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En España Podemos

Pablo Iglesias en el acto de clausura del Foro por el Cambio

12/07/2015 by maestro Deja un comentario

Publicado en: En España Podemos

Un irresistible deseo de derrota

11/07/2015 by maestro Deja un comentario

Santiago Alba Rico/

Público/

Podemos nació de un impulso mágico en relación con el cual ningún modelo organizativo podía dejar de ser decepcionante o banal. Todos sabemos la oportunidad que franqueó y las muchas cosas buenas que se han obtenido. Pero, empujados por la presión antagonista y por algunos errores comunicativos autolesivos, no sólo ha perdido su frescura sino que ha entrado en un precipicio organizativo “conservador” a veces inquietante, causa y efecto al mismo tiempo de la disfuncionalidad o inhabilitación de los órganos elegidos en Vistalegre, realmente plurales y prometedores pero atrapados en un “juego de tronos” que los ha vuelto inoperantes y a menudo frustrantes y dolorosos para sus propios miembros. Como colofón ahora, a pocos meses de las elecciones más importantes de la historia reciente de España y cuando ganar es menos una oportunidad que un deber político y moral, se convocan unas primarias semicandadas y a la carrera, primarias que, como era de temer, han desembocado en una lista “oficial” introspectiva con muy pocas posibilidades de movilizar gente normal para la campaña y para el voto. No es que los nombres que forman parte de ella no lo merezcan o no sean en algunos casos imprescindibles; es que no es una lista ni abierta ni plural ni de unidad popular; y no contiene ninguno de esos candidatos “de autoridad” que, a tenor del perfil del electorado, podrían marcar la diferencia.

¿Podría ocurrir algo peor que el hecho de que la dirección de Podemos declare su intención de no ganar las elecciones? Sí, que un grupo mixto de izquierdistas líquidos y sólidos se una con el propósito de que Podemos las pierda. En la lista de firmantes del manifiesto de Ahora en Común veo nombres ante los que me inclino con admiración intelectual y afecto personal. Estoy de acuerdo con ellos en su malestar y sé, porque los conozco, que obran con las mejores intenciones y a partir de los más altos principios. Pero con la suma de tantas virtudes —más el oportunismo estratégico de Alberto Garzón e IU, a los que nadie puede reprochar que aprovechen la ocasión— llegamos a un resultado paradójico e inquietante: en vísperas de las elecciones más importantes de la historia de España y cuando ganar es un imperativo moral, la crítica razonable a las primarias y a las listas oficiales propina el último empujón hacia el abismo. ¿Alguien con un mínimo de racionalidad común puede creer que esta iniciativa va a ser capaz de desbordar Podemos, apropiarse sus votantes y sumar todos los que faltan en el exterior para derrotar el bipartidismo? Seguro que muchos de los que participan en Ahora en Común obran a partir de una justificada alarma y se sienten a la altura de sus convicciones y de sus principios, pero la cuestión es más bien si no están por debajo del desafío histórico concreto ante el que nos encontramos. Sólo desde la abstracción más olímpica o desde la concreción más partidista puede ignorarse que, tanto si se trata de practicar la eutanasia a Podemos como de forzar a su dirección a una negociación, con este gesto se entra en una dinámica que, en el mundo concreto en el que vivimos, sólo puede ser perdedora. Perdedora para la gente normal que quiere ganar algo y no todo; perdedora para la gente que prefiere hacer una choza con un poco de paja antes que una majestuosa catedral con una gran derrota.

Es verdad que la gente normal -con la que hablo de Podemos en el pueblo de Castilla donde paso mis vacaciones- se mantiene completamente al margen de este deplorable “juego de tronos”. Pero por desgracia lee periódicos malos y ve malos canales de televisión y asisten a esta pugna en torno a Podemos y lo que entienden les da un poco de repelús. La gente normal, cuyo voto queremos, no identifica a la izquierda con Stalin o con Venezuela; eso les da un poco igual; la identifica con La Vida de Brian, es decir, con las divisiones sectarias, las miserias narcisistas y la incapacidad para ponerse de acuerdo. Eso sí quita votos. La gente no confía en políticos que no son capaces de dejar a un lado sus diferencias y ponerse de acuerdo. Seguimos con nuestros tics de madriguera de vieja izquierda; seguimos queriendo “tener razón” en las catacumbas, olvidando que no estamos en una asamblea cuatrogatuna sino delante de todo el mundo y que por primera vez en décadas -si no nos lo impedimos a nosotros mismos- podríamos cambiar el país. Podemos hace la lista que menos puede convencer a la gente normal y Ahora en Común hace la oposición que más puede disuadir a la gente normal. Enhorabuena. Pocas veces se habrá visto tan poca altura de miras en una situación más favorable: una dirección tan descargada de razón y una razón crítica tan irresponsable.

La oferta que hacemos a los electores, de los que depende cualquier cambio, es ahora ésta: tenéis que elegir entre los que no quieren ganar y los que quieren perder. El peligro de que un sector de Podemos, con Pablo Iglesias a la cabeza, refundara IU siempre ha existido, pero había que buscar una alternativa que no fuera resucitar a IU. Eso es lo que hace Ahora en común y para nada. Así que en las próximas elecciones, en lugar de confluencias sustractivas o no-confluencias disuasivas, nos vamos a encontrar con el milagro de la multiplicación del cero absoluto: dos Izquierdas Unidas (¡dos!) y no una sola, igualmente membranosas y contraproducentes, que obtendrán -digamos- el 10% y el 5%, con lo que juntas podrán formar ocho o diez grupos parlamentarios desavenidos, de vuelta poco a poco -en espiral contractiva- hacia los alvéolos mohosos de los que nunca deberíamos haber salido.

Es difícil ser de izquierdas; hay que estudiar mucho, leer mucho, debatir mucho. Pero más difícil es ser normal. Lo más difícil de todo, en cualquier caso, es ser de izquierdas y normal. Conozco sólo a tres personas y una está ya en el manicomio. Lo que hay en mí de izquierdista me inclina irresitiblemente hacia el maniobrerismo, el sectarismo, el justicierismo y el alineamiento de principio. Lo que hay en mí de normal (ese hombre normal que quiere votar a Podemos como a un bien pequeño y no a un mal menor) me inclina cada vez más a la misantropía. Entre tanto, ahí fuera, cuanto más llueve menos paraguas hay. Podemos lo ha hecho mal y Ahora en común lo ha hecho peor. Pero ahora esa es la realidad real y la verdad verdadera con la que hay que contar para dar el próximo paso. Podríamos estar en otro sitio y en mejores condiciones y podemos limitarnos a echarnos la culpa unos a otros y endurecernos en nuestras posiciones. Me guardo mis rimpianti, mis reproches y mis rencores para cuando hayamos perdido o no podamos ganar. Ahora el realismo obliga -en vísperas de las elecciones más importantes de la historia de España y cuando aún es posible cambiar el país- a abordar la situación, de un lado y de otro, como si realmente las dos partes quisieran ganar. Y la gente normal, ahí fuera, existiera.

De aquí a septiembre, en definitiva, Podemos debe reaccionar, abrirse de verdad en todas direcciones, reapropiarse la ilusión de esa voluntad de cambio que ni Ahora en Común -ni ninguna otra fuerza- está en condiciones de capitalizar. Ahora en común es un error, pero también un síntoma. Señala el punto por el que Podemos puede romperse el espinazo. Si eso ocurre, no habrá ya alternativa posible y volveremos todos a frotarnos las patitas, como moscas ensimismadas, en un rinconcito del régimen del 2015, aún más sombrío, injusto y represor que el del 78. Podemos aún puede rectificar y generar ilusión; Ahora en Común aún puede aportar razón de otra manera. La gente normal, en resumen, aún podría ganar si no nos empeñamos en ser “de izquierdas” en un momento en el que sólo se nos reclama un poco de buen oído y un poco de buen juicio.

Publicado en: En España Podemos Etiquetado como: podemos espana

Rueda de Prensa del Consejo de Coordinación. 30 de Junio

01/07/2015 by maestro Deja un comentario

Publicado en: En España Podemos

PABLO IGLESIAS ENTREVISTA TRAS LAS ELECCIONES DEL DIA 24/05/2015

10/06/2015 by maestro Deja un comentario

Publicado en: En España Podemos

Pablo Iglesias en ‘Los Desayunos de TVE’ tras las elecciones

05/06/2015 by maestro Deja un comentario

Publicado en: En España Podemos

Notas de una política gramsciana “Podemos” y las limitaciones de la izquierda

24/05/2015 by Vitalio Deja un comentario

Por: Genís Plana

Resulta algo ya conocido para aquellos con rudimentos en teoría política que entre las principales influencias de la comunicación llevada a cabo por Podemos [1] se encuentra Antonio Gramsci. El que fuera el filósofo y político marxista de mayor impacto teórico durante los episodios más convulsos de la Italia del pasado siglo, acuñó -entre otras aportaciones intelectuales- el concepto de bloque hegemónico a fin de referirse a la estrategia a la que debe optar una fuerza política en su proceso por hegemonizar el campo de lo social. Expresado sin cortapisas, semejante maniobra pasa por ocupar la centralidad de la sociedad desechando las categorías izquierda y derecha a la par que siendo transversal a las sensibilidades que se expresan a su través. Conforme a tales planteamientos la capacidad de Podemos por lograr la hegemonía social sería correlativa al arrinconamiento de los demás partidos a una posición marginal en la contienda electoral. Relegadas las fuerzas tradicionales de su ubicación central, Podemos acontecería la opción electoral de la nueva mayoría social.

De igual modo que Gramsci aspiraba a la conformación de un bloque hegemónico que amalgamase la mayor parte de sectores sociales en torno a un proyecto revolucionario, Podemos procura su supremacía por medio de un conglomerado de actores sociales diferentes: obreros manuales y asalariados intelectuales, estudiantes y jubilados, trabajadores desempleados, precarios, autónomos, pequeños y medianos empresarios, profesionales liberales y cargos medios-altos. Al margen de las distintas sensibilidades o apreciaciones ideológicas, todos ellos pueden encontrarse en el mutuo acuerdo de construir una nueva mayoría social que permita defenestrar a aquellos que han estado haciendo de la vida pública un negocio privado. En definitiva, la coalición de todas las fuerzas democráticas a favor de un proyecto nuevo de país, por medio de transformaciones que apunten a la igualdad social y a la equidad económica, saca necesariamente a colación la idea de bloque hegemónico que teorizaba Gramsci y a la que Podemos parece hacerse eco por medio de la búsqueda de un frente popular.

Si de algo da muestras la noción de bloque hegemónico es, ante todo, de que existe una relación complicada entre la aquiescencia por parte de los sectores mayoritarios de la población de un determinado proyecto político y la identificación de éste con unos planteamientos ideológicos muy específicos. Esta explicación trata de arrojar luz acerca del motivo por el cual, si bien el de Podemos es un proyecto político que sin dificultad podría asumirse dentro del espacio de la izquierda política, no reclama para sí esa parte del espectro ideológico. Basta convencerse de ello con percibir que los intereses económico-corporativos particulares de cierto sector social limitan que el campo de acción e influencia de un determinado proyecto se extienda y permee sobre el conjunto de la sociedad. Ahí radica la voluntad de Podemos por desligarse de una posición en el tradicional espectro político establecido a partir del eje izquierda-derecha. Pero tratemos de sondear con mayor acuidad los motivos por los que Podemos no estima pertinente circunscribirse en el casillero político de la izquierda sino que, muy por el contrario, opta por ampliar el ancho de banda en beneficio propio.

Lejos de aceptar una determinada posición en el eje izquierda-derecha, el discurso de Podemos, su estrategia mediática, se basa en plantear el problema en términos de oligarquía frente a ciudadanía, democracia frente a dictadura. Porque pergeñar la pelea política en el eje izquierda-derecha es, en palabras de Pablo Iglesias, «entregarle la victoria al enemigo. Ellos quieren eso, que nosotros estemos preocupados en colocarnos en un plano ideológico que nos defina por nuestra identidad, quieren que la palabra izquierda esté en nuestro nombre, que en nuestros actos estén todos los símbolos de la izquierda y, si es posible, que suene la Internacional. Pero si somos capaces de construir un lenguaje que emocione, movilice y trabajar con gente de muchos ámbitos y convertir la mayoría social que existe en mayoría política, entonces sí se preocuparán» [2]. Hablar de izquierdas o de derechas supone reducirse a un determinado nicho electoral, un espacio político ya configurado que impide devenir hegemónico toda vez que la unidad de la izquierda se convierte en una opción más dentro de las opciones electorales. La resolución de dicha cuestión estriba en considerar que la elevación de un determinado proyecto a un paradigma hegemónico pasa por convocar una unidad popular que trascienda toda categorización ideológica entre izquierda y derecha tratando de acaparar los significados comunes que reproduce la sociedad. Avanzando posiciones al tiempo que se acumulan nuevas fuerzas.

Siguiendo el trazo de este pensamiento se entiende que la acusación por la cual el surgimiento de la formación divide el voto de izquierdas no es adecuada en tanto en cuanto la cohesión del voto de izquierdas, lejos de asegurar la victoria electoral, promete la derrota del proyecto político que semejante coalición pudiese postular. Dado el rango poco menos sorprendente que puede parecer semejante afirmación, habría que aclarar que las opciones que se reivindican de izquierdas no tienen más que una porción restringida de apoyos electorales, imposibilitando el devenir hegemónico de la formación. Al respecto de esta cuestión, y sin querer hacer demasiado hincapié en ello, debiera decirse que clivaje es un concepto propio del análisis de las tendencias de voto utilizado para referirse a la división de los votantes en diferentes bloques separados por escisiones. Ante lo cual, se mire como se mire, supone tropezar con la realidad el hecho de no querer aceptar que el clivaje de la población española correspondiente a los partidos de la izquierda no es mayoritario. Así, de una escala del 1 al 10 en la que el 1 correspondería a la extrema izquierda y el 10 a la extrema derecha, la media de una muestra de 2479 personas encuestadas por el CIS (barómetro de abril, 2015) es de 4.58, un puntaje lindante al centro [3].

Ciertamente las limitaciones de las opciones de izquierda en este país, tanto parlamentarias como extraparlamentarias, han sido palmarias a la hora de tratar de aglutinar nuevas lealtades en torno a un proyecto popular que desbordase la categoría izquierda ampliando su confín a otros sectores sociales que no necesariamente se sientan identificados con esa etiqueta ideológica. Las razones del descredito de la izquierda organizada a través de la forma partido son múltiples y complejas, por bien que sintéticamente podríamos afirmar que, al transitar hacia posturas colaborativas con la gestión administrativa del modelo económico y social neoliberal, no supo responder -aun cuando ha gobernado- a la desregularización y flexibilización del mercado laboral, al descenso de la participación de las rentas del trabajo en el PIB y al incipiente proceso de desmantelamiento del Estado del bienestar. Consecuentemente, su base social -formada mayoritariamente por estratos populares y ciertos sectores de las clases medias- tiende a retirarle su apoyo electoral al percibirla inoperante a la hora de desarrollar un programa que sitúe la erogación de la riqueza dentro de un (más que extraviado) horizonte emancipador. Por otro lado, se columbra la incapacidad de las izquierdas remozadas -surgidas al calor del 68- por granjear la voluntad de las mayorías no bien se advierte su porfía en resituar el sujeto histórico en una multitud de reivindicaciones parceladas cuyo autonomismo -sectario en ciertas ocasiones- recela de las posibilidades institucionales. Por lo que, pese a que no vamos a entrar en detalles, la interpelación a los comunes al margen de cualquier lógica bivalente o etiqueta político-ideológica parece, a razón de lo visto, la condición de posibilidad para redefinir el marco político concerniente a la toma de decisiones que afectan nuestra sociedad.

De lo expuesto se infiere que la izquierda no debe ser un fin en sí misma, sino tan sólo un instrumento que tiene que servir a la población sobre la cual recae el esfuerzo de hacer funcionar el país. Las categorías ideológicas no son el término ni la consumación de un proyecto político en cuestión sino, por el contrario, el mecanismo o procedimiento que a él nos conduce: una transformación social que conlleve la mejora de las condiciones de vida de buena parte de la población. Por lo que resultaría más que necio que Podemos idolatrase los estandartes de la izquierda si es que semejante fetiche precisamente impide la articulación de las mayorías. Se trata de renunciar a la categoría izquierda no para rechazar sus fundamentos políticos sino para sortear esa especie de cepo que constantemente le antecede y, de este modo, acometer diligentemente como el contrapoder que siempre ha sido y que de un tiempo a esta parte dejó de ser.

Notas

[1] No pudiendo ser de otro modo, la política se encuentra trenzada a la comunicación toda vez que «reconocemos que la política es una interacción constante de símbolos y que, por ende, la comunicación política se constituye como un proceso necesario que hace articulable y predecible todo el inmenso espacio generado entre los mensajes emitidos y los mensajes recibidos». Villa Guzmán, Carlos Antonio. & Emmerich, Norberto. (2013). La política de la comunicación. Por qué las sociedades son mediáticamente definidas y sus consecuencias. Universidad de Guadalajara.

[2] http://www.andalucesdiario.es/politica/la-clave-de-este-momento-no-es-un-eje-derecha-izquierda-sino-democracia-dictadura/

[3] http://datos.cis.es/pdf/Es3080rei_A.pdf. (Página 45, pregunta 23)

Publicado en: En España Podemos

¿Podemos o no Podemos?

24/05/2015 by Vitalio Deja un comentario

Entrevista a Juan Agulló sobre las elecciones españolas de este domingo

Por: Héctor Bujanda

Las encuestas hablan de un empate casi técnico entre los partidos tradicionales, PP y Psoe, y los emergentes, Podemos y Ciudadanos. El sociólogo y periodista español Juan Agulló bucea, desde Brasil, en el contexto de las elecciones, municipales y regionales, que se celebrarán este domingo

Héctor Bujanda.- Este domingo el mapa político de España podría cambiar como nunca en su historia. La irrupción hace un año del partido Podemos, con Pablo Iglesias a la cabeza, y del movimiento Ciudadanos, ha provocado un auténtico deslave en la estructura bipartidista, y por primera vez desde las elecciones municipales y autonómicas de 1979, los partidos tradicionales (PP y Psoe) podrían perder su ya larga hegemonía.

De hecho, ambos partidos mantuvieron desde entonces el control de los resultados, período a período, y han llegado a repartirse entre el 65 y 70% de los votos. Hoy, los últimos sondeos de Metroscopia en Madrid y Barcelona, las dos ciudades claves de esta batalla electoral, prácticamente declaran un cuádruple empate entre las organizaciones tradicionales y las emergentes.

Sin embargo, la expectativa fundamental se centra en lo que pueda hacer el partido Podemos, una fuerza con ánimos “rupturistas” que surgió del corazón del movimiento de los indignados (15-M) y que desde el año 2014 se ha colocado en el centro de una feroz disputa por la transformación de España, a partir de un pregón que apela a ir contra “la casta”, fórmula que le ha permitido a la agrupación amalgamar a las élites políticas, económicas e incluso europeas que han manejado o decidido sobre España en los últimos seis o siete años de crisis económica.

Su posibilidad de obtener una victoria tanto en Madrid como en Barcelona, a través de coaliciones amplias como Ahora Madrid y B-Comú, hacen pensar que el partido Podemos podría ser en muy poco tiempo la alternativa presidencial para España, con Pablo Iglesias como su candidato natural. Una posibilidad que estimula la idea, manejada desde hace meses por los medios españoles e internacionales, de comparar al chavismo con esta organización emergente, dados sus viejos vínculos de trabajo y asesorías (Juan Carlos Monedero, Ceps) con los gobiernos de Hugo Chávez y ahora de Nicolás Maduro.

El hecho es que las cartas están echadas y una victoria de Podemos en Madrid o Barcelona los catapultaría a la escena principalísima del futuro político en España. Su derrota, por el contrario, llenaría de preguntas su posibilidad real de desbancar al bipartidismo y obligaría a hacer una revisión de sus vertiginosos pasos por los pasillos de la política y las palestras televisivas.

Juan Agulló, sociólogo y periodista español, le ofrece a Contrapunto -vía correo electrónico- su perspectiva de lo que ocurrirá este domingo en las elecciones municipales españolas. Actualmente funge como profesor titular del Instituto Latino-Americano de Economía, Sociedade e Política de la Universidade Federal da Integraçao Latino-Americana, en Brasil, y mira muy atento, y con ojos abiertos, lo que va a ocurrir mañana en las urnas.

-¿Qué papel va a jugar Podemos en estas elecciones? ¿Y cómo cree que saldrá de ellas?

-Podemos jugará un papel interesante porque es uno de los actores centrales de la transformación, actualmente en marcha, del sistema político español. Lo que será interesante observar es hasta qué punto obtendrá unos resultados que le permitan ser percibido por la gente como una opción electoral con posibilidades reales, porque la transformación del sistema político español no es una revolución, sino un lento proceso evolutivo que puede detenerse (e incluso involucionar) en cualquier momento.

Cómo saldrá Podemos de ellas, es una de las grandes incógnitas. Y la respuesta depende del punto de vista: si consideramos que es un partido creado hace un año, casi cualquier resultado será bueno; si, por el contrario, tenemos en cuenta las expectativas creadas, el riesgo de decepción puede ser mayor. Otro factor interesante es que Podemos se presenta en solitario a las elecciones autonómicas, pero en múltiples y variadas alianzas a las municipales, por lo que también de ahí podrán extraerse otras conclusiones, quizás de consumo más interno, en relación al modelo de organización y estrategia más adecuados de cara al futuro.

-¿Qué papel juega la otra fuerza emergente, Ciudadanos, y cuál es su perspectiva y su rol en el futuro?

-Ciudadanos es liberalismo sin taras. El PP no. el PP siempre ha sido liberalismo táctico: el PP defiende, desde finales de los años 1980, unos postulados que nunca se han correspondido con la composición sociológica, muy conservadora y muy defensora de viejos intereses creados, de la derecha tradicional española. A eso yo le llamo “liberalismo con taras”. ¿Más diferencias con el PP? Ciudadanos es muy urbano (el PP tiene una extensión nada desdeñable en zonas rurales) y Ciudadanos, además, nació muy asociado a una posible Independencia de Cataluña, a la que se opone y de la que ha hecho bandera con una libertad de discurso que, por diversos motivos, ni PP ni Psoe tenían.

¿Cuáles son las perspectivas de futuro de Ciudadanos? Si saben jugar bien sus cartas, pueden ser buenas porque podría funcionar como “recambio” (o sea, como freno anti-Podemos y opciones similares) para un sistema oxidado. Pequeño problema: Ciudadanos no proviene, como Podemos, de un malestar social que viene fermentando desde hace mucho tiempo, sino de una propuesta política que, aunque conecta bien con una suma de hartazgos, no logra ir mucho más allá: sus propios militantes se están conociendo entre sí durante esta campaña electoral.

-¿Qué papel ha tenido Venezuela en la campaña política española?

-Relativamente marginal. De alguna manera, la utilización, más que de Venezuela, de los aspectos más negativos (exageradamente negativos, muchas veces) del chavismo, ya estaba amortizada. Ocasionalmente, algunos candidatos de la derecha y del Psoe han sacado el tema, que ya ha quedado identificado en el subconsciente colectivo como un dispositivo de ataque, sobre todo contra Podemos, en caso de necesidad (es decir, en caso de sentirse acorralados), pero de Venezuela no se ha hablado mucho.

El español medio no sabe casi nada de Venezuela (más allá de lo que le cuentan los grandes medios que, la verdad, no ayuda mucho a tener un conocimiento más amplio y más ecuánime). En Podemos, por otra parte, la experiencia venezolana de muchos de sus líderes les está sirviendo de mu-cho, pero ellos mismos son los primeros en no referirse a Venezuela.

-¿Cuál es el partido tradicional que más ha acusado la crisis económica y política de estos años, PP o Psoe?

-La actual transformación del sistema político español es más una evolución que una revolución. O para expresarlo en términos gramscianos: España ahora mismo se encuentra en plena crisis orgánica: lo viejo no termina de morir y lo nuevo no termina de nacer.

Quizás por eso es pronto para hablar. El Psoe sufrió mucho en los últimos años, porque el estallido de la crisis económica dejó al aire sus vergüenzas políticas e ideológicas, pero el turno del PP todavía no ha llegado… Es muy probable que esté al caer y que esa caída sea lenta.

De hecho, lo interesante de estas elecciones es que son también munici-pales, y los municipios, en España, son la base del clientelismo con el que el PP lleva controlando políticamente al país desde los años 1990. Si ahora retroceden, como parece previsible, las perspectivas de futuro se pueden poner realmente negras para ellos. De hecho, no solo se trata de que la gente perciba a ese partido como corrupto, desahuciador, autoritario o precarizador, sino de que el PP perderá el acceso a muchos de los recursos con los que financiaba sus redes clientelares (que provenían de calificaciones y recalificaciones de terreno, de repartos discrecionales de fondos públicos, etc.) Y claro, cuando en esquemas así deja de haber qué repartir, mucha gente empieza a migrar…

-¿Usted cree que la falta de definición ideológica y política de Podemos puede provocar su estancamiento?

-Mi impresión es que el crecimiento o decrecimiento de Podemos todavía no está definido. Actualmente, parece haberse llegado a un primer techo, pero es lógico: no solo se trata de los ataques políticos y mediáticos constantes contra Podemos, sino de sus propias contradicciones internas y, más allá de ellas, de una cultura política en la que determinados valores y mecanismos están muy trabajados para defender/proteger el orden establecido.

Por eso, superar ese listón, es algo que dependerá de Podemos: de si gobierna, de lo que logre, de cómo se organice, de qué proponga, de cómo se desplegará en el territorio, de cómo conectará con la gente. El proceso es lento. Podemos, en todo caso, no me parece fruto de la coyuntura. Es decir, el partido en sí, sí, pero el malestar al que representa y organiza y el cúmulo de organizaciones y sociabilidades que están forjando el partido son produc-to de una veintena de años de políticas neoliberales muy salvajes.

Después, lo de no definir fronteras de izquierda/derecha, también me des-pierta dudas. Esa dicotomía, muchas veces, puede convertirse en una trampa que estigmatiza, más que ayudar, en el universo mediático actual. Plantearlo, entonces, como estrategia de supervivencia, puede ser aceptable en un contexto como el de la España actual (bastante conservadora) pero si eso termina yendo mucho más allá, puede volverse en contra como un boomerang.

-Ciudadanos, en el ánimo rupturista, queda mejor parado en términos ideológicos porque sabe lo que quiere. ¿Es una fuerza que plantea el problema sólo desde el punto de vista generacional?

-No, definitivamente, no. La dirección de Ciudadanos tiene muy claro, no un programa, no medidas concretas, pero sí la inspiración ideológica con la que afrontarlas. Otra cosa es que eso guste o no, pero su inspiración, su identidad, su filiación, es bastante evidente. Sin embargo, por donde pueden venir los problemas es por la base: no está tan claro que los militantes y candidatos recientes tengan tan claras esas cosas o, al menos, la experiencia suficiente como para bandearse en política. De hecho, por eso, Ciudadanos es un partido tan centralizado pero, aún así, corre riesgos.

-¿Qué perspectivas reales tienen de ganar u ocupar ciertos espacios de poder estos partidos, Podemos y Ciudadanos, a partir de las últimas encuestas existentes?

-Es difícil de saber, porque una cosa son las encuestas y otra los resultados electorales. Otra variable es -como demuestra el reciente caso de Andalucía- el camino al que pueden conducir las negociaciones posteriores, en función de los resultados. A partir de esa base, además, otro elemento a considerar es que para finales de año hay previstas unas elecciones generales, y ante dicha perspectiva es previsible que, sobre todo los nuevos partidos, no quieran cometer errores, es decir, que no quieran ser identificados ante el electorado como tal cosa o la otra.

Dicho esto, lo que parece más o menos claro no es tanto qué espacios de poder tendrán Podemos y Ciudadanos, sino que ambos tendrán -como demuestra, nuevamente, el caso de Andalucía- capacidad de bloqueo. Y eso es una novedad muy interesante en el panorama político español, que hasta ahora -sobre todo durante los últimos 25 años- ha solido ser muy plano e incluso previsible.

-¿España no va a salir de la tradición bipartidista en estas elecciones? ¿Sigue vivo el bipartidsmo?

-Ni vivo ni muerto, sino todo lo contrario. Estamos en plena “crisis orgánica”, en pleno proceso evolutivo. De momento, el bipartidismo va a sufrir un bajón considerable. Es probable que, en los próximos tiempos, sufra otro pequeño bajón derivado del plus de votos que el PP sigue consiguiendo por estar en el poder: cuando no esté o esté menos, como habrá menos que repartir, perderá votos.

Dicho esto, habrá que ver cómo evolucionan los llamados emergentes (Podemos + Ciudadanos): la situación podría estabilizarse en una especie de cuatripartismo; los partidos tradicionales podrían ir perdiendo posiciones, muy lentamente, a lo largo de los próximos años (demografía pura y dura: lo cual podría llevar a escenarios inéditos) o quizás, incluso, si Podemos y/o Ciudadanos cometen muchos errores, pudiera regresar el bipartidismo. En fin, son muchos factores: Wiston Churchill siempre decía que los sociólogos somos aquellos que siempre predecimos lo que va a ocurrir para luego explicar por qué no pasó. Mejor, entonces, no vaticinar demasiado: acompañemos el proceso y tratemos de entenderlo.

Publicado en: En España Podemos

Podemos no es totalitario

04/03/2015 by maestro Deja un comentario

Antonio Antón /

La derecha política y mediática está embarcada en una campaña de acoso político contra Podemos. Una de sus acusaciones favoritas es la de ser un partido político populista y totalitario que seguiría el modelo supuestamente dictatorial del gobierno venezolano. Diversos dirigentes socialistas e intelectuales afines han desarrollado también una crítica hacia esta fuerza política, con su identificación con el populismo y su supuesto carácter antipluralista. Nos centramos en este plano político-ideológico, evaluando el sesgo tergiversador y sectario de ese descrédito infundado.

Se pueden mencionar dos textos significativos, de carácter teórico, publicados en el diario El País. Uno de José Álvarez Junco: “Virtudes y peligros del populismo” (11-11-2014), donde refiriéndose al populismo señala que “su afán por eliminar las cortapisas democráticas abre un peligroso camino a la tiranía”. Otro de José María Ruiz Soroa: “El peligro de una sociedad sin divisiones” (9-1-2015), donde expone que “Podemos no reconoce diversas opciones sino que coloca fuera de juego a quienes considera sus adversarios, de forma que contradice el pluralismo democrático y en ese sentido preciso es totalitario”. Como veremos, esas descalificaciones a Podemos, afirmando un carácter antidemocrático y autoritario, son injustificadas.

Este texto tiene cuatro partes. Primero valora la concepción de pueblo de Laclau, referencia intelectual del populismo de izquierdas. Segundo evalúa algunas opiniones críticas sobre Podemos en el plano ideológico y critica su vinculación, como un todo, con el Frente Nacional francés y el populismo neofascista europeo. Tercero, señala la diferenciación entre modo de hacer política y el contenido sustantivo que da sentido a cada movimiento popular, así como las grandes distancias entre populismo de derechas y de izquierdas. Por último, explica la superioridad ética y democrática de las fuerzas alternativas en España respecto de las élites dominantes. Un amplio análisis del populismo se puede ver en: http://www.uam.es/personal_pdi/economicas/aanton/publicacion/otrasinvestigaciones/Acerca_populismo.pdf

La concepción de pueblo de Laclau y su influencia en Podemos

La teoría populista de Laclau (La razón Populista, 2013), referencia intelectual de algunos dirigentes de Podemos, tiene varios tipos de deficiencias: 1) al hablar de dos polos antagónicos, exclusivos y excluyentes entre sí, simplifica en exceso; 2) al exponer su concepto de hegemonía totalizadora puede eliminar el reconocimiento de la representatividad y los derechos de la minoría oligárquica que controla el poder; 3) al sobrevalorar el papel del discurso, las nuevas élites y la articulación de demandas populares, infravalora las características sociopolíticas y culturales, la experiencia relacional y las capacidades asociativas de los propios sujetos activos. Pero, sobre todo, 4) la ausencia de un discurso y un proyecto igualitarios y emancipadores y la reafirmación solo de una ‘lógica’ política de fuerzas emergentes frente a poder establecido, no permite aclarar lo sustantivo de un movimiento popular: su orientación y su función regresivas y autoritarias o progresivas y emancipadoras. Y esto es lo principal para definir una dinámica de movilización social y cambio político. La ambigüedad respecto del contenido sustantivo puede permitir introducir en esa clasificación de populismo todo tipo de movimientos contestatarios, muchos de ellos antagónicos entre sí, solo con ese rasgo común de enfrentarse al poder establecido.

Laclau señala la necesidad de una separación tajante entre un pueblo, cuya identidad y hegemonía se tienen que construir a través de la articulación de demandas populares, y la oligarquía de los poderosos. Es una posición constructivista, no determinista ni mítica. La lógica de conflicto social se enfrenta a la otra lógica de consenso, paz social y legitimación del poder establecido. Además, expone cierta flexibilidad en su concepción de pueblo al señalar su pluralidad interna y la importancia de valores universales que trasciendan cada singularidad étnica. En la última parte de su libro, vuelve parcialmente sobre sus pasos más rígidos e insiste en la existencia de distintos populismos, unos de izquierda, otros de derecha, incluso algunos estatistas, incrustados y dependientes del poder del estado. Y reconociendo una consecuencia de su teoría populista, para nosotros especialmente problemática, la indefinición del contenido sustantivo u orientación político-ideológica de un movimiento popular, plantea abiertamente que su superación es imprescindible como elemento fundamental para explicar el carácter (significante) tan diferente de los distintos populismos.

Así, llega a distanciarse claramente de los excesos totalitarios del etnopopulismo o nacionalismo extremo, expone la necesidad de reconocer al ‘otro’, dentro del campo popular, y se opone a las tendencias autoritarias y uniformadoras. Había sido contundente en la separación y el antagonismo del pueblo respecto de la minoría poderosa, manifestando incluso que ésta debía ser excluida de la comunidad (como clase hegemónica e identidad colectiva legítimas), en una expresión poco afortunada. No obstante, ahora, al aplicar el etnopopulismo esas fronteras separadoras y jerárquicas dentro del pueblo ve los peligros de esa posible exclusión de una parte de la población (una etnia, otra capa popular) en nombre de otra parte de la gente, que quiere ser hegemónica, en su acepción de totalizadora en la representación del todo social (como en el ejemplo de los nacionalismos yugoslavos que critica).

Igualmente, este autor matiza la rigidez de sus formulaciones ideales, de fronteras nítidas y un pueblo homogéneo. Y hace hincapié en la heterogeneidad interna del pueblo o el desplazamiento de las fronteras flotantes de los dos campos antagónicos, así como la existencia de contenidos universales que desbordan las fronteras étnicas y son comunes a una pluralidad de identidades. Incluso admite que existe una universalidad no solo de procedimientos (el mecanismo de la polarización o la democracia) sino también de contenidos sustantivos (por ejemplo, nosotros diríamos la libertad y la igualdad o los derechos humanos).

Laclau, aunque comete excesos respecto de la negación (identitaria) de la oligarquía, reconoce la diversidad interna del pueblo. El sujeto pueblo, según él, debe ser ‘construido’ a través de la conversión de las demandas democráticas en demandas populares globales, con el liderazgo y el discurso adecuados. No hay una concepción esencialista de pueblo que imponga el totalitarismo. Aunque tenga formulaciones extremas, busca el empoderamiento de la gente y su hegemonía respecto de la oligarquía, y establece fronteras claras aunque flotantes con ella.

Otro nivel es el relleno sustantivo que el populismo europeo de ultraderecha hace de la concepción de pueblo, de tipo esencialista y excluyente, y qué sentido le da a la polarización política y la hegemonía totalizadora, poniendo como enemigo del ‘nosotros’ (autóctonos) no al poder establecido sino al ‘otro’ (inmigrantes-extranjeros) u otros países (ultranacionalismo). Pero son aspectos completamente diferentes a las propuestas de Podemos o el populismo de izquierdas.

Por otro lado, aunque algunos dirigentes de esa organización reconocen su vinculación con ideas de Laclau, no supone que asuman su expresión más excluyente para definir su identidad. Tampoco se puede hablar del fenómeno Podemos, el conjunto de sus simpatizantes, activistas y órganos dirigentes, como fanáticos defensores de esa teoría completa, seguidores de experiencias políticas autoritarias y anuladores del pluralismo democrático. Menos todavía cuando, además, insisten en que el suyo es el modelo social y democrático de los países europeos nórdicos de corte socialdemócrata. El énfasis en un tronco común, el populismo, que les daría una constitución ética e ideológica autoritaria, similar al Frente Nacional francés, es una generalización abusiva que no permite un diálogo constructivo.

Hay que diferenciar dos planos: a) teoría populista (lógica política de polarización y hegemonía sobre demandas populares y democratización-participación), y b) movimientos populares reales y su diversidad. Laclau, en la formulación de la razón populista, comete excesos con una concepción excluyente de la oligarquía para alcanzar la hegemonía del pueblo, particularmente, en el plano discursivo e identitario. La aceptación de la lógica política de la polarización abajo-arriba y la hegemonía ganadora del pueblo frente a la casta no significa necesariamente que la dirección de Podemos defienda siquiera las formulaciones extremas de Laclau. Mucho menos, que sean sus posiciones clave para imponer, en la medida que tenga poder, una política totalitaria. Hay que recordar que su tercer eje fundamental es la construcción de la democracia frente a la oligarquía, en este contexto español y europeo, con la reafirmación de su vinculación y su representación de las dinámicas alternativas antiautoritarias y progresistas.

La principal insuficiencia de la teoría populista, valorada como cualidad por sus defensores, es la infravaloración de un desarrollo programático y teórico, así como el tipo de inserción en la dinámica sociopolítica. Considera que el sujeto social pueblo se construye con el simple desarrollo de las demandas populares dentro de esa lógica política. Sin embargo, ante la contingencia de su desarrollo, cada movimiento popular o élite asociativa, a la hora de su política práctica y su construcción e identificación sociopolítica, rellena esa ausencia con los elementos realmente existentes: experiencia popular, cultura cívica, tipo de élites, carácter del poder, discursos…

El aspecto vulnerable principal de la razón populista es la compatibilidad de ese modo de hacer política con dinámicas y proyectos diferentes en su significado profundo respecto de la igualdad, la libertad y la democracia. En las dinámicas sociales concretas se puede combinar con interacciones sociales y contenidos sustantivos (no solo discursos) igualitarios-emancipadores-democráticos o lo contrario (y mixtos e intermedios). Y con un importante papel del tipo de intereses y discursos de las élites, unas autoritarias u otras democráticas, aunque todas apelen al pueblo para conseguir legitimación social.

En consecuencia, la ambigüedad ideológica de la teoría populista deriva de su excesiva confianza en que de la espontaneidad de la gente van a surgir demandas progresistas conectadas con la emancipación y los valores generales de igualdad y libertad. Y que la actividad del discurso y las élites asociativas debe proporcionarles, fundamentalmente, solo una dimensión unificadora: las demandas populares.

No obstante, Laclau constata la diversidad de movimiento populistas reales. La construcción de una fuerza social es más compleja y repleta de mediaciones. Así, al desarrollar una trayectoria y un proyecto concreto, cada corriente política adquiere significados políticos antagónicos o distintos. Su identificación es doble: 1) su modo de hacer política y conquistar el poder, y 2) el significado y la orientación sustantivos de esa dinámica y sus actores. La aspiración al cambio del poder político-institucional está clara y es lo que pretende evitar el poder establecido, demonizando esa pretensión popular. Pero lo decisivo para valorar el papel y el sentido políticos de esa tendencia transformadora es lo segundo. Es decir, hay que evaluar el significado y la orientación de las demandas populares, el tipo de movimiento popular y élites, la cultura cívica y el carácter del poder al que se intenta desplazar. La lógica populista, en este caso, se queda en el modo, en la forma, cuando lo fundamental a valorar es el contenido y su interacción con la forma. En ese sentido, dirigentes de Podemos deben reafirmarse en sus prácticas e ideas democráticas y avanzar en un proyecto transformador y una dinámica emancipadora e igualitaria.

El supuesto carácter antipluralista de Podemos

Aunque más explícita en los primeros autores citados, otra valoración negativa de la orientación político-ideológica de la dirección de Podemos, como antipluralista y tendente al totalitarismo, la encontramos en Eugenio del Río, “¿Es populista Podemos?” (Página Abierta, 236, enero-febrero, 2015).

El comienzo del texto es un justo y emotivo rechazo al fascismo cruel, excluyente y totalitario de Le Pen y el Frente Nacional francés, referencia, según se dice, de los populismos europeos. Se destaca la nefasta experiencia de la ultraderecha europea, definida acertadamente por su totalitarismo (aparte de otros rasgos como el nacionalismo y la xenofobia). La búsqueda de complicidad emocional del lector, al extenderse al conjunto, es inapropiada ya que se realiza como introducción y marco de un documento dedicado a enjuiciar a Podemos, cuyas características se asocian con esa corriente reaccionaria y autoritaria. El desarrollo del texto vincula los planteamientos ideológicos de Podemos con los de esa experiencia totalitaria. Ambas experiencias se meten en el mismo saco y se pone el acento en sus rasgos comunes y su misma denominación. Señala en qué consiste la identidad populista y sus componentes ideológicos y políticos (dicotomía, autoritarismo hegemonista) que serían compartidos por ambas realidades, sin destacar los elementos antagónicos de fondo que hay entre ellas.

Admite la existencia de cierta diversidad entre distintos populismos. Pero su insistencia en calificar a Podemos como populista, el hacer hincapié en su conexión o pertenencia común al populismo europeo, cuando se acaba de denunciar (merecidamente) el totalitarismo del Frente Nacional francés y afirmar que es la referencia principal del conjunto, sirve para destacar la semejanza con esa experiencia odiosa y rechazable de la fuerza política española y descalificarla ideológicamente. Así, se induce al lector a la predisposición injustificada y prejuiciada contra ella, cuando el componente principal de su identidad se basa en una actitud emancipadora y democrática.

Por otro lado, el texto reconoce algunos méritos políticos de esa organización y constata consecuencias ‘estimulantes’ para el proceso político e institucional; en ese sentido señala una dinámica positiva, un campo práctico común.

En los textos citados se da un salto injustificado de emparentar al partido liderado por Pablo Iglesias con la dinámica política representada por Marine Le Pen, el Frente Nacional francés y el populismo de derechas del neofascismo xenófobo o ultra-conservadurismo europeo. Se apoyan en aspectos secundarios y discursivos, cuando la distancia sustantiva con ellos es todavía mayor que con el poder establecido o la casta.

La lógica interpretativa dominante en los medios de comunicación es la unir los ‘extremos’ (de derecha e izquierda) frente a la supuesta centralidad del establishment y el consenso liberal-conservador-socialdemócrata. Ambas tendencias, desde las dos orillas contrapuestas, presionan al poder establecido, pero ese emparejamiento desconsidera el aspecto sustantivo de que el significado y la dirección en que lo hacen, el por qué y el para qué, son de signo contrario. Su sentido político es antagónico: en un caso es reaccionario y opresivo, y en el otro, progresista y emancipador. Unos observan la complicidad con los poderes fácticos, aun con demagogia populista, y otros pretenden su transformación en beneficio real de las capas populares.

Con la selección y la exposición enfática de algunos rasgos comunes de Podemos con el populismo (muchos compartidos con otras corrientes liberales y socialistas, como el hiperliderazgo personal o la centralización organizativa) se asimila todo a una misma dinámica. Los rasgos autoritarios del populismo derechista se muestran para caracterizar al populismo; en ese conjunto se incluye previamente a Podemos, aunque sea democrático-radical, y su imagen queda descalificada con la misma crítica de antipluralismo.

La combinación de esa lógica con la dinámica sustantiva reaccionaria del Frente Nacional francés u otros populismos regresivos y excluyentes sí conforma una tendencia autoritaria. Pero es contraria al significado globalmente positivo, desde el punto de vista democrático, igualitario y emancipador, del movimiento cívico español y la representación social y política alternativa. Al insistir en nombrar a éste o una parte relevante del mismo con la misma denominación de populista, con similar sesgo autoritario, se produce una manipulación. El resultado es, por una parte, la descalificación de fuerzas alternativas democráticas, y por otra parte, la legitimación y el embellecimiento de las actuales élites dominantes, con su prepotencia autoritaria y su estrategia antisocial.

Se magnifican algunos rasgos negativos de Podemos y se asocian con ese modo populista, dicotómico y hegemonista. Pero la posición de promover la movilización popular frente a las élites dominantes y la aspiración a ganar la mayoría social, no necesariamente es simplificadora y totalizadora. Lo contrario sería renunciar al conflicto social, no confrontar con los poderosos y desistir de influir o conquistar el poder. Es decir, llevaría al reforzamiento del actual bipartidismo.

Desde posiciones de ‘centro’ o tercera vía se olvida que las buenas tradiciones de las izquierdas transformadoras no son comunes a las de las derechas, sino su más rotundo y persistente rechazo. El actual consenso liberal-socialdemócrata de la austeridad y la gestión política prepotente pretende descalificar la oposición popular crítica: intenta apropiarse de la representación de los valores democráticos, de fuerte sentido simbólico, cultural y de legitimación, y adjudicar los valores antidemocráticos y la vinculación con la extrema derecha a las fuerzas auténticamente igualitarias y de progreso. En consecuencia, hay que tener una actitud crítica rigurosa para impulsar la igualdad, la libertad y la participación cívica y democrática, y no caer en la deformación y el sectarismo.

La identidad ideológica de un actor se construye con su carácter, su experiencia y su proyecto

El ‘modo de hacer política’, la ‘forma populista’, según la teoría de Laclau, supone la construcción del ‘pueblo como mayoría política nucleada en torno a un grupo subalterno’ en oposición al poder establecido. Pero, siguiendo con este autor, la definición de ese grupo subordinado y la naturaleza de su subordinación constituyen el factor del que depende el carácter ideológico de cada construcción populista: la naturaleza del “nosotros” y el horizonte de liberación propuesto. O sea, compartir esa lógica no conlleva necesariamente en Podemos una dinámica totalitaria (hegemonía excluyente) y sectaria (dicotomía y polarización extremas), aparte de demagógica, similar a la del populismo de derechas.

En España el campo sociopolítico popular se ha ido construyendo sobre la base de una ciudadanía indignada, democrática y progresista, con una fuerte cultura cívica y de justicia social, frente a un poder establecido antisocial y prepotente. Y los ejes del proyecto de Podemos y el resto de fuerzas alternativas suponen una profunda democratización política y una transformación socioeconómica contra la desigualdad y los privilegios de los poderosos, en defensa de los derechos sociales y laborales y de corte socialdemócrata clásico. La identidad resultante de esa tendencia ciudadana y el proceso igualitario y emancipador que conlleva se oponen al poder establecido y, especialmente, al conservadurismo y el populismo de derechas y su carácter reaccionario y totalitario. Hay una diferencia cualitativa entre la experiencia de Podemos (y Syriza) y la dinámica autoritaria del populismo excluyente, reaccionario y xenófobo dominante en Europa. El énfasis en calificar e identificar a esta organización alternativa con esa otra corriente política con tendencias antidemocráticas, aparte del enfoque erróneo de la realidad, crea una dinámica sectaria y debilita, precisamente, un proyecto real de cambio democrático. Sin embargo, hay que admitir que la realidad de Podemos es ambivalente y aunque la tendencia principal, política y cultural sea positiva hay cosas que criticar de forma constructiva para su mejora.

La identificación colectiva por el modo de hacer política es incompleta. La lógica política del conflicto social y la construcción de un sujeto emancipador y hegemónico (aunque no necesariamente totalizador) es compatible con distintos y antagónicos desarrollos políticos: autoritarios o democratizadores, opresivos o emancipadores, excluyentes o solidarios, jerárquicos o igualitarios. El contexto de confrontación entre poder establecido y ciudadanía activa, la cultura democrática del movimiento popular y la orientación sociopolítica progresista de sus élites, al combinarse en España con esa lógica dan un resultado diferente al de Francia, al aplicarse en el caso del Frente Nacional una tradición y un contenido reaccionarios, autoritarios y excluyentes.

Hay que distinguir entre ‘lógica’ y ‘contenido’ político. Lo primero es algo más que la ‘forma’. Lo segundo es el resto de características políticas, económicas y socioculturales según el carácter de los actores, el contexto y su orientación o finalidad. El modo de hacer política, aunque no es estrictamente formal, no es el elemento identificador principal o exclusivo de la naturaleza de una fuerza política. Lo distingue del ‘poder establecido’, con su interés por el consenso (acatamiento o legitimación del poder) y su control del orden social, la neutralización de la justa indignación y resistencia popular. La dinámica de movilización popular frente al poder es un rasgo compartido con distintas corrientes sociopolíticas que ponen el acento en el conflicto social, no en la paz social. Esta mirada polarizada es diferente a la visión unitarista e indiferenciada (o fragmentada) que tiende a llevar una actitud favorable hacia el consenso o la armonía social, con sometimiento o resignación de la parte subordinada.

En España ese enfoque sobre la relativa polarización sociopolítica y el empoderamiento cívico es realista. Ha servido para conectar mejor con un proceso de confrontación democrática de una amplia ciudadanía progresista frente al poder establecido antisocial y autoritario. La experiencia del movimiento cívico español y el fenómeno Podemos consiste en la activación ciudadana frente a los poderosos y la construcción de la unidad y hegemonía popular para ganar la mayoría en las instituciones. Esta realidad tiene un significado antagónico respecto del caso francés del Frente Nacional. Dicho de otra forma: el carácter reaccionario, regresivo y excluyente del populismo neofascista francés está más próximo a la dinámica antisocial y prepotente del poder establecido francés (y español) que a la trayectoria emancipadora, igualitaria, democrática y solidaria de la ciudadanía crítica y activa española y su expresión electoral en fuerzas alternativas y de izquierdas.

El populismo es, sobre todo, un ‘modo’ polarizado de acción política. El populismo de ‘izquierdas’ pretende ser emancipador de los de abajo y defender la democracia frente a los de arriba y la opresión de la oligarquía. Es sustancialmente diferente al populismo de ‘derechas’: imposición de la exclusión del ‘otro’ por el ‘nosotros’, o de los ‘enemigos’ por los ‘amigos’ (o del eje del mal por el del bien). En cada caso, los conceptos de polarización y hegemonía tienen un significado completamente distinto e incluso antagónico entre sí. La lógica política no se puede separar (solo analíticamente) del carácter de los actores, su trayectoria y sus objetivos. Y hay que comprobar si todos ellos avanzan en la igualdad, la libertad, la solidaridad y la integración, o bien en la desigualdad, el autoritarismo, la segregación y la exclusión.

No obstante, al hacer abstracción del carácter de ambos polos (y lo intermedio y mixto), su sentido político, su dinámica y su orientación, se deja de lado lo principal para definir el significado o la identidad de una fuerza o movimiento concreto. Dada la experiencia europea de esa doctrina (Frente Nacional francés, neofascismo europeo), al tildar de populista a Podemos se le traspasa a esta organización la afinidad con toda la carga negativa (incluida la emocional), totalitaria y reaccionaria del populismo de derechas. Es verdad que algunos miembros de Podemos sostienen ideas de populismo de izquierdas, pero también afirman su oposición total al populismo de derechas, a sus tendencias totalitarias. Todavía es más forzada esta vinculación distorsionadora cuando solo se deriva de constatar la existencia de unas ideas llamadas populistas en varios dirigentes o, simplemente, de algunas formulaciones extremas de uno de sus intelectuales de referencia.

En el plano discursivo, a efectos de expresar una ‘hegemonía’ representativa (totalizadora), una parte se puede apropiar del todo y no reconocer a otra parte. Nominalmente no existe. Es una práctica habitual poco democrática y antipluralista, pero que no hay que confundir con la exclusión total de los derechos de esa parte no mencionada y la imposición totalitaria de su destrucción política (o física). Por tanto, entre una falta de reconocimiento solo discursiva y otra de exclusión institucional, social y económica absoluta media un trecho relevante y hay que verificar en qué medida y dimensión se produce la exclusión real para establecer su gravedad. El hecho de que Podemos diga que aspira a la hegemonía representativa de la ciudadanía descontenta (el pueblo) y se dirija contra el PP, sin mencionar al PSOE, no supone que vaya a ilegalizar al resto de partidos, eliminar el pluralismo democrático, apropiarse de todo el poder y legitimidad institucional e imponer el totalitarismo. Es una generalización abusiva cargada de prejuicios ideológicos y políticos.

Superioridad ética e ideológica de las fuerzas alternativas

El establishment defiende el mantra del consenso y la paz social para asegurar su continuismo en el control del poder económico y político. Reaccionan visceralmente contra un modo de hacer política basado en la participación popular en el conflicto social y que busca un cambio de ese equilibrio desigual. Para los poderosos esa pretensión transformadora contra las ventajas y privilegios al poder establecido, siempre es totalitaria, restringe ‘su’ libertad de seguir dominando. Aunque existen experiencias históricas con rasgos populistas de derecha (el nacional-socialismo, o el neofascismo actual), cuyo acceso al poder supuso la implantación del totalitarismo, podemos afirmar que no toda pugna popular frente al poder establecido lleva necesariamente un contenido totalitario o excluyente, ni tampoco liberador. Depende de su sentido ético.

Es evidente que la visión liberal indiferenciada (y la postmoderna fragmentada) de la sociedad y el consenso social y político han servido para legitimar una prolongada hegemonía de unas oligarquías basadas en una fuerte desigualdad y una posición de subordinación popular. En otros casos, con relevante participación cívica se han conformado sociedades democráticas, integradas y menos desiguales.

El populismo europeo dominante, por su carácter reaccionario, regresivo y autoritario, está más emparentado con la derecha conservadora y las élites dominantes de la UE. Podemos es afín al conjunto de movimientos sociales y fuerzas alternativas, democráticos y de izquierda, empezando por el movimiento 15-M y las mareas ciudadanas hasta la Izquierda Plural y Syriza. Poner a Podemos bajo el mismo el rótulo de populismo que al Frente Nacional francés o al neofascismo europeo, cuando son antagónicos en su significado sustantivo fundamental, tergiversa lo fundamental de la realidad, que es su diferencia. Sirve para descalificar y neutralizar las dinámicas alternativas progresistas y democratizadoras; supone sectarismo ideológico y político hacia unas tendencias emancipadoras y anti-oligárquicas. Sobredimensiona los errores de las posiciones críticas por la izquierda o alternativas y prioriza su rechazo. Al mismo tiempo, relativiza las deficiencias y el necesario cuestionamiento de las estrategias impopulares del poder establecido.

En la teoría populista el para qué se infravalora, y Podemos tiene todavía un limitado desarrollo programático. Pero no se puede decir que el presente y el futuro de esa organización y su impacto institucional están tan abiertos o indefinidos como para permitir una evolución en sentido totalitario o reaccionario. El discurso y el proyecto de Podemos, de sus dirigentes, sus activistas y sus bases sociales, es mucho más progresista (claramente a la izquierda o con los de abajo) que las clases gobernantes actuales, incluida la cúpula socialista (que estaría con los de arriba y con posiciones comunes con la derecha). Y así lo ven sus potenciales electores, muchos con una leve pertenencia ideológica respecto de este eje izquierda-derecha, pero definidos frente a los poderosos y corruptos.

En España se ha fortalecido el carácter social, progresista y democrático de la ciudadanía indignada, a través de su experiencia contra la austeridad y los recortes sociales y la prepotencia política de las élites gobernantes, así como por su cultura cívica y de justicia social. Se ha consolidado una ciudadanía activa con una participación democrática en la protesta social y la acción sociopolítica con unos objetivos clave: democracia, derechos sociales… El discurso de Podemos ha enlazado con ello y está más claro y es más democrático y progresista que la gestión del bipartidismo del PP y PSOE. Es decir, su inserción en este contexto de pugna sociopolítica contra este poder establecido antisocial y prepotente, así como las características progresistas del movimiento popular y las élites asociativas, son la base de este fenómeno y le imprimen gran parte de su carácter. El significado del discurso del cambio y de ganar las instituciones para implementarlo tiene un sentido liberador y de progreso, frente a las tendencias realmente autoritarias y regresivas existentes. Por ello y para ello han tenido un importante respaldo cívico a su representación.

Los ejes iniciales de su programa (Más derechos, más democracia), su oposición a la casta por sus políticas de recortes y austeridad, su prepotencia y su corrupción, junto con sus proyectos de transformación socioeconómica, de orientación socialdemócrata clásica, y política, democratizadores y participativos, añaden a esa forma de hacer política un perfil nítido social y democrático. La polarización sociopolítica y la hegemonía cultural, con el objetivo de ganar la mayoría en las instituciones, adquieren un sentido emancipador. En el plano político e ideológico son más progresistas y respetuosos con los derechos humanos y sociales que el partido socialista y no digamos que la derecha. Y conllevan una dinámica democratizadora, más firme y consecuentemente opositora, contra las tendencias autoritarias, antisociales y reaccionarias de las élites dominantes.

La ambigüedad ideológica, en términos clásicos de izquierda-derecha (y centro), de su esquema político es relativa. Es oportuna para evitar la asociación con el partido socialista y su gestión antipopular, desligarse de las peores tradiciones comunistas o burocráticas y atraerse apoyos de sectores descontentos con la deriva regresiva del bipartidismo y auto-ubicados ideológicamente en el centro o la derecha. Pero sus objetivos de defender y representar las demandas de los de abajo, con mayor igualdad y democracia, lo vinculan con lo mejor de las izquierdas transformadoras.

En definitiva, la reafirmación en la defensa de la gente, hoy expresada en una ciudadanía indignada y crítica, y la incorporación de la cultura cívica de los derechos humanos, sociales y democráticos, presente en la ciudadanía activa y el tejido asociativo español, le dan a estas fuerzas alternativas un perfil igualitario y emancipador frente a la dinámica prepotente y antisocial de las élites poderosas. La representación de esa dinámica de cambio político hacia un modelo más social y democrático confiere a las fuerzas alternativas una mayor legitimidad ciudadana. La vinculación parcial con el populismo, incluido el nombre, no les beneficia, sino que les perjudica, ofreciendo un flanco débil ante sus adversarios, con inmenso poder mediático.

La lógica del conflicto social frente al actual poder establecido y la construcción democrática y participativa de un sujeto popular que aspira a representar a la mayoría social, deben estar íntimamente imbricadas con las demandas populares progresistas, su experiencia y su cultura cívica, el respeto a su diversidad interna y un proyecto igualitario y emancipador. En ese sentido, Podemos y las fuerzas alternativas en España, construidas sobre una base popular progresista necesitan reforzar su talante democrático y la dinámica emancipadora. Pero, comparativamente, mantienen una superioridad no solo política sino también ética e ideológica respecto de la derecha y la socialdemocracia, cuya gestión gubernamental impopular ha incumplido sus compromisos sociales y ha demostrado la fragilidad de sus valores cívicos y democráticos.

Antonio Antón. Profesor honorario de Sociología de la Universidad Autónoma de Madrid

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