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Vitalio

Adam Smith: ¿Librecambista o filósofo moral?

23/07/2023 by Vitalio Deja un comentario

Por: Michael Roberts

Este mes se ha celebrado el tercer centenario del nacimiento de Adam Smith. Nadie está muy seguro del día en que nació Smith en junio de 1723, pero los economistas de la Universidad de Glasgow han organizado una serie de eventos y debates sobre las ideas de Smith a lo largo del mes.

Adam Smith se ha convertido en el gurú del «laisser-faire», la economía de libre mercado, el hombre al que los economistas de la Universidad de Chicago como George Stigler y Milton Friedman recurrieron como su mentor teórico para el «libre mercado». Fue elogiado por políticos de derecha del librecambistas como Margaret Thatcher por inspirarlos a adoptar políticas para reducir el tamaño del gobierno y el estado y «dejar que el mercado gobierne» en todos los aspectos de la organización social. Y los economistas globales del libre mercado como Friedrich Hayek y la escuela austriaca de economía librecambista buscaron en Smith su enfoque básico. Incluso hay un “grupo de reflexión” con sede en el Reino Unido que afirma desarrollar una política económica basada en principios claros de «libre mercado». Su lema es «Usar los mercados libres para crear un mundo más rico, libre y feliz».  

Smith escribió dos grandes libros. El primero fue La teoría de los sentimientos morales en 1759 y su segundo, el más famoso, fue La riqueza de las naciones, publicado en 1776. Gracias a ellos se le conoce como «El Padre de la Economía». Y, sin embargo, cualquiera que lea estos dos libros con atención encontrará que Smith no era un furioso evangelista del libre mercado que negase el papel del gobierno o, para el caso, considerase que el comportamiento humano estaba impulsado por el interés propio material y nada más.

Su declaración más famosa fue sobre la llamada «mano invisible del mercado» de La riqueza de naciones: «(Cada individuo) en general, de hecho, no busca promover el interés público, ni sabe cuánto lo está promoviendo… Busca solo su propia seguridad; y al dirigir su actividad de tal manera que su producto pueda ser de mayor valor, solo solo busca su propio beneficio y así, como en otros muchos casos, es conducido por una mano invisible que promueve un objetivo que desconocía».

Smith argumenta aquí que, en la medida que cada individuo persigue su propia actividad económica, el individuo no es consciente de que la combinación de todas estas acciones individuales produce un mercado para la producción y el consumo que no está bajo su control, pero que conduce «invisiblemente» a un mejor resultado para todos. Detrás de esto estaba la gran idea de Smith de que la industria moderna se basa en la división del trabajo: cuando la producción de productos básicos se desglosa en partes discretas donde el trabajo humano se especializa en lugar de que los trabajadores hagan cada parte del proceso, la productividad aumenta y los costes y los precios caen. Marx nos cuenta el lado oscuro de la división del trabajo: la alienación de la humanidad que convierte el trabajo creativo en un trabajo duro y pesado.

Del mismo modo, para Smith, las personas que compiten en el mercado producen un resultado beneficioso para todos. Y de esto surgió la opinión de que «el consumo es el único fin y propósito de toda la producción; y el interés del productor debe ser atendido, solo en la medida en que sea necesario para promover el del consumidor». Esta es la base clásica de la economía neoclásica moderna: basada en el mito de que el consumidor es «soberno».

Smith se oponía firmemente al monopolio, muy abundantes en su tiempo, a menudo controlado por un estado monárquico corrupto. Estos monopolios arruinaban la industria y reducían la iniciativa empresarial y, por lo tanto, la productividad y la prosperidad. En particular, se oponía al mercantilismo, la doctrina del comercio internacional en la que las naciones protegían sus industrias y acumulaban excedentes en lugar de expandir el comercio. Explicó por qué el proteccionismo siempre es contraproducente. «Por medio de cristales, semilleros e invernaderos, se pueden criar uvas muy buenas en Escocia, y también se puede hacer muy buen vino de ellas a unas treinta veces el coste de traer vino igualmente bueno de países extranjeros. ¿Sería una ley razonable prohibir la importación de todos los vinos extranjeros, simplemente para fomentar la elaboración de claret y burdeos en Escocia?»

Es un mito creado por los librecambistas actuales que Smith se opusiera al gobierno y que subordinara el comportamiento moral al interés material. Por el contrario. El economista de Chicago Jacob Viner ( en la década de 1920) lo resumió así:

«Adam Smith no era un defensor doctrinario del laissez faire. Preveyó una amplia y elástica gama de actividades para el gobierno, y estaba dispuesto a extenderla aún más si el gobierno, al mejorar sus estándares de competencia, honestidad y espíritu público, se mostraba tentado de asumir responsabilidades más amplias… Se ha dedicado más esfuerzo a exponer su defensa de la libertad individual que a explorar las posibilidades de satisfacción de servicios a través del gobierno. . . . [pero] Smith vio que el interés propio y la competencia a veces traicionaban el interés público  al que se suponía que debían servir, y estaba dispuesto… a confiar en el gobierno en el desempeño de muchas tareas que los individuos como tales no hacían, no podían hacer o hacían peor. No creía que el laissez faire fuera siempre bueno, o siempre malo. Dependía de las circunstancias; y de la mejor forma que pudo, Adam Smith tuvo en cuenta todas las circunstancias que pudo encontrar».

Se oponía firmemente a la esclavitud. «No hay un negro de la costa de África que no posea un grado de magnanimidad que el alma de su sórdido amo sea capaz de concebir. La fortuna nunca ejerció más cruelmente su imperio sobre la humanidad, que cuando sometió a esas naciones de héroes al rechazo de las cárceles de Europa».

Marx fue un lector atento de La riqueza de las naciones. Reconoció la contribución de Smith en el intento de desarrollar una teoría del valor basada en el trabajo. Como dijo Smith: «El trabajo por sí solo, por lo tanto, nunca varía en su propio valor, es solo el estándar último y real por el cual se puede estimar y comparar el valor de todos los productos básicos en todo momento y lugar. Es su precio real; el dinero es su precio nominal». Pero Marx continuó criticando a Smith por la inconsistencia en su teoría del valor trabajo, ya que Smith volvió a una teoría del valor basada en los «factores de producción», es decir, la renta de los terratenientes, los beneficios de los capitalistas y los salarios del trabajo, en lugar de que todo el valor es creado por el trabajo y luego apropiado por el terrateniente y los capitalista.

Adam Smith tampoco era partidario fanático del libre comercio. Su posición estuvo matizada por el estado de la economía británica en ese momento. Apoyó las Leyes de Navegación, que regulaban el comercio y el transporte marítimo entre Inglaterra, sus colonias y otros países, a pesar del hecho de que exigían que las mercancías se transportaran en barcos británicos, incluso si otras opciones eran más baratas. «La seguridad«, escribió en La riqueza de las naciones, «es de mucha más importancia que la opulencia».

Denunciar las políticas de seguridad deseables como «proteccionistas» era y es muy difícil entonces y ahora. Después de todo, la seguridad del estado capitalista era más importante que el libre mercado en el comercio internacional. Y el «libre mercado» solo se elogia siempre y cuando no reduzca la rentabilidad de la empresa.

Michael Roberts, habitual colaborador de Sin Permiso, es un economista marxista británico, que ha trabajado 30 años en la City londinense como analista económico y publica el blog The Next Recession.

Texto original: https://thenextrecession.wordpress.com/2023/06/29/adam-smith-free-marketeer-or-moral-philosopher/

Traducción: G. Buster

Publicado en: Cultural, titular2

Los peruanos exigen la renuncia de la «asesina» Boluarte y prontas elecciones

23/07/2023 by Vitalio Deja un comentario

Por: Mariana Álvarez Orellana

El grito “Dina asesina, renuncia” se volvió a escuchar con fuerza en las calles del Perú: decenas de miles de peruanos participaron en las manifestaciones en todo el país; cerraron escuelas y universidades en varias regiones, y las plazas y calles fueron tomadas por manifestantes antigubernamentales. 

Pero la protesta no es sólo contra Dina Boluarte. El Congreso, controlado por una derecha  que ha puesto en marcha una ofensiva autoritaria para controlar las instituciones democráticas, también es blanco de la ira popular. Boluarte tiene un rechazo del 80 por ciento y el Congreso del 91 por ciento de la población.

El adelanto de elecciones para cambiar a la presidenta Boluarte y al desacreditado Congreso, justicia por los muertos durante las protestas anteriores y un referéndum para una Asamblea Constituyente, son las principales demandas.

A pesar del repudio mayoritario de la ciudadanía la ilegítima coalición Boluarte-Congreso se sostiene con el apoyo de las Fuerzas Armadas, las élites económicas y sus medios de comunicación afines.

Por ello, la consigna central y de consenso es la renuncia de Dina Boluarte, lo que forzaría una transición que lleve a elecciones generales en el más breve plazo, antes de que el Congreso tome control de los órganos electorales como lo hizo con el Tribunal Constitucional, la Fiscalía de la Nación y la Defensoría del Pueblo, advierte un editorial de Otra Mirada.

Desde el gobierno -y por los medios de comunicación hegemónicos- se ha insistido en una narrativa que homologa el derecho a la protesta social con actos delictivos, sediciosos o  terroristas, buscando restarle legitimidad a la protesta ciudadana, e inducir en la población un clima de miedo y zozobra que apunta a desmovilizarla.

Esto en un contexto en el que la participación de dirigentes y líderes sociales viene siendo restringida o amenazada, mediante el amedrentamiento judicial, mediático y en las redes sociales.

El gobierno, que ha respondido a las protestas con un amenazante discurso que criminaliza la movilización popular, movilizó ocho mil policías en el centro de Lima y unos 25 mil en todo el país. Repitió el discurso que avaló la brutal represión contra las protestas que se dieron entre diciembre y marzo, en las cuales murieron 67 personas, 49 de ellas por disparos de las fuerzas de seguridad, tratando de sepultar en el olvido las masacres de Ayacucho y Juliaca. 

La profundidad de la crisis requiere de cambios estructurales, relacionados con una renovación del sistema político y de la representación política de la sociedad, reformas profundas en el sistema de justicia y cambios en el modelo económico de corte neoliberal, generador de persistentes desigualdades económicas y sociales. Pero cualquier cambio estará bloqueado si continúa en el gobierno la coalición de poder que encarna Boluarte.

Ella, cooptada por quienes perdieron las elecciones y conspiraron para asaltar el poder, bajo el liderazgo del fujimorismo, las demás fuerzas de ultraderecha y en los últimos meses, en complicidad con Perú Libre, el Bloque Magisterial y otras agrupaciones que no han tenido escrúpulos para copar instituciones del Estado, quebrar el equilibrio de poderes constitucional y perforar el Estado de derecho.

Las protestas

Cerraron escuelas y universidades en todo el país. En Lima, la capital, se dieron enfrentamientos cuando un cordón policial impedía que manifestantes que querían llegar al Congreso avancen. Un grupo pasó la barrera policial y avanzó por la avenida que lleva al Congreso. Llegaron hasta la plaza que está frente al Legislativo, la que estaba enrejada y con fuerte presencia policial. Una gran cantidad de policías salió de la plaza del Congreso para alejarlos de esa zona. La movilización quedó partida.

En las pancartas se leía “en democracia no se mata a los que protestan” y los campesinos manifestantes mostraban caricaturas de Boluarte con casco, empuñando un fusil sobre un tanque militar con la frase “me quedo hasta 2026”. También portaron réplicas de lápidas negras con letras y cruces blancas con los nombres de las decenas de fallecidos de las protestas. Se agitaban banderas peruanas, algunas con el color negro reemplazando al rojo en señal de duelo, y la wiphala indígena.

En la plaza mayor de la región de Huancavelica, en los Andes, la policía dispersó con gas lacrimógeno a unos tres mil manifestantes, luego de que la puerta de la oficina local del Ministerio del Interior fue consumida por el fuego, confirmó el primer ministro peruano, Alberto Otárola, en conferencia de prensa. Las televisoras locales  mostraron a albañiles, universitarios y campesinos que coreaban: “esta democracia, ya no es democracia” y “Dina, asesina, el pueblo te repudia”.

La Defensoría del Pueblo reportó otras situación de violencia en la toma de instalaciones de la Universidad Nacional de Cajamarca, así como bloqueos en 58 provincias. Según el Ministerio de Transportes, ocho puntos de carreteras en las regiones de Cusco, Arequipa, Ayacucho y Loreto fueron bloqueados, pese a que hace una semana el gobierno extendió por un mes la suspensión de la libertad de tránsito y de reunión en varias autopistas claves del país, con el fin de evitar los cortes viales.

En Juliaca, ciudad de la altiplánica región de Puno, donde el paro fue contundente, familiares de las víctimas de la represión ocuparon lugar central en las movilizaciones de protesta. El 9 de enero, 18 personas murieron en esta ciudad cuando la policía disparó contra los pobladores que se habían movilizado ese día exigiendo la renuncia de Boluarte. Los retratos de la víctimas fueron colocados en la Plaza de Armas. “Exigimos justicia”, coreaba la población.

En la andina Ayacucho,  donde la represión dejó diez muertos en diciembre, el paro también fue general. Contundencia que se repitió en otras regiones. En Cajamarca, región natal del expresidente Pedro Castillo, ahora preso, fue tomada la universidad. Algunas carreteras fueron bloqueadas. La policía lanzó gases lacrimógenos para despejarlas.

En Lima, el epicentro de la movilización, los edificios públicos, incluidas las sedes del palacio de gobierno y del Congreso, fueron protegidos con rejas metálicas, mientras los manifestantes desfilaban por las principales calles del centro.En la sureña Arequipa, la segunda región en importancia, las autoridades suspendieron las clases presenciales. La misma medida se anunció para la región turística de Cusco y la de Tacna, en la frontera con Chile.

Aunque el gobierno de Boluarte ha acusado a los inconformes de violentos, cifras de la Defensoría del Pueblo indican que entre diciembre y febrero, de un total de mil 327 protestas realizadas, apenas 11.5 por ciento fueron violentas. Boluarte se abstuvo de hacer declaraciones durante la jornada, pero el día anterior calificó las protestas contra su gobierno como “una amenaza a la democracia” y volvió a atacar a los manifestantes acusándolos de “violentos”.

El discurso oficial ha resucitado al derrotado grupo armado Sendero Luminoso para vincularlo con la protesta y así pretender desacreditarla, atemorizar a la población y justificar la represión. Boluarte llamó al diálogo a quienes exigen su renuncia, pero dijo que sus demandas no podían ser atendidas por ser “políticas”, señaló que el gobierno respetaba el derecho a la protesta, pero la criminalizó.

Boluarte llegó al poder el 7 de diciembre de 2022, luego de que el Congreso destituyera al entonces presidente Pedro Castillo, quien intentó disolver el Parlamento para evitar una votación en su contra.Cinco días después de asumir el cargo, en medio de las protestas, aseguró que había asumido la iniciativa de llegar a un acuerdo con el Congreso para adelantar las elecciones generales al mes de abril de 2024.

Pero en junio la mandataria cambió de parecer y aseguró que se quedaría en el poder hasta 2026, cuando culmina el periodo presidencial para el cual fue electo Castillo.

Mientras, la Conferencia Episcopal Peruana la calificó como justa y constitucional. En un comunicado indicó que “el gobierno tiene la imperiosa obligación de escuchar al pueblo peruano y no ser ajeno a sus urgentes necesidades y justos reclamos”.

*Antropóloga, docente e investigadora peruana, analista asociada al Centro Latinoamericano de Análisis Estratégico (CLAE, www.estrategia.la)

Publicado en: Peru

Venezuela: Una revolución a caballo entre dos siglos

23/07/2023 by Vitalio Deja un comentario

Por: Roberto Santana Santos

 

La Revolución Bolivariana es, hasta la fecha, el acontecimiento más importante de América Latina en el siglo XXI. Sin embargo, en los estudios sobre la historia reciente de la región, Venezuela no ocupa una posición muy destacada.

El expresidente Hugo Chávez dijo una vez: «la Revolución Bolivariana fue la última revolución del siglo XX y la primera del siglo XXI». Este posicionamiento cronológico encierra bien el significado de revolución: una transformación total y radical de las estructuras socioeconómicas de una sociedad. Si el cambio de milenio no confirmó varias de las predicciones que se hicieron (especialmente el fetiche del año 2000), se produjeron otras sorpresas, entre ellas, el ascenso de la hasta entonces discreta —por no decir desconocida— Venezuela a uno de los países más importantes y discutidos del mundo.

Incluso en la historia reciente de América Latina, Venezuela no ocupaba una posición muy destacada. No figuraba entre las principales economías de la región, como Brasil, Argentina o México, ni llamaba la atención por sus experiencias políticas, como Cuba o Chile. En la historia latinoamericana, Venezuela fue reconocida como la cuna del libertador Simón Bolívar, gran líder de la liberación sudamericana del dominio español en el siglo XIX. Pero durante la mayor parte del siglo XX es imposible no darse cuenta de que el país quedó al margen de los principales acontecimientos y dramas de la región.

Así sería hasta 1989, cuando la rebelión popular conocida como el Caracazo marcaría profundamente la historia venezolana y latinoamericana, aunque esta profundidad histórica solo se haría evidente años más tarde. Este hecho sería el desencadenante de una serie de acontecimientos y movimientos en la sociedad venezolana que llevarían al ascenso de Hugo Chávez y a la constitución de las fuerzas sociales que conforman el chavismo.

La Revolución Bolivariana es, hasta la fecha, el acontecimiento más importante de América Latina en el siglo XXI. Abrió una coyuntura de reconfiguración de las fuerzas políticas y sociales en la región y articuló, directa e indirectamente, todo un movimiento de contestación popular contra la dominación burguesa e imperialista en la región. Revivió y actualizó el proyecto de integración latinoamericana imaginado por Simón Bolívar en el siglo XIX y radicalizado por la Revolución Cubana en el siglo XX. A nivel mundial, ha retomado el socialismo y la lucha de clases, conceptos proscritos desde el fin de la Unión Soviética (1991) y la hegemonía neoliberal, situándose como vanguardia de la lucha revolucionaria en el mundo, proponiéndose sacar a la izquierda de la defensiva que le impone el capital globalizado. Nada ni nadie puede permanecer indiferente ante el chavismo.

Este artículo pretende ser un resumen de la historia de la Revolución Bolivariana para aquellos que empiezan a buscar información sobre este proceso. Es también una evaluación de los caminos de la Revolución, de sus políticas y formas de organización popular. Analizar la Revolución Bolivariana es estudiar las diferentes formas de organización de la clase obrera en la lucha por el poder y la construcción de una nueva sociedad, libre de la explotación laboral y de la dominación imperialista, con todas sus contradicciones, incertidumbres, avances y retrocesos. El texto también sirve para el estudio por parte de la militancia de izquierda para conocer mejor el principal proceso revolucionario que se está desarrollando en el mundo actual.

Antecedentes: petróleo y Pacto de Puntofijo

La historia de Venezuela en el siglo XX tiene un protagonista muy claro: el petróleo. Su presencia en el territorio del país desde finales del siglo XIX, su extracción y el posterior desarrollo de la industria petrolera transformaron un país hasta entonces predominantemente agrario y pobre en uno de los mayores productores del «oro negro». Se rediseñó toda su estructura socioeconómica, lo que convirtió a Venezuela en un país importador de productos industrializados de todo tipo. Se desarrolló una burguesía rentista que solo vivía de los porcentajes que le daban las multinacionales que extraían el producto y del alquiler de propiedades, así como una incipiente clase media que le servía. También se formó un proletariado urbano, que incluía a trabajadores del sector petrolero; pequeños y medianos propietarios rurales, así como pescadores de la costa caribeña.

El capitalismo venezolano se basaba en el trípode renta petrolera/importación/tierras improductivas. Sus contradicciones sociales tenían lugar en choques intraclase entre un sector servil a los intereses del capital extranjero (principalmente norteamericano y petrolero) y otro que pretendía una especie de nacional-desarrollismo, principalmente en la ventana creada por la Segunda Guerra Mundial (1939-1945). También hubo enfrentamientos entre clases, pues el proletariado avanzó en su organización política creando sindicatos, partidos y otras formas de lucha, entre las que destacó el Partido Comunista de Venezuela (PCV), fundado en 1931. Las asociaciones obreras fueron ilegalizadas en diversas épocas, e incluso cuando fueron aceptadas formalmente en el escenario político del país, siempre se impusieron dificultades a su pleno funcionamiento y participación.

Tras la Segunda Guerra Mundial, Venezuela vivió una de sus dictaduras más feroces, dirigida por el General Pérez Jiménez. El golpe que llevó a Pérez Jiménez al poder y sus diez años de gobierno autoritario fueron apoyados por Estados Unidos, para garantizar su hegemonía sobre América Latina en la Guerra Fría. El General gobernó bajo una intensa represión, recorte de los derechos fundamentales, ausencia de elecciones directas y prescripción de los partidos políticos, al tiempo que llevaba a cabo una «modernización» física de Caracas, para que fuera el escaparate de la nueva «Venezuela petrolera» e invertía en infraestructuras, como en las áreas del acero y la petroquímica. Sin embargo, el creciente endeudamiento del gobierno fue erosionando diversos sectores, provocando manifestaciones de descontento entre las masas y el abandono del gobierno por parte de facciones de la burguesía venezolana.

El 21 de enero de 1958 tuvo lugar una huelga general articulada por todas las fuerzas opositoras —con el PCV cumpliendo un rol central— que dio lugar a importantes enfrentamientos contra las fuerzas represivas del gobierno. Dos días después, cuando Pérez Jiménez perdió el apoyo de los militares, huyó a la República Dominicana, poniendo fin a diez años de dictadura. Paralelamente, tres partidos políticos mantenían conversaciones desde el año anterior para reorganizar el sistema político tras la dictadura, excluyendo, sin embargo, a los comunistas.

Estos tres grupos eran: AD (Acción Democrática), que pretendía ser una versión venezolana de los partidos socialdemócratas europeos de posguerra, con participación en el movimiento sindical y estudiantil, de tendencia liberal y anticomunista; COPEI (Comité de Organización Política Electoral Independiente), de orientación socialcristiana, con ramificaciones en diversos sectores organizados de la sociedad; y URD (Unión Republicana Democrática), de carácter liberal.

Las conversaciones entre estas fuerzas desembocaron en el Pacto de Puntofijo, cuya idea central era la implantación de una república liberal restringida, en la que los distintos grupos que representaban a las clases propietarias compartirían el gobierno y los cargos en la esfera pública. El reparto de espacios en el aparato público debería realizarse entre los tres partidos que obtuvieran los mejores resultados electorales. De esta forma se acomodaban los intereses de las diversas facciones de la clase dominante, evitando disputas internas, y al mismo tiempo se utilizaba el poder del Estado para reprimir y cooptar a los diversos sectores populares no incluidos en el Pacto.

El Pacto de Punto Fijo pretendía reducir las diferencias ideológicas y programáticas entre sus firmantes y sentar las bases de una convergencia de intereses que tenía como punto de apoyo el dominio del aparato estatal. En la práctica, se convertiría más tarde en un acuerdo entre AD y COPEI y un tercer partido, según su fuerza electoral en ese momento. El Pacto representaba una forma de acomodar a las distintas facciones de la clase dominante en el reparto del poder, incluidos el capital financiero, las empresas petroleras, la dirección del movimiento sindical, la Iglesia y las Fuerzas Armadas. Además, se esforzó por definir una democracia liberal afín a Estados Unidos. Este gran acuerdo representó la traducción político-institucional de una economía basada en la exportación de petróleo. Además de acomodar los intereses de las élites, pretendía amortiguar los conflictos sociales mejorando lenta pero constantemente el nivel de vida de la mayoría de la población. Clientelismo, proselitismo y corrupción eran también las características de un tipo de dominación que, en la otra cara de la moneda, reprimía con dureza cualquier contestación más consistente. Una democracia dependiente del flujo de petrodólares.

Con el tiempo, la UDR se retiraría del Pacto y perdería gran parte de su fuerza, haciendo que el periodo se relacionara más comúnmente con el relevo en la presidencia del país entre las otras dos siglas, AD y COPEI, que desarrollarían amplias redes de clientelismo, convirtiéndose en las fuerzas dominantes de la política venezolana en la segunda mitad del siglo XX. AD hegemonizó la Central Venezolana de Trabajadores (CVT), la mayor central sindical del país, y empezó a compartir con COPEI los principales cargos del Estado, como el mando de la Cámara de Diputados y del Senado, las comisiones legislativas, las candidaturas al Tribunal Supremo y la Fiscalía General.

Con la Constitución de 1961, el voto por lista (en el que la población vota a los partidos y no a los candidatos) y los acuerdos entre AD y COPEI, todas las áreas del poder público quedaron divididas entre los dos grupos, que representaban a la misma clase dominante venezolana y a los intereses del capital extranjero, con amplias redes de clientelismo y corrupción. Los sectores populares que querían que el gobierno atendiera sus demandas tenían que aliarse con uno de los bandos, garantizándose votos y la perpetuación del Pacto.

Así es como Venezuela gozó de reputación democrática en América Latina en las décadas de 1960 y 1970, mientras la región era testigo de golpes de Estado y de la instauración de dictaduras patrocinadas por Washington. En realidad, la clase dominante venezolana y el imperialismo estadounidense solo desarrollaron en el país una forma de dominación más compleja que en sus vecinos. Existía represión, de forma violenta, contra todos los excluidos del Pacto, en particular la izquierda revolucionaria, incluidos los grupos guerrilleros y otras formas de organización popular, especialmente en los barrios populares de las grandes ciudades (que, en el futuro, serían importantes para la constitución de las fuerzas populares del chavismo).

La hegemonía del Puntofijo fue posible gracias a la bonanza petrolera. La creación de la Organización de Países Exportadores de Petróleo (OPEP) en 1960 —de la que Venezuela es miembro fundador— y los altos precios del producto en el mercado internacional, sobre todo en la década de 1970, permitieron que el clientelismo de AD y COPEI mejorara paulatinamente las condiciones de vida de buena parte de la población, sin que por ello se redujera la desigualdad, ya que la burguesía del país y una parte de la clase media nombrada para ocupar cargos públicos tenían unas condiciones de vida totalmente contrarias a la realidad nacional. «Existía la sensación de que nadie necesitaba pagar impuestos para que el país funcionara. El flujo de petrodólares era incluso mayor que la capacidad de la economía para absorber capital». Parte de la población recuerda este periodo como «los buenos tiempos».

En este periodo se creó Petróleo de Venezuela S. A. (PDVSA), la poderosa empresa petrolera estatal del país. La aparición de la empresa y la nacionalización del petróleo aumentaron la participación estatal en los dividendos, pero no disminuyeron el control del capital extranjero. De hecho, se produjo una reacomodación de los intereses de las burguesías internas y externas en el control de los recursos de hidrocarburos, lo que permitió su enriquecimiento y la alimentación de las redes clientelares de los partidos del orden. PDVSA disponía de una amplia autonomía de funcionamiento, convirtiéndose en un Estado dentro del Estado. En la «tranquilidad» política del Pacto de Puntofijo también influyó el funcionamiento de comisiones tripartitas entre el Estado, los empresarios y los representantes de los trabajadores. Por parte de los empresarios, la principal organización era Fedecámaras (Federación de Cámaras y Asociaciones de Comercio y Producción de Venezuela) y por parte de los trabajadores, la ya mencionada CTV. Ambas, controladas por AD y COPEI, decidían las políticas sociales y laborales.

Todo empezó a derrumbarse tras la Crisis de la Deuda y la caída de los precios del petróleo a principios de los años 80. La disminución del flujo de dólares hacia el país y los elevados intereses de la deuda norteamericana drenaron los recursos en un momento en que la economía mundial estaba siendo reestructurada por la hegemonía neoliberal, que tenía como contrapartida la destrucción de las economías periféricas. La subida de los tipos de interés estadounidenses también elevó los tipos de interés de las deudas contraídas por los países periféricos, lo que las hizo impagables.

El 28 de septiembre de 1983, el «viernes negro», quedó marcado como el final de un sueño. La situación internacional era grave. México y Brasil habían quebrado literalmente, entrando en la larga crisis de deuda externa que había golpeado a varios países periféricos. El presidente de la República, Copeiano Luis Herrera Campíns (1979-1984), se había visto obligado a devaluar bruscamente la moneda nacional, el bolívar, como culminación de un proceso que incluía, en los últimos años, la caída sustancial de los precios del petróleo, la disparada deuda pública —que se había multiplicado por diez entre 1974 y 1978— y el aumento de los intereses de los préstamos internacionales. La cotización del dólar saltó rápidamente de 4,70 a 7 bolívares. Se calcula que ese año salieron de Venezuela 8000 millones de dólares. El desempleo avanzó a pasos agigantados, iniciándose una crisis material y de valores que resultó irreversible. Fue el fin de los «buenos tiempos».

La estructura que mantenía el Pacto de Puntofijo se deterioró irreversiblemente. También hubo intentos de oxigenar el sistema político, como el fin del voto por lista y las elecciones directas para gobernadores y alcaldes (hasta entonces eran designados), dando cabida al surgimiento de otros partidos políticos. En 1988, Carlos Andrés Pérez de AD fue elegido presidente por segunda vez, tras haber gobernado el país en la década anterior. Su elección trajo consigo la idea de una vuelta a los «buenos tiempos», al tiempo que se comprometía a escuchar las críticas de la población y de los sectores políticos que habían sido excluidos del Puntofijo. Pero no fue así.

El Caracazo y la emergencia de Chávez

La economía y la sociedad venezolanas entraron en una profunda crisis con la caída de los precios del petróleo, la Crisis de la Deuda y las fisuras del Pacto de Puntofijo. El desempleo masivo, la elevada inflación y el aumento del coste de la vida castigaron a la población, mientras que las fuerzas dominantes de la política empezaron a mostrar desacuerdos. Carlos Andrés Pérez, elegido presidente por segunda vez, sorprendió al país a principios de 1989 anunciando que había firmado un acuerdo con el FMI.

El objetivo de todo ello era el desembolso de un préstamo de 4500 millones de dólares. La contrapartida, materializada el sábado 25, era salada: el paquete incluía la devaluación de la moneda nacional, el bolívar, la reducción del gasto público y del crédito, la liberación de los precios, la congelación de los salarios y el aumento de los precios de los productos de primera necesidad. La gasolina sufriría un reajuste inmediato del 100%. Esto se traduciría, según se anunció, en un aumento del 30% en los billetes del transporte público. En la práctica, estos aumentos también alcanzaron el 100%. Nada de esto se había confesado durante la campaña.

Como todos los ajustes impuestos por el FMI a los países periféricos, ninguna de las medidas presentadas pretendía mejorar la calidad de vida de la población, sino garantizar los beneficios del capital financiero, dándoles garantías de que la riqueza del país se destinaría al sistema bancario internacional y no a las necesidades del pueblo. Lejos de pretender mejorar los indicadores económicos, algo que el neoliberalismo nunca fue capaz de hacer, las medidas provocarían un empeoramiento de la realidad venezolana.

El 27 de febrero de 1989 llegó la respuesta popular. Comenzaron las protestas en las terminales de autobuses de la capital, Caracas, debido al aumento de las tarifas. Las manifestaciones crecieron y se multiplicaron, de forma espontánea por toda la capital y otras ciudades del país, recibiendo pronto la participación de estudiantes y otros sectores. Hubo barricadas en las calles, saqueos que cerraron los comercios y quema de autobuses. Una multitud tomó las calles de Caracas en una explosión social de rabia y descontento, sin agenda ni organización, poniendo de manifiesto la crisis del país y la falta de representación en la política. Aunque tuvo lugar en varias ciudades de Venezuela, y no solo en su capital, el acto se conoció como Caracazo.

El presidente Carlos Andrés Pérez convocó a los representantes de los sindicatos patronales y decretó la suspensión de los derechos constitucionales. Era la contraseña para una masacre. Las Fuerzas Armadas y la Policía empezaron a reprimir las manifestaciones con munición letal y redadas en las favelas y barrios pobres de las ciudades, asesinando a gente indiscriminadamente. A día de hoy no está claro el número de víctimas, que oscila entre centenares, según las estimaciones más conservadoras, y más de cinco mil. Las manifestaciones, sin embargo, permanecerían desde entonces en la vida cotidiana del país, espontáneas u organizadas, como síntomas de una crisis general de la sociedad venezolana.

Toda esta convulsión y violencia fue observada con gran atención por un joven teniente coronel del ejército venezolano. Hugo Chávez fue el fundador del MBR-200 (Movimiento Bolivariano Revolucionario 200, en referencia al bicentenario del nacimiento de Simón Bolívar), que reunía a jóvenes militares, en su mayoría de rango medio, para debatir la grave crisis del país. Los participantes en el movimiento estaban en total desacuerdo con las órdenes presidenciales de reprimir a la población en el Caracazo y otras manifestaciones, que consideraban legítimas contra un gobierno que consideraban corrupto e ineficaz.

Es importante señalar un hecho diferencial de los militares venezolanos en relación con sus homólogos de otros países latinoamericanos. La historia reciente de la región ha sido testigo del uso de las Fuerzas Armadas como medio para imponer dictaduras antipopulares y subalternamente alineadas con la hegemonía norteamericana. Buena parte de los líderes militares que dirigieron regímenes dictatoriales en la región durante el siglo XX fueron entrenados directamente por las Fuerzas Armadas estadounidenses en la Escuela de las Américas y otras instituciones. En Venezuela, sin embargo, no solo los militares tenían formación continua en las propias universidades del país, haciendo que los jóvenes oficiales vivieran en ambientes distintos a los cuarteles (Chávez tuvo experiencias de este tipo durante su formación), sino que la propia izquierda siempre realizó trabajo de base y reclutó militantes en el sector militar. El PCV fue uno de los pocos partidos comunistas que, siguiendo la línea de Moscú, invirtió en la lucha guerrillera, aunque la abandonara más tarde. No existía, por tanto, una fuerte hegemonía del pensamiento autoritario y corporativista entre los militares venezolanos, a diferencia de sus homólogos en otros países de la región.

El MBR-200 se articuló para una insurrección contra el gobierno de Carlos Andrés Pérez, en otra fecha que pasaría a la historia contemporánea de Venezuela, el 4 de febrero de 1992, o simplemente 4F. La sublevación consistiría en detener al presidente nada más regresar de un viaje al extranjero y tomar puntos estratégicos de la capital y otras ciudades, como la Comandancia General de Aviación, el Palacio de Gobierno y bases militares. No se sabe cómo, el plan fue descubierto al principio de su ejecución y dio lugar a combates entre insurgentes y fuerzas leales al gobierno en varias localidades. Fue, con pequeñas excepciones, una acción estrictamente militar, sin apoyo de organizaciones populares o políticas, pero no desdeñable, con la participación de unos seis mil soldados, en su mayoría de rangos intermedios y procedentes de las clases populares.

Tras horas de combate, la insurrección fracasó en su intento de tomar el poder. Hugo Chávez, como líder del movimiento, negoció la rendición, pidiendo solo dos cosas: que se le tratara con dignidad y que se le permitiera hacer una declaración por televisión para que sus camaradas de otras ciudades depusieran las armas. He aquí sus palabras:

En primer lugar, quiero dar los buenos días a todo el pueblo de Venezuela. Este mensaje bolivariano va dirigido a los valientes soldados que integran el regimiento de paracaidistas de Aragua y la Brigada Blindada de Valencia. Camaradas: lamentablemente, por el momento, en la capital no se han logrado los objetivos que nos propusimos. Es decir, aquí en Caracas no hemos conseguido controlar el poder. Lo han hecho muy bien, pero es hora de reflexionar. Vendrán nuevas situaciones y el país debe tomar un rumbo definitivo hacia un destino mejor. En cuanto escuchen mi palabra, escuchen al Comandante Chávez, que les da esta oportunidad para que, por favor, reflexionen y depongan las armas, porque la verdad es que los objetivos que nos hemos propuesto a nivel nacional son imposibles de alcanzar. Camaradas, escuchen este mensaje de solidaridad. Les agradezco su lealtad, les agradezco su valentía, su desprendimiento y yo, ante el país y ante ustedes, asumo la responsabilidad de este movimiento militar bolivariano. Muchas gracias.

El énfasis en el «por ahora» pasaría a la historia, casi como una profecía. Las palabras de Chávez dejaron claro que su proyecto no había sido derrotado, solo había sufrido un revés momentáneo. El Comandante y sus compañeros fueron encarcelados, pero ganaron el país. El 4F no fue interpretado por la población venezolana como un intento de golpe de Estado, sino como una insurrección contra un gobierno que castigaba al pueblo con la miseria y la precariedad, mientras los ricos vivían en el lujo. La acción encabezada por Chávez tradujo un descontento que provenía del Caracazo y despertó en la población, especialmente en los trabajadores pobres, la sensación de que alguien les escuchaba y actuaba contra la dramática realidad en la que vivían las mayorías. En el futuro, el chavismo transformaría el 4F en el «Día de la Dignidad Nacional», una fecha conmemorada con marchas y sentadas cargadas de contenido político.

Las acciones del MBR-200 y sus propuestas respondieron a los deseos de la población. Entre ellas, la deposición de todas las autoridades de los Tres Poderes, la elección de nuevos representantes sindicales, el fin de las privatizaciones, la congelación de precios, la crítica a la deuda externa. La reorganización de la vida política del país se lograría mediante la más importante de las propuestas de Chávez: la convocatoria de una Asamblea Nacional Constituyente elegida por la población para formular una nueva Carta Magna para el país. Las propuestas del MBR-200 eran de carácter popular y nacionalista, disipando la idea de que se trataba de un mero golpe militar de corte autoritario, tan común en la historia latinoamericana. Incluso en prisión, Chávez se convirtió en la figura más popular del país y empezó a recibir visitas de diversos sectores de la sociedad. Su hermano, Adán Chávez, militante marxista, fue uno de los que invirtió en el diálogo entre los militares del MBR-200 y la militancia de izquierda.

Con la agudización de la crisis, nuevas insurrecciones militares, protestas constantes y acusaciones de corrupción, Carlos Andrés Pérez fue destituido de la presidencia. La idea de una Venezuela democrática y una vida política pacífica gracias al Pacto de Puntofijo se desmoronó de forma violenta. El país necesitaba un giro total, capaz de refundar el sistema político y llevar a las masas al centro de la toma de decisiones, es decir, una democracia real. Ese era el plan de Chávez.

Las elecciones de 1998

Mientras aún estaba en prisión, Chávez recibió visitas de representantes de distintos sectores sociales, forjando una alianza que sería su base política inicial para concurrir a las elecciones presidenciales. Liberado gracias a un indulto, Chávez, que para entonces ya era la figura más popular del país, comenzó a prepararse para presentarse a las elecciones presidenciales por el MVR (Movimiento V República), sigla que sustituyó al MBR-200, recibiendo el apoyo de otros partidos y organizaciones de diverso tipo, desde militares nacionalistas, movimientos y partidos de izquierda, políticos liberales con inquietudes sociales, entre otros. La situación económica y el Pacto de Puntofijo continuaron deteriorándose mediante la aplicación del paquete neoliberal del FMI, fuertemente rechazado por la mayoría de la población.

En un momento de total desencanto de la población con el sistema político y la profunda crisis económica, Chávez y su campaña fueron capaces de condensar todo el anhelo popular en una sola propuesta: una Asamblea Nacional Constituyente. La propuesta, buque insignia de la campaña chavista, consistía en pedir a los venezolanos que reescribieran la Constitución del país, limpiando el panorama político. El entonces candidato se comprometió, en caso de ser elegido, a convocar inmediatamente una votación para elegir a los diputados constituyentes que redactarían una nueva carta magna, haciendo hincapié en la participación popular en los mecanismos de gobierno y en la soberanía nacional, especialmente en las riquezas del petróleo.

Hugo Chávez fue elegido Presidente de Venezuela el 6 de diciembre de 1998, con el 56,20% de los votos (más de 3,6 millones de votos), muy por delante de Henrique Salas Römer, el candidato del dúo AD/COPEI (a pesar de no pertenecer a ninguna de las dos siglas, que buscaban desesperadamente un outsider), con el 39,97% de los votos. Un resultado que pasaría a la historia de Venezuela como un punto de inflexión y el final definitivo del Puntofijo. Se abría un nuevo periodo histórico en la vida del país, la Revolución Bolivariana. Más que eso, la elección de Chávez fue contraria a la hegemonía neoliberal en América Latina en aquel momento. Chávez fue elegido con una postura claramente antineoliberal y nacionalista con el apoyo de fuerzas de izquierda, aunque todavía no se hablaba abiertamente de socialismo.

Los monopolios mediáticos mundiales, especialmente en América Latina, presentaron la elección de Chávez como una aberración, preguntándose cómo la población había votado masivamente a alguien que solo cinco años antes había intentado dar un «golpe de Estado». Buena parte de la izquierda mundial tampoco comprendió al principio el fenómeno Chávez, en gran medida porque siempre espera una revolución pura y redentora que solo existe en la imaginación y no en las sinuosas contradicciones de la realidad. Era difícil imaginar que aquel triunfo resonaría en la historia regional como el inicio de un proceso de avance de las luchas populares y las victorias electorales de las fuerzas progresistas, volviendo a poner en el orden del día la revolución, el socialismo, la lucha de clases y tantos otros términos y conceptos entonces abandonados.

La Constitución de 1999

Chávez fue fiel a sus propuestas presentadas durante la campaña electoral y el mismo día de su toma de posesión, el 2 de febrero de 1999, dictó un decreto convocando el proceso constituyente. Cuando juró el cargo de presidente, con las manos sobre la Constitución, dijo que juraría sobre esta «moribunda Constitución» que promovería una nueva carta magna. Este proceso comenzaría, sin embargo, con una consulta al pueblo, a través de un referéndum, preguntando si la población estaría de acuerdo con la convocatoria de una Asamblea Nacional Constituyente. Dos meses después, en abril, se celebró el Referéndum Constituyente, en el que el 87% de la población autorizó la convocatoria del proceso. En julio, la población eligió a los diputados constituyentes, donde las fuerzas del Polo Patriótico obtuvieron una victoria aplastante, con 119 de los 131 escaños.

La Constitución de 1999 marca la refundación institucional del país, que serviría de modelo para las fuerzas populares de América Latina y más allá. Propugna una democracia participativa y protagónica que va mucho más allá de la desvaída «democracia» liberal representativa. Entre sus invenciones se encuentran la institucionalización de los referendos, especialmente el referendo revocatorio (en el que, en medio de un mandato, la población puede proponer una consulta para destituir a un gobernante electo) y los referendos para reformar la propia constitución. La creación de cinco poderes, y ya no tres (Ejecutivo, Legislativo y Judicial), constituyendo el Poder Electoral —rescatando la propuesta de Símon Bolíviar— para organizar todo el ámbito electoral del país, y el Poder Ciudadano, formado por la Fiscalía General, la Defensoría Pública y la Contraloría General. Hubo una ampliación del número de magistrados del Tribunal Supremo, y un aumento de las prerrogativas del Ejecutivo con las leyes habilitantes (de las que se hablará más adelante), y de su mandato, ampliado a seis años.

La nueva Constitución reconoció por primera vez en la historia de Venezuela los derechos de los pueblos indígenas y la protección del medio ambiente. Una de sus principales innovaciones fue el reconocimiento de los consejos populares y las asambleas de barrio como entidades políticas para organizar al pueblo. Se trata de consejos de barrio o regionales, donde los vecinos se reúnen para debatir los problemas locales y sus posibles soluciones. En determinados órdenes del día, sus decisiones tienen carácter deliberativo, como la asignación de recursos para obras de infraestructura, abastecimiento de agua y promoción de actividades culturales. Esta iniciativa revolucionaria comenzó a promover la democracia de base en el país, politizando a gran parte de la población, especialmente a los más pobres y a los residentes de barrios marginales y populares, que constituían la base social de apoyo al chavismo. La Constitución de 1999 también cambió el nombre del país por el de República Bolivariana de Venezuela, a propuesta del propio Chávez, y abolió las dos cámaras legislativas (Cámara de Diputados y Senado), creando una sola, la Asamblea Nacional.

Al cabo de seis meses de trabajo, el pueblo fue convocado de nuevo a referéndum, ahora para decidir si aprobaba o no la Carta Magna. En diciembre de 1999, el nuevo texto constitucional fue aprobado por el 71% de los votos. Chávez no se detuvo ahí. Con la nueva Constitución en vigor, todos los cargos electivos debían someterse a nuevas elecciones, incluida la propia presidencia. Las «megaelecciones» se convocaron para julio de 2000, cuando se celebraron simultáneamente elecciones para presidente y Asamblea Nacional, gobernadores y asambleas estatales, alcaldes y ayuntamientos. Chávez fue reelegido con el 59% de los votos (más que en las elecciones de 1998) y sus partidarios obtuvieron la mayoría en la Asamblea Nacional y los gobiernos estatales.

En un año, la población fue convocada cuatro veces a las urnas para sanear el país, formulando una nueva Constitución y renovando todos los poderes del Estado. Fue una tarea hercúlea, pero muy exitosa. Chávez entregó el poder de decisión al pueblo venezolano, enterrando la falsa democracia del Puntofijo y politizando a la población. Al mismo tiempo, construyó una nueva arquitectura de poder que le permitiría, junto con el pueblo, promover los cambios estructurales necesarios para el desarrollo socioeconómico del país. Una revolución estaba en marcha y una gran parte de la población era y quería ser parte de ella. La constituyente inauguró un mecanismo importante para el funcionamiento de la Revolución, y que dio fuerza al chavismo: la consulta popular sobre cuestiones importantes a través de referendos.

Si en el terreno político Chávez fue rápido, aprovechando y ampliando su capital político, en el terreno económico comenzó de forma más moderada. El gobierno fue hábil en mantener el equipo económico anterior mientras concentraba fuerzas en el proceso constituyente. Garantizó la inversión extranjera y no tomó ninguna medida importante que desviara la atención de la batalla política. Cuando los trabajos sobre la nueva carta magna ya estaban avanzados, fue el momento en que Chávez empezó a poner en práctica su plan para recuperar la soberanía económica del país.

Su primer movimiento fue audaz. Consiguió celebrar la II Cumbre de Jefes de Estado y de Gobierno de la OPEP en territorio venezolano. Esta Cumbre no se celebraba desde 1975 y tenía como objetivo restablecer los precios del petróleo (que en aquel momento se vendía a menos de 10 dólares el barril) y reactivar a la propia OPEP como entidad influyente en la geopolítica internacional. La acción tuvo éxito y fue importante para recuperar los ingresos en las arcas públicas. Venezuela se beneficiaría de la subida de los precios del petróleo en la década de 2000, debido principalmente al aumento de la demanda china. Pero los recursos obtenidos del petróleo solo se utilizarían para combatir la gravísima crisis social y económica gracias a las acciones del gobierno de Chávez.

En 2001, tras la aprobación de la Asamblea Constituyente y su nueva elección, junto con la recuperación gradual de los precios del petróleo, Chávez y su equipo se sintieron seguros para incidir más directamente en la desigual sociedad venezolana, aprobando nuevas leyes que reestructuraron todos los sectores de la economía. Las Leyes Habilitantes eran un nuevo mecanismo de la Constitución, en virtud del cual la Asamblea Nacional permitía al presidente legislar sin la aprobación parlamentaria. Con ella Chávez promulgó 49 leyes que reestructuraron los puertos, la banca y las finanzas, la aviación civil, el sistema ferroviario, la seguridad, el gas, la electricidad y el turismo, entre otros. Las más importantes y controvertidas fueron la Ley de Tierras y Desarrollo Agrario, la Ley de Pesca y Acuicultura y la Ley de Hidrocarburos.

La Ley Agraria promovió un nuevo registro de las propiedades rurales del país, exigiendo pruebas de la propiedad de la tierra y de su productividad. Las propiedades se gravaban en función de su tamaño. Las propiedades consideradas ociosas se destinarían a la reforma agraria, y se concederían una serie de beneficios a los pequeños agricultores y a la agricultura familiar. La Ley de Pesca también beneficiaba a los pescadores artesanales, con incentivos para mantener sus actividades, y delimitaba la pesca industrial más allá de seis millas de la costa, evitando así la pesca depredadora que amenazaba la reproducción de los peces y otros animales marinos, acciones que ponían en riesgo de colapso al propio sector.

La Ley de Hidrocarburos tenía la dirección correcta: acabar con la posición de PDVSA como un Estado dentro del Estado, su control por el capital internacional y su expolio por los caciques locales. La ley aumentaba las regalías y los impuestos que la empresa debía pagar al gobierno y estipulaba que los ingresos debían destinarse a la sanidad, la educación, la estabilización macroeconómica del país y reinvertirse en el desarrollo nacional.

Chávez y su gobierno demostraron una gran habilidad. Al principio concentraron sus fuerzas en construir una hegemonía política y electoral entre la población, forjando una nueva institucionalidad que permitiera utilizar los mecanismos constitucionales para reestructurar la economía nacional a favor de las mayorías. Sus pasos económicos fueron graduales, primero para recuperar los precios del petróleo, fuente de recursos sin la cual nada funciona en Venezuela, y luego para avanzar en los puntos centrales de la economía.

Chávez demostró que no era un demagogo ni un bufón, que estaba al frente de un gobierno nacionalista, antineoliberal y de orientación popular, al tiempo que se mostraba como un líder muy inteligente, avanzando con cautela, siempre recogiendo fuerzas de la población, para llevar a cabo una política de mayorías. Obviamente, el avance popular desataría el odio de la clase dominante, de una fracción privilegiada de la clase media que vivía de los empleos estatales y de PDVSA, y del imperialismo estadounidense (en aquel momento dirigido por George W. Bush). 2002 sería un año dramático que cambiaría Venezuela para siempre.

El golpe fallido de 2002 y el freno del petróleo

Amedida que avanzaban las medidas populares del gobierno de Chávez, las fuerzas que representaban a la patronal y al capitalismo internacional comenzaron a tramar el derrocamiento del Presidente. Las Leyes Habilitantes atacaban directamente los beneficios y propiedades de la burguesía venezolana y el capital extranjero, así como los cargos de confianza en organismos públicos y PDVSA distribuidos a sectores de clase media. Representantes de la patronal, de los partidos políticos tradicionales y de la embajada de EE.UU. iniciaron una serie de acontecimientos que culminarían en un drama nacional.

A finales de 2001, tras la promulgación de las Leyes Habilitantes, la derecha venezolana comenzó a convocar manifestaciones callejeras y «paros», es decir, paros en sectores productivos y comerciales, como forma de descontento con la actuación de Chávez. En los primeros meses de 2002 las manifestaciones fueron cada vez mayores y más recurrentes, en escenas que pasarían a formar parte de la realidad política latinoamericana de las primeras décadas del siglo XXI: verdaderas revueltas de los privilegiados, envueltos en la bandera nacional y la de EE.UU., acusaban a Chávez de comunista, terrorista, ateo y lo que surgiera en la fértil imaginación del conservadurismo. Los que apoyaban al gobierno, especialmente los más pobres, lo hacían porque vivían de las limosnas de la política «populista» del chavismo. Los participantes en las manifestaciones antigubernamentales se concentraban en los barrios ricos de las grandes ciudades, especialmente en la capital, Caracas. Eran en su mayoría blancos y ricos, la antítesis de la mayoría del pueblo.

El gobierno también respondió con grandes marchas, en las que se puso de manifiesto el trabajo político realizado por las asambleas de barrio y los consejos populares. En poco tiempo, las organizaciones de base de los lugares de residencia de la clase trabajadora —ahora reconocidas en la Constitución como entidades políticas— comenzaron a politizar y organizar al pueblo, y estaban a punto de enfrentarse a su primera gran batalla de movilización en la Revolución Bolivariana. Chávez demarcó claramente que la riqueza petrolera debía compartirse con toda la población y no restringirse a una casta privilegiada.

Se convocó una gran marcha opositora para el 11 de abril de 2002, apoyada por todos los medios de comunicación privados, que repitieron exhaustivamente en sus anuncios los llamamientos a la manifestación. Para contrarrestarlo, el gobierno también convocó una manifestación, que tendría lugar cerca del Palacio de Miraflores, sede del Ejecutivo. Fedecámaras, junto con los medios de comunicación privados, la embajada de EE.UU. y algunos funcionarios opositores al gobierno repitieron exhaustivamente que «la batalla final tendrá lugar en Miraflores», aún sabiendo que miles de partidarios del gobierno estarían en las inmediaciones del Palacio.

Cuando alcanzó su punto álgido, la manifestación de la oposición fue desviada hacia Miraflores en una actitud irresponsable, en un intento de enfrentar a una multitud con la otra. Cuando ambas estaban ya muy cerca y era evidente que las fuerzas de seguridad no podrían mantener separadas a las dos marchas, se oyeron disparos. Francotiradores desde lo alto de los edificios empezaron a asesinar a gente al azar, siempre con disparos a la cabeza. Era un plan de asesinato orquestado para echar la culpa al presidente Chávez. Decenas de personas fueron asesinadas por los francotiradores y en otros enfrentamientos. De forma coordinada, los canales de televisión privados mostraron las escenas del enfrentamiento, culpando al gobierno de la matanza, mientras la patronal disidente y las cúpulas militares emitían declaraciones exigiendo la dimisión del presidente y la formación de un gobierno de transición.

Por la noche, los militares de la oposición se alzaron contra el gobierno y rodearon Miraflores, exigiendo que Chávez dimitiera y fuera detenido. En el interior del Palacio, el presidente y sus ministros evaluaban la dramática situación cuando el canal VTV (el canal público, en aquel momento el único contrapunto a los medios de comunicación corporativos) fue tomado por los golpistas y sacado del aire. Llegaron amenazas de que si Chávez no se entregaba, bombardearían el Palacio. Tras horas de negociaciones —que incluyeron conversaciones entre el presidente y Fidel Castro— Chávez se entregó, pero se negó a firmar una carta de dimisión. Dejó claro que se estaba produciendo un golpe de Estado y que las fuerzas golpistas lo tenían como rehén.

Al amanecer del 12 de abril lo que vimos fue un espectáculo de horror en los canales de televisión. Militares y periodistas golpistas se jactaban en los programas de televisión de haber urdido el golpe y narraban a todo un país atónito, paso a paso, cómo se había gestado todo el plan de acción. Figuras vinculadas al chavismo fueron perseguidas en una caza de brujas y golpeadas por militantes de los partidos de derecha. A la embajada de Cuba —donde se refugiaron figuras del gobierno chavista— le cortaron los servicios de agua y electricidad. En una escena grotesca, políticos de derechas (los mismos derrotados electoralmente varias veces por Chávez en los últimos años) se reunieron con dirigentes empresariales y, en directo por televisión, declararon al presidente de Fedecámaras, Pedro Carmona, presidente del país en un gobierno de transición, al mismo tiempo que se anunciaba la destitución de todos los diputados electos a la Asamblea Nacional y de los titulares de los Poderes Judicial, Electoral y Ciudadano, todo ello entre vítores y aplausos de la burguesía venezolana presente en el acto. El gobierno golpista fue rápidamente reconocido por Estados Unidos y España, pero no por los países latinoamericanos (incluido Brasil, gobernado entonces por Fernando Henrique Cardoso).

Lo que la televisión privada no mostró fue la efervescencia social que empezaba a tomar forma en los barrios populares y favelas de Caracas. A pesar de la intensa represión policial, la población empezó a organizar barricadas, piquetes, cierres de calles y manifestaciones, exigiendo el regreso de Chávez y afirmando que no había dimitido, sino que había sido secuestrado. En la mañana del 13 de abril, consejos comunales, asambleas de vecinos y otros colectivos chavistas tomaron las calles de la capital del país en una marcha hacia el Palacio de Miraflores para exigir el regreso de Chávez.

Con el Palacio asediado por la población, los militares leales a Chávez que custodiaban el edificio entraron en acción y retomaron el Palacio, deteniendo a varios miembros de la cúpula golpista. Carmona y otros consiguieron escapar. Las masas congregadas frente al Palacio enloquecieron cuando los marines subieron al tejado del edificio y alzaron la boina roja, el símbolo chavista. Al difundirse la noticia del éxito del contragolpe, varios cuarteles de todo el país enviaron mensajes a Miraflores afirmando estar con la Constitución y con el presidente Chávez.

Sin embargo, aún no se había encontrado al presidente. Se multiplicaron los rumores de que sería ejecutado o entregado a Estados Unidos. Una vez más, con la participación de militares leales a la Revolución Bolivariana, Chávez fue rescatado y regresó en la madrugada del día 14 a Miraflores, donde fue recibido por una multitud que lo esperaba al coro de «ha vuelto, ha vuelto». Fueron tres días dramáticos que dejaron decenas de muertos y un país fracturado. En menos de 72 horas el golpe fue derrotado por la gran movilización popular y la acción de los militares leales a Chávez. He aquí dos características esenciales de la Revolución Bolivariana y de cualquier movimiento revolucionario que se precie: la organización de las masas y la politización de los militares en una línea socialista y antiimperialista son necesarias para el mantenimiento de cualquier gobierno popular. El resultado del golpe fallido señalaría a la oposición como golpista y al chavismo como una fuerza democrática y pacífica.

Pero la oposición de derechas y el capital internacional no se rendirían tan fácilmente y probarían una última carta a finales de 2002 y principios de 2003. Un paro petrolero, cuando se paralizó prácticamente toda la producción de petróleo y derivados en el país, demostrando la fuerza que aún tenía la burocracia puntofijista dentro de PDVSA y otros sectores de la producción petrolera. Las consecuencias para la población fueron devastadoras: escasez de gasolina en las estaciones de servicio, desabastecimiento de alimentos, cierre de restaurantes y centros comerciales, todo ello amplificado por una cobertura mediática parcial que culpaba al gobierno del caos provocado por los empresarios. Los bancos cerraron y se produjo una fuga de capitales del país.

Chávez volvió a mostrar su valentía y se enfrentó al paro, llevando a cabo una redada en PDVSA y las fuerzas armadas, despidiendo y destituyendo a los saboteadores de puestos clave. Venezuela, propietaria de las mayores reservas de petróleo del mundo, tuvo que importar gasolina para hacer frente a la escasez. Las Fuerzas Armadas fueron activadas para tomar el control de pozos petrolíferos, plataformas, barcos y refinerías. Con un mes de parálisis y sin perspectivas de derrocar al gobierno, la burguesía no pudo soportarlo y tuvo que reabrir sus negocios. La derecha del país estaba totalmente desmoralizada al perder todos los pulso con el gobierno. Por otro lado, Chávez consolidó su hegemonía popular y consiguió poner en marcha su plan. La Constitución estaba reformada, la economía se recuperaría ahora bajo la égida de la soberanía nacional y en términos antineoliberales, y la mayoría de la población, superviviente de terribles calvarios, estaba dispuesta a dar su sangre por la Revolución Bolivariana.

La situación estaba clara para Chávez: con el control de la política y la economía, esta población, que había luchado valientemente, debía ser asistida en sus necesidades. Y la continuidad y profundización de su proyecto no cabía en el capitalismo dependiente.

Socialismo del siglo XXI

Una vez ganadas las batallas decisivas para el mantenimiento de su proyecto, Chávez comenzó a desarrollar formas de atender los problemas de la población y declaró la Revolución Bolivariana como una revolución socialista, ya en 2001. Educación, sanidad, vivienda, seguridad social, apoyo a cooperativas, comunas y microempresas fueron algunas de las políticas públicas impulsadas por Chávez que cambiaron el panorama social de Venezuela. De ser uno de los países más desiguales del continente, castigado por décadas de crisis económica, el país empezó a mostrar mejoras en los indicadores sociales, al mismo tiempo que la economía cobraba un nuevo impulso con la subida de los precios del petróleo. Es importante señalar que las acciones del gobierno siempre van acompañadas de la politización y organización de la población.

Se establecieron las «Misiones», programas sociales vinculados directamente al gobierno federal, evitando así las burocracias estatales y municipales y mejorando el contacto de la población con el gobierno revolucionario. La primera misión importante fueron las «Misiones dentro de tu barrio», que establecieron dispensarios médicos en todos los barrios y favelas del país. Se construyeron pequeñas casas en las propias comunidades para que el médico pudiera residir en la comunidad, siendo la parte inferior de la casa una consulta y la superior su residencia. Incluso con los incentivos del gobierno, la elitista profesión médica del país se adhirió poco al proyecto. La solución fue un acuerdo con Cuba, que envió más de 20.000 médicos (así como profesionales de la educación y el deporte) a cambio de petróleo por debajo del precio de mercado. La conocida acción solidaria internacional de la medicina cubana recibió una enérgica reacción de la derecha del país, pero poco a poco se fue ganando al pueblo venezolano, especialmente a los más pobres (muchos de los cuales no habían visto un médico en su vida).

En materia de educación, se llevó a cabo una reforma total de la enseñanza básica y se distribuyeron tabletas educativas a todos los niños matriculados en la escuela pública. La ONU reconoció a Venezuela como territorio libre de analfabetismo en 2005, una situación muy diferente a la de países de la región con más recursos, como Brasil. Se crearon varias universidades públicas y se mejoró el acceso a la educación superior, algo que era exclusivo de las clases adineradas. La mayoría de las universidades del país eran privadas y/o estaban controladas por la Iglesia Católica (muy conservadora y alineada con la derecha del país). En este contexto, la creación de las «universidades bolivarianas», así como la mejora de la Escolarización Básica, no fue solo una política educativa, sino también una necesidad revolucionaria de educar a una población hasta entonces desfavorecida y también de producir conocimientos para la emancipación nacional, en contra de una educación mercadológica y colonizada. Hasta hoy existe una fuerte división político-ideológica, que se manifiesta incluso en el movimiento estudiantil del país, entre los educados en escuelas públicas —que tienden a ser de izquierdas— y en escuelas públicas —que tienden a ser de derechas—.

Una de las mayores acciones del gobierno bolivariano es la Gran Misión Vivenda Venezuela, un programa de construcción de viviendas populares con el objetivo de reducir a cero el déficit de viviendas del país. La Misión no se limitó a construir edificios con pisos minúsculos (como en Brasil), sino a levantar auténticos barrios enteros, de bloques de pisos de 2 a 3 dormitorios (según el tamaño de la familia), con infraestructuras de transporte, pistas deportivas y espacios comunes (para fiestas y asambleas políticas). Lo más importante es que los pisos no pueden venderse, y funcionan bajo una especie de propiedad familiar, en la que la propiedad solo puede transmitirse a los hijos y a otros miembros de la familia. Esto impide que las viviendas caigan en el mercado inmobiliario y, al mismo tiempo, que las ocupen quienes realmente las necesitan, personas que vivían en zonas de riesgo, además de garantizar que cada familia tenga siempre un techo bajo el que cobijarse. La mayoría de los pisos ya están equipados con cocinas, frigoríficos, lavadoras y microondas, gracias a los acuerdos con China que intercambian estos aparatos por petróleo.

La seguridad social fue una de las grandes revoluciones sociales de la Revolución Bolivariana. La cobertura de las jubilaciones, pensiones y ayudas a los necesitados aumentó enormemente bajo Chávez, garantizando ingresos fijos a los ancianos y discapacitados, lo que aumenta indirectamente los ingresos de toda la familia. El gobierno reconoció la profesión de «ama de casa», garantizando el derecho a la jubilación a millones de mujeres que nunca han estado en el mercado laboral formal. En 2018 Venezuela se convirtió en el primer país de América Latina en el que el 100% de sus ancianos reciben algún tipo de prestación de jubilación.

La legislación laboral tiene al trabajo como elemento principal en la creación de la riqueza del país. Reconoce el trabajo como un derecho, según la capacidad de cada persona (incluidas las personas con discapacidad), prohíbe el despido sin causa justificada (estabilidad laboral), garantiza dos días de descanso semanal para todos los trabajadores —ambos días deben ser consecutivos—, prohíbe la subcontratación y la desigualdad salarial por género y otros tipos de discriminación, y reconoce las lenguas indígenas como oficiales, lo que permite el acceso a las normas, leyes y justicia laboral en la lengua originaria de estos pueblos. Se prohíbe el despido de madres y padres trabajadores hasta dos años después del nacimiento de sus hijos (derecho extendido a los padres adoptivos). Es importante señalar que, incluso durante la guerra económica a la que se enfrenta Venezuela bajo el gobierno de Maduro, el desempleo aumenta poco en comparación con otros países de la región, precisamente debido a esta legislación protectora combinada con otras formas de organización laboral.

La comunicación ha sido uno de los puntos en los que más ha invertido el chavismo. Para combatir a unos medios de comunicación totalmente hostiles al gobierno, dentro y fuera del país, la Revolución Bolivariana invirtió en la construcción de un sistema nacional de comunicación, que aglutina canales de televisión, emisoras de radio, periódicos impresos y portales de Internet —incluyendo un gran trabajo en las redes sociales, especialmente Twitter, la más popular entre los venezolanos—.

Quizá la iniciativa más audaz haya sido Telesur, un canal de televisión que también emite por internet que se propone ser una «CNN de la izquierda», con noticias las 24 horas del día, con señal para varios países latinoamericanos, apoyada en coparticipación con los gobiernos de Cuba, Bolivia, Ecuador, Nicaragua y Uruguay. El país también ha firmado acuerdos de comunicación con otras naciones para intercambiar contenidos periodísticos, como China, Rusia e Irán, eliminando el monopolio de las agencias de noticias occidentales. También se modificaron las leyes que regulan los medios de comunicación para regular la calificación por edades de cada programa, garantizar el derecho de réplica a las personas difamadas por la prensa y reconocer las iniciativas de medios comunitarios, entendiendo el acceso y la producción de comunicación como un derecho democrático del pueblo venezolano.

En el plano internacional, Chávez situó a Venezuela como punta de lanza en el proceso de integración latinoamericana, principalmente en los diálogos con los gobiernos Lula y Dilma (Brasil) y Néstor y Cristina Kirchner (Argentina). Los tres países fueron en gran medida responsables del fracaso del deseo norteamericano de formular el ALCA (Área de Libre Comercio de las Américas). Reunió a los países con proyectos socialistas de la región en el ALBA (Alternativa Bolivariana para los Pueblos de Nuestra América); formuló Petrocaribe, una red comercial socialista en la que Venezuela vende petróleo en condiciones favorables a los países caribeños y recibe a cambio alimentos y servicios en los que los demás participantes son especialistas; articuló la Unasur (Unión de Naciones Suramericanas) y la CELAC (Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños), oportunidades para la integración regional y la reducción de la influencia norteamericana en la región. Más allá de América Latina, la diplomacia bolivariana se guio por la creación de un mundo multipolar, con respeto a la soberanía de los pueblos, forjando importantes lazos con China, Rusia y los países de la OPEP y del Movimiento de Países No Alineados (MNOAL). En los momentos de más agudo ataque del imperialismo norteamericano, esta amplia red diplomática llevada adelante por Chávez y continuada por Maduro resultó invalorable, poniendo en evidencia los ataques de EE.UU., apoyado por sus socios europeos y gobiernos serviles de América Latina.

A partir de estas y otras iniciativas, la Revolución Bolivariana ha echado raíces firmes y sólidas en la sociedad venezolana, e incluso es un participante destacado en la geopolítica regional e internacional. La Revolución no fue solo el liderazgo de Chávez, sino un gigantesco movimiento social, que sacudió a todo el país y se hizo presente en todos los sectores de la sociedad. Revolución en el sentido más profundo de la palabra: basada principalmente en los trabajadores pobres, que empezaron a organizarse en diversas formas de participación reconocidas por la Constitución y fomentadas por los poderes públicos. El Socialismo del Siglo XXI preconizado por Chávez debe avanzar hacia un «Estado Comunal» donde las formas organizativas de la población reciban cada vez más poder político y económico, disminuyendo el Estado actualmente existente, que pasa a ser mucho más un órgano técnico para atender a las necesidades deliberadas por el pueblo, con el objetivo de su total extinción.

Utilizando términos clásicos, podríamos calificar esta idea como una vía venezolana al socialismo y al comunismo. El marxismo se mezcla aquí de forma original con ideas de la Teología de la Liberación y de la cultura del país, que contiene importantes aportaciones de origen indígena y afrovenezolano, así como experiencias comunitarias autoorganizativas anteriores a la Revolución Bolivariana.

A los consejos comunales, que ya se encargaban de planificar y ejecutar obras y mejoras en sus localidades, se unen fábricas y servicios cooperativos, o autoorganizados, con el apoyo de los poderes públicos. De la confluencia de estas diversas experiencias socialistas surgen las comunas, entidades que pretenden ser el embrión del poder popular y de la transición socialista en Venezuela. Las comunas son entidades territoriales, que engloban las iniciativas descritas anteriormente, con el objetivo de la autoproducción y el autogobierno. Se trata de un proceso intrincado, en el que estas entidades pasan de ser ejecutoras autogestionadas de fondos públicos, a propietarias de medios de producción y servicios, con tendencia a dejar de depender del Estado, siendo gestionadas por un «parlamento comunal», en el que participan todas las entidades que integran la comuna. Un proyecto de transición al socialismo, donde los medios de producción y servicios, así como algunas esferas de poder pasen a manos del pueblo, dejando al gobierno solo las cuestiones más estratégicas. Estos son los principales objetivos de la Revolución Bolivariana: construir el Socialismo del Siglo XXI y el Estado Comunal.

Victoria perfecta y muerte de Chávez

A través de la democracia directa y protagónica, el chavismo construyó su propio modelo de socialismo, basado en la participación popular. La reestructuración de los diversos sectores de la economía y la recuperación de los precios del petróleo a lo largo de la década de 2000 permitieron al gobierno satisfacer las demandas de la población, combinadas con una diplomacia orientada a la integración latinoamericana y la multipolaridad, que garantizó la diversificación de los socios económicos del país y también la seguridad frente a los ataques de EE.UU.. Chávez fue reelegido en 2006 con una victoria aplastante: el 62,84% de los votos.

Como todas las revoluciones, el avance del proceso divide a la sociedad, potencia a los enemigos y provoca traiciones. Algunos aliados de Chávez, tanto en el ámbito militar como en el partidista, rompieron con el gobierno al percibir la profundización de la revolución y su connotación socialista. El chavismo también avanzó en términos organizativos, fusionando varias organizaciones de izquierda en una única organización, el PSUV (Partido Socialista Unido de Venezuela) y consolidando una nueva doctrina militar, antiimperialista y socialista, especialmente en la formación del nuevo cuerpo de oficiales. Las organizaciones populares de barrios, favelas y centros de trabajo también empezaron a recibir más apoyo en su estructuración y formación política. El avance del proceso revolucionario está haciendo más compleja e intrincada la lucha de clases.

Chávez se enfrentó a un cáncer, que reapareció en 2012, momento de nuevas elecciones presidenciales. Las elecciones adquirieron los colores de una batalla decisiva. Tanto la derecha como el propio chavismo consideraban que seis años más de gobierno del presidente harían irreversible la revolución. El colegio electoral venezolano duplicó su tamaño durante el gobierno de Chávez, pasando de 10 a 20 millones de ciudadanos con derecho a voto. Buena parte de la población carecía de carné de identidad, y sin este documento se les impedía ejercer su derecho al voto. Fue el gobierno de Hugo Chávez el que promovió una gran campaña de documentación, otorgando el registro de identidad a los ciudadanos y con ello su registro electoral.

El capital internacional volcó muchos recursos en la elección del candidato Henrique Capriles, representante de una unidad de partidos de derecha en el país, llamada MUD (Mesa de Unidad Democrática). Para ello, Capriles se presentó como un «derechista light» que reconocía las políticas públicas chavistas como responsables de la mejora de los indicadores sociales y se comprometía a mantenerlas. Capriles llegó a decir que su inspiración era el gobierno de Lula en Brasil y que su candidatura era una propuesta para unir a todos los venezolanos, despolarizando la sociedad. Su campaña entusiasmó a los votantes conservadores y sus mítines atrajeron a grandes multitudes.

Chávez ya estaba debilitado por el cáncer y, sin embargo, no rehuyó hacer campaña. Allá donde iba, una masa de gente vestida de rojo seguía al Comandante y respondía a su llamamiento a una «victoria perfecta» en las próximas elecciones. El acto final de la campaña adquirió tintes antológicos, dignos de los procesos revolucionarios. Una multitud de más de un millón de personas abarrotó la avenida Bolívar bajo una intensa lluvia que dio contornos aún más épicos al acontecimiento. Aquel 4 de octubre de 2012 Chávez pronunció uno de sus discursos más grandiosos, que pasó a conocerse como «el relámpago bajo la lluvia». También fue una despedida. Chávez ganaría las elecciones unos días después y moriría cinco meses después de las elecciones.

Las elecciones presidenciales de 2012 fueron las mayores de la historia de Venezuela hasta la fecha (diciembre de 2019). Con una participación del 80,56% del electorado, que sumó más de 15 millones de votos (en un colegio electoral de 18 millones de votantes), Hugo Chávez fue reelegido con el 55,07% (más de 8,1 millones de votos) frente al 44,31% de Capriles (más de 6,5 votos). Fue la votación más alta para un candidato presidencial en la historia del país hasta el momento. Chávez había alcanzado la increíble marca de 4 victorias electorales consecutivas, recibiendo siempre más votos que en la elección anterior.

Dos meses después de las elecciones, en diciembre de 2012, Chávez hizo su última declaración a la nación en una cadena de radio y televisión, en la que detalló que necesitaba retirarse para tratar su cáncer en Cuba. Dejó claro a la población que el caso era grave y que podría no regresar. Y fue directo al señalar que, si ocurría lo peor, el pueblo debía elegir a Nicolás Maduro como presidente de la república. Maduro, entonces vicepresidente, estaba a su lado, al igual que otras figuras destacadas del chavismo. La escena es histórica, ya que era la primera vez que un líder revolucionario indicaba tan directamente a la población quién sería su sucesor. El acto garantizaría la unidad futura del chavismo, a diferencia de otros procesos revolucionarios, en los que la desaparición física de su principal liderazgo daba lugar a disputas fratricidas por el poder o incluso a la contrarrevolución.

En enero, cuando debía tomar posesión para el nuevo mandato, una multitud acudió a la sede del Poder Electoral (Consejo Nacional Electoral – CNE) para «tomar posesión» en lugar de Chávez, mostrando su lealtad al Comandante. Maduro gobernó el país y realizó constantes viajes a Cuba para visitar al presidente. A principios de marzo, Chávez regresó a Venezuela, trasladado a una unidad médica militar. El 5 de marzo de 2013 falleció por complicaciones causadas por un cáncer. Maduro, entre lágrimas, junto con otros dirigentes chavistas, dio la noticia en cadena de radio y televisión.

Según la legislación electoral venezolana, si el presidente fallece en la primera mitad de su mandato —como era el caso— deben convocarse nuevas elecciones. Ante el luto por la pérdida de su Comandante en Jefe, el chavismo tendría que prepararse para una nueva batalla electoral, la más difícil de su historia. Al velatorio de Chávez asistieron multitudes por las calles de Caracas y en el mausoleo construido para él en el mismo cuartel donde se sublevó el 4 de febrero de 1992. Líderes de todo el mundo asistieron a su funeral. Chávez dejó la vida y entró en la historia.

Maduro, el sucesor

En menos de un año, Venezuela se dirigía de nuevo hacia unas elecciones presidenciales. Con la muerte de Hugo Chávez antes de finalizar su mandato, una nueva elección sería el camino constitucional establecido. Tras el último mandato de Chávez, Nicolás Maduro fue presentado como su sucesor. Maduro construyó su militancia en el sindicalismo en el sector del transporte (fue conductor de autobús y también trabajó en el metro de Caracas), apoyó al 4F, estando con Chávez desde el principio de su ascenso. Fue diputado constituyente en 1999 y luego ministro en varias áreas del gobierno, incluida la cancillería. Fue vicepresidente en el nuevo mandato de Chávez, y ya gobernaba de facto mientras su padrino político se trataba en Cuba. Su candidatura y su victoria representaban la continuidad y la unidad del chavismo, así como una elección personal del propio líder fallecido.

La derecha, siempre apoyada por el capital internacional, vio su gran oportunidad. Por primera vez en casi quince años no tendría que disputar la presidencia de la república a un mito político. Percibió el momento y se lanzó a la cabeza, de nuevo con una gran campaña en torno a Henrique Capriles, el candidato unido de la MUD derrotado por Chávez el año anterior. Con la desaparición física de Chávez se abrió una nueva coyuntura para Venezuela y la derecha sintió la posibilidad de la victoria. Para ello trazó una estrategia que se convertiría en habitual a partir de ese momento. Invierte fuertemente en las elecciones cuando ve una clara posibilidad de victoria, pero desconoce los resultados en caso de derrota. En cada campaña electoral, la derecha, al recibir un resultado negativo, grita «fraude», sin presentar nunca pruebas, pero reconoce inmediatamente el resultado de las elecciones en las que resulta vencedora.

El 14 de abril de 2013, el país fue testigo de las elecciones más reñidas de su historia, superando a las del año anterior. La participación fue similar (en torno al 79%), pero la diferencia entre los candidatos fue minúscula. Maduro ganó con el 50,61% (7,5 millones de votos), frente al 49,12% de Capriles (7,3 millones de votos). Muchos votantes que habían votado a Chávez, o que no participaron en las elecciones, votaron a Capriles, lo que demuestra que la ausencia de su máximo dirigente anunciaba tiempos difíciles para el chavismo. Capriles no reconoció los resultados, alegando fraude, nunca probado, y llamó a la población a «descargar su indignación en las calles». Esta fue la contraseña para los ataques incendiarios contra sedes de organizaciones identificadas con el chavismo y el asesinato de militantes de izquierda.

La violencia callejera, con el uso de explosivos y los ataques incendiarios, junto con el desconocimiento de los resultados electorales se convirtieron en la posición de la derecha venezolana. Ya al año siguiente de la elección de Maduro, en 2014, parte de la oposición de derechas convocó la campaña La Salida, una oleada de movilizaciones por el «derrocamiento de la dictadura». Enormes movilizaciones en los barrios ricos de Caracas y otras ciudades acabaron con disturbios generalizados, ataques incendiarios contra edificios públicos y la muerte de transeúntes, participantes o no en tales «manifestaciones». Un mes de campaña dejó un rastro de más de 40 muertos. El gobierno recurrió a los tribunales, a través del Poder Ciudadano, y detuvo a los líderes de las manifestaciones, entre ellos Leopoldo López, dirigente del partido de extrema derecha Voluntad Popular, acusado de ser el cerebro intelectual de las muertes ocurridas durante La Salida.

La intentona golpista fue sofocada pero dejó lecciones para la derecha. En primer lugar, La Salida fue capitaneada por una agrupación de extrema derecha, minoritaria en la MUD, principalmente el partido Voluntad Popular y otros partidos más pequeños. Un golpe exitoso requeriría la unidad de la derecha y el apoyo logístico de la embajada estadounidense. En segundo lugar, la mayoría de la población, gente de clase trabajadora que vive en los barrios populares, no se unió a las manifestaciones, ya que las percibían como una rebelión de los ricos contra los logros de la Revolución Bolivariana, menos de un año después de las elecciones presidenciales. La politización y la mejora material de la vida del pueblo fue el gran legado de Chávez.

Estados Unidos comprendió que no habría apoyo popular para un golpe contra Maduro mientras las condiciones de vida de los venezolanos siguieran mejorando, como señalaban los indicadores sociales. Era necesario aislar al chavismo de las masas, colapsar el país y presentar a Venezuela internacionalmente como una dictadura.

Guerra económica, avance imperialista

La situación latinoamericana en la década de 2010 cambió radicalmente. Los efectos de la crisis desatada en 2008, que afectó primero a Estados Unidos y a la Unión Europea, comenzaron a golpear con mayor fuerza a la periferia en esta década. Su principal manifestación fue la caída del precio internacional de las materias primas, con la contracción de la demanda. Para los países que tienen los productos primarios como elemento principal de su programa de exportación, esto significa una caída de los ingresos y un déficit en la balanza comercial. Con menos efectivo en mano, menos inversión en bienestar e infraestructuras. Venezuela se vio directamente afectada por la drástica caída del precio del petróleo, que en un periodo de tres años pasó de más de 100 dólares a menos de 30. También pesó la acción geopolítica de Estados Unidos para forzar a la baja el precio internacional del oro negro, aumentando la explotación del fracking y utilizando a Arabia Saudí para inundar el mercado con una oferta muy elevada.

Junto con los cambios en la economía mundial, los gobiernos progresistas de la región han llegado a ciertos cuellos de botella en sus propuestas, al mismo tiempo que el imperialismo estadounidense ha avanzado en la desestabilización de sus adversarios regionales. Los golpes de Estado en Honduras (2009), Paraguay (2012) y Brasil (2016), sumados a las victorias electorales de Mauricio Macri en Argentina (2015) y Jair Bolsonaro en Brasil (2018), así como la escisión de la izquierda ecuatoriana entre partidarios de Rafael Correa y Lenín Moreno (2017), prácticamente aislaron a Venezuela en Sudamérica. Estados Unidos comenzó a articular los gobiernos de derecha en la región, vaciando la UNASUR y la CELAC, creando incluso el Grupo de Lima, una agrupación de países gobernados por la derecha con el único propósito de desestabilizar a Venezuela, algo inédito en la historia latinoamericana.

Es notable el cambio de postura de la injerencia norteamericana en Venezuela. Si antes el gobierno estadounidense apoyaba logísticamente a la derecha venezolana, que nunca logró cumplir los deseos de su amo, desde el final de la administración Obama, y especialmente con Donald Trump, el Departamento de Estado y la CIA comenzaron a dirigir directamente las posiciones de la oposición en Venezuela, además de buscar coordinar las acciones de los gobiernos de derecha en la región para aislar al chavismo en América Latina. El país caribeño se convirtió en uno de los más afectados por la llamada Guerra de Cuarta Generación:

En la definición conceptual actual, la columna vertebral de la Guerra de Cuarta Generación recae en el concepto de «guerra psicológica» o «guerra sin fusiles», que se denominó así por primera vez en los manuales de estrategia militar de la década de 1970. En su definición técnica, la «Guerra Psicológica» o «Guerra sin Fusiles» es el uso planificado de la propaganda y la acción psicológica dirigidas a dirigir el comportamiento en pos de objetivos de control social, político o militar, sin recurrir al uso de las armas. Los ejércitos militares son sustituidos por grupos operativos descentralizados, expertos en insurgencia y contrainsurgencia, y expertos en comunicación y psicología de masas (Freytas, 2010).

En esta guerra «sin fusiles» se utilizan las redes sociales y los grandes conglomerados mediáticos corporativos, que siguen la posición dictada por el Departamento de Estado estadounidense. Se desencadenan sabotajes y sanciones internacionales, lo que se denomina «guerra económica». Donald Trump ha prohibido el comercio de cualquier empresa estadounidense (o extranjera con sucursales en Estados Unidos) con el gobierno venezolano y PDVSA, además de prohibir la compraventa de bonos de deuda del país, acciones de la petrolera estatal y otras transacciones en el mercado financiero estadounidense. Esto impide a Venezuela pagar sus contratos internacionales, aunque así lo desee, porque las formas de pago están bloqueadas para las negociaciones con los acreedores. También están limitadas las negociaciones para la compra de alimentos y medicinas en el mercado internacional, además de los negocios de PDVSA en Estados Unidos (cerca del 30% de las exportaciones de petróleo venezolano, refinerías y una red de gasolineras en territorio estadounidense).

Además del cerco comercial-financiero-mediático internacional, la situación se deterioró internamente. Las empresas privadas comenzaron a practicar el sabotaje, produciendo muy por debajo de su capacidad, almacenando alimentos, practicando el mercado negro, contrabandeando productos a Colombia, desviando los dólares concedidos por el gobierno para la importación de mercancías, entre otras prácticas, a la especulación. El resultado fue la escasez de productos de primera necesidad como alimentos, productos de higiene y limpieza, así como medicinas, lo que provocó que la inflación se disparara y redujera el nivel de vida de las familias venezolanas. El objetivo de esta acción coordinada entre los organismos gubernamentales estadounidenses y la burguesía local era deteriorar las condiciones materiales de vida de la población, que habían mejorado significativamente con la Revolución Bolivariana, y provocar así un descontento general (guerra psicológica) que rompiera la hegemonía chavista en la sociedad y las instituciones, conduciendo al golpe de Estado.

Por supuesto, los ataques enemigos no justifican por sí solos los problemas que sufriría la Revolución Bolivariana a partir del gobierno de Maduro. Un cierto estancamiento se apoderó de la acción del gobierno y el propio presidente parece haber tardado en sentirse a gusto con la responsabilidad de suceder a un mito político como Chávez. Han empezado a surgir las contradicciones inherentes a todo proceso revolucionario, principalmente entre las formas organizativas populares (comunas, consejos comunales, etc.) y la burocracia institucional. Son problemas inevitables de un proceso que pretende la transformación radical de la sociedad y corresponde a la dirección revolucionaria saber mediar en los conflictos para mantener la unidad, pero con el foco puesto en el avance del proceso. Otro punto es la corrupción en los organismos públicos, los privilegios en el acceso a los productos en tiempos de escasez para la población y la ineficiencia en las industrias y empresas nacionalizadas o entregadas a los trabajadores por el Estado. La acción del gobierno revolucionario no puede vacilar a la hora de combatir las desviaciones internas y de intervenir en las acciones ineficaces. Cuando un gobierno revolucionario no actúa con firmeza en estas cuestiones, la población se desencanta de la revolución y se aleja. Esto es lo que ocurrió en el caso venezolano entre 2013 y 2017.

A finales de 2015, la derecha logró una rotunda victoria al obtener 112 de los 167 escaños de la Asamblea Nacional, haciéndose con el control del poder legislativo, con un mandato válido hasta 2021. La mayoría de derechas empezó a utilizar el poder legislativo para sabotear y derrocar al ejecutivo, además de intentar derogar las leyes anticapitalistas hasta entonces vigentes. En el ámbito internacional, aprovechando la ofensiva imperialista en América Latina, la Asamblea Nacional ha llegado a ser reconocida por Estados Unidos como el único interlocutor válido de Venezuela, en un intento de crear un poder dual. Se hicieron varios intentos de dividir a las Fuerzas Armadas, de provocar un golpe de Estado o la balcanización del país, sin conseguirlo.

La Asamblea Nacional acabaría por no reconocer a Maduro como presidente legítimo y empezaría a dictar normas al margen de la Constitución, chocando con los demás poderes de la República, especialmente con el Judicial. A mediados de 2017, el Tribunal Supremo llegó a asumir las prerrogativas del Poder Legislativo, pero dio marcha atrás a petición del propio Maduro. Sin embargo, la desobediencia constitucional de la Asamblea Nacional continuó y comenzó a desconocer a cualquiera de los otros cuatro poderes del país (Ejecutivo, Judicial, Electoral y Ciudadano), así como a «llamar» sucesivamente a las Fuerzas Armadas a tomar partido contra Maduro, lo que llevó al Tribunal Supremo a decretar que el Legislativo estaba en «desacato» y por tanto sus actos eran nulos, hasta que volviera a las normas constitucionales. Esta actuación del poder judicial hizo imposible que la derecha utilizara el Legislativo como medio para desestabilizar el país.

La desestabilización alcanzó su punto álgido en 2017, cuando el país fue masacrado por tres meses de manifestaciones violentas de la derecha en las que murieron más de 140 personas. Tras un año y medio de guerra económica y psicológica dirigida al descontento social y a la desestabilización y aislamiento internacional de Venezuela, la oposición, junto con el gobierno estadounidense, comenzó a convocar grandes manifestaciones en los barrios ricos de las grandes ciudades, especialmente en Caracas. En respuesta, el gobierno y sus partidarios también organizaron marchas de resistencia a la escalada golpista. La Guardia Bolivariana (una agrupación policial creada por las Fuerzas Armadas precisamente para evitar policías corruptos y a veces bajo las órdenes de políticos de la oposición en estados gobernados por la oposición) actuó para impedir que se reunieran las dos manifestaciones, ambas multitudinarias, y evitar así que se repitieran las bárbaras escenas de 2002. Los líderes de la derecha insistieron en dirigir las manifestaciones contra el cordón policial y golpear la manifestación chavista. Esto provocó que los conflictos entre la Guardia Bolivariana y los manifestantes antigubernamentales se hicieran más frecuentes y letales. Cabe destacar que la Guardia Bolivariana, a diferencia de otros países, no utiliza balas de goma, ni mucho menos munición letal, empleando únicamente gases lacrimógenos, porras y cañones de agua como recursos antidisturbios.

Lo que comenzó como enfrentamientos al final de las manifestaciones entre la oposición y la policía evolucionó hacia una sucesión de acciones coordinadas contra edificios públicos, sedes regionales del PSUV y ataques terroristas contra instalaciones militares, así como el asesinato de personas «acusadas» de ser chavistas. Ha habido ataques incendiarios contra estaciones de metro (construidas por el gobierno bolivariano), depredaciones de las sedes del Poder Judicial, del Poder Ciudadano y de medios de comunicación vinculados al gobierno, cierre de calles y a veces de barrios enteros en zonas de residencia de las clases más pudientes. Se ha quemado viva a gente en manifestaciones de derechas por ser supuestamente infiltrados chavistas.

El país prácticamente colapsó, sobre todo en el abastecimiento de productos de primera necesidad, y diversas actividades económicas quedaron paralizadas por la violencia de la derecha. Pronto ya no hubo las grandes manifestaciones convocadas por los políticos de la oposición, sino solo grupos enmascarados que aparecían de la nada y empezaban a romper cosas (¡y personas!) y a prenderles fuego, actos que en cualquier parte del mundo se clasificarían como terroristas, pero que los medios corporativos internacionales presentaban como manifestaciones legítimas reprimidas por la «dictadura de Maduro».

Con la excepción del fallido golpe de 2002, éste fue el momento en que la Revolución Bolivariana estuvo más cerca de su fin. El gobierno empezó a no reprimir directamente los actos terroristas, sino a reaccionar ante ellos, al tiempo que utilizaba los servicios de inteligencia para desmantelar estos grupos criminales y descubrir sus redes, que incluían a dirigentes políticos de la derecha del país. Maduro llamó repetidamente a la oposición al diálogo, sin resultado.

Sin embargo, la prolongación de la táctica de la violencia, sin lograr su objetivo (derrocar al gobierno, o al menos partir el país por la mitad), empezó a tener el efecto contrario. Como los barrios y calles bloqueados estaban situados en las zonas acomodadas de las ciudades, los habitantes de estas localidades, en su mayoría partidarios de la derecha, empezaron a abandonar las manifestaciones —cada vez más violentas— y a quejarse de que la vida cotidiana era inviable. El comercio y otros sectores daban cuenta de la pérdida de días parados cada vez que había una manifestación. La derecha empezó a dinamitar su propia base social y perdió cualquier tipo de apoyo ante la violencia y el caos perpetrados por el terrorismo. Este fue el momento exacto en el que el chavismo contraatacó y recuperó la hegemonía social.

Nueva Asamblea Constituyente y resurgimiento chavista

Para detener la escalada golpista, Maduro convocó una nueva Asamblea Constituyente, reviviendo el punto fundacional del chavismo como fuerza social. La Asamblea Constituyente era una oportunidad para que todos los sectores y fuerzas de la sociedad venezolana participaran en una limpieza del país, reescribiendo la carta magna. Se trataba de descartar la violencia como método de disputa política, llevando esta disputa a un terreno de amplia participación popular, sin imposición de bandos. Y este fue exactamente el sentido de la aplastante derrota de la derecha venezolana en aquel momento. Se negó a participar en la Asamblea Constituyente y con ello dio una señal de debilidad a toda la población —y especialmente a su propia base social— de que no tenía la mayoría social que decía tener. Nadie que ostente la mayoría se negará a participar en una votación que tiene el poder de remodelar las leyes del país.

La actuación de Maduro y de las fuerzas bolivarianas también respondió a la sensación de hartazgo de la población ante los actos violentos. Existe un intenso sentimiento popular en el país, construido por el chavismo, de rechazo a cualquier solución política de fuerza y de valoración de la participación ciudadana en los momentos decisivos. Con la iniciativa, Maduro ha aislado a la derecha en una lógica de «paz vs. violencia», presentando la Constituyente como la vía para una salida pacífica a la crisis y dejando a la oposición como responsable del caos.

La composición de la Asamblea Constituyente fue una verdadera lección de democracia participativa y de innovación en un momento en que la «democracia» representativa liberal está siendo cuestionada en todo el mundo. La votación ignoró el sistema de partidos políticos, abrió la posibilidad de que cualquier ciudadano se presentara a un escaño en la Asamblea Constituyente, sin necesidad de estar afiliado a un partido, y dividió a los constituyentes en dos ámbitos: territorial y sectorial.

  • Territorial: cada municipio venezolano tenía derecho a elegir 1 diputado constituyente, a excepción de las capitales de estado, que elegían 2, y la capital federal, Caracas, que elegía 7 representantes.
  • Sectorial: se delimitaron 8 sectores sociales, a los que los ciudadanos podían votar y presentarse, siempre que se inscribieran ante el Consejo Nacional Electoral en el sector elegido: trabajadores; empresarios; campesinos y pescadores; jubilados y pensionistas; estudiantes; indígenas; personas con necesidades especiales; representantes de comunas y consejos comunales.

Algunos de los sectores tenían subdivisiones, como estudiantes (escuelas públicas y misiones), trabajadores (petróleo, comercio, etc.), etc. La votación para la Constituyente garantizaba una representatividad real, siguiendo la proporción social (había unos 5 representantes empresariales y más de 100 obreros) y favoreciendo a las personas que realmente destacaban como líderes en cada área, ya que no había participación de los partidos políticos, y el candidato tenía que ser una referencia en su territorio o sector para lograr la victoria. Los representantes indígenas eran elegidos por separado, por esa misma población, según sus costumbres ancestrales.

Los ataques terroristas de la derecha continuaron hasta el día de las elecciones constituyentes, el 30 de julio de 2017, cuando, a pesar de los ataques con bombas y el bloqueo de las calles, además de la campaña abstencionista, el 41% de la población con derecho a voto (más de 8 millones de personas) acudió a las urnas y eligió a 545 representantes. Las cifras totales de votos demuestran que la población venezolana prefirió la Constituyente por la paz, frente a la guerra y la violencia. Incluso intentando deslegitimar el proceso, la derecha venezolana acusó al golpe de estado. La violencia se evaporó totalmente de las calles al día siguiente de la Constituyente. Sus distintas direcciones comenzaron a discrepar sobre la postura a adoptar ante los hechos, lo que presagiaría la escisión. Contra todos los pronósticos, Maduro no cayó tras tres meses de fuertes presiones. Al contrario, dio el paso más audaz de su presidencia y salió victorioso, recuperando la hegemonía social, política y electoral del chavismo.

La Asamblea Constituyente se instaló e inició sus trabajos. Además de revisar la Constitución —con consultas temáticas a la población—, empezó a legislar para el país, como órgano supremo de la voluntad popular (un poder constituyente, y no constituido, como los demás). De poco sirvió el no reconocimiento por parte de otros países sumisos a los dictados de EE.UU., ya que la derecha local no tenía correlación de fuerzas para impedir la instalación y el funcionamiento de la Asamblea Constituyente. Con la reanudación de la hegemonía y el total descrédito de la oposición entre la población, la Asamblea Constituyente estableció la necesidad de una renovación total de los cargos ejecutivos del país. Se inició una secuencia de elecciones en las que el chavismo se alzó como claro vencedor. También en el segundo semestre de 2017, en las elecciones para gobernadores, el chavismo ganó en 19 de los 23 estados, lo que volvió a dejar claro que la derecha no tenía la mayoría social que afirmaba y desmontó cualquier narrativa de fraude, ya que consiguió salir victoriosa en 4 estados y reconoció los resultados. Poco después, los principales partidos que integraban la MUD, previendo un nuevo fracaso en las elecciones de alcaldes, se abstuvieron de participar en los comicios, dando al chavismo una colosal victoria en el 92% de los municipios, incluyendo 22 de las 23 capitales. El discurso era que la oposición se prepararía para las elecciones que «realmente importaban», las presidenciales, previstas para diciembre de 2018.

La Constituyente propuso entonces adelantar las elecciones presidenciales de diciembre a abril de 2018, para volver a dar a la población el derecho a elegir qué proyecto debe gobernar el país y ratificar que las disputas políticas deben hacerse de forma participativa y pacífica, no mediante la violencia impuesta por una de las partes. Maduro inició un ciclo de negociaciones con la oposición en República Dominicana, donde se acordaron todas las garantías electorales, además del reconocimiento mutuo de los Poderes y la liberación de las personas que no cometieron delitos violentos en las manifestaciones de 2017. Se acordó trasladar las elecciones presidenciales de abril a mayo y que fueran supervisadas por la ONU. Para sorpresa de todos, el día de la ceremonia en la que se iba a firmar el tratado de convivencia pacífica, con la mediación del ex presidente español José Luis Zapatero, la comitiva opositora recibió una llamada telefónica desde Colombia, donde se encontraba el entonces jefe del Departamento de Estado de EE.UU., Rex Tillerson, y tras ello, se retiraron de la mesa diciendo que ya no cumplirían el acuerdo.

Esta acción aumentó aún más el descrédito de la oposición, ya que dejó claro que no participaría en las elecciones presidenciales (hasta entonces, su principal programa) y que estaba siendo guiada por las autoridades estadounidenses. Si afirmaba tener mayoría, ¿por qué nunca participó en las elecciones? Si no participa en las elecciones, ¿cómo quiere llegar al poder? ¿Guerra civil y apoyo a una invasión de EE.UU.? Esta acción errática dividió a la MUD en tres, y uno de los partidos, encabezado por Henri Falcón, decidió impugnar las elecciones y firmar el tratado de garantías electorales que se había diseñado en República Dominicana. Los otros dos tercios de la oposición continuaron con la posición abstencionista y comenzaron a hacer un circuito diplomático por Europa, Estados Unidos y América Latina, solicitando más sanciones económicas contra su propio país (¡!) y el no reconocimiento de las elecciones presidenciales, las mismas que tanto habían pedido porque serían —en el futuro— amañadas. Algunos de los más exaltados piden incluso una intervención armada dirigida por EE.UU.

Con todo el descrédito acumulado por la oposición desde la Asamblea Constituyente y su posterior escisión, así como la reacumulación de fuerzas del chavismo, se despejó el camino para una contundente victoria el 20 de mayo de 2018, cuando Maduro fue reelegido con el 67,8% (6,2 millones de votos), incluso bajo un fuerte asedio económico, mediático y diplomático. El principal opositor, Henri Falcón, obtuvo el 21% (1,9 millones de votos) y otro opositor, Javier Bertucci, el 10,3% (983.000 votos). Falcón no reconoció los resultados, como es habitual, pero Bertucci sí lo hizo. También se eligieron diputados y concejales del Estado, renovándose, en el espacio de un año, casi todos los cargos públicos del país, con la excepción de la Asamblea Nacional, que quedó «en desacato», pero nula de pleno derecho.

Maduro, que sobrevivió a un atentado contra su vida en agosto de 2018 tras las elecciones, cuando se utilizaron drones con explosivos para matarlo, tiene ahora el reto de resolver los problemas cotidianos de la población ocasionados por la guerra económica impuesta por el imperialismo estadounidense y la burguesía local. La población venezolana ha dejado claro en cuatro elecciones celebradas en el espacio de menos de un año que da un nuevo crédito al chavismo. Espera respuestas. Maduro ha salido definitivamente de la sombra de Chávez y hoy parece un líder más experimentado, que recorre su propio camino. Ahora necesita ser firme e innovador para responder al claro mensaje del pueblo: profundizar la revolución. El lanzamiento de la criptomoneda «Petro», la primera de este tipo emitida por un país y con respaldo (riqueza mineral venezolana) es una gran innovación y permitirá al país un canal de financiación que eluda las sanciones de Estados Unidos y la Unión Europea. Sin embargo, se necesita más.

La Revolución Bolivariana ha llegado al límite de las contradicciones entre dos formaciones sociales, la capitalista (en descomposición) y la socialista (en formación). Esto se despliega en la superestructura política, donde la burguesía local y sus aliados internacionales solo ven la guerra como una solución alternativa para acabar con el proceso revolucionario. Es la última carta para evitar que la Revolución sea irreversible. La dirección bolivariana no tiene otra alternativa que profundizar en las experiencias comunales, autoorganizadas y mixtas. Las empresas privadas solo pueden existir si siguen al pie de la letra las exigencias económicas trazadas por el poder público. El sistema de gobierno debe abandonar cualquier vestigio de «democracia» liberal representativa y desarrollar formas de acción política cada vez más participativas, incluso en los procesos electorales (la forma en que se eligió la Constituyente de 2017 es un posible camino a seguir). La Revolución Bolivariana necesita dar el salto definitivo para acabar con lo que queda de capitalismo en el país. Solo así se eliminará definitivamente la posibilidad contrarrevolucionaria y se asegurará el futuro del proceso popular y la propia seguridad del país.

Conclusión

La Revolución Bolivariana es, hasta ahora, la principal revolución del siglo XXI y el mayor acontecimiento en América Latina en el mismo período. Hugo Chávez, es también, hasta ahora, la personalidad más importante de la historia de América Latina en este siglo. Toda la historia de la región a principios del milenio gira en torno a los acontecimientos que tuvieron lugar en el país caribeño, y las posiciones, tanto a favor como en contra del chavismo, son el «sur» de la geopolítica regional. A nivel mundial, la acción venezolana contribuye a una serie de movimientos que marcan el declive del poder norteamericano y su sustitución por un mundo multipolar, que invariablemente tendrá que enfrentarse al dilema de superar el capitalismo a largo plazo, o a la destrucción de la humanidad como especie.

La importancia de la Revolución Bolivariana para las luchas de la humanidad contra el capital está aún por evaluar. El proceso venezolano ha vuelto a situar al socialismo en el mapa político mundial. Ha demostrado que el proyecto de izquierda que triunfa es el revolucionario, es el que se toma en serio las necesidades del pueblo, es el radical y no el de la «izquierda del orden», que se pierde en el republicanismo liberal, en mezquinos tejemanejes políticos y que renuncia a la revolución para «humanizar el capitalismo». Esta izquierda del orden está totalmente derrotada en todo el mundo, si no es cooptada por la derecha.

La organización y politización de la población son la base que sostiene el proceso revolucionario venezolano. El compromiso con los deseos del pueblo y la creación de soluciones no capitalistas, de las que las comunas son la principal, demuestran que precisamente cuando se innova y se apunta a un horizonte de cambio radical, se tiene como contrapartida el compromiso político de las masas. La participación política es educativa y cuando uno entra en este mundo, ya no es indiferente a lo que ocurre a su alrededor. Mientras en todo el mundo se discuten los límites de la «democracia» representativa, Venezuela nos presenta como salida la inclusión política de las masas en los momentos de grandes decisiones, que es colectivamente emancipadora y dificulta el escenario para la manipulación y el clientelismo.

La Revolución Bolivariana, al cumplir dos décadas de existencia, entra en su momento más tenso. Ese momento en que la forma capitalista de producción (y de vida) llega al límite de su existencia y coexistencia con otra formación social, socialista, en construcción. Ya no hay espacio para la conciliación con la derecha y el capital extranjero. No abandonarán el sabotaje, la violencia y el chantaje como método político. Lo que queda de capitalismo dependiente en Venezuela debe ser superado en los próximos años, fortaleciendo cada vez más el socialismo del siglo XXI – Estado comunal, como camino venezolano hacia el comunismo.

Este camino pasa por la socialización de la economía (comunas, autogestión, autoempleo en lógica socialista, empresas estatales y mixtas, etc.) y en la política (delegados de base, voto cualificado como en la Constituyente de 2017 y otras innovaciones políticas). También requiere un gran programa de defensa del país, que hasta ahora ha demostrado su eficacia, combinando las Fuerzas Armadas, las milicias bolivarianas, una geopolítica de integración regional y multipolar, y una Justicia revolucionaria firme contra la violencia proimperialista. La lucha de clases continúa, incluso en el socialismo, y los enemigos de la clase obrera se la toman muy en serio. Corresponde a los revolucionarios hacer lo mismo.

Epílogo (marzo de 2023)

El mundo ha cambiado mucho desde que se escribió este texto. El apoyo a Venezuela no lo ha hecho. Aun así, se ha superado el peor momento de la escasez, aunque no se hayan recuperado los niveles de calidad de vida anteriores a las sanciones. El principal problema pasó a ser no la falta de productos, sino su precio, debido a la hiperinflación. El dólar se convirtió en moneda corriente entre los venezolanos, debido a la devaluación del bolívar. A partir de 2022 la situación de hiperinflación parece haberse superado, aunque los indicadores siguen siendo elevados. Se necesita más tiempo para comprobar si esta tendencia se consolida. El gobierno de Maduro ha logrado construir una red alternativa de abastecimiento en el mundo, basada en la relación con países ajenos al dominio estadounidense (Rusia, China, Turquía, Irán, Bielorrusia, etc.), además de mantener a sus aliados en América Latina. El retorno de gobiernos progresistas en ciertos Estados de la región, especialmente Brasil, tiende a tensar las relaciones con Caracas.

El deterioro de las condiciones de vida ha provocado el descrédito político de una parte considerable de la población venezolana. Contrariamente a lo que esperaban la Casa Blanca y la burguesía criolla, la situación social no se tradujo en un apoyo popular a la derecha. El chavismo ha perdido parte de su base social en el descreimiento, lo que, a pesar de los costes, y junto a la continua fragmentación de la oposición, le permite mantener su hegemonía política, social y electoral en el país. En 2020, el PSUV recuperó una cómoda mayoría en la Asamblea Nacional, poniendo fin al falso gobierno de Guaidó, y posteriormente logró una victoria aplastante en las elecciones estatales y municipales.

La oposición sigue en un proceso de fractura, entre quienes evalúan el fracaso de la posición de confrontación y quienes desean perpetuarla. Los partidos hasta ahora más pequeños en el campo de la derecha optaron por la primera posición, participando en las elecciones y obteniendo algunas victorias discretas. Las siglas conservadoras más grandes, como Primeira Justicia, Acción Democrática y Voluntad Popular se negaron, y están viendo cómo sus filas menguan debido a esta postura. Como en otros países, parte de la derecha necesita cargos públicos para sobrevivir. Sin ellos, el clientelismo y el fisiologismo pierden gran parte de su poder político y económico.

El gobierno bolivariano gestionó bien la situación de la pandemia, ya que Venezuela presumió de unas cifras de contagio bajas y adquirió rápidamente vacunas cubanas y rusas para inmunizar a toda la población. Sin embargo, los ataques sufridos en la última década, si no fueron capaces de derrotar a la Revolución, ralentizaron o incluso paralizaron la transición socialista. El país se movilizó más por necesidades de defensa que por el incremento de nuevas formas de decisión productiva y política. La Asamblea Constituyente de 2019 no modificó las formas de poder político ya existentes, y la experiencia de las comunas ha avanzado poco en los últimos años. Hay quien acusa al gobierno de burocratización. Los más radicales incluso de un bandazo a la derecha. A su vez, algunas voces disidentes son tachadas de izquierdistas u oportunistas.

Es necesario comprender los movimientos de la coyuntura. La Revolución Bolivariana ha avanzado todo lo que ha podido. Tras la muerte de Chávez se ha visto obstaculizada por las acciones más violentas del imperialismo en este siglo en América Latina. Superado, al parecer, el momento de más agudo hostigamiento, es necesario saber cómo salir del laberinto promovido por Estados Unidos para iniciar una nueva ronda de avances hacia el socialismo en el siglo XXI. En este proceso, es vital mantenerse firme con el proceso revolucionario, pero sin miedo a enfrentarse a las desviaciones y a la mala conducta de nadie. Es con inteligencia y audacia como se honrará el legado de Chávez.

TRADUCCIÓN: FLORENCIA OROZ

ROBERTO SANTANA SANTOS

Profesor de la Facultad de Educación de la Universidad del Estado de Río de Janeiro. Miembro del Programa de Extensión Educativa y Desarrollo Theotonio dos Santos (PROPED-UERJ) y Secretario Ejecutivo de la Red de Economía Global y Desarrollo Sostenible de la UNESCO (REGGEN-UNESCO).

Publicado en: Venezuela

El fracaso soviético no nos obliga a rechazar el socialismo

23/07/2023 by Vitalio Deja un comentario

Por: Ben Burgis

Como muchos socialistas de todo el mundo, G. A. Cohen depositó en la Unión Soviética sus esperanzas de una sociedad más justa e igualitaria. Con el tiempo, se desilusionó de la URSS, pero nunca dejó de luchar por un mundo mejor.

El número de noviembre/diciembre de 1991 de la New Left Review fue el último antes de la caída de la Unión Soviética. En agosto, la línea dura del Partido Comunista había dado un golpe de Estado sin éxito contra el Primer Ministro Mijail Gorbachov. Boris Yeltsin, que supervisaría la transición de Rusia al capitalismo, estaba ahora al mando, y muchas de las repúblicas miembros de la URSS ya habían declarado su independencia.

Ese número contenía un ensayo del filósofo marxista G. A. Cohen titulado «El futuro de una desilusión». Cohen tardó años en elaborar y reelaborar sus ensayos, y en el momento de su publicación su predicción sobre el inminente colapso soviético estaba a un pelo de ser totalmente redundante. «Parece —escribió— como si la Unión Soviética, o los pedazos en que pronto puede convertirse, abrazarán el capitalismo, o caerán en un severo autoritarismo, o sufrirán ambos destinos».

Resulta que la tercera opción, la más sombría, era la que más se acercaba a la verdad. Puede que la Rusia de Vladimir Putin no sea «severamente» autoritaria en comparación con los capítulos más oscuros de la historia soviética, pero combina un régimen brutalmente antiliberal con un capitalismo gansteril en el que un puñado de oligarcas acapara la riqueza del país.

En su ensayo, Cohen describe su lenta y dolorosa pérdida de fe en la Unión Soviética. Sin embargo, su desilusión con la pretensión de la URSS de encarnar los ideales socialistas nunca se transformó en un rechazo de los propios ideales. Le parecía que las iniquidades del capitalismo no eran menos objetables por el fracaso de la Unión Soviética a la hora de construir una alternativa eficaz y atractiva. La humanidad seguía necesitando algo mejor, y reprendió a sus antiguos «compañeros de viaje» por abandonar la búsqueda.

Moscú y Montreal

Cohen creció en una familia comunista canadiense en Montreal. Como muchos otros judíos comunistas de la ciudad, sus padres le enviaron a la escuela Morris Winchevsky, donde los alumnos aprendían «cosas normales de la escuela primaria por las mañanas» y por las tardes se impartía un plan de estudios mucho menos estándar en yiddish. Incluso cuando sus profesores de la tarde «narraban historias del Antiguo Testamento», Cohen recordaba que las historias estaban “impregnadas de condimentos marxistas vernáculos: nada pesado ni pedante, sólo buen sentido común revolucionario yiddish». Una de las clases se llamaba Geschichte fun Klassen Kamf (Historia de la lucha de clases) y Cohen se alegró de recordar muchas décadas después que sacó «un aleph» en este curso en 1949.

La escuela fue finalmente clausurada tras una redada de la Brigada Roja antisubversiva de la policía provincial de Quebec. A partir de entonces, Cohen, de once años, y sus compañeros tuvieron que ir a escuelas normales no comunistas. Pero él salió al mundo con «un firme apego a los principios que Morris Winchevsky se había propuesto inculcarnos, y con la plena y alegre confianza de que la Unión Soviética estaba aplicando esos principios».

Las primeras grietas en esa confianza se formaron con el «Discurso secreto» del primer ministro soviético Nikita Jruschov ante el XX Congreso del Partido Comunista de la Unión Soviética en 1956. Durante el discurso de cuatro horas, titulado «Sobre el culto a la personalidad y sus consecuencias», Jruschov detalló muchos de los crímenes cometidos por su predecesor, José Stalin. Desde la deportación masiva de nacionalidades enteras a zonas remotas de la URSS hasta la masacre de gran parte de los miembros originales del Partido Comunista. De los 1.966 delegados al XVII Congreso del partido en 1934, la friolera de 1.108 serían declarados contrarrevolucionarios y ejecutados o enviados a los gulags durante la fiebre de las purgas de Stalin.

Cuando el escalofriante discurso de Jruschov llegó a Occidente, escribe Cohen, sus camaradas de Quebec no sólo estaban horrorizados por sus revelaciones, sino «consternados por la razón adicional de que los dirigentes nacionales (es decir, de Toronto) del Partido que eran delegados fraternales en el XX Congreso habían ocultado el discurso de desestalinización al informar al Partido canadiense». En última instancia, se produjo una lucha de facciones entre los partidarios de la línea dura, que no veían por qué los crímenes y errores de Stalin —que en cualquier caso estaban siendo corregidos por la nueva dirección de la URSS— debían cambiar gran cosa, y los «revisionistas», que pensaban que ahora debían replantearse muchas cuestiones. La familia de Cohen estaba del lado de los revisionistas, que perdieron la discusión, y cuando fue a la universidad Cohen se había alejado del partido.

Cohen seguía creyendo que la Unión Soviética era «un país socialista, que luchaba por la igualdad y la comunidad», fueran cuales fueran sus defectos. Pero incluso esa creencia murió lentamente en el transcurso de la década siguiente, por las mismas razones por las que murió en los corazones de muchos millones de personas en todo el mundo.

La primera razón fue el autoritarismo del gobierno soviético. La democracia bajo el capitalismo es algo superficial: se detiene en la puerta del lugar de trabajo, y nadie puede afirmar con cara seria que los trabajadores ordinarios ejercen tanta influencia en el proceso político como los ricos directores ejecutivos. La promesa del socialismo siempre fue profundizar en la democracia extendiéndola a la economía. Sin embargo, incluso en el apogeo del deshielo de Jruschov, la URSS era un Estado represivo de partido único. Puede que Stalin fuera un monstruo único, pero cualquier sistema en el que un monstruo pueda acumular tanto poder tiene problemas mucho mayores.

El segundo problema, que se hizo cada vez más evidente con el paso de las décadas, era que la economía soviética de planificación centralizada era disfuncional. Era «todo pulgares y nada de dedos»: buena para producir en masa tractores y tanques durante el periodo de rápida industrialización, pero muy mala para alinear la producción con las preferencias de los consumidores.

Es fácil poner los ojos en blanco ante la idea de que debería importarnos que las tiendas de comestibles soviéticas no ofrecieran suficientes tipos de pasta de dientes. Pero como ha señalado el editor de Jacobin Seth Ackerman, los ciudadanos de la URSS y sus aliados del Pacto de Varsovia «experimentaron la escasez, la mala calidad y la uniformidad de sus productos no sólo como inconvenientes, sino como violaciones de sus derechos básicos». Esta es una de las principales razones por las que tan pocos trabajadores tenían interés en mover un dedo para defender el «estado obrero» cuando el sistema empezaba a tambalearse.

A finales de los 60, Cohen tenía pocas esperanzas de que la URSS fuera a evolucionar en una dirección mejor. Cuando los años 80 se convirtieron en los 90, experimentó la desaparición incluso de esa «pequeña esperanza» como una pérdida devastadora.

La pregunta que planteaba insistentemente en «El futuro de una desilusión» era si el estrepitoso fracaso del «primer intento de dirigir una economía moderna» al margen de la brutal lógica de los mercados capitalistas debería llevarnos a la conclusión de que el capitalismo —incluso una forma de capitalismo suavizado por programas de bienestar social y un Estado regulador— es lo mejor que puede hacer la humanidad.

Estribillos de Dirge y Hosanna

En el capitalismo, los propietarios de empresas privadas compiten entre sí por los beneficios, mientras que la mayoría de la población trabajadora no tiene más remedio que vender sus horas de trabajo a uno u otro capitalista. Históricamente, los socialistas han intentado acabar con la división de la sociedad en capitalistas y trabajadores mediante alguna forma de propiedad colectiva, y la mayoría de los socialistas han pensado que esto implicaría la sustitución de la competencia de mercado por una planificación racional.

Cuando salió la New Left Review de noviembre/diciembre de 1991, casi nadie pensaba que el experimento soviético de planificación económica hubiera sido un éxito. Muchos socialistas simplemente abandonaron sus ideales, convencidos ahora de que el socialismo de cualquier tipo era «imposible de realizar, o virtualmente imposible, o en cualquier caso algo por lo que ya no pueden reunir la energía para luchar». Otros intentaron separar el objetivo de capacitar a los trabajadores mediante la propiedad colectiva del objetivo de sustituir los mercados por la planificación. Renunciando a lo segundo, se aferraron a lo primero y abogaron por alguna forma de «socialismo de mercado».

Cohen pensaba que incluso esto era ceder demasiado. Concedía que alguna forma de socialismo de mercado podría ser lo mejor que los socialistas podían esperar alcanzar en un futuro próximo por razones tanto políticas como logísticas. Como escribiría en su último libro, ¿Por qué no el socialismo?, aún no sabemos cómo «hacer girar la rueda de la economía» sin que existan mecanismos de mercado. Reconoce en «El futuro de una desilusión» que era «bueno desde el punto de vista socialista» que el socialismo de mercado estuviera «pasando a primer plano como objeto de defensa y política», y que los intelectuales socialistas que escribían libros esbozando posibles formas de socialismo de mercado estaban «realizando un útil servicio político».

Aun así, no quería perder de vista la indeseabilidad última de cualquier mercado, incluso de los socialistas. Imaginemos una sociedad en la que las «alturas de mando» de la economía estuvieran en manos públicas y el sector de mercado restante estuviera formado en su totalidad por cooperativas de trabajadores que compitieran entre sí. Esto supondría un enorme avance hacia la «igualdad y la comunidad», en la medida en que una sociedad así no tendría nada remotamente análogo a las disparidades en la distribución de recursos características de los mercados capitalistas.

Aun así, la variabilidad de los talentos individuales, la variabilidad de la productividad entre los distintos sectores económicos, etc., garantizarían que algunas personas ganaran mucho menos que otras sin tener la culpa de ello. Así que incluso este tipo de socialismo, pensaba Cohen, sería «el segundo mejor» frente a la Estrella del Norte de una sociedad socialista en la que los mercados no desempeñarían ningún papel.

Incluso en 2020, cuando el socialismo democrático resurja como fuerza política en una medida que habría sido casi inimaginable en el invierno de 1991, esta visión podría parecer excesivamente utópica. Pero Cohen instaba a sus lectores a no dejar que su frustración por lo lejana que parecía la consecución de los ideales socialistas se convirtiera en un abandono de los propios ideales. Como filósofo profesional, se sentía especialmente frustrado con aquellos de sus colegas que sucumbían a la atmósfera de «fin de la historia» que se estaba instalando, una confianza petulante en que la sociedad había alcanzado su forma final. Hablando de sus colegas filósofos, escribió:

Los filósofos son los que menos deberían unirse a los coros contemporáneos de canto fúnebre y hosanna, cuyo estribillo común es que el proyecto socialista ha terminado. Estoy seguro de que aún le queda un largo camino por recorrer, y forma parte de la misión de la filosofía explorar posibilidades imprevistas.

TRADUCCIÓN: PEDRO PERUCCA

BEN BURGIS

Ben Burgis es profesor de filosofía y autor de Give Them An Argument: Logic for the Left. Es presentador del podcast Give Them An Argument.

Publicado en: Cultural, titular2

Laclau, Mouffe y la estrategia política

23/07/2023 by Vitalio Deja un comentario

Por: Michael Bray

Ernesto Laclau y Chantal Mouffe afirmaron haber identificado el defecto fatal del marxismo y desarrollado un marco mejor para la política de izquierdas. Pero su tabú contra el «esencialismo» de clase les impide identificar los puntos fuertes y débiles del poder capitalista.

En los oscuros días de la supremacía política de Margaret Thatcher y Ronald Reagan, cuando la teoría posestructuralista estaba en la cima de su influencia intelectual, Ernesto Laclau y Chantal Mouffe desarrollaron una novedosa concepción de la «hegemonía» destinada a superar la crisis de la política de izquierdas. Las raíces de esa crisis, argumentaban, residían en un «esencialismo» endémico de la herencia marxista de la izquierda.

El «posmarxismo» de Laclau y Mouffe definía los procedimientos contingentes y discursivos de formación de la identidad como el fundamento de la agencia política. En este marco, lo político se convirtió en el principio estructurador contingente de lo social, divorciando las identidades políticas de todo arraigo en los intereses colectivos, los antagonismos sociales o las tendencias inherentes a la estructura de clases de las sociedades capitalistas.

Si este abandono de la «política de clases» parecía ofrecer una forma de unir las demandas de los movimientos sociales emergentes en la década de 1980, desde la ecología hasta el feminismo, dos décadas más tarde Laclau y Mouffe ofrecerían el mismo enfoque como un modelo de «razón populista», articulando la lógica interna de las nuevas fuerzas electorales en América Latina, Europa y otros lugares. En el proceso, una concepción teórica que podría haber parecido demasiado discursiva adquirió nuevos elementos de concreción política: la construcción de un «pueblo» a través de los discursos articulados por partidos y líderes y su entrada en el Estado a través de las victorias electorales.

Sin embargo, ese vínculo con prácticas políticas concretas pone de manifiesto los dilemas teóricos de este enfoque. ¿Qué podría significar realmente para una identidad popular organizarse, en la práctica, sobre la base de una unidad totalmente contingente? ¿Qué definiría tal programa, en su propia contingencia, como de izquierdas? ¿Qué haría una identidad así? ¿Cómo podríamos medir su éxito y sus logros?

El paradigma de Laclau y Mouffe no puede responder adecuadamente a estas preguntas. Rechazando cualquier posibilidad de rastrear el impacto político de las relaciones de fuerza y sus diferentes eficacias causales, de la manera matizada que sea, el argumento contra el «esencialismo» conduce hacia un abrazo incapacitante de la «representación» como la totalidad de la política.

Posmarxismo y teoría del discurso

Laclau y Mouffe exponen ampliamente sus críticas al marxismo en el libro Hegemonía y estrategia socialista, publicado por primera vez en 1985. Se centran en la supuesta tendencia del marxismo a dar por sentada la existencia de la clase obrera como una identidad social fija y unificada que se expresa en intereses políticos determinados. A lo largo de decenas de páginas, la tradición marxista aparece como una serie de fracasos a la hora de comprender un problema simple: la teoría sociopolítica de las clases flaquea cuando tiene que enfrentarse a la complejidad de los campos sociales y a la volubilidad de las formaciones políticas.

Ernesto Laclau y Chantal Mouffe presentan su propia posición como el polo opuesto a la marxista. El diagnóstico de la determinación absoluta los conduce a abrazar la contingencia absoluta:

La alternativa es clara: o bien se tiene una teoría de la historia según la cual esa pluralidad contradictoria será eliminada y a la hora del quiliasmo proletario emergerá una clase obrera absolutamente unitaria y transparente respecto a sí misma —en cuyo caso sus «intereses objetivos» pueden determinarse desde el principio—, o bien dicha teoría es abandonada, en cuyo caso no hay ningún fundamento para privilegiar ciertas posiciones de sujeto antes que otras en la determinación de los intereses «objetivos» del agente como un todo.

Los autores dirigen gran parte de su polémica contra lo que denominan «clasismo», definido como «la idea de que la clase obrera representa el agente privilegiado en el que reside el impulso fundamental del cambio social». Pero sus críticas se aplican a cualquier forma de análisis político, marxista o no, que mire hacia determinados grupos sociales como la mejor base sobre la que construir: «La limitación crucial de la perspectiva de la izquierda tradicional es que intenta determinar a priori agentes de cambio, niveles de eficacia en el campo de lo social y puntos y momentos privilegiados de ruptura».

Para Laclau y Mouffe no existe un sujeto social «privilegiado» para la política de izquierdas, sino una serie de reivindicaciones discretas que se expresan en un momento dado. Un movimiento político se enfrenta al problema de «suturarlas» mediante un proceso discursivo que no se base en determinaciones sociales previas. Esa sutura requiere el trazado de una «frontera antagónica interna», que defina la oposición común de esas demandas (o algunas de ellas) a los poderes existentes, convocando a la existencia política a un «pueblo» bajo el signo de un «significante vacío».

Estructuras e intereses

Esta crítica vacía la mayor parte de la sustancia del pensamiento de Karl Marx, haciendo posible que Laclau y Mouffe planteen la notable afirmación de que Marx no reconoció el carácter inherentemente «político» de lo «económico». Para ellos, esta afirmación significa que Marx no vio «el nivel económico», incluidas las relaciones productivas, como un «contexto de contingencia», en el que los antagonismos solo se desarrollan a través de formaciones discursivas que delimitan simbólicamente los bandos antagónicos.

Sin embargo, para Marx, el carácter político de las relaciones productivas era intrínseco a ellas. Era una función de la necesidad, tanto biológica como histórica, de organizar la subsistencia material como fundamento duradero de toda vida social humana. Los humanos, como dijo Marx, se distinguieron de otros animales cuando empezaron a producir los medios para su propia subsistencia.

Dicha producción, con las complejas divisiones del trabajo y composiciones sociales que organizan sus formas cambiantes, no es fundamentalmente distinta de las relaciones «políticas» de poder, dominación, control, negociación y resistencia. Más bien, ambas coevolucionaron como parte de las relaciones productivas (y reproductivas) que constituyen la dinámica central y permanente de las sociedades humanas.

La separación aparente —y parcialmente real— entre las formas política y económica en las concepciones marxistas del capitalismo no es consecuencia de un precepto metodológico que afirme la existencia de un destino económico intrínseco. Es un efecto mediato y mediador de las transformaciones en las relaciones de producción, que son simultáneamente «políticas» y «económicas».

Lo más fundamental, como argumentó Ellen Meiksins Wood, es que esas transformaciones implicaron la «privatización» de funciones políticas básicas —el control de los medios de producción sociales, la inversión de los excedentes sociales y los procesos de trabajo y los trabajadores colectivos— que cristalizaron en la «propiedad privada absoluta» como base apropiativa de la producción y la explotación capitalistas. Las «leyes del movimiento» capitalistas (tendenciales) que surgen de esa apropiación no son afines, como pretenden Laclau y Mouffe, a las «leyes naturales» que operan de forma neutral y necesaria.

Derivan, más bien, de relaciones de poder fundamentales, incluido el carácter anárquico de la producción social privatizada en el capitalismo (que requiere la «sustancia social» del valor, o dinero, como mediador general de los intercambios) y la separación forzosa de los trabajadores del acceso independiente a la tierra y otros medios de subsistencia (que los obliga a vender  su fuerza de trabajo para acceder al dinero y, por tanto, a los medios de su propia reproducción). La composición de esta dinámica no es absoluta ni fija, pero tampoco es totalmente contingente.

De hecho, los medios y productos históricos de la apropiación capitalista siempre han sido mucho más amplios de lo que podría sugerir un enfoque centrado en el trabajo asalariado industrial —una tendencia recurrente dentro del marxismo—. Desde la colonización y la esclavitud hasta el trabajo reproductivo no remunerado de las mujeres en el hogar y los «salarios ocultos» de los pequeños agricultores y los deudores, el trabajo vivo siempre ha estado subordinado a la acumulación de formas múltiples y variadas.

En esta complejidad, intrínseca a las relaciones sociopolíticas capitalistas, los intereses se articulan en diferentes escalas, tanto espaciales como temporales, y a menudo en forzada competencia entre sí. Esto no significa que no podamos discernir dichos intereses o identificar posibilidades de alineación histórica. El enigma de la «hegemonía» para el marxismo es precisamente cómo podrían alinearse estas zonas e intereses.

Unidad a través de la representación

La prioridad de lo político, para Laclau y Mouffe, no significa que el mundo social no tenga «realidad» más allá de las articulaciones políticas. Sin embargo, leen la historia del marxismo como una prueba de que tal realidad se compone de reivindicaciones demasiado discretas como para proporcionar una base para orientaciones políticas compartidas. Incluso la noción de «intereses» sugiere un vínculo demasiado fuerte entre una posición determinada y unas reivindicaciones políticas concretas. Las reivindicaciones no poseen un «destino manifiesto» que las lleve a «unirse en algún tipo de unidad» o a «constituir una cadena».

Si nos vemos reducidos a tales demandas en serie, las únicas fuentes de unidad son los actos de representación, un punto que se hace más claro con el giro de Laclau y Mouffe hacia la política populista. Las identidades políticas, llegó a argumentar Laclau, tienen «una estructura interna que es esencialmente representativa». Los significantes vacíos y las instituciones de la democracia representativa comparten la misma estructura interna, lo que permite utilizar la segunda para explicar la primera. En el proceso, la distinción entre un significante vacío y un «líder» tiende a desvanecerse.

La tarea de construir un «pueblo» depende de «los mecanismos de representación», en los que el nombre del representante cataliza la unidad de un pueblo. Aunque Laclau insiste en que tales mecanismos son «bidireccionales» —«un movimiento del representado al representante, y otro correlativo del representante al representado»—, es este último movimiento el que tiene prioridad, precisamente porque define una unidad retrospectiva de la que el primer movimiento carece por naturaleza: «El representado depende del representante para la constitución de su propia identidad». Esto desplaza la agencia a una élite representativa, transformando a las masas en identidades en cuya definición no desempeñan ningún papel independiente.

Sin la capacidad de dar cuenta de las contradicciones sociopolíticas que se abren potencialmente a intereses y objetivos más amplios, Laclau y Mouffe no pueden concebir la hegemonía como un proceso que excede o desborda los límites de las instituciones políticas existentes. Por el contrario, debe encontrar su actualización dentro de ellas: «renovar» la democracia redefiniendo los significantes de la representación y sustituyendo a los representantes.

Lo que queda del linaje radical de Laclau y Mouffe se expresa en el rechazo de la frontera en la que insiste la democracia liberal entre los actos fundacionales de representación —contratos sociales, voluntades generales, convenciones constitucionales— y sus pálidos ecos en los rituales electorales recurrentes. Si los pueblos se construyen discursivamente, argumentan, y si esas construcciones están siempre contingentemente «suturadas», también pueden descoserse. Ninguna unidad es definitiva.

Esto significa que cada proceso electoral ofrece la posibilidad de una refundación, al menos una vez que las hegemonías existentes han empezado a resquebrajarse. Las nuevas constituciones redactadas en Venezuela, Bolivia, Ecuador y otros lugares tras las victorias de la izquierda populista aparecen como la encarnación concreta de esta «radicalización» de la democracia.

Sin embargo, sin intereses objetivos ni tendencias históricas —por complejas y contradictorias que sean— con los que guiarse, esta radicalización también se topa con límites fijos. Si el liberalismo pretendía legitimar las instituciones existentes sacralizando sus fundamentos, la desmitificación de Laclau y Mouffe de esos fundamentos deja a las propias instituciones en gran medida intactas, precisamente porque no pueden ofrecerles una historia (o un futuro) alternativos sin desviarse hacia un territorio «esencialista».

Todo puede cambiar, aunque las instituciones liberales sigan siendo las mismas. Lo que importa es el agonismo del pueblo que les da vida. La labor de dar «voz» a los ciudadanos, según Mouffe, implica «hacer más representativas nuestras instituciones» y «ganar elecciones y alcanzar el poder del Estado» como «objetivo de una estrategia populista de izquierdas». Mouffe rechaza la idea de que la representación pueda reducirse a las elecciones. Sin embargo, no explica cómo ir más allá de ellas, aparte de señalar el papel «esencial» que desempeñan partidos como Podemos y Syriza en la elaboración de subjetividades políticas.

Por supuesto, Mouffe no se equivoca al señalar que los Estados ejercen enormes cantidades de poder concentrado, incluso en esta época de su supuesta debilidad, y que perturbar y reorientar los usos de ese poder podría ser esencial para los objetivos populares. Pero el carácter global de su rechazo del «esencialismo» conduce a cierta incapacidad para dar cuenta de las fuentes de ese poder y de los fines a los que puede servir eficazmente. La negativa a tener en cuenta el relato de Marx sobre la coevolución del poder «político» y la organización de la (re)producción social vuelve a ser, por tanto, un problema tanto para la teoría populista de izquierdas como para los movimientos que respalda e inspira.

Capitalismo y Estado

Para Laclau y Mouffe, el problema del Estado contemporáneo se define por su carácter «pospolítico». La política, como constitución de identidades hegemónicas y contiendas agonísticas sobre demandas contrapuestas, ha sido sustituida por formas de gestión técnica supervisadas por expertos. Se supone que la construcción de una identidad popular hegemónica coincide con la reafirmación de la hegemonía de las instituciones representativas dentro del Estado.

En el núcleo de esta concepción se encuentra la separación de la gobernanza representativa de los procesos sociales e históricos que la componen. Al igual que la clase no es un conjunto de posiciones sociales fijas sino una estructura dinámica y relacional, las instituciones electorales y parlamentarias de los Estados contemporáneos no son lugares puros de representación «política», sino nodos de un complejo de funciones en evolución que median y comprenden un equilibrio de fuerzas. Los Estados capitalistas desempeñan diversas tareas: reproducir la fuerza de trabajo, mediar en los antagonismos entre el capital y los trabajadores, asegurar las infraestructuras de la acumulación de capital, defender su propia legitimidad, etcétera.

Si el campo de acción de que disponen los Estados está definido, como sostiene Stephen Maher, por «los límites estructurales y los puntos de crisis de la acumulación de capital», la tarea de gestionar esos límites nunca se ha dejado exclusivamente en manos de los órganos legislativos. Los bancos centrales, los ministerios de finanzas y otras fusiones «público-privadas» han funcionado durante mucho tiempo al margen de los poderes representativos, aunque su carácter ha cambiado junto con la creciente complejidad de la acumulación de capital.

En otras palabras, el rasgo político definitorio de la era neoliberal no ha sido la usurpación del gobierno representativo por la «administración» apolítica, como sugerirían Laclau y Mouffe. Por el contrario, se ha producido un cambio en el equilibrio de fuerzas interno a los Estados representativos. Dos de estos cambios han sido especialmente importantes.

En primer lugar, los aparatos económicos de los Estados se han ido liberando cada vez más de la supervisión de las instituciones representativas. En segundo lugar, y como condición habilitadora de esa separación, se han producido transformaciones significativas en las capacidades económicas que poseen los Estados. En lugar de actuar sobre los mercados desde «fuera» imponiéndoles límites y requisitos normativos, los Estados han movilizado poderes infraestructurales para actuar dentro de los mercados con el fin de dar forma y estabilizar las iniciativas financieras.

La gestión de la crisis de los mercados financieros tras el crack de 2008 amplió la influencia directa de los bancos centrales dentro de los mercados, no solo como prestamistas sino como compradores de última instancia, vinculando la liquidez y la rentabilidad financieras con el mantenimiento de las capacidades estatales apalancadas por la deuda. Del mismo modo, los derechos sociales clave se han transformado en un acceso facilitado por el Estado a los servicios comercializados y a la deuda.

Estos cambios han fomentado un entrelazamiento más profundo de las capacidades económicas estatales con los flujos de capital privado y los procesos de acumulación que ahora son de alcance internacional. El enfoque resultante en la «competitividad nacional» se adapta mal a las formas universalistas del derecho y a los plazos más largos propios de las asambleas representativas tradicionales. También han proporcionado al capital privado medios más directos para perturbar el funcionamiento normal de los Estados si sus políticas imponen riesgos o límites a la acumulación.

Nada de esto ha llevado a la desaparición de las funciones representativas del Estado. Más bien, esas funciones se celebran y se transforman en espectáculos cada vez más agonísticos o «polarizados», incluso cuando las capacidades sustantivas de toma de decisiones se transfieren a otros lugares. En este contexto, una estrategia definida a través de esas funciones parece fundamentalmente limitada, precisamente porque considerará el destino político de las instituciones representativas como algo que se les impone desde «fuera», en lugar de como algo intrínseco a su posición contradictoria dentro del terreno político-económico de los Estados capitalistas.

Mouffe habla, por ejemplo, de la aceptación por parte de los partidos socialdemócratas de «los dictados del capitalismo financiero y los límites que imponen a las intervenciones estatales en el ámbito de la política redistributiva». Del mismo modo, sugiere que Syriza fue «obligada» a aceptar tales diktats por la Troika. Sin embargo, en ninguno de los dos casos presenta un análisis de lo que impulsó dicha aceptación, ni de cómo podría haber sido posible la resistencia a esos diktats. El problema aparece como algo así como una falta de voluntad por parte de los representantes: su doblegamiento al discurso de otros.

Los límites del populismo de izquierda

Ciertamente, Mouffe tiene razón al insistir en que el fracaso de Syriza por sí solo no «invalida la estrategia populista que le permitió llegar al poder». Pero el problema es si Mouffe puede concebir las raíces de tal fracaso y cómo podrían superarse en el futuro. Aquí su posición tiende a replegarse en un espacio indeterminado entre la ontología política y los fenómenos concretos.

En sus escritos, existe una especie de presunción no declarada de que la forma en que se constituye y representa «el pueblo» debe resultar determinante, como si las construcciones discursivas convocaran poderes materiales y se apoderaran de los poderes estatales a través de su propia articulación. Señala al thatcherismo, por ejemplo, como prueba de que «es posible llevar a cabo una transformación del orden hegemónico existente sin destruir las instituciones liberal-democráticas».

Sin embargo, a Margaret Thatcher se le concedió espacio para experimentar precisamente porque su proyecto perseguía explícitamente los intereses de las fracciones dominantes del capital en medio de la crisis del keynesianismo. Como demuestra la experiencia de Syriza, a un gobierno de izquierdas no se le concederá el mismo tiempo y espacio para la experimentación.

¿Qué demuestra entonces el ejemplo del thatcherismo? Mouffe no puede decirlo. En lugar de ello, su relato oscila con frecuencia entre un enfoque abstracto sobre la idea de hegemonizar la «democracia», que define el solapamiento entre los populismos de derecha e izquierda, y una insistencia en que la «igualdad» es un aspecto definitorio de la democracia, con la justicia social como su expresión, y el «anticapitalismo» una dimensión esencial, que puede dirigir a un pueblo «democrático» hacia la izquierda.

En algunos pasajes escritos en el segundo de estos registros, Mouffe puede parecer al borde de un acercamiento al marxismo, subrayando las raíces capitalistas de la crisis y la necesidad de una «ruptura» con su forma financiera actual al menos, que conduzca a una remodelación de «las condiciones materiales de la reproducción social». Sin embargo, como estos objetivos siguen siendo para ella reivindicaciones discretas, no pueden superar al partido y al líder (o líderes) que los representan.

Para que un proyecto político tenga éxito, sostiene Mouffe, es necesario construir discursivamente un «pueblo». No puede haber articulación de alianzas sociales específicas, ni mediación de intereses entrecruzados hacia una coherencia común, ni perturbación de los poderes estatales existentes sin esa construcción previa. Los objetivos específicos se convierten así en algo parecido a las generalidades de una plataforma electoral: «Antes de poder radicalizar la democracia, primero es necesario recuperarla».

Solo después de haber logrado esa recuperación será posible llevar a cabo «un debate más agonístico sobre las políticas más adecuadas para radicalizar la democracia». Las respuestas, para Mouffe, «no deben estar determinadas de antemano».

Si el fracaso de Syriza nos enseña algo, es sin duda que no podemos «democratizar» el Estado mediante la afirmación electoral de una nueva identidad discursiva y luego ver qué oportunidades se abren con mejores formas de representación. Porque tal afirmación no «democratiza» el Estado en su conjunto, sino solo una de sus esferas menores, que ya está desvinculada y subordinada a sus funciones «económicas». Los representantes del «pueblo», operando en un terreno así, se encontrarán sometidos a fuerzas e imperativos totalmente opuestos a los significantes que supuestamente encarnaban.

MICHAEL BRAY

Profesor asociado de Filosofía en la Southwestern University. Es autor de Powers of the Mind: Mental and Manual Labor in the Contemporary Political Crisis.

Publicado en: Cultural, titular2

La sinrazón del capital

23/07/2023 by Vitalio Deja un comentario

Por: Pablo Gandolfo

El intento de golpe de Estado protagonizado por Yevgeny Prigozhin en la segunda potencia nuclear del planeta es la cabeza de la hidra de un peligroso proceso que desde inicios de siglo viene avanzando en las principales potencias del mundo: la privatización del ejercicio de la violencia.

Seguramente la filosofía política no se encuentra entre los intereses cotidianos de Yevgeny Prigozhin. Con sus acciones, sin embargo, planteó una de las preguntas mas profundas que puede abordar la filosofía política en nuestro tiempo: ¿qué peligros entraña la privatización de parte del ejercicio de la fuerza? Desde que los Estados existen, siempre hubo desafíos a su monopolio de la violencia, esencialmente de dos tipos: iniciativas individuales (como puede ser cualquier crimen) o colectivas, destinadas a cambiar un ordenamiento político percibido como injusto por una parte de la población que ve obturada su posibilidad de alterar ese orden por medios pacíficos.

La existencia y utilización de fuerzas mercenarias puede rastrearse hasta épocas tan tempranas como la Antigüedad. Pero es recién desde los primeros años de este siglo, con la invasión de Irak liderada por los Estados Unidos, que las empresas militares privadas multiplicaron su volumen y su cantidad (y, con ello, su poder) de forma sustancial. Hasta ahora se trataba mayoritariamente de empresas estadounidenses y, en menor medida, británicas. Con la guerra en Ucrania, sin embargo, apareció en el tablado una nueva comparsa: el grupo Wagner y su propietario, el esperpéntico oligarca ruso Prigozhin.

La utilidad de las empresas militares para los Estados son muchas. La primera es la «negación plausible». Un Estado interesado en realizar una intervención en un territorio extranjero puede conseguir su objetivo mediante una empresa militar en lugar de utilizar sus fuerzas estatales, tornando más fácil eludir la responsabilidad por los abusos que se cometan; en un conflicto declarado —como Irak o Afganistán—, además, permite disminuir las estadísticas de bajas empleando extranjeros. Sea como sea, lo cierto es que los motivos que conducen a un Estado a utilizar estas empresas (o directamente a crearlas, ya que en la mayoría de los casos el Estado aparece vinculado a su origen) entran en tensión ya sea con la legalidad o con la eticidad. Nunca entrañan ningún bien.

La vida al servicio del lucro

El capital es una fuerza en permanente expansión. Como senhala el filósofo Maurizio Lazzarato siguiendo a Marx, por su propia naturaleza el capital no admite limitaciones, «solo obstáculos que continuamente desplaza, que continuamente recrea y que todavía supera, ad infinitum». Así, alguien pudiera haber dicho en 1945 «vivo en el capitalismo», y alguien podría afirmarlo también hoy. Ambos dirían lo mismo, a pesar de que el capitalismo de 1945 no es el mismo que el de la actualidad. La idéntica afirmación oculta dos situaciones distintas. El paso del tiempo modifica, y toda afirmación se oxida.

Hasta hace algunas décadas, una de las formas de expansión del capital era desarrollarse en territorios donde la reproducción de la vida no ocurría bajo formas mercantiles o donde su rol estaba limitado. La última conquista a gran escala de ese tipo fue la caída del «socialismo real». Eso supuso para el capital un nuevo espacio excepcionalmente amplio donde desarrollarse. Cuarenta años después, aun continúa su expansión sobre las esferas de aquellas sociedades que todavía presentan características solo parcialmente capitalistas. Otro ejemplo de avance del capital tiene lugar sobre comunidades campesinas que permanecen en la subsistencia. El capital en nuestro tiempo se expande en términos geográficos, pero no es su única forma de avance.

La expansión del capital adopta la forma de colonización de la vida por la mercancía, por lo producido para ser vendido; la conquista de nuevas esferas que antes estaban fuera de la forma mercantil, aquello que no se podía comprar y vender. En las últimas décadas asistimos a la mercantilización creciente de esferas de la reproducción de la vida social que antes permanecía fueran —o parcialmente fuera— del alcance del mercado. Es sencillo visualizarlo cuando hablamos de «neoliberalismo», las privatizaciones y del ingreso del sector privado en esferas antes dominadas por lo público. En ese proceso encontramos el avance sobre empresas públicas pero también la mercantilización creciente de áreas como la salud, la educación o el agua.

Una de las mercantilizaciones mas creativas que está encarando el capitalismo en la actualidad es convertir en negocio los derechos de contaminación. Por esa vía llegaremos a un mundo donde quienes puedan pagarlo podrán realizar actividades lujosas y altamente contaminantes —como usar aviones privados—, mientras que otros deberemos dejar de comer carne por las emisiones de metano que produce la vaca. En el «capitalismo verde» unos seremos víctima y sostén para que el mundo siga siendo habitable mientras que otros podrán destruirlo sin más limitaciones que el tamaño de su billetera, desarrollando un consumo ostentoso y contaminante pero legal y legítimo.

El avance de la mercancía abarca todos los ámbitos: las redes sociales han permitido la monetización incluso de nuestra vida privada. Si por algún motivo imágenes u opiniones de nuestra vida cotidiana fueran atractivas para otros, eso permite que nuestra exposición crezca geométricamente hasta que, llegado un punto, podamos lucrar con ella. Hay quienes llegan a ser influencers porque ofrecen un contenido temático pero hay también quienes llegan a serlo exponiéndose a si mismos, a sus hijos o a sus mascotas. La imagen de la vida privada se convierte en capital humano, mercancía publicitable en el espacio público.

La violencia como mercancía

Desde hace dos décadas comenzamos a tener noticias de que el ejercicio de la violencia organizada a gran escala, que era un atributo monopolizado por el Estado, comenzó también a privatizarse. Si bien esto a priori puede remitirnos más a épocas pasadas, a algo propio del mundo medieval, se trata de una temática con bastante actualidad en el ámbito de las ciencias sociales, donde se debate si el capitalismo actual está involucrando progresivamente algunos elementos más propios del modo de producción feudal, como sostiene Cédric Durand en su libro Tecnofeudalismo al referirse a las características rentísticas de las empresas tecnológicas.

Sin embargo, el proceso que se desarrolla en nuestro presente tiene características más inquietantes. Aunque los de antaño eran ejércitos privados, su capacidad de ejercicio de la violencia no era mercancía, no era un bien transable en el mercado, aunque hubiera arreglos por conveniencias o traiciones por beneficios. Hoy, la constitución de ejércitos privados tiene otro carácter porque ocurre en el marco de la expansión del capital, de su vocación innata por romper todas las limitaciones.

Era previsible que legitimar un mecanismo para vender violencia a escala industrial implicaba abrir mil cajas de Pandora. Hace poco, un individuo a quien nadie con buen juicio le daría las llaves de su auto tuvo la posibilidad de enfilar 25000 mercenarios sacados de las cárceles para la toma de la capital de la potencia nuclear que le paga el salario, Moscú. El genio ya se salió de la botella.

La privatización del ejercicio de la violencia a la que asistimos en el siglo XXI pone en manos de empresas aparatos gigantes capaces de ejercer de manera masiva la violencia en función de los intereses individuales de su propietario. No es solo un problema de legalidad lo que está de fondo: se trata de la ruptura de la articulación conceptual entre modernidad y liberalismo. Al capital, que nunca deja de avanzar, la articulación conceptual que le dio origen ya no le sirve, en tanto limita la esfera de lo mercantilizable y su naturaleza es romper esa limitación.

El capital ya venía avanzando sobre esferas donde chocaba con la modernidad. Al convertir en negocio la educación y al invadir el espacio de la construcción de subjetividad (anteriormente abarcado por la escuela, la familia, la Iglesia, y ahora capturado en buena medida por medios de comunicación, ya sea mediante plataformas clásicas como la televisión o mas recientes como las redes sociales), estaba horadando las condiciones de existencia de su sujeto político fundamental, el ciudadano que interviene en el espacio público. La microsegmentación de audiencias que permiten los algoritmos agudiza esta tendencia, y los impactos que tengan cuando solo haya en la Tierra nativos digitales, seres humanos nacidos bajo el imperio de estas tecnologías, son aun desconocidos.

Pero el 23 de junio pasado Yevgueni Prigozhin fue responsable de imprimir una profunda desviación a aquel proceso: la empresa privada cuya mercancía es el ejercicio de la violencia se volvió en contra del Estado que la creó en función de sus objetivos nacionales. Un Estado que, dominado por una mirada de corto alcance, había quebrado su monopolio del ejercicio de la violencia al impulsar la privatización de aquella empresa con la esperanza de gozar de atribuciones más amplias sin pagar por las consecuencias, es ahora desafiado por el mismo poder que ayudó a crear.

La capacidad privada y mercantil del ejercicio de la violencia se torna contra el propio Estado que le dio vida. Se trata de un ejemplo prístino de la «locura de la razón económica»: la razón instrumentalizada por el capital en función de su propio avance se convierte en su contracara, la sinrazón.

PABLO GANDOLFO

Periodista freelance y analista geopolítico, colabora en El Salto (España).

Publicado en: Global

En Guatemala, élite corrupta enturbia el proceso electoral

23/07/2023 by Vitalio Deja un comentario

Por: Blanche Petrich

La ex funcionaria atribuye a la fiscal Consuelo Porras muchas de las acciones que se ejecutan por fuera de la ley contra el Movimiento Semilla. En la imagen, la constitucionalista flanqueada por Francisco Cox y Carlos Beristáin en una reunión del GIEI en México en 2015. Foto Cristina Rodríguez
El inesperado pase a la segunda vuelta en las elecciones presidenciales de Guatemala de Bernardo Arévalo, del Movimiento Semilla, un partido que surgió hace siete años de la inconformidad y las protestas sociales, hizo temer a las élites y a los sectores de lo que la ex fiscal general del país Claudia Paz y Paz llama “pro-corrupción” y “pro-impunidad”. Por ello, varios órganos de justicia “intentan enturbiar el proceso” con acciones “abiertamente ilegales y arbitrarias”.

En entrevista, la reconocida penalista, actualmente directora del Centro de Justicia y Derecho Internacional (CEJIL) en Costa Rica, explica desde el punto de vista jurídico algunas de las claves de la crisis electoral en curso. Durante su gestión frente a la Fiscalía General se abrió la posibilidad de juzgar por genocidio al ex dictador Efraín Ríos Montt, entre otros procesos emblemáticos. Tuvo que salir del país. También fue parte del Grupo Interdisciplinario de Expertos Independientes (GIEI) para el Caso Ayotzinapa entre 2016 y finales de 2022.

Inmediatamente después de las elecciones del 25 de junio, la Corte de Constitucionalidad intentó forzar ilegalmente un recuento de votos. Le siguió el Ministerio Público y el fiscal anticorrupción, Rafael Curruchiche, que anunciaron “la suspensión” del Movimiento Semilla. Antier, policías y el ministerio público consumaron el allanamiento de la sede del partido y sustrajeron documentación. Días antes, hombres encapuchados robaron documentación del registro de ciudadanos del Tribunal Supremo Electoral (TSE).

Todo esto, señala Paz y Paz, “es delito; es grave e ilegal. Ningún juez tiene la potestad de cancelar a un partido político en medio de un proceso electoral. La ley es súper clara. La arbitrariedad fue tan evidente que la Organización de Estados Americanos, la Organización de Naciones Unidas, Estados Unidos y otros países y sectores condenaron estas acciones”.

Arévalo pudo reanudar su campaña el fin de semana anterior, entre multitudinarias manifestaciones de apoyo, después de lograr un amparo de la Corte Constitucional (que antes intentó bloquearlo).

Ganó el descontento, se votó contra el sistema

–Da la impresión de que lo que sucedió estos días fuera un golpe de Estado prelectoral para bloquear el paso a una alternativa diferente a la presidencia.

–Sin duda. Todos estos intentos vienen de esta sorpresa que dio el Movimiento Semilla. No lo esperaban. Apostaban que quedaran en los dos primeros lugares Manuel Conde, del partido oficialista Vamos, y Zury Ríos, quienes representan de mejor manera los valores conservadores.

Sandra Torres, del partido Unidad Nacional de la Esperanza, obtuvo el mayor número de votos después de un cuestionado recuento que alteró el resultado inicial, que ponía a Arévalo a la cabeza. Conde quedó en un remoto tercer lugar. Y Ríos, la favorita, hija del dictador Ríos Montt, de la alianza ultraderechista Valor y Unionista, cayó al sexto lugar).

–¿Cómo se explica que las encuestas hayan encubierto tan bien la intención del electorado?

–Yo no sé si lo que reflejaron las encuestas es porque la mayoría no dijo realmente por quien iba a votar o en parte fue que no sabían por quien iban a votar y se definieron por el Movimiento Semilla en los últimos momentos. Lo que sí fue muy contundente fue el sufragio contra del sistema. Juntos, los votos nulos y en blanco, obtuvieron la mayoría: 25 por ciento del padrón. Lo relevante que demostró la primera vuelta es esa expresión de descontento con lo que estaba ocurriendo.

La responsabilidad de Giammattei

–¿Quiénes son los responsables de querer enturbiar las elecciones?

–Para ver de quiénes son las responsabilidades, hay que decir que Vamos, el partido oficial, presentó de manera infundada los primeros recursos de queja respecto de un presunto fraude. Es en parte responsabilidad del presidente Giammattei, aunque él ha sacado declaraciones de que va a respetar las elecciones. Y en todo está la mano de la fiscal Consuelo Porras.

–¿Qué dice esta crisis del sistema de justicia de Guatemala?

–Desde la salida de la Comisión Internacional contra la Impunidad en Guatemala (CICIG) en 2017, se ha dado una constante cooptación, por parte de estos poderes pro-impunidad y pro-corrupción, de los órganos de justicia que deberían ser independientes. El Ministerio Público está prácticamente tomado por la fiscal general. Ella debió haber terminado su periodo en 2022. Pero la Corte de Constitucionalidad intervino para obligar a los integrantes de las comisiones de postulación para que el presidente la volviera a nombrar.

En este último episodio, Porras se ha ido quedando más sola, más aislada. Pero todavía hay un peligro: que siga intentando criminalizar a integrantes del Tribunal Supremo Electoral, a las personas que trabajan en el registro de ciudadanos o a integrantes de Semilla.

–¿Al propio candidato Bernardo Arévalo?

–Él goza de antejuicio (fuero), pero se podría intentar que le retiren el antejuicio y pongan un proceso penal en su contra. Por eso el juez da la orden de suspensión del partido. Su teoría del caso es que había firmas falsas. Pero eso ya es absolutamente extemporáneo porque ese partido ya compitió en las elecciones anteriores.

Semilla tiene registro desde 2017, un partido relativamente joven que surgió de los grupos de inconformes que salieron a protestar masivamente en 2015 contra los numerosos casos de corrupción.

Un desafío ante la crisis

–¿La fiscal Porras, tiene cuentas pendientes con la ley?

–Sí, varias denuncias que no han procedido. Una de las causas es que los funcionarios del MP deben tener carrera fiscal. Y ella ha destituido a los MP que tienen a su cargo casos de gran corrupción o de graves violaciones a los derechos humanos, rompiendo el sistema de carrera. Ese es un caso clásico de abuso de poder, es un delito. Y la semana pasada cometió otro delito al intentar que se ilegalice un partido político.

–Desde 2021 han sido criminalizados, despedidos o trasladados 32 fiscales, abogados o jueces que defendían casos de derechos humanos o corrupción. Hay cuatro fiscales en el exilio. Se habla de un desmantelamiento del sistema de procuración de justicia. ¿Queda en Guatemala alguna instancia con independencia o facultades suficientes para enjuiciar a Consuelo Porras?

–Ese es el gran desafío. Todas las cortes fueron cooptadas por ella. Entonces, para que rinda cuentas se tendría que nombrar a un fiscal especial, porque ella no se va a investigar a sí misma ni adelantar un proceso penal en su contra. Además, también tiene derecho de antejuicio. Pero las cortes tendrían que haberse renovado hace cuatro años, se venció su plazo de nombramiento. Esperemos, que pronto, ojalá, se integren las nuevas cortes y termine este nuevo mandato que está arbitrariamente prolongado.

–En el periodo en el que estuviste al frente de la Fiscalía se logró resquebrajar la impunidad en muchos terrenos, pero significativamente en los crímenes de guerra. ¿Qué tanto se logró profundizar y hasta qué punto está interrumpido?

–Hay una fuerza fundamental que es de las víctimas, de los sobrevivientes. Ellos han seguido alzando la voz, insistiendo y presionando para que la rendición de cuentas y procuración de la ley avance en estos casos. Y siguen, a pesar de todo.

“Ahí está el caso del Diario Militar, que es una lista de 183 casos de desaparición forzada, casi todas las víctimas urbanas, que está en etapa intermedia y que es sumamente importante. Hay en marcha otros dos casos en materia de genocidio. Los casos no se han paralizado del todo, aunque algunos jueces y funcionarios que estaban a cargo de las investigaciones sí han tenido que salir del país.”

Publicado en: América Central

Los pueblos indígenas y sus rutas de resistencia

23/07/2023 by Vitalio Deja un comentario

Por: Magdalena Gómez

Bien lo han dicho los pueblos indígenas: su resistencia no se mide ni agota por sexenios; siendo esto cierto, también hay que visibilizar y cuestionar las políticas estatales en turno.

Las oficiales, no necesariamente las que algunos políticos incorporan retóricamente en sus narrativas cotidianas. Y aquí otra distinción necesaria, el Presidente de la República tiene un estatus y facultades inherentes al titular del Poder Ejecutivo federal; no puede, por tanto, suponer que él tiene similar libertad de expresión y “derecho de réplica” a la de cualquier ciudadano que eventualmente acuda, reivindique o exija el cumplimiento de las obligaciones relativas a su cargo, formalmente sexenal. Y subrayo formalmente, porque recordemos que el maximato se concretó en alguna etapa de nuestra historia. Con todo ello, nos ubicamos en una de las distinciones torales en la relación entre política y derecho cuya tensión está presente y cruza las estrategias de los pueblos indígenas. Dicho esto, recurro a uno de los ejemplos paradigmáticos, como fue la contrarreforma salinista al artículo 27 constitucional cuyo impacto sigue vigente desde 1992.

En este punto se concretó una de las afectaciones más fuertes al despojar a indígenas y campesinos de los derechos logrados a partir, ni más ni menos, que de una revolución cuya conclusión se materializó en la Constitución de 1917. Por ello no podemos quedarnos en la reiterada frase del titular del Ejecutivo de aquel momento: “ni los veo ni los oigo”. Ciertamente una desafortunada expresión política que al tiempo cobró forma jurídica. No fue otra que la materialización del despojo legalizado al establecer el ingreso de las tierras a la lógica del mercado.

Pues bien, la contrarreforma que cito ha sido el puntal para contener el alcance de los derechos que los pueblos indígenas, no sólo en nuestro país han logrado para transitar hacia el pleno ejercicio del derecho a la libre determinación y al territorio. Sea el Convenio 169 de la Organización Internacional del Trabajo, ratificado por nuestro país, la Declaración de la Organización de las Naciones Unidas sobre Derechos de los Pueblos Indígenas y, para no ir más lejos, las mutilaciones y distorsiones a los acuerdos de San Andrés expresadas en el vigente artículo 2 constitucional. Ahí encontramos, de nueva cuenta la tensión entre el derecho y la política. Los reiterados esfuerzos de los pueblos indígenas de utilizar las aún precarias herramientas, se topan con decisiones no exentas de contenido político plasmado en las resoluciones jurídicas. La decisión de la Suprema Corte de Justicia en torno a las 330 controversias constitucionales que dio el portazo, como dijeron en su momento los zapatistas, es otra más de las deudas pendientes. Todo este recuento busca llegar al punto en que los pueblos indígenas se encuentran en el actual sexenio heredero pleno de sus antecesores.

Si se logró incorporar la noción de derechos colectivos, la llamada 4T los redujo a la dimensión individual, son las personas indígenas las que reciben los mecanismos monetarios de la política social. Vaya, ni siquiera la regulación del derecho a la ­consulta se ha concretado, que, por cierto, no incorpora la dimensión del consentimiento previo, libre e informado. La Suprema Corte emitió una resolución que obliga al Congreso a legislar y el proceso pasó de la Cámara de Diputados a la de Senadores que le ha dado lugar en su congeladora. En estos tiempos los megaproyectos en curso, como el llamado Tren Maya, el Corredor Interoceánico, el Proyecto Integral Morelos han sido escenarios de batallas donde, cuesta reconocerlo, el Estado ha avanzado, si bien no plenamente sobre los pueblos, con mecanismos como la declaración de seguridad nacional o su concepto de desarrollo nacional y el ciertamente eficaz mecanismo de contención, promotor de clientelas y adhesiones de los programas sociales.

Este panorama eleva el costo de la resistencia de los pueblos y se enfrenta al paulatino incremento de la violencia en sus territorios, de la mano de la delincuencia organizada, con sus pugnas y redes de complicidades.

Está en curso una campaña nacional e internacional que busca detener la guerra contra las comunidades zapatistas, que hace visibles los miles de desplazados internos en Chiapas y la acción u omisión del Estado. Es una apuesta por la vía política, la de la organización y la denuncia que cada vez menos espera un espacio siquiera de escucha estatal, pues se replica el negacionismo oficial, cuando en diversas regiones se están presentando situaciones de violencias inéditas. Sin embargo, recuperamos que no es lo mismo tener derechos que no tenerlos, siempre que la lucha no quede sólo en los estrados de los juzgados, sino que se convierta en una herramienta para dibujar y fortalecer la resistencia y la escucha entre pueblos y quienes los acompañamos. La lucha es por la vida. A contrapelo del Estado.

Publicado en: AmericaLatina

Progresismos: ¿avance o retroceso?

23/07/2023 by Vitalio Deja un comentario

Por: Marcelo Colussi

Hace algunos años atrás se hablaba de “revolución socialista”. Hoy se habla de “progresismos”. En décadas pasadas no se les tenía miedo a las palabras “poder o movilización popular”, “gobierno de los pobres”, “democracia de base”. Hoy parece que todo eso se ha trocado en “participación ciudadana”, “democracia” (entendiendo por tal la democracia participativa), “ciudadanía” y “gobernabilidad”. “¡A desalambrar, a desalambrar!”, se pedía en un canto motivador un tiempo atrás; hoy, con saco y corbata, o con tacones y joyas, se habla del respeto a la propiedad privada, de una economía “con responsabilidad social”. ¿Qué pasó con aquel ideario de cambio, de profundas transformaciones revolucionarias? Los progresismos que vivimos en Latinoamérica ¿constituyen un avance o un retroceso en términos político-sociales?

Para responder esa pregunta hay que contextualizar el fenómeno. Las luchas obreras del siglo XIX, en buena medida enmarcadas en ideas anarquistas, dieron lugar al surgimiento del socialismo científico de la mano de Marx y Engels. Ese ideario permitió las primeras revoluciones socialistas ya entrado el siglo XX: Rusia, China, Cuba, Vietnam, Nicaragua. Para la década del 70 del pasado siglo una cuarta parte de la humanidad vivía en países que, con diferencias, pero con un común denominador, se decían socialistas. Esos años, décadas de los 60 y 70 del siglo XX, mostraron el gran crecimiento de un espíritu transformador que se difundió por todo el planeta.

Varios países de África con el socialismo “africano” luego de su independencia de las potencias imperialistas europeas, movimientos guerrilleros marxistas en toda Latinoamérica, el socialismo “árabe” en distintos Estados del Medio Oriente y del Magreb, sindicatos combativos por doquier, movimientos campesinos, Mayo Francés como faro para las luchas estudiantiles, movimientos anti-guerra de Vietnam, Teología de la Liberación en la Iglesia Católica con su “opción por los pobres”, un movimiento hippie que llamaba al no-consumo (herida mortal para el sistema), mística guevarista que inspiraba a las juventudes… todo eso mostraba un clima de búsqueda de transformaciones radicales. La democracia burguesa, en esa cosmovisión, era vista como una burla indecorosa a los pueblos, un rutinario ejercicio de cambio periódico de gerente de los negocios capitalistas. Ante todo ese impulso de cambio, el sistema global reaccionó violentamente.

Si las décadas de los 60/ 70 mostraron esos avances, la de los 80 significó un freno radical a ese espíritu transformador. Las represiones brutales en Latinoamérica llenaron de cadáveres los países. Ríos de sangre corrieron, asesinatos de líderes populares, desaparición forzada de personas, cárceles clandestinas, cámaras de tortura, masacres de población rural, un anticomunismo visceral inspirado en la Doctrina de Seguridad Nacional y enemigo interno impulsado por Washington, todo eso detuvo el crecimiento de la protesta, de los movimientos emancipadores. Contra la Teología de la Liberación cundieron las iglesias neoevangélicas, y sobre las montañas de muertos se erigieron los planes neoliberales.

El neoliberalismo- versión corregida y aumentada del capitalismo más despiadado que prioriza a un nivel máximo el libre mercado contra la intervención estatal- se estableció rápidamente. Conquistas laborales y sociales logradas con heroicas luchas, se perdieron. El capitalismo global tomó la iniciativa, y las ideas de cambio fueron dejadas en el olvido. Surgen ahí formulaciones ideológicas sumamente peligrosas para el campo popular que, de un modo subrepticio, entronizan el posibilismo acomodaticio, el supuesto “fin de la historia” y la derrota final de las ideas socialistas. Ahí aparece el credo post moderno y la proliferación de luchas parciales, importantísimas en sí mimas pero que, desvinculadas unas de otras (feminismo por un lado, ecologismo por otro, reivindicaciones étnicas por aquí desconectadas de lucha por la diversidad sexual por allá, etc.), solo sirven para fragmentar la lucha antisistémica (¿divide y reinarás?). El final de la Guerra Fría con un claro ganador, el polo capitalista, ensombreció las luchas populares.

Pero las mismas no desaparecieron. ¿Por qué iban a hacerlo? A partir de las nefastas políticas neoliberales surgieron reacciones. La primera, y quizá más importante en Latinoamérica, fue el Caracazo venezolano, en 1989, silenciado con miles de muertos por la represión gubernamental. Sobre esa ola de descontento popular, años después aparece la figura de Hugo Chávez.

Con él, en 1999 se inicia un proceso que sorprendió a todos: un militar formado en las técnicas contrainsurgentes, no marxista, de pronto retoma terminologías abandonadas y vuelve a hablar de socialismo. Incluso, con la propuesta de revisar lo actuado en los socialismos reales del siglo XX, criticando su excesivo burocratismo y verticalidad, proponiendo algo nuevo: el socialismo del siglo XXI. Sin dudas, el proyecto que inaugura abrió grandes esperanzas. Después de años de dictaduras sangrientas y planes neoliberales que esclavizaron a las poblaciones, la aparición de Chávez significó una bocanada de aire fresco. Sin una posición claramente socialista -“En mi país no hay lucha de clases”, pudo decir- desarrolló una política de principios sociales. No produjo cambios sustanciales como los del socialismo del siglo XX, con expropiaciones a la clase propietaria, con milicias populares armadas y genuina democracia de base ejercida en asambleas comunitarias. Pero sí elevó el nivel de vida de las grandes mayorías, impulsando planes de contenido social.

Esa aparición, y el contexto internacional que lo permitió- los altos precios de las materias primas que producen los países del área compradas por China- dieron lugar a cierta acumulación que diversos gobiernos con talante social-popular usaron en favor de las mayorías. En esa lógica fueron surgiendo a inicios del siglo XXI diversas administraciones que, sin cuestionar de base el capitalismo, produjeron mejoras en las empobrecidas- y reprimidas- sociedades latinoamericanas. Tras la larga noche del neoliberalismo, eso pareció una primavera. Se comenzó a hablar de progresismos. Y en un sentido, lo fueron.

De hecho, ya corridas dos décadas del actual siglo, hubo dos oleadas de progresismo; entre medio de ellas apareció un intento de reconfigurar el neoliberalismo más rampante, con presidentes de ultra derecha: Bolsonaro, Macri, Duque, Piñera. Lo cierto es que, con las dos oleadas de progresismo (la segunda vigente hoy en varios países), se abren preguntas.

En ninguno de estos avances progresistas se superó el modelo capitalista; incluso, ni el neoliberalismo impulsado por los megacapitales occidentales. Si bien es cierto que hubo válvulas de descompresión con avances significativos- Bolivia, con Evo Morales, se acercó más a planteos socialistas-, las estructuras de base se mantuvieron. Las oligarquías no perdieron su poder ni económico ni político, las fuerzas armadas- salvo el caso de Venezuela- nunca pasaron a ser instrumento del pueblo, sino que siguieron fieles a la defensa del sistema, la democracia representativa no pasó- no puede pasar- de ser un ejercicio alejado realmente del poder popular y todos los países con gobiernos de este talante de “centro-izquierda” continuaron pagando sus deudas con los organismos crediticios internacionales.

Como se dijo, la primera ola se vio beneficiada por los altos precios de las materias primas exportables; la segunda ola, no. Por tanto, los problemas estructurales en ninguna de las naciones donde tuvieron o tienen lugar esos progresismos, se resolvieron. Visto lo anterior, cabe la pregunta: ¿resultan avances o retrocesos?

En comparación con los planes de ajuste fondomonetarista que se comenzaron a vivir años atrás, y que aún persisten, tuvieron un sabor de respiro, de bocanada de aire fresco. Pero, está demostrado, políticas asistencialistas y clientelares no resuelven las carencias históricas. Son-y, por supuesto, bienvenidos- paños de agua fría, aunque no pueden pasar de allí. En tal sentido, son avances.

Vistos en una perspectiva histórica, después del avance obtenido en décadas anteriores con el aumento de las luchas populares y la última revolución socialista triunfante en 1979 en Nicaragua, pensar ahora en elecciones democrático-burguesas y que la izquierda quede circunscripta a mandatarios “progresistas” (¡el socialismo no es eso!) deja ver la tremenda derrota del campo popular. Derrota táctica, seguramente, porque la historia no ha terminado.

Los progresismos evidencian que la lucha de clases sigue siendo el motor de la historia porque, aunque no son la revolución, a la clase dirigente le asustan. Por eso, si bien no son el fantasma del comunismo de la Guerra Fría, hacen lo imposible por derrocarlos. Desde el campo popular se deberá apoyarlos, pero sabiendo que las reformas superficiales no son el punto de llegada.

Publicado en: AmericaLatina, titular2

Cuba. “Elegimos el camino más difícil, el más digno”, expresó Díaz-Canel en la Asamblea Nacional

23/07/2023 by Vitalio Deja un comentario

Fuente: Insurgente.org

 

“No podemos olvidar nunca que los enemigos de la nación cubana apuestan a fracturar la unidad nacional, a separar al pueblo y su gobierno, a que nos cansemos de insistir, a que bajemos los brazos, a que creamos que es preferible el camino de la rendición a resistir. Pero la opción de rendirnos fue borrada del ADN de los cubanos”

El presidente cubano, Miguel Díaz-Canel Bermúdez, recordó este sábado que hace 70 años una representación de lo mejor de la juventud cubana asaltaba los cuarteles Moncada y Carlos Manuel de Céspedes. “Como mártires o como héroes, sin ellos mismos saberlo, iban a entrar en la historia”, afirmó.

“Dos de aquellos muchachos nos acompañaron en esta sesión, el General de Ejército Raúl Castro, líder de la Revolución, y el comandante Ramiro Valdés Menéndez. A ellos, en primer lugar, quiero dedicar mis palabras.

“No se trata solo de un acto de justicia histórica, sino de dos hombres que continúan asaltando fortalezas todos los días con el pie en el estribo de las dificultades y el fusil apuntando hacia los errores”, dijo el mandatario al intervenir ante el plenario de la Asamblea Nacional.

Consideró que el reciente periodo de la Asamblea “ha sido bueno”, incluyendo el llamado de Lazo y otros diputados a ponerle nombre y apellidos, causas y posible solución a nuestros problemas, “esos que no tienen que ver de manera directa con el bloqueo o que refuerzan el omnipresente bloqueo por inacción, apatía, insensibilidad, incapacidad o por simple cansancio y falta de fe en que será posible vencer las dificultades».

“Se han abordado con sentido de urgencia y sin prejuicios los problemas de nuestra difícil cotidianidad, como la producción de alimentos, la generación eléctrica, la disponibilidad de agua, la delincuencia, la creciente inflación, los precios abusivos.

“Lo hemos hecho sin abandonar asuntos pendientes y de carácter estratégico como la política del Estado para la atención a la niñez, la adolescencia y las juventudes y la Ley del Código Penal militar”.

Destacó que se ha constatado en estos meses el vínculo de los diputados con la población. 

“Estos meses de intercambio con el pueblo en la calle, en los barrios, han sido la prueba de lo que significa trabajar con el oído pegado a la tierra. Una asamblea en sesión permanente desconectada del pueblo que la eligió no puede llamarse nunca una asamblea del poder popular.

“No podemos olvidar nunca que los enemigos de la nación cubana apuestan a fracturar la unidad nacional, a separar al pueblo y su gobierno, a que nos cansemos de insistir, a que bajemos los brazos, a que creamos que es preferible el camino de la rendición a resistir. Pero la opción de rendirnos fue borrada del ADN de los cubanos.

“Y no lo digo por capricho o porque nos plazca el sacrificio, o nos creamos una nación elegida. Es que basta mirar a quienes se rindieron o fueron sometidos por un poder superior, aparentemente invencible: ellos perdieron la nación, el ideal y el destino de sus países.

“No me imagino a Cuba sin la fuerza moral de su partido y sin la organización, la planificación, la preocupación permanente de un Gobierno cuya principal misión consiste en garantizar salud, educación, alimentación y servicios públicos, gratuitamente algunos y otros al menor costo posible”.

Todo esto –subrayó– bajo las terribles condiciones de un bloqueo reforzado y la inclusión de Cuba en la infame lista de paises patrocinadores del terrorismo, que busca boicotear cualquier posibilidad de recuperación económica, cerrando todos los accesos a posibles ingresos y oportunidades de financiamiento.

“Es muy perversa esa política, que no se limita al espacio económico y financiero. Se sabe que la mayor fuerza de Cuba está en su pueblo y en su resistencia emblemática. Por eso también nos atacan sembrando matrices de ingobernabilidad, Estado fallido e inseguridad ciudadana”.

El plan –continuó el presidente cubano en su intervención ante los diputados– “es desacreditar la unidad nacional. A ese propósito aportan algunos, desde las posiciones más extremas, desde la derecha, convocando a privatizarlo todo y al cambio de sistema, y también desde una supuesta izquierda demonizando cualquier espacio al mercado”.

Advirtió que “los extremos se tocan y hay más posiciones: la crítica lapidaria al término socialismo y a cualquier intento de solución y de hacer una gestión gubernamental. A algunos les cansa hablar del bloqueo. Otros inventan teorías a la teoría, como si los clásicos hubieran negado la dialéctica.

“Se olvidan de que su importante aporte teórico no concibió la construcción socialista en una nación pequeña, bloqueada por más de 60 años y vecina del mayor imperio que es, además, su enemigo”.

Añadió que ese gigantesco factor externo gravitando contra el desarrollo del país “coincide en el tiempo con esta tendencia a la profundización del capitalismo neoliberal que ha empujado a la humanidad a los mayores grados de desigualdad y exclusión social jamás conocidos. Mientras, Cuba iba y va a contracorriente tras un proyecto de justicia social”

Lo más cómodo –dijo Díaz-Canel– hubiera sido abandonar la batalla, sumarse a la corriente global, renunciar a ese proyecto y sálvese quien pueda. “Pero elegimos el camino más difícil, el más digno”. 

En este escenario, el mandatario llamó a evitar confusiones. “Justicia social no significa, ni se puede reducir, a asistencialismo ni igualitarismo. Es repartir la riqueza creada por todos entre todos, pero de modo diferenciado, de manera que gane más quien aporta más, y se asista fundamentalmente a los que están imposibilitados de aportar”.

Para ello –subrayó– primero es preciso crear esa riqueza, “y en esa tarea estamos lejos de aprobar todavía”.

El presidente reafirmó que la guerra económica y comercial de Estados Unidos contra Cuba, particularmente su extraterritorialidad, junto con la crisis económica mundial, la lenta recuperación de la pandemia y el efecto de conflictos bélicos, continúan siendo obstáculos para la estrategia de reanimación de la economía en el corto, mediano y largo plazos.

A pesar de estos obstáculos, el informe de la economía y la liquidación del presupuesto del primer semestre del año manifiestan que las medidas de implementación, sin llegar todavía a los resultados esperados, indican una muy ligera tendencia a la recuperación.

“Cada medida tiene riesgos en su implementación. Por eso insistimos en que su implementación siempre tome en cuenta el tratamiento a dar a las personas y familias en situación de vulnerabilidad, para evitar en ellas impactos negativos”.

Sobre el sistema electroenergético nacional, dijo que aún cuando este no funciona en óptimas condiciones, se ha ido recuperando como parte de la estrategia trazada por el país.

En sintonía con lo expuesto a los diputados por el ministro de Energía y Minas, señaló que la situación en el actual mes de julio es mucho más favorable que en 2022 a pesar del incremento de la demanda. “Se han realizado mantenimientos a varias plantas térmicas y a motores de generación distribuida, por lo cual se ha podido recuperar capacidades y llegar a esta fecha en mejores condiciones”.

“La palabra empeñada se cumplió”, afirmó, y agregó que los trabajos continúan hacia la recuperación energética a largo plazo.

En cuanto a la recuperación de la industria turística, afectada por la inclusión de Cuba en la lista de países patrocinadores del terrorismo y otros problemas relacionados con la logística, el combustible y la energía, dijo que no hemos superado los 3.5 millones de visitantes proyectados para el año.

“Necesitamos un ritmo de crecimiento que supere todos los indicadores de crecimiento de 2021 y 2022”, apuntó.

Más adelante, resaltó que se ha iniciado el rescate de la intervención y ampliación del mercado cambiario, lo cual ha permitido canalizar al sistema empresarial más de 110 millones de dólares, con repercusión en la economía nacional y la producción de bienes y servicios. Destacan los programas de producción de alimentos (arroz, frijoles, huevos, carne de cerdo), la industria manufacturera y otros sectores.

“Esto es aún insuficiente”, reconoció.

En cuanto a la inversión extranjera, comentó que como resultado de las visitas oficiales de los últimos meses se establecieron las bases, proyectos y programas mutuos de inversión en sectores como la energía, la agricultura, incluida la industria cañera, dándose los pasos gubernamentales y empresariales para su materialización en el segundo semestre. 

“Ello permite crear las condiciones para la recuperación de la capacidad industrial y de investigación, con impacto favorable en la recuperación energética y la exportación de derivados del petróleo.

“Se han ejecutado los mecanismos y sistemas de trabajo para recuperar los ingresos provenientes de las remesas y otros servicios asociados a la captación de divisas, abriendo nuevos canales y diversificando los existentes, incluidos aquellos que emplean las criptomonedas cumpliendo la legislación vigente”.

Igualmente –dijo–, se adoptan medidas e incentivos para fomentar el uso de los canales electrónicos de pago, como forma más rápida, mediante el encadenamiento de sectores productivos para la creación de nuevos productos y servicios, de forma segura y sencilla al realizar cobros y pagos sin que medie efectivo.

También informó que un grupo conformado por expertos de diferentes disciplinas ha trabajado en el diseño de medidas que permitirán avanzar en la estabilización macroeconómica durante el segundo semestre de este año y el primero de 2024.

“Este programa debe permitirnos corregir progresivamente los desbalances macroeconómicos”, dijo, y agregó que se estudian propuestas para continuar el perfeccionamiento del mecanismo de asignación de divisas en función de las necesidades de desarrollo del país.

Ante la actual incertidumbre en la economía mundial, Díaz-Canel afirmó que la economía cubana deberá enfrentar un indispensable programa de transformación estructural, acompañando de un programa de transformación macroeconómica en los próximos tres años.

“Después de un debate tan intenso como el desarrollado en el Parlamento, sobre la producción y comercialización de alimentos y sobre los precios abusivos y especulativos y el impacto nocivo en el nivel de vida de la población, insisto en la correcta implementación de las medidas aprobadas y en aprovechar las opciones que ofrecen la autonomía municipal y el necesario fortalecimiento de la empresa estatal socialista.

“Algunas soluciones locales podrían llevarnos al camino de las soluciones nacionales. En la medida en que los delegados, los presidentes de los consejos populares, las autoridades del Gobierno del municipio y el pueblo  dispongan de información para enfrentar a los especuladores, vamos a presionar los precios a la baja. Pero debemos, ante todo, consagrarnos a crear riquezas”, agregó.

Sostuvo que “la voluntad por perfeccionar la sociedad, conscientes de que la prosperidad y la mayor justicia social por las que luchamos serían imposibles en una sociedad vaciada de valores, nos impulsa a continuar combatiendo las manifestaciones de delito, indisciplina social y corrupción.

“Esas manifestaciones negativas atentan contra lo más sagrado del proceso de construcción socialista, en tanto profundizan las desigualdades sociales y minan la seguridad ciudadana. Debemos enfrentar adecuadamente el mercado ilegal de divisas, la especulación, la corrupción, la vagancia, la burocracia, la mentira, la vulgaridad, la indisciplina, los comportamientos antisociales.

“Para conseguirlo, será imprescindible exigir un comportamiento limpio y responsable de los representantes de las instituciones estatales, la sociedad y las familias cubanas”, afirmó el mandatario ante el plenario del Parlamento.

Enfatizó que todos los actores de la economía deben actuar con apego a la ley y las regulaciones establecidas local o nacionalmente. “Sin estigmatizaciones y generalizaciones absurdas, que terminan siendo tan dañinas como los problemas que se pretende resolver. Todos son necesarios y debemos defender su participación en la economía del país, pero sin olvidar que esa defensa pasa por el respeto a la dignidad”.

Al referirse a esta primera sesión ordinaria de la décima legislatura, recordó que tuvo entre sus facultades la aprobación del nuevo Código Penal Militar, que está en concordancia con la carta magna y tiene relevancia para el fortalecimiento del  orden y la disciplina en las instituciones armadas del país.

“Este es un elemento esencial para el cumplimiento de sus misiones, en función de mantener y proteger la independencia y soberanía del Estado, su integridad territorial y su seguridad y la paz”.

Sobre el texto de la ley, que incorpora principios, concepciones, marco sancionador y alternativas punitivas, consideró que “se atempera a las condiciones socioeconómicas del país y a las características de nuestras instituciones armadas”.

Además, “define con precisión aquellas conductas que por su nocividad social deben considerarse delictivas y otorga facultades a los jefes militares para que, ante determinados hechos, apliquen medidas disciplinarias”.

Respecto a las sesiones de trabajo de la ANPP, ratificó el fundamental papel que juegan como órgano auxiliar de la Asamblea para el cumplimiento de sus atribuciones y destacó que en las comisiones de trabajo se debatieron los temas de mayor actualidad e impacto en los barrios, las calles y la vida cotidiana.

“El vínculo de los diputados con la base en los diferentes territorios, para la comprobación y verificación de leyes, políticas y programas seleccionados para el análisis, ha favorecido las discusiones más profundas y objetivas”, resaltó.

Como otro resultado positivo, mencionó la posibilidad de aportar sugerencias y propuestas, enriquecidas por los intercambios con la población.

“Los acuerdos de estas reuniones deben constituir premisas para el trabajo de los diferentes órganos y organismos a favor de la transformación y solución de los problemas discutidos”, dijo.

También destacó los debates y la aprobación de la política para la atención a la niñez, la adolescencia y la juventud, “como parte de la voluntad de fortalecer los derechos de la población más joven, por cuanto apoya sus aspiraciones y sueños. Su implementación gradual, en medio de la actual situación económica, demandará la mayor comprensión de la población y exigirá la más amplia difusión y debate”.

Esta política –señaló– tiene su origen en los amplios debates sostenidos por jóvenes y  representantes del sector académico. Responde, también, “a la preocupación de nuestros compatriotas por el éxodo creciente de jóvenes y la necesidad de garantizarles que pueden desarrollar en el país su proyecto de vida, con una participación activa en los destinos de la nación”.

Igualmente, apuntó que “reafirma la voluntad de desarrollar una gestión de gobierno  mediante políticas públicas y que el proceso de creación normativa sea cada vez más participativo y democrático”.

Sobre los resultados de la intensa actividad internacional de los últimos meses, explicó que la presidencia cubana del Grupo de los 77+China “reclama un esfuerzo diplomático extraordinario que nos honra como nación”.

“Desde la presidencia cubana, se han desarrollado con éxito eventos en materia de educación, cultura, turismo y medioambiente que han logrado incentivar el debate y contribuido a la defensa de los intereses de los países en desarrollo”.

El 16 de septiembre, Cuba acogerá la Cumbre de Jefes de Estado y de Gobierno bajo el tema “Retos actuales del desarrollo, papel de la ciencia, la tecnología y la innovación”.

Se trata –sostuvo Díaz-Canel– de un esfuerzo necesario en el empeño de fortalecer el Grupo de los 77 y el aprovechamiento de herramientas tan importantes para el desarrollo.

Afirmó que se ha respaldado con hechos la firme posición de Cuba a favor de la paz en Colombia, y que la celebración en nuestro país del tercer ciclo de la mesa de diálogos de paz entre el Gobierno colombiano  y el ELN fue un momento histórico.

“La cooperación internacional que Cuba presta continúa desarrollándose como característica emblemática de la política exterior. Es una actividad legítima y altruista que mantenemos a pesar de la sucia campaña de Estados Unidos para denigrar ese esfuerzo y privar a cientos de miles de personas de los servicios médicos de calidad que caracterizan a los profesionales cubanos”.

Todos los eventos en que participamos –continuó el mandatario cubano– “son mecanismos de concertación en los que Cuba tiene una trayectoria de contribución activa y constructiva, como forma de nuestra política exterior.

“Además de cumplir con los compromisos gubernamentales, tuvimos la  oportunidad de reunirnos con los cubanos que viven en esos países y con los amigos de Cuba en encuentros caracterizados por las expresiones de amistad, solidaridad y respaldo a la Revolución”.

Agregó que, “como nación, tenemos el privilegio de contar con agrupaciones de cubanos en distintos países que mantienen un comportamiento activo en respaldo a la patria, además de contar con grupos de personas de diversas nacionalidades muy comprometidas en la solidaridad con Cuba.

“Es una realidad que nos enorgullece como cubanos y que se explica por el prestigio de la Revolución, su obra de justicia y su trayectoria solidaria e internacionalista”, destacó.

También señaló que la participación en diferentes eventos internacionales y el recibimiento de numerosas visitas de personalidades extranjeras de todos los continentes “demuestran el empeño en continuar expandiendo los lazos bilaterales y de cooperación con numerosos países de toda la región, así como de abrir posibilidades de intercambios diversos y de fomentar el emprendimiento. Esto tiene como objetivo cumplir con la tarea estratégica de romper el cerco económico al que nos desea condenar el imperialismo”.

Recordó que ante las agresiones de Estados Unidos, Cuba vence cada año en las votaciones de las Naciones Unidas y es respaldado por los pronunciamientos de organismos regionales como Celac, Caricom, la Unión Africana y la Unión Europea.

“Es el Imperio el que está en aislamiento y descrédito por su criminal política, por su desprecio a la voluntad de la comunidad internacional y por la disposición inescrupulosa hacia el uso de la amenaza y la coacción contra muchos Gobiernos y contra sus propios ciudadanos.

“Nuestro deber es seguir denunciando esa política despiadada y progresar en el esfuerzo creativo de recuperar la economía y encaminarla sosteniblemente a pesar del bloqueo”.

Más adelante, el mandatario cubano relató que en los recorridos internacionales encontró respeto, admiración y agradecimiento al pueblo cubano y a nuestra historia.

“Confirmamos el valor de la coherencia, de la dignidad, de la defensa de los principios y de no ceder a las presiones.

“Cuba no está sola en esta pelea y lo hemos comprobado. No somos los únicos castigados en defender nuestra soberanía, nuestra independencia y el multilateralismo”, afirmó.

Consideró que esta primera sesión de la décima legislatura será recordada por la  complejidad del momento que vive Cuba, los temas discutidos y el modo en que se discutió.

“Aquí fueron más visibles nuestros problemas. Y más visible, también, el empeño por alcanzar el horizonte de las soluciones”, concluyó.

Publicado en: AmericaLatina

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