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Bolivia

Tiempo político y decadencia(89)

29/09/2010 by maestro Deja un comentario

Como trasfondo a una corriente de pensamiento popular está muy bien, pero de esa manera de pensar difícilmente se extraerán herramientas para escalar el empinado coloso en cuya cima se encuentra un mirador global y nuevas posibilidades de penetración geopolítica y de alianzas estratégicas. Me explico:

La diferenciación inicial entre “Plutocracia” y “Democracia” puede dar origen a una ideología nacional aplicable a las grandes potencias. EEUU, Inglaterra, Francia, Japòn, en realidad tienen estructuras políticas plutocráticas. La plutocracia se caracteriza por la formación de oligarquías secantes y por su agresividad militar. EEUU es un caso perfectamente claro. En la historia clásica Tucídides da un esquema del comportamiento político de la plutocracia. Una vez entronizada la plutocracia destruye su entorno y luego avanza hacia la propia destrucción. Esta realidad la estamos viviendo día a día. Una propuesta para crear un “Observatorio Global” de la evolución del sistema político de EEUU podría ser una contribución muy saludable.
Por contrapartida, en la actual era de la globalización cuyo instrumento más poderoso y más asequible es el Internet, se está produciendo una transformación del mundo tradicional de diferentes maneras. Una de ellas es el rápido acceso masivo a la información y su relacionamiento original.
El postulado de “defensa de los recursos naturales” es totalmente válido y fundamental pero desde un punto de vista de la política nacional y plurinacional se trata de un  postulado inicial casi inercial que debe y puede adquirir características dinámicas que procuren para Bolivia un sitial de importancia mundial que siempre pudo tener pero que por circunstancias desfavorables no alcanzó hasta hoy.
A manera de un solo ejemplo de varios posibles parto del siguiente dato real: El 75 % de la energía fósil pertenece al mundo musulmán y Bolivia posee el 80% de las reservas de litio. En el caso de una hipotética alianza estratégica entre el mundo musulmán y Bolivia, la llave del futuro energético global estaría en el centro de Los Andes.
Si esta idea comienza a cristalizar a partir de los intelectuales reconocidos como Raúl Prada para luego diseminarse por los sectores citadinos hasta alcanzar las organizaciones comunitarias rurales, se tendría que pensar en desplegar una diplomacia ad-hoc para el Medio Oriente. Si se opta por un despliegue burocrático, Bolivia no tiene capacidad para hacerlo, pero si se encuentra el ciudadano adecuado el costo del despliegue de una política propia en este sentido podría ser casi insignificante.
Rompiendo todos los moldes de nuestra diplomacia subyugada y adormilada, el actual mandatario de Bolivia alza la cabeza en el escenario mundial y se atreve simplemente a lo inimaginable en el escenario político tradicional boliviano: Cuestionar la organización de la Organización de las Naciones Unidas y del Banco Mundial, entidades diseñadas por EEUU y mantenidas en estado de  hibernación apantallante con un accionar completamente contrario a sus objetivos fundacionales: La ONU debería ser la institución garante y propagante de la paz  y ahora es una institución que otorga avales para invasiones militares injustificables. El Banco Mundial debería haber sido una institución promotora de la prosperidad general y ahora es una institución que promueve la abyección general a través de sus irracionales recetas económicas.
La clase media boliviana está perpleja y todavía no alcanza a comprender en toda su magnitud este trascendental “cambio”. Evo Morales está plantando hitos en terrenos vírgenes. Estos hitos se están convirtiendo inmediatamente en referentes históricos de la nueva política boliviana.
Me parece que más allá de las nostalgias tradicionales, estamos en un tiempo de cambio con brillantes perspectivas de prosperidad y democracia. Bolivia ya es en realidad uno de los mejores lugares del mundo para vivir y es posible, mediante una nueva visión global y nacional alcanzar grados más altos de bienestar para toda la población.
Con aprecio para ti, mi distinguido catedrático de la Universidad Tomás Frías,
Dante Gumiel
www.nuevopaisya.org
La Paz, 25 de septiembre de 2010

 

Publicado en: Bolivia Etiquetado como: Tiempo político y decadencia(89)

BOLIVIA: EL 18 BRUMARIO DEL KANANCHIRI

27/09/2010 by maestro Deja un comentario

 BOLIVIA-La Paz: Cuando Zavaleta expone la “paradoja señorial”, no sólo describe la contradicción de una casta sino de toda una subjetividad que se expande al todo social: aquella que se constituye “en contra del indio”. Por eso produce un Estado aparente, porque no tiene contenido propio, porque lo propio es aquello que niega para poder afirmarse a sí mismo; porque es antinacional, su legitimidad tiende siempre a la nulidad. Por eso necesita de una sociedad, también aparente, que se haga a imagen y semejanza de ese Estado; ambos se corresponden, pues en ambos se encuentra arraigada una cuestión de fe. Por eso señala Zavaleta, sin miramiento alguno: “la única creencia ingénita e irrenunciable fue siempre el juramento de su superioridad sobre los indios, creencia en sí no negociable, con el liberalismo o sin él y aun con el marxismo o sin él”.

Vale la pena subrayar lo último. Porque incluso la asunción de banderas revolucionarias no supone la superación de esta creencia que es, como bien dice, “ingénita e irrenunciable”. Por eso se producen las recaídas. Por eso a la revolución del 52 le sucede la contrarrevolución y al actual “Estado plurinacional” le viene sucediendo la reposición del Estado colonial. La “paradoja” consiste en que la dirigencia gubernamental del proceso no logra reunir, ni las condiciones subjetivas ni las institucionales, para auto-transformarse, y menos, para hacer posible la transformación del Estado. Esta “paradoja” se sostiene porque aquella creencia permanece inamovible.

Por eso en el mismo discurso revolucionario anida esta “paradoja”: la dominación se reconstituye bajo nuevas banderas; porque si la creencia no es posible se ser superada, entonces los propios revolucionarios producen la contra-revolución. Por eso hasta la izquierda puede ser la nueva derecha. Porque a ambos les une una creencia también irrenunciable; principio nodal de un mundo que se globaliza desde la conquista, en contra, siempre, del indio.

Pueden renunciar a todo, menos a su fe ciega en el “progreso” moderno. La riqueza del mundo moderno les enceguece, de tal modo, que ya no tienen ojos para ver lo más evidente: que esa riqueza es sólo posible por la acumulación sistemática de miseria. Para que el primer mundo sea “desarrollado” tiene que producir el subdesarrollo del tercer mundo (para que haya centro tiene que haber periferia). La conquista no cesa y, con el añadido del racismo congénito moderno, se lo racionaliza hasta como un imperativo categórico: ahora se llama “desarrollo”.

La “paradoja” aparece en el dominado, cuando aspira a ser un nuevo dominador. Por eso el socialismo fracasa: critica la dominación del trabajo humano por el capital, pero la liberación del trabajo no libera al ser humano, pues sigue inamovible la dominación de la naturaleza. Y en eso consiste la Modernidad: en dominar. La “riqueza”, el “desarrollo” y el “progreso” modernos, son sólo posibles en términos de dominación. Las mercancías modernas que nos enceguecen y seducen, chorrean sangre humana y sangre de la Madre tierra, desde hace cinco siglos. La economía que promueve este famoso “desarrollo”, sólo sabe producir riqueza, destruyendo las dos únicas fuentes de riqueza: la humanidad y la naturaleza, Marx dixit. La crisis ecológica no es una maldición divina sino consecuencia de la irracionalidad de la racionalidad económica moderna; que comparten tanto capitalistas como socialistas.

Las creencias económicas modernas son también “ingénitas e irrenunciables”, y parten de una clasificación dicotómica que se origina en el mito fundacional del mundo moderno: el racismo. Las categorías de desarrollo-subdesarrollo, son emanaciones lógicas de la dicotomía inicial que legitima la conquista del Nuevo Mundo: superior-inferior. La naturalización de esta clasificación es el racismo. Por eso el indio aparece, en el Estado señorial-moderno-colonial, como obstáculo del “progreso” y el “desarrollo”. En nombre de estos se producen los genocidios a la humanidad y a la naturaleza, desde la conquista, la colonia y la república, y en nombre también de estos, ahora, un Estado plurinacional, lejos de proponerse un contenido propio, auténtico, liberador, no hace sino volver a su forma anterior, y de modo más acabado.

Por eso la “paradoja” continúa, y recompone lo que se pretendía superar. No hay verdadera transformación: quienes pudieron convertirse en los abanderados de un proceso de liberación, no saben ni pueden entenderse al margen de un Estado al que desprecian y, sin embargo, lo restituyen; porque las estructuras de ese Estado, estructuran su propia subjetividad. Parafraseando a Zavaleta: pudieron ser los conductores de un gran acto revolucionario; pero sus cabezas mismas, no eran libres todavía de aquel Estado.

El primer mito de la subjetividad moderna es la creencia en su superioridad. Es en la conquista, donde se constituye aquel mito; necesita constituir a la víctima en “inferior”, para legitimar su dominación: donde no hay indio No hay “señor”. Por eso las repúblicas nacen formalmente “independientes”, pero siguen siendo esencialmente coloniales. No pueden siquiera constituir nación, porque lo nacional mismo es excluido. La nación es clandestina, porque el Estado es colonial. Su soberanía es pura ficción; por eso se convierte en mero administrador de intereses que, ni siquiera, son los suyos.

En este contexto, la coyuntura crítica que atravesamos, revela el carácter constitutivo de un Estado, cuyo relevo de mando, no hace sino reponer ese carácter: el Estado boliviano, incluso con wiphala, no sabe constituirse sino siempre, “en contra y a costa del indio”. El MAS reedita al MNR; por eso no es raro el movimientismo de ambos y el nacionalismo, como ideología, que une ambos fracasos: modernizarnos a toda costa, o sea, “a costa siempre del indio”. Es un aborrecimiento que no tiene fin, Zavaleta dixit.

Incluso con marxismo, hasta con discurso de descolonización, el indio sigue siendo el obstáculo para modernizarnos. La conquista se actualiza: “siendo por naturaleza siervos los hombres bárbaros [indios], incultos e inhumanos, se niegan a admitir el imperio de los que son más prudentes, poderosos y perfectos que ellos; imperio que les traería grandísimas utilidades, siendo además cosa justa por derecho natural que la materia obedezca a la forma, al cuerpo al alma, el apetito a la razón, los brutos al hombre, la mujer al marido, lo imperfecto a lo perfecto, lo peor a lo mejor, para bien de todos”. Ginés de Sepúlveda resucita con rostro “plurinacional”, pero sigue diciendo lo mismo: el indio no puede ser sujeto sino objeto de la autoridad (quien es “más prudente y perfecta”). Él no puede reclamar derechos, es el Estado señorial-moderno-colonial quien se los otorga; por eso es considerado un “menor de edad”: “influenciado por ONG’s”, “usado por la derecha”, etc. Y si éste no tiene derechos, peor la naturaleza.

La modernidad mata a Dios para erigir a sus ídolos, nuevos fetiches hambrientos del sacrificio constante de la humanidad y la naturaleza. La riqueza moderna no tiene límites, por eso la economía se mide por cifras, siempre en aumento; por eso “progreso” significa, en definitiva, destrucción. La subjetividad que legitima ese “progreso”, no cree ni en su camisa, como Melgarejo. Son jacobinos. Si no creen en Dios, ¿cómo van a creen en la Pachamama? Sólo creen en su propio poder, por eso son soberbios. Por eso entienden la política como lucha por el poder: en lo único que creen es en el poder; por eso, cuando lo tienen, viven ello de modo hasta insensato. Por eso ya no escuchan, porque asaltan literalmente aquello que idolatran. El poder ya no es facultad propia del pueblo sino expropiación ilegítima de éste; por eso, cuando asaltan el poder, es un literal asalto del propio pueblo. En nombre del pueblo asaltan al propio pueblo.

Si hay alguna enfermedad infantil en la izquierda es su jacobinismo. Por eso hasta se interpretan, a sí mismos, bajo los códigos de la revolución francesa; por eso también la replican: a la revolución le sigue el reino del terror. Aquella revolución, que postula la “declaración de los derechos del hombre”, no sólo guillotina a la realeza sino también a los no considerados en tales derechos. Cuando mata a Babeuf y a Olympe de Goughes declara, que aquellos derechos, no son, en realidad, universales: los obreros y las mujeres están al margen. Son derechos exclusivos del ciudadano burgués. En consecuencia, la revolución de los “derechos del hombre”, en nombre de esos “derechos”, le hace la guerra a la primera nación de esclavos libres, Haití, y mata a su líder, Toussaint l’Overture.

El que, en este gobierno, alguien se declare jacobino y bolchevique no es casual. En abril de 2006, ya habíamos expuesto la contradicción que aparecía al interior del propio gobierno, en un artículo en internet: “El Asalto Jacobino del Gobierno del MAS”; donde decíamos: “El proyecto de nuestro vicepresidente siempre fue moderno. Su modelo de ‘capitalismo andino’ siempre buscó el desarrollo de las economías informal y tradicional desde la inocente asunción del patrón de acumulación capitalista (fiel al modelo ortodoxo de izquierda: ‘hay que cumplir las tareas que la burguesía dejó pendientes’). No dándose cuenta que tal proceso de acumulación está pensado a partir del desarrollo de los centros económicos, cuyo crecimiento depende de la postergación de las colonias; es decir, el supuesto ‘desarrollo’ está prescrito por un modelo que ha constituido al centro en eje del ‘desarrollo’, de este modo debe adoptarse un patrón de acumulación que acaba siempre postergando a la periferia, porque esa lógica consolida un sistema-mundo que ordena el mercado mundial en torno a la maximización económica del centro. Condición de la imposición de la economía capitalista en la periferia es la destrucción paulatina de sus economías tradicionales. El capitalismo no es sólo extracción de excedente; es, en primera instancia, des-estructuración de la economía tradicional y de la sociedad para re-ordenarlos en torno a la producción de excedente (exportadores de materias primas). O sea, la sociedad en torno a la producción de excedente es posible porque primeramente se destruye la base económica tradicional para hacerla dependiente de otro patrón de acumulación, en este caso, la maximización del capital. En tales condiciones no hay convivencia ‘normal’ de estas economías; una vive a costa de la otra, la competencia de capitales en la globalización es una lucha donde quien no acumula más valor muere, por ello la explotación en la periferia es más despiadada, porque la desigualdad tecnológica y la subordinación política (deuda e inversión extranjera) condena a los países pobres a transferir plusvalor extraordinario (explotación humana al infinito) al centro, siempre en ascenso. La tesis del ‘capitalismo andino’ buscaría intervenir en la economía tradicional para impulsar su ‘despegue’, o sea, a subsumirse en la lógica de acumulación capitalista. Esa es la falacia desarrollista: el único modelo a seguir es el seguido por Europa. Pero no es la economía informal y menos la economía tradicional las que imposibilitan el ‘desarrollo’. Es, más bien, el sector burgués de la economía el que arrastra a toda la sociedad al subdesarrollo; porque su existencia depende de la mantención de una estructura (nacional y mundial) que hace posible su dependencia sistemática. Por ello, el moderno-sistema-mundo corrompe a las elites de los países pobres para asegurar la estructura económica mundial; beneficia a sus elites a costa del subdesarrollo de sus sociedades, o sea, son ellas y la economía que patrocinan y ejercen la que arrastra a sus sociedades al subdesarrollo. Entonces, la intervención estructural debe hacerse a ese sector: el sector burgués. Para ello, son los principios (filosóficos, económicos y políticos) de la sociedad burguesa los que merecen el des-montaje y su re-consideración desde criterios ético-políticos de defensa de la reproducción de la vida de las víctimas (no del capital). La explotación despiadada de hombre y naturaleza es posible por una lógica que devalúa ambos a la condición de objeto. El sujeto que concibe esta lógica ha pasado del yo-conquisto al yo-pienso y al yo-domino. Se postula universal y portador absoluto de la verdad, devaluando todo pasado e imponiendo su proyecto (estar en la riqueza) como el adelante al que todos deben de someterse. Su libertad es libertad de propiedad, su propiedad es su derecho natural y su derecho es ley sobrehumana. Si estos principios no se ponen en suspenso, entonces todo proyecto, incluso los supuestamente alternativos, caerán en la reproducción de una lógica que, no en vano, lleva más de cinco siglos sofisticándose”.

Aquel “capitalismo andino”, ahora se llama “socialismo comunitario”. Pero el cambio de nombre no cambia su contenido: la fe ciega en el “progreso” moderno. En nombre del “progreso” se interpreta que toda oposición a éste es irracional, entonces, en nombre de “la razón”, se la elimina. En consecuencia, la creencia “señorial” se reafirma: el enemigo es el indio. El racismo desata una nueva “cruzada”. El Estado señorial-moderno-colonial se recompone. Que la derecha critique la represión a la marcha indígena en defensa del TIPNIS, es puro oportunismo, exclusivo cálculo político. Si ellos volviesen al poder, no sólo violarían el TIPNIS sino que lo ofrecerían, con indios y todo, de modo abierto, al capital transnacional, también en nombre del “progreso” y “la razón”; los ídolos a los cuales se postran hereditariamente.

Lo que hace el jacobinismo gubernamental es reponer la “paradoja señorial”. No logra reunir las condiciones subjetivas ni institucionales para hacer efectiva una real trasformación, porque no sabe ni puede enfrentar su propia subjetividad, presa de los prejuicios “señoriales” y modernos que le enajenan de su propia realidad. Y, en situación crítica, no halla mejor modo de descubrirse, que mostrarse en el más puro estilo colonial: la represión desnuda.

Si no hay transformación subjetiva, es imposible una transformación objetiva. Si no se produce al sujeto de la liberación, la liberación se queda como pura retórica y, de ese modo, el pueblo es reducido a la condición de objeto sumiso, apto para su dominación. Todo empieza con la segunda gestión gubernamental, cuando se arrasa con el 64% de la elección. La consigna fue ganar “como sea”; y ese “como sea”, fruto del cálculo político, empezó a carcomer una legitimidad ya contaminada (los advenedizos no tardaron en trepar y los dirigentes históricos tampoco se quedaron atrás); en las elecciones municipales, eso costó una merma electoral considerable. Ese cálculo interesado, típico en una lógica instrumental de la política, iba constatando que los nuevos actores gubernamentales no habían cambiado nada, pero pretendían dirigir el proceso de cambio.

Fundan entonces el Estado plurinacional sobre bases irreales; porque si ellos pretendían mostrarse como la dirección del proceso, presentándose como quienes ya saben el sentido de éste, entonces el pueblo estaba de más. La verdad era expropiada como patrimonio exclusivo del sector jacobino del gobierno; pues si se dice que el pueblo está equivocado, se quiere decir que el gobierno tiene la verdad. Por eso el presidente Evo ya no necesitaba escuchar. Por eso el sector jacobino podía prescindir del pueblo y direccionar el proceso de cambio al margen del propio pueblo, independiente de si le guste o no al pueblo el sentido que iba adquiriendo el proceso. Desde la visión autista y auto-referente de quien había expropiado, para sí, el ámbito de las decisiones, el proceso sería lo que su imaginación decidía.

Ya no es ningún secreto que, en esta segunda gestión, el presidente Evo había perdido la capacidad de decisión en aspectos vitales y que ésta había recaído en la segunda figura de gobierno. Por eso se entendía que, en los momentos críticos, como el gasolinazo, mientras el presidente estaba curiosamente fuera del país, quien daba la cara, era el vicepresidente. El mismo celo de los ministros, de recluir al presidente en un distanciamiento hasta penitente, mostraba que aquél acataba (no sabemos si entusiasta o resignado) lo que ya había sido dispuesto. Frente al panorama que le presentaba el círculo llamado q’ara, él no podía más que consentir todo aquello; por eso, como lección, no basta en un líder sólo la buena intención sino que precisa de una formación intelectual sostenida, para no quedar embaucado en la retórica hábil de sus interlocutores. Creía que su constitución sindical le bastaba, pero eso le está costando caer ya no sólo en los errores sino en una traición a todo aquello por lo cual había luchado. En política no puede haber inocencia.

El rechazo al gasolinazo no sirvió para la reflexión porque no se trataba de un error sino de una apuesta que, de modo consciente, había adoptado ya este gobierno, y que es la misma apuesta por la carretera que atraviesa el corazón del TIPNIS. La apuesta por el “desarrollo” moderno. Pero esa apuesta no es nuestra sino a costa nuestra. Y el indio es el testimonio viviente de lo que ocasiona esa apuesta. Humanidad y naturaleza quedan reducidas a simples medios para los fines del “progreso” moderno. Frente a aquél, nuestras culturas, tecnología, medicina, religión, conocimiento, ciencia y filosofía, no sirven, son obsoletas, atrasadas, premodernas. Lo único valioso es el “desarrollo” moderno.

La “paradoja” reafirma la tozudez colonial: asume como propio un ideal que no le corresponde y, en consecuencia, creyendo “desarrollarse”, no hace sino desarrollar a otros a costa siempre nuestra. La contradicción desarrollo-subdesarrollo, es una contradicción al interior de la lógica moderno-capitalista; si mi marco de interpretación de la realidad es sólo lo que la modernidad me muestra, entonces las transformaciones que pueda operar en ella ya no son tales sino simples reformas. Por eso el vicepresidente es etapista, porque se ha creído el cuento jacobino-bolchevique de que hay leyes fatales de la historia, a las cuales debe someterse el ser humano; por eso no sabe sino proponer metas cuantitativas a un asunto cualitativo: la transformación del mundo (los socialistas creyeron que la revolución era la culminación del “desarrollo”, cuando debieron comprenderla –si hubiesen sabido algo de la crítica de Marx–, más bien, como un freno al “desarrollo”, porque se trataba del “desarrollo” moderno-capitalista). Entonces, lo que se hace, ya no es cambiar al mundo sino afirmarlo del modo más contundente. Porque si persigo el “desarrollo” es que concibo mi realidad a partir de los criterios del “desarrollo” y, como no coinciden, entonces hago que mi realidad se comporte según los patones del “desarrollo”; es decir, de modo irreflexivo, argumento contra mí mismo, porque precisamente somos las víctimas de ese “desarrollo”, desde hace cinco siglos. El precio de ese “desarrollo” es la producción sistemática de miseria y la destrucción, cada vez más acelerada, de la naturaleza.

Ahora que las cosas, en esta coyuntura crítica, se muestran no como son en lo cotidiano sino como son verdaderamente, nos damos cuenta que la descolonización es algo mucho más que un discurso, y que el gobierno no tiene ni la más mínima idea de lo que significa descolonizar el Estado. Por eso, para pretender ser la vanguardia del proceso tienen que arrebatar ese lugar a la verdadera vanguardia. Por eso interviene el gobierno la marcha indígena en defensa del TIPNIS. Se trata de un rapto. Sólo pueden ser vanguardia, poniéndose ellos como vanguardia. El pueblo no los puso para que decidieran al margen del pueblo sino para que obedezcan las decisiones del pueblo. No viven el proceso pero pretenden dirigirlo, desde aquella “iluminación” que creen infalible.

El kananchiri había sido el sobrenombre intelectual del vicepresidente en su etapa insurgente. Desde la “guerra del agua” se puso de moda junto a otros “iluminados”, de una supuesta izquierda renovada. Esta izquierda nunca reflexionó sobre la colonialidad de sus categorías, al grado de adjetivar este proceso con una mixtura de conceptos que abrazaban sin criterio alguno, sólo porque estaban de moda o porque respondían a sus gustos estéticos. Para el vicepresidente el pueblo siempre fue “multitud”: una masa informe a la que había que dar forma. Relación sujeto-objeto. La “potencia plebeya” es sólo potencia en su sentido bruto, aristotélico digamos: es pura potencia, pero nunca acto; el objeto es pura potencia en sí, el acto es un añadido que le viene de afuera. Lo epistemológico precede a lo político. El conservadurismo ya era compromiso epistemológico, cuando se comprendía lo político desde el punto arquímedo de toda dominación: la relación sujeto-objeto deviene, en política, en la guerra por otros medios. La concepción de la cual se parte establece qué política, en definitiva, se sigue o se produce.

Por eso, cuando el vicepresidente se llamaba “el último jacobino” no era casual. Tampoco era casual que el presidente, ya en la primera gestión, decía convencido: “gobernar es hacer buenos negocios”. No en vano ambos coquetean ahora con el sector empresarial (para colmo con el más reaccionario: el ganadero y agroindustrial del oriente). La introducción de los transgénicos en la ley productiva es, entre otras cosas, una concesión al sector soyero exportador. Y el apoyo de ciertos colonizadores, cocaleros y hasta campesinos, a la nueva carretera, es una apuesta al “desarrollo”; todos ellos quieren ser empresarios privados. Por eso no les interesa afectar a la naturaleza, porque para el afán de riqueza, la tierra es puro recurso, objeto, cosa a explotar, en beneficio privado.

Por eso decíamos, la “paradoja” no es sólo de una casta sino que contamina al todo social. Por eso el nuevo “señor” no tiene necesariamente que provenir de la casta oligárquica sino hasta puede serlo un pobre y hasta un ex guerrillero insurgente. El poder no cambia a nadie, su único poder consiste en mostrar cómo uno es verdaderamente. Por eso no es nunca primero el líder, primero es siempre el pueblo; cuando éste actúa a la altura de lo que se propone, el líder emana de su propio seno. Pero actuar de ese modo, requiere que el pueblo se haga sujeto; de lo contrario, el poder delegado es raptado con la connivencia del propio pueblo. Por eso, para que exista dominación tiene que haber, también, un cierto grado de inocencia para que la dominación se haga posible.

Vaciada la legitimidad, hay que inventarla; si ya no hay hegemonía democrática, viene la dominación pura. Lo que, en codificación revolucionaria francesa quiere decir: el 18 brumario: el coup d’Etat. Si el pueblo es el equivocado entonces se justifica la represión que se le hace, y ésta es justa porque “se niegan a admitir el imperio de los que son más prudentes, poderosos y perfectos que ellos”. Ginés regresa sabiendo muy bien la lógica indígena; lo que se propone es una nueva “extirpación de idolatrías”. El respeto a la Madre tierra es la nueva “idolatría” que hay que extirpar, en nombre del verdadero ídolo: el “progreso” moderno. Si ya no hay legitimidad, el cálculo político opta por lo más funesto: generar las condiciones para la recaptura absoluta del poder.

El 18 brumario estaría precedido por la vertiginosa pérdida de legitimidad. Todavía se esperaba una última autocrítica, pero los ministros prefieren ser Pilatos y lavarse de toda responsabilidad. Hasta la wawa ministra mostró más dignidad que todos los tata ministros juntos (la renuncia de la ministra de Defensa declaraba, en un arrebato de lucidez, que es el gobierno el que posibilita un retorno de la derecha –si hay infiltrados, ¿no estarán en el propio gobierno?). 

El conflicto de Caranavi y el de Potosí, ya habían mostrado no sólo la inoperancia de los ministros sino, lo más grave, la soberbia y el desprecio –que van siempre juntos– que habían ido adquiriendo en el ch’aqui del poder. Ya se creían “señores”; igual que los hidalgos, como Cortez y Pizarro. El que se cree “señor” sin serlo, sólo sabe imponer su “señorío” a la fuerza. Es lo que les queda. Por eso, la intervención a la marcha no fue algo improvisado. El último discurso del presidente ratifica la decisión gubernamental de construir la carretera, sólo que se la aplaza. Se propone una discusión nacional al respecto, pero la discusión se la quiere reducir a lo técnico, cuando lo que está en juego es nuestra propia política de Estado. Porque las razones que arguye el vicepresidente (que curiosamente no apareció para nada) para dorar de magnanimidad al proyecto de la carretera son falaces: lo que supuestamente integra, ni siquiera vincula a todas las comunidades; el “desarrollo” que promete es desarrollo inmediato de ganaderos, expansión de su mercado, no de las comunidades; y, el argumento más colonial: cuando hace una historiografía de la carretera y señala que fue hasta propuesta en tiempos del Mariscal Sucre, olvida que esos propósitos eran paralelos a los propósitos de los nuevos conquistadores, que veían en el oriente una nueva reconquista.

El discurso no deja de ser “señorial” porque se aduce justicia social. Si una carretera fuera, en sí, sinónimo de “progreso”, entre La Paz y Oruro, todos los campesinos serían ricos. Ahora bien, que la OAS haya o no financiado al MAS, descubre que hay ciertos compromisos adquiridos que le están costando a este gobierno más de lo que suponía. Por eso no se trataba de ganar “como sea”; en ese “como sea” se estaba jugando con el diablo; por eso, el cálculo político es lo menos calculable, porque en política se trata con personas, no con cosas. Seguramente, desde la visión de gobierno, este conflicto no es más que otra de esas “tensiones creativas” que le gusta reiterar al vicepresidente, ¿cuál fase será ésta en su lectura matematizante del proceso?

Si no hay autocrítica, entonces se reafirma la posición jacobina: la revolución se hace al margen del pueblo: Robespierre condena a Dantón. Y el nuevo Saint Just que goza de más poder (pese a que su presencia influyó mucho en el fracaso de todos los “diálogos”; entre mudos –los indios– y sordos –los ministros–, porque ante la orden del sí o sí, no había razones en contra que valgan; cómplice anterior del recorte de los escaños indígenas en la nueva Asamblea plurinacional), completa el cuadro. ¿Qué decía Saint Just?: “ne pas de liberté pour les enemies de la liberté” (nada de libertad para los enemigos de la libertad). ¿Qué dijo hoy el ministro de la Presidencia?: “no hay más razón para marchas, el que lo haga, es que tiene afanes políticos”. No hace falta leer entre líneas lo que es una amenaza, secundada por el ministro de Gobierno (que sacrifica a su viceministro para quedar impune). Si los indios vuelven a la marcha, la amenaza ya ha sido clara. El cuco de la conspiración genera la reclusión en un gobierno que se vacía, paulatinamente, de opciones, y sólo opta por los llunq’us (los que trepan rápido, quienes se humillan antes para humillar después). En tales condiciones no hay mucho para escoger porque, además, quienes deciden no lo hacen ya por ética sino por puro cálculo político; los honestos son excluidos o arrinconados, viendo cómo el instrumento político reedita todo aquello que se criticaba.

Se esperaba, después de reprimir la marcha indígena, una vez más, un reencauce; lo que produjese una necesaria –y esperada– recomposición ministerial; pero si el presidente ya ha dejado de tomar la iniciativa, entonces se entiende que los ministros de la Presidencia y de Gobierno, enfrenten el conflicto desde una absoluta irresponsabilidad. A los “señores” no se les puede objetar nada. Por eso el conflicto no mengua sino se lo atiza más.

Después de dejar Cuba (para continuar la revolución en otros lados), el Che estaba escribiendo una crítica al Manual de Economía Política de la URSS; en el prólogo mencionaba que la crítica de Marx, no sólo que no fue comprendida sino que, en ese manual, se consagraban las aberraciones que condujeron al burocratismo y a la dictadura estalinista; que el sindicado de haber tergiversado el marxismo original era alguien por el cual sentía una profunda admiración, pero ello no impedía señalarle como responsable de la decadencia posterior: Vladimir Lenin. Cuando Marx decía a Engels que no vaya a pasarles a ellos lo mismo que a Hegel, indirectamente se refería a él; pues los primeros difamadores de las ideas revolucionarias son sus propios apologistas (los Judas salen siempre de entre los escogidos). Engels no comprendió a Marx y sus metidas de mano en “El Capital” son, en realidad, metidas de pata. Lenin ya es la culminación de una visión “científica positivista” del socialismo (lo mismo que Trotsky). Los marxistas rusos persiguieron a los llamados “populistas”, a quienes, curiosamente, apoyaba Marx. Hasta el maestro estaba equivocado. La “infalibilidad” jacobina no perdona nada.

Ahora los “infalibles” no perdonan disidencia alguna, les llaman “resentidos”, con ellos no habrá perdón. Por eso no queda otra; vaciada la legitimidad inicial, necesitan producir una nueva. Barrientos, siendo vicepresidente, le hace el golpe a Víctor Paz y, ¿cómo se legitima?, produciendo un nuevo pacto: el militar-campesino. Este pacto “señorial” es posible porque el campesino cooptado reniega de su condición india y se propone, como proyecto de vida, ser como el “señor”, es decir, se moderniza. Proyecto que abrazan ahora ciertos colonizadores y cocaleros, sobre todo. Por eso el MAS se recluye al Chapare. Todos ellos aspiran al famoso “desarrollo” moderno, por eso quieren la carretera, para expandir fronteras agrícolas y mercados para, en definitiva, generar más ganancias. Un nuevo pacto es posible y la sombra de Barrientos también anida en la Llajta, Cochabamba. La historia no tiene casualidades. El 18 brumario es una posibilidad que saborean los “iluminados”; por eso hasta le tienden la inocente trampa al canciller para justificar la agresión posterior (y él se presta a aquello).

Si el presidente no tiene ya iniciativa, otros la tienen. Se reproduce el síndrome Kennedy, lo que aquí sería el episodio de Siles Suazo: el propio sistema político se recompone al interior del gobierno. El “Estado señorial” cambia de forma pero no cambia en el fondo: cambia para no cambiar nada. Si ya no hay legitimidad y el propio presidente no da muestras de una recomposición urgente, entonces hay que inventarse legitimidad. El golpe ya no viene de afuera sino de adentro; así queda beatificada la misma oposición. El 18 brumario es un auto-golpe que se impone el cesarismo para preservar el orden y el sistema.

Reducir el conflicto a lo técnico es lo que no permite advertir todo lo que está en juego. Lo que destapa el TIPNIS es el proyecto tecnócrata que ha triunfado en el gobierno y ha rodeado el discurso de los derechos de la Madre tierra, haciendo imposible su realización como política de Estado. El gasolinazo fue una decisión tecnócrata que articula a los ministerios de Planificación, Economía y Hacienda, como lugar de recomposición de la estructura neoliberal. Que el vicepresidente dicte ese decreto, no es casual; como tampoco es casual que se rumoree un nuevo gasolinazo. El gobierno requiere de más ingresos, por seguir una política que le hace prisionero del capital externo (mantener la balanza fiscal también tiene que ver con equilibrar la deuda que se adquiere). La carretera por el TIPNIS es un acceso de capitales (no siempre nacionales) a la conexión bi-oceánica; la integración no es entre pueblos sino entre capitales. Pero el ingreso al corazón del TIPNIS tiene que ver con la exploración de lo que se supone hay allí. Es cierto que los cocaleros no tienen tanto poder para lograr el empecinamiento del propio presidente. Las razones hay que buscarlas en otro lado. En definitiva se trata de proyectos de vida. No dudamos que el gobierno tiene las mejores intenciones para su país; pero de buenas intenciones está lleno el camino al infierno. El petróleo, gas y otras riquezas que se hallan en el TIPNIS, supone una gran tentación; algo que la lógica instrumental ve sólo como utilidades. El asunto es: ¿cuál es el verdadero costo de esas utilidades, a la larga? Eso es algo que la racionalidad instrumental no sabe ni puede calcular; por eso suena, hasta risible, el que algún viceministro estime que el daño al TIPNIS será sólo del 0.3% (hasta por lo del efecto mariposa, la ciencia actual ya se cuida de hacer previsiones exactas).

El proyecto moderno abraza el “progreso” como una cuestión de fe. Se lanza a él sin importar los costos ni las consecuencias; en su adelante sólo existe la infinitud de un “progreso” que promete el cielo en la tierra. Es una tentación fáustica. Por eso hace del “progreso” su nuevo fetiche y le ofrece, a cambio del futuro prometido (que nunca llega), todos los sacrificios que le exige. Si el TIPNIS tiene riquezas entonces hay que conquistarlo; si los indios no lo hacen es porque son atrasados y salvajes, hay que enseñarles a ser civilizados, es decir, a aprovecharse de las riquezas, a explotarlas, para ser ricos. Pero, más allá de una visión moderna, el TIPNIS es algo más. Para ello precisamos desvelar nuestros ojos y trascender el reino de las apariencias.

Sólo habita lo espiritual en una relación armónica entre ser humano y naturaleza. Si toda la naturaleza es conquistada (violentada) entonces lo espiritual no tiene lugar. Así como el amanecer necesita de la oscuridad para nacer, así también necesitamos de lo desconocido para conocer; hay que preservar el misterio, la pachaMama es sujeto, es persona, necesita preservar su intimidad, como ser femenino que es. Lo otro es pura violación. No en vano Francis Bacon, describe así el método de la ciencia moderna: “debemos extraerle sus secretos a la naturaleza, así como el verdugo le saca la verdad a la víctima”. La Madre tiene lugares donde se recompone, adonde se retrae. Esos lugares se llaman sagrados y contienen el núcleo de espiritualidad desde donde el ser humano se recompone espiritualmente. Si desaparece eso, lo que desaparece, en última instancia, es el ser humano. Son lugares de energía ancestral, milenaria, que están allí, no para saquearlos sino para honrarlos. La medicina qulla conoce los efectos benéficos de un sinnúmero de plantas que se originan en lugares como el TIPNIS; hasta se dice que hay plantas medicinales aun no descubiertas y hasta alimentos nuevos (cosa que la tecnología moderna no puede hacer, sólo sabe alterar los alimentos, para generar ganancias, produciendo muerte). El TIPNIS es un lugar rico, no por lo que piensa la mentalidad moderna, sino por la vida que contiene.

Los guaraníes, cuando sienten que han empezado a producir relaciones de dominación, abandonan lo que han construido y se lanzan a un nuevo éxodo, en busca de “la tierra sin mal”; el concepto de “tierra sin mal” quiere decir: tierra no mellada por el hombre. Es decir, necesitan saber que hay una tierra virgen para saber que hay un mundo mejor. ¿Qué pasa si ya no hay más tierra virgen, que todo ya ha sido colonizado? Es el fin de la cultura (mito que comparten casi todas las culturas y naciones de Tierras Bajas y hasta de todo el continente; ¿será por eso que abandonan su civilización los tiwanakotas y los mayas?). Si se mata al TIPNIS, se mata también la cultura, es decir, la humanidad. El TIPNIS es sagrado porque la espiritualidad indígena encuentra allí uno de los núcleos de su emanación.

Pero a los jacobinos no les importa aquello; como no creen ni en su madre, menos van a creen en la pachaMama y menos que el Gran Espíritu habite en su interior. Sólo creen lo que ven y lo que ven son cifras: economía de los negocios, de la rentabilidad, de las ganancias. La vida les es algo demasiado abstracto para tomarlo siquiera en cuenta. Pero no se levanta impunemente lo sagrado. A los neoliberales no se les podía reclamar la defensa de la Madre, porque nunca se comprometieron con ella; pero el actual gobierno no sólo hace bandera de la pachaMama sino que se declara, frente al mundo, defensor de sus derechos. Entonces, dónde radica la aporía.

Volvemos a la “paradoja señorial”. El cacique Seattle decía que, para comprender al hombre blanco había que entrar en sus sueños y ver de qué están hechos. Los sueños del “señor” son lo que le impide una real liberación; si el siervo adopta esos sueños como suyos, entonces aprende a dominar, porque quiere ser también “señor”. No es una cuestión teórica sino existencial: pensar un nuevo proyecto no es tasar sus magnitudes o describir sus etapas; pensar un nuevo proyecto es producir al sujeto de ese proyecto, es decir, transformarse en sujeto. Pero no me hago sujeto haciendo objeto al otro. Sólo se es sujeto en relación a otro sujeto. Y si todo tiene alma, todo tiene vida. Por eso este nuestro momento es revolucionario, porque en el grito del sujeto están presentes los gritos de la pachaMama y de los achachilas, de las huacas y de los ajayus. Del Gran Espíritu, del Wirakocha. Por eso el “cambio” no podía adjetivarse con lo viejo sino que su propio lenguaje debe ser un lenguaje nuevo: sólo un nacido de nuevo puede proponer un lenguaje nuevo. Lo viejo es ahora lo moderno, lo que hay que dejar atrás y proponernos un nuevo mundo; no desde la nada sino desde lo nuestro. Por eso el pueblo no podía dormirse en sus laureles. Ahora que despierta, debe de reconocer que la vanguardia no está en los intelectuales, la vanguardia está en las naciones originarias, en lo indio que todos llevamos dentro, pero de manera negada y despreciada. Necesitamos preservar el TIPNIS, ya no sólo por razones ecologistas sino espirituales. Así como hay que preservar las apachetas, así hay que preservar el TIPNIS.

Cuando se dice que el enemigo está adentro, se dice que todavía no somos sujeto; porque seguimos escindidos, separados de lo más propio, desequilibrados, por eso hay conflicto al interior de uno mismo. Las contradicciones en el gobierno son también contradicciones en el propio pueblo; mientras nos proponemos un nuevo proyecto de vida, seguimos volteando la mirada para acabar como estatuas de sal. Quienes pretenden dirigir el proceso son los que se voltean y van sólo a lo conocido; se vuelven conservadores. El gobierno quiere, otra vez, salir de un nuevo fracaso del modo más inmaculado; el único cálculo que hacen, es que tienen que ganar, a como dé lugar. No están dispuestos a abandonar sus posiciones; por el contrario, ahora nos dicen, que son las condiciones y el propio pueblo, los que tienen que madurar, para estar a la altura de ellos. Por eso el 18 brumario es una carta que acarician. Ya hay tres renuncias; si fuera cierto de que el canciller se hace a un lado, ¿con quién se queda el presidente? ¿O es que el canciller ya estaba desplazado por el mismo Evo?

 

La Paz, Bolivia, 27 de septiembre de 2011

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Los perfiles del nuevo Estado con autonomías

08/09/2010 by maestro Deja un comentario

 

Después de muchos vaivenes al respecto, el gobierno ha tomado posiciones frente a las demandas de los sectores “autonomistas” radicales, los que, desde posiciones indigenistas y oligárquicas del oriente del país, pretendían reducir al mínimo el rol del Estado con los argumentos de ampliar las competencias, los recursos y el poder a favor de las autonomías departamentales e indígenas.
 
Morales, a tiempo de promulgar la Ley en julio último, manifestó que la Asamblea Plurinacional cumplió la tarea de aprobar las cinco leyes fundamentales de la flamante estructura del Estado: del Órgano Judicial, del Órgano Electoral, del Tribunal Constitucional, del Régimen Electoral y de Autonomías, “cumpliendo el mandato del pueblo boliviano y dando los pasos legales para asegurar la transformación de las instituciones centrales”.
 
Las regiones orientales y sureñas de Bolivia, con una fuerte presencia de burguesías y oligarquías locales vinculadas a los capitales agrícolas y petroleros, reivindicaron las autonomías con el objetivo, primero de denunciar el “poder centralizado en La Paz” y después, con el ascenso popular, intentar debilitar la emergencia de los movimientos populares que destruyeron el poder de los partidos neoliberales. Inclusive las transnacionales petroleras financiaron los movimientos “autonomistas”.
 
Durante el año 2008, los Prefectos (Gobernadores) de Santa Cruz, Beni, Pando y Tarija, junto a Comités Cívicos y organizaciones empresariales, llevaron adelante una campaña de desestabilización del gobierno que alcanzó altos niveles de enfrentamiento, incluyendo la imposibilidad de que el Presidente Morales y el Vicepresidente Alvaro Garcia Linera visiten estas regiones.
 
Esto obligó al gobierno a realizar una movilización de las organizaciones sociales que cercaron la ciudad de Santa Cruz y derrotaron a los sectores “separatistas”, al mismo tiempo las Fuerzas Armadas ocupaban militarmente el departamento de Pando, frontera norte con Brasil. Esta situación culminó con el triunfo del gobierno, el debilitamiento político de los grupos oligárquicos, que habían organizado grupos paramilitares apoyados por mercenarios europeos, la expulsión del Embajador de Estados Unidos, Philip Golberg por apoyar la sedición y la posterior prisión de Leopoldo Fernandez.
 
Después de la aprobación de la nueva Constitución (2009) y la reelección de Evo Morales por un segundo periodo (2010-2015), el tema de las autonomías volvió al escenario político boliviano durante este año. Ante las expectativas de algunas comunidades indígenas, pueblos originarios y regiones y el interés de los reelegidos gobernadores de Beni (Ernesto Suarez), Tarija (Mario Cossio) y Santa Cruz (Rubén Costas) y parlamentarios opositores, se produjo una ofensiva social y regional.
 
La Confederación de Pueblos Indígenas del Oriente Boliviano (CIDOB), que cuenta con parlamentarios elegidos por el oficialista Movimiento al Socialismo (MAS) y fue parte fundamental del apoyo social a Evo Morales, inició una “marcha por los derechos indígenas” desde Trinidad, en la zona amazónica, hasta La Paz, sede de gobierno, rechazando la Ley de Autonomías.
 
La CIDOB estableció que la Ley de Autonomías no reconocía sus derechos a tierra y territorio, a contar con recursos suficientes para administrar su autonomía y formar sus gobiernos propios y a ser consultados en relación a concesiones de recursos naturales como minerales, petróleo y forestales. Su principal dirigente, el diputado Adolfo Chavez, manifestó que el gobierno está incumpliendo la Constitución Política del Estado en lo que corresponde a los derechos indígena originario campesinos.
 
Esta situación  fue aprovechada por la oposición parlamentaria y regional. La “caja de Pandora” fue preparada por las oligarquías tradicionales locales, apoyada por los políticos conservadores, las empresas transnacionales interesadas en recursos estratégicos y las Organizaciones No Gubernamentales (ONGs) conservacionistas que tienen un doble objetivo: controlar los recursos naturales estratégicos como el gas, el litio, el hierro y la biodiversidad y debilitar el frágil Estado Nacional.
 
El gobierno avanzó en la aprobación de la Ley Marco de Autonomías con cuatro niveles de gobiernos autonómicos: el departamental, el municipal, el regional y el indígena, el mantenimiento de las competencias fundamentales en el gobierno central y del sistema fiscal e impositivo que distribuye los recursos económicos, obligando, asimismo, que los Estatutos Autonómicos que pretenden ejecutar las Gobernaciones, sean reformuladas por las Asambleas Departamentales, sometidas al control del Tribunal Constitucional y posteriormente a un referendo popular.
 
Paralelamente, el gobierno creó una poderosa entidad multisectorial destinada a impulsar el desarrollo de las macroregiones y de las zonas fronterizas, entendidas estas como polos de desarrollo geográfico en función de la integración nacional, el uso de los recursos naturales estratégicos y el movimiento poblacional en territorios con baja densidad demográfica, en las fronteras con Brasil, Chile, Argentina y en el centro del país.
 
Esta entidad multiministerial parece estar enmarcada en una propuesta de fortalecer el Estado Nacional con la elaboración y ejecución de proyectos de envergadura relacionados a la integración vial, la industrialización de recursos naturales y el control soberano de regiones que no han estado vinculadas a los centros urbanos y políticos  tradicionales.

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El blindaje de Evo

30/08/2010 by maestro Deja un comentario

El gobierno de Evo Morales es censurado por reemplazar  a la República de Bolivia por un Estado plurinacional de 36 inviables naciones indígenas; equiparar los símbolos patrios con otros de índole local y étnico; no haber creado, con las reservas de litio, hierro y gas, empresas estatales corporativas, capaces  de garantizar financiamientos autónomos; instalar un régimen autoritario que traslada detenidos a la sede de gobierno, sin respeto a las jurisdicciones departamentales; tolerar abusos del indigenismo sobre los derechos humanos y el ordenamiento jurídico vigente; adquirir sin licitación el avión presidencial, por 38 millones de dólares; ocasionar, por la negativa gestión de YPFB, que el país se convirtiera en importador de gasolina, GLP y diesel; y acentuar el sometimiento a los intereses geopolíticos de Chile y Brasil.
 
¿Cómo explicar que, a pesar de lo anterior, Evo hubiera sido reelecto, en diciembre de 2009, con el 64 % de votos? Ese  porcentaje posibilitó al Movimiento al Socialismo (MAS) controlar los cuatro poderes del Estado (Ejecutivo, Legislativo, Judicial y Electoral); y descabezar cualquier alternativa real que amenace su continuidad. Una vez aniquilada la otrora poderosa “media luna” (dirigencia cívica de Santa Cruz, Beni, Pando, Chuquisaca y Tarija), sólo existen inconexos focos de protestas regionales y sectoriales, aunque no se descartan antagonismos entre el oficialismo y organizaciones indígenas que buscan mayores dotaciones de tierra y cuotas de poder.
 
El Presidente consolidó su liderazgo gracias a que tocó la fibra más sensible de la política nacional: El racismo explícito hasta la revolución de 1952 y encubierto a partir de entonces. En consecuencia, es la primera vez que las mayorías precolombinas han dejado de ser minorías políticas excluidas y que hoy utilizan en su beneficio la democracia formal. El colonialismo interno impidió construir una comunidad nacional que tenga en cuenta a sus principales conglomerados humanos, sin lo cual no pueden forjarse proyectos viables. Esa falencia intrínseca hizo que Bolivia fuera despojada de la mitad del territorio con que nació en 1825. Tampoco pudo impedir la succión sistemática de sus recursos naturales.
 
Evo, después de arrinconar al racismo interno, debiera comprender que no es posible construir un país sin asumir los hechos positivos y negativos de la historia patria, porque, sencillamente, no hay país sin historia. La voluntad de existir nace del rescate de acontecimientos  históricos indo mestizos, como la Revolución de 1952 o las guerras internacionales. Afirmar, como hace  Fausto Reinaga, que en estos sucesos sólo participaron indígenas, sencillamente (y repetimos la palabra de manera premeditada) no es verdad.
 
La voluntad indo mestiza emerge de la evocación de nuestros pensadores y políticos que defendieron la existencia de Bolivia, como Montenegro, Almaraz, Quiroga Santa Cruz y Zabaleta Mercado. Ese rescate abre el horizonte para articular una interculturalidad más equilibrada, defender la soberanía, potenciar la auto determinación, coadyuvar a que los costos ecológicos sean distribuidos de modo equitativo en el concierto internacional e industrializar los recursos naturales del país, a fin de proyectarlo en la comunidad de naciones de Indo América.
 
La mayor auto estima de las etnias necesita traducirse en una mayor auto estima de la sociedad boliviana. La ciudadanía debería tomar conciencia que las rectificaciones necesarias no se harán contra el MAS ni sin el MAS, sino con los sectores nacionales y democráticos del MAS (no alienados por las ONG y el ultra indigenismo), en alianza con los conglomerados obreros, patrióticos y populares del conjunto de la Nación oprimida. 

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Potosí: Mensaje a la soberbia e incapacidad de gestión del gobierno

21/08/2010 by maestro Deja un comentario

Se acuerdan de movilizar a sus pueblos sobre estas necesidades justas y sentidas, que ellos mismos no fueron capaces de solucionar, cuando han usufructuado del poder al frente de los gobiernos que utilizaron a su exclusivo servicio y olvidándose de los demás.

Potosí es la cuna del famoso Cerro Rico que en su saqueo despiadado durante la colonia sirvió para enriquecer las arcas de sus invasores y a la corona Española y Europa, dejando atrás solamente miseria y desolación, es un cerro que pese al saqueo colonial, aún durante la republica sirvió para sostener su gula de acumulación a la oligarquía minero feudal boliviana.

Hoy mismo la minería sigue aún siendo un sostén muy importante para la economía del país, pero lo fuera más sí el gobierno se atreviera a revisar los contratos leoninos, que aún persisten con las transnacionales explotadoras de nuestros recursos minerales, como San Cristóbal a cargo de la japonesa Sumimoto y San Bartolomé de la canadiense Coer D´alene, hasta lograr su reversión al Estado Plurinacional, como una excelente forma de ir solucionando los problemas que inquietan al hermano departamento de Potosí, medidas importante que no aparecen en los pedidos y planteamientos del Comité Cívico de Potosí.

Transitoriamente el conflicto se ha solucionado con la firma de un convenio entre partes. Los potosinos dicen que triunfaron por que se hicieron escuchar con el gobierno, aunque no lograron un pedido especial de que Evo vaya a Potosí durante el conflicto o que asista a las negociaciones que se iniciaron y culminaron en la ciudad de Sucre, esta exigencia y la negativa olió más a un capricho de ambas partes. El gobierno dice que solucionó todos los pedidos, ¿por cuanto tiempo?, aún no se sabe.

En este conflicto mezclado de intereses populares y políticos, el pueblo potosino hizo su parte. La derecha, con sus aliados y algunos tontos útiles que nunca faltan, demostró su capacidad para movilizar, tergiversando sentimientos con su aparato mediático, explotando las necesidades de los pueblos. Y aquí tallaron también los enemigos externos del proceso a través de USAID y algunas ONGs, que no necesitan asistir con pancartas alusivas a las movilizaciones o bloqueos, por que ellos están presentes con “quinta columnas” infiltrados en algunas organizaciones de bases.

Quien no hizo su parte en forma eficaz y oportuna en el conflicto, fueron las áreas respectivas es decir los Ministerios, a quienes les correspondía dar respuestas inmediatas a las diferentes temáticas planteadas por los Potosinos en el conflicto.

Pero toda esa dejadez gubernamental, nace del alto gobierno, que entre otras cosas como su falta de organización y delegación de funciones y la necesidad imperiosa de dedicarse a percibir el sentimiento del pueblo que lo apoya masivamente. En este momento en que las instituciones del estado están abocadas, a la gran tarea de implementar las Nueva Constitución del País y una serie de leyes que implican la necesidad de explicación de las mismas al país ,se presentan una serie de dificultades y planteamientos, propias de una etapa de transición a un nuevo Estado Plurinacional y autonómico. El compañero Presidente debe estar en el país y ocuparse de los problemas prioritarios de la Nación y no dedicarse frecuentemente a viajar al extranjero, que si bien hay algunos compromisos que son importantes, pero hay que considerar que para eso está el Ministerio de Relaciones Exteriores, para que cumpla una serie de misiones donde no es imprescindible la asistencia del primer Mandatario.

El contacto del Líder del proceso con las bases es sumamente beneficioso al proceso, pero ese contacto no logra sus frutos, cuando el Compañero Presidente Evo asiste permanentemente a diferentes partes de la geografía nacional, a entregar pequeñas y medianas obras del gobierno, ya que el contacto consiste en escuchar a las autoridades de los lugares, con sus discursos de loas al c. Presidente y al proceso, y las bases sólo se quedan con el gusto de verlo al presidente y nada más.

Estas serie de obras en todo el país, bien las podría entregar alguna otra autoridad, con menos responsabilidad de estar analizando, estudiando los incontables problemas, y soluciones que implican estar al mando de la nación.

Lo óptimo seria que el c. Presidente Evo, en lo Internacional, asista a los eventos estrictamente necesarios a su presencia y en lo nacional, visitar todos los lugares del país, pero no sólo en actos televisados, sino a discutir, escuchar a sus partidarios y a sus votantes y así sentir el pulso no solamente de su entorno inmediato, que le dice lo que el quiere escuchar, sino de dar la oportunidad a todos los demás que expresen su verdadero sentir respecto a los momento políticos y a los destinos del proceso cambios.

El conflicto en Potosí, es una alerta temprana, para darse un baño de humildad y oír al pueblo. Mejor si está organizado y no en montoneras circunstanciales por prerrogativas de grupos o sectores, sino con conciencia política y de clase.

El imperio no duerme, permanentemente hace su trabajo azuzando a sus agentes criollos la burguesía nacional y la mejor manera de combatirlos, es profundizando este proceso de cambios, no con discursos sino en los hechos.

El Partido o movimiento en el gobierno, necesita un golpe urgente de timón, hay que reorganizar desde las bases y renovar direcciones acéfalas por que sus dirigentes han buscado pegas en el gobierno y los órganos partidarios de los Departamentos y Provincias, actúan con el “piloto automático” y eso es peligroso, y respecto a esto.¿DONDE ESTABA LA DIRIGENCIA MASISTA EN EL CONFLICTO EN POTOSI?, no para frenar el conflicto, sino para discutir y canalizar prontas soluciones y así evitar lo sucedido en Potosí,, dirigentes que brillaron por su ausencia por falta de capacidad organizativa y política.

La salud del proceso está depositada en una excelente gestión de gobierno, en la profundización de las medidas a favor de las mayorías nacionales y del país, en su camino de una verdadera liberación del imperio norteamericano y sus satélites europeos. Y eso exige gobernar con la gente que tenga conciencia política y revolucionaria y no con improvisados o reciclados de la derecha.

No acabó el tiempo de la confrontación, mientras haya burguesía apoyadas por intereses externos, y un gobierno que esté con las mayorías populares, habrá confrontación o mejor dicho seguirá habiendo la lucha de clases, esto no lo podemos ocultar. Potosí es una lección para saber escuchar de donde vienen los tiros.

José Justiniano Lijerón es ex Dirigente de la Central Obrera Boliviana

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BOLIVIA: LAS VENAS ABIERTAS DEL ESTADO

17/08/2010 by maestro Deja un comentario

¿Por qué empiezan a acumularse contradicciones que se creían superadas? ¿Estaban realmente superadas, o era sólo una ilusión exitista del triunfo de diciembre? El gobierno había obtenido los dos tercios necesarios para constituir un nuevo Estado y darle a este proceso, no sólo continuidad, sino profundidad; el proceso de cambio parecía no sólo asegurado sino consolidado. Pero en las elecciones de gobernadores y alcaldes algo empezó a hacer aguas; Caranavi y la marcha indígena de la CIDOB mostraron que las aguas podían desbordarse y después, con Potosí, el desborde ya parece la amenaza constante. La inminencia del conflicto potosino podía haberse advertido y solucionado con un poco de lucidez histórica, pero lo que emana de ámbitos gubernamentales carece de aquello; si en tan poco tiempo no se aprende de los errores incurridos en Caranavi o con la CIDOB, es menos probable que haya siquiera perspicacia para atender demandas que tienen larga data.

Si el gobierno optó por un repliegue patológico, no es asunto de caracterología, sino discapacidad para transitar hacia un nuevo horizonte. Cuando el Estado pretende recomponerse según sus necesidades institucionales, hay que preguntarse si estas necesidades responden a las necesidades nacionales. Bolivia nunca consolidó Estado. Porque el modelo de Estado que persiguió fue siempre ajeno a su propia realidad. Ese Estado es llamado colonial porque nunca tuvo contenido nacional. Si la nación está al margen, el Estado no se consolida, porque la forma de su consolidación consiste en la anulación de su propia nación. Por eso el derecho que produce no congrega sino excluye. La misma exclusión es el eje de su composición estructural. Su sobrevivencia depende de la anulación constante que hace de su propia nación. Hasta el 52, eso constituye el carácter señorialista del Estado: la nación, los indios, aunque tributarios, no son nunca considerados pertenecientes. Después del 52, la inclusión tiene un precio: renunciar a lo que se es.

Lo campesino no es una mera denominación sino renunciar a lo que se es para ser tan ajeno como el modelo impuesto: el farmer. La reforma agraria produce la propiedad privada de la tierra; es decir, impone los valores moderno-burgueses. Abrazar estos valores significa renunciar a los valores propios: el campesino que accede a la ciudadanía aprende a negar a su comunidad. La nación se subsumía en un proyecto estatal que se imponía desde afuera: ser como lo estipula otro tiene su precio. El minifundio significó en definitiva la fragmentación de la comunidad, su destrucción. La sociedad moderna constituye un individuo sin comunidad. Las consecuencias son aciagas: el interés particular se excusa de todo interés común; para salir de la pobreza hay que trasladarla a los demás. La riqueza no se queda en el campo, la misma relación instrumental con la tierra empieza a destruirla, todos aspiran a vivir en la ciudad, a blanquear su condición. El ingreso en sociedad no es gratuito, cuesta la existencia; por eso se desprecia al campo y al indio que se trae dentro. El racismo es la carta de ciudadanía que naturaliza una condición colonial: se aspira a lo que no somos y se desprecia lo que somos.

Porque la sociedad está estructurada de modo racista, que se muestra en el desprecio que escupe el poder ante los subalternos. La clasificación social es previamente clasificación racial. Las instituciones modernas poseen este tipo de estructuración; por eso la composición social es colonial. También la estatal. La naturalización de la dominación estructura al Estado mismo. Por eso no es raro que, ante los conflictos actuales, la razón de Estado saque de sus baúles evocaciones señoriales: “no dialogo bajo presión”. El antecedente inmediato fue el conflicto con la marcha indígena. El Estado no baja de su estrado. El pueblo debe acudir como acudía el vasallo ante el rey. La soberbia exige humildad, porque ella misma no sabe serlo. La cuestión de la marcha era simple: ¿Cómo puede haber Estado plurinacional sin contenido plurinacional?

¿Puede el Estado, desde sí mismo, dotarse de ese contenido? La razón de Estado sólo sabe administrar lo homogéneo. Lo que hace a la forma estatal es la dominación; por eso su discurso es siempre nostálgico, evocando un paraíso perdido, donde no había diferencias ni contradicciones. De ese modo se estructura la lógica estatal moderno-colonial; por eso sus evocaciones son pura abstracciones, lo es su concepto de nación, de ciudadano, de sociedad, de futuro, etc. Hasta sus indicadores son abstractos, como el PIB (el mismo Stiglitz señala que los instrumentos de crecimiento sólo compensan a los gobiernos que aumentan la producción material y no el bienestar, el PIB no permite comparar adecuadamente el bienestar en los diferentes países). En última instancia, las referencias de un Estado colonial no son, ni su pueblo, ni las naciones que lo componen. Su modernización consiste en esto: en la renuncia a dotarse de un contenido propio.

¿Qué contradicción manifiesta el conflicto de Potosí? Este conflicto aparece en el marco de la promulgación de las llamadas leyes fundamentales del nuevo Estado, además del episodio cívico en torno a la remoción del alcalde potosino. El MAS había obtenido la mayor votación en Potosí, tanto para presidente como para gobernador (aunque en la alcaldía pierde inobjetablemente). Desde el gobierno la cosa parecía clara y ya lo venía sugiriendo el vicepresidente, con sus continuas alusiones a jacobinos y bolcheviques: la razón de Estado debía prevalecer ahora que se tenía hegemonía asegurada. Craso error. Porque el nuevo Estado no aparece por decreto, más aun si se trata de la descomposición del viejo y la constitución del nuevo. El paso del Estado colonial al Estado plurinacional no es automático y ni siquiera es el producto de nuevas leyes. Un Estado verdadero es la efectivización y la realización de la eticidad que nos presupone; es decir, la forma de vida que nos sostiene y da sentido a lo que, en definitiva, somos; tomar conciencia de lo que somos, para deducir de ello las normativas político-jurídicas que expresen, hagan posible y desarrollen nuestro modo de existir. A eso hemos llamado el “vivir bien”.

Que prevalezca la razón de Estado quiere decir: ante las contradicciones, el Estado mismo se presenta como la resolución de todas ellas; es decir, ya no resuelve las contradicciones, sino las anula. Por eso la violencia no es la negación del Estado de derecho moderno sino su fundamento; el Estado, por medio de la ley, naturaliza su violencia. Por ello se entiende la actitud soberbia y prepotente de algunos ministros; no se trata de una observación del carácter sino del modo como se recompone, bajo nuevas banderas, la razón de Estado. Entonces no hay descolonización, es decir, descomposición del Estado colonial; porque si el Estado (moderno-colonial) tiene un modo de recomponerse, es expropiando el ámbito de las decisiones, y esto es lo menos descolonizador que pueda haber. Tal vez por eso, el ministerio de autonomías aparece como un super ministerio y la descolonización estatal queda recluido a un oscuro viceministerio dependiente de un ministerio de cultura que hace gala de una desubicación total dentro de un Estado plurinacional (si hay un auténtico valor agregado nacional es el artístico, pero no existe una sola política de Estado que asegure y promueva lo que podría generar, no sólo ingresos, sino difusión cultural, para expandir la producción nacional).

La razón de Estado tiene sus propias prerrogativas y ellas conculcan lo que su autonomía no considera imprescindible. De este modo, encontramos que, una nueva reposición estatal, concibe un modelo que se adecúe a sus propias necesidades institucionales. Allí aparece el modelo autonómico. Y aparece también la contradicción: ¿es el Estado autonómico el Estado plurinacional? ¿Uno se deduce del otro? Las concesiones que se dieron a la derecha, cuando se abre la constitución de Oruro, resulta que no fueron tales; porque el sector negociador del gobierno tenía como perfil un modelo de Estado bastante similar a lo que imaginaba la derecha. Tenía que establecerse un suelo común de discusión y eso lo generó el modelo autonómico; porque, claro, del plurinacional se sabía bien poco. Los enunciados generaron sólo simpatías; no generaron horizonte político. Quienes debían haber estado incluidos en la negociación no lo estaban; así que la constitución quedaba diluida por la ausencia del sujeto constituyente. Por eso el gobierno no se identifica con la marcha de la CIDOB; porque había arrinconado lo plurinacional a mero apéndice retórico del nuevo discurso estatal.

Pero este discurso (el autonómico) no es tan nuevo; su modelo obligado es el español. Por eso, en realidad, no se trata de un nuevo modelo de Estado, sino de la performativización del Estado moderno-liberal; lo que, en nuestro caso significa, el Estado señorial o, más precisamente, el Estado colonial (y su continua paradoja: para ser libre adopta el modelo de su antiguo patrón). Si el Estado es el que pretende recomponer a la nación toda, entonces precisa de un modelo a seguir (el autonómico). Ya no se pregunta por el contenido que debe adoptar sino del modelo que debe imponer (su referencia ya no es su propia realidad sino el modelo que copia). Se recompone su lógica: él es el sujeto, el pueblo es el objeto. La lógica de dominación vuelve a anidar en nuevos actores; la reposición señorial despierta su condición naturalizada. Por eso decíamos, no se trata de carácter sino de la estructura propia del Estado colonial; la soberbia y la arrogancia no son episodios morales de algún ministro sino constituyen el modo de composición de la forma estatal (los ministros son la mera personificación de esta composición; a esto hay que agregar: si es el entorno el que encapsula al primer mandatario es, en definitiva, éste, quien consiente aquello). No se dialoga pero se esgrime el diálogo de modo hasta conmovedor. Y ambos lados proponen algo que desconocen por completo. Porque la razón estatal no se afinca sólo en el Estado sino en la sociedad que le corresponde.

Veamos más de cerca el conflicto. En primer lugar, si las demandas de Potosí son centenarias, como son todas las demandas nacionales, ¿por qué cobran ahora matices tan dramáticos? El robo chileno de las aguas del Silala nunca generó semejante movilización (curiosamente ausente en las principales demandas actuales) y, como sucedió con Caranavi, el sólo anuncio de crear una planta de cemento -entre Oruro y Potosí- activa una movilización que logra despertar toda la frustración que, no sólo guarda Potosí, sino el país entero. El afán de riqueza parece desunir más que unir. Si en la pobreza se puede ser digno, parece que la sola posibilidad de la riqueza genera ambiciones que despiertan entuertos. La ilusión aparece no para generar esperanza sino para originar hostilidad. Si la ruina de Potosí es lo que dejó la colonia, la historia toda de Bolivia es el testimonio de la ruina que deja la división internacional del trabajo. Las posiciones encontradas expresan una cultura política centenaria. Los cívicos lo expresan muy bien; pues, no en vano, son asiduos personajes en conflictos dramáticos (en Santa Cruz, Sucre, Cochabamba, etc.). Pareciera que necesitan del conflicto para legitimar su presencia porque, de lo contrario, es decir, sin conflicto, no tienen presencia alguna. Y a ello se suma, de modo comedido, la derecha más extremista (y también la izquierda); no sin cierto grado de despecho y resentimiento contra el actual gobierno, lo que atiza aun más los conflictos. Algo que los medios saben usar a su antojo. Por eso el diálogo es lo menos posible en medio de todo aquello.

Porque si el Estado colonial adolece de una vocación dialógica, también la sociedad reproduce este padecimiento. Lo cual genera una cultura: el boliviano cuando calla no otorga; se guarda todo hasta que estalla. Si nos hemos acostumbrado a gritar, es porque no hemos aprendido a dialogar. ¿Qué significa dialogar? No se puede dialogar sin escuchar. Siglos de impotencia no sosiegan con el tiempo. Por eso no se puede sólo escuchar lo que le conviene a uno; la grandeza, hay veces, consiste en escuchar precisamente lo que no nos conviene. La impotencia no tiene mejor terapia que el ser escuchada. Si bien puede ser cierto que muchos de los reclamos al gobierno eran inmerecidos, la actitud de los ministros tampoco era merecedora de aplauso. Si a cada reproche respondo con otro, entonces no hay diálogo, el diálogo se hace con argumentos; estos, más que demostrar, testimonian. Por eso en el diálogo (cuando es verdadero) se expone la persona toda. Por eso la comunicación no es simple comunicación sino expresión y, sobre todo, revelación. Pero si los actores no se disponen al diálogo, hay este otro aditamento que impide su realización: los medios de comunicación.

Ya es paradójica la situación actual: en la era de las comunicaciones, ésta es cada vez menos posible (como lo mostramos en nuestro más reciente libro: “La Masacre no será Transmitida: el papel de los medios en la masacre de Pando”); pero la paradoja no es accidental, sino que retrata a un nuevo poder que, descomponiendo las relaciones humanas, es como se recompone constantemente como poder. En los conflictos últimos y, sobre todo, en el de Potosí, esto ha quedado evidenciado de modo hasta grosero. Porque la capacidad, ya no sólo de manipulación, sino hasta de inflamación notoria de los conflictos, hace de los medios el peor escenario de encuentro. Los medios producen el desencuentro entre las partes porque estas, desgraciadamente, acuden a estos, de modo inevitable, como mediadores, siendo los peores.

Como nunca, los medios han venido destacando, de modo hasta insistente, los vicios gubernamentales, que permea además a todas las gestiones pasadas; antes no era conveniente mostrarlas, ahora sí (un ejemplo reciente: el anterior candidato a gobernador por La Paz es sentenciado mediáticamente, pero el ex presidente Paz Zamora no; los dos conducían en estado de ebriedad pero, claro, el primero es indio, el segundo no, con el agravante de que el último causa un fatal accidente). La insistencia tiene un propósito específico: la descalificación total de este gobierno. Los conflictos sirven de combustible para dirigir la opinión pública hacia la maldición total. Esto produce un desajuste moral, porque se trata de la invención de un monstruo y, lo que es peor, para vencer a este monstruo, los medios constituyen a su público en otro engendro. Por eso le inyectan a la protesta matices hasta insensatos (como en Santa Cruz o en Sucre). Ahora lo que realizan es más siniestro, pues usan la frustración como detonante de una explosión social. Potosí se bloqueó a sí misma. En semejante castigo propinado a sí mismo, es natural que la desesperación se haga más impotente. Este es el suelo que explica una adherencia casi absoluta. Hurgar en las fibras más íntimas, como lo que pasó en Sucre con la Asamblea Constituyente, además de una autoflagelación, eran el caldo propicio para suscitar lo que los medios buscan: la confrontación total.

El gobierno tampoco aprende. El 2002, el golpe a Chávez fue mediático, y desde el 2006, la asonada mediática en Bolivia no desiste de provocar escenarios adversos al gobierno. Frente a todo esto, ¿tiene el gobierno política comunicacional? No. Cree que sus spots le bastan; cuando estos no hacen más que alimentar a sus enemigos (como el pastor que, por cuidar su rebaño, sacrifica cada día una oveja a los lobos). Con todo el dinero que el gobierno coloca, en propaganda mediática, ya habría generado nuevas emisoras (radio y TV) alternativas, para hacerle frente al monopolio mediático privado. Para colmo, todo lo que hace bien lo hace para que nadie lo vea (sumado a esto la desidia de una prensa en franca aversión, pareciera que el gobierno no hace nada). Por eso, en Potosí, la pregunta favorita de los medios, incluido Erbol, era: ¿ahora qué opina de Evo? (porque la cosa era clara: a los medios no les interesa tanto el desprestigio de sus ministros sino del presidente mismo, este conflicto les sirvió para eso; con el aditamento siguiente: el propio presidente, por falta de iniciativa, se propina otra derrota, pues pierde un importante electorado, el potosino). El no tener política comunicacional conduce a actuar de modo defensivo, lo que hacen Bolivia TV y Patria Nueva, actuando más como voceros que como informadores. Si no hay estrategia comunicacional, todo se diluye en responder a lo que el otro dice y, como este sólo calumnia, entonces, ¿qué se puede esperar de la prensa estatal? El periodismo (con cada vez menos excepciones) es otro lastre del proceso; por eso sus favores son hasta desaires. No en vano sus figuras se la pasan rememorando epopeyas pasadas, porque del presente no saben decir nada.

Por eso los programas de análisis son huérfanos de reflexión. Porque este ámbito ha sido raptado por los periodistas, que creen que su contacto empírico con los hechos les faculta a opinar sobre todo. Aun las ciencias de la comunicación no se enteran del giro pragmático en las ciencias sociales; por eso hasta se eximen, arrogantes, de pronunciarse sobre la verdad de los hechos. Si el relativismo posmoderno (cuya caducidad ya tiene dos décadas) sobrevive todavía, es por la ignara formación de la prensa actual. El caso de “no mentiras”, de la red PAT, es patético; donde la mentira y la calumnia tienen consagrados todos sus absurdos. La estructura de estos programas (como en Panamericana) tiene un afán premeditado; para eso existe el monitoreo y las interrogantes fabricadas. Lo triste es cómo se cae en ese guión hasta por default. Las preguntas sólo buscan corroborar lo que ya está establecido: la posición del medio que, después de haberlo hecho circular entre los entrevistados, aparece como un hecho descubierto. Tales preguntas no preguntan sino afirman y hacen del elogio previo el campo para engatusar a alguien que certifique lo anticipado. Por eso se pasa de un tema a otro sin nunca ofrecer la verificación de algo. Para eso sirve la elegancia y los modales, para ocultar el cinismo. Es como llevar a un cristiano al circo romano. Allí sólo hay descuartizamiento público. Es decir, los únicos canales que encuentra este gobierno para dirigirse al país (porque el canal o la radio estatal están en otra o no están), son aquellos donde menos posibilidad hay para la mediación. Porque lo que hacen los medios es precisamente mediar; pero esa mediación no media nada sino interviene la mediación misma anulándola.

Pero, además de acciones premeditadas, se trata también de posicionamientos hasta emotivos, que hacen de la información un rosario de entuertos con una casi inexistente imparcialidad (como la corresponsal de radio Aclo, quien actuaba como portavoz del comité cívico potosinista, más que como periodista). Es preocupante cómo toda una red nacional, como Erbol, puede generar descreimiento por el actuar de una corresponsal (mientras por otros medios se conocía la llegada de nuevos ministros a Sucre a pedido de la dirigencia cívica de Potosí, la corresponsal, cubriendo la retirada de esta dirigencia de la ciudad de Sucre, obviaba toda referencia a la llegada de ministros y su dedicación exclusiva consistía en la repetida afirmación de que los cívicos de Potosí se iban porque nadie les había dicho si llegaban los ministros, cuando hasta en conferencia de prensa quedaba asegurada la presencia de estos en Sucre; parecía que el propósito no era informar sino hacer de la retirada espectáculo). Este tipo de incidentes se explican por el antecedente de Sucre. La prensa misma toma partido en el conflicto, no le queda otra; las redes corporativas abrazan casi todo cuando las fibras íntimas han sido tocadas. En Sucre fueron los medios los atizadores del conflicto, como también en Santa Cruz. Si estos se encuentran en medio de todo, entonces los conflictos seguirán un cúmulo de hogueras, cada vez más incendiarias.

La posibilidad misma de la comunicación se encuentra sitiada por la presencia mediática. ¿Por qué los analistas pintan un panorama sombrío del país? Porque su información proviene de los medios que los contratan. Su labor consiste en certificar la garantía del producto que los medios venden: la opinión. El público ya no opina, los medios realizan esa función y así controlan la interpretación de los hechos políticos. Por eso pueden hasta generar desestabilización. Por eso, mientras el dirigente cívico de Potosí anunciaba la conclusión satisfactoria de las mesas de negociación con el gobierno, ningún canal, salvo el estatal, emitía aquello. Parecía que la resolución del conflicto sólo era de interés del gobierno.

Si el conflicto es contra el gobierno, los medios se brindan como la mejor plataforma, de lo contrario, no existe el hecho (como aquel otro percance de Aerosur en el aeropuerto de El Alto, la semana pasada, que a nadie le interesó; ¿será que no hubo sangre?, ¿o será que no les conviene hacer mala propaganda a uno de sus clientes?). El conflicto de Potosí interesaba a los medios porque era un conflicto contra el gobierno. Por eso resulta curiosa la participación del cívico de Potosí frente al cívico de Oruro, en el programa de “no mentiras”. Mientras el último señalaba la no disposición a ceder algo de los límites  departamentales orureños, el primero, curiosamente conciliador, apaciguaba todo, señalando que el conflicto no era con Oruro; cuando hasta el más ingenuo se daba cuenta que el asunto de límites no podía no conflictuar la relación con el vecino departamento. La pregunta obvia era: si el problema no era con Oruro, que era el inmediato afectado, ¿con quién era entonces? La respuesta también era obvia: el conflicto era contra el gobierno.

Y aquí es donde el gobierno se aplaza por doble partida. Primero, por no saber impedir que el conflicto crezca. Segundo, por coadyuvar a su inflamación; acusando al movimiento potosino de político, lo inflamó (aunque lo hubiese sido, la condena no ayudada a la solución de conflicto). Como en Caranavi, la solución no era tan inadmisible, ahora ambos departamentos tendrán una planta de cemento; y el asunto de límites es algo que necesariamente deberán consensuar entre partes. Allí también el gobierno pierde, porque de poder haber sido mediador, ahora, en lo sucesivo, aparece como estorbo en ese tipo de asuntos. No hay, al parecer, una cultura de la mediación, porque hasta el “defensor del pueblo” juega un papel hasta ornamental en todo esto; esperando obtener algún permiso (no se sabe de quién) para mediar, cuando es la instancia que debería tomar la iniciativa en este tipo de conflictos.

Volviendo al asunto de fondo. El sector intelectual del gobierno parece que persigue un proyecto propio: el Estado autonómico. A éste pretende subsumir el Estado plurinacional. Por eso la lógica estatal no sufre transformación alguna. Lo que persiguen es una simple reforma estatal. Se abre, lo que llamaba Zavaleta, otro ciclo estatal, del mismo Estado que se quería transformar; la reposición del Estado señorial. Otra vez al margen de las naciones y, en consecuencia, al margen de un proyecto verdaderamente nacional. Repartir funciones no es democratizar el poder. Si la autonomía privilegia los ámbitos municipales y las gobernaciones, entonces estamos en la continuación del modelo neoliberal de “participación popular”. Si el miedo consiste en la desagregación, ¿por qué aparece una nueva concentración de las funciones en los ámbitos donde precisamente anidaron las tendencias separatistas, como fueron las prefecturas, ahora gobernaciones? El gobierno cree que cooptándolas asegura la unidad, cuando no se da cuenta que la propia lógica en la cual se desenvuelven ahora, posibilita nuevas concentraciones de poder (por eso la ley electoral no transforma nada sustancial).

El presidente constantemente afirma que somos ahora independientes porque ya no nos sometemos a los organismos internacionales, cuando tampoco se da cuenta que las lógicas institucionales de dependencia permanecen inalterables todavía. Un país no es nunca independiente del todo; es independiente en la medida en que toma conciencia del grado de dependencia que tiene. En la medida en que es consciente de los móviles de su dependencia real, es que puede superarlas paulatinamente. La inconsciencia genera ceguera de horizonte; y es algo que empieza a aparecer en los estrategas gubernamentales. Hay que aprender de Irán, que está dando muestras de sabiduría diplomática al mundo (sería interesante tomar nota de algo: entre los estrategas y asesores de Ahmadinejad se encuentran ayatolas y ulemas; no sería nada malo contar, en nuestro país, con amautas y chamanes, para paliar por lo menos la insulsa presencia de vetustos izquierdistas en funciones de asesoramiento).

Este proceso no descansa en proyectos imaginados por una izquierda eurocéntrica, carente de identidad. Lo novedoso de este proceso es su carácter propio, que emana como alternativa ante la desintegración civilizatoria del mundo moderno-occidental, que está llevando al planeta todo al suicidio colectivo. El último informe de la ONU ya establece que el 1% rico del planeta posee el 40% de la riqueza global. En eso consistía la globalización: en expandir el mercado total a costa de la humanidad y del planeta. Por eso el brazo armado de esta expansión, la administración gringa, juega sus últimas cartas, todas peligrosas, ante la inminencia de sus fracturas geopolíticas y geoeconómicas. La generación de conflictos regionales son parte de su agenda latinoamericana. Por eso no podía no haber conflictos en esta segunda gestión; si las voces de federalismo ahora cunden donde no debiera, algo sucede que precisa un conjunto de estrategias gubernamentales que no consisten en la descalificación apresurada de toda protesta, sino en la prevención de éstas.

Porque puede cundir la insensatez, como aquello de ondear la bandera chilena en Potosí (cuando la protesta degenera minando hasta la integridad nacional, se precisa de serenidad mediadora; en la cual deberíamos participar todos -al margen de los medios-; porque la ventaja que tiene los insensatos es que, si se efectúa lo que desean, no habrá nadie con vida para demostrarles su error). Los problemas que aparecen no aparecen porque son de ahora; aparecen porque nunca fueron resueltos, porque fueron siempre encubiertos. Incluso, que aparezcan a luz pública, los excesos del poder es bueno, para así generar la conciencia de acabar con ese conjunto de prácticas que heredamos como cultura política. Estamos en proceso. Nadie nos dijo que todo iba a cambiar de modo inmediato. Es más, debíamos comprender que, cuantas más grandes son las ambiciones, mayores iban a ser los desafíos.

Ahora, por vez primera, aparece la posibilidad de un proyecto de nación que no niegue el contendido plurinacional y comunitario que nos sostiene como historia. Nuestra proyección del sentido de vida común es singular, pero su contenido es plural. Porque la estructura de la vida es así. Lo común no es lo homogéneo. Lo igual genera repetición, no unidad; la unidad es algo que se produce y lo produce lo que no es igual: no se es diverso en contra de lo común; se es diverso porque sólo lo que diverge converge. El Estado moderno liberal es la negación de esto; por eso se constituye por homogeneización y pretende unificar al todo en una falsa homologación: Estado=nación. La nación no es algo dado, no es un modelo prescrito que se deba de seguir. La nación es un proyecto político. El grado de concurrencia determina el grado de legitimidad que posea ese proyecto.

El Estado colonial tiende siempre a la legitimidad nula; por eso se ampara en los poderes foráneos y en el capital foráneo; por eso tramita sus funciones como simples administrativas. Un verdadero Estado no sólo gestiona; si un Estado independiente es esencialmente político, lo es porque lo que expresa, contiene y desarrolla es la forma de vida que le sostiene. Y si los sectores dirigenciales son quienes no se encuentran a la altura de este proceso, no por ello fracasan los propósitos originales. También el pueblo debe aprender a caminar el proceso que ha iniciado. No se trata de asaltar el poder sino de transformarlo. Quienes desean asaltarlo son quienes replican sus vicios porque tienen, en definitiva, una pretensión de dominio; por eso no conciben otro proyecto que modernizarnos, porque una vez instaurados en el poder lo que buscan es imponerse y dominar.

Transformar el poder significa transformar la política; hacer de ésta un servicio comunitario: mandar obedeciendo, servir como modelo de vida. La marcha de la CIDOB nos llamó la atención. Los pueblos de tierras bajas nos están enseñando el camino. Será porque la conciencia moderna no empañó del todo su horizonte de vida. Si cocaleros y campesinos estaban dispuestos a enfrentarse a la CIDOB, con la venia de algunos personeros gubernamentales, ello nos motiva a dirigir ahora la crítica a estos sectores. El tufo de diciembre sigue con sus estertores; la resaca no es sólo de un senador del MAS, es de varios personeros gubernamentales que no tienen idea de qué es lo que está en juego, y despotrican contra algo que no achuntan, porque más parecen los delirios de quien sufre todavía los efectos de su propia infatuación.

La Paz, Bolivia, 15 de agosto de 2010
Rafael Bautista S.
Autor de “PENSAR BOLIVIA: DEL ESTADO COLONIAL AL ESTADO PLURINACIONAL”
rincón ediciones
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La lucha de Bolivia

15/08/2010 by maestro Deja un comentario

Es significativo que Evo llegara al poder comandando un movimiento popular que no temía a los fantasmas que aún rondan por el continente. El Movimiento al Socialismo (MAS) no sólo desafió a las élites o a la clase dominante boliviana, sino al mismo imaginario de buena parte de la población, e incluso a la izquierda que se esforzaba para “no asustar con el petate del muerto”.

Bolivia cambió, pero además se movió hacia el socialismo. Esto no sólo es de una importancia fundamental para los bolivianos, sino también para el mundo entero. En El Salvador, sabemos algo acerca de fantasmas y luchas contra más de un siglo de anticomunismo, arraigado profundamente en la mentalidad popular. No obstante, hay que admitir que la izquierda salvadoreña no ha sabido manejar adecuadamente la batalla de las ideas. Por eso la lucha de Bolivia es iluminadora.

Un poco del coraje de los revolucionarios bolivianos nos vendría muy bien. No es un país que la tenga fácil, sin duda. Aunque rico en recursos minerales, Bolivia tiene que luchar contra una pobreza secular, el intervencionismo de las grandes multinacionales y la conflictividad que se produce debido a una rica diversidad étnica. A esto debemos agregar los conflictos dentro del MAS, o entre éste y otras organizaciones revolucionarias. Y no es mera casualidad que dichos conflictos sean avivados por la diversidad a la que aludía: Bolivia es un Estado Plurinacional de más de treinta naciones (algunos hablan de 36, otros de 45) y un número semejante de idiomas oficiales.

Por eso pienso que el camino boliviano debe ser estudiado con especial atención, ya que en el nuevo siglo los problemas fundamentales para el socialismo pasan necesariamente por los conflictos que se originan en la diversidad étnica o cultural. Incluso para enfrentar las ideologías del multiculturalismo impulsadas por el capitalismo de finales del siglo XX (Slavojiek), es necesario pensar sobre la diversidad con seriedad y rigor, y actuar en consecuencia.

No es frecuente que los salvadoreños discutamos estos temas o al menos no acostumbra hacerlo la izquierda. Tendemos a creer que nuestro país carece de diversidad. Incluso la fecha emblemática que usa la izquierda para referirse a la primera revuelta de corte rebelde o revolucionario, el año 1932, es también considerada como la fecha del exterminio de la población indígena. “En El Salvador”, solemos decir, “no hay indígenas”, y esto pasa a ser “prueba” de que los problemas sobre la diversidad no nos competen.

Si bien es cierto que apenas el 10% de la población se considera indígena y sólo el 1% habla la lengua náhuat, El Salvador está lejos de la unidad cultural monolítica. Las diferencias en las costumbres, léxico y estilos de vida no se reducen al factor étnico. A fuerza de apelar a lugares comunes y “lemas nacionales”, los salvadoreños evitamos a toda costa enfrentar con seriedad el problema de las identidades culturales, o pensamos que se trata de un tema menor, que no es fundamental para la transformación que pretendemos.

Por eso resulta interesante encontrarnos con el caso del MAS, que además de ser socialista pretende ser, en igual medida, indigenista. Es indudable que muchos revolucionarios bolivianos tienen clara la importancia de enfrentar los problemas de la diversidad, en lugar de mirar hacia otro lado. La rica realidad de su país les impulsa a hacerlo. Pero no hay que pensar que esto se debe a alguna especie de determinismo geográfico o histórico: si ahora es reconocido el carácter plurinacional de Bolivia es porque hay sujetos que impulsaron dicho reconocimiento… y los retrocesos tampoco son imposibles.

Esto último señala otro aspecto fundamental de la revolución socialista que construyen los bolivianos. Se trata de una lucha política inseparable de las luchas colectivas por el reconocimiento, impulsadas por aquellos grupos que estuvieron silenciados durante siglos. Pero la batalla que se impulsa desde un preciso grupo étnico o sector cultural no es sólo una reivindicación de la particularidad, sino que apunta a lo universal que puede ser reconocido por otros grupos o sectores, incluso muy alejados. El aymará o el quechua que reivindica su identidad, reivindica asimismo la humanidad compartida con el mestizo salvadoreño, el negro nigeriano o el blanco español.

También se trata de una batalla que atraviesa el tiempo, y nos hermana con nuestros antepasados y los de más allá. La revuelta indígena de Anastasio Aquino, en 1833, no es precisamente el hito más conmemorado por los “compas” salvadoreños. Pocos saben que la insurrección del “Rey de los Nonualcos” promulgó leyes que anticipaban muchas reivindicaciones que tendrían que esperar al menos un siglo. Apurándonos a establecer las diferencias con “aquel indio” perdemos la oportunidad de destacar las legítimas aspiraciones que podían encontrarse en esas luchas, de las cuales nosotros somos sus continuadores. Si ahora podemos tomar el testigo y sucedernos en la carrera de la emancipación es por lo que tenemos en común con aquel indio, que hace casi doscientos años formuló una particular versión del universalismo que buscamos.

Hay algo más en la lucha de Bolivia que nos hace reflexionar: su claro talante antiimperialista. Este no es un tema fácil para los salvadoreños, ya que hay más de un millón de compatriotas viviendo en Estados Unidos y su envío de remesas al país es considerado una de nuestras principales fuentes de ingresos. Sin recursos naturales considerables, con una agricultura deprimida, una producción industrial de muy bajo nivel competitivo y su economía dolarizada, El Salvador es mucho más dependiente de las políticas gubernamentales estadounidenses que la mayoría de países de América Latina.

Bolivia tampoco se encuentra libre de la influencia estadounidense y, salvando las distancias con El Salvador, también es un país con una larga historia de dependencia del capital extranjero y una burguesía local depredadora. Por eso es ejemplar la manera como Bolivia lucha día a día por su independencia del gobierno estadounidense y sus políticas imperiales. Creo que abona a ello el compromiso revolucionario con la reivindicación de las identidades, un tema pendiente en El Salvador. Si bien no debemos confundir al pueblo estadounidense con las políticas de la Casa Blanca, el influjo de la cultura norteamericana se convierte generalmente en punta de lanza del imperialismo, sobre todo si lo que se hace pasar por “cultura norteamericana” es un producto generado por las grandes corporaciones y sus redes de distribución.

Quiero volver sobre una alusión que se encuentra al inicio de este escrito: en Bolivia tiene lugar una batalla de ideas que exige de los revolucionarios un constante ejercicio reflexivo y una guerra al fatalismo que dice: “¡Eso es imposible!”. Como muchos bolivianos, los salvadoreños también podemos encontrar el camino de nuestra independencia y liberación. Pero así como sucede en la lucha de Bolivia, esto no será posible si no perdemos el miedo a imaginar “un imposible” que guíe nuestro caminar.

* Académico salvadoreño y columnista del periódico digital ContraPunto

Fuente: http://www.la-epoca.com/modules.php?name=News&file=article&sid=2040

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Potosí, la tierra del “mineral del futuro” y la extrema pobreza

13/08/2010 by maestro Deja un comentario

“Dignidad” era la palabra más escuchada ayer en la asamblea de organizaciones sociales y fuerzas vivas que mantiene paralizado y bloqueado a Potosí desde hace quince días por un conflicto de límites con Oruro y en demanda de proyectos productivos. Ayer se votó la propuesta de tomar físicamente la mina San Cristóbal, un megaproyecto en manos de la transnacional japonesa Sumitomo que produce plata, zinc y plomo en medio del auge de los precios internacionales. Y se discutía cómo negociar manteniendo la presión, antes de que la ciudad se ahogue a sí misma por el cerco. El gobierno dice que los potosinos están manipulados por grupos de derecha y los acercamientos fracasaron.

Bolivia vive un boom de la actividad minera, pero los potosinos denuncian que los beneficios no les llegan. En una pequeña asamblea improvisada ante este periodista, todos se quejan de haber sido la vaca lechera de Bolivia con sus minerales y hoy son el departamento con peores índices de desarrollo humano: más de seis de cada diez habitantes de este departamento del sudoeste boliviano están en la pobreza extrema y la tasa de mortalidad infantil es de 101 por cada mil niños nacidos vivos, según un informe del PNUD. Pocos creen que el litio -el nuevo recurso salvador de Bolivia- los salve a ellos.

El salar de Uyuni tiene cerca del 50% de las reservas mundiales de este mineral del futuro, que se usa para fabricar baterías de celulares y computadoras, y se utilizará también para las de autos eléctricos. Varios países ya pusieron el ojo en el litio boliviano. De hecho, Evo Morales viajará a fin de mes a Seúl, donde la estatal surcoreana Korea Sources Corporation (KORES) puso en marcha un proyecto sobre tecnología para procesarlo.

“Vivimos sin tecnología, sin agroindustria; aramos con bueyes, no hay ayuda”, resume Marco Cuenca Paco, ex líder del ayllu Kasa, ataviado con ropas tradicionales y un celular colgado al cuello. Forma parte de un grupo de originarios que llegaron a Potosí a “fortalecer las medidas de presión”. Sin embargo, la mayoría de los campesinos se mantienen bajo las direcciones oficialistas, y la rebelión potosina se siente más en la capital y en los pueblos. De hecho, ayer se quejaban de que en el sur fronterizo con Argentina los pobladores no se sumaron a los bloqueos. “Vivimos igual que en la colonia, tenemos zinc, cobre, uranio; ahora vienen los iraníes que quieren sacar esos recursos para su bomba atómica”, dice un dirigente de un pueblo ubicado a 20 km. de Potosí capital, donde “se explota la piedra caliza pero un magnate boliviano, hijo de un gringo, se queda con los beneficios”. “Bolivia nos debe”, “Esta protesta no es política”, “Acá Evo ganó con el 70% y ahora se olvida”, repiten los huelguistas.

Todos insisten en que son un pueblo de migrantes, sin oportunidades. Muchos fueron a Argentina, pero centenares de mendigas de la región minera del norte de Potosí ya cambiaron el paisaje de las grandes ciudades bolivianas con sus vestidos color ocre, como la tierra seca de donde salen por temporadas.

Otros campesinos decidieron apostar al narcotráfico o el contrabando.

“¿Y creen que el litio los puede ayudar?”, pregunta este cronista.

“Si lo entregan a las transnacionales ni un centavo va a quedar acá. Ese litio es nuestro”, responden varios casi al unísono. Y “nuestro” es potosino.

La psicología del saqueo, desde que la España colonial acuñaba sus monedas con oro de Potosí, moldea casi todas las opiniones. El emblemático Cerro Rico, incansable fuente de plata que hoy tambalea debido a la explotación descontrolada, sintetiza la sensación de crisis en medio de un boom que no todos pueden ver. Pero hoy se conformarían con un aeropuerto y algunas fábricas.

rCR

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Una opción civilizatoria con rostro indígena

13/08/2010 by maestro Deja un comentario

Acceder al gobierno nacional: un paso de esperanza

El gobierno que emergió en Bolivia en diciembre de 2005 y asumió en enero del 2006, que convocó y realizó la Asamblea Constituyente, que convocó y ganó el referéndum revocatorio en 2008 y que nuevamente convocó y ganó la presidencia del país y el gobierno nacional en las elecciones de 2009, es un gobierno de nuevo tipo: surgido de las luchas sociales de los pueblos indígenas, construido también con el protagonismo de los movimientos sociales, de trabajadores, de campesinas y campesinos, entre los que destaca el movimiento cocalero.

Evo Presidente, es la frase que sintetiza desde finales de 2005 la gran esperanza de los pueblos de Bolivia y del continente todo. El nudo central de su programa de gobierno constituye la búsqueda de soluciones a los reclamos históricos de las comunidades indígenas, organizaciones sindicales mineras, campesinas y urbanas. Por ello, entre sus primeros pasos destaca la convocatoria y realización de la Asamblea Constituyente y la recuperación de los recursos energéticos del país orientada, entre varias razones, a la creación de un fondo para atender las políticas sociales.

Entre los objetivos prioritarios del gobierno se encuentra la lucha contra la discriminación étnica y la exclusión social y cultural, la erradicación de la pobreza, poner fin a la dependencia y el saqueo, refundar el Estado a partir de reconocer y articular su carácter plurinacional, construyendo una sociedad intercultural, basada en una democracia participativa que abra cauce al florecimiento de las autonomías de las comunidades (de sus identidades, cosmovisiones y modos de vida), trabajando colectivamente para construir un Estado plurinacional, que proyecte a sus habitantes al centro del quehacer social, político, cultural del Estado y el gobierno, es decir, ampliando la democracia desde la raíz, transformándola. Tales serían, entre muchos, los ejes centrales del quehacer estatal-gubernamental en lo que puede considerarse el período inicial del primer gobierno de los movimientos indígenas y sociales del continente. De ellos, considero importante destacar -a los fines de este análisis-, elementos centrales de su propuesta integral, intercultural y descolonizada del desarrollo, el bienestar y el progreso sociales.

Una concepción diferente del desarrollo y el progreso

Por diversos caminos, las reflexiones actuales más maduras en este tema convergen en un punto: El “desarrollo” capitalista alcanzado (en el Norte), resulta hoy indeseable (además de inalcanzable). Es inalcanzable porque las “periferias” han sido excluidas del diseño y los planes de hegemonía del capital global actual (salvo como territorios sirvientes) y no tienen cabida en ellos. Es indeseable porque el carácter destructivo y devastador que conlleva va dejando claro que ese “modelo” va a continuar con la depredación de la naturaleza, con el saqueo, con las guerras, es decir, continuará sembrando la muerte. Precisamente por ello es incapaz de promover, defender y garantizar la supervivencia humana y natural del planeta; tampoco ofrece soluciones a la situación de miseria, enfermedades, analfabetismo, carencia de infraestructura y exclusión crecientes de amplias capas de la población del planeta.

Estas razones, entre otras, hacen que el debate del desarrollo integre lo político, social, cultural y ético, además de lo económico. Y en la Bolivia de hoy esto se articula directamente con la lucha por la erradicación de la pobreza, con la propiedad de los recursos energéticos, con las posibilidades de acceso a los servicios y el goce de los derechos por parte de toda la ciudadanía, es decir, con la democracia. Desarrollo y democracia guardan -en esta concepción- una relación directa biunívoca.

Tomando como punto de partida las propuestas de los movimientos indígenas, campesinos y sociales, el gobierno que encabeza Evo Morales Ayma presenta en 2006, un Plan Nacional de Desarrollo que condensa esta nueva cosmovisión integral de vida y modos de vida, y define políticas públicas para hacerla realidad. En esto se resume y proyecta -sustantivamente- lo nuevo: se supera el ámbito teórico reflexivo; las ideas y propuestas iniciales cobran vida, se concretan y desarrollan en la acción política-social transformadora.

Atendiendo a los alcances de este sucinto análisis, deseo llamar la atención sobre un elemento sobresaliente de dicho Plan: la unificación de los caminos del desarrollo con los de la erradicación de la pobreza, de la desigualdad y la exclusión étnica-social.

Una de las primeras cuestiones puestas en cuestión han sido los conceptos “pobreza” y “pobres”, pues ellos invisibilizan los procesos de empobrecimiento y exclusión a los que fueron sometidos histórica y sistemáticamente los pueblos indígenas desde los tiempos de la conquista y colonización. Consiguientemente, los programas orientados a la eliminación de la pobreza en Bolivia están anudados a la eliminación de los mecanismos de empobrecimiento constante de los sectores indígenas, campesinos y de trabajadores en general. Y se conjugan directamente con los planes de desarrollo en la perspectiva señalada.

Del “bienestar” individualista al “vivir bien” en comunidad

La expresión vivir bien, propia de los pueblos indígenas de Bolivia, significa, en primer término, “vivir bien entre nosotros”. Se trata de una convivencia comunitaria intercultural y sin asimetrías de poder. “No se puede vivir bien si los demás viven mal”, tal es el pensamiento que sintetiza el nudo central del planteamiento.

Es un modo de vivir siendo y sintiéndose parte de la comunidad, con protección de ella y en armonía con la naturaleza. Es decir, se trata de un modo de “vivir en equilibrio con lo que nos rodea”. También significa vivir bien con los otros seres humanos, diferenciándose del “vivir mejor” occidental, que es individualista y pretende alcanzarse generalmente a expensas de los demás y, además, separado y contrapuesto a la naturaleza.

El vivir bien articula en igualdad de importancia, desarrollo y democratización. “No existe desarrollo sin democracia, sin extender la participación social en la actividad y las decisiones políticas, económicas y culturales.” [PND, p. 16] Partiendo del reconocimiento de que Bolivia es un país multiétnico y pluricultural, los programas orientados al desarrollo hacen explícito su reconocimiento a los valores de la comunidad y de lo comunitario, establecen lo colectivo como sujeto con capacidad de decisión y de acción, reconociendo en la horizontalidad una ventaja comparativa respecto a las directivas verticales. Esto constituye, a la vez, un soporte ético e ideológico de los procesos de búsqueda y construcción de una civilización re-humanizada, basada en un sistema social raizalmente democrático, equitativo, humanista, liberador y superador de la destructiva hegemonía económica, social, cultural e ideológica del capital.

La naturaleza en el centro de la vida

Para la perspectiva del vivir bien, la naturaleza no es un objeto; no es una fuente de recursos y materias primas; es un ser vivo. Esta dimensión ecológica de la realidad, reconoce que la naturaleza está indivisible e intrínsecamente imbricada con la vida de los seres humanos; somos parte de la naturaleza. Tal es la perspectiva cosmo-céntrica que posibilita pensar y construir el futuro humano con un sentido y una concepción de progreso y bienestar diferentes desde la raíz y superadores de los patrones utilitarios consumistas del capitalismo.

Una perspectiva intercultural para el desarrollo

La interculturalidad concibe las relaciones entre varias culturas dentro de un mismo territorio sobre la base del reconocimiento, la aceptación y la reciprocidad con el otro. La visión intercultural del desarrollo “va más allá de la acumulación económica y está relacionada esencialmente con la libertad cultural para decidir el respeto a la diversidad, a la diferencia, la heterogeneidad social y con la forma en que se organizan la vida, la sociedad y el Estado.”

En tal sentido, “La clave del desarrollo radica en suprimir la estructura de dominación cultural y de discriminación racial vigente e instituir una práctica de diálogo, cooperación, complementación, reciprocidad y entendimiento. De esta manera el crecimiento económico se concibe como el proceso de consolidación, fortalecimiento e interacción de identidades, como la articulación de redes de intercambio e interculturalidad.” [PND, p. 16]

Apoyar el empoderamiento creciente de las comunidades

Las políticas de atención a los sectores más olvidados y desprotegidos que impulsa actualmente el Estado Plurinacional de Bolivia, podrían calificarse -a primera vista- como clientelares o asistencialistas, en tanto que se expresan a través de planes de “ayuda” y estímulos. Pero hay elementos a considerar que si bien revelan aristas coincidentes con el asistencialismo o el clientelismo, los diferencian.

Para que la “ayuda” se considere tal, su implementación debe implicar -como en este caso-, la construcción de canales efectivos para que los “ayudados” lleguen un día a tener la capacidad de actuar productiva y reproductivamente por sí mismos. En aras de ello, los planes de ayuda se articulan con procesos sostenibles de construcción de vías de salida de la situación de pobreza. Estos suponen -consiguientemente- la implementación de modalidades de sobrevivencia y desarrollo autónomo en el mediano plazo. Se trata, por tanto, de un singular asistencialismo, estratégicamente no clientelar. Su principal virtud es que contribuye a que la población involucrada en los planes de “ayuda” se re-descubra como parte de una ciudadanía con igualdad de oportunidades y condiciones, sin prejuicios ni perjuicios por pertenencia étnica, cultural, de género o geográfica.

Las políticas impulsadas por el Estado y el Gobierno bolivianos en este terreno trascienden el debate de la dicotomía asistencialismo-clientelismo. Ya no se trata solo de aquéllo de “enseñar a pescar”. Además de enseñar a pescar se crean ámbitos productivos donde los “pescadores” pueden construir los instrumentos de pesca, mantenerlos, arreglarlos, etcétera, y se crean también espacios de intercambio y distribución social de los productos.

Se trata de una articulación integral de problemas y soluciones en base a una lógica estrechamente ligada a la posibilidad/capacidad que tengan las comunidades o poblaciones en situación de pobreza de desarrollar un ciclo productivo-reproductivo de su vida para, desde ahí, replantearse su inserción plena en la sociedad (empoderamiento). Para ello, se trabaja en la recuperación de las experiencias y saberes interculturales de las comunidades, impulsando simultáneamente la participación protagonista de la población “afectada” en la construcción de las soluciones.

Hay un cambio de lógicas: Son los actores sociales y políticos del campo popular quienes definen, determinan, impulsan y realizan los cambios. La recuperación de sus saberes, conocimientos, experiencia, memoria histórica, identidades, pertenencias, conciencia crítica y poderes, aporta efectivamente al empoderamiento comunitario, social e individual. Se trata de una imbricación desde la raíz de sujetos, subjetividades, saberes, identidades, poderes, culturas y cosmovisiones.

Construir un Estado plurinacional descolonizado

La construcción de un nuevo Estado Plurinacional conjuntamente con los procesos de descolonización sintetizan la determinación de reconocimiento y respeto a la diversidad: de nacionalidades e identidades, de culturas y también de cosmovisiones y sus saberes respectivos. Se trata de promover diálogos interculturales desde la raíz, en equidad y complementariedad, es decir, sin exclusiones ni subordinaciones jerárquicas entre sujetos, ni sus saberes, ni los ámbitos donde estos se producen.

De ahí que la construcción del Estado plurinacional descolonizado sea parte de las fuerzas del cambio y expresión de un nuevo poder. Surgido de los sectores indígenas y populares promueve su participación protagonista en las instancias de las decisiones económicas y políticas correspondientes a los nuevos andamiajes de ese nuevo poder. He aquí otro de los avances civilizatorios de la revolución democrática [inter]cultural que se construye en Bolivia.

La realización de la Asamblea Constituyente ha sido uno de los pilares claves para ello, así como la recuperación de los recursos energéticos, la lucha por la erradicación de la pobreza, los planes de alfabetización, la construcción de infraestructuras en las zonas olvidadas y alejadas de las ciudades, etc. He aquí una muestra de la articulación de las decisiones y acciones políticas claves de la primera etapa de gobierno.

Ciertamente no todo son rosas y palmas. Surgen también nuevos reclamos, conflictos y contradicciones, incluso dentro de los sectores afines al gobierno. Es el tiempo de los sujetos sociopolíticos de la revolución para manifestar sus puntos de vista, luchar por sus derechos y fortalecer el proceso revolucionario, consolidando los avances e impulsando su profundización. Esto genera nuevos escenarios y tipos de conflictos, realidad que se torna frecuentemente incomprensible para quienes imaginan que los procesos de transformación social ocurren en un lecho de pureza inmaculada y son protagonizados por ángeles.

El tránsito hacia una civilización intercultural que supone la ruptura y superación de los paradigmas del capital acuñados por siglos en las conciencias y en las prácticas se asemeja al cruce de un extenso campo minado: acechan peligros, amenazas y trampas de todo tipo. Y no hay garantías de éxito. Es y será responsabilidad de los actores sociales y políticos definir estrategias y desarrollar las capacidades para superar los obstáculos -en primer lugar los propios-, en la misma medida que van creando y construyendo lo nuevo, renovando sus compromisos y el propio proceso revolucionario en todo momento.

La revolución democrática [inter]cultural emprendida en Bolivia está en esta dirección; se abre paso con nuevas prácticas, concepciones, cosmovisiones y pensamientos sociotransformadores, creados (o recreados) por los pueblos acorde con sus realidades y las del planeta, entrelazando subjetividades y culturas con las necesidades de supervivencia colectivas, en aras de alcanzar la armonía en la convivencia intercultural de la humanidad, haciendo realidad el deseo zapatista de construir un mundo donde quepan todos los mundos. Ella anuncia la posibilidad del advenimiento de un nuevo tiempo civilizatorio. Representa, por tanto, como sintetiza Fernando Huanacuni, el renacimiento del tiempo.

Isabel Rauber. Doctora en Filosofía. Profesora universitaria, investigadora social y pedagoga política.

Publicado en: Bolivia Etiquetado como: Una opción civilizatoria con rostro indígena

Separatismo e indigenismo

01/08/2010 by maestro Deja un comentario

Los separatistas, cuya poderío se asentaba en grandes haciendas, control de medios de comunicación, Bancos y relaciones con trasnacionales, canalizaron en su beneficio legítimas demandas de autonomías departamentales en Santa Cruz, Beni, Pando, Tarija, Chuquisaca y Cochabamba. Llegó un momento en el que Evo no podía ingresar a seis de las nueve capitales de departamento del país.
 
Para derrotar este riesgo, el régimen exacerbó el indigenismo. La consigna de 36 inexistentes naciones precolombinas coadyuvó a reprimir y derrotar a sus oponentes. La concesión de bonos, a diestra y siniestra, y la atolondrada aprobación de un texto constitucional incoherente, en el que se contraponen irreconciliables regímenes autonómicos regionales, departamentales, municipales e indígenas vinieron en ayuda del grupo palaciego. Los enfrentamientos provocaron decenas de muertos. En ese momento clave, UNASUR dio a Evo un apoyo decisivo. Con ese aval, el régimen expropió tierras a grandes hacendados, en tanto importantes líderes autonomistas fueron perseguidos, encarcelados y acusados de terrorismo.
 
Sin embargo, después de su victoria, ratificada con su reelección, con el 64 por ciento de votos, el Primer Mandatario advirtió, para desencanto de las ONG, que el reconocimiento de las inventadas naciones indígenas era inviable, sobre todo después de frecuentes linchamientos, cometidos a nombre de  justicias comunitarias, y de crecientes pugnas internas por territorios, competencias y recursos naturales. Simultáneamente, Brasil cobró su apoyo en UNASUR, al mantener paralizada a YPFB. Solo funcionan con eficiencia los mega campos operados por Petrobrás, y que alimentan al coloso de San Pablo. Chile hizo lo mismo, al conseguir que Bolivia no reclame su salida al mar en los foros internacionales.
 
Lo anterior explica el retorno al centralismo más secante. Muchas de las anunciadas transformaciones culturales, algunas altamente valiosas, y las competencias autonómicas serán aplicadas con cuenta gotas y en próximas décadas. Los planteamientos de retorno al Tawantinsuyo y el tema de las 36 naciones han desaparecido de los discursos oficiales. El desorden institucional y económico (salvo en la macroeconomía, que entrega a EEUU y la Banca foránea el manejo de las reservas monetarias), hace que el gobierno trate de esbozar un proyecto nacional, con algunos signos alentadores, como la instalación de una termoeléctrica de 100 MV en Tarija y de una plata hidro metalúrgica de cobre en  La Paz. Asimismo, resolvió aumentar la presencia estatal en fronteras, auditar a empresas madereras y fiscalizar la hasta ahora  incontrolable explotación aurífera en la región amazónica.
 
Pese a que la oposición, sin excepción alguna, está castrada política e ideológicamente, el oficialismo no puede ocultar el aumento del contrabando y el narcotráfico. Las hábiles campañas internacionales que presentan a Evo como defensor del cosmos, del agua y de pueblos indígenas no compensan la extrema debilidad de la gestión de gobierno y la corrupción interna. Una mezcla de estafa, prostitución y asesinato impidió a Bolivia contar con la primera planta separadora de líquidos del gas que se exporta a Argentina y Brasil. El Poder Ejecutivo ha adquirido sin licitación, lo que es imposible de explicar jurídicamente, un avión presidencial por 38 millones de dólares, en tanto busca destituir al opositor alcalde de Potosí, René Joaquino, por comprar algunos camiones usados para su municipio.

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