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Bolivia

Bartolomé Arzans de Orsúa y Vela, La luz de la verdad I

07/04/2013 by Deja un comentario

RÉPLICAS

Intervención del autor durante la presentación del libro obra Historia de la Villa Imperial de Potosí (20/03/13)

Néstor Taboda Terán (Escritor)

Nos hemos reunido en la Ciudad Única —la Villa Imperial de Potosí— para celebrar el más grande acontecimiento cultural de todos los tiempos.  Rompiendo tinieblas la aparición en Bolivia por primera vez Historia de la Villa Imperial de Potosí, de Bartolomé Arzans de Orsúa y Vela, escrita hace más de trescientos años atrás. El gran historiador potosino con paciencia de Job ha esperado tres siglos que su obra inmortal circule impresa en su ciudad natal.  Bartolomé Arzans dedicó su historia, que le costó una labor ininterrumpida de alrededor de 60 años, al entrañable Cerro Rico de Potosí, el celebérrimo Sumaj Orko. El autor, en las primeras palabras de su historia, Prólogo al lector, expresa:

“El nombre de este gran rey de los cerros y emperador de los montes es conocido en cuanto mira el sol y sus efectos experimentan todos los vivientes: ¡grandeza sin igual, admiración portentosa!  Pues ¿cómo no había de tener incentivos para principiarla y motivos para fenecerla?  Y mas cuando con ojos de plata puedo asegurar que me ha mirado para su autor y con lenguas de varios metales ha alentado mi pluma para su desempeño, y que juntamente me ha mostrado el corazón para que con más eficacia diga a los hombres que de ver sus necesidades se le rompen sus entrañas y que para remediarlas les ofrece el rosicler de sus venas”.  La maravillosa obra editada por la Fundación Cultural del Banco Central de Bolivia, Historia de la Villa Imperial de Potosí, de condena permanente,  reprobación, censura y vituperio de la clase dominante de la tiranía colonialista, que la sumió en el callado, sordo, insonoro, tácito, atónico silencio de tres siglos renace ahora decidida a sobrevivir y malbaratar la campaña indecorosa que quiere desprestigiarla transformándola en una vulgar novela de aventuras sin pies ni cabeza.

Y no solamente aquella indecencia cultural pública de tiranía colonial que anoto, sino el saqueo permanente, el robo, el plagio que ha soportado. En la publicación de Gunnar Mendoza y Lewis Hanke, Nueva York 1965, hay una nómina de autores nacionales y extranjeros que desde el siglo XVII canibalizaron e hicieron variaciones de las descripciones de Arzans.  Entre aquellos se hallan escritores famosos como Juana Manuela Gorriti de Belzu, Vicente Quezada, Julio Lucas Jaimes (Brocha Gorda), padre del poeta Ricardo Jaimes Freyre, quien editó permanentemente Tradiciones Potosinas, que es una copia de Historia de la Villa Imperial de Potosí, de  Arzans de Orsúa y Vela, y también están Benjamín Rivas, Benjamín Blanco, Julio César Valdés, José María Camacho, Tomás O´Connor d´Arlach, Manuel José Cortés, José Manuel Aponte, Luis Felipe Manzano, Juan W. Chacón, Modesto Omiste, Antonio Quijarro, Demetrio Calvimontes, Manuel de Mendiburu y pare de contar.

En Tradiciones Peruanas, de Ricardo Palma, más de veinte de aquellas tradiciones están copiadas de Arzans.  El potosino Modesto Omiste y el cochabambino Nataniel Aguirre se permitieron también piratear textos de Arzans.  A Nataniel Aguirre se le acusa últimamente de apropiarse de Memorias del Último Soldado de la Independencia, y la obra que se apropió de Arzans es otro capítulo, La bellísima Floriana, que  obtuvo una traducción al inglés en EEUU  con su usurpada autoría.

El connotado intelectual chuquisaqueño Guillermo Francovich se apropia de dos obras: Don Juan de Toledo y El Monje de Potosí, copiados de Historia de la Villa Imperial, de Arzans.  Se dice que hay un cuento menor del Premio Nobel de Literatura, Mario Vargas Llosa, según el catedrático de la UMSA Mauricio Souza basado en un relato de Arzans de Orsúa y Vela.

Historia de la Villa Imperial de Potosí, tan francamente saqueada, debo declarar que no fue en Bolivia sencilla su publicación en edición completa, como se había publicado en la Universidad de Brown, Nueva York, Estados Unidos. Pero, la Fundación Cultural del Banco Central de Bolivia impuso su imperio, le costó dos años, pero gracias a los dos destacados intelectuales de 1965 ya se había  salvado Historia de la Villa Imperial  exiliando la obra de tres tomos a Nueva York, lejos de Potosí. ¡Todo honor y toda gloria en el año 2013  para el ciudadano norteamericano Lewis Hanke y para el ciudadano chuquisaqueño Gunnar Mendoza, que salvaron este gran libro potosino!  Este tiempo de cambio coyuntural ha sido favorable para la Fundación Cultural del Banco Central de Bolivia, presidido por Roberto Borda. Quiero recalcar, política y culturalmente, que si no hubiésemos estado viviendo en el virtual proceso de cambio de la revolución democrática y cultural del presidente Evo Morales y del presidente del Banco Central de Bolivia, Marcelo Zabalaga, tal edición de Historia de la Villa Imperial de Potosí no hubiese sido posible.

Publicado en: Bolivia

Las dificultades de hacer una revolución de verdad

23/03/2013 by Deja un comentario

Construyendo el Estado Plurinacional

Juan Carlos Pinto Quintanilla
Las Revoluciones Inconclusas.

Las revoluciones contra el capitalismo que han ocurrido en la historia de la humanidad han transcurrido en escenarios políticos que expresan transiciones que son una suerte de empate histórico entre la pretensión del cambio total y la permanencia de la institucionalidad derrocada. El viejo Marx, comentaba en la experiencia de la Comuna de París, como los obreros eran capaces de cambiar muchas cosas a las que se oponían, sin embargo una suerte de estupefacción ocurría frente a los símbolos heredados del poder burgués, así los bancos y la sede del gobierno transmitían este sentimiento colectivo de miedo.

En nuestro continente, durante la revolución mexicana a principios del siglo XX, cuando Villa y Zapata ingresan a México DF luego de derrotar a los ejércitos y poder federal, y se encuentran frente a la silla presidencial, esos revolucionarios sienten temor a su representación y optan por convocar a maestros aliados para que tomen ese simbólico lugar del poder. En nuestro país, luego de la revolución de 1952 y cuando la revolución había sido encabezada por mineros y proletarios que armados habían derrotado al ejercito oligárquico, el gobierno fue entregado al MNR, constituido principalmente por clases medias, que desde un discurso nacionalista asumió el poder por sobre los movimientos sociales victoriosos.

Todavía más cerca en el tiempo, ya en el proceso de cambio emprendido por este gobierno, una ministra de origen quechua y que vestía en su investidura su traje tradicional, recibió a quienes ingresaban a su despacho desde el frente del escritorio y con la sencilla y transparente explicación de que “ no podía acostumbrarse a estar del otro lado del escritorio, del que recibe”, cuando toda la vida anterior ha sido la de pedir, solicitar o ingresar a espacios que eran considerados de “otros”, aquellos que siempre tuvieron el “poder” de estar del lado de los que mandan.

Estos son algunos de los escenarios que encontramos en la historia y que expresan la dificultad de que la revolución pueda ser lograda de manera inmediata y con actores nuevos, logrando sostener la gobernabilidad, la producción y el proyecto revolucionario. Lenin en la revolución del 17 y luego de que la economía entrara en un momento crítico en la naciente revolución, que propuso dar un paso atrás, para tomar el impulso necesario; de esta manera convocó a los capitalistas a retomar las fábricas y centros productivos para recuperar la producción, mientras a la par instruía políticamente a los cuadros obreros que aprendan todo lo más posible de esos procedimientos productivos para preparar ahora sí una transición a manos obreras.

También Mao en la revolución Cultural China que transcurrió durante varios años luego de la revolución de 1959, cuando el partido movilizó a millones de campesinos a las ciudades a que tomaran en sus manos la administración del naciente Estado, mientras otros miles de militantes urbanos de sectores medios eran desplazados al campo a sembrar y cosechar; buscaban que la división histórica del trabajo que había especializado de forma privilegiada a unos a usar las manos y a otros a utilizar la cabeza, empezara a desaparecer asumiendo la universalidad del conocimiento a través de iguales oportunidades. Fueron tiempos de fuerte aprendizaje político, que también significaron la caída de la economía con nuevas dificultades para el Estado Revolucionario.

En definitiva los procesos de transición a una nueva sociedad, arrastran el lastre de las exclusiones del pasado. Los obreros revolucionarios y victoriosos, que ética y revolucionariamente buscan marcar un rumbo revolucionario y que sin embargo se convierten en mandos y luego en burócratas que terminan defendiendo al Estado proletario que dejó de serlo porque una nueva élite estatal se hizo cargo del discurso y el poder, a nombre de los excluidos.

Los Privilegios del Poder.

Los partidos revolucionarios que hicieron ese camino, que transcurrieron desde su mando militar y político hacia una reproducida jerarquización del poder, que si bien mejoraron las condiciones de vida de la mayoría, una vez más hicieron un privilegio del poder. El Che entendía el peligro de la burocratización y el abandono de la ética revolucionaria, por eso desde cualquier lugar de mando en el Estado Cubano, era el primero en dar ejemplo de trabajo revolucionario junto a los trabajadores para recordar que el mando no debe alejar del trabajo real, aquel que permite la sobrevivencia de todos.

Sin embargo son menores los ejemplos a los que nos referimos, frente a la tentación permanente de hacer del poder un privilegio de unos pocos; de esta manera las revoluciones que tentaron cambiar la vida y la organización social, a pesar de los logros frente al capitalismo salvaje, reprodujeron nuevos privilegiados a nombre de los explotados.

Estos pocos ejemplos históricos que comentamos expresan la dificultad del tratamiento del poder por parte de los revolucionarios. Que no basta contar con el descontento y la rabia contenida por la explotación para desatar una revolución; ni siquiera de una vanguardia revolucionaria que sepa interpretar el momento adecuado para dar curso al proceso revolucionario (como ocurrió con Nicaragua con los sandinistas, que teniendo el poder y más allá de bloqueos y agresiones imperialistas, años después tuvieron que dejar el poder con el voto del mismo pueblo al que habían acompañado en la revolución).

Será fundamental en que a la par de la transformación de las condiciones de vida de las mayorías excluidas y explotadas, se realice una revolución moral y ética donde se proclame con el ejemplo lo nuevo que se busca construir y que pueda ser sostenible por los liderazgos y la acción del pueblo organizado para hacer que la revolución siga siendo tal en el tiempo.

La Revolución Simbólica de Evo.

El pueblo boliviano se atrevió a tentar el destino de la fatalidad, aquel que marcado por la colonialidad y el capitalismo salvaje, lo condenaba a tan sólo reproducir por generaciones las condiciones de miseria para la mayoría, así como la condición de eternos subordinados a los privilegiados del poder.

La primera revolución fue simbólica, porque tuvieron que caer en el imaginario popular algunos mitos iniciales sobre el poder, aquellos que históricamente se habían condensado en el presidente y su entorno blanco, con apellido, propiedades y recursos, finalmente letrado y con títulos académicos. Herencia colonial que reproducía una forma excluyente de comprender el poder como privilegio de designio divino.

Por eso la elección de uno de ellos, indio, pobre y sin estudios acabados de colegio se convierte en la sombra de la revuelta; pero todavía más por cuanto ese símbolo tenía unas otras características que lo diferenciaban del poder desplazado, sentía orgullo de su identidad, trabaja como presidente más que la mayoría de los empleados en el Estado, es honesto y no roba, tiene y vive con los recursos necesarios habiéndose bajado el salario, se relaciona directamente con la gente a través de las miles de manifestaciones en que participa a lo largo del país. Finalmente es miembro fundador de una organización política que no es partido, por cuanto representa horizontalmente a las organizaciones sociales.

Definitivamente un cambio trascendental en la historia, y que inició un proceso de transformación, de desmontaje de las estructuras coloniales empezando por el de desplazamiento de las élites hacia los nuevos protagonistas indígena originario campesinos y populares, quienes serán los receptores de las acciones sociales y económicas del nuevo Estado Plurinacional.

Asamblea Constituyente Plurinacional.

La Asamblea Constituyente remarcará una nueva tendencia en lo político, desde la representación elegida donde esa gran mayoría empieza a auto representarse para definir el camino de la transformación del país. No fueron pocas las dificultades para emprender ese camino, en el que a pesar de ser mayoría, tuvo un peso específico el conocimiento académico y la habilidad política de quienes habían sido parte del antiguo régimen. La gran mayoría que venía de la experiencia sindical y comunitaria, habían asumido que esta construcción institucional se realizaría en poco tiempo y dejando claro como en los ampliados y congresos, las líneas fundamentales para que puedan ser elaboradas luego.

No fue así y la deliberación en plenaria y comisiones encontró a estos dos actores sociales enfrentados real y simbólicamente por los sentidos de la transformación constitucional. Los pocos intentando sostener la antigua constitución para frenar los procesos de cambio en marcha, los otros buscando la transformación total, aunque sin tener definido el contenido de la proclamada revolución que ya se expresaba simbólicamente en su propia representación para cambiar el país.

Esa Asamblea concentro en su interior, decenas de años en los que nunca existió diálogo ni deliberación con la mayoría sino imposición y represión de las oligarquías. Era la primera vez que se veían obligados a estar frente a frente, con la pretensión de ponerse de acuerdo; los unos subestimando académica y racialmente a la mayoría; los otros sin tomar la dimensión de su mayoría, sin terminar de comprender los tecnicismos que se les imponía, y confiando inicialmente en las pocas clases medias aliadas que les traducían el lenguaje leguleyo.

Algunos de esa mayoría asumieron la representación que llevaban y trabajaron, aportaron y aprendieron; otros se limitaron a estar y administrar o ahorrar un salario que nunca tuvieron y que como constituyentes les otorgaron. La inclusión conllevaba el acceso a recursos que antes no se tenía y que empezarán a plantear nuevos dilemas a un naciente proceso de cambio.

El proceso constituyente a pesar de lo conflictivo, logró la aprobación de la Constitución, que definió horizontes importantes, que habían sido planteados en forma genérica en el espacio constituyente en más de 750 artículos a la conclusión de la primera etapa. Sin embargo en la propuesta final y luego de la aprobación de Oruro; en el Congreso Legislativo, fueron las clases medias y académicas de las principales fuerzas políticas -Chaly Bohrt de PODEMOS y Carlos Romero del MAS- las que finalmente redactaron y ajustaron 144 artículos que redujeron la radicalidad del anteproyecto aprobado en Oruro, para que este pueda ser más aceptable por las clases medias y los sectores dominantes en el país. Este proceso se impuso bajo la sombra de la inexistencia de los dos tercios de mayoría que eran necesarios para la aprobación de la nueva Constitución en el Congreso nacional.

El Poder en el Estado Plurinacional.

Luego este momento histórico, el país empezó a generalizar la inclusión desde el naciente Estado Plurinacional. El congreso se vistió de mayorías que recorrían sus señoriales espacios republicanos, mientras en los ministerios los rostros morenos y originarios empezaron a ser más comunes junto a funcionarios de planta que durante años fueron parte de distintos gobiernos. Esa convivencia implicó una nueva condición para el aprendizaje, los nuevos ingresados del MAS, sin mayor recurso que su adhesión al proceso frente a años de función pública de personeros que cambiaron de color político según el gobierno de turno y que acopiaron un proceder burocrático que no sólo reproducía la discriminación sino el aprovechamiento en beneficio personal generalizando la coima como procedimiento de trabajo. Todavía más común históricamente en instituciones como la policía donde la corrupción venía a la par de los privilegios de los mandos y del escaso salario de la base.

A nivel jerárquico, donde ministras/os, senadores y diputados, así como en los después recién electos jueces y los propios vocales del Órgano Electoral, donde la gran mayoría impregnó estos puestos elegidos por el Congreso, en elecciones directas o bien en las elecciones municipales que impusieron definitivamente una nueva representación en las autoridades, expresando que una nueva élite se estaba constituyendo en el país.

Sin embargo esta nueva representación que tenía al liderazgo de Evo como referente, llegaba sin contenido ideológico revolucionario en su gran mayoría, algunos por primera vez tocaban el poder y la representación; y a pesar de la gran voluntad, para realizar gestión incorporaron no sólo a los técnicos de gestiones anteriores para trabajar, sino que empezaron a incluir a cercanos y familiares o representantes de organizaciones sociales; que en definitiva como resultado generaron en la gestión: una incapacidad de gasto que produjeron malas gestiones, o tremendos problemas en las rendiciones de cuentas por corrupción o por desconocimiento de las normas administrativas.

Otros que llegaron en esta tanda de nuevas autoridades fueron los conversos o “nuevos masistas” que siendo autoridades o funcionarios de anteriores gobiernos en otros partidos o bien se subieron a la posibilidad histórica de trabajar por el país de forma honesta y comprometida; o buscaron seguir en el poder para lucrar de él como lo hicieron en el pasado; apoyados en su experiencia política o administrativa frente a la gran carencia de servidores públicos del MAS que tuvieran la experiencia necesaria para realizar gestión pública.

Las nuevas Jerarquías.

Todavía más preocupante es el de autoridades jerárquicas nacionales y departamentales, que son nombradas o elegidas por la mayoría, y que además de tener las características anteriores, tienen los privilegios del cargo. No se han transformado los privilegios de élite del pasado respecto a estas representaciones, de esta manera, no sólo se tienen sueldos superiores y cercanos al presidente, que puso un tope de 15000 Bs. Para los sueldos y evitar el aprovechamiento; sino que gozan de las posibilidades del cargo con viáticos superiores, movilidades con chofer, tratamiento protocolar privilegiado, viajes y las posibilidades de colocar en los espacios laborales de sus dependencias a los adherentes que crean conveniente.

En definitiva no se han cambiado las reglas del privilegio del pasado, y más bien se han convertido rápidamente en el canal de conversión de las nuevas autoridades a la defensa de sus privilegios nuevos y a la ampliación de los mismos. Asumen plenamente en la práctica el dicho de que el cargo será la única posibilidad con la que contarán no sólo para contar con recursos que no tenían sino a beneficios y capital simbólico que les permita generar clientelismo adherente.

Algunos de ellos han recompuesto mayores relaciones de poder y protocolo que en el pasado republicano, generando una cada vez mayor separación con quienes los han nombrado o elegido para cumplir un servicio desde el Estado Plurinacional. En definitiva han reposicionado los viejos privilegios en la recomposición de la nueva élite, ahora más morena y plurinacional, pero que no ha atinado a transformar la esencia del poder de acuerdo al mandato constitucional y al proyecto político contenido en ella.

Liderazgo Colectivo aún ausente.

El perfil ético y político del liderazgo de Evo, así como el académico del Vicepresidente, se han convertido en un referente admirado y único pero no en una postura a emular en gran parte de la función pública. Situación que también es resultado de la no transformación de la estructura estatal de acuerdo a los horizontes políticos revolucionarios que la Constitución propone, se mantienen no sólo a los funcionarios del pasado que reproducen una conducta institucional del viejo estado y que pervierte las conciencias, sino que la estructura jerárquica reproduce la posibilidad de acumulación de privilegios en la cúpula haciendo menos posible una estructura estatal más horizontal que exprese precisamente el horizonte político y la forma de poder como servicio, que hará precisamente posible un “gobierno de los movimientos sociales”.

Más complicado aún si incluimos la variable política del MAS, en tanto al no ser más que un exitoso instrumento para victorias electorales; no producen ideología y línea política que genere no sólo adhesiones, disciplina y actitud revolucionaria; sino sobre todo coherencia en el perfil revolucionario que deben tener los militantes del cambio que sean parte de la función pública o bien desde las organizaciones sociales que deben desplegar el control social y la participación política junto a la formación de liderazgos que sean consecuentes e íntegros con el proceso en el lugar que les toque estar. En definitiva si el instrumento no asume el papel político de generar cuadros que le permitan sostenibilidad al proceso de cambio, solamente se quedará en su papel de apoyo, seguimiento y admiración al liderazgo; así como de lograr pegas a militantes que se distinguen por su color político más no por su capacidad y liderazgo político.

De la Democratización a la Revolución.

Finalmente y para concluir esta reflexión provocativa desde el proceso de cambio debemos decir, que lo logrado hasta hoy es irreversible en cuanto a la inclusión, que se refleja en la presencia de la mayoría disputando espacios en todos los espacios estatales y fuera de ellos. Este requisito democrático sigue siendo un éxito liberal nunca alcanzado por la República, que en sí ya es revolucionario, pero aún no termina de definir el camino de la transformación revolucionaria que haga posible el Vivir Bien. Para que esta revolución continúe necesitamos la transformación real de los principales instrumentos de la transformación revolucionaria: El Instrumento Político, el Estado Plurinacional y las propias organizaciones Sociales.

Es necesaria la construcción revolucionaria de cuadros políticos que renueven y construyan esos instrumentos revolucionarios, que permitan que la horizontalidad sea una aspiración revolucionaria y no el goce de privilegios individuales, que el Estado como portador de lo común sea un servidor donde los que trabajan sean los más sacrificados y esforzados así como los que tengan mayor formación política. Las leyes anticorrupción y los castigos más fuertes están bien, pero siempre serán insuficientes si no se trabaja en la conciencia de los servidores públicos, para que la honestidad sea un valor reconocido y apreciado, no fruto de la oportunidad que relativice su plena vigencia social.

Que las organizaciones sociales tengan una seria preocupación no sólo por la formación sino también por generar propuestas políticas que le permitan proponer al Estado Plurinacional, la profundización del proceso revolucionario. Son el motor de este proceso revolucionario y les corresponde trascender los intereses sectoriales para generar propuestas estratégicas para la sostenibilidad y avance del proceso revolucionario. Sino abordamos estas tareas estratégicas que están contenidas en nuestra Constitución, el momento revolucionario que vivimos se agotará en la democratización liberal sin que podamos avanzar a la construcción revolucionaria del Vivir Bien.

Publicado en: Bolivia

¿Quiénes son los enemigos?

15/03/2013 by Deja un comentario

Raúl Prada Alcoreza

 

El presidente, en el Ampliado del MAS, en Cochabamba, declara enemigos a los y las que critican al gobierno y al MAS. Vamos a intentar un análisis de las connotaciones, teóricas y políticas, de esta declaración hostil.

El concepto de lo político

Una idea estructurante de la política ha sido la definición del enemigo. La política se ha conformado y constituido en esta práctica constante de definición del enemigo. Carl Schmitt ha planteado una teoría en relación a esta concepción de la política. En el Concepto de lo político Carl Schmitt escribe: La diferenciación específicamente política, con la cual se pueden relacionar los actos y las motivaciones políticas, es la diferenciación entre el amigo y el enemigo[1]. Refiriéndose a esta diferenciación básica de lo político el teórico nacional socialista dice: La diferenciación entre amigos y enemigos tiene el sentido de expresar el máximo grado de intensidad de un vínculo o de una separación, una asociación o una disociación. Un poco más abajo aclara:

El enemigo político no tiene por qué ser moralmente malo; no tiene por qué ser estéticamente feo; no tiene por qué actuar como un competidor económico y hasta podría quizás parecer ventajoso hacer negocios con él. Es simplemente el otro, el extraño, y le basta a su esencia el constituir algo distinto y diferente en un sentido existencial especialmente intenso de modo tal que, en un caso extremo, los conflictos con él se tornan posibles, siendo que estos conflictos no pueden ser resueltos por una normativa general establecida de antemano, ni por el arbitraje de un tercero
“no-involucrado” y por lo tanto “imparcial”.

Refiriéndose a la definición de enemigo, Carl Schmitt escribe:

El enemigo no es, pues, el competidor o el opositor en general. Tampoco es enemigo un adversario privado al cual se odia por motivos emocionales de antipatía. “Enemigo” es sólo un conjunto de personas que, por lo menos de un modo eventual — esto es: de acuerdo con las posibilidades reales — puede combatir a un conjunto idéntico que se le opone. Enemigo es solamente el enemigo público, porque lo que se relaciona con un conjunto semejante de personas — y en especial con todo un pueblo — se vuelve público por la misma relación. El enemigo es el hostis, no el inmicus en un sentido amplio; el polemios, no el echthros.

Este teórico nacional socialista construye el concepto de lo político a partir de la identificación del enemigo. Debemos anotar que Carl Schmitt es tomado en cuenta tanto por la intelectualidad de derecha como de izquierda, está última sobre todo por sus proximidades a la definición del enemigo y al concepto de lo político en la teoría de la lucha de clases. Carl Schmitt se apasionó con las tesis políticas bolcheviques y el concepto de guerra prolongada de Mao Zedung, considerando tanto las tesis del enemigo de clase, así como también la estrategia insurreccional y la táctica guerrillera.  Se comprende, de alguna manera, esta suerte de afinidad o empatía de un teórico que concibe la política como hostilidad con las tesis bolcheviques y maoístas, que derivan de la teoría de la lucha de clases, aunque se coloquen en diametrales y opuestas posiciones políticas. Se puede explicar ciertos parecidos debido a la concepción de lo politico y la práctica política experimentada como hostilidad. La política aparece como continuidad de la guerra. Empero, lo que queremos anotar, por el momento, es la definición del enemigo como enemigo público, no privado, no personal. ¿Qué consecuencias tiene esta definición?

Enemigo es otro bloque capaz de combate. No personas individualizadas. Cuando el presidente declara en el Ampliado del MAS de Cochabamba que son sus enemigos ciertas personas que critican al gobierno y al MAS, quienes ocuparon funciones en el gobierno, ¿qué quiere decir? ¿Son enemigos privados, personales, o enemigos públicos? En el primer caso, de acuerdo a la definición de Carl Schmitt, no serían enemigos políticos; en cambio, si se trata del segundo caso, lo son. Ahora bien, ¿de qué modo lo son? ¿De qué bloque forman parte? El presidente forma parte de un bloque de poder, bloque que ya tiene el control del gobierno y del Estado, que cuenta con el apoyo innegable de su partido, el MAS, además de las dirigencias de las organizaciones campesinas, la simpatía popular, aunque parece mermada por un desgaste sufrido, sobre todo durante la segunda gestión de gobierno. ¿Cuál es bloque del que forman parte los enemigos nombrados por el presidente? ¿La clase media, como ha mencionado en su “tesis sociológica”? ¿Es entonces la “clase media” la enemiga? ¿Quiénes forman parte de la “clase media”? Según ciertos usos sociológicos marxistas, los que no son ni burgueses ni proletarios, están al medio. ¿Los campesinos son “clase media”? Para algunos marxistas, si. Parta otros, debemos hablar de lucha de clases en el campo, donde se dan dos tendencias; una, la mayoritaria, la tendencia a la proletarización; dos, la minoritaria, la tendencia al aburguesamiento. En las ciudades serían “clase media” los artesanos, los cuenta propistas, los que se baten en la nominada “economía informal”; por lo tanto, también afectados por la tendencia a la proletarización. Así como se identifica como “clase media” a los profesionales, a los pequeños y medianos propietarios de casas, automóviles, incluso terrenos, a los que cuentan con un pequeño capital, guardado en los bancos. Sobre todo en las grandes urbes se congregan estos conglomerados variantes y diferenciales de las llamadas “clase media”. ¿Entonces el gobierno del MAS enfrenta a la “clase media”? ¿El MAS contiene a parte de la llamada “clase media”? ¿Sus ministros, sus asambleístas, sus funcionarios, la mayoría de sus militantes, no son “clase media”? ¿De qué se trata entonces? ¿A qué “clase media” enfrenta el presidente?

Por otra parte, ¿las personas mencionadas defienden los intereses de la “clase media”? Por lo que se conoce de sus discursos, declaraciones y críticas, el conflicto con el gobierno tiene que ver con la defensa de los derechos de las naciones y pueblos indígenas originarios, con la defensa de la Constitución, con la defensa de los postulados descolonizadores, con la defensa de los recursos naturales frente a un matizado dominio de las empresas trasnacionales, la defensa del proletariado nómada, la defensa del proyecto de Estado plurinacional comunitario y autonómico. Estas defensas no pueden circunscribirse a la defensa de los intereses de la “clase media”, aunque en parte la contengan. ¿Entonces cuál es el enfrentamiento político? ¿En el fondo, efectivamente, qué defiende el presidente?

Por ejemplo, en el conflicto del TIPNIS, ¿a quién defiende? Se enfrenta a las comunidades del territorio indígena comunitario imponiendo la construcción de una carretera que pasaría por el núcleo del Territorio Indígena y Parque Nacional Isiboro-Sécure. ¿Defiende los intereses de los sindicatos campesinos productores de la hoja de coca del Bloque 7? ¿Defiende los intereses de la Federación del Trópico de Cochabamba, por lo tanto de de los campesinos productores de la hoja de coca del Chapare? ¿Defiende los intereses de las concesiones petroleras a PETROBAS y PDBSA en la zona boscosa del TIPNIS; lo que vendría a ser el núcleo del área protegida? ¿Defiende los intereses mutuos del gobierno boliviano y el gobierno brasilero, comprometidos en convenios y préstamos para financiar la construcción de la carretera? Al respecto, en relación a este cuestionario descriptivo, sería más complicado preguntarse si ¿defiende el desarrollo frente al subdesarrollo, como pretende cierto discurso oficial de propaganda? ¿También sería más complicado preguntarse si defiende los intereses de la integración del país frente a la “ocupación imperialista” de la Amazonia, como pretende el libro del vicepresidente sobre la geopolítica de la Amazonia? Estos grandes temas ya no son descriptivos, requieren una polémica más teórica, polémica que tocamos en otros textos. Ahora, preferimos mantenernos en un plano descriptivo, para poder abordar la problemática del bloque enfrentado en la política boliviana, en la coyuntura presente.

No vamos a exponer nuestras hipótesis sobre los intereses que están detrás de las políticas del gobierno, ya lo hicimos en otros escritos[2]. No se trata de eso, de una interpelación o, en su caso, una denuncia, sino comprender qué significado tiene el declarar enemigos a los/las críticos/cas del gobierno y el MAS. ¿Entonces, por qué son enemigos del gobierno y del MAS? Lo primero, el ser enemigos del gobierno, parece comprobarse cuando los críticos denuncian a un gobierno entreguista, un gobierno anti-indígena, un gobierno contra-proceso, un gobierno que está en contra de la Constitución. Independiente que sea cierto o no lo que dicen, lo que queda claro es que están contra el gobierno. Lo segundo es más complicado resolver, pues las interpelaciones de los/las críticos/cas parecen dirigirse a la militancia de base para que reaccione y se incorpore a la re-conducción el proceso. Eso por lo menos quedó claro en el documento del Manifiesto de re-conducción del proceso de cambio. Hay por cierto calificaciones fuertes respecto del MAS como, por ejemplo, nuevo populismo, partido prebendal y clientelar, instrumento reducido a la convocatoria electoral, incluso se usan calificaciones más duras; sin embargo, todavía no se puede deducir que los/las críticos/cas consideren al MAS como el bloque enemigo, aunque el presidente considere enemigos del MAS a los/las critos/cas. El juego de la interpelación todavía mantiene el tono de la convocatoria a las bases. Como se puede ver, no es tan simple resolver estos dilemas, aunque el presidente los considere sus enemigos.

¿Ser enemigo del presidente es ser enemigo del MAS? Seguramente buena parte de la dirigencia del MAS considera que es así. ¿Es el presidente el MAS? También una parte de la dirigencia probablemente crea que es así. ¿Entonces, que son ellos/ellas si el presidente es el MAS? Si el MAS no tiene vida propia, dinámica organizativa y deliberativa, no hay partido; sólo hay un líder y la proyección de su sombra inhibidora. No se trata de negar el papel articulador de Evo Morales Ayma en la conformación y crecimiento del MAS; es indudablemente que Evo Morales es un acontecimiento político. ¿Pero, seguirá siéndolo? ¿Ahora, articula o desarticula, teniendo en cuenta los últimos conflictos? ¿Cohesiona o des-cohesiona? ¿Su figura interpela al poder, como lo hacía antes, o, mas bien, legitima el poder, como parece hacerlo ahora; por lo tanto, ya no interpela? En este sentido, ¿Qué significa ser enemigo del MAS? ¿De cuál MAS? ¿De la masa de votantes, de los militantes de base, de la organización misma, del movimiento que sufre su propio desgaste, de la dirigencia, de la cúpula, de la camada de llunk’u, del caudillo? Tampoco se trata de disputarle el MAS al presidente, es indiscutiblemente su líder. Se trata de comprender que está en juego en eso de enemigos del MAS.

De aquí en adelante algunas hipótesis. La primera: Lo que está en juego es un estilo de gobernar y un estilo de conducir el MAS, un estilo de partido. Un mando concentrado, personalizado, apoyado por un grupo estrecho y de confianza de colaboradores. Lo que está en juego es una estructura vertical de obediencia, donde no se admiten a los “libre pensadores”. Lo que sí se puede tolerar, incluso incentivar, es el control y la disputa territorial de los sindicatos y las regiones. Empero, este gremialismo y regionalismo no sustituye a la vida política del partido, no llena la ausencia de dinámica política y de formación del partido. Lo que está en juego es una forma de gobierno parecida a la de los anteriores gobiernos, centralizada, basada en la obediencia burocrática, en la funcionalidad administrativa, que no ha cambiado, en una normativa liberal vigente y en gestiones entrabadas en la gravidez de su propia pesadez aparatosa. No vamos a entrar en otros temas, tocados en otros escritos, como los relativos al diagrama de poder de la corrupción. Nos quedaremos con el alcance de la hipótesis hasta aquí.

Desde esta perspectiva, el presidente defiende estas características del MAS y del gobierno. Bajo el entendido que la situación es esta, entonces no se puede ser sino enemigos de estas características inhibidoras y despolitizadoras, además de carismáticas y verticales. Este estilo disuelve la dinámica propia de un partido, lo empuja a la inmovilidad y al quietismo, a la ausencia de deliberación y a la falta de reflexión, dejando estas “capacidades” en manos de una cúpula. Se hace evidente la peligrosidad de este estilo; es destructivo, quita las defensas y desaparece la capacidad creativa.


Crítica del concepto de lo político

Jacques Derrida hace la crítica al Concepto de lo político de Carl Schmitt, concepto sustentado en la diferenciación pura de amigo/enemigo. Pone en cuestión la pureza imposible de esta delimitación, además de anotar que no puede escapar a la polémica inserta en todo concepto; polemos donde se toma partido y no se puede pretender estar suspendido sobre los posicionamientos enfrentados[3]. Al respecto escribe:

Esta confusa impureza depende del hecho, que recuerda Schmitt, de que todos los conceptos tienen un “sentido polémico”, y esto, como vamos a ver, de dos maneras: son conceptos de lo polémico, y se los pone en práctica  siempre en un campo a su vez polémico. Estos conceptos de lo polémico no se dan más que en uso polémico[4].

Un poco más abajo anota:

Schmitt hace esfuerzos, que nos parece aquí desesperados, avocados a priori al fracaso, para sustraer a cualquier otra pureza… la impureza de lo político, la impureza propia y pura del concepto o del sentido “político”. Pues pretende además, a eso no renunciará nunca, que el sentido polémico de esa pureza de lo político sea, en su impureza misma, todavía puro[5].

Vamos a insistir en este tema de la impureza pura y de la pureza impura, pues aquí se encuentra la clave de la crítica al concepto de lo político de Schmitt. Derrida anota:

Schmitt querría poder contar con la pura impureza, con la impura pureza de lo político como tal, de lo propiamente político. Querría, este es su sueño platónico, que ese “como tal” siga siendo puro allí donde se contamina. Y que ese “como tal” elimine nuestras dudas en lo que se refiere a qué quiere decir “amigo” o “enemigo”. Más concretamente, y la diferencia es importante aquí, la duda, ante todo, no debe desaparecer por lo que se refiere a quién es el amigo y quién es el enemigo. Para que haya algo así como lo político, hay que saber quién es quién, quién el amigo y quién el enemigo, y hay que saberlo no al modo de un saber teórico, sino al modo de una identificación práctica: saber consiste aquí en saber identificar el amigo y el enemigo[6].

El concepto de lo político de Schmitt no deja de ser estatal, aunque el mismo teórico diga que el Estado presupone el concepto de lo político. Derrida escribe:

El Estado presupone lo político, ciertamente, y en consecuencia se distingue lógicamente de éste; pero el análisis de lo político, stricto sensu, y de su núcleo irreductible, es decir, la configuración amigo/enemigo, tiene que privilegiar, desde el punto de partida y como único hilo conductor, la forma estatal de esta configuración: dicho de otro modo, el amigo o el enemigo como ciudadano[7].

¿Qué significa que Schmitt no deje la matriz estatal en la elaboración del concepto de lo político? Que lo político se piensa en relación al Estado; no se está en condiciones de pensar lo política más acá y más  allá del Estado. No se piensa, por ejemplo, la posibilidad de lo político en contraposición al Estado, en lucha contra el Estado. Esta es otra de las características de los movimientos revolucionarios, su enfrentamiento con el Estado. Esta posición no es sólo distintiva de las tendencias anarquistas, sino también de las tendencias marxistas, en los momentos más intensos de su crítica e interpelación al poder, en las enunciaciones más radicales de la crítica política. El texto de juventud de Marx de la Crítica a la filosofía del Estado de Hegel expresa muy bien esta concepción anti-estatalista; posición que adquiere concreción histórico-política con la experiencia de la Comuna de Paris. Por lo tanto, la lectura de Carl Schmitt de la literatura política marxista es sesgada; sólo le interesa la analogía de la definición del enemigo; obvia completamente la critica teórica y política del Estado. En las experiencias histórico-políticas de la modernidad una parte de los recorridos más significativos de los movimientos revolucionarios corresponde a su lucha contra el Estado. Entonces no se puede decir que no hay política fuera de la gravitación estatal; incluso se puede decir, que la política emerge, aparece, se realiza, precisamente cuando las dinámicas y acciones que la componen escapan a la captura estatal. Se puede decir que cuando la política es capturada por el Estado la política deja de ser, ya no se hace política; se gobierna, se efectúa una forma de gubernamentalidad, se administra,  se accionan políticas públicas, que es la forma institucional de la gestión. Incluso cuando se hace oposición al gobierno se lo hace dentro de la esfera estatal; este ejercicio no es la práctica radical de la política, sino el hacer de oposición bajo las reglas del juego estatales. La política mas bien desborda los límites estatales, desconoce sus reglas del juego, pone en suspenso los mecanismos de dominación, se desplaza como tormenta con la energía de la potencia social.

Se puede pensar entonces otro concepto de lo político, no tejido por el hilo conductor estatal, un concepto de lo político que se figura como sociedad contra el Estado[8]. La pregunta, en este caso, es ¿si la distinción amigo/enemigo, la definición del enemigo, juega algún papel en este concepto de lo político como crítica, interpelación, acción contra el Estado? Si fuese así, el Estado tendría que ser el enemigo; empero, el Estado no puede ser enemigo, no es alguien, es estructura, es institución, es diagrama. ¿Si el Estado no es el enemigo, qué es? Tampoco es el amigo, por las mismas razones. El Estado, en pleno sentido de la palabra, es el Orden. Un Orden conformado como espacio estriado, como campo de captura, como zonas de retención y clasificación de fuerzas, como concentración simbólica y disponibilidad física de fuerzas. La política se opone al Orden, la política se opone a la policía, como dice Ranciere[9]. La política es posible como alteridad, como posibilidad y efectuación de desplazamientos respecto de las estratificaciones del Orden. La política se realiza como crítica, interpelación, acción de desborde, desplazamiento de lo estatal, de lo ordenado, de lo clasificado y normado. La política es polémica, es polemos, es, como dice Rancière, el desacuerdo mismo, la desmesura, respecto a la representación.

Desde esta perspectiva, la distinción amigo/enemigo, la definición del enemigo como política, no es otra cosa que una clasificación estatal, no política. Es el Estado el que define el enemigo del Estado, el enemigo público. El enemigo del Estado es el/la, los/las, que se oponen al Estado. De manera concreta, en relación al contexto de esta sui generis declaración de enemigos, de mis enemigos, se trata de los/las que se oponen a un Estado en tanto estado de cosas, orden particular, hablamos de un Estado-nación subalterno, por lo tanto un estilo de gobierno que reproduce la subalternidad del Estado. Del lado de los/las que se oponen, hablamos de una propuesta de alternativa, de una transformación el Estado, una transformación pluralista, comunitaria y autonómica. Estos son los/las enemigos/as del presidente.

Ahora bien, la teoría de la lucha de clases define un enemigo, el enemigo de clase. ¿Quiere decir esto que los marxistas, los bolcheviques, en particular, no salieron de la clasificación estatal, por lo tanto de la espera estatal? ¿Por eso  mismo terminaron reproduciendo las clasificaciones y el orden estatal? Esta es una interpretación factible y quizás hasta adecuada; sin embargo, es posible otra interpretación. Si bien las clases suponen una clasificación estatal, aunque provengan de una clasificación económica, de acuerdo a su posición en el modo de producción capitalista, el “fin”, déjenos utilizar esta palabra teleológica, de la lucha de clases es la desaparición de las clases, por lo tanto también la desaparición del Estado. El sentido radical de la teoría de la lucha de clases es anti-estatalista. Por lo tanto, en consecuencia, lo más intenso del marxismo, lo más radical e interpelador, declara la guerra al Estado, además de declarar la guerra al capitalismo.

Desde la perspectiva de la interpelación indígena, desde la guerra anticolonial y la lucha descolonizadora, la guerra también se la declara al Estado, en su forma de Estado-nación, considerado el dispositivo colonial del orden imperial por excelencia. La alternativa es sociedades contra el Estado; las comunidades, los ayllus, como alternativas al Estado. No es casual pues que los hombres del Estado-nación subalterno declaren a las organizaciones indígenas, que defienden sus territorios, enemigos, manejados por ONGs y por el imperialismo. Sólo que del imperialismo del que hablan es el fantasma del imperialismo del siglo XIX y parte del siglo XX, no se refieren a las formas del imperialismo presentes y efectivas hoy, que tienen que ver con el dominio del sistema financiero mundial y la expansión desmesurada del modelo extractivista del capitalismo, que reitera violentamente la forma de acumulación por desposesión y despojamiento de los recursos naturales. Estos hombres del Estado-nación encubren las formas de dominación efectivas del imperialismo contemporáneo.

La guerra, el concepto y la metáfora

La guerra quiere decir conflicto armado; según el diccionario etimológico viene del germánico werr, cuya fuente es el alemán antiguo werra, que significa confusión, discordia, contienda; también proviene del indoeuropeo wers, que quiere decir confundir. Sorprendentemente se encuentra en una familia lingüística donde se hallan los términos barrendero, barrer, basura[10]. Se dice que no se puede hablar de hostilidades prolongadas hasta bien entrada la edad de piedra, cuando la comunidad logró un relativo grado de organización. Se constata esto arqueológicamente por la presencia de fortificaciones. La guerra parece formar parte intrínseca de las historias de las sociedades humanas, de sus memorias, de sus experiencias pasadas y presentes, también de sus expresiones artísticas y literarias, que figuran estos recuerdos intensos. La guerra, según Carl Schmitt es la hostilidad extrema, no solo como efectuación, sino también como posibilidad[11]. En este caso no hablamos del enemigo, en el sentido de inmicus, sino de hostis; si se quiere, el enemigo extremo, el hostil. Alguien al que se puede matar, al que hay que matar, alguien que es posible matar, sin problemas morales o jurídicos, pues se trata de la guerra, donde se suspenden los derechos. Según Schmitt el concepto político antecede al Estado y la política tiene como matriz la guerra; la política vendría a ser una prolongación de la guerra por otros medios. Entonces, de acuerdo a esta interpretación, el sentido ancestral, “originario”, de la política se encontraría en la guerra, en el concepto de la guerra, como experiencia o su posibilidad. Empero, para este autor, la guerra extrema, siendo la guerra la hostilidad extrema, es la guerra civil, la guerra fratricida. Con esto, llegamos a la paradoja de que el enemigo extremo, el hostis, es el hermano. Derrida escribe a propósito en Políticas de la amistad lo siguiente:

No habría una cuestión del enemigo – o del hermano -. El hermano o el enemigo, el hermano enemigo, ésa es la cuestión, la forma cuestionadora de la cuestión, esa cuestión que yo planteo porque ella se me plantea a mí en primer lugar. Yo la planteo solamente desde el momento que cae sobre mí sin miramientos, en la ofensiva y en la ofensa. En el crimen o en el agravio. La pregunta me hiere, es una herida en mí. Sólo la planteo, esta pregunta, solo planteo efectivamente allí donde me pone en cuestión. Agresión, traumatismo, guerra. El enemigo es cuestión, y mediante el hermano, el hermano enemigo, aquélla se asemeja originariamente, se asemeja indiscerniblemente al amigo, al amigo de origen (Freund) como amigo de alianza, hermano jurado, de acuerdo con el “juramento de fraternidad”, Schwurbrüderschaft. La pregunta está armada. Es el ejército – amigo enemigo[12].

El enemigo es el hermano. Podríamos extremar esta hermenéutica extremista y llegar a decir el enemigo es uno mismo. Esta declaración de enemigo, la concepción que encierra esta declaración, no solamente convierte la política, la diferencia política, en una guerra, en una hostilidad extrema, sino que abre la posibilidad de convertir la pugna política en un asesinato. Esta concepción de la política ha llevado al ejercicio político, a la paranoia política, a cometer el crimen político. La historia política, en sus momentos más extremos, está plagada de asesinatos políticos. Uno de los casos más notorios es el asesinato de los miembros del comité central del Partido Comunista de la Unión Soviética, ordenados por Stalin, el único miembro del comité central que quedó vivo. A esto fue reducido el centralismo democrático.

El convertir la política de manera inmediata en una guerra, abre la posibilidad, en el sentido que usa esta palabra Carl Schmitt, en convertir, de manera inmediata, al enemigo político en enemigo de guerra; por lo tanto, abre la posibilidad de comprender como necesidad su inminente destrucción, justificada como acto de guerra. La pasión política, el fanatismo político, la paranoia política, llevan indefectiblemente a esta posibilidad. Tal parece, que cuando se llega a un callejón sin salidas, cuando no se ven salidas para el conflicto, la contradicción la diferencia política, la única salida que se encuentra es la destrucción del enemigo, la guerra, ya sea efectiva o, en su caso, como concepto, posibilidad, y también, si se quiere, como metáfora. La guerra entendida como exterminio.

Después de dicho todo esto, la pregunta es: ¿Por qué no se acepta, no se tolera, la crítica? ¿Se cree que se está en la verdad suprema, fundamental, qué se es la verdad misma, ya no solamente en el sentido yo soy el Estado, sino yo soy el proceso de cambio? ¿Se cree que esto da derecho absoluto a extirpar la crítica, prohibir el pensamiento libre, incluso y sobre todo en las filas y partícipes del proceso, en tanto lucha de multitudes, movimientos sociales anti-sistémicos, naciones y pueblos indígenas originarios, proletariado nómada y pueblo boliviano? ¿O, viendo, desde otra perspectiva, se tiene la recóndita intuición de garrafales errores, de desfases irremediables, en la conducción del proceso, por lo tanto, se deduce, sin mucha convicción, que se trata de cerrar filas? En uno u otro caso, la muerte de la crítica equivale también a la muerte del proceso de cambio; esto significaría la muerte de las dinámicas moleculares propias de la vida de un proceso vital.

[1] Carl Schmitt: El Concepto de lo Politico. Texto de 1932 con un Prólogo y tres Corolarios de Carl Schmitt. Traducido de la edición de 1963 por Dénes Martos.

[2] Ver de Raúl Prada Alcoreza: Crítica a la economía política del desarrollo; Horizontes nómadas 2012; La Paz. Descolonización y transición; Horizontes nómadas 2012; La Paz. Monopolio y desposesión; Horizontes nómadas 2012; La Paz. Genealogía de la dependencia; Horizontes nómadas 2012; La Paz. Miseria de la geopolítica; Bolpress 2012; La Paz. La Colonialidad como malla del sistema-mundo capitalista; Bolpress 2012; La Paz. La guerra de la madre tierra; Bolpress 2012; La Paz.

[3] Jacques Derrida: Políticas de la amistad. Trotta 1998; Madrid.

[4] Ibídem: Pág. 135.

[5] Ibídem: Pág. 135.

[6] Ibídem: Pág. 136.

[7] Ibídem: Pág. 141.

[8] La tesis antropológica y política de Pierre Clastres sobre las comunidades indígenas de la Amazonia es que se trata de sociedades constituidas contra el Estado. Ver del autor La sociedad contra el Estado; Monte Avila; Barcelona.

[9] Revisar de Jacques Rancière El desacuerdo.

[10] Guido Gómez de Silva: Breve diccionario etimológico de la lengua española. Fondo de Cultura Económica, El Colegio de México 1998; México.

[11] Ver de Carl Schmitt El concepto de lo político; Ob. Cit. También revisar de Jacques Derrida Políticas de la amistad; Ob. Cit.

[12] Jacques Derrida; Ob. Cit.; Pág. 173.

Publicado en: Bolivia

BOLIVIA: HACIA UNA GEOPOLÍTICA DEL MAR

20/02/2013 by maestro 1 comentario

Por Rafael Bautista S.//

Una lectura geopolítica no es una política de Estado; pero sitúa a ésta y le proporciona los márgenes posibles de acción según la disposición cartográfica que le brinda un determinado contexto regional y global. La geopolítica nace de leer políticamente el espacio (en cuanto geografía leída en términos estratégicos), pero leer políticamente el espacio proviene del hacer autoconsciente un proyecto determinado; porque todo proyecto constituye el horizonte utópico donde descansa la posibilidad misma de la política.

De ese modo, una política de Estado se constituye en la objetivación de la autoconsciencia que un pueblo ha producido en cuanto proyecto de vida. El proyecto es lo que da sentido a toda lectura. En
consecuencia, no hay posibilidad de hacer una lectura geopolítica sino dentro de un proyecto político determinado (que es siempre el propio).

Esta distinción lógica nos permite despejar las confusiones. Porque no es lo mismo una lectura –que puede ser un diagnóstico– y un proyecto. Ahora bien, en el caso nuestro, la ausencia centenaria de una política de Estado en torno al mar tiene que ver, no sólo con la ausencia de proyecto sino, sobre todo, con la ausencia de proyecto propio; es decir, la ausencia de Estado nacional es la consecuencia de la ausencia de proyecto propio. Puesto que la nación es un proyecto político, la ausencia de producir nación se traduce en la ausencia de producir Estado. Por eso, lo que hay, no es más que un Estado aparente. Ese es el retrato político de una Estado colonial. Incapaz de producir nación, su devenir consiste en adaptarse del mejor modo posible (que es casi siempre el peor) a las circunstancias que suceden siempre al margen de éste.

En ese sentido, la pérdida del acceso al mar no es sólo imputable al usurpador sino a un Estado señorial-oligárquico incapaz de producir nación; si el Estado es apenas el botín de una casta, se entiende el carácter antinacional de ésta y, en consecuencia, la precoz
inclinación hacia intereses ajenos. Si después de la derrota militar prosigue la resignación diplomática, una patología del Estado republicano boliviano debiera dar cuenta del porqué de esa suerte de entreguismo vocacional, del argumentar contra sí mismo para beneficio del enemigo. El juicio al Estado colonial que pretendía la Asamblea Constituyente tenía esa importancia: una “refundación del Estado” tiene sentido si se ha comprendido la patología del Estado que se quiere superar.

¿De qué nos sirve ahora aquello? Nos sirve para señalar los resabios señorialistas que aún perviven como patología estatal. Porque si de derecho hablamos –haciendo mención a las palabras de nuestro presidente en la reunión de la CELAC–, requerimos fundar nuestro derecho al mar en algo ya no sólo consistente, en lo formal, sino coherente con el proyecto propuesto, o sea, con el contenido propositivo que reúne a la nueva disponibilidad plurinacional.

Los resabios señorialistas persisten en producir legitimidad de modo vertical, es decir, por dominación. El derecho moderno-liberal consiste en ello, y Chile es su fiel reflejo, por eso el
plenipotenciario Abraham Köning, en 1900, justificaba la usurpación de nuestro Litoral en este sentido: “Chile ha ocupado el Litoral y se ha apoderado de él, con el mismo título que Alemania anexó al Imperio la Alsacia y la Lorena; nuestro derecho nace de la victoria, la ley suprema de las naciones”. Todos los tratados admitidos desde esta posición declaran que el derecho lo impone el vencedor.

La lógica jurídica parte de una situación de facto que funda toda jurisprudencia, en este caso, el derecho que da la victoria. Lo que hace Köning y lo que siempre ha hecho Chile es fundar su derecho en el factum de la victoria; desde allí se entiende que la derrota no proporciona derechos. Desde Locke esto se conoce como “estado de guerra”, la declaración de la inhumanidad del enemigo; eso le sirve al Imperio Británico para justificar el genocidio de los indios de Norteamérica. En ambos casos, la violencia se descubre como fundamento del derecho liberal moderno.

Ahora que exponemos ya no una reivindicación marítima sino nuestro derecho soberano al mar, ¿en qué fundamos ese derecho? Si el derecho nace del factum de la victoria, entonces hablamos de una legitimidad (y su consecuente legalidad) de modo vertical. La legitimación de modo vertical sucede por dominación y parte de la violencia fundacional que afirma el derecho como patrimonio privativo de quien detenta el poder. El vencedor afirma su pretendido derecho en ese sentido, lo grave es que el vencido admita lo mismo.

Chile se constituye como Estado militarista porque frente a Perú y Bolivia no le quedaba otra opción que la beligerante; por eso, aun hoy en día, no le conviene a Chile la unión de estos países (desde su nacimiento como república, veía ya como amenaza lo que se explicitó en la confederación que propugnaba el mariscal Santa Cruz). Si en Chile prospera la legitimación vertical, en Perú y Bolivia sucede para la desgracia de ambos. En el caso nuestro, las pérdidas territoriales son atribuibles a la casta señorial y no a la nación, ya que ésta no merecía siquiera existir en los planes de aquella. Perder territorio sin defenderlo es algo que carcome al espíritu señorial, por eso no puede sino imprecar a la nación toda de sus propias bajezas: perdimos el Litoral por “carnavaleros” (esa era su letanía, para inculpar a la nación toda su propia responsabilidad histórica).

Los que se hacen con el Estado post-guerra del Pacifico son
precisamente quienes nunca lo defendieron: Arce y Campero; quienes junto a Baptista o Montes y hasta Moreno son los patricios de la ideología señorial (por eso no es raro que hasta hoy en día se les rinda honores), que deposita en un chivo expiatorio todos sus oprobios: el indio.

La legitimación de modo democrático es lo que nunca se propusieron, porque en tal caso debían imponerse a sí mismos el reconocimiento de la humanidad del elemento nacional. En consecuencia, los vecinos aprovechan no sólo la débil estructura estatal sino la propia ideología señorial: para quien la nación no merece existir, el país mismo carece de sentido. Por eso no se trata sólo de levantar el derecho sino de tomar conciencia de la necesidad de fundarlo en algo que vaya más allá y supere al derecho que esgrime el vencedor (y reafirma el vencido).

Porque se trata de dos proyectos distintos (uno fundado en la dominación y el nuestro en la liberación), también se trata de dos concepciones de derecho que necesitamos esclarecer, para que la argumentación no sólo sea solida sino muestre la incongruencia e insostenibilidad del otro.

El derecho que podemos argüir no es un derecho emanado por
constitución, porque una constitución no es sino también una convención; es decir, no reclamamos nuestro derecho porque nuestra constitución lo diga. Chile también deriva su derecho por constitución y en ésta, como en sus símbolos patrios, se lee: por la razón y por la fuerza. Una constitución objetiva lo que ya se halla fundado y lo que se halla fundado es también el fundamento del derecho, que se expresa después como ley de Estado.

Nuestros argumentos históricos sobran pero, ante la fuerza hecha razón de Estado, no valen. Sólo otra fuerza podría oponérsele. Nuestro derecho al mar, no se funda en la posesión (que ya sería un argumento válido, puesto que Atacama fue usurpada por una guerra que provocó el propio Estado chileno); por eso no es un derecho reivindicacionista (aunque algunos de nuestros ministros no sepan distinguir esto). Nuestro derecho tiene que ver, en primer lugar, con el derecho de todo pueblo a su continuidad territorial. Chile jamás podría argüir la previa presencia araucana o mapuche y menos española en el Atacama. La continuidad de pisos ecológicos que provienen de la era precolombina, advierten la conexión geopolítica del altiplano con la costa, conexión que produjeron los aymaras (que aun existen en el norte chileno); aun hoy en día, el comercio del occidente boliviano baja hacia esos lados.

En el horizonte geográfico de los altiplánicos se encontraba siempre la costa, y en el discurso de la espacialidad del territorio que produjeron los aymaras, la costa constituía la frontera natural para los pueblos andinos. Si la tierra y el territorio son esenciales para la vida de un pueblo, es porque ningún pueblo posee realidad sin su propio espacio y sin la conciencia de su propia espacialidad; pues el suelo desde el cual se levanta como pueblo es, por eso mismo, el suelo vital que le da realidad, porque complementa su propia existencia.

La guerra que inició Chile no tenía afanes sólo económicos. Había fines estratégicos, en este caso, geopolíticos; lo cual se demuestra en los tratados posteriores a la guerra, como en el de 1904. En definitiva Chile se proponía vivir a costa nuestra (con la complicidad de nuestra casta señorial), pues nos convertía en doblemente tributarios, primero del mercado mundial y luego del uso obligado de sus puertos. Con eso aseguraba el desarrollo del norte chileno a costa de nuestra economía. La complicidad del Estado señorial-oligárquico consistió en depender siempre de la salida por puertos chilenos; por eso los tratados no hacían sino ratificar las ventajas que tenía Chile ante la dependencia de un Estado que no buscaba más salidas que las mismas (el botín chileno fue nuestra dependencia, por eso podían chantajear todo lo que quisieran, porque la vocación señorial así lo permitía).

Lo que antes era, y siempre fue, una libre conexión entre altiplano y costa, después de la usurpación se convirtió en un muro
jurídico-político que nos condenaba al encierro geopolítico (por eso no es metafórica la acepción de enclaustramiento). El mercado mundial que nacía, lo hacía por el mar y Bolivia quedaba impedida de una concurrencia libre a ese mercado. Su condición de doble tributario hacía más desgraciada la vida en su interior, puesto que los ingresos (en gran parte el propio tributo indígena) ahora debían costear aquel peaje inevitable que imponía Chile. A ello hay que sumar, otra vez, gracias a la complicidad propia, la destrucción del comercio nacional por su supeditación al comercio chileno. La consigna fue siempre vivir a costa nuestra. Chile aseguraba, de ese modo, el modo parasitario de su desarrollo.

Entonces, por último, nuestro derecho proviene de algo anterior a todo discurso estatal: ningún pueblo puede vivir a costas y expensas de otro pueblo. Pretender fundar el derecho en esta injusticia, vulnera al derecho mismo; pues sólo la vida es la fuente de todo derecho posible y, en consecuencia, el derecho sólo puede nacer de la afirmación de la vida, lo cual significa que la vida de uno No puede significar la muerte de otro. El pretendido derecho que postula un Estado a costa de la vida de todo un pueblo no constituye derechos sino es la violación de todo derecho.

Por eso hace bien nuestro presidente en sostener que nuestra protesta no es por reivindicación sino por derecho. Lo que estamos poniendo en evidencia, es la irracional pretensión de fundar el derecho en la conquista. Este es el contexto que nos sirve para proceder con una adecuada lectura geopolítica del contexto actual, en el cual podamos perfilar una determinada política de Estado referida al mar.

Nuestra lectura geopolítica tuvo al parecer eco en ambientes gubernamentales, lo cual nos mueve a argumentar de mejor modo las opciones (porque no basta que se repitan como consignas los argumentos y es mejor que expongan los argumentos quienes los han producido que quienes simplemente los repiten). La nueva disposición geopolítica que va emergiendo en este nuevo mundo multipolar, nos proporciona un contexto, en el cual, sería posible estratégicamente remediar nuestra postración (como ya dejamos señalado en nuestro libro: “Pensar Bolivia del Estado colonial al Estado plurinacional. Volumen II”). De las nuevas potencias emergentes, Brasil y China son las que nos interesan y con quienes ya debiéramos generar las condiciones para establecer nuevas opciones.

Se habla ya de la integración de dos nuevas potencias al grupo de los BRICS; una relativamente mediana pero de importancia geopolítica y geoestratégica: Turquía; la otra es Indonesia y su importancia no es sólo económica sino comercial, regional y también geopolítica. Los BRICS (que serían ahora BRICSIT) apuntan a una integración que va más allá de la puramente económica, lo cual ya se advirtió con la inclusión de Sudáfrica que, junto a India y Brasil, establecen la potestad de una ruta estratégica entre tres continentes. Brasil necesita una conexión efectiva con China para que aquella potestad estratégica sea definitiva. Bolivia tiene entonces importancia geoestratégica, pues es el corredor ideal que requiere Brasil para consolidar su conexión bioceánica.

Nuestra tesis se enfoca en ese sentido. La bioceánica aparece como una oportunidad geopolítica que nos permitiría desplazar la importancia de los puertos chilenos y apostar a la creación de un corredor de integración económico-comercial entre Brasil, Bolivia y Perú. Involucrar al Perú para nosotros es estratégico, pues por el potenciamiento del norte chileno, a costa nuestra, también el Perú sufre la postergación de su región sur. Entonces es necesario insistir en el interés común que representaría nuestra apuesta. Lo cual significa no sólo utilizar los puertos de Ilo o Matarani (como ya se señala inocentemente). Una auténtica estrategia no acaba con el uso de puertos sino con una verdadera integración económico-comercial y sobre todo, geopolítica.

En toda reconfiguración geopolítica las estrategias estatales pasan por asuntos de sobrevivencia de los países. Lo que se evalúa es, en definitiva, un posicionamiento efectivo en esa reconfiguración. Cuando Chile nos enclaustró, condicionó nuestra integración al mercado mundial a la supeditación de sus propios intereses, es decir, geopolíticamente nos anuló.

La sobrevivencia nuestra en el nuevo mundo multipolar, pasa por una adecuada lectura geopolítica de la movible disposición cartográfica, donde los corredores geográficos tienen carácter estratégico. La bioceánica nos podría permitir un posicionamiento más beneficioso, pues se trata de una conexión que la potencia vecina requiere, sobre todo sus Estados de Rondônia y Mato Grosso, además de Sao Paulo, el polo de mayor exportación del Brasil.

Bolivia es el corredor idóneo de acceso al Pacífico. En ese sentido, nuestro país necesita un uso geopolítico de su condición de corredor geoestratégico, apuntando estratégicamente por dónde sale aquel corredor. Cuando de comercio se trata (tasas aduaneras, aranceles, peajes, etc.), a nadie se le ocurriría desestimar ser parte de semejante corredor. Apoyándonos en el hecho de ser la mayor parte del corredor, la decisión de direccionar la bioceánica significa una decisión política, o sea de política de Estado. Por eso no se trata sólo del uso de puertos sino de toda una estrategia que apunte a menguar la importancia de los puertos chilenos y el subsecuente potenciamiento de las regiones peruano-bolivianas involucradas en ese corredor estratégico.

Arica e Iquique dependen del comercio boliviano, pero en las condiciones que nos impuso el Estado chileno, esa dependencia se ha traducido siempre en dependencia nuestra. La mentalidad colonial de nuestro Estado jamás apostó a remediar aquella dependencia y nunca vio otro destino que sostener, a costa siempre nuestra, el desarrollo del norte chileno.

Usar la bioceánica de modo estratégico también supondría un proyecto más ambicioso: la integración amazónica entre Brasil, Bolivia y Perú. Lo cual podría hasta convertirse en un activo estratégico
medioambiental que la región podría presentar como respaldo de iniciativas globales de políticas para enfrentar la crisis climática. Eso significaría acercar al Brasil a nuestra política de “defensa de derechos de la Madre Tierra”. De este modo también perfilamos una nueva salida, hacia el Atlántico, por el Amazonas. Además que la integración estratégica no acaba allí sino que proyecta, despertando la historia común entre Perú y Bolivia, la restauración de la expansión incaica, lo cual incorpora al norte argentino en una nueva apuesta integracionista. Bolivia se presentaría como centro neurálgico de toda esta nueva estrategia geopolítica. Lo cual nos coloca en una posición atractiva en la región y, además, como conexión estratégica entre dos potencias emergentes, Brasil y China.

Todo esto no puede diluirse en un mero afán circunstancial sino que su explicitación en política de Estado requiere hacerse doctrina estatal, lo cual significa hacerse ideología nacional. La nueva disponibilidad que nace del contenido plurinacional del proceso constituyente, genera las condiciones propositivas para que el propio pueblo cambie su universo de creencias; por ejemplo, ese cuasi culto al producto extranjero es una de las mermas en la propia producción nacional, en ese sentido, la revalorización de nuestra producción necesita orientarse a un paulatino desplazamiento de los productos chilenos de nuestro mercado interno.

No podemos más seguir concibiendo nuestro consumo como
despotenciamiento nuestro. Sólo restándole nuestro mercado a la producción chilena, generaríamos las condiciones para bajar la soberbia de su Estado, sin necesidad de trifulcas mediáticas. A eso hay que añadir la apuesta estratégica de una bioceánica que no tenga por destino los puertos chilenos. El futuro del norte chileno quedaría comprometido, y su Estado en la necesidad de reconsiderar su obcecada intransigencia. Nuestro presidente desenmascaró en la CELAC la inconsistencia de la postura chilena; pero eso no basta si no es acompañada por una política de Estado; lo cual significa moverse en toda coyuntura sin claudicar los propósitos de nuestra estrategia hecha doctrina estatal y asumida por el pueblo como ideología nacional.

Todo esto significa una legitimación de una nueva ideología nacional por vía democrática y acabar con el actual empecinamiento de buscar aquello por vía vertical. Lo cual descubre los resabios señorialistas que todavía mantiene nuestro Estado (aunque ya se crea plurinacional). Una muestra de estos resabios lo encontramos en la caracterización del “nuevo” Estado que hace nuestro vicepresidente. En un artículo suyo sobre la “Topología del Estado” (La Razón, 17-02-13), después de celebrar la ocupación territorial de la geografía, hecha por los andinos y amazónicos, destacando los cultivos en andenes, la diversificación de las semillas, acueductos, depósitos estatales de alimentos, la creación de lagunas artificiales, etc., subrayando que se trataba de una civilización que universalizó métodos tecnológicos avanzados que, según él, corresponden a un tipo de Estado
plurinacional “antiguo” (por no decir “atrasado”, lo cual ya destaca una visión eurocéntrica); concluye en una descripción de la
“territorialidad policéntrica con la forma geométrica de un heptágono con centro gravitante”, que sería el “nuevo” Estado plurinacional, cuyos vértices, el Chaco en el sur, Uyuni en el suroeste, el Mutún en el sudeste, San Buenaventura en el noroeste, Santa Cruz en el noreste, Cachuela Esperanza en el norte y el vértice central en el trópico cochabambino, contienen como núcleos irradiantes de la economía, otra vez, las materias primas: el gas, el litio, el hierro, además de hidroeléctricas que comprometen el ecosistema y la agroindustria depredadora. Es decir, la universalización de las tecnologías en la producción de antes, está bien para el pasado, pero para ahora seguimos nomas dependiendo de las materias primas y los recursos naturales no renovables. Es decir, otra vez, la visión señorialista del excedente en forma de extracción y no de producción, lo cual ha generado la típica ideología extractivista prototípica del Estado señorial-oligárquico.

Quien piensa de ese modo no comprende que el papel estratégico de las materias primas no consiste en fundar en éstas la economía sino que toda economía se sostiene, en primera y última instancia, en garantizar su soberanía alimentaria; esa es la materialidad ineludible de todo proyecto económico. No hay riqueza alguna si no hay
previamente aquella materialidad asegurada. Las materias primas juegan un papel estratégico, pero ninguna economía podría sostenerse, en el largo plazo, en recursos depletables, es decir, agotables. En la nueva disposición geopolítica multipolar, a la cual tiende el mundo de hoy, las materias primas y los recursos energéticos ya no están para ofertarse como meras mercancías, pero la consigna de “exportar o morir” parece que persiste en nuestro gobierno (para pensar una primera revolución industrial en nuestro suelo, nuestros recursos debieran ser vistos como el soporte del potenciamiento de una producción, con su respectiva industria, genuinamente propia).

En las condiciones actuales, sostener nuestro supuesto desarrollo en la visión señorialista de la explotación de todo lo que hay, no puede sino reafirmar el carácter estructural de una economía extractivista. Lo que se proponía el “antiguo” Estado precolombino era algo más sensato, pues, como dice nuestro vicepresidente, si la geografía es “asumida por la organización material del Estado para verificar su soberanía”, ésta jamás puede sostenerse estratégicamente sólo con las materias primas sino con una revolución productiva que garantice, en el largo plazo, la soberanía económica. La producción propia es la única garantía de toda soberanía.

Mientras aquel Estado “antiguo” priorizaba la producción antes que la pura extracción de materias primas, como fundamento de la economía, la “nueva” caracterización del “nuevo” Estado, persiste en el
extractivismo, reiterando la apuesta que encandiló a todas nuestras oligarquías: el excedente en forma de milagro. A esto llamamos la colonialidad de la política estatal. Aunque se parta de premisas ciertas, las mediaciones conceptuales que se halla para convertirlas en política, no hacen sino replicar lo que se pretende superar. Porque el horizonte no cambia, la política que se adopta, tampoco.

Una geopolítica del mar, hoy por hoy, no puede tampoco postularse desde las mismas creencias señorialistas. Nuestra definición actual ya no puede replicar la forma en la cual se nos ha percibido, sino que pasa por una redefinición del modo cómo nos percibimos de aquí en adelante. Si merecemos sobrevivir en el nuevo orden multipolar es porque tenemos un mensaje que el mundo entero necesita oír. Ese es el acento revolucionario que tiene nuestro “proceso de cambio”. Si se critica la soledad de la posición boliviana en contextos
multilaterales (si estaba el presidente Chávez no hubiésemos estando tan solos en la CELAC), acerca del reclamo marítimo, también debiera criticarse la ausencia centenaria de posición geopolítica que haya significado nuestra importancia en el contexto, por lo menos, regional. Ahora que se hace posible una nueva reconfiguración global, no hay mejor contexto para inscribir soberanamente nuestra presencia, en un mundo nuevo. Si nuestras pretensiones pasan por acercar intereses comunes regionales a los nuestros, además de ofrecernos como garantía de integración hasta global, ya no estaremos tan solos.

**Rafael Bautista es autor de “DEL MITO DEL DESARROLLO AL HORIZONTE DEL SUMA QAMAÑA”.

Publicado en: Bolivia

De los territorios ancestrales a la territorialidad homogénea

14/02/2013 by 1 comentario

Andrés Soliz Rada
 

El Vicepresidente Alvaro García Linera (AGL), en breve discurso que antecedió al informe anual del Presidente Evo Morales Ayma (EMA), el 22 de enero pasado (tercer aniversario del Estado Plurinacional), dijo que en Bolivia “la territorialidad es homogénea y resulta de la fusión del territorio, de las naciones indígenas, de comunidades campesinas, de clases sociales, de las juntas vecinales, organizaciones juveniles, regiones y todos”… “El gobierno trabaja en la consolidación de una territorialidad homogénea, mediante la incorporación de cada centímetro cuadrado de la geografía nacional productiva, de cada habitante en el ejercicio pleno de sus derechos, beneficios económicos y en la adecuada distribución de la riqueza, para apuntalar el horizonte de un Estado integral, comunitario, socialista” (“Página Siete”, 23-01-13).

Las palabras citadas no condicen con la Nueva Constitución Política del Estado (NCPE), (promulgada el 07-02-09), cuyo principal impulsor fue justamente AGL; la que en su artículo segundo dice: “Dada la existencia precolonial de las naciones y pueblos indígena, originario, campesinos… se garantiza la consolidación de sus entidades territoriales”. El artículo 30, inciso cuarto, anota, en el capítulo de los derechos de las naciones y pueblos indígena, originario, campesinos, el derecho “a la libre determinación y territorialidad” y “el derecho a la gestión territorial autónoma, y al uso y aprovechamiento exclusivo de los recursos naturales renovables existentes en su territorio…”

GARCIA LINERA Y LAS AUTONOMIAS INDIGENAS

La promulgación de la NCPE fue precedida por la prédica del Vicepresidente destinada a incorporar las autonomías indígenas en el nuevo ordenamiento jurídico del país. Indicó que esta meta sería alcanzada dentro de la estructura territorial vigente o mediante el rescate de fronteras precolombinas (Periódico “La Prensa”, 17-06-07). Añadió que el primer camino era fácil de aplicar, pese a que, según sus palabras, había que arrancar pedazos de territorio de un departamento para añadir a otro, con el que tuviera afinidades étnicas. El segundo, en cambio, “era complicado”, ya que, al ignorarse los límites de las fronteras ancestrales había que recurrir a “la imaginación de los antropólogos”, según Raúl Prada Alcoreza, compañero, en esa época, de AGL en el grupo académico “Comuna”.

En la celebración, AGL faltó a la verdad cuando dijo que “El Estado Plurinacional es el primer esfuerzo en 500 años por integrar a la totalidad de las clases sociales y los pueblos y naciones indígena, originario, campesina, en la estructura del mando del poder político, económico y cultural del país”. Al contrario de lo afirmado, la integración del país fue el objetivo central de la Revolución Nacional de 1952, que decretó la nacionalización de las minas, la abolición del “pongueaje” (servidumbre de la gleba), el voto universal y la reforma agraria, además de construir la carretera Cochabamba – Santa Cruz, con la que se vertebró el occidente y el oriente de Bolivia. Para lograr estas conquistas, el pueblo en armas derrotó al ejército oligárquico, durante tres días de sangrientos combates, en las calles de La Paz y Oruro, que defendía a la “rosca” minero-terrateniente.

Aunque resulte difícil de creer, en la segunda década del Siglo XXI subsisten defensores del orden minero-latifundista. Tal el caso de Ramiro Prudencio Lizón, quien, en nota de “La Razón”, del 02-01-13, sostuvo que “La revolución de 1952 arruinó al país. Con la reforma agraria se paralizó la agricultura en los valles de Potosí, Oruro, Chuquisaca y Cochabamba. Con la nacionalización de las minas se destruyó una riqueza que duraba 400 años y que había fundado y estructurado Bolivia”. Prudencio Lizón olvida que antes del 52, los periódicos ofrecían venta de fincas e indios de manera conjunta, Congratularse por niveles de producción a costa de mano de obra semi esclava es ofensivo a la dignidad humana.

Con la nacionalización de las minas y el voto universal, por fin el poder minero dejó de instalar a los regímenes de turno, como lo hizo, durante décadas, salvo cortos períodos de resistencia patriótica. Por el lado perverso, la fratricida guerra del Chaco contribuyó de manera decisiva a despertar la conciencia integradora. En el lado opuesto, los “pachamámicos” o ultra indigenistas califican de “estado colonial” al impuesto por los españoles, al que sobreviene después de abril de 1952 e inclusive al de Evo Morales (Silvia Rivera: Bolpress, 31-12-12).

DE VICTOR PAZ ESTENSSORO A EVO MORALES

Con las necesarias salvedades de tiempo, contextos y circunstancias, el segundo gobierno de Evo, iniciado el 22-01-10, es un intento por retomar el capitalismo de Estado, planteado por el MNR en 1952. Para cumplir su objetivo, el MNR tuvo que vencer dos enormes escollos: El de la gran minería y el de los latifundistas. Víctor Paz Estensoro (VPE), el líder de la Revolución nacional, fue erróneamente criticado por la ultra izquierda por no haber impuesto el socialismo y la dictadura del proletariado. Tales exigencias olvidaban el enclaustramiento geográfico del país, la vigencia de regímenes pro norteamericanos en el área (Perón fue derrocado en 1955) y la lejanía de la URSS para cumplir el papel que luego jugó en la isla de Cuba.

VPE, en cambio, merece ser censurado por no impedir la quiebra de la Corporación Minera de Bolivia (COMIBOL), la corrupción generalizada y el descontrol sindical impulsado por Juan Lechín Oquendo. Lo anterior permitió que, en 1956, el FMI impusiera un severo plan de estabilización monetaria, que incluyó la desnacionalización del petróleo, vetara la instalación de hornos de fundición de estaño y creara las condiciones para que las FFAA derrocaran al MNR, en 1964, mediante golpe de Estado digitado por el Pentágono. Paz Estensoro regresó al poder en 1985, mediante elecciones, pero esta vez lo hizo de la mano del neo liberal Gonzalo Sánchez de Lozada, a fin de aplicar de manera anticipada el Consenso de Washington.

Evo, para reimpulsar el capitalismo de Estado, tuvo que derrotar también a dos adversarios internos: El indigenismo de las ONGs y el separatismo de la “Nación Camba”, que el 2008 coordinó los ilegales referéndum autonómicos en Santa Cruz, Beni, Pando y Tarija, que pusieron al país al borde del colapso. Para conseguir este triunfo, el Presidente transó, inicialmente, con las corrientes indigenistas y las ONGs, que impusieron la NCPE. Con el histórico mérito de haber visibilizado a los pueblos indígenas y despertado su autoestima, el Jefe de Estado se vio obligado, a partir del 2010, a frenar a los “pachamámicos” que, al igual que la “Nación Camba”, amenazaban con disgregar al país.

EL RETORNO DEL CAPITALISMO DE ESTADO

La administración de Evo se halla llena de aciertos, contradicciones, errores e ilegalidades, al igual que el régimen del MNR post 52. Paz Estensoro abrió campos de concentración contra sus opositores y el denominado “Control Político” empujó a sus adversarios a la clandestinidad y la conspiración. El actual Jefe de Estado usó su mayoría democrática para destituir a autoridades políticas legalmente elegidas, como el alcalde de Potosí y los gobernadores de Tarija y Beni, además de métodos cuestionables para encarcelar y exiliar a dirigentes cívicos que no respondían al oficialismo. Llegó, inclusive, a reprimir, mediante la policía, a la última marcha indígena de un sector de tierras bajas.

En su reciente informe anual, Evo apabulló a sus críticos con cifras, traducidas en obras y provisión de servicios, reconocidos por Naciones Unidas, que admitió que Bolivia había sobre pasado las metas del milenio, en lo relativo a instalaciones de agua potable. También usó datos de Naciones Unidas para demostrar que el país había disminuido los cultivos de hoja de coca, en mayor proporción que Perú y Colombia, sin la presencia de la DEA, sin concesiones de soberanía nacional y sin represión.

Mostró, asimismo, notorios avances en infraestructura aeroportuaria y caminera, además del inicio de un tímido proceso de instalación de plantas separadoras de líquidos que, aunque con encasa capacidad de tratamiento, están siendo construidas en las fronteras de Argentina y Brasil. Cabe destacar, sin embargo, la incapacidad de la oposición para enjuiciar el documento. Samuel Doria Medina, de “Unidad Nacional”, sólo atinó a indicar que Evo no ese había referido a los últimos escándalos de corrupción, evadiendo su opinión sobre el fondo de la gestión presidencial.

Juan del Granado, del Movimiento Sin Miedo” (MSM), no explica el por qué fue aliado de Evo, entre el 2006 y el 2009, en cuyo lapso el gobierno, en su opinión, estaba lleno de virtudes, antes de convertirse en depositario de todos los defectos a partir de su abandono de la coalición en 2009. Connotados columnistas de los periódicos comerciales se redujeron a encontrar equivocaciones gramaticales, en el discurso de cuatro horas de duración, sin señalar si el país tiene un camino alternativo al capitalismo de Estado adoptado por Evo, en reemplazo del neoliberalismo de Sánchez de Lozada.

EL OTRO DISCURSO DE GARCIA LINERA

El cambio de timón de Evo, en 180 grados, se debe, en importante medida, a que AGL modificó las posiciones que defendió hasta el 2007. Lo anterior se hizo patente con la publicación de dos importantes libros de su autoría: “El ‘Oenegismo’, enfermedad infantil del derechismo”, en 2011, y “Geopolítica de la Amazonía”, en 2012. En “Geopolítica de Amazonía”, el Vicepresidente ratifica la importancia de la participación del país en organismos como la CELAC, el UNASUR, el MERCOSUR y el ALBA, lo que brinda al gobierno un escenario internacional del que careció Paz Estensoro, si bien Evo y Paz Estensoro sufren la presión geopolítica brasileña.

La consolidación del capitalismo de Estado requiere, no obstante, que Evo y Alvaro terminen con las inconsecuencias que debilitan su credibilidad. Es inconcebible que Bolivia continúa prestando la casi totalidad de sus Reservas Internaciones Netas (RIN), que superan los 14.000 millones de dólares, a Bancos europeos y norteamericanos (varios en riesgo de quiebra), al interés anual del 0.25 % y obtenga créditos de la CAF y del Banco Mundial a tasas superiores al 8 %. A lo anterior se añade la incompatibilidad de sus discursos antiimperialistas con el envío de soldados a Haití y el Congo, como parte de las tropas de ocupación de Naciones Unidas.

Es injustificable que, a siete años de la nacionalización de los hidrocarburos, YPFB no se hubiera convertido en moderna empresa corporativa, como Petrobrás. Los planes para vertebrar el país a través del Gasoducto al Occidente (GABO), la construcción de un gasoducto al salar de Uyuni, que impulse la industrialización del litio, magnesio y potasio, y de un ramal para lograr similar objetivo con el hierro del Mutún aún están lejos de concretarse.

La inercia del gobierno para detener el avasallamiento de yacimientos mineros sólo es comparable con la tolerancia que tiene frente a la exportación de millonarias utilidades que obtienen transnacionales, sobre todo en el departamento de Potosí. En el sector agrícola, Evo mostró su pragmatismo al suscribir acuerdos con grandes agro-industriales cruceños, los que, hasta hace poco, eran considerados la base de la “Nación Camba”.

LA BATALLA CULTURAL Y LA POLITICA EXTEIOR

Tal vez la batalla más trascendente del giro político descrito ha tenido lugar en el campo de la cultura. En noviembre pasado, el gobierno ha impreso las 15 novelas fundamentales de la literatura nacional, después que el Ministro de Culturas, Pablo Groux, venciera la oposición de su “pachamámico” viceministro, Félix Cárdenas, quien exigía que esas 15 obras sean retiradas de las bibliotecas del país, por considerarlas resabio del colonialismo republicano. Quizás no sea utópico pensar que el gobierno difunda también las obras centrales del pensamiento nacional, entre las que se hallan “Nacionalismo y Coloniaje” de Carlos Montenegro, “El Presidente Colgado” de Augusto Céspedes y “El Poder y la Caída” de Sergio Almaraz.

La política exterior ha sido manejada hasta ahora con escasa seriedad. Evo confesó que en sus cinco primeros años de gobierno fue engañado por la diplomacia chilena en la cuestión marítima, lo que lo obliga ahora a denunciar el enclaustramiento boliviano en foros internacionales. Si bien la sostenida denuncia es importantes, élla debe ir acompañada de políticas destinadas a disminuir la dependencia del puerto de Arica mediante la construcción de un moderno ferrocarril que vincule al país con los puertos peruanos de Ilo y Matarani.

Es importante también fomentar al máximo las exportaciones por la hidrovía Paraná – Paraguay, contener el desenfrenado contrabando procedente de Chile, usar internamente las aguas del cantón Quetena usadas abusiva y gratuitamente por el vecino país, restringir las importaciones suntuarias, así como el flujo de turistas bolivianos a playas chilenas. Estas medidas ayudarán a discutir el tema del enclaustramiento en mejores condiciones.

Todo parece indicar que, con sus luces y sombras, Evo logrará su reelección en las elecciones presidenciales de diciembre de 2014. Es probable que para entonces haya terminado de comprender que plantear cambios planetarios desde ópticas indigenistas sólo provoca riesgos de disgregación nacional. En cambio, explicar que el capitalismo de Estado en Bolivia, junto al capitalismo de Estado de los otros países latinoamericanos, permitirá el avance de nuestra Nación Continente. El ideal bolivariano, al contribuir a liquidar a la mafia bancaria, coadyuvará a contener el deterioro ambiental así como a avanzar en metas socialistas, nutridas con experiencias autogestionarias y anticapitalistas de comunidades indígenas, sin romper la unidad de nuestros Estados nacionales.

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Bolivia: siete años de revolución democrática y cultural

24/01/2013 by Deja un comentario

Nuestra America, Granma

La profunda revolución democrática y cultural iniciada en Bolivia en el año 2006 con la llegada al poder .del presidente, Evo Morales, llega a su séptimo año de luchas con un largo camino recorrido, evidentes triunfos y varios retos.

El presidente de Bolivia, Evo Morales, durante su informe de gestión ante la Asamblea.

Ante la Asamblea Legislativa Plurinacional, en conmemoración del tercer aniversario del Estado Plurinacional de Bolivia, el Mandatario andino realizó este martes un balance detallado de su gestión al frente del Gobierno durante ese lapso de tiempo, en el cual destacó los principales logros del proceso, la bonanza económica que vive el país y la consecuente reducción de la pobreza. Igualmente aseguró que “los tiempos del neoliberalismo no volverán”, de acuerdo con Telesur.

En su discurso, Morales anunció un plan hacia el 2025 con el objetivo de desarrollar “una sociedad justa y equitativa”.

El Jefe de Estado puso especial énfasis en que la meta del país debe ser la erradicación de la extrema pobreza, garantizar los servicios básicos para todos y crear industrias para transformar las materias primas.

En ese sentido destacó la disminución de la pobreza moderada de 60,5 % en el 2005 a 45 % en el 2011, “casi un millón de bolivianos ahora forman parte de la clase media”, aseguró. En cuanto a la pobreza extrema, dijo que ha disminuido de 38,2 % en el 2005 a un 20,9 % en el 2011, según destacaron varios medios bolivianos.

Asimismo, destacó la entrega de 83 mil 473 computadoras a los maestros de todo el país, en cumplimiento del compromiso adquirido en el año 2009 con el sector docente. Sobre ese particular, Morales destacó que “en ningún país del mundo habían facilitado computadoras a los maestros, y ahora vamos a avanzar hacia la entrega a cada estudiante, esa es la meta”.

Especial fue también el anuncio hecho por Morales de que Bolivia superó el año pasado el compromiso asumido con las Naciones Unidas en los Objetivos del Desarrollo del Milenio sobre la cobertura de agua potable. Otro éxito de su gestión, si se suma además que, según el propio Presidente, ya se proyecta la tercera fase del Programa Mi Agua.

Sin embargo, admitió que todavía queda mucho por hacer en el sector de la salud. Por ello, exhortó al personal médico a dedicarse “con mucha voluntad a trabajar por la salud de los bolivianos”.

En cuanto a los éxitos económicos alcanzados, destacó el crecimiento del Producto Interno Bruto de Bolivia que en el 2012 fue de 5,1 %, mientras que las exportaciones aumentaron 3 mil 610 millones de dólares, y una tasa inflacionaria de 4,54 %, una de las menores de América Latina. También hizo referencia al crecimiento de las reservas internacionales netas (a 14 mil 166 millones de dólares desde los 1 700 millones registrados en el 2006).

Morales explicó que el aporte del sector minero (de suma importancia en ese país) a las cuentas fiscales del país reportó un crecimiento de alrededor de 1 156 % desde el 2006, cuando asumió su primer mandato. El Jefe de Estado especificó que la inversión pública acumulada del sector minero-metalúrgico llegó a 231 millones de dólares entre el 2006 y el 2012, superior en 11 veces a los 20 millones registrados de 1999 al 2005, refiere PL.

También se refirió a importantes proyectos como el desarrollo integral de la Salmuera del Salar de Uyuni, y la instalación de una planta piloto de carbonato de litio, así como la implementación de una fábrica de baterías de litio. Planes que valoran de positiva la gestión del Ejecutivo en pos de la soberanía minera. En ese sentido dijo que fueron rotas “las cadenas del sometimiento y la obligación con la nacionalización de nuestros recursos naturales como de los servicios estratégicos”.

En el plano internacional, Morales confirmó su asistencia a la Cumbre de la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños que se celebrará en la capital chilena a finales de enero.

Asimismo, argumentó que su país ha contribuido al fortalecimiento de los mecanismos regionales y otros acuerdos “para construir y fortalecer las alianzas del Sur”. Morales dijo que Bolivia “ha promovido la constitución de una organización mundial de los pueblos y de la madre tierra, sin dominación, sin hegemonías imperiales en el marco de la democracia”, según Telesur.

Respecto a las relaciones con EE.UU., el Presidente boliviano reivindicó, una vez más, que su pueblo es digno, soberano y que sus relaciones serán “con cualquier país del mundo, sea de izquierda o de derecha. No tienen por qué chantajearnos ni someternos”, denunció al referirse a las diversas intromisiones de Washington en la vida interna de Bolivia.

En su intervención, se mostró esperanzado en que para el 2025 su país recupere una salida propia al mar, una permanente demanda de Bolivia a Chile. Bolivia perdió el acceso al Pacífico en una guerra con Chile en 1879.

El primer presidente indígena en la historia de Bolivia asumió por primera vez el cargo el 22 de enero del 2006 luego de ganar los comicios presidenciales con 53,7 % de los sufragios y ser reelegido con 64 % de los votos para el periodo 2010-2015. (SE)

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Defensa crítica del proceso

19/01/2013 by Deja un comentario

Raúl Prada Alcoreza
La vida no es esquemática, menos se nos presenta como una película en blanco y en negro; incluso, en este caso, hay tonalidades entre el blanco y el negro. Cuando intervienen los colores como señales, no sólo hay un intervalo de tonalidades, sino muchos intervalos posibles, una gama abierta de posibilidades, de juegos, de combinaciones y composiciones. Si a todo esto le añadimos espesores e intensidades, la proliferación creativa de las variedades posibles es, por decir algo, infinita. En política es insostenible moverse esquemáticamente, mucho peor si se ofrece como alternativa la polaridad pura del blanco o el negro. Sin embargo, lo que decimos no puede usarse como argumento para apoyar el oportunismo y el “pragmatismo” vulgar de los políticos. Hablamos de cosas distintas; el primer tópico tiene que ver con la complejidad, en tanto el segundo tópico tiene que ver con la inconsecuencia, el aprovechamiento del momento en beneficio de objetivos pedestres, el uso de la ocasión para lograr ventajas “tácticas”. De lo que estamos hablando ahora es del primer tópico, de la complejidad que hay que enfrentar como desafío, de las exigencias de esta complejidad a políticas comprometidas con emancipaciones y liberaciones.

En relación a estos desafíos de la complejidad como realidad, en coyunturas determinadas y en periodos dados, descartamos, de entrada, dos posiciones, que parecen contrarias, empero se complementan. Hablamos, por un lado, del esquematismo político, del contraste polarizado, de lo uno o lo otro, ambos opciones puras; y hablamos, por el otro lado, del oportunismo, que considera que todos los movimientos son posibles, como en una simulación contante, todos los medios son validos, con tal de conseguir los fines perseguidos. En el último caso, el oportunismo se combina con un maquiavelismo vulgar. Aparentemente ambas opciones son opuestas, el esquematismo y el oportunismo, empero extrañamente se complementan. El esquematismo político, que tiende a polarizar, que muchas veces se combina con el ultimatismo, anula la posibilidad de la acción, del movimiento y del desplazamiento político; fija el dilema en una estática abstracta, como si se tuviera que esperar que se cumplan las condiciones para decidir entre lo uno o lo otro. Muchas veces esta posición se convierte en una espera eterna. El oportunismo, en cambio, acepta cualquier situación para intervenir, se camufla con mucha facilidad, se mueve en un permanente simulacro, todas las opciones son validas, se puede juntar lo uno y lo otro, por más contrastadas que se encuentren. Si bien el esquematismo estanca la acción política, el oportunismo disemina la política en múltiples puntos de aprovechamientos y astucias, puntos que se conectan por curvas sinuosas. En ambos casos, la política como emancipación, como suspensión se los mecanismos de dominación, como efectuación radical de la democracia, no se realiza. O queda fijada en una suspensión eterna de un dilema irresoluble o se diluye en la nada mediante la efectuación compulsiva de conductas puntuales, de “tácticas” singulares, de astucias momentáneas.

El ejercicio de las políticas emancipatorias requiere responder a la complejidad del momento, de la coyuntura, del periodo, del proceso. Obviamente que no se puede perder de vista los campos encontrados, los frentes de lucha, la diferencia de los proyectos de sociedad; por lo tanto, no se puede dejar de distinguir las opciones enfrentadas. Todas las acciones tácticas están íntimamente vinculadas a las estrategias, todos sus movimientos se despliegan de acuerdo a los proyectos emancipatorios; no hay en ningún momento una renuncia a la emancipación, a la liberación. No se parece en nada al “pragmatismo” vulgar, al llamado realismo político. A diferencia del esquematismo político y el ultimatismo, no se inmoviliza, sino que se desplaza actuando sobre las condiciones histórico-políticas concretas, adecuando sus recorridos sin perder la perspectiva contra hegemónica y de contra poder. No se renuncia a la política, sino que se la realiza en el espacio-tiempo en el que se mueve, no disemina la política, sino que articula sus pasos y movimientos en función de los proyectos sociales. Su perspectiva es crítica y su actitud contestataria, no cede a las veleidades del poder, ni se apacigua en los momentos de transición; al contrario, se mantiene vigilante ante la posibilidad de quedarse atrapada en las redes institucionales del poder. De lo que se trata no es de reproducir el poder, sino de destruirlo, de liberar la potencia social, de la que se alimenta el mismo poder.

Las políticas emancipatorias tienen que responder a la estructura de la complejidad de la coyuntura, tiene que asumir las condiciones de posibilidad histórica en las que se mueve, lo que equivale a reconocer el “principio de realidad”, y, al mismo tiempo, tiene que buscar desplazar, cambiar, las condiciones de posibilidad, incidiendo en la creación de las condiciones apropiadas. Comprender la estructura de la coyuntura es como tener una memoria del periodo, tener un mapa, una cartografía, del contexto, a los que pertenece la coyuntura, en tanto secuencia de coyunturas, también en tanto territorios y espacios más o menos amplios que contienen al contexto. De la misma manera, se debe tener en cuenta no sólo lo que comúnmente se llama “realidad”, sino también la “realidad” efectiva, el campo de posibilidades abierto. En este sentido, se entiende que las políticas emancipatorias requieren una comprensión, así como también el entendimiento, del proceso, es decir, del desplazamiento del espacio-tiempo político, de las dinámicas inherentes al espaciamiento mismo del proceso, a sus ritmos, intensidades, expansión, alcances y cambios. El proceso como producción histórica. Por lo tanto, el proceso entendido como acontecimiento y el acontecimiento como espacio-tiempo de múltiples singularidades. En esta perspectiva y desde este enfoque es menester una mirada teórica del proceso, la conceptualización de su desplazamiento, de su espaciamiento, de sus dinámicas, concibiendo también sus contradicciones, los obstáculos históricos, las resistencias y las posibilidades abiertas.

Al respecto quizás sea conveniente contar con una genealogía de las políticas emancipatorias, así como una genealogía específica del proceso político en cuestión, el que toca entender, el que se vive como “realidad” empírica y “realidad “efectiva. Comprendemos genealogía como acoplamiento de los conocimientos eruditos y las memorias locales, acoplamiento que permite la constitución de un saber histórico de las luchas y la utilización de ese saber en las tácticas actuales [1] . Entonces un enfoque adecuado, entre otros que pueden haber y asumirse, es el genealógico.

El proceso en cuestión es de por sí complejo y problemático, pertenece a varias historias, por así decirlo, el ciclo de larga duración, el ciclo de mediana duración y el ciclo de corta duración; en el mismo sentido, forma parte de interpretaciones sedimentadas de larga y reciente data. Hablamos de la memoria larga, la memoria mediana y la memoria corta. Nos referimos en otros textos a estas memorias como memoria indígena, memoria nacional-popular y memoria reciente de los movimientos sociales [2] . El proceso nombrado como de cambio se mueve en distintos planos y temporalidades; recoge los ciclos de larga duración, los ciclos de mediana duración y los ciclos de corta duración, que lo atraviesan como condicionamientos de múltiples temporalidades, interpretadas desde distintas memorias y subjetividades. Usando los conceptos propuestos por Boaventura de Sousa Santos, el proceso se vive y se experimenta abiertamente desde una ecología de los saberes y desde una ecología de las temporalidades [3] . La experiencia plural del proceso dibuja su propia complejidad dinámica. Las políticas emancipatorias requieren comprender y reconocer estas dinámicas moleculares, actuar en los distintos planos y temporalidades, incidir en la pluralidad de subjetividades, encarar la comunicación con ellas de tal forma que haga posible su participación plural, la construcción de consensos y composiciones dinámicas, el ejercicio plural de la democracia.

Ahora bien, el proceso de referencia es el que experimentamos a partir de sus propios devenires y acontecimientos, de sus propias contradicciones inherentes; proceso abierto por las formas de movilizaciones prolongadas de los diferentes sectores sociales del campo popular. Proceso en el que también se enfrenta el desafío de gobernar, mejor dicho de construir una gubernamentalidad de las multitudes, una democracia plural. Desafío al que no se ha respondido adecuadamente, pues el curso de los eventos políticos derivó en la reproducción de la forma liberal de gobernar, en los marcos del Estado-nación. Quizás sea esta la dificultad mayor que enfrentan los movimientos sociales; ¿cómo cruzar ese límite impuesto por las condiciones estructurales del poder? ¿Cómo cruzar el límite que se comporta como una barrera donde se rebota y se repite la reproducción del poder y la reproducción del Estado? Todas las revoluciones se han estrellado con esta barrera, al llegar al límite, no pudieron cruzarlo, rebotaron. Ante esta historia de las revoluciones, ¿hay que renunciar al proyecto emancipador, al proyecto de liberación? ¿Es esta una utopía, que aparece como horizonte lejano, pero que no puede alcanzarse? ¿Tiene razón el realismo político y el “pragmatismo” de sentido común cuando dice que lo único real es el Estado y hay que usarlo para transformar, aunque esta transformación se efectúe de una manera diferida y contradictoria? ¿O, al final, cuando se opta por el realismo político ya se experimenta el rebote, el retroceso, por no haberse atrevido a cruzar el límite y entrar a otro espacio-tiempo de agenciamientos? Estas preguntas son cruciales, deben ser tratadas en toda su extensión y consecuencias. Por otra parte, es importante comprender que si bien los procesos son productos de composiciones intensas de dinámicas sociales moleculares, éstos se convierten, en su periodización, en condicionamiento histórico y político, en un desplazamiento espacial y temporal que articula de una determinada manera sus componentes, sus ciclos, sus memorias, sus subjetividades, sus dinámicas moleculares. Las políticas emancipatorias tienen que actuar reconociendo las singularidades del proceso; actuar en el proceso, desentendiéndose del mapa de sus singularidades, como si el proceso fuese homogéneo, parecido a otros, interpretado desde universales, es preparar errores y derrotas. Tanto el realismo político como la perspectiva opuesta, la perspectiva esquemática, perspectiva polarizante, que empuja al ultimatismo, a escoger entre lo uno o lo otro, toman el proceso en el sentido homogéneo, compuesto por tendencias y figuras universales. Ambas son interpretaciones que anulan la pluralidad del acontecimiento.

Mientras se vive y se experimenta un proceso político es indispensable actuar en su complejidad singular, no ignorar tanto su complejidad y su singularidad cuando entra en contradicciones y tiende a deshacerse, suponiendo que se puede inventar procesos con sólo imaginarlos. La incursión en los procesos, el activismo político, equivale a entender que su defensa sólo es posible mediante su profundización. La defensa de un proceso exige entonces una actitud crítica, la defensa no es posible de una manera acrítica, reduciendo la defensa a la apología del gobierno. Esta no es una defensa del proceso, sino que se ha reducido la defensa del proceso a la defensa de un gobierno entrabado en sus propias contradicciones; cuando de lo que se trata es desmontar los obstáculos, desmontar las resistencias institucionales y estructurales, desmontar las estructuras de poder heredadas y sus habitus concomitantes. La crítica permite enfrentar los obstáculos y las herencias estructurales de las dominaciones polimorfas; en cambio, la apología del gobierno supone que la llegada al Estado es el fin del proceso, el logro supremo del proceso, su realización. La apología es una manera de terminar con el proceso, es la expresión del Termidor [4] . Por eso, la apología es no solamente conservadora y termina siendo restauradora, sino que acaba con el proceso mismo, lo termina. Es una renuncia a las transformaciones.

Por otro lado, abandonar el proceso, porque se lo considera acabado por sus contradicciones proliferantes, en la perspectiva de abrir otro proceso, es también terminar con el proceso a cambio de una ilusión. El otro proceso no aparece por arte de magia, ni por un deseo recóndito que ocurra, ni por el ejercicio voluntario. El proceso político de transformación ha sido gestado largamente, como por acumulación de crisis múltiples, en distintos niveles, acumulación de experiencias y formas de organización, formas de interpelación, de movilizaciones prolongadas. Mientras otro proceso no se dé efectivamente, y esto puede durar un dilatado tiempo, no se puede abandonar el proceso que se vive, por más contradictorio y deteriorado que se encuentre. Esto también significa terminar con el proceso. Es como dice Albert Camus:

Lo difícil es asistir a los extravíos de una revolución sin perder la fe en la necesidad de ésta. Para sacar de la decadencia de las revoluciones lecciones necesarias, es preciso sufrir con ellas, no alegrarse de esta decadencia [5] .

El activismo político emancipatorio es crítico y contestatario, enfrenta a los apologistas y a los ultimatistas, ambos termidorianos del proceso, ambos universalistas. Cuando se trata de reconocer la singularidad del proceso a partir de su pluralidad componente, buscar su prolongación creativa profundizando sus posibilidades emancipatorias. La defensa del proceso no es la defensa del gobierno ni del Estado; es esta la reducción institucional de los apologistas. La defensa del proceso no es la defensa de una idea no realizada, de una utopía traicionada; esta es la reducción abstracta de los ultimatistas. La defensa del proceso es la defensa de las posibilidades de transformación inherentes todavía al devenir intenso y contradictorio del proceso, la defensa de las posibilidades del cambio social, defensa de las posibilidades creativas en la perspectiva de las emancipaciones y liberaciones múltiples. La defensa del proceso es la defensa de las praxis comunitarias, colectivas, sociales, feministas, diversas. La defensa del proceso es en cierto sentido contra-gubernamental y contra-estatal; es la defensa de la apertura y el desplazamiento a otras formas de composiciones de cohesión social, de articulación “política” o post-política, más allá del Estado moderno y del Estado-nación. Esta transición posmoderna, pos-capitalista y de-colonial es la perspectiva subversiva del Estado plurinacional comunitario y autonómico, reducido por los apologistas a la representación folklórica del mismo Estado-nación; Estado plurinacional descartado por los ultimatistas en la búsqueda del Estado socialista traicionado, a pesar de qué este fue experimentado, se hundió en el drama sus contradicciones por no haber salido del circulo vicioso de la reproducción del Estado.

Los apologistas y ultimatistas se mueven en la misma episteme universalista, historicista, moderna; su diferencia radica en que son dos expresiones, aparentemente opuestas, del mismo suelo epistemológico. El desplazamiento del Estado plurinacional no puede decodificarse ni comprenderse desde la episteme moderna, forma parte de otra modo de pensar, es una representación política que forma parte de la epistemología pluralista [6] . Es difícil que apologistas y ultimatistas comprendan el desplazamiento teórico y político del Estado plurinacional, pues ellos piensan el Estado como unidad homogénea, universal, como síntesis social; no pueden pensar las unidades heterogéneas, plurales, singulares, como composiciones creativas de las dinámicas sociales moleculares. Apologistas y ultimatistas son modernistas, creen que son anticapitalistas, sin embargo reviven alguna de las formas consumadas del capitalismo, por la vía de la reforma o la vía “revolucionaria”, reducida ésta también al telos socialista, que no es otra cosa que el mismo modo de producción capitalista donde la burguesía es sustituida por la burocracia del Estado.

Entonces las políticas emancipatorias están lejos del dilema ultimatista del todo o nada, también lejos del “pragmatismo” del sentido común de todo vale, el juego de las pequeñas tácticas y las puntuales astucias, pues el fin justifica los medios, enunciado del maquiavelismo vulgar. Las políticas emancipatorias hacen estallar las pluralidades y singularidades, ocultadas por la represión universal y homogeneizante del pensamiento moderno. Las políticas emancipatorias requieren moverse en el devenir del acontecimiento, comprendido como desplazamiento de múltiples singularidades. Requiere actuar en la variación de ritmos y de los intervalos de las ondas de los procesos, buscando sus desplazamientos, sus transformaciones y trastrocamientos, las rupturas iniciales que cruzan las líneas e inician otros agenciamientos. Cuando se habla de defensa crítica del proceso se habla de esta actitud abierta a las posibilidades, a las fuerzas de la potencia social.

En el proceso político boliviano, la defensa del proceso pasa por la defensa del germen del Estado plurinacional comunitario y autonómico, que se encuentra en la Constitución, en los territorios indígenas, en las resistencias comunitarias, en la defensa de los derechos de los seres de la madre tierra, en la defensa de la democracia participativa y pluralista, en la defensa del ejercicio de la democracia directa, de la democracia comunitaria y la democracia participativa. La defensa entonces de la participación social en la construcción de la decisión política, en la construcción de la ley, en la construcción de la gestión pública. La defensa de los derechos fundamentales, de los derechos de las naciones y pueblos indígenas originarios, de los derechos de las mujeres, de los derechos de las diversidades, de los derechos de los trabajadores y el proletariado nómada, de los derechos de los seres de la madre tierra. La defensa de las dinámicas asambleístas, deliberativas, colectivas, de la construcción de consensos, defensa de las movilizaciones, de los ejercicios participativos y democráticos en el despliegue de las transformaciones especificas y singulares. La defensa crítica del proceso es la defensa de la potencia social contra las usurpaciones y suplantaciones de representantes y funcionarios, de políticos que hablan a nombre del pueblo, a nombre de los movimientos sociales, a nombre de la sociedad. Es defensa de la potencia social contra las estructuras de poder y relaciones de dominación heredadas, contra las prácticas burocráticas de gobierno, contra las prácticas despóticas de los jefes, contra la dominación masculina, contra la política beligerante de definición del enemigo externo e interno, que corresponde al enunciado de la política como hostilidad, política experimentada en sentido moderno, enunciado vanguardista y estatalista, a la vez. Este enunciado ha sido compartido tanto por Nicolás Maquiavelo como por K. von Clauzewitz, tanto por Lenin como por Carl Smith, tanto por bolcheviques como por los nazis, tanto por liberales como por “revolucionarios”. Esta forma de política tiene como matriz la fraternidad masculina, la dominación patriarcal, donde la guerra es el recurso inicial y final de la concurrencia de las fuerzas.

No se trata de descartar la posibilidad del enfrentamiento, que siempre está presente, tampoco de descartar una guerra emancipatoria, que puede desatarse como defensa contra la violencia de las dominaciones, sino de interpelar al paradigma de la política, que toma a la guerra como inicio o final de la misma, convirtiendo la beligerancia en el procedimiento primordial, por medio del cual se depura a enemigos internos y se ataca a enemigos externos, buscando conservar el monopolio y el control del poder. Este sentido de la política es conservador, conserva el Estado, y anti-emancipatorio. Incluso puede llegar a simular que emplea los procedimientos de la depuración y de la destrucción para lograr la emancipación buscada, cuando efectivamente descarta las emancipaciones al apropiarse de su representación. Por lo tanto, se trata de buscar la “política” más allá de la política, la política más allá de la fraternidad masculina, la política más allá de las estructuras patriarcales. La política ya no como representación y delegación sino la “política” como participación plural, como construcción colectiva, la “política” como autonomía, en el sentido de autodeterminación.

La degradación de la política, como definición, identificación y combate con el enemigo, ha llegado a tal punto que es usada en el sentido más pedestre y policial del término, no sólo depuración del enemigo interno y destrucción del enemigo externo, sino la extorsión del enemigo indefinido, que puede variar desde el catalogado como delincuente, hasta el demandante de democracia interna, pasando por los supuestos conspiradores, incluyendo a los defensores críticos del proceso, desde los catalogados como resentidos, hasta las mujeres indomables. La degradación de la política es notoria cuando se incorpora a abogados extorsionadores en los mecanismos represivos, quienes se convierten en “defensores del proceso”. Estos “defensores”, calificados por un ex-ministro de gobierno como “profesionales”, se dan el tupe, desde las celdas, donde se encuentra recluidos, de denunciar al ministro de gobierno, que los llevó a la cárcel y les inició un juicio, de ser agente de la embajada estadounidense. Ellos dicen que cumplieron órdenes, acusan al ministro y no dan nombres de quienes les dieron las órdenes. Esta gente “profesional” está disponible al servicio de cualquier gobierno, son incorporadas por su perfil osado, por su subjetividad sin escrúpulos, a los aparatos represivos. Son como los torturadores que han seguido sirviendo a distintos gobiernos. No se hacen problema de que los gobiernos sean diferentes y hasta opuestos, lo importante es ejercer la “profesión” represora y extorsionadora al servicio de celosos y paranoicos gobernantes. Se ha llegado muy lejos en el deterioro y la degradación de la política en tanto definición del enemigo, se han borrado las fronteras de lo lícito y lo ilícito, de lo legal y lo ilegal; se ha llegado lejos cuando vemos que estos personajes inescrupulosos y estas “profesiones” coercitivas se han convertido en “defensores del proceso”. De la usurpación e impostura de políticos astutos, de funcionarios, burócratas, jefes, que sustituyeron a los movimientos sociales y simulan la escena “revolucionaria”, pasamos a la usurpación e impostura grotesca de los “profesionales” de la extorsión, convertidos en paladines de la “defensa del proceso”. La política de la hostilidad se ha convertido en el mejor instrumento del diagrama de poder de la corrupción y la economía política del chantaje.

Los que pueden hablar con propiedad de la defensa del proceso son las y los movilizados, las y los insurrectos, las y los interpeladores, las y los que resisten a la distorsión de la política y la usurpación del proceso por “profesionales” de la extorsión y astutos políticos. Son las comunidades indígenas que resisten a la destrucción de su territorio, son las mujeres más pobres del mundo [7] , reducidas a la subalternidad más oprobiosa, son el proletariado nómada, que hacen un recorrido itinerante en la oferta del trabajo del capitalismo salvaje, son el pueblo que se levanta contra medidas monetaristas como las del “gasolinazo”, son las y los que abrieron este proceso usurpado, luchando y entregando su gasto heroico. Todas ellas y ellos son el contenido ético y la potencia del proceso, la posibilidad de la re-conducción del proceso.

La defensa crítica del proceso enfrenta la problemática del poder, de las relaciones de dominación, de las estructuras y diagramas de fuerza, que atraviesan los cuerpos modulándolos en adecuación a las estrategias de domesticación, disciplinamiento, control, simulación. En lo que respecta al Estado-nación y a la sociedad moderna, estas estructuras y diagramas de poder parecen tan inscritas en los cuerpos, tan internalizadas en las subjetividades, en los habitus y prácticas, en los imaginarios sociales, que parecen forman parte de la “realidad natural”, de condiciones históricas fosilizadas, que parecen hacer imposible sus transformaciones. El mensaje del realismo político respecto a esta constatación es que hay que aceptar lo que hay y actuar bajo la determinación de sus condiciones. Acompaña al realismo político una suerte de mentalidad oportunista, que se presta a apoyar esta versión “ideológica” del fetichismodel poder; una de las consignas de este oportunismo es que todo tiene que cambiar para que nada cambie; la política del gato pardo. Se trata de la adecuación a la fuerza dominante del momento. Otra versión, menos relevante del oportunismo, empero, de efectos masivos, es la actitud servil a los nuevos amos; cuyas expresiones son la sumisión, la adulación, el servilismo. Estas dos formas de respuesta a la irrupción de la plebe, de la insurrección de las multitudes y de la movilización prolongada, son no solo conservadoras, pues se adaptan a los cambios para detener sus alcances, sino son formas destructivas e inhibidoras del impulso popular, por lo tanto son formas demoledoras del proceso. La primera forma, la relativa a la simulación y adaptación, termina mimetizándose a tal punto que convierten a la política de gobierno en una constante puesta en escena, en una teatralización donde todo cambia en la escena, pero no pasa nada en la “realidad”. La segunda forma, llamada popularmente “llunkerio”, termina creando atmósferas de pleitesía, climas de alabanza, espacios de propaganda, que desconectan al gobierno de la “realidad”. Se puede comprender que ambas formas oportunistas forman parte de la gama de posicionamientos apologistas. Aunque el oportunismo no cuente necesariamente con un discurso explicativo y auto-justificativo, dejando este papel a la apología con pretensiones teóricas, es de las prácticas más difundidas en el campo burocrático y en el campo político. En los gatos pardos y en los “llunkus” encuentra la posición apologista a la masa de seguidores, que aplauden y actúan en consecuencia de lo que entienden, a su modo, la “defensa del proceso”.

Fuera del consabido enfrentamiento con las clases dominantes, las oligarquías regionales, y sus expresiones políticas, hay que considerar seriamente el enfrentamiento constante, permanente, minucioso y detallado, con la masa difundida de las formas del oportunismo, pues estas masivas prácticas de mimetismo y de adulación se han convertido en el principal obstáculo a las transformaciones que empuja el proceso de cambio. El apologismo, en general, y el oportunismo, en particular, consideran que el proceso está en ascenso, se encuentra como en una quinta o sexta fase ascendente, que el punto de inflexión ya se ha dado, se ha dado la bifurcación, se pasó por la consolidación del proceso, ahora se avanza en la resolución de las tensiones creativas. Que el Estado plurinacional se ha conformado, por lo tanto se ha cumplido la revolución democrática y cultural. Ahora compete cumplir con tareas económicas y administrativas que aprovechen el crecimiento y redistribuyan adecuadamente los ingresos, cumpliendo con los derechos establecidos en la Constitución. Si esta es la situación, los que critican, los que interpelan, los que resisten, están fuera de escena; son llamados conspiradores, resentidos, infiltrados, agentes del imperialismo, libres pensadores. Como puede verse este posicionamiento, que combina el apologismo, el realismo político, el “pragmatismo” de sentido común, con el oportunismo de simulación y el oportunismo adulador, es un Termidor, una manera de terminar con el proceso. La “defensa del proceso” por parte de este apologismo político es una terminación del proceso mismo. La “defensa del proceso” los lleva a la represión, a la descalificación, a la persecución, a emplear métodos de coerción y de cooptación. Procedimientos justificados por la “defensa del proceso”. Nada se tiene que cambiar, nada se tiene que corregir, nada se tiene que re-conducir. Los problemas que se enfrentan son tensiones creativas. De esta forma la “defensa del proceso” se convierte en la culminación del proceso mismo.

El discurso apologista y la masa de comportamientos de simulación y de pleitesía institucionalizados, con los que se cruza, terminan reforzando las estructuras de poder establecidas, termina reproduciendo el Estado en sus formas más teatrales, en la ceremonialidad del poder, tanto espectacular así como minuciosa y detallada, tanto como escenificación gigantesca así como drama cotidiano, detallado, puntual. A los apologistas y oportunistas lo que les interesa es convencer y convencerse que las cosas son como dicen que son. Este es el efecto de la representación; el efecto práctico es el reforzamiento del Estado y de las estructuras de poder y dominación. Por una parte se construye una ilusión, por otra parte se construye un aparato represivo, tan grande como el tamaño de la propia ilusión. El aparato represivo no solamente sirve para el enemigo externo, sino sobre todo para el enemigo interno, para el control, la vigilancia, la persuasión de los propios, y cuando las cosas van más lejos, para la depuración. Entonces las tareas de transformación son sustituidas por las tareas policiales, represivas, de espionaje, de control y vigilancia. El Estado en cuestión se convierte en un Estado paranoico, una fortaleza rodeada por la proliferación de conspiraciones externas e internas.

Ahora bien, la aparición del discurso apologista y de las prácticas oportunistas se han dado, a partir de un determinado momento, en todos los procesos revolucionarios. El impulso de las luchas que abren el proceso irradia su fuerza y su espíritu a un principio; empero, a partir de un punto de inflexión, como que se tiende mas bien a restaurar el Estado, a reforzar las estructuras de poder y dominación, a conservar lo que se tiene y no arriesgarlo, a optar por la defensa del Estado, ha reproducir las mismas tácticas represivas que otros gobiernos, que los gobiernos depuestos, aunque se lo haga en otro contexto. ¿Por qué sucede esto? Las “vanguardias”, usemos esta palabra aunque no nos guste, para ejemplificar, son desplazadas, son sustituidas por camadas de obedientes, por funcionarios burocratizados, por perfiles represivos, por personajes sin escrúpulos, por serviles y oportunistas. Esto puede suceder desde un principio, al día siguiente de la toma o la llegada al poder, o puede tardar un tiempo previo, donde se vive la primavera del entusiasmo. Cada proceso tiene su propia historia singular. ¿Después de la tormenta viene la calma y las aguas vuelven a su sitio? ¿Después del entusiasmo vuelve el apaciguamiento y la “racionalidad”? ¿Por qué ocurre esto, de tal forma que no se pueda escapar a esta trama dramática, donde no se tiene un final feliz? Para responder a estas preguntas no caigamos en la ingenua hipótesis de que si hubieran sido otros hombres hubiera sido otra cosa. Las personas le dan su carisma, inciden en las características subjetivas, producen ciertos desplazamientos, que hacen distintos a los procesos, empero la trama parece sucederse de todas maneras. No es un problema de personas, otras hubieran quizás dado otro carisma, incidir en otras características subjetivas, ocasionar otros desplazamientos, empero, en algún momento se enfrentan al mismo problema, la reproducción del Estado y de las estructuras de poder y dominación. El problema no es de personas, sino de mapas institucionales mantenidos, estructuras y diagramas de poder conservados, Estado restaurado. Si una revolución, si un proceso de transformación, no desmonta estas estructuras de poder, termina tragada y subsumida a la lógica de la reproducción de poder.

La defensa crítica del proceso lucha en los lugares, los territorios, los espacio-tiempo con los que se cuenta, enfrenta los problemas singulares que emergen en el desplazamiento del proceso; comparte las desilusiones y desencanto popular ante la experiencia de un proceso contradictorio y un gobierno teatral, perdido en el laberinto de su soledad [8] ; también se anima cuando las organizaciones sociales salen a las calles, denuncia, resiste, interpela, cuando las comunidades indígenas defiende sus territorios, cuando el pueblo defiende la Constitución contra la impostura de un gobierno que promueve leyes inconstitucionales, cuando el pueblo defiende nuevamente los recursos naturales contra parciales y mediáticas nacionalizaciones. La defensa crítica del proceso no renuncia a la utopía, no deja de concebir la lucha por las emancipaciones múltiples, por las liberaciones heterogéneas, por la descolonización radical. Respecto al proceso que se vive, aunque las evidencias muestran el declive y desmoronamiento del proceso, quizás hasta su propia muerte anunciada, no acepta esta evidencia como fatalidad, sino como desafío, como una convocatoria al gasto heroico. El “realismo” de la defensa crítica del proceso es el de la consigna de 1968 heroico: Seamos realistas, pidamos lo imposible [9] . Aunque parezca imposible la reconducción del proceso, la defensa crítica del proceso apuesta a este imposible. La realidad se realiza a veces por el lugar de lo improbable y por lo inesperado de lo imposible.

 


[1] Esta definición se encuentra en Defender la sociedad. Curso del Collège de Fance (1975-1976) de Michel Foucault. Fondo de Cultura Económica 2000. Buenos Aires. Pág. 22.

[2] Raúl Prada Alcoreza: Horizontes de la descolonización. Plural 2013; La Paz.

[3] El milenio huérfano. Ensayos para una nueva cultura política. Trotta 2005; Madrid.

[4] Termidor, término relativo a la Revolución francesa, término referido a la actitud política de terminar con la revolución.

[5] Albert Camus: El hombre rebelde.

[6] Ver de Raúl Prada Alcoreza Epistemología pluralista y descolonización. Para su publicación en Bolpress; La Paz.

[7] Las mujeres más pobres del mundo, descripción usada por Gayatri Spivak. Crítica de la razón postcolonial. Akal; Valencia.

[8] Alusión al Ensayo de Octavio Paz: El laberinto de la soledad.

[9] Seamos realistas, pidamos lo imposible; consigna de los estudiantes parisinos movilizados del mayo de 1968.

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Acerca del centralismo democrático y la subordinacion y constancia

19/01/2013 by Deja un comentario

Arturo D. Villanueva Imaña

La formulación y explicación vicepresidencial acerca del “centralismo democrático” como la razón principal para fundamentar el cuestionamiento gubernamental y consiguiente alejamiento de Rebeca Delgado de la Presidencia de la Cámara de diputados, ha provocado innumerables reacciones tanto acerca del origen de la práctica y la verdadera significación política, como de la pertinencia y justeza en su aplicación en el caso específico de la zarandeada diputada.

Al respecto, quisiera llamar la atención acerca de tres aspectos que no deberían pasar desapercibidos, en vista de que están íntimamente relacionados con el tipo de prácticas y acciones que una gran mayoría de bolivianos esperamos se realicen como resultado del proceso de cambio y transformación que, en este caso, están relacionados con el debate interno y la democracia, y el tipo de comportamiento que se debería esperar de funcionarios públicos y militantes, en el manejo de los asuntos públicos.

En primer lugar, llama la atención el concepto y enfoque del “centralismo democrático” que el Vicepresidente Alvaro García utilizó, puesto que si bien puede ser asociado a las ideas que Lenin sostuvo antes y durante la revolución bolchevique, como instrumento para promover el debate más amplio y rescatar el aporte y pensamiento de todos los militantes revolucionarios; sin embargo, en los hechos ha sido asociado generalmente con la práctica estalinista de la época (y también de otros regímenes), para imponer su criterio y deshacerse de militantes y compañeros dentro de su partido, que dio como resultado el aislamiento y castigo, e inclusive la desaparición y muerte de muchos dirigentes y revolucionarios que formaron parte de la revolución rusa de 1917.

Adicionalmente, el concepto de “centralismo democrático” que fue utilizado por el Vicepresidente, está íntimamente asociado a la democracia burguesa representativa de mayorías y minorías que, se supone, el proceso de transformación y cambio ha superado, para incluir la democracia participativa y comunitaria, donde lo que se privilegia no es la supuesta “razón de la mayoría”, sino el debate, la propuesta y la búsqueda de consensos. Es decir, un centralismo democrático que no sirva para excluir, discriminar y sectarizar, sino más bien para abrir el debate, aportar ideas y construir consensos sobre la base de las mejores propuestas planteadas por el conjunto de miembros, organizaciones y sectores que componen, forman parte y construyen el cambio. El concepto de “centralismo democrático”, basado en las mayorías y minorías, es pues, a pesar de su enorme gravitación pasada como un aporte constructivo para enriquecer y profundizar los programas revolucionarios, una práctica que debería rescatar y asumir los avances en la propia democracia participativa y comunitaria que hoy buscamos construir ya no en aras del dominio de mayorías, sino en favor de los consensos y el rescate de las mejores propuestas.

Finalmente en tercer lugar, y habiéndose expresado aquella invitación para abandonar y dejar el proceso a todo aquel militante que no esté de acuerdo y comparta las reglas de juego del partido, debe mencionarse que este concepto de “centralismo democrático”, evidentemente es más acorde con aquel principio de “subordinación y constancia” de los cuarteles (pero principalmente de regímenes y sistemas autoritarios, excluyentes y sectarios), donde “las órdenes se cumplen y no se discuten”, con lo cual no sólo se burla el más elemental y básico principio de ejercicio democrático, sino que se da paso ya no, ni siquiera a determinado tipo de dogmas o “verdades” que se tiene la obligación de asumir como absolutas e incuestionables, sino a la imposición de órdenes que anulan toda posibilidad de aporte, discusión y análisis.

Aunque las consecuencias acerca de dicho discernimiento vicepresidencial (que siguieron a la molestia expresada públicamente por el Presidente Evo Morales respecto del rol de Rebeca Delgado en la Presidencia de diputados), han sido muy elocuentes acerca del tipo de centralismo democrático que se ejercitó en este caso; valga el mismo para aprender y, en su caso, corregir prácticas que hacen a la esencia del militante revolucionario, aludido por el propio Vicepresidente. En otras palabras, que centralismo democrático sí, pero no así.

Arturo D. Villanueva Imaña es Sociólogo boliviano. Cochabamba , Bolivia; Enero 17 de 2013.

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La ONU aceptó el masticado de coca en Bolivia

13/01/2013 by Deja un comentario

APAS

El organismo multinacional readmitió a Bolivia como miembro de la Convención Única sobre Estupefacientes, al aceptar el masticado de coca, costumbre que forma parte de la cultura del país y es defendida en su Constitución.

“Es una victoria de nuestra cultura, nuestros pueblos indígenas y movimientos sociales. Se corrige un error histórico después de casi 50 años. La coca en su estado natural no es droga, y eso se reivindica con la readmisión de Bolivia”, celebró el viceministro boliviano de Coca y Desarrollo Integral, Dionisio Núñez, al conocer la noticia, según informó la agencia de noticias DPA.

El gobierno de Bolivia anunció a mediados de 2011 su retirada la Convención Única sobre Estupefacientes, firmada por 184 países en Viena en 1961, y la hizo efectiva en enero del año pasado, debido a que su artículo 49 veta el mascado de coca, llamado “acullicu” o “pijcheo”, con el argumento de que esa planta contiene los alcaloides base para fabricar la cocaína.

Seis meses después, las autoridades bolivianas solicitaron
reincorporarse a la Convención antidroga con la salvedad de que el “acullicu”, una práctica arraigada entre sus sectores sociales, campesinos e indígenas y defendida en la Constitución promulgada en 2009, fuera aceptado por los países firmantes.

El 10 de enero de 2012 se abrió el período de doce meses para que los países miembros de la Convención expresaran su objeción a esa petición.

Estados Unidos, Rusia, Canadá, Reino Unido, Irlanda, Alemania, Francia, Italia, Holanda, Suecia, Finlandia, Portugal, Israel, Japón y México se opusieron al pedido pero las objeciones no alcanzaron para impedir el retorno de Bolivia a la convención antidrogas, ya que para ello eran necesarios 62 vetos de los 184 miembros.

El plazo para la presentación de objeciones concluyó la pasada medianoche (hora de Nueva York), por lo que el secretario general de la ONU, Ban Ki Moon, aceptó el depósito del instrumento de acceso de Bolivia a la Convención junto con la salvedad realizada por las autoridades de La Paz, que entrará en efecto el próximo 10 de febrero, informaron voceros de la organización, según reportó la agencia de noticias EFE.

“Es la primera vez que un país ha hecho eso (salir y lograr
readmisión). Fue exitoso para Bolivia porque retornará bajo otras condiciones, eso al final puede debilitar a la convención de 1961 y las convenciones internacionales”, comentó el embajador británico Ross Denny.

Ante la vuelta de Bolivia a la Convención, el gobierno boliviano y organizaciones sociales y cocaleras organizaron para el próximo lunes una jornada de “acullicu” en todo el país, con eje en las ciudades de La Paz y Cochabamba.

Por otra parte, el vicepresidente Alvaro García Linera anunció que Bolivia pondrá en marcha una “campaña pedagógica, de enseñanza” dirigida a los países que están en contra del “acullicu”, para que entiendan los motivos de la defensa de esta práctica.

Al respecto, reseñó que el “uso tradicional milenario” de la coca de forma ritual, cultural y medicinal en las culturas andinas se remonta al año 3.000 antes de Cristo.

El año pasado, el canciller David Choquehuanca realizó una gira por varios países para recabar el respaldo internacional al masticado tradicional de la hoja de coca, petición que también llevó el presidente Evo Morales a los foros internacionales en los que participó últimamente.

Bolivia produce 27.200 hectáreas de coca, según el informe de 2011 de la Oficina de Naciones Unidas Contra la Droga y el Delito.

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Balance de urgencia desde Bolivia

28/12/2012 by Deja un comentario

Katu Arkonada

Con un día de retraso sobre el calendario de trabajo previsto, terminó la Conferencia de Naciones Unidas sobre Cambio Climático (COP18) de Doha. Los equipos de los gobiernos miembros de Naciones Unidas habían estado negociando desde el 26 de noviembre tratando de lograr un acuerdo que garantizase la prolongación del Protocolo de Kioto (ratificado por 187 países ONU con las excepciones de Estados Unidos y Canadá) que expiraba a finales de 2012.
No sabemos si fue casualidad o causalidad que la COP18 se haya realizado en Qatar, el mayor emisor de gases de efecto invernadero per cápita del mundo, pero en cualquier caso el principal resultado de esta Cumbre de Naciones Unidas ha sido el acuerdo por un segundo periodo del Protocolo de Kioto hasta 2020 en el que no estarán incluidos por supuesto Estados Unidos y Canadá, pero tampoco Rusia o Japón.

Posición de Bolivia

El equipo negociador boliviano, conformado por delegados de la Unidad de la Madre Tierra y Agua de la Canciller boliviana, y con Rene Orellana, delegado presidencial, como jefe negociador, ha tenido entre sus principales prioridades el que los países que se habían salido del Protocolo de Kioto o no estaban dispuestos a firmar el segundo periodo de compromisos, no tuvieran acceso a los llamados mecanismos de flexibilidad, que son básicamente transferencias de emisiones y reducciones de emisiones legales reguladas por Kioto con un sistema riguroso, entre los cuales se incluyen los proyectos del llamado Mecanismo de Desarrollo Limpio (MDL), es decir, la mitigación del cambio climático ligada a los mercados económicos y financieros internacionales.

Estos MDL basados en los mercados de carbono que promueven la mercantilización de la naturaleza han sido siempre un objetivo de países como Estados Unidos, Canadá, Rusia, Japón o Nueva Zelanda que después del paquete de acuerdos de Doha al no firmarlo tampoco van a poder comprar créditos de carbono quedándose en un fuera de juego que solo les deja dos salidas, o la reducción domestica de emisiones de carbono, o promover un mercado de carbono basada en la compra de créditos bilaterales obviamente ilegal que será denunciada por el Estado Plurinacional de Bolivia junto al resto de países del ALBA.

Los países del Norte capitalista que pudieron industrializarse a costa del saqueo de los pueblos y las riquezas naturales del Sur querían introducir como parte de los mercados de carbono el carry over, es decir, 11 Gigatoneladas de carbono equivalentes a una cuarta parte de las emisiones máximas permitidas para no superar los 2°C de
calentamiento global, y es algo que también se ha logrado paralizar en el texto final junto con la apertura de nuevos mercados de carbono que no eran parte del Protocolo de Kioto.

Todo lo anterior no quiere decir que no va a haber nuevos mecanismos de mercado, pero si que al menos se ha podido paralizar su puesta en marcha durante todo el 2013, tregua que permite a los gobiernos aliados, pueblos del mundo, movimientos sociales y organizaciones indígenas un año entero para sentarse y articular una respuesta a la mercantilización de la naturaleza.

En esa misma dirección debemos subrayar también que se ha conseguido abrir en Doha un programa de trabajo para desarrollar enfoques no basados en el mercado desde donde se empezara a desarrollar el mecanismo conjunto de mitigación y adaptación para el manejo integral y sustentable de bosques. Programa que además va a considerar como se desarrolla este enfoque de no mercado en el capitulo de reducción de emisiones sobre deforestación y degradación forestal, lo cual nos permite afirmar que se ha dado un paso firme para construir un instrumento alternativo a REDD+.

Podemos definir asimismo como una victoria que la concepción boliviana de Madre Tierra o el derecho al acceso equitativo al desarrollo han entrado en el documento final en el capitulo de Visión Compartida pese a la feroz oposición de los Estados Unidos que presentaron una interpretación propia a ese párrafo. La Unión Europea permaneció callada debido a que Bolivia contaba con el apoyo del recientemente constituido Grupo de Afinidad, o Like-Minded Group, conformado por países en desarrollo que son actualmente parte del G77+China, países entre los que destacan Argentina, Argelia, China, Cuba, Malasia, Mali, Congo, Dominica, Ecuador, Egipto, El Salvador, India, Irán, Irak, Kuwait, Malasia, Mali, Nicaragua, Pakistán, Filipinas, Arabia Saudita, Sri Lanka, Sudan, Tailandia o Venezuela.

Sombras

Obviamente lo anterior se trata de pequeñas luces de resistencia dentro de una lectura geopolítica internacional, pero hay muchas sombras que no podemos dejar de mencionar.

El principal problema es que la reducción de emisiones que Bolivia pedía fuese de entre el 40 y 50% ha quedado en un difuso por amplio 24% a 40%, reducción para la que además no se asegura el
financiamiento del Norte al Sur debido a la crisis global que afecta especialmente a Estados Unidos y la Unión Europea.

El otro gran punto negro de estas negociaciones multilaterales en Cambio Climático es que el Norte sigue impidiendo que el Comité de Tecnología tenga la competencia de remover las barreras que impiden el acceso a tecnología, derechos de propiedad intelectual (IPR por su sigla en ingles, Licencias y Patentes. Mientras no se de una transferencia de tecnología, el Sur seguirá en condiciones muy desiguales para hacer frente al cambio climático.

Oportunidades

La línea de negociación del Estado Plurinacional de Bolivia, que ya fue puesta en marcha en la Cumbre de Naciones Unidas sobre Desarrollo Sostenible de Rio+20, es clara. Se trata de ir generando consensos políticos en el ALBA y el G77+China, no censurar todo el documento dejando que de manera significativa sean Estados Unidos y Rusia los que están en contra, e ir introduciendo pequeños avances de cara a ir generando una situación mas favorable en los ámbitos diplomáticos de negociación multilateral.

No podemos considerar una victoria el que se siga permitiendo por parte del Norte el calentamiento del planeta, pero si hay que ver esta estrategia de generar alianzas y coaliciones como un pequeño paso que debe permitirnos expandir esta estrategia a otros escenarios internacionales.

Se ha conseguido un respiro en la lucha contra los mercados de carbono. Ahora, los gobiernos aliados, pueblos y movimiento sociales del mundo debemos aprovechar esta pequeña pausa y ver una ventana de oportunidad en este escenario, debemos sentarnos y comenzar a articular y fortalecer alianzas que permitan hacer frente a la noción mercantilista que tiene el Norte capitalista de la naturaleza. Debemos comenzar la construcción de una agenda política Sur Sur, diseñando nuestros propios instrumentos de cooperación. La próxima COP19 en noviembre de 2013 en Polonia será un buen momento para demostrar que otras relaciones geopolíticas son posibles y necesarias en los escenarios de negociación multilateral.

Katu Arkonada. Área Política de la Universidad y Fundación de la Cordillera

Publicado en: Bolivia

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Este podcast tiene la intención de reproducir interpretaciones personales de algunos clásicos de la poesía universal. Entiendo, al igual que Octavio Paz, que la poesía es una actividad emocional revolucionaria, un ejercicio espiritual, un medio de liberación interior y una búsqueda de transfiguración. Adonis, Ali Ahmad Said y Octavio paz son mis favoritos. Dos clásicos modernos.

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