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Cultural

“Fanon”, la novela experimental de John Edgar Wideman 

30/07/2023 by Vitalio Deja un comentario

Por: Demian Paredes

En Fanon, el escritor norteamericano John Edgar Wideman, recrea la vida y la praxis quizás imposible de encasillar del psiquiatra y activista Frantz Fanon, en una novela radicalmente experimental.

Un fantasma recorre el siglo XXI, convocado por la literatura. Es el fantasma de Frantz Fanon, figura capital de las décadas de 1960 y 1970. El argelino-francés, psiquiatra, anticolonialista, revolucionario y escritor, del que Sartre dijera que posee una obra “tan ardiente”, alguien que “habla en voz alta”. Quien realiza el conjuro es el norteamericano John Edgar Wideman (1941), narrador, ensayista, memorialista y profesor universitario, de amplia obra de varias decenas de volúmenes, reconocida y premiada. Ahora, El cuenco de plata publicó, con traducción de Pablo Ingberg, Fanon (2008), uno de sus grandes libros, una nueva apuesta por el trabajo intertextual, el entrelazamiento de múltiples voces e historias de las sufridas y castigadas poblaciones afroamericanas a lo largo de la segunda mitad del siglo XX, segregadas, reprimidas y encarceladas. Son voces propias y ajenas: Wideman tiene un hermano menor encerrado a cadena perpetua por asesinato, y tiene un hijo que pasó por la misma condena, y logró hace poco la excarcelación. Con Fanon, Wideman -injusta y escasamente traducido al castellano aún- logra una ampliación y expansión en su narrativa, triangulando de manera tan sorprendente como inventiva vidas, países y temas, entre Argelia, Francia y Estados Unidos, por medio de una prosa multifacética, que combina registros, modos y toda clase de recursos literarios, reordenando prosas y sintaxis que la sociedad, en la llamada realidad, mantiene en impecable (y mortífero) ordenamiento. Un autor revolucionario para un texto revolucionario.

El comienzo de la novela, en primera persona, ya anticipa su objetivo y “método”, mediante una “Carta a Frantz Fanon”: “Estoy sentado con los últimos restos de una copa de vino tinto en el pequeño jardín de una pequeña casa de Bretaña. Pasé la mañana de este día como pasé la mayor parte de las mañanas de este verano, tratando de salvar una vida, agregando unas palabras, unas frases a esta larga carta que estoy dirigiéndote, Frantz Fanon, muerto casi medio siglo antes que yo empezara a escribirte casi todos los días, al aire libre cuando el clima lo permite, sentado cada mañana en el jardín de una casa en Francia, el país que reclamabas, Fanon, como tu nación, por el que luchaste y sangraste, herido cerca de Lyon en 1944, y contra el que luego luchaste durante la guerra de independencia de Argelia hasta morir de leucemia, dicen, en 1961, en un hospital de los Estados Unidos, el país que reivindico yo como el mío”.

Tan biógrafo como autodescriptivo y razonante, sigue: “Aunque tu historia es extraordinaria, también lo es, como la mía, como la de cualquiera, tan sólo otra historia, pero desde que elegí contarla o me eligió ella a mí, por razones que todavía intento descubrir mientras avanzo, razones por las que puede ser que esté avanzando, sé que está en juego una vida. La vida de quién y por qué son otras cosas que estoy tratando de descubrir”. Es sólo el comienzo de lo que serán largos pasajes conectados, con o sin circularidades, a veces mínima o indirectamente relacionados, a veces sólo conjeturalmente, para cubrir vidas y ciudades, países y continentes, episodios puntuales y grandes hechos históricos, donde lo real y lo imaginario se dan y confluyen, haciendo de la novela una “metanovela”, una narración sobre la narración misma –en su hacerse y existencia misma–, incluyendo derivas líricas y delirantes, y rítmicas y puntuaciones y sintaxis inesperadas. Un abrirse de tema, irse por las ramas, para volver luego al tronco principal -tal vez inexistente- del relato: ¿el proyecto Fanon o la autobiografía, la vida propia y familiar? ¿Acaso realmente la madre de Wideman pudo llegar a hablar, algunas veces, furtivamente, con Fanon, enfermo terminal en un hospital? ¿El personaje llamado Thomas -evidente alter ego o “semi-sosias” del autor- recibió o no una caja por el correo estatal UPS conteniendo… una cabeza humana? Tras lo que denomina “fracaso” de libros anteriores para explicar su historia y situación, e intentar sacar a su hermano de la cárcel ¿qué vida afirma estar intentando salvar ahora el autor-narrador, mediante Fanon?

Poliédrica, la novela deja correr sus historias por diversos meandros, para luego regresar y metamorfosearse en otra historia: otra dirección, escenario, voces, anécdotas y dramas, donde los juegos de lenguaje acompañan la historia familiar y barrial, pasando por “la cabeza dentro una caja”, hasta la biografía (y simbología) de Fanon, un olvidado en el mundo contemporáneo, tan desangelado como desesperanzado, mediante saltos abruptos e inteligentes chispazos discursivos, giros, conexiones y diversas ocurrencias. La “Nota del traductor” al final del volumen destaca la labor de “recreación” emprendida, para honrar “los juegos de palabras y afines”, en una prosa abundante en “repeticiones y otros efectos sonoros, pasajes con frases muy extensas, sintaxis por momentos algo laxas, puntuación bastante escasa, elisión recurrente de pronombres relativos y otros nexos, frecuente elisión del verbo copulativo y recurso constante al -ing”.

Wideman incluye entre tantas historias, sorprendentes propuestas, diálogos y diatribas con (y contra) un famoso cineasta franco-suizo, por entonces vivo; las visitas, junto a su madre en silla de ruedas, a su hermano preso de por vida; frases, alusiones y episodios variopintos (se mencionan a los igbos y los sumerios, Shakespeare y André Breton, Hitler). Se trata, una vez más, de las posibles uniones de las siempre porosas ficción-realidad/arte-vida: “Descubriendo más sobre Fanon mientras continúo con este proyecto de escribir una vida, se vuelve claro que Fanon no consiste en tomar distancia, mantenerse al margen, analizar y enseñar a otros, sino en identificarse con otros, zambullirse en su fastidiosa, misteriosa otredad, correr riesgos con el corazón y la mente, enamorarse perdidamente haya o no posibilidades de que el amor resulte retribuido o redimido en este mundo”.

A mediados de la década de 1990, Wideman viajó a Brasil para presentar una novela. El Folha de São Paulo tituló una nota: “Wideman ataca el racismo de los críticos”. Dijo en una entrevista telefónica: “Pretender poner a un autor en un compartimiento de acuerdo con el color de su piel es una actitud racista y anticultural”, “los críticos frecuentemente confunden los reinos de la crítica y de la biología”. Y más: “No se trata de usar esta o aquella palabra, ‘negros’ o ‘afroamericanos’. Se trata de entender la historia y la cultura en la sociedad actual. Hay personas de buena voluntad que están haciendo un esfuerzo para comprender la diversidad y hay otras que simplemente intentan mantener la mitología que justifica su posición privilegiada en la sociedad. Esas personas son peligrosas, no importa qué lenguaje o rótulos usen”. Es la posibilidad de crear arte sólo desde la experiencia y el punto de vista, del imaginario de quien padece, en su vida, esta clase de heridas.

EL ÚLTIMO AÑO DE FRANTZ FANON

Es 1961. El último año de Frantz Fanon en la tierra, el año en cuyo primer mes, enero, el nuevo conocido de Fanon Patrice Lumumba, primer ministro de una nueva-reciente-flamante República del Congo, será secuestrado, torturado, ejecutado por belgas y congoleños, su cuerpo quemado en un tambor de aceite, el año en cuyo último mes, diciembre, Fanon sucumbirá de leucemia en un hospital de Bethesda, Maryland, 1961 el año de su viaje que estamos espiando, que empieza en una ciudad guineana, Kankan, cruza la frontera hacia Bamako, en Malí, luego va a Segú a Mopto a Gao y al norte, siempre avanzando al norte hacia la guerra argelina para independizarse de Francia, siguiendo la Estrella del Norte o cualquier estrella brillante en el firmamento arriba de este hemisferio en el otoño de 1961 que dirija a los peregrinos a la tierra prometida, cualquier estrella cuya luminosidad y lustrosidad emita esperanza, un faro y bendición.

Idea sencilla de Fanon. Un segundo frente. Sangre negra fluyendo al norte como el oro negro fluyó en otros tiempos desde Malí para enriquecer a Europa. Una vez lograda la libertad en Argelia el flujo se invertirá, de norte a sur, inundará el Sahara, las dunas se pondrán verdes, flores florecerán, chaparrones de pétalos, de semillas y fértil lluvia transformando tierra desecada, reviviendo ciudades polvorientas asadas al sol. África con lluvia, húmeda y recién nacida, aceitosa de sangre negra, oro negro, el continente en movimiento, sacudiéndose eones de modorra, un nuevo ser que se levanta, ruge. Erguida al fin. África se despoja de su miedo a la desnudez, luego se despoja de los mitos de género, las pieles quiméricas de la raza y la clase y el privilegio, esas mantas bajo las cuales la humanidad ha estado encogiéndose de miedo, escondiéndose, chupándose el pulgar durante siglos. Una idea sencilla. Por qué no.

Qué música debería sonar de fondo mientras sueña Fanon su sencilla idea. Si no Little Richard, tal vez Otis en el muelle de la bahía. O un piano de pulgares interpretando África de postal en la banda sonora. Jirafas y cebras sonrientes enmarcadas a través de la ventanilla de una Range Rover. Luego música que haga bambolearse el marco como una película vieja a punto de estropearse en la pantalla. Interpretar el jeep estallando por una mina. Interpretar la cámara huyendo. Interpretar la quietud y la inmensidad alrededor, encogiendo al observador. África extendiendo el marco, como un océano o montañas nevadas en el horizonte, un recordatorio de que tu vida termina en un abrir y cerrar de ojos pero dura tanto como los viajes que hace la gente cuando se imagina no viva ya.

Quizá nada de música. Sonido natural quizá: cadena de montaje para ajustes de motor de la Range Rover, golpazos, triquitraques, quejidos, porrazos de las gomas sobre cuestionable asfalto. Modular el ruido. Interpretarlo como un niño jugando con el volumen de un televisor. Sonido errático y perverso, apenas audible, luego el crescendo ensordecedor de un helicóptero.

Fragmento de Fanon de John Edgar Wideman, que publicó El Cuenco de plata.

Publicado en: Cultural

Rusia: Las jornadas de julio

30/07/2023 by Vitalio Deja un comentario

Por: Daniel Gaido

      Los bolcheviques querían evitar el destino de la Comuna de París. Es por eso que no tomaron el poder en julio de 1917.

Rusia tenía una población de más de 165 millones en 1917, mientras que Petrogrado tenía una población de 2,7 millones. Petrogrado tenía aproximadamente 390.000 obreros, de los cuales alrededor de un tercio eran mujeres, y la guarnición de Petrogrado abarcaba entre 215.000 y 300.000 soldados, a los que deberían agregarse los alrededor de 30.000 marineros y soldados de la base naval de Kronstadt, en la cercana isla Kotlin.

Después de la Revolución de Febrero, que dio como resultado la abdicación del zar Nicolás II, los soviets, bajo la dirección de los mencheviques y socialistas revolucionarios, cedieron graciosamente el poder a un Gobierno Provisional burgués no electo que continuaba la guerra imperialista y posponía la reforma agraria hasta la elección de una Asamblea Constituyente en un futuro indefinido.

Sin embargo, dado que los mismos soviets habían ordenado la elección de comités de soldados en el ejército y les habían dado instrucciones de desobedecer todas las órdenes de los oficiales contrarias a los decretos emitidos por el Soviet de Diputados de los Trabajadores y de los Soldados, el resultado final fue la temblorosa estructura de doble poder, signada por constantes crisis gubernamentales.

La primera de dichas crisis, sobre la continuación de la participación de Rusia en la guerra imperialista, estalló en abril de 1917 y resultó en la expulsión del Gobierno Provisional de los principales líderes políticos burgueses, Pavel Miliukov del Partido Kadete (Partido Constitucional Demócrata) y de Alexander Guchkov, del Partido «Octobrista».

La crisis de abril proporcionó una prueba evidente de la impotencia del Gobierno Provisional en la guarnición de Petrogrado, porque las tropas respondieron a la autoridad del Comité Ejecutivo del Soviet de Petrogrado en lugar de responder al General Kornilov, entonces comandante del Distrito Militar de Petrogrado.

La orden No. 1 del Soviet de Petrogrado, emitida el 14 de marzo de 1917. La orden llama a las unidades a elegir comités de soldados, a enviar representantes al Soviet y a obedecer a sus oficiales y al gobierno provisional solo si sus órdenes no contradecían los decretos del Soviet de Petrogrado. Todas las armas debían ser entregadas a los comités de soldados «y de ninguna manera serán entregadas a los oficiales, ni siquiera ante su insistencia».

La crisis de abril derribó al Primer Gobierno Provisional y dio lugar a la formación de un segundo gobierno, que fue también el Primer Gobierno de Coalición, y que incluía nueve ministros de los partidos burgueses y seis de los partidos «socialistas».

El Primer Ministro y Ministro del Interior seguía siendo un príncipe con el nombre de Georgy Lvov, pero la estrella ascendente y candidato a Bonaparte era el Ministro de Guerra y de la Marina de Guerra Alexander Kerensky, miembro de la organización trudovique (una escisión de los socialistas revolucionarios que se opuso al boicot por éstos de las elecciones a la Primera Duma).

El gabinete también incluía a los mencheviques Irakli Tsereteli como Ministro de Correos y Telégrafos y a Mijail Skobelev como Ministro de Trabajo, así como al «teórico» de los socialistas revolucionarios, Víctor Chernov, como Ministro de Agricultura, y a su compañero de partido Pavel Pereverzev como Ministro de Justicia.

El Partido Bolchevique a mediados de 1917

El partido bolchevique experimentó múltiples sacudidas de febrero a junio de 1917. Inicialmente se opuso a las manifestaciones del Día Internacional de la Mujer que condujeron al estallido de la Revolución de Febrero (el 23 de febrero en el calendario Juliano era el 8 de marzo en el calendario gregoriano), luego experimentó un agudo giro a la derecha a mediados de marzo, cuando el trío formado por Kamenev, Stalin y Muranov regresó de Siberia y tomó el control del órgano partidario, Pravda, que comenzó a abogar por un apoyo crítico al gobierno provisional, el rechazo de la consigna «Abajo la guerra» y el fin de las actividades desorganizadoras en el frente.

Esta posición contrastaba fuertemente con las opiniones expresadas por Lenin en sus «Cartas desde lejos», y por lo tanto no es sorprendente que Pravda publicara solo la primera de ellas, y además censurada. Según el testimonio de Alexander Shlyapnikov:

El día de la primera edición de «Pravda reformado» —el 15 de marzo— fue un día de júbilo para los defensistas. El conjunto del Palacio Táuride, desde los miembros del Comité de la Duma al Comité Ejecutivo del Soviet —el corazón mismo de la democracia revolucionaria— se llenó con la misma noticia: la victoria de los bolcheviques moderados y razonables sobre los extremistas. En el Comité Ejecutivo del Soviet nos recibieron con sonrisas venenosas.

Fue la primera y única vez que Pravda recibió la aprobación del ala defensista, incluso de los más reaccionarios. Cuando ese número de Pravda fue recibido en las fábricas, causó perplejidad entre los miembros y simpatizantes de nuestro partido y satisfacción entre nuestros oponentes más virulentos. El Comité de Petrogrado, el Buró del Comité Central y el Consejo Editorial de Pravda recibieron muchas interpelaciones (¿qué estaba pasando? ¿Por qué nuestro periódico renunciaba a la línea bolchevique y tomaba la ruta defensista?). Pero el Comité de Petrogrado, al igual que toda la organización, estaba sorprendido por este golpe de timón y, profundamente indignado, culpaba al Buró del Comité Central. El resentimiento en los barrios obreros era muy grande, y cuando los proletarios se enteraron de que Pravda había sido capturado por los tres exlíderes recién llegados de Siberia [Kamenev, Stalin y Muranov], exigieron su expulsión del partido.

Tales eran los puntos de vista de los dirigentes bolcheviques en Petrogrado, cuando el 3 de abril Lenin llegó a la estación Finlandia y al día siguiente presentó ante los delegados bolcheviques a la Conferencia Panrusa de Soviets de Diputados de Obreros y Soldados su famosa «Tesis», las cuales, en contraste con la posición de Kamenev-Stalin sobre la guerra, reafirmaban el llamado anterior de Lenin de rechazar totalmente el «defensismo revolucionario» y abogaban por la fraternización en el frente, adoptando las perspectivas de Trotsky y caracterizando al «momento actual» como una transición entre la primera etapa «liberal-burguesa» de la revolución y la segunda etapa «socialista», durante la cual el poder sería transferido a manos del proletariado.

En cuanto al Gobierno Provisional, las tesis de Lenin rechazaban la fórmula de «apoyo limitado» de Stalin-Kamenev y pedían en cambio el rechazo total del Gobierno Provisional, descontando como absurda la posibilidad de reunificación con los mencheviques. El principal eslogan bolchevique desde entonces sería la transferencia de todo el poder a los soviets, lo que daría como resultado el armamento del pueblo, la abolición de la policía, el ejército y la burocracia estatal, la confiscación de todas las propiedades de los terratenientes y la transferencia del control sobre la producción y distribución de bienes a manos de los trabajadores. En la Séptima Conferencia de Rusia del POSDR(b), que se reunió en Petrogrado del 24 al 29 de abril, las posiciones de Lenin sobre el Gobierno Provisional y sobre la guerra obtuvieron el apoyo de la mayoría.

Los miembros del Partido Bolchevique en el momento del derrocamiento del zar eran muy escasos. En febrero había unos 2.000 bolcheviques en Petrogrado, es decir, los bolcheviques constituían entonces alrededor del 0,5 por ciento de la clase obrera industrial de la capital.

En la apertura de la Conferencia de abril, la afiliación al partido de la ciudad había aumentado a 16.000. A finales de junio había llegado a 32.000, mientras que 2.000 soldados de la guarnición se habían unido a la Organización Militar Bolchevique y 4.000 soldados se habían asociado al «Club Pravda», un club «no partidario» de personal militar operado por la Organización Militar Bolchevique.

Este crecimiento masivo de la militancia partidaria fue acompañado por una transformación en la composición de la organización partidaria de Petrogrado, cuyas filas se inflaron con reclutas impetuosos que sabían poco de marxismo y estaban sobre todo sedientos de acción revolucionaria.

A este reclutamiento sobre una base individual debe agregarse la incorporación al Partido Bolchevique de organizaciones prexistentes. El 4 (17) de mayo, un día antes de la formación del Gobierno de la Primera Coalición, León Trotsky regresó del exilio. Sus posiciones ahora coincidían con las de Lenin, y por lo tanto comenzó a trabajar con el Partido Bolchevique junto con su organización, la «Organización Interdistrito» de Petrogrado, un grupo de unos 4.000 militantes formado en noviembre de 1913 que se fusionó con el Partido Bolchevique en su sexto congreso, celebrado a fines de julio y principios de agosto de 1917.

Pero, no obstante el crecimiento exponencial de la afiliación partidaria, los bolcheviques todavía eran una minoría relativamente pequeña dentro del país a mediados de 1917: los bolcheviques obtuvieron el 9,63 por ciento de los delegados en el Primer Congreso Panruso de Soviets de Diputados Obreros y Soldados que se reunió en Petrogrado del 3 de junio al 24 de junio de 1917. Este congreso nacional soviético incluyó 1.090 delegados, 822 de ellos con derecho a voto, lo cuales representaban a 305 soviets de trabajadores, soldados y campesinos, y a 53 soviets regionales, provinciales y de distrito. La distribución de los delegados por partido era la siguiente: 285 socialistas revolucionarios, 248 mencheviques, 105 bolcheviques, 32 mencheviques internacionalistas y otros.

En dicha época existían en Petrogrado tres organizaciones distintas del Partido Bolchevique: el Comité Central de nueve hombres, elegido a fines de abril de 1917; la Organización Militar, bajo la dirección de N.I. Podvoiski y V.I. Nevsky; y el Comité de Petersburgo, cada una de ellas con sus propias responsabilidades. Dichas organizaciones sometían al partido a presiones diferentes y a veces conflictivas. El Comité Central, que tenía que tomar en consideración la situación de todo el país, debía a menudo contener a las organizaciones más radicalizadas de la capital.

Preparando el escenario

Una manifestación armada prevista para el 10 de junio por iniciativa de la Organización Militar bolchevique como expresión de oposición masiva a los preparativos del Gobierno Provisional para una ofensiva militar, y en particular a los intentos de Kerensky de reinstaurar la disciplina militar y a las crecientes amenazas de traslados al frente, tuvo que ser cancelada a último momento debido a la oposición del Congreso de los Soviets. En el momento de la abortada manifestación del 10 de junio, algunos elementos del Partido Bolchevique, particularmente en el Comité de Petersburgo y en la Organización Militar (en contraposición al Comité Central y a Lenin), la consideraron una oportunidad potencial para un levantamiento en la capital.

Lenin tuvo que comparecer en una reunión de emergencia del Comité de Petersburgo celebrada el 11 de junio a fin de defender la decisión del Comité Central de cancelar la manifestación armada. Explicó que el Comité Central no podría haber actuado de otra manera debido a la orden formal del Soviet que prohibía la manifestación y porque habían sabido de fuentes confiables que la contrarrevolución pretendía hacer uso de la manifestación. Lenin agregó:

Incluso en la guerra a veces sucede que las ofensivas programadas deben ser canceladas por razones estratégicas, y es tanto más probable que esto ocurra en la guerra de clases. (…) Es necesario analizar la situación y ser audaz en las decisiones.

Después de la cancelación de la manifestación del 10 de junio, el Congreso de los Soviets decidió organizar una marcha propia el domingo 18 de junio, en la que todas las unidades militares de la guarnición de Petrogrado debían tomar parte sin armas. Los bolcheviques convirtieron esta idea mal concebida en una masiva manifestación de oposición al Gobierno Provisional, con más de 400.000 participantes.

En sus memorias de la Revolución Rusa, Sujanov recuerda:

Todos los trabajadores y soldados de Petersburgo participaron en ella. Pero ¿cuál era el carácter político de la manifestación? «Bolcheviques», comenté, mirando las consignas, «y detrás de ellos hay otra columna bolchevique» (…). «¡Todo el Poder a los Soviets!», «¡Abajo los diez ministros capitalistas!», «¡Paz a las chozas, guerra a los palacios!»: de esta manera robusta y pesada, el trabajador-campesino de Petersburgo, vanguardia de la revolución rusa y mundial, expresaba su voluntad. La situación era absolutamente inequívoca. Aquí y allá, la cadena de banderas y columnas bolcheviques era interrumpida por consignas soviéticas oficiales y de los Socialistas Revolucionarios. Pero estas estaban sumergidas en la masa; parecían ser excepciones que confirmaban la regla. Una y otra vez, como un inmutable invocación saliendo de las profundidades de la capital revolucionaria, como el propio destino, como la madera fatal de Birnam, avanzaban hacia nosotros: «¡Todo el Poder a los Soviets!», «¡Abajo los diez ministros capitalistas!».

La abortada manifestación del 10 de junio había sido planificada por los bolcheviques junto con la Federación de Anarquistas-Comunistas de Petrogrado, una de las dos principales organizaciones anarquistas que operaban en Petrogrado en el verano de 1917, siendo los anarcosindicalistas el segundo grupo.

En su planificación para la manifestación de junio de 18, el «Comité Revolucionario Provisional» anarquista, acuartelado en la mansión de Durnovo, decidió ser más audaz que los bolcheviques. Irrumpiendo en la prisión de Vyborg, liberaron a F.P. Jaustov, el editor del periódico de la Organización Militar bolchevique en la primera línea, Okopnaia Pravda. En respuesta, el 19 de junio el Gobierno Provisional organizó una incursión en la mansión de Durnovo, matando a Asnin, uno de los líderes anarquistas-comunistas.

Esto, junto con la ofensiva de julio lanzada por Kerensky y la recepción por parte de varios regimientos de la guarnición de Petrogrado de órdenes de entregar armas y hombres, condujo al surgimiento de disturbios entre los soldados y al aumento de la tensión en las unidades militares, particularmente en el Primer Regimiento de Ametralladoras, en el que planes para que un levantamiento inmediato, avivado por los Anarquistas-Comunistas, fueron esbozados ya el 1 de julio.

En la Conferencia Rusa de Organizaciones Militares Bolcheviques, los 107 delegados, que representaban a 26.000 miembros del partido (en su mayoría soldados que se habían unido al partido en 1917), fueron advertidos de no caer en el juego del gobierno, que intentaba empujarlos a una sublevación desorganizada y prematura. En su discurso de Lenin el 20 de junio hizo la siguiente advertencia:

Debemos ser especialmente atentos y cuidadosos para no ser caer en una provocación (…). Un movimiento equivocado de nuestra parte puede arruinarlo todo. (…) Si pudiéramos ahora tomar el poder, es ingenuo pensar que habiéndolo tomado podríamos conservarlo.

Hemos dicho más de una vez que la única forma posible de gobierno revolucionario es un Soviet de diputados obreros, soldados y campesinos.

¿Cuál es el peso exacto de nuestra fracción en el Soviet? Incluso en los Soviets de ambas capitales, para no hablar de los otros, somos una minoría insignificante. ¿Y qué demuestra este hecho? No se puede dejar de lado. Muestra que la mayoría de las masas está vacilando pero todavía cree en los socialistas revolucionarios y los mencheviques.

Este es un hecho básico, y determina el comportamiento de nuestro partido. ¿Cómo podemos empujar a la pequeña burguesía a tomar el poder, si esta pequeña burguesía ya es capaz de hacerlo pero no quiere tomarlo?

No, para tomar el poder seriamente (no mediante métodos blanquistas) el partido proletario debe luchar por la influencia dentro del Soviet, paciente, inquebrantablemente, explicando a las masas día a día el error de sus ilusiones pequeñoburguesas.

Lenin retomó esta idea al día siguiente en un editorial sobre la ofensiva de Kerensky publicado en Pravda:

El ejército marchó a la muerte porque creía que estaba haciendo sacrificios por la libertad, la revolución y la paz temprana.

Pero el ejército lo hizo porque es solo una parte del pueblo, que en esta etapa de la revolución está siguiendo a los partidos socialista revolucionario y menchevique. Este hecho general y básico, la confianza de la mayoría en la política pequeñoburguesa de los mencheviques y los socialistas revolucionarios, que dependen de los capitalistas, determina la posición y la conducta de nuestro partido.

Seguiremos esforzándonos por exponer la política gubernamental, advirtiendo resueltamente a los obreros y soldados, como en el pasado, que no deben centrar sus esperanzas en acciones descoordinadas y desorganizadas.

Pero, en palabras de Trotsky, los obreros y los soldados «recordaban que en febrero sus líderes habían estado dispuestos a batirse en retirada justo en vísperas de la victoria; que en marzo la jornada de ocho horas había sido obtenida por la acción de abajo; que en abril Miliukov había sido expulsado por regimientos que salieron a la calle por iniciativa propia. El recuerdo de estos hechos acentuaba el humor tenso e impaciente de las masas».

Entre los dirigentes a nivel de unidad de la Organización Militar de Petrogrado, el sentimiento en este momento estaba fuertemente a favor de una acción directa inmediata contra el Gobierno Provisional, y muchos miembros del Partido Bolchevique a nivel de distrito ya consideraban inevitable e incluso deseable un levantamiento temprano. La divergencia entre el Comité Central y la Organización Militar en su estimación de la situación revolucionaria y de la fuerza del partido se reflejó en sus respectivos órganos, Pravda y Soldatskaia Pravda.

Justo cuando la ofensiva estaba a punto de colapsar, el Gobierno Provisional experimentó una crisis en torno a Ucrania: cuatro ministros del partido Kadete dejaron la coalición en protesta contra el compromiso alcanzado entre Kerensky y la Rada Central en Kiev sobre la autodeterminación de Ucrania.

La abrupta deserción de los Kadetes dejó al Gobierno Provisional, compuesto ahora de seis ministros «socialistas» y solo cinco «capitalistas», en una posición desorganizada y completamente vulnerable en vísperas de las Jornadas de Julio. Y en el transcurso mismo de las Jornadas de Julio los bolcheviques obtuvieron la mayoría en la sección obrera del Soviet de Petrogrado, un testimonio de su creciente influencia entre las masas.

El levantamiento del 3 de julio de 1917 en Petrogrado

La serie de acontecimientos conocidos como las Jornadas de Julio comenzó con una rebelión del Primer Regimiento de Ametralladoras, apoyada por varias otras unidades militares, el 3 de julio. El estallido del levantamiento encontró a los bolcheviques en la capital celebrando su Segunda Conferencia de la Ciudad de Petrogrado, que se inauguró el 1 de julio en la mansión Kshesinskaia, la sede de los bolcheviques.

Fue solo a último momento que el Comité Central decidió unirse al movimiento, cuando quedó claro que varios regimientos, apoyados por masas de obreros, ya estaban en la calle y que los bolcheviques en todas partes participaban en la manifestación. Se aprobó la recomendación de que las manifestaciones callejeras continuaran el día siguiente bajo los auspicios bolcheviques, pero, aunque se entendía que las manifestaciones estarían armadas, no se dijo nada sobre un levantamiento armado ni sobre la ocupación de edificios gubernamentales. En cambio, la resolución oficial pedía «la transferencia del poder al Soviet de Diputados de Obreros, Soldados y Campesinos».

Así, la Organización Militar Bolchevique asumió el liderazgo de un movimiento callejero que originalmente se había desarrollado fuera de su control. Por otra parte, la erupción de la revuelta desbarató al Partido Bolchevique: aquellos de sus agitadores que obedecían las directrices del Comité Central e intentaban posponer un levantamiento a menudo se encontraron en conflicto, en lugares como la fábrica Putilov y la base naval de Kronstadt, con otros miembros del partido, en particular los pertenecientes a la Organización Militar y al Comité de Petersburgo, que favorecían un levantamiento.

Un partido revolucionario inevitablemente experimenta un crecimiento exponencial durante una revolución: hemos visto que durante el período considerado el Partido Bolchevique en Petrogrado creció 1.600%, desde apenas 2.000 miembros a finales de febrero a 32.000 miembros a finales de junio.

En dichas circunstancias, un partido está casi inevitablemente sujeto a presiones sin precedentes, que se manifiestan con diferentes grados de intensidad en los diferentes órganos del partido, dando lugar a un desorden potencial en momentos críticos. Ningún método organizativo, por más «leninista» que sea, puede evitar que esto ocurra de antemano; el resultado de tales eventos depende de un conjunto de circunstancias, entre las cuales la confianza obtenida por el liderazgo del partido entre sus miembros durante un largo período de tiempo no es la menos significativa.

Esta es la razón por la que la construcción de un partido revolucionario no es una tarea que se pueda emprender en el curso de los acontecimientos revolucionarios mismos, como lo demostrarían posteriormente, por la negativa, los acontecimientos de la Revolución alemana.

Los manifestantes armados del 3 de julio, después de un intento infructuoso de detener a Kerensky, se trasladaron al Palacio Táuride, sede del Comité Ejecutivo Central de los Soviets, con la intención de obligarlo a tomar el poder de manos del Gobierno Provisional. La multitud, estimada en sesenta a setenta mil personas, abrumó las defensas y presentó su exigencia de que todo el poder se transfiriera a los soviets, solo se encontró con una negativa cerrada.

Trotsky capturó la ironía del momento cuando observó que, mientras cientos de miles de manifestantes exigían la transferencia del poder a los líderes de los soviets, éstos buscaban fuerzas armadas para emplear contra los manifestantes. Los mencheviques y los socialistas revolucionarios, después de haber recibido el poder de los obreros y soldados luego de la revolución de febrero, trataban de entregárselo a la burguesía imperialista contra la voluntad de las masas, prefiriendo una guerra civil contra el pueblo a una transferencia sin sangre del poder a sus propias manos.

Cuando los manifestantes de julio se encontraron ante la negativa frontal de los dirigentes soviéticos a prescindir de sus aliados capitalistas (la mayoría de los cuales habían dejado al gobierno por su cuenta) en nombre de la «democracia», la situación llegó a un punto muerto.

«¡Toma el poder, hijo de puta, cuando te lo dan!»

Al día siguiente, 4 de julio, Lenin llegó a Petrogrado desde Finlandia y se dirigió a la mansión Kshesinskaia, donde pronto tuvo que enfrentarse a los marineros de la base naval de Kronstadt, que habían venido armados en una flotilla hacia la capital. El último discurso público de Lenin hasta después de la revolución de Octubre no fue lo que los marineros esperaban escuchar: puso énfasis en la necesidad de una manifestación pacífica, expresó la certeza de que el lema «Todo el poder a los Soviets» eventualmente prevalecería y concluyó pidiendo a los marineros autocontrol, determinación y vigilancia.

De este modo, los acontecimientos de las Jornadas de Julio muestran al Comité Central bolchevique, y particularmente a Lenin, en un rol muy inusual: intentando impedir un levantamiento prematuro en la capital que, de haber tenido éxito, podría haber llevado al aislamiento de los bolcheviques y al eventual aplastamiento de la Revolución Rusa, como ocurrió con la Comuna de París en 1871 y con el Levantamiento Espartaquista en Berlín en enero de 1919.

Una procesión armada de unos sesenta mil hombres se dirigió hacia el Palacio Táuride, solo para ser emboscada por un francotirador en la esquina de las calles Nevsky y Liteiny, y de nuevo en la esquina de las calles Liteiny y Panteleimonov. Pero la mayor cantidad de bajas resultó de enfrentamientos con dos escuadrones de cosacos, los cuales incluso emplearon artillería contra los manifestantes. Para entonces los manifestantes ya habían acumulado varias docenas de muertos y heridos.

Fue después de estas batallas campales que los marineros de Kronstadt, encabezados por el bolchevique Raskolnikov, llegaron al Palacio Táuride, donde fueron recibidos por los soldados del Primer Regimiento de Ametralladoras.

Y aquí, en el Palacio Táuride, sede de la dirección soviética, tuvo lugar uno de los acontecimientos más dramáticos y tragicómicos de la época: el Ministro de Agricultura, el «teórico» de los socialistas revolucionarios, Victor Chernov, fue enviado por los líderes soviéticos para calmar a los manifestantes. Chernov fue arrastrado por la muchedumbre, y un trabajador sacudió su puño ante su cara diciendo: «¡Toma el poder, hijo de puta, cuando te lo dan!».

Chernov fue declarado bajo arresto, llevado a un coche cercano y finalmente salvado solo por la oportuna intervención de Trotsky, quien con extrema dificultad persuadió a los manifestantes para que lo liberaran. Sujanov describió la escena en las siguientes palabras:

La turba estaba en un estado de excitación hasta donde alcanzaba la vista. (…) Todo Kronstadt conocía a Trotsky, y se habría pensado que confiaban en él. Pero Trotsky empezó a hablar y la multitud no se calmó. Si en ese momento se hubiera disparado un tiro por provocación, habría podido ocurrir una tremenda matanza y todos nosotros, tal vez también Trotsky, podríamos haber sido destrozados. Trotsky, excitado y sin encontrar palabras en esta atmósfera salvaje, apenas podía hacer que las filas más cercanas lo escucharan. (…) Cuando trató de liberar a Chernov, encontró una viva resistencia. «Has venido a declarar tu voluntad y a mostrar al Soviet que la clase obrera ya no quiere ver a la burguesía en el poder» (declaró Trotsky). «Pero, ¿por qué herir a tu propia causa con pequeños actos de violencia contra individuos casuales? (…) Cada uno de ustedes ha demostrado su devoción a la revolución. Cada uno de ustedes está dispuesto a dar su vida por ella. Yo sé eso. ¡Dame la mano, compañero! ¡Tu mano, hermano!». Trotsky estiró la mano hacia un marinero que protestaba con especial violencia. Pero éste se negó a responder (…) Me pareció que el marinero, que debía haber oído más de una vez a Trotsky en Kronstadt, ahora tenía una sensación real de que era un traidor: recordaba sus discursos anteriores y estaba confundido. No sabiendo qué hacer, los marineros de Kronstadt liberaron a Chernov.

Chernov regresó al Palacio Táuride y se tomó la revancha escribiendo ocho editoriales contra los bolcheviques, de las cuales el periódico socialista revolucionario, Delo nadora, finalmente publicó cuatro. Pero el Gobierno Provisional en su conjunto, uno de cuyos ministros era Chernov, se vengó de los bolcheviques al día siguiente de una manera mucho más pérfida: lanzando, por iniciativa del Ministro de Justicia P.N. Pereverzev, una campaña de calumnias que describía a Lenin (a quien se había permitido llegar a Rusia viajando por Alemania en un coche sellado) como agente del Estado Mayor alemán.

Triunfo temporal de la reacción

El 5 de julio, el Comité Ejecutivo Central de los Soviets y los funcionarios del Distrito Militar de Petrogrado lanzaron una operación militar para retomar el control en la capital. Las tropas leales al gobierno ocuparon la mansión Kchesinskaia y destruyeron la planta editorial de Pravda. Lenin, que había decidido ocultarse, se les escapó por poco.

Es inútil especular si de haber sido capturado habría sufrido el mismo destino que Rosa Luxemburg y Karl Liebknecht después de la Revuelta Espartaquista, pero una pista sobre lo que podría haberle sucedido es ofrecida por la caricatura publicada en el periódico de derecha Petrogradskaia Gazeta dos días más tarde:

«¿Lenin quiere un alto puesto? ¡Muy bien! ¡Un puesto está listo para él!!!» (caricatura de Petrogradskaia Gazeta, 7 de julio de 1917, con la etiqueta «un alto puesto para los líderes de la rebelión»).

Tropas leales al gobierno también ocuparon la fortaleza de Pedro y Pablo, abandonada por los soldados del Primer Regimiento de Ametralladoras a instancias de la Organización Militar bolchevique. El Comité Central bolchevique también instruyó a sus seguidores para que pusieran fin a las manifestaciones callejeras, invitando a los trabajadores a volver a trabajar y a los soldados a regresar a sus cuarteles.

Mientras tanto, el Gobierno Provisional ordenó la detención de los principales líderes bolcheviques tales como Lenin, Zinoviev (que también pasó a la clandestinidad) y Kamenev, y de los jefes de la Organización Interdistrital Lunacharsky y Trotsky. Aunque algunos de los detenidos, como Trotsky, salieron de la prisión durante el golpe de Kornilov para organizar la resistencia obrera, otros solo serían liberados por la Revolución de Octubre.

Así terminaron las Jornadas de Julio, las cuales fueron, en palabras de Lenin, «mucho más que una demostración y algo menos que una revolución».

Sin embargo, aunque algunos de los principales sus líderes tuvieron que pasar a la clandestinidad y sus periódicos Pravda, Soldatskaia Pravda, y Pravdy Golos fueron clausurados, el retroceso experimentado por el Partido Bolchevique fue de corta duración. El colapso de la ofensiva del Undécimo Ejército en el frente del suroeste ante un masivo contraataque de los ejércitos austro-alemanes y el deterioro de la situación económica hicieron que las consignas bolcheviques conservaran toda su validez.

En consecuencia, los periódicos bolcheviques pronto reaparecieron con títulos ligeramente alterados y los comités del partido también volvieron a ponerse rápidamente de pie. El desarme de las unidades rebeldes ordenado por el gobierno provisional era más fácil de decir que de hacer, y pronto el aplastamiento del golpe de Kornilov en agosto de 1917 revirtió la situación y creó las condiciones para el éxito de la insurrección organizada por los bolcheviques para tomar el poder.

¿Cuáles fueron las lecciones de las Jornadas de Julio para el Partido Bolchevique? Según el libro magistral del que tomamos la mayor parte de los datos de este ensayo, Prelude to Revolution: The Petrograd Bolsheviks and the July 1917 Uprising de Alexander Rabinowitch:

La derrota sufrida por los bolcheviques resultó ser mucho menos grave de lo que cabía esperar. En el momento del abortado golpe de Kornilov, el partido más que recuperó sus pérdidas. El último día de agosto, los bolcheviques resurgidos obtuvieron la mayoría en el Soviet de Petrogrado por primera vez, y apenas dos semanas más tarde Lenin exhortó a los dirigentes bolcheviques de la capital a derrocar al Gobierno Provisional de inmediato. Es significativo que durante la segunda quincena de septiembre y en octubre, cuando el Partido Bolchevique se dividió una vez más en torno a la cuestión de la toma del poder, el alto mando de la Organización Militar insistió en la absoluta necesidad de una cuidadosa preparación antes de tomar la ofensiva contra el Gobierno Provisional. Como la Revolución de Octubre lo habría de demostrar, para el liderazgo de la Organización Militar, como para los bolcheviques de Petrogrado en general, las lecciones de julio no fueron inútiles.

DANIEL GAIDO

Investigador en el Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (CONICET), Argentina.

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Adam Smith: ¿Librecambista o filósofo moral?

23/07/2023 by Vitalio Deja un comentario

Por: Michael Roberts

Este mes se ha celebrado el tercer centenario del nacimiento de Adam Smith. Nadie está muy seguro del día en que nació Smith en junio de 1723, pero los economistas de la Universidad de Glasgow han organizado una serie de eventos y debates sobre las ideas de Smith a lo largo del mes.

Adam Smith se ha convertido en el gurú del «laisser-faire», la economía de libre mercado, el hombre al que los economistas de la Universidad de Chicago como George Stigler y Milton Friedman recurrieron como su mentor teórico para el «libre mercado». Fue elogiado por políticos de derecha del librecambistas como Margaret Thatcher por inspirarlos a adoptar políticas para reducir el tamaño del gobierno y el estado y «dejar que el mercado gobierne» en todos los aspectos de la organización social. Y los economistas globales del libre mercado como Friedrich Hayek y la escuela austriaca de economía librecambista buscaron en Smith su enfoque básico. Incluso hay un “grupo de reflexión” con sede en el Reino Unido que afirma desarrollar una política económica basada en principios claros de «libre mercado». Su lema es «Usar los mercados libres para crear un mundo más rico, libre y feliz».  

Smith escribió dos grandes libros. El primero fue La teoría de los sentimientos morales en 1759 y su segundo, el más famoso, fue La riqueza de las naciones, publicado en 1776. Gracias a ellos se le conoce como «El Padre de la Economía». Y, sin embargo, cualquiera que lea estos dos libros con atención encontrará que Smith no era un furioso evangelista del libre mercado que negase el papel del gobierno o, para el caso, considerase que el comportamiento humano estaba impulsado por el interés propio material y nada más.

Su declaración más famosa fue sobre la llamada «mano invisible del mercado» de La riqueza de naciones: «(Cada individuo) en general, de hecho, no busca promover el interés público, ni sabe cuánto lo está promoviendo… Busca solo su propia seguridad; y al dirigir su actividad de tal manera que su producto pueda ser de mayor valor, solo solo busca su propio beneficio y así, como en otros muchos casos, es conducido por una mano invisible que promueve un objetivo que desconocía».

Smith argumenta aquí que, en la medida que cada individuo persigue su propia actividad económica, el individuo no es consciente de que la combinación de todas estas acciones individuales produce un mercado para la producción y el consumo que no está bajo su control, pero que conduce «invisiblemente» a un mejor resultado para todos. Detrás de esto estaba la gran idea de Smith de que la industria moderna se basa en la división del trabajo: cuando la producción de productos básicos se desglosa en partes discretas donde el trabajo humano se especializa en lugar de que los trabajadores hagan cada parte del proceso, la productividad aumenta y los costes y los precios caen. Marx nos cuenta el lado oscuro de la división del trabajo: la alienación de la humanidad que convierte el trabajo creativo en un trabajo duro y pesado.

Del mismo modo, para Smith, las personas que compiten en el mercado producen un resultado beneficioso para todos. Y de esto surgió la opinión de que «el consumo es el único fin y propósito de toda la producción; y el interés del productor debe ser atendido, solo en la medida en que sea necesario para promover el del consumidor». Esta es la base clásica de la economía neoclásica moderna: basada en el mito de que el consumidor es «soberno».

Smith se oponía firmemente al monopolio, muy abundantes en su tiempo, a menudo controlado por un estado monárquico corrupto. Estos monopolios arruinaban la industria y reducían la iniciativa empresarial y, por lo tanto, la productividad y la prosperidad. En particular, se oponía al mercantilismo, la doctrina del comercio internacional en la que las naciones protegían sus industrias y acumulaban excedentes en lugar de expandir el comercio. Explicó por qué el proteccionismo siempre es contraproducente. «Por medio de cristales, semilleros e invernaderos, se pueden criar uvas muy buenas en Escocia, y también se puede hacer muy buen vino de ellas a unas treinta veces el coste de traer vino igualmente bueno de países extranjeros. ¿Sería una ley razonable prohibir la importación de todos los vinos extranjeros, simplemente para fomentar la elaboración de claret y burdeos en Escocia?»

Es un mito creado por los librecambistas actuales que Smith se opusiera al gobierno y que subordinara el comportamiento moral al interés material. Por el contrario. El economista de Chicago Jacob Viner ( en la década de 1920) lo resumió así:

«Adam Smith no era un defensor doctrinario del laissez faire. Preveyó una amplia y elástica gama de actividades para el gobierno, y estaba dispuesto a extenderla aún más si el gobierno, al mejorar sus estándares de competencia, honestidad y espíritu público, se mostraba tentado de asumir responsabilidades más amplias… Se ha dedicado más esfuerzo a exponer su defensa de la libertad individual que a explorar las posibilidades de satisfacción de servicios a través del gobierno. . . . [pero] Smith vio que el interés propio y la competencia a veces traicionaban el interés público  al que se suponía que debían servir, y estaba dispuesto… a confiar en el gobierno en el desempeño de muchas tareas que los individuos como tales no hacían, no podían hacer o hacían peor. No creía que el laissez faire fuera siempre bueno, o siempre malo. Dependía de las circunstancias; y de la mejor forma que pudo, Adam Smith tuvo en cuenta todas las circunstancias que pudo encontrar».

Se oponía firmemente a la esclavitud. «No hay un negro de la costa de África que no posea un grado de magnanimidad que el alma de su sórdido amo sea capaz de concebir. La fortuna nunca ejerció más cruelmente su imperio sobre la humanidad, que cuando sometió a esas naciones de héroes al rechazo de las cárceles de Europa».

Marx fue un lector atento de La riqueza de las naciones. Reconoció la contribución de Smith en el intento de desarrollar una teoría del valor basada en el trabajo. Como dijo Smith: «El trabajo por sí solo, por lo tanto, nunca varía en su propio valor, es solo el estándar último y real por el cual se puede estimar y comparar el valor de todos los productos básicos en todo momento y lugar. Es su precio real; el dinero es su precio nominal». Pero Marx continuó criticando a Smith por la inconsistencia en su teoría del valor trabajo, ya que Smith volvió a una teoría del valor basada en los «factores de producción», es decir, la renta de los terratenientes, los beneficios de los capitalistas y los salarios del trabajo, en lugar de que todo el valor es creado por el trabajo y luego apropiado por el terrateniente y los capitalista.

Adam Smith tampoco era partidario fanático del libre comercio. Su posición estuvo matizada por el estado de la economía británica en ese momento. Apoyó las Leyes de Navegación, que regulaban el comercio y el transporte marítimo entre Inglaterra, sus colonias y otros países, a pesar del hecho de que exigían que las mercancías se transportaran en barcos británicos, incluso si otras opciones eran más baratas. «La seguridad«, escribió en La riqueza de las naciones, «es de mucha más importancia que la opulencia».

Denunciar las políticas de seguridad deseables como «proteccionistas» era y es muy difícil entonces y ahora. Después de todo, la seguridad del estado capitalista era más importante que el libre mercado en el comercio internacional. Y el «libre mercado» solo se elogia siempre y cuando no reduzca la rentabilidad de la empresa.

Michael Roberts, habitual colaborador de Sin Permiso, es un economista marxista británico, que ha trabajado 30 años en la City londinense como analista económico y publica el blog The Next Recession.

Texto original: https://thenextrecession.wordpress.com/2023/06/29/adam-smith-free-marketeer-or-moral-philosopher/

Traducción: G. Buster

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El fracaso soviético no nos obliga a rechazar el socialismo

23/07/2023 by Vitalio Deja un comentario

Por: Ben Burgis

Como muchos socialistas de todo el mundo, G. A. Cohen depositó en la Unión Soviética sus esperanzas de una sociedad más justa e igualitaria. Con el tiempo, se desilusionó de la URSS, pero nunca dejó de luchar por un mundo mejor.

El número de noviembre/diciembre de 1991 de la New Left Review fue el último antes de la caída de la Unión Soviética. En agosto, la línea dura del Partido Comunista había dado un golpe de Estado sin éxito contra el Primer Ministro Mijail Gorbachov. Boris Yeltsin, que supervisaría la transición de Rusia al capitalismo, estaba ahora al mando, y muchas de las repúblicas miembros de la URSS ya habían declarado su independencia.

Ese número contenía un ensayo del filósofo marxista G. A. Cohen titulado «El futuro de una desilusión». Cohen tardó años en elaborar y reelaborar sus ensayos, y en el momento de su publicación su predicción sobre el inminente colapso soviético estaba a un pelo de ser totalmente redundante. «Parece —escribió— como si la Unión Soviética, o los pedazos en que pronto puede convertirse, abrazarán el capitalismo, o caerán en un severo autoritarismo, o sufrirán ambos destinos».

Resulta que la tercera opción, la más sombría, era la que más se acercaba a la verdad. Puede que la Rusia de Vladimir Putin no sea «severamente» autoritaria en comparación con los capítulos más oscuros de la historia soviética, pero combina un régimen brutalmente antiliberal con un capitalismo gansteril en el que un puñado de oligarcas acapara la riqueza del país.

En su ensayo, Cohen describe su lenta y dolorosa pérdida de fe en la Unión Soviética. Sin embargo, su desilusión con la pretensión de la URSS de encarnar los ideales socialistas nunca se transformó en un rechazo de los propios ideales. Le parecía que las iniquidades del capitalismo no eran menos objetables por el fracaso de la Unión Soviética a la hora de construir una alternativa eficaz y atractiva. La humanidad seguía necesitando algo mejor, y reprendió a sus antiguos «compañeros de viaje» por abandonar la búsqueda.

Moscú y Montreal

Cohen creció en una familia comunista canadiense en Montreal. Como muchos otros judíos comunistas de la ciudad, sus padres le enviaron a la escuela Morris Winchevsky, donde los alumnos aprendían «cosas normales de la escuela primaria por las mañanas» y por las tardes se impartía un plan de estudios mucho menos estándar en yiddish. Incluso cuando sus profesores de la tarde «narraban historias del Antiguo Testamento», Cohen recordaba que las historias estaban “impregnadas de condimentos marxistas vernáculos: nada pesado ni pedante, sólo buen sentido común revolucionario yiddish». Una de las clases se llamaba Geschichte fun Klassen Kamf (Historia de la lucha de clases) y Cohen se alegró de recordar muchas décadas después que sacó «un aleph» en este curso en 1949.

La escuela fue finalmente clausurada tras una redada de la Brigada Roja antisubversiva de la policía provincial de Quebec. A partir de entonces, Cohen, de once años, y sus compañeros tuvieron que ir a escuelas normales no comunistas. Pero él salió al mundo con «un firme apego a los principios que Morris Winchevsky se había propuesto inculcarnos, y con la plena y alegre confianza de que la Unión Soviética estaba aplicando esos principios».

Las primeras grietas en esa confianza se formaron con el «Discurso secreto» del primer ministro soviético Nikita Jruschov ante el XX Congreso del Partido Comunista de la Unión Soviética en 1956. Durante el discurso de cuatro horas, titulado «Sobre el culto a la personalidad y sus consecuencias», Jruschov detalló muchos de los crímenes cometidos por su predecesor, José Stalin. Desde la deportación masiva de nacionalidades enteras a zonas remotas de la URSS hasta la masacre de gran parte de los miembros originales del Partido Comunista. De los 1.966 delegados al XVII Congreso del partido en 1934, la friolera de 1.108 serían declarados contrarrevolucionarios y ejecutados o enviados a los gulags durante la fiebre de las purgas de Stalin.

Cuando el escalofriante discurso de Jruschov llegó a Occidente, escribe Cohen, sus camaradas de Quebec no sólo estaban horrorizados por sus revelaciones, sino «consternados por la razón adicional de que los dirigentes nacionales (es decir, de Toronto) del Partido que eran delegados fraternales en el XX Congreso habían ocultado el discurso de desestalinización al informar al Partido canadiense». En última instancia, se produjo una lucha de facciones entre los partidarios de la línea dura, que no veían por qué los crímenes y errores de Stalin —que en cualquier caso estaban siendo corregidos por la nueva dirección de la URSS— debían cambiar gran cosa, y los «revisionistas», que pensaban que ahora debían replantearse muchas cuestiones. La familia de Cohen estaba del lado de los revisionistas, que perdieron la discusión, y cuando fue a la universidad Cohen se había alejado del partido.

Cohen seguía creyendo que la Unión Soviética era «un país socialista, que luchaba por la igualdad y la comunidad», fueran cuales fueran sus defectos. Pero incluso esa creencia murió lentamente en el transcurso de la década siguiente, por las mismas razones por las que murió en los corazones de muchos millones de personas en todo el mundo.

La primera razón fue el autoritarismo del gobierno soviético. La democracia bajo el capitalismo es algo superficial: se detiene en la puerta del lugar de trabajo, y nadie puede afirmar con cara seria que los trabajadores ordinarios ejercen tanta influencia en el proceso político como los ricos directores ejecutivos. La promesa del socialismo siempre fue profundizar en la democracia extendiéndola a la economía. Sin embargo, incluso en el apogeo del deshielo de Jruschov, la URSS era un Estado represivo de partido único. Puede que Stalin fuera un monstruo único, pero cualquier sistema en el que un monstruo pueda acumular tanto poder tiene problemas mucho mayores.

El segundo problema, que se hizo cada vez más evidente con el paso de las décadas, era que la economía soviética de planificación centralizada era disfuncional. Era «todo pulgares y nada de dedos»: buena para producir en masa tractores y tanques durante el periodo de rápida industrialización, pero muy mala para alinear la producción con las preferencias de los consumidores.

Es fácil poner los ojos en blanco ante la idea de que debería importarnos que las tiendas de comestibles soviéticas no ofrecieran suficientes tipos de pasta de dientes. Pero como ha señalado el editor de Jacobin Seth Ackerman, los ciudadanos de la URSS y sus aliados del Pacto de Varsovia «experimentaron la escasez, la mala calidad y la uniformidad de sus productos no sólo como inconvenientes, sino como violaciones de sus derechos básicos». Esta es una de las principales razones por las que tan pocos trabajadores tenían interés en mover un dedo para defender el «estado obrero» cuando el sistema empezaba a tambalearse.

A finales de los 60, Cohen tenía pocas esperanzas de que la URSS fuera a evolucionar en una dirección mejor. Cuando los años 80 se convirtieron en los 90, experimentó la desaparición incluso de esa «pequeña esperanza» como una pérdida devastadora.

La pregunta que planteaba insistentemente en «El futuro de una desilusión» era si el estrepitoso fracaso del «primer intento de dirigir una economía moderna» al margen de la brutal lógica de los mercados capitalistas debería llevarnos a la conclusión de que el capitalismo —incluso una forma de capitalismo suavizado por programas de bienestar social y un Estado regulador— es lo mejor que puede hacer la humanidad.

Estribillos de Dirge y Hosanna

En el capitalismo, los propietarios de empresas privadas compiten entre sí por los beneficios, mientras que la mayoría de la población trabajadora no tiene más remedio que vender sus horas de trabajo a uno u otro capitalista. Históricamente, los socialistas han intentado acabar con la división de la sociedad en capitalistas y trabajadores mediante alguna forma de propiedad colectiva, y la mayoría de los socialistas han pensado que esto implicaría la sustitución de la competencia de mercado por una planificación racional.

Cuando salió la New Left Review de noviembre/diciembre de 1991, casi nadie pensaba que el experimento soviético de planificación económica hubiera sido un éxito. Muchos socialistas simplemente abandonaron sus ideales, convencidos ahora de que el socialismo de cualquier tipo era «imposible de realizar, o virtualmente imposible, o en cualquier caso algo por lo que ya no pueden reunir la energía para luchar». Otros intentaron separar el objetivo de capacitar a los trabajadores mediante la propiedad colectiva del objetivo de sustituir los mercados por la planificación. Renunciando a lo segundo, se aferraron a lo primero y abogaron por alguna forma de «socialismo de mercado».

Cohen pensaba que incluso esto era ceder demasiado. Concedía que alguna forma de socialismo de mercado podría ser lo mejor que los socialistas podían esperar alcanzar en un futuro próximo por razones tanto políticas como logísticas. Como escribiría en su último libro, ¿Por qué no el socialismo?, aún no sabemos cómo «hacer girar la rueda de la economía» sin que existan mecanismos de mercado. Reconoce en «El futuro de una desilusión» que era «bueno desde el punto de vista socialista» que el socialismo de mercado estuviera «pasando a primer plano como objeto de defensa y política», y que los intelectuales socialistas que escribían libros esbozando posibles formas de socialismo de mercado estaban «realizando un útil servicio político».

Aun así, no quería perder de vista la indeseabilidad última de cualquier mercado, incluso de los socialistas. Imaginemos una sociedad en la que las «alturas de mando» de la economía estuvieran en manos públicas y el sector de mercado restante estuviera formado en su totalidad por cooperativas de trabajadores que compitieran entre sí. Esto supondría un enorme avance hacia la «igualdad y la comunidad», en la medida en que una sociedad así no tendría nada remotamente análogo a las disparidades en la distribución de recursos características de los mercados capitalistas.

Aun así, la variabilidad de los talentos individuales, la variabilidad de la productividad entre los distintos sectores económicos, etc., garantizarían que algunas personas ganaran mucho menos que otras sin tener la culpa de ello. Así que incluso este tipo de socialismo, pensaba Cohen, sería «el segundo mejor» frente a la Estrella del Norte de una sociedad socialista en la que los mercados no desempeñarían ningún papel.

Incluso en 2020, cuando el socialismo democrático resurja como fuerza política en una medida que habría sido casi inimaginable en el invierno de 1991, esta visión podría parecer excesivamente utópica. Pero Cohen instaba a sus lectores a no dejar que su frustración por lo lejana que parecía la consecución de los ideales socialistas se convirtiera en un abandono de los propios ideales. Como filósofo profesional, se sentía especialmente frustrado con aquellos de sus colegas que sucumbían a la atmósfera de «fin de la historia» que se estaba instalando, una confianza petulante en que la sociedad había alcanzado su forma final. Hablando de sus colegas filósofos, escribió:

Los filósofos son los que menos deberían unirse a los coros contemporáneos de canto fúnebre y hosanna, cuyo estribillo común es que el proyecto socialista ha terminado. Estoy seguro de que aún le queda un largo camino por recorrer, y forma parte de la misión de la filosofía explorar posibilidades imprevistas.

TRADUCCIÓN: PEDRO PERUCCA

BEN BURGIS

Ben Burgis es profesor de filosofía y autor de Give Them An Argument: Logic for the Left. Es presentador del podcast Give Them An Argument.

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Laclau, Mouffe y la estrategia política

23/07/2023 by Vitalio Deja un comentario

Por: Michael Bray

Ernesto Laclau y Chantal Mouffe afirmaron haber identificado el defecto fatal del marxismo y desarrollado un marco mejor para la política de izquierdas. Pero su tabú contra el «esencialismo» de clase les impide identificar los puntos fuertes y débiles del poder capitalista.

En los oscuros días de la supremacía política de Margaret Thatcher y Ronald Reagan, cuando la teoría posestructuralista estaba en la cima de su influencia intelectual, Ernesto Laclau y Chantal Mouffe desarrollaron una novedosa concepción de la «hegemonía» destinada a superar la crisis de la política de izquierdas. Las raíces de esa crisis, argumentaban, residían en un «esencialismo» endémico de la herencia marxista de la izquierda.

El «posmarxismo» de Laclau y Mouffe definía los procedimientos contingentes y discursivos de formación de la identidad como el fundamento de la agencia política. En este marco, lo político se convirtió en el principio estructurador contingente de lo social, divorciando las identidades políticas de todo arraigo en los intereses colectivos, los antagonismos sociales o las tendencias inherentes a la estructura de clases de las sociedades capitalistas.

Si este abandono de la «política de clases» parecía ofrecer una forma de unir las demandas de los movimientos sociales emergentes en la década de 1980, desde la ecología hasta el feminismo, dos décadas más tarde Laclau y Mouffe ofrecerían el mismo enfoque como un modelo de «razón populista», articulando la lógica interna de las nuevas fuerzas electorales en América Latina, Europa y otros lugares. En el proceso, una concepción teórica que podría haber parecido demasiado discursiva adquirió nuevos elementos de concreción política: la construcción de un «pueblo» a través de los discursos articulados por partidos y líderes y su entrada en el Estado a través de las victorias electorales.

Sin embargo, ese vínculo con prácticas políticas concretas pone de manifiesto los dilemas teóricos de este enfoque. ¿Qué podría significar realmente para una identidad popular organizarse, en la práctica, sobre la base de una unidad totalmente contingente? ¿Qué definiría tal programa, en su propia contingencia, como de izquierdas? ¿Qué haría una identidad así? ¿Cómo podríamos medir su éxito y sus logros?

El paradigma de Laclau y Mouffe no puede responder adecuadamente a estas preguntas. Rechazando cualquier posibilidad de rastrear el impacto político de las relaciones de fuerza y sus diferentes eficacias causales, de la manera matizada que sea, el argumento contra el «esencialismo» conduce hacia un abrazo incapacitante de la «representación» como la totalidad de la política.

Posmarxismo y teoría del discurso

Laclau y Mouffe exponen ampliamente sus críticas al marxismo en el libro Hegemonía y estrategia socialista, publicado por primera vez en 1985. Se centran en la supuesta tendencia del marxismo a dar por sentada la existencia de la clase obrera como una identidad social fija y unificada que se expresa en intereses políticos determinados. A lo largo de decenas de páginas, la tradición marxista aparece como una serie de fracasos a la hora de comprender un problema simple: la teoría sociopolítica de las clases flaquea cuando tiene que enfrentarse a la complejidad de los campos sociales y a la volubilidad de las formaciones políticas.

Ernesto Laclau y Chantal Mouffe presentan su propia posición como el polo opuesto a la marxista. El diagnóstico de la determinación absoluta los conduce a abrazar la contingencia absoluta:

La alternativa es clara: o bien se tiene una teoría de la historia según la cual esa pluralidad contradictoria será eliminada y a la hora del quiliasmo proletario emergerá una clase obrera absolutamente unitaria y transparente respecto a sí misma —en cuyo caso sus «intereses objetivos» pueden determinarse desde el principio—, o bien dicha teoría es abandonada, en cuyo caso no hay ningún fundamento para privilegiar ciertas posiciones de sujeto antes que otras en la determinación de los intereses «objetivos» del agente como un todo.

Los autores dirigen gran parte de su polémica contra lo que denominan «clasismo», definido como «la idea de que la clase obrera representa el agente privilegiado en el que reside el impulso fundamental del cambio social». Pero sus críticas se aplican a cualquier forma de análisis político, marxista o no, que mire hacia determinados grupos sociales como la mejor base sobre la que construir: «La limitación crucial de la perspectiva de la izquierda tradicional es que intenta determinar a priori agentes de cambio, niveles de eficacia en el campo de lo social y puntos y momentos privilegiados de ruptura».

Para Laclau y Mouffe no existe un sujeto social «privilegiado» para la política de izquierdas, sino una serie de reivindicaciones discretas que se expresan en un momento dado. Un movimiento político se enfrenta al problema de «suturarlas» mediante un proceso discursivo que no se base en determinaciones sociales previas. Esa sutura requiere el trazado de una «frontera antagónica interna», que defina la oposición común de esas demandas (o algunas de ellas) a los poderes existentes, convocando a la existencia política a un «pueblo» bajo el signo de un «significante vacío».

Estructuras e intereses

Esta crítica vacía la mayor parte de la sustancia del pensamiento de Karl Marx, haciendo posible que Laclau y Mouffe planteen la notable afirmación de que Marx no reconoció el carácter inherentemente «político» de lo «económico». Para ellos, esta afirmación significa que Marx no vio «el nivel económico», incluidas las relaciones productivas, como un «contexto de contingencia», en el que los antagonismos solo se desarrollan a través de formaciones discursivas que delimitan simbólicamente los bandos antagónicos.

Sin embargo, para Marx, el carácter político de las relaciones productivas era intrínseco a ellas. Era una función de la necesidad, tanto biológica como histórica, de organizar la subsistencia material como fundamento duradero de toda vida social humana. Los humanos, como dijo Marx, se distinguieron de otros animales cuando empezaron a producir los medios para su propia subsistencia.

Dicha producción, con las complejas divisiones del trabajo y composiciones sociales que organizan sus formas cambiantes, no es fundamentalmente distinta de las relaciones «políticas» de poder, dominación, control, negociación y resistencia. Más bien, ambas coevolucionaron como parte de las relaciones productivas (y reproductivas) que constituyen la dinámica central y permanente de las sociedades humanas.

La separación aparente —y parcialmente real— entre las formas política y económica en las concepciones marxistas del capitalismo no es consecuencia de un precepto metodológico que afirme la existencia de un destino económico intrínseco. Es un efecto mediato y mediador de las transformaciones en las relaciones de producción, que son simultáneamente «políticas» y «económicas».

Lo más fundamental, como argumentó Ellen Meiksins Wood, es que esas transformaciones implicaron la «privatización» de funciones políticas básicas —el control de los medios de producción sociales, la inversión de los excedentes sociales y los procesos de trabajo y los trabajadores colectivos— que cristalizaron en la «propiedad privada absoluta» como base apropiativa de la producción y la explotación capitalistas. Las «leyes del movimiento» capitalistas (tendenciales) que surgen de esa apropiación no son afines, como pretenden Laclau y Mouffe, a las «leyes naturales» que operan de forma neutral y necesaria.

Derivan, más bien, de relaciones de poder fundamentales, incluido el carácter anárquico de la producción social privatizada en el capitalismo (que requiere la «sustancia social» del valor, o dinero, como mediador general de los intercambios) y la separación forzosa de los trabajadores del acceso independiente a la tierra y otros medios de subsistencia (que los obliga a vender  su fuerza de trabajo para acceder al dinero y, por tanto, a los medios de su propia reproducción). La composición de esta dinámica no es absoluta ni fija, pero tampoco es totalmente contingente.

De hecho, los medios y productos históricos de la apropiación capitalista siempre han sido mucho más amplios de lo que podría sugerir un enfoque centrado en el trabajo asalariado industrial —una tendencia recurrente dentro del marxismo—. Desde la colonización y la esclavitud hasta el trabajo reproductivo no remunerado de las mujeres en el hogar y los «salarios ocultos» de los pequeños agricultores y los deudores, el trabajo vivo siempre ha estado subordinado a la acumulación de formas múltiples y variadas.

En esta complejidad, intrínseca a las relaciones sociopolíticas capitalistas, los intereses se articulan en diferentes escalas, tanto espaciales como temporales, y a menudo en forzada competencia entre sí. Esto no significa que no podamos discernir dichos intereses o identificar posibilidades de alineación histórica. El enigma de la «hegemonía» para el marxismo es precisamente cómo podrían alinearse estas zonas e intereses.

Unidad a través de la representación

La prioridad de lo político, para Laclau y Mouffe, no significa que el mundo social no tenga «realidad» más allá de las articulaciones políticas. Sin embargo, leen la historia del marxismo como una prueba de que tal realidad se compone de reivindicaciones demasiado discretas como para proporcionar una base para orientaciones políticas compartidas. Incluso la noción de «intereses» sugiere un vínculo demasiado fuerte entre una posición determinada y unas reivindicaciones políticas concretas. Las reivindicaciones no poseen un «destino manifiesto» que las lleve a «unirse en algún tipo de unidad» o a «constituir una cadena».

Si nos vemos reducidos a tales demandas en serie, las únicas fuentes de unidad son los actos de representación, un punto que se hace más claro con el giro de Laclau y Mouffe hacia la política populista. Las identidades políticas, llegó a argumentar Laclau, tienen «una estructura interna que es esencialmente representativa». Los significantes vacíos y las instituciones de la democracia representativa comparten la misma estructura interna, lo que permite utilizar la segunda para explicar la primera. En el proceso, la distinción entre un significante vacío y un «líder» tiende a desvanecerse.

La tarea de construir un «pueblo» depende de «los mecanismos de representación», en los que el nombre del representante cataliza la unidad de un pueblo. Aunque Laclau insiste en que tales mecanismos son «bidireccionales» —«un movimiento del representado al representante, y otro correlativo del representante al representado»—, es este último movimiento el que tiene prioridad, precisamente porque define una unidad retrospectiva de la que el primer movimiento carece por naturaleza: «El representado depende del representante para la constitución de su propia identidad». Esto desplaza la agencia a una élite representativa, transformando a las masas en identidades en cuya definición no desempeñan ningún papel independiente.

Sin la capacidad de dar cuenta de las contradicciones sociopolíticas que se abren potencialmente a intereses y objetivos más amplios, Laclau y Mouffe no pueden concebir la hegemonía como un proceso que excede o desborda los límites de las instituciones políticas existentes. Por el contrario, debe encontrar su actualización dentro de ellas: «renovar» la democracia redefiniendo los significantes de la representación y sustituyendo a los representantes.

Lo que queda del linaje radical de Laclau y Mouffe se expresa en el rechazo de la frontera en la que insiste la democracia liberal entre los actos fundacionales de representación —contratos sociales, voluntades generales, convenciones constitucionales— y sus pálidos ecos en los rituales electorales recurrentes. Si los pueblos se construyen discursivamente, argumentan, y si esas construcciones están siempre contingentemente «suturadas», también pueden descoserse. Ninguna unidad es definitiva.

Esto significa que cada proceso electoral ofrece la posibilidad de una refundación, al menos una vez que las hegemonías existentes han empezado a resquebrajarse. Las nuevas constituciones redactadas en Venezuela, Bolivia, Ecuador y otros lugares tras las victorias de la izquierda populista aparecen como la encarnación concreta de esta «radicalización» de la democracia.

Sin embargo, sin intereses objetivos ni tendencias históricas —por complejas y contradictorias que sean— con los que guiarse, esta radicalización también se topa con límites fijos. Si el liberalismo pretendía legitimar las instituciones existentes sacralizando sus fundamentos, la desmitificación de Laclau y Mouffe de esos fundamentos deja a las propias instituciones en gran medida intactas, precisamente porque no pueden ofrecerles una historia (o un futuro) alternativos sin desviarse hacia un territorio «esencialista».

Todo puede cambiar, aunque las instituciones liberales sigan siendo las mismas. Lo que importa es el agonismo del pueblo que les da vida. La labor de dar «voz» a los ciudadanos, según Mouffe, implica «hacer más representativas nuestras instituciones» y «ganar elecciones y alcanzar el poder del Estado» como «objetivo de una estrategia populista de izquierdas». Mouffe rechaza la idea de que la representación pueda reducirse a las elecciones. Sin embargo, no explica cómo ir más allá de ellas, aparte de señalar el papel «esencial» que desempeñan partidos como Podemos y Syriza en la elaboración de subjetividades políticas.

Por supuesto, Mouffe no se equivoca al señalar que los Estados ejercen enormes cantidades de poder concentrado, incluso en esta época de su supuesta debilidad, y que perturbar y reorientar los usos de ese poder podría ser esencial para los objetivos populares. Pero el carácter global de su rechazo del «esencialismo» conduce a cierta incapacidad para dar cuenta de las fuentes de ese poder y de los fines a los que puede servir eficazmente. La negativa a tener en cuenta el relato de Marx sobre la coevolución del poder «político» y la organización de la (re)producción social vuelve a ser, por tanto, un problema tanto para la teoría populista de izquierdas como para los movimientos que respalda e inspira.

Capitalismo y Estado

Para Laclau y Mouffe, el problema del Estado contemporáneo se define por su carácter «pospolítico». La política, como constitución de identidades hegemónicas y contiendas agonísticas sobre demandas contrapuestas, ha sido sustituida por formas de gestión técnica supervisadas por expertos. Se supone que la construcción de una identidad popular hegemónica coincide con la reafirmación de la hegemonía de las instituciones representativas dentro del Estado.

En el núcleo de esta concepción se encuentra la separación de la gobernanza representativa de los procesos sociales e históricos que la componen. Al igual que la clase no es un conjunto de posiciones sociales fijas sino una estructura dinámica y relacional, las instituciones electorales y parlamentarias de los Estados contemporáneos no son lugares puros de representación «política», sino nodos de un complejo de funciones en evolución que median y comprenden un equilibrio de fuerzas. Los Estados capitalistas desempeñan diversas tareas: reproducir la fuerza de trabajo, mediar en los antagonismos entre el capital y los trabajadores, asegurar las infraestructuras de la acumulación de capital, defender su propia legitimidad, etcétera.

Si el campo de acción de que disponen los Estados está definido, como sostiene Stephen Maher, por «los límites estructurales y los puntos de crisis de la acumulación de capital», la tarea de gestionar esos límites nunca se ha dejado exclusivamente en manos de los órganos legislativos. Los bancos centrales, los ministerios de finanzas y otras fusiones «público-privadas» han funcionado durante mucho tiempo al margen de los poderes representativos, aunque su carácter ha cambiado junto con la creciente complejidad de la acumulación de capital.

En otras palabras, el rasgo político definitorio de la era neoliberal no ha sido la usurpación del gobierno representativo por la «administración» apolítica, como sugerirían Laclau y Mouffe. Por el contrario, se ha producido un cambio en el equilibrio de fuerzas interno a los Estados representativos. Dos de estos cambios han sido especialmente importantes.

En primer lugar, los aparatos económicos de los Estados se han ido liberando cada vez más de la supervisión de las instituciones representativas. En segundo lugar, y como condición habilitadora de esa separación, se han producido transformaciones significativas en las capacidades económicas que poseen los Estados. En lugar de actuar sobre los mercados desde «fuera» imponiéndoles límites y requisitos normativos, los Estados han movilizado poderes infraestructurales para actuar dentro de los mercados con el fin de dar forma y estabilizar las iniciativas financieras.

La gestión de la crisis de los mercados financieros tras el crack de 2008 amplió la influencia directa de los bancos centrales dentro de los mercados, no solo como prestamistas sino como compradores de última instancia, vinculando la liquidez y la rentabilidad financieras con el mantenimiento de las capacidades estatales apalancadas por la deuda. Del mismo modo, los derechos sociales clave se han transformado en un acceso facilitado por el Estado a los servicios comercializados y a la deuda.

Estos cambios han fomentado un entrelazamiento más profundo de las capacidades económicas estatales con los flujos de capital privado y los procesos de acumulación que ahora son de alcance internacional. El enfoque resultante en la «competitividad nacional» se adapta mal a las formas universalistas del derecho y a los plazos más largos propios de las asambleas representativas tradicionales. También han proporcionado al capital privado medios más directos para perturbar el funcionamiento normal de los Estados si sus políticas imponen riesgos o límites a la acumulación.

Nada de esto ha llevado a la desaparición de las funciones representativas del Estado. Más bien, esas funciones se celebran y se transforman en espectáculos cada vez más agonísticos o «polarizados», incluso cuando las capacidades sustantivas de toma de decisiones se transfieren a otros lugares. En este contexto, una estrategia definida a través de esas funciones parece fundamentalmente limitada, precisamente porque considerará el destino político de las instituciones representativas como algo que se les impone desde «fuera», en lugar de como algo intrínseco a su posición contradictoria dentro del terreno político-económico de los Estados capitalistas.

Mouffe habla, por ejemplo, de la aceptación por parte de los partidos socialdemócratas de «los dictados del capitalismo financiero y los límites que imponen a las intervenciones estatales en el ámbito de la política redistributiva». Del mismo modo, sugiere que Syriza fue «obligada» a aceptar tales diktats por la Troika. Sin embargo, en ninguno de los dos casos presenta un análisis de lo que impulsó dicha aceptación, ni de cómo podría haber sido posible la resistencia a esos diktats. El problema aparece como algo así como una falta de voluntad por parte de los representantes: su doblegamiento al discurso de otros.

Los límites del populismo de izquierda

Ciertamente, Mouffe tiene razón al insistir en que el fracaso de Syriza por sí solo no «invalida la estrategia populista que le permitió llegar al poder». Pero el problema es si Mouffe puede concebir las raíces de tal fracaso y cómo podrían superarse en el futuro. Aquí su posición tiende a replegarse en un espacio indeterminado entre la ontología política y los fenómenos concretos.

En sus escritos, existe una especie de presunción no declarada de que la forma en que se constituye y representa «el pueblo» debe resultar determinante, como si las construcciones discursivas convocaran poderes materiales y se apoderaran de los poderes estatales a través de su propia articulación. Señala al thatcherismo, por ejemplo, como prueba de que «es posible llevar a cabo una transformación del orden hegemónico existente sin destruir las instituciones liberal-democráticas».

Sin embargo, a Margaret Thatcher se le concedió espacio para experimentar precisamente porque su proyecto perseguía explícitamente los intereses de las fracciones dominantes del capital en medio de la crisis del keynesianismo. Como demuestra la experiencia de Syriza, a un gobierno de izquierdas no se le concederá el mismo tiempo y espacio para la experimentación.

¿Qué demuestra entonces el ejemplo del thatcherismo? Mouffe no puede decirlo. En lugar de ello, su relato oscila con frecuencia entre un enfoque abstracto sobre la idea de hegemonizar la «democracia», que define el solapamiento entre los populismos de derecha e izquierda, y una insistencia en que la «igualdad» es un aspecto definitorio de la democracia, con la justicia social como su expresión, y el «anticapitalismo» una dimensión esencial, que puede dirigir a un pueblo «democrático» hacia la izquierda.

En algunos pasajes escritos en el segundo de estos registros, Mouffe puede parecer al borde de un acercamiento al marxismo, subrayando las raíces capitalistas de la crisis y la necesidad de una «ruptura» con su forma financiera actual al menos, que conduzca a una remodelación de «las condiciones materiales de la reproducción social». Sin embargo, como estos objetivos siguen siendo para ella reivindicaciones discretas, no pueden superar al partido y al líder (o líderes) que los representan.

Para que un proyecto político tenga éxito, sostiene Mouffe, es necesario construir discursivamente un «pueblo». No puede haber articulación de alianzas sociales específicas, ni mediación de intereses entrecruzados hacia una coherencia común, ni perturbación de los poderes estatales existentes sin esa construcción previa. Los objetivos específicos se convierten así en algo parecido a las generalidades de una plataforma electoral: «Antes de poder radicalizar la democracia, primero es necesario recuperarla».

Solo después de haber logrado esa recuperación será posible llevar a cabo «un debate más agonístico sobre las políticas más adecuadas para radicalizar la democracia». Las respuestas, para Mouffe, «no deben estar determinadas de antemano».

Si el fracaso de Syriza nos enseña algo, es sin duda que no podemos «democratizar» el Estado mediante la afirmación electoral de una nueva identidad discursiva y luego ver qué oportunidades se abren con mejores formas de representación. Porque tal afirmación no «democratiza» el Estado en su conjunto, sino solo una de sus esferas menores, que ya está desvinculada y subordinada a sus funciones «económicas». Los representantes del «pueblo», operando en un terreno así, se encontrarán sometidos a fuerzas e imperativos totalmente opuestos a los significantes que supuestamente encarnaban.

MICHAEL BRAY

Profesor asociado de Filosofía en la Southwestern University. Es autor de Powers of the Mind: Mental and Manual Labor in the Contemporary Political Crisis.

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Zizek y las mujeres iraníes que “se niegan a usar el burka”

16/07/2023 by Vitalio Deja un comentario

Por: Xavier Villar

 

                                                             En un artículo reciente del filósofo esloveno Slavoj Zizek sobre las protestas en Francia, se mencionó lo siguiente:

“Las protestas públicas y los levantamientos pueden desempeñar un papel positivo si están respaldados por una visión emancipadora, como ocurrió con el levantamiento de Maidán en Ucrania en 2013-2014 y las protestas en Irán desencadenadas por mujeres kurdas que se niegan a usar el burka”.

El objetivo de este artículo es intentar explicar cómo es posible que Zizek, uno de los filósofos contemporáneos más reconocidos a nivel mundial, pueda mencionar el burka en Irán y las implicaciones políticas y epistémicas que esta afirmación tiene para el Islam en general y para las personas musulmanas.

Es importante señalar que Zizek ha sido objeto de críticas en numerosas ocasiones debido a sus posturas políticas y discursivas. Una de las críticas más destacadas se refiere a su alineamiento, tanto reciente como pasado, con posiciones conservadoras, especialmente en temas de inmigración y minorías en Occidente. La académica Sara Ahmed, en una de estas críticas hacia Zizek, argumenta que sus posturas sobre los refugiados en Occidente suenan sorprendentemente similares a las expresadas por los gobiernos conservadores británicos o franceses.

La justificación de este comportamiento discursivo radica en la perspectiva de Zizek de que el enfoque antiracista representa un problema porque «distrae» de la universalidad de la lucha de clases. Según el filósofo esloveno, al hablar de la crisis de los refugiados, se deja de considerar la cuestión de clase como el eje prioritario que estructura las opresiones y se adopta el discurso liberal de la tolerancia. En otras palabras, para él, la preocupación por los refugiados y la forma en que los estados deciden quién vive y quién no, a través de la necropolítica, es simplemente ceder ante lo políticamente correcto.

Al tratar el tema de la inmigración y la presencia de «los otros» en Occidente de esa manera, es decir, al adoptar el marco hegemónico que habla del «problema de los refugiados/inmigrantes», se omite examinar los mecanismos de poder que determinan qué cuerpos son construidos como extranjeros y, por lo tanto, peligrosos. Además, la falta de un análisis serio de estos mecanismos de poder, en particular los procesos de racialización que subyacen a la construcción de ciertos inmigrantes/refugiados como una crisis, sugiere que a Zizek no le interesa explicar la relación entre la violencia estructural de los estados hacia aquellos cuerpos que son percibidos como no blancos.

En relación con esto, Zizek expone claramente su postura al argumentar que la supuesta corrección política es la principal razón por la cual no se puede llevar a cabo un debate serio en Occidente sobre la relación entre la violencia sexual y las minorías. Es importante recordar que la racialización de la violencia sexual se ha convertido en uno de los elementos más utilizados actualmente para desplegar discursos racistas dirigidos específicamente hacia las minorías, especialmente las musulmanas, en Occidente.

Una vez analizado el marco discursivo en el que se sitúa Slavoj Zizek, que se puede definir como «neo-orientalista», podemos abordar nuevamente la cuestión del burka y la República Islámica. Es evidente que esto no se trata simplemente de un error o una mera cuestión de nombres. Lo que subyace en ese uso incorrecto es la idea esencialista que percibe al Islam como una configuración fija, sin considerar sus articulaciones políticas y, por lo tanto, intercambiable. Desde esta perspectiva, no se tienen en cuenta las diferencias políticas existentes, como por ejemplo, entre la República Islámica y los talibanes afganos.

La reducción esencialista que emplea Zizek funciona de manera similar a esas explicaciones que reducen, por ejemplo, la guerra entre Irán e Irak en los años 80 a un simple enfrentamiento entre suníes y chiíes, sin tomar en cuenta las complejas articulaciones políticas y los diversos y opuestos horizontes políticos involucrados.

Desde un punto de vista teórico, se puede argumentar que para Zizek el Islam representa una presencia marginal, lo que se traduce en un análisis superficial, erróneo y siempre desde la perspectiva del Orientalismo.

Cuando Zizek relaciona Irán y el burka, lo hace con un claro objetivo político. El burka, como señaló la antropóloga Saba Mahmood, se convirtió en la imagen visual que condensó y organizó el conocimiento sobre Afganistán y sus mujeres. Precisamente esta imagen del burka ha adquirido una representación monstruosa de todas las cosas negativas asociadas con Afganistán y, gracias al reduccionismo esencialista en el que Zizek participa, también se ha extendido a la percepción del Islam en general. Discursivamente, el filósofo esloveno coloca a la República Islámica en una cadena de equivalencias en la que se encuentran otros elementos como los talibanes, la violencia, el extremismo y el barbarismo.

En este discurso también se observa un movimiento discursivo que permite intercambiar los términos «velo» y «burka» sin considerar no solo cuestiones culturales, sino también la agencia de las personas involucradas. Este discurso privilegia el cuerpo sin velo como el cuerpo normativo, con acceso a las sensaciones y a la agencia. Como consecuencia, se genera la percepción del velo o el burka como un espectáculo de anacronismo, falta de libertad y regresión, entre otros aspectos.

Además, el velo evoca lo que Wendy Brown describe como un cuerpo sufrido y herido. En la fantasía de la liberación a través del desvelamiento, se asume que las mujeres veladas encarnan estas identidades «heridas» que buscan protección por parte de los estados liberales.

A modo de conclusión, se puede argumentar que Zizek aborda el Islam desde una perspectiva intelectual que lo considera como una esencia inmutable, sin tener en cuenta las articulaciones políticas que explican las diferencias entre diferentes contextos, como el Islam en Irán y el Islam de los talibanes. Al omitir estas articulaciones, Zizek solo percibe el Islam a través del prisma del Orientalismo.

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Trotsky y mi vesícula

09/07/2023 by Vitalio Deja un comentario

Por: María Seoane

 

Ahora que don Esteban Volkov Bronstein, nieto de Lev Davidovich Bronstein –más conocido como León Trotsky– murió en México a los 89 años, recordé las vueltas de la vida que me vincularon a esa historia. No solo porque siendo estudiante en la UBA en los años 60 me había enamorado de un trotskista y también del ideario trosko, como se decía, sino porque muchos años más tarde, estaba atrapada en esa historia. Era mayo de 1983, una época de lluvias ralas atenuadas por el smog en el Distrito Federal mexicano, que había dejado de ser la región más transparente, como la bautizó Humboldt en 1804, pero se resignificó en la novela de Carlos Fuentes en 1950, cuando aún el volcán dormido del Popocatépetl derramaba nítida su silueta sobre el valle de México. Las citas librescas valen porque la vida de Trotsky y sus descendientes fue tan novelesca como los textos de Alfonso Reyes en Visión por Anáhuac (1917) y la novela de Fuentes. Y no menos que la de muchos de nosotros, exiliados en ese territorio tremendo, bello y enigmático como la cultura que encerraba cada uno de los personajes del Pedro Páramo de Juan Rulfo. Después de todo, era como él había reflexionado en una entrevista que le realicé en el Instituto Nacional Indigenista, donde aún trabajaba: “Argentina y Comala se parecen”, me dijo enigmático. “¿Por qué, maestro?”, pregunté. “Porque la Argentina con sus desaparecidos, con sus espectros, es como Comala.” Así que México era también sus libros. Y la Argentina, sus tragedias. Y nuestra vida: yo estaba exiliada allí desde 1980. Vivía en la bellísima delegación de Coyoacán del DF y trabajaba como periodista.

Los días posteriores a la entrevista con Rulfo, realizada a mi regreso de unas vacaciones en Italia, me encontré con el querido Noé Jitrik, que dirigía la Casa Argentina de Solidaridad, que nucleaba al exilio argentino. Noé escuchó mis lamentos: antes de regresar al DF, en el helado enero del 83, en un control de rutina en el Ospedale Ginecologico-Ostetrico Sant’Anna de Turín, el ecografista había gritado: “¡Ci sono le petrine!”. Me comunicaba la novedad de mis cálculos en la vesícula al tiempo que se reía de mis maldiciones en español. Noé, el sabio de nuestra tribu, logró que me atendieran en el Instituto Nacional de Ciencias Médicas y Nutrición del DF, el más especializado en ese tipo de malatías. Fue un enorme privilegio y consideración, cuidado y solidaridad de los mexicanos porque los exiliados contábamos con servicios sanitarios no tan especializados. Así que allí fui, aquel mayo de 1983 cruzada por temores a la que seguramente sería la primera operación de mi vida. La costumbre del Instituto era recibir al paciente con un o una médica clínica que, a lo largo de unas cinco horas, realizara una completísima historia clínica con antecedentes familiares, médicos y estudios, como el Papanicolau y radiografía de tórax incluidos en esa consulta.

La médica que me tocó en suerte era una joven de 25 años, rubia, alta, con una cordialidad fuera de lo común. “Soy Patricia”, se presentó. Luego de los chequeos físicos de rigor, me preguntó por mi historia familiar. Y por qué estaba exiliada. Así que le conté. “¿Entonces eres trotskista?”, preguntó. “Ya no”, resumí luego de haberle contado cómo había renunciado a esa tendencia, cómo había huido de la Argentina, del dolor por mis amigos desaparecidos, de mis parientes perseguidos y de cómo lucharía siempre contra una dictadura criminal que, además, acababa de enviar a miles de nuestros jóvenes a la guerra de Malvinas. Guardó silencio ante el llanto contenido en mi relato. Y luego me dijo en medio de una carcajada: “Yo sí soy trotskista, porque amo a Rosario Ibarra de la Piedra”. Sabía algunas cosas de Rosario: que en ese momento era la candidata de la izquierda trotskista a la presidencia de México. Que su marido había sido un luchador comunista y que era la madre de Jesús Piedra Ibarra, desaparecido en 1973 por pertenecer a la guerrilla de la Liga Comunista 23 de septiembre. Doña Rosario era como una Madre de Plaza de Mayo y una luchadora intransigente contra el poder.

En ese momento de la consulta, el vínculo entró en un camino de mayor intimidad y confianza, salió de los típicos cánones de la relación paciente-médica. Hablamos de nuestra vida amorosa, del exilio, de la situación en Latinoamérica, de la presión norteamericana, de esa famosa frase: “México, tan cerca de los Estados Unidos y tan lejos de dios”. Antes de despedirnos, como para sellar una mirada compartida sobre nuestro destino común, Patricia me dijo: “Además me llamo Volkov. Y soy la bisnieta de Trotsky”. Parecía fascinada de conocer más íntimamente a una exiliada; yo no podía creer que estaba en presencia de una descendiente directa de uno de los líderes que había admirado no solo como revolucionario sino como un teórico marxista brillante y tenaz crítico del poder. Así que intercambiamos teléfonos. En los meses de tratamiento que siguieron durante 1983 la visité varias veces en el Instituto. Pude entender su solidaridad con mi condición de exiliada: sus abuelos y padres lo habían sido. Su madre, Palmira Fernández, era hija de españoles republicanos exiliados en México. Los Fernández-Volkov tuvieron cuatro hijas. Ella quería especializarse en infectología. Seguía el camino de su padre, que estudió Química y trabajó en un laboratorio mexicano que sintetizó por primera vez la fórmula de la píldora anticonceptiva. No dudé que sería brillante. No tuve tiempo de conocer a las hermanas de Patricia. Porque eran tiempos revueltos en el exilio argentino: todos preparábamos las valijas, sobre todo a partir de octubre de 1983, cuando Raúl Alfonsín ganó las elecciones y comenzó la maravillosa sensación de que el destierro había terminado.

Me operaron en enero de 1984. Un mes antes de mi regreso definitivo a la Argentina. Como no existía aún la laparoscopía para ese tipo de operaciones, y estaba nerviosa por tantas horas a panza abierta, y porque no me podía morir justo antes de volver a mi patria, recuerdo que comencé a fantasear que cuando entrara al quirófano seguramente –les dije a Patricia y a Silvia Bleichmar, que por entonces era mi psicoanalista– habría música de Bach. Nunca sabré si ella lo pidió, pero sí sonaba tenue el Preludio para la Suite número 1 con violoncello-piano mientras el anestesiólogo me retaba porque “ya te vuelves a tu patria y nos abandonas”, como si hablara de una traición. Lo cierto es que, tal como me había prometido, Patricia fue la primera persona que vi cuando desperté en la sala de terapia intensiva. “Si haces pis, te saco de aquí”, dijo con cierta sonrisa conspiradora que definía sus rasgos.

Semanas más tarde, visitamos la casa-museo de su bisabuelo don León, en Coyoacán, en la avenida Churubusco, muy cerca de la casa de Frida Kahlo y Diego Rivera, y muy cerca de donde yo vivía. Fue un viaje a su historia trágica y a mi historia. El recuerdo de aquel asesinato. Sería largo describir aquí ese lugar oscuro y al mismo tiempo luminoso, porque la vida y la memoria finalmente, dijimos con Patricia, habían vencido. Las flores, los pájaros, el silencio conmovedor que nos arropaba. Y la vida, la vida que se imponía. Patricia y su pareja entonces, Cuauhtémoc (familiar de Lázaro Cárdenas, el presidente que había autorizado y protegido el exilio de Trotsky), me acompañaron en mi último cumpleaños en Coyoacán en enero de 1984. Intercambiamos teléfonos y direcciones que el desexilio traspapeló definitivamente. El domingo 18 de febrero de 1984, sobrevolé la silueta tremenda del Popocatépetl rumbo a Buenos Aires. Nunca volví a ver a Patricia porque nunca más volví a México. Lugar del cual, queda claro, nunca me fui.

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Reseña de Unamuno, Azaña y Ortega. Tres luciérnagas en el ruedo ibérico (Vision Libros, 2022), de Raimundo Cuesta Fernández ¡Disfrútenlo!

02/07/2023 by Vitalio Deja un comentario

Por: Jesús Baigorri Jalón

Si es correcta la etimología vasca, Unamuno (1864-1936) [unanu – muno] significaría “Colina de los Asfódelos o Gamones”, un entorno apropiado para las luciérnagas en ese paisaje “verde como las montañas de mi tierra” (cita de don Miguel).

Para llamarse Azaña (1880-1940) la trayectoria histórica de don Manuel es más bien la de un desdichado antihéroe.

La redondez de la O de Ortega (1883-1955) es reflejo de un ego rotundo encaramado en la cumbre del Olimpo.


Introducción

Raimundo Cuesta es un ejemplo de cómo se puede crear escuela (con amplia proyección no solo en España sino también en América Latina) y hacer investigación muy valiosa desde varias periferias. En primer lugar, la geográfica en un Sur alegórico de Europa: el de De Sousa Santos, de Reyes Mate y de la balsa de piedra de Saramago. Pero también desde otras periferias: la del investigador independiente, es decir, dejado a sus propios medios, sin otras plataformas que las que ha creado él, junto con otros colegas, a la orilla de ciertas torres de marfil académicas. Afortunadamente, Raimundo está dejando plasmada buena parte de su patrimonio intelectual en formato escrito, que son esas piedras tiradas en los estanques que (según recuerda Gianni Rodari en su Grammatica della fantasia) crean ondas concéntricas de efectos muy variados y en su caso, muy provechosos. Eso es lo que ha hecho Raimundo a lo largo de su vida profesional y postprofesional. Lo sigue y lo seguirá haciendo.

Raimundo piensa, lee y escribe mientras explora, pandemia mediante, esos entornos urbanos y periurbanos en los que se solaza, a menudo junto al Tormes, quizá porque esa vega le trae ecos remotos de los valles cántabros donde se crio. Va siempre pertrechado de un zurrón en el que dan prueba de conllevanza rotuladores de distintos colores, un cuaderno de bitácora, y siempre, los libros, que disecciona con estilete de forense, a juzgar por las profusas anotaciones y subrayados con las que los ilustra.

El porqué de estas reflexiones

Escribo estas notas como consecuencia de una historia de amistad con Raimundo desde hace unos 45 años, un tiempo que merece una T mayúscula en el que hemos compartido escenarios muy diversos, desde mis comienzos en el Fray Luis de León, donde él había empezado antes. Entre las muchas experiencias comunes, traigo a colación aquellas escuelas de verano en Madrid en torno a 1980, la escapada a Londres donde visitamos algunos museos y la Royal Historical Society y donde nos hicimos la foto canónica ante el busto gigantesco de Marx en el cementerio de Highgate, donde Marx esbozó una sonrisa al ver por fin a Raimundo posando a su lado. También los seminarios en el ICE de la Universidad de Salamanca, donde nos acogió como solo él sabía hacerlo José Luis Cabezas, por los que pasaron muchos geógrafos e historiadores para compartir sus investigaciones y sus ilusiones. Éramos mucho más jóvenes los dos y también Guillermo Castán y Manolo Cuadrado, el núcleo originario del Grupo Cronos, al que se unieron Félix Gómez y Ramón Jaime López. Me tocó varias veces divulgar con Raimundo la obra de Cronos en plazas muy distintas, aunque no siempre tuve la suerte de degustar un cabracho delicioso, como el que nos preparó su madre en Santander. Después, para Raimundo, vendrían Fedicaria, Con-Ciencia social, sus libros y sus numerosos artículos de reflexión sobre la historia y su enseñanza, de todo lo que llevo aprendiendo muchos años.

Mis dos lecturas del libro

Es un privilegio que alguien te confíe el manuscrito de su obra para que le des tu opinión, porque es una prueba segura de amistad, que sé que Raimundo comparte con otros lectores del borrador. Pero en mi caso también es un reto y no solo por el procesamiento de los contenidos. Soy incapaz, por deformación profesional desde mi época de redactor de actas literales en la ONU, de dejar pasar las erratas orto-tipográficas o de otro tipo cuando las veo, máxime si creo que esa labor – ingrata, como sabrán quienes la hayan practicado con lupa alguna vez – le puede resultar útil a un amigo.

Esa tarea, que consiste – por parafrasear la referencia de Cervantes a la traducción en el Quijote – en mirar el envés del manuscrito, me llevó horas y días tratando de recortar hilos y de arreglar puntadas con el ánimo de mejorar el producto en su aspecto y, muy poco, en su fondo. Esa primera lectura fue en la pantalla de mi ordenador. Gran paradoja la de utilizar una forma de leer somera (como sostiene Nicholas Carr cuando reflexiona sobre lo que provoca Internet en nuestros hábitos lectores) para abordar un texto de una gran profundidad de pensamiento, que merece una lectura sosegada y, desde luego, en papel.

He podido comprobar en la segunda lectura que, pese a la minuciosidad microscópica de la primera, hubo erratas que se me pasaron por alto. La perfección no es virtud de los humanos, por más que nos arroguemos el dominio de una era, el Antropoceno, que, con echar una mirada a nuestro alrededor cercano y lejano, merece más bien el apelativo de Antropocenutrio. He observado también que, como corresponde a la aserción inquebrantable de su autoría, Raimundo ha hecho caso omiso de algunas modificaciones que le sugerí.

La segunda leída, menos onerosa y más grata que la primera, cuando el libro estaba aún en germen, ha sido en papel, pero no en el formato de libro, sino de un volumen de 557 páginas en A-4 que el autor me proporcionó encuadernado en canutillo y, consciente de nuestra presbicia, con tipo de letra grande. En esta segunda etapa he podido apreciar de forma cabal su ingente capacidad de depurar mediante un análisis profundo y crítico miles de páginas escritas por las tres luciérnagas y por otros muchos que han opinado sobre ellas. Este es uno de los grandes valores del libro, el favor que nos hace transmitiéndonos destilada esa enorme masa de información, que tiene poco que ver con la manera en que nos llegan los datos brutos, en más de un sentido, a través del llamado ciberespacio, no del todo imposible de identificar cuando lo miramos a través de la lente, nunca mejor dicho, de las GAFA (Google, Apple, Facebook y Amazon), a las que quién sabe si no acabaremos equiparando a los cuatro jinetes del Apocalipsis.

Según decía Azaña, “si los españoles habláramos sólo y exclusivamente de lo que sabemos, se produciría un gran silencio que nos permitiría pensar”, de modo que quizá sería prudente detenerme aquí, pero voy a aventurarme a hacer algunos comentarios más.

La obra narra un período de la historia de España a través de las tres vidas y escritos de sus protagonistas. Raimundo lo hace interpretando las posiciones de los actores desde su perspectiva y por tanto desmarcándose con firmeza de las versiones revisionistas de ciertos opinadores que se apropian de su historia. Los tres “protagonistas prototípicos” (como llama el autor a sus luciérnagas) son hijos de su tiempo. Sus vidas se solaparon en un período clave de la historia contemporánea española – y también mundial, aunque esta se conjugara con características particulares en España. Acontecimientos como el 98, la guerra colonial, el despertar del movimiento obrero o de los nacionalismos periféricos se interponen en la fase de modernización de la que ya empezaba a ser sociedad de masas, a causa de lo cual se debate sobre qué sea la modernidad, se ponen en solfa las estructuras políticas de la Restauración y se mantienen muy frágiles las libertades. Es el período en el que se va consolidando en España, como en otros países, la función del intelectual como cincelador de una incipiente opinión pública orientada a la concienciación política. Cada uno lo hace a su manera. Ortega llega a crear un partido político de intelectuales, una aristocracia del saber, que, por organizado, causaba sarpullido en el individualismo de Unamuno, cuya Arcadia se reducía a su yo de aristas agudas, a imagen de las que genera la papiroflexia, que tan asiduamente practicó. Los tres protagonistas navegaron por las aguas turbulentas de la historia de España entre los cataclismos del 98 y de la Guerra Civil. Esta significó para Azaña, “sacrosanto icono político de la República y del Frente Popular” “la muerte a fuego lento”, que se consumaría poco después en el exilio francés, y para Unamuno la muerte física el último día del año 36. Solo a Ortega le tocaría lidiar con el franquismo, de cuya faena no sale en el libro por la puerta grande.

El libro se encuadra en el género del ensayo biográfico, sobre el que Raimundo reflexiona en varios lugares de la obra. “Ciencia sin prueba explícita” definía Ortega al ensayo, como medio de divulgación, que, junto con la prensa escrita y con las reuniones ateneístas, entornos que los tres frecuentaron, permiten tal vez perfilar el daguerrotipo de la intelectualidad de la época.

Las tres biografías son contextualizadas, es decir, que entremezclan, como corresponde, la vida privada con la pública, porque son indisociables, máxime en los casos que analiza y, muy en particular, en el de Unamuno, que se ocupó más que nadie de estudiar y describir su propia vida. Precursor de la literatura del yo, se busca a sí mismo, como su personaje Augusto busca a su autor todopoderoso, y con él dialoga en Niebla, una obra que estrenamos a comienzos de los 70 los componentes del grupo de teatro universitario Penélope, donde Emilio de Miguel mostraba desde entonces su inclinación por la escena y su enorme valía teatral, ganando el Premio Nacional al mejor actor, y de paso al mejor grupo escénico en una actuación, memorable para nosotros, en el teatro Campoamor de Oviedo.

En el apéndice reflexivo que introduce al final del capítulo sobre Azaña señala Raimundo que la biografía de alguien no consiste en la descripción de un todo unitario ya dado, sino en el relato de sus cambiantes y dinámicas actuaciones. Así lo pone en práctica no solo en la descripción de cada personaje suelto, sino entreverando a menudo las tres biografías y pasando, con una soltura a la que se acostumbra el lector casi desde el principio, de la retrospectiva a los saltos hacia delante en su narración. Una conclusión a la que llega Raimundo respecto a su análisis y que da idea de la complejidad de tejer el relato es que en los tres casos encuentra muchos planos diferentes: “son muchos los Unamunos susceptibles de ser encontrados dentro del bastidor del personaje modelado por él, por la percepción de sus coetáneos y por la nuestra”; “son muchos los Azañas discernibles”. Y, refiriéndose a Ortega, agrega otro pensamiento sobre el género biográfico, “desafío biográfico” lo llama, “siempre envuelto en una imposibilidad, pues allí concurre un cruce inextricable de acciones y omisiones que flotan al albur de un itinerario vital sin dirección fija ni destino preconcebido”, para concluir que “en esa captación del inasible dinamismo del yo reside el arte de la biografía”.

Esta obra es también un testimonio de cómo fue posible – y lo sigue siendo – pensar en español, que es precisamente el título de un libro de Reyes Mate publicado en 2021 por Catarata, donde sostiene el valor del español como Weltsprache, es decir, idioma mundial o, en adjetivación más modesta para no ofender al inglés, cosmopolita. Que las voces de los tres tenores del libro tengan eco desde el ruedo ibérico en el extranjero es una muestra del alcance de su pensamiento en el plano internacional. Y que los tres tengan algo que ver con la traducción es indicativo también de la importancia de las lenguas y de su geopolítica. Unamuno y Azaña tradujeron en distintos momentos de sus trayectorias como modo de obtener ingresos, quizá a veces con menos oficio del necesario. Azaña tradujo quince libros, once del francés, con cuya cultura sintió intensa afinidad, y cuatro del inglés. Casi todas estas traducciones fueron publicadas en dos bloques cronológicos (de 1918 a 1921 y luego el año 1930). Unamuno tradujo 13 volúmenes del inglés y al menos 4 del alemán (de 300 a 350 páginas de promedio y algunos de más de 500 páginas), pero tradujo también del italiano, portugués, catalán y hasta del danés. Fue sobre todo antes de 1900, en una etapa temprana de su vida, y apenas se refiere después a sus traducciones. Julio César Santoyo atribuye los errores que encuentra en ellas, a la prisa – traducir diez páginas diarias es una temeridad – y también, en ocasiones, a la incomprensión del sentido original. Por otro lado, Ortega es el intelectual español más leído, publicado y traducido del siglo XX. Él no se dedicó a la traducción (su mujer Rosa Spottorno sí tradujo algo), pero escribió en 1937 una conocida serie de artículos, Miseria y esplendor de la traducción, que recoge en buena medida la corriente traductológica hermenéutica alemana de Schleiermacher. Esas páginas, muy citadas, contienen un conjunto de ideas sueltas y de opiniones en buena medida contradictorias sobre el oficio de traducir. Aunque en el libro no trata de esas cuestiones traductológicas, Raimundo sí recoge que Ortega intervino en la interpretación de la disertación de Einstein en su visita a la Residencia de Estudiantes en 1923. En aquel ejercicio demostró de forma palpable aquello que para él significaba la traducción (oral en este caso), según lo veo yo: una manera de poder retorcer el discurso del orador para acercarlo a su propia forma de pensar, de modo que la teoría de la relatividad de Einstein devino más bien “la relatividad de su teoría”. Einstein no entendía español, así que no pudo juzgar, pero es una forma de proceder que consideraría heterodoxa cualquiera que conociera entonces o que conozca ahora las claves del oficio de interpretar. Raimundo describe cómo Ortega se alineó con distintos enfoques de la filosofía alemana y cómo incluso, traducido a esa lengua, llega a competir en su terreno, reconociendo siempre, al decir de Heidegger que pensar en alemán (o en griego) es lo que más aproxima a una filosofía de verdad. Pero Ortega no escribió en alemán, sino en español.

Conclusión

“Toda lectura es un acto de selección”, dice Raimundo en la introducción. También toda escritura lo es y, en ese sentido, creo que la longitud del libro supera las expectativas. Definitio est negatio,como tuve ocasión de decirle en mis comentarios finales tras la lectura decorticada del borrador. Pero también es cierto que el libro admite una lectura por partes, es decir, por personajes, lo que equivale a leerse tres libros en vez de uno. Por eso, como lector medio, sigo pensando que la obra habría ganado con algunas propuestas que le hice: desde la reducción de su dimensión, por ejemplo, suprimiendo reiteraciones, hasta modificando el formato de determinadas citas, que habría desahogado el tamaño de algunos párrafos. También le sugerí que algunas fotografías, a las que hace referencia a veces, habrían servido para ilustrar momentos distintos de las vidas de sus personajes.

Una prima añadida a la lectura del libro es que los lectores aprenderán expresiones y vocabulario que no se utilizan todos los días. Les revelo un par de detalles anotados en mi primera lectura. La frase “si uno se pone a excogitar el subitáneo ataque orteguiano de extremismo un tanto estentóreo” provocó mi siguiente comentario al margen: ¡coñes! Y cuando, en el entorno de la discusión en las Cortes del Estatuto catalán Raimundo introduce la cita de Ortega con el siguiente mandoble: “Aquí estalla el olímpico y racional Ortega que vibra colérico ante la inverecundia y avilantez de sus adversarios”, solo se me ocurrió una tímida llamada a la moderación.

Termino diciendo que, si tuviera que proponer uno de esos eslóganes comprimidos que piden las editoriales para la promoción de un libro, diría algo así: “Con una estructura orgánica, que proporciona armonía a unos personajes por definición polifónicos, plurales y a menudo divergentes, el libro de Raimundo Cuesta posee una indudable utilidad para estudiosos de la historia cultural en un período clave de la historia de España”. ¡Disfrútenlo!


Nota

Este texto de Jesús Baigorri Jalón, miembro del Grupo Alfaqueque de la Universidad de Salamanca, es una versión ligeramente modificada de la intervención del autor de la reseña en la presentación del libro en el Centro Documental de la Memoria Histórica, en Salamanca el 28 de junio de 2022.

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Conjeturas sobre el narrar Chéjov, en voz baja

02/07/2023 by Vitalio Deja un comentario

Por: Guillermo Saccomanno

 

Cuando un escritor biografía a otro suele notarse una identificación previsible. A veces, el interés por el otro puede pasar por un reflejo del estilo, borramiento de la propia personalidad, mimetización con el otro: la forma de contar deviene travestismo, ser el otro. No tanto en la data minuciosa de anécdotas y acontecimientos como en la asunción de la escritura del otro como programa. Y este, sin duda, es el caso de la biografía de Chéjov de Natalia Ginzburg (1916-1991). Es interesante, para quien ha leído entre tantas biografías la debida a Henri Troyat, investigador minucioso, comparar su trabajo de investigación con la operación narrativa de Raymond Carver en “Tres rosas amarillas”, abominable traducción de su relato “Errant”. El relato de Carver parte de la biografía de Troyat, pero se circunscribe a un recorte de los últimos momentos de Chéjov en 1904 en el hotel Sommer, en Badenweiller, en las aguas termales en la Selva Negra donde el escritor ruso procuraba un reposo de su tisis. Aunque Carver supo escribir un guión para “Dostoievski”, film no realizado por Michael Cimino, no es un profesional de la biografía, ni lo pretende. Le apasiona otra cosa: ser su discípulo. Y se centra en la figura del mandadero del hotel que asiste a la inminente viuda, su “gaviota”, la actriz Olga Knipper. Prodigio de economía retórica y sutileza, lo interesante del relato no es un aporte con nueva información sobre la agonía y muerte de Chéjov sino la puesta ficcional del estilo chejoviano, su capacidad de captar los detalles esenciales de una trama sin necesidad de detalles decorativos. Es decir, un instante de vida a través de mínimos elementos compositivos. Carver pensaba, al modo Chéjov, que si una historia puede contarse en diez palabras, para qué emplear once.

Estas reflexiones vienen oportunas al leer “Antón Chéjov, Vida a través de las letras” de Natalia Ginzburg (1916 / 1991). Su vida es comparable en desgracias a la de su venerado Chéjov. Proveniente de la burguesía acomodada, hija y nieta de militantes socialistas, nacida en Palermo fue criada en Turín. Su apellido natal era Levi y el Ginzburg que habría de adoptar sería el de su marido Leone, ruso, profesor de literatura rusa. El matrimonio se relacionó en Turín con los intelectuales antifascistas. Junto a Leone y el editor Giulio Einaudi, fundaron la editorial que nuclearía a Cesare Pavese, Carlo Levi, Elio Vittorini e Italo Calvino, entre otros. El fascio no tardó en perseguir los judíos y cernirse sobre la pareja. Leone y Natalia, junto con sus tres hijos, fueron confinados en los Abruzzos. Poco después Leone, moriría torturado en la cárcel de Regina Coeli. En los ’50 Natalia conoció a Gabriele Baldini, un profesor de literatura inglesa. De esta unión, nacieron dos hijos. Al igual que Chéjov, si una constante marcó su existencia fue el dolor. Su rostro sufrido puede verse al encarnar a María de Betania en el Evangelio según San Mateo de su amigo Pier Paolo Pasolini. Militante de izquierda, diputada del PCI en los ’80, nunca capituló en su ideario comunista. Publicó una obra reconocida por un realismo sutil, preocupada por reflejar los conflictos de su tiempo y los personales sin ser autocomplaciente. De su narrativa, en nuestro país circularon años atrás Querido Miguel, Todos nuestros ayeres y La Ciudad y la casa.

Su Chéjov está lejos de ser lo que se espera de un relato de género y tampoco se plantea como texto crítico. Va por otro lado. El del sentimiento.

Chéjov había nacido en 1860 en Taganrog, una ciudad chica a orilla del mar de Azov y murió, como se dijo, en Alemania. Su ataúd fue repatriado en un vagón de tren que cargaba ostras. A Ginzburg le bastan poco más de ochenta y tres páginas para describir cuarenta y cuatro años de una vida. Un relato austero, un tono prescindente de cualquier atisbo elegiaco, consigue captar, en tono chejoviano, los capítulos claves de una existencia corta y atormentada. El padre tabernero y borracho que lo azota con el cinto, los cinco hermanos que resultan una carga, la hermana que lo quiere incondicionalmente, el título de médico obtenido con sacrificios, la escritura como actividad secundaria que lentamente se convertirá en su principal ingreso al vender cuentos que evolucionan del aguafuertismo humorístico al dramatismo, y todo mientras atendía gratis a sus pacientes en la miseria, y su suerte incierta como dramaturgo hasta que finalmente roza una cierta fama y luego escala a la consagración mientras sostiene un amor difícil con su mujer. Todas y cada una de estas situaciones se articulan como respondiendo al mandato de un destino amargo que se va precipitando. Cuando el escritor parece a punto de zafar de un apremio económico, ahí está la familia requiriendo su ayuda. Los hermanos aparecen y reaparecen, como el padre, sombras ineluctables. Chéjov vive de los adelantos que arranca a editores que, si bien pueden resultar graciosos, son canallas. Su relación con el director Stanislavski tampoco es fácil. “En los ensayos tenía la costumbre de introducir el tic tac de relojes, el sonido de timbres y sonajeros, incluso el canto de grillos”, consigna Ginsburg. “Quería que se oyeran los ladridos de perros auténticos para dar sensación de realidad y Chéjov encontraba absurdos todos estos ruidos”. Entre sus amistades, además de Iván Bunin y Máximo Gorki, está el admirado León Tolstoi. En 1985 lo visita en su dacha de Yasnaia Poliana. De Tolstoi, Chéjov solía decir que cuando hablaba con él caía totalmente en su poder. Decía que Tolstoi era un ser extraordinario, un ser casi perfecto. De Chéjov, por entonces, Tolstoi opinaba: “Es un hombre de gran talento, de buen corazón, pero hasta ahora no me parece que tenga un punto de vista definido sobre la vida”. A Tolstoi le disgustaba su teatro, lo encontraba aburrido y sin un objetivo. En cambio le encantaban sus cuentos y lo apreciaba como un auténtico representante del alma rusa.

Hay una anécdota de Chéjov que consigna su dogma estético. Un día un amigo lo encontró escribiendo en un banco de plaza. El amigo curioseó el escrito y lo vio invadido por tachaduras. “Se conocieron, se casaron y fueron infelices”, dijo el amigo. Y le preguntó: “¿Eso es todo?”. Con su ironía Chéjov le contestó: “¿Hay algo más?”.

Potenciando el dogma chejoviano, Ginsburg construye el relato de una vida que parece responder al designio de la fatalidad. Ni piedad ni tentación lacrimógena. “No llorar, no maldecir, sino comprender”, pedía Spinoza. Y esta consigna se manifiesta en la concisión aguda de Ginsburg. En esa nouvelle tan breve se tiene la impresión de que Chéjov está a nuestro lado, que narra en voz baja, y al marcharse, callado, lo deja a uno pensando. Tal como se proponía con sus cuentos. No otro es el encantamiento que produce Ginsburg.

Publicado en: Cultural

La Fábrica de Sueños. Searching for Sugar Man (2012). El ilustre desaparecido del único thriller musical

25/06/2023 by Vitalio Deja un comentario

Por: Luis Carlos Munoz Sarmiento

Por último, la tolerancia nunca ha provocado ninguna guerra civil; la intolerancia ha cubierto la tierra de carnicería.

F.-M. Arouet, Voltaire

Esperar que la gente te trate bien porque eres buena persona, es como esperar que un tigre no te ataque porque eres vegetariano.

Bruce Lee

Un amigo de todos es un amigo de nadie.

Aristóteles

El Ciclo El Documental: Padre del Cine, que se emite desde la bóveda interdisciplinaria de La Fábrica deSueños, por vía del Cine-Club Al Filo del Tiempo, continúa con Searching for Sugar Man (2012), del cineasta sueco Malik Bendjelloul. Obra que se ha traducido (mal) con el título de Buscando al señor azúcar cuando en realidad corresponde a la búsqueda del surtidor de perico o de cocaína y cuya estructura fílmica está montada sobre el esquema del thriller, uno atípico, en el que no hay muertos, salvo al que desde el inicio se da por suicidado: Sixto Diaz Rodriguez, tal cual es el nombre completo del protagonista, al que también se conoce a través del documental por Sixto o Rodriguez o Jesus o ‘Sixth’, alias éste del que no se dice nada, pero que además de Sexto hijo es sinónimo de Sixto, nombre de pila. A buscarlo, casi con frenesí, contribuye una muy amplia horda de personajes, entre ellos, preciso, alguien a quien se presenta como musicólogo-detective y se alía con un joyero y vendedor de discos.

Stephen Sugar Segerman (SS) viaja en su carro y canta Sugar Man, como le decían en el ejército; su apodo viene del tema: de ahí pasó a Sugar. Hace 40 años fue lanzado el LP de Sixto Rodriguez, Cold Fact (1970) o Un dato duro. (1) Luego viene Coming From Reality (1973) o Viniendo de la realidad. (2) El primero, un álbum muy popular en Sudáfrica (S. Á.), uno de los mayores de la época y, no obstante, nadie sabía quién era Rodriguez (sic). De cualquier rockstar había información, pero no de él. Entonces, se enteraron de que se había suicidado: inmolado en escena, pegado un tiro en la sien: no sólo había suicidio, sino que era el más grotesco de la historia del rock. Bajo esa consigna Bendjelloul consigue captar la atención del espectador hasta que tiene que pasar lo inevitable. Dennis Coffey le propone a Mike Theodore conocer a un artista, se llama Rodriguez y vive junto al río Detroit. A un bar del barrio de los muelles fueron a verlo. ‘Era como salir de una novela de Sherlock Holmes’.

Cerveza por doquier, muestras de maní, un caos. De pronto, el ruido de una batería, el sonido de una guitarra y una voz, extraña por demás; al instante, se ve la sombra de un hombre, pero no su rostro. Sólo su espalda, mientras canta en el rincón: una forma alegórica de timidez. El único que escribía letras entonces era Bob Dylan, pero lo que Coffey y Theodore veían ‘era incomparable’; le propusieron grabar un álbum. Crucify Your Mind (1970). ‘¿Fue un cazador o un jugador / el que te hizo pagar el precio? / ¿El que ahora goza de una buena posición / y prostituye tus pérdidas? / Fuiste torturado por tu propia sed / en los placeres que andas buscando / ¿Te convirtió eso en Tom el Curioso o en James el Débil? / y aseguras tener algo entre manos / algo que consideras único / pero te he visto autocompadecerte / mientras las lágrimas rodaban por tus mejillas’. (3) Para Dan DiMaggio era el espíritu vago por la ciudad, Detroit tiene sus zonas desoladas y a veces se lo topaba en una esquina lejos de La Cloaca…

Sixto le llamaba la atención, no sólo a él, era un dato para la mitología: todo el mundo quería saber quién era, a qué se dedicaba. Oyó por ahí, siempre el rumor, que era albañil, construía, hacía techos. Así comienza a armarse un tapiz antropo/sociológico en torno a un hombre que se situaba entre el ser político, el artístico y el científico pues además estudió filosofía en la U., como cuenta una de sus hijas. Con las que, a propósito, pareciera haberse dejado de ver o hablasen muy poco o él ya no existiera, quizás como quien acata el diktat del guion. Sixto era una especie de homeless, tipo sin hogar u hombre a la deriva, que va de refugio en refugio, con ese malestar baudelaireiano llamado la grande maladie de l’horreur du domicile. Detroit en los 70 era un lugar jodido, en decadencia, con casas en ruinas, sitios gays y de putas, como en los que cantaba Sixto, y era su hábitat natural. Para hablar del primer LP, citaba a Coffey y a Theodore en una esquina y al bajar de sus carros surgía él, ‘el poeta interior de la ciudad’.

Coffey y Theodore tenían el estudio Tera-Shirma. Al oírlo se decía que Sixto poseía lo que hace falta: tono, fraseo, tesitura, Drive, Feeling. Grandes nombres, dinero de respaldo, el Olimpo lo favorecía: ¿por qué no resultó? Pregunta sin respuesta, pero Theodore apunta algo preciso: ‘¿Era muy político lo suyo?’ SÍ. Ella es quizás la pregunta clave y el SÍ se seguirá notando hasta que Sixto vuelva tras muchos años a S. Á. El colega J. Ferretti sólo le escuchó una vez Sugar Man. Sixto conoció a ese tipo, era ¡Volkswagen Frank! Allá iban a buscar ‘azúcar’, no sabe si se explica: bueno, perico. Por eso, el título ya es problemático: el del documental, claro, algo así como Buscando al Jíbaro o al del perico, de ahí su connotación política. Sugar Man (1970). ‘Sugar Man, ¿no te das prisa? / Porque estoy cansado de estas escenas / por una moneda azul, / ¿no traerás de vuelta / todos esos colores a mis sueños? / Embarcaciones mágicas de plata que llevas / saltimbanquis, cocaína, dulce Marijuana…’ (4)

[…] ‘Sugar, hombre, eres la respuesta / eso hace que mis preguntas desaparezcan’, dice Sixto en Sugar Man. Palm Springs. Steve Rowland, productor 2° álbum citado, Coming. Muestra fotos con Rodriguez en UK, entre ellas una de él junto a James Dean. Luego las de Sixto: ‘Es mi artista más memorable’ y al decirlo exuda saudade. Produjo a Jerry Lee Lewis, The Cure, Peter Frampton, etc. No era sólo su talento, más que un simple músico, sabio/profeta. De seguir le hubiera ido… Cold Fact es para él ‘en absoluto brillante’. Steve tenía unos demos de Coming y no puede creer que no fuera un hit. Había un tema muy triste, ‘que te mata, si lo oyes’. Cause. Porque… ‘Porque me quedé sin empleo dos semanas antes de Navidad / y hablé con Jesús en La Cloaca [The Sewer, en Detroit, donde tocaba] / pero el Papa dijo que ese no era su maldito problema / Mientras la lluvia bebía champaña / mi arcángel estonio vino y me halló destrozado / porque el beso más dulce que recibí es el que nunca probé’. (5)

Lo de veras triste es que fue la última canción que grabaron Steve y Sixto. Más triste aún fue que el álbum se editó en nov.71 y esperaban grandes cosas de él, pero no pasó nada. Lo peor vino luego: 15 días antes de Navidad, el sello Sussex, de uno de los pocos negros arrogantes, Clarence Avant, dio de baja a Sixto. Rowland trasluce el dolor que debió sentir, lo sacó de circulación y envió de nuevo a la realidad: de ahí, quizás, Viniendo de la realidad. El primer verso es una premonición, Sixto merece reconocimiento, en EE.UU nadie lo conoce, a nadie le importa escuchar lo que hace, cómo puede ser con un tipo que escribe así. Rowland se lamenta. Y suena: ‘Porque me dijeron que todos tienen que pagar sus deudas / y expliqué que les había pagado de sobra / tan atrasado que fui a la tienda de la compañía / y el empleado ahí dijo que acababan de ser invadidos / así que zarpé en una lágrima y escapé por debajo del umbral / Porque el aroma de su perfume aún retumba en mi cabeza’. Ciudad del Cabo, S. Á.

Grúa sobre Mabu Vinyl, la disquera de SS. I Wonder. ‘Me pregunto cuántas veces te derrotaron / y […] cuántos de tus planes fracasaron / […] cuántas veces tuviste sexo / y […] cuándo lo volverás a tener’. (6) El misterio de cómo llegó la primera copia de Cold Fact a S. Á. es así: una chica gringa fue allí a visitar a su novio y trajo una copia consigo. A todos les gustó, buscaron conseguirla, pero como no se podía, empezó a grabarse y a pasarse copias entre ellos. Prendió, se difundió muy rápido. Willem Möller oyó esa letra en secundaria: ‘Me pregunto cuántas veces tuviste sexo’ y la recuerda para referir el conservadurismo de S. Á. entonces. Era el apogeo del Apartheid, ni TV había, tan conservadora que decían que la TV ‘era comunista’. Restricción, prohibiciones, censura por todas partes y de pronto Sixto canta esta canción. Icono de rebelión: todos compraban sus discos, la gente que Möller conocía los tenía. I Wonder era el gran tema cantado por todos. Foto en tapa: un hippie con gafas oscuras.

‘Estás ahí sentado sintiéndote inseguro / y el bufón de la Corte proclama que no hay cura probada. / Vuelves a tu cuarto / la mirada sobre la pared / pues no hay nadie que te escuche / nadie a quién llamar / dirás que soy curioso’. No, más que curioso, un desoído, marginado, excluido de la sociedad, como S. Crane, por desobedecer el diktat oficial y brindar su verdad. El disco tuvo gran popularidad y para muchos sudafricanos fue la banda sonora de sus vidas. A mediados de los 70, si alguien iba al azar a un hogar blanco, progre, clase media, con tornamesa y una pila de discos pop, en ella estarían Abbey Road, Bridge Over Troubled Water, y Cold Fact, dice SS. Su mensaje: ‘Ve contra el Establishment’. Un tema se titula Establishment Blues, antes del tema de Sixto y ahí supieron que está bien protestar contra la sociedad, sentir furia contra ella, porque vivían en una en la que todo medio era válido para evitar el fin del Apartheid. Las letras de ese álbum liberaron a un pueblo oprimido, dice Craig.

Toda revolución requiere un himno y Cold Fact fue el LP que facilitó liberarse mentalmente y pensar de distinto modo. Cold Fact. ‘El alcalde oculta los crímenes / la concejala vacila / la gente se indigna / pero olvida ir a votar / este sistema caerá / con una melodía de jóvenes airados / he aquí datos fríos y concretos’. Raro que las discográficas de S. Á. no rastrearan a Sixto hasta dar con él, pero en retrospectiva se estaba en el apogeo del Apartheid, al país lo sancionaba todo el mundo, a sus músicos no se les aceptaba afuera y a los foráneos se les impedía entrar: el país estaba aislado del mundo. Establishment Blues. ‘No se recoge la basura, las mujeres no están protegidas / los políticos usan a la gente, han estado abusando / la mafia se hace más grande, como la contaminación en el río / y me dices que esto está donde está. / Me desperté esta mañana con un dolor de cabeza / me puse la ropa y salí de la cama / abrí la ventana para escuchar las noticias / pero sólo escuché el blues del Establishment’. (7)

Se decían cosas terribles, pero nadie lo sabía por el control mediático. A la mayoría, marginada, se le prohibía comerciar. Era una derivación nazi: si algún diario publicaba algo tendría problemas. Con boicots de todo tipo, S. Á. era un paria. Viviendo allí no había mucho que como blanco se pudiera hacer, dice SS. Estado muy estricto, militarizado, si alguien se iba contra el Apartheid, podría recibir tres años de cárcel. En Colombia, si alguien se iba contra Uribe, Santos o Duque, podría sufrir algo mucho peor y no se habla aquí sólo de cárcel. En S. Á. muchos blancos en la lucha, pero no la mayoría. Había vigilantes y espías, la gente tenía miedo, el medio más eficaz para adoctrinar, someter, impedir sublevarse, reflexionar y hacer crítica. El miedo es una compuerta al masoquismo y a la indignidad. Por eso hay que resistir al tirano, desafiarlo y enfrentarlo. Ninguna guerra civil proviene de la tolerancia y la carnicería terrenal ha sido producto del racismo, de la xenofobia, en fin, de la intolerancia…

De la comunidad afrikáans surgían músicos y cantantes a los que Sixto indicó una salida. Saben hacer música, crear imágenes, cantar, actuar: de ahí la primera oposición al Apartheid. En dicha revolución musical todo empezó con Sixto. W. Möller, del Mov. Voelvry de artistas contra el Apartheid, dice que todos lo oían en algún punto, los impactó y llevó a otro modo de actuar; no todo era como decía el Establishment. ‘¡Apágala!’ En la era del sátrapa Botha, la TV se apagaba. Cuando aparecía en ella, su dedo índice arriba amenazaba. Un tipo jodido. El éxito mayor fue el tema Set It Off, que se reducía a Desenchúfala, la televicio, claro. M. B. la desenchufa de nuevo y se abre el Archivo de Material Censurado, de Johannesburg, S. Á. Uno igual al que tuvo Brasil en la dictadura de Getúlio Vargas o Colombia durante el tirano Turbay y luego Satanás López, Gaviria, Pastrana, Uribe, Santos y Duque. La funcionaria del archivo dice que todas las líneas son problemáticas: las del tema Sugar Man.

‘Saltimbanquis, cocaína, dulce marihuana’. ‘¿Y eso qué es? ‘Lo dejo a su interpretación’ e Ilse sonríe. ‘Son drogas’. Pepas y perico, excepto, eso sí, la marihuana que es yerba, no droga. Lo mismo que coca no es cocaína: aún no tiene otros elementos que la vuelven eso. La pasta base lleva sulfato de cocaína, como el crack, y se elabora con residuos de cocaína y procesa con ácido sulfúrico y querosene. A veces se extrae usando cloroformo, éter o carbonato de potasio, entre otros. En el Apartheid era imposible pasar Sugar Man porque los acetatos eran rayados de forma severa para evitar que se pusieran en el tocadiscos. En la contratapa de todo vinilo decía AVOID = EVITAR. La mayoría de temas de Sixto estaba en la lista negra de la South African Broadcasting Company (SABC) y ellos tenían control total sobre la industria radiofónica y discográfica. No había estaciones de radio o canales de TV independientes. Pero, claro, cuando trascendía todo hacía al disco aún más deseable: nada como lo prohibido.

Al menos eso se infiere de lo que decía Steve M. Harris, jefe del sello sudafricano formador de Sixto Rodriguez. Cape Town, S. Á. Can’t Get Away (1973). ‘Nacido en la ciudad turbulenta / en R&R, EE.UU / a la sombra del edificio más alto / juré abrirme paso / escuché a los actores dominicales / pero lo único que decían era / que no se puede escapar / que no te puedes escapar’. Cold Fact, por 20 años, no fue más que un LP oído y apreciado; pero, de pronto todo cambió para Segerman. Sólo se conseguía en S. Á., ya en CD. Una amiga con la que fue a la playa le dijo que en EE.UU era imposible. Luego, fue a casa, sacó los discos de Rodriguez y notó que no había ningún dato que dijera quién es ni de dónde viene. En Cold Fact la cubierta sólo dice Rodriguez, pero si se saca el disco y se ve el sello, el nombre completo es Sixto [D.] Rodriguez y seis bandas se atribuyen a Jesus R. y otras cuatro a Sixth Prince. Así, ¿quién fue el que escribió tales canciones? Segerman no advierte el chiste doble.

El doble chiste es jugar con dos alias, dos nombres, que son el mismo Sixto Diaz Rodriguez: uno, Jesus Rodriguez y otro Príncipe Sexto o Sixto, igual da. La única información disponible para saber quién era o eran esas personas provenía de un CD con una foto suya en cubierta, sentado y con gafas de sol. Ya se tenía la pista de NY, por el edificio más alto, Ámsterdam, por un cuarto de hotel, Georgia, por un camino polvoriento, no mucho para empezar, dice SS. Luego, vendrá Dearborn, en Detroit, Mich. También se supo que no se presentaba desde hacía mucho tiempo. En un sitio nada bueno, donde el sonido era pobre, Sixto fue abucheado, hasta que él muy tranquilo, como siempre, canta su último tema: ‘Pero gracias por tu tiempo / y tú dame las gracias por el mío / y dicho esto olvidemos todo’. Entonces, surge el mito: ‘Y ahí extrae una pistola y aprieta el gatillo’, miente Craig B. Strydom, miente el musicólogo-detective. ‘Un final dramático, para lo que era una carrera fallida’, agrega el (maluco) cínico.

En 1996, el sello South African lanza, por primera vez en S. Á., el segundo CD, Coming From Reality, y como creían que SS sabía todo sobre Sixto le pidieron unas líneas para el folleto: ‘No hay datos fríos ni concretos sobre el artista Rodriguez. ¿Algún musicólogo-detective por ahí?’ Línea que produjo el vuelco. Empezó a investigar sobre él cuando estaba en el ejército y alguien preguntó: ¿cómo fue que murió Rodriguez? Craig leyó esa línea y sintió una invitación: elaboró cinco puntos y el cuarto era sobre cómo murió. Lo primero que hizo fue seguir la ruta del dinero, la misma que tanto bochorno le causó a Bendjelloul cuando se la citó al arrogante negro Clarence Avant. Pero, ¿adónde va el dinero de un muerto?, pensó. Al presionar a las disqueras, por fin obtuvo un # de teléfono. Llamó y no recuerda si habló con alguien o dejó un recado, pero al llamar al otro día el # había cambiado. ‘Si lo que buscas aparece fácilmente, ¿qué gracia tiene?’ Craig B. S. empezó a oler una trama de dinero sucio.

Robbie Mann, de RPM Records, primer sello de Sixto en S. Á., lo compara con otros artistas y se pregunta cuán grande era, no se atreve a decir cuántos discos vendió, quizás medio millón de copias: muchas, para un país pequeño. Disco de Oro, unas diez veces. Sixto nunca conoció su importancia como figura allá. Cuando Bendjelloul le cita el pago de derechos, Mann le replica que si fuera él investigaría sobre el dueño de Sussex Records y así sabría qué pasó con el dinero: la sabandija, antes director de Motown, era Clarence Avant. Steve M. Harris, de Teal Trutone, segundo sello de Sixto en S. Á., se pregunta por el nivel de popularidad del álbum y si llegaba al nivel de los Rolling Stones o The Doors y concluye que Sixto, en esa época, era mucho más que los Rolling Stones. Por entonces, la leyenda era que había un artista, como Jimi Hendrix: con sus catálogos, si se le consigue y se tiene licencia para un territorio, no se intenta, obviamente, entrar en contacto con Jimi Hendrix, porque ha muerto.

Como Teal Trutone pagaba los derechos a Sussex Records, de Clarence Avant, Craig elabora un documento. Así, halla tres discográficas en S. Á. que editaron discos de Sixto. Al final, descubrió que la ruta del dinero apuntaba a una compañía gringa: la que lo contrató y produjo su primer álbum, Cold Fact, Sussex Records, fundada en 1975. Eso lo llevó al chupasangre de tanto negro, Clarence Avant, y antiguo presidente de Motown, una de las marcas de mayor prestigio en la industria discográfica. Pero, era imposible acceder a él. Bendjelloul le muestra una foto de Sixto a Avant en su oficina de Hollywood. Avant trabajó con Bill Withers (1938-2020), Miles Davis, Michael Jackson, Stevie Wonder, Quincy Jones, Janet Jackson, Dionne Warwick. Sobre Sixto cree: ‘Nunca se oyó nada semejante’. Bob Dylan era tibio comparado con él. Si nombra diez artistas, Sixto está entre los cinco primeros. ¿Ganó dinero? ¿Entró doceavo en la tabla? En EE.UU juzgan a los cantantes según si están entre los 100 primeros.

Cuando Avant dice que, aunque parecía un blanco y todos sabían que Rodriguez, aún escrito sin tilde, era un apellido hispano y la música latina entonces no existía, fácil se infiere que fue una víctima más de discriminación y racismo: todo ello vinculado a las letras de sus temas, porque para el Imperio es la forma más sutil de perseguir al diferente, al que no come entero, al que ve el mundo desde otro lado. Por ello, Sixto no vendía en EE.UU: la ceguera del statu quo es inversamente proporcional a la lucidez del artista, del músico, del escritor y a todos los que se ‘desvían’ o desobedecen la directriz oficial se les margina, estigmatiza, excluye por igual. En tal sentido, Sixto no era la excepción. Por eso, no extraña que cuando Bendjelloul le habla a Avant de los centenares de miles de discos que vendió en S. Á., éste le riposte que no va a ir a perseguir a alguien por eso: ‘Mierda, no, viejo’; y al insistirle en que era alguien famoso en S. Á., con soberbia diga: ‘En lo que a mí concierne, nunca existió’.

Si vendió medio millón de discos no sabe a quién, ni cuántos distribuidores tuvo; si M. B. habló con los jefes de los tres sellos que editaron sus discos pues que vuelva con ellos y le envíen la cuenta: ‘¿Crees que me voy a calentar por algo así, un contrato de 1970? Si lo crees estás fuera de tus putos cabales. Buddha Records salió del negocio, yo salí del negocio, y ¿crees que me importa una mierda de todo eso?’ Es tan arrogante Clarence Avant que, aunque no sepa quién es ni lo haya visto por Netflix, parece ser en quien se inspiró James Rodríguez para el nombre de su restaurante: a propósito, ¿cuál de los dos es más ‘arrogante’? Mientras, Segerman busca información sobre Sixto, crea una página WEB y en eso está cuando aparece Craig, el musicólogo-detective que había leído sus líneas y que también estaba a la caza del genio de ascendencia mexicana. Tras pensar en tirar la toalla, de ir a Londres y Ámsterdam, un día por casualidad SS escucha Inner City Blues: ‘Conocí a una chica de Dearborn’… (8)

Ahí estaba Dearborn, Wayne, Mich, zona de Detroit. Se abría un mundo. Detroit, el hogar de Motown, Marvin Gaye, Stevie Wonder, y eventualmente Mike Theodore, productor del álbum, y quien en ago.1970 mira al mar, toma un café, suena el teléfono y recibe una llamada de S. Á. Es Craig, quien le cuenta cosas sobre Sixto y al final: ¿cómo murió Rodriguez? ¿Se voló los sesos en escena o se inmoló, ¿cómo fue el drama? Y Theodore le aclara que Sixto no está muerto, sino que vive, está vivo y coleando. En Detroit, la capital automotriz. Con teléfono en mano, Segerman bailaba y bromeaba con Craig: ‘¡Lo hallamos!’ ‘Sólo una canción compartida aquí / de tu sonrisa, de la chispa de tu risa / de tus besos, después de esos momentos / pienso en ti’. Así que fin de la…: buscaban a un muerto y se toparon con un vivo. Craig escribió el artículo y lo tituló En busca de Jesus, no Jesús, y se lo envió por fax a mucha gente, hasta que llegó a EE.UU: así, lo que creyó fin de la historia era inicio de otra.

La hija de Sixto, Eva Rodriguez, ignora dónde está su padre, puede tardar un rato. Tienen fechas, periódicos, tres años en busca de un cantante muerto. Ago.1997. Eva en Kansas, consigue una copia en el trabajo, tiene turno de 24 horas. Entra a Internet y ve el anuncio de Segerman: ‘¿Conoce a este hombre? Ríe y contesta: ‘¿De veras quiere saber sobre mi padre?’ ‘Hablar con Sixto por teléfono fue uno de los grandes momentos de mi vida’, dice el joyero ahora con tienda de discos. Sandrevan Lullaby (1971) (9) Vista de la casa de Sixto en Detroit. Asoma a la ventana, esconde su timidez detrás de las gafas negras, un contraluz protege su austera intimidad, la humildad de su hogar, de su caverna sin imágenes, si se prefiere. ‘Cuando quieran’, dice como quien ordena sin dar órdenes. ‘¿Tomo un vaso de agua o algo?’, pregunta, como quien no sabe qué hacer ante el asalto a su privacidad: especie de violación voluntaria. Ahora, frente a la cámara, mira como quien no finge la seguridad que muestra…

Si finge no es por hipócrita, sino por solitario. ‘Se supone que tenemos que estar cómodos’, dice en medio de la incomodidad y toma agua para pasar el mal rato. Sixto no sabe responder a eso de ‘ser una estrella’ o no. Tras Coming From Reality, le hubiera gustado seguir haciendo discos, ‘pero no se puede luchar contra la realidad’, expresa ahora con acento taoísta: lo que no fluye, no hay que forzarlo, no puede forzarse. Así que volvió a trabajar: jornalero, demoliciones, refacciones de casas. Albañilería. Un hombre, en síntesis, con conciencia de clase. Le gusta lo que hace porque circula la sangre, lo mantiene en forma. Aunque lo ha alejado de la música; sin embargo, le encanta tocar guitarra y, más, escuchar, va a eventos, sigue dando vueltas. Como ahora me da vueltas en la cabeza Always on My Mind, de Willie Nelson, mientras escucho a Marthica, mi esposa, tocarla en el piano. Es inevitable, como lo es intentar pasar por alto la historia de Street Boy (1971) o el chico de la calle que es Sixto…

El protagonista sufre lo que, ya se dijo, Baudelaire llamaba la grande maladie de l’horreur… o ese algo que empuja a una persona a no sentirse tranquila si permanece en casa. ‘Holas presurosos y rápidos adioses’: la canción habla del vértigo de la vida moderna. El chico de la calle es un alter ego del propio Sixto, como lo deja ver una línea: ‘Sólo un chico de la calle / con luces nocturnas en los ojos’. Eva dice que su padre jamás ha citado la palabra decepción. Apenas pasó a otra cosa, siguió sobreviviendo, lo cual ya es un éxito (L. Cohen), pues ¡no se puede bajar los brazos! En efecto, Sixto es un luchador, un guerrero, un trabajador y al mismo tiempo un hombre de paz. Su otra hija, Regan, dice que ‘leía mucho’, participaba en política, en causas comunitarias. Iba a manifestaciones y protestas si acaso creía en esas causas: curioso, habla de él en pasado, como si no estuviera ahí. Siempre del lado de los obreros, que casi nunca tienen una voz o la opción de hablar por sí mismos, los empobrecidos que trabajan.

Aquí entra en escena un albañil que antes es un poeta, como Eva y Regan lo son, sin ser ellas albañiles, lo que a su vez no desdice de nadie: ese albañil/poeta es Rick Emmerson, colega de Sixto en el arte físico de construir, y para quien Sixto encaraba su trabajo desde una visión distinta a la de la mayoría, lo tomaba muy en serio, como un sacramento profano. Iba a hacer ese trabajo sucio durante diez horas, con smoking pues ‘tenía esa habilidad mágica, tan común en poetas y artistas, de elevar las cosas’, por sobre lo mundano, lo prosaico, lo ruin. ‘De toda la mierda… y de la mediocridad vigente. El artista es un pionero. Los sueños musicales podrían haber muerto, pero el espíritu seguía vivo; él sólo tenía que buscar un sitio, y refinar el proceso de dedicación a ello. Sabía que había algo más. Quería hacer algo recto, que algo cambiara. Me soltó que quería postularse para intendente y me dije: ¡Que Dios te bendiga, Rodriguez! Si llegas a ser intendente de Detroit, quiere decir que todo es posible…’

Regan muestra la calcomanía de la primera vez que se postuló para el Concejo Municipal: escribieron ‘Sixto Rodriquez’. Nunca ganó una elección: se señala en su favor que muy pocos políticos honrados ganan una elección. Y no se dice tanto por los que son honrados, sino porque casi todas las elecciones son robables. Eva recuerda que los parientes maternos son europeos y nativos gringos, la familia de Sixto es mexicana, su abuelo vino de allá: y es que los mexicanos iban a Detroit a trabajar en la industria automotriz; así que eran de clase obrera, overol, trabajo duro. Vivieron en 26 casas que no lo eran pues unas no tenían cuartos y otras no tenían baños, sólo lugares para dormir. Aquí exhala dignidad una mujer pequeña, aunque ‘mahatma’, alma grande: ‘Pero la pobreza o escasez de medios no quieren decir que uno no tenga grandes sueños o que no tenga riqueza de alma. Las clases sociales y los prejuicios vienen todos de ahí: hay una diferencia entre tú y yo’, la misma que hay entre Sixto y el resto.

A Most Disgusting Song (1971). ‘Ya di todos los conciertos que se pueden dar / toqué en bares gay, bares de putas, funerales de motoristas / en teatros de ópera, salas de concierto, centros de rehabilitación / y en todos esos lugares me di cuenta de que la gente / para la que tocaba, era la misma gente / escuchen y verán que hay algo conocido en esta canción / ¡una canción súper asquerosa!’ Viene la denuncia de Sandra envuelta en papel nobleza: Sixto no hacía la carpintería habitual, limpiaba la casa, aceptaba trabajos que nadie más quería hacer. Volvía a casa lleno de polvo, con restos de pintura. Bajaba neveras a pulso por la escalera. Era más trabajador que otros padres que veía. ‘Detroit te enseña a no pensar en grande, a no esperar gran cosa’. Eva cuenta que Sixto estudió filosofía en la U., las llevaba a bibliotecas, museos, exposiciones científicas y visitaron las salas con obras de San Diego Rivera, Picasso y Delacroix, conocieron la vida externa de la ciudad y eso fue en libros, cuadros y música…

Sandrevan Lullaby (1971). ‘Los generales odian las vacaciones / otros disparan al cielo para mantener al blues lejos del sol. / La Iglesia abre otro escaparate. / Mar de luces de neón, un boxeador combate su sombra. / Un soldado cansado, un marinero roto, / el invierno duerme en mi ventana / el viento helado espera en mi puerta. / Ella me invita a subir por su callejón / pero no quiero caer nunca más. / Jueces con corazón de policía. / Empieza la justicia de supermercado. / Niños helados / meretrices del centro de la ciudad. / Bajo la lluvia de noticias / esperando adalides que nunca llegan / secuestradas esforzándose por parecer hermosas / La lluvia nocturna golpea en mi ventana / las brisas de mi pensamiento andan con ella. / Ella se rio cuando intenté decirle, que todo hola acaba en un adiós’. ‘Empecé a tocar a los 16. La familia tenía una guitarra y arranqué a tocar en bares de la ciudad, clubes, salas pequeñas. Conocí a Mike y a Dennis, quienes fueron a verme tocar en The Sewer y me contrató Avant’.

‘Ahí empezó todo’. No obstante, Sixto siempre supo que nadie lo trataría bien sólo por ser buena persona: equivaldría a esperar que la hiena Clarence Avant no lo atacara por ser vegano. 2.mar.98: los Rodriguez llegan a S. Á. 6.mar: concierto de Sixto en Ciudad del Cabo. Luego de tocar/cantar I Wonder, Regan cree que Sixto pasó de ser un paria a lo que en verdad era, volvía a ser él, lo que siempre fue: un músico en escena, tocando para sus fans. Möller: ‘Pensé que se iba a sentir apabullado con toda esa gente mirándolo, pero fue al contrario de una absoluta tranquilidad. Serenidad total en el rostro. Era como haber llegado al lugar que había tratado de alcanzar toda su vida. El hogar es aceptación. He aquí a un tipo de otro extremo de la Tierra, y era como si hubiera llegado a su hogar. Miré a toda esa gente alrededor y me dije: es una experiencia que se da una vez en la vida. Es algo que nunca volverá a pasar’. Entonces, Sixto había llegado al lugar donde siempre lo quisieron, donde siempre debió estar.

Donde ahora estaba gracias a la justicia poética, que no discrimina, y daría otros 29 veces conciertos. Brian Malan: ‘Bueno, ¿no es ese nuestro gran destino? Tus sueños de ti mismo, tu forma propia más alta, es que un día serás reconocido y tus talentos y todo lo otro, de pronto, se hacen visibles al mundo. En realidad, la mayoría de nosotros muere sin alcanzar esa especie de magia’. Al entrevistarlo, intentó que le hablara sobre lo extraño que es eso, pero no consiguió nada en absoluto. Nunca supo si lo suyo era timidez invencible o preguntas fuera de lugar o el idioma una barrera, no supo. Él, tal vez, sólo quería preservar ese misterio. Salió de la entrevista diciéndose todo esto es demasiado raro para ser verdad: ‘Y sigue siéndolo, estos son días de milagros asombrosos’, concluye Malan; luego, Sixto: ‘Sudáfrica me hizo sentir como una especie de príncipe’. Para Regan, Sixto lleva una vida muy modesta, sin excesos y trabaja como antes o más para poder vivir, así su vida no tiene el encanto vulgar.

Bendjelloul pregunta a Regan si su padre es rico hoy. ‘No’, enfatiza, como quien da un beso: ‘Rico en muchas cosas, pero tal vez no materiales. Nunca le importó eso’. Quizás porque: ‘Soy avaro de esa libertad que desaparece cuando comienza el exceso de bienes’ (Camus). ‘Pero, vendió centenares de miles de discos en S. Á.’. ‘Bueno, sí’, e imagina mucha piratería. ‘A lo mejor otros sí se hicieron ricos’, remata sobre ese paradigma de austeridad que es Sixto, quien sabía que todos eran sus amigos, pero él no podía serlo de todos. Idea que refuerza J. Ferretti: ‘En verdad era famoso. Demolía su casucha o barría la mugre y un día empezó a mostrar todo y yo no le creía. […] Se volvió tan popular que los chicos lo recitan y cantan palabra por palabra, todos los temas. No había escuchado el CD y le pregunté si podía traerme uno. Justo él no podía conseguir ni uno. Tenía esas fotos y cosas, con multitudes de 20.000 personas, como Woodstock o algo así. ‘¿Me jodes? ¿Éste eres tú? Sospechaba Photoshop’…

Bendjelloul inició su filme con película Super 8, pero se quedó sin dinero para comprar más para las tomas finales. Tras tres años en la sala de montaje, los patrocinadores del filme amenazaron retirar sus fondos para acabarlo. Filmó las tomas estilizadas restantes con su celular usando la aplicación para iPhone 8mm Vintage Camera. (10) Aun con la precariedad de sus imágenes, de VHS, con el descuido en la sincronización de los diálogos, con la escasa música de concierto, nadie podría ocultar la emoción que produce su obra. Por contraste, tampoco podría ocultarse la tristeza al saber que el artífice de tal audiovisual se suicidó dos años después, en un raro fatalismo. El que quizás radique en haber desaparecido a Rodriguez, estando vivo, a fin de capturar sin remordimiento alguno la atención del espectador. El culo a veces se rebela contra los azotes de la lengua. En todo caso la depresión lo acorraló y el 13.may.2014 se arrojó al tren que llegaba a la estación de Solna Centrum, Estocolmo. E.P.D.

I’ll Slip Away (1973). ‘Le diré a quien yo quiera adónde ir / olvidaré tus mentiras y engaños / y tu afán de discreción [Sixto cruza igual que The Beatles Abbey Road] /quizás hoy sí me escabulla. / Puedes guardarte tus símbolos triunfales / que perseguiré mi propia dicha / puedes quedarte con tus relojes y rutinas’. SS piensa en la noche que habló con Sixto: no imaginó el cambio en sus vidas. Eva fue de gira con Sixto y le asignaron un guía muy amoroso, W. Möller, y hoy tienen un hijo. SS, joyero, vende ahora discos. A todos les cambió la vida, menos a Sixto. Emmerson: ‘Lo que demostró que siempre se puede elegir. Asumió todo ese tormento, agonía, confusión y dolor y lo transformó en algo bello, como el gusano de seda toma una materia prima, la transforma y aparece algo que antes no existía. Algo bello, quizás trascendente, eterno. En tanto hace eso encarna el espíritu humano de lo posible. Siempre es posible elegir. He ahí mi elección: entregarles a Sugar Man. ¿Has hecho eso? Pregúntatelo’.

En conclusión, un amigo de todos es alguien sin amigos, valga el oxímoron. Crane tal vez lo pensó, al ser acosado por las tres bestias del periodismo amarillo, McClure, Pulitzer, Hearst; y ahora el príncipe Sixto, quien nunca fue mendigo de nadie y por eso vive en la misma casa donde está hace 50 años, después de pasar por 26 espacios sin cuartos ni baños, sólo para dormir. Una hazaña, no cualquiera, en un mundo de personas asombrosas como Sixto y de cosas deprimentes como la arrogancia de Clarence o de James: si desaparecen los restaurantes como se prevé, ojalá Arrogante no sea el último: los únicos desaparecidos que se agradecen; como si se traicionara a Varito con la verdad: la única traición política digna de celebrar. Seguro Sixto et al, así lo creen. Como ahora se les agradece al difunto M. B. y al ilustre suicidado del único thriller musical, cuya voz no es mezcla alguna de B. Dylan, J. Taylor y/o Nick Drake y cuya actitud política le costó la persecución de los mediocres de su tiempo. (11)

A Valentina, de quien me hubiera gustado mucho observar cómo descubría al señor del perico.

A Santiago, a quien le enseñé a Sixto y ahora él me da clases sobre Rodriguez sin causarme pena.

A Marthica, quien siempre estará en mi mente mientras la oruga siga transformándose en mariposa.

Notas, enlaces y bibliografía:

(1) https://www.youtube.com/watch?v=r_tTacSzZRo

(2) https://www.youtube.com/watch?v=RF4642pdpdU&list=PLX66jEixZe1xiVzKbrzBJIbvrsIR9-KJX

(3) https://www.youtube.com/watch?v=O9doG1cH6Og

(4) https://www.youtube.com/watch?v=eAq8c-q-RjQ

(5) https://www.youtube.com/watch?v=ZnLY2BuyuSA

(6) https://www.youtube.com/watch?v=fdmpdlQ-2N0

(7) https://www.youtube.com/watch?v=eOpJmA9n0wQ

(8) https://www.youtube.com/watch?v=MNg8lZwCZaU

(9) https://www.youtube.com/watch?v=SfqFlWM8I8k

(10) MALIK BENDJELLOUL en Wikipedia.

(11) https://web.archive.org/web/20130205071259/http://movies.nytimes.com/2012/07/27/movies/malik-bendjellouls-searching-for-sugar-man.html

FICHA TÉCNICA: Título original: Searching for Sugar Man. En español: Buscando al Sr. Perico. País: Suecia / Reino Unido (UK). Año: 2012. Gén.: Documental / Musical / Thriller musical. Formato: Super 8mm; 8mm Vintage Camera; color / b/n; 87 min. Dir., Guion y Mon.: Malik Bendjelloul. Mús.: Rodriguez. Fot.: Camilla Skagerström. Int.: Rodriguez. Prod.: Simon Chinn / Nicole Stott / George Chignell. Prod.: Passion Pictures / Sveriges Television / Yleisradio. Dist.: Sonny Pictures Classics / Netflix. Premios: Oscar al Mejor Documental Largo, 2013. Bafta a Mejor Documental, 2013. Mejor Guion de Documental, del Gremio de Escritores de América (WGA).

Luis Carlos Muñoz Sarmiento (Bogotá, Colombia, 1957) Padre de Santiago & Valentina. Escritor, periodista, crítico literario, de cine, de jazz, catedrático, conferencista, corrector de estilo, traductor y, por encima de todo, lector. Colaborador de El Magazín Cultural de EE, 5.jun. 2012; columnista, 23.mar.2018. Su libro Ocho minutos y otros cuentos, Colección 50 libros de Cuento Colombiano Contemporáneo, fue lanzado en la XXX FILBO (Pijao, 2017). Mención de Honor por Martin Luther King: Todo cambio personal/interior hace progresar al mundo, en el XV Premio Int. de Ensayo Pensar a Contracorriente, La Habana, Cuba (2018). Siete ensayos sobre los imperialismos – Literatura y biopolítica, en coautoría con Luís E. Soares, fue publicado por UFES, Vitória (Edufes, 2020). El libro El estatuto (contra)colonial de la Humanidad, producto del III Congreso Int. Literatura y Revolución, con su ensayo sobre Manuel Zapata Olivella y su novela Changó, el gran putas, fue lanzado por UFES, el 20/feb/2021. Autor, traductor y coautor, con Luis E. Soares, en el portal Rebelión, Magazín EE y Las2Orillas.

Publicado en: Cultural

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