiene sus criaturas de la noche; y sí como novelista deseas poner a prueba al hombre en todas sus relaciones, el adversario adecuado es el hombre; su odisea está en la sociedad, no en la soledad. Esas personas siempre sentirán una peculiar fascinación por los libros en que la luz de esos ojos brillantes se posan no solo en los restos que la marea arrastra, sino en el corazón de su perplejidad. Pero debe admitirse que, si Marlow recomendó así a Conrad que cambiara el ángulo de visión, se trataba de un consejo atrevido. Porque la visión de un novelista es a la vez compleja y especializada; compleja porque debajo de sus personajes y aparte de ellos debe haber algo estable con lo que él los relaciona; especializada porque, dado que es una única persona con una única sensibilidad, los aspectos de la vida en que puede creer con convicción son estrictamente limitados. Un equilibrio tan delicado es fácil de romper. Después del periodo intermedio, Conrad ya no volvió a ser capaz de establecer una relación perfecta entre sus personajes y el fondo. Nunca creyó en sus personajes últimos y más sofisticados del modo como creyera en sus marineros del principio; porque cuando tuvo que indicar su relación con ese otro mundo oculto de los novelistas, el mundo de los valores y las convicciones, estaba mucho menos seguro de cuáles eran esos valores. Entonces, una y otra vez, una única frase, “la soltó con cuidado”, escrita al final de una tormenta que azota el Narcissus, albergaba todo un sistema de valores morales. Pero en ese mundo más poblado y complicado, esas frases concisas se volvieron cada vez menos apropiadas. Los hombres y las mujeres complejos con grandes intereses y relaciones no se someterían a un juicio tan sumario; o, si lo hacían, gran parte de lo que era importante en ellos escapaba al veredicto. Y sin embargo, era primordial para el genio de Conrad, con su poder exuberante y romántico, tener alguna ley con qué juzgar a sus creaciones. En esencia –tal continuó siendo su credo- el mundo de las personas civilizadas y contenidas se basa en “unas cuantas ideas muy simples”; pero ¿dónde, en el mundo de pensamientos y relaciones personales, las encontraremos? No hay mástiles en los salones de una casa; el tifón no pone a prueba la valía de políticos y empresarios. Al buscar en balde esos apoyos, el mundo del periodo tardío de Conrad se ve inmerso en una oscuridad involuntaria, una falta de conclusión, casi una desilusión que desconcierta y fatiga. Nos quedamos solo con el atardecer de las viejas noblezas y sonoridades: fidelidad, compasión, honor, servicio, siempre hermosas, pero ahora reiteradas con cierto hastío, como si los tiempos hubiesen cambiado. Quizá la culpa fuera de Marlow. Su esquema mental era un punto sedentario. Se había sentado en la cubierta durante demasiado tiempo; espléndido en el monólogo, no se le daba tan bien el toma y daca de la conversación; y esos “momentos de iluminación”, que centellean y se apagan, no sirven tan bien como la luz de una lámpara a la hora de iluminar las olas de la vida y sus largos y graduales años. Sobre todo, quizás no tuvo en cuenta que, si Conrad tenía que crear, era esencial primero que creyera.

Por lo tanto, aunque hagamos incursiones en sus libros últimos y obtengamos trofeos magníficos, largos pasajes de esas obras permanecerán inexplorados para la mayoría de nosotros. Son sus libros tempranos –Juventud, Lord Jim, Tifón, El negro del “Narcissus”- los que leeremos en su totalidad. Porque cuando se plantea la cuestión de qué parte de Conrad sobrevivirá y en qué lugar del ranking de novelistas lo situaremos, estos libros, que dan la sensación de contarnos algo muy antiguo y perfectamente cierto que había permanecido oculto pero ahora se ha revelado, volverán a la mente y harán que esas cuestiones y comparaciones parezcan un tanto fútiles. Completos y quietos, muy castos y muy bellos, se elevan en la memoria igual que, en estas cálidas noches de verano, con su estilo lento y majestuoso, primero sale una estrella y después otra.

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Reseña del libro El Pueblo Mapuce, una nación, de Silvio Windwebaun y Hugo Álvarez. “La tenencia de la tierra, tema central y base de toda la conflictividad”

09/08/2021 by Vitalio Deja un comentario

Por: Marcelo Valko 

 

“El Pueblo Mapuce, una nación”, es el reciente libro de Silvio Winderbaum y Hugo Alvarez, que presenta una mirada integral y al mismo tiempo sintética sobre la historia, la cosmovisión y la situación actual del pueblo originario en Argentina. Es una coedición de Pido la Palabra Editorial y la Confederación Mapuce de Neuquén.

Nos encontramos atravesando tiempos de cambios. La historia oficial, obra maestra de la oligarquía dominante y dominadora, comienza a resquebrajarse. Un nuevo paradigma asoma en el horizonte. ¿A qué me refiero? El genocidio, despojo e invisibilidad padecido por los pueblos originarios que los grupos de poder pretendieron ocultar en forma definitiva comienza a salir a la luz con nitidez. Las voces que pretendieron silenciar por siempre hoy toman la palabra, se hacen acción y la verdad surge incontenible. Celebro decir que “El Pueblo Mapuce, una nación” se inscribe dentro de este movimiento emancipatorio de reafirmación de la identidad que durante estos últimos cinco siglos desde la Conquista, Colonia y periodo republicano logró resistir con éxito los peores embates.

Homogenizar a cualquier precio fue la consigna del Estado, para lo cual se utilizaron matanzas disciplinadoras, evangelizaciones forzadas y una escolarización impuesta para suprimir diferencias y particularidades.

Con distintos nombres el genocidio que se repitió a lo largo de la historia continental tras el Descubri-MIENTO de 1492 se enmascaró con nombres tan edulcorados como “Encuentro de dos mundos” y otros tan tendenciosos como “Conquista del Desierto” en el Sur y “Conquista del oeste” en Estados Unidos. En ambos casos, más que conquistar un desierto, se buscó crearlo, desertificarlo, vaciarlo de seres humanos considerados inferiores o subhumanos.

En ese sentido, es muy instructivo advertir que en la mayoría de nuestros países el 12 de octubre se conmemora bajo la denominación “Día de la Raza”, como hasta hace algunos años ocurría en Argentina. Pues bien, si buceamos en el articulado de tal conmemoración lo primero que llama la atención es que más allá de lo erróneo que implica hablar de raza cuando la humanidad es una sola, los decretos utilizan el singular, no dice razas en plural, se refieren a una única raza, la que llego en las naves.

El decreto insiste en los intrépidos navegantes, en el idioma de Cervantes, los abnegados sacerdotes, los valerosos soldados o la exuberante naturaleza, pero no hay un mínimo renglón acerca de los habitantes originarios. Resulta increíble pero es así, los invito a investigar el tema y verán que pareciera que los que llegan son los únicos que están, por eso terminan hablando de “Conquista del Desierto”. Esa cuestión no es gratuita y guarda relación con la percepción de la otredad. El otro carece de existencia, sus bienes se transforman en un botín, en un tesoro a saquear, no tienen propiedad de las tierras que habitan hace generaciones, se tergiversan sus actos y su resistencia se considera violencia, se silencia su voz, no se toma en cuenta su dolor ni su tragedia y se invisibiliza su cosmovisión quitando los derechos más elementales a los hijos de la tierra, tal como exponen los autores en estas páginas.

No creo equivocarme al afirmar que, de todo el continente, Argentina es el país que más se esforzó en destacar su “excepcionalidad blanca y europea” diferenciándose del resto al negar la existencia de los originarios, como lo demuestran los manuales y textos que los conjugan en tiempo pasado: “Habitaban, cazaban, creían”. Son pasado, son ausencia, ya no existen y si aparecen indudablemente; deben ser extranjeros como los guaraníes paraguayos, kollas bolivianos o mapuches chilenos.

Tal como explico en mis investigaciones fue Estanislao Zeballos, ideólogo de Julio Roca, el impulsor del extraño silogismo que separa a los “los malvados indios chilenos invasores (mapuches) de los buenos indios argentinos (tehuelches)”. Con elocuencia, Silvio Winderbaum y Hugo Álvarez presentan los momentos iniciales de la conquista castellana donde exponen no solo la resistencia de líderes emblemáticos como Lautaro sino que exhiben las huellas de la presencia inmemorial del Pueblo Mapuce, resaltando algo tan simple y evidente como la toponimia que prueba la enorme dispersión regional pese a los intentos negadores por ausentificar su presencia o para circunscribirla a un único lado de la Cordillera, falacia en la que siempre insistió el imaginario oficial contando con la colaboración mediática de grandes periódicos que luego fogonean las cadenas televisivas, como sucedió en su momento con la instalación del RAM (Resistencia Ancestral Mapuche) como un peligroso grupo que “esparce una violencia anárquica”, colocando en esa burda puesta en escena a los asesinatos de Santiago Maldonado y Rafael Nahuel.

Estos actores mediáticos, para nada inocentes, como La Nación o El Mercurio son productores de sentido, no comercian naranjas, venden sentido; son industrias creadoras de discurso cultural donde la información vertida y el modo en que es trasmitida busca una única finalidad: control social afín a una historia oficial homogénea y así manipular el imaginario popular.

“El Pueblo Mapuce, una nación” utiliza una prosa clara y directa que facilita al lector que se asoma por primera vez a esta problemática a tomarse de un hilo conductor nítido y a la vez contundente que le permite interiorizarse sobre una serie de cuestiones como la concepción de la sabiduría ancestral, la percepción mapuce acerca de salud y enfermedad que no se centra en la sintomatología sino en la estructura productora de la patología, la vivencia de la temporalidad cíclica agraria y terrenal que apunta al equilibrio y armonía con el entorno en lugar del saqueo extractivo; adentrarse en ceremonias como el Guillatun o los cantos sagrados e incluso en la comprensión de la Wenufoye, el emblema que el mundo vio flamear erguido y orgulloso en 2019 en la plaza Italia de Santiago de Chile rebautizada tras el estallido social como Plaza Dignidad y que nos invita a pensar cuál es el significado de lo plurinacional. Es simple. Lo plurinacional es una realidad que engloba múltiples realidades y democratiza la palabra en un plano de igualdad. El libro nos conduce por esa senda y constituye sin duda una herramienta de recuperación de newen, de la energía proporcionada por la ancestralidad y el territorio y se inscribe en un proceso de rescate identitario que se produce en ambos lados de la Cordillera de los Andes y, en ese sentido, no pueden menos que citar a un autor de palabra autorizada como Pedro Cayuqueo.

Winderbaum y Álvarez no eluden adentrarse en uno de los temas más problemáticos de la actualidad: la tenencia de la tierra. A mi juicio se trata del tema central y base de toda la conflictividad que acontece en ambos lados de la cordillera. Los autores mencionan como ejemplo los despojos territoriales padecidos por comunidades de Vaca Muerta, Villa La Angostura o Nahuelpán producto de conductas aberrantes de empresarios inmobiliarios, hacendados y comerciantes que mediante viles artimañas lograron que “gente que no sabía leer ni escribir diera su conformidad por escrito” a la cesión de sus tierras, una situación inverosímil que sin embargo fue avalada por funcionarios judiciales y políticos de turno. Muchos más podría argumentar sobre este libro al que valoro como un escalón para avanzar y profundizar acerca de la Nación Mapuce pero pienso que es tiempo de ceder la palabra a los que saben, sus autores. Soplan nuevos vientos, asoma un nuevo paradigma, sabemos que es lento, pero viene…

*El libro se puede adquirir vía online aquí.

Fuente: https://agenciatierraviva.com.ar/la-tenencia-de-la-tierra-tema-central-y-base-de-toda-la-conflictividad/

 

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Fanon: piel y lenguaje

01/08/2021 by Vitalio 1 comentario

Por: Sandra Russo

Hay vidas aceleradas y extraordinariamente consistentes, como la de Franzt Fanon, que dejan más que obra. Dejan iluminaciones. Casi siempre se lo recuerda por su libro casi póstumo, Los condenados de la tierra, porque fue un faro de época. El libro es de 1961. Tiempos de choques violentos y soluciones armadas. En la época más agitada de su vida, ya psiquiatra recibido en Lyon, Fanon se fue a ejercer a Argelia y al poco tiempo se integró al Frente de Liberación Nacional Argelino, que combatió contra los franceses y ganó la independencia en 1962, un año después de la prematura muerte de Fanon.

Fue un miliciano con muchos fundamentos. A los de todos los demás, a los que ya traía con él desde su politización caribeña, en esos años sumó los que relevó en su vida profesional: atendió a colonos y colonizados, a víctimas y victimarios, a blancos y a negros, a torturados y torturadores.

 Además de haber sido en ese sentido también un innovador en materia de tratamientos –introdujo un punto de vista que a lo biológico y a lo psicológico le sumó lo cultural, y cambió el hospicio como un centro de reclusión para darle la vida de las actividades colectivas, de granja y artísticas–, Fanon escuchó y supo aún más profundamente de lo había sabido siempre: que había una locura de la colonización, cierto desequilibrio mental en la crueldad del colonizador, y otro en el colonizado. Ya a mediados de los 50, Fanon advierte que gran parte del problema consiste en que el colonizado “le cree” al colonizador mucho más de lo que parece, aunque lo odie. Y que el colono convierte su presunta superioridad en un delirio que debe sostener pese a las evidencias y a sus propias percepciones.

Pero el colonizado cree con una fe que ni siquiera le pertenece. Le cree porque habla en francés; porque sobre la piel negra y lastimada, esclavizada, abusada sin reparo, el colonizador depositó un lenguaje que el colonizado asume como “verdadero”. Quizá se rebela contra él, quizá no sea consciente, pero es la propia lengua la que se encarga todo el tiempo de mantener tensas las cuerdas de la dominación, porque el colonizado piensa el mundo y se piensa a sí mismo con las herramientas que le ha dado quien lo domina. Y ahí descubre Fanon que yace la base de esa superioridad delirante del opresor, y la creencia en ella también del colonizado.

En el libro que escribió en esa década, Piel Negra, máscaras blancas, Fanon todavía no habla, como en Los condenados de la tierra, del proceso africano como mosaico de luchas descolonizadoras que fracasan. Habla por primera vez de la piel, de la negritud. De eso que está a la vista y sin embargo ha sido encapsulado por el francés para hacerlo todavía y todo el tiempo más evidente y hasta determinante: cada negro que habla francés o siente que debe hablarlo lo más correctamente posible, está consintiendo que su negritud es inferior a los verdaderos dueños del lenguaje.

Uno de los maestros de Fanon en Martinica, que es donde había nacido, Aimé Casaire, poeta y luego presidente, es considerado el autor del concepto de negritud. Fanon admiraba a Cesaire, un poeta que había transmitido política pero también poéticamente que era necesario volver a pensar en la piel y sentirse hombre o mujer desde el cuerpo, y no desde la lengua.

“Oh cuerpo mío, haz siempre de mí un hombre que interrogue!”, es la frase de Cesaire con la que Fanon cierra el libro.

Traspasa a Marx, va más allá de la clase y se detiene en la piel. No para saludarla como reservóreo de las herramientas para ir hacia un mundo mejor, sino en un sentido más literal: Fanon cayó en cuenta que era negro, que era algo que tenía que repetirse a sí mismo, que era algo de lo que él a veces se olvidaba pero los blancos jamás. Fanon había tenido una experiencia límite al respecto.

Había sido un joven negro colonizado. Su mente había estado colonizada. Cuando el gobierno pronazi de Vichy se estableció en Martinica y revictimizó a su población, Fanon decidió irse a Francia y unirse a la Resistencia para luchar contra los nazis. Participó de una batalla en Alsacia que fue clave en la reconquista, fue condecorado por eso, pero cuando se recuperó París, para el desfile de recibimiento, los soldados negros fueron separados y mandados a esperar a La Provenza. Francia, la Francia de la resistencia, no quería mostrar un triunfo en el que habían participado negros de las colonias.

A pesar de haber sufrido el racismo desde su nacimiento, Fanon había hecho lo que todos los que lo sufren desde ese momento: lo había naturalizado. Debe haber habido cierto orgullo en formar parte de esos pelotones que enfrentaron a los nazis y los derrotaron. Un orgullo que redobló la humillación hasta hacerla insoportable cuando los de su mismo color de piel fueron separados porque llegó la orden de “blanquear” el regimiento.

A su regreso a Martinica Fanon ya no es el mismo. Y observa que las burguesías locales prósperas que la potencia colonizadora avala serán siempre el dique contra el que chocarán los pueblos. De hecho, la única colonia que logró su independencia fue Haití. Y de ahí el castigo.

Fanon, en sus apuntes y también visionariamente, advierte que colonización y patriarcado van trenzándose en un mismo movimiento, y que es precisamente el patriarcado lo que teje complicidad entre el colonizado y el colonizador. Blancos y negros a expensas de las mujeres.

Lúcido, disrruptivo, de una audacia intelectual poco frecuente, Fanon llega a expresar que la lucha por la descolonización nunca será posible si no es desde la piel y desde el lenguaje, pero además advierte que la conciencia de la negritud debe servir para todas las emancipaciones, no solo la de los negros. Porque no hay piel ni género superior. Eso es lo que él ve y testimonia, y a lo que Jean Paul Sartre se refiere en el prólogo de Los condenados…: Fanon estaba interpelando todo, diciéndoles a negros y a franceses que volvieran en sí, que despertaran de esa alucinación de la colonia, porque sólo alucinando podía seguir aquello en pie.

El despertador era la política. Porque como escribió su maestro Cesaire, y Fanon repitió, “politizar es inventar almas”.

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Las grandes ilusiones

25/07/2021 by Vitalio Deja un comentario

Por: Boaventura de Sousa Santos

 

Todo fue preparado para que los ciudadanos del mundo se sintieran aliviados y reconfortados con los resultados de la Cumbre del G-20 realizada en Londres. Las sonrisas y los abrazos colmaron los noticieros, el dinero afloró más allá de lo que estaba previsto, no hubo conflictos -del tipo de los que hubo en la Conferencia de Londres de 1933, también en tiempos de crisis, cuando Roosevelt abandonó la reunión en protesta contra los banqueros- y, como si no hubiese mejor indicador del éxito, los índices de las bolsas de valores, comenzando por Wall Street, se dispararon en estado de euforia. Por encima de todo, la cumbre fue muy eficiente. Mientras que una reunión anterior con objetivos similares duró más de veinte días -Bretton Woods, 1944, de donde surgió la arquitectura financiera de los últimos cincuenta años-, la reunión de Londres sólo duró un día.

¿Podemos confiar en lo que leemos, vemos y oímos? No. Por varias razones. Cualquier ciudadano con las primeras luces de la vida y la experiencia sabe que, con excepción de las vacunas, ninguna sustancia peligrosa puede curar los males que causa. Ahora, por sobre la retórica, lo que se decidió en Londres fue garantizar que el capital financiero va a continuar actuando como lo ha hecho en los últimos treinta años, después de ser liberado de los estrictos controles a los que antes estaba sometido. Es decir, en las épocas de prosperidad va a continuar acumulando fabulosas ganancias y, en las épocas de crisis, va a contar con la «generosidad» de los contribuyentes, los desempleados, los pensionistas estafados, las familias sin techo, con la garantía del Estado de Su Bienestar.

Aquí reside la euforia de Wall Street. Nada de esto es sorprendente, si tenemos en cuenta que los verdaderos artífices de las soluciones -los dos principales asesores económicos de Obama, Timothy Geithner y Larry Summers- son hombres de Wall Street y que ésta, a lo largo de las últimas décadas, financió a la clase política norteamericana a cambio de la sustitución de la regulación estatal por la autorregulación. Algunos incluso hablan de un golpe de Estado de Wall Street sobre Washington, cuyo verdadero alcance y daño se revelan ahora.

El contraste entre los objetivos de la reunión de Bretton Woods -donde participaron no 20, sino 44 países- y la de Londres explica la vertiginosa rapidez de esta última. En la primera, el propósito fue resolver las crisis económicas que se arrastraban desde 1929 y crear una sólida arquitectura financiera, con sistemas de seguridad y de alerta, que le permitiese al capitalismo prosperar en medio de la fuerte oposición social, la mayor parte de orientación socialista. Al contrario, en Londres asistimos a la pura cosmética, al reciclaje institucional, sin otro objetivo que el de mantener el actual modelo de concentración de la riqueza, sin ningún temor a la protesta social -asumiendo que los ciudadanos están resignados ante la supuesta falta de alternativas-, e incluso con un retroceso en relación con las preocupaciones ambientales, que volvieron a ser consideradas como un lujo para tiempos mejores.

Las instituciones de Bretton Woods -en especial, el FMI y el Banco Mundial- hace mucho que vienen siendo desvirtuadas. Sus responsabilidades en las crisis financieras de los últimos veinte años -México, Asia, Rusia, Brasil- y en el sufrimiento humano causado a vastas poblaciones con medidas después reconocidas como erróneas -por ejemplo, la destrucción de un día para el otro de la industria de la castaña de cajú en Mozambique, dejando miles de familias sin medios de subsistencia- llevaron a pensar que podríamos estar ante un nuevo comienzo, con nuevas instituciones o con profundas reformas de las existentes. Nada de eso ocurrió. El FMI se vio reforzado en sus recursos, Europa continúa detentando el 32 por ciento de los votos y los Estados Unidos el 16,8 por ciento. ¿Cómo es posible imaginar que los errores no se van a repetir?

La reunión del G-20 va a ser recordada por lo que no quiso ver ni enfrentar: la creciente presión para que la moneda de reserva internacional deje de ser el dólar; el creciente proteccionismo como prueba de que ni los países que participaron de la cumbre confían en lo que fue decidido -el Banco Mundial identificó 73 medidas proteccionistas tomadas recientemente por diecisiete de los veinte países participantes-; el fortalecimiento de las integraciones regionales sur-sur, en América latina, en Africa, en Asia, y entre Latinoamérica y el mundo árabe; la restauración de la protección social -los derechos sociales y económicos de los trabajadores- como factor insustituible de la cohesión social; el deseo de millones de personas de que las cuestiones ambientales sean finalmente puestas en el centro del modelo de desarrollo; la oportunidad perdida para terminar con el secreto bancario y los paraísos fiscales, como medidas para transformar la banca financiera en un servicio público a disposición de empresarios productivos y consumidores conscientes.

* Doctor en Sociología del Derecho; profesor de las universidades de Coimbra (Portugal) y de Wisconsin (EE.UU.). Traducción: Javier Lorca.

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Frédéric Ciriez y Romain Lamy publican una novela ilustrada sobre el revolucionario martiniqués: Frantz Fanon: el psiquiatra de los oprimidos

19/07/2021 by Vitalio Deja un comentario

Por: Enric Llopis

 

Roma, agosto de 1961. El revolucionario, pensador y psiquiatra negro Frantz Fanon (1925-1961), nacido en la isla caribeña de Martinica, de dominio francés, se reúne en la capital italiana con el filósofo Jean-Paul Sartre, quien escribirá el prólogo de la obra más representativa de Fanon, Los condenados de la tierra. Le acompañaron Simone de Beauvior y el periodista Claude Lanzmann, quien organizó el encuentro de tres días. Los condenados de la tierra, una apuesta militante por el anticolonialismo, fue publicado por primera vez en 1961, tras la muerte de Fanon a los 36 años. La edición corrió a cargo de François Maspero, editor francés de autores de izquierda.
“Le pido, y sé que me complacerá, que adelantemos la impresión del libro: lo necesitamos en Argelia y en África. Le iré mandando capítulos uno detrás de otro. Pídale a Sartre que haga un prólogo. Dígale a Sartre que cada vez que me siento a escribir pienso en él”, afirmaba la carta que el también autor de Piel negra, máscaras blancas remitió a Maspero en abril de 1961.

Con textos del escritor y crítico Fréderic Ciriez, autor del libro de relatos Récits B, y del dibujante Romain Lamy, la editorial Akal publicó en junio la novela gráfica Frantz Fanon, de 236 páginas. El texto ilustrado da cuenta de la biografía del intelectual y psiquiatra antiimperialista (estudió medicina psiquiátrica en Lyon) a partir del intercambio de ideas y experiencias en Roma.

Fanon fue miembro destacado del Frente de Liberación Nacional (FLN) de Argelia durante la guerra de la independencia contra Francia (1954-1962). “No teníamos técnicos, planificadores procedentes de las grandes escuelas occidentales. Pero en esas regiones liberadas (por el FLN), la ración diaria alcanzaba la cifra hasta entonces desconocida de 3.200 calorías (…). El pueblo argelino sabe ahora que es el propietario del suelo y el subsuelo de su país”, escribe en Los condenados de la tierra. “¿Por qué ciertas regiones no veían jamás una naranja antes de la guerra de liberación, cuando se expedían anualmente millares de toneladas hacia el extranjero?”, se pregunta.

En 1953 Frantz Fanon se traslada desde la metrópoli francesa a la colonia argelina, donde empieza a trabajar en el hospital psiquiátrico de Blida-Joinville, cerca de Argel, como médico-jefe de servicio. Le apuntó la razón por carta a su hermano Joby: “Los franceses tienen suficientes psiquiatras para tratar a sus locos. Prefiero ir a un país en el que me necesiten”.

En Blida, según caracteriza el libro ilustrado, actúa como un “soldado de bata blanca”. En Los condenados de la tierra se detallan casos de enfermos tratados entre 1954 y 1959 en hospitales o como clientes particulares en Argelia; y también casos de atendidos en las instalaciones sanitarias del Ejército de Liberación Nacional. Son las notas de trabajo de Fanon, que trató a víctimas y asimismo a ocupantes.

Por ejemplo un militante del FLN de 26 años, dedicado a transportar en automóvil a los comandos; su mujer es violada por militares franceses y, cuando tiene conocimiento de las vejaciones, el guerrillero empieza a padecer impotencia, jaquecas e insomnio.

“En Argelia reina una atmósfera de guerra total”, escribió. A partir de las confidencias de los torturados argelinos, el médico martiniqués detalla algunos métodos empleados por la ocupación: inyección de agua por la boca además de lavado a alta presión con agua de jabón, a menudo con efectos mortales; o palizas de la policía a prisioneros, incluidos los bastonazos en las plantas de los pies y la quemazón de cigarros en el pecho.

Tras las torturas con electricidad en los interrogatorios a los patriotas, el médico martiniqués detectó efectos como la fobia a encender la luz, sensaciones de hormigueo en todo el cuerpo o de estallido en la cabeza. Entre los trastornos psicosomáticos constatados entre los argelinos (en algunos casos pasaron por campos de concentración), figuran la úlcera de estómago, los cólicos nefríticos, los temblores generalizados, las taquicardias acompañadas de angustia y las contracciones generalizadas. Además cita las circunstancias de un inspector de policía europeo, implicado en la guerra de Argelia, que tras practicar 10 horas seguidas de torturas golpea también a su mujer e hijos.

En 1957 Frantz Fanon ingresó oficialmente en el FLN, impartió clases a oficiales y ejerció como portavoz de prensa; a finales de año empezó a colaborar en el periódico revolucionario El MoudJahid (El Combatiente), del Frente de Liberación (el libro Por la revolución africana, de 1965, reúne los textos de la época). También en 1957 se desplaza a Túnez y organiza con otros colegas el Centro Neuropsiquiátrico de Día en el Hospital Charles-Nicolle, con una estructura abierta “que prolongaba el trabajo de socioterapia llevado a término en Blida”, señala el texto de Ciriez y Lamy; el centro rompía con la tradición del encierro. Uno de los referentes era el psiquiatra marxista Louis Le Guillant. “El compromiso revolucionario bajo todas sus formas es una cura”, afirmaba Frantz Fanon.

Antes, en septiembre de 1956, participó en el Primer Congreso de Escritores y Artistas Negros celebrado en París, con una ponencia sobre racismo y cultura. En el foro estuvo en contacto con intelectuales negros de relieve como Léopold Sédar Senghor, Amadou Hampate Ba, Aimé Césaire o Richard Wright, entre otros. “La guerra colonial es un gigantesco asunto comercial”, valoraba Frantz Fanon. El mismo año redactó su Carta Pública de Renuncia al ministro y Gobernador General de Argelia, Robert Lacoste, lo que motivó la orden oficial de expulsión. La novela gráfica de Akal reproduce algunos argumentos: “Yo debo afirmar que el árabe, alienado permanente en su propio país, vive en un estado de despersonalización absoluta”.

Frédéric Ciriez y Romain Lamy recogen, en los textos e ilustraciones, los embates de Fanon contra las teorías racistas de psiquiatras como Antoine Porot, fundador de la llamada Escuela de Argel. “La criminalidad del argelino, su impulsividad, la violencia de sus asesinatos no son pues las consecuencia de una organización del sistema nervioso ni una originalidad de su carácter, sino el producto directo de la situación colonial”, rebate el psiquiatra revolucionario.

En Los condenados de la tierra incluye algunas reflexiones sobre la violencia ejercida por el colono y la “contraviolencia” del colonizado, que unifica al pueblo. “No hay equivalencia de resultados, afirma Frantz Fanon, porque los ametrallamientos por avión o los cañonazos de la flota superan en horror y en importancia a las respuestas del colonizado”.

La novela ilustrada recorre también la etapa de viajes por el África negra. Fanon asiste a la Primera Conferencia de los Estados Independientes de África celebrada en 1958 en Accra (un año antes Ghana se había independizado de la metrópoli británica); en 1959 es designado embajador en Ghana del Gobierno Provisional de la República Argelina (GPRA); y participa, en Roma, en el Segundo Congreso de Escritores y Artistas Negros. “La lucha organizada y consciente emprendida por un pueblo colonizado para restablecer la soberanía de la nación constituye la manifestación más plenamente cultural que existe”, remarca en la ponencia. Es el momento en que publica El año V de la Revolución argelina, libro prohibido en Francia.

En el bagaje cultural de Frantz Fanon se incluyen las lecturas de Hegel, Nietzsche, Kierkegaard, Maurice Merleau-Ponty, Marx y tanto las novelas como el teatro de Sartre. En un pasaje del prólogo a Los condenados de la tierra, el filósofo existencialista valora a Fanon: “Ha mostrado el camino: vocero de los combatientes, ha reclamado la unión, la unidad del continente africano contra todas las discordias y todos los particularismos”. En el prefacio también denuncia el supuesto humanismo europeo como una “ideología mentirosa”. “¡Cuán generosa es Francia! ¿Generosos nosotros? ¿Y (la masacre de) Setif? ¿Y esos ocho años de guerra feroz que ha costado la vida a más de un millón de argelinos? ¿Y la tortura?”, cuestiona Sartre.

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El autor de “En busca del tiempo perdido” A 150 años del nacimiento de Marcel Proust

11/07/2021 by Vitalio Deja un comentario

Por: Silvina Friera

 

Fue uno de los escritores fundamentales de la primera mitad del siglo XX, autor de esa novela-río compuesta de siete partes, publicadas entre 1913 y 1927, con más de tres mil páginas, cuyo impacto se extiende hacia la filosofía, la psicología y el arte. Entre lo visible y lo invisible, entre el sueño y la vigilia, Proust desplegó como nadie un nuevo parámetro para concebir la temporalidad.

La iglesia universal del reino de la literatura tiene un dios omnipresente a ciento cincuenta años de su nacimiento. Marcel Proust, el joven asmático que profesaba un amor patológico a su madre, el dandi que vivió sin trabajar gracias a la posición económica privilegiada de su familia, fue uno de los escritores fundamentales de la primera mitad del siglo XX, autor de En busca del tiempo perdido, esa novela-río compuesta de siete partes, publicadas entre 1913 y 1927, con más de tres mil páginas, cuyo impacto se extiende hacia la filosofía y el arte. “Nadie ha ido tan lejos como Proust en la fijación de las relaciones entre lo visible y lo invisible, en la descripción de una idea que no es lo contrario de lo sensible, sino algo así como su forro y su hondura”, planteó el filósofo francés Maurice Merleau-Ponty.

Para construir esa iglesia, para acceder al culto Proust, hubo muchos palos iniciales en la rueda literaria. En 1896, con veinticinco años, se pagó la publicación de su primer libro, Los placeres y los días, una colección de poemas en prosa prologada por Anatole France que pasó desapercibida. Poco a poco la salud de Proust fue empeorando. Quizá que la muerte estuviera rondando tempranamente lo llevó a pulsear contra el paso del tiempo por la vía de la única eternidad a su alcance: el arte literario. Aun para aquellos que reniegan de su estilo, Proust es como un sacerdote de la belleza que logra transformar en un milagro imperecedero lo más pequeño e insignificante. El escritor en ciernes descubrió que la palabra no es una sucesión de instantes, sino un proceso cuya unidad solo puede captarse mediante la experiencia interior.

El narrador insomne

El padre de Proust murió en 1903; dos años después, su madre. Ninguno llegó a conocer el éxito de su hijo. El escritor decidió recluirse en el 102 del bulevar Haussmann en París; tapizó de corcho su dormitorio y mantuvo las ventanas cerradas para protegerse del mundo exterior, al que sentía cada vez más hostil, conforme se profundizaba el asma. La mayor parte del tiempo no salía de la cama. Apenas comía. Por el camino de Swann, el primer volumen de En busca del tiempo perdido (À la recherche du temps perdu), fue rechazado por dos editoriales. En 1913 el escritor consiguió que la publicara Bernard Grasset. Proust le pidió a Louis Brun, director literario de Grasset, que ofreciese 300 a 600 francos a dos periodistas de la época para que escribieran artículos “entusiastas” sobre la novela en Le Figaro y el Journal des Débats. Comprar críticas favorables iluminaba la soledad, la incertidumbre y la angustia que vivía el escritor. Hacía diez años que escribía crónicas de sociedad en Le Figaro, el diario de referencia de la burguesía acomodada, y estuvo escribiendo durante cuatro años la rechazada Por el camino de Swann. El 1º de enero de 1914 salió una crítica de Henri Ghéon en la Nouvelle Revue Française (NRF), la célebre revista fundada por André Gide, que para Proust era como su familia espiritual. Ghéon consideró la obra de Proust un “producto del ocio”, “lo contrario de la obra de arte, es decir, un inventario de sensaciones”, que “rebasa nuestra irritación”. En una nota dirigida a Ghéon, el escritor argumentó que no se trata de un producto del ocio porque su enfermedad le permite escasas horas de trabajo.

Las experiencias de un narrador son recuperadas y narradas en primera persona. Como relámpagos que iluminan fragmentos extraviados de una vida, el narrador, un joven burgués que quiere ser escritor, rescata recuerdos e impresiones que estaban aletargadas en el desván del olvido de su conciencia. El sabor de una magdalena con la que acompaña una taza de té lo transporta a otra magdalena lejana que le daba su tía Léonie en Combray, el nombre que recibe en la novela Illiers, el lugar donde Proust pasó su infancia. La evocación, el tiempo recobrado, despliega esquirlas de una potencia inusitada por la manera en que, a través de gustos, hábitos y aficiones, recrea la grandeza simulada de una aristocracia decadente. A principios del siglo XX, se produce una serie de acontecimientos cruciales: Sigmund Freud descubrió el inconsciente; Werner Heisenberg, el principio de incertidumbre y Albert Einstein, la teoría de la relatividad. Nada es lo que parece ser; tiempo y espacio son relativos. En la obra de Proust aparecen mecanismos de represión, los celos edípicos, toda clase de complejos, patologías como la depresión de algunos personajes, la perversión o bipolaridad.

¿Cuál es la “novedad” que trae Proust? En busca del tiempo perdido se trata de una novela que instaura la creación de un narrador particular: el narrador insomne, que está en una zona fronteriza, entre la vigilia y el sueño, y que le permite sondear las profundidades del interior en ese estado tan singular en el que desarrolla una sensibilidad inaudita al entorno inmediato, a las luces y sombras, a los ruidos y silencios; pero también hay una vibración extraordinaria respecto de las palabras, las sensaciones, las imágenes, los sentimientos y pensamientos que emergen en esas noches donde el sueño no puede alcanzarse. El insomne diluye los límites entre lo que sucede en el fondo onírico y lo que irrumpe en una vigilia interrumpida. Los pensamientos atraviesan esos dos mundos explorando las variaciones en el terreno de la subjetividad.

El escritor que adelantaba cien años

“Esa inmovilidad de las cosas que nos rodean, acaso es una cualidad que nosotros les imponemos, con nuestra certidumbre de que ellas son esas cosas, y nada más que esas cosas, con la inmovilidad que toma nuestro pensamiento frente a ellas -plantea el narrador de Por el camino de Swann-. El caso es que cuando yo me despertaba así, con el espíritu en conmoción, para averiguar, sin llegar a lograrlo, en dónde estaba, todo giraba en torno de mí, en la oscuridad: las cosas, los países, los años. Mi cuerpo, demasiado torpe para moverse, intentaba, según fuera la forma de su cansancio, determinar la posición de sus miembros para de ahí inducir la dirección de la pared y el sitio de cada mueble, para reconstruir y dar nombre a la morada que le abrigaba. Su memoria de los costados, de las rodillas, de los hombros, le ofrecía sucesivamente las imágenes de las varias alcobas en que durmiera, mientras que, a su alrededor, las paredes, invisibles, cambiando de sitio, según la forma de la habitación imaginada, giraban en las tinieblas”.

El año de la Primera Guerra Mundial fue uno de los más dolorosos para Proust. El 30 de mayo, Alfred Agostinelli, chofer y amante del escritor (relación que está contada en La prisionera y La fugitiva), que estaba inscripto en la escuela de aviación de los hermanos Garber con el curioso seudónimo de Marcel Swann, cayó al mar desde una avioneta y murió ahogado. Agostinelli fue el gran amor de la vida del escritor francés, según el biógrafo George Painter. Las rosadas mejillas de Albertina serían en realidad las sensuales mejillas de Agostinelli. Por la Guerra se aplazó la publicación de A la sombra de las muchachas en flor, el segundo volumen de En busca del tiempo perdido, que saldría finalmente en 1919 por Gallimard y obtendría el Premio Goncourt. La consagración no estuvo exenta de una gran polémica. La novela de Proust competía con Las cruces de madera, de Roland Dorgelès, un excombatiente que narraba sus experiencias en las trincheras. Casi todo el mundo creía que Dorgelès se llevaría el premio, pero no lo ganó. Se dijo que Proust era “un Balzac degenerado”. Que era rico y no era joven. Que el jurado no cumplió con las condiciones establecidas. Léon Daudet, primer presidente de la Academia Goncourt, respondió que se premió el talento, no la juventud, y que Proust “se adelanta a su tiempo en más de cien años”.

Adelantar a su tiempo tuvo costos muy altos en términos de incomprensión. Pero hubo algo más en lo que se podría afirmar que también adelantó. Proust descubrió un tipo de memoria que no puede evocarse a voluntad y que escapa al dominio de la inteligencia: la memoria involuntaria. El escritor inició la búsqueda de un “tiempo perdido”, de lo que se encuentra olvidado en una interioridad temporal. Esta memoria involuntaria, “va a dramatizarla, a darle un aspecto subjetivo centrándolo sobre la sospecha, los celos”, advierte Pierre Klossowski (1905-2001) en Sobre Proust, libro que permanecía inédito en español y que acaba de publicar la editorial argentina Cactus en traducción de Pablo Ires. “El pasado vivido vuelve gracias a todo lo que no ha sido vivido”, plantea Klossowski, una especie de artista mutante, filósofo, novelista, ensayista, traductor, guionista, pintor y actor de cine. “La constante referencia al arte y al sufrimiento prueba que Proust no piensa en la sublimación: el arte no está por encima de la vida, sino que es el otro lado de la vida, el único real (…) El arte es la vida misma y lo que se denomina la obra nunca es otra cosa que el instrumento de esta única vida real –en lo cual Proust confluye con Nietzsche-: es decir, el arte es una fisiología aplicada. Para Proust también el arte es efectivamente una ciencia que tiene por objeto la vida real”, analiza Klossowski, hermano del pintor Balthus, admirado por pensadores de la talla de Michel Foucault y Gilles Deleuze.

La voz de Proust no es solo su estilo. Sin duda, a la manera de Flaubert, supo que la narrativa necesita de la misma exigencia y rigor que tiene el lenguaje poético, pero también se deleitó con las vulgaridades y las bellezas del habla, la experimentación con la parodia y el pastiche. La prosa proustiana puede resultar compleja, tediosa, un tanto inaccesible; pero que sea difícil no significa epítome de ininteligible. Proust no es un autor que se pueda leer al principio, previamente conviene tener otras lecturas. A Proust se llega. La riqueza y plasticidad de las imágenes que disemina su prosa se asemejan a un cuadro impresionista, donde no es posible delimitar las formas entre sí, de manera que no se sabe dónde empieza una y termina la otra. En el tamiz de la sensibilidad proustiana surgen relaciones insospechadas entre las cosas: un aroma conecta con momentos o lugares; un sonido empuja hacia el pasado; un color se vincula con una forma.

“En aquella época aún pensaba que las palabras eran la forma de contarles a los demás la verdad. Incluso las palabras que me decían depositaban con tanta eficacia su significado inalterable en mi mente sensible que me parecía del todo imposible que alguien que hubiera dicho que me quería, no me quisiera”, se lee en El mundo de Guermantes, la tercera parte editada en dos tomos entre 1921 y 1922. A propósito de esta parte, Daudet escribió: “Cuando pienso que observa todo esto desde su cama –ya que prácticamente no se levanta usted casi nunca, ¿verdad?- me pregunto para qué sirve estar de pie”. Cuatro volúmenes de En busca del tiempo perdido se publicaron póstumamente: Sodoma y Gomorra, en dos tomos, 1922-1923; La prisionera y La fugitiva, ambos en 1925; y El tiempo recobrado, en 1927.

Ojos muy abiertos

En la iglesia universal del reino de Proust el feligrés argentino más conspicuo fue Juan José Saer (1937-2005). En “La mayor”, cuento con que inicia el libro homónimo publicado en 1976, Saer comienza dialogando intertextualmente con En busca del tiempo perdido. El narrador saeriano del cuento, Carlos Tomatis, esboza una reescritura del famoso episodio de la magdalena en clave paródica. Pero Tomatis no puede recuperar nada del pasado. Ningún recuerdo surge de la experiencia de mojar la magdalena en el té. No encuentra experiencia que puede acercar al presente. “Amanece, y ya está con los ojos abiertos”, la primera frase de la novela El limonero real (1974) condensa ese momento inasible, el tránsito entre el estado de sueño y la vigilia. “Ciertas novelas son como grandes lutos momentáneos, abolen el hábito, vuelven a ponernos en contacto con la realidad de la vida, pero sólo por unas horas, como una pesadilla, la alegría que aportan por la impotencia del cerebro para luchar contra ellas, y recrear lo verdadero, se imponen infinitamente sobre la sugestión casi hipnótica de un bello libro, que, como todas las sugestiones, tiene efectos muy breves”, aclara el narrador en La fugitiva.

No pasa nada; no hay argumentos o una trama en el sentido más convencional del término. Los reproches están a la orden del día: ¡siete volúmenes en los que no hay acción! Proust fue un precursor de una de las principales corrientes de la literatura del siglo XX. En el Ulises de Joyce tampoco pasa nada durante las veinticuatro horas de un día dublinés, el 16 de junio de 1904, sin especial relevancia. Como no pasa nada en La señora Dalloway, una de las mejores novelas de Virginia Woolf. Esta idea de privilegiar la acción se podría objetar. A diferencia de lo que se cree pasan muchas cosas, aunque no existan grandes acontecimientos. Lo que transcurre es el tiempo, que erosiona los cuerpos y las mentes; cambian los puntos de vista y las pasiones. Pasa la vida y muere un mundo, que no es poca cosa.

André Maurois narró las últimas horas de Proust, que murió a los 51 años el 18 de noviembre de 1922 a causa de una neumonía. “Lo intentaron todo, pero, ¡ay!, era demasiado tarde. Las ventosas no se adherían a la piel. Con sumo cuidado el profesor Proust levantó a Marcel sobre las almohadas. ‘Te estoy meneando mucho, muchacho: ¿te hago sufrir?’. Y, con una exhalación, Marcel pronunció sus últimas palabras: ‘¡Oh, sí, mi querido Robert!’. Se extinguió hacia las cuatro, dulcemente, sin un movimiento, con los grandes ojos muy abiertos”.

Publicado en: Cultural, titular2

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