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Ucrania y el neofascismo comunicacional

17/04/2022 by Vitalio Deja un comentario

Por: Ángel Guerra Cabrera 

El sangriento golpe de Estado de febrero de 2014 en Ucrania, organizado por Estados Unidos (EU)  permitió convertir a ese  país, de facto, en una plaza  de armas de  la OTAN, enfilada a empujar a Rusia a una guerra prolongada y desgastante como lo fue Afganistán para la antigua URSS. No conforme  con las  5 oleadas de expansión de la alianza hacia las fronteras rusas, ni  con el emplazamiento  de dispositivos de cohetes en República Checa y Polonia, Washington entronizó en Kiev una pandilla de ultranacionalistas, rusofóbos y neonazis, el equipo idóneo para cumplir con su plan bélico antirruso a costa de vidas ucranianas. No  es casual que el golpe fuera respondido con grandes protestas en Crimea y las ciudades del este de Ucrania, asiento de gran cantidad de rusos étnicos o ucranianos rusófilos , que desembocaron en referendos en que una mayoría expresó su deseo de unirse a Rusia. Esto llevó a la brutal represión de los rusófilos por parte de los ultranacionalistas y neonazis, al levantamiento armado en las repúblicas populares autoproclamadas de Donetsk y Lugansk y finalmente a una guerra salvaje de ocho años del ejército ucraniano y los batallones neonazis contra esas repúblicas, que ha costado la vida de cerca de 15 mil personas. Prólogo del neofascismo mediático ahora implantado a escala universal, fue casi nada y sesgado lo que informaron los medios occidentales sobre el origen de ese conflicto y los crímenes de las fuerzas ucranianas. Los mismos que, jugando con sus emociones, ahora afligen y manipulan a sus incautas audiencias  contra los supuestos crímenes de guerra rusos en Ucrania.  A la vez, en otra muestra del sesgo neofascista que ha adoptado, “occidente” saca del aire, de Youtube y censura en otras redes a las exitosas RT, Sputnik y otras fuentes de información rusas. Prohibido otro relato que el otaniano.

Sospechosamente, el gobierno de Ucrania tardó cuatro días después de la retirada de las tropas rusas de Bucha, en  dar a conocer la aparición de cadáveres regados por calles principales de esa localidad contigua a Kiev, supuestamente de personas ultimadas por los rusos. Curiosamente, después de la retirada, el acalde de Bucha había expresado su inmensa alegría por la marcha de los rusos sin referirse nunca a los cadáveres ni a crímenes de guerra. A todas luces, se trata  de un montaje.

Los “crímenes de guerra” de Bucha fueron convenientemente utilizados por EU para, en un clima sicológico deliberadamente creado, promover una resolución de la Asamblea General de la ONU que permitiera la  expulsión de  Rusia del Consejo de Derechos Humanos (CDH) del organismo –temporal, dijeron, hasta que se presentara una investigación. Es el “primero disparo y después pregunto”.  Ya para entonces, basándose en informes y videos cuestionados por expertos como el prestigioso ex marine y ex  inspector de armas de  la ONU Scott Ritter, había  millones de incautos, transidos de dolor e indignación por los civiles ucranianos víctimas de la supuesta barbarie rusa. Prueba irrefutable del neofascismo comunicacional que pretende imponer EU en el mundo, basándose en esa misma versión mediática y sin que existiera informe oficial alguno de una instancia de la ONU, la potencia norteña impuso la exclusión de Rusia de la CDH. Una descarada agresión a los principios del derecho internacional por la potencia que, de lejos, más intervenciones militares, genocidios y millones de muertos carga en su haber producto de las innumerables guerras de agresión que ha lanzado desde sus albores. Por ejemplo, procedió al genocidio de la población originaria del actual territorio estadunidense y, poco después, a la anexión de más de la mitad del territorio de México.

Washington esperaba un gran respaldo a su propuesta y aunque obtuvo 93 sufragios a favor, es muy significativo que 24 países hayan votado en contra y 58 se hayan abstenido sobre su casi ininteligible proyecto. Votó, claro, a  favor, la bochornosa comparsa europea, cuyos integrantes compiten en servilismo y un grupo de gobiernos sumisos o muy débiles. Pero tal vez nada evidencie tan claramente el neofascismo mediático de EU y sus socios como el insensato  propósito de aplastar a Rusia y todo lo ruso, comenzando por sus extraordinarias contribuciones y exponentes del arte, la literatura, el pensamiento, la ciencia y  el deporte. Todo esto revela el pánico que produce a Washington y sus compinches la ya indetenible transición hacia un mundo multipolar, multicéntrico y mucho más democrático en el que Rusia y China ocuparán un papel muy relevante. A Putin se le culpa de todo lo malo que pasa en el mundo. Así, la  inefable vocera de la Casa Blanca Jane Saki, lo hizo responsable de la desbocada inflación que el imperio arrastra desde meses antes de la guerra en Ucrania y que  sus insensatas e ilegales “sanciones” a Rusia dispararán más, imponiendo graves penurias y hambre a todos los pueblos.

Publicado en: Global, titular2

¿Hay alternativa al capitalismo?

10/04/2022 by Vitalio Deja un comentario

Por: Martín Mosquera

 

Si la izquierda quiere el futuro tiene que volver a asociarse con la proyección estimulante de las fuerzas sociales hacia una vida más rica, multifacética e interesante

A partir del siglo XVIII, con la Revolución Francesa y el ascenso de la burguesía, se produjo un cambio brusco en la forma en que se experimentaba el presente y, sobre todo, el futuro. Hasta entonces, las sociedades proyectaban su vida social en una continuación perpetua o según un patrón de cambio estacional o cíclico, y solo las imágenes religiosas ofrecían un relajamiento de los pesares del mundo y una promesa de bienestar y felicidad. En unas líneas célebres, Marx describió la ruptura inédita que introdujo la burguesía en la historia:

“La burguesía no puede existir sin revolucionar permanen­temente los instrumentos de producción; es decir, las relacio­nes de producción; es decir, todas las relaciones sociales. […] Todo lo establecido y estable se evapora, todo lo santo es profanado, y los hombres se ven, por fin, obli­gados a contemplar con una mirada sobria su posición en la vi­da, sus relaciones recíprocas”.

En la misma dirección, 1789 introdujo el concepto de revolución como una ruptura radical que inauguraba un tiempo nuevo. El futuro se tornó abierto e incierto. La idea positivista de progreso intentaba responder a la nueva situación: la sociedad cambia, pero siempre según una secuencia ordenada y previsible que tiende a lo mejor. Con todo, la incertidumbre social ante lo provisorio nunca encontró consuelo en esas especulaciones, como se puede apreciar en la literatura del siglo XIX (Baudelaire, Tolstoi, Blake) que muestra la resistencia a la industrialización y la angustia ante un presente que se tornó transitorio e incierto.

La tendencia al cambio y a la transformación permanente de las relaciones sociales se extendió rápidamente al cuestionamiento del orden social mismo. Desde mediados del siglo XIX, con las revoluciones de 1848 en Europa y especialmente en Francia, donde destacaron Pierre-Joseph Proudhon y Louis Blanc durante la Segunda República, la idea de una alternativa social al capitalismo llegó a ser una perspectiva real en la cabeza de millones de personas. La revolución industrial y el ascenso de la burguesía arrasaba sin piedad con las formas comunitarias, artesanales y precapitalistas, pero este ascenso era seguido como su sombra por un contramovimiento de resistencia, del que nació el socialismo como el más vasto movimiento político y social de la modernidad.

La tendencia al cambio y a la transformación permanente de las relaciones sociales se extendió rápidamente al cuestionamiento del orden social mismo

A diferencia de las grandes corrientes político-culturales precedentes, como la ilustración o el liberalismo, el socialismo no solo captó la atención de intelectuales, dirigentes de la pequeña burguesía o de las élites estatales: sectores enteros de la clase trabajadora y del “pueblo llano” llegaron a formarse en torno a sus valores y a sus concepciones. Esa imaginación política fue poderosa, atractiva y operativa durante más de un siglo.

En un texto de 1891, analizando las perspectivas del socialismo alemán, Friedrich Engels escribía:

“Hoy podemos contar con un soldado de cada cinco; dentro de algunos años, tendremos uno cada tres, y hacia 1900, el ejército, que es el elemento prusiano por excelencia, será socialista en su mayoría. Este desarrollo se realizará irresistiblemente, como un dictado del destino. El gobierno de Berlín lo ve acercarse tanto como nosotros pero es ‘impotente’”.

El socialismo de la II Internacional y sus figuras más eminentes –Kautsky, Plejánov, Jaurès, Liebknecht, Luxemburg, Bebel– ­compartían una notable confianza en la historia y en el futuro. Mucho se ha escrito sobre la influencia de la noción moderna de progreso en estas concepciones del socialismo clásico. “No hay otra cosa que haya corrompido más a la clase trabajadora alemana –escribió Benjamin– que la idea de que ella nada con la corriente […]. [Su progreso] se consideraba irresistible (recorriendo automáticamente su curso sea recto o en espiral)”. Pannekoek definió como un “radicalismo pasivo” a la estrategia kautskiana, derivada de considerar que el buen término de la historia estaba asegurado. Todo eso es cierto, pero no agota la cuestión.

El optimismo de principios de siglo no era simplemente la degradación popular de la escatología histórica moderna, que había descendido desde la filosofía de Hegel hasta la cabeza del obrero metalúrgico socialdemócrata. Era una experiencia cotidiana y una conquista política. Había confianza en el futuro porque los avances sociales y políticos lo permitían. Los partidos socialdemócratas crecían elección tras elección, los sindicatos aumentaban sus afiliados y se había desarrollado una vigorosa subcultura obrera en el seno de la sociedad burguesa. La creencia en “las fuerzas de la historia” no solamente reproducía inconscientemente una ideología moderna de progreso: también era un juicio práctico, normativo antes que descriptivo, basado en la experiencia de la propia fuerza. Era una fuerza política movilizante.

Sin embargo, las cosas iban a complicarse. A partir de 1914, en un puñado de años se experimentarían de forma acelerada los problemas que luego marcarán repetidamente al siglo XX: capitulación de la socialdemocracia, burocratización del primer Estado obrero, autonomización u oligarquización de las direcciones partidarias, conservadurismo de las estructuras sindicales, resiliencia del Estado burgués y de su aparato represivo, marginación de los pequeños grupos radicales. El socialismo europeo perdió bruscamente su inocencia.

Aun así, el optimismo del siglo XX sigue contrastando notablemente con nuestro presente. Las adversidades y derrotas que enfrentó la izquierda durante aquel periodo perdían gravedad ante una promesa de futuro que se mantenía firme, y ante la cual parecían solamente jalones inevitables. Dice Enzo Traverso en Melancolía de Izquierda: “Las derrotas históricas […] –1848, la Comuna de París, la revolución espartaquista, el levantamiento del gueto de Varsovia y la lucha guerrillera boliviana del Che Guevara– tenían un sabor de grandeza y de gloria”, eran el alimento y la fuerza de las luchas posteriores. “No eran esas derrotas oscuras que, según Charles Péguy y Daniel Bensaïd, generaban ‘decepción y desencanto’, derrotas de las cuales ‘una generación no puede recuperarse’”. En cambio, la caída del “campo socialista” sí implicó una derrota de ese tipo.

Los intelectuales de las clases dominantes detectaron el cambio subjetivo e intentaron cristalizarlo ideológicamente: un “nuevo orden mundial” había emergido en los años noventa, el fin de la historia, la pax perpetua de la democracia liberal. Festejaron, fundamentalmente, el fin del socialismo. Enzo Traverso describe la década de 1990 como una nueva “medianoche en el siglo”, reviviendo la expresión que Victor Serge utilizó para simbolizar los años de ascenso simultáneo del fascismo y el estalinismo durante los años treinta. Para Perry Anderson la singularidad histórica del periodo abierto con la ofensiva del capitalismo neoliberal, que siguió a la caída del socialismo real, es que nunca desde la Reforma una ideología había alcanzado una aceptación tan amplia y se encontraba tan despojada de alternativas que la desafiaran. Y en el mismo sentido se pronunció Fredric Jameson cuando afirmó que en la actualidad es más fácil imaginar el fin del mundo que el fin del capitalismo. Nuestro tiempo, entonces, está marcado por la ruptura con la forma de experimentar el presente y el futuro inaugurada en 1789. En su reemplazo, el pesimismo campea como el horizonte insuperable de nuestra época.

¿Qué nombra el socialismo?

Sin embargo, han pasado treinta años desde la caída del socialismo real. Y las cosas no se mantuvieron quietas. Antes del cambio de siglo ya empezó un lento proceso de recomposición del movimiento social: el levantamiento zapatista, las huelgas del invierno francés de 1995, la movilización de Seattle en 1999, las luchas latinoamericanas contra el neoliberalismo. Años después, y más allá de las limitaciones del caso, el socialismo volvió a estar en boca de algunos gobernantes en América Latina. Más recientemente, entre la juventud nada menos que de EE. UU., socialismo vuelve a ser una palabra popular y atractiva. Grandes revueltas recorrieron el mundo superando cualquier cosa vista desde el 68. Ya no estamos en los años noventa.

Grandes revueltas recorrieron el mundo superando cualquier cosa vista desde el 68. Ya no estamos en los años noventa.
En cualquier caso, las luchas y movilizaciones avanzan más rápido que la construcción de una alternativa. Los estallidos sociales de los últimos años (Chile, Haití, Argelia, “chalecos amarillos”, Black Lives Matter, países árabes, para mencionar algunos) muestran el doble componente de la coyuntura actual: las clases populares son capaces de irrumpir explosivamente en la esfera pública, derrumbar gobiernos o incluso regímenes de largas décadas, como en el caso de la Primavera Árabe, pero rápidamente llegan a un punto muerto: simplemente no saben cómo continuar. Las experiencias de canalización institucional de estas movilizaciones (el ciclo progresista en América Latina, las candidaturas de Bernie Sanders y Jeremy Corbyn, el cambio constitucional en Chile), aun con sus aspectos positivos, están muy lejos del objetivo de implantar una alternativa social y política al capitalismo entre las clases populares.

Pero no se trata solamente de volver a arraigar una idea olvidada, como quien devuelve un objeto a su lugar. Reconstruir un horizonte político alternativo va a requerir un trabajo de reconstrucción y redefinición. No se trata de recrear la revolución bolchevique dejando afuera a Stalin. Como bien señala Catherine Samary, no podemos desentendernos del estalinismo simplemente afirmando: “no fue socialismo, no nos concierne”. Una cierta idea del socialismo ya no es deseable o factible: eliminación rápida del mercado, estatización generalizada de la vida social, supresión de las libertades formales y de las instituciones representativas en nombre de un tipo de democracia superior. La nueva sociedad tampoco puede seguir imaginándose, según la utopía primitiva del socialismo fourierista o saint-simoniano, como una armonía funcional y universal. Esta imagen perdió vigencia. A menudo una expectativa utópica que reúne ambición e ingenuidad, como, por ejemplo, la democracia directa a nivel de masas, puede conducir en términos prácticos a su reverso, es decir, a la estatización burocrática de la sociedad. Lo describió bien Daniel Bensaïd:

“También en este caso, el que quiera hacerse ángel se arriesga siempre a volverse bestia: al querer abolir la representación se tienen fuertes posibilidades de irse hacia una democracia corporativa, pero entonces la consecuencia sería, no la desaparición, sino, en última instancia, el fortalecimiento del Estado burocrático. […] Lenin combatió […] una concepción corporativa de la democracia socialista que yuxtapondría sin síntesis los intereses particulares de la localidad, empresa, trabajo, sin llegar a alcanzar un interés general. Se volvería entonces inevitable que un bonapartismo burocrático fuera confinando a su red los poderes descentralizados y la democracia económica local, incapaces de proponer un proyecto hegemónico para el conjunto de la sociedad”.

Quedan planteadas, entonces, cuestiones programáticas fundamentales para el caso en que se reabran procesos de transición al socialismo en nuestra época. ¿Qué relación entre el plan y el mercado? ¿Cuál nivel de centralización y cuál de autonomía de gestión de los productores en los lugares de trabajo? ¿Qué Estado necesitamos? ¿Qué relación entre las experiencias de “democracia desde abajo” y las formas de centralización representativa?

El socialismo va a volver a ser un proyecto de masas si logramos arraigar en la expectativa popular una imagen simple y poderosa de la sociedad por la que luchamos. En este aspecto, los interminables debates marxistas pueden hacernos perder de vista una cuestión básica. Si, por un lado, el socialismo implica debates técnicos complejos, por otro, no es una idea complicada. Se trata fundamentalmente del control democrático de la producción social para que deje de operar a espaldas de las personas.

El socialismo va a volver a ser un proyecto de masas si logramos arraigar en la expectativa popular una imagen simple y poderosa de la sociedad por la que luchamos

El control social de la vida material implica la combinación de distintos regímenes de propiedad, con eje en la propiedad pública de los recursos económicos fundamentales (“la socialización de los grandes medios de producción” siempre supuso que había otros). El recurso al mercado en los procesos de transición al socialismo es tan inevitable como importante es no asimilarlo acríticamente. No se trata solo de intercalar plan y mercado en ciertas proporciones y de la combinación de regímenes de propiedad diferentes (estatización, municipalización, cooperativas, pequeña propiedad), sino también de modificar el mercado para adaptarlo a una sociedad en la que debe prevalecer el control democrático de la vida productiva. “Socializar el mercado” plantea lúcidamente Diane Elson, y devuelve a la escuela austríaca y a los neoliberales la acusación sobre el déficit crónico de información de una economía planificada, al señalar la persistencia perjudicial de los secretos comerciales e industriales en el capitalismo. Esta autora propone “superar las barreras al intercambio de información que existen cuando los mercados son de carácter privado”, socializando el conocimiento sobre “productividad, costos de producción e innovaciones” entre empresas públicas administradas por los trabajadores o cooperativas. De esta forma, el mercado puede cumplir un papel en una economía democráticamente planificada, en lugar de erosionar su coherencia interna.

Estas cuestiones son importantes por razones económicas, pero también políticas y democráticas. La estatización de la producción económica conduce inevitablemente a un Estado burocrático cuando se desarrolla sin contrapesos en la distribución social del poder, que provienen, o bien del comercio privado, o bien de la democratización de la vida social y política. El devenir Estado, tanto de la actividad económica como de la política, marcó al socialismo del siglo XX que se orientaba por la expectativa temeraria en una enigmática extinción del Estado. Engels había legado el pronóstico de que el Estado comenzaría a desaparecer cuando expropiara a la burguesía. Hoy se debe rechazar sin miramientos esa predicción ingenua. De hecho, una de las tareas fundamentales del socialismo del siglo XXI es determinar las formas institucionales duraderas de un poder político democrático, en lugar de suponer que solo se requiere de un poder de excepción de corto plazo que se irá extinguiendo para dejar su lugar a un autogobierno social sin mediaciones institucionales.

La combinación de plan, mercado y autogestión tiene entonces un complemento irremplazable en la democratización de la vida pública. Pero si queremos evitar que la palabra “democracia” funcione como un comodín que oculta más de lo que aclara, tenemos que definirla de forma precisa. Si la burocracia, como decía Trotski, se consideraba  una “mente universal” capaz de “trazar a priori un plan económico perfecto y exhaustivo, empezando por el número de acres de trigo y terminando con el último botón de los chalecos”, a nosotros nos toca asumir la herida narcisista de que la democracia directa no reemplazará a la burocracia en la tarea de definir “hasta el último botón de los chalecos”. Si queremos preservar la participación directa de las masas para la resolución de los grandes asuntos públicos (prioridades de inversión, duración de la jornada laboral, organización del proceso económico), no puede perder el tiempo resolviendo el color de los botones; a menos que queramos ajustar nuestra imagen utópica al chiste de Oscar Wilde, que decía que el problema del socialismo es que nos va a hacer perder muchas tardes.

No resolveremos lo que Rakovsky tempranamente denominó “los peligros profesionales del poder” (burocracia, privilegios, pasividad de las masas) con la mesiánica entrada en escena de una democracia directa de masas que disolverá todos los problemas de la política y el poder. Es preciso construir una voluntad general democrática, que exceda la mera adición de puntos de vista particulares propia de la pirámide de consejos en la que pensaban los bolcheviques. Para evitar la deriva hacia una dinámica corporativa o burocrática, las instituciones de la democracia representativa cumplen un papel irremplazable: sufragio universal, multipartidismo, Estado de derecho, libertades civiles, que se combinarán con nuevas formas de democracia, sobre todo en el lugar de trabajo y en la producción.

El Estado no debe absorberlo todo, incluso en el caso de un poder público democratizado. Es preciso mantener cierta autonomía de “lo social” frente a él: de esa forma es más factible mantener viva una politización de la vida pública que pueda combatir eventuales riesgos burocráticos. La clase trabajadora debe tener los recursos para defenderse incluso del poder político que ayude a construir y que diga representarla, como bien comprendió Lenin intuitivamente en el debate sobre la autonomía de los sindicatos en 1920-1921. El “Estado obrero” es siempre una amenaza latente contra la propia clase obrera.

El socialismo no es un “más allá absoluto” al que solo podemos acercarnos por medio de un ejercicio de imaginación utópica
Por suerte, el socialismo no es un “más allá absoluto” al que solo podemos acercarnos por medio de un ejercicio de imaginación utópica. Existe embrionariamente en nuestro presente, fundamentalmente como producto de las luchas populares que han conseguido conquistas y reformas. Una idea de futuro no puede ser un ejercicio imaginativo de ciencia ficción, comienza por el intento conservador de preservar lo que merece la pena ser conservado: las libertades democráticas contra la evolución cada vez más autoritaria del capitalismo, los derechos sociales contra la ofensiva empresarial, la planificación por fuera del mercado de sectores de la economía, como la salud pública, contra el afán privatizador. En cada conquista popular respira dificultosamente una sociedad futura posible. Del afán defensivo por preservar conquistas surgirán las luchas ofensivas por una nueva sociedad, donde éstas puedan estabilizarse y profundizarse.

¿Hay futuro?

La subordinación de la producción social a la planificación consciente tiene ahora una razón y una urgencia adicionales: es la única manera de garantizar una transición energética y un cambio productivo que evite o atenúe la catástrofe climática en curso. Cualquier análisis sobre el futuro, el capitalismo o el socialismo debe confrontar la inminencia de una crisis climática que se acelera cada día. Una ambigüedad recorre la toma de conciencia sobre la crisis climática. Por un lado, es un factor de radicalización política: debemos confrontar al capital fósil si queremos algún futuro para la vida en el planeta. Las movilizaciones juveniles por el clima están desarrollándose ante nuestros ojos, y no hay razón para pensar que vayan a detenerse. Nada desprovee más de un futuro al capitalismo que el colapso ambiental al que se dirige. Sin embargo, el pronóstico es tan aterrador que parece conducir a una disonancia cognitiva a nivel de masas: estamos dispuestos a seguir comprando smartphones y confiando en que nada puede ir tan mal mientras no podamos asimilar la información desagradable que nos provee la conciencia de la crisis climática. La situación en este terreno es más ambigua de lo esperado.

No podemos descartar que el socialismo renazca como respuesta al malvivir de la catástrofe climática
Por otro lado, no hay que olvidar que el socialismo de inicios del siglo XX se abrió paso en un contexto de catástrofe, fundamentalmente la que sobrevino producto de las grandes guerras. Por eso es pertinente la convocatoria de Andreas Malm a un “leninismo ecológico”: lograr convertir la crisis climática en una crisis para el capital mismo, transformar la “crisis de los síntomas” en una “crisis de las causas”, del mismo modo en que Lenin convirtió el fracaso ruso en la guerra imperialista en el primer triunfo revolucionario del siglo pasado. No podemos descartar que el socialismo renazca como respuesta al malvivir de la catástrofe climática.

El porvenir dura mucho tiempo

Varios autores han señalado con justeza que el capitalismo neoliberal (posfordista, flexible, precarizado) tiene como correlato un cambio subjetivo o un “nuevo espíritu del capitalismo”, según la fórmula de Boltanski y Chiapello que remite al célebre trabajo de Weber. Según estos últimos autores, el capitalismo contemporáneo mutó adaptándose parcialmente al cuestionamiento que recibió en los años sesenta y setenta. En aquellos años convergieron la crítica social al capitalismo y lo que los autores denominan “crítica artística”. Si la crítica social pone en cuestión la desigualdad y la explotación del capitalismo, la crítica artística cuestiona la alienación, la inautenticidad y la unidimensionalidad de la vida social. Su nombre proviene de que su origen no es el movimiento obrero, sino los modos de vida alternativos de artistas y bohemios. Según Boltanski y Chiapello, el capitalismo neoliberal absorbe los cuestionamientos libertarios de este tipo, representados paradigmáticamente en el 68 francés. De esta forma, el nuevo capitalismo es flexible, autónomo, autogestivo, antes que burocrático y disciplinario. Silicon Valley y Uber.

Nancy Fraser desarrolla una perspectiva convergente en su crítica al “neoliberalismo progresista”. El capitalismo neoliberal, sobre todo a partir de su gestión por parte de socialdemócratas o laboristas, sella una alianza entre el mercado y una versión superficial y liberal de las aspiraciones a la emancipación de los años setenta. El rostro más útil para el neoliberalismo no es Pinochet o Thatcher, sino Clinton, Blair y los socialdemócratas europeos: flexibilidad y autonomía, ya sea en la competencia mercantil, ya sea en los derechos civiles y las formas de vida. La combinación de un ataque a los derechos laborales con concesiones superficiales en el plano de la ciudadanía, las cuestiones de género, LGTB y el multiculturalismo.

El rostro más útil para el neoliberalismo no es Pinochet o Thatcher, sino Clinton, Blair y los socialdemócratas europeos
El neoliberalismo, entonces, se ha apropiado, aunque superficialmente, de muchos de nuestros anhelos emancipatorios. Esto conduce a la necesidad de pensar con mayor complejidad que en períodos precedentes el lugar del deseo en la hegemonía social capitalista, como han hecho algunos autores contemporáneos: Fredric Jameson, Mark Fisher, la corriente “aceleracionista”. El capitalismo contemporáneo ofrece multiculturalismo, cambio técnico y futuros imprevistos (recordemos: “la burguesía revoluciona incesantemente […] las relaciones sociales”) mientras la izquierda parece vitalmente austera y desprovista de futuros entusiasmantes. “El deseo por un iPhone –escribe Fisher– se vuelve automáticamente idéntico al deseo de capitalismo a secas”.

La izquierda actual está llena de memoria y de pasado: el Holocausto, el gulag, las dictaduras latinoamericanas. “Un mundo sin utopías –escribe Traverso– mira inevitablemente hacia atrás”. Pero la prioridad en la reivindicación de las víctimas es propia de una figura subjetiva defensiva y melancólica. Recuperar algún tipo de dimensión utópica implica una ruptura con el clima cultural de las últimas décadas. Si la izquierda quiere disputarle el futuro al capitalismo tiene que volver a asociarse con la proyección estimulante de las fuerzas sociales hacia una vida más rica, multifacética e interesante. Retomar el impulso, como escribió Benjamin sobre los surrealistas, “a conquistar para la revolución las energías de la embriaguez”. Debe revivir la confianza prometeica que en algún momento tuvo la clase trabajadora en su capacidad para apropiarse del mundo y romper los límites que impone el capitalismo a la experimentación –política, vital, estética– en la creación de la sociedad y de nosotros mismos.

Martín Mosquera es licenciado en Filosofía, docente en la Universidad de Buenos Aires y editor principal de Jacobin América Latina.

Publicado en: Global, titular2

Fin de la hegemonía de EEUU solo se logrará si se reconfigura el poder tecnológico-mediático

04/04/2022 by Vitalio Deja un comentario

Por: Clodovaldo Hernández 

Recientes acontecimientos mundiales parecen demostrar que es inminente el quiebre de la hegemonía unipolar que ha mantenido por tres décadas el bloque formado por Estados Unidos y sus socios minoritarios europeos.

Pero también resulta cada vez más claro que esa especie de «cambio de régimen global» (el karma geopolítico en acción, podría decirse) va a requerir, entre otras profundas transformaciones, de una reconfiguración estructural del poder tecnológico-mediático a través del cual se gestionan las comunicaciones masivas mundiales y, en situaciones extremas, se regula la libertad de expresión y de prensa.

Puede decirse que si los factores que pugnan a favor del mundo multipolar no “toman por asalto el palacio del poder  comunicacional”, este seguirá operando como arma estratégica para el orden en decadencia. Y, en esas condiciones, tal orden se mantendrá vigente, aunque en agonía.

Una observación desapasionada de la situación actual del sector tecnológico-mediático lleva a concluir que esa toma por asalto de este centro de poder específico no se vislumbra como algo que vaya a ocurrir a corto plazo.

¿En qué consiste el poder tecnológico-mediático?

El poder tecnológico-mediático es una construcción compleja. Tiene un componente material muy importante, pero va más allá de este. El componente no material (político, ideológico, cultural, histórico) es, por mucho, más difícil de reemplazar que la base física porque ha sido perfeccionado como un sistema autosustentable y con una legitimidad que se retroalimenta.

Si las potencias emergentes y el sur global (factores interesados ambos en romper la hegemonía de EE.UU. y sus aliados) pretenden liberarse de la dictadura de las comunicaciones globales que reina actualmente, tendrían que ser capaces de desarrollar una infraestructura con tal magnitud que tenga alcance planetario y, al mismo tiempo, hacer los ajustes necesarios para garantizar que esas plataformas alternativas, con sus medios y redes también alternativos, lleguen efectivamente a tantos públicos como sea posible. Esa es una tarea en extremo compleja.

Hablemos primero del sustento físico, de eso que se resume en la expresión coloquial “tener los hierros”, es decir las estructuras, los objetos y los aparatos concretos que se necesitan para operar en esta actividad.

Se trata de edificaciones diseñadas específicamente para este uso; grandes redes de transmisión y cableado; antenas, hardware y software para una variedad de dispositivos fijos y móviles; centros de investigación y desarrollo y proveedores de materias primas y semielaboradas necesarias para todo lo anterior.

Esta gigantesca y costosa base material es la que ha permitido el predominio universal de la actual internet y, dentro de ella, de plataformas como Youtube y las diversas redes sociales. Es la base industrial de un sector que ha terminado por ser un eje que cruza los más fuertes ámbitos corporativos de EE.UU. y sus aliados, incluyendo el complejo industrial-militar, la energía, la banca, la industria y el comercio de alimentos, fármacos y otros rubros de consumo masivo.

Ese poder es también es transversal al llamado Estado Profundo de EE.UU. y a todas las demás oligarquías de los países de su órbita.

Demás está decirlo, pero crear una infraestructura como esta no está al alance de la mayoría de los países, porque no cuentan ni con la tecnología ni con los recursos financieros necesarios para desarrollar todos los aspectos señalados. Y mucho menos pueden lograrlo como una meta a contrarreloj.

Sin embargo, varias de las potencias emergentes -las que pugnan por asumir roles protagónicos en el nuevo orden mundial- sí tienen el músculo financiero y tecnológico no solo para equiparar el sustento físico del aparato hegemónico, sino también para dejarlo rezagado. Una prueba de ello es el caso emblemático de China con su tecnología 5G, que ha puesto en apuros a todo occidente y llevó a Trump a ejecutar incluso detenciones ilegales de ejecutivos de grandes firmas chinas, como Huawei.

Sin embargo, tener las infraestructuras disponibles, incluso con mejores prestaciones que las ya conocidas, no significa que las potencias emergentes puedan, en las condiciones actuales, tomar por asalto el palacio del poder tecnológico-mediático. Hay demasiadas variables más en esa ecuación.

Puede afirmarse que las decisiones de cierre de canales, bloqueo de cuentas y restricciones de acceso tomadas por las fuerzas hegemónicas con el pretexto de condenar la invasión rusa a Ucrania son una demostración de que el poder tecnológico-mediático está muy consciente de que los medios de la órbita de las potencias emergentes, así como otros alternativos, están avanzando demasiado con sus mensajes disidentes. Es decir, que si bien no parecen estar en la onda de desplazarlos por completo, sí les han restado mucho espacio. El mensaje había dejado de ser hegemónico en pro del bloque EE.UU-OTAN. Y todo ello estaba ocurriendo gracias al uso de las plataformas del statu quo. En Venezuela se dice, en un caso así, que al alguien le “están latiendo en la cueva”.

Hay varios ejemplos que ilustran esto. Uno de ellos es el impacto que ha tenido la red china TikTok en el mundo occidental, que llevó a Trump (una vez más) a intentar bloquear el acceso a ella en EE.UU., a menos que sus dueños accedieran a vendérsela a capitalistas norteamericanos, en lo que se entendió como una amenaza de expropiación, de impronta comunista, que brotaba de la más caricatureesca de las derechas.

En un terreno más sensible en situaciones como la actual, el ejemplo por excelencia es el de la cadena Rusia Today (RT), que ha logrado, en poco tiempo, competir en pie de igualdad con las televisoras de noticias (así les llaman, aunque ya hay pocas noticias de verdad en ellas) de EE.UU. y Europa.

En buena medida, la penetración de RT (y de otras similares como Sputnik) se había conseguido no a través de la señal transmitida por la TV por suscripción o streaming, sino vía internet, mediante portales y plataformas de transmisión de videos.

El problema de la autopista privada 

El sistema de dominación comunicacional vigente a estas alturas del siglo XXI está formado por las plataformas a través de las cuales se gestiona la mayor parte de la información que circula a escala planetaria. En esas plataformas obligatoriamente confluyen todos los emisores y receptores (públicos y privados).

Gran parte de los mensajes que circulan por esos canales son emitidos por unos medios de comunicación que tienen los mismos propietarios o responden a los mismos intereses corporativos de sectores como las armas, el petróleo, los fármacos, el agronegocio, el comercio en línea y la misma tecnología. Estos medios son emisores destacados de información con capacidad de imponer matrices de opinión, enfoques, narrativas y criterios de jerarquización.

Hasta ahora, otra porción de los emisores destacados no necesariamente pertenecen a las órbitas principales de propietarios de la información dominante, pero son engranajes solidarios de esa maquinaria por razones meramente económicas o de ideología política. Aquí se ubican los portales de la mal llamada “prensa libre”, que tras la fachada de la independencia cumplen las mismas funciones que los medios convencionales corporatocráticos.

Más allá de ser canales de los medios convencionales (prensa, radio, televisión) o nativos digitales (portales, canales de TV 2.0), que son aparatos especializados, el poder tecnológico-mediático tiene ese otro rol que en la confrontación geoestratégica es fundamental: ser la plataforma a través de la cual se movilizan también los medios de comunicación que no forman parte del complejo político-corporativo hasta ahora hegemónico.

De un modo que ahora se revela paradójico, en esta categoría se ubican los órganos divulgativos tanto de los rivales geopolíticos del imperio en declive como de los sectores alternativos y hasta de los más radicales antisistema.

Para representarlo gráficamente, el poder tecnológico-mediático es una autopista por la que circulan de manera privilegiada los grandes y pequeños convoyes de la mediática defensora del modelo neoliberal unipolar que ha encabezado EE.UU. Pero es una vía rápida que ha sido usada también -bajo la ilusión de la libertad, la gratuidad y la neutralidad- por los medios de las potencias emergentes, del sur global e, incluso, las publicaciones de los movimientos de izquierda, voceros de grupos excluidos y de diversas minorías.

La apariencia de libertad, neutralidad  y gratuidad se había mantenido mientras prevalecían ciertas condiciones. Pero cuando se agudizaron las contradicciones interiores del mundo capitalista actual, esos atributos rápidamente están siendo abolidos.

Los usuarios comunes y corrientes ya habían vivido la experiencia de ser arrojados fuera de la vía rápida y obligados a utilizar carreteras viejas y abandonadas debido a decisiones de las autoridades corporativas de Twitter, Facebook, Youtube u otras redes y plataformas. Pero la gran campanada de hasta qué niveles estaban dispuestos a llegar se dio en enero de 2021, cuando censuraron nada menos que a quien aún era el presidente de Estados Unidos, Donald Trump.

Eso, sin embargo, fue apenas un prólogo, pues poco más de un año después de ese gesto irreverente, los propietarios de estos emporios casi monopólicos han aplicado la censura de manera abierta contra cualquier medio o individuo que ose presentar una visión fuera del consenso informativo y propagandístico de la OTAN.

En este punto ha quedado al desnudo una de las debilidades más graves de las potencias emergentes que ya le disputan la hegemonía a EE.UU. en los campos económico y militar, como lo son China y Rusia: y es que han estado utilizando la autopista construida y regentada por aquellos a quienes pretenden desplazar.

Esa tensión se ha resuelto, inicialmente, de un modo bastante tradicional: los dueños de la vía de tránsito han dicho que se reservan el derecho de admisión y, por tanto, solo pueden viajar a través de ella los mensajes autorizados. Para seguir con la metáfora, pusieron a la policía en los accesos de la autopista para no dejar pasar a los oponentes ni tampoco a los sospechosos.

Esto, que parece muy comprensible (no te voy a prestar algo mío para que tú me hagas daño), menoscaba sin embargo considerablemente la esencia misma de esas plataformas y el discurso de democracia y libertad que las sustentan. Queda claro que, a la hora de las definiciones, esas plataformas son propiedades de grupos económicos y como tal, no se diferencian de cualquier otra empresa transnacional.

Un sistema que se retroalimenta 

Al privar de sus plataformas a los emisores de mensajes disonantes, el sistema tecnológico-mediático al servicio de la decadente hegemonía de EE.UU. constituye, de hecho, un escenario dictatorial y se asume como censor previo de los contenidos que pueden o no percibir los receptores de todo el planeta.

Es decir, que las élites propietarias de ese sistema incurren en la misma pretensión totalitaria que le endilgan a naciones, gobiernos e individualidades.

La pregunta que surge es si esa actitud de tutelaje de las audiencias no conducirá, en algún plazo, a una pérdida de credibilidad que reduzca la capacidad de influencia de los medios, gobiernos, corporaciones y personas que sí tienen permitido transitar sin restricciones por la autopista de información.

En teoría, así debería ocurrir, pero es necesario tener en cuenta que el poder tecnológico-mediático no es un ente aislado, sino que está conectado a otra serie de lo que un marxista llamaría aparatos ideológicos, tales como la escuela, las religiones, la industria cultural y de entretenimiento, el mercadeo y diversas organizaciones sociales.

Ese conglomerado crea una atmósfera global en la que los mensajes unívocos del hegemón tienden a ser tomados como verdad irrebatible. Esto, que ha funcionado durante milenios, se ve reforzado en los tiempos actuales por el auge de la posverdad, una especie de estado de ánimo colectivo en el que las personas optan por creer como cierta la versión de la realidad que más se ajuste a sus propias opiniones, incluso cuando han presenciado los hechos y estos han sido contrarios a la historia narrada.

Adicionalmente, cualquier deseo de rebelión contra la censura establecida por el poder tecnológico-mediático se mitiga por la capacidad de retroalimentación del discurso mediático, que constantemente se legitima a sí mismo. Lo hace mediante un complicado y muy perfeccionado sistema de apoyos mutuos, premios dispensadores de prestigio y giros autorreferenciales.

Otra pregunta que surge es si podrán los países emergentes y sus aliados crear en un plazo razonable su propia autopista, una especie de internet multipolar, no regulada por la superpotencia en declive.

Es un tema extenso, que amerita mucha más investigación y mucho más espacio. Por ahora baste con señalar que Rusia ha estado trabajando en una especie de internet nacional y que China estableció hace tiempo severos controles para que el mensaje occidental no acceda libremente a las mentes de la población. Esto, que ha sido llamado el Gran Cortafuego y presentado al mundo como un horrible caso de censura previa, es lo mismo que ahora está haciendo la librepensante y ultrademocrática Europa. Cosas que pasan.

Reflexión sobre el Sambil de Candelaria

En febrero de 2018, a propósito de que el gobernador de Carabobo, Rafael Lacava, reactivó el cobro de peaje en la autopista, escribí para el portal Supuesto Negado una nota sobre el “Efecto Sambil de la Candelaria”.

Señalé entonces que este efecto tocaba a los funcionarios que tenían que revertir alguna decisión tomada por el comandante Chávez y que, por tanto, podrían ser acusados de traidores al legado.

La nota decía que “el centro comercial estaba a punto de entrar en funcionamiento cuando el presidente Chávez anunció, de una manera muy rotunda, que no lo permitiría por el congestionamiento que generaría en la céntrica parroquia caraqueña. La edificación terminó convertida en un refugio de damnificados durante un tiempo y, en general, en un elefante blanco. Se han propuesto varios posibles usos, pero nunca se ha concretado ninguno. Tampoco se ha querido otorgarle los permisos para que abra como lo que es, un mall, porque los funcionarios temen aparecer públicamente desacatando al comandante”.

Esta semana, luego de casi tres lustros, las autoridades han resuelto devolverlo y permitir su uso como centro comercial, lo que ha traído de nuevo a la actualidad el “Efecto Sambil de la Candelaria”. Hay gente indignada por lo que perciben como un retroceso, que se suma a otras “reversiones” de medidas como el restablecimiento de los peajes en las autopistas y la reapertura de casinos y casas de juegos, por solo mencionar dos. Dicen que este montón de “erres” (reversión, restablecimiento, reapertura) no son las que exigía Chávez en uno de sus últimos discursos.

Otras personas, en cambio, dicen que el “efecto” se pasará pronto y que cuando el mall entre en funcionamiento allí podrá verse en todo su esplendor la “nueva sociedad sambil”, expresión de la Venezuela que se está arreglando.

Fuente: https://www.laiguana.tv/articulos/1028173-fin-hegemonia-eeuu-poder-tecnologico-clodovaldo/

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Los efectos sobre América latina, la Argentina y el acuerdo con el FMI. Conflicto Rusia Ucrania: El nuevo mapa del poder mundial

27/03/2022 by Vitalio Deja un comentario

Por: Arturo Laguado Duca*

 

El mundo unipolar construido a finales del siglo pasado alrededor de Estados Unidos entró en crisis. Se está en presencia de dos tendencias enfrentadas del capitalismo: uno fuertemente regulado por el Estado versus otro liderado por el capital financiero. Dónde quedó América latina.

La tercera década del siglo XXI estará signada por el entierro definitivo de los acuerdos de Yalta y la reconfiguración de las relaciones de poder en el mundo. Las Naciones Unidas venían muy debilitadas como foro de las potencias triunfadoras de la Segunda Guerra Mundial desde que Estados Unidos -junto a una coalición de países amigos- invadió a Irak en 2003 despreciando las recomendaciones del Consejo de Seguridad.

Esas recomendaciones han pasado a detentar un lugar más decorativo que decisorio, hasta el extremo de que las resoluciones de su Asamblea General no son muy tenidas en cuenta por nadie -el caso más conocido es el de la ocupación de los territorios palestinos por Israel, pero no el único-.

Algo similar ocurre con organismos regionales como la OEA, actualmente desafiada por la emergencia de otras instituciones como la Celac. Estos son sólo algunos síntomas de la reconfiguración mundial.

Dado el vertiginoso crecimiento económico de China y la recuperación del poderío militar ruso tras la debacle de los años 90, el mundo unipolar construido a finales del siglo pasado alrededor de Estados Unidos entró en crisis, visibilizando el fin de hegemonía atlántica. Esta situación trató de ser revertida al menos desde la presidencia de Obama con los sucesivos enfrentamientos y sanciones comerciales impuestas desde entonces a la Federación Rusa y a la República Popular China.

Ante la miraba indiferente de los líderes europeos -con la sola reticencia de Alemania y Francia-, la OTAN fue cercando militarmente a la Federación Rusa expandiéndose hacia el Este, contrariando los acuerdos sostenidos con Gorbachov al momento de la disolución del Pacto de Varsovia. Una jugada que buscaba limitar el poder de Rusia que se había constituido, a través de la iniciativa de la Nueva Ruta de Seda, en el puente entre Occidente y Oriente.

Dadas esas circunstancias, sumadas a las tensiones introducidas durante el gobierno de Zelenski -un atlantista que ganó las elecciones luego del derrocamiento del presidente pro ruso Víktor Yanukóvich de la mano de las protestas del Euromaidán-, la insurrección separatista de la región rusoparlante de Donbass y la anexión rusa de Crimea, no debería sorprender la reacción de Rusia ante la negativa de la OTAN de dar garantías de que no incluiría a Ucrania en la Alianza.

En resumen, no hay nada de improvisado ni ninguna acción de personajes megalómanos en esa guerra: ni por parte de la Federación Rusa, ni de Estados Unidos, ni de la OTAN o Ucrania, sino que es el resultado de las mutaciones de poder en un mundo donde los Estados nación -aunque en el marco de bloques regionales- siguen defendiendo rabiosamente sus intereses.

Sanciones a Rusia

Sin embargo, con la guerra se hicieron más visibles algunas tendencias aparentemente olvidadas luego de la implosión de la URSS. Una de ellas, es la fuerte cohesión de Occidente contra la Federación Rusa con sanciones que trascienden lo económico (la valoración del impacto de las represalias económicas varía según los distintos analistas) para alcanzar el ámbito cultural y deportivo en una reacción sin precedentes que afecta, incluso, la libertad de prensa (prohibición de los canales de noticias Suptnik y RT).

Pero, más novedoso aún, es la proliferación de sanciones motorizadas por capitales privados de todo tipo: desde las tarjetas de crédito internacionales hasta el heladero cordobés que “por solidaridad con Ucrania no vende crema rusa”. También instituciones deportivas (entre otras, la FIFA y el Comité Olímpico Internacional), culturales (cancelación de cursos sobre Dostoievski, persecución de músicos y bailarines rusos), llegando a extremos que serían cómicos si no estuvieran atravesados por una guerra, como es el caso de la Federación Internacional Felina prohibiendo la participación de gatos rusos en las competencias.

Una situación que no se vivió ni siquiera en los momentos más álgidos de la Guerra Fría. Es la primera vez que el intento de aislar a un país trasciende a los Estados nacionales, dejando un protagonismo no menor al gran capital privado: capital financiero y empresas de tecnología.

Escenarios de la posguerra

En medio de la ensordecedora propaganda de guerra, existe ya una amplia literatura que evalúa los posibles escenarios de posguerra trascendiendo la inmediatez del conflicto para propiciar su comprensión histórica. No es el objetivo de este artículo comentarla, sino destacar sus peculiaridades para tener un acercamiento a su impacto inmediato en el país.

A pesar de ser presentado por los grandes medios de comunicación y diferentes sectores de la sociedad civil como un conflicto civilizatorio entre Occidente y Oriente, es la expresión de intereses de las grandes potencias y la alianza de sus élites con distintas versiones del capitalismo.

La manera en que se hegemonizó desde Occidente la interpretación de la guerra de Ucrania puede explicar la coincidencia de sectores del progresismo con la ultraderecha, al tiempo que oculta una discusión más de fondo sobre las tendencias enfrentadas del capitalismo en el mundo: uno fuertemente regulado por el Estado vs otro liderado por el capital financiero.

Sin embargo, son los argumentos usados para justificar el aislamiento internacional de la Federación Rusa los que permiten entrever el alcance del desafío hegemónico que impone la nueva derecha después de la crisis del “neoliberalismo culturalmente progresista”, según la expresión de Nancy Fraser.

Un ejemplo, pero no el único, son los neofranquistas de VOX quienes no dudan en recurrir a argumentos racistas para pedir el apoyo a la inmigración ucraniana diferenciándola de la del Tercer Mundo, o varios noticieros que destacan el color de piel de los refugiados o su pertenencia religiosa al mundo cristiano. En todo caso, es justo reconocer que, pasado el primer impacto, fuerzas progresistas de Francia, Inglaterra y España se niegan a alimentar esta maquinaria de Guerra.

La batalla cultural

Esta “batalla cultural”, que esconde el conflicto entre distintas tendencias del capitalismo contemporáneo, pareciera revivir los argumentos de Huntington, un intelectual de derecha que en 1996 produciría un libro que fundamentaba las tensiones entre Occidente y Oriente como un fenómeno que trascendía la caída de la URSS.

Según el autor estadounidense, los conflictos entre potencias se sostendrían en distintas concepciones del poder y el Estado, configurando civilizaciones moldeadas por religiones históricas distintas, no por ideologías políticas. De todas ellas, Huntington destacará tres grandes constelaciones: China, Rusia y el capitalismo occidental.

En ese conocido informe, Huntington justificaba la necesidad de no bajar la guardia con la caída del Muro ya que, a su juicio, los conflictos pervivirían, al tiempo que definía a América latina como un territorio en disputa. Aunque empíricamente débil y teóricamente cuestionada, una visión “a lo” Huntington estaría atravesando la disputa actual.

La guerra y América latina

En la región, como era de esperar, la mayor parte de los gobiernos han mantenido su tradicional pertenencia a Occidente, pero con no pocos matices. Aquellos más alineados con las corrientes de derecha proestadounidense -un caso extremo es Colombia, país que desde 2017 es socio de la OTAN- han sobreactuado un rechazo digno de los años más álgidos de la Guerra Fría, embanderándose con Ucrania.

En cambio, quienes sufren la persecución abierta o encubierta de Estados Unidos -Cuba, Venezuela, Nicaragua, Bolivia- se han acercado a la posición china consistente en exigir una paz que también reconozca el legítimo interés de la Federación Rusa de proteger su seguridad ante la constante expansión de la OTAN hacia el Este.

En ese marco, México ha mantenido su tradicional postura de neutralidad ante los conflictos entre potencias -lo que muestra que siempre hay cierto margen en las decisiones de política internacional de los Estados latinoamericanos- acompañado por el Brasil de Bolsonaro.

Pero, en términos generales, la región ha corrido tras el discurso hegemónico atlantista, aunque sin comprometerse demasiado en su toma de posición. Lo más sorprendente en la política regional es la falta de evaluación de los cambios mundiales que traerá no sólo el conflicto, sino también la batería de sanciones a la Federación Rusa.

Posiblemente el nuevo mapa mundial no sea beneficioso para la región dado que la ofensiva antirusa prontamente puede extenderse a China -aunque bajo otra forma, como ya lo intentara Trump- y con ella a los negocios que propone en la región la potencia asiática por medio de la iniciativa conocida como la Nueva Ruta de la Seda que implica inversiones multimillonarias en infraestructura en todo el mundo.

Es pronto para saber qué tanto impactará la guerra en los negocios con China, pero, cualquiera sea el resultado, es innegable que un nuevo mapa mundial aparecerá como un dato objetivo que los países latinoamericanos deben tomar en cuenta en sus intentos de desarrollo.

En lo inmediato, como destaca una editorial de France Press, el conflicto de Ucrania redundará en un incremento de la inflación en Europa que, posiblemente, repercuta en una América latina ya golpeada por este flagelo.

La posición de Argentina

Tampoco el gobierno argentino parece capaz de resistir a la ofensiva discursiva liderada por Estados Unidos. Si bien el liderazgo mundial del país en lo relacionado con los derechos humanos justifica la condena a su violación en los actos de guerra, la censura abierta a la Federación Rusa carece de la sutileza de los pronunciamientos chinos o mexicanos. En todo caso, la posición del país no llega a los extremos delirantes de la derecha representada en JxC que pide una subordinación abierta a los intereses de Estados Unidos.

Argentina eligió mantenerse retóricamente dentro de la esfera de influencia de Estados Unidos como la mayoría de los gobiernos de la región. A diferencia de México, eso significa abandonar la tradicional posición de neutralidad de los gobiernos nacional populares ante el conflicto entre potencias. Hay que destacar, sin embargo, que no se sumó a las sanciones económicas que reclaman los países de la OTAN.

En todo caso, las implicaciones de la guerra en Ucrania no son pocas para el país. El impacto más directo, pero no el más importante, es para aquellas 400 empresas que exportan alimentos a Rusia que deben enfrentar la renegociación de contratos, la desconexión del Swift y un incremento general de costos logísticos. El impacto indirecto, en el marco de la negociación con el FMI, será mucho mayor.

Cómo juega el acuerdo del FMI

El alcance del acuerdo con el FMI es un tema central en el debate político local generando posiciones encontradas dentro del seno de la misma coalición gobernante. Los defensores del acuerdo insisten en que el FMI fue mucho más permisivo con la Argentina que con todos los demás países con que produjo convenios recientemente, tanto en los plazos para el repago como en las condiciones para certificar los desembolsos (no pidió reformas estructurales, pactó un descenso relativamente lento del déficit primario y de la inflación).

Los contradictores destacan, en cambio, que no se logró la eliminación de la sobretasa, ni una ampliación real de los plazos de repago y, en su lugar, sólo se consiguió un nuevo préstamo para cubrir los diez primeros pagos con desembolsos condicionados por revisiones trimestrales, lo que implicaría, en la práctica, un cogobierno con el FMI. A contracorriente de ambas posiciones está JxC a quien el acuerdo le parece demasiado laxo con el país.

Muy posiblemente es cierta la afirmación del oficialismo de que éste es el mejor acuerdo que se podía conseguir. Especialmente cuando las negociaciones se llevaron durante dos años a puerta cerrada, confiando más en la habilidad del negociador que en una solución política que enfrentara al FMI con la inmensa estafa del préstamo al gobierno de Macri.

En todo caso, llegados a este punto sin haber construido un movimiento opositor al acuerdo, ya no es deseable defoltear la deuda con el Fondo sin comprometer aún más el tipo de cambio, arriesgando una corrida financiera o el financiamiento de las empresas y la incipiente recuperación.

Las negociaciones con el organismo financiero –entre otros temas- descansan sobre la disminución de los subsidios con el objetivo de reducir el déficit fiscal y acumular reservas. Con el objetivo de sanear la moneda se busca también un descenso paulatino de la inflación, problema reiteradamente mencionado por el presidente Alberto Fernández en su discurso del 1° de marzo ante la Asamblea Legislativa.

Tarifas e inflación

Así las cosas, la guerra ruso ucraniana introduce unas variables que complican aún más el acuerdo con el FMI. Los cuatro años que concede el FMI al país para llegar al déficit cero implican una paulatina reducción de los subsidios a la energía. Siendo la Argentina un importador de gas, la disparada de los precios de la energía en el mundo complica esta meta a menos que el Gobierno traicione su palabra y recurra a tarifazos.

El otro impacto directo tendrá que ver con el precio de los alimentos –uno de los principales motores de la inflación en el país-. Tanto Ucrania como Rusia son grandes productores de cereales por lo que la guerra impactó directamente en el precio de las commodities.

Si bien esto es una buena noticia para los productores agropecuarios, no hay duda de que impactará directamente en la inflación argentina como ocurre cada vez que se incrementa el precio de la soja o de la carne vacuna. El resultado inmediato, además de una disparada de la inflación, será la suba del precio de los alimentos y consecuentemente, una reducción de la capacidad de consumo de la población.

En otras palabras, la lógica planteada por el ministro Martín Guzmán de crecer para pagar -por ejemplo, incremento de la recaudación para disminuir el déficit- si ya antes de la guerra en Ucrania se veía poco viable, en el marco de una reducción del mercado interno, parece inalcanzable sin un fuerte ajuste fiscal.

Varios desafíos para el Gobierno

1. Evitar que el encarecimiento mundial de la energía y las commodities se traslade al mercado interno para lo que se verá obligado a establecer alguna forma de retenciones. Caso contrario tendrá que recurrir a un severo ajuste -con las inevitables consecuencias sociales y políticas asociadas- o enfrentar el riesgo de una espiral inflacionaria. Esa parece ser la posición de un sector del gobierno. Sin embargo, para que esta iniciativa prospere, es indispensable un fuerte apoyo político de todo el equipo gobernante, pues no hay duda de que enfrentará fuerte resistencia de los sectores del agronegocio.

2. Prepararse para una renegociación dura con el FMI antes de la próxima revisión trimestral. Si el cumplimiento de las metas a mediano plazo -cuatro años- se veía difícil, esa incertidumbre alcanza ahora al corto plazo dada la situación en Europa del Este. No debería ser difícil plantear la obsolescencia de los acuerdos alcanzados dadas las modificaciones de las relaciones internacionales.

3. La mayoría de los analistas concuerda en que la inestabilidad política mundial vino para quedarse un buen tiempo. En ese marco, el Gobierno debería resistir la tentación de embanderarse con uno de los actores del conflicto -en este caso Estados Unidos- y rescatar la tradicional posición peronista de neutralidad pragmática ante los conflictos entre potencias sin dejarse arrastrar por la retórica anti rusa de actores nacionales e internacionales.

Los países asiáticos -independientemente de su cercanía a Estados Unidos- han sabido reaccionar con cautela, cuidando sus intereses nacionales. Ni China, ni la India, Turquía, Serbia, Paquistán, Irán o los países del Golfo, se han sumado a las sanciones propuestas por Estados Unidos. Incluso Corea del Sur, fuerte aliado de Occidente debido al conflicto que mantiene con su homóloga del Norte, demandó a Estados Unidos una carta de exención para poder seguir comerciando con la Federación Rusa.

En resumen, las tensiones que se han ido acumulando con el desafío a la hegemonía atlántica estallaron en la guerra entre Rusia y Ucrania, configurando un cambio importante en el mapa mundial. Es obligatorio que el Gobierno tome nota de esos cambios y actúe en consecuencia. No sólo por su supervivencia política, sino también por las necesidades del desarrollo nacional.

* Profesor e investigador del Área Estado y Políticas Públicas de Flacso Argentina.

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El asesinato de la verdad ¿y también de la democracia?

19/03/2022 by Vitalio Deja un comentario

Por: Aram Aharonian 

 

Los medios hegemónicos instalaron la guerra en el imaginario colectivo, cuando lo más sensato sería lamentar el conflicto por lo que éste implica en términos de sufrimiento humano y destrucción material e insistir no en la competencia por demostrar quién es el más fuerte, sino en la necesidad de una solución mediante el diálogo

El  mundo teme que la humanidad esté al borde de un conflicto militar de grandes dimensiones: ¿terminal? Hoy no solo asistimos a una extrema ideologización y parcialidad en la cobertura de los sucesos en Ucrania, sino que las mentiras y la manipulación del imaginario colectivo se ven potenciados en las redes sociales y llevan a la hipertrofia de una masa informativa fuera de todo control y verificación.

Una vez más, los medios de comunicación –incluyendo las redes sociales en mano de escasas corporaciones trasnacionales- actuaron de forma alevosa para generar un conflicto que sólo puede beneficiar a los vendedores de armas, las petroleras trasnacionales, que son los que han atizado el conflicto. La verdad es la primera víctima de la guerra, decía el griego Esquilo hace más de 2.500 años. Hoy sabemos que la mentira es un arma de guerra.

Los medios hegemónicos instalaron la guerra en el imaginario colectivo, cuando lo más sensato sería lamentar el conflicto por lo que éste implica en términos de sufrimiento humano y destrucción material e insistir no en la competencia por demostrar quién es el más fuerte, sino en la necesidad de una solución mediante el diálogo. Es lo que llaman la guerra híbrida, la mentira como arma y la verdad como víctima.

La frase que dice: “Gracias a internet te puedes enterar de lo que pasa en la otra parte del mundo”, queda cada vez más en evidencia que no es más que un slogan de propaganda, porque son los conflictos los que demuestran que las redes están muy lejos de ser neutrales y que pueden tomar partido a favor de quien le convenga, censurando, por ejemplo, las cuentas provenientes de Rusia.

Como siempre, la primera víctima de la guerra es la verdad. Uno de los primeros objetivos del periodismo de guerra es la llamada fatiga de la simpatía, que puede nacer fácilmente  con una abundancia de malas noticias. Los medios son usados como arma de combate en la nueva guerra ideológica. El discurso hegemónico se contrapone a un sistema democrático donde la pluralidad de información y de opiniones permite a la opinión pública a tomar sus propias decisiones.

La mayoría de la información y/o publicidad dirigida al gran público utiliza discursos, argumentos, personajes y entonación particularmente infantiles, como si el espectador fuera un niño o un deficitario mental. Pero el uso del registro emocional permite abrir la puerta de acceso al inconsciente para implantar, sembrar ideas, deseos, miedos y temores, o inducir comportamientos.

De eso se trata esta nueva guerra de cuarta o quinta generación, de manipulación sicológica, primero por los estados y ahora por las corporaciones, en la que estamos insertos, pero para la que no nos preparamos.

Se debe tener en claro que el tema de los medios de comunicación social tiene relación directa con el futuro de nuestras democracias, porque la dictadura mediática ha suplantado a las dictaduras militares. Son los grandes grupos económicos quienes son dueños o usan a los medios y deciden quien tiene o no la palabra, quien es el protagonista y quien el antagonista. Y plantean una realidad virtual, invisibilizando cualquier realidad adversa a sus intereses.

Gracias a sus poderosos algoritmos que pueden segmentar lo que vemos las redes construyen opinión constantemente. Son territorios cuyos dueños responden a los intereses de Estados Unidos. En la nota que Multiviral le hizo a Esteban Magnani, el
periodista deja en claro que desde su concepción todas las plataformas digitales fueron parte de un plan geopolítico estadounidense que fue iniciado en plena Guerra Fría.

Facebook tomó la decisión de censurar cuentas de noticias provenientes de Rusia como lo son Sputnik o RT, dejando en claro que condenan el accionar militar
encabezado por el presidente Vladimir Putin. Pero en sus cuentas hizo caso omiso a cómo durante muchos años se financió el grupo neonazi paramilitar “Batallon Azov”.

Así lo deja en claro el documento realizado por la ONG “Centro para la Lucha contra el Odio Digital”: «Los fascistas modernos radicalizan, reclutan a sus miembros en estas redes sociales en las cuales se sientan cómodos usando las plataformas para vender productos con sus símbolos, como si fueran marcas convencionales… se le informó a Facebook sobre este problema específico hace dos años, pero no tomó ninguna medida.»

Twitter, siguiendo la misma lógica que Facebook, también tomó partido en esta disputa y decidió añadirle una etiqueta –“medios afiliados al gobierno”-a las cuentas de periodistas que están cubriendo el conflicto. Sólo etiqueta así a algunos medios de algunos gobiernos del mundo, no a todos (ni a la mayoría) de los medios estatales no gubernamentales, tampoco a los que reciben la mayor parte de sus recursos de gobiernos para funcionar.

Martín Becerra señala que hay un obvio encuadre peyorativo en esa selección por conveniencia política. Con ello, Twitter muestra, tal vez sin quererlo, su propia «línea editorial» en la gestión de contenidos, tarea a la que alude como «moderación de contenidos”.

La pos-verdad y la no-verdad

La política de la “postverdad” se adueñó de América Latina, donde está proliferando una política sistemática de desinformación y de propaganda propia de los conflictos de baja intensidad), las guerras irregulares) o híbridas, en las que el desarrollo no es solo militar sino también económico, psicológico y propagandístico.

La manipulación informativa ha llegado a Internet y las redes sociales –que se convirtieron en escenarios de disputa y lucha ideológica donde el rumor, el bulo, la mentira y la falsedad se están convirtiendo en un ingrediente esencial – y los ciberataques son parte de la lógica de confrontación.

En el sistema de dominio imperial que rige en Latinoamérica, el discurso informativo es, al tiempo que espectacular, un discurso con frecuencia “terrorista”, legitimando y amplificando -mediante estrategias de propaganda- procesos golpistas o de intervención regional o local.

La noción “golpe mediático hace referencia –por ejemplo- a la guerra sucia contra Nicaragua, la represión contra movimientos populares en Colombia, el golpe en Honduras, el golpe parlamentario contra Fernando Lugo en Paraguay, la persecución judicial contra Luiz Inácio Lula da Silva en Brasil, de Cristina Fernández de Kirchner en Argentina o el proceso judicial espurio contra Rafael Correa en Ecuador, el impeachmentcontra Dilma Roussef en Brasil o la manipulación informativa contra los gobiernos electos en Bolivia y Venezuela.

Estos golpes orquestados por la derecha –con financiamiento externo-  buscan “domesticar a gobiernos y recolonizar América Latina”, como señala el Nobl de Paz Adolfo Pérez Esquivel. Si la derecha no lo consigue mediante las urnas, apoyada por Estados Unidos, lo logrará mediante la destitución ilegal de presidentes, la privatización de empresas del Estado o la entrega de recursos naturales

Hoy en día, el valor de la información está más que nunca en cuestión. Los algoritmos o filter bubbles creados por Facebook dan a los usuarios lo que desean y, así, terminan generándoles mayor confianza que los contenidos publicados en los medios convencionales. Todo ello apunta a que el sistema mediático tradicional está cambiando… y no para mejor.

Fakes y la democracia latinoamericana

Sin dudas las noticias falsas y la desinformación –de las que hicieron gala Donald Trump y su alumno Jair Bolsonaro- suponen serias amenazas para las democracias de las Américas. Tanto si se trata de memes que alegan falsamente un fraude electoral, como de la promoción de los plátanos como cura milagrosa contra el COVID-19 en México, el bombardeo ha acelerado la tendencia que lleva una década de disminución de la confianza en las instituciones democráticas, al tiempo que ha causado innumerables muertes durante la pandemia.

El dominio estadounidense sobre las comunicaciones y la cultura de masas, junto con el liderazgo tecnológico en el ámbito de las telecomunicaciones y la industria militar, mantiene concentrado el poder global en manos de unos pocos. Esta dinámica permite, a su vez, bloquear o revertir procesos como la integración latinoamericano-caribeña, la ascensión de la izquierda o el movimiento indígena, obviamente desfavorables a los intereses de Washington.

Las elecciones en Colombia en mayo y particularmente en octubre en Brasil, serán una prueba importante.  Bolsonaro y otros líderes parecen decididos a proteger su “libertad de expresión” en internet, provocando un ola de mentiras (fake news) que pueden llevar a enfrentamientos en tribunales con las empresas tecnológicas.

Hechos como estos representan una buena oportunidad para volver a poner sobre la
mesa la necesidad de conocer las reglas de juego de cada uno de los territorios donde se construye la comunicación. Entender que podemos usarlos, pero siempre siendo conscientes que son bajo las condiciones de quienes construyeron las
plataformas.

El mundo cambia, la tecnología avanza –hoy hablamos de mataverso, por ejemplo-  y nos arrinconan para pelear en campos de batalla equivocados o ya perimidos, mientras las corporaciones mediáticas hegemónicas desarrollan sus tácticas y estrategias, en nuevos campos de batalla…y nosotros seguimos reclamando la democratización de la comunicación y la información..

¿Comenzará otra colonización cultural? Lo cierto es que los estados, tras el parate de la epidemia, carecerán de recursos y deberán decidir entre pagar deudas o alimentar a sus ciudadanos

*Creador y fundador de Telesur, es comunicólogo y mágister en Integración, autor de varios libros sobre Comunicación (Vernos con nuestros propios ojos, La internacional del terror mediático, El asesinato de la verdad), y director del Centro Latinoamericano de Análisis Estratégico (CLAE).

Fuente: https://estrategia.la/2022/03/18/el-asesinato-de-la-verdad-y-tambien-de-la-democracia/

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«Indignómetro» occidental e imperialista

19/03/2022 by Vitalio Deja un comentario

Por: Renán Vega Cantor

La actual guerra de Ucrania ha servido, más que cientos de discursos y denuncias, para evidenciar lo que son Europa, Estados Unidos y el capitalismo realmente existente, del que por supuesto también hacen parte Ucrania y Rusia.

“[…] nosotros no pertenecemos a la estirpe de los jueces, que absuelven o condenan, sino a la de los dramaturgos, que tratan de comprender, o al menos entender, los conflictos, por graves y hasta sangrientos que sean. Pero también es cierto que nosotros mismos rechazamos (y no sólo a título personal, sino también en nuestra obra poética) prácticas como la de la tortura policíaca o el militarismo y el terrorismo de Estado. ¿Qué tiene esto que ver con el oficio de Eurípides? ¿Pero es que se puede llevar ese oficio hasta el límite de cegar las fuentes de nuestra indignación ante determinados hechos?”.

Alfonso Sastre, La batalla de los intelectuales, Clacso, Buenos Aires, 2005, p. 56.

Nuevamente la guerra llega a Europa y de repente es como si los europeos despertaran y descubrieran el monstruo de la muerte y la desolación, al cual no le veían la cara directamente en los últimos 75 años. Las últimas generaciones de europeos no sabían de la guerra en forma directa, siempre las habían visto por televisión, en el mejor de los casos, o nunca las habían visto, ni querían saber de ellas. No sabían o no les importaba saber que muchas de las guerras que se realizan en el mundo tienen la impronta europea o de su “protector mayor”, los Estados Unidos. Muchos de esos europeos, con sus teóricos y pensadores a la cabeza (Jurgen Habermas, Tony Negri, entre otros), incluso para justificar las masacres, como la del pueblo iraquí o la del pueblo palestino, hablaban de “guerras justas” y hasta de “guerras humanitarias”, y los intelectuales pro-sionistas de los que está llena Europa justifican los crímenes del Estado de Israel con el argumento de que ese país tiene derecho a defenderse y necesita que se le brinde seguridad.

En Europa se prepararon brutales agresiones criminales que han destruido países y dejado millones de muertos, como cuando en Las Azores se reunió el cuarteto de la muerte (George W. Bush), Reino Unido (Tony Blair), España (José María Aznar) y Portugal (José Manuel Barroso), se reunió hace veinte años para planear la destrucción de Irak, que ha dejado millones de heridos, muertos, inválidos, huérfanos, niños y mujeres bombardeados. Y aunque a esa guerra hubo fuerte oposición en Europa, sin embargo, rápido se pasó la página y quedó en el olvido, y eso no remuerde la conciencia europea. Esos mismos europeos son los que surten de armas a Arabia Saudita que lleva a cabo una horrenda carnicería en Yemen.

Eso es lo mismo que sucede con los periódicos ataques de Israel a los Palestinos en la prisión a suelo abierto más grande del mundo, cuando se destruye todo lo que se encuentra a su paso y cada nuevo ataque sionista deja centenares de muertos y heridos. Pero eso no remueve la conciencia europea.

Tampoco removió la conciencia europea ni la estadounidense el asesinato cobarde de un general iraní en territorio de Irak, destruido y empobrecido por la civilización occidental y cristiana. Esa conciencia europea no se conduele, sino que antes apoya el criminal bloqueo contra Venezuela, participa en el robo de sus riquezas, como lo ha hecho Inglaterra con el oro del estado venezolano depositado en su arcas. Esa misma Europa reconoció a un pelele, autodesignado como presidente de Venezuela, y no se inmutó ni chistó nada con lo que eso significaba en términos de violación flagrante de cualquier legalidad internacional.

Ante todo eso y muchos otros crímenes, impulsados por Estados Unidos y sus vasallos europeos, ha habido un silencio absoluto y cómplice de los mismos que hoy se rasgan las vestiduras y sacan a relucir la trasnochada mentira de que Europa es un modelo de concordia, de paz, de libertad, de justicia, de derechos humanos, de fraternidad universal… y mil bellezas por el estilo. Todas esas lisonjas retóricas han quedado hechas añicos en las dos últimas semanas, cuando se ha generalizado el racismo y la xenofobia.

En pocas palabras, se ha puesto a funcionar el indignómetro, hermano siamés del democracímetro, dos construcciones Made in Usa y reproducidas obedientemente por la Unión Europea. Ese indignómetro había funcionado antes de manera ocasional, como cuando se presentó la toma del Capitolio de los Estados Unidos en enero de 2021. Pero en ningún otro momento ese indignómetro había actuado en forma tan sincronizada, integral y simultánea, como acontece en estos instantes. Eso amerita analizar algunos de los elementos de ese indignómetro, es decir, de esa indignación selectiva, oportunista e hipócrita que hoy invade al mundo occidental.

Denunciamos las guerras que nos convienen

Toda guerra es cruel, dolorosa, rebaja a la humanidad a su peor condición. Las guerras nos mutilan como seres humanos, nos aplastan, nos aniquilan física y moralmente. Y eso lo puedo atestiguar personalmente yo que vivo en Colombia, un país atravesado por la guerra desde hace 75 años. Guerra que, entre otras cosas, no es noticia en Europa ni en Estados Unidos, ni los conmueve, aunque ellos tengan mucho que ver con su persistencia y hayan condecorado a los terroristas de Estado que dominan este país desde tiempos lejanos. Toda invasión, violación del territorio de otro país debe ser rechazada y condenada, pero cuando decimos todas son todas y no una de ellas. Lo que llama la atención es, precisamente, que en Estados Unidos y en Europa se rechace con indignación lo que sucede entre Rusia y Ucrania, pero ni siquiera se mencione las otras guerras que hay en el mundo, y sobre las que una simple ojeada a un mapa ‒por lo demás parcial e incompleto‒ nos proporciona información sensorial. Si esas guerras existen, con millones de muertos, heridos, lisiados, desplazados, territorios desolados, ciudades destruidas y bombardeadas, niños mutilados, mujeres destrozadas… pero de esas guerras no se dice una palabra, como si sencillamente no existieran.

No obstante, en el imaginario de los europeos comunes y corrientes, la paz que han disfrutado durante 75 años ‒interrumpida lejana y brevemente por la guerra de los Balcanes desde finales de la década de 1980‒ parecería ser universal, como si el resto del mundo no hubiera sido devastado por las guerras frías y calientes desde 1945. Pero la guerra no es una cosa del pasado, es actual, como lo muestra un mapa más amplió que el anterior, y en donde figuran conflictos internos, como el que soportamos en Colombia desde hace décadas y que nunca estremece al indignómetro biempensante de europeos y estadounidenses:

Mapa ampliado de las guerras en el mundo de hoy

Si el mundo es tan ancho y ajeno como lo diría el escritor peruano Ciro Alegría, por qué ese súbito y repentino interés por una guerra en particular. Eso llama la atención y no se necesita mucha ciencia para determinar el por qué se mueve tan velozmente la aguja imantada del indignómetro: el eurocentrismo hace pensar que Europa no solo es el centro del mundo, sino el mundo mismo, junto por supuesto con sus hijos-padres putativos, los Estados Unidos. El resto del planeta, sencillamente, no existe. O como lo ha dicho el escritor Rob Nixon: “Es una condición generalizada de los imperios ejercer influencia sobre amplias franjas del planeta sin que la población del imperio tenga conciencia de ese impacto…, de hecho, sin tener siquiera conocimiento de la existencia de muchos de los lugares afectados”.[1]

En conclusión, los europeos y estadounidenses soportan una generalizada disonancia cognitiva que los lleva a no ver más allá de sus narices, como si el resto del mundo no existiese y por eso no saben de las guerras, masacres, dictaduras, invasiones, saqueo que predomina en gran parte del planeta. Solo les interesamos cuando se pone en peligro la apropiación que hacen de nuestras riquezas o cuando hay que venir a visitar sus fincas de veraneo (nuestros países) y vienen de turistas. Al final, el indignómetro opera solamente cuando se tocan directa y de cerca sus intereses, de resto jamás se escuchan voces de indignación condenando las acciones criminales de Europa y los Estados Unidos.

Es bueno examinar con detalle algunos de los componentes centrales de ese indignómetro que hoy se ha impuesto en el mundo occidental y en todos sus satélites.

La destrucción de una guerra que mostramos y nos duele, pero no de las otras

En estos días en una verdadera orgía de mentiras, culto a la sangre y a la muerte, falsimedia occidental, sus periodistas, intelectuales y políticos ‒casi sin excepción‒ muestran y reproducen edificios destruidos, carros incendiados, gentes llorosas que vienen de Ucrania, aunque mucha de esa información sea falsa y corresponda en verdad a imágenes de la guerra de otros lados. Pero eso no importa, de lo que se trata es de exaltar las imágenes de destrucción referidas a Ucrania, entre otras cosas nunca se muestran las de Donestsk y Luhanks, bombardeadas hasta la saciedad por los nazis ucranianos.

La destrucción y el dolor que generan la guerra siempre ponen en cuestión nuestra humanidad, y a veces nos hacen dudar de nuestro pretendido carácter de homo sapiens. Eso es aplicable y extendido a cualquier guerra -como la colombiana, en donde periódicamente son bombardeados y masacrados jóvenes y niños (solo hace quince días fueron masacrados de esa forma 50 colombianos y en los últimos dos años se han asesinado de esa manera 26 niños)-, pero lo que genera muchas dudas es que el indignómetro solo funciones ahora, cuando la guerra llega a la esquina este de Europa.

Esa indignación no se presenta cuando los criminales sionistas bombardean y destruyen a mansalva las casas de los palestinos y con la gente adentro. El indignómetro no funciona al momento de contemplar la masacre de los yemeníes, de los iraquíes, de los afganos, con sus ciudades destruidas, sus escuelas, hospitales, centrales eléctricas, canales de radio y televisión, destruidos por las bombas inteligentes Made in Usa o Made in Europa.

Ataque de la coalición liderada por Arabia Saudí en Yemen

¿Por qué un horror tan selectivo? ¿Por qué tanta conmoción ahora, pero tan absoluta indiferencia y pasividad con el dolor y sufrimiento de los condenados de la tierra, que están al otro lado del mundo, aunque ese otro lado esté tan cerca, como en Palestina?

Nos duelen los migrantes blancos, rubios y de ojos celestes, (mejor que no sean pobres). pero no los negros ni los otros de razas inferiores

Millones de personas huyen de la guerra, de todas, pero no solo de una, de la de Ucrania. Y otros millones huyen de las otras guerras, nunca reconocidas como tal, entre las que se encuentran los bloqueos económicos, el libre comercio, los planes de ajuste estructural. A diario circulan por el mundo, dentro de sus países, y hacia otros países, millones de niños, hombres y mujeres, que dejan atrás sus hogares, sus familias, sus tradiciones, sus territorios. Pero eso no importa, porque son negros, amarillos, musulmanes, pobres… Están ahí a diario, muriendo de hambre, de frio, de sed, abandonados a su propia suerte. Padecen al atravesar la frontera que separa a Estados Unidos y México, donde son tratados peor que animales y encerrados en jaulas. Mueren en la fosa a cielo abierto más grande del planeta, en el mediterráneo, en la que se hunden a diario las pateras desvencijadas con africanos pobres. Pero eso nunca indigna a los Europeos, muchos de los cuales devuelven al mar los cadáveres de los migrantes ahogados, como en Italia, donde incluso se bañan en la playa, junto a los cadáveres de los “extranjeros indeseables”.

Y ahora, como por arte de magia y en forma milagrosa, esos mismos que desprecian a los migrantes y que, como lo dijo Donald Tusk, Presidente del Consejo Europeo, les recomendaba en 2016: “No vengan ustedes a Europa. No arriesguen su vida ni su dinero. No merece la pena”[2]. De repente, esos mismos europeos les dicen a los ucranianos, arriesguen su vida y vengan al mundo civilizado, que acá los recibimos con los brazos abiertos, pero con la condición de que sean blanquitos, rubios y de ojos azules. El racismo de este indignómetro de pacotilla no puede ser más descarado: en la frontera de Polonia los guardias fronterizos esperan a los que vienen de Ucrania, pero no los reciben ni acogen a todos, puesto que a los que tienen piel blanca los llevan de inmediato a un albergue, les dan comida caliente y atención médica y sanitaria, y a los que tienen otro color de piel (negra, por ejemplo) no se les deja entrar, se les acosa, insulta, persigue y se les deja morir de frio y de hambre. Incluso, en el colmo del cinismo, se persigue a las personas negras, aunque tengan nacionalidad de algún país de Europa, como le sucedió a dos jóvenes estudiantes de medicina en Ucrania, oriundos de Portugal, cuyo color de piel es negro, y que fueron acosados e injuriados en la frontera, por los guardias ucranianos y polacos. Los primeros no quieren que los negros y asiáticos se vayan de Ucrania, los obligan a permanecer para quedarse a pelear, les dicen “Te quedarás aquí, tú que huyes de la guerra. Te quedarás aquí y lucharás con nosotros. No os vais a ir, sobre todo los negros«, como lo aseguró Jean-Jacques Kabea, estudiante congoleño. Y en Polonia, donde el racismo cunde, los guardias reciben con los brazos abiertos a los ucranianos blancos y sacan a patadas a aquellos que tienen la desgracia de tener una piel de otro color.[3]

Esta hipocresía organizada del indignómetro occidental lo que muestra es que allá la vida se cotiza por el color de la piel: entre más blanco eres más vales, en la medida que tu piel se oscurece tu vida no vale un comino. Para estos últimos se aplica el estribillo, que gritaban en las islas Canarias, propio de una canción del Gran Combo de Puerto Rico, No hay cama pa’tanta gente. Y se les muele a palos y se les deja morir en el mediterráneo. Al mismo tiempo y en forma súbita se habla de acoger a cuatro millones de ucranianos, porque son europeos y por su color de piel.

Población huyendo de Ucrania que es devuelta a patadas por los civilizados europeos de Polonia

Pero este indignometro oculta que hay otra migración aceptaba, tolerada y convertida en un gran negocio capitalista: el de la trata y comercio de jóvenes mujeres de color blanco y de ojos azules, en el mercado de la prostitución europea y en el negocio de vientres de alquiler. Que Ucrania se convirtió en el país campeón mundial de las madres sustitutas nunca escandalizó a los que hoy agitan el indignómetro. Ni tampoco que españoles, italianos, franceses y cualquier europeo adinerado compre esposas ucranianas o esclavas sexuales.

Porque incluso la hipocresía de acoger a los blancos y blancas es mentirosa, porque si eres pobre, aunque seas blanco te va a ir mal, en la civilizada Europa, donde esperan a las mujeres, y entre más pobres y bellas peor para ellas, para que alquilen su útero, en el mejor de los casos, o para que terminen en un prostíbulo de cualquier país europeo.[4]

Los que agitan el indignómetro nunca nos dicen que Europa occidental convirtió a las mujeres ucranianas en sus esclavas sexuales y en el principal abastecedor de los prostíbulos de Europa. Un riesgo que se incrementa ahora con los migrantes de la guerra, puesto que los traficantes de mujeres están al acecho para llevarlas y venderlas en Alemania que es hoy por hoy el prostíbulo más grande de Europa.

Cartel para alquilar vientres de alquiler en Ucrania

Somos demócratas y liberales, pero cuando hay que apoyar nazis lo hacemos sin titubeos

Cuando se habla del nazismo, del fascismo o del neonazismo se están utilizando nombres que, por lo general, son etéreos e imprecisos, porque en muchos casos son apelativos que se emplean para referirse a las formaciones europeas o estadounidenses o de otros lugares del mundo de extrema derecha. A esa derecha dicen los europeos y estadounidenses bien pensantes que se oponen y rechazan, como sucedió con Donald Trump. Pero en el caso de Ucrania sucede algo raro: el nazismo no es una denominación peyorativa o algo por el estilo, sino que es un criterio político de identidad de sectores ligados a las clases dominantes y a las fuerzas armadas de Ucrania, hasta el punto de que se han convertido en héroes nacionales a criminales ucranianos pronazis, como Sthepen Bandera, consagrado como héroe de Ucrania en 2010. Lo significativo es que hasta en los papeles de los servicios secretos de los Estados Unidos, antecesores de la CIA, se informa que este criminal era un agente de Hitler. En efecto, un documento desclasificado se señala:

«El 30 de junio de 1941 el fascista ucraniano y agente profesional de Hitler, Stepán Bandera [apodo del agente Cónsul 2] proclamó en Leópolis la reconstrucción del Estado de Ucrania Occidental». Agrega que

«10.000 judíos fueron aniquilados durante una sola operación en la frontera con la Transcarpatia ucraniana. Los gendarmes húngaros los transportaron desde el territorio ocupado por Hungría y Alemania. En la frontera fueron entregados a los representantes de los destacamentos armados de Bandera, quienes los llevaron a una dirección desconocida. […] Solo durante cinco semanas de existencia del ‘Estado’ de Bandera fueron asesinados 5.000 ucranianos, 15.000 judíos y varios miles de polacos»[5].

Claro, los que agitan el indignómetro, europeos y estadounidenses, pueden aducir que esta es una cuestión histórica, vieja y que no tiene importancia ni proyección hacia el presente. Afirmación discutible, porque ese criminal ha devenido héroe del régimen ucraniano actual. Pero el asunto va más allá, porque hoy en Ucrania existe el Batallón Azov, una formación paramilitar integrada a la Guardia Nacional de Ucrania que se declara abiertamente nazi, por su concepción política, por sus afinidades ideológicas con Hitler y por la simbología que emplea.

Además, un grupo nazi es responsable del asesinato de 44 personas en Odesa el 2 de mayo de 2014 y de herir a otros 88. Eso sucedió en la casa de los sindicatos de Odesa. Significativamente, quien comandó ese crimen fue condecorado por el actual presidente de Ucrania con la orden Héroe de Ucrania en diciembre del año anterior.

Pero hay más, en el Ejército de Ucrania se han visto a hombres y mujeres que portan en su uniforme militar símbolos nazis.

La influencia nazi en Ucrania alcanza tal dimensión que, en 2019, The Nation decía: “Hoy, cada vez más noticias acerca de la violencia de extrema derecha, del ultranacionalismo y de la erosión de las libertades básicas desmienten la euforia inicial de Occidente. Hay pogromos neonazis contra los gitanos, ataques desenfrenados contra grupos feministas y LGBT, se prohíben libros y se glorifica, con el patrocinio del Estado, a colaboradores nazis”[6].

Somos los campeones de la libertad de prensa, pero si hay que acallar a la prensa que no nos gusta lo hacemos a nombre de la libertad.

Uno de los preceptos que más se repiten en Europa y los Estados Unidos es que ellos son los defensores incondicionales de la libertad de prensa y opinión. Por ese principio, Europa a condenado y perseguido países desde hace décadas. No importa que Julián Assange se haya convertido en una espina que recuerda que eso no es cierto, pero eso poco importa porque supuestamente es un caso aislado y esa persecución opera contra un “enemigo del mundo libre”. Basándose en ese supuesto, Europa y Estados Unidos se rasgan las vestiduras cuando se toca un periódico privado en cualquier lugar del mundo y eso se repite hasta la saciedad, como ha acontecido con Venezuela. En ese momento, suenan los gritos estridentes de rechazo, de condena, de denuncia que esos que se atrevieron a tocar un periódico o un canal de televisión ligado a los poderes corporativos, son enemigos declarados de la libertad de prensa y son regímenes dictatoriales…

Pues bien, ahora se ha impuesto una brutal censura a periódicos, periodistas y personas que defiendan una postura distinta a la que se ha convertido en la verdad oficial propalada por la OTAN y los medios de desinformación europea. El pensamiento único se ha implantado y no es solo un dicho, puesto que solamente se acepta que se diga que en esta guerra hay malos y buenos, y estos son los que defienden al mundo occidental. Quien se oponga o diga lo contrario es censurado de una forma implacable, como ha ocurrido con RT, Sputnik, señalados como medios de propaganda del gobierno de Putin. También se han acallado las voces que den una opinión que salga de las falsas verdades establecidas en cualquier medio de difusión, incluyendo internet y las redes sociales, en las cuales o se bloquean las páginas o se les coloca el aviso de que son medios prorrusos. Así se han acallado a todo tipo de personas, críticas e independientes.

Claro, este indignómetro informativo jamás funciona para Estados Unidos, Israel o la Unión Europea cuando atacan brutalmente a un país, bombardean y masacran. En esos casos no se censura ni se controla la propaganda oficial de los “reporteros en uniforme” que acompañan a los agresores y que va en sus aviones o en sus tanques de guerra. Jamás existe indignación cuando se bombardean estaciones de televisión, cadenas de radio, sede de periódicos por parte de Estado Unidos, tal y como sucedió en Yugoslavia en 1999 o en Irak, en 2002-2003, cuando el hotel en que se encontraban los periodistas fue convertido en un objetivo militar y fue asesinado el periodista José Couso.

El argumento para acallar a canales como RT es que son medios de propaganda rusos y que no ofrecen información seria, creíble y de calidad. Y eso se dice agitando el indignómetro, al tiempo que se apoya a CNN, la BBC, Fox News y medios similares que son el colmo de la mentira, la manipulación y la desinformación.

El indignómetro apoya incluso que se censure internet y que Google, Facebook y compañía bloqueen cuentas a su acomodo y según sus intereses. Con esto, entre otras cosas, queda hecha añicos la falacia construida hace treinta años con respecto al carácter democratizador de Internet y además sostenía que este no podía controlarse de ninguna manera, ni por el Estado ni por los particulares, con lo que se demostraba el fin de la soberanía de los Estados por la imposibilidad de impedir que la libre información circulara más allá de esta o aquella frontera. Eso se ha demostrado falso, porque ahora el control y la censura lo ejercen los grandes conglomerados privados, todos de origen estadounidense, y eso se acepta como valido y legitimo y, además en el colmo del cinismo, a nombre de la libertad de prensa.

Bloqueamos, y boicoteamos de acuerdo con nuestra conveniencia

Una de las manifestaciones más apabullantes del indignómetro occidental es el de la imposición del bloqueo, el boicot y la persecución a todo lo que sea ruso o huela a ruso. Nunca en ningún otro momento se había presentado tanto unanimidad, coordinación y ejecución inmediata del bloqueo económico, el boicot y el accionar de instancias burocráticas paquidérmicas que no sirven para nada como la ONU, o el Tribunal Internacional de Justicia. Tampoco nunca se había presentado tal rapidez para que el Comité Olímpico Internacional cumpliendo las ordenes de Estados Unidos decidiera expulsar a todos los equipos y deportistas rusos de cualquier competencia individual o por equipos. Incluso, la FIFA que presume de estar al margen de la política y tiene como uno de sus principios demagógicos el sostener que cucando un Estado que cuando un Estado interviene en los asuntos del futbol eso supone la sanción de su selección nacional. Eso se ha demostrado falaz en estos momentos, porque la FIFA ha sido de las primeros en acatar la orden de expulsar a Rusia del mundial de futbol y a los equipos rusos de cualquier competencia internacional. Lo mismo ha sucedido en todos los deportes y ahora asistimos al espectáculo bochornoso e inquisitorial que si los tenistas rusos quieren participar en el torneo de Wimbledon deben condenar a Putin y aceptar que no pueden escuchar el himno de su país.

Se expulsa a los directores de orquesta de origen ruso por negarse a condenar la guerra y a Putin. Se expulsa hasta los gatos y perros de las exhibiciones internacionales. Se expulsa a los estudiantes rusos matriculados en universidades europeas y estadounidenses. Se rompe con los acuerdos de ciencia e investigación que se habían establecido con universidades e instituciones de Rusia. Se persigue las cátedras de pensamiento ruso, de historia o de crítica literaria que tenga que ver con ese país, y hasta se censuran cursos sobre Dostoievski y se impide que se escuchen las sonatas de Chaicoskski. El indignómetro alcanza tales niveles de fanatismo que hasta se cambia el lenguaje y ya no se puede hablar de ensalada rusa o ensalada tártara.

Con todo esto se ha generalizado una rusofobia que no tiene nada que envidiarle a lo hecho por los nazis para perseguir al pueblo judío durante la segunda guerra mundial, cuando les colocaba una estrella de David de color amarillo.

La economía rusa ha sido bloqueada en todos los niveles y Rusia ha superado el récord mundial de sanciones, con 5700 decretos en su contra.

Lo que adquiere importancia en esta muestra de indignación selectiva radica en que jamás se ha aplicado algo parecido para bloquear a Estados Unidos, el campeón mundial e indiscutido de invasiones, ocupaciones, bombardeos, masacres. Tampoco se ha aceptado que algo así se le aplique al Estado terrorista y sionista de Israel, tan experto en masacrar mujeres, niños, jóvenes y ancianos durante más de 70 años. Los que agitan el indignómetro hoy, antes han dicho que es imposible, inaceptable y propia de una lógica antisemita intentar boicotear los productos de Israel o romper acuerdos comerciales o académicos con los miembros del Estado de Israel. Esos mismos que hoy expulsan a los rusos del festival de la canción de Eurovisión, son los que hace tres años avalaron que Israel realizara ese mismo festival en su suelo ‒algo extraño, por lo demás, porque Israel no queda en tierra europea‒ y eso se hizo mientras las fuerzas armadas de ese país masacraban palestinos. En ese festival, Madonna se ganó un millón de dólares por cantar durante diez minutos y avalar los crímenes y las masacres de ese estado sionista. Nunca se ha impedido que un equipo deportivo de Israel no participe en una competencia, si antes por el contrario se le avala y se le permite que participe en los campeonatos europeos. Y cuando algún futbolista se atreve a denunciar los crímenes de Israel es sancionado de inmediato a nombre de la tolerancia, como le aconteció al futbolista Fréderik Kanouté, quien exhibió una camiseta con apoyo a Palestina en un partido en España, con la camiseta del Sevilla, después de un brutal bombardeo en Gaza. Quien dijo miedo, y los maestros actuales de la indignación selectiva no dijeron esta boca es mía en ese momento. La FIFA si sancionó a ese futbolista de inmediato con una multa de 3000 euros por haber emitido un mensaje político. Y los indignados de hoy no solo callaron, sino que aplaudieron esa medida porque sostenían que no puede aceptarse el antisemitismo.

Respetamos los derechos humanos, entre ellos el de vivir, pero llamamos a matar rusos.

El indignómetro alcanza las cotas más altas de intensidad en estos momentos, hasta el punto de que, en público, por todos los medios, se difunde la rusofobia ideológica y cultural, y en forma abierta y sin ocultarlo se hacen llamados a matar rusos.

Eso se hace a través de la televisión, en los programa de máxima audiencia y a través de las redes antisociales. Así, el indignómetro lo sacan a relucir personajes, como los presentadores de televisión, que tradicionalmente lo único que los indigna es que pierda su equipo de futbol favorito, pero nada más. Y ahora en vivo y en directo llevan a criminales a que den cursos intensivos de asesinato de rusos. Eso se ha visto, por ejemplo, en España, pero no es ni mucho menos un caso único o asilado. En uno de esos programas en la televisión española, llevaron a un individuo, con pinta de rufián de barrio, con una «una amplia experiencia en balística y armas de fuego», quien dijo: «Soy optimista pero de una manera nada más, de matar más rusos; es decir, tienen que causar bastantes más bajas todavía. Esto es importante que lo hagan». Adicionalmente, este matón llevaba un arma en sus manos que exhibió como gran cosa en el programa y explicó cómo se debería llevar a cabo la matanza: «Esos buques que estaban abajo en Odesa tienen que esperar a que entren y cuando entren hay que minar toda la zona y hay que acabar con un par de ellos por lo menos, con dos por lo menos». E insistió: «hay que matar más, hay que matar más rusos», porque, según él, «el pueblo ucraniano lo necesita para poder llegar a una buena negociación»[7].

Google, Facebook y otras redes sociales dicen que por esta vez y de manera excepcional se permite que circulen los mensajes de odio contra los rusos, entre ellos los llamados a matarlos. «Como resultado de la guerra rusa en Ucrania hemos permitido temporalmente expresiones políticas que normalmente violarían nuestra política de lenguaje violento, permitiendo expresiones como ‘muerte a los invasores rusos’. Todavía no permitiremos llamamientos violentos contra ciudadanos rusos». Esa misma Meta Platforms, empresa propietaria de Facebook, Instagram y WhatsApp, fomenta el apoyo al conocido destacamento nazi, el Batallón de Azov: «Estamos haciendo una pequeña excepción para elogiar al Regimiento Azov estrictamente en el contexto de la defensa de Ucrania, o en su papel como parte de la Guardia Nacional de Ucrania»[8]. Como quien dice, el indignómetro occidental justifica el apoyo a los nazis de Ucrania en su loable propósito de matar rusos, pero jamás, ni más faltaba, lo va a aceptar cuando se hable de enfrentar a los agresores judíos en Palestina, o a los invasores estadounidenses en Irak, Afganistán, Somalia, Libia y un interminable etcétera.

Por supuesto, que estas incitaciones de odio, legalizadas y oficializadas por los dueños de Internet y las redes antisociales, de inmediato se amplifican y legitiman las voces criminales, típicamente nazis para los que dudan de ese calificativo, como las de un presentador de la televisión de Ucrania, una verdadera pieza antológica de odio y muerte, que no tiene nada que envidiarle a Goebbels y compañía. Citemos esta pieza nazi, antológica del odio y la xenofobia, que es compartida por los que agitan el indignómetro occidental:

“Ya que en Rusia nos llaman nazis, fascistas, etcétera, me gustaría citar a Adolf Eichmann, quien propuso que para destruir una nación es necesario, ante todo, matar a los niños. Porque si se mata a sus padres, los hijos crecerán y, definitivamente, se vengarán. Matando a los niños, nunca crecerán y la nación desaparecerá […]. Yo no soy de las fuerzas armadas de Ucrania. Y cuando tenga la oportunidad de eliminar a los rusos, definitivamente lo haré. Ya que me llaman nazi, me adhiero a la doctrina de Adolfo Eichmann, y haré todo lo que esté en mi mano para que tanto ustedes como sus hijos no vivan nunca en esta tierra. […] Necesitamos la victoria. Y si tenemos que masacrar a todas sus familias (rusas) para hacerlo, seré uno de los primeros en ejecutarlo. “Espero que cada uno contribuya con su aporte y mate al menos a un moskal (insulto étnico a los rusos usado principalmente en otras naciones eslavas)”.[9]

Fakhrudin Sharafmal, presentador del canal ucranio 24, llama a la exterminación de niños rusos y a masacrar a todas las familias de ese país.

Adicionalmente, en momentos en que se necesita la mesura y la reflexión para detener rápido la guerra en Ucrania, hay quienes piden armar a los ucranianos para repeler el ataque de Rusia, e incluso lo justifican diciendo que esto debe hacerse para impedir que se imponga la barbarie si llegan a triunfar el ejército ruso. Claro, denles armas a los nazis y esperen que venga lo que sucedió con los muyahidines y yihadistas armados en Afganistán en la década de 1980, que luego eso se les va a convertir en un bumerán criminal en sus propios territorios. Aparte de ese antecedente histórico, el asunto más de fondo es el siguiente, que cuestiona el indignómetro: ¿cuándo se les han dado armas a los palestinos para defenderse del Estado terrorista de Israel?; ¿cuándo se ha considerado la posibilidad de proporcionarles armas a los yemeníes para enfrentar la agresión criminal de Arabia Saudita, apoyada por Europa y los Estados Unidos? Y así hasta el infinito. Tenemos, entonces, que en términos militares el indignómetro es cruelmente selectivo: las armas son buenas y sirven cuando están en manos de nuestros amigos, pero son terribles y peligrosas al llegar a manos de todos los que consideramos como enemigos del mundo occidental. Y por esa misma razón, el indignómetro condena las armas artesanales y hechizas que usen los palestinos contra los tanques y aviones de Israel. Y el mejor expositor de esa lógica es el propio Zelensky, exaltado en esta ocasión como el campeón de la liberación nacional de Ucrania, quien, en una entrevista concedida después de los brutales bombardeos de Israel en la franja de Gaza en marzo de 2021, dijo que los únicos que sufrían eran los sionistas que atacaban y bombardeaban a los palestinos.[10]

Por último, en este indignómetro que dice defender los derechos humanos resulta cruelmente hipócrita si se recuerda que nada parecido a lo que sucede hoy frente a la hipócrita solidaridad de Europa occidental con el pueblo ucraniano se ha expresado con otros pueblos del mundo que soportan el terrorismo de Estado. Y al respecto recordar un ejemplo reciente. Hace unas cuantas semanas fue recibido con alfombra roja y como gran demócrata el subpresidente de Colombia Iván Duque, que es el responsable de un genocidio en marcha en nuestro país, y es el responsable directo del baño de sangre que continúa asolando a este rincón de Sudamérica. Pues, el Parlamento Europeo acogió y recibió a este egregio defensor de los derechos humanos, luego del Paro Nacional del año anterior, cuando las fuerzas represivas del Estado colombiano masacraron a 80 personas y hoy aparecen los cadáveres desmembrados de participantes en ese paro en ríos y caños del territorio colombiano. Esa es una clara muestra de la manera cómo funciona el indignómetro cuando se habla de derechos humanos, que no es otra cosa sino un pretexto que se usa cuando se trata de denunciar a los adversarios que resultan incómodos a Estados Unidos y Europa.

Conclusión: Más allá del indignómetro

La actual guerra de Ucrania ha servido, más que cientos de discursos y denuncias, para evidenciar lo que son Europa, Estados Unidos y el capitalismo realmente existente, del que por supuesto también hacen parte Ucrania y Rusia. Ese capitalismo, violento y criminal, ha ensangrentado el mundo (hasta ahora eso se hacía bastante lejos de Europa), pero en todas las ocasiones anteriores a lo de Ucrania, Europa occidental y Estados Unidos, copartícipes de múltiples crímenes, ocupaciones, invasiones, apoyo a dictaduras, expulsión y despojo de pueblos enteros… no han mostrado nada ni remotamente parecido a la indignación que hoy dicen expresar.

Por esta razón, esa indignación es sospechosa, de dudosa credibilidad, oportunista y ocasional, a la que bien se le puede aplicar el precepto de Darío Fo, cuando dijo: Caminamos erguidos, no por dignidad, sino porque tenemos la mierda hasta el cuello.

En contravía, la autoridad moral la determina el rechazo y la denuncia, sin indignómetros ni democracímetros de ocasión, a la injusticia, la guerra, la muerte donde quiera que se presente, porque como lo dijo el Che Guevara: “No creo que seamos parientes muy cercanos, pero si usted es capaz de temblar de indignación cada vez que se comete una injusticia en el mundo, somos compañeros, que es más importante”.

Notas

[1]. Rob Nixon, Slow Violence and the Environmentalism of the Poor, citado en Stephan Lessenich, La Sociedad de la externalización, Herder, Barcelona, 2019, p. 9.

[2]. Citado en Ibid., p. 135

[3]. https://es.euronews.com/2022/03/01/racismo-en-la-frontera-ucraniana-no-os-vais-a-ir-sobre-todo-los-negros

[4]. https://www.elperiodicodearagon.com/tags/vientres-de-alquiler/

[5]. Citado en https://mundo.sputniknews.com/20200124/la-cia-revela-como-el-heroe-de-ucrania-trabajaba-para-hitler-1090233642.html

[6]. Citado en Ilan Pappe, “Cuatro lecciones desde Ucrania”, Rebelión, marzo 5 de 2022. Disponible en: https://rebelion.org/cuatro-lecciones-desde-ucrania/

[7]. https://www.elespanol.com/bluper/20220311/iker-jimenez-alucina-polemica-solucion-invasion-ucrania-invitado/656434680_0.html

[8]. https://www.xataka.com/legislacion-y-derechos/muerte-a-rusos-invasores-facebook-permitira-mensajes-odio-contexto-guerra-ucrania

[9]. La Jornada, marzo 17 de 2022. Disponible: https://www.xataka.com/legislacion-y-derechos/muerte-a-rusos-invasores-facebook-permitira-mensajes-odio-contexto-guerra-ucrania

[10]. I. Pappe, loc. cit.

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Otro Chile es posible

13/03/2022 by Vitalio Deja un comentario

Por: Telma Luzzani 

La asunción de Gabriel Boric genera expectativas en el país trasandino y en la región. Aunque su programa es progresista e inclusivo en diversos aspectos, asume sin mayoría parlamentaria y con un Congreso muy fragmentado. Su primer desafío político será que el pueblo chileno refrende la nueva Constitución.

Cuando los muchos –los indignados, los desesperados– salen al espacio público y alteran el orden cotidiano de la dominación, la prensa habla de “estallido social” y las minorías dominantes (que se apresuran a llamarlos “alienígenas”) envían a las fuerzas represoras para que restauren “la normalidad”, es decir, para que repongan el viejo orden abusador y que la sangre no llegue al río.

Sin embargo, la sangre queda en las calles o en los cuerpos baleados o en los ojos ciegos de quienes demandan otro modo de vivir. Eso pasó el 18 de octubre de 2019 en Chile. Las enormes protestas de norte a sur, sostenidas en el tiempo a pesar de la violencia feroz de los carabineros, dejaron claro de qué es capaz el pueblo chileno. Y aunque lo más acuciante no amainó, la insurrección popular ha obtenido victorias notables.

Una de ellas fue lograr la convocatoria para que la ciudadanía decidiera si quería, o no, derribar para siempre la Constitución neoliberal del dictador Augusto Pinochet. En octubre de 2020, el pueblo dijo estruendosamente “sí”. Los tiempos históricos se aceleraron y, en el comienzo de este 2022, ya fueron aprobados los primeros artículos de una nueva Ley de Leyes. Chile se mira orgullosamente a sí mismo, reflexiona sobre su pasado, escucha la voz de los pueblos originarios y se declara –en el artículo 1º de la nueva Constitución– un “Estado regional, plurinacional e intercultural, conformado por entidades territoriales autónomas, en un marco de equidad y solidaridad entre todas ellas”.

Cuando esta nueva Carta Magna tenga completo todo su articulado, se someterá a un “plebiscito de salida” obligatorio, en el segundo semestre del año, para que la mayoría la adopte o continúe en vigencia la ley de Pinochet.

Otra consecuencia de las grandes movilizaciones populares fue el triunfo del candidato de izquierda, Gabriel Boric, en las elecciones presidenciales del año pasado, un acontecimiento que los chilenos no dudan en considerar el más importante de las últimas décadas. Boric batió tres récords: es el presidente más joven (36 años), el más votado en la historia de su país y ganó en una elección que fue la de mayor asistencia desde 2012, cuando el voto dejó de ser obligatorio en Chile.

Aun con las diferencias de época, Boric expresa, a su modo, el rescate de un hilo histórico que une los actuales reclamos y protestas populares con el Chile de Salvador Allende, antes de que la democracia fuera brutalmente interrumpida con el aval de Estados Unidos, el 11 de septiembre de 1973. “Si Chile fue la cuna del neoliberalismo también será su tumba”, prometió el joven presidente cuando todavía era candidato. ¿Habrá llegado la hora en que las palabras proféticas de Allende –“más temprano que tarde se abrirán las grandes alamedas por donde pase el hombre libre para construir una sociedad mejor”– empiecen a cumplirse?

EL FANTASMA DE PINOCHET

“Las grandes alamedas se abrieron un poquito pero no tanto como quería Salvador Allende”, opina Atilio Boron, magíster en Ciencia Política por Flacso de Chile y Ph. D. por la Universidad de Harvard.

Boron pone como ejemplo el proceso constituyente, al que considera “simbólicamente muy importante” pero teme que quede a medio camino. “La primera presidenta de la Convención Constitucional (CC) fue la mapuche Elisa Loncon y, sin duda, allí se están planteando discusiones interesantes, pero las grandes jornadas de octubre fracasaron en el intento de instaurar un poder constituyente propio y popular. Los cambios están muy mediatizados. Por eso digo que se ha abierto una fisura, pero el dique de la derecha chilena –que se expresó en el pinochetismo, pero también en los sucesivos gobiernos de la Concertación y la Nueva Mayoría– todavía está ahí, resistiendo”.

La gran preocupación del politólogo es el resultado del mencionado “plebiscito de salida” que, como se dijo, tendrá lugar en el segundo semestre de este año. “Yo quedé traumatizado con lo que pasó en Colombia cuando después de largas y trabajosas conversaciones de paz entre gobierno y guerrilla (FARC), la mayoría de la población rechazó el acuerdo. Creo que es la primera vez que sucede eso en el mundo. El caso de Colombia refleja lo que pueden las campañas propagandísticas, el lavado de cerebro, el neuromarketing político y todas esas basuras que sabemos que existen en este momento para enturbiar la mente de la gente. Volviendo a Chile: es cierto que, en el plebiscito de 2020, una gran mayoría repudió la constitución pinochetista, pero si la nueva Carta Magna queda a mitad de camino, ¿va a tener el apoyo de la mayoría de la población? Y si no gana, se sabe, queda vigente la de Pinochet, plasmada por Jaime Guzmán, un jurista muy inteligente, pero de la derecha fascista.”

Marta Lagos, directora de Latinobarómetro y Market & Opinion Research International (MORI) de Chile, coincide con Atilio Boron sobre la fuerza resistente del pinochetismo. La encuestadora suma un análisis sobre el peculiar escenario que han dejado las votaciones legislativas, presidenciales y constituyentes de 2021. “No cabe la menor duda de que en Chile hay una crisis en el sistema de partidos. Esto quedó reflejado en la atomización partidaria del Congreso”, asegura. “Antes, en el parlamento, había bloques de cincuenta legisladores. Ahora hay 22 partidos con 7, 10 o 19 legisladores.”

El escenario para Boric no es sencillo: con esta fragmentación no sólo será dificilísimo tener la mayoría necesaria para aprobar los puntos nodales de su programa, sino que enfrentará un desgaste considerable al tener que negociar con 22 partidos en lugar de uno o dos.

La elección presidencial reflejó igualmente la crisis de partidos políticos y una drástica polarización. Como resultado de la primera vuelta (noviembre 2021), dos candidatos, en campos ideológicos diametralmente opuestos, no pertenecientes a los partidos tradicionales (y ambos sin mayoría en el Congreso), pasaron al balotaje de diciembre. El ganador, Gabriel Boric (55,87 por ciento de los votos), líder de la coalición de izquierda Apruebo Dignidad (integrada por el Partico Comunista y el Frente Amplio), hizo suyos los reclamos populares, pero, por otro lado, se despegó de la simbología de la izquierda clásica e incluso manifestó abiertamente sus críticas a los procesos de Cuba, Venezuela y Nicaragua. El candidato perdedor, José Antonio Kast (44,13 por ciento), es un conservador neoliberal a ultranza, cuyas consignas de campaña reivindicaban al dictador Augusto Pinochet: en sus actos se coreaba “¡Viva Chile y Pinochet!” o “¡Chile nunca será comunista!”.

“El problema es que el pinochetismo no son cinco personas –asegura Marta Lagos–. Una buena parte de quienes votaron por Kast lo hicieron por miedo. Kast viajó a EE.UU., se informó sobre la lógica de campaña de Donald Trump y la aplicó en la segunda vuelta. Tiene los fondos para poder implementar los bots y las fake news, a través de las redes sociales. Los desinformados de la política, que es la mayor parte de la población de Chile, terminaron creyendo que efectivamente se venía el caos. Fue la fórmula de Pinochet ‘Yo o el abismo’. Kast lo replicó: ‘Yo o el chavismo’. Y no le fue mal. Por eso creo que fue una elección distorsionada en la que la gente no eligió programas sino personas en función de percepciones dicotómicas.”

LOS DESAFÍOS DEL NUEVO GOBIERNO

“Hemos escuchado la voz del pueblo”, aseveró Boric antes del balotaje. “Estamos decididos a construir un país más justo, más digno y más seguro. Pero no con promesas sino con hechos concretos.”

Se refería al clamor popular que, desde comienzos del siglo XXI, demanda “hechos concretos”, como el fin de las jubilaciones privatizadas (AFP); salud y educación gratuitas y de calidad; control estatal de los recursos estratégicos, como el agua (ahora privatizada). En una palabra, el fin del régimen neoliberal.

Paula Klachko, socióloga y coordinadora de la Red en Defensa de la Humanidad en su capítulo argentino, sostiene que los acontecimientos de Chile son “una insurrección popular y espontánea” que no tiene vuelta atrás. “Una revuelta remite a formas más dispersas en las que prevalece la espontaneidad. En cambio, en Chile las masas descorporativizadas (no en tanto tal o cual fracción sino en tanto pueblo) se constituyen en masas populares con disposición al enfrentamiento contra las fuerzas especializadas (los carabineros) e incluso dispuestas a confrontar no sólo con el gobierno sino con el Estado. Además, se trata de un movimiento muy potente a escala nacional, no sólo en lo territorial sino también en su contenido. Están claros los enemigos: los gobiernos como el de Sebastián Piñera, las políticas de Estado neoliberales y las corporaciones transnacionales del capital que se han apropiado de los bienes sociales y naturales chilenos. También está claro el objetivo: revertir las políticas de Estado de los últimos cincuenta años y adoptar una alternativa al modelo neoliberal.”

Las jornadas populares de octubre son hijas de otras luchas chilenas en el siglo XXI: las de los estudiantes, los mapuches, el Ni Una Menos de las mujeres. Boric hereda el compromiso de estas protestas que terminaron desbordando completamente las instituciones y desafiando al poder establecido.

“Después de procesos insurreccionales como este no hay retorno –continúa Klachko–, como sucedió en Bolivia después de la Guerra del Agua y el Gas, o en la Argentina después del 19 y 20 de diciembre de 2001. Habrá avances y retrocesos porque el pinochetismo aún tiene fuerza en una parte importante de la población. No son procesos lineales, pero seguro no habrá un retorno al estadio anterior. Si hay ‘agachadas’ de los dirigentes, dependerá de la disposición popular a continuar movilizándose para que se modifiquen de raíz los hechos.”

No obstante, las acciones populares no son siempre las esperadas. Cuando la ciudadanía fue convocada a elegir senadores y diputados conformaron un Congreso fragmentado, con importante presencia de la derecha. En el Senado, aunque sin quórum propio, el “piñerismo” es la fuerza mayoritaria. En Diputados, el número mágico para aprobar cualquier medida es 78. La derecha cuenta con 68 de 155 bancas, y el oficialismo y sus aliados de la ex Concertación (sin la Democracia Cristiana), con 74.

A este escenario que debilita la gobernabilidad de Boric debe agregarse otro obstáculo para su gestión. Señala Marta Lagos: “Boric tiene un programa muy ambicioso que requiere eficiencia en la ejecución y se topará, al menos, con dos dificultades. Primero, el Estado chileno es terriblemente antimoderno, lleno de trabas burocráticas y lento como un hipopótamo. Segundo, el presidente tiene un ejército de gente muy calificada técnicamente y profesionalmente, pero que no tiene ninguna experiencia en cómo hacer funcionar un Estado así”.

Aunque parezca mentira, Marta Lagos asegura que la base de datos electorales está desactualizada en una década. “El Servicio Electoral de Chile tiene dificultades para acercar los locales de votación a los lugares donde viven los electores porque ¡no se sabe bien dónde vive la gente! Otro ejemplo: si se quisiera dar un subsidio, el Estado no permite la discriminación de las bases de datos según las características de la población.”

EL OBSTÁCULO ES LA INCOHERENCIA POLÍTICA

Otros expertos, como Atilio Boron, quien estuvo exiliado en Chile e hizo una parte importante de su formación como cientista político en ese país, son aún más pesimistas. “El desafío de cambiar una sociedad profundamente injusta como la chilena es enorme. Otro reto gigante es recuperar los recursos naturales que fueron alienados, en algunos casos de manera fraudulenta, a favor de los amigos y los cortesanos del proceso democrático –entre comillas– pospinochetista. Chile es un sistema fuertemente presidencialista. No hay vicepresidente. Y, lamentablemente, tengo modestas expectativas sobre el desempeño de Boric como presidente porque es un hombre que tiene graves incoherencias políticas”, remarca.

Boron basa su opinión en la alineación, la formación y los contactos de Boric que, en algún caso, podrían comprometer su gestión. “Su carrera ha sido financiada de alguna forma por lobbies muy importantes vinculados a Israel y a Soros, entre otros –explica el politólogo–. Su pensamiento ha sido moldeado, prácticamente, por lo que es la ideología dominante, como es el caso de algunas ONG, nada inocentes, financiadas por EE.UU., como Human Rights Watch, que critican permanentemente a Nicaragua, Venezuela o Cuba pero no dicen una palabra de Colombia, que es el mayor asesino de la historia regional.”

La designación de Antonia Urrejola como ministra de Relaciones Exteriores parece darle la razón a Boron. Entre 2006 y 2011, Urrejola trabajó como consejera de Luis Almagro, actual secretario general de la OEA, cuestionadísimo por sus iniciativas a favor del golpe de Estado en Bolivia contra Evo Morales, entre otras acciones proimperiales.

“En algunos temas, Boric tiene un discurso contestatario, pero en materia de política exterior su alineamiento incondicional es con EE.UU. Su obsesión contra Venezuela, Nicaragua y Cuba es realmente tóxica y el elenco que ha elegido para gobernar no permite hacerse grandes ilusiones”, destaca Boron. “El gabinete, en lo fundamental, es de centroderecha. El ministro de Hacienda, Mario Marcel, está en una línea ortodoxamente neoliberal. Boric va a tratar de hacer un cierto equilibrio, pero me parece que la relación de fuerza lo va a llevar hacia la derecha. Uno quisiera ver otra cosa, pero hay demasiados indicios como para pensar en un reformismo en serio. Puede ser en las áreas culturales o identitarias, pero me temo que no podrá desprivatizar el agua –único caso a nivel mundial–, que no se meterá con las Administradoras de Fondos de Pensiones, como en la Argentina lo hizo el economista Amado Boudou, ni va a poder resolver seriamente el tema de los presos políticos. Ojalá me equivoque, pero su gobierno puede llegar a ser la Concertación 2.0.”

PROS Y CONTRAS DEL GABINETE PLURAL

Gabriel Boric sabe que su gobernabilidad está en jaque. Inicia una gestión con altas pretensiones de cambio, sin mayoría en el Congreso y sin un partido de masas que lo respalde. Su jugada fue apostar a un gabinete plural donde estuvieran representados no sólo los partidos de su coalición sino un amplio espectro político de posibles aliados futuros.

Además de paritario (14 mujeres y 10 hombres), el gabinete incluye seis ministros independientes; cinco de su partido, Convergencia Social; tres comunistas; dos socialistas (de la ex Concertación); dos de la Revolución Democrática; dos sin militancia política; uno del Partido Liberal; uno del Frente Regionalista Verde Social; uno del Partido Radical, y uno de los Comunes.

“Para tener gobernabilidad y poder pasar alguna ley en el Parlamento, Boric necesitaba incorporar a los partidos que, siendo de izquierda, no estaban en su coalición, Apruebo Dignidad. La falta de mayoría en el Congreso es una debilidad política más que estructural. Con este gabinete, Boric espera aumentar el número de diputados a su favor”, calcula la encuestadora Marta Lagos.

Pero este no es el único obstáculo que enfrentará el nuevo gobierno. En el plano económico, hereda un presupuesto 2022 drenado, ya que su antecesor, Sebastián Piñera, recortó un 22,5 por ciento del gasto respecto del año pasado. El argumento fue el de priorizar la salud de las cuentas públicas (sin importar la pandemia de coronavirus ni la dramática situación social).

El poder económico y el pinochetismo le enviaron mensajes disciplinadores desde el momento en que se declaró vencedor. El principal índice de la Bolsa de Santiago, IPSA, retrocedió 5,39 por ciento en los tres días posteriores a su triunfo (con Ricardo Lagos y Michelle Bachelet no había retrocedido ni un uno por ciento). Las propuestas de aumentar los impuestos a las empresas (sin dinero es imposible encarar cambios), reducir el horario laboral, elevar el sueldo mínimo, crear un nuevo royalty minero y acabar con el actual modelo previsional han levantado ampollas en el establishment. Cualquiera de estas medidas deberá enfrentar al poder real, que le tirará con su arsenal económico, financiero y mediático-propagandístico hasta dejarlo acorralado. Una vez más, la fuerza de la presión popular puede ser la gran salida, aunque este actor, como quedó demostrado con la elección legislativa, es impredecible.

En ese escenario, no debe descuidarse otro elemento de efecto nocivo y larga duración: la eficiente batalla cultural del neoliberalismo. El economista y académico chileno Marco Kremerman lo ejemplifica con las jubilaciones privadas o las Administradoras de Fondos de Pensiones. “Hay un gran descontento con las AFP, pero al mismo tiempo hay cierta desconfianza con un sistema estatal público. Esto va mucho más allá de políticas económicas. Se trata de una profunda huella cultural neoliberal que actuó en Chile durante cuarenta años. Las personas que tienen menos de 58 años no conocen la Seguridad Social ni sus beneficios: creen que un pozo colectivo significa que van a perder la jubilación porque la van a tener que compartir con otros. Nunca han vivido otro sistema. Entonces, saben que tienen su cuenta y que tienen que tratar de que aumente su ahorro para conseguir una mejor pensión y punto.”

Finalmente, otro actor de enorme peso, la Convención Constitucional –que tomará decisiones sobre temas cruciales, como el estatus de los recursos naturales y su control–, influirá en cada uno de los momentos políticos de este primer año de gobierno Boric.

EL FACTOR CONSTITUYENTE

“La Convención es un planeta aparte”, dice con humor Marta Lagos. “Más de la mitad de los chilenos no fue a votar. Y el 43 por ciento que lo hizo conformó una combinación de electores diferente a la que eligió presidente y Congreso. Son tres conjuntos distintos de chilenos y por lo tanto no son comparables. Por eso digo que es un planeta aparte, porque se ha creado una cultura, una interacción, una manera de operar distinta de la que los chilenos conocieron en el Congreso en los últimos treinta años.»

Lagos realizó un detallado examen del comportamiento de esta nueva entidad y lanza un primer análisis provocador: “Desde la perspectiva de su composición política, la característica central de la CC es que es apolítica.»

“Los convencionales no ejercen la política desde el punto de vista del poder. No se han formado coaliciones equiparables a las existentes en el Congreso. Los independientes son más o menos la mitad y los miembros de partidos políticos tradicionales son minoría. Los partidos no juegan un rol preponderante. Tampoco hay liderazgos o personas que conduzcan, que agrupen. La CC es un grupo muy atomizado que tiene poco ejercicio de la política y se encuentra tremendamente ajeno a lo que ha sido la política tradicional chilena. Con todos estos componentes es bastante difícil hacer predicciones.”

Los artículos deben aprobarse con una mayoría de dos tercios (103 convencionales). La derecha no los tiene, por lo que no podrá impugnar las reformas, pero tampoco los tienen ni la izquierda ni los independientes, que distan de ser un bloque hegemónico. En una palabra: hay altas probabilidades de que muchas decisiones queden empantanadas.

Luego queda la aceptación o rechazo final de la ciudadanía. El “plebiscito de salida” será obligatorio, algo inédito para los chilenos y, según Marta Lagos, beneficioso para los sectores de izquierda.

“Está comprobado que a medida que vota más gente, aumenta el caudal de la izquierda. La derecha lo sospechaba, por eso no quería aprobar el voto obligatorio. No obstante, todavía hay algunas dudas. Por ejemplo, no sabemos cómo va a votar ese 45 por ciento que lleva más de una década sin hacerlo. Va a sufragar al menos un millón de personas más. Y por último, se espera que el nuevo gobierno tome las medidas necesarias para solucionar las múltiples dificultades logísticas que implica esta elección.»

En la calle, el ciudadano común quiere tranquilidad y, sobre todo, vivir en un país mejor. El nuevo nombre de la plaza Dignidad no es sólo un cambio simbólico. Es el recuerdo permanente de lo que Chile ha luchado por la equidad y la decisión inclaudicable de conseguirla.

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Jacques Sapir, uno de los principales expertos mundiales en Rusia, explica qué pasará con las sanciones. Por qué estalló el conflicto Rusia – Ucrania y qué efectos tendrá sobre el mundo

13/03/2022 by Vitalio Deja un comentario

Por: Martín Burgos*

Junto al horror que causa la guerra y al repudio a la invasión rusa, Sapir plantea que “el gran problema de la actualidad es que ambas partes tienen su cuota de razón”. Detalla los conflictos internos no resueltos en Ucrania, el rol de la OTAN, los errores de Estados Unidos y la relación de Rusia con China.

“El gran problema de la actualidad es que ambas partes tienen sus razones”, explica el economista Jacques Sapir, uno de los mayores especialistas sobre Rusia en Francia, en relación a la guerra en Ucrania. Sapir es miembro de la Academia Rusa de Ciencias y autor de libros como El crack ruso de 1998, Los economistas contra la democracia, La desglobalización y El gran regreso de la planificación.

En diálogo con Cash, Sapir realiza un amplio racconto de una serie de hechos que ofrecen explicaciones sobre lo que está pasando en Ucrania, lo cual es complementario al repudio a la invasión rusa y la consecuente catástrofe humanitaria.

Menciona los conflictos internos en el país del Este, que son causa de la posterior escalada militar, junto a la relación de la OTAN con Rusia y en particular el fracaso de instancias previas de negociación con los Estados Unidos. Advierte que el impacto económico de las sanciones aplicadas por la Unión Europea y por Estados Unidos puede no ser relevante para Rusia y explica que el actual contexto geopolítico profundiza la relación de Rusia con China. También subraya que la dependencia europea del gas ruso impide un corte total de la relación económica.

1. ¿Cuáles son las causas del conflicto?

–Las causas son múltiples, hay algunas que son internas a Ucrania. Desde 2014, tuvimos una insurrección en la parte oriental en reacción a la revolución de ese año, que había declarado que aboliría los derechos específicos de las poblaciones rusófonas y de la población de Crimea. Hay que recordar que Ucrania es un país muy heterogéneo en su población, donde se habla húngaro, ruso, ucraniano y rumano. Tanto es así que el propio presidente Zelensky es rusoparlante y ha utilizado ese idioma en varias oportunidades en esta crisis. Eso no implica que no pueda existir la nación ucraniana. Pero sí define que para reforzarla hay que hacer equilibrio en un contexto complicado, lo cual no se hizo desde 2014. Asimismo, el Acuerdo de Minsk 2 nunca se aplicó. Recordemos que este acuerdo, firmado en febrero 2015 luego del fracaso del Acuerdo de 2014, implicaba un cese al fuego y el retiro de armamento pesado de la línea del frente, la liberación de prisioneros de guerra, la reforma constitucional en Ucrania, que otorgaría el autogobierno a ciertas áreas de Donbás, y el restablecimiento del control de la frontera estatal al gobierno ucraniano. Este segundo fracaso hizo que las regiones del Este ingresaran en un régimen de conflicto de baja intensidad, creando una situación de inestabilidad en un contexto aún más grave de tensiones entre la OTAN y Rusia.

Jacques Sapir, el economista francés que más conoce Rusia.

2. ¿Cómo analiza el desenvolvimiento de la OTAN?

–En 1991, la OTAN se comprometió a no expandirse más allá de Alemania, pero en 1999 ingresaron al tratado Polonia, Hungría y República Checa, lo que hizo crecer el sentimiento de inseguridad en las élites rusas, que se plasmó en el discurso de Putin en febrero de 2007 durante la Conferencia de Seguridad de Munich. En esa Conferencia, le dijo a los países de la OTAN que “no pueden considerar que el Derecho Internacional es lo que ustedes quieren, sino que debe ser fruto de un consenso”. En diciembre del año pasado, Putin parece haber pensado que la situación no podía durar más y ofreció un acuerdo a Estados Unidos, en el cual la OTAN se comprometía a no aceptar la adhesión de Ucrania. Sin embargo, Washington rechazó la propuesta en febrero. A partir de entonces hubo un quiebre en la estrategia de Rusia, que llevó a Putin a reconocer oficialmente la existencia de las dos Repúblicas independientes del Este, la República Popular de Donetsk y la República Popular de Luhansk, lo cual implicaba que ya no era un problema interno ucraniano y habilitaba Rusia a intervenir para su seguridad. Pero además se lanzó en una operación militar buscando la destrucción del ejército ucraniano. Esto es condenable porque no se puede permitir un conflicto en Europa. Pero tampoco se pueden ignorar las demandas de seguridad de Rusia. El gran problema de la actualidad es que ambas partes tienen sus razones.

3. ¿Cuál puede ser el impacto de las sanciones económicas tomadas contra Rusia?

–Las sanciones empezaron siendo simbólicas, sin efecto real. Prohibir la toma de deuda en Rusia es ridículo, porque su deuda es de 17 por ciento del PIB, de la cual un 80 por ciento la tienen los bancos chinos y 20 por ciento los bancos rusos. La suspensión del gasoducto Nord Stream 2 también es simbólica porque aún no estaba en funcionamiento. Pero la verdad tampoco la Unión Europea (UE) y Estados Unidos pueden hacer gran cosa. La UE es muy dependiente del gas ruso, en particular Alemania e Italia, y no hay sustitutos posibles, porque el gas que pueda venir de Estados Unidos o Nigeria solo puede ser entregado por GNL y en la actualidad las instalaciones de regasificación europeas están trabajando a su máxima capacidad. El Banco Central Europeo hizo un estudio por el cual estima que si hay una baja de 10 por ciento de la oferta de gas en Europa, el PIB de la UE bajaría 0,7 por ciento y el de Alemania, 1,2 por ciento. Sobre las sanciones del sistema interbancario SWIFT, los rusos y los chinos empezaron a poner a punto un sistema alternativo hace siete años, con lo cual creo que el tema se puede sortear. Respecto de los embargos sobre los microprocesadores, estos se fabrican en China y Taiwán, con lo cual existen alternativas de abastecimiento. De la misma manera, Rusia podría sustituir las exportaciones de gas de Europa por la demanda china, porque la infraestructura ya está lista.

4. Como reacción a las sanciones, ¿es posible que haya medidas de Rusia reduciendo su abastecimiento de gas hacia Europa?

–Rusia podría replicar reduciendo sus provisiones de gas, pero por ahora no podemos esperar un corte total. El gas ruso es muy importante para ciertos países europeos, como por ejemplo Alemania, en donde explica el 55 por ciento del consumo, o Austria y Finlandia, en donde entrega la totalidad del gas consumido. El recurso se entrega bajo dos modalidades: contratos a largo plazo, que representan 60 por ciento del abastecimiento, y negocios en el mercado spot del día, equivalentes a un 40 por ciento del total. Las sociedades rusas, Gazprom esencialmente, siempre dijeron que respetarían sus obligaciones en el marco de los contratos a largo plazo. Pero nada les impide reducir sus entregas sobre los mercados spots, lo cual tendría efectos devastadores sobre la economía de los países europeos más dependientes. Si bien la reducción de exportaciones también podría tener un costo para las empresas rusas por una baja de cantidad, el alza de precios podría compensar las pérdidas.

5. ¿Qué impacto espera en los mercados de granos, en particular el trigo?

–Ucrania y Rusia son grandes exportadores de cereales. La capacidad de exportación de Ucrania, aunque la guerra terminara en estos días, quedó aniquilada. Por otro lado, hay una demanda creciente en los mercados mundiales este año, porque China anunció malas cosechas y consume mucho trigo. Eso hace que los precios del trigo, que están en máximos históricos, podrían seguir subiendo hasta fin de 2022, lo que implicaría problemas dramáticos para los países en desarrollo que son muy dependientes de los mercados mundiales y que no podrán pagar sus importaciones. Un razonamiento análogo se podría plantear para los metales como el aluminio, cobalto y níquel.

6. ¿Cómo quedan las relaciones entre las tres potencias mundiales en este contexto?

–Es posible que esto acerque aún más a China y Rusia, pero ese acercamiento ya se venía dando desde 2008/10. La crisis en Ucrania acelera el acercamiento, pero no lo genera. De hecho, en 2010 el gobierno ruso publicó su estrategia energética 2050, en la cual ya preveía el cambio de sus destinos de exportación hacia Asia. Es notable el error estratégico de Estados Unidos. Si no querían que Rusia intervenga en Ucrania deberían haber puesto tropas anticipando esa posibilidad. Esto revela que esa región nunca estuvo en el corazón de su estrategia, como sí lo es Taiwán y China. Esa elección de prioridades genera consecuencias. Si lo que pasa en Ucrania es secundario, no deberían haber sido tan tajantes en su rechazo para negociar con Rusia. Ese error se notó en las posiciones contradictorias de Washington, que osciló entre discursos provocadores y declaraciones conciliadoras. Por ejemplo, el 20 de enero, Joe Biden había dicho que si la invasión era menor, Estados Unidos no intervendría. Pero si se reconoce el derecho de Rusia en intervenir en esas dos repúblicas, no se puede decir que es una invasión. Esas declaraciones generaron críticas en Ucrania y anticiparon lo que vino después.

*Coordinador del Departamento de Economía Política del CCC

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Entrevista a Noam Chomsky: “Estamos en un momento crucial de la historia de la humanidad. No se puede negar. No se puede ignorar”

05/03/2022 by Vitalio Deja un comentario

Por: C.J. Polychroniou 

 

La invasión rusa de Ucrania ha cogido a gran parte del mundo por sorpresa. Es un ataque no provocado e injustificado que pasará a la historia como uno de los mayores crímenes de guerra del siglo XXI, sostiene Noam Chomsky en esta entrevista exclusiva que ha concedido a Truthout y que ofrecemos a continuación.

Las motivaciones políticas, como las citadas por el presidente ruso Vladímir Putin, no pueden utilizarse como argumento para justificar el inicio de una invasión contra una nación soberana. Sin embargo, ante esta horrible invasión, “Estados Unidos debe optar por la diplomacia de modo urgente” en lugar de la escalada militar, ya que esta última podría constituir una “sentencia de muerte para la especie, sin vencedores”, afirma Chomsky.

C. J. Polychroniou: Noam, la invasión rusa de Ucrania ha cogido a la mayoría de la gente por sorpresa y ha causado gran conmoción por todo el mundo, aunque muchos elementos indicaban que Putin estaba bastante alterado por la expansión de la OTAN hacia el este y la determinación de Washington de no tomarse en serio sus exigencias en materia de seguridad de no traspasar la “línea roja” respecto a Ucrania. ¿Por qué cree que ha decidido iniciar una invasión en este momento?

Noam Chomsky: Antes de responder a la pregunta debemos constatar algunos hechos que son incontestables. El más crucial es que la invasión rusa de Ucrania es un grave crimen de guerra comparable a la invasión estadounidense de Irak y a la invasión de Polonia por parte de Hitler-Stalin en septiembre de 1939, por poner sólo dos ejemplos relevantes. Es razonable buscar explicaciones, pero no hay ninguna justificación ni atenuante.

Volviendo a la pregunta, hay un despliegue de invectivas plenas de convencimiento acerca de la mente de Putin. El relato habitual es que está atrapado en fantasías paranoicas, que actúa solo, rodeado de cortesanos rastreros como los que conocemos aquí en lo que queda del Partido Republicano que viaja hasta Mar-a-Lago buscando la aprobación del Líder.

La avalancha de improperios podría ser acertada, pero quizá habría que considerar otras posibilidades. Quizá Putin quiso decir lo que él y sus aliados han estado diciendo alto y claro durante años. Podría ser, por ejemplo, que “dado que la principal exigencia de Putin es la garantía de que la OTAN no aceptará a más miembros, y en concreto a Ucrania o Georgia, obviamente no habría existido ninguna motivación para la crisis actual si no hubiera habido una expansión de la alianza atlántica tras el final de la Guerra Fría o si la expansión hubiera tenido lugar de acuerdo con la construcción de una estructura de seguridad en Europa que incluyera a Rusia”. El autor de estas palabras es Jack Matlock, exembajador de Estados Unidos en Rusia, uno de los pocos expertos en Rusia solventes del cuerpo diplomático estadounidense; las escribió poco antes de la invasión. Continúa y concluye que la crisis “puede resolverse fácilmente aplicando el sentido común… Desde cualquier punto de vista, el sentido común apunta que a Estados Unidos le interesa promover la paz, no el conflicto. Tratar de desprender a Ucrania de la influencia rusa –el objetivo declarado de los que agitaron las “revoluciones de colores”– fue una misión absurda y peligrosa. ¿Tan pronto hemos olvidado la lección de la crisis de los misiles de Cuba?”.

Matlock no está solo. En las memorias del jefe de la CIA, William Burns, otro de los pocos auténticos expertos en Rusia, se llega a las mismas conclusiones sobre las cuestiones de fondo. La postura aún más firme de George Kennan [diplomático] ha recibido amplia cobertura tarde, que también ha sido respaldada por el exsecretario de Defensa William Perry y, fuera de las filas diplomáticas, por el célebre académico de relaciones internacionales John Mearsheimer y numerosas figuras que difícilmente podrían ser más convencionales.

Nada de esto es incierto. Los documentos internos de Estados Unidos publicados por WikiLeaks revelan que la imprudente oferta de Bush II a Ucrania para entrar en la OTAN provocó enseguida duras advertencias por parte de Rusia indicando que la expansión de la amenaza militar era intolerable. Es comprensible.

A propósito, también podemos tomar nota sobre ese extraño concepto de “la izquierda” que aparece regularmente para vituperar a “la izquierda” por su insuficiente escepticismo acerca de la “línea del Kremlin”…

La crisis se ha estado gestando durante 25 años mientras Estados Unidos menospreciaba de un modo despectivo las inquietudes rusas en materia de seguridad

El hecho es que, para ser sinceros, no sabemos por qué se tomó la decisión, ni siquiera si la tomó Putin en solitario o el Consejo de Seguridad ruso en el que él desempeña el papel principal. Hay, sin embargo, algunas cosas que sí sabemos con bastante seguridad, incluidos los documentos examinados con cierto detalle por las personas que acabo de citar, que han ocupado altos cargos dentro del sistema de planificación. En resumen, la crisis se ha estado gestando durante 25 años mientras Estados Unidos menospreciaba de un modo despectivo las inquietudes rusas en materia de seguridad, en particular sus claras líneas rojas: Georgia y especialmente Ucrania.

Hay buenas razones para creer que esta tragedia podría haberse evitado hasta el último minuto. Ya lo hemos discutido anteriormente, en repetidas ocasiones. En cuanto a por qué Putin ha iniciado la criminal agresión en este momento, podemos especular todo lo que queramos. Pero el trasfondo inmediato no es incierto; se elude, pero no se discute.

Es fácil entender que los que sufren las consecuencias consideren que es de una complacencia inaceptable indagar por qué ocurrió y si se podría haber evitado. Comprensible, pero equivocado. Si queremos responder a la tragedia de modo que ayude a las víctimas y evite las catástrofes aún peores que se avecinan, es prudente y necesario aprender todo lo que podamos sobre lo que salió mal y cómo se podría haber corregido el rumbo. Los gestos heroicos pueden ser gratificantes. No son útiles.

Como tantas otras veces, recuerdo una lección que aprendí hace mucho tiempo. A finales de la década de 1960, participé en una reunión en Europa con algunos representantes del Frente de Liberación Nacional de Vietnam del Sur (el ‘Vietcong’, en la jerga estadounidense). Fue durante el breve periodo de intensa oposición a los espantosos crímenes de Estados Unidos en Indochina. Algunos jóvenes estaban tan enfurecidos que pensaban que la reacción violenta era la única respuesta adecuada a las monstruosidades que estaban teniendo lugar: romper ventanas en Main Street, bombardear un centro del Cuerpo de Entrenamiento de Oficiales de la Reserva. Cualquier otra cosa equivalía a ser cómplice de crímenes terribles. Los vietnamitas veían las cosas de forma muy distinta. Se opusieron firmemente a todas esas medidas. Presentaron su modelo de protesta efectiva: unas cuantas mujeres de pie, rezando en silencio, ante las tumbas de los soldados estadounidenses muertos en Vietnam. No les interesaba lo que los estadounidenses que se oponían a la guerra hacían para sentirse justos y respetables. Querían sobrevivir.

Es una lección que a menudo he escuchado, de una u otra forma, a las víctimas del horrible sufrimiento en el hemisferio sur, el principal objetivo de la violencia imperial. Una lección que deberíamos tomar en serio, adaptada a las circunstancias. Hoy eso significa un esfuerzo por comprender por qué ha ocurrido esta tragedia y qué se podría haber hecho para evitarla, y aplicar estas lecciones a lo que viene después.

La cuestión cala hondo. No hay tiempo para repasar aquí este asunto de vital  importancia pero, en repetidas ocasiones, la reacción ante una crisis real o imaginaria ha sido sacar la pistola en lugar de la rama de olivo. Es casi un acto reflejo, y las consecuencias han sido generalmente espantosas para las víctimas tradicionales. Siempre vale la pena tratar de entender, anticiparse un poco a las posibles consecuencias de la acción o la inacción. Son perogrulladas, por supuesto, pero vale la pena insistir porque se descartan tan fácilmente en tiempos de arrebato justificado.

¿Qué opciones hay?

Las opciones que quedan tras la invasión son desalentadoras. La menos mala es el apoyo a las opciones diplomáticas que aún existen con la esperanza de lograr un resultado parecido al que era muy probable alcanzar hace unos días: la neutralización de Ucrania al estilo austriaco, una versión del federalismo de Minsk II. Mucho más difícil de lograr ahora. Y –necesariamente– con una vía de escape para Putin, o el resultado será aún más nefasto para Ucrania y para todo el mundo, quizá más allá de lo inimaginable.

Es muy injusto. ¿Pero cuándo ha prevalecido la justicia en los asuntos internacionales? ¿Es necesario revisar el atroz historial una vez más?

Nos guste o no, las opciones se reducen ahora a un feo desenlace que premia en lugar de castigar a Putin por el acto de agresión o la fuerte posibilidad de una guerra terminal. Puede parecer gratificante arrinconar al oso en un rincón desde el que arremeterá a la desesperada, y puede hacerlo. No es sensato.

Entretanto, deberíamos hacer todo lo posible para ofrecer un apoyo significativo a quienes defienden valientemente su patria contra crueles agresores, a quienes escapan de los horrores y a los miles de valientes rusos que se oponen públicamente al crimen de su Estado asumiendo gran riesgo personal, una lección para todos.

Y también deberíamos tratar de encontrar formas de ayudar a un tipo de víctima más general: todas las especies que habitan la Tierra. Esta catástrofe ha tenido lugar en un momento en el que todas las grandes potencias, y de hecho todos nosotros, debemos trabajar juntos para controlar el gran azote de la destrucción medioambiental que ya se está cobrando un precio desastroso, y que pronto será mucho peor si no se realizan grandes esfuerzos rápidamente. Para hacer ver lo obvio, el Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático (IPCC, por sus siglas en inglés) acaba de publicar la última y más ominosa de sus evaluaciones periódicas sobre cómo nos dirigimos hacia la catástrofe.

Entretanto, las medidas necesarias están estancadas, incluso en retroceso, ya que se dedican recursos muy necesarios a la destrucción y ahora el mundo se encamina a ampliar el uso de los combustibles fósiles, incluido el más peligroso y convenientemente abundante, el carbón.

Un demonio malévolo difícilmente podría idear una coyuntura más grotesca. No se puede ignorar. Cada momento cuenta.

La invasión rusa es una clara violación del artículo 2(4) de la Carta de la ONU, que prohíbe la amenaza o el uso de la fuerza contra la integridad territorial de otro Estado. Sin embargo, durante su discurso del 24 de febrero, Putin trató de ofrecer fundamentos jurídicos para la invasión y Rusia cita a Kosovo, Irak, Libia y Siria como prueba de que Estados Unidos y sus aliados violan el derecho internacional repetidamente. ¿Puede comentar los fundamentos jurídicos de Putin para la invasión de Ucrania y la situación del derecho internacional en la era posterior a la Guerra Fría?

No hay nada que decir sobre el intento de Putin de ofrecer un fundamento jurídico a su agresión. Su mérito es nulo.

Es cierto que Estados Unidos y sus aliados violan el derecho internacional sin pestañear, pero eso no ofrece ningún atenuante para los crímenes de Putin

Por supuesto, es cierto que Estados Unidos y sus aliados violan el derecho internacional sin pestañear, pero eso no ofrece ningún atenuante para los crímenes de Putin. Sin embargo, Kosovo, Irak y Libia tuvieron influencia directa en el conflicto de Ucrania.

La invasión de Irak fue un ejemplo de libro de los crímenes por los que los nazis fueron colgados en Nuremberg, pura agresión no provocada. Y un puñetazo en la cara de Rusia.

En el caso de Kosovo, la agresión de la OTAN (es decir, la agresión de Estados Unidos) fue declarada “ilegal, pero justificada” (por ejemplo, por la Comisión Internacional sobre Kosovo presidida por Richard Goldstone) sobre la base de que el bombardeo se llevó a cabo para poner fin a las atrocidades que estaban teniendo lugar. Ese juicio exigía invertir la cronología. Las pruebas de que la avalancha de atrocidades fue consecuencia de la invasión son abrumadoras: predecible, prevista, anticipada. Además, había opciones diplomáticas disponibles; como siempre, fueron ignoradas en favor de la violencia.

Altos funcionarios estadounidenses confirman que fue sobre todo el bombardeo de Serbia, aliada de Rusia –sin ni siquiera informarles de antemano–, lo que dio al traste con los esfuerzos rusos por colaborar de algún modo con Estados Unidos en la construcción de un orden de seguridad europeo posterior a la Guerra Fría, un retroceso que se aceleró con la invasión de Irak y el bombardeo de Libia después de que Rusia aceptara no vetar una Resolución del Consejo de Seguridad de la ONU que la OTAN violó de inmediato.

Los acontecimientos tienen consecuencias; sin embargo, los hechos pueden quedar ocultos dentro del sistema dogmático.

El estatus del derecho internacional no cambió en el periodo posterior a la Guerra Fría, ni siquiera en las palabras, y mucho menos en los hechos. El presidente Clinton dejó claro que Estados Unidos no tenía intención de respetarlo. La Doctrina Clinton declaraba que Estados Unidos se reservaba el derecho a actuar “unilateralmente cuando fuera necesario”, incluido el “uso unilateral del poder militar” para defender intereses vitales como “garantizar el acceso sin trabas a mercados clave, suministros energéticos y recursos estratégicos”. También sus sucesores, y cualquiera que pueda violar la ley impunemente.

Eso no quiere decir que el derecho internacional no tenga valor. Tiene un rango de aplicabilidad, y es una norma útil en algunos aspectos.

El objetivo de la invasión rusa parece ser derribar el gobierno de Zelensky e instalar en su lugar uno prorruso. Sin embargo, pase lo que pase, Ucrania se enfrenta a un futuro desalentador por su decisión de convertirse en un peón en los juegos geoestratégicos de Washington. En ese contexto, ¿hasta qué punto es probable que las sanciones económicas logren que Rusia cambie su postura respecto a Ucrania? ¿O las sanciones económicas tienen como objetivo algo más grande, como socavar el control de Putin dentro de Rusia y los lazos con países como Cuba, Venezuela y posiblemente incluso la propia China?

Puede que Ucrania no haya tomado las decisiones más acertadas, pero no tenía nada parecido a las opciones que tenían los Estados imperiales. Sospecho que las sanciones llevarán a Rusia a depender aún más de China. Salvo que cambie seriamente de rumbo, Rusia es un estado petrolero cleptócrata que depende de un recurso que debe disminuir drásticamente o estamos todos acabados. No está claro si su sistema financiero puede resistir un ataque fuerte, mediante sanciones u otros medios. Razón de más para ofrecer una vía de escape con una mueca.

Rusia es un estado petrolero cleptócrata que depende de un recurso que debe disminuir drásticamente o estamos todos acabados

Los gobiernos occidentales, los principales partidos de la oposición, incluido el Partido Laborista en el Reino Unido, y los medios de comunicación corporativos se han embarcado en una campaña antirrusa chovinista. Los objetivos incluyen no sólo a los oligarcas rusos, sino también a músicos, directores de orquesta y cantantes, e incluso a propietarios de equipos de fútbol como Roman Abramovich, del Chelsea FC. Tras la invasión, incluso se ha prohibido a Rusia participar en Eurovisión en 2022. Es la misma reacción que los medios de comunicación corporativos y la comunidad internacional en general mostraron hacia Estados Unidos tras su invasión y posterior destrucción de Irak, ¿no?

Su comentario irónico es muy apropiado. Y podemos continuar por caminos demasiado conocidos.

¿Cree que la invasión dará inicio a una nueva era de confrontación continua entre Rusia (y posiblemente en alianza con China) y Occidente?

Es difícil saber dónde caerán las cenizas, y esto podría no ser una metáfora. Hasta ahora, China está actuando con cautela, y es probable que intente llevar adelante su amplio programa de integración económica de gran parte del mundo dentro de su sistema global en expansión –en el cual, hace unas semanas, incorporó a Argentina dentro de la iniciativa Cinturón y Ruta–, mientras observa cómo los rivales se destruyen entre ellos.

Como hemos comentado antes, la confrontación es una sentencia de muerte para la especie, sin vencedores. Estamos en un momento crucial de la historia de la humanidad. No se puede negar. No se puede ignorar.

Esta entrevista se publicó originalmente en Truthout.org.

Traducción: Paloma Farré.

C.J. Polychroniou es politólogo/economista político, escritor y periodista.

Fuente: https://ctxt.es/es/20220301/Politica/38974/Noam-Chomsky-guerra-Ucrania-Rusia-Putin-EEUU-OTAN-geopolitica-Polychroniou.htm

Publicado en: Global, titular2

Una nueva edad geopolítica

05/03/2022 by Vitalio Deja un comentario

Por: Ignacio Ramonet

 

El 24 de febrero de 2022, fecha del inicio de la guerra en Ucrania, marca la entrada del mundo en una nueva edad geopolítica. Nos hallamos ante una situación totalmente nueva en Europa desde el final de la Segunda Guerra Mundial. Aunque ha habido en este continente, desde 1945, muchos acontecimientos importantes, como la caída del muro de Berlín, la implosión de la Unión Soviética y las guerras en la antigua Yugoslavia, nunca habíamos asistido a un evento histórico de semejante envergadura, que cambia la realidad planetaria y el orden mundial.

La situación era evitable. El presidente ruso Vladímir Putin llevaba varias semanas, si no meses, instando a una negociación con las potencias occidentales. La crisis se venía intensificando en los últimos meses. Hubo intervenciones públicas frecuentes del líder ruso en conferencias de prensa, encuentros con mandatarios extranjeros y discursos televisados, reiterando las demandas de Rusia, que en realidad eran muy sencillas. La seguridad de un Estado solo se garantiza si la seguridad de otros Estados, en particular aquellos que están ubicados en sus fronteras, está igualmente respetada. Por eso Putin reclamó con insistencia, a Washington, Londres, Bruselas y París, que se le garantizara a Moscú que Ucrania no se integraría a la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN). La demanda no era una excentricidad: la petición consistía en que Kiev tuviera un estatus no diferente al que tienen otros países europeos, tales como Irlanda, Suecia, Finlandia, Suiza, Austria, Bosnia y Serbia, que no forman parte de la OTAN. No se trataba por lo tanto de evitar la “occidentalización” de Ucrania sino de prevenir su incorporación a una alianza militar formada, como se sabe, en 1949, con el objetivo de enfrentar a la antigua Unión Soviética y, desde 1991, a la propia Rusia.

Esto implicaba que Estados Unidos y sus aliados militares europeos no instalasen en el territorio de Ucrania, país fronterizo con Rusia, armas nucleares, misiles u otro tipo de armamento agresivo que pudiera poner en peligro la seguridad de Moscú. La OTAN –una alianza militar cuya existencia no se justifica desde la desaparición, en 1989, del Pacto de Varsovia– argumentaba que esto era necesario para garantizar la seguridad de algunos de sus Estados miembros, como Estonia, Letonia, Lituania o Polonia. Pero eso, obviamente, amenazaba la seguridad de Rusia. Recuérdese que Washington, en octubre de 1962, amagó con desencadenar una guerra nuclear si los soviéticos no retiraban de Cuba sus misiles –instalados a 100 millas de las costas de Estados Unidos–, cuya función, en principio, era solo la de garantizar la defensa y seguridad de la isla. Y Moscú finalmente tuvo que inclinarse y retirar sus misiles. Con estos mismos argumentos, Putin reclamó a los jefes de Estado y primeros ministros europeos una mesa de diálogo que contemplara sus reivindicaciones. Simplemente, se trataba de firmar un documento en el que la OTAN se comprometiera a no extenderse a Ucrania y, repito, a no instalar en territorio ucranio sistemas de armas que pudieran amenazar la seguridad de Rusia.

La otra demanda rusa, también muy atendible, era que, como quedó establecido en 2014 y 2015 en los acuerdos de Minsk, las poblaciones rusohablantes de las dos “repúblicas populares” de la región ucrania del Donbás, Donetsk y Lugansk, recibieran protección y no quedasen a la merced de constantes ataques de odio como desde hacía casi ocho años. Esta demanda tampoco fue escuchada. En los acuerdos de Minsk, firmados por Rusia y Ucrania con participación de dos países europeos, Alemania y Francia, y que ahora varios analistas de la prensa occidental reprochan a Putin haber dinamitado, estaba estipulado que, en el marco de una nueva Constitución de Ucrania, se les concedería una amplia autonomía a las dos repúblicas autoproclamadas que recientemente han sido reconocidas por Moscú como ”Estados soberanos”. Esta autonomía nunca les fue concedida, y las poblaciones rusohablantes de estas regiones siguieron soportando el acoso de los militares ucranios y de los grupos paramilitares extremistas, que causaron unos catorce mil muertos…

Muchos observadores consideraban que la negociación era una opción viable: escuchar los argumentos de Moscú, sentarse en torno a una mesa, responder a las inquietudas rusas y firmar un protocolo de acuerdo

Por todas estas razones, existía un ánimo de justificada exasperación en el seno de las autoridades rusas, que los líderes de la OTAN no lograron o no quisieron entender. ¿Por qué la OTAN no tuvo en cuenta estos repetidos reclamos? Misterio… Muchos observadores consideraban que la negociación era una opción viable: escuchar los argumentos de Moscú, sentarse en torno a una mesa, responder a las inquietudes rusas y firmar un protocolo de acuerdo. Incluso se habló, en las 24 horas que precedieron los primeros bombardeos rusos del 24 de febrero, de un posible encuentro de última hora entre Vladímir Putin y el presidente de Estados Unidos, Joseph Biden. Pero las cosas se precipitaron e ingresamos en este detestable escenario de guerra y de peligrosas tensiones internacionales.

Desde el punto de vista de la armadura legal, el discurso de Putin en la madrugada del día en que las Fuerzas Armadas rusas iniciaron la guerra en Ucrania trató de apoyarse en el derecho internacional para justificar su “operación militar especial”. Cuando anunció la intervención sostuvo que, “basándo[se] en la Carta de Naciones Unidas” y teniendo en cuenta la demanda de ayuda que le formularon los “gobiernos” de las “repúblicas de Donetsk y Lugansk” y el “genocidio” que se estaba produciendo contra la población rusohablante de estos territorios, había ordenado la operación… Pero eso es apenas un atuendo jurídico, un andamiaje legal para disculpar el ataque a Ucrania. Por supuesto, se trata claramente de una intervención militar de gran envergadura, con columnas acorazadas que penetraron en Ucrania por al menos tres puntos: el norte, cerca de Kiev; el este, por el Donbás; y el sur, cerca de Crimea. Se puede hablar de invasión. Aunque Putin sostiene que no habrá una ocupación permanente de Ucrania. Lo más probable es que Moscú, si gana esta guerra, trate de instalar en Kiev un gobierno que no sea hostil a sus intereses y que le garantice que Ucrania no ingresará en la OTAN, además de reconocer la soberanía de las “repúblicas” del Donbás en la totalidad de su extensión territorial, porque cuando empezó el ataque ruso, Kiev controlaba todavía una parte importante de esos territorios.

Si no se produce una escalada internacional, lo más probable es que el vencedor militar de esta guerra sea Rusia. Por supuesto, en este tema hay que ser muy prudente, porque se sabe cómo empiezan las guerras, pero nunca cómo terminan. La diferencia de poderío militar entre Rusia y Ucrania es tal que el probable ganador, por lo menos en un primer tiempo, será sin duda Moscú. Desde el punto de vista económico, en cambio, el panorama es menos claro. La batería de brutales sanciones que Estados Unidos, la Unión Europea y otras potencias le están imponiendo a Moscú son aniquiladoras, inéditas, y pueden dificultar, por decenios, el desarrollo económico de Rusia, cuya situación en este aspecto es ya particularmente delicada. Por otro lado, una victoria militar en esta guerra, si es rápida y contundente, le podría dar a Rusia, a sus Fuerzas Armadas y a sus armamentos un gran prestigio. Moscú podría consolidarse, en varios teatros de conflictos mundiales, en particular en Oriente Próximo y en el África saheliana, como un aliado indispensable para algunos gobiernos autoritarios locales, como principal proveedor de instructores militares y, sobre todo, como principal vendedor de armas.

La Historia se ha vuelto a poner en marcha, y la dinámica geopolítica mundial se está moviendo

Todo esto hace más difícil entender por qué Estados Unidos no hizo más para evitar este conflicto en Ucrania. Ese es un punto central. ¿Qué gana Washington con este conflicto? Para Biden, esta guerra puede aportar una distracción mediática respecto de sus objetivos estratégicos. Su situación no es fácil: lleva un año de gobierno mediocre en política interna, no consigue sacar adelante en el Congreso sus proyectos, no logra una mejora palpable de las condiciones de vida después de la terrible pandemia de la covid-19 ni una corrección de las desigualdades… Y, en política exterior, sigue manteniendo algunas de las peores decisiones de Donald Trump y ha dado una serie de pasos en falso, como la precipitada y calamitosa retirada de Kabul… Puede que esto lo haya llevado a buscar no comprometerse con una estrategia más decidida para evitar una guerra en Ucania que se veía venir… El resultado es que Estados Unidos y las demás potencias de la OTAN podrían perder Ucrania, que se alejaría de su esfera de influencia.

La posición de Washington resulta tanto más sorprendente cuanto que su gran rival estratégico, en este siglo XXI, no es Rusia, sino China. Por eso este conflicto está envuelto, en cierto modo, en un aire pasado de moda, un resabio de la Guerra Fría (1948-1989). Quizá uno de los objetivos de Washington sea alejar a Rusia de China implicando a Moscú en un conflicto en Europa, con la intención de que China no pueda apoyarse en Rusia mientras Estados Unidos y sus aliados de la ASEAN (Asociación de Naciones de Asia Sudoriental) y de la AUKUS (alianza estratégica militar entre Australia, Reino Unido y Estados Unidos) aprovechan para acosar a Pekín en el mar de China Meridional. Quizá a ello se debe que, en este conflicto de Ucrania, China se haya mostrado prudente: no ha reconocido ni apoyado la soberanía de las dos “repúblicas populares del Donbás”. Pekín no desea ofrecer un pretexto a otras potencias para que ellas reconozcan, a su vez, la independencia de Taiwán. Aunque también podría ocurrir que, a pesar de las enormes diferencias, China se inspirase en la decisión rusa de invadir Ucrania para conquistar Taiwán. O tal vez Estados Unidos aproveche la guerra en Ucrania para argumentar que China se dispone a invadir Taiwán y desencadenar un conflicto preventivo con China. Son hipótesis, porque lo único cierto es que la Historia se ha vuelto a poner en marcha y la dinámica geopolítica mundial se está moviendo.

El rearme de Alemania, primera potencia económica de Europa, trae pésimos recuerdos históricos. Constituye una prueba más, espectacular y aterradora, de que estamos entrando en una nueva edad geopolítica

La posición de la Unión Europea ha sido débil. Emmanuel Macron, que actualmente es el presidente pro tempore de la Unión Europea, no consiguió nada con sus gestiones de último momento. En vísperas de la guerra, la idea sobre la que se movilizaron tanto los líderes políticos como los medios de comunicación occidentales fue decirle a Putin que no hiciera nada, que no diera un paso más, cuando lo razonable hubiera sido, repito, analizar sus demandas y sentarse a negociar para garantizarle a Rusia, de alguna manera, que la OTAN no iba a ubicar armas nucleares en sus fronteras. En un primer tiempo, el gobierno europeo que actuó de manera más inteligente fue el de Alemania, con su nuevo canciller, el socialdemócrata Olaf Scholz, a la cabeza. Desde el comienzo, se mostró favorable a que se estudiasen las demandas de Putin. Pero, en cuanto comenzó la guerra, la postura de Berlín cambió radicalmente. La reciente decisión de Scholz, adoptada por unanimidad en el Bundestag, el Parlamento federal, de rearmar Alemania mediante la asignación al presupuesto militar de una partida excepcional de más de cien mil millones de euros y, a partir de ahora, casi el 3% del PIB del país, constituye una revolución militar. El rearme de Alemania, primera potencia económica de Europa, trae pésimos recuerdos históricos. Constituye una prueba más, espectacular y aterradora, de que estamos entrando en una nueva edad geopolítica.

Por último, seguimos preguntándonos por qué Estados Unidos y las potencias occidentales no aceptaron dialogar con Putin y responder a sus reclamos, sobre todo sabiendo que no podrían intervenir en caso de conflicto militar. Esto es muy importante. Recuérdese que, en su mensaje de anuncio del inicio de la guerra, Vladímir Putin envió una advertencia clara a las grandes potencias de la OTAN, en particular a las tres que cuentan con armamento nuclear –Estados Unidos, Reino Unido y Francia–, recordándoles que Rusia “tiene ciertas ventajas en la línea de las armas de última generación” y que atacarla “tendría consecuencias devastadoras para un potencial agresor”.

¿De qué “ventajas en la línea de las armas de última generación” se trata? Moscú ha logrado, en los últimos años, al igual que China, una ventaja tecnológica decisiva sobre Estados Unidos en materia de misiles hipersónicos. Esto hace que, en caso de un ataque occidental contra Moscú, la respuesta rusa pudiera ser efectivamente devastadora. Los misiles hipersónicos van a una velocidad cinco o seis veces superior a la velocidad del sonido, o sea a Mach 5 o Mach 6, a diferencia de un misil convencional, cuya velocidad es de Mach 1. Y pueden transportar tanto bombas tradicionales como nucleares… Estados Unidos ha acumulado un importante retraso en este campo, hasta tal punto que recientemente Washington obligó a varias empresas fabricantes de misiles (Loocked Martin, Raytheon, Northrop Grumman) a trabajar de manera conjunta y destinó un colosal presupuesto para recuperar su retraso estratégico con respecto a Rusia, que se calcula de entre dos y tres años. Pero de momento no lo ha conseguido. Los misiles hipersónicos rusos, calculando la trayectoria, pueden interceptar los misiles convencionales y destruirlos antes de que alcancen su objetivo, lo que permite a Rusia crear un escudo invulnerable para protegerse. En cambio, los escudos antimisiles convencionales de la OTAN no tienen esta capacidad contra los hipersónicos… Esto explica por qué Putin decidió ordenar la intervención militar sobre Ucrania con la seguridad de que una escalada por parte de la OTAN era muy improbable.

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