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Walter Goobar

Clarín, verdugos ocultos y memoria

25/08/2010 by maestro Deja un comentario

Siempre en nombre de la libertad de prensa, el Grupo Clarín ha apelado al negacionismo histórico para tratar de justificar primero la adopción irregular de Felipe y Marcela Noble Herrera, para impugnar la extracción de ADN que podría corroborar si uno, ambos o ninguno son hijos de desaparecidos, y ahora repite la estrategia para maquillar la adquisición irregular de la empresa Papel Prensa.

En sus definiciones más tradicionales, el negacionismo es la distorsión ilegítima del registro histórico de tal manera que ciertos eventos aparezcan de forma más favorable o desfavorable. La negación del Holocausto y del genocidio armenio son dos ejemplos clásicos de negacionismo. La negación del delito busca obtener un sobreseimiento -de hecho-, para lo que es admitido como un crimen y privar a las víctimas o a sus deudos de todo derecho a reparación alguna. Según esta lógica perversa, en ausencia del crimen no existen ni criminales ni víctimas.

A diferencia de la propaganda, que apela a las emociones, el negacionismo del Grupo Clarín apela al intelecto, usando varias técnicas ilegítimas para proponer puntos de vista que enmascaren la realidad. En los últimos meses, los columnistas y escribas de Clarín han tenido que apelar cada vez con más frecuencia a estas técnicas que incluyen presentar como documentos genuinos aquellos que son falsos, inventar razones ingeniosas, pero no plausibles para defender sus puntos de vista.

Tanto Clarín como La Nación están haciendo llegar a referentes de la sociedad, la política y el periodismo diversos documentos donde supuestamente se “clarifican las circunstancias que rodearon la adquisición de Papel Prensa en 1976”.

La información de Clarín insiste en que “no hubo delito alguno en la compra de acciones de Papel Prensa”, porque “la compra de las acciones ocurrió el 2 de noviembre de 1976. La operación fue legal y legítima, se hizo a la luz pública y se le dio amplia publicidad en los diarios de todo el país”. Allí también se esgrime que los integrantes del Grupo Graiver, vendedores de la empresa, fueron secuestrados y detenidos cinco meses después de la venta, por imputaciones ajenas a Papel Prensa y su venta.

Este domingo, el editorialista de Clarín Eduardo van der Kooy fue más allá y se anticipó a cuestionar el informe sobre Papel Prensa presentado ayer, argumentando que es “una historia que ninguno de los gobiernos democráticos de veintisiete años alcanzó, por lo visto, a develar. Ni siquiera Kirchner en sus cuatro años de mandato. O Cristina, hasta que fue vencida en las legislativas del 2009”.

Sólo para los negacionistas el tema Papel Prensa es nuevo. Tanto el fallecido dueño de Ámbito Financiero, Julio Ramos, como el fundador de Crónica, Héctor Ricardo García denunciaron en sendos libros -Los cerrojos a la prensa y Cien veces me quisieron matar- la apropiación por parte de Clarín y La Nación de la empresa Papel Prensa.

Otros dos libros publicados en 1990 y el 2000 respectivamente, derrumban la teoría del negacionista Eduardo van der Kooy que sostiene que el caso Papel Prensa es una suerte de reescritura kirchnerista de la historia. Los libros David Graiver: el banquero de Montoneros, escrito en 1990 por el periodista Juan Gasparini, y El dictador de los colegas María Seoane y Vicente Muleiro que hasta hace poco trabajaron en Clarín-, documentan de manera rigurosa la manera en que se articuló la lógica empresarial con el engranaje de la violencia represiva.

En El dictador, se relata la dura interna que libraron Jorge Videla y Eduardo Massera para consensuar el ingreso de Clarín, La Nación y La Razón como socios de la empresa.

Por su parte, Juan Gasparini recuerda que -a comienzos de la dictadura-, el peso del Estado en los medios de comunicación electrónicos era abrumador, pero que Alfredo Martínez de Hoz -que llevaba la contabilidad del genocidio-, aconsejó que se incorporara algo de prensa escrita a la ominosa jugada. Su idea fue aceptada sin reparos.

“Hacían falta periódicos y revistas dóciles que se sumaran al concierto de la obsecuencia mientras detrás del escenario se consumaba el homicidio colectivo, social, político y económico. Nada mejor que juntar a los tres diarios de mayor circulación nacional y hacerles un fantástico regalo de Navidad en ese diciembre de 1976”, escribe Gasparini.

Martínez de Hoz los alentó a que se asociaran, y por la bagatela de u$s8.300.000 forzó la venta de Papel Prensa. La empresa valía varias veces esa suma.

Gasparini explica que ante la evidencia de que el Gobierno retiraba el imprescindible auxilio para seguir adelante, el día antes de la reunión de accionistas, la viuda de David Graiver, Lidia Papaleo, fue convencida a firmar el preboleto de venta sin protestar.

En una carta recientemente publicada por el diario Tiempo Argentino, Lidia Papaleo escribe: “…fui citada para el día 2 de noviembre de 1976, por la noche, a una reunión en las oficinas de La Nación, juntamente con los integrantes de la familia Graiver. […] Yo con Magnetto de Clarín, en otro aparte, donde coloquialmente me aseguró: ‘Firme o le costará la vida de su hija y la suya’. No había chances”.

El traspaso accionario se confirmó el 18 de enero de 1977 en actas suscriptas por las partes contractuales. Si La Nación, Clarín y La Razón llegaban a mostrarse reacias a retribuir el obsequio en los funestos seis años que vendrían, el Ministerio de Economía tendría prerrogativas para hacerles cambiar de parecer, sostiene Gasparini en el libro escrito en 1990.

La viuda de Graiver creyó que con esa firma compraba su supervivencia y la de su familia. No fue así, porque más tarde fue secuestrada: “Todo el horror que fue mi vida después de mi secuestro es indescriptible en la serie de perversiones, vejaciones y tormentos a la que fui sometida, no obstante que deseo concluir con la presente reiterando que prefiero ver los ojos y la cara de mis torturadores, antes que ver los ojos de Magnetto en el momento en que me amenazaba para que firmara”.

En el libro Los asesinos de la memoria, Pierre Vidal-Naquet demuestra cómo la palabra en boca de los verdugos cumple una función eufemística: pretenden tornar invisible, suprimir, alejar la realidad con eufemismos. A diferencia de la metáfora, que intenta transmitir una verdad allí donde se bordea lo decible, en el eufemismo por el contrario la palabra es utilizada en lugar de aquellas que permitirían designar la verdad. Se borran así, en el campo del lenguaje, las huellas del crimen perpetrado: las torturas, los robos de bienes y personas y los asesinatos, así como quienes fueron los ejecutores. Durante demasiado tiempo, demasiada gente ha disfrazado con eufemismos la verdad que ahora sale a flote.

 

Publicado en: Argentina Etiquetado como: Clarín, verdugos ocultos y memoria, Walter Goobar

Iglesia, sexofobia, homofobia y doble moral

15/07/2010 by maestro Deja un comentario

La Iglesia Católica, que siempre hizo ostentación de poseer la única verdad infaliblemente declarada, tardó veinte siglos en admitir las atrocidades de la Santa Inquisición, en reconocer su papel en el exterminio de los aborígenes en América, en rehabilitar a Galileo, a Copérnico y en admitir su complicidad con el nazismo frente al Holocausto. Más que un sincero propósito de enmienda, esos tardíos arrepentimientos fueron una consecuencia del altísimo precio que la Iglesia tuvo que pagar por su paranoia institucional. Sin embargo, en el tema de la homosexualidad el discurso ideológico y moral de la jerarquía católica sigue anclado en la noche de los tiempos. En ese sentido, el llamamiento del inquisidor cardenal Jorge Bergoglio a lanzar una Cruzada contra el matrimonio gay es uno de esos temas en los que la jerarquía católica argentina apela a su coartada de la supeditación a lo divino para encubrir su sexofobia y su doble moral.

La jerarquía católica no ha modificado hasta ahora su enfoque de la homosexualidad, entendiéndola siempre como una desviación “contraria a la ley natural”. Desde la óptica doctrinal, al homosexual sólo le queda “cargar con su cruz” sin que pueda esperar ningún reconocimiento social. Este mensaje resulta cada vez más anacrónico en las sociedades secularizadas en las que los gays luchan para que la tolerancia se traduzca en leyes que los equiparen en derechos, incluso el de casarse y adoptar hijos.
Lo cierto es que la homofobia que acecha al clero católico desde siempre es en realidad una máscara que oculta el deseo y la fascinación por lo sexual.

Lo curioso es que a la jerarquía eclesiástica le perturba la homosexualidad cuando tiene como escenario la vida cotidiana, pero guarda un piadoso manto de silencio sobre los votos de homosexualidad que practica un creciente número de miembros de la Curia dentro del territorio del Estado Vaticano.

Hace un par de años, el libro Vía col Vento in Vaticano (“Lo que el viento se llevó en el Vaticano”), cuyo presunto autor fue monseñor Luigi Marinelli, de 77 años denunció la fuerte presencia de la homosexualidad en las filas de la Iglesia con casos muy bien detallados. El libro explicaba que existe una corriente que teológicamente justifica la homosexualidad como una manera de mantener el celibato, permanecer lejos de las mujeres, y además afirma que existe un “cierto indulto papal”: “Un famoso prelado muy intransigente en las cuestiones morales hacia los demás, pero de costumbres licenciosas y vulgares, confesaba a sus amigos íntimos haber hecho ‘voto de homosexualidad’ para no incurrir en el pecado de ir con mujeres”. En el libro se narra el caso del padre costarricense Jorge Hume Salas, párroco de Santa Rosa, California, que denunció a su obispo, monseñor George Patrick Ziemann, de 57 años, por violación.

Mientras la homosexualidad no se exagere, las “cenas o juergas de trabajo” son considerados episodios normales en el Vaticano.

Aunque la Curia siempre ha llevado adelante una campaña contra la homosexualidad, según los autores del libro, “confiere una gran importancia a la belleza física a los que desean ascender”. A causa de su inconfesada debilidad, “muchos prelados de la Curia eligen a sus asistentes por su atractivo y no por su capacidad”. Muchos obispos se “valen de la Iglesia para hacerse servir mejor: choferes, guardias y empleados prestan servicios extraordinarios noche y día.

“El clero tiene una vida sexual muy intensa, aunque muy oculta, desordenada y en demasiadas ocasiones delictiva”, afirma el periodista español Pepe Rodríguez, autor del libro La vida sexual del clero en el que cuestiona el futuro del celibato a partir de la admisión por parte del Vaticano que cientos de monjas fueron violadas por sacerdotes o misioneros en 23 países del Tercer Mundo.

Las religiosas violadas tenían que abandonar su congregación si se quedaban embarazadas, mientras los sacerdotes implicados seguían desempeñando su ministerio en el mismo lugar.

Con testimonios, documentos, nombres y apellidos, la obra de Rodríguez constituye un riguroso estudio que lleva a drásticas conclusiones respecto de la moral sexual que rige en el Vaticano y rompe el tabú acerca de la obligatoriedad del celibato. Según el autor, cuanto más represión hay, más patológicos resultan los hábitos sexuales de los curas, obispos o cardenales. “En Estados Unidos hay cientos de sacerdotes condenados. Las indemnizaciones son millonarias. Esto lo sabe todo el mundo en la cúpula de la Iglesia”. Cuenta que, incluso, la jerarquía católica en Inglaterra contrató un seguro de responsabilidad civil para financiar las indemnizaciones de casos de abusos sexuales a menores.

Añade: “Hay una tremenda patología en la práctica sexual del clero. En primer lugar, porque son personas que desean sexo, pero no tienen ni educación ni formación sobre sexualidad y sobre la esfera compleja de lo afectivo-sexual”. Según sus estadísticas, 95% de los sacerdotes se masturba; 60% mantiene relaciones sexuales; 26% abusa de menores; 20% realiza prácticas homosexuales; 12% es exclusivamente homosexual, y 7% comete abusos sexuales graves con menores.

En cuanto a preferencias sexuales, 53% tiene relaciones sexuales con mujeres adultas; 21% con varones adultos; 14% con varones menores, y 12% con mujeres menores. Rodríguez, que ha publicado 18 libros relacionados con la Iglesia, dice que las prácticas sexuales más patológicas son las que realizan con menores: “El clero católico es el colectivo profesional que más abusos sexuales comete contra menores, o también con mujeres de cierta candidez o ingenuidad; o mujeres con problemas emocionales que son víctimas fáciles de su voracidad”.

Resulta indignate que la Iglesia se rasgue las vestiduras por el futuro de los niños adoptados por parejas homosexuales cuando la pedofilia con sotana es una mancha que reaparece en todo el mundo y muestra que el primer reflejo de la cúpula vaticana es “tapar todo”. Los casos de pedofilia han sacudido -por etapas- a las diócesis católicas de España, Francia, Italia, Alemania, Austria, Polonia, Gran Bretaña, Irlanda, Estados Unidos, México, Brasil, Costa Rica, Puerto Rico, Colombia, Chile y Argentina. La indiferencia que han mostrado Bergoglio y la Conferencia Episcopal ante las víctimas de estos hechos aberrantes congela el alma.

La jerarquía de la Iglesia argentina esconde y minimiza este tremendo problema, que no es accidental ni azaroso, sino institucional. Y está signado por el encubrimiento y la doble moral.

En Brasil, que es uno de los países con mayor número de católicos en el mundo, circulaba entre los curas pedófilos un manual que recomendaba iniciar a menores recogidos de la calle y de las comisarías.
El autor de la macabra guía del cura pedófilo es un eminente teólogo, un sibarita que frecuenta los salones de la alta burguesía de San Pablo y, según el diagnóstico que se le hizo a petición del juzgado estatal, un pedófilo con marcados síntomas de narcisismo y megalomanía.

De otra forma no se explica que Tarcísio Sprícigo, de 48 años, llevara un recuento manuscrito de sus fechorías. “Me preparo para salir de caza con la certeza de que tengo a mi alcance a todos los garotos (chicos) que me plazca.”

En su relato, el cura añadió: “Para esto soy seguro y calmo, no me agito, soy un seductor y después de haber aplicado correctamente las reglas, el niño caerá en mis manos y seremos felices para siempre”.
Antes de que lo arrestaran, el religioso abusó de muchos chicos de la calle. Para él, eran los más fáciles de controlar, según escribió en su diario. En páginas que parecen un verdadero manual para pedófilos describió cómo persuadir niños: “Presentarse siempre como el que manda. Ser cariñoso. Nunca hacer preguntas, pero tener certezas”.

“Conseguir chicos que no tengan padre y que sean pobres. Jamás involucrarse con niños ricos.”
El sacerdote aprovechaba los descansos sabatinos para componer el decálogo que incluye entre sus mandamientos la iniciación de chicos “cariñosos, tranquilos, sin bloqueos morales”, y aconseja “recogerlos de la calle, de las comisarías, de los hospitales de caridad”.

Según el escritor Pepe Rodríguez, autor de Pederastia en la Iglesia Católica, “el problema fundamental no reside tanto en que haya sacerdotes que abusen sexualmente de menores, sino en que el Código de Derecho Canónico vigente, así como todas las instrucciones del Papa y de la curia del Vaticano, obligan a encubrir esos delitos y a proteger al clero delincuente. En consecuencia, los cardenales, obispos y el propio gobierno vaticano practican con plena conciencia el más vergonzoso de los delitos: el encubrimiento”, dice Rodríguez.

Condenado a 15 años de prisión por violar a un niño de cinco años que tenía bajo su custodia, el sacerdote Tarcísio Sprícigo declaró ante los jueces brasileños que la idea de redactar un manual le surgió de forma espontánea, como una suerte de revelación asentada en la convicción de que “Dios perdona todos los pecados, pero la sociedad nunca”.

 

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Una invasión humanitaria

26/01/2010 by maestro Deja un comentario

El devastador terremoto que arrasó con Haití se ha presentado ante la opinión pública mundial como la única causa de la espantosa situación de ese desolado trozo de isla ubicada en el Mar Caribe. El país entero está destruido, toda su infraestructura desaparecida, precipitando a su pueblo a un abismo de pobreza y desesperación. Sin embargo, más allá de los demoledores efectos del movimiento telúrico, pareciera que se intenta reescribir la historia de Haití y su pasado colonial: a sólo diez días del cataclismo, el mundo asiste impávido a una brutal militarización de la ayuda a la isla caribeña. La operación humanitaria corre serios riesgos de degenerar en una invasión humanitaria.

De manera subrepticia, la ausencia total de un gobierno en funciones se utilizó para legitimar, a partir de motivos humanitarios, el envío de una poderosa fuerza militar, que ha asumido de facto diversas funciones gubernamentales. Los principales actores de la misión estadounidense de ayuda son el Departamento de Estado, el Departamento de Defensa y la Agencia de Estados Unidos para el Desarrollo Internacional (Usaid), a la que se le ha encomendado también canalizar la ayuda alimentaria que distribuye el Programa Alimentario Mundial.

Sin embargo, el componente militar de la misión estadounidense tiende a eclipsar las funciones civiles de socorrer a una población desesperada y empobrecida. No son las agencias gubernamentales civiles, como Fema o Usaid quienes están dirigiendo la operación humanitaria global, sino el Pentágono. Y la decisión de llevarla a cabo ha recaído en el Comando Sur de Estados Unidos, según señala el canadiense Michel Chossudovsky de la ONG.

Global Research. A diferencia de los equipos de rescate y ayuda enviados por varios grupos y organizaciones civiles, el mandato humanitario del ejército de Estados Unidos no está claramente definido.

Es llamativo que en un país completamente arrasado se indique que los saqueos constituyen una de las principales amenazas por lo que la primera ayuda en llegar ha sido la de tropas armadas de la 82 División Aerotransportada que entre otras especialidades interviene como fuerza antidisturbios y antimotines. Algunos analistas señalan que la ayuda estadounidense a Haití está empezando a parecerse peligrosamente a la lenta y desorganizada ayuda del gobierno de George W. Bush a la ciudad de Nueva Orleans cuando fue devastada por el huracán Katrina en 2005. En aquella oportunidad, el presidente Bush se hizo célebre por el mutismo y desapego que mantuvo cuando se rompieron los diques en Louisiana. A manera de contraste, pocas horas después del terremoto de Haití el presidente Obama prometió hacer todo lo posible para ayudar a los sobrevivientes del desastre. Aunque la retórica de Washington ha sido muy diferente en las dos catástrofes, el resultado ha sido bastante parecido. En ambos casos, muy poca ayuda llegó en el momento en que más se necesitaba -es decir-, cuando las personas atrapadas bajo los edificios derrumbados todavía estaban vivas. Pero muchos equipos de rescate llegaron demasiado tarde.

Se han difundido las llamadas telefónicas entre los presidentes Barack Obama y René Préval, pero no se ha brindado información indicando que los dos gobiernos estuvieran negociando la entrada y despliegue de tropas estadounidenses sobre suelo haitiano. Haití ha sufrido una larga y trágica secuencia de intervenciones y ocupaciones militares estadounidenses que datan de principios del siglo XX. A lo largo de su historia, el intervencionismo estadounidense ha contribuido en un grado equivalente al del terremoto a la destrucción de la economía nacional haitiana y al empobrecimiento de su población. Es vergonzoso escuchar a ciertos periodistas de cadenas internacionales que se han abalanzado a Haití tras el terremoto dar explicaciones mistificadoras e incluso racistas sobre la razón por la que los haitianos son tan pobres, viven en la miseria con servicios sanitarios mínimos, escaso abastecimiento eléctrico, insuficiente agua potable y caminos intransitables. Esa realidad no es obra de la naturaleza o de una maldición del vudú haitiano. Las potencias coloniales jamás perdonaran a los haitianos haber organizado una exitosa rebelión de esclavos contra los franceses propietarios de las plantaciones. Los marines estadounidenses ocuparon el país desde 1915 hasta 1934. Entre 1957 y 1986 los Estados Unidos apoyaron a los dictadores Papa Doc y Baby Doc, con la excusa de impedir que pudieran ser sustituidos por un régimen favorable a la vecina Cuba.

Si Haití es hoy un Estado fallido gobernado en parte por la ONU, las acciones estadounidenses de los últimos años tienen mucho que ver con ello.

En 1994, la última vez que las tropas de Estados Unidos desembarcaron en Haití, fui testigo de cómo la población local destrozó sistemáticamente las comisarías de policía, llevándose la madera, las cañerías e incluso extrayendo los clavos de las paredes. Los norteamericanos venían a reponer en el gobierno al sacerdote Salesiano Jean Bertrand Aristide a quien habían contribuido a deponer en 1991 y al que volvieron a derrocar en 2004 en una operación que fue un anticipo del golpe hondureño de 2009.

La experiencia de la ayuda humanitaria estadounidense no augura nada bueno para los haitianos. Basta mirar lo que ocurre en Afganistán y en Irak. En Kabul y Bagdad es sorprendente lo poco que han conseguido los costosos esfuerzos de las agencias de ayuda de Estados Unidos. “El despilfarro de la ayuda está por las nubes”, admitió un ex director del Banco Mundial en Afganistán. “Se está produciendo un saqueo en toda regla, en su mayoría por parte de empresas privadas. Es un escándalo”. Consultores extranjeros en Kabul cobran frecuentemente entre 250.000 y 500.000 dólares al año en un país donde el 43% de la población sobrevive con menos de un dólar diario.
Algo semejante está por ocurrir ahora en Haití.

Un chiste haitiano dice que cuando un ministro de ese país se lleva el 15% del dinero de la ayuda se llama “corrupción”, y cuando una ONG o una agencia de ayuda se lleva el 50% se llama “gastos generales”.

La única manera de ayudar a Haití es colaborar para que los haitianos tengan un Estado legítimo que funcione y satisfaga las necesidades de su pueblo. El ejército estadounidense, la burocracia de la ONU o las ONG extranjeras nunca van a hacer eso ni en Haití ni en ningún otro lugar del mundo.
De niño, me entusiasmaban las películas sobre los piratas, y tardé muchos años en darme cuenta de que esos piratas, en gran medida, realizaban sus fechorías en el Mar Caribe. Eran, unos, conquistadores; otros, piratas, corsarios, filibusteros, bucaneros: esclavistas todos. Estos personajes fueron los hacedores de la encantadora civilización occidental. Y sus hazañas y fechorías se realizaban en las aguas del Mar Caribe.

 

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Este podcast tiene la intención de reproducir interpretaciones personales de algunos clásicos de la poesía universal. Entiendo, al igual que Octavio Paz, que la poesía es una actividad emocional revolucionaria, un ejercicio espiritual, un medio de liberación interior y una búsqueda de transfiguración. Adonis, Ali Ahmad Said y Octavio paz son mis favoritos. Dos clásicos modernos.

LÍMITES de Adonis (Ali Ahmad Said)
byjuan

Este poema, como tantos otros, tiene que ver con los límites de la vida. Es un poema profundo y desconcertante, pero como todos en los poemas de Adonis nunca sabemos a dónde nos lleva sus impresionantes versos, es como no saber en qué puerto este barco llegará anclar.

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